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El movimiento obrero argentino en la Década Infame.

Hugo Rapoport y Laura Golbert.

En 1930 cae Hipólito Yrigoyen. En 1945 surge Perón como líder de las mayorías
populares. Cada uno de ellos se constituyó en eje de movimientos nacionales que
pretendieron representar al conjunto del pueblo. Sin embargo, profundas diferencias
hay entre uno y otro. Mientras son las clases medias la base social del radicalismo, es
la clase obrera quien posibilita la conquista del poder del peronismo.
En la crisis de 1930 son los sectores más privilegiados de la oligarquía
terrateniente quienes retoman el poder político y el control de la economía.
Reordenan al país a su imagen y de acuerdo a sus necesidades. No se detendrán ante
ningún límite; los asesinatos, las torturas, el fraude electoral, los negociados, el remate
del patrimonio natural, caracterizan la “década infame”. Por debajo de esto hay una
política inflexible a la cual todo se subordina.
Al mismo tiempo, es el último acto protagónico de la oligarquía. A partir de
entonces, su participación en el poder se realiza como socio o aliado subordinado al
Imperialismo.
Al mismo tiempo que llega a la cima de su poder, las condiciones generadas por
la crisis del 30, unidas al desarrollo interno del país, desatan un particular proceso de
industrialización por sustitución de importaciones que en las décadas siguientes
cambiará la faz de la Argentina.
Es en esos años iniciales donde surge un sector nacional de empresarios
medianos y chicos interesados en el mercado interno, que multiplica las fábricas.
Al mismo tiempo se acelera la formación del proletariado, que deja de ser
fundamentalmente de inmigrantes para dejar paso a los migrantes del interior del país,
expulsados de sus lugares de origen por el reordenamiento oligárquico.
Es en ese marco donde se inscribe la evolución de la clase obrera.

La caída del yrigoyenismo.


La crisis mundial de 1929 afecta de manera decisiva la estabilidad que
caracterizará la vida política y económica argentina durante muchas décadas. Sus
efectos serán achacados a la ineptitud de la administración radical, conducida por
Hipólito Yrigoyen. Este no atine a conducir a su partido por una senda que conforme o
neutralice a su principal adversario: la burguesía terrateniente, representada
políticamente por los partidos conservadores y los pequeños grupos nacionalistas
oligárquicos.
Los sectores terratenientes fueron directamente afectados por la nueva situación
derivada de la crisis. No solo caen drásticamente los precios internacionales, sino que
disminuyen los volúmenes físicos que el mercado externo puede absorber.
Al mismo tiempo se restringe la capacidad importadora del país y no solo
disminuyen las recaudaciones aduaneras, sino que se contrae la totalidad del sistema

