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Quienes niegan las vacunas no son estúpidos

Harriet Hall

Ahora tenemos varias vacunas para el COVID-19. Han sido probadas


adecuadamente. Son seguras y eficaces; y a medida que más personas se han
vacunado, las tasas de infección, de hospitalización y de mortalidad han
disminuido. La inmunidad colectiva puede estar a la vista. Vacunarse parece
una obviedad, pero todavía hay muchas personas que se niegan a las vacunas.
Un miembro de mi propia familia dijo: «No entiendo por qué alguien se niega a
recibir una vacuna COVID-19». Creo que lo entiendo, y creo que sería un error
tachar a esas personas de estúpidas o llamarlas idiotas.

Un gobierno autoritario podría exigir vacunas y podría castigar a cualquiera que


no cumpla o difunda información negativa sobre las vacunas. Pero vivimos en
una sociedad democrática que valora la libertad de expresión y la autonomía
personal. “No apruebo lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho
a decirlo”. Si simplemente caracterizamos el rechazo a la vacuna como
«estúpido», no tenemos ninguna razón para interactuar con los que se niegan.
¿Quién querría molestarse en escuchar sus estúpidas afirmaciones? Pero si
tratamos de comprender sus razones para negarse, es posible que podamos
comunicarnos con ellos e influir en algunos de ellos para que acepten la
vacunación.

Quizás la mayor razón para el rechazo es la desinformación generalizada y las


ridículas teorías conspirativas que han estado circulando. (¡No, las vacunas no
colocan microchips de vigilancia en tu cuerpo!) Algunas personas todavía no
creen que la pandemia sea real; creen que nos han mentido. Piensan que las
máscaras son inútiles o incluso dañinas. Algunos piensan que el virus es
inofensivo y que las vacunas están enfermando a la gente. No es suficiente
corregir la información errónea proporcionando información verdadera, porque
no tienen ninguna razón para pensar que la información verdadera es más
confiable que la información falsa que están acostumbrados a escuchar. Existe
una desconfianza en la ciencia y en las autoridades que será difícil, si no
imposible, de superar.

Muchos de los que se niegan desconfían de las vacunas debido a la rapidez


con la que se desarrollaron. No entienden cómo fue posible. Quizás una
discusión exhaustiva de la ciencia subyacente y la forma en que se probaron
las vacunas podría tener la posibilidad de hacerles cambiar de opinión.

Y luego está la política. La visión del mundo y la identidad de algunas personas


están relacionadas con la pertenencia a un grupo político que minimiza la
pandemia y rechaza el uso de máscaras. La presión de grupo y la necesidad
de pertenecer al grupo pueden ser muy poderosas. Puedo entender pero no
puedo perdonar.

Los grupos raciales minoritarios tienen menos probabilidades de ser vacunados


debido a una combinación de desconfianza y falta de acceso. Conocen la larga
historia de prejuicios raciales en la atención médica con incidentes como el
fiasco del estudio de la sífilis de Tuskegee y las disparidades raciales que
continúan hasta el día de hoy. Difícilmente se les puede culpar por desconfiar
del sistema médico. Es probable que la confianza crezca a medida que vean
que más de sus compañeros se vacunan y que los vacunados son ayudados
en lugar de perjudicados.

Algunos de los que se niegan no lo hacen indefinidamente. Están esperando a


ver qué les pasa a los demás. Esto es especialmente cierto para los padres
que son reacios a vacunar a sus hijos adolescentes que ahora han sido
aprobados para recibir la vacuna. Podemos llamar a eso incorrecto, y podemos
llamarlo demasiado cauteloso; pero realmente no podemos llamarlo
irrazonable.

Algunas personas temen que las vacunas puedan tener efectos adversos a
largo plazo. Debido a que son tan nuevas, no lo sabremos en mucho tiempo
todavía. El tiempo lo dirá, pero el peligro real actual de la pandemia supera con
creces las especulaciones sobre la remota posibilidad de daños en el futuro.

Algunas personas que no han sido vacunadas en realidad no rechazan las


vacunas. Algunos dicen que recibirán la vacuna si es necesario, por ejemplo, si
es una condición de empleo. Algunos están postergando las cosas por miedo a
las agujas. Un amigo de mi hija es un buen ejemplo. Sabía que debería
vacunarse, pero siguió retrasándose. Lamentó profundamente su
procrastinación cuando tanto él como su esposa contrajeron COVID-19 y
terminó pasando una semana en el hospital.

Algunas personas no se han vacunado simplemente porque no han tenido una


oportunidad conveniente. No quieren hacer el esfuerzo de buscar un turno para
vacunarse, y no quieren perder su trabajo y sus ingresos. Seguramente hay
cosas que la sociedad puede hacer para ayudar a esas personas.

Hay una razón válida para rechazar la vacunación, pero es egoísta. Si se


vacunan suficientes personas en la comunidad, el riesgo de contraer la
infección disminuirá para las personas no vacunadas. Mientras los demás se
vacunen, los que no se vacunan no tendrán riesgo alguno en lo referente a
posibles efectos secundarios. Ni riesgos y ni pinchazos. Esto tiene mucho
sentido y es un argumento que se ha presentado con frecuencia como excusa
para rechazar otras vacunas; pero es muy poco ético.

Así que creo entender por qué tanta gente se niega a vacunarse. Creo que su
decisión está mal, pero no creo que sea una estupidez. Algunas de estas
personas son inteligentes e informadas (aunque por lo general
están mal informadas) y piensan que su razonamiento es válido (y a veces lo
es). Están haciendo lo mejor que pueden con la información que tienen. Si
entendemos de dónde vienen, es posible que tengamos la oportunidad de
influir en algunos de ellos; otros permanecerán inalcanzables. El problema real
se reduce a una sociedad dividida ideológicamente que ha perdido el respeto
por la ciencia, por las autoridades e incluso por la verdad misma.
Pero hay esperanza. A medida que se vacunen más y más personas, se
activará un efecto de arrastre. Muchos de los que actualmente rechazan la
vacunación querrán unirse y hacer lo que ven que la mayoría está haciendo,
especialmente cuando se den cuenta de lo eficaz que ha sido para reducir las
tasas de infección y tasas de mortalidad.

Harriet Hall
Harriet Hall es médica retirada de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, y
cirujana de aviación, escribe y educa sobre la pseudocientífica medicina
alternativa. Ha contribuido con la revista Skeptical Inquirer y con el
blog Science-Based Medicine. Es autora de Women Aren’t Supposed to Fly:
Memoirs of a Female Flight Surgeon y co-autora del libro de texto Consumer
Health: A Guide to Intelligent Decision (2012).

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