Está en la página 1de 62

Ministerio de Invierno

DE

JUAN CRUZ BALIÁN

En enero fue evidente que algo ocurre. El sol había perdido fuerza, como si llegase a

través de un filtro polarizado. El pasto se quemaba bajo el rocío y en las horas más

tempranas de la mañana flotaba la neblina baja a la altura de las rodillas, jirones de

nubes que se prolongaban hasta el mediodía. Los informes científicos no eran

concluyentes. Cada uno arriesgaba su propia hipótesis, pero todos se declaran incapaces

de pronosticar cuánto tiempo duraría el fenómeno. Aun así, el asunto fue bien recibido:

se trataba de un golpe de suerte para un mundo recalentado que precisaba enfriarse.

Una mujer desaparecida, un invierno sin bordes y un viaje a las profundidades de un

edificio gubernamental tras la pista de un expediente perdido. Una novela sobre la


obsesión y la búsqueda de la verdad en un mundo que ha cambiado para siempre.
CAPÍTULO 1

Viernes

Abrió los ojos y el baño volvió a aparecer, un poco borroso al principio. Parpadeó. El cubículo era
estrecho y estaba sucio. Gotas en una baldosa, un pelo pegado al picaporte, una pátina gris sobre
todo lo que se suponía blanco. Jonás miró el reloj para asegurarse de que la siesta no se había
prolongado demasiado. Con el pulgar se limpió un resto de baba de la comisura. Se levantó y sintió
que la sangre le abandonaba la cabeza para irse a las piernas. El baño amagó a oscurecerse de nuevo.
Esperó, la palma contra la pared. El mareo pasó. Dio media vuelta, abrió el inodoro y se desabrochó
el pantalón. El chorro hizo su parte de silencio contra la losa y después murió en un gorgoteo
líquido. Mejor apurarse, se dijo. Sacudió, abrochó. Dio media vuelta. Pero antes de agarrar el
picaporte, algo le llamó la atención. Un grillo agonizaba en el suelo.

Se agachó para examinarlo. Era de un verde hermoso. Brillante. Un cuerpo un poco rechoncho pero
armónico. Rígido pero flexible en algunos lugares, como por ejemplo en las patas, que salían del
tronco, se elevaban, se doblaban y caían en picada, adelgazándose hasta convertirse en agujas
dentadas. Estaba caído de costado. Los óvalos negros de los ojos lucían opacos pero daban la
impresión de haber sido profundos alguna vez. Una de las antenas se recostaba lacia sobre el piso
sucio, la otra se movía en vano tanteando el aire, como buscando una explicación.

Se preguntó si debía pisarlo, acabar de una vez con ese sufrir. La misericordia de un dios
somnoliento. Porque para el grillo, él debía ser una especie de dios, una fuerza de envergadura
cósmica, inabarcable con los sentidos y con la razón, o lo que el grillo tuviera en el lugar de la razón.
Por otro lado, creía haber leído que los insectos no sufrían, que no eran capaces de sentir dolor. O tal
vez esas eran solamente las cucarachas. La antena seguía tanteando el aire, una y otra vez, acá y allá,
absurdamente empecinada. Si no había dolor en ese movimiento, pensó, de seguro habría
perplejidad. La falta de respuesta del resto del cuerpo, el espacio infinito alrededor, el vértigo de caer
en un pozo sin fondo, sin bordes, sin fricción del aire. Eso, se dijo, eso debía estar experimentando el
grillo. Probablemente era la última experiencia que tendría en su vida y él no se animaba a
arrebatársela. Abrió la puerta lo justo para poder salir sin aplastarlo.

Fuera del cubículo, el baño brillaba. Pisos relucientes, la humedad del trapo todavía impresa en los
azulejos, pastillas de naftalina nuevas en los mingitorios. Alguien había repuesto el papel higiénico
de todos los inodoros. Jonás se quedó un instante confundido. Después decidió que no habrían
querido despertarlo y por eso ahora su cubículo era un cuadrado roñoso injertado en medio de ese
baño impoluto. La frontera entre los dos estados de higiene parecía haber sido trazada con precisión
matemática. Y el grillo, arrojado del lado de la suciedad. Una broma o un exceso de respeto.
Pulsó el botón de la canilla. Un chorro de agua helada le cortó el bostezo. Se frotó rápido, sin jabón.
El secador automático seguía roto. Intentó secarse en el pantalón pero lo mismo las manos volvieron
húmedas; la tela térmica no absorbía el agua.

Dio dos pasos afuera del baño y volvió. La verdadera crueldad era dejarlo así. Pero ¿pisarlo? No,
pisarlo no. Sentirlo crujir bajo la suela del borcego, llevárselo luego pegado, tal vez no todo pero un
ala, una pata que se desprendería después, repartirlo por la oficina. Eso estaba mal. Eso era peor que
dejarlo sufrir.

Volvió al cubículo. Cortó un pedazo largo de papel higiénico y lo dobló varias veces hasta formar un
colchón grueso. Con mucho cuidado, empujó un poco al grillo con un dedo hasta subirlo al papel. La
antena reaccionó, palpó el dedo una vez y se quedó, por fin, quieta. Ahora el cuerpo estaba boca
arriba. Con delicadeza, lo depositó en el inodoro. Una breve balsa funeraria. La parte de abajo del
papel se humedeció enseguida, pero la parte superior, donde reposaba el cuerpo del grillo, parecía
resistir seca. Jonás observó un momento, más extrañado que solemne. Esperó. La balsa no se hundía.
Presionó apenas con un dedo pero al parecer había doblado demasiadas capas de papel. Apretó el
botón. Un remolino frío hizo girar la balsa y, cuando ya estaba por tragársela, Jonás reaccionó:
hundió la mano y rescató el cuerpo del grillo justo a tiempo, antes de que se lo devorara el desagüe.
Se lo metió en el bolsillo y salió del baño.

En el piso hacía calor, un calor ahogado por abuso de calefacción y por la mezcla vaporizada de
todas las respiraciones, el brillo de las pantallas, la fricción de las teclas, el vaho de las alfombras, la
guillotina luminosa de los tubos fluorescentes, el ir y venir de los empleados del Ministerio. Pero tras
los ventanales caía una nevisca suave y espaciada, un remanso entre la última nevada importante y la
que vendría.

Sacó la computadora de su hibernación y miró sin interés los restos de comida en el tacho. Se
suponía que esos tachos eran para papeles, pero todo el mundo descartaba las sobras del almuerzo
ahí para no tener que cruzar el piso hasta la cocina. Todos los días a primera hora el personal de
limpieza cambiaba las bolsas, aunque los lunes podía todavía persistir algo del olor acumulado
durante el fin de semana, razón por la cual era mejor no desechar nada los viernes. Antes de la siesta,
Jonás había tirado el final de un sánguche de carne de cabra y repollo. Un pedacito de hoja verde
seguía adherido, por efecto de la mayonesa, a la cara interna de la bolsa.

Levantó la cabeza y volvió a mirar, por encima de dos hileras de escritorios, hacia las ventanas,
hacia el exterior, donde los copos caían despacio, indiferentes. Se preguntó cómo había llegado un
grillo al baño del Ministerio; cómo había llegado un grillo siquiera a la ciudad, si el río no se
congelaba únicamente porque estaba en movimiento, si el césped era un recuerdo soterrado en la
nieve y los árboles de las plazas hacía tiempo que eran leña robada. Si llevaban ya cuatro años de
invierno y no parecía que fuera a amainar.

La noche anterior, la mudanza había terminado relativamente mal. Jonás se quedó mirando el
camión cuando arrancó, abriendo la nieve con la cuña adosada a la trompa, dos olas blancas y un
rugido grave. Cuando entró, Emilia ya se había apurado a abrir la jaulita para que el gato se
encontrase con su nuevo hogar. Pero el gato no se lo tomó a bien. Corrió a esconderse en un rincón,
detrás de unas cajas. Enseguida decidió que el lugar no era del todo seguro y corrió a otro. Así varias
veces hasta que tuvo que resignarse a un espacio roñoso entre la heladera y la pared, el pelo erizado
lleno de pelusas.

Emilia pasó una hora intentando tranquilizarlo mientras Jonás desarmaba cajas sin orden, sin un
plan, buscando los ansiolíticos que les había dado el veterinario y descubriendo en el proceso
algunas cosas que ni siquiera sabía que Emilia tenía. Una depiladora eléctrica rosa. Un cráneo de
gato sin maxilar inferior. Un mazo de cartas de tarot.
—¿Y esto?

Emilia lo miró y enseguida corrió la vista, como restándole importancia.

—Son cartas.

—De tarot.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Escuchame, vino a golpear la puerta el encargado mientras vos estabas abajo. Dice que las
mudanzas son los sábados.

—¡Pero qué viejo rompepelotas! Hubo hielo el sábado. Ningún flete te labura con hielo, y él lo sabe.
¿No le dijiste?

—Le dije, pero dice que entonces me tendría que haber mudado el sábado que viene.

—Ah, ¿y si hay helada de nuevo, qué?

—Dice que el pronóstico anuncia buen tiempo. No sé, a mí no me mires, te digo lo que me dijo —
Emilia dio por terminada la conversación y volvió a dedicarse al gato. Le hablaba en un tono bajo,
casi inaudible, y metía la mano entre la heladera y la pared para alcanzarle la oreja. El gato se dejaba
acariciar, pero no salía.

Jonás dejó las cartas de nuevo en la caja, incapaz de asignarles un lugar apropiado en el
departamento. Pero mientras acomodaba una pila de libros, volvió a la carga:

—Vos sos científica...

—Soy astrónoma.

—¡Y bueno!

—¿Y bueno qué?

—¿Tarot? 

Emilia dejó de intentar alcanzar al gato y lo enfrentó con todo el cuerpo:

—¿Sabés cuál es la diferencia entre vos y yo? Vos creés que tenés todas las respuestas, yo sé que no
las tengo y las sigo buscando. Si los científicos tuviéramos todas las respuestas, yo todavía tendría
laburo y vos estarías acá solo y no estaríamos teniendo esta discusión.
—Era una pregun…

—No, no era una pregunta, era una acusación. Una muy fea, por cierto.

—No podés negar que es raro. No me imagino a tus compañeros del laboratorio… —la frase se
deshizo en el aire a medida que Jonás se arrepentía del giro que le había dado. Por un instante se
miró las manos, tratando de recordar para qué las estaba usando antes del silencio.

—Si lo que te preocupa es el alquiler, quedate tranquilo que te vamos a pagar la mitad —Emilia
volvió a acariciar al gato y agregó:— Ya encontraré la manera.

—Yo no quise decir eso.

—Capaz sí quisiste. Capaz lo que no querés es hacerte cargo de que quisiste, pero ya está. Está todo
bien. Son cartas de tarot.

Jonás ensayó una protesta mientras revisaba otra caja, pero fue una protesta débil que no prosperó.
Para cuando se fueron a dormir, la medicación no había aparecido y el gato seguía recluido en el
rincón junto a la heladera. Jonás se alegró en secreto. La casa era su territorio; Emilia y el gato, los
advenedizos. Por él, el bicho bien podía pasarse toda la noche asustado mientras ellos se dedicaban a
sí mismos, a un buen vino, sexo de bienvenida.

Pero Emilia no estaba ni para vino ni para sexo. Hubo que convencerla de que no durmiera en la
cocina, donde podía vigilar el comportamiento del gato, estar ahí para él, ayudarlo a adaptarse. Jonás
se esforzó en explicarle que ya iba a salir, que a mitad de la madrugada aparecería en la cama para
acurrucarse con ellos. Sólo entonces Emilia aceptó, sólo como parte de un plan: convertirse en
carnada, forzarlo a acudir a ella. Así sí.

Pero el gato no acudió. Y a medianoche, cuando todos los sueños ya estaban casi conciliados,
empezó a llorar.

—Necesita el remedio —declaró Emilia, inapelable.

Jonás recuperó del cesto la ropa que había usado ese día. El polvo de la mudanza impregnado en la
tela lo hizo estornudar, pero no tenía sentido ponerse ropa limpia. Se calzó los borcegos con
grampones, la campera térmica, buscó las llaves y algo de plata, y salió.

Afuera, el cielo era un abismo entre farol y farol. Caminó diez cuadras vacías en busca de la
veterinaria de turno, enterrándose en la nieve hasta los tobillos con cada paso. Esa tarde se había
olvidado un paquete de cigarrillos empezado en el escritorio de la oficina y tenía la esperanza de
encontrar dónde comprarse uno nuevo, pero no hubo caso. A esas horas nadie andaba a la intemperie
sin un buen motivo.

No supo si fue el frío o la soledad, pero se puso a pensar en las desapariciones. La televisión hablaba
de eso una o dos veces por semana. El primero había sido un accidente, un obrero del puerto que
cayó al agua. Nadie lo vio caer y nadie lo encontró hasta que el río decidió devolverlo unos días más
tarde, cerca de la desembocadura, en perfecto estado de conservación. Pero los hermanitos no, esos
dos no habían sido ningún accidente. Los padres alternaban las visitas a los distintos canales de
televisión para pedir ayuda, y durante un tiempo la consiguieron. Dos meses de búsqueda, cientos de
efectivos policiales y cadenas de oración, pero los niños no aparecían. Después llegó el verano. El
veranito, lo bautizó la prensa. Una semana de sol, de medias abrigadas pero zapatillas comunes. La
nieve retrocedió un poco y en la cuadra donde vivían los niños un perro apareció corriendo con un
brazo en la boca. A partir de ahí, no costó demasiado dar con la casa del vecino, con el escondite de
los cuerpos bajo una capa adelgazada de nieve. Muchos se dieron cuenta entonces de que era fácil
esconder cosas en la nieve si uno estaba dispuesto a cavar lo suficiente. Hubo un par de días de
histeria latente. La gente se miraba sin terminar de adivinar si el otro era un asesino en potencia o
sólo un dócil compañero de oficina, un amable empleado de seguros, un jocoso encargado de
edificio, una atenta maestra de escuela, un sensible poeta, una abogada eficiente. Jonás no temía
nada de todo eso porque, a decir verdad, los crímenes no se habían vuelto moneda corriente. Lo que
sí había aumentado, pensaba, eran los accidentes estúpidos. La hermana de Emilia, sin ir más lejos,
se había patinado en la vereda del supermercado: tres meses de yeso. Un compañero se había
envenenado con monóxido de carbono por un desperfecto en la estufa de su casa. ¿Y mamá? ¿La
neumonía de mamá contaba como accidente?

Bajó a la bocacalle con cierto resquemor. No quería meter el pie en una boca de tormenta y
quebrarse el tobillo, ser encontrado al día siguiente, congelado, convertido en ese cuerpo por el que
hubo que desviar el tráfico.

Cruzó la plaza en diagonal. Los pocos árboles que sobrevivían estaban protegidos por rejas
circulares. Las ramas bajas habían sido arrancadas y en su lugar quedaban cicatrices nudosas que
sólo alcanzó a ver cuando la luz azul de un patrullero lo iluminó. El auto había bajado la velocidad y
Jonás supo que lo estaban vigilando. Apuró el paso. No tenía ninguna intención de demorarse en el
frío por tener que explicarles a dos policías que no andaba robando madera.

Frente a la plaza, la veterinaria era el único local iluminado. Tocó el timbre. Una chicharra le avisó
que podía empujar. Entró y una bocanada de frío entró con él, pero ahí no había nadie. Llegaba del
fondo el gemido de un perro, un llanto resentido, mezcla de furia y lamento. El sonido lo inquietó,
pero luego el lamento se transformó en gruñido y se enredó con el chasquear de una cadena, una
puteada por lo bajo.

Pocos segundos más tarde, asomó una mujer delgada y con ojeras, las dos manos enfundadas en
guantes de látex, manchados de sangre, veteada de un amarillo oxidado en las yemas, donde había
entrado en contacto con algún desinfectante. Se sacó un solo guante para poder atenderlo, alcanzarle
la medicación, recibir el dinero, devolverle el cambio. Antes de salir, Jonás le preguntó si de
casualidad tenía un cigarrillo. La mujer negó con la cabeza mientras tiraba el guante que se había
sacado y se ponía otro. Jonás vio cómo el guante de la otra mano manchaba el nuevo en el acto de
colocarlo, pero no pudo ver más porque la mujer ya se escurría para el fondo.

Volvió por otro camino, con la esperanza vana de encontrar un kiosco abierto. La estación de
servicio implicaba un desvío demasiado grande. Para cuando llegó a la casa, las ganas de fumar
seguían ahí pero replegadas, en segundo plano, detrás del cansancio de la caminata, del sueño
acumulado a lo largo del día y de la necesidad, mucho más inmediata, de un poco de calor.

Emilia se encargó de administrar la medicación y, gracias a eso, cierto tipo de normalidad se instaló
en la madrugada. El primer desafío estaba superado. Emilia se acurrucó contra él bajo las frazadas y
se durmió primero. Jonás estuvo un rato largo oyéndola respirar, esperando que el frío se le fuera de
los huesos. El sueño, sin embargo, le llegó tarde.

Eso había sido ayer.

Abandonar el calor de la oficina para bajar a fumar implicaba una breve evaluación de costos y
beneficios, pero la siesta lo había dejado con ganas. Unas pitadas antes de volver a trabajar, un poco
de viento gélido para despertarse. Abrió el cajón. El paquete de cigarrillos estaba exactamente donde
lo había dejado. Quedaban cuatro. Tenía que acordarse de comprar camino a casa. Y comida. Lo
suficiente para no tener que volver a salir hasta el lunes.

Sacó uno y dejó el paquete arriba del escritorio. En ese momento apareció Vergara. Llevaba zapatos
comunes, que se cambiaba por los borcegos cuando se iba, porque su sentido de la estética le
impedía usar otra cosa dentro de la oficina. Tomó un sorbo de café antes de hablarle, una pausa de
efecto. A Vergara le gustaba hacer esas cosas. Las había aprendido en un curso.

—Jonny, te estaba buscando. Necesito que me encuentres un expediente —le extendió un papelito
rosa, con unos números mal garabateados. La alianza de matrimonio le asfixiaba el anular de esa
misma mano.

Jonás agarró el papel y lo dejó en el escritorio. Le puso los cigarrillos encima para protegerlo de una
eventual corriente de aire.

—Dale, no te preocupes…

—No, en serio, necesito que lo encuentres.

—Ya mismo.

—Ya mismo —dijo Vergara.

—De inmediato.

Vergara lo miró un segundo más, tratando de decidir algo. Después, dio media vuelta y se fue. Jonás
se calzó el gorro de lana y bajó a fumar.

El hall de entrada era amplio, de techo alto y pisos que pretendían ser de mármol y que tal vez lo
fueran: el gobierno no había sido tacaño al construir el Ministerio. Lo habían armado rápido pero
con exuberancia, sobre el esqueleto de un antiguo hotel. En los considerandos de la tercera
resolución del Ministerio, aquella por la cual se procedía a la compra del edificio y su posterior
refacción, se justificaba la transacción señalando que el turismo se había desplazado a las zonas
tropicales, donde todavía podía llevarse adelante algún tipo de fantasía templada, y por lo tanto el
valor del edificio era muy conveniente. No era menos cierto que, tras una nevada intensa, poco
después de comenzado el invierno, el dueño del hotel había saltado al vacío desde la terraza; un
asunto relacionado con deudas. Su cuerpo se había hundido más de dos metros en la nieve
acumulada, en los tiempos en que Vialidad aún no tenía organizadas las cuadrillas de barredoras. El
muerto pasó desapercibido hasta que su secretaria encontró la nota y llamó al servicio de urgencias,
aunque, técnicamente, para ese momento hacía varias horas que el asunto había dejado de constituir
una urgencia. La Policía hizo un pozo y retiró el cadáver con discreción, sin demasiados curiosos, y
al día siguiente el artículo del diario se extravió entre tantos otros similares. El gobierno apuró una
oferta generosa y la única heredera cerró el trato sin demora. El presupuesto nacional, que ya se
había redireccionado hacia la producción de hidrocarburos y la gestión del espacio público, encontró
también destino en la construcción del nuevo Ministerio.

El edificio se convirtió rápidamente en un ícono de la lucha contra el nuevo orden de la Naturaleza,


o al menos eso pretendían los artífices del discurso gubernamental. Y como si fuera necesario
remarcar la intención, en una de las paredes del hall de entrada habían grabado una frase en letras
doradas y enormes:
MIENTRAS EL MUNDO EXISTA, HABRÁ SIEMBRA Y COSECHA, HARÁ CALOR Y
FRÍO, HABRÁ INVIERNO Y VERANO, Y DÍAS CON SUS NOCHES.

Pero, a decir verdad, las letras no estaban ahí desde la inauguración. Habían sido agregadas pocos
meses atrás, con el cambio de gobierno. Una excentricidad de la nueva ministra. Jonás suponía que
aquello no tenía otra función que la de intentar motivar a una ciudadanía entumecida que, en horario
laboral, seguía confluyendo en el Ministerio con sus penurias y sus frustraciones, para que el
maltrecho sistema informático y de comunicaciones les diera un número y las convirtiera en
reclamos que luego no iba a poder gestionar.

Justo debajo de las letras, un mostrador semicircular servía de canil para los empleados de seguridad,
mayoritariamente ex-policías, tipos gordos a los que las exigencias físicas del invierno habían
empujado a pedir un retiro anticipado.

Solamente uno parecía no pertenecer. Tendría no más de veinticinco años, el pelo rojo y enrulado.
Las mejillas lampiñas le daban un aspecto extrañamente infantil que parecía no coincidir con un
cuerpo que se adivinaba fibroso. Los trapecios que unían la cabeza con ese cuerpo bajaban en
diagonales rectas, como si nacieran directamente en el cráneo, y hacían que la camisa celeste del
uniforme le quedara siempre extraña, siempre un poco fuera de lugar.

Jonás no podía evitar mirarlo cada vez que cruzaba el hall. Sabía que se llamaba Soto, porque así lo
indicaba la identificación que llevaba en el pecho. Ahora estaba discutiendo con una mujer. De un
tiempo a esta parte, las discusiones en el hall se habían vuelto comunes y, en consecuencia, tanto
Jonás como el resto de los empleados habían desarrollado el talento de volverse invisibles. Se
deslizaban por el suelo pulido como fantasmas, esquivando ciudadanos indignados porque la leña les
había llegado húmeda o la barredora municipal no había pasado esa semana por su casa y ahora el
garaje estaba bloqueado de nieve. En el mostrador, los guardias de seguridad tenían la casi exclusiva
tarea de apaciguar los ánimos antes de derivar al indignado a la oficina de informes, donde podría
plantear su problema con un nivel medio de detalle para luego ser remitido a la oficina
correspondiente, ubicada con seguridad en el cuarto o quinto piso, donde se daría curso a su reclamo
y, si todo marchaba bien, se accedería a la inmediata asistencia profesional que evitaría el colapso de
un techo o se inscribiría al interesado en el registro de cazadores de lobos. Ese era el tipo de
gestiones que podían realizarse en el edificio. El arquitecto para el techo sería contratado luego de
forma independiente. Al cazador, el arma y las balas le serían entregadas luego en alguna
dependencia descentralizada de las que el Ministerio tenía a montones y para todos los fines,
especialmente en la periferia, zonas poco pobladas donde los lobos se habían asentado y ensayaban,
cada tanto, alguna incursión, locos de hambre.

Pero para la mujer que discutía con Soto, el problema no eran los lobos.

Soto se dejaba gritar y sonreía. Jonás pensó que nunca lo había visto sonreír antes. Tenía muchos
dientes en una boca muy corta. La mujer gesticulaba y empezaba a elevar la voz. Jonás notó que
tenía una pila de papeles blancos en la mano. Los apretaba con fuerza y cuando los sacudía se notaba
que eran copias del mismo retrato en blanco y negro sobre unas palabras que no alcanzó a leer.

Jonás aminoró el paso. Un hombre en un impermeable naranja lo esquivó justo a tiempo y le soltó un
insulto, pero siguió camino. La mujer agitó el pilón de hojas frente a la cara de Soto, que lo miró
apenas y volvió a clavar los ojos en ella. Parecía un gato agazapado, listo para saltar. La mujer se
enredó en su protesta y terminó de confundir a los destinatarios. En un pase sintáctico, dejó de hablar
de ustedes y dijo “vos”. Le puso un dedo en el pecho a Soto y le dijo que si la ministra no la atendía,
ella lo iba a venir a buscar a él. A vos, le dijo. Con el dedo en el pecho. Y entonces la sonrisa de Soto
se expandió como un lago inundado por toda la cara. Bordeó el mostrador y en un instante estuvo
junto a la mujer. De un brazo la llevó a la rastra hasta la puerta, mientras el hall entero entraba en
pausa para ver la escena.