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productivo. Esta contracción produce el aumento de la desocupación y la caída de los
salarios, lo cual afecta al conjunto de los trabajadores. La crisis afecta prácticamente a
todas las clases sociales.
La imposibilidad de superar la situación por parte del gobierno de Yrigoyen hace
que la oligarquía terrateniente se decida a retomar la totalidad del poder político.
La oligarquía encontró entonces la oportunidad para recuperar el poder sin tener
que enfrentar una gran oposición.
Por el contrario, los partidos conservadores, que se coaligan en su acción
parlamentaria, pronto encuentran aliados. Por un lado, los Socialistas independientes
conducidos por Federico Pinedo y Antonio de Tomasso. Ellos pasarán a la historia
como el grupo más brillante en la defensa de los intereses de la oligarquía y el
imperialismo. Por otro lado, los radicales “antipersonalistas” (antiyrigoyenistas).
Además se suman a la práctica opositora los grupos nacionalistas, todos ellos de origen
y orientación oligárquica y altamente influidos por las experiencias fascistas europeas
de esos años. Estos grupos fueron quienes de una manera más abierta proponían no
solo una política antipopular y aristocratizante, sino también un abierto racismo contra
el inmigrante extranjero y los sectores más marginados de la sociedad.
Es necesario agregar a esta conjunción de grupos políticos representantes de los
grupos terratenientes, la presencia de los intereses petroleros norteamericanos.
En forma paralela, otros grupos (los partidos Socialistas, Demócrata Progresista y
Comunista, la Federación Universitaria Argentina y los restos del anarquismo)
completan el círculo opositor al gobierno radical.
La acción parlamentaria, la acción callejera, a cargo fundamentalmente de los
grupos estudiantiles y la mayoría de los diarios habían ido desgastando la imagen y la
popularidad del gobierno y convirtiendo a Yrigoyen en el chivo emisario de todos los
males que aquejaban al país. Pero es necesario señalar que, más allá de la acción
opositora, el deterioro de la Unión Cívica Radical y de su viejo líder era real.
Fuera del espectro de la “civilidad”, en el ejército hallan lógico eco la división y el
enfrentamiento político. Si bien el yrigoyenismo contaba con un sector adicto se
desarrollan diversas logias, dispuestas a usar de su fuerza para deponer al gobierno.
Dos son las tendencias que polarizan a los golpistas de la esfera militar: la liderada por
José Félix Uriburu y la reunida en torno a Agustín P. Justo.
Uriburu estaba influido por la prédica mussoliniana. Por un lado, impugnaban la
ineficacia del sufragio universal, fundándose en la “ignorancia” de las masas populares.
Por otro lado, consideraba necesario modificar el sistema de representación política e
instituir un régimen corporativo que hiciera desaparecer la existencia de los políticos
profesionales que, según él, formaba un filtro artificial entre el país y el ejercicio del
poder.
El general Justo, en cambio, contaba no sólo con el apoyo de un sector del
ejército, sino también con el necesario respaldo civil de la mayoría de los grupos
antiyrigoyenistas. Uriburu abandona sus propuestas corporativistas a favor de los

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propuestos de los grupos conservadores, que propugnaban un gobierno provisional
que reconstituya el deteriorado cuadro institucional y administrativo para luego dar
cauce a elecciones generales.
Con el golpe triunfante del 6 de septiembre de 1930 no solo se quiebra la
normalidad constitucional sino que se hace evidente que es necesario y posible hacer
uso de la fuerza armada para mantener la vigencia del sistema en los casos en que este
comienza a tambalear. No solo esto, sino que se le concede el derecho de decidir
quiénes cumplen y quiénes violan el orden constituido, inaugurando así una función
proscriptiva y persecutoria que se acrecentará con el correr de los años. Otra
constante de la década, que resurgirá después de 1955: la presencia de representantes
del imperialismo en el gobierno.
Pocos días más tarde, la Corte suprema produce una acordada. Mediante ella
prácticamente se reconoce la legalidad de cualquier acto emanado del gobierno de
fuerza. En los primeros días de gobierno Uriburu no cuenta con la oposición activa de
ningún sector representativo, excepto el del yrigoyenismo, cuyos dirigentes son
encarcelados. Por el contrario, logra el consenso de la democracia progresista. La clase
obrera de ninguna manera fue opositora.
Bien pronto aparece clara la imposibilidad práctica de superar la crisis que
sacude al país: seguían bajando tanto las exportaciones como el valor de la moneda.
Uriburu reduce drásticamente los gastos estatales para evitar el aumento del déficit,
pero con ello no hace sino acrecentar la penuria. El general Uriburu prohija
oficialmente a la Legión Cívica, cuerpo paramilitar organizado según el modelo de los
camisas negras de Mussolini. Desde el estado se le garantizan medios, instrucción
militar e impunidad. En 1934 sus principios eran: “I. Colaborar permanentemente con
las autoridades constituidas en el mantenimiento de la seguridad pública y del orden
interno en todos los casos que ellas lo requieran. II. Trabajar por el afianzamiento de la
argentinidad y el culto a la patria, luchando contra todo factor que atente contra la
unidad social y moral del pueblo argentino”. Verdadera fuerza de choque, pronto
demostrará ser un apéndice en el accionar de la sección Especial de Represión del
Comunismo, cuerpo policial también creado por Uriburu y dedicado a la represión de
cualquier militante popular.
Sin embargo, el frente de la revolución del 30 se quiebra por la incompatibilidad
de los proyectos de sus vertientes constitutivas. Pocos días después de asumido el
poder Uriburu vuelve a la carga con su proyecto corporativista. Solo pequeños núcleos
de las clases dominantes le prestan su apoyo; los grupos nacionalistas. El resto de los
sectores políticos tienen muy en claro que el fin del movimiento no es ese. Se
distancian entonces los socialistas independientes, los radicales antipersonalistas e
incluso gran parte de los partidos conservadores.
Tanto la situación económica como la oposición política hacía evidente que la
propuesta de crear una Argentina corporativa mediante una reforma constitucional
moriría antes de nacer. Todo empujaba hacia las elecciones. El gobierno lanza

