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¿Para qué estudiar la Revolución Francesa?

José Sazbón

La dificultad de poder concentrar en un lapso corto de tiempo la atención sobre la


Revolución Francesa es la multiplicidad de significaciones y proyecciones, de niveles y
dimensiones que tiene el acontecimiento
La más general de todas, la toma de la palabra, es el hecho de que por primera vez, en
una gran nación como la Francia del siglo XVIII, se da la oportunidad formal y material
de que el gran conjunto de la población se exprese, y lo haga de una manera que tiene
que ver con incitaciones basadas en la situación propia de cada capa de la población.
Allí se expresan sentimientos, aprensiones, expectativas, deseos, con la posibilidad, o
ante el horizonte, de una transformación de las cosas. Me estoy refiriendo a la
convocatoria de los Estados Generales producida durante el año 1788. Después de
ciento setenta y tres años, se van a reunir esos Estados Generales para dar una
respuesta a los problemas que plantea el reino de Francia, ante la necesidad de la
recaudación de impuestos, la legitimidad de las demandas reales, etcétera. Los Estados
Generales son los tres estamentos que formalmente componen la población de
Francia: el clero, la aristocracia y el pueblo llano o Tercer Estado. A través de todo el
país se convoca a todos sus delegados para manifestar sus reclamos. Esos reclamos
toman la forma de lo que se conoce como cuadernos de quejas, y hay cuarenta mil
cuadernos de quejas que se elaboran en los meses que van entre la convocatoria real y
las elecciones para los diputados que van a formar parte de la Asamblea. A eso yo lo
llamo “toma de la palabra”, es en un sentido desde luego literal: cada uno toma la
palabra y escribe. Es un momento en el que la escritura comienza a cundir como
expresión de demandas sociales, un modo más articulado y formalmente más rico de
su formulación.
El primer acontecimiento al que presto atención desde ese punto de vista es al hecho
de que en la Revolución Francesa la sociedad toma la palabra a partir de sus distintos
estamentos.
Ya en los meses iniciales de la revolución, cada orden o estamento nombraba sus
representantes, y después cada orden debía deliberar por separado. La gran
revolución inicial anterior a la revolución es que el Tercer Estado se niega a ese tipo de
compartimentación. El Tercer Estado, que es mayoritario, se autotitula Asamblea
Nacional. Al hacerlo, impulsa a que todos los integrantes de los otros dos órdenes se
sumen al Tercer Estado, el cual deja de serlo para subsumirse en el nuevo conjunto
“nacional”.
En ese proceso lo que se va cumpliendo es, además de la toma de la palabra, una toma
de conciencia, porque ya en los primeros tramos de la Revolución aparece la palabra
Revolución. Hay una forma determinada de presencia de las conciencias en el
acontecimientos que se está viviendo, una interacción determinada entre la conducta
de los protagonistas y la coyuntura, una forma de articulación de los comportamientos
en general que busca una expresión lingüística adecuada. La revolución es llamada
Revolución.
La palabra revolución preexistía a este momento pero no tenía el carácter que en este
momento adquiere. El hecho más significativo y simbólico que da comienzo a la
Revolución es la célebre Toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789. El 14 de julio es el
día fijado para señalar el comienzo de la Revolución Francesa pero el día 12 de julio ya
aparece un periódico que se llama “Las revoluciones de París”. Esto tiene que ver con
la expansión de la conciencia, que está basada también en una expansión de los
medios expresivos de las opiniones, como la prensa. La prensa se multiplica en esos
meses, y este período va a tener tirajes fabulosos, hasta de doscientos mil ejemplares.
En ese momento, había una vaga idea de transformaciones de orden político-cultural,
de ahí el plural, Revoluciones de París. En la obra de Rousseau, desde antes de la
Revolución Francesa la palabra “revolución” tiene un sentido de transformaciones de
orden político. No político en el sentido moderno, pero sí de ideas o cultural. Es la
Revolución Francesa la que estabiliza el término que ahora conocemos.
