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IGLESIA VIVA

Nª233, enero-marzo 2008


pp. 21-32
© Asociación Iglesia Viva
ISSN. 0210-1114

El Dios sin rostro


ESTUDIOS
José Ignacio González Faus
Profesor de Teología. Instituto Borja. San Cugat del Vallés (Barcelona)

“No es de extrañar que nunca hablemos bien de las


cosas divinas, pues no tenemos lenguaje para ellas.
Pues las palabras han sido hechas para expresar lo
que tenemos en la mente. Pero de Dios sólo tene-
mos dentro la fe, la esperanza y la caridad. Lo restan-
te, como dice el Apóstol, supera todo conocimiento”
(John of Salisbury, Historia Pontificalis, Oxford 1986,
pg. 36).

E
ste artículo quiere ser un complemento a mi reciente
libro “El rostro humano de Dios”, dedicado a la fe en la
divinidad de Jesús. Aunque lo fui concibiendo ya duran-
te la redacción de aquel libro, preferí dejarlo para después,
buscando separar más nítidamente los dos enfoques. Allí, en
el último capítulo, hablé de lo que significa la fe cristiana en la
divinidad de Jesús dentro del universo de las religiones, si se
confiesa esa divinidad tal como se manifestó en Jesús, y no de
acuerdo con nuestra idea previa y nuestras previas expectati-

1 Cada vez me resulta más valiosa para hoy la observación de D. Bonhoeffer en sus
cartas de la cárcel, de que el Dios que se revela en Jesús “pone del revés todo
lo que el hombre religioso espera de Dios” (WE, 180). Más adelante, en un pro-
yecto de libro repite: “¿Quién es Dios? En primer lugar no el de una creencia-en-
Dios general, el de una creencia en la omnipotencia de Dios. Eso no es una
auténtica experiencia de Dios sino una prolongación del mundo” (WE 191,
subrayado mío).

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ESTUDIOS El Dios sin Rostro

vas sobre Dios; es decir: no más poder sino más debilidad (también más llamada a
la libertad y más amor)1. Ahora quisiera añadir dos palabras sobre el significado de
las religiones de la tierra para el que cree en la divinidad de Jesús.

La dualidad de todo lenguaje sobre Dios


Aceptando para el cristianismo la denominación de “religión” (que muchos
teólogos consideran discutible, pero que podemos acoger ahora como base
común de lenguaje, más sociológica que teológica), hay que comenzar dejando
establecido que también las otras religiones remiten a Dios y al Dios verdadero:
lo contrario sería negar la voluntad salvífica universal de Dios, y el don del Espíritu
a toda carne, que se han manifestado precisamente en la encarnación de la
Palabra. Esta es la intuición válida, aunque mal expresada, del llamado “pluralis-
mo” de las religiones.
En este sentido, las otras religiones son también caminos de salvación. Y, por
serlo, sirven para recordarle al cristianismo que Jesús sólo es el rostro humano de
Dios, pero que Dios trasciende ese rostro, aunque a los hombres sólo se les
puede revelar su Misterio a través de rostros humanos. Por ahí debe discurrir el
camino de la pneumatología, tan poco trillado en el cristianismo occidental.
En efecto: decía san Ireneo en un texto memorable que de Dios podemos
hablar según Su grandeza o según Su amor “que no es menor que Su grandeza”
(AH IV, 20, 1). La Palabra hecha carne suministra a los cristianos un lenguaje de
Dios “según Su amor” el cual, dicho sea entre paréntesis, debería ser no explica-
ción de Su esencia sino alabanza de Su Gloria, que es la que se “ha hecho visible
en la carne de la Palabra” (cf. Jn 1,14). Pero este lenguaje no invalida la infinita
magnitud de Dios. Y seguirá siendo verdad (como enseñaba el Lateranense IV en
un texto que me gusta recordar) que lo que hayamos dicho de Dios, por bien
dicho que esté, “no contendrá tanta verdad que no tenga mayor mentira”2.
Con otras palabras: por ser el rostro de Dios Jesús es, como dicen los evan-
gelios, “más que profeta”. El profeta transmite la Palabra pero no es él la Palabra
ni la Presencia de Dios. El profeta sólo es “una voz que clama”; Jesús es ese
mismo clamor de Dios. Por eso, en boca del profeta no caben frases como la de
Jesús en el cuarto evangelio: “quien me ve a mí ve al Padre” (Jn 14.9).

Invisible por su Magnitud


Pero, a la vez, el cristiano debe saber que, aun después del encuentro con Dios
en Jesucristo, sigue valiendo el mensaje del hinduismo: no es eso, no es eso (neti
neti3) que coincide con el de san Agustín: “si lo comprendes ya no es Dios”. O

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