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DE LOS REQUISITOS ESENCIALES PARA LA VALIDEZ DE LOS CONTRATOS

Contrariamente a lo que ocurre con las cosas que son de la naturaleza del contrato, que se
entienden implícitas en los mismos; o en las cosas accidentales al contrato, que pueden ser
incluidas, o no, en forma voluntaria por los contratantes, sin afectar su eficacia; las cosas
esenciales al contrato, dígase, los requisitos esenciales del contrato, deben necesariamente de
concurrir para que el contrato sea eficaz, es decir, capaz de producir efectos jurídicos. La
doctrina1 acepta unánimemente, que los requisitos esenciales del contrato son el consentimiento
de los contratantes, el objeto y la causa.

EL CONSENTIMIENTO
La voluntad es fuente de relaciones jurídicas, en cuanto al contrato se refiere, la ley exige que las
partes intervinientes le den vida exteriorizando una coincidencia de voluntades sobre el objeto y
demás elementos; el consentimiento es el nombre que tiene la voluntad en los contratos, en cual
se manifiesta por ofertas y propuestas de una de las partes y aceptarse por la otra. Son dos
declaraciones de voluntad separadas que necesariamente han de coincidir en las cláusulas del
contrato para que este se tenga por celebrado, prestadas con discernimiento, intención y libertad.
No puede caber duda alguna sobre el consentimiento dado por ambos celebrantes, ya que debe
ser inequívoco.
Diferentes juristas han establecido su propio concepto de lo que es el consentimiento, el cual
analizaremos algunos de ello. El escritor Román Iglesias Gonzales que “el consentimiento es la
congruencia existente entre las voluntades declaradas por lo sujetos, teniendo que existir por
tanto una clara y lógica relación entre la voluntad de los sujetos y la declaración expresa de la
misma, dicha declaración expresa deberá referirse a los efectos más importantes del contrato”
De acuerdo a Luis Manuel Mejan “el consentimiento es el acuerdo de dos o varias personas que
se entienden para producir un efecto jurídico determinado; en este acuerdo el que forma la
convención, base de todo contrato”. Para que haya contrato, es preciso que haya acuerdo, que el
consentimiento emane de todas las partes contratantes, ya que nadie se obliga por su sola

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es el conjunto de enseñanzas que se basa en un sistema de creencias, se trata de los principios existentes sobre una
materia determinada, por lo general con pretensión de validez universal.
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voluntad. El ofrecimiento hecho por el que consiente en contratar una obligación no le afecta de
ninguna manera, mientras no haya acuerdo de voluntades; es preciso además que el
consentimiento sea real. No se sabría si hay consentimiento de parte de una persona que no tiene
voluntad.

El consentimiento está dado por la firma de ambas partes al pie, las rubricas son prueba de la
manifestación precisa de la voluntad de los celebrantes, escritas “según el modo habitual seguido
por la persona en diversos actos sometidos a esta formalidad”

De la capacidad de las partes.

La capacidad es un atributo esencial de toda persona física o jurídica para ser sujeto de derechos
y obligaciones, asimismo, es una aptitud genérica que faculta a realizar todo acto siempre que no
estuviese expresamente prohibido. El consentimiento debe estar exento de vicios e
irregularidades que puedan afectar la voluntad de los contratantes; cualquiera injerencia de estos
vicios, pueden producir la nulidad del contrato.

El consentimiento hace necesario que, quien lo exprese, sea legal e intelectualmente capaz; si el
sujeto es legal e intelectualmente capaz, también lo será para celebrar válidamente actos y
contratos; ahora bien, si se carece de capacidad intelectual, no se tiene la aptitud suficiente para
obligarse ni siquiera naturalmente, como en el caso de un impúber, lo que acarrea la nulidad
absoluta del acto jurídico; en cambio, si se carece de capacidad legal, pero se tiene la intelectual,
lo que existiría es un consentimiento irregular que podrá ocasionar la nulidad relativa del acto o
del contrato, pues tendría que probarse en juicio que dicha irregularidad sí afecta la eficacia del
contrato; de no ser así, --a pesar del vicio--, sería factible la generación de efectos jurídicos.

