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Cuatro

días contigo
ELISABETH GILMORE
Primera edición: julio de 2021
ISBN: 978-84-1104-991-7
© Del texto: Elisabeth Gilmore
© Maquetación y diseño: Equipo de Editorial Círculo Rojo
© Fotografía de cubierta: Depositphotos.com
Editorial Círculo Rojo
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Un deseo no cambia nada, una decisión lo cambia todo.
H. JACKSON BROWN
*** Aunque la situación geográfica es real (costa de Euskadi), los nombres de
los lugares, personajes, leyendas y accidentes geográficos son ficticios.
Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad.
A mi padre, por su amor por la lectura, seguro que habrías sido mi mayor
fan.
A mi madre, por su gran corazón, te quiero muchísimo.
A mis hijos Miriam y Víctor, por sus consejos. Si este libro fuera un
barco, seríais el timón que lo ha guiado hasta el puerto.
A mi marido, el amor de mi vida, y sin duda, el motor que mueve este
barco.
A mi amiga Esther, sin ella, este barco no existiría.
Y a todas las personas que crean en el amor y en el divertido juego de
enamorarse.
PRÓLOGO

El partido de voleibol en la playa había terminado y estaban exhaustas. Dos,


tumbadas en la arena con los brazos detrás de la cabeza; y las otras dos, con los
codos apoyados en la tierra. Agotadas, reían orgullosas de formar un gran
equipo.
—Deberíamos mejorar el estilo, pero no lo hacemos mal para ser la primera
vez que jugamos. —Con la respiración entrecortada, Laura las alentó al verlas
desanimadas, espachurradas en la arena.
—Es cierto. Hemos empatado dos veces y superado en un tanto una. Nosotras
jugamos en desventaja, a estas alturas la fatiga me supera, pero la próxima vez
que quedemos, ¡que se preparen! —Isabel, tocándose la barriga y resoplando,
analizó las ocasiones que habían tenido para anotar—. Por mucho que bromeen,
¡tampoco ha sido para tanto!
—Ha sido divertido y he sudado más que en toda mi vida. Hacía un siglo que
no me lo pasaba tan bien —dijo Amanda poniéndose las manos en los costados.
—Ahora repondremos fuerzas y planearemos una estrategia para la próxima
vez —respondió Isabel girando la llave en la cerradura de la puerta del jardín—.
¿Entramos?
—Planeamos mucho, pero quedamos poco. Deberíamos divertirnos más y
trabajar menos, así el tiempo que trabajáramos sería más productivo y nosotras
más felices. —Clara movía los brazos echándole la bronca a sus amigas.
—¡No está mal pensado! —exclamó Laura.
Colocaron el mantel, los platos, los vasos y todos los accesorios, para hacer un
pícnic en el jardín, sobre una gran mesa de madera de roble rectangular.
Llegaron ellos con la comida y las bebidas. Prepararon todo en cinco minutos.
Hablaron, rieron, comieron y bebieron durante más de una hora. Los rayos de sol
traspasaban la tela de nailon que cubría sus cabezas, colocada para hacer sombra.
Era hora de entrar al comedor, antes de que se tostaran como panecillos en la
plancha. Las cuatro amigas —Isabel, Laura, Clara y Amanda— entraron por la
puerta como una avalancha, riendo entre bromas, con la barriga llena y ganas de
repetir más encuentros como este.
Se conocen desde hace doce años a pesar de que tardaron al menos uno en
hacerse amigas de verdad. No es el caso de Isa y Laura, ellas se hicieron amigas
desde el primer minuto.
—Ahora que hemos vivido la experiencia, no tardemos tanto en quedar.
Después de recogerlo todo, fregar los platos, contar anécdotas divertidas y
chistes malos, se sentaron en el sofá de poliéster marrón chocolate e hicieron una
promesa.
—Estaría bien quedar cada seis meses un par de días, ya sea en fin de semana o
entre semana festivo. Podríamos turnarnos cada vez en una casa y contar
experiencias, anécdotas y traumas vividos en este tiempo o en otro. Sería una
especie de terapia de amigos, en plan relax y diversión. Olvidarnos unas horas
del estrés de la vida cotidiana.
Se miraron entre ellas encantadas por la idea de Laura. Aferradas a la alegría,
chocaron sus manos. Ellos entraron en ese instante. Enarcaron las cejas,
arrugaron la frente, se miraron intrigados. Todos hicieron la misma pregunta.
—¿Os habéis vuelto locas?
—Puede, hemos decidido reunirnos cada seis meses. Quedaremos en diferentes
casas y organizaremos diversas actividades para evadirnos de la rutina, ¿qué os
parece?
Meditaron un segundo y se miraron entre sí. Se habían visto un par de veces
antes, cruzado alguna frase, pero no se habían conocido hasta ayer por la tarde, y
habían hecho buenas migas, exceptuando a los maridos de Isabel y Laura, que se
conocían de mucho antes.
—Creo que hablo por todos si digo que parece una buena idea.
Se sentaron al lado de sus mujeres. El marido de Isabel le pasó el brazo por
detrás, besándola y susurrándole algo al oído. Ella sonrió dulce y le devolvió el
beso. Apoyaron sus frentes tiernos, satisfechos por la brillante idea de pasar esos
días festivos entre amigos. A Laura se le había ocurrido continuarla. Un plan
perfecto si conseguían llevarlo a cabo.
—Prepararé unos cafés. ¿Alguien quiere una copa?
—Ya voy yo. Quédate y habla con ellos, hace tiempo que no los ves.
Salían chispas de sus ojos oscuros y brillantes. Él se marchó sonrojado para
que no le vieran. Ella, sonrojada también, miró de refilón a sus invitados
pensando que no se darían cuenta.
—Si las miradas hablasen… ¡Te has ruborizado como una colegiala! ¿Cuántos
años lleváis juntos? Parecéis tan enamorados…
—Si te soy sincera, es mi fuente de vida. Él y mi hija, naturalmente. Pronto
hará siete años que nos enamoramos. El tiempo no se detiene; en cambio, nos
sentimos igual que si fuera ayer.
—Fue tan surrealista todo… A nosotros también nos parece que fue ayer. —
Laura lo dijo guasona, provocando las risas de todos.
—Será porque también estabais y tenéis ese brillo en los ojos desde entonces.
Miradla, si antes era optimista y risueña, ahora no hay quien la aguante.
—Pensaba que te caía bien, que era tu mejor amiga y no podías vivir sin mí.
¡Qué decepción después de tantos años!
—¿Cómo voy a vivir sin ti? Siempre estás ahí, inseparable, como una sombra.
Invisible, como mi conciencia, una especie de pepitogrillo. ¿Os acordáis de él?
—Nostálgica, no recuerda un momento importante en los últimos doce años sin
su leal compañera de aventuras, su fiel amiga, su dulce y loca almohada, donde
se apoya en los buenos y en los malos momentos.
—Ya me gustaría a mí tener a uno… Hay veces que ni la persona más segura
del mundo puede con todo. ¡No te quejes! Y pensar que os casasteis el mismo
día… A mí me fue de coña, solo tuve que comprarme un vestido. No es que no
tenga dinero para comprarme más, pero no tenía tiempo de ir de compras. —
Amanda, la rubia elegante y coqueta, jefa y amiga, siempre tan práctica.
—A mí tampoco me importó. Dos despedidas de soltera seguidas, una boda
doble hasta el amanecer en la playa ¡y con barra libre! ¿Os acordáis?, porque
nosotros la última parte la tenemos confusa… —dijo Clara mirando a Alberto,
su marido.
Isabel los vio cogerse de la mano alegres pero cohibidos delante de sus amigos.
Le impresionó lo sencillos e iguales que eran. Era raro ver a una pareja tan
similar en gustos cotidianos. Ella, bajita, pelo castaño, corto y rizado; él, estatura
media, castaño, con gafas. Algo frikis los dos.
El marido de Laura ayudó al de Isabel a servir los cafés y las copas. Amanda se
percató de ello y miró a Jorge, su marido, reprochándole disimulada que a él no
se le hubiera ocurrido ayudar. Jorge parecía gentil y tímido, con aspecto
bonachón, alto, rubio oscuro y mirada amable. Un buen abogado laboralista, de
gran corazón.
—¿Podríais contarnos cómo os conocisteis? Tiene que ser interesante. Dos
amigas íntimas se enamoran al mismo tiempo y en el mismo lugar. No sé a ti,
pero a mí me pica la curiosidad. Seguro que hay una buena historia detrás.
—¿Queréis saber cómo nos conocimos? —preguntó Laura asombrada por el
inesperado interés de Clara.
—Diría que fue el azar. Una decisión de última hora. Si os apetece, a mí no me
importa narrar nuestra inesperada aventura. Me gusta recordar aquellos días,
fueron tan impredecibles… ¿Queréis la historia resumida o la larga? —Isabel,
entusiasmada, les preguntó a todos los presentes.
—El avión no sale hasta mañana por la mañana y estás haciendo café, ¿qué
mejor sobremesa que una buena historia? ¿Tú qué opinas, redactora jefa?
¿Podemos hacer un buen artículo de esta historia?
—Si hacen una buena descripción de los acontecimientos y tenemos
fotografías para visionar el relato…, conociéndote, ¡seguro que tenemos para
hartarnos!
—No te lo voy a negar —aclaró irritada—, soy fotógrafa. Gracias a eso, hoy
estamos aquí sentadas a punto de contar cómo nos conocimos. Un posible
artículo, dos amigas y una cámara de fotos son los protagonistas y los pilares de
esos días intensos que construyeron nuestra historia de amor. Para adentraros en
la situación, daremos marcha atrás un día. ¿Quieres empezar tú, Laura, o lo hago
yo?
—Empieza tú, yo seguiré después o cuando te canses.
1
EL PRINCIPIO DEL CAMBIO

Todo empezó hace casi siete años, a finales del mes de abril. El estrés era parte
de mi rutina diaria y me gustaba. Tenía tres trabajos, aunque oficiales eran dos.
El reportaje fotográfico de ropa interior y de baño que hacía cada cambio de
estación, y la revista.
La historia comienza un miércoles por la tarde, estoy revisando unas
fotografías de un restaurante de moda, nuestro último artículo. Tengo que
clasificarlas para poder elegir las cinco mejores, de alrededor de quinientas
fotografías. Llevaba horas en ello, y las que me quedaban. Entonces aparece
Laura, con esos ojazos verdes desencajados, la sonrisa de oreja a oreja y su
melena medio larga, lisa y castaña, alborotada como la de un león de tanto
tocarse el pelo.
—Sé que estás ocupada… Me da igual, tengo que hablar contigo.
—¿Qué pasa? ¿Tienes una crisis existencial? Te noto más eufórica de lo
normal, y sí, estoy ocupada. ¿Has visto todas las fotografías que hay encima de
la mesa? Necesito la mejor para la imagen central del reportaje. ¡Una página
entera! De esta foto depende la historia que cuentes. O la historia que cuentes
tiene que hablar de ella.
Se quedó perpleja por el desastre que había montado en mi despacho: todas las
fotos revueltas, lápices, clips, separaciones con notas y apuntes para diferenciar
las que me gustaban de las que no, las que simbolizaban algo especial o las que
me decían algo diferente. Llevaba la blusa celeste, la mitad dentro del pantalón
de pinzas, y la otra mitad, fuera; el pelo mal recogido con un lápiz. Y dos vasos
de café vacíos en una esquina de la mesa.
—De acuerdo, tienes mucho trabajo. Te ayudaría, aunque no sabría por dónde
empezar. No sé, chica, yo el trabajo lo tendré después. Me quedaré hasta tarde
para poder acabarlo hoy. Mis nervios son por otro motivo, que, para mí, también
es muy importante. He estado hablando con Lucas. Hace casi un mes que
salimos, y apenas tenemos tiempo para vernos. Después de hablarlo durante un
rato, hemos decidido que el próximo puente nos vamos a ir a Santa Olaya, un
pequeño pueblo de la costa bilbaína. Me gustaría que te vinieras.
—¿Quieres que vaya con vosotros? ¿De qué?, ¿de aguanta velas? ¡Como si no
tuviera nada mejor que hacer!
Me sorprendí a lo bestia por el comentario de Laura, tanto que se me cayó el
bolígrafo que mordía al suelo y le solté lo primero que me pasó por la cabeza.
¿Se había vuelto tarumba?
—No. Lucas va a traer a un colega que, como tú, apenas sale de casa. No tiene
pareja, o eso es lo que me ha dicho Lucas. Es guapo e inteligente. ¡Podríamos
salir los cuatro!
—¿Que no salgo de casa? El viernes estuvimos de cena y después nos fuimos
de copas. La semana anterior estuve en la presentación del anuncio del perfume,
y la anterior salimos a tomar unas cervezas con los chicos de la sección. Dentro
de dos semanas tengo el reportaje de baño y seguro que, cuando lo acabe,
saldremos a celebrarlo hasta el amanecer, como siempre. Pero ¡si no paro en
casa!
—Todo trabajo y más trabajo, pero de salir a desmelenarte, ¡nada! ¿En la cena
con quién hablaste?, aparte de los trabajadores de la revista que ya conoces, que,
por cierto, la mayoría son chicas, y, de los chicos, el que no está casado tiene
novia o novio. En la presentación del perfume, ¿cuánto estuviste?, ¿una hora? Te
hiciste tres fotos con los modelos y tu jefe, te bebiste dos copas de cava mientras
paseabas observando a los comensales por si veías a un posible cliente o a un
posible modelo para la colección de baño próxima, porque sabes que tu amigo
Flavio a veces te da a escoger si te quieres traer a un o una modelo, ¿acierto?
Me cambió la cara. Pasé de estar agobiada a estar intrigada, era preocupante
que me conociera tanto. Me saqué el lápiz del pelo, dejándolo suelto y salvaje.
La miré fijamente. Una lucha de miradas. Ojos marrones contra ojos verdes.
—¡Me estás dando miedo! ¿Me espiaste por un agujero? ¿Eres una bruja de
esas que, con mirarte a la cara las muecas que haces, lo saben todo? No sé qué se
te está pasando por la cabeza. Aun así, no voy a ir a ningún sitio, y menos con
alguien que ni siquiera conozco. Y no lo digo solo por el amigo de tu novio,
también por tu novio. Lo he visto una vez y hablé con él menos de dos minutos.
Ni siquiera me acuerdo del color de su pelo, si es alto o bajo, si es simpático o un
pijo soberbio… No me malinterpretes, te quiero mucho y me gustaría pasar unos
días contigo, pero contigo, no con dos desconocidos.
El duelo de miradas pasó a ser mi cara de «no entiendo nada» y la de ella de
«te voy a convencer cueste lo que cueste». La miré de arriba abajo. No hacía
más que andar de un lado a otro en círculos. Con más velocidad, habría hecho un
agujero en el suelo. Hacía aspavientos con las manos gritando, como si estuviera
sorda. Más que intentar convencerme, estaba obligándome, eso sí, en plan
psicoterapéutico.
—Deja las fotos y escúchame un minuto. Son cuatro días. Podemos estar
juntas y divertirnos como hace meses que no lo hacemos. Pasear por la playa,
tomarnos unas tapas al atardecer o bebernos unas copas en una taberna vasca.
Relajarnos al sol sin hacer nada, pensar solo en chicos y cosas absurdas sin
importancia. Puede que saquemos fotos para el próximo artículo o puede que no.
Te recuerdo que el tema es un lugar con encanto, y allí habrá mucha variedad. Es
posible que hasta nos cueste decidir con cuál nos quedamos; sin embargo, lo más
importante será pasar cuatro días divertidos.
—Decididamente estás loca. Lo que estás diciendo no tiene ni pies ni cabeza.
Estos días quería limpiar, hacer la compra, visitar a mis padres… ¡Hace un siglo
que no los veo! Podría ir a correr o al cine. Hace meses que no voy.
—Para eso tienes el resto de los fines de semana. Este lo podrías dedicar a
pasarlo con tu amiga. A ligar, disfrutar del mar, y, con un poquito de suerte,
tendrías a alguien, además de mí, que pasara el tiempo contigo y te diera mimos.
Esos que yo no puedo darte, aunque te quiera mucho.
—¿Me has guiñado el ojo?
Su cara cambiaba de color, según iba hablando, y se le movía la cabeza de una
manera extraña. Parecía que, si no iba con ella, se acabaría el mundo. Y lo más
curioso es que tanta efusividad empezaba a contagiarme.
—Si no lo haces por ti, hazlo por mí.
No me apetecía nada ir, pero, por otro lado, esa sensación de relajarse y
descansar hacía bastante tiempo que no la sentía. Parar, respirar aire fresco, sin
pensar al segundo siguiente en lo que tenía que hacer. No sé si fue por mí o por
no escucharla, pero acepté. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Me merecía unas
minivacaciones y tenía miedo de que se convirtiera en la niña del exorcista con
esos movimientos tan raros de cabeza. Pensándolo bien, eran tan graciosos…
Al día siguiente por la mañana, preparé la maleta y una mochila para poner mi
cámara. No metí mucha ropa: un par de tejanos, camisetas, ropa interior y cuatro
cosas más. Desayuné a toda velocidad para no llegar tarde. Salí de casa mirando
el comedor, pensando en esos cuatro días como si fueran una eternidad. Suspiré,
cogí la maleta y la llevé a la oficina.
Salimos a las tres y nos fuimos al aeropuerto. Después de pasar la seguridad,
un par de horas de espera repleta de charlas sobre nuestras ansiadas vacaciones y
de un corto viaje en avión, llegamos a Santa Olaya. Eran las siete y aún
quedaban algunos rayos de sol calentando el maravilloso día norteño. Cogimos
un taxi. Se notaba que no éramos de allí, íbamos muy frescas. En Barcelona, será
porque es más grande la ciudad o porque es el este, hacía más calor y con una
blusa teníamos suficiente. En el pueblo, a pesar de su extensión, tenía veinte mil
habitantes, se nos erizaba la piel.
Cuando salimos del taxi, en pleno paseo marítimo y con un fuerte viento que
azotaba nuestras largas cabelleras, no dejábamos de frotarnos los brazos para
poder entrar en calor. Por suerte, el hotel estaba nada más cruzar la calle. Al
entrar, nos estaban esperando en el vestíbulo. Los chicos llegaron media hora
antes y nos esperaban antes de coger las habitaciones.
—¡Laura, estamos aquí!
Mi primera impresión fue buena. Dos chicos de 1,85 más o menos, pelo
castaño Pol y algo más claro Lucas, muy corto por detrás y largo, con algo de
tupé bien peinado por delante. Lucas iba superbién afeitado. En cambio, Pol
mostraba una barba marcada de una semana o diez días. Los dos informales, con
tejanos y jersey de pico. Nos acercamos a ellos y Laura me presentó.
—¡Hola! ¿Hace mucho que esperáis?
—No, hará media hora que hemos llegado. Nos hemos pedido un refresco
mientras hablábamos. Cosas de trabajo, también curiosidad por saber cómo era
tu amiga…
Lo dijo en tono pícaro. Un segundo más tarde, nos presentamos.
—Yo soy Laura. Ella es Isabel.
—Yo soy Lucas y mi amigo…
—Pol. Me llamo Pol.
—¿Queréis beber algo o preferís que vayamos a recepción? Aquel de allí, el
que parece que el pelo se lo haya lamido una vaca, lleva un rato mirándonos con
cara de pocos amigos.
Laura se acercó a Lucas y, agarrándolo de la cintura, suavemente le besó. Puso
esa cara de niña buena, la de no haber roto un plato en su vida, y expuso su
punto de vista sobre la situación peculiar en la que nos encontrábamos:
—¿Vamos a reservar las habitaciones? Sé que no lo hemos hablado, tal vez sea
mejor y más económico que cojamos dos. Una para nosotras y otra para
vosotros.
—Tienes razón, no lo hemos hablado, ¿o sí? Hablamos de pasar estos cuatro
días juntos. Tú y yo. Por eso decidimos venir. ¿Cómo vamos a estar juntos si
estamos separados?
Lucas puso cara de circunstancias; no era lo que habían planeado. Al último
momento en el aeropuerto, Laura me lo comentó. Me pareció bien, me daba
igual dormir sola que dormir con ella. Mi intuición me decía que su novio no
pensaría lo mismo. Al final se salió con la suya, pedimos las habitaciones,
dejamos las maletas, las mochilas, y nos fuimos a dar un paseo.
El atardecer en el paseo marítimo era fascinante. Los últimos rayos de luz se
reflejaban en los grandes ventanales de la hilera de edificios neoclásicos que
bordeaban la costa. El mar era bravo y rompía con fuerza en la orilla, llegando
hasta el pequeño muro que limitaba el paseo. Laura iba delante con Lucas, y yo,
un poco más atrasada con Pol.
—No sé cómo llamar a esto, me refiero a nosotros. No sé si es una cita a ciegas
o un emparejamiento tipo celestina. O simplemente dos personas que se
encuentran y empiezan a conversar. Como no sé por dónde empezar, comenzaré
por las preguntas básicas: ¿a qué te dedicas?, ¿desde cuándo conoces a Lucas?,
¿tienes novia? He de suponer que no; si no, sería rarísimo. ¿Dónde vives y con
quién? Y lo más importante: ¿eres un psicópata, asesino, pederasta o violador?
Porque tengo un espray de pimienta en la mochila y sé cómo usarlo. Hace dos
años hice un curso corto de defensa personal. No es porque yo lo diga, pero se
me da muy bien —dije nerviosa mientras me mordía las uñas, me hacía
tirabuzones con el pelo, cosa que no me hace falta, ya tengo el pelo ondulado, y
gesticulaba sin parar.
Por eso comprendí que Pol no dejara de sonreír, arrugar la barbilla y levantar
las cejas de vez en cuando. Supongo que lo trastoqué, estaba flipando con mis
preguntas. Aun así, se lo tomó bastante bien. Creo que le hizo gracia.
—Intentaré responder por orden. Si ves que me pierdo, no es que intente
marearte o que no quiera responderte, es que me he perdido de verdad. Soy un
hombre simple, y tú, una mujer complicada que hace un millón de preguntas…
Por cierto, la mochila te la dejaste en la habitación —dijo sonriendo, divertido,
mientras se frotaba la barba.
Arrugué el morro, observando que realmente no llevaba nada, había dejado
todo en el hotel. Él, impresionado por mi interrogatorio. Yo, preocupada por mi
descubrimiento después de la parrafada, le escuché atenta.
—Mi trabajo consiste en convencerte de que compres un libro, un CD, una
novela…
—Eres representante comercial.
—No, diseño portadas. Cuando tú compras cualquier cosa, lo primero que te
llama la atención es la portada, el dibujo, la fotografía, el lema o el título. Es
como la comida: si tiene una buena presentación, quieres comer, pero, si no te
entra por el ojo, dudas, puede que te la comas o puede que no, necesitas un
empujoncito. Y ahí entro yo.
—Interesante.
—Lucas, respondiendo a la segunda pregunta, trabaja conmigo. Bueno,
trabajamos en la misma empresa y tenemos el mismo horario. Desde entonces
solemos hablar bastante entre horas, aunque no somos lo que se dice amigos de
fin de semana, por lo menos hasta ahora… Pero pasamos muchos descansos
juntos, nos contamos nuestras historias y nos caemos bien.
—Hay buen rollo.
—Sí, algo así. La tercera… Ayúdame, creo que me he perdido.
—Si tienes novia.
—No, al menos que yo sepa, pero las previsiones no son malas, tal vez antes
de que acabe este fin de semana largo…
—Me está bien empleado.
Me ruboricé unos segundos y me sentí algo tonta por ello. Fue espontáneo y
realmente encantador. Un seductor nato, al menos conmigo. Sonrisa
perturbadora, mirada penetrante y muy seguro de sí mismo. Corpulento, brazos
anchos, musculosos y espalda trabajada en el gimnasio. En segundos le hice un
escáner mental y lo grabé en mi memoria. Algo me dice que él hizo lo mismo,
pero al minuto de conocernos, en la entrada del hotel. Yo fui más discreta, solo
ojeé. Él me observó muy detenidamente hasta que cogimos la llave. A pesar de
sus miradas de reojo cuando yo no miraba y su insinuante sonrisa, intentaba no
ser descarado. Todo lo contrario: iba paso a paso. Me gustaba, me gustaba
mucho.
—¡Chicos, mirad! Tiene muy buena pinta, ¿no creéis?
Laura señaló un cartel enorme donde ponía que salían ferris desde las ocho de
la mañana cada dos horas, todos los días durante el puente. Hacían paradas en
tres pequeñas islas. Una casi desierta, pero con una vegetación anómala y
magnífica para hacer fotografías espectaculares. Otra algo más grande, con un
par de granjas ecológicas y unos acantilados fantásticos, donde había varias
escuelas de submarinismo y de kitesurfing. Y la última, la más grande de todas,
se podría decir que era un pequeño y encantador pueblo de pescadores, que,
además de vivir de la pesca, también vivían mucho de los turistas ocasionales y
de su naturaleza. Todas tenían su encanto, se veían desde el puerto a lo lejos y
parecía una ocasión excepcional para hacer turismo rural o de costa, mezclado
con periodismo callejero.
—¡Son preciosas! Aquí pone que en una de ellas tienen una reserva de aves.
—Es verdad, y mira qué playas. Los acantilados parecen los que salen en las
películas en Escocia o Irlanda.
—En esta hay un valle lleno de flores de diversas especies. En algunas pone
que son muy raras de encontrar, será por el clima. ¿Vamos mañana? Por favor…
Estábamos entusiasmadas, era un paisaje fantástico según el catálogo y no
queríamos dejarlo escapar. Le pegamos el estado de ánimo a Lucas, porque
enseguida se apuntó.
—Me parece perfecto. Te puedes llevar la cámara, y yo, la agenda para coger
notas. Grabaré todo lo que me interese, puede que encontremos material para
varios artículos. ¿Te apuntas, Lucas?
—No hace falta que me pongas ojitos, me parece una idea fascinante y en
algún momento incluso podría ser romántico…
Pol, que hasta ese momento había estado alegre y cautivador, se frotó las
manos intranquilo. El vaivén de sus ojos color caramelo le delató, confesándose
tras una breve pausa.
—Siento decir esto, veo que estáis muy entusiasmados. Me sabe mal aguaros
la fiesta, aun así, voy a pasar. Por mucho que me apetezca y me parezca un buen
modo de pasar el día, no voy. Tengo fobia a los barcos, por muy pequeños que
sean, da igual la clase. Me mareo con arrancar el motor. Lo he probado varias
veces, en distintos modelos. No aguanto ni cinco minutos. Podéis ir vosotros,
daré una vuelta por ahí. Es una localidad particular, diferente a la ciudad en la
que vivimos. Serán solo unas horas, soy muy creativo, algo se me ocurrirá.
Al ver nuestro cambio de humor colectivo, insistió en que fuéramos nosotros.
Intentó con bromas y alguna ironía restarle importancia, era una excursión de
pocas horas. Incómodos, intentamos seguir con la conversación que teníamos
antes. Me mordía el labio constantemente. No estaba a gusto. Hubiera sido
genial ir los cuatro y pensé en ir otro día o no ir. Creí que, si íbamos, era mejor el
primer día, así el resto los pasaríamos juntos. Miré a la parejita. Laura caminaba
pensativa, Lucas la besó y se le olvidó todo. Cuando llegamos al hotel, entre
risas y arrumacos por parte de ellos, volvió a ser como si nada. Laura y yo
fuimos a cambiarnos de ropa. Estábamos congeladas, nos habíamos dejado la
chaqueta. Decidimos cambiarnos y deshacer la maleta, no sin antes comentar un
poco el gran obstáculo que suponía que Pol no viniera. ¿Íbamos a ir o nos
quedábamos y buscábamos otros lugares para un posible artículo? Sin encontrar
una respuesta definitiva, colgamos los cuatro trapos que habíamos traído en las
perchas y nos pusimos algo más cómodo y sexi. Unos tejanos ajustados push up
y una camiseta de esas sexis con un poquito de brillo. La de Laura era blanca, sin
mangas y con cuello; la mía, negra, con escote alto y tirantes cortos, bastante
ajustada. Cogimos la chaqueta y un pañuelo a juego.
El hotel estaba muy bien. La fachada, de color ocre, con bordes clásicos
blancos, muy de época. Las maderas oscuras y nobles, en color roble. Las
escaleras, amplias, de caracol entre plantas, con barandillas de hierro dorado.
Las habitaciones, blancas, con el suelo de mármol. Las camas coloniales, con
cortinas beis cerradas con un cordón trenzado dorado. Dos pequeñas lámparas de
cristales de colores decoraban las mesitas de noche y un sifonier a juego, con
patas de hierro dorado, presidía la habitación. Encima de él, un joyero para
colocar tus pertenencias, sin desacreditar, el enorme armario del mismo color y
estilo que había al lado de la ventana parecía más lujoso y caro de lo que era. El
personal en su mayoría era cercano y agradable, excepto alguno, como el de
recepción, que parecía un soldado en campo de batalla. Serio, disciplinado y
escueto. Solo teníamos alojamiento y desayuno, por lo cual fuimos a cenar a un
discreto bar que habíamos visto antes, mientras dábamos el paseo. Estaba cerca
del mar, pero sin vistas desde las mesas. Grande, no muy lleno. Con cortinas
cortas vistiendo todas las ventanas. Nosotras pedimos unas tapas de marisco y
tortilla de patatas para compartir, y ellos, una gran variedad de pinchos típicos
del norte y muy buenos. Durante la cena, los cuatro hablamos de nuestra vida,
nuestra rutina diaria y nuestro tiempo libre. Lo que nos gustaba, y que nunca
hacíamos. Lo que no haríamos nunca, y lo que nos gustaría hacer algún
día.Congeniamos muy bien. Lucas fue especialmente cariñoso con nuestra
querida amiga. Nosotros conectamos bien.
—Ahora el que preguntará seré yo. ¿Vino o cerveza? Yo prefiero la cerveza.
—Pues… yo diría que mejor cava.
—¿Whisky o ginebra? Personalmente, prefiero whisky.
—Si tengo que escoger, me decanto por el vodka.
—¿En serio?
Pol no dejaba de sonreír negando con la cabeza porque no daba una. Le
interesaba cada vez más por mis esquivas respuestas. Le parecía un reto, y eso le
aumentaba la libido. Sonreía en silencio, al hacerlo se le marcaban unos hoyitos
muy sexis en las comisuras de la boca.
—No lo hago a propósito, son tus preguntas, que no son adecuadas.
—Intento saber tus gustos, pero eres una mujer muy difícil y algo misteriosa.
—¡No, qué va! Me gusta el vino y la cerveza, pero me gusta más el cava. El
whisky no me gusta nada, ni la ginebra; sin embargo, me gusta el licor de whisky
al melocotón, el vodka, el Blue Curaçao y un buen mojito. ¿Ves como no soy
misteriosa? Si me sabes leer, soy como un libro abierto.
Una buena cena, risas y vino: fue una noche genial. Pagamos y salimos a dar
un paseo nocturno agarrados de la mano. Lucas y Laura contemplaban las
hermosas vistas del puerto marítimo y de sus alrededores. Los pequeños barcos
amarrados al muelle, la luna reflejada en el mar, el paseo, los besos… Un
momento mágico.
—¿Estás contenta de haber venido? Te lo pregunto porque sé que no hemos
pasado mucho tiempo juntos desde que empezamos a salir. He tenido mucho
trabajo y poco tiempo libre. Los wasaps están bien, pero tenerte delante es
mucho mejor. Eres preciosa, me gustas mucho. No sé si te lo había dicho.
—Sí a todo. Me siento de maravilla. Quería venir y pasar tiempo contigo,
conocernos mejor. Como tú dices, los mensajes y las videollamadas están bien,
aunque no es lo mismo que estar juntos. Me apetecían unos días de descanso,
salir de la rutina y divertirnos en parejas. Nunca he salido con Isa en pareja,
porque ella hace tiempo que no se divierte, solo trabaja. Por eso y por todo, estoy
feliz. Es un lugar muy bonito. Te felicito por la elección.
Se sinceraron, conversaron sobre el romántico paseo y sobre ellos. Los nuevos
amigos íbamos más adelantados buscando una discoteca, pub o bar de copas. No
dejábamos de bromear y coquetear entre nosotros.
—No me lo creo. Eres una mujer difícil, pero no imposible. No me creo que no
tengas pretendientes. Alguien debe de haber en algún lugar que esté loco por ti.
—Pues la última vez que miré no había nadie, sorprendentemente, claro. Con
mi simpatía y buen humor, deberían hacer cola en la puerta de mi casa, pero no,
no es el caso. ¿Y tú? Con esa labia que tienes y esa percha, ¿a cuántas tienes
comiendo en la palma de tu mano?
—Ríete, pero digo como tú, por raro que parezca, no conozco a ninguna que
esté interesada en mí, no de ese modo. Algo que no entiendo, porque tampoco
soy tan inalcanzable. Si me sabes tratar, soy muy cercano y agradable. Un osito
de peluche al que se puede abrazar y dar mimos, ¿no crees?
—No sé, no te conozco lo suficiente…
A los quince minutos de haber salido, y en línea recta, vimos un bar musical
abierto. Bastante concurrido, con música de los 2000, y entramos. Mucha gente
en la barra pidiendo, otros mirando a quién podían tirar la caña y pocos bailando
en la pequeña pista. Nosotras lo teníamos claro.
—Esta canción me la sé. Baila, sexy thing, es de Zucchero. ¡Vamos!
Exaltada, le cogí de la mano y, entre empujones, llegamos a la pista directas a
bailar. Mientras los chicos, que no eran mucho de bailar, se fueron a la barra,
Laura aprovechó que estábamos solas, entre comillas, para preguntarme sobre
las vacaciones, el hotel y los chicos.
—Al final la idea no ha sido tan mala, te estás divirtiendo. Nos estamos
divirtiendo. —Efusiva, gritando porque con el volumen de la música era
imposible oírnos, me recordó nuestras palabras en la revista—: Estos cuatro días
serán terapéuticos, ya verás. ¿Qué te parecen Pol y Lucas?
—Están bien, son simpáticos, bastante sencillos, aunque algo pijos, pero muy
bromistas y bastante atractivos, al menos Pol. Si le tengo que poner una falta, le
quitaría la barba. No está muy poblada, pero no le pega nada. Si estuviera
afeitado, estaría cañón. Su estructura ósea es completamente perfecta, su boca
está perfectamente dibujada, los labios gruesos y sensuales, los dientes perfectos
y…
—Mira por dónde, te voy a encontrar pareja. ¿Me estás diciendo que esos dos
desconocidos que te daban mal rollo te gustan? —me preguntó impaciente por
saber mi respuesta y deseando que le dijera que sí. Le gustaba mucho la idea de
salir en parejas.
—¿Te refieres a si me enrollaría con ellos? Bueno, con Pol, porque Lucas es tu
novio. Puede…
—¿Tú quién eres y qué has hecho con mi amiga? Que yo haya visto, no has
bebido tanto.
Bailaba. Me hacía la tonta, pasando un poco de ella. Cantaba, reía, sabía que
algunos tíos me escrutaban con la mirada, normalmente me quejaba, me salía mi
lado feminista antisociedad cuando me observaban tan descaradamente. Esa
noche hacía caso omiso, disfrutando de la música sin pensar en nada. No era por
la bebida, me había soltado el pelo, o solo quería hacerle rabiar. Era otra
posibilidad.
—Una cerveza muy buena y una copa de vino, este un poco fuerte, como Pol.
Se nota que va al gimnasio, esa espalda tan bien marcada no viene de fábrica.
¿Sabías que Pol es el jefe de Lucas? Está un cargo por encima de él, porque, en
realidad, jefe suyo no es, pero él tiene despacho y Lucas trabaja en un cubículo
con doce personas más.
—No, pensaba que hacían lo mismo, que estaban en la misma sección. Pero
¿eso qué tiene que ver con lo que yo te he preguntado?
—Nada. Baila y diviértete. ¿No hemos venido a eso? La misión era disfrutar de
unos días juntas: beber, reír, hablar, relajarnos y soltarnos el pelo. Resumido: no
pensar en el trabajo. Y es lo que estoy haciendo. Estoy pensando en un tío
macizo y encantador que quiere ligar conmigo. He decidido dejar que lo haga,
que me conquiste y me regale el oído, pasaré unos días geniales, desestresantes.
Quizás el domingo cambiemos las habitaciones. Tu novio se alegrará si lo
hacemos… Lucas es igual que Pol, o es lo que parece, pero, si Lucas te gusta,
adelante. No busques mi aprobación. Si te sirve de consuelo y te quedas más
tranquila, parecen agradables y saben cómo camelarse a una chica.
Llegaron con los cuatro cócteles. Pol, con una sonrisa grande y pícara, me
acercó el cóctel. Le devolví la sonrisa coqueta mientras giraba la cabeza a un
lado y a otro, tarareando la canción y contoneándome como una adolescente
delante del chico más guapo del barrio. Lucas se lo dio a Laura al tiempo que
bailaba alrededor de ella intentando seducirle con sus halagos. El tiempo pasaba
y Pol no me quitaba el ojo. Bebía un trago del cóctel y me comentaba algo
gracioso, volvía a beber atravesándome el escote con esa mirada cautivadora y
girando a mi alrededor como un satélite y su planeta. Lucas no dejaba de
bromear y abrazarla. Bailaban pegados, sensuales, mirándose fijamente.
***
—Laura estará de acuerdo conmigo en que esa noche fue memorable. La
misión de nuestro viaje era relajarnos y disfrutar. Yo lo hice: me desinhibí, me
porté como una colegiala delante del chico más guapo del instituto. No era por la
bebida, mi actitud cambió por decisión propia. Siempre estaba concentrada en el
trabajo, anotando mi día a día en mi agenda, controlando todo a mi alrededor.
Me acordé de las palabras de Laura en mi despacho y comprendí que tenía
razón. ¿Cuánto tiempo hacía que no tenía una relación con alguien o que no
echaba un polvo? La ducha me sentó bien, me hizo pensar en una nueva versión
de mí misma.
—Sí, estoy contigo. Esa noche fue el principio del cambio.
***
A la una de la madrugada nos fuimos con un buen sabor de boca, optimistas,
cansadas pero felices. Nos despedimos de esos dos hombres que teníamos
delante y que habían estado toda la noche desviviéndose por nosotras. Además
de atractivos, parecían seguros de sí mismos y muy ingeniosos. Me despedí con
un beso lento y suave en los labios de Pol. Un leve suspiro, mirada sensual,
sonrisa positiva y esperanzadora que le dejó ruborizado. Contento por ese
pequeño beso y con ganas de conseguir muchos más, me atrajo hacia él, a dos
centímetros el uno del otro, respirando el mismo aire los dos.
—Eres una mujer increíble, no solo por tu belleza, que es innata y natural, sino
por tu tremenda personalidad. Dices más con esos espectaculares ojos oscuros
como la noche que con tu preciosa boquita, la cual me gustaría volver a besar si
tu mirada me da permiso.
—Tú tampoco estás nada mal, desde el principio hasta el final, pero no sé si
eres real o solo quieres embrujarme con tus elogios para conseguir lo que deseas.
—¿Eso es lo que piensas de mí?, ¿que quiero seducirte? ¡Vaya!, me has leído
el pensamiento… ¿No serás tú la bruja?, ¿la que, con tu mirada inocente y tus
palabras, pretendes que caiga rendido a tus pies?
—¿Ves? Lo has vuelto a hacer.
Nos volvimos a besar un par de veces más apasionados desde el primer
segundo, sin querer apartarnos ninguno de los dos. Alguien tenía que ceder, y fui
yo la que dio un paso atrás.
—Hay que dejar algo para mañana…
Le guiñé el ojo provocativa y él me besó la mano caballeroso, dejándome ir
muy lentamente. Ellos se despidieron con varios besos largos seguidos de
algunas caricias y un pensamiento positivo por parte de Lucas.
—Sé que te lo digo en el último momento, pero hasta ahora he estado dudando.
He decidido quedarme mañana con Pol. Te había dicho que iría con vosotras, y
no quiero decepcionarte, esta noche ha estado bien y me quedo con ganas de
más, pero te respeto y esperaré a que estemos de acuerdo los dos. No dudes de
que mañana intentaré ser más convincente, pero, si no te importa, esperaré aquí
con Pol a que vengáis de la excursión, reservaremos para cenar en el lugar que
menos os esperéis y pasaremos una noche igual o mejor que esta. Espero que
mejor, pero tú decides —dijo en tono malicioso y juguetón, sabía ser muy
persuasivo, demasiado insistente para su gusto a veces, así y todo, la decisión de
quedarse le pareció muy acertada.
Nosotras al final no habíamos vuelto a hablar del tema y no habíamos decidido
qué hacer, así fue más fácil. Podíamos ir nosotras y volver por la tarde casi sin
que ellos se dieran cuenta. Queríamos ir por muchos motivos, pero para ellos no
era necesario. Le miró orgullosa y le calló con un beso largo, que le dejó
sonriente y satisfecho, luego le dio su opinión.
—Ha sido una gran noche y no sé si habrá más como estas, pero creo que él te
agradecerá el gesto que has tenido, podéis levantaros tarde y seguro que os lo
pasaréis bien. Llegaremos sobre las siete, imagino por lo que he leído en el
programa, luego podemos dejar las cosas, cambiarnos e irnos a cenar. Tendremos
muchas cosas de que hablar tanto nosotras como vosotros y, quién sabe, más
tarde podríamos desaparecer y dejar que los nuevos amigos se conozcan. Estoy
segura de que mañana será un gran día.
—Siempre tan optimista, eso me encanta de ti. Tu alegría, tu risa enorme y tu
actitud tan positiva ante cualquier piedra que se te pone en el camino, aparte de
tu escultural figura, tu preciosa melena castaña, y podría seguir así hasta
mañana. No lo haré, sé que no te gusta que te piropee mucho. No te preocupes
por nosotros, seguramente buscaremos un local para comer, luego nos daremos
una vuelta buscando algún lugar típico de aquí, como buenos turistas. Si nos
gusta, pasado mañana os lo podemos enseñar como si fuéramos expertos.
Haremos turismo de calle, reservaremos para cenar y puede que busquemos
algún lugar nocturno para visitar, con románticas y elegantes luces que os
puedan deslumbrar, y conseguir así que os abalancéis sobre nosotros. Es una
broma, encontraremos cosas que hacer.
***
—¿Te apetece un cortado o un vaso de agua? Seguro que tienes la lengua seca
y necesitas descansar. Continuaré yo explicando nuestra inesperada aventura.
***
2
CUANDO MENOS TE LO ESPERAS

Al día siguiente por la mañana, sonó el teléfono-despertador del hotel a las siete.
Entre bostezos y suspiros, con los ojos medio pegados, nos levantamos de la
cama. Yo me puse unos tejanos claros, una camiseta fina marrón chocolate de
manga corta y unos botines marrones de ante a juego con la camiseta; Isa, algo
parecido: unos tejanos azul denim, una camiseta de media manga, de pico, color
tierra, y unas botas con cordones del mismo color. Las suyas de piel dura.
—Esto es lo más cómodo que me he traído. Por si acaso, me llevaré la
chaqueta. Ya hemos descubierto el viento que hace aquí. Mujer prevenida…
—¡Mírala ella cómo sonríe! Te lo pasaste bien ayer con Pol, ¿eh? No, si no
quiero venir, no quiero venir. Mejor me quedo en casa, limpio, hago la compra,
bla-bla-bla.
—¿A qué viene ese recochineo? ¿Acaso tú sabías que iba a ser tan agradable?
¿Quién sabe? A lo mejor es un donjuán empedernido; puede que conquiste a sus
víctimas el primer día solo para enamorarlas y, una vez que están en el bote, se
acuesta con ellas y si te he visto no me acuerdo. O las conquista porque es su
carácter y después poder contar a sus amigos que ya tiene una más en el álbum.
—Se nota que te gustan mucho las series, que ese canal de pago está bien
amortizado, veo mucha imaginación y dramatismo en esa cabecita. Me he
pintado los ojos, cuando acabemos de desayunar, me pondré brillo en los labios.
En las islas hará aire y se me cortan enseguida…
—¿Dramatismo? El tiempo lo dirá. Prefiero ir natural. Me pondré crema para
que no se me corte la cara, pero paso del maquillaje, rímel quizás para que se me
vean los ojos más abiertos, están pegados del sueño que tengo. Puede que me
lleve un pintalabios por lo del viento, también se me cortan. Llevo la mochila
con la cámara, el monedero, la documentación, un neceser con algo del botiquín
y…
—¿Llevas botiquín? Sé que eres mi mejor amiga, y perdona que te lo diga,
pero eres un poco neurótica, lo sabías, ¿no? No nos va a pasar nada. Vamos,
hacemos fotos, apuntamos notas, grabamos, y disfrutamos de un espléndido día
de costa. En mi mochila llevo lo que cualquier mujer: la documentación,
maquillaje, pañuelos, las llaves, compresas y poco más. Puede que nos hiciera
falta protector solar para no quemarnos. Dicen que en el mar te coge más el sol.
—No sé de qué te extrañas. Vamos de excursión a un sitio desconocido. Hay
rocas, es húmedo y vas en un ferri, podríamos marearnos, resbalarnos o
cortarnos con alguna planta que pinche. No es tan raro que lleve algunas pastillas
y yodo. Puede que seamos alérgicas, hay mucha variedad de plantas. Lo del
protector ha sido una brillante idea, si vemos una tienda de souvenirs,
compramos.
—Me cogeré unos empalagosos cruasanes para el camino. No sé a qué hora
comeremos y, como tú has dicho, hay que ser precavida.
—Me decanto más por los minibocadillos. ¡Lástima que no nos podamos llevar
el café! Me bebería un par, estoy muerta de sueño.
—¡Ostras, será mejor que nos espabilemos! Si el móvil funciona bien, son las
ocho menos cuarto y el ferri salía a las ocho, vamos a llegar tarde seguro.
Por suerte para nosotras, estaba cerca. Cruzamos la calle y a unos trescientos
metros, o cinco minutos a paso ligero, llegamos a nuestro destino. Sacamos los
billetes abrumadas por las prisas y subimos.
El barco era bastante amplio. De dos pisos, con la decoración de madera color
nogal. Estaba lleno hasta la bandera. Buscamos dos asientos, pero no vimos
ninguno. Nos fijamos en que algunas personas llevaban sus maletas de equipaje,
como si fuesen a hospedarse en alguna de las islas. Iban vestidos de abrigo, con
anorak, paraguas y varias mochilas. Muy preparados en comparación con
nosotras. Un chico moreno muy guapo, alto, delgado pero fuerte cargaba unas
cajas de medicamentos y de ropa, con ayuda del capitán del barco. Nos echó una
ojeada disimuladamente y siguió con su trabajo, imagino que porque fuimos las
últimas en subir. Sorprendidas y entusiasmadas por nuestra pequeña excursión,
nos dieron un folleto en el que se explicaba qué había en cada isla y qué de esas
cosas estaban a nuestro alcance para ver. Algunas de las maravillas eran para
personas muy deportistas, algunos submarinistas y los biólogos, que vivían la
mayor parte del año en esa zona.
A los cinco minutos de entrar, comenzaron a explicar por megafonía la primera
isla que íbamos a ver, Isos. La más pequeña y también la más lejana. Un grupo
de estudiantes estuvieron haciendo selfis, cantando y gritando más de la cuenta.
El profesor les mandaba callar sin mucho éxito. Durante la travesía, estuvimos
charlando sobre la noche anterior y haciendo bromas sobre los días que nos
quedaban. Las expectativas eran muy buenas, teníamos muchas ideas en mente.
Conversamos sobre los chicos, sus propósitos para este viaje y cómo íbamos a
organizarnos para disfrutar al máximo de estos días. Queríamos que todo saliera
perfecto. Como este día era nuestro, en el siguiente serían ellos los que
decidirían dónde ir o qué hacer, así todos estaríamos contentos.
Isa cogió la cámara y, cómo no, retrató el barco durante el viaje. Fotografió
algunas escenas de los pasajeros, como besos de parejas con el mar de fondo, los
estudiantes haciendo el tonto; el capitán hablando con su atractivo amigo y a
nosotras haciendo posturitas con las islas de fondo, riéndonos y haciendo muecas
igual que unas niñas pequeñas que teníamos al lado. Después de casi una hora,
quizás algo más, llegamos a la isla. Al bajar, a unos cien metros, había una
pequeña casa de troncos de madera y unos aparcamientos con seis o siete jeeps
viejos y sucios, típicos en cualquier excursión por las montañas o en safaris. Un
poco desanimadas por los quince minutos de espera hasta que nos tocó el turno y
viendo la escasez de guías, nos fijamos en el chico guapo. Estaba descargando
algunas de las cajas en la caseta de información y al mismo tiempo hablando con
el jefe de los guías.
—Gracias, Nick. Como siempre, llegas puntual y cuando más te necesitamos.
—De nada, Santi, sabes que puedes contar conmigo. ¿Cómo va por aquí? Veo
que estáis entretenidos.
—Precisamente hoy que nos faltan dos guías… —Estaba con el teléfono fijo
en la mano esperando que le atendieran al otro lado de la línea—. Llevo
llamando desde ayer a la agencia para que me envíen más chicos que sepan esta
zona, y no hay manera de que me contesten. ¡Esto es injustificable!
—Tranquilo, hombre, habrá alguna explicación. Si no, cambia de agencia.
—¡No lo dudes! El martes iré yo mismo a Santa Olaya. Los mandaré bien lejos
y me iré a la agencia que hay en el casco antiguo, seguro que son más fiables.
Iremos con el todoterreno rojo, si quieren ir adelantándose, enseguida les
alcanzo.
Pasó el brazo por el hombro del chico como si fueran viejos amigos o un padre
y un hijo.
—Hace meses que no hago de guía, pero no hay más personas, solo quedo yo.
Dentro de dos horas vendrá otro barco y, si viene igual de lleno, voy a tener el
mismo problema. Va a ser un día largoooo…
—No te preocupes o te saldrán más canas. Te vibra el bolsillo, deberías coger
el móvil.
—Así es más cómodo, me canso de estar siempre al teléfono. Este número es
el de Fran, el submarinista. ¡Qué raro! Sí, ahora mismo voy. Es probable que no
sea nada, igualmente hay que informar. En cualquier caso, tengo el barco y a
Nick aquí hasta las diez. Ahora se lo digo.
—Esa mirada… Mi hora de descanso para almorzar creo que se ha esfumado.
—Estoy obligado a ir, te lo agradeceré cuando vuelva. Sé que no te gusta hacer
de guía, pero han encontrado algo extraño en la escuela de buceo. Parecen
residuos tirados al mar, pero ante la duda hay que verificarlo. Dentro de esa gran
bola enredada, a veces hay recuerdos antiguos, tesoros perdidos en el océano.
Conoces la isla igual que yo o mejor, y no suelo pedirte favores… No creo que te
den problemas. Dos chicos bien preparados, por lo que veo, y ellas parecen
bastante sencillas, además de unas jóvenes bastante guapas. Morenas, como a ti
te gustan.
Sonrió burlón al decirlo. Era un hombre corpulento, no muy alto, con algo de
barriga, pero bastante fuerte. De aspecto descuidado, rubio canoso, ojos verdes y
barba poblada. Se colgó una mochila a la espalda, se puso una riñonera muy
abultada y se despidió de nuestro improvisado guía. Los dos chicos se le
acercaron al oír que hablaba de la escuela de buceo.
—Somos submarinistas, nos están esperando en la escuela de buceo. De
madrugada, nos llamó Fran. Creen haber encontrado algo interesante, deben
bajar varias veces, colocar todo el material que necesitan, y necesitan ayuda o no
podrán subir lo que hayan descubierto.
—Estás chisposo hoy. Diría que no serán cuatro, sino dos. Y esas dos no es
porque sean chicas guapas o feas, ni morenas ni rubias. Si fueran señores
mayores o un matrimonio recién casado, también te diría que sí. Esta te la
guardo y, por el comentario, con intereses.
Se despidieron amigablemente y cogió las llaves del otro todoterreno. Puso un
gesto irónico en su sonrisa y se dirigió a nosotras con tono firme y seguro. No
quería problemas, así que fue bastante explícito.
—¡Hola! Soy Nick y parece ser que hoy seré vuestro guía, al menos en esta
isla. Tenemos una hora, tal vez menos, hasta que zarpe nuestro transporte hacia
Rogran, será mejor que nos demos prisa para poder llegar puntuales a nuestra
deseada cita.
Nos subimos al todoterreno y emprendimos nuestro breve tour por la isla. Lo
primero que vimos fue el increíble paisaje, una mezcla de rocas, vegetación
verde y húmeda. Lo más espectacular fue cómo los arenales artificiales y los
juncales daban paso a una pequeña marisma donde se encontraban las
innumerables aves, en su mayoría patiamarillas, que campaban a su aire por todo
el lugar: petirrojos, mirlos, garzas reales, pardelas, charranes, águilas culebreras
y otras especies migratorias variadas de las que no recuerdo bien el nombre, pero
eran igual de bonitas, sobre todo en bandadas. La ubicación, en plena rasa
mareal, hace de esta isla un lugar muy indicado para la observación de aves; sin
embargo, no era famosa por ello, sino por la vegetación tan rara que crecía en
sus tierras. Era muy singular, porque la otra parte de la isla estaba casi desierta.
Apenas había animales ni plantas, solo rocas áridas. Nuestro guía nos llevó al
norte, donde podíamos maravillarnos con toda esa variedad de flores silvestres,
llena de color y de vida, también por los animales, insectos y aves que la venían
a visitar.
Como era de esperar, hizo muchas fotos. También hizo algunas preguntas sobre
su historia, que contestó servicial. Yo cogía apuntes en mi cuaderno y grababa
notas en el móvil. Seguía grabando en su memoria el paisaje y disfrutando del
viento en el pelo. En algunos momentos hacía algunas panorámicas y eso no
gustó mucho a Nick, no por las fotos, sino más bien porque se ponía casi de pie
en el asiento y apoyaba la cámara encima del cristal delantero. Era descapotable.
No era para incordiar, sino para tener un mejor ángulo de visión. De reojo,
notaba su desagrado, su mirada clavada en su espalda. A pesar de la inquietud,
seguía haciendo fotos hasta que al final dejó de explicar la historia de la isla para
sermonearla.
—Sabes que eso no lo puedes hacer, ¿verdad? Aunque yo vaya despacio, hay
muchas piedras. El suelo está inestable y con cualquier movimiento puedes caer
con el coche en marcha. El jeep es antiguo y no lleva cinturones, pero eso no
quiere decir que tengáis que ir casi de pie en el asiento. Mira a tu compañera,
ella no se pone de pie.
—Lo sé, pero, tranquilo, son solo unos segundos y enseguida me siento bien.
Es normal que ella siga sentada, su trabajo es escuchar, grabar lo que cuentas y
disfrutar del paisaje. No es fácil encontrar un lugar tan bonito como este.
—Lo sé y lo entiendo, pero no te da derecho a comportarte como una niña de
seis años, sin ánimo de ofender, aunque es lo que parece.
—No me ofendo, a veces creo que tengo una niña en mi interior, pero esta vez
no es el caso. Las vistas son espectaculares y desde aquí tengo más perspectiva,
eso y que tengo bastante equilibrio. No va a pasar nada. No lo hago por
fastidiarte, es que soy fotógrafa de una revista documental. Necesito un buen
enfoque si quiero que los lectores se adentren en el artículo y vean lo que estoy
viendo —intentó tranquilizarlo, pero arrugó el ceño y se puso todavía más
irritable.
—Sé que no y por eso te disculpo en parte, pero sigo creyendo que tu vida es
más importante que una fotografía o un artículo. Puedes hacer otras
probablemente igual de perfectas sentada en el asiento. ¡No será que no tienes
valle!… Hasta esa niña pequeña con una cámara de usar y tirar podría hacer unas
fotos de película en este inmenso valle de flores silvestres.
Él tenía razón, en parte; sin embargo, ella pensaba lo mismo. Intentó explicarle
su razonamiento, sin éxito. Empezaba a alterarse más de la cuenta. En
consecuencia, intentó disimularlo.
—¿Has visto cómo está el cristal delantero? ¡Se podrían plantar patatas en él!
Si saco el brazo por el hueco de la ventana, se me puede caer la cámara con el
viento. Sé que no es culpa tuya, este no es tu trabajo, y no lo haces mal, pero
desde el asiento es muy difícil hacer una fotografía decente. Si te vas a sentir
mejor, me siento. Ya he hecho unas cuantas, así te tranquilizas un poco. Cuando
cambiemos de escenario, volveré a levantarme un minuto para hacer otras.
Llevábamos unos quince minutos de recorrido. Habíamos visto parte del valle,
todavía quedaba lo mejor, según su explicación. El problema era su carácter.
Cuando menos te lo esperabas, volvían a surgir las dagas de sus palabras. Vio
que cambiaba el objetivo para buscar otro tipo de enfoque. Se ofuscó.
—Creo que no lo has entendido, no soy un niño al que puedas tranquilizar con
suaves palabras o calmar con un caramelo. ¡Soy el guía! Por lo tanto, el
responsable de vosotras mientras estéis en la isla. Mientras estéis conmigo, tengo
que mirar por vuestra seguridad. Siendo fiel a mis principios y a lo que he
aprendido en estos años, lo que estás haciendo no me parece seguro.
Paró el coche y la invitó a bajar con aire sarcástico:
—Ahora puedes hacer las fotos que quieras. Cuando acabes, me avisas y
continuamos el circuito.
Se dio media vuelta, cogió el móvil y se puso a hablar por teléfono. Se quedó
pasmada. Se encendió como una cerilla después de frotarla con la caja.
—¿Lo has oído? Cualquiera diría que me iba a matar por hacer una simple
fotografía, por levantarme un poco del asiento… ¿Es mi imaginación o está un
poco paranoico? Yo no me he metido con él, he intentado ser agradable, ¿por qué
es tan neurótico?
Al verla tan irritada, obcecada por su comportamiento, la aparté para que Nick
no se enterara de sus explosivas críticas.
—¿A dónde me llevas? ¡Será borde y estirado! ¿Quién se ha creído que es?,
¿mi guardaespaldas? Sé cuidar de mí misma. No estaba haciendo nada malo, no
para ponerse así. Es un exagerado. Intentaba ser amable, pero él …
—Tampoco es para tanto. Él piensa en nuestra seguridad, lo ha dicho para que
tengas cuidado. Ha sido educado, considerado y te ha explicado por qué.
Además, es bastante atractivo… ¿Has visto que ojos tiene? Azules como el mar,
y su rostro entero es como el de un adonis salido de una isla griega.
—¿Como el mar? ¡Yo diría como el hielo!
Le lanzó una mirada que le atravesó su irónica sonrisa de medio lado, la misma
que ponía mientras hablaba por teléfono con esa misteriosa persona. Ni se
inmutó. Después de unos minutos colgó y su rostro se volvió gélido otra vez. A
ella se le quitaron las ganas de hacer más fotos, estaba tan desconcentrada que lo
dejó. Nos subimos al todoterreno y reanudamos la marcha. El viento no era muy
fuerte, aun así, te movía el cabello a pesar de la cola que llevábamos. A veces
nos ajustábamos la chaqueta como si fuera a abrigarnos más.
—Bien, ya que has terminado de hacer locuras, os seguiré contando un poco la
historia del lugar. En principio, todo lo que veréis a vuestro alrededor, dentro de
cinco minutos, lo ha formado la erosión del agua, que, con el paso del tiempo, ha
moldeado esta piedra arenisca, y en algunos sitios limonita, por todo el cabo.
Algunos dicen que data de la era cretácica. Justo en frente de la punta norte,
veremos el peñón de Calke, formado en su totalidad por roca caliza. Allí es a
donde vamos, aunque no subiremos, no tenemos tiempo. Nos quedaremos en la
falda del peñón.
Mientras explicaba, Isa no podía evitar mirarle de reojo. Sus ojos grandes y
marrones, si fuera un cómic, aparecerían pintados por dentro y, en vez de
marrones, serían rojos como el fuego. De su boca saldrían letras ilegibles que
nadie sabe lo que significan, como el emoji del WhatsApp. Tenía las cejas juntas
y los dientes apretados para no decir ninguna barbaridad que provocase otra
disputa entre los dos. Le sabía mal por mí, que la observaba preocupada.
Intentaba calmarla con gestos, sin que nuestro arrogante amigo lo notara. La
cámara estaba encima de los tejanos y tenía los brazos cruzados.
Él, muy seguro de sí mismo, hablaba como si no hubiera pasado nada. Su pelo
negro liso, largo por delante y por detrás, sin llegar a corte midi. Sus ojos azul
intenso parecían de fiar. Su boca pequeña y rosada emitía una sonrisa algo
diabólica, según el comentario que hiciera. El sonido de su voz, en cambio, era
relajante. Sabía contar historias de manera que te quedaras absorta escuchándolo,
por muy rabiosa que estuvieras.
—La naturaleza caliza de su terreno permite que se hayan desarrollado algunas
cuevas en su interior y exuberancias fluviales, creando fantásticos y peligrosos
acantilados. Recalco lo de peligrosos porque ahora bajaremos del coche para que
hagáis las fotografías que queráis, pero, eso sí, sin acercaros mucho a la orilla.
Con esto subrayo el borde del acantilado, donde el suelo es particularmente
resbaladizo. Podéis ir hasta las primeras rocas, pero bajo ningún concepto
atravesar aquellos algarrobos y retamas que se ven desde aquí, ¿queda claro,
chicas?
—Supongo que lo de chicas va por mí. Pues bien, como te he dicho antes, me
llamo Isabel y ella, la que siempre sonríe y piensa bien de las personas que no se
lo merecen, se llama Laura. Por si antes tampoco te has enterado, soy fotógrafa,
es mi trabajo, y soy buena. Si quieres ganar dinero con ello, no puedes hacer
cualquier fotografía, de cualquier manera. Para eso están los turistas y los niños
que has comentado antes. El secreto está en hacer una que te lleve al lugar donde
has estado, que te sumerja dentro de ese momento, haciéndole ver al lector lo
que tú has visto. Si es para uso personal, recordarte en un momento determinado
lo que ya has vivido. En cualquier caso, hay que buscar el mejor enfoque y, para
ello, hay veces que te tienes que arriesgar. Aunque lo del asiento, permíteme que
discrepe, tenía poco de peligroso y mucho menos de arriesgado. Pero supongo
que eres de esos que siempre quieren tener la razón.
Esperó impasible a que terminara su crispado monólogo.
—Solo cuando los demás no la tienen. Es tu opinión. No tenemos por qué estar
de acuerdo. Intenta buscar el enfoque sin caerte por el acantilado, porque, si lo
haces, serás comida para los innumerables y hermosos peces que rodean esta
maravillosa isla. Cosa que no creo que le guste nada a tu amiga Laura, tu novio o
a tu familia. Es más: estoy convencido de que tampoco al periódico, revista o lo
que sea para el que trabajes y por el que sacrificas tu vida por algo más de dinero
en tu cuenta corriente. —Lo dijo sereno, con tono irónico y un tanto burlón.
La sangre se le encendió, corriéndole por las venas como el punto de ignición
de un incendio, deprisa, fundiéndole las arterias. No había bombero en ese
momento que pudiera apagarla. Cogió la cámara con rabia y lo fusiló con la
mirada. Caminó con paso firme y ligero para alejarse lo más rápido posible de él.
Le hubiera dicho mil cosas, finalmente pensó que no merecía la pena. Miró hacia
adelante y siguió sin mirar atrás. Anduvo con cuidado, el suelo estaba lleno de
roca lisa, húmeda, con moho y resbaladiza. Pensaba que esta vez tenía razón en
lo de que era peligroso e inseguro. El problema estaba en la manera de decirlo.
Lo encontraba arrogante y provocador. Le seguí sin decir nada para no alterarla
más todavía. Sigilosa, más mirando al suelo que al espectacular paisaje que nos
rodeaba. Se acercó a una roca enorme y con cuidado se apoyó en ella para hacer
unas cuantas instantáneas. Quería reflejar al máximo posible la erosión del
acantilado y buscó el ángulo perfecto. Una vez acabado, cerró los ojos unos
segundos para relajarse, respirar profundo y volver a abrirlos, disfrutando del
espectáculo visual, muy difícil de encontrar en nuestro país.
Nick no dejaba de observarla ni un instante, no se fiaba de ella. Ella notaba su
mirada penetrante y firme, cuando se giraba él disimulaba haciendo ver que
buscaba algo en el móvil. Había salido del coche, apoyándose en un costado de
este, frente a nosotras, y así tenernos más vigiladas.
—Unas vistas impresionantes, pero da un poco de yuyu mirar hacia abajo. He
hecho un par de vídeos con el móvil, aun así, sería mejor que hicieras alguno con
la cámara. Mira allí. Creo que hay personas y van vestidos de neopreno. Estarán
haciendo ese curso del que había hablado antes nuestro querido guía, tal vez sean
ellos los que lo han llamado.
Tuve un pequeño traspié. Isa llegó a mí sin problemas y me agarró. Nick se
movió deprisa acercándose a nosotras. No hizo falta, ella pudo solucionarlo. Se
giró hacia él pizpireta, gesticulando que no tenía por qué preocuparse. Satisfecha
demostrándole que no solo él era responsable, ella también lo era, por mucho
que lo dudase. En su interior sabía que no tenía por qué hacerlo, era un completo
desconocido; sin embargo, su orgullo era más fuerte que cualquier pensamiento.
—Intentaré grabarlos, no creo que pueda hacerles una foto decente desde aquí.
—Es una escuela de buceo y submarinismo, también un centro de biología
marina. Desde aquí no se aprecia, pero hay una casa construida a trescientos
metros de la playa. Solo bajan expertos, personas que no quieren hacer turismo,
sino que vienen a bucear y observar la variedad de fauna marina. La llamada que
ha recibido Santiago era de ellos.
Nick estaba detrás nuestro, aunque mantenía las distancias. Después de la
inesperada explicación, Isa quiso acercarse para hacer ese vídeo, ya que estaban
con todos los instrumentos preparados para sumergirse en el mar. No pretendía
pasar los límites establecidos, iba con mucho cuidado y observando cada detalle
del suelo rocoso. Segura de sí misma tal vez, se confió demasiado. No estaba
cerca del borde del acantilado, sí cerca de una roca puntiaguda y de otras más
deformes e inestables. Las mismas que le hicieron escurrirse y tropezarse dos o
tres veces hasta caer. Intentó agarrarse a una piedra, pensando más en la cámara
fotográfica que en ella. No pudo evitar perder el equilibrio y precipitarse hacia
delante. El borde estaba lejos. Al intentar no caer, fue balanceándose unos pasos,
más probablemente a una muerte segura al haber tantas piedras o, como mínimo,
a una situación complicada. En los segundos que tardó desequilibrada
balanceándose a un lado y a otro, Nick se adelantó. Vio venir la caída y, raudo
pero seguro, sabiendo exactamente dónde pisar, llegó hasta ella. Todavía no sé
cómo, le agarró justo cuando su cuerpo, después de varios pasos, giros e intentos
de mantener el equilibrio, se abalanzaba hacia adelante, directa al pico de una
gran roca. Le cogió con tanta fuerza los brazos y con tanto impulso que los hizo
retroceder unos pasos, cayéndose para atrás contra las primeras rocas que le
habían hecho resbalar. Estaba girada y me di la vuelta al notar la velocidad del
guía al pasar cerca de mí. Emití un esperpéntico grito antes de llevarme las
manos a la boca.
—¡Cuidado! ¿Estáis bien?
—¡Aaah! ¡Joder! Si es que… ¡No podía ser de otra manera! ¡Seré idiota!
Nick gritó del dolor, después se volvió deprisa hacia ella. Llegué hasta ellos
como pude. Desesperada, le grité con los ojos desencajados al ver que no me
respondía y sin saber qué hacer con su cuerpo inerte en el suelo.
Él se había dado un buen golpe entre el omóplato y las costillas contra la
piedra. Ella había caído de lado, parte encima de él y parte en las rocas.
Cincuenta y nueve kilos repartidos en 1,73 de estatura se cayeron encima de él.
Además de su peso contra las rocas y el suelo. Su hombro derecho se había
estrellado contra una piedra lisa, quedando el lado de la sien en el suelo arenisco.
La ropa manchada, con algún agujero, inconsciente, con la cabeza entre el suelo
y las rocas. La escena era caótica. Le apartó suavemente de él un poco, tal vez
unos centímetros. La idea era ver si las heridas eran superficiales o habría que
llamar a un helicóptero médico de rescate. Excepto por la cabeza y parte del
hombro, parecía estar bien.
—Déjame ver… Se ha clavado algunas piedras pequeñas en la sien, además
del fuerte golpe. Puede que sea algo grave, sangra un poco… ¡Voy a por el
botiquín!
Con paso ligero, torpe por el dolor y poniéndose la mano en el costado, llegó al
todoterreno. Iba a llamar a emergencias, cuando muy lenta abrió los ojos. Solté
el teléfono y me centré en comprobar su estado.
—¡Qué susto me has dado! No sabía qué hacer, te sale sangre de la cabeza…
—Estoy bien, solo me duele la cabeza. ¿Dónde está la cámara? ¿Se ha roto?
Vio venir a Nick con una mochila, supuso que había sido él el que la había
agarrado por detrás. Notó la presión de sus manos en sus brazos antes de que
todo se desvaneciera. Iba todo desollado. Los tejanos oscuros habían quedado
parcialmente blancos. La camiseta gris claro parecía el papel con el que
envuelven los churros. Su rostro desencajado, no sé si por el dolor o por la rabia,
imponía bastante. Puede que estuviera dolorido, aunque le preocupaba más su
mirada furiosa. Imaginaba que sus palabras serían mucho peores, que le esperaba
un buen rapapolvo.
Bajó la cabeza desalentada. Lo más fuerte de todo es que no podía defenderse.
Si no fuera por él, a saber lo que le habría ocurrido.
3
ALTA TENSIÓN

—¿Cómo está él?, aparte de rabioso y con ganas de abofetearme.


Intentó lenta y con mucho dolor incorporarse, preguntándome qué había
pasado y la reacción que había tenido al caer.
—No lo sé. Con los nervios, no le he preguntado. Ha salido pitando al ver
cómo salía la sangre de tu cabeza. Sé que no es excusa, pero no respondías a mis
leves sacudidas y mis gritos. No me he acordado, aunque su expresión lo dice
todo. Tiene la cara descompuesta de dolor y se toca las costillas.
—¿Cómo estás? ¿Ves borroso? ¿Puedes moverte bien? Brazos, piernas…
Mírame a los ojos y sigue mis movimientos, si notas algo raro, me lo dices.
Sacó una linterna pequeña y alargada, las que tienen los médicos o sanitarios
para que la sigas con la mirada. Le hizo una pequeña revisión para comprobar
que sus funciones neurológicas estaban en orden. Apretó las manos contra él.
Pisó el acelerador supuestamente y otros movimientos más que descartan una
conmoción cerebral, incluido un pequeño interrogatorio personal, como ¿cómo
te llamas?, ¿cuándo es tu cumpleaños? o ¿dónde vives?, cerciorándose de que
tampoco tuviera amnesia. Les dio un leve repaso a las magulladuras de su
cuerpo, rozándole para que no se quejara, subiendo lentamente sus manos y su
vista hacia la parte trasera de la cabeza y la sien.
—En el cogote te saldrá un buen chichón. Lo demás, quitando los numerosos
rasguños, desinfectándote bastante, no parece grave. Ahora que he comprobado
que sobrevivirás y que no es nada urgente, te curaré la herida, no sin antes
preguntarte en qué estabas pensando. ¿Estás loca o querías suicidarte? Igual
tienes un problema de oído, porque he sido bastante claro al decir que no
pasaseis de los arbustos. ¿Tan difícil para ti es obedecer una orden? No tenía que
haberme dejado convencer, tendría que haberme negado. Me habría ahorrado
este viaje tan movidito y frustrante, una fractura en las costillas y…, qué sé yo,
un posible ataque de nervios.
Entendió que había llegado el momento que tanto temía. Tenía que afrontarlo
sin discutir ni decir algo de lo que pudiera arrepentirse. No había pasado de los
arbustos, o no literalmente. Se había quedado en el umbral, así y todo, no debía
discutir. Agachó la cabeza y esperó a que pasara el chaparrón. Mientras le reñía
y le desinfectaba las heridas, lamentaba en su interior todo lo ocurrido, sus
heridas y su dolor.
—¡Ains!
—¿Escuece? ¡Pues te lo mereces! Seguramente te tendrían que poner puntos
porque el corte es profundo. Te he quitado algunas piedras con las pinzas, las
que se aprecian a la vista, pero no sé si queda alguna más. Puede que se te
infecte… Eres una inconsciente e irresponsable que encima tiene suerte. Podría
haber sido mucho peor, te lo puedo asegurar. No eres la primera loca con la que
me cruzo, y pensar que todo esto lo podía haber evitado…
Le pasaba lo que me pedía sin decir nada. Le miraba suspirando, medio
llorando, imaginando lo que podía haber ocurrido con algo de mala suerte. Ella,
avergonzada, se sentía como una niña pequeña a la que sus padres le están
echando la bronca del siglo. Él levantaba la vista ojeando sus muecas de dolor, la
bajaba, la curaba, y volvía a levantar sus enfurecidos ojos celestes. Vigilaba sus
gestos, su mirada. Esperaba que le contestase, le replicase para poder
desahogarse mejor. No pensaba hacerlo, no sabía qué decir.
—Te he puesto unas grapas después de desinfectarte, entre los dos te
ayudaremos a levantarte, a ver cómo te encuentras. Si te mareas o ves que te
cuesta caminar, que estás fatigada o temblorosa, llamaré a emergencias y que te
lleven de vuelta a Santa Olaya. En el hospital te curarán mejor y podrás venir
otro día. Con un poco de suerte, no estaré por aquí.
Cabreada por su comentario, orgullosa, le contestó con la poca fuerza que
tenía:
—Estoy bien, solo tengo un enorme dolor de cabeza que dentro de un rato se
convertirá en colosal, porque, según tú, me saldrá un chichón. Me duelen un
poco el costado y el hombro, nada preocupante, solo son rasguños, diría que a ti
te duele más. Por las marcas en tu camiseta, tú también te has hecho bastante
daño. Lo siento. Caminaba con seguridad, controlaba todos mis pasos con
mucho cuidado. No sé qué ha pasado… A lo mejor tienes razón, y soy impulsiva
e inconsciente. Gracias por los primeros auxilios, y sobre todo por salvarme la
vida, pero tú también deberías hacerte una revisión, estás sangrando… Y,
tranquilo, no creo que haga falta llamar a nadie, puedo caminar perfectamente.
Al pedir disculpas se le escaparon algunas lágrimas. La situación era muy
violenta, y no entendía por qué él estaba más cabreado de lo normal. Entendía
que se enfadase, pero tanto… Le salía humo por las orejas y, si pudiera, fuego
por la boca, como un dragón. En un esfuerzo por aparentar seguridad en sí
misma, comenzó a caminar muy despacio hacia el coche. Orgulloso, le seguía
con la mirada, desubicado por su sinceridad, pero sin bajar la guardia.
—¡Espera! Tienes sangre en la parte trasera de la chaqueta. Será mejor que te
la quites, puede que tengas alguna herida más que no haya visto.
Se había desollado el hombro. Por suerte, la camiseta era ancha. Al ser de pico,
pudo estirar hacia abajo para curarle. Le echó yodo para desinfectar, y, con una
gasa, le cubrió la herida. Cuando llegamos al coche, se sentó para conducir. Ella
se sentó a su lado, los asientos delanteros eran más anchos. Él también sangraba
por el costado. No sabía cómo decirle que podía curarle, o al menos intentarlo.
No iba a confiar en ella. Se giró hacia él antes de que arrancara. Quiso ayudarle,
devolverle un poco el favor. No lo hacía por ella, sino por él, por las arrugas de
su rostro, que indicaban su mal estado.
***
—A su favor, alego que habría hecho lo mismo. ¡Imagínate que no hubiese
llegado a tiempo! Ahora no estaríamos sentadas disfrutando de esta historia y de
una amistad de muchos años. Como jefa de la revista, me habría disgustado al
perder a alguien como tú, pero, como amiga, no sé cómo lo habría encajado —
aclaró Amanda.
—Tú habrías muerto, yo habría enfermado al perder a mi mejor amiga en tan
graves circunstancias, y él nunca más habría hecho de guía. Sin contar con que
superar una muerte así, desconocida o no, hace cambiar el carácter de cualquier
persona. Se habría vuelto más arisco, reservado. A partir de ese día, habría
odiado a todas las mujeres por ser tan cabezonas e indisciplinadas —añadió
Laura dramatizando.
—¡Qué exagerada! Nuestros destinos habrían sido distintos, nada más. Mi
familia, mi marido, mis amigos… Tu familia, tu marido… Esos cuatro días
cambiaron el rumbo de mi vida y, de rebote, también la de Laura, pero dejaremos
que siga contando. Acabamos de empezar, no os desesperéis.
***
—¿Me dejas mirar a ver qué te has hecho? Quizás tú también necesitas
primeros auxilios, y yo, aunque no lo creas, he estudiado Enfermería dos años.
Sé cómo curarte la sangre que te sale del costado y, como tú has dicho, puede
que tengas una fractura en las costillas. Tus movimientos cortos y tus gestos
expresan más de lo que dicen tus escasas palabras. Tal vez solo sea una
contractura, aun así, necesitas que te curen para poder conducir. Tú decides…
—Aguantaré hasta que me vea un médico. No te ofendas, pero prefiero llegar a
Santa Marta. Allí iré a la clínica a que me curen o, si hace falta, que me hagan
una radiografía.
Cuando movió el brazo para tirar marcha atrás, su cara cambió de color. Isa
insistió aun sabiendo que encontraría una excusa para negarse. Yo comenzaba a
mosquearme, suelo tener bastante aguante, pero mi cabeza estaba a punto de
explotar con tantos tira y afloja.
—Deja que te mire. No pierdes nada, pero puedes sufrir menos hasta que vayas
al médico. Créeme, sé de lo que hablo.
—No lo dudo, pero esperaré. No es la primera vez que me caigo o resulto
herido. Gracias.
—Creo que hay más de un inconsciente y cabezota por aquí, no solamente Isa.
Lo hemos hecho mal, no lo voy a negar. Hemos sido imprudentes y digo hemos
porque yo también he estado a punto de caerme y suelo vigilar bastante por
dónde piso. A lo mejor ha sido mala suerte y no hay que darle más vueltas.
Deberías dejar que te viera la herida, es verdad que estudió Enfermería, y sigue
haciéndolo. Los fines de semana hace prácticas en un hospital que hay cerca de
su casa. Eso, la fotografía y otros trabajos suplementarios que hace. Además,
hará cosa de tres meses, estuvimos durante un mes y medio con unos
paramédicos para recoger información y hacer un extenso reportaje sobre ellos.
Te aseguro que aprendimos muchas cosas las dos, incluso yo podría intentar
curarte. Mi problema es que yo no sirvo para eso, la sangre me marea, las
jeringas me dan pánico, dudo de todo y no acabo de entender algunas partes del
cuerpo humano. Ella, por el contrario, no tiene ningún reparo. Le motiva, le
gusta y se le da bien. Por muy enfadado que estés, tú también has sufrido en la
misma caída que ella. Entonces, ¿cuál es el problema?
Ante mi repentino enfado, que hasta ese momento había sido disciplinada y
amable con él, frenó el coche en medio de la carretera. La miró desconfiado,
pese a ello se dejó revisar. Le dolía bastante. Se fijó en cómo le bajaba la sangre
hacia el pantalón. Levantó un poco la camiseta gris claro de pico, era de manga
larga, aunque tenía los brazos remangados. Se la sujetó mientras comprobó un
gran arañazo en la piel provocado por el pico de una de las piedras rugosas y
puntiagudas que había en el suelo.
—Lo dicho, la sangre me marea. Será mejor que vaya a por la mochila, creo
que la vas a necesitar.
—Te ha dejado un trozo de piel en carne viva. La sangre es escandalosa,
tranquilo, no es para tanto, no creo que necesites puntos. Aun así, te dejará
marca durante un tiempo. Está bastante colorado y hay varios arañazos
alrededor. Te saldrá más de un moratón.
Le curó la herida, Nick no rechistó, no se quejó de dolor o escozor. Aguantó el
tipo con mirada desafiante, apretaba los dientes observándola fijamente, con
ganas de estrangularla. Con sumo cuidado, le hizo girar para mirarle el hombro y
el omóplato. Le bajó la camiseta tirando de ella suave y le rozó con las manos,
palpando a ver si notaba algo grave.
—¡Ahh! Está bien, me ha quedado claro que tengo algo.
—No hay fractura, o eso creo, pero se te va hinchando por momentos. Quizás
sean varias contracturas entre las costillas y el omóplato o una contusión. ¿Crees
que en esa mochila tendrás alguna crema antiinflamatoria? Te puedo dar un leve
masaje con ella para bajar la inflamación hasta que vayas al centro médico.
—Es posible, recuerdo un par de pomadas, no sé si son esas. ¿Por qué crees
que puede ser algo más? Has dudado.
Nick se ablandó un poco al ver que Isa no lo hacía nada mal. «No sé si es una
inconsciente, una esnob de ciudad, atrevida, o alguien coherente que ha tenido
mala suerte. Solo sé que me pone nervioso», dijo Nick en su mente.
—A veces, al recibir un golpe fuerte contra algo tan duro puede formarse un
hematoma interno. No se ve físicamente, o no ahora mismo, pero cuando hayan
pasado unas horas es probable que notes un dolor más intenso. Puede que
incluso unos días. No digo que suceda, sino que cabe la posibilidad. Por suerte,
estás bien de forma física, tu cuerpo ha aguantado bien el golpe.
Cuando le subió por completo la camiseta abrimos los ojos como platos. Su
cuerpo parecía moldeado, desde todos los ángulos, a la perfección. Lo veía por
detrás y la perspectiva no era la misma, aun así, lo veía fibroso, delgado pero
musculoso. Imagino que mi estimada amiga, que lo masajeaba, pensó algo
parecido, por su mirada perpleja.
—Suelo tener bastante trabajo. Cuando tu cuerpo está en constante
movimiento, también haces ejercicio pese a que no vayas a un gimnasio
literalmente. Es probable que sea el impacto de la caída. No me duele mucho.
Me darán algún medicamento para calmar el dolor, y listo. ¡Ayyy! Si me
aprietas, está claro que sí. ¡No soy de piedra!
—No he apretado demasiado, pero un poco es necesario, sino es imposible
bajar la inflamación, y, aun así, no sé si servirá de algo. —Se lo contó al oído al
bajarle la camiseta, él se sorprendió. El nerviosismo era palpable, al igual que la
alta tensión entre ellos. Me atrevería a decir que por un segundo se ruborizó pese
a que no lo puedo confirmar. Fui a dejar la mochila en su sitio y se perdió el
momento.
***
—Yo estaba ahí, y no vi nada. Lo que sucede es que mi querida amiga tenía
mucha imaginación.
—Sí, lo que tú digas, corazón. La que está contando ahora soy yo, y lo cuento
a mi manera, según mi perspectiva y lo que vieron estos hermosos ojos.
***
El resto del trayecto hacia el barco fuimos en silencio. Yo decía alguna
tontería, ninguno de los dos me respondía, como si no existiese o fuese invisible.
La tensión se palpaba con las manos. Como estaba sentada detrás sola y
aburrida, me centré en observar las vistas. La carretera de vuelta era más
estrecha aún que la de ida y tenía bastantes curvas, algunas de ellas muy abiertas,
por lo que te dejaba unos segundos para disfrutar, o no, de los espectaculares y
colosales acantilados, el mar azul intenso y numerosas islitas sin apenas
vegetación que parecían, cuando rompían las olas, bailar alrededor nuestro.
Pasadas esas curvas, y a cinco minutos de llegar a nuestro destino, se podían
apreciar decenas de encinas a nuestro alrededor en los dos lados de la carretera.
Durante el transcurso del viaje, veías cómo Nick, irritado, miraba de reojo a
Isa. Estaba apagada, con la mirada perdida, con el brazo apoyado en el cristal de
la ventanilla. Cuando llegamos al aparcamiento, el guía anterior no había llegado
todavía. Nick le dejó una nota explicando lo sucedido. Ayudé a Isa a subir al
barco, aunque estaba mejor, le dolía la cabeza.
—Vamos, anímate. Al final no ha pasado nada, las heridas no son graves, te ha
venido bien traerte el paracetamol. Ahora iremos a la otra isla, que es más
grande y segura. No es tan rocosa, no nos caeremos. Veremos la reserva de aves
y las granjas ecológicas. Seguro que podremos conversar con otros viajeros y el
guía será más simpático. No son ni las diez de la mañana, no vamos a arruinar el
día.
—Es posible, pero tengo la sensación de que, si nos hubiéramos quedado en el
hotel con Pol y Lucas, estaríamos más contentas. Habríamos visto los pueblos de
alrededor y fotografiado sus lugares de interés, no me habría caído ni habría
molestado a nadie. Habría valido la pena y no me sentiría tan imbécil. No dejo
de pensar que soy una persona responsable y sensata, precavida. Entonces, ¿por
qué me he caído? Por un lado, me siento mal, mareada, dolorida y un poco
agobiada; por el otro, me resisto a la idea de que alguien, por muy borde que sea,
se lleve tan mala impresión de mí. No me gustaría que me recordase como la
loca que se intentó suicidar por el acantilado.
Por mucho que intenté calmarla, no lo conseguí. Cuando todo el mundo subió
al ferri, zarpamos en dirección Rogran. Por megafonía se oyó una voz que nos
explicaba, igual que la vez anterior, lo que podíamos ver o no en esta isla. Uno
de los atractivos era sin duda, la diversidad de flores que crecían, algunas únicas,
todo un valle lleno de ellas, que, por su colorido y cantidad, lo hacían un lugar
envidiable por su belleza natural, sin menospreciar la reserva de aves situada al
lado de una de las granjas ecológicas del valle.
Volviendo a Isa, y su espontánea depresión, hizo que un viaje de quince
minutos se hiciera largo y monótono. Me giré a ver qué hacía Nick. Pensé en
hablar con él, pero estaba conversando con su amigo, el conductor del ferri. Un
hombre fondón, pelo gris, barba gris, muy alto, con gorra de marinero,
pantalones con tirantes y camiseta blanca. Me recordaba al capitán Pescanova,
pero más joven y con el pelo corto.
—Después de lo que me has contado, y viendo la cara de la pobre chica,
deberías hablar con ella. Los dos estáis bien, hace un día soleado y magnífico,
sois jóvenes y no tenéis ningún problema aparente. No deberíais preocuparos
tanto por un pequeño incidente. Hazme caso, no merece la pena enfadarse, con el
tiempo será otra anécdota más para contar. Mírala, está hecha polvo. No creo que
se merezca tu indiferencia. Bastante culpable se siente por la caída y tu dolor,
para que tú la hagas sentir peor. Creo que ha aprendido la lección.
—Si te soy sincero, tampoco sé qué decirle. Sé que he sido duro con ella, igual
tienes razón y he exagerado, pero estaba realmente furioso. Creo que mi enfado
se ha magnificado porque en mi interior sabía que podía suceder. Las avisé, pero,
si no las hubiera llevado a ese lado del acantilado, habría evitado la caída.
Conocía el peligro y, aun así, las llevé, cuando sé de sobra que el lado sur es más
seguro.
—Pero es más árido y seco, el norte es más bonito de fotografiar y donde
quieren ir todos los turistas. Tú sabes más caminos, y con otro guía no habrían
visto tantas cosas, aunque sea desde el todoterreno. Han visto algunas aves y
parte del valle, eso es de agradecer. Estoy seguro de que el incidente con otro
guía habría pasado igual, pero el resultado no habría sido el mismo.
—Puede ser. Me ha curado bien. Puede que no sea tan irresponsable como me
pareció en ese instante. De todas maneras, ahora bajará, hará innumerables fotos
recorriendo la isla, comprará algún souvenir en el cobertizo de Maia y se irán
hacia Santa Marta. Se divertirán haciendo el itinerario previsto y no nos
volveremos a ver más. Tampoco hay que darle tanta importancia.
Su amigo le miró confuso. Se apoyó pensativo en un lateral con los brazos
cruzados, esperando a que amarrara el barco y de camino descansando. Le dolía
todo el torso. La cabeza le daba vueltas pensando en lo ocurrido.
4
EMPEZAR DE CERO

Los pasajeros fueron bajando. Intenté convencerla de seguirlos, sin éxito.


