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Historia de Europa desde 1870.

James Joll.

Capítulo 3: El desafío socialista.


En marzo de 1871 estalló una insurrección en París. Durante meses, la población
había sufrido las penalidades del asedio impuesto por el ejército prusiano. La vida
económica de la capital se derrumbó, y existía una desesperante escasez de alimentos.
En enero, el gobierno provisional firmó un armisticio con los prusianos. El gobierno
declaró que los vales que habían servido como moneda durante el sitio debían ser
cancelados y que los alquileres atrasados tenían que ser abonados, por lo que buena
parte de la clase media de París se encontró ante la perspectiva de la ruina. El 18 de
marzo, Thiers, jefe del gobierno provisional con sede en Versalles, ordenó a la Guardia
Nacional de París que entregara la artillería que tenía en su poder. La reacción del
patriotismo ultrajado y de la exasperación general cobró la forma de una sublevación
inmediata contra la autoridad del gobierno.
Bajo la jefatura de un grupo muy heterogéneo de revolucionarios se celebraron
en París, y el 28 de marzo asumió el poder un nuevo gobierno de la ciudad. Durante
dos meses, los revolucionarios gobernaron París y dieron a su régimen el nombre de
Comuna. Sin embargo, tras algunas semanas de asedio las tropas del gobierno
pudieron ocupar la ciudad y suprimieron la Comuna. La lucha fue enconada, con actos
de terrorismo por ambas partes, entre ellas el asesinato del Arzobispo y el incendio del
palacio de las Tullerías. Muchos participantes y aun menos espectadores inocentes
fueron fusilados, mientras que otros fueron castigados con sentencias de muerte,
destierro y encarcelamiento.
La Comuna de París se convirtió en seguida en un episodio legendario. Para la
izquierda de toda Europa pareció mostrar que la época de las revoluciones todavía no
había terminado. Para los anarquistas era “simplemente la ciudad de París que se
administró a sí misma”, la primera de las miles de comunas independientes que
establecerían una nueva sociedad federativa y anarquista. Para los marxistas se
convirtió en un ejemplo práctico de la dictadura del proletariado, y desempeñó su
papel en la historia socialista posterior, especialmente en el pensamiento y la práctica
de Lenin.
Para los gobernantes de Europa la Comuna confirmó sus peores temores con
respecto a un movimiento revolucionario internacional y los peligros de una revolución
social inminente. Los acontecimientos de París, de marzo a mayo de 1871,
convencieron a muchas personas en toda Europa de que la Asociación Internacional de
Trabajadores (conocida como la Primera Internacional, fundada en Londres en 1864) y
que Karl Marx convirtió en vehículo para sus ideas y política, era en realidad una
especie de estado mayor para una revolución universal. La verdad es que muy pocos
de los dirigentes de la Comuna tenían algo más que tenues lazos con la Internacional.
En 1871 la propia Internacional se encontraba al borde de la disolución debido a las

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disputas internas y a que Marx creía que había sido cumplido ya su cometido, y en
1872 se dividió irrevocablemente. Sin embargo, había nacido la idea de una
Internacional socialista, y uno de los resultados de la Comuna fue dar a la Internacional
un significado popular mayor que el que había tenido a lo largo de toda su existencia.
La Primera Internacional proporcionó sobre todo un medio para la propagación de las
ideas de Marx.
Karl Marx era un filósofo y un economista. Desde sus primeros escritos en la
década de 1840 hasta su muerte en 1883, su obra fue siempre más importante para él
que la organización de la Asociación Internacional de Trabajadores, aunque eso no le
impidió dominar la Internacional e inmiscuirse en el Partido Socialdemócrata alemán, o
intervenir durante un breve período en la política de la clase obrera británica.
La influencia de Marx sobre el pensamiento europeo se produjo a muchos
niveles. Su doctrina, según la cual las transformaciones históricas, el desarrollo de los
sistemas legales y sociales, la aparición de filosofías e ideologías han de ser explicados
en términos de causas económicas y cambios en la naturaleza de la producción y
organización económica, ha ejercido una profunda influencia sobre los métodos de
investigación histórica y sobre el tratamiento de las ciencias sociales. Fue su doctrina
de la lucha de clases y del inevitable triunfo de la revolución proletaria lo que dio a sus
enseñanzas un inmediato atractivo político para los trabajadores industriales.
Marx heredó de Hegel la creencia de que la historia se movía de acuerdo con
unas leyes preestablecidas. Pero la dialéctica marxista se basaba en lo que más tarde
se denominaría materialismo dialéctico, una ley de cambio firmemente arraigada en
las realidades del mundo material y de la vida económica. Para Marx “Toda la historia
es la historia de la lucha de clases”. En cada etapa del desarrollo histórico, conforme
cambian los medios de producción y la estructura económica de la sociedad, se
impone una nueva clase. La burguesía está destinada a ceder su puesto al proletariado.
Aquí, sin embargo, de acuerdo con Marx y Engels, el proceso se detendrá. Tras la
revolución proletaria surgirá un nuevo orden en el cual los problemas de la vieja
sociedad dominada por las clases se desvanecerán y empezará una nueva era de
justicia social en la que “la autoridad política del Estado se extingue. El hombre, dueño
por fin de su propia forma de organización social, se hace al mismo tiempo señor de la
Naturaleza y su propio dueño, se hace libre”.
El marxismo se convirtió en una doctrina atrayente para las clases obreras
industriales. La historia estaba de su parte, y ellas estaban destinadas a triunfar frente
a sus opresores. Cuanto se necesitaba era un grado mayor de organización y saber
dónde radicaban sus verdaderos intereses de clase. En esto podrían ser auxiliados y
guiados por los pocos miembros de la burguesía que fueran lo suficientemente
ilustrados como para darse cuenta de qué rumbo tomaba la historia, y apartarse así de
su propia clase para avanzar junto al proletario. Pero “la emancipación de la clase
obrera debía ser obra de la propia clase obrera”. Los medios de esa emancipación
habían de ser políticos. Esta fue una de las diferencias fundamentales entre los

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seguidores de Marx y los anarquistas inspirados por Proudhon y Bakunin, para quienes
la revolución no consistía en apoderarse del aparato del Estado, sino más bien en
abolirlo.
Para los seguidores de Marx, la lucha de clases trascendía los límites nacionales.
“Trabajadores del mundo, uníos; nada tenéis que perder, sino vuestras cadenas”,
concluía el “Manifiesto Comunista” de 1848, y la Primera Internacional estableció
firmemente la idea de que el movimiento de la clase obrera debía organizarse sobre
una base internacional si quería triunfar. Esta proclamación de su papel esencialmente
internacional despertó las sospechas de los gobiernos de Europa y suscitó la idea de
que la Asociación Internacional de Trabajadores estaba tras la Comuna de París.
Pierre-Joseph Proudhon, Mijail Bakunin y Ferdinand Lasalle habían empezado
movimientos basados en supuestos y métodos diferentes de los de Marx. Proudhon
pensaba que la consecución de la justicia sería resultado de una lucha constante contra
los instintos fomentados por el deseo de propiedad y el deseo de poder político. Para
sus discípulos, lo más importante era su insistencia en la descentralización, en la
cooperación mutua y en la reducción del poder estatal. El mundo con el que soñaban
era un mundo de campesinos autosuficientes, o de hábiles artesanos que dirigieran sus
propias fábricas y talleres. El propio Proudhon en 1848 había repudiado la acción
política; pero en la década de 1860 sus discípulos participaron en las elecciones y
fueron ellos quienes formaron la sección francesa de la Internacional. Por tanto, ya
existía en Francia una fuerte tradición en el movimiento de la clase obrera que
favorecía la descentralización y la cooperación económica mutua más bien que la
organización de grandes partidos políticos con el propósito de hacerse con el control
de la maquinaria de un Estado fuertemente centralizado. Así pues, las ideas de Marx,
con su énfasis en la acción política y el control de la economía por el gobierno central,
sólo se abrieron paso muy lentamente en Francia.
En la Internacional, el anarquista ruso Mijail Bakunin reforzó las ideas libertarias
de los seguidores de Proudhon y aportó a ellas una fe en la insurrección y la
conspiración que estaba en directa contradicción con la insistencia de Marx de
construir un partido político fuerte orientado a la conquista del poder. Bakunin
pensaba que los verdaderos revolucionarios eran aquellos que no tenían nada que
perder, como era el caso de los trabajadores agrícolas sin tierra. Y sostenía que la clase
obrera industrial ya estaba disfrutando de los beneficios del progreso económico y que
ya tenía un puesto en la sociedad existente. Las ideas de Bakunin eran, por tanto,
aplicables a sociedades en las que Marx gozaba de menos ascendiente. Fue la disputa
de Bakunin con Marx la que dividió a la Primera Internacional y condujo, en 1872, a la
decisión de poner fin a sus actividades. Aunque la ruptura se debió en buena parte a
cuestiones organizativas, ya que fue provocada porque ambos parecían encarnar dos
concepciones antagónicas de la revolución y la sociedad futura: una basada en un
partido político disciplinado que trabajara por la conquista de las instituciones políticas
del Estado y por una dirección centralizada de toda la vida social; la otra, basada en la

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doctrina libertaria de la libre asociación de grupos independientes en un sistema
federal, donde el gobierno central quedara completamente abolido o reducido a un
mínimo, y donde los medios de producción estarían bajo el control directo de los
trabajadores que los utilizaban. Lo que tanto los seguidores de Marx como los de
Bakunin compartían era la creencia de que el nuevo movimiento obrero debía ser
internacional y que la comunidad de intereses entre los proletarios de todos los países
trascendía sus diferencias nacionales. Los dos principales seguidores de Marx en
Alemania, Wilhelm Liebknecht y August Bebel, demostraron la sinceridad de sus
sentimientos internacionalistas al negarse en 1870 a votar a favor de los créditos
necesarios para la guerra contra Francia y al votar en contra de la anexión de Alsacia-
Lorena.
Esta oposición a la guerra franco-prusiana tenía su origen en una renuncia a la
idea de una Alemania unida bajo la hegemonía de Prusia. El propio Marx veían con
buenos ojos la unificación alemana como un paso hacia la creación de un fuerte Estado
centralizado que, con el tiempo, los socialistas habrían de conquistar. Por otra parte,
los seguidores del otro fundador del movimiento obrero alemán, Ferdinand Lasalle,
creían apasionadamente en la necesidad de crear un fuerte Estado alemán bajo la
jefatura prusiana. Lassalle ganó renombre como agitador político, y ejerció una
profunda influencia sobre el movimiento obrero y (en la práctica) el Partido
Socialdemócrata alemán se mantuvo bastante fiel a la tradición de Lasalle. La
condición esencial para movilizar la fuerza numérica de los trabajadores. La condición
esencial para movilizar la fuerza numérica de los trabajadores, según Saint Simon y
Proudhon, era el sufragio universal. Al mismo tiempo, el único modo de abordar los
problemas económicos y de asegurar el desarrollo económico en interés de la nación
eran la propiedad y la planificación estatales. Así, Lassalle consideraba que, bajo un
sistema de sufragio universal, la clase trabajadora organizada lograría con el tiempo
hacerse con el control político de la maquinaria estatal y emplearla en beneficio de las
masas. Para Lasalle el Estado nacional constituía la unidad esencial dentro de la cual
debía realizarse el socialismo.
Por la fecha de muerte de Lassalle tomó cuerpo la idea de un partido obrero de
masas de la clase trabajadora, y cuando en 1875 sus partidarios se unieron con los de
Marx para formar el Partido Socialdemócrata alemán, los alemanes estaba indicando el
camino a los otros partidos socialistas de Europa y mostrando lo que se podía hacer
mediante la organización decidida de las crecientes masas industriales.
En la década de 1870, existían en Europa una serie de tradiciones y teorías del
socialismo que podían servir de guía para los dirigentes del nuevo movimiento obrero;
pero lo que dio un carácter formidable al nuevo movimiento socialista y le permitió
despertar la ansiedad y el desaliento de los gobiernos europeos fue el hecho de que,
con la extensión del sufragio universal y el crecimiento del proletariado industrial, el
socialismo se estaba convirtiendo en un movimiento de masas.

