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Stalin, biografía política

Isaac Deutscher

El gran cambio
En 1929, cinco años después de la muerte de Lenin, la Rusia soviética emprendió
su segunda revolución, dirigida por Stalin. La segunda revolución fue todavía más
abarcadora y radical que la primera. Tuvo como resultado la rápida industrialización de
Rusia; obligó a más de cien millones de campesinos a abandonar sus pequeñas y
primitivas propiedades y a establecer granjas colectivas; llevó a millones de
analfabetos a las escuelas y los hizo aprender a leer y escribir; y espiritualmente separó
a la Rusia europea de Europa y acerco a la Rusia asiática a Europa. Las recompensas de
esa revolución fueron prodigiosas, pero también lo fue el precio que hubo que pagar
por ella: la pérdida completa, por toda una generación, de la libertad espiritual y
política.
Hay una desconcertante desproporción entre la magnitud de la segunda
revolución y la estatura de su creador, desproporción que no era observable en la
revolución de 1917, en la que los acontecimientos parecen reflejar su grandeza sobre
el dirigente. Lenin y Trotsky previeron su revolución y la prepararon muchos años
antes de que se hiciera realidad. No fue así con Stalin. Las ideas de la segunda
revolución no fueron suyas. Ni la previó ni se preparó para ella. Y sin embargo él la
puso en marcha a tientas, y a despecho de sus propios temores. Después, impulsado
por la fuerza de sus propios actos, tomó el sendero de los gigantes, casi sin pausa y sin
descanso. Detrás de él marchó toda una generación en busca del socialismo en un solo
país. La figura de Stalin pareció crecer hasta alcanzar proporciones míticas.
A partir de los años 1925-1926, los adversarios comunistas de Stalin lo han
descrito una y otra vez como el jefe de una reacción antirrevolucionaria. Con todo,
entre los dirigentes bolcheviques de la veintena del siglo, Stalin fue primordialmente el
hombre del justo medio. Él aborrecía instintivamente los puntos de vista extremos que
por entonces competían por el reconocimiento del Partido. Su tarea fue la de producir
las fórmulas en las que parecían reconciliarse los extremos opuestos. Aceptaron su
jefatura con la esperanza de que el Partido fuera conducido de manera confiable por el
“camino del medio” y de que el principio orientador fuera “la seguridad ante todo”.
No fue culpa ni mérito de Stalin el que nunca lograra mantenerse en el medio de
ningún camino y el que se viera obligado constantemente a abandonar la “seguridad”.
Las revoluciones son intolerantes con todos los justos medios y el “sentido común”.
Stalin se vio obligado una y otra vez a dar saltos súbitos e inusitadamente violentos.
Una y otra vez habremos de verlo muy a la derecha de sus críticos de la derecha o muy
a la izquierda de sus críticos de la izquierda.
Así, Stalin no era hombre de transacciones. Aparte del hecho de que dichos
puntos de vista eran mutuamente excluyentes, sus características personales no eran
las del conciliador. El único rasgo que tenía en común con cualquier hombre de