—Hemos pagado para ver las islas, no para quedarnos sentadas en el barco.
¿Por qué eres tan cabezota? ¿Por qué te importa tanto lo que piense ese chico?
Cuando acabemos la excursión no lo volverás a ver. No se trata de qué habría
pasado si hubiéramos hecho otra cosa, si nos hubiéramos quedado en el hotel o
ido con otro guía. Ha sucedido, y punto. Pasamos página y vemos la otra isla.
—Lo sé y no digo que me importe, solo que no es justo. No es por él, es por
mí. No me apetece nada, me duele la cabeza, una cámara fotográfica de más de
tres mil euros se me ha rallado y no se ha roto de milagro. Casi me mato, tengo
la ropa hecha una mierda y parece que me haya pasado una apisonadora por
encima. Mis ánimos están por el suelo. ¿Por qué no vas tú? También sabes usar
la cámara, yo no me encuentro bien.
Me sentí decepcionada y decidí contratacar. Bajé como si me fuera con los
demás y me acerqué a la oficina de turismo. Esta era más grande, de madera
también, pero más nueva y mejor aclimatada. Tenía planos en varios idiomas y
más personal trabajando. Busqué a Nick con la mirada. Descargaba cajas de
provisiones, herramientas, bebidas y otras necesidades básicas, siempre con
ayuda del personal del barco y de la oficina de turismo. A pesar de la caída,
mostraba buena cara, aunque se encogía según el peso de las cajas. Me
sorprendió bastante cómo le adulaban todos. Se dio cuenta de que le estaba
esperando y no tardó en venir hacia mí.
—Siento molestarte, pero es que me gustaría ir a esa excursión.
Le señalé los monovolúmenes de siete plazas que se estaban llenando con los
viajeros.
—No te entiendo.
—A simple vista, te puede haber parecido impulsiva, imprudente e
inconsciente, no es así. Precisamente, es todo lo contrario: precavida,
responsable y meticulosa. Se ha traído un minibotiquín en la mochila por si nos
pasaba algo. Decía que no conocíamos la zona y teníamos que estar preparadas.
Me refiero a que tus palabras han hecho mella en ella. Si la observas, está
mirando a la nada sin querer bajar a disfrutar del día y de la excursión, y no sé
por qué presiento que eres la única persona que puede hacerle cambiar de idea.
—¿Yo? Apenas la conozco. Todo lo que le he dicho ha sido justificado y siento
que se lo haya tomado mal, pero esta zona tiene sus riesgos. Alguien que no está
acostumbrado a ellos debería ser más obediente y escuchar las advertencias del
guía. Ha sido una crónica anunciada. Me ha dado rabia que, avisando, haya
sucedido igual.
—Lo sé, pero yo también me resbalé y no me dijiste nada. Saliste corriendo,
aun así, no habrías llegado a tiempo. Si no fuese por ella, que me cogió con total
seguridad, quién sabe lo que me habría pasado. Puede que hubiera sido yo la que
hubiera necesitado asistencia médica, eso sí, tú no te habrías caído. Ha sido
prudente, pero ha tenido mala suerte al perder el equilibrio y tambalearse
acercándose a los matorrales esos. Le podía haber pasado a cualquiera, me podía
haber pasado a mí. Quizás me equivoque. Creo que, si hablas con ella, se
animará otra vez. Podríamos ver las aves y ese valle tan hermoso que sale en el
folleto.
Vio que iba en serio lo que decía, que estaba preocupada por Isa y que era
absurdo que no pudiéramos disfrutar de la isla por culpa del mencionado
incidente. La miró un instante, estaba cabizbaja. Arrugó los labios y asintió con
la cabeza.
—Vale, pero no te hagas ilusiones. A lo mejor le da igual lo que yo diga, puede
que se encuentre mal y por eso no quiera bajar. No nos conocemos. Desde el
principio tampoco nos hemos llevado bien. Mis palabras pueden caer en saco
roto.
Preocupada por lo que había insinuado, subimos hasta donde estaba y al
hacerlo vimos, con desánimo por mi parte, cómo se iban todos los
monovolúmenes llenos, sin nosotras.
—Déjalo, ya no importa. Se han ido los coches, ya no hay más. No te
preocupes, bajaremos en Santa Marta, espero que para entonces se le haya
pasado.
La miró, me miró y suspiró echando la vista hacia arriba. Caminó lento por el
malestar, hacia Isa, y con gesto afable y sereno le preguntó:
—¿Te encuentras bien? ¿Has notado alguna diferencia? Mareos, náuseas…
—¿De verdad te importa o lo dices por cumplir?
—Un poco de ambas. Tengo que ir al centro de biología en el valle a llevar
unas cajas. He visto que todavía no habéis bajado y que ahora os acabáis de
quedar sin coche. Si no os apetece estar más de una hora solas mirando al mar,
podéis acompañarme. Si estáis cansadas y no os gustan las flores, entenderé que
no queráis venir. Hay que caminar un rato, muchos insectos, las alergias y eso.
Me guiñó el ojo, esbozó una sonrisa sutil, pícara. Isa levantó la mirada
desconcertada, muda. Yo le hacía gestos con las manos para que dijera algo,
como, por ejemplo, que sí. Ella ni se enteró, aturdida por el ofrecimiento
inesperado. Decidí pasar al plan b: le di un minúsculo toque en el pie sin que
Nick lo notase.
—La verdad es que no me apetece mucho. Estoy bien, algo pesada y
temblorosa, pero bien. No sé si bajar, pero Laura seguro que va, está deseando ir
a ver las aves. Podéis ir los dos y ya me contaréis cómo ha ido.
—¿Y quedarte tú aquí sola? Si tiene que ir al valle expresamente, no puedes
decir que no. Apuesto a que salen unas fotografías únicas, de postal o, mejor
dicho, de revista documental.
Le puse cara de muñequita, hice pucheros, parpadeé casi suplicando, ya no
sabía qué hacer. Entonces Nick, algo más relajado y amable, se sentó a su lado.
—Creo que no hemos empezado con buen pie, te propongo un trato: ¿qué tal si
empezamos de cero? Soy Nicolás, pero casi todo el mundo me llama Nick.
Conozco la isla lo suficiente como para poder haceros de guía otra vez, espero
que esta con mejor suerte y más relajados. Prometo ser más flexible e intentar
ser más afable que la última vez. No creo que pueda enseñárosla toda, tan solo
un pequeño trayecto y alguna que otra playa. Si no nos entretenemos mucho,
podría llevaros al faro, pero hay que salir ya. Tenemos poco tiempo, pero podréis
ver lo fundamental, conoceréis a unas personas muy especiales a las que llevo
algunas provisiones y productos que no pueden encontrar aquí. Los piden por
internet, cuando bajo a Santa Olaya se los traigo. Son biólogos y puede que os
interese entrevistarlos. Si fuerais con los demás guías, no os llevarían hasta allí,
pero vosotras decidís.
Sorprendida y sonrojada, le lanzó una mirada profunda, atravesando sus
bonitos ojos, intentando averiguar si le estaba engañando. A él le descolocó,
reaccionó y se levantó. Decepcionado, me miró a los ojos, con cara de «lo siento,
yo lo he intentado». Isa se lo pensó unos segundos y se puso frente a él.
—Hola, soy Isabel, pero casi todo el mundo me llama Isa. Fotógrafa de
profesión y esporádicamente enfermera voluntaria o enfermera en prácticas,
como prefieras. Por lo general, extrovertida, cabezona por naturaleza y algo
temperamental, pero en el fondo diría que buena persona. Prometo comportarme
de manera responsable y hacerte esta hora más llevadera. Intentaré no meter la
pata y ser más agradable.
Le extendió la mano con seguridad y le sonrió sincera. Él le devolvió la sonrisa
con un apretón de manos, orgulloso de haber conseguido nuestro propósito. Al
instante, bajamos por la estrecha rampa que unía el barco con el muelle y
directos fuimos hacia el único coche que quedaba. Nos fijamos en que se
resentía del dolor del costado y del hombro cuando conducía. Su aspecto era
sencillo, práctico, serio y controlador, pero, cuando bajaba la guardia, podías
entrever alguna de sus múltiples cualidades, como su mirada protectora, su
lealtad y su indudable atractivo.
***
—No estoy muy de acuerdo en algunos detalles de la historia, creo que altera
los recuerdos y los mezcla con su imaginación. La voy a dejar que descanse un
rato y os sigo contando yo.
***
Durante los primeros cinco kilómetros, vimos bosques de encinas a los dos
lados de la carretera, que parecían salir de la ladera de la montaña, mezclándose
a ráfagas con tímidos sauces y alisos. Al finalizar estos, vimos el espectacular
valle repleto de incontables flores de hojas grandes, de distintos colores, que
formaban con el reflejo del sol un paisaje de fábula y cuento de hadas. Colores
vivos en flores altas al fondo y tonos pastel en flores cortas al principio. Las
flores cortas hacían círculos enormes, mientras que las grandes inundaban el
fondo del valle hasta llegar a una pequeña playa de arena dorada.
—¡Espectacular! Parece un maravilloso lugar sacado de un cuento donde la
princesa va a aparecer cantando y dando algún que otro salto. Arrancaría algunas
flores, se haría un bonito ramillete y lo pondría de centro de mesa. Isa, ¿habías
visto algo parecido alguna vez?
—Creo que no. Es un verdadero espectáculo para los sentidos, no solo la vista,
también el olfato. No sé decir a qué me recuerda este olor, pero te da una
sensación de paz difícil de expresar.
El viento me movía el pelo y de camino la cámara, escuchaba lo que decía
atenta al mismo tiempo que memorizaba cada centímetro del terreno. Él tenía un
brazo apoyado en la ventanilla, que había bajado al entrar al coche, sereno y
confiado, mirando la carretera y explicando lo que veíamos. El automóvil era un
monovolumen de los que tienen propaganda pintada, más nuevo que el
todoterreno de la otra isla, mucho más cómodo, tanto los asientos como el
espacio interior. Intenté hacer fotos sin bajar apenas la ventanilla, lo justo para
sacar la expresión de la naturaleza en su estado original, sin cristales
intermedios. El brazo me molestaba un poco, pero no dije nada. Me sentía
pesada, como si tuviera ladrillos en los brazos y la cabeza. Cuando la molestia
me superaba, cerraba los ojos, inspiraba y volvía a abrirlos sin que nadie lo
notara. Laura grababa todo lo que iba preguntando, y Nick respondía amable. Yo
observaba el paisaje y, a través del zum, admiraba la increíble belleza de la
primavera en la isla. Giró el volante en dirección al caserío y bajamos del coche.
Al oír el ruido del motor, la bióloga dejó su trabajo.
—Esto no me lo esperaba. Servicio a domicilio. ¡Qué detalle!
—No te acostumbres, soy bueno, pero no tanto. Están muy liados, por eso he
venido yo. Laura, Isa, esta es Verónica y él es Jacques, los biólogos de los que os
he hablado por el camino. Ellos cuidan la vegetación y la fauna de las islas,
también investigan con ayuda de estudiantes en prácticas, aparte de hacer trabajo
de campo.
—Sois unas turistas con suerte si tenéis a Nick de guía. Aparte de una persona
encantadora, es muy polifacético.
Sonrió maliciosa y se moría de curiosidad por saber cuál era el verdadero
motivo de estar allí. Verónica era una mujer desaliñada, con gafas, pelo rubio
liso, a media melena. De estatura media y muy guapa a pesar de no cuidarse
mucho. Jacques, igual de rubio que ella, complexión fuerte, rudo, sencillo,
clásico y muy agradable.
—Ellas, para saciar tu curiosidad, son reportera y fotógrafa de una de esas
revistas que te traigo normalmente.
Irónico al decirlo, ella sonrió de nuevo, él le dio una palmadita en el hombro,
invitándola a mover cajas. Ella siguió con el interrogatorio.
—Si veis que se pone pesada, paradla. No solemos tener muchas visitas, los
viajeros van al mirador, dos kilómetros al norte, desde allí se pueden ver y
fotografiar las flores, sin tocarlas. Pueden hacer panorámicas de las calas y del
monte, y nosotros no tenemos que dejar nuestro trabajo para dar información
inútil. No nos gusta la multitud, el bombardeo de personas intentamos evitarlo,
aunque de vez en cuando nos gusta que venga alguien.
—¿Por qué dices información inútil? A mí me parece interesante saber cómo
se forman estas flores silvestres tan raras o por qué vienen tantas especies de
aves. Los múltiples insectos que vendrán a polinizar la cantidad de flores que
hay… Aquí el pulgón tiene que ser una pasada.
—Mi marido se refiere a los turistas que vienen, hacen fotos y se van. Paran,
les explican una información y a los tres minutos se les abre la boca, se ponen a
hacer selfis mientras les estás mirando a la cara, algunos miran al cielo o se van
a hacer fotos a otro lado. Una minoría escucha la información, y la mitad de esa
minoría la retiene en la memoria para explicarla después, y con esa mitad estoy
siendo benévola, puede que no llegue ni a eso.
—Te entiendo. Hoy en día, es difícil ser interesante si no has creado una
aplicación, eres un deportista, bloguero o youtubero famoso. Se nota que os
gusta lo que hacéis, a nosotras también. Isa está todo el día con la cámara
buscando el ángulo perfecto, la imagen que mejor pueda expresar lo que está
viendo, y a mí me encanta explicarles a los lectores lo que aprendemos en
nuestros viajes, en nuestros reportajes. Tal vez el mundo que nos rodea sea más
bonito de lo que creemos, para eso es nuestra revista, para hacer llegar todo eso
que nosotras vemos y nuestros compañeros. Habla de todo: actualidad, política,
ciudades, monumentos, lectura, música, cotilleo, arte, aficiones, trabajos,
sociedad, incluso del tiempo o las estrellas. Nosotras no somos unas turistas
normales, venimos a aprender, a disfrutar y a saborear cada uno de los rincones
de estas islas. Con la información que recojamos, la exprimiremos y haremos un
extenso reportaje para la revista. Montes, valles, playas, hasta vosotros podríais
ser parte del artículo.
Cruzaron sus miradas analizando lo que había dicho Laura y giraron sus
cabezas hacia Nick.
—¿Tú sabías esto?
—Exactamente, no. Buscaban algo que les impresionara, algo especial y
diferente, no lo he planeado, ha surgido de repente y creo que os podría venir
bien. Te conozco desde hace años y no recuerdo una sola vez que no te quejes
del poco dinero que emplea el Gobierno para la investigación. Que en esta isla
hay diversas clases de hierbas, no solamente flores, algunas de ellas medicinales,
con las cuáles, con dinero, se podrían hacer fármacos. No sabes exacto qué
curarían o para qué los emplearán, porque no tienes apoyo ni ayuda monetaria o
aparatos adecuados para investigar, para saber si una milésima o millonésima
parte de esa hoja, semilla o flor podría servir para curar enfermedades, tal vez
ralentizar un virus. No sabes nada porque no tienes dinero, pero sí materia prima.
Quizás si alguna empresa farmacéutica o química tuviese una información de
primera mano, realista, hecha por profesionales del sector, emplearía sus
conocimientos y capacidades para vuestro proyecto.
Asombrados por su astuto razonamiento, meditaron intrigados: «¿Y si tuviera
razón?».
—¿Cómo dices que se llama la revista?
—No lo hemos dicho, se llama Variedades. No sé si la conocéis.
—Es una de mis favoritas, junto con Mundo Real. ¿Eres Laura Ribó?
Se frotó la frente con la mano derecha. Miró a su marido nerviosa,
entusiasmada por conocer a las periodistas que leía asiduamente. Le preguntó
con un gesto a su marido, que asintió conforme con la idea.
—Está bien, haremos una entrevista.
—Me alegro, pero tiene que ser rápido, tenemos cuarenta minutos y me
gustaría que vieran el faro y alguna playa.
—Usaré la grabadora, será más rápido y ellos contarán su historia, serán los
protagonistas.
Laura se puso manos a la obra y comenzó la entrevista. Yo preparé la cámara
para hacer fotografías más detalladas. Me di una vuelta por los alrededores
buscando esas hierbas y Jacques me acompañó para especificarme cuáles eran.
Me describió cómo eran, algunas medicinales, otras comestibles, había tres que
eran poco comunes. Llevaban poco tiempo experimentando con ellas e
investigando, pero ya sabían que, mezclando sus componentes, podrían
utilizarlas como fármacos, hacer grandes investigaciones con ellas si tuvieran
dinero… Hasta hace un par de años, los financiaban desde Sanidad, pero, con los
recortes, la investigación había salido muy perjudicada. Me explicó el proyecto y
realcé, con las imágenes adecuadas, las circunstancias a las que habían llegado
para realizar su petición. Después fui a la granja e hice otro reportaje de fotos,
esta vez más escueto, pero igual de sugerente, con los animales que criaban y
cómo los criaban, y los alimentos que se producían allí. Cuando terminamos
Jacques se fue con su mujer, yo me quedé absorta en mis pensamientos,
repasando en la cámara las imágenes que había hecho. Nick, sigiloso, en un
intento de ser cordial, se aproximó por detrás.
—Son unas imágenes muy reales, casi se pueden tocar.
Su voz pausada y suave me sobresaltó, como un cosquilleo entre la nuca y el
oído, la piel se me erizó. Me giré de golpe impactada, sin saber reaccionar. Él,
sorprendido por mi espontáneo rubor, se sonrojó también. Fueron segundos,
luego volví a lo que estaba haciendo, suspiré, saqué mi escudo y me mostré
indiferente.
—Te lo dije esta mañana, me pagan bien por lo que hago y eso debe de ser
porque soy buena; si no, con internet y todas esas aplicaciones, no tendría
trabajo.
Fue un comentario seco y rotundo que le hizo girarse, respirar hondo y volver
por donde había venido. Entendí que me había pasado, quise disculparme, pero
no me dio tiempo. Al seguirle casi corriendo, me dijo a qué había venido. Estaba
a unos cien metros de distancia y no me enteraba de sus conversaciones.
—Venía a decirte que ya habían terminado y nos vamos en cinco minutos.
Tonto de mí, quise ser atento primero, pero ya veo que contigo no se puede ser
amable. Yo de ti no me olvidaría la mochila, no voy a volver.
Por los nervios y las prisas, me dejé atrás la mochila, volví para cogerla. Él
adelantó el paso y se fue hacia el coche. Yo, embobada, le vi alejarse.
«Será tosco, arrogante… ¡y endiabladamente guapo! Me siento culpable, ha
querido ser agradable y he sido despectiva. Era de esperar, ha sacado las uñas
arisco como un gato. Si no fuera tan esquivo y controlador, sería más amable,
pero me confunde. Tal vez sea un ermitaño, un lobo solitario. No lo conozco y
no lo voy a conocer. Parece que todo el mundo lo adora, un santo guardián o
algo así», pensé refunfuñando.
Volví a la tierra y dejé mis pensamientos a un lado. Me centré en lo que tenía
delante, despidiéndome del matrimonio, agradecida por un rato ameno. Me subí
al coche que mi enfadado guía había puesto en marcha. Próxima parada: el faro
y playa Corta.
5
LA TABERNA DE YON

Fuimos a playa Corta, una bonita cala natural de arena dorada y agua cristalina.
La isla está habitada todo el año, viven unas cuarenta familias entre el norte,
donde está el monte Dédalo y es todo más virgen, y el sur, donde hay más
agricultura, prados, villas y algunos caseríos. La zona más habitada es el sur.
Paramos cinco minutos en la playa para mojarnos los pies, hacer fotografías
divertidas como esta y relajarnos. A pesar de las molestias que sentía, ese rato
me sentó genial. Nick bajó y nos explicó algunos detalles de las rocas y su
erosión. También comentó los peces que suelen aparecer por esa zona del
Atlántico, con la intención de asustarnos un poco, en un torpe intento de
bromear. Tuvo una pizca de gracia, aunque no se lo dijera. Laura le pidió que nos
hiciera cuatro fotos, y él colaboró no sin antes gruñir un poco diciendo lo inepto
que era con una cámara de fotos.
***
—No sé las demás, pero esta salió muy bien.
—Las otras salieron casi mejor. Las hizo por separado, dos a Laura y dos a mí.
Sabía perfectamente lo que hacía, fue más un intento de que me acercara a
explicarle cómo funcionaba. No lo hice, claro está.
—¡Hija mía, qué rancia! El hombre lo único que quería era un ápice de
simpatía por tu parte, dijo que quería empezar de cero, como si no hubiese
ocurrido nada. Desde luego él lo intentaba, no se podía decir lo mismo de ti.
—No fue mi mejor día. No sé qué me pasó, pero en ese momento no tenía
ninguna intención de ser agradable con él. Me exasperaba cada uno de sus
movimientos, fueran los que fueran. Aun así, intenté divertirme con Laura, se lo
merecía más que nadie por la paciencia que estaba teniendo con los dos. No hice
nada, solo salpicar el agua fría del mar con los pies y reír. Creo que para no
quedarme congelada, porque estaba muy fría.
—Estaba helada, pese a eso, fue divertido saltar, correr y reír. Fue un acto
espontáneo. Eché de menos que Lucas no hubiese venido, apenas había tenido
tiempo de pensar en él con el incidente. Cuando Isa no quería bajar del barco,
imaginé que él, con su seguridad y desparpajo, le hubiera convencido a la
primera, me hubiese abrazado y habría restado importancia a la situación. Tenía
el don de la improvisación, siempre sabía qué hacer y qué decir para que te
sintieras bien y no te preocuparas. Según él, todo tenía solución. Lo echaba de
menos, pero ahí estábamos. Independientemente de lo sucedido, procuramos
pasar un buen rato desfogando nuestro estrés y malhumor, dándole patadas al
agua. Isa sonrió durante cinco minutos sin parar. Mirando al cielo, al horizonte,
abrazadas, apoyadas en una roca con moho y centenares de mejillones flotando.
Fue una sensación extraña la de aquel instante, la definiría así, extraña.
—El día en general fue extraño, todo lo que nos pasó, como el resto de los días
que le sucedieron. Se puede decir que hubo un antes y un después de ese viaje.
Continuaré explicando.
***
Volvimos al coche para ir hacia el faro. Íbamos por una carretera estrecha con
algunas curvas, que discurre por la falda trasera del monte. Subimos, yo algo
torpona, por una vieja y desgastada escalera de caracol, por su torre cilíndrica
hasta el mirador, a unos cuarenta metros de altura. Las vistas desde allí eran
inmejorables, a un lado se veía Isos, la isla donde habíamos estado y había
ocurrido el aparatoso incidente. Quedaba enfrente de Santa Olaya, aun siendo la
más lejana, semicerrando la bahía. Al otro lado estaba Santa Marta, mucho más
grande y poblada que las demás. Había más islitas o islotes que rodeaban las tres
islas, pero creo que no tienen nombre por ser tan pequeños y sin apenas
vegetación, o a lo mejor algunos sí, pero no lo recuerdo. Santa Marta, en cambio,
parecía un pueblo encantador, de otra época y país, con casas altas y blancas,
diferentes tonos de verde, grandes rocas, arboledas y montes; sin dejar de ser una
isla y estar rodeada de maravillosas calas y playas, algunas solo ocupadas por
pequeñas barcas de pescadores.
Todo esto lo entreveías desde lejos, desde el faro, y en mi caso con el zum de
la cámara. Se podía sentir el olor a sal y la brisa marina bailando con nuestro
pelo. Más lejos se veían barcos pesqueros con sus redes faenando y el horizonte
perdiéndose entre el cielo y el mar. Como buen guía, Nick se puso detrás de
nosotras y nos explicó detalles de la historia del faro y los restos de una cripta,
que, junto con partes de una antigua muralla de la época medieval, formaban un
extenso paisaje virgen. Un caramelo para la vista y para un digno reportaje
fotográfico.
—Según dicen, fue erigido sobre los empinados acantilados desde los que se
dominaba el puerto. Unos cuentan que, para señalizar la entrada de los barcos,
otros que por su posición estratégica era perfecto, junto con la muralla y la
cripta, para un campamento base de las tropas romanas a la conquista de
Britania. Tiene alrededor de sesenta metros de altura, cuatro ventanales en la
punta, desde donde algunos pocos privilegiados pueden ver el lejano horizonte y
los innumerables barcos, turísticos y pesqueros, que faenan cada día. El pequeño
mirador circular vallado que veis está algo más bajo, sobre cuarenta metros más
o menos. Desde aquí, se puede admirar la inmensidad del océano, la fuerza con
la que azota el mar, las migraciones de las aves, o incluso en verano, pescadores,
como percebeiros y mejilloneros arriesgando su vida para traernos ese singular y
apreciado manjar que es el marisco del norte. Un verdadero placer para el
paladar, pero muy peligroso de recoger en estas aguas tan salvajes y mortíferas.
El tiempo se nos pasó volando, no sé si por el suave ruido del mar o por la voz
melodiosa de Nick explicando las diferentes rutas y leyendas. Estábamos
embobadas, observando cada detalle de la historia y del paisaje. Se hizo la hora
de irnos, el barco no esperaba, tenía un horario que cumplir y nosotros poco
tiempo para llegar. Cuando me subí al coche noté un pequeño mareo. Estaba
algo fatigada por las escaleras, pero no dije nada por no molestar o parecer algo
quejica. Laura estaba contenta, tenía su reportaje. Había grabado todo cuanto
había dicho nuestro inesperado guía y sabía que yo había hecho muchas
fotografías. Me alegraba verla feliz y orgullosa de haber hecho el viaje a pesar de
las circunstancias. Miré a Nick disimulando cuando no explicaba, estaba serio e
incómodo, creía que, por el dolor, pero no estaba en su mente, ¿o sí?
«Lo único amable que hay en ella son las ondas de su pelo acariciándole la
cara», pensó Nick mientras arrancaba el coche.
A pesar de su intento por parecer más simpático, no había conseguido que yo
hablase mucho con él. Tímidas miradas cruzadas, miradas fugaces. No estaba
orgullosa de mi comportamiento, a veces abría la boca para decir algo gracioso,
pero no me salían las palabras y la cerraba de nuevo como si fuera un pez, sin
decir nada. Suspiré pensando que al menos no nos habíamos peleado. Lamentaba
profundamente el suceso y no sabía cómo expresarlo, creí que era mejor el
silencio por mi parte.
Llegamos al barco cuando sonaba el horrible ruido de la sirena que avisaba que
el barco zarpaba. Su amigo vio las molestias que tenía, aunque intentara
disimularlo la mayor parte del tiempo, y le volvió a agradecer su ayuda. Él le
restó importancia y, apresurado, subió al barco. Allí le esperaba impaciente el
entrañable hombre mayor que lo capitaneaba. Le sorprendió con una pequeña
bronca por la hora, llegábamos tarde diez minutos y no podía esperar a nadie. En
teoría, a él le había esperado y no podía volver a suceder. No duró mucho. Nos
sentamos y disfrutamos del trayecto. Laura estaba exultante y yo intentaba
parecerlo. Estaba cansada y pensé que era por hambre, las tripas me sonaban
como un concierto de rock. Me acordé de que había cogido parte del desayuno
del hotel y se lo recordé a Laura. Nos lo comimos todo. Aún teníamos la boca
llena de migas y las manos grasientas del cruasán y el bocadillo cuando Nick se
acercó.
—Debería despedirme, una vez que bajemos, yo seguiré mi camino y vosotras
también. Espero que esta vez os dé tiempo de alcanzar al guía y hacer una buena
ruta por el pueblo, os gustará.
—Seguro que sí, hasta ahora las dos que hemos visto han sido inigualables.
Respecto al guía, sin menospreciarle en ningún momento, no creo que lo haga
tan bien como tú, y que conste que no es peloteo. Eres muy bueno explicando
historias.
—Gracias, eso no me lo esperaba. No has comentado o preguntado apenas, y a
veces no sabía si me escuchabas o no. Es una auténtica sorpresa que te haya
gustado. Me alegra que al final el viaje no sea tan decepcionante como empezó
en un principio.
Le miré de reojo sonrojada por el comentario y agaché la cabeza.
«Tiene razón, he estado distante con él. Laura le daba conversación, y yo
permanecía en silencio escuchándole. Normal que piense así», razoné en mi
interior.
Laura se acercó a él. Le dio la mano y, agradecida, un beso dulce en la mejilla.
—Hemos tenido suerte de encontrarte. Espero que en un futuro volvamos y te
encontremos de nuevo. Me haría mucha ilusión poder contar contigo en otro
artículo y, si fuera posible, quedarme unos días para disfrutar más de las islas.
Estoy convencida de que hay más cosas por descubrir.
La miró tierno, como se mira a una vieja amiga o a alguien de la familia. Con
más confianza comentó:
—Por si acaso no conseguís ir con el guía, os apuntaré algunos puntos de
interés. Hay un jardín botánico con una gran variedad de plantas autóctonas que
os recomiendo por su espectacular belleza. El yacimiento arqueológico al sur,
muy interesante. La preciosa ermita del siglo XV con su extenso valle en
dirección playa Grande. Si os da tiempo, podéis pasear por las calles empinadas
del casco antiguo, algunas llevan directamente al puerto viejo y podéis hacer
unas postales bonitas y muy coloridas. También os pueden gustar las dos
explotaciones mineras a cielo abierto o el viejo almacén militar con arsenal
típico de la época. Las playas, estuarios y marismas no os las puedo describir,
tenéis que verlas con vuestros propios ojos. Para comer, os aconsejo un lugar con
encanto. Se come muy bien en La Taberna de Yon. Está en la avenida del Mar, la
calle más ancha y empedrada del pueblo. No tiene pérdida. Hacen comida casera
típica del lugar y, además, es hostal, por si cambiáis de opinión y queréis
quedaros esos días ahora, y no en un futuro.
Nos dio un repaso, queriendo descifrar lo que pensábamos. Con esa sonrisa de
medio lado, tierna y encantadora. Me dirigí a él, le cogí el papel donde había
escrito todo y le sonreí. Di la vuelta para irme. Cuando había dado dos pasos,
lamenté que me recordara como la chica borde que intentó suicidarse o la
extraña que no se atrevía a mirarle. Me di la vuelta de nuevo, suspiré hondo, abrí
bien los ojos profundos y sinceros. Expectante, su mirada se cruzó con la mía, el
tiempo se detuvo un instante. Me acerqué más y le abracé. Un abrazo sincero
que le alteró visiblemente. Decidió devolverme suavemente el abrazo. Al notar
que se encogió de dolor, me aproximé a su oído.
—Lo siento de veras, no te lo puedes ni imaginar. Deberías ir al centro médico
cuanto antes. Hazte la radiografía y haz caso de lo que te digan. Gracias por
todo, por ser tan protector y ser como eres. Siento haber sido tan complicada y
borde. No fue mi intención.
Se quedó inmóvil, mirándome mientras me alejaba. Tenso, diría que nervioso.
Confuso, la mente de Nick no dejaba de dar vueltas: «Parecía sincera. Tal vez
me haya equivocado con ella. Parece natural, expresiva, te confunde cuando la
miras directamente a los ojos, y siempre lo hace».
Llegó la hora de bajar y nos fuimos las dos directas hacia la guía, una mujer
vivaracha, con gafas y muy maquillada. Tenía los brazos alzados y un cartel en
la mano derecha con letras enormes. Nick seguía mirándonos desde la distancia
hasta que desaparecimos entre la multitud. Fuimos caminando a los dos primeros
destinos. Hacía un sol de justicia, y yo empezaba a sudar más de la cuenta. Me
quité la chaqueta esperando sentirme mejor, menos sofocada. Laura hizo lo
mismo. En dos horas atravesamos las calles del casco antiguo de Santa Marta,
arropado en la embestida del mar por el cabo Jesta y los dos acantilados que lo
flanquean. Las calles de este hermoso y pintoresco pueblo pesquero descienden
casi en vertical por la ladera de la montaña hasta llegar a una pequeña cala,
genial si quieres endurecer piernas y glúteos, pero lo que más me llamó la
atención fue que no vi más que un semáforo. Las calles eran cortas y de un
sentido, había algunas tiendas y bares, carnicerías y, casi llegando a la cala,
pescaderías y dos tiendas con artículos de regalo.
Nosotros torcimos por una callejuela, no llegamos a ver la cala, o la otra playa
que nombró la guía. Fuimos en otra dirección, a calles más grandes de dos
carriles. Tampoco había semáforos, eran más largas y rectas, empedradas como
la avenida del Mar. Todas con alegres casas blancas, con balcones de colores con
las que llenabas de vida cualquier álbum de fotos. Todo era muy cívico, muchas
papeleras, bancos para sentarse, aparcamientos y hasta cabinas de teléfono.
Varios parques infantiles, jardines decorados con variedad de arbustos y setos
con diversas formas geométricas. Nos resultó gracioso ver las antiguas cabinas
telefónicas, en los últimos años resulta bastante raro encontrarlas. Nos llevaron a
dos herrerías y una fundición para que viéramos cómo se trabajaba
antiguamente, también fuimos a la base militar o campamento, y nos explicaron
para qué servía cada una de las armas que había allí, tema para mí bastante
aburrido, puesto que soy pacifista y antiarmas, pero a otros turistas les resultó
interesante la historia de algunas. Las más repugnantes, las de tortura.
Laura y yo empezábamos a sofocarnos más de la cuenta. A la salida íbamos a
coger un minibús, pero no apareció. Nos dieron diez minutos para descansar y
coger fuerzas, y beber agua antes de ir al jardín botánico. Yo estaba desfallecida,
me pesaba una tonelada mi cuerpo, me martilleaba un lado de la cabeza a pesar
de intentar disimularlo socializando con los demás viajeros. Mi rostro pálido y
mis ojos caídos no podían callarlo. Mi cara era un poema ilegible. No sabía si
podríamos aguantar el ritmo de la excursión. Puede que, por orgullo o por ilusas,
creyéramos que superaríamos el desastre de aquella caída, que terminaríamos
bien el día.
Quitando ese terrible momento, el viaje estaba siendo magnífico, el lugar era
inolvidable y la isla de película, esas películas canadienses de sobremesa donde
ves ciudades pesqueras pequeñas, pero con todos los servicios. La diferencia
eran el colorido, las casas, las calles, sus edificios neoclásicos y la historia. La
historia del lugar era fascinante, el año siguiente cumplía dos siglos y medio, y
pensaban celebrarlo por todo lo alto. El jardín botánico resultó ser muy bonito.
Había varios tipos de encinas, laureles, madroños y labiérnagos, además de otras
especies comunes. Estuvo bien, pero estábamos tan agotadas que no parábamos
de mirar el reloj. Nos consoló ver que los demás turistas estaban iguales. La guía
se percató y nos dio tiempo libre para comer. Una hora y media exactamente.
Buscamos el papel con el nombre de la taberna, y la dirección. Preguntamos a
un transeúnte que pasaba por allí. Muy amable nos indicó cómo llegar.
Estábamos cerca, otros viajeros que nos escucharon también se apuntaron. Nos
acompañaron dos parejas y una familia de cinco personas. Tuvimos que caminar
dos manzanas en dirección norte. Camino de La Taberna de Yon, vimos el centro
médico. Nos detuvimos delante de la puerta. Dudamos. Nos miramos repetidas
veces, nos rugía el estómago, pero decidimos entrar. Al abrir la puerta de cristal,
vimos la mesa de recepción. Había un administrativo más cinco personas
esperando delante del mostrador; una fila de asientos con siete personas sentadas
en la sala de espera. Al lado izquierdo, dos puertas. Al lado derecho, una puerta
de cristal. Se abrió y salió una enfermera llamando a un paciente. Pudimos ver
levemente tres boxes en el lado izquierdo. Al entrar el paciente y la enfermera,
observamos al lado derecho dos puertas más. Retrocedí negando con la cabeza y
le insinué que nos fuéramos.
—Me hubiera gustado que me viera el médico para quitarme esta
incertidumbre. Siento un leve mareo, pero no quiero seguir fastidiando el día
ahora que nos lo estamos pasando bien. Son casi las dos, nos han dado hora y
media de descanso, y, con las personas que hay esperando, no tengo muy claro
que el médico me visite. ¿Tú qué dices? Decide tú. Te lo mereces, con el día que
te estoy dando. Si quieres, probamos después de comer; con suerte, no hay nadie
ya. Pero si no, entramos.
—No sé… Yo también estoy muerta de hambre. Puede que no solucionemos
nada perdiendo el tiempo que tenemos aquí. Comemos y luego venimos. Si no
puede verte un médico, que al menos te vea una enfermera.
Alcanzamos a nuestros compañeros, que nos esperaron amablemente cuando
les dijimos que íbamos detrás. La señora de la pareja mayor, muy maternal, se
sacó del bolso una botella de agua y nos ofreció al ver nuestras caras,
observando mi palidez.
Llegamos a la taberna. La puerta era de madera gruesa y oscura, roble quizás,
grandes cristales tapados con cortinas de visillo blancas bordadas. Al abrirla,
pudimos apreciar que estaba prácticamente llena y se respiraba un intenso aroma
a café mezclado con el fuerte olor a marisco y especias. Todo el restaurante
estaba decorado con redes de pesca, cuadros del mar con marcos azules viejos o
desgastados, mesas de madera, sillas, barriles de vino, la barra y la cocina
americana de madera oscura. Las mesas, cubiertas con manteles blancos con
cuadros rojos. Éramos once personas las que veníamos a comer, por lo que
tuvimos que esperar un poco hasta tener mesa disponible. Me flojeaban las
piernas. Me pasé la mano por el pelo varias veces, masajeándome la frente de
camino. Laura se acercó a la barra a preguntar.
—Perdona, sé que tenéis trabajo, pero, si pudieras dejarme una silla, mi amiga
no se encuentra bien. Está algo mareada. Te agradecería que pudiera sentarse
mientras esperamos.
El camarero me vio tan apurada que no le dejó terminar la frase, fue adentro y
sacó una silla. Muy amable, le prometió tener la mesa preparada en cinco
minutos. Había una mesa de cuatro casi en el centro del comedor. Una familia se
acababa de levantar y nos la dio a nosotras. Agradecida por el detalle anterior, le
comentó al matrimonio sesentón que venía en el grupo si se querían sentar con
nosotras. También parecían cansados. Al momento, vino una chica muy alegre y
nos tomó nota de las bebidas.
—¡Hola! ¿Qué os pongo? —Viendo mi rostro demacrado, se preocupó—. ¿Te
encuentras bien? No tienes muy buena cara. Estás sudando, algo normal en mí
porque voy de aquí para allá todo el rato, no tanto para una turista delgada y
pálida que está sentada en un restaurante con aire acondicionado. Deberías de
mirártelo.
—¿Tanto se me nota? No voy a mentir, el hambre, los kilómetros que llevamos
andados, las heridas de un enorme traspié, a veces siento que me voy a caer
porque me tiemblan las piernas, pero ahora estoy sentada. El estómago me ruge
y me desfallece aún más. Gracias por preguntar. Cuando acabe de comer, iré a
que me lo vea el médico.
Se me cayeron un par de gotas de sudor. Las grapas estaban un poco abiertas y
salía una baba amarillenta verdosa. Laura me tocó la piel, un leve roce que me
hizo saltar.
—¡Ay! ¿Qué haces? ¡Me duele horrores! Bueno, más bien, me da pinchazos.
—Estás ojerosa, la herida está caliente y supura. Si nos hubiéramos quedado,
ahora podríamos avisar a la enfermera. Te habrían atendido. ¡No hacemos una
bien! Será mejor que volvamos y te vean.
—Estamos en la mesa. Primero comemos, o voy a desmayarme, y no va a ser
por la herida.
Pedimos las bebidas a la chica. En ese momento venía el chico que nos había
traído la silla, se paró a hablar con la camarera. Mientras tanto, Antonia, que así
se llamaba la mujer mayor, buscó en su interminable bolso, sacó unas tiritas y
Betadine. Con mucho cuidado, me echó unas gotas en la sien y limpió la baba
verde que salía. Puso una tirita gruesa y me lo tapó. Entre tanto, vino el
camarero, que vio cómo me curaba la herida.
—¡Hola! Me llamo Yon. Si ya estáis decididas, os voy a tomar nota. Iré con
rapidez. He visto tu herida y no pinta nada bien. Está infectada a pesar de la
buena intención de esta amable señora, debería verte un médico. ¿Estás segura
de querer comer en vez de ir al doctor?
—Sí, creo que comeré primero. Me duele la cabeza y estoy algo cansada, pero
necesito comer un poco. Estoy hambrienta y no me veo con fuerzas para acabar
el día si no tengo algo de comida decente en el estómago.
Laura le observó curiosa. Le impresionó el hecho de que antepusiera su
bienestar a darnos de comer, luego se acordó del nombre.
—Yon, ¿como el de La Taberna de Yon?
Sonrió al decirlo. Sí, era guapísimo: pelo corto, moreno, ojos azules, alto, buen
cuerpo… y buen culo. No pudo evitarlo, para ella había sido lo mejor del día. Se
asombró de los múltiples pensamientos que le vinieron a la cabeza en pocos
segundos, luego bajó de la nube para comprobar con desazón que todo seguía
igual. Mirando el lado positivo, ahí estaba él, delante de ella, sonriéndole.
—¡El mismo!
—Gracias por tu preocupación, ha sido todo un detalle. Cuando acabemos de
comer, la llevaré, aunque sea arrastras, te lo aseguro. Comeremos algo rápido, si
queremos que le vea un médico… ¿Qué nos aconsejas?
—Los pinchos llenan bastante y son rápidos de comer, aunque a tu amiga le
aconsejo proteínas, vitamina B y minerales como magnesio y hierro si está tan
cansada. Mejor un buen filete de atún fresco recién traído esta mañana.
Me restregué los ojos, miré hacia la barra mientras hablaban, la sorpresa fue
colosal. Giré la cabeza de repente para que no me viera, volviendo a la
conversación sobre la comida. Al matrimonio le pareció bien comer proteínas y
minerales. Después de preguntar a Yon y que los aconsejara, Antonia se decantó
por el atún y su marido por el lomo de buey a las dos salsas. Mientras ellos
pedían, volví a girarme para confirmar que la silueta que había visto era la de
Nick sentado en un taburete alto de madera, casi en el rincón. Comiendo tortilla
de patatas, escalivada con anchoas, y bebiendo una copa de vino.
Hablaba por teléfono sin percatarse de que le observaban. Ni siquiera podía
imaginar que la mirada clavada en su cogote era la mía, esa que tantos
quebraderos de cabeza le había dado durante el día, posiblemente el tema de
conversación con la persona al otro lado de la línea. Yon siguió con la vista mi
mirada, levantando las cejas pasmado al comprobar que la línea invisible del
trayecto llegaba hasta Nick. Al preguntarme qué iba a pedir, me abstrajo de mi
mundo, trastocándome bastante.
—El atún está bien. Bien hecho, por favor. Y, sin parecer arrogante, ¿podría ser
la primera? Cuanto antes coma, antes podré irme. Ya sabes, necesito que me vea
un sanitario urgentemente.
—No hay problema, te entiendo. ¿Qué vas a querer tú? Las anchoas con
escalivada están muy buenas, también el pincho de tortilla. No es porque yo lo
diga, puedes mirar a tu alrededor.
—No sé, tráeme un poco de cada, así puedo decirte qué es lo que más me ha
gustado.
—¿Me dirás realmente si te gusta o no? Intentamos superarnos cada día y, para
eso, necesito saber si el cliente se va contento o no.
—¿Cocinas tú? Camarero, cocinero, dueño del bar… ¡Vaya! Cuenta con ello.
Como en un juicio, la verdad y solamente la verdad.
Exaltada, levantando la mano haciendo ver que era un juicio de verdad.
Cuando se sintió estúpida, se echó a reír sofocada, tapándose la cara con las
manos y colorada como un tomate. Antonia disfrutó muchísimo viéndole hacer
el ridículo y le dio varios consejos sobre hombres. Hasta yo me reí a carcajadas,
y eso que tenía una cara de zombi…
—¡En serio has dicho eso? ¡No me lo puedo creer! ¿Qué pensaría Lucas si te
viera por un agujero? ¿Recuerdas? Ese novio tuyo tan guapo, pelo castaño claro,
ojos marrones, creo, y cuerpo machacado en gimnasio. Ropa de marca elegante,
muy pijo vestido, excesivamente cariñoso y majo él… Bueno, es igual.
Cambiando de tema, Nick está en la barra. ¡No mires! Está en una esquina
comiendo, ahora Yon se ha acercado a él y están bromeando. Juraría que no
estaba ahí cuando hemos entrado.
—Perdona, ¿lo has visto? Es casi perfecto. Y digo casi, porque no lo conozco.
A lo mejor es el hombre perfecto. Que esté a régimen no quiere decir que no
pueda ver el menú. No he dicho nada malo, ¿verdad, Antonia? Respecto a Nick,
no lo había visto. He mirado a todos lados cuando buscaba mesa. No me habré
fijado bien.
Volvió la cabeza indiscreta sin hacerme caso. Se chocó con la mirada de Yon,
que a la vez estaba mirando hacia nosotras, poniéndose el trapo de cocina en el
hombro. Al coincidir las miradas sonrió y siguió con su trabajo.
—A lo mejor estaba en el lavabo y no lo hemos visto salir, no sé. Ese hombre
es muy raro.
Hablamos cinco minutos los cuatro. Antonia preguntó quién era Nick, le
resumimos un poco la historia. Enseguida supo quién era, habían conversado con
él al subir al ferri y les había parecido un auténtico caballero. Vino la camarera,
nos sirvió la comida y le pedimos la cuenta. Los platos estaban llenos y bien
presentados. El sabor era sencillo y a la vez excelente. Mi plato, muy completo,
tanto que no me lo acabé. Por muy raro que pareciera, me dejé más de la mitad,
otro síntoma de que no era mi mejor día. Mi subconsciente me decía que
teníamos que salir pitando a que me viera el doctor. Nos levantamos, nos
despedimos con un beso del agradable matrimonio. Fuimos hacia la barra, vimos
a Nick entrar al interior, agarrar él mismo la botella de vino y servirse otra copa.
Bromeaba con Yon y el trapo dándose golpes el uno al otro.
—¡Ay, cuidado! Te he dicho que me molesta. Soy mayor que tú. No te la
juegues. Con el día que llevo y el dolor que tengo…
Se sentó donde estaba antes y llegamos nosotras.
—Ya nos vamos, hemos pedido la cuenta antes. Si nos dices qué te debemos…
Sentí su mirada en mi cuerpo. Sudorosa, con escalofríos, puse buena cara y
fingí que no le había visto.
—Buen provecho. ¿Cómo estás? ¿Te ha visto el doctor?
—Bien. No estoy tan mal como creíamos. Me duelen las costillas un poco al
moverme, el hombro si lo levanto por encima de la cabeza o hago fuerza con él.
Hoy me lo tomaré con filosofía y descansaré. Aun así, no parece importante. Tú
no parece que estés…
La intención era de acercarse. Antes de levantarse me tambaleé. Movimientos
pequeños de izquierda a derecha. Él me miró tenso y corrió hacia mí. Débil, mis
párpados bajaron lentos, al igual que mi cuerpo, flojearon hasta caer. Fueron tres
zancadas y me agarró antes de tocar el suelo de gres. Bromas aparte, parecía
tener un ángel de la guarda.
—¡Isa, Isa! ¡Contesta, vamos! No puede ser. Otra vez no… —gritó Nick
exaltado mientras intentaba que abriera los ojos de nuevo.
Laura conversaba con Yon despistada.
—Solo me he descuidado un minuto, íbamos a ir al médico a pagar la cuenta.
Estaba algo cansada y parecía tener fiebre, pero no me esperaba esto.
—Te ayudo, espera. No entiendo nada. ¿Os conocéis?
Yon se rascó la cabeza preguntando intrigado, observando la peculiar escena.
Miró a Nick esperando respuesta, él no estaba por la labor. Entre gestos de dolor
y con su ayuda, me colocaron entre los brazos con sumo cuidado. Laura rauda
abrió la puerta.
—¿Recuerdas lo que te he contado del incidente de esta mañana? Ellas son las
dos chicas a las que hacía de guía. Isa es la que resbaló, la que intenté sujetar,
nos caímos y se dio un buen golpe en la cabeza. No parecía grave, la curé y todo
iba bien. Ahora empiezo a dudarlo… Y ella es Laura, su amiga y compañera de
trabajo. Nos vamos. Luego te llamo.
—Yo voy con él, ¿vale? Luego vengo y te pago, no te preocupes.
Preocupada, siguió presurosa a Nick. A pesar del dolor que sentía en el torso
por el peso muerto de mi cuerpo, más que andar, volaba, como si llevase una
pluma. Vigilaba que mi cabeza siempre estuviera bien apoyada. Por suerte, la
clínica estaba cerca.
En la recepción ya no estaba el administrativo. Había una mujer canosa, con
muchas arrugas, muy maquillada y atenta. Le explicaron lo sucedido, pulsó un
botón. Servía para llamar de urgencia al doctor. Muy agradable, les señaló con el
dedo la puerta de cristal. Él, tembloroso, me dejó encima de una camilla de las
tres que había y cerró la cortina. Laura se quedó dentro conmigo asustada. Pese a
sus esfuerzos, se le escaparon varias lágrimas por la impotencia del momento.
Él, furioso, salió a esperar.
6
EMOCIONES QUE TE ENVUELVEN

Vino el médico apresurado, intrigado.


—Hola, soy Pedro, el doctor de urgencias que os atenderá hoy —se presentó a
Laura, porque a Nick lo conocía desde siempre—. Me han comentado que
estabas aquí y que no venías solo. ¿Qué ha pasado?
Abrió la cortina, me observó mientras Nick le contaba la estrepitosa caída.
Desperté aturdida, sin recordar cómo había llegado hasta allí. Pregunté por qué
me daba vueltas todo y estaba tan cansada. Después de una corta pero intensa
revisión, dictaminó que la fiebre, la fatiga y el mareo probablemente eran
debidos a la infección causada por las diminutas piedras que se habían quedado
en el interior de la herida. Me extrajo las tiritas.
—Ahora te quitaré esas grapas, te desinfectaré bien la herida y te pondré
puntos. Es posible que no haya ningún otro problema. Por si acaso, te haré unas
pruebas, has estado dos veces inconsciente. Otra posibilidad es una conmoción
cerebral, aunque me preocupa más un hematoma intracraneal. La pérdida de
conocimiento, desorientación y el dolor persistente de cabeza son síntomas
claros. ¿Has tenido cambios de humor? ¿Te has sentido más irritable que de
costumbre?
—Espere un segundo. Si es por la infección, al quitármela me encontraré mejor
y podremos seguir con el resto de la excursión. Avisaremos a la guía que
llegaremos tarde o que iremos directas al ferri. Si soy sincera, me conformo con
estar bien cuando llegue la hora de irnos, volver a la ciudad y darme una buena
ducha relajante en el hotel antes de ver a Lucas y a Pol.
—La excursión… No me has entendido. Puede que sea por las piedras, sí, es
una posible causa. También puede que sea una conmoción o un hematoma
intracraneal. Ante la duda, tu estado requiere un protocolo médico. Estarás en
observación unas horas, en las cuales te haré unas pruebas. En primer lugar,
quitarte esas grapas ensangrentadas y verdosas, los pequeños restos de esas rocas
no te benefician nada; medicarte para quitar esa infección, también hacerte una
radiografía. Son casi las tres, es improbable que te vayas antes de las ocho si
todo va bien. Por el contrario, si no es así, te tendrías que quedar ingresada.
Fuera de mí, la miré desconsolada. No supo qué decir. Nuestros planes se
acababan de ir al traste. El médico lo tenía claro y para ella lo primero era yo, y
más después de los dos sustos que ya le había dado. Me cogió de la mano y con
no mucha convicción intentó animarme.
—No pasa nada. Si hay que hacerlo, se hace. Si hubiéramos dado la vuelta,
igualmente estarías ingresada en el hospital de Santa Olaya, allí hay más camas.
Te tienes que recuperar y el doctor sabe lo que se hace, está harto de ver
pacientes así. No te preocupes, ¿vale? Esperemos que no sea lo del hematoma,
me da en la nariz que es lo más grave.
—¿Cómo no me voy a preocupar? ¿Has oído la hora? El barco sale a las seis.
Puede que, si hubiéramos vuelto, estuviera ingresada, pero al menos tú estarías
con Lucas, y Pol vendría a verme. Podrías volver al hotel, tenemos la ropa allí.
Si todo va bien, ¿dónde vamos a dormir? Y, si no, yo aquí, ¿y tú?
Me llevé la mano a la frente. Estaba exhausta, nerviosa… En resumen:
preocupada por el desenlace de la situación. ¿Dónde íbamos a dormir? ¿Qué
sería de los chicos? Tantos planes para estos días, y en un chasquido se habían
esfumado todos. No teníamos ropa ni maleta ni reserva. Nada.
Puso cara de póquer. Supongo que no sabía qué hacer ni cómo le iba a plantear
el inesperado cambio de planes a Lucas. Imaginaba las diversas reacciones,
ninguna buena, que podía tener y no podía culparle por ninguna. Tampoco podía
culparnos a nosotras, ¿o sí? Si nos hubiésemos vuelto en el siguiente barco al
llegar a Rogran, pero nos habríamos perdido toda la belleza de estos parajes, la
interesante conversación con los biólogos y la increíble historia del lugar.
Hubiésemos tenido que esperar horas hasta que diera la vuelta el ferri. Sin duda,
toda la mañana al sol… No se arrepentía a pesar de todo. Puede que en
determinados momentos la frustración hiciese estragos en su mente. Asimismo,
igual que venía desaparecía. El doctor se acercó a Nick, que tenía la mirada fija
en la pared de baldosas blancas.
—¿Y tú qué? Porque con una caída así no pretenderás que crea que tú no tienes
nada. Ningún arañazo, hematoma…
—No te voy a negar que me duele un poco el costado y el hombro, pero no es
nada grave.
Lo miré negando con la cabeza. Con apenas un hilo de voz, contesté
preocupada por él:
—Eso no es cierto. El golpe fuerte se lo llevó él. La parte de arriba, a la altura
del omóplato, y en el costado izquierdo tiene una pequeña herida sangrante que
yo misma le curé con desinfectante y unas gasas. Si le observa un minuto
seguido, se nota que le incomoda bastante y le cuesta caminar. Apoyarse en
alguna pared o mueble parece toda una tortura.
Nuestras miradas se cruzaron. Nick, algo rabioso, sin saber por qué le había
desmontado su argumento, admitió los hechos, dando a entender que yo
exageraba demasiado:
—Si fuera necesario, te lo diría, pero casi no me duele. Ella tiene prisa y se
encuentra peor que yo. Tiene una leve magulladura en el hombro que le curé con
una gasa y yodo. No se queja porque está somnolienta y aturdida. Si se la
destapas, verás que no tiene buena pinta.
—Ya veo. Me encantaría saber quién gana el concurso. No obstante, tengo
mucha faena hoy. Estoy seguro de que crees que tu dolor es insignificante, que
se te pasará con algún medicamento. Te conozco desde hace tiempo, el suficiente
para saber que, cuando el río suena, agua lleva.
—¿En serio? ¿Vas a hacer caso a una desconocida antes que a mí?
—Hago caso a mi instinto, y mi instinto dice que ella está preocupada y tú le
restas importancia a tu dolor, como siempre. ¡No me hagas pucheros y quítate la
camiseta!
Comprobó que no tuviera nada roto. Nick se arrugó de dolor en algunas
ocasiones, cuando apretaba, pero no pareció darle importancia. Después de hacer
varias muecas, escribió algo en un papel y se lo dio a la enfermera.
—Primero ella, después tú. No te vayas muy lejos, te haré una radiografía y
volveré a curarte el costado, que, por cierto, está muy bien curado. La felicito.
«¿Eso es preocupación? A veces es fría, otras impulsiva y observadora como
un lince. Sus profundos ojos oscuros, cuando te miran, te hacen temblar; en
cambio, ahora parecen adorables. ¡No entiendo a las mujeres!», pensó Nick
mirándome fijamente, intentando escrutar cada gesto de mi rostro.
El centro no era muy grande, pero tenía casi de todo. Una parte era de la
Seguridad Social, cualquier ciudadano de urgencias por necesidad o pidiendo
visita podía ir, porque siempre había dos médicos y varios enfermeros. La otra
mitad era una mutua privada muy famosa, tenían varios aparatos de radiología y
diagnóstico que compartían entre las dos. Según los días de la semana, venían
unos especialistas u otros. Parecía un pequeño hospital, con menos metros
cuadrados, menos servicios y menos personal. Los días laborables se juntaban
los médicos de ambos lados; sin embargo, los festivos solo había servicios
mínimos. Nosotros estábamos en la parte de la Seguridad Social y era un día
festivo. Laura salió a la calle a pensar qué hacía mientras el doctor y una
enfermera me trataban. Su cabeza era una noria. En caso de que no fuese grave,
si hasta las ocho no podía salir del médico, no podíamos volver. No teníamos
ropa de recambio, no conocíamos el lugar ni hotel donde alojarnos. Encima tenía
que explicarle a Lucas lo sucedido, que no regresaríamos. Se sentó en el escalón
de la puerta y se frotó la cara.
«¡Vaya mierda de puente de pareja que vamos a pasar! Se suponía que estos
días de vacaciones eran para estar juntos…», se lamentó Laura en su interior.
Tuvo ese minuto de ansiedad, mezcla de agobio y desengaño. Tenía ganas de
gritar. Era un cúmulo de despropósitos, como si alguien nos hubiera echado un
mal de ojo. Todo se le hizo un mundo. Recordaba haber visto pasajeros con
maletas al venir. Era de suponer que los pocos alojamientos que hubiera estarían
llenos.
***
—La excursión la empezamos con mal pie. Todo era precioso: el paisaje, la
originalidad de las rocas, las playas, montes o el pintoresco pueblo de Santa
Marta. Todo era genial, menos nuestra situación en ese instante. Íbamos de mal
en peor.
—Tuvisteis mala suerte, sí. Un día de sol en unas islas medio vírgenes con un
chico guapo, perdón, dos. Me lo estoy imaginando y… fue un día de mierda. —
Sonrió irónica Amanda.
—Dicho así parece el paraíso. No hay que olvidar que yo había tenido un
accidente y me encontraba fatal. Laura se había quedado compuesta y sin novio.
Sin hotel, sin ropa. De la caída, tenía toda la ropa desollada, sucia. En una
camilla tumbada toda la tarde, a ratos semidesnuda. Si le añades que la excursión
de Santa Marta la habíamos visto a medias… Fue un planazo —añadió Isa
quejándose.
—Si le tengo que poner un adjetivo a la situación de esas horas, diría caótica,
al menos para mí. Para Isa sería desesperante. Aun así, quitando ese minuto de
bajón, no me arrepentí del viaje. Solo necesitábamos fuerza de voluntad y
optimismo.
—Lo de Isa fue jodido por el malestar, el incidente y sus síntomas, pero lo de
Laura fue casi peor. Estaba bien y tuvo que lidiar sola con las consecuencias de
tu caída. Se queda sin novio, sin velada romántica, busca corriendo dónde
dormir sin saber si estaría sola o no. Somos adultos, es cierto, aun así, le tocó la
peor parte. —Clara también dio su opinión.
—En mi opinión, fue un daño colateral. Sin duda, la más fastidiada fue Isa. Al
fin y al cabo, fue la que pasó más penurias. Casi estuvo a punto de morir, se
encontraba mal, mareada la mayor parte del tiempo. El chico, sí, muy guapo,
protector, buen guía, pero tenían un mal rollo impresionante. Con la que más se
metía era con ella y, por mucho que luego intentara recuperar un poco el diálogo,
no dejaba de ser una situación violenta. Entiendo lo de la ropa, dos días seguidos
con la misma ropa sudada y manchada, no solo la exterior, también la interior…
¡Puf! Laura tenía la ropa limpia, no se había caído ni ensuciado. Iba impoluta. Si
se conseguían duchar… ¿Tú te pondrías la ropa manchada otra vez?
—Tampoco hace falta poner esa cara de asco. Será mejor que sigamos
contando. ¿Queréis otro café? ¿Una copa de cava?
—Estoy bien, no quiero nada. Un poco intrigada. Gracias, Isabel.
—Entonces, me sentaré en el sofá, es más cómodo, y continuaré narrando.
***
Laura entró. Me habían sacado las piedras que me provocaban la infección.
Cansada y medio adormilada en la camilla después de meterme en vena algún
analgésico, Nick estaba hablando con el doctor y yo intentaba averiguar lo que
decían sin que ellos lo notaran. Levantaba un ojo, luego otro… Al principio
hablaron de mí, de que en unas horas me recuperaría, que era imperativo hacer
un escáner en la cabeza. Verían si había coágulos o hematomas internos. Las
dudas eran razonables, muy probables por mis síntomas. El hombro no era nada,
escandaloso a la vista, nada más. Después hablaron de él. Ya tenía los resultados
de la radiografía. Había contracturas, recalcó más una contusión a la altura de las
costillas. Le podía provocar dolor en los próximos días al levantarse, al girarse,
al toser o respirar. No había fractura, así y todo, el tratamiento era reposo para
los dos. Nick puso cara de desaprobación.
—Sabes que en mi trabajo el reposo es relativo: puede que sí, puede que no.
También sabes que no puedo contratar a más gente y pedirlo a la central serían
tres o cuatro días, los mismos que quieres que esté de reposo. —Hizo una
pequeña mueca con la cabeza. Puso esa sonrisa irónica que me había puesto
histérica por la mañana.
El doctor afirmó. Caviloso, se frotó la frente.
—También hay otra solución. Mañana es sábado, creo que no tienes turno. El
domingo y el lunes son festivos, entran dentro del fin de semana sin turno. El
martes, cuando empieces, en vez de hacer la ronda, quédate en la centralita.
Coge el teléfono, pon los papeles al día, registros, denuncias, informes… Solo te
pido un par de días light jefe. Deja que lo hagan los chicos, los has enseñado
bien, y el miércoles vienes a verme. Te haré otra radiografía y, si no sale nada,
puedes hacer lo que quieras, pero si sale algo…
—Si sale algo, haré lo que me pidas, menos tirarme bajo un puente.
La conversación era algo extraña, no entendía lo que querían decir con lo de
jefe. Volvió a poner cara de pícaro, le dio una palmada cariñosa en el hombro y
se fue hacia la puerta. Entró Laura y se quedó un poco más.
—Parece dormida. ¿Se encuentra mejor o sigue teniendo fiebre?
Me observó un momento bajando sus pequeñas gafas transparentes. Laura,
tensa, esperando la explicación, fue subiendo las cejas despacio al escuchar el
diagnóstico.
—No. Estaba descansando, ¿verdad, Isabel? Tengo la máquina preparada, en
unos minutos te llevarán a Radiología. Me han dicho que ibais de paso.
Tranquilas, seguro que hay alojamientos de sobra para una noche. En unos
meses, no dejará de ser una anécdota divertida.
—Yo no estaría tan segura. Es viernes por la tarde y es un puente muy largo…
Laura, abatida, suspiró cabizbaja. El doctor meneó su poblado bigote gris y
sonrió. Se acercó a Nick, que volvió a entrar con un vaso de café de máquina en
la mano, y le dio un minúsculo toque en el cuello.
—Puede que tengas razón, aunque suele haber siempre huecos en los hoteles
de la isla, es un puente largo. Si no encontráis nada, siempre os quedará La
Taberna de Yon, ¿no es cierto, jefe? Cuando he ido a desayunar, he oído que
quedaban habitaciones libres.
Las dos nos miramos incrédulas y volvimos la cabeza hacia él.
—Es posible. No lo sé, llevo todo el día fuera. Ayer quedaban al menos dos. Si
quieres, Laura, te puedo acompañar en un momento y hablas con Yon. Ella va a
estar media hora en el escáner, te da tiempo a volver. Yo, con tu permiso, Pedro,
me quedaré con él a ver si puedo ayudarle. No es un gran esfuerzo físico.
Laura, alucinada; yo, sorprendida por su repentino rubor. Cuando dijo por la
mañana que, si cambiábamos de opinión, podíamos alojarnos allí, no pensó
realmente que lo fuéramos a hacer. En su defensa diré que parecía sincero. Bebió
el café de un tirón, ojeando nervioso nuestros rostros, como si quisiera leernos la
mente.
—Sinceramente, no nos quedan muchas más opciones. Los tres hoteles que
salen en Google están ocupados. Lo siguiente es una extraña pensión que no me
da muy buena espina.
—No creas, son muy majos. El problema es que son un matrimonio mayor y
no pueden con todo. Está algo antigua, tienen que arreglar baldosas, algunos
grifos y goteras, creo. También es algo pequeña para ser una pensión. Lo mejor
es que guisan muy bien y la decoración del jardín es increíble.
Vinieron a buscarme y quise parecer segura, calmar a Laura antes de irme. La
realidad es que estaba intranquila y asustada, más por el resultado que por estar
inmóvil en el escáner.
—Tranquila, estaré bien. Iré a la taberna y reservaré la habitación. Va a ser una
gran anécdota que contar en la oficina, ya verás.
No tenía ni idea de cómo íbamos a acabar el día. Nick también me observó,
parecía preocupado por mí. Le había visto mirarme de reojo cuando hablaba con
el médico, incluso antes, cuando me quitaban las piedras, estaba detrás
observando cómo lo hacían, o eso me pareció ver.
***
—Esa opción me gusta. Si hay habitaciones disponibles, quiere decir que Yon
no solo trabaja allí, tal vez vive allí.
—¡Qué suspicaz! Se nota que es la jefa, no se le escapa ni una…
—Veo que estáis de guasa, me gusta. Antes de que os hagáis una idea
equivocada y saquéis conclusiones indebidas, seguiremos contando. Es mi turno,
soy la protagonista de los siguientes minutos, o de casi todos.
***
Fuimos andando abstraídos hacia la taberna. Me fijé, queriendo esquivar mis
emociones, en la gente del lugar que paseaba por la calle; en las pocas tiendas
que veía, para ser la avenida más amplia de la población; en los edificios,
construcciones, casas, en el lugar en sí. No me había percatado de lo bonito y
acogedor que era el pueblo. Muy rústico pero marinero. Las casas me recordaban
al norte de Europa. Tejados oscuros en forma de triángulo, algunos rojos, con
tejas grandes. Casi todas eran de piedra gris o blancas, con ladrillos grana en los
laterales, dependiendo de la antigüedad. Los pocos edificios que había no eran
muy altos, cuatro pisos como mucho, bien cuidados. Los balcones floridos, de
colores naranjas, rosados, verdes y ocres. Había dos carriles y poca circulación.
Llegamos, y Yon preparaba los primeros platos para la cena. Le ayudaba la
chica, que descubrí, minutos más tarde, después de una divertida conversación,
que era de la familia. En concreto, su prima. Al atardecer, venía otra camarera y
pinche de cocina para ayudarlos con las cenas, se llamaba Mamen. Los fines de
semana hacían lleno y ellos tres no podían con todo. En realidad, viernes y
sábado, los domingos cerraban. Al vernos aparecer, dejó lo que estaba haciendo
y nos preguntó:
—¡Hola! ¿Cómo está tu amiga? ¿No viene con vosotros?
Preocupado, miró a los lados. Al no ver a Isa, se cruzó de brazos esperando a
que le respondiéramos. Nick fue al refrigerador a por un refresco de cola y
comenzó a explicarle. Mi expresión al verlos conversando era de ingenuidad e
incredulidad: algo no me cuadraba.
—Entiendo que sois muy amigos por la manera en que os habláis…
Aún con bastantes molestias, se puso un delantal, cogió un trapo limpio y se
dirigió a los fogones. Yon le siguió. Iban supercoordinados trabajando en los
platos de la cena. Se olvidaron de mí, no oyeron ni mi comentario. Los seguí
hasta la barra. Conversaban, la prima los oía sin hablar mientras ayudaba con la
comida.
—Ahora se tienen que quedar en Santa Marta hasta mañana, hasta que salga de
nuevo el ferri hacia la ciudad. Puedes entrar, colaboro algo mientras explico.
—¿Eres cocinero? Yon me dijo que era él… Estoy fuera de juego. Si trabajas
aquí, ¿qué hacías en el barco? ¿Pasear?, ¿ser un buen vecino?
—Tú no estabas cuando Pedro bromeaba… La taberna es nuestra.
Normalmente hago las cenas, paso casi todo el día fuera trabajando. Iba a una
reunión y, si me lo preguntas, sí que soy un buen vecino, o eso intento.
—Sí que estaba, aunque no comprendí la mitad de lo que hablabais. Ahora
entiendo por qué sabías las habitaciones que quedaban, pero sigo sin
comprender…
—Es verdad, no encuentran habitación. Les he comentado que había dos
vacías. Siguen disponibles, ¿no?
—Sí, y otra que quedará mañana. El escritor se irá en el ferri de las doce.
—Si quieres enséñaselas, ya sigo yo.
—No hace falta que me enseñes las dos, nos quedaremos una. Dormiremos
juntas, si viene alguien de última hora, podéis darle la otra.
—No te preocupes, después del día que lleváis merecéis relajaros en
habitaciones distintas.
Cogió las llaves sonriendo, confiado, mirándome dulce. Nick, en un arranque
de solidaridad, le llamó antes de irse:
—¡Espera! Como hay dos habitaciones, mejor dale la 3 a Isa. Le gustará más.
A Laura...
Lo observó sin parpadear, buscando su mirada, pero Nick preparaba la comida,
argumentando su decisión. Estaba concentrado en sus pensamientos, no se dio
cuenta de que Yon le interrogaba con la mirada. Se giró hacia mí, imaginando mi
inquietud y nerviosismo, mi incertidumbre sobre lo que nos depararía el resto del
día. Cambió la cara de asombro por una más familiar y relajada. Se le dibujaron
unos seductores hoyuelos en las mejillas, en la barbilla al sonreír, volvió a mirar
a Nick, sin dejar que acabara la frase.
—Te daré la 9. Está al otro lado del pasillo. Es elegante, un poco clásica,
quizás grande para una persona, pero creo que será de tu agrado.
—No te ofendas, en estos momentos me gustaría una chabola llena de trastos
siempre que tenga una cama grande, cómoda, y a ser posible una ducha.
—Has tenido suerte, la cama es todo eso que deseas. Lo malo es la ducha, aun
así, mi intuición me dice que te gustará.
Le seguí curiosa, sin dejar de mirar su rostro seguro y alegre. Me contó
infinidad de cosas sobre los amigables huéspedes que tenían. Otros reservados y
solitarios, como el escritor británico que había comentado antes. Me fijé en él,
sus gestos, su boca, sus ojos grandes y azules transmitían confianza y armonía
sin conocerme de nada; sus rasgos nórdicos, pese al pelo negro, tez blanca,
algunas pecas en los pómulos, facciones alargadas y al menos 1,90 de altura.
Casi sin quererlo, llegamos a mi esperada habitación. Abrió la puerta muy
despacio. Era una cerradura de las de hace medio siglo. La llave de latón, aunque
nadie lo diría por su brillo y perfección, de la misma época. Me quedé
boquiabierta. Mis primeras palabras sonaron en un hilo de voz, para después
levantarla casi en un grito.
—¡Es preciosa! ¡Cuánta luz! Las ventanas son enormes, la cama
impresionante, ¿del siglo XIX? Las cortinas corales a juego con la colcha y los
cojines, incluso la banqueta es del mismo color. ¡Hasta tiene chimenea! No sé si
vamos a poder permitirnos dos habitaciones, mejor que durmamos las dos juntas
en una, todavía tenemos que comprar ropa. No hace falta que sea esta, es
maravillosa. Si tenéis una más pequeña, tampoco nos importará.
—Tranquila, no es lo que parece. No somos un hotel de lujo: más bien, una
posada familiar. Los otros hoteles de la isla son parecidos, todos, menos uno, que
lo han reconstruido, es muy moderno y minimalista. Los demás mantenemos la
estructura original. El estilo del norte es rústico, maderas nobles, cálido y
acogedor, pero sin perder la elegancia de sus orígenes. La gente de aquí cuenta
que este edificio lo construyeron los franceses cuando cruzaron la frontera para
que sus tropas descansaran antes de luchar. Trajeron sus costumbres y su estilo
decorativo, hasta que meses más tarde los soldados de la zona los echaron y se
apropiaron de la posada. Una familia del pueblo se la quedó para hacer
justamente lo mismo: abastecer de comida, bebida y camas a sus valientes
soldados. Cuando mis padres se enamoraron en la isla, decidieron quedarse a
vivir en ella. Después de varias generaciones, la familia dueña del hostal decidió
venderlo e irse a vivir al extranjero. Mis padres se enamoraron aquí y lo vieron
como una señal del destino. No lo dudaron, cogieron todos sus ahorros y les
compraron el hostal. A ellos les gustaba mantener la cultura, las costumbres, y
decidieron no cambiar nada. Actualmente lo dirigimos nosotros. Con ayuda de
Jaime, arreglamos todo lo que se rompe, hacemos de fontaneros, lampistas,
pintores… Nos gustó la idea de mantener la historia, es nuestra identidad. Por
eso no queremos modernizarnos, no en las habitaciones. Nuestro proyecto
consistía en mantener la estructura clásica y elegante, combinada con la buena
cocina lugareña, la confianza, el trato familiar y el buen rollo que ofrecemos. Y,
de momento, nos va bien.
—No lo dudo, esto es indescriptible. Lo siento, pero me cuesta cerrar la boca
viendo algo tan bello. Sigo alucinada.
Me orientó hasta los ventanales de madera y con cuidado entreabrió una
puerta, dejándome a mí la opción de acabar de abrirla. Seducida por la
curiosidad, lo hice. Abrí la ventana y las vistas a la montaña y a un extenso
prado verde eran espectaculares: casas de una planta blancas y negras, con
muchas flores rosas, rojas y naranjas; una ermita marrón del siglo XV, o tal vez
del XVI. La ermita se veía a lo lejos, rodeada de una pequeña muralla y algún
fresno, un par de viejas y anchas encinas, y un fantástico y gigante roble
presidiendo la entrada al recinto. Todo tan verde, salpicado de flores de colores
llamativos, como si fuera una obra de arte de algún museo importante.
—Por tu cara de asombro, deduzco que este paisaje no lo ves en la ciudad.
—¡Ni de lejos! Cuánta frescura y tranquilidad… Es fascinante. ¿Dices que no
nos va a salir muy caro? Yo pagaría oro por estar aquí una semana. Si tuviera el
oro y la semana, claro.
—Pues todavía tienes que ver el resto de la habitación, incluido el lavabo. Por
el frío, no te preocupes. En un par de horas vendré a encenderte la chimenea, de
noche refresca bastante, pero con el calor del fuego no lo notarás.
—Dejo las mochilas en esta hermosa banqueta de terciopelo y seguimos con el
tour por la habitación. Tenías razón, después del día tan raro que hemos vivido,
nos merecemos algo así. Descansar toda la noche en un lugar como este será
como despertar en una nube o en el paraíso.
Después de mi apreciación, Yon siguió como si nada explicando cada rincón,
los apliques clásicos metálicos o los accesorios que necesitaría. De vez en
cuando miraba mi rostro alucinado, orgulloso de ser la persona que me ofreciera
el mejor regalo del día.
—Las toallas están en este carrito, además de la que te han puesto en el
toallero de hierro forjado que hay al lado de la bañera. Lo siento, no hay plato de
ducha, como estarás acostumbrada y deseabas. Tenemos la costumbre de ir más
despacio. Nos bañamos, no nos duchamos. Es uno de los momentos más
gratificantes del día.
—¡Qué bonito! Los grifos son de bronce envejecido. Hay que felicitar con
entusiasmo a tus padres por tener la brillante idea de mantener todo esto.
—Tenía el presentimiento de que te gustaría. La idea es que los clientes salgan
contentos, como tú ahora mismo. Nos gusta que repitan, y la mayoría, más tarde
o más temprano, lo hace.
Fijó sus ojos en los míos, con una leve sonrisa, y me acompañó de nuevo al
restaurante. Nick se había puesto música relajante para cocinar. Iba sin prisa,
pero sin pausa.
—Deja, ya sigo yo, no tienes buena cara. Dentro de una hora viene Mamen, me
ayudará con lo que falte. Siéntate y descansa.
—Me vendrá bien despejarme. Hace rato que me molesta la parte baja del
hombro. Me he tomado el analgésico, diría que no me ha hecho efecto. Las ollas
están en marcha, tanto la ternera como los callos, calcula quince minutos. La
merluza y el bacalao están a punto, el salpicón de marisco en la nevera con los
cócteles de gambas. En el mostrador he dejado los pinchos, el calamar en su
tinta, las patatas al horno y la piperrada. Te ayudaría más…
—El doctor te ha pedido que hagas reposo, hazle caso. No quiero tener que
llevarte al hospital corriendo. ¿Has hablado con Mario y Txus?
—Sí, va todo bien. Les he dicho que los llamaría de nuevo antes de que acaben
el turno, pero todo está tranquilo. No sabemos si habrá mucha faena, acaban de
decir por la radio que se espera un temporal de lluvia y viento para las próximas
horas. Eso puede significar que estaremos solos o que no tendremos tiempo ni de
respirar. Lo de reposo…, no sé yo.
—¡Oído cocina! Acabo los bastoncillos de hojaldre y saco el pastel del horno.
Con eso habremos terminado. Todavía nos quedan postres de este mediodía.
—No quiero molestar. Si me decís alguna tienda donde pueda comprar ropa,
iré antes de que cierre. Si nos quedamos otro día, necesitaremos cambiarnos
después de ese baño soñado, ese tan gratificante que has dicho antes.
—Lo de la tienda va a ser complicado. La única que puede estar abierta es la
Boutique de Anne. Tiene artículos de regalo, aparte de ropa. Si no, tendrás que
esperar a mañana. Hoy es viernes festivo, las tiendas cierran. Algunas abren por
la mañana, por la tarde solo Anne, y cierra pronto. No tiene pérdida, caminas
recto hasta el principio de la calle, casi tocando al muelle. Si quieres, te puedo
acercar en coche, porque andando no me veo con fuerzas. A lo mejor más tarde,
pero estaría cerrada. O te puede acompañar Yon.
—Son casi las seis, todavía tengo que llamar por teléfono. Ya voy yo, así
camino un poco y me aireo. Si queréis, os puedo pagar ya. Os debo la comida y
lo de mi amiga. Respecto a la habitación, sigo opinando que con una nos
apañaríamos. Es muy grande y cabemos las dos perfectamente. Puede que venga
más gente a dormir, viendo como estaba el hospital…
—No nos preocupa mucho la cuenta, sabemos dónde duermes, por lo menos
esta noche. Por las habitaciones, lo importante es que el cliente esté satisfecho.
Su voz sonó confiada, segura, pero sobre todo familiar. No dudó de nosotras en
ningún momento y no nos conocía de nada. No teníamos pinta de mendigas,
tampoco de pijas o ricachonas.
7
ILUSIONES

Me fui hacia la tienda con la esperanza de que estuviera abierta. Hacía más
viento de lo normal, puede que por la amenaza de tormenta. Se me ocurrió
comprar algún jersey grueso. El centro médico me pillaba de camino. Decidí
entrar a ver si Isa tenía noticias nuevas y preguntarle qué ropa quería. La parte
buena era que había menos personas en el mostrador esperando, la mala, que
seguía casi llena la sala de espera. Entré por la puerta de cristal hacia el box
donde estaba.
—¿Cómo estás? ¿Te encuentras mejor?
—Sí. Me dieron un antiinflamatorio y un analgésico antes. Hace rato que no
me duele nada. Cuando me den el resultado, preguntaré si me puedo ir o si
puedo ayudarlos. Estoy harta de estar de brazos cruzados sin moverme, no estoy
inválida. Desde aquí puedo escuchar la saturación de la sala de espera. Antes he
oído a una mujer que iba en el barco con nosotras, su voz me resultaba conocida.
Su marido se quejaba de sofocos, pérdida de visión, temblores y dolor en el
brazo izquierdo. Apenas hay personal para atenderlos, podría ayudarlos. En
cambio, estoy aquí inmóvil esperando. Ha habido mareos por golpes de calor o
porque éramos muchos en el barco. Me parece que no he sido la única que se ha
caído. Hay un grupo de amigos que han venido en otro barco, se han tenido que
buscar un alojamiento, como nosotras, porque tres de ellos se han resbalado.
Uno se ha hecho un esguince en el tobillo, y el otro se ha fracturado el cúbito.
Por suerte, el tercero tiene heridas leves. Se les ha hecho tarde y han perdido el
barco. Al más grave se lo han llevado hace cinco minutos.
—¡Joder, qué mala suerte! Bueno, a nosotras tampoco es que nos haya ido a las
mil maravillas. Oye, cambiando de tema, voy a ir a comprar ropa. Si sales
pronto, podemos ir juntas; si no, tendré que ir yo. Te puedo traer la ropa para que
te cambies antes de salir, porque espero que salgas… No me veo yo sola en el
hostal.
—Casi mejor que vayas tú. Me ha dicho que vendría en quince minutos y ya ha
pasado media hora. Quiero brindarles mi ayuda, aunque no sé si la aceptarán. Me
siento bien. Si muevo mucho la cabeza, me molesta un poco, pero, si no me giro
de golpe, estoy perfecta. Me ha mandado un tratamiento. Cuando lleguemos al
hotel mañana podré comprarlo, al lado había una farmacia. ¿Has hablado con
Lucas? ¿Cómo están? ¿Y Pol?
—Díselo. Estar al margen, aburrida, pudiendo ayudar… No lo he llamado,
quería hablar contigo primero, saber cómo estabas, si teníamos esperanzas de
irnos mañana o de pasar la noche juntas, cenar relajadas, hablar de cosas
incoherentes, reír, quitarnos un poco esta aura negativa que se nos ha pegado
como una lapa… En cuanto me vaya, le llamo. A ver cómo se lo cuento…
Retiramos la cortina y cruzamos la puerta. Nos acercamos a una de las
enfermeras, Emma, una mujer más cerca de los cuarenta que de los cincuenta,
delgada, con un flequillo años ochenta, amable y educada. Impresionaba
bastante lo controlado que lo tenía todo.
—¡Hola, soy Isabel!
—Sí, lo sé, la chica del escáner en la cabeza. El doctor no tardará. Cuando
acabe con el paciente actual, pasará a verte.
—No venía por eso. Quería decirle que tengo estudios de Enfermería y que me
encuentro bien. Hago prácticas en Urgencias en un hospital de Barcelona. Me
siento fuerte y estoy cansada de esperar. Si me deja, podría ayudarles. Intuyo que
les faltan manos y, si tengo que esperar, podría hacerlo ayudando.
—¿Estás segura? Me vendría muy bien, no me malinterpretes, sin embargo,
tengo que preguntar al doctor si estás en condiciones de prestar tus servicios. Si
fuera por mí… No sé qué ha pasado hoy; será la luna, una conjunción de los
planetas o quizás el augurio de tormenta. El caso es que todo el mundo se ha
puesto enfermo o se ha caído. Llevamos un día frenético.
—Tengo el pálpito de que podrás ayudar, mejor te dejo y voy a comprar. ¿Te
parece bien un jersey grueso y un pantalón, o prefieres otra cosa? Si está
abierto…
—Coge dinero de mi mochila y, si puedes, cómprame una chaqueta y unos
pantalones. Si va a llover, habría que comprar un paraguas para cada una.
—Miremos el lado positivo, voy a ir de compras en una isla. Cuando esté en la
tienda te pasaré fotos de la ropa y, de camino, llamaré a Lucas. Si vieras la
habitación que me han dado… ¡Es de fábula! Un regalo por haber vivido este
aparatoso día. A lo mejor la tuya es igual.
—No te puedes ni imaginar lo mal que me sabe. Por mi culpa, te vas a perder
tu fin de semana fantástico y romántico con tu amor. A Pol, dile que lo siento,
que me apetece estar con él y, si pudiera, no lo dudaría. Mañana se lo
compensaremos con creces, te lo prometo.
Nos dimos un largo abrazo y nos tranquilizamos mutuamente. Sonreímos y nos
prometimos disfrutar de una improvisada y divertida noche juntas. Con un poco
de suerte, buena música, una buena cena y una botella de vino.
Isa intentaba ayudar en la clínica; yo, comprarnos ropa. Ellos, en la taberna
hablando de nosotras en un rato de descanso.
—Ahora que estamos solos, explícame qué rollo tienes con esas chicas tan
guapas, al menos una de ellas, la otra no me ha dado mucho tiempo a verla y el
poco tiempo que la he visto estaba muy demacrada, parecía maja y estaba
preocupada por ti.
—Yo no tengo ningún rollo con nadie. He sido educado y solidario por su mala
suerte. Las conocí esta mañana, ya te lo he dicho. Apenas sé nada de ellas, pero
no parecen ladronas ni asesinas, en principio… Y eso de que estaba preocupada
por mí… ya te digo yo que no es cierto, o lo disimula muy bien.
—Eso me lo puedo creer, no tienen pinta de ser peligrosas. Aun así, hay algo
que no me cuentas.
—Me arrepentiré de preguntar, pero ¿por qué lo dices? Te he contado por qué
les he hecho de guía y la colosal caída que hemos tenido. También que Isa me ha
curado, y yo le he curado a ella. Después las he llevado a Rogran y más tarde
nos hemos separado. Luego nos hemos visto aquí, y el resto ya lo sabes. Lo has
visto todo, excepto lo de Pedro, que también te lo he contado.
—Cierto, me has contado varias cosas, incluido lo nervioso que te ha puesto y
lo cabezota y estridente que era. Lo que no sé es cómo sabían que teníamos una
taberna y que podían comer aquí. ¿Crees que son adivinas, o tal vez alguien ha
dejado caer el nombre y la dirección?
—Se lo dije yo y, después del mareo, no me arrepiento. Quería comprobar si al
pasar unas horas del fuerte golpe estaría bien, y parece que he tenido un sexto
sentido. Soy una buena persona, ¿qué quieres que te diga? No lo puedo evitar.
—Ya, eso y que te gusta, si no, ¿cómo explicas que le des tu habitación?
Porque hay dos disponibles, una se la hemos dado a Laura y la otra… supongo
que te la quedaras tú, ¿no?
—La otra no era tan grande y las vistas dan a la calle principal. Los edificios
no están mal, le podrían gustar, aunque es evidente que no es lo mismo. Siendo
fotógrafa, imagino que le gustarán más las vistas al mar, eso sin contar con que
la habitación tiene chimenea y, si va a haber tormenta, refrescará bastante. Sabes
que la 2 es más seria, escueta, pequeña y fría. No busques estrellas cuando está
nublado. Ni siquiera me cae bien: demasiado impulsiva y agotadora para mí.
Además, he escuchado que han venido con alguien: Lucas y Pol. Me da en la
nariz que no se referían a sus hermanos.
—No me convences. ¿Sabes lo que creo?: que quieres impresionarla. Es la
primera mujer que te ha hecho salir de tu reservada morada. En algún momento
te has perdido en sus encantos, te ha hecho perder el control, y todo el mundo
sabe que el jefe no pierde el control nunca. Que yo me acuerde, y tengo buena
memoria, una chica te hizo perder la cabeza en el instituto. Desde entonces has
sido un muro. Evidentemente, nunca has ofrecido a nadie tu habitación, es tu
rincón preferido, donde pasas las pocas horas libres que tienes al día. Eso, y que
tu habitación es la mejor de todo el hostal. Las vistas son impresionantes y el
ocaso difícil de olvidar, lo que me lleva a pensar que quieres sorprenderla. La
duda es por qué. Sabes que mañana cuando el doctor le dé el alta se irá. No creo
que vuelvas a verla, entre otras cosas, porque viven a cientos de kilómetros de
aquí. Serías un poco iluso si por un segundo hubieras pensado que ibas a
cambiar eso. Con quienes hayan venido no es el problema, a no ser que sean sus
maridos. Entonces me callo. Los novios van y vienen…
—Lo que dices no tiene ningún sentido, iluso no es un adjetivo que me
caracterice. No está mal, muy testaruda, aunque atractiva. Sus ojos grandes,
oscuros y profundos me crispan, me alteran hasta puntos inimaginables. No soy
ciego ni tonto… Al verlos tan apagados en el hospital me he ablandado. Aun así,
no es mi tipo. Después de lo que le dijiste a Laura, coger una o dos habitaciones,
pensé que solo es una noche, no tengo ni que quitar mi ropa. Me cogeré una
muda y no la molestaré. Intento ser amable, lleva horas sin moverse. Para una
persona tan viajera, que aprecia tanto el aire libre, debe de haber sido una tortura
de día, al menos que la noche sea mejor, que se lleve un buen recuerdo de Santa
Marta.
Yon sonreía escéptico, le hacía gracia ver cómo buscaba el argumento correcto
para defender sus hechos.
—Lo que tú digas. Admito que su amiga es, cuando menos, sorprendente.
Merecen la pena todos los minutos que pase con ella conversando, cocinando o
cantando. Sea lo que sea que haga, si está cerca, merece la pena. Su personalidad
es tan atrayente… La diferencia es que yo soy consciente de la realidad y, si
tiene novio, probablemente mis conversaciones sean cortas, ella no quiera oír
mis chistes malos o no haya ni un atisbo de compenetración entre nosotros. Pero
soy realista, y tú… Tengo mis dudas.
Encontré la tienda, y una mujer menuda muy enérgica me atendió sin reparos a
pesar de estar recogiendo la parada exterior. Contenta por dejarme entrar y
ayudarme en todo lo que le pedía, compré más ropa de la esperada. Me probé
dos vestidos y unos pantalones con varios jerséis. Isa y yo tenemos la misma
talla, así que le fui enviando fotos con el móvil de todo lo que me iba probando.
—Me quedo el vestido corto de manga larga. Es muy alegre ese estampado en
tonos azules, y el escote de barco se ve sencillo, fresco pero elegante. ¡Te queda
fantástico!
—Yo me quedaré el de tonos verdes y el cuello de pico. ¿Quieres algún jersey?
Yo me cogeré el color mostaza y los otros pantalones, el negro me estiliza.
Chaquetas no he visto…
—Cógeme el salmón con los pantalones marrones. Es igual, me pondré la mía
aunque esté hecha un cisco. Mañana es sábado, puede que cuando lleguemos a
Santa Olaya haya alguna tienda abierta. Esta noche no vamos a salir de la
taberna, no la utilizaré. Si la habitación es cómoda y megalucinante como la
tuya, podré dormir bien. ¡Qué falta me hace!
—Si es como la mía, será el paraíso, indescriptible. Ya lo verás.
Salí de la tienda satisfecha de mis compras, con las bolsas en las dos manos. El
aire no me dejaba casi andar, me empujaba constantemente. El muelle se veía
desierto y paré a hacerme una selfi con la increíble imagen del atardecer en mi
espalda. La amplitud de la playa, los peñones y el rojo cielo oscureciendo
merecían mi atención y, mínimo, un par de instantáneas. Sabía la envidia que le
iba a dar a mi malherida amiga. Sentí una sensación de libertad inexplicable.
Durante unos minutos mirando el mar, viendo cómo las nubes aceleraban su
paso, perdí la noción del tiempo. Melancólica, miré al horizonte. Medité sobre el
giro de los acontecimientos, sobre nosotros, Lucas y yo, Isa y Pol. Una vez que
volví a la realidad, proseguí mi camino y llegué a la clínica. Busqué a Isa, la
encontré al lado de un pescador aturdido que insistía en que se encontraba bien.
Le hizo varias preguntas, le revisó el pulso y le pinchó con un aparato en el
dedo.
—Debe felicitar a su esposa y agradecerle que haya venido. No es nada grave,
a partir de ahora deberá de tomarse una pastilla cada día y hacerse una revisión
cada x meses. El doctor vendrá y se lo explicará mejor. Quédese aquí sentado y
relájese, solo tiene un poco alta la glucosa.
—Pero yo no soy diabético, tengo treinta y seis años, y me cuido bastante.
—Es bueno que se cuide; sin embargo, no siempre depende de la comida,
también de lo que hacemos. Dice que es pescador, por su trabajo pasa mucho
tiempo al sol y las quemaduras solares, junto con la deshidratación por el viento
y el sol, elevan la concentración de azúcar en la sangre. Otro motivo podría ser
el estrés, si últimamente ha tenido mucho trabajo o si, por el contrario, ha tenido
poco, estas situaciones a veces nos desbordan. No debe preocuparse demasiado,
sí tenerlo en cuenta y hacer caso a todo lo que le diga el doctor.
Con una bonita sonrisa tranquilizó al matrimonio. Se fue hacia la enfermera
Emma. Agradecida, le comentó que ya se podía ir, que descansara esa noche y
estuviera a las diez de la mañana en la consulta del doctor. Tras una breve
señalización de dónde estaba el vestuario de los trabajadores, y con la ropa que
le había traído en el brazo, fue a cambiarse. La esperé fuera.
Había intentado dos veces hablar con Lucas, sin éxito. Una por falta de
cobertura y la otra porque no me cogía el teléfono. Volví a intentarlo de nuevo.
Eran las ocho y media, y el cielo ya no era rojo, sino un azul intenso,
volviéndose más oscuro por momentos. Después de cuatro tonos, cuando ya
estaba a punto de colgar, respondió:
—¡Hola, cariño! ¿Dónde estáis? Nosotros estamos en un bar de pescadores que
hay frente al muelle tomando unas cervezas. ¿Queréis que os vayamos a buscar?
Tenemos la cerveza a medias, pero, si os hace ilusión, la dejamos. Hemos dado
varias vueltas por ahí y se nos ha hecho algo tarde. Ahora que lo pienso, estoy
mirando el reloj… ¿No veníais a las siete o siete y media?
—Antes de nada, me alegro de que lo estéis pasando bien. He intentado
llamarte varias veces, sin suerte. Hemos tenido un pequeño incidente. Isa está
malherida, nada grave, solo que nos ha cambiado los planes. Creíamos que
estaba resuelto a media mañana, nos equivocamos. Después de comer hemos
tenido que ir de urgencias al centro médico que hay en Santa Marta. Isa aún
sigue dentro, y ya no salen más barcos hasta mañana.
Le expliqué lo sucedido con pelos y señales. Al principio, todo eran quejas
sobre lo inoportuno del momento, del dinero del hotel desperdiciado, si
debiéramos haber vuelto con los primeros síntomas de malestar de Isa, y no
esperar tanto. Después del primer impacto y de contarle lo mal que nos
sentíamos por no estar ahí con ellos, bromeó diciendo que al menos ellos tenían
discoteca y bares de copas donde divertirse, nosotras tan solo un pequeño hostal-
taberna con cuatro gatos. Hubo un silencio entre nosotros. Fue un momento de
debilidad, mis pensamientos pesimistas me superaron. Luego me acordé de
nuestra improvisada noche de chicas, de las tonterías que decimos cuando
bebemos más de la cuenta, estamos de fiesta o de relax, en plan cine o cena.
Pensé en lo bien que nos íbamos a sentir y ya no me importó tanto.
—Lo siento, era una broma. No te preocupes, cielo, mañana cuando vengáis
estaremos ya levantados y preparados para llevaros a comer a un buen
restaurante con vistas al mar. Si queréis, el domingo podemos ir al balneario que
hay en Sionu, en dirección a Bilbao. Está a cinco kilómetros de aquí si vas por la
autovía. Así os relajaréis de verdad, con un buen masaje, unas copas de vino, y
todos mis innumerables abrazos y besos. Seguro que Pol hace lo propio con Isa
para que se le quite el malestar del día. Me ha estado diciendo lo mucho que le
impresionó tu amiga y que está deseando verla, igual que yo estoy deseando
verte a ti.
Me pareció una buena idea, aunque en ese momento no me apeteciera nada. Lo
encontré demasiado ególatra por su parte.
«¡Qué tonta soy! Seguro que lo hace por mí. Encima que busca balnearios y
cosas relajantes para hacer...», me dije arrepintiéndome de mis malos
pensamientos.
Isa salió con hambre y ganas de ver su habitación, contenta porque se
encontraba mejor, a pesar de la cicatriz que le iba a quedar en la sien y el
horrible chichón que le estaba saliendo. Nick había estado acertado al
vaticinarlo. Sabía que tendría que tomar algo para dormir, pero en esos instantes
parecía feliz. En el costado y el hombro apenas notaba que se hubiera dado un
golpe.
—¡Qué alivio! Me siento libre como un pájaro. Entre las incómodas, pero bien
recibidas, ráfagas de aire y llevar ropa limpia, estoy como nueva. Tengo ganas de
ver la habitación aun siendo pequeña y fea. Me muero por ducharme, ponerme
ese bonito vestido que me has comprado y maquillarme un poco. ¡Ups! Ahora
echo de menos no haber puesto maquillaje. Lo único que tengo es un pintalabios.
Si lo hubiera sabido… Me ruge la barriga. ¿Y dices que Nick también es
cocinero? ¡Este hombre es una caja de sorpresas!
Le colgué a Lucas más tranquila sabiendo que no les importaba que nos
quedásemos en la isla, cambié la cara al ver a Isa contenta, haciendo gestos de
tener hambre como yo. Fuimos paseando hasta la taberna, fijándonos en las
farolas clásicas hexagonales de hierro forjado de primeros de siglo, rodeadas de
flores, alumbrando al peculiar pueblo de Santa Marta. El suelo era empedrado y
empezaba a humedecerse con la caída de la noche. Si le sumabas el viento y
nuestra mala suerte, se hacía difícil caminar sin caerte de nuevo. Nos agarramos
de los brazos para sujetarnos entre nosotras y poder llevar las bolsas y su
mochila sin caernos.
—Recuerda que siempre llevo eyeliner y rímel. Si sumamos el pintalabios…
—¡Qué bonito se ve el pueblo de noche! ¿Ves allí arriba el casco antiguo?
Todo encendido encima de la montaña. Si no fuera por el indomable viento que
nos va a hacer salir volando o a arrastrarnos por el suelo…
—Hablando de volar y arrastrarse, no he comprado ropa interior, no había. Y
ponernos esta después de bañarnos… ¿Qué prefieres?, ¿pájaro o reptil?
—¿Qué tiene que ver la ropa interior con volar o arrastrarse?
—Muy sencillo: si no llevamos, con los dos se nos verá el plumero.
Llegamos sanas y salvas a La Taberna de Yon, riéndonos a carcajadas.
Abrimos las gruesas puertas de madera, comprobando que el comedor había
atenuado las luces. Era un espacio íntimo en el que disfrutar de una decoración
marinera mezclada con flores de temporada y una buena cena lugareña. Cada
mesa tenía un sencillo mantel blanco a cuadros rojos, con un bonito ramo de
alegrías guineanas. Al vernos, Yon se acercó a nosotras. Observó la buena cara
que hacía Isa, todavía nos reíamos de las bromas que había hecho. Con una
sonrisa cercana, como si la conociera de toda la vida, empezó una agradable
conversación:
—Soy Yon, no sé si te acordarás de mí. Me alegro de que estés mejor. viendo
el brillo de tu mirada y esa magnífica sonrisa, empiezo a entender muchas cosas.
Avisaré a Nick para que te enseñe tu habitación. Cuando estéis acomodadas,
bajad a cenar, a las once cerramos la cocina.
—Gracias, sí que me acuerdo. Eres el camarero guapo, socio de Nick. Laura
me ha hablado de su magnífica habitación, no del horario, aunque no tardaremos
en bajar. Tenemos hambre, pero necesitamos ducharnos, al menos yo.
«¿Camarero guapo?¡Me gusta esa frase! Quizás no sean tan cortas las
conversaciones», pensó Yon sorprendido.
8
ESE MÁGICO MOMENTO

Le seguimos por el comedor, atravesamos un pequeño pasillo hasta las escaleras.