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Había dos modos por los cuales el proletariado podía esperar mejorar su
situación. Por una parte, le cabía organizarse en partidos políticos y, en aquellos países
con un sufragio muy amplio, emplear su fuerza numérica para ganar escaños
parlamentarios y así alcanzar reformas por medios políticos. Por otra parte, existía una
fuerte tradición en el movimiento obrero, reforzada por los desengaños de 1848 y
expresada en las enseñanzas de Proudhon y Bakunin, que rechazaba los parlamentos y
elecciones por cuanto venían a ser un engaño para la clase obrera, y que sostenía que
la acción directa, ya fuese por medio de huelgas o por la insurrección violenta, era el
único medio de obtener mejoras.
En la práctica, los movimientos obreros de Europa combinaron en su mayoría
estos dos métodos. En Gran Bretaña y Alemania fue posible organizar partidos
políticos de masas y fundar sindicatos eficaces, de modo que el desarrollo del
movimiento obrero en estos dos países dependió de una estrecha asociación entre sus
alas política y sindical.
En Inglaterra, hacia 1884 casi todos los varones adultos poseían derecho de voto;
pero a la mayoría de los trabajadores que recientemente habían conseguido el
derecho al voto les parecía que sus mayores esperanzas de cambio radicaban en
ejercer presión sobre los partidos políticos existentes más bien que en fundar uno
nuevo. Se hicieron tentativas entre 1870 y 1890 para fundar un partido
específicamente socialista en Gran Bretaña: la Federación Social Demócrata. Este
partido obtuvo escaso apoyo y se vio aún más debilitado por las disputas entre sus
dirigentes. En 1893 se fundó en Partido Laborista Independiente, y su dirigente, James
Keir Hardie, fue uno de los primeros miembros de la clase obrera que ocupó un escaño
en el Parlamento británico. Sin embargo, careció del apoyo de las masas hasta 1901,
cuando los dirigentes sindicales se dieron cuenta de que necesitaban un partido
político propio para presionar en favor de las reformas legales necesarias para permitir
la acción sindical. En 1900, se fundó un Comité de Representación Laborista con el
propósito de llevar a los trabajadores al Parlamento. Este se convirtió en el medio de
expresión política del movimiento sindical y dobló el número de sus partidarios en
1902-3. A partir de entonces, el Partido Laborista (llamado así a partir de 1906) pudo
contar con el apoyo de las masas de los sindicatos organizados, y cobró una creciente
importancia e influencia política.
Durante la primera parte del siglo XIX, los sindicatos obreros de Gran Bretaña se
habían preocupado de mantener los niveles profesionales. Sin embargo, conforme
desaparecían muchos de los viejos gremios y crecía la demanda de trabajadores no
cualificados en la industria, el antiguo tipo de sindicato dejó de parecer apropiado para
la gran masa de los trabajadores industriales. En la década de 1880, se estaba
desarrollando un “nuevo sindicalismo”. Para muchos ingleses, la gran huelga de los
muelles de Londres en 1889 fue reveladora de una nueva política y fuerza social
impresionantes, y demostró que se podía obtener cierto grado de reconocimiento para
los objetivos de los trabajadores y emprender reformas prácticas. Durante los veinte

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años siguientes, la organización en sindicatos dio a los trabajadores de muchas
industrias un verdadero poder negociador. Sin embargo, todavía había muchos
sindicalistas que creían que la huelga era más efectiva que la acción política.
Asi, hasta la Primera Guerra Mundial, la clase obrera británica estaba
principalmente interesada en las ventajas prácticas y en las reformas inmediatas. El
cada vez más fuerte movimiento obrero británico se mantuvo en una línea pragmática,
con pocas aspiraciones ideológicas, en busca de mejoras viables dentro de un sistema
social y político que permitía cambios graduales y pacíficos. La posibilidad de
emprender con éxito acciones sindicales o políticas mantuvo a las organizaciones
obreras británicas casi siempre en un tono pacífico y reformista. El movimiento obrero
británico apenas sufrió la influencia de las ideologías socialistas de la Europa
continental, y su talante y creencias parecían más próximos al protestantismo no
conformista que a las organizaciones marxistas o anarquistas de otros países europeos.
La carencia de una doctrina teórica fue uno de los rasgos principales que
distinguieron al movimiento obrero británico del que estaba creciendo en poder e
importancia en Alemania. Las dos ramas del movimiento socialista alemán (la inspirada
por Marx y la inspirada por Lasalle) se unieron en 1875 para formar el Partido
Socialdemócrata, sus dirigentes eran August Bebel y Wilhelm Liebknecht. El
crecimiento numérico de los socialdemócratas alemanes fue paralelo al crecimiento de
la industria alemana. En 1912 eran el mayor partido de Alemania.
Este éxito impresionante se consiguió a pesar de considerables dificultades, y
verdaderamente los logros de la socialdemocracia alemana fueron menores de lo que
su fuerza numérica permitía esperar. Bismarck sentía auténtico pánico a la revolución y
un desmedido temor al movimiento socialista. Trató de detener su crecimiento con un
programa de seguros sociales con una legislación que imponía severas restricciones a
la actividad política de los socialistas. Se les prohibió publicar periódicos o celebrar
reuniones, y los agitadores socialistas conocidos podían ser desterrados. El efecto de la
legislación anti-socialista fue el opuesto al que Bismarck había esperado, aumentó la
solidaridad del Partido Socialdemócrata al darle mártires. Cuando, en 1890, la ley dejó
de aplicarse, tras la caída de Bismarck, el Partido Socialdemócrata tenía una
organización eficiente, unos miembros leales, una doctrina clara y un programa
político.
Sin embargo, incluso después, hubo muchas limitaciones a la libertad de acción
de los socialistas alemanes. Cada uno de los estados que formaban el Imperio Alemán
controlaba sus propias fuerzas de policía y tenía sus propias leyes en materias como el
derecho de reunión, e modo que en algunas partes de Alemania les era más difícil
operar a los socialistas que en otras. Pero el freno más importante fue la constitución
vigente en el Imperio Alemán. Aunque los Socialdemócratas se convirtieran en el
partido más numeroso, en buena medida se veían impotentes para influir en la
política, porque el propio Reichstag tenía poderes muy limitados. Controlaba los
impuestos y tenía derecho a enmendar o rechazar propuestas legislativas; pero carecía

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de poderes para destituir al ejecutivo, ya que el canciller imperial sólo era responsable
ante el Emperador. Por lo tanto, una gran esfera de competencias quedaba en manos
del poder ejecutivo, fuera de todo control parlamentario.
Además, en algunos de los estados los parlamentos eran elegidos por un
electorado muy restringido. Era este contraste entre la fuerza numérica y organizativa
de los socialistas alemanes y su relativa impotencia política lo que sorprendía a
muchos observadores extranjeros.
Una de las peculiaridades del Partido Socialdemócrata alemán fue que sus
miembros estaban en gran medida aislados del resto de la sociedad alemana. Era
rarísimo que un trabajador se elevara a la burguesía. Alemania rezumaba aún rasgos
feudales, al lado de su capitalismo altamente desarrollado. Los obreros parecían
disociados de las clases superiores, y muchas personas estaban preocupadas al
observar hasta qué punto la clase trabajadora, y los socialistas en particular, parecían
ajenos a la vida alemana. Además, el confesado internacionalismo de los socialistas los
hacía sospechosos (individuos sin patria), mientras que el abismo entre los
trabajadores y sus patrones hacía que la doctrina marxista del proletariado fuera
bastante plausible.
El cometido del Partido Socialdemócrata alemán era más amplio y general que el
del Partido Laborista británico. Proporcionaba a sus miembros toda una serie de
actividades de tipo cultural, educativo y recreativo; desarrolló vigorosos grupos
femeninos y juveniles, y creó una amplia gama de periódicos y revistas. Era un modo
de vida oficialmente basado en la doctrina marxista y en la esperanza de que las
fuerzas motrices de la historia conducirían al triunfo del proletariado.
Los trabajadores socialistas tenían que luchar por el día inevitable en el que
llegase la revolución y, con ella, todo el sistema social del que estaban completamente
excluidos fuese barrido de modo ineluctable.
Aunque la riqueza estaba desigualmente distribuida, los trabajadores
participaban de la creciente prosperidad industrial de Alemania. Su nivel de vida
estaba elevándose. Además, incluso en el terreno político parecía haber posibilidades
de acción. En algunos de los estados existían posibilidades de cooperación con otros
partidos. El Partido Socialdemócrata necesitaba ante todo ganar elecciones. Uno de los
grandes problemas de todos los partidos socialistas era cómo ganarse el apoyo de los
campesinos. La doctrina de Marx, que opinaba que el campesino sería expoliado por el
gran terrateniente y convertido en un proletario rural sin tierra, no era fácil que
atrajera los votos de los prósperos e independientes campesinos y el problema de
encontrar un programa agrario acorde con los intereses del campesino, forzó a los
partidarios socialistas a llegar a un compromiso con el orden social existente.
Así, la necesidad de ganar elecciones y de ampliar la base electoral del Partido
Socialdemócrata, obligó inevitablemente a sus dirigentes a acomodarse a las
instituciones políticas de Alemania. Sobre todo, el desarrollo de un poderoso
movimiento sindical preocupado por asegurar salarios más altos, horarios más cortos y