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transacciones era su desconfianza de los extremos. Pero carecía de la suavidad, el don
de persuasión y el genuino interés de cerrar brechas entre opiniones contrarias que
caracterizan al pacificador político. El conflicto entre su mente y su temperamento se
encuentra en la base de una gran parte de su comportamiento. Se presentaba ante el
Partido con fórmulas extrañas: su propósito no era el de acercar los extremos, sino el
de hacerlos estallar y destruirlos. Stalin no mediaba entre los que parecían caminar a
su derecha o a su izquierda; los aniquilaba. Personificaba la dictadura del justo medio,
que no podía permanecer fiel a sí misma.
Sigamos sus pasos en la lucha por la sucesión de Lenin. En enero de 1925 logró
por fin que Trotsky renunciara al Comisariado de la Guerra. Si Trotsky se hubiera
decidido a dar un golpe de estado militar, tal vez habría derrotado. Pero abandonó el
puesto sin hacer el menor intento de movilizar en su defensa al ejército que había
creado y encabezado. Trotsky todavía consideraba al Partido como el portavoz legítimo
de la clase obrera. Si hubiese enfrentado el ejército al Partido se habría convertido
automáticamente en agente de otros intereses de clase, hostiles, a la clase obrera.
Trotsky dedicó su energía y su talento a las tareas menores que Stalin le asignó en la
administración de la economía. Siguió siendo miembro del Politburó.
Después que Trotsky se autoanuló de esa manera, el único vínculo que mantenía
unidos a los triunviros se rompió. Stalin tomó la iniciativa en la disolución del
triunvirato: se negó a consultar a sus aliados o a coordinar sus acciones con ellos antes
de las sesiones del Politburó. Para todos los fines y propósitos, él era el amo
indiscutible del Partido. Empero, con todo lo fuerte que era el dominio de Stalin sobre
el Partido, sólo podía hacer valer su jefatura en una forma constitucional, como el
portavoz de una mayoría en el Politburó. La evolución totalitaria del Partido todavía no
había progresado lo suficiente para que sus miembros se sometieran a la dictadura
abierta de un solo dirigente. Lo que Stalin decía una y otra vez por aquellos días era
que ninguno de los discípulos de Lenin merecía llevar el manto de éste, y que sólo
como equipo podían aspirar a la dirección. Ese equipo estaba organizado en el
Politburó, y la voluntad del Politburó se expresaba constitucionalmente a través del
voto mayoritario. En 1925 el organismo constaba de siete miembros. Habiéndole
puesto fin al triunvirato, Stalin dependía ahora enteramente del apoyo de tres
miembros: Bujarin, Rykov y Tomsky eran los portavoces principales de la nueva
tendencia, en tanto que Zinóviev y Kámenev vinieron a encabezar el ala izquierda. El
presente alineamiento tenía sus puntos de controversia estables y sus divisiones
rígidas; mostraba todas las señas de la finalidad irrevocable. La izquierda y la derecha
se enfrentaban ahora con programas y consignas contradictorios que abarcaban casi
todos los aspectos de la política bolchevique.
Stalin no pertenecía ni a una ni a otra ala. Razones tácticas lo obligaron a unirse a
los portavoces de la derecha, de cuyos votos en el Politburó se tenía necesidad.
Bujarin, Rykov y Tomsky aceptaban su socialismo en un solo país, mientras que
Zinóviev y Kámenev lo atacaban. Las afinidades temperamentales también

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determinaron la alianza de Stalin con los jefes de la derecha. No obstante, Stalin se
sentía un tanto incómodo en su nueva alianza. Siendo el único centrista en el Politburó
era el prisionero de sus aliados. Fue por eso que utilizó la primera oportunidad para
fortalecer su oposición. Después del XIV Congreso, en 1925, Mólotov, Voroshílov y
Kalinin fueron elegidos miembros del Politburó. Ellos formaron el verdadero “centro”
stalinista.
El problema sobre el cual se centraba la nueva controversia era la interpretación
práctica que debía dársele a la política de la N.E.P. Bajo la N.E.P. el país tenía una
economía mixta. La industria de propiedad estatal constituía su “sector socialista”. En
el comercio y en la industria en pequeña escala prevalecía la propiedad privada. Esta
era también el factor supremo en la agricultura. Todavía se aceptaba comúnmente que
el socialismo sólo podía alcanzarse mediante la expansión gradual del sector socialista
en competencia con el privado.
Se planteó entonces la pregunta: ¿dentro de qué límites debía permitirse esa
competencia, qué formas debía adoptar? Todo el mundo convenía en que el país
necesitaba cierto grado de armonía y cooperación entre los dos sectores. Pero la
competencia de los dos sectores también implicaba cierto grado de antagonismo entre
ellos. El campesinado clamaba por más productos industriales a menor precio,
exigiendo a la vez precios más altos para su propia producción. La industria producía
pocas mercancías a precios altos y clamaba por alimentos y materias primas a precios
bajos. El “grupo de Bujarin” ponía el énfasis mayor en la cooperación armoniosa entre
los diversos sectores de la economía nacional, en tanto que Zinóviev y Kámenev
recalcaban el conflicto entre sus respectivos intereses.
El problema general se resolvía en dos cuestiones más específicas: el ritmo de la
industrialización de Rusia y la actitud del gobierno frente a la agricultura privada. Los
bolcheviques de izquierda veían el principal peligro por una industrialización rápida. El
ala derecha consideraba que la posición del socialismo era segura, aun cuando la
industrialización se desarrollara lentamente. La industrialización exigía fondos. Estos
tenían que provenir de los impuestos pagados por las empresas y la agricultura
privadas. Bujarin temía que tales impuestos desalentaran a la iniciativa privada y
dieran al traste con un precario equilibrio económico.
Mientras tanto, el campesinado pedía una reducción de los impuestos agrícolas.
Los campesinos acomodados reclamaban la abolición de las restricciones que pesaban
sobre la contratación de mano de obra agrícola. Puesto que la venta de tierras había
sido prohibida, también pedían que se permitiera el arrendamiento de tierras a largo
plazo, la inversión de capitales en la agricultura, etc. El partido gobernante pretendía
representar una “alianza” con los campesinos pobres y “medios”, pero con los
campesinos ricos, los llamados kulaks. En la práctica, también tenía que apaciguar a los
kulaks, que con excesiva frecuencia privaban de alimentos a las ciudades e inducían a
otros campesinos a hacer lo mismo.