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entonces un programa de elecciones provinciales, a las que seguirían las
parlamentarias y, por último, las presidenciales.
La primera prueba se realizó en abril de 1931 en la provincia de Buenos Aires,
donde la UCR se impuso a la fuerza conservadora. Uriburu anula entonces el triunfo
radical y convoca a elecciones generales. Pero cuando el radicalismo nomina a la
fórmula Alvear-Güemes el gobierno decide inhabilitarla a la vez que deporta a los
principales dirigentes radicales. La UCR decide entonces no presentarse. Terminarán
por enfrentarse la Alianza Civil de los partidos Demócrata Progresista y Socialista, con
la fórmula Lisandro de la Torre-Nicolás Repetto, y el partido Conservador, ahora
llamado Demócrata, que presenta como candidatos al general Agustín P. Justo y a Julio
A. Roca (hijo) y que es apoyado por los Socialistas Independientes y los
antipersonalistas, ligados todos en el frente que se llamara la Concordancia. La fórmula
oficialista resulta triunfadora.
La Concordancia vuelve a triunfar en las elecciones de 1938. Durante todos estos
años el partido radical pierde la fuerza, la sensibilidad por lo popular, cierta tendencia
antimperialista y nacionalista e incluso la intransigencia respecto a la vigencia de las
libertades democráticas. Será recién después del golpe de 1943 que se modificarán los
ejes sobre los que gira la política argentina.

La década infame.
La recuperación del poder político por parte de la burguesía tradicional se
produce en momentos nada favorables para la estabilidad económica del país. Cuando
sus representantes retoman el poder deben recomponer el sistema de dominación, al
que reacomodan y perfeccionan de acuerdo a las necesidades de ese momento.
Dos vertientes tiene este proceso de restauración oligárquica: se profundiza la
alianza con el imperialismo inglés y se desarrolla un complejo sistema de explotación
económica y de violencia política y social. Ambos hechos son necesarios para asegurar
el mantenimiento de un sistema que privilegie a los sectores terratenientes aliados con
el imperialismo. La crisis descompagina el mercado mundial. No solo corta la afluencia
del capital extranjero sino que dificulta la colocación de los productos exportables,
sobre los cuales se basa lo más desarrollado de la economía argentina, al mismo
tiempo que bajan los precios. Entonces, para mantener en marcha el conjunto de la
economía, es necesario asegurar un mercado estable. Se llega así al Tratado Roca-
Runciman, que liga a la Argentina con el imperio inglés de manera total. Implicaba: 1)
dejar el manejo de las exportaciones de carnes en manos inglesas; 2) privilegiar las
industrias inglesas radicadas en la Argentina, y la importación de productos británicos;
3) controlar la producción, para lo cual se crean diversas juntas reguladoras que
favorecerán aún más a los grupos privilegiados. Para coronar al sistema, se procede a
reformar el sistema monetario: se desvaloriza la moneda, se crea un Banco Central
para regular lo concerniente a moneda y crédito. El Banco Central era una sociedad
mixta en la cual el estado era minoritario frente a los intereses privados.

