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Bajo el signo de las masas (1943-1973).

Carlos Altamirano.

Desarrollo y desarrollistas.

1. Después de Perón.

Perón fue derrocado en septiembre de 1955. Había provocado un nuevo cuadro


político y en pocos meses no sólo amplió las bases de la oposición civil, sino que le dio
nuevo impulso a la conspiración militar. Al conflicto de la Iglesia se le sumaría la
agitación contra la política petrolera oficial, a raíz del contrato con una compañía
petrolífera norteamericana, firmado por el gobierno en abril de 1955. Las dos
cuestiones no sólo fueron cauce de la actividad y la propaganda antiperonistas, sino
que provocaron tensiones y disidencias en las propias filas del oficialismo. Perón tenía
el apoyo de los trabajadores y la oposición de los partidos tradicionales, los
estudiantes y las clases medias. Pero en el nuevo cuadro ya no estaban de su lado ni
los dirigentes ni los militantes del mundo católico, y el sostén de las Fuerzas Armadas
se había erosionado
El general Eduardo Lonardi asumió la dirección del Poder Ejecutivo con el
carácter de presidente provisional. Después de nueve años, las Fuerzas Armadas
habían vuelto al ejercicio directo del poder.
Comenzó la disputa por la orientación del nuevo orden. Para la fracción liberal,
los nacionalistas que el general Lonardi había incorporado al gabinete y antiguos
admiradores de los experimentos fascistas, estaban a la búsqueda de alguna forma de
peronismo sin Perón. A esa inspiración se atribuía la política de negociación con la CGT
y la parsimonia para desmontar la máquina del “totalitarismo” peronista. El 13 de
noviembre el general Lonardi fue desplazado y con él se alejó todo el personal político
proveniente del nacionalismo. Fue designado como presidente provisional el general
Pedro E. Aramburu, cuya proclama rubricó el triunfo de la acción liberal. Tres días
después se intervino la central obrera, y el 30 de noviembre fueron disueltas las dos
ramas del Partido Peronista. Se declaró inhabilitado para ocupar puestos públicos a
quienes habían sido dirigentes del peronismo o habían colaborado como funcionarios,
electos o por nombramiento, con el régimen abatido. La sola posesión de un retrato de
Perón se convirtió en delito. El proyecto de desperonizar la sociedad argentina por
todos los medios había tomado el puesto de mando.
Podría decirse que se reanudó entonces el “gran debate” sobre el desarrollo
económico nacional.
Un informe de Raúl Prebisch fue el motivo y la ocasión para la primera de las
controversias políticas que se librarían en los años de la Revolución Libertadora.
Prebisch había sido invitado a colaborar con el nuevo gobierno como asesor
económico. El informe que presentó al presidente Lonardi a fines de octubre de 1955

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fue el primer documento de esa colaboración y lo que habría de popularizarse como
“Plan Prebisch” se convirtió en el eje de un amplio debate.
Como si no quisiera dejar dudas sobre la necesidad de “desperonizar” la
economía, el balance que hizo fue completamente negativo. El documento señalaba
varios sectores donde la situación era juzgada apremiante y obligaba a adoptar
medidas sin demora (como el sector energético, o el estado del sistema ferroviario),
ubicaba la raíz del problema central, la precaria situación de divisas, en la postración
de la producción agraria: se la había desalentado quitándole además todo estímulo a la
modernización técnica de la empresa rural.
Este cuadro debía ser cambiado inmediatamente, aconsejaba Prebisch,
comenzando por mejorar los precios rurales mediante una devaluación que reajustara
los tipos de cambio, artificialmente distorsionados por el gobierno anterior. Era
necesario, además, facilitar a los productores del campo la importación sin trabas de
los bienes productivos que requería su actividad. Para Prebisch, estimular la actividad
agropecuaria era esencial también para la industria, dado que una fuerte producción
rural proveería a la actividad manufacturera local de las divisas necesarias para
adquirir los equipos, las materias primas y los combustibles que su desarrollo requería
y el país aún no generaba.
En la Argentina para un conglomerado numeroso, compuesto de radicales
formados en la tradición “forjista”, nacionalistas y peronistas, el nombre de Prebisch
evocaba el ciclo de gobiernos conservadores que surgieron después del golpe de 1930
y se mantuvieron en el poder hasta 1943. Prebisch había sido un funcionario
destacado de esos gobiernos a los que la mayoría de la opinión identificaba con el
fraude electoral y la subordinación de la economía argentina a los intereses del
capitalismo extranjero.
Las críticas de su informe preliminar no dejarían de conectar el pasado con el
presente: lo que se pretendía era retroceder, volver a la Argentina agraria, a la
Argentina preperonista. Ésa fue la tesis del más popular de los escritos contra el
informe, el folleto de Arturo Jauretche. El “informe preliminar” de Prebisch trazaba un
cuadro desolador de la situación económica heredada, pero no se trataba sino de un
cuadro fraudulento que tenía por fin el de justificar la liquidación de la Argentina
industrial y la vuelta a una “economía basada en la producción y exportación de
materias primas a los costos reducidos de una mano de obra abaratada por la
desocupación y la miseria”.
Independientemente de cómo se juzgara el diagnóstico de Prebisch, no se podía
extraer de su texto el sombrío programa antiindustrialista que le atribuía Jauretche.
Pero Jauretche tocada un ponto políticamente sensible al referirse a las consecuencias
inmediatas de las medidas aconsejadas: las principales víctimas del plan serían los
trabajadores. Según lo anticipaba el propio Prebisch, las soluciones de emergencia que
preconizaba provocarían un alza en los precios internos y esto afectaría a artículos de
consumo popular. Si para hacer frente a esa suba se hicieran ajustes masivos de