Si bien la expansión de la opinión, la participación, la movilización, son hechos
característicos de lo que se llama las revoluciones modernas, en el caso de la
Revolución Francesa es la modernidad de estas actitudes la que toma la delantera y la
que se expresa con los medios que ahora son normales y difundidos, pero que hacia la
época eran totalmente innovadores. Ese carácter innovador abarcaba todo lo cual
hace que se confronten opiniones y grupos, mediante una forma determinada de
dirigirse cada uno a los demás que tiene en cuenta el apremio a fundamentarlo todo
en la razón.
La tercera de las características: la revolución se produce en la penúltima década del
siglo XVIII, pero hay consenso en que está precedida y fomentada por el cambio de las
conciencias que se produce en las décadas anteriores. Las décadas anteriores son
aquellas de la difusión de la prédica ilustrada, las de las ideas que expanden los que
hoy llamaríamos intelectuales, y que en aquel entonces llamaban “hombres de letras”
o “sabios”. Ellos presentan una organización de los conocimientos que busca oponerse
a la continuidad tradicionalista de la enseñanza, generalmente concentrada en la
Iglesia católica, y que tiene que ver también de manera bastante directa con las
creencias arraigadas que son examinadas con criterios racionales, y son desechadas en
la medida en que carecen de fundamentación y sensatez racional.
Existe la profusión de panfletos, de obras, de críticas a la Iglesia, a la religión instituida,
a la monarquía, a la nobleza y particularmente a algunos personajes considerados
irritantes hacia la época. Todos esos son elementos de movilización de las conciencias
que tienden a deslegitimar los poderes existentes y a promover una forma nueva de
razonar y de argumentar la constitución del poder político.
La cuestión es si todo aquello que precedió a la Revolución Francesa realmente llevaba
a ella.
En el medio entre una cosa y otra están las formas atenuadas de transición, que son las
que los historiadores conocen con el nombre de “despotismo ilustrado”. Aquellos que
gobiernan, que tienen el poder y lo ejercen en función de antiguas prerrogativas que
les autorizan un amplio margen de arbitrariedad, no tienen ninguna forma de
legitimidad de acuerdo a los estándares del pensamiento político moderno, por eso
son déspotas. Aparecen no obstante, en ocasiones, ilustrados por los sabios. Había
formas en las cuales los filósofos, los hombres de letras, los sabios trataban de influir
en los poderosos, para que reformaran en alguna medida las instituciones. A veces lo
lograban en mínimo grado, y a veces parecían lograrlo pero eran burlados por estos
déspotas. Este despotismo ilustrado parecía ser una vía determinada por la cual las
ideas ilustradas, las ideas racionales, las ideas humanistas en general, las ideas de
progreso humano, podrían haber sido adoptadas y canalizadas por los poderes
establecidos sin que se produjera lo que ahora sabemos que se produjo en Francia: la
revolución.
No se puede pasar de manera deductiva muy rápida de la Ilustración del siglo XVIII a la
Revolución. Pero por otro lado tampoco se puede decir que fueran compartimentos
estancos, la Ilustración por un lado, la Revolución por el otro, porque todo el
vocabularios, el léxico, las maneras de pensamiento, las formas de discurrir, todo eso
estaba preparado ya en los libros, en los panfletos, en las expresiones que los filósofos
y los teóricos políticos habían tenido en las décadas anteriores.
La Revolución introduce una novedad total, se produce a partir de un encadenamiento
de hechos, que uno de los protagonistas va a llamar “la fuerza de las cosas”. Por lo
tanto, hay una novedad terrible en la Revolución desde el momento en que los
hombres que la conducen deben inventar de una manera que los hace situarse en una
coyuntura de riesgo. Dado que el conjunto de los demás poderes monárquicos de
Europa ve sin duda con aprensión estos acontecimientos, la invención revolucionaria
francesa se hace en condiciones desfavorables en cuanto al contexto en el que está
situado ese proceso.
