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RAMÓN MÉNDEZ GAITE

PRESBITERO

La Obra de la

Redención
II
fa*-
- II·*

m Leyendas
m cristianas
m de lam Pasión, Muerte
m
y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo
- ~ Materia predicable ==--^r:~=j !<
Prólogo del Excelentísimo Señor II
D. Alejandro Pidal y Món
Presidente de la Real Academia Española

y una carta del Excmu. é limo. Señor


= O B IS P O D E S IÓ N =
í
I
UCENCIA Y CENSURA DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA

t 6.000 ejemplares “ S e K u n d a e d i c i ó n «« Primer mfl|ar


________________ con hermosos fotograbados ________________
11
jj--saEfensns&Ka¡g -JI-
M A D R ID 1908
Librería católica de 6. del Amo, Librería de los Suc. de Hernando,
PAZ. #. ARENAL, tt.
i_____ _____________ _ _ ____J1
A c a b ó s e d e im p rim ir e s t e
l i b r o e n M a d r id , e n C a s a
d e D. JOSÉ BLASS y O *
Á ui d e A b r il d e mcmviii

A. M. G. D.

Φ
•Jesús Christtu herí hodte
et eras.»
«Jesucristo ayer, hoy y
nuAana.»
La Obra
de la

Redenci
La Obra
DE LA

Redención
Leyendas cristianas de la Pasión, Muerte
y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo
por

RAMÓN MÉNDEZ GAITE


PRESBÍTERO
Materia predicable y de meditación para
lo · dias de Cuaresma y Semana Santa

Prólogo del Excelentísimo Señor


D. Alejandro Pidal y Món
Presidente de la Real Academia Española

Y UNA CARTA
del Excmo. é limo. Señor
O B IS P O DE SIÓN
LICENCIA Y CENSURA DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA

•Jesús Christus herí, hodie


et eras.»
«Jesucristo ayer, hoy y ma­
ñana.»

SEGUNDA EDICIÓN
Aumentada notablemente y con hermosos fotograbados
copias de los principales cuadros de los Museos de Europa
Indice

P ágim ·
A nteportada............................................................ 1
P o rta d a .................................................................... 3
Indulgencias concedidas á los lectores de este
l i b r o .................................................................... 4
Advertencia para esta segunda edición............... 5
Carta del Excmo. y Rvmo. Sr. Obispo de Sión. . 9
Protesta del a u t o r ................................................. 13
Censura e c le s iá s tic a ............................................. 15
Licencia.................................................................... 17
D e d ic ato ria ............................................................. 19
C arta-p ró lo g o ......................................................... 21
Dos p a l a b r a s ......................................................... 29
N a z a r e t h ................................................................ 35
Santa C u a re sm a ..................................................... 43
Sermón de la M o n ta ñ a .......................................... 55
Meditemos................................................................ 61
Semana S a n t a ......................................................... 67
Domingo de Ramos................................................. 77
Entrada triunfal de Jesús en J e ru s a lé n ............... 83
Páginas
La última Cena. — El misterio de la Eucaristía . 91
Jesús lava los pies á sus d is c íp u lo s ................... 103
La oración del H u e r t o ..........................................109
Traición de J u d a s ................................................. 117
Ecce-Homo................................................................123
La sentencia de Jesús............................................. 137
Orden de ejecución de Nuestro Señor Jesucris­
to, según tradición p ia d o s a .............................. 141
La V erónica............................................................ ....143
El premio de una traición......................................147
Las Siete Palabras que Cristo dijo en la Cruz. . 151
Crucifixión................................................................ 179
La lanzada................................................................189
Descendimiento de la C r u z .................................. 195
La Virgen del C alvario..........................................205
Nuestra Señora de los D o lo r e s .......................... 215
Resurrección.............................. ..............................221
Cruz de las Indulg en cias......................................231
La Cruz del cristiano..............................................233
La Cruz y Santa E l e n a ......................................... 237
Origen del Via C r u c i s ......................................... 241
Fiel retrato de J e s ú s ............................................. 255
Otra descripción de la persona y figura de
J e s ú s ............................................................ 256
El C ru c ifijo ............................................................ 259
Reloj de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo . 275
Reliquias y lugares santificados por la Pasión y
Muerte de Nuestro R e d e n to r.......................... 279
Resumen de Semana S a n ta .................................. 297
Al terminar este libro. — Nota b e n e ...................307
Despedida del autor............................................... 309
Himnos de la P a s ió n ............................................. 311
Conclusión................................................................379
Los Emmos. y Rvdmos. Sres. Cardenales-Arzobispos
de Burgos y Barcelona concedieron doscientos días de
Indulgencia; los Excmos. y Rvdmos. Sres. Arzobispos
Primado, de Tarragona, Valladolid, Sevilla, Granada,
Zaragoza y Valencia, cien; los Excmos. ó limos. Seño~
res Obispos de Madrid-Alcalá, Sión, Pro-Capellán
Mayor de S. M.; Orense, Vitoria, Túy, Lugo, Mondoñe-
do, Jaca, Osma, Pamplona, Gerona, Huesca, Patencia,
Astorga, Teruel, Zamora, Jaén, Málaga, Segovia, Ciu­
dad Real, Prior de las Órdenes militares; Urgel, Prín­
cipe soberano de los Valles de Andorra, y Cádiz, cin­
cuenta á todos los fieles de sus respectivas Diócesis
que leyeren alguno de los capítulos contenidos en el
libro LA OBRA DE LA REDENCIÓN, y pidieren á
Dios Nuestro Señor por la exaltación de nuestra Santa
Fe Católica, paz y concordia entre los Reyes y Prínci­
pes cristianos, extirparción de las herejías y demás
-- -- - fines de Nuestra Santa Madre la Iglesia. =====
Advertencia
para esta segunda edición.

figotada en poco más de seis meses


la «primera edición» de este librito, 3.000
ejemplares que hemos publicado en 16
de Marzo de 1907, y respondiendo por núes«
tra parte al favor de nuestros lectores, tene­
mos la honra de ofrecer hoy al público una
nueva y segunda edición, 6.000
e je m p l a r e s , corregida, aumentada y con
gran número de grabados, que antes no
tenía, copias de los más famosísimos lien·
zos, con el fin de que las benditas doctri·
ñas y las puras enseñanzas del Drama del
Calvario obtengan mayores frutos de 'vul­
garización».
6 R. MÉNDEZ OA ITE

Los sacrificios se prueban con hechos,


ta diligencia realizando actos, y la decisión
dejando dudas y vacilaciones y prescin·
diendo de egoísmos y otros fines persona·
les que en nosotros no existen.
Cierto es que para publicar esta nueva
edición, que recoge en sus páginas todos
los adelantos gráficos, tuvimos, no sólo que
dar mayor extensión á tas materias que
habíamos iniciado en la anterior, sino tam·
bién que añadir algunos otros asuntos,
siempre interesantes, por estar relaciona·
dos con la Pasión de Cristo Nuestro Reden­
tor, y que agrupamos con solicitud é incan­
sable afán en tomo de esta publicación, se­
guros de que su piadosa lectura mantendrá
las tradiciones de la Iglesia y servirá de
fruto á los cristianos.
Los desembolsos que hemos hecho y
las dificultades que nos ha sido preciso
vencer para dar á luz un libro de altura,
sencillo y de verdadera importancia, sin
moldes anticuados y forma atrasada, han
sido grandes; pero todo lo damos por bien
pasado con el noble júbilo de poder con­
signar que hemos dado vida á un libro que
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 7

mereció la aprobación de Su Santidad el


Romano Pontífice Pío X, que nos dispensó
el incomparable honor de transmitirnos su
Santa Bendición ñpostólica por
medio del Emmo. Sr. Cardenal Merry del
Val, su Secretario de Estado, lo mismo que
el beneplácito é Indulgencias de la ma­
yor parte de los Excmos. y Rvdmos. Pre·
lados de España y ñmérica, sus alabanzas
en muchos de los Boletines Eclesiás­
ticos de sus respectivas diócesis, y los
elogios más benévolos, calurosos y entu·
siastas, no sólo de altas personalidades en
el mundo de las letras, sino de toda la
Prensa de nuestra Patria.
Que Dios nos bendiga y nuestros lee·
tores nos sigan dispensando su favor, su
ayuda y su confianza, es el único premio de
nuestros afanes y de nuestros desvelos.
Ramón Méndez Gaite.
Madrid, Marzo de 1908.
Caria deíGxcmo. y *Rvdmo. cfeñor
Obispo de ofión.

oír. 0. Q{amón fflléndez Qaite.

Simado señor Capeífán: Con piadosa


insistencia me ruega usted unas líneas para
eíencabezamiento de su libro, olvidando gue
en su t/tuío ífeva e í mayor prestigio y su
mejor garantía. Gn ía palabra „^Redención"
están contenidas todas ÍQS elocuencias y mis*
teriosas suavidades del lenguaje; como en
ella se encierran, cual en abreviatura sobre­
natural, el misterio de iniguidad más odioso
gue e l mundo ña visto, y e l misterio de jus­
ticia más pavoroso gue los siglos pudieron
10 R. MÉNDEZ C A IT E

contempíar. Grandes infamias han mancha·


do ía tierra desde gue fu é enrojecida por ía
sangre del inocente &3>beí, y á fas perfidias
ñumanas respondían las venganzas divinas,
de fas gue son pavoroso testimonio y recaer*
do aterrador, e( diluvio, las Sirvientes oías
defíflCar <Rojo y fuego devorador de las c,ü*
dades deí CEentápoíis■ Vero un día fíega á
tanto (a perversidad ñumana, gue se atrevió
á íevantar sus manos traidoras y enviíecidas
sobre e í sacrosanto 90jo de ios· V h ex’
plosión de ía justicia divina fu é tan horrible,
gue sóío pudieron atemperaría ías infinitas
misericordias deí Señor-
QZo sería divina ía justicia, si no fuera
perfecta, impíacabíe y sin desmayos, y se
deshonraría á sí misma, como ía misma ju s·
ticia, si no cobrase ías deudas hasta eí„úí*
timo óboío", ó si pudiera una faíta, ía más
ligera, pasar sin su debida expiación.
¿Jerusaíén, ía ciudad nefanda·, ía viffa fa*
tídica entre ías viílas ingratas, fu é e í escena·
rio donde se desarrofió entre bfasfemias, odio
LA OBRA DE LA REDENCIÓN II

y sangre ía divina tragedia·, e í drama de ía


‘Redención.
<7I(;iíares de voces ío ^an contado en diez
y nueve sigíos, y miñares de libros ñan con­
servado viva ía gratitud y ía piedad de ías
aímas creyentes Hasta ía ñora actuaí ¿ QLor
gué un íibro más? &ífondo de ía piedad cris'
tiana, como eífondo deí aíma, es siempre eí
mismo, pero varían ías expresiones que dicen
ios sentimientos, como varían ios comenta­
rios, según ios sucesos y acontecimientos deí
mundo exterior, dentro deí cuaí vivimos·
cfoío e í santo Cvangefío es independiente y
superior á ías incesantes vicisitudes de (as
cosas ñumanas y deí lenguaje-
Vero en ía íectura de este nuevo íibro
surge muy diestramente de una aíma soía un
suspiro deíicado de penitencia, ó un movi­
miento de caridad ñacia ía Víctima de ía ‘R e­
dención, digno de toda aíabanza. <Sn esta eíe-
vación deí aíma ñacia e í divino Crucificado,
como en e í acto de contrición, ñay más va*
íor reaíy mayor mérito gue en cuanto pueda
12 R. MÉNDEZ QAITE

e í mundo ofrecer, por ser operaciones de un


orden inmensamente más elevado y superior,
como ío es e í orden sobrenatural. jQ>os per*
fum es ocres del Calvario tienen para las a^m
mas unción divina, y son suaves y ligeras
todas las cruces>s/ miramos delante de nos*
otros e l divino mártir gue nos 9u¡a y condu·
ce á su misma gloria.

Cuaresma de 1908.

f ¿J. Obispo de Sión.


Protesta del autor

O í alguna cosa buena se encontrase en


^ este libro, Dios es el Autor, lo mis­
mo que de todo. Los defectos, que serán
muchos, son hijos de mi insuficiencia, y
desde luego los someto al juicio infalible
de la Sede Apostólica, y los detesto en la
línea que les corresponda, suplicando á
los hombres doctos se compadezcan de
mí, teniendo presente que no se destru­
yen ni afean los grandes escritos por los
libricos pequeños; antes bien, sirven como
de lunares para que aquéllos sean mucho
más sobresalientes.
Censura eclesiástica

„Excmo. é limo. SeSor:

En cumplimiento de la comisión con que V. E. I. se ha


dignado honrarme, de examinar el libro titulado „La Obra
de la Redención“ , escrito por D. Ramón Méndez Gaite, debo
manifestar á V . E. I. que, habiéndole leído con toda atendón,
no sólo no he hallado en él cosa alguna que se oponga ni á la
fe ni á la sana moral, sino que además le considero muy
útil y provechoso para toda clase de personas, por los muchos
y curiosos datos que en él se encuentran acerca de la Sagrada
Pasión de N . R* J. C.
Este es mi humilde parecer, salvo siempre el superior
juicio de V· E. I. — Madrid, 26 de Febrero de 1907. — Con
profundo respeto, besa el P. A. de V. E. L el mis humilde
de sus súbditos, Dr. Pedro Martín Sánchez.

Excmo* i limo· Señor Obispo de Madrid* Alcali«44


Licencia
„ N O S EL DOCTOR DON JOSÉ M A ­
R ÍA S a l v a d o r y B a r r e r a ,
POR LA GRACIA DE DIOS Y DB LA SANTA SBDB
APOSTÓLICA OBISPO DB MADRID-ALCALÁ, CABA­
LLERO GRAN CRUZ DB LA REAL Y DISTINGUIDA
ORDEN DB ISABEL LA CATÓLICA, COMENDADOR DE
LA DB CARLOS III, CONSEJERO DB INSTRUCCIÓN
PÚBLICA, CAPELLÁN DB HONOR DB S. М., SU PRE­
DICADOR Y DE SU CONSEJO, ETC., ETC.

Hacemos saber:
Que venimos en conceder y concedemos Nuestra licen­
cia para que pueda imprimirse y publicarse en esta Dió­
cesis el libro titulado „La Obra de la Redención”, escrito
por el Presbítero D. Ramón Méndez Gaite, mediante que de
Nuestra orden ha sido leído y examinado y, según la censu­
ra, nada contiene contrario al dogma católico y sana moraL
En testimonio de lo cual expedimos el presente, rubri­
cado de Nuestra mano, selladp con el mayor de Nuestras ar­
mas y tefrendado por Nuestro Secretario de Cámara y Go­
bierno, en Madrid, á 27 de Febrero de 1907. José María,
Obispo de Madrid-Alcalá· Por mandado de S. IL L el
Obispo mi SeSor, Dr. Luis Pérez, Canónigo Secretario."
Dedicatoria
ft\ muy Ilustre Señor Doctor D. Luis
Pérez Estévez, Canónigo, Secreta­
rio de Cámara de la Diócesis y Go­
bierno de Madrid-ñlcalá, etc., etc.

Sea para vos, mi respetabilísimo señor,


la primera página de este libro.
Me ba dispensado usted la inmerecida
honra de poder dedicarle esta obra, hecha
sin pretensiones de ningún género y llena
de múltiples imperfecciones, y su nombre,
altamente prestigioso, será el que escude
el atrevimiento mío en publicarla.
Bien quisiera que esta labor literaria
20 R. MÉNDEZ Q A ITE

fuese una ofrenda digna de sus incontables


merecimientos y de las bondadosas distin·
ciones con que usted tanto me distingue y
favorece, y á las que siempre deseo corres·
ponder con más celo, consideración y ca·
riño; mas ya que por mi insuficiencia esto
no pueda ser, admita, mi querido señor, el
público testimonio de la seguridad de mis
sentimientos más afectuosos y de la bumil·
de amistad que le profesa s. s., atto. y afee·
tísimo capellán,
0. L B. L M.,
Carta-prólogo

S r. D. R am ón M é n d e z G a i t e .

y y v uy señor mío y de mi mayor considera-


/ i ción: Desea usted unas líneas, trazadas
por mi tosca pluma, que puedan servir de intro­
ducción á los cuadros que ha bosquejado usted
sobre el inagotable tema del Calvario. ¡Ahí es
nada lo que me pide usted! Tomos y tomos, to­
dos en folio, se pueden fácilmente escribir con
sólo ir desarrollando parcialmente todos los gér­
menes, las consecuencias, los torrentes y ríos de
luz y de vida que se contienen en esta sola pa­
labra: El Calvario.
Pero, unas «breves líneas», tratándose de la
cima divina en que se verificó el gran Misterio
redentor de la humanidad y que constituye la
22 R. MÉNDEZ OAITE

cumbre central de la Historia, serían una Profa­


nación. Para eso es mejor repetir, besándolo con
los labios del alma, el nombre, como la cifra
irreductible de la salvación de la humanidad: ¡El
Calvario!
Y al pronunciarlo asi, con tanta reverencia
como amor, cerrar los ojos para concentrar la
mirada interior del alma en la Eternidad, y en­
tender: El Sér absolutamente perfecto creando el
universo para asociar á su felicidad las inteli­
gencias creadas —. La criatura libre rebelándose
contra el orden determinado por Dios —. El
Mundo antiguo arrastrándose, por las conse­
cuencias de este desorden, hasta el abismo caó­
tico, en que hubiera perecido la humanidad sin el
anonadamiento del Creador, hecho hombre para
ser crucificado y reducido á la extrema miseria del
vil gusano, perdido el aspecto de criatura racio­
nal, hecho oprobio y ludibrio de las gentes, para
redimir con su sacrificio á los hijos de Adán, se­
ducidos por el arcángel caído bajo la forma ca­
racterizada de la serpiente.
¡Misterio sublimemente divino, que revela su
origen celestial en sus mismas sublimidades!;
¡que nadie hubiera sido capaz de inventar si
Dios mismo no nos lo hubiera revelado, y que
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 23
patentizan y confirman todas y cada una de las
fases de la civilización y de las vicisitudes y es­
tados de la humanidad y de los fastos de la His­
toria!
¡De la cima de aquel elevado monte en que re­
sumió el Mundo Pagano su odio á la verdad, á
la bondad y á la belleza, crucificándolas en Jesús,
se desprendió la leve y menuda piedrecilla que
hirió en los pies de barro al coloso de la idolatría
que aplastaba á la humanidad esclavizada por
Luzbel en la cloaca de todas las abominaciones
terrenas! ¡El orbe entero se asombró de aquella
santa y pura doctrina que asemejaba á un límpido
y clarísimo surtidor de agua cristalina, brotando
en el fondo de una ciénaga de lodo inmundo y
pestilente! ¡La tierra se empapó en sangre inocen­
te de mártires, que en vez de ahogar la semilla
santa de la fe con el terror de los suplicios, la
regaban haciéndole crecer con el rocío del cielo!
¡El coloso, por fin, cayó, derrumbándose con es­
trépito, y entre sus fragmentos, dispersos por la
calda, surgieron las naciones cristianas que ha­
bían de organizarse unificándose en la Cristian­
dad! ¡Todo había ido restaurándose en Cristo!
¡El Calvario resplandecía como el Tabor!
Pero Dios, que lo había hecho todo respetando
24 R. MÉNDEZ GAITE

la libertad que había creado como perfección de


los séres inteligentes, no quiso negar á su obra
de amor la perfección de que es causa ocasio­
nal, la contradicción del error, del mal y de la
deformidad, y permitió á las tinieblas que real­
zasen la luz al intentar ahogarla entre sus som­
bras, y aquella Cristiandad se detuvo en su mar­
cha ascendente por la via triunfal de la civiliza­
ción, y la Protesta del Monje Apóstata hizo con
la Cristiandad lo que la Serpiente con Eva, y la
sociedad volvió á perder el Paraíso perdido por
Adán y reconquistado por Cristo, y de apostasia
en apostasia, de secularización en seculariza­
ción, hemos venido á parar á la Teofobia reinan­
te. Esto es, á una sociedad que en odio á Dios
ama, pide y trabaja por todo lo que tiende á di­
solverla y aniquilarla.
Si al fin lo llega á conquistar, ¡qué ejecutoria
para el Calvariol El Calvario redimió á la huma­
nidad y la elevó al Tabor. Cuando la humanidad
volvió, suicida é ingrata, las espaldas al Calva­
rio, el Tabor, hundiéndose como una montaña
que se sumerge en un abismo, dió sepultura á la
humanidad en el cieno de sus propias abomina­
ciones.
Por eso, las almas que no son del mundo y
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 25
no quieren perecer con él, se atan cada vez más
fuertemente á la cruz del Calvario, y adoctrina­
das por las enseñanzas divinas confirmadas por
las enseñanzas de la Historia, bendicen los ho­
rrores de la persecución, porque saben que 'por
la Cruz se va á la luz, y que el Calvario es el
único camino del Tabor definitivo y eterno.
Y ese Calvario tan cruel ante los ojos de la
justicia, se convierte á los ojos de la misericor­
dia en el huerto sellado de los amores divinos, y
en él el alma goza del inefable dulzor del sacri­
ficio, que es la coronación del amor y como el
propio vestíbulo de los cielos.
¡Todo esto y mucho más que palpamos los que
sabemos el Catecismo, y que constituye para nos­
otros la más evidente realidad, siendo asi como
el hogar de nuestras ideas y sentimientos, cuyas
estancias, galerías y corredores recorren con la
alegría y la naturalidad del que sabe los anda­
res de su casa y se complace en las armonías de
su plano, parecen como sueños, como ilusiones y
mentiras, á los desventurados que han perdido
la fe, á los desdichados que no la han poseído
nunca!
¡Tremendo y espantable castigo de la sobera­
na justicia de Dios!
26______________ R. M ÉNDEZ OA ITE

¡Como si eso pudiese inventarlo nadie!


¡Como si el que fuese capaz de inventarlo fue­
se capaz de creerlo, de practicarlo y de hacerlo
practicar á tantos millones de hombres en el
mundo!
¡Ah, no! ¡Se puede inventar el orgullo, la so­
berbia, la vanidad, la ira, la lujuria, la gula, la
codicia, la envidia y la pereza! ¡Se puede inven­
tar la desesperación, el aniquilamiento de Buda,
el Paraíso de Mahoma, los amancebamientos de
Lutero y las orgias de la Revolución; pero la
¡¡¡CRUZ!!!, y la Cruz tomada, ¡y tomada con
amor! sobre los hombros, y llevada asi hasta lo
alto del Calvario, ¡y allí. . . enclavándose en
ella!. . . y al morir. . . morir perdonando á los
que le crucificaron y rogando al Señor por
ellos!!!, ¡eso no se ha podido inventar jamás!;
¡eso no podrá inventarse nunca!
¡Bien ciego está el que no lo ve! ¡Sólo Dios
podrá desatarle la venda que cierra y obscurece
sus ojos! Roguemos nosotros, los que vemos, á
Dios, para que se los inunde con su luz, y dé­
mosle voz al ciego para que vea la verdad, aun­
que se ría, nos escarnezca y nos pegue. Tal vez,
tan sólo al precio de esta lesión, le envíe Dios la
luz que le abra y le ilumine los ojos.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 27
¡Quién sabe cuál fué la piedra que, rompiendo
el cuerpo á San Esteban, avaloró con su herida
la oración del Protomártir por sus verdugos, é
hizo de Saulo el perseguidor el Apóstol degolla­
do San Pablo!
¡Misterios y altos misterios de la gracia divina
del Señor, que brotan en manantial inagotable de
la cima excelsa del Calvario!
¡Misterios que la teología ve; misterios que la
filosofía explica; misterios que el misticismo siente
y en los que vive y crece, como el pez en el agua
corriente y cristalina, el alma cristiana herida por
el dardo de oro del amor sobrenatural y divino!
¡El Calvario! ¿Qué cristiano no se da cita allí,
en medio de las amarguras de la vida, para abis­
marse en la contemplación del amor, forzando al
mismo Dios á bajar á la tierra para ser crucifica­
do por el mismo que le crucifica?
¿Quién no halla allí consuelo á sus dolores, re­
medio á sus males, esperanza para su desespe­
ración, alegría para sus tristezas, caridad para
abrazar con su amor al cielo y á la tierra unidos
con el lazo del Redentor?
¡Verdaderamente, es grande nuestra religión,
con toda la grandeza de la verdad, que llena con
su inmensidad los cielos! Sólo en Cristo y por
28_____________ R. MÉNDEZ O A ITE

Cristo crucificado puede salvarse la humanidad


condenada á muerte en el Paraíso y redimida por
el sacrificio del Santo de los Santos en el altar
que se levanta sobre el Calvario.
La humanidad, en el libre giro de su querer,
volverá las espaldas á su Bienhechor y escribirá
el poema de su estúpida ingratitud, torciendo y
orientando su rumbo á las ergástulas paganas
hasta dar en los abismos de la abyección en que
vegeta, agonizando, el salvaje, en castigo de su
infidelidad; pero el esquema que trazara la gráfi­
ca de sus variados movimientos, tendrá la forma
de la Cruz. ¡Sobre ella está modelada la Cris­
tiandad! ¡Sobre ella está fundamentado el Mun­
do! ¡Sobre ella, con ella, por ella y en ella se co­
ronará la perfección del Universo! ¡Y la Cruz
siempre tendrá por pedestal El Calvario!
Calcule usted lo que tendría que decir yo, si
dejase correr la pluma, sobre el trabajo de usted.
Por eso vale mucho más callar y dejar que hable
sólo su libro.
Que Dios le dé el acento de su voz, es lo me­
jor que puede desearle su afmo. y s. s., q. b. s. m.,
Alejandro Pidal.

Madrid, 26 Febrero de 1907.


2>os palabras

Jfuestro propósito

^ l publicar este libro me he propuesto form ar


una recopilación de las sublimes escenas del
sangriento y doloroso Drama del Calvario, esti­
mulado por las instigaciones de amigos que me
aprecian y muchas personas que no me conocen,
tan doctas como piadosas, que se han dignado
alentar nuestro espíritu y animar nuestra in­
tención.
Los grandes misterios que celebra la Iglesia en
Semana Santa y los augustos acontecimientos
que ofrece la Pasión y Muerte del Hijo de Dios
al ofrecerse como víctima expiatoria y propicia­
toria en esos días del aniversario de la Redención
del hombre, nos han sugerido estas reflexiones,
que modestamente ofrecemos al lector, deseosos
de contribuir, si bien con débiles fuerzas, á ofre-
30 R. MÉNDEZ G A ITE

cer un homenaje grato á Jesucristo, contribuyendo


á su mayor gloria, recordando los tormentos y
las amarguras que sufrió y padeció por devolver
al género humano la herencia de que tan justa­
mente fuimos despojados.
En los presentes días, en los que filosofías de
mal género, un modernismo pernicioso de crite­
rios extraviados, bastardas pasiones y torcidos
fines pugnan por desencauzar ¡a opinión, llevan­
do su corriente hacia los abismos del error, el
recuerdo de nuestra Redención y el admirable sa­
crificio del Dios hecho Hombre es magnífica en­
señanza que sirve para despertar nuestras ener­
gías morales y una advertencia que la Providen­
cia concede en todo tiempo para remedio de los
males que afligen á la Humanidad.
El nombre de Jesucristo y el gran recuerdo de
su muerte y de sus padecimientos, constituye la
firme esperanza de la humanidad y la eficaz ga­
rantía de su triunfo y de su victoria.
Hay hechos en la vida de los pueblos que, por
más que éstos sufran modificaciones á impulsos
de la tibieza en materias de fe cristiana, son
siempre interesantes y llegan á interponerse, ofre­
ciendo al espíritu pensador y cristiano una serie
de consideraciones que no dejan de despertar el
sentimiento más alto de nuestra existencia é im­
primir en nuestros corazones un recuerdo de
amor y cierta especie de evocación de nuestra
generación y de nuestro poi venir.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN _ 31
La leyenda cristiana ha sido siempre la inspi­
ración del genio.
En la historia de las religiones no hay ningu­
na que ofrezca un drama tan conmovedor y en
el que estén tan bien representados los sentimien­
tos de la compasión que merecen las penas, las
afrentas, los dolores, los desamparos y los des­
consuelos que padeció nuestro Saloador, de ¡os
que nadie es capaz de dar una remota idea; ni
aun las almas puras que devotamente los consi­
deran, ni los doctores y los santoscon su elocuen­
cia, ni los querubines más sabios, ni ¡os serafines
más amantes.
Solamente la ciencia infinita de Jesucristo,
solamente su omnipotente sabiduría puede expli­
car la triste, horrenda y lamentable historia de
la Pasión.
Mucho pudiera decirse, sin abandonar el punto
de vista de que venimos hablando, y en todo ello
hallaríamos un sólido fundamento para afirmar
que el recuerdo de Jesucristo es la poderosa pa­
lanca que constituye el cimiento de las socieda­
des católicas y la gran base sobre que gira el
orden de los pueblos y la armonía entre las na­
ciones verdaderamente civilizadas.
Pensando muchas veces en los atroces y crue­
les martirios del Crucificado, hemos descubierto
de una manera fácil la prueba más ampliada y
la comprobación incontestable de la Divinidad
de Jesucristo, prueba y comprobación que se en­
32 R. MÉNDEZ GA ITE

gendran en este gran cuadro, y que brotan de la


actitud, del entusiasmo, del fervor y todo el con­
junto de magníficos detalles que ofrecen las na­
ciones católicas cuando comtemplan las escenas
del Calvario, donde se descubre el rayo de ¡a Di­
vinidad que engrandece ¡a inteligencia, hacién­
dola entender las verdades más trascendentales
que jamás pudieran presentarse á su estudio y
observación. Así como la chispa eléctrica ilumina
al desprenderse ¡as densas obscuridades de la
negra nube en que se engendra, y al recorrerla
en todas direcciones hace transparentes sus ocul­
tas entrañas, con los resplandores de su clarísima
luz; así también el rayo de ¡a Divinidad, esclare­
ciendo el lúgubre aspecto y la negra perspectiva
de luto y de tristeza que envuelve á la Cruz,
hace que ¡a mente humana, ayudada por luz tan
poderosa, llegue á descubrir ¡a gran figura de
¡esucristo, que al ser clavado en la cumbre del
Calvario realizó las esperanzas de la humanidad,
declarando emblema de salvación, bandera de fe ­
licidad y estandarte glorioso de victoria, aquel
cadalso ignominioso en que murió abrazado, ele­
vándose sobre los espacios de ¡a inteligencia,
constituyendo su verdad más hermosa y el gran
tesoro de sus más preciados conocimientos.
La Cruz, eso fué y eso será.
Ingratos fuéramos nosotros si, al celebrar la
Iglesia los misterios de la Cruy, no nos inclinára­
mos reverentes ante ella y la levantáramos sobre
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 33
nuestras cabezas y la pusiéramos sobre nuestro
pecho, exclamando con el V. Granada: *¡Oh,
Cruz bendita, tú atraes más fuertemente á ti los
corazones que la piedra imán al hierro-, tú alum­
bras más claramente los entendimientos que el
sol los ojos; tú abrasas más encendidamente las
ánimas que el fuego los carbones. Atráenos, pues,
á ti, ¡oh, Santa Cruz!, fuertemente; inflámanos
poderosamente, para que nuestro pensamiento
no se aparte de ti . . . »
Y nada más de lo dicho hasta aquí á guisa de
prólogo, acerca de la rectitud, intención y opor­
tunidad de nuestra humilde obra, de la que nos
queda ¡a esperanza de ser provechosa para nues­
tras almas y aun para ¡as almas de los enemi­
gos de la Iglésia de Dios.
JVténdez (/crite.
Modelo de todas las casas y familias cristianas.
Tres personas dichosisimas en un solo corazón.
Nazareth

La pobreza no es vileza.
P . DE RlVADENElRA.

A
il pensamientos cruzan por la mente del
cristiano al representarse á Nazareth, no
por lo delicioso de su paisaje, ni por la belleza
de su posición, ni la brillantez de su cielo, ni los
embriagadores perfumes de su fértil comarca,
que hacen latir con vehemencia el corazón de los
que, llenos de piedad, tienen la dicha de visitar
los Santos Lugares, sino porque en el mismo si­
tio en que hoy se levanta á la adoración de los
fieles la magnifica y suntuosa iglesia de la Anun­
ciación, estuvo enclavada aquella casa de gratí­
simos y adorables recuerdos, trasladada, según
antigua y piadosa creencia, á manos de los ánge­
les á Loreto, y que fué en un tiempo taller de un
36 R. MÉNDEZ G A ITE

humilde carpintero, y vivienda, en las dos terce­


ras partes de la vida, de una Virgen purísima, á
quien el Mensajero Celestial saludó llena de gra­
cia y elegida para Madre de Dios.
Entre las cimas del Carmelo, las montañas del
Tabor, las riberas del Jordán y las playas del
mar, descubre el caminante un panorama gran­
dioso formado por la llanura del Esdrelón, el pe­
queño Arnión, la ciudad de Nain, la campiña de
Caná y la ciudad de Galilea; y al pie de una mon­
taña, bajo un cielo purísimo, dulce con sus re­
cuerdos y hermosa como un lirio en medio de
un ramillete de flores, está Nazareth.
¡Nazarethl Hermosa provincia de la Palestina,
pedazo de Tierra Santa y uno de los más encan­
tadores verjeles, que como oasis, se destaca en
medio de los desiertos áridos, iluminada por el
Sol de la Divina Sabiduría.
¡Nazareth!, la inmortal ciudad cuyo nombre
será pronunciado con admiración y respeto; su
tierra besada por los labios del penitente y re­
gada con sus lágrimas, admirada por peregrinos
de eterna memoria y santificada con las plega­
rias de todos los cristianos.
¿Y cómo no? Nazareth fué el primer templo
del Cristianismo, patria del Hombre-Dios y sitio
en que estuvo la casa solariega de la tribu de
Aser, que habitó la Sagrada Familia.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 37
En medio de la variada agrupación de fami­
lias, grandes y pequeñas, pobres y ricas, que se
ramifican por la tierra, hay una cuya vida guar­
da, á través de los siglos, hechos inolvidables,
amores benditos y enseñanzas profundas, y cu­
yos augustos personajes desarrollan la epopeya
más maravillosa, siendo aliento y esperanza de
los corazones abatidos, de los vilipendiados y de
los que sin ventura se agitan en las aguas del do­
lor; nombres que, al pronunciarlos, son resplan­
dor que ilumina, virtud que inflama y bendición
que consuela. Esos nombres son los de Jesús,
María y José.
Entremos en la casa que habita esta Sagrada
Familia, y que, como un nimbo de oro, resplan­
dece en medio de los tiempos y de las genera­
ciones, y veremos que no es palacio lujoso ni
opulento, aunque los que lo habitan son de es­
tirpe real, sino una humilde vivienda de mueblaje
pobre, pero en donde se admiran y brillan en el
más alto grado los más extraños y raros ejem­
plos de virtud sublime y se aprenden lecciones
de sabiduría eterna.
Casa modelo de todas las casas y familias
cristianas, donde resplandece la ley del trabajo,
que ennoblece y santifica al hombre; donde mo­
ran tres personas dichosísimas en un solo cora­
zón, ejemplares perfectos de vida espiritual y
temporal, de humildad, de resignación y de pa­
ciencia, que, contentos con su suerte, enseñan
38 _______ R. MÉNDEZ GAITE

al mundo que la casa á que desciende la gracia


de Dios es un paraíso anticipado que llena las am­
biciones de las almas.
Los muebles de esta santa casa, excepción
hecha de aquellos objetos más necesarios para la
vida, no son otra cosa que algunas herramientas
de un infatigable carpintero; la comida es frugal
y humilde, como también es modesto y reducido
el salario del trabajo de José; no hay finos man­
teles, ni preciosas vajillas, ni manjares delicados;
sus vestidos corresponden á su estado y condi­
ción: Jesús viste una túnica inconsútil que le hizo
su Madre, y que crece á medida que El crece;
Maria cubre su cabeza con un cándido velo, abri­
ga sus hombros con un manto ordinario, usa un
vestido sencillo y de color honesto y defiende sus
pies con unas sencillas sandalias, y José, el casto
Esposo, con un pobre manto talar está contento
y satisfecho.
En esta santa casa reina la paz más perfecta;
en ella todo respira dichas, amores y felicidad;
las tres personas viven, trabajan, oran y se san­
tifican en la paz, que inspira sus palabras, guía
sus acciones, preside su mesa, vigila su puerta,
aletea á su alrededor y se comunica á los veci­
nos que á ellos se acercan, y á los que tratan con
afabilidad, dulzura, mansedumbre y semblante
risueño, compadeciéndose de tos débiles, soco­
rriendo á los pobres y usando misericordia con
todos.
LA OBRA DE LA R E D E N C IÓ N ________ 39

¡Qué paz reinaría en el humilde albergue de|


santo matrimonio! Lejos de allí las pasiones mun­
danas y el deseo de grandeza, José y María, á
pesar de su ilustre descendencia, viven conten­
tos y gozosos en la pobreza en que los colocó la
Providencia; José gana el diario sustento con su
trabajo, y María atiende á los cuidados domésti­
cos y prepara con sus mismas manos el alimento
que ha de conservar la vida de su santísimo Hijo
y de su casto Esposo, sin detenerse á recordar
la grandeza de su origen.
En este hogar de Jesús, María y José, de este
modelo de familias, que componen la Trinidad
de la tierra, el amor une estrechamente á todos;
la obediencia tiene allí rendidos esclavos; el tra­
bajo no da tregua á la ociosidad; la discordia no
tiene entrada, y la pureza brilla en él como el sol.
Dotados ambos Esposos de alma generosa, de
corazón recto, saben que la verdadera grandeza
la forman las virtudes: todo, pues, en aquella
casa respira mansedumbre, caridad, paz, benig­
nidad y humildad profunda.
José es el jefe de esta Familia, su guía y defen­
sor de la niñez del Hijo; su noble figura es el pro­
totipo y modelo de las virtudes cristianas y sen­
cillas; es el varón más justo y perfecto de su
pueblo; es el artesano modesto, resignado, labo­
rioso y prudente, y Jesús y María son los súbdi­
tos. José, el santísimo Patriarca, el varón santo,
escogido para digno Esposo de la Madre de Dios,
40 R. MÉNDEZ GAITE

dispone; y Jesús, el Santo de los Santos, y María,


la gloriosa Virgen del casto amor y de la bella es­
peranza, concebida sin mancha de pecado origi­
nal, obedecen con entera sumisión y voluntad;
brillando de este modo ante los habitantes de Na­
zareth, ante Dios y ante el mundo entero, el oro
de la caridad, la plata de la rectitud y las perlas
de todas las virtudes cristianas.
¡Grandioso ejemplo!
¡Digna enseñanza de imitación para las fami­
lias cristianas!
La santa casa de Nazareth y su Sagrada Fami-
ia enseñan al hombre el camino de su salvación
eterna, planteando bien y resolviendo mejor ese
problema que han dado en llamar problema so­
cial, y que no es otra cosa que desprecio del San­
to Evangelio, falta de fe y de espíritu cristiano,
exclusión de Dios y de sus doctrinas del hogar
doméstico y de la educación de las familias, que,
faltas de toda caridad y no conformes con su
suerte y con el puesto social en que se mueven
en la sociedad, han apartado la vista del taller
de Nazareth y de la Sagrada Familia, envolvién­
dose en los harapos del paganismo y en la vorá­
gine de la irreligión y del escepticismo más es­
pantoso y cruel.
El rico y el pobre en la civilización moderna,
que no es la civilización cristiana, no miran á
Dios; se olvidan de Jesús, de María y de José;
quitan los ojos del Cielo para hundirlos en el
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 41
fango de la tierra, y ese fango y esa indiferencia
ciega á unos y á otros, haciéndolos andar á tien­
tas, y cuando tropiezan entre las tinieblas de su
error y de su soberbia satánica, el choque es es­
pantoso, la lucha es desesperada y el remordi­
miento atormentador.
Este es el problema social que agita á las na­
ciones, que llena de luto al Cristianismo y que,
¡triste es decirlo!, insensiblemente, poco á poco
y sin darse cuenta, causa estragos enormes en el
espíritu humano, seca la fe que heredamos de
nuestros padres, mata la esperanza, marchita la
caridad, apaga los buenos sentimientos del alma
y conduce á las razas á la decadencia y á los
pueblos al empobrecimiento, no viendo su bien­
estar y su salvación en la casa de Nazareth y en
la Sagrada Familia.
Santa Cuaresma

No vayas en pos de tus concu­


piscencias y apártate de tu pro­
pia voluntad.
(ECL., XVIII, 30.)

Q
UÉ viene á ser la Cuaresma?
Llámase Cuaresma á la época de con­
templación y de abstinencia cristiana, que em­
pieza el día Miércoles de Ceniza y sigue hasta la
Pascua.
La Cuaresma Quadragesimal ó ayuno de cua­
renta días, es el tiempo destinado á la abstinen­
cia, al ayuno, á la mortificación, á la penitencia y
á la conformidad de las acciones externas y de
los pensamientos internos con los Mandamientos
de la Ley de Dios; tiempo fundamento de nues­
tra salvación en que nuestra Madre la Iglesia Ca­
tólica llama con amor á sus hijos á que se pre­
paren á la Pascua de Resurrección, pidiéndoles
44 R. MÉNDEZ GA ITE

recogimiento, la práctica de las virtudes y ejerci­


cios de piedad y devoción; revistiéndose ella mis­
ma de un aparato de severa tristeza y de un es­
píritu de suave terror á la justicia de Dios, con
sus oraciones, sus purificaciones y sus ceremo­
nias, que son otras tantas voces con que nos
avisa á ponernos en estado de recibir al Rey de
la Gloria.
Los cuarenta días de la Cuaresma, con su san­
to cortejo de ayunos, vigilias y abstinencias; con
sus saludables sermones, rezos, pesadumbres
y arrepentimientos, son para el alma cristiana
como el sol espléndido después de las tenebro­
sas escenas y de los efímeros goces del maldito
Carnaval, de cuyo mentido deslumbramiento
no quedan más que enormísimos, graves y nu­
merosos estragos en las almas, en las familias y
en la sociedad en general, causados por su satá­
nico y mundanal espíritu...
Esta época espiritual de apartamiento del mun­
do, de contemplación y de abstinencia cristiana,
la estableció con su ejemplo el Divino Fundador
del Cristianismo; y la Iglesia, Madre cariñosa y
maestra de los hombres, cuya misión divina es
llevarlos al bien eterno cuando conmemora aque­
llos cuarenta días quejesucristro pasó en el De­
sierto, preparándose al gran misterio de su Pa­
sión y Muerte, ofrece á sus hijos con las oracio­
nes, con las prácticas y con las enseñanzas sa­
ludables de este tiempo santo, poder conseguir la
LA OBRA DE LA REDENCIÓN ___ _45
gloria divina, la salud y la salvación del alma, y
trocar las espinas del destierro pasajero de nues­
tra existencia en flores de un eterno paraíso.
Nunca es tan bella una madre como cuando
llora, y la santa melancolía que durante la Cua­
resma la Iglesia refleja en el color morado de sus
vestiduras, la gravedad de sus oficios, el silencio
de las dulces armonías del órgano de sus tem­
plos y el suspirar de plañideros quejidos, en lu­
gar de los festivos aleluyas de otras épocas, con­
vidan al hombre á que medite las eternas y divi­
nas verdades, se arrepienta de sus iniquidades,
haga penitencia, mortifique Su carne y confiese
con humildad sus culpas, disponiéndose de ese
modo para la digna santificación del año y el
cumplimiento de la Pascua de Resurrección.
La Cuaresma, no sólo es útil al cristiano indi­
vidualmente, sino también á la sociedad, á su paz,
á su progreso y á su bienestar.
Bien penetrado está el catolicismo de esta ver­
dad, de su misión, y bien conoce las miserias y
tribulaciones que rodean al hombre. Su misión,
todo caridad, todo amor y paz inalterable, es ben­
decir, es curar las llagas de la conciencia, cica­
trizando á la par las heridas del cuerpo. Para las
primeras, tiene bálsamo en los Santos Sacramen­
tos; y para las segundas, tiene medicinas eficaces
en los recursos de su caridad ingeniosa. De ahi
que la Iglesia Católica, en donde Cristo guía y
conduce á los hijos de su rebaño por sendas
46 _ R. MÉNDEZ O A ITE ^ _________

apacibles á término feliz y á un descanso imper­


durable, venga en el santo tiempo de Cuaresma
en auxilio del hombre caído en las profundidades
del pecado; de ahí que tome parte en los males
que atormentan á la existencia humana; de ahí
que individualmente corrija los yerros y equivo­
caciones del hombre y las pasiones en que se
agita y mueve engañosamente el corazón huma­
no; de ahí que no omita medios para enseñar á
los rudos el camino del Cielo y dar consejos á los
extraviados ó indiferentes, recomendándoles á
todos su fin, su destino, su vida inmortal después
de la terrena y perecedera, y la salvación de su
alma, única cosa necesaria (1), como decía Jesu­
cristo á la hermana de Lázaro; de ahí que alargue
piadosamente el consuelo, tome parte en las pe­
nas y amarguras que afligen y se reconcentran
en esta vida miserable, y convierta en remedio
social lo que sólo parecía un medio de santifica­
ción y de gracia.......................................................
Una doble enseñanza da á las almas cristia­
nas la solemnidad de estos días. En este tiempo
quiere la Iglesia que todos sus hijos la eleven, por
medio de la oración y del cumplimiento de sus
deberes religiosos, á la contemplación de Dios y
de las consoladoras verdades que ha grabado en
sus corazones, y que deben de ser la norma de
su vida entera.

(1) San Lucas.