Cuando la puerta se abrió, Soto la empujó afuera. La mujer tropezó y fue a parar de rodillas a la
nieve. Furiosa, se dio vuelta y le lanzó lo único que tenía a mano: las hojas se abrieron por efecto del
aire y una multitud de retratos voló y se asentó como las flores de un árbol sacudido por el viento.
Uno aterrizó cerca del pie de Jonás, que ya estaba saliendo y pudo verlo mejor: era una búsqueda de
paradero de una mujer joven.

—Dios te maldiga —dijo la mujer, y Jonás vio que las palabras habían calado. Soto se contuvo,
aunque ahora se clavaba los dientes en el labio inferior, sin darse cuenta de que empezaba a sangrar.
Al volverse, la mirada de Jonás se le cruzó en el camino y pareció que iba a decir algo, pero no le
dijo nada. Notó la sangre y se la limpió con la manga de la camisa. El rojo y el celeste se
transformaron en un marrón viejo.

La mujer juntó las hojas desparramadas y se fue. Mientras la miraba irse, Jonás tuvo la vaga idea de
que debería haber hecho algo por ella. Interceder. Alcanzarle los papeles desparramados, por lo
menos. Como si el hecho de ser empleado del Ministerio lo pusiera en esa obligación. Pero no hizo
nada, amparado en otra idea, la de que no había nada que se pudiera hacer por esa mujer ni por la
persona que buscaba. Quién podía saberlo. En una de esas, su problema sí eran los lobos.

Más allá, sobre la vereda, la nieve se había apelmazado y la gente hacía grandes esfuerzos para
avanzar clavando los grampones y desclavándolos con pasos altos. En cambio, en el palier
funcionaba un sistema de calefacción subterráneo que impedía que la entrada al Ministerio se
congelara. Era un despliegue de tecnología, una suerte de desfile militar con el que el Ministerio le
mostraba sus armas al invierno. Pero también una decisión política, de imagen, para que incluso en
los días más fríos la sede gubernamental no perdiera la batalla contra el clima en su propia puerta.
Era, en definitiva, un lugar de paso, pero Jonás se unió al resto de los empleados inmóviles que
aprovechaban para fumar ahí sin entumecerse los pies.

Su piso era el tercero. Acostumbraba subir y bajar por las escaleras, alegando ante sí mismo que
probablemente esa era la única actividad física que hacía en el día. Pero apenas puso un pie en el
primer escalón y miró hacia arriba, encontró el paso bloqueado.

Un cono rojo en el cuarto escalón, la superficie brillosa como el piso del baño y en el descanso, el
empleado con uniforme deslizando un lampazo hacia un lado y hacia el otro, hacia un lado y hacia el
otro. Pensó en preguntarle por el grillo. Mostrárselo. Averiguar si sabía algo acerca de su
procedencia. Pero algo en el lampazo lo distraía, un vaivén empecinado, un avanzar meticuloso y
detallista al que evidentemente no le alcanzaba una sola pasada para declarar que una superficie
estaba limpia.

Jonás subió un escalón. El lampazo seguía yendo y viniendo. Subió otro y el empleado permaneció
con la cabeza baja, absorto en el movimiento del lampazo. Cuando el pie izquierdo de Jonás igualó
el escalón donde el cono imponía su límite, el empleado levantó la cabeza y le lanzó la orden como
un estornudo:

—¡No!

Jonás se detuvo. Ahora lo veía bien: los ojos ligeramente separados, los cachetes amplios, el labio
inferior un poco más prominente.
—¿No ves que no se puede? —la voz sonaba un poco gangosa, pero perfectamente inteligible.

—Perdón —dijo Jonás, y se dirigió a los ascensores, avergonzado.

Hubo que esperar un rato porque los ascensores andaban en las alturas. Algunas personas se
acumularon y Jonás las dejó pasar primero. Después se insertó a sí mismo entre los abrigos enormes
y se llenó la nariz de olor a cuero húmedo, a neopreno y poliéster.

La pared estaba repleta de hojas impresas, pegadas con cinta. Anuncios del sindicato, la planilla de
mantenimiento del ascensor firmada religiosamente por la misma persona y con la misma lapicera
(una firma nerviosa, llena de ángulos y vibraciones, que simulaba algo parecido a una W y una S).
Entre todas, reconoció una: era una copia de las hojas de la mujer, una búsqueda de paradero. Helena
Rigazi, veintitrés años, empleada del Ministerio, desaparecida el 28 de abril en condiciones
desconocidas. El retrato que antes había intentado adivinar ahora lo miraba de frente: una mirada en
blanco y negro, una sonrisa amplia en lo que posiblemente era una fiesta de cumpleaños. Otras
personas habían sido eliminadas de la foto para poder ofrecer solamente la cara de Helena a la
solidaridad de la gente, pero al menos dos brazos ajenos le rodeaban el cuello y sobrevivían en la
foto, mutilados por el nuevo encuadre. Se la había visto por última vez luego de salir del trabajo,
camino a su casa. Abajo se ofrecían algunos teléfonos de contacto.

Jonás sacó la cuenta. La chica llevaba siete días desaparecida. En el medio, al menos dos tormentas
de nieve habían caído con fuerza sobre la ciudad. Podía llevar meses encontrarla.

El ascensor se detuvo. Estuvo a punto de bajar pero se dio cuenta de que era recién el primer piso.
Hubo empujones cordiales y pedidos de disculpas mientras se hacía el recambio de pasajeros. La
escena se repitió en el segundo piso. Helena seguía sonriendo desde su retrato. Jonás no sabía dónde
estaba Helena ahora, pero seguro no estaba sonriendo. Los familiares habrían ofrecido esa foto,
aquella que reflejara mejor su espíritu, que demostrara lo perfecto que era el castillo de felicidad que
ahora colapsaba, pero en el fondo era inútil. Habría querido decirles que no tenían que buscar a una
chica feliz, tenían que buscar un rictus de horror y muerte entre la nieve.

En el tercero, sólo bajó él. El resto eran hombres y mujeres que iban para arriba con cara de ir para
arriba.

Cuando llegó a su escritorio, lo encontró a Vergara sentado ahí, esperándolo. Tenía las manos
cruzadas sobre la panza sobresaliente, la barba negra, corta pero tupida, apoyada sobre el pecho, y
los ojos fijos en la pantalla negra. Había algo desplazado en la imagen: el jefe sentado en un
escritorio de empleado raso, el hombre proactivo en estado de reposo, la expresión siempre severa de
pronto vulnerable.

—Vení, acompañame —le dijo Vergara apenas lo vio. Se levantó y fue hacia su oficina.

Hizo entrar a Jonás con un gesto y cerró la puerta detrás de ellos. Jonás sabía que ahora afuera habría
al menos una docena de miradas taladrando la puerta. Sin decir nada ni esperar otra invitación, se
sentó.

Vergara rodeó su escritorio pero se quedó parado. Jonás reparó en lo alto que podía ser Vergara
cuando se lo proponía.

—¿Qué te pedí, Jonny? No, en serio. ¿Qué te pedí?


—Que encuentre un exp…

—Que encuentres un expediente. ¿Y vos qué hiciste?

—Te dije que ya lo bus…

—No, ¿vos qué hiciste? ¿Te digo yo lo que hiciste? ¡Te borraste! Ahora, decime, te hago una
pregunta: ¿Yo te perjudiqué a vos alguna vez?

—No, Claudio, pero bajé a fumar, no me vas a decir que…

—Nunca te perjudiqué. Nunca. Y vos ahora me hacés esto a mí.

—Pero pará, bajé un minuto, ahora te lo busco.

—Mirá, esto no es un capricho mío, Jonny. Viene de arriba el pedido. Es importante que lo
encontremos. De qué se trata a nosotros no nos importa. Lo que nos importa es encontrarlo porque
viene de arriba la cosa, bien de arriba. No hay mucho más arriba que esto.

—Está bien, ni una palabra más. Ya mismo me ocupo.

Vergara hizo un gesto con la mano como desestimando la promesa, o al menos la solemnidad con la
que la promesa había sido pronunciada.

—Entendeme, no me estoy poniendo en forro. Esto es por el bien de todos. A fin de año se renuevan
los contratos. El tuyo, pero también el mío. Y que renueven el mío depende de muchas cosas, pero
que renueven el tuyo depende principalmente de mí. ¿Estoy siendo claro?

—Demasiado.

—Gracias. Pará, Jonny… Disculpame, no quise sonar... Estoy teniendo un día de mierda.

—No te preocupes, Claudio.

Jonás se levantó y abrió la puerta. Todo el mundo parecía ocuparse de sus asuntos, pero él sabía que
si las miradas fueran flechas, podría haberse puesto a desclavarlas de la madera terciada.

—Jonny…

—Decime.

—Te tenés que quedar lo que haga falta —había una orden en la mirada, pero Jonás creyó ver
también una súplica.

Consultó el reloj del teléfono. Tres y cuarto de la tarde.


Tenía un par de horas largas.

Primero hizo calor. Mucho calor. Las aguas subieron y las costas se anegaron. Tierra adentro, los
árboles agarraban fuego. Los animales huían y morían, se pudrían y la humedad los maceraba.
Luego, las bacterias empezaban a peregrinar.

Pero el mundo cambiaba lo suficientemente despacio y la gente se adaptaba. Hervía el agua. Se


alejaba de las costas. Y el océano era más grande pero las noticias igual llegaban veloces,
submarinas, por el cable profundo, y en todos lados era igual y en todas partes pasaba lo mismo.

Pero entonces los ambientalistas se radicalizaron y las cosas se terminaron de desmoronar. Fue en un
encuentro de mandatarios, durante un invierno tenue. El atentado nunca llegó a realizarse: el servicio
de inteligencia local irrumpió en la casa donde se llevaban adelante los preparativos y mató a uno de
los conspiradores. La cantidad de titulares sobre el asunto fue enorme. Fotos de los explosivos,
recorridos virtuales por el domicilio, perfiles detallados sobre el terrorista, relatos de una infancia
marcada por la violencia. Todo en vano. La opinión pública igual se quedó con la víctima. Fue como
si alguien quitara la pequeña pieza que mantenía toda la estructura en pie: los ambientalistas se
movilizaron otra vez y ya no estaban solos. La bandera con la cara del mártir se izó y en el mismo
acto las acciones de las grandes automotrices se desplomaron y se llevaron consigo a las compañías
aéreas; un efecto dominó, una cascada de tragedias financieras, una revolución quieta, perpleja, casi
involuntaria. En las calles sonó música antigua, canciones idílicas sobre la Naturaleza, que hacía
décadas que las radios habían olvidado. En los rascacielos, funcionarios y grandes empresarios se
sentaron a negociar los términos del mundo por venir. Se conformó una Comisión Internacional de
Climatología y, bajo su presión, los gobiernos debieron dedicar todos los recursos disponibles a las
universidades. Por un breve instante de la Historia, los científicos desfilaron como estrellas.

Mientras tanto, de este lado del mar, el verano era un resplandor permanente, irrespirable. Los aires
acondicionados funcionaban a tope y las centrales eléctricas sufrían. La humedad caliente se
impregnaba en la ropa y la garganta, y toda la multitud de temas cotidianos, todas las preocupaciones
pequeñas e irrelevantes, acabaron por licuarse. No había más espacio para nada, sólo el calor y las
consecuencias del calor. La gestión del calor. Las causas profundas, largamente anunciadas, del
calor.

Así fue como la gente empezó a ralear en los templos. Y cuando el obispo de la ciudad, preso de un
frenesí esotérico, afirmó frente a las cámaras de televisión que aquello era el principio del fin, la
llegada del Apocalipsis, la consumación de las promesas que el libro sagrado reservaba para el
último día, y aconsejó a la comunidad que sucumbieran a la Palabra, la gente simplemente lo ignoró.
Una noción se había esparcido sin que nadie la promulgara, una idea silvestre había crecido entre el
caos, inadvertida e innegable: Dios había perdido la voz. Y en lugar del amplio regreso del rebaño
que el obispo pretendía, la gente empezó a apostatar en masa. Mientras tanto, en las universidades,
los científicos tenían que repartir el tiempo entre buscar soluciones y dar entrevistas. La mayoría de
las veces, el entrevistador preguntaba lo mismo: ¿Se podría haber evitado? Sí. ¿Y por qué no lo
avisaron antes? Lo avisamos. Luego, en el estudio, los conductores se regodeaban en la culpa y le
reprochaban a la sociedad. En las casas, los televisores reproducían el reproche. En la calle, llovía.

Pero entonces, sin previo aviso, el calor descendió. Vino un invierno amable, un poco más largo de
lo normal. Se extendió hasta mediados de octubre y desembocó en un calor tímido. El debate sobre
el clima se redujo a algunos programas nocturnos y a las colas de las verdulerías, donde la gente
comentaba sorprendida la repentina oferta de manzanas, feliz en secreto de encontrar una
oportunidad para hablar de temas más mundanos.

En enero fue evidente que algo ocurría. El sol había perdido fuerza, como si llegase a través de un
filtro polarizado. El pasto se quemaba bajo el rocío y en las horas más tempranas de la mañana
flotaba una neblina baja a la altura de las rodillas, jirones de nubes que se prolongaban hasta el
mediodía. En febrero circularon los primeros informes académicos que hablaban de un fenómeno
extraño llamado “Mínimo de Maunder”, según el cual las manchas prácticamente habían
desaparecido de la superficie del sol. Sin embargo, los informes no eran concluyentes. Cada uno
arriesgaba su propia hipótesis, no lograban establecer una causalidad directa y, sobre todo, se
declaraban incapaces de pronosticar cuánto tiempo duraría el fenómeno. Aun así, el asunto fue bien
recibido: se trataba de un golpe de suerte para un mundo recalentado que precisaba enfriarse.

La Comisión Internacional de Climatología publicó su informe un lunes a la mañana. Esperaban


bastante repercusión y habían acordado los términos exactos a utilizar a fin de no provocar pánico en
la población. Era un informe breve, pero pasadas las once aún no había sonado ningún teléfono. Tres
días más tarde, aceptaron la derrota. Aquel verano frío era una bendición sobre la que nadie
pretendía averiguar absolutamente nada.

La primera vez que nevó fue en marzo. Fue una nevada contundente pero nadie dijo nada porque el
espectáculo era demasiado hermoso. Un instante de suspensión. Mientras los copos caían sobre los
techos de los autos, sobre las esquinas, sobre el río agitado, mientras tapaban el asfalto, mientras
escondían los basurales, no hubo debate. Ese día, el tráfico se detuvo durante un buen rato. Jonás,
sentado junto a la ventanilla del colectivo, miraba la nieve caer frente a las luces del semáforo, que
se iban alternando sin que nadie les hiciera caso. Emilia iba sentada al lado.

—¿Abro? —preguntó él.

—Bueno, un poquito. Gracias.

El aire frío se metió con fuerza y nieve. Algunos pasajeros protestaron. Emilia levantó la mano y le
mostró el copo que había ido a parar ahí, diminuto y perfecto, estoico sobre la piel tibia,
completamente fuera de lugar. Pero Jonás no miraba el copo, la miraba a ella. Tenía las pestañas
largas, como si hubiese nacido preparada para soportar el viento.

—Este es el fin. Nos vamos a morir todos —dijo ella sonriendo.

—Creo que sí. Por las dudas, me llamo Jonás.

—Emilia. Un gusto —se dieron la mano. Mientras duró el apretón, Jonás pensó que si aquello era el
fin, estaba bien.

Pero no fue el fin. Nevó tres días y dos noches. Luego el sol se tomó casi una semana más para
llevarse la nieve. Cuando por fin volvió a aparecer la ciudad de antes, un periodista resucitó el
informe de la Comisión y declaró que el mundo había cambiado. Era una declaración descriptiva que
nadie necesitaba. Bastaba con ver la ciudad que había emergido: se derretía y goteaba de a poco
como un cuadro surrealista, hermosa en cierta manera, pero llena de mendigos muertos.

Para cuando sobrevino la segunda nevada, el Ministerio del Interior ya había desplazado a la
Secretaría de Medioambiente y tomado cartas en el asunto. Las primeras medidas requirieron de un
despliegue coordinado de recursos con el Ministerio de Energía, pero aun así el invierno se impuso
con dureza sobre una sociedad acostumbrada a otras temperaturas y los hospitales colapsaron
irremediablemente. El Ministerio de Salud alegó no tener nada que ver con todo el asunto y se
levantó de la mesa. Sus esfuerzos quedaron reducidos a la compra de dosis de vacunas antigripales,
lo que derivó en una crisis política que acabó con la renuncia del ministro y la absorción del
ministerio dentro de la órbita de Interior.
Los reclamos por la falta de suministro de gas y combustible se convirtieron en el principal problema
del gobierno. Hubo crisis y cambiaron algunas cabezas más. Por fin, una mañana templada, se
anunció con satisfacción que para navidad estaría funcionando la primera Secretaría de Invierno del
país. Tan templada era esa mañana que el anuncio, largamente esperado, sonó un poco anacrónico.

El verano, tal como se lo conocía, no volvió nunca más. Hubo, en todo caso, una pausa, pero el frío
regresó pronto y fue un año complicado para la Secretaría. Hubo que administrar la provisión de gas
en la ciudad y de leña en zonas rurales. Luego corrió el rumor de que el gas estaba en falta y la gente
empezó a adaptar las casas y los departamentos para instalar salamandras, de modo que pronto hubo
que racionar la leña también. Se organizaron enormes cuadrillas de trabajadores sociales para que
evaluaran caso por caso los pedidos de subsidios que no paraban de llover sobre los escritorios de los
funcionarios, que a su vez tenían la responsabilidad de controlar el precio de las garrafas y coordinar
con Vialidad la disposición de sacos de sal que previnieran la formación de hielo en las esquinas y
facilitaran la circulación. Mientras tanto, la sección de Economía de los noticieros hacía hincapié en
los nuevos circuitos de snowboard urbano y el repunte que las empresas de ropa térmica venían
experimentando, pero el invierno era más elocuente que los diarios y la gente aún no acababa de
digerir eso de levantarse por las mañanas y encontrar la batería del auto muerta, las gomas
desinfladas y las cerraduras ciegas de hielo. El frío se llevaba varios muertos a la semana y la
Secretaría no daba abasto a cumplir con la nueva ley que la obligaba a hacerse cargo de los
funerales.

Las estaciones continuaron sucediéndose, pero todo el ciclo se desplazó hacia otra zona del
termómetro. Y el primer año que no hubo verano, es decir, que no fue posible registrar más que un
puñado de grados por encima del cero, el gobierno cambió de manos. La gente clamaba por nuevas
políticas a la altura de los nuevos problemas, y así fue cómo, con un presupuesto inconmensurable y
un edificio propio, la Secretaría fue elevada al rango de ministerio. El primer Ministerio de Invierno.

Hubo que contratar muchísima gente. Jonás recordaba el día que le hicieron la entrevista porque
había sido demasiado breve. Luego, en una oficina pequeña improvisada en la planta baja, todavía en
remodelación, una psicóloga le pidió que dibuje un hombre bajo una nevada y le extendió una hoja
con membrete. Jonás sostuvo el lápiz un rato largo, incapaz de trazar la primera línea, absorto en el
logo del Ministerio. Aquello significaba, acaso más que cualquier marca en el termómetro, que el
invierno había empezado. Y que no tenían la menor idea de cuándo iba a terminar.

Al salir, llamó a Emilia para contarle.

Lo primero era lo primero: buscar el expediente en el sistema. Ingresó los números con la destreza
de los dedos acostumbrados, sin mirar las teclas. No hubo resultado. Volvió a ingresarlos más
despacio, uno por uno. Nada. El papel rosa no tenía ninguna otra indicación, sólo los números
garrapateados. Probó sacando un ocho repetido y agregando un cero en su lugar. Después sacó el
cero y agregó un ocho más. El sistema seguía negándose.

Preparó un café y pensó en llamar a Emilia, averiguar si se estaban adaptando bien al cambio,
recordarle dónde estaba el disyuntor por cualquier cosa. Optó por mandarle un mensaje de texto. La
respuesta fue inmediata: estaban bien, sabía encontrar el disyuntor, el gato se adaptaba. Luego, una
serie de fotos de prendas de Jonás para que eligiera cuáles tirar. Mientras cargaba el agua en el
dispenser, Jonás eligió dos remeras. En ese punto, se interrumpió la conversación.

Apenas volvió al escritorio, vio a Aníbal acercándose con su cuerpo enorme y esa forma graciosa de
caminar. Pensó que le iba a hablar pero al parecer ese día todo el mundo estaba empecinado en darle
papeles, porque Aníbal se limitó a extenderle un folleto del sindicato y siguió de largo. No era un
mal tipo Aníbal. De hecho, solía tener una conversación amable y generosa, pero a la vez parecía
que podía hacer crujir el cráneo de un hombre adulto apretándolo con una mano. Según le gustaba
contar, años atrás, en las marchas sindicales, él estaba a cargo de la seguridad. Era una torre de
asedio y su sola presencia llamaba al orden. Pero desde la llegada del invierno las marchas se habían
vuelto infrecuentes, sólo se organizaban ante razones verdaderamente impostergables y más de una
vez el gobierno las había neutralizado mediante el sencillo procedimiento de no quitar la nieve.
Algunos dirigentes habían llegado a acusar al gobierno de agregar nieve en secreto durante las
noches, pero Jonás dudaba de que semejante cosa se hubiera cruzado siquiera por las mentes de los
funcionarios.

Dejó el folleto sin mirarlo. En cambio, dio un sorbo y miró el papel rosa de Vergara por encima de la
taza. El cuatro del final empezó a resultar sospechoso. Estaba un poco abierto arriba, como
correspondía a un cuatro, pero no lo suficientemente abierto. Era una abertura descuidada, lo notaba
ahora, y entonces tal vez no era un cuatro sino un nueve. Tenía que ser un nueve. Volvió a ingresar
los números, esta vez con un nueve. La computadora mostró un resultado.

El sistema de expedientes del Ministerio funcionaba como un servicio postal. Un área creaba el
expediente y lo enviaba por medio de los ordenanzas a otra área. Ese traspaso quedaba debidamente
registrado en el sistema, pero era el expediente en papel el que se movía. Cuando la otra área lo tenía
en sus manos, registraba el recibo en el sistema y así sucesivamente, de modo que cualquiera podía
seguir el derrotero de las carpetas a lo alto y ancho del edificio.

Así podía saber Jonás ahora que el expediente en cuestión estaba en traspaso del área de Técnica y
Planificación al Departamento de Asuntos Legales desde hacía ochenta días. “En traspaso”
significaba que Técnica le había dado salida, pero los abogados de Legales no lo habían recibido
aún. Ochenta días era demasiado tiempo para viajar del séptimo piso al sexto. Probablemente, alguna
de las dos áreas había hecho algo mal: o lo habían cargado al sistema sin despacharlo físicamente o
lo habían recibido físicamente sin cargarlo en el sistema.

De cualquier manera, ahora tenía una puerta para golpear.

Nunca había subido al sexto piso. A decir verdad, nunca había subido más allá del tercero, donde
trabajaba, y una sola vez había hecho escala en el segundo para presentar un reclamo en el sindicato
por unas horas mal liquidadas. Conocía del Ministerio lo indispensable. Cualquier excursión más
allá del territorio de su tarea hubiese sido siempre superflua. Por eso, cuando la puerta del ascensor
se abrió a un piso diferente, Jonás se asombró modestamente, como quien espera asombrarse.

El sexto piso no era un área abierta con islotes como el suyo. Todo un entramado de paneles había
sido dispuesto para que las oficinas fueran privadas. Se trataba, sin embargo, de una privacidad
precaria. Como el edificio del Ministerio estaba construido para aprovechar de forma inteligente los
pocos recursos que el invierno ofrecía, los paneles eran de acrílico: lo suficientemente claros para
que la luz menguada de los ventanales penetrase hasta la última oficina, lo suficientemente opacos
como para no distinguir a ciencia cierta qué ocurría del otro lado. Algunos llegaban hasta el techo;
otros funcionaban sólo como tabiques altos, permitiendo el flujo de aire y de sonido de una oficina a
la otra. El resultado era un caleidoscopio borroso, plagado de fantasmas que iban de acá para allá. En
algunas zonas se adivinaba un calendario pegado o un afiche de alguna de las tantas campañas del
Ministerio. También había puertas que conectaban las oficinas con los pasillos y puertas que
conectaban las oficinas con oficinas contiguas, probablemente por necesidades administrativas o,
incluso, a pesar de ellas.