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mejores condiciones de trabajo afectó profundamente al partido. Aunque en Alemania
había nacido un fuerte partido socialista antes que un poderoso movimiento sindical,
durante la década de 1890 éste fue ganando en fuerza. En 1889 estalló una huelga
importante que demostró la fuerza potencial de la clase obrera organizada y condujo a
un aumento en la afiliación sindical. Hacia 1900, los Sindicatos Libres (sindicatos
socialistas), constituían con mucho la más potente de las organizaciones obreras.
Inevitablemente, llegaron a tener una importancia creciente en la formulación de la
política socialdemócrata, así como la orientación del partido a favor de reformas
prácticas inmediatas, que era lo que más importaba para sus miembros.
Sin embargo la doctrina oficial del Partido Socialdemócrata siguió comprometida
con la creencia marxista en la lucha de clases y el inevitable triunfo revolucionario del
proletariado. Debido a los fuertes intereses teóricos de los dirigentes del partido, el
contraste entre la teoría revolucionaria del partido y su práctica reformista fue
discutida en términos esencialmente teóricos. En 1899, Eduard Bernstein publicó “Las
premisas del socialismo”, que en muchos aspectos ponía en duda la doctrina marxista
oficial. Bernstein había vivido en Londres y mantenía que el movimiento de la clase
trabajadora, en vez de fijar la mirada en un distante objetivo revolucionario, debería
concentrarse en reformas inmediatas. Subrayaba, además, que la predicción de Marx
acerca de la clase obrera no se había hecho realidad y que los trabajadores obrarían
mejor al concentrarse en obtener una participación más justa de la creciente riqueza
del país.
Las críticas de Bernstein dieron lugar a una amplia discusión teórica, tanto en
Alemania como en otros países, y sus ideas “revisionistas” fueron oficialmente
condenadas por el Partido Socialdemócrata alemán. Así, en los años anteriores a la
Primera Guerra Mundial, los socialdemócratas alemanes se hallaban en la extraña
posición de llevar a cabo tácticas revisionistas mientras condenaban la teoría
revisionista. Estaban obligados en la práctica a aceptar el orden establecido y a
trabajar por reformas dentro del mismo. Como resultado, el Partido Socialdemócrata
ocupaba una posición peculiar en la Alemania imperial. Era, en 1912, el mayor partido
de Alemania y el más potente e importante de los partidos socialistas de Europa. Por
otra parte, su efectividad parlamentaria estaba limitada por la relativa debilidad del
propio parlamento. Al mismo tiempo, el partido se adhería a la visión marxista de la
historia, a la idea de la lucha de clases y de la revolución, y esto aumentaba
inevitablemente la hostilidad y recelo de las clases gobernantes hacia los socialistas, de
modo que los obreros eran considerados a menudo como personas no integradas en la
comunidad alemana, y el Partido Socialdemócrata como una especie de Estado dentro
del Estado.
Era su fuerza numérica y su eficacia organizativa lo que hacía del Partido
Socialdemócrata alemán algo tan impresionante para los demás partidos socialistas de
Europa, y muchos de ellos veían en los alemanes un modelo a seguir. Además, el
partido alemá era capaz de prestar ayuda económica a aquellos grupos que trataban

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de establecerse frente a la competencia de grupos anarquistas rivales. Sin embargo,
los métodos alemanes y el rigor de la doctrina marxista no eran aplicables en todas
partes. En muchos otros países su distribución geográfica estaba menos concentrada,
las fábricas eran más pequeñas y empleaban menos obreros, de modo que las
organizaciones obreras no eran un partido de masas centralizado y perdían poder.
Así, Francia mostraba notables diferencias con Gran Bretaña o Alemania, tanto
por la estructura de su industria como por la naturaleza de su movimiento obrero. Los
recursos industriales franceses estaban por lo general diseminados a lo largo y ancho
del país, y antes de la Primera Guerra Mundial las empresas industriales más
características de Francia estaban ubicadas en ciudades provinciales de tamaño medio
y empleaban un número comparativamente reducido de trabajadores. De acuerdo con
ello, las doctrinas de Proudhon respondían genuinamente a la estructura de la
economía francesa. El movimiento obrero francés, por lo tanto, era mucho menos
homogéneo y mucho menos centralizado que el alemán, y su naturaleza y formas
estaban dictadas tanto por las tradiciones del pensamiento social y político francés
como por la estructura geográfica y económica de Francia.
La organización práctica del movimiento obrero en Francia se vio retrasada por la
represión que siguió a la Comuna. Sin embargo, en 1879 una amnistía permitió
regresar a muchos de los dirigentes socialistas exiliados, y en 1884 se legalizó la
formación de sindicatos. Al mismo tiempo, el establecimiento de una auténtica
democracia parlamentaria, basada en el sufragio universal masculino, permitió la
formación de un activo grupo parlamentario socialista que presionaba en busca de
reformas sociales prácticas.
Entre 1880 y 1900, se desarrollaron varias tendencias en el movimiento socialista
francés y hasta 1905 no se formó un partido unido, e incluso entonces subsistía una
importante masa de opinión de la clase obrera opuesta a cualquier clase de acción
política o parlamentaria, y que confiaba en la acción directa de las huelgas para lograr
sus fines. Entre los cambiantes y complicados agrupamientos de 1890, cabe destacar
tres tendencias principales. En primer lugar, se encontraba la creciente influencia del
marxismo en Francia. Ello se debió en buena parte a los esfuerzos de Jules Guesde,
quien demostró capacidad para exponer y propagar las ideas de Marx, así como
habilidad organizadora para fundar un importante partido socialista. Las ideas de Marx
nunca gozaron de una aceptación general en el seno del movimiento obrero francés.
Sin embargo, en ciertas zonas, las ideas de Guesde sobre un partido marxista
disciplinado y centralizado obtuvieron considerable apoyo e iniciaron una línea de
desarrollo que había de contribuir a la fundación del Partido Comunista francés.
Sin embargo, el marxismo sólo tuvo un limitado atractivo en un país cuya
población todavía era en buena parte rural, y que gozaba de una vida parlamentaria
real y una posibilidad genuina de lograr reformas sociales por medios constitucionales.
Así, la segunda tendencia importante en el movimiento socialista francés fue la que se
desarrolló dentro de la Cámara de Diputados. Durante la década de 1890 se formó un

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grupo parlamentario de socialistas independientes. Aunque varios de ellos
abandonaron más tarde las filas socialistas y pasaron a ocupar altos cargos
ministeriales, el más importante fue Jean Jaurès, el principal arquitecto de un partido
socialista unido en Francia. El propio Jaurès era un orador de genio, cuyo inagotable
optimismo y seguridad en sí mismo infundían confianza a sus seguidores. Se sintió
atraído por las ideas socialistas porque parecían proporcionar la esperanza de una
sociedad basada en la justicia. Y una vez que se hizo socialista, vio en el socialismo un
movimiento capaz de crear un nuevo orden internacional en el cual los trabajadores
del mundo se unirían para impedir la guerra, y en el que las naciones resolverían sus
diferencias mediante el arbitraje y la negociación pacífica. Para él, la justicia social y la
armonía internacional formaban parte de la misma concepción. En 1897, y gracias en
parte a sus acciones, el caso Dreyfus (un oficial judío del estado mayor, injustamente
acusado y convicto de espionaje a favor de los alemanes, y sentenciado a prisión en
horribles condiciones e la isla del Diablo) se convirtió en un gran affaire político que
polarizó a la sociedad francesa en dos bandos apasionados. Aunque Guesde y sus
seguidores vieron el affaire como una disputa entre dos facciones de la clase
dominante, algo que no importaba a las masas, para Jaurès la condena de Dreyfus,
independientemente de la clase o condición social de la víctima, fue un acto de
injusticia, y como tal debía ser revisada si la República francesa había de progresar
para convertirse en una sociedad basada en la justicia.
Los que creían en la inocencia de Dreyfus declararon que las autoridades
militares que lo habían acusado y juzgado no se habían detenido ante nada para
disimular su duplicidad e incompetencia; según los dreyfusards, habían falsificado y
suprimido pruebas, y conspirado para evitar que se hiciera justicia. Para los oponentes
de Dreyfus, en cambio, el ejército era el defensor de la seguridad y grandeza de
Francia, y sus oficiales los representantes de una institución que debería ser inmune a
las críticas. La virulencia de la propaganda de ambos bandos bastó para convencer a
muchos republicanos de que la constitución se encontraba seriamente amenazada. La
situación provocó declaraciones de apoyo a la república liberal, frente a sus oponentes
monárquicos, católicos y autoritarios, por parte de todos aquellos cuyos intereses
coincidían entonces con los del régimen republicano.
El resultado de la crisis Dreyfus y el apoyo masivo a las instituciones republicanas
fue la formación en 1899 de un gobierno de solidaridad republicana, acontecimiento
que provocó una controversia dentro del movimiento socialista francés comparable a
la suscitada por el revisionismo teórico de Bernstein en Alemania. A Jaurès y otros
muchos les parecía que el deber de los parlamentarios socialistas era apoyar al nuevo
gobierno. De hecho, uno de los principales socialistas independientes de la Cámara,
Alexandre Millerand, sin consultar a sus colegas, aceptó un cargo ministerial en el
gobierno. Esto provocó una enconada discusión sobre las circunstancias que podían
justificar la colaboración entre socialistas y partidos políticos burgueses.