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El imperio exige también una legislación especial para la coordinación del
transporte urbano que favorezca a las empresas inglesas en desmedro de la incipiente
competencia de los “colectivos” nativos. Todo este complejo aparato tuvo como
objetivo avanzar la estabilidad económica y financiera; pero al mismo tiempo
profundizó las desigualdades de las estructuras a favor de los grupos económicos y
sociales más privilegiados. En síntesis: la estabilidad se logró mediante el
acrecentamiento de la dependencia y de la explotación.
Otra constante de la década: la violencia, la violencia abierta o solapada,
necesaria para mantener cohercitivamente el sistema.
Ya se mencionaron la aparición oficial de cuerpos de choque paramilitares,
copiados del modelo fascista, especializados en la caza de comunistas, pero que afectó
a militantes de cualquier ideología opuesta al régimen y que habría de sobrevivir a la
dictadura e incluso a la Década Infame.
Uriburu no solo gobernó con ley de Estado de Sitio sino también con Ley Marcial.
Las únicas bajas que producirá esta última pertenecerán al movimiento obrero: en
1931 son fusilados tres anarquistas. Pero también son frecuentes los confinamientos
en la cárcel patagónica de Ushuaia y la aplicación de la ley 4144, que permitía la
deportación de los extranjeros que se oponían al régimen.
Durante todo el período son comunes los ataques armados a los movimientos
huelguísticos o reivindicativos. Otro elemento del sistema coercitivo y violento
impuesto por la restauración oligárquica es el fraude electoral, justificado como
“patriótico” por uno de sus beneficiarios.
Sus teóricos son muchos. Uriburu como enemigo de que se le otorguen derechos
electorales a los analfabetos. Ibarguren habla de la “incapacidad de las mayorías” para
darse un gobierno “inteligente y armónico”. Mucho más desembozado, Manuel Fresco
justifica el “voto cantado”, al que consideraba una “lección pública de coraje
ciudadano” de la cual serían incapaces las masas, teniendo en cuenta su “hipócrita
educación cívica de extracción liberal y demagógica, fuente indudable del ateísmo, del
socialismo, del cosmopolitismo en todas sus formas y del comunismo judeo-marxista”.
De cualquier manera, lo cierto es que el fraude se hace costumbre: votan los
muertos, los opositores se encuentran con que alguien ya ha depositado su voto,
desaparecen o se cambian las urnas. Para mantener este sistema de coerción política
era necesario encontrar quienes se encargaran de hacerlo efectivo. Aparece entonces
un definido sector que se especializa en tales menesteres a la vez que regentea garitos,
prostíbulos, cuando no forma los grupos de matones patronales dedicados a romper
huelgas y reprimir protestas obreras. Todo este sistema es controlado por la cúpula de
los partidos de la Concordancia Conservadora, pero es cohonestado por quienes se
integran a las reglas del juego, aceptándolo en la práctica. Cuando la Unión Cívica
Radical de Alvear abandona la abstención electoral, la totalidad de los sectores de la
burguesía quedan integrados al sistema. Solo pequeños grupos seguirán denunciando
la entrega y la corrupción política y económica. El más importante de ellos, FORJA

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(Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina). Enfrentados con la dirección del
partidos, los integrantes de FORJA continuarán como afiliados a él hasta 1940. Luego,
como organismo independiente, seguirán su lucha contra la penetración imperialista y
la dominación oligárquica hasta los días inmediatamente posteriores al 17 de octubre
de 1945, en que FORJA se disuelve considerando que “el pensamiento y las finalidades
perseguidas al crearse FORJA están cumplidas al definirse un movimiento popular en
condiciones políticas y sociales que son la expresión colectiva de una voluntad
nacional”. Muchos de ellos ingresan al peronismo.

La crisis de 1929 y su repercusión en la economía argentina.


La crisis de 1929 cuestiona seriamente el esquema productivo de la Argentina,
estableciendo nuevas condiciones para el desarrollo de su industria, modificando su
esquema de clases y permitiendo el fortalecimiento de los sectores urbanos,
fundamentalmente el proletariado y la burguesía.
Hasta ese momento el sistema económico argentino se basaba en la exportación
de productos agropecuarios y en la importación de bienes de consumo industrial. La
política proteccionista puesta en práctica por los países centrales, la caída de los
precios agropecuarios y la disminución de la inversión extranjera echan por tierra las
pretensiones de mantener este modelo de desarrollo.
Las clases dominantes argentinas se ven ante la disyuntiva de optar entre dos
políticas económicas: 1) reducir la participación de la oferta global y condenar a la
economía a una paralización virtual en espera de una coyuntura más favorable para
aumentar en ese momento su coeficiente de integración en el mercado mundial; 2)
modificar en parte la estructura productiva, reduciendo ciertos rubros de las
importaciones y sustituyéndolos por medio de la producción local.
La administración de Uriburu adoptó la primera de las dos alternativas. En
definitiva, se trata de salir de la crisis sin modificar en lo más mínimo el sistema
productivo existente. El gobierno de Uriburu pone en práctica las siguientes medidas:
reducción de sueldos, contratación de nuevos empréstitos, retiro de oro de la Caja de
Conversión. Sin embargo, los resultados obtenidos por esta política impulsan a Uriburu
a buscar nuevas soluciones. Se establece entonces un impuesto aduanero a ciertos
productos importados, y se crea la Junta de Fomento Industrial, que se propone “el
mejor desarrollo de las industrias nacionales existentes, la implantación de otras
nuevas y la acertada diversificación de los productos de cada región, de acuerdo con
sus condiciones naturales”.
Con estas medidas, tibiamente industriales, el gobierno pretendía estabilizar la
economía nacional y paliar la grave crisis ocupacional.
La profundización de esta política industrialista estaría a cargo del gobierno
justista, pero se debe contar con el aval de los sectores dominantes de la economía
argentina, y esto se consigue una vez firmado el pacto Roca-Runciman.