Por otra parte, cuando la ley prescribe que toda la persona es legalmente capaz, está haciendo
relación a la capacidad de adquirir; la capacidad adquisitiva es inherente al ser humano,
verbigracia: todos tenemos derecho a suceder por causa de muerte, no importando edad,
capacidad intelectual ni requisito alguno. Frente a la capacidad adquisitiva está la capacidad de
ejercicio; ésta es la que faculta a la persona para beneficiarse materialmente del derecho del que
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es titular; así, el heredero impúber adquirirá su herencia, pero no podrá disponer de ella sino
hasta que adquiera la capacidad legal e intelectual que se lo permita, mientras tanto su herencia
deberá ser administrada por quien ejerza la patria potestad sobre él. La incapacidad absoluta y la
relativa o especial se hacen manifiestas únicamente en lo referente al ejercicio de los derechos.

Nuestro Código establece que son absolutamente incapaces los dementes, los impúberes y
sordomudos que no pueden darse a entender por escrito; carecen de capacidad de ejercicio; sus
actos no producen siquiera obligaciones naturales. Son relativamente incapaces los menores
adultos o las personas adultas declaradas en interdicción civil para administrar lo suyo; sus actos
podrían resultar válidos cuando la ley así lo permita.

La calidad de menor adulto resulta científicamente imprecisa, sin embargo, nuestro legislador
fija estos parámetros: los varones mayores de catorce años y las mujeres mayores de doce, dejan
de ser impúberes (Artículo 97 numeral 1º. C. C.). Pero, el Código de la Niñez y de la
Adolescencia ha invertido esta condición cuando prescribe que la adolescencia se inicia a los
doce años en los varones y a los catorce años en las mujeres. Por ser de orden público, esta
norma priva sobre la que relacionamos del Código Civil.

También en el Código de Familia encontramos normas relativas a la capacidad para contraer


matrimonio; en su Artículo 16 se llega a considerar que el matrimonio celebrado entre menores
de diez y seis años se pueda convalidar desde que el cónyuge menor cumpla diez y seis años, o
que la menor haya concebido antes de esa edad. También esta norma es de orden público.

Debemos también considerar los casos de normas especiales que habilitan de edad a los menores
adultos que, por tanto, podrán celebrar válidamente actos y contratos. El Código de Comercio
fija en 18 años la edad para poder celebrar actos de comercio, bastando la autorización de los
padres para su convalidación; del mismo modo, el Código del Trabajo habilita de edad a menores
de 16 años para celebrar contratos de trabajo previa autorización de funcionario competente.
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De los vicios del consentimiento

Los vicios e irregularidades del consentimiento, comprenden una serie de situaciones que pueden
incidir en el comportamiento de las partes, impidiéndoles expresarse con plena advertencia y
libertad al momento de realizar actos jurídicos o celebrar contratos, llegando a causar su nulidad.
Los vicios más importantes del consentimiento son: el error, el dolo, la intimidación y la
violencia.
a) El error.

En términos generales, el error es reconocido por la doctrina como la creencia equivocada que se
tiene sobre una cosa, hecho, persona o derecho. También se le considera como una falsa
apreciación de la realidad causada por la ignorancia o por la equivocación, teniendo siempre
como consecuencia una irrealidad. El error hace presumir la buena fe, excepto cuando recae
sobre el desconocimiento o ignorancia de la ley. El error puede ser de dos tipos: de hecho y de
derecho.

El error de hecho consiste en la falsa apreciación de la realidad que recae sobre situaciones
fácticas, pudiendo recaer sobre cosas, personas o negocios. Es un vicio del consentimiento que
conduce a la nulidad relativa de los actos y contratos; a diferencia del error de derecho que no
puede ser considerado como un vicio del consentimiento. No obstante, el simple error de hecho
no vicia el consentimiento puesto que, para ello será necesario que sea esencial o sustancial, esto
es: que recaiga sobre la identidad del acto o del contrato, o sobre la cosa objeto de los mismos.
Por ejemplo: que uno de los contratantes presuma que está vendiendo y el otro que está
comprando; o, cuando una parte cree que se le debe entregar un carro del año y, quien lo debe
cree que se trata de uno ya usado.