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Fue un debate cuyos ecos resonaron a lo largo de toda la historia del socialismo
francés en el siglo XX; pero su efecto inmediato fue ensanchar la brecha entre los
seguidores de Jaurès y los de Guesde, ya que el primero consideraba que, cuando la
República estaba en peligro, merecía la pena salvarla, y que para este fin era legítimo
que los socialistas colaborasen con los otros partidos republicanos, mientras que
Guesde seguía a los socialdemócratas alemanes al rechazar tal colaboración en
cualquier circunstancia. Cuando los partidos socialistas franceses se unieron en 1905,
el punto de vista de Guesde se convirtió en la línea oficial del partido y la unificación se
realizó bajo la influencia directa de los socialistas alemanes, porque en el Congreso
Socialista Internacional de Ámsterdam en 1904, los alemanes apoyaron el punto de
vista de que no debía cooperarse con otros partidos, y persuadieron al congreso para
que recomendara esta tesis como base para efectuar la unificación de los socialistas
franceses.
Hasta 1914 el Partido Socialista francés se vio comprometido en una oposición
permanente. Esta negativa a participar en el gobierno no impidió que el Partido
Socialista francés fuese una fuerza parlamentaria importante y efectiva. Jaurès era un
brillante orador y una notable figura parlamentaria, pero su influencia y la del partido
quedó necesariamente circunscrita debido a su negativa a entrar en el gobierno.
No obstante, el Partido Socialista Unificado no fue el único foco de lealtad para la
clase trabajadora. El partido socialista tenía que enfrentarse a la competencia de una
tercera tendencia en la tradición de la clase trabajadora. Entre muchos obreros existía
un recelo profundamente arraigado hacia los métodos parlamentarios e incluso el
parlamento como tal, que hallaba justificación intelectual en las doctrinas de Proudhon
y Blanqui, partidarios de la acción directa revolucionaria. Mientras que entre 1880 y
1900 buena parte de estos sentimientos se expresaron en actor de terrorismo
anarquista y en la generalización de los actos de protesta contra toda la sociedad
burguesa, con el cambio de siglo empezó a adquirir importancia un nuevo movimiento
que combinaba la creencia anarquista en las virtudes de la acción directa con el
desarrollo de un vigoroso movimiento sindical militante.
La fusión en Francia de la organización sindical con algunas de las ideas y
métodos de los anarquistas llevó al desarrollo del anarcosindicalismo. Los
anarcosindicalistas combinaban su desconfianza hacia la política y los parlamentos con
la creencia en la eficacia de la acción directa como medio de asegurarse el control de la
economía. Los trabajadores debían ser guiados, entrenados y educados por un grupo
de militantes consagrados a la causa y encargados de repararlos para la huelga general
que les daría el control de los medios de producción y el de toda la sociedad. El
movimiento halló un teórico en Georges Sorel que, en una serie de libros, exponía el
pun to de vista de que los trabajadores podían de un plumazo purgar y transformar a
la vez el corrompido viejo orden. La forma de acción más conveniente para este fin era
la huelga general, el arma más poderosa a disposición del proletariado. Sorel
desarrolló una más amplia doctrina del significado del mito en política. Él creía que los

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hombres no son movidos a la acción tanto por creencia irracionales como por métodos
racionales, y la creencia en la huelga general sería efectiva aunque la huelga en sí fuera
cosa del futuro. Enseñó que, en política, los mitos son tan efectivos como la realidad, y
que si el proletariado creía con suficiente firmeza en su propia fuerza, entonces la
oposición de las clases dominantes sería minada y finalmente vencida.
Durante los años anteriores a 1914, los sindicatos militantes de Francia lograron
convocar cierto número de huelgas efectivas e impresionantes, mas los efectos de
éstas quedaron muy lejos de las intenciones revolucionarias de algunos de sus
dirigentes y resultaron en pequeñas ventajas inmediatas para los trabajadores en lugar
de una transformación de la sociedad francesa. El vigor del movimiento sindicalista
ocultó su relativa falta de fuerza numérica, mientras que al mismo tiempo creaba
problemas al partido socialista parlamentario al obligarle a adoptar una actitud
izquierdista más militante que la que habría adoptado de otro modo. Sin embargo, fue
ante todo la relativa debilidad numérica del movimiento sindicalista francés lo que
limitó su efectividad. Hasta la Primera Guerra Mundial, la organización sindicalista no
se convirtió en una fuerza importante en la sociedad francesa, aceptada por el
gobierno de la República, y aceptando a su vez a éste, cuando la necesidad exigió su
cooperación en tiempo de guerra.

Apartado el movimiento laborista de Gran Bretaña de la corriente principal del


socialismo continental, los partidos socialistas alemán y francés fueron los modelos
típicos de las distintas vías que se podían seguir en el resto de Europa para llegar al
socialismo. En Austria, Suiza y Bélgica se siguió el modelo alemán, mientras que en
Italia existían similitudes tanto con Alemania como con Francia. El movimiento
socialista italiano agrupaba a algunos importantes teóricos marxistas, y en los centros
industriales del norte contaba con una efectiva organización sindical; pero había
también una fuerte tradición anarquista. En la famosa “Semana Roja” de junio de 1914
pareció durante unos días como si el mito de la huelga general insurreccional fuera a
hacerse realidad, hasta que a los dirigentes sindicales desconvocaron las huelgas. Sin
embargo, Italia era un país parlamentario y existían dirigentes socialistas que ansiaban
desempeñar un papel en el terreno político legal y que, en 1911, rompieron con los
socialistas ortodoxos. No obstante, dentro del partido socialista italiano oficial había
profundas divisiones entre reformistas y revolucionarios que nunca fueron resueltas
del todo y que llevaron a más rupturas durante e inmediatamente después de la
Primera Guerra Mundial, y a la creación en 1921 de un fuerte Partido Comunista.
Otros países desarrollaron sus propios partidos socialistas con características
ligeramente diferentes, según las condiciones sociales y económicas de cada Estado.
Hacia 1900, en la mayoría de los países de Europa Occidental la socialdemocracia
era un movimiento reconocido dentro del Estado, que actuaba en el seno de un marco
constitucional que brindaba a los partidos socialistas la oportunidad tanto de propagar
sus puntos de vista como de influir en el desarrollo político, social y económico de sus

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respectivos países. Sin embargo, en aquellos Estados donde las libertades
constitucionales y políticas fundamentales no existían, o estaban severamente
restringidas, el movimiento obrero se enfrentaba a otros problemas y su organización
tuvo que adoptar formas distintas del partido político de masas o los sindicatos legales.
En esto, España y Rusia permanecían apartadas de las líneas generales del desarrollo
europeo. El caso de España es interesante porque fue aquí donde la tradición
anarquista echó raíces más profundas y ejerció mayor influencia, mientras que en
Rusia la historia de los movimientos revolucionarios anteriores a la Primera Guerra
Mundial conduce directamente a la historia de la Revolución de 1917 y al subsiguiente
desarrollo del comunismo.
España parecía casi ingobernable. El descontento agrario, las intrigas de los
extremistas conservadores partidarios de la rama carlista rival de la Casa de Borbón, y
un régimen parlamentario que no abordaba la solución de los problemas
fundamentales del país, todo ello fue exacerbado por la derrota de España ante
Estados Unidos en 1898 y la pérdida de las colonias que le quedaban en el Caribe y en
el Pacífico. Las diferencias regionales y las lealtades locales debilitaban el control del
gobierno central.
En la década de 1870 se introdujeron en España las ideas de Bakunin, y aunque
los emisarios de Marx intentaron poco después ganas a las secciones españolas de la
Internacional para la ortodoxia marxista, el resultado fue la división permanente del
movimiento obrero español. España se convirtió con ello en el único país de Europa
donde las ideas de Bakunin arraigaron profundamente y siguieron dominando en un
sector amplio e importante de su clase obrera. El movimiento anarquista, por otra
parte, logró unir a los trabajadores industriales más adelantados con el proletariado
rural más atrasado en la creencia común de que sólo una transformación radical y total
de la sociedad podía resolver sus problemas y mejorar su suerte.
Durante las décadas de 1880 y 1890 en España, como en otros países, los
anarquistas expresaron su odio hacia la sociedad a través de una serie de actos
violentos: bombas en teatros o en procesiones religiosas y, en 1897, con el asesinato
del jefe de gobierno, Cánovas del Castillo. Al cambiar el siglo, aunque se produjeron
estallidos espontáneos de violencia y motines como el de la “Semana Trágica” de
Barcelona de 1909, cuando la población protestó contra la llamada de reservistas para
una infortunada guerra colonial en Marruecos, en España, como en Francia, muchos
anarquistas se dieron cuenta de que los gestos violentos no podían llevar más que a la
represión policíaca y a la persecución, y gradualmente se orientaron hacia una acción
más eficaz organizada a través de los sindicatos. El anarcosindicalismo se convirtió en
el medio por el cual la clase obrera española expresaba su profundo recelo con
respecto a toda política y su fe en la acción directa para lograr sus fines en una
situación en la que las posibilidades de reforma por medios legales parecían remotas.
La historia de la clase obrera española se caracteriza por una serie de enconadas

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huelgas hasta que, en 1936, con el estallido de la guerra civil, pareció llegado el
momento de la revolución.
La Rusia del siglo XIX fue un país en el que las posibilidades de reforma social por
medios legales parecían pequeñas y en el que las esperanzas de cambio sufrieron
repetidas decepciones. Las reformas del zar Alejandro II resolvieron pocos problemas y
crearon otros nuevos, y tras su asesinato en 1881 su sucesor, Alejandro III, empezó un
reinado de negra reacción y de represión casi ininterrumpida. Tal como comprendió
Bakunin, el campesinado ruso era potencialmente el elemento más revolucionario de
Europa, y los populistas de 1870-80 y los social-revolucionarios de los primeros años
del siglo XX tenían razón al reconocer que el hambre de tierra y el deseo de cierta clase
de seguridad económica eran motivos poderosos de revuelta en Rusia. Al mismo
tiempo, durante los últimos veinte años del siglo XIX, la industrialización de Rusia
avanzaba rápidamente y empezaba a existir un nuevo proletariado urbano
potencialmente revolucionario.
Durante todo el siglo XIX, la intelligentsia rusa (intelectuales conscientes de
cumplir una particular misión política o social) se mostró ávida de adoptar nuevas
ideas de Occidente. El marxismo como doctrina, con su afirmación de que la revolución
sobrevendría como resultado del desarrollo de un proletariado con conciencia de clase
en los países industriales adelantados, no parecía a primera vista particularmente
adecuado a la situación rusa, donde la industrialización estaba todavía muy por detrás
de la de Europa Occidental y donde el proletariado sólo empezaba a despuntar como
fuerza social. Sin embargo, un grupo de intelectuales, encabezados por Plejanov,
Axelrod y Vera Zasulich, intentó formar un partido socialdemócrata según el modelo
europeo occidental.
Tal empresa era extremadamente difícil, especialmente en la atmósfera de
represión, y Plejanov y sus compañeros se vieron obligados a dirigir su partido desde
fuera de Rusia. Así, el gran debate sobre la aplicabilidad en Rusia del análisis de Marx
se realizó tanto en otros países como en la propia Rusia.
Durante la década de 1890 la influencia de los dirigentes socialistas emigrados se
vio necesariamente limitada por la dificultad de comunicarse con potenciales
partidarios suyos en Rusia y debido a los crecientes problemas de mantener una
organización permanente que contrarrestase la acción de la vigilante y eficiente policía
secreta. Sin embargo, los socialistas fueron capaces de reclutar partidarios entre la
más joven generación de intelectuales y arrancar de las filas populistas a aquellos que
preferían el rigor intelectual del marxismo. Uno de tales conversos fue el joven Lenin.
La influencia inicial de Lenin en el desarrollo del socialismo ruso se ejerció en las
discusiones sectarias de los emigrados, y fue en este período cuando cobraron forma
algunas de sus concepciones características sobre la naturaleza y los métodos de la
revolución, e ideas sobre tácticas que continuó aplicando durante el resto de su
carrera. Al marxismo ortodoxo de Plejanov y de otros intelectuales socialistas rusos
añadió la creencia de que la revolución debe ser obra de profesionales consagrados,