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 47
De aquí la costumbre y celebración de la Cua­
resma, que estaba ya en uso, según muy graves
autores, en tiempo de los Apóstoles, como cons­
ta del canon 69 de los Apóstoles, del Concilio
general I de Nicea, celebrado en 325; del de Lao-
dicea, del año 365, y de la firme sentencia de,
sabio Origines, un siglo antes de San Jerónimol
San León, San Agustín y la mayor parte de pa­
dres griegos y latinos del n, m, iv y v siglos, que
hablan del ayuno como práctica observada en
toda la Iglesia, como un excelente preservativo
contra el pecado y un eficaz remedio para dispo­
ner las almas á la contemplación de las cosas ce­
lestiales.
Antiguamente el ayuno no era más que de
treinta y seis dias, y en el siglo v la Iglesia latina,
para imitar mejor el ayuno observado por Nues­
tro Divino Redentor en el desierto, preparándose
al gran misterio de su Pasión y Muerte, dispuso
que la Cuaresma empezara el Miércoles de Ce­
niza y concluyese el Sábado Santo, comprendien­
do los cuatro últimos dias de semana de Quin­
cuagésima, las cuatro semanas llamadas de Cua­
resma, la semana de Pasión y toda la Semana
Santa, uso que se siguió en Occidente, excepto
en la Iglesia de Milán, y que muchos recuerdan
en esta forma: Cuaresma, siete semanas: una coja,
cinco enteras y una Santa.
Los primeros cristianos se impusieron este de­
ber, á fin de imitar la mortificación del Señor, de
48 R. MÉNDEZ O A ITE _

los cuarenta días que ayunó en el desierto, los


cuales sólo hacían una comida después de poner­
se el sol, costumbre que ha moderado la Iglesia,
siendo más tolerante.
Casi todos los pueblos y religiones celebran la
Cuaresma, la observan con la oración, los ayu­
nos y abstinencias anuales, en la misma época,
ó poco más ó menos cercana á ella, considerán­
dola como una necesidad higiénica y espiritual,
no sólo del alma, sino también del cuerpo, y una
doble preparación para sacar muchos frutos del
cumplimiento de la confesión y comunión pas­
cual.
La duración de la Cuaresma nunca fué, ni es
hoy, igual en todas partes: constó de seis sema­
nas en Hivia, Alejandría, Egipto, en toda el Afri­
ca y en Palestina, exceptuándose de estos días
la Pascua;.en Constantinopla y en todo el Orien­
te se compuso de siete semanas, y la Iglesia grie­
ga la contaba desde el domingo de la Quincua­
gésima ó domingo que nosotros llamamos Gordo.
Los orientales siempre han sido grandes ayu­
nadores y la práctica de esta cristiana costumbre
es muy diversa.
Los monjes latinos hacían tres Cuaresmas, todas
tres de cuarenta días, exceptuando los domingos,
que no hay que ayunar; la principal antes de Pas­
cua,otra antes de Navidad, llamada de San Martín,
y la tercera, de San Juan Bautista, después de Pen­
tecostés; los monjes griegos cuatro: la primera de
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 49
los Apóstoles,la segunda de la Asunción, la terce­
ra de Navidad, y la cuarta en la Pascua; pero cada
una de estas cuaresmas sólo tenia siete dias; los
jacobitas guardaban la quinta, que llamaban de la
penitencia de Ninive; los marónitas, otra además
en honor de la Exaltación de la Santa Cruz, y los
griegos una semana antes que nosotros, no ayu­
nando los sábados, exceptuando el Sábado Santo.
Desde el siglo vi el ayuno de la mayor parte
de los cristianos de la iglesia de Oriente consis­
tía en comer pan y agua, frutas secas y legum­
bres, haciendo una comida al medio dia y la co­
lación (1) de hierbas por la noche, ordenando al
mismo tiempo el VIII Concilio de Toledo, cele­
brado en el año 653, que aquellos que sin nece­
sidad y motivos justos hubieran comido carne en
la Cuaresma, no comiesen de ella en todo el año
y no comulgasen en la Pascua.
Insensiblemente se relajó esta disciplina de la
Iglesia en cuanto al rigor.
Los Sumos Pontífices han ido con más toleran­
cia posteriormente moderando, ampliando y con­
cediendo facultades para que, libre y licitamente,
sin escrúpulos de conciencia y sin incurrir en cen­
suras eclesiásticas, sea cada vez más benigna la
Santa Cuaresma, beneficios que no tienen validez
sin tomar sus bulas, contribuir con la caridad que
(I) Este nombre ha sido tomado de las conferencias
de los Santos Padres, llamadas en latin collationes, y
que los religiosos, después de comer, oían en lectura.
30 R. MÉNDEZ Q A ITE

corresponde á cada jerarquía y clase, exceptuan­


do á los pobres y á ios que viven del trabajo, y
á quienes para gozar de los mismos privilegios
basta que recen un Padre nuestro y un Ave Ma­
ría todos los días de abstinencia.
Hoy el ayuno se arregla en cada país por las
disposiciones sinodales y se conforma á los con­
sejos y prevenciones de los directores de la con­
ciencia de cada individuo, teniendo además, des­
de 1762 y por nueva gracia concedida á España,
á petición del Rey católico Carlos IV, el privilegio
del indultó de carnes, que quiso conceder la san­
tidad de Pío VII á esta nación, y que prorrogan
cada año, según costumbre, todos sus sucesores.
Muchos han sido los enemigos que odiosa­
mente y con maléfica intención combatieron la
Cuaresma.
Mobein, Chemintius, Dayllé y un inglés llama­
do Hooper, han disertado largamente en la Pren­
sa y en la Cátedra en contra de esta institución,
y nada han omitido para hacer sospechosa esta
cristiana tradición; pero en públicas asambleas
fueron enérgica y sabiamente rechazados sus
errores por el eminente teólogo inglés P. Beve-
ridge, obispo de S. Asaph, con sus Notas sobre
los Cánones de los Apóstoles.
Los protestantes, que nada respetan santo y
bueno, no se han quedado atrás; también sem­
braron impíamente una serie de denuncias yerro-
res en contra de la Cuaresma, asegurando que el
LA OBRA DE LA REDENCIÓN_________ 51_

ayuno tuvo origen por una especie de supersti­


ción de hombres sencillos é ignorantes que qui­
sieron imitar á Jesucristo; que en un principio el
ayuno era voluntario, que no llegó á ser ley has­
ta el siglo ni, y que el Papa Telesforo fué quien
instituyó la Cuaresma; sofismas y doctrinas per­
niciosas que están destruidas, porque San Te­
lesforo ocupó la silla de Roma treinta años des­
pués de la muerte de San Juan, tiempo que se
aproxima á los Apóstoles.
Tal es la fe cristiana, tal ha sido la de todos
los siglos, aun en medio de la gentilidad.
Contra Dios no hay imposible; las puertas del
infierno no prevalecerán, y en medio de tantas
injurias, errores y peligros se conservan puras y
lozanas las santas creencias de Jesucristo, á las
que, sin cesar, rinden culto los fieles hijos de su
Iglesia. . .
Bueno es, pues, que todos los cristianos fije­
mos atentamente la atención sobre el alto signi­
ficado que la Cuaresma encierra, y, á imitación
del Divino Maestro, entremos en la práctica de
esas obras de santificación, preparando nuestras
almas por la mortificación y por la penitencia,
para solemnizar los misterios augustos de los do­
lores y de la muerte del Hombre-Dios, y para re­
cibir en nuestro pecho, lavado ya por las aguas
del Sacramento regenerador, la Víctima inocente
y pura, crucificada por la ingratitud de los
hombres.
52 R. MÉNDEZ G A I T C _________

Aceptemos la mortificación corporal, la absti­


nencia, la vigilia y el ayuno, unidos á la oración,
como un ejercicio necesario, que dará mayor ro­
bustez al alma.
Del ayuno, dice San Agustín, que purifica el
alma, eleva el pensamiento, somete la carne pro­
pia al espíritu, hace al corazón contrito y humi­
llado, disipa las nieblas de la concupiscencia,
apaga el fuego de las pasiones y enciende la ver­
dadera luz de la castidad; y Santo Tomás, citan­
do aquellas palabras de San Jerónimo: sin Céres
y Baco, fría está Venus, añade, que el ayuno es
acto de virtud en cuanto racionalmente se ende­
reza al bien honesto; que el ayunar es necesario
para reprimir la concupiscencia de la carne ycon-
servar la castidad y satisfacer por los pecados.
La oración, con el ayuno y la limosna, es, se­
gún Tobías, más preciosa que los tesoros de la
tierra: aparta las tentaciones, inclina á la piedad,
proporciona quietud y tranquilidad, santifica al
penitente, es el mejor guardián del alma y el me­
jor compañero del cuerpo, perfecciona al sacer­
dote y, en los desiertos y en los claustros, hace
florecer la virtud.
A este objeto escribe Donoso Cortés, lleno de
inspiración y con su acostumbrada elocuencia, lo
siguiente:« ... Por la aceptación de la penitencia
queda domada la rebelión de la carne, la cual
vuelve á someterse á la voluntad; por ella queda
vencida la voluntad; por ella vuelve á someterse
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 53
al yugo del entendimiento; por ella se suprime la
rebeldía del entendimiento, el cual se sujeta al
ingenio de los deberes, y por el cumplimiento del
deber vuelve el hombre al culto y á la obedien­
cia de Dios, de que se apartó por el pecado ... »
Ayunando y orando se sujeta la carne al espí­
ritu, se hace contrito y humillado el corazón, se
enciende el fuego de la caridad y se apagan los
ardores pecaminosos; se elevan los sentidos, se
limpia el entendimiento, se apartan las tinieblas
de los malos deseos y de las tentaciones débiles,
se trabaja por la propia santificación y se da hon­
ra y gloria al Señor, imitando su mortificación
del desierto. Por eso todos los pueblos del mun­
do y religiones conocidas celebran la Cuaresma,
la observan con la oración, los ayunos y absti­
nencias anuales como una necesidad del alma y
del cuerpo y una doble preparación para sacar
muchos frutos del cumplimiento de la confesión
y comunión pascual. . .
¡Oh,qué felices fuéramos si tuviéramos siempre
presentes estas reflexiones que la Iglesia ordena!
¡Cuán trocada la tierra en paraíso si cumplié­
semos siempre y con exactitud la Santa Cua­
resma!
¡Cuán dichosos si las saludables disposiciones
de estos días no fuesen turbadas por el entrete­
nimiento mundanal y nuestras culpas fuesen llo­
radas con lágrimas de penitencia!. . .
La enseflanza de su doctrina, divinamente inspirada,
fué la misma Sabiduría D ivina.. .
Sermón de la Montaña
«Y todo aquel que oye mis pa­
labras y no las cumple será un
necio que edifica su casa sobre
arena.»
S an Mateo , vii.

m p ezó Jesús su vida pública recibiendo el


E bautismo de San Juan Bautista y eligiendo
á la orilla de un lago, como discípulos suyos, á
Pedro, Santiago yjuan, Mateo, Tomás, Santiago
y Judas, hijos de Alfeo, Simón y Judas Iscariote,
á quienes fascinó con la luz sobrenatural y nom­
bró Apóstoles, que quiere decir enviados, para
que fuesen á predicar el Evangelio por todo el
mundo.
Su predicación era dulce y suave como las ar­
monías de la naturaleza y el perfume de los
campos.
Predicaba á cuantos tenían oídos y escucha­
ban, y ojos y velan·, que todos los hombres so­
56_____________ R. MÉNDEZ QA ITE

mos hermanos y que como á tales debemos amar­


nos y protegernos, sin distinción de clases ni ge-
rarquías, asi los sanos como los enfermos de
alma ó de cuerpo, atrayendo hacia Él todas las
voluntades y todos los corazones; y cuantos oian
su palabra santa no vacilaban en creer, que quien
sólo el amor y el bien ensalzaba con la palabra
y el ejemplo, había de ser hijo de Aquel que es
bien infinito y amor sin límites y llena el mundo
con su nombre y con su gloria.
La enseñanza de su doctrina, divinamente ins­
pirada, fué la misma Sabiduría Divina; enseñaba
como quien tiene autoridad (1), y sus pensamien­
tos se elevaban del corazón á los labios para
convertirse en parábolas ingenuas y sencillas
que como lecciones deliciosas de incontrastable
poder y de mutuo amor fortalecían la suerte del
hombre, disipaban las nubes de su ignorancia,
abrían su corazón á la influencia de la hermosa
luz de la verdad, y consolaban á los afligidos y
á los desheredados de la fortuna que se congre­
gaban á oir al justo, que aparecía rodeado de res­
plandores divinos, se enseñoraba del mundo y
elevaba el espíritu del hombre hacia las regiones
celestiales de lo infinito.
Seguido de multitud de gentes venidas de to­
das partes, hacía muchos milagros en presencia
de ricos y pobres, de sabios y de ignorantes, de

(1) San Mateo, vil.


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 57
amigos y de enemigos. Hacíalos con sólo su su­
blime palabra, en todo tiempo y lugar, y no por
interés popular ni gloria popular, sino por la glo­
ria de su Eterno Padre y probar que era Dios y
Hombre y Maestro de sabiduría altísima y sobe­
rana.
Las bodas de Caná, el criado del Centurión, la
resurrección de la hija de Jairo, la multiplicación
de los panes, Jesús sobre las aguas, los milagros
de Genezaret, el ciego de Jericó y la resurrección
de Lázaro, milagros fueron que bastarían á justi­
ficar su divinidad entre los hombres.
Cafarnaún, Betania, Samaría y Jerusalén, toda
la Judea y la Galilea, testigos fueron de multipli­
cados y patentes ejemplos del poder sobrenatu­
ral de la palabra del Dios-Hombre, que dió vida
á los muertos, habla á los mudos, vista á los cie­
gos, oido á los sordos y movimiento á los para­
líticos, que perdonó á la Magdalena y á la adúl­
tera y escogió á un pobre pescador para funda­
mento de su Iglesia, ese reino espiritual que se
extiende hoy por todo el universo.
En el Sermón admirable llamado de la Monta­
ña, una de las páginas más elevadas y sublimes
que han llegado hasta nosotros, pronunció los
fundamentales principios del nuevo catecismo
delante de muchas gentes de Galilea, de De-
cápolis, de Jerusalén, de Judea y de la otra parte
del Jordán, y en sublimes conceptos, expresados
en lenguaje sencillo y nada semejante al que se
58 R. MÉNDEZ G A ITE

oía en las sinagogas, donde doctores farisaicos,


apegados á las viejas tradiciones, predicaban vul­
gares y rutinarias doctrinas, que más tendían á
la salvación de intereses mezquinos que á la sa­
lud de las almas afligidas, de los séres desgracia­
dos y de los corazones sedientos de verdad y de
justicia, recomendaba el Seflor la perfección hu­
mana de este modo:
«Bienaventurados los pobres de espíritu, por­
que de ellos es el reino de los cielos; los que llo­
ran, porque serán consolados; los mansos, por­
que poseerán la tierra; los que han hambre y sed
de justicia, porque ellos serán hartos; los miseri­
cordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia;
los limpios de corazón, porque verán á Dios; los
pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios;
los que padecen persecución por la justicia, por­
que de ellos es el reino de los Cielos...» Estas
bienaventuranzas son confesiones preciosas que
justifican las enseñanzas del Divino Maestro y una
lección sublime de completa abnegación.
«No mataréis, prosiguió; no juraréis en ningu­
na manera; no odiaréis al enemigo y no codicia­
réis la mujer ajena. Bendecid á los que os maldi­
gan; llamad y se os abrirá; pedid y se os dará, y
he aquí cómo debéis de orar y pedir: Padre nues­
tro», etc...
«Cuando ayunéis, lavad vuestra cara para que
los hombres no sepan que ayunáis, sino vuestro
Padre celestial, que os lo galardonará. No que­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 59
ráis atesorar riquezas en la tierra: el orín puede
consumirlas y los ladrones arrebatarlas. Colocad
vuestros tesoros en el Cielo y allí estarán segu­
ros. No os congojéis por vuestra vida ni por lo
que habéis de comer y vestir: mirad á las aves
del cielo, que no siembran ni siegan, y vuestro
Padre celestial las alimenta; reparad en los lirios
del campo cómo crecen, y sin embargo tienen
más gloria en su vestido que Salomón...»
Jamás los hombres habían escuchado nada
comparable á esa doctrina, que santifica el dolor
en todas sus manifestaciones para derivar de él
ríos de felicidad y virtudes de indispensable gozo
eterno.
El pueblo, que atendía sin perder palabra, ha­
cía murmullos de admiración; las madres levan­
taban en los brazos á sus hijos para que contem­
plaran la faz hermosa del predicador sobrenatu­
ral, y los hombres, arrebatados de entusiasmo,
doblaban las rodillas en tierra y lloraban lágri­
mas de ardiente fervor oyendo estas palabras de
amor y de consuelo; germen sin duda de la epo­
peya de los mártires, que destruía de un solo
golpe el amor á los placeres, honores y riquezas,
tristes frutos del pecado, y recordaba al género
humano su perfección primitiva, asegurando su
felicidad en esta y en la otra vida.
Meditemos

Humillóse Cristo, hecho obe­


diente hasta la muerte, y muerte
de Cruz.
AD PHILIPP II.

o n d e con más vivos resplandores se refle­


D jan la nobleza y dignidad humanas es al
pie de la Cruz clavada en el Gólgota, pues en ella
quiso morir por amor al hombre su mismo di­
vino Hacedor.
Mientras exista el espíritu humano y en él las
leyes del sentimiento y de la razón, el recuerdo
del sacrificio consumado en el Calvario será el
drama más sublime y ejemplar que, sin tener
parecido á ninguno de los realizados en la vida
del mundo, se ha desarrollado entre los hombres;
será un episodio de extraordinarias emociones y
meditaciones infinitas que encierran, no sólo pro­
62 R. MÉNDEZ OAITE

fundas enseñanzas para los pueblos, sino un con­


suelo para todos los infortunios y una esperanza
para todos los progresos.
La sangre del Justo, del Hijo de Dios, del Sal­
vador del mundo, derramada en el Calvario, cayó
cual benéfico rocío sobre la humanidad entera;
y cada gota bastó á lavar las culpas de millones
de hombres, como cada rayo de sol hace vivir á
innumerables séres.
No puede darse sacrificio más enorme y más
sublime que el de la Pasión y Muerte de Cristo,
ni puede concebirse resultado más grandioso que
el logrado por la divinidad del protagonista.
Desde que el Hombre-Dios, héroe el más justo
de los justos, el más santo de los santos y el más
piadoso de los piadosos, por su propia y omni­
potente voluntad quiso morir por la redención
del linaje humano; y morir con la sonrisa en los
labios, perdonando á los enemigos, más que per­
donándolos, salvándolos, han transcurrido mil
ochocientos setenta y cuatro años, larguísimo pe­
ríodo dnrante el cual se ha perdido la memoria
de tantos suplicios como se han realizado des­
pués, sin que ninguno fuera de aquél sea origen
de una redención y de las eternas y sublimes
verdades, que hoy son el fundamento de las so­
ciedades modernas, y siempre el ideal de las ge­
neraciones futuras.
Veinte siglos han pasado, y con ellos innume­
rables razas; las generaciones se han sucedido,
LA OBRA DE LA REDENCIÓN _______63

han caído importantes imperios, fundáronse Es­


tados, Monarquías y Repúblicas; cruzaron por la
conciencia infinitas ideas y cambiaron los usos y
las costumbres de los pueblos; pero aquella ver­
dad revelada por el Divino Mártir de Judea des­
de ignominioso patíbulo, no ha podido borrarse
de la mente de los hombres, ni de su conciencia
las enseñanzas de su doctrina, ni de su corazón
el amor de quien les salvó.
Y es que la obra de Dios, á diferencia de las
humanas, no se realizan para después .perecer y
morir; por eso se ve que el Divino Autor con su
poder infinito ha puesto en la muerte la eterni­
dad, en lo mutable y transitorio la inmutabilidad,
en lo infinito la imagen de lo infinito.
Ante la magnitud del drama horrendo del Cal­
vario, perpetua Redención del mundo, que empie­
za en el idilio de Jerusalén, quedan anulados y
obscurecidos todos los demás hechos que por su
dolor brillan en la Historia; Jesucristo muere per­
donando y bendiciendo, y al pronunciar su pos­
trer palabra, con las losas de las tumbas que se
abrieron, abriéronse también las puertas de los
Cielos.
Nada hay en el mundo que se preste tan elo­
cuentemente á la meditación como los grandes
misterios de la Redención humana; grandes mis­
terios que son un poema de todas las grandezas
humanas y divinas y un hecho que no puede ser
desfigurado, pues fu'é harto público y solemne.
64 R. MÉNDEZ OAITE

No es, pues, posible á ninguna alma religiosa,


cuando la Semana Santa se acerca, dejar de em­
bargarse en estos recuerdos de Jesús, que des­
piertan el misterio de nuestra existencia y de
nuestro origen, la exclusiva esperanza de nues­
tro porvenir, y que son como una ablución refri­
gerante para el espíritu caldeado por las carna­
lidades de la vida y un atractivo suave y de se­
ducción irresistible y asequible de nuestra gran­
deza.
Nuestro siglo, desmemoriado, indiferente y cie­
go, no quiere unánime confesar y reconocer á Je­
sucristo; muchos desgraciados combaten por sis­
tema su doctrina, y no faltan multitudes extra­
viadas que, renovando las escenas horribles del
Pretorio y repitiendo las blasfemias sangrientas
de la plebe revolucionaria de Jerusalén, quieren
hoy para la Iglesia un nuevo Calvario.
Por eso nosotros, los católicos, debemos opo­
nernos con todas nuestras fuerzas y con todos
los medios lícitos á ese avance de la impiedad
del pueblo judaico que, después de poner á Cris­
to en la Cruz, quiere todavía, como quien apaga
una bujía, apagar de la memoria el recuerdo de
aquel inmenso sacrificio.
(Vano intento! Por fortuna, muchedumbres de
todas las razas y de todas las lenguas, hijos fide­
lísimos de la Iglesia, sin vacilaciones ni distin­
gos, interpretan recta, sencilla y cristianamente
los misterios de la Redención, y adoran y bendi-
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 65

cen á Jesucristo, estando prontos á dar la vida en


testimonio de la verdad que la Cruz simboliza.
Hermoso espectáculo que, con la voz de vein­
te siglos, llama á nuestra memoria y nos presen­
ta á la humaninad y sus generaciones comulgan­
do con estas divinas doctrinas, postrados en las
obscuras naves del templo* que nos muestra á
|esús entre luces amarillentas con su faz sudoro­
sa y agónica, transmitiendo en su imagen de
martirio su principio en la muerte, su ley en la
justicia y sus destinos en la eternidad.
Si el mundo creyese, el mundo sería salvo mil
veces.
¡Dichoso el que cree! Lo que para éste es ver­
dad inconcusa que ilumina los pasos, de otra
manera tan inciertos en la vida, lo que le infunde
gratísima esperanza de un porvenir feliz, es para
el indiferente y para el incrédulo absurdo, escán­
dalo y locura.
Tal ocurre con los misterios de la Cruz.
¡Meditemos!
Sea en todo tiempo nuestra divisa y nuestra
guia Jesucristo y su Cruz; ella nos salvará. Im­
pregnados de su savia vivificadora, sentiremos
que las fibras de nuestros corazones no vibren
sino de amor al que se sacrificó por salvamos;
pues ni aun haciéndolo así, podrá siquiera apro­
ximarse nuestra gratitud á la altura que alcanzó
el sacrificio de Dios.
¡Meditemos!
9
Semana Santa

«Mirad q u e subimos á Jeru sa ·


lén , y el H ijo del hom bre será en ­
tregado A los príncip es de los S a ­
cerdote s. y á los escrib a s, y ésto s
le condenarán á m uerte, y le e n ­
tregarán á los g en tiles para que
escarn ezcan de *1, y le azoten y
le crucifiquen, y el te rce ro dia
resucitará »

(M a t t h . x x , ih y 19.)

om ienza el drama sangriento. La Cruz se


C levanta delante de nosotros para guiarnos
en esta peregrinación dolorosa . . . Alguna vez
en la vida ha de pensar el hombre en algo que
le importa. Y nada más á propósito para estas
reflexiones como la consideración de los pade­
cimientos del Dios-Hombre, que la Iglesia núes-
6 8 ________ R. MÉNDEZ OAIT E

tra Madre, siempre amante y fiel, recuerda en


los memorables días de esta gran semana que
corren, consagrados á recordar los principales
misterios de la Pasión y Muerte del Hijo de
Dios; desde el Miércoles Santo hasta que las
campanas de las iglesias, respondiendo al Gloria
in excelsis Deo del celebrante, anuncian al mun­
do cristiano la resurrección gloriosa del Salvador
y Redentor de la especie humana.
La Esposa del Cordero sin mancilla refleja
siempre el carácter de los misterios que conme­
mora relativos á la vida de Jesús; se engalana y
alboroza para cantar su gloria, y viste negras to­
cas y solloza dolorida cuando, cubierta de luto y
desolación, invita á sus hijos, llamando á su me­
moria con voz de veinte siglos, á que vean en el
pecado la única causa de las angustias y tormen­
tos que torturaron el alma y el cuerpo del Salva­
dor, dándole muerte tan cruel como inhumana.
Dentro de la piedad y del fervor religioso del
mundo, se encuentran dos grandes semanas: es
una aquella en que Dios marcó con otros tantos
maravillosos milagros de su poder la creación de
cuanto existe, y es la otra la que el mismo Crea­
dor purificó con la preciosa sangre de su Hijo,
estando las dos consagradas á señalar el alto re­
cuerdo de sus magníficos triunfos.
Confúndese y se anonada la imaginación mi­
rando la importancia y la grandiosidad de estas
dos semanas.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN___ 69

En la primera están los incomprensibles é in­


agotables hechos de la creación, cántico de ala­
banza y encomio que predica la grandeza y mag­
nificencias del supremo Poder de Dios, que tales
maravillas creó. Gran dfa aquel en que el mundo
y el hombre, aunque formado de ceniza y tierra,
salían de las manos de su Supremo Hacedor; en
que los trinos de las aves y los dulces murmu­
llos de los ríos y el suave rumor de la brisa, ani­
maron los espacios y se extendieron por la tie­
rra; en que amedrentadas las tinieblas, huían,
desapareciendo el vacío y ensanchándose inmen­
samente la capacidad, para dar albergue al sol,
que empezó á brillar, imprimiendo perpetuo mo­
vimiento á sus planetas, como otra infinidad de
soles á otro mayor número de séres que derro­
chan luz y realidad dentro de esta gran esfera del
universo, embelleciendo los cielos y la tierra, sin
tropezarse jamás, sin jamás cansarse y que ni
un solo punto se separen de sus leyes capri­
ch osas...
En la segunda, Semana Santa, ese Dios in­
menso y prepotente, no haciendo caso de ningu­
no de los millones de cuerpos celestes, ni de su
gran majestad y gloria, vino acá, á la miserable
tierra, disfrazado con hábito de pecador y de
hombre y, desde su entrada en Jerusalén hasta la
cima del Gólgota, recorrió uno por uno todos los
sufrimientos de la vida humana.
En la creación, sacó de la nada innumerables
70 R. MÉNDEZ OAITE

maravillas; en Semana Santa saca de la Divini­


dad todas las apariencias de miserias, y siendo
aquel Dios cuya presencia saludó con alborozo
todo el universo, es despreciado de los hombres;
siendo el Pontífice de los sacerdotes, es calum­
niado y perseguido por ellos; siendo el Juez que
ha de señalar el plazo y hora de la desaparición
del mundo y ha de dictar la sentencia que ha de
ejecutar la eternidad, sujétase á un juez corrup­
tible y miedoso; y siendo la misma santidad y el
más grande bienhechor de las sociedades, vése
pospuesto al más infame de los hombres; y sien­
do el que pudo crear al hombre impecable y per­
fecto, pide perdón á su Padre por los pecados
de los hombres; siendo impasible, vése afligido,
con sudores de muerte; siendo la fortaleza que
sostiene los cielos con solo un dedo de su
mano, ríndese al peso de un madero; siendo el
que mandó al pueblo de Israel á millares de án­
geles que le defendiesen, hállase solo en Get-
semaní; siendo de su divinidad testigos todos los
cielos y la tierra, ni una criatura encuentra que
le abone en el juicio; el que hizo parar el sol, no
detiene los brazos de los que le azotan; el crea­
dor de los espíritus, ve llagado su cuerpo; el Rey
de Reyes y el Señor de los que dominan, arras­
tra una cruz entre la irrisión del pueblo, y en ella
es clavado y en ella levantado entre dos ladro­
nes, y en ella muere. . .
Esta segunda semana, llamada Santa en re-
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 71

cuerdo de los misterios que en ella se celebran,


es mucho más grande que la primera, y génesis
de la creación, porque es la consumación de la
Redención.
En ella nos recuerda la Santa Iglesia los mis­
terios augustos de nuestra Redención, para que
los que fuimos lavados con la purísima sangre
del Hombre-Dios, meditemos seriamente el subi­
do precio de nuestro rescate. Si las cosas son
tanto más apreciables cuanto más cuestan, digna
de consideración es la grandeza de nuestra alma,
que para ser rescatada de la muerte eterna fué
preciso que Jesucristo, verdadero Dios y verda­
dero hombre, padeciera y muriera abrazado con
la Cruz.
Digna, muy digna de sería meditación es la Se­
mana Santa.
Se la llamó semana de las vigilias, en razón á
qne los cristianos de los primeros tiempos, que
San Dionisio de Alejandría denominó Xerofa­
gias, recordaban las amarguras del Salvador y
siguiendo una costumbre piadosa que ninguno
se atrevía á desentonar, con recogimiento gene­
ral y una austera solemnidad, sólo se ocupaban
en ayunos y penitencias.
También se llamó penal ó semana penosa, por
las penas y tormentos de Jesucristo; días de do­
lores y de cruz, por la misma causa, y semana
laboriosa de trabajos y de indulgencias, y en al­
gunas regiones la semana de los suspiros.
72 R. MÉNDEZ GAITE

Entre todos estos nombres, la Iglesia ha con­


servado los de Semana Mayor y Santa, por la
magnitud y grandeza de los misterios que en ella
se realizan, que según San Juan Crisóstomo y
San Pablo, borran por su virtud los actos que
habia contra nosotros, anulando el decreto de
maldición.
En los primeros siglos de la Iglesia, la Semana
Santa, como también la siguiente, era fiesta. Mi­
rando este espacio de tiempo como de remisión,
debemos reconciliarnos mutuamente, deponiendo
todo género de resentimientos con el prójimo;
como los reyes, príncipes y magistrados de la
tierra, imitando la conducta del Justo, y rindiendo
homenaje al Dios del Calvario, con humildad
asombrosa lavan los pies á los pobres de la
tierra, é imitando la conducta de Aquél, al ado­
rar la Cruz el Viernes Santo, ejercen la hermosa
prerrogativa del indulto y perdonan á los reos
condenados á muerte en nombre del que por to­
dos expiró en el afrentoso y santo madero.
Esta semana es, pues, para todos los que de
cristianos se precien, semana de meditaciones
serias y reflexivas; empieza con aplausos de la
tierra, que recibe el Redentor en Jerusalén sem­
brando el suelo de ricos y vistosos paños y ador­
nando sus calles con arcos de florecientes ramos
y hermosas palmas de oliva, y termina con la
Resurrección y con la subida de Jesús á los Cie­
los rodeado de ángeles.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 73

La Semana Santa es el augusto aniversario de


una pasión tremenda, es el recuerdo de nuestra
salvación.
En estos días el bullicio de los placeres huye,
los vicios se ocultan, las pasiones se amansan y
la fe llena los templos de cristianos para celebrar
los funerales del Hijo de Dios y contemplar el
santo misterio de nuestra Redención, que abis­
ma el espíritu, entristece el corazón y alienta la
esperanza.
Hay días cuya santa solemnidad viene á des­
pertar en nuestro corazón el sentimiento más al­
to de nuestra existencia, el recuerdo más miste­
rioso de nuestro origen, la única esperanza de
nuestro porvenir.
Los días de Semana Santa todo el mundo los
venera; en ellos cesa el tumultuoso ruido de las
poblaciones, el silencio se esparce por doquier,
todo es recogimiento; la humanidad se viste de
luto, los corazones palpitan oprimidos por el pe­
so de una santa tristeza; las campanas, mudas, no
se atreven á turbar el reposo del aire, y el hom­
bre, con lágrimas de compasión, renueva en su
memoria el más asombroso de los misterios, el
más grande de los sucesos que contemplaron los
cielos y la tierra en toda su eternidad, porqne
realmente la Muerte y Pasión de un Dios hecho
hombre, la figura de Cristo agonizante y llagado
que chorrea sangre por nosotros, la Pasión, Cru­
cifixión y Muerte de Jesús, llega al extremo que
74 · MÉNDEZ G A I T E _________

no puede alcanzar la humana inteligencia y las


fronteras de la Omnipotencia.
Confúndese y se anonada la imaginación al
llegar á este incomprensible misterio, al querer
estudiar esta serie inagotable de misterios; por­
que si misterio es la encarnación del Hijo de Dios,
misterio es cada acto de Jesús, cada palabra, ca­
da suspiro, cada paso que da, cada mirada... to­
da su vida se halla entretejida de misterios; pero
cada uno de los actos de la Pasión de Jesús y
cada circunstancia de sus actos, es un prodigio
mucho mayor que su encarnación, y el mayor de
todos ellos su muerte.
Los misterios de los días de Semana Santa
son para los ojos mortales lo que la luz intensa
de un sol de Mediodía para esas aves que sólo
pueden ver en la oscuridad de la noche. Semejan­
tes al sol, todo lo llenan de claridad, sin que sea
posible fijar en ellos por mucho tiempo los ojos.
El talento poderoso, el lápiz y el pincel del ar­
tista pueden pintar y dibujar un cielo obscuro,
una luz pálida, un hombre clavado en una cruz;
pero no pueden pintar á la divinidad unida á la
humanidad moribunda y expirante, no pueden
dar idea de esta catástrofe en la cual se desen­
vuelve el gran acontecimiento, centro alrededor
del cual giran los hechos de la Historia, eje cen­
tral de la creación; no pueden reflejar el espec­
táculo más inconcebible, la tragedia de la cruci­
fixión de Jesús, la ejecución del Hijo de Dios y la
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 75

muerte de Cristo, que no muere por sus críme­


nes como un criminal, sino por nuestros pecados
y por salvarnos á nosotros.
La humana razón, turbada, se detiene en el
umbral de este drama sublime, cuyos lugares
son la tierra y el cielo; sus personajes Dios y los
hombres; su tiempo la eternidad; se detiene ató­
nita ante la inmensidad de una misericordia más
grande que el universo, y sin atreverse á pene­
trar en el recóndito seno de ese amor infinito, un
siglo y otro siglo, un año y otro año conmemora
el divino sacrificio que llama á las puertas de
nuestro corazón y no puede jamás borrarse de
la tierra
La Pasión es la historia de la especie humana,
y por eso en todos los lugares y pueblos del
mundo, lo mismo que en todas las clases de la
sociedad, el creyente y el descreído hacen en
este breve espacio de siete días manifestaciones
plásticas del espíritu y misticismo cristiano, que
abren sus alas en los templos, en el hogar y en
los sitios de rezo y recogimiento, para cernirse,
como el águila, por los espacios infinitos.
En estos días de Semana Santa se reproducen
los actos y escenas de la sangrienta y sobrena­
tural Pasión, viéndose las iglesias de toda la
cristiandad llenas de fieles para escuchar las su­
blimes reflexiones del Miserere que demanda
piedad á las alturas, y seguir con anhelos de re­
cogimiento y devoción el ejemplar inolvidable de
76 R. MENDEZ OAITE

aquella Crucifixión y Muerte, de aquellas befas


del Pretorio, de la flagelación, de la Vía Doloro­
sa, de la soledad de María; la traición vendiendo
por dinero á la más noble amistad, la ruindad
ciega, la desenfrenada ignorancia, la mofa del
vulgo y la miserable cobardía de un pueblo equi­
vocado . . .
El amor infinito que Jesús tenia á los hombres
no podía quedar oculto en el sagrario de su divi­
no corazón, sino que para ostentar toda su gran­
deza había de hacer manifestación de si mismo
por el sacrificio de su alma y de su cuerpo en los
brazos de una cruz afrentosa, cuyas penalidades
sangrientas habían de eternizarse en todo el
mundo.
Los ritos divinos de esta semana reciben un
sello de imponente y luctuosa majestad; los
asuntos de la vida retroceden y se retiran aver­
gonzados ante el resplandor de los sagrarios de
Jueves Santo, y dijérase que el sentimiento satu­
ra todos los corazones, como de perfumes pri­
maverales se impregna la atmósfera; los secta­
rios enmudecen y dejan de desahogar sus odios,
y á los buenos, lo mismo que á los malos, se les
impone un solo pensamiento: duelo inmenso y
dolor profundo por las amarguras que traspasa­
ron el corazón generoso de un Dios y el de una
inocente Madre.
Domingo de Ramos

«H osanna al Hijo de David.»

r a n d e s y consoladoras son las escenas que

G en el Domingo de Ramos nos recuerda la


Iglesia nuestra madre. Con su sencillez y majes­
tad características trae á la memoria del cristia­
no uno de los acontecimientos más grandiosos:
el cumplimiento de las profecías de Daniel, la
muerte del Salvador.
En este día solemnísimo puede decirse que
empieza la pasión de Jesús y el gran aniversario
de la redención del hombre.
Es este el primer día de los siete de Semana
Santa en que la Iglesia recuerda los más altos
misterios de su culto y evoca las escenas más
78 R. MÉNDEZ 0A1TE

sublimes de la Vida, Pasión y Muerte del Reden­


tor del mundo, desde su entrada triunfal en Jeru-
salén hasta su resurrección gloriosa á los Cielos.
Además de este nombre litúrgico y popular,
tiene el de Hosanna, por los clamores de triunfo
con que los judíos saludaron al Señor; el de Pas­
cua Florida que nuestros antepasados dieron,
porque la Pascua dista ocho días y está como en
eflorescencia; el de Capitulavium ó lava cabeza,
porque en siglos pasados se dejaba para Sábado
Santo el bautismo de los niños nacidos en meses
anteriores, y el de Pascua de los competentes,
por denominar así á los catecúmenos admitidos
al bautismo.
El Domingo de Ramos ha sido siempre muy
solemne en la Iglesia católica, que sin interrup­
ción desde los primeros años del siglo iv celebra
la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, distri­
buyendo á los sacerdotesy al pueblo multitud de
palmas y ramos, que son bendecidos por la Igle­
sia con oraciones elocuentes y llenas de ense­
ñanza, y que se conservan decorosamente duran­
te el año con respeto en el interior y en los bal­
cones de las casas cristianas, para que ayuden á
la santificación de nuestras almas y á la protec­
ción de nuestros cuerpos y viviendas.
¡Qué grande, qué magnifica aparece la reli­
gión cristiana celebrando desde este día los mis­
terios más grandes que la Historia guarda!
¡Qué esplendorosa se manifiesta con esta fes­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN ■ 79

tividad la Iglesia en medio de su tristeza, cubier­


ta con el manto de luto y elevando sus plegarias
al Cielo!
Clero y pueblo confundidos salen en procesión
fuera del templo, cuyas puertas aparecen cerra­
das, y que se abren cuando el celebrante, imagen
de Jesucristo, llama en ellas con el ástil de la
Cruz por tres veces, significando que ésta es la
llave que nos abrió las del Cielo, dando así en­
trada en el templo á los que cantan las alabanzas
del Hijo de David y saludan y glorifican al Rey
de Israel, que viene en nombre del Señor.
Cantando el gloriosísimo Hosanna, himno de
amor y de agradecimiento, se abre el alma des­
pués de tantos siglos al recuerdo de aquellas so­
lemnes fiestas y ceremonias que practicaron los
judíos, recibiendo con palmas y ramos de oliva,
como á su Rey, al humilde Hijo de Belén, á quien
llevaron en triunfo magnífico é inusitado por las
calles de la Ciudad Santa.
«Jamás pueblo alguno — dice Bossuet — había
hecho iguales manifestaciones á un soberano.»
Echaban por tierra sus vestiduras, cubriéndola
de ricos y vistosos paños, arrancaban á porfía
las ramas para formar el estrado delicioso sobre
el cual había de poner sus pies el enviado de
Dios, y hasta los árboles y las flores parecían
rendirse ante su presencia.
Con esta sagrada pompa fué llevado por medio
de la ciudad hasta la montaña del templo, donde
80 R. MÉNDEZ QAITE

ni su fundador Salomón, ni los Pontífices que en


él oficiaron con brillantes ceremonias, habían re­
cibido jamás tales honores.
Nada, sin embargo, digno de estos homenajes
ofrecía el exterior modesto y sencillo de Jesús.
Jinete sobre un jumento humilde, sin trofeos
de victorias ni aparato de vulgares triunfos, po­
bre y modestamente hizo su entrada el esperado
Mesías en Jerusalén, llevando por escolta los en­
fermos por Él sanados y los muertos que resuci­
tara, trofeos milagrosos que bastaban para dar
esplendor á aquella fiesta, en la que quiso de este
modo ejercer las brillantes funciones de su divi­
no ministerio, y á la vista de las mismas y nume­
rosas turbas, que después de breves días habían
de pedir que la sangre del Justo cayera sobre
ellas y sobre su desventurada descendencia.. .
Ese pueblo que tanto anhelaba la venida de su
Libertador; ese pueblo que le acababa de aclamar
su Rey y Salvador prometido; ese mismo pueblo,
creyendo al Mesías un simple monarca de la tie­
rra, vestido de mundana pompa y destinado á
levantar á Israel sobre las demás naciones, al
ver á Jesús humilde, pobre, obscuro, mortificado,
sin distinguir razas ni gentes y predicando una
doctrina austera, enemiga de las máximas del
mundo, no acierta á reconocer en Él á su Mesías
y, presa de satánico furor, deja salir repetidas
veces de su blasfema boca esta maldita frase:
Sanguis ejus super nos et filios nostros; caiga la
LA OBRA D E J.A REDENCIÓN 81

sangre del Nazareno sobre nosotros y sobre


nuestros hijos.
¡Y las profecías habían de cumplirse!
Aquel pueblo escogido por la Divina Provi­
dencia para testigo de sus maravillas, por su pre­
varicación se atrajo los rigores de la justicia di­
vina, contra la que después clamaron frenéticos
pidiendo la muerte de Aquel á quien tan ruido­
samente habían aclamado en días anteriores.
¡Pueblo deicida!
Hoy cantaste el Hosanna alegre, y cinco días
después, con la voz reconcentrada de encono,
gritabas el tolle de la crueldad y de la venganza.
Hoy sólo himnos de victoria; muy luego aulli­
dos de repulsa y la frenética locura de un desen­
frenado populacho, que se deleitaba en la muerte
de una victima inocente, en el suplicio de Jesús...
Hoy aclamaciones al Salvador; despues lo cru­
cificaban, después la muerte en la cruz.. .
¡Al iniciar su predicación, le seguía el pueblo;
ahora Él sigue al pueblo! ¡Tremenda equivoca­
ción é irremediables tristezas de la Historia!. . .
•v -

Una gran multitud tendió sus ropas, y mezclando con


ellas una alfombra de flores y ramos verdes, decía en alta
voz: / Hosanna. . . /
Entrada triunfal de
Jesús en Jerusalén

«A légrate, h ija de Sfón ; he aquí


que tu Rey viene á v e r te .»
S an Mateo.

u n t o al árbol del Edén fué victima el primer

J hombre que ocasionó nuestra ruina, y en el


árbol plantado sobre una colina de jerusalén se
ofreció la Víctima que nos trajo la salud. Si Be­
lén fué escogida para el nacimiento del Reden­
tor, jerusalén fué predestinada para presenciar
el sacrificio del Salvador.
Al terminarse los tres años de la vida pública
de jesús, hace su gloriosa entrada en Jerusalén
entre los vítores y palmas del pueblo judío, cum­
pliéndose de esta suerte lo que, muchos años an­
tes, había profetizado Isaías: Exulta, filia Sión;
84 R. MÉNDEZ OAITE

Jubila, filia Jerusalén: Ecce Rex tuus, veniet tibi


justus et Saivator.
Jesús, con sus discípulos, camina á Jerusalén á
celebrar la Pascua; anúnciales allí que la hora de
consumar su sacrificio se acercaba; que resucita­
ría dentro de tres días, lleno de gloría, y con lá­
grimas en los ojos les describe las terribles des­
gracias que iban á caer sobre aquella ciudad,
tanto tiempo bendecida por el cielo.
Todo en esta ciudad, como en sus calles, tie­
ne recuerdos santos y un verdadero sello de gran­
deza, tan grave como los pensamientos que ins­
piran sus monumentos. Todo convida á la medi­
tación: desde la cúspide de la ciudadela de Sión,
donde está la tumba del poeta David, hasta el
escabroso valle de Josafat; desde las aguas de la
fuente de Siloé, que bañan sus pies, hasta el es­
pacio que guardan entre sí los elevados y cóni­
cos picos de las montañas de Jericó.
En la historia de las tradiciones, Jerusalén es
inmortal; fué la patria común de todos los cris­
tianos; el trono, el asiento y el pedestal de la
Religión; la ciudad del mundo, la más sacrosan­
ta en recuerdos y la que recibió al Redentor con
frenético entusiasmo.
Bien llegado sea el que viene en nombre de
Dios.
¡Hosanna!.. .
En triunfo recibió aquel pueblo al que venía á
salvar al mundo cinco días antes del sacrificio, y
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 85

regocijado exclamó: «Hosanna al hijo de David:


bendito el que viene en nombre del Señor. Ho­
sanna en las alturas.»
El que entró en Jerusalén triunfante no llevaba
grandes ejércitos, ni penetró bajo el estruendo
de los cañones; era gente pacifica la que le acom­
pañaba, y con el nombre de Rey pacifico lo ha­
bían anunciado los Profetas. «Decid á la hija de
Sión: He aqui tu Rey; viene manso para ti, sen­
tado sobre una asna, y un pollino, hijo de la que
está debajo del yugo.» t
Aparece como Rey, y como un Rey que viene
á tomar posesión de su imperio, recibiendo los
homenajes públicos, y como el hijo de David,
que ejerce una autoridad suprema, que reconoce
y quiere tener todo Jerusalén como testigo de su
poder.
Precedido de la fama de los milagros se acercó
á Jerusalén sobre una borriquilla, seguida de su
pollino, significando que venia á juntar dos pue­
blos, el judio y el gentil, y ambos le seguían y le
aclamaban por el Salvador del mundo. Una gran
multitud del pueblo celebró el inocente triunfo
con gritos de alegría, tendió sus ropas por el ca­
mino, mezclando con ellas una alfombra de ra­
mos verdes de los árboles que cortaban y que
ponían á sus pies, y las gentes que iban delante
y las que iban detrás, en alta voz: «Hosanna,
gritaban al Hijo de David; bendito el que viene
en nombre del Señor.»
86 R. MÉNDEZ OAITE

«¡Este es nuestro Rey y el verdadero Hijo de


David! ¡Salud y gloria al Rey de Israel; bendito
sea el que viene en el nombre del Señor!...»
Y el entusiasmo fué indescriptible; ricos y po­
bres cubrieron el camino por donde debía de pa­
sar, con sus mantos y sus túnicas; llenaron el aire
de vítores; agitaron en torno suyo palmas del
desierto y ramas de olivo; un publicano, para
verlo mejor, subióse á un sicómoro para salu­
darlo; en casa de Marta una mujer derramó bál­
samo en sus pies y se los enjugó con sus propios
cabellos; las mujeres adornaron las fachadas de
las casas con colgaduras, y los ciudadanos de to­
das las clases y condiciones aplaudieron con ex­
traordinario regocijo y contribuyeron á aquel
grande triunfo, sin que les moviese ni el fausto
y la grandeza de Jesús, sino las virtudes y las
excelencias de la doctrina que predicaba.. .
Salvado el monte Olívete, y cabe las murallas
de Jerusalén, todos los discípulos, llenos de go­
zo, comenzaron á alabar á Dios en alta voz por
todas las maravillas que habían visto, y decían:
«Bendito el Rey que viene en el nombre del
Señdr; paz en el Cielo y gloria en las altu­
ras» (1).
Hubo una nota discordante, y fué la de los fa­
riseos que, testigos de las aclamaciones y cán­
ticos de alegría de la plebe, llenos de espanto,

(1) San Lucas, xix.