El error en la persona solo viciará el consentimiento en el caso de que su calidad sea la razón
principal del acto o contrato, como el caso en que se contrate una persona para prestar servicios
médicos, cuando esta persona tiene otra profesión; si el error recae sobre el nombre podrá afectar
la eficacia del contrato si no fuere posible su subsanación, pero si la persona es identificable, el
contrato será válido. Para que el error vicie el consentimiento tendrá que ser justo, excusable y
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desprovisto totalmente de mala fe; será excusable cuando se derive de culpa o negligencia
porque ésta, por presunción, no se opone a la buena fe; pero si llegare a probarse la mala fe, el
acto o el contrato tendrá que declararse nulo, ya no por error, sino por dolo.

b) La violencia y la intimidación.

La violencia, al igual que la intimidación, son vicios del consentimiento que también tienen
como consecuencia la nulidad de actos y contratos; en este sentido hay similitud entre ambas
irregularidades. Conceptualmente la doctrina las diferencia en cuanto, la violencia, implica
fuerza física e irresistible, porque no puede ser contrarrestada, que se ejerce sobre una persona,
sus familiares o bienes, con la intención de lograr de ella el resultado deseado; en cambio, la
intimidación, comprende una forma de amenaza o coacción que se ejerce sobre una persona, con
el ánimo de causarle un miedo o temor racional, de que será objeto, él o sus familiares o bienes,
de un grave, inminente y, a veces, irreparable daño, si no se celebra el acto o contrato que
interesa a su autor.

A veces se confunde la intimidación con la violencia moral porque ambas están exentas del
factor físico que lastima, hiere y causa daño material; la intimidación provoca el temor racional,
verosímil e inmediato de que podrá surtirse le daño si no se hace lo que su autor pretende. En
nuestro entender la violencia moral es solo una forma de violencia que no daña físicamente, pero
sí lo hace moralmente.

Si por medio de una golpiza una persona sumamente fuerte, o armada desproporcionalmente,
obliga a alguien a firmar un contrato, éste será anulable por el vicio de consentimiento que
conlleva la fuerza irresistible; si alguien utilizando un revólver conmina a otro a firmar el
contrato amenazándolo de muerte, estará también realizando un acto de intimidación que vicia el
consentimiento y, por tanto, también dará como resultado un contrato anulable.

En todos los casos en que medie intimidación o violencia, habrá que tomar en consideración la
edad, sexo, estado físico o condición de la víctima de tales vicios, así como también la injusticia
e ilegitimidad del acto, y el que resulte determinante para que se lleve a cabo el acto jurídico o el
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contrato. También debemos tomar en cuenta que, algunas veces, estos actos ilícitos pueden ser
obra de terceras personas que actúan por mandato de los verdaderos interesados en su
celebración. Finalmente, como los demás vicios del consentimiento, la violencia o la
intimidación deberán ser aprobadas en juicio para producir la nulidad del contrato, pues son
actos que están contaminados de mala fe.

c) El dolo.

El significado etimológico de dolo nos lleva a todo tipo de acciones, u omisiones, fraudulentas,
de mala fe, mala intención, propósito de causar daño; figuradamente lo podemos entender como
trampa, jarana, triquiñuela, truco, entre otras acepciones. Se reconocen dos tipos de dolo en
materia civil: el grave, principal o causante, el que nos interesa como vicio del consentimiento,
y el incidental u obligacional, que solo son coincidentes con el dolo penal, por cuanto todo dolo
tiene como común denominador la mala fe.

C.1El dolo grave, principal o causante: es el empleado por uno de los contratantes mediante
astucia, palabras insidiosas o cualquiera otra forma de engaño, con la intención de convencer al
otro contratante a que celebre el contrato; es un vicio del consentimiento porque, de conocer esta
persona que está siendo víctima de un engaño, no hubiera celebrado el contrato. Este tipo de dolo
también se manifiesta en los casos de omisión cuando, uno de los contratantes no saca al otro de
un error que se conoce con certeza, pero que aquel ignora. El efecto que produce el dolo grave,
es la nulidad del contrato una vez que es alegado y acreditado en juicio por el agraviado.