Todo ese proceso es algo que busca expresarse en parte con el lenguaje racional que
los ilustrados habían legado, y en parte con la emergencia de nuevos conceptos. Esto
es lo que yo indicaría como una transformación de las mentalidades. Si uno tiene en
cuenta todo esto, aparece entonces el modo en que ante la necesidad de inventar,
surge también la conveniencia de apoyarse en antecedentes. Y el antecedente que
podría tenerse hacia la época de la Revolución Francesa era la Revolución Inglesa del
siglo anterior. La revolución inglesa del siglo XVII había tenido dos fases. Por un lado, lo
que se llama Guerra Civil o Revolución Puritana, y por otro, lo que los ingleses llaman
la Revolución Gloriosa. Lo importantes desde el punto de vista de la Revolución
Francesa es que la monarquía y el Parlamento en Inglaterra pudieron conciliar sus
perspectivas, y a partir de allí establecieron lo que se llama un gran compromiso, que
se cristalizó en acuerdos que rigieron después por más de un siglo. Esa variante se
conoce como la vía inglesa.
Por otro lado, hay una corriente que se basa en el imperio de la “voluntad general”,
una fórmula tomada de Rousseau. La voluntad general tiende a establecer una
comunidad política en la que no existen estas formas de acuerdos, sino que está
directamente integrada por la expresión del conjunto de la comunidad. Esta sería la
verdadera Vía francesa.
Durante un tiempo existe por parte de un sector de los revolucionarios el apremio por
terminar la revolución. Lo que existe es el pensamiento de la conveniencia de
establecer un límite a esta generación cada vez más amplificada de demandas que la
revolución ha establecido, detener el proceso revolucionario, asegurar la propiedad,
dar garantías al rey y que el rey dé garantías a la Asamblea, y a partir de allí construir
una nueva Francia. Esta es la variante que va a ser derrotada, ya que va a predominar
la más intransigente, aquella que va a terminar con la monarquía y va a introducir
nuevas formas de gestión del Estado y de la sociedad.
De la Revolución Francesa, lo principal es la compulsión a inventar ante coyunturas
sumamente desfavorables, y el modo en que todo esto se vierte en términos
expresivos a partir de una ampliación de la conciencia. Vemos cómo la idea es
revolucionaria. La misma idea de revolución está vinculada a la afirmación de
derechos, y los derechos a su vez están basados en un fundamento racional que busca
extender su ámbito de validez a todos los niveles, lo que crea una ilimitación de las
demandas. Tal ilimitación hace que se pase de un plano al otro de manera brusca, pero
a su vez fundamentada en una lógica de ampliación de los derechos.
La distinción entre derechos civiles y derechos políticos: lo que la revolución concede
son derechos civiles para todos los miembros de la población y garantías de la persona,
de la propiedad, de la libertad de conciencia, libertad de expresión. En el plan o
siguiente de la ampliación de derechos surge la exigencia de que los derechos civiles
sean una base sobre la cual se establezcan otros. Esto quiere decir que todos aquellos
que habían estado excluidos de la posibilidad de ejercer derechos políticos, tengan
ahora la facultad de ejercerlos. Vemos que en ese proceso se está gestando la
democracia, en el sentido de suministrar la posibilidad al conjunto de la población
adulta de manifestar sus opiniones, sus opciones políticas, e incluso de participar en la
propia dirección del Estado.
Después de los derechos políticos están los derechos sociales. La masa del pueblo no
había quedado satisfecha, ya que las subsistencias seguían caras, se reclamaba una y
otra vez una solución a los problemas del hambre.
Fue un sector jacobino el que enfrentó la cuestión, y de esa manera es como se
establece una alianza entre los jacobinos y el pueblo, motivada por la necesidad que
tenían los revolucionarios de mantener la revolución, y el pueblo de que fueran
escuchadas sus demandas.
En todo este tipo de ampliación de demandas hubo un sector que no fue satisfecho en
sus requerimientos: las mujeres. En 1791 aparece un texto, que actualmente las
feministas destacan, que es la “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la
Ciudadana”. Esa declaración no es más que un texto literario, la obra de una autora,
Olimpia de Gouges, que con ese hecho está estableciendo el margen de distancia que
hay entre la verdadera y la pseudo universalidad de los derechos concedidos por la
Revolución hasta ese momento. Por lo tanto, tenemos como otro gran legado de la
Revolución Francesa el hecho de que ya en el interior de su proceso se establece un
reclamo feminista.
