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EDITORIAL
Título: Ingair, asesinato en el bosque.
Búran.

© 2021 Víctor Sánchez.


© Idea y grafismo de portada: Víctor Sánchez.
© Diseño de logotipo de colección: Víctor Sánchez.
© Diseño Gráfico: nouTy.

Colección: IRIS.
Director de colección: JJ Weber.

Primera edición junio 2021


Derechos exclusivos de la edición.
© nóu editorial 2021

ISBN: 978-84-17268-59-6
Depósito Legal: GU 81-2021

Esta obra no podrá ser reproducida, ni total ni parcialmente en


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A mis padres, que nunca se rindieron.
A mis hijos, no os rindáis nunca.
A la generación de los anhelos y los sueños rotos,
que nunca nos vamos a rendir.
Prólogo

—No sé cómo todavía dejan pilotar esa chatarra.


—¿Chatarra? Eh, un respeto. Esta maravilla es un
MiG-23, el primer cazabombardero con alas de geome-
tría variable, que puede superar en dos puntos y medio la
velocidad del sonido.
—Ya. Un «Cheburashka»…
Yelena Yarlanova ignoró los despectivos comentarios
del técnico-mecánico que le había tocado en suerte aque-
lla noche de guardia, el bocazas de Treskov. Mientras,
con el casco de vuelo en la mano derecha, pasaba los de-
dos de la izquierda por el perfil alar del aparato, que se ali-
neaba con la pista de vuelo, bajo la cubierta semicircular
del hangar de alerta y control de la Base Aérea de Troitsk,
cerca de Cheliábinsk.
Los mecánicos, y también algunos de los pilotos, apo-
daban «Cheburashka» al MiG 23 porque sus dos tomas
laterales de aire se asemejaban a las orejotas del popular
muñeco infantil. A ella no le molestaba especialmente,
pero nunca lo utilizaba. Estaba enamorada de su avión.
Como hacía siempre, pasó por debajo de los alerones
de sustentación, y tiró de ellos a ver si se movían. Había
pasado por delante de Treskov, que seguía farfullando

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su diatriba contra el modelo, y seguro que ahora le esta-
ría mirando a ella el trasero, que sobresalía y destacaba,
inevitablemente, con los pantalones antigravedad que
llevaba encima del mono de vuelo.
—… Y si es tanta maravilla —proseguía el hom-
bre—, ¿Por qué han destacado una escuadrilla aquí, en
Siberia, al pie de los Urales, donde nunca pasa nada? ¿Y
por qué resulta que todos los pilotos, incluso la jefa de
la unidad, son de los más novatos de nuestras gloriosas
Voyska PVO? Ah, perdón, se me olvidaba que estoy ha-
blando con la hija de la legendaria Anna Yarlanova…
—¡Basta, Treskov! —Se volvió ella con gesto enér-
gico—. No me obligues a utilizar mi rango. No voy a
consentir que se menosprecie al Escuadrón Izgoy, ni
que metas a mi madre en esto. Ya no es militar, ya no.
—Lo sé —dijo el otro agachando la cabeza y con un
tono mucho menos petulante—. Trabaja nada menos
que en Aeroflot, la compañía de bandera de nuestra ama-
da Patria. Es una leyenda, y espero que usted también lo
sea, camarada teniente. Le pido disculpas.
No sabía si esto último lo había dicho con la since-
ridad del arrepentido o solo por hacerle la pelota. Qué
importaba. Yelena ya estaba entrando en la pequeña sala
de pilotos. Solo para oficiales, a la que el impertinente
técnico mecánico no podía acceder sin permiso, y sin lla-
mar a la puerta. Dejó el casco de vuelo sobre la taquilla, y
se despanzurró en el sofá de dos plazas que ocupaba casi
toda la estancia. Había café, revistas, una radio, y hasta un
pequeño televisor, que casi siempre estaba estropeado.
Noche de guardia, noche de aburrimiento, se dijo.
Nunca había alertas de interceptación aérea, y cuando
había alguna, era un ejercicio.

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—Saria llamando a Pamir Uno. Responde Pamir


Uno… Aquí Saria. Adelante Pamir uno. ¿Todo bien ahí
arriba?
—Sí, Saria, justo ahora volvemos a pasar por enci-
ma de nuestra amada Patria. ¿Se ve bien desde ahí fuera,
Svetlana?
—Se ve espectacular, Vladímir Aleksandrovich. De
noche tan bella como de día.
—No es por meteros prisa, pero la reparación de ese
panel debería haber concluido hace rato. La cosmonauta
Savinskaya tiene la reserva de oxígeno al treinta y cinco
por ciento…
—Ya casi he terminado, Saria —dijo la cosmonauta
mientras ajustaba la última sección del fuselaje, y guarda-
ba la llave metálica en su cinturón de herramientas.
—Pero qué… ¿Qué es eso? —Escuchó por la radio a
su compañero Zabenkov—… Igor, busca la cámara de
fotos, y ven a la escotilla. Svetlana, deja lo que estés ha-
ciendo y agárrate a alguno de los asideros. Creo que se
nos acerca un meteoro. Voy a tratar de mover la estación
para situarla de lado. Solo como precaución…
—Saria aquí Pamir Uno. Responde Pamir Uno…
—Ahora no, Saria —Se limitó a decir el cosmonauta
mientras se desplazaba en el vacío hasta los mandos de
traslación de la Salyut 7.
—Es algo muy grande, y va a pasar muy cerca —dijo
Igor Vólikov con la voz algo nerviosa.
—Svetlana, ¿estás bien asegurada? —preguntó Za-
benkov como si no ocurriera nada, al tiempo que movía,