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dispuestos a abandonarlo todo por la causa. La revolución no sobrevendrá
espontáneamente; sería la élite revolucionaria del partido socialista la que dirigiría los
esfuerzos de los obreros, y sería el partido el que tomaría las decisiones en su nombre.
Demostró su creencia en la necesidad de un partido rigurosamente disciplinado
al preferir escindir su partido antes que aceptar ningún compromiso con sus
adversarios. Un número reducido de afiliados convencidos y ortodoxos tiene siempre,
según Lenin, más valor práctico que un cuerpo amorfo de seguidores con ideas
confusas y contradictorias.
Lenin llevó a cado su más famosa operación fraccional cuando en 1903 forzó una
escisión del Partido Socialdemócrata ruso, que quedo dividido en mencheviques y
bolcheviques; los seguidores de Lenin, los bolcheviques, fueron temporalmente los
más numerosos. Aunque las dos facciones pudieron colaborar en ciertos problemas,
sus diferencias nunca fueron superadas. Los mencheviques representaban la
democracia social ortodoxa según el modelo alemán, insistiendo en la necesidad de
trabajar a favor de la revolución capitalista burguesa antes de pasar a la etapa
siguiente, al tiempo que conservaban en los métodos que empleaban los escrúpulos
propios de un sistema liberal humanitario de valores éticos. Los bolcheviques, en
cambio, se inclinaron por la total falta de escrúpulos en la prosecución de los fines
revolucionarios, al tiempo que estaban dispuestos a aprovechar cualquier situación
revolucionaria para convertir inmediatamente la revolución burguesa en una
revolución proletaria.
Los bolcheviques eran sólo una pequeña facción del movimiento socialista
internacional y, si bien Lenin estaba ganando reputación en los círculos socialistas
internacionales como un teórico formidable, su influencia dentro de Rusia era todavía
escasa. Al mismo tiempo, el desarrollo industrial de Rusia estaba creando un
proletariado potencialmente revolucionario al lado de un campesinado de
características similares. En 1896 y en 1897 las huelgas espontáneas en las fábricas de
San Petersburgo mostraron la fuerza de la nueva clase obrera, aunque las autoridades
no permitieron que los trabajadores organizaran sindicatos hasta 1906. La policía
secreta recurrió a nuevos y sorprendentes métodos en una tentativa de controlar esta
actividad y alentó movimientos obreros bajo dirección y supervisión policial con la
esperanza de dirigir las energías del proletariado hacia actividades inofensivas o al
menos actividades que la policía pudiera controlar. Estas tácticas y la infiltración de
agentes de la policía en las organizaciones genuinamente revolucionarias no lograron
reducir la creciente inquietud de la clase trabajadora. Una manifestación dirigida por
uno de los que, sin saberlo, era manejado por la policía, el sacerdote ortodoxo Gapon,
señaló el inicio de la revolución de 1905.
Los acontecimientos de 1905 demostraron que la combinación del cansancio de
la guerra tras la desastrosa derrota frente a los japoneses en el Extremo Oriente, con
las sublevaciones campesinas, que ya habían estallado en 1902 y que resurgieron en
febrero de 1905, y la inquietud del proletariado urbano podía producir una situación

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revolucionaria por la que el gobierno se veía obligado a hacer concesiones. Se
introdujo una constitución y se creó un parlamento (la Duma), aunque elegido por un
sufragio restringido y cuyos poderes pronto fueron recortados. No sólo hubo una
libertad de expresión antes desconocida y renovadas discusiones sobre la posibilidad
de realizar rápidos cambios en Rusia, sino que también se renovaron los argumentos
favorables y contrarios a la participación parlamentaria.
Por encima de todo, la revolución de 1905 y su relativo fracaso llevó a todos los
que se oponían al régimen zarista a reflexionar sobre la naturaleza de la revolución
rusa y a especular sobre la forma que adoptaría. Así, los social-revolucionarios vieron
confirmada su creencia de que serían los campesinos quienes constituirían la
verdadera fuerza revolucionaria en Rusia. Los mencheviques creyeron con más fuerza
que nunca que en Rusia una revolución liberal burguesa había de ser el siguiente paso
histórico, y que ésta debía preceder a una revolución proletaria socialista. Lenin sacó
sus propias conclusiones de los acontecimientos. Era “el gran ensayo”; y aunque él
mismo desempeñó un papel poco significativo en la revolución, utilizó sus
observaciones para desarrollar sus propias teorías. Creía en la necesidad de una
organización revolucionaria eficiente y abnegada; se dio cuenta de que los impulsos
revolucionarios de los campesinos se agotarían tan pronto como éstos entraran en
posesión de la tierra y de que en la siguiente etapa de la revolución tendrían que ser
forzados contra su voluntad.
La revolución rusa de 1905 fue el estallido revolucionario más notable en Europa
desde la Comuna de París, y naturalmente causó una enorme impresión en el
movimiento socialista internacional.
Una de las creencias fundamentales de Marx y sus seguidores fue la de que el
socialismo debía ser un movimiento internacional. Dado que toda la historia era, según
Marx, la historia de la lucha de clases, las divisiones clasistas y la guerra de clases eran
más importantes que las divisiones nacionales. Un trabajador tenía más en común con
sus compañeros obreros de otro país que con los capitalistas del suyo propio. En 1889
se fundó una nueva Internacional Socialista, la Segunda, que sucedió a la Primera
Internacional, formalmente disuelta en 1876. Conforme aumentaba la fuerza de los
partidos socialistas, también crecían las esperanzas de que la Internacional pudiera
coordinar sus esfuerzos y proporcionarles una táctica y una política comunes. En 1900
se estableció en Bruselas un Buró Socialista Internacional, y muchos socialistas
esperaron que hiciera las veces de un estado mayor de la revolución internacional.
El Buró Socialista Internacional tendió a ser poco más que un secretario
responsable de la planificación y organización práctica de los congresos socialistas
internacionales. Sin embargo, en algunos aspectos tuvo considerables éxitos. Durante
la década de 1890, sus congresos mantuvieron con éxito la doctrina de que la acción
socialista debía ser de tipo político, y por ende excluyeron a los anarquistas con su
desconfianza habia la política y su fe en la violencia directa. La Internacional
proporcionó un foro para la discusión de la controversia revisionista y, en su congreso

16
de Ámsterdam de 1904, uno de sus éxitos más notables fue establecer que las ramas
rivales del Partido Socialista francés debían unirse sobre la base de una negativa a
aliarse con los partidos burgueses o a participar en gobiernos. La Internacional fue
incapaz de impedir que los socialistas checos del Imperio Austro-húngaro rompieran
con sus colegas alemanes por motivos estrictamente nacionalistas, demostrando así
que los lazos nacionales eran, a pesar de la enseñanza marxista, más fuertes que la
solidaridad de clase. Tampoco logró vencer las diferencias doctrinales entre los varios
sectores de la socialdemocracia rusa.
A partir de la primavera de 1905 los socialistas de todos los países empezaron a
ser cada vez más conscientes de las crecientes amenazas que se cernían sobre el
escenario internacional. La expansión naval de Alemania y su rivalidad con Gran
Bretaña, el deseo de Francia de recuperar Alsacia-Lorena o de completar su imperio
norteafricano con la adquisición de Marruecos, los temores de Austria con respecto a
las ambiciones de Rusia en los Balcanes, y las esperanzas rusas de verse compensados
en cualquier lugar tras su humillante derrota frente a los japoneses, todos estos
factores parecían fuentes potenciales de peligro que requerían cierta unidad de acción
de los socialistas para impedir la guerra. Aunque los socialistas reiteraron hasta la
víspera del estallido de la guerra, en 1914, su determinación de evitar la guerra, éstos
fueron más bien poco explícitos en señalar con precisión cómo iban a ser capaces de
lograrlo. Jaur
ès depositó sus esperanzas en los tradicionales métodos liberales de asegurar la
paz con la invitación al desarme y al arbitraje. Lo significativo es que Jaurès previó
circunstancias en las cuales una guerra de defensa nacional sería necesaria y estaría
justificada. Análogamente, en el caso de Alemania, tanto Engels como Bebel
declararon que una guerra para defender a Alemania de una invasión de la Rusia
zarista estaría justificada.
Así, cuando la Internacional en su congreso de Stuttgart, en 1907, trató de
formular una resolución que estableciera su política en caso de guerra, no es
sorprendente que redactara un documento más bien impreciso y en algunos aspectos
inconsecuente, pues aducía que la guerra era inherente al sistema capitalista y que
sólo sería eliminada cuando el capitalismo hubiera sido destruido; pero, mientras
tanto, era “deber de la clase obrera hacer todo lo posible por evitar el estallido de la
guerra, recurriendo a los medios que se estimen más eficaces”. Sin embargo, la
resolución no decía cuáles habrían de ser estos medios.
El movimiento socialista internacional, en los años anteriores a la Primera Guerra
Mundial, fue lo bastante imponente como para alarmar a los gobiernos. El gobierno
francés tenía un plan para detener a un gran número de conocidos agitadores
socialistas en el momento de estallar la guerra, mientras que en la corte y los círculos
militares de Alemania se habló de abolir el sufragio universal y restaurar la legislación
anti-socialista con el fin de enfrentarse a u partido que les parecía compuesto de
traidores potenciales. Pero al movimiento socialista, mientras iba ganando fuerza e

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influencia parlamentaria, ante todo proporcionó al creciente proletariado industrial
una fe y una esperanza: una fe en que la historia estaba de su parte, y la esperanza en
una nueva sociedad en la que dejaría de existir la explotación de una clase por otra y
los trabajadores de todo el mundo se unirían en un nuevo orden de paz y justicia.