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En los tensos meses de 1928 y 1929 todo el destino de la Rusia soviética estaba
en juego.
A primera vista, la iniciación de la crisis fue poco dramática. Los campesinos
habían dejado de entregar unos cuantos millones de toneladas de trigo para las
ciudades. El hecho implicaba un verdadero drama. Al negarse a vender alimentos, los
campesinos no tenían claras motivaciones políticas. No tenían por objeto derrocar a
los Soviets, aunque algunos de los elementos politizados entre el campesinado rico
veía con esperanzas tal posibilidad. La masa de los campesinos había sido impulsada a
aplicar esa forma peculiar de “sabotaje” por circunstancias económicas. La
fragmentación de grandes fundos en pequeñas parcelas les había dado a los
bolcheviques el apoyo del campesinado en la guerra civil, pero la productividad de la
agricultura, o más bien su capacidad de alimentar a la población urbana, se deterioró.
Los agricultores grandes exigían precios altos por los alimentos, y también hacían
presión para lograr nuevas concesiones a la agricultura capitalista. Stalin se enfrentaba
a un dilema complejísimo. Si cedía más ante los campesinos, suscitaría peligrosamente
el antagonismo de las clases trabajadoras urbanas que apoyaban nuevamente al
gobierno. Pero la negativa a ceder ante el campesinado también entrañaba la amenaza
del hombre y el desasosiego en las ciudades. El problema exigía una solución radical.
Stalin obró bajo la presión abrumadora de los acontecimientos. La circunstancia de
que no estaba preparado para enfrentarse a los hechos lo precipitó en un curso de
acción cuyo control estaba expuesto a perder.
La forma en que Stalin procedió a realizar la segunda revolución hubiese
parecido increíble si, durante los años anteriores, no hubiese dejado constancia escrita
de sus concepciones. Hasta el último momento rehuyó la enorme empresa, y no se
imaginó el alcance y la violencia que ésta habría de asumir. Ni uno solo de los grupos,
facciones o corrillos bolcheviques pensaba en una industrialización tan intensiva y
rápida o en una colectivización de la agricultura tan abarcadora y drástica como la que
Stalin ahora inició.
El primer plan quinquenal aprobado a fines de 1928 estipulaba la colectivización
del 20 por ciento a lo sumo de todas las granjas para 1933. Todavía en la primavera de
1929 Stalin aún sostenía que “la pequeña explotación individual desempeña y seguirá
desempeñando en el futuro inmediato un papel predominante, para el abastecimiento
de la industria en víveres y materias primas”.
Unos cuantos meses después la colectivización general avanzaba a todo vapor y
la explotación agrícola individual estaba condenada. El Politburó confiaba ahora en
que las granjas estatales y las colectivas suministraran ya la mitad de todos los
alimentos para las ciudades. En los últimos días del año, las órdenes de Stalin para una
“ofensiva general contra el kulak” resonaron amenazantes desde el Kremlin.
Una recapitulación sucinta de sus declaraciones más importantes sobre la
industrialización revela contradicciones notables. Su informe al XV Congreso, en
diciembre de 1927, rebosaba satisfacción por el estado de la industria del país; pero ya

