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El vestido de animalitos

Ana odiaba los vestidos nuevos, no le importaba que fueran de


círculos de colores o de figuritas a la moda. Le desagradaban porque
no eran como sus mallones verdes de bolitas, todos desgastados de
las rodillas, o como la falda de mezclilla, que algún día fue azul. Por
eso, se negaba a ponerse el vestido con dibujos de animalitos que la
tía Clara le había regalado.
Le molestaba la serie de vacas que pastaban junto a cuatro cerditos
en una pradera, las tortugas estampadas justo donde quedaba su
ombligo, los conejos que se arrugaban en las mangas, y
especialmente las luciérnagas y mariposas que casi no dejaban
espacios blancos en la tela, y lo peor de todo, sus colores eran
brillantes y nuevos. El vestido de animalitos ya tenía dos meses en el
clóset.
Ana revisaba cada mañana su guardarropa para elegir lo que llevaría
a la escuela, después de pensarlo mucho se decidía, o por las mallas
verdes o por la faldita deslavada, pero cuando Ana se iba a dormir, en
la oscuridad del clóset, se armaba la revolución animal.
-¡Puerquitooo!- se oía el grito del conejo que estaba más apretado en
la manga derecha.
-¿No podrían tú y las vacas ayudarme a bajar de aquí?, ¡Ya siento que
me ahogo!
-¡Muuuu, tortuguitas!- mugía a su vez la vaca dibujada en el extremo
izquierdo de la falda.
-¿Podríamos cambiar de lugar?, porque estoy cansada de pastar en el
mismo sitio.
Pero los animales del vestido del clóset más oscuro del mundo,
apenas podían moverse, debían conformarse por ahora, con vivir
encerrados.
Era entonces, cuando las luciérnagas del vestido, prendían sus
lucecitas para verse las caras mientras platicaban, y se ponían a
recordar los días felices, cuando los duendes del gran bosque salían a
buscar diseños para las telas con las que se fabricarían luego los
vestidos en la ciudad.
Armados con pinceles y botecitos de colores de todos los tamaños, los
duendes recorrían el campo, dibujando en papel las cosas de la
naturaleza, que, por lo general, resultan muy bonitos en los vestidos
de las niñas.
¡Jmj!, que las florecitas moradas con amarillo, que las frutas de los
árboles, que los animales de la granja… , una vez que habían copiado
todo esto, corrían a imprimir en sus telas lo que habían visto.
Pero resulta, que un día, se coló al taller un duende flojo. A Cocofax,
de plano, le daba pereza cargar con el atril y la caja de pinceles. Se
aburría tratando de copiar la naturaleza corrigiendo los detalles y
tratando de igualar los colores.
El verde, siempre le quedaba azul, y el azul fuerte se le pasaba de rojo
y terminaba por volverse morado. Así que, ese día, Cocofax decidió
hacer trampa, y cuidándose de que nadie lo viera, pronunció unas
cuantas palabras mágicas.
En ese instante, todos los animales que tenía a la vista, se convirtieron
en miniaturas. De un solo manazo los atrapó en su bolsa del pantalón,
luego los colocó en la tela y mediante un hechizo los dejó ahí,
estampados. Los otros duendes quedaron maravillados:
-¡Pero qué lindos conejitos!- le dijeron, -casi parece que podríamos
tocar su piel peluda.
-¡Y miren los puerquitos!- expresó otro duende –se ven tan reales que
casi los podemos oler.
El diseño de animalitos fue todo un éxito en la ciudad, los vestidos que
las costureras de la tienda departamental hicieron, se vendieron todos,
el primer día. Fue justo ahí donde la tía Clara encontró el vestido.
-A ver si se me hace ver a Ana con un vestido decente, y no con las
garras deshilachadas con que anda siempre- pensó, y sin dudarlo
más, lo compró.
Pero de todos los vestidos que se vendieron ese día, solo uno seguía
totalmente nuevo y sin estrenar…Ana, no pensaba ponérselo. Los
animalitos del vestido del clóset más oscuro del mundo estaban
desesperados.
Para deshacer el hechizo, era necesario que fueran al bosque otra
vez, que respiraran el aire limpio, y que la dueña del vestido, deseara
soltarlos.
-¡Tenemos que llamar su atención!-, sugirió la tortuguita colocada en la
cintura del vestido.
Primero, intentaron que el vestido cayera al piso, para que Ana tuviera
que verlo, pero por más que se columpiaron todos en la misma
dirección, apenas pudieron mover el gancho que lo sostenía.
Después, pensaron que, si mugían, gruñían y zumbaban todos al