Capítulo 4: El imperialismo
A finales del siglo XIX, un nuevo equilibrio de poder en Europa fue el resultado de
la unificación de Alemania y su creciente desarrollo industrial. Un nuevo concepto de
la sociedad y del papel del Estado estaba modificando la estructura social y política y
amenazando la creencia en los principios del laissez-faire y del libre comercio. Pero el
acontecimiento que tuvo el más profundo efecto histórico fue la expansión de Europa
en ultramar, que produjo la idea de que el equilibrio de poder había de considerarse
como una cuestión mundial y no solamente limitada a Europa. Esto abrió los países de
África y Asia a la influencia europea en una escala mucho mayor que antes. El mapa de
África fue dividido como resultado de regateos entre las potencias colonizadoras y con
arreglo a sus intereses administrativos o diplomáticos. En el siglo XX, esas líneas
divisorias se convirtieron a menudo en límites de Estados independientes que no
respondían a la realidad étnica o económica.
La civilización europea llevó también, quizá involuntariamente, una serie de
ideas que había heredado de la Revolución Francesa. Estas eran las ideas de
democracia, libertad, fraternidad, igualdad y humanitarismo, las cuales ejercieron un
profundo efecto sobre la historia posterior del imperialismo, porque rebelaron a los
pueblos sometidos en su contra.
Ahora bien, la influencia no fue tan sólo unidireccional. Los países de Europa
tomaron contacto con culturas primitivas y exóticas, y éstas ejercieron a su vez un
profundo efecto sobre la sensibilidad europea. A principios del siglo XX, el arte de
África contribuyó a la revolución pictórica europea iniciada por Pablo Picasso hacia
1907; y quince años antes Paul Gauguin ya se había establecido en la colonia francesa
de Tahití. Los sonidos de la música oriental se abrieron camino en las obras de
compositores como Claude Debussy. Al mismo tiempo, la ciencia de la antropología se
desarrolló rápidamente cuando la colonización convirtió la observación de sociedades
poco conocidas en algo practicable y de creciente importancia para gobiernos y
administradores. Y el estudio de pueblos poco conocidos y remotos contribuyó al
desarrollo de teorías éticas relativistas y al cuestionamiento de los valores morales y
sociales.
Este movimiento de expansión imperialista ha recibido diferentes explicaciones.
La explicación más completa es la que atribuye el movimiento imperialista a presiones
económicas. Este punto de vista fue expuesto por Lenin en 1916: “El imperialismo, fase
superior del capitalismo”. Aunque, como casi todas las obras de Lenin, fue escrita
como un panfleto político, no obstante proporcionó una sencilla explicación teórica
general del imperialismo. Según Lenin, con el desarrollo industrial de Europa y la

18
progresiva concentración del capital debida a la creación de trusts y cartels y al papel
cada vez más importante de los bancos en la financiación de todo tipo de empresas
industriales y comerciales, a los financieros les resultaba cada vez más difícil invertir su
dinero de modo provechoso. El mercado europeo estaba saturado y era esencial hallar
nuevos campos de inversión en ultramar. Esta necesidad, según Lenin, forzó a las
potencias europeas a repartirse el mundo en una pugna por conquistar nuevos
mercados industriales y nuevas zonas en las que invertir, y esta pugna llevó en muchos
casos a la anexión directa de territorios. El resultado fue una agudización de la
rivalidad entre las potencias que hacía inevitable la guerra.
Es cierto que los grupos de presión económica desempeñaron un papel
considerable a la hora de persuadir a los gobiernos de Europa para que se embarcaran
en la expansión colonial. Por otra parte, los intereses económicos no siempre
implicaron un control político directo, Gran Bretaña, por ejemplo, poseía considerables
inversiones en Argentina, y aunque Lenin la describió como una semi-colonia, la
verdad es que su situación política distaba mucho de ser un territorio verdaderamente
colonial. Además, las inversiones en otras zonas industrializadas eran más importantes
que las inversiones en las colonias.
Hubo otros móviles que contribuyeron al movimiento imperialista. El impulso de
realizar descubrimientos científicos y de explorar territorios desconocidos ayudó a
abrir África. El deseo de los misioneros cristianos de convertir a los paganos les llevó a
establecer centros de influencia europea en partes remotas del mundo. Todos estos
móviles se entremezclaron entre sí y con otros menos respetables. La rivalidad entre
misioneros católicos y protestantes podía convertirse fácilmente en una rivalidad entre
los gobiernos francés y británico. El comercio, la actividad misionera y la exploración
estaban inextricablemente unidos entre sí. “Cristianismo, comercio y civilización iban
de la mano”.
Hasta la más descarada explotación colonial se presentaba con el disfraz
científico o humanitario.
Una vez comenzado el movimiento imperialista, éste generó su propio impulso.
Los gobiernos ocupaban zonas a fin de impedir que otros gobiernos se instalaran en
ellas; las necesidades estratégicas exigían la defensa de sus fronteras y de las rutas que
llevaban a adquirir todavía más territorios. Además, las cuestiones de prestigio
desempeñaban un papel importante y era un hecho generalmente aceptado que
“seguir siendo una gran potencia, o convertirse en una, se debe colonizar”.
Además de las nuevas conquistas coloniales muchos países europeos poseían
territorios ultramarinos.
Gran Bretaña era la que poseía el mayor imperio adquirido en períodos
anteriores, y la posesión del mismo determinó en buena parte la naturaleza del
posterior imperialismo inglés en el siglo XIX. Por una parte, en Canadá, Australia y
Nueva Zelanda tenía colonias habitadas casi exclusivamente por poblaciones de origen
europeo, y a finales del siglo XIX éstas habían alcanzado el autogobierno. Por otra

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parte, en la India, Gran Bretaña gobernaba sobre un enorme, variado y densamente
poblado imperio, cuyos habitantes diferían entre sí en religión, lengua y tradición
cultural, y todavía más con relación a sus gobernantes británicos.
La existencia de colonias autogobernadas con población británica inspiró en
muchos ingleses la visión de una federación mundial de habla inglesa ligada por la
creencia común en el gobierno parlamentario y por lazos de intereses económicos
mutuos. En la práctica, sin embargo, las discusiones no condujeron a nada. Los
dirigentes de las colonias eran demasiado conscientes de su recién ganado
autogobierno y recelaban demasiado de todo lo que oliera a restablecimiento del
control central como para aceptar la idea de un parlamento imperial. Durante toda la
primera mitad del siglo XX, muchos políticos, funcionarios y publicistas británicos
siguieron buscando una forma de asociación que adaptara el viejo imperio a los nuevos
conceptos políticos. Después de la Primera Guerra Mundial, en la cual las colonias
suministraron una importante ayuda militar a Gran Bretaña, surgió la idea de una
British Commonwealth (se le dio expresión legal en el Estatuto de Westminster de
1931), una asociación libre de estados independientes vinculados por una lealtad
común a la Corona. Este lazo fue mucho más débil de lo que los imperialistas de finales
de siglo habían esperado y deseado. Pero la existencia de los lazos de la
Commonwealth supuso una constante en la política británica hasta la década de 1960
que contribuyó a la renuencia de los gobiernos británicos a comprometerse de lleno en
Europa en los años que siguieron inmediatamente a la Segunda Guerra Mundial.
La administración de la India planteaba enormes problemas técnicos y
cuestiones tan fundamentales como el derecho de un pueblo a gobernar sobre otro o
el objeto de tal dominación. Sin embargo, a finales del siglo XIX semejantes dudas
todavía no poseían demasiado alcance. En la India los administradores británicos eran
eficientes, justos, abnegados y magnánimos; pero seguían siendo una casta alejada de
la sociedad que gobernaban. Sólo gradualmente fue fallando el temple británico, y los
liberales pusieron en tela de juicio el derecho de Gran Bretaña a permanecer allí.
Durante generaciones, la India había proporcionado un campo de entrenamiento para
el ejército británico, la administración civil de la India ofreció una carrera a muchos de
los graduados más capacitados de Oxford y Cambridge.
Aparte de esto, el comercio británico con la India y las inversiones británicas en
dicho país daban a los británicos una buena razón para permanecer allí. Este profundo
compromiso con la India se había convertido en un axioma indiscutido de la política
exterior británica y tuvo una gran influencia en la expansión imperialista británica y
tuvo una gran influencia en la expansión imperialista británica en otras partes del
mundo entre 1880 y 1900. Así, la construcción del canal de Suez y la apertura después
de 1869 de una ruta marítima más corta para llegar a la India, hicieron que Egipto se
convirtiese en una zona de vital importancia; y la ocupación de Egipto en 1882 por
Gran Bretaña fue debida en parte al deseo de proteger los intereses de los inversores
británicos en aquel país. Una vez en Egipto, los ingleses sintieron la necesidad de

20
expansionarse por el África Central y Oriental debido a su preocupación por la
seguridad de Egipto y del Alto Nilo.
La posesión por Gran Bretaña de un imperio ya creado hizo que muchos
políticos, funcionarios y militares británicos desearan impedir la expansión de otras
potencias europeas a zonas adyacentes a territorios británicos. No fue sólo la
necesidad de proteger las colonias existentes lo que llevó a la expansión. Las
actividades de los comerciantes forzaban a gobiernos renuentes a contraer nuevas
responsabilidades. Compañías comerciales se enfrentaron con situaciones que no
podían manejar por su cuenta y con frecuencia fueron capaces de movilizar a la
opinión pública de la metrópoli, la cual forzaba al gobierno a actuar y a asumir la
responsabilidad directa sobre el territorio donde operaban las compañías.
Paso a paso, los británicos aumentaron enormemente su imperio entre 1880 y
1905. El imperialismo era una causa popular en Inglaterra de la década de 1890.
Algunos lo han atribuido al hecho de que la posición industrial de Gran Bretaña estaba
decayendo con el aumento en poderío y capacidad productiva de Alemania y Estados
Unidos. Además, muchos ingleses creían que las posesiones coloniales reportarían
ventajas económicas inmediatas en forma de alimentos baratos.
La sensación de que la posición de Gran Bretaña en el mundo estaba siendo
desafiada, no sólo lo pone de manifiesto la “rebatiña por África”, sino que también lo
confirmaba la política británica en China, donde Gran Bretaña había sido la potencia
comercial más influyente e importante desde que forzó a China a abrir sus puertos a
los comerciantes extranjeros. En la década de 1890, la aparición de Japón como una
eficaz potencia occidentalizada y la derrota que infligió a China en 1895 cambiaron la
situación. Francia, Alemania y Rusia al intervenir para salvar la integridad del Imperio
Chino reclamaron su derecho a opinar sobre el futuro de China, y esta intervención fue
seguida por una carrera para obtener concesiones y esferas de influencia, la
preeminencia comercial y naval de Gran Bretaña en el Extremo Oriente fue desafiada,
en especial por Rusia. El temor a las actividades rusas en Extremo Oriente se unió
entonces al tradicional temor británico a la amenaza rusa contra la India, al menos
hasta que la victoria japonesa en la guerra ruso-japonesa de 1904-5 puso un alto a la
expansión rusa en el norte de China y Corea.
Al cabo de tres años, Gran Bretaña se vio envuelta en una dura y enconada
guerra en África del Sur contra los Boers, los descendientes de los colonos holandeses
en Transvaal y el Estado Libre de Orange, cuya independencia había sido reconocida
por los británicos en 1881 y 1884, y que trataban de afirmar su derecho a limitar en su
territorio las actividades de forasteros en la explotación de los ricos yacimientos de oro
y diamantes. Aunque los británicos ganaron la guerra y obligaron a las repúblicas Boers
a integrarse en la Unión de África del Sur, la contienda fue más larga y dura de lo
esperado, y contribuyó notablemente a cambiar los sentimientos populares en Gran
Bretaña.