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 87

les parece que es un tirano que viene á arruinar


á Jerusalén á fuego y sangre, y á llevar cautivos
á sus ciudadanos como en otro tiempo, y no un
Rey pacifico, que viene á libertarla con su pre­
sencia y á purificarla con la efusión de su sangre.
Estos, agitados de diversos movimientos de
temor, de inquietud, de envidia y de tristeza, se
atreven á pedir al Divino Maestro que reprendie­
se á los discípulos; ni más ni menos que lo que
hacen hoy los fariseos del día cuando ven que se
honra al Señor en procesiones y romerías y se
aclama al Vicario de Cristo y á sus pastores legí­
timamente constituidos.
A éstos podemos responder hoy como respon­
dió el Divino Salvador á los antiguos ascendien­
tes de estos modernos: «Os digo que si éstos ca­
llasen, las piedras darían voces.»
El Divino Maestro, conocedor del fin próximo
y terrible que le esperaba, al contemplar lá ciu­
dad, sintióse emocionado, y á pesar de la aspe
reza con que allí le habían siempre acogido los
orgullosos fariseos, lloró tendiendo los brazos
hacia los muros y torres que comenzaba á dorar
el sol naciente, al pensar que dentro de setenta
años no quedaría piedra sobre piedra.
— «Jerusalén, Jerusalén, que matas á los pro­
fetas y apedreas á los que te son enviados;
¡cuántas veces quise juntar tus hijos, como la ga­
llina junta sus polluelos debajo de las alas! Y tú
no has querido. . . »
88 R. MÉNDEZ GAITE

— «¡Oh, si tú conocieses, á lo menos en este


día, lo que toca á tu pazl Mas ahora está encu­
bierto á tus ojos. Porque vendrán días sobre ti
en que tus enemigos te cercarán con baluarte y
te podrán cerco.
Y te derribarán á tierra, á ti y á tus hijos, y no
dejarán de tí piedra sobre piedra, por cuanto no
conociste el tiempo de tu visitación. . . »
Lloró amargamente sobre la ciudad, porque no
conocía, en verdad, que le podía dar la paz, y le
pronosticó las desgracias que le sobrevendrían y
su cierta ruina; y esto mismo hace la Iglesia hoy
con los desgraciados que no conocen á la que les
podía dar la paz y hacerlos felices.
Los principes y fariseos, al ver que el pueblo
quedaba embelesado al oir á Jesús, querían qui­
tarle la vida; cosa que también hoy hacen los
modernos al ver que no pueden matar la fe en el
pueblo fiel que oye la voz de la Iglesia; maqui­
nan contra ella y la quieren destruir; pero una vez
murió Jesucristo, y la muerte no le puede domi­
nar; serán vanos todos sus conatos contra Él.
¡Jerusalén! Tú te has extendido por el mundo;
pero al llevar tu iniquidad, llevas también la au­
toridad que ilumina la tierra.
El Hombre-Dios ha sucumbido á tus manos,
tintas en la sangre del Mártir; pero Dios reina;
Dios impera; Dios vive: su Iglesia es inmortal.
Cayó antes de tu crimen el imperio de Babilonia;
cayó la potente república romana; cayó Cartago.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 89

Vinieron después de tu horrible delito las legio­


nes bárbaras del Norte, y barrieron el imperio
romano. Sociedades, pueblos, dinastías, costum­
bres, razas, todo se transforma y cambia. Lo úni­
co que salva incólume las borrascas de los Césa­
res de Roma y las turbulencias de los siglos me­
dios y el viento helador de las herejías que na­
cen con Arrio y vienen hasta la enciclopedia, es
la Iglesia instituida por Jesucristo.
No importa; nada vale que la infeliz Jerusalén,
á instancia de los principes y fariseos, cambiase
de parecer; que hoy aclamase á Jesús por su Rey
y Salvador del mundo y cinco días después pi­
diese su muerte y lo clavase en la Cruz.
Murió Cristo, y sus fieles discípulos sufrieron
persecuciones, acusados de conspirar contra el
orden. No importa: la doctrina triunfó, como
triunfa siempre la verdad; al pie mismo de la
Cruz sonó en los labios de un soldado el grito
de alabanza, que se repitió de monte en monte y
hasta en las entrañas de la tierra: «Verdadera­
mente — exclamó el centurión ante el Cristo
muerto en la cruz — ; verdaderamente este hom­
bre era ju sto . .. »
Con el sacrificio de sí mismo nos libró de la
esclavitud, y fué el verdadero Salvador á quien
la deicida ciudad recibió en triunfo y lo aclamó
cantando el Hosanna al Hijo de David y Rey que
venía en el nombre del Señor.
« Pero ¿cómo, Dios mío, cómo has hecho, cuando en la
misma inmensidad no cabes, para caber en e ste humilde
pecho? *
La última Cena
El Misterio de la Eucaristía

Deus charitas est.


«D ios es caridad.»
S an J u an .

o d o s los rasgos de sencillez y de majestad

T con que plugo á Dios caracterizar la divi­


nidad del Hijo de María, resplandecen en miste­
rioso conjunto y en proporciones más elevadas
en el Sacramento de su amor, adorable Euca­
ristía.
Los últimos momentos de una persona queri­
da son los que más se graban en la memoria, y
la Eucaristía fué el banquete de despedida y úl­
timo adiós que Jesucristo dió á sus discípulos.
El prólogo de la Pasión es aquel acto de amor
92 R. MÉNDEZ QAITE _______

infinito que se hace visible en el invisible miste­


rio de la Cena.
Después de haber sembrado bienes á manos
llenas y esparcido Cristo por las ciudades, al­
deas y pueblos del mundo la divina semilla de
la verdad, acercándose la hora del sacrificio,
aprovechó los últimos momentos que estuvo en­
tre los hombres para despedirse tranquilamente
de sus discípulos y celebrar con ellos la última
Cena, fiesta de las más altas y memorables en­
señanzas.
Inflamado en llamas de amor para con su espo­
sa la Iglesia, instituye con sus discípulos el admi­
rable Sacramento de la Eucaristía, en el que.
oculto bajo las formas de pan y vino, se da á sus
Apóstoles, como luego había de darse perpetua­
mente á los fieles en cuerpo y en espíritu, con la
verdad y realidad que algún tiempo antes había
profetizado, diciendo al pueblo: «Mi Carne verda­
deramente es comida; y mi Sangre verdadera­
mente es bebida» (1).
Mas, antes de darse Cristo á sus Apóstoles
diceles con valor que entre ellos se hallaba quien
maquinaba venderle, y que jay! de aquel que
inicuamente comiese su Carne y bebiese su San­
gre, porque comía y bebía la propia condenación.
Consagrando el pan y el vino y comulgando
asimismo Jesús, y dándole á comer sacramentado

(I) San Juan, vi.


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 93

á sus discípulos, instituyó un vínculo de eterno


amor, fuente de todas las suavidades y de todas
las glorias.
Poniendo Jesús debajo del pan y del vino su
real y verdadero Cuerpo y Sangre, instrumentos
admirables de la Divinidad de su persona, y sin­
tiendo desbordarse el amor y la ternura que abri­
gaba hacia las criaturas en su corazón, preludia
con los Apóstoles en el Cenáculo el mismo sacri­
ficio que pocas horas después debía consumar
por diferente modo en el Calvario, y distribuye
entre ellos, asombrados y entristecidos, la Carne
y la Sangre que en la mañana del Viernes Santo
había de inmolarse sobre el ara santa de la Cruz,
convirtiendo, pues, aquellas especies, puestas en
relación con la misma muerte, en la imagen del
Nuevo Testamento.
Escrito estaba en el gran libro de los oráculos
divinos que el Sacerdocio de Cristo sería eter­
no (1).
Abramos la Biblia, leamos y meditemos:
«Por la palabra del Señor se fundaron los cie­
los, y por el espíritu de su boca se formó todo su
concierto y belleza.» «Por El fiieron hechas todas
las cosas, y sin El no se ha hecho cosa alguna
de cuantas han sido hechas.» «El Hijo es imagen
perfecta del Dios invisible engendrado ab aeter­
no ante toda criatura.» «Su Hijo Jesucristo, á

(1) Salmo 109.


94 R. MÉNDEZ Q A I T E _________

quien constituyó heredero universal de todas las


cosas, por quien crió también los siglos y cuanto
ha existido en ellos.»
Y «juró el Seflor y no se arrepentirá, y dijo:
«Tú eres sacerdote sempiterno, según el orden
de Melquisedech...»
Las profecías de Jesucristo, cumplidas en to­
das sus partes, son un hecho consolador de las
generaciones cristianas en el movimiento de los
siglos, que descienden del cielo para venir á vi­
sitarnos convertidas en promesas que se cum­
plen y confirman en pruebas de su amor divino,
que enardece á las almas dóciles.
Al decir que estaría con sus Apóstoles hasta la
consumación de los tiempos, les ofrecía, además
de su asistencia perpetua, que también quedaría
entre nosotros como Verbo de Dios humanado
en todos los lugares de la tierra, desde los que
alumbran los primeros rayos de la aurora, hasta
los que se bañan con los matices del sol que
muere, en los que unánime y constantemente se
ofrece al Verbo encarnado en una hostia inma­
culada (1).
El divino Salva'dor, siendo Dios, se hizo hom­
bre; siendo inmenso, se hizo ñipo; siendo Señor,
se hizo siervo; descendió desde el seno del
Eterno Padre al seno de una Virgen, del cielo á
un pesebre, del Trono de gloria á un patíbulo de

(1) Malaquias, i - n.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN______ 95

ajusticiados cuando iba á dar su Sangre y su Vi­


da por la salvación de la criatura rebelde; su in­
saciable caridad le inspira la mayor, la más ad­
mirable de las invenciones para unirse con el
hombre, para enriquecerle, para convertir su po­
bre pecho en morada real de la divinidad; y el
que es tan grande, que los cielos no son bastan­
tes á contenerle, se encierra en la más exigua pe-
queñez, se esconde en el pan, y morando allí,
oculto bajo los accidentes del manjar, con su
Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, no só­
lo habita con los hijos de los hombres perenne­
mente y hasta la consumación de los siglos, co­
mo tenia prometido, sino que está á disposición
de todos para servirnos de alimento; de tal suer­
te, que consiente en que lo coman justos y peca­
dores: y bien sabía Jesús que continuamente es­
taría siendo objeto de ultrajes, desprecios y sa­
crilegios en el adorable Sacramento.
En la economía de la Religión cristiana no hay
misterio más sublime que el misterio augusto de
la Eucaristía, del cual y de la candidez de los
accidentes y de su fórmula sacramental, tan sen­
cilla como el fiat de la creación, el hombre no es
capaz de darse cuenta. El entendimiento se con­
funde y se pierde cuando pretende escudriñar y
comprender las maravillas obradas por nuestro
Santísimo Jesús en este grande misterio de su sa­
biduría y de su bondad; augusto Sacramento de
la Religión que nos conduce al cielo y que no
96 ____ R. MÉNDEZ GAITE

hay lengua humana ni angélica que pueda cantar


sus excelencias, ni declarar las grandezas que
encierra, porque es sublime legado que no pudo
caber sino en un corazón de infinito amor y mi­
sericordia y en una inteligencia de infinito poder
y sabiduría.
Este amor fué el que movió á Cristo á fundar
é instituir el Santísimo Sacramento aquella no­
che que celebró con sus discípulos su última
Cena, que llegó á ser la piedra angular de la pie­
dad cristiana, el punto de partida de las fecundas
instituciones, la unión espiritual en la tierra de
la criatura con su Creador y la promesa de otra
unión más íntima, más perfecta y más perdu­
rable.
Cada minuto que se siguió al festín ritual de la
Pascua, fueron momentos solemnes que han va­
lido por siglos enteros en la historia de la Hu­
manidad.
El Cuerpo sagrado, la Sangre preciosa de Jesús
su Alma santísima, su Divinidad, viven en el Sa­
cramento Eucarístico; allí están presentes y ocul­
tos; donde su Carne es carne verdadera y su San­
gre precio de la redención. «Mi Carne es verda­
dera comida, y mi Sangre es verdadera bebida.»
Sólo Dios, solamente El, es capaz de tal mila­
gro de amor que señaladamente comprende la
esencia de ese4entimiento divinamente sentido
por el Creador hacia la criatura, y hasta el fin de
su vida, según San Ju a n .. .
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 97

Penetremos con los Apóstoles en el Cenáculo


y asistamos á aquella Cena, que no es un ban­
quete de alegría, aunque allí se celebra el triunfo
purísimo de una idea sin mezcla de intereses
mundanales, y en el que su Autor no alcanza más
que tormentos.
En esta fiesta,eminentemente religiosa y celes­
tial, acto de despedida, que reviste las formas
más acentuadas de la tristeza, Jesús toma en sus
puras é inocentes manos un pedazo de pan de la
mesa, en que acababa de celebrar la Cena pas­
cual, pan sin levadura, substancia sin corrupción,
hostia inmaculada en la que se establece una co­
munión íntima é indisoluble entre lo infinito y lo
perecedero, entre el Creador y las criaturas; y
levantando los ojos al cielo como acostumbraba
en ocasiones semejantes, y dando gracias á su
Padre por aquel favor con que ennoblecía á los
hombres, haciéndoles una carne y sangre y una
persona misma con Él, mediante el sacramento
que instituía, sobre él pronuncia las misteriosas
palabras, repetidas en todo el mundo sobre
nuestros altares, y ese antes pan, quedó conver­
tido en su verdadero y sagrado Cuerpo.
Y por virtud de estas palabras convirtió la
substancia del pan que había consagrado en la
de su Cuerpo precioso, siendo aquellas voces
obradoras de lo que justificaban y como pronun­
ciadas por la encarnada Omnipotencia.
«El pan que yo os daré es mi Carne.»
7
98 R. MÉNDEZ OAITE

«Tomad y comed, este es mi Cuerpo, que es


dado por vosotros.»
Lo mismo hace con el vino, y queda también
éste convertido en su Sangre preciosísima, y les
invita á beber de la sangre misma, vivificante y
eterna salud del Universo: «Bebed todos de este
cáliz, pues esta es mi Sangre del Nuevo Testa­
mento que será derramada por muchos en remi­
sión de los pecados.» «Mi Carne es verdadera
comida, y mi Sangre es verdadera bebida.»
«Esto que me habéis visto hacer á mi, hacedlo
en adelante vosotros en mi memoria»; palabras
que quedaron tan grabadas en la mente del Apos­
tolado, que la celebración de los santos misterios
que en ella les encargaba el Salvador, fué tenida
desde entonces como la manda más sagrada de
cuantas Jesús habla encomendado y la más per­
durable por toda la sucesión de los siglos.
Dábase cuenta Jesús de su situación, y por eso
acompañó la Cena, que por última vez celebró,
de imágenes y pensamientos fúnebres.
Al presidir la última comida bajo la presión de
su cercana muerte y partir el pan, vió en éste un
símbolo de su Cuerpo, al que el odio de sus ene­
migos reservaba destino semejante. Igualmente,
cuando ofrece aquel vino rojo á sus discípulos,
deja desbordar sus presentimientos, y pensando
en su sangre, que pronto iba á ser derramada,
pudo sacar de esta semejanza ocasión para de­
cirles que comieran el pan y bebieran el vino, te
100 R. MÉNDEZ G A IT E _ ____

niendo presentes sus palabras, y que viesen en


estas especies la consagración de una nueva
alianza entre Dios y los hombres, á los que unía
con el lazo vivo de esta fiesta conmemorativa.
Desde este sagrado momento, la divina Euca­
ristía, adorable misterio de nuestros altares, en­
cierra la real presencia de Jesucristo; y las pala­
bras sacramentales dichas con tono de autoridad
celestial en la última Cena, y renovadas hasta el
fin, confirman sobre nosotros que la misericordia
del Señor permanece eternamente en este Sacra­
mento, alma y vida del culto católico.
En la elevación eucaristica se revela sobre todo
la acción y atracción, secreta é incontestable, del
Espíritu Santo; en ella Nuestro Señor atrae las
almas como por influjo magnético. ¡Cuánta bon­
dad y misericordia manan siempre de aquella
inagotable fuente divina! Basta contemplar la
santa Hostia con respetuoso amor, y el alma
siente en lo profundo de su esencia el toque sua­
ve de aquella mano omnipotente que se traduce
en actos de fe, esperanza, amor, adoración, con­
trición y deseos de verle en el cielo.
Por eso hay un .día en el año, grande, solemne
para toda la Iglesia, en el cual los verdaderos
cristianos contemplan y honran con profunda y
piadosa emoción este augusto misterio de la Re­
ligión que conduce al cielo. Día en que el Señor
quiso abatirse á sí mismo para darnos ejemplo
de humildad; derramando sobre sus hijos todo el
__________ LA OBRA DE LA REDENCIÓN 101
fuego de su amor, y haciendo brillar ante sus
ojos la espléndida belleza de la caridad, cuya
práctica eleva al hombre á la dignidad de ser lla­
mados hijos de Dios.
Por eso hay un día en el año en que el adora­
ble Sacramento es muy visitado, en que la de­
voción eucarística es esencial á todas las cosas
de la vida, en que se experimentan ante el divi­
no Sacramento amor delicado y fervor peculiar,
en que la vida pública y social se condensa en
los templos para adorar y desagraviar á Jesús-
Hostia, en que las campanas enmudecen y el
ruido de coches y carruajes cesa, y largas hileras
de gente circulan por calles y plazas entrando y
saliendo en las iglesias, donde millares de luces
y de flores cubren los altares eucarísticos. Ese
día tan solemne siente el alma amante de Jesús
la alegría intensa que producen las solemnes
adoraciones de los fieles y un consuelo particular,
como si se pagase una justísima deuda de gra­
titud, por mucho tiempo negada á un insigne
bienhechor, ó se reparase un funesto olvido de
respeto, adhesión y amor al mejor de los Padres,
al Amigo fiel que, derramando su sangre, nos dió
la verdadera vida y nos redimió de la culpa me­
recida.
Esta es la Cena Eucarística propia del Nuevo
Testamento y ley de gracia, donde los cristianos
comemos la Carne virgen de un Dios sacramen­
tado en accidentes de pan, y bebemos la Sangre
102 R. MÉNDEZ GAITE^

disfrazada en especies de vino, y con esta divina


Carne y Sangre á todo Dios Trino y Uno.
¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que se
digna descender del cielo para venir á visitamos
y librar á su pueblo de la dura esclavitud en que
ha estado gimiendo tanto tiempo!
¡Bendito sea el Señor, que establece el imperio
feliz de nuestra salvación en la tierra, como tenía
prometido por boca de sus santos Profetas!
Jesús lava los pies
á sus discípulos

«Quien se hum illa se en g ran d ece;


quien se en gran d ece se hum illa.»
S an M a t e o , xxv.

l Lavatorio de los pies, rito que obtuvo en­

E tre ciertas familias del Cristianismo primi­


tivo una importancia que perdió con el tiempo,
es una prueba evidente de la humildad fraternal
de Jesús y un ejemplo que conviene recordar en
estos tiempos de soberbia humana, en que las
criaturas se hinchan hasta querer asemejarse á
los dioses.
Cuando ludas planeaba la traición de su Maes­
tro, cuando era cercana la hora de que la muer­
104 R. MÉNDEZ GAITE

te pusiese término á aquella vida santísima, cuan­


do la Cruz extendía ya sus brazos para que de
ellos fuese colgado el más inocente de los hom­
bres; entonces es cuando Jesús, con un elevado
sentimiento de amor, de caridad y de concordia,
puso por obra de todas maneras y en todas for­
mas el mandamiento nuevo de amarse los unos
á los otros, como Él los había amado, y de amar
á los enemigos.
«Un nuevo mandamiento os doy — decía —:
que os améis unos á otros del modo que yo os
he amado á vosotros. Por aquí conocerán todos
que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos á
otros. Ya no os llamaré siervos, pues el siervo
no es sabedor de lo que hace su amo; mas á
vosotros os he llamado amigos, porque os he
hecho saber cuantas cosas oí de mi Padre Celes­
tial. Lo que os mando es que os améis unos á
otros» (1).
Con ocasión de dar comienzo á aquella serie
interminable de humillaciones figuradas, en lo
que había dicho del grande y el pequeño, del que
gobierna y el que sirve, del amo y el criado, y
del enviado y el que lo envía (2), Jesús excede á
estas parábolas haciendo un servicio más humil­
de, pues desciende á lavar los pies de sus discí­
pulos.

(1) San Juan, x iii y xv.


(2) San Lucas, xxu y x i i .
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 105

«Bienaventurados los pobres de espíritu, por­


que de ellos es el reino de los cielos.» «El que
se hace como un niño, ése es el mayor en el rei­
no de los cielos.» «El que se humilla será ensal­
zado.» «Inspiráos todos en la humildad, porque
Dios resiste á los soberbios y da gracia á los hu­
mildes.»
Deseando el Santo Maestro dar á sus Apósto­
les una prueba del amor que siempre les había
tenido, y al propio tiempo un ejemplo de la hu­
mildad que les predicaba, la única con que ha­
bían de tratarse y servirse unos á otros, aun en
las cosas más bajas, realizó con ellos una acción,
la más espantosa y nueva: la ceremonia memo­
rable de lavarles los pies por su persona, de­
mostración increíble de humildad y amor, que, á
no ser tan excesivo, no hubiera podido arrastrar
á un Dios por los suelos.
Solían los judíos lavar los pies á sus huéspe­
des ó convidados antes de sentarse á comer, y
Jesús, antes de la cena, aquella costumbre de
urbanidad la quiso convertir en sagrada cere­
monia con que preparar los ánimos de los Após­
toles para otro convite más divino, disponiéndo­
les de este modo en la pureza con que habían
de recibir su cuerpo y sangre en la Eucaristía,
que ya quería instituir.
Acabada la cena legal, usual y común, se le­
vantó Cristo de la mesa, y despojándose de sus
vestiduras y postrándose en el suelo en la posi­
R. MÉNDEZ CAITE

ción más sumisa, se quitó el manto ó vestidura


exterior, tomó un lienzo, ciñóse con él el cuerpo
y, cogiendo un vaso ó bacía, echó agua en él y
comenzó á lavar los pies á sus discípulos y á se­
carlos con el lienzo de que estaba ceñido, que­
dando éstos con tal lavatorio justificados y lim­
pios, no sólo de pecado, sino de imperfecciones:
«Vosotros estáis limpios — les dijo el Señor —,
aunque no todos» (porque estaba presente Judas,
el traidor de quien sería víctima).
Atónitos y espantados contemplaban los Após­
toles aquel espectáculo prodigioso, sin dar ape­
nas crédito á su vista. Los primeros, al parecer,
no mostraron resistencia; pero cuando llegó la
vez á Simón Pedro, á pesar de ser más entusias­
ta de la persona y doctrina de Jesús, el más fiel,
afecto y cariñoso de sus seguidores, extrañándo-
dose y conmoviéndose por aquel acto de humil­
dad tan profunda, exclamó: «Señor, ¿vos queréis
lavarme á mí los pies?» Respondióle blandamen­
te y con afabilidad Jesús: «Tú no alcanzarás aho­
ra los motivos de lo que yo hago, pero lo sabrás
más adelante; obedece.» Guiado aquél más del
ardiente sentimiento del afecto que de la pruden­
te razón, con resolución replicó: «Jamás, jamás
me lavaréis los pies.»
«Si no te lavare, le dijo Jesús, no tendrás parte
en mi mesa, ni gozarás del manjar soberano, pri­
vándote de transformarte en m í...»
Oyendo Simón Pedro esto, se rindió y le dijo:
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 107

«Señor, si el lavarme los pies se encamina á


unirme más estrechamente con vos, no solamen­
te los pies, lavadme ya las manos y la cabeza»...
¡Oh, ejemplo sin igual de ingenua y sencillísi­
ma humildad!. . .
Nunca apareció más esplendorosa la persona­
lidad de Jesús que cuando venció con bondad
infinita la resistencia de Pedro y la ingratitud de
Judas.
Jesucristo, por un nuevo y extraño amor, no
se da por satisfecho con humillarse, sino que se
pone de rodillas ante el propio enemigo que le
va á vender, le lava los pies con tierna efusión,
se los limpia, se los besa y los estrecha contra
su corazón.
Terminado este acto de humildad personal,
que tanto abatió la soberbia de Luzbel, y por la
que adquiere brillos de gloria y aumentos de ma­
jestad augusta la figura del Hombre-Dios; dijo el
Redentor: «Yo soy vuestro Maestro y Señor y
he lavado vuestros pies para que vosotros tam­
bién lo hagáis los unos á los otros, porque yo os
he dado ejemplo, y no ha de ser más el discípulo
que el Maestro, ni el siervo más que el Señor, ni
el Apóstol ha de ser más que el que le envía...»
Fiel la Iglesia católica á las enseñanzas del
Salvador, no dejó al través de los siglos de prac­
ticar la doctrina de esta humildad, adaptando
como una parte de su simbolismo litúrgico la mo­
raleja de Jesús en esta ceremonia, que todos los
108 R. MÉNDEZ OAITE

años el Papa, los obispos, emperadores, reyes


y grandes de la tierra practican lavando los pies
á doce pobres de los más necesitados.
Este hecho maravilloso, que se conserva entre
los hombres, afirma que la Humanidad entera
está representada en el Cenáculo, y que Jesús,
hasta la consumación de los siglos, purificando
las almas y lavando las conciencias, sentará en
la Mesa de la Cena á los participantes de este
banquete divino, preparado por Jesucristo en los
excesos de su infinita caridad.
La oración del Huerto

mPater, siposibile est tran·


seat á me calix iste; seo fía t
voluntas tua?m
Padre m ió, si es po sib le,
aparta de mi e ste cáliz; pero
no se haga lo que yo quiero,
sino lo que tú.»
S an M a t e o , x x x v i; S an
L u c a s, x x i i .

a escena de la angustia moral, colocada en­

L tre la última Cena y el prendimiento de Je ­


sús, es la Oración del Huerto.
Con los misterios y maravillas que nuestro
Salvador obró en la última Cena comienza la ca­
tástrofe terrible del sacrificio de la redención hu­
mana.
Entrada ya la noche que sucedió al jueves de
la Cena, cuando el silencio era mayor y todos se
110 R. MÉNDEZ OAITE

entregaban al reposo corporal, principia la bata­


lla de la Pasión y Muerte del Hijo de María.
La escena ocurre en un rincón de la montaña
de las Olivas, entre la cual y la ciudad de Jeru-
salén se extiende el ameno valle de Josafat, por
cuya latitud corre el torrente de los cedros, don­
de la soledad era más completa, á eso de las diez
de la noche, cuando la luna enviaba á la tierra
torrentes de apreciable claridad, llenando el es­
pacio con su resplandor de vaga melancolía, que
con el confuso rumor del aire entre las ramas de
los árboles, impresionaba la inteligencia y el co­
razón de los que pasaban por aquellos sitios.
Salió el Mártir del Cenáculo en compañía de
sus once discípulos, que habían asistido al festín,
á la celebración de sus misterios, y á la insti­
tución del Augusto Sacramento, y retirándose al
monte Olívete, entró á orar en el huerto de Get-
semaní con los tres apóstoles predilectos: Pedro,
Santiago y Juan; pues el pérfido Judas estaba con
los fariseos fraguando la entrega del Divino
Maestro; y les dijo: «Esperadme aquí; velad y
orad conmigo, para no caer en tentación» (1).
El relato de los sagrados evangelistas presen­
tan en tres etapas ó momentos la angustia del
santo penitente; la simple oración, el consuelo
confortable llevado por el ángel y la plegaria
acompañada de la angustia y el sudor de sangre

(I) San Mateo, xxv.


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 111

cuando se confiesa destrozado por los pensa­


mientos de la muerte.
Quedáronse los ocho discípulos en el sitio que
les in d icab a y,
apartándose de
e llo s un p oco
h a cia la parte
m ás in t er n a y
s o m b r í a del
huerto en don­
de lo s o l i v o s
eran más altos y
frondosos, pos­
trándose en tie­
rra, levantó los
o jo s al E t e r n o
P a d r e , y en
c u mpl imi en to
de la p rofecía
de Zacarías, hizo interiormente una oración, ple­
garia suavísima y de inefables designios que di­
rigió al cielo por el género humano:
«Si es posible, traspasa de mí este cáliz; mas
no se haga mi voluntad, sino la tuya» (1). Repre-
séntansele después todos los tormentos que iba
i sufrir, ve ante si los pecados del mundo, por
los cuales padecía, y al considerar cuántas almas
no se habrían de aprovechar de su Pasión y

(1) San Mateo, x x x v i.


112___________ R. MÉNDEZ OAITE

Muerte, angustiase de tal manera que por toda


la piel de su cuerpo manaba sangre.
La Redención humana debía verificarse; mas
antes el alma y el cuerpo del Salvador habían de
saborear toda la amargura y hiel de su dolorosa
Pasión. Y no se nos diga que Jesucristo, siendo
compreensor, no era capaz de sufrir en su espí­
ritu y en su cuerpo, pues si esto es verdad, no lo
es menos que era también viador y, de consi­
guiente, pasible y mortal como otro hombre cual­
quiera.
Sin ningún alivio comenzó á sentir las morta-
lesangustiasde su dolorosisima Pasión, represen­
tándosele como ante un panorama los tormentos
por que tenia que pasar: los azotes, las bofetadas,
las salivas y desprecios, la hiel y vinagre, los
clavos, la lanza, las llagas, las caídas, su des­
nudez, y últimamente, la Cruz y su suplicio
afrentoso.
Quizás al mismo tiempo cruzasen por la ima­
ginación divina de Jesús algunos de los conmo­
vedores recuerdos del pasado, atravesándole el
alma como un agudo puñal. Las claras fuentes de
la risueña Galilea, sus alfombras de verdura, los
viñedos y las higueras, á cuya sombra hubiera
podido vivir tranquilo...............................................
Rendido de fatiga y de inmensa congoja, hasta
el extremo de sudar por todos los poros de su
cuerpo sangre, quejándose amorosamente, seguía
exclamando: «Triste está mi alma hasta la muer­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 113

te. Trístis est anima mea usque ad mortem: Pater


mihi, si posibilis est, transeat a me cálice iste.
Al sentir tales tristezas y sudar sangre, no dijo
que estaba triste por la muerte, sino hasta la
muerte; no provenía esa congoja de los tormentos
que le esperaban, sino por las almas para las cua­
les su sacrificio redentivo serviría, según pro­
fecía del anciano Simeón, para su perdición
eterna.
En medio de las agonías, cada vez más desga­
rradoras de Jesús, un ángel en impetuosa carrera
desciende del cielo para confortarle y ser testigo
del cruento sacrificio que ya comenzaba cuando
el Salvador dejaba oir en la soledad de la noche
aquella súplica amarguísima: «Padre mío, si es
posible, pase de mi este cáliz».. .
Atónitos quedaron los ángeles del cielo cuan­
do tuvieron que acudir en auxilio del Autor de
la vida, cuando orando en el huerto de los olivos
sufría agonías mortales por el cuadro horroroso
de la dolorosa pasión que su alma meditaba. En
aquella triste soledad se reunieron en tropel to­
das las maldades de los hombres, todas sus blas­
femias, todas sus impurezas, tantas injusticias y
tantos sacrilegios como habían de cometerse por
los mismos que iba á padecer, que fué la mayor
aflicción de su espíritu.
Y aquellos que debían velar con Él en su tris­
teza, fueron incapaces de orar un instante, y
cuando Jesús volvió á verlos ya estaban dormi­
114 R. MÉNDEZ OAITE

dos, viéndose precisado á excitarles para que se


resistiesen al sueño.
Despertóles Él; y, dirigiéndose á Pedro, como
más empeñado en las valentías de amor, le re­
prendió: «Simón — le dijo — , ¿es cierto que
dormías? Imposible me parece que en este trance
tan apurado te pusieses tranquilo á reposar,
viéndome en conflicto tan horrible y cercado de
tristezas y congojas tan mortales. ¡Una sola hora
no has podido acompañarme estando eh vela
para defenderme! ¿Son estas las valentías que
me asegurabas de ir conmigo á la cárcel y á la
muerte? ¿Para qué tiempo son sino para esta
ocasión, en que por las diligencias de Judas se
están armando escuadrones de judíos contra
mí?...»
¡Qué tormento al asomar á la mente divina de
Jesús todos los pecados pasados y venideros de
la humanidad y ver á través de los siglos las
apostasías de los hombres!
El mensajero celestial llora con el Verbo hu­
manado, le conforta y presenta un cáliz, que el
Señor tomó de manos del ángel, y ofreciéndole
á su Eterno Padre, apuró todas las heces de su
amargura.
Todas estas turbaciones interiores del Mártir
de Judea fueron momentáneas, y la naturaleza
divina de Jesús recobró su acostumbrado im­
perio.
Desapareció el ángel yse levantó Jesús, armán-
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 115

dose del valor de que al parecer se había desnu­


dado por entonces; se puso en pie con ánimo y
fin de presentar al infierno la batalla y vencer el
combate de la muerte; y volviendo por tercera
vez á ver dormidos á sus discípulos, les dijo:
«Dormid ya tranquilos, bien podéis volveros al
reposo hasta llegada la hora, pues dentro de un
momento seré entregado en manos de los peca­
dores; levantáos y salgárnosles á recibir, porque
ya se acercan, y con ellos el que me ha de en­
tregar á los judíos.»
Estaba en su mano evitar la muerte, mas no lo
quiso; el amor de su magnífica obra triunfó en Él,
y al aceptar el cáliz de la amargura, hizo volar
al cielo, en alas de su amor, la virtud de la ora­
ción del huerto de Getsemaní, dejando á las al­
mas religiosas un incomparable ejemplo de con­
suelo.
¡Oh, dulce y amantísimo Salvador: sudad en­
horabuena sangre; sudad y que llegue ese pre­
cioso licor hasta la tierra; empápese el mundo de
ese bálsamo saludable, no para pedir justicia
como la de Abel, sino para alcanzar de vos y de
vuestro Eterno Padre misericordia. Recójanla sin
desperdicio los hombres y conozcan que la san­
gre que derramó Jesús en el huerto de los olivos
no fué por los golpes, clavos y lanza, sino por
su mismo amor, que con una impaciencia amante
salió de sus venas antes de que le crucificasen.
Traición de Judas

l drama cruento del Calvario tiene tipos

E que no deben borrarse de la memoria del


creyente, para evitar su contagio de todo en todo,
pues, por desgracia del linaje humano, aquellos
tipos han tenido larga y numerosa posteridad.
El falso discípulo que vendió al Justo por febril
codicia, muriendo impenitente; el mal juez que
se lavó las manos para juzgarle y se lo entregó
al populacho para que le crucificaran; el mal
ladrón que le escarneció blasfemando del modo
más inicuo, y el pueblo, ciego y cruel, que le
llevó al Calvario, pidiendo que se diese libertad
á un foragido y en su lugar se quitara la vida al
que se la dió al mundo y nos la sigue dando á
118 R. MÉNDEZ OAITE

todos los nacidos; son tipos cuya mala ralea no


se extingue en el tiempo y están puestos al ser­
vicio de Satanás, para ensanchar su reinado so­
cial. Pluguiera que sólo Judas fuera el falso ami­
go y traidor; mas por nuestros pecados tiene
muchos compañeros en el mundo capaces de
vender á Cristo por menos de lo que le vendió
el falso apóstol.
Formidable suceso fué el de este traidor é in­
feliz apóstol.
No se hallaba ofendido Judas para Jesús, antes
al contrario, estábale muy obligado por respetos
justos de haberle honrado nombrándole su discí­
pulo y haciéndole testigo familiar de las altas per­
fecciones y virtudes heroicas que, con resplan­
dores de santidad, hacían más persuasiva la Di­
vinidad de su Maestro.
En el tiempo que corrió desde sábado por la
noche, antes del Domingo de Ramos, hasta el
miércoles siguiente por la mañana, deliberó mu­
cho Judas entre sí sobre la infame entrega y sa­
crilega venta de Jesús á sus sanguinarios enemi­
gos, que habían de crucificarlo.
La exaltación diabólica que se había apoderado
de su alma le tenía de todo punto ciego y tirani­
zado, y una fuerza invisible le subyugaba, arreba­
tándole en fiero torbellino. En el pecho de aquel
infeliz se libraba una contienda en que tomaban
parte el cielo y la tierra, la misericordia de Dios
y las pasiones más miserables de los hombres.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN__ _ 119

Rendido por fin servilmente á la infernal pa­


sión de la codicia, y aprisionada su razón del
deseo de pasar plaza de verdadero amigo y con­
fidente del Pontífice, que le había de entregar los
treinta dineros concertados por la venta de su
Maestro, acudió á la cita de aquellos que, con
odio y rencor rabiosos, habían de prenderlo en
Getsemaní.
El odio nacido en su enconado pecho estalló
con furia infernal en su alma, y desvanecidos los
negros colores del infausto crimen en la mente
miserable de Judas, y decidido á proclamar su
infame alevosía yendo al frente de los soldados
romanos y demás verdugos, que, armados, iban
á ejecutar la orden de arresto, dada por el gran
sacerdote y confirmada por el Sanhedrín, con
ánimo osado y aire misterioso y reservado se
acercó aquel maldito discípulo á Jesús y realizó
con un beso su negra traición, envuelta en estas
palabras: Dios te salve, Maestro. . .
Prontamente, á esta señal convenida, aquella
patrulla desalmada apresa á la inocente Victima,,
que, sin defenderse, se entrega voluntariamente
á sus verdugos, que le atan crudamente, y con
rigores atroces y contumelias jamás vistas, le
llevan como reo á la presencia de los pontífices
y fariseos.
En esta falsa amistad comenzaron todos los
trabajos que Cristo tuvo en su Pasión, de ella
fué su corazón herido y lastimado con mucha
120 R. MÉNDEZ OAITE

razón y en ella nos dejó admirables ejemplos de


blandura, mansedumbre y paciencia.
¡Oh, imponente, sublime é impenetrable mis­
terio!. ..
Mientras jesús, como un criminal, estaba en el
Concilio, sujeto y rendido á la satisfacción de una
turba maldita que, poseída del espíritu de Luci­
fer, le acusaba de terrible agitador y de peligro­
so político; el miserable Judas, oprimido en su
conciencia y estremecida su alma ruin, temblaba
de espanto por su traición consumada.
Pesaroso Judas por haber puesto á su inocen­
te Maestro en tales pasos, y sin poder sacudir de
su imaginación la pena, esperó el maldito discí­
pulo á la conclusión del suceso, y cuando supo
que los consejeros, en pleno Concilio, habían de­
cretado la sentencia de muerte de Jesús, y que
ya le llevaban al presidente Poncio Pilato para
que la mandase ejecutar; con las amarguras legí­
timas de su delito, creyendo desagraviar la Di­
vinidad de Cristo, ofendido con ánimo resuelto
se entró en el Consistorio, y en presencia del pon­
tífice y de los dignatarios dijo:
«En la ciudad es público que habéis senten­
ciado á muerte á Jesús Nazareno, mi Maestro, á
quien os entregué anoche por el interés de trein­
ta dineros, de lo cual estoy gravemente arrepen­
tido; y por apartar de mí este enorme cargo de
conciencia, vengo á declarar que cometí un ho­
rrendo crimen en lo que depuse en vuestra pre­
_ LA_OBRA DE LA REDENCIÓN 121

sencia con Él, infamando sus santísimas costum­


bres, siendo todo lo dicho por mí falso y enga­
ñoso; protesto de habérosle entregado, porque
es Justo, Santo y verdadero Hijo de Dios; y así
os requiero ante la Eterna Majestad, que no le
hagáis mal alguno, antes le adoréis como á vues­
tro Dios y Mesías; y en esta conformidad, os
traigo el dinero que me disteis por precio de
esta iniquidad para que se se deshaga el contra­
to y pongáis en libertad á Jesú s.. . *
— «Ya es tarde.. . » — le respondieron con risa
y desprecio los pontífices.
— «Iros, iros con vuestros dineros, porque el
quitar á este hombre la vida no pende del con­
trato que con vos se celebró, sino de la potestad
que tenemos y á nos incumbe de castigar malhe­
chores y prevenir los contagios del error que Je ­
sús sembraba.»
¡Ya era tarde!. . . ¡Ya no había remedio!. . . El
vil é infame contrato tenía que cumplirse, y junta­
mente con la muerte del inocente Jesús, la con­
denación de aquel maldito discípulo que, suges­
tionado por el demonio, aun hizo además infruc­
tuosa su penitencia, desesperando de su salva­
ción é infiriendo al Hijo de Dios el más Reforme
insulto, pues también le negaba la clemencia para
perdonarle, cuando su Muerte y su Pasión dolo-
rosa era el timbre más sublime de la más sublime
ejecutoria de la bondad de su Omnipotente Sér.
¡E cce - Homo!
Vedle insultado, escarnecido, azotado, objeto de
m ofa. . . ¡Ecce·Homo!
Ved aquí al hombre á quien tenéis por vuestro
enem igo. . .
Ecce-Homo
(Ved aquí al hombre)

Morirás, morirás.
GÉNES., II, 17.

e t ir a d o estaba el Hijo de Dios en el mon-


I \ te de las Olivas haciendo aquella oración
de amor, que sin fuerza de golpes y heridas le
hacía derramar sudores de sangre, cuando allá,
fuera del huerto, percibíase un ruido sordo como
de armas y gente que anda con cautela.
El divino Salvador, todavía con la palabra en
la boca, de aquella sublime súplica que dirigiera
á su Eterno Padre, cuando sobrevino un tropel
de gente, delante de la cual iba Judas, que se
arrimó á Jesús para besarle.
124 R. MÉNDEZ 0A1T E _________

Judas, el discípulo traidor, y los fariseos, pro­


vistos de antorchas, armados de palos y escolta­
dos de un destacamento de soldados romanos
armados con espadas, iban á ejecutar la orden
de arresto dada por el gran sacerdote y confir­
mada por el Sanhedrín; y al llegar ya á las cer­
cas del huerto aquella infernal tropa de hebreos
y gentiles, que según graves autores constaba de
mil doscientas personas, el Salvador salió á su
encuentro preguntándoles: — ¿A quién buscáis?
— Respondiendo — : A Jesús el Nazareno — . Y o
soy.
El maldito discípulo, el sacrilego apóstol, ade­
lantándose á todos y por el precio de treinta mo­
nedas, le vende, llevando su infamia hasta el cí­
nico extremo de ejecutar con un beso su negra
traición, envuelta en estas palabras: Dios te sal­
ve, Maestro.
Prontamente á esta señal convenida, aquella
patrulla desalmada apresa á Jesús, que se entre­
ga voluntariamente á sus verdugos, poniendo so·
bre Él sus manos, y piden á gritos su muerte.
En seguida dijo el Señor á los que se disponían
á prenderle:— «Asi como á ladrón, salisteis á mí
con espadas, y habiendo yo estado con vosotros
cada dia en el Templo, no extendisteis las manos
en mi; mas esta es vuestra hora y el poder de las
tinieblas» (1).

(1) San Math., xxvi.


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 125

¡Oh, imponente, sublime é impenetrable mis­


terio!
Luego que el inocentísimo Cordero pronunció
tales palabras, sus facinerosos enemigos le aco­
metieron y arrebataron como á infame criminal,
arrastráronle y pusiéronle bajo sus pies, y tenién­
dole boca abajo, le ataron las manos á la espalda
y apretaron tan fuertemente los lazos corredizos,
que empezó á correr la sangre de sus muñecas.
Echáronle además al cuello una pesadísima ca­
dena, y así maniatado y preso, desamparado de
sus discípulos y en medio de sus crueles enemi­
gos, es llevado entre los mayores insultos y gol­
pes desde el monte de la oración al tribunal im­
pío que había dado la orden de su prendimiento.
Aquella turba maldita, poseída del espíritu de
Satán y complacida en su cruel saña contra el
mansísimo Cordero, lo lleva amarrado en medio
de burlonas risotadas é impía algazara á la ciudad
deicida para acusarle en casa de los pontífices, y
primero á la de Anás, en quien residía la autori­
dad sacerdotal, para que le interrogasen acerca
de su doctrina.
Camino del tribunal, lo que aquellos impíos
hicieron no es capaz el entendimiento de cono­
cerlo, ni la pluma de trasladarlo al papel; inmen­
sos fueron los ultrajes, las bofetadas y salivazos
que con rabia inaudita dieron al Justo Inocente
los dignatarios judíos, presentándolo como un
peligroso político que deseaba perder la jerarquía
126 R. MÉNDEZ GAITE

sacerdotal y como un terrible agitador que, por


multitud de arengas revolucionarias, había obte­
nido honores á su entrada en Jerusalén.
¡Qué oprobios! ¡Qué injurias! ¡Qué insolencias
no iba oyendo de aquellas infernales bocas! ¡Qué
diversidad de penalidades no intentaron aquellos
maliciosísimos opresores! ¡Oh, crueldad horren­
da! ¡Oh, rabia inaudita!
Entró por fin en Jerusalén aquel lastimoso es­
pectáculo; oia la gente la gritería y, asomándose
á las ventanas, preguntaban la causa, la cual en
unos causaba gusto y placer, en otros dolor, y
admiración confusa en todos; y al llegar á la casa
de Anás, el sacrilego sacerdote, con imperiosa
autoridad, le interrogó por la doctrina que ense­
ñaba y si era el rey de los judíos; respondiendo
Jesús, sin entrar en largas explicaciones: Tú lo
has dicho. «Yo siempre he hablado en público,
enseñando y predicando en el templo y en la si­
nagoga, donde concurren los judíos, y nada he
dicho en oculto. ¿Qué me preguntas á mi? Ellos
te dirán, si les preguntas, lo que yo les he ense­
ñado.»
Nada más natural que esta respuesta tan llena
de sabiduría; pero como no era nada propia para
satisfacer la cólera de sus enemigos, uno de los
ministros malvados reunidos en concilio, Maleo,
á quien poco antes había curado la oreja que le
cortara San Pedro, dió con osada é irreverente
audacia una bofetada en el sagrado rostro del
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 127

Señor, diciéndole: ¿Asi respondes al pontífice?


