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Áyax tres veces burlado, o el heroísmo de lo absurdo.

Jan Kott.
I. En todas las tragedias de Sófocles los héroes se hunden hasta el fondo de la condición
humana y podemos verlos en una situación en que se han convertido en extraños para los
hombres y extraños para el mundo.
En las obras de Sófocles, su arte sirve para preparar este momento de la máxima
importancia en que el protagonista se da cuenta por fin de que el suelo se está hundiendo bajo
sus pies, y los dioses permanecen silenciosos. Sólo entonces, cuando hay una plena conciencia
de la condición humana, es posible una decisión heroica: suicidarse o seguir viviendo y desafiar
lo absurdo del mundo. Solamente en Áyax el protagonista se suicida a la vista de los
espectadores, bajo el sol del mediodía y solamente en Áyax el cadáver permanece en escena
durante la prolongada segunda parte de la representación, hasta que la tragedia termina.
Tecmesa cubre el cuerpo con un chal; pero Teucro, medio hermano de Áyax, pronto
descubrirá el cadáver y éste seguirá siendo, hasta el final, el personaje más importante de la
tragedia. Áyax, ya muerto, sigue odiado y siendo odiado. Al morir Aquiles, cuando su armadura
debía ser entregada al más valiente de los griegos, Áyax fue burlado: la votación fue
fraudulenta, o los jueces venales, y la armadura fue entregada a Odiseo. En la madrugada del
día siguiente, Áyax salió de su tienda para matar a los generales griegos, pero fue burlado
nuevamente: Atenea le veló los ojos con una niebla sangrienta y despedazó a los bueyes y los
carneros. No pudo sobrevivir a su vergüenza.
Tras el suicidio de Áyax, la tragedia debería haber terminado: Áyax se mató, pero el
mundo no dejó de existir.
La segunda parte de la tragedia es un enjuiciamiento de Áyax; en este juicio, el cadáver
es también acusador. El cruel ajuste de cuentas con el mundo, que se hace en la primera
mitad, termina con un ajuste político de cuentas y con insultos. El cadáver sigue siendo
demasiado grande: comparados con él, todos son pequeños e insípidos.
El enorme cadáver sigue yaciendo en la escena; los marinos y Teucro rinden su último
tributo a Áyax. El cuerpo es llevado ceremoniosamente en procesión, hasta salir de escena.
Pero, ¿cuál es el que se sepulta en la tragedia de Sófocles?

II. El Aquiles de Homero y el Áyax de Sófocles se encuentran en el mismo tipo de


situación. El orden heroico está amenazado. Aquiles mata a Héctor, príncipe de Troya. Su
alternativa era la gloria o una larga vida; escogió la gloria: el orden heroico se había salvado. En
Áyax, este orden es totalmente destruido.
Atenea torturó a Áyax, al que había enloquecido, igual que Áyax torturó al carnero
blanco cuyas patas había atado con una cuerda. El prólogo de Áyax, a partir de que Atenea
provoca al héroe, con el asustado Odiseo y el gigante sacrificando carneros, recuerda los
dramas satíricos o las parodias de Aristófanes; para el espectador moderno, también recuerda
a Brecht: lo no obvio se vuelve obvio; lo obvio deja de serlo. Matar a nuestros enemigos es
heroico; torturar animales, en lugar de hombres, no es heroico.
Odiseo habla del asesinato de los pastores que cuidaban los rebaños del ejército, Atenea
cuenta la matanza de los carneros y las reses, y la cautiva de Áyax, Tecmesa, relata cómo éste
degolló a los bueyes y les rompió la espina a los perros pastores. Esta repulsiva y sádica
descripción de la tortura de los animales ocupa todo el prólogo y la mitad del primer episodio.
Durante esta larga escena, mientras Tecmesa relata la demencia de Áyax y los gritos de éste se
oyen desde la tienda, el Coro describe mediante gestos y movimientos del cuerpo, su locura,
su humillación y su tormento.
Los lienzos de su tienda están ahora abiertos y Áyax está sentado sobre un montón de
animales sacrificados. Sófocles no tenía miedo a la vista de sangre y cabezas cortadas; lo que
para él era esencial es la degradación del héroe, la degradación física y espectacular.