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con ligeros toques, el mando de los impulsores laterales
de la estación.
—Sí, camarada comandante.
Justo entonces, toda la estación vibró como si estu-
viera siendo agitada por un gigante. Muchos objetos se
salieron de sus estuches o habitáculos, y comenzaron a
flotar. Como estaba asido al asiento por los cinturones de
amarre, Zabenkov también temblaba, y se agitaba como
si volara en un viejo Tupolev sobre una tormenta de nie-
ve.
Detrás de él, Vólikov daba vueltas sobre sí mismo
como si estuviera entrenando en la centrifugadora de la
Ciudad de las Estrellas. En el panel de control comen-
zaron a encenderse luces rojas y amarillas, y también se
activó la alarma sonora de emergencia.
Fueron tan solo unos segundos, y luego todo el movi-
miento cesó. Entonces. Solo entonces…
—¿Camaradas, habéis visto eso? —dijo Zabenkov,
con toda la flema y serenidad que pudo reunir.
—¿Visto qué? —le replicó el otro cosmonauta entre
espasmos, mientras buscaba entre el barullo de objetos,
una bolsa para vomitar.
—Svetlana, ¿Estás bien? Dime que lo has visto todo.
—Estoy bien, pero no he visto nada. Cerré los ojos
con el primer fogonazo. ¿Qué ha sido, un meteorito?

Vladimir Zabenkov se tomó su tiempo para respon-


der. Aún recordaba los interrogatorios, y las pruebas
psicológicas, que le hicieron cuando dijo haber visto
algo parecido a seres de luz, que parecían tener incluso

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alas. Respiró antes de responder. Ambos eran sus compa-
ñeros de tripulación. No les podía mentir. Ni tampoco al
control de tierra.
—Dinos, comandante —le insistió Igor—, ¿Qué fue
lo que viste?
Ambos esperaban su respuesta, así que, tas otra pausa,
se lo dijo.
—No creo que fuera un meteorito. Parecía que tenía…
Casco. Además, antes de desaparecer, pareció como si…
Decelerara, y cambiara de posición para enderezarse, y
tomar rumbo a… Saria, aquí Pamir Uno…

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A Yelena Yarlanova se le estaban cerrando los ojos


mientras leía un reportaje de la revista Sputnik sobre la
fauna salvaje de la Taiga, cuando, de repente, se encendió
la luz roja de alarma y comenzó a sonar la sirena intermi-
tente.
Como un resorte, se levantó del sofá, se miró y tocó
todo el cuerpo para ver que llevaba puesto el equipo com-
pleto, incluidos los pantalones antigravedad y las botas.
Tomó el casco de la taquilla, y salió corriendo de la salita.
Eran apenas unos metros, pero los recorrió a zanca-
das, empujando las puertas, y haciendo sonar las suelas
de las botas al doblar las esquinas.
Fuera, el mecánico Treskov, deambulaba de un lado a
otro, sin sentido, como un boxeador vapuleado.
—¡Petia Ivanovich! —Le gritó mientras se ajustaba el
casco sin dejar de correr—. ¡Mi escalerilla! ¡Las calzas de
las ruedas! ¡La lona del motor!

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Como si volviera de un viaje a ultratumba, el mecáni-
co corrió a por la escalerilla, y la colocó justo cuando ella
llegaba.
—¡Las calzas! —Le repitió.
Una vez en la cabina, Yelena saltó sobre el asiento, y
se giró para dejarse caer sobre él. Ajustarse las cinchas y
poner en marcha el aparato era todo lo mismo. ¿Sería un
ejercicio?, pensó. Lo fuera o no, debía estar en el aire en
menos de tres minutos.
No esperó a ver a su mecánico hacerle la señal de
gotovyy. En cuanto el motor empezó a gemir, tiró de la
palanca de potencia con la mano izquierda, y movió el
mando hacia adelante con la otra. El aparato comenzó a
moverse despacio, con lo que estaba claro que su mecá-
nico había quitado las calzas de la ruedas.
Había que hacer un pequeño giro antes de enfilar la
pista de despegue. Aprovechó para terminar de conectar
y comprobar todos los indicadores, y el instrumental de
la cabina: Altímetro, horizonte, radio, estabilizadores,
aerofrenos, timón de cola, Radar Sapfir, buscador de in-
frarrojos, misiles R-23…
—Jefe Izgoy, aquí Torre —Escuchó por los auricula-
res del casco—. Tiene permiso para despegar…
«Ya sé que tengo permiso para despegar, estúpido»,
farfulló ella entre dientes, al detectar la voz de sueño del
controlador de guardia. Sin embargo, se limitó a respon-
der en alto «Entendido, Torre».
Troitsk era una base de helicópteros, y su pista de des-
pegue era de apenas mil trescientos metros, así que debía
extender al máximo sus alas de geometría variable, para
obtener mayor sustentación, despegar a máxima poten-

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cia, y, justo antes de tirar hacia atrás de la palanca para
elevarse, encender el postquemador.
Una vez en el aire, según el procedimiento, debía reci-
bir órdenes del mando de la Defensa Aérea: rumbo y ob-
jetivo. Pasaron apenas unos segundos, lo justo para ganar
altitud, cuando recibió la comunicación por radio.
—Identifíquese, piloto.
—Teniente Yelena Yarlanova, Escuadrón ciento vein-
tiuno de la PVO, nombre en clave Izgoy.
—Camarada Yarlanova, le habla el mando central
del Voyská Protivovozdúshnoi Oborony. No se trata de un
ejercicio, repito, no se trata de un ejercicio. Compruebe
que lleva activado su identificador Drug-Vrag. Diríjase a
la cuadrícula veinticinco, rumbo siete dos siete. Objeti-
vo: Un vuelo no autorizado. Posiblemente un avión espía
amerikanskii SR-71…
Mientras viraba, y ajustaba el rumbo, trató de encon-
trar el modelo en el la lista de objetivos que tenía en el
cuaderno de vuelo de su muslera. Era un avión enorme,
veloz, y supuestamente indetectable al radar. Lo último
en espionaje militar.
—… Nuestros radares lo han detectado al oeste de los
Urales, y Krasnoyasks y Moscú acaban de confirmarlo. Si
es un SR-71, vuela por debajo de su cota y su velocidad
máxima, por lo que puede que sufra algún tipo de avería.
Sus órdenes son interceptarlo, hacerle señales visuales, y,
en su caso, disparos de advertencia, para obligarle a ate-
rrizar como primera opción, o conminarle a abandonar
nuestro espacio aéreo como segunda. ¿Ha entendido las
órdenes, camarada teniente?
—Órdenes entendidas, Mando Aéreo. Permiso para
romper la velocidad del sonido.