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sueldos y salarios, se alentaría nuevamente la espiral de costos y precios y la inflación
se llevaría el estímulo a la producción rural. Era necesario pagar un precio por el
reordenamiento económico.
Pero ¿cómo escapar a la conclusión de que eran los asalariados y los
consumidores urbanos los que pagarían ese precio? Y ¿cómo evitar que el movimiento
triunfante el 16 de septiembre de 1955 fuera percibido por los trabajadores como una
revolución política que abría paso a una revancha de clase? Esta cuestión era materia
de preocupación para las nuevas autoridades. Porque para éstas se trataba de
reactivar y reorientar el funcionamiento de una economía en crisis y, al mismo tiempo,
retornar al orden constitucional, sin ignorar a esas masas trabajadoras que Perón había
incorporado a la arena política. Se requería emanciparlas del líder derrocado, ¿pero
cómo sustraerlas de ese influjo si la política económica y social del gobierno no era
sensible a sus aspiraciones?
La preocupación, obviamente, no era exclusiva del gobierno. Estaba también en
los partidos que confiaban en dirigir la Argentina posperonita en el marco del orden
constitucional próximo a restaurarse. En primer término en las filas del radicalismo
intransigente, predominante dentro de la Unión Cívica Radical. El vocero de las
inquietudes de la intransigencia fue en esa ocasión Oscar Alende, quien en la Junta
creada por el Gobierno Provisional puso en el centro la preocupación por los efectos
sociales y políticos de un plan económico que imponía austeridad y sacrificios a los
asalariados. Si ese plan era resistido, la revolución no debía malograr sus principios
originales recurriendo al establecimiento de un “estado gendarme”. Alende reclamará
para el movimiento triunfante el carácter de una revolución popular, “es decir, que la
lucha que hemos librado contra el régimen depuesto tienda a demostrar que la
democracia es superior a la dictadura”.
Tanto el informe de Prebisch como su discusión dejaron ver tempranamente
varios de los temas en torno a los cuales se alienarían las posiciones en la escena
pública: las relaciones entre el país agrario y el país industrial, la función relativa del
Estado y de la iniciativa privada en el desarrollo económico, el papel del capital
extranjero en la economía nacional, el abastecimiento energético. Pero más
importante aún es que el debate dejó ver lo intrincadas que eran las relaciones entre
la tarea de “desperonizar” la economía y la de asimilar “ese vasto sector de la
población argentina que puso sus esperanzas en la figura que dio su nombre al
régimen caído y que le sigue siendo fiel”.

2. “Todos éramos desarrollistas en alguna medida”.

Fue dentro de este contexto que hicieron un ingreso las ideas, las tesis y las
recomendaciones de política económica que se reunían bajo el nombre común de
economía del desarrollo. En la Argentina, el término desarrollismo cristalizó con un
significado particular, asociado al gobierno de Arturo Frondizi y al movimiento
ideológico y político que lo tuvo como orientador junto con Rogelio Frigerio. Después

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de 1955 y durante los quince años siguientes, la problemática del desarrollo atrajo e
inspiró a una amplia franja intelectual, tuvo más de una vez en funciones de gobierno a
portavoces y expertos enrolados en algunas de sus tendencias, y sus temas hallaron
adeptos entre los principales partidos políticos.
A partir de los últimos años de la década del cincuenta el discurso relativo al
desarrollo fue como un universo en expansión. El gobierno de Frondizi, que se puso en
funciones en mayo de 1958, fue un activador fundamental de esa propagación.
Este desarrollismo que estaba en el aire y remitía a un espíritu generalizado
antes que a un grupo ideológico particular, tuvo diversos focos de incitación, tanto
intelectuales como políticos, algunos de ellos de carácter internacional. Entre estos
focos hay que registrar el de la CEPAL.
Ya en la década del sesenta, nuevos hechos de la política internacional
reforzaron la atracción por las cuestiones del desarrollo: la Revolución Cubana, que a
partir de 1960 se erigió como desafiante ejemplo latinoamericano de solución radical a
los problemas del atraso; el programa de cooperación para el desarrollo conocido
como “Alianza para el progreso”, propuesto por el gobierno del presidente Kennedy y
las encíclicas de Juan XXIII.
¿Qué compartían todas las tesis y recomendaciones asociadas con la economía
del desarrollo, más allá del objetivo de la industrialización? No sólo el argumento de
que la Argentina debía abandonar el rango de país especializado en la producción de
bienes primarios que ocupaba en la división internacional del trabajo, sino también el
de que ese cambio o sobrevendría por evolución económica espontánea. La edificación
de una estructura industrial integrada, así como el crecimiento económico en general,
debían ser deliberadamente promovidos: los países de la periferia no saldrían del
atraso si confiaban en repetir, con retardo, la secuencia histórica de las naciones
adelantadas. Y el agente por excelencia de ese impulso era el Estado.
Los temas que aparecieron asociados a esta problemática de la economía del
desarrollo. No eran nuevos ni la preocupación por dar impulso a la industria, ni la
valoración estratégica de la industria pesada que había sido formulada ya bajo el
peronismo. Tampoco era novedoso el diagnóstico del atraso de la estructura agraria
argentina. Pero el discurso era nuevo. Era nuevo el vocabulario teórico, en
consonancia con el hecho de que la economía del desarrollo se había convertido
internacionalmente en un campo especializado de investigación y elaboración
intelectual. Por cierto, algunas interpretaciones del proceso histórico argentino y
algunas tesis eran también nuevas. Pero, si dejamos de lado la circulación de ese
discurso en ámbitos especializados para considerar la retórica de su circulación
pública, lo más novedoso era la dramatización de esos temas, definidos como claves de
la vida colectiva nacional.
Sería imposible disociar este discurso y la dramatización que formaba parte de su
retórica del marco político que ofrecía el equilibrio emergente de la Segunda Guerra: la
hegemonía del primero dentro del mundo capitalista; la rivalidad entre los dos

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grandes, los Estados Unidos y la URSS. Si desde 1949 los estudios de la CEPAL habían
introducido a los países de América Latina en el cuadro de las regiones débilmente
desarrolladas, la Revolución Cubana, diez años después, introdujo el subdesarrollo
latinoamericano en el cuadro de la revolución social. Un nuevo tiempo, pleno de
inminencias, asechanzas y posibilidades pareció abrirse entonces para los problemas
de los países del subcontinente. Llegó, a mediados de los años sesenta, una nueva
fórmula (la de la modernización por vía autoritaria), el desarrollismo se identificó,
fundamentalmente, con la alternativa gradualista, reformista, asociada con la
democracia representativa.
Aunque internacionalmente el desarrollo era un tópico del pensamiento
económico desde el fin de la Segunda Guerra, la literatura que el tema produjo halló
eco y divulgación amplios en la Argentina sólo después de la caída de Perón. Esa
literatura y su problemática inspirarían una reclasificación de la Argentina en el mapa
mundial. ¿Era la Argentina un país “subdesarrollado”, un país “insuficientemente
desarrollado” o, más bien, un país “en desarrollo”? Los argentinos conocerían de ese
modo una nueva tipificación de su sociedad, asentada en índices como el del ingreso
per cápita, la tasa de productividad, el grado de industrialización, etc., que la
insertaban en un área de países a los que estaban habituados a considerar pobre o
lejanos o exóticos, algunos de ellos recientemente constituido, como estados
nacionales. En el nuevo mapa socioeconómico la Argentina ya no acompañaba la
marcha del lote que iba adelante, las naciones industriales. Ahora, en virtud de las
falencias de su desarrollo económico, integraba la heterogénea clase de las sociedades
periféricas. Fue por la vía de la temática del desarrollo que la Argentina ingresó
intelectualmente en el intrincado conjunto de naciones que no tardaría en tomar el
nombre de Tercer Mundo.