A tan inaudita maldad replicó con mansedum­
bre Jesús: «Si yo he hablado mal, da testimonio
y di en qué está el mal que me atribuyes; y si
hablé como debía, ¿porqué me has herido?...» (1)
¡Oh, estulticia de la ignorancia diabólica y tor­
peza de los hombres!
Anás, aunque verdadero autor del error y ho­
micidio jurídico que iba á consumarse, no te­
niendo poderes para pronunciar la sentencia, lo
remitió atado á casa de su yerno Caifás, donde
el Sanhedrín se hallaba reunido; y recibieron al
Criador con grande risa de verle sujeto y rendi­
do á su poder y jurisdicción.
En este segundo é inicuo tribunal trataron sus
enemigos de hallar acusación verdadera, falsean­
do los principales puntos de su santísima doc­
trina, induciendo falsos testigos, que unos le acu­
saban como blasfemo por haber dicho que des­
truiría el Templo y volvería á edificarle en tres
días; otros le acusaban de que prohibía pagar el
tributo al César, cuando lo que había dicho Cris­
to fué, que diesen á Dios lo que es de Dios, y al
César lo que es del César; y otros le imponían
que se hacía rey y que pretendía coronarse por
el honor del milagro de los panes y los peces,
mentiras todas que se amontonaban en contra
del Señor. Ardía el pontífice en rabia por hacer

(1) San Joann, xvm.


128 R. MÉNDEZ OAITE

romper el silencio del Justo, que oía á sus detrac­


tores sin despegar los labios, y con maliciosa in­
tención le dijo: «Te conjuro en nombre de Dios
vivo para que manifiestes si eres hijo de Dios».
Al oir Jesús este nombre, respondió: Yo soy Hijo
de Dios.
¿Qué os parece de esto, preguntaba Caifás?
«Que es digno de muerte, que es reo de muer­
te», respondieron todos á una voz, reventando
de enojo y en diabólica crueldad.
Y habiendo contestado el Salvador como con­
venía, los que no merecían su respuesta descar­
gan sobre Él todas sus iras; Caifás le trata de
blasfemo, escúpenle en su divino rostro, arrán-
canle los cabellos, tiénenle todos por digno de
muerte, cúbrenle los ojos con un paño, dánle bo­
fetadas y, mofándose, le dicen: «Adivina quién
te hirió» (1).
En esta serie de calumnias y castigos emplea­
ron no pequeña parte de la noche los sacerdotes
y fariseos, hasta que, ya cansados, determinaron
irse á sus casas hasta el amanecer, abandonando
á Jesús á la insolencia y voluntad de los solda­
dos que le custodiaban, de los que fué objeto de
los mayores oprobios y afrentas que se pueden
inventar; pues como dice San Lucas, aquéllos se
valían para vencer el sueño de la noche, de es­
tar burlando y jugando con el Supremo Señor.

(1) San Math. xxvi.


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 129

Mas no eran estos ios únicos trabajos que en


noche tan dolorosa sufrió el Salvador; sobre ellos
estaba la pena que recibía de haberle negado
tres veces uno de sus mayores amigos, San Pe­
dro, el Apóstol que tenia elegido para Príncipe de
su Iglesia. Sintiendo Jesús perder una oveja tan
querida, mira á Pedro, y éste, que no había des­
pertado al canto del gallo, comprende la expre­
sión de aquella mirada y, conmovido por ella,
llora su pecado con abundantes lágrimas.
También los ángeles que rodean al Mesías
leen sobre su divino rostro los votos que hace
por sus discípulos y sus elegidos, de quienes ve
la desesperación, y acaban por dispersarse en su
busca para prestarles consuelo.
La sentencia estaba resuelta de antemano y,
para justificarla, como Jesús no era ciudadano ro­
mano, en el viernes, luego que amaneció, llevan
al Señor ante Pilato, quien, no hallando en Él
culpa alguna, lo remite á Herodes por los agen­
tes que lo condujeron al Pretorio, antiguo pala­
cio del tetrarca.
Entonces tuvo lugar, según afirman todos los
relatos, una escena odiosa y repugnante. Sus ene­
migos desnudaron á Jesús y le cubrieron como
un loco con una túnica de grana, y tejiendo una
corona de espinas, que atraviesan la cabeza y
llegan hasta los huesos, en número de setenta y
dos, se la pusieron en la cabeza y una caña en la
mano derecha.
9
R. MÉNDEZ GAITE

Fué el colmo de la ignominia; escarnecido el


gran Dios, sirve de diversión á aquellos misera­
bles, que le hicieron subir á la tribuna del Preto­
rio, y poniéndose delante de Él, y doblando en
seguida una rodilla, le vilipendian, diciendo: «Dios
te salve, Rey de los judíos» (1); á la vez que
unos le escupen en la cara, otros le daban con la
suela de sus zapatos en la boca, y otros, cogién­
dole la caña, golpeaban con ella sobre la corona,
que se clavaba más. En este martirio llegó á
tanto el dolor del Hijo de María, que empezó á
derramar lágrimas de sangre.
Y así, envuelto el acardenalado cuerpo de Je­
sús en un manto de púrpura y descansando so­
bre su brazo derecho una caña, irrisorio emble­
ma del cetro de los reyes, y desgarrando su frente
una corona de espinas, le devolvieron otra vez á
casa de Pilato.
Pilato entonces, dice San Juan en el capí­
tulo xix de su Evangelio-, mandó azotar á Je­
sús, preliminar ordinario del suplicio de la Cruz;
y después de la flagelación y coronación de es­
pinas, creyendo poner á cubierto su responsabi­
lidad con aquel infame simulacro y evitar un trá­
gico desenlace, hizo asomar por una ventana del
Pretorio á la victima y, hablando con el pueblo,
exclamó: Ecce-Homo : Ved aquí al hombre á
quien tenéis por vuestro enemigo.

(I) San Marcos, xv.


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 131

Aquí os le traigo, aquí os le presento y os digo:


que no encuentro en El motivo alguno de conde­
nación. ¿Qué más puedo hacer después de haber­
le castigado con tanto rigor? Ya no tenéis que
temerle; yo no hallo causa para condenarle á
muerte: ¡Ecce-Homo!
Ecce-Homo; vedle entregado en manos de sus
enemigos por uno de sus discípulos.
Ecce-Homo; vedle preso, atado, abofeteado por
el pueblo á quien trata de salvar.
Ecce-Homo; vedle insultado, escarnecido, azo­
tado, objeto de mofa de la soldadesca desenfre­
nada.
Ecce-Homo; como si dijera: «Si por envidia le
procurábais la muerte, vedle digno de lástima, no
de envidia; si á sus manos temíais, aquí las te­
néis atadas; ¿qué más demandáis contra este
hombre tan desfigurado?. . .
Mi pluma reposa desfallecida sobre las cuarti­
llas de mi libro; mi voz temblorosa desfallece...
¡No hay poder humano para cantar los sufrimien­
tos de un Dios. Pilato recobra valor bastante
para intentar su último llamamiento á la piedad
del pueblo. El mismo conduce á Jesús á la plaza,
delante del palacio, y exclama:
— ¡Aquí os le traigo, á fin de deciros una úl­
tima vez que El no merece la muerte. Miradle.
¿Es la suya la actitud de un criminal delante de
sus jueces?
El tumulto crecía, amenazando convertirse en
132 R. MÉNDEZ QAITE

verdadera sedición, y por todas partes gritaban:


¡Crucifícale, crucifícale!
El aspecto de Jesús, quebrantado por los sufri­
mientos, la frente cubierta de sangre y revestido
con las insignias de una realeza irrisoria, lejos
de enternecer al pueblo, aumentan su rabia.
Millares de voces rugen de nuevo: «¡Crucifi­
cadle!»
«Tomadlo — les decía Pilato — ; crucificadlo
vosotros mismos; yo lo declaro inocente; yo no
encuentro punto en que apoyar la sentencia.»
«Tenemos una ley — gritaban muchas voces
roncas, como voces del averno — y, según esa
ley, merece la muerte, porque se ha hecho pasar
por Hijo de Dios. Nuestra ley le ha condenado;
es menester que muera ese que osa llamarse el
Hijo de Dios; ese que falsamente pretende ser
rey del cielo y de la tierra.»
«Te acusan, piden tu muerte; ¿no respondes
nada?» — le preguntaba Pilato.
«¿De dónde eres?» — interrogaba Pilato.
El Hijo del Hombre permaneció mudo. Ofen­
dido Pilato, añadió:
«¿Olvidas que tu vida está en mis manos?»
Y Jesús respondió:
«No tendrías ese poder si Dios no te lo hubie­
ra dado. Sea cual fuere el uso que de él hagas,
los que me han acusado serán siempre mucho
más culpables que tú.»
Entonces los sacerdotes, enardecidos por la
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 133

cólera que irradiaba del rostro del pretor, gri­


taron:
«Si no nos libras de Jesús, no eres el amigo
del César; porque cualquiera que se declare rey
de un país sometido á los romanos, se rebela
contra el César, y merece la muerte.»
Aquellos implacables extraviados, adoptando
un tono cada vez más exigente, declararon que
peligraba la ley si el seductor no era condenado
á muerte, y, tildando de desobediencia al César
la resistencia y negativa de Pilato de dar el fa­
llo de muerte, cual fieras humanas, á gritos, se­
guían clamando que le crucificase.
Aun esperaba el injusto magistrado parar el
golpe que amenazaba á Jesús, proponiendo al
pueblo la libertad del Justo por la muerte del ase­
sino Barrabás, que ya estaba sentenciado; su pre­
texto fué inútil.
«Aquí no hay más rey que el emperador — le
decían — ; si sueltas á ése, no eres amigo del Cé­
sar, puesto que cualquiera que se hace rey se
declara contra el César. ¡Crucifícale, crucifícale!
¡Danos á Barrabás!»
Pilato replicó: «¿Qué mal ha hecho?» Pero los
judíos redoblaron sus clamores, gritando siempre:
«¡Crucifícale, crucifícale! ¡Danos á Barrabás!»
El débil Pilato, viendo entonces amenazado
su destino, temeroso del informe que sus enemi­
gos enviarían á Roma, informe en que se diría
que había apoyado á un rival de Tiberio, y sin-
134 R. MÉNDEZ O A I T E ________________

tiendo entregar su nombre á la execración públi­


ca, ambicioso, temerario y cobarde contra lo que
la razón le dictaba y las leyes divinas y humanas
aconsejaban, sin querer exponerse al peligro de
favorecer á un hombre cuya inocencia estaba de­
mostrada condenó á Jesús á sufrir la muerte de
Cruz, dejando á los judíos la responsabilidad de
lo que pudiese suceder, quienes la aceptaron ple­
namente: Recaiga su sangre sobre nosotros y so­
bre nuestros hijos. . (1).
Notificaron la sentencia al Autor de la vida:
fué entregado á una cohorte de soldados, que
desplegaron para su ejecución todo el odioso
aparato de las más crueles costumbres, y le des­
nudaron de la púrpura ignominiosa que le ha­
bían puesto como á rey de burlas, vistiéndole la
túnica inconsútil.
Corrió entonces velozmente por Jerusalén la
voz de la sentencia pronunciada contra el Naza­
reno, y todo el pueblo acudió en tropel para verle
aju sticiar........................................................................

El crimen de Pilato fué horrible. Estaba con­


vencido de la inocencia del acusado; y sin em­
bargo, por miedo á la destitución, al destierro
y á los calabozos, lavándose luego las manos
con que había firmado la injusta sentencia, para

(I) San Mateo, x x v ii .


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 135

aquietar su agitada conciencia y rechazar la res­


ponsabilidad de la sangre del Justo y echarla
toda entera sobre los judíos, sobre la constitu­
ción y sobre las leyes; que pensó que le obliga­
ban á dar la sentencia, condenó á muerte al que
creía, y estaba plenamente convencido, que era
un inofensivo inocente.. .
¡Cuántos Pilato hay en el mundo!.. .
Sacrilega falsedad, sentencia injusta que man­
dó hacer un juez inicuo y apóstata, que antes ha­
bía declarado inocente á Jesús y ahora le conde­
na á la Cruz como único culpable.
Inicuo fallo dado contra'el Nazareno, por de­
clararse Señor del Imperio, Hijo verdadero de
Dios, Rey de los judíos y de todas las criaturas;
por haber enseñado suaves y divinas leyes, y
una y otra vez curar enfermos, dar vista á cie­
gos, sanar tullidos, arrojar demonios; y una y otra
vez augurar la ingratitud de compañeros y com­
patriotas; predecir la destrucción de la ciudad
ingrata; asegurar la dispersión del pueblo ama­
do, sin patria, sin hogar, sin familia; anunciar la
difusión de su doctrina, obra del cielo,.y lanzar
el reto de desafío á las potencias del Averno; y
una y otra vez perdonar las debilidades de sus
discípulos, predicar la clemencia, mirar con ojos
de compasión la deslealtad del pérfido Judas,
atravesar los campos, subir á los montes, pene­
trar en las mansiones de la miseria y del peca­
do, para hacer el bien; sufrir el hambre y la sed,
136 R. MÉNDEZ OAITE _______________

llevar con resignación las burlas y los dicterios


de la turba soez y tender e f manto de protección
á cuantos van cargados y afligidos.. .
Triste epílogo de santa abnegación sin límites!
¡Buscar en la Cruz castigo de criminales, morir
afrentado entre dos ladrones por que el hombre
viva glorioso, y morir entre tormentos infinitos
por tanto infinito am or.. . !
¡Tremenda equivocación!.. .
¡Ejemplo imperecedero de la justicia de los
h om bres!.. .
El Hombre-Dios fué sentenciado; el Inocente
sacrificado; el Pacífico mortificado, y el más San­
to pospuesto á un ladrón facineroso y asesino.. .
¡Ecce-Homo!
La sentencia de Jesús

P
o r lo curiosa y oportuna, vamos á publicar
la sentencia que condenó á muerte al Hijo
de Dios, documento que se conservó durante
largo tiempo en el Archivo de Simancas:
«Archivo general de Simancas. — Asuntos de
Estado. — Legajo 847. — Roma, núm. 1. — Co­
pia de la sentencia pronunciada por Pilato contra
Cristo nuestro Señor, descubierta en la ciudad de
Aquilea en los Abruzos, el año 1580, en las rui­
nas de un templo. — Estaba encerrada en un
tubo de hierro, escrita en pergamino con carac­
teres hebraicos, y ha sido interpretada así:
138 R. MÉNDEZ OAITE

«En el año XVII de Tiberio César, Emperador


romano y Monarca invencible de todo el univer­
so, en la olimpiada CXXI, en el año cuatro ve­
ces MCXLVII de la creación del mundo, según el
cálculo de los hebreos en el año LXXIII del Im­
perio romano y CDXVII de la vuelta del cautive­
rio de Babilonia, siendo Cónsules Lucio Pisino,
Pontífice romano, Mauricio Sáurico, Procurador
de la Invencible, y Valerio Palestino, Gobernador
de la judea; siendo Regente y Gobernador de la
ciudad de jerusalén Flavio Quarto, Presidente
gratissimus; siendo Gobernador de la baja Gali­
lea Poncio Pilato; Anás y Caifás, Patriarca y gran
sacerdote; siendo guardián del Templo Ales Ma-
clos, y siendo centuriones de los Cónsules roma­
nos Quinto Cornelio Sublimo y Sexto Pomplio
Rufo; el XXV de Marzo.
»Yo, Poncio Pilato, representante del Imperio
romano en este Palacio de Larchi, nuestra resi­
dencia, juzgo y condeno á la pena de muerte á
Jesús, llamado Cristo Nazareno, del país de Ga­
lilea, hombre de la Ley mosaica, sedicioso contra
el emperador Tiberio César; y en razón de lo ex­
puesto, decido que sufrirá sobre la Cruz, como
culpable de haber reunido numerosos ricos é in­
digentes, no cesando de provocar tumultos en
toda Galilea, diciéndose Hijo de Dios y Rey de
Israel, amenazando con la ruina á Jerusalén y el
Imperio sagrado, negando el tributo á César,
osando entrar con palmas y en triunfo, seguido
_____________ LA OBRA DE LA REDENCIÓN 139

de la multitud, como un Principe, en la ciudad y


en el Templo divino.
»Por estas razones, ordeno á mi ceoturión
Quinto Comelio que conduzca públicamente por
la ciudad de Jerusalén, con dos ladrones homici­
das, á Jesucristo, atado y azotado, vestido de púr­
pura y coronado de espinas, llevando la Cruz
sobre sus hombros, á fin de que sirva de ejem­
plo á los malhechores.
>Y todos saldrán por la puerta hoy denomina­
da Antonina é irán hasta el monte llamado Cal­
vario, donde, después de haber sido crucificado,
permanecerá expuesto su Cuerpo en la Cruz,
como espectáculo del castigo reservado á los cri­
minales.
»Será colocada sobre la Cruz la siguiente ins­
cripción en las tres lenguas, hebraica, griega y
latina: En hebreo: Aloi olisidin\ En griego: Jesús
Nazorayos. En latin: Jesús Nazarenus, Rex Ju-
deorum.
»Asimismo ordenamos que ninguna persona,
cualquiera que sea su clase, ose temerariamente
oponerse á la justicia por nos ejercida en todo su
rigor, según los decretos y leyes de los romanos
y los hebreos, bajo pena de incurrir en los casti­
gos reservados á los que se insurreccionen con­
tra el Imperio.
»Han confirmado esta sentencia:
»Por las doce tribus de Israel: Rabán, Daniel,
Segundo, Juan, Bencias, Barbas, Isabec, Presidan.
140 R. MÉNDEZ OAITE

»Por el gran sacerdote: Rabán, Judas, Bonca-


salón.
»Por los fariseos: Rollet, Simón, Daniel, Bra-
ban, Mordaguin, Boncertassili.
»Por el Imperio y el Presidente de Roma: Lu­
cio, Sextillo y Amostro Silio, notario judicial.
»Por los gentiles: Nostán y Reotenán.»
Orden de ejecución de Nuestro Señor
Jesucristo, segdo tradición piadosa

esú s Nazareno, de la tribu de Judá, conven­

J cido de impostor y de rebelión hacia la au­


toridad divina de Tiberio Augusto, emperador de
los romanos, habiendo sido por este hecho sa­
crilego condenado á morir en una cruz por orden
del juez Poncio Pilato, sobre la instancia de nues­
tro señor Herodes, teniente del emperador d eju -
dea, será conducido mañana por la mañana, 9 de
los Idus de Marzo, al lugar ordinario del suplicio,
escoltado por una compañía de la guardia preto-
riana, el supradicho Rey de los judíos, por la
puerta de Estrunca. — Los oficiales y súbditos
del emperador prestarán su apoyo á la autoridad
para la ejecución de esta orden. — Jerusalén, en
el día 8 de los Idus de Marzo, año 783 de Roma.
— Firmado: Capet. — Hombre público.»
La Verónica

ntre la inmensa muchedumbre que asistió

E al horrendo espectáculo del sacrificio de


Jesús y respiró el ambiente doloroso y triste del
camino recorrido por la inocente víctima hasta la
funesta cumbre del Calvario, donde debía de
morir, no faltaron personas de afecto compasivo
y de tierna piedad que, acordándose del bien que
el Salvador había obrado, móvil de su condena­
ción, con sentidas lágrimas lamentasen la dolo-
rosa é infamante muerte y se interpusieran no­
blemente como un escudo, aunque ineficaz, entre
Cristo y sus empedernidos verdugos.
El recuerdo de Simón de Cirineo, que vinien­
do del campo fué obligado por los soldados á
1 4 4 ________ R. MÉNDEZ GAITE__________________

llevar la Cruz del Salvador, y el de una cristiana


y devota mujer, nombrada Verónica, afecta á las
doctrinas de Jesús son, sin disputa, los dos úni­
cos homenajes tiernos que el Señor recogió en
su triunfal y gloriosa catrera y en la procesión
más triste que presenció la humanidad.
Los siglos no han podido borrar la memoria
de aquella noble mujer que, cuando todos aban­
donaban á Jesús, no temió dar un público testi­
monio de su amor y devoción al Salvador del
mundo.
Conmovedora y profunda escena de compa­
sión, que transparenta la ternura y la sensibili­
dad de un hermoso corazón en medio de la fie­
reza de los implacables verdugos; único suspiro
de piadoso amor que se dejó oir en la cuesta del
Calvario y en medio del sanguinario rumor,
vago, creciente, como el ruido sordo de las gran­
des mareas; único rasgo generoso de una pobre
mujer que, á despecho de los enemigos de Cris­
to, conmovió á aquella masa de fieras, excitadas
al olfatear su presa; único acento de generoso
amor á su divino Maestro que resonó entre los
crueles ultrajes de aquella asamblea de demo­
nios y entre los gritos de venganza y muerte que,
con rugido estridente y pavoroso, brotaban de
todas partes y rodeaban la aureola de santidad
de Jesús como si quisiesen obscurecerla.
Acercábase ya la hora; por las calles de Jeru-
salén, en carrera triunfal y gloriosa, á los ojos de
LA OBRA DE LA R ED E N C IÓ N ______145

la fe, iba Jesús, el divino mártir, llevando sobre


sus hombros la Cruz en que había de ser clava­
do, y en la que habían de quedar cancelados to­
dos los eternos decretos de Dios.
El agudo sonido de las trompetas de la escol­
ta romana y la agitación y clamoreo de las tur­
bas, señalaban el paso del Señor y del fúnebre
cortejo que le acompañaba; y cuando pasaba por
una larga calle que terminaba en la Puerta Judi-
ciaria, de una casa situada en un paraje en que
la calle se estrechaba, con ánimo y valor infun-
dido de los Cielos, se señaló una mujer sollozan­
do amargamente, de noble aspecto y presa de
indefinible ansiedad que, rompiendo valerosa­
mente por el círculo de verdugos y el escuadrón
de soldados, y llevando en sus manos un delica­
do lienzo, llegó adonde estaba Jesús, rendido á
la pesadumbre del madero y sudando por el ros­
tro la sangre que manaba de los juncos de que
iba trágicamente coronado y, postrándose á los
pies del Salvador, dijo, anegada en lágrimas, á
sus verdugos:
«Permitidme que limpie el rostro de mi Se­
ñor». Jesús tomó el lienzo, enjugóse su rostro en­
sangrentado, y devolviólo con ternura y agrade­
cimiento á Serapia, que lo besó y escondió bajo
su capa, dejándole, en prueba de que le había
sido agradable aquel obsequio, impreso en san­
grientas tintas y con verdad pasmosa su sem­
blante, que después ha sido y seguirá siendo reli-
10
146 R. MÉNDEZ QAITE

gioso memorial de aquella mortal fatiga · · · ( ! ) ·


Recuerdo inopinadamente asociado al suplicio
del Salvador, que es un vivo ejemplo de la cari­
dad, fortaleza y abnegación de nuestro amantísi-
mo Redentor y un homenaje de tiemísimo agra­
decimiento á aquella caritativa y valerosa mujer
llamada Serapia, ó Verónica.

( I ) Aun hoy se ensefla á los viajeros y peregrinos, en


la calle de la Amargura, la casa de Serapia, llamada de
la Verónica.
El premio de una traición

ra el primer día solemne de la Pascua del

E Cordero ó de los ácimos, y estando los


Pontífices y Sacerdotes en el templo de los sa­
crificios y de los holocaustos, con semblante fu­
rioso y ánimo turbado, entró en el templo Judas
Iscariote, diciendo:
«Esta mañana fui á vuestro Concilio á deci­
ros cuán arrepentido estaba yo de haberos en­
tregado á Jesús Nazareno, mi Maestro, pecando
en ello gravemente, por torpe codicia, sin que en
Él hubiese visto jamás acción que no fuese pura
y santa. Llevé á vuestra presencia los treinta di­
neros que me disteis por precio de mi alevosía,
con intención de que el trato se anulase. No qui-
148 R. MÉNDEZ GAITE

sisteis admitirlos; antes, con risa y desprecio, me


repelisteis, determinados á no perder la ocasión
que teníais en las manos de llevarla adelante,
hasta ponerle por orden de Pilato en una Cruz.
»Tristísimo salí de vuestro Consistorio, por­
que juzgué que, si por mi traición moría Jesús,
no tenía que esperar mi salvación. Y conside­
rando que le llevábais al tribunal de un juez,
aunque idólatra y pagano, sin envidia ni emula­
ción, tuve alguna esperanza de la libertad de mi
Maestro. Consolóme verle inclinado á librarle;
mas cuando miro que por vuestras diligencias y
amenazas ha sido condenado á muerte, y que ya
le llevan al Calvario á fijarle en una cruz como
á insigne malhechor, siendo tan santo; vengo á
daros este último testimonio de la santidad de
mi Maestro, y arrojar á vuestros ojos los dineros
que tan caro me ha costado; pues por la codicia
de ellos pierdo, sin recurso, y para siempre tam­
bién, el ver á Dios y á mi Maestro ( 1 ) .................
Anegado en desesperación y envuelto en lá­
grimas salió del templo aquel desdichado, dis­
puesto á castigar en si mismo su espantoso é in-

(1) Los pontífices, ante quienes arrojó Judas los di­


neros, acordaron no ponerlos en el Gazofilacio ó arca
donde se guardaban las limosnas; y, considerando aque­
lla plata precio de una perfidia, compraron un campo
para enterrar en él á los que morían sin tener propia
sepultura. E ste campo se llamó Hacel dama, que signi­
fica campo de sangre.
_ ______ LA OBRA DE LA REDENCIÓN 149

grato sacrilegio; y, dirigiéndose á las afueras de


Jerusalén, trepó á lo alto de la copa de un árbol
y, enlazando un cordel al cuello con fuerte nudo,
arrojó su cuerpo y alma á los abismos, hundien­
do su terrible culpa en la eternidad de los infier­
nos, en el mismo momento, ¡oh fatal casualidad!,
en que su Divino Maestro, el Inocentísimo Jesús,
moría también en otro árbol: el árbol de la Cruz,
del perdón y de las misericordias.. .
Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen.
Acuérdate de mi cuando estuvieres en tu Reino. — Hoy serás conmi­
go en el Paraíso.
«Mujer, he ahí á tu Hijo». «He ahí i tu madre.»
¡Dios mfo! {Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?
Tengo sed.
Consumado es.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Las Siete Palabras que
Cristo dijo en la Cruz

Con grande clamor y lágrimas


fué oido por su reverencia .
S an L u c a s , i i .

Primera
Perdónalos, Padre, porque no
saben lo que hacen.
S an L u c a s , x x iii.

n el Viernes Santo, día de las grandes me­

E ditaciones, en que expiraron los siglos


gentílicos y comenzaron á florecer las edades
cristianas, el Hombre-Dios, pendiente de una
Cruz, cumpliendo las divinas promesas, habló
por última vez al mundo, promulgando con pa­
labras de piedad suprema el código de la más
152 R. MÉNDEZ GAITE

perfecta justicia, de la más profunda filosofía y


del inefable é infinito amor que Jesús, nuestro
Salvador, sintió por cada uno de los hombres
presentes, pasados y por venir.
Han pasado ya veinte siglos desde que el di­
vino Mártir del Calvario legó á la tierra aquel
precioso testamento de misteriosa grandeza, sím­
bolo de su caridad inenarrable, y ni el tiempo ni
los sucesos fueron poderosos para borrar aque­
lla verdad revelada desde ignominioso patíbulo,
que dejó profunda conmoción en la Historia y
dolor reflexivo en el alm a. . .
Clavado Jesús en la sacrosanta Cruz, los prín­
cipes de los sacerdotes y los ancianos del pue­
blo, autores de su Pasión, acrecentaban con pa-
bras injuriosas los dolores de su cuerpo santí­
simo, azotado, desconyuntado; la cabeza inclina­
da, el rostro amoratado y sanguinolento, los ojos
hundidos, la nariz afilada, la boca entreabierta,
los labios secos, el cabello descompuesto y to­
dos sus miembros dilacerados y manando sangre.
Era llegado el supremo momento en el que,
concluida su misión en este mundo, Jesucristo iba
á reunirse con el Eterno Padre, de quien había
salido y á quien estaba á punto de volver, dejan­
do sobre su leño la carne de que se revistiera su
espíritu inmortal al querer con su bondad y mi­
sericordia infinita librarnos de la esclavitud del
infierno.
La multitud que se congregaba en el monte
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 153

Calvario era considerable; su cima veíase coro­


nada por tres cruces enhiestas, de cada una de
las cuales pendía el cuerpo de un hombre, y en
medio Cristo, extendiendo sus manos hacia aquel
pueblo que no creía en Él y que le contradecía.
Los príncipes de los sacerdotes, los ancianos,
escribas, doctores de la Ley, la cohorte romana,
los soldados, sayones, los habitantes de Jerusa-
lén y extranjeros que habian presenciado la eje­
cución del divino Mártir, agitábanse cerca de la
Cruz, de un lado para otro, mirando sus agonías;
y sin respeto, viéndole sumido en el desprecio y
abatimiento mayores que conocieron los siglos,
blasfemaban solhiantando los ánimos é insul­
tándole con estupidez.
«Dios fingido — decían los enemigos del Sal­
vador, arrastrándose en furioso torbellino— : Tú
que destruyes el templo de Dios y en tres días
lo vuelves á reedificar, sálvate ahora á Ti mis­
mo . . . Desciende de la Cruz y creeremos en
T i . . . · (1).
«Ha salvado á los demás y no puede salvarse
á si mismo.»
«Ha confiado en Dios; líbrele ahora, si le ama,
puesto que ha dicho: Hijo soy de Dios. ..»
«Si tú eres el rey de los judíos, sálvate á Ti
mismo.»
¡Triste y lastimoso espectáculo!

(1) San Matth., xxvn y siguientes.


154 R. MÉNDEZ CAITE

La Victima Sagrada, conociendo que le falta­


ban ya pocas horas de vida y que. la suya era
sagrado magisterio de los hombres, dispuso ha­
cer su testamento, y dedicando esta legitima ac­
ción en su persona y teniendo más compasión de
la pérdida de las almas de sus verdugos que de
sus propios tormentos, pronuncia en favor nues­
tro la primera de las Siete Palabras que habló en
la Cruz, que permanecen en el mundo fijas é in­
mutables como el eterno sol del espíritu y de la
naturaleza, y que son un compendio de sus pre­
ciosísimas enseñanzas, un libro sellado con la di­
vinidad, donde podemos meditar y estudiar cuál
debe ser la vida y cuáles las obras del verdadero
cristiano; imagen de las siete bocinas que mandó
tocar Josué, y á cuyo ronco sonido cayeron por
tierra los muros de Jericó; un símil de las ocho
bienaventuranzas que Jesús enseñó al mundo y
que muere predicándolas; siete oraciones de pia­
dosísimas consideraciones llenas de gracia y de
afectos inflamados; siete palabras sagradas lle­
nas de gracia y de dulzuras, que quitan los pe­
cados del mundo, llevan la luz por toda la tierra,
derriban los martirios hechos contra |esús mori­
bundo, y anuncian á los combatientes por con­
quistar la gloria, la seguridad de su victoria;
siete hojas siempre verdes del árbol de la Cruz,
que dan vida y confortamiento á nuestros cora­
zones, y los defienden como otros tantos escu­
dos contra los dardos de los enemigos; un ar-
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 155

gumento de la misión celeste de Jesucristo en la


tierra; un símbolo del nuevo orden moral que
vino á establecer en la sociedad humana, y un
eco dulcísimo de aquella cítara de siete cuerdas
que, clavada en un patíbulo, adormece con sus
sonidos las potencias del alma y pone en armo­
nía al cielo irritado con la tierra pecadora . . . .

Crecían cual gigantesca ola los denuestos, mul­


tiplicábanse las calumnias, inventábanse impro­
perios, renovábanse los insultos, y la tempestad
de gritos, amenazas, gestos y ademanes agresi­
vos arreciaba con furia cruel é inhumana contra
el Salvador, que agonizaba en el afrentoso supli­
cio, despedazado con innumerables llagas y do­
lores y cosido con duros clavos.
Miraba Jesús aquella multitud, oía aquellas
blasfemias, aquellas injurias, aquellos escarnios
y vilipendios, aquellos gritos, aquellos insultos y
aquella irrisión cruel, y lejos de vengarse ni de
moverse á ira contra ellos y antes de morir, á lo
último, sin embargo, borrando de su memoria las
ignominias de su muerte y haciendo desaparecer
de su vista, en cierto modo, el mismo crimen que
se estaba cometiendo, abrió sus labios, y miran­
do con ojos de misericordia la ceguedad y deli­
rio de las conciencias de sus enemigos, eleva al
cielo sus ojos arrasados con la sangre y con

(1 ) San Luc., x x i ii .
156 R. MÉNDEZ OAITE

las lágrimas, diciendo con voz clara y sonora:


— ¡Perdónalos, Padre mío! No saben lo que
se hacen. . .
Padre, le llama y no Dios ó Señor, porque
reconocía la necesidad de la misericordia y de la
benignidad, más que la severidad del juez; per­
dónalos, momento del sacrificio de la Cruz pi­
diendo penitencia: porque no saben lo que se
hacen; motivo de defensa de los hombres, excusa
para disminuir su culpa, alegando la ignorancia
como circunstancia atenuante de su pecado.
¡Divinas y admirables palabras!
¡Misterio santo y sublime!
¡Reinado de paz después de un reinado de ex­
terminio!
¡Frases llenas de caridad y de misericordia
adorable!
Padre, perdona á éstos que me han tratado con
tanta crueldad; perdónalos, porque no saben lo
que hacen; su ceguedad los disculpe en tu tri­
bunal; gran contento sentirá mi piedad en su
remisión.
Noé fué justo y, sin embargo, maldijo á Ca-
naán; Elias fué varón celoso por lo honra de Dios
y pidió fuego del cielo que consumiese á sus
enemigos; Elíseo quiso venganza contra los que
de él se burlaron; pero Jesús, Noé divino y pro­
feta más grande que Elias, invoca en su agonía
clemencia, perdón y misericordia á su Eterno
Padre para los que le colmaron de tantos agra­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 157

vios y ultrajes y de tantas afrentas y amarguras.


«La respuesta blanda quebranta la ira» (1). La
caridad es sufrida, es benigna, todo lo lleva bien,
todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera (2).
La multitud de aguas no pudieron apagar el fuego
de la caridad, ni los ríos la ahogarán (3).
Perdón pide para los que ataron sus manos,
azotaron su cuerpo, coronaron de espinas su ca­
beza, convirtieron su santidad en un objeto de
burla y le condenaron á morir con la muerte de
los criminales.
Así respondió el Nazareno á la rabia y al fu­
ror; así clamó al cielo aquella sangre inocente;
así, con el perdón á las maldiciones, con la com­
pasión á la malevolencia, con la caridad y el amor
al odio.
¿Quién no perdonará viendo á Jesús pedir per­
dón por sus enemigos?...
¿Quién no perdona para que Dios le perdone?...
¡Perdónalos!. . . Venganza que la víctima ino­
cente toma contra sus verdugos, firma de amor
para con los hombres, promesa de paz que como
luz divina resplandece en medio de las tinieblas
infernales, sonrisa de sublime caridad y hermosa
oración que, si no adorásemos á Jesús como á
Dios, nos obligaría á adorarlo como á Hombre.

(1 ) Prov., XV.
(2) I Corint., x i i i .
(3) Cant. v i i i .
158 R. MÉNDEZ OAITE

Segunda

Acuérdate de mi cuando estu­


vieres en tu Reino. — Hoy serás
conmigo en el Paraíso.
SAN LUCAS, XX III.

A la derecha y á la izquierda de Jesús estaban


los dos ladrones, crucificados al mismo tiempo
que Él. Ambos le habían al principio injuriado,
como la multitud. Uno todavía tenia la avilantez
de unirse al concierto infernal de aquellas inju­
rias y de insultarle; aún desataba su lengua con­
tra el Salvador mofándose, zahiriéndole y lla­
mándole falso Mesías: «Si tú eres el Cristo, sál­
vate á ti mismo y á nosotros» (1). Mas Dimas,
un vilísimo asesino y ladrón, animado de mejo­
res sentimientos y enternecido, oyendo cómo Je­
sús rogaba perdón para los que con tanta demen­
cia le crucificaban, dijo á aquel blasfemo: «¿Ni
aun tú temes á Dios estando justamente en el
mismo suplicio como premio de nuestras malas
obras? (2). ¿No temes á Dios cuando tienes ya
tan corta vida y te falta tan poco para pasar
á la eterna, en que darás cuenta de lo que has

(1 )San Luc., x x i i i .
(2) San Luc., xxxu.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 159

obrado y de las irreligiosas contumelias en que


perseveras contra este inocentísimo Señor?
Repara que nosotros en el suplicio de estas
cruces padecemos dignamente lo que tenemos
merecido; mas este inocente, ¿en qué pecó para
que asi le traten?
Iluminado por la gracia divina siente los efec­
tos de la bella virtud del arrepentimiento; y al ver
á su divino compañero de suplicio desamparado
de los hombres, negado de Pedro, vendido de
Judas, blasfemado de los judíos, escarnecido de
los gentiles y casi descreído de todos, le adora,
le confiesa y le reconoce por Dios, Rey y Señor
del cielo y de la tierra; y desatando el corazón en
lágrimas ardientes que brotaban á sus ojos los
afectos vivos de caridad y sobrenatural peniten­
cia de sus culpas, vuelto á Jesús el semblante
vergonzoso y animado de fundada esperanza,
firme fe y ardiente caridad, le ruega como á
Mesías que cuando llegue á su reino se acuer­
de de él, lleno de fe, de esperanza y de caridad:
Acuérdate, Señor, de mi cuando estuvieres en tu
Reino (1).
«Entre todas las tribulaciones, ninguna hay
mayor que la conciencia de los propios delitos»;
mientras los sacerdotes y los ancianos persisten
en su orgullo y endurecimiento, el malhechor
crucificado cree y se convierte, recordando la pa-

(1) Salmo, 45.


160 R. MÉNDEZ QAITE

rábola del hijo pródigo y la historia de la peca­


dora Magdalena; mientras Pedro, que era la pie­
dra fundamental de la Iglesia le niega, él le con­
fiesa; mientras los discípulos que iban á Emaús
pierden la esperanza de la Resurrección del Se­
ñor, éste, viéndole padecer, la tenía y le rogaba
que se acordase al llegar á su Reino; y mientras
Tomás, el apóstol, decía que no había de creer
si no veía su resurrección, el ladrón felicísimo le
confiesa y no duda que resucitará á la vida eter­
na é inmortal.
Señor, acuérdate de mi cuando te halles en tu
Reino.
¡Cuántas virtudes encierra esta sublime confe­
sión! Señor, confesión del que se considera es­
clavo; acuérdate de mi, frase llena de fe, de es­
peranza, de caridad, de devoción y de humildad;
palabra llena de firmísima confianza y de piado­
sísima misericordia, y cuando te halles en tu
Reino, pensamiento que declara que no pide cosa
terrena sino un don divino y celestial.
Este criminal pide á Dios sólo un recuerdo y
el Señor le concede una promesa; y así como al
primer ladrón del mundo le dijo: «Tierra eres y
en tierra te convertirás», al postrer ladrón del
Viejo Testamento, en premio de tan humilde y
valerosa confesión, otórgale al instante su deseo
y le asegura que sin dilación, sin un día de jui­
cio, sino en la misma tarde tristísima de su muer­
te, iría á la patria celestial:
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 161

En verdad te digo: Que hoy serás conmigo en


el Paraíso (1).
Hoy, responde el Salvador, sin más dilación,
no dentro de un año, un mes ó el día del juicio
final; hoy, esta misma tarde, antes que se ponga
el sol tras las cumbres del Calvario. Conmigo,
galardón prométido á los escogidos y felicidad
revelante de su liberalidad, y en el Paraíso, col­
mo de todos los bienes, lugar de deleites salu­
dables y amenísimos y descanso deseado, felici­
dad del alma, término de trabajar y padecer,
principio de descanso y gozo y remate feliz des­
pués de esta vida y donde empieza la gloriosa.
Señor, acuérdate de mí cuando estuvieres en tu
Reino.
Hoy serás conmigo en el Paraíso. ¡Feliz mil
veces el bienaventurado que sabe trocar la cruz
del mal ladrón por la de Cristo!

Tercera

•Majer, he aht d tu mHe


ahi á tu madre.,
S an J o a n , x ix .

Los sufrimientos de Cristo iban en aumento;


sus ensangrentadas mejillas recobraban el car­
mín y lo volvían á perder; su cabeza, coro-

(1) San Lucas, xxm.


II
162 _____________R. MÉNDEZ P A IT E __________________

nada de espinas y cargada con todos los peca­


dos del mundo, permanecía inmóvil sobre el pe­
cho, que se oprimia con el cercano estertor de la
muerte.. .
La Naturaleza estaba presa de estupor; la tie­
rra se estremecía y se envolvía en la obscuridad
de la noche; espesas nubes cubrían el Calvario,
que en sus estremecimientos hacía temblar el
Árbol de la Redención; un rumor siniestro, horri­
ble, no anunciado por sonido alguno, dejábase
oir, y el pueblo, lleno de espanto, quiere apartar
los ojos de aquella escena terrible; pero una fuer­
za sobrenatural le obliga á fijarlos en la Cruz de
la Expiación y mirar cómo mana la sangre del
Ju sto .. .
Los que amaron al Salvador vagan por los al­
rededores del monte deicida, fijando en la Cruz
sus ojos anegados en llanto; solamente la Madre
Dolorosa y Juan Evangelista, el discípulo amado,
se han arriesgado á subir á la cumbre, donde
permanecen enmudecidos, de pie y sin lágrimas
que poder derramar, mirando á Jesús sin apartar
de Él los ojos.
Sola junto al signo de nuestra Redención, llena
de dolor santo está aquella sublime mujer, que
en medio del tremendo cataclismo fija su mirada
en el Crucificado y espera una tierna palabra de
consuelo y de esperanza.
Oigamos al sagrado evangelista San Juan: va
á deciros la tercera, la más inefable acaso de las
LA OBRA DE LA REDENCIÓN _163

últimas palabras de Jesús moribundo (1): Esta­


ban cerca de la Cruz de Jesús, su Madre y la
hermana de su Madre, María Cleofé y María
Magdalena. Pues como mirase Jesús á la Ma­
dre, que estaba en pie, y al discípulo que ama­
ba, haciéndose cargo de sus sufrimientos, y re­
animando sus agotadas fuerzas, pronuncia la
tercera y última palabra de las que miran á la
Caridad del prójimo: Ves ahí — dijo á su Ma­
dre — Ves ahí á tu hijo; — y luego al discípu­
lo — Ves ahí á tu Madre; y desde aquella hora
la recibió el discípulo por suya.
Desde el árbol de la Cruz revolvía en su mente
la augusta Majestad todas aquellas profecías que
significaban transcendencia espantosa, y que de­
bían traspasar de dolor el alma de su Madre:
veía la espada profetizada por el anciano S i­
meón cuando con santa alegría presentara á su
Hijo recién nacido, en el Templo: Tu propia
alma atravesará un cuchillo de dolor; veía reali­
zados en su persona los divinos designios, las
maternales entrañas de María envueltas en ve­
hementísima angustia é incomparable tormento;
veía con ojos anublados en sangre á su dulcísima
Madre al pie de la Cruz, mirándole de hito en
hito, enmudecida de amargura y acompañándole
en su agonía; veía sus tristísimos lamentos y sus
suspiros de cruel congoja; miraba lo mucho que

(I) San Joan, xix.


164_____________R. MÉNDEZ CAITE______________

padecía asistiendo compasiva al divino holocaus­


to, y recogiendo, como solícita abeja, de aquel
ramillete de las flores amargas de su pasión, la
dulcísima mirra de sus horribles sufrimientos.. .
Todo lo consideraba Jesús desde la altura del
patíbulo; y considerándose Hijo verdadero de
María y padre místico de sus Apóstoles y en
ellos de todos los fieles, y viendo cuán necesita­
da estaba su Madre de consuelo y amparo, de­
cretó subrogar su persona en la de Juan, para
que María lo tuviese como hijo y sustituto suyo,
y Juan tuviese á María por su madre.
¡Qué impresión de ojos con ojos y de corazón
con corazón!
¡Triste correlación! ¡Misteriosa corresponden­
cia entre la pasión del Hijo y la compasión de la
Madre!
«¡Atended y mirar si hay dolor semejante á mi
d o lo r!...» (1).
Mujer, he ahí á tu hijo —; y dirigiéndose al
Apóstol, añade — : He ahi á tu madre.
Mujer le dijo en casa de Galileo, y Mujer le
llama desde la Cruz, por despojarse mejor de
todo afecto humano y recordar á la mujer fuerte
que Salomón buscó.
Madre, exclama con voz doliente, ahí tienes á
tu hijo; y señala al discípulo muy amado que
acompaña á la Señora. Ahi tienes á tu hijo, le

(t) Thren., i.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 165

dice señalando al único representante del género


humano.
Meditando la piedad de esas palabras, se ve
en ellas la expresión magnifica de un Dios dan­
do una madre á la Humanidad, representada por
San Juan. He ahí á tu hijo. He ahí á tu Madre.
Aquella doble expresión, llena de ternura, que
debió acabar de destrozar el corazón de María y
el de San Juan, fué, por lo demás, la única frase
relativa á los afectos del corazón. Jesús nada dijo
á los demás discípulos, ni á las santas mujeres,
ni siquiera á María Magdalena.
Frase íntima en la que recomienda á su Madre
que mire al discípulo predilecto como á su hijo,
y al discípulo que reciba á María por madre suya,
á título de sustituto de Jesús cerca de María, su
Madre, reconociendo para nosotros el lazo de
amor fraternal con Jesús.

Cuarta

¡D io s mío! ¡D ios mió!


¿ P o r qué me has desam parado?
S an M a t e o , x x v ii

Cumplíase aquella profecía (1): «Levántate y


goza de luzjerusalén, porque ha llegado tu lum­
bre y ha nacido sobre ti ¡a gloria del Señor; y

(1) Isaías, lx.


166 R. MÉNDEZ GAITE

advierte que ¡as tinieblas cubrirán la tierra, y ¡a


niebla los pueblos.»
Cubrieron su rostro el sol y la luna, obedecien­
do á quien los crió sacándolos de la nada, y
para declarar la inocencia del Divino ajusticiado
padecieron un deliquio, y alterando por algún
tiempo su ardor natural, se obscurecieron, cu­
briendo de tinieblas la tierra, con tan crecida
rabia por la injusticia manifiesta de estar el autor
de la vida en Cruz, que se vieron las estrellas en
el cielo.
Era la hora de sexta de aquel día de horrenda
maldad y de pasmosos sacrilegios; y cuando las
sombras se condensaban más y más sobre la
Naturaleza y un inmenso sudario de luto envolvía
á la ciudad de Jerusalén, dándole un aspecto
árido y triste, el corazon del Nazareno, desfalle­
cido por un momento, tuvo una agonía más acer­
ba que todos los tormentos de su dolorosa
Pasión.
Escuchemos al evangelista (1): «Desde ¡a ho­
ra de sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra
hasta la hora de nona; y á la hora de nona cla­
mó Jesús con grande voz:«Eli Eli lamma sabac-
thani!» ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por que me has
desamparado?
Estas palabras de la lengua siro-caldaica, ha­
blada en varias ocasiones por Jesús, tienen pro­

(1) San Mateo, xxvii.