Por su gran sonrisa, deduje que le había gustado lo de «camarero guapo».
Risueño, volvió a explicar la historia del hostal. Me sorprendí de no ver a Nick.
Al subir las escaleras, lo vimos aparecer al fondo del pasillo, parecía cansado. El
volumen de su pelo era espeso, estaba despeinado, algo ojeroso y con dificultad
para caminar. Levantó la vista, absorto en sus pensamientos, y se detuvo de
golpe. Isa estaba mirando una fotografía antigua de unos pescadores, se dio la
vuelta para decirme algo y se cruzó con su mirada. Permanecimos en silencio un
instante, después de esa pauta, con voz tranquila y sonriendo tímidamente,
añadió:
—La expresión de tu rostro ha cambiado bastante, te veo contenta, imagino
que te han dado el alta. ¿Qué ha dicho el escáner?
—Tenía ganas de salir de allí y de cambiarme de ropa, solo por eso ya estoy
contenta. Del resto, no me ha aclarado mucho. Me encuentro mejor, pero hasta
mañana a las diez no sabré el resultado oficial. De momento estoy en
observación. Como no hay camas disponibles, dormiré aquí. Me ha dicho que te
llamaría por teléfono cuando llegue a casa, será para vigilarme.
La escrutaba mientras hablaba, memorizando cada milímetro de su rostro. La
cuestión que me venía a la cabeza era por qué nervioso se frotaba las manos con
el pantalón, sin dejar de mirarla ni pestañear, como si yo no estuviese.
«Cada vez que te veo, pones a prueba el motor de mi corazón, mis latidos se
aceleran. No sé quién eres, te conozco desde hace unas horas. ¿Por qué me
siento igual que en el instituto?», se preguntó a sí mismo Nick nervioso.
Al comprender que me había vuelto invisible y sabiendo, divertida, que no me
importaba, decidí irme a mi habitación y dejarlos solos. Yon había ido a por la
llave aprovechando que conversaban. Se la lanzó a Nick bromeando y realizando
gestos con la otra mano. Después me acompañó hasta la puerta de mi habitación,
hablamos dos minutos más y se fue a la cocina. Isa y Nick siguieron hablando
como si nada, paseando hasta la habitación.
***
—Esta parte la contaré yo, tú no estabas, y tu versión puede quedar
distorsionada mezclando tu opinión con los hechos.
—No creo. La historia me la ha contado una fuente fidedigna. Te dejaré hablar,
tengo que ir al lavabo y, como en esta parte no salgo, puedo perderme unos
minutos. El morbo viene después.
—¡¡Eh, no me hagas spoiler!!
—Desvaría, le pasa cuando quiere hacerse la interesante. Ahí donde la veis, es
buena persona, también manipuladora, como buena periodista, no sé si sabéis a
lo que me refiero… —Rieron todas a la vez—. ¿Por dónde íbamos?
***
Yon le lanzó la llave de la habitación y le ordenó con un guiño que fuera un
buen anfitrión. Él, con mirada traviesa, algo más animado, las cogió en el aire.
—Acompáñame, espero que te guste, es una habitación especial.
Abrió la puerta poco a poco, al hacerlo la luz iba llenando lentamente la
habitación. Una lámpara de araña era la fuente de esa luz. En lugar de cristales,
tenía velas, y estaba hecha de hierro forjado, muy clásica pero rústica. Dos
pequeños candelabros presidían una cómoda de finales de siglo, o quizás más
antigua. La habitación era totalmente blanca, con bordes de madera oscura y
gruesa en sus esquinas. Los techos altos, con vigas de madera del mismo color.
El suelo de parqué oscuro. La cama y el espejo, de la época colonial, en madera
tallada, estaban en el primer nivel, con una gran chimenea de piedra y puerta de
hierro forjado presidiendo la habitación. Subías dos escalones hasta unos
enormes ventanales de madera, sin cortinas, que daban a la terraza. En una
esquina, había un pequeño armario de madera a conjunto con el resto de los
muebles. Observé cada detalle de los pocos objetos que había. Parecía una
cabaña de madera, de esas películas en las que aparece un lago y un bosque, y la
cabaña está en medio de ninguna parte, solo que era una habitación a dos niveles
en un hostal de un pueblo costero del País Vasco.
Perpleja y muda, seguí memorizando cada rincón. Nick explicaba dónde podía
dejar mis pertenencias y por qué esta habitación tenía dos niveles. Por la
estructura del edificio, al hacer esquina, tenía una columna que hacía de pilar y
en el momento de la construcción creyeron que era mejor poner esos dos
escalones. Ellos lo aprovecharon para decorarla en este estilo y crear un mejor
ambiente. Después abrió una de las ventanas, invitándome a salir para que viera
las vistas desde ella.
El escenario era impresionante. Las luces de las farolas iluminaban la calle
hasta el muelle, era como un tercer piso de altura, aunque solo habíamos subido
dos plantas. Se veía perfectamente toda la costa, el peñón de Calke, unas rocas
dibujando un puente, las barquichuelas de los pescadores a la derecha, al lado de
rocas más pequeñas. Estas estaban unidas con otras más grandes y puntiagudas
que hacían de apoyo a unos gigantescos acantilados erigidos a partir de ellas.
La terraza hacía esquina, me apoyé en el otro lado, y mi sorpresa fue una
espectacular postal del casco antiguo de Santa Marta, el mismo que me había
impresionado tanto camino del hostal. Un conjunto de calles empinadas, cortas,
repletas de casas blancas y tejados oscuros, altas, iluminadas, en una pequeña
montaña aposentada en un gran prado verde. Este acababa en varias avenidas
que cruzaban la isla como esta, la avenida del Mar.
Era de noche y apenas se podía ver la belleza del lugar por la oscuridad en la
lejanía o la humedad que se adentraba en la noche. Los meteorólogos habían
anunciado una tormenta eléctrica en las próximas horas y, a pesar de ello, el
corazón se me aceleraba de imaginarme esa belleza. El sonido suave de la voz de
Nick explicando qué era cada sitio me adentraba aún más en mi imaginación y
aumentaba mi curiosidad por saber más del lugar.
—Viendo tu cara y la luz de tu mirada, he acertado al darte esta habitación. El
hostal se encuentra en la parte más alta de la isla, eso hace que tenga unas vistas
privilegiadas. Uno de los motivos de que esta habitación sea especial es porque
es la única que da a dos bandas y tan alta para obtener estas magníficas postales.
—¡Vaya, qué suerte que estuviera vacía!
—En realidad, no estaba vacía. El otro motivo es porque es mi habitación. La
habitación donde me crie. Como dice Yon, mi rincón favorito. Donde pienso,
estudio, medito y vivo cuando no trabajo. Pensé que, después de todo lo que has
pasado hoy, te vendría bien despertarte con el olor a salitre, a hierba fresca y
húmeda, si le sumas el calor de la chimenea… Tu recuerdo sería inolvidable, en
el buen sentido de la palabra, y no en el peor. Esto no es el Hilton, aun así,
intentaremos cuidaros bien esta noche. De este modo, os llevaréis un buen
recuerdo, por si algún día queréis volver…
—No hacía falta, me hubiera conformado con cualquier otra o hubiera dormido
con Laura. Soy consciente de que no ha sido mi mejor día, tampoco el tuyo, y las
islas no han tenido la culpa. Cada una tiene su propio encanto, igual que las
personas, todas somos diferentes y todas tenemos algo especial. Lo que más
siento es no haber podido ver esta, precisamente la más grande y seguro que la
que más historia tiene. Me encanta la historia. La habitación es fascinante. Pese a
eso, no la quiero, no me parece justo, tú la necesitas más que yo y, si me la dejas,
¿dónde dormirás tú?
Preocupada y agradecida por el detalle, me negué a aceptarla. No me parecía
bien que, con las molestias que tenía, durmiera en un sofá. Le gustó mi
preocupación, sonrió tranquilo, apoyado en la barandilla de la terraza. Dulce, me
convenció de que pasara la noche allí.
—Tranquila, soy muy controlador, ¿recuerdas? Es solo una noche. Dormiré en
la habitación de al lado, es la que realmente quedaba libre. Es individual,
minimalista, moderna y fría. No me parecía de tu estilo, y que durmieras con
Laura, teniendo dolores en un lado de tu cuerpo, no beneficiaría a ninguna de las
dos. No soy médico, pero esta noche con total seguridad nos costará dormir.
Cuando Yon cogió las llaves para enseñarle la habitación a Laura, me vino la
idea y, por extraño que parezca, y lo es, fui espontáneo. Es una noche nada más,
tiene chimenea y puedes calentarte antes de dormir. Después de cenar subiré con
la cesta de leña y la dejaré encendida. Es mi manera de disculparme por mi
extraño comportamiento contigo. No suelo ser tan estricto, no sé qué me ha
pasado hoy.
No había previsto esa reacción, me descolocó su inesperada sinceridad. Un
acto generoso y tierno por su parte. Emocionada, bajé la cabeza para que no lo
notara, después cogí aliento y le sonreí dulce, agradeciendo el maravilloso gesto
que había tenido conmigo. Él se sintió orgulloso de haber dado ese paso al ver
que ya no había tanta tensión entre nosotros. Entré a coger la cámara. Por un
momento sentí su mirada en mi espalda. Me pareció que seguía cada uno de mis
movimientos. Era raro, porque no me importaba. Esperanzada, todo indicaba que
iba a acabar bien el día. No me gustaba llevarme mal con él, tampoco es que
fuéramos amigos del alma, pero era un comienzo. Me dispuse a hacer unas
fantásticas fotos, quería inmortalizar la noche en la isla. En el cielo, la luna se
mezclaba con las innumerables nubes. Un pequeño resquicio se reflejaba en el
agua del mar. A la derecha, las olas golpeaban con fuerza las rocas. Me abroché
la chaqueta, empezaba a hacer frío.
—Tienes razón, desde este ángulo se pueden hacer excelentes panorámicas.
Hay luna llena, o nueva… ¡Nunca sé cuál es cuál!
Se acercó sigiloso a mí. Llevaba tejanos claros y camiseta azul, haciendo que
le resaltara más sus brillantes ojos azules. No lograba saber cuál era su perfume,
era embriagador, tanto que me costaba concentrarme en otra cosa que no fuera su
olor.
—¿Quieres sacar una fotografía peculiar? Mira hacia el puente de Antón,
aquel. Fija el objetivo y sujeta con fuerza, cuenta hasta cinco y haz la foto.
Tendrás una imagen que no olvidarás.
Estaba detrás de mí, su boca en mi oído explicándome lo que tenía que hacer,
cogiendo mi mano para que la cámara no se moviera con el viento. Me
estremecí, me pilló desprevenida. Tal vez fue el frío o su voz melódica cerca de
mi cuello. No sé… Intenté centrarme en el objetivo, pero mi mente se nublaba
con su voz y el olor que desprendía su piel. Aturdida, respiré hondo y me esforcé
por disimular mi inesperado rubor. Miré al horizonte buscando la ubicación
exacta que me había pedido.
—¿Qué es lo que estoy buscando? No veo nada… Está bien, contaré hasta
cinco. Uno, dos, tres, cuatro y cinc… ¿Qué ha sido eso? ¿Eran delfines?
Tiburones no pueden ser… Parecían peces enormes saltando o jugando.
Me giré atónita, no entendía lo que había visto. Es una cámara compacta, la
definición y el aumento del zum era muy potente. Nick sonrió orgulloso de haber
conseguido mi atención, imaginó lo curiosa que soy, las preguntas que haría,
pero sobre todo intentaría encontrarle una explicación, y dio en el clavo. Se
apartó un poco, tal vez un metro, y miró al mar señalando ciertos puntos de la
costa. Le miré, volvió a sonreír y empezó a contar. Me quedé absorta oyendo su
historia, y él, satisfecho de su intuición, me invitó a sentarme en una banqueta de
madera oscura, acolchada, que había en la esquina de la terraza.
—Hay leyendas de todo tipo, historias que cuentan los abuelos de la zona y
que antes les han contado sus abuelos, y a estos los suyos, y así podríamos seguir
un rato. Todos los lugares tienen sus tradiciones, esta es la más popular de la
costa norte. Real o no, tendrás que decidirlo tú después de oírla.
—Suena interesante. La verdad es que parecían peces, pero la parte superior
era muy alargada, y no parecían aletas, al menos visto desde el zum de la
cámara, el cual es bastante fiable. No conozco ninguno así, o no lo encuentro en
mi memoria. No recuerdo ninguno que sea tan largo y delgado.
—Dicen que la evolución de las especies en cada lugar fue diferente,
dependiendo del clima y la tierra, o la temperatura del agua, incluso dependiendo
del país donde estuvieras, hemisferio norte o hemisferio sur. De ahí las diferentes
razas, rasgos, color de piel, más altos o bajos… Bien, pues en los animales pasa
algo parecido, o eso dicen. Las aguas de la costa norte son frías y tienen menos
oxígeno que las del sur, puede ser un motivo, tal vez no. La cuestión es que, a
unas quinientas millas de la costa, cerca del conjunto de islotes de Kirk, se
podían ver en determinadas épocas del año enormes peces cruzar sus aguas.
Había quien decía que se veían desde la costa, otros que eran los pescadores que
faenaban durante días en el mar los únicos que podían verlos o escucharlos. De
pequeños, escuchábamos varias versiones, pero al final todas decían lo mismo:
eran peces de más de tres metros de altura, delgados, con una aleta enorme en la
parte inferior y extremidades alargadas a cada lado en la parte superior;
gelatinosos, con escamas, ojos grandes, boca ancha y dentudos, estéticamente
deformes, probablemente por alguna mutación genética. Nada parecido a los
peces que vemos en los acuarios o en la televisión. Hoy en día quedan pocas
personas que los hayan visto de cerca, pero las que quedan siguen insistiendo en
la misma historia. Antiguamente viejos pescadores, y algún que otro pirata,
todos coincidían y coinciden en que eran y son inofensivos, solo miran, juegan
con las olas y hacen ruidos extraños. La mayor parte del tiempo están espiando
lo que hacemos, observando lo que pescamos e imitando nuestros movimientos,
como si quisieran aprender nuestras costumbres.
—¿Lo dices en serio o te estás quedando conmigo? Porque me lo creo casi
todo. Laura dice que tengo una imaginación exagerada y me monto mis propias
películas sobre algunos temas.
—No, no te intento tomar el pelo. Es solo una historia o leyenda. No la suelo
contar muy a menudo porque no todo el mundo sabe escuchar y la mayoría de
las veces hacen un juicio incoherente antes de terminar el relato. Tú pareces de
las personas que escuchan, investigan y después juzgan. Cuando acabe de contar,
me puedes explicar tu versión de lo que has visto. Si quieres, puedes repetir la
acción y, cuando los vuelvas a ver, crear tu propia historia de estos peces que
probablemente no veas en otro lugar del mundo.
—Lo reconozco, sabes cómo atraer mi atención. Estoy intrigada. Te advierto
que, si me estás tomando el pelo, sentirás la ira de una mujer con temperamento.
Arqueó una ceja, la otra, se frotó la barbilla y se pasó la mano por la cabeza
dudando si aventurarse a seguir contando o no.
—He de decir que tienes un carácter muy difícil, me das miedo, pero creo que
me arriesgaré. Siento curiosidad por tu posible teoría de nuestros extraños
especímenes. Te la contaré y luego tú decides. Como he dicho antes, decían que
eran inofensivos. Únicamente les molestaba que los pescadores recogieran más
pescado de lo normal, entonces se agitaban, saltaban y daban vueltas, supongo
que por miedo a que les quitasen la comida. Hoy en día, algunos pescadores
sobresaltados dicen que, cuando llenan sus redes más de cuatro veces, tienen que
soltar esta última porque si no el ruido se vuelve estridente y ensordecedor.
Como en todas las leyendas que se precien, hay personas que se las creen y otras
que son más escépticas. Yo era de los escépticos.
Me miró curioso al decirlo, buscando mi reacción. Arrugué las cejas e
inmediatamente las levanté incrédula.
«¿Ha dicho era? Alguien práctico y realista no puede creer en fábulas y
mitologías. Me está describiendo deformidades de la naturaleza imposibles. Ni
siquiera en un fallo de la evolución podría formarse algo así. Me sorprende que
lo explique poniendo énfasis en según qué partes de la historia, intentando
convencerme, como si fuera un cuentacuentos a un grupo de niños de educación
infantil. El problema es que no puedo dejar de escucharle, su voz me hipnotiza.
¡Igual sí que es un cuentacuentos y yo la típica niña ingenua que se lo cree
todo!», pensé alucinada.
—¿Eras? Tú, tan práctico, coherente y…
—¿Controlador? Precisamente por eso. Tenía dieciséis años y ya me gustaba
controlar mis pensamientos. Tenía claro lo que quería ser de mayor, no dejaba
que nadie me dijera lo que tenía que hacer, pensar, o creer, así que decidí
averiguarlo por mi cuenta. En esa época, como cualquier adolescente, era muy
impulsivo. Mi hermano, más pequeño que yo, quiso acompañarme al verme con
una mochila, linterna y una cámara de fotos. Salimos casi al atardecer un día,
otro al amanecer. Intentamos por todos los medios acercarnos a las rocas en
diferentes horas del día. Una vez nos quedamos despiertos toda la noche debajo
del puente, el punto desde donde por perspectiva se puede ver mejor. Y los
vimos. Yo tenía una cámara Canon EOS que me había costado un dineral, dos
cumpleaños y dos navidades exactamente. Lo planeé en mi mente infinidad de
veces y sabía perfectamente cómo pillarlos. Y lo hice. Nos sorprendimos tanto
que lo repetimos una y otra vez, siempre lo mismo. Contabas hasta cinco
mirando por el objetivo de la cámara y con el zum a máxima potencia. En el
centro de las rocas puente, luego hacías la foto. A una distancia aproximada de
doscientos o trescientos metros en línea recta.
—¿Qué es lo que visteis? ¿Tiburones deformes, delfines o qué? Desde la playa
os hallabais más cerca y con el zum los podrías tocar casi con la mano.
—Vimos unos seres alargados que jugaban saltando entre las olas. Hacían
ruidos raros, risas chillonas, al igual que los delfines. Nos miraban y se reían.
Medían unos tres metros, su parte superior no tenía aletas, más bien parecían
ancas de rana estiradas, y sus cabezas eran similares a las de los delfines, pero
con los ojos saltones y más dentudos. Eran tres, parecía que hacían un círculo
entre ellos, como niños jugando. No sé qué eran, pero no eran peces normales.
Sonreí y le di una simpática palmada en el hombro izquierdo. Luego me apoyé
en la barandilla de la terraza y sujeté la cámara fuertemente. Activé el zum,
acercándolo lo máximo posible. No dio resultado, no había nada. Conté hasta
tres y seguí sin ver nada. Me di la vuelta algo indignada, levantando las manos y
las cejas. Nick se levantó y me devolvió la palmada en el hombro, se puso a mi
lado y siguió explicando divertido por mis gestos de interrogación y mi
insaciable curiosidad. Estaba disfrutando.
—Inténtalo de nuevo, esta vez cuenta hasta cinco y, cuando los vuelvas a ver,
me cuentas tu teoría. Nosotros tuvimos muchas. Llegamos a pensar que era una
ilusión óptica, un juego de luces, o de sombras. Éramos críos con mucha
imaginación. Nos surgieron muchas preguntas y ninguna respuesta. Jamás se lo
contamos a nadie, no nos iban a creer. Volvimos a casa después de nuestra
aventura más intrigados que antes. Años más tarde, éramos ya adultos, volvimos
a intentarlo. Unos amigos son pescadores de marisco, nos fuimos con ellos dos
días, fue inexplicable. Una experiencia que no olvidaremos y que algún día, si
volvemos a vernos, te contaré. Ahora no, se nos ha hecho tarde. Miró su reloj de
pulsera, se nos pasó el tiempo volando. Me quedé con ganas de más, pero
todavía tenía que lavarme y cambiarme. Miré el móvil: tres mensajes de Laura.
—Como te he dicho antes, las toallas están en el estante superior del armario.
Siento que no haya ducha, soy más de bañarme, me relaja después de un día
duro. La parte buena es que tiene hidromasaje. Seguro que después te sentirás
mejor.
—¿Estás seguro de que me quede la habitación? Tú también estás dolorido. Lo
peor de la caída te lo has llevado tú y ahora vas a trabajar, necesitas descansar
más que yo. Al fin y al cabo, yo estoy de vacaciones, entre comillas.
Le sorprendió que me preocupara por él. Fui sincera, no me importaba dormir
con Laura, aunque deseaba no hacerlo, me encantaba la suya. Hizo oídos sordos.
Fue hacia la puerta, se despidió con una sonrisa y un bonito comentario.
—Espero que te diviertas esta noche, que te guste la cena. Si no, siempre
puedes decírselo al cocinero.
9
TERAPIA DE CHICAS

Al irse respondí los mensajes de Laura. Saqué el vestido de la bolsa después de


abrir el grifo de la enorme bañera rectangular imitación de madera que había al
otro lado de la habitación, cerca de la terraza. Como no tenía cortinas, desde la
bañera podías disfrutar de las vistas. Me desnudé, deslizándome suave en el
agua. Cerré los ojos un instante y, extasiada, llegué a la cima del mundo. Tenía
razón al decirme que lo necesitaba. Mi descanso duró media hora, el móvil no
dejaba de vibrar, interrumpiendo mi relax. Después de secarme y ponerme mi
precioso vestido, fui hacia el móvil para llamar a Laura, tanta insistencia sería
por algo. No me dio tiempo, picaron a la puerta.
—¿Qué haces? Llevo media hora intentando hablar contigo. ¿Has visto la
hora?
Estaba enfadada, también radiante. Su mirada rabiosa decía lo contrario que su
look. Iba elegante pero sencilla, igual que el maquillaje de sus ojos verdes a
juego con el vestido. Se los había pintado natural, con delicadeza, como cuando
tiene una reunión importante.
—Me estaba bañando y el móvil estaba en la cómoda. Ya casi estoy, me pinto
los labios y me seco un poco el pelo.
—Las cenas ya han empezado. Yon dijo que cerraban la cocina a las once y
son casi las diez. No quisiera quedarme sin cenar. Tu habitación es muy cálida y
rústica, no se parece en nada a la mía. La mía es una cucada, muy a lo Sissi
emperatriz. Deja, te maquillaré los ojos un poco, no vas a salir así.
Ojeaba la decoración de la habitación y acabó embobada mirando tras los
cristales. Tenía el rímel y el eyeliner en la mano. Esperé a que acabara de
cotillear para que me maquillara.
—¡Alucinante! La habitación parece una cabaña y las vistas no tienen
desperdicio. No sé lo que nos pedirán por las habitaciones. Sin duda, lo pagaré
con mucho gusto. No te muevas y te agrandaré aún más esos bonitos ojos
negros.
—Sabes que no existen los ojos negros, que son marrones. Me los perfilas sin
exagerar. ¿Cómo me queda el vestido? No queda bien con los botines. Por
desgracia, no puedo escoger.
—¡Impresionante! ¿Por qué lo preguntas? ¿Algún moreno de ojos azules te
hace tilín?
—¿Lo preguntas tú, la que ha comprado los vestidos y se ha maquillado como
si tuviera una cita? ¿No será a ti a la que un moreno de ojos azules le hace tilín?
Moví la cabeza hacia los lados dejando que el pelo se secara solo. Parecía una
gata salvaje con un vestido elegante. Felices y animadas, salimos de la
habitación. Las cenas estaban preparadas. Maya y Mamen habían decorado todas
las mesas. Las luces tenues daban al comedor un toque más personal, acogedor,
hasta romántico diría. Bajamos las escaleras de caracol amplias, los escalones
eran de mármol blanco de Carrara. La barandilla, de madera noble oscura con
balaustres de madera torneados. A la hora de comer, no habíamos apreciado que
detrás de la cocina había otra sala. Había tres, dos de ellas comedores. La
primera tal cual entras. A un lado y a otro, motivos marineros. Redes colgadas,
cuadros de pescadores, estrellas de mar, corales y diferentes objetos marinos
decorativos. Pasas la barra y el mostrador donde sirven la comida, cafés y
bebidas. A la cocina se podía acceder de dos maneras: por el hueco entre la
barra-mostrador y la cocina, o por una puerta que había en un pasillo con
imágenes antiguas de la taberna. Después dos salas más. A la derecha, el
segundo comedor. Había menos mesas que en el anterior, pero decoradas igual.
Una bodega de vino y una gramola antigua tipo Jukebox, que me impresionó
muchísimo. A la izquierda, la sala era de juegos. Tenía una pequeña pista para
bailar, dos billares, un futbolín, un air hockey, dos juegos de dardos y varias
mesas para jugar a las cartas, al dominó o al kiriki. También había cuatro o cinco
sofás con la luz más tenue, por si tenías pareja o estabas con algún grupo de
amigos y querías algo más íntimo. Ese lado del hostal me pareció de un gusto
exquisito. Me recordó mucho a los típicos bares o pubs irlandeses. Una grata
sorpresa, sobre todo por nuestra idea de una improvisada terapia de chicas.
Al acercarnos a la sala de detrás, vimos varias mesas libres, elegimos sentarnos
en una de las mesas de la esquina. Al lado, había unos botelleros de vino tinto de
madera, de unos dos metros de altura y un pequeño estanque con diversas
piedras y peces, encajado en el suelo. Una vez que nos sentamos, nos dimos
cuenta de lo atareadas que iban las camareras. Estaba prácticamente lleno, tanto
el primer comedor como el segundo. Pedimos la carta y al rato nos la trajo Yon,
que también se había puesto a servir dada la cantidad de personas que había. En
la cocina solo quedaba Nick.
—¿Siempre tenéis el restaurante tan lleno? Este mediodía estaba bastante
completo y ahora no cabe ni un alfiler. He de felicitaros por el buen gusto
decorativo del hostal y la comida de este mediodía, que estaba muy buena. Mi
estado ya era otra historia, pero ahora me muero de hambre. Pensábamos pedir
plato único, pero nos dejamos aconsejar.
Yon nos observó embelesado durante unos segundos, diría que por vernos
vestidas decentemente con nuestros preciosos vestidos, después miró tímido a
Laura y se centró en mí.
—¡Hola! Veo que el baño relajante os ha sentado muy bien. ¡Estáis estupendas!
Y tú tienes un aura diferente, pareces otra persona, más activa y alegre. Mejor,
así podrás disfrutar de las veladas nocturnas del hostal, son muy divertidas.
Respecto a la comida, tenemos varios platos típicos caseros, dependiendo de
vuestros gustos.
Nos enseñó la carta explicándonos la variedad de platos y muy amable nos
asesoró sobre el mejor vino para la cena. Daba gusto hablar con él, siempre
sonriendo y dispuesto a ayudar. Inspiraba confianza con solo mirarle a sus
irresistibles ojos azules. Pedí salpicón de marisco de primero y una variedad de
pinchos de segundo, Laura pidió ensaladilla de primero y merluza en salsa de
segundo. A eso le sumamos una botella de albariño Mar de Frades.
—Relajaos con la música y el ambiente. Enseguida vendrán los platos.
Mientras nos servían la cena, hablamos de las habitaciones, de lo perfectas que
eran, de sus vistas espectaculares, de lo que nos costarían, de por qué hasta ahora
no nos habían querido cobrar ni la comida ni las habitaciones; de las exultantes
conversaciones de Laura con el dulce y guapo Yon, tanto que solo existían ellos
cuando hablaban; de por qué Nick había cambiado su comportamiento árido
conmigo por uno agradable, tierno y ligeramente cercano. Nos sentíamos
afortunadas porque al final todo parecía ir bien. Yo me sentía feliz, iba a tener mi
noche de conversaciones absurdas, locas y poco constructivas que tanto me
gustaba tener con mi mejor amiga. Mi opinión sobre Nick estaba cambiando
después de los últimos acontecimientos, la imagen de él que me había forjado en
mi mente no parecía ser la real. Su preocupación por mi estado y el hecho de
hacerme sentir mejor demostraban por qué le adulaba todo el mundo. Aun así,
no veíamos el motivo para no cobrarnos lo que debíamos. Parecían bastante
humildes, con un negocio rentable, pero no como para derrochar el dinero.
Reconocíamos que, para ser socios, eran muy buenos amigos. Su buen rollo era
inusual, se burlaban de sí mismos y parecían no enfadarse nunca. Se
administraban bien los trabajos de cada uno. Que yo hubiera visto o que me
hubiese contado Laura, que había pasado más tiempo con ellos, eran seis
personas trabajando: ellos dos; Maya, la camarera; Mamen, la ayudante de
cocina, y un matrimonio cincuentón que limpiaba y hacía el mantenimiento del
hostal. Nos parecía innecesario que nos hicieran un trato especial.
Sonó el móvil de Laura. Eran dos mensajes con fotografía, de Lucas: una
fotografía de ellos cenando en un restaurante chino del casco antiguo de Santa
Olaya; la otra, los dos haciendo que tiraban la caña al lado de un monumento a
los pescadores de la comarca.
—Aquí tenéis los primeros. ¡Que aproveche! Si no os gusta algo, ya sabéis a
quién reclamar.
Maya, la camarera, nos hizo un guiño simpático al bromear. Prima de Yon, era
una chica de veintitrés años, pelo midi, rubia con mechas naranja un poco más
largas que el resto del corte. Mirada pícara, alta, simpática a más no poder y un
carácter arrollador, digno de una mujer de bandera. Tenía todas las mesas de la
sala interior controladas y un comentario alegre personalizado a cada uno de los
comensales dependiendo de lo que le pidieran y lo conocidos que fueran. Se me
ocurrió, al ver la buena presentación de la cena, hacernos una selfi con el móvil
de Laura y enviársela a Lucas. Después de todo, el local era muy bonito. Las
luces suaves hacían que hubiera un ambiente perfecto y nuestro vestido nuevo
nos hacía parecer más elegantes de lo normal. Pol me vería y no se preocuparía.
Nos la hicimos sonriendo, haciendo varias muecas, incluso teníamos la botella
de vino en la mano. Transcurrió el tiempo en un abrir y cerrar de ojos, entre
risas, quejas, anécdotas y el sabor del vino con aromas frutales y cítricos tan
envolvente que nos seducía en cada sorbo, haciendo que bebiéramos un trago y
otro mientras saboreábamos la cena. Miramos el reloj de péndulo de madera
noble maciza, colgaba de una de las paredes que separaban un comedor del otro.
Faltaban veinte minutos para las once y aún nos faltaba el postre.
—Hay que reconocer que al cocinero se le da bien la cocina. Se le dan bien
muchas cosas, ¿no crees?
Laura ironizaba sobre nosotros, nuestra controvertida relación, si es que se
podía llamar así.
—Cocina muy bien, estos pinchos están mejor que los de ayer. De postre me
voy a pedir el pastel de café. El vino me empieza a subir, puede que por la
medicación. No debí haber bebido tanto, he oído tus alusiones sobre cualquier
hombre que hable conmigo, tenga por fuerza que sentir algo por mí, que no me
he resistido al vino. No es que me vuelva sorda, sin embargo, me evita escuchar
según qué tonterías. Llevas meses con ese rollo celestino. Siento decepcionarte.
Es más fácil que tú y Yon tengáis algo juntos con esa química que os envuelve
que Nick y yo conectemos. Somos muy diferentes, dos polos opuestos que solo
con rozarse se repelen.
—No nos envuelve nada, solo hablamos. Es fácil hablar con alguien que te
escucha atento, te aconseja y te cuenta también sus problemas o sus inquietudes
sin conocerte. Por el tiempo que había pasado, creí que estarías buscando mesa y
he bajado a buscarte. Al no verte, te he escrito varios mensajes. Cuando te
esperaba ha aparecido Yon y, muy majo, hemos empezado a hablar. Durante
minutos hemos hablado de este confuso día. Le preocupaba cómo me sentía
después de pasar la mayor parte de la tarde sola. Me ha contado que a él le pasó
algo parecido cuando llegó a Bilbao, tampoco conocía a nadie. Me he sentido
bien. Era como si nos conociéramos desde hace años y nos hubiéramos vuelto a
ver después de un tiempo. Ha sido una sensación placentera. De ahí a enrollarme
con él teniendo novio… Lo encuentro exagerado.
—¡No será que no es guapo! He visto bastantes personas en el día de hoy, estos
dos se llevan el premio gordo. En algún rincón de los que no hemos visto habrá
más guapos, o no.
—Si te giras lentamente, podrás comprobar que hay más especies así. Uno está
hablando con Nick. Rubio, pelo un poco largo y abundante, perilla, ojos verdes,
moreno de piel, y el que está detrás tampoco tiene nada que envidiarle. ¡Son dos
auténticas torres!
—Tenía que haber bebido más leche de niña, me siento pequeña. Hasta a la
gente mayor la encuentro muy alta para su edad. Mis padres, los tuyos,
familiares, ninguno pasa de 1,75, creo, y, si pasa alguno, es de casualidad. Aquí
es raro el que no pasa.
Después de algunas reflexiones absurdas como esta, Yon nos trajo el postre.
—Pastel de café y tarta de queso con arándanos y gelatina. Nosotros ya hemos
acabado con las cenas, si queréis algo más, estaremos en la cocina cenando o se
lo podéis pedir a Maya y a Mamen, seguirán dando vueltas por los comedores
durante un rato por si hay algún despistado.
—Normal. No necesitaremos nada y, si es así, podemos esperar.
Intenté ser práctica y no molestar. Para mi sorpresa, Laura los invitó a cenar en
nuestra mesa. Me quedé pasmada por la soltura y las ganas de relacionarse con
ellos.
—¿Y vais a cenar solos? Si queréis, podéis cenar con nosotras. Vosotros cenáis
y nosotras nos comemos el postre, si os apetece. No conocemos a nadie y sería
una bonita manera de que nos explicaseis tradiciones, anécdotas o viejas
historias de la isla. Nos hemos perdido la mitad de la excursión y nos han
quedado tantas cosas por ver…, ¿verdad, Isa? Estaría bien.
—Sería una buena idea. A mí no me importaría, de hecho, me gustaría
bastante. No siempre tengo la oportunidad de cenar con dos chicas agradables y
guapísimas. Siento curiosidad por saber qué hacen en un lugar tan alejado y
distinto de su rutina diaria.
Se fue optimista hacia su amigo a comentarle la improvisada cena conjunta.
Sorprendido, aceptó sin dudarlo. Al ver su reacción, nos miramos atónitas e
intentamos disimular tocándonos el pelo y riendo como si habláramos de algo
gracioso. Al momento, vinieron con sus platos y sus bebidas. Estábamos
sentadas una enfrente de otra. Nick se sentó al lado de Laura, y Yon, a mi lado.
Noté la mirada de Nick un par de veces, pero, cuando levantaba la vista, él no
estaba mirando, así que no estoy muy segura. Había escogido los restos que
habían sobrado del carrillete de ternera y una porción del pastel de café. Yon
unas kokotxas de bacalao y una macedonia de frutas. De beber, se decidieron por
dos cervezas de la comarca.
Aún seguía sorprendida por la incomunicación entre nosotras, pero no
lamentaba la decisión espontánea de Laura. Pensé en mantenerme al margen,
dejar que hablaran ellos e intervenir cuando me sintiera más cómoda. Sentía la
necesidad de saber más sobre ellos. Me impresionaba cómo Yon miraba a Laura
y ella le miraba a él. Había cierta conexión entre ellos, que de ninguna manera
había visto el día anterior con Lucas. Cuando conversaban no existía nadie más.
Nick también lo había notado y, divertido, sonreía para sí mismo. Cruzamos las
miradas, a menudo cómplices de nuestro descubrimiento, sin decir nada, solo
escuchándolos. Al principio hablaron de la taberna, de los juegos y torneos
nocturnos que se hacían los fines de semana, viernes y sábado por la noche.
Torneos de dardos, de billar, de futbolín, de cartas, incluso de karaoke. A partir
de las once y media y hasta las tres aproximadamente se abrían las partidas. La
barra se encendía con luces led pequeñas y de colores, y se servían cócteles de
todo tipo. Las luces de la pista se encendían iluminando en diagonal y alternando
colores. Y la zona tranquila, acogedora y romántica se desvanecía, para dar paso
a un bar musical alegre y festivo, lleno de gente de confianza, conocida, y con
ganas de pasárselo bien. Había personas de todas las edades, aunque dominaban
las que estaban entre los veinte y los cincuenta años.
—Podríamos apuntarnos al futbolín o a los dardos si te encuentras bien, como
hace años.
Me volvió a hacer ojitos. Estaba más extrovertida de la cuenta, y eso es difícil.
No pude resistirme. Su energía era contagiosa y me apetecía divertirme.
—Si quieres… Será divertido volver a jugar. Puede que me cueste un poco por
la molestia en el brazo. No sé si aguantaré todo el torneo, pero lo puedo intentar.
¿Dónde hay que apuntarse?
—¿Os gusta jugar al futbolín y a los dardos? No me malinterpretéis, solo que
no parecéis tan frikis como nosotros. Vuestros trabajos, vuestra ropa, el estrés de
la ciudad… No os imagino jugando a este tipo de juegos.
Nick abrió sus bonitos ojos impactado por la idea de vernos jugar un torneo de
la taberna. Contento y maravillado, nos indicó dónde apuntarnos.
«¡Quién lo diría! No lo hubiera imaginado ni en un millón de años», pensó
Nick asombrado por el descubrimiento.
—Aquí donde nos ves, se nos da bien el futbolín, sobre todo a Isa. Ganaba a
sus hermanos, a nuestros amigos y a todo el que la retaba. Antes íbamos todos
los viernes a un bar musical cerca del trabajo. Como bien has dicho, vamos
estresadas y hace siglos que no jugamos.
—¿Por qué no nos apuntamos juntos? Hay que jugar en parejas, hagamos
parejas cruzadas. Será más divertido, estoy harto de jugar con Nick, y él supongo
que dirá lo mismo. Cambiemos. Será más difícil de coordinar porque no
conocemos el juego de nuestro compañero.
A Nick se le escapó una sonrisa, emocionado por la idea de Yon. Le
entusiasmaba, no sé por qué, pero cuando me acerqué se le veía feliz. Me volví a
sentar después de apuntarnos. Ya habíamos acabado el postre, ellos la cena. Sus
compañeras ya habían cenado. El comedor estaba recogido y limpio. La gente
que quedaba conversaba esperando la diversión y la fiesta nocturna, como
nosotros. Hacía rato que me daba vueltas una pregunta en la cabeza, no sabía
cómo plantearla sin parecer una cotilla. Nerviosa, me mordía el labio inferior al
tiempo que movía los dedos sobre la mesa haciendo ruido con las uñas en la
madera. Ruido insoportable para algunos. No me di cuenta hasta que me
clavaron la mirada los tres a la vez, entonces suspiré y comencé un pequeño
monólogo hasta que Laura me interrumpió:
—El negocio que os habéis montado es una pasada. El hostal y las
habitaciones parecen de lujo, son una maravilla. Mi habitación, no tengo
palabras para describirla ni para agradecerle a Nick su gran detalle. Parece una
cabaña de madera de las que salen en las películas en medio del bosque o cerca
de un lago. La de Laura todavía no la he visto, pero dice que es espectacular.
—En el último año y medio hemos estado en muchos lugares, algunos
impresionantes. Vuestro hostal-taberna es diferente a todo lo que hemos visto
hasta ahora. La taberna es muy cálida, casera y familiar; el hostal es amplio,
clásico, acogedor, pero también carismático y elegante. Las habitaciones no se
parecen mucho, porque la mía, si tuviera que compararla o etiquetarla, sería más
bien un estilo Sissi emperatriz o Palacio de Versalles.
—Respecto al dinero, os las pagaremos mañana al levantarnos. No sé cuándo
me dará el alta el doctor, pero imagino que nos iremos directas desde la clínica.
Siento que nos fuéramos de la comida precipitadamente, no sé si habría podido
evitarlo o habría ocurrido en otro lugar. Menos mal que estaba Nick, otra vez…
tendré que contratarte de guardaespaldas. Cambiando de tema, para ser socios,
os lleváis genial. ¿Cómo os conocisteis? Nosotras somos amigas desde que
entramos en la revista. Nos pusieron juntas. Yo la fotógrafa y ella la reportera.
Hará unos cinco años, fue amistad a primera vista.
—Los cumplidos son de agradecer, todos. Aunque te veo mucho mejor, espero
que no te desmayes más, es difícil seguirte, y mucho más ser tu guardaespaldas.
Bromas aparte, la respuesta a por qué es tan diferente el hostal, creo que porque
es nuestra casa, la taberna nuestra cocina y los clientes, en su mayoría, nuestros
amigos. A muchas de las personas que vienen aquí las conocemos de toda la
vida. Sabemos sus gustos, jugamos con ellos, pescamos, trabajamos y nos
divertimos con ellos. Por eso es acogedor y familiar. El estilo del hostal es el que
tenía cuando lo construyeron, excepto tres habitaciones, como la mía, por
ejemplo. Estaban más castigadas y las decoramos a nuestro gusto. Ese es su
toque especial —respondió amablemente nuestras dudas, con un encanto que me
cautivó. Su expresión cambiaba según nuestras muecas. Su tono era más cálido y
confiado, parecía otro Nick.
—Por el dinero no os preocupéis. Como ya dije antes, mantenemos la cultura,
las raíces y la historia del edificio y del lugar, pero vivimos en este siglo y
sabemos las dificultades que hay en el país. Nosotros hacemos todo lo referente
a la mano de obra y el edificio es nuestro, por tanto, los gastos son mínimos y no
cobramos mucho, lo imprescindible para poder vivir a nuestro modo sin que nos
falte nada. Gracias a eso, siempre está lleno, la gente repite, tanto la de aquí
como la de las islas y pueblos cercanos. Los turistas, en su mayoría, vuelven y
nos dejan buenas reseñas. Estamos orgullosos de que no nos falta el trabajo. Al
contrario: hay semanas que no descansamos. Podéis estar tranquilas, mañana
cuando os vayáis tendréis vuestra cuenta preparada. Espero que estéis conformes
y algún día, no muy lejano, decidáis volver también.
Yon se enrojeció al decirlo y, medio disimulando, levantó la vista hacia el reloj
de péndulo. Se giró para avisar a Nick con la mirada. Eran las once y media, y ya
había gente esperando en la barra. Tenían que preparar la sala de juegos y
organizar los torneos que empezaban a las doce.
—Tenemos que irnos un momento, volveremos cuando empiecen las partidas.
He visto que habéis bebido vino, pero mi obligación como barman es
preguntaros si os apetece algo de beber. ¿Un cóctel en especial o tal vez os dejáis
sorprender por uno personificado?
Nick se levantó, cogió los platos colocándolos alrededor del brazo, esperando
atento a que le diéramos una respuesta. Yon hizo lo propio con las bebidas y se
despidió, Maya lo llamaba con el brazo. No me atrevía a beber más, tenía que
medicarme. No quería mezclar, aunque me parecía interesante lo de la bebida
personificada. Sin duda era original. Laura no se lo pensó, aceptó al segundo
siguiente. Nos miró dulce, travieso. Al notarme dubitativa, añadió:
—¿Esa mirada pensativa qué significa exactamente? ¿Te dejas impresionar o
es demasiado por esta noche? Entenderé cualquiera de las dos respuestas, aún no
estás del todo bien.
—Acepto el desafío, aunque no sabía que fueras barman también. ¿Hay algo
que no hagas? Guía ocasional, cocinero, manitas, buen vecino y ahora barman.
—Aún te faltan algunas más, pero ahora no tengo tiempo de contártelas, mejor
luego. Entonces, dos bebidas personificadas para las encantadoras turistas, ¿no?
—De acuerdo, aunque pondré una condición: quiero estar delante cuando
hagas la mía, saber qué echas, y, por supuesto, tienes que dejarme hacerte una.
—Provocadora, le propuse un reto. Su carcajada me sorprendió, estaba
encantado.
—De acuerdo, pero que sepas que son varias condiciones, no una. También sé
sumar. Lo puedes añadir en la lista. Te avisaré cuando lo vaya a hacer, ahora
tengo que atender a esa fila de clientes mientras Yon y Maya preparan los juegos
y la música. A partir de la una, quienquiera puede cantar en el karaoke, por si
también os queréis apuntar.
Se fue con la sonrisa tatuada en su rostro, relajado. Era la primera vez que lo
veía disfrutar.
«¿Es por proponerle esa idea tan descabellada? Tampoco es para tanto, aunque
me gusta el nuevo Nick más que el anterior. Tiene un no sé qué terriblemente
irresistible…», pensé extrañada por su buen humor repentino.
Admito que le miré de arriba abajo. Fue una revisión corta pero profunda. Un
instante en el cual me quedé embelesada.
***
—Su cambio de humor fue porque empezaba a sentir algo por ti, todavía no
sabía el qué y quería averiguarlo. ¿Esas pastas que has puesto son bajas en
calorías? Comería alguna con el café, lástima que esta figura no se cuida sola,
hay que ayudarla. Si engordan, no la ayudaré mucho.
—A ver, Amanda, son «digestive», sin apenas grasas, pero, si comes muchas,
¡milagros no hacen!
—Mírala ella qué graciosa. ¡Cómo tú no tienes que cuidar la línea! No todas
tenemos la suerte de ser un fideo. Algunas sufrimos para parecer un macarrón, ni
siquiera soñamos con simular el fideo —replicó Amanda metafórica.
—Independientemente de las clases de pasta, creo que Nick intentaba ser
amable, caer bien. No dudo que le gustara Isabel, aun así, siendo consciente de
que al día siguiente se iban, más bien quería dejar una buena impresión. En
cambio, Yon flirteaba descaradamente con Laura. Dice que es realista y aconseja
a Nick. Así y todo, se muere por pasar tiempo con Laura y a ella tampoco parece
que le importe. ¿Y el pobre Lucas? Isabel no tiene ninguna obligación con Pol,
es un ligue, o ni eso. En cambio, Laura… tiene novio, ¿no?
—¡Ey, que yo no estaba haciendo nada malo! A no ser que conversar, reír y
jugar lo encasilles como malo. Esa noche nos lo pasamos bien, disfrutamos,
igual que la anterior con Lucas y Pol. La diferencia eran la situación, las
circunstancias y el ambiente. Solas en una isla, no conocíamos a nadie, ni
siquiera a ellos, y, sin conocerlos, fueron generosos, humildes y familiares.
Estábamos sensibles y nos ayudaron. Para que no os hagáis ideas raras, seguiré
contando yo. No digo que la versión de Isa sea errónea, pero prefiero contar yo
esta parte, ¿estás de acuerdo?
—Vale, así descanso y me tomo un cortado.
***
El tiempo que estuvieron atareados, nosotras fuimos al lavabo y dimos una
vuelta por el salón donde estaban la pista, el karaoke y los billares. Estuvimos a
punto de ponernos a jugar, pero unos hombres pasados de rosca nos dijeron que
no podíamos. El torneo empezaba antes de que pudiéramos acabar la partida.
Decidimos volver a la mesa donde habíamos cenado, cuando nos encontramos
de frente a Yon. Todo preparado. Hoy le tocaba a Maya ser la locutora del juego
y, en parte, junto con Mamen, también el jurado.
—Si queréis, podemos sentarnos en el salón. Estaremos más cerca de los
dardos y el futbolín. Si en algún momento os da por cantar o bailar, la pista la
tenéis delante. Elegid el lugar que os apetezca, si quedan. La previsión de
tormenta no ha atemorizado a nadie, creo que haremos lleno. Avisaré a Nick.
Escogimos uno de los sitios que quedaban al lado de la pista de baile. Detrás
teníamos el billar, y delante, el panel de los dardos. Era una mesa alta y redonda,
con cuatro taburetes altos, acolchados y cómodos. Todo de madera color nogal y
la tapicería color vino. Ubicadas, esperando que comenzase el torneo, llegó Yon.
—Nuestro ajetreado barman dice que, si sigue en pie vuestro reto, vayas en
diez minutos. —Nos lo comentó en tono guasón. Le satisfacía ver las repentinas
ansias de Isa por saber más de Nick. Isa hizo oídos sordos.
—Claro, me encantaría saber de dónde ha sacado esa idea tan original…
Barman, un cóctel personificado. Es sorprendente todo lo que sabe hacer.
10
NOCHE DE JUEGOS

—Fue hace años, cuando estuvo viviendo en Barcelona. Mientras estudiaba, hizo
de camarero y barman en un bar de copas del centro de la ciudad. Era un buen
trabajo: le daba tiempo para estudiar, le pagaba el piso de alquiler y también sus
necesidades. Allí aprendió a hacer múltiples cócteles, pero también a
psicoanalizar a la gente que se los pedía. Ahora, después de mucha práctica, es
capaz de crear una bebida personificada, según el carácter de la persona, pone
una bebida u otra. Dice que cada tipo de alcohol representa un rasgo de la
personalidad, o algo parecido. El porcentaje de acierto es bastante alto.
Nos quedamos perplejas. Había vivido en Barcelona, nuestra ciudad. Varias
preguntas se pasearon por la imaginativa cabecita de Isa: ¿qué carrera habría
estudiado?, ¿qué título tendría?, ¿de dónde ha salido este hombre? Mientras ella
pensaba, y sin venir a cuento, me acordé de su monólogo anterior, de la pregunta
que se quedó en el aire. Con voz melosa y con mi especial carita de niña buena,
le pregunté tímidamente a Yon:
—Volviendo a la pregunta de antes, no respondas si no quieres. No quiero
parecer entrometida, no obstante, choca ver a dos socios de un negocio
emergente que no discutan nunca, se distribuyan la faena y se preocupen tanto el
uno por el otro. Es curioso o, cuando menos, extraordinario.
Le observé intrigada, apoyando el brazo en la mesa y la mano en la cara. Él me
devolvió gustoso la mirada.
«¡Preciosa! Auténtica belleza natural. Se me ocurren más palabras, pero no
acabaría en toda la noche», dijo Yon en su mente.
—No entiendo por qué no debería responderte. Nos conocemos, que yo
recuerde, desde hace veintiocho años, los mismos que hace que nací, cuando mi
madre salió del único quirófano que había por aquel entonces en el centro
médico, el mismo donde habéis pasado media tarde, al menos tú, Isa, y nos
presentó. Tengo entendido que Nicolás se alegró bastante, tanto que no me dejó
ni un solo instante. Durante los tres primeros días, fue mi sombra, mi protector y
mi ángel de la guarda. Mi padre, preocupado por su salud, le obligó a dormir y
no se despertó en veinticuatro horas del cansancio acumulado que llevaba.
—¿Estás diciendo que sois hermanos? ¿Tú y él? ¡Vaya!
Las dos abrimos la boca con un oh insonoro, sin pestañear, hasta que pudimos
asimilar la información.
«Pensándolo fríamente, tiene sentido. Estéticamente son muy parecidos. Ojos
azules, pelo negro. Nick el cabello algo largo, Yon muy corto. Altos, delgados
pero fibrosos y musculosos. Mismo estilo, mismos gustos, aunque con
personalidades distintas. Protectores entre ellos», me dije a mí misma analizando
la información.
Volví de la nube donde me había subido. Cuando bajé, Yon me sonreía con la
boca medio abierta, dispuesto a seguir con la explicación. Las dos le
escuchábamos como alumnos de primero de primaria a su profesor.
—Sí, es mi hermano mayor. El hostal es nuestra herencia. Cuando nuestros
padres enfermaron, Nick vivía en Barcelona. Era inspector de Policía y decidió
volver a estudiar, esta vez para capitán. Su vida era estresante, emocionante y a
veces peligrosa. Aun así, adoraba su trabajo. Por desgracia, no llegó a
presentarse a la convocatoria, un golpe bastante duro truncó nuestras vidas. Mis
padres siempre habían estado muy sanos, eran dos torbellinos, arrasaban con
todo lo que se les ponía por delante. Verlos caer tan rápido fue impactante. Las
malas noticias vienen así, sin avisar y con prisas. Mi padre, cáncer de páncreas;
mi madre, tumor cerebral. Cuando lo llamé no lo dudó, al día siguiente estaba
con ellos. Pasó los últimos meses cuidándolos. Fue su enfermero, su médico, su
hijo y su sombra. Les prometió que el hostal seguiría adelante, y así fue. En ese
momento yo estudiaba Empresariales en la Universidad de Bilbao, hacía el tercer
año, y lo dejé para venir a ayudarle. Entre los dos formamos un buen equipo.
Vimos la cara de orgullo de nuestra madre las dos semanas que pasó en el hostal
antes de morir y decidimos quedarnos. Era nuestro hogar, nuestra infancia,
adolescencia y el sueño de nuestros padres. Lo llevamos a nuestra manera, sin
perder el toque casero que tenían.
—Es una historia tremenda y triste. Lo siento. Ahora entiendo mejor la actitud
de tu hermano esta mañana: las broncas, los enfados en general, su obsesión por
la seguridad y por controlarlo todo… Policía. Era evidente. ¿Por qué no se me
habrá ocurrido antes? Le pega más que cocinero o barman, aunque no ejerza de
ello.
—En realidad, sí ejerce. A los cuatro meses de estar aquí, una noche cenando
con su mujer, el jefe Cano quiso hablar con él. Conociendo su historial, le pidió
que se uniera al cuerpo policial de la isla. Solo eran cinco, y no les venía mal
algo de ayuda, es una isla pequeña. No hay muchos casos de homicidios, asaltos
o problemas graves, pero de vez en cuando tiene que salir corriendo por una
llamada de emergencia fuera de turno. Hace cosa de un año, el jefe se jubiló.
Nicolás hizo las pruebas para presentarse al puesto. Después de aprobar lo
recomendó y ahora es el jefe de Policía de la isla.
—No me lo puedo creer. Ya me parecía excesivo todo lo que hacía… Por eso
me ha dicho que aún faltaban más. ¿De dónde saca el tiempo? Porque la última
vez que lo miré el día tenía veinticuatro horas…
Pasó el tiempo y fue a ver a Nick. Nosotros nos quedamos hablando del tema,
me parecía superinteresante que fueran hermanos. Entendía mejor sus bromas y
miradas cómplices. Isa llegó a la barra y se encontró a Nick limpiando.
***
—Si queréis que sea más real, debería narrarla yo. Será corta, duró quince
minutos. El resto, dejaré a Laura que lo cuente, sea exagerado o no.
—Me parece justo —añadió Laura encogiendo los hombros.
—A nosotras nos da igual. El tema está interesante lo cuente quien lo cuente.
***
Fui a la barra, tenía los cócteles de Yon y Laura preparados. Recogía las
botellas y pasaba el paño por la barra. Había personas apoyadas bebiendo
mientras debatían diferentes temas. Otras, entre risas, hablaban de las parejas
que iban a formar para los juegos y para el karaoke. El ambiente era familiar,
festivo. Estaba acostumbrada a ir a bares donde la gente no se conocía, no se
saludaban, ni siquiera se fijaban en el que estaba al lado si no era para ligar. La
taberna tenía su encanto, tan pronto su toque era romántico como alegre y jovial,
sin descuidar la elegancia y el carácter de la zona de hostal. Me resultaba
singular todo lo que rodeaba el ambiente, incluidos los intrigantes y casi
perfectos dueños.
—Ya creía que te habías echado atrás y no aceptabas mi humilde proposición.
—¡¿Qué dices?! Me encantan los retos. Lo que más me gusta es ganarlos.
—No me esperaba menos. ¿Dispuesta a caer rendida a mis pies? O, como
mínimo, a darme la razón.
Me alteré una pizca por el metafórico comentario. Reaccioné rápida.
—Dispuesta a competir por el mejor combinado. Soy más difícil de lo que
crees.
Su risa sincera y cautivadora me aceleró el pulso. Su rostro impenetrable de la
mañana había cambiado por uno ameno y seductor. Le gustaba mi predecible
carácter competitivo. Yo, por el contrario, estaba aturdida con tanta amabilidad.
Me centré en el presente, confiada y segura de que no iba a acertar. Ni yo misma
sabía lo que me gustaba, ¿cómo lo iba a saber él? Me invitó a entrar y a ponerme
a su lado, detrás de la barra. Empezó el interrogatorio:
—¿En qué te basas para añadir una bebida u otra? Según tú, todos somos
diferentes, tenemos rasgos que nos identifican, nos hacen especiales, por eso
varían los gustos. Pero ¿cómo asemejas el carácter de una persona a una bebida?
—¿Cómo sé qué bebida echar? Hace años trabajé de camarero y barman en un
pub-discoteca. Estuve más de dos años, pasé muchas horas mezclando bebidas y
viendo el tipo de personas que me pedían una bebida u otra. Un amigo y yo
hicimos un sondeo. Un día decidimos contar y fijarnos en qué tipo de personas
pedían cada bebida. Fuimos apuntándolo en una libreta durante un mes. El
resultado fue revelador. En su momento, no hicimos nada, aparte de reírnos. El
tiempo pasó y lo olvidé. Hace un par de años revisando unas cajas, vi la libreta y
se me ocurrió la idea de hacer una bebida especial. Probé con Yon y acerté.
Probé con un par de amigos y volví a acertar. Decidí ponerme a prueba a mí
mismo e hice la noche del cóctel personificado con la oferta de que, si no lo
acertaba, se devolvía el dinero. Fue todo un éxito. Hasta el momento tengo un 90
% de efectividad. Espero que tú no estés entre ese 10 %.
—¿Y si lo estoy? ¿Qué gano con ello? Aparte de la satisfacción de que pierdas
el reto.
—Lo pensaré cuando suceda, ahora me centraré en acertar. Primero pondré un
poco de vodka, después…
—Espera, si yo tengo que hacerte uno a ti, he de saber qué significa cada
bebida. Me tienes que explicar por qué pones vodka en mi vaso para saber si yo
lo tengo que poner en el tuyo, ¿no? Yo también quiero acertar.
Se me fue la vista a su boca abierta, deslumbrado por mis divertidas
especulaciones. No dejaba de sonreír, y eso me descolocaba, me ponía nerviosa,
lo que provocaba que hablara y, cuanto más hablaba, más se divertía.
—¡Chica lista! Todas las personas destacamos por un rasgo que sobresale del
resto. Ese rasgo se compara con una bebida. El vodka, por ejemplo, indica que
esa persona tiene seguridad en sí misma. Si le pones limón o naranja, significa
que esa persona tiene una parte tranquila, bromista, sarcástica o ácida. Si le
pones cola, en cambio, esa parte es más nerviosa, sufre de insomnio, cambios de
humor, es impaciente o demasiado serio. Con el vodka te pondría algo de
granadina, naranja, tal vez zumo de arándanos.
—Interesante, me estás diciendo que tengo seguridad en mí misma, que soy
graciosa o sarcástica, y la granadina o zumo de arándanos, no sé…, ¿refrescante?
Le hice un guiño sonriendo. Ahora la que se divertía era yo. Intrigada, pero
disfrutando de cada segundo de la conversación.
Mis pensamientos acelerados se cruzaban entre ellos: «Me parece alucinante
que compare un sabor de una bebida con la personalidad de cada uno. Pues le
faltan más adjetivos, más rasgos de mí. ¿Los va a poner todos en la bebida?».
Le observaba sin dejar de sonreír, no era Joker, pero en ese instante lo parecía.
—Ríete, pero sí. Añadiría impulsiva y espontánea. La granadina, la sandía, el
kiwi o frutos rojos como el zumo de arándanos se podrían añadir a tu bebida
comparándolos con esos rasgos de ti. Y, dependiendo de lo sincera, positiva y
optimista que seas, le pondría un toque frutal o no. Te conozco desde hace pocas
horas, pero tengo bastante claros algunos aspectos de ti. Las medidas van en
función del aspecto que más resalta. Después de batirlo durante más de treinta
segundos, pones hielo machacado, lo dejas unos minutos para que se enfríe, y
listo.
Un pelín sinuoso, arrogante e increíblemente provocador, me contó cada una
de las comparativas. Bebidas versus rasgos personales. Me tocaba a mí. Ni corta
ni perezosa, escogí las que creí que combinaban mejor con su carácter. Él,
embobado, controlaba mis extraños gestos mientras pensaba cómo era y qué
bebida le representaba, diría que también mis piernas o cómo me quedaba el
vestido. No le pregunté, pero cuando le miraba de reojo siempre tenía sus ojos
puestos en mí.
—No es justo que veas las bebidas que te pongo ni las cantidades, es mi
primera vez, al menos contigo. Deberías de adivinarlas. Si eres tan bueno, las
acertarás seguro.
—Sin parecer arrogante, estoy convencido de que sí, aunque prefiero
escucharlo de tus labios. Yo te he contado exactamente cómo te veo, cómo creo
que eres. Lo equitativo sería que tú hicieras lo mismo, así jugaríamos los dos al
mismo nivel.
—Se supone que yo estoy en un nivel inferior. Pese a eso, soy competitiva, así
que no me importa. Te voy a poner whisky escocés, simboliza la familia, el
compañerismo y la lealtad. Una parte de limón por el lado bromista, irónico y
juguetón que parece que tienes. Mmm… Añadiré vermú rojo por ese toque
clásico y conservador, pero también galán y caballeroso. Le pondré más cantidad
de cubitos de hielo machacados y rebajarlo un pelín. ¡Listo! Esperas unos
minutos para que esté bien frío et voilà. Lo llamaré santa Marta, o puede que san
Nicolás, ¿qué te parece?
—Que te lo estás pasando en grande. No está mal… Tono rojizo, una rodaja de
limón y una cereza: buena presentación. Se te da bien, para ser una aprendiza.
Sus ojos se adentraron en los míos. Unos segundos que parecieron minutos,
horas. Me quedé hipnotizada. Pasado ese tiempo, él reaccionó primero,
titubeante, levantándose del taburete donde estaba sentado y caminando hacia
mí.
—Será mejor que nos vayamos. Me muero por verte jugar. ¿Me has oído?
—Sí. Y te vas a arrepentir de esas palabras.
—No si jugamos juntos. Si eres tan buena, será un placer tenerte de
compañera, y no de contrincante.
Cogió una bandeja y puso los cuatro combinados, cuatro posavasos y un
servilletero. Yo me quedé atónita por su extraña reflexión. Caminó hacia el salón
con paso firme. Agradable, mundano, sin perderme de vista iba saludando a todo
el que se acercaba a él. Tenía la sensación de estar flotando, como si lo que
sucedía no fuera conmigo.
«Hay momentos cuando estamos cerca que oigo más mi pulso que la música.
Me siento rara a su lado y todavía no he probado la bebida, no sé si me gusta o
no. ¿Y si ha acertado? Es tan diferente al resto del mundo…», pensé en él algo
ruborizada.
Nos acercamos a la mesa con los cuatro cócteles. Uno para Laura, el otro para
Yon y los nuestros. Cuando llegamos, Yon y Laura apenas se dieron cuenta.
Conversaban animadamente igual que dos viejos amigos, su conexión era
fascinante. Observaban a nuestros adversarios y comentaban sus defectos y
virtudes al tiempo que se reían de sus propias bromas. Se dirigió a ellos
simpático y después con un leve tono burlón a mí.
—Como tú ya has probado muchos y tienes hasta una lista de los que más te
gustan, te he hecho el segundo, el mismo que a Laura. Es muy de vuestro estilo,
o eso me parece. Las medidas son diferentes para cada uno, porque resaltan más
ciertos rasgos en ella que en ti. Espero haber acertado, Laura. En cuanto a ti, ya
lo has visto. Ahora tienes que dar el veredicto.
—Tengo mucha sed y ganas de saborear mi combinado.
Laura cogió el vaso y le dio un buen trago cerrando los ojos para saborear
mejor la bebida. Luego los abrió y le hizo un guiño a Nick levantando el pulgar
hacia arriba.
—No sé cómo estará el tuyo, pero el mío está buenísimo.
—No sé qué me da más miedo, que aciertes o que no. Si aciertas, no habrá
quien te aguante; si no, estará imbebible, me entrarán náuseas, y comienzo a
estar mareada… Espero que sea la primera opción. Escucharte me parece mejor
idea que vomitar.
Me miró como el que mira un extraño objeto brillante y no se atreve a tocarlo.
Seguía esperando que le diera mi aprobación al combinado. Yo esperaba que me
dijera qué le parecía el mío. Laura se me acercó.
—Creo que le gustas.
—¿Cómo lo sabes?
—Por la manera en que te mira cuando tú intentas no mirarlo a él.
Se alejó coqueta, payaseando delante de mí. Por fin nos tocó jugar. A Yon y a
Laura les pareció genial la idea de jugar juntos. Empezaron ellos jugando al
futbolín con un matrimonio de treinta y tantos. Él, en la defensa y en la portería,
y ella, en el centro del campo y la delantera. Nosotros empezamos en los dardos,
nuestro equipo contra dos jóvenes de veinte años. Se notaba que jugaban a
menudo, se lo tomaban muy en serio. Le di un trago a la bebida, cerré los ojos
para degustar la mezcla, el aroma frutal de los arándanos. El conjunto de sabores
era excelente, la bebida entraba sola. No le iba a dar el gusto de rendirme a sus
pies, como me había dicho, pero le regalé un piropo espontáneo, que me
agradeció con un comentario dulce. Me puse a su lado levantando los talones
para acercarme a su oído. Le susurré:
—Si eres igual de bueno jugando a los dardos como haciendo cócteles, esos
chicos no tienen nada que hacer, ganamos seguro.
El roce fue sobrecogedor. Sus ojos azules me persiguieron, mudo. Parpadeó
alucinado.
—No sé quién eres ni cómo has llegado hasta aquí, de dónde vienes y a dónde
vas, pero te aseguro que me gustaría saberlo. El cóctel está realmente bueno, mi
hermano lo ha intentado varias veces, sin conseguirlo. Él me conoce de toda la
vida, tú desde hace unas horas. Eres un espécimen raro que me gustaría
investigar. Quizás en otro lugar, en otra vida… —Ese comentario rondó mi
cabeza todo el torneo. Mi concentración se perdió entre sus palabras. Las
miradas compenetradas entre nosotros no ayudaron.
Él hizo la mejor puntuación, yo quedé la tercera. Como éramos un equipo, aun
así, ganamos la partida. Nos alegramos, y de esa alegría nació un choque de
manos y un tímido abrazo de compañeros algo abrumador. En el otro torneo, el
de futbolín, Laura y Yon iban perdiendo de uno. Era el segundo partido que
hacían, el primero lo habían ganado. Fuimos a animarlos.
***
—Sigue tú si quieres. Esta parte la pasé de animadora, me faltaban los
pompones.
—A mí lo que me sorprende son tus ganas de fiesta. Te pasaste toda la tarde en
el minihospital ese y debería ser la una de la madrugada. Yo estaría medio
muerta en la cama, agotada física y psicológicamente —exclamó Amanda
pasándose la mano por la frente, imaginando la situación.
—Me encontraba de fábula. Precisamente por el agobio de la tarde y de parte
del día, por la noche me solté el pelo. Me pasó un poco lo del día anterior. La
impotencia y la frustración durante toda la tarde hicieron que por la noche me
desmadrara. La herida de la cabeza me molestaba a ratos, el hombro y el costado
no. De vez en cuando perdía el oremus, puede que por la bebida, tal vez el golpe.
No me paré a pensar, decidí no hacerlo. Quise ser espontánea, como Laura. La
idea era descansar cuando me fuera a dormir.
—Estoy de acuerdo con Isa. Esa noche teníamos tantas ganas de pasarlo bien
que daba igual cómo te sintieras por dentro, lo importante era lo que pasaba
fuera. Había buen ambiente, conversabas con todos los jugadores del torneo
haciendo bromas y tarareando canciones, como si los conocieras desde hace
años. El humo, las luces, la música, ojeándonos de refilón para comprobar cómo
estábamos. Sin duda, no queríamos que la noche terminara y la alargamos hasta
que pudimos.
—Yo lo entiendo, habría hecho lo mismo. Solo se vive una vez… Pensar
mucho nunca suele dar buenos resultados y no podían salir de allí hasta el día
siguiente. ¿Por qué no divertirse? —añadió Clara—. Pero sin liarse con nadie.
—Necesitábamos reír y disfrutar como cualquiera. Y tranquila, no era mi
intención liarme con nadie —aclaró Laura arrugando las cejas.
***
El ambiente era jovial, eufórico. El salón estaba lleno a rebosar. En los sofás
había grupos de amigos bebiendo y conversando, la mayoría jugando a cartas,
esperando la hora de cantar en el karaoke. En los taburetes estábamos, en gran
parte, los que nos habíamos apuntado a los torneos, aunque hablé con unas
chicas en el lavabo que esperaban al karaoke y a bailar en la pista con sus chicos.
Dicho por ellas, podías poner tu propia música en la vieja gramola que había al
lado de la columna, antes de entrar al salón de juegos. Por último, en las mesas
de madera, como las de los comedores, estaban los jugadores de kiriki, cartas y
bebedores de cerveza.
Yon y yo habíamos ganado el primer partido del torneo a pesar de mis nervios
y mis meteduras de pata. Era contra un matrimonio muy bien coordinado aun sin
hablar entre ellos. El segundo partido estuve más concentrada, definí mejor mis
movimientos, pero fue un partido aburrido y lento. Las últimas pelotas duraron
mucho, y eso hizo que nos relajáramos y acabásemos empatando. Isa y Nick nos
animaron con bromas, eufóricos durante cinco minutos, haciendo que nos
esforzáramos más. Comenzó el karaoke y unos chicos cantaron Viva la vida, de
Coldplay. A la loca de mi amiga se le encendió la bombilla y decidió apuntarse
en la lista de espera. Cuando le tocaba, terminamos la partida.
—¿Vas a cantar? —Nick le preguntó sin dar crédito a tan impredecible
decisión.
—Bueno, cantar…, más bien berrear. Pero sí, me apetece mucho. ¿Te apuntas?
—No, prefiero mantener mi dignidad intacta.
Se fue respirando hondo, segura de sí misma. Nick la miraba desubicado, le
atontaban sus impulsos. Atónita, yo misma creí que se había vuelto loca.
Escogió Nothing else matters, de Metallica, una canción que suele cantar cuando
está melancólica, entonces me llama y la cantamos juntas en mi casa o en la
suya, con un mojito en la mano. Cantamos esa y muchas más, pero lo hacemos
sin que nadie nos oiga, no delante de todo el mundo. Me puse la mano en la
cabeza, como el emoji del WhatsApp. Miré a los lados fijándome en los gestos
de las personas que había a nuestro alrededor. Sorprendentemente, nadie se reía.
Al contrario: parecían disfrutar. Miré a los hermanos, que cuchicheaban entre
ellos. Yon le pasaba el brazo por el hombro a Nick y bromeaba.
—De todas las canciones del mundo, ha ido a escoger esa. Siento confirmarte
lo que te imaginas. ¡Tío, estás jodido!
Decidí ayudarla, empezaban a sangrarme los tímpanos. Fui hacia ella y me
cogí otro micrófono. Acabamos de cantar la canción abrazadas, orgullosas de
estar tan unidas, y nos fuimos más contentas que nunca hacia ellos. Por el
camino me vibró el móvil. Eran Lucas y Pol en la discoteca de la noche anterior,
con un combinado en la mano brindando por nosotras. Se lo estaban pasando en
grande, nosotras también. Nos pasamos los brazos por los hombros y nos
hicimos una selfi devolviendo la complicidad de la fotografía. Encantadas con
nuestra espontánea noche de fiesta, seguimos con los torneos. Yon me esperaba
para empezar en los dardos.
—¿Dónde está Nick? Somos los siguientes en el futbolín.
—Ha ido a hacerse otro cóctel, no tardará. Te felicito por la elección de la
canción.
—Gracias. Es una de mis canciones favoritas, si no la que más.
A Yon le impresionó la información, se regocijó y se acercó a mí exultante.
11
ADRENALINA, ESA HORMONA
INESPERADA

Isa buscaba a Nick con la mirada, llegaban tarde. Miró su bebida, le quedaba el
culo del vaso. Miró la hora, volvió a buscarlo, escuchó sus nombres por el
altavoz, él no aparecía. Desesperada, se lo bebió de un tirón, cuando los abrió
vio a Nick delante de ella.
—¿Estás preparada?
Le observó con detalle. Sus palabras sonaron diferentes, más frías. No la miró
a los ojos ni a la cara. Se fue directamente al futbolín, caminaba con malestar.
Desubicada, le siguió.
«Le dolerá más la herida. Igual es una paranoia mía. ¡Lástima! Dentro de él
hay alguien muy interesante, pero fuera…», pensó Isa confusa.
Le presentó a los dos chicos que tenían por adversarios y comenzó el juego.
Nosotros nos fuimos hacia los dardos. Miré a Isa, calmándola con las manos.
También me di cuenta de su frialdad y tampoco entendía por qué. Yon no le dio
importancia, me cogió de la mano suave y con la otra me señaló el panel.
—Tenemos que superar esa cifra si queremos tener alguna oportunidad de
quedar entre los tres primeros. ¿Qué dices? ¿Podemos?
Me cambió la cara al notar su alegría y competitividad atravesándome con la
mirada. Era contagiosa. Siendo hermanos, eran tan diferentes…
—¿Por qué no? No lo sabremos si no lo intentamos.
Chocamos las manos, dispuestos a ganar. Fueron treinta minutos de risas y
chistes con nuestros adversarios. Se conocían desde el instituto y bromeaban
constantemente. Se nos pasó el tiempo volando, no conseguimos esa cifra, 170
puntos, pero nos quedamos cerca: 163. En el descanso le pidieron unas cervezas
y aprovechó para traernos otras a nosotros. Isa y Nick seguían tirantes. No
sucedía lo mismo con los otros jugadores. Había mucha complicidad entre los
chicos y Nick, también con Isa. Alucinaban por su destreza en el juego, la
felicitaron e invitaron a una copa, que ella rechazó con una sonrisa amable.
Tenaz, sin saber por qué, Nick había cambiado su actitud, le chocó los cinco al
ganar. Él, impávido, intentó resistirse a su sonrisa colosal, pese a sus esfuerzos,
esbozó una leve sonrisa esperanzadora que la animó.
Al momento empezamos el siguiente y último partido tanto de dardos como de
futbolín. Nos tocó contra dos pescadores de cuarenta y muchos, eran jugadores
expertos y no fallaron ni una. Nosotros tuvimos más éxito que la partida anterior,
pero sin alcanzar los 180 puntos de nuestros agradables compañeros. Quedamos
los quintos de todo el torneo. Satisfechos de nuestra hazaña, lo celebramos con
un gran abrazo y un brindis con la bebida. Yon me observó mudo unos segundos.
Cuando se recompuso, añadió con aires melancólicos:
—Me alegro de haberte conocido pese a ser alguien que pasa por tu vida a
hurtadillas. Espero dejar una huella en tu retina, en la mía ya la has dejado.
Mañana, cuando te vayas, al pagar la cuenta tendrás un pequeño objeto
esperándote y dentro de un tiempo, cuando eches la vista atrás, ojalá te acuerdes
de esta noche y se dibuje en tu rostro esa preciosa sonrisa que tienes ahora.
No supe qué decir, mi asombro fue descomunal. Me quedé quieta como una
estatua mientras él se fue caminando hacia su hermano para ver el final del
partido y, con ello, los resultados. Iba unos metros detrás de él, sin intención
ninguna de alcanzarle, intentando descifrar el jeroglífico que me habían dejado
sus palabras. Para mí era solo alguien encantador que se había cruzado en mi
camino. Tal vez para él también y por eso lo había dicho.
Llegué al futbolín y me puse a un lado a observar el partido. Estaba
emocionante. No dejaban de gritar expectantes por las jugadas que casi hacían.
Isa empezaba a sentirse exhausta. El brillo de sus ojos expresaba júbilo, pero por
segundos la veía resoplar fatigada. No era fácil darse cuenta, será que no tenía
nada mejor que hacer y me entretenía observando a los jugadores. Los observaba
a todos, a Yon también, y él no jugaba. A los dos minutos finalizó el partido, se
dieron la mano y se felicitaron por el gran trabajo, todos, menos Isa y Nick. Ellos
lo celebraron con un cumplido mutuo y una fría sonrisa. Yon acompañó a Nick a
comprobar los resultados finales, nosotras nos cogimos de la mano,
explicándonos la última hora con ellos. Isa, entristecida por el carácter
cambiante de Nick, vio la gramola de la entrada. Fuimos a ver las canciones, nos
vino bien para desahogarnos.
—No entiendo por qué ha cambiado su actitud conmigo. De repente es amable
y considerado, con su mirada dulce, cercana e intensa que se adentra en tu
interior hasta las entrañas, y al momento siguiente esa misma mirada se vuelve
gélida, vacía y distante. ¿Qué problema tiene? ¿Es bipolar? Que yo me acuerde
no le he tratado tan mal, no hecho ni dicho nada que le pudiera ofender. Creo que
hemos ganado el torneo, al menos la parte del futbolín. No sé…, me desequilibra
mentalmente, menos mal que nos vamos mañana. Con lo bien que estaba con
Pol, relajada, desinhibida, sin preocuparme por nada…
—Estos del norte son muy raros, yo tampoco los entiendo. Yon me ha hecho
un comentario que no consigo entender. Dice que se alegra de haberme
conocido, que le he marcado, que he dejado una huella en su interior y me va a
regalar algo para que le recuerde.
Isa alzó las cejas intrigada. Le sonó ilógico, bonito pero irreal.
—Yo no soy la más indicada para dar consejos de amor, no tengo pareja y la
última que tuve fue hace un siglo. No entiendo a los hombres y nunca me he
parado a entenderlos. Aun así, si todo va bien, y crucemos los dedos para que así
sea, estamos aquí de paso, nos quedan doce horas, algunas las pasaremos
durmiendo. Yo no me preocuparía demasiado. Mañana será otra historia más que
explicar tomando café con Nuria y Helena, o en el trabajo. No le des más
vueltas, respira hondo y ayúdame a escoger una canción.
La gramola era la típica rocola clásica de los años 50 o 60, al menos la forma.
Las luces de colores, el cristal rectangular y con numerosos CD. Había música
rock, pop, boleros, baladas en español, en inglés. Dudamos si bailar o tararear. Si
bailábamos, escogíamos una canción; si tarareábamos, escogíamos otra.
—¿Qué te parece esta? Mirando al mar, de Jorge Sepúlveda. Pega con el
ambiente y es del norte. A mi madre le encantaba.
—Tú lo has dicho, a tu madre. ¿Y esta? Héroe, de Mariah Carey. Es un poco
más moderna, romántica y bonita. ¿La ponemos? Me trae buenos recuerdos, la
hemos cantado tantas veces…
Asentí conforme recordando esas noches de diversión, recreándome en el título
de la canción y en lo bien que encajaba con Nick. Ignoró mi comentario guasón
y se centró en la música. Cerramos los ojos, zarandeándonos de un lado a otro
como dos hojas de otoño. Un minuto después, sentí el leve tacto de un dedo en
mi espalda. Abrí los ojos, era Yon invitándome a bailar. Dudé unos segundos,
sus ojos azules implorando un baile me convencieron. Solo era un baile. Acepté
nerviosa, pensando que no se me daba bien y se cansaría pronto. Tengo dos pies
izquierdos cuando bailo en pareja. Me cogió de la mano, tierno, y nos dirigimos
a la pista. Nick estaba a unos metros de la gramola. Dudaba si acercarse a Isa,
que seguía cantando, pero con los ojos abiertos, sin dejar de mirarnos.
***
—¡Qué bonito! Al principio me chocaba, ahora me resulta un ser realmente
encantador. Lo siento, soy TeamYon. No tengo nada en contra de Lucas, solo
que lo veo más frívolo. Soy un poco clásica, o eso dice mi marido. —Sonrió
Clara, exponiendo su opinión y comenzando un debate.
—Yo siempre fui TeamYon, sin embargo, había que ser realista, era un tema
sin futuro, un viaje sin retorno, por mucho que Yon insistiera en alargarlo no iba
a ninguna parte. Eso sí, había que felicitarle porque no lo negaba. Sabía que no
tenía ninguna posibilidad, y, aun así, no desaprovechaba ninguna.
—Pues yo creo que Lucas era un buen partido, además de guapo y cariñoso.
Mi sensación es que Yon veía pescado nuevo y quería probarlo. No me convence
tanto. Nick es diferente, se nota que lucha contra sus emociones. No ha
escogido, simplemente ha surgido. Pol parece más planificador, no acaba de
entusiasmarme. Llámame desconfiada, pero hay algo en él que me falla. —
Amanda tan clara como siempre, dio su opinión pragmática sobre el asunto.
—Interesantes vuestras especulaciones. La vida da tantas vueltas que a veces
nos mareamos. Teníamos las vacaciones medio planeadas y de golpe… (nunca
mejor dicho) se nos fastidiaron. Jamás sabes qué va a pasar al minuto siguiente.
—Muy cierto. Seguiré por donde lo ha dejado Laura.
***
Serían casi las dos y media de la madrugada, algunas personas, al finalizar los
juegos, se fueron marchando; otras, porque se hospedaban en el hostal o porque
vivían cerca, se quedaron por la música, el karaoke o se lo estaban pasando bien.
Notaba las dudas de Nick sobre si acercarse a mí o no. Estaba furiosa y no me
importaba que no lo hiciera. Observaba a su hermano y a Laura lo
compenetrados que estaban. Reían, hablaban, Laura le pisaba una y otra vez, con
su torpeza habitual, y a él parecía no importarle. Al contrario: se metía con ella
bromeando sobre su falta de ritmo. Miré a un lado disimulando, haciendo ver
que miraba a un matrimonio que, igual de patoso que Laura, bailaba intentando
salir ilesos. De refilón veía cómo me observaba. Me giraba hacia él y miraba a
otro lado. Volvía a girarme y volvía a sentir su mirada en mi espalda. Me
exasperaba. Irritada, me acerqué a él, su indecisión le dominaba. A mí no me
dominaba nadie, ni siquiera mis nervios. Iba tarareando la canción, no me la
sabía entera, pero sí algunos trozos. Si a Laura le faltaba el ritmo, a mí me
faltaba voz, afinación y algunas cosas más. Se estaba bebiendo el último trago
del combinado, y le quité el vaso antes de que lo hiciera. No sabía qué era, pero
tenía sed. No pensaba pedir otra bebida, así que utilicé esa y seguí cantando.
Meneó la cabeza como si hablara consigo mismo. Bajó la vista, la subió.
«Bebe de mi vaso sin conocerme, no debería de confiar en desconocidos, no es
propio de una adulta coherente. He intentado alejarme de sus impulsos, pero está
siendo más difícil de lo que creía. Todo lo que hace me atrae hacia ella como un
imán. Me gusta tanto…», pensó Nick cada vez más desconcertado.
Se acercó a mí lento, me tapó la boca con los dedos, una caricia. Petrificada,
me sofoqué de repente.
—Yo no seguiría cantando, la tormenta se acerca y, si sigues, tardará en irse.
Sonó irónico y burlón, tuvo su gracia el repentino sarcasmo. Dudé un segundo
y seguí a mi instinto. Di una vuelta a su alrededor, atravesándole con la mirada y
siendo esta vez yo la que sonaba sarcástica.
—¿Eres tú, el chico gracioso, cálido y encantador que me ha dejado la
habitación? ¿El que me ha preparado un cóctel extraordinario? Encantada de
verte de nuevo. ¿Dónde estabas? Hace rato que te busco, y no te encuentro.
Tragó saliva antes de responder, no vio venir el contraataque y eso le ruborizó.
—Me lo he merecido, mi hermano gemelo sale a pasear cuando me siento
frustrado. No me pasa muy a menudo, tranquila.
—Eso espero. Eres más interesante tú que tu hermano gemelo. ¿Me has oído?
Me puse colorada como un tomate, no quería decirlo, solo lo pensé, como
tantas cosas que pienso y no las digo. Se me escapó. Demasiados cambios de
ritmo en mi adormecido corazón.
—No te preocupes, con la música tan alta no oigo bien.
Mirada pícara, sonrisa ladeada y peligrosa que se me grabó en la memoria,
dejándome tocada. Acabó la canción y Laura me miró, quería que pusiera otra.
Me pedía a gritos con los ojos que fuera a la gramola e improvisara. La vi tan
risueña que me sentí inspirada. Tenía una inmensa curiosidad por ver su reacción
y le puse la canción que había dicho antes: Mirando al mar. Era antigua y
probablemente no sabrían bailarla ninguno de los dos. Me encantaba la idea de
ver cómo lo solucionaban. Para mi sorpresa, Nick alzó la mano y levantó el dedo
indicando que le siguiera. Me eché hacia atrás alzando la ceja, sin querer saber lo
que significaba ese movimiento. Él se echó a reír y volvió a hacerlo.
—¿No te atreves?
—¿Quieres que baile contigo esta canción? ¿Estás loco? Es una canción clásica
y… no bailo en pareja.
Me negué varias veces, sin convencerle. Me agarró de la mano pidiéndome
permiso con la mirada. No pude evitar seguirle arrastrando los pies. Estaba
desubicada. Había puesto la canción por ellos, no para que a Nick le saliera la
vena bailarina. No me preocupaba no saber bailar. Lo había hecho mil veces con
mi padre y mis hermanos, pero no con alguien que no fuera de la familia. El
silencio se hizo entre los dos. Mis nervios y el temblor de mis piernas hicieron
que me centrara en la letra de la canción. Si escuchabas atentamente, era muy
bonita. Su mano derecha en mi cintura, la mía derecha fundida con su mano
izquierda. No notaba mis pies en el suelo. Me dejaba llevar y lo hacía tan alto
que creía volar. Maldecía a mis botas, por tener casi diez centímetros de tacón.
Él mediría cerca del 1,90, y yo, 1,73, esos centímetros hacían que mis ojos
estuvieran demasiado cerca de los suyos, de sus labios pequeños y rosados que
no dejaban de llamarme. Me enredaba con mis pensamientos. Tenía que
distraerme. Me torturaba su cercanía, me faltaba el aire. Sentía miles de
sensaciones que no podía explicar. Me incomodaba lo suficiente como para
ponerme de los nervios. ¿Y qué hago cuando me pongo de los nervios? Hablar y
hablar hasta quedarme sin argumentos, preguntar e intentar conocer a un
desconocido que no iba a tener tiempo de conocer. Él me observaba sin hablar.
—¿Dónde aprendiste a bailar así? En el cuerpo de Policía no creo, es música
ligera…
Asombrado por la pregunta e igual de turbado que yo por nuestra cercanía, me
respondió bufón:
—¡Impresionante! ¿Desde cuándo sabes que soy policía? Es el primer
comentario sarcástico que haces.
—Yon nos lo contó en el salón mientras te esperábamos y me pareció más
lógico que cocinero. Te pega más con tu carácter. Si he de ser sincera, si hubiera
sabido esta mañana que eras un jefe de Policía, aparte de entender mejor tus
palabras, mi actitud habría sido diferente. Al decirlo tu hermano, es como si
todas las piezas del puzle encajaran.
—Eso es revelador, no creí que fuera un puzle, pero me resulta interesante que
no te sorprenda. En respuesta a tu pregunta, quien nos enseñó a bailar a los dos
fue una gran mujer: mi madre. Policía es mi trabajo. Desde que tengo uso de
razón siempre quise ser policía. Lo demás son aficiones. Por alguna extraña
razón, mi madre pensaba que se necesitaban dos cosas para conquistar a una
mujer: saber cocinar y saber bailar. Si sabías bailar, conquistarías su corazón, y
con la comida, su razón. A partir de los doce años, primero a mí y más tarde a mi
hermano, nos empezó a dar clases de baile. Cuando no había nadie ponía sus
canciones favoritas en la rocola, entre ellas esta canción, y nos enseñaba los
pasos. A nosotros nos gustaba pasar tiempo con ella, era feliz y no la queríamos
disgustar. Con la cocina pasaba lo mismo. Cuando teníamos días festivos y no
hacíamos deberes ni íbamos a pescar con mi padre, escogíamos una de sus
recetas y la hacíamos juntos. Todo eso se quedó en nuestra memoria de por vida.
Al quedarnos el hostal lo llevamos a la práctica.
—Todo un carácter el de tu madre. ¡Ojalá todas las madres hicieran lo mismo
con sus hijos!
Acabó la canción y con ello la música. Yon y Laura fueron hacia el karaoke.
Conversaban con un grupo de amigos que no se ponían de acuerdo con qué
canción finalizar la noche. Nosotros nos soltamos las manos muy despacio. Noté
un sofoco y un pequeño estremecimiento, no sabía dónde ponerlas. Nuestras
miradas no querían alejarse, pero lo hicieron.
—He de ir a hablar con Maya sobre el horario de mañana. Nos vemos luego si
todavía no os vais a dormir y, si lo hacéis, espero veros mañana. Me gustaría si
quieres…
—Por supuesto. No te preocupes, yo voy a hablar con Laura.
No era cierto. Volví la cabeza para buscar a Laura con la vista y estaba feliz,
sonriente y parlanchina con todo el que se acercaba a ella, siempre al lado de
Yon. La observaba como se observa una flor recién cortada o un tesoro del siglo
XVII recién descubierto. Memorizaba cada gesto, cada palabra, cada sonrisa.
Intentaba aprenderse cada uno de los dibujos que le hacía la piel en su rostro.
No, ella estaba muy bien sin mí. Tenía calor, estaba sofocada y algo
desorientada. Sin que nadie lo notara, me escabullí del bar mientras algunos
cantaban desafinados, siguiendo vagamente el ritmo de la música; otros
entrechocaban algún combinado o bebida casi vacía en un ambiente eufórico; y
otros hacían simplemente su trabajo. Decidí salir fuera y airearme un poco a ver
si se me pasaba.
Pasé por la habitación, fui al lavabo, y me eché agua en la frente intentando
despejarme. Ojeé la habitación, era cálida y confortable. La chimenea estaba
encendida, se veían las pequeñas llamas a través de la puerta de cristal y hierro
forjado que la tapaba. La sensación era plácida. Sentí otra vez ese escalofrío
estremecedor, tenía que salir de allí. El vestido era de manga larga, blanco, con
motivos azules, suelto de la cintura y largo hasta la rodilla. Las botas marrones
no eran muy largas, pero no tendría frío. Sin pensarlo dos veces, cerré la puerta y
me fui. Bajé las escaleras cruzando los dedos, deseaba con todas mis fuerzas
pasar desapercibida. Crucé el pasillo, la cocina, y revisé de reojo la barra. No vi
a nadie conocido. Llegué a la puerta del hostal, al abrirla me crucé con la pareja
con la que habíamos competido en el último partido. Estaban hablando con unos
amigos, joviales y chisposos por la bebida. Los saludé con la mano y una mirada
simpática. Me devolvieron el saludo de igual manera. Miré a mi alrededor, no
sabía a dónde ir. No conocía el lugar, ahora bien, necesitaba escapar.
Mi mente se perdió unos minutos: «Si voy recto a la izquierda, según Yon, iré
al yacimiento arqueológico y a la comisaría, ninguno de los dos se puede ver. Si
voy recto a la derecha, iré a la playa, al muelle, a las rocas en forma de puente, al
puente de… ¿Cómo se llamaba? ¡El puente de Antón! La historia de los
peces...».
Me apetecía mucho. Hacía bastante viento, viento de tormenta. La previsión
meteorológica anunciaba una tempestad para esta noche, pero ya había pasado la
mitad, eran casi las tres de la madrugada. A veces se equivocaban, puede que
fuera una de ellas. Dudé un instante, resoplé un par de veces mirando al cielo,
preguntándole mentalmente qué iba a hacer. Ninguna señal. Encogí los hombros
y tomé una decisión. No había visto mucho de Santa Marta, ni una cala, playa o
marisma, nada. Y esa historia de Nick…
12
LA ETERNIDAD PUEDE DURAR UN
MOMENTO