3. De Frondizi a otro.

Si bien el discurso relativo al desarrollo tuvo diversos centros de estimulación


intelectual y política ninguno alcanzó la gravitación de la prédica y la acción ligadas a
los nombres de Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio. Lo que se registró bajo el impulso de
ambos fue un movimiento ideológico, una empresa política y una fórmula, integración
y desarrollo, para dar respuesta a los dos interrogantes capitales de la Argentina
posperonista: ¿qué rumbo debía tomar el capitalismo argentino? ¿Qué hacer con las
masas peronistas?
Hasta 1956 (el año del encuentro con Frigerio), Frondizi era, ideológicamente
hablando, el representante político más conspicuo de la conjunción de laborismo de
izquierda (se resumía en la idea de “democracia económica”), antiimperialismo
latinoamericanista y democratismo político que él mismo había contribuido a definir
como bagaje de la llamada intransigencia radical.

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Si hay que hablar de un primer texto desarrollista de Frondizi, ése fue “Industria
argentina y desarrollo nacional”, folleto que apareció en febrero de 1957 con el sello
editorial de la revista “Qué”. El objetivo del desarrollo tenía su clave en la
industrialización integral del país y las fuerzas sociales de la transformación serían los
trabajadores y los empresarios. En la visión que transmitía el texto, el Estado era el
cerebro y el agente del desarrollo, pero la iniciativa privada cobrara relieve. Si el
ahorro nacional era insuficiente, afirmaba Frondizi, podría recurrirse a la colaboración
del capital extranjero.
Hay que añadir la referencia a los grupos de estudio que integró en los años
cuarenta el futuro doctrinario desarrollista y que constituyeron el núcleo de la
elaboración originaria de la teoría. Como expresión de este período inicial quedaría el
trabajo de Carlos Hojvat, miembro de esos círculos de estudio, “Geografía económico-
social argentina. ¿Somos una Nación?”. Es el subtítulo que anuncia el argumento que
está en el centro del trabajo, el de la “cuestión nacional”. Según el autor, la Argentina
tiene los atributos básicos de una Nación, pero no lo es plenamente. La causa de esta
deficiencia nacional radica en la base material del país, en su estructura económica. En
1947 cuando rivalizan en el mundo dos formas de economía monopolista (la de base
privada, a cuya cabeza se encontraban Estados Unidos e Inglaterra, y la de base
estatal, cuya vanguardia era la Unión Soviética), los argentinos se encontraban frente a
un desafío que se trataba de realizar la Nación constituyéndola como comunidad
económicamente independiente.
Lo que se reencontrará después en la síntesis desarrollista es la misma certeza de
que se enuncian verdades positivas, que están inscriptas en los hechos y se
manifiestan con la elocuencia de los números, revelando un sentido que se conoce
porque se está en posesión de la ciencia de la historia.
“Quise, en el comienzo de mi labor, mantener a la revista en el plano de la
neutralidad informativa que le imprimiera el talento de su fundador. Pero los hechos
me obligaron a adoptar una línea combatiente.” Así resumía Rogelio Frigerio, al
abandonar la dirección de “Qué” para incorporarse al equipo de colaboradores del
recientemente elegido presidente Arturo Frondizi, el cambio que sufrió el semanario al
transformarse en el órgano de una empresa política.
Con adherentes de procedencia heterogénea Frigerio constituyó en torno a la
candidatura presidencial de Frondizi un polo de influencia ajeno a las estructuras del
partido, aunque próximo a su líder, que difundió y defendió por medio de la revista
“Qué” una concepción del alcance y los cometidos del “frente nacional y popular”
apartada del nacionalismo de izquierda que identificaba a los radicales intransigentes.
El semanario no fue únicamente el instrumento de una estrategia electoral fue el
medio inicial de propagación de las ideas que más adelante se ordenarían
sistemáticamente en “Las condiciones de la victoria”, el primer convenio del
desarrollismo frigerista-frondizista. En esa etapa primera del discurso frigerista la
palabra clave no sería desarrollo, sino integración. El término integración tenía sentido

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político y sentido económico, se prestaba para hacer referencia a unidad nacional,
pero también a la inserción de la Nación en un mundo que marchaba a la integración;
aludía a la necesidad de incorporar al peronismo al juego político legal, así como a la
de enlazar las diferentes regiones del país a través del crecimiento económico, etc.
Ahora bien, en el centro de los diferentes registros de la que está más allá de sus
partes, como un organismo, dotado como éste de una finalidad, desarrollarse, y
desarrollarse como Nación industrial, requisito de su independencia.