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 167

funda relación con aquellas otras del Salmo vi-


gésimoprimero: «Dios, Dios mío, mírame á mi:
«¿por qué me dejaste?»
No hay entendimiento de hombre que sea ca­
paz de penetrar en la esencia y en los abismos
de tristeza de aquella queja dolorosa de Cristo,
más grave y más intensa por las señales de la
Naturaleza.
Esta es vuestra hora y el poder de las tinie­
blas (1) hasta rendir la vida á violencia de an­
gustias físicas y de tormentos morales.
Envuelto Jesús estaba en dolorosa tristeza y
amargura, cual náufrago que se ve sorbido por
las olas, sin otra cama de descanso que el madero
de la Cruz en que estaba enclavado, desnudo,
cercado de dolores y acosado por todas partes
de tormentos, atollado en aquellos abismos de
desconsuelo; un estremecimiento agitó todos sus
miembros, lágrimas de fuego brotaron de sus
ojos, y viendo la ingratitud del mundo á medida
que su hálito vital se extinguía, su amor, fiel por
los hombres á quienes redimía, le hizo recobrar
su imperio y desaparecer de su vista el repug­
nante espectáculo que se desarrollaba á sus pies,
y profundamente unido á su padre, elevando la
voz al cielo, no extinta todavía por la agonía,
sino terriblemente acentuada por el dolor, ex­
clama:

(1) San Lucas, xx.


168 R. MÉNDEZ OAITE

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has des­


amparado?
El cielo, ante este secreto impenetrable, enmu­
dece, y la profunda significación de esta frase
permanecerá eternamente oculta al humano en­
tendimiento.

Quinta
T en g o sed.
S an J u an , x ix

La quinta divina y maravillosa palabra que el


Salvador del mundo dijo con entrañable devoción
desde el árbol de la Cruz, fué verdaderamente
una sola palabra, si bien encierra un extenso sen­
tido de perfectisima y ardiente caridad.
Los lugares del Viejo Testamento se decla­
ran con los del Nuevo; los profetas no han dicho
cosas para que sucedan, sino que las profetiza­
ron como futuras, porque habían de suceder sus
profecías; todas se miran cumplidas, no en sus
sombras, sino en su ejecución y en su realidad.
El Salmo 68 de David contiene el saludable
espíritu y el razonado fundamento de esta santí­
sima oración, que salió de los labios de Cris­
to (1): «Sufrí, y no tuve quien se compadeciese
de mí; busqué quien me consolase, y no le hallé;
diéronme por comida hiel, y en mi sed me brinda­
ron con vinagre.·

(1) P s. L X V III.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 169

La crucifixión tocaba á su fin, y aquellos do­


lores que entristecían y en nadie hallaban con­
suelo ni compasión aumentaban, dando principio
la agonía de la inocente Víctima, exhausta ya de
sangre por los azotes que había padecido, por
las espinas que taladraban su cabeza y por las
llagas que se habían recrudecido y ensanchado
al desnudarle para clavarle en aquel suplicio.
El sagrado cuerpo de Jesús, cosido en aquel
patíbulo, por momentos se amorataba; la agonía
llegaba con todas sus angustias; sus nervios se
paraban, rígidos é inertes; oleadas de fuego le
abrasaban, y la sequía de su pecho y de su pala­
dar y la fiebre intensa del último malestar sen­
tían ansias de refrigerarse.
Para que no faltase á Cristo ninguna de las
humanas amarguras y supiésemos mejor sus su­
frimientos, una sed horrorosa le devoraba; sus
secos y marchitos labios juntaban al paladar su
lengua, y con estas ansias y angustias y con
acento triste y lastimero, que tenía menos de su­
plicante que de bondadoso y paternal, Jesús dijo:
¡Tengo sed! ( 1).
¿Con los ardores de la sed gime Aquel que de­
rramó las aguas sobre la tierra y supo calmar la
sed de Agar, Elias y David en las llanuras del
Desierto?
¿Con los ardores de la sed sufre y llora Aquel

(1) San Juan, xix.


170 R. MÉNDEZ OAITE

que siendo fuente de agua viva nos dice (1):


Si alguno padece sed, venga á mí y beba? Sed
Aquel que puede satisfacer la sed de todo el uni­
verso y á quien Isaias convida á ir los sedientos
para satisfacerse y hartarse (2): Todos ¡os se­
dientos corred á ¡as aguas; daos priesa, venid y
comprad á ningún precio de plata, ó de otra cosa
alguna vino y leche.
¿De qué tiene sed el Redentor del mundo?
La sed de Jesús es sed más intensa y más in­
saciable que la sed natural, compañera de su
agonía.
De qué tiene sed Aquel de quien San Pablo,
hablando á los de Corinto, decía (3): Bebieron
de la piedra que los seguía, y la piedra era
Cristo.
¡Sed tengo!
¿De qué tiene sed el Señor?
El sitio del Crucificado es del amor infinito que
arde en su corazón de Padre y Padre por exce­
lencia; es la sed de que el hombre esté sediento,
de los frutos de la Redención; era sed por la sal­
vación del mundo; sed de no tanto beber como
de que los hombres beban, no de los aljibes ro­
tos y cenagosos de sus pasiones, sino de las
fuentes de aguas vivas, de la gracia y sus dones

(1) San Joan, vil.


(2) Isaías, l v .
(3) I Corlnt., x.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 171

espirituales, que refrigeran y satisfacen; era sed


abrasadora de la gloria divina, de que se cum­
plan en su sagrada persona todas las profecías,
de agotar por nuestro bien el cáliz de la Pasión
y de hacer limpia con su sangre á la Iglesia, que
funda desde aquella Cruz.
En el pozo de Jacob pidió Jesús agua á la mu­
jer de Samaría (1). Si conocieras el don de Dios
y quién es el que te dice «dame de beber», por
ventura tú le pidieras á Él y te diera el agua viva;
y reclinado en la Cruz tiene sed ardiente de nues­
tra eterna salvación.
Al hacer San Lucas mención de los malvados
intentos y de la alborozada muchedumbre que
con gozo indecible miraba las espantosas ago­
nías y las terribles convulsiones del Divino ajus­
ticiado, indica que, al propio tiempo que de El se
burlaban, le alargaban aquel repugnante líquido
para apagar su ardorosa sed.
Tengo sed, dice Jesús saboreando uno por uno
los horrores de su suplicio y de su dolor; sed
abrasadora, que no es el menor de los tormentos
de la crucifixión, y solamente encuentra para su
consuelo una bebida mezquina, un licor acedo,
fuertemente mezclado de vinagre, y que aumenta
sus dolores y sus tormentos. «También los sol­
dados escarnecían de Él, dándole vinagre» (2).

(1) San Juan, iv.


(2) San Lucas, xxm .
172 R. MÉNDEZ OAITE

Había allí un soldado que tenía en su jarro


la mezcla de vinagre y agua, llamada «posea»,
que los soldados debían llevar siempre consigo.
Mojó una esponja en aquel brebaje, la puso al
extremo de una vara de hisopo y la acercó con
grosera y perversa compasión á la boca del Cru­
cificado, para que la chupase Aquel que moría de
sed por padecer y mostrarnos así, con más evi­
dencia, su amor.
«Sufrí, y no tuve quien se compadeciese de
mi; busqué quien me consolase, y no le hallé;
diéronme por comida hiel, y en mi sed me brin­
daron con vinagre.»
¡Sitio!. . .

Sexta
Consumado es.
SAN JUAN, X IX .

Algunos momentos antes de expirar, la voz de


Jesús era todavía vigorosa, y repasando el cum­
plimiento de todas las profecías, á ver si le queda
algo que añadir ó hacer de lo que su Eterno Pa­
dre le había encargado, con la confianza más
completa y sumisa de haber llegado á la consu­
mación misma de su obra, gloria y orgullo del
mundo mientras cruzó por este valle de lágrimas
y de la inmortalidad de su reino y de su gloria,
después de los infinitos sufrimientos de su Pa­
sión y Muerte; entonces dice:
LA OBRA DE LA REDENCIÓN________173

\Consumaium e s //(1).
¡Consumado es!
¡Ya está todo acabado!
Expresiones del Nuevo Testamento que com­
pendian los profundos arcanos del amor divi­
no y que encierran un poema de grandes mis­
terios.
Esta penúltima palabra que Cristo habló en la
Cruz, la refiere San Juan casi á continuación de
la anterior de este modo: Habiendo, pues, Jesús
recibido el vinagre, dijo: «/ Consumado es! He
acabado ¡a obra que me mandaste hacer; mani­
festé tu nombre á los hombres.. .·
¡Consumado es! La peregrinación de las pena­
lidades dieron fin; el cáliz de las amarguras que
acompañaron á la naturaleza humana, según la
cual Jesús padeció hambre, sed, cansancio, inju­
rias, azotes, y la muchedumbre de trabajosos sa­
crificios carnales de su cuerpo y sangre precio­
sísima, están ya cumplidos; el camino ignominio­
so de los sudores, de los afanes, de las espinas,
de las afrentas, de las persecuciones y de los
malos tratamientos de sus inhumanos verdugos,
está andado, y el sacrificio del Sacerdote Dios-
Hombre y la Hostia inmaculada del inocente
Cordero-Dios, todo caridad y redención, ofreci­
da en la causa de la Cruz del Gólgota deicida.
\Consumatum est!

(I) San Juan, xix.


17 4 _________ R. MÉNDEZ GAITE

¡Consumado es!
¡Ya está todo acabado!
Las profecías están bien cumplidas; las divi­
nas escrituras consumadas; los pasos de la Pa­
sión andados, y la Víctima agonizando por satis­
facer al género humano, y redimirlo del pecado,
y rescatarle de la tiranía del demonio y reconci­
liarle con Dios.
\Con$umatum est! El sacrificio del cuerpo y
sangre de Cristo, ofrecido como joya preciosa á
los ojos del Eterno Padre, con la liberalidad in­
mensa de un Dios glorioso, todo amor y todo ca­
ridad; las figuras de la Antigua Ley, los vatici­
nios de los Profetas y los decretos del Eterno se
han cumplido, y á la estrechez y obscuridad del
Antiguo Testamento sucedió la luz y la amplitud
del Nuevo, y el arca de la Redención que Jesu­
cristo formó para salvar al hombre en ella del to­
rrente del diluvio, está terminada. \Consuma-
tum est!

Séptima y última palabra

Padre, en tus m anos encom iendo


mi espíritu.
S an l u c a s , x x i i i .

Con la postrera palabra del Divino Salvador


comenzaron á extenderse sobre su Santa Huma­
nidad las sombras de la muerte.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 175

Nada ya le quedaba que dar al gran Dios en


la tarde de su suplicio; á sus Apóstoles les había
dado la paz, á los soldados sus vestidos, á la Ve­
rónica su imagen, el perdón á sus enemigos, al
buen ladrón el Paraíso, su Madre al género hu­
mano en la persona de Juan, y una cosa sola que
le quedaba, su espíritu, se lo entrega también á
su Padre celestial, diciendo con un gran grito:
\Padre mío, en tus manos encomiendo mi espí­
ritu!. . . (1).
Padre, dice como hijo reverente, que es nom­
bre de confianza y amor: en tus manos (2) para
descanso y seguridad, y encomiendo como en de­
pósito mi espíritu y no el cuerpo, porque éste ya
descansaba en el lecho de la Cruz. Y que sea
éste el verdadero sentido de estas palabras se
infiere de estas otras: Sacarásme del lazo que me
pusieron escondido, porque tú eres mi protector:
en tus manos encomiendo mi espíritu.
Y dichas estas palabras, su cabeza se inclinó
sobre el pecho y exhaló el último suspiro.
Partí del Padre y vine al mundo; vuelvo á de­
jar el mundo y torno al Padre. . . (3).
Hemos llegado ya á la última palabra que ha-

(1) San Lucas, xxiu.


(2) Se llaman manos de Dios en las Sagradas Escri­
turas la inteligencia y voluntad, ó lo que es lo mismo,
el entendimiento que todo lo alcanza y la voluntad que
todo lo puede.
(3) San Joan, xvi.
176 R. MÉNDEZ OAITE

bló Cristo en la Cruz; y encerrando estos siete


misterios de la sabiduría infinita del obrador de
tales maravillas en los moldes de una razón sen­
cilla, asi Cristo ejercitó para con su Padre la al­
teza de obediencia y sumisión y la caridad ar­
diente que tuvo para con los hombres, que res­
plandeció como un sol y ejemplo tal, que ni pudo
pensarse ni fingirse mayor. «Bajé del Cielo, no
para hacer mi voluntad, sino la de quien me
envió (1).»
Entonces el orbe entero, conmovido, dejó es­
capar un quejido de dolor; murieron los lumino­
sos rayos de la lumbrera del universo, cubriendo
con negro crespón su radiante disco; las tinieblas
reinaron, no luciendo su resplandor y belleza;
inclináronse las plantas en sus tallos, cerrándose
lós pétalos de las flores que adornaban la cam­
piña; chocaron las piedras, y abriéronse los se­
pulcros . . .
¡Así Jesús dió fin á los eternos designios; así
puso remate á su obra, maravillosamente divina,
de la redención del género humano!
Así Dios, Creador, muere entre terribles dolo­
res y abrumadoras penas en un infame suplicio,
para dejar satisfecha á la divina justicia del pe­
cado de ingratitud de la criatura.
Dulce leño, dulces clavos, dulce carga tuvo.
Humillóse á si mismo, hecho obediente hasta la

(I) San Joan, vi.


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 177

muerte, y muerte de cruz; por ¡o cual Dios le su­


blimó y le dió un nombre, que es sobre todo nom­
bre, para que en el nombre de Jesús se hinquen
tQdas las rodillas del cielo, de la tierra y del in­
fierno (1).
Estas son las últimas palabras del Salvador
del mundo dichas desde la Cruz y, queriendo en­
cerrar estos siete misterios de la sabiduría infinita
del obrador de tales maravillas en los moldes de
una razón sencilla, podemos reducirlas á otros
misterios de meditación, de gracia y suave y ce­
lestial doctrina, que regala como rico tesoro el
gusto de las almas devotas y conforta los cora­
zones piadosos.
En la primera se nos encomienda la caridad
con los enemigos; en la segunda la misericordia
con los pecadores; en la tercera la piedad con
los padres; en la cuarta el deseo de la salud de
los prójimos; en la quinta la oración en las tri­
bulaciones y desamparo de Dios; en la sexta la
obediencia y perseverancia, y en la séptima la
perfecta resignación en las manos de Dios, que
es la suma de toda nuestra perfección.. .
¡Qué triunfo tan magnífico de la diestra del
que todo lo puede!
¡Qué libro tan bello para aprenderá morir!
¡Qué imagen tan divinal. . .
¡Qué sacrificio tan excelente y maravilloso!. . .

(1) San Pablo Philipp, ii.


12
¡Qué espectáculo tan aterrador é im p on e n te !. . .
{Lengua humana no es capaz de describir la sangrien­
ta Crucifixión!. . .
¡La pluma se resiste á las escenas trágicas del Calva­
rio! ¡E l seso se pasma y anonada con el más profundo
re s p e to !. . .
Crucifixión

Consamatum est.
«T od o e stá ya verdadera­
mente a c a b a d o .·
S an J u an , x ix

idea del Nazareno vive y se agranda en el


L
a
alma cristiana como visión del cielo que
envía á la tierra, entre suaves tornasoles, los ca­
lientes rayos de su sublime doctrina.
La muerte de Jesús, sol de amor en la cumbre
del Calvario, es, además de un recuerdo impere­
cedero que excita nuestra compasión y nuestra
gratitud, un suceso que, al través de los siglos,
se sobrepone á todos los de la humanidad peca­
180 R. MÉNDEZ OAITE

dora como enseñanza que aviva la fe, robustece


la esperanza é inflama la caridad.
Un espectáculo doloroso, terrible é imponente,
cual jamás lo presenciaron los tiempos, tiene lu­
gar en la ciudad populosa de jerusalén.
¿Con qué colores podremos pintar los tormen­
tos infames de la Víctima crucificada? ¿De qué
palabras nos serviremos para poder explicar el
martirio del Dios-Hombre?
Muy cerca de la gigantesca mole cuadrangu-
lar de la torre de Hípico, una de las tres mayo­
res que fortalecieron á Jerusalén, construida por
Herodes el Grande, fué levantada aquella Cruz
ignominiosa en que Jesús fué colgado y muerto á
violencia de la impiedad y de la injusticia . . .
Estaba tocando el fin de las setenta semanas
de los años de Daniel, y aparece el día señalado
en los inexcrutables decretos del Altísimo; y
aquel pueblo, que había sido escogido por la
Providencia para testigo de sus maravillas, pero
que por su prevaricación se atrajo los rigores de
su justicia, pide con ronca y ahogada voz la
muerte de ese hombre, clamando: Tolle, tolle,
crucifíge eum (1).
Y el Justo entre todos los justos es juzgado
por un tribunal inicuo, pospuesto á un facineroso
criminal y condenado á la afrentosa muerte
de cruz.

(1) San Juan, xix.


LA OBRA DE LA REDENC I Ó N _____ 181

Un viernes, momentos antes del medio dia, el


25 de Marzo del año 29 ó 33 de nuestra Era y
el décimoctavo del reinado del emperador Tibe­
rio, en esa Cruz divina, que es ahora insignia y
señal del cristiano, tuvo hambre el que creó to­
dos los séres; tuvo sed el que derramó las aguas
sobre la tierra; sintió frío el que encendió el sol
é iluminó las estrellas, y murió el que es la fuen­
te de toda vida. . .
Era la tarde del Parasceve.
Entre el ludibrio y el escarnio de una chusma
amotinada, y de una soldadesca desenfrenada, y
de una raza de víboras, sobre la cual había de
caer la eterna maldición, se veía á un hombre de
origen excelso y hebreo de nación que, jadean­
te, iba ganando la pronunciada pendiente del
Gólgota, llevando sobre sus hombros el pesado
madero, en el cual expiaría los crímenes de la
humanidad. Aquel hombre divino, llamado jesús,
que fué admiración de los doctores y maestros
por su capacidad extraordinaria, su entendimien­
to más que humano y su sabiduría sin igual; por
dispensar sus beneficios á las criaturas, por su
carácter bello y su hermosura sin semejante; por
serenar las tempestades al eco de su voz, poner
en obediencia los elementos; curar enfermos una
y otra vez, dar vista al ciego, habla al mudo, sa­
nar tullidos, arrojar demonios y resucitar los
muertos; á quien Isaías había visto á través de
los siglos tomar sobre sí nuestras enfermedades
182 R. MÉNDEZ OAITE

y cargar lleno de valor con nuestros pecados (1);


acusado de perturbador del orden público é in­
obediente á las leyes del César, de tribunal en
tribunal, fué sentenciado á muerte.. . ¡Inocente
Isaac, victima divina! Cargado con la leña del
sacrificio, camina sin exhalar una queja en medio
de feroces lobos al monte del Calvario, lugar del
espantoso suplicio.
Espeso bosque de espadas y lanzas le rodea;
cubierto de heridas desde los pies á la cabeza; un
horrible haz de espinas ceñía su frente; la sangre
que destilaban sus venas regaba el suelo que pi­
saban miserablemente sus verdugos; á cada paso
que daba un suspiro se desprendía de sus labios,
y algunas veces levantaba su vista para dirigir
un tierno adiós á una valerosa mujer que, triste
y silenciosa, le seguía entre aquella turba desen­
frenada, devorando los tormentos de su mater­
nal corazón, hasta la cresta del Calvario, donde
clavada al pie de la Cruz, inmóvil, absorta en la
contemplación dolorosisima de los padecimien­
tos de su Hijo, y atravesada su alma de dardos,
comparte la pasión del agonizante Jesús, para ha­
cerse nuestra corredentora y cooperar á la liber­
tad de la raza proscripta del padre prevaricador.
¡Qué espectáculo tan desgarrador!
El más hermoso de los hijos de los hombres
cubierto de llagas y de sangre, gimiendo bajo el

(1) Isaías, l u í .
___________ LA O B R A J E LA REDENCIÓN 183

peso de la Cruz, padeciendo y caminando á la


muerte; y la más bendita y cariñosa de todas las
madres viendo, con el alma traspasada de dolor,
padecer'á su querido Hijo, sin serle posible ali­
viarle, angustiada al ver agonizante entre sus ver­
dugos implacables á la sagrada Victima. ¡Oh
d o lo r!..............................................................................

¡Qué espectáculo tan aterradoré imponente!...


Sobre la cumbre del Gólgota sangriento se le­
vantan tres cruces; en ellas tres hombres lasti­
mosamente afrentados; en las de los lados, dos
criminales, dos malhechores; y en medio de ellos
el Redentor que vino á dar la vida al mundo, se­
gún indicaba la misteriosa inscripción hebreo-
greco-latina que en letras iniciales había manda­
do fijar Pilato sobre ella: Hic est Jesús Rex Ju-
deorum (1).
Así, enfrente del maldito árbol del Paraíso,
elévase en la cúspide del Gólgota el signo de
nuestra Redención; y Jesús muerto allí, pendiente
de tres clavos, entre el cielo y la tierra, entre
Dios y los hombres, y la Naturaleza entera que
presencia el sacrificio más grande y más augusto
que jamás se había ofrecido, y en el que el sa­
cerdote y la victima ofrecida era el mismo Dios,
y la Cruz y el altar.
¡Jesús, con su muerte, nos ha enseñado el ca­

(1) San Mateo, xxvii.


184 R. MÉNDEZ QAITE

mino de la salvación! ¡Oh fineza de incompren­


sible valor! ¡Oh legado precioso del Hombre-
Dios, tan amoroso de la humanidad!
Nunca, ciertamente, se manifestó Dios más
grande á los ojos de los mortales que cuando pa­
recía menos que hombre clavado en una cruz.. .
Era la hora de nona, y Jesús exclamó: «Todo
está consumado»; é inclinando la cabeza, entre­
gó su espíritu.. . (1).
Cumpliéronse, por fin, los deseos de la inicua
sinagoga, que quiso ver expirar en el patíbulo de
la Cruz al Justo por excelencia.. .
El divino Nazareno murió en el patíbulo de
los delincuentes.. .
¡La victima sagrada e x h a ló su postrimer
aliento!
¡El hombre obtuvo una amplia amnistía!
¡La picota convirtióse en un trono; acabó de
consumarse la obra de la Redención!. . .
Desde entonces, cuando se mira al Calvario se
ve al divino Mártir de Judea pendiente de un pa­
tíbulo, abrumado de tormentos y agonizando; sus
ojos casi cerrados y moribundos; sus labios y la
boca entreabierta, pronunciando palabras de mi­
sericordia y de perdón; sus mejillas descarnadas,
desencajadas las facciones, la nariz afilada, el
rostro cubierto de tristeza, la cabeza caída sobre
el· pecho, el vientre hundido en los riñones, los

(1) San Juan, xix.


________LA OBRA DE LA REDENCIÓN__________ 185

brazos y las piernas yertos, su cuerpo cubierto


de llagas y su costado manando raudales de san­
gre preciosa, que hacen comprender al hombre
caído en las profundidades de la tierra que por
el amor del sumo sacrificio puede redimirse y
escalar el reino de los cie lo s.. .
De este modo, clavada la sacratísima Huma­
nidad en presencia de aquel pueblo ávido de san­
gre, elevado así Jesucristo en el leño de la Reden­
ción, quedó pendiente entre el cielo y la tierra
como mediador supremo entre las criaturas y el
Criador.. .
¡Terrible tarde histórica!
¡Lengua humana no es capaz de describir la
sangrienta Crucifixión!
¡La pluma se resiste á las escenas trágicas del
Calvario! ¡El seso se pasma y anonada con el
más profundo respeto!
¡La sangre de infinito valor del inocentísimo
Cordero ha corrido á torrentes!. . .
El sacrificio de Dios está cumplido y levanta­
da ya la Cruz donde, en medio de dos facinero­
sos, clavaron la grandeza inenarrable de Dios.
El pueblo judio, el pueblo de las divinas mi­
sericordias, el pueblo que contaba los justos por
años, y las virtudes por personas, ruge y palmo-
tea, grita y ríe al contemplar el pavoroso cuadro
de un hombre clavado en un madero, cuyos miem­
bros chorreaban sangre de salud perdurable: ¡des­
graciados!; no paran mientes en que los rugidos
186 R. MÉNDEZ OAITE

y los aplausos, los gritos y las risas, son prenda


segura de su irremisible perdición.
¡El deicidio se consumó y sus autores claman
desde el abismo el perdón del que fué su victima
en este día!
El astro del día ha ocultado la luz de sus do­
rados reflejos y, amortecida la alba lumbre, huyó
por la esfera sombría espantado al ver á su Cria­
dor en un patíbulo, no queriendo alumbrar con
sus rayos la desnudez del que vistió de galas las
aves del cielo y las flores de la pradera.
El monte de las Calaveras está cubierto de ti­
nieblas de muerte. *
Informes y obscuras nubes vuelan por el es­
pacio; están desconcertadas las armonías del Uni­
verso; las tempestades salen de las cuevas en
que las retenía la mano omnipotente; el trueno y
el huracán mantienen un diálogo terrible y con­
tinuado, y en su furiosa ráfaga las fortalezas
tiemblan y las torres de la orgullosa Jerusalén os­
cilan y se bambolean.. .
«Todo se ha consumado; todo está ya acaba­
do.» Cumpliéronse las profecías: Jesús fué ven­
dido por un traidor, negado por un discípulo y
abandonado de la mayor parte de los otros en
las horas de peligro y en las horas de tristezas
amargas y de agonías infinitas.. .
La calle de la Amargura ha quedado silencio­
sa; al griterío del pueblo deicida, que tan ciega­
mente batía palmas por un soñado triunfo, suce­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 187

dió una tranquilidad fatídica y siniestra; los co­


razones de Durísimo pedernal se han dispersado,
haciendo resonar por los caminos los ecos de
sus rencores y de sus iras, sucediéndose poco á
poco, la admiración á la crueldad, el temor al
desprecio, el llanto á la dureza y las lágrimas al
escarnio de los atónitos y fascinados enemigos
de Jesús; no faltando quien entre ellos, al mirar
las tristuras que envuelven á la Naturaleza, ex­
clame: «Verdaderamente que éste era Hijo de
D io s.. . » (1).
Ya pasó el furor del hierro de Longinos; el vi­
nagre se evapora de los labios de Jesús; la es­
ponja empapada en hiel está en el suelo; los ves­
tidos de la Victima se han sorteado; la tinta con
que escribieron el Inri (2) está seca; Pilato, que
conocía la inocencia de Jesús, duerme; Judas se
ahorca, y los discípulos huyen acobardados y
observan desde lejos con espanto al divino Ajus­
ticiado. . .
Las piedras se chocan entre si con horrible
estrépito; los peñascos se hienden; los sepulcros
se abren; las osamentas de los muertos se agitan
sobre la tierra; los justos resucitan; las bóvedas
de los cielos retumban, y el mundo entero da tan
extrañas señales de dolor, que un caminante filó­
sofo de Atenas, y después gran santo, dijo: «que

(1) San Matth. xxvii.


(2) Jesús Nazareno, Rey de los judíos.
188 R. MÉNDEZ QA1TE

la tierra perecía ó el Autor de la Naturaleza ex­


halaba su último suspiro.»
La Iglesia viste de luto; sus campanas y sus
órganos enmudecen; están sin vestiduras y sin
sacras las aras de sus altares; las lámparas apa­
gadas y el tenebrario extinguiéndose y causando
sucesivos escalofríos, como si el sepulcro se
abriese á nuestras plantas ó el Juicio final viniese
sobre nuestras cabezas...............................................

Estos son los ecos de la catástrofe más dolo-


rosa de las historias: terribles escenas de la Pa­
sión y Muerte del Justo Omnipotente que, reso­
nando en el corazón de la humanidad con poten­
te y aterradora grandeza, son promesa inquebran­
table, hasta la consumación de los tiempos, de
nuestra infinita Redención; pues Cristo, el Hijo
del Eterno, murió por salvar á nosotros los peca­
dores, triunfando con su brazo poderoso de to­
dos sus enemigos y haciendo que el patíbulo de
la Cruz, tan ignominioso al gentil y de tanta in­
famia y escándalo para el judío, sea en adelante
signo sacrosanto de gloría y exaltación.
La lanzada

Unus miMam lancea la tus ejus


aperuit, et continuo exivtt sanguis et
aqua.
«Pero un sold ado le abrió el c o s ta -
lado con una lanza, y luego sa lió
san g re y agua.»
S an J u an , x x x iv .

L
os Evangelistas San Marcos y San Juan, en
testimonio y veracidad de este suceso, re­
fieren que en el dia de la ejecución, cuando el
sol se habia velado, la tierra estaba destrozada,
las tumbas abiertas y el velo del templo rasga­
do; cuando los soldados, asombrados del espan­
toso terremoto y las otras maravillas, llenos de
temor, públicamente decian: Verdaderamente éste
era Hijo de Dios; cuando la muchedumbre de
gente que había asistido al lamentable espec-
1 9 0 ____________ R. MÉNDEZ OAITE _________ _

táculo de la muerte del Señor, viendo noveda­


des tan espantosas, se daban recios golpes en
el pecho y compungidos y llorosos se volvían á
sus casas rendidos de su ensañamiento impío;
cuando los tribunos y sayones y judíos, cansa­
dos de recorrer la carrera de la iniquidad, con­
cluyeron su ansiosa obra; cuando en tomo de la
Cruz aun quedaba parte del populacho desen­
frenado que había dejado oir el fuego reconcen­
trado de sus enconos como agitadas olas de un
mar embravecido.. . , entonces José de Arimatea,
piadoso varón, fué al palacio de Pilato á reclamar
por favor el cuerpo de Jesús, pues la ley mo­
saica mandaba sepultar á los ajusticiados antes
de ponerse el sol.
El pretor, admirado de que el reo hubiese ya
muerto, no acogió favorable la petición de José
hasta haber recibido testimonio del centurión de
que era cadáver el inocente Crucificado.
Faltaba aun algo, y ese algo era que el Justo
derramara nuevamente su preciosa sangre.
El centurión, cumpliendo aquella orden de Pi­
lato, volvió al Calvario y mandó cortar, como
era rúbrica, las piernas á los ladrones que aún
estaban vivos y que expiraron con aquel tormen­
to; pero al llegar á Jesús, viéndole ya difunto,
sólo con el deseo de saber si verdaderamente es­
taba muerto, el impío Longinos, con una lanza, le
abrió por un costado el pecho.
Al golpe del injurioso hierro retembló la Cruz
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 191

y el corazón de Jesús quedó dividido en dos par­


tes, como había sido revelado á Santa Brígida (1).
No careció de misterio no quebrantar las pier­
nas de Jesús, como á los ladrones; eso era nece­
sario, las letras santas tenían que cumplirse: No
verán al que traspasaron, no quebrantaréis hueso
ninguno del Cordero, había dicho Dios á los hijos
de Israel cuando salieron de la esclavitud de
Egipto; y aunque entonces se refería al cordero
material que aquéllos habían de sacrificar, mira­
ban tales palabras principalmente á Cristo, que
en semejante pascua y día había de ser inmolado
en la Cruz por la libertad del mundo.
El espíritu de aquella ley se cumplía como
convenía en el sagrado Cuerpo para que se vie­
se en los huesos, que son fortaleza de la humani­
dad, que era divino, y la parte superior, el alma
de Jesús, había quedado en su constancia y en­
tereza.
El impío Longinos rasgó aquel amante pecho;
pero, ¡ay!, la Redención estaba consumada y la
carne de que quiso revestirse la divinidad de Je ­
sucristo, al bajar á este mundo desde las man­
siones de la eternidad y de la gloria, había exha­
lado el postrer suspiro y había muerto en un ma­
dero ignominioso, después de haber arrancado
al hombre de los brazos de la culpa firmando el
contrato del rescate humano.

(1) Rev. 1,2, cap. xxi.


19 2 R. MÉNDEZ OAITE

El Hombre-Dios había expirado, pero su co­


razón, amante nido de amores celestiales, pal­
pitaba aún y sentía sed por la salvación de las
almas.
Una lanza enemiga sacia los rabiosos deseos
que tiene de ofender á Cristo; y para asegurarse
á todo evento de la realidad de su muerte, des­
garrando las delicadas carnes del Salvador, abrió
su costado, y las consecuencias de la lanzada
fueron el cumplimiento y símbolo visible de una
profecía.
Del interior del pericardio brotó entonces la
sangre del Cordero Inmaculado, esta vez mezcla­
da con agua, para significar aquella fuente de
agua viva de la gracia y de la caridad de que las
entrañas de Jesús estaban llenas, y espiritual­
mente, el Espíritu Santo que había prometido en­
viar cuando estuviera en la gloria (1).
Brotó sangre y agua porque no quedaban ya
más que aquellas gotas de la preciosa sangre, y
nuestro Salvador aun quiso derramarla, para dar­
nos á entender que no tenía ya más que damos.
Sangre y agua tan distintas brotaron de aquel
corazón adorable, que pudieron advertirlo mu­
chos de los que allí estaban presentes y admi­
rarse del portento. Juan, el discípulo amado, que
lo vió por sus ojos, lo dejó escrito y autorizado
con su nombre en su Evangelio.

(1) San Juan, vil.


________LA OBRA DE LA REDENCIÓN_______ 1 9 3

Aquella sangre y aquella agua que manó de la


herida hecha en el pecho de Jesucristo, fué símbo­
lo sacrosanto de los Divinos Sacramentos de que
consta la vida de la Iglesia, fundando en ella una
nueva nación de hijos de Abrahan y de judíos,
no según la carne, sino conforme al espíritu y
reengendrados por la fe, al mismo tiempo que
servían para certificar de la muerte de Jesús á un
testigo ocular, como también para hacer florecer
olorosas plantas de virtud en miles de confesores,
vírgenes, mártires y bienaventurados, que siglo
tras siglo vieron en la lanzada uno de los más
profundos misterios del Cristianismo.
Lector: si Jesús, si nuestro Dios quiso que le
abrieran el costado para damos su corazón, ¿no
es justo que nosotros le entreguemos el nues­
tro?. ..
iQué contraste forma la impiedad y la irreverencia de
los verdugos que crucificaron á Jesús, y la reverencia pia­
dosa de José de Arimatea y Nicodemus!. . .
Descendimiento de la Cruz

ntes de medio día, y muy cerca de él,


A Jesús expiró, y los escribas y los fariseos
aun clamaban: Tolle, tolle, crucifije eum. ..
Disponía una ley romana que los cadáveres de
los reos quedasen suspendidos del patíbulo para
que los devorasen las aves de rapiña y la corrup­
ción y el viento lós destruyeran (1), si bien era
costumbre enterrarlos en un lugar infame si las
familias ó los amigos no los reclamaban.
Había entre las personas partidarias del Salva­
dor un rico, miembro del Sanhedrín y hombre

(i) Horacio.
1 9 6 ______R. M ÉNDEZ_GAITE_________________

notable por su piedad, llamado José de Arimatea,


que poseía un sepulcro que él mismo había he­
cho tallar en una roca viva.
Este varón creyente, que esperaba el reino de
Dios, pidió á Pilato que le entregase el cadáver
del Divino Mártir, muerto entre criminales, para
darle sepultura digna y separarle de los malhe­
chores.
Al presentarse José de Arimatea al anochecer
de aquel trágico dia en el Pretorio reclamando el
cuerpo de Jesús, todavía pendiente del madero,
maravillóse Pilato de una tan rápida muerte, y
para cerciorarse de lo ocurrido hizo llamar al
centurión que momentos antes había asistido al
suplicio capitaneando la escolta.
Extraña era para aquellos malvados la repen­
tina defunción — atribuida á milagro años des­
pués, por el grande Orígenes — citándose, como
se citaban, numerosos casos de crucificados vuel­
tos á la vida á favor de un enérgico tratamiento.
Pero el centurión, ya convertido al cristianis­
mo, á juzgar por lo que dicen muchos exposito­
res, disipó todas las dudas: con lo cual no tuvo
el pretor inconveniente alguno en acceder á la
súplica de José de Arimatea, no sólo por ser éste
un fariseo, respetable miembro del Sanhedrin,
sino porque las leyes de Roma concedían el ca­
dáver de los reos á cualquiera persona que des­
pués de la ejecución lo reclamase.
Accedió Pilato, pues, á la súplica de Arima-
LA OBRA DE LA REDENCIÓN .197
tea, autorizándole para que dispusiera como qui­
siese de aquel sagrado Cuerpo. Este, ayudado
por Nicodemus, miembro también del Sanhedrín,
y persona de importancia y predilecta á jesús, lo
descendieron del madero afrentoso, y antes de
depositarlo en la tumba ó gruta, suntuoso monu­
mento que en un magnifico jardín, no lejos del
monte Calvario, para sí había fabricado José; lo
ungieron cuidadosamente con substancias olo­
rosas, mirra y áloes; lo envolvieron en un lienzo
blanco ó sudario, costumbre romana que forma­
ba parte de la tradición cristiana desde los tiem­
pos de San Pablo (1), y lo depositaron provisio­
nalmente en aquel huerto, propiedad de Árimatea,
hasta colocarle el domingo en sepultur%definitiva,
siendo ayudados en esta santa obra por las fide­
lísimas mujeres de Betania. Adaptaron una grue­
sa piedra rodada ante la abertusa ó entrada, á ma­
nera de puerta, piedra que fué por añadidura
sellada por los principes de los sacerdotes, y ade­
más guardada por los miembros del Consejo,
como en otro tiempo Darío había sellado la pie­
dra de la fosa donde había hecho arrojar á Daniel
para ver si lo libraba de los leones.
Y asi como en medio de los celajes y espesos
nubarrones de una noche obscura, vése alguna
vez una estrella ó ráfaga de luz; asi también en
medio de aquella raza deicida y de aquellos im-

( i ) C or., xv.
198 R. MÉNDEZ GAITE

placables judíos, aparecieron aquellos hombres


piadosos, dando digna sepultura al santo cadáver
de Jesús (1).
Ocioso es referir ni. ponderar los sentimientos
de respeto, de devoción, de piedad entrañable
de que estarían penetrados aquellos santos varo­
nes, ni el dolor que angustiaría su alma, ni las lá­
grimas que brotarían de sus ojos, ni los suspiros
que se escaparían de sus pechos enternecidos al
bajar de la cruz el cadáver del Santo Maestro; al
quitar aquella corona de espinas, ensangrentada
diadema que ceñía las sienes del divino Salva­
dor; aquella corona que fabricara el odio y la
venganza, y que entre risas y sarcasmos había
sido colocada en su cabeza, lo mismo que aque­
llos clavos que aprisionaban la mano derecha,
poderosa del Hijo de Dios, á la que el sol, la luna
y las estrellas, y puanto existe en el cielo y en la
tierra, deben su sér, y aquellos otros de la mano
izquierda y de los dos pies.
Inútil, imposible es poder referir aquella escena
de compasión del Descendimiento de la Cruz.

(I) De los diez y seis cuadros de Andrés del Sarto


que encierra el palacio Pitti, de Florencia, es induda­
blemente el más hermoso El entierro de Cristo.
También Muñoz Degrain supo inspirarse en este di­
vino asunto. En la capilla de la Pasión de San Francisco
el Grande, de esta corte, hay una hermosa obra, tan se­
vera como digna de la fama de este pintor contempo­
ráneo.
LA OBRA DK LA REDENCIÓN 199
¡Qué contraste forma la impiedad y la irreve­
rencia de los verdugos que crucificaron á Jesús,
y la reverencia piadosa de José de Arimatea y
Nicodemus!. . .
Aun siendo imposible de describir aquel acto
lúgubre y piadoso de los varones compasivos, no
es posible dejar de fijar el pensamiento en la afli­
gida Madre de Jesús que, aunque atravesada del
más agudo dolor, no se separa un momento del
cuerpo sagrado de su Hijo; corre ansiosa á abra­
zarle, le recibe en sus brazos y le aprieta fuerte­
mente contra su seno, y juntando rostro con ros­
tro, imprime en él ósculos entrañables en que se
derrama toda la ternura del pecho maternal. . .
¿Qué ojos no se humedecen con las lágrimas al
ver las que sosegadamente corren por el rostro
de Maria? ¿Quién no se pasma y enmudece de
dolor al considerar el acerbísimo que quebranta
su sagrado corazón!
¡Qué escena tan indescriptible!
¡Qué momentos tan amargos los de María at
recibir en sus brazos al borde del sepulcro el
cuerpo difunto de Jesús descendido de la Cruz!
¡Qué de lágrimas no derramaría la angustiadísi­
ma Madre al despedirse de su Hijo y estrecharle
entre sus brazos antes de colocarlo en el sepulcro!
¡Qué palabras dirigiría al sagrado cadáver en
aquellos instantes supremos!
¡Con qué expresiones le demostraría los tier­
nos afectos de su amante corazón! . . .
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 201
La dolorida Madre al pie de la Cruz, al abra­
zar el cadáver de su querido Jesús, al descen­
derlo á sus brazos, al contemplar su boca abier­
ta, sus carnes despedazadas, sus huesos descu­
biertos, sus manos y pies atravesados, su cabeza
clavada por las espinas de la diadema de tribu­
lación, sus cárdenos labios sin vida, la luz divina
de sus ojos muerta y todo su cuerpo sacrosanto
cubierto de sangre congelada, diría llena de
amor y de abnegación: Dios mío, cielo santo, ¿en
qué estado me devuelve el mundo al Hijo que
yo di para su salvación? Él tenía el color blanco
y sonrosado y me lo vuelve negro de golpes y
heridas; Él era hermoso y ahora está todo afea-
no; enamoraba con su aspecto y ahora causa
horror á quien le m ira...
¡Oh alma tan grande en las virtudes como en
los dolores!
Los cielos, la tierra, los ángeles y todas las
criaturas, se pasman y quedan suspensos de ver
á aquella bendita Madre bañada en lágrimas de
amargo desconsuelo, abrazada al tesoro de su
corazón, al estrechar entre sus brazos por última
vez al Hijo de sus entrañas y al estampar en sus
cárdenas mejillas el último ósculo de amor.
Inmensa aflicción la de María, al ver cubrir con
la losa sepulcral el cuerpo sacrosanto del amado
de su alma después de haberle abrazado muerto
y dejarle en el sepulcro para no gozar de su ama­
da presencia.
202 R. MÉNDEZ OAITE

¡Oh piedra feliz que encierras al que llevé nue­


ve meses en mi seno, yo te bendigo y envidio tu
suerte; te dejo para que me custodies á este mi
Hijo, que es todo mi bien y todo mi amor!
¡Oh Cruz santa, yo te beso y adoro, porque no
eres ya un infame leño, sino tronco de amor y
altar consagrado por mi Jesús; tiende tus divinos
brazos sobre mi amarga soledad!

Y lloró hilo á hilo en la noche, y sus lágrimas


se secaron en sus mejillas; ya no hay quien la
consuele. .. (1).