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desde entonces tomaba prestada una idea de la oposición y sugería que en los
próximos años la producción industrial debía aumentar en un 15% anual.
Un año más tarde su satisfacción con el estado de la industria desapareció, y
descubrió que los talleres y las fábricas de Rusia estaban técnicamente “por debajo de
toda crítica”. Empezó entonces a urgir una industrialización más rápida. En una sesión
plenaria del Comité Central riñó con el Comisario de Hacienda que no estaba dispuesto
a asignar en el presupuesto más de 650 millones de rublos para inversiones de capital.
El Consejo Económico Supremo pedía 825 millones de rublos, y Stalin se pronunció a
favor de la asignación más elevada.
Las inversiones reales durante el año siguiente, el primero del plan quinquenal,
ascendieron a 1300 millones de rublos, casi 500 millones más que el cálculo más
elevado de Stalin. El viraje radical y decisivo hacia la industrialización ocurrió a
mediados de 1929, cuando la asignación para inversiones de capital fue elevada
súbitamente a 3400 millones de rublos. En poco tiempo el Politburó se entregó a un
verdadero frenesí de industrialización. Stalin predijo que en muchas ramas de la
industria, el plan se cumpliría en tres y hasta en dos años y medio, en lugar de cinco.
Stalin se hallaba ahora completamente poseído por la idea de que podía lograr
una transformación milagrosa de toda Rusia. Parecía vivir en un mundo semirreal y
semionírico de cifras e índices estadísticos, de órdenes e instrucciones industriales, un
mundo en el que ningún objetivo y ninguna meta parecían estar fuera del alcance de
su persona y del Partido.

Ya hemos visto cómo el peligro crónico del hambre en 1928 y 1929 precipitó a
Stalin a la colectivización. Algunos de sus adversarios sugirieron que el peligro podría
conjurarse por medio de la importación de alimentos. Pero faltaban los medios de
pago y el gobierno no podría contar con obtener créditos extranjeros: el boicot
financiero contra Rusia, iniciado después de la revolución, todavía continuaba
virtualmente. Por otra parte, si se gastaban los escasos fondos de divisas y oro para
comprar alimentos en el extranjero, la industria no podría desarrollarse. El
estancamiento industrial acarrearía una crisis alimenticia todavía más grave y de una
tensión más peligrosa entre la ciudad y el campo en el futuro.
El saqueo de los graneros de los campesinos ricos y la requisición de existencias
ocultas parecían ofrecer una solución más fácil al problema. Pero la administración
apenas podía cumplir con la tarea. Tales reglamentos y controles son más efectivos
cuando los aplica un sector de la población rural en el lugar mismo de los hechos.
Stalin, por lo tanto, apeló a los campesinos pobres contra los agricultores ricos. Pero
tenía que ofrecerles recompensas tangibles por su cooperación. ¿Y qué recompensa
podía ser más tentadora para tal multitud de muzhiks que una granja colectiva, que el
gobierno prometía dotar con algunos de los implementos agrícolas y con el ganado de
los kulaks, así como con tractores?

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Si Stalin hubiese limitado la reforma a la concentración de las propiedades más
pobres y a una redistribución moderada de la riqueza entre los sectores más prósperos
y los más pobres del campesinado, la colectivización difícilmente se habría convertido
en el sangriento cataclismo que en realidad fue. Si las granjas colectivas hubiesen sido
dotadas con herramientas y maquinaria y ayudadas con créditos gubernamentales y
asesoramiento técnico, si hubiesen logrado mejorar visiblemente las condiciones de
vida de sus miembros, probablemente habrían atraído a muchos de los llamados
campesinos medios.
A mediados de 1929 Stalin se dejó arrastrar por el ímpetu del movimiento. El
inicio de la colectivización fue un éxito indudable. Stalin comenzó a empujar la
colectivización más allá de los límites originalmente fijados. Despachó millares y
millares de agentes a las zonas rurales con instrucciones de “liquidar a los kulaks como
clase” y de hacer entrar a las multitudes de renuentes campesinos medios en las
granjas colectivas. Al pequeño campesino no habría de dársele tiempo para reflexionar
acerca del colectivismo en su parcela. Los kulaks, prosiguió Stalin, no sólo debían ser
expropiados; era ridículo sugerir que después de ser expropiados se les debería
permitir ingresar en las granjas colectivas. Stalin no les dijo a sus oyentes qué les
sucedería a los dos millones aproximadamente de kulaks, que con sus familias puedan
haber sumado ocho o diez millones de personas, después de ser privados de su
propiedad y excluidos de las granjas colectivas.
Al cabo de poco tiempo, la abrumadora mayoría del campesinado se enfrentó al
gobierno en desesperada oposición. La colectivización degeneró en una operación
militar, en una cruel guerra civil. Masas de kulaks fueron deportadas a tierras remotas
y deshabitadas en Siberia. Sus casas, graneros e implementos de cultivo fueron
entregados a las granjas colectivas. Movidos por la desesperación dieron muerte a su
ganado, destruyeron sus implementos y quemaron las cosechas. El hambre asoló las
ciudades y las estepas de tierras negras de Ucrania.
La rápida mecanización de la agricultura se convirtió ahora en una cuestión de
vida o muerte. La agricultura en gran escala exige una base técnica muy superior a
aquélla sobre la que puede existir la agricultura en pequeña escala. Sin maquinaria y
sin asesoramiento técnico era imposible toda organización y división racional del
trabajo agrícola. Muchas de las granjas colectivas se vieron amenazadas por la
desintegración y el colapso tan pronto como fueron formadas. Ahora resultaba
imperativo que la industria suministrara a la mayor brevedad posible, fantásticas
cantidades de maquinaria, que los pozos petroleros produjeran los millones de
toneladas de petróleo que pondrían en movimiento a los tractores, que se
construyeran nuevas plantas de energía eléctrica y que millones de campesinos fueran
adiestrados en el manejo y el cuidado de las máquinas. Pero las plantas y las fábricas
para producir lo necesario no existían. La producción de carbón, acero, petróleo y
otros materiales era desesperadamente inadecuada. Y los hombres que debían
enseñar a los muzhiks analfabetos a manejar un tractor tampoco existían.