4. Desarrollo y Nación.

Para Frigerio la convergencia del radicalismo intransigente y del peronismo, la


convergencia de la clase media y la clase obrera, representaba el núcleo de la alianza
que era necesario promover. Lo que concebía como un nuevo capítulo del movimiento
nacional debía ordenarse alrededor del cometido de arrancar a la Argentina de su
deficiencia nacional convirtiéndola en una sociedad industrial cuyo crecimiento no
fuera el privilegio de una región, sino una matriz que se propagara a todo el territorio
del país, integrándolo física y culturalmente.
Ningún antagonismo debía interferir en este cometido que respondía al único y
verdadero antagonismo, el que oponía la Nación industrial a la estructura y la
mentalidad de la Argentina tradicional. Se trata de un enemigo fuerte e insidioso a la
vez externo e interno, con medios y apariencia múltiples (el tópico de la conspiración
antinacional asoma reiteradamente en el discurso desarrollista). Y se prestan a su
juego las izquierdas que ignoran el hecho nacional y predican la lucha entre obreros y
empresarios, como los socialistas y los comunistas. La lucha contra el bloque
responsable del país subdesarrollado requería de la formación de otro bloque, el de la
Nación, hecho de la convergencia de la clase obrera y del empresariado, de la
contribución de corrientes ideológicas de procedencia heterogénea, aunque
amalgamadas por la premisa nacional, de la tradición católica, del ejército. Sólo la
reunión de estas fuerzas permitiría encarar la empresa urgente, echar las bases
materiales de la soberanía nacional: la siderurgia, la energía, la química pesada…
Durante la campaña electoral el término “frondizismo” conectó significaciones
divergentes, en correspondencia con el movimiento zigzagueante del candidato
presidencial, quien fue dejando entrever los elementos de un programa paralelo al
programa oficial de la UCRI, sin renuncias a éste. Era el antiliberalismo formulado en
términos de izquierda y la posibilidad de entendimiento con lo popular. Para otros,
sobre todo para los recién llegados, Frondizi era ya el jefe de un nuevo movimiento,
que se ligaba a la corriente de ideas que tenía su eje doctrinario en la revista “Qué” y
llamaba al pueblo a realizar la hazaña de la Nación industrial.
Frondizi asumió la presidencia el 1° de mayo de 1958. Había llegado a esas
elecciones convertido en la principal figura política del país y recibió los votos de una
fuerte mayoría, desde los que atrajo por la vía de su partido, la Unión Cívica Radical
Intransigente, a los que procedían de un amplio arco de posiciones ajenas al

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radicalismo y que iban desde el nacionalismo al Partido Comunista. Pero el caudal de
sufragios decisivo provino del peronismo, políticamente proscripto, cuyo apoyo masivo
fue producto de un acuerdo tramitado por Frigerio con Perón.
La del gobierno resultó para el credo de la integración y el desarrollo una prueba
malograda. La experiencia no duró cuatro años, Frondizi fue derrocado a fines de
marzo de 1962, y aun mucho antes de ese desenlace la autoridad de su investidura ya
se había corroído enormemente, sometida al jaqueo incesante y abierto de unas
Fuerzas Armadas aplicadas a la vigilancia del presidente. Recelado de servir al juego
del comunismo o del peronismo, cedió una y otra vez a la presión anticomunista y
antiperonista. Pero la prueba del gobierno no desgastó sólo la investidura, sino
también la credibilidad política de Frondizi. Aunque conservó la lealtad del grueso de
su partido (el “frente nacional y popular”) se esfumó en poco más de un año, por obra
del desencanto que provocó la disparidad entre el programa electoral y el programa
efectivo del gobierno.
Porque el plan de la empresa desarrollista recibió su formulación publica
definitiva sólo cuando Frondizi accedió al gobierno. Nada mortificó tanto las
expectativas de quienes lo habían votado como el papel que ahora asignaba al capital
extranjero y que la nueva doctrina comenzara por el petróleo. Aparecen dos tipos de
razones que se reforzarán mutuamente en la retórica desarrollista. Unas conciernen a
la “realidad” de la tasa de ahorro del país, otras, a la “rapidez”, a la idea de que para
llevar adelante el desarrollo era necesario trabajar frenéticamente contra el reloj.
De acuerdo al razonamiento que Frigerio y Frondizi hicieron suyo, el gran reto
era industrializar un país que sufría de una aguda falta de capitales: ni el Estado ni el
sector privado tenían la posibilidad de generar el ahorro necesario para financiar las
grandes inversiones básicas (siderurgia, química pesada, energía, etc.). ¿Cómo
promover entonces esos rubros que eran la llave de la industrialización y de la
soberanía, si no se quería apelar al método del ahorro compulsivo? Mediante
emprésitos internacionales y radicaciones directas de capital privado extranjero
haciendo uso de la financiación externa para la construcción de las industrias
esenciales y de una infraestructura económica moderna. El Estado nacional no se
limitaría a crear condiciones favorables para la actividad de capitales internos y
externos. El Estado desarrollista, que era un Estado programador, definiría las
prioridades con arreglo a la meta por alcanzar: la Nación plenamente desarrollada.
Fijadas éstas, el poder público obraría mediante los instrumentos legales de la política
impositiva, crediticia y monetaria, para estimular y orientar las inversiones hacia los
sectores estratégicos. Lo que realmente discriminaba de qué lado se estaba en relación
al desarrollo nacional, no era el origen de los capitales sino la utilización que se hacía
de ellos: se los acogía para reproducir la dependencia externa o para librarse de su
dominio.

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Pero el auxilio del capital extranjero no aparecía como un recurso obligado sólo
por la baja tasa del ahorro nacional, sino también por la velocidad que era forzoso
imprimir al cambio estructural.
En 1963, cuando el golpe de Estado ya había puesto fin al gobierno de Frondizi,
Frigerio postula la necesidad de operar rápidamente. En 1964 vuelve sobre el tema.
Contra la idea “conformista” de una financiación lenta y gradual del desarrollo, Frigerio
conecta el recurso al capital externo con la prisa, prescribiendo que el despegue “debe
ser drástico y rápido para que produzca resultados”.
Más allá de las circunstancias y la experiencia que pudieron haber reforzado la
convicción de que todo lo relativo al desarrollo era imperioso, ella iba unida a otra: la
de una aceleración inédita del tiempo histórico, un movimiento sin reposo, pleno de
inminencias y hecho de descubrimientos científicos, inventos e innovaciones
tecnológicas que afectaban al mundo entero, transformando las fuerzas productivas,
posibilitando la conquista del espacio extraterrestre, reduciendo el tiempo de trabajo
mediante la automatización. Estaba a la vista una era de abundancia, el siglo XXI. En
ese tiempo que marchaba raudamente hacia el futuro no todos iban al mismo paso. Y
era este ritmo, esta velocidad, la que debía transmitirse al desarrollo de los países
rezagados, los países del subdesarrollo, si se los quería hacer partícipes de un porvenir
cercano y lleno de promesas. Los sacrificios de hoy se compensarían mañana, en la
tierra prometida de la Nación desarrollada.
El cambio era a la vez deseable e ineluctable. La doctrina de Frigerio y Frondizi
reclamó para sus raciocinios los títulos de la ciencia, cuyos procedimientos eran
identificados con los de la observación y la cuantificación de hechos y tendencias
registrados objetivamente. Al igual que en la Argentina, en el escenario internacional
los intereses también llevarían a la moderación de las pasiones ideológicas y políticas.
No se trataba de una evolución posible entre otras, expuesta a variar por obra de
un encadenamiento distinto de las cosas y de los resultados: esa evolución obedecía a
leyer que el método científico permitía captar y formular.
Empresa voluntarista que se negaba como tal, lo que el discurso desarrollista
describía como un proceso fáctico iba en el mismo sentido que aquello que prescribía
como finalidad. Lo cierto, lo positivo, era el contenido (el movimiento del desarrollo
contra el estancamiento del subdesarrollo) que ordenaba la dirección y los fines, lo
incierto y aleatorio eran las formas y los medios. La Argentina frondizista y la Cuba
fidelista asumirían en la visión del desarrollismo un papel igualmente ejemplar:
enseñaban las dos vías, las dos formas, que podía adoptar la respuesta al
estancamiento y la miseria. Mientras en la segunda, la reacción contra el subdesarrollo
había generado la violencia y la revolución, en la primera el crecimiento de las fuerzas
productivas se cumplía bajo formas democráticas. Desde la segunda mitad de los años
sesenta el fondo se disociará de las formas y para Frondizi y Frigerio la democracia ya o
será la condición política del desarrollo.