El sábado todo el mundo descansó, y el do­


mingo al amanecer María Magdalena y la otra
Maria, madre de Santiago, se dirigieron con más
número de mujeres al sitio donde había sido jesús
depositado y hallaron el sepulcro removido y
quitada la piedra que lo tapaba.
Un ángel había bajado del cielo, y fulgurante
como un relámpago, hizo el milagro, cegando con
su resplandor á los centinelas, que cayeron al
suelo como heridos de muerte, mientras el Sal­
vador salía redivivo y destruía la cahimnia in­
ventada por los judíos de que sus discípulos ha­
bían robado el cadáver (2).
El poder divino daba al mundo á un Dios, y

(1) Thren., i.
(2) San Mateo, xxvm.
___ LA OBRA DE LA REDENCIÓN 203

el grito de ¡ha resucitado! corrió con la rapidez


del rayo y se divulgó por toda Galilea.
Si la muerte habia puesto fin á la vida del
Mártir del Gólgota, la Resurrección ponía fin á la
muerte, y la muerte se tornaba en victoria y rego­
cijo, para que las almas sumidas eri el vértigo del
pecado entrasen en una nueva existencia y resu­
citasen también por la penitencia y el arrepenti­
miento.
«¿Con quién te compararé, ó á qué cosa te asemejaré,
¡oh hija de Jerusalén!; á quién te igualaré á fin de conso­
larte, ¡oh Virgen hija de Sión!, porque grande es como el
mar tu tribulación?...»
Lá Virgen del Calvario

Attendite et videte si est do­


lor sicut dolor meus.
«¡Oh, vosotros, todos los que
pasái« por el camino, atended y
m i r a d si hay dolor como mi
dolor» (I).
JEREM. T H R E N , I.

a hermosa figura de María no hay que bus­


L carla en Nazaret, en Egipto ó en Jericó;
es preciso verla en el Gólgota sangriento, si­
guiendo paso á paso la carrera del sacrificio,
acompañando á Cristo en su Crucifixión y em­
papando con sus lágrimas el suelo que el Divino
Mártir ha ido regando con su sangre.
En los aspectos múltiples que toma este ideal
femenino, el más permanente y más amado es el
de la Madre Dolorosa.
206 R. MÉNDEZ OAITE

El nombre de madre dice amor y sacrificio y no


es posible comprender su santa misión sin que á
ella no vaya unida una corona de espinas.
Grandes dulzuras y placeres experimenta la
madre mirando á una cuna donde sonríe inocen­
temente y le tiende sus bracitos el hijo de sus
entrañas; pero estas alegrías son solamente inter­
medios de los días del drama humanp.
El corazón de una madre es, pues, un nido de
penas y de sufrimientos.
Si esto es así hablando de la madre que tiene
á un hijo cualquiera, ¿qué aflicciones serian las
de María, Madre de las madres, que tuvo un solo
Hijo, éste Dios, y Dios Crucificado?. . .
La generosa Mujer dando tregua á los agudos
dolores que la destrozaban, unióse al triunfo de
la ley de gracia y á la grande regeneración social;
pero la misión de gloria no tardó en desvanecer­
se y el dolor entró otra vez por todos los poros:
á la par de Raquel, María lloraba sobre su pri­
mogénito y desechaba todo consuelo.
Una mujer, por satisfacer un placer ilícito en
las amenidades del Paraíso, trajo al mundo la
muerte y todas las desgracias; y una Virgen, de­
vorando amarguras y haciendo suya la Pasión
de su Hijo en el monte de la mirra, salva á los
hijos de aquella mujer culpable, tomando parte
en la redención del mundo, en la salud de los pe­
cadores y en la conquista de los cielos.
Para realizar obra tan incomparable, tuvo Ma­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 207

ría que atravesar mares de tribulación y penas


desgarradoras; tuvo que ver sacrificar el cuerpo
de su Hijo al mismo tiempo que sacrificaba Ella
su alma con la compasión.
Mil y mil plumas elocuentes, y aun los mismos
evangelistas, han querido trazar el sinsabor de la
Virgen Dolorosa, y todos no hicieron más que lo
que pudo hacer el pintor pagano cuando cubrió
con un velo el rostro del padre que presenciaba
la ejecución de su hija, no atreviéndose á repre­
sentar en su fisonomía el dolor paternal.
La pluma no puede escribir palabras con que
pintar á la Madre Dolorosa.
El símbolo más bello de la Virgen Dolorosa es
verla cerca del tesoro de su corazón, abrazada
al árbol de la cruz, sin morir á violencia de sus
padecimientos, porque el Espíritu Santo la con­
fortaba.
En medio de los gritos de espanto del pueblo,
que huía sin saber adónde, dándose golpes de
pecho y confesando que Jesús era verdaderamen­
te Hijo de Dios, se dejó ver una mujer inmóvil,
á quien parecía no hacer mella las convulsiones
y las ruinas de la naturaleza. Aquella mujer, in­
accesible al espanto general, con las manos uni­
das en actitud de rogar, estaba absorta en con­
templación dolorosa del Profeta crucificado, y el
cadáver del Nazareno, clavado en una cruz, con
la cabeza inclinada sobre el pecho, el costado
abierto y los brazos extendidos; aquel rostro do­
208 R. MÉNDEZ GAITE ____

lorido, la negra cruz junto á él, la diadema de


abrojos en la frente, los cordeles al cuello, las
lágrimas nublando la mirada profundísima, la
sangre corriendo por los surcos de las mejillas y
goteando de la negra barba.
¡Qué espectáculo tan desgarrador!
En las páginas de la Historia se encuentran
escenas desgarradoras y de heroísmo sin límite;
pero ninguna puede ser comparada á la de aque­
lla bendita mujer que, con más valor que Débora
y más intrepidez que Judit, apuró la copa del sin­
sabor y de la amargura.
La madre de los Macabeos vió asesinar á sus
siete hijos; Abraham sube al monte Moría, bien
decidido á inmolar á su hijo Isaac; Jacob llora la
muerte de su predilecto José, por creerle devo­
rado por una fiera; Agar se conduele en el de­
sierto al ver á Ismael morir de sed; la esposa de
Jeroboán lamenta la última enfermedad de su
hijo Abia; el profeta rey sufre amarga pena al sa­
ber que su hijo Absalón yace cadáver, pendiente
de una encina, y Resfa, mujer de Saúl, llora la
crucifixión de sus dos hijos y cuida de que sus
cadáveres no sean pasto de las aves del cielo.
Los atroces tormentos de los mártires del Cris­
tianismo, víctimas de la cuchilla del feroz ver­
dugo de Israel, que hizo llegar hasta las puertas
de su palacio la sangre de innumerables inocen­
tes; las victimas de la crueldad de Tiberio, man­
dando dar muerte á las madres por el solo delito
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 209
de tener hijos, y de los crímenes de Nerón, Calí-
gula, Cómodo; San Juan Bautista y Santiago el
Mayor, degollados porel miserable Herodes Agri­
pa; San Bartolomé, desollado vivo; San Andrés,
clavado en una cruz; Felipe, el Apóstol de Jesús,
Simón, Tadeo y San Esteban, apedreados bár­
baramente; Juan, echado vivo en una caldera de
aceite hirviendo por disposición del infame Do-
miciano; San Vicente, atormentado en un potro,
donde le despedazaron con garfios y le quema­
ron con planchas encendidas; San Bonifacio, su­
friendo penas acerbísimas en todo su cuerpo, la­
cerado con hierros y agudas cañas, que sus ver­
dugos hicieron penetrar en su carne y uñas de
sus dedos, al mismo tiempo que derramaban plo­
mo derretido dentro de su boca; Marco y Marce­
lino, atados á un madero, atravesados sus pies y
manos con duros clavos; San Lorenzo, asado en
una parrilla, y San Ignacio, devorado por ham­
brientos leones.. ., representan martirios que en
nada pueden ser comparados á los de la Virgen
Dolorosa, y si alguna comparación puede esta­
blecerse, es la de «una gota de agua al inmenso
Océano, la de un grano de arena á la circunfe­
rencia de los cielos».
Verdaderamente, no hay dolor semejante á su
dolor, porque no hay en todas las criaturas amor
semejante á su amor. Los mártires del Cristianis­
mo están representados cada cual con el instru­
mento de su suplicio: San Pablo con la espada;
14
210 R. MÉNDEZ QAITE

San Juan en su cabeza degollada y puesta en ma­


nos de su verdugo; San Ignacio, en las fauces de
sus leones; San Andrés con la Cruz y San Loren­
zo con las parrillas; pero á la Madre de Dios se
la ve con su Hijo, único instrumento de nuestro
martirio, muerto entre sus brazos.
Imposible es que las generaciones que han
pasado, las generaciones que existen y las que
se sucedan puedan comprender la amargura de
aquella Virgen que tuvo su suplicio y su martirio
en la muerte de su Hijo, que era Hombre y era
Dios, su Hijo y su Criador, su Redentor y su
solo bien.
En el corazón de Maria ya no hay sitio donde
el dolor haga presa: cuando sigue al Redentor
con la Cruz á cuestas; cuando le ve crucificado;
cuando presencia el descendimiento de su cadá­
ver; cuando en sus brazos besa su frío, yerto y
ensangrentado cuerpo; cuando mira el divino ros­
tro, en que se miraron los ángeles, cubierto de
sangre; aquella cabeza, centro de la sabiduría
eterna, atravesada por punzantes espinas; aquel
cuello y hermosas manos llagadas por la cruel­
dad de los clavos y de las cuerdas con que le ti­
raban sus verdugos; y cuando al borde del se­
pulcro, antes de enterrar aquellos adorados des­
pojos, busca consuelo en las húmedas llagas de
Jesús, hacia las cuales dirigía sus amortecidas
miradas, próximo el momento de quedarse en la
soledad más desgarradora.
212____________ R. MÉNDEZ G A IT E _________

A este espectáculo se halló presente la Sacratí­


sima María, junto al pie mismo de la Cruz, á vis­
ta de su moribundo Hijo, viéndole expirar. Bien
sintió en aquellas horas el cumplimiento de la
profecía que aquel santo anciano le hizo de la
grandeza de su destino, diciéndole que un cuchi­
llo de dolor traspasaría su corazón.
Nunca como entonces escaldaron las lágrimas
sus mejillas.
Muchos gozos experimentó su corazón, clava­
do luego con siete espadas: la Anunciación del
Arcángel, el salto en sus purísimas entrañas de
la bendita Criatura, el portal de Belén, los rabe­
les de los pastores y los conciertos de los ánge­
les, las bodas de Canaá, el triunfo de Jerusalén,
son gratos recuerdos que no compensan la pena
infinita del mar sin riberas de los humanos dolo­
res que padeció la Virgen Santísima contem­
plando el feroz deicidio y el atentado más tre­
mendo que se obró sobre el monte Calvario.
Mártir fué y más que mártir, pues sacrificó
más que la vida. En el sangriento Gólgota se hi­
cieron dos martirios y dos altares: uno en el cuer­
po de Cristo y otro en el corazón de la Virgen;
en el uno se sacrificó la carne del Hijo y en el
otro el alma de la Madre, que fué atravesada por
un cuchillo de dolor, por la lanza, por los clavos,
por la Cruz y por las heridas todas que causaron
la muerte del Salvador, por lo que dice San Bue­
naventura que todas las llagas del cuerpo de
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 213

Jesús estaban reunidas en el corazón de María.


¿Con quién te compararé, ó á qué cosa te ase­
mejaré, ¡oh Hija de Jerusalén!; á quién te igualaré
á fin de consolarte, ¡oh Virgen hija de Sión!; por­
que grande es como el mar tu tribulación?... (1)
La Madre Dolorosa vuela, desde los tiempos
de las catacumbas á nuestros mismos tiempos,
envuelta en nubes de lágrimas, dejando reprodu­
cidas las penas que traspasaron su pecho y que
entenebrecieron su espíritu.
La Madre, de Giothino, que abraza á su hijo
al depositarlo en el sepulcro; la María bellísima,
de Angélico, puesta de hinojos y con las manos
plegadas, contemplando á Cristo desclavado; el ^
Desmayo, de Botticelli, donde María pierde veí
sentido en brazos de San Juan; la Pietá, de Mi­
guel Angel, arquetipo de las titánicas edades del
Renacimiento restaurador; el Pasmo de Sicilia,
la Soledad, de Rafael, y las creaciones de Ru-
bens y de Van-Dyk son cuadros que, al propio
tiempo que recrean nuestra fantasía y mueven
nuestra piedad, representan en los dolores de la
Madre de Dios la participación que tuvo en las
grandes tristezas de la Redención del género hu­
mano y el tipo más bello que resucitará con Cris­
to, no en el bajoTabor de Galilea, sino en las
eternas cumbres celestiales.

(1) T h ren o s, ii.


«Mi vida pasó toda en^dolor y lágrimas; porque mi dolor,
esto esTmi compasión por mi querido Hijo, no se desvane­
cía nunca de mi pensamiento.»
PSALM.XXX.
Nuestra Señora de los
Dolores

»¿Qué significa, qué son


esas terribles espadas,
cuyas puntas aceradas
traspasan tu corazón?...»

l sentimiento es hijo del amor, y á propor­


E ción que éste ha desplegado sus ardientes
vuelos sobre el objeto amado, tanto más se en­
saña contra la desgracia.
Es cierto que, cuanto más se ama una cosa,
tanto más grande es el pesar de perderla.
Nunca hubo en el mundo Hijo más amable que
Jesús, ni madre más amante de un hijo que Ma-
216 R. MÉNDEZ GAITE

ría; y por esto, como advierte Cornelio Alápide,


para comprender los dolores de María, es preci­
so saber el amor que tenia á su Hijo.
Desde la triste profecía de Simeón, la virginal
Madre padeció por nuestra causa y por nuestro
amor un martirio cruel y continuado; llevó siem­
pre consigo su tormento con la amarga y conti­
nua memoria de la Pasión de su Hijo, que había
de morir crucificado por sus mismas criaturas.
Por eso se representa á la Dolorosa con el co­
razón traspasado por aquellos siete grandes do­
lores, agudos como puñales, que son sus venera­
dos misterios de amor y de dolor. La profecía de
Simeón, la huida á Egipto, la pérdida del Niño
Jesús en el templo, el encuentro del Salvador en
la subida del mónte Calvario, la crucifixión, el
descendimiento de la Cruz y el enterramiento.
María vió á su Divino Infante perseguido de
muerte por el sanguinario Herodes y desterrado
á la tierra de Egipto, sintiendo los rigores de la
ausencia y la pena de llorar tres días y tres noches
la pérdida de aquel su adorado Hijo; los tormen­
tos de verle en las manos de sus enemigos su­
friendo los martirios de la Pasión, sin poderlo re­
mediar; el encuentro en la calle de la Amargura,
mirándole oprimido con el peso de la Cruz; luego
colgado en aquel patíbulo; descendido el sacratí­
simo cadáver, puesto en sus amorosos brazos, y
por fin depositado en el sepulcro.. .
Todos estos dolores padeció durante su vida
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 217

la más cariñosa de las Madres, martirios pro­


longados que hacen llamar con razón á María
Reina de los Mártires.
Si el cuerpo de la Virgen Celestial no fué he­
rido por mano de los verdugos de Jesús, su ben­
dito corazón fué traspasado de dolor, capaz de
darle no una, sino mil muertes.
El corazón de esta Madre está atravesado por
siete espadas, y de esta manera de considerar á
la Virgen de los Dolores da la razón Benedic­
to XVI: «Saxio lo atribuye á los siete fundadores
de la Orden de los siervos de María que, en la
contemplación de los Dolores de la Virgen, los
dividen en los siete que esta Señora reveló á
Santa Brígida con estas palabras: «La fortaleza
de los santos será reducida á la agonía, la her­
mosura del cielo afrentada, el Señor del mundo
atado como reo, el Criador de todas las cosas
injuriado y lleno de heridas, el Juez universal sen­
tenciado, la gloría de los cielos menospreciada
y el Rey de los reyes coronado de espinas y tra­
tado como rey de burla... »
¡Oh, Virgen afligida! ¡Oh, alma tan grande en
las virtudes como en los dolores!
¡Viviste muriendo
sin poder morir!. . .

La Iglesia dedica á los Dolores de María el


Viernes de Pasión; y como en este día está el áni­
218_____________ R. MÉNDEZ OAITE __

mo de los fíeles embargado por la doble conside­


ración de los tormentos del Hijo y de las amar­
guras de la Madre, el emperador de Austria Car­
los VI pidió al Pontífice Clemente VII, en 1724,
un día especialmente dedicado á la contempla­
ción de los Dolores de la Virgen Santísima, y
accediendo el Vicario de Cristo á esta petición,
concedió en 20 de Septiembre de 1735 la fes­
tividad de los Dolores en el tercer domingo de
Septiembre, gracia que más tarde, por súplica de
Felipe V al Papa Pío VII, se hizo extensiva á la
Iglesia universal.
El origen de esta fiesta asciende á una época
muy remota. Según la tradición, se refiere al en­
cuentro de María con su Hijo cuando subía al
Calvario, cayendo la Virgen traspasada de dolor.
Su institución data desde el Concilio Provin­
cial de Colonia, presidido por el Arzobispo Teo-
dorico en 1423, y que fué reunido para reprimir
la sacrilega audacia de los husistas, que decla­
raban guerra á las imágenes de Jesús y de la
Virgen Bienaventurada de los Dolores, genera­
lizándose esta fiesta desde entonces, hasta que la
estableció definitivamente el Papa Benedicto XIII
por Bula de 22 de Agosto de 1725.
Más tarde, los religiosos Servitas propagaron
esta devoción con incontables hermandades de­
dicadas á Nuestra Señora de los Dolores, y que
empezaron en España en 1379 por el celo del
padre Lucas Prado, misionero apostólico, envia­
___ LA OBRA DE LA REDENCIÓN 219

do por Gregorio II, alistándose en ella los reyes


de Aragón, Castilla, Navarra y Portugal, y los
emperadores de Austria, reyes de Polonia y du­
ques de Toscana, Parma, Mantua, Saboya, Ba-
viera, Sajonia y Borgoña. . .
La incomparable Secuencia de la Misa de los
Dolores Stabat Mater, fué atribuida á San Gre­
gorio el Magno ó á San Buenaventura; pero está
fuera de duda que su verdadero autor fué el egre­
gio Pontífice Inocencio III, que gobernó la Iglesia
universal desde 1198 hasta el 1216.
Este hermoso himno, que conviene recitar con
particular intención, mereció la inspiración de
muchos poetas españoles; fué traducido á precio­
sas quintillas castellanas por el fénix de los in­
genios, Lope de Vega, lo mismo que por el po­
pular rey de los vates modernos, D. José Zorri­
lla, y puesto en música por los más grandes in­
genios y celebridades, como Pergolesi y Rossini.
«Jesús se ha levantado del sepulcro; el sepulcro no es
ya su morada.»
¡Jesucristo ha resucitado!
Resurrección

¡Allcluya, AUeluya!

a Muerte y Resurrección de Jesús son el des­


L enlace natural de la glorificación de la Pa­
sión y la prueba más manifiesta de su Humani­
dad y su Divinidad, unidas en inefable consor­
cio, y contra las que en vano ha pretendido le­
vantarse el orgullo de la raza humana.
Solamente Jesucristo tuvo poder para resuci­
tar por su propia virtud; hecho sobrenatural, que
es el triunfo de la verdad evangélica, la prueba
cabal de todos los demás misterios de la religión
cristiana, la prenda sensible de nuestra futura re­
surrección, la más firme garantía de la perpetui­
222 R. MÉNDEZ O A I T E _______________

dad de la Iglesia, y la evidencia del dualismo de


la Divinidad y Humanidad de Jesús.
Los ultrajes y las humillaciones de aquel Dios-
Hombre que expiró en el sangriento madero de
la Cruz, vinieron asi á demostrar su Divinidad
contra lo que esperaban sus enemigos.
Jesucristo resucitó tal y como lo habla predi-
cho á los Apóstoles; y al resucitar, resucitó con
Él toda la descendencia de nuestro padre Adán,
muerta desde el primer pecado.
La sangre preciosa del divino Mártir no se de­
rramó infructuosamente: del jugo vital de esa san­
gre preciosa brotó la hermosa semilla de sus doc­
trinas, que asentaron sobre la inconmovible roca
de la Iglesia, testimonio patente de su Divinidad.
Resucitó el Crucificado lleno de majestad y de
gloria, como correspondía á la alteza de su Di­
vinidad.
Reflexionando sobre el alcance de este glorio­
so misterio, la mente se confunde en un abismo
de nobles ideas y de elevados pensamientos, que
abren las puertas del alma á la esperanza de una
inmortalidad gloriosa.
Este hecho no pudo ser más patente ni más
admirable; no fueron los hombres los que inter­
vinieron en él; fué Dios, que envió un ángel para
remover la piedra que cubría el sepulcro del
Señor.
Veamos cómo nos lo refiere el sagrado Evan­
gelio: «... Y otro día, que es el que sigue á la Pa­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 223

rasceve, se juntaron los príncipes de los sacerdo­


tes y los fariseos, y se fueron á Pilato, diciendo:
«Señor, nos acordamos de que aquel impostor
dijo, viviendo aún: Después de tres días resuci­
taré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro
hasta el día tercero, porque no vengan sus discí­
pulos de noche y le hurten, y digan al pueblo:
«Resucitó de entre los muertos», y sea el postrer
error peor que el primero (1).
Pilato, á pesar de que había conocido la ino­
cencia de Jesucristo, esclavizado á los caprichos
de un pueblo bárbaro y feroz, pronunció la sen­
tencia, y después de tener noticia de los maravi­
llosos sucesos acaecidos en su muerte, tal vez no
estaba lejos de dar fe á sus palabras, y así, sin
titubear un momento, respondióles:
— Guardias tenéis; id, y custodiadlo vosotros
como sabéis —. Y ellos, con este beneplácito,
fueron al sepulcro, sellaron la piedra y pusieron
guardas... (2).
¡Vana y miserable astucia! ¡Qué ceguedad tan
espantosa!. . .
Las precauciones adoptadas por los judíos
para guardar el cuerpo de Jesús, sólo sirvieron
para justificar su divina resurrección.
Pusieron sobre la tumba del Señor una losa
pesadísima, para cuya separación se necesitaba

(1) San Math., xxvu.


(2) Ibid.
224 R. MÉNDEZ OAITE

la fuerza reunida de algunos hombres; dieron or­


nes muy severas, y vigilaron con el mayor cuida­
do para que no llegasen á aquel lugar los discí­
pulos de Jesús; y, sin embargo, el prodigio se
obró: un temblor de tierra, acompañado de un
estruendo imponente y de un resplandor que
deslumbraba, se notó alrededor del sepulcro, que­
dando atónitos y tendidos por tierra los minis­
tros de las tinieblas que vigilaban allí; la pesada
losa que cerraba la sepultura, saltó; el selló fué
roto; la guardia cayó en tierra, y los ángeles, res­
plandecientes y ceñidos con estolas blancas, se
sentaron sobre la roca de aquella gruta, que que­
dó convertida en una mansión de gloria.
¡Inútiles fueron entonces los sellos y los guar­
das para mantener encerrado el espíritu de Dios,
que debía llenar el mundo! ¡É inútiles han sido
luego y serán hasta la consumación de los siglos!
¡Alleluya, alleluya!
Si no hubiesen sido unos pférfidos; si no se hu­
biesen empeñado en cerrar los ojos á la verdad;
si no se hubiesen propuesto el encubrir su atroz
delito, claro es que á vista del prodigio hubiesen
corrido á la ciudad y hubiesen dicho por todas
partes: «Hemos pecado contra Dios puesto que,
según había anunciado, ha resucitado de entre
los muertos; nosotros le hemos visto salir del se­
pulcro.»
¡Inútiles precauciones! Jesucristo ha resucita­
do; la acongojada víctima, sacudiendo sudarios y
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 225

losas con que la creyeron para siempre enterra­


da, alzóse gloriosa, quedando desconcertados,
yertos, mudos de terror los que en torno de ella
componíanle epitafios de sarcasmo y de blasfe­
mia; y viva, radiante, esplendente, volvió á con­
quistar sus perdidos prestigios en el cielo para
proseguir una vez más, al través de esos pasaje­
ros eclipses, su inmortal carrera...
¡Alleluya, alleluya!
La Iglesia, esposa del Redentor, como el águila
que renueva su lozana juventud, deja los lúgubres
vestidos de su viudez y de su dolor y se adorna
con las galas de su hermosura y con los esplen­
dores de su magnificencia, ornamentos grandio­
sos é incomparables de nuestro arte cristiano; co­
loca sobre los altares infinidad de luces y de cirios
que deslumbran con sus claridades; eleva al cielo
nubes de incienso, que suben hasta el cielo y que
parecen velos de gasa agitados por manos invisi­
bles, y convida á los cielos y á la tierra para que
tomen parte en el regocijo de nuestra libertad y
de nuestra victoria...
Las campanas tocan á vuelo, anunciando al
mundo la Resurrección del que encarnó para sal­
vación de los pecadores; los órganos dejan salir
por las bocas de sus trompetas torrentes de mú­
sica en forma de flores, que se extiende por las
naves y las bóvedas de las iglesias; los templos
se inundan de oleadas de luz, envueltas entre las
nubes del incienso que se quema en los altares
15
226 R. MÉNDEZ OAITE

y que suben hasta el cielo; el sacerdote dijo el


Gloria in excelsisl. . . que repercute en las afili­
granadas ojivas de los templos; el Hosanna es
pronunciado por todas las lenguas del mundo y
resuena por tierras y por mares; las ciudades y
los pueblos respiran las alegrías de la Pascua, que
contrastan con las tristezas de los tremendos mis­
terios; la naturaleza ha despejado el manto de
tristeza que marchitaba su belleza, y sonríe; el
cielo brilla con nueva luz; la primavera, con to­
dos sus encantos, despierta del letargo de los días
helados de invierno, que ya pasaron; engalana
sus campos poblando de verdes hojas las secas
ramas de los árboles y, con los besos del calor,
manda á sus odoríficas flores, hasta hoy mustias,
que abran poquito á poco sus cálices y eleven al
cielo sus perfumes; y los pajarillos, estremecién­
dose de placer, trinan sin poder por más tiempo
guardar el secreto, y unen sus cánticos á los de
júbilo de la redimida humanidad, y á la voz del
Angel hermosísimo que, batiendo sus alas de oro,
hace resonar su arpa celestial, diciendo: «Surre-
xit, non est hic: Jesús se ha levantado del sepul­
cro; el sepulcro no es ya su morada.» ¡Jesucristo
ha resucitado!
Resurrexit sicut dixit! Alleluya, alleluya!..·
Ruedan por tierra llenos de espanto los guardias
que rodean su sepulcro; aquellos que tenían gran
interés en custodiarle con toda escrupulosidad
quedan aturdidos, tendidos por tierra y poseídos
LA OBRA DE LA REDENCIÓN_______ 2 2 7

de espanto y de temor, al ver salir de la fosa con


vida al que ellos habían muerto en la Cruz y al
ver cómo, todo hermoso, triunfante y lleno de
gloria, resucita el Señor.
¡Alleluya, alleluya!
En un instante el alma sacratísima se une á su
cuerpo, rebosante de vida, revestido de gloriosa
divinidad, cicatrizadas todas sus llagas y libre de
las ligaduras que le oprimían; convertidas las ti­
nieblas de la gruta en luz, envuelto en la esplen­
dorosa claridad de los rayos del sol, sale Jesús
del sepulcro con vida, venciendo el imperio del
pecado, triunfante de la muerte del infierno, so­
metiendo el espíritu de sus opresores y desple­
gando el estandarte de gloriosas victorias sobre
sus enemigos.
La Resurrección de Jesucristo es la antítesis de
su ignominiosa Pasión; es el nervio vital del Cris­
tianismo; es el fundamento de nuestra fe, la base
de los dogmas de la religión cristiana; es nues­
tra gloriosa y feliz esperanza; es la garantía de
nuestra salvación; es el título de honor que trans­
forma los estigmas infamantes de la muerte de un
inocente Mártir, que tuvo poder para volver á la
vida después de muerto, hecho sobrenatural y de
una positiva victoria; es el atributo más rico que
corona la obra redentora de Cristo; es la prueba
invencible de todos los demás misterios, el án­
cora de nuestra salvación, la prenda de nuestra
inmortalidad y el milagro más material é inaudi­
228 R . MÉNDEZ OAITE

to que devuelve redivivo á Jesús á la diestra de


Dios Padre.
¡Alleluya, alleluya!
Pasó el invierno de las tribulaciones, pasaron
los dias amargos, y en los celajes de espesos nu­
barrones de una noche obscura vuelven á brillar
las estrellas, que con su luz dan calma al triste y
perdido navegante.
A las cosas tristes se siguen las alegres; fina­
lizaron las figuras y empieza la ley de las ventu­
rosas realidades, inaugurándose una nueva épo­
ca para la extraviada humanidad; el demonio fué
vencido y burlados los planes del Averno; la
verdad brilló como fuego esplendoroso; las almas
no baten sus alas de desgracia, están elevadas;
los amplios horizontes de la esperanza se hallan
abiertos; la senda de abrojos conduce á la eterna
felicidad; nuestra raíz vive, y algún día seremos
vivificados los sarmientos; las puertas del cielo,
cerradas hacia cuarenta siglos por la culpa del
Paraíso, están abiertas; los santos patriarcas, cau­
tivos en el seno de Abraham, libertados; alegra­
da la Santísima María, alegrados los Apóstoles y
alegrados los cielos y la tierra, porque el hom­
bre entra en la senda del bien y de la verdad,
trazada por el triunfante Jesús.
¡Jesucristo ha incoado nuestra resurrección, y
resucitando Jesucristo, también nosotros resuci­
taremos!
Al poder de Aquel que con un soplo dió vida
___ LA OBRA DE LA_ REDENCIÓN_______ 2 2 9

á la Naturaleza y nos hizo de la tierra, no se opo­


ne que su omnipotencia revista nuestro esquele­
to con su primitiva carne en la hora de la resu­
rrección universal.
¡Alleluya, alleluya!
Los cielos y la tierra nos convidan á tomar
parte en el regocijo de nuestra libertad y de nues­
tra victoria.
Alegrémonos; la Resurrección es el misterio
santo y glorioso que hizo el Señor; es la prome­
sa del destierro de toda culpa y de toda pena,
de cumplimiento de toda gloria; triunfo grandio­
so, inmenso, incomparable y puramente de Dios.
Alegrémonos; ya Jesús no se acuesta en un
establo pobre, como le vimos al nacer en Belén;
ya no vive humilde y despreciado como vivió al­
gún tiempo en Nazareth; ya no está clavado en
un afrentoso patíbulo como en Jerusalén, en don­
de murió, sino que ha resucitado y está sentado
á la derecha del Padre, como Rey y Señor de
cielos y tierra.
«Surrexit, non est hic.»
¡Jesucristo ha resucitado!
¡Alleluya, alleluya!
Salve, salve,
cruz gloriosa,
dulce ensefla
religiosa,
paz del alma,
luz del bien.
Al pie de tu imagen, postrado de hinojos,
la pompa mundana condeno al desdén,
te miran am antes mis ávidos ojos,
y siempre sublime con gozo te ven.
Tú que el trono
fuiste un dia
del Supremo
Redentor,
sé mi norte,
sé mi guia,
mi consuelo,
mi alegría
y el emblema
de mi amor.
De la muerte
los rigores
nunca débil
temeré
si me amparan
tus favores
y tus vivos
resplandores
son antorcha
de mi fe. ,
Gloria á ti, Cruz bendecida,
del cristiano escudo fuerte,
por quien velas en la vida
y á quien salvas en la muerte.
Tus misticos rayos doquiera se ven,
las alm as inundan de plácida luz.
Prodigio que inspiras y alcanzas el bien,
condúceme al ciclo, santísima Cruz.

Cruz de las Indulgencias (,)


Oración
(l) Propiedad de los hijos del Sr. Ramírez, que, en atenta carta que
nos han dirigido, nos autorizan para reproducirla en nuestro libro.
GRACIAS concedidas por diferentes Prelados de la
SANTA IGLESIA CATÓLICA á los Heles que ten·
gan en su poder ó recen devotamente LA CRUZ
DE LAS INDULGENCIAS

Cada uno de los Emmos. Cardenales Arzobispos de


Toledo y de Santiago, 100 días de indulgencia á los que
la rezaren con verdadera devoción, y 40 días cada uno
de los Rdos. Obispos de Málaga, de Segovia y de Ar-
chis. — Cada uno de los M. Rdos. Arzobispos de Cuba,
de Granada y de Trajanópolis, 80 días á los que recen
alguna de las estrofas, y 40 días, en iguales términos,
cada uno de los Rdos. Obispos de Canarias, Nueva Cá-
ceres, Puerto Victoria, Túy y Jaro. — El Excmo. c ilus-
trisimo Sr. Patriarca de las Indias, Vicario general del
Ejército, 80 días cada vez que la recen devotamente te­
niéndola en su poder y rezando ante dicha oración un
Padre nuestro ó un Credo. —El Rdo. Obispo de Astorga,
40 días por cada vez que la recen devotamente y otros
40 por cada día que los fieles la tengan en su poder. —
El Rdo. Obispo de Barcelona, 40 días á los que, con ver­
dadera devoción, la leyeren ú oyeren leer, y otros 40 á los
que repitieren su lectura ó la dijeren de memoria. — El
Rdo. Obispo de León, 40 días á los que la aprendan de
memoria ó cada vez que la recen con verdadera devo­
ción. — El Rdo. Obispo de Vitoria, 40 días por la devota
recitación de todas y cada una de las estrofas.
La Cruz del cristiano (,)

«Yo te manifestaré toda d a s e


de bienes.»
E xodo , xxxiii .

te salve, Cruz preciosa,que tal hermo­


D
ios
sura granjeaste del contacto con los miem­
bros de Cristo, de mí tanto tiempo deseada, con
tanto afecto procurada, sin intermisión amada,
que ya te miro preparada para quien tan de veras
la desea. Yo vengo á ti seguro y gozoso, y tú con
gozo igual recíbeme á mi, discípulo de aquel Se­
ñor que estuvo enclavado en ti, Cristo mi Maes­
tro» (2).
(1) Dos son las Restas que la Iglesia ha establecido
en veneración de la Santa Cruz: la de su invención, en
3 de Mayo, y la de la exaltación, en 14 de Septiembre.
(2) San Andrés cuando iba á padecer su martirio.
234 R. MÉNDEZ OAITE

La Cruz, gloriosa á Jesucristo y provechosa á


los hombres, es el triunfo que se celebrará en la
última escena de los siglos; «entonces aparecerá
en el Cielo la señal del Hijo del Hombre, y todos
los pueblos de la tierra gemirán y llorarán» (1).
Su grandeza empezó en el Calvario, y sus con­
quistas y sus triunfos han acompañado siempre
á la Religión, sin que el error y la incredulidad
hayan podido obscurecer con sus tinieblas la
grandeza y la justicia de un Dios Crucificado.
¿Y qué es la Cruz y para qué sirve la Cruz?
La Cruz, Arca de salvación para el mortal, hace
veinte siglos que es el punto fijo en rededor del
cual giran los destinos de la humanidad y bajo
cuyos brazos se congregan, como debajo de la
gallina sus polluelos, las edades y las razas, las
ciudades y los pueblos, asi del mundo antiguo
como del mundo nuevo, y á los cuales ha salva­
do al uno por medio de la esperanza y al otro
por medio de la fe.
Es la Cruz á nosotros lo que el aire al cora­
zón, el corazón á la vida, la inteligencia al alma;
lo que el tallo á las plantas, lo que la tierra á las
raíces, lo que la luz á los colores, lo que el sol
á los planetas y lo que el alma á la vida.
Es síntesis del Evangelio y de la moral cristia­
na, emblema del alma, verdad de lo que somos,
compendio de bienes y de gracia, regla de jus-

(1) San M ateo, x x iv .


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 235
ticia, símbolo de toda creencia, conjunto de se­
cos y preparados combustibles que fácilmente
encienden al alma cristiana en admirable confla­
gración y signo de la obra redentora de Dios,
que enseñó al mundo estos lemas, hoy tan dis­
cutidos: «Igualdad y fraternidad.»
Es la Cruz norma de civilización en todos los
países, amparo de los desvalidos, égida de las fa­
milias y árbol á cuya sombra duermen en paz el
sueño eterno tantas y tantas generaciones.
Es la señal del Cristianismo y prenda de amor
divino que, según expresión del Cantar de los can­
tares, semeja un hacecito de mirra compuesto de
flores bellas y suaves.
A su amparo marchó Europa á la conquista de
los Santos Lugares, invadió provincias, doblegó
gobiernos y monarquías, anegó cadalsos y ver­
dugos, y atrajo á sí á sabios y á ricos, á grandes
y á pequeños, á pobres é ignorantes; se paseó
triunfante desde ia ciudad de los Césares á la
célebre Bizancio, cruzó el Mediterráneo, se posó
en las almenas de la antigua Cartago, quedó in­
mortal en los Concilios africanos y dejóse ver en
los pueblos más apartados de la tierra, brillando
sobre nuestros altares intacta como el disco del
sol, esbelta como la palma de Cadés, fresca como
la flor de Jericó, suave como los lirios del Carme­
lo, benéfica como la lluvia del otoño y amorosa
como las brisas de la mañana.
Derramando tesoros, con sus brazos extendi'
236 _______ R. MÉNDEZ OAITE _______

dos yabrazando á todos los hombres está enhiesta


en lo alto de las torres, sobre las atrevidas naves,
en las chimeneas de las fábricas, en la cúpula de
los palacios, en el humilde lecho del pobre, á la
entrada de la ciudad y del solitario camino de la
aldea, en la corona de los reyes, en la tiara del
Pontífice, en el pecho y en la espada del soldado,
al abrazar el bautismo, al humillarnos en la con­
fesión para arrojar el mortal veneno del pecado,
al empezar cualquiera obra buena, en la tenta­
ción, en la necesidad y en el peligro.
En todas partes está y se ve una Cruz; nadie
vive sin ella, y ¡cosa rara!, para aquel que lleva,
al parecer, una Cruz grande y la toma con resig­
nación y fe cristiana, es muy ligera y fácil de lle­
var; pero agobia, en cambio, con su peso, aun­
que sea pequeña, á los que la arrojan lejos de sí.
Dulce leño, dulces clavos, dulce carga.
He aquí el milagro, si tal puede llamarse.
«Quien toma la Cruz y me sigue, estará conmigo
y será digno de m í...»
El llanto que la Cruz produce no es el llanto
que derrama el hombre en las penas de su exis­
tencia; y asi como el enebro brota lágrimas de
incienso cuando el sol le mira, así también el
hombre debe derramarlas de agradecimiento al
contemplar la Cruz bienhechora de Cristo, pren­
da inefable de inacabables dichas y consuelos...
La Cruz y Santa Elena(,)

Si alguno quiere venir en segui­


miento mió, tome su cruz y sígame.
S an M ateo , xvi.

on muy reducido ejército iba el emperador


C Constantino á entrar en batalla contra el
tirano Magencio, que le tenía sitiado con dos­
cientos mil hombres, y convencido de su derrota,
pidió al Cielo auxilio, y oyéndole Dios, á quien
dirigió su corazón, vió una Cruz entre nubes or­
lada con esta inscripción: «Vencerás en virtud de
esta señal.»

(1) Véase Via Crucis.


238 R. MÉNDEZ OAITE

Aquella misma noche apareciósele el mismo


Cristo y le dijo que hiciese una Cruz como la
que había visto y que la llevase como bandera
de combate.
Obedeció con fe el emperador, y llevando con
sus contados soldados á la pelea el signo de
nuestra Redención, venció milagrosamente á Ma-
gencio junto á las orillas del Tiber, derrotó á
Licinio en Oriente, y haciéndose señor absoluto
de ambos Imperios, confundió el paganismo y
declaró religión del Estado la religión de Cristo,
única y verdadera.
El año 326 la piadosa emperatriz Santa Elena,
madre de Constantino, deseosa de encontrar el
sagrado Madero donde murió el Hombre-Dios,
visitó los Santos Lugares, recorrió las principales
ciudades y monasterios de la Palestina, subió al
monte Gólgota, y sin reparar en dificultades ni
sacrificios destruyó el templo que los judíos ha­
bían levantado á la diosa Venus, y desenterró la
preciosa Cruz del sitio donde estuvo el sepulcro
del Salvador, derribando los ídolos paganos.
Con las excavaciones que mandó hacer en el
Calvario y la Invención de la Santa Cruz, fué im­
portantísimo el papel que la madre del empera­
dor Constantino desempeñó en el triunfo del
Cristianismo.
Con una parte del Santo Madero de la Cruz
hizo engastar una caja de plata, dándola al obis­
po de Jerusalén, que debía conservarla perpe­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 239

tuamente, y envió otra parte á su hijo el Empe­


rador.
Este encerró un buen trozo de aquel Santo
Madero dentro de una estatua suya colocada so­
bre una magnífica columna de pórfido, en Cons-
tantinopla, y el resto fué mandado á Roma, don­
de se venera actualmente en el suntuoso templo
que por tal motivo se llamó de la Santa Cruz de
Jerusalén.
Las lecciones del Breviario romano en el rezo
de 14 de Septiembre, refieren: que Cosroes, rey
de Persia, haciendo la guerra á Focas en el año
614 y después de Heraclio, se apoderó de Jerusa­
lén, la incendió y tomó la verdadera Cruz, que
llevó á Cresfonte, ciudad del Tigris.
Cosroes trató la verdadera Cruz con respeto y
no se atrevió á sacarla del relicario en que se
guardaba. Mudóse la suerte de las armas y He­
raclio obligó á Sisroes, hijo de Cosroes, como
precio de la paz que pedía, á restituirle la verda­
dera Cruz, que en 628 devolvió intacta y en el
mismo relicario en que la había colocado Santa
Elena.
Heraclio, movido de un sentimiento religioso,
quiso llevar sobre sus hombros la Cruz al Calva­
rio, pero al llegar á la puerta de la ciudad no pu­
do dar un paso adelante, como detenido por una
fuerza sobrenatural. Ante tan extraordinario su­
ceso el obispo le dijo: «Mirad, señor, que la
pompa real y los ricos vestidos que lleváis no se
240 R. MÉNDEZ OAITE

avengan con la pobreza de jesús al pasar por


este mismo lugar con la misma Cruz á cuestas.
Quitóse el Rey las galas, y cubierto de un humil­
de vestido y con los pies descalzos, pudo prose­
guir el camino hasta depositar la santa Cruz en
el mismo lugar de la Crucifixión.
Origen del Via Crucis

Nisi crediderltis, non intelligetis.


Espíritu Santo.

Camino del Calvario


iem pr e se creyó en la Iglesia Católica que
S la devoción á la sacratísima Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo era el medio más salu­
dable y eficacísimo, ora para moverse el hombre
á llorar los pecados, evitar su recaída y procurar
la enmienda, ora para sobrellevar con resigna­
ción y paciencia las miserias anejas á la vida hu­
mana; y hoy, principalmente, que de todas par­
tes amenazan invadimos los enemigos de la Cruz
16
242 R. MÉNDEZ OAITE

de Cristo, es de suprema necesidad que los fíeles


no se avergüencen de confesar á Jesús crucifica­
do, y de recordar y dar veneración con un culto
asiduo y amoroso á su sagrada Pasión, mar in­
sondable en cuya inmensa capacidad se congre­
gan las aguas de la gracia.
Una de las devociones más fervorosas de to­
dos los pueblos de la Iglesia Católica, es la del
Via Crucis, ó sea la consideración de los dolores
y sufrimientos que padeció nuestro Divino Re­
dentor en la injuriosa y cruenta tragedia del Cal­
vario.
Aunque son muchas las disquisiciones hechas
sobre este frecuente y piadoso ejercicio del cris­
tiano, nos parece oportuno dar algunas noticias
sobre tan interesante asunto, sin que nuestro pro­
pósito sea agotar el tema, como ahora se dice,
ni menos tener la pretensión de que este trabajo,
reducido á tan estrechos limites, resulte perfec­
to ni tenga otro mérito que el de la simple curio­
sidad de unos apuntes que hemos creído de uti­
lidad al plan de este libro.
El ejercicio santo del Via Crucis, introducido
en Europa en 1312 por los PP. Franciscanos, que
recibieron este privilegio del Pontífice Clemen­
te V y el fervoroso Dominico Fray Albar; trae su
origen de la Santísima Madre de Jesús y los
Apóstoles, que fueron las primeras personas que
visitaron con frecuencia, y antes que nadie, la
Vía Dolorosa que nuestro Divino Salvador andu­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 243

vo en sus últimos momentos cargado con el ma­


dero santo de nuestra Redención.
Aquel camino de Jerusalén, que desde el pre­
torio de Pilato conducía hasta la cima del Gól-
gota, regado con la sangre del inocente Reden­
tor, humedecido con las caldeadas lágrimas de
María y pisoteado por la barbarie de un pueblo
deicida, fué el primer lugar y oratorio público
donde tuvo principio el ejercicio del Via Crucis,
y los cristianos se reunieron para meditar la
afrentosa muerte del Hijo de Dios, practicando
esta pía devoción, tanto más provechosa para
nuestras almas, cuanto con mayor empeño nos
propongamos imitar la obediencia de Jesucristo,
su humildad, su paciencia, su mansedumbre, su
caridad y todas las demás virtudes que resplan­
decieron en su Pasión como en su prototipo y
modelo celestial.
Antiguos libros de peregrinación nos dan mu­
chas noticias sobre las diferentes Estaciones del
Via Crucis; varias de éstas no figuran en el Via
Crucis que hoy rezamos en nuestras iglesias; por
ejemplo: el patio de la casa de Pilato, el balcón
del Ecce-Homo, el lugar del desmayo de la San­
tísima Virgen y aquel otro en que Nuestro Señor
descansó un instante; quedando reducida desde
el siglo xv esta devoción á catorce Pasos ó Esta­
ciones que los fieles recorren, solos ó en peregri­
nación, descalzos muchos y todos de rodillas, re­
citando devotas oraciones.
244 R. MÉNDEZ O AITE__

La via dolorosa del


Nazareno mide p ró x i­
mamente mil trescientos
veinte pasos, contados
desde el palacio del co­
barde Pilato, gobernador
romano, que condenó al
Justo sabiendo su ino­
cencia, hasta la cima del
Calvario. Este fué el ca-
mino p o r d onde fué
arrastrado nuestro Adorable Redentor, dolorosa
vía que dejó regada con su sangre, y en la que
varios monumentos religiosos conmemoran con
señales é inscripciones no muy legibles los ca­
torce Pasos principales del santo ejercicio del
Via Crucis, que comienza en el sitio mismo don­
de estuvo la escalera de la casa de Pilato, Esca­
la Santa existente hoy en Roma, y donde des­
de lo alto el inicuo le­
gislador mostró á Cris­
to, desgarrado por los
azotes, coronado de es­
pinas, vestido de púrpu­
ra y hecho ya una com­
pasión, para calmar los
anhelos sanguinarios de
a q u e lla muchedumbre
enfurecida: Primera Es­
tación.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 245
La Segunda Estación
comienza en el lugar que
los verdugos pusieron la
Cruz sobre los divinos
hombros del Señor; una
calle llamada hoy Bab-
es Gitti Mariam (Puerta
de la Virgen María).
Doscientos tr e in ta y
tres metros desde e s ta
calle al punto en que Je­
sús cayó por primera vez en tierra, abrumado
por el peso de la Cruz, se halla la Tercera Esta­
ción, señalada por una columna medio hundida
en la tierra.
La vía vuelve desde aqui al Sudeste, para lle­
varnos frente á una capilla que indica el lugar
donde la Madre del dolor, María Santísima, en­
contró á su Hijo, lleno su cuerpo divino de san­
gre al ser conducido al
más infam ante de los

t
a
ci
ón
.
patíbulos, y con El que
cruzó miradas de infini­
ta ternura: Cuarta Es­

A la distancia de más
de doce metros, siguien­
246 R. MÉNDEZ CAITE

como punto en que los soldados encargados de


la conducción del reo, obligaron á Simón Ciri­
neo á ayudar al Divino Maestro á llevar la pesa­
da carga que conducía — temerosos, más que
compasivos — de que muriese antes de ser cla­
vado en la Cruz.
Ochenta y seis metros próximamente indicase
donde estaba la casa de la piadosa mujer llama­
da Verónica, que enjugó
con su velo el lacerado
rostro de la inocente víc­
tima: Sexta Estación.
En el ex trem o más
elevado de dicha calle,
la vía dolorosa sube la
escarpada pendiente del
C alvario, ab o v ed a d a
ahora hasta el cruce del
camino de Damasco, y
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 247

en la unión de ambos está la Séptima Estación,


donde el Hijo de Dios cayó por segunda vez con
la Cruz.
En la prolongación de este camino, y á unos
treinta y cinco metros, hay una brecha en el muro
de un monasterio que señala la Octava Estación,
donde Nuestro Señor habló con las hijas de Je-
rusalén, que le seguían. Cerca de este sitio, don­
de estuvo la Puerta Ju-
diciaria, es necesario re­
troceder hasta la Sépti­
ma Estación, p o r estar
obstruida la restante su­
bida del Gólgota, mon­
tículo donde se cumplían
las sentencias de muerte,
por lo que se le llamaba
también lugar de los crá­
neos; y buscando el fren­
248 R. MÉNDEZ OAITE

te de la iglesia del Santo


Sepulcro, se encuentra
una columna que mar­
ca el lugar donde el Sal­
va d o r de los hombres
cayó por tercera vez con
la Cruz, habiendo llega­
do á la cim a de aquel
terrible lugar de muerte
y desolación, en el que
nació la vida p ara los
desgraciados hijos de Adán: Novena Estación.
Las últimas cinco estaciones se hallan juntas
en la referida basílica del Santo Sepulcro, que
encierra hoy aquellos lugares de eterno recuerdo
para el cristiano, hermoso templo edificado por el
gran Constantino, destruido y vuelto á reedificar
en distintas épocas y por distintas generaciones.
Dentro de sus muros hay unas capillas espe­
ciales, que señalan el lu­
gar histórico en que des­
nudaron de sus vestidu­
ras al Señor, donde fué
clavado en la Cruz, don­
de murió en ella y don­
d e, d e sc la v a d o , fué
puesto el difunto cuer­
po en los brazos de la
bendita M adre, que le
adoró antes de enterrar­
LA OBRA DE J-A REDENCIÓN 249
lo: Décima, Undécima,
Duodécima y Décima-
tercia Estación, respec­
tivamente.
Bajo la enorme cúpu­
la que corona el majes­
tuoso santuario ante el
cual, y sus grandes re­
cuerdos, queda absorto
el peregrino, está la Dé-
cimacuarta y última Es­
tación, el sepulcro en que descansó, hasta la glo­
riosa Resurrección, el cuerpo de Jesús.
Esta hermosísima rotonda, de más de ocho
metros de extensión por cinco y medio de ancho,
adornada de mármoles y coronada por una enor­
me cúpula greco-rusa, es el valioso estuche que
contiene la riquísima joya más preciada de la Pa­
sión del Salvador, y en la que toda la Cristian­
dad tiene fija la mirada,
es el Santo Sepulcro. En
el vestíbulo se ve la pie­
dra donde apareció ba­
tiendo sus alas de oro el
ángel, cuando fueron las
santas mujeres á visitar
la sepultura del Santísi­
mo Hijo de Dios hecho
Hombre, y sirv e como
de entrada á aquel lugar
250 R. MÉNDEZ OAITE

abierto en la misma roca, y que ocupa dos me­


tros de longitud por noventa centímetros de an­
chura.
Hablando del Sepulcro de Cristo, se expresa
cierto escritor con estas hermosas palabras, que
no queremos dejar de reproducir aquí:
«Vacío está el Sepulcro —dice —; la muerte
no ha podido guardar por mucho tiempo á su
Divino Huésped; pero de este Sepulcro abierto
han salido la vida y la redención del mundo; so­
bre él han orado las generaciones de veinte si­
glos, y sobre él rogarán las que vayan poblando
la tierra en las edades venideras; reyes, prínci­
pes, prelados, ríeos y pobres, grandes y peque­
ños, han regado con sus lágrimas de arrepenti­
miento y de amor el mármol que cubre aquella
tumba, para cuya reconquista se levantó Europa
como un solo hombre en la época de las Cruza­
das, y la cual, como dice un autor francés, «me­
dio rota bajo la cubierta que la oculta á nuestras
miradas, ha sido impregnada de una divina san­
gre, de la que una sola gota, aunque seca, bas­
taría para salvar al mundo.»
Finalmente, en el terreno del Gólgota vénse
distintas capillas: la de los griegos, donde estuvo
Nuestro Señor en tanto sus verdugos preparaban
lo necesario para la Crucifixión; más adelante, la
de los armenios, que recuerda el punto donde los
soldados sortearon los vestidos de la Víctima, y
subiendo una escalera de diez y ocho peldaños»
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 25!