En el caso de la Revolución Francesa lo que se abrió es una perspectiva de
ensanchamiento progresivo de los derechos que fue transitando de un nivel al otro,
buscando siempre una mayor ampliación de los beneficiarios y del tipo de beneficios
que la Revolución establecía.
La ampliación de los derechos nos conduce a la problemática de la igualdad, ¿cuál
igualdad es la que hacia 1789 tiene posibilidades de ser admitida? La igualdad civil, la
igualdad de derechos en general, pero que no toda el terreno de la representación
política, y mucho menos el terreno de las necesidades sociales. Dentro de la
Revolución Francesa está la cuestión de a qué se le debe dar mayor peso si uno tuviese
que elegir: a la libertad, o sea al garantismo; o a la igualdad o sea al hecho de que no
existan asimetrías internas a la sociedad. En los términos políticos en que se manejó es
como si tuviese una especie de rival en la idea de libertad.
En el pensamiento liberal, la gran cuestión es la combinación de liberalismo y
democracia.
Otra gran innovación que el proceso revolucionario francés introduce es el hecho de
que en pocos años se presentan todos los tipos de regímenes que en el futuro van a
tener lugar en la escena política mundial. Se dan las formas de la monarquía por
derecho divino, la monarquía constitucional, la democracia o el gobierno electo, la
posibilidad de que emerjan aventureros que dan un golpe de Estado, el Imperio que
Napoleón va a establecer, y la Restauración posterior.
Al examinar la Revolución Francesa uno se encuentra con todas las formas que la
modernidad política va a establecer como alternativas de gobierno.
Del proceso revolucionario francés emergen determinados tipos políticos que tienen
una pregnancia determinada, y que van a subsistir a lo largo del siglo XIX y parte del
siglo XX. Tal vez el más conocido sea el tipo del jacobino.
El Gran Miedo viene a ser una especie de figura que se establece a partir de una
práctica, una acción social que carece de suficiente identificación como para poder
verla de frente y que se basa más bien en el rumor, en lo que se supone que existe sin
poder presenciarlo realmente. La Revolución Francesa es una fuente determinada de
modelos, de figuras.
Eso habla también del modo en que las herencias producidas por el proceso
revolucionario francés van a subsistir.
Por lo tanto, la significación de la Revolución Francesa se establece también en el
sentido de dejar una herencia o un legado que transmigra de su propio medio de
realización a la posibilidad de una conexión de sus formas de promesa emancipatoria y
las que el futuro podría asignar: pasar a la revolución socialista a partir de la revolución
burguesa del siglo XVIII. En las primeras páginas de un texto de Marx hay una
indicación de cómo entender la relación entre los dos tipos de revolución. La
Revolución Francesa suministra el ejemplo de hasta dónde puede llegar una conciencia
revolucionaria que está de todas maneras ligada a la defensa de intereses particulares
dentro de la revolución. La tesis de Marx es que los revolucionarios franceses deben
disimularse el fin limitado de sus objetivos revolucionarios tras un velo poético tomado
de paradigmas del pasado, mientras que las revoluciones obreras o las revoluciones
del siglo XIX no solamente no necesitan revestirse de una poesía del pasado sino que,
por el contrario, deberían tener presente solamente los impulsos que el futuro les
indica como posibles. Dicho de otro modo, las revoluciones obreras se caracterizan por
tener un índice decreciente de ideología. La ideología acompaña a todas las
revoluciones del pasado, incluyendo a la francesa. En la opinión de Marx, las
revoluciones del futuro, las revoluciones socialistas, a diferencia de la francesa, no
necesitarán revestirse de velos ideológicos.
La Revolución Francesa plantea también la cuestión del comparatismo. Se trata de
aquella revolución que o puede dejar de tenerse en cuenta en el momento de cotejar
cualquier proceso revolucionario futuro o cualquier proceso en general que aspire a
ser revolucionario.