Una sombra pasó junto a él del otro lado de uno de los paneles y emergió más allá, convertida de
pronto en un hombre alto y canoso, con bordes definidos. Se dirigió hacia los ascensores. Jonás
intentó hacerle una pregunta, que el hombre ignoró. Sin saber qué otra cosa hacer, se adentró un
poco en los pasillos. En cierto modo, temió difuminarse él también.
Ante la primera puerta entreabierta, arriesgó un golpe seco.

—¿Sí?

Jonás empujó un poco, no mucho, lo suficiente para asomar la cara.

—Perdón, busco el Departamento de Asuntos Legales.

—Lo encontraste —la voz correspondía a un chico joven.

—Ah, qué bien —abrió la puerta un poco más—. Es por un expediente…

—Todo el piso es el Departamento de Legales. Si es por un expediente, a la que buscás es a Emma.

Señaló con la cabeza hacia la oficina de al lado. Jonás bordeó el tabique y saludó.

—¿Emma?

—Hola —sonrió ella. El pelo enrulado apenas llegaba a cubrirle las orejeras de felpa celeste que le
colgaban del cuello. Masticaba un chicle amarillo que se hacía visible a intervalos.

—Busco un expediente.

—Vení, seguime.

Jonás se vio guiado por el pasillo, un recodo y otro giro, una puerta, una oficina con dos mujeres
trabajando y tomando mate. ¿Dónde habrían conseguido la yerba? Había sólo dos maneras:
importándola de los antiguos suelos tropicales, convertidos en zonas más o menos templadas, o
comprándola a algunos especuladores que habían conservado el stock a la espera de un inevitable
aumento de precios. Esta última opción era la más accesible, pero pasado el primer año empezó a
requerir una política personal más bien laxa respecto a las fechas de vencimiento. En cualquiera de
los dos casos, lo usual era volver a secar la yerba en una sartén y reutilizarla, una o dos veces, hasta
agotarla del todo.

Jonás estuvo a punto de pedirles un mate, pero Emma terminó de atravesar la oficina, abrió una
puerta y lo llamó desde el otro lado. Ese era el destino final. Lo invitó a sentarse y, sin cerrar la
puerta, le preguntó en qué podía ayudarlo.

Jonás le resumió el problema y le extendió el papelito con la letra de Vergara. Había que encontrarlo
y había que encontrarlo hoy mismo.

Emma lo examinó de lejos y de cerca, una entomóloga ante un espécimen extraño.

—Flor, ¿podés venir un momento? —llamó.

Flor apareció cargando el mate y el termo.


—¿Qué ves acá? Esto es un cuatro, ¿no? —el número resaltaba entre sus compañeros de serie,
remarcado y engordado por la mano de Jonás.

—Creo que es un nueve.

—Ah, un nueve.

Emma tipeó los números con una mano. Con la otra retuvo a Flor, que hacía ademán de irse.

—Pará, quedate. Así de paso aprendés. Fijate, estos tres números primero te dicen el tipo de trámite,
si es un reclamo de energía, una gestión interna, un pase de recursos humanos, una solicitud de
presupuesto, etcétera, etcétera. Después vas a tener siempre un guión y el año. Después otro guión y
el número propiamente dicho, ¿no? El número de trámite, digámosle. Y después siempre hay un
dígito más, ¿viste? El famoso dígito verificador, que en este caso no sabemos si es un cuatro o un
nueve.

—Parece una “A” —dijo Flor.

—No, tiene que ser un número —Emma volvió a ingresar la cifra completa, pero sin resultado.

Flor miró el monitor unos instantes. Después escondió el labio superior dentro del inferior y levantó
los hombros.

—Entré hace una semana —se excusó ante Jonás, pero Jonás miraba el mate. De pronto sentía la
boca anegada.

—¿Querés? —se apiadó Flor.

Jonás aceptó agradecido. Chupó esperando la yerba marchita o reciclada, pero lo sorprendió un sabor
franco, caliente y amargo, y por un momento le recordó a su madre. Con ella había tomado los
primeros mates como un rito de pasaje al finalizar la infancia. Ella solía poner en movimiento todo
un ritual de preparación. La cantidad justa de yerba, taparle la boca con la palma y sacudirlo boca
abajo, la palma luego cubierta con una película de polvo que le dejaba soplar a él, la nubecita verde
que se formaba y desaparecía, el agua en el huequito, los cinco minutos de espera antes de poner la
bombilla para que la yerba se hinchara. Primero había sido el invierno, después la escasez de yerba,
por último la neumonía de mamá. Por alguna razón, la mente de Jonás se disponía ahora, en ese
momento específico, a ordenar los hechos cronológicamente: invierno, falta de yerba, entrevista de
admisión en el Ministerio, neumonía, muerte. Emma y Flor debatían. Invierno, Emilia, falta de
yerba, entrevista, neumonía. Emma y Flor llegaban a la conclusión de que por ahí no había pasado.
Emilia, invierno, muerte de mamá, funeral, mudanza, expediente. Cierto, el expediente.

Devolvió el mate con un gesto de agradecimiento.

—Pasa que… Me pueden echar si no lo encuentro.

—¿Echar? —Flor se rio— ¿Cómo te van a echar por eso? El juicio que les hacés… No te pueden
hacer eso. Olvidate. ¿Vos leíste el convenio? No te pueden...

—No, bueno, echar no. No renovarme el contrato.


Flor se quedó callada.

—Eso sí te lo pueden hacer —dijo Emma.

Jonás se desanimó. Por primera vez en el día empezaba a pensar que Vergara le había asignado una
misión condenada al fracaso y se preguntó por qué a él. Vergara podría haber acudido a cualquiera.
Excepto que buscara discreción. Una semana entera, a comienzos del Invierno, Vergara había faltado
a trabajar. Nadie sabía nada de él, ni en el piso, ni en Recursos Humanos. Pero Jonás sí, Jonás sabía.
Él lo había visto en la guardia de la clínica, la primera vez que hubo que internar a mamá por la
neumonía. Lo había visto llegar cubriéndose la entrepierna con las manos en un intento infructuoso
por contener la sangre, acompañado de su esposa. Vergara también lo vio, pero no hubo tiempo para
reconocimientos. Los médicos lo admitieron de inmediato y desapareció tras una puerta rebatible.
Meses después, como si ya no soportara el implícito, Vergara lo citó a su oficina y, de la nada, sacó
el tema. Le confesó que se había sometido a una circuncisión, parte inevitable del proceso de
convertirse al judaísmo. Era algo que ocurría bastante por ese entonces: la migración entre
religiones. Como tanta otra gente en busca de una explicación, Vergara había abrazado la fe de su
esposa y ambos habían acudido a un rabino conocido de la familia. Luego de un año de formación, el
rabino dio el visto bueno para proceder con el brit milá. Pero al parecer el rabino empezaba a tener
sus propias crisis y cometió un error en la incisión, que no supo reparar. Actualmente Vergara se
encontraba bien y su conversión religiosa permanecía en suspenso. Jonás nunca le había dicho nada
a nadie. De modo que por eso lo había elegido a él. Esa era su virtud, pensó. La discreción.

—Bueno, gracias —empezó a levantarse.

— En el séptimo ni te van a abrir la puerta. Andá a hablar con Maestranza mejor —dijo Emma
sorbiendo el mate. No había dejado de masticar el chicle—. Seguro se les perdió a ellos.

—¡Ah, gracias! —Jonás sintió el alivio de tener otro intento. Saludó, encaró la puerta, se volvió—.
Perdón, ¿dónde...?

—Primer subsuelo —dijo Flor.

—Gracias.

Le costó un poco orientarse de nuevo en el laberinto de oficinas. En vez de encontrar los ascensores,
dio con los ventanales por donde entraba toda esa luz. Y tras los ventanales, la ciudad con sus techos
blancos. Un hueco en la manzana de enfrente permitía ver un retazo de río, una franja de agua parda
y una línea de espuma que se cortaba entre los edificios del bajo. Hacía tiempo que estaban
abandonados. En la época del calor, cuando se creía que el nivel del mar subiría hasta cubrir las
costas por completo, aquellos edificios habían permanecido impasibles, y sus ocupantes también,
testigos de un cambio certero pero apenas perceptible, algún sótano desbordado por las napas, nada
más. Pero cuando vino el invierno y los mares se contrajeron y el río languideció, entre los edificios
y el agua se abrió otro retazo de tierra: el lecho desnudo, pedregoso, cubierto de basura. Un paisaje
demasiado estéril para balcones tan caros.

Entonces empezó el viento. Un viento furioso, glacial, que venía del sudeste, cargado de lluvia y
nieve, y empujaba al río de nuevo hacia arriba, lo rechazaba y lo volcaba sobre la ciudad. El retazo
de tierra se cubrió de agua otra vez, y hubo quienes celebraron. Pero el agua no hacía a tiempo a
desagotar antes de la siguiente tormenta y pronto alcanzó el terraplén, las veredas y finalmente las
plantas bajas. Recién entonces, por fin, los precios cayeron y los ocupantes se lanzaron a un éxodo
constante y silencioso, tierra adentro. Ahora esos edificios eran cubos vacíos, rotos, coronados de
nieve. Se decía que gente sin techo había encontrado refugio en las plantas más altas, aprovechando
alguna breve sequía o improvisando balsas para cubrir la distancia desde la nueva costa, a la altura
del distrito financiero. Se decía que a veces, desde tierra firme, se veían luces en las ventanas,
fogatas improvisadas. Jonás nunca había visto una. Se decía también que no duraban mucho, que el
viento entraba por los vidrios rotos y las apagaba. Que era imposible sobrevivir en esas torres
heladas. Se decía que los refugiados vivían de lo que podían pescar a oscuras en las habitaciones
inundadas.

Ahora, otra tormenta se anunciaba en el horizonte, la tercera en lo que iba del mes. Jonás se volvió.
Eventualmente encontró el camino hasta los ascensores.

Un rey gordo sentado en un escritorio al final de un salón de techo bajo. A Jonás no se le ocurría otro
modo de describir el primer subsuelo. Había tubos fluorescentes y una serie de escritorios. Había,
también, empleados yendo y viniendo con carpetas, cargando datos, conversando poco. Pero al final
todo se resumía en ese hombre estresado, esa calvicie disimulada bajo unos rulos blancos, ese modo
de crecer hacia los costados como condicionado por el espacio disponible, como un gato en una
botella, eso, pensó Jonás. Un rey gordo en una botella. Y un cenicero lleno en el escritorio.

Tan pronto lo vio acercarse, el tipo prendió otro cigarrillo. Jonás no supo si era un gesto de
resignación o de territorialidad. Estaba prohibido fumar en el Ministerio, pero quién iba a descender
hasta ahí para decirle algo. El modo en que el tipo, despreocupado, manipulaba fuego y brasas en ese
subsuelo atestado de papeles, le daba un aire de poder. Sin siquiera darse cuenta, como quien entra
perdiendo, Jonás reforzó la amabilidad al hablarle:

—Disculpe, vengo del tercero, estoy buscando un expediente que me parece que se perdió…

El tipo tosió para un costado. Sacudió la ceniza.

—Cantame.

Jonás sacó el papelito rosa y recitó los números. Mientras lo hacía, tuvo conciencia de que ya se los
había aprendido de memoria. Guardó el papel antes de terminar.

El tipo buscó y Jonás, de nuevo, esperó con paciencia.

—¿En Legales preguntaste, pibe?

—Sí, no, vengo de ahí. Ahí no está. Me dijeron que pregunte acá.

—Acá no está —sentenció.

—Y, pero… ¿no podría fijarse...?

El tipo chupó el cigarrillo y exhaló una nube que, a falta de corrientes de aire, se le demoró alrededor
de la cabeza. Jonás sintió de pronto que necesitaba salir a fumar. O fumar ahí abajo, daba lo mismo.
Pero se había dejado los cigarrillos en su escritorio.

—Acá todo el mundo tiene indicación mía de no quedarse con nada. Para el final del día cada
expediente con su dueño, taza taza, las cosas claras. Capaz lo están entregando ahora mismo,
porque… Pará. Pará, pará, ya sé. Vení. Seguime.
Se levantó con una agilidad impensada; rey gato saliendo de la botella. Jonás fue tras él. Pasaron
varios escritorios donde sendos empleados atendían sus propias pilas de expedientes. Uno agarró un
desodorante de ambientes de color violeta y disparó dos veces al aire detrás de ellos, como si
quisiera borrarles la estela. De pronto todo olía a lavanda.

Se detuvieron ante el escritorio siguiente, que estaba desocupado. Sobre la superficie descansaban
dos pilas considerables de carpetas.

—Fijate en esos. Están sin atender porque la piba no vino más y acá todos se hacen los otarios y
nadie los agarra.

Dijo lo último levantando la voz y su mirada barrió las cabezas alrededor como una guadaña
desafilada.

—¿Qué piba?

—Esta… ¿Cómo se llama? Me cago en la madre... —chasqueó los dedos tres veces hasta que logró
invocar el nombre—: Rigazi, la piba Rigazi.

—¿La que desapareció?

—¿Desapareció?

—Eso dice el cartel en el ascensor.

—No sé, yo me manejo por la escalera. Es bueno para la salud. Me llamo Victorio. Cualquier cosa
me avisás. Si no me encontrás, preguntá por Maroni porque acá todos me conocen por el apellido.

Maroni se fue y Jonás se sentó en el escritorio. Se sentía extraño ocupando esa ausencia. Además de
la computadora y los expedientes, sobre el escritorio había una caja de clips, una lapicera, una taza
blanca con un fondo de café solidificado que a su vez trepaba el borde de la taza y caía del otro lado,
bajaba y se adhería a la superficie del escritorio. Un encendedor parado, en estoico equilibrio, daba
la falsa sensación de que alguien acababa de dejarlo ahí. Acercó la cara para mirarlo de cerca sin
tocarlo: era cuadrado y metálico, a bencina. La pintura estaba saltada en los bordes pero en el centro
sobrevivía aún el dibujo de un árbol dentro de un círculo, con las raíces a la vista.

El resto eran papeles sueltos y arrugados, un desorden detenido en el tiempo.

No parecía el escritorio de alguien sonriente. De pronto, la foto del ascensor no le hacía justicia ni a
la Helena desaparecida ni a la Helena que trabajaba enterrada en el subsuelo. Casi todos los
empleados convertían su escritorio en una sucursal del propio hogar. Plantas, retratos, lapiceras
favoritas, stickers al costado del monitor. El escritorio de Helena no tenía nada de eso. Un único
papel aparecía fijado con cinta a la tabla: era una serie de números de internos. Su escritorio no era
un hogar, era un hotel de paso al que no podía evitar volver.

Tuvo la tentación de abrir los cajones, pero sabía que los empleados a su alrededor lo observaban.
Especialmente el de al lado parecía tipear más despacio, como si en realidad estuviera atento al
intruso, y había dejado el aerosol violeta a mano. Mejor concentrarse en el trabajo. Cuatro y media
pasadas. Empezaba a quedarse sin tiempo.
Revisó varios expedientes más, sin éxito. Los números simplemente no coincidían. Cuando ambas
pilas se le acabaron, volvió hasta el escritorio de Maroni.

—No hay caso, no está.

Maroni se encogió de hombros y prendió otro cigarrillo.

—¿No me convida uno?

—Agarrate —dijo, señalando el paquete con el mentón. Jonás obedeció encantado. La imperceptible
transgresión de fumar ahí abajo tenía un sabor distinto.

Estaba por agradecer e irse, vencido, a reportarse ante Vergara, cuando el suelo empezó a temblar.
Algunos tubos parpadearon y el lapicero sobre el escritorio se desplazó vibrando. Jonás abrió los
ojos. Hubiese creído que el edificio se derrumbaba en cualquier momento de no ser por la expresión
inmutable del tipo. La colilla encendida fue a parar al suelo junto a otra pila de papeles. Se agachó
con un gruñido y la levantó.

—El subte —explicó.

—¿Pasa por acá?

—Abajo.

—¿Acá abajo?

—Veinte o treinta metros más al sur —dijo señalando en una dirección determinada, haciendo gala
de un sentido de la orientación extraordinario—. Acá abajo hay otro subsuelo. Archivos, depósito,
sala de máquinas, todo eso. Ah… pará. ¿No estará en el archivo?

Jonás lo miró fijo esperando que desarrollara. La vibración se alejó.

—Vení, se me ocurrió una idea. Vamos a ver si encontramos tu dichoso expediente.

Bajaron una escalera y se internaron por un pasillo angosto. A esa altura, la luz de los tubos había
sido reemplazada por el amarillo de las lamparitas que colgaban directamente de los cables, a
intervalos regulares, rebotando acá y allá en la humedad de las paredes. El frío aumentaba un poco a
cada paso y a su vez los pasos variaban de ruido como si se imprimieran sobre superficies de
distintas naturalezas. A veces parecía que pisaban sobre arena crujiente, sin duda antiguos residuos
de la construcción del edificio.

A medida que avanzaban, crecía en Jonás la sensación de que ese sector del Ministerio no recibía
demasiadas visitas. Y que no se dirigían a un archivo de consulta, sino a una especie de cementerio
de expedientes. Adelante, la silueta gruesa de Maroni no paraba de hablar. Su voz se proyectaba y
volvía reverberada:

—No esperes encontrarte nada muy ordenado. Acá viene a parar lo que ya no sirve, lo que ya se
entregó, cosas que las áreas se quieren sacar de encima. Una vez hubo que rastrear un pedido de un
subsidio para una señora que se había muerto, lo archivaron y después resultó que no, no se había
muerto nada, un malentendido. Lo tuvimos que buscar, pero no lo encontramos nunca. Hicieron un
expediente nuevo, lógico. Después la señora se murió de verdad. Le faltaba una firma. Una locura
este invierno.

Pasaron un par de bifurcaciones y doblaron una vez. Llegaron a una puerta sin picaporte. El tipo la
empujó y encendió la luz.

Se abría ante ellos una habitación atestada. Una serie de estanterías habían sido dispuestas en hilera
para contener los expedientes, pero la capacidad del archivo había colapsado y ahora los expedientes
descansaban en todo tipo de superficies. Los había sobre el piso, sobre sillas, sobre otros
expedientes.

Maroni notó el desconcierto y lo rescató:

—Estas pilas de acá son las últimas. Si lo archivaron por error, tiene que estar ahí. Pero te
recomiendo que te las lleves. Si te quedás revisando acá, te vas a congelar los huevos.

Tenía razón. Jonás se daba cuenta por las suelas de los borcegos; el frío las endurecía.

Maroni hizo aparecer una zorra de dos ruedas —Jonás no supo de dónde— y lo observó fumando
mientras él cargaba la mayor cantidad de carpetas que podía. Más de la mitad tuvieron que quedar a
la espera, pero Jonás decidió que tenía lo suficiente para empezar. Al menos para emerger a la
superficie y presentarse ante Vergara, si no triunfante, por lo menos industrioso.

Varias cabezas lo siguieron mientras empujaba la zorra hasta su escritorio. Se sentó y agarró la
primera carpeta. Vergara apareció como si pudiera sentir el olor de los expedientes, pero tan pronto
supo de dónde venían, recuperó el escepticismo. Jonás tuvo que explicarle paso a paso sus pesquisas
hasta el archivo.

—¿Y vos creés que lo mandaron ahí por error?

—No sé, pero puede ser.

—Otras cagadas se han hecho en este lugar —concedió Vergara.

Jonás sacó el papelito rosa del bolsillo y se lo alcanzó:

—Ya que te tengo acá, decime, el dígito verificador... ¿es un cuatro o un nueve?

Vergara lo examinó a diferentes distancias, frunció el entrecejo y se lo devolvió.

—No sé, a mí me lo dieron así. Probá los dos.

Jonás volvió a guardar el papel. Después agarró otro expediente y chequeó el número en la primera
página. No era. Lo dejó a un costado y agarró otro.

—Bueno… —Vergara se demoró a mitad de frase, indeciso— ¿Necesitás una mano?


Jonás levantó la vista. La puerta de la oficina de Vergara estaba cerrada y su abrigo y su maletín
descansaban sobre el escritorio de la secretaria. Se estaba yendo temprano, lo cual sólo podía
significar una cosa: tenía que llegar a casa antes del atardecer para celebrar el sabbat, y temía que la
noche lo sorprendiera manejando.

—En absoluto, Claudio, andá tranquilo. Seguro está acá. Y si no, bajo a buscar otra pila. Me dijo el
amigo del subsuelo que me maneje con confianza.

—Te agradezco tanto, Jonny. En serio, gracias. ¿Me lo dejás en el escritorio cuando lo encuentres?

—El lunes lo encontrás ahí.

—Gracias, Jonny. Sos un crack.

Vergara se alejó dos pasos y volvió. Sacó un manojo de llaves inusitadamente generoso, separó una
chiquita y se la ofreció.

—Me olvidaba. Vas a necesitar esto.

Jonás asintió con la cabeza y se guardó la llave en el bolsillo. Vergara volvió una tercera vez:

—En serio, tiene que aparecer.

—No se diga m...

—No me pongas en la horrible situación de hacerte echar.

La pila se acabó y hubo que bajar a buscar otra. Volvió a cargar todo en la zorra y la empujó hasta
los ascensores. Marcó el primer subsuelo.

El jefe de Maestranza se había ido. Quedaban algunos empleados y un olor a tabaco frío. Jonás se
enfrentó a la escalera y dudó un momento. A la ida, había contado con la ayuda del tipo para subir
con la zorra. Ahora, estando solo, la cosa se complicaba un poco más.

Al final, resolvió bajar en varias veces los expedientes en la mano y luego la zorra vacía, volver a
cargarlos y avanzar por el pasillo.

Recordaba cómo llegar. Había que doblar una vez y dejar atrás dos bifurcaciones. No era un
recorrido largo, sólo un poco intrincado.

Al pasar la primera bifurcación, oyó un ruido de máquinas. Eran los ascensores, que a esa hora
andaban particularmente activos. Según le había comentado Maroni, las máquinas funcionaban en
ese nivel, lo cual explicaba por qué los ascensores no podían descender más allá del primer subsuelo.

En la segunda bifurcación se desprendía un pasillo largo, igual de penumbroso, pero una luz brillaba
al final, donde otro pasillo lo interrumpía. Jonás no recordaba haber visto esa luz la primera vez y se
preguntó qué funcionaría allí. El Ministerio se había convertido, en un solo día, en un laberinto
inabarcable. Recordó las historias de viejos túneles bajo la ciudad, pasajes secretos para tiempos de
guerra e intrigas, en tiempos de pólvora y caballos. Tal vez estuviera en las inmediaciones de algo
así, consideró. Era absurdo, pero no encontraba otra forma mejor de explicar esa sensación de
aventura, dulce como un miedo infantil. La sensación se cortó de golpe cuando, por el pasillo del
fondo, vio pasar a Soto hacia la luz. Iba completamente desnudo, doblemente desnudo si se contaba
la falta de vello en todo el cuerpo, que hacía resplandecer la piel colorada, los músculos compactos y
elásticos.

Jonás no respiró, no se movió, no parpadeó. Pero de algún modo Soto supo verlo. Interrumpió su
marcha justo antes de desaparecer tras la pared del pasillo, giró la cabeza y lo miró. Jonás quiso
moverse y se movió, un segundo tarde, un segundo de más se quedó observando el pene de Soto, que
colgaba apuntando a sus pies descalzos. Después, sumido en la más profunda vergüenza, se apuró en
dirección al archivo.

El frío era crudo pero Jonás transpiraba. Mientras descargaba los archivos intentaba descifrar la
presencia de Soto ahí abajo, Soto desnudo, mirándolo. ¿Qué hacía Soto desnudo en el segundo
subsuelo del Ministerio? Antes de entrar en pánico, se ofreció a sí mismo la explicación más sensata:
los empleados de seguridad utilizaban uniforme, por lo tanto precisaban un lugar donde cambiarse.
Allí habría un vestuario, o por lo menos un baño que funcionase como tal. Esa era la explicación.
Soto se estaba yendo. Era evidente. Se estaba cambiando para irse. ¿Por qué entonces seguía
nervioso? ¿Por la mirada torva de Soto? ¿Por el tamaño del pene? ¿Por si se le aparecía ahora, en el
archivo, desnudo, enojado, loco? Abandonó la idea de revisar el resto del archivo. Cargó la zorra con
la pila que tenía a mano y se apuró a salir. Mientras avanzaba por la penumbra del pasillo, escuchó el
sonido de un expediente al caer al suelo, pero no se detuvo. Al contrario, aceleró el paso y las ruedas
de la zorra chillaron un poco más.