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En La Ilíada los griegos son crueles y su odio no tiene límites. Pero la tortura no existe en
el mundo de Homero: matar es un acto serio y está descrito objetivamente, secamente, con
precisión, como una difícil operación quirúrgica. Homero siempre deja que sus héroes mueran
con dignidad. La muerte es parte del orden heroico.
Los dioses en Homero son el azar, la buena o la mala suerte. Están cerca, metidos en los
asuntos de los hombres, pero entre ellos los hay que son más débiles y los hay que son más
fuertes. Muy pocas veces se apiadan de los hombres, pero nunca los tratan con desprecio.
La Atenea de Sófocles, en Áyax, pertenece a un mundo diferente del de Homero. “Yo
puedo oscurecer hasta la visión más clara”. Resopla de gozo por el hecho de que pueda
humillar y denigrar a Áyax: “¿No es acaso reír de nuestros enemigos lo que más placer puede
darnos?”
Los dioses, en Homero, no dan a los hombres lecciones de moral. Pero la Atenea de
Sófocles forma parte de otro tipo de cultura, una cultura en que la grandeza del hombre, y
hasta el éxito, resultan sospechosos a ojos de los dioses.
En Homero, los dioses cuidaban escrupulosamente que los hombres les ofreciesen los
debidos sacrificios. Pero a la Atenea de Sófocles ya no le interesan las ofrendas, sólo los
principios. La Atenea que tormenta a Áyax es una diosa de la teología.
Homero compara a Áyax con un asno terco, y el Áyax de Sófocles no es menos
testarudo. A su padre, que le dice siempre que pida la ayuda de los dioses, le responde:
“Padre, con la ayuda de los dioses hasta un inútil puede triunfar. Yo, sin esa ayuda, procuro
ganar el premio de la fama”.
Es muy significativo que fuera a Áyax a quien Sófocles atribuyó dudas metafísicas. Este
gigante homérico no parecía ser muy afecto a la reflexión intelectual. Áyax era consciente de
su fuerza y quería ser fuerte no sólo “en sí mismo”, sino también “por sí mismo”. Ese gigante,
que de pronto desea ser responsable de su propia vida, desde el principio hasta el fin, y
combatir al mundo por su cuenta, parece ser el primer héroe moderno de la tragedia griega.
Áyax no es soberbio; no ignora a los dioses, simplemente puede arreglárselas sin su
ayuda. En su interior, Áyax tiene “la silenciosa fuerza de la tierra”.
La Atenea de Sófocles se enfureció porque los pensamientos de Áyax eran demasiado
grandes para un hombre.
Todos los opuestos básicos están ya presentes en el prólogo. Atenea le dice a Odiseo en
la primera línea de Áyax: “Te veo buscando siempre una oportunidad contra tus enemigos”. El
animal ha sido cazado y en poco tiempo la diosa mostrará el enloquecido Áyax a Odiseo.
Atenea es despiadada; Odiseo siente piedad por Áyax, una piedad devota. El político piadoso
sabe que, si los dioses lo desean, se le puede hacer al hombre cualquier cosa. Lo sabe, y lo
acepta. Sabe que el hombre no es nada. Obedece a los dioses. Para el político piadoso, los
dioses siempre llegan a tiempo.
Atenea y Odiseo representan la misma política y la misma moralidad. El Áyax heroico, el
Áyax enloquecido, el Áyax humillado, no quiso admitir que el hombre no era sino una sombra.
Cuando aparece un dios en las tragedias de Sófocles, no va acompañado de ninguna luz
ni la vida se vuelve dulce como miel: cuando aparece un dios, el hombre es perseguido hasta
morir.

III. Áyax, al salir de su locura, ve por primera vez el mundo real y se ve él mismo en él.
Ha caído en una doble trampa: para los griegos, es el Áyax que quería asesinas a los jefes de la
expedición; para sí mismo, es el Áyax que ha perdido la condición de héroe. En el mundo no
heroico, morirá apedreado como un traidor; en el mundo heroico, ha quedado en ridículo para
siempre.
Áyax ha sido arrastrado hasta las profundidades más hondas, burlado por los dioses y los
hombres, es un extraño en el mundo; es extraño hasta para sí mismo, porque el Áyax que ha
dejado de ser héroe es un Áyax diferente. Este nuevo Áyax es extraño, ajeno y enajenado.

