Está en la página 1de 5

ASIGNATURA:

SOCIOLOGIA

ALUMNA:
MERCY LOANY RAMOS VAQUEDANO

USUARIO/CUENTA:
320600003

TEMA:
LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Y SU IMPACTO EN
LA PRODUCCIÓN EN EL MERCADO GLOBAL.

FECHA:
SABADO :28/11/2020
INTRODUCCION
En este trabajo se sintetizan los impactos generados sobre el
mercado de Global. sumado a la apertura de los mercados y a la
expansión acelerada de la globalización, aumentó las posibilidades
de desarrollo en los países industrializados, ya que estos disponen
de una mayor facilidad para adaptarse a los cambios como
consecuencia de sus estructuras organizativas cada vez más
“inteligentes” y ordenadas desde una perspectiva de visión global.
Los cambios producen mareas de especulaciones sobre cómo será
el trabajo y sus condiciones en un futuro cercano. Las empresas
que suelen sortear de la mejor manera estos cambios son,
generalmente, aquellas que poseen políticas claras para la
administración de su personal, que les permita disminuir la
resistencia al cambio y manejar con eficiencia las incertidumbres de
sus colaboradores.
LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Y SU IMPACTO
EN LA PRODUCCIÓN EN EL MERCADO
GLOBAL.

Durante buena parte del siglo XX, precisamente después de la


década de 1950, el mapa laboral y los sistemas de producción
empiezan a verse fuertemente afectados por los avances
tecnológicos y las nuevas formas de producción. Impulsadas
principalmente por la creciente productividad que alcanzaron los
países más avanzados y desarrollados en materia tecnológica, se
produjeron profundas transformaciones en la manera en que se
entendía el trabajo y la producción hasta ese momento. Se llama
tercera revolución industrial a la creciente automatización
electrónica y digital que invadió los lugares de trabajo. Esta especie
de robotización de los sectores impacta en el desarrollo de los
conocimientos de los miembros de la sociedad, pero también
impone nuevos desafíos en términos de perspectivas de
crecimiento. Es decir, lo que nos da posibilidades de desarrollo
implica a su vez el desafío de materializar ese progreso y
transformarlo en algo real, lo cual muchas veces es frustrado por la
falta de planificación general sobre los objetivos específicos, en
otras palabras, la imposibilidad de clarificar el “qué” y el “cómo” y
poder encuadrarlo en un horizonte temporal (Jeremy Rifkin, 2011).
Ahora bien, podríamos pensar que a medida que aumenta el nivel
tecnológico que facilita el trabajo, el individuo podrá ir mejorando la
calidad de vida de su sociedad, ya que si al trabajo “sucio” lo hacen
organismos “inteligentes”, se reduciría considerablemente su
jornada de trabajo, aumentaría su posibilidad de desarrollo personal
y más aún el dinero que se ahorran las organizaciones en utilizar
productivamente la tecnología podría utilizarse para mejorar la
educación de su planta, elevar sus competencias y así contribuir al
bienestar social (Rifkin, 1996).
Si bien postular esto va en contra de la actual sociedad de
consumo, no sería una utopía tan inverosímil. Sí tendría serias
disidencias con la corriente del humanismo ecologista que se
preocupa por la “huella digital” que el avance tecnológico va
dejando en virtud del progreso y la evolución de los sistemas de
producción.
Lo curioso de este desborde de optimismo es que, de producirse
dicho orden, nos estaríamos acercando demasiado a los postulados
generales del marxismo y su lucha contra la alienación social del
trabajo. Un individuo que ya no está sometido a los medios de
producción, ni a la actividad alienante del trabajo, porque a las
labores más duras la realizan las nuevas maquinarias que reducirán
la carga tediosa y automatizarte que degrada, en la rutina diaria, la
libertad de los sujetos. Además, esto podría producirse sin la
necesidad de apoderarse de los medios de producción ni abolir la
propiedad privada. Sería como reafirmar el estilo socialdemócrata o
de una democracia socialista que no se quede a mitad de camino,
sino que proponga una vía alternativa a los nuevos sistemas
productivos y a la nueva realidad a la que el progreso tecnológico
nos ha reducido.
Volvamos a la utopía no tan inverosímil. Según las teorías marxistas
más fuertes y ortodoxas, si cambiamos los medios de producción y
sus relaciones, se produciría un cambio en la sociedad y en la
manera de ver y entender el trabajo que ésta misma considera
como indicada. También el individuo y la sociedad en su conjunto
superarían la deshumanización a la que el “capitalismo salvaje” la
somete. Lo que en el fondo expresan estas teorías es la necesidad
de un cambio o superación del “reino de la necesidad” en el cual
vivimos por un “reino de la libertad” que libere de una vez por todas
al hombre del yugo asfixiante del trabajo rutinario y lo ponga en
contacto de una forma más amigable con la naturaleza, ya no
sirviéndose desproporcionadamente de ella para producir cada vez
más, sino en una relación cordial que permita utilizar lo que se
necesita, renovar lo que sea renovable y sobre todo tomar
conciencia de que lo que se desperdicia hoy, será lo que las futuras
generaciones verán como escaso o extinto. Así, lo importante del
progreso es la humanización del otro, la empatía de lo humano para
lo humano y su equilibrio con el entorno natural (Rifkin, 2010). Vale
aclarar también que idealizar el avance ciego del progreso, sea cual
fuere su naturaleza, va a producir por sí mismo una armonía de la
humanidad es totalmente falaz y simplista.
Por último, podría considerarse un detalle: cómo varía la forma de
entender la globalización y el progreso o la revolución tecnológica
según en qué lugar del mundo nos encontremos. Es posible
preguntarse si el análisis del futuro y los cambios producidos por el
tan ansiado progreso lo experimenta o entienden de la misma
manera un obrero en Bolivia, un estudiante universitario en Francia
o un agricultor en Brasil. Preguntarse cómo asegurar que la
revolución tecnológica de la que estamos absolutamente
convencidos a nivel académico o productivo implica una mejora en
el conjunto de las sociedades del planeta o cómo la nueva era
digital y cibernética facilitarían la vida de una tribu en África. Hay un
consenso general en que la evolución de las comunicaciones facilitó
los procesos de transferencia de información y que redujo en gran
medida la carga de trabajo, pero ¿podrá extenderse a todas las
culturas? ¿Podrá la humanidad ser homogénea y liberar realmente
al hombre de la sumisión al trabajo para alcanzar un nuevo orden
de justicia? O en realidad lo que se producirá será grandes oleadas
de desempleo producto de que lo que antes hacían tres
trabajadores hoy lo hace una máquina con solo un operario… Si
será así, no queda claro todavía. Pero es una realidad que hoy en
día pareciera visualizarse.
De todos modos, es un gran desafío para los nuevos
administradores y los que poseen los medios de producción, un
desafío en términos de responsabilidad social, que piense en el
bienestar social, más que en la sed de ganancias, que vaya más
allá de la ventaja económica sobre bases de desigualdad y de
posicionamiento abusivo del más fuerte sobre el más débil. El
mercado podrá dejar de ser la selva donde el hombre come al
hombre si el avance del progreso se fusiona a las distintas culturas
y formas de vivir de cada sociedad en particular, creando un
“sistema mundo” donde la tecnología, el progreso y el genuino
desarrollo universal sean parte del mismo proyecto.