21
A pesar de que el entusiasmo general a favor del Imperio Británico siguió
presente durante años y de que el patriotismo resurgió de vez en cuando, a partir de
los primeros años del siglo XX la época del imperialismo popular más estridente ya
había pasado.
Todas las grandes potencias de Europa se vieron afectadas por el movimiento
imperialista, con la excepción de Austria-Hungría, demasiado preocupada por el
conflicto de nacionalidades dentro de sus fronteras.
Durante el período que siguió a 1870, Francia amplió su imperio norteafricano en
Argelia en 1881 y sobre Marruecos en 1912. Mientras tanto, Francia adquirió también
un gran imperio en Extremo Oriente y África. En Extremo Oriente, a partir de 1858, se
apoderaron de algunos estados, y Annam, Conchinchina y Tonkín (que ahora forman
parte de Vietnam) fueron incorporados a Camboya para recibir el nombre de
Indochina francesa en 1887, a la que fue agregado Laos seis años más tarde. Mientras
que para Gran Bretaña el mantenimiento de su hegemonía mundial constituía el
cometido principal de su política exterior, los franceses se veían desgarrados entre su
deseo y la pérdida de territorio francés. Así, la derrota en 1885 de tropas francesas en
Indochina provocó la caída del gobierno de Jules Ferry y levantó un clamor general
porque las aventuras coloniales distraían a Francia de su verdadera tarea. Sin embargo,
a pesar de la rivalidad con Gran Bretaña, el Imperio Francés en Extremo Oriente
reportó sustanciosos beneficios económicos. Junto con las Indias Orientales
holandesas y los territorios británicos en Malasia, la Indochina francesa producía una
considerable proporción del suministro mundial de caucho, por lo que las inversiones
rendían muy buenos intereses. Así, los banqueros franceses de la metrópoli estaban
directamente implicados en el desarrollo del Imperio Francés en Extremo Oriente. Sin
embargo y ante todo, la dominación francesa sobre un pueblo antiguo y civilizado en
Indochina hizo mucho por mantener viva en Francia la autoconfianza de ser una gran
potencia que había logrado rehacerse con éxito de la humillación de 1870.
La participación francesa en la pugna por África fue también considerable. Los
franceses tenían esperanzas de unir sus nuevas colonias en África Occidental a través
del África Central con su base en el Mar Rojo. Durante la década de 1890, esta
rivalidad anglofrancesa en África Central fue el tema crucial de las relaciones
diplomáticas entre ambos países. Todo esto culminó en 1898 con un enfrentamiento
abierto en Fashoda. Los franceses se vieron obligados a admitir que oponerse a los
británicos en África era algo que estaba por encima de sus posibilidades, a menos que
contaran con el apoyo alemán cuyo precio sería la renuncia para siempre a Alsacia-
Lorena, y éste era un precio que ningún gobierno francés podía permitirse el lujo de
pagar. Es posible que en Francia ese entusiasmo colonial sólido y continuo estuviese
menos extendido que en Gran Bretaña. En Francia rara vez contaron con el apoyo de
las masas, y las inversiones en las colonias fueron mucho menos populares entre la
clase media francesa que los préstamos a Rusia. Sólo en Argelia, conquistada por
Francia entre 1830 y 1850, existía una gran población de colonos franceses, y bajo la

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Tercera República, Argelia formó parte constitucionalmente de la Francia
metropolitana, y por lo tanto no era una colonia.
En cierto aspecto el imperialismo francés sí ejerció un efecto más acusado, tanto
sobre los pueblos sometidos como en la metrópoli. Mientras que los británicos se
contentaban con administrar sus colonias, los franceses estaban mucho más decididos
a que sus pueblos coloniales quedaran asimilados a la sociedad y cultura francesas. La
colonización francesa se basaba en el supuesto de que los súbditos franceses en África
o Asia podían transformarse en franceses y que eso colmaría sus ambiciones. Esto era
tan ilusorio como la creencia británica de que los habitantes de sus colonias podrían
ser gradualmente adiestrados para un limitado autogobierno y que se sentirían
agradecidos por ello. En ambos casos, la experiencia de la dominación, los métodos y
las ideas extranjeras contribuyeron al movimiento para la independencia nacional en
las colonias.

Los críticos del imperialismo que prevalecían a finales del siglo XIX lanzaban sus
ataques desde diversos ángulos: los humanitarios se sentían ultrajados por la
explotación de los africanos en el Congo Belga, por la brutalidad con la que los
alemanes reprimieron la rebelión en África del Sudoeste en 1904, o por los “métodos
de barbarie” que los británicos emplearon para combatir las guerrillas en la Guerra del
Transvaal, encerrando a los granjeros del veld en “campos de concentración”.
Una crítica teórica más profunda del imperialismo y sus efectos sobre la sociedad
fue desarrollada por escritores ansiosos de sacar a la luz los lazos existentes entre la
expansión imperialista y la estructura social y económica interna de los Estados
europeos. Entre éstos destacaron Rudolf Hilferding y Rosa Luxemburg. Ambos
pensaban al igual que Hobson, y como Lenin había de repetir en 1916, que el
imperialismo era un producto inevitable de las presiones económicas del capitalismo y
de su necesidad de hallar nuevas salidas para la inversión de capitales; pero también
sugirieron que la violencia y la injusticia inherentes al dominio colonial hacían
anticuada la ideología liberal de los defensores del libre comercio de una generación
anterior, de modo que el imperialismo se trataba de un fenómeno que lo penetraba
todo y que afectaba a casi todos los sectores de la sociedad.
El imperialismo del período 1880-1914 fue un aspecto de una revolución que
estaba impugnando las ideas de una generación anterior. Lo mismo que las virtudes
del libre comercio estaban siendo cuestionadas y la necesidad de la intervención
estatal en muchos campos empezaba a ser aceptada, también las relaciones entre los
Estados y los móviles de sus políticas se basaban ahora en nuevos supuestos sobre la
naturaleza del hombre y la sociedad. Cierto número de supuestos generales subyacen
en todo el movimiento imperialista. Estos incluían la creencia en un destino nacional y
la creencia en el deber de los pueblos adelantados de llevar la civilización y la buena
adminitracion a los países atrasados, de sobrellevar “la carga del hombre blanco”. Sin
embargo, las ideas más profundas que inspiraron el concepto de imperialismo fueron

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las de aquellos que pueden ser clasificados como “socialdarwinistas”. Estos concebían
las relaciones entre Estados como una lucha perpetua por la supervivencia en la que
algunas razas eran consideradas como superiores a otras.
Charles Darwin no prestó mucha atención a cualesquiera implicaciones sociales
que sus ideas pudieran tener, y sus observaciones sobre el lugar de la guerra en la
sociedad son a menudo contradictorias. Sus puntos de vista desempeñaron un papel
crucial en la confrontación entre ciencia y religión.
Hacia la década de 1890, este conflicto empezó a remitir, pues los métodos y
conclusiones de las ciencias naturales estaban siendo ampliamente aceptados y las
doctrinas teológicas se adaptaron con el fin de dejar al menos algún lugar a las
verdades establecidas por la ciencia. Las ideas de Darwin, sin embargo, fueron
rápidamente aplicadas a cuestiones muy distantes de los problemas exclusivamente
científicos que habían preocupado a Darwin. El elemento del darwinismo que pareció
más aplicable al desarrollo de la sociedad fue la idea de que el exceso de población con
relación a los medios de subsistencia obligaba a una lucha constante por la
supervivencia, en la cual vencían los más fuertes o los más “aptos”. De modo que las
especies o razas que sobrevivían eran aquellas que tenían un derecho moral a ello.
La doctrina de la selección natural pudo ser fácilmente asociada con otra línea de
pensamiento: la desarrollada por el escritor francés Joseph-Arthur Gobineau, quien
publicó, en 1853, el “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas”. Gobineau
recalcó que el factor más importante en el desarrollo era la raza, y que aquellas razas
que mantenían su superioridad eran las que también mantenían intacta su pureza
racial. Pero se mostraba muy pesimista con respecto al futuro y opinaba que la pureza
racial era imposible de conservar y que incluso para los arios se cernía una perspectiva
de decadencia. La extensa y sombría obra de Gobineau tuvo más in fluencia en
Alemania. Sus teorías fueron aceptadas por el gran compositor Richard Wagner y su
círculo. Pero fue su yerno y admirador, Houston Stewart Chamberlain quien contribuyó
a llevar estas ideas un paso más adelante con su libro “Los fundamentos del siglo XX”
(1899).
Este libro tuvo un considerable éxito en Alemania durante un largo período, y el
propio Hitler admiró al autor hasta el punto de visitarlo en su lecho de muerte en
1927. Con una acumulación de detalles históricos, teológicos y etnográficos,
Chamberlain consideró que el desarrollo humano se hallaba dominado por la
necesidad de preservar el carácter esencial de cada raza. Las razas que habían
sobrevivido eran aquellas que habían logrado mantener este carácter, como la raza
germánica y los judíos. Uno de los temas de su obra es el contraste y conflicto entre
estos dos pueblos. Era un momento en que los alemanes buscaban una nueva misión
en el mundo y una nueva causa nacional que proporcionara a la generación joven la
misma inspiración que la lucha por la unificación nacional había dado a sus padres.
Aunque las teorías raciales tuvieran una mayor aceptación en Alemania, no
representaron un factor desdeñable en los demás países. La creencia de que las razas