Estaba a unos setecientos metros en línea recta, un paseo hasta la costa, menos
de cinco minutos andando y ya olía a sal. De fondo se oía el ruido de las olas
enfurecidas rompiendo en las rocas. Al llegar y ver la costa tan salvaje, tan pura
e inmensa tuve una enorme sensación de libertad. Paseé lenta hasta las
nombradas rocas que dibujaban el puente. Desde la terraza, no se apreciaba bien
la altura que tenían. Parecían pequeñas, asequibles, pero al estar delante parecían
inalcanzables. Vi unos huecos llanos, salteados, que se asemejaban a unos
escalones cortos y gruesos. Era una idea loca e imprudente, no me lo podía
permitir después de la caída de la mañana. Di una vuelta rodeando ese puente y
descubrí otra parte más estable para subir. No se apreciaba a simple vista y no
llegaba hasta arriba, sino a un término medio. Me armé de valor y subí. Desde
ahí el mundo parecía distinto. Estaba de pie, en dos metros cuadrados de roca
caliza entre el cielo y la tierra. Me sentí afortunada de estar en un lugar tan
insólito, de disfrutar de semejante belleza.
Miré al cielo buscando la gran luna que había visto desde la terraza de la
habitación. Ya no estaba. Volví a mirar hacia arriba apartándome con la mano el
pelo de la cara. Las invisibles nubes tapaban todo el cielo y, por consiguiente,
también la luna. Por suerte, la oscuridad no dominaba. Aleatoriamente, ráfagas
de luz iluminaban la costa y las rocas. Era el faro donde habíamos estado por la
mañana, que, aunque lejano, parecía estar a pocos metros de la playa. En
minutos el viento comenzó a luchar contra unos ensordecedores truenos,
perdiendo la batalla instantes después. Tras esos estruendos aparecieron decenas
de líneas entrecruzadas cargadas de energía eléctrica, iluminando durante
milésimas de segundo cada centímetro del oscuro océano.
El espectáculo era tan aterrador como fascinante. Al final de esos dos metros
cuadrados de roca, había una pared no muy ancha, igualmente de roca caliza.
Los cuatro metros de pared subían hasta la cima del puente hacia una curva de
varios metros, para finalizar en la arena. Al otro lado, las pequeñas barcas de
pescadores ancladas en la arena.
Impresionada, intenté mirar al horizonte, buscar los islotes mencionados por
Nick en esos escasos instantes en los que los rayos de luz iluminaban el mar,
haciendo que se hiciera de día. Era imposible, no me daba tiempo a contar hasta
cinco sin cámara ni zum que pudiera acercar mi vista a los islotes. Mi gozo en un
pozo. Para colmo, los truenos y relámpagos eran cada vez más seguidos. Suspiré
profundo y miré hacia abajo. Me sentía genial. Los minutos pasaban lentos
estando ahí, pero era hora de irse.
***
—En mi modesta opinión, que estuvieras allí habiendo tenido un accidente por
la mañana me parece una locura. Quedarte sería de idiotas. ¡Fue un acto
imprudente! —exclama Amanda exaltada, sin entender la acción de Isabel.
—Entiendo tu preocupación, aunque innecesaria. No necesitaba a nadie.
—El problema no fue ir hasta allí, sino ir sola. No estaba muy lejos, pero sin
conocer el lugar y de noche fue un poco arriesgado. Si además hay posibilidad
de lluvia, no deja de ser un atenuante. El día fue muy extraño y la intensidad de
las nuevas emociones sentidas tampoco ayudó mucho. Por una vez estoy de
acuerdo con Amanda, sin que sirva de precedente —puntualizó Clara estirándose
en el sofá.
—Es lo mismo que dije yo cuando me enteré. Será mejor que nuestra
impulsiva amiga siga contando. Si queréis picotear, puedo traer algo, son las
cinco de la tarde.
—Yo no quiero nada, parezco un globo aerostático. —Amanda se tocó la
barriga.
—Haré caso a Laura y seguiré explicando.
***
En el hostal, siguieron las risas y la fiesta. Maya salió cinco minutos antes de
las tres. Yon no conseguía sacar a los comensales que quedaban. Siempre
cariñoso y educado, pero sin mucho éxito esa noche. Nick le ayudó un rato. Más
tarde, le preguntó a Laura si me había ido ya a descansar. Laura se encogió de
hombros. No me había visto, le extrañó, pero no dijo nada. Se quedó intranquilo.
Me buscaron en los salones, en los lavabos, y se reunieron en el pasillo sin
ningún indicio de que estuviera allí. A Nick le asaltó un presentimiento y cogió
la llave de repuesto de nuestra habitación. Ni corto ni perezoso se dirigió a ella.
Abrió con cuidado por si estaba durmiendo, pero, al ver que no había nadie, no
se sorprendió.
—No está, ha salido del hostal en plena noche con aviso de tormenta. ¿Por qué
no me sorprende?
—¿A dónde? Si no conoce nada ni a nadie. No es propio de ella. ¿Habéis
discutido?
—No, pero la voy a encontrar y cuando lo haga… ¡Puedes apostar que sí!
Imaginaos el monumental cabreo que pilló. Incoherente, porque no le debía
nada, mucho menos explicaciones. Era mayorcita y, como he dicho antes, no
necesitaba a nadie. Salió dando un portazo del hostal. Echó un vistazo a su
alrededor intentando descifrar la dirección exacta de mi huida.
—No lo puedo creer. En realidad, sí. ¡Está loca! ¿Dónde habrá ido una noche
como esta?
El aumento de los truenos y los relámpagos le hizo alterar más su ritmo
cardíaco. Con ello, la tensión en su musculatura, algo que no le venía
precisamente bien al dolor en sus costillas. Resopló pasándose la mano por la
frente.
«Ponte en su lugar, Nicolás. ¿Al sur qué hay? Casco antiguo a quinientos
metros, teniendo que subir dos calles bastante empinadas, no. Yacimiento, no,
está cerrado. La comisaría, no. ¿Para qué? Al norte el centro médico, sería una
posibilidad si se encontrase mal. La playa, el paseo marítimo. ¡El puente de
Antón! La historia… Me juego el cuello a que está allí, ¡seguro!», reflexionó
Nick unos instantes, analizando la situación.
Bajó la cabeza creyendo que no tenía que haberme contado la historia. Observó
el cielo y la rapidez con la que viajaban las nubes, la poca diferencia que había
entre los ruidosos truenos y los resplandecientes rayos. Comenzó a caminar
deprisa. Después de un breve razonamiento consigo mismo, llegó a la conclusión
de que, en menos de diez minutos, empezaría a llover.
Tardó cuatro minutos en llegar a la costa, no me preguntéis cómo. Al entrar en
la playa fue directo hacia las rocas. No me vio, yo estaba al otro lado intentando
bajar de pie y no rodando como una croqueta en la harina. Temblorosa y a punto
de conseguirlo, me paralizó su rostro descompuesto por la preocupación,
respiraba entrecortado y se tocaba molesto el lado magullado. Había venido
corriendo, casi volando. Me faltaban algo más de dos metros. No dijo nada.
Levantó el brazo firme y seguro, sin dejar de mirarme, ofreciéndome a
regañadientes su ayuda. Ayuda que no pedí. Fui honesta y medité. Era muy alto,
casi llegaba con el brazo a cogerme las botas, si conseguía bajar unos
centímetros, me podría agarrar a él, mucho más seguro que bajar yo sola. Subir
había sido fácil, pero bajar con ese desnivel… Siendo coherente, acepté la
ayuda. Bajé un poco más yo sola. Mi corazón enloquecía de los nervios
provocados por la presión de su mirada. Un minuto más tarde alcancé su brazo.
Me agarró fuerte sin apretar. Sus ojos fríos brillaban como los de un gato al
acecho posados en los míos sin parpadear. Serio y con un tic en la mandíbula,
me bajó deslizándome suavemente por su pecho hacia su cintura. Yo no supe qué
decir y me dejé llevar hasta el suelo de arena fina. Fue un momento breve entre
sus brazos, pero intenso, como jamás me pude imaginar. Abrí la boca para
agradecerle el gesto, él hizo una mueca que echó para atrás el intento de
explicarme. Su rostro de preocupación había cambiado, ahora estaba sofocado y
sonrojado, demasiado cansado para discutir. Caminó hacia delante mirando al
cielo, preocupado por la inminente tormenta. Casi como una caricia, le cogí del
brazo. Se volvió de repente hacia mí. Me sinceré aun teniendo dudas de que
quisiera escucharme.
—Perdona, no quise preocuparte. Dentro del hostal, sentí que me flojeaban las
piernas, creí desfallecer de nuevo. No sé si por el alcohol, la música, los gritos,
vete a saber…, me asfixiaba. Pensé que un poco de aire no me vendría mal.
—Y por eso anduviste casi un kilómetro sin conocer el terreno a las tres de la
madrugada, con amenaza de grandes borrascas, sola y sin un mísero paraguas o
chubasquero. —Su voz sonó enloquecida. Su mirada impotente y sincera penetró
en mi interior, dejándome sin aliento.
Se volvió de nuevo y aceleró el paso. Le seguí a un metro de distancia muda,
abstraída en sus duras palabras. Al llegar al asfalto, miró al frente y luego a la
izquierda. Decidió la izquierda.
—Iremos por allí, llegaremos antes.
Cruzamos en diagonal la calle, en dirección a una calle estrecha y corta, de
suelo empedrado y farolas de principios de siglo. De pronto se oyó un trueno
estridente, más fuerte que los anteriores, violento, como si fuera un aviso de que
empezáramos a correr. La previsión al final fue cierta. Empezó a llover de golpe,
de manera rabiosa y abundante. Aceleramos el paso. Me costaba seguirle y se
dio cuenta. Frenó de repente y, mirándome a los ojos cohibido, me cogió de la
mano, delicado. Mi mente se activó y sacó su escudo.
«Me da la mano como a los niños pequeños. Hay dos opciones: para que no me
aleje de él, o para no perderme de vista. Todavía no se ha dado cuenta de que sé
cuidarme sola», grité en mi interior rabiosa.
—Al final de la calle hay una plaza, pararemos en uno de sus pórticos para
escapar de la intensidad de la lluvia.
Apenas podíamos ver lo que teníamos delante. La humedad y las incontables
hileras de agua perpendiculares cubrían la poca luz de la noche. Gracias a que se
sabía de memoria cada palmo, cada metro de la isla, fuimos avanzando. En
pocos minutos y casi sin aire, llegamos a la plaza del Mercadal. Los sábados
hacían el mercado de pescado y fruta. Rodeada de edificios neoclásicos de tres
plantas con balcones de hierro forjado y aires ochocentistas, una plaza cerrada y
porticada con arcos de la misma época. Escapamos de la lluvia refugiándonos en
uno de esos pórticos. Nos soltamos enseguida, quedándonos frente a frente,
mirándonos en silencio. Nervioso, comenzó a girar sobre sí mismo. Empapado,
se peinó con las manos el pelo queriendo secárselo. Agitó la cabeza con fuerza,
salpicando la humedad y también las ideas que pasaban por su mente.
El agua le calaba la chaqueta, la camiseta, los pantalones, los calzoncillos, los
calcetines, hasta los zapatos altos de cordones que llevaba. Me observó sin
parpadear durante unos segundos eternos, inhalando y exhalando repetidas
veces. Yo también estaba empapada hasta los huesos, el pelo suelto y bien
peinado se transformó en largo y chafado, mi hermoso vestido se pegaba a mi
cuerpo mojado como un guante de látex. Hasta mis inmensas pestañas goteaban
sin parar. Noté cómo cada poro de mi piel se erizaba por la humedad y la brisa
marina. Seguía delante de mí inmóvil, paralizado.
Le entraron ganas de chillarme por mi imprudencia. Se acercó a mí pausado y,
en lugar de eso, se quitó la chaqueta impermeable que llevaba puesta y me la
puso por encima para que me calentara. Le agradecí el detalle. Temblorosa, casi
susurrando, le puse ojitos. No quería que me odiara por haberme ido sin avisar.
No tenía por qué disculparme, pero quise apaciguar esa mirada rabiosa que se
había instalado en su rostro.
—No me gustaría irme mañana pensando que me detestas por mis
improvisadas acciones. No sé por qué lo he hecho. El agobio me superó y quise
escapar.
Cerró los ojos, los volvió abrir negando con la cabeza. Se dirigió a mí
poniendo las palmas de sus manos en mis mejillas, mi mente lo apartó
bruscamente, pero mi cuerpo se quedó quieto, desconcertado. Tragué saliva.
—No es odio lo que siento, más bien rabia. Me nublas la mente. Intento ser
práctico, tener los pies en el suelo. Llegas con tus actos irracionales y en un
minuto rompes la muralla que he construido a mi alrededor. —Sus labios
sonrosados, húmedos, estaban a un milímetro de los míos, sin llegar a rozarme
—. Me siento frustrado por no poder apartarte de mis pensamientos, no es típico
de mí, soy controlador, ¿recuerdas? Y hoy no he controlado nada. Ha sido uno de
los días más difíciles de toda mi vida.
No podía respirar. Esa sensación de ahogo volvió a mí como un bumerán. Las
palabras que salían de su boca sonaban desesperadas, abrumadoras para mis
oídos. Mis ojos se fueron a sus labios, subieron lentos buscando su mirada,
inquietos, pidiendo una explicación coherente, con algún sentido para que mi
aturdido cerebro entendiera la fantasía que estaba viviendo.
—Necesito besarte. Me lo pide el cuerpo, la razón y el corazón. Si no lo hago,
me arrepentiré toda la vida. Te irás y me quedará esa incertidumbre de lo que no
fue, pudo haber sido, pero no será. —Su voz era dulce y apasionada. Su rostro
expectante observando mis labios, mis ojos, mi rostro, vigilando con miedo
cualquier reacción que pudiera tener.
Yo, anonadada, todavía en estado de shock. La mente bloqueada y el cuerpo
vibrando de emoción. Un sinfín de emociones. No sabría definirlas, pero en ese
momento pensé que no me importaría averiguarlo.
Sus labios húmedos por las gotas de lluvia que todavía paseaban por su piel
tocaron levemente los míos. Esperaba una queja, una respuesta por mi parte. Con
el corazón a mil revoluciones por minuto, quise adentrarme en sus pupilas para
comprobar si era cierta o no la escena de película que estábamos
protagonizando. Me parecía tan irreal… Su mano derecha me movió el cabello
empapado hacia detrás de la oreja para ver bien la expresión de mi cara.
—No dices nada, entonces te besaré. Después puedes abofetearme… o no.
Nuestros labios se rozaron, se abrieron para fundirse en uno, y mi cuerpo entró
en ignición. Primero dulce, tierno, haciendo que un torbellino de emociones
fuera subiendo y bajando por mi pecho igual que en una montaña rusa. Después
apasionado, fogoso, provocando un incendio en mi cuerpo, haciendo que mi
sangre se fundiera en el interior de mis arterias, recorriendo cada centímetro de
mi humedecido cuerpo.
Un beso largo y profundo, eterno, que recordaré toda mi vida. El primer beso
que me hizo dudar de cómo me llamo, quién soy y qué he hecho hasta ese
momento, tan amargo como inolvidable. Un beso de despedida antes siquiera de
conocernos.
No sé cuánto tiempo transcurrió, perdí la noción de los segundos y los minutos.
Nuestros labios se despegaron a regañadientes excitados y confusos. Nos fuimos
separando sin querer hacerlo. Nick tragó saliva y quiso escapar de ese momento.
Puse mi mano en su brazo para que no se fuera. Abrí la boca, no me salía la voz.
Tardé unos instantes en ordenar algo con sentido.
—¡Espera! No sé cómo hemos llegado hasta aquí y no entiendo qué significa
esto. Sé que el corazón se me va a salir del pecho, jamás había sentido algo
parecido.
Avergonzado de sentir lo que sentía, sin poder mirarme a los ojos, dio media
vuelta. Intentó comportarse con madurez, ser todo lo práctico y realista que no
había conseguido ser antes.
—Yo tampoco. Ojalá me hubieras abofeteado. Habría sabido lidiar con ello.
Sería todo mucho más fácil. No deseo huir, o tal vez sí. —Su coraza se había
partido en mil pedazos. Se frotó la cara y recuperó el aliento—. La lluvia está
amainando. Nos quedan más de trescientos metros y no hay más techos donde
cubrirnos. Es tarde, mañana nos espera un día muy largo. Es el momento de salir
si no queremos pasar toda la noche aquí.
Bajó la cabeza, su voz sonó cansada y rota. Se soltó despacio y caminó recto
sabiendo que yo le seguía. La lluvia no había cesado, pero las gotas de agua
caían distanciadas. Habían perdido su fuerza, como Nick. Al salir de la plaza,
entramos en una calle pequeña y estrecha con varias casas medievales que daban
la vuelta a la manzana. Torcimos a la izquierda y rectos a la derecha. Los
edificios, en su mayoría antiguos, con estrechos balcones y grandes terrados
repletos de flores, no muy altos, dos y tres plantas. Al final de la calle estaba el
hostal. Entrabas por una puerta trasera que daba al rellano, donde guardaban los
utensilios de limpieza y mantenimiento.
En silencio, turbados aún por el beso, entramos al hostal. Caminamos uno
detrás del otro hacia el pasillo, me quité la chaqueta al llegar a las escaleras.
Antes de subir rocé su mano y se giró hacia mí. Su vista fue a mi mano y subió
tímido hacia mi boca, quedándose clavada en ella. Le puse la chaqueta en el
brazo, bien doblada, subí un escalón y me puse a su altura, frente a él.
Dubitativa, exaltada, confesé lo que me dictaba el corazón en ese instante.
—Te entiendo, pero por más que me esfuerzo no te comprendo. Te respeto y
admiro por tu fortaleza. Te doy las gracias porque sin ti no habría podido superar
este día, porque me has alegrado la noche y me has dado un regalo de despedida
que jamás podré olvidar. Me alegro de que nuestros caminos se cruzaran.
Bajé la vista emocionada. Cuando empezó la noche, no sabía lo que iba a
pasar, pero seguro que no era esto. Con un nudo en la garganta y sin que Nick
me detuviera, subí las escaleras y me dirigí a la habitación. Se quedó anclado en
el mismo sitio durante minutos, pensativo, intentando organizar su mente. Llegó
Yon contento, feliz. Al verlo ahí parado iba a contarle el porqué de su felicidad,
cuando se percató del misterio que tenía delante, misterio o crónica de una
desilusión anunciada. Se puso a su lado, miró hacia donde miraba él. Pasaron
unos segundos, pero su hermano seguía en silencio, dentro de un mundo donde
solo cabían él y sus pensamientos. Yon intentó quitarle hierro al asunto.
—Entiendo que te has despedido de ella y miras hacia allí por si vuelve. Igual
la estás llamando telepáticamente… Lo conseguirás antes si vas a buscarla,
apuesto a que sabes el camino. ¿Estás pensando en hacer reformas? Viendo lo
empapado que estás, ¿pretendes secarte ahí de pie? Podría seguir un rato más,
pero algo me dice que gastaré saliva para nada. Mi hermano mayor ha caído
preso por el amor de una mujer. Eres extraordinariamente previsor, y esto no lo
habías previsto. No dejas entrar a nadie en tu corazón, abres la puerta atento y
servicial, dejando que todo el mundo entre, pero sin pasar del recibidor. ¿Te has
dejado la ventana abierta, o han entrado hasta el fondo sin permiso?
Movió la cabeza como quien despierta de un sueño, alzó las cejas
impresionado por las tonterías que decía su hermano. Desalentado, hizo ademán
de irse.
—Muy bonita la metáfora, pero no estoy para juegos. Me voy a la cama. ¿Todo
en orden? ¿Y Laura? Porque yo estoy bien jodido, pero tú tampoco te vas a
librar.
—¡Va, fuera de coñas! ¿Qué ha pasado para que tengas esa cara? No recuerdo
un día en que tu mirada fuera tan cabizbaja. Yo me lo he pasado genial con
Laura. Para mí, es la mujer perfecta, o casi perfecta. Tenías razón, tiene novio y
se llama Lucas. Ese es el único defecto que tiene. Ese y que se va mañana. Pero
al menos estoy orgulloso de haber conocido a mi media naranja, por eso estoy
feliz. He hecho cuanto he podido para que me recuerde, para que se enamore de
mí, o para que no me olvide. En cambio, tú te has enamorado de Isabel y te
resistes a dejarla ir. De ahí esa cara de muerto, ¿me equivoco? Serio, protector,
realista, encantador, pero sin pasarte, y bajo ningún concepto enamoradizo o
conquistador. Siempre tienes una excusa para no ligar. No tienes tiempo o no
tienes gana, o no hay mujer en el mundo que te entienda. Resulta que, en menos
de un día, y sin verlo venir, te has enamorado hasta los huesos de una
desconocida y, para echarle más leña al fuego, desaparecerá de tu vida igual que
ha aparecido, en unas horas.
—¡Fustígame! Aprieta bien el dedo en la llaga. No estoy acostumbrado a
alterarme tanto por alguien y se me ha ido de las manos. Te lo negaría con
ahínco, pero no puedo. Yo también creo que es la mujer de mi vida. No es que
me resista a dejarla ir, es que no entiendo cómo ha sucedido. No he bajado la
guardia, no me he dejado ninguna ventana abierta, directamente sin permiso ha
traspasado la puerta del recibidor. Por si fuera poco, hace un momento la he
besado y ha sido desconcertante. Creía que no me iba a gustar, que me iba a
desengañar, que la había puesto en un pedestal en mi mente y que el beso me
haría descubrir que no era más que una fantasía. Una turista guapa de la que me
había encaprichado. No solo me he equivocado, sino que me ha desarmado por
completo y me he enamorado más de ella.
—¿Que la has besado? ¡Eso sí que no me lo esperaba! Y yo que pensaba que
no tenías sangre en las venas o que tu corazón palpitaba a otro ritmo… Y resulta
que has cruzado la línea, has tirado de la anilla y la bomba te ha explotado en las
manos. Interesante. Cuenta, cuenta… Y no te dejes ni un detalle, esto se merece
una cerveza. ¿O prefieres un whisky?
—¡Ríete, capullo! Yo no le veo la gracia. No quiero nada, la bebida no me va a
quitar ese beso de la cabeza. Me he tomado un analgésico hace una hora, no
quiero mezclar más.
—Ese dolor no te lo va a quitar un analgésico, por muy bueno que sea. En
cambio, la bebida y una buena conversación con tu hermano pequeño, ya
sabes… ¿Cómo ha surgido el beso? ¿Cómo ha reaccionado ella? Seamos
sinceros, tampoco te lo va a quitar, pero yo me sentiría mejor por intentar
ayudarte.
—No te entiendo, ¿cómo puedes estar tan tranquilo? Esa persona podría
hacerte feliz y se va en unas horas. La vas a perder ¿y te da igual? Además, se va
a ir con otro, tanto Laura como Isabel… Escuché dos nombres, Lucas y Pol. Si
Lucas es el novio de Laura, quiere decir que Pol es el novio de Isa.
Estaban uno delante del otro, Yon se acercó a su hermano tierno y fraternal. Le
pasó el brazo por el hombro y se lo llevó a la barra.
—No puedo perder algo que nunca he tenido, pero puedo soñar con que algún
día lo tendré, con que el destino nos junte de nuevo, los recuerdos, el
pensamiento de lo que pudo haber sido y no fue… Puedo querer besarla y que
me bese, pero por desgracia eso está lejos de suceder. Solo está en mi mente. Si
tengo que creer en algo, puedo creer que las líneas de nuestras vidas se han
cruzado por algún motivo y, si ahora no estamos juntos, en un futuro lo
estaremos. Me gustaría que se quedara… ¡Sí, claro que sí! Besarla, abrazarla…
Seguro que, una vez que lo hiciera, no podría parar, pero, si no es así, si no se
queda o si no la vuelvo a ver, encontraré a alguien muy similar a ella. El destino
lo decidirá, la vida da muchas vueltas… Laura sí tiene novio, pero Isabel está
soltera. El tal Pol es un ligue que le ha buscado su novio Lucas, un compañero
de trabajo. Al menos puedes quitar ese problema de tu lista.
—Igual tienes razón, la vida da muchas vueltas. No te negaré que me alivia
que el tal Pol no sea su novio. Anda, ponme esa cerveza. Después me iré a la
cama un rato. Son las cuatro y a las nueve quiero estar en la comisaría. Antes he
de desayunar y pasar por la consulta de Pedro, dijo que tenía que hablar
conmigo.
Se sentó en uno de los taburetes altos y esponjosos que había delante de la
barra, se frotó la frente, los ojos, y suspiró. Chocaron las cervezas y le dio un
trago largo. Miró a su hermano, estaba detrás de la barra, frente a él. Le animaba
sonriendo mientras le daba un trago a su cerveza. Bajó la cabeza de nuevo.
—Te prometo que nunca he sentido algo parecido, desde el primer roce al
acercarme a ella hasta el último. La piel de gallina, las manos me sudaban y la
piel me ardía. El tiempo se ha parado y la cabeza me daba vueltas como cuando
bajas de la noria. Me he apartado de ella igual que si me hubiera dado una
descarga eléctrica, confundido y mareado.
—¿Y qué has hecho? ¿Qué ha hecho ella? Y lo más importante: ¿por qué la has
besado si se va mañana?
—¿Has visto cómo voy? Pues ella estaba igual. Imagínate el vestido pegado a
su piel, el cabello suelto totalmente aplastado, esos enormes ojos oscuros como
la noche pidiendo a gritos que no la odie por salir corriendo. Solo quería ver el
mar, la playa… Con la mierda de día que ha tenido, no ha llegado a ver la costa
de nuestra isla. Mañana podía verla, no sé qué demonios pasó por su cabeza. ¡Es
tan jodidamente impulsiva! No me sentía con fuerzas de discutir, en parte me
sentía culpable. En un momento de debilidad y un torpe intento de coquetear con
ella en la habitación, le conté la historia de los silbios, nuestros peces extraños y
deformes. Conclusión: me voy a las tres de la madrugada con amenaza de
tormenta a intentar verlos. Y yo perdido en esa mirada. El ser metódico y
precavido, de repente, ha sido espontáneo y arrollador. Me he acercado a ella con
la intención de ser amable y prestarle mi impermeable, y sin poder evitarlo he
vuelto a desaparecer. Podía sentir su corazón, el temblor de su piel por la
humedad, hasta sus dientes cómo castañeaban. Las palabras han empezado a
salir por mi boca, fluyendo como una cascada. En un minuto ha abierto la puerta,
ha atravesado el pasillo, el comedor y ha recorrido hasta el último dormitorio.
Ella, atónita y muda, observándome y oyendo mi corazón frustrado. Creía que
me apartaría enfurecida, pero sin esperarlo ha respondido a mi beso. Ha sido
dulce, jugosa y apasionada, haciéndome vibrar cada segundo de ese eterno beso.
Me he girado sin ser capaz de tocarla o mirarla, desubicado. Hemos venido en
silencio, distanciados. Al llegar se ha despedido emocionada. Mi mente ha
querido gritarle que no se fuera, quería saber más cosas de ella, conocerla en
todos los sentidos; sin embargo, no he sido capaz de mover un dedo. Me he
quedado helado. Entonces has entrado como un anticiclón y me has
descongelado.
—¡Joder, tío, qué mal te lo montas! Si estás tan colado por ella deberías de
habérselo dicho, haber aprovechado cada segundo para pasarlo a su lado.
Entiendo que estés deprimido, pero espero que te dure esta noche, como mucho
mañana. Después quiero ver a mi hermano, no el romanticón endeble y
melancólico que eres ahora, sino el seguro de sí mismo, práctico, con la mente
abierta y realista.
13
DUDAS RAZONABLES

Cuando llegué a mi habitación vi los mensajes que Laura me había enviado. No


me sentía con fuerzas de responder, pero tenía que hacerlo.
Isa:
Estoy en la habitación, fui a la playa y di un paseo para airearme. No te
preocupes.
El pitido del mensaje sonó antes de que pensara qué más decirle.
Laura:
¿Cómo no voy a preocuparme? Te has ido sin decir nada.
Lo sabía, lo que no sabía era cómo expresar lo que sentía. Estaba
superenredada, y más a esas horas. Preferí preguntarle por Yon. En menos de un
segundo me respondió.
Laura:
No es necesario que me despida, somos amigos, podemos seguir hablando
cuando nos vayamos. Al principio me sentía culpable por sentirme a gusto
hablando con un chico que no es mi novio, pero la verdad es que no tengo por
qué. No es nada malo tener amigos, Lucas lo entenderá, y, si no lo hace, es su
problema. No voy a dejar de hablar con él, me ha animado durante el día y por
la noche ha sido genial.
Me sorprendió su seguridad y aplomo, no había nada de malo en ello, si bien
defender así una amistad de un día no era muy lógico. Sus miradas de
complicidad lo decían todo. Su situación era parecida a la mía, solo que ellos no
se habían besado. No sabían lo que sentían el uno por el otro. Laura lo negaría,
estaba con Lucas. Yo… ¿Cuál era mi situación? Lo mío con Pol no sabía si tenía
nombre. Lo conocí a las seis de la tarde y a las dos de la madrugada, después de
una conexión increíble, nos besábamos. A Nick lo conocí a las nueve de la
mañana y a las tres de la madrugada, después de una noche mágica nos
besábamos. Aún no me lo creía, hacía unas horas mi vida era normal, no tenía a
nadie y no lo necesitaba. Me sentía afortunada por tener trabajo y amigos, por mi
rutina sin sobresaltos, todo eso había cambiado. Había conocido a dos hombres
interesantes y mi mente era un caos.
Laura:
¿Y Nick? ¿Se ha cabreado mucho cuando te ha visto? Estaba muy preocupado.
No le conté cómo me sentía, ni que nos habíamos besado. ¿Qué sentido tenía?
Me iba en unas horas. Nos despedimos con un «te lo contaré mañana» y «un más
vale que lo hagas».
Miré la lluvia caer tras los cristales, cada vez sonaba más fuerte, rabiosa. Se
iluminaba el cielo con cada ráfaga de luz. Las líneas eléctricas formaban un
árbol con muchas ramas, parecía una película de terror, pero no estaba asustada,
melancólica quizás. Cerré los ojos, inhalé y exhalé varias veces. El olor a lluvia,
a tierra mojada me encantaba. Me acerqué a la chimenea después de dejar el
vestido frente al fuego, encima de la banqueta. Con suerte se secaría para
llevármelo mañana en una bolsa. No tenía pijama ni ropa interior. Desnuda, fui
hacia el armario, quería buscar una toalla para secarme bien. Al abrirlo, se
desprendió todo su aroma por la habitación. Un perfume fresco a jazmín,
romero, tal vez menta, cedro y puede que roble. No sabría decir exactamente,
pero olía a él, como si lo tuviera delante. Toqué como una caricia toda su ropa,
camisas, trajes, tejanos, camisetas, jerséis… Después de impregnarme de su olor,
escogí una camiseta de pico azul. Me quedaba enorme y pensé que ya tenía
pijama. Me acurruqué frente a la chimenea mirando al fuego, meditando,
intentando recordar cómo había empezado todo, con la mirada puesta en las
llamas, hipnotizada, relajada.
Nick tampoco podía dormir. Cansado, después de secarse, se tiró sobre la
cama, se había quitado toda la ropa y puesto unos calzoncillos limpios. Atrapó
con fuerza la almohada y suspiró. Cerró los ojos, los apretó tanto como pudo,
necesitaba dormir fuera como fuera.
Yon se sentía bien consigo mismo, pensaba en Laura, quería imaginar que no
se iría. Se tumbó en la cama bocarriba, con los brazos detrás de la cabeza.
Miraba al techo intentando convencerse a sí mismo de que había hecho lo
correcto. No quería ser un iluso, le gustaba, era muy similar a él. Le fascinaba
cualquier expresión de su cara. En otro momento, en otro lugar, no la dejaría
escapar, era diferente a las demás. Un libro de aventuras que le gustaría leer y
disfrutar en todos sus capítulos, pero antes no quiso decírselo a Nick. Viendo lo
hecho polvo que estaba, hizo de hermano mayor y le intentó proteger de su
propio dolor. Más tarde, seguía viendo la imagen de Laura en su mente como
una diapositiva.
«Tal vez no sea ella, sea un espejismo. Tiene novio y vive a centenares de
kilómetros. Un novio que no aprecia lo que tiene; si no, ella no se habría fijado
en mí, y estoy seguro de que lo ha hecho. En algún momento, sus ojos verdes me
han atravesado, no lo he soñado. No puedo soñar algo tan preciso, como sus
mejillas sonrojadas cada vez que me pisaba al bailar, y yo le restaba importancia
con una sonrisa. No te enamores de un imposible, para eso ya está tu hermano».
Con esta terrible sensación en su mente, Yon se fue quedando dormido.
Laura lo tenía claro, le iba a pedir el número de teléfono a Yon. Se mandarían
mensajes, harían videollamadas y estarían en contacto. Necesitaba su optimismo
y sus consejos. Solo tenía que decírselo a él, y él aceptar esa inexplicable
amistad. Sin apenas notarlo había cerrado los ojos. Al instante, sonó el
despertador del móvil, eran las ocho de la mañana.
«No puede ser, pero si me acabo de acostar…», pensó Laura desanimada.
Se levantó de la cama. Se restregaba los ojos, pero seguía viendo borroso. Fue
hacia el lavabo, se echó varias friegas de agua en la cara. Nada, no había manera
de despertarse del todo, seguía amuermada. Casi por inercia, se puso los
pantalones negros y el jersey mostaza. Se hizo una cola, un poco de rímel,
eyeliner, y preparada. Dormida, cansada, pero preparada. Miró a su alrededor, le
daba pena dejar aquella maravillosa habitación. ¡Era perfecta!
«Algún día volveré, te he hecho varias fotografías y he apuntado el número de
habitación para no olvidarte. Puede que redecore mi apartamento para que se
parezca un poco a ti», pensó Laura despidiéndose de la habitación como si de
una persona se tratara.
Estuve un rato delante de la chimenea y me fui a la cama. Me escondí bajo las
sábanas, apreté con fuerza los ojos, pero el olfato seguía atormentándome con su
olor. No podía dejar de pensar en el beso, en sus labios, en sus palabras y en sus
penetrantes ojos azules. Me levanté de la cama desesperada, furiosa conmigo
misma. Cogí la colcha y me la puse por encima. Me volví a sentar frente a la
chimenea, acurrucándome como un bebé frente a ella. Sonó el móvil, era Laura
diciendo que me esperaba al pie de las escaleras.
No sé el tiempo que dormí, si fue un suspiro, minutos, una hora. Me levanté
como pude, me eché agua en la cara, en la cabeza, en los brazos. Me observé dos
o tres minutos en el espejo. La herida se veía bien. Levanté los ojos, las cejas,
arrugué el labio superior, el inferior. Me revisé las ojeras, incluso las arrugas de
la frente. El chichón iba bajando, aunque todavía se apreciaba al tocarlo. No me
había dado cuenta hasta ese momento. ¡Tenía dos arrugas en la frente!
Necesitaba maquillarme un poco, pero, como siempre, no llevaba maquillaje.
Salí del lavabo, me quité la camiseta de Nick. La olfateé como un perrito olfatea
a su dueño, quería recordar su olor. Después la doblé y la dejé en su sitio. Por
suerte, el sujetador se había secado, lo había lavado después de bañarme, junto
con las bragas y las medias calcetín. Todo estaba seco gracias a la chimenea y el
calor que desprendía. Me puse los pantalones marrón chocolate con el jersey
salmón claro, y me dirigí a la ventana después de un estruendo ensordecedor.
«Qué idea más buena la del jersey grueso de punto. ¡Menudo día nos espera!
No recuerdo ningún lugar donde refugiarse cuando estuvimos en el muelle…»,
recordé abatida.
El agua bajaba con fuerza calle abajo, hacía viento. Las pocas personas
valientes que salían de sus casas agarraban con rabia el paraguas para que no
saliera volando. La playa apenas se vislumbraba, solo se apreciaban las siluetas
de las rocas grandes. Ojeé la habitación.
«Si me toca la lotería, prometo comprarme una cabaña de madera cerca de un
lago. Intentaré que la decoración sea parecida, aunque las vistas no serán igual»,
pensé soñando despierta.
Cerré la puerta con cuidado. Al ir hacia las escaleras vi a Laura, nos dimos un
breve abrazo y nos dirigimos al restaurante. Necesitábamos nuestro deseado café
matutino.
Nick se tiró horas dando vueltas. No sabía qué le dolía más, si el torso
alrededor de las costillas, la cabeza o el corazón. Su mente le jugaba malas
pasadas. Las pocas horas tumbado le habían dejado peor que estaba, y decidió
darse un baño de agua caliente, poner uno de sus discos favoritos, el de
Whitesnake, y dejar la mente en blanco. Aguantó cuatro canciones, algo más de
quince minutos. Miró al techo, a la ventana, cerró los ojos de nuevo y resopló
varias veces. Al final desistió.
«Es igual, no lo conseguiré. Me visto, me tomo un par de cafés y a las ocho
estoy en la clínica. Luego iré a la comisaría. Con suerte, adelanto faena o me
informo de cómo va», se dijo Nick organizándose la mañana.
Se puso unos tejanos negros y una camiseta blanca de cuello redondo, de
manga larga. Se fijó en la fuerza del agua que bajaba en forma de río por una de
las viejas calles del pueblo.
«Hoy va a ser un día duro, en todos los sentidos», pensó Nick desanimado.
Serio, sabía que habría bastantes llamadas a emergencias por la cantidad de
agua caída y la que se estaba acumulando en las calles y en las alcantarillas.
Algunos garajes quedarían inundados, tiendas, bares… Cerró la puerta y anduvo
unos pasos. Se paró frente a su habitación, o nuestra. Un momento, un minuto.
Rozó con un dedo la puerta, despidiéndose mentalmente. Respiró hondo y siguió
con paso firme y seguro. Entró a la cocina, limpió, pensó en el menú del día, le
dejó varias notas a Yon. Ideas para cocinar, tanto en la comida como la cena.
A los cinco minutos de irse su hermano, bajó Yon. Leyó las notas mientras se
tomaba el café. Sonó el timbre de la puerta trasera, era Juanjo, el panadero. Traía
las barras de pan, la bollería, algunas tartas y las galletas del desayuno. Colocó
todo en bandejas y lo decoró bien, a las ocho y media se abría el restaurante.
Preparó zumos recién exprimidos y los colocó en cada una de las mesas. Volvió
a sonar el timbre, esta vez era Maya, puntual como siempre.
—Veo que lo tienes todo controlado. Si quieres, me vuelvo a ir.
—No ha colado. Coloca los zumos de naranja en las mesas, yo voy a por leche
fresca.
De lunes a viernes el restaurante abría a las siete y media; los sábados, al
trasnochar, empezaba a las ocho y media. Sonó el teléfono de recepción. Una de
las habitaciones tenía un problema. Yon acudió al instante.
—Si me necesitas… Nicolás vendrá a las diez. Hasta entonces estamos solos.
—Tranquilo, ve. Podré vivir sin ti.
Bajamos a desayunar, escogimos la mesa de la esquina, necesitábamos hablar
tranquilas sin que nadie pudiera oírnos. Los buscamos con la vista, y no los
vimos. Los huéspedes se fueron sentando, los clientes del exterior hacían lo
mismo, algunos en los taburetes de la barra. En la mesa teníamos zumo de
naranja recién exprimido, una tetera con leche fresca, azúcar moreno, azúcar
normal y sacarina. Todo ello en sobres, dentro de un pequeño canasto de mimbre
color crema. Si queríamos café o pastas, teníamos que ir a la barra a pedirlos.
Laura vio mi poco entusiasmo por ir hacia allí, con un gesto de haciéndome un
favor, se fue a pedir los cafés.
—Pido un par de magdalenas, cruasanes, o puedo pedir salado… Cogeré
salado…
—Si prefieres salado, coge para mí también. Casi que me apetece más.
Busqué de nuevo con inquietud a ver si los veía. No hubo resultado. Sabían
que nos íbamos, era raro que no quisieran despedirse ninguno de los dos. De
Nick casi me lo esperaba, no hizo nada cuando le confesé cómo me sentía, pero,
Yon, no parecía su estilo.
***
—Me he quedado en el beso. No te he querido interrumpir, aunque estoy
alucinada. Me lo hubiera esperado de Yon y Laura, de vosotros no. En ningún
momento creí que se atreviera.
—¿Sorpresa? ¡Estaba cantado! Toda la noche cegado por su luz. Cuando
estaban cerca no sabía cómo comportarse. Se notaba a una legua que se estaba
prendando de ella, y nuestra querida amiga igual. Notaba cada cambio que hacía,
su mirada, su sonrisa, sus palabras. ¡No hay que ser un lince para ver que hay
tema!
—¿Qué dices, Clara? Había tema con Pol. Todo eran risas y coqueteos. Con
Nick parecía más un tira y afloja que un flirteo. A mí me ha dado la sensación de
que se ha tirado a la piscina a ver qué pasaba, y luego se ha arrepentido. ¿Por
qué? No lo tengo claro.
—¡Qué va, Amanda! Pero si hasta la invitó a bailar. Soso, serio, poco
acostumbrado a tratar con mujeres. ¡Estaba colado por ella! Una pena, una
relación sin futuro. La de Yon y Laura tampoco tenía mucho, aunque parecía
más sólida. Basada en la amistad y después en lo que pudiera pasar. Amor real,
amor platónico…
—Ya veo que hay opiniones de todos los gustos, eso quiere decir que no os
estáis aburriendo, que somos buenas narrando —dijo Isa contenta.
—Creo que nuestra historia les parece entretenida, a veces un desastre, otras
más divertida y otras desesperante. Parece que hemos contado mucho, no es así.
Será mejor que prosiga para que sigáis analizando y haciendo teorías.
***
—¡Buenos días, Maya!
—¡Hola, Laura! ¿Habéis dormido bien? Espero que hayáis comprado paraguas
o impermeables, el día está un poco turbio.
—Ya, cuando voy de compras se me olvida todo a pesar de que Isa me avisó.
Hice unas cuantas muecas con la boca y las manos. Teníamos tiempo, hasta las
diez no teníamos que estar en la consulta del doctor, para entonces tenía la
esperanza de que hubiera parado de llover.
—Me pones dos cafés con leche, dos cruasanes de jamón y queso, y dos de
sobrasada. No sé cuándo comeremos. ¿Sabes dónde está Yon? Quisiera
despedirme de él y de Nick. Si no fuera por él y su inestimable ayuda ayer, a
saber dónde estaríamos…
—Yon está con unos huéspedes arriba, no sé cuándo volverá. Y el buenazo de
Nicolás salió temprano. ¿Sabías que cuando era pequeña le llamaba Niklaus? Así
tenía excusa y en la época de Navidad decía que era Santa Claus. ¡Siempre fue
un buenazo! Con el aguacero que está cayendo y el que cayó anoche, tardará en
venir. Aquí tienes los cafés y las pastas.
—No pasa nada, gracias. A lo mejor vienen antes de irnos. ¿Me das la cuenta?
—Ahora te la llevo a la mesa, tranquila.
—Gracias, Maya.
Me fui algo decepcionada con mi bandeja en las manos y mirando hacia el
pasillo. Bajaron tres personas, ninguna era Yon. Me tropecé con una silla, pero
mis buenos reflejos hicieron que la bandeja se tambaleara lo justo, sonreí
aliviada.
—Aquí está nuestro desayuno.
—Tiene buena pinta. ¿Has visto a Yon?
—No, me hubiera gustado hablar con él antes de irnos, pedirle el teléfono, ya
sabes… Nick tampoco está. Con esta tormenta interminable tardará en venir,
tendrán avisos en la comisaría.
—¡Qué raro! Ayer escuché al doctor decir que no tenía turno, eso y que tenía
que hacer reposo.
—¿Qué pasó anoche? Le pregunté si habíais discutido y me dijo que no, pero
sin duda lo haríais. Tú dices que no, que no hubo discusión ni bronca ni nada.
Soy toda oídos. Tengo todo el día para presionarte, aquí, en el muelle, en el
barco, en el hotel…
—¡Vale, me rindo! No hace falta que me amenaces, pensaba contártelo igual.
Necesito consejo, mi corta experiencia en hombres no me sirve de mucho. El
resumen de esa media hora fue la tensión entre nosotros, la lluvia y un mágico
momento en que nos besamos. Un beso indescriptible, un tornado de emociones
para los dos que no hemos sabido llevar muy bien. No sé cómo explicar lo que
sentí, o lo que siento, tampoco sé qué pasa por esa testaruda y desconfiada
cabeza. Así que todo sigue igual. Se quedará como una anécdota inolvidable de
este extraño viaje.
14
LAS FUERZAS DE LA NATURALEZA

Había comprado varios rodaballos, salmones y lubinas, los tenía envueltos


dentro de bolsas frigoríficas en el maletero de su Land Cruiser 4x4 negro. Acabó
pronto, miró la previsión del tiempo en el móvil, luego subió la vista hacia el
cielo, inspeccionando las enormes nubes negras que tenía encima de su cabeza.
Abrió la guantera, siempre guarda un chubasquero por si acaso. En la isla eran
comunes los chubascos repentinos. Después de ponérselo abrió la puerta, salió
del coche medio corriendo, entró en la clínica y miró a los lados. Había una
persona esperando y la administrativa de recepción. Levantó la muñeca
izquierda para ver qué hora era. Iba bien de tiempo.
Esperó sentado sin moverse casi diez minutos. Se levantó, miró el reloj. El
hombre de su izquierda ya había entrado, caminó hacia el pasillo, ojeó las
puertas, estiró el cuello lo que pudo, sin ver nada, y se volvió a sentar. Por fin, se
abrió la puerta de cristal, don Pedro gesticulaba con la mano indicándole que ya
podía pasar.
—Siento haberte hecho esperar. Hoy será otro día intenso, viendo el cielo y los
ríos de agua bajando con fuerza por la calle.
—¿Qué ocurre? ¿Los resultados de Isa no están bien? ¿Por qué me has hecho
venir?
—Tranquilo, Isa no me preocupa. Hay detalles que no me convencen. De todas
formas, no te he hecho venir por eso. ¿Cómo te encuentras? ¿Has dormido bien?
—No te entiendo. Me duele un poco, lo normal siendo una contusión. Ya he
tenido otras.
Le sentó con el brazo y giró el ordenador. Le enseñó las radiografías y le fue
explicando.
—¿Ves esta pequeña mancha? Es un hematoma interno. Se te ha formado un
pequeño coagulo, a raíz del golpe, entre el omóplato y las costillas. No es grave,
por eso ayer no te lo dije. Viendo tu implicación con Isabel, no te quise asustar y
que te preocuparas sin necesidad, pero ya tenía en mente que vinieras hoy.
Anoche te llamé indagando sobre tu dolor y haciendo un leve seguimiento de
ella. Hoy quiero hacerte otra radiografía, ver cómo ha evolucionado en estas
horas.
—Como quieras, aunque no noto nada extraño, si te refieres a eso. ¿Cómo está
Isa? Dijo que no le habías dado el resultado y confía en irse hoy.
—Puede irse tranquila, le tengo preparado el informe. Tengo mis dudas,
demasiados síntomas, pero no se ve nada en la radiografía ni en el escáner. Eso
es lo importante. Después de dos pérdidas de conocimiento, las dudas siempre
están, pero, si las pruebas no reflejan nada, es probable que esté todo correcto.
—No es muy alentador, pero me quedo más tranquilo. Hago una llamada y soy
todo tuyo, quiero pasar por la oficina. No haré nada extraordinario, pero, como
tú has dicho antes, será un día complicado, necesitarán ayuda, aunque sea con las
llamadas de emergencias.
—Confío en ti y en que no harás nada irresponsable. Voy a preparar la
máquina.
Media hora después se despedía del doctor con un nuevo tratamiento en la
mano y ganas de salir de allí. Se alegraba por Isa, no podía decir lo mismo por
él. La punzada que sentía en su interior, el ardor en el estómago y la inquietud de
su mente no eran por el hematoma o el dolor de las costillas, no tenía
tratamiento. En la comisaría, habló un rato con sus compañeros.
—En el cambio de turno, nos han explicado las emergencias de la noche. Gatos
extraviados, dos jóvenes más bebidos de lo normal, un coche que se lo ha
llevado la riera y nuestro amigo Juancho, que está en la última celda
descansando.
—En una hora, hemos contestado nueve llamadas. Dudas consistentes de
algunos comercios, gente que tiene que coger el ferri y el avión, y no saben si
van a salir… ¿Qué te pasa? Andas un poco raro y no eres tan mayor…
—Si en la oficina de Santa Olaya no dicen lo contrario, deberían salir. Llamaré
a Protección Civil. Me caí ayer, estaré unos días achacoso, nada más.
—Hoy el jefe se ha levantado con mal pie. Tal vez sea porque debería hacer
reposo en lugar de estar aquí trabajando.
El teléfono interrumpió el sarcasmo de Mario. Lo ignoró saludando a la
persona que llamaba.
Saboreamos con intensidad la generosidad del relleno de los cruasanes, lo
tiernos que estaban.
—Muy buenos, aunque empalagosos. Me parece muy barato. ¿Has visto la
cuenta?
—La comida veinticinco euros, la cena treinta y dos, el desayuno diez y las
habitaciones cuarenta euros cada una. Está bien. Lo que no veo son los cócteles.
—Cierto. Como eran personalizados… Nos invitó Nick, supongo. Tienes que
reconocer que, en su mayor parte, es un encanto de hombre y, si te altera tanto,
por algo será… ¡Un beso! Todavía estoy alucinando, y no un beso cualquiera…
No tenía ninguna duda de que sentía algo intenso por ti, con mirarle tres minutos
seguidos te das cuenta, pero no imaginé que se lanzara. Estas vacaciones están
siendo impredecibles.
—Pues no será porque no las planeaste… Para que veas que los planes nunca
salen bien. Sea como sea, da igual. Tengo ganas de salir de aquí. Es cierto que
Nick me gusta, pero vivimos en mundos distintos. Pol también me gusta,
también nos besamos y vivimos cerca. Quién sabe, quizás el destino me está
diciendo que valore lo que tengo delante, o sea, Pol. A lo mejor puede salir una
relación duradera de ahí. No aprecias lo que tienes, si no sabes que lo tienes,
hasta que no pasas por alguien sorprendente como Nick.
—Creo que no te entiendes ni tú. Si te sirve de consuelo, coincido contigo en
que más vale pájaro en mano que ciento volando. Es eso, ¿no?, lo que estás
intentando decir con ese argumento nefasto.
Levantó la ceja derecha y el labio superior medio gruñendo, con cara de pocos
amigos. En cambio, yo me divertía viendo sus gestos. Fuimos hacia Maya, no
sin dar un par de vueltas con la mirada por si veíamos a alguno de los dos
hermanos. Maya, al vernos, colgó el teléfono y se dirigió a nosotras con una gran
sonrisa en los labios.
—¿Os vais ya?
—Sí, ya es hora.
Entre las dos sacamos el dinero de nuestros monederos y se lo dimos
agradeciéndole su magnífica actitud con nosotras y su gran simpatía.
—Tened cuidado. Si no lo veis claro por la tormenta, no subáis al ferri.
Siempre podéis quedaros un día más… Apuesto a que más de uno se alegraría.
Lo que me recuerda que dos adorables hermanos os han dejado un regalito. Un
recuerdo, me han dicho. Me han hecho prometer que no os dejaría abrirlo en el
hostal, preferirían que lo hicierais camino de Santa Olaya, durante el viaje en
ferri, o en vuestro hotel.
Nos entregó un sobre a cada una; el de Isa pesaba un poco, el mío no. Nos
miramos extrañadas, en mi caso, más curiosa que extrañada. Yon me avisó que
me dejaría un regalo para que no olvidase la noche en Santa Marta. Isa concluyó
que sería su despedida, no quería verla. Pagamos y nos despedimos con dos
besos. Al salir, Isa seguía ensimismada y un poco triste. Nos quedamos bajo el
pequeño tejado que hacía de porche en la entrada del hostal. El perfume del aire
era inimitable, olía a tierra mojada y a fango, imposible de meter en una botella.
Millones de gotas saltonas revoloteaban en la atmósfera acompañadas de un
ruido rítmico, bien acompasado, digno de una balada roquera. Un hombre
mayor, corpulento y en mangas de camisa caminaba acelerado, con el agua
salpicándole la espalda. Una niña agarrada de la mano de su madre saltaba
encima de todos los charcos que veía, feliz por empaparse de agua todo el
cuerpo. Nosotras, inmóviles, sin saber qué hacer, fruncimos el entrecejo y nos
armamos de valor. El agua, no tan cristalina, caía en hileras paralelas,
precipitándose por las alcantarillas y enturbiando la corriente que bajaba con
energía por las calles de la población. Caminamos con ligereza, procurando
pasar por debajo de todos los balcones y entradas a portales que veíamos, así tal
vez nos mojaríamos menos. La consulta del doctor no estaba muy lejos, pero sí
lo suficiente para calarte entera. Resoplando varias veces y sacudiéndonos como
perritos después de un baño, entramos a la clínica.
Había un matrimonio de nuestra edad esperando sentados. Ella, pálida, muy
delgada, con las piernas encima de las de él. Él la miraba como quien mira un
exquisito manjar. Nos sentamos tres butacas más a la derecha, nos sentíamos
incómodas con tanta zalamería. Miré a Isa.
—¿Estás preocupada por el resultado de las pruebas? Te veo muy cabizbaja. —
Le recogí los tirabuzones mojados y se los puse detrás de la oreja. Mis pupilas se
enternecieron al verla tan abatida—. No te preocupes, seguro que estás bien,
aunque creo que tu mala cara no es por el dolor.
—¿Tengo mala cara? Eso es porque se me ha chafado el pelo.
—No, el pelo te queda bien. Será más bien por las ojeras. Si no has dormido
pensando en ese impulsivo beso y en lo que representa… Puede que tu cabeza dé
más vueltas de las que debería, yo lo tengo claro. Tú dudas hasta si debes
respirar o no, y el sobre no ayuda mucho… Siento curiosidad por ver qué tiene el
mío, pero el tuyo me desconcierta.
—No he dormido nada. Tu interés no me extraña, eres un ángel, pero un ángel
cotilla. —Me miró de refilón y bajó la cabeza. Desilusionada, se pasó las manos
por el pelo, miró hacia arriba suspirando—. No se ha atrevido a mirarme a los
ojos. Se siente avergonzado por besarme. Será una disculpa, «un ojalá nos
encontremos en otra vida y todo sea diferente».
La miré extrañada. La conocía desde hace años, pero no recordaba una vez que
le afectara tanto el comportamiento de un hombre.
—¿Eso es lo que piensa él… o tú?
Refunfuñó unas cuantas veces diciendo palabras en un dialecto irreconocible
para el oído humano. La ignoré y decidí abrir mi sobre. Lo saqué de la mochila,
cuando sonó el pitido estridente de los mensajes del móvil cuatro veces seguidas.
Dejé el sobre sin abrir disgustada por el momento tan inoportuno y miré los
mensajes. Un audio de mi madre preguntándome cómo estaba. Preocupada
porque había visto en las noticias la previsión de las tormentas en esta zona,
estaban bien y querían saber cuándo volvíamos. Dos eran de Lucas, uno de Pol.
Oí los de los chicos.
«Buenos días, cielo. Ya nos hemos levantado, vestido, desayunado, y ahora
debatimos sobre qué hacer. Con este tiempo, no hay mucha variedad para
escoger. Espero que estéis bien y que vengáis pronto».
«Si venís antes de comer, avísame y reservo para cuatro. Tengo ganas de verte
y abrazarte. Ya me dirás».
«¡Hola! Soy Pol. Como no tengo tu teléfono, he pensado que podía hablarte a
través del de Laura. Deseo que el médico te haya dado buenas noticias. Me
gustaría repetir lo de la otra noche, pero sobre todo me gustaría que estuvieras
recuperada, con fuerzas. Necesitas mucha energía para soportar mis ocurrencias
durante horas… En serio, espero que estés mejor. Cuidado con el mar y el
temporal. Sé que no sois tan tiquismiquis como yo, claro que, con un día así, es
posible que os mareéis bastante. Nos vemos luego».
No nos esperábamos los mensajes tan pronto, no eran ni las diez de la mañana.
Isa cambió su cara de desánimo por una de ilusión, le gustó el mensaje de Pol y
quiso responderle.
—¿Me dejas? Voy a decirle algo, no sé muy bien el qué, no he visto al médico.
Antes de que acabara la frase se abrió la puerta de cristal. El doctor preguntaba
por ella.
—¿Cómo te encuentras hoy? ¿Has vuelto a marearte o a desmayarte?
—Me siento bien, la herida en la sien me tira un poco por los puntos, el
chichón ha bajado su tamaño, aunque si me toco me duele. Los moratones hacen
un dibujo abstracto en mi cuerpo, y, depende de cómo me siente o me apoye en
algún lugar, me duelen.
—Es normal, los tendrás unos días. Me preocupan más los mareos o náuseas
que puedas tener. ¿Te has desorientado en algún momento? ¿Te duele la cabeza o
has tenido convulsiones?
Indagó sobre los posibles síntomas que podría tener. Le vigiló las pupilas —
que estuvieran del mismo tamaño—, le midió la fuerza en las manos, la presión
arterial y el pulso.
—No he tenido convulsiones ni mareos ni náuseas. Hoy me duele la cabeza, no
he dormido mucho. Me acosté tarde. Seguro que ha oído hablar de las fiestas
nocturnas del hostal.
Se tocó la barriga y comenzó a reír.
—¡Por supuesto! Las noches de los viernes, si no tengo turno, no me las
pierdo. Ayer no pudo ser, hoy trabajaba y ya tengo una edad. ¿Te gustaron los
torneos o el karaoke?
—Fue divertido. Lo mejor de todo, el ambiente festivo. Una noche inolvidable,
como el día.
Totalmente verídico, aunque tuvo su pequeña gracia.
—El informe con el resultado de las pruebas y mi opinión lo tienes aquí. Tengo
mis dudas de que estés bien. Si fuera por mí, te quedarías unos días más, pero las
pruebas dictaminan lo contrario. Ante eso, mi intuición no predomina. Te doy el
alta, ahora bien, durante los próximos días necesitas estar vigilada
constantemente por un adulto.
—¿Por si me desmayo otra vez?
—Correcto. Si tienes algún desvarío, pérdida de memoria o te desorientas. El
cerebro es complejo, puedes estar bien ahora, y dentro de unos días sentir alguno
de estos síntomas. Si es así, no dudes en ir a urgencias, posiblemente la presión
en el cerebro haya aumentado. A medida que fluye más sangre o que crece el
espacio entre el cráneo y el cerebro, pueden ir manifestándose síntomas. Hay
veces que tarda en aparecer, se llama intervalo lúcido.
—Lo tendré en cuenta. Estos días estaré en Santa Olaya. Hasta el lunes
siempre estaré acompañada, no se preocupe. Por cierto, no quiero entrometerme
en su trabajo ni en el secreto médico-paciente, pero me gustaría saber antes de
irme cómo está Nick.
—Me sorprende que me lo preguntes, ayer le dije que estaba bien, te lo habrá
contado.
—Sí, lo hizo, no me convenció demasiado, pero él parecía estar convencido.
Los movimientos de su torso al caminar no dicen lo mismo que sus palabras, por
eso le pregunto a usted. Preferiría escucharlo de su boca.
—Interesante observación. ¿En qué te basas, además de en su manera de
caminar?
—Sus gestos al moverse. Cuando jugamos al futbolín o a los dardos, arrugaba
la nariz o se mordía el labio. Otras veces soplaba. No parecía una contusión, y
dice que no hay fractura…
—Me dijiste que eras enfermera, ¿verdad?
—En prácticas. Soy fotógrafa de profesión, pero estudié Enfermería dos años.
Ahora intento acabar el tercero a través de la universidad a distancia, y las
prácticas las hago en Urgencias del hospital que hay cerca de casa. ¿Por qué lo
pregunta?
—Por tu intuición. En un médico o enfermera, es importante la intuición y la
iniciativa. Son dos cualidades muy necesarias para hacer este trabajo. Nuestro
amigo tiene un pequeño hematoma interno entre el costado y el omóplato, nada
que no se pueda solucionar, pero tardará unos días más en recuperarse. Vete
tranquila y acaba de disfrutar esos días que te quedan de vacaciones, Nicolás es
joven y fuerte, se recuperará, pero no será tan fácil como esperaba.
—Ya… Gracias, ha sido muy amable al contármelo.
Salimos del médico esperanzadas porque Isa parecía estar bien, e ilusionadas
porque podíamos volver a nuestras vacaciones planeadas. El cielo quería
aclararse, las nubes viajaban rápido hacia el mar, no sabíamos qué significaba,
pero con un poquito de fe esperábamos que fuera el final de la tormenta.
Caminando deprisa en dirección al muelle, fuimos alejándonos de todo y de
todos. Yo hablaba y hablaba. Mientras ella estaba con el doctor, había contestado
a Lucas. No sabía si Isa tenía el informe del alta, pero ella misma decía que nos
íbamos, que estaba bien. Positiva, le dije que cogeríamos el barco de las doce.
Insistí en abrir los sobres, pero Isa ni se inmutaba absorta en sus pensamientos,
en su mundo, preocupada por el hematoma de Nick, las molestias que le
ocasionaría, abatida por la sensación de culpabilidad.
Llegamos al muelle temprano, las olas rompían con rabia contra los barrotes de
madera donde se anclaban los barcos. Olas impresionantes de tres o cuatro
metros de altura. Pequeñas barcas blancas con rayas de colores, aparcadas en la
arena, dos hileras. Unas más grandes con cocina, un pequeño departamento de
madera, armario y cama para dormir. Otras más pequeñas, con redes negras y
remos. Todas ellas firmadas con letras grandes por un nombre simbólico, con un
significado intenso y especial para sus dueños. Las vistas, desde cualquier parte
del camino que va al puerto, con el Islote de Arganzú y el peñón de Calke en
primer plano del Cantábrico, son de las que te inundan la retina, cargan las pilas
e invitan a pensar que todo es posible.
Nos sentamos en un resquicio de una gran piedra lisa, parecía un banco
moldeado por el mar invitando a sentarse a sus fieles turistas admiradores de
tanta belleza. Sacudí a Isa con los brazos.
—¡Despierta! Necesito que despiertes. Mira a tu alrededor, las nubes se alejan
hacia el norte, se adentran en el océano. Coge la cámara y retrata esa magnífica
postal. No puede ser que esté haciendo más fotografías yo con el móvil que tú
con la cámara.
No sabía exactamente lo que pasaba por su cabeza, pero la tenía abducida
completamente.
—Estoy despierta, solo meditaba. Me he quedado descompuesta al enterarme
de su hematoma. Anoche me recelé algo al ver que le costaba moverse. No creí
acertar.
—Lo siento, pero estamos a punto de irnos y no sé si volveremos a ver unas
islas parecidas. Eres fotógrafa, ¡haz fotos! Cuando lleguemos al hotel no quiero
ver esa cara fúnebre: opto por una más alegre.
Al sacar la cámara de la mochila, se cayó el sobre al suelo. El viento empezaba
a arreciar y lo levantó hacia arriba. Le faltaron manos para cogerlo. Lo
consiguió, pero le dio un golpe a la cámara. Enfurecida, revisó la cámara para
certificar que no se hubiera roto.
—¡Otro arañazo más! ¡Menudo viaje le estoy dando!
Observó el sobre furiosa, respiró hondo y comenzó a hacer fotografías a todo,
incluso al sobre, que estaba a la vista entre la mochila y la chaqueta. Retrató los
enormes y oscuros cumulonimbos que se acercaban a nosotras de nuevo, esta
vez para quedarse. Los que se habían alejado ahora estaban encima de los islotes
que se veían en la distancia y descargaban toda el agua acumulada con fuerza en
el mar. El terrible efecto sonoro aumentaba proporcionalmente a los repetidos
relámpagos que deslumbraban en el horizonte, empezaba a parecer una película
de miedo y nosotras las posibles víctimas de un horrible psicópata. Con lo
cagona que soy y teniendo en cuenta que estábamos solas, decidí centrarme en el
sobre de Yon.
—¿Quieres verlo? ¡Me muero por saber cuál es mi regalo!
Suspiré y lo abrí con cuidado para no romperlo. Había una fotografía que
alguien nos había hecho la noche anterior, estábamos jugando a los dardos. Yon
y yo nos mirábamos contentos después de una gran puntuación. Le di la vuelta,
había algo escrito:
Para que siempre recuerdes lo bien que nos lo pasamos juntos y por si no
quieres olvidar nuestras charlas, aquí tienes mi número de teléfono: 710 69 693.
Te espero esta noche.
Yon
Mis ojos brillaron como un faro en la oscuridad.
—¿Lo ves? ¡Hemos pensado lo mismo! Una amistad no tiene por qué acabarse
cuando uno se va. En la distancia, también se pueden tener amigos.
—¿Y le vas a llamar esta noche cuando estés con Lucas? Avísame, no quiero
perdérmelo.
Me miró de lado incrédula, sarcástica. Los truenos insistentes azotaban
nuestros oídos; el viento, nuestro pelo y nuestra ropa. Íbamos abrigadas, pero el
tiempo que llevábamos ahí esperando nos pasaba factura: comenzábamos a tener
frío. Eran las once menos cuarto, faltaba algo más de una hora para que llegara
el barco, y no había nadie esperando para subir, ni siquiera el escritor inglés que,
en teoría, había salido antes que nosotras del hostal.
—Ahora me toca a mí.
Mi felicidad contrastaba con su cara de perro rabioso. Suspiró desalentada, sin
muchas ganas de ver lo que ponía. Con cuidado, casi con miedo, abrió el sobre.
Dentro había una nota que cubría una llave:
No suelo abrir mi corazón a nadie: cuando lo he hecho, me han abandonado.
Por alguna extraña razón, no solo te lo he abierto, sino que te he dejado entrar
hasta el fondo, a un lugar que ni siquiera sabía que existía.
Algo dentro de mí que no entiendo me dice que eres diferente. Por si es así y
algún día quieres volver, aquí tienes la llave de mi habitación y de mi corazón.
Tú decides.
Nicolás
Nos miramos impresionadas. Ella emblanqueció, le brillaban los ojos. No sé si
era tristeza o alegría, nervios o debilidad. Su respiración se alteraba por
segundos, abría la boca y la cerraba sin decir palabra. Se levantó, comenzó a dar
vueltas en círculos, agitaba las manos, soplaba, y seguía dando vueltas. Llegué a
pensar que haría un agujero en el suelo, hasta que comenzaron a caer gotas
grandes, saltonas; distanciadas entre ellas, pero violentas, como mi exaltada
amiga. Me levanté, me puse frente a ella e intenté calmarla. No funcionaba.
Cambié de táctica y la abracé en silencio. Conmovida, se relajó y me devolvió el
abrazo.
—Léelo, es… Nunca me han hablado, escrito o tratado como lo hace él,
¡jamás! No soy una experta en hombres, no los entiendo… No me he enamorado
nunca, no sé qué se siente, pero te aseguro que estoy a punto de explotar. Me
falta el aire, tengo ganas de llorar, de gritar…, ¡de estrangularle!, de mirarle a los
ojos y pedirle que me lo diga a la cara, de volverle a besar, incluso de darle esa
bofetada que me pidió anoche.
—¿Todo eso te han producido esas palabras? Eso sí que es preocupante…
Leí la nota dos veces, era desgarradora y dulce. Escueta pero directa. Un acto
de amor a la desesperada.
—Voy a preguntarte algo, quiero que seas sincera ¿Qué sientes por él? De
verdad. Piénsalo detenidamente antes de decir nada.
Las gotas de agua seguían cayendo insistentemente sobre nuestras cabezas,
mojándonos la espalda y en parte los pantalones. Aun así, seguíamos ahí.
«Pensarlo… Llevo pensando toda la noche. Desde ese maravilloso beso, no
hago otra cosa que pensar en él; en sus labios húmedos, su pelo negro revuelto,
su mirada clavada en la mía atravesándome el alma. Qué siento por él… ¿Qué
no siento por él? Porque lo siento todo; siento rabia, deseo, ternura, cariño, furia,
calor, frío, siento tantas cosas cuando le veo… Ahora esta nota. Si ayer me
descolocó, hoy no sé dónde estoy. Me iba creyendo que había sido un encuentro
extraño, una experiencia increíble, una anécdota inolvidable. Ahora creo que
puedo perder lo que nunca he tenido y no sé si algún día tendré», se confesó a sí
misma con los ojos humedecidos.
—No sé qué decirte. Me llevo haciendo esa pregunta desde que me besó y me
dejó sin habla. ¡A mí, que hablo hasta por los codos! No sé, Laura…
—Creo que te estás enamorando de él. Siento decírtelo, pero es así.
—Lo conozco desde hace un día. ¡No te puedes enamorar de alguien en un día!
Un día intenso, parte de él discutiendo y parte de él apenas lo he visto.
—Y la otra parte disfrutando de cada minuto: bromeando, conversando,
tonteando y besándoos. A veces, no se necesita mucho para saber que esa
persona es la correcta, la que te cambiará la vida tal y como la conoces. ¿Qué
quieres que te diga?
—No quiero que me digas nada. No va a suceder nada. Él vive aquí, tiene su
vida aquí; yo en Barcelona, a cientos de kilómetros. Es una historia sin principio
ni final, no hay duda. ¡Nos vamos en una hora!
En ese momento aparecieron tres personas, iban bien abrigados, con paraguas
y maletas. Se acercaron a nosotras a preguntar:
—¡Hola! ¿Esperáis al ferri?
—Sí, llevamos un rato esperando, y no hemos visto a nadie.
—Nosotros también, ya creíamos que no habría barcos hoy. A veces suspenden
las excursiones por mal tiempo. Nunca nos ha ocurrido, pero conocemos a una
pareja a la que le ocurrió una vez. No tenéis paraguas y a nosotros nos sobra uno.
Si lo queréis, os podéis tapar un poco.
—Gracias, es todo un detalle. No teníamos previsto quedarnos tanto tiempo.
—¡Robert! Iba a llamarte para saber cómo iban los chubascos por Santa Olaya,
me has leído el pensamiento.
—¡Hola, Nick! Siempre nos pasa igual, parecemos un matrimonio bien
avenido. Hoy es uno de esos días en los que es mejor no levantarse.
—¡Y que lo digas! No te imaginas lo de acuerdo que puedo estar contigo.
—Vamos un poco liados con el temporal. Esta mañana han salido dos barcos a
hacer la ruta, y el fuerte oleaje los ha obligado a dar la vuelta a mitad de camino.
Nos han llamado de la agencia de meteorología y han activado la alerta naranja
en casi toda la costa cantábrica, desde Asturias hasta la frontera francesa. Se
esperan olas de 6 o 7 metros de altura mar adentro, y rachas de viento de 120
kilómetros por hora. Es arriesgado salir a navegar. Te llamo por eso, porque
hemos suspendido todos los itinerarios durante veinticuatro horas.
—Siento oír eso. Con ese oleaje, hacéis bien en anular las rutas. Avisaré a los
compañeros para que vayan al puerto, ningún pescador puede salir a faenar con
alerta naranja.
Entreabrió la persiana de tiras metálicas y miró tras los cristales: la tormenta se
hacía un hueco de nuevo en las calles, barría todo lo que veía a su alrededor,
incluidas las personas. Personas con paraguas, chubasqueros, o sin ellos corrían
chapoteando sobre los charcos intentando esquivarlos, sin conseguirlo por
ganarles en número.
—Y vosotros, ¿habéis tenido muchos avisos en la isla?
—No ha habido nada destacable hasta el momento. Ha llovido bastante y lo
que queda, así y todo, no ha habido incidencias graves.
—No sé cómo lleváis las reservas, tendréis que hablar con los hoteles. Los
huéspedes no os llegarán, claro que los que tenéis tampoco se irán. El fin de
semana se está complicando. Si ya era largo, se nos va a hacer más.
—Quién sabe, cuando menos te lo esperas puede mejorar. ¡Hablamos, Robert!
«¡No se pueden ir! Tengo veinticuatro horas para disfrutar de su esencia e
impregnarme de ella. Llamaré a Yon, tal vez estén allí», pensó Nick
esperanzado.
—¡Hola! ¿Has podido hablar con ellas?
—No. He estado una hora con los huéspedes de la 16: una avería en uno de los
grifos. He conseguido solucionarla sin ensuciar mucho la zona. Cuando he
bajado, ya se habían ido. Maya le ha dado nuestros sobres.
—¿Nuestros sobres? ¿Le has dejado un sobre? ¿No dices que puedes vivir sin
ella?
—Yo no he dicho que pueda vivir sin ella. Si tengo que hacerlo, lo haré. Eso sí:
me he propuesto dejar huella.
Perplejo, miró de nuevo el reloj.
«Las once, sin duda habrá abierto el sobre. No sé qué le diré cuando la tenga
delante», reflexionó Nick inquieto.
—Pues te voy a dar una gran noticia: ¡podrás hacerlo en persona! Han anulado
todos los barcos durante veinticuatro horas por alerta naranja, viene un temporal.
Ahora iré al puerto con Mario a avisar a todo el que veamos: pescadores, turistas
y, si las veo, ¡también a ellas!
—¿Me tomas el pelo? Lo que decía: ¡la vida da muchas vueltas! Aprovecharé
la oportunidad. ¿Qué vas a hacer tú?
Colgó haciéndose la misma pregunta. Indeciso en problemas de corazón, pero
seguro de las normas cívicas, se dirigió a Mario y le contó la noticia. Cogieron
las llaves del coche patrulla y, apresurados, se marcharon.
A pesar de la incertidumbre porque la tormenta ganaba terreno, seguíamos ahí
esperando. Habían venido dos parejas más. Éramos nueve personas las que no
sabíamos dónde escondernos para no acabar calados hasta los huesos.
—Tiene pinta de que cogeré una gripe de campeonato o quizás una pulmonía.
Entre la caída, la lluvia de anoche y esta, si llego viva a casa, será de milagro. La
próxima vez que decidas reservar unas vacaciones, por favor, hazlo en las islas
Canarias o en las islas griegas. Seguro que hará mejor tiempo que aquí.
Las olas se acentuaban cada vez más en la superficie del mar, masas de vapor
pesaban sobre ellas. Isa volvió a sacar su amada cámara de fotos. Retrató las olas
romper con una furia salvaje sobre los acantilados y el peñón. Los relámpagos,
de deslumbrante intensidad, iluminaban el horizonte, haciendo inmensos árboles,
con infinidad de ramas eléctricas saliendo de ellos. Nos quedamos embobados
mirando al cielo. De repente, escuchamos el ruido de un motor y a alguien
gritando.
15
CAMBIO DE PLANES

Salieron dos hombres del coche: uno moreno, pelo corto, fuerte y robusto, con
voz gruesa y firme que nos informaba de las últimas noticias; el otro caminaba
con dificultad, moreno, alto y su voz nos resultaba familiar. Los dos con
uniforme en la parte superior. Giramos la cabeza las dos a la vez para mirarnos
intrigadas, nos acercamos a ellos como el resto de los viajeros.
—¿Están todos bien? Sentimos darles malas noticias, pero el ferri no vendrá.
Han anulado todos los viajes por la tempestad y el fuerte oleaje mar adentro. Se
hace arriesgado y casi imposible navegar. Tendrán que volver a sus hoteles un
día más. No se preocupen, están avisados y les mantendrán sus habitaciones.
El policía fue bastante explícito, a su lado, la inconfundible voz de nuestro
amigo. Isa, boquiabierta, escondiendo su agitación detrás de mí. La naturaleza
había decidido por nosotras. Volvían a cambiar nuestros planes.
—Si quieren, podemos llevarlos de vuelta al hotel o pensión. Caben cinco
personas en el automóvil. Haremos un segundo viaje si es necesario.
Nick informaba mirando a todos. Me resultaba cómico cómo se obligaba a no
mirarla, y, al final, inconscientemente, acababa haciéndolo. Estábamos
completamente sopas. El jersey helado pesaba una tonelada, llevaba media hora
bañándose en agua fría.
—Id vosotras primero, estáis congeladas. Vosotros también, lleváis mucho
tiempo esperando. Nosotros cuatro iremos en el siguiente viaje o caminaremos.
El hotel está a tres calles de aquí, si disminuye un poco su cólera, podemos ir
andando tranquilamente.
Muy simpáticos, después de veinte minutos conversando con ellos, nos
ofrecieron subir primero al coche patrulla junto con la familia que nos había
dejado el paraguas. Saludamos a Nick con la mirada, nos devolvió el saludo con
una tímida sonrisa y un leve enrojecimiento de sus mejillas. Le devolvimos el
paraguas a la familia agradeciéndoles el gesto.
—De nada. Sois encantadoras. Esperamos salir, aunque sea de refilón, en
vuestro artículo.
—Por supuesto. En algún comentario saldréis, Iván me ha dado su número, le
enviaré algunas fotografías. Tú también me tienes que pasar algunas, tienes un
don para la fotografía.
Hicimos bromas los cinco mientras Mario conducía por el paseo marítimo.
—Daremos una pequeña vuelta para comprobar que no haya personas cerca de
la costa y después los llevamos a sus hoteles. ¿Dónde están alojados?
—Nosotros estamos en el hotel Atlantis.
—Nosotras en el hostal-taberna de Yon.
Mario miró a su jefe, el cual asintió con la cabeza, esquivando su mirada. Se
fijó en su desazón. Curioso, siguió conduciendo.
Aprovechamos para ver la forma ovalada con algunas grandes elevaciones
rocosas del cabo Jesta, precioso y singular, en distancias cortas. No habíamos
tenido oportunidad de ver las líneas costeras que forman la isla. Desde el coche,
se podía distinguir un archipiélago de diminutas islas, a menos de un kilómetro
en línea recta, a pesar de la bruma condensada encima del mar. Después de
torcer la calle y circular un par de minutos más, llegamos al hotel Atlantis. Nos
despedimos de ellos con un abrazo alegre, después proseguimos la marcha. Al
llegar al hostal, Nick entró con nosotros.
—Salgo en dos minutos, lo que tardas en dar la vuelta a la rotonda.
Seguía lloviendo a cántaros. Ya no se oían los temblores del cielo ni se veían
los potentes y luminosos efectos especiales de la ya larga tempestad que
dominaba toda la isla. Abrimos las enormes y pesadas puertas de madera de la
entrada, todo estaba igual que cuando nos fuimos. La diferencia era el calor que
emanaba la cocina, el olor a comida casera. El frío que sentíamos de pies a
cabeza, que agradecía con esmero ese tan deseado calor.
—¡Estáis temblando de frío! Imagino que no tenéis mucha ropa de recambio.
Si la dejáis en la cesta de ropa del lavabo, subiremos a por ella. No como un
servicio del hostal pagando, sino como un detalle amistoso. Esta tarde la tendréis
lista.
—El problema es que no nos queda ropa. Yo aún me puedo poner el vestido de
anoche, pero tú, si no recuerdo mal, está mojado, ¿no? Como lo que llevas
puesto.
Guasona, quise sacar algún comentario que los ayudara a resolver sus dudas,
ver sus caras al dialogar.
—Se secó lo justo con el calor de la chimenea, pero no lo suficiente para
ponérmelo. Gracias por tu interés.
Nick, en silencio, discreto, apuntando mentalmente lo que decíamos camino de
la recepción-oficina, donde se encontraba Yon. Reflexionó y le ofreció lo que
tenía.
—Cuando subas a la habitación, abre mi armario, puedes coger lo que quieras.
Te vendrá algo grande, pero para pasar unas horas… Si quieres, hasta que se te
lave y seque la ropa… Es una opción.
Isa contempló sus movimientos al ofrecerle su armario. Él, agitado, amable,
siguió fiel a sí mismo e intentó protegerla de un buen resfriado.
—Gracias, Nicolás, es una idea estupenda para no pillar una pulmonía. Lo
haré.
Se acaloró al escuchar de su boca su nombre completo. Le sonrió tierno,
orgulloso de haberse ofrecido. Habló con Yon un momento y volvió al coche con
Mario. Yon, al vernos, se quedó boquiabierto, su hermano le cerró la boca con la
mano mientras hablaba con Isa. Ahora simplemente ojeaba un cuaderno, sin ver
bien lo que ponía.
«Ahora entiendo a Nicolás, su confusión. Empapadas, parecen dos cachorros
asustados. Estoy seguro de que, según lo que digas o hagas, pueden resultar dos
gatas salvajes y despedazarte con sus garras. Laura parece un auténtico ejemplar
en extinción y muy sexi… Relájate, Yon, no debes parecer un pervertido», pensó
Yon viéndonos venir con esas pintas.
—Viendo vuestras caras, entiendo que no estéis muy contentas. No diré que
siento que no hayáis cogido el barco, mentiría. Prefiero deciros que me encanta
veros de nuevo. No os entretendré mucho, así os podréis cambiar antes de que
enferméis. Aquí tenéis la llave de vuestras habitaciones ¿Os parece bien que
pase Mamen dentro de diez minutos a por la ropa? Esta tarde la tendréis como
nueva.
—Sí. No sabemos cómo agradecéroslo. Nos vendría de maravilla para mañana,
espero que para entonces ya haya dejado de llover.
—Es probable. Sin embargo, no ensuciéis mucho la que os pongáis. ¡Es
broma!
Subimos las escaleras riéndonos. Reconocía que tenía chispa, su sentido del
humor era envidiable. Mi madre siempre decía que el hombre perfecto es el que
te hace tanto reír como llorar, el que te inunda el alma de sensaciones. Yon
parecía perfecto. No hay duda de que defectos tendría, quizás muchos, pero no
iba a tener tiempo de averiguarlos, prefería ver sus virtudes, era mucho más
rápido.
***
—Para mí es el hombre perfecto. Lo tiene todo: trabajador, simpático, guapo,
gracioso, sabe cocinar, bailar… No sé dónde estarán sus defectos, pero, si ronca,
no te preocupes, me pongo tapones. Mi marido lo entenderá.
—Fíjate que cuando nos conocimos parecías muy seria, tímida en según qué
conversaciones, ¡y ahora mira que graciosa te has vuelto! Clara, la
comehombres…
—Seamos parciales, a estas alturas de la historia, conocemos más a Yon que a
Lucas. De Lucas no sabemos demasiado: que es diseñador gráfico, cariñoso,
guapo, elegante, y le gustas mucho. Pienso que la historia no es equitativa con
los dos. Nick y Pol… Isabel no conoce a ninguno de los dos. Es echar una
moneda al aire y ver qué sale. Ventajas y desventajas. Nick le gusta, pero Pol
también. Nick besa bien, guapo, alto, maduro, responsable, cocina y baila; Pol es
diseñador gráfico, atractivo, alto, encantador, elegante, vive en la misma ciudad,
cosa que se le puede añadir a Lucas también… —Amanda calculadora y
pragmática, como siempre.
—¿No puedes imaginar al hombre ideal?
—No es real: es ideal. Siempre hay que sopesar los beneficios, pros y contras,
es ley de vida; si no, no sería la editora jefa.
—¡Haya paz, chicas! En parte tiene razón, pero la historia continúa. En este
viaje jamás supimos lo que iba a pasar al minuto siguiente. Si te descuidabas, el
viento cambiaba y nuestro rumbo también. Seguimos y lo entenderéis —contestó
Isa dejando algo de suspense en el aire.
***
Subimos a las habitaciones, Laura se fue a la suya. Estiró el vestido encima de
la cama, se desnudó y secó con las bonitas toallas de rizo y cenefas grabadas que
había en el toallero. Colocó el móvil sobre la cómoda y puso música para
relajarse, las típicas baladas románticas. Se sentó en la banqueta aterciopelada
mirando a la terraza, necesitaba descansar el cuerpo y la mente. Una buena
manera de hacerlo era admirar el intenso verde del campo, las lágrimas
cristalinas de la lluvia cayendo torpes y lentas en los cristales, armoniosas,
acompañando de fondo, como un coro la música. Miró a su alrededor feliz,
volvía a estar en la habitación de sus sueños. Se adentró en su mente y cerró los
ojos.
Yo, por el contrario, al entrar en la habitación me puse nerviosa, me intimidaba
la calidez y el confort que sentía al entrar allí, el aroma a especias, y a… Nick.
Tenía dos llaves de la habitación y me cuestionaba qué hacer con una de ellas: si
se la devolvía a Nick, le rompería el corazón, y no era esa mi intención ¡ni de
lejos! Dejé mis cosas en el suelo, saqué la ropa y la puse en la cesta. Me
desnudé, busqué varias toallas para secarme, una para el cuerpo y otra para la
cabeza. Di unas vueltas por el dormitorio meditando cuáles iban a ser mis
siguientes pasos. Debía pensar con claridad, entenderme a mí misma. Iba a estar
otro día más.
«¿Qué vas a hacer cuando lo tengas delante? ¿Qué hará él cuando estemos el
uno frente al otro? Deberíamos hablar, comunicarnos, expresar con palabras lo
que dijimos con un beso… Un beso inexplicable, por otro lado. Puede que fuera
la magia del momento, puede que, si nos damos otro beso, no se acerque ni a la
mitad de lo que sentimos en aquel instante». Las dudas se paseaban por mi
mente dejándome más confusa todavía.
No me aclaraba. Comencé a sentir frío de nuevo, caminaba casi desnuda por la
habitación, solo cubierta por las toallas. Abrí el armario de par en par, relajé mis
músculos tensos, repasé cada una de sus prendas de ropa con la mano. Volvía a
estar ahí delante, intentando descubrir quién era a través de su ropa. Serio pero
informal, elegante en ocasiones y en otras confortable, sencillo. No sabía cuál
coger, eran las doce, se suponía que bajaría vestida con su ropa a la hora de
comer. Me daba vergüenza.
«Podría preguntar si suben la comida a la habitación o pedirle a Laura que me
la suba. No puedo bajar vestida de él, todo el mundo lo conoce. Confirmado,
como aquí. Si la tormenta se despide por hoy, puedo salir a la terraza, las vistas
son inmejorables. Si Laura quiere acompañarme, mejor; aunque si no lo hace, lo
entenderé. Seguro que Yon es mejor compañía que yo», pensé algo abatida
dirigiéndome al armario.
Escogí una camiseta jaspeada azul. Me quedaba como un vestido. Busqué unos
calcetines azules, se me habían enfriado mucho los pies al estar mojados, apenas
podía sentir los dedos, mucho menos moverlos. Me probé unos tejanos y unos
pantalones de pinzas, se me caían los dos. Desistí. Seguía teniendo escalofríos.
Busqué entre los cajones un pantalón de chándal o alguno que tuviera goma
elástica en la cintura. Encontré unos pantalones deportivos negros con cordones,
eran cómodos y calentaban. Observé que las esponjosas y oscuras nubes que
sobrevolaban nuestras cabezas iban hipnotizadas hacia el océano; el mismo que
luchaba furioso contra el viento, perdiendo por su infranqueable fuerza.
Melancólica, me lancé sobre la cama. Di varias vueltas, acabando bocarriba,
mirando al techo.
«Tenemos que llamar a Lucas y a Pol, van a pensar que no queremos irnos o
que los estamos dejando de lado. No nos sale nada bien. Decimos blanco, y sale
negro; decimos rojo, y sale azul. Será mejor que desde ahora no digamos nada, a
ver qué sale; dejarnos llevar por el viento. ¡Igual acabamos en el fondo del
mar!». Mi cabeza, algo irónica, seguía dando vueltas por lo sucedido.
De vuelta a la realidad, me levanté de la cama con ímpetu y llamé a Laura.
—¿Qué haces?
—Admirando el paisaje. Descansando mientras decido qué hacer. Le envié
varios mensajes a Lucas explicándole el cambio de planes, todavía no los ha
visto.
—Yo también he meditado y he elegido comer aquí, las vistas son fabulosas.
¿Podrías preguntarle a Yon cuando bajes si suben la comida a las habitaciones?
Me he puesto ropa cómoda y paso de bajar con esta pinta. No tengo ninguna
intención de que todo el mundo me mire por llevar su ropa.
—Creo que exageras un poco, me extrañaría mucho que supieran que es suya.
Además, dices que es ropa cómoda, deportiva, se la pondrá en días de descanso.
¿Estás segura de que tiene días de esos? Porque, con tantas responsabilidades, no
sé qué decirte.
—¡Ahí has estado aguda! No parece que descanse mucho. El pantalón no
parece muy usado y la camiseta… huele a él. Prefiero quedarme aquí. Si quieres
comer conmigo, te invito a degustar un espectáculo visual en la terraza, desde las
olas rompiendo bravas en el puente de Antón hasta los vecinos caminando por
esta peculiar villa marinera.
—¿Ha venido ya Mamen a coger la ropa? Por aquí pasó hace cinco minutos.
No te preocupes por la comida, te ayudaré a escoger otra ropa. Tendrá más
variedad para escoger, algo que sea más acorde con el restaurante. Quiero hablar
con Yon, pero no quiero que estés ahí sola. Voy y lo discutimos.
—No hay nada que discutir, pero sé que no voy a poder convencerte de que no
lo hagas.
—Ya hemos avisado a todas las personas que hemos visto, diría que hemos
dado la vuelta a la isla e informado a la mayoría de los ciudadanos. Es hora de
plegar.
—Te recuerdo que el jefe soy yo.
—Y yo te recuerdo que soy mayor que tú, además de un buen amigo. No estás
bien, no deberías de haber venido, pero llevas más de tres horas trabajando. Y, si
no me he fijado mal, hay dos chicas en el hostal a las que no les importaría
compartir tiempo contigo. Descansa y diviértete.
—¿Quién te ha nombrado mi asesor personal? Yo no he sido.
—No te escucho, solo oigo la emisora, el canal de la Policía, ¿lo escuchas?
—No, no oigo nada.
—¡Exacto! Vete a casa. Cocina, limpia, bebe o coquetea con esas mujeres. Haz
lo que quieras, pero hasta el martes no quiero verte.
—Eres muy irritante, entiendo a Sandra cuando dice que a menudo no te
soporta.
Salió refunfuñando del coche. Yon y Mamen tenían casi toda la comida
preparada, solo faltaba el salmón.
—Ha sido una buena idea ir a la lonja: el pescado se deshacía de lo fresco que
estaba, nos ha salido un menú genial.
—Dejadme el salmón a mí. ¿Hay setas o puré de patatas?
—Aquí tienes setas, puré habría que hacerlo. Hemos hecho patatas a la riojana,
el día acompaña para comer un plato así.
—¿De quién ha sido la idea? Huele de maravilla.
Levantó la tapa de la olla y Mamen sonrió, inflándose de felicidad. La idea
había sido de ella, y también la práctica. Nick lo degustó, estaba exquisito.
—Ya sé lo que voy a comer hoy, si sobra.
Era la una, la gente había comenzado a sentarse y pedir la comida. Un comedor
estaba casi lleno por los huéspedes, el otro solo un cuarto, pero solo era la una.
Yon servía las mesas con Maya, Nick en la cocina con Mamen. Fuera las gotas
seguían cayendo sin ganas, casi obligadas por la oscuridad, de las pocas nubes
que quedaban en el cielo. Los claros se acentuaban cada vez más. La luz del sol
quería salir por encima de esas escasas nubes, su profunda oscuridad se lo
impedía. Trabajaron con ahínco durante una hora, luego la faena fue
disminuyendo. Yon se acercó a su hermano, curioso le preguntó por el tema del
día, y no era el clima:
—¿Qué vas a hacer? ¿Cuál es tu estrategia?
Se encogió de hombros, no lo tenía claro todavía. Su actitud había cambiado:
quería gozar de mi presencia, saborearla al máximo. Sin embargo, no sabía cómo
hacerlo.
—Voy a hacerte caso, a intentar ser como tú y no pensar en el futuro, sino en el
presente. Prefiero ser alguien inolvidable que alguien que pudo haber sido, y no
fue. ¿Han bajado a comer?
—No. Las he buscado, pero sin éxito. Le he preguntado a Maya, ella tampoco
las ha visto.
—Quizás se hayan quedado dormidas, esta noche no hemos dormido mucho.
—¡No pienso ponerme eso! ¡Me van enormes!
—Son de lino blancos, los típicos pantalones ibicencos. Siempre te han
quedado bien.
Me los puse para callarla, sabía ser muy insistente. Aun habiendo atado los
cordones de la cintura, me sobraban tres centímetros. Cogió un cinturón de
cuerda trenzado azul marino, enriquecido con aplicaciones de cuero. Me lo ató
alrededor de la cintura, sobresaliendo por encima un centímetro de tela del
pantalón, ajustándolo para que no se me cayera.
—¿Ves? Ahora se hace un dobladillo por los pies, como si fueras a pescar o
como se llevaba en los años 80, muy vintage, et voilà.
—¡Eres buena! Lástima que la camiseta no pegue mucho, quizás si le hago un
nudo como si fuera un top… No, tampoco.
—Buscaremos una camisa acorde con el pantalón. ¡Esta! Azul marino y blanco
quedan genial, y hace juego con el cinturón. Suelta no me gusta, demasiado
ancha, si le hacemos el nudo que decías antes, queda bien. Podemos combinarla
con una camiseta de tirantes blanca debajo, por si tienes calor y quieres quitarte
la camisa.
El resumen fue pantalón blanco de lino doblado hasta el tobillo; camisa azul
marino de manga larga doblada dos centímetros por encima de la muñeca, como
era muy larga, le habíamos hecho un nudo a la altura de la cintura en el lado
izquierdo, la camiseta de tirantes, y mis botas marrones, que no pegaban nada.
Después me hice una trenza en el lado derecho.
—¡Lista! Contigo cualquier diseñadora de tres al cuarto, como yo, acierta
seguro. Con tu tipo y mi gusto, hacemos una combinación perfecta.
—Si usamos la misma talla, y a veces incluso nos intercambiamos la ropa.
—¿Entonces vamos a comer a la taberna? ¡Por favor! No quiero ir sola.
—No creo que Yon te vaya a comer, aunque seguro que ganas no le faltan,
pero tiene demasiado carisma. Primero te conquistará, te seducirá muy
lentamente con sus bromas persistentes, sus consejos y su interés descomunal
por todos tus encantos, y, cuando te tenga en el bote, ¡te comerá a besos!
—Pero qué tonta eres, y cabezona. ¿Cómo he de decirte que ya tengo novio?
Imité sus palabras con recochineo mientras salíamos de la habitación. Ella me
respondió resoplando y dándome una colleja en el hombro bueno. Hablábamos
sin parar de las circunstancias en las que nos encontrábamos; de los intentos de
Laura de hablar con Lucas; de mis ganas de ver y conversar con Nick, y de mis
dudas sobre una posible relación con Pol.
Llegamos al comedor. Hoy la decoración de las mesas era diferente: los
manteles eran blancos con cuadros azules, las flores un combinado de hortensias
azules y rosas en un jarrón pequeño de cristal. Los platos, recién sacados de la
cocina, se paseaban delante de nosotras, haciendo que nos relamiéramos igual
que un gato, la boca se nos hacía agua. Nos sentamos en una de las mesas que
hacían esquina, al lado de una gran red marinera y un pequeño timón de roble
viejo, muy cerca de la entrada al comedor, donde solían comer casi todas las
personas que se alojaban en el hostal. Enfrente estaba sentado el escritor inglés,
al lado de una atractiva mujer. Conversaban en armonía, irradiando elegancia y
discreción, aunque flirteaban claramente. Había familias, parejas, grupos de
amigos de cinco y seis personas. Debatíamos sobre qué hacer esa tarde cuando
sonó el teléfono de Laura: era Lucas que finalmente se manifestaba.
—¡Eureka! Te he llamado varias veces y te he dejado algunos mensajes, ¿los
has visto?
—¡Hola, cielo! Los he visto. He tardado en contestarte porque en el hotel se ha
ido la luz, igual que en todo el vecindario. Ha caído una buena tormenta durante
la mañana. ¿Estáis bien? Empieza a ser preocupante este clima norteño. Hemos
salido unas horas y hemos tenido que regresar corriendo empapados.
—Estamos bien. No hemos llegado a salir. Nos han venido a buscar al puerto
para informarnos de que los barcos no navegaban hoy. Alerta naranja en el mar.
—Lo hemos visto en la televisión, está siendo un poco complicado todo… No
pasa nada. Si no nos vemos hoy, nos veremos mañana. Tenemos el hotel
reservado hasta el lunes.
—Lo sé. ¿Os lo pasasteis bien anoche? Dos chicos guapos, solos y de fiesta:
tuvo que ser divertido.
—¿Estás celosa?
—No, solo preguntaba. Hemos estado poco tiempo juntos, me sentiría mejor si
al menos te estuvieras distrayendo.
—No quiero disgustarte, pero, si te soy sincero, ligamos. ¡Los dos! Tranquila,
no soy tan fácil y tengo novia, ¿sabes? Aunque una inocente pelirroja me dio su
número de teléfono…
—Ya, inocente… Con tu labia y tu físico, es raro que no se fijen en ti. No estoy
celosa, me gusta que disfrutes de la vida nocturna vasca. Al fin y al cabo, estás
de vacaciones, pero sí me gustaría que fueras sincero. Nosotras hemos conocido
a dos hermanos que regentan el hostal donde dormimos. Son muy buenas
personas y nos están ayudando bastante.
—Si caigo en la tentación, serás la primera en saberlo, después de mí, claro.
¿Eso quiere decir que me echas de menos? Porque yo a ti sí. Pol es guapo, pero
me gustas más tú, tu gran sonrisa y tus expresivos ojos verdes. Me alegra que
tengáis ayuda, es bueno sonreír, y más con este clima.
—Me gustaría creerte. De verdad, quisiera que estuviéramos juntos y nos
conociéramos más. Si hubiera sabido que iba a hacer este tiempo, no habríamos
venido. ¿Está Pol por ahí? Si es así, te paso a Isa, por si quieren hablar.
—No te preocupes tanto o le saldrán arrugas a esa preciosa cara. Yo también
quiero pasar más momentos contigo, pero no creo que puedas controlar la lluvia
y el viento. Aunque parezcas una diosa, no lo eres. Sí, está aquí al lado, le paso
el teléfono. Un beso. Nos vemos mañana.
Me hizo gestos con la mano para que me pusiera al teléfono. Sabía de mi
preocupación por tomar una mala decisión y luego arrepentirme. Nunca había
tenido que escoger entre nadie y, siendo sincera conmigo misma, tenía más
futuro con Pol que con Nick. Seiscientos kilómetros lo confirmaban.
—¡Hola! ¿Cómo va por ahí?
—¡Hola! Ha sido una noche movida, la tempestad no nos ha dejado dormir
mucho. Menos mal que empezó de madrugada, nos dio tiempo a salir y disfrutar
un poco de la noche. El día comenzó muy bien, por desgracia hemos acabado
pasados por agua, espero que termine mejor. Pero nunca se sabe, crucemos los
dedos. ¿Os gustaron las fotos? En las vuestras se os veía muy bien. Un buen
vino, por cierto.
—Estabais muy fotogénicos. Espero que gozarais del ocio nocturno. Me
gustaría disculparme por no estar allí, pero no sé cómo hacerlo. Siento de verdad
todo este follón, Pol, los planes se han ido un poco al traste. No sé qué haremos
o cuándo saldremos, tendremos que improvisar. Si has venido por mí y quieres
volver a Barcelona, lo entenderé.
—Es cierto que no es lo que planeamos en un principio. Contigo o sin ti,
siguen siendo vacaciones. No nos conocemos tanto como para pedirte
explicaciones. No negaré que las expectativas eran buenas: me gustas, eres una
mujer muy interesante, atractiva, singular y de gran carácter. Un reto para
cualquier hombre, pero, si ha de suceder algo, sucederá. Ahora, dentro de dos
semanas, un mes, un año… Sigue tu rumbo, a ver a dónde te lleva. Si el destino
nos vuelve a juntar, estaré atento para que no te me escabullas de nuevo; si no,
me ha encantado conocerte.
—Das por hecho que no nos veremos en el hotel, y tenemos reserva hasta el
lunes. Deduzco que ya has tomado una decisión.
—Me voy mañana a primera hora, Lucas no sé cómo ha quedado con Laura, se
lo estaba pensando, pero lo que haga es cosa suya. Tengo mucho trabajo atrasado
y quiero terminarlo antes del martes, mi fecha límite. Si cierro esta campaña, es
posible que el fin de semana que viene me vaya al Algarve tres días. Apuesto a
que hará mejor tiempo que aquí.
—¡No te privas de nada! Decías que mi vida era un viaje de ida, pero nunca de
vuelta, que era un poco nómada. La tuya, entonces, ¿es un interrogante? Serás un
lobo solitario tal vez… ¿Tienes muebles en casa? Aparte de la cama, claro.
—Es cierto, me muevo mucho. Me gusta sentirme libre como un pájaro. Salgo
a las siete de la mañana y llego a las nueve de la noche. El tiempo de cenar y ver
la televisión antes de dormir. Pero cuando quieras te enseño mi casa y
compruebas tú misma si tengo muebles. Puede que no haya encontrado una
mujer que me haga sentarme en un lugar y disfrutar del silencio de no hacer
nada; o la he encontrado, pero no he tenido el placer de conocerla. El tiempo lo
dirá.
—Estoy de acuerdo contigo: el tiempo lo dirá. Tú también eres muy
interesante, atractivo y seductor como nadie que haya conocido antes. Está claro
que, cada vez que imagino una situación, esta cambia por completo. Estos días
son un misterio, no sé cómo terminará la hora en que vivo, mucho menos la
siguiente. Cualquier decisión que tomo sale al revés. Creo que voy a dejar que el
río siga su curso, dejar que fluya. Si la casualidad nos vuelve a reunir, igual lo
hago. Si no tienes los suficientes, te ayudaré con la decoración.
—Probablemente dejaré que lo hagas. ¡Hasta ese día, Isabel!
—¡Nos vemos, Pol!
Le di el teléfono a Laura. Suspiré emocionada, turbada por la sensación de que
había dejado escapar algo bueno, algo intenso.
16
DECIDO NO DECIDIR

—¿Qué ha ocurrido? ¡Estás pálida!