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Revoluciones.

1. Las dos cuestiones: Peronismo, Comunismo.

Frondizi atribuirá las zozobras que arrostró su presidencia y el golpe militar que
lo destituyó en marzo de 1962 a los intereses opuestos a su programa desarrollista. Sin
embargo, gravitaron más cuestiones de orden político que el antagonismo
socioeconómico entre el país industrial y el país agroimportador.
¿Qué cuestiones? Por un lado la del peronismo, las encrucijadas que planteaba la
incorporación de sus contingentes al sistema político y el rechazo que cualquier
fórmula de compromiso inspiraba en el campo del antiperonismo puro y duro, civil y
militar. Los cuatro años de gobierno frondizista no desactivaron la hostilidad. La
política llamada “integracionista” fue acusada por sus adversarios de no ser más que
una táctica para el retorno disimulado del peronismo y aun de Perón al poder. Los
peronistas, empleando los medios que tenían a su disposición, presionarían para que
el juego político no se normalizara con su exclusión.
El motivo peronista siguió obrando aún después, durante el turbulento período
que siguió al derrocamiento de Frondizi, en que el país, con sus Fuerzas Armadas
divididas, bordeó la guerra civil, y durante el gobierno de Arturo Illia. En los dos
choques armados entre facciones militares (en septiembre de 1962 y en abril de 1963)
el bando derrotado fue el del antiperonismo, dispuesto a emplear todos los recursos,
aun el de la dictadura militar, hasta extinguir todo legado político y social de la era
peronista.
El otro hecho que afectó la presidencia de Frondizi, añadiendo un foco más de
contrariedad a sus ya difíciles relaciones con las Fuerzas Armadas, fue el de Cuba,
indisociable de la cuestión comunista.
La Revolución Cubana, el régimen surgido de ella y la posición del gobierno
argentino respecto de ambos fue desde el principio, desde 1959, un tema de debate
político nacional. Al comienzo, vista como claudicante; enseguida, juzgada igualmente
como claudicante, aunque en un sentido casi opuesto al anterior. Pero los problemas
no surgieron para el presidente argentino sino cuando el pleito entre Cuba y los
Estados Unidos ingresó, a partir de 1960, en el ámbito de la pugna estratégica entre las
dos superpotencias Estados Unidos y la Unión Soviética. La “guerra fría”, sus presiones,
sus temas y obsesiones se instalaron de lleno en la Argentina.
El anticomunismo no era un elemento nuevo en la política nacional. Pero con la
cuestión cubana el tema del “peligro comunista” se convirtió en objeto de una prédica
alarmada e insistente en los medios conservadores: Cuba indicaba la naturaleza del
proyecto comunista y la proximidad del peligro. Pero más importante fue el efecto del
ejemplo cubano en las Fuerzas Armadas. Desde fines de los años cincuenta, la doctrina
del Ejército estaba reordenándose, bajo la inspiración de asesores militares franceses,
en torno del concepto de guerra antirrevolucionaria o antisubversiva. Aunque no
declarada, decía la doctrina, estaba en curso una guerra de nuevo tipo, la guerra

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comunista revolucionaria, donde el enemigo era un operador múltiple y omnipresente
que en forma abierta o solapada actuaba en todos los órdenes de la vida nacional,
redefiniendo las ideas de fronteras y de “frente” como línea o zona externa donde se
entabla el combate. Este podía librarse eventualmente en un frente externo, pero la
instancia característica de la nueva contienda era el “frente interno”.
Esta nueva concepción de la guerra, que sumaba otra razón para legitimar el
papel tutelar de las Fuerzas Armadas en el sistema político, halló en el ejemplo cubano
un factor de consolidación. La política de los Estados Unidos, respecto de la seguridad
continental, obró en el mismo sentido. Fundada en el principio de que la amenaza a la
seguridad regional no provenía, como en el pasado, del riesgo de una agresión militar
exterior al hemisferio, sino de la subversión interna y del ataque indirecto, dicha
política se volvió más activa a medida que alimentaba la escalada de tensiones con
Cuba. Los Estados Unidos lograrían que el conjunto de los ejércitos latinoamericanos
se convirtieran a la contrainsurgencia y al proyecto de aislar a Cuba, excluyéndola del
sistema interamericano mientras estuviera regida por el castrismo.
No podía haber contexto más adverso que éste para la política exterior de
Frondizi, sobre todo en lo referente a América Latina. El presidente argentino había
formulado en 1959, ante el congreso de los Estados Unidos, el criterio que regiría su
enfoque del caso cubano: “La verdadera defensa del continente consiste en eliminar
las causas que engendran la miseria, la injusticia y el atraso cultural”. La problemática
del desarrollo tenía prioridad respecto de la seguridad.
En 1961, cuando se hizo más aguda la presión externa e interna para que el
gobierno argentino rompiera las relaciones con Cuba, Frondizi reformuló levemente su
tesis: “La agresión comunista, la verdaderamente peligrosa, consiste en que ofrece una
esperanza de salida de la miseria”. El desafío que planteaba el castrismo a quienes
adherían a los valores de Occidente era demostrar que “la democracia, el desarrollo y
la paz social son el mejor camino para la solución de los problemas que no son
comunes”. En la medida en que los progresos concretos del crecimiento económico y
el bienestar social se verificaran en los otros países del subcontinente, seguía el
razonamiento, el propio pueblo cubano comprendería las ventajas de la vía demócrata.
Pero si bien el lanzamiento del programa de la Alianza para el Progreso podía
hacer pensar que la administración Kennedy se inclinaba por una respuesta reformista
al desafío de la revolución, el hecho es que fue esa administración la que promovió la
estrategia militar que había de conocerse como “doctrina de la seguridad nacional”.
El tema de la amenaza subversiva prosiguió después del gobierno de Frondizi.
Más aún, dio lugar a diversos entrelazamientos con el tema del peronismo.