mismo tiempo, lograrían que Ana los oyera, pero como la niña se la
pasaba canturreando mientras escogía su ropa, jamás escuchó sonido
alguno.
Cuando ya estaban a punto de darse por vencidos…tuvieron otra idea.
Durante noches y días enteros, con sólo minutos de descanso, todos
los animales comenzaron a arrastrarse hacia una de las mangas del
vestido, justo la que estaba a la vista al abrir el clóset.
En el largo camino que tuvieron que recorrer, tropezaron unos con los
otros. Se atoraban las patas de las vacas con las colitas enroscadas
de los puercos, y así, a primera vista, el diseño parecía un revoltijo de
pedazos de animales.
Al fin, una noche terminaron, aunque no cupieron todos porque, la
manga era demasiado pequeña. Les dio gusto asomarse al resto del
vestido, y comprobaron que, la falda era casi blanca, excepto por los
pastos verdes que las vacas habían abandonado hasta allá abajo.
Los animales esperaron pacientemente la gran mañana. Ana, abrió la
puerta del clóset, y notó de inmediato algo raro. Se había topado de
frente con un amontonadero de animales que le sonreían un poco
exageradamente desde la manga de un vestido.
-¡Qué raro!- pensó Ana –éste no lo había visto, yo no tenía un vestido
blanco, sino uno horrible, lleno de animales aburridos. ¡Jmj, jmj!, éste
está chistoso, porque no se ve dónde acaba un animal y dónde
empieza el otro.
Y sin más, se lo puso.
El paseo por el parque fue maravilloso para los animales del vestido,
pero sabían que tenían que llegar al bosque para dejar de ser parche
de un vestido. Por lo que escuchaban de la conversación entre la niña
y sus padres, no había plan alguno para salir de la ciudad.
Fue entonces, cuando el puerquito más pequeño, estornudó…
-¡Grf, grf…chiú!
El ala de una de las mariposas le hacía cosquillas en la nariz.
Ana sintió que algo, se movía en su manga, y oyó el alboroto que el
estornudo había causado, por más que los animales trataron de
quedarse quietos Ana los descubrió. Se imaginó que era simplemente
una de esas novedades que los adultos inventan todos los días para
atraer a los niños.
-¿Están incómodos?- les preguntó.
Los animales se hicieron los disimulados, trataron de mantener su
sonrisa de oreja a oreja como si de veras fueran tela, pero estaban tan
mal acomodados que Ana se dio cuenta cuando el puerquito se
enredó en las orejas del conejo rosa.
-¡O me contestan, o me desnudo aquí mismo y los tiro a la basura con
todo y el vestido!- los amenazó Ana, furiosa de tener un vestido que
podía hablar pero que no le contestaba.
La vaca mayor tomó la palabra, acercándose lo más posible a la oreja
de Ana, y tratando de contener los mugidos de llanto, le platicó la
historia de los duendes del bosque. Sin oír más, Ana pidió, suplicó,
lloró, e hizo tal berrinche, que sus papás aceptaron sair al campo.
Ya en medio del bosque, Ana avisó que tenía que ir a hacer pipí, y se
fue derechito hacia una serie de arbustos que la ocultaban de la vista
de todos. Le gustó cómo los animalitos, todos juntos tomaban aire, y
se emocionaban con la idea de volver a casa.
Y entonces, deseó con todas sus fuerzas, que se fueran y la dejaran
sola con su vestido blanco. Ana vio, como poco a poco, las vacas
saltaban hasta el pasto, ayudadas por los puerquitos que
caballerosamente les daban una pata. Observó, cómo los conejos
brincaban por cuello, cintura y falda hasta perderse en el bosque, y
como las tortugas hacían una gran cadena para descender lentamente
hacia tierra firme, mariposas y luciérnagas nada más volaron.
Ya en casa, un poco triste, colgó el vestido en el clóset. Blanco, y sin
animales, ya no le hacía ninguna gracia. A la mañana siguiente, Ana
decidió ponerse…la faldita deslavada. Abrió el clóset…¡ah!, y se le
abrió la boca…¡allí estaban otra vez los animales en el vestido!
Primero pensó, que todo había sido un sueño, luego, descubrió un
recadito bordado por dentro del dobladillo de la falda:
-¡Te dejamos nuestros retratos, gracias!
Entonces supo, que la tela era de verdad, y desde ese día en
adelante, el vestido de los animales se convirtió en su favorito,
especialmente porque ya no era nuevo y tenía una raspadura en la
tela de la manga, justo en el lugar en donde un puerquito, casi se fue
de hocico durante el regreso al bosque.

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