Thompson se preguntaba por qué basarse en un tipo de pauta modelística, que en este
caso sería la Revolución Francesa, cuando cada proceso nacional tiene sus propias
características, su propia fundamentación y debe regirse entonces por su propia
dinámica.
Hay que recordar que la Revolución Francesa se inserta dentro de la serie de las
revoluciones en los estudios comparativos más relevantes. Varios textos que trataron
la Revolución Francesa exponen que no necesariamente aparece como el modelo
tácito de todas las revoluciones, pero siempre como una del grupo de las revoluciones
más importantes. El grupo está constituido, a veces por la inglesa y la norteamericana,
ésas serían las revoluciones modernas; si se trata de revoluciones a secas, entra
además la rusa. Yo insisto en que, desde el punto de vista de la fuerza de la noción y de
las experiencias del siglo XIX, están muy marcadas por la Revolución Francesa, no
solamente por esa especie de migración de la idea de revolución al socialismo, sino por
las mismas revoluciones democráticas que se produjeron, y que tienen el léxico y el
conjunto de héroes de la Revolución Francesa como modelo.
En los dos sentidos, hacia adelante y hacia atrás, funciona un poco como modelo,
como paradigma.
Yo hablé de la Revolución Francesa en cuanto cuna o génesis de un conjunto de cosas,
pero obviamente que entre aquel momento y el nuestro median más de doscientos
años. Sobre todo desde nuestro presente, están los últimos treinta años, en los que la
Revolución Francesa fue deslegitimada por los franceses mismos, o por cierta opinión
hegemónica en medio cultura.
Lo que sucede es que la manera en que la Revolución Francesa generó una idea de
revolución fuerte, que después migró a otros procesos y en particular al proceso ruso
de 1917, hace que sea casi inevitable el tener que referirse casi simultáneamente a las
dos revoluciones, a la francesa y a la rusa, en cuanto escenarios en los cuales se pone
manifiesto la dialéctica democrática de manifestación de intereses, generación de
estructuras de poder, formas determinadas de relación entre dirigentes y dirigidos,
reclamos populares y sociales que aparecen imperfectamente adaptados o reflejados
en el modo en que los dirigentes los retoman.
Mi inclinación es a retomar como un impulso positivo aquellos que se abrió en la
Revolución Francesa y que después tuvo otros escenarios. Tanto la Revolución
Francesa como la Revolución Rusa tuvieron derivaciones que de ninguna manera
estaban prefiguradas en sus comienzos. Por lo tanto, la contingencia es la que maneja
los destinos o las formas en que se van desarrollando los hechos.
Existe una especie de puente imaginario, pero sobre todo de convicciones ético-
políticos, que une nuestro presente con aquello que comenzó modernamente a
plantear la Revolución Francesa, y que es justamente lo que quiere impedir, lo que ya
ha impedido en gran medida, esta corriente opositora a la herencia de la Revolución
Francesa que existe en Francia.
Hacia los años setenta, la temática que concitó mucha atención en Francia a nivel de la
filosofía política y del pensamiento político fue la idea de totalitarismo, o el concepto
de totalitarismo, en un sentido inclusivo que fue más allá del fascismo y del nazismo,
para abarcar el comunismo. Esa es la contribución francesa importante, y en ese marco
es que se produce la expansión del revisionismo historiográfico respecto de la
Revolución Francesa. Entonces, de hecho los más extremistas ven totalitarismo
también en la Revolución Francesa.
El arraigo de estas ideas tiene que ver con el hecho de que se insertan en una
orientación política liberal, en la cual la Revolución Francesa como hecho histórico es
instrumentada tácitamente para fortalecer las tesis de un totalitarismo cuyo germen
viene del pasado.
Yo estoy dentro de una tendencia o de una orientación que diría lo contrario, diría que
la Revolución Francesa no ha terminado. Ya se sabe que la Revolución Francesa tuvo
una duración determinada en su momento, pero que “ha terminado” quiere decir que
ha terminado la estela de esperanzas, expectativas y promesas que dejó. En mi opinión
no es así, o, mejor dicho, depende de nosotros que esté o no terminada, ésa es una
cuestión de convicciones y de posiciones.

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