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Todo el experimento parecía una obra de demencia prodigiosa, en la que todas
las reglas de la lógica y los principios de la economía habían sido puestos de cabeza.
Cuando Stalin le presentó su programa al pueblo, exigiéndole esfuerzos y
sacrificios, no podía explicarlo simplemente en términos de necesidades económicas
inmediatas. Por vez primera apeló ahora a los sentimientos tanto nacionalistas como
socialistas que alentaban en el pueblo. Esa doble apelación había estado implícita en la
doctrina del socialismo en un solo país, pero hasta ahora Stalin se había abstenido de
excitar el orgullo o la ambición nacionalista. La hostilidad bolchevique hacia esos
sentimientos estaba grabada aún en la mente del pueblo, y cualquier desviación
abierta de esa hostilidad habría sido muy comprometedora para Stalin. El nuevo tono
resonó con fuerza extraordinaria en uno de sus famosos discursos a los dirigentes de la
industria, en febrero de 1931. En ese discurso atacó interminablemente a quienes
pedían aminorar el ritmo de la industrialización, y explicó las motivaciones
internacionales y nacionales de su política. La industrialización era esencial para el
socialismo, y el gobierno soviético estaba obligado a construir el socialismo.
El llamado de Stalin a la industrialización encendió en un principio la imaginación
de la clase obrera urbana. Los proyectos de combinados industriales ultramodernos y
gigantescos abrían ante sus ojos el panorama de una nueva civilización en la que el
hombre sometería a la máquina y a su propietario. Legiones de jóvenes obreros se
inscribieron como voluntarios para abrir al progreso las remotas tierras vírgenes. Esos
jóvenes acogieron con entusiasmo la visión de un nuevo mundo, aunque éste hubiese
de construirse sobre sus propios huesos. Gente de espíritu menos idealista aceptaba la
industrialización porque ésta ponía fin al desempleo que había acosado al obrero ruso
durante todo el período de la N.E.P.
Aquí también Stalin se dejó arrastrar por el ímpetu del movimiento. Pero Stalin
era todavía completamente inexperto en cuestiones económicas. Carecía de
preparación económica. Bajo Lenin, su panel en la formulación de la política
económica fue tan insignificante como importante fue su papel en la administración
política. Así inició una revolución industrial con poca o ninguna conciencia de los
límites a que podían llevarse los recursos nacionales y la capacidad de sacrificio del
pueblo sin producir efectos desastrosos. Toda su experiencia había creado en él una
confianza excesiva en el poder de una administración fuertemente unificada y
despiadada. Había podido deshacerse de todos sus rivales, había podido domar un
partido indomable, ¿por qué entonces no habría de poder habérselas con las masas
dispersas y desorganizadas de muzhiks de acuerdo con sus ideas? ¿Por qué no habría
de poder obligar a los dirigentes de la industria a producir las cantidades estipuladas
en los planes? Lo principal era mantenerlos sujetos a la incesante e implacable presión
de su persona y del Politburó. Stalin era insuperable en el arte de ejercer esa presión
sobre sus subordinados y de hacer que éstos la transmitieran a todos los niveles de la
administración.