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—Permiso concedido.
Yarlanova recogió las alas de su Mig 23 para ofrecer
menor resistencia al aire, y luego encendió el postque-
mador a toda potencia para llevar al aparato a su máxima
velocidad: Match 2.5.

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Tobólsk
Siberia occidental
Verano de 1985

Día 1
Edificio del MVD
9:05 horas

—Tengo un caso para usted, Búran, coja a Klichenko y


vayan a esta dirección —El comandante Mikoyan le pasó
una nota manuscrita con unas señas de las afueras de la
ciudad.
—¿Qué es, jefe?
—Lo tiene todo aquí — Le pasó una carpeta marrón
de las que tenía sobre su mesa, con el sello de «pendien-
te»—. No le digo más. Le va a encantar…
Le despidió con el habitual «puede retirarse», al que,
como siempre, Búran respondía cuadrándose, y con un
«camarada comandante». Casi por la inercia de los años
de servicio, se dio la vuelta como si estuviera de instruc-
ción, y fue hacia la puerta acristalada casi desfilando, con
la carpeta en la mano en vez del fusil.
Era jueves, se dijo, día de reparto.
Al salir del despacho cruzó una breve mirada con la
secretaria de su jefe, la agente Kirbuk.
—Hasta luego, Tanya.
—Hasta luego, Búran.

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Tanya y él se veían a diario, y se trataban con cordia-
lidad, y la debida distancia, pese a que los dos habían sa-
lido un par de veces mientras ambos estaban en la GAI.
No sabía por qué, pero no habían vuelto a quedar desde
que él era operativnik y ella la secretaria de Mikoyan. Ya
no debía de gustarle, nunca se lo insinuaba, ni él a ella
tampoco, y menos desde que llegó, y se fue, Irina Volko-
va. Y aquello había ocurrido el invierno pasado.

—¡Vamos, Klichenko! —dijo a su ayudante nada más


llegar a su mesa.
—¿De qué se trata jefe? —Le preguntó mientras se
apretaba el cinturón y cogía su gorra de plato.
Búran no le contestó, y bajaron las escaleras en silen-
cio, tan compenetrados, que ni se miraban el uno al otro.
En el año escaso que llevaban juntos, su ayudante había
aprendido cuando debía hablar y cuando no.
Ghenady Klichenko era todo un veterano de la Milyt-
sia de Tobólsk, y le quedaban un par de años para jubilar-
se. Era grande, orondo, y desde que no se cuidaba había
desarrollado una barriga que le hacía parecer un tonel.
Todo el mundo le conocía, y a todos les caía bien. Era
dicharachero, locuaz, y siempre tenía una palabra amable,
y una sonrisa para ofrecer. Fue a parar como su ayudante
por abrir la boca en el caso del intruso occidental, y decir
que, cuando era soldado, estuvo destinado en Cuba en el
sesenta y dos. Desde entonces, era el ayudante conductor
del inspector Búran, y ambos se habían acostumbrado
tanto el uno al otro, que ya no querían cambiar.
Klichenko tenía más que admiración por su jefe. Pese
a que no llegaba a la treintena, el inspector Mikhail Ser-

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gueievich Búran, se había ganado un nombre como ins-
pector operativo, y no solo por el caso del intruso. Tenía
fama de áspero porque era un hombre de pocas palabras,
que apenas hacía chistes, al contrario que él, pero tam-
bién la tenía de guapo entre el personal femenino, que
le apodaba krasivyy, porque era alto y fornido, con las
espaldas anchas, las manos fuertes, los labios pronuncia-
dos, la mandíbula prominente, y una media melena muy
a la moda de los ochenta. Como policía, era sistemático,
concienzudo, minucioso y reflexivo; prudente cuando
había que sacar el arma, y a la vez combativo si había
pelea, por lo que también se había ganado reputación
de duro, y por eso sus compañeros varones le llamaban
zhestkiy.
Cuando llegaron al aparcamiento, los dos protestaron
porque su viejo Lada estaba aparcado a pleno sol, y de
su interior parecía salir fuego. Se echaron la culpa el uno
al otro, ambos bajaron la ventanilla con la manivela nada
más sentarse, después de cerrar las puertas. Búran era
un hombre grande y entraba con dificultad en el asiento,
también su ayudante, que estaba tan gordo que su barriga
casi tocaba el volante.
Ah, conducir, pensó, Búran. Si por algo añoraba sus
días de patrulla como oficial de la GAI, era por poder
conducir su propio coche, y no tener que ir en el asiento
del pasajero. Pero tener ayudante conductor era uno de
los privilegios, y también de las obligaciones, de los ins-
pectores operativos.
—Vamos a las afueras de Denisova, Klichenko, coja la
avenida Mendeleeva hasta salir de la ciudad, y luego a la
izquierda.

