"El río del olvido" Julio Llamazares

Nace el Curueño Atrás quedan, tras las montañas azules que el viajero va dejando a sus espaldas, cuarenta y cuatro kilómetros de curso vertical y casi siempre solitario, varios desfiladeros, una hoz cortada en roca viva por sus aguas, un sinfín de arroyuelos y cascadas y diez o doce valles sucesivos, unos más escondidos y otros más grandes, en los que asientan sus piedras las treinta y tres mínimas aldeas y las tres o cuatro ventas y posadas que se reparten desde hace siglos la fantástica belleza y la pobreza de su cauce y sus montañas. En torno a ellas, y a las escasas gentes que las habitan desde que sus primeros antepasados se establecieron aquí hace ya miles de años -gentes pobres y calladas, hombres con el corazón cansado de tanto trabajar y caminar por las montañas y mujeres con el alma traspasada por la nieve que cae sin compasión en el invierno sobre estos altos valles solitarios-, ha ido poco a poco surgiendo una cultura que el río ha alimentado con sus aguas y los hombres muchas veces con su sangre. Una cultura de nieve, vieja como los árboles, que el río Curueño arrastra poco a poco hacia el olvido lo mismo que ahora el viajero su soledad entre los arándanos. Una cultura de piedra -a la que él pertenece y a la que no ha renunciado- y de bosques solitarios y animados como aquel de allá arriba en el que Curueño nace para correr, como ahora hacen los caballos por su cauce, en busca de la sombra mitológica de Porma, que en las verdes choperas de Ambasaguas está ya, desde hace siglos y milenios, esperándole.

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