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El último ajuste de cuentas con el mundo debe producirse en un estado de plena
conciencia. La muerte parece inevitable, pero hay distintas muertes; Áyax busca
desesperadamente la muerte heroica. No tiene dónde ir; dondequiera que vaya, será Áyax, el
que masacró los animales. El mundo heroico es como una trampa: no tiene escapatoria. Si no
es posible morir como héroe y no hay lugar a donde escapar, lo único que queda es el suicidio.
Desde el principio, Áyax estaba preparado para una muerte heroica. El mundo en el que
se debatía y en el que, de pronto, se sintió un extraño, era el mundo de los que matan. Pero
junto a él había otro mundo, el de aquellos que son muertos.
Tecmesa fue la cautiva de Áyax y madre de su hijo. Ella repite las palabras de la esposa
de Héctor, Andrómaca, cuando despedía a su esposo. Pero Sófocles vuelve a interpretar
amarga y dramáticamente a Homero. El padre y siete hermanos de Andrómaca habían sido
asesinados, pero ella se convirtió en la esposa de Héctor, hijo del rey de Troya. Tecmesa era
sólo una cautiva, tomada como botín. En ninguna otra tragedia de Sófocles están tan
contrastados los opuestos de lo humano y lo inhumano. Cuando Áyax deja de aullar, sus
primeras palabras humanas, al volver en sí, son: “¡Hijo mío! ¿Dónde está mi hijo?”. Áyax ha
pasado por la experiencia del ofendido Aquiles y ahora, como Héctor, dirá adiós a su hijo.
Héctor conocerá el miedo y la soledad de la muerte: cuando, al huir de Aquiles, corre cuatro
veces alrededor de las murallas de Troya, antes de detenerse para entrar en combate. Pero, el
Héctor que se despidió de Astianax, todavía era un Héctor anterior a la prueba final. El Áyax de
Sófocles ha pasado la prueba, ha soportado la humillación, ha tocado fondo. Quiere que su hijo
sea como él, que odie como él, pero que sea más feliz que él.
El mundo de Homero es como un bajorrelieve en el que cada detalle ha sido tratado con
igual cuidado, respeto y atención; los personajes aparecen invariablemente en primer plano y
traen consigo su propio “don independiente y exclusivo”. Siempre iguales “despiertan cada
mañana como si fuese la del primer día de su vida”.
Áyax regresa al escenario; ha sacado de la tienda una espada. Es el Áyax que ha visto el
mundo destruido por un terremoto. El mundo heroico se ha derrumbado y Áyax se da cuenta
de que no podrá ni vivir ni morir heroicamente. ¿Qué clase de mundo es éste, en que un héroe
se puede convertir en un asesino? Vivir es aceptar el hecho de que no hay nada estable.
Cuando no queda nada de que pueda uno asirse, queda siempre la tierra en la cual podemos
dejar un hoyo.
Por encima del coro atónito, que ya no comprende nada, Áyax continúa su asombroso
monólogo sobre las condiciones de la gran rendición. “En adelante ésta será mi norma:
obedece al Cielo y a los hijos de Atreo. Son nuestros jefes”. Áyax ha comprendido al fin que la
rendición o la entrega total se la debe uno siempre a los dioses. En este monólogo, el tema de
Atenea, quien puso a Áyax en ridículo, vuelve a oírse como un eco: “¿Lo ves?” dice ella a
Odiseo, “los dioses pueden hacer con los hombres lo que quieran”. Lo que importa,
finalmente, es obvio: la aceptación del poder, de todos los poderes: de los dioses, de los
gobernantes y de la naturaleza. Ellos son más fuertes, pero la aceptación tiene que ser
impuesta.
La orquestra queda por fin vacía. Por primera vez, Áyax está solo. Ha encajado su espada
en el suelo, con la hoja hacia arriba. El suelo en que caerá el gran cuerpo de Áyax es troyano, y
la espada sobre la cual se arrojará es un regalo de Héctor. Tras un duelo indeciso, Áyax y
Héctor habían intercambiado regalos. En La Ilíada, Héctor debe haber sido arrastrado con la
misma faja que había recibido de Áyax en el libro VII, pero Homero aparentemente no
consideró que esto fuese un detalle digno de atención. El mundo de Homero no era maniqueo;
en él no había ni maldiciones que llegaban hasta la décima generación ni alfombras púrpura
que bastara con pisarlas para provocar el enojo de los celosos dioses. Los dioses, si acaso
interferían e los asuntos humanos de alguna manera, lo harían sin querer. Zeus colocaba los
destinos en una balanza o los arrojaba, sin mirar siquiera, en dos urnas que contenían el bien y
el mal. La espada de Héctor y la faja de Áyax, que traían mala suerte a quien las tenía, son de
los ejemplos más notables de la “cultura de la culpa” poshomérica. Pero en el Áyax de