Al pasar por la bifurcación, evitó a toda costa mirar. Incluso aunque eso significara seguir avanzando
sin saber si acaso él sí había sido visto, otra vez, desde el fondo del pasillo. Si Soto había
permanecido ahí, a la espera, y ahora caminaba detrás de él, silencioso, desnudo e inexplicable,
acortando distancias mientras él luchaba por subir la zorra por la escalera, tironeaba y cada escalón
ganado era un pequeño escándalo de metal golpeando la losa. Pero ya era tarde para cambiar de
estrategia.

Tiró, subió y emergió por fin a un primer subsuelo casi vacío. Tomó el ascensor. Llegó al tercer piso
y dejó los expedientes sobre el escritorio mientras varios de sus compañeros agarraban abrigos y
empezaban a retirarse. De afuera entraba apenas una luz gris oscura que ya no iba a durar. Las luces
de la calle quedaban abajo, a la altura del primer piso, y el resplandor en la nieve no llegaba a subir,
perdía fuerza en algún lugar del camino, se disolvía en la negrura. Jonás miró las ventanas una única
vez antes de sentarse: el mundo exterior se había borrado y en los vidrios empezaba a espejarse el
interior de la oficina.

El edificio estaba silencioso. Excepto tal vez por el zumbido de la calefacción. Jonás nunca lo había
notado antes, nunca había sabido diferenciarlo de todos los otros sonidos del Ministerio en actividad.
Pero ahora que todo lo demás se había callado, se había guardado, se había retirado, el sistema de
calefacción se despegaba del silencio y cantaba solo, constante, para él.

Agarró otro expediente de la pila. Confirmó el número. No era. Lo dejó. Agarró otro. Tampoco. Uno
más. Se parecía. Se parecía el número pero no era. Los primeros cuatro dígitos indicaban el año y
ese era otro año. Casualidad. Siguió mirando y dejando, erosionando una pila y construyendo otra.
Tenía hambre. ¿Qué hora era? Sacó el teléfono: ocho y cuarto. Emilia estaría empezando a
preocuparse. “Me retrasé. Vergara me pidió un laburo. Voy a llegar tarde. No te preocupes.” Apretó
enviar. En la esquina superior del teléfono, el símbolo de la batería agonizaba en rojo. Pensó en
llamar a Emilia desde el teléfono fijo de su escritorio pero no, con el mensaje alcanzaba, se dijo.
Mejor apurarse, mejor terminar y volver.
Miró otro expediente. Tampoco.

Se le ocurrió de pronto que no estaba solo en el edificio. Soto se habría ido, pero necesariamente
tenía que haber un guardia de seguridad, alguien del turno noche, un sereno. O sea que, lo que sí
podía hacer desde el teléfono fijo era pedir comida. De hecho, convenía hacerlo antes de que fuera
demasiado tarde. Revolvió en su cajón hasta encontrar un folleto. Llamó. Nada. Probó con otro
número. Tampoco. En el centro, los locales de comida funcionaban con el ritmo de las oficinas; a
esas horas ya todos estarían cerrados hasta el lunes. Tendría que probar con un restaurante, gastar
más, sí, pero comer.

A menos que, claro, el siguiente expediente fuera el que estaba buscando. Ahí sí, podía dejarlo en el
escritorio de Vergara con un simpático cartelito e irse a casa, abrazar a Emilia y pelearse con el gato,
o viceversa.

Agarró otro expediente de la pila. Los números coincidían. No lo podía creer. El año estaba bien, los
dígitos del medio estaban bien. Abrió la carpeta en busca de notas, pliegos, licitaciones millonarias.
Encontró apenas una solicitud de un subsidio de leña por parte de un club remoto, de una localidad
remota. Volvió a la portada. El cuatro, el cuatro era el problema. Tenía que ser un nueve, pero era un
cuatro. Casi, pensó, como si la diferencia de un dígito significara algún tipo de aproximación, como
si ese dígito fuera una señal de que el otro expediente estaba en algún lugar muy cerca.

Miró alrededor. Era raro estar ahí ahora que todos se habían ido. Las luces encendidas eran las
mismas, pero eran las sombras las que cambiaban. Ya no había cuerpos proyectando esas sombras,
arrastrándolas de acá para allá a lo largo del piso. Ahora era la luz de los tubos cayendo sobre las
cosas y cada cosa apoyada sobre su propia sombra, y nada más.

Se levantó y buscó en otros escritorios; los mismos folletos de siempre, alguna pizzería que no le
gustaba. En el escritorio de la secretaria de Vergara, en una carpeta negra, anillados y ordenados,
encontró una veintena de folletos. Lucían viejos, probablemente los precios estaban desactualizados,
pero no importaba. Eligió el del restaurante caro, el que estaría abierto a esa hora para recibir a la
gente que salía de los teatros. Llamó. Tenían empanadas de carne, claro que tenían. Carne importada
de suelos tropicales, un poco menos endurecidos por el frío, carne cara y lujosa, pero carne. Pidió
cuatro. Iban a tardar una hora.

La primera pila terminó. Quedaba la segunda. Los números en las carátulas denunciaban que eran
expedientes del año pasado, pero tal vez valía la pena revisarlos, por si el que buscaba se había
traspapelado ahí. Pero era un razonamiento poco eficiente; con esa misma lógica tendría que revisar
todos los expedientes del Ministerio desde su creación. Agarró el primero, lo miró y lo dejó a un
costado. Después, el siguiente y tres más. Para colmo, la comida se demoraba.

Decidió bajar. Lo mejor era presentarse, avisarle a quien fuera que estuviera ahí que él permanecía
en el edificio por razones de fuerza mayor, que trabajaría hasta tarde. Caerle bien. Encomendarle que
estuviera atento al delivery. Preguntarle, como quien no quiere la cosa, si había un vestuario en el
segundo subsuelo. Mientras esperaba el ascensor, pensó que había estado mal, que tendría que haber
bajado primero, averiguar si el guardia también quería algo. Mejor aún: preguntarle dónde pedía él
su comida. Seguro conocía los mejores lugares. Los más baratos.

La puerta del ascensor se abrió en planta baja y una corriente fría le dio de lleno en la cara. Era un
viento helado, que olía a gasoil quemado y a desodorante para hombres. Instintivamente redujo el
ruido de sus pasos, dobló despacio el recodo y accedió al hall enorme junto al mostrador de
Seguridad. Encima del mostrador, un televisor pequeño reproducía dibujos animados. Luego se
extendía el mármol a lo largo de muchos metros hasta la puerta de entrada.
La puerta estaba entreabierta. Los faros de un cuatriciclo con orugas, puesto en marcha, apuntaban
hacia el edificio y estallaban en el vidrio recortando dos siluetas. Del lado de afuera, la del empleado
de delivery con chaleco refractario que le entregaba por la hendija un paquete a la otra silueta, la de
Soto, del lado de adentro, inconfundible, que lo recibía. Los mechones mojados le mordían el cuello
de la remera mientras pagaba. Luego se giró y los trapecios que le apuntalaban la cabeza se estiraron
como tubos neumáticos. Incluso a la distancia Jonás pudo ver la piel clara resplandeciente, recién
bañada.

Los ojos de Soto le cayeron de lleno y Jonás se paralizó como una liebre encandilada. Abrió la boca
para esbozar un saludo, una excusa, un reclamo. Esas son mis empanadas, pensó. No alcanzó a decir
nada. Los ojos de Soto siguieron su camino, volvieron al paquete y se cerraron cuando lo levantó
para olerlo. Sonreía todavía mientras se acomodaba atrás del mostrador. Los faros del cuatriciclo
retrocedieron y el hall del Ministerio volvió a sumirse en una penumbra controlada: la mitad de los
tubos fluorescentes apagados. Jonás comprendió que se encontraba en una zona de sombras, y que
por algún milagro de la óptica su presencia aún no había sido detectada.

Lentamente, retrocedió.

Parapetado atrás de una columna, cerca de las escaleras, se dedicó a observar. Alcanzaba a ver la
nuca de Soto y una esquina de la pantalla del televisor. Los dibujos animados habían entrado en una
tanda publicitaria, pero a Soto no pareció importarle. Cada tanto una mano emergía cargando una
empanada, desaparecía detrás de la cabeza colorada y volvía a descender, con la empanada mermada
por uno o dos mordiscos.

El olor de la carne se expandía despacio y el estómago de Jonás crujió. Tuvo miedo de que su
respiración lo delatara. Lo único peor que presentarse de golpe ante Soto, a solas, de noche, después
del episodio en el subsuelo, hubiese sido que Soto lo descubriera espiándolo. Y aun así, no podía
dejar de hacerlo. Que Soto estuviera haciendo doble turno no le llamaba demasiado la atención. Que
lo hiciera en remera y jogging, sin embargo, que lo hiciera comiéndose sus empanadas, mirando
dibujos animados, sin ningún temor a ser descubierto, eso era más difícil de ignorar.

La tanda terminó y los dibujos volvieron. Soto subió el volumen y siguió comiendo. Jonás observaba
cada bocado. Los contabilizaba. Así supo, cuando Soto apagó el televisor y se puso de pie con el
paquete en la mano, que en ese paquete aún quedaba una empanada intacta.

El teléfono le vibró en el bolsillo. Fue apenas un zumbido, el espasmo del aparato amortiguado por
el muslo, pero en la quietud del hall, doblemente silencioso ahora que el televisor estaba apagado, a
Jonás le pareció un sismo en miniatura.

Soto bordeó el mostrador y por un momento Jonás pensó que estaba perdido. Incluso si no lo había
oído, bastaba con que ahora Soto se dirigiera hacia las escaleras para que pasara junto a él y lo
descubriera. No lo había previsto y no quedaba tiempo para escapar. Lo mejor era salir. Fingir que
acababa de bajar, preocupado porque las empanadas no llegaban, cruzárselo casualmente. Hacer de
cuenta que no veía en las manos del guardia el paquete que debía ser suyo, que no le parecía en
absoluto extraña esa remera, ese caminar descalzo por el Ministerio, como no era raro en absoluto
que él estuviera hasta esa hora buscando un expediente. Eso, pensó, debía hacerle un chiste sobre el
expediente. Reírse juntos de tipos como Vergara. Ponerlo de su lado. Al fin y al cabo, eran dos
trabajadores ganándose el pan a contramano del reloj de los otros, en medio de un invierno
despiadado.

Pero Soto no fue hacia las escaleras. Se detuvo antes, delante de una puerta metálica, de una sola
hoja, con un dispositivo de cierre automático adosado arriba. Estaba pintada del mismo color que las
paredes, en un intento de disimularla pero sin pretender esconderla. Sacó un manojo de llaves del
bolsillo y encajó una en la cerradura. Abrió con media vuelta y desapareció. La puerta quedó un
momento en suspenso; luego comenzó a cerrarse sola traccionada por el brazo hidráulico.

Jonás supo de inmediato que no debía meterse en los asuntos de Soto, que más valía llamar de
nuevo, pedir otras empanadas y abocarse a los expedientes. Como aventura en el subsuelo, ya había
tenido suficiente con el pene de Soto. Era algo de lo que iba a reírse con Emilia más tarde, cuando se
lo contara. Incluso la charla podía derivar en sexo. Una bonita descripción del pene de Soto, lo
sórdido de la situación, era la clase de cosas que sabían activar a Emilia. Sonrió pensando en eso, se
distrajo pensando en eso y casi no se dio cuenta de que estaba saliendo de su escondite, que estaba
ya casi alcanzando la puerta y que la iba a atravesar él también para internarse vaya uno a saber
dónde, tras los pasos de ese loco.

Pero la puerta se cerró antes de que pudiera alcanzarla. Jonás se quedó un momento inmóvil,
intentando volver a sincronizar sus pensamientos con sus acciones. No pudo. Levantó la mano pero
no había picaporte, sólo el ojo de la cerradura calado en la chapa gruesa. Se arrodilló y miró por ahí.
Focos amarillos colgaban de un techo bajo a lo largo de unos pocos metros. Más adelante, el techo y
los focos caían, se perdían en lo que seguro era una escalera, por la que Soto ya estaría terminando
de bajar.

Estoy siendo ridículo, dijo casi en voz alta. Volvió a subir al tercer piso, fascinado consigo mismo,
divertido consigo mismo. Pero subió por la escalera, para no hacer ruido con el ascensor.

Costaba concentrarse en los expedientes. Algunos del año en curso habían aparecido entre esa pila
del año anterior, reforzando su hipótesis del posible error de archivo, pero ninguno era el que
buscaba y, a medida que avanzaba en la pila, la chance iba menguando.

El teléfono marcaba una línea mínima de carga y él no tenía respuesta de Emilia. Ni siquiera había
visto su mensaje. ¿Estaría bien? Tal vez era hora de dejar todo, de traicionar la confianza de Vergara
y salir de ahí. Ya vería el lunes cómo resolverlo.

El reloj marcaba las once y media de la noche.

Agarró otro expediente. No era.

Un dolor sordo en la parte baja de la espalda lo hizo ponerse de pie. Caminó hasta la ventana
frotándose y estirando la cintura, para un lado y el otro. Borró la humedad del vidrio con la mano y
trató de ver el exterior. Le llegaban luces lejanas y una vibración silenciosa, sólo perceptible por los
dedos cuando los apoyaba en la ventana. Comenzaba a crecer en él la sensación de estar fuera de
lugar. Se suponía que a esa hora él debía ser parte de la vibración, colaborar con Emilia a que la
ciudad siguiera rumiando esa alegría de fin de semana, incluso con toda la nieve. En lugar de eso, le
tocaba sentir la vida de la ciudad a través de la yema de los dedos, atestiguarla desde lejos, sin llegar
a verla siquiera. Y todo por un expediente.

Quiso enojarse con Vergara y su sabbat. Quiso tener él también una religión que le prohibiera
trabajar a partir de cierta hora. Amaba el ocio como cualquiera. Entonces...

Sacudió la cabeza. Nada de todo lo que estaba pensando tenía ningún sentido. No amaba el ocio.
Tampoco lo odiaba. ¿Qué amaba? A Emilia, pero Emilia estaría mirando películas abrazada al gato,
a la espera de que los rescoldos de la discusión de ayer terminaran de enfriarse. ¿En qué momento
habían aparecido esos pactos de silencio? Trató de recordar: pasada la primera etapa de la relación,
las discusiones habían aflorado como era natural que sucediera. Pero esa manera de lidiar con ellas,
de no lidiar con ellas, no tenía una razón clara. Tenía sabor a renuncia, como si de pronto hablar se
hubiera transformado en una actividad exasperante que los dejaba agotados. Y sin embargo, pensar
en ella seguía llevándolo casi como un acto reflejo al colectivo, a la primera charla, a los ojos
negros, las pestañas largas, como un vicio del pensamiento. Lo incómodo era la sospecha de que eso
le pasaba únicamente a él, y entonces todo se reducía, una vez más, a lo mismo, a la misma fantasía
de muerte, infantil e hipnótica: si alguien fuera y le dijera a Emilia que él había muerto, que sus
últimas palabras habían sido... ¿cuáles? Se puso de mal humor al darse cuenta de que no lo sabía.
Tenía que resolver eso. Lo del expediente y eso. Si muriera ahí mismo y si hubiera alguien para
escucharlo, ¿qué diría? ¿Encontraría las palabras que hicieran llorar a Emilia? Probablemente sus
últimas palabras fueran una pregunta. Una pregunta simple: “¿Qué carajo hace Soto en el
subsuelo?”.

Agarró la taza y caminó hasta encontrar un frasco de café instantáneo sobre un escritorio. Era el
escritorio del tipo pelado, no recordaba el nombre. Cargó la taza con tres cucharaditas. Sueltos en el
cajón, entre algunos papeles viejos y blisters de medicamentos, encontró dos sobres de azúcar. Le
puso los dos y abandonó los sobres vacíos junto al teclado. Cargó agua en el dispenser y volvió a su
escritorio. Seguía teniendo hambre.

Levantó el teléfono. Llamó de nuevo al restaurante pero nadie atendió.

Agarró la taza con ambas manos para aprovechar el calor, un instante antes de revisar el último
expediente de la pila, que tampoco era.

Recién entonces recordó que el teléfono, un rato antes, le había vibrado en el bolsillo. Un mensaje se
había abierto paso por la atmósfera maltrecha y había llegado hasta él, en el hall. Un mensaje de
Emilia tal vez, una pregunta, palabras de preocupación. ¿O un mensaje de Vergara? Una breve
licencia en pleno sabbat, mientras la familia dormía, para saber si había encontrado el expediente.
Sacó el teléfono. En la esquina superior el reloj marcaba las veintitrés cincuenta y nueve. Quiso abrir
el mensaje, pero en ese preciso instante la batería murió.
CAPÍTULO 2

Sábado

Levantó el teléfono de escritorio pero la línea estaba muda. Probó los teléfonos de otros escritorios,
con el mismo resultado. Se habrán descompuesto, pensó. La calefacción, al menos de momento,
seguía zumbando.

Miró alrededor. El piso vacío era como un álbum de figuritas que podía completar mentalmente: allá
adelante, la silueta gruesa de Aníbal, inclinado siempre sobre el teclado, cargando datos y datos,
tozudo, constante. Allá a la izquierda, Victoria bailando. La había visto bailar una vez, sin música,
metida en una conversación que no lo incluía, pero ahora se la imaginaba así, o así la elegía su
imaginación, congelada en la pose eterna de la danza como por obra de un taxidermista. Las
secretarias quedaban tapadas por una columna, pero podía fingir que las escuchaba reírse. Jonás
nunca había logrado captar un chiste, sólo las risas. A la derecha y en diagonal tendría que estar
ocurriendo una discusión sobre las implicancias de la nieve en el fútbol, variaciones en las
estadísticas de los jugadores. El invierno había logrado cambiar la vida afuera, en la calle, la vida a
la intemperie. Pero puertas adentro todo seguía aproximadamente igual. Un acuerdo tácito, un
desdoblamiento del pacto social. Mientras hubiera paredes y calefacción.

Las pilas de expedientes revisados, en cambio, parecían mirarlo a él. Y él sabía lo que le estaban
diciendo: falta uno. Falta un expediente caído en el pasillo del segundo subsuelo, pasando la
bifurcación, cerca de la puerta del archivo. ¿Y si era ese?

Jonás miró hacia el rectángulo negro de las ventanas. En los bordes exteriores comenzaba a
engrosarse un marco de hielo blanquecino, de aspecto enfermo.

O sea que las erupciones solares se habían adormecido y el sol simplemente había dejado de calentar
como solía hacerlo. Y nadie lo vio venir. Desde el fondo del ostracismo al que habían sido arrojados,
párrocos, obispos, rabinos, pastores, chamanes y mentalistas resurgieron para reclamar el crédito que
les correspondía. Ahí estaba, frente a todos, la manifestación divina por excelencia, la salvación de
la humanidad por medios absolutamente milagrosos. Los canales de televisión les abrieron las
puertas de nuevo y a toda hora hubo paneles ecuménicos donde cada uno, a su manera, testificaba
que aquello era obra divina, aunque sin discutir a qué divinidad exactamente pertenecía la autoría
final de todo el asunto. Mientras tanto, problemas más grandes empezaban a ocupar el debate
internacional: cosechas enteras arruinadas por la helada, aviones venidos a tierra por cambios
inesperados en las corrientes de aire, rutas bloqueadas de nieve y todo tipo de comunicaciones
afectadas por fenómenos atmosféricos que todavía había que entender. Para cuando los termómetros
terminaron de replegarse, casi toda la tecnología disponible seguía funcionando, pero un poco peor.
Y había mucha gente enojada.
El discurso de los religiosos mutó con las circunstancias. De reivindicar la bondad de un dios
salvador se desplazó rápidamente hacia una amonestación feroz; dios estaba harto de no ser
escuchado. Esto trajo toda una serie de nuevos problemas. Exégetas de los libros sagrados se
sumergieron entre cantos y salmos en busca del menor indicio, la profecía menos pensada, el puñado
de palabras que sirviera para plantar la bandera de la victoria definitiva mientras los rebaños se
mudaban en masa de un corral al otro, convencidos de que allá el pasto de la verdad era más verde.

Los científicos, por su parte, continuaron ensimismados sobre los instrumentos, como niños
superdotados a los que les cambian el juguete y siguen jugando, indiferentes a todo lo que no fuera
resolver el nuevo desafío, condenados a muerte preocupados por entender la física que rige la horca
mientras les ponen la soga al cuello.

Cuando las temperaturas finalmente se estabilizaron, el sol seguía ahí arriba. Imperceptiblemente
más grande, declaradamente más frío. Y por sobre todas las cosas, lejos. Inalcanzable para las
palabras de los sacerdotes, intocable para los científicos. Y en la Tierra la única diferencia era que
los primeros conservaban su trabajo.

El pasillo del subsuelo estaba desolado. Antes de avanzar, Jonás se sostuvo de la pared y aguzó el
oído. Ninguna vibración en el aire. No había pasos ni voces. Sólo la quietud negra y los focos
amarillos. La humedad en la palma de la mano. Avanzó.

Ahora sí llegaba un sonido, la fricción de sus suelas en la arenilla. Se detuvo otra vez y otra vez la
nada. Caminó así, con pausas para verificar que el silencio continuara allí cada vez que él paraba,
hasta llegar a la bifurcación. Ahí las opciones se reducían a dos: cruzar de un salto rápido o
deslizarse de a poco. Lo primero implicaba, necesariamente, un poco de ruido extra al aterrizar. Lo
segundo lo exponía más tiempo al campo visual que pudiera tener Soto si se encontraba de nuevo
parado al final del otro pasillo.

Dudó. Tomó impulso y, justo antes de saltar, improvisó una tercera opción: un paso rápido, apretado,
al ras del suelo, como un maratonista o, incluso, un empleado común y corriente pero con apuro, y
un falso gesto de normalidad en la cara, que de todos modos nadie habría podido ver, porque Soto no
estaba. Lo supo porque miró. Un giro veloz de la cabeza, una instantánea mental, el pasillo vacío. Un
suspiro de alivio. Pero el sabor del vértigo no se terminaba de desvanecer y, en lugar de seguir
camino, volvió. Asomó apenas la cabeza para corroborar que la instantánea era correcta. Nadie a la
vista. Olía a humedad y a desodorante de hombre.

Lo sorprendió de golpe aquel sentido de la aventura que no sabía que tenía. Así como antes había
estado a punto de lanzarse tras Soto por la pequeña puerta disimulada en el hall, ahora algo lo
empujaba a tomar esta bifurcación. Quería explorar, incursionar en lo desconocido, lo improbable, lo
peligroso. Sentir el corazón acelerándose, la adrenalina, el frío que retrocedía. Pero era un
sentimiento infantil, construido sobre la esperanza de que fuera una aventura breve, segura, y la
posibilidad real de encontrar algo lo desanimó. Volvió a encarar el pasillo principal, camino al
archivo.

Unos metros más adelante, encontró el expediente. Se ubicó debajo de un foco para leerlo. Tuvo que
forzar la vista pero finalmente los contornos de las letras se estabilizaron: tenía en las manos una
antigua licitación para renovar los sistemas de comunicaciones y colocar una antena satelital en la
cima del edificio. La instalación estaba hecha, pero los sistemas nunca habían acabado de funcionar
del todo. Un apéndice al final, sellado por el departamento de Técnica y Planificación, advertía que
la baja actividad solar había alterado la ionósfera.
Se guardó el expediente bajo el brazo. Pensó en volver a subir y sumarlo a la pila, pero el archivo
estaba ahí a pocos pasos. Podía dejarlo y dar un último vistazo. Ahora que el sentido de la aventura
se había desvanecido por completo, no le causaba demasiada gracia demorarse en el subsuelo, pero
lo cierto era que ya estaba ahí y dos minutos más no iban a hacer la diferencia. Se adentró un poco
más.

Antes de llegar, algo le llamó la atención: más allá de la puerta del archivo, las luces se interrumpían
y el pasillo se abismaba en una oscuridad absoluta. Era imposible determinar si eso era un corredor
sin salida o si habría algo más. ¿Otro archivo? ¿Un depósito?