—Nos hemos dicho un hasta luego. Un puede que algún día, si nos volvemos a
encontrar… Apenas nos conocemos y esperar en el hotel a ver si volvemos y
seguimos donde lo dejamos no tenía mucho sentido. Ningún ligue de una noche
merece algo así, por eso se vuelve a casa. No me lo esperaba, aunque lo
entiendo. ¿Has hablado con Lucas de la vuelta? Pol decía que se lo estaba
pensando.
—No me ha comentado nada. Si hubiera planeado irse, me lo habría dicho. Pol
lo ha hecho, y no es tu novio. A veces no le entiendo. Le llamaré antes de cenar.
Ojearé la información del tiempo, lo lógico sería volver mañana. La lluvia no
durará tantos días, y el oleaje depende del viento y la tormenta, ¿no?
—No entiendo mucho de borrascas y tempestades. No sé, cariño, ya no
planifico. Estas vacaciones están siendo extraordinarias, singulares desde el
minuto cero. En vista de que la vida me está dando un curso acelerado de cómo
ser imprevisible, voy a ser una buena alumna y voy a escucharla.
—¿De qué estás hablando? Me he perdido.
—De los cambios de planes, de las decisiones… He decidido no decidir nada.
Miró mi cara de póquer pensando que iba de farol, que estaba exagerando.
Maya nos saludó con la mano y una gran sonrisa, enseguida nos atendía.
Miramos en el folleto de la taberna la hoja del menú y las especialidades del día.
Tras unos minutos deliberando, pedimos.
—Te esperan en la mesa cuatro.
—¿En la mesa cuatro? Tengo mi comedor lleno. ¿Esa no es tuya?
—Ya no. Se han sentado dos hermosas mujeres que no se han fijado en mí,
sino en mis guapísimos y desentrenados primos. ¡Lástima! Yo estoy en forma y a
estas alturas las tendría comiendo en la palma de mi mano.
—Estoy convencido, eres una auténtica rompecorazones. Algún día te
preguntaré cómo puedes ligar tanto y cuál es tu secreto.
Le dio un beso fuerte en la mejilla y vino alegre hacia nosotras. Observó la
ropa que llevaba puesta y con tono guasón me felicitó por mi elección:
—¡Es una buena combinación! Ahora que ha dejado de llover, esos tonos
marineros son perfectos para pasear por la isla.
—Gracias. El mérito es todo de Laura, ella es la diseñadora aficionada.
—No le hagas caso. Aunque no nos hayamos ido, me quedaré con tu número
de teléfono, como dice mi madre, «santa Rita, santa Rita, lo que se da no se
quita». Si esta tarde no llueve y salimos a dar una vuelta, podemos perdernos y
necesitar llamar a alguien.
No dejó de mirarla un solo instante, ocurrente le contestó:
—No creo que suceda, pero no me importaría que lo hicieras. Subiré el sonido,
por si acaso. ¿Habéis pensado ya qué queréis comer?
—Yo me voy a pedir unos mejillones de roca salteados y el salmón con setas.
Postre no me apetece, prefiero un café bien cargado.
—Yo me pediré una ensalada mixta y lubina al horno, de postre una mousse de
chocolate y me tomaré un cortado.
—En cinco minutos estarán vuestros platos. No os mováis.
Su mueca fue la de un bufón de la corte, sin malicia, pero gracioso.
—¿Cómo puede estar siempre tan contento? ¡Es agotador!
—Pues a mí me gusta.
—¿No me digas? No me había dado cuenta.
—¡Ya estamos otra vez!
Sonreí divertida. Me gustaba picarla y me sorprendía que siempre picase, lo
que venía a decirme que tenía razón. Yon le gustaba. Si no estuviera con Lucas,
ya le habría echado el guante. Continuábamos dudosas. Pasearíamos por la isla a
sabiendas de que podíamos acabar como siempre o charlaríamos en uno de los
dormitorios dejando pasar las horas. Divisé a Nick desde que apareció por el
marco de la puerta de la cocina con nuestros primeros platos en un brazo y los
segundos de la mesa de al lado en el otro. Atento con los clientes, bromeó unos
segundos y se acercó a nosotras.
—Aquí tenéis lo que habéis pedido. ¡Que aproveche!
—Gracias, Nick, huele muy bien.
—Dicen que, si huele bien, sabe mejor —contestó jovial a Laura y se giró
hacia mí mirándome de arriba abajo.
—Te queda muy bien esa ropa. Esa camisa es una de las que más me pongo,
combina con casi todo y me gusta cómo queda. A partir de ahora, creo que será
mi favorita.
—¿Estás seguro? Porque creo que, si levanto un poco los brazos, voy a
arrancar a volar.
Le hizo gracia, aún no sé por qué, mi ocurrencia. Avergonzada, le vi alejarse
analizando la absurda conversación.
—¿Qué ha sido eso? ¿Un intento de ligar?
—¿Te refieres a este diálogo absurdo? No tengo ni idea.
—Hasta unos niños de diez años, coquetean mejor que vosotros, ¡por favor!
Laura se puso las manos en la cabeza y rompió a reír a carcajadas, esa risa
tonta y contagiosa que hace que tú también te rías de ti misma pensando lo tonta
que puedes llegar a parecer. «Me siento como una adolescente pava que no sabe
qué decir delante del chico más interesante que ha visto en su vida. Tampoco me
he fijado en muchos, de ahí mi inexperiencia y torpeza. Con él todo ha sido muy
raro, desde el primer comentario me puso nerviosa. Puede ser tan irritante y
agotador como dulce y encantador».
—¿Hay alguien ahí? ¡Tierra llamando a Isa! En este mundo necesitamos de tu
presencia.
Chasqueaba los dedos con fuerza para despertarme del letargo donde me
encontraba. Parpadeé un par de veces, volviendo a ese mundo que me
necesitaba.
—¿Qué quieres, pesada? Me he perdido un poco, ya estoy aquí. Se llama
sueño, cansancio.
—¡Vaya!, yo pensaba que se llamaba Nicolás. Mira, ya viene el segundo plato.
Esta vez fue Maya quien los trajo alegre y pizpireta, como siempre.
—¡Hola, guapetonas! ¿Qué tal os está pareciendo el día? ¿Os está gustando la
comida?
—El día raro, como todos los que estamos viviendo desde que llegamos a esta
parte de la península; la comida impresionante. Os pediré la receta antes de
irnos.
—Pues todavía no ha terminado, seguro que aún puede sorprenderte. En cuanto
a la receta, apuesto que el cocinero estará encantado de explicártela con todo lujo
de detalles.
Abrimos la boca de par en par perplejas por las indirectas que nos echaba
nuestra pletórica camarera. Sacó la lengua y nos guiñó el ojo, como el emoji de
las redes sociales.
—Da igual lo que digas, siempre tiene una respuesta punzante y divertida. ¡Es
una pasada!
—¿Cómo puede estar siempre al acecho? Parece un águila cuando ve su presa.
—Menos mal que no he pedido postre. Después de esto, quiero un café doble,
o me quedaré dormida mientras paseamos.
En nuestro comedor apenas quedaban huéspedes: todos, aprovechando que el
sol ganaba espacio en el cielo gris, salían con sus mochilas y paraguas a disfrutar
de los diversos parajes de la isla. Nosotras estábamos deseando tomarnos ese
café para hacer lo mismo.
—¿Dónde iremos exactamente? Voto por el yacimiento arqueológico y, si nos
da tiempo, cala Blanca.
—Como quieras, yo te sigo. Intentaré relajarme, disfrutar de lo que me rodea.
Espontánea pero responsable. Saborearé cada plato de comida, cada soplo de
aire, cada imagen en mi retina sin pensar en el futuro. Memorizaré el presente y
gozaré de las dichosas vacaciones.
—¡Voto por eso! ¡Adiós, comerse la cabeza! ¡Hola, pensamiento zen!
Disfrutaremos de las vacaciones, que para eso hemos venido.
Nos chocamos las manos para firmar el pacto entre amigas. Desde la puerta de
la cocina, se veía a Maya hablando con alguien, pero no con quién. Ella
gesticulaba atrevida, encarándose a la persona que tenía delante.
—¿En serio? ¡No me lo puedo creer! Sois más tontos de lo que imaginaba.
No se oía nada, pero no tenía dudas de que estaba más exaltada de lo normal.
Se lo dije a Laura, se giró disimuladamente, pero no vio con quién hablaba.
—Te he oído decir que tienes una estrategia, pero la realidad es que has salido
una vez de la cocina y ha sido para decir una chorrada. Y a ti, que el tiempo que
estuviera aquí ibas a aprovechar cada minuto con ella. Todo muy poético, pero
aquí estáis los dos apuntando y preparando los menús de la noche, organizando
la cocina y recogiendo las sobras de la barra. Y ellas allí solas, sin tener ni idea
de qué lugar van a visitar esta tarde, sin saber cómo se llega ni la historia que
tiene. Mañana se van, y vosotros os quedaréis como dos idiotas lamentándoos y
quejándoos de vuestra mala suerte. ¿Alguien va a dar el primer paso, o tengo que
empujaros?
—¿Estás bien, Maya? Desvarías un poco. Sabes que es sábado por la tarde, que
esta noche es la más movida de toda la semana, cuando más llena está la taberna,
¿qué quieres que hagamos?
—Nicolás tiene razón. No podemos dejarlo todo y salir corriendo detrás de
ellas. Esta noche, cuando baje la faena, haremos lo mismo de ayer: lo posible y
lo imposible para que quieran volver o para que no se vayan del todo y podamos
seguir viéndolas a través de un monitor o un móvil.
Maya soplaba y miraba al techo, movía la cabeza a los lados impresionada por
tan poca iniciativa masculina.
—Es obvio que tengo que empujaros. Os quiero como si fuerais mis hermanos
mayores, pero, en cuestión de amores, sois como mis hermanos pequeños. Hay
que enseñaros, porque no tenéis ni idea.
Entró en la cocina y nuestro espectáculo se terminó. Al momento entró el
matrimonio que hacía el mantenimiento del hostal.
—¿Qué hará tanta gente en la cocina? Ya no hay casi nadie.
Miramos a nuestro alrededor: quedaban tres personas y nosotras en el comedor.
Vinieron nuestros cafés acompañados de Mamen, que nos miraba muy sonriente.
—¿Por qué sonríe tanto?
—¡Y yo qué sé!
Decidimos olvidarnos del asunto y seguir a lo nuestro. De fondo, se oían varias
voces, sin entender lo que decían.
—Está bien. Coged lápiz, un papel, y apuntad. ¿Qué preferimos hacer? Perder
las horas en la cocina, como casi todos los días de nuestra vida, preparando
cenas y postres, o vamos a aprovechar el tiempo, a crear recuerdos, a ir con las
mujeres por las que sentimos algo nunca sentido hasta ahora, y les enseñaremos
los lugares más bonitos y románticos de la isla. ¿Qué harías tú, Jaime? ¿Y tú,
Mamen? Seguro que quedaros en la cocina toda la tarde. ¿Qué posibilidades hay
de vivir momentos inolvidables con dos personas irresistibles a nuestros ojos?
Tanto el matrimonio como Mamen afirmaron con muecas.
—¿Y qué hacemos?, ¿cerramos el chiringuito? Les decimos a todos que es
fiesta y no cenan, ya que tenemos que conquistar a dos mujeres que nos quitan el
sueño. Agradezco tu preocupación por nuestra inexistente relación, pero las
obligaciones pueden a las devociones.
—Me gustaría hacer lo que dices, de hecho, es una idea magnífica. Por esta
vez, y sin que sirva de precedente, estoy con el aguafiestas de Nick: no podemos
cerrar el restaurante, las cenas hay que servirlas y, por mucho que desee cada una
de las cosas que estás diciendo, es imposible.
—Yo no he dicho que se cierre o que no se sirvan las cenas. Delante tenéis a
cuatro personas que están dispuestas a sustituiros: Mamen preparará las cenas,
no es porque yo lo diga, pero cocina mejor que vosotros; Mayte la ayudará como
pinche; yo las serviré en los dos comedores; Jaime me ayudará en la barra y
sirviendo. Créeme, aunque me parezca y esté mucho más buena que ella, no soy
Supergirl. Tenéis hasta las diez y media de la noche, luego os quiero aquí para la
fiesta nocturna. La parejita feliz ya tiene una edad y, trabajando todo el día,
necesitan descansar. Mamen y yo haremos turno doble. A cambio, el martes
queremos fiesta. ¿Alguna objeción? Y es una pregunta retórica, por si lo
dudabais.
Se miraron pasmados por el plan tan detallado de su estimada prima. Nick
enarcó una ceja, después la otra, arrugó el morro pensativo. Yon sonrió feliz.
—Yo voto que sí. ¡Me parece una idea espectacular, digna de una estratega!
Estoy a punto de ponerme a llorar.
—¡Fantasma! Está muy bien planeada, desde luego, para ser la más pequeña. A
veces pareces la más vieja.
Chocó los cinco con todos los que estaban ahí, incluido Nick.
—Eso significa que das el visto bueno. ¡Misión aceptada, chicos! Me lo vais a
agradecer toda la vida, lo sé.
—Siempre que, cuando volvamos, no se haya incendiado el hostal o nos
hayamos quedado sin clientes.
Ya nos habíamos bebido el café, levantado de la mesa y acercado a la
lavandería. Necesitaba con urgencia mi ropa seca.
—No hay nadie, la puerta está abierta. ¿Entramos?
Sabiendo que estaba todo el personal en la cocina, decidimos entrar. La
lavadora había terminado, pero no la habían puesto en la secadora. Se me
cayeron los hombros, desalentada.
—La ropa que llevas no está tan mal, lo malo son las botas, que no pegan
mucho. Si te consuela, a mí tampoco me pegan.
—Como para hacerme fotos de recuerdo en cala Blanca o en cualquier otro
sitio. ¡Increíble! La única tarde que tenemos, y mira la pinta que llevo.
—¿Cómo que no? La camisa te queda genial, y no lo digo yo. Si lo que no te
gusta es la combinación de pantalones y botas, pues de cintura para arriba.
—El que no se conforma es porque no quiere, ¿no?
Subimos las escaleras bromeando, dispuestas a comernos el mundo. Esa tarde
iba a ser maravillosa. Seríamos nosotras mismas, naturales como la vida. Sin
caídas, sin problemas, sin discusiones y sin preocupaciones. Solo nosotras.
17
EXCURSIÓN AL PARAÍSO
***
—Permíteme que lo dude: con tu carácter, por muy obsesionado que esté por ti,
discutirá seguro.
—Cierto, eres algo complicada, y desde el beso tampoco es que hayáis
coincidido mucho. Mi duda está más bien en Laura y Yon, en cuánto tardarán en
besarse. ¿Lo harán por la tarde o aguantarán hasta la noche?
—Apostaría a la noche. ¡Es más romántico! —exclamó Clara poniéndole
énfasis.
—¿Habéis acabado ya vuestras suposiciones? Si es así, podemos seguir con la
historia. ¿O preferís que sigamos mañana? Por si no os habéis dado cuenta, los
hombres están en la cocina conversando y bebiendo. Seguro que os oyen y
discrepan de vosotras.
—No. Quiero saber qué ocurre esa tarde. Hemos hecho una apuesta Clara y yo.
¿De cuánto dinero hablamos?
—¡¿Dinero?! Estoy en crisis desde que arreglé el piso, mejor en tu casa o en la
mía. Si gano yo, la próxima quedada en tu casa; si ganas tú, lo haremos en la
mía.
—¡Trato hecho!
—Bien, sigamos con el torneo, Isa descansará y seguiré contando yo.
***
Después de convencerla de que no iba tan extravagante, fuimos a recoger
algunas cosas para llevarnos a nuestra deseada excursión: la cámara de fotos en
primer lugar, indispensable para una buena tarde de sesioneo; el pequeño
botiquín de Isa, ya sabemos cómo se las gasta el árido paisaje. Maquillarnos un
poco para salir decentes y contrarrestar la ropa, nada que en unos minutos no
tuviésemos preparado. Bajamos las escaleras hablando sobre la herida de la sien.
—No me duele, me molesta. Es difícil disimular la cicatriz. Me he vuelto a
dejar el pelo suelto, pero, si hace aire, no servirá de nada. Los moratones, el del
culo es el que más me duele. Mi cuerpo parece un cuadro de Joan Miró. Un
lienzo con mezcla de rojos, lilas y morados.
—Yo no me quejaría, sabes que podía haber sido peor. Puede que Lucas tuviera
un poco de razón. Si hubiéramos dado media vuelta, las vacaciones habrían sido
más normales, tendrías mejor humor, estarías menos tensa y te dolería menos.
—Puede que sí, pero no habríamos vivido las islas: la ruta de Rogran, la
excursión de la mañana y la noche en Santa Marta. No habríamos conocido a los
hermanos, ¡a los dos! No me arrepiento de nuestra decisión y creo que tú
tampoco.
Caminamos por el pasillo, buscando con la mirada a los susodichos. No vimos
a nadie, ni siquiera a Maya para poder preguntar. Salimos por la puerta de la
avenida del Mar, desde allí era más fácil coger el camino al yacimiento
arqueológico. Según el mapa, estaba a dos kilómetros en línea recta, en las
afueras de la población. Andando a nuestro paso, unos veinte minutos. Al salir,
miramos al cielo buscando las nubes negras que nos amenazaban por la mañana.
Algunas habían escapado de la presión del sol, otras estaban solitarias en
rincones específicos, encima del monte Dédalo, en uno de los empinados
acantilados o cerca de la vieja y elegante ermita. El resto del cielo parecía
pintado con líneas blancas, grises, y pequeñas nubecitas de algodón, todas en
filas paralelas, como un rebaño de ovejitas. El sol quería asomar entre ellas, eran
tantas que no le permitían hacerlo. Caminamos veinte metros como mucho, el
sonido del claxon de un coche más unas voces familiares nos hicieron girarnos a
las dos a la vez.
Yon, con tejanos claros y camiseta de pico gris oscuro, nos saludaba con la
mano derecha por la ventanilla del conductor. Estaba sentado dentro de un Land
Cruiser 4x4 negro. Nick, con tejanos azules y camisa blanca, de pie, apoyado en
el coche, hacía lo mismo con su mano derecha y una sonrisa amplia en su boca.
Nos acercamos desconcertadas.
—Nos hemos cogido unas horas libres, es vuestra última tarde en la isla, puede
que la última oportunidad de verla. Necesitáis un guía, y no hay ninguno por
aquí… Nos presentamos voluntarios, ¿qué decís?
—¡Vaya, dos guías! ¿Y el hostal? Las cenas, los huéspedes…
—Laura tiene razón. ¿Os habéis vuelto locos? No es propio de ti. ¿Cómo…?
—Nos han sustituido y lo pagaremos caro, así que no os preocupéis. Esta tarde
os enseñaremos los rincones más exclusivos de esta magnífica isla, rincones que
poca gente ha fotografiado.
—Si no lo veo, no lo creo. ¡Estás siendo espontáneo! ¿Vais a llevarnos a
lugares peligrosos?
Las palabras se juntaban con las miradas; las miradas, con las sonrisas; las
sonrisas, con la satisfacción de estar juntos unas horas. Entramos al coche
exaltadas por tanta caballerosidad.
—¿Será hoy nuestro día de suerte? A falta de uno, tenemos dos, dos guías.
Ilusionada como una niña de tres años con una piruleta. La previsión daba a
entender que las siguientes horas iban a ser lo mejor de las vacaciones, si el
tiempo nos acompañaba.
—¿A qué lugar iremos primero?
—Creo que no habéis visto la ermita, ni el yacimiento, tampoco las cinco calas
que bordean la isla. Yon, ¿tú qué dices?
—Primero el yacimiento, abre a las cuatro. Después iría a cala Brava, las olas
no son tan altas a primera hora y el paisaje es fantástico. Playa Zorba es
pequeña, pero muy singular. Se ve el islote de Arganzú, más cerca que desde
cualquier otro lugar. Subiremos a la ermita y, desde allí, bajaremos al lado este
de cala Blanca. Otra opción es ir directos a playa Grande.
—Buen itinerario, personalmente prefiero cala Blanca: el atardecer allí es
difícil de olvidar, a esas horas el agua está caliente y sé de una zona dónde
podéis mojaros los pies sin que os los tengan que cortar por hipotermia.
—¿Vamos a ir a tantos sitios? ¿Nos dará tiempo antes de que oscurezca?
Mi emoción no tenía límites. Yon, impresionado, no perdía detalle desde el
espejo retrovisor.
—¡Eres increíble! Te emocionas con cualquier cosa, igual que un bebé cuando
le enseñas el mar por primera vez o un juguete nuevo con el que jugar, no sé.
¿Siempre eres así o lo haces a propósito para impresionarnos?
—Doy fe de que siempre, y digo siempre, es así. Magnifica un grano de arena,
convirtiéndolo en un castillo.
Salimos de la villa marinera, empezando un corto recorrido por un hermoso
prado verde. A los lados, esporádicamente se veían algunos caseríos, flores
silvestres, amapolas, lavanda. Con las ventanillas bajadas, inspirando y cerrando
los ojos a la vez, el aroma floral del prado se te metía en el interior de la nariz,
dejándote una sensación placentera y de relajación.
Al final del prado asomaban unas montañas gemelas llamadas por los
habitantes del lugar los senos de Frigg. Entre ellas, un pequeño valle y una gran
casa gótica con vallas alrededor. Aparcaron el coche cerca de la puerta de
entrada, pagamos los tiques y cruzamos un pasillo. Empezó a explicar Nick:
—El yacimiento fue descubierto por unos excursionistas en los años 40.
Encontraron en el porche de la casa unas pinturas rupestres del 14000-12000 a.
C. Mostraban gran variedad de animales: caballos, toros, bisontes, osos, incluso
animales marinos que parecen delfines, anguilas enormes o grandes peces
delgados y deformes… —Al decir esto, miró de reojo a Isa, acercándose
ligeramente a su oído.
Ella siguió cada uno de sus movimientos con la mirada, resistiéndose a creer lo
que decía, coqueteando con la expresión de su cara. Él siguió explicando
mientras entrábamos al nombrado porche que daba al valle, dándole un repaso
con la vista cuando ella no miraba. Ese valle era el jardín de la finca y unas
vallas blancas lo rodeaban hasta las montañas. Caminamos observando y
haciendo fotografías de las diferentes pinturas y lo que representaban. Llegamos
hasta las montañas, había varias grutas con grabados geométricos y figuras
antropomorfas.
—Gracias a este descubrimiento, y el dinero que pagaron por las
investigaciones, se reconstruyeron importantes edificios de la ciudad. También
construyeron parques y arreglaron la vieja ermita. Todo un beneficio, incluso
hoy en día, para nuestra amada isla.
Después de varias explicaciones por parte de cada uno de ellos y la compra de
algunos recuerdos, proseguimos el camino bordeando la línea de la costa. El
cielo aguantaba sereno y confiado, una aglomeración de nubes espesas. Reíamos
felices y atolondradas con los chistes malos de Yon, que conducía para evitar que
su hermano hiciera esfuerzos innecesarios. La brisa marina nos removía el pelo,
cambiándolo de lugar constantemente. Yon paró en el rellano de una gran curva,
un diminuto mirador donde deleitarnos con el enclave bravo y virgen de ese lado
de la isla. Un momento para coger aire y respirar.
—Mires donde mires, es hermoso. Van a salir unas panorámicas inverosímiles.
Isa, embobada, miraba al mar. Nick la miraba a ella. Yo los miraba igual que
miras una película, deseando acertar en mi mente la escena siguiente. Yon me
observaba impredecible, imaginando qué decir o qué hacer en nuestra curiosa
situación.
Volvimos al coche y bajamos por una intensa carretera de curvas que acababa
en cala Brava. No muy larga, pero bastante amplia, de arena blanca, con
incontables rocas puntiagudas a los lados, rocas que hacían de apoyo a un
alargado acantilado erigido casi encima de ellas. Un acantilado con un agujero
en medio debía de estar a un metro y poco del suelo, tendría unos dos metros de
ancho y largo. Según Yon, fruto de la erosión del mar y el viento en las rocas.
Bajé del coche, estiré los brazos corriendo hacia la orilla y sin dejar de reír y
gritar.
—¡Me encanta!
—¡Como un cencerro! Sabes que llevas tus magníficas botas de ante, ¿verdad?
—¡Ups!, se me había olvidado.
Me las quité deprisa y corriendo, no quería perder ni un minuto. Yon hizo lo
mismo, se quitó sus deportivas blancas y los calcetines, se remangó los tejanos y
me alzó el brazo.
—Ven, te enseñaré algo.
Intrigada, le acompañé, pero sin cogerle el brazo. Podía caminar sola por la
orilla. Fuimos avanzando hasta las rocas.
—Cógete de mi mano, si te caes, no te lo podré enseñar.
—Si me cojo de tu mano, no me caeré. ¿Cómo puedes asegurarlo?
—Yo sé qué rocas son más planas para apoyar el pie. Si vamos cogidos,
hacemos balanza. Cuando uno pierde el equilibrio, el otro tira de él, como un
equipo. Hay que ir coordinados.
—No pesamos lo mismo, por lo tanto, la balanza no es equitativa.
—En el agua tenemos las mismas oportunidades, pesamos lo mismo. Aunque
estemos sobre las rocas, estamos en el agua.
—No sé cómo dos personas pueden parecerse tanto. Ellos no lo ven, pero,
desde mi perspectiva, son como dos gotas de agua.
—Pensé lo mismo anoche. ¿Te acuerdas? Cuando conversaban como si fueran
los únicos humanos del planeta, como si no existiéramos o estuviésemos al lado
de ellos. No ocurrió una vez, se repitió al menos dos veces más, que yo viera.
—Sí, me acuerdo. Da gusto verlos, nunca había visto a mi hermano tan feliz.
Dos almas gemelas que se encuentran. Tú y yo, en cambio, somos tan
diferentes… Vivimos en mundos distintos, tan alejados el uno del otro… No
entiendo la razón de nuestro encuentro.
Poco a poco se fueron poniendo frente a frente, mirándose a los ojos, sin
parpadear.
—Diría que vivimos igual de lejos. Es posible que no nos parezcamos tanto, o
eso creía, ahora no estoy tan segura. Tenemos dos caracteres fuertes,
independientes y testarudos, pero en el fondo somos muy parecidos, más de lo
que crees.
Le guiñó el ojo sonriendo positiva, echando su pelo revuelto hacia atrás y sin
dejar de mirarle. Nick cogió aire, aspiró profundo. No sé lo que pasaba por su
mente, pero acababa en un nombre: Isabel. Ajena a sus pensamientos, vino hacia
nosotros.
—¡Qué pasada! Hay berberechos, cangrejos y ostras.
—Es el Cantábrico. Coge alguno y así lo veo. Paso de subirme a las rocas. Mi
guardaespaldas está lesionado y hay que cuidarlo, ¿verdad?
Creo que todos nos quedamos de piedra. Nick se había acercado por detrás,
pero manteniendo las distancias. Ella se volvió, al decirlo puso la mano en su
pecho. Coqueteaba con él descaradamente, provocándole. Casi la que se cae soy
yo al ver la escena. Me pareció tan mono… Me imaginaba en el sofá de mi casa
con un bol de palomitas en la mano.
Con sumo cuidado y un pelín de ayuda, llegué hasta la orilla. Le enseñé mis
trofeos a la próxima parejita y me quedé con algunos de recuerdo. Los otros los
lanzamos al mar. Unas cuantas bromas, unos minutos para calzarnos, y
reanudamos la excursión. Siguiente parada: playa Zorba.
Dibujando la línea de la costa, era la siguiente playa. Teníamos que subir y
bajar el parque nacional que se encontraba dentro del cabo Jesta para llegar a la
esperada playa. Desde el coche, mientras conversabas sobre los placeres de la
vida, memorizabas cada linde de un litoral tan escarpado como espectacular, tan
verde como los innumerables árboles que lo llenaban, como cedros, arces,
encinas, algunos robles y hayas. No queríamos perdernos nada.
—Tiene que ser relajante vivir en un lugar así. ¿Cuántas personas viven en la
isla? ¿Una cuarta parte?, ¿quinta?
—Diría que una cuarta parte, pero no sé el censo real de la isla. Si te gusta,
nunca es tarde para mudarse. Sé de un lugar donde podrías vivir hasta que
encontraras una vivienda a tu gusto.
Isa me miró mofándose de mí por el comentario, empeñada en que Yon sentía
algo más que una amistad por mí. No lo creía en absoluto, me sonrojé porque me
gustó el posible flirteo, luego le resté importancia. Él era muy guasón y
probablemente de ahí el comentario.
—Antiguamente se decía que, en esta parte del litoral, se podían pescar
ballenas grises, tintoreras pequeñas, salmones y unos extraños y colosales peces.
En el puerto viejo, hay una réplica de un ballenero del siglo XVII.
—¡Otra vez con la misma historia! ¿De verdad quieres hacerme creer que
existen esas criaturas? Yon, di algo, por favor. Tu hermano se mofa
continuamente de mí. Sabe que me gustan las leyendas y que tengo una
imaginación desbordante, pero no tanta… —Esa frase la gritó casi en su oído.
Nick le respondió con una mueca traviesa a través del retrovisor. Esa mirada
rabiosa le enloquecía. Se sentía vivo.
—¿Te refieres a los silbios? Es cierto. Una historia difícil de creer, pero no
imposible. Si lo piensas fríamente, hay aspectos de la historia y de la naturaleza
en sí que te hacen pensar que algo así pudo existir. Pero admito que es difícil.
¿Qué no lo es? La ciencia con sus avances extraordinarios, la religión con los
dones casi imposibles de sus dioses, hierbas y flores silvestres que pueden curar
enfermedades… Si tienes fe y te dejas llevar, es más fácil de creer.
—¿De qué habláis? ¿Me lo podéis explicar? He escuchado campanas, pero no
sé dónde.
—Que te lo explique Yon o Nick. Yo bajo a mojarme los pies y a dar una
vuelta por ahí. ¿Esta era la playa en la que podía estar el agua más caliente?
—No, esa es cala Blanca. En esta, si quieres a tus pies, no te lo aconsejo: cerca
de la orilla, y más después de una tormenta, suele haber algún remolino de agua.
Esta parte es muy profunda, y las corrientes son continuas y contrarias, unen sus
fuerzas y las hacen peligrosas. Pero ¿quién soy yo para decirte que no hagas
algo?
—¿Eso ha sido ironía?
—No. ¿Lo parecía?
—¡Eres un aguafiestas!
—Ya, me lo dicen muy a menudo. Por lo visto es otro adjetivo que me
representa, lo digo por si decides hacerme un nuevo cóctel esta noche.
Yon alucinaba con su hermano. Cómo le tiraba la caña sutil, sin desperdiciar
ningún tema. Nick sonreía burlón, revisando cada movimiento que hacía. Isa le
miró intimidándole con los dientes apretados.
«¡Serás…! Quieres guerra, ¿eh? Pues la tendrás», gruñó Isa entre dientes.
—Quién sabe, a lo mejor te hago uno con ácido sulfúrico, por la acidez de tus
palabras.
Se fue con la cabeza alta hacia una esquina de la playa, observaba las olas
cómo rompían en la orilla, agudizaba la mirada intentando encontrar alguno de
esos citados remolinos.
«Yo no veo nada, pero este hombre tiene la maldita costumbre de acertar en
todo lo que dice. Hoy me encuentro bien, no quiero estropear este bonito día.
Esperaré a llegar a cala Blanca». Con este razonamiento en su cabeza, decidió
hacerle caso.
Yon me contó de principio a fin la historia de los silbios. Un maravilloso relato
para niños, pero sin fundamento para adultos, o esa fue mi primera impresión.
Isa hizo numerosas fotografías a todo lo que vio, incluidos nosotros: a los
hermanos bromeando, a Yon y a mí conversando, a Nick taciturno mirando el
horizonte, a todos y desde todos los ángulos. También al islote de Arganzú y a
una lejana península que finalizaba en el monte de San Blas, monte que
atravesaríamos con el coche, finalizando en el valle de la ermita, nuestra
próxima excursión.
No sabíamos si parar a tomar algo. Conocían un lugar acogedor y tranquilo
cerca del mirador de la ermita. Fuimos allí, era pronto, aún quedaba media tarde
por delante. Era un chiringuito móvil, un tuk tuk sesentero con unos garabatos de
colores, muy florido. Hacía granizados, batidos y unos cafés realmente buenos,
la mayor adicción de mi amiga y descubrimos que también la de Nick.
Personalmente preferí un batido de frambuesa. Caminamos hacia la ermita, la
inmensa explanada verde que la bordeaba era propiedad del ermitaño fraile que
la habitaba. Él cuidaba todas las plantas del colosal jardín, los árboles e incluso
los muros. Un trabajo incesante por la gran extensión del lugar.
—Muchos de los turistas que vienen se enamoran de la ermita, de sus arcos, de
su vieja y ruidosa puerta, y del hermoso valle. Fray Julián es muy amable con
todo el mundo y va sumando turistas interesados en casarse, organizar
celebraciones o eventos de cualquier tipo.
—¿Y todas las reservas y anulaciones las lleva él solo? Aparte del cuidado de
todo esto. ¿Qué es?, ¿Superman? ¿O es que en esta isla el agua tiene
superpoderes?
—No creo que sea Superman. Sus dos hermanos le ayudan: uno en las tareas
administrativas y comerciales; y el otro, con el mantenimiento por dentro y por
fuera. Aunque cada uno de ellos tiene sesenta años o más… Igual sí que son
unos superhombres, pero dudo que el agua lleve nada especial. Tú has bebido de
ella varias veces, y no has sacado ningún don, aparte del de la ironía…
A Yon y a mí nos parecía estar en un partido de tenis, movíamos la cabeza de
un lado a otro a ver quién daba el zasca más gordo. Nick le respondió retándole a
que le devolviera otra contestación por el estilo, pero no lo hizo. Se quedó muda
sin perder de vista el movimiento de su culito hacia el mirador, donde los
esperábamos mirándolos de frente.
«¡Sorpresa! Tiene sentido del humor, aparte del evidente atractivo. Y yo que
pensaba que tenía un palo metido por el culo… Resulta que no. Solo hay que
mirarle a los ojos, un beso estremecedor y acercarse lo suficiente para que se
derrita su muro helado y se convierta en un príncipe encantador», pensó Isa
sarcástica.
Nos sentamos en un largo muro de piedra. Contemplamos casi todo el pueblo,
las montañas, el mar y cuatro playas o calas. Un verdadero placer visual. Los
hermanos, orgullosos de estar ahí, se miraron en silencio, creyeron que le debían
una muy grande a su prima. Gracias a ella, podían disfrutar de nuestra felicidad,
y eso los hacía felices a ellos. Proseguimos nuestro itinerario, condujeron quince
minutos y llegamos a cala Blanca. Sin duda, un pequeño paraíso.
Isa enloqueció de alegría, por fin se iba a mojar los pies. Con las caras de
asombro de los tres, se quitó las botas, los calcetines, la camisa y los pantalones.
Se quedó con la camiseta de tirantes, le quedaba como un vestido, unos
centímetros por encima de la rodilla. Se metió en el agua, chapoteando feliz.
—¿Alguien viene? ¿¡Qué!? ¡No me miréis así! Es mucho más cómodo, así no
te mojo los pantalones. Como son blancos, se quedaría la mancha y luego tendría
que ir todo el camino sin ellos. Al final, hubieras preferido que me los quitase al
principio. Te he ahorrado una preocupación o un disgusto.
No parpadeaba, ruborizado, sus ojos dilatados y brillantes parecían querer
esconderse entre sus largas piernas, con miedo a subir por su bello cuerpo. Yon
le dio un codazo para que reaccionara.
—¡Despierta! ¿No tenías una estrategia? Pues ahora sería un buen momento
para utilizarla —le comentó en un susurro.
Apenas me enteré, y tengo buen oído. Movió el cuello para destensar los
músculos. Se acercó a la orilla, se despojó del calzado, calcetines, y, como pudo,
se subió los tejanos para no mojárselos demasiado. Isa se había adentrado en el
mar, sin mirar atrás, disfrutando de cada paso. El agua le llegaba unos
centímetros por encima de los tobillos, de golpe giró su melena al viento para
decirnos algo:
—El agua está templada, casi caliente. ¿Venís?
—Yo prefiero quedarme aquí, Laura quiere que le siga contando más leyendas
de la isla, ¿verdad, Laura?
Me agarró de la mano, tirando del dedo corazón y el anular hacia abajo. Me
sobresalté un segundo, pero reaccioné enseguida.
—Sí, sí. Es superinteresante, ya sabes, la cultura de la zona siempre es muy
singular. Puede que lo grabe, pero Nick no tiene reparos en acompañarte.
Recuerda que es tu guardaespaldas y que está lesionado. ¡No le hagas trabajar
demasiado!
—¿Solo vas a venir tú? Pero ¿qué les pasa? ¿Están dormidos?
18
UN PASEO PARA RECORDAR

—Querrán estar solos. Esta playa, al estar más cerrada, el agua es más caliente,
sobre todo cuando el sol se esconde, dentro de casi una hora. Dicen que bajo
estas aguas hay un cráter de escasas dimensiones. La Cala tiene una forma
circular, casi cerrada, y hace que se mantenga el calor. Mira hacia allí. ¿Ves esa
arena blanca?
—Sí. ¿Es otra playa?
—No, es una lengua de arena. Habrá veinte metros de largo por cuatro o menos
de ancho.
—¿Vamos? Podríamos sentarnos y descansar un rato. Dices que el atardecer es
difícil de olvidar en esta playa, imagino que, desde allí, será incluso mejor. Por
favor…
Le puso los ojos dulces y tiernos, como los del gato con botas de Shrek.
Infalible. ¿Quién puede resistir esos ojos?
—Habrá trescientos metros, puede que más: es una locura ir hasta allí.
—Si fuéramos nadando, te diría que sí, pero vamos andando, chapoteando y
conversando, como un paseo por la playa. No es peligroso y falta una hora para
que el sol se vaya, nos dará tiempo.
—Lo dices en serio, ¿verdad? ¡Eres increíble! ¿Siempre consigues todo lo que
te propones?
Le deslumbraban su energía, su carácter, su frescura y la forma de coquetear
con él. Le seducía con cada gesto. Cada minuto que pasaba, se sentía más
vulnerable a sus encantos.
—Depende. En mi trabajo soy tenaz, exigente conmigo misma, más tarde o
más temprano consigo lo que me propongo; en la vida, no tanto, pero sigo
insistiendo hasta que lo consigo.
«No sé por dónde empezar… ¿La beso como anoche y ya está? No, quisiera
encontrar el momento perfecto, pero ¿cómo sé cuándo es ese momento? Hay
tantos donde me sumerjo en sus palabras, en sus actos, deseando abrazarla o
besarla… Soy nulo con las mujeres y no quiero parecer desesperado», pensó
Nick, su mente era un mar de preguntas sin respuesta.
Paseaban directos a esa lengua de arena mientras nosotros intentábamos
descubrir qué pasaba en ese paseo.
—No veo nada, están lejos. En mi opinión, hablan sin dificultad, sin tirarse los
trastos a la cabeza.
—Es normal, estarán a ciento cincuenta metros, quizás más. Me dijo que tenía
una estrategia, pero no estoy seguro de para qué, si para enamorarla o para
alejarla. Todavía no sé por qué no la ha besado de nuevo, se muere de ganas de
hacerlo.…
—Isa se muere de ganas de que lo haga. El paseo es romántico y está bien, aun
así, habría que empujarlos un poquito. ¿No tendrás unos prismáticos? A esta
distancia es imposible ver nada y parece que no tienen intención de parar.
—Quizás no necesiten ningún empujón.
—¿Qué ocultas tras esa picardía?
—Van hacia la lengua, un lugar bonito, paradisíaco. No hay nada, solo ellos
dos, sin nadie que pueda observarlos. ¡Piénsalo! No creo que necesiten ayuda, de
hecho, apostaría a que verán juntos el ocaso. ¿Tienes planes para la próxima hora
y media o dos? Sé de un lugar donde el atardecer es difícil de olvidar.
—¿Me he preocupado para nada? Con planes, ¿a qué te refieres exactamente?
Porque he quedado con un chico guapísimo con el que me gusta hablar de
tonterías. Me cuenta historias para no dormir de peces jugadores de baloncesto
con cara de scream. No sé dónde está ese lugar, pero, si está muy lejos, no puedo
ir.
Rompió a reír a carcajadas por mi comentario chistoso sobre sus peces,
después me alzó el brazo y movió el dedo índice, invitándome a seguirle.
—No está muy lejos, podrás ver a ese chico tan maravilloso. Sígueme con
cuidado, la enfermera ha salido.
Reímos los dos al unísono. Hablar con él era como respirar, me salía solo, por
inercia.
—¿Adónde vamos?
—Yo también sé improvisar.
—¿Qué quieres decir? ¿Quién ha improvisado?, ¿Nick?
—Nicolás, Isabel… Uno de los dos está atacando. No importa quién: solo el
resultado. Vamos a esa piedra, ¿la ves?
—Sí. ¿Y qué tiene de especial?
—No sé si es un interrogatorio, pero me siento como un delincuente al que
cierta policía le está presionando con preguntas. ¡Relájate, mujer! No he robado
en mi vida y todavía no he matado a nadie. Si no te importa, contestaré a las
preguntas luego, ahora centrémonos en no caernos.
—No era mi intención, es que estoy un poco nerviosa.
Empezaba a pensar que Isa tenía razón, que Yon estaba pillado por mí, y me
preocupaba que yo también empezara a sentir algo similar.
«Estoy con Lucas. Por muy bien que me lleve con Yon y muy perfecto que sea,
no voy a traicionarle. Soy una buena persona que cree en la fidelidad, y las
buenas personas fieles no piensan en otro hombre cuando tienen novio, ¡así que
no pienses, Laura! Es un amigo que parece tu media naranja, pero que seguro
que no lo es. Le conozco desde hace un día y es imposible saber eso en
veinticuatro horas». Las dudas revoloteaban en mi mente.
***
—Cambio de narradora, nuestra amiga tiene la boca seca. Necesita un
descanso.
—Me gusta explicar, pero necesito una pausa. Os veo muy calladas, chicas, ¿os
aburrís?
—No, vuestra historia es de lo más entretenida, incluso interesante, y la
apuesta sigue en pie —aclaró Amanda, analizando el relato hasta el momento.
—Claro, aunque ya sabemos el final del cuento. La apuesta es por el final de
las vacaciones, ¿no? Porque con quiénes se quedan es evidente, están en la
cocina.
—La apuesta es por el relato del viaje, acertar a quiénes escogieron en ese
momento, no con quiénes están ahora. Eso ya lo estamos viendo —puntualizó
Amanda.
—Seguiremos contando para que salgáis de dudas.
***
—Te has quedado callado, ¿te encuentras mal? No he pensado en tu malestar
cuando te he obligado a este extraño paseo. Caminar en el agua cuesta más…
Me acordé de la conversación con el doctor. Viendo su cara, no lo parecía,
pero, según la radiografía, el malestar existía. Palidecí de pensar que, por mi acto
espontáneo y mi actitud provocativa, le doliera más. Me paré de golpe frente a
él.
—Estoy bien, no me duele nada de momento. Una insignificante molestia, pero
se puede aguantar. Cuando lleguemos a la arena me sentaré y descansaré. Se me
pasará y volveremos.
—Sé sincero, porque no me importaría intercambiar papeles, a partir de ahora
puedo ser yo tu guardaespaldas.
Quedaban alrededor de sesenta metros para llegar. El nivel del agua nos cubría
por la rodilla. Los tejanos de Nick comenzaban a pesar un poco, aunque muy
doblados, habían empezado a mojarse hacía más de veinte metros. Sonrió.
—Si me caigo, ¿serás capaz de cogerme? Porque te veo fuerte y capaz de todo,
pero me cuesta creer que puedas con ochenta y ocho kilos.
—Todo está en la mente: si quieres, puedes. Te aseguro que, si te cayeses, te
cogería y llegaríamos a la lengua. Más lentos, pero llegaríamos y no te
ahogarías. Entonces, ¿estás bien?
Le miré directamente a los ojos, preocupada, sin poder reprimir el frenético
ritmo de mi corazón a medida que me iba aproximando a él.
—Estaría mejor si no te acercases tanto, es difícil no besarte a esta distancia.
Hacerlo sería complicar más nuestra situación, y no hacerlo parece ser una
misión imposible.
—No había pensado en ello, pero parece que tú sí.
—Solo para no hacerlo. Eres tan agotadora e insufrible como sensual,
irresistible e indomable.
—Ya veo… Si tienes que poner todos esos adjetivos en un cóctel, acabaré
piripi antes de terminar de bebérmelo.
«Está hecho un flan, le pongo nervioso, me pone nerviosa… ¿Quieres saber lo
que siente por ti? Decídete, ahora o nunca», reflexioné un segundo, después
reaccioné.
—Haces lo contrario de lo que digo, ¡qué raro!… Se me ocurren adjetivos para
hacer dos combinados distintos.
Puse los brazos sobre sus hombros, rodeando con mis manos su cuello tenso.
No sé si lo merecía, pero tenía claro que lo deseaba. Deseaba ser yo la que
tomara las riendas de esta inusual situación, la que llevara la voz cantante.
Acalorada, me gustaba verlo temblar, con las mejillas sonrojadas, la boca
entreabierta, incrédulo ante mis actos, que lo desbordaban.
—Me gusta lo que siento cuando te miro, cuando te rozo y me dices todos esos
piropos. El sonido de tu voz provoca mis sentidos, como tu presencia. No sé qué
significan ni por dónde empezar. Empezaré por besarte y después ya veremos…
Le rocé con mis labios. Entreabrí mi boca presionando la suya, sabíamos a sal.
Apreté mis manos sobre su cuello, él apretó las suyas en mi cintura, subiendo
ligeramente por mi espalda. Caricias que me quemaban, atravesaban la ropa, mi
piel y hasta mis entrañas. Otro beso inexplicable, a veces abrasivo, otras más
húmedo que el agua que nos cubría de rodillas para abajo. No sé contar el
tiempo. Nos separamos lentos, muy lentos, casi sin aliento.
—Eres tan… Me dejas sin sentido. Cuando nos besamos el mundo se pone del
revés, no sé cómo ni por qué, pero me gusta lo que haces para seducirme, o para
lo que sea que estés haciendo. Soy como un niño de cinco años en una casa
extraña, no sé cómo comportarme.
—Lo tomaré como un cumplido, creo. Yo tampoco sé explicarlo. No sé si
estoy soñando, si está sucediendo de verdad, pero me he prometido a mí misma
que iba a disfrutar de cada segundo sin mirar al futuro y al qué pasará mañana.
Solo hoy, ahora. Y ahora quiero volver a encender esa llama que arde cuando me
besas sin razón, porque queremos y quiere nuestro corazón. No pensemos,
actuemos.
Mi voz era suave pero directa. No se lo pensó, me agarró tan fuerte como pudo
y nos besamos sin reparos, sin freno, con una pasión desmedida, como nadie me
había besado. El mar nos balanceaba sin movernos del suelo, el viento nos
movía el pelo, intentando obstaculizar, sin suerte, nuestros sentimientos. Una
nube de pasión nos envolvía, dificultando nuestra visión, alterando la capacidad
de pensar en otra cosa que no fueran esos besos, esas caricias. Se paró el tiempo,
un tiempo en el que nuestro deseo no tenía límites y nuestra imaginación
tampoco. La mía me desbordaba. Nos recreaba tumbados, retozándonos sobre el
agua como cerdos en una pocilga, saboreando cada segundo. Soñaba despierta.
Agotados, haciendo crecer lo que sentíamos el uno por el otro, nos despegamos
con lentitud.
—Vamos. A este paso no llegaremos antes de la puesta de sol.
Le cogí suave de la mano y tiré de él. Él, desconcertado por lo que acababa de
suceder, sin dejar de mirarme, me apretó más fuerte entrelazando sus dedos con
los míos. Reaccionó y caminamos sonriendo unos metros, después me cogió la
cámara del cuello. La llevaba como un bolso, a un lado. Comenzó a hacerme
fotografías cuando no miraba, con unos tímidos rayos de sol cegándome los ojos
o hablando con los peces que se tropezaban con mis piernas, como si no tuvieran
más espacio en el mar. Alargó el brazo y lo pasó por encima de mi cuello.
—Quiero recordar este momento. Memorizar tu cuerpo y tu rostro hasta
quedarme ciego. Entonces estará tan grabado en mi mente que seguiré viéndolo.
—¿Cómo puedes ser tan serio y luego pronunciar esas palabras dulces y
profundas que harían enloquecer a un cuerdo?
—La culpable eres tú. Me despiertas sentimientos y palabras que desconocía, y
ahora has invadido parte de mi cerebro. Mi memoria es buena, las fotografías la
harán mejor.
—Yo también te he hecho fotos, muchas, y no te has dado ni cuenta.
Sonreía inconscientemente. El calor de sus besos todavía inundaba mi cuerpo y
me llenaba de una intensa energía, energía que me hacía saltar y chapotear como
una niña pequeña. Nos hicimos varias selfis, además de fotos individuales. Al
llegar a la arena nos sentamos mirando al mar, era muy fina. Había un tronco
blanquecino con muchos agujeros y grietas hechos por la erosión del agua,
alargado, fino y con ramas más delgadas que salían de él. Apoyamos nuestra
espalda en su parte más ancha. En silencio, mirándonos de reojo, comprobando
que seguíamos ahí agarrados de la mano; esperando a que el sol se marchara y se
derritiera como mantequilla en el espléndido cielo de Santa Marta.
Al otro lado de la cala, los amigos habían conseguido llegar a la piedra. Era
grande, pulida, por las innumerables veces que las olas rompían en ella, y plana
como un banco sobre el agua. Estaba justo en la esquina de la cala, encima de
otras que le hacían de patas de ese peculiar banco. Desde ahí, se veían varias
líneas de la costa que bordeaban la isla. El lugar, el momento, las personas, todo
parecía increíble.
—Tienes razón. Desde este ángulo las vistas son extraordinarias, parece el
escenario que inspira una hermosa canción. Estas minivacaciones son realmente
raras, las planeé de un modo tan distinto… Creo que, si pudiera echar marcha
atrás en el tiempo, no cambiaría nada. Si lo hiciera, me habría perdido lugares
tan maravillosos como este, vuestra fiesta nocturna en la taberna, mi inigualable
y elegantísima habitación, vuestra exquisita cocina, y además no te habría
conocido.
Miró a Yon sincera, visiblemente emocionada. La brisa marina no dejaba de
moverle el cabello. Se le metía en la boca y le tapaba los ojos, dejándole la
melena alborotada.
Yon, turbado, vio el reflejo del atardecer en su pelo, en su rostro. Le
enmudeció. Por norma general, se le habría ocurrido algún chiste malo con el
que romper el hielo, esta vez no se le ocurría nada. Mudo, solo podía
contemplarla. Parpadeó varias veces para asegurarse de que no era un sueño. Su
corazón latía veloz. Estaba ahí delante de él, pronunciando su nombre.
—Yon, Yon… ¿Qué miras? ¿Tengo algo en la cara?, ¿en el pelo? ¡Me he
quemado! Sabía que tenía que comprar protector solar, pero no he encontrado
ningún lugar donde vendieran. En el yacimiento había una tienda, donde hemos
comprado souvenirs, pero no había ninguno.
Sonrió extrañado por su espontaneidad y sencillez.
—No te has quemado, estás perfecta. Es que no sabía dónde mirar.
Se llevó la mano a la frente para no deslumbrarse con el sol y entrecerró los
ojos ligeramente, relajando sus ideas, sus numerosos sentimientos, tantos que no
sabía dónde ubicarlos en su mente. Era mejor cerrar los ojos y evitar su mirada.
No podía besarla, no porque no tuviera ganas, sino porque tenía novio. No era su
estilo.
«Se me ha ido de las manos. No creí que pudiéramos tener tanta química, que
pudiera sentirme tan bien a su lado. No sé cómo ese hombre puede estar lejos de
ella. Si fuera su novio, buscaría cualquier excusa para hablar con ella. Pero no lo
soy, soy un pasatiempo de unos días. No puedo aspirar a nada más», se dijo a sí
mismo entristecido.
—El sol me ciega los ojos, y he girado la cabeza hacia ti. Tranquila, estás roja
como un salmonete, pero no llega a quemadura. Sobrevivirás.
—¿Tú crees?
Bajó la vista. Subir había sido fácil, bajar le resultaba temerario.
—¿Has visto cuántas piedras hay? ¿Y lo resbaladizas que parecen algunas?
Esta película ya la he visto, ayer, sin ir más lejos, y no me apetece repetirla.
—¡Qué exagerada! Habrá dos o tres metros. Bajo yo primero un par de piedras,
me das la mano y te ayudo; bajo otro par de piedras y te vuelvo a ayudar; así
hasta llegar a la arena. No es para tanto.
—Ya, llámame cobarde, pero el cementerio está lleno de valientes.
Suspiró intentando relajarse, centró su mirada en la paletilla de colores que
asomaban entre las nubes. El cielo se juntaba con el mar en una línea apenas
imperceptible para el ojo humano. Entre los acantilados del cabo Jesta y la
pequeña península o gran espigón de tierra, creyó ver delfines saltando libres y
contentos en el mar.
—¡Mira, Yon, delfines! Esos prismáticos qué bien vendrían ahora.
—¿Estás segura? Tan cerca de la orilla no suele haber delfines. Necesitan un
mínimo de profundidad en el agua.
—¡Mira! ¿Qué son, entonces? Ballenas no, no son tan grandes. ¿Salmones?
—No creo, miden poco más de un metro, desde aquí se verían muy pequeños.
Ballenas podrían ser, se ven muchas en esta zona, aunque suelen nadar mar
adentro, pero es posible. Claro que también pueden ser…
—¡No lo digas! No tengo prismáticos y no lo puedo verificar. Lo dejamos en
ballenas jóvenes, ¿vale?
—Vale. Pero que sepas que los movimientos de las ballenas son pacíficos y
majestuosos, elegantes. Estos son divertidos y salvajes, jocosos, más propios de
los delfines y los silbios.
Se retaban con las miradas, como niños jugando a verdad, acción o beso.
Acción había, verdad puede, solo faltaba el beso. Después de evitar mirarse
durante unos minutos, cohibidos y sin saber cómo comenzar una nueva
conversación, fue Laura la que, inspirada por la magnífica postal, decidió tomar
la iniciativa.
—El ocaso es triste porque se acaba el día; también alegre porque da paso a la
noche, a la esperanza. Te invita a soñar con un nuevo día, una nueva oportunidad
de hacer las cosas de diferente manera, de ser tú mismo o de cambiar el mundo.
Nuevas decisiones, nuevas experiencias. Me gusta, te hace pensar en los errores
que has cometido; en las cosas que podrías hacer, y no has hecho; en lo que te
falta por descubrir, por sentir. Es una parte del día muy importante. ¿Y a ti?
La miró embelesado, impresionado por la descripción y la melancolía de sus
palabras.
—No sé qué decirte. Para mí es una parte esencial del día, como lo es el alba.
Cuando amanece ves el mundo de otro color, piensas que eres una pieza
importante en la rueda de la vida. Con tu optimismo, con tus actos, con tu ayuda,
puedes cambiar o no la trayectoria de una persona o de varias. Cada nuevo día es
una nueva historia que contar, y tú eres el protagonista. Todas las partes del día
son necesarias porque llevan a otras. Como las etapas de la vida, no hay mejores
ni peores, todas tienen un motivo, una causa que deriva en otra y te lleva a donde
estás.
Le miró absorta. Sus palabras le conmovieron. Estaba a gusto, la sensación que
le envolvía era placentera, reconfortante. Se imaginaba en su cama, en pijama,
leyendo un libro, adentrándose en su contenido, pero esta vez el contenido era
ella. La protagonista era ella.
Nosotros seguíamos en nuestro mundo, callados, disfrutando de la mezcla de
colores, del ruido de los pájaros sobrevolando el cielo. Mi cabeza apoyada en su
hombro bueno, la herida quedaba en el aire, no me dolía. Me dolía pensar que,
en unos minutos, nos levantaríamos para irnos.
«Estar aquí con él es un tónico reparador para mi mente. Contemplar la línea
del horizonte cómo desaparece en el mar es revitalizante a su lado. No quiero
irme. No sé qué quiero, sé lo que no quiero y no quiero irme. No quiero separar
mi mano de la suya, mi cabeza de su cuerpo. Oigo su corazón y me relaja, no
quiero que desaparezca esta sensación». Estos pensamientos retumbaban fuerte
en mi mente.
—Estás pensativa. ¿Te gusta lo que ves?, ¿las sorpresas que te ha deparado el
día? Cuando me levanté esta mañana, si me dicen que íbamos a estar sentados tú
y yo viendo la puesta de sol, probablemente habría hecho algún comentario
sarcástico, escéptico. ¿Te arrepientes de no haber cogido el barco esta mañana?
—Me gusta estar aquí, este instante contigo. No me arrepiento ni de la caída de
ayer, aunque siento haberte hecho daño. Ojalá me hubiera caído yo sola, sin
molestar a nadie. Pero, de lo demás, no me arrepiento. Gracias a ella, estamos
aquí, te he conocido, he sentido el calor de tus besos y de tus palabras. Algo que
no creo que pueda ni quiera olvidar.
—¿No preferirías estar en otro lugar? ¿Con otra persona tal vez? ¿No tienes a
nadie que te espere en Barcelona? ¿O en Santa Olaya?
—No tengo novio, si es a lo que te refieres. Siempre he sido independiente, he
dedicado toda mi vida a hacer lo que me gusta, sin fijarme en las personas que se
cruzaban en mi vida. Como dijiste anoche, el estrés, el trabajo y mi familia
ocupan todo mi tiempo. Hasta ayer me sentía plena. Estas vacaciones me han
despertado de un extenso letargo. He descubierto emociones que desconocía,
experiencias que hacía un siglo que no tenía, por eso estaba pensativa. Meditaba
sobre estos días tan moviditos, sobre el lugar y todo lo que ha sucedido. Me
gustaría quedarme a tu lado, entiendo que oscurecerá dentro de nada…
Sus ojos azules se derritieron sobre mí. Me dio un beso dulce como la miel.
—Si tuviese imaginación, habría preparado una mochila con unas fiambreras,
luces, mantas y algunos objetos más de supervivencia, pero ninguna de las
innumerables fantasías que he tenido contigo desde que te conozco presintieron
una tarde tan inolvidable como esta. No podemos quedarnos, en veinte minutos
la única luz que habrá será la de la luna. Viendo el tamaño de las nubes, no sé
quién ganará, pero apostaría a que no será ella. Hacer noche aquí es imposible
porque la marea sube y baja, y podría arrastrarnos. Y quedarnos más horas, si la
oscuridad de la noche nos inunda, será peligroso caminar sobre las aguas cuando
nos acerquemos a las rocas.
—¿Por qué? No cubre.
—Si no vemos, podemos perder el oremus y, con ello, desviarnos hasta
aquellas rocas, hay más profundidad. En algunas zonas nos cubriría, en otras no.
Los peces son algo más grandes y menos amistosos que los de la orilla. No es
una buena idea.
—Sabes cómo asustar a una mujer que sí tiene una vasta imaginación. Sería un
final poco romántico el que estás describiendo. Mejor nos vamos.
Nos habíamos levantado y adentrado en el agua mientras conversábamos.
Habíamos recorrido pocos metros y ya empezaba a oscurecer, aceleramos el
paso. Según él, si manteníamos el ritmo, en quince minutos estaríamos con
Laura y Yon. Antes, por nuestra parada y porque íbamos despacio, tardamos casi
media hora.
Laura y Yon bajaron las piedras con cuidado y sin problemas.
—¿Ves, mujer de poca fe? Ha sido fácil.
—Sí. Asustaba más desde arriba, estoy más en forma de lo que creía.
—Deberían de llegar pronto, o se les hará de noche por el camino.
—¿Te imaginas que se quedan allí? El lago azul versión adultos, y sabiendo
donde están, sería superromántico.
—Siento decepcionarte y hacerte bajar de ese fantástico castillo que te has
construido en tu cabeza sobre esos dos, pero es imposible que pasen la noche
allí, no es propio de Nick ni de cualquier persona con sentido común. Sin
víveres, sin agua, sin mantas, doloridos, sin nada de luz, ni kit de supervivencia
y con la posibilidad de pleamar, ¡qué va! Hay muchas maneras de ser romántico,
pero esa no sería una de ellas. Sería una locura o un suicidio.
—¡Aguafiestas! A mí me parecería romántico pasar la noche los dos solos en la
playa con luz, una botella de cava, dos copas y una de vuestras riquísimas cenas.
Una manta y una almohada también estaría bien.
Yon giraba la cabeza riendo, los ojos bien abiertos, buscándonos en la
oscuridad que se iba cerniendo sobre las aguas del Cantábrico.
—Chica de ciudad… ¡Por ahí vienen! Veo sus siluetas, todavía no está oscuro
del todo. Iremos al coche y encenderemos las luces para que nos vean.
—¿No se gastará la batería?
—En diez minutos no.
Laura se quedó fuera, haciendo aspavientos con los brazos, indicándonos su
dirección. Yon, apoyado en un lateral del capó del coche, de brazos cruzados,
viendo con asombro saltar a Laura. Con dificultad y prisas, llegamos a la orilla.
Las nubes dominaban el cielo, la luna permanecía escondida entre ellas, sin
ninguna oportunidad de poder salir. Mi mano apretada a la suya, felices.
Preocupados por la incertidumbre, nos mirábamos constantemente.
—¿Cómo estás? Noto tu dificultad para caminar, aunque no te quejes.
—Estoy bien. Ahora más tranquilo, dudaba de que llegáramos sin problemas.
—He sentido la corriente tirando de mí. Tenías razón.
—Ya he notado tu presión sobre mi mano, después comprobaré si sigo
teniendo los dedos intactos.
Yon, mudo, sonreía orgulloso al vernos juntos. Laura no dejaba de
preguntarme con la mirada, intenté esquivar su interrogatorio. Me paré en la
puerta del automóvil para secarme un poco y ponerme los pantalones. Nick me
observó pasmado unos segundos, carraspeó, miró a otro lado avergonzado. Los
hermanos se saludaron efusivos y subimos al coche.
—Gracias, Yon. Sin tu brillante idea, no sé si habríamos llegado tan pronto.
—De nada, me gusta sorprenderte haciendo de hermano mayor. Es todo un
reto.
—No lo es. Eres el mejor hermano que se pueda tener.
Laura no dejaba de tirar de mi mano, pellizcarme y tirarme del brazo. Todo lo
que se le ocurría para que le contara nuestra experiencia en el otro lado de la
cala. Yon condujo hasta el hostal, eran las nueve de la noche. Nosotras teníamos
hambre; ellos, curiosidad.
—¿Cómo les habrá ido? ¿Seguirá el hostal en pie?
—Exagerado… Puede que algún cliente descontento, nada que no podamos
solucionar con una sonrisa y un «venga mañana y le invitamos a los postres».
Sonrieron contentos y nos miraron con disimulo por el retrovisor.
—Ha merecido la pena, ¿no?
—Sí, un paseo para recordar.
—No está mal la película, espero que no acabe igual.
—Te aseguro que es mejor la experiencia y espero que no acabe nunca.
19
ESTO NO ES UNA CITA

Entramos al hostal, nuestro olfato se alegró de ello.


—Será mejor que nos cambiemos y bajemos cuanto antes. Vendo todo lo que
tengo por un plato de comida.
—Pues ahora mismo no tienes mucho, si quitamos la tarjeta de crédito, claro.
Me acerqué a Nick para decirle que nos íbamos. Me agarró de la cintura
murmurando:
—¿Cenamos juntos? Tú y yo solos. En la cocina, en el comedor o en el
dormitorio. Lo que tú decidas será perfecto, porque estaré contigo.
—¿No serás poeta también? Tienes el don de dejarme sin respiración con cada
una de tus palabras. Me cambio y te digo algo.
—Tú inspiras esas palabras cuando me miras, al acercarte despacio como
ahora. No sé si vas a besarme o si vas a rozarme o si no vas a hacer nada… De
pensarlo, el pulso se me acelera.
Me emocioné igual que una niña frente a su cantante favorito. Mis pupilas
brillaban tanto como mi sonrisa. Fue un acto reflejo. Mis labios se unieron a los
suyos. Un beso dulce y cálido, como un cafecito en las tardes de invierno.
Laura anonadada por la tierna imagen que le llenaba la retina. Su mejor amiga
parecía estar viviendo un mágico romance, lo que deseaba su adorable cabecita
desde hacía meses.
—Cuéntame todo, y con todo me refiero a que no te dejes ni un punto ni una
coma.
Mi boca creció al máximo. Se alargó para formar la más grande de las sonrisas,
la que se te pone cuando abres el mejor regalo del mundo. Le expliqué cada
segundo que pasé con él. Embobada, escuchaba y aplaudía al mismo tiempo.
Subimos a su habitación. Mayte había dejado la ropa seca en el borde de la
cama.
—Me pondré los tejanos, la camiseta de manga corta y me haré una cola alta.
El vestido se ha manchado con el batido.
—Se me ocurre una idea: como no tenemos dónde escoger, ¿por qué no nos
intercambiamos la ropa? Como las vacaciones de hace dos años en Formentera.
—Me acuerdo. Teníamos un bikini y eran tres días de playa. Me puse tu
sujetador, y tú te pusiste el mío. Fue divertido, también lo hicimos con los tops.
—Yo me puse el tuyo azul, y tú te pusiste el mío negro. Hoy podríamos hacer
algo parecido: me pongo tu camiseta con mis tejanos, y tú te pones la mía con
los tuyos, o los jerséis. No sabemos si hará frío.
—Me parece genial, pero no me la manches de babas y besos, ¿eh?
—Descuida. Si llega ese momento, me la quitaré para que no se ensucie. Lo
haré por ti.
Rompimos a reír por mi sátira y su astucia. Nos llevamos la ropa a mi
habitación dialogando divertidas, dándonos un baño en la bañera de hidromasaje.
Todo estaba en orden: los platos a punto para servir; las mesas con sus
manteles blancos a cuadros rojos; una maceta de peonías rosas, rojas y blancas
decorando cada mesa; Maya haciendo su mejor papel con cada uno de los
clientes que entraban a la taberna; Jaime detrás del mostrador cobrando,
sirviendo tapas y pinchos en la barra; Mayte con Mamen en la cocina. Todo
parecía perfecto.
—¡Qué coordinación! Parece que llevéis haciéndolo toda la vida. ¿Nos vamos
de nuevo? Aquí no nos necesitan y aún nos falta una hora para el toque de queda
de Maya.
—Ya veo, trabajan mejor cuando no estamos. ¿Nos lo tomamos como una
indirecta?
Vigilaron los movimientos del personal. Les pareció interesante lo bien
organizados que estaban, pero les hizo dudar si eran buenos jefes.
—Igual tienes razón y es una indirecta.
—¡Dejad de decir gilipolleces! No tengo tiempo para lloriqueos. Si os quedáis,
poneos a trabajar; si no, buscad una mesa y a las señoritas. Sed unos buenos
clientes y dejad propina.
—¿La has oído? Le das un dedo y se coge el cuerpo entero. Como no estemos
alerta, nos echa del hostal. Te aviso.
—Pues yo le voy a hacer caso. Voy a darme un baño y a cambiarme de ropa.
Después pasaré a buscar a Isa. Hay que aprovechar hasta el último segundo.
—¿Qué has hecho con mi hermano, el que pasaba de las mujeres y ese rollo?
—Que ya no pasa. Un gran sabio me aconsejó que aprovechara el tiempo, mi
hermano pequeño, ¿lo conoces? Deberías de escucharle, a veces da buenos
consejos. ¡Lástima que no los practique!
—Muy simpático. ¿Nos vemos en media hora?
Nick se fue lanzado como un cohete. Yon le vio irse, sentía envidia sana.
«Ojalá pudiera… Quiero, me gusta muchísimo, pero, si yo fuera él, querría que
me tuviesen en consideración. Tampoco sé si ella siente lo mismo por mí, lo
natural sería que no. Es alegre, divertida, dulce. Pero eso no quiere decir que yo
le guste, será su carácter», meditó Yon intentando ser sincero consigo mismo.
Subió las escaleras camino de su habitación pensando en Laura. En las últimas
horas se había hecho la dueña de la mayor parte de sus pensamientos sin que
pudiera evitarlo. Se preparó un pantalón de lino beis y un polo blanco de manga
larga, y se dio un baño relajante, infalible para dejar la mente en blanco.
Nick organizaba en su mente la noche perfecta, una noche intensa, insuperable,
suficiente para que sus sentimientos crecieran y la hicieran dudar: «Es un juego
peligroso. Un incendio en mi interior, puedo salir ileso o puedo salir quemado. Si
me sale bien, quizás se quede unos días más. Le haría vivir una aventura
extraordinaria de la que no querría alejarse. Si me sale mal, me enamoraré más
de ella. Se irá sin ninguna opción de retenerla, mi moral por el suelo y mi
corazón en la basura. Olvidarla será una cruzada infinita».
Con tanta charla el tiempo se nos fue de las manos. Salí corriendo dispuesta a
acicalarme un poco. Laura siempre lleva cremas y algo de pintura en el bolso.
Quería estar perfecta por si la noche se alargaba.
—¿No tendrás una cuchilla o una crema depilatoria? Con mis inexistentes
relaciones con el sexo opuesto y mi poca esperanza en tenerlas, no he sido muy
precavida en ese aspecto.
—Tampoco exageremos. Las piernas y las axilas están depiladas. La
entrepierna también y lo importante tampoco es que sea un bosque. Y, si lo es,
igual no le importa perderse en él.
—¡Qué chistosa! No sé lo que él pensará, pero a mí sí que me importa. Puede
que sea mi primera vez con él y hace una eternidad que no lo hago. Quiero estar
de cine, no del medieval o de la antigüedad, sino del romántico.
—¡Sí que te ha dado fuerte! Viendo tu cara de felicidad… Sabes que nos
vamos mañana, ¿no?
—Lo sé. Vivimos en Barcelona, y él tiene toda su vida aquí. Por eso esta noche
tiene que ser una locura de las que no se olvidan aunque vivas noventa años, una
noche que contarás a tus nietas o bisnietas, o de las que puedes hacer de ella una
novela apasionante.
—Me has convencido. Vamos a prepararte para la mejor noche de tu vida.
El móvil de Laura comenzó a bailar al son de Stay with me, de Sam Smith, el
tono que le avisaba cuando Lucas llamaba. Cruzamos miradas, Laura se llevó las
manos a la cabeza.
—Con tanta escena de amor, me he olvidado de Lucas.
—¿Y se supone que es el amor de tu vida? ¿No te parece un poco raro?
—¡No digas bobadas! ¡Hola! Iba a llamarte en un rato. ¿Qué tal por ahí?
—¡Hola, cielo! Ha sido un día interesante. Hemos hecho turismo de carretera
por los pueblos de alrededor, comido en un caserío, tomado unas copas en el
hotel, y ahora íbamos a salir a cenar, cuando he puesto la televisión.
—Ya me contarás qué lugar es más bonito, habrá muchos en esa zona. ¿Has
hecho fotografías para que me las puedas enseñar mañana?
—Respecto a eso, cielo, lo he pensado mucho, creo que la solución más
razonable es que me vaya con Pol. He visto las noticias, hay un barco de
pescadores desaparecido en esa zona. Anuncian una fuerte tempestad las
próximas horas. Dicen que puede ser igual o peor que la de anoche, dudo que
podáis volver mañana. Tengo trabajo atrasado, no sé cuándo volverás y, si no
podemos estar juntos, no tiene sentido quedarme aquí, ¿no crees?
—¿Vuelves a Barcelona? Tu novia está en una isla incomunicada desde hace
dos días, no sabe cuándo podrá volver al hotel donde estáis hospedados, y tú,
como buen novio protector, en vez de buscar una manera de vernos, te vas en
sentido contrario porque no estamos juntos. No he visto las noticias, pero, si las
viera y fuera al revés, inventaría un modo de reencontrarnos o te esperaría. Sé
que es un asco que pasen los días y no nos veamos, estoy igual de indignada que
tú. Esperaba ir mañana. Desde luego esto no me lo esperaba.
—Enciende la televisión si estás en la habitación; si no, pide que te la
enciendan y comprobarás lo que te digo. Estábamos en alerta naranja hace una
hora, ahora es roja en toda la costa. Es posible que estéis varios días allí.
Efectivamente, la alerta naranja se había transformado en roja. La previsión de
olas de ocho metros y el viento huracanado podía formar fuertes corrientes en el
océano; corrientes marinas como las que había explicado Nick por la tarde, de
las que te arrastran con fuerza mar adentro.
—No podemos volver a casa, pero tú sí.
—El temporal marino durará hasta el amanecer y nuestro avión sale a las diez
de la mañana en dirección contraria. Además, la alerta es marítima, no aérea. Lo
siento, cielo. No soy meteorólogo, no sé lo que durará, pero aquí solo no hago
nada. Somos adultos, sabrás regresar y, cuando lo hagas, me llamas y nos vemos.
—Yo también lo siento. Ya, no pasa nada, tranquilo. Que tengas buen viaje.
—Gracias, cielo. Nos vemos. Llámame.
Laura colgó decepcionada, triste. Sus grandes ojos risueños se habían quedado
sin brillo, alicaídos. Me pareció poco apropiado por parte de Lucas decidir irse
pese a que, si lo meditaba, no me sorprendía. En el fondo entendía su punto de
vista. Había venido con una idea, y había ocurrido todo lo contrario. Pese a ello,
si me tenía que poner en el lugar de alguien, iba a ser en el de ella. La abracé
durante un largo minuto. Sin hablar, solo abrazadas. Luego se recompuso.
—Gracias, eres mi mejor amiga, mi punto de apoyo. Siempre estás cuando te
necesito, y ahora te necesitaba. Este abrazo me ha dado fuerzas, las mismas que
me hacen falta para maquillarte y ayudarte a preparar esa noche mágica. Al
menos que alguien tenga un gran romance estos días, una gran aventura. La mía
está claro que no va a ser…
—Porque no quieres… Lucas se va, pero, si miras a tu alrededor, hay alguien
que bebe los vientos por ti. Es cercano, generoso, te hace reír, conversas con él
como si lo conocieras desde hace un milenio y le puedes sumar lo
extraordinariamente guapo que es.
—No soy capaz de estar con alguien y besar a otro. Una cosa es hablar y ser
agradable, que me guste estar en su compañía, no lo voy a negar. De ahí a que
suceda algo más…
—¿Qué quieres que te diga? El jueves por la noche en la discoteca, me
preguntaste qué me parecía Lucas. Te voy a responder un poco tarde, pero te seré
sincera. La conexión que vi entre Yon y tú desde el minuto cero, cuando vuestros
preciosos ojos se cruzaron al entrar a la taberna a comer, ¿recuerdas? Incluso
demacrada y dolorida me percaté de esas chispas en vuestros rostros y vuestras
miradas. En la cena hablabais entre vosotros. Nick y yo desaparecimos estando a
vuestro lado. Bailando, con tus dos pies izquierdos y tu poco sentido del ritmo,
no le importó, le hizo gracia. Intentó enseñarte embriagado por tu naturalidad.
Creo recordar algún comentario despectivo por parte de Lucas con respecto a ese
tema aquella noche. Su regalo de despedida, como si tuvierais telepatía, fue lo
que deseabas con tanto anhelo: su número de teléfono. Has cogido más
confianza con él en un día que con tu novio en casi dos meses. Todo eso y más
no lo vi esa noche. Ni en ti ni en Lucas.
—Puede que tengas razón. Lo que siento cuando estoy al lado de Yon no lo
había sentido antes. Me siento atraída por Lucas y su magnetismo, es distinto a
Yon, más extrovertido, presumido y fiestero, pero no es mal tío. Es verdad que
no comprendo cómo puede volver un día antes a casa sabiendo que estoy
obligada a quedarme, pero…
—Por eso creo que, si él ha elegido irse, deberías divertirte. Es más: estoy
segura de que, anoche de copas con Pol, no sería un santo y esta noche volverán
a irse de fiesta. ¿Crees que, si tiene la oportunidad de ligar, no lo hará? ¿Por qué?
¿Por qué lleváis más de un mes hablando a través de mensajes y videollamadas?
Porque vuestro noviazgo se basa en eso, excepto ¿cuánto?, ¿dos tardes? Y el
jueves, no nos olvidemos del jueves, cuando quiso acostarse contigo, y no
quisiste.
Me supo mal hablarle así, pero tenía que hacerla reaccionar, era TeamYon por
muchos motivos, pero el que más apreciaba era la forma en que la miraba. Su
rostro palideció por mi argumento, su mirada se perdió entre las cuatro paredes
del dormitorio.
«Es verdad, nuestra relación está basada en mensajes cortos y videollamadas
de diez minutos hablando de su trabajo mayormente. Los besos más largos nos
los dimos la noche que nos conocimos y este jueves por la noche. A eso se le
podría llamar rollo, no relación. ¿A quién quiero engañar? Por eso se va. Si fuera
mi novio, estaría preocupado por mí, y yo también por él», confesó Laura para
sus adentros.
—No debería haberte hablado así, puede que me equivoque… Tampoco es que
lo conozca, es la segunda vez que lo veo, y de la primera no me acuerdo.
—Ya se me pasará. Acércate más, si no te saldrá la línea torcida. No puedo
pintarte con el eyeliner desde tan lejos. En realidad, tengo tantas ganas de
enamorarme que me exijo a mí misma hacerlo aun sabiendo que esa persona no
siente amor por mí, solo deseo; deseo que siente también por otras chicas. La
diferencia entre ellas y yo es que le obligué con mi optimismo habitual a salir
conmigo el sábado siguiente y a él no le importó. Después ha sido casi todo por
teléfono, hasta estos días. Si lo piensas fríamente, no lo conozco más que tú a
Pol. Con él has tenido suerte, os habéis dejado las cosas claras.
—Es cierto, si volvemos a vernos y estamos libres… Le gusto y me gusta,
puede que no fuese una relación, quizás un rollo, una aventura. Hay que
simplificar, si tiene que pasar, pasará.
—Sí. La complicada soy yo.
—No te compliques, hazme caso. Yo sí que te quiero y quiero que disfrutes de
lo que te da la vida. La vida te ha dado a un hombre alto, de tiernos ojos azules y
sonrisa sincera que, de verdad, está loco por ti. Tal vez no sea un castigo estar
incomunicadas en la isla. Lo de incomunicadas es un decir, tenemos teléfono.
—Si me enseñas las imágenes que hiciste en las islas, empezaré el artículo.
—Eso también. No obstante, me decantaría por pasar más tiempo con mi
pretendiente. Si la vida te da limones, haz limonada. Creo que me dejaré el pelo
suelto, me trae buena suerte.
—¡Qué loca estás! Da igual cómo lleves el pelo, a Nick se le cae la baba
cuando apareces te pongas lo que te pongas, como si vas desnuda.
—Entonces, se le caerá más.
Abrimos la puerta de la habitación riéndonos a carcajadas y nos topamos con el
brazo de Nick, que iba a tocar a la puerta.
—¡Hola! Creía que estabas sola. Venía a buscarte para cenar.
Nos pusimos coloradas como tomates, reaccioné rápida y empecé a batear el
primer round.
—Estábamos arreglándonos un poco. ¿Cenamos en el comedor tú y yo solos en
una mesa? Y, si a mi querida amiga no le importa, podría cenar con tu hermano.
Por hacerle compañía más que nada, ya que tú estarás conmigo.
Laura encajó el golpe frunciendo el ceño, abrió su enorme boca para decir
algo, pero lo único que hizo fue soplar y mirar hacia arriba, imagino que
acordándose del día que nos conocimos. Yo sonreí satisfecha. Nick me cogió de
la mano apretándola contra la suya suavemente, suspiré entusiasmada, tenía
tantos planes en mi cabeza para esa noche que no veía el momento de que
llegara. Tampoco quería que corriera: por un lado, quería que volasen los
minutos; por el otro, quería saborear cada instante.
Yon había escogido una mesa para los cuatro. Nick le hizo un gesto con la
cabeza y puso su mano en mi espalda invitándome a seguirlo. Yon nos siguió
con la mirada hasta la mesa donde nos sentamos, levantó las cejas sin poder
creer lo que veía. Laura se acercó a Yon.
—Creo que tendremos que cenar solos, si no tienes otros planes.
—Déjame ver mi agenda… No, esta noche estoy libre. Me acaban de dejar
plantado por primera vez en veintiocho años. Necesitaré un buen vino para
olvidar este momento. También tenemos cava catalán si lo prefieres, aunque solo
nos lo piden para las celebraciones.
—¿Tenéis cava? No lo habéis mencionado, el vino me gusta, pero el cava me
gusta más.
—Escoge: ¿rosado, brut, seco o semiseco? Mi conocimiento es escaso en este
tema, será mejor que elijas tú.
—Prefiero un brut nature, verás como te gusta.
—¿Y de comer? Ahí sí te puedo ayudar.
—Escoge tú, he comido variado últimamente. No sé qué escoger. Al final,
tenía yo razón: ¡míralos qué acaramelados! Se comen con los ojos.
—¿Y te extraña? Desde el principio supe que se enrollarían. Digo enrollarían
porque más tarde o más temprano os iréis. Si vivierais cerca, sería diferente. No
sé lo que siente Isabel por mi hermano, pero sé lo que siente él por ella. Si
pudiera…
—¿Crees que es amor?
—¿Tú no?
—Desde que la conozco, jamás ha mirado a un hombre así. Tampoco ha tenido
ninguna relación larga ni ha querido a nadie, que yo sepa, y yo lo sé todo. Si es
amor, es una putada.
—Nick tampoco. Desde el instituto lo único que ha tenido esporádicamente es
algún lío, y de eso hace ya bastante, tampoco es que tenga mucho tiempo. Creo
que ni siquiera ha pensado en ello, y este se lo ha encontrado.
—Según lo que pidas, elegiremos la bebida. Es nuestra primera cena juntos,
¿prefieres escoger tú?
—A ver, ¿qué vas a pedir de cenar?, ¿carne o pescado?
—Había bastante salmón. Pediré salmón al horno y una ensalada.
—Yo la ensalada y el pollo al chilindrón. De beber, estaría bien una copa de
cava, pero, como supongo que no tendréis, pediré una cerveza de la comarca.
—¿Quién ha dicho que no tenemos? Mira hacia allí y escoge el que quieras.
Pero no te pases mucho bebiendo, recuerda que hoy haces tú los cócteles. Así
coges experiencia.
—Mmm… Escogeré el seco, sería perfecto para celebrar nuestra primera
cena…, ¿o cómo lo llamaríamos? ¿Una cena de amigos con derecho a roce, una
cita en plan formal? Es tan raro todo lo que nos envuelve… Por los cócteles no
te preocupes, ahora te conozco un poco y puedo calificarte mejor, pero el mío lo
haces tú, me gusta que me sorprendas.
—Dalo por hecho. A mí me gusta ver tu cara cuando te sorprendo. No sé si es
o no es una cita. ¿Cómo etiquetar una historia que tiene un final incluso antes de
empezar? Si pudiera parar el tiempo, le pondría un nombre, pero no tengo esos
poderes. Sé que quiero pasar el mayor tiempo posible contigo, absorber cada
minuto y degustarlo mientras pueda.
Movió su cabeza hacia adelante y, como un imán, hice lo mismo. Cerré los
ojos, juntamos nuestros labios en un tímido beso y parpadeamos comprobando
que no era un sueño. Volvimos a acercarnos nariz con nariz, un leve roce, para
después volver a la conversación. No estaba preparada para esa sensación de
vértigo que salía de mi corazón.
—No quiero que acabe este momento. El tiempo ya no me importa tanto, o no
me importa nada. Hablando del tiempo, ¿sabéis algo del barco desaparecido?
—No sabemos si son de aquí, si son expertos o aficionados de alguna de las
islas o de la península. Mis compañeros están llamando a los pescadores locales
para comprobar que no falte nadie. En la isla hay más de cien barcos pesqueros,
artesanales, comerciales y deportivos.
—Supongo que los conoceréis a casi todos, no parece que haya mucha gente
viviendo aquí.
—A toda la población no, a los que tienen licencia de navegación sí.
—Dicen que esta noche el temporal será más fuerte.
—¿Sabes lo de la alerta, lo que eso significa?
—¿Que ya no es alerta naranja, es roja? Sí, lo sé. Significa que tendremos que
cambiar de habitación porque, si no, me adueñaré de la tuya. O me haces un
hueco en tu cama. En tu armario no, no tengo ropa, y no digamos ropa interior.
No sé cómo lo voy a hacer.
—Acepto el trato. ¿Me lo firmas con un beso? Y te dejo lo que quieras: mi
cama, mi ropa… La llave ya la tienes, de mi habitación y de mi corazón. Porque
has leído la nota, supongo.
—Síí… Es el motivo por el que me lancé en la playa. No soy tan atrevida
como crees. Quería comprobar si eres un poeta frustrado o solo un hombretón
rendido a mis encantos.
—¿Y cuál ha sido el veredicto?
—Es la mejor idea que he tenido en mucho tiempo. Te daría más besos, pero
tenemos más de veinte ojos mirándonos, y soy tímida, ¿sabes? Me reservaré para
otro momento. ¿Y qué pasará con esas personas? ¿Tenéis guardacostas?
—¿Tímida? No sé… Te definiría más como arrolladora. Arrasas con todo lo
que me rodea, dejándome sin armas para luchar contigo. Tímida no lo creo,
aunque me gustaría averiguarlo. No hay guardacostas. La isla es grande en
extensión, no obstante, su censo no llega a mil habitantes. Tenemos un barco
policía, pero nuestra jurisdicción acaba en el islote de Arganzú por el oeste, el
peñón de Calke por el norte y Rogran por el sudeste. Más allá no podemos hacer
nada. Teniendo en cuenta las horas que hace de su desaparición, han pasado esos
límites seguro. Mañana a primera hora vendrán barcos de Salvamento Marítimo,
Protección Civil, servicios de emergencias y posiblemente un helicóptero del
SAR. Me han pedido que vaya con ellos para ayudarlos a peinar la zona.
—¿No puede ir otra persona? Tú tienes que hacer reposo, y pensaba obligarte a
que lo cumplieras a mi lado. Oí decir al doctor que no tenías turno.
—Me tientas mucho… No hay ningún otro lugar en el mundo donde me
apetezca estar más. En mi trabajo el reposo es discutible. Conozco el mar, la
zona y las normas, y soy el jefe de Policía de la isla. Es mi deber ir yo, y no mis
compañeros. Puede que me acompañe alguien, depende de las emergencias que
haya esta noche.
—Suena a película de Bruce Willis, y mi sexto sentido dice que no te voy a
convencer, así que no lo intentaré.
—Intuía que dirías algo así. Eres diferente. ¿Quieres más?
Me sirvió otra copa. Conversamos plácidamente, conociéndonos un poco
mejor con cada tema que abordábamos. Nuestras manos se buscaban a menudo,
rozándose, y nuestras bocas también. Terminamos la cena a las diez y media,
Maya nos divertía con un comentario sarcástico cuando pasaba por nuestro lado,
amenizándonos más la velada. Ya había pasado la hora límite, no dijo nada.
—¿Siempre eres así? No te imaginaba tan protector, creía que ese era Nick.
—No te creas, es un gen hereditario. Mi madre lo controlaba todo y nos
protegía de cualquier mal; sin embargo, nos dejaba que cometiéramos nuestros
errores. Decía que era la mejor lección para aprender a no volver a hacerlos.
Hago lo mismo contigo.
—Pues no he aprendido mucho, aparte de que los pimientos pican y me arde la
boca.
—He intentado que no comieras, demasiado testaruda para hacerme caso. Así
aprenderás la lección. ¡Ay! Eso ha sido inapropiado, te lo puedo hacer a ti.
—No te imagino pellizcando a la gente, eres bastante pacífico, o eso me
parece. Me gusta.
—También soy muy bueno haciendo cosquillas. Dicen por ahí que se puede
torturar haciéndolas. Si estás mucho tiempo, se vuelve insoportable.
—No te atreverás. Está lleno de gente y nos están mirando, sobre todo Maya.
—Tranquila, no llamarán a la policía.
—Tengo muchas cosquillas, no puedo ponerme a reír en medio del restaurante.
—Lo sé, antes, cuando he ido a coger el pan, te he rozado el brazo un segundo,
te has estremecido. Suele ser porque eres propensa a las cosquillas o porque te
gusta la persona que te roza, pensaré que es por las cosquillas.
Ellos también disfrutaban de la cena conversando y bromeando. Su amistad se
consolidaba más, y sus sentimientos puede que también. El restaurante estaba
lleno a rebosar, los sábados por la noche había música en directo o
monologuistas a hacer su espectáculo. Podías jugar libremente a cualquiera de
los diferentes juegos, pero sin torneos. La música en directo solía ser de algún
grupo local de la comarca o de la provincia. Venían unos días antes, se alojaban
en el hostal con todos los gastos pagados y disfrutaban de la isla. Gracias a esa
costumbre, a las once empezaría el concierto.
—¿Y quién dices que va a tocar?
—Se llaman Berdea, tocan mezcla de rock callejero y reggae. Música pegadiza
que hace levantarse y bailar al personal. Te gustará, aunque lo tuyo no es bailar.
—Se me da mejor cantar. No entiendo cómo no te apartaste cuando te pisé por
tercera vez.
—Soy tenaz, si me das unos días, saldrás bailando como Ginger Rogers y yo
seré tu Fred Astaire.
Su carcajada fue monumental, la oímos hasta nosotros, que estábamos a varios
metros. El ambiente era familiar, íntimo y, aun así, alegre. Familias de cinco
personas en las mesas de enfrente; en la esquina nosotros; a nuestro lado dos
parejas explicando los daños de las lluvias del día anterior; un grupo de seis
amigos que formaban un poco más de alboroto; Yon y Laura conociéndose; en la
mesa de al lado tres amigos cenando, hablando del duro día de trabajo, del
tiempo. Todos recibieron mensajes en el móvil, ipso facto se giraron mirando a
Yon.
20
CUANDO TE FALTA EL AIRE