hállanse dos compartimientos pertenecientes, el


uno á la Iglesia católica y el otro á la griega; el
primero, es el de la Crucifixión, ó sea donde Je­
sucristo fué clavado, y el segundo, donde fué
colocada la Cruz con el cuerpo del Divino Re­
dentor.
Este fué, sin duda, el origen de la pía devo­
ción de las Estaciones del Via Crucis, que duran­
te los primeros siglos no tuvo número limitado;
y como el movimiento de las peregrinaciones á
Jerusalén, no interrumpido hasta el siglo xv, se
hacía muy dificultoso por los medios de locomo­
ción, fatigas y gastos, que nuestros fieles no po­
dían afrontar, y con el fin de que tuviesen en su
propio país un recuerdo de los Santos Lugares,
se edificaron iglesias, monasterios y capillas pú­
blicas y privadas, recordando los Misterios de
la Pasión con este piadosísimo ejercicio.
Actualmente, no hay un pueblo ni un cristiano
que no rinda culto á tan noble devoción, prin­
cipalmente en los días de Cuaresma y Semana
Santa, distinguiéndose España, que con rica fe,
construyó en casi todos sus pueblos por donde
no ha pasado la mano demoledora de la revolu­
ción iconoclasta, Calvarios muy notables y céle­
bres por su piedad, que es muy frecuente encon­
trar en los caminos, en las ermitas y santuarios;
verdaderos Via Crucis que, como centinelas del
cielo, abundan especialmente en nuestra amada
Galicia, cruces de piedra que saludan tos viaje­
252 R. MÉNDEZ OAITE

ros á su paso y los devotos recorren piadosa­


mente rezando las oraciones adecuadas.
Como todo lo bueno y santo, también esta de­
voción tuvo que sufrir su persecución, viéndose
entorpecida por los feroces árabes, que impidie­
ron el consuelo de visitar los Santos Lugares du­
rante los primeros años, hasta el siglo iv, que dió
la paz á la Iglesia el piadoso emperador Cons­
tantino, siendo interrumpidas de nuevo estas
manifestaciones de la fe cristiana por los'sec­
tarios de Mahoma, que en el año 637 se apode­
raron de )erusalén, y otra vez prohibieron á los
fieles visitar los Santos Lugares.
En el siglo xi, Pedro el Ermitaño, con religio­
so fervor se lanzó á la conquista de la Palestina,
dando entonces principio las Cruzadas organi­
zadas por Godofredo de Bouillon, el Papa Ur­
bano II y San Bernardo, quienes despertaron gran
movimiento religioso por recuperar aquellos si­
tios, que estaban en poder de los infieles, y con­
tra quienes combatieron con las armas de la ra­
zón y de la guerra los reyes, príncipes y fieles
hijos de Dios, poseídos del religioso ardor de la
conquista.
En 1686, Inocencio XI confirmó á todos los
santuarios de los hijos del llagado Serafín Fran­
cisco de Asís , finísimo amador de las congojas
de Jesús, y á los hermanos de San Leonardo, he­
raldo esclarecido del Via Crucis, los mismos pri­
vilegios que encierran los Lugares Santos; Be­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN ___ 253

nedicto XIV enriqueció estas gracias espirituales


y manifestó deseos de que cada iglesia parro­
quial tuviese su correspondiente Via Crucis; Cle­
mente XIV aprobó y aumentó estos privilegios
por un decreto de 26 de Enero de 1773, y lo mis­
mo Pío IX y León XIII, que en 26 de Noviembre
de 1880, confirmó todas las gracias y favores
concedidos por sus predecesores á los devotos
de la Pasión y asociados del Via Crucis.
Pero sobre todos estos testimonios que nos
hablan de la saludable afición al Via Crucis, es­
tán estas palabras que dijo el mismo Jesucristo á
la Venerable Madre Sor de la Antigua:
«La memoria de mi Pasión — díjole Su Ma­
jestad— , es vida y salud de las almas que la
aman; y ata á la justicia de mi Padre el recuerdo
de mis cordeles, y á mí me hace fuerza... Y si
esto hace cualquier memoria de mi Pasión, ¿qué
hará el reverenciar con cuidado los pasos donde
Yo más padecí? Al alma que así me acompañe, la
libraré de sus pecados, y la favoreceré en vida y
en muerte, y por ella á todas sus cosas; y en vir­
tud de una que rece las Estaciones, defenderé á
toda la comunidad donde está esta memoria» (1).
Emprendamos, pues, cristianos, la jornada del
monte Gólgota, llevando impresos en el corazón
los emblemas del Crucificado; subamos las cator-

(t) Desengaños de religiosos y de almas que tratan


de Virtud: р. II. lib. IV.
254 ______ R. MÉNDEZ OAITE __

ce Estaciones hasta llegar al monte del Señor y á


la casa de Dios Jacob, y que, como otros tantos
místicos peldaños, nos enseñarán sus caminos.
Caminemos al Tabór de la transfiguración hu­
mana, ingente montaña florida y luciente como el
sol de estío, donde extiende los brazos la Cruz
de nuestro Dios. Ya nada tiene con los tribuna­
les de la tierra: ya no es su morada el Gólgotha
de los mártires humanos.
Lo que ve, lo que domina, no son legiones de
esclavos arrastrándose forzados á sus pies; sino
generaciones rescatadas por Jesús, que se levan­
tan en las ondas de su propia libertad.
Subamos, piadosos lectores, al bendito lugar,
el más santo de todos los lugares del mundo, que
se impone á los incrédulos y racionalistas; lugar
divino donde Dios, lleno de grandeza, nos crió
y nos redimió con su misma sangre, y sitio santo
por excelencia, en el que no podremos hacer otra
cosa, como pecadores y como agradecidos, que
arrastrarnos por el polvo y deshacernos en llanto
y en gemidos, pensando y repasando en nuestra
mente la* historia de la Pasión de Jesús.
Fiel retrato de Jesús(,)

n el tomo VIII, página 77, del Catecismo de

E Perseverancia, del A. J. Gaume, hay una


nota que dice: «He aquí ahora el retrato material
de Nuestro Señor, tal como nos lo ha conservado
y transmitido la antigüedad: Tenia un rostro be­
llísimo y muy animado, el cabello algo rubio, no
muy espeso y un poco rizado; las cejas negras y
ligeramente arqueadas. Sus ojos, de color de
aceituna, brillaban con una gracia admirable.
Tenia la nariz recta, la barba rubia y mediana­
mente larga, el cabello bastante largo, pues nun­
ca tocó su cabeza la navaja ni la mano de hom­
bre alguno, excepto la de su Madre, durante su
(1) Las pruebas de la autenticidad de este relato se
hallan en la Hist. Familia Sac., por Sandini, c. xvn, pá­
ginas 287 y siguientes.
256 R. MÉNDEZ GAITE

infancia. Llevaba el cuello algo inclinado, de suer­


te que su ademán no era demasiado arrogante ni
erguido. Su tez era de color trigueño, la cara ni
redonda ni larga, sino como la de su Madre, un
poco prolongada y ligeramente sonrosada. La
gravedad, la prudencia y la serenidad se herma­
naban y resplandecían en su semblante. En una
palabra: era del todo semejante á su divina é in­
maculada Madre.»
También en el año 32 se hizo por orden del
emperador Tiberio, en forma de camafeo, de un
metro de alto por medio de ancho, el único re­
trato de Jesús, que pasó de Roma á Constanti-
nopla, en donde se conservó esta reliquia hasta
que fué ofrecida al Papa Urbano VIII.

Otra descripción de la
persona y figura de Jesús
Lo que sigue es un manuscrito que posee el
protestante Lord Kelly y que fué copiado en Roma
de una carta original de Publio Léntulo:
«Siendo la costumbre de los gobernadores ro­
manos, en tiempo de Tiberio César, el advertir
al Senado y al pueblo las cosas importantes que
ocurrieran en sus provincias, Publio Léntulo,
presidente de Judea, escribió al Senado la carta
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 257

siguiente relativa á nuestro Señor — : »Ha apare­


cido en nuestros días un hombre de gran virtud
llamado Jesús-Christus, que vive aun entre nos­
otros y que es conocido por los gentiles como
verdadero profeta, pero sus propios discípulos le
llaman el Hijo de Dios; resucita los muertos y
cura toda clase de enfermedades. Es un hombre
de estatura algo alta y hermosa y de semblante
muy venerable, tal, que el que le mira puede
amarle y temerle. Los cabellos son de color de
castaña muy madura, lisos hasta las orejas, más
abajo son más brillantes y rizados y flotantes al­
rededor de sus espaldas. En el medio de la cabe­
za tiene una línea ó partición en sus cabellos, se­
gún la moda de Nazareth. Su frente lisa y muy
pura; su fisonomía no tiene ni mancha ni arruga;
su nariz y su boca son de tal modo formados, que
nada puede tacharse; su barba, un poco poblada,
de color parecido á sus cabellos, no muy larga,
pero rizada; su aspecto, inocente y serio; sus ojos
grises, claros y vivos. Cuando reprende inspira
el miedo; cuando amonesta, es cortés y elocuen­
te; agradable en la conversación, que al mismo
tiempo es grave. Nadie recuerda que haya alguien
que le haya visto reir, pero muchos le han visto
llorar. En las proporciones, su cuerpo, sus manos
y brazos, perfectos. En su hablar, muy templado,
modesto y sabio. Es un hombre superior, por su
singular belleza, á los hijos de los hombres.»
Sin comentarios.
17
Hermoso libro, que es como el sol, la luz y la vida del
mundo, donde hoy, mañana y siempre podemos meditar
y estudiar.. .
El Crucifijo

¡Novertm te! ¡Novtrim me.


¡Que yo te co n o zcal [Que yo me
conozca!
S an Ao u s t í n .

cruz era el suplicio m ás común entre los

L
a
pueblos antiguos, y especialm ente entre
los romanos.
pué también empleada por los sirios, persas,
indios, cartagineses y egipcios, quedando en la
época de los herodianos como pena reservada á
los esclavos, á los salteadores, á los asesinos, á
los viles y á los sediciosos, hasta Constantino el
Grande, que por respeto á Cristo la abolió en el
año 13 de su reinado.
260 R. MÉNDEZ QAITE

El capricho de los tiranos impuso esta pena,


no sólo á los malvados, sino también á infelices
mujeres y á santos varones y piadosos cristia­
nos, que, llenos de fe, confesaron á Jesucristo.
Alejandro el Grande, después de la conquista de
Tiro, mandó crucificar á dos mil habitantes; y
Alejandro, rey de los judíos, Xerxes, Augusto,
Tiberio y demás verdugos de aquella Roma pa­
gana, emplearon este suplicio. Este no era propio
del pueblo judaico, el cual sólo conocía el ape­
dreamiento, la cremación, la estrangulación, y ra­
ras veces la decapitación.
Suplicio tan doloroso fué el último tormento de
Jesucristo Nuestro Redentor, siendo antes azota­
do, cosa que no se acostumbraba hasta después
de conocida la sentencia.
La forma de la cruz fué por mucho tiempo
motivo de graves cuestiones, y como resultado
de profundos estudios se sabe que- este instru­
mento de martirio era de varias especies.
En la antigüedad se conocían varias cruces: la
cruz simple, un árbol, al cual sujetaban á los de­
lincuentes con cuerdas ó clavos, ó un palo pun­
tiagudo, con el cual clavaban á los reos por la
espalda; la cruz composita ó percha, horrible ins­
trumento de muerte que todavía se usa en algu­
nos pueblos bárbaros; la cruz decussata ó Cruz
de San Andrés, en forma de X, compuesta de dos
maderos de igual longitud cruzados por el me­
dio; la cruz commisa ó patibulata, en forma de
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 261

una T, hecha de dos palos, uno largo y otro más


corto puesto encima del primero, formando un
ángulo completamente recto; la cruz latina tami­
sa ó capita, que es, por lo común, la que presen­
tan en sus obras los artistas cristianos, formada
de dos palos desiguales atrevesados, el más cor­
to, en uno de los extremos del más largo, á una
altura de dos tercios del tronco, sobresaliendo un
poco de aquél; la cruz grceca, dos maderos, cuya
traviesa era á la mitad de la altura del tronco; la
cruz furca, que tenía la forma de una Y, y la de
Lorena ó Patriarcal ó de Jerusalén, que tenía dos
traviesas.
Toda cruz, estudiada antes de su composición,
aparece en la torma de te romana, con ligerisimo
apéndice; como en el Museo de Pinturas del Pra­
do, el Cristo, de Velázquez, uno de los que más
se han acercado en todo á la verdad, y que es
ornamento y gloria de nuestros pintores.
Los condenados á muerte de cruz, era costum­
bre de aquella época que la llevasen al hombro
hasta el sitio de su suplicio, donde la víctima era
muchas veces clavada estando la cruz tendida en
el suelo, y luego ésta se levantaba en alto y otras
se plantaba la cruz y se ataba á ella al condena­
do, y en seguida era clavado.
Este punto, lo mismo que la forma de la Cruz
que hubo de tener aquella en que fué clavado
Jesús, es muy controvertido con gran variedad de
opiniones de los escritores y arqueólogos, y nos­
262 R. MÉNDEZ QAITE

otros juzgamos innecesario detenemos en esta


cuestión, que no acrecienta ni disminuye los do­
lores que Jesucristo padeció en la cima del Cal­
vario.
La opinión más apoyada por autores eclesiás­
ticos y más conforme con la tradición, es de que
la forma de la cruz del Salvador no fué en esta

forma tan común, sino el de una te asi


ó sea la letra tau, que en el alfabeto simbólico de
los griegos era la última, cruz semejante á la del
Buen Ladrón, que se conserva en la iglesia de
Santa Cruz de Jerusalén.
El origen del apéndice superior de las moder­
nas cruces, debe ser, que en los pueblos orienta­
les tenian la costumbre de clavar la sentencia en­
cima del ajusticiado y en el instrumento de su
martirio; en la tau, sin duda, tuvieron que añadir
un apéndice, suficiente á contener dicha senten­
cia, que en Nuestro Redentor se tornó por el co­
nocido rótulo INRI, monograma de su nombre,
escrito en varios idiomas.
El titulo que pusieron sobre la cabeza de Jesu­
cristo, es cosa manifiesta é inconcusa que no fué
otro sino el que refiere San Juan, escrito en tres
lenguas: en hebreo, en griego y en latín, y que
nuestros pintores abrevian con las primeras le­
tras: INRI.
En hebreo, lesnahh, Hanotsri, Melech, Haiehu-
dim; en griego, lesous, ó Nazoraios, ó Basileus,
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 263

Ton, loudaion, y en latín, lesus, Nazarenus, Rex,


/udeorum (1).
Pudieran aducirse muchos testimonios que
afirman como seguro y fuera de cuestión haber
sido esa la forma de la Cruz de Cristo, y que ésta
tuviese el apéndice, asiento ó sostén que servia
para los pies, los cuales descansaban en él, y en
él, puestos de plano, eran clavados.
Hablando de las forma y disposición de la
Cruz de Cristo, dice San Pablo á los de Efeso:
«Para que podáis comprender con todos los
santos cuál sea la anchura, la longitud, lo alto
y lo profundo en que abrazó las cuatro dimen­
siones. . . , latitud en el madero que atraviesa,
longitud en el largo en que se funda, altitud en
la parte eminente al madero que cruza y profun­
didad en la parte que se hinca en la tierra y se
esconde en ella . .. » ( 2 ) .
Rahult de Feury, Tertuliano, San Agustín y to­
dos los Santos Padres antiguos, en cuyo tiempo
aun se usaba tal suplicio, convienen en que aqué­
lla constaba de tres piezas ó maderos: «El uno
largo, que es como la estatura y el fundamento
en que se labra; el otro, atravesado en lo sublime
y alto del primero, para extender en él los bra­
zos, y el tercero más corto, en lo bajo ó al medio,
para poner los pies, no libres, sino clavados,

(1) San Match, x x v i i .


(2) Adv. haercs. Valent.
264 R. MÉNDEZ GAITE

porque no se pudiese mover. El madero largo, se­


gún San Agustín, sobresalía un poco sobre el que
atravesaba, haciendo forma de la cabeza; y del
escabelillo ó palo donde fueron clavados sus pies
santísimos, dicen ,San trineo, San Justino y San
Gregorio de Tours: «Se practica en el tronco un
agujero en que se pone el diente de una tablilla,
sobre la cual se fijan los p ies. .. »
Tampoco se concillan las diferencias que hay
sobre la materia de que era la Cruz de nuestra
Redención. Justo Lipse y muchos más, por haber­
se conservado tres siglos enterrada hasta que fué
descubierta por Santa Elena (1), quieren que fue­
se de encina, por ser esta madera incorruptible.
M. Rohault de Fleury, Decaisue y Gretser, no se
avienen con esta opinión; Pedro Savi, profesor de
la Universidad de Pisa, dice que vió con el mi-

(I) Un caso prodigioso, recibido y aprobado por la


Iglesia en la Invención de la Santa Cruz, refieren, entre
otros autores graves, Sozomeno, Sócrates, Theodoreto,
Rufino y San Ambrosio.
Habiéndose hecho una profunda excavación en el
lugar donde estaba la Santa Cruz, se encontraron allí
tres cruces, y separado de ellas el título de la Cruz del
Salvador, el que como no pudiera distinguirse á cuál
de ellas había sido clavado, quitó la duda un milagro.
Como San Macario, Obispo de Jerusalén, hubiese hecho
oración á Dios, aplicó cada una de aquellas cruces á
una mujer gravemente enferma, y no habiendo experi­
mentado ningún alivio en las dos primeras, como to­
case después la tercera, quedó de repente sana.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 265

croscopio unas partículas pertenecientes á los


fragmentos que guardan Santa Cruz de Jerusalén,
en Roma, la catedral de Pisa, la de Florencia y
Nuestra Señora de París, y que son de madera
de pino, y el venerable Beda pretende que la cruz
era de cuatro especies de madera: la inscripción
de boj, el tronco de ciprés, el travesaño de cedro
y la parte superior de pino. . .
Dejando á un lado todas estas cuestiones, he­
mos de fijar nuestra consideración en los altísi­
mos fines que tuvo Cristo Nuestro Redentor para
elegir desde la eternidad el tormento de la Cruz-
San Bernardo y San Agustín enseñan que la
Cruz predica, no solamente los cuatro atributos de
Dios: en la altitud, la potencia; en la profundidad,
la sabiduría; en la latitud, la bondad, y en la lon­
gitud, la eternidad de Dios; sino que también las
cuatro virtudes del Salvador: en la latitud, la ca­
ridad de Cristo; en la longitud, su paciencia; en la
altitud, su obediencia, y en la profundidad su hu­
mildad . . .
No menos bellas son las comparaciones que
establece San Irineo, cuando dice: «Los dos bra­
zos de la Cruz que están debajo del titulo Jesús
Nazareno, Rey de los judíos, significan los dos
pueblos judáico y gentílico, hasta entonces divi­
didos, que de allí en adelante se habían de unir
debajo de una cabeza, que era Cristo, en el cuer­
po místico de su Iglesia»; y, por último, San Gre­
gorio Niseno, por otro camino descubre no me­
266 R. MÉNDEZ OAITE

nos pequeños misterios: «La parte superior de la


Cruz que mira al Cielo, significa que por ella se
habla de abrir y franquear á todos, como por lla­
ve suya; la inferior, que entra en la tierra, que
habla de despojar por su medio Cristo el infierno;
los dos brazos, que miran á los dos polos del
mundo, denotan que desde Oriente á Poniente
habla de sujetar el mundo y traer las gentes al
conocimiento de la fe, purificándolas con el baño
eficacísimo de su Sangre Santísima.»
En todo este proceso iconográfico del instru­
mento de muerte de Nuestro Señor Jesucristo,
asunto transcendental y de grandísimo interés al
género humano, surge una nueva cuestión evo­
lucionada en el transcurso de los tiempos; es
esta, la diversidad de modos y formas como los
artistas han representado al Salvador clavado en
cruz, siendo muy pocas, por desgracia, las que
completan los deseos de las personas escrupulo­
sas ante este género de producciones.
Muchas de las imágenes que están á nuestro
culto, de nuestros pintores y escultores, algunas
veces pueden imbuir errores perjudiciales presen­
tando defectos y absurdos trazados por falta de
fe religiosa, poca instrucción y condescendimien­
to de variados caprichos.
No nos referimos á las obras de los malos ar­
tistas; trataremos sólo de las exteriorizaciones de
aquellos que poseen las cualidades que el Reve­
rendo Padre Félix exige, á saber: «Contempla­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 267

ción, amor y expresión de la hermosura ideal;


mirada para verla, corazón para amarla, mano
para expresarla.»
Varias son las equivocaciones que con fre­
cuencia se advierten en la interpretación del su­
blime instrumento de nuestra Redención.
Aunque por mucho tiempo se presentó la ima­
gen del Dios-Hombre con los pies atravesados
separadamente por dos clavos, como se ve en
muchas pinturas antiguas (1), generalmente se
mira con uno solo y en la expresión de horribles
sufrimientos y con el cuerpo ondulado.
Eminentes autores por su piedad y por su sa­
biduría, entre los que se cuentan San Cipriano,.
San Gregorio Niseno, San Agustín, San Grego­
rio Turonense y el Pontífice Inocencio III, afir­
man haber sido cuatro los clavos con que fueron
clavadas las manos y los pies de Cristo.
Fray Angel Roca, de la Orden de San Agustín,
después Obispo de Tagaste, dijo sobre este pun­
to: «Lo otro que me inclina á decir que la Cruci­
fixión del Señor se hizo con cuatro clavos, es
que si hubiesen sido tres y traspasados sus pies,
uno sobre otro, el clavo que hubiera traspasado
ambos pies debería haber sido muy largo y grue­
so; y por consiguiente, hubiera desgarrado uno
y otro pie rompiendo los huesos, siendo de fe lo
(1) Yo vi en Paris muchas imágenes del Santo Cru­
cifijo con cuatro clavos, y esto mismo en algunos misa­
les y manuscritos antiquísimos.
268 R. MÉNDEZ OAITE

contrario, según interpretan San Juan y los Pro­


fetas. ..» Del mismo dictamen es también un re­
ligioso de la Orden del Seráfico Padre San Fran­
cisco — cuyo nombre nopuedo citar por no recor­
darlo— , y que decía: «Imposible que los pies del
Salvador fuesen traspasados con un solo clavo,
del modo que ahora lo vemos representado, por
no ser fácil taladrar ambos pies con un solo cla­
vo, sin romper los huesos de un pie ó de ambos,
y entonces no seria verdad lo escrito por el Pro­
feta; y San Irineo y San Justino aseguran también
que Cristo no tuvo un pie sobre otro, como lo
pintan comúnmente, y que los clavos fueron cua­
tro y no tres solos.
Algunos otros artistas, aunque con muy buena
intención, han incurrido en el defecto de pintar
y esculpir la efigie de Jesús como tipo vulgar y
nada bello, queriendo ensalzar asi mejor su hu­
mildad; otros, con mucha esbeltez, con el cuerpo
terso y sonrosado, sin huellas de sufrimiento, ha­
ciéndolo más agradable á la vista; muchos, con
los brazos altos, en lugar de una posición hori­
zontal, figurando su misión divinadeSalvador,de­
seoso de abrazar hasta á sus mismos enemigos;
otros, robusto, sonriente y sin huella de marti­
rio, dando á entender que para Él fué muy sen­
cillo el tormento de nuestro rescate; y no pocos,
con el costado abierto á la derecha.
La fractura de los huesos era el complemento
ó el fin del suplicio. En el Gólgota, algunos sol-
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 269

dados rompieron las piernas de los dos ladro­


nes; mas en cuanto á Jesucristo, cuando lo vieron
muerto, se contentaron, para que constase más
su muerte, con herirle el costado izquierdo con
una lanza.
El Hombre-Dios habla expirado; pero su cora­
zón amante, nido de amores celestiales, palpita-
ba aún y sentía sed por la salvación de las al­
mas, y cuando la lanza de sus rabiosos enemi­
gos abrió su costado, del interior del pericardio
brotó sangre, esta vez mezclada con agua, sím­
bolo visible del cumplimiento de una profecía.
La lanzada en el costado derecho nos ha
causado siempre mucha extrañeza, mayormente
cuando no conocemos ninguna razón que auto­
rice esta interpretación, que rechazan cuantos han
estudiado este asunto, teniendo en cuenta que
todos los cristianos saben que Jesús murió heri­
do, precisamente, en su corazón.
Pruébase, además, que debió ser el costado
izquierdo donde hirieron á Jesucristo, con una
razón que está fuera de duda. Cuando un hom­
bre se pone frente por frente de otro, la mano
derecha del uno corresponde á la mano izquier­
da del otro, y al contrario, la izquierda á la de­
recha.
Todos estos yerros, unas veces provienen de
extraviadas opiniones y de falsas doctrinas; otras,
de mal gusto artístico, y no pocas, de mala fe de
aquellos enemigos de nuestra Religión, que bus­
27 0 R. MÉNDEZ QAITE

can triste celebridad, rebajando la Majestad Di­


vina del ideal de Nuestro Señor Jesucristo, ha­
ciendo de una obra de arte, ante la que experi­
menta siempre el espíritu cristiano aquel puro é
inefable placer que proporciona la verdadera be­
lleza, una representación de afectos ajenos y exa­
gerados, que dan casi siempre aversión y asco.
La figura de la representación del Divino Cru­
cificado, entendemos que debe de hacerse con el
mayor fervor religioso y con todo el posible cui­
dado, encarnando en |esús toda la belleza de la
raza hebrea, la más perfecta, á que perteneció; y
sin separarse mucho de ella, y atendiendo á los
datos históricos, á las profecías, escritos de los
santos, Sagrada Biblia y autoridad de la Iglesia,
resumiendo en la Sagrada Victima al más hermoso
de los hijos de los hombres, con toda la belleza
que imaginarse pueda, y sin excluir aquellas se­
ñales de sus amargos padecimientos.
Sin incurrir en los anteriores defectos, merece
recordarse la famosa Cruz del Vaticano, en que
aparece arriba, y repetido abajo, el busto de
Nuestro Señor. En el primero bendice, con la
mano derecha, á la manera latina; y en la iz­
quierda tiene un libro; en el de abajo lleva en la
diestra un volumen enrollado, y en la izquierda
una cruz pequeña.
No es menor el número de Crucifijos notables
que pudiéramos citar, y, circunscribiéndonos á
España, mencionaremos uno de marfil, estilo ro­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN________271^

mano, con alguna influencia árabe, esculpido en


el siglo xi, regalo del Rey Don Femando I y Su
mujer Doña Sancha á la iglesia de San Isidoro,
de León; este Crucifijo es de los más antiguos
que se conocen en España; le siguen en orden
los correspondientes al siglo xu, en cobre, que
abundan en Castilla, y otro del siglo xm, repuja­
do en plata y estilo de transición del románico al
ojival, de delicadísimo gusto de ornamentación,
que en la Exposición de Artes retrospectivas, ce­
lebrada en tüsboa en el año 1882, fué objeto de
general admiración, como también la variedad
de cruces procesionales de valor incomparable
que expuso, algunas de más de un metro y me­
dio de altura.
Referir también las obras plásticas y gráficas
que representan con alguna exactitud la Crucifi­
xión de Cristo, no es cosa fácil ni de un momento;
su enumeración seria interminable, siendo las
más famosas, y las más notables, las de Cimabué,
Giotto y Fra Angélico, en Santa Cruz de Floren­
cia; Rafael, en la colección de Ward; Bruelghel
y Martín de Ros, en Módena; Veronés, en el Lou-
vre, Venecia, Florencia y Dresde; Tinttoretto, en
Munich y Venecia; Rubens, en Amberes, y el de
Joanes en la Sacra Familia. . .
No terminaremos este trabajo sin recordar las
hermosas imágenes de Cristo Crucificado exis­
tentes en la capilla del Santísimo Cristo de Oren­
se y en el antiguo Monasterio de los Canónigos
272 R. MÉNDEZ GAITE

Premostatenses, hoy de Padres Jerónimos en el


lugar de Alba de Tormes.
De la primera se refieren miles de portentosos
milagros obrados á todos los pueblos de aquella
ciudad de Galicia, que lo venera con fe profunda
y tradicional, transmitida de generación en ge­
neración, y cantados por la musa popular:

Tres cosas hay en Orense


que no las hay en España,
el Santo Cristo y la puente
y las Burgas hirviendo agua.

El segundo es un hermoso modelo, que debían


seguir nuestros pintores y escultores modernos;
en ¿I se representa al vivo la imagen del Nazare­
no en una estatura casi regular y labrada con mu­
cho primor, con sus llagas abiertas; su sangre,
como que va corriendo; la crueldad de los azotes;
descarnadas las rodillas, y las heridas, cardena­
les y golpes de todo su cuerpo, con tal colori­
do de verdad, que á los que lo miran, no sólo les
mueve á efectos de piedad, si que también les
llena de un santo horror, pasmo y estupor.
. . . Fijemos, pues, nuestra vista sobre el gran
espectáculo de la Cruz, donde la verdad mis­
ma reconcentró todos sus rayos, y donde la vida
divina yace tendida, sujeta con unos clavos, toda
molida y quebrantada por los tormentos; donde
se junta lo finito y lo infinito, lo temporal y lo
eterno, revestido con los colores, las formas y
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 273

hasta los movimientos de la vida humana, des­


cubriéndonos claramente lo que es el hombre y
lo que es Dios.
Fijemos nuestra vista sobre el Crucifijo, Altar
del sacrificio de nuestro Redentor, donde su cuer­
po, que es prenda de reconciliación de Dios con
el hombre, campea lleno de llagas, de aflicciones
y de dolores; fijemos nuestra vista en ese Tem­
plo de oración levantado en el Calvario, donde
hallan los justos consuelo, esfuerzo los débiles,
remordimiento los malos, refugio los penitentes,
esperanza los moribundos é inspiración la cari­
dad; fijemos nuestra vista en el árbol de la Cruz,
cuyas hojas, siempre verdes, dan sombra bien­
hechora á toda la tierra, lo mismo que sus flores
y sus frutos confortan nuestros corazones y son
medicina saludable contra nuestros enemigos;
fijemos nuestra vista, en fin, en ese hermoso li­
bro, que «s como el sol, la luz y la vida del
mundo; donde hoy, mañana y siempre, podemos
meditar y estudiar cuál debe ser la vida y cuáles
las obras del verdadero cristiano, y donde se
aprende á morir bien, que es lo que importa.. .
«Noverim te!
Noverim me!
¡Que yo te conozca!
¡Que yo me conozca!»

18
Reloj de la Pasión de
Ntro. Señor Jesucristo

las siete de la tarde cenó Cristo Redentor


nuestro con sus discípulos, y les lavó los
pies.
A las ocho instituyó el Santísimo Sacramento
del altar.
A las nueve predicó el Mandato, lleno de
amor.
A las diez oró en el huerto de Gethsemaní.
A las once padeció las agonías y sudor de
sangre.
A las doce fué preso y presentado á Anás y
abofeteado.
276 R. MÉNDEZ OAITE____

A la una de la noche fué presentado á Caifás


y tratado como blasfemo.
A las dos fué acusado por testigos falsos y ne­
gado de San Pedro la tercera vez.
A las tres fué dejado en poder de los sayones.
A las cuatro, vendándole los ojos, le burlaban
y herían, diciendo: adivina quién te hirió.
A las cinco se volvieron á juntar los judíos para
condenarle.
A las seis le presentaron ante Pilato, y fué
examinado por él.
A las siete le remitió Pilato á Herodes, que le
trató y vistió de loco.
A las ocho le remitió Herodes á Pilato; y cerca
de las nueve, clamaron los judíos le crucificase y
soltase á Barrabás.
A las nueve fué azotado cruelmente con cinco
mil y más azotes, coronado de espinas y tratado
como rey de burlas.
A las diez le mostró Pilato al pueblo diciendo:
Ecce-Homo, y promulgó la sentencia de muerte
de cruz.
A las once llevó la Cruz á cuestas con impon­
derable fatiga y caídas hasta lo alto del Cal­
vario.
A las doce fué crucificado, enarbolado y pues­
to entre los ladrones.
A la una de la tarde le dieron hiel y vi­
nagre.
A las dos encomendó su purísima Madre á San
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 277

Juan y su alma al Eterno Padre, y concluyó con


las siete misteriosas palabras.
A las tres expiró en la Cruz para darnos vida;
mostraron sentimiento todas las criaturas, y le
confesó á voces el Centurión, entre los muchos
que se convirtieron.
A las cuatro le abrieron el costado con una
lanza cruel.
A las cinco fué bajado su santísimo cuerpo de
la Cruz y puesto en los brazos de su dolorísima
Madre.
A las seis fué sepultado en un sepulcro nuevo
ofrecido de limosna, quedando la Virgen en su
mayor soledad.
Reliquias j lugares santificados por la
Pasito y Muerta de Nuestro Redeitor

a s in s ig n e s reli­
L' quias de la Pasión
son, como todo cristiano

Ш
recuerda, la cruz, los cía­

la corona de espinas, la
ag rada sábana, la santa
faz, las sagradas vesti­
duras y otras accesorias,
como la escalera santa,
si caña, el brebaje, la
esponja, la lanza, la copa y la mesa de la Cena.
Son por demás interesantes las noticias que
280 ______R. MÉNDEZ OAITE__________________

vamos á consignar de los instrumentos más no­


tables relativos á la Pasión y Muerte del Reden­
tor, y de los lugares donde se conservan cuida­
dosamente estas reliquias.
Las activas y crueles persecuciones de los
emperadores romanos á los primeros cristianos
hicieron que, por espacio de muchos años, tan
venerandos objetos permaneciesen ocultos á la ra­
pacidad y fanatismo de los sectarios del gentilis­
mo pagano. Los discípulos y propagadores de la
fe de jesús, que en los primeros siglos del Cris­
tianismo tuvieron que practicar su culto y vene­
rar á Dios en las sombras del misterio, procura­
ron guardar con la más religiosa devoción todos
aquellos instrumentos que se utilizaron en la Pa­
sión de Nuestro Señor Jesucristo.
Algunas de las venerandas reliquias no se sabe
con verdadera certeza cómo han sido descubier­
tas; lo cierto es que innumerables y asombrosos
milagros patentizaron la autenticidad de aque­
llos objetos que después ha venerado el mundo
católico con piadosa devoción.
La medida de la Cruz, según la tradición, era
de 15 pies de altura y de 7 á 8 los brazos: 4,50
por 2,60 metros.
Tres fragmentos, los más grandes y notables,
se conservan en Roma, en Santa Cruz de jerusa-
lén, el más importante de los cuales mide 160 mi­
límetros de largo. El fragmento más considerable
se conserva en la basílica vaticana de Santa Cro-
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 281

ce, y se muestra al pueblo el Viernes Santo; pro­


viene de la ciudad de Maestrich, en la Mosa, por
donación hecha á Gregorio XVI en 1836.
En San Pedro del Vaticano hay dos colocados
en forma de cruz, uno de los cuales Urbano VIII
lo tomó de la iglesia de Santa Anastasia. Hay
también porciones muy notables en las basílicas
de San Juan de Letrán, de Santa María la Mayor,
de San Pablo y de Santa Práxedes; algunas pe­
queñas porciones en las basílicas de San Loren­
zo en Damasco, de los Santos Apóstoles, en San
Marcelo de Roma, en la catedral de París y en
muchísimas iglesias del orbe católico.
Un relicario en forma de cruz, de 60 centíme­
tros de alto, que contiene el brazo izquierdo ín­
tegro de la Cruz santísima, con el agujero del cla­
vo que perforó la mano sacratísima de Nuestro
Señor Jesucristo, fué traído á España en el si­
glo v por Santo Toribio, obispo de Astorga, de
la catedral de Anaguí.
Parte de la piedra en que fué fijada la cruz del
Redentor, se venera en San Juan de Letrán.
El Lignum Crucis se veneró, desde tiempo in­
memorial, en el antiquísimo monasterio de Santo
Toribio de Liébana (Santander).
Los clavos. — Uno forma parte en la corona
de los Reyes Lombardos; otro en la iglesia de
Nuestra Señora de París, y otro está en la capilla
Real de Madrid.
Otra tradición enseña que debieron ser cuatro,
282 R. MÉNDEZ OAITE

y no tres, como los pintores, desde Cimabueé en


adelante, pretenden: en Roma, uno; otro, parte en
Treves y parte en Toul; otro, reducido en forma
de freno de caballo por Santa Elena, en Carpen-
tras, y el cuarto, dentro de la célebre corona de
Italia, en Monza.
La inscripción de la Cruz. — Pequeña tabla en
la cual se v e j. N. R. Y. (Jesús Nazarenas Rex Yu-
deorum), escrito en latín, en griego y en hebreo,
se halla depositada en Roma en la referida igle­
sia de Santa Cruz, donde se venera; es de ma­
dera, con letras negras, de unos 30 milímetros
de altura.
La corona de espinas. — Forma parte de la
colección de reliquias de Nuestra Señora de Pa­
rís; pero sin las espinas, las cuales se han con­
cedido á gran número de iglesias y distribuidas
por toda la cristiandad. En Pisa se conservan al­
gunos fragmentos en el templo de Santa María
de la Espina, en Venecia (Santa María de las
Gracias), Burdeos, Bruselas, Antun, Solesme y
Tolosa, Milán (donación de Pío IV á su sobrino
San Carlos Borromeo) y en Roma (Santa Cruz,
San Bernardo, Vaticano).
Esta reliquia, con los fragmentos de la Cruz,
figura, llevada por doce canónigos y curas pá­
rrocos de París, en la procesión solemne del
Viernes Santo, en la iglesia de Nuestra Señora.
La iglesia de Saint-Sernin, de Tolosa, posee
una parte de la corona, la cual le fué donada por
LA OBRA DE LA REDENCIÓN ___ 283

San Luis, por conducto de su hermano Alfonso,


conde de Poitiers y de Tolosa.
En España son muchas las iglesias en donde
se guardan tan preciosas reliquias.
En El Escorial se ven once; Barcelona venera
varias; Alcalá una, y en el célebre Santuario de
Monserrat se guardan dos.
También en la capilla del Palacio Real de Ma­
drid se conserva alguna de estas sacratísimas es­
pinas.
Las flores de la corona de espinas. — El cape­
llán del barón de Anglure, cuenta que el día de
Viernes Santo veneró en 1396, en la iglesia de
San Juan de Rodas, «una espina de la digna co­
rona con que Nuestro Señor Jesucristo fué coro­
nado en su Pasión», y añade: «sabed que fuimos
testigos de un milagro hermoso, pues hacia el
medio día, cuando el servicio hubo terminado,
vimos esta digna espina toda florecida con pe­
queñas florecitas blancas. Y se nos juró y ase­
guró, por personas dignas de fe, que en otro
tiempo la habían visto, en día diferente, no flo­
rida, sino negra, y los señores hermanos (los ca­
balleros) nos afirmaron también que florece todos
los años en el día del gran Viernes.»
La esponja, en la cual dieron al Señor á beber
hiel y vinagre, se conserva también en Roma, en
la basílica de San Juan de Letrán.
La lanza con que fué abierto el corazón de
Nuestro Señor, se conserva sin punta en San
284 R. MÉNDEZ O A I T E ______________

Pedro de Roma. La punta, según afirma el Papa


Benedicto XIV, desde el tiempo de San Luis se
guardó en la Santa Capilla de París y desapare­
ció durante la tormenta revolucionaria.
Al contrario de lo que ha pasado respecto de
otras reliquias, ésta no ha sido reclamada por
otras iglesias; pero, sin embargo, en la capilla de
los Dominicos de Smirna se venera una Santa
Lanza.
Cuerda con que fué atado Jesús. — Se con­
servan trozos de ella en la basílica de El Esco­
rial, en España, y en la catedral de Anagui, en
Italia.
La túnica inconsútil que Jesús usaba y que,
según la tradición, fué tejida por la Santísima
Virgen sin costura alguna, y que crecía á medida
que su cuerpo, se conserva en el célebre mo­
nasterio de Argenteuil, cerca de París, y fué ce­
dida por el emperador Carlomagno.
Entre las más preciadas reliquias que la Igle­
sia conserva con especial estima, figura la túni­
ca del Salvador, que, como todos los demás tro­
feos de la dolorosa Pasión, tiene una historia
muy curiosa.
Los verdugos y sayones, según dice San Juan,
y confirman los Santos Padres, repartieron entre
sí los vestidos de Jesús; la capa ó manto exte­
rior se la quitaron en el huerto al verificar su
prisión, y así lo atestigua el Burgense: Pallium
Directum fuisse quando apprhensus Juerat; des­
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 285

pojáronle de la vestidura exterior al desnudarle


para darle azotes y revestirle la púrpura, en se­
ñal de menosprecio, y le quitaron la túnica inte­
rior al verificar la Crucifixión. Esta última tocó
en suerte al Centurión, según dice el Ostiense,
pasando después á ser propiedad de la Ve­
rónica.
Al cabo de cierto tiempo, y por generosa do­
nación de Santa Elena, la túnica del Salvador
pasó á ser propiedad de la catedral de Tréveris,
que desde entonces posee tan estimable tesoro.
El Obispo de esta diócesis, San Aglocio, ocultó
con el mayor cuidado esta reliquia, librándola
así de la rapacidad de los bárbaros, que en el
siglo v tomaron y saquearon cuatro veces la
ciudad.
La túnica inconsútil de Nuestro Señor Jesucris­
to, encerrada en un arca de madera y marfil y
sellada convenientemente, permaneció oculta en
el altar mayor por espacio de tres siglos. El 3
de Mayo de 1512 se expuso á la veneración de
los fíeles, acudiendo de todas partes numerosa
gentío deseoso de admirarla de cerca y contem­
plarla á su placer.
Accediendo á las reiteradas instancias del cle­
ro y pueblo fiel de Tréveris, Su Santidad el Papa
León X concedió, en 1514, la facultad de exhi­
birla cada siete años, pudiendo ganar indulgen­
cia plenaria todos los que con las debidas dispo­
siciones acudiesen en peregrinación á visitarla.
286 R. MÉNDEZ QAITE

Un contratiempo inesperado impidió la exhi­


bición de la Santa Reliquia. La rebelión luterana
y los excesos y atropellos que aquélla originó
obligaron al Cabildo y Prelado á trasladarla á
Colonia, en cuya catedral permaneció desde 1648
á 1655, en que fué restituida á su primitiva resi­
dencia. Posteriormente, nuevas guerras hicieron
que fuese depositada en una fortaleza próxima á
Colonia, donde estuvo oculta, hasta que en 1734
pudo ser trasladada, en solemne y devota pro­
cesión, á la catedral de Tréveris.
Un príncipe católico, el elector Federico Luis,
hizo construir un precioso relicario de plata para
guardar la estimada alhaja, la cual, después de
largas vicisitudes, pasó á poder de los protestan­
tes de Augsburgo, de los cuales la rescató, des­
pués de muchas dificultades, el Prelado de Tré-
veris.
En 1810 volvía á esta ciudad. Con tan fausto
motivo, se celebró una solemnísima fiesta, reci­
biendo la Sagrada Reliquia el pueblo entero con
generales muestras de religioso entusiasmo. La
Santa Túnica mide, comprendidas las mangas,
cinco pies y cuatro pulgadas; de ancho, dos pies,
y tres pulgadas en el pecho; las mangas tienen
pie y medio de largas y uno de anchura. No tiene
ninguna costura, es ligera y fina, y se ignora de
qué hilo está hecha. Un autor cree que está te­
jida con filamentos de ortiga, y Gothifredo afirma
que esta vestidura fué enviada desde los cielos.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 287