2. El cambio imperativo.

En 1965 la Confederación General del Trabajo difundió un folleto titulado “Hacia


el cambio de estructuras”. El documento, que reflejaba la asistencia intelectual de la
sociología universitaria, se dividía en tres partes: situación social, situación económica

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y situación política. El Consejo Directivo daba a conocer el estudio para iniciar un
“debate nacional con la participación de todos aquellos que tienen conciencia de que
el país no puede estancarse y que es necesario un cambio que permita proyectarlo
hacia el futuro. De acuerdo con el diagnóstico de la CGT, la Argentina se hallaba
hundida en una grave crisis y para salir de ella una transformación profunda resultaba
inevitable. Desde el punto de vista de la central obrera, la “etapa de los cambios en el
sistema” había terminado. “De ahora en adelante se ocupará fundamentalmente de
las políticas que se orienten al cambio del sistema”.
El folleto de la CGT salió rápidamente de escena, apartado por la disputa que
dividía al sindicalismo peronista, bajo cuyo control se hallaba la central obrera. Eso no
le resta valor al documento, que constituía un indicio más de la extensión que había
cobrado en 1965 la creencia de que sólo una mutación enérgica, en todos los órdenes
de la vida colectiva, podía liberar al país de una declinación inevitable.
Fue en ese contexto que comenzó a cobrar vuelo la idea de una “revolución
nacional” salvadora, aunque ahora no le darán apoyo únicamente los círculos
nacionalistas. También le darán respaldo representantes de la derecha liberal; Frondizi
y sus partidarios, reagrupados en el Movimiento de Integración Radical (transformado
después en Movimiento de Integración y Desarrollo) que poco a poco obraría más
como fuerza ideológica que como partido político; diversos grupos procedentes de la
nebulosa social-cristiana y sectores políticos y sindicales del peronismo. Como siempre,
la idea de la “revolución nacional” iba al encuentro del mesianismo militar.
El blanco inmediato fue la presidencia de Arturo Illia. Desde el comienzo había
conspirado contra ella la débil legitimidad de un mandato obtenido sobre la base de un
26% de los sufragios, en unos comicios que habían llegado después de un período
anárquico, muchas intrigas y el naufragio del Frente Nacional y Popular. La
administración del doctor Illia transcurría entonces bajo varios fuegos: enfrentada por
el peronismo, tampoco hallaba apoyo en las asociaciones empresarias, ni en los
órganos de prensa del liberalismo.
La opinión de que el estilo presidencial no estaba a la altura de los retos se
propagó muy tempranamente. Con la mentalidad radical y la personalidad del
presidente, que encaraba los desafíos del presente con ritmo de otro tiempo, el país se
estancaba.
La política económica era uno de los terrenos donde se verificaba la falta de
vocación radical para el cambio. La opinión dominante en ese lapso era que la
economía nacional se hallaba sumida en una crisis. El desempeño del gobierno de Illia
en los años 1964 y 1965 había estado lejos de ser un fracaso, la economía argentina
había crecido y la desocupación había bajado pronunciadamente. Pero la prosperidad
terminaría en la siguiente crisis de la balanza de pagos. El desarrollo económico
requería una política de largo plazo y ésta era juzgada incompatible con el
electoralismo del Partido Radical.

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La idea de la ineptitud del radicalismo como fuerza de gobierno no se alimentaba
únicamente de estas lecturas de la situación económica. El crédito de la UCRP se
resentía también por efecto de un escepticismo más general respecto de los partidos
políticos, no sólo como agentes eficaces del cambio necesario, sino también como
conductos adecuados de participación y representación de la sociedad nacional. Las
pocas encuestas de opinión pública evidenciaban que no alcanzaba a un 20% la
población que se sentía representada por partido alguno.
El escepticismo respecto de los partidos contrastaba con la percepción del
poderío que mostraban los “grupos de presión” y “factores de poder”. Junto a las
notas dedicadas a los poderes fijados por la constitución y los partidos políticos,
aparecía una dedicada a las Fuerzas Armadas y otra a los sindicatos.
La proscripción del peronismo había terminado por engendrar un “sistema
político dual”, caracterizado por la escasa correspondencia entre las formas
institucionales de acción política y los alineamientos sociales. Por un lado, estaba la
esfera del juego político legal, con los partidos no peronistas y los mecanismos
parlamentarios. Éstos, sin embargo, no canalizaban “los intereses ni la orientación de
los actores sociales fundamentales”; por el otro, coexistiendo conflictivamente con la
primera, funcionaría otra esfera, con modalidades extra institucionales de hacer
política. Este segundo ámbito de acuerdos, presiones y compromisos era el fruto
involuntario del fracaso de las políticas que desde 1955 se habían llevado adelante con
el objeto de la desperonización. El peronismo hizo de la esfera extra-institucional su
campo principal, aunque no único, de operaciones. A través de los sindicatos asediará
el débil edificio civil de las administraciones semidemocráticas que nacieron después
de 1955, sobre todo, el gobierno de Illia.
El cuestionamiento del sistema de partidos vigente no será exclusivo de los
peronistas. Los sectores que reclamaban un programa económico social liberal, la gran
burguesía y el vértice de las clases medias, tampoco hallarán en esa esfera una
representación satisfactoria.
La percepción generalizada de una crisis, la anomalía del sistema político, el
descreimiento respecto de los partidos, la débil legitimidad del gobierno surgido de las
elecciones de 1963, el malestar de la derecha social, la cuestión peronista, todos estos
elementos, hallarían acogida en el proyecto de poner fin al orden civil que procedía de
las reglas establecidas en 1955. Cuando, bajo el rótulo de Unión Popular, el peronismo
venció a la UCRP en los comicios para la renovación de diputados de una gran cambio,
no un simple golpe de Estado, que pusiera a la Nación por encima de sus facciones, se
fijó así en el horizonte de una sociedad bloqueada entre fuerzas que no podían
vencerse ni acordar principios comunes.
El papel de “clase salvadora” lo desempeñaría, una vez más, el Ejército,
organizado bajo la conducción del general Juan Carlos Onganía. El Ejército como actor
político retornó poco a poco al primer plano de la escena.