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El pacto Roca-Runciman.
Hasta la crisis de 1929 la hegemonía de las clases dominantes argentinas la
ejercen los invernadores y los sectores ligados a la actividad exportadora-importadora.
En posición subordinada, se encuentra el grupo de los criadores. La distinción estriba
en que la tierra de los criadores no es apta para el cultivo de buenos pastos y por eso
se ven obligados a vender sus animales a los invernadores, poseedores de mejores
tierras más aptas para el alfalfardo, el engorde y la posterior venta a los frigoríficos.
Se fueron creando lazos cada vez más estrechos entre el invernador y los
frigoríficos y acentuándose la brecha con el criador.
La crisis del comercio internacional y la puesta en práctica de una política
proteccionista por parte de las metrópolis pone en serio peligro los intereses del
conjunto de las clases dominantes, pero fundamentalmente la del sector ligado más a
la exportación e importación.
Este peligro se ve acrecentado cuando en 1932 el Reino Unido concierta un pacto
con sus dominios, conocido como el tratado de Ottawa.
Ante la amenaza de perder su mejor mercado, los invernadores se apresuran a
concertar un tratado con los ingleses. El propio vicepresidente de la Nación, Roca, viaja
en 1933 a Inglaterra para lograr un acuerdo. Mediante este tratado, la Argentina se
asegura la exportación de una cuota estable de carne enfriada.
La Argentina otorgaba al gobierno inglés el 85% de las licencias de importación
de las carnes argentinas en Inglaterra.
Otras de las obligaciones impuestas eran la de mantener libre de gravámenes el
carbón y otras importaciones inglesas, no incrementar el aforo ya existente sobre
algunos productos y dar trato preferencial a las inversiones inglesas. El Reino Unido
también se reservaba en derecho de imponer una barrera restrictiva a la importación
de ciertos artículos elaborados o semi-elaborados provenientes de la Argentina.

El proyecto de sustitución de importaciones.


La firma del pacto Roca-Runciman satisface las aspiraciones del sector
hegemónico de las clases dominantes argentinas. Sin embargo, la situación de la
economía en su conjunto sigue siendo caótica.
La disminución del volumen físico de las exportaciones, junto con el descenso de
los precios de estos mismos artículos, provoca el deterioro del campo y la expulsión de
la población agraria, que se ve obligada a emigrar a la ciudad. Este proceso transforma
la realidad demográfica del país, convirtiéndola en una sociedad eminentemente
urbana.
El proceso migratorio y de urbanización se inician a principios de este siglo, pero
durante el período que analizamos adquiere características especiales. Dos de ellas: 1)
El aumento de la población urbana durante este período proviene fundamentalmente
de la inmigración interna, no extranjera, que se había reducido considerablemente. 2)
La concentración de la población en determinados centros urbanos. Es el momento de