Si el dolo grave es empleado por ambos contratantes, o es causado por tercera persona
desconociéndolo los contratantes, no podrá producir la nulidad del contrato, ¿Cómo podrá el
comprador reclamar al vendedor que le está engañando con cierto producto, si le está pagando
con dinero falso?, para que el dolo vicie el consentimiento será preciso:
1º) que sea motivo principal y determinante para que el contrato se llegue a celebrar 2º) que sea
realizado por uno de los contratantes.
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C.2 El dolo incidental2, también comprende acciones u omisiones realizadas de mala fe por uno
de los contratantes, pero éstas tienen por objeto el incumplimiento de sus obligaciones con miras
a causar daños al otro; a diferencia del dolo grave, que ocurre con motivo de la celebración del
acto jurídico, el dolo incidental se manifiesta al momento en que éste debe de cumplirse. El
contrato es perfectamente válido, por tanto, no puede haber nulidad; el afectado solo podrá
reclamar el pago de la indemnización de los daños y perjuicios causados por el dolo. Se
considera de orden público porque no puede ser renunciado anticipadamente por el contratante
afectado: la condonación del dolo futuro no vale. Sí podría ser objeto de perdón una vez que ha
ocurrido, antes no.

OBJETO DE LOS CONTRATOS


El objeto de la obligación será la cosa, servicio, prestación o abstención debida por el deudor;
subjetivamente, consistirá en la conducta del deudor dando, haciendo o no haciendo alguna cosa
y, objetivamente, el beneficio que percibe el acreedor. Si el objeto del contrato es la obligación
misma que contraen los contratantes, para que ésta exista, será necesaria la concurrencia de sus
elementos: sujetos, objeto y vínculo jurídico. De aquí que, el objeto de la obligación coincidirá
con el objeto del contrato: sin objeto no hay obligación ni contrato.

Para que la obligación y el contrato resulten eficaces, tendrá que ser posible y tener valor
económico o apreciación pecuniaria, debe ser lícito, determinado o determinable. Posible, porque
su existencia debe de ser real, sin impedimentos materiales o legales que obstruyan su existencia;
lícito, porque tiene que ser compatible con la ley, la moral y las buenas costumbres; y,
determinado o determinable, cuando pueda identificarse plenamente o sin necesidad de una
nueva convención, el cual el objeto debe estar claramente determinado, porque solo de esa
manera se estará en posibilidad de contraer obligaciones respecto a él, esto quiere decir que los
deberes contraídos por las partes deben estar nítidamente definidos desde que se contrate, o que
puedan definirse con posterioridad.

La prestación debe ser posible desde el punto de vista jurídico; esto constituye la licitud de las
conductas relacionadas con el objeto, tanto desde la perspectiva del ordenamiento en general

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Código Civil de Honduras (1906) Articulo 1561 2do párrafo “El dolo incidental solo obliga al que lo empleo a
indemnizar daños y perjuicios.
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como respecto de la moral y las buenas costumbres. La prestación debe ser posible desde el
punto de vista material, este requisito se relaciona con la existencia física del objeto al que se
obligó el contratante. La existencia del objeto de la prestación puede ser actual o futura, si se
trata de dar cosas estas han de existir en el momento de celebrar el contrato, es decir, serán cosas
presentes. También puede contratarse sobre cosas futuras a condición de que lleguen a existir,
pues si no existieren habría una falla insalvable, lo cual podría dar lugar a un resarcimiento a
favor de la parte perjudicada.

Pueden ser objeto del contrato todas las cosas que están en el comercio de los hombres, como
son las cosas corporales o incorporales que tienen valor patrimonial o económico; las cosas que
carecen de estimación pecuniaria no podrán ser objeto del contrato porque no están al servicio
del hombre, por ejemplo, las constelaciones, los océanos, el aire, etc., o aquellas cosas
incorporales intransferibles e intransmisibles, como los derechos inherentes: alimentos,
pensiones de retiro, usufructo vitalicio, etc. También existen cosas que, por su naturaleza, deben
estar en el comercio de los hombres pero que, por circunstancias especiales no lo están, como los
bienes nacionales de uso público y los bienes embargados o secuestrados.