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—¿Pongo la sirena? —Su ayudante ya tenía la mano
en la palanquita, y le miraba con la ilusión de un niño.
—No será necesario —le respondió taxativo, para su
disgusto.
Mientras llegaban, Búran fue revisando el expedien-
te. A veces se preguntaba de dónde salían todas esas de-
nuncias. Tobólsk era una ciudad tranquila, sin apenas
delincuencia. Desde que le nombraron operativnik, ha-
cía ya un año, apenas había tratado más que con borra-
chos, juerguistas, alguna pelea con lesiones, algún hurto
de propiedad pública, chavales que no querían hacer el
servicio militar, cosas así, y poco más. Ni asesinatos, ni
homicidios, ni violaciones, ni grandes robos, ni siquiera
detenciones políticas. Nada. Quizás fuera mejor aquello,
que el vicio y la depravación de Occidente, que se veía en
las películas del Canal Moscú, concluyó para sí.
Estaban a principios del verano, y toda la ciudad rebo-
saba luz, colores vivos, gente por la calle, alegría, mucha
alegría, y calor, mucho calor. Los niños, que habían aca-
bado el colegio, llenaban las calles de bullicio y griterío,
corrían de un lado para otro, y, por todas partes, el buen
tiempo hacía brotar la actividad, ya fuera en las tiendas o
en el mercado.
Adelantaron al camión que baldeaba las calles, al que
los muchachos retaban para que les enchufara con su
chorro, mientras sus madres hacían cola para comprar el
pan, la leche y las legumbres.
Al salir de la ciudad, conforme dejaban atrás los edifi-
cios y torres de apartamentos de nueva planta, el color y
el olor cambiaban. Los campos aún estaban verdes, había
flores en las lindes, y a los lados de los caminos. A lo lejos,

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el bosque de Ingair se vislumbraba enorme, grandioso,
imponente, con los abetos y los abedules altos y tupidos
que lo cubrían todo.
—Tuerza a la izquierda, Klichenko —ordenó Búran
a su ayudante—, vamos a una granja colectiva que hay
cerca del pueblo de Denisova.
—¿Qué ha sucedido? ¿Se pelean por la cosecha?
Búran negó con la cabeza.
—Al parecer, desde hace unos días desaparece el ga-
nado de noche, y todo coincide, y no se ría, con extraños
ruidos y luces brillantes.
—Qué raro. Nunca he oído que se robara ganado de las
granjas colectivas. Pueden haber sido lobos. Los bosques
siberianos están llenos de ellos. En cuanto a los ruidos y
las luces —se encogió de hombros—… En esos bosques
abundan las criaturas de leyenda: La Dama de las Nieves,
Los Siete Gigantes, el Menk…
A Búran le recorrió un escalofrío al recordar su en-
cuentro con el Almasti en Tunguska.
—No haga bromas con eso, Klichenko —le repren-
dió.
Su ayudante cerró de nuevo la boca, hasta que llega-
ron a lo que parecía su destino aquella mañana.
—Debe ser ahí, jefe, ya no hay nada más.
La carretera terminaba en un camino de tierra, y al
fondo se vislumbraban varias casas de madera, graneros,
y un silo de metal destartalado y roñoso. Todo parecía
abandonado, las maderas viejas, las ventanas rotas, los
metales herrumbrosos. Solo en una casa se veía salir un
hilo de humo por la chimenea. Búran la señaló, y su ayu-
dante volanteó para dirigirse a ella. Al llegar, ambos se
bajaron del coche, y Klichenko se puso la gorra.

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Para llegar a la puerta había que subir un par de escalo-
nes que crujían como si fueran a caerse con su peso, y aún
más con el de Klichenko.
—No llame muy fuerte —le advirtió Búran con una
sonrisa—, o derribará la puerta.
Klichenko llamó un par de veces con los nudillos y se
anunció.
—¡Milytsia de Tobólsk!
Al poco, la puerta se entreabrió con un chirrido, y apa-
reció tras ella una mujer joven, muy delgada, con delan-
tal, un pañuelo en la cabeza anudado al estilo campesino,
y un niño pequeño en brazos.
Klichenko saludó llevándose la mano a la gorra, y Bú-
ran le mostró su placa.
—Buenos días, señora. Soy el inspector Búran, de la
policía de Tobólsk. Hemos recibido una denuncia de esta
colectividad por la desaparición de ganado. ¿Es así?
La mujer asintió. Búran se fijó en que, pese a su ju-
ventud, tenía las mejillas enrojecidas por el sol y el frío,
y unas incipientes arrugas alrededor de los ojos, y en la
comisura de los labios. Eran rasgos como de vejez pre-
matura, sin duda por la dureza de las condiciones de vida
en el campo.
—¿Solo viven ustedes aquí? —La preguntó.
La mujer volvió a asentir y, como notaba la mirada de
Búran fija en su rostro, bajó los ojos, de un precioso azul
celeste, y se apartó un desaliñado mechón de cabello ru-
bio, que asomaba por el pañuelo, para ponérselo detrás
de la oreja.
—Pero esto es una granja colectiva… —Prosiguió—.
¿Dónde están el resto de camaradas?

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La mujer asintió de nuevo, y le volvió a mirar. Búran
suspiró. «Las gentes de campo siempre tan reservadas y
desconfiadas», pensó. Iba a tener que cambiar de táctica,
y utilizar todas sus dotes persuasivas para hacerla hablar.
—¡Hola, pequeño! —dijo al niñito utilizando un tono
de voz intencionadamente infantilizado—. ¿Cómo te lla-
mas?
No sabía si el niño sabía ya hablar, pero, como pareció
fijar sus ojillos azules en la insignia dorada y roja de su
placa de policía, se la acercó para que la pudiera tocar, el
pequeño la cogió con toda la manita, y trató de quedár-
sela. Búran le dejó hacer mientras su madre esbozaba una
tímida sonrisa.
—Es un niño precioso. ¿Cómo se llama?
—Sacha.
Búran se sintió aliviado por dentro. Por fin la había he-
cho hablar, y tenía una voz dulce y deliciosa.
—¿Y usted? —Prosiguió.
—Irina.
Pese a no descomponer el rostro, ese nombre se le
había clavado como un puñal. La campesina se llamaba
como la mujer de sus sueños, la mujer a la que todavía
amaba. Aquella joven traductora de Moscú, que había
conocido en el caso del intruso, y que ya ni le escribía.
Miró de nuevo a la campesina. Incluso físicamente se pa-
recían.
—¿Irina qué más? —Intervino Klichenko, que ya ha-
bía sacado su cuaderno de notas, y tenía el lápiz a punto.
—Irina Semiónovna.
—Bien, camarada Semiónovna —prosiguió Búran—,
¿qué es lo que ha sucedido exactamente?