Yon también había recibido el mensaje, los miró aceptando la orden con la
cabeza.
—¿Qué sucede? ¿A qué viene tanto misterio?
—Tengo que irme, nos han avisado de una emergencia. Iba a decírtelo, pero,
como no solemos tener muchas y os ibais ayer, no lo vi necesario. Soy bombero
voluntario y actualmente estoy operativo. Ellos son mis compañeros. Tenemos
que irnos de inmediato. Luego te explico, he de avisar a Maya y a Nick.
—¿Bombero voluntario?
Nick vio que esos hombres se levantaban apresurados, miró a Yon y fue hacia
ellos.
—Si es necesario, voy con vosotros. ¿Dónde es la emergencia?
—Negativo, jefe, estás lesionado. Te quedas aquí.
—A lo mejor lo necesitamos, debería venir Yon.
—¿Qué dices, Aitor? En estas condiciones, no puede entrar en un edificio en
llamas.
—Y no entrará. Mira la dirección. Quizás nos ayude más desde fuera. Es la
segunda vez en tres meses que vamos a su casa, y Nick, la anterior, consiguió
calmarlos.
—¿Y crees que esta vez también tiene algo que ver?
—No sé, un incendio son palabras mayores, pero nunca se sabe. Si alguien
puede convencerlo de algo es Nicolás. Son amigos de instituto y tienen un
pasado en común.
Salieron todos juntos como alma que lleva el diablo.
—Te esperamos allí. Desde la central avisarán al centro médico.
Eran tres hombres altos: uno más delgado, los otros dos muy corpulentos. Los
mismos que la noche anterior Laura y yo bromeábamos sobre que eran dos
torres. Ellos y Yon partieron en un todoterreno oscuro.
—¿Te puedo acompañar? Sea lo que sea, soy enfermera, aunque sea en
prácticas, puedo ayudar. Si no tienen mucho personal, es posible que necesiten
dos manos más.
—Está bien, pero no te escapes. No quiero sorpresas, no sé si podría ser un
buen guardaespaldas, y menos en un incendio.
Me miró con ojos de cordero suplicando que no le degollaran.
—Seré responsable, lo prometo.
—¿Alguien me puede explicar qué ocurre? ¿Por qué Yon ha salido pitando?
¿Hay alguien en esta familia que sea normal y no tenga varios trabajos?
Nick sonrió tierno. Le hizo un resumen mientras abría la puerta del coche.
—Los dos somos normales. Los que tenemos tiempo libre, nuestra vida
familiar nos lo permite y nos gusta ayudar a los demás lo hacemos. La isla no es
tan densa, no hay mucha población disponible para hacer ciertas actividades.
—¿No me iréis a dejar sola? Prometo quedarme quieta en un rincón.
—Siento no estar de acuerdo. Es una emergencia, no una atracción turística.
No puede haber mucha gente en el exterior, necesitamos espacio para trabajar.
—Me da igual lo que pienses. Siento ser tan brusca, pero estaba cenando con
Yon. Solo os conozco a vosotros. Incluso Isa se va. No pienso quedarme sola
esperando mientras la gente que me importa se pone en peligro. Si no me llevas,
voy andando. No será difícil encontrar una casa en llamas.
Disconforme, gruñó entre dientes, sabía que cumpliría su amenaza. Resignado,
aceptó, prefería tenerla controlada.
—Está bien. Sube al coche, pero no te muevas de él, ¿de acuerdo?
Laura aceptó la oferta satisfecha. La única ambulancia de la isla se dirigió al
incendio con una doctora y un enfermero, dejando el centro médico con un
celador, tres enfermos y un vigilante de seguridad. Por el camino nos explicó en
cinco minutos la situación.
—En la isla no tenemos cuerpo de bomberos ni parque de bomberos. Tenemos
un almacén al lado de la comisaría, estaba abandonado y, gracias a la ayuda de
los ciudadanos de la isla, lo adecuamos para ello. Desde la central de
emergencias y el cuerpo de bomberos de Santa Olaya, nos prestaron material y
un vehículo. Hace años, después de un gran incendio y varios muertos, los altos
cargos de la central hicieron una selección de personal entre la población. De
esta manera habría efectivos especializados en la zona y no tardarían tanto en
llegar al lugar de los hechos. Hicieron varios cursos para formarlos, querían
gente preparada en la isla para salidas de emergencias, incendios y rescates.
Hasta entonces venían de Santa Olaya o de Bilbao. Normalmente, no sucede
gran cosa, algún incendio forestal, accidente de tráfico o rescate cerca de las
rocas. Cada año hacen una convocatoria, Yon se apuntó hace varios años, yo
hace poco, e hicimos esos cursos de formación y guardias programadas. Antes
eran nueve personas, ahora somos siete, muy pocos para todo el conjunto de
islas. No cobramos ninguna remuneración, todos tenemos nuestros trabajos.
Aitor, Hugo y Mikel estaban cenando en la taberna después de un duro día en la
fábrica. Aquí los sábados es un día laborable, como otro cualquiera.
—¿Cómo lo hacéis? Si estáis trabajando, no podéis salir a una emergencia.
—Todos tenemos un permiso. El almacén está vacío, excepto los domingos y
festivos. Estamos trabajando, pero estamos disponibles las veinticuatro horas del
día. Se necesitan tres personas para ir a una emergencia, nos turnamos, avisamos
a la central de quién está disponible cada semana, y ellos, cuando hay un aviso,
nos mandan un SMS. Ayer comuniqué que estaba lesionado y durante cinco días
no estaría operativo, por eso no he recibido ninguno. Tenemos un grupo de
WhatsApp y entre nosotros también nos comunicamos. Cuando tenemos tres o
cuatro efectivos, avisamos a la central y salimos. Da igual dónde estemos, en
cinco minutos estamos preparados. Los domingos todos tenemos fiesta y
aprovechamos para entrenarnos en las zonas comunes del almacén. Tenemos
cocina, área de descanso, gimnasio, equipamiento de protección, incluso la
cucaña para bajar a la planta baja. Esos días nos preparamos y formamos
entrenándonos en equipo para hacerlo lo mejor posible.
Aparcó el coche delante de la casa en llamas. Laura se quedó apoyada en la
puerta, observando cada movimiento con un nudo en el estómago. Nick y yo
salimos. Era una casa ancha, tenía dos plantas y el garaje unido a la casa en el
lado derecho. Blanca, con el tejado empinado de pizarra negra y una pequeña
buhardilla en el pico del tejado.
Hicieron un perímetro de reconocimiento. Eran cuatro bomberos y Nick.
Entraron dos de ellos a la casa avisando de quiénes eran, preguntando si había
alguien y cuántos eran. El fuego parecía estar en la planta superior, en dos de las
tres habitaciones. Abajo estaban el comedor y la cocina. No se veía fuego, solo
el humo que se apoderaba del interior de la casa. Informaron a Aitor, el oficial al
mando, que comenzó a darles las instrucciones. Nick llamó a la comisaría.
—Ramón, soy Nick. Búscame el teléfono de Rafael Clemente, necesito hablar
con él urgentemente. Estamos delante de su casa, está ardiendo. Y dame la
previsión del tiempo actualizada. Con suerte, llueve pronto y nos ayuda.
—Lo malo es el viento, empieza a soplar en dirección contraria. La tormenta
no tardará, hasta ese momento, la situación es crítica. El fuego sale de la planta
de arriba, hay que averiguar el punto de ignición. ¡Que alguien enganche la
bomba ya!
—Rafa, soy Nick. Estoy delante de tu casa y no me gusta lo que veo. ¿Dónde
estás?
—Nick, me alegra oír tu voz. Lo siento, me he quedado dormido. He bebido
una copa o dos, y… no sé lo que ha pasado. O sí. ¡Me ha dejado! Dijo que no lo
volvería a hacer, y lo ha hecho. Sé que ya me advertiste, pero tiene dos hijos.
—Rafa, ¿qué has hecho? ¿Y los niños? ¿Dónde están Diego y Alba?
—Los acosté antes, no sé qué hora es, pero deberían estar durmiendo. Yo… no
recuerdo haberme dejado nada encendido. Tal vez el cigarro…
—¿Has vuelto a fumar después de dos años? ¡Joder, Rafa! Sabes que no
merece la pena, tu vida y la de tus hijos valen más que lo que te pueda ofrecer
ella. Pensé que lo habías entendido, que ibas a superarlo… ¿Estás en tu
habitación o en el despacho? ¿Puedes salir?
—No es tan fácil. Estoy arriba, en mi habitación, es la de la izquierda. No veo
bien por el fuego y el humo. Protegedlos a ellos, yo no importo. ¡Mi vida, mi
hogar se han acabado!
—¡Hugo, ve a por Rafa! ¡Mikel, Yon, id a por los niños!
Levantó el pulgar hacia arriba mirando a Nick, felicitándole por sacarle el
punto de ignición y la ubicación.
—Tú importas igual que ellos. ¿Puedes ir hacia la puerta? Hugo subirá a por ti,
Mikel y Yon irán a buscar a los críos. No hay más personas en la casa, ¿verdad?
—No, mi hermana se fue esta tarde. Si no me quiere a mí, que lo haga por sus
hijos. Si quiere dinero, tengo una empresa propia que va bien, no genial, pero da
dinero suficiente para que no le falte de nada. Aun así, ha preferido irse, dejando
a su familia atrás. ¿Qué le digo a Diego? ¿Y a Alba? ¡Ah!
—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
—¡Se ha caído algo del techo! Casi me da. ¡Ah!
—¡Rafa, Rafa!
Nick y Aitor cruzaron miradas. La doctora preparada con una camilla, el
enfermero con el botiquín, y la ambulancia con las puertas abiertas. Aitor
comenzaba a echar agua por el lateral superior izquierdo de la casa, Hugo llegó a
la habitación y vio a Rafa tendido en el suelo.
—¡Lo tengo!
Lo cogió en brazos y se lo puso en los hombros. Antes comprobó su pulso, le
puso aire a través del respirador. Se desmayó por el shock, por el alcohol, tal vez
por la impotencia. Lo dejaron en la camilla. Le hicieron una primera toma de
contacto, respiraba con dificultad. Hugo ayudó a Aitor con el agua.
—Mikel, Yon, ¿tenéis a los críos?
—¡Veo a Alba, está en un rincón! ¿Te encuentras bien? Respira por aquí. Todo
en orden, ¡salgamos!
Dieron dos pasos, se descolgó la lámpara del techo y unos estantes de la pared.
Todo iba cayendo destrozado por el fuego, unas vigas les cortaron el paso.
—No podemos salir por la puerta, la ventana está abierta. ¡Acercad la escalera!
Intentaré salir por ahí. Pégate bien a mí y no te muevas, ¿vale, Alba?
—¡De acuerdo! Yon, ¿me oyes?
—Te oigo. No encuentro a Diego. Estoy en la habitación, no hay fuego, algo
de humo y bastantes grietas en las paredes, pero no veo a nadie. Es posible que
se derrumbe en minutos.
—Al lado de la cama hay una trampilla, una puerta de madera que se abre, se
esconde ahí cuando mis padres discuten para evadirse y no escucharlos.
Alba, con un hilo de voz entre una tos y otra, le comentó a Mikel dónde podía
estar su hermano. La voz de Yon sonaba desesperada porque no lo veía. Mikel
apretó el botón del transmisor que llevaban en el hombro y le contó dónde podía
estar el niño:
—Yon, soy Mikel. Hay una puerta en el suelo, al lado de la cama. ¡Diego está
ahí!
—La veo, voy. ¡Diego! ¡Diego, soy Yon! ¡Vengo a ayudarte!
Abrió la puerta. El niño de cinco años estaba abrazado a sus rodillas, asustado,
llorando. No quería irse. Yon le ofreció su brazo.
—No, me quemaré. Si salgo me haré daño porque me quemaré. Una vez me
quemé con la sopa y me dolió.
—No te quemarás. Yo estoy aquí, y no me quemo. Te cubriré con mis brazos,
mi traje es como el de Superman, pero más feo, y no se quema.
—¡Mientes! Lo dices para que me vaya contigo.
—¡Es cierto! Ven y te lo demuestro. Si no es así, vuelves a bajar, ¿vale? Tu
hermana está preocupada. Está con mi amigo, que lleva un traje igual que el mío,
y está bien. Si quieres, me saco la chaqueta y te la pones. ¡Así seguro que no te
quemas!
Le alargó el brazo, Diego se agarró a él. Le cubrió entero con la chaqueta, a
excepción de la cabeza, que la apoyaba en su hombro. Miró a su alrededor,
apenas había una pequeña línea de fuego que les impedía llegar hasta la puerta.
Las llamas habían traspasado las numerosas grietas del tabique que dividía las
dos habitaciones.
—Bien, ahora te voy a pedir que seas valiente, como Superman. Tenemos que
cruzar esa línea de fuego. No puedes moverte. ¿Sabes contar hasta…?
—¡Hasta cien!
—¿Hasta cien? ¡Caramba!, eso es mucho. Cuando te avise, contaremos hasta
cien y no podrás moverte. ¿Preparado? ¡Ya! —Chocaron las manos y salieron
corriendo. Cruzaron la línea de fuego—. Siguiente paso, llegar a la puerta.
—¿Dejo de contar ya?
—No, sigue hasta cien. Cuando llegues estarás con tu padre y tu hermana.
Avanzaron unos metros, se oyó un fuerte estruendo. Cayó un trozo de tabique,
que hizo volcar el armario. Se desplomó encima de Yon cuando le faltaban pocos
metros para alcanzar la puerta. Quedó tumbado boca abajo, Diego estaba
protegido por su cuerpo por arriba y por sus brazos por debajo. El armario había
caído encima de su pierna izquierda y parte de la derecha. No había fuego en ese
lado, sin embargo, los restos del tabique se fueron derrumbando como piezas de
dominó. El polvo del cemento se mezcló con el humo, no podía ver nada.
—¡Estoy atrapado! ¡El armario del niño se ha derrumbado encima de mis
piernas! Creo que las puertas tenían espejo, he notado algo punzante atravesarme
la piel. El crío está bien, pero no puedo moverme. ¡No sé cuánto tiempo
podremos aguantar! Los tabiques están fallando. Creo que ya no hay puerta de
salida. Demasiado polvo y cal. Puede que haya un agujero. No estará lejos. Si
me pudiera levantar…
—¡Vamos para allá! En dos minutos estamos contigo. ¡Mikel, Hugo!
Sus compañeros se adentraron en el fuego, subieron las escaleras raudos,
llamándole. Alba estaba con el enfermero; Rafa, con la doctora. No reaccionaba
bien, decidieron llevarlo a la clínica. Los pulmones estaban afectados y no podía
respirar. Nick les pidió el botiquín, el desfibrilador y varios medicamentos, por si
acaso. El enfermero prometió volver cuando dejara a Rafa y a la doctora allí.
Alba se encontraba bien y quiso quedarse, necesitaba abrazar a su hermano
cuando saliera, que no estuviera solo. Su padre asintió.
—¡Los vemos! Hay un agujero entre los escombros. Es muy estrecho, yo no
quepo. Mikel está probando. Si nos quitamos la chaqueta y los extintores… Hay
un muro de hormigón, difícil de romper con nuestras herramientas, tardaríamos
demasiado. El lado inferior se podría intentar, pero no es seguro. Si se derrumba,
no hay otra entrada.
—Soy demasiado grueso, aun quitándome la chaqueta no pasaría. Como
mucho cabrá un adolescente. Es mi impresión por este lado, por dentro no
sabemos cómo está. A lo mejor se podría intentar agrandar, pero hay que entrar.
—¡Puedo ir yo, es mi hermano!
—No, Alba, tú no puedes ir.
—¡Soy una adolescente! Ha dicho que cabrá un adolescente.
Estaba detrás de Nick oyéndolo todo. Le observé durante unos segundos, el
sudor de su frente, sus ojos desorbitados, mirando al cielo a ver si llovía o si le
daba una idea para salvarlos. No sabía qué hacer, pero yo no lo dudé.
—¡Iré yo! Estoy al lado de Alba, quitando que soy más alta, no hay mucha
diferencia. Seguro que quepo por el agujero, puedo sacar al niño y ayudar a Yon.
—¡Ni hablar, tú no eres bombero! No sabes qué hacer delante del fuego. ¡Sería
un suicidio!
—No soy bombero, pero soy lo más parecido que tienes a una adolescente
adulta, con nociones de enfermera, por si al entrar necesitan primeros auxilios.
Estoy delgada y, por las medidas, es posible que coja en el agujero sin que llegue
a romperse. ¡Puedo ayudar y lo sabes!
Desesperado, se echó las manos a la cabeza, se repasó el pelo una y otra vez,
restregándose la frente. Daba vueltas sobre sí mismo como un tornado. Soplaba,
sabía que tenía razón, y no quería admitirlo. Laura, frenética, caminaba de arriba
abajo. Ya no le quedaban uñas.
—Es una buena opción, y no tenemos muchas. Hay que pensar rápido, yo lo
tengo claro. Estaremos conectados, Hugo y Mikel estarán a unos metros.
—Sabes que una civil no puede entrar en un edificio en llamas. No tiene
preparación. Yo también estoy delgado y estoy formado. Puedo ir antes que ella.
Le agarré de los brazos, frenando sus giros. Nos miramos en silencio, un
silencio que lo decía todo. Agachó la cabeza negándose a admitir lo evidente. El
tiempo apremiaba.
—¡¿Cómo puedes ser tan cabezota?! ¡Eres…!
—¡Tú no puedes ir! Sé lo del hematoma interno y sería peligroso que lo
intentaras. Si no hay más remedio, lo entendería. Sin duda, soy mejor opción.
¿Te acuerdas de la cena? Salvamento Marítimo, Protección Civil… Por tu
trabajo, no podías hacer reposo, cuando sabes perfectamente que lo tienes que
hacer. Sé que esto tengo que hacerlo, ¡y tú también!
Se quedó petrificado, si le pinchaban, no sangraba. Nerviosa y emocionada por
su preocupación, fui hacia Aitor.
—¿Qué tengo que hacer?
—Ponte esta ropa, te irá algo grande. El casco, las gafas, los guantes, toda
medida de precaución es poca.
—No importa, tiene tirantes. Necesito el botiquín, por si acaso…
—Lleva el transmisor siempre encendido, quiero escuchar cada paso que das,
cada movimiento que haces, ¡No quiero locuras!
—De acuerdo. Seré responsable y meticulosa. —Esto último lo dije
observando a Nick mientras Aitor me colocaba el transmisor en la frecuencia
adecuada intentando calmarlo sin éxito.
Laura abrió la boca para decirme «¡ten cuidado y tráelo de vuelta!», en la
distancia. En silencio, su voz no sonó, pero la entendí. Temblorosa, comencé a
andar. Suspiré hondo para coger fuerzas. Recordé las palabras de mi madre
diciendo que no hiciera locuras. Pensé en ese pobre niño; en Yon y Laura, la
buena pareja que hacían; en Nick. Cuando me di cuenta estaba subiendo las
escaleras, informé a Aitor de cada metro que andaba, como me había dicho. Vi
caer vigas ardiendo por mi lado izquierdo, el lado izquierdo de la casa iba
desmoronándose lentamente, atrapando todo a su alrededor.
Al salir de las escaleras fui hacia el lado derecho, Hugo y Mikel me esperaban
con herramientas mientras usaban los extintores para apagar el fuego que se
extendía de la habitación de Alba a la de Diego. Miré dentro del agujero, vi a
Yon: sufría, estaba preocupado, dolorido y sudando, haciendo un esfuerzo
extraordinario para no aplastar al niño con su peso y al mismo tiempo respirar.
—¡Llegan los refuerzos! Sé que no es lo que esperabas, por lo que intentaré ser
efectiva.
—¡Futura cuñada! No sé muy bien cómo te has metido en este fregado, pero, si
me puedes ayudar a salir de aquí, encontraré la manera de agradecértelo.
—Lo haremos entre los dos. Necesito que me cojáis de las piernas y los brazos,
que esté en línea recta. Me introduciré en el interior suave, con los brazos
estirados todo lo que pueda, intentaré llegar al suelo y forzar mi caída. Después
me pasáis la bolsa. Desde dentro puedo quitar algunas vigas y hacer el agujero
más ancho para poder sacar a Yon o para que podáis entrar uno de vosotros.
—No nos moveremos de aquí. Cualquier duda, te ayudaremos. ¡Vamos! Uno,
dos y tres.
—Isabel, ¿estás bien?
—A partir de ahora, tendré algún moratón más, pero… ¿quién los cuenta?
—¿Cuál es la situación ahí dentro? ¿Cómo está Diego? ¿Y Yon?
—El fuego no ha llegado hasta ellos, es un pequeño foco, aunque puede
agrandarse en cualquier momento. Yon está inmóvil. El niño aterrado, pero bien.
Yon le protege con su cuerpo. —Me dirigí a él con una voz suave y delicada—:
Hola, Diego. Soy Isabel. ¿Me das las manos? Tiraré un poquito y te llevaré con
los amigos de Yon. Son muy fuertes y te salvarán de las llamas y el humo.
—No, sesenta y tres, sesenta y cuatro…
—Seguro que te has hecho muy amigo de Yon. Es normal, es muy simpático y
tiene un sentido del humor extraordinario, pero ahora está sufriendo. No puedes
verlo porque estás boca abajo. Si estuvieras conmigo, verías que le duele la
pierna. Se ha cortado con un cristal y le sale un poco de sangre, no querrás que
se ponga a llorar. Además, se podría quemar si no os movéis.
—Yon, ¿te estás quemando? Me has dicho que no podías quemarte.
—Y no puedo. Este traje funciona si nos movemos. Si estamos quietos, perderá
los poderes y ese humo nos hará toser. ¡Seguro que te molesta!
—Me molesta un poco, me cuesta respirar.
—Ve con Isabel, te ayudará. Es enfermera y te puede curar la tos, y a mí, la
pierna.
Obediente, levantó la cabeza y estiró los brazos mientras seguía contando. De
pie, frente a mí, le eché un vistazo rápido. No tenía quemaduras ni arañazos,
estaba blanco de la cal y tosía a menudo, pero estaba bien gracias a Yon. No
podía decir lo mismo de él. Le llevé hasta Hugo y Mikel lo extrajo de la casa.
—Te toca a ti. No te preguntaré cómo estás, lo veo. ¿Puedes arrastrarte? No me
gusta la herida de tu pierna y no soy lo suficientemente fuerte para sacarte.
—¿Cuánta distancia hay del fuego a vosotros? ¿Ha disminuido?
—Puede, un poco. No sé… ¿Cuatro metros? Más o menos…
—Coge el extintor e intenta apagar todo lo que puedas. Se extiende rápido.
Había apagado todo lo que veía, pero el humo empezaba a afectarme.
—Hay una viga no muy grande, puedo hacer fuerza con ella y apartar el
armario. Yon, voy a contar hasta tres, y, cuando lo haga, haz fuerza con los
brazos como si hicieras flexiones y mueve sin mover tus piernas hacia mí en
línea recta, igual que una tabla, ¿me explico?
—Muy mal, pero te he entendido.
Lo conseguimos, no sin chillar por el enorme esfuerzo que hicimos.
Preocupado, Nick intervenía para saber qué pasaba.
—Estamos bien, cansados, ¿verdad, Yon? La pierna derecha está fuera, la
izquierda sigue una parte atrapada entre el armario y el suelo.
Di vueltas desesperada. Yon, exhausto, rabiaba de dolor.
—Isa, ten, coge el pie de cabra, intenta hacer palanca. Es muy poco trozo. Si
haces palanca el tiempo suficiente, Yon repetirá la operación y saldrá de esta,
¿verdad, Yon? Yo te machaco más en el almacén y siempre lo consigues. ¡No te
acojones ahora!
—¿Pie de cabra? Parece un hierro. Vale. ¿Lo intentamos?
—¡Vamos a ello! Sigo teniendo oxígeno, puedo hacerlo.
Surtió efecto, Yon pudo hacer la mejor plancha de la historia con las piernas en
el aire. Yo acabé con los brazos destrozados y el orgullo de haber hecho lo
correcto. El esfuerzo había sido grandioso, las gotas de sudor bajaban por
diferentes partes de mi cuerpo. El humo nos rodeaba, aunque el fuego todavía se
mantenía a distancia. Tosí más veces de las que puedo contar. Mikel, que había
vuelto casi sin aliento, me dio clases de respiración, clases que ya sabía, pero
que no las estaba practicando, demasiado ocupada para pensar en mí. Se lo
agradecí cuando me recompuse. Me arrodillé para tomarle el pulso a Yon. Le
había visto cerrar los ojos un par de veces, imaginé que era del esfuerzo, pero
quise comprobar que no se estuviera durmiendo. Demasiado lento para mi gusto,
me levanté furiosa, me sentía impotente. Quería hacer lo imposible, pero no
sabía por dónde empezar. Observé el agujero y medité cómo salir de allí lo más
rápido posible.
—La parte inferior parece más frágil, hay hierros que puedo apartar, algún
bloque de cemento, piedras… Quizás puedo agrandar algunos centímetros más.
¿Cuánto necesitamos para pasar a Yon? Va sin chaqueta y está más delgado que
tú, puedo intentarlo…
Quité varios bloques de cemento, hierros, trozos de madera, yeso, incluso con
la barra de hierro que me dio Hugo rasqué todo lo que pude. Rompí más trozos,
estaba agotada, y no había conseguido llegar hasta ellos. Hugo no me perdía de
vista, vigilaba todos mis movimientos indicándome dónde golpear. Después de
cinco intensos minutos, necesitaba descansar, no tenía fuerzas ni aliento.
—Tienes que parar y respirar, o te quedarás sin aire, te desmayarás, y no
saldremos de aquí ninguno de los dos.
—¡Qué cenizo! ¿Lo has heredado de tu hermano o el optimismo no sabéis lo
que significa?
Después de varias respiraciones para relajarme y descansar, volví a
contraatacar. Había agrandado un poco el interior del agujero a lo largo de un
metro. Todavía me faltaba un trozo para llegar al final. Buscaba dónde picar para
extraer más cantidad de piedras o cemento.
—¡No, no piques ahí! Esa parte es inestable. Si se derrumba, no podréis salir.
Hay que ir con cuidado, no tenéis otra salida.
—¿Y por aquí? Por abajo ya no puedo mover nada más.
—¡No lo veo seguro!
—Tengo que intentarlo, Yon está exhausto y se le está ralentizando el pulso.
—¡Venga ya! ¡Voy a entrar!
Nick se fue hacia Aitor gritando. Le frenó.
—Con lo que Isa ha agrandado, puedo entrar. Estoy más delgado que vosotros,
incluso estoy más delgado que Yon, me conoces. Buscaré la forma más segura
de hacerlo, ella necesita ayuda.
—Estás lesionado, no estás operativo. Podrías perder la licencia, y yo también
por dejarte.
—Si tengo que perder la licencia, lo haré. Ahí dentro están las dos personas
más importantes de mi vida en estos momentos y no voy a dejar que acaben
convertidos en polvo.
Habían tapado con la mano el transmisor. Reflexionó, conocía a los hermanos
desde niños, las veces que se habían protegido el uno al otro, las veces que le
habían ayudado a salir de situaciones complicadas. No podía creer lo que iba a
hacer. Se quitó el traje y se lo dio a Nick con todos sus complementos. En el
almacén había más trajes, pero allí no.
—¡A ver cómo explico yo esto a la central!
—Con algo de suerte, no tendrás que explicar nada. El informe puede variar en
según qué condiciones ambientales. No te preocupes, si tienes que hacerlo, yo
soy el único responsable de lo que suceda y daré parte de ello.
Dentro de la casa, Mikel apoyó a Hugo aconsejándome lo mismo.
—Tampoco lo veo seguro. Hemos apagado las llamas, pero las paredes se
están hundiendo. Te paso el arnés. Pónselo a Yon, levántale las piernas y las vas
acompañando hacia nosotros, intentaremos sacarle tal y como está ¿Aitor?
—El fuego está controlado, queda el poco que haya en vuestra habitación.
Nick os ayudará a sacar a Yon, hay que salir de ahí cagando leches, no tardará en
llover y el techo no aguantará.
—Vale. ¿Qué? ¿Has dicho Nick?
Hice lo que me dijeron, Yon tenía el arnés puesto y le sujetaba las piernas hasta
que escuché su nombre y, antes de que acabara la frase, vi su cabeza asomando
por el agujero. Había traído una camilla portátil para Yon, además de otros
accesorios.
—¿Qué os pasa a los hombres? ¿No podéis dejar que una mujer os salve la
vida?
—¡Me debes veinte euros!
—¿Qué te pasa? ¿Dónde está el jefe impasible que nunca rompe las normas?
—¿Los has visto en el hostal? Más melosos que la carne. ¡Está enamorado! Era
una apuesta segura.
—¡Queréis dejar de decir gilipolleces y meterme ya! Haced lo mismo que
habéis hecho con ella, con los brazos estirados llegaré al final. Si la dueña de esa
mirada rabiosa quisiera ayudarme a salir, podría coger en peso a Yon, llevarlo
hasta el agujero, y tiráis de él con cuidado según habíais planeado. ¡Isa, no
podrás sola! Apenas te quedan fuerzas y Yon es peso muerto ahora mismo, unos
90 kilos de peso. Será más rápido si te ayudo, ¿no te parece?
—Lo que me parece es que te crees el único ser en la tierra capaz de salvar
vidas. No necesitaba tu ayuda. Si a eso le añades la contusión y el hematoma
interno en tus costillas, mi mirada rabiosa está más que justificada. Y eso de que
se tardará menos, depende. Como tú has dicho, tu hermano pesa bastante. ¡A ver
qué piensan tus costillas!
Sus compañeros le ayudaron a entrar mientras hacían chistes sobre quién de
nosotros iba a ganar la pelea, después le ayudé yo a bajar. Me echó un vistazo de
arriba abajo. No me sorprendió su cara de preocupación y las ganas de vernos,
pero sí su voz temblorosa y el pánico en su mirada. Yo, en cambio, estaba
cabreada, lo había dado todo y me sentía menospreciada. La furia que desprendía
mi rostro era evidente.
—Entiendo vuestras miraditas y no quiero parecer inoportuno. Las barbacoas
me gustan, pero no cuando yo soy la carne a la brasa.
Se apartó de mí y se fue hacia él.
—¡No sé qué haría sin tus ocurrencias, hermanito! ¿Preparado? A ver si eres
capaz de estar sin moverte un minuto entero. —Me buscó con la mirada—. Le
cogeré de la cintura y los pies; tú, de los hombros. Nos repartiremos el peso.
¿Podrás?
—¡Por supuesto! ¿Y tú, Yon?
—Pues, mira, no, mejor en una hora, ¿vale? Cuando ya esté tostadito del todo.
No pude evitar reírme. No entendía cómo podía hacer bromas en un momento
como ese. Era único y eso me encantaba de él. Conseguimos, después de mucho
esfuerzo, meterlo en el interior. Hugo y Mikel hicieron el resto.
—Ahora te toca a ti. ¡Hugo, pasa el arnés antes de iros!
Hugo y Mikel se llevaron a Yon, Carlos había dejado a los niños en la clínica y
había vuelto con la ambulancia. Laura salió corriendo hacia él. Intentó
sorprenderle con una broma, pero no tuvo mucha gracia. Yon sonrió igual, no
esperaba verla ahí, mirándole al límite de la histeria. Hugo y Mikel volvieron
corriendo. Cuando llegaron, se detuvieron unos segundos recreando su vista con
nuestra superflua discusión.
—¿Por qué yo? ¡Tú estás peor! Sal y, cuando estés fuera, saldré yo.
—¡No seas testaruda, llevas más tiempo aquí! Te cuesta respirar, el humo se ha
metido en tus pulmones y no dejas de toser. ¡Te estás quedando sin aire! Yo
acabo de llegar.
—¿Testaruda yo? Creo que ese adjetivo se te podría aplicar a ti más que a
nadie. ¿Hay alguna bebida que lo represente? Te pondría medio vaso en el
combinado.
—¿Por qué estás tan furiosa?
—¡Porque estás aquí y no deberías estar! Deberías estar fuera esperando.
—¡Nicolás, Isabel, os quiero fuera ya! ¡Dejaos de chiquilladas y moved
vuestro culo hasta aquí! No me puedo creer que tenga cuatro efectivos dentro de
una casa a punto de derrumbarse y estéis discutiendo como dos pavos reales a
ver cuál se abre primero.
—El culebrón está interesante, pero debo darle la razón a Nick: es mejor que te
pongas tú el arnés. Tu respiración cada vez se entrecorta más, llevas un rato
gritando. Eso no es muy bueno.
Nick me lo suplicó con la mirada, accedí a regañadientes, por el comentario de
Hugo. Me coloqué delante del agujero y cogí fuerzas, él me sujetó las piernas y
me empujó suave hacia el interior. Hugo hizo el resto. Me quité el arnés lo más
rápido que pude y se lo lancé a Nick.
—No tardes demasiado, me debes un cóctel y ya puede estar bien cargado.
Después de esto me va a hacer falta.
Sonrió abrumado por mi inesperado comentario, encantado porque ya daba la
noche por perdida. Yo no, me resistía a perder lo que sentía cuando estaba junto
a él, era un subidón muy fuerte, como una droga, quería más, y, para eso,
teníamos que salir de allí, respirar aire puro. Era cierto que me faltaba el aire, me
ahogaba cada vez más.
Se introdujo lento, apoyando su cuerpo en el cemento. Hugo y Mikel tiraron de
él despacio. Todo iba bien hasta que llegó a la parte más estrecha. Yo apenas lo
aprecié, me sobraba espacio. Él tampoco se dio cuenta, pero sobresalía unos
centímetros de hierro entre los bloques de cemento, le desgarraron parte del
brazo.
Gritó. Me acerqué gritando. Como pude, ayudé a los chicos a sacarle. El hierro
al tirar de él, le había roto la chaqueta y desgarrado la camiseta, haciéndole un
corte profundo en el brazo. La sangre comenzó a salir como un grifo abierto.
—¿Alguien puede informarme?
Mikel informó a su oficial. Veloz, saqué dos gasas y desinfectante, le cubrí la
herida y salimos como atletas en los cien metros lisos. Tres crujidos aparatosos y
seguidos nos ratificaron nuestros temores. El primero fue un enorme trueno
avisando de la inminente tormenta. Los otros dos eran los muros
desquebrajándose. Las vigas que quedaban cambiaban de lugar continuamente,
dando la impresión de que el tejado fuera a derrumbarse en cuestión de minutos,
imposible adivinar cuándo. Nicolás se agarraba el brazo mientras me observaba.
Yo me giraba hacia él verificando que me seguía. Al salir, busqué desesperada la
ambulancia.
—¿Dónde están Carlos y la ambulancia? Deberían curarle el brazo, se podría
infectar.
—Se ha llevado a Yon a urgencias. No tenía buena pinta, tu amiga le ha
acompañado. He hablado con la doctora y Rafa está fuera de peligro. Estará
varios días ingresado. Si podéis ir andando, sería bueno que os revisaran a los
dos. De camino, intenta averiguar qué ha pasado. No parece un incendio
provocado, más bien, un descuido por ir ebrio. Nosotros limpiaremos y
recogeremos todo esto, y Mikel te llevará el coche al hostal.
—Gracias, Aitor, te debo una muy grande. Mañana te ayudaré con el informe.
—Cúrate ese brazo, perdí la cuenta hace tiempo de las que te debo yo. Ya
hablaremos.
Nos quitamos los trajes ignífugos y los dejamos en el camión. Caminando
lentos, nos dirigimos hacia el médico. Nick miró hacia el coche, yo miré la casa.
Los dos miramos al cielo, se iluminaba durante un segundo y se apagaba de
nuevo. Me acerqué más a él. Sonaron varias detonaciones, bombas de polvo,
cemento y yeso cayendo estrepitosamente contra el suelo, formando una nube
inmensa de polvo. Nos giramos de golpe, impactados por la destrucción de la
casa. Desencajados, nos miramos de nuevo.
Mudos y sudorosos, seguimos hacia adelante. Preferimos no pensar lo que
habría pasado si hubiéramos tardado más. Mi imaginación me desbordó, tanto
que bajé la cabeza asustada, me faltaba el aire. Nick percibió mi miedo, su
respiración se aceleró, a él también le faltaba el aire.
21
NO TODOS LOS FUEGOS SE APAGAN

El eco de los truenos retumbaba en toda la isla. Las descargas eléctricas


iluminaban el pueblo, sin dejar ni un resquicio a la sombra a pesar de ser casi
medianoche. Miraba al cielo agradecida por el viento que se levantaba, haciendo
bailar a los árboles a nuestro paso, inhalando aire fresco y que se recuperasen
mis maltrechos pulmones.
—¿Ya se te ha pasado el enfado? Ha sido muy fugaz.
—No, sigo irritada. Contigo mis emociones se descontrolan, cambian de estado
en cuestión de segundos. Te iba a decir un montón de sandeces, has gritado y he
visto la sangre. Me ha entrado amnesia de golpe, se me ha olvidado todo lo que
iba a decirte y…
Se detuvo. Me bajó el brazo que movía al gesticular, sujetó mi cuello con la
mano y se arrimó con un tacto sobrecogedor, hasta el punto de quedarme callada,
quieta. Me besó. Me fui elevando poco a poco del suelo. Flotaba en el aire como
las hojas de los árboles al caer, solo que yo subía y ellas bajaban. Nos separamos
lentamente. El ritmo colérico de mi corazón me impedía oír el ritmo cada vez
más acelerado de la lluvia contra el suelo. Estábamos delante del médico y solo
veíamos nuestro rostro cómo se humedecía, sin importarnos que lo hiciera.
—Esta noche he descubierto cómo la mente te puede sabotear de tal manera
que te hace ver gigantes donde hay molinos. Me he sentido inútil, impotente. El
dolor ha sido inexplicable. Siento haberte disgustado, era lo último que quería.
Me sentía vulnerable ante sus palabras. Me derretía al sentir su voz susurrante,
su boca carnosa a dos centímetros de la mía. No podía frenar mis impulsos y le
besé. Una caricia en los labios, una leve cosquilla en la boca que te hace vibrar
todo el cuerpo. Nuestras lenguas se abrazaron formando una sola, un beso que
nos dejó con ganas de más. En otro momento, quizás.
Teníamos que entrar para que me hicieran una pequeña revisión, a él le curasen
bien la herida, comprobar el estado de Yon, hablar con Laura. Nick averiguar por
qué Rafa había destrozado su vida y casi la de sus hijos, una pena. Lo conocía y
no era un pirómano, sino un buen padre de sus hijos, un buen marido y una
buena persona. Entramos por la parte de Urgencias, vimos a Alba jugando con su
hermano. Bromeaban en la sala de espera mientras seguían tratando a su padre,
parecían muy unidos. Fuimos a ver a Yon, el de seguridad no nos dejó cruzar la
puerta de cristal. En una esquina, vi a Laura melancólica mirar la lluvia caer tras
los cristales. Nick y yo nos hicimos un gesto, y fui a hablar con Laura. Él a
buscar a Rafa e intentar sacarle más información, si es que era posible y le
dejaban entrar.
—Isa, no te había visto. ¡Vaya tela! Qué mal me lo habéis hecho pasar. Con
vosotros es imposible aburrirse. ¡Vaya vacaciones! Inesperadas, intensas,
accidentadas, pasadas por agua, por fuego… ¿Qué más queda por pasar? Porque
nos ha pasado de todo.
—De todo, de todo… No nos ha tocado la lotería, ni hemos visto a Channing
Tattum o a Paul Wesley. No hemos hecho deportes de aventuras, aunque estamos
viviendo alguna.
—¿Te parece poca aventura todo lo que sucede a nuestro alrededor? Parece que
nos hayan echado un mal de ojo. Primero os caéis vosotros, no pasa nada grave,
pero hay una posible conmoción cerebral y una contusión con hematoma interno.
Ahora Yon, que le están sacando el cristal antes de que se desangre. Lleva quince
minutos dentro, y todavía no han dicho nada.
—Te dejas una posible insuficiencia respiratoria por mi parte y una herida
sangrante en el brazo de Nick. No te preocupes tanto, no es complicado extraer
un cristal de ese tamaño en una clínica con todos los medios a tu alcance. Todo
irá bien, no te han dicho nada porque habrán tenido que ver a otro paciente.
—¡Si hasta te has enamorado!
—¡Esto no es amor! Es una aventura, como tú misma acabas de decir. Es…
atracción. Algo muy normal dado que es irresistible y besa como un ángel
endemoniado. A veces dulce, a veces fogoso, a veces te derrite y otras te
descompone sin recordar después ni cómo te llamas.
—¿Eso no es amor? Tu manera de describir lo que sientes… ¡Estás loca por él!
Nunca te he visto así, nunca me he visto así. Llámalo como tú quieras, pero
cuando nos vayamos…
—Y lo dices tú, que estás de los nervios esperando una noticia de Yon. Sientes
por Yon lo mismo que yo por Nick. Las dos nos sentiremos igual cuando
dejemos la isla. La diferencia entre tú y yo es que todavía no le has besado. Un
consejo: hazlo pronto, no sabes lo que te estás perdiendo.
—¡Estás loca! Yon y yo somos amigos, vosotros sois pareja, aunque sea por
poco tiempo.
Hubo una guerra de miradas entre nosotras. No nos poníamos de acuerdo,
convencidas de lo que decíamos. Una de las dos se equivocaba… Tal vez las
dos. Levantamos la cabeza de golpe al oír una voz femenina.
—Ya he curado a Nick. No es una herida grave: cinco puntos nada más. Es más
preocupante, el dolor de las costillas. Ahora te toca a ti.
—Perdone. ¿Y Yon? ¿Cómo está?
—Es el que ha salido más malparado, pero mejorará. ¿Es familiar de él?
—No, soy una amiga. He venido en la ambulancia con él.
—Está bien, con su hermano. Cuando salga puede verle. ¿Vamos, Isabel?
La acompañé hasta el box donde había pasado la tarde anterior. Me vigiló la
presión arterial, hizo una prueba de pulsioximetría para medir los niveles de
oxígeno y una prueba de gases en la sangre. Todo salió correcto. Se fijó en la
herida de la sien y en las del hombro, una revisión exhaustiva que salió bien,
dolorida, pero bien. Aun así, decidió hacerme una placa torácica por si había
daño en los pulmones.
—¿Sabes cuánto tiempo has estado exactamente?
—Media hora. Iba preparada, mascarilla, casco con pantalla, todo el equipo de
protección que lleva un bombero. Y también hice las típicas respiraciones para
no quedarme sin oxígeno cuando empecé a toser.
—¿Te duele al respirar?
—No, pero he agradecido salir a la calle y respirar aire fresco. Me notaba
cargada, como si me hubiera fumado un par de paquetes de tabaco seguidos, un
cigarro detrás de otro.
—Para ser un momento estresante y duro, has curado bien a Nick. Me han
dicho que estudias Enfermería.
—Sí, comencé la carrera hace algún tiempo. A los dos años empecé a trabajar
muchas horas y me fue muy difícil combinar los horarios. Necesitaba el dinero y
a mitad del tercer año de carrera lo dejé. Ahora tengo un horario flexible y he
vuelto a estudiar a través de la universidad a distancia. Dentro de un mes tengo
los exámenes finales.
—Entonces habrás hecho prácticas.
—Sí, pude escoger los días. Como no hay tanto personal el fin de semana,
hago las prácticas de la carrera en el turno de noche en Urgencias. Es muy
gratificante.
—Ayudar a los demás siempre es gratificante. Por desgracia, siempre vamos
escasos de personal y a veces se nos olvida. Ahora vendrá el celador y te llevará
a la sala de rayos X.
Me coloqué bien la camiseta, estaba húmeda y fría por la lluvia que nos había
caído antes. No me importó, todavía sentía el calor del fuego y la humareda,
mezcla de polvo y humo, dentro de mí. Salí a la sala buscando a Nick o a Laura.
No los encontré. Esperé sentada a que me vinieran a buscar. Vi a los niños otra
vez solos jugando y me aproximé a ellos. Me alegré por su unión ante las
adversidades, por el cariño que se tenían. El ruido de la puerta y un paraguas
enorme cerrarse me hizo girar la cabeza. Era su tía, que venía a buscarlos. Los
abrazó muy fuerte, preguntó por su padre, le dije que fuera a verlo, yo me
quedaba con ellos hasta que llegara el celador.
Nick dejó pasar a Laura para que viera a Yon, hablaron un rato los tres hasta
que la conversación se hizo un diálogo entre dos. Al notar la fuerte conexión
entre ellos, se fue, dejándolos absortos en su mundo. Se dirigió a la sala de
espera, no me vio. No vio a nadie. Esperó, miró el reloj, habían transcurrido
cinco minutos. Abrió una puerta, luego otra, nadie. Se sentó en una silla.
«Le estarán haciendo la revisión, si pudiera preguntarle cómo está. Acabo de
caer en que no tengo su número de teléfono. No solo no tengo ni idea de tratar
con mujeres, sino que se me escapan los detalles más importantes», pensó Nick
frotándose la frente.
Salí de Radiología y lo vi sentado, intranquilo. Al verme, se levantó en el acto.
Miré a los lados, estábamos solos.
—¿Cómo estás? ¿Qué te han dicho?
—No hay nada raro, volveré mañana y me auscultará de nuevo. Me acaban de
hacer una radiografía del tórax. Tengo que esperar a que me llamen. ¿Y tú? ¿Y
Yon?
—Yon está débil, pero se recuperará. Siempre lo hace. Laura está con él,
parecía bastante afectada. Cuando lo ha visto le ha cambiado la cara, y a él
también. Los he dejado solos. De todas maneras, era como si yo no estuviera.
—¿Te duele el brazo?, ¿el costado?
Percibía mi preocupación con satisfacción, contento por descubrir que me
importaba.
—He tenido días mejores, físicamente hablando. Me alegra notar tu ansiedad
sobre mi estado, quiere decir que te importo.
—Claro que me importa. Tenía planes para esta noche: ibas a hacerme uno de
tus cócteles mientras oíamos música en directo. Un pequeño concierto que no
podremos disfrutar, estará a punto de acabar o ya habrá terminado, pero el
combinado, diría, bajo las estrellas, pero permanecerán ocultas tras la tormenta.
Mis planes, como siempre, se tuercen cada vez que los hago.
—Haré lo que esté en mi mano para que recuerdes esta noche, y no por el
incendio. Puede que haya fuego, pero no te quemará. ¿O sí?
Un leve roce de su mano en mi barbilla, el sonido plácido de su voz. Sus dedos
recogiéndome un mechón de pelo que me caía en la cara. Mis ojos buscando los
suyos, los suyos buscando mi boca. Su boca buscando mi mejilla ruborizada,
deseando que no parase, que no terminara esa sensación intensa que me
provocaba su cercanía. Escuché mi nombre, era la doctora González. Nicolás se
apartó delicado, muy a mi pesar yo también y fui hacia ella.
—Todo es correcto, diría que te quedaras en observación, Nick también
debería hacerlo, pero no hay camas disponibles ni tampoco camillas. Tengo
cinco pacientes ingresados y necesito camillas libres en Urgencias. La noche es
larga, acaba de empezar. Quién sabe lo que puede pasar todavía.
Nos miramos cohibidos, pensamos lo mismo: «Cierto, ¿quién sabe lo que
puede pasar todavía? Quedan horas hasta que amanezca».
—Eso sí: mañana os quiero a los dos aquí. He de haceros un seguimiento.
—Aquí estaremos.
Al salir vimos correr ríos de agua calle abajo. El agua que caía a borbotones
estaba fría. Valientes, y con ganas de llegar al hostal, nos cogimos de la mano y
salimos corriendo. Nick apretaba los dientes, el movimiento de su cuerpo al
correr hacía que le dolieran sus maltrechas costillas. Con gran esfuerzo aguantó
esos tres o cuatro minutos que duró el recorrido. Sonreímos cansados, sin poder
apartar la vista el uno del otro. Nos besamos en el umbral de la puerta.
—Se está convirtiendo en una costumbre que tú y yo acabemos besándonos
bajo la lluvia.
—Es la escena que más recordaré de nuestra extraña película, la que sin querer
estamos protagonizando estos días. O una aventura, una dulce y peligrosa
aventura.
Entramos creyendo que, a esas horas y con la que estaba cayendo, no habría
casi nadie en el hostal. Nos equivocamos. El comedor de la entrada estaba vacío,
limpio y recogido; y el de en medio igual, con las sillas del revés encima de las
mesas y las mesas limpias, sin mantel. La música del karaoke sonaba alta, igual
que los berridos de las chicas que cantaban It’s raining men, de Geri Halliwell.
Muy apropiada a la noche que hacía. No estaba lleno, así y todo, había
suficientes personas para crear un ambiente festivo. Diversas celebraciones,
choque de bebidas y bailes graciosos.
Nick fue hacia la barra, miró por la ventana de la cocina. Todo estaba en su
lugar: las sartenes de cobre colgadas de la pared, ordenadas por tamaño; la
encimera de mármol brillaba, y en la mesa de madera antigua no quedaba ni un
resto de la cena. Se sintió orgulloso de sus empleados y amigos. Volvió la cabeza
hacia mí.
—¿Te arriesgas con el combinado? Me conoces algo más y esta noche te han
venido bastantes calificativos a la cabeza. ¿O prefieres cambiarte de ropa?
Vamos calados hasta los huesos. Me puedo quedar haciendo los combinados y
esperar a que bajes, no quiero que enfermes y pilles una pulmonía. Sería
inadecuado convencerte de que este viaje ha sido algo especial, algo
extraordinario, y no un cúmulo de atrocidades que es mejor olvidar.
—Yo tampoco quiero pillar una pulmonía. Deseo tener todos mis sentidos
intactos, contigo los necesito. Nunca sé con qué me vas a sorprender. Aunque
estemos sopas, prefiero esperar y hacerte un cóctel que te recuerde a mí, así
cuando me vaya te lo harás tú para acordarte de mí.
Sonreí descarada, él me miró embelesado.
«No podría olvidarte, aunque quisiera, y lo más fuerte es que no quiero. Lo que
es un verdadero problema», se dijo Nick fijando sus ojos en mí.
Fuimos mezclando bebidas. Pasaba por su lado para coger una u otra.
Meditaba, pensaba en sus defectos y virtudes; en el aspecto que más me atraía y
en el que más me irritaba. Su mirada me perseguía acosadora, sin pestañear,
deslumbrante. Él cogía las bebidas cuando yo estaba despistada y las mezclaba.
Expectante, le miraba de reojo, intentando descifrar lo que echaba. Sonreía
juguetón, escondiéndose para que no le viera, dándome la espalda cada vez que
tenía una intuición. Luego se acercaba sigiloso, rozándome la piel,
sobresaltándome con su respiración, arrancándome una sonrisa y una mirada
crispada. Le empujaba, le gruñía, le apartaba, pero él insistía. Una voz irónica
nos apartó de nuestro retorcido juego:
—Me alegro de veros, creo que vosotros no tanto. Estáis un poco mojados, en
todos los sentidos que se puedan dar a la palabra. Lo digo por si no os habíais
dado cuenta.
—¡Hola, Maya! Veo que os ha ido bien la noche. ¿Jaime y Mayte ya se han
ido?
—Todo ha ido viento en popa. El hostal sigue en pie y fructífero como un
cerezo en junio. Gracias por acordarte de preguntar. Ya he hablado con Yon y
está igual de entretenido que tú. Vamos, que sobrevivirá. Sí, se fueron hace una
hora.
Nick le hizo un breve guiño.
—Cierras tú y mañana hablamos de tus días de fiesta, ¿vale?
—¿Días? Suena bien. Por tu cara y mi previsión, mañana sonará mejor. He
venido a por bebidas. Ya me voy, vosotros a lo vuestro. Acordaos de quitaros la
ropa antes de que la mojéis más.
Se fue tal y como vino, igual que un huracán arrasando todo a su paso,
incluidos nosotros. Cogimos las bebidas y nos fuimos comentando el sketch
irónico que acababa de protagonizar Maya. Sin nada que envidiar a los que
hacen en cualquier serie de comedia, de la talla de Will y Grace o Friends. Me
encantaba su carácter y su sarcasmo de calle tan peculiar.
En Urgencias, Laura y Yon conversaban sobre lo sucedido.
—No creí necesario contártelo. Te ibas y no sabía si mantendríamos el
contacto, al menos al principio. Ahora me gustaría no perder nuestras pequeñas
charlas.
—¿Pequeñas? En dos días he hablado más contigo que con mi madre en tres
meses. Entiendo que ayer no me lo contaras, pero hoy…, esta tarde, esta noche
en la cena…
—En la playa o en el yacimiento, se me ocurrían otros temas de conversación
más placenteros. En la cena, tal vez si hubiéramos estado más tiempo… Me
complace que te preocupes por mí, tan solo ha sido un incidente, un susto, nada
que no haya ocurrido en otras ocasiones. Una vez entré para socorrer a un
granjero dentro de un pozo, cuando lo rescaté se rompió la cuerda, sin darme
tiempo a apoyar los pies en la tierra. Caí quince metros y quedé inconsciente en
el fondo. Me rompí el tobillo y se me salió el hombro del sitio. Hugo tuvo que
rescatarme.
—¿Lo cuentas para que me relaje o para que me ponga más nerviosa?
—Lo cuento como anécdota. Un rescate accidentado, pero al final todo salió
bien, igual que hoy. Hay rescates en los que todo sale a pedir de boca, hay otros
en los que sucede algún imprevisto. Unas veces tienen que salvarme a mí
después de rescatar a las víctimas, otras soy yo quien tiene que salvar a un
compañero. Por desgracia, también hay otros que acaban mal. Todos hay que
hacerlos deseando que el final sea feliz, pero, si no es así, hay que estar
preparados para afrontarlo. Es una isla con pocos habitantes, alguien tiene que
hacerlo.
—No dudo que tengas razón. Me ha pillado por sorpresa y ha habido
momentos que he tenido miedo, miedo por Isa, miedo por ti, por el niño… Yo no
soy tan valiente, soy una persona normal que cree que todo es posible, que mira
la vida desde un prisma de colores. No pienso en lo malo, solo en lo que me hace
reír, soñar… Isa dice que soy una ilusa, una optimista compulsiva. Yo me veo
como alguien natural que quiere ser feliz y hacer lo que le gusta.
—Entonces, eres como yo. Cuando te miro me veo reflejado en el verde de tus
ojos. Soy alegre y optimista, bromista por naturaleza. Creo que en la risa está la
sal de la vida. Hay muy pocas personas que entiendan eso, por eso me gusta
tanto hablar contigo, porque tu boca carnosa y sonrosada se agranda, dibujando
una enorme sonrisa con todo lo que digo, haciendo que salten todas mis alarmas,
provocando una estampida de ideas en mi mente. Todo desaparece, solo queda tu
imagen.
Lentamente su voz fue perdiendo gas. Laura contemplaba alucinada cómo
luchaba consigo mismo por mantener los ojos abiertos. Le parecía generoso por
su parte agarrarse a la poca fuerza que le quedaba para no dejarla sola, para
seguir a su lado mirándola, memorizándola.
—No sé si lo que dices es real o es producto de los calmantes que te han dado,
solo sé que me gusta oírlo de tus labios. Puede que sea cierto y me atraigas más
de lo que creía. No sé el motivo, lo que sé es quiero quedarme contigo.
Sentada junto a él, apoyó la cabeza sobre su hombro, y la mano derecha, en su
pecho. Le observó un par de veces, cerró los ojos y se quedó dormida.
Al pasar por delante del despacho nos paramos.
—Coge mi bebida, voy a por leña para encender la chimenea. Es una noche
fría y estás tiritando. Te vendrá bien un poco de calor.
Mientras le esperaba, aprecié cómo dos chicos bailaban coqueteando,
rozándose descaradamente con unas chicas que les superaban la edad. Las
mujeres se reían divertidas sin hacerles mucho caso, pero coquetas al ver el
interés de los jóvenes. A pesar de la tempestad en el exterior, dentro el calor era
evidente. Cuando volvió, subimos las escaleras. Hizo un par de bromas que me
hicieron reír a carcajadas, tanto que empezó a picarme la curiosidad. Mi interés
por él iba en aumento. Al llegar a la habitación, dejé los cócteles sobre la
cómoda, quería secarme y cambiarme de ropa. Le pregunté por su historia, sus
deseos, sus gustos, sus sueños… Todo lo que me quisiera contar. Era toda oídos.
—Eres un ser extinto hoy en día: bondadoso, guasón y dulce cuando dejas que
te conozcan; todo un caballero protector, pero también severo; firme en tus
principios y un poco sargento.
—Ya sabía yo que se te ocurrirían muchos adjetivos en estas últimas horas.
—No, tonto, intento conocerte, saber cómo eres en realidad, no a ratos, o con
alguien que conoces desde hace cuarenta y ocho horas.
Me sequé, fui hacia su armario con solo una toalla, la misma que había usado
para secarme. No quería ponerme mi vestido, era lo único que me quedaba seco
y limpio, prefería dejarlo para el día siguiente. Era un rato, opté por ponerme una
camiseta de las suyas. Su cabeza se volvió siguiendo todos mis pasos.
Avergonzado de sus pensamientos, siguió avivando el fuego: «Mi corazón es un
Porsche en una autopista sin peaje. No puedo soportar la velocidad con la que se
mueve. Cada acto inesperado, tiene un efecto magnético sobre mí. Me obliga a
mirarla».
Con una rodilla en el suelo, siguió moviendo la leña sin saber dónde mirar. Me
entusiasmó su rubor y timidez. Después de una breve búsqueda, escogí una
camiseta negra de manga corta y cuello de pico. Me quedaba como un vestido de
media manga. Le observé sensual, me acerqué con el combinado en la mano, le
di un sorbo y le murmuré al oído:
—Cámbiate o enfermarás, ya lo encenderás luego. No hace tanto frío, y
todavía no me has dicho qué te parece el cóctel. —Seguí su mirada hacia mis
piernas. Disimulé—. Sé que es tu camiseta, es que, si me pongo el vestido y lo
mancho, no tengo más ropa. No te importa, ¿verdad?
—No, para nada. Me ha extrañado, nada más.
Sonreí juguetona, no podía explicar mi euforia. Los latidos de mi corazón se
asemejaban al repique de los tambores: sonaban altos y fuertes. Era un juego
inocente y excitante al que nunca había jugado. No paró hasta haberlo
conseguido, el fuego estaba encendido.
***
—¡Ya te digo! Más alto que las llamas que salían de la casa de ese pobre
hombre. ¡Menuda historia la vuestra! —Amanda, enganchada al relato, cogió
otra galleta. El suspense le daba hambre.
—Podría decir que, a partir de ese viernes, aprendí a usar mi corazón
completo, a sentir a mi cuerpo hablar. O tendría que decir aprendimos…
—Creo que los cuatro aprendisteis a usarlo, porque ellos no es que fueran muy
expertos. Después de quejaros tanto del clima, os benefició bastante. Y a
nosotras también: ¡el reportaje fue todo un éxito!
—Esos días fueron un descubrimiento. También aprendimos a no mirar el
reloj; a escuchar y que nos escucharan; a necesitar a las personas; a reír…
—Seguiré contando un poco más y luego cambiamos.
***
Abrió el armario y cogió dos mudas: una para ponérsela en el momento, la otra
por la mañana. De allí mismo cogió una toalla, se secó el pelo, quedándole
revuelto. Al quitarse la camiseta, pude apreciar con gusto su musculoso torso
delgado. No me miraba, pero yo sí a él. Me sorprendió su naturalidad. Cerré los
ojos, intentando disfrutar del momento y no caer en la tentación de mirarle de
nuevo. Escogió unos pantalones de tergal oscuros, se los colgó al hombro.
Curioseó por el rabillo del ojo a ver qué hacía. Le observé a él, disimulando
mientras le daba un largo trago a la bebida. Cogió su vaso e hizo lo mismo.
Reflexionó y me dijo lo que pensaba:
—Querías que te contara cómo soy en realidad, creo que no te hace falta, me
conoces mejor que yo mismo. El sabor es excelente desde el principio hasta el
fin, sorprendente, igual que tú. —Dicho esto, fue a cambiarse.
Cohibida por su comentario, esperé deseosa a que volviera.
«No quiero parecer desesperada, será mejor que me relaje y disfrute. No
pensaré en sus labios ni en sus sonrojadas mejillas. No le miraré a sus
penetrantes ojos azules. Oiré la música de la lluvia al compás de sus palabras, la
memorizaré y la recordaré el resto de mi vida. Será una noche especial», me dije
a mí misma queriendo convencerme con mis palabras.
Se acercó a mí como una suave brisa, sentándose al otro lado de la banqueta.
Miramos juntos el vaivén de las olas, reflejándose los rayos intermitentes en el
horizonte; el ritmo acelerado de los pasos de baile marcados por las gotas
furiosas en el suelo y en las ventanas. Como un dulce murmullo, empezó a
contar:
—Mi historia es breve. Una infancia feliz en el hostal, en la isla. Quería a mi
familia y a mis amigos. En mi adolescencia me surgieron dudas, como a todos
los jóvenes. Quería ver mundo. Soñaba con salvar a las aves de los cazadores
furtivos, con salvar a las personas de los asesinos, violadores, maltratadores y
gente sin escrúpulos. Soñaba con salvar el mundo en general. No creía en los
superhéroes, pero había un tipo de personas que podían hacer todo lo que
soñaba: los policías. Al año de terminar el instituto y después de una relación
frustrada, recorrí parte del Mediterráneo, la Costa Azul, las islas Baleares y
Cataluña. Me enamoré de Barcelona. Después de estar seis meses dando tumbos,
busqué piso y trabajo, estudié y realicé las oposiciones para entrar en la
academia de Policía. Una vez aprobado, estuve tres años en el cuerpo, el primero
como novato. En un caso de narcotráfico, colaboramos con la brigada
antidrogas. Se fijaron en mí y me ofrecieron unirme a ellos. Estuve dos años.
Conseguí ser teniente en muy poco tiempo, me apasionaba mi trabajo aunque no
me dejara tiempo para la vida personal. Cuando me llamó Yon por la enfermedad
de mis padres, me preparaba para presentarme a una convocatoria, quería ser
capitán.
—Barcelona enamora a cualquiera, es maravillosa. Tenías una vida
emocionante y peligrosa. De un día para otro pasó a ser tranquila y familiar,
¿cómo conseguiste cambiar tanto sin volverte loco? Pasar de la gran y
cosmopolita urbe a un paraje tan sencillo y armonioso…
—Me costó bastante, hice varios amigos en Barcelona. En el cuerpo tenía dos
compañeros, juntos éramos los tres mosqueteros. Estábamos muy unidos. Como
camarero y barman, mi mejor amigo, Max. Pero más allá de la amistad y la
vocación, estaban mi hogar y mi familia. «Querer es poder», me repetía una y
mil veces. Han sido cuatro años lineales, organizados, sin sobresaltos,
planificando cada acción, cumpliendo las normas que con tanto esfuerzo había
aprendido. Me había acostumbrado a la paz y la tranquilidad, hasta el viernes,
que llegó una preciosa mujer y me puso el cielo del revés, trastocándome toda
esa organización, poniendo en evidencia todos mis juicios, haciéndome dudar de
lo que sé, de lo que necesito y lo que algún día querré. Me perdí en tu carácter
imposible y todavía me estoy buscando. —Me acarició las ondas del pelo. Paseó
sus dedos sobre los míos como un soplo de aire fresco—. Ahora te toca a ti
explicar quién eres, qué haces aquí y qué quieres de mí.
—No sé lo que quiero ni por qué estoy aquí. Vine por casualidad. Me negué un
par de veces, tenía mucho trabajo. Laura quería pasar tiempo con su novio. Me
insistió tanto que no pude negarme, siempre consigue convencerme con su
mirada angelical. Él iba a traer un amigo, Pol, como una cita a ciegas. No le
conocía, pero, si salía bien, sería un puente en parejas. Lucas y Laura llevan
poco tiempo saliendo y querían conocerse más. Vimos el cartel de las islas la
tarde que llegamos. Fue un impulso, podía ser un reportaje espectacular.
Hipnotizadas por la cantidad de cosas que podíamos ver, no pudimos resistirnos.
Pol se mareaba en los barcos y Lucas decidió quedarse con él. La idea era pasar
unas horas, no unos días. El resto es un conjunto de acciones inexplicables que
no puedo entender, que jamás había experimentado y no sé si volveré a sentir
cuando me vaya. Solo sé que tú eres el principal foco de esas acciones, la fuente
de energía que mueve cada paso que doy.
Al oír mis palabras salir de mi boca confesando lo que mi mente quería
esconder, todo mi interior tembló de estupor, o de miedo. Descolocada, por
primera vez reconocí mis sentimientos, arrugué los labios y suspiré. Él sonrió,
dejó su vaso en el suelo e hizo lo mismo con el mío. Se levantó tocando mis
manos, llevándome hacia él. Imaginaba el siguiente paso y lo esperaba con
anhelo. Dulce, cariñoso, alterando mis sentidos. Me besó en la comisura de los
labios, en el cuello. Se deslizó muy despacio hacia el otro lado, subiendo por la
barbilla en dirección a la oreja, abriéndome su corazón.
—El primer instante en que te vi todo cambió. Sentí una descarga que me paró
el corazón, volvió a latir segundos más tarde. El ritmo era diferente, más veloz,
frenético. Volví a nacer. Cada mirada, cada frase de tu boca me enseñaba a sentir.
Alegría, ira, dolor, rabia, ternura, deseo. Sensaciones que no puedo expresar, que
no sé definir. Me has enseñado a quererte, a quererme, a mirarme en el espejo y
creer que todo es posible.
No daba crédito a sus palabras. Con una suave caricia, le moví la cara hacia
mí, buscando la niña de sus ojos. Entreabrí la boca para pronunciar su nombre.
No conseguí decir nada. Por inercia, me quité la camiseta dejando mi cuerpo
desnudo. Su boca se abrió y su mirada se perdió entre mis curvas. Di un paso
más, le quité la suya. Mis manos recorriendo su esbelto torso, aprendiendo el
recorrido de las líneas de su piel. Memorizaba con mis dedos, con mis labios
cada rincón. Aturdido, inmóvil, perdió el control de su mente. Se dejó llevar por
un tornado de emociones. Desabroché con cuidado el pantalón, dejándolo caer.
Inmovilizó mis brazos con una mano, sujetando mi cuello con la otra,
besándome con frenesí, dando pasos lentos sin mirar al suelo. En silencio, solo el
ruido del deseo, del placer inmenso de los besos. Se paró el tiempo.
Caímos sin reparo en la dulce pasión de los abrazos, quemándonos la sangre,
arrancándonos a tiras la piel con nuestros dedos. Anhelando cada uno de esos
dulces movimientos que mecían la fusión de nuestro cuerpo. Extasiados de
placer, el tiempo fue corriendo como las gotas de sudor por nuestra piel.
Derrotados en la cama, con la respiración entrecortada, nos dijimos todo con la
mirada. Una conversación sin palabras. Estiró los brazos en la almohada, meditó
un minuto y se volvió hacia mí, devolviéndome a la vida con su sonrisa.
Acariciándome con el roce de sus dedos por el contorno de mis senos, bajando
por el vientre hasta mi cintura. Paseando sus caricias por los diversos moratones
de mi piel. En silencio, cerré los ojos, magnificando mis sentidos, grabando cada
segundo en mi memoria, no quería olvidar nada. Sin esperarlo puso su cabeza en
mi pecho, abrí los ojos y me crucé con los suyos, inocentes, luminosos.
—No quiero que acabe esta noche. Perder este momento en tus brazos, el olor
de tu piel en mi piel… —confesó Nick cautivo por el momento.
—¿Cómo te atreves a entrar en mi vida sin permiso? Provocas un sunami
dentro de mí… Ya no sé lo que siento ni lo que quiero, o tal vez sí, pero… —No
quise decirlo, así que le besé de nuevo.
Una vez, y otra. En la frente, en la boca, en el cuello, finalizando en su pecho.
Besos sedosos, rodeando el escaso vello de su cuerpo, agitándole entero. Un
estallido de amor nos envolvió como una nube de fuego. Revolcándonos de
gozo, nos amamos de nuevo. Como dos locos, como posesos. Dos almas al
unísono buscando senderos que nos lleven al mismo cielo o a nuestro infierno.
22
ESTO NO ES AMOR

El amanecer se nos echó encima. Desnudos. Nuestros cuerpos entrelazados,


conversando. La oscuridad de la noche se alejó, asomando los rayos de luz tras
los cristales.
—Como te dije en la playa, soy una mujer normal, con una vida monótona.
Hago mi trabajo, y me voy a casa, excepto cuando hago el catálogo de ropa
interior y de baño, entonces he de ir a alguna cena. Ceno siempre a la misma
hora y el despertador me suena a las seis. Hago ejercicio cada dos días, a veces
por la mañana, otras al atardecer. En la revista dependemos de la editora jefe, si
nos da un artículo local o si hay que salir de la ciudad. Si es así, podemos estar
dos o tres días fuera, pero no es habitual. Me encanta ser fotógrafa, pero no es
una vida divertida y extraordinaria, aunque te lo parezca. Los fines de semana
voy a ver a mis padres o a mis hermanos; hago limpieza en casa, y por la noche,
desde hace unos meses, hago turno en el hospital. Me gusta lo que hago:
sentirme útil ayudando a las personas. Por eso, cuando puedo, estudio para
acabar el curso que me queda. Mi meta es conseguir el título de Enfermería y
poder dedicarme a ello. Ya ves que no soy una robacorazones ni nada por el
estilo.
—No estoy tan seguro de eso… El mío me lo has robado y todavía no sé qué
vas a hacer con él. Sé que ya no late como antes, no responde a mis impulsos,
sino a los tuyos.
Se me caía la baba cuando hablaba. Rodeada entre sus brazos me sentía como
en casa. Su móvil interrumpió nuestro acogedor momento. Molesto, sin querer
despegarse de mí, fue hacia él. Era su compañero. Un minuto, colgó y volvió
conmigo.
—Han encontrado una balsa a veinte millas de playa Grande, en Rogran.
—¿Está en vuestra jurisdicción?
—No, pero el barco pesquero que ha encontrado la balsa va camino de playa
Grande, que sí es nuestra jurisdicción. Hay dos personas con vida, tengo que
irme. —Me besó con tantas ganas que me dejó sin respiración—. Intentaré llegar
a tiempo para ir juntos al médico. Siento no poder hacerte el desayuno. Me
hubiera gustado despertarte con un buen café. Antes de irme, quiero pedirte un
favor…
—No me puedes despertar cuando todavía no he dormido. Si te vas, no sé si lo
haré. Demasiado exaltada para dormir. ¿Un favor?
—Me gustaría tener tu número de teléfono por si ocurre algo inesperado y no
puedo venir; por si echo de menos verte o escuchar tu voz. No sé, siempre puedo
tener una emergencia.
Se me escapó una sonrisa. El brillo de mis ojos me delató. No se me había
ocurrido la idea, pero me entusiasmaba poder hablar con él a través de mensajes.
—Dame, te lo escribiré en el móvil.
«Tu corazón: 73 669 933». Al leerlo, no reprimió lo que sentía. Esbozó una
sonrisa y exclamó:
—¡No puedo estar más de acuerdo!
Mi sonrisa se quedó fija en mi rostro, parecía pintada con un rotulador
permanente.
—Intentaré hablar con Laura. No sé si volvió al hostal a dormir o se quedó con
Yon. La tormenta ha durado toda la noche y, si no están Maya ni Mamen ni los
increíbles hermanos, ¿quién hará los desayunos? Porque un café bien cargado sí
que me tomaría.
Me había cogido la sábana, tapándome con ella. Me senté frente a la chimenea
viéndole abrir la puerta preparado para irse y deseando que no tardara en
regresar. Se volvió a mirarme.
—Anoche le envié un mensaje a Esteban, el hijo de Juancho, el panadero.
Maya y Mamen tienen que descansar y no sabía qué iba a pasar con mi hermano.
No lo dudó. Es un buen chico, cuando necesitamos un par de manos está
disponible y lo hace muy bien. Consigue un dinero extra para independizarse, él
también quiere ver mundo. —Se quedó impávido repasando con la vista hasta el
último detalle de mi silueta—. Me tienes abducido. Aun con una sábana por
encima, eres perfecta.
Cerré los ojos y suspiré contenta por el halago, cuando los abrí ya se había ido.
En la clínica amanecía cuando sonó la alarma, era el teléfono de emergencias
sonando insistentemente. Habían hecho cuatro salidas más durante la noche: dos
fuertes caídas, mezcla de alcohol y aguacero; un coche con tres personas dentro
arrastrado por la corriente, y una pareja de turistas intentando fotografiar las olas
de más de seis metros en la costa. Eran las seis de la mañana, la noche no había
terminado. El centro médico estaba al completo, no había camas ni camillas, los
últimos pacientes se recuperaban en dos salas de Radiología. La doctora
González y Carlos salieron veloces hacia el muelle. El aviso decía dos hombres
graves y un posible tercero del cual no sabían su estado. Antes de salir se acordó
de mí. En un acto desesperado pensó que era mejor que nada. Al llegar al
muelle, los esperaban Sira, Nick y Ramón, los policías encargados de llevarlos a
playa Grande. Al ver a Nick, no lo dudó.
—¿Por casualidad no tendrás el teléfono de Isabel? La clínica está llena, no
hay nadie grave, no obstante, si sucede algún imprevisto, no tenemos a ningún
sanitario que pueda atender a los pacientes. He llamado al doctor Arranz dos
veces, no me contesta. No sabemos cuánto estaremos fuera, no quiero tener esa
responsabilidad sobre mi espalda. ¿Estará disponible a estas horas?
—Si la conozco un poco… Estoy convencido. Espera, la llamo.
—¿Ya me echas de menos?
—Ni te lo imaginas. Mis compañeros no son tan guapos y desde luego no me
hacen sentir igual. La doctora me ha preguntado por ti, necesita ayuda. Esta
noche ha habido mucho movimiento en la isla con la tempestad. La clínica está
llena y tienen que venir con nosotros. Es una responsabilidad grande, si no
quieres…
—En diez minutos estoy ahí. No hagas nada que yo no hiciera, pero sobre todo
recuerda que tú también estás convaleciente, aunque no lo parezca.
—Me he tomado el tratamiento antes de venir, me portaré bien. Me interesa
mucho no estar dolorido las próximas horas. Hay alguien que me está esperando.
Dentro del centro médico, Yon se había despertado. Estaba dolorido e
incómodo. La insistencia del teléfono le desveló las dos últimas veces, pero el
cansancio y los calmantes le hicieron dormirse de nuevo. Esta vez fue diferente,
notó la presencia de Laura dormida sobre su pecho. Se cambió lentamente de
postura y, aún dormida, se puso muy delicada frente a él. Con los ojos cerrados,
a dos centímetros de su cuello, notando su respiración. Aturdido por su cercanía,
le dio vueltas al motivo de tenerla apoyada sobre su débil cuerpo. Le gustaba
tanto…
«Pudiendo dormir en su magnífica habitación, no entiendo por qué ha
preferido quedarse conmigo, está incómoda», se preguntó Yon intrigado por
verla ahí.
Le movió el pelo que le cubría la cara hacia atrás, oliéndolo por un instante,
absorbiendo su perfume. Se fijó en varios lunares que tenía en la cara y fue
bajando la vista hacia su cuerpo, rozando con la yema de los dedos su hombro,
deslizándose por el brazo hasta sus manos. Una suave caricia que le sacudió
entero.
«Hueles a frambuesas y arándanos. Tu piel es suave como la seda. ¡Qué
fantástica criatura! Lástima no poder decírtelo, solo puedo soñar contigo, un
sueño que jamás alcanzaré porque he llegado tarde a tu vida», pensó Yon
decepcionado por su suerte.
Cautivado por su belleza, no se percató de mi presencia. Estaba apoyada en el
marco de la puerta observando el amor que desprendía su mirada.
—Ella también siente algo por ti. No lo sabe o no lo quiere admitir, pero la
conozco.
—¡Wonder Woman, mi heroína favorita! Después de Supergirl, que es de la
familia. Claro que tú, de algún modo, también lo eres, ¿me equivoco?
—Veo que tu sentido del humor sigue intacto. ¿Qué tal la pierna?
—Y Ter Stegen esquivó la pelota…
Evidentemente, me hice la tonta, no era de la familia. No era amor, era una
aventura. Tenía que serlo; si no, estaba perdida. Prefería pensar que sí. Laura se
desveló con el sonido de nuestras voces. Con dificultad abrió los ojos, dibujando
una sonrisa al ver a Yon despierto y con su humor habitual.
—¿Cómo estás? ¿Y la pierna?
—Eso mismo le he preguntado yo, pero todavía no me ha contestado.
Cogí el tensiómetro para comprobar que todo fuera bien. Le tomé la
temperatura e hice una pequeña revisión, como había hecho minutos antes con
otros dos pacientes. Todo era correcto. Mi labor era cerciorarme de que no
hubiera ninguna recaída y atender las urgencias. No era complejo, había lidiado
con más de doce pacientes en una hora en el hospital y, cuando volviera a
Barcelona, seguiría haciéndolo, me quedaban ocho prácticas.
—¿Eres mi nueva enfermera, además de mi salvavidas? Soy afortunado, estoy
acompañado de dos insólitas mujeres.
—Pues las dos quieren que les respondas a la pregunta.
Alzó las cejas incrédulo ante su nerviosismo. Ingenuo, me preguntó con la
mirada. ¿Era posible que le gustara más allá de una simple amistad? Asentí. La
miró feliz, alterado igual que un niño a punto de abrir su regalo nuevo, y
contestó a su pregunta:
—No siento dolor por los calmantes, pero me tira lo suficiente para hacer caso
a nuestra querida enfermera. La venda me inmoviliza la pierna y ayuda a la
tentación de moverla, aun así, estoy deseando salir de aquí. Me ahogo más que
cuando estaba en el incendio. ¿Y tú por qué duermes en una silla teniendo, según
tú, la habitación más bonita del mundo?
Laura se ruborizó, no sabía qué decir. Improvisó:
—Hablamos un rato y te quedaste dormido. Se hizo tarde, estaba sola y la
borrasca estaba en su punto más álgido. No tengo paraguas y llovía mucho.
Estabas pálido y yo un poco preocupada. ¿Has desayunado? Yo estoy muerta de
hambre y necesito un café doble, ¿vienes?
—¿Cómo era? Ter Stegen esquiva la pelota…
Nos reímos disimuladamente, ella no lo percibió.
—No había llegado el tal Esteban cuando salí del hostal, por eso me he tomado
un café de la máquina antes de empezar. Me faltan varios pacientes por revisar,
apuesto que Yon agradecerá un buen desayuno entre amigos. Podréis hablar de
sus experiencias como bombero, cocinero, o de la amistad y la preocupación.
—Veo que pasar tiempo con mi hermano te está influyendo. Se te está
contagiando el carácter Arauz.
Sonreí bufona, meditando sobre su último comentario. Su apellido era Arauz,
Nicolás Arauz. Ya sabía algo más de él, incluso podía buscarle en Google.
Contenta por mi descubrimiento, continué haciendo la ronda.
—Y, si no hay cafetería, ¿dónde puedo ir a buscar un bocadillo para
desayunar?
—¿Qué hora es? Esteban vendrá a las siete y media con su padre. Traerá pan y
pastas.
—Son casi las siete. Entre que llego y me cambio de ropa, se hace la hora.
¿Algún pedido especial a la camarera improvisada? Puedo traerte una muda de
recambio.
—Ahora que lo dices me apetece un bocadillo de atún, un café solo, un zumo
de naranja y un trozo de sandía. De ropa, unos pantalones cortos anchos, una
camiseta y unas zapatillas, por si me dejan moverme por aquí.
—Quizás me tenía que haber cogido una PDA de esas, ya no me acuerdo de lo
primero que has dicho.
—Tranquila, es coña. Quería ver la cara que ponías, y ha sido un verdadero
espectáculo. Me conformo con un bocadillo, el sabor lo dejo a tu elección.
—Hay una máquina de café y otra de bebidas, te puedo sacar lo que quieras
cuando venga. ¿Y no te dejan caminar?
—No lo sé, todavía no he hablado con la doctora, aunque no creo que hoy
tenga prevista una excursión. Me hubiera gustado hacerte de guía exclusivo por
la isla. La taberna está cerrada, solo abre el hostal para los huéspedes, y me
apetecía hacer de anfitrión. Tú y yo solos. Dejar a los tortolitos que disfruten y
llevarte a algún lugar especial. Ya sabes, de esos que recuerdas con el paso del
tiempo.
—Creo que el lugar que más voy a recordar es la clínica, pero la idea era
buena. No sé cuántos días estaremos. No conozco a demasiada gente, caminar yo
sola por la isla no me apetece y dejarte solo no sería de muy buena amiga. Habrá
que improvisar. Tendrás que enseñarme la isla desde aquí. No me he traído el
portátil, el móvil bastará. Vengo enseguida.
Se quedó pasmado. Pretendía estar encerrada en la clínica con él, en un box de
Urgencias. No sabía qué tiempo hacía fuera, en cualquier caso, mejor que estar
ahí dentro con ese olor inconfundible de los hospitales a medicamentos y
productos quirúrgicos.
Habían llegado a Rogran. El barco pesquero estaba atracado en playa Grande.
Dos pescadores esperaban fuera, y el patrón, arriba apoyado en la barandilla.
Vigilaban que todo estuviera en orden cuando llegaran el personal sanitario, los
de rescate, Protección Civil y la policía. Fueron llegando escalonadamente, los
primeros fueron ellos. Subieron por la rampa, siguieron al patrón camino del
camarote donde estaban los cuerpos inconscientes de los pescadores
naufragados. Nick recabó información del suceso a través del patrón mientras
Carlos y la doctora hacían su trabajo.
—Encontramos la balsa en medio del océano, a unas veinte millas de Arganzú.
Apenas podían hablar, llevaban muchas horas a la intemperie. Eran tres, pero no
cabían en la balsa. Su patrón decidió quedarse en un islote pequeño que hay
entre el cabo Jesta y el golfo de Almanzor. No tiene vegetación, está desierto,
medirá menos de una hectárea. No tiene ninguna posibilidad de sobrevivir más
de seis o siete horas, dependiendo de las inclemencias del tiempo.
—¿Por qué no fuisteis a buscarlo? Os pillaba relativamente cerca.
—Perdieron el conocimiento después de contarnos lo ocurrido. No tenemos
médico a bordo, eran ellos o él. La decisión estaba clara. Ellos respiraban y él no
lo sabíamos.
—Salvamento Marítimo no tardará en llegar. ¿Podéis guiarlos hasta él?
—No sabemos las coordenadas, pero conocemos el mar. No será complicado.
—Bien, a ver qué dice la doctora. ¿Cuál es su diagnóstico?
—No muy bueno. El paciente A tiene un buen golpe en la cabeza,
deshidratación y graves signos de hipotermia. El paciente B es diabético. Le he
inyectado insulina, aunque no sabemos cuánto tiempo lleva sin tomar. Tiene
ictericia, aparte de la deshidratación y el mismo nivel de hipotermia que su
compañero. Necesitan ir al hospital de Bilbao lo antes posible.
—Llamaré al SAR, gracias.
Bajó veloz la rampa, dentro de sus limitaciones. Marcó el número de teléfono.
Antes del tercer tono, escuchó el motor del helicóptero cruzando el cielo tapado
de diminutas nubes de algodón. Miró hacia arriba, después a un lado. La gran
embarcación de Salvamento Marítimo llegaba a la hora prevista. Se dirigió a
ellos, se saludaron formalmente y expusieron la información del caso.
—El pesquero salió a faenar desafiando la mala mar y el temporal. Cuando la
embarcación estaba a treinta millas al noroeste de Arganzú, saltó la radiobaliza
de emergencia en Salvamento Marítimo. Desde entonces se perdió el rastro,
siendo imposible contactar por radiofrecuencia.
—Ha aparecido una balsa salvavidas con dos de los tripulantes del Bilbamar.
Han dado información sobre dónde puede estar el patrón: en un minúsculo islote
en medio del mar. El Armony los ayudará en la búsqueda.
Trazaron la estrategia que necesitaban para rescatar al posible superviviente de
la nave desaparecida. Aún les faltaba otro tripulante, y no tenían ninguna pista
de su paradero.
—Mantendremos el contacto, jefe. Esté disponible por radio. Si tiene alguna
noticia, nos avisa.
—Haré todo lo que esté en mi mano, no lo dude. Si lo encuentran primero…
—Los avisaremos.
Se despidieron con un saludo oficial. El helicóptero subió a los malheridos
pescadores en camilla, vigilados por un ATS. El barco pesquero asumió el
primer puesto, Protección Civil y Salvamento Marítimo lo siguieron de cerca.
Volvieron a Santa Marta. Durante el trayecto hablaron de las emergencias
nocturnas. Algunos avisos les sacaron una sonrisa. Otros conmovedores, como el
de Rafa y sus hijos, donde estuvo él. Este fin de semana había sido intenso para
todos. La doctora quiso aprovechar el tiempo del trayecto, obligó a sentarse a
Nick y le hizo una breve revisión. Todo en orden a pesar del nulo reposo que
estaba haciendo. Evolucionaba lento, pero favorablemente.
En la clínica, el doctor y yo repasábamos el historial de los pacientes.
—Ya se les ha pasado la borrachera y se encuentran bien. La resaca será más
dolorosa de lo normal por el brazo escayolado de uno y el esguince en el pie del
otro, pero nada serio.
—Viendo el informe de la doctora González, les haré una revisión corta y les
daré el alta. Veamos los siguientes.
—Un susto tremendo: una ola se los llevó, arrastrándolos más de diez metros.
Ella tenía un ataque de ansiedad y síntomas de ahogo; él, un fuerte golpe en la
cabeza y en el brazo, se dio contra una pared. Aparte del chichón y las
magulladuras, no hay nada interesante.
—En el informe no veo nada raro. Pasaré a verlos, si está todo correcto, les
daré el alta también. El día es largo, necesitamos las camas y camillas.
—Una familia de tres miembros, los arrastró la corriente. Iban dentro del coche
y acabaron contra un árbol. La mujer tiene una pequeña herida en la frente, tres
puntos y unos rasguños en el codo. Le pusieron un collarín, se quejaba del
cuello, pero la radiografía descartó daños graves. El marido estuvo inconsciente
unos minutos. Tiene una cervicalgia aguda severa y una abrasión en el pecho por
el cinturón. El hijo está ileso.
—Los veré primero. El padre me preocupa un poco, la madre no parece grave.
—Rafael Clemente, hubo un incendio en su casa, tiene una insuficiencia
respiratoria grave, los pulmones están muy afectados. Le han puesto oxígeno, un
analgésico y suero. Y Yon intentó salvar a su hijo, terminó bajo un armario con
un vidrio incrustado en la pierna. Le desinfectaron e hicieron una sutura. Se
encuentra bien, no ha tenido fiebre ni altibajos de tensión.
—Tampoco parece grave, revisaremos la herida, que cicatrice bien y no haya
una posible infección. Rafael me preocupa más. Los pacientes de ayer los tengo
controlados. Debería revisarte a ti, también eres una paciente en observación.
—Lo sé. Yo misma me he tomado la tensión, la temperatura y contado las
pulsaciones. De facultades me encuentro bien, como habrá podido comprobar.
Cansada porque desde que estoy en Santa Marta he dormido unas cuatro horas,
pero mis sentidos funcionan correctamente.
—Doy fe de ello. Veamos la sien. Se te ha soltado una grapa y tienes otra
despegada. Te las cambiaré y desinfectaré un poco, ya he visto que te hicieron
pruebas anoche. Sale todo correcto. ¿Has notado algún cambio? ¿Te cuesta
respirar? ¿Toses?
—No. Hay partes de mi cuerpo doloridas por los numerosos moratones de mi
piel. Depende de cómo me siento o me apoyo en algún lugar, veo las estrellas,
pero no es nada que un buen antiinflamatorio o analgésico no pueda calmar.
—Tendrás que tomarlos durante unos días. Posiblemente tengas alguna secuela
de la caída o de la insuficiencia respiratoria causada por el incendio. Es digno de
admirar cómo supiste actuar bajo presión. He leído que curaste a Nicolás y
ayudaste a sacar al hijo de Rafael, aparte de lo que has hecho en la clínica
durante una hora. Se te da muy bien este trabajo. Deberías dedicarte a ello.
—Espero hacerlo algún día. Me queda un año de carrera.
Fuimos a hacer la ronda. Me fijé intentando aprender todo lo que pudiera del
médico. Él, viendo mi interés, hizo todo lo posible por ampliar sus explicaciones
y que yo no perdiera detalle. Me pareció una mañana muy productiva y
emocionante.
Desayunaron juntos en el box. Laura había cambiado la camiseta por el jersey
mostaza, sin cambiarse los tejanos. Se había recogido el pelo con una trenza en
el lado izquierdo, dejándose un mechón cayendo por el lado derecho. Al llegar al
hostal, me llamó por teléfono, necesitaba la cámara. Se le había ocurrido repasar
las imágenes con Yon. Él le explicaría la historia de las fotografías, igual que
Nick, lo que haría un bien enorme al artículo, tendrían varias horas entretenidas
hasta que le dieran un diagnóstico o un tratamiento, y poder irse a casa.
Yon disfrutó contándole anécdotas, historias de lugares como el monte Dédalo,
el faro, grutas de hace miles de años y leyendas marinas. Cada isla tiene sus
propias rarezas, su fauna marina y terrestre, una vegetación silvestre poco visible
en la península y rincones a lo que pocos saben llegar. Mis fotografías captaban
muchos de esos lugares que en una hora de guía no puedes visitar.
Cuando llegué con el médico haciendo la ronda, se tronchaban de risa absortos
el uno en el otro, impregnados de un magnetismo difícil de encontrar en dos
desconocidos.
El doctor carraspeó para que le hicieran caso. Se pusieron serios de golpe.
—¡Buenos días! ¿Qué tal la noche? ¿Te ha dado problemas la pierna?
—Problemas no. Muy cómodo no es, pero dolor no he sentido.
—Te voy a quitar el vendaje para ver bien la sutura. Todo está como tiene que
estar. A partir de ahora te daremos el medicamento en pastilla, si lo toleras bien,
en algún momento de la tarde te daremos el alta. —Miró entusiasmado a Laura,
que le devolvió la misma mirada de complicidad—. Pero no pienses que puedes
salir corriendo. Los hermanos Arauz no toleráis bien los reposos. Si no haces
caso, mañana estarás de vuelta con la herida abierta y una posible infección.
—¡A sus órdenes, mi capitán!
Le guiñó el ojo sonriente y excesivamente contento por la noticia. No quería
que la mujer que le alborotaba el corazón pasara el día entero en el médico. Le
parecía un sacrilegio. Las horas que perdió el viernes, la noche del sábado y
ahora el domingo entero. Poder imaginar una tarde a solas con ella en algún
lugar más romántico era una idea que le sobresaltaba el ánimo.
—Me portaré como un niño bueno. Estaré la mayor parte del tiempo sentado,
no forzaré la pierna, seguro que habrá un vigilante cerca que pueda
confirmárselo.
El doctor Arranz meneó la cabeza pensando en el carácter de Yon. Quedé con
Laura en vernos media hora más tarde, tenía muchas cosas que contarle y ella
parecía que también a mí. Mientras tanto, Yon comenzó a planear el resto del
día.
—Si salgo sobre las cinco, podríamos ir a la heladería de Kiko. Está en una de
las callejuelas que dan al paseo marítimo. Los domingos siempre abren.
Podemos contemplar el mar, las fascinantes vistas del puente de Antón, con los
irracionales silbios vigilándonos en la distancia. Al otro lado, el peñón de Calke,
incluso se ve el faro a lo lejos… Y lo mejor de todo es que, mientras vemos todo
eso, podemos comernos un helado buenísimo, ¡el mejor de la isla! Y estaré
sentado. No sé qué sabores te gustan más, ese tema no lo hemos tocado.
—No hemos hablado de helados, algún tema se nos tenía que olvidar. ¿Está
muy lejos? No puedes caminar mucho. No es mala idea, aun así, no quiero que te
esfuerces demasiado. No tienes que demostrar nada ni hacerte el hombretón. Si
tienes que hacer reposo, lo haces. No me importa dónde esté, sino con quién
esté. —Ese último comentario le entró directo al corazón, le subió por las
arterias, luego la carótida, y se instaló en el hipotálamo. La producción de
hormonas se le disparó, su cuerpo se sobrecargó y sus estímulos se aceleraron,
subiéndole la temperatura corporal.
«¿Con quién esté? Eso quiere decir que quiere estar conmigo. ¿Qué pasa con el
tal Lucas? Quizás esa conexión que sentimos se está haciendo más fuerte y le
hace olvidar a ese hombre. Igual tengo una oportunidad… Me lanzaré y, si me da
una bofetada, al menos lo habré intentado, habré probado sus labios. A Nick le
funcionó, y parece que bastante bien», pensó Yon emocionado.
—No está lejos, poco más de cien metros. Pasaremos un par de horas
relajados, disfrutaremos del helado y volveremos dando un lento paseo al hostal.
Le pediremos a nuestro cocinero favorito que haga una cena especial para los
cuatro y unos cócteles para después.
—No me fío de esa sonrisa maliciosa que se te dibuja en la cara. Tendré que
vigilarte.
«Cuento con ello», murmuró Yon sonriendo.
—Mujer de poca fe, si soy un trozo de pan… Quiero que te lo pases bien y que
salgas de aquí. Ahora que has trabajado un poco en tu artículo, y cuidándome, el
siguiente paso es relajarte, descansar y deleitarnos con las vistas en buena
compañía.
Se señaló a sí mismo con los dos dedos índices. Ella soltó una carcajada.
«De que voy a disfrutar no tengo dudas. Da igual dónde esté. ¡Eres tan
divertido…! Siempre arrancándome una sonrisa. Te voy a echar de menos. ¿Por
qué cuando estoy con Lucas no me siento así? Es una locura sentir tanta química
con un desconocido», dijo Laura para sus adentros.
—Está bien, pero con una condición.
—¡Sorpréndeme!
—Que, cuando no puedas andar más, paremos. No te hagas el valiente. Si te
duele, paramos. Si estamos en el hostal y necesitas algo, me lo pides. No te
hagas el duro y te levantes. Tienes que cuidarte, en serio. Tienes un negocio y,
con los puntos que te han dado, tal vez no puedas trabajar hasta dentro de una
semana.
—Creo que exageras, el martes estaré al pie del cañón. No corretearé ni estaré
mucho tiempo de pie. Apoyado, con la pierna estirada, puedo cocinar. Cuando
me canse, me sentaré, descansaré y me volveré a levantar. Así sucesivamente.
Pediremos ayuda a Esteban si es necesario para la barra o para servir, pero no
puedo faltar. Si falta el cocinero…
—No me parece bien, que lo sepas.
—Queda apuntado, aunque para entonces ya te habrás ido.
—Supongo. Si sigo aquí, ten por seguro que no cocinas. Me pondré yo si hace
falta. De alguna manera tendré que pagar tantos días en el hostal; si no, Mayte
cocina muy bien y Mamen también.
Le miró maravillado, estaba radiante cuando se enfadaba. Alucinado por su
repentina crispación, pensó de nuevo en mis palabras. Ya no tenía dudas. Ella
sentía algo por él y estaba dispuesto a averiguar el qué.
Eran las nueve, Nick me había vuelto a llamar, iba a la comisaría. Tenía que
rellenar unos informes y estar disponible por si lo necesitaban. Laura y yo nos
fuimos a dar una vuelta, mi turno ya había acabado. Tanto la doctora González
como el doctor Arranz me habían dado las gracias repetidas veces. Me
comentaron que, si me quedaba más tiempo, podía hacer las prácticas allí. No
remuneradas, pero sí con un informe de recomendación. Me gustó el
ofrecimiento.
—¿Vamos? Te la secuestro una hora. Necesitamos charlar un poco. Así te da
tiempo a echarla de menos. —Le guiñé el ojo pícara y él me devolvió la picardía
con una sonrisa burlona. Laura me dio un toque en el brazo, no tan disimulado.
La avenida del Mar, donde nos encontrábamos, era muy larga, cruzaba
prácticamente toda la población. De ella salían varias variantes, calles
alternativas que llevaban a diferentes lugares. Uno de ellos, El Café del Mar.
Salimos de la clínica en dirección a la playa. Subimos por una de las variantes,
una cuesta no muy pronunciada, pero interminable. Al final de la calle, había un
café pequeño muy acogedor. Tenía sillas de madera, con los asientos de anea, las
típicas que te puedes encontrar en cualquier terraza de una isla griega. Aquí te
las encontrabas en una terracita del puerto viejo, en la costa norte de Santa
Marta. Estas eran de color verde, en vez de azul (como en Miconos, por
ejemplo). Nos sentamos cansadas de caminar.
—Se me han quedado los glúteos duros, como cuando iba al gimnasio a hacer
spinning. Ya ni me acuerdo de esa época. ¡Trabajamos demasiado! Deberíamos
pedirle un aumento a Amanda o que nos diera unas vacaciones anticipadas, dos
semanas por lo menos. Me vendría aquí a descansar. ¡Me encanta esta tierra!
—¿A descansar o a pasar más tiempo con Yon? He visto cómo os miráis y,
siento decírtelo, no solo te has enamorado de esta tierra, también lo has hecho de
un habitante de ella.
—Puede ser. Te discutiría, pero gastaría saliva para nada. Estas últimas horas
me han servido para meditar. Me hace reír, me entiende cuando le cuento mis
problemas, me escucha cuando le explico algo y me aconseja cuando estoy
perdida. Antes no sabía cómo seguir el artículo, estaba atorada. Pendiente de lo
que iba diciendo, de lo increíble que me parecían sus relatos. De súbito, no sabía
cómo plasmarlo en el reportaje. Él ha sacado su vena irónica, con una broma
tonta que me ha hecho estallar en carcajadas. Me ha dado consejos útiles,
animándome a seguir hasta que me he desbloqueado.
—Por eso lo ha hecho. Quería que te relajaras y dejaras fluir la inspiración. A
veces no es más que eso. Estás tensa y no ves lo que tienes delante, y eso, amiga,
no te lo da Lucas. Esos miles de hormigas recorriéndote el cuerpo cuando te toca
o cuando te mira fijamente no los notas con nadie, solo con él. Tu corazón late a
otro ritmo, baila a otro son, como si escuchara su propia canción cuando aparece
de repente frente a ti. Y, cuando se va, desaparece.
—Sí, es bastante parecido. ¿Eso es lo que sientes cuando estás con Nick?
—No lo sé. Siento tantas cosas cuando estoy con él… Es cálido y sincero. Me
abruma el poder que tiene sobre mí, su mirada y su voz. Me atraen todos sus
movimientos, sus detalles. Me vuelven loca sus intentos de resistirse a mis
impulsos, sus besos dulces, tímidos, que en segundos se vuelven fogosos y
ardientes. ¿Estoy enamorada? Creo que estoy hipnotizada. Nunca me había
sentido así. Es el hombre que cualquier mujer en su sano juicio desearía, y eso es
lo que me hipnotiza de él. ¿Es amor? No creo.
—Me has dejado anonadada. No sabía que fueras filósofa, aparte de enfermera
voluntaria y una gran fotógrafa. Tienes muchas cualidades que desconocía,
aunque también tienes algún que otro sentido que te falla. —Empezó a menear el
brazo de un lado a otro delante de mi cara.
Sin saber cómo interpretar ese movimiento, arrugué la boca y fruncí el ceño.
—¿Estás zumbada? ¿Se te ha caído algún tornillo por el camino? ¿El café tenía
algún líquido extraño que te ha afectado el cerebro? Porque el mío estaba muy
bueno.
—Los aspavientos son para confirmar si estás ciega o no, porque ahora eres tú
la que no ve ni tres en un burro. Tienes el amor de tu vida delante de tus narices
y crees que es una ilusión, un efecto óptico o algo así. —Movió las dos manos a
la vez sin entender mis argumentos.
Yo la ignoré, no tenía sentido, estaba convencida de mis teorías. Yo era
realista, y ella, la soñadora.
23
SOÑEMOS JUNTOS

En la comisaría, Nick estuvo pegado a la radio y al teléfono toda la mañana.


