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Coriolanus, un héroe imaginado por Sófocles.

Francisco Grassi.
El propósito se concentra en elevar una posible lectura de la figura trágica de Coriolano
como una versión Isabelina del Áyax de Sófocles. Esta breve reflexión se concentrará en el
entendimiento de la configuración de ambos personajes en tanto hombres excepcionales que
han perdido su lugar dentro de un mundo que ya no se rige bajo los mismos valores que ellos
profesan y consideran inamovibles.
Es necesario en primera medida distinguir los rasgos que configuran el concepto de lo
heroico dentro del universo griego para luego estudiarlos en relación a la figura de Coriolano.
La imagen de un héroe fundada en los versos Homéricos da cuenta de un prototipo de
hombre particular dotado de Areté, aporta una imagen del deber-ser ciudadano cercano al
concepto de Virtus romana. A partir de esta imagen fundante es posible desplegar distintas
visiones de lo heroico.
En Esquilo el lugar del héroe se encuentra en suma consonancia con la organización
cósmica signada por la Moira, el hombre operaría como una ficha dentro del juego de las
fuerzas divinas que lo rigen. En Eurípides, las pasiones de los hombres serán el foco estructural
de apropiación de los mitos representados en sus tragedias haciendo de esta manera que el
valor heroico de sus personajes se rebaje a una categoría más prosaica. En Sófocles veremos
que el evento trágico puede pensarse como consecuencia de la imposibilidad de comprensión
del hombre de la esfera de lo divino. Las tragedias de este poeta en particular nos hablarían
más acerca del sufrimiento del hombre y su cualidad de mortal que acerca de los designios
propios de los Dioses.
El modelo heroico de Sófocles se erige sobre una problemática de carácter ontológico.
En la preocupación íntima acerca del ser del hombre. La figura de Áyax de Sófocles Nos
enfrenta al hombre que ha perdido su lugar en el mundo y en este sentido podemos encontrar
puntos espejados con la figura de Cayo Marcio en Coriolanus de Shakespeare.
En primer lugar existe una construcción casi idéntica en cuanto al carácter de ambos
personajes: La soberbia los impulsa y ambos aparecen retratados como el ideal de la figura del
soldado. En cuanto a Cayo Marcio, sus despliegues en batalla, ya antes de los acontecimientos
que le ganarán el título honorífico de Coriolano, eran dignos de alabanza. A partir de su
destreza con la espada y su desenvolvimiento en batalla ha ganado el reconocimiento de los
patricios gentiles de Roma. Esta destreza de ambos personajes, su valor y entrega gozan de la
compañía de una fuerte soberbia.
Esta soberbia en el caso de Áyax puede leerse en el prólogo en voz de Atenea. En el caso
de Coriolano su soberbia es referida varias veces en el desarrollo de la pieza, marcando esta
característica como desdeñable incluso desde la primera escena. Rasgo que será utilizado para
el provecho y ventaja de los noveles tribunos que reconocen su falta.
Podemos generar también una línea paralela entre los personajes de Aufidio y Ulises,
ambos grandes enemigos de dichos héroes, que por medio de la astucia logran vencer a estos
gigantes. Finalmente podemos reconocer en estos antagonistas el mismo modo en que operan
al dar entierro con honores a estos colosos. La mesura, la espera y la astucia los mueven al
triunfo e incluso al final mantienen su impostura sobre el cuerpo del vencido.
En cuanto al motor que enciende la ira de estas dos figuras heroicas análogas
encontramos una paridad: el merecimiento y el sentido de ultraje. Tanto Áyax como Coriolano
consideran merecidos los honores de recibir las armas de Aquiles (Áyax) y el nombramiento
como Cónsul Romano (Coriolano). Cada uno de ellos ha demostrado su lealtad, valentía y
entrega al mando de cada uno de sus ejércitos mostrándose incomparables frente al resto de
sus pares. Sin embargo el sufragio aparece en este punto como vehículo habilitante del
sentimiento ultraje.

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En el caso de Áyax las armas de Aquiles terminan en manos de Ulises a causa del manejo
político de los Atridas en el arreglo de la votación. Coriolano padece de igual modo. Él
considera su nombramiento como Cónsul un merecimiento. No obstante Bruto y Sicinio serán
los que por medio de la astucia y el buen decir logren trocar los votos de los ciudadanos
recordándoles el desprecio de Coriolano por el pueblo. Este cambio de parecer del pueblo, a
partir de la astucia política de Bruto y Sicinio, encenderá la flama del ultraje en Coriolano
impulsándolo a proferir su cólera frente al pueblo y los tribunos haciendo oídos sordos a los
continuos avisos de Menenio. La astucia de Sicinio y Bruto hace que Coriolano aparezca como
un traidor, sea desterrado de Roma y busque a su vez saciar su sed de venganza contra su
propio pueblo.
Este sentimiento de ultraje, la soberbia y ceguedad en sus actos conducen
inevitablemente a ambos personajes a enfrentar la bifurcación de sus destinos: El destierro o
la Muerte. En esta disyuntiva ambos héroes actúan con ferocidad: Áyax desea darse muerte al
encontrarse lleno de oprobio y Coriolano por su parte es rápido al desenvainar su espada
frente a las masas enardecidas y olvidadas por los patricios. Prefieren la muerte al destierro,
empero la intervención de sus mujeres y el resguardo familiar les imprime un único momento
de debilidad. Este llamado a la moderación es breve e inconducente, la fuerza de la propia
naturaleza de estos héroes los conduce al mismo fin: la muerte en pos de un “heroísmo
absurdo”.
Ahora bien en ambas piezas nos encontramos en un contexto disruptivo. El Áyax de
Sófocles ocurre en medio de la guerra de Troya, estamos en un campo de batalla en donde
cualquier tipo de mecha puede encender la revuelta del ejército. En el caso de Coriolano el
contexto político es crítico, la plebe está hambreada y el lugar del poder se ha corrompido
profundamente.
Dentro de estos ambientes álgidos es en donde las personalidades de Áyax y Coriolano
no encuentran lugar. Es tiempo de política y moderación, la valentía en batalla no es suficiente
para llevar adelante una nación. Nuevos valores se mueven en las sombras, La astucia y la
palabra valen más que la destreza en la batalla, es tiempo de mesura y la soberbia ha de ser
castigada. De ahí que este sentimiento heroico confinado a las figuras de los guerreros se
vuelva anticuado y peligroso, un heroísmo absurdo dadas las circunstancias.
Áyax debe darse muerte puesto que ha perdido su lugar en el mundo. Es odiado por los
dioses, troyanos y del mismo modo es odiado por los griegos, no tiene lugar donde volver. Ha
perdido su lugar tanto en el mundo mortal y como en el divino y por ello encuentra su única
posibilidad de redención heroica en la muerte. Del mismo modo Coriolano es muerto en
manos de Aufidio y sus conspiradores puesto que ya no tiene lugar en el mundo ni entre los
volscos, ni entre los romanos. La falla en cada uno de ellos se encuentra en su propia
naturaleza. Estas fuerzas naturales que hinchan su orgullo y temeridad caen de rodillas frente
a la astucia y la palabra perdiendo así su lugar en el mundo.

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