El manto se conserva en varias partes de la


cristiandad.
La sábana, sudario ó lienzos que cubrieron al
Señor, se veneran en Turin, en la magnífica ca­
pilla á ella dedicada por la piedad de los sobe­
ranos de Saboya, aquí traída por orden de Ma­
nuel Filiberto, de Chambery, en 1563, donde se
custodiaba. Tiene cuatro metros de larga, y son
admirables su conservación y los vestigios de las
manchas de sangre que presenta.
La llamada santa faz, el lienzo ó paño de la
Verónica que contiene la impresión del rostro del
Redentor, forma parte de las insignes reliquias
del Vaticano, y también se muestra al pueblo el
Viernes Santo. Se encuentra en Roma desde tiem­
po muy antiguo, y es históricamente cierto que
el Pontífice Juan Vil la colocó en un relicario
adaptado el año 705.
Una tradición muy común afirma que fueron
tres las imágenes que quedaron en el velo de la
Verónica; pero son muchas las que se veneran en
la cristiandad. Las auténticas son: la que se ve­
nera en Roma, en la Basílica de San Pedro; en
España, en la ciudad de Jaén, y en Venecia, en la
iglesia de San Marcos.
Sangre y agua. — Es de fe que del costado de
nuestro Divino Salvador salió sangre y agua. Se
exponen á la pública veneración en la ciudad de
Roma parte de la sangre y agua que salió de su
divino costado después de muerto, y en la Basí­
288 R. MÉNDEZ GAITE

lica de San Juan de Letrán, y en la de San Mar­


cos se enseña un velo, que se embebió en la mis­
ma sangre y agua.
Columna de flagelación.— Se halla distribuida
en varías porciones, que se conservan en Jerusa-
lén, en la capilla de los Franciscanos; en España,
en la Basílica de El Escorial, y en Italia, en la
iglesia de San Marcos, de Venecia.
Azotes. — Se veneran en la catedral de Anagui
y en la iglesia de Santa María, en Roma.
El lugar de la flagelación. — Cuando el hijo
de .Mehemet Alí cedió á los franciscanos el terre­
no que ocupaba en otro tiempo el santuario de la
Flagelación, las ruinas de éste cubrían un espa­
cio mayor que el de la iglesia moderna.
El suelo de la antigua basílica muestra clara­
mente vestigios del doble pavimento del atrium
de la Antonia; el pavimento blanco que pasaba
bajo el arco del Ecce-Homo y se prolonga hasta
el fondo del patio, es decir, hasta el pie de la
scala sancta, y el pavimento de losas rojas, co­
nocido con el nombre de lithostrotos, que bor­
deaba á derecha é izquierda la ruta blanca.
En la basílica arruinada se notan dos restos
preciosos de la antigüedad, á saber: algunos pel­
daños de mármol y un pedestal, evidentemente
judaico.
Mesa de la Cena. — La mesa en que Jesús ins­
tituyó el Sacramento del Altar, se conserva en la
Basílica de San Juan de Letrán.
__ ___ LA OBRA DE LA REDENCIÓN 289

Platos de la Cena. — Hay uno en la iglesia


catedral de Génova.
Cáliz. — El cáliz de que Jesús se sirvió al ins­
tituir el Sacramento del Altar lo conservamos en
España, en la basílica metropolitana de Valencia.
Cenáculo. — Tan sagrado lugar se encuentra
hoy en poder de los turcos; pero los cristianos
pueden visitarlo y ganar las indulgencias conce­
didas por los Romanos Pontífices á cuantos lo vi­
siten.
Este venerando lugar, uno de los más santos
por los sagrados Misterios que en él tuvieron
lugar; este Sancta Sanctorum de la Ley de Gra­
cia, como le ha llamado cierto escritor, ha sido
profanado por los infieles, que le veneran á su
modo, por creer que en él se encierra el sepul­
cro de David; y el sitio donde Jesucristo institu­
yó el admirable Sacramento de Amor, y en el
que se dió por alimento á sus discípulos, ha
sido convertido en una mezquita.. .
¡Qué vergüenza para los cristianos! ¡Cuán
grande debe ser nuestra humillación al contem­
plar á lo que han venido á parar los sitios con­
sagrados por nuestro divino Redentor!
El dinero de Judas. — De las monedas que
recibió Judas por vender á Jesús, se conservan
tres en la catedral de Génova y una en la basí­
lica de Santa Cruz de Jerusalén, en Roma.
Gethsemani. — Este huerto, donde el alma del
Salvador sintió angustias mortales, después de
290 R. MÉNDEZ OAITE

la Santa Cena, se encuentra hoy bajo la custodia


de los hijos del Patriarca de Asís en Jerusalén.
Es un jardín cuadrado rodeado de una tapia
con ventanas; dividido en calles, con cuadros de
flores, cercados por verjas de madera, con una
capillita en el centro de uno de los lados, en la
que un fino relieve italiano de mármol blanco re­
presenta la Oración del Huerto, y con las esta­
ciones del Via crucis distribuidas todo alrededor
de las tapias.
Este recinto comprende ocho olivos enormes
de ramas casi secas por su vetusta antigüedad,
los más antiguos y venerables del monte, y que,
si no son precisamente los mismos del tiempo
del Salvador, testigos de las agonías de Jesús,
deben ser retoños de aquellos, pues la autentici­
dad de este lugar es incontrovertible.
El jardín es un verdadero jardín de convento
franciscano; sencillo, humilde y con cierta unción
religiosa.
La gruta de la agonía. — Muy cerca de Geth-
semaní se halla esta gruta, cuya tierra regó Jesús
con su sudor de sangre, y en la que pasó angus­
tias indescriptibles; gruta que, para consuelo del
piadoso peregrino, se conserva casi en el mismo
estado en que se hallaba cuando pasó en ella
agonías de muerte el Salvador del mundo, la vís­
pera de su Pasión.
Las casas de Anás y de Caifás. — En el monte
Sión, el uno dentro de la ciudad y el otro fuera
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 291

de las murallas, se hallan dos conventos arme­


nios edificados en los sitios donde estuvieron las
casas de Anás y de Caifás, que tan siniestro in­
flujo tuvieron en la muerte de jesús. En ellas pue­
de ver y reverenciar el cristiano los lugares don­
de nuestro adorable Redentor fué interrogado,
abofeteado, ultrajado ignominiosamente, y nega­
do por San Pedro, y en estos sitios permaneció
Jesucristo hasta la madrugada del Viernes Santo.
¡Noche de terribles recuerdos para todas las ge­
neraciones, hasta el fin de los tiempos!
Pretorio de Piloto. — Un cuartel turco se le­
vanta hoy día en el mismo sitio en que en otro
tiempo el orgulloso Herodes construyera su pa­
lacio, que servía de residencia al entonces pretor
romano, de triste fama, Poncio Pilato. El Preto­
rio es el sitio donde Jesucristo fué azotado y co­
ronado de espinas.
Los cristianos pueden visitarlo y ganar indul­
gencia plenaria orando allí.
En nuestros días, lugar tan santo fué reparado
por Maximiliano de Baviera.
El arco del Ecce-Homo. — La entrada al pre­
torio de la Antonia comportaba una decoración
más ó menos monumental; y el arco, de triple
abertura, era una de las formas más comunes de
aquel tiempo, por lo cual puede considerarse sin
ninguna dificultad al arco del Ecce-Homo como
puerta del pretorio de Pilato.
Muchas objeciones se han hecho á la tradición
292 R. MÉNDEZ OAITE

que atestigua ser éste por el cual Nuestro Señor


fué presentado al pueblo; pero nada nos impide
guardar aquella creencia.
El arco del Ecce-Homo no tiene caracteres ar­
quitectónicos muy marcados para que pueda asig­
nársele con certeza otra fecha distinta á la de la
Pasión.
Se halla situado en el eje de la Antonia, y con­
cuerda con el emplazamiento de la scala sancta
que la tradición señala; las excavaciones hechas
en otros tiempos por las señoras de Sión, y las
que han hecho también los turcos para abrir un
canal, han puesto de manifiesto el pavimento an­
tiguo á una profundidad que responde á la ele­
vación del terreno en el arco principal.
Este arco donde, según la tradición, fué ex­
puesto Nuestro Señor á las miradas de aquel
pueblo enfurecido que rabioso pedía su crucifi­
xión, aun subsiste en pie, aunque más ó menos
alterado, con restauraciones posteriores, y por
debajo del mismo pasó poco después, para ser
conducido al lugar de su suplicio, el que algún
día sería aclamado por Hijo de Dios y Liberta­
dor de todos los hombres.
Escala santa. — La escalera de este palacio,
que Nuestro Señor regó con su sangre, hállase
en Roma expuesta á la pública veneración; tiene
veintiocho gradas, y los cristianos que visitan la
Ciudad Eterna las suben casi todos de rodillas.
El palacio de Herodes. — Cerca del Pretorio
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 293

se halla el lugar donde se levantaba el palacio


de Herodes, Tetrarca entonces de Galilea, ante
cuyo tribunal fué llevado Jesús desde el de Pila-
to, para ser de nuevo escarnecido y maltratado.
Hoy, el palacio que habitó aquel odioso tirano es
un montón de ruinas, aun cuando en otro tiempo
estuvo convertido en templo de aquel mismo S e­
ñor, que en aquel sitio había sido afrentado y tra­
tado como un loco despreciable.
Columnas de los imperios. — Se conservan en
la iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén.
Columnas del templo de Jesús.— Constantino el
Grande hizo trasladar á Roma doce columnas del
hermoso templo que había en Jerusalén á la muer­
te de Jesús, y en donde el Redentor disputó á la
edad de doce años con los doctores de la ley.
A pesar del transcurso del tiempo, hoy día se
ven en Roma ocho columnas debajo de la cúpula
del Vaticano, dos en el altar de San Mauricio,
dentro de la capilla del Santísimo, y una en la
cámara interior de la capilla della Pietá.
Columnas del velo del templo. — El velo del
templo de Jerusalén, que se rasgó en dos partes
al morir Nuestro Divino Salvador, era sostenido
por dos columnas.
Las dos se conservan hoy en la basílica de
San Juan de Letrán, en Roma.
Santo Sepulcro. — Permanece en Jerusalén.
Muchas iglesias se glorían de tener pequeñas
partes de tan glorioso monumento.
R. MÉNDEZ OAITE

Una majestuosa basílica, ante la cual se queda


absorto el peregrino, cubre hoy el que fué sepul­
cro del Salvador de los hombres y su calvario.
La historia de este templo llenaría muchas pá­
ginas. . .
Bethania. — ¿Qué queda de aquella antigua
villa situada á corta distancia de Jerusalén, y que
tantos recuerdos suscita en nuestra mente? En
Bethania se hallaba la casa de los dichosos her­
manos Lázaro, Marta y María, que tantas y tan­
tas veces tuvieron al Salvador de huésped. A
Bethania solía retirarse el Divino Maestro cuando
iba á la Ciudad Santa; en ella se complacía en
descansar frecuentemente Jesucristo, y en la mis­
ma Ciudad realizó uno de sus más estupendos
milagros, cual fué el de la resurrección de Lázaro.
En Bethania se puede decir empieza la histo­
ria de la Pasión, pues á dicha ciudad llegó el
Salvador seis días antes de la Pascua, un viernes
por la tarde, y de la misma salió rodeado de sus
discípulos para marchar á Jerusalén.
Bethania, que años después de la muerte de
Jesucristo llegó á contar una porción de iglesias
que conmemoraban los hechos ocurridos en la
misma, hoy es un pobre lugarcillo de unas veinte
ó treinta miserables casas de piedra, rodeadas de
olivos é higueras, formando en la cima del monte
estrechos callejones. Pasadas algunas de aquellas
calles, se llega al sepulcro de Lázaro.
La puerta de entrada es estrecha y de piedra;
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 295

se baja, por su oscuridad, con luces, una escale­


ra estrechísima de 20 escalones, que conduce á
una pieza subterránea de unos tres metros de
larga por dos de ancha, y en cuyos muros, y aun
más en la bóveda, se reconoce ser obra de los
Cruzados. Desde esta pieza, que es el lugar
adonde Jesús bajó con los que le acompañaban
y desde donde gritó el Señor: Lázaro, ven del
sepulcro acá fuera, se baja por otra escalera más
corta y más estrecha al verdadero sepulcro, que
es una cámara más pequeña, excavada en la
roca, y en uno de cuyos lados estaba (hoy no
existe) el banco de piedra sobre el que se tendió
el cadáver. La puerta de esta gruta sepulcral
era la que, según la tradición judía, estaba ce­
rrada con la piedra que Jesús hizo quitar.
Por aquella angosta abertura salió Lázaro al
mandato de su amigo y Maestro.
El sepulcro tiene todavía un aspecto siniestro
y trágico, que causa impresión profunda.
A alguna distancia vése la Torre de la Mag­
dalena ó castillo de Lázaro, resto de antiguas
construcciones, edificadas tal vez sobre la mora­
da de los amigos de Jesús.
La Puerta Dorada. — Aunque tapiada por los
musulmanes, por la creencia en que están, de
que por ella han de entrar los cristianos en Je­
rusalén cuando se hagan dueños de la ciudad,
todavía puede admirar el devoto peregrino la an­
tigua Puerta Dorada ó Puerta de Oro, por la que
296 R. MÉNDEZ O A IT E _______________

entró en Jerusalén nuestro Salvador; cuya Puer­


ta, aun cuando parece indudable que ha sufrido
restauraciones diversas, todavía conserva algu­
nas piedras, con las que rozarían, indudablemen­
te, las vestiduras de Jesucristo y de sus discípu­
los cuando pasaron por la misma, entre los gri­
tos de alegría y los Hosannas que sin cesar re­
sonaban en sus oídos.
El Templo. — El antiguo templo donde Jesu­
cristo fué tantas veces, al que se llegó nada más al
entrar triunfalmente en Jerusalén, y en el que di­
rigió la palabra á la entusiasta muchedumbre que
le había seguido, delante de la que realizó nue­
vos prodigios, desapareció de la faz de la tierra;
no sólo fué destruido como había sido profeti­
zado, sino que, sobre la tierra que le sostuvo,
han levantado mezquitas los infieles poseedores
de la Tierra Santa; y todavía, sin embargo, to­
dos los viernes acuden á este sitio los infelices
descendientes del pueblo deicida á bañar con sus
lágrimas los grandes sillares que aun subsisten,
tristes restos de la magnífica y primitiva Santa
Casa de Dios.
Esta es la historia más cierta y probable de las
Reliquias de la Pasión, sin que puedan darse por
seguras algunas tradiciones bastante difíciles de
probar.
Resumen de Semana Santa

eseo so s de infundir sentimientos de reli­


D giosa compunción y de recoger mejor los
devotísimos sucesos de que son aniversario los
día de Semana Santa, principalmente desde el
día de Ramos hasta Viernes Santo inclusive, y con
el fin de que nuestros lectores mediten con afec­
tuoso detenimiento los puntos de la Pasión de
Jesucristo, ponemos este resumen de hechos, en
el orden más fiel que hemos podido averiguar
que acaecieron, y que ayudará á los fieles á co­
nocerlos, día por día.
298 R. MÉNDEZ OAITE

Domingo de Ramos.
Sale el Salvador de Bethania, de casa de Láza­
ro, y llega á Jerusalén, que está cerca, y allí se le
recibe en triunfo.
Sabiendo los vecinos de Jerusalén, y los mu­
chos forasteros que habían acudido para la Pas­
cua, que Jesús venía por el camino de Bethania,
salieron á recibirle como en triunfo; acompañá­
ronle con ramos de oliva, y alfombraron el ca­
mino con sus vestidos, cantando: ¡Bendito el que
viene en nombre del Señor! . . .
Primeras juntas de los fariseos.
En este día obró muchos milagros, y por la
tarde se volvió á Bethania.

Lunes Santo

Por la mañana pasó Jesús otra vez á Jerusa­


lén, dando en el camino á los discípulos la lec­
ción de la higuera maldecida. En el templo ense­
ñó, causando tanta admiración á las gentes, que
los escribas y fariseos, no atreviéndose á pren­
derlo por temor á la multitud, le presentaron
muchas dificultades, con la esperanza de con­
fundirlo; pero fueron confundidos ellos y arroja­
dos del templo. A la tarde salió de la ciudad
otra vez para Bethania, que era su residencia fa­
vorita.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 299

Martes Santo
Vuelve á la ciudad el Salvador. Pasando por
el mismo camino, ven los discípulos seca ya la
higuera maldecida el día anterior (símbolo terri­
ble de la reprobación de la Sinagoga).
Entra á predicar en el templo, exponiendo con
nuevas parábolas la doctrina del Evangelio,
aprovechando con celo divino los últimos días de
su vida mortal y la ocasión de tener allí reunidos
á multitud de hombres de diversas y apartadas
regiones.
Habla por última vez á los escribas y fariseos,
y les echa en cara aquellas sentidas palabras: ¡Je-
rusalén, Jerusalén, que matas á los Profetas! . . .
Vuelve á Bethania.

Miércoles Santo
Predicó del juicio, de la vigilancia en que he­
mos de vivir; y, en acabando sus discursos, dijo
á los discípulos: Ya sabéis que de aquí á dos días
se celebrará la Pascua, y el Hijo del hombre (así
solía nombrarse) será entregado á muerte de
Cruz. Después se fué á Bethania.
Al mismo tiempo, los enemigos, desesperados
de desacreditarlo, como habían intentado, se re­
unieron en casa de Caifás en consejo para dis­
currir el modo de apoderarse de Él, entregarlo á
300 R. MÉNDEZ P A IT E _________________

Pilato y quitarle la vida sin que el pueblo, si era


posible, se amotinase. Allí se presentó el infeliz
Judas, impulsado por la avaricia, á ofrecerles
ocasión de prenderlo calladamente, con la trai­
dora señal de un beso de paz, vendiendo por
treinta dineros á su Maestro y su Dios, y entre­
garlo á sus verdugos.

Jueves Santo
Por la mañana envía Jesús dos de sus discípu­
los, Pedro y Juan, á Jerusalén á preparar el cor­
dero pascual, que quita los pecados del mundo.
Al anochecer le come con todos los demás discí­
pulos, según el ceremonial de la antigua ley. Hace
luego la cena común, en la cual instituye el sa­
crificio de la ley nueva, ó sea la Santa Eucaris­
tía, después de haber lavado los pies á los Após­
toles (1) y describirles los dolorosos sucesos que

(I) Es muy curioso el lavatorio de pies de los Após­


toles ó de los trece peregrinos, que hace el Soberano
Pontífice.
Esta ceremonia se celebra en Roma en el Vaticano
la maflana del Jueves Santo, en la sala ducal, tapizada
de damasco encarnado, bordado de oro. En el fondo de
la sala se levanta un trono para el Papa, que tiene un
cuadro de tapicería que representa á la Providencia
sentada sobre el globo del mundo, con la Justicia á su
derecha y la Caridad á la izquierda. En la parte inferior
del cuadro están representados dos leones que sostie-
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 301

iban á suceder. Bendice el pan y les dice: Co­


med, esta es mi carne; y tomando el vino: He aqui,
bebed, esta es mi sangre. De esta manera institu­
ye el Sacramento Eucaristico, que legóá los hom­
bres en señal de su misericordia y amor, para es­
tar con ellos hasta la consumación de los siglos.
Sale Judas del Cenáculo á preparar su infame
traición, y Jesús, habiendo dado gracias y ex-

nen dos estandartes de la Santa Iglesia. Al lado dere­


cho del trono hay una mesa cubierta con un tapiz, ante
la que se sientan trece peregrinos ó apóstoles. Cubre
las paredes de la sala un magnífico tapiz, que repre­
senta la última cena, copia fiel del famoso cuadro de
Leonardo de Vinci. Frente á los trece peregrinos hay
otra mesa para los Soberanos, las señoras y personajes
más distinguidos. Los trece peregrinos deben ser sacer­
dotes, ó al menos diáconos y extranjeros, según la
ordenanza de 1656 de Alejandro VII, que concedió el
derecho de elección á los penitenciarios de San Pedro.
El sabio Sarnelli, explicando el misterio de este número
de trece apóstoles, reconoce en el décimotercero á
María Magdalena. Monseñor Arce, Obispo de Tortona,
ve en él á San Pablo, no porque asistiese á al cena,
puesto que no fué llamado al apostolado hasta después
de la Ascensión, sino por la veneración especia! que
profesa la Iglesia romana al apóstol de los gentiles.
Frescobaldi es de opinión distinta, y dice que el pere­
grino décimotercero representa al dueño de la casa en
que se celebró la cena, sosteniendo que Jesucristo le
lavó también los pies. Muchos creen que figura San
Matías, que sustituyó á Judas Iscariote. Otros le toman
por el ángel que el Papa San Gregorio encontró senta­
do á la mesa entre los doce pobres, á quien daba una
302_____ R. MÉNDEZ GAITE__________________

hortado á los demás á la humildad y á la unión


de la caridad, cerca de los doce de la noche en­
tró, acompañado de Pedro, Juan y Santiago, en
el huerto de Getsemaní, en donde sufrió aquellas
angustias que le obligaron á sudar sangre que
regó la tierra.
Adelantada ya la noche, preséntase allí Judas,
capitaneando á los esbirros de los Judíos. Es co n ­

comida en su casa paterna, de donde se derivó la cos­


tumbre de servir diariamente á la mesa muchos Sobe­
ranos Pontífices, hasta León XII, á trece sacerdotes
pobres, seis de los cuales enviaban los párrocos de
Roma, y siete la archicofradía de la Trinidad, de pe­
regrinos.
Hoy los trece eclesiásticos que representan en el Jue­
ves Santo á los apóstoles son nombrados por Carde­
nales, Embajadores, por la Propaganda, por un Obispo
armenio, por el Capitán de la Guardia suiza y por Mon­
señor el Mayordomo, que tiene el derecho de aprobar la
elección general. El Miércoles Santo deben presentarse
á un empleado del palacio apostólico, que les lava los
pies; la mañana del Jueves Santo son llevados al Vati­
cano por el subguardarropa del Papa, que le da un
vestido completo, compuesto de pantalón, zapatos de
becerro blanco, cuello, una especie de sotana con cin­
turón de cinta de seda, una capa con capucha, que se
sujeta al pecho, y un gran birrete, todo de lana blanca.
El forro de la capa y del vestido son de seda blanca.
En la Misa, los trece sacerdotes se acercan á la santa
mesa, y desde allí se dirigen al estrado de la sala
ducal, ó á la capilla de los Santos Proceso y Martinia-
no, donde se celebra, la ceremonia. El Pap% qve acaba
de dar su bendición solemne desdte eí balcón, va á la
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 303

ducido Jesús á Anás y á Caifás, abofeteado, escu­


pido y escarnecido. Poco antes del primer canto
del gallo, á la media noche, niega Pedro á Jesús.
Vuelve á negarlo poco después, y otra vez, an­
tes del segundo canto del gallo, á la madrugada.
La Iglesia celebra en este dia la institución del
Santísimo Sacramento, uno de los actos que con
mayor magnificencia conmemora; canta los ofi-

lavanda acompañado de dos Cardenales, primeros diá­


conos, en donde deja los ornamentos pontificales y se
pone el amito, el alba, el cíngulo, la estola morada, la
capa encarnada y la mitra con bandas de plata, y pre­
cedido del último Auditor de la Rota, con túnica blanca,
de la Prelacia con capas moradas, del Jefe del Santo
Hospicio, de la Magistratura romana, del Gobernador
de Roma y de los Oficiales de la Guardia suiza, se dirige
á su trono. Después del versiculo Mandatum novum do
vobis, se levanta, se quita la capa, recibe de un Carde­
nal diácono un delantal con encaje y se dirige al estra­
do de los apóstoles, á quienes lava los pies, se los en­
juga y besa. En seguida da á cada uno el lienzo de que
se ha servido y un ramo de flores. Un Cardenal, que
sigue al Papa, da igualmente á cada apóstol dos meda­
llas, una de oro y otra de plata, que representan por un
lado la efigie del Papa y por el otro á Jesucristo lavan­
do los pies de San Pedro, con esta leyenda: Ego domi-
ñus et magister exemplam dtdi vobis. Por último, el So­
berano Pontífice vuelve á su trono y entrega el delan­
tal á un maestro de ceremonias. Después del Pater
noster, los Chantres responden Amén; concluyendo de
este modo tan tierna ceremonia, en que se ve al Sobe­
rano Pontífice, Jefe augusto de la Iglesia, lavar, enjugar
y besar los pies á los pobres, á ejemplo de Jesucristo.
304 R. MÉNDEZ G A IT E __________

cios de Tinieblas, muy parecidos á los de difun­


tos. En ellos los cánticos y lamentos del joven y
sensible Jeremías, el profeta de Israel, predica la
ruina de la deicida Jerusalén, y pide se convierta
á su Dios y Señor.

Viernes Santo
Jesucristo pasó la noche abandonado á los in­
sultos de la chusma del palacio, en donde San
Pedro le había negado tres veces.
En amaneciendo, los enemigos de Jesús se re­
unieron y le sentenciaron á muerte, sin guardar
ninguna de las formas prescritas para semejan­
tes juicios; pero como no podían ejecutar la sen­
tencia sin aprobación del representante de Roma,
llevaron al Señor tumultuariamente á Pilato, jun­
tando al paso las gentes de mal vivir, á cuantos
de algún modo dependían de ellos y á toda esa
clase de hombres que gritan sí ó no, según la re­
compensa que esperan.
Pilato, conociendo la inocencia de Jesús por
una parte, y temiendo, por otra, el furor de sus
enemigos, discutió con ellos, hasta que cerca de
las ocho lo envió á Heredes, creyendo así salirse
del compromiso; pero Heredes mandó vestir á
Jesús de loco, y le remitió á Pilato, en medio de
las injurias de un pueblo frenético; éste lo entregó
á la rabia de los enemigos para que lo azotasen,
tal vez esperando que lo matasen á fuerza de
azotes, y le librasen de dictar sentencia.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 305

De nueve á diez podemos considerar que se


verificaron el azotamiento, la coronación de es­
pinas y demás oprobios y crueldades del Preto­
rio. Ecce-Homo.
Preso Jesús, escupido y hecho objeto de es­
carnio de las turbas que piden á voz en grito pre­
ferirle á Barrabás y Crucificarle, Crucificarle; en­
tre diez y once, al fin, el débil, cruel y mal juez da
la sentencia de muerte de cruz.
A las once sale el Salvador camino del Calva­
rio, cargado con el madero de su suplicio y con­
ducido por la vía de la Amargura, donde, fatiga­
do y oprimido por el peso de la Cruz, cae varías
veces. Ayúdale á I evar el peso del Santo Madero
un hombre del pueblo, llamado Cirineo, limpián­
dole el sudor y sangre de su rostro una piadosa
mujer, llamada Verónica.
Muy cerca del medio día llega la inocente Víc­
tima al Monte Calvario, y, desgarrados sus ma­
nos y sus pies por los agudos clavos que los
traspasan, es clavada horriblemente en la Cruz y
crucificada entre dos ladrones: Dimas á la dere­
cha, Gestas á la siniestra; y después de sufrir
mil improperios, y después de tres horas de ago­
nía, y después de pronunciar aquellas siete pa­
labras, modelo santo de caridad y perdón para
los enemigos, entrega su espíritu al Eterno, y sus­
pendido en el aire, el aire se perfuma de amor
infinito para que el mundo lo respire; el mar se
humilla ante su planta, el sol obscurece su luz
20
306 R. MÉNDEZ QAITE

ante sus ojos y apaga su fuego, y la tierra se es­


tremece de dolor al anuncio de la muerte del Hijo
de Dios. Falta aún en este día el último ultraje y
la última crueldad: Longinos clava su lanza en el
pecho del Hijo de Dios, y el sacrificio queda con­
sumado, las puertas del cielo abiertas y el camino
de la Gloria trazado por el Salvador del mundo.
Al anochecer, descendimiento y entierro del
Santo Cuerpo.

Sábado Santo

Permanece sepultado el Salvador. Dispersos


los Apóstoles. Recogida María Santísima con las
piadosas mujeres y San Juan. A la tarde salen
éstas á comprar aromas para ungir al Señor la
madrugada del domingo.

Domingo

Resucita el Señor, conforme á lo prometido:


Resucitaré al tercer día (1).
¡Ya no es posible perderse sin quererse perder!

(1) En la Misa solemne que se celebra en San P e­


dro, de Roma, con asistencia del Papa en su trono, al
Gloría se tocan á vuelo las campanas de la Basílica, y
un auditor de la Rota, arrodillado ante el Pontífice, le
dice en alta voz: Paler Sánete, anuntio Vobis magnam,
gaudium quod est Alletuia, y continúa la Misa.
Al terminar este libro

Nota bene

S
i, teniendo siempre presente ias escenas que
acabamos de bosquejar, viviéramos abra­
zados con la Cruz, y siguiéramos las ensangren­
tadas huellas de Jesús, sin apartar nuestra ima­
ginación del Calvario, sin separarnos del lugar
de la Redención, sin olvidar las lecciones que el
Divino Mártir nos enseñó con heroica fortaleza y
admirable conducta en el camino de nuestra sal­
vación y de la vida de nuestra inmortalidad; si
los padecimientos amargos y dolorosos de la Pa­
sión de nuestro Salvador, últimos obsequios he­
chos por el hombre y su mayor gloria, los medi­
tásemos un momento, los conociésemos un poco
y los fijásemos fielmente, como seguidores de su
308 R. MÉNDEZ G A I T E ___________

doctrina, en nuestra mente, continuando la histo­


ria de aquellas escenas, aseguraríamos la pose­
sión eterna de aquella herencia que, á tanta sangre
y á costa de tanto dolor, nos fuera conquistada
en lo más elevado del Gólgota de los suplicios.
¡Qué felices fuéramos entonces!
¡La razón humana se pierde en un abismo de
celestiales dichas y gloriosas riquezas, que no
le es dado sondear, y que, como nuestras, como
propias y prometidas, podemos conquistar, y nos
están ofrecidas en la Pasión, Muerte y Resurrec­
ción de Jesucristo!
despedida deI jffutor

Yo te pido perdón por mi osadía,


¡oh, Divino Jesús!, que de esta obra
fuiste inspirador... y fuente y guia.
A mi espíritu embarga una zozobra:
¿oerdonards, Jesús, este pecado
á quien de orgullo da muestras de sobra?
Fuiste Tú, ¡oh Redentor!, crucificado
por inculcar al hombre tus ideas,
que hasta hoy en el mundo ha superado.
Y pues que Tú, ¡oh Jesús!, todo lo creas
y de su fin al hombre has convencido,
ruégote que conmigo bueno seas.
En tu martirio cruento, he preferido
buscar temas fecundos á la historia
que yo escribí, pero que Tú has vivido.
¿Cómo no consagrar d tu memoria
los mejores instantes de mi vida,
aun cuando todos son para tu gloria?
¿Cómo no condenar á aquel deicida
pueblo que complacióse en tu martirio
y que inconscientemente se suicida?
¿Cómo no condenar aquel delirio
por perseguirte y darte al fin la muerte
d Ti, cuya humildad humilla al lirio?...
Todo, si, buen Jesús , todo me advierte
que se perdió aquel pueblo vocinglero
por el afán perverso de perderte.
Pero no te perdió, pues considero
que del pecado al hombre has redimido,
y asi en mis pobres páginas lo infiero.
Tu pasión y tu muerte la he sentido
en forma tal, tan honda y tan grandiosa,
que hasta puedo decir que la he vivido.
Gárrula y sin colores es la prosa
en que narro tu vida y lo cruento
de tu muerte, tan vil como afrentosa.
De lo que buenamente me lamento
es de no haber apenas acertado
d decir cuanto por Ti yo siento.
Pero sinceramente he deseado
de todo corazón, con fe sencilla,
es no haberme del todo equivocado
y que sea mi libro una semilla
que fructifique en seres que han pecado.
Himnos de la Pasión

n tes de terminar este libro no resisto al

A deseo de honrar sus páginas con algunas


poesías dedicadas por los mejores ingenios á la
Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo,
para estar seguro de que hay algo bueno en esta
obra, sin que ante todo deje de considerar — la
verdad por delante — que yo no he tenido, ni
tengo, ni creo tendré la osada pretensión de que
mi obscura, modesta y humilde firma, no investi­
da de suficiente autoridad, pueda figurar al lado
de los poetas de estro más brillante.
Páselas por alto quien no quisiere leerlas, aun­
que todas ellas son un grito para cada dolor, una
312 R. MÉNDEZ OAITE

sonrisa para cada esperanza, una lágrima para


cada desengaño y un suspiro para cada recuerdo
de lo mucho que el cristiano debe á La Obra
de la Redención.
Monumentos son vivos, curiosos y estimables
de la suave y delicada literatura de nuestro siglo
de oro; flores las más vistosas y galanas de la
poesia religiosa; pensamientos sagrados de nues­
tros más fecundos autores españoles; conceptos
sublimes de la bella fe y brillante piedad de nues­
tros antepasados y de nuestros mayores, que, á
la par que recrean el espíritu y enaltecen el co­
razón humano en medio de la pornográfica lite­
ratura de nuestra época, son también majestuo­
sas canciones de la musa ingeniosa, de los me­
jores poetas y de los más esclarecidos y galanes
entendimientos de nuestra edad dorada, que re­
alzan con su portentosa fantasía y la elocuencia
de su estilo los padecimientos de Cristo en la
Cruz y los goces más puros que pueden disfru­
tar las almas acá en la tierra.
Toda esta colección de bellísimas composicio­
nes, que con entusiasmo piadoso enriquecemos
nuestro libro, las recogimos con laborioso esme­
ro y afanoso empeño de los autos sacramentales,
movidos por el amor que merece el soberano
misterio de nuestra Redención, y como resumen
el más digno del entusiasmo que en nuestra alma
engendra la sagrada Victima del Calvario.
Respecto al mérito literario de las composi­
____ LA OBRA DE LA REDENCIÓN 313

ciones nada hemos de decir, pues ellas están ya


juzgadas y tenidas como joyas literarias, rarísi­
mas por su antigüedad, que elevan y engrande­
cen el espíritu cristiano á la dulce contemplación
del Sér Supremo, y levantan y transforman con
sus conceptos bellos y regalados y sus piadosos
anhelos el corazón del hombre, dejándoles sa­
borear algo de aquella inefable dulcedumbre con
que fueron inspiradas.
Con el mayor cuidado hemos querido repro­
ducirlas y al mismo tiempo citar, con exactitud,
al pie de cada poesía, la fuente de donde se ha
sacado y las fechas del nacimiento y muerte de
los más de los escritores; limitándonos á citar
solamente el siglo de aquellos que nuestras pes­
quisas fueron infructuosas para averiguar cuán­
do vivieron.
Las tres primeras composiciones latinas que
ponemos al principio, y que la Iglesia hace cantar
en el oficio de Viernes Santo, son de valor ines­
timable, aunque pierden mucho de su mérito tra­
ducidas.
La primera es el magnífico Vexilla; la segunda
el Pange lingua, de Fortunato, poeta del siglo vi
y Obispo de Poitiers, imitada después por Santo
Tomás de Aquino, angélico doctor del siglo xm,
en el oficio que compuso para la fiesta del Cor­
pus, y la tercera, Luxtra Sex, de San Ambrosio.
Vexilla regis

Ya tremolan del Rey los estandartes;


de la Cruz el misterio resplandece,
en la cual padeció muerte la vida
y dió al hombre la vida con su muerte.
Herida con la lanza, cuya punta
las culpas son que nuestro error comete,
para lavar nuestras inmundas manchas
manó agua y sangre portentosamente.
Cumplido está lo que David predijo
cuando profetizó á todas las gentes
que habia de reinar Dios verdadero
(llegado el tiempo) de un leño pendiente.
Arbol el más brillante y más hermoso,
con la sangre del Rey ennoblecido,
de tronco digno y fértil, escogido
para tocar un cuerpo tan precioso.
Mil veces feli^Tú, de cuyos brazos
el que en precio se dió del mundo pende:
que hecho peso de aquel sagrado cuerpo,
quitas la presa á las tartáreas huestes.
R. MÉNDEZ 0 A 1 T E ________

Cruz, única esperanza, Dios te salve»


En este tiempo y días dolorosos,
á los culpables el perdón alcanza
y acrecienta la gracia á los piadosos.
A Ti, fuente del bien, Trinidad Santa,
alábente las almas reverentes;
á los que de la Cruz das la victoria,
dales eterno premio juntamente.

Pange lingua... lauream


Certamlnls

Cante la voz y aplauda la gloriosa


victoria del certamen mas sagrado;
diga de la Cruz santa y misteriosa
el trofeo más noble y señalado,
y cómo el Redentor del mundo entero
venció, sacrificado en un madero.
El Supremo Hacedor, compadecido
del engaño de Adán, que, desdichado,
en la muerte incurrió, porque, atrevido,
del fruto más fatal comió un bocado,
un árbol señaló, que el desempeño
fuere del grave mal que dió otro leño.
De la salud el orden requería
esta obra de piedad tan excelente,
para que el arte al arte y osadía
burlase del traidor muy Sabiamente,
y allí se remediase nuestro daño
donde hirió el enemigo con su engaño.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN é
Cuando el tiempo sagrado y misterioso
se cumplió, como estaba decidido,
vino desde el Alcázar prodigioso
del Padre celestial su Hijo querido,
y nació de una Virgen, la más pura,
cuyo seno le dió nuestra figura.

Luxtra sex qu jans pergeerat

El Redentor del mundo, enamorado,


los seis lustros había ya cumplido
cuando, para pagar nuestro pecado,
quiso ser á las penas ofrecido,
siendo sacrificado, cual cordero,
de la Cruz sacrosanta en el madero.
Mira el Sér inocente maltratado,
gustando amargas hieles en bebida,
con lanza, espinas, clavos traspasado,
manando sangre y agua de una herida:
en este mar de gracia tan profundo,
se lava de sus manchas todo el mundo.
Cruz, árbol el más noble y señalado
entre cuantos la selva ha producido, .
en hoja, flor y fruto sazonado
y en su bello matiz y colorido;
dulce hierro sostiene, dulce leño,
el dulce peso de mi amado dueño.
318 R. MÉNDEZ OAITE

Dobla tus ramas, árbol elevado;


tus entrañas ablanden su dureza;
sea el rigor nativo mitigado
que pródiga te dió naturaleza,
y los mienbros de un Rey tan excelente
trátalos muy benigna y suavemente.
Tú sólo fuiste digno y mereciste
el que en Ti se ofreciera el sacrificio.
Ser arca y preparar al mundo triste
el puerto en que evitase el precipicio:
la sangre del Cordero, inmaculada,
te roció de su cuerpo destilada.
Sea á la Trinidad suprema dado
honor, gloria y aplauso sempiterno;
igual al Padre é Hijo muy amado,
igual al Paracleto coetemo:
al nombre del que es uno siendo Trino,
rinda el orbe loor el más divino.

Versión del himno „ Pange lingua”,


etcétera

Celebra, ¡oh, lengua mia!,


el misterio inefable
del sacrosanto cuerpo glorioso
del Hijo de Maria,
y de la inapreciable
sangre que el Rey de gentes poderoso
vertió con larga mano
por el linaje humano.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 319

A nosotros fué dado,


por nosotros nacido
de intacta virgen, pura y sin mancilla,
y habiéndonos tratado
Él mismo y esparcido
de su santa doctrina la semilla,
de admirable manera
concluyó su carrera.
De la postrera cena
en la noche, maestro y presidente,
con todos los apóstoles y hermanos,
cumpliendo enteramente
lo que en la ley mosaica se ordena,
Él mismo allí á los doce por sus manos,
con extraño portento,
se entregó en alimento.
Alli el Verbo humanado
con su eficaz palabra
convierte el pan por modo peregrino
en su Cuerpo sagrado;
igual prodigio labra
su Sangre, haciendo lo que ya fué vino.
Si á tan altos prodigios el sentido
desfallece oprimido,
basta sola la fe, cuya firmeza
dará al pecho sincero fortaleza.
A tanto sacramento
postrados adoremos,
y el anticuado, infructuoso rito
del Viejo Testamento
por el Nuevo dejemos,
y si el sentido falta en lo infinito
de obra tan rara y alta,
supla la fe su falta.
Al Todopoderoso
Padre, y al Hijo, que igualmente puede,
320 R. MÉNDEZ O A ITE

cántese humilde aclamación festiva,


y al que de ambos procede,
espiritu amoroso,
iguales alabanzas con fe viva,
iguales bendiciones
tributen nuestros fíeles corazones.
D o n I g n a c io d e L u zá n
1702-1754
Publicado como inédito en el Parnaso Español, en 8.°, tono Vt
página 366, por D. José López de Sedaño. — Madrid, 1771.

jesús, bendigo yo tu santo nombre;


Jesús, mi corazón en tí se emplee;
Jesús, mi alma siempre te desee;
Jesús, lóete yo cuando te nombre.

Jesús, yo te confieso Dios y hombre;


Jesús, con viva fe por tí pelee;
Jesús, en tu ley santa me recree;
Jesús, sea mi gloría tu renombre.

Jesús, medite en tí mi entendimiento;


Jesús, mi voluntad en tí se inflame;
Jesús, contemple en tí mi pensamiento.

Jesús de mis entrañas, yo te ame;


Jesús, viva yo en tí en todo momento.
Jesús, óyeme tú cuando te llame.
Ea del llceiiclftdo Dueflas. del siglo xvi. Se halla sin nombre
de autor en el Cancionero y verjel de Hores divinas, etc., del licen­
ciado Juan López de Ubeda. — Alcali de Henares, 1588,4.°
LA OBRA DE LA REDENCIÓN

Amor de Cristo
Con vuestro amor es sabio el ignorante;
sin vuestro amor, es necio el más prudente;
con vuestro amor, se absuelve el delincuente;
sin vuestro amor, varia el más constante.

Con vuestro amor, el rudo es elegante;


sin vuestro amor, culpable el inocente;
con vuestro amor, festivo el displicente;
sin vuestro amor, lo humilde es arrogante;

con vuestro amor, es claro el más obscuro;


sin vuestro amor, es nada al que más sobre;
con vuestro amor, es justo el más inico;

sin vuestro amor, es torpe lo más puro;


con vuestro amor, es rico el que es más pobre;
sin vuestro amor, es pobre el que es más rico.
B a l t a sa r E s t a z o
Natural de Ebora
y canónigo de la iglesia de Viseo
Es un soneto al Amor Divino. Hállate en sus Poesías sacras
presas en Coimbra, por Diego Qómez Loureiro, en 1604, en 4.°

« « *
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido.
No me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte


clavado en una cruz y escarnecido;
21
322 R. MÉNDEZ GA1TE

muéveme ver tu cuerpo tan herido;


muévenme tus afrentas y tu muerte;

muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,


que aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,


pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
S an F r a n c is c o J a v ie r .
1506-1552
9 * ·
Desnudo muere, si desnudo nace,
pobre nace Jesús y pobre muere;
porque enseñamos con su ejemplo quiere
que la conformidad le satisface.

Al frío lo mortal caduco yace,


si lo vital pasible al hielo adquiere;
entrando al mundo el pedernal le hiere,
saliendo de él el hierro le deshace.

En un establo roto y descubierto


á pastores y reyes no se esconde,
y el pueblo en un madero le ve muerto;

si el hombre á tantas señas no responde,


¿qué espera de su loco desacierto,
pues la muerte á la vida corresponde?
J u a n O s o r io d e C e p e d a
Caballero del ordeo de Calatrava,
natural de Madrid.
Siglo xvii.
Tesoro de Cristo y Rescate det mando, impreso en Madrid por
Catalina Barrio y Angulo en IM5, en 4.°, al folio 28( V.° — 1645.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN

Cómo fué profetizada la Pasión

Grandes cosas nos dijeron


las antiguas profecías,
y muchas se atribuyeron
á la pasión que le dieron
al verdadero Mesías.
Dijeron que ser tenía
preso y aun muy maltratado,
y dijeron que sería
de su sierva compañía
dejado y desamparado;
y que había de ser atado
y ante el juez Pilato puesto,
muy crudamente azotado,
y falsamente acusado
con sombra de gran denuesto.
Dijeron más: que sería
con espinas coronado;
y que de loco temía
la ropa que se vestía,
y que sería ordenado.
Y más: que había de llevar,
por redoblar sus pasiones
y por más le atormentar,
la cruz, y había de estar
en medio de dos ladrones.
Item más: que bebería
vinagre y amarga hiel;
que en una cruz moriría,
y que su muerte sería
muy más dulce que la miel.
324 R. MÉNDEZ GA ITE

Dijeron que su costado


seria de lanza herido,
y que sería sepultado,
y que, por lo ya contado,
sería el mundo temido.
Escribieron que tendría
enterramiento de canto,
y que en él guardias habría,
y tres días estaría
en aquel sepulcro santo.
J uan P adilla
Monje cartujo.
1468-1518

Retablo de la vida de Cristo, en folio, 1 dos columnas, pág. 9. Pu­


blicado por D. Pedro López de Haro. — Toledo. 1585.

Del triunfo de Cristo en Jerusalén

Cantad al triunfador, y las solenes


voces de aclamación suban al cielo;
brote guirnaldas el florido suelo,
reverenciando la mayor que tienes.

El cuerno, con la copia de los bienes,


sobre el purpúreo y acatado velo
derrame la abundancia; y puro Délo,
Gracias y honor esmaten sacras sienes.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 325

Tal esyJerasalén, tu gloría el dia


que Salomón pacífico se muestra,
con amor, suavidad, misericordia;

tal es, para que ensalces tu alegría,


que goza del triunfo eterna diestra,
firmando con su muerte la concordia.
Luis d e R ib e ra
Siglo XVIII.
Sagradas poesías, en 4.*. Publicado por D. Clemente Hidalgo. —
Sevilla, 1612.

Al Santísimo Sacramento

A tan alto Sacramento


venere el mundo rendido,
y el antiguo documento
ceda al Nuevo Testamento,
supliendo la fe al sentido.
Canta, lengua, del glorioso
cuerpo el misterio, y con él,
de la sangre el don precioso,
que en precio del mundo, aquel
rey, fruto de generoso
vientre, derramó contento,
porque tierra, firmamento
y abismo, en su admiración,
den debida adoración
á tan atto Sacramerto.
Para nosotros fué dado,
de intacta Virgen nacido,
326 R. MÉNDEZ QAITE

con nosotros conversado,


de su palabra esparcido,
el fruto vió y encerrado
con orden maravillosa;
luego habiendo al mundo sido
huésped, será acción piadosa
que venida tan dichosa
venere el mundo rendido.
El Verbo fué hecho primero
carne, luego el verdadero
pan también carne hecho fué,
y sólo basta la fe
en un corazón sincero
para que el sentido atento
no flaquee en lo infinito
de tan divino portento,
viendo unir el nuevo rito
y el antiguo documento.
Y así, para que afirmado
en tan gran prodigio esté,
es bien que el hombre postrado
gracias al que engendra dé,
y grac as al engendrado
y gracias al procedido;
y que el V ejo (del oido
cautivo el entendimiento)
ceda al Nuevo Testamento,
supliendo la fe al sentido.
P ed ro C a ld eró n d e la Barca
1600-1681
Auto Sacramental El Sacro Parnaso.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN

Eucaristía

¡Oh qué cosa


espantosa y milagrosa!
Que el gran Señor de Israel
á su mesa glorTosa
convida al alma fiel,
y el mismo convite es Él
por obra maravillosa.
El manjar del que convida
todo es vida,
y el convite glorioso
tan sabroso,
que deja al alma cumplida
de descanso y de reposo.
¡Qué hermosura,
qué gustosa y sustanciosa,
qué dulce, más que la miel!
Y es la comida preciosa
que da el Señor de Israel,
y el mismo manjar es Él
por orden maravillosa.
Pan del cielo,
licor de gracia y consuelo,
dulce sabor de sabores
y dulzores
nunca vistos en el suelo,