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(extraído del libro “Amarse con los ojos abiertos” de Jorge Bucay y

Silvia Salinas)

¿para qué estar en pareja?


Usamos nuestros ojos para vernos y reconocernos.
Podemos mirarnos las manos, los pies y el ombligo…
Sin embargo, hay partes de nosotros que nunca nos hemos visto
directamente, como nuestro rostro, tan importante e identificatorio
que cuesta creer que nunca lo podremos percibir con nuestros
propios ojos…
Para conocer visualmente estas partes ocultas a nuestra mirada
necesitamos un espejo.
Del mismo modo, en nuestra personalidad, en nuestra manera de ser
en el mundo, hay aspectos ocultos a nuestra percepción.
Para verlos necesitamos, aquí también, un espejo… y el único espejo
donde podríamos llegar a vernos es el otro. La mirada de otro me
muestra lo que mis ojos no pueden ver.
Así como sucede en la realidad física, la precisión de lo reflejado
depende de la calidad del espejo y de la distancia desde donde me
mire. Cuanto más preciso sea el espejo, más detallada y fiel será la
imagen. Cuanto más cerca esté para mirar mi imagen reflejada, más
clara será mi percepción de mí mismo.
El mejor, el más preciso y cruel de los espejos, es la relación de
pareja: único vínculo donde podrían reflejarse de cerca mis peores y
mis mejores aspectos.

Los miembros. de las parejas que nos consultan pierden mucho


tiempo tratando de convencer al otro de que hace las cosas mal. La
idea es que aprendan a pactar en lugar de transformarse en jueces o
querer cambiar al otro.
Si te muestro permanentemente tus errores, si vivo para mostrarte
cómo deberías haber actuado, si me ocupo de señalarte la forma en
que se hacen las cosas, quizás consiga (quizás), que te sientas un
idiota, o peor, que te vayas de mi lado, o peor aún, que te quedes
para aborrecerme.
Quiero que me escuches con escucha verdadera, con la oreja que le
ponemos al interés, al deseo, al amor. Si en verdad quiero ser
escuchado, entonces debo aprender a hablarte de mí, de lo que yo
necesito, y en todo caso, de lo que a mí me pasa con las actitudes
que vos tenés. Esta sola modificación hará probablemente que te
resulte mucho más fácil escucharme.

Gran parte del trabajo en la terapia de pareja consiste en ayudar a


cada uno a estar siempre conectado con lo que le está pasando y no
con hablar del otro. Es decir, utilizar los conflictos para ver qué me
pasa a mí y para hablar de ello. La idea de esta terapia es ayudar a
dos personas que se fueron cerrando para que puedan abrirse.
Generalmente llegan llenos de resentimientos, de cosas no
expresadas, y la tarea del terapeuta es ayudarlos a soltarse, a decir
lo que tienen miedo de decir, a mostrar su dolor.
¿Cómo ayudar a que dos personas vuelvan a abrirse, a mostrarse, a
confiar? Básicamente generando un clima de apertura en el
consultorio, ayudándolos a aflojarse, a mostrar sus necesidades.
Uno de los objetivos de la terapia es que el encuentro se produzca. Es
verdad que un encuentro no puede forzarse, se da o no se da, pero
hay actitudes específicas que ayudan. Lo que hacemos los terapeutas
es observar qué hace cada uno de los integrantes de la pareja para
evitar el encuentro, con la idea de mostrarles cómo lo impide cada
uno.
La manera de no impedir el encuentro es estar presente, en contacto
con lo que me va pasando. Lo mismo en cuanto a mi pareja; ver qué
está necesitando, cuál es su dolor.
Vemos otra vez cómo los conflictos son una oportunidad para
descubrirme, conocerme, estar en contacto con lo que me pasa y
aprender de ello.

Las parejas consultan porque están haciendo lo opuesto.


Cada vez que el vínculo entra en conflicto, cada uno comienza a
interpretar al otro, a decirle lo que tiene que hacer, a
responsabilizarlo de lo indeseable.
Es norma que este esfuerzo culpógeno, la mayoría de las veces, no
sirve para nada, y las demás veces…, termina por arruinar todo.

La propuesta que hacemos no es novedosa pero sí fundamental:


Recuperar la responsabilidad de la propia vida.