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Sófocles, el obsequio fatal de la espada parece desempeñar una función adicional. En el
mundo que describe Homero, el intercambio de regalos acompañaba a la promesa y a la
conclusión del matrimonio, a la elección del jefe de una expedición guerrera y a la conclusión
ceremoniosa de la paz. En el mundo de Áyax, el intercambio de regalos era ominoso y llevaba
implícita la muerte. El mundo heroico se había derrumbado y todas sus sustituciones se habían
vuelto súbitamente absurdas.
En el Áyax de Sófocles debemos ver un símbolo de la ethos (costumbre y conducta) de la
vieja aristocracia; atrapado en circunstancias nuevas y antiheroicas que lo degradas y hacen
deleznable, Áyax prefiere el suicidio a una vida absurda en un tiempo ajeno. Prometeo era el
que veía hacia adelante; Áyax era más bien el que veía hacia atrás. Prometeo llegó demasiado
pronto; Áyax llegó demasiado tarde. Ambos fueron destruidos por un tiempo que les era
ajeno.
Lo absurdo depende tanto del hombre como del mundo. Es esencialmente un divorcio;
no radica en ninguno de los elementos comparados, nace de su confrontación.
¿Qué quedaba entonces para él, sino el odio? Áyax era un héroe. El Áyax ridículo no es
Áyax. Para recuperar su condición heroica, debe morir.
En su tratado de la desesperación, Kierkegaard distingue dos tiempos de desesperanza:
el primero, que él llama femenina o terrenal, es una desesperanza en sí misma, en el hecho de
que uno no puede aceptarse, de que uno es “extraño” a uno mismo. Es la desesperanza en sí
misma, en el hecho de que uno no puede aceptarse, de que uno es “extraño” a uno mismo. Es
la desesperanza por el hecho de uno no puede ser diferente; es el resultado de la debilidad.
Hay otro tipo de desesperanza que Kierkegaard llama “viril”. Es la desesperanza por el hecho
de que uno no puede volverse uno mismo. El mundo quiere que yo sea diferente y, por lo
tanto, para seguir siendo yo mismo, tengo que rechazar al mundo. Es una desesperanza sin
remedio, en la soledad total; una desesperanza que no puede curarse. Quien se mata rechaza
una imagen idealizada de sí mismo; uno se suicida únicamente para existir.
Áyax pasó por la primera desesperanza y llegó a la segunda. Se dio cuenta entonces de
que en última instancia el enfrentamiento era entre su ser y el mundo. Para entonces ya había
aceptado a todos los Áyax: Áyax el héroe, Áyax el torturador, Áyax el ridículo, el Áyax para
quien no hay una muerte heroica y que no tendrá tiempo de vengarse, el Áyax que dejará
huérfano a su hijo, el Áyax que dejará a Tecmesa como una puta para los generales griegos.
El suicidio no sólo es desesperanza, sino también rebeldía. Áyax ha terminado con los
dioses porque es el mundo de ellos, el orden de ellos, porque ellos quieren que los hombres
sean sus sombras. Esta revuelta final tiene a la eternidad como único testigo: lo inalterable. El
“arriba” y el “abajo”, Zeus y Hades, son inalterables. El bisabuelo de Áyax era Zeus y su abuelo
era Aqueo, uno de los tres jueces del mundo subterráneo junto con Radamantos y Minos.
En el mundo absurdo, el único heroísmo que queda es rehusarse a aceptarlo. Áyax se
rehúsa a aceptar el mundo en que todo se desperdicia.

IV. La existencia se vuelve esencia: Áyax ya no existe “para sí mismo”; el Áyax que podía
juzgar a Áyax ha dejado de existir. Áyax sólo existe ahora “para otros”, se ha convertido en
objeto, y un objeto puede convertirse en nada. La muerte del héroe es el fin de la tragedia.
Vista desde la perspectiva del pasado, la vida y la muerte asumen la categoría de necesidad.
Una muerte trágica siempre ocurre para algo; significa una elección y una reafirmación del
orden de valores. La muerte de Áyax no salva nada: es un gesto heroico en el vacío. Áyax se
suicidó porque no quiso aceptar un mundo en el que todo se desperdicia, pero en ese mundo
en que todo se desperdicia, el Áyax que se suicidó también se desperdició. La segunda parte de
la tragedia es un enjuiciamiento del cadáver.
Todos han considerado la segunda parte de Áyax como innecesaria, insípida o en todo
caso como un fatal error artístico. Esta terca renuencia no sólo se debe a un prejuicio estético
respecto de las unidades de la tragedia. La competencia de Menelao y de Teucro por la
sepultura de Áyax significa la lucha por el poder.