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A las funciones clásicas de las instituciones armadas en el marco de la
democracia representativa, el discurso de West Point añadía la misión de colaborar en
“el desarrollo económico y social del país”, y reclamaba de los gobernantes la
obligación de posibilitar la cooperación de las Fuerzas Armadas. Al “darles
participación en el diálogo nacional, evitarán el aislamiento reticente de las
instituciones armadas”.
Del aislamiento reticente se pasó al papel de órgano de vigilancia de la autoridad
civil. En torno a Onganía se unificaron todas las corrientes ideológicas del Ejército, y en
torno a éste se alinearon las otras dos fuerzas, la Marina y la Aeronáutica.
El tema de la amenaza comunista tuvo igualmente un lugar destacado en la
campaña de desacreditación del gobierno radical y en la correlativa legitimidad del
golpe de Estado. La doctrina de la seguridad nacional y su hipótesis, la subversión
como nueva forma de conspiración anticomunista internacional, formaba ya parte de
la definición militar de la realidad.
Desde 1965 la campaña sobre la penetración comunista en todos los ámbitos de
la vida nacional tenía también sus púlpitos y voceros civiles. La agitación del peligro
subversivo, que llevaba consigo la acusación de que el gobierno radical no reaccionaba
debidamente, no cesaría hasta el derrocamiento de Illia y figuraba entre los motivos
invocados para validar la Revolución Argentina.

3. Las dos almas de la Revolución argentina.

Una junta Militar Revolucionaria constituida por los jefes de las tres armas
destituyó al doctor Illia el 28 de junio de 1966, emitió la proclama correspondiente (la
“transformación nacional” y la “modernización del país” eran objetivos imperiosos)
eliminó el Congreso, dispuso la separación de los miembros de la Corte Suprema y
eligió como presidente de la Nación al general Onganía.
Al experimento autoritario que se inició entonces se hallaban asociados
miembros y círculos (liberales y nacionalistas). También integraban el cuadro social
cristianos y tecnócratas de variado origen a los que unía el credo común del desarrollo.
Frondizi le dio todo su apoyo a la “Revolución Nacional”. Todas esas tendencias
coincidían en el rechazo del sistema de partidos vigente y en la necesidad de que el
nuevo régimen proscribiera la actividad política por un tiempo sin plazo definido. Para
todos, el elemento político y los partidos y las elecciones sólo serían un factor de
desorden, y conspirarían contra las transformaciones que la revolución debía llevar a
cabo en el orden económico, pues ellas exigirían sacrificios. Así, la disolución de los
partidos será tramitada rápidamente por el gobierno de Onganía, que también se
encargará de traspasar los bienes de los partidos a manos del Estado. El presidente
comunicó algo que no dejaría de repetir a lo largo de su gobierno: la irreversibilidad de
la revolución y el comienzo de una nueva era en el país.
En el discurso oficial tomaría el nombre de “tiempo económico” esa primera
etapa del cambio de estructuras, consagrada al imperativo de sacar al país del

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desorden económico, librándolo de la ineficiencia, la inflación el estatismo. Este
reordenamiento era la condición para que la Argentina despegara, tomando el camino
del desarrollo y la grandeza nacional. A esa fase seguiría otra, la del “tiempo social”, en
que se organizaría la participación de la comunidad, y por fin, la última etapa, la del
“tiempo político”, objeto de menciones aún más indeterminadas.
El esquema de los tres tiempos era sólo una manifestación límite del culto a la
planificación y a los organigramas unido a la preocupación por controlar la
imprevisibilidad del mundo social. Era ese culto a los signos de la modernización y en
esa preocupación por la amenaza de lo imprevisto, la definición militar de la realidad y
la definición tecnocrática se alimentaban recíprocamente. A ese enfoque pertenece el
establecimiento del “Sistema Nacional de Planeamiento y Acción para la Seguridad
Nacional” y la creación del Consejo Nacional de Seguridad (CONASE), que debía
coordinar actividad con el ya existente Consejo Nacional de Planeamiento (CONADE).
La mayor parte de los partidos pareció hacer suya la definición poco gloriosa que
el régimen hacía de ellos y, sin grandes protestas ante la determinación de prohibir su
existencia y confiscar sus bienes, entraron en estado de reposo. Los dirigentes sólo
alterarían el receso con declaraciones esporádicas. Neutralizados los partidos, las
universidades estatales se convirtieron por breve tiempo en el foco de la oposición
pública al nuevo orden. Pero la universidad, reiteradamente señalada como una de las
ciudadelas de la indisciplina y la subversión, tenía el destino anunciado. El gobierno
decidió rápidamente la intervención; no para avasallar su autonomía, según afirmaba
un comunicado del Ministerio del Interior, sino para articularla “con el proceso de
recuperación que la Nación ha emprendido en virtud de la Revolución Argentina”. La
resistencia a la medida fue duramente reprimida.
Las proclamas de euforia respecto del orden implantado el 28 de Junio tuvieron a
cargo de las entidades empresarias.
El comportamiento del sindicalismo, mayoritariamente peronista, fue más
zigzagueante. Al asistir a la ceremonia de asunción de la presidencia por Onganía, sus
dirigentes le dieron un apoyo tácito a la Revolución Argentina y no disimularon su
conformidad con el derrocamiento del gobierno radical. Los funcionarios designados
por el general Onganía en el Ministerio de Economía y en la Secretaría de Trabajo
persuadieron a los jefes sindicales de que había margen para el juego que conocían, de
presión y negociación, e incluso para la participación en el sistema que estaba
gestándose. Pero los movimientos entraron en cortocircuito cuando la CGT, con
posiciones encontradas en el interior, decidió enfrentar la política gubernamental de
racionalización, que había comenzado en Tucumán con el cierre de ingenios
azucareros y siguió con el ordenamiento del trabajo portuario. El gobierno respondió
con contundencia al desafío del “plan de lucha” aprobado por la central obrera:
declaró subversiva la huelga general e intervino varios sindicatos, entre ellos el de los
metalúrgicos, el gremio del principal líder sindical, Augusto Vandor. El 9 de marzo la
CGT dio por terminada su escalada y el gobierno quedó dueño de la escena.