Dio los primeros pasos decidido, pero tras pasar el límite de luz que imponía el último foco, tuvo que
aminorar. Avanzaba a tientas, siguiendo la línea de la pared con los dedos. Un paso y otro. La pared
seguía ahí. Otro paso. ¿Y si era un túnel? En ese caso, tal vez siguiera kilómetros y kilómetros.
Creyó oír una rata, o podían ser de nuevo las suelas contra el piso. Necesitaba una linterna y de
hecho la tenía, puesto que tenía el teléfono. Lo complicado era agarrarlo sin soltar la pared. El
expediente abajo del brazo y con la misma mano intentar alcanzar el teléfono en el bolsillo, dos
dedos, un poco más y por fin agarrarlo de una esquina. Tirar, sacarlo.

Entonces, varias cosas ocurrieron a la vez. El suelo delante de él desapareció. Los dedos de la mano
derecha perdieron contacto con la pared y por un instante estuvo en caída libre, pero algo frío, más
frío que el aire, le envolvió el pie. Se oyó un sonido como de piedra que cae al agua y el pie frío
encontró suelo nuevamente. Jonás recuperó el equilibrio y permaneció un segundo paralizado.
Volvió a encontrar la pared. Retrocedió. Se puso de rodillas. La superficie se sentía áspera contra los
huesos y la tela del pantalón no servía para amortiguarla. Tanteó con la mano: el suelo también
estaba frío. Más adelante se plegaba hacia abajo, el comienzo de una escalera que descendía. El agua
helada le mordió los dedos. Se incorporó con un espasmo. Ahí acababa el Ministerio. La frontera
inferior era un tercer subsuelo completamente inundado, y se había tragado su teléfono. Mientras
miraba la negrura, recordó que la batería se había agotado.

De nuevo en su escritorio, se sacó el borcego y la media. El agua había logrado penetrar por arriba y
sentía el pie helado. Encendió un cigarrillo para reflexionar. Tenía que encontrar un expediente que
no estaba en ninguna parte. Se recostó en la silla y puso los pies encima del escritorio. Dio una
pitada y la brasa retrocedió. Las primeras cenizas aparecieron como un fantasma fosilizado. Con un
golpe del pulgar las hizo caer en la alfombra. Tenía hambre también, pero eso era menos urgente
mientras tuviera tabaco. La textura del papel en los labios lo tranquilizaba acaso más que el humo en
los pulmones. La expectativa del placer, más que el placer. Así como de niño era la señal de ajuste
antes de que comenzaran los dibujos animados, esos diez minutos para las once que lo tenían
repasando las franjas de colores, preguntándose qué significaban esos números y esas letras en el
televisor estático que, de un momento a otro, sin aviso, empezaría a transmitir. O el ruido del
paquete de galletitas al abrirlo. Todos esbozos del adulto que ahora, sentado frente a un escritorio, en
el corazón del Ministerio, saboreaba el modo en que el papel del cigarrillo se le pegaba al labio
superior, reseco, y se sentía de nuevo un poco un niño transgrediendo los límites de la escuela.

Tenía que encontrar la forma de hablar con Emilia también, averiguar si el mensaje era de ella, si
estaba preocupada. Exhaló el humo despacio, más bien abrió la boca y dejó que se escapara como
quisiera. Lo vio subir compacto, indeciso en el aire quieto de la oficina, hacia los paneles blancos del
techo. ¿Cómo había llegado una mancha de café ahí? Porque en la esquina de uno de los paneles el
blanco se teñía de un marrón inconfundible. Uno de esos misterios domésticos, pensó, y dio una
pitada profunda. Como el grillo. Ese era otro misterio, menos doméstico, pero igual de inexplicable.
O también ese disco de plástico adosado al techo que no sabía para qué servía ni recordaba haber
visto antes, pero ahí estaba, detrás del humo, tragándose el humo con sus hendijitas.

La alarma de incendios saltó de golpe y Jonás se fue al suelo. Era un chillido infernal que parecía
clavarle la mandíbula al cráneo y se le metía por los oídos y por la nariz, se mezclaba con el golpe en
el coxis, la textura de la alfombra en las palmas de las manos. Y por la única ranura de lucidez que le
dejaba el ruido y el dolor, se abrió paso una palabra: Soto.

Se levantó y salió corriendo, pero enseguida tuvo que volver a buscar el borcego y la media. Los
agarró y salió de nuevo, rengueando. Golpeó un escritorio en el apuro y se dio cuenta de que no
estaba corriendo en ninguna dirección en particular, sólo quería que cuando Soto subiera a ver qué
pasaba, no lo encontrara ahí. Pero eso le dejaba dos opciones: las escaleras a cualquier otro piso o los
ascensores. Corrió y apretó el botón, pero la luz no se encendió. Pulsó varias veces, con fuerza, hasta
que entendió que la alarma de incendios los habría desactivado. Las escaleras eran un riesgo
demasiado alto, Soto podía estar ya mismo subiéndolas. Volvió al piso. Necesitaba más opciones. El
baño era meterse en una ratonera… ¡La oficina de Vergara!

Metió la mano en el bolsillo y hurgó. Lo primero que tocó fue el grillo, su cuerpo liviano, las patas
puntiagudas, pero no tenía tiempo, ya estaba frente a la puerta y necesitaba la llave, la llave debajo
del grillo y el movimiento de dedos hasta encontrarla, meterla en la cerradura, girar el pomo
redondo. Entró y cerró detrás de él. La alarma siguió gritando desaforada unos segundos más hasta
que, simplemente, se calló.

¿Se oía algo? En la oscuridad de la oficina parecía que cualquier cosa que ocurriera del otro lado de
la puerta de madera terciada tenía que ser necesariamente oído. Pero no estaba seguro. Los pies
descalzos de Soto en la alfombra gastada podían ser tan silenciosos como quisiera. Esperó y trató de
escuchar más.

Durante un buen rato nada pasó, excepto tal vez sonidos lejanos, ecos que provenían de algún lugar
muy afuera o muy adentro de él, imposibles de distinguir. ¿Cómo sonaría Soto levantando la silla?
Podía imaginárselo, pero ahora que se lo imaginaba... ¿cómo podía estar seguro, si lo oía, de no estar
imaginándoselo?

Las piernas le empezaron a hormiguear. Recordaba aproximadamente la disposición de sillas y


muebles en esa oficina pero prefirió no correr riesgos y se sentó en el suelo, la espalda contra la
puerta. ¡La puerta! Buscó frenéticamente la llave en el bolsillo, pero no estaba. Había quedado del
otro lado. Imbécil, sos un imbécil, se dijo, pero ya era tarde para buscarla. Si Soto lo veía… No tenía
demasiada idea de qué podía pasar si Soto lo veía. Tal vez incluso no pasara nada, pensó. ¿Qué
razón tenía para creer que Soto era un mal tipo, un violento? ¿El episodio con la mujer en el hall,
acaso? No era suficiente. Era su imaginación la que lo llevaba, como siempre, por caminos sinuosos
y Emilia en eso tenía razón. Mientras el mundo bajaba a tierra, aplastado por el peso de la nieve, a él
parecía que el invierno sólo le había aumentado la volatilidad de los pensamientos. Vivía
permanentemente a la deriva, incapaz de concentrarse en nada. Por eso la necesitaba. La extrañaba.
No, la necesitaba. Eso. Era hora de ir a buscarla. Pero primero el expediente. Después Emilia. Le iba
a explicar y ella iba a entender. Una vez que encontrara el expediente. ¿Cuán lejos podía estar?
Tomó la resolución de levantarse. Dio la orden y las piernas parecieron responder. Pero entonces, un
crujido metálico detrás de la cabeza lo paralizó. Un raspar aserrado como el canto de un grillo
robótico: el sonido de la llave del otro lado de la puerta, girando y saliendo lentamente de la
cerradura, seguido de un momento de quietud. Y unos pasos que se alejaban, tan silenciosos que no
supo si no se los estaba imaginando.

Abrió los ojos, la oscuridad seguía ahí. ¿Había dormido? Se puso de pie despacio. Creía distinguir
algunas zonas donde la negrura se volvía menos densa. Tanteó en busca del interruptor pero cambió
de idea. Caminó unos pasos hasta el escritorio. Palpó el monitor de Vergara y a partir de ahí se
orientó hasta encontrar la silla y el CPU. Apretó el botón. La pantalla primero se encendió negra con
el logo del fabricante. Después, mientras iniciaba el sistema operativo, fue corriendo un código y por
último apareció la pantalla azul con el campo en el centro para poner la contraseña. Jonás no conocía
la contraseña de Vergara, pero no le importaba. Lo que quería era la luz. Sacó el grillo y lo examinó.
Había perdido dos patas y una antena estaba quebrada. El cuerpo se hundía en un costado.
Jonás volvió a guardarlo. Examinó el escritorio y la oficina desde la perspectiva de Vergara,
esperando que el cambio le diera algún nuevo punto de vista, le revelara alguna información. Pero no
había nada. Más de lo mismo. Otro retazo de ministerio.

Abrió el primer cajón. Un alfajor de arroz. Gracias, dijo en voz alta, pero al querer agarrarlo el
paquete se estrujó entre sus dedos sin la menor resistencia. Estaba abierto y vacío. Revisó el otro
cajón pero no encontró nada. Insumos de librería, un expediente que no era el que buscaba, una
corbata de repuesto. Cerró todo y respiró. El estómago se le cerró en un puño y lo obligó a replantear
sus prioridades. Primero, conseguir comida. Después, el expediente. Esperame, Emilia, dijo en un
susurro. La voz ronca de sed. Agua. Primero agua, después el resto. Mismo orden.

Se puso la media y el borcego. Seguían húmedos pero ya no quiso esperar más. Fue hasta la puerta y
giró el pomo. El pestillo saltó y la puerta se abrió sin ruido. Afuera, el piso estaba cubierto por una
luz espesa y gris, un amanecer que llegaba de lejos a través de un cielo blindado.

El bidón del dispenser borboteó mientras Jonás tomaba del pico toda el agua que podía sin ahogarse.
Se le escapaba por la comisura y a lo largo del cuello, le humedecía la camisa a la altura del pecho,
pero no le importó. Ya habría tiempo para secarse. Volvió a tomar otro trago más. Y enseguida supo
que tenía que hacer pis.

La ventana esmerilada del baño dejaba entrar una buena cantidad de luz. De pie frente al mingitorio,
la noche le parecía un recuerdo distorsionado, imágenes difusas de una pesadilla que no tenía
intenciones de reconstruir. El chorro salió amarillo y turbio. Luego apretó el botón y un remolino se
lo llevó.

Pero el Ministerio de día, vacío, era otra cosa. Apenas la tarde anterior el piso estaba lleno de
empleados y ahora parecía que mil años habían enfriado todo rastro humano. Los objetos sobre los
escritorios tenían esa quietud muerta, ese aire a apocalipsis nuclear. La calefacción ya no zumbaba.

Caminó hasta la ventana apretándose los brazos. Afuera la ciudad también parecía aquietada, pero no
era más que el ritmo normal del centro un sábado a la mañana. Un sábado frío como cualquier otro.
A lo lejos, sobre el agua, las nubes habían engordado hasta convertirse en una masa oscura.
Sudestada, dijo.

Tocó el vidrio y lo sintió vibrar. Pegó la oreja. Estaba helado. El siseo y el runrún de un camión que,
tres pisos abajo, estaría barriendo la nieve. Por lo menos la posibilidad del accidente nuclear quedaba
descartada. La ciudad seguía viva a su manera. Y él también.

Fue hasta la pequeña cocina del piso y abrió la heladera. Los viernes todo el mundo rescataba sus
pequeños tesoros porque los lunes el personal de higiene procedía a realizar una limpieza profunda,
lo cual significaba básicamente eliminar cualquier elemento de la heladera que no formara parte de
su estructura. Pero siempre había alguien que se olvidaba algo. Esta vez, unos sobres de mayonesa,
salsa golf y un tupper. Agarró el tupper con desconfianza. Dentro, un revuelto de algo que parecía
brócoli, cebolla y acelga, pero no estaba seguro: los colores se habían mezclado y todo parecía
tender al mismo tono de marrón. Además, olía espantosamente, pero tampoco esperaba otra cosa. Ya
nadie conseguía cultivar bananas ni arroz en el suelo duro. Cierto es que podría haber encontrado un
poco de carne de guanaco, pero estaba bien así. No sabía qué cantidad de suerte iba a tener ese día y
prefería gastarla en encontrar el expediente. Llevó el tupper hasta su escritorio, sacó los cubiertos
que guardaba en el cajón y se dispuso a comer. ¡El sánguche! Sacó el tacho de abajo del escritorio.
Más de un tercio del sánguche que había tirado seguía ahí, seco, fuera de escuadra, pero vivo. Lo
rescató y empezó a comerlo. Los sabores se conservaban bien. Tenía la sensación de haberlo tirado
el jueves y sin embargo sabía que era el sánguche del viernes. Porque no era el sánguche lo que
estaba mal, era la temporalidad. De hecho, el sánguche tenía gusto a sábado.

No probó la comida del tupper. Antes de levantarse, lo cerró bien y lo tiró completo.

Ahora sí, el expediente, dijo.

No, todavía no.

Apuró el paso hasta el baño. Media hora más tarde, mientras se lavaba las manos y la cara, volvió a
decir: Ahora sí, el expediente.

Cuarto piso. Empujó la puerta con cierta reverencia, como un explorador pisando por primera vez un
templo oculto. Pero el templo se reveló enseguida mundano y familiar: el cuarto piso tenía una
disposición idéntica al tercero y sólo se diferenciaba por algunos detalles. Al parecer, ahí las
impresoras activas eran dos en vez de una. También tenían algunos bidones de agua acumulados
junto al dispenser y habían festejado algún cumpleaños hacía no mucho porque todavía sobrevivía
una guirnalda con letras de colores encima de uno de los escritorios de la pared más cercana. No
había rastros de torta.

Dio una vuelta completa al piso revisando todos los escritorios, cada pila de expedientes, sin éxito.
Probó suerte con algunos teléfonos, pero las líneas seguían muertas. Emilia tendrá que esperar un
poco más, se dijo.

Algunas pocas oficinas en los laterales permanecían cerradas. Calculó la posibilidad de que el
expediente estuviera ahí y decidió hacer algunos ensayos. Probó los picaportes, y nada. Empujó con
el hombro y tampoco. Tal vez la llave de Vergara funcionara en esas puertas, tal vez en todo el
edificio no hubiera más que cinco o seis tipos de cerraduras genéricas, compradas en lote en una
licitación a las apuradas. Era probable, pero lo mismo daba: la llave se la había llevado Soto.

Consiguió un clip en un escritorio y lo introdujo en la cerradura. Estuvo un par de minutos


moviéndolo mientras intentaba girar el pomo, hasta que aceptó que no tenía la menor idea de lo que
estaba haciendo. Retrocedió un par de pasos para mirar la escena completa. Eran tres oficinas
linderas, armadas con paneles divisorios que llegaban hasta el techo, y la chance de que el
expediente estuviera en una de ellas era más bien baja. Pero si estaba, si él seguía revolviendo todo
el edificio y resultaba que lo había tenido ahí, a la mano, casi a la mano…

Miró la estructura de nuevo. Los paneles iban adosados a unas columnas de aluminio que los
sostenían, y cada una de esas columnas estaba fijada al suelo con cuatro tornillos. Nada muy firme,
pensó. Tabiques prefabricados, pensados para poder cambiarlos de lugar de un momento a otro.
Buscó un cuchillo en la cocina del piso. Clavó la punta en el primer tornillo y giró. Zafaba, pero si
hacía fuerza para abajo, lograba trabarlo. Era cuestión de insistir, se dijo, insistir, clavar, girar, un
poco de fuerza con cuidado de no romper la punta, tornillos largos pero flacos, girar, clavar, hasta
que el tornillo cedió. Lo desenroscó entero con una sonrisa en la boca. El tercer chanchito estaría
muy decepcionado, repetía, mientras sacaba el resto.

La columna no quería terminar de salir, pero la inclinó lo suficiente como para desencajar el panel.
Luego bastó con empujar el panel y crear el espacio suficiente para pasar. La oficina era similar a la
de Vergara más algún detalle personal, una taza de un club de fútbol, una libreta de anotaciones.
Jonás miró todo sin detenerse en nada. Estaba transpirado y buscaba el expediente. Pero el
expediente no estaba.
Le llevó una hora más poder acceder a las otras dos oficinas. Para cuando terminó, tres paneles
descansaban apilados contra un escritorio, junto a dos de las columnas de aluminio y un puñado de
tornillos sembrados en la alfombra. Las oficinas, desnudas y vacías, con toda su intimidad al aire.

—Bueno, acá tampoco está —dijo.

Con una guillotina de papeles partió la punta del cuchillo, de modo que desarmar las oficinas del
quinto se le hizo más fácil. Lo único que le preocupaba y lo demoraba era la necesidad de hacer la
menor cantidad de ruido posible. Trabajaba como un ratón dedicado, con cuidado pero sin pausa. En
un par de horas había cubierto el piso completo, incluyendo un armario repleto de solicitudes de
inscripción al registro de cazadores de lobos.

Tardó un poco en entender de qué se trataba. En las carátulas figuraban las letras PCA, que en
principio no le decían nada. Para reconstruir el significado de la sigla tuvo que recordar que los lobos
no eran lobos, eran perros. Perros salvajes compactados en jaurías. Vagaban en busca de alimento
pero también atacaban ganado y personas, en pie de guerra, sin intención de comer. Un problema
que había empezado en el sur pero que el frío había logrado empujar hasta los bordes de las ciudades
más grandes.

Los primeros ataques en zonas urbanas fueron contra otros perros. Luego, recordó Jonás, ocurrió el
incidente en aquella escuela. Fue un vecino, entrevistado por el noticiero, el primero en llamarlos
“lobos”, y el apodo, amplificado por televisión, arraigó, menos como una forma de referir a la
ferocidad de los perros que como una manera de diferenciarlos de los caniches, labradores y
salchichas que languidecían frente a las estufas de los departamentos.

Pero lo de la escuela caló hondo y hubo una marcha a las puertas mismas del flamante Ministerio de
Invierno, abierto hacía pocas semanas. El Ministerio respondió con la creación del programa.
Necesitaban un nombre que diera a entender que se lo estaban tomando en serio, por eso le pusieron
“Poblaciones Caninas Asilvestradas”. Se abrió el registro y se entregaron armas y balas, y las
denuncias por ataques disminuyeron en cuestión de meses, especialmente en los suburbios, aunque
seguía siendo aconsejable no descender del auto en mitad de cualquier ruta.

Jonás miró el armario atestado de solicitudes. Estaban ahí, sin ninguna intervención, sin curso, como
si simplemente las estuvieran acumulando. Recordó haber oído algo sobre una desfinanciación
repentina del programa, pero no había hecho mucho caso. Siempre había creído que no eran tantas
las personas que andaban por ahí con ganas de perseguir y matar perros. Ahora dudaba. Cerró el
armario. De cualquier modo, los lobos eran un problema de los bordes; en el centro había otras cosas
de las que ocuparse. Por ejemplo, en su caso, del expediente que seguía sin aparecer.

La calefacción nunca había vuelto a encenderse y el invierno parecía penetrar cada vez más las
paredes y ventanas del Ministerio. Jonás pensó en hacerse de algún abrigo olvidado, pero en el sexto
piso tuvo una idea mejor y fue a buscar el mate de Emma. Lo preparó con dedicación y lo llevó
consigo durante el resto del trabajo. La cantidad de expedientes a revisar era enorme. Estaban por
todos lados. Y ahora que no había abogados pululando entre los paneles semitransparentes, el lugar
se volvía aún más laberíntico, de modo que tuvo que hacer varias rondas hasta estar seguro de haber
cubierto todo el terreno. Antes de irse, lavó el mate y lo devolvió.

Apenas puso un pie en el séptimo sintió algo distinto, un cambio en el aire, un olor. Y un crujido.

Giró en redondo esperando ver la sombra de Soto encima de él. El grito se le tropezó en la garganta
ante la escalera vacía. Pero el crujido… miró hacia abajo. Tanteó con la suela de goma y lo sintió de
nuevo. Tuvo que agacharse y pasar los dedos por el suelo para terminar de convencerse de que era
arena. No mucha, apenas una cucharada, un poco de arena que por alguna razón a alguien se le
habría caído en el hall del séptimo piso del Ministerio.

Se sacudió los dedos y empujó la puerta. Dio a un pasillo breve, una mera cápsula de aire antes de
otra puerta, de vidrio templado, que le impedía el paso. Sobre ella, un cartel indicaba “TÉCNICA Y
PLANIFICACIÓN”. Hacía falta una tarjeta especial para abrirla, una tarjeta que Jonás no tenía y que
dudaba que pudiera conseguir. Esta vez no había tornillos ni paneles. Emma tenía razón: la puerta
era infranqueable. Probó empujarla, sin éxito. El edificio se replegaba sobre sí mismo, el Ministerio
se le negaba, y no había nada que pudiera hacer.

Subió un piso más.

Prensa y difusión. El piso incluía una recepción elegante, con un mostrador con espacio para dos
empleados con computadora, sillones cómodos, mesa ratona y dos pantallas colgadas. En días
hábiles, estarían sintonizadas en canales de noticias que, desde la llegada del invierno, se habían
reducido también a dos: uno a favor del gobierno y otro en contra. Originalmente había una sola
pantalla, pero la nueva ministra había decidido implementar una postura abierta y había pedido que
se incorporase el canal opositor. Por eso, la primera pantalla estaba perfectamente alineada al centro
de la pared, de cara a ambos sillones, mientras que la segunda se había amurado a un costado,
rompiendo la simetría.

La alfombra lucía aspirada y las sillas detrás del mostrador, acomodadas en escuadra. Todo el lugar
daba la sensación de formar parte de un esmerado intento de diplomacia y hospitalidad. Si bien los
funcionarios del Ministerio solían ir a la televisión y daban varias entrevistas por semana, no era
menos cierto que los empresarios de los medios y periodistas especializados a menudo eran
convocados al edificio ministerial. “No le vamos a torcer el brazo a Dios” fueron las palabras con las
que el ministro anterior había encontrado el principio del fin de su carrera. Las había dicho durante
el segundo año del invierno y las había dicho sin querer, o al menos sin comprender realmente todas
las posibles interpretaciones que se les podía dar a esas palabras, en principio tan claras y directas.
Analistas políticos, ambientalistas, lingüistas y hasta los mismísimos periodistas las habían
diseccionado hasta reducirlas a átomos y, aún así, la verdadera intención del ministro seguía siendo
materia de controversia. Algunos sostenían que se trataba de una mera descripción de la realidad; el
último ciclón frío había dejado tres nuevos muertos y dos desaparecidos y desde el Ministerio se
estaba impulsando una serie de medidas paliativas, de alerta temprana y promoción de la vida
hogareña a fin de reducir la exposición de la población a esa intemperie despiadada. Otros
interpretaban la frase como una declaración de principios: según ellos, el ministro estaba dejando en
claro que el gobierno no tenía la menor intención de buscar soluciones de fondo al problema del
invierno. De nada servía que el ministro saliera a aclarar la verdadera intención de sus palabras: lo
único que la opinión pública había entendido era que Dios no sería desafiado. Los debates se volvían
particularmente espinosos cuando los involucrados se daban cuenta de que ni siquiera estaban
hablando del mismo Dios.

Eventualmente, el ministro tuvo que renunciar. En una entrevista posterior, confesó que redactar esa
carta de renuncia fue la tarea más difícil que tuvo que enfrentar, ya que no sabía exactamente qué
debía consignar como razones de su decisión.

Para evitar que le pasara lo mismo, la ministra actual había dejado de dar entrevistas y había
implementado aquello de las reuniones en el Ministerio. Se llamaban “Sesiones de homologación de
la información” y constituían todo un avance en términos de difusión de medidas importantes
relacionadas al invierno, que eran prácticamente todas las que importaban. La primera vez que se
llevó a cabo una sesión, fue un acontecimiento nacional y la ministra se presentó para inaugurarla.
Habló poco, evitó las preguntas sobre su pasado y, sobre todo, se negó a pronunciarse sobre el
significado de las palabras de su antecesor.
Jonás abrió las puertas de vidrio esmerilado y accedió a un piso abierto pero donde cada escritorio
estaba tabicado por paneles a media altura que le daban una mayor privacidad. Las sillas eran de
mejor calidad y cada cierta cantidad de metros, un nuevo par de pantallas dormían ciegas a la espera
del lunes.