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—Bueno, desde hace días desaparece ganado por la
noche, sobre todo vacas y cerdos, también alguna gallina.
—¿Sospechan de alguien? ¿Ladrones? ¿Lobos?
La joven campesina no contestó, así que Búran le pre-
guntó directamente por lo que decía la denuncia.
—¿Han visto o escuchado algo extraño?
El pequeño Sacha seguía jugueteando con la insig-
nia, y su madre lo trajo hacia sí con la mano para hacerle
reposar en su hombro mientras esbozaba otra sonrisa.
Búran sabía que era una estrategia defensiva, una forma
de eludir otra vez la pregunta. La mujer se estaba vol-
viendo a encerrar en sí misma, y habría que idear otra
forma de sonsacarla. «Si no, ¿para qué hemos venido
hasta aquí?», se preguntó, templando su impaciencia.
—¡Klichenko!
—¿Sí, jefe?
—Vaya a echar un vistazo por ahí en busca de pruebas.
—¿Pruebas, jefe? —Le preguntó su ayudante, que no
se enteraba de que lo que quería realmente era quedarse
a solas con ella.
—Sí, pruebas —recalcó Búran—. Es una orden.
A veces Klichenko tardaba en arrancar más que su
Lada, pensó, pero no le dijo nada. Cuando su ayudante
se fue, el pequeño Sacha volvió a tirarse a por su insignia
y su madre lo volvió a traer hacia sí.
—Deja en paz al policía, Sacha —le dijo cariñosa-
mente en voz baja. Luego alzó la cara para dirigirse a
Búran—, voy a dejar al niño en su canasto. ¿Es tan ama-
ble de esperar?
Al irse, la mujer entreabrió un poco más la puerta, y
Búran se asomó de forma discreta para ver el interior de

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la cabaña. Tenía lo justo, una cocina de fuego, una mesa
con sillas, no parecía haber teléfono, ni aparato de radio,
y mucho menos televisor. La joven Irina depositó dulce-
mente a su hijo en una especie de cuna hecha de made-
ra con barrotes, sobre unas mantas y al lado de juguetes
hechos de trapo. Luego se recolocó el pelo en el pañue-
lo, y se alisó la falda antes de darse la vuelta para salir de
nuevo, mientras Búran volvía rápidamente a su posición
anterior. «Esta gente es realmente pobre», pensó, «no
puede ser, esto es la Unión Soviética, no un suburbio de
Chicago. El estado no permite que la gente pase penurias,
aunque sean campesinos.»
Cuando volvió a salir, la joven mujer le obsequió con
otra de sus tímidas sonrisas.
—Creo que deberían de hablar con mi marido.
Esa frase era otra evasiva más, pero él la aprovechó
como una oportunidad de seguir con la conversación.
—¿Dónde está su marido?
—Oh, bueno, aparte de labrar la tierra y cuidar el ga-
nado, ahora también trabaja en la mina como voluntario.
—¿En la mina? —Búran desconocía que hubiera una
mina cerca, así que la miró para mostrar interés.
—Sí, en la mina de cobalto que hay allí. —La mujer
señaló por detrás de la casa—. La abrieron hace poco.
Hace unos días.
—Entonces… La granja no da para vivir y por eso
solo quedan ustedes aquí… —Búran tenía que tirar del
hilo como un pescador.
La mujer asintió, pero esta vez con la tez compungida,
como si estuviera a punto de empezar a llorar.

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—Todos se fueron a la ciudad en busca de trabajo.
Solo nos quedamos Igor y yo. Yo estaba embarazada, y
no quisimos movernos de aquí. Si hubieran aguantado
como nosotros… cuando vinieron los de la mina, parecía
que las cosas podrían ir a mejor, pero ahora nos estamos
quedando sin los animales…
La joven granjera comenzó entonces a llorar. Búran
se tenía por hombre recio, pero estaba a punto también
de desmoronarse al verla así, y ver cómo vivía. Justo en
aquel momento, escuchó pisadas rápidas a su espalda y se
volvió. Klichenko llegaba corriendo, jadeante y sudoroso,
tanto por el calor que hacía, como por el carrerón que se
había pegado.
—Jefe, tiene que ver esto.

Cuando regresaron, fue Búran el que golpeó la puer-


ta de la cabaña con tanta energía que parecía que iba a
desencuadernarla. La granjera Irina abrió de nuevo con
el pequeño Sacha en brazos.
—Vamos, camarada, basta de remilgos. Hábleme de
las luces y los ruidos —Su gesto y su tono eran tan incisi-
vos que la joven krest›yanina se llevó la mano a su hijito,
luego al pecho, tragó saliva, y por fin hizo intención de
ponerse a hablar.
—Hace algunas noches vimos luces extrañas en la
montaña, y desde entonces se escuchan ruidos raros.
—¿Luces que se movían, como linternas? ¿Voces de
hombres?
Ella negó con la cabeza y señaló hacia arriba.
—¿Luces del cielo?