En la práctica, que el que trae la queja de la situación sea capaz de


contestarse a la pregunta: ¿Qué hago yo para que la situación se dé
como se está dando?
Esto NO quiere decir que se haga único responsable de la situación,
pero lo ayuda a revisar sus actitudes.
¿Qué otra cosa podría hacer para generar algo que resultara mejor?

Aquel de los dos que se quede “enganchado” en que el otro es el


culpable y se sienta la víctima de las circunstancias, no evolucionará,
se quedará estancado y frenará la evolución de la pareja.

Es responsabilidad de los terapeutas ayudar a los miembros de una


pareja a dejar de jugar el juego de “pobrecito yo”, para revisar qué
otras posibilidades tienen, para encontrarle a la situación una salida
creativa. Ayudarlos a usar el conflicto para ver qué pueden
desarrollar por sí mismos, descubrir cuáles son los puntos ciegos en
los que se pierden y en qué obstáculos se quedan atascados.

Según nuestra experiencia, esta mirada es la única que los puede


llevar a pensar en sus posibilidades, volverse potentes, en el sentido
de desarrollar potencialidades, sentirse más creativos y, por ende,
libres.

Este es el camino en el que creemos y el que intentamos transmitir.


No esperar ni desear una vida donde no haya conflictos, sino verlos
como una oportunidad para desarrollarse.
Aprender a aprovechar cada dificultad que encontramos en el camino
para ahondarla más, para conectarnos con más profundidad no sólo
con nuestra pareja sino también con nuestra propia condición de
estar vivos.
Fritz Peris solía decir que el 80% de toda nuestra percepción del
mundo es pura proyección… Y cuentan que después de decirlo miraba
a los ojos al interlocutor y agregaba “… y la mayor parte del restante
20%… también”.

Cuando las personas expresan sus quejas sobre lo que les ocurre,
hay que investigar qué es “lo propio” en la persona que se está
quejando .Si a él, por ejemplo, le molesta el egoísmo de su
compañera, puede ser porque se pelea con su propia parte egoísta,
porque no se anima a reconocerla o porque no se da el permiso de
privilegiarse.
Su camino en todo caso pasará por revisar qué le pasa con SU
egoísmo y trabajar sobre eso, dejando que el otro sea como quiera (o
como pueda).

Tomemos otro tema crucial para las parejas: el reparto de tareas. Si


lo que ella necesita es que él se ocupe de determinadas tareas de la
casa, lo que puede hacer es negociar con él para ver qué hace cada
uno y llegar a un acuerdo. Por el contrario, si en lugar de eso ella
gasta su tiempo en demostrarle que es egoísta, y lo compara con su
madre (“que es igual a vos”), no llegará a ningún lado (de hecho no
hay nada peor que mencionar a las madres en las peleas).
Una frase apropiada sería: “Vos podes ser como quieras, pero de
todas maneras pactemos y convengamos quién va al supermercado”.
Abrir el sentido de la comunicación es un camino mucho más efectivo
y sensato que tratar de demostrase lo egoísta o lo generoso que cada
uno pueda ser.

Como terapeutas nos gusta proponer este pequeño “juego”:


Pedimos al paciente en sesión que deje fluir las acusaciones que
guarda contra ese que está sentado enfrente, que deje que se
transformen en insultos: tonto, avaro, agresivo o lo que sea. Lo
alentamos a que se anime, grite, apunte con su dedo índice
acusatoriamente a su acompañante y deje salir los insultos
guardados. Después de unos segundos le pedimos que se quede
inmóvil en esa posición. Ahora dirigimos su atención hacia su mano y
le mostramos un hecho simbólico y muchas veces revelador:
Mientras señala con un dedo al acusado, tres dedos señalan en
dirección a sí mismo… El dedo medio, el anular y el meñique le están
diciendo que quizás él mismo sea tres veces más avaro, tres veces
más tonto y tres veces más agresivo que aquel a quien acusa.
Cuando algo me molesta del otro, casi siempre significa que en
realidad me molesta de mí. Si yo no estoy en conflicto con ese
aspecto, no me molesta que otro lo tenga. De manera que siempre
mi pregunta es: ¿por qué me irrita esto del otro?, ¿qué tiene que ver
conmigo?
Aprovechar los conflictos para el crecimiento personal, de eso se
trata. En lugar de utilizar mi energía para cambiar al otro, utilizarla
para observar qué hay de mí en eso que me molesta.

- ¡Mi egoísmo!! -le gritó Roberto a la pantalla


. …Y apagó la computadora.