Entró al primer cubículo y revisó los papeles sobre el escritorio. Después los dos cajones, pero no
encontró nada. Pasó al segundo y repitió la operación. Tercero y cuarto. En el quinto encontró un
paquete de galletitas que fue devorando mientras seguía con el sexto. Después de un rato, levantó la
cabeza y miró por encima de los paneles. Le quedaban unos treinta escritorios y se le habían acabado
las galletitas. Intuitivamente se llevó la mano a los cigarrillos, pero recordó el detector de humo y
desistió. Iba a tener que encontrar un lugar seguro antes de volverse loco. Pero ahora tenía que seguir
buscando. Cinco escritorios más. Diez. El expediente no aparecía pero, a fuerza de revolver papeles,
empezaba a comprender un poco mejor la naturaleza del trabajo que se llevaba a cabo ahí: se
escribían discursos, líneas argumentales, proyectos de comunicación. Se medía la respuesta del
público en redes sociales, minuto a minuto, y se la comparaba con lo que sea que se estuviera
diciendo sobre la gestión del invierno en televisión y radio. Era un piso entero dedicado a la
producción y la medición. La comprensión cabal de la opinión pública.

El último escritorio tenía una foto familiar, recuerdo de un viaje de ski, de esos que se habían
multiplicado en los últimos años. Falsas laderas construidas en cemento habían sido la clave de una
nueva industria orientada a la población optimista de recursos moderados: diversión y deporte al
alcance de la mano sin necesidad de costosos traslados hasta las zonas montañosas. De hecho, detrás
de las caras sonrientes se adivinaba un horizonte perfectamente plano. Jonás miró la foto dos veces y
pensó en Emilia y el gato. Lo invadió esa nostalgia culposa que provoca la felicidad ajena. Tal vez
podía terminar pronto y volver a casa para la merienda. O la cena. Volver con comida.

Fue hasta el ventanal y volvió a mirar el cielo. Las nubes estaban más cerca y empezaban a
compactarse. Se desplazaban lentamente, de costado, ennegrecidas. Pensó en Vergara: con el cielo
encapotado, ¿cómo iba a saber en qué momento salía la tercera estrella que daba fin al sabbat? Tenía
que preguntarle cuando lo viera.

Dio una vuelta al piso, pensando qué se podía estar olvidando, hasta que reparó en una puerta. La
primera vez que había pasado junto a ella ni siquiera la había visto, pero era una puerta. Doble hoja.
Pomos dorados. La empujó y dio a una enorme sala de reuniones. El centro estaba dominado por una
mesa negra brillante, de forma ovalada, con espacio para una docena de sillas. En un extremo, una
pantalla blanca en un pie metálico quedaba de cara a un proyector amurado al cielorraso. Al costado,
varias mesas pequeñas con restos de migas y manchas redondas de vasos y jarras. Dos televisores
encima, apuntando hacia la mesa. La otra pared era casi exclusivamente un ventanal detrás del cual
empezaban a caer unos pocos copos de nieve indolentes que el viento arrebataba.

Jonás no vio nada de todo eso cuando entró. Lo vio más tarde mientras buscaba un contexto posible,
un indicio, una explicación. Cuando entró, lo único que vio fueron las palmeras.

Eran cuatro. No tenían el tamaño de una palmera adulta, pero sí la forma. Lucían como pequeñas
palmeras achicadas hasta no superar los cuarenta centímetros de altura, cada una en una maceta,
dispuestas en línea en el centro de la mesa. Cada maceta tenía un rótulo diferente: Cocos
nucifera, Phoenix canariensis, Chamaerops humilis  y Sabal Palmetto. Mirándolas de cerca, podían
detectarse algunas diferencias en las formas de las hojas y el grosor del tronco. Especialmente la
tercera se distinguía por ser más baja y rechoncha, casi un arbusto. En conjunto, recortadas contra el
ventanal nevado, le produjeron una sensación incómoda, como si las últimas veinte horas no
hubiesen ocurrido nunca y recién ahora estuviera violando —sin querer— aquella intimidad difusa.
Salió de la sala de reuniones y caminó directo a la recepción. Cruzó las puertas esmeriladas y ya
estaba por abrir la que daba a las escaleras cuando se dio cuenta de que ese espacio no tenía
detectores de humo. Para más seguridad, revisó que todas las puertas cerraran bien, que las hendijas
no fueran demasiado grandes y, cuando estuvo convencido, encendió un cigarrillo. Dio la vuelta al
mostrador de recepción, fumando y mirando, pero no buscaba nada. Era la mirada extraviada del que
descansa, del que busca sin querer encontrar y, sin embargo, a veces encuentra: el control remoto
detrás de un lapicero. Lo agarró y se sentó en uno de los sillones, exhausto, de cara a las pantallas. El
televisor se encendió en el canal de noticias oficialistas. La conductora de siempre anunciaba buen
tiempo para toda la semana, empezando esa misma noche, para la cual se esperaba un leve aumento
en la temperatura.

Jonás cambió de inmediato. Un instante duraba cada imagen antes de que apretara el botón de nuevo.
El televisor se convirtió en una reproducción de diapositivas incoherentes hasta que encontró algo
aceptable, algo que le permitiera no pensar. Fumó tranquilo y se entregó mientras el coyote intentaba
proyectarse a sí mismo contra la trayectoria del correcaminos, gracias a una enorme banda elástica
marca ACME aferrada a dos piedras. Por un capricho de la física, las piedras salieron volando y el
coyote permaneció estático, potencial, condenado, mientras el correcaminos seguía su curso,
obstinado, veloz, imparable, sin que nadie nunca se preguntara a dónde estaba yendo, ni qué objetivo
perseguía.

Durmió sin reloj ni ventanas. Durmió bajo la luz blanca de los tubos fluorescentes y descubrió, al
despertarse, que uno de los tubos parpadeaba. Se restregó los ojos sabiendo que emergía de un sueño
subterráneo, un buzo de profundidad en descompresión. En el televisor, los colores estridentes de un
dibujo animado que no conocía. Volvió a poner el noticiero y con un poco de esfuerzo logró enfocar
la hora. Veinte y veinticinco.

El sillón se quejó cuando se le despegó de la espalda y él se quejó cuando se puso de pie. Apagó el
televisor y dejó el control remoto en la mesa ratona. Después, abandonó el piso. Le quedaba un
único camino, pero era un camino cerrado. Aún así, subió los escalones, acaso más por curiosidad
que por esperanza.

Tan pronto salió de la escalera y abrió la puerta, dio a una recepción oscura y húmeda, pero sobre
todo, cálida. Encontró la perilla de luz sin esfuerzo y la recepción se iluminó de la manera más
imprevista: lámparas de sodio se encendieron a la vez sobre el escritorio de la secretaria y sobre un
largo sillón esquinero, prácticamente los únicos elementos que funcionaban como antesala de un
despacho importante. El resto del lugar estaba dominado por dos gigantografías con sendos paisajes
caribeños. Playas de agua turquesa con palmeras inclinándose gentilmente desde la orilla y un reflejo
de sol que invitaba a beber.

Jonás arriesgó un par de pasos sobre la alfombra verde, no muy seguro de que fuera una buena idea,
y a la vez incapaz de contener los pies. Un siseo parecía llamarlo, un susurro caliente que tardó en
encontrar: un sistema de ventilación exhalaba aire húmedo por las hendijas colocadas en las paredes.

Al final de la sala, una puerta doble daba con toda seguridad al despacho. Jonás la probó pero estaba
cerrada con llave. Tocó la madera. Estaba tibia. Casi caliente. Una pátina de agua le impregnó las
yemas.

Volvió sobre sus pasos, de pronto consciente de lo difícil que era respirar esa atmósfera, y revisó el
escritorio de la secretaria. No encontró las llaves ni nada más que pudiera servirle. De hecho, el
escritorio estaba casi vacío. El único objeto personal que pudo identificar fue una caja amarilla de
bombones surtidos, abandonada en un cajón. El contenido estaba bastante mermado, pero todavía
sobrevivían algunos. Jonás se metió un par en el bolsillo y después agarró otro más, que comió en el
momento. Recién al cerrar la caja descubrió, adosada al cartón, una breve tarjeta que decía “Feliz
día” sobre el dibujo de un gatito con anteojos y uñas pintadas tecleando en una computadora.

Por primera vez en el día, sonrió. El mal gusto de la ministra se desplegaba en tantas dimensiones
que no iba a saber por dónde empezar a contárselo a Emilia. ¿Se lo contaría también a Vergara?
Sería una buena anécdota si tan sólo pudiera coronarla con el hallazgo del expediente. Pero el
expediente estaba perdido y a esta altura ya no quedaba más remedio que aceptarlo. Había llegado al
final del viaje. Sólo restaba volver a casa. Pensar las explicaciones que daría el lunes. Esperar lo
mejor. Subió al ascensor y apretó el botón de planta baja. Miró los números pasar en el visor. En
alguno de esos pisos estaba el expediente, pero él no lo había encontrado y ahora se rendía. Noveno,
octavo. Que durmiera su sueño secreto, él iría a dormir con Emilia. Enterraría los pies en la nieve a
lo largo de todo el camino a casa, aferrado a la idea de llegar y contarle la historia, contarle del
expediente, de Vergara, de la extravagante recepción del despacho de la ministra. Séptimo, sexto.
Darle la buena noticia: habían dicho en la televisión que se esperaba buen tiempo. Quinto. Quizás
con esa noticia alcanzara, quizá podrían refugiarse en eso durante todo el domingo y fingir que no
había que volver al Ministerio el lunes. Cuarto. El retrato de Helena sonriendo desde la pared.
Tercero. Segundo. Saldría de nuevo a la nieve. Tal vez volviera a ver a Soto. ¿Cómo podía haberse
olvidado de Soto? Primero. ¿Cómo podía haberse olvidado al punto tal de tomarse el ascensor?
Intentó pararlo, desesperado, la palma en la botonera sin llegar a acertar al botón correcto. Planta
baja. Las puertas se abrieron y los ojos de Soto brillaron de frente a él, expectantes, rodeados de
penumbra. Detrás estaba el hall y allá a lo lejos la puerta de salida. Jonás alcanzó a ver el viento
golpeando los vidrios, un viento blanco, rabioso, vestido de nieve. Pero fue un segundo apenas
porque Soto se le vino encima y ya no vio nada más.
CAPÍTULO 3

Domingo

El dolor era una luz intensa que irradiaba. A veces se esparcía desde el labio inferior, un relámpago a
lo largo de la mandíbula, se abría en abanico desde ahí y caía por la espalda hasta encontrar los
puntos donde los músculos se apoyaban en alguna superficie dura. Por momentos se concentraba
como un láser y entonces podía ser el labio pero también la sien o el oído. Todo el cuerpo parecía
haberse fragmentado y le resultaba imposible concentrarse en una parte sin perder noción del resto.
De modo que se concentró en la luz. La siguió con la mente mientras se desplazaba incolora,
indiferente a los latidos del corazón, que se iban encrespando a medida que recuperaba la conciencia,
que recordaba y se encontraba consigo mismo, con su cuerpo magullado.

Abrió los ojos.

No había tal luz. Estaba solo con el dolor. Y con la oscuridad.

Buscó con la mano hasta que encontró una pared, lisa, atrás. Intentó levantarse pero lo mejor que
pudo hacer fue quedar sentado, la espalda apoyada en la pared.

Respiró dos veces, pausadamente. Sintió las costillas expandirse a medida que el aire ocupaba
espacio y después lo soltó con cuidado. Repitió el ejercicio hasta que el cuerpo volvió a sentirse
como un todo. El dolor persistía, pero la fragmentación se había disuelto.

Volvió a intentar y esta vez las piernas hicieron el trabajo. Ahora que estaba de pie, el resto de los
sentidos parecieron despertarse. Le llegó un murmullo de conversaciones estridentes pero lejanas,
apenas distinguibles del fondo de silencio absoluto. Olía a mierda y a humedad. Y la pared que
tocaba estaba fría.

Dio dos pasos siguiendo la pared y en seguida se detuvo. Una vibración empezó a crecer desde la
yema de los dedos y después desde el suelo. Cada vez más fuerte. Giró, desorientado. Dio un paso
atrás y se separó de la pared. Quedó, sin quererlo, en el medio de la oscuridad, sin punto de
referencia, incapaz de saber si le convenía tirarse al suelo antes de que todo se viniera abajo, y quiso
gritar porque unos gusanos calientes le agarraban el brazo y una voz salida de la mismísima nada le
dijo:

—Tranquilo, es el subte.
La vibración se perdió a lo lejos. Jonás dio medio paso hacia la voz, o hacia donde creía haberla
escuchado. Pero la voz no había vuelto a hablar. Ahora que la vibración se había esfumado, ahora
que el silencio era absoluto, creyó que podría escucharle siquiera la respiración, pero no podía
porque su propia respiración, su propio corazón, insistían en llenarle los oídos y lo dejaban más
ciego, más a oscuras.

Le quedaba, entonces, el tacto. Levantó la mano delante de sí y tanteó el aire. Creyó sentirlo menos
frío en esa dirección y se movió otro paso.

El descubrimiento lo hizo la pierna. Un ruido metálico cuando la tibia chocó con algo duro. Encontró
las sábanas y la cucheta. Se sentó. Después, las manos hacia atrás hasta dar con la pared. Después,
retroceder sentado hasta apoyar la espalda. Y ahí sí, se quedó por fin, consciente del cuerpo que
percibía al lado del suyo, en silencio como ese cuerpo, reconfortado por aquella presencia. No habló,
porque no supo qué decirle. Sabía cómo se llamaba. Y sabía cómo lucía cuando sonreía. Pero hasta
ahí llegaba su conocimiento. Sobre todo lo demás, Helena sabía mucho más que él.

Se tanteó los bolsillos. Los chocolates y el paquete de cigarrillos seguían ahí, arrugados. Debajo,
también conservaba al grillo.

Fue ella la que rompió el silencio. Lo hizo con la voz tranquila y clara, pero lo suficientemente bajo
para que sólo él pudiera escucharla:

—¿Cómo te llamás?

—Jonás.

Por un rato, nadie dijo nada. Parecía como si a ella le alcanzara esa información o necesitara
pensarla.

—¿Vos sos… vos sos Helena Rigazi?

—Sí.

—Te están buscando. Allá afuera, hay carteles. En el ascensor. Creen que la nieve… el ciclón de la
semana pasada.

Helena no dijo nada. Costaba incluso escucharla respirar. Una réplica del dolor volvió a tensarle la
mandíbula a Jonás, pero hizo el esfuerzo de hablar otra vez. Sentía de pronto la necesidad de no
dejarla perderse en la negrura:

—Vino una señora a buscarte. Pelo negro y canoso. Bajita.

—¡Mi vieja! ¿La viste? ¿Está bien? —reaccionó Helena.

—Apenas la vi. Soto la echó. Ella no sabe que estás acá —Jonás movió la cabeza tratando de ver
algo alrededor, hacerse una idea más precisa de dónde estaba, pero no había nada para ver, ni una
línea de luz, ni un borde, sólo la voz de Helena y los olores—. Dudo que alguien sepa que existe este
lugar…
—Mami… —Helena se sorbió los mocos, pero de pronto sonó firme, a la defensiva—: ¿Y vos?
¿Cómo llegaste vos acá?

—Soy del tercero. Vergara… mi jefe me puso a buscar un expediente.

—Ah, un expediente. Claro.

—Sí. ¿Por?

Helena no dijo más nada. Se acurrucó en la cucheta y se sumió en un silencio aún más profundo que
la oscuridad.

Abrió los ojos; no se había dado cuenta de que los tenía cerrados. Todo seguía igual. Volvió a
cerrarlos y creyó percibir los diminutos ríos de sangre haciéndole vibrar los párpados, la curva de los
globos oculares, la imposibilidad de relajar del todo las cejas.

Los abrió otra vez.

Hasta ahora, el tiempo había sido más bien como un río que fluía a distintas velocidades, pero
entonces parecía que el río hubiera desembocado en una laguna sin bordes, quieta y de noche. Sentía
aún la proximidad de Helena y podía escucharla respirar; no era la respiración monótona de un
cuerpo dormido, sino una respiración metódica, cavilante. Una respiración impenetrable que la
protegía como un domo y lo obligaba a dejarla en paz y pensar en él mismo. ¿Qué haría ahora?
Emilia estaría buscándolo. O esperándolo. Pero no había razón para que creyera que seguía dentro
del edificio del Ministerio. Probablemente el lunes amaneciera sobre su cara multiplicada en
ascensores y postes de luz. Se preguntó qué foto iría a elegir Emilia. ¿O dejaría todo eso de lado y
consultaría con las cartas? ¿Había en ese momento un arcano señalando su paradero? Un jirón de fe
asomó en los bordes de su conciencia, una esperanza lejana, una claudicación de último minuto. ¿Iba
a ser ese el final? Todo por querer encontrar un expediente. Por hacerle caso a Vergara. Cuidar el
trabajo, que es lo primero. No podía culparse por eso. Que Emilia estuviera desempleada era
suficiente tragedia, no había necesidad de sumarle su propio despido a la ecuación. En eso había
actuado bien, se concedió. Pero el expediente. El expediente…

Helena le interrumpió los pensamientos como si se los hubiera estado leyendo. Por un momento,
Jonás temió haber estado hablando en voz alta.

—¿Qué expediente estás buscando?

Jonás dudó un segundo y después recitó el número de memoria. 

—...cuatro es el dígito verificador. O nueve. No sé.

Helena se rio. Fue una risa corta pero clara y Jonás la encontró perturbadora. No era la risa de una
cautiva; era una risa honesta que cortó el aire como un aleteo de paloma.

—El famoso dígito verificador —dijo Helena—. Nadie sabe para qué mierda sirve el dígito
verificador pero todos te lo dan y te aclaran, el número es tal, tal y tal te cantan y te cierran con “tal
es el número verificador”. Qué maravilla la gente.
—Lo usa el sistema para procesar las bases de da...

—Callate que estoy hablando yo ahora. Mirá, Jonás del tercero, yo no sé por qué te metieron acá
conmigo y la verdad no me importa ninguna explicación que puedas darme. No me importa si de
verdad te llamás Jonás y si de verdad venís del tercero o si se trata de una trampa del psicótico este
—levantó la voz al final, a propósito para que la escucharan desde otro lado—, pero si sos quien
decís ser, entonces hay algo que seguro no sabés. Y deberías saberlo.

Hizo una pausa para verificar que Jonás no tenía intenciones de interrumpirla. Y entonces, dijo:

—Hay otro tipo de expedientes. Son expedientes que no van por sistema. Son privados, jerárquicos,
secretos. Porque los burócratas son así, para guardar un secreto, lo ponen en un expediente. ¿Sabés
cómo te das cuenta de que un expediente es secreto? Porque no tiene un dígito verificador. Tiene una
letra.

La pared en la nuca de Jonás se volvió aún más helada. De pronto, parecía sentir cada mínima
protuberancia de la pintura, cada punto de contacto, como si los ladrillos se hubieran endurecido
cuando en realidad eran los músculos en la base del cráneo los que de golpe se habían puesto rígidos.

—No es un cuatro y no es un nueve —siguió Helena—. Es una “A”. Nos tienen a todos repitiendo
que el dígito verificador es para que el sistema pueda procesar las bases de datos, y en realidad es
para que el sistema no pueda procesar ninguna otra cosa. Es una medida estúpida, pero efectiva.
Supongo que eso la hace menos estúpida.

—¿Dónde está ahora ese expediente? —Jonás la miró tratando de encontrar cualquier rasgo entre la
oscuridad, cualquier reflejo, pero lo mismo daba si hubiera tirado los ojos a un pozo.

—Eso no te lo voy a decir. Lo que sí te puedo contar es qué dice el expediente, porque lo vi.

Jonás esperó, consciente de que no tenía ningún sentido preguntar. La información iba a salir de
Helena en el momento en que ella quisiera, con las palabras que ella quisiera y lo máximo que podía
hacer era concentrarse para atrapar esas palabras sin que el dolor que ahora le volvía a la mandíbula
las distorsionara.

—Se acerca el verano —Helena sopló una risa por la nariz—. Hasta están pensando una canción.

El suelo empezó a vibrar de nuevo.

La puerta se abrió y un rectángulo de luz se coló en el cuarto. Era una luz fluctuante que variaba de
color. Del otro lado, un televisor mudo la proyectaba. La pantalla permanecía oculta; solamente
llegaba el resplandor, recortado por la silueta de Soto, que entraba arrastrando una silla, la ponía
frente a los dos y cerraba la puerta. En la negrura, lo sintieron acomodarse.

—¿Dónde está? —preguntó. Tenía la voz gruesa y delicada. Jonás sintió que, de saber la respuesta,
se la habría dado.

Helena no respondió.

—¿Y vos, ratoncito? ¿Tampoco sabés?


Jonás negó con la cabeza.

—Contestame.

—No sé.

—¿Dos días revolviendo todo el Ministerio y nada?

—Nada.

Soto se revolvió en la silla. Hacía un esfuerzo para serenar la respiración pero Jonás intuía que nada
le hubiese traído más sosiego que aplastarles las cabezas con los puños. Los imaginaba cerrados
alrededor del respaldo de la silla, los nudillos blancos.

—¿Y te tengo que creer?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque estoy secuestrado en el segundo subsuelo del Ministerio y tengo miedo de que me mates si
no te lo digo.

Hasta Jonás se sorprendió de la claridad con la que podía pensar. La lógica, a Soto, sin embargo, lo
ponía más nervioso. Lo oyeron pararse. Después unos pasos y por último el rectángulo de luz
nuevamente, sobre el que lo vieron irse, arrastrando la silla.

Cerró la puerta con otro golpe y la oscuridad se selló otra vez.

—Necesito ir al baño.

—En la esquina está el balde. Cuatro pasos a la derecha y después seguís la pared.

Jonás siguió las instrucciones. Se puso de rodillas y procuró pegarse bien a la boca del balde para no
derramar nada. El olor se hizo más intenso, pero pudo soportarlo. El primer chorro rebotó contra el
plástico. Esperó a que el ruido menguara para hablarle:

—¿Vos escuchaste lo que me dijo?

—¿Qué de todo?

—“Dos días revolviendo el Ministerio”, me dijo. Me estuvo vigilando todo el tiempo. Supo todo el
tiempo. La alarma de incendios... Cuando se llevó la llave lo hizo a propósito. ¡Y la empanada!

—A mí me trajo una empanada.


—Era mía… —Jonás terminó y volvió dando pasos cortos y rápidos para espantar el frío, pero pateó
la cucheta y los caños hicieron un escándalo. Los dos se quedaron unos segundos esperando, no muy
seguros de si las reglas del cautiverio les permitían hacer ruido. Pero nadie vino y Jonás volvió a
sentarse.

—Hay algo que no entiendo. ¿Cómo te metiste vos en todo esto? —preguntó Jonás, que había creído
que el secuestro de Helena era el producto de una psicosis individual, un cautiverio con fines
sexuales o de la naturaleza que fuera la perversión de Soto, y quizás por eso no se había atrevido a
indagar más. Pero ahora entendía que la situación era otra, que estaban todos siendo arrastrados por
la misma corriente.

—Por estúpida.

—Eso no me dice nada.

Helena suspiró. Se tomó un instante para calcular la cantidad de información que estaba dispuesta a
brindar y después empezó a relatar:

—Me llegó el expediente por error. Venía de la secretaria de la ministra y no sé a dónde lo estaban
queriendo mandar, pero apenas lo abrí, me di cuenta de que eso no era para mí. Y me puse a leer y
leí y vi fechas y anuncios oficiales y cuando entendí lo que era, entré en pánico. Porque hacía un día
que estaba en mi escritorio y no iban a tardar mucho en darse cuenta. Así que lo escondí y me fui.

Jonás recordó el escritorio vacío de la secretaria de la ministra, esa ausencia evidente, los bombones
dejados atrás.

—¿Y entonces?

—Caminé mucho, para el lado de mi casa. Yo suelo viajar en subte pero caminé, no sé por qué —
Helena había entrado en el ritmo del relato y ahora no podía detenerse—. Quería alejarme. Y cuando
paré, era tarde, había oscurecido. Quise prender un cigarrillo y me di cuenta de que me había
olvidado el… Ahí fue cuando hice algo estúpido. Volví.

El relato se interrumpió en ese punto y Jonás no preguntó más. Se levantó y se puso a caminar por el
lugar. Ida y vuelta, de pared a pared. Necesitaba otro tipo de información. Algo que le permitiera
salir de ahí. Daba pasos regulares y murmuraba números por lo bajo.

—¿Te podés sentar, que me ponés nerviosa?

—Estoy midiendo.

—Son catorce pasos a lo largo, ocho y medio a lo ancho. No hay nada más que el balde y la cucheta.
Pero ese hijo de puta vive acá, están las marcas de los muebles en las paredes.