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En una tragedia que termina con el suicidio de Áyax podría encontrarse desprecio y diké
(justicia en el mundo humano). En los altercados junto al cadáver los dioses no toman parte y
no hay piedad o miedo alguno. Los altercados no producen catarsis.
Este debate acerca del entierro de un cadáver es una de las más curiosas innovaciones
dramáticas de Sófocles. Teucro y los marinos de Salamina quieren rendir a Áyax los postreros
honores debidos a un jefe; Menelao y Agamenón quieren arrojar el cuerpo del traidor a los
perros y los cuervos para que sea devorado. Incapaces de vengarse de Áyax, quieren vengarse
de su cadáver. Agamenón y Menelao probablemente no sólo personifican la implacabilidad de
los autócratas espartanos y su culto a la disciplina, sino también el orgullo y la altivez de
Atenas.
La segunda parte de Áyax se proyecta súbitamente a los tiempos modernos. Se vuelve
contemporánea del público, de todos los públicos. Es contemporánea del mundo no heroico.
En La Ilíada, el gigantesco Áyax, “grande, fuerte y temible, con una sonrisa en su cara
triste”, se oponía a Odiseo, quien tenía “la mente más ágil de todos los hombres” y “cuyos
pensamientos eran como los pensamientos de Zeus”. Entregar a Odiseo la armadura de
Aquiles significaba el fin de la época heroica: a medida que la fuerza se despreció, la agudeza
mental se valorizó más.
En la segunda mitad del siglo V Odiseo se había convertido casi exclusivamente en la
imagen de un político práctico para el cual el fin justificaba los medios y que carecía de todo
escrúpulo. Este Odiseo es el que aparece en Filoctetes y en Áyax. Pero el Odiseo del prólogo y
del epílogo es un personaje diferente, mucho más profundamente delineado.
Para Teucro, Menelao y Agamenón, el cuerpo de Áyax sigue siendo Áyax vivo. Sólo
Odiseo se da cuenta de que Áyax ya no es: Áyax fue. El cadáver de un loco heroico que desafía
al sistema establecido y el cadáver de un loco cínico que se mofa del sistema no son distintos.
Los cadáveres debieran sepultarse, todos los cadáveres. Siempre hay problemas con los
cadáveres insepultos. Un político compasivo sabe que los cuerpos insepultos son un insulto a
los dioses; un político práctico sabe que los cuerpos insepultos traen la peste; un político
previsor sabe que los cuerpos insepultos dan malas ideas a la gente. Los cadáveres deben
recibir el tratamiento adecuado, incluso honores. “Bajeza es herir a un valiente en la muerte,
aunque fuese tu enemigo”.
A lo largo de esta obra, a quien más se acerca Sófocles es a Homero. Mientras vivía,
Odiseo ya había visto a Áyax muerto. Cuando Odiseo descendió hasta el Hades, fue rodeado
por las sombras de los héroes. La única alma que quedó distante fue la de Áyax. Odiseo está
incluso dispuesto a dar al fantasma la armadura de Aquiles; sabe muy bien que sólo él, Odiseo,
está vivo y que sólo él saldrá del Hades.
“Se alejó hacia las tinieblas”; Áyax se mató porque no quiso ser un fantasma viviente y
una sombra de Áyax. Ahora sólo es un fantasma, pero sigue odiando. Terco como un burro,
Áyax sigue siendo él mismo. Quizá, después de todo, Agamenón tenía razón. Este cadáver
gigantesco, esta sombra pesada sigue rezumando odio. Pero debe ser sepultado. Áyax es
sepultado gracias a la compasión de Odiseo. Ha sido engañado por tercera vez. Él, que ha
descubierto al fin que en el mundo absurdo el heroísmo es también absurdo, ha sido declarado
un héroe y su tumba se ha convertido en un santuario.

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