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la formación de las grandes ciudades. Pero el proceso de urbanización no ha sido el
mismo en todas las regiones del país. Hay provincias y territorios donde se mantiene el
predominio rural.
Este proceso de urbanización, si bien pone en disponibilidad una importante
masa de mano de obra, actualizaba un problema vigente ya desde la crisis de 1929: el
de la desocupación.
Esta situación impulsa al gobierno de Justo a adoptar nuevas medidas
económicas, que a la vez que permitan solucionar el grave problema, ayuden a nivelar
el saldo de la balanza comercial. Es así que en diciembre de 1933 se anuncia un plan de
reestructuración económica que incluye las siguientes medidas: control de cambios,
creación de Juntas Reguladoras de la Producción y desarrollo de un plan de obras
públicas.
A pesas de que el plan traía aparejada la devaluación de la moneda, este
proyecto fue calurosamente apoyado por los sectores industriales. El plan implicaba la
puesta en práctica de una política que podía evaluarse como proteccionista y favorable
al desarrollo de la industria.
Por su parte, los grandes ganaderos estaban dispuestos a aprovechar las
posibilidades que les abría el proceso de sustitución de importaciones: diversificar su
inversión, desarrollar el mercado interno, equilibrar la balanza de comercio exterior en
un marco económico que continuara bajo su hegemonía.
Todo proyecto industrial supone la elección entre dos posibles tipos de
industrialización: 1) el limitado al desarrollo de las etapas finales de la industria; 2) el
que trata de desarrollar todas las etapas del proceso, incluyendo las industrias de base.
Esta alternativa, presente en todos los países que inicia un proceso de desarrollo
industrial, se presenta de manera particular entre aquellos que lo inician en forma
tardía y que mantienen lazos de dependencia con los centros imperiales. Estos países
se encuentran en una situación desfavorable para competir con los capitales
imperialistas en el mercado internacional. Les resulta más rentable canalizar su
esfuerzo productivo en el mercado interno. La operación más beneficiosa es entonces
la creación de una industria de bienes de consumo familiar.
La Argentina de la década de 1930 se encuadra en este conjunto de países. Los
sectores ligados a la actividad agroexportadora se veían enfrentados a dificultades
para llevar a cabo un proceso de industrialización integral. Su actividad principal y más
lucrativa, la exportación, los ligaba estrechamente al imperialismo; estaban
interesados en competir con su socio mayor. Preferían mantener asegurada su cuota
de exportación y aprovechar de las posibilidades que les abría la sustitución de
importaciones. Este proceso, además de permitirles diversificar su inversión, reforzaba
su dominio sobre el conjunto de la economía argentina, ya que al no cumplirse en el
país todas las etapas de la industrialización se necesitaba importar del exterior todas
aquellas mercancías no elaboradas en el país. Para ellos se debía contar con divisas,
que solo podían provenir de las inversiones extranjeras o de las exportaciones. Otra

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variable que hay que tener en cuenta es el comportamiento del imperialismo frente a
este proceso de sustitución de importaciones. Luego de la crisis de 1929, se produce
un cambio en el equilibrio de fuerzas del mundo capitalista: el debilitamiento relativo
de Inglaterra frente a la expansión de Alemania, Japón y los Estados Unidos. Inglaterra
estaba solo interesada en invertir en los sectores de materias primas y en la
infraestructura que permitiera la comercialización de dichos productos. Estados
Unidos está interesado en invertir capitales en otros sectores no tradicionales, como el
industrial.
Este proceso se cumplió en la Argentina. A pesar de que disminuye el conjunto
de las inversiones extranjeras, la inversión norteamericana en industrias sustitutivas se
incrementa. También se incrementan los lazos de dependencia con el imperialismo: la
Argentina “necesita”, cada vez más, de inversión extranjera para desarrollar su
industria.
De esta manera, los sectores exportadores continúan controlando los resortes
básicos de nuestra economía y se esfuerzan los lazos de dependencia.
En esos años la U.I.A es hegemonizada por un grupo de empresas directamente
ligadas al capital monopolista y que están interesadas en un desarrollo limitado de la
industria argentina. De ahí que su comportamiento sea solo aparentemente
contradictorio con los intereses que defiende.
No significa desconocer la existencia de un sector industrial del capital nacional.
Sin embargo, su bajo desarrollo e incidencia en el sistema productivo lo coloca en una
posición subordinada y marginal con respecto a los grupos dirigentes de la Unión
Industrial.
Es gracias a este proceso de sustitución de importaciones que este sector
comienza a desarrollarse con mayor fuerza, aumentando por consiguiente su
capacidad de decisión frente a otros grupos industriales, por los cuales se ve limitado.

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