—¿Las viste?

—La luz está de este lado


—¿Cómo de este lado?

—Está ahí la perilla, al lado tuyo. No la prendas.

Jonás tanteó desesperado.

—¡No la prendas, te digo!

Un clic y la habitación se llenó de luz. Una luz rota, cansada, pero luz al fin. Y bajo esa luz, la
imagen de Helena, acurrucada en la esquina de la cucheta, no tenía nada que ver con la voz que
había estado oyendo. Tampoco con el retrato del ascensor. Era la expresión más exterior del
cautiverio: la ropa arrugada en todos los lugares posibles, las sombras de un maquillaje antiguo
derramadas sobre los pómulos y el pelo rubio descompuesto y apelmazado. Jonás se acercó y se
inclinó para mirarla de cerca. Un corte en el labio parecía no querer cicatrizar, justo ahí donde ella
no podía parar de clavarse los dientes nerviosos.

—¿Sabés hace cuánto que estás acá? —preguntó Jonás.

—Ocho o nueve días. Creo. Me prende y me apaga la luz cada cierta cantidad de horas.

—Qué considerado.

—Sí. Suponiendo que me la esté prendiendo de día y apagándola de noche, y no al revés.

Jonás se quedó pensando. Después, preguntó:

—¿Te trata bien?

Helena levantó la cabeza y lo miró incrédula. Después volvió a bajarla, sin responder. Ahora Jonás
veía un par de orejas prominentes que asomaban atrás del pelo y podía empezar a percibir el aliento
ácido. Los ojos, sin embargo... el cartel en el ascensor decía veintitrés años, pero la Helena de la
cucheta conservaba la mirada tenaz de una niña.

Entonces, recordó al grillo. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y lo sacó. Sostuvo el cadáver en
la palma y ambos lo miraron. Estaba quebrado por la mitad y le faltaban varias patas. Una de las
antenas se doblaba en un ángulo imposible. Había pelusas enredadas debajo del ala.

Un ruido en la puerta los hizo mirar. La traba primero y las bisagras después. Una mano huesuda se
metió por el intersticio y apagó la luz. La puerta se cerró otra vez.

Navegaba el sueño como un hombre rana, cerca de la superficie, vagamente consciente del umbral.
Por eso se despertó sin estímulo o, precisamente, por la ausencia de todo estímulo. El vacío en la
cucheta al lado, el hueco de aire frío.

—¿Helena? ¡Helena!

—¡Shh!
El chistido venía de la puerta, o de donde creía recordar que estaba la puerta. Se acercó pisando con
cuidado. La proximidad del cuerpo de Helena le devolvió un calor mínimo, un vaho rancio al que
hubiese querido agarrarse.

—¿Qué pasa?

—Voces. Está con alguien.

Jonás pegó la oreja. La puerta estaba congelada. En efecto, del otro lado, a cierta distancia, alguien
discutía.

—...decime que está bien…

—Te tengo que pedir que te vayas —esa era la voz de Soto. Hablaba claro y firme. En cambio, el
otro intentaba susurrar.

—¿Vos es…? ¡Nos vas a… ilombo!

—Rajá de acá.

La otra voz tomó ímpetu o perdió el control; de este lado de la puerta ni Jonás ni Helena habrían
podido asegurar cuál de las dos cosas, pero de pronto sonó también fuerte:

—Escuchame una cosa, enfermo de mierda, a mí lo que creas que te dijo la ministra me importa tres
pitos. ¿Vos querés un escándalo? Porque si estás buscando un escándalo, yo lo hablo con ella, eh, lo
arreglamos, eh. ¿Llamamos a los medios? Mirá que vas vos en cana, no yo. Yo les doy la nota. Les
digo la verdad.

—¿Vos? ¿Qué verdad les vas a decir vos?

—¡La verdad! A mí me suena el teléfono a las cuatro de la mañana y resulta que es una mina
histérica que no encuentra a su marido y quiere saber si yo sé dónde está. Me dice que llamó por
teléfono pero que las líneas del Ministerio están todas caídas. Todas. ¿Será posible?, me pregunto. Y
llamo yo. ¡Y resulta que están caídas! ¿Será posible?

—Las corté —dijo Soto, sin la menor emoción.

—¡Las cort…! Las cortaste. Claro que las cortaste. ¿Cómo vamos a laburar mañana? Ese es otro
problema para contarle a los periodistas. Hermoso, lo convertiste en un conflicto de alcance
nacional. El Ministerio parado. Estás al horno, hermano. ¿Sabés qué? Olvidate de los medios, voy a
ir a hablar con la ministra. No me importa que esté de viaje. Le voy a tirar abajo la puerta si hace
falta…

Jonás no necesitaba escuchar más. Empezó a golpear la puerta con los puños y a gritar:

—¡Vergara! ¡La concha de tu madre, Vergara, sacame de acá! ¿Qué le dijiste a Emilia? ¡Sacame de
acá! ¡Vergara! ¡Te voy a matar! ¡Decile que nos suelte!
—¿Que nos suelte? —Vergara se atragantó— ¿Nos suelte? ¿A quién más tenés ahí?

—Andate.

—¡Jonny! Esto es un error, Jonny. ¡Este tipo se volvió loco!

—¡Sacanos de acá, Vergara! ¡Te voy a matar! ¡Sacanos ya!

—¡Abriles! Mirá que si no les abrís vos, les voy a abr… ¿Qué hacés? ¡Soltame!

Se oyó un golpe sordo. Del otro lado de la puerta, alguien se desplomó. Todas las voces callaron. El
ritmo peculiar del silencio marcado por unos pasos livianos que se alejaban.

En algún momento, el tiempo se empantanó otra vez. Jonás tuvo miedo. Ninguno de los dos parecía
dormir y hablar era la única forma de establecer algún tipo de causalidad. Sacó un chocolate del
bolsillo y lo elevó en la oscuridad, cerca de Helena.

—¿Querés?

Ella tanteó hasta encontrar lo que le ofrecía. El papel crujió bajo sus dedos mientras intentaba
averiguar qué tenía en las manos. Por fin logró abrirlo y lo masticó con fuerza, aunque estaba
blando.

—¿Seguís sin confiar en mí? —Jonás aprovechó la pausa para preguntar, pero Helena se tomó su
tiempo, terminó de tragar y recién después le dio algo parecido a una respuesta:

—Hasta cierto punto.

—¿O sea que no me vas a decir dónde está el expediente?

—No.

—¿Y por qué me contaste de qué se trata?

—Por si resulta que el único que logra salir de acá un día sos vos.

Jonás no supo responder. Una parte de él esperaba que aquello se acabara de un momento a otro,
como si fuera demasiado absurdo para durar. Pero bastó que Helena dijera que tal vez un día él
podría salir para que la esperanza se le disolviera en el vacío, como arrebatada por un viento interior.

Comió el otro chocolate que le quedaba. Después, buscó hasta encontrar el cigarrillo.

—¿Tenés fuego?

—Me lo dejé en mi escritorio.


Por un rato se estuvieron pasando el cigarrillo apagado, un par de pitadas de aire cada uno, hasta que
el filtro estuvo tan húmedo que hubo que tirarlo.

—Lo que no entiendo es el subte —dijo Helena. La vibración acababa de perderse otra vez—. O sea,
por un lado la hora.

—No sé qué hora es.

—Yo tampoco, pero estuvo pasando todo el tiempo, y eventualmente debería dejar de pasar, ¿no? El
subte no pasa de noche. Desde que empezó el invierno, a duras penas pasa después de las siete de la
tarde.

—No lo había pensado.

—Pero después está el tema de la frecuencia. No hay frecuencia. No una frecuencia identificable.
Los primeros días, cuando me di cuenta de que necesitaba llevar un control del tiempo, empecé a
contar los segundos entre uno y otro. Lo hice siete veces seguidas. Mil ochocientos noventa y cuatro
la primera. Mil seiscientos trece la segunda. Dos mil novecientos y pico la tercera. Ahí dejé de
prestarle atención a las decenas. Setecientos la cuarta. Cuatro mil quinientos la quinta. Ochocientos.
Seis mil. Bueno, se entiende. No es una frecuencia. Son formaciones pasando de manera errática. A
deshoras. Porque mientras este hijo de la mierda me mantiene la luz prendida, la frecuencia se
vuelve más estable. Quince minutos, lo de siempre.

—¿Y qué creés que significa eso?

—Bueno, por un lado que efectivamente me prende la luz de día y la apaga de noche. Pero aparte de
eso, no tengo la menor idea.

Oyeron a Soto quejándose. Gemía y suspiraba, y cada exhalación llegaba subrayada por un ruido de
fricción. Pero algo más se filtraba entre los suspiros. Una letanía quebrada, como pronunciada entre
toses: Soto rezaba. Arrastraba el cuerpo de Vergara por el pasillo, vaya uno a saber hacia qué
sepultura. Y, mientras lo hacía, rezaba.

Jonás pegó la oreja a la puerta y contuvo la respiración. Podía imaginar el esfuerzo de arrastrar ese
peso, un esfuerzo demasiado grande incluso para el físico de Soto. Con cada tirón, el arrastre y con
cada arrastre el aire expulsado desde el estómago.

El trabajo se interrumpió con un ruido sordo y un insulto. Después, los pasos de Soto se perdieron.
Jonás permaneció junto a la puerta, expectante. Empezaba a creer en la posibilidad de aprender algo
útil a fuerza de espiar a Soto, aunque más no fuera espiarlo con el oído. Pero poco después escuchó
que los pasos se acercaban y tuvo que volver a la cama de un salto.

Soto entró y encendió la luz. Helena se dio vuelta y se acurrucó en la cucheta: pretendía
desentenderse y seguir durmiendo, darle la espalda, siquiera por un rato, al cautiverio, a Soto y al
desayuno mínimo que dejaba en el suelo. Jonás la envidió. Si él llevara días de encierro podría
entregarse a la misma actitud cansada, pero a él le tocaba todavía lidiar con un impulso de lucha.

Soto agarró el balde y se fue. Jonás le preguntó a Helena si quería comer, pero sólo recibió una
protesta. Comió él. Huevos revueltos, pan y té de peperina. Si Helena lo hubiera visto, habría
reconocido la diferencia. Hasta ahora sus comidas habían sido más erráticas. Sobras. Menos
proteínas, excepto por aquella vez que le trajo una empanada, como si Soto no estuviera
acostumbrado a alimentar a nadie. Pero este desayuno lucía diferente. Hasta tenedor había.

Apenas terminó, a Jonás le sonaron las tripas. Fue hasta la puerta y le dio dos golpes fuertes:

—¡Ey! ¡El balde!

—Flaco, andate a gritar a otro lado —protestó Helena.

Jonás sonrió.

En ese momento, se abrió la puerta y apareció Soto vestido con jean y pulóver. Le hizo un gesto para
que saliera.

Jonás dio el paso, indeciso. Soto lo ayudó con un empujón y cerró detrás de él. Creyó oír la cucheta
chillar.

Del lado de afuera estaban todos los muebles que Soto había sacado del cuarto. Un sillón enfrente de
un televisor, que a su vez estaba apoyado sobre una mesa de luz. En la pantalla, un pastor
evangelista predicaba en silencio, haciendo gestos amplios y enfatizando acá y allá como en un
juego de mímica. Cada tanto la cámara hacía un paneo general sobre el público, que seguía atento las
indicaciones. En esos momentos, los colores de la pantalla variaban y con ellos variaba también la
luz que se proyectaba sobre el resto del ambiente: una mesa pequeña y una silla de oficina un tanto
desvencijada, un anafe sobre un escritorio, un barral amurado con elementos de cocina, un armario
de expedientes semiabierto con una camisa asomando.

Junto al armario, en el suelo, un bulto. Jonás lo reconoció por los zapatos negros, opacos. La cara
quedaba en penumbras pero sobre el cuerpo de Vergara bailaba también la luz del televisor. Producía
un efecto hipnótico y por momentos Vergara era un muerto rojo, un muerto azul, un muerto
amarillo, y vuelta a empezar.

—Dale, caminá.

La orden de Soto vino subrayada por un golpe leve en la nuca y Jonás caminó. Atravesó el ambiente
y dio a un pasillo estrecho. A la mitad, se abría hacia la derecha. Jonás reconoció la intersección.
Tomar el desvío lo habría llevado al otro pasillo, luego a la izquierda la escalera al primer subsuelo,
o bien de nuevo a la derecha y al archivo. No hicieron nada de eso. Siguieron en línea recta en
dirección al baño.

Era un baño similar al de cualquier otro piso, pero Soto se lo había apropiado. Sobre la mesada,
junto a la primera bacha, un desodorante, un perfume y un jabón. El resto de las bachas se veían
oxidadas y secas. En esta, en cambio, sobrevivían unas gotas de agua.

Con los cubículos pasaba algo similar. El primero estaba abierto y limpio. Los otros dos se cerraban
en una actitud de clausura. Clavado a la puerta del tercero, además, colgaba de una percha el
uniforme de seguridad de Soto. Tenía ese aura húmeda de la ropa lavada, pero la mancha de sangre
persistía.

Jonás encaró el primer cubículo.


—No —dijo Soto, y le abrió el segundo.

Jonás entró y cerró la puerta, se bajó el pantalón y se sentó sobre el polvo acumulado. El contacto
con el asiento en la piel desnuda le dio un escalofrío. Apretó los puños hasta que la temperatura se
estabilizó. Recién después, descargó el cuerpo sobre el agua estancada del fondo mientras se
preguntaba cuánto tiempo llevaría ese inodoro sin haber sido perturbado. Tenía la extraña sensación
de estar cagando entre las ruinas de una civilización antigua.

Un rollo de papel higiénico entró rodando por abajo de la puerta y lo sacó de la deriva de sus
pensamientos. Trató de concentrarse: ¿a qué se debían todas estas repentinas cortesías? La
explicación más plausible tenía que ver con la ministra. Vergara había intentado amenazar a Soto
con denunciarlo ante ella cuando volviera de viaje. ¿Un viaje a dónde? No, eso no era lo importante.
¿Soto la conocía personalmente? ¿Vergara?

Soto dio dos golpes para apurarlo, pero hacía rato que había terminado. Se subió los pantalones y
salió.

Se lavó las manos con minuciosidad, tratando de acaparar cada segundo que le era dado en ese
afuera por más que, en rigor, se tratara de otro adentro, ligeramente menos profundo.

Su imagen en el espejo le resultó extraña. Lucía mucho mejor de lo que se sentía. Estaba despeinado
y con ojeras, la ropa arrugada y la barba de dos días, pero fuera de eso no se veía como un cautivo. Y
es que todavía tenía un largo camino de deterioro por recorrer. La idea lo abismó otra vez y se quedó
mirando, con deseo, como un espejismo en el desierto, el cepillo de dientes de Soto, que descansaba
junto a la bacha.

Soto lo sacó de su ensoñación y lo encaminó de nuevo afuera del baño. Jonás volvió a cruzar la sala,
iluminado por el televisor, y esperó a que le abriera. No se dio cuenta de que no tuvo que girar el
picaporte, que le bastó con empujar levemente la puerta. Soto sí entendió. Soto supo de inmediato
que había quedado mal cerrada. Soto fue el único que no se sorprendió al ver que Helena no estaba.

Una patada bien puesta atrás de la rodilla y Jonás se convirtió en penitente. Otra en la espalda lo
metió para adentro. Esta vez, la puerta se cerró bien.

Quiso pararse pero la pierna no respondió. Se arrastró hasta la cucheta, la trepó y se dejó estar de
espaldas. La presión le servía para calmar el dolor. Por lo menos no le dolía la mandíbula, ahora que
el cuerpo tenía otras preocupaciones.

Volvió la mente a Helena. ¿Cómo había hecho? ¿Cómo pudo trabar la puerta? Tal vez un papelito,
un pedazo de sábana arrancada, hecha un bollito y colocada en el pestillo… ¿pero cuándo? ¿Cómo
podía haber hecho eso si ella misma estaba hecha un bollito en el fondo de la cucheta? Más
probablemente había sido Soto. La aparición de Vergara, el nombre de la ministra, lo habrían
perturbado y finalmente había tenido que equivocarse. Un error común, cerrar mal una puerta. Y
Helena lo oyó, claro. Tantos días escuchando esa puerta; supo de inmediato que no había cerrado
bien. Le habrá bastado con levantarse, probarla, contener el corazón al sentir que cedía. Y entonces,
mientras él cagaba feliz en el inodoro con sarro, se habría escabullido. Pero ¿hacia dónde? ¿Sabía
salir, Helena? Si giraba bien, iba a encontrar el primer subsuelo, su propio escritorio, la escalera
hacia la planta baja. Pero si giraba mal, se encerraba en el fondo del archivo, entre Soto y las napas
oscuras y secretas del Ministerio. O, también, podía ser que diera en algún lugar con ese pasadizo
que la llevara a la escalera de focos amarillos, la puerta disimulada, el hall principal, la libertad.
Jonás pudo imaginarla corriendo en puntas de pie, tratando de hacer el menor ruido posible, y Soto
detrás, husmeando el aire. Le deseó lo mejor.
Pasó una hora o menos, no lo sabía. El único sentido que le brindaba algún tipo de información era
el oído, cada vez que pasaba el subte. Ahora que ni los latidos de Helena ni su respiración se metían
en el medio, Jonás creía escuchar ecos más lejanos. Agua corriendo. Pasos en algún lugar del
edificio. Jugaba a decidir cuáles eran reales y cuáles inventados, sonidos de adentro para afuera. De
pronto, aquellos pasos sonaban reales, pero para corroborarlo bastaba con esperar que cesaran y
entonces imaginarlos de nuevo. Si al hacer eso creía estar oyéndolos otra vez, ¿entonces había sido
real la primera? ¿O eran dos alucinaciones, una voluntaria? Sus propios latidos apedreaban el juego.

De pronto, un sonido se despegó del resto. Lejano, sumamente lejano, pero real. Jonás se puso de pie
y los tendones de la rodilla protestaron pero resistieron. Era un sonido conocido: la alarma de
incendios. El edificio se prendía fuego.

Probó la puerta porque no supo qué otra cosa hacer. La alarma no cedía y ahora se sumaba otra a
destiempo: probablemente el fuego habría alcanzado otro piso, lo cual sólo podía significar que Soto
no había logrado controlarlo. ¿Había sido Helena? Quién, si no. Probó la puerta de nuevo. La
embistió pero sólo consiguió arruinarse el hombro. No era probable que el fuego llegara hasta él,
pero ¿y si los pasillos se llenaban de humo? Se tiró cuerpo a tierra y pegó la nariz a la hendija de la
puerta: nada. Olía a humedad y al perfume de Soto. Las alarmas seguían sonando. ¿Y si el edificio se
le venía encima? Podían pasar semanas hasta que los rescatistas llegaran a ese nivel de profundidad.

Prendió la luz. Permaneció unos segundos con la vaga esperanza de que apareciera Soto para
apagarla, pero Soto no apareció. De todos modos debe ser de día, se dijo. Es domingo. Me voy a
morir un domingo, pensó, perplejo, incapaz de extraer algo de sentido a partir de esa información.
Me voy a morir solo, pensó después, y las últimas palabras para Emilia vinieron sin esfuerzo: “Si
este es el fin, está bien.” Esa aceptación era, en definitiva, lo único valioso que podía dejarle, si hasta
el departamento era alquilado. Esa aceptación y la paz de saber que no había muerto preso de un
terror inútil. Eran las palabras correctas. El problema era que no había nadie para escucharlas.

La luz se apagó sola y Jonás tuvo la sensación de que lo envolvía una oscuridad nueva, infinitamente
más densa. Fue hasta la puerta y tanteó hasta encontrar la perilla de luz. Presionó varias veces, pero
no pasó nada. Desesperado, golpeó la perilla varias veces con el puño. La sintió crujir. Pateó la
puerta, sin fuerzas, al borde del llanto.

De un momento a otro, sin más razón, la alarma dejó de sonar.

Se sacó los borcegos. Las medias estaban apelmazadas contra la piel e hicieron un ruido pegajoso,
pero valió la pena. El aire frío entre los dedos se sentía bien y poco a poco recuperó la sensibilidad.
Recostado en la cucheta, fantaseó con una ducha y ropa interior nueva. Con Emilia. Desodorante. Su
propia cama. Un plato de comida en el sillón. Tenía tanta hambre.

Sacó el grillo y lo recorrió con las yemas de los dedos. Ya poco quedaba del cuerpo quebrado. La
última ala habría quedado en algún pliegue del bolsillo, lo mismo con la pata delantera izquierda.
Los ojos se sentían como gotas de plástico. Al tacto, todo él parecía una especie de manufactura, otra
capa que se interponía entre su verdadera naturaleza y el presente que lo contenía: ni un grillo, ni el
cadáver de un grillo, sino el muñeco del cadáver de un grillo. Reseco. Crocante. Tenía tanta hambre
y el grillo no tenía gusto a nada. Tragó. La pata trasera le rozaba la garganta, se adhería con
vellosidades poderosas. Una tos y la pata salió volando. Se perdió en algún lugar del piso en el
momento exacto en el que se acercaban unos pasos. La puerta se abrió y Soto entró, blandiendo una
linterna. El resplandor de la luz ocultaba sólo en parte su estado desastroso. Estaba cubierto de
sudor, la piel ennegrecida y el pelo imprevisiblemente desordenado. Miró a Jonás, le miró los pies
impúdicos al aire y, por su expresión, parecía que lo hubiera encontrado descalzo en medio de un
restaurante.
—Ponete los zapatos y vení.

Después dio media vuelta y salió, dejando la puerta abierta.

Buscó con las manos sobre la cucheta pero no supo encontrar las medias. Tuvo que dejar que el
cuero de los borcegos le lamiera los pies como una lengua seca. En pocos segundos, empezaron a
levantar temperatura. Jonás los ignoró. Afuera tampoco había luz. Tanto la lamparita como el
televisor estaban apagados y la temperatura parecía haber descendido un grado más, si eso era
posible. Soto estaba agachado junto al armario, sostenía la linterna con la boca y los pies de Vergara
desde los talones. Le hizo un gesto y Jonás entendió. Agarró el cuerpo de Vergara desde las axilas.
Soto inició la cuenta:

—U… o…

Hicieron fuerza al mismo tiempo. Vergara debía pesar no menos de noventa o cien kilos, pero su
condición de muerto lo volvía bastante poco colaborativo. Al segundo intento, el cuerpo se despegó
del suelo y la cara entró en el haz de la linterna: le caía de forma oblicua y acentuaba el rasgo de
sorpresa con el que había terminado su vida. Del cuello le asomaba un bulto puntiagudo ahí donde la
vértebra pugnaba por salirse de la piel. Jonás sintió una náusea pero no supo exactamente por qué.
Era menos la repulsión a la muerte que a la extrañeza de los rasgos, que eran y no eran Vergara. O a
la idea de que eso también era Vergara, y siempre lo había sido, como el grillo, un muñeco de sí
mismo que recién ahora se revelaba como tal y le recordaba, con su propio espanto, lo frágil de la
situación. Y aun así, no podía dejar de mirarlo mientras seguía como un autómata las indicaciones de
Soto.

Recorrieron el pasillo en dos tramos, parando para descansar. Soto avanzaba de espaldas,
orientándose sin problemas, la linterna todavía en la boca y la luz cayendo una y otra vez sobre
Vergara. Después doblaron y tuvieron que enfrentar la primera escalera. Los siguientes quince
minutos fueron de maniobras, marchas y contramarchas, pero eventualmente llegaron a los
ascensores. Ahí, las luces de emergencia estaban encendidas: eran unos focos fríos y espaciados,
pero alcanzaban para ver.

Soto apagó la linterna y se la guardó en el bolsillo. Por un momento, Jonás sintió que se configuraba
cierta intimidad entre ambos, como si manipular y empujar ese cuerpo, embutirlo en el ascensor y
subirse con él, los hermanase de algún modo. O tal vez fuera el privilegio de estar vivos,
obscenamente vivos, delante de un muerto.

Apenas soltó el peso y se incorporó, descubrió ahí también el retrato de Helena mirándolo con ojos
de papel, ausente, tan ausente como Vergara, y la sensación de intimidad se rompió. Ahora eran
demasiados: Soto, Helena, Vergara y él, juntos los cuatro en el mismo lugar. Soto con los ojos
cerrados, recuperando el aire. Helena pegada con cinta en la pared. Vergara, muerto. ¿Y él? De
pronto, le pareció que al ascensor le costaba elevarse. Subía de a poco, tensando al máximo los
cables acerados y los contrapesos. Subía cargando con el cuerpo de Vergara y la sonrisa de Helena.
Subía lento y pesado, como un elefante trepando por una soga.