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blancas eran superiores a las negras o amarillas fue un supuesto básico del
imperialismo. Pese a que algunas de las potencias imperialistas creyeron que con el
tiempo los pueblos sometidos podrían ser educados y elevados al nivel de sus
dominadores, en el terreno de los hechos esta creencia sólo fue aplicada a una élite
muy pequeña. Bajo toda actividad imperialista subyacía una creencia en la
inevitabilidad de una lucha por la supervivencia entre las potencias.
Hubo, sin embargo, un lado negativo y un lado positivo en las teorías racistas y
seudoevolucionistas del imperialismo. Existía una creciente inquietud ante una posible
amenaza a la posición de las razas dominantes, y no sólo por parte de otros Estados
europeos, sino por pueblos, de dentro o de fuera de sus propias fronteras, a los que se
consideraba inferiores. A este respecto, reviste interés el hecho de que tantos
escritores de la década de 1890 empezaran a temer lo que se denominó “el peligro
amarillo”. El temor a que los chinos pudieran competir con éxito con el comercio
europeo, se unió a la angustia de pensar en lo que ocurriría si los pueblos de Oriente
llegaran a ser tan eficientes, industrial y militarmente, como las naciones occidentales.
En los años anteriores a 1914, estos temores no eran aún muy graves, si bien conforme
fue avanzando el siglo la amenaza comercial y militar a la posición europea en Asia se
convertiría en realidad. Y resulta significativo que los mismos supuestos ideológicos
que dieron al movimiento imperialista su fuerza (la creencia en la desigualdad de las
razas y en la lucha por la supervivencia) pudieran llevar también a las gentes a
cuestionar su propia posición.
Esta asociación de ideas racistas con un temor neurótico a un pueblo extraño,
destaca con especial claridad en el desarrollo del antisemitismo, que ya era un
fenómeno notable en las dos últimas décadas del siglo XIX. Desde la Revolución
Francesa, la mayoría de los países de Europa habían abolido los impedimentos y
desigualdades legales que las comunidades judías habían sufrido desde la Edad Media,
y los judíos estaban, legalmente, en pie de igualdad con los demás ciudadanos.
Solamente en Rusia casi todos los judíos seguían obligados a vivir en ciertos distritos y
estaban sometidos a dificultades administrativas cada vez mayores. Sin embargo, la
emancipación de los judíos trajo sus propios problemas. Aunque muchos de ellos
ansiaban la asimilación a las sociedades en las que vivían, en su mayor parte seguían
perteneciendo a una comunidad separada, claramente identificable, con su religión,
costumbres y, en muchos casos, lenguaje propios.
Para los judíos, la dificultad consistía en cómo lograr que sus recién concedidos
derechos civiles se hicieran realidad y en cómo vencer prejuicios seculares que habían
intensificado su separación de sus conciudadanos y que en el siglo XIX estaba cobrando
nuevas formas. Mientras persistía la antigua hostilidad cristiana hacia los judíos, entre
algunos católicos y en la Iglesia ortodoxa rusa, se inventaron contra ellos nuevos
agravios que surgían de las circunstancias de la sociedad industrial. Debido a que en la
Edad Media se había prohibido a los cristianos prestar dinero a interés, los judíos

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figuraban entre los grandes prestamistas de Europa. En el siglo XIX, los judíos ricos
estaban estrechamente asociados con los bancos en expansión de Europa.
Buena parte del antisemitismo que se desarrolló entre 1880 y 1900 tenía, por lo
tanto, fundamentos económicos. Era muy fácil que cualquier ataque contra el poder
de las altas finanzas y los grandes bancos que se convirtiese en un ataque contra los
judíos, los cuales formaban un sector fácilmente identificable de la clase capitalista. En
otros sectores de la vida económica, los judíos eran también el chivo expiatorio.
Sin embargo, ni el odio contra los capitalistas judíos, ni la competencia
económica entre judíos y gentiles en las ciudades, ni el antisemitismo rural fundado en
el temor al prestamista entre los campesinos endeudados constituía las únicas bases
del antisemitismo. El antisemitismo económico tenía al menos una explicación
aparentemente racional. Más difíciles de comprender eran aquellas formas de odio y
temor a los judíos que no surgían del contacto diario, sino que eran experimentadas
por personas que apenas habían visto a un judío. En Francia, donde gracias a la
atmósfera laica y liberal de la Tercera República los judíos fueron asimilados sin
dificultad, existió, a partir de la década de 1880, un vigoroso movimiento antisemita de
carácter popular, con prensa propia y una literatura muy difundida. En su origen, esto
fue, en buena parte, obra de un publicista llamado Edouard Drumont, quien aprovechó
la indignación causada en 1882 por la quiebra de un banco que muchos consideraban
equivocadamente propiedad de judíos.
La propaganda de Drumont sobre la conspiración judía recibió nuevo ímpetu
merced a un escándalo financiero que estalló en 1891.
Pocos años después, el asunto Dreyfus brindó otra oportunidad para reavivar los
sentimientos antisemitas, ya que la agitación contra Dreyfus y los que pedían una
revisión de su condena por espionaje fue fácilmente convertida en un ataque contra
los orígenes judaicos de Dreyfus y el celo de sus partidarios fue rápidamente atribuido
a una conspiración judía. Hubo personas cuyo ardiente nacionalismo les llevó a exigir
que se prohibiese ocupar cargos públicos a todos los ciudadanos de origen extranjero,
y esto se refería a los judíos antes que a nadie.
Las pasiones que despertó el asunto Dreyfus brindó otra oportunidad para
reavivar los sentimientos antisemitas, ya que la agitación contra Dreyfus y los que
pedían una revisión de su condena por espionaje fue fácilmente convertida en un
ataque contra los orígenes judaicos de Dreyfus y el celo de sus partidarios fue
rápidamente atribuido a una conspiración judía. Hubo personas cuyo ardiente
nacionalismo les llevó a exigir que se prohibiese ocupar cargos públicos a todos los
ciudadanos de origen extranjero, y esto se refería a los judíos antes que a nadie.
Las pasiones que despertó el asunto Dreyfus forzaron a muchos franceses a
reformular sus creencias políticas y a tomar partido a favor o en contra de la República
laica y liberal. En el bando republicano hubo un movimiento para apoyar el gobierno
de Waldeck Rousseau, que se había comprometido a salvaguardar la constitución y a
revisar el caso Dreyfus, y fue este movimiento el que se alzó con el triunfo. Sin

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embargo, entre los nacionalistas y los conservadores del ala derecha, el caso Dreyfus
llevó directamente a la fundación de un nuevo grupo monárquico radical, la Action
Française, que habría de tener una existencia continua hasta la Segunda Guerra
Mundial, y que proporcionó una ideología coherente y bien difundida para la derecha
antirrepublicana, en a cual el antisemitismo ocupaba un lugar destacado.
La figura más importante en la elaboración de esta ideología fue Charles
Maurras. Maurras no sólo rechazó la democracia parlamentaria, sino que se sintió
obsesionado por el peligro que para la seguridad de Francia encarnaban los elementos
que, según él, no estaban consagrados por entero al país: “los cuatro estados
confederados”, como él llamaba a masones, protestantes, judíos y métèques, término
que acuñó para incluir a todas aquellas personas de origen extranjero que vivían en
Francia. Estas gentes debían ser excluidas de la vida pública francesa, y ésta había de
quedar restringida a quienes contaran, por lo menos, con tres generaciones de
antepasados franceses.
El otro portavoz de este nuevo nacionalismo era Maurice Barrès, novelista y
crítico de talento. Para Barrès, los judíos estaban casi automáticamente excluidos de la
vida francesa, ya que la nacionalidad era una cuestión de “la tierra y los muertos”, un
asunto de generaciones que habían vivido y habían sido enterradas en el suelo de
Francia. Maurras contemplaba la presencia judía como una amenaza para la seguridad
de Francia, Barrès los consideraba una amenaza para la solidaridad social de Francia.
Y sin embargo, el antisemitismo no afectó profundamente la vida de los judíos en
Francia. Los judíos alcanzaron éxitos en la política y la administración, si bien los
prejuicios contra ellos nunca desaparecieron en el ejército y en el servicio diplomático.
En Alemania o Austria-Hungría, el antisemitismo conoció un desarrollo mucho
más vasto, si bien fue en Rusia, a partir de 1881, donde los judíos no sólo se vieron
expuestos a la discriminación y a la negación de los derechos civiles, sino, además,
sometidos periódicamente a la violencia física. A partir de 1880, se desarrolló en el
mundo de habla alemana un movimiento antisemítico con una profusa literatura que
atacó a los judíos desde puntos de vista muy diferentes.
Estos fueron movimientos prácticos que explotaban sentimientos ancestrales
contra el estereotipado financiero o prestamista judío. Estas ideas formaron una parte
importante del pensamiento nacionalista antiliberal de finales del siglo XIX, de modo
que, a partir de entonces, era obvio que cualquier movimiento nacionalista en
Alemania había de ser, en mayor o menos medida, antisemita.
Fue en este supuesto de que el antisemitismo formaba parte intrínseca de
cualquier partido derechista o nacionalista en Alemania, lo que hizo virtualmente
innecesaria la formación de un partido político específicamente antisemita.
En Francia, el ejercicio efectivo de los derechos civiles por parte de los judíos
apenas se vio menoscabado por causa del antisemitismo. En Alemania y Austria, en
cambio, los judíos se desenvolvían constantemente bajo una sensación de humillación
y discriminación.

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Sin embargo, en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, fue en Rusia
donde el antisemitismo tomó a veces la forma de violencia física. Allí, unos cinco
millones de judíos vivían en zonas muy determinadas de Rusia occidental, el
denominado “Asentamiento vallado”, y a partir de 1882 se produjeron insistentes
pogroms contra ellos. Además, fue en Rusia donde se originó la más tosca literatura
antisemita. Lo más siniestro fue que, en uno de los grupos nacionalistas y antisemitas
rusos, la Unión del Pueblo Ruso, fundada en 1905, se lanzó la idea del exterminio físico
de los judíos, idea que fue también compartida por unos pocos fanáticos patológicos
de Viena entre 1909 y 1913, cuando vivía allí el joven Adolf Hitler, por aquel entonces
pintor de brocha gorda con ambiciones artística frustradas.
Los judíos trataron de responder de varios modos a esta creciente amenaza del
antisemitismo en Europa. Muchos pensaron que la única esperanza para los judíos
consistía en afirmar su propia identidad nacional y establecer su propio Estado
nacional. Esta idea fue propuesta por primera vez en la década de 1860 por Moses
Hess, judío socialista alemán y asociado de Marx; pero tuvo poca influencia inmediata.
Posteriormente, la primera oleada de pogroms en Rusia en 1882, llevó a un judío ruso,
Leon Pinsker, a abogar por la “auto-emancipación” de los judíos y dio nuevo ímpetu al
movimiento para el establecimiento de colonias agrícolas judías en Palestina. Sin
embargo, el creador del movimiento sionista como organización política efectiva, que
finalmente logró crear el Estado de Israel medio siglo después, fue el periodista y
comediógrafo judío Theodor Herzl, quien publicó en 1896 “El estado judío”. Aunque
Herzl murió prematuramente en 1904, logró crear una organización sionista
comprometida en el establecimiento de un Estado judío autónomo en Palestina, y
logró ponerse en contacto con los gobiernos alemán, británico y turco, con la
esperanza de lograr su apoyo. Aunque no logró un éxito inmediato en cuanto a
obtener concesiones de los turcos o el apoyo de alguna de las grandes potencias, el
congreso sionista fundado por Herzl continuó acrecentando su influencia y, durante la
Primera Guerra Mundial, su dirigente pudo arrancar al secretario británico del Foreign
Office la promesa de que los judíos tendrían un “hogar nacional” en Palestina.

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