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Cuando por fin cobró conciencia de los resultados de la temeraria ofensiva en el
campo, se apresuró a apaciguar a los campesinos y a librarse de su resentimiento. El 2
de marzo de 1930 publicó una declaración titulada “Los éxitos se nos suben a la
cabeza”. En ella culpaba de lo sucedido a los funcionarios excesivamente celosos.
Admitía que la mitad de todas las granjas ya habían sido colectivizadas. Tres meses
antes, él mismo había dado su última señal inequívoca para iniciar la colectivización
forzosa. Ahora sugería que sus instrucciones habían sido mal interpretadas. Su
aparición en el papel de protector del muzhik tomó por sorpresa al Politburó y al
Comité Central. Él no los había consultado. Había hecho su llamamiento al
campesinado sobre las cabezas de los hombres que habían sido tan sólo sus cómplices
y a los que ahora hacía aparecer como los principales culpables. Incluso el dócil Comité
Central de aquellos días protestó por ser usado como pararrayos contra la ira popular
Stalin publicó entonces otra declaración en la que decía que su llamado a favor del
cese de la violencia no representaba su opinión personal sino la de todo el Comité
Central.
Stalin le aplicó un poderoso freno a la ofensiva colectivista. También el carácter
de la granja colectiva fue alterado. A comienzos y mediados de la década de los treinta
toda una serie de “reformas de Stalin” hicieron importantes concesiones al
individualismo de los campesinos. Hubo koljoses “ricos” y koljoses pobres, y miembros
“ricos” y pobres en cada koljós. Las autoridades favorecieron a los “koljoses
prósperos”. Stalin ordenó la disolución de la mayoría de las granjas de propiedad
estatal se las regaló a las granjas colectivas. Así se creó un nuevo equilibrio entre los
intereses privados y los colectivos, que le permitió al gobierno colectivizar más
lentamente que al principio casi todas las propiedades sin provocar una resistencia
enconada. A fines de la década de los treinta la nueva estructura social de la Rusia
rural alcanzó cierto grado de consolidación.
Los altibajos de la revolución industrial no fueron menos abruptos y violentos. El
lento progreso de la minería frenaba a las industrias de manufacturas y de maquinaria.
Stalin llevó adelante tenazmente las obras de explotación de nuevas y gigantescas
minas de hierro y carbón en los Urales y en Siberia, prestándole poca o ninguna
atención a los obstáculos.
Inmenso como fue el despilfarro de vidas y energías humanas y de materiales, los
resultados que se lograron fueron también enormes. Es cierto que los objetivos del
primer plan quinquenal no se cumplieron; y nunca más volvió Stalin a exigirle a la
industria esfuerzos como aquellos. En el segundo plan quinquenal, entre 1931 y 1937,
fue cuando se consolidó realmente el progreso en la industrialización.

La descripción del papel de Stalin en la segunda revolución quedaría incompleta


sin una mención de la nueva política social que él inspiró. Es en este campo donde
contrastan con mayor fuerza las luces y las sombras de sus líneas políticas. A fines de
1929 Stalin inició una nueva política del trabajo. Bajo la N.E.P., la política del trabajo se