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Ella asintió de nuevo.
—Grandes, brillantes y que se movían a la vez.
—¿Podría dibujarlas? —Hizo un gesto a su ayudante
para que le pasara el cuaderno y el lapicero.
—Pasen por favor.
Ella entró primero, y volvió a soltar al niño en el ca-
pazo. Les invitó con la mano a sentarse en la sencilla
mesa. Sin decir nada hizo un trazo bastante tosco de
una especie de triángulo con tres esferas de las que su-
puestamente salía esa luz brillante. Klichenko y él se
miraron.
—Jefe, es un… —Búran hizo un gesto a su ayudante
para que se callara, pero dándole también a entender que
le había comprendido.
—Irina, por favor, hábleme de los ruidos: ¿Eran alari-
dos como los de una bestia? ¿Silbidos como los que hace
el Almasty?
—¿El Menk? —La joven negó de nuevo con la cabeza—.
Son como… como un martilleo rápido: clap, clap, clap, clap.
—Anote todo esto, camarada Klichenko —dijo pen-
sativo mientras ella le devolvía el cuaderno.
—Estos… sucesos, ¿ocurren también de día o solo
por la noche?
—Solo de noche.
—¿También han ocurrido esta pasada noche?
—Todas las noches, pero no faltaba ningún animal
esta mañana.
—Y dígame, camarada, ¿los campos de cultivos tam-
bién son de la colectividad? —No sabía por qué seguía
utilizando esa palabra, si los Semiónov eran los únicos
que la explotaban, y por lo tanto, prácticamente sus pro-
pietarios.

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—Sí, en verano cultivamos maíz y hortalizas para no-
sotros, y también para alimentar a las bestias.
—Camarada, ¿Ha estado esta mañana en el campo de
maíz?
—No, ¿por qué?
—Venga con nosotros, por favor.
Irina echó un rápido vistazo a la casa para ver que su
hijo estaba dentro de los barrotes de madera y, después de
desatarse el mandil de cocinera, salió con ellos. Se la veía
nerviosa, tanto que empezó a apretar el paso hasta ade-
lantarles. Vestía unas sencillas alpargatas, una falda hasta
las pantorrillas que se caía de vieja, y un suéter de manga
corta, deshilachado y lleno de bolas.
Cuando se acercaban al campo de maíz empezó a gri-
tar y a correr, y Búran tuvo que salir detrás de ella para de-
tenerla junto a los primeros cañizales. Trató de hacerlo de
la forma más suave posible, tomándola por los hombros
con delicadeza, pese a que sus grandes manos parecieron
atrapar todo su delgado cuerpecito como si fuera una hoja
de papel.
—No se asuste. No es nada —dijo para tranquilizar-
la—. Es importante que no toque nada. Déjelo tal y como
está.
—Pero… ¡Es nuestra ruina! ¿Dónde está todo el maíz?
Búran no sabía qué decir. Ante ellos, el cañizal se abría
en un arco hacia los lados, con varias líneas perfectamente
rectas en las que los tallos habían sido aplastados o cor-
tados por la base, y en el centro parecían abrirse grandes
círculos compuestos de la misma manera.
—Klichenko —dijo a su ayudante—, cuando volva-
mos a la oficina tiene que pedir la Zenit y varios carretes,

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y solicite el camión grúa de los bomberos para hacer fo-
tografías desde arriba. Hay que documentar todo esto.
Mejor hoy que mañana.
—Sí, jefe.
Los tres se quedaron mirando como absortos.
—¿Quién ha podido hacer esto, inspector? —Le pre-
guntó asustada la mujer.
—No lo sé.
Todavía seguía con las dos manos sobre sus delgadí-
simos hombros, así que pudo notar perfectamente que
la joven no solo estaba en los huesos, sino que también
temblaba. La dio la vuelta con la mayor delicadeza que
pudo, para mirarla a los ojos.
—¿Cuando regresa su marido?
—No lo sé. A veces se queda doble turno. La mina no
descansa nunca y… Necesitamos el dinero.
—¿Tiene miedo?
La joven campesina le clavó sus ojos azules, y luego
bajó la mirada con vergüenza. No hacía falta que respon-
diera. Se percató de que aún la tenía agarrada, así que la
soltó, y ella se lanzó contra su torso para comenzar de
nuevo a llorar, por lo que no tuvo más remedio que hacer
como que la abrazaba.
—Escuche, antes de que caiga la noche enviaré un co-
che patrulla para que se quede aquí fuera vigilando hasta
el amanecer, ¿de acuerdo?
Entre lágrimas, Irina Semionovna esbozó otra de sus
tímidas sonrisas, y de sus labios salió un casi impercep-
tible «gracias». Búran la soltó de nuevo, y Klichenko y
él se dieron la vuelta para regresar al Lada. Al hacerlo,
reparó en que a unos doscientos metros había una gran

27 �
cantidad de chatarra de coches, demasiada para ser de
una explotación agraria y ganadera.
—¿Eso de ahí también es suyo? —Le preguntó desde
la distancia.
—Oh, las tierras pertenecen a la colectividad. Ahí es
donde plantábamos las patatas, pero este invierno em-
pezaron a venir a tirar chatarra, y mire cómo lo están
dejando.
—¿A tirar chatarra? ¿Quién?
—Hable con mi marido.
Búran desistió de seguir preguntando más para no en-
trar de nuevo en otro bucle justo cuando ya se iban.
—¿Hay algún teléfono cerca?
—Los Hoflanev viven a un par de kilómetros. Ellos
tienen muchas cosas, frigorífico, batidora, televisor, y
también teléfono.
Búran sacó del bolsillo de su camisa una tarjeta con el
número de la Militsya, apuntó con lápiz su extensión, y
se la dio.
—Llámeme si ocurre algo. Dobroye utro, camarada Se-
mionvna.
—Dobroye utro, inspector Búran.
—¡Vámonos, Klichenko!