Artículo 1567 C. C. “Hay objeto ilícito en la enajenación:

1º) De las cosas que no están en el comercio.

2º) De los derechos o privilegios que no pueden transferirse a otra persona.

3º) Lo hay también en la enajenación de las cosas embargadas por decreto judicial, o cuya
propiedad se litiga, a menos que preceda autorización judicial o consentimiento de las partes;
pero aun sin estas condiciones, no podrá alegarse lo ilícito del objeto contra terceros de buena fe,
tratándose de bienes raíces, si la litis o el embargo no se hubieren anotado con anterioridad a la
enajenación.”

LA CAUSA DE LOS CONTRATOS.


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Comúnmente se ha venido aceptando que la causa del contrato es el motivo que tienen los
contratantes para celebrar el contrato, esto es: el por qué debo o el por qué me deben; sin
embargo, ambos conceptos tienen connotaciones diferentes a pesar de que constituyen la razón
de ser de los contratos. La causa viene siendo la razón objetiva del contrato: razón jurídica o
finalidad directa e inmediata que persiguen los contratantes al obligarse a través del contrato, sin
tomar en cuenta quiénes son los sujetos ni los intereses particulares que persiguen, lo que
equivale a la obligación que cada parte contrae al momento de celebrar el contrato.

El motivo viene siendo la razón subjetiva del contrato: la necesidad que mueve a los contratantes
a celebrar el contrato, susceptible de cambios según sean los intereses particulares de los
mismos; este hecho evidencia que el motivo no es semejante a la causa. Por ejemplo: la causa del
contrato de compraventa será la obligación del vendedor de entregar el producto que vende al
comprador, y la del comprador de pagar al vendedor su precio, no cambia, aunque los
contratantes sean otros, o el producto a vender sea diferente; en cambio, el motivo del vendedor
puede ser la necesidad de cambiar el producto por uno nuevo, o la necesidad de agenciarse
fondos y, el del comprador, el obtener algo que necesita para su uso personal o para su negocio.

En los contratos bilaterales onerosos, como el arrendamiento, la compraventa o la permuta, cada


contratante admite un gravamen en beneficio del otro, por lo que cada parte también recibe un
beneficio; la causa consistirá en las contraprestaciones de las partes: el arrendador, en
proporcionar al arrendatario el uso de lo que le pertenece, el arrendatario, en pagar el canon de
arrendamiento. No podemos excluir la causa del acto jurídico; ya sabemos que es uno de sus
elementos esenciales: sin causa no hay contrato. Debemos suponer que todo contrato obedece a
una razón objetiva, a un por qué, de tal manera que, aunque en él no se manifieste en forma
expresa, debe entenderse que es real y lícita; constituye una presunción “juris tantum” que
admite prueba en contrario3.
Como consecuencia de lo anterior, un contrato sin causa no es contrato porque adolece de uno de
sus elementos esenciales para su eficacia; un contrato con causa ilícita o falsa, tampoco lo es,
pues su irrealidad o ilicitud conducen a su nulidad. En el primer caso la nulidad es absoluta por

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Artículo 1572 C. C. “Aunque la causa no se exprese en el contrato, se presume que existe y que es lícita mientras el
deudor no pruebe lo contrario.”
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cuanto hay carencia total de causa; en el segundo, la nulidad es relativa, pues cabe la posibilidad
de ser subsanada. La nulidad es, pues, la sanción que conlleva la inexistencia, falsedad o ilicitud
de la causa. Así, no hay causa si alguien trata de comprar algo que ya le pertenece; tampoco la
hay si se promete pagar algo por una deuda que no existe. En conclusión: la falta de causa o la
causa ilícita producen la nulidad absoluta del contrato; el vicio o falsedad de la causa, su nulidad
relativa.

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