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había caracterizado por un alto grado de laisser faire: los trabajadores habían estado
en libertad de elegir sus empleos, y los directores de empresas habían podido
contratar y despedir a sus trabajadores más o menos libremente. Pero la rápida
industrialización creó de inmediato una aguda escasez de mano de obra, y eso significó
el fin del laisser faire. Esto fue el “fin de la espontaneidad” en el mercado del trabajo,
el comienzo de lo que vino a llamarse más tarde la dirección del trabajo. Las formas de
dirección fueron múltiples. Las empresas industriales firmaban contratos con las
granjas colectivas, mediante los cuales éstas se obligaban a enviar un número
especificado de hombres y mujeres a las fábricas de las ciudades. Una vez radicado en
la ciudad, el campesino proletarizado estaba en libertad de cambiar de empleo. Stalin
se propuso asegurar por decreto la reserva de mano de obra para la industria que en la
mayoría de los países ha sido creada por el éxodo crónico y espontáneo de los
campesinos empobrecidos a las ciudades.
El trabajo forzado les fue impuesto a los campesinos que recurrieron a la
violencia para resistir la colectivización. Estos fueron tratados como delincuentes y
quedaron expuestos al encarcelamiento. Las reformas penitenciarias soviéticas de
años anteriores contemplaban el encarcelamiento de los delincuentes como un medio
de reeducarlos, no de castigarlos. Estipulaban el empleo de los delincuentes en labores
útiles. Los delincuentes debían estar bajo la protección de los sindicatos, y su trabajo
debía remunerarse de acuerdo con las normas de salarios sindicales. En medio del
hambre y la miseria de los primeros años de la década de los treinta, las estipulaciones
sobre su protección fueron desatendidas completamente. La “reeducación” degeneró
en trabajo esclavo que constituía un despilfarro terrible de vidas humanas, una
enorme mancha negra en la imagen de la segunda revolución.
En cambio, el trabajo industrial y la eficiencia técnica fueron rodeados de un
atractivo inusitado que sedujo a la joven generación. La prensa, el teatro, el cine y la
radio exaltaban a los “héroes del frente de la producción”, de la misma manera que en
otros países se ensalzaba a los soldados o a los actores de cine famosos. Las puertas de
las escuelas técnicas se abrieron a los obreros que procedían directamente de los
talleres; y tales escuelas se multiplicaron con extraordinaria rapidez. Durante todos los
años de la década de los treinta las filas de esa nueva intelectualidad crecieron, hasta
que Stalin se refirió a ella como a un grupo social igual, o más bien superior, en status a
los obreros y campesinos, las dos clases básicas de la sociedad soviética. Las cualidades
culturales y políticas de la nueva intelectualidad eran muy diferentes de las de la
antigua. La nueva intelectualidad fue formada para despreciar la ambición política.
Carecía de la sutileza intelectual y del refinamiento estético de sus predecesores. Su
curiosidad por los asuntos mundiales fue diluida o no suscitada del todo; no tenía
ningún sentido real de la comunidad de destino entre Rusia y el resto del mundo. Su
principal interés radicaba en las máquinas y en los descubrimientos técnicos, en los
proyectos audaces para el desarrollo de las provincias atrasadas, en las tareas

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administrativas y en el arte de la dirección de empresas. Esta fue la generación de los
“frontier men” (“abridores de fronteras”) de Stalin.
Al mismo tiempo la vieja intelectualidad era víctima de la degradación. Stalin
desconfiaba de su mentalidad crítica y de la perspectiva cosmopolita o
internacionalista de muchos de sus miembros. Algunos se alinearon con una u otra de
las oposiciones. En un principio, Stalin hizo objeto a los técnicos y administradores de
la vieja generación del exagerado respeto que es a menudo característico de los
proletarios recién llegados al poder gubernamental. Luego, a medida que aumentó su
confianza en sí mismo y a medida que se vio envuelto en conflictos con los
economistas y administradores demasiado sobrios y realistas para mantenerse al paso
de la revolución industrial, la respetuosa actitud de Stalin frente a ellos se transformó
en todo lo contrario. Se mofó de ellos y los humilló. Unos cuantos procesos judiciales
de “obstruccionistas” y “saboteadores”, en los que ciertos científicos y académicos
fueron sentados en el banquillo de los acusados, bastaron para que los obreros y los
capataces miraran con desconfianza a sus directores y técnicos. Los resultados fueron
desastrosos para la industria. El adiestramiento de la nueva intelectualidad dependía
de la cooperación gustosa de la antigua.
El aspecto más importante de su política social fue su lucha contra las tendencias
igualitarias. Insistió en la necesidad de una escala altamente diferenciada de
recompensas materiales por el trabajo, concebida para estimular la habilidad y la
eficiencia. Es cierto que, durante todos los años treinta, la diferenciación de jornales y
salarios fue llevada a extremos incompatibles con el espíritu del marxismo. Una
profunda sima llegó a separar a la vasta masa de trabajadores no calificados y mal
pagados de la “aristocracia obrera” y la burocracia privilegiadas, sima de la que podría
decirse que frenó el progreso cultural e industrial de la nación.
Fue principalmente en relación con la política social de Stalin que sus adversarios
le denunciaron como el jefe de una nueva casta privilegiada. Stalin ciertamente
estimuló la desigualdad de ingresos con gran determinación. Eso era porque los grupos
administrativos y directivos privilegiados vinieron a ser los puntales del régimen de
Stalin, en el cual tenían un interés creado. El propio Stalin sentía que su mando
personal era más seguro mientras más se apoyara en una rígida jerarquía de intereses
e influencias. El punto era también tan vulnerable porque la revolución agita los
adormecidos anhelos de igualdad del pueblo.

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