Gracias a Íñigo, que durante la noche había rellenado todos los informes de las
salidas de emergencias, su faena era más de búsqueda de información y esperar.
Por desgracia, la espera no había sido muy larga. Encontraron el cuerpo sin vida
del patrón de la embarcación desaparecida con graves lesiones corporales y una
gran deshidratación. Más tarde, a los pies del acantilado donde había comenzado
nuestra imposible historia de amor, y en la que tanto pensaba, flotando entre las
rocas gruesas y las olas más violentas, unos surfistas descubrieron el cadáver del
otro tripulante naufragado. Por si fuera poco, las noticias de Rafa cada vez eran
más desalentadoras.
Sira, Íñigo y Ramón hicieron el cambio de turno a las nueve. Mario, Cosme y
Txus les hicieron el relevo y salieron a patrullar por la isla. Mario y Txus se
pasaron por el puerto al recibir noticias de la central. Habían cambiado el color
de la alerta, volvía a ser naranja. Observaron las olas desde la costa, desde los
cuatro puntos cardinales de la isla. No estaban de acuerdo, el mar seguía como
un potro desbocado, salvaje, bravo, sin ningún ápice de cambio. En cala Brava
los surfistas agradecían al mar las fantásticas olas que cogían. Era uno de esos
maravillosos días que te daba la costa este de Santa Marta. Una meca para ellos
porque poseía una de las olas de izquierda más largas del mundo.
Cosme, en cambio, patrullaba por el interior —los parques, bosques, la ladera
de las montañas— vigilando que no hubiera ningún excursionista descarriado. El
clima exterior acompañaba, el cielo se mantenía azul con claros y nubes medias
y altas. La temperatura subía a pesar de la previsión del tiempo, a media tarde
volvían los chubascos tormentosos, ya con menos fuerza.
Cansado por haber dormido muy poco en dos días, se frotó la frente, suspiró y
miró el reloj.
«Una hora más y me voy. Necesito verla, sentir su frescura. El recuerdo de
anoche me hace enloquecer. Me gustaría repetir ese momento, convencerme así
de que no ha sido un sueño. Quisiera conquistarla, enamorarla; hacer que esta
tarde sea inmejorable, y esta noche, eterna; que la recuerde cada noche al
acostarse, haciéndole pronunciar mi nombre hasta gastarlo; que recuerde cada
segundo que estemos juntos», pensó Nick soñando despierto.
Sonó el timbre de la puerta, le distrajo de sus pensamientos. Era Aitor.
—¿Cómo estás? ¿Y ese brazo? ¿Y tus otras lesiones? Te veo mayor, tío…
—¿¡Qué dices!? Eres más viejo que yo seis meses. Estoy bien, mucho ruido y
pocas nueces. El costado me duele a ratos, pero es más por las horas que llevo
sin dormir, me están pasando factura. ¿Quieres un café? La cafetera está
haciendo horas extras conmigo hoy.
—Vale. ¿Qué sabes de Rafa?
—Fue mala suerte. El alcohol, el tabaco y la tristeza: ¡malas compañeras!
Begoña tampoco ayuda, siempre tan superficial y egoísta. Se fue sin decir nada,
ni a él ni a los críos. No saben dónde está y no contesta al teléfono. Le dejó un
mensaje de voz pidiendo que no le buscara. Lo había intentado. No había nacido
para ser madre, mucho menos esposa.
—Hay que ponerlo en el informe. Si hay juicio, probablemente vaya a la
cárcel.
—A veces la ley no es justa, salen perjudicados los más débiles. Ha sido una
imprudencia por su parte, eso no es cuestionable, aunque no se lo merece. Ella,
en cambio, quedará impune.
Rellenaron el informe hablando de las últimas emergencias. Llegaron sus
compañeros.
—¡Todo en orden, jefe! Algunos pescadores querían probar suerte, se lo hemos
desaconsejado. Llevan días sin salir a faenar, no sé cuánto más aguantarán. Hay
demasiados surfistas en cala Brava. Con el día que hace y las inmensas olas,
están encantados. Es probable que tengamos que salir corriendo. Hasta
entonces… todo en orden.
—Perfecto. Me voy. Si me necesitáis, sabéis dónde estoy.
—No creo, te tenemos muy visto ya. No hay quien se deshaga de ti.
Después de nuestras entretenidas charlas y discusiones variopintas, salimos del
café. Nos dimos un paseo por el pueblo. Caminamos por sus angostas calles
intentando encontrar una tienda de ropa donde poder comprar alguna camiseta,
blusa o parte superior decente. Vimos pescaderías, bodegas y tiendas de
alimentación abiertas, pero ninguna tienda de ropa. Hileras de casas iguales,
blancas y negras, con un jardín exterior verde de postal. Calles de edificios de
tres plantas blancos y rojos, con los balcones llenos de flores naranjas, ocres y
rojas. Bajamos por una calle empinada, variante de otra, donde vimos una tienda
de antigüedades preciosa. Tenía una magnífica diversidad de muebles del
neobarroco y Romanticismo clásico. Laura se quedó estupefacta. Se sentó en una
de las butacas mirando el estampado floral en tono pastel, las tupidas y largas
cortinas a juego. Sus ojos brillaban como la luz intensa de las lámparas de araña
que bajaban del techo.
—Lo dicho: te has enamorado de todo en su conjunto. El estilo del hostal, el
que lo regenta, las playas, la isla. Todo.
—¿Me vas a decir que tú no? No seas ilusa. Te encanta la habitación donde
duermes, o donde no duermes; el dueño de esa habitación; la comida que cocina;
las copas que sirve; la taberna; la clínica, y las aventuras que estás viviendo en la
isla, Nunca te has sentido tan viva como estos dos últimos días. Y, si lo niegas,
eres una ilusa.
—¡Lo que tú digas! ¿Vamos? Tienes que volver con tu gran amor, y yo tengo
que darme un buen baño. A ver si me despejo un poco. Qué pena no haber
encontrado una tienda donde comprar ropa.
—Es domingo. ¡Qué quieres! Los comercios cierran por norma general en
todas partes.
Seguimos andando con paso firme. Ella se fue con Yon, y yo me fui directa al
hostal. Quedaba mucho día por delante. Estaba agotada, necesitaba un baño,
quitarme el vestido, muy bonito, pero algo incómodo para trabajar de enfermera.
Entre la bata blanca y el vestido, había estado un par de horas tirándome de la
sisa, moviéndome como si tuviera pulgas en las axilas. Llegué al hostal, conocí
al tal Esteban, hablé lo justo para no ser descortés y me fui a la habitación.
Me preparé la bañera, me desnudé y puse mi lista de reproducción en el móvil.
Me apetecía mucho escuchar música. Me metí muy poco a poco, le había echado
algo de sal, dicen que va bien para la circulación y tenía los tobillos inflamados.
Sentía que los pies me ardían de estar tanto tiempo derecha y no haber
descansado nada. Conecté las burbujas de la bañera, bajé suavemente los
párpados. Apoyé la cabeza en un pequeño respaldo y me relajé. Reflexioné sobre
la noche tan excitante que había vivido, tanto al principio como al final. En los
impresionantes ojos azules de Nicolás escrutando cada centímetro de mi cuerpo,
mirándome embelesado y penetrando en mi interior, atravesándome de lado a
lado. En sus manos tiernas, sus suaves caricias y sus numerosos detalles. Era
todo un lujo tener esos recuerdos. Mi fuerza se desvanecía, los párpados subían y
bajaban lentos. Mis sentidos desaparecían.
Yon estaba sentado en un sillón ajustable, con la pierna estirada y mirando el
móvil. Corrió la cortina y su cara cambió de color, la de Yon se iluminó.
—Pensaba que comerías en el hostal. No tenías por qué volver tan pronto. —
Lo dijo con la boca pequeña. Se le había hecho eterna su ausencia.
—Creí que me echarías de menos. Te he traído un batido fresco de frambuesa.
Ya no estará tan fresco, hace rato que salimos del café, dimos una vuelta.
Agradecido y asombrado por el detalle de Laura, se lo bebió en un santiamén.
—No sabía si te gustaría, pero ya veo que sí.
—Me has leído el pensamiento. Tenía sed, y, como habrás podido comprobar,
no he podido salir a comprar. Te lo agradeceré cuando salgamos con intereses,
muchos intereses.
Le observó abstraída. No pensaba en nada, y pensaba en todo. Organizaba su
mente, se consideraba una mujer práctica, optimista e inteligente. Tenía que
pensar antes de decidirse. Decidir qué iba a hacer con su gran descubrimiento del
día.
***
—¿Estás cansada? Soy buena amiga, dejaré que descanses. Además, te llaman.
—¡Qué simpática! Os dejo con la guasona de Laura. Si exagera, me lo decís,
rectificaré la historia.
—¿Yo? Habría que rectificar algunas cosas que has dicho tú, y no lo he hecho.
Le da un toque dramático.
***
Tracé un plan para averiguar si me había enamorado de él, o no. Si era cierto,
pensaba luchar con uñas y dientes por ese amor, no cómo ella, que se negaba a
creerlo. Yon me contó lo que le había dicho la enfermera. Si todo iba bien,
saldría sobre las cuatro. Había bajado la inflamación del principio, no parecía
infectado y movía con más soltura las articulaciones. No parecía tener nada
dañado, más que lo evidente. Entre una conversación y otra, intenté ser previsora
y le pregunté por la comida.
—No sé qué comer. Mi cocinero personal está de baja y tengo que improvisar.
Iré a un restaurante que he visto al otro lado de la calle. Es comida rápida, pero
no tenía mala pinta.
—Es de un amigo de la familia. Hace tiempo que no voy, pero las alitas de
pollo en adobo están geniales y los caracoles en salsa también. Te los aconsejo.
—Me has convencido. Cogeré una ensalada César de complemento, estaban de
oferta y se me han antojado. Vendré antes de que notes siquiera que me he ido.
Me aproximé a él ligera como una pluma y le di un beso en la mejilla. Después
salí corriendo, mis mejillas parecían dos piruletas recién compradas. Su boca se
entreabrió, sin ser capaz de emitir un sonido. Su mirada me persiguió hasta que
desaparecí.
«Lo dudo, ya te echo de menos. Guardaré este beso, por si no me atrevo a
pedirte más…», dijo Yon en su mente.
Volví en quince minutos. La comida estaba recién hecha, se notaba el calor que
salía de la bolsa. Sus pupilas se dilataron al verme llegar. Saqué las tarteras de
aluminio de la bolsa, unos cubiertos de plástico, servilletas y dos botellas de
agua.
—Creí que lo habías preguntado porque ibas a comer con Isabel, no conmigo.
—¿Y qué comes tú? ¿Pretendes hacer dieta? Si es así, avísame, tengo el
estómago vacío. —Le guiñé el ojo y sonreí sensual, divertida. Se sonrojó tanto
que parecía haber estado horas tomando el sol. Cortada, continué repartiendo los
platos—. Acércate un poco más, tengo hambre, pero no te morderé. Necesito
echarte la comida en el plato; si no, las que comerán serán las hormigas.
«¿Soy yo que estoy alucinando o está ligando conmigo? Porque empiezo a
marearme de las vueltas que me da la cabeza y a tener alteraciones cardíacas»,
pensó Yon, alterándose por momentos.
Nick llegó alrededor de la una, quería comer con Isa. Decidió preparar una
velada romántica en la habitación. Había comprado un ramo de rosas rojas,
cincuenta y dos en total, las horas que hacía que se conocían. Buscó entre unas
cajas del despacho, sacó velas y unas bolsas de flores secas. Fue hacia la bodega
y escogió un par de botellas de cava Juvé & Camps. Puso un par de copas en el
congelador. Mientras, preparó un par de cócteles de gambas, pinchos variados y
un par de pijamas. Lo presentó todo en una gran bandeja. Subió primero las
rosas, las flores secas y las velas. Picó a la puerta, no contestó nadie. Entró con
su llave. La imagen le dejó inmóvil. Se restregó los ojos como pudo y volvió a
mirar. Estaba desnuda en el agua, dormida. Una palabra revoloteó en su mente,
haciendo eco: «Perfecta».
Dejó la caja en el suelo con cuidado y sacó todo, esparciendo las rosas por la
habitación. Dejó unas cuantas sobre la cama, otras en el jarrón, en la cómoda, en
la terraza, incluso cerca de ella en la bañera, guardándose una para despertarla.
Situó las velas estratégicamente, las flores secas creaban un ambiente cálido y la
luz tenue de las velas hacía el resto. Se quedó paralizado, recreando su vista en
la piel suave de su rostro. Se le caía la baba. Después del aturdimiento bajó las
escaleras, creyendo que había sido una buena idea. Iba a hacerla sonreír, a
cambiarle las ideas de sitio, a dudar de su marcha, o eso esperaba.
Cogió la bandeja y, con mucho equilibrio, llegó al dormitorio. La dejó en la
banqueta, puso una manta aterciopelada de color ocre en el suelo. Quedaba leña
del día anterior, encendió la chimenea con poca llama. Se acercó silencioso por
detrás, rozó con los labios su cuello desnudo, con un dedo le acarició el hombro
y fue bajando hacia los brazos. Murmuró arrimándole su boca muy despacio:
—Buenas tardes, bella durmiente.
Sus palabras entraron en el sueño que tenía como una luz brillante. La
envolvieron en un manto invisible caminando hacia esa luz. Había sentido el
beso como un cosquilleo. Al abrir los ojos, vio su mano agarrando una rosa roja.
Siguió hacia arriba y se encontró con el rostro puro y sereno de Nicolás, su
mirada intensa penetrándola. Cogió el regalo que tan humildemente le había
hecho, inspirando, guardando el profundo olor que transmitía la rosa. Sonrió y,
estirando sus brazos hacia él, le besó dulce y sensual, absorbiendo cada idea o
pensamiento que pudiera tener, bloqueando su mente durante unos minutos de
profundo deseo.
—Me he dormido, necesitaba el baño. Ahora estoy arrugada como una pasa.
No se había percatado de la nueva decoración. De pie, dentro de la bañera, con
la boca abierta dando vueltas sobre sí misma. Sintió que el corazón se contraía
de pura exaltación. Nicolás no imaginó algo parecido cuando se le ocurrió
montar la velada. Tenía espasmos nerviosos en todo el cuerpo. Le costaba
respirar viéndola ahí parada, cubierta de gotas de agua paseándose libremente
por su cuerpo desnudo. Parecía una diosa griega, una ninfa salida del mar, sacada
de alguna isla de la Odisea de Homero.
—¿Has hecho todo esto por mí? ¿Cuándo?
—Estabas tan cansada que no me has oído. He entrado un par de veces, quería
darte una sorpresa y tenemos que comer. Si te digo lo que has hecho por mí…
La ayudó a salir de la bañera. Quiso darle una toalla, Isa no le dejó, se abalanzó
sobre él secándose con su ropa. No podía reprimir sus múltiples emociones. Le
abrazó con fuerza. Sus manos fueron de su espalda a su cuello, deseosas de
seguir circulando por el resto del cuerpo. Le besó como si no hubiera un mañana,
desarmándolo nuevamente. Cualquier cosa que hubiera planeado hacer ya no
tenía valor. Prevalecían los besos de ella recorriendo su cuello, su barbilla, su
boca. Le desabrochó el pantalón, le quitó la camiseta, cayeron suavemente en el
suelo. Sus cuerpos se fundieron sobre el terciopelo de la manta que lo cubría.
Sus corazones palpitaron al mismo compás. Un baile picante, corto y exhaustivo
que arrasó con las pocas fuerzas que le quedaban.
—Me vuelves loco. Contigo, todo lo que haga merece la pena.
—Si no hago nada. Tú, en cambio, me sorprendes con infinidad de detalles.
Cada cosa que haces o dices me atraviesa el alma, me deja sin sentido. Mira todo
esto… Es la primera vez que alguien hace algo romántico por mí. Es un sueño.
Cada hora que paso contigo me adentro más en ese mundo mágico donde tú eres
el dueño de todo lo que poseo. No sé qué voy a hacer cuando despierte y me
aleje de ese sueño.
Se besaron de nuevo, varias veces.
—No despiertes, sueña conmigo. Soñemos juntos una nueva realidad.
Construyamos juntos un nuevo sueño, uno del que no queramos despertar.
—No es cierto que la vida es un sueño. La vida la construyes a lo largo de los
años. Tú has construido la tuya, yo he hecho lo mismo. Cada una tiene unos
cimientos, tiene un lugar. Es mejor no pensar en los sueños y disfrutar de la
realidad, del presente, de este momento.
Se fue hacia la bandeja y la puso delante de ellos. Brindaron por la comida, por
ellos. Nicolás enmudeció unos instantes, que a Isa le parecieron eternos. Se le
hizo un nudo en la garganta que ni con el cava conseguía deshacer.
«¡No me voy a rendir! Eres lo mejor que me ha pasado en esta vida y dudo
mucho que lo pueda superar en otra», pensó Nick impotente, negándose a
aceptar la realidad que le pedía.
—Qué bueno está este cóctel, y eso que no es de beber. Eres un cocinero
excelente. Si eres igual de bueno como policía, entiendo que todo el mundo te
quiera, te salude y sea amable contigo. Cuando te vi por primera vez, todos te
adulaban, te sonreían y te agradecían algo. Pensé que eras un santo guardián de
todo el mundo, ahora lo entiendo todo.
—No soy ningún santo. Me gusta observar a la gente y, si está en mi mano,
ayudar. Aprendí mucho en Barcelona, muchas horas y variedad de casos. Todo
eso te curte, te hace aprender de tus errores y no volverlos a cometer.
—Es una gran ciudad, me encanta todo de ella, pero hay muchas personas. Te
tuviste que encontrar de todo y más en un cuerpo especial como el antidrogas.
Hay días que, al salir de trabajar, me paso por algunos rincones emblemáticos,
como plaza España, los jardines de Sants, el Parque Güell, la Sagrada Familia o
las ramblas de Canaletas, y hago cientos de fotografías. Fines de semana que no
puedo dormir porque en el hospital he visto demasiadas barbaridades o he tenido
una mala noche. Cojo la cámara, me voy al metro y fotografío todo lo que veo.
Me relaja ver el mundo a través del objetivo. Descubres cosas que ni te
imaginas. —La miró embelesado y se bebió de un trago su copa—. A pesar de
ello, creo que, cuando vuelva a casa y acabe el reportaje de baño, me tomaré un
descanso. Estoy pensando en dejar a un lado la fotografía durante un tiempo y
dedicarme más a mi otra pasión. Hasta ahora la cámara ha sido mi mundo, pero
quizás sea hora de cambiar el rumbo. Estudiaré para los finales y aprobaré. Me
centraré en la residencia de cuarto año, en el trabajo de grado y, cuando me haya
sacado el título, veré qué hago.
—¿Te estás replanteando tu trabajo de fotógrafa? Pensaba que te gustaba tu
profesión, esa que tanto me inculcaste el primer día. Si eres tan buena y cobras
un buen sueldo, ¿por qué quieres cambiarlo?
—¡Qué pesada fui! Ahora me da vergüenza mi comportamiento infantil de esa
mañana. Me encanta mirar a través del objetivo, me lleva a una dimensión
paralela donde ves la vida a través de un cristal. No es eso… Estos días me han
hecho meditar, replantearme mi modo de vida. De niña me gustaba curar las
heridas, tomar la temperatura. ¡Cosas de crías! Mi meta, desde que tengo uso de
razón, siempre fue ser enfermera. No sé por qué lo he llegado a olvidar. La
intensidad de estos días me ha hecho recapacitar, me he acomodado en mi estilo
de vida, en mi ritmo diario. Lo que he vivido en la isla me ha hecho sentir
especial. Mi vocación es ser enfermera, la carrera que me enamoró y por la que
aposté. La fotografía era una afición que me daba de comer y me ayudaba a
pagar los estudios. Con los años me conformé y me acostumbré a mi estatus.
Creo que eso debería de cambiar, las enfermeras son necesarias en cualquier
ciudad del mundo y la fotografía puede seguir siendo mi afición, llenarme el
tiempo libre. Puedo seguir haciendo algunos trabajos esporádicos, dependiendo
del turno que haga en el hospital. No sé, es algo que me ha pasado por la mente
en las últimas horas. ¿Crees que estoy loca por querer cambiar de trabajo
teniendo un trabajo fijo?
—Creo que puedes hacer todo lo que te propongas. Tienes mucho carácter,
ingenio y una gran iniciativa. Trabajas bien bajo presión. Me parece que, si estás
segura de ello, es lo que debes hacer. Solo tenemos una vida y hay que vivirla a
nuestra manera. Hay que luchar por lo que queremos y no parar hasta
conseguirlo.
«Y yo te quiero. No sabes cuánto». Estas palabras sonaron con fuerza en la
mente de Nick, pero no se atrevió a decirlas.
Terminaron de comer. Isa aún se relamía del último trozo del pijama. Nick se
bebió el último trago que quedaba en la copa. Se levantó. Isa, extrañada, no sabía
qué planeaba, qué pasaba por esa cabeza tan particular. Sonrió concluyendo que
le maravillaba todo de él. Se dirigió al armario, escogió unos pantalones de lino
ocre y un polo blanco.
—Vamos, quiero enseñarte algo, y para eso tenemos que vestirnos. Pasearemos
un poco. Querías conocerme y lo vas a hacer.
Le alargó el brazo para ayudarla a levantarse. Isa miró su ropa y suspiró. Nick
fue hacia su otra habitación y vino con varias prendas de ropa en la mano.
—Había previsto esa mueca en tu cara. Esta mañana, cuando hablé con Maya
sobre sus días de fiesta, le pedí que me prestara algo de ropa para vosotras. Tiene
vuestra talla más o menos. Ha traído esto.
—¡Eres fascinante, estás en todo! Laura tiene razón, eres mi ángel de la
guarda. Me pondré la camiseta color vino con los pantalones marrones. Tiene un
escote muy grande… Espero que no se salgan por aquí.
Mientras se vestía, Nick la observaba en silencio, sonriendo con sus
comentarios del escote. La mente juega malas pasadas cuando estás viendo algo
que te gusta. Vestidos y preparados, recogieron todo.
—Las rosas no. Esta noche quiero hacerte algo especial y tal vez las necesite.
—¿Especial? Interesante. Muy interesante…
Curioso, intentó imaginar qué podía ser. Apagó la chimenea, las velas, y
salieron de la habitación.
—Pasaré por la habitación de Yon, le cogeré algo de ropa y calzado. Antes he
hablado con él. Sale esta tarde y quiere llevar a Laura a la heladería de Kiko.
—¿Un helado juntos? No parece muy romántico, ¡qué extraño!
—Frente al mar, con vistas al puerto, las barcas y el puente de Antón, el cual
ya conoces… A mí me parece un buen lugar para conquistar a alguien.
Su elección fue un pantalón de lino azul marino con un polo gris claro y unos
zapatos informales azul marino también. Isa, entre tanto, le daba un repaso a la
habitación de Yon. Era parecida a la de Nick, pero, en lugar de madera oscura,
era madera de cedro, algo más clara. La habitación muy luminosa, sin cortinas,
espaciosa. Una cama grande, una mesita de noche y la chimenea toda de hierro
forjado. En la esquina derecha, al lado del lavabo, había una bañera de
hidromasaje cuadrada de madera, a juego con el resto de la habitación. Entre ella
y la cama, había una columna y, abrazada a ella, una tumbona de tela con flecos
larga, que llegaba hasta la terraza. Muy jipi, muy alegre, muy Yon. La terraza era
más pequeña que la de Nick, con vistas al puerto y las barquichuelas de madera.
Una parte de ella también daba a unos antiguos edificios de la época neoclásica.
—¿Podemos tomar un café antes de irnos? Después de la comilona… Dame,
llevaré yo la mochila.
Le miró agradecido, aunque podía aguantar el malestar, no estaba de más un
poco de ayuda. Él llevaba la bandeja con los restos de la comida; ella, la cubitera
con las botellas de cava, ahora también la mochila. Pararon a tomar ese café.
Conversaron animados sobre la forma de andar de Nick, los pelos salvajes de
Isa, la cicatriz que le iba a quedar en la cabeza y el cuadro de Joan Miró que
tenía plasmado en su cuerpo entre moratones y arañazos. Al acabar, fueron
paseando hacia el centro médico. El día se había oscurecido, enormes
nubarrones cubrían el cielo de Santa Marta, blancos, grises y negros,
difuminados con algunos claros. Nick observaba sus movimientos, el ritmo al
que bailaban las nubes acompañadas del viento.
—En una hora comenzará a llover, no sé yo la heladería. Si se dan prisa…
—Alucino con tus previsiones. ¿Siempre aciertas?
—El 95 % de las veces, quizás más. Es cuestión de práctica. Cuando sales a
pescar, tienes mucho tiempo para observar las nubes, cómo viajan y cuánto
tardan en hacerlo. Llevo una larga temporada sin ir, pero hay cosas que no se
olvidan.
—Mejor que el hombre del tiempo, pero ellos también se equivocan, seguro
que tú también.
Bromeando, se acercaron a nosotros, que discutíamos sobre qué ballena era
más grande, la de Liberad a Willy o Moby Dick.
—Son dos orcas, por tanto, son iguales.
—No, Willy es una orca. Moby Dick es una ballena blanca gigante, es más
grande. Es igual que decir que los silbios son delfines. Incoherente.
—¿Estáis hablando de peces? Sí que estáis aburridos… Necesitáis salir de aquí
antes de que os convirtáis en internos de psiquiátrico. ¿Te han dado ya el alta?
—No, todavía no. La enfermera ha dicho que vendría a las cuatro. Son menos
cuarto. Me has traído la ropa… Gran hermano, mejor persona.
—¡Qué estropeado estás! ¿Me enseñas la pierna?
—No verás nada, está muy bien tapada. Cada día vendré a hacerme las curas
durante una semana.
—¿Y cocinar?
—Eso mismo he preguntado. Dicen que sentado. Como mucho, media hora de
pie alternando postura, pero siempre con la pierna estirada. No debo moverla en
exceso si no quiero que salten los puntos.
—Y se infecte… —repliqué porque parecía que a Yon no le importaba mucho
ese detalle, y era el más importante.
Hablamos durante diez minutos y vino la enfermera con el médico, traían el
informe del alta y varios consejos para que se cuidara. Yon ya vestido y
deseando irse. Yo expectante, con ganas de estar con él fuera de ese box,
deseando que se encontrara bien. Esperaba que el tiempo nos acompañara,
imaginando ese fantástico helado frente al mar. Isa y Nick se fueron una vez que
escucharon lo que decía el médico. Nosotros hicimos lo mismo, pero más
lentamente. Yon se agarraba de las muletas que le habían dejado, yo le vigilaba
de cerca. Él sonreía al verme preocupada, no me importaba. Le miraba de reojo,
con disimulo, giraba la cabeza unos segundos, para volverle a mirar segundos
después. Llegamos a la heladería, y el tal Kiko se asombró al verle.
—¡Qué ven mis humildes ojos! ¿Te has perdido? La taberna está al otro lado.
—Lo entiendo, búrlate cuanto quieras. Me lo merezco.
—¡Cuatro años y medio!
—Sabes que no tengo tiempo.
—Para ligar sí que tienes tiempo y para tu compañero de fatigas no. No estoy
celoso, puedo entender tus prioridades.
—Él es Kiko, antiguamente mi mejor amigo, con el que me iba de copas y me
divertía hasta las tantas de la mañana, antes de hacerme un joven empresario y
quedarme sin tiempo para divertirme fuera de la taberna.
—Ahora solo nos vemos cuando mi prodigioso cuerpo se presenta allí y le
hace compañía. Yo también soy empresario, pero saco tiempo para mis amigos.
—¡Uff!, el tono suena a un poquito de rencor… No quiero asustarte, es por si
no lo habías notado.
—No me había dado cuenta, será porque me duele la pierna. Voy a sentarme
aquí y voy a pedir la carta de helados. O mejor pido directamente el que quiero.
¿Me podría poner, si es tan amable, una bola de pistacho y mora mezclada con
ron y pasas, y dos rulos de galleta, por favor?
—Yo necesito ver la carta.
Le dio un abrazo simpático. Rieron dándose pequeños toques con el puño en el
brazo, se fue y me trajo la carta veloz. Le preguntó por la pierna y hablamos
sobre sus días de aventuras con sus tres amigos, uno de ellos Kiko. Compañeros
de instituto, universidad y calle. Kiko vivía tres puertas más abajo del hostal.
Pedí una bola de turrón con chocolate blanco y un toque de piruleta. Yon se echó
a reír.
—El toque dulce que no falte; si no, no serías tú.
—Me lo tomaré como un cumplido. Es mi toque personal. A pesar de tener
veintinueve años, sigo siendo una niña dulce y traviesa, necesito una piruleta.
—¡Qué vieja! Yo solo tengo veintiocho. Tendré que replantearme mis gustos,
las mujeres mayores no son mi tipo, y tú ya tienes una edad…
—¿Estás diciendo que te gusto o que puedo ser tu tipo?
—Yo… ¿He dicho eso?
No pude evitar sentirme como una quinceañera coqueteando con un ligue. Le
miré cautiva por su inesperado rubor. No se le ocurría nada para salir del paso y
me gustaba esa sensación. Decidí que podía ser un juego divertido y
beneficiarme de él, así que seguí con la intimidación.
—Creo que sí, con la edad voy perdiendo oído, pero no me mantengo mal,
¿no?
Me levanté y di una vuelta sobre mí misma, muy cerca de él. No dejaba de
mirarme. Sus ojos azules brillaban con una intensidad desbordante. No decía
nada. Sentada, degustando mi helado, respiré hondo y me fijé en el paisaje. Yon,
ensimismado, dudando si confesar o no lo que sentía por mí. Contenta porque
me había convencido su estupor y su repentino silencio, me sentía feliz. No sabía
en concreto cómo hacerlo, pero pretendía mostrarme lo más sensual posible,
hasta que explotara. Si no explotaba por la tarde, lo haría por la noche. Tenía que
idear un plan.
«Intentaré hacerlo a mi manera y, si no lo consigo, le pediré a Isa que me
ayude. No puedo irme sin saber si es el hombre de mis sueños o no. Lucas ha
dejado bien claro que no es, o eso me ha parecido». Con este razonamiento,
intenté organizarme, aclarar mis sentimientos por Yon.
El mar rugía con la fuerza de un león. Las olas batían con furioso ímpetu los
gigantes y peligrosos acantilados. El puente de Antón, acostumbrado a mojarse
los pies constantemente, notaba cómo se hundía la arena a su paso por el vaivén
de las olas. Las crestas, llenas de espuma, producían un sordo fragor al romperse
contra el muelle y contra las barcas amarradas en él.
«Podría quedarme horas mirando esta postal, dejándome llevar por la
imaginación, soñando un mundo mejor con el hombre perfecto y la vida
perfecta», pensé dubitativa.
Volví la cabeza disimulando, Yon tenía la mirada perdida en mi rostro.
—Es hipnótico ver cómo, por encima de la cresta de las olas, el viento levanta
cortinas de agua, recorren el océano danzando libres, desordenadas, para después
deshacerse en lluvia al caer de nuevo al agua. Tenéis un paisaje maravilloso en
las islas con tantos trozos de tierra sueltos, esporádicos en medio del océano.
Parece que alguien los hubiera dejado caer.
—Somos muy afortunados, la ciudad está bien para divertirte, y probablemente
para trabajar, pero para vivir… Un lugar como este es difícil de encontrar.
Lástima que no tengamos tantas mujeres guapas e inteligentes como tú que lo
aprecien.
—Estoy un poco despistada, ¿te gusto, soy vieja, no soy tu tipo, o soy
inteligente y guapa? No me aclaro.
Nos habíamos terminado el helado cuando meditaba alzando mis
pensamientos. Él me escuchaba anonadado. Al girar la cabeza para comprobar
que seguía ahí, se le escapó el comentario.
—Yo tampoco.
Mi juego sensual e irónico comenzó. No sabía si rascarse el pelo o frotarse la
frente. Decidí confesar y fijarme en su reacción.
—¿Sabes? Lucas se ha vuelto a Barcelona. No ha querido esperar a que las
fuerzas de la naturaleza determinasen la hora de irnos. Llevo algo más de un mes
saliendo con él y pensaba que era el hombre perfecto. Guapo, simpático, con un
buen trabajo y se había fijado en mí, algo que no suele pasar muy a menudo.
Resulta que no es el hombre perfecto, ni siquiera se acerca. Habíamos quedado
tres veces, y el resto de nuestra relación se basaba en mensajes y llamadas. Hasta
ahora creía que era suficiente, pero la realidad es que no conoces a una persona
hasta que tienes conversaciones de más de media hora con ella. Descubres sus
gustos, sus aficiones, sus manías, sus defectos y virtudes. Si te gusta todo eso,
sientes algo por ella. Si te da igual o crees que tus prioridades son otras, quizás
tus propios gustos, aficiones o tu trabajo, esa persona no es relevante, no es
importante para ti. Da lo mismo que estés con esa persona que con cualquier
otra, que estés en la misma ciudad o a cientos de kilómetros de distancia.
Se le descolgó la mandíbula. Esperó unos segundos, recuperando el aliento que
le había quitado la noticia, soñando con una oportunidad de estar conmigo.
—Lo siento, es incomprensible que alguien pueda abandonarte así siendo tu
pareja. Te conozco desde hace dos días, no soy tu novio, y no sería capaz de
dejarte aquí. No a menos que tú quisieras. Habría salido a buscarte, aunque fuera
nadando. No estás sola, estás con Isa y con nosotros. No te preocupes.
—No lo hago. Quitando el primer impacto, el resto del tiempo apenas me he
acordado de él. Me has tenido la mente ocupada con tus aventuras y desventuras.
Me encuentro bien, si no fuera porque voy a arrancar a volar en breves instantes.
Aprieto las manos en la mesa cuanto puedo, aun así, el viento la mueve.
Con la respiración entrecortada y entre palpitaciones, evitó mi mirada. La posó
en el horizonte durante unos instantes, más relajado contestó:
—Me alegro de haber aportado mi granito de arena a tu bienestar, aunque para
ello me haya desgarrado la pierna. Que el viento vaya en aumento es porque no
tardará en comenzar a llover. Por cómo se mueven esas gaviotas, saltando a la
comba con las olas y chillando a la tempestad, deberíamos salir corriendo.
Se miró la pierna y las muletas, y se volvió hacia mí sonriendo burlón.
—Gracioso, ¿verdad?
—Espera, voy a pagarle a tu amigo y te ayudo.
Al llamarle, me dijo que invitaba la casa y, si lo necesitábamos, nos acercaba
con el coche al hostal. Miré hacia fuera, la borrasca estalló con verdadero furor.
Miré a Yon, que me miró moviendo los brazos. Sonreí al verle sonriendo sin
importarle el agua que le caía encima. Volví la cabeza y acepté su ofrecimiento.
—Sí, por favor. Si pudieras llevarnos, te lo agradecería; si no, será complicado
que lleguemos de una pieza…
Llegamos en un santiamén. Eran las seis y media de la tarde, pero el día se
había oscurecido. La humedad de la tormenta no te dejaba ver más allá de tres o
cuatro metros de distancia. Me gustaba el olor a tierra mojada, el olor a salitre y
el aire humedecido que venía del mar. Aun así, agradecía estar resguardada del
chaparrón. No podíamos cambiarnos tantas veces al día…
24
CONFESIONES

El paseo espontáneo fue enriquecedor para ellos. Los dos cogidos de la mano,
como una pareja normal; conociendo sus gustos, sorprendiéndose a sí mismos de
lo mucho que tenían en común; dialogando sobre la historia de la isla, de los
edificios tan bien conservados, de la gente amable y risueña. Todo el mundo
saludaba a todo el mundo, algo fuera de lo común en la gran ciudad.
—¿A dónde vamos? ¡Cuánto misterio! Me gusta.
—Ya lo verás. Como mínimo, te sorprenderé, espero que también te guste y, si
te conozco un poco, te interesará, tanto que no pararás de hacer preguntas.
—¿Estás seguro? Hay pocos asuntos que me piquen la curiosidad.
—Completamente.
Anduvieron cien metros más. A la vuelta de la esquina, se topó con un lugar
inesperado. Como quien ve visiones, agrandó sus enormes ojos. Le apretó con
fuerza la mano, cogiéndole de los brazos exaltada. Casi saltando, le dio un gran
beso en la mejilla.
—¿Me has traído a la comisaría? Y, si no hay nadie, ¿podremos entrar?
Fascinado, estiró suave del brazo hacia él. Casi pegados, le dio un beso en la
frente, otro en la mejilla, susurrándole al oído enternecedor:
—Lo sabía.
Se dio cuenta y se tapó la boca. Después frunció el ceño. Él se echó a reír
encantado de su acierto. No sabía por qué ni desde cuándo se había vuelto un
libro abierto para él.
—He caído a la primera. ¿Soy tan predecible? Bueno, ¡qué más da!
¿Entramos? Quiero ver tu despacho, dónde trabajas, dónde pasas la mayor parte
del día… Sé dónde pasas la noche…
Le pareció la mujer más sencilla y maravillosa del mundo, llena de fuerza,
energía y vitalidad. Se sentía tan lleno de vida a su lado… Después de conocerla,
ya no se imaginaba la vida sin ella. Deseaba con todas sus fuerzas que ella
sintiera lo mismo por él.
La puerta estaba cerrada con llave. Eso quería decir que sus compañeros
patrullaban por la isla comunicados a través de la radio y el teléfono. Nick quiso
avisarlos para que no se hicieran juicios falsos si encontraban algo fuera de su
sitio. Después de cachondearse del imán que tenía con la comisaría, se despidió
de ellos y siguió con el tour sobre su vida diaria. A Isa le aumentaba la
adrenalina. Empezaba a sentir cierta adición a él, cuanto más sabía, más quería
saber.
—Este es mi despacho.
—Inspector jefe Nicolás Arauz. Suena bien…
—Tú sabes mi nombre completo, pero yo no sé el tuyo.
—Isabel Sans. Si comprases la revista, lo sabrías. Lo pone al lado de las fotos.
Se paseó por su despacho. Acarició la placa con su nombre colocada encima de
la mesa. Se asomó a la ventana, levantando con cuidado las tiras metálicas que la
cubrían.
—Las vistas que tienes desde aquí son muy bonitas: la línea de la carretera
perdiéndose en el valle, las montañas gemelas, las calles cortas de Santa Marta,
empinadas, queriendo escalar la montaña donde están subidas. Es un pueblo
precioso. Lástima que siempre esté nublado y haga mal tiempo.
—No siempre llueve tanto. No te dejes influenciar por el temporal. En verano
hace calor y en invierno hace frío, igual que en Barcelona. Hay muchos lugares
turísticos para visitar. La diferencia está más en la cultura y la población. Aquí
no hay multitudes ni centros comerciales. Es cuestión de adaptarse. Si lo haces,
es un gran lugar para vivir.
—No lo dudo, parece un lugar maravilloso. Puede que me deje llevar por los
nubarrones. A veces el lugar da igual, y lo maravilloso es con quién estás.
Se giró suavemente. Sonrió arrimándose poco a poco, rozando su nariz con la
de él en un acto cariñoso. Turbado, siguió escrutándola con la mirada,
cautivándole más con sus indiscutibles encantos. Ella siguió curioseando la
comisaría, interrogándole con la mirada.
—Eso es la emisora. Nos comunicamos por radio con muchos centros, como
Protección Civil o Salvamento. Muchas situaciones caóticas se solucionan así.
Avisos que se conocen antes que por teléfono. La cobertura en algunos sitios
más recónditos es casi nula. También los cambios en las alertas, por ejemplo, el
actual. Ya no hay alerta roja mar adentro, ahora es naranja. Si la tempestad de
esta noche es más débil, mañana por la tarde podéis regresar a Santa Olaya.
—Se lo diré a Laura. Me pregunto qué habrán hecho con nuestra maleta y con
la habitación.
Dio una vuelta por la sala. Era una comisaría pequeña: dos despachos, una sala
con las tres mesas de sus compañeros, la impresora y fotocopiadora, dos lavabos
y tres celdas para los prisioneros. Tenían un trastero detrás, donde guardaban
herramientas, material de oficina, además de casos cerrados, expedientes
antiguos y algún que otro objeto requisado. Nick la observaba buscando alguna
reacción en su rostro sobre el comentario de su marcha, sin obtener resultados.
Decidió seguir con su plan.
—Te veo satisfecha. Querías conocerme, y esta era la mejor manera de hacerlo.
Mi trabajo y vocación están aquí, dentro de estas cuatro paredes. Y mi
pasatiempo favorito…, duermes en él.
—¿Te refieres al hostal o a tu habitación?
—A las dos cosas.
—Me gusta. Te imagino haciendo informes, hablando por teléfono o por radio,
y es como si te conociera de toda la vida. Me gusta lo que haces y lo que te hace
sentir. Yo creía que sentía lo mismo. ¡Ya ves!, una mañana te despiertas con esa
sensación de que podrías hacer algo más importante.
—La importancia es subjetiva, depende del cristal con que la mires. ¿Qué
haces?
Se metió en una de las celdas de la comisaría, interpretando dramáticamente al
conde de Montecristo. Movió la cabeza y aguantó estoicamente sus bromas
desde el quicio de la puerta. La observaba divertido a pesar de no tener mucho
que ver con la realidad; los prisioneros no permanecían más de una semana en la
celda. Aun así, le entretenían mucho sus locuras.
Conversaron sobre ellos, sus rutinas diarias mientras que Nick volvió a cerrar
con llave. Pasaron por delante del almacén que les hacía de parque de bomberos.
Desde fuera le enseñó las instalaciones hasta donde podían ver, incluida la
cucaña por donde bajaban cuando había una señal de emergencia. Siguieron
caminando. Eran las seis de la tarde y ya no se veía un resquicio de sol. El cielo
estaba cubierto de nubes negras y grises. El aire olía a humedad. Isa miró al cielo
y le vino a la mente la conversación que habían tenido camino de la clínica.
—Vale, has acertado conmigo, pero con la lluvia no. Son las seis, hace dos
horas que dijiste que iba a llover en una hora. Te has equivocado. No eres
perfecto, eres un simple mortal.
—¿Lo dudabas? Estoy muy lejos de ser perfecto. Tengo muchos defectos,
algunos los has descubierto ya. El primer día me sacaste un montón, todos
ciertos. Intento rectificar la mayoría, pero requiere su tiempo, tiempo que me
gustaría pasar contigo.
—Eso ha sonado muy dulce.
Enlazó el brazo con el suyo, apoyándose en él. Caminaron cariñosos hasta
llegar al siguiente destino: el puente de Antón. El sitio donde la ternura dio paso
a la pasión, donde la preocupación pasó a ser deseo y el amor entró como un
rayo de luz en la tormenta, traspasando sus corazones.
—¿Quieres subir al puente? Está a punto de empezar la tormenta, deberíamos
ir al hostal. No es propio de ti hacer una imprudencia de este tipo.
—Lo sé. Suena raro ese toque de atención, pero sí, tienes razón. Quería pasar
para que vieras por qué este lugar me incomodó tanto en su momento.
¿Recuerdas la primera noche, cuando te encontré aquí subida?
—¡Cómo olvidar tu cara! Me entró pánico al ver tu mirada furiosa y…
—Preocupada, histérica, pero sobre todo turbada. Cuando te busqué y no te
encontré, lo primero que pensé es que te habías caído de nuevo o perdido. No
sería la primera vez que un turista se pierde en la oscuridad de la isla. No
imaginé que hubieras subido entremedias del puente. Hay tres caminos para
subir. Por el que sube todo el mundo, este. —Señaló el primero que había visto
Isa al divisar el puente. Difícil de acceder si está lloviendo y de noche, pero de
día parecía bastante asequible—. El segundo está allí. Unos escalones que hacen
curva te llevan directamente a la parte superior. Normalmente subimos los
pescadores, los bomberos y la policía cuando queremos ver más allá de lo que
alcanza la vista, cuando hay que hacer un rescate, entre otras cosas, porque
puedes andar hasta el final. Y por último aquel, donde te encontré esa noche, el
cual solo conocen unas pocas personas en la isla. Llega hasta la mitad. Hay una
parte por donde se sube, que no se aprecia a la vista desde abajo, y la gente no se
atreve a subir. Tal vez crean que no es una opción, por eso me gusta este rincón.
Cuando me siento agobiado y necesito pensar, subo y me quedo horas admirando
el océano. Como si estuvieras entre el cielo y la tierra, entre el bien y el mal,
entre una decisión y otra. Un trozo, es como una pequeña gruta, y te puedes
resguardar del frío, del viento e incluso de un buen chaparrón. Allí he pasado
largas horas de mi adolescencia y también de adulto. Tú, a las tres de la
madrugada, sin conocer los riesgos ni las piedras rocosas que lo habitan, la
piedra caliza y resbaladiza que puede hacer que te rompas la crisma, sin tener ni
idea, subiste como si tal cosa a la primera. Descubriste mi lugar secreto y te
encantó. Me descolocó bastante, al igual que tu disculpa. Venía enfadado, quería
decirte mil cosas, y no fui capaz. Me dejaste sin respiración, sin ganas de discutir
y bloqueado. Yo, que siempre tenía todo controlado, me descontrolé. Al irnos y
empezar a llover con esa violencia, ver tu cara descompuesta, asustada por mi
comportamiento y la situación, me superó.
—No sabía que te sintieras así, ni siquiera sabía cómo me sentía yo. El día fue
uno de los más duros de los últimos años, necesitaba aire para respirar. Tu
antipatía repentina, tu cercanía bailando y esa sonrisa seductora me estaban
volviendo loca. No conseguía entenderte y me ponía nerviosa cada vez que te
tenía delante. Tu mirada penetrante, tierna y endiabladamente sexi… ¡Escapé!
No sabía qué hacer y hui. Me acordé de tu historia mitológica sobre esos peces
tan raros, quise comprobarla por mi cuenta. Busqué cómo subir, no quería
caerme ni dar más problemas, así que inspeccioné el terreno. Me pareció seguro,
no me costó subir y, cuando lo hice, me enamoré a primera vista. Desde arriba se
apreciaban más la vida, los momentos, el tiempo, todo. Me pareció el lugar más
bonito que había visto jamás. Un rincón perfecto para soñar.
Ella subió primero. Nick la siguió. Después de sincerarse, contemplaron la
belleza del paisaje en silencio, con los dedos de una mano entrelazados. El ruido
de los truenos acercándose a ellos no los movía un centímetro de su posición.
Sin embargo, el aire les zarandeaba el pelo. Isa movió la cabeza hacia Nick,
cerró los ojos y suspiró hondo.
«Me perdería en sus brazos, en su piel. Me adentraría en su mundo, sin dejar
pistas para que nadie me encontrase. Qué fácil es soñar y qué duro será el
despertar», pensó Isa aceptando al fin sus sentimientos.
Unos ruidos estridentes les hicieron volver la cabeza. Miraron al horizonte. No
se distinguía nada, la bruma tapaba cualquier signo de nubes e islotes en el mar.
Solo una intensa niebla húmeda sobre las rocas y la espuma de las olas virulenta
contra el acantilado, mojando hasta la rodilla los pies del puente, saltando brava
sobre los barcos amarrados en la arena. Miró a Nick. Nick sonrió, también
escuchaba ese tintineo. Agudizaron la vista buscando entre la bruma alguna
silueta. Ni siquiera se apreciaba la luz intercalada del faro. Les pareció un
momento mágico. Nick se acercó a su boca, aguantando la mirada.
—A partir de ahora este lugar dejará de ser mi rincón secreto.
—¿Por qué? Es único y…
—Porque será el nuestro. Tuyo y mío.
Alzó las cejas asombrada, sin palabras. El nudo de su garganta aumentó hasta
hacerse una pelota de golf. No podía tragar ni respirar. Tembló. Fue un instante
en que se paró el mundo.
—¿Te encuentras bien? Estás temblando. ¿Tienes frío? Ven. Un abrazo da el
calor suficiente para quitártelo unos minutos. Después será mejor que nos
vayamos, antes de que el tiempo empeore.
El abrazo tierno de Nick duró lo suficiente para relajarse, pero no para que se
le fuera esa sensación, ese pellizco que le encogía el pecho. Con la cabeza
apoyada en su torso y desubicada emocionalmente, cerró los ojos. La mano
derecha le acariciaba el pelo. Los brazos de ella le rodeaban la cintura a él,
subiendo las manos por su espalda. La barbilla de él acomodada en su pelo
castaño mientras su mano no dejaba de acariciar cada onda de su cabello. Él
siguió hablando como si nada. Ella, perdida en sus emociones.
—¿Estás mejor?
—Ha sido un escalofrío, nada más. Abrazada a ti se me pasa todo.
—Me alegra oír eso. Cuando regresemos, mis brazos serán cadenas, yo tu
cárcel y tú mi única presa. Vamos, bajaré primero y luego me das la mano con
cuidado.
Le hizo caso. Bajó los primeros escalones y, cuando Nick llegó a la arena, ella
se dejó caer, ligera como una pluma, deslizándose entre sus brazos. El viento le
movió su melena ondulada, dejándole tres mechones sobre su cara, tapándole los
ojos. Él se los apartó ligeramente. Ella sonrió tímida, visiblemente emocionada.
—Si me miras así, no sé qué decir. Tus pupilas brillan, pero de tristeza. ¿He
hecho o dicho algo que no te ha gustado?
—No, todo lo contrario: lo que haces y dices me hace flotar. Embelleces cada
instante que paso contigo y eso me descoloca.
Caminaron de la mano sin hablar hasta el final de la playa y continuaron hacia
el hostal.
«Creo que he conseguido mi objetivo. No convencerla, pero sí dudar. Sé que
para ella tampoco es una aventura, aunque lo niegue, pero no sé si eso será
suficiente para que se quede», reflexionó Nick inquieto.
La humedad del aire se transformó en cortinas de agua. Goterones anchos,
gruesos comenzaron a mover los árboles, a resonar en los cristales de los
edificios y en los tejados de los portales. Multiplicaron por cuatro esos hilos
paralelos, su fuerza inundando los arbustos y árboles de alrededor y a ellos
mismos. Esta vez no corrieron, se dejaron llevar por la fuerza del viento, que
luchaba bravo en una dura batalla contra el agua. Cómplices, rieron en cascada.
Al principio fue una risa corta, se fue contagiando y haciéndose más fuerte por
segundos, tanto que acabaron riéndose los dos. La felicidad es un estado mental,
el estado en el que se encontraban en ese instante.
—Es nuestro destino.
—Estoy de acuerdo. La ropa no me puede durar unas horas, siempre acabo
empapada.
—No te quejes, podría ser peor. No hemos estornudado ni nos hemos resfriado.
Si analizamos nuestra trayectoria, es toda una hazaña.
Llegaron al portal de la taberna.
—Ahí has estado ingenioso. Para hacerlo bien, nos falta el beso bajo la lluvia;
si no, no sería lo mismo.
Se besaron con tantas ganas que no escucharon el claxon del coche de Policía.
Los saludaba desde el otro lado de la calle. Giraba en una esquina, dirección al
puerto. A los ocupantes les hizo gracia ver a su jefe besando a su amada en el
portal, como si tuviera veinte años. Entraron y se despidieron con otro beso hasta
la cena. Isa tenía que hablar conmigo y Nick quería ver a su hermano. Nos
enviamos mensajes y quedamos en mi habitación después de cambiarse de ropa.
—¡Hola, flor! Necesito hablar contigo muy seriamente. He traído ropa, es de
Maya. Nos la presta para que alternemos un poco. Me he puesto una camiseta
esta tarde, seguro que te has dado cuenta en la clínica. Ha acabado como todas:
mojada. Con este tiempo… Hablando del tiempo…
—Isa, para… ¡Relájate! Yo también tengo que hablar contigo. Necesito ayuda.
Quiero darle una sorpresa a Yon. Me lo he confirmado a mí misma. Me gusta y
sé que le gusto y, tras conocer el gran descubrimiento, voy a preparar la noche
perfecta, como la tuya anoche. Quiero que sea inolvidable para los dos, pero no
tengo ni idea de cómo hacerlo. ¿El top que llevas es de Maya? Te queda bien.
—¿Y me pides ayuda a mí? Tú has tenido varios novios. ¡Tú sabrás! Será de la
experiencia que tengo yo en hombres… Solo recuerdo una, y la estoy viviendo.
No sé cómo te puedo ayudar, ni siquiera sé por dónde empezar.
—Tengo algo en mente, pero necesito convencer a Nick de que me deje la
cocina y unas velas o un mechero. Aquí hay unos candelabros preciosos que se
pueden encender. La chimenea, la cena y nosotros. Me parece romántico, aunque
sea un tópico, sobre todo porque no sé mucho de cocina. Ojalá sea suficiente
para que entienda la indirecta.
—No es mala idea, quería hacerle algo especial a Nicolás. Podría ser diferente.
Ellos son los cocineros. Esta noche lo seremos nosotras. Te prestaré algo de mi
habitación, le dará un toque de color a tu noche.
—¿Y tú? ¿Qué tenías que decirme?
—¡Ah, sí! La alerta ya no es roja, es naranja. Si la tormenta no se ceba mucho
en el mar y el viento no hace estragos, mañana por la tarde nos podremos ir.
Volveremos a Santa Olaya, recogeremos nuestras cosas y volveremos a casa.
Podrás ver a Lucas.
—No sé si quiero hacerlo, no sé si quiere hacerlo. Deseo aclararme, descubrir
qué siento por Yon, besarle… No me voy a preocupar de eso ahora. Los días o
las horas que me queden de estar aquí me voy a preocupar de mí, de lo que me
importa, o sea, estar cerca de él, muy cerca. Me vendrá bien que estés conmigo
en la cocina, a ti se te da mejor que a mí.
—Sé lo que quieres decir, mi mente es una enredadera y mis emociones las
ramas que la envuelven. Será una buena manera de distraerme. Tenemos que
pensar qué hacer. Vuelvo en diez minutos, espero que estés lista para entonces.
Son más de las siete, según lo que hagamos, estaremos un buen rato.
Se fue como un huracán y vino como un tornado, dispuesta a todo. Las dos
juntas pretendíamos hacer de hermanos Arauz y conquistarlos con algo
exquisito. Había hablado con Nick, le había contado media verdad. Él, por
supuesto, le había dicho que sí.
—Laura quiere darle una sorpresa a Yon, prepararle la cena. La excusa es que
está lesionado y quiere que haga reposo. Como no tiene mucha idea, la voy a
ayudar. ¿Nos dejas la cocina? Tendrás que explicarme dónde está todo, no
haremos experimentos raros ni pociones mágicas, lo prometo. —Levantó la
mano en señal de promesa.
Él la miró dulce, con la sonrisa ladeada que le hacía tan irresistible ante sus
ojos. Confiado le contestó:
—Ahora bajo. Me parece buena idea, prometedora.
Bajamos quince minutos más tarde y la cocina estaba abierta. Nick picoteaba
con la nevera abierta. Nos explicó cómo funcionaba todo: qué tipo de sartén era
para cada comida, qué comida era más fresca, dónde estaban las especias, los
utensilios… Todo. Luego se fue sonriente. Isa se abalanzó sobre él,
agradeciéndole con un beso largo e intenso su confianza. Se marchó feliz, sabía
que Isa tramaba algo y eso le complacía. Le hacía crecer la esperanza en su
corazón.
Juntas, a un ritmo frenético, sacamos las verduras, las lavamos y comenzamos
a hacer las ensaladas. Yo escogí hacerle unos pinchos. Mi imaginación rebosaba.
—Así serán más originales. Seguro que no los ha comido nunca.
Isa me miraba por el rabillo del ojo y no dejaba de reír. Orgullosa de mi
trabajo, continuaba con mi menú. Ella optó por una tortilla de gambas, una
ensalada de pollo y una macedonia de frutas.
—Dime los ingredientes de la macedonia, me parece un buen postre.
Entre bromas, conversaciones picantes, otras sinceras sobre nuestra estancia en
la isla, de las que tienen las mejores amigas, el tiempo volaba.
—¡Listo! Ahora nos falta la bebida. Supongo que, con tu ensalada de aguacate,
los pinchos y la macedonia, queda mejor un vino, pero no te puedo ayudar a
escoger, para mí son todos iguales. Para mi cena cogeré un par de cervezas. Sé
que nos gustan las tostadas, y a él, también las negras. Ayer le vi beber una y el
viernes se bebió dos tostadas de la comarca. Cogeré esas.
—Yo no es que entienda mucho de vinos, creo que cogeré vino rosado Las
Campanas. Es el que probamos en el restaurante La Gavina. Estaba muy bueno.
Pusimos todo en bandejas. Se nos ocurrió ponerlo en táperes, y no en platos.
Nuestro equilibrio no era muy bueno y nuestro pulso menos. Mi bandeja la dejé
en mi habitación, después acompañé a Isa a la suya. Me dio unas cuantas velas y
el mechero que las acompañaba. Decoré el dormitorio con dos velas separadas
frente a la chimenea. Encendí los dos candelabros a juego que había en la
cómoda. Uno lo dejé allí; el otro, cerca de los ventanales de madera. La
iluminación sería la adecuada, ni más ni menos. Destapé las fiambreras y puse la
bandeja en el suelo, entre las velas y la chimenea, justo en el centro. Isa le pidió
a Nick que la encendiera antes de subir nosotras. Ya lo tenía todo preparado, me
faltaba el hombre perfecto.
Juntas fuimos a buscarlos, estaban en la habitación de Yon. Nick vestía unos
tejanos negros con una camiseta de cuello redondo gris claro, jaspeada en tonos
blancos. Yon llevaba un pantalón de lino y algodón marrón, ancho pero moderno
e informal, era más cómodo por el vendaje; y una camiseta de cuello redondo
color crema. Isa los tejanos denim y un top blanco de cuello redondo, sin
mangas, que le quedaba bastante ajustado. Yo mis tejanos claros y un top negro
con los hombros al aire que nos había dejado Maya. Íbamos a picar, pero nos
encontramos la habitación entreabierta. Conversaban en la terraza, la lluvia había
cesado temporalmente. Entramos sin que lo notaran. Embelesadas, vimos cómo
dialogaban alegremente sobre poner un ascensor. No tenían el hostal adecuado a
personas con alguna minusvalía y no les parecía justo. Las circunstancias los
habían obligado a darse cuenta de ello y pensaban remediarlo.
—Estoy de acuerdo, hermano, pero no me mires de ese modo, tú también estás
lesionado, aunque pases olímpicamente de tu dolor. Deberías hacer caso a tu
enfermera personal, seguro que dice que te cuides más. No apostaré, pero, si lo
hiciera, diría que me curaré la pierna antes que tú ese costado.
—Yo tendré una enfermera personal, pero tú tampoco puedes negar que te
están cuidando bien hoy.
—No lo niego, está siendo un día raro. Hemos compartido opiniones, gustos,
deseos… Me ha invitado a comer y hemos comido del mismo plato, como
hacían mamá y papá, ¿recuerdas? Se ha comido parte de mi helado y me ha
pedido que la ayudara con el artículo, le interesaba mucho mi opinión.
—¿Por qué no la has besado ya? ¿Esperas a que se vaya? Siento decirte que no
tardarán en hacerlo. La alerta ha cambiado. No seas idiota, el tiempo es oro y
nosotros no somos ricos.
Seguíamos ahí, embobadas en la distancia, mirando el buen rollo que tenían,
imaginando lo que hablaban, pero sin entender todo lo que decían. Isa hizo una
tos forzada. No la oyeron. Nos acercamos un poco más, esta vez sonreía sensual
aproximándose a Nick por detrás, rodeándole con sus brazos el cuello.
Besándole alrededor de la oreja, la sien. Nick estaba sentado en la banqueta
cuando le fue a besar en la mejilla. Se giró despacio, agarrándola de la cintura y
abalanzándola hacia él, quedando sentada en su regazo. La abrazó, la besó y le
hizo cosquillas. Cuando consiguieron reponerse de tanta risa, murmuraban
tonterías entre besos. Besos tiernos, puros. La conexión era tan fuerte como su
amor. Yo no sabía dónde mirar y Yon tampoco. Sonreímos tímidos, se levantó
pidiéndome que le acompañara.
—Dejémoslos solos, no nos van a echar de menos. ¿Vamos a cenar? El ruido
de mi estómago me está dejando sordo, aún puedo preparar algo rápido y fácil de
hacer. Si quieres, me puedes ayudar, pasaremos un rato agradable.
—Si no te importa, pasamos por mi habitación antes. Tengo que coger algo…
—Vale, andar un poco más no será un problema para mí. Ya le estoy pillando
el truco.
Me siguió con las muletas ágil, aprendía rápido. Abrí la puerta de la habitación
despacio y le invité a pasar. Quise que entrara primero para ver su reacción
cuando viera la bandeja y las velas. El corazón me iba a mil por hora. Se detuvo
delante de la chimenea y me aproximé a él temblorosa.
—No soy cocinera, pero he improvisado por el camino. Dime que te gusta.
Dejó las muletas apoyadas en una esquina de la cama, sonriendo feliz,
agrandando por segundos los hoyuelos sexis que me encandilaban. Sin pensarlo,
puso sus manos en mis mejillas y me besó suave. Primero en la frente, luego en
la nariz, y por último en la boca, nublándome el sentido. Era lo que quería, pero
me sorprendió igual. Después del impacto, abrí los ojos y él murmuró mi
nombre.
—Laura, eres única. Intentaba no besarte, pero es imposible no hacerlo
después de ver esto.
—¿No querías besarme? Porque yo deseaba que lo hicieras… ¡Y vaya beso!
—¿Querías que te besara? No te entiendo… Me gustas mucho, ni en mis
mejores sueños hubiera recreado a alguien tan afín a mí. Nunca he buscado a mi
media mitad, pero sé que, si lo hiciera, ya no tendría que buscar más. Quiero
dejar huella en ti, pero sin pisar a nadie. Aunque tu novio no sea el mejor del
mundo, todavía estás con él, ¿no?
—No. Él espera que le llame cuando llegue, no le importa cuándo lo haga.
Dentro de dos semanas o de cuatro. Lo que él quiere se lo puede dar cualquiera,
pero lo que yo quiero solo me lo puedes dar tú. Hablar por hablar o no hablar.
Reír, ironizar, decir tonterías sobre cualquier tema. Ponerme nerviosa cuando te
acercas, cuando me rozas sin querer. Estremecerme cuando me miras con tus
profundos ojos azules, como ahora. Sentir lo que he sentido con ese beso…
Aliviado, no dejaba de inhalar y exhalar. Las veces que se remojaba los labios
manifestaban sus ganas de volverme a besar. Sus manos sudorosas sobre mis
brazos decían lo mismo.
—He deseado este momento desde que crucé la primera frase contigo. Lo he
imaginado de muchas maneras, y ninguna era así. La realidad siempre supera la
ficción.
Me besó otra vez, haciéndome volar a un mundo desconocido, donde no sabía
qué encontraría, pero que estaba deseando visitar. Nos sentamos en la banqueta
de terciopelo, le puse el vino en la copa, luego en la mía, brindamos. Crucé los
dedos deseando haber acertado con el vino.
—¡Interesante elección! ¿Quieres emborracharme para poder seducirme?
—No. Mi intención era seducirte y después… seducirte de nuevo. Dicen que a
los hombres se les gana por el estómago, y a mí mi madre no me enseñó a
cocinar, al menos no tanto como a ti, así que espero que premies mi esfuerzo.
Claro que también espero que esté comestible.
Embelesado, impregnándose de todo lo que decía, saboreaba el momento. Tras
ello, contestó con una ternura indescriptible:
—Estoy convencido de que me gustará. Por la intención y el detalle me lo
comeré como si fuera un manjar de los dioses. Me sabrá a gloria, como tu boca.
El estupor en mi cara era difícil de ocultar. Intenté disimular mis sentidos
enloquecidos y di el primer bocado a la ensalada de aguacate.
—No sé si llega a un manjar de los dioses, ahora bien, está buena. Los pinchos
espero que estén comestibles, he intentado ser original…
—En la cocina siempre hay que ser creativo. Hoy ya es muy tarde, pero
mañana te enseñaré a cocinar cualquier cosa que se te apetezca. Puede que
descubramos un plato nuevo y exquisito.
—¿Te imaginas? Podrías ponerlo en el menú y le pondríamos como nombre la
isla o tú y yo. Primero hay que saber si sería de carne, pescado o verduras.
Yon se perdía en mis palabras cautivado por mi optimismo, mi energía y mi
ilusión por cualquier cosa. Se dejó llevar por mi mundo y comenzó a imaginar
platos conmigo, poniéndoles nombre y apuntándolos en una servilleta.
Cómplices de nuestras teorías y bromeando sobre la cantidad de cosas que
podíamos hacer juntos, terminamos de cenar, de beber y de soñar. La magia
flotaba suspendida en el aire. La química era perfecta. Mi presente era perfecto.
Con las llamas de la chimenea de fondo, nos besamos sin límite. Nuestras manos
nos despojaron de la ropa, hasta caer suavemente desnudos en el suelo. El calor
de nuestros cuerpos y el sudor de nuestras bocas se mezclaron con la pasión y el
frenesí de nuestras mentes. Nos entregamos el uno al otro como si no hubiera un
mañana, como si no hubiera un futuro. Nuestro futuro era esa noche. Nuestra
noche.
Se besaron fogosos. Miraron a su alrededor. No había nadie.
—Nos hemos quedado solos. ¿Habrá conseguido Laura su propósito?
—¿Lo has hecho por Laura? ¿Me has besado así por Laura?
—Puede… Bueno, tú me has empujado hacia ti y he aprovechado para
agrandar más el momento, se sentirían cohibidos y se marcharían. ¡La excusa
perfecta! Es cuestión de estrategia y yo salía beneficiada. Me muero por tus
besos y por comer algo, ¿tú no? Mis tripas están alborotadas, seguro que las oyes
desde ahí.
—No las oigo, pero también tengo hambre. ¿Te apetece algo en concreto?
Puedo bajar y prepararlo.
—Lo pienso mientras bajamos, antes acompáñame a la habitación, quiero ir al
lavabo.
Fueron hasta allí entre arrumacos y sonrisas. Isa abrió la puerta y, antes de que
entrara, le volvió a dar un beso. Le dejó pasar primero. Había puesto la bandeja
encima de una manta. La manta encima de la cama. Las velas que quedaban,
menos una, alrededor de la cama. El jarrón con las rosas en la mesita de noche.
Pétalos de tres rosas, los había esparcido por el suelo en una línea ancha hacia la
chimenea, como si fuera una alfombra. Las flores secas alrededor de la bañera y
la vela que quedaba apoyada en ella.
—Quería hacer algo especial y he hecho una cena diferente. Si no te gusta la
macedonia como postre, el postre puedo ser yo. —Lo dijo señalando la bañera y
a ella. Se contoneaba sensual, alargando los brazos sobre su cuello.
—Tú eres lo especial hagas lo que hagas. Imaginaba que tramabas algo, me
podía la curiosidad, sin embargo, no tengo tanta imaginación.
—No soy cocinera, igual que tú, pero suelo hacer tortilla de gambas a menudo.
La he hecho a mi manera, espero que te guste.
—Estoy deseando probarla. Lo que más me gusta es la idea. Siempre comes lo
que cocino, porque estás en mi casa. Ahora seré yo quien coma lo que cocinas,
como si estuviera en tu casa. Puede ser una manera de conocerte mejor.
—Tiene su lógica.
Nick aprobó con buena nota a Isa como cocinera. Hablaron de los detalles de
los platos, de sus ingredientes y de la variedad de formas en que se podía hacer
cada uno. Saborearon la comida y las numerosas conversaciones que salieron a
raíz de ella. Después de una hora, Nick bajó a por algo de beber.
—Voy a bajar un momento, tengo sed de tanto hablar. No estoy acostumbrado
a ser tan parlanchín. ¿Alguna petición en especial?
—No, confío en ti. Yo también estoy seca. No soy tan seria como tú, pero no
creas que le cuento mis recetas a todo el mundo.
Se fue riendo, encantado por cómo se sentía ella cuando estaba con él,
orgulloso de demostrarse a sí mismo que podía enamorarla. Paso a paso, iba
alcanzando su meta, solo faltaba ganar la copa. Subió con dos cervezas más para
cada uno y una botella de cava. El acierto era seguro. Quería hacerla feliz, ser
feliz. Lo estaba dando todo para ganar la batalla, pero no se hacía ilusiones. El
tiempo pasó volando, cuanto más lo escuchaba explicar anécdotas de su vida,
más quería saber. Le miraba pasmada, absorbiendo toda su vida, para después
recrearla en su mente. Esos momentos mágicos más tarde serían recuerdos. Tenía
que envolverlos perfectamente y esconderlos muy bien en un rincón de su
memoria para no perder nada por el camino. Pasadas varias horas, se levantaron
y se dirigieron a la terraza.
—Ha dejado de llover.
—Hace rato que no cae una gota. El viento es húmedo, pero lo peor ya ha
pasado. Mira el horizonte… El mar está plano, no hay olas.
Nick la abrazaba por detrás cogiéndola de la cintura, comentando la vista que
tenían. Isa, después de meditar su comentario unos segundos, se dio la vuelta.
Frente a él, le acarició los pómulos confesándose:
—Me gustas mucho, tanto que no quiero perder un minuto durmiendo. Ven.
Le cogió de la mano, llevándole a la bañera de hidromasaje. Seduciéndole con
la mirada, fue despojándole de la ropa con caricias. Él, hipnotizado por el placer
de notar sus manos en su piel, se dejaba llevar, devolviéndole miradas
provocadoras. Le siguieron varios besos, al principio dulces, pero, a medida que
subía la temperatura, se volvieron apasionados. Pícara, se introdujo en la bañera
deslizándose suave en el agua, invitándole a seguirle con el dedo anular.
—Para no perder la costumbre de besarnos húmedos… Tu mirada es aún más
seductora cuando tus pestañas están mojadas, y tus labios, más sexis. Me gustas
tanto…
—Es oficial. Acabo de pasar la línea de tu encanto, donde mirarte cada minuto
es un paisaje nuevo. Tus besos, tus caricias hacen crecer este sentimiento en mí
que me ata más a ti.
Las palabras se convirtieron en gemidos. Las cadenas de sus brazos los
hicieron prisioneros de su sexo, estremeciéndose de placer con cada movimiento.
Los minutos pasaron. Salieron arrugados como pasas de la bañera, unidos en la
misma piel, tapados por una toalla.
—Si el atardecer fue bonito, el amanecer será inolvidable.
La observó con tristeza, como miraba triste el puente de Antón y los barcos del
muelle.
—Si quieres ver el amanecer, desde aquí no podemos hacerlo, pero sé un lugar
donde debería ser insuperable. Tendremos que vestirnos un poco.
Isa se puso una camisa negra de manga larga de Nicolás, y él cogió una azul.
Subieron a la buhardilla y, de ahí, al tejado. Sentados, apoyados el uno en el otro,
miraron el cielo en sentido contrario. Se oía el ruido de los pájaros, poniendo una
dulce melodía a la nostalgia de sus pensamientos. Juntos, con esa sensación
única de ser los primeros en ver la luz del día. El amanecer. Lo que para unos
puede significar la esperanza de un nuevo comienzo, un todo puede ocurrir, para
otros significa la desesperanza, una posible despedida.
Abrazados, intentando definir la paz que sentíamos en nuestro interior, nos
encontramos con el amanecer. El astro rey salió lento, tímido. Un círculo
naranja, con intensos tonos rojizos reflejados en el valle. Las gaviotas navegaban
alegres, guiadas por las primeras luces del alba. La variedad de colores del valle,
el intenso brillo de los primeros rayos de sol entre los arbustos… No podía
describir la felicidad que sentía estando a su lado, viendo esa paleta de colores
en el horizonte mientras notaba el calor de su cuerpo junto al mío. Desnudos,
una sábana de tergal en tonos ocres y coral nos tapaba nuestros cuerpos
entrelazados.
—¿Ves? Este… es el mejor momento del día. Los rayos del sol entran por la
ventana y se instalan en mi retina. Me dan fuerzas, ánimos para emprender un
nuevo viaje, un nuevo proyecto. Un nuevo motivo para levantarme por la
mañana, aunque no me haya acostado, porque la imagen que querría ver cada
mañana al despertar está junto a mí sonriendo, observándome con cara de niña
buena. Me atraviesa con la mirada, enamorándome con esa enorme sonrisa. Es
un momento mágico, el principio de todo.
El amanecer pasó rápido, como un viaje en el tiempo. Le miré embobada,
embrujada por sus palabras, que parecían ser las de un hechizo. Le oía sin dejar
de sonreír. No sabía qué hacer o qué decir. Me acurruqué en sus brazos y suspiré.
Hundí mi cabeza en su pecho, apretando mis brazos a su espalda.
«Si tuviera poderes, desearía que se detuviera el tiempo, me quedaría
eternamente en sus brazos escuchando el ritmo enloquecido de su corazón, una
dulce nana para mis oídos», pensé queriendo inmortalizar ese momento en mi
memoria.
El reloj despiadado, no se detuvo. La alarma del teléfono sonó a las siete.
25
TODO TIENE SU FIN