En el piso más alto, Soto trabó la puerta y sacaron el cuerpo. Jonás se preguntó si finalmente ahora
verían a la ministra, pero en lugar de abrir la puerta de la recepción, Soto lo guió hacia un costado.
Empujó otra puerta, que Jonás no había visto, y dieron a una nueva escalera. Era angosta y
empinada. En las paredes sobrevivía la pintura vieja, verde y amarilla, del antiguo hotel. No había
pasamanos. Subir el cuerpo de Vergara por ahí requirió que cada uno lo agarrara de un brazo y tirara
para arriba, escalón a escalón. A veces Jonás temía que el brazo que él agarraba hiciera un ruido y se
cortara, y que el peso colapsara la articulación del otro brazo también y el cuerpo de Vergara rodara
escaleras abajo, desmembrado, sin remedio. Pero Vergara resistió.

En la cima de la escalera no había descanso, sólo una puerta blanca. Y detrás, un rugido grave.
Parecía como si del otro lado hubiera un motor gigante, empecinado, un viento ensordecedor que
batía la puerta y la apretaba contra el marco. Soto le dijo que aguantara mientras buscaba en su
manojo de llaves. Dio con una y la embocó en la cerradura. Después apretó el barral y cargó todo el
peso. En la terraza del Ministerio, un ciclón descargaba su furia blanca.

Salieron. El cuero de los borcegos se contrajo bajo el frío de la nieve y los pies sin medias le
empezaron a doler. La luz del sol no lograba penetrar la tormenta, pero Soto lo fue guiando entre un
laberinto de tanques de agua y salidas de ventilación por donde se armaban corredores de viento. En
el centro, una estructura cuadrada sostenía la base de una antena enorme. Los hierros blancos y rojos
formaban una columna alta de la cual no podían ver la punta. Era una antena en desuso y su luz roja,
apagada, se escondía entre las nubes bajas y la marea de nieve que caía desde lo alto, y que al caer
iba borrando casi de inmediato sus huellas y el surco que dejaba el cuerpo de Vergara. Jonás tuvo la
incómoda certeza de que habían hecho enojar a algún dios ahí arriba, pero siguió caminando. El frío
le anestesiaba los pies y le hacía perder sensibilidad. Tropezó dos veces. Cuando hundía las manos
en la nieve para volver a levantar el cuerpo, sentía un millón de alfileres atravesándole las palmas y
los dedos.

—Acá —señaló Soto, junto a un bulto.

Habían alcanzado el extremo sur de la terraza. Jonás soltó el cuerpo de Vergara y se acercó. El bulto
era Helena. El pelo rubio reducido a una costra negra sobre el cuero cabelludo. La piel ampollada y
los ojos cerrados. Olía a humo y carne quemada. Jonás le pasó los dedos por la frente, donde creía
ver una sombra, una herida abierta, cauterizada por el frío.

Con la garganta cerrada, tuvo que hacer un esfuerzo para preguntar:

—¿Qué le pasó?

Soto no respondió. Miraba en todas direcciones, tratando de entender, de orientarse en la tormenta.

—¡¿Qué pasó?! —tuvo que gritar Jonás por encima del viento ensordecedor, y esta vez Soto lo miró.

—Casi nos morimos todos.

Soto luchó unos momentos para asegurar la lona con la que intentaba tapar los dos cuerpos, pero era
corta y si tiraba de un lado, dejaba el otro al descubierto. El viento insistía en doblarle las esquinas y
Jonás no podía hacer más que observar lo absurdo de la tarea con una tristeza infinita. Finalmente, se
decidió a ayudarlo. Lograron tapar las cabezas y los torsos, apelmazaron nieve en las esquinas y se
alejaron, dejando las piernas descubiertas.

Antes de alcanzar la puerta, Jonás recordó a la madre de Helena, de rodillas en la entrada del
Ministerio, juntando los papeles. Alguien debería avisarle, pensó. Alguien debería decirle que no
imprima más retratos. Alguien debería descolgar los que están en los ascensores. Pensó en llorar, en
hacer algo con esas ganas de llorar en el estómago y dio una vuelta completa sobre sí mismo,
tratando de ver siquiera la silueta de los otros edificios, en la esperanza de que ubicar los ojos más
allá del Ministerio, sobre la ciudad enorme y ajena, terminara de movilizar las lágrimas que no tenía.
Pero no pudo ver nada más que blanco lloviendo sobre blanco. Y el viento frío le borraba la
humedad de los ojos.

Soto cerró la puerta y le indicó que bajara la escalera. Durante todo el camino hasta el subsuelo no se
dijeron palabra. Jonás entró al cuarto por su propia voluntad. Se sentó en la cucheta y se ensimismó.
Los cuerpos de Helena y Vergara yacían sepultados en el cielo. Y él, que había sido ateo toda la
vida, no lograba decidir si eso estaba bien o mal.
CAPÍTULO 4

Lunes

En medio de la oscuridad, su cerebro de lagarto le dio tres retazos de información: que era lunes, que
eran las seis menos cinco y que tenía que trabajar. Se incorporó. La cama se le despegó vértebra por
vértebra y el suelo lo recibió helado. Tanteó en la oscuridad, demasiado cerrada, demasiado húmeda.
¿Emilia? La llamó con el pensamiento, la garganta no se desperezaba aún. Miró alrededor. Faltaba
una luz ahí en el pasillo. Faltaban las ranuras de la persiana por donde debía estar entrando la
primera claridad. ¿Y qué era ese motor que crecía y se acercaba?

Perdió pie y por un instante estuvo en caída libre. Se recuperó. El subte hacía vibrar todo el
subsuelo. La puerta se abrió y Soto le indicó que saliera. Llevaba de nuevo la linterna, pero esta vez
tenía puesto el uniforme. La mancha de sangre sobrevivía aún como un fantasma en la tela.

Lo escoltó hasta el baño y empezó a darle indicaciones con el haz de luz: señaló el cubículo y lo dejó
repetir las operaciones de ayer. Luego, junto a su propio cepillo de dientes, le mostró otro sin abrir.
Fueron segundos de una gloria minuciosa, una felicidad de los detalles.

La luz de la linterna cayó sobre el peine y el desodorante. La afeitadora. Mientras Jonás repasaba la
garganta a contrapelo, Soto se alejó y lo iluminó en conjunto. Había mejorado.

—Por la ropa no puedo hacer nada —se justificó. Jonás dudó de que le estuviera hablando a él.

En la mesa había un desayuno reglamentario: té de peperina, rebanada de pan y un durazno chico,


mal desarrollado. Soto esperó sin decir nada. No lo miraba, pero le apuntaba con la linterna para que
viera el plato. Jonás se dio cuenta de que Soto se había parado estratégicamente para bloquearle la
salida. Y que su propia mano, la que sostenía el pan, le temblaba de fiebre.

Cuando terminó de desayunar, no tuvo que decir palabra. Como si hubiese estado vigilando el último
sorbo, Soto dijo:

—Bueno, vamos.

Y fueron, los dos, detrás del haz que se bamboleaba con cada paso a lo largo del pasillo.
El sistema eléctrico de emergencia estaba activado. Tubos fluorescentes colocados en lugares
estratégicos. El resto permanecía en penumbras. Soto lo guió más allá de los ascensores, por un
recodo y unas escaleras breves que nunca había visto, porque no importaba cuánto lo hubiera
explorado, las entrañas del edificio se seguían abriendo delante de él, infinitas.

Dieron a otro ascensor, más amplio, un ascensor de carga. Soto apretó el botón con el número más
alto y empezaron a subir. Salieron en el octavo piso y volvieron a tomar las escaleras.

En la recepción del despacho de la ministra no había nadie. Cruzaron el ambiente húmedo y Jonás
volvió a mirar los paisajes caribeños en las paredes. Eran los mismos de hacía dos noches, pero
ahora le parecieron falsos, fotos sacadas en estudios, montajes de utilería con efectos especiales.

Soto dio dos golpes pautados y del otro lado se escuchó una orden imprecisa. Jonás entró, invitado
por la mano pesada de Soto en el hombro.

El despacho de la ministra era una exhalación tropical, una proliferación de plantas selváticas,
cuadros de paisajes subsaharianos, cactus y estatuillas de bronce como ídolos paganos en hilera: un
mono, un puma, un papagayo, una serpiente. En el techo, un ventilador de aspas anchas como gotas
giraba suavemente para que el aire circulara de algún modo por entre el verde de las plantas y el
dorado de los adornos, pero todo quedaba siempre contenido en esa burbuja revestida de madera.

Por un momento, lo único que Jonás pudo ver, a un costado, fue la pecera. Tenía más de dos metros
de largo y en su interior pululaba una cantidad incalculable de grillos. Jonás pensó cien, trescientos,
pero se corrigió: había miles, verdes, brillantes, vivos. Emitían un sonido fluctuante pero sin pausas,
una superposición de chirridos que subían y bajaban en desorden, amortiguados por el vidrio grueso
y, sin embargo, infinitamente presentes.

Una capa de maíz cubría el suelo de la pecera formando un sustrato grueso. Había algunos bebederos
y muchísimas cajas de huevos enlazadas a modo de colmena, pequeñas cuevas para propiciar la paz
y la reproducción. Pero además había plantas, enredaderas cruzando a lo largo y ancho el espacio,
disimulando un poco las hueveras y los bebederos, embelleciendo lo más posible la pecera para que
pareciera un retazo de bosque y no un simple criadero.

—No abra la tapa, la última vez se me escapó uno.

Jonás la miró. Es decir, recién entonces la miró. La abarcó con la mirada y la vio completa: reclinada
con la camisa blanca abierta en un comienzo de escote bronceado. La mandíbula fuerte y en ángulo,
el pelo moreno cayendo en racimos helicoidales por dentro y por fuera de dos argollas doradas, junto
a los ojos verdes, desprendimientos de una cabellera que arriba estaba perfectamente ordenada y
trazada como un cultivo de terrazas. Todo en ella parecía virar al negro, al marrón, al cobre, al oliva,
excepto por la sonrisa blanca que le cruzaba la cara como un tajo de luz. Atrás, en los enormes
ventanales que daban al este, la tormenta había amainado y era la claridad del amanecer lo que
iluminaba los objetos sobre el escritorio, pero a Jonás le pareció que era la sonrisa cayendo sobre el
monitor de la computadora, las lapiceras, el adorno con forma de Cristo, de esos que cambian de
color con la humedad, completamente rosa. Una mesita había sido adosada al escritorio: sostenía una
maqueta de la ciudad con banderitas clavadas en puntos arbitrarios y arena de verdad bordeando la
costa del río, junto al crucifijo de oro que convertía toda la superficie en un pequeño Gólgota. Dos
palmeras en sendas macetas a cada lado del ventanal se elevaban hasta rozar el techo. Reposaban
sobre unas breves plataformas con rueditas.

—Siéntese, siéntese. Está cansado. ¿Agua? Café no puedo traerle, la cafetera es eléctrica y bueno,
pero a ver, Walter, traele agua a este hombre. Acosta, ¿no? Traele agua al señor Acosta, haceme el
favor. Usted está… Mire, no demos rodeos, lo lamento mucho, quiero decirle que lo lamento mucho.
Walter me comentó lo que pasó acá estos días, es imperdonable, la verdad… Ah, muy bien, ahí
tiene, tome, gracias Walter, tome, tome, es lo menos que podemos hacer por usted. El compromiso
que ha demostrado en la búsqueda del expediente… No lo encontró, pero colaboró. A su manera,
colaboró. Es importante, es muy importante, pero tampoco para que se pase un fin de semana. Si se
enteran los del sindicato... Además, usted debe tener familia, amigos… ¿Tiene familia? No importa,
debe tener. Y si no, lo mismo da, el fin de semana es para descansar, para beber y descansar. Dios
así lo quiso. Y usted aquí, tanto tiempo. Mire, yo le tengo que dar las gracias. Usted nos ayudó a que
traigamos el futuro. Dígame, ¿cómo se siente? ¿Qué puedo hacer por usted?

Era quizás la fiebre que enraizaba en los pies helados y se disparaba hacia el resto del cuerpo, le
ahogaba el cerebro en sangre recalentada y le hacía temblar la mandíbula, pero Jonás no respondió.

—Jesucristo mío, este hombre está muy mal. Mire, vamos a llamar a una ambulancia. Walter, llamá
a una ambulancia.

Soto salió. En seguida se oyó su voz desde el escritorio de recepción, pero las palabras no se
entendían y de todos modos la voz de la ministra se impuso otra vez:

—Ya quédese tranquilo. Mientras esperamos, yo no puedo menos que repetirle mi agradecimiento.
Aquí cuesta encontrar empleados que piensen hacia adelante, que tengan la visión así como tiene
usted. Mire, si este expediente se perdía, vaya uno a saber cuánto tiempo más íbamos a estar
soportando este invierno tan asesino. ¿A usted le gusta el invierno? Claro, seguro habrá hecho ski
alguna vez, como todos, porque un poco está bien, pero siempre no. Para siempre no. ¿Y cómo
sabemos que no va a ser para siempre? Porque ya van muchos años. ¿No le parece? Yo asumí este
ministerio pensando que iba a perder el trabajo enseguida, que no podía durar. Dios no va a congelar
el Sol, me dije. Dios nos ama. Pero dicen los expertos que va a durar. No saben cuánto porque la
ciencia ahí, claro, la ciencia ahí no puede. Mírese, está transpirando. Ya viene la ambulancia, no se
preocupe, pero escúcheme. Mire, ¿y si se equivocan los científicos? Porque ya se equivocaron, eh.
Nos dijeron que nos íbamos a asar en el infierno y mire. Mire el caos. ¿Sabe cuántos empresarios
cambiaron de rubro y se volcaron a las energías renovables? ¿A la energía solar? Este invierno es
una catástrofe financiera. Pero todo ha de pasar, y esto también.

Jonás tomó aire, hizo un esfuerzo y por último dijo lo único que tenía sentido decir:

—Hay dos muertos en el edificio.

La ministra se apoyó en el respaldo y endureció la expresión.

—¿Y no le parecen suficientes? —sostuvo el silencio delante de Jonás un momento como quien
muestra un cuchillo y lo vuelve a guardar: —Ay, Dios mío, qué tragedia. Una tragedia. Ojalá este
invierno no se cobre más vidas. ¿Cuántas culpas tenemos que purgar? Yo creo que por eso vine a
parar acá. Cada cual tiene una misión en la vida, ¿sabe? Esta es mi misión.

Sonrió. Después se puso un cigarrillo en la sonrisa y lo encendió. Jonás no aceptó el que le ofrecía.

—Oh, disculpe, claro, ya no ha de estar lejos la ambulancia. ¿Quiere que oremos? ¿No? Bueno, beba
un poco más de agua, pero ¿está mejor? ¿Sí? Bien. No se mueva mucho por las dudas. Le estaba
diciendo, la ciencia no sabe qué va a pasar. Pero yo le puedo asegurar que esto es obra del demonio.
¿Usted sabe cómo es el infierno? No es un lago de fuego, no llueve magma ni hay diablitos con
tridentes pinchándolo a uno como si fuera un asado. No, qué imaginación. El infierno es una cosa
helada. Un desierto de noche. Y en el centro yace la Bestia. Tiene alas, ¿sabe? Incluso cuando
duerme bate sus alas enormes y va enfriándolo todo, permanentemente, cada aliento cálido, cada
vibración de la piel, todo lo mata, todo se lo come el viento de sus alas. Un mundo helado... ¿Le
suena conocido? Ah, pero mire, está saliendo el sol.

El amanecer pálido del ventanal empezaba a transformarse en una luz anaranjada que envolvía la
silueta de la ministra como un aura.

—Es al demonio al que le vamos a dar la pelea. Y se la vamos a dar con burocracia —dio un
golpecito sobre el escritorio— porque así es la ley del hombre, a su vez producto de la ley divina.
Este invierno no se va a ir, lo vamos a echar. Con ciencia y tecnología, de la mano de Dios. Ya hay
trabajadores colocando equipos de calefacción, a base de hidrocarburos, en los sistemas del subte,
para levantar la temperatura de la tierra. Trabajan de noche para no molestar, porque el ciudadano es
lo más importante para nosotros. ¿Sabe qué tienen de bueno los hidrocarburos? Son confiables.
Fíjese —señaló la maqueta arenada—, vamos a tirar abajo esos edificios viejos junto al río que no
sirven para nada y vamos a hacer costas con arena y balnearios. Plantaremos suficientes palmeras y
sembraremos especies: grillos, monos, serpientes, iguanas, cangrejos. Primero será difícil, pero poco
a poco iremos nivelando la balanza. Insistiremos tanto con el verano que al final no tendrá más
remedio que volverse… —buscó la palabra exacta— natural. La temperatura se amoldará a nuestra
voluntad. Venceremos el brazo del Adversario. Lo cubriremos de arena. ¿Acaso Cristo no predicaba
en el desierto? Pero no tiemble, Acosta, no tiemble…

La ministra se levantó, bordeó el escritorio. Le puso a Jonás su propio saco encima de los hombros y
le frotó los brazos para confortarlo:

—¿Ve este frío que siente? En este despacho la temperatura es de veintinueve grados, pero usted
tiene frío porque lo lleva adentro, Jonás. Tiene que abandonarlo y no lo va a sentir más. Conéctese
con ese calor invencible dentro de usted. ¿No es maravilloso? Por eso le agradezco, porque usted y
la señorita Helena ayudaron a resolver el problema de la comunicación. Ese es el mayor problema.
Usted puede crear un mundo, pero si no lo comunica… ¿Sabe qué pasó con el expediente?

Jonás negó con la cabeza. O creyó que negó. No estaba seguro de haber hecho el movimiento.

—¡Lo tiene el sindicato! —la ministra se rio, divertidísima— La señorita Helena lo dejó en el buzón
de sugerencias del sindicato, por eso no lo encontrábamos. Lo hizo para revelarlo, ¿sabe? Ella quería
difundir la verdad y estuvo mal. Ese era un expediente interno, confidencial, para evaluar la mejor
forma de comunicar el cambio de estación. No tendría que haber hecho lo que hizo, no, no…

El sol ahora asomaba entero entre dos edificios. Un disco naranja lavado, desgastado, veloz.

—Así que ahora tenemos una asamblea general en la puerta del edificio, cortando el tránsito,
discutiendo qué vamos a hacer cuando llegue el verano. ¿A usted le parece? ¡Cuando llegue el
verano! Piensan que va a venir así, como se fue. No, Dios es poderoso pero hay que ayudarlo.

Jonás se levantó de la silla, tambaleante. Sentía la fiebre haciéndole burbujas de sangre en la cabeza.

—Soto…

—Tenga usted paciencia con el pobre hombre. No tiene a nadie, solo a mí. Lo conozco de otras
épocas, por eso me lo traje. Cuando llegó el invierno, lo afectó mucho. Él no sabe vivir ahí afuera.
Es una persona… es muy literal en su forma de entender la religión. Yo le dije que era un mandato
de Dios encontrar ese expediente y él, lógicamente, consideró que no había nada más importante.
Fue mi culpa. El pobre es un alma a oscuras, pero quién no. No se preocupe por Walter, yo voy a
hablar con él sobre esto. Apenas me enteré, interrumpí mi viaje porque usted sabe que...

—Dos muertos… —Jonás reaccionaba ahora, ataba cabos. Seguía sin terminar de armar el diagrama
general pero de algún modo lograba pensar con claridad— Dos muertos y usted de vacaciones.

—¿Vacaciones? No, no, mis viajes son introspectivos. Yo rara vez saco mi cuerpo de este lugar. No
me siento cómoda ahí afuera. ¿Usted vio toda la nieve? Es un mundo inhóspito. No hay
verdaderamente adónde ir. Al menos todavía.

La ministra se detuvo, como si se asomara de nuevo hacia adentro de sí misma, un paseo corto para
verificar que seguía teniéndose. Cuando volvió, la voz se le había entristecido:

—Dios está en todas partes, en mí, en usted. Hasta en Walter. Pero ahí afuera… ahí no está.

Jonás se paró y fue como pararse sobre sus propios nervios. Las piernas aguantaron. Corrió la silla y
empezó a caminar hacia atrás. La ministra lo miró, interesada pero sin detenerlo.

—Mire, relájese, en serio le digo. Lo que pasó, pasó. Ahora es tiempo de mirar hacia adelante.
Hablemos.

Jonás dio otro paso. Si extendía la mano, podía tocar la pecera, pero no planeaba hacerlo. Los grillos
se habían revolucionado y vibraban en sintonía, como un enjambre. Le dieron náuseas y retrocedió
dos pasos más.

—Jonás, no se altere —sonrió, y con las uñas repicó un ritmo alegre en el borde del escritorio—.
Soplan aires buenos.

Jonás salió corriendo, dejando las palabras de la ministra envueltas en la nube de vapor. Embistió la
puerta y pasó como un espíritu por al lado de Soto, que no tuvo tiempo de reaccionar. Se lanzó
escaleras abajo, saltando escalones, chocando contra las paredes en los recodos, un piso y otro,
perdiendo la cuenta y volviendo a mirar para no pasarse, siete, cinco, tres, dos, planta baja.

El hall desierto, sin calefacción, era una bocanada de aire helado. Flotaba una penumbra azulada,
cortada por el sol, que entraba en haces definidos, y dentro de los haces se agitaba un polvo blanco.
Jonás cruzó despacio, mirando alrededor. El mostrador de seguridad era una ruina oscura, quemada,
derrumbada sobre sí misma, sobre su propia sombra negra. Esquivó el matafuegos vacío abandonado
en el camino, lejos del gancho donde solía estar. Le pareció que la base estaba manchada de sangre,
pero era difícil determinarlo, sobre todo con esa luz. Esquivó también un envase de aerosol
explotado y recién entonces notó el olor a lavanda que parecía emanar del suelo. Las llagas le
palpitaban en los pies pero se obligó a seguir caminando. Los pasos retumbaban en el vacío y el
sonido lo hizo mirar hacia lo alto, al paladar enorme del cielorraso abovedado, las enormes letras
doradas manchadas de hollín. La punta del borcego chocó con algo metálico y pequeño que salió
deslizándose como un tejo hacia adelante. Cuando llegó a la puerta, vio que lo que había pateado era
el encendedor de Helena. El grabado del árbol en el círculo se dibujó bajo la luz oblicua.

Salió.
Una multitud de empleados se agolpaba en la calle. Una asamblea extraordinaria, convocada a
último momento alrededor del secretario general del sindicato, que vociferaba en un micrófono
conectado a un sistema portátil de sonido. Exigía información para todo el personal, exigía que la
ministra se presentara y garantizara en persona los puestos de trabajo ante el inminente cambio de
temporada. Caminaba sin parar y cada vez que pasaba junto al parlante, el sonido acoplaba como
herido de muerte. El secretario parecía no darse cuenta y seguía haciendo ochos por el espacio que la
asamblea le había dejado en el centro.

Jonás se abrió camino entre los empleados. Necesitaba llegar al micrófono, pedírselo o sacárselo de
las manos. Hablarles a todos ahora que estaban ahí, juntos, y podían escucharlo. Pero una mano
pesada lo detuvo.

—Epa, ¿estás bien? —le preguntó Aníbal, sin soltarlo, los ojos pequeños mirándolo desde esa altura
suya que lo hacía parecer a la vez bueno y peligroso— ¿Qué hacés de saco?

Jonás lo miró y se miró. Tenía todavía el abrigo de la ministra echado como una capa sobre los
hombros. Había estado sosteniéndolo durante todo el descenso sin darse cuenta pero sin querer,
tampoco, soltar esa tela suave y cálida que lo abrazaba y lo contenía.

Detrás de Aníbal, el secretario del gremio seguía pronunciando palabras enojadas y todo el mundo
parecía de acuerdo. Jonás descubrió a Emilia unos metros más allá. Lidiaba con la multitud a su
manera, empujando, apretando los dientes y las cejas, una pila de hojas en la mano. Quiso cambiar
de idea, ir hacia ella. Emilia sabría qué hacer, se dijo. Ella siempre sabía qué hacer.

Pero entonces el secretario dijo algo más sobre el verano; agitado de tanto ir y venir, se había sacado
la campera y, a falta de un lugar mejor, la dejó tirada a sus pies, sobre la nieve. Jonás vio la manga
de tela de avión sacudirse por la brisa. Era un viento del este que se levantaba de nuevo, y creyó oír
que traía consigo el aullido hambriento de los lobos.