Mientras volvían en el coche, Búran no podía dejar de


pensar en lo pobres que eran en aquella familia. Una mu-
jer tan joven, incluso bonita, pero tan escuálida, con la
cara triste, y que apenas podía sonreír.
—¿Piensa lo que yo, camarada inspector? —Su ayu-
dante le sacó de sus pensamientos.

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—¿Eh? ¿Sobre qué?
—¡Pues sobre qué va a ser! ¿Piensa que han sido los
extraterrestres? ¿Un NLO?
—¿Pero qué dice, Klichenko? ¿Por supuesto que no?
—¿Entonces cómo explica esos círculos tan perfec-
tos? Las luces, los ruidos, ese dibujo que nos hizo la
campesina, que es claramente, y déjeme decirlo, un pla-
tillo volante…
—Ghenady Ulianov, creo que lee demasiadas novelas
de cinco kopecs, y ve demasiadas series checoslovacas.
—Bueno, a mí me gusta «Los Visitantes» —se justi-
ficó, aludido—. ¿Y qué me dice del ganado, eh? ¿Quién
se lo lleva, eh, jefe?
—Puede haber sido cualquiera, y esos surcos se pue-
den hacer con un tractor o una excavadora. Puede ser una
broma pesada, o tener algo que ver con ese cementerio
de chatarra, incluso con la explotación minera de las cer-
canías.
—¿Unos mineros borrachos? —Le dijo su ayudante
con tono de completo escepticismo para seguir con su
idea—. Vamos, jefe, admítalo, cabe la posibilidad de que
hayan sido los extraterrestres.
Búran le miró sin creerle, pero quedó un instante pen-
sativo.
—Puede tener razón, Klichenko, en una fase tan preli-
minar de la investigación no podemos tener prejuicios, ni
descartar ninguna posibilidad por delirante que parezca.
Antes de volver a la oficina, déjeme en Ostánkino.
—¿Va a ver a su soplón?
Búran no contestó, ni dijo nada el resto del trayecto.
Leonid Alexei Leonov, el tipo al que iba a ver, no solo era

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su confidente, también era casi lo que podría decirse un
amigo, y su nexo de conexión con el mundo, y era preci-
samente aquello, lo que le hacía importante.
Nada más entrar de nuevo en la ciudad, dejaron atrás
los bloques de pisos para callejear por el centro, entre ca-
sas bajas, algunas con el tejado rojo en forma de pagoda,
y detenerse frente a una tienda de reparaciones que tenía
un pequeño cartel encima de la puerta de madera en el
que ponía «Ostánkino», y la «i» con la forma de la fa-
mosa torre de televisión de Moscú.
—¿Quiere que vuelva a recogerle?
—No será necesario, volveré andando. Me interesa
más que agilice el asunto de las fotos, y no olvide pedir
la patrulla para esta noche. Deje los papeles en mi mesa y
los firmaré cuando llegue.
—Sí, jefe.
Como siempre, la puerta de la tienda de reparaciones
chirriaba, y un tintineo anunció su llegada. El interior es-
taba oscuro y lleno de estantes con objetos de todo tipo,
la mayoría aparatos electrónicos, radios, televisores, alta-
voces o tocadiscos.
—Leonid, ¿estás por ahí?
—¿Eres tú, Búran?
Al fondo, detrás de su destartalado mostrador de ma-
dera, lleno de piezas y herramientas, estaba su amigo, un
chico más joven que él, con barba y el pelo largo muy riza-
do, que estaba fumando un cigarrillo mal liado mientras
desmontaba un magnetofón con varios destornilladores.
—Camarada Leonov —Búran le tendió la mano.
—Camarada Búran, dobro pozhalovat. Bienvenué
a ma maison, mon amí. Bienvenido a mi humilde esta-

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blecimiento, perdón, a este humilde establecimiento del
pueblo…
Ambos se estrecharon la mano con una sonrisa. «Este
Leonid», se dijo Búran, «siempre tan teatral».
—¿Qué te trae por aquí, amigo? Imagino que no me
visitas por cortesía. Nunca lo haces.
El joven Leonov le conocía bien, y sabía que era un
hombre directo, y de pocas palabras, así que le preguntó
sin más preámbulos.
—¿Existen los NLO?
El chico dio un respigo, y el destornillador se le cayó al
suelo ruidosamente.
—¿Qué ha pasado? ¿Ya están aquí?
Búran levantó la mano para tranquilizarle. Además de
un «manitas» de las reparaciones, Leonid era aficiona-
do a todos los asuntos relacionados con lo paranormal,
y estaba al día en cine, series, música, y otros asuntos de
Occidente.
—Solo quiero un poco de información.
—Ya, como siempre, como cuando viniste con la ru-
bia aquella de Moscú, preguntando por el incidente de
Tunguska. ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Irina. ¡Menuda
chavala! Por cierto, ¿sigue siendo tu lyubimaya?
—Nunca ha sido mi lyubimaya, y no quiero hablar de
eso.
—Está bien, cerraré la tienda y podremos charlar. Ya
es casi mediodía.
Búran miró su cronómetro Vostok, y apenas eran las
once, pero su amigo era así de excesivo siempre. Y no es
que le fueran a dar el premio Stajanov.