Era festivo en la isla. El hostal abría más tarde, a las ocho y media. Tiempo
suficiente para vestirnos y bajar a la cocina.
—Podría ayudarte. Maya y Mamen tienen fiesta. Necesitarás manos de más.
Viéndote caminar así, no creo que vayas muy rápido sirviendo cafés o en la
barra.
—No me vendría mal, pero no puedo pedirte que hagas eso, eres una huésped.
—No me lo has pedido, me he ofrecido yo. Me apetece mucho. Pasaré más
tiempo contigo y me podrás enseñar trucos de cocina.
Bajamos conversando y planeando la mañana. Isa, apasionada, molía café.
—Me encanta el olor, podrían hacer un perfume con aroma a café, lo
compraría seguro.
—Y yo tendría excusa para comerte a besos, beber del sudor de tu piel.
—Para eso no necesitas excusas.
—¡Ey!, estos diálogos están prohibidos a estas horas. Es un Restaurante para
todos los públicos. ¡Serán pervertidos!
Nos miraron guasones, radiantes. Isa estaba pletórica, llena de vitalidad.
—¿Queréis un café? Nicolás me ha dicho cómo hacerlo. El primero me lo
beberé yo, no quiero envenenar a nadie.
Nick fue a abrir al panadero. Esteban venía con él, con intención de quedarse y
ayudarlos. Ellos contentos por su ayuda. Nosotras felices por desayunar pastas
aún humeantes, recién salidas del horno; por pasar momentos inolvidables con
ellos. Los seguimos a la cocina y nos sentamos a la mesa los cuatro. Yon
desenvolvió las ensaimadas, y Nick, las cañas de crema. Nosotras optamos por
cruasanes de chocolate. Isa sujetaba la taza de café con leche con las dos manos,
intentando fotografiar la escena con la vista. Tal vez un pestañeo como un flash,
o a lo mejor parpadeando varias veces. Era importante grabarlo en la memoria
para comentarlo semanas más tarde, años más tarde, como ahora. Esa sensación
que nos inundaba a los cuatro, imposible de meter en un frasco y llevártela a
Barcelona.
La mañana fue un tira y afloja de conversaciones jocosas, chistes malos y
competiciones gastronómicas entre nosotros. Habíamos comido tanto entre
platos y postres que, al llegar la hora de la comida, no fuimos capaces de
meternos nada en la boca. Media hora antes de llenarse el restaurante, paramos a
descansar. Yon, que había estado alternando la silla y las muletas para no forzar
la pierna, tuvo la iniciativa.
—Ya hemos trabajado bastante. ¿Vino o cerveza? Invito yo.
Nos echamos a reír sin despreciar la invitación.
—Venga, va, porque me invitas, si no… Vamos al comedor, yo cojo las
bebidas.
—Prefiero vino, me apetece más. Cogeré las copas si me decís dónde están.
—Yo me tomaré mejor una cerveza. Escoge tú, me da igual una que otra.
—¿Y tú, Yon?
—Estoy con Laura, me apetece más el vino.
—De eso estoy segura, hasta un ciego habría visto esas carantoñas preparando
la merluza a la gallega. Han sido reveladoras.
—Qué ocurrente. Y vosotros con esas sonrisitas y obscenidades que os decís…
parecéis dos chiquillos recién salidos de la discoteca.
Isa, desenfadada, acompañó a Yon a la mesa, preocupándose por su herida.
—¿Qué tal lo llevas? ¿Me dejas ver un momento?
—Es molesto. Intento ocupar mi mente en algo más productivo, así lo aguanto
mejor.
Le echó una ojeada. A simple vista parecía evolucionar correctamente.
—¿Y Nicolás cómo se encuentra? Me dice que bien, pero es Nicolás, él
siempre está bien.
—Si lo observas con detenimiento, parece que sí. Sus movimientos son más
largos. Sus gestos no muestran dolor, está más relajado. Es un proceso lento.
Mañana le harán otra radiografía y nos sacará de dudas. Como dices, es Nicolás
y hará lo posible porque no te preocupes por él.
Cogí las copas y Nick la bebida, juntos nos dirigimos a la mesa que habían
escogido Isa y Yon. La media hora siguiente estuvo llena de historias locales,
anécdotas de los hermanos y un sinfín de carantoñas y arrumacos entre nosotros,
fruto de nuestra armonía, un cariño cada vez más acentuado y una muy buena
relación. Isa y yo nos mirábamos dichosas, partícipes de ese momento. Si no era
el colmo de la felicidad, o lo que siempre habíamos deseado tener (al menos yo),
se parecía mucho.
El primer comedor estaba a la mitad de su capacidad, y Esteban se acercó a
nosotros tímido, casi sin querer al vernos tan dicharacheros.
—Siento interrumpir, me cuesta dar un buen servicio a tantas mesas. Necesito
ayuda.
Nick se levantó el primero. Le dio una palmada en el hombro y le agradeció su
trabajo.
—No tenías que haber tardado tanto en venir. Hay confianza, ¿no? Se nos ha
pasado el tiempo volando, distraídos en otros asuntos obvios. ¡Vamos, hay que
ponerse las pilas!
Isa sirvió las mesas del primer comedor junto con Nick. Yo ayudé a Yon en la
cocina hasta que los comensales fueron pasando al segundo comedor. Esteban
fue sirviendo las bebidas, se encargó de la barra y de cobrar en la caja. Entre
todos, había una coordinación perfecta, como si lo llevásemos haciendo durante
meses. Algún traspié o un par de pequeñas equivocaciones por nuestra parte,
nada que no se pudiera arreglar con una sonrisa y una disculpa. Fue
absolutamente enriquecedor. Una experiencia agotadora, pero muy muy
satisfactoria.
A las tres y media quedaban pocas personas comiendo, la mayor parte de ellas
iban por el postre. Yon seguía en la cocina, Nick entró a recoger dos postres para
la mesa 8 cuando sonó su teléfono de emergencias.
—Mario, dime.
—¿Cómo estás, jefe? ¿Cómo va ese reposo?
—Ya sabes cómo soy, descansaré cuando me muera. Mientras me queden
fuerzas… Pero no me llamas por eso, ¿qué ocurre?
—Es verdad. Han desactivado la alerta en toda la costa cantábrica. No sé si has
ido a la playa, pero apenas hay oleaje. El mar está en calma después de tantos
días de furia. Los barcos han comenzado sus itinerarios a las tres, imagino que a
las cinco tendremos un ferri en el muelle. Te llamo para que avises a tus
huéspedes. Los que quieran pueden irse, incluida tu chica. Lo siento, Nick.
La expresión de su rostro cambió, palideció escalonadamente hasta quedarse
blanco nácar. Yon delante de él.
—¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo grave?
—Entiendo. Era de esperar. No te preocupes, así lo haré.
Desde la ventana de la cocina, veía a Isa atender una mesa con la sonrisa en los
labios. Su mirada, profunda y alegre, congeniando sin problemas con los
clientes. Abatido, miró a su hermano. Yon se percató de lo que sucedía, se le fue
la vista al suelo desanimado.
—Nos hemos agarrado a un clavo ardiendo. No queríamos reconocerlo,
pensando que podríamos con ello. Somos adultos y la vida es así. ¡Qué ilusos!
—Tengo que decírselo, aunque no quiero hacerlo. Mi cuerpo pelea como un
jabato contra mi mente, pero los dos sabemos quién va a ganar.
—Haz lo que tengas que hacer. Al menos hemos vivido una experiencia
inolvidable. ¡Lástima que yo lo haya hecho demasiado tarde!
Se giró y siguió con su trabajo, preparando varios platos de postre, limpiando
la encimera y los utensilios arrastrando la pierna para no coger las muletas. Isa
caminaba pizpireta hacia la ventana de la cocina. Dejó unos platos, se fijó en su
cara, que volvió a girarse al notar su mirada. Por un segundo pensó que se
encontraba mal, pero, al perderse en ella, en su cuerpo, y luego volver la cabeza
entristecido, lo comprendió.
«Toda película de amor tiene un final, y algo me dice que la nuestra está a
punto de acabar, aunque no queramos que lo haga», se lamentó Isa para sus
adentros.
Fue hacia él. Él intentó escabullirse, ganar unas horas, pero se puso delante.
Sus profundos ojos negros le atravesaban, confirmando lo que tanto temía.
—Tu mirada atormentada te delata, cuéntame.
No le salían las palabras. Su corazón luchaba a capa y espada, pero el silencio
habló por él.
—Me lo imaginaba. Cada vez que se abre la puerta, veo los rayos del sol. El
cielo azul intenso como tus ojos ahora mismo. Deduzco que han desactivado la
alerta. Se nos ha acabado el tiempo, ¿verdad? Nicolás, mírame, por favor.
—Sabía que eras intuitiva. Será como será. Será como tú quieras, pero no te
precipites. Piénsalo.
—Estos cuatro días he aprendido a leer entre líneas tu atractivo rostro. No
quiero irme. Has cambiado mi forma de ser, me has hecho crecer. No habrá
quien desnude mi alma como tu mirada, sin embargo, quedarme… solo alargará
el desenlace.
Entonces entré yo, ajena a cualquier sospecha, contenta porque había
terminado de recoger la mesa con los últimos clientes. Tenía ganas de ir al
lavabo y salí corriendo después de dejar los platos en el fregadero. Isa se fue en
silencio, visiblemente afectada, la llamaban de una mesa. Nick hizo lo mismo
con unos clientes que le pedían café. Yon se quedó solo, afligido. Movió una
silla y se sentó a esperarme. Llegué hablando como una cotorra, explicando un
servicio con una clienta. Me tapó la boca con un beso.
—Siéntate a mi lado, tengo que hablar contigo. Antes de nada, quiero que
sepas que eres el ser más especial que me he cruzado en mi camino, con el que
me gustaría seguir andando hacia donde nos lleve este trayecto. Pese a ello, no te
voy a obligar. Esta noche, con todas sus horas, ha sido el mejor recuerdo que me
podías dejar, pero soy un egoísta y quiero más. Quiero repetirlo una y mil veces,
pero, si no es así, lo entenderé.
—¿Por qué me dices esto? Para mí tú también eres especial. La única persona
que me ha leído el pensamiento, tantas veces en cuatro días que no las puedo
contar. Comprendes todo lo que siento y sientes todo lo que digo. Eso no es algo
que se pueda apreciar hasta que no lo vives, hasta que no lo tienes. Y yo lo tengo
contigo. No sé si es amor, pero pretendo descubrirlo.
—Me alegra oírlo, porque han desactivado la alerta. A las cinco vendrá el ferri
y recogerá a los turistas que estos días han estado obligados a quedarse en la isla.
No quiero que te vayas. Si por mí fuera, te ataría a mi vida con una cuerda
transparente, así no te separarías de mí. No es justo, no obstante, es tu decisión.
Quería que te enteraras por mí, y no por otra persona.
—Todo tiene su fin. Tenía la esperanza de que no fuera así. Aun cuando sabes
que todo se acaba, siempre quieres más.
Apenas me dio tiempo a asimilarlo, mucho menos hablarlo con Yon. Isa vino
como una bala y me levantó de la silla.
—Perdóname, Yon, tengo que conversar con tu media naranja, es urgente.
—Es normal, seguiré recogiendo.
Fuimos al segundo comedor, estaba vacío. Nos fuimos al fondo, al lado de la
bodega, así nadie nos oiría.
—Ya lo sabes… La cabeza me va a explotar y el corazón también. Me he
desahogado chillando en el lavabo. Por desgracia, no va a cambiar nada. La
cruda realidad es que tenemos que irnos. Nuestra vida está allí y ellos aquí. Si no
lo hago ahora, no seré capaz de hacerlo. Si vuelvo a ver su mirada triste…
—Piénsalo bien, recapacita. No quiero irme. Quiero pasar más tiempo con
Yon, disfrutar de su adorable compañía y del calor de sus besos. Apenas le he
saboreado. ¿Y si no quiero volver? Al menos, no tan pronto. Quiero conocerle
mejor, descubrir sus manías y quién sabe si enamorarme de ellas. Puedo llamar a
Amanda y decirle que me quedo dos o tres días más. Estoy en medio de un
reportaje.
—¿Y después qué? Habrás tenido tres días más en tu maravillosa relación,
conocerás el amor perfecto que tanto deseas. Tendrás que volver, y yo recogeré
los pedacitos de ti que queden con mucho cuidado para poder unirlos de nuevo
sin que entres en una depresión de caballo. El final será el mismo: nosotras allí y
ellos aquí.
—Entraré igual en esa depresión aunque me vaya hoy.
Isa estaba destrozada literalmente. Sus ojos humedecidos no dejaban de
moverse enloquecidos, no sabía dónde mirar, dónde poner las manos o cómo
explicarle a Nick que no podía seguir allí, que hasta el último recoveco de su
delgado cuerpo estaba colado por sus huesos y no quería separarse ni un
centímetro de él. Sin embargo, debía hacerlo.
—Algo me dice que esos pedazos los tendremos que recoger las dos.
—La impotencia me invade, si bien no hay otra solución. No es el lugar o las
personas: es la perspectiva. Si quieres volver conmigo, nos vemos a las cinco. Si
no estás, lo comprenderé, nos veremos cuando vuelvas. Yo… no tengo elección,
no serviría de nada.
Me quedé muda de la rabia. La vi alejarse, aumentando mi ira a pasos
agigantados. Se rendía. Era la primera vez que su corazón latía por alguien y no
sabía lidiar con ello. Yo sentía lo mismo, pero quería luchar, buscar la manera de
no perder esa sensación de libertad y locura que recorría mi cuerpo cuando
estaba a su lado. Nick nos observó discutir en la distancia, callado, esperando un
milagro que no sucedería. Isa desapareció llorando al final de las escaleras. Bajó
la cabeza, resignado, la había perdido.
Hablé largo y tendido con Yon. Me aconsejó lo mejor que pudo, siendo fiel a
sus principios, aun siendo lo contrario que le dictaba su corazón. Después de
llorar en sus brazos, en su boca y en su pecho, decidí irme con Isa.
No estaba de acuerdo con ella. Pensaba volver algún día, no muy lejano.
Aunque, era cierto que nuestras vidas actualmente estaban en Barcelona, a
seiscientos kilómetros de las islas. Recogí mis cosas, di una vuelta por la
habitación que me había visto reír, cantar, incluso llorar de emoción, hasta me
había oído gemir de placer. Todo eso en dos noches. La otra la pasé durmiendo
en su pecho en la clínica. Iba a echar de menos tantos momentos…
Isa, en su habitación, lloraba desconsolada, acariciando el borde de la bañera,
recordando escenas tórridas en ella, pasando sus dedos por la cama, añorando
sus cuerpos entre las sábanas.
«Ya te echo de menos y todavía no me he ido», se dijo desconsolada.
Nick suspiró hondo apoyado en el quicio de la puerta. Su corazón dio un
vuelco al verla llorar. Dio un paso y comenzó su monólogo, deseando ser
convincente.
—El deseo de tenerte de nuevo entre mis brazos me hace pensar lo indebido.
Mi corazón grita desesperado que no te vayas, pero la razón entiende que lo
hagas. Ninguno creyó que fuera a durar, ni siquiera que fuera a suceder. Tal vez
fuimos ingenuos al suponer que no nos iba a afectar. Hemos bajado la guardia,
yo el primero.
Se abrazaron tan fuerte que Nick se encogió de dolor. El dolor era muy intenso,
sin embargo, el psicológico podía al físico.
—Siento haber sido tan poco precavida. Tenía que haber imaginado que tu
encanto traspasaría la frontera psíquica de mi subconsciente. No creí que cuatro
días contigo fueran suficientes para enamorarme. Conocerte me ha sobrepasado.
Sabes que no puedo evitarlo. Mi casa, mi trabajo, mi familia, mi carrera y mi
vida entera están en Barcelona. Tú eres lo mejor con diferencia que me ha
ocurrido nunca.
—Pero no peso tanto en la balanza. Soy yo solo contra tu mundo. Abrázame,
hazlo sin miedo. Prefiero sentir dolor que, no sentir nada.
Fueron diez minutos de besos, un silencio agonizante y abrazos interminables.
Nicolás se fue roto por dentro, aguantando el tipo por fuera.
—Me iré para que recojas. Os espero en la puerta y os llevaré al muelle.
Nos reencontramos Isa y yo en la bodega. Estaba molesta con ella, no le dirigí
la palabra, simplemente anduve hacia la puerta. Yon me esperaba allí.
Prometimos conversar cada mañana, cada noche. Decidiríamos el horario
cuando llegase a casa fuera a la hora que fuera. Teníamos que estar en el
aeropuerto a las nueve, nuestro vuelo salía a las once. Entre lágrimas y muchas
dudas, había sacado los billetes de avión. Un último beso firmó nuestra promesa
de seguir juntos en la distancia, de querernos más si cabe y de encontrar tiempo
libre para vernos, fuera en Barcelona, en Bilbao o en el Polo Norte.
Llegamos al muelle. Le dimos a Nick un sobre con dinero, que no quiso coger.
Se lo dejamos en la guantera. Había una cola de veinte, veinticinco personas
esperando para entrar. Casi todas con maletas, algunas con una mochila. Le di
dos besos afectuosos a Nick y me fui a la fila. Isa, frente a él, temblorosa, le
acarició el rostro, le besó en la frente y el cuello. Memorizó su rostro abriendo
las fosas nasales, intentando absorber el perfume de su piel. Se enjugó las
lágrimas.
—Sé que me quieres. Deseo creer que la vida nos volverá a juntar porque te
quiero, ¿me oyes? Ahora y siempre. Esta herida no se va a cerrar. Si te vas, no va
a cambiar lo que siento por ti. Esperaré ese día o lo buscaré. Me niego a perder
todo lo que he sentido estos cuatro días contigo. El presente sin ti será largo,
pero el futuro es nuestro.
—Ojalá fuera cierto… No te imaginas cuánto lo anhelo ni cuánto te quiero.
Vino hacia mí, las siguientes éramos nosotras. Nos sentamos en la proa del
ferri, en una esquina. La brisa marina soplaba ligera, moviéndonos el cabello.
Nick, inmóvil, tragó saliva intentando desatascar el nudo de su garganta. El
barco comenzó a moverse. Cruzaron miradas. Gotas saladas surcaron la cara
pálida de mi amiga. Él, fijo en esas lágrimas, se prometió a sí mismo no llorar.
«No sé lo que tardaré ni cómo lo haré para estar juntos, pero lo conseguiré. No
lo dudes, amor». Con este pensamiento le hizo una promesa, aunque solo fuera
en su mente.
26
NADA ES IGUAL

Llegamos a Santa Olaya a las siete de la tarde. Pagamos la habitación después de


recoger nuestra maleta y explicar nuestro incidente. Ya estaban informados, no
era la primera vez que pasaba, y nos rebajaron parte de la reserva. A las ocho
estábamos, con la maleta en la parada de taxi, esperando a que nos llevaran al
aeropuerto. Seguíamos sin decirnos nada, perdidas en nuestro universo personal,
sofocadas por la mezcla de emociones y el calor que aún a estas horas hacía en la
calle. Después de superar las medidas de seguridad oportunas, buscamos un
lugar para cenar. No era por hambre, sino por necesidad. Desde el picoteo de la
mañana en la cocina no habíamos vuelto a comer. Isa tomó la iniciativa y dio el
primer paso a nuestra reconciliación.
—Perdona. Perdona si te he ofendido, si te he obligado a venir. No sé si estoy
siendo realista o idiota. Jamás me he visto envuelta en una encrucijada igual.
Las lágrimas volvieron a brotar como un grifo mal cerrado. No podía parar. Mi
corazón se ablandó. Era mi mejor amiga y no me percaté de lo que estaba
sufriendo. Yo me sentía desdichada porque quería alargar más mi felicidad, no
porque la hubiera dejado atrás. La abracé. Conseguí frenar sus sollozos, y nos
comimos unos bocadillos. A las once, puntual como un reloj suizo, despegó el
avión. Buscamos con ahínco alguna señal de las islas, pero la oscuridad de la
noche fue cruel con nosotras. No vimos nada.
«Seguro que ahora estás mirando al cielo. Ya me estoy arrepintiendo. ¿Cómo
viviré sin tus besos, sin esa voz que me hipnotiza?», se preguntó Isa
desconsolada.
—Hemos hecho lo correcto, quizás de formas distintas. Está claro que nuestras
vidas, hoy en día, están en Barcelona. Eso no quiere decir en ningún momento
que tuviéramos que cortar con ellos. Sabía que nos deprimiríamos por estar
separados, no por romper nuestro amor.
—No puedo pedirle que me espere. La semana que viene empiezo el reportaje
de baño, cuando lo acabe tengo los finales. Entre tanto, trabajo en el hospital y
en la revista. Mi familia… No puedo tener una relación a distancia, a seiscientos
kilómetros de distancia. ¿Cuándo? Es imposible.
Agaché la cabeza, puede que estuviera en lo cierto. Mi situación era diferente,
mi horario normal y el fin de semana estaba libre. A las doce y media ya
estábamos en casa. Nos despedimos con un fuerte abrazo y una propuesta: la
primera que se despertara llamaría a la otra.
***
—Empezaba a gustarme el rollo de los hermanos. Recuerdo que Isabel tenía un
comportamiento extraño. Su sonrisa era forzada y comentaba lo imprescindible
sobre los artículos. Me dejó escoger a mí la imagen central y las secundarias sin
presionarme o debatir si era la correcta. Ni una broma ni un sarcasmo típico de
ella, nada. Ahora entiendo por qué.
—Hasta un ciego veía que no estaba bien. ¿Viste alguna de las fotos del
catálogo de baño? Porque tenías un contrato y el tal Flavio es amigo tuyo, si
no…
—Lo pasé mal, no voy a negarlo. La tristeza se adueñó de mí unas semanas.
Tal vez les faltase algo de luz a esas fotos, pero el catálogo fue divino. ¿Qué
artista no ha pasado alguna vez una época oscura? Ninguno que se precie. Y, si
no lo hubiera estado, Flavio me habría echado bronca. Hoy en día, haciendo más
años que lo conozco, a veces lo hace. Me discute hasta el más ínfimo detalle.
Laura también tuvo días malos y hablaba varias veces al día con Yon.
—Estoy con Isa, fue una etapa dura. Esos cuatro días con ellos fueron muy
intensos, repletos de altibajos. Tuvimos la felicidad en nuestras manos y se nos
desvaneció entre los dedos. Volvimos a la normalidad a regañadientes, más por
responsabilidad y madurez que por intención de querer volver. Al mirar a
nuestro alrededor siempre nos faltaba algo.
—Sé lo que decís. Alberto y yo estuvimos dos meses separados por trabajo.
Hacía tres meses que vivíamos juntos. Fue un completo desastre. La mitad de las
veces no sabía dónde tenía la cabeza y la otra mitad hablaba sola. Preparaba la
mesa para dos o lavaba su ropa como si aún estuviera ahí. Creía que me volvería
loca, pero no, el tiempo pasó y nos volvimos a ver. Comprendimos que no
podíamos vivir el uno sin el otro. Al mes siguiente, nos casamos.
—No lo sabía. Todos tenemos nuestra historia antes de llegar a donde estamos.
Y será mejor que acabe de contar la nuestra o se nos juntará con la cena —
añadió Isa mirando el reloj.
***
Mientras cenábamos en el aeropuerto de Bilbao y esperábamos a la hora de
subir al avión, Nick y Yon habían acabado con las cenas en el hostal. Era lunes y
no había fiesta nocturna en la taberna. Recogieron, limpiaron y se fueron a
dormir. Yon se despidió de su hermano, no sin preguntarle cómo se encontraba.
—Hecho mil pedazos, será un suplicio vivir sin ella después de conocerla. Se
metió bajo mi piel, entró en mi cerebro, se acomodó en él, y ya solo me queda su
recuerdo, un recuerdo que campa a sus anchas por todo mi cuerpo. Sobreviviré,
siempre lo hago, solo que esta vez tardaré más. Fui inocente al creer que sería
posible que se quedara o que siguiéramos juntos.
Yon, mudo, le vio subir las escaleras decaído, sin fuerzas. Le dolía lo
impensado ver a su hermano así. Se había acostumbrado al Nick ocurrente de los
últimos días. Su buen humor y la picardía que le caracterizaba hace años, cuando
era un adolescente. Se había olvidado de ese Nick, al recuperarlo por unos días,
pensó que se quedaría. Suspiró corto, dándole vueltas a todo lo ocurrido.
Despacio, subió a su habitación. Se dejó caer en la cama boca arriba, con los
brazos levantados por encima de la cabeza. Soplaba y resoplaba deseando que
pasaran los minutos. Pasado el rato, encendió el móvil para ver la hora. Eran las
once menos diez.
«Todavía no han despegado», se dijo Yon a sí mismo.
Ojeó las redes sociales. Volvió a apagar el móvil. Se levantó, agarró las
muletas y se sentó en la terraza. Encendió el móvil de nuevo, eran las once. Miró
al cielo esperando ver el avión. Pasaron tres, con el halo blanco que los seguía.
Una línea diminuta, con varias luces alrededor, que cruzaba el cielo. Una de esas
tres líneas se llevaba al amor de su vida.
Nick entró en su dormitorio, el de toda la vida, en el que había crecido y que
había decorado con un toque cálido y hogareño. Miró la cama, la bañera, el suelo
frente a la chimenea, el armario…
«Hasta el último rincón de la habitación tiene tu imagen grabada, pronuncia a
gritos tu nombre, te echa de menos, igual que yo». Cada pensamiento de Nick
era una daga en su corazón.
Apretó los párpados todo lo que pudo. Cuando consiguió dominar su mente,
los abrió y se fue directo a los ventanales de madera. Abrió uno de ellos, respiró
el aire fresco de la noche y se sentó en la banqueta. Pasó largo rato con la mirada
perdida en el puente de Antón, serio, intentando no perder el control. Miró el
reloj de pulsera, pasaban un par de minutos de las once. Buscó las ínfimas luces
de un avión en la inmensidad del cielo. Había varias opciones, se fijó en una.
«Suéñame cuando duermas, porque yo soñaré contigo, aunque no duerma.
Quizás nuestros sueños se junten y podamos ser felices en ellos», pensó Nick
deseando que Isa le pudiera oír.
Se quedó ahí sentado toda la noche, durmiendo sin dormir, intentando no
pensar. Pasaron las horas, degradando los azules en el cielo, pasando del oscuro
al claro frente a sus ojos sin apenas verlo. Un nuevo día comenzaba.
Comenzaba para todos, aunque algunas no queríamos que lo hiciera. Mi móvil
no dejaba de sonar, vibraba y vibraba encima de la mesa cuadrada y pequeña que
tenía delante del sofá, donde había pasado la noche. Cuando llegué, dejé la
maleta en medio del comedor y me tiré en el sofá. Me tapé la cabeza con el cojín
y grité hasta quedarme sin voz. Cuando se me pasó la neura, saqué la tarjeta de
la cámara y la puse en el portátil, programé las diapositivas de todas las
imágenes y fueron saliendo una a una. Le había hecho tantas fotos cuando no
miraba o cuando lo hacía… De perfil, de espaldas… Lo paré en las cuatro selfis
que nos hicimos en cala Blanca cuando me abalancé sobre él y le dejé sin habla.
Media noche miré su sonrisa y la otra media la busqué en mis recuerdos. No
tenía ganas de trabajar ni de hablar con nadie, solo quería mirarle. Soñarle.
Al ver que, a pesar de la insistencia, no le cogía el teléfono, se presentó en la
puerta de mi casa a las doce del mediodía. Traía dos pizzas pequeñas sabor
tejano y una energía tremenda. Se le quedó el dedo pegado al timbre. Pensé que
saldrían chispas y lo quemaría, pero no. Abrí la puerta antes de que lo hiciera.
—¡Por fin! ¿Te creías que me iba a ir? Antes hago una videollamada con
Amanda y hago la reunión desde la escalera.
—Eres capaz.
—En serio, entiendo que estés triste y hecha polvo, pero el mundo sigue
girando. Tú eres la que ha dejado el amor atrás por un motivo muy fuerte: el
trabajo y la carrera. Ahora no te quedes ahí parada. Dentro de unas semanas,
cuando hayas hecho los finales y acabado las prácticas, a lo mejor piensas
diferente. Saldrás corriendo en busca de Nick, él te estará esperando con los
brazos abiertos. Y todos seremos felices.
—¿Tú crees? Un hombre tan perfecto no se va a quedar sentado viendo pasar
la vida, esperando a que una mujer con la que conectó durante cuatro días
resuelva sus dudas, sin ni siquiera saber si volverá o no. No soy ilusa, no lo seas
tú. Cometí un error y lo he perdido. Intentaré seguir con mi vida aunque me
duela.
—¡No digas idioteces! Está colado por ti, esperará lo que sea necesario o
buscará la manera de recuperarte. Carácter tiene… ¡Es Nick! No sé de qué tienes
miedo. Será mejor que lo soluciones antes de que sufras más. De momento,
deberías ducharte y cambiarte de ropa.
Fue honesta conmigo, como siempre. Estaba decepcionada con mi poca
previsión, por haber dejado a mi corazón hundirse en un amor sin futuro. No creí
que doliera tanto separarse de él, y eso me dolía más.
—¿Por qué serás tan mandona? Has hablado con Yon, por eso estás contenta.
¿Cómo está Nicolás?
—Lo llamé anoche cuando llegamos. Hablamos un rato y me prometió
llamarme por la mañana. A las diez me ha sonado el móvil. Era su sonrisa
diciéndome buenos días. ¡Es maravilloso que su cara sea la primera imagen que
vea al despertar! Esa sensación no tiene precio. ¿Cómo quieres que esté Nick?
Tocado y hundido. El amor de su vida le ha dejado plantado. Sabe por qué, y
quizás lo entienda, pero no le consuela. Las relaciones se pueden llevar a
distancia y encontrar huecos para verse, aquí, allí, a mitad de camino o en la
luna. Solo hay que querer. Tú, en cambio, tiene que ser todo o nada.
—No lo entiendes. No se trata de todo o nada. En estas semanas no voy a tener
tiempo ni de rascarme. No sé cuándo estaré disponible, si en un mes o en dos. ¿Y
si cuando acabe Amanda nos manda fuera de la ciudad? ¿O me sale otro
catálogo? No sé si podré ir a verle. Necesito una relación que no esté basada en
videollamadas. Seamos honestos, no funcionaría. Tengo que superar esos cuatro
días con él.
—A lo mejor puede venir él aquí, ¿no lo has pensado?
—Dejar el hostal, la comisaría, los bomberos voluntarios… ¿Cuánto? ¿Tres,
cuatro días? ¿Y después qué? ¿Cuánto tiempo esperaremos hasta que uno de los
dos pueda? Si yo sigo hasta arriba de faena, ¿vuelve a venir él? Porque tengo que
terminar el último curso. No puedo pedirle algo así, no soy tan egoísta.
Podíamos habernos quedado unos días más, sí. Hubiera sido genial y los habría
disfrutado al máximo, pero el final habría sido el mismo. Él tiene su vida allí y
yo la tengo aquí. Eso por desgracia no va a cambiar. Si lo hiciera, yo sería la
primera en lanzarme a su cuello, créeme. Es lo que más deseo en el mundo.
—No sé si eres tonta o ingenua. Esta decisión la has tomado tú sola, no la has
hablado con él. El amor es compartir y debatir. Siempre hay una salida, una
solución, solo hay que buscarla, y tú no lo has hecho.
—Puede que haya hecho un castillo de un grano de arena, que me equivoque y
no consiga olvidarlo. Mi corazón pueda con mi mente y en un arrebato salga
corriendo o, mejor dicho, volando. Puede que lo haga o puede que no. De
momento voy a intentar aprender a vivir sin él. Si no lo consigo, veré qué hago.
—Yo seguiré aquí hagas lo que hagas, aunque me duela verte sufrir.
—Lo sé y por eso te quiero tanto.
Nos abrazamos fuerte. Comimos y nos fuimos a la revista. Laura tenía parte
del trabajo hecho y muchas ideas. Quería hacer dos artículos. En uno se vería
reflejada toda la investigación de Verónica y Jacques. Con mis imágenes y toda
la información de la que disponía, le salía un buen artículo. Pasé por mi
despacho para editar unas cuántas y poder enseñárselas a Amanda. El otro se
centraría en promocionar la ruta de las islas basándose en mi inolvidable guía.
Sus historias, las espectaculares imágenes, algunas insólitas de los lugares que
habíamos visto, los comentarios y consejos de Yon, se lo explicó todo a Amanda
y le entusiasmó la idea. Vio más de cincuenta fotografías, que yo misma había
seleccionado, hechas entre Isos y Rogran. Estaba alucinada, y todavía no le
había enseñado las que hicimos el sábado en Santa Marta.
La tarde pasó como una ráfaga de aire. Seleccionando fotos, apartando las
deseables, separando las de los hermanos. Enjugándome las lágrimas sin cesar
cuando me sorprendía su mirada azul, suspirando delante del acantilado donde
comenzó todo. Nuestra ira y desazón. La irresistible tentación que nos unía, la
ternura del amor que iba creciendo. Llenándome el corazón de esos momentos,
ahogándome en el dolor que me producía no tenerle. Evité cruzarme con Laura,
no me apetecía conversar. Mi desgana marcada en mi rostro era patente; las
explicaciones, innecesarias. Me volqué en el trabajo.
La semana siguiente fue lineal. Del trabajo a casa, de casa al trabajo, entre
medias veía a mis padres media hora máximo para que no notaran mi cambio de
humor. Desayunaba poco, comía algo y cenaba menos. Casi no dormía y
aprovechaba para estudiar. El café era mi único compañero. Un amargo aliado
ante un rebelde enemigo: mi subconsciente. Amanda me pidió un trabajo extra el
jueves, que acepté sin rechistar. Era al otro lado de la ciudad, en avenida
Meridiana. Tenía que hacer fotos a un nuevo bufete de abogados. Íbamos a
promocionarlos en la revista. Me acompañó Clara, una de nuestras redactoras y
amiga personal (no sé si la conocéis). Ella les hizo una entrevista formal, que
resultó ser muy amena.
El viernes por la tarde recibí la llamada de mi amigo Flavio. Tenía un modelo
masculino preparado para la reunión. Por un compromiso que no podía retrasar,
la anulábamos hasta el lunes. Me vino bien descansar, no obstante, era más faena
para la semana próxima. Me organicé el fin de semana: comer con mi familia el
sábado, dejar las fotos de los dos artículos preparadas para la impresión del
lunes, hacer las prácticas en el hospital y salir a correr el domingo.
El domingo por la noche en el hospital fue caótico. Hice de todo: vendar un
esguince de tobillo, varios electrocardiogramas, controles de hipertensión, curas,
psicóloga en un caso brutal de maltrato… En consecuencia, y debido al tránsito
de pacientes, me vi obligada gustosamente, junto con mis compañeras, a alargar
mi turno. Esther y Jana se habían percatado de mi desánimo. El turno de noche a
menudo es agotador y no tuvieron tiempo de preguntarme. A la salida, al
despedirnos, estallaron.
—Si no pregunto, reviento. A pesar de tu eficiencia, estás en otro mundo, un
mundo paralelo a este que hace que trabajes bien, pero que no veas a las
personas que tienes delante saludándote con la mano o preguntándote con gestos
si vas a salir a tomar un café. ¿Puedes explicarnos qué te pasa?
—No pasa nada, estoy cansada, nerviosa por los exámenes, se acerca el día.
—¿Y los exámenes tienen nombre? ¿Son atractivos y los conocemos?
—¿En serio?
—¡Que somos nosotras, va! Hay diferencia entre la preocupación por un
examen y cuando es preocupación con nombre y apellidos. Tengo treinta y seis
años, y me he casado dos veces. ¿Me lo explicas o me lo cuentas?
Mi cara se descompuso, los hombros se me bajaron, como mis fuerzas, hacia el
suelo. Me conocían demasiado. Brevemente les expliqué cómo había tocado el
cielo con la mano, flotado en el aire y bajado a la tierra en cuatro días.
—Pasaré unos días malos y me recuperaré…, o eso espero.
—No quiero bajarte más la moral. Sabes que soy demasiado sincera, pero, si es
el amor de tu vida, tardarás más de unos días en olvidarle, tal vez sean meses o
puede que toda la vida.
Lo de no querer bajarme la moral fue un completo despropósito. Ese
comentario me dio vueltas todo el día. La reunión era a las doce. Eran las nueve
de la mañana cuando salí del hospital. Fui a casa acelerada. Escogí un vestido
largo blanco, sin mangas y con bolsillos a los lados. Desayuné bastante para
aguantar el día que me esperaba, mis fuerzas se arrastraban igual que mis pies.
Mis recursos, mis ideas se habían perdido entre mis pensamientos, quizás entre
los recuerdos impactantes de aquellos días.
«Algo se me ocurrirá. Cuando esté allí, saldrá todo rodado, tiene que salir…
Tengo que continuar con mi rutina. Nunca creí que pudiera echarle tanto de
menos, que su voz y sus caricias me llenaran tanto…», pensé mientras mis ojos
se humedecían de nuevo.
Me miré en el espejo del baño. Me estiré los pómulos, los párpados. Hice unos
movimientos de relax con la boca, con los brazos, me puse crema hidratante y
antiojeras. Fue en vano.
«Esta cara no la arregla ni un cirujano», me dije a mí misma.
El metro estaba lleno. No era hora punta, pero la línea roja siempre estaba a
petar. Eran cuatro paradas, el sofoco acabaría pronto. Llegué a mi destino en la
calle Urgel. Venía temprano, pero mi modelo femenina se me adelantó, estaba
esperando en el portal y subimos juntas. A los cinco minutos Flavio, con su
modelo masculino, hizo su aparición por la puerta. La reunión duró una hora,
Flavio tenía bastante claras sus ideas: dónde quería trabajar, con qué luz y con
qué fondo. Algunas sesiones se harían con paisaje o en la urbe; otras, en el
interior, con muchos focos, un fondo croma y una buena decoración. Como
siempre, puse mis condiciones, y el resto salió a pedir de boca. La semana que
viene sería suya, desde el martes hasta el viernes por la tarde.
En la otra punta del país, Nick continuó con su vida. Se levantaba a las cinco
de la mañana y se iba una hora a andar por la playa. La radiografía salió bien,
había disminuido el hematoma, pero el diagnóstico era prudencia. No podía salir
a correr ni hacer ejercicio en demasía. Tampoco podía ejercer de voluntario,
aunque se sintiera preparado. Para tener una pronta recuperación, debía empezar
por el principio.
El miércoles decidió ir a caminar una hora. Al sentirse bien, siguió haciéndolo
a diario. La noche se había convertido en su enemiga. Como no podía luchar
contra su enemigo por superarle en fuerza, se unió a él. Se organizó un plan para
no tener un minuto libre. Iba a caminar, se duchaba, preparaba los desayunos y
llegaba el primero a comisaría. Siempre estaba de guardia. En el turno de la
comida, pasaba a ayudar a su hermano y, cuando terminaba el turno, volvía a la
comisaría. Cuando terminaba en la comisaría, empezaba el turno de las cenas y,
cuando acababa, limpiaba, recogía y era el último en cerrar. Subía a la habitación
tan cansado que se tumbaba vestido en la cama. Las primeras horas, el primer
sueño lo envolvía con su manto. Cuando la imagen de nuestro amor asomaba en
su mente y le abrazaba lento, aumentaba su ritmo cardíaco y le despertaba. Salía
al balcón a respirar aire puro. A veces eran las dos de la madrugada, las tres, tal
vez las cuatro cuando, agobiado por los recuerdos, se metía en la bañera, se
frotaba con el jabón intentando desprenderse de esa desazón, arañándose la piel
sin conseguirlo. Pasaron dos semanas de nuestra marcha, y todo seguía igual.
Las noches largas y frías, dando vueltas en la cama, peleándose con las sábanas.
Perdiendo todas las batallas. No quería olvidarme, tampoco añorarme tanto.
«Siempre el mismo sueño… Te veo a lo lejos. Me miras, te miro y comienza el
juego. Te busco, y no te encuentro. Veo una sombra, la sigo. Eres tú. Mi cuerpo
arde en deseo, me acerco a ti, y te pierdo. ¡Esto es una tortura!», se dijo Nick
furioso consigo mismo.
Salió disparado de la cama. Se vistió y bajó. Aprovechó para revisar papeles,
gastos, lo que fuera con tal de no seguir ahí. Cuando bajó Yon, Maya abría la
puerta. Nick ya había hecho todas las cuentas, rellenado pedidos y comprobado
las neveras. Había vuelto de caminar, gradualmente más rápido, según pasaban
los días. No sabía qué más hacer para engañar a su corazón. Su mente era
realista, lo entendía; su corazón, estúpido, me añoraba. Deseaba verme.
—¡Para! No puedes seguir así. Tienes treinta y dos años, y una vida entera por
delante, si no consigues acabar con ella antes. Desde luego, no lo voy a permitir.
—¿Te has mirado al espejo recientemente? Porque juraría que no lo has hecho.
Eres un muerto viviente.
—¡No seáis ridículos! No es mi mejor época y no me hace falta explicaros por
qué, estabais aquí, la visteis con vuestros propios ojos, y ya no la veis. Fin de la
historia.
Se fue dejándolos con la palabra en la boca. Yon meneaba la cabeza inquieto.
—¿Qué tal está Laura? ¿Cómo lo lleváis vosotros?
—Considerablemente mejor que ellos. No es fácil. No sé cuándo podré
abrazarla de nuevo, tocarla o besarla, pero nos lo pasamos bien juntos aun
estando a cientos de kilómetros. Estamos igual de unidos que si estuviera ahí
sentada mirándome con sus preciosos ojos verdes. Me alegra el día con solo oír
el sonido de su voz, no sé por qué ellos no han hecho lo mismo. Se quieren. ¿Los
has visto juntos? Eran dos piezas de puzle que encajaban perfectamente. Seguro
que a Nicolás no le hubiera importado seguir juntos pese a ser una relación a
distancia, y hubiera jurado que a ella tampoco.
—Tenemos que hacer algo.
—¿Qué? No depende de nosotros. Ella tomó esa decisión, no está en nuestras
manos poder cambiarla.
—Es Nicolás. Siempre está ayudando a los demás. Una vez que lo necesita, ¿le
vamos a dejar tirado?
—¿Cómo le ayudamos? ¿Vamos a Barcelona y le ponemos a Isa una pistola en
el cuello para que vuelva?
La miró como el que mira a un desquiciado.
—Déjamelo a mí, ya se me ocurrirá algo. Está Laura. Podrías preguntarle por
ella: cómo está, cómo lleva la separación, si sigue pensando en él…
—Indagaré en la siguiente llamada, y ya te contaré.
Se fue rápida como el viento a atender unos clientes, maquinando una
estrategia para ayudar a su primo. Yon la vio alejarse.
«A veces me da miedo esa cabecita, otras me inspira con sus ideas. ¿Es posible
que se me haya ocurrido algo en tan poco tiempo?», pensó Yon sonriente.
Su mirada preocupada cambió a pícara y juguetona. Había encontrado un
posible modo de unirnos.
27
UN HALO DE ESPERANZA

La siguiente semana hice varios trabajos, apenas vi a Laura. Nos enviábamos


mensajes y audios. Me explicó su encuentro fugaz con Lucas el martes, la poca
importancia que le dio a su ruptura. Según él, no tenían química, no había
chispas, aunque sí buen rollo, pero no el necesario para una relación. Él se lo
esperaba, ya tenía otra conquista entre manos; ella no lo vio venir, se sintió
frustrada por el tiempo perdido pensando en él, y que podía haber disfrutado con
Yon. También me contó algunas de sus locas conversaciones y, entre líneas,
algún detalle de Nick. El jueves, al dialogar durante la videollamada, por un
momento lo tuvo detrás de Yon mientras preparaba una sopa de marisco. Se le
encendió la bombilla y le hizo una foto, pasándomela al minuto siguiente.
La miré durante horas. Dolían más sus cosas buenas cuando solo podía verlo
en mi memoria o en fotografía. Cerraba los ojos y sentía sus caricias, su risa y su
olor en mi piel. Busqué consuelo en esos recuerdos, intentando revivir en
soledad los momentos felices que pasamos juntos. Cuando sentía el calor en mi
piel, abría los ojos, y ya no estaba. Mi mente me superaba constantemente.
El viernes llegué a casa cansada. Dejé las llaves en la bandeja del recibidor y
me tumbé en el sofá. No duré ni cinco minutos. Mi querida amiga vino a
buscarme con dos amigas más: Nuria y Helena.
—¿Qué hacéis aquí? ¿Habíamos quedado?
—No, pero ahora sí.
Bajé la vista intentando morderme la lengua para no decir algo inapropiado.
—Necesito descansar, hoy he dormido cuatro horas. Ha sido un día muy
largo…
—Lo sé, te estábamos esperando en el bar de enfrente.
—¿Me estás acosando? ¿Eres una de esas amigas psicópatas que persiguen a
su mejor amiga? Porque lo estás pareciendo…
—No, contádselo vosotras. Si se lo digo yo, me mandará a tomar aire fresco.
—He llamado a Laura hace un par de horas, me apetecía juntarnos. Hace tres
meses que no nos vemos y esta tarde estrenan Te quiero, imbécil. No sé tú, pero
yo hace mil años que no voy al cine. Ver una comedia romántica con mis
mejores amigas sonaba a idea divertida.
Me di una palmada en la frente, no me lo podía creer.
—¿Me lo estáis diciendo en serio?
Parpadearon e hicieron diversidad de muecas con los labios. Nuria y Helena
eran amigas mías antes que Laura, compañeras de instituto, fieles seguidoras de
las comedias y las lecturas románticas, y amigas incondicionales.
—Sé que estás muy estresada y que conste en acta que es lo primero que he
dicho, pero ya que estamos aquí… Dos horas de descanso no te van a matar.
—Dos horas en el centro comercial, no en el cómodo sofá de mi casa.
—Cerca de la multitud, cruzándote con desconocidos… Sí, esa es la idea.
—Si digo que no, ¿seguiréis ahí mucho tiempo o cerraréis la puerta al salir?
Helena sonrió con chulería.
—No me he puesto tacones, puedo esperar lo que sea necesario. ¿Y vosotras?
Se cruzaron de brazos las tres formando una barrera, de la más alta —Nuria—
a la más baja —Helena—. Y Laura en medio, sin disimular su gozo al notar que
desistí.
—Está bien, si no hay más remedio…
Me puse un vestido corto hasta las rodillas azul marino, cuello redondo, sin
mangas y de tiro amplio. Cogí el bolso negro, a juego con los zapatos. Sin
maquillaje, natural, como hacía a menudo, y el pelo suelto. Laura llevaba una
minifalda negra de tela y un top blanco amplio, de cuello redondo, con los
hombros al aire. Nuria y Helena iban con faldas largas: una estampada en tonos
verdes y con un top blanco de manga corta; la otra lisa, amarilla, con un top
naranja sin mangas. Juntas nos fuimos al centro comercial. La película empezaba
a las ocho y media. Faltaba media hora y teníamos quince minutos de camino.
Yon y Maya coincidieron en el segundo comedor. Servían las cenas. Yon miró
el reloj de pared y luego a Maya, intranquilo porque su hermano no había vuelto.
—Mirar el reloj no hará que venga antes. Ha pasado otra semana y sigue igual.
Yo he hecho mis deberes. ¿Has hecho los tuyos?
—Sí. Aquí está la petición por escrito, falta la respuesta. Todavía se me da bien
falsificar firmas.
—Es como montar en bici: nunca se olvida. Ahora queda convencerle de que
vaya mañana a la reunión.
—Tiene que ir, es el jefe. La asistencia es obligatoria.
Nick asomó por la puerta fatigado, los hombros caídos y mirada fría. Con
disimulo, Maya y Yon se apartaron, pero los caló inmediatamente.
—¿Qué tramáis? Se os nota a una legua. Sea lo que sea, mi respuesta es no.
—Vale. Entonces, cuando vayas mañana a Santa Olaya, no me compres las
entradas para el partido. Quería llevar a Laura. Gracias a ti, tendré que
improvisar.
—¿Mañana?
Se había abstraído en su soledad. No contaba los días porque todos eran
iguales. Admitió su desatino bajando la mirada desganado. Era su obligación.
—¿Hay algún pedido de Vero o Santi? No he recibido nada.
—Sí. Pasa por la oficina de Correos, hay dos paquetes a nombre de Verónica.
Asintió. Se puso el delantal, cogió los ingredientes de la escalivada y comenzó
a hacerla en silencio. Solos la comida y él. Le esperaba una noche agitada, aun
así, no le importaba. El estrés le difuminaba las imágenes en su mente. Si no las
veía bien, sufría menos. Era viernes por la noche, la barra se encendió puntual.
La gente esperaba ansiosa a que les sirviera los cócteles que con tanto talento
hacía.
En Barcelona, la película no estuvo mal, pero mi mente estaba en otro lugar y
con otra persona. Lo echaba de menos con cada abrazo, beso, comentario
sarcástico o tensión de los protagonistas. Todo me recordaba a él. Salimos del
cine. Las chicas dispuestas a cenar en alguna de las pizzerías que había
alrededor, y yo deseando irme a casa. En la salida, mientras discutían dónde
íbamos, yo esquivaba el asunto con la mirada perdida entre la gente. Me
saludaron con el brazo desde la acera de enfrente. No me fijé en quién era, sí en
la cara de asombro de Laura. Sus ojos bailaban sofocados delante de mí.
Intrigada, me giré enfocando mejor la silueta del hombre que me saludaba. Mi
sorpresa fue mayúscula al constatar que era Pol. Le saludé tímida con la mano,
dudando si acercarme a él o no. Él no lo dudó. Dio la vuelta antes de que pudiera
abrir la boca.
—¡Dichosos los ojos! No creía que fuera a suceder, me refiero a lo de vernos
casualmente.
—Yo tampoco, no tan pronto. Es extraño que no hayamos coincidido nunca, y
ahora el azar nos junte de nuevo.
—¿Será una señal del destino? Hace un rato, hablando con mis amigos, me
acordé de ti. A lo mejor ha sido telepatía.
—Es cierto, no me acordaba de que tenías poderes. No te había reconocido sin
barba, te queda mejor este estilo.
—¿Tengo tu aprobación? Me la he quitado hace una hora, antes de venir. Hay
que cambiar.
—Claro, claro… Viernes por la noche, cena con amigos y después de ligue.
Hay que estar bien guapo. Te entiendo.
—No soy muy bueno ligando, tengo que buscar otros modos para que una
mujer atractiva se fije en mí.
—Ya, ya empezamos con tu lenguaje persuasivo.
Me sacó varias sonrisas. Lo reconocía. Era muy bueno coqueteando con una
mujer. Me gustó hablar con él, me extrajo por unos minutos del pozo sin fondo
donde estaba metida. Sus amigos le presionaron para que fuera, hacían cola para
cenar y eran los siguientes.
—¿Quedamos un día de estos? No quiero perderte de vista otra vez.
—Estos días estoy muy liada, no creo que pueda.
—No te estoy pidiendo una cita, no te asustes. Me conformo con una comida.
El restaurante lo eliges tú. El día que te vaya bien, estoy a tu disposición. A ser
posible, antes de que acabe el año.
Meneé la cabeza con otra medio sonrisa. Accedí, era una comida sin
importancia con un hombre de encanto arrollador. Vi en él lo que podía necesitar
para no pensar en Nick: alguien con seguridad en sí mismo, estabilidad y una
locuacidad que hacía desaparecer todas mis angustias.
—El martes tengo un hueco a la hora de comer, quedamos en La Trattoria
Vella. Sé puntual, solo tengo una hora.
Lo confirmamos con dos besos delante de las miradas expectantes de Laura,
Nuria y Helena, las últimas pidiendo explicaciones de quién era, y Laura roja de
rabia, con cara de pocos amigos. Nos sentamos en la mesa y pedimos las pizzas.
Mientras nos servían, les expliqué un resumen de mi noche con Pol.
—¡Está cañón! ¡Qué suerte tiene la puñetera!
—Sí que tiene suerte. A veces no la apreciamos, la dejamos escapar o la
alejamos de nosotras, y no me refiero a Pol.
—Lo sé. No te sulfures, solo es una comida con un amigo. No tengo ganas de
nada más.
El rato con mis amigas me sacó de la melancolía. Agradecí tenerlas ahí. Poder
contar con ellas siempre era un alivio, pero estaba cansada e imploraba a gritos
poder irme a casa.
—Os agradezco todo esto, pero estoy muerta. Lo digo en serio, estoy
reventada. Mañana me espera un día entre libros y la noche entre curas y
cuidados sanitarios.
—Te acompañamos a casa. Si no te cuidas, la que necesitará curas serás tú.
No me paré a pensar en eso. Por el agotamiento físico, no lo descartaba.
Llevaba días meditando sobre mi vida, mi estado anímico, todo en general.
Después de hacer una lista con los pros y los contras, escogí dejar mi trabajo en
la revista. Tendría más tiempo libre para conocer al hombre que me quitaba el
sueño. Debía contarle a Amanda la decisión que había tomado. Ya descansaría
después.
Me preparé un minidiscurso en mi mente, razonando cada detalle: «El lunes se
lo diré. La semana que viene haré mi último reportaje fotográfico. Durante diez
meses, un año…, lo que tarde en sacarme el último curso que me queda, el más
duro, el que más prácticas tiene y más horas del día me ocupará».
El sábado empezó como cualquier otro día. Caminó por la playa, fue a la lonja
a comprar el pescado fresco, preparó los desayunos e hizo los pedidos a la
frutería y a la carnicería hasta las nueve. Hora de cambiarse y prepararse para
coger el ferri. Yon le siguió hasta la puerta, llamándole antes de que se fuera.
—Ten. Dale esto a Alejandro, me lo ha dado Mario esta mañana.
—Cogeré el maletín y lo pondré dentro. Nos vemos luego.
Antes de las once estaba en el muelle. Se sentó en el banco de piedra, donde
hacía semanas habíamos estado Laura y yo esperando a que viniera el barco, sin
conseguirlo por las inclemencias del tiempo. Observó el cielo azul, con un sol
radiante y luminoso, sin una sola nube que se interpusiera en su camino. La vista
se le fue al puente de Antón, viendo mi imagen reflejada encima de las rocas.
«Veo tu melena oscura ondulada bailando con el viento, tu mirada perdida en
el horizonte, disfrutando de cada instante, absorbiendo el aire y soltándolo
despacio. Veo tu imagen por todas partes… He vivido aquí la mayor parte de mi
vida, ahora bien, cuando cierro los ojos, solo veo esos cuatro días contigo. El
resto de los recuerdos carecen de importancia. Me muero por verte, abrazarte y
decirte que soy adicto a ti, a tus besos, a tu risa, al olor de tu piel mojada, a tus
irresistibles encantos…». El sonido de la sirena anunciando la inminente marcha
del barco desvió a Nick de sus pensamientos.
Subió, se distrajo hablando con su amigo el capitán y patrón del barco. Al rato,
se sentó en una esquina admirando el mar y el vaivén de las olas.
***
—Creo que ahora cambiaremos de narradora, esta parte es muy deprimente si
la cuentas tú. Yo le doy un toque más alegre. ¿Qué os parece?
—Como quieras. A mí me tiene embobada, metida de lleno en la historia. Casi
me pongo a llorar.
—Deprimente: lo que yo decía.
—Esos días estuve muy estresada, mi marido estaba de viaje. Pasaba la mayor
parte del día en la oficina, casi no te vi. Si hubiera sabido que estabas tan mal, te
habría ayudado. Nos habríamos ido de copas. —dijo Amanda.
—No quería ayuda, solo quería superarlo. Cuando me di cuenta de que era
imposible, lo acepté y decidí actuar en consecuencia.
—Te expliqué por encima nuestra estancia en la isla, apenas me oíste. Te
llamaron dos veces en los escasos minutos que estuve en tu despacho. Desistí sin
acabar de contártelo, hasta hoy, y, mirando la hora, me daré prisa en contar. Casi
está la cena preparada.
***
Tenía treinta y dos años, no eran muchos, pero suficientes para sentirse solo.
Antes de conocerla no se lo habría planteado. Ahora, después de haber tocado el
cielo con las manos y saboreado hasta la saciedad el placer de sus besos, la
experiencia le había marcado. El amor perfecto tenía ese poder, y el suyo,
aunque solo había durado cuatro días, lo había sido.
Llegaron a Santa Olaya. Ayudó a su amigo a amarrar la embarcación y se
despidió hasta más tarde. Caminó cinco minutos en línea recta por el paseo
marítimo hasta la oficina de Correos. Una vez que tuvo los paquetes en sus
manos, taciturno, siguió su camino hacia la reunión. Todo el edificio era de la
Policía nacional, del mismo estilo arquitectónico que casi toda la población,
neoclásico.
Entró y saludó a varios compañeros de profesión, y se sentó en la sala a
esperar. La reunión era a las dos, pero había quedado con su amigo Alejandro
para comer a la una. Decidió esperarle allí sentado, viendo cómo era el ambiente
dentro de la comisaría. Miró hacia la oficina de denuncias, había dos personas;
luego, a la de inmigración y ayuda a los viajeros que se hospedan en los
establecimientos de la población, la cola era pequeña, probablemente hurtos y
sustracciones inferiores a cuatrocientos euros. Nada más entrar a mano derecha,
hay un pequeño despacho con ventanilla que recoge carteras y documentos
sustraídos y luego arrojados en papeleras, portales o huecos de ascensor. Allí
estaban más saturados.
Se frotó la frente, los párpados, y echó la vista hacia arriba soplando. En ese
momento apareció su amigo Alejandro, preparado para salir a comer. Se
saludaron con un abrazo y una palmada en el hombro. Le pidió que le guardara
los paquetes hasta que se fuera y salieron en dirección al Bar de Lali, la mujer de
Alejandro. Pidieron y charlaron sobre los últimos quince días. Nick le explicó
brevemente el excitante y fugaz romance que había vivido, y los amargos días
sin ella.
—Siento que no saliera bien, comprendo tu cara cansada y tu desmotivación.
¿Qué llevas en el maletín?
—¡Ah!, se me olvidaba. Me lo ha dado Mario para ti, no sé qué es.
—Tranquilo, informes rutinarios. Volviendo a tu desánimo, quizás esto te
ayude. Ayer recibí un aviso de una vacante en la brigada especial antidrogas de
Barcelona. Pensé en ti. Conversé con el capitán Bonaventura. Me preguntó si
estabas disponible. Le dije que sí, no se lo aseguré, por supuesto, pero le dije que
hablaría contigo. Si lo aceptas, te espera el lunes a primera hora; si no, buscará a
otro. He pensado que a lo mejor te apetecería un cambio de aires, ¿qué dices?
Al principio se quedó a cuadros. Impávido. Enmudeció un instante, al minuto
siguiente y sin meditarlo bien, aceptó.
—Es una buena idea, justo lo que necesito.
—Creía que me lo pondrías difícil y tendría que negociar contigo…
—Ya ves que no. En realidad, me viene de fábula. Necesito movimiento para
escapar de esta sensación que me oprime el pecho. Trabajar es una buena manera
de conseguirlo y en Barcelona…
Miró a su amigo, afectuoso, adivinando su estrategia mientras la camarera les
ponía los platos.
—¿Te ha costado mucho conseguirlo? Lo de la vacante en el cuerpo especial.
No cabe duda de que es cosa vuestra. De todos es conocida tu labia policial.
—No sé de qué hablas. Te he dicho que había recibido un aviso y… ¡Me
conoces demasiado! Yon me comentó lo tuyo con esa chica, y quise ayudar, te
conozco desde crío. Hice una llamada, me pasaron con el capitán. Se acordaba
de ti, de los años que estuviste con ellos, de lo polifacético que eras. Comentó
superficialmente una operación que estaban preparando. Tus servicios les
vendrían como anillo al dedo. Pensé que me había salido la jugada redonda, solo
necesitaba convencerte, pero no me ha hecho falta.
—Llevo días dándole vueltas a mi vida. Quería cambiarla. Dudaba por dónde
empezar, y vosotros lo habéis hecho por mí. Os lo agradezco a los dos.
Acabaron de comer. Satisfechos con el resultado de sus conversaciones, se
dirigieron a la reunión.
Mientras las patrullas de Seguridad Ciudadana se despliegan por la zona, el
comisario reúne en su despacho a los responsables de las diferentes zonas para
conocer de primera mano lo sucedido durante la semana o quincena, y planificar
así la semana siguiente o quincena. En el caso de las islas, era quincena. En el
área de los pueblos colindantes a Santa Olaya, era semanal.
Pasada una hora, salieron los diversos jefes de zona hablando entre sí. Nick
conversó con el comisario sobre su marcha, ya estaba avisado. El lunes a
primera hora saldría un sustituto hacia Santa Marta, solo le quedaba buscar un
vuelo y un apartamento de alquiler.
«Esperaré a llegar al hostal. Conociendo a Yon, es posible que ya lo haya
hecho él, o Maya. El otro día estaban hablando a hurtadillas. Tengo la familia
perfecta. Solo me falta ella. Cuando me haya ubicado bien, la buscaré. Las
distancias se acortan, podríamos tener un futuro juntos», pensó Nick con un halo
de esperanza.
Su mirada perdida en el mar. Esperaba la salida del barco apoyado en la
barandilla y sonriendo ilusionado, imaginando un encuentro con ella.
La noche había sido dura, como siempre en las últimas semanas. Su esencia le
abrasaba la piel. El murmullo de su voz dulce en el oído le seguía estremeciendo
como si lo tuviera delante. La vida sin su amor era un enigma sin solución, una
calle cortada. Se sentía vacía por dentro. Cada día, al despertar, era una batalla
perdida, la mente ganaba y el corazón perdía. Sentada, con un camisón corto de
tirantes color salmón, delante de la cafetera. Un café con sal cogido con ambas
manos. Mirando la taza como quien intenta adivinar su futuro a través de los
posos del café. Sin moverse. No sabe el tiempo que pasó desubicada, solo que
sonó el teléfono y la devolvió a la realidad. Era su madre preguntándole si iría a
comer. No sabía qué contestar. No le apetecía que le sermoneara por la palidez
de su rostro y su notorio cansancio. Comía bien, bebía mucha cantidad de agua,
estaba sana como una manzana. Conocía a su madre: en cuanto la viera, le
recriminaría su estado.
—Me sabe mal, no puedo pasarme a veros. El jueves es el examen, tengo que
estudiar y enviar unas imágenes a Amanda, me llevará unas horas. Cuando me
duche, hacemos una videollamada y hablamos un buen rato, ¿vale?
—No es lo mismo, pero mejor eso que nada. ¿Seguro que estás bien?
Calmó a su madre con respuestas dulces y prometiéndole la videollamada. El
fin de semana entero pasó desapercibido: metida entre libros, limpiando,
haciendo ejercicio y llenando las horas para no caer en la nostalgia.
Prometiéndose a sí misma que lo llamaría o, mejor, se presentaría delante de él,
dejándole sin habla, si todavía la quería. Planeaba y planeaba.
Llegó el lunes por la mañana, reunión oficial en el despacho de Amanda,
momento en el que le comentaría su decisión. Al entrar por la puerta, Amanda
gritaba furiosa a su secretaria, después a un columnista y por último a la persona
que tuviera la mala suerte de estar al otro lado de la línea. Isa sopló desanimada,
parecía un mal día para anunciarle su marcha.
Un columnista de deportes, uno de sociedad, uno de política, un publicista, dos
fotógrafos, dos redactores, junto conmigo, ella y la jefa, completaban la mesa.
Faltaban tres columnistas, dos publicistas y un editor, si no había contado mal.
Era extraño, y eso le hacía un buen motivo de su mal humor.
—Como veréis, no estamos todos. Hay dos bajas por gripe, una por cervicalgia
aguda, un esguince, un accidente doméstico y otra por paternidad, lo que hace
que el día sea muy difícil, y mucho más la semana. Una semana cargada de
reportajes importantes, que, a no ser que nos dupliquemos, será imposible de
realizar. Tenemos un desahucio que cubrir, un tenista que entrevistar, un funeral
de las altas esferas, un empresario en alza que nos concede una entrevista en su
embarcación de lujo, la final del equipo de waterpolo femenino, una firma de
libros en paseo de Gracia y, por último, pero no menos importante, la creación de
un nuevo partido político para las próximas elecciones. Algunos artículos
llevarán más de un día, puede que hasta tres, y no tengo reporteros disponibles.
¡Hasta yo tendré que hacer de reportera!
Al verla tan apurada, yo misma me ofrecí a hacer de reportera y fotógrafa.
—Si quieres, puedo hacer las dos cosas. Por ejemplo, en el desahucio o en la
firma de libros. Puedo fotografiar y cubrir la noticia.
—Te lo agradezco, Laura. Te encargarás de las dos. Una es mañana y la otra el
jueves, te dará tiempo. Yo iré al funeral con Arnau. Andrea y Salvador irán a la
final de waterpolo, salís mañana y volveréis el viernes. Omar y Nerea, tendréis
que hacer numerosas entrevistas durante dos días a los componentes más
famosos del nuevo partido o, como mínimo, a los que más seguidores tienen. Y
tú, Isabel, cuento contigo para ver en imágenes el yate de lujo de Arturo Yáñez.
Sale el viernes del puerto, en dirección a Mallorca. Pregúntale a Nina la hora y el
lugar exacto donde te esperarán. Clara, tú mañana irás al club de tenis. Le harás
las fotografías jugando y el miércoles la entrevista comiendo. El viernes necesito
publicar esa columna, igual que la del desahucio.
Isa abrió la boca para hablar. Suspiró y se puso la mano en la cabeza. Esperó.
—¿Alguna objeción? ¿Dudas? Entonces, a trabajar. Preparad lo que necesitéis
y, si os hace falta alguna cosa, ya sabéis dónde está Nina.
Se levantaron de la mesa como soldados dispuestos a luchar en el campo de
batalla, excepto Isa y yo, que quisimos hablar a solas con Amanda. Sabía lo que
Isa iba a decirle. A mí no me importó esperar, y a ella no le importó que me
quedara.
—Tengo que hablar contigo sobre mi trabajo aquí.
No sabía por dónde empezar para que el cubo de agua no estuviera tan frío
cuando le cayera por encima. Conocía los prontos que le entraban con las malas
noticias. Respiró hondo y se lanzó al ruedo. Nuestra querida jefa se le adelantó:
—No te lo tomes a la tremenda. Aunque estés dos días tú sola en alta mar, no
deja de ser una buena oportunidad para descansar y disfrutar de una vida de lujo.
Sé que el jueves tienes los finales y creo que este artículo te podría venir bien
para respirar aire puro, como un fin de semana de relax, comiendo, bebiendo,
tomando el sol y… trabajando. Ya me lo agradecerás cuando vengas.
—No es eso. Espero que seas tú quien no se lo tome a la tremenda. He
decidido tomarme un tiempo sabático. Lo he meditado mucho, créeme. Lo
necesito. Calculo que serán diez meses, un año tal vez. Quiero priorizar el último
año de carrera. Las prácticas me ocuparán la mayor parte del día, y el trabajo de
grado ocupará el resto.
—¿Te vas? ¡Ahora no, me falta personal! No puedes hacerme esto, soy tu
amiga. No sé qué te ocurre, pero…
—Porque eres mi amiga, deberías entenderme. Haré el trabajo, pero será el
último. Me llevará toda la semana que viene, para entonces ya se habrán dado de
alta casi todos. Si no es así, lo hablamos. Para finales de junio, cojo la
excedencia. Te aviso con antelación.
—¿Y qué harás?, ¿serás enfermera? Será difícil encontrar a alguien como tú en
tan poco tiempo.
—Seguiré haciendo reportajes esporádicos, quizás como freelance. Depende de
lo que tarde en ejercer como enfermera.
—Prefiero no pensar en ello ahora. Me centraré en tu próximo artículo.
Necesitarás un vestido elegante para la noche del viernes. Yáñez preparará una
gran fiesta con invitados de lujo: artistas, deportistas, famosos de alta cuna y
famosillos de la prensa rosa. Dicen que quiere anunciar la fusión de su marca de
decoración con otra europea. Será la más importante de toda Europa y le creará
unos beneficios considerables. Necesito que puedas informar de todo ello y más.
Me explico: habrá tanta gente importante, así que cualquier cosa que escuches o
grabes puede ser noticia, desde un nuevo lanzamiento de un libro o disco a un
cotilleo de ruptura, nuevo noviazgo o un nacimiento, incluso una enfermedad.
De un artículo podrías sacar dos o tres, como el viaje que hicisteis Laura y tú a
esas islas. Sacasteis dos reportajes cuando os pedí uno. Con una chispa de suerte
y tu encanto…
—Me tomas el pelo, ¿verdad? ¿Lo dices en serio?
La miró retándola, corroborándoselo. No se fiaba de su estilo o de sus ánimos,
tenía que estar deslumbrante. Necesitaría vestuario fresco y veraniego, pero
también ropa de abrigo, las noches son frescas en alta mar; y una actitud opuesta
a la que tenía actualmente. Cruzamos las miradas, sin poder eludir la gracia que
me hacía. Su cara parecía un sudoku indescifrable.
En el barrio de les Corts, Nick había llegado puntual a su cita. El capitán
Bonaventura, el teniente Martí y la inspectora García sonrieron al verle. Hacía
más de cuatro años de sus idas y venidas por la ciudad, de sus despliegues de
madrugada, de largas horas de guardia, de buenos y malos ratos pasados juntos.
Se saludaron efusivamente, conversaron y fueron hacia la sala de reuniones.
Eran las ocho de la mañana mientras los agentes de Policía judicial, en otra
sala, se centraban en sus pesquisas para esclarecer los delitos. El comisario y el
capitán reunían en el salón principal a los agentes que iban a participar en el
operativo. Tenían tres días para prepararse, el cuarto entrarían infiltrados y el
quinto comenzarían la misión. Nicolás escuchó atento cada parte de la misión.
Su parte le interesaba más, pero también las de las ocho personas que trabajarían
codo con codo a su lado. En los siguientes días prepararían su tapadera, las
armas disponibles que pudieran tener a mano —sin crear sospechas— y el
vínculo entre ellos. Cuando quedó todo claro como el agua, se fue cada uno a su
mesa y comenzaron a trabajar en ello.
A la hora de la comida se juntaron los tres amigos. El teniente Martí era un
hombre normal, de treinta y tantos, mirada dura, pero sonrisa amable; muy
delgado y fibroso, con varios tatuajes que le cubrían los brazos, perilla negra y
blanca, y el pelo rapado al uno. La inspectora García era una mujer de armas
tomar, con gran carácter, rápida, experta en artes marciales, positiva, risueña y
sarcástica, muy sarcástica; melena bob, morena, ojos azules y boca de piñón.
Nick y ella tuvieron una aventura hace años, rollos aislados, sin ningún objetivo
más que el de pasárselo bien. Cuando parecía que iba a ir a más lo dejaron.
Ninguna relación amorosa podía romper su amistad. Se fueron al restaurante de
la calle de enfrente, donde tantas veces habían comido y tomado algo planeando
una estrategia o el siguiente movimiento en el caso que les ocupaba.
—Había química entre nosotros. Los tres mosqueteros nos llamaban algunos
idiotas.
—Nos compenetrábamos bien. Esos años fueron muy buenos.
—Sí, algunos más que otros.
La ironía se mezclaba con las anécdotas y los recuerdos de sus hazañas. El día
se le pasó volando intentando amoldarse a su nueva vida. Maya, con un talento
envidiable, le había conseguido el mismo piso de alquiler que tenía en el pasado,
la diferencia era que estaba solo. Su compañero de piso se había ido a vivir a
Lisboa dos meses antes. Al terminar pronto su jornada, aprovechó para hacer
unas compras y adecuar el piso a su estilo. Lo justo y necesario, no sabía cuánto
tiempo se iba a quedar en él. Llenó la nevera, el cuarto de baño con productos de
higiene, y guardó su ropa. El armario era pequeño, acabó rápido. Buscó entre los
papeles que le había dado Yon, la dirección de la revista. Al día siguiente, a la
hora de la comida, se presentaría frente a ella.
«Imagino su sorpresa. Abrir sus preciosos ojos anonadada y salir corriendo a
mis brazos. O que me vea y no se mueva, no sepa si besarme o abofetearme por
perseguirla, por seguirla hasta su ciudad, su trabajo. A veces creo que la
conozco, que es un libro abierto para mí, pero la realidad, es que su mente es un
jeroglífico que todavía no logro descifrar y me encantaría poder hacerlo», pensó
Nick mientras cortaba las verduras.
Después de prepararse una cena rápida y fresca, se sentó a ver la televisión
deseando que pasaran las horas como estrellas fugaces, veloces; que, en vez de
las once de la noche, fueran las once de la mañana o mejor la una, hora en que
cogería el metro y se presentaría en la puerta de Variedades.
Orgullosa de haberle comentado a Amanda su deseo de irse, hablamos al salir
y quedamos la noche del martes para ir de compras y cenar. El lunes por la
noche pasó sin pena ni gloria, viendo a ratos la televisión cuando se cansaba de
estudiar. Desganada. Triste.
«Estoy saturada de tanto libro, amuermada, ya no me entra nada. No sé si
comer algo más o tumbarme en la cama. Qué ganas tengo de que sea el jueves
por la tarde o, mejor, dentro de quince días cuando haya terminado en la revista
y vaya a verle. No sé cómo explicarle que mi marcha fue un error o que el error
fue dejarlo; que quiero intentarlo, no puedo vivir sin él». Pensando, pensando, se
quedó dormida en el sofá.
Mi noche, como todas desde nuestra vuelta, las pasaba hablando con Yon.
Desde las once, cuando ya habían terminado las cenas, recogido y limpiado la
taberna, hasta las doce y media. Rendidos, con la lengua seca y deseando que el
tiempo pasara para poder volver a vernos. Tenía planeado ir el fin de semana y,
desde que se lo había dicho, estaba emocionado, como un niño pequeño al que le
prometen un videojuego nuevo. Era alentador cómo me enamoraba más de él
cada día que pasaba, con cada conversación que teníamos. El sábado haría un
mes que nos conocíamos. Nuestro cumplemés. Me excitaba solo pensarlo. Nos
veía bailando como aquella noche, celebrándolo con un beso, riendo en cada
giro, en cada pisotón. Me quedé dormida.
Por la mañana vi a Isa en el ascensor y confirmamos la cena de la noche.
—Cuando termine con Flavio, iré a ver a mis padres, el fin de semana no los
vi. ¿Quedamos a las ocho en plaza Catalunya? Hoy tengo el día completito…
—Ya veo, ya… ¿Por eso vas tan guapa?
Iba con un vestido corto de tirante ancho que se cerraba con un lazo atado a un
lado, azul verdoso, con topos diminutos blancos, unos pendientes de plata largos
a juego con una tobillera y una pulsera. Se la veía radiante si no le mirabas las
ojeras.
—¿Guapa? Es un vestido fresquito. Esta mañana, me he levantado sudando y
más sofocada de la cuenta. Estamos a finales de mayo y hace el calor sofocante
de mediados de julio. No sabía qué ponerme para la comida con Pol y no quedan
muy bien las manchas de sudor en las axilas.
—No me acordaba de tu cita con Pol.
—No es una cita. Vamos a comer. No estoy para citas. Me hace reír y olvidar
por un momento mi soledad. Estoy enamorada de Nicolás. Te he contado que iré
a verle y le confesaré lo que siento, que quiero intentarlo. Que él decida…
Estábamos en la puerta de su despacho. Me fijé en su mirada desquiciada y
dulce a la vez. Se notaba que lo había meditado bastante. Después sonreí
pensando: «A lo mejor te sorprende él a ti antes. Lástima no estar ahí para
verlos, sería tan bonito…».
Nos fuimos cada una a nuestros preparativos. Yo salía en media hora a cubrir el
desahucio de un matrimonio de sesenta y cuatro años. Querían echarlos a la calle
por tres meses de retraso en el pago de la vivienda. Los vecinos del barrio habían
convocado una manifestación masiva y no tenía fotógrafo. A mí también me
esperaba un día completito.
A la una y cuarto Isa comenzó a recoger. Pol le había enviado un mensaje, ya
estaba en el aparcamiento. Al salir se encontró con Nina, que le dio instrucciones
para el viernes, una dirección, un nombre de contacto y un billete de vuelta de
Mallorca a Barcelona para el domingo por la tarde. Lo guardó en el sobre que le
había dado Nina y lo puso en su maletín. Al salir, le sonó el teléfono.
28
Y LA RUEDA SIGUE GIRANDO

Miró al frente buscando a Pol. Tardó en encontrar el teléfono entre tanto trasto
metido dentro del maletín. Al fin descolgó. Pol salió del coche y le saludó con la
mano. Ella le devolvió el saludo. Caminó hacia él respondiendo a la llamada.
—¿Diga? ¿Diga?
No se oyó nada al otro lado de la línea. En la acera de en frente, detrás de una
familia con dos niños, Nick se quedó paralizado presenciando una imagen difícil
de digerir. Al verla salir de la revista la llamó. Quería sorprenderla, decirle que
mirase al frente, al semáforo donde estaba apoyado. La familia se le puso al
lado, sin tapar la escena que vino después. Pol la saludaba con un abrazo
cariñoso. Deslizó la mano por su cintura para que le acompañara al coche. Ella
intentando averiguar quién la llamaba, sin devolverle el abrazo, ya que no le
quedaban manos, pero sonriéndole por el encuentro. Nick, angustiado,
consternado, tardó unos segundos en recuperarse. Una respiración profunda y
colgó. Dio media vuelta y se fue. Isa había entrado al coche, cuando molesta
porque nadie contestaba, miró el número que le llamaba.
«¡Es Nick! ¿Nick? ¿Por qué me habrá llamado? ¿Le habrá sucedido algo?», se
preguntó a sí misma preocupada.
Marcó su número, no recibía respuesta. Volvió a llamar, nada. Le faltaba el
aire. No sentía la música veraniega que había puesto Pol en el coche, solo
escuchaba el tambor de su corazón, cada latido golpeando más fuerte.
—¿Qué ocurre? ¿No te gusta la música? Puedo cambiarla. ¿Qué te apetece
escuchar? ¿Más melódica, pop? ¿Eres roquera tal vez?
Le miraba sin verle, sin oírle. Se cuestionaba el motivo de su llamada. Si le
hubiera pasado algo, o si solo la echaba de menos. Si había sido casualidad, o
había algo más. Insistió por cuarta vez, sin recibir respuesta. Llegaron al
aparcamiento subterráneo más cercano al restaurante. Pol le preguntó si se
encontraba bien, su cara había cambiado de color minutos antes, y no había
vuelto a su estado original.
—Perdona, es que… he recibido una llamada extraña. Me ha descolocado. Lo
siento. Me gusta tu coche, se ve seguro y bonito.
—Dicen que los coches se parecen a sus dueños.
—¿Eso no era con los perros? ¿O con los animales, en general?
Caminaron hasta la entrada del aparcamiento, subieron dos plantas
conversando fluidamente sobre banalidades, que la hicieron cambiar el estado de
ánimo. A cincuenta metros estaba la Trattoria. Entraron y un hombre cuarentón,
de mediana estatura, muy alegre y educado los acompañó hasta la mesa. Les
mostró las cartas y les dejó unos minutos para escoger. Isa pidió solo un plato:
taggliatelle a la carbonara. Pol la acompañó en su decisión y también pidió uno:
ravioli al pesto. Amenizaron la comida con trivialidades y conversaciones de
trabajo. La hora que tenía para comer se le pasó volando. Era lo que más le
gustaba de Pol, su seguridad y elocuencia, con un toque enigmático y galán que
la trasladaba a otro lugar donde no existían las preocupaciones. Volvió a la
realidad cuando pagaron la cuenta y se despidieron hasta otro día.
—¿Quedamos el viernes o el sábado? Podría ser una cita… A ver qué pasa.
—Este fin de semana no puedo, trabajo. No quiero engañarte, no creo que
fuese buena idea tener una cita conmigo, me gusta otra persona. Alguien que
ahora mismo no puedo tener, pero que espero tener algún día. No sería justo por
mi parte darte falsas esperanzas.
—Deja que eso lo decida yo. Sé que pasó algo en las islas… Hasta un ciego
vería que no eres la misma chica de aquella noche en Santa Olaya. Tu risa
abierta en aquella cena iluminaba todo el restaurante. Esa risa ha desaparecido,
la he buscado sin descanso, pero solo he encontrado un par que, juntas, no llegan
a ella ni por asomo. Soy paciente y tenaz cuando me gusta algo, y tú me gustas
mucho. Desde los pies hasta la cabeza, pasando por esas inmejorables caderas.
Si este fin de semana no puedes o no quieres, puedo esperar al que viene. Si
prefieres, quedamos para comer hasta que te convenza de quedar para cenar.
La miró intentando cautivarla y marcando hoyitos en las comisuras al sonreír.
Ella, sonrojada, no supo qué decir. Se sentía halagada por sus piropos. Si no
fuera por esos días con Nick, no lo dudaría un segundo. Era casi perfecto.
—No sé qué decirte, en serio. También me gustas, pero mi cabeza está en otro
lugar, entre libros, trabajo y…
—No sigas. Te dejaré que sigas agobiada en tu mundo esta semana. El lunes
vendré a buscarte para comer a la misma hora que hoy. Elegiré yo el restaurante.
Se aproximó a ella. Le dio un beso suave en los labios, casi un roce. Dio la
vuelta y se fue, saludándola con el brazo. Ella le devolvió el saludo tímida y se
fue hacia el lado opuesto tocándose con la punta de los dedos los labios.
«Cuando hablo con él consigue que me olvide de todo. Te contagia con su
carácter despreocupado. Ojalá sintiera por él lo que siento estando con Nick,
sería todo más fácil». Con ese pensamiento, siguió andando hasta el metro.
Había quedado con Flavio para ver los primeros catálogos antes de la
presentación oficial. Subió al vagón. Miró el reloj del móvil, no le gustaba llegar
tarde a las reuniones, aun siendo informales como esta. Observó el poco espacio
que había entre ella y el resto de los viajeros. Los olores se mezclaban entre sí y
comenzaban a molestarle.
«Dos paradas más y te bajas. Aguanta cinco minutos», pensó tapándose la
nariz y la boca con disimulo.
Bajó casi corriendo, deseando escapar de esa horrible sensación en su garganta.
Al salir a la calle, el aire de polución de la ciudad le pareció supersano, como si
estuviera en la cima del Pedraforca. Respiró hondo, abriendo todo lo que pudo
sus fosas nasales e inundando sus pulmones de aire.
Al centrar la vista en la acera de enfrente, vio a su amigo, le sonrió y fue hacia
él. Entraron en la cafetería y se sentaron al lado de la ventana. Ella se pidió un té
verde a la menta, él lo mismo. Juntos repasaron algunas imágenes digitales que
iban a escenificar en PowerPoint en la presentación. Después ojearon el
catálogo. Entre página y página, levantó la vista para relajar el cuello. Su mirada
penetró directa en un C3 rojo. La silueta de un rostro que veía en sueños estaba
delante de ella. En el asiento de al lado, conducía una hermosa mujer que
conversaba con él y le sonreía burlona. Parecían conocerse muy bien.
«¿Es él? ¡No puede ser!», se dijo a sí misma.
Se restregó los ojos con fuerza. Su mente no daba crédito a lo que sus ojos
veían. El semáforo se puso en verde, el coche avanzó unos metros, imposible ver
ni la matrícula desde donde estaba. Se levantó apresurada, fue hacia la puerta,
dejando a su amigo con la boca abierta.
—¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¿Se te ha perdido algo?
Exaltada, miraba sin ver nada. En pleno ataque de ansiedad, sin poder explicar
su comportamiento, volvió a entrar acelerada.
«¿Me estaré volviendo loca? Primero la llamada y ahora lo veo ahí, en el
semáforo, hablando con otra mujer que parecía ser su novia o una amiga
íntima», pensó Isa cada vez más exaltada.
—¿Estás bien, Isabel? No tienes buena cara.
—Voy un momento al lavabo a refrescarme, se me pasará. Será un minuto.
Lo hizo. Se echó agua en la cara un par de veces. Inhaló. Exhaló repetidas
veces hasta calmarse. Sacudió los brazos moviéndolos en círculos. Se serenó.
Salió como si no hubiera ocurrido nada. Tiempo después terminaron,
despidiéndose afectuosos hasta la presentación la noche del 21 de junio, el
solsticio de verano, en un parador de la Costa Brava.
Pidió un taxi y se fue a casa de su madre. Después del mal rato pasado antes,
no tenía ganas de volver a coger el metro. El tiempo que pasó con sus padres lo
pasaron hablando de la familia, de la salud, del trabajo. Les contó el deseo de
dedicarse a su vocación de enfermera. Sus padres la abrazaron tan fuerte que casi
se caen al suelo.
—¡Por fin te decides! Creíamos que nunca lo harías. Si quieres, ese tiempo que
estés estudiando puedes volver a casa. Imagino que, al no trabajar, te costará más
pagar el alquiler del piso. Podrías venirte aquí una temporada.
—No es mala idea. Pensé que me echaríais la bronca o discutiríais diciendo
que es una locura dejar un trabajo bien pagado. No creí que me abrazaseis así.
—Somos tus padres, queremos lo mejor para ti. Y tú siempre has querido ser
enfermera, no una enfermera cualquiera, sino una de cirugía o UCI. Cuando
operasen a los pacientes o estuviesen graves, los medicarías y les harías las curas
que necesitasen. Esas eran tus tardes después del colegio. Conozco a pocas
personas que, con ocho años, se supieran toda la anatomía del cuerpo humano.
—Tu padre estaba muy orgulloso de ello. Y lo sigue estando.
—De esos detalles del colegio no me acuerdo. Me alegra hablar con vosotros,
sabéis cómo subirme el ánimo. Ahora me voy, he quedado con Laura para ir de
compras. Ya hablaremos.
En veinte minutos nos vimos. Fuimos a varias tiendas de la calle Pelayo y
algunas de Puerta del Ángel. Se compró un vestido precioso y un bikini azul.
Nos fuimos a cenar al restaurante de unos amigos. Durante la cena me explicó
con detalle el buen rato pasado con Pol. Se había relajado, olvidado el dolor que
le oprimía el pecho y el estrés de toda la semana. Le duró poco esa sensación. Su
estado de ánimo cambió al contarme la misteriosa llamada y la extraña visión
que tuvo después.
—¿A qué te refieres con ver a Nick? ¿Nick con otra mujer? ¿Estás segura?
Se me encogió el estómago al escucharlo. Había montado la vuelta de Nick
con Maya y Yon. Queríamos que el encuentro entre ellos fuera fortuito y
romántico. No imaginamos esta situación. Al verla tan acalorada me incomodé.
«Si le digo que ya sabía que estaba aquí, se mosqueará conmigo. Lo de la
mujer no me cuadra, sé lo enamorado que está», pensé extrañada.
—¿Segura? No, solo he visto la silueta, una silueta con la que sueño cada
noche y que he memorizado hasta la última línea. ¿No te parece una casualidad?
Primero recibo una llamada de él y luego lo veo. Creo que todo está en mi
cabeza. Igual me estoy volviendo loca.
—¿Y por qué no lo llamas? Habrá una explicación razonable.
—Lo he hecho cuatro veces. No me ha contestado ninguna. No me puedo
permitir agobiarme más, me centraré en el examen. El viernes tengo el fin de
semana de relax, ¿recuerdas? Cuando regrese, insistiré. Y, si no consigo hablar
con él, cogeré un avión y me presentaré allí. Necesito verle.
Me preocupaba verla así. El plan era que se vieran, se dejaran claro qué sentían
y fueran una pareja normal. Cuando planeamos entre los tres su reencuentro, no
entraba esto en nuestras hipótesis.
Regresamos a casa. Para Isa, la noche fue más corta de lo habitual. El día había
sido intenso, lleno de altibajos. Se sentó en la silla, puso los libros en la mesa del
comedor con mucho interés y ganas de estudiar. El cansancio la superó. Acabó
con la cabeza apoyada en la página 87 del dosier de Comunicación Terapéutica.
El malestar por no contarle que Nick estaba en la ciudad me roía por dentro. Le
expliqué a Yon con detalles el día y los nervios de Isa.
—No sé quién es esa mujer, yo no me preocuparía porque está loco por ella. La
llamada habrá sido un intento de quedar con Isa. No sé cómo lo ha planeado, sé
que lo ha hecho, no ha dejado de hacerlo desde que se fue. Que no le conteste
después… Estaría trabajando, no tiene un trabajo normal. Dudo que en
determinados momentos pueda contestar. ¿Y si la mujer es una compañera de
trabajo? Igual estaba en un caso.
—¿Por qué no hablas con él? Pregúntale cómo ha ido el día, como un hermano
preocupado. Puede que le saques lo que ha ocurrido. Me mata tanto secretismo.
—Haré lo que pueda.
Seguimos hablando de todo un poco: del hostal, de mi reportaje, de la
espontaneidad de Maya, de nuestro tiempo libre y nuestras ganas de vernos. Al
principio estaba histérica, sin embargo, tiene un don para hacerme reír. Acabé
soñando con verle, como siempre. Era extraordinario, dulce y generoso, eso me
hacía desearle aún más.
«Ya queda menos para estar entre sus brazos. Tres días», recordé ilusionada.
El miércoles pasó sin pena ni gloria. Yo editaba, corregía y le daba el último
toque al reportaje del desahucio. Quería dejarlo terminado antes de empezar con
la firma de libros. Salí muy tarde de la oficina y apenas vi a nadie que no fuera el
portero del edificio. Llegué a casa reventada.
Isa se tiró en camisón todo el día dando vueltas de un lado a otro, repasando y
memorizando todo lo que podía. Cuando se cansaba, revisaba las imágenes que
habían escogido para el catálogo por si podía modificar algo. Hablando sola con
la taza de café en la mano, el vaso de té verde o las galletas. Si no sabía qué
comer, comía galletas. Eran las siete de la tarde cuando su estómago no pudo
más. Se fue directa al lavabo. No llegó a tiempo y echó una cantidad
desproporcionada de comida en la pica de lavarse las manos.
«¡Mierda!, lo que me faltaba. Ahora tengo que limpiar todo esto. Era de
imaginar que los nervios derivarían en algo así. ¡Qué mal me encuentro!», pensó
Isa, reconociendo su malestar.
El resto de la noche la pasó entre el lavabo y la cama. Decidió darse una ducha
rápida para despejarse y quitarse el mal olor que desprendía su cuerpo desde los
pies a la cabeza. Se puso unos pantalones de lino tipo bermudas, amplios, pero
con un toque elegante que, sumado a la blusa sin mangas color turquesa, le
daban un toque fresco y veraniego. Se dio un poco de color a las mejillas, ojos y
labios para no parecer un muerto viviente. Cerró la puerta contenta y dispuesta a
comerse el mundo, esperando no vomitarlo después.
Llegó a la Facultad de Enfermería quince minutos antes de que abrieran, una
hora antes de que empezaran los exámenes. Sentada en uno de los escalones, se
relajó viendo las redes sociales. Miraba al cielo de vez en cuando deseando que
se nublara un poco. El calor era asfixiante y todavía no eran las nueve de la
mañana. Tres horas más tarde, más de un litro de agua y dos veces de ir al
lavabo, salió de la facultad. Satisfecha de cómo había respondido las preguntas,
pero angustiada por el ansia de tener el resultado oficial, miró la hora. Eran las
doce. Llamó a un taxi, con un pequeño pero estridente silbido. Lo confirmó con
la mano. Se sentó, indicándole la dirección del centro comercial Gran Vía 2.
«Necesito comprarme los zapatos. Tanto desgaste físico y psicológico ha hecho
que me entre hambre. Acabaré pronto, tengo que prepararme la maleta, el bolso
de mano, la cámara y…», pensó Isa agobiada.
Miró por la ventana soplando, frotándose la frente con la mano. Estaba
contenta porque había alcanzado su meta: los exámenes. El siguiente paso era el
artículo. Pensaba en lo que tenía que hacer y se agobiaba. Deseaba que fuera
domingo, estar en casa de nuevo. No era así, era jueves al mediodía.
Llegó a la primera zapatería, se probó varios modelos. Miraba la foto de su
vestido, luego los zapatos. Nada. Desesperada, se fue a otra zapatería. No sabía
si eran los zapatos o su inseguridad al escogerlos. Decidió pedirme ayuda. Acto
seguido, comenzó el bombardeo de fotos. Zapatos de diferentes colores y
medidas. Sonreí al ver su desesperación. Estaba aburrida esperando a que viniera
el autor. Llegaba con media hora de retraso por un accidente en la ronda de Dalt.
Al fin, después de un rato buscando vimos unos preciosos, tipo sandalia color
plata. Sencillos, casi transparentes, con un tacón de cinco centímetros. Ni muy
grande ni muy pequeño. Con el bolso monedero de diminutos cristales que tenía
Isa, le venía como anillo al dedo. Eso y la gargantilla de plata que su madre le
regaló el año pasado, muy fina, con un corazón de zirconitas azules, a juego con
su vestido azul marino de satén. Me la imaginaba y se me saltaban las lágrimas.
Se me hacía mayor. Estaría en una gala con numerosos famosos, brillando con
luz propia. Me hubiera gustado verla. Ella, en cambio, no parecía muy alegre.
Harta de deambular por el centro comercial, se llenó la barriga en un wok y se
fue a casa.
***
—Perdona que te interrumpa. ¿Qué pasó con Nick? Es que me he quedado en
ascuas. ¿Era él el que estaba con esa mujer? ¿Por qué no le cogió el teléfono?
Debería dejar que Isa se explicara. No es que tuviera que hacerlo, pero, si quería,
estaba en su derecho. —A Amanda le podía el suspense. Necesitaba saber.
—Entiendo que la escena no fue agradable. Él tenía una idea en su mente de
cómo sería su reencuentro. Al verla con otro, la desilusión le dominó, no quiso
hablar con ella. —Clara había dado en el clavo.
—Ahora llegaremos a ese punto, pero fue algo así. En ninguna de las opciones
que barajó en su cabeza imaginó algo semejante. Esta parte la contaré yo.
Estamos en la traca final de la historia. A ver si os gusta el desenlace.
***
La semana de Nick fue agotadora: llena de subidas y bajadas; de esperanzas y
decepciones. Desde el instante en que su mundo se vino abajo al verme con Pol,
se volcó en su nueva misión. No quiso parar ni para coger aliento. No era normal
y sus amigos se dieron cuenta. Todos tienen una vida después del trabajo. Unos
tenían familia, como el capitán Bonaventura o el teniente Martí; otros tenían
pareja o compañero de piso; amigos con los que salir o quedar. Él no. No tenía a
nadie en Barcelona, y su única posibilidad se había esfumado en un abrir y cerrar
de ojos. Se fue tan aturdido que no se fijó dónde iba. Apenas tenía batería en el
móvil, no le importaba. No tenía que llamar a nadie, y nadie le iba a llamar a él.
Caminó sin rumbo por las calles de Barcelona. El azar hizo que la inspectora
García le viera y le recogiera. Iba a ver a un conocido, la ayudaría a infiltrarse en
el operativo. Le insistió varias veces, sin resultado alguno, en que le explicara el
motivo de su desorientación, de su mirada al vacío. Ella, intuitiva, determinó que
era por una mujer. Pasaron la tarde juntos indagando sobre las actividades que
harían para la misión, los recursos de los que disponían y la ropa que
necesitarían.
El miércoles lo pasó entre una reunión y otra con el capitán de la Policía
nacional, el comisario, el capitán de la brigada antidisturbios, el GEI (Grupo
Especial de Intervención), la científica y la unidad canina. Todos de alguna
manera iban a participar en la redada y tenían que preparar y coordinar cada una
de las diferentes posiciones en las que intervendrían.
Las noches eran un laberinto sin salida mirando al techo, intentando entender,
buscando una explicación coherente a esa imagen que quemaba a fuego lento en
su retina. Le torturaba hasta la saciedad, le ofuscaba, haciéndole rabiar como un
gato en el agua. Llegó el jueves, necesitaba acción para borrarme de su mente.
Después de meditarlo bien, se decantó por presentarse de nuevo en la revista. Me
llamaría con antelación y conversaríamos como adultos. Quería estar conmigo
más que cualquier otra cosa en el mundo, pero no quería parecer desesperado.
Hacía dos días pensaba que yo sentía lo mismo por él. Ahora dudaba. Necesitaba
la verdad. La razón podía al corazón y la obtendría cuando volviera de su
misión.
Hizo una maleta ligera, la mayor parte del tiempo llevaría el uniforme de su
tapadera. Aun así, decidió poner un par de mudas. Por la tarde se presentó en la
dirección que le habían dado, junto con sus compañeros. Se miraron entre ellos,
desde ese minuto estarían conectados en todo momento. De noche, de día, en el
lavabo o comiendo.
Cuando llegué a casa dejé las llaves en el recibidor. Me quité los zapatos y dejé
la bolsa en el suelo. Me tiré al sofá unos minutos para descansar, estaba molida.
Me recuperé un poco, entré en el cuarto de baño, abrí el grifo de la bañera. Tras
probar la temperatura del agua, fui al armario y cogí el neceser donde guardo las
toallitas desmaquillantes. No me suelo maquillar, pero hoy era un día especial y
no había dormido apenas. Me restregué toda la cara. Me miré en el espejo, el
cansancio hacía mella en mi rostro. Me desnudé y me deslicé despacio en el
agua quedando sumergida durante unos segundos. Disfrutando de la sensación
placentera que me proporcionaba el silencio y el movimiento de mi piel con el
agua. Habían sido unas semanas muy largas, la tensión se me había acumulado
en la espalda, hombros y cuello. Quizás por eso llevaba unos días con leves
mareos y la sensación de ir caminando por el aire. La noche pasada vomitando
tampoco ayudó a mejorar mi físico. Me enjaboné. Mientras me pasaba las manos
por las piernas, recordé las manos grandes y suaves de Nicolás recorriendo mi
cuerpo. Sus labios húmedos, ligeros como una pluma, atravesando cada rincón
de mi piel. Sentí un hormigueo. Se me erizó el vello de pies a cabeza. De repente
se me encendió la bombilla. Como por arte de magia, recordé que era 28 y me
asaltó una duda respetable. Empecé a contar mentalmente: «16, 17… Vinimos el
4 y estamos…».
Salí del agua y me sequé corriendo. Me vestí con lo primero que encontré. Me
pasé el cepillo, cogí las llaves y el monedero. Cerré dando un portazo. El
ascensor estaba ocupado. Respiré hondo y miré las escaleras. Las bajé de dos en
dos. Vivía en un tercer piso. Cinco minutos más tarde llegué a mi destino, y en
otros cinco, a casa de nuevo. Abrí la puerta con fuerza y la cerré con el pie. En
mi mente, no dejaban de revolotear las mismas palabras constantemente: «Puede
ser. No puede ser. ¿O sí?».
Abrí la caja. De tanto correr y la excitación, mi metabolismo se aceleró, no
tuve problemas a la hora de orinar sobre el aparato. No era difícil. Estaba
agachada sin rozar la taza del váter. Con las rodillas en tensión, la mano
temblando y el calorcito de ese líquido amarillento traspasando las puntas de mis
dedos, mojando el test digital. Lo dejé apoyado en el sanitario, me limpié las
manos con jabón y soplé. Miré descolocada al aparato. Arqueé las cejas, ni
siquiera lo había pensado. Esos días con él, las veces que lo hicimos sin ningún
reparo, sin protección y sin parar a pensar en ello. Volví a mirar la prueba. Ya
estaba hecho, quedaba esperar.
29
¡SORPRESA!

Esos dos minutos se me hicieron eternos. Me dieron para morderme las uñas,
tirarme del pelo, darle tres vueltas al piso y cambiarme de ropa. Volví al lavabo,
cogí el test, mis ojos se encallaron en el resultado. No podía abrirlos más,
tampoco cerrarlos. Me quedé en blanco. Tardé en reaccionar y, cuando lo hice,
no sabía si alegrarme o ponerme a llorar; si gritar como una loca o tirarme en la
cama y no hacer nada. Después del primer impacto me senté en el sofá, seguía
teniendo el test en la mano, mirándolo a ver si se lo pensaba mejor y cambiaba el
resultado. Pero no, seguía diciendo que estaba embarazada. Embarazada de
Nicolás. Me quité la camiseta de tirantes básica y me bajé un poco la cintura de
los shorts deportivos. Fui otra vez al cuarto de baño. Observé la forma de mi
vientre, intentando asimilar la inesperada noticia.
«Cuatro días contigo y ahora ahí dentro hay un bebé… nuestro. Con lo
protector y familiar que es, cariñoso, cercano, y a la vez tan serio, cabezota y
extraño. ¿Por qué no me ha devuelto las llamadas? ¿Sería él el que estaba con
esa mujer? ¿Y ahora qué hago? Acabo de despedirme del trabajo, el curso
empieza en septiembre y debería de estar de parto en… ¿febrero?», pensé en
todo, sin saber muy bien qué hacer.
Me puse la camiseta de nuevo. Me eché un vaso de zumo de melocotón que
dejé en la mesita cuadrada de la terraza. Me senté en la silla plegable gris
antracita, a juego con la mesa. Meneé la cabeza queriendo ordenar mis
pensamientos, bloqueada, pero increíblemente tranquila, fijándome en las
personas que paseaban por la calle. Había planeado el próximo año a la
perfección. De golpe, el azar me volvía a cambiar los planes. Pasé el resto de la
tarde despistada, en babia. Se hizo la noche. No sabía si llamar a mi madre, a
Laura, a Nick; contarlo todo o si callar, meditar bien el siguiente paso, ir al
dichoso fin de semana de trabajo, que cada vez me apetecía menos, y al volver
escoger. Razonaba los pros y los contras, preparando la maleta de mano y una
mochila con diversos accesorios que necesitaba. Cociné una cena ligera, mi
mente seguía dando vueltas. La eludí un rato viendo las noticias que pasaban en
este mundo inquieto. Después recogí, fregué los platos, preparé el neceser y me
cepillé los dientes. Puse el despertador a las siete de la mañana. Estirada en la
cama, busqué melancólica baladas roqueras en la playlist del móvil. Elegí fin de
semana de trabajo y relax, y el lunes contárselo al universo y sus habitantes.
El cansancio me derrotó. Fui cerrando los ojos casi sin querer y, antes de lo que
tarda una hoja en caer al suelo, me quedé dor