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Entre marzo de 1967 y marzo de 1969 transcurrieron los dos años de brío de la
Revolución Argentina. La vida política nacional pareció reducirse a las iniciativas del
régimen y a la actuación de sus diferentes líneas. A comienzos de 1967, el doctor
Adalbert Krieger Vasena había sido designado al frente del poderoso Ministerio de
Economía y Trabajo. El nombramiento de Krieger Vasena fue visto públicamente como
un triunfo de los liberales, quienes dieron apoyo expreso al plan de estabilización y
desarrollo del ministro, si bien no se trataba de un plan ortodoxamente liberal.
Los enclaves de los nacionalistas estarán en las áreas políticas de la
administración. Sus integrantes habían incorporado al repertorio histórico del
nacionalismo, una nueva veneración por la modernización y el industrialismo. Ya no
hacían objeciones de principio a la democracia representativa. Pero proyectaban
corregir sus insuficiencias mediante la creación de nuevas instituciones: consejos que
dieran representación a los grupos de interés y órganos a través de los cuales la
comunidad participara sin la mediación de los partidos. De ahí los diversos nombres:
“participacionismo”, “comunitarismo”, “corporativismo” o “paternalismo”. La España
franquista era vista por quienes integraban este sector del gobierno como una fuente
de enseñanzas. ¿En qué punto coincidían con sus contrincantes liberales? En la
oposición a todo apresuramiento que perturbara el tiempo del reordenamiento
económico. Tiempo de carácter “técnico”, para los nacionalistas: mientras él rigiera no
habría política.
Onganía buscaría la compatibilización de las dos almas de su gobierno. Toda vez
que creyó necesario transmitir su visión política del país, sus palabras dejaron ver que
consideraba la Argentina liberal como un hecho del pasado. Pero él era el primer
convencido de la necesidad de un “tiempo económico”, que debía preceder a
cualquier incursión en el campo social o político, y ésa era la tarea momentáneamente
puesta en manos de Krieger Vasena.
Estos sectores, ¿qué temían? Que el régimen evolucionara, bajo las consignas del
“participacionismo” y el comunitarismo, hacia alguna forma de orden corporativista
que asociara a las cámaras empresarias, los sindicatos, las comunas y las instituciones
de fomento.
A fines de abril de 1968, la disertación ante la Asociación de la Prensa Extranjera
del ministro del Interior, Guillermo Borda, desató una controversia que iluminaría bien
este cuadro de interacciones entre el gobierno y los sectores que lo acompañaban
vigilando la marcha. El ministro, jurista destacado y ex-funcionario del gobierno de
Perón, había retomado en su discurso lo que para entonces era ya un leit-motiv del
discurso oficial, la falta de representatividad de los partidos que habían gobernado
hasta 1966; se había explayado sobre la “participación comunitaria” y señalaba que la
participación perfeccionaría la vida democrática.
Una cascada de réplicas siguió al discurso de Borda, quien sólo había amplificado
fórmulas que ya podían encontrarse en alocuciones de Onganía. El presidente de ACIEL
cuestionaba la expresión misma de “cambios de estructuras” empleada por el

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ministro, que “puede significar un cambio de nuestro régimen republicano,
representativo y federal”.
Las críticas al discurso del ministro político tenían como destinatario último a
Onganía. Pero, aunque la controversia acerca del rumbo político pareció precipitar una
crisis dentro del régimen, donde se activó la ofensiva del jefe del Ejército, el general
Julio Alsogaray, el presidente logró dominar la situación y meses después desplazó al
oficial de la jefatura del arma. Nombró en su lugar a un antiperonista, Alejando A.
Lanusse, lo que equivalía también un mensaje tranquilizador hacia los liberales.
Cuando el 28 de marzo de 1969 Onganía anunció el comienzo del “tiempo
social”, la Revolución argentina no parecía tener en el horizonte grandes nubarrones.
El “tiempo social” sería el de los cambios estructurales, tras la etapa de coyuntura que
había sido el “tiempo económico”. Los partidos políticos casi no daban otras señales de
vida que esporádicos reclamos de un plan político. Un foco de oposición enérgica al
gobierno era la CGT de los Argentinos, encabezada por Raimundo Ongaro. Fruto de la
división que sufrió el movimiento sindical en marzo de 1968, ella no congregaba, sin
embargo, a los principales gremios, que se habían alineado con la otra fracción
conocida como CGT de Azopardo, cuyo líder era Augusto Vandor, quien se oponía a un
choque frontal con el gobierno. Las fuerzas sindicales que se distribuían entre
vandoristas y participacionistas parecían darle al régimen un amplio margen de juego
para administrar la paz social, que era tanto un objetivo como una promesa de la
Revolución Argentina.
En dos meses este escenario cambió drásticamente. En Corrientes, el alza de la
tarifa del comedor universitario llevó a los estudiantes a la calle y, el 15 de mayo, la
represión policial provocó la muerte de un estudiante; la solidaridad estudiantil
trasladó la agitación a la ciudad de Rosario, donde dos días después resultó muerto
otro estudiante universitario. En Rosario las demostraciones contra el gobierno se
generalizaron y se hicieron más violentas, por lo que Onganía dispuso la ocupación
militar de la ciudad. Las dos CGT declararon entonces un paro general para el día 30 de
mayo. El 26, en Córdoba, donde los sindicatos habían dispuesto un paro de 48 horas
con movilización callejera, estalló la revuelta obrero-estudiantil que se conocería como
“Cordobazo” y en que los enfrentamientos con la policía y el Ejército dejaron un saldo
de más de veinte muertos.
Estos hechos marcaron el comienzo del fin del gobierno de Onganía y del
experimento iniciado el 28 de junio de 1966. Onganía fue destituido por los
comandantes de las tres fuerzas en junio de 1970 y, tras un breve lapso presidido por
el general Roberto M. Levingston, asumió la titularidad del poder ejecutivo, el general
Lanusse. Con el nuevo presidente, se rehabilitó la actividad de los partidos, se admitió
al peronismo en el juego político legal y se inició el proceso de liquidación de la
Revolución Argentina a través de una salida electoral. Para entonces, la movilización
política se había generalizado a todo el país y un nuevo actor era parte de la escena: el
partido armado.

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