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—¿Te apetece una Kabas? —Le dijo desde la puerta
mientras daba la vuelta al cartel de la entrada, para que
pusiera «Cerrado» —Las tengo bien fresquitas.
—Por qué no —Respondió el operativnik mientras se
soltaba la cartuchera, y pasaba a la trastienda, donde, tras
un armario simulado, Leonid tenía un pequeño frigorífi-
co en el que nunca faltaban cervezas, y en el que guarda-
ba también hojas trituradas de adormidera, que, no sabía
cómo, le traían de Afganistán. Búran abrió una botella,
y se dejó caer en un viejo y raído sillón de piel sintética.
—Bien —Le dijo Leonid cuando le entregó su cerve-
za—, ¿qué es lo que quieres saber?
—Todo.
—Pues va a ser largo.
—Tenemos tiempo.
Los dos dieron un largo trago a sus Kavas, y Leonid se
acomodó para comenzar.
—Bien, los NLO, o lo que los occidentales llaman
fenómenos OVNI o UFO, tienen su origen en el inci-
dente de Roswell, Nuevo México. El siete de julio de
1947, un aparato volador de origen desconocido se es-
trelló en el desierto, y se encontraron los cadáveres de
al menos tres extraterrestres. Sus restos y los del aparato
fueron llevados a una instalación militar secreta, llama-
da «Área 51»…
—Supuestamente —Apuntó Búran con tono de es-
cepticismo, ante la mirada de reprobación de su amigo,
que siguió con el relato.
—Un año después hay rumores de un incidente pare-
cido en nuestra patria, en KapustinYar. Desde entonces,
se han sucedido los casos de avistamiento de naves ex-
traterrestres, ya sean con forma de platillo, de tubo, de
triángulo o simples luces en el cielo, que se mueven en
trayectorias imposibles para una aeronave convencional.
—Me interesan las que tienen forma de triángulo.
¿Dejan marcas en el suelo, señales o figuras geométricas?
—¿Te refieres a dibujos en campos de maíz? ¿Algo
como esto? —Leonid rebuscó en uno de sus cajones, y
sacó una vieja foto en blanco y negro, de un periódico
escrito en alfabeto occidental.
—Sí, algo de eso —lo que se veía en el papel tenía un
sorprendente parecido con lo que había visto en la granja
colectiva aquella misma mañana.
—Se llaman «agroglifos». Desde la década de los se-
senta aparecen en campos de cultivo de todo el mundo.
La India, Australia, América del sur… Los ufólogos lo
atribuyen a OVNIS, aunque los escépticos ven en ellos
solo la mano del hombre. ¿Estás investigando un agro-
glifo?
Búran cambió de tema para no tener que contestar.
—¿Cómo se llama cuando los extraterrestres se lle-
van…?
—¿A alguien? ¿Una abducción?
—A alguien o a algo. ¿Pueden querer llevarse… ani-
males?
Su amigo dudó un momento, y Búran estuvo tentado
de facilitarle más información, pero se contuvo, como ha-
cía siempre.
—Bueno, quizás para estudiarlos, pero la mayoría de
los casos de abducciones que se conocen, son de seres
humanos. Gente que desaparece durante días, y luego no
se acuerda de nada o aparece en otro sitio tras un lapso

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temporal, cosas así, pero, ahora que recuerdo… Cuando
estuve en Moscú, me fracturé la pierna, y en el hospital
había unas enfermeras nicaragüenses de intercambio, ya
sabes —Leonid enarcó las cejas y sonrió—. Eran peque-
ñitas, morenitas, pero preciosas, en especial la enfermera
Carrillo. Me contó una historia de esas que te hielan la
sangre: Cuando era pequeña, ella y sus amigas encon-
traron un cadáver despedazado. Las viejas del pueblo les
contaron que había sido obra del diablo cazador, que era
del color de la selva misma, y que solo aparecía en los
años de mucho calor…
«Este año hace mucho calor», pensó Búran, pero
dejó a su amigo continuar.
—… ¡Amigo! Algún día, los americanos harán una
película de esto, y espero que la protagonice el «cachas»
ese, Arnold Schwarzenegger.
—El de Conan.
—El mismo, veo que vas aprendiendo…
Leonid se levantó para coger otras dos cervezas, y
también sacó de debajo del mostrador una botella de vo-
dka y dos vasitos.
—Ya ves lo puesto que estoy en Occidente —dijo Bú-
ran mientras levantaba su botellín y su vaso—. Nasdrovia.
—Gracias a las pelis que te paso.
—No me entero de los diálogos, pero me gustan las
peleas.
—¿Y las tías que salen? Uuuuh…
—Como las rusas, ninguna.
Los dos rieron de nuevo mientras apuraban sus cerve-
zas, y se servían otra ronda de vodka. Leonid aprovechó
también para encenderse un cigarrillo, pero no de tabaco

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precisamente. Tras dar una calada, y extender su pene-
trante olor por la estancia, dejó la mirada perdida, y co-
menzó de nuevo a hablar.
—Aunque no me digas nada —prosiguió Leonid—…
Sabes, yo sé que todo esto es para un caso y… Si lo que
ocurre es que esta despareciendo ganado o animales de
granja, podríamos estar ante el «Chupacabras».
—¿¡El «Chupa qué»!? —exclamó Búran con extra-
ñeza.
—El «Chupacabras»: Es una bestia legendaria, que
se alimenta de animales de granja, especialmente cabras,
de ahí su nombre. Opera sobre todo en Sudamérica, pero
se han dado casos en Filipinas o incuso aquí, en la Patria.
Se cree que ataca también a animales domésticos, y les
succiona la sangre.
—Qué repugnante —dijo Búran soltando un sonoro
eructo.
—Es un bicho fuerte y pesado, del tamaño de un oso
pequeño, con la piel escamosa, y una hilera de espinas,
que va desde el cuello hasta la base de la cola.
—Hum, así que el «Chupacabras», interesante…
¿Tienes documentación sobre estos temas? ¿Libros re-
vistas?
—Tengo hasta tebeos, tovarich. Y algo mucho mejor:
Tengo películas. Amerikanskyy, por supuesto, Vinieron del
espacio, Ultimatum a la Tierra, El enigma de otro mundo…
Y bueno, también algunas actuales, E.T., Encuentros en la
tercera fase…
Con las siguientes cervezas, Leonid trajo también va-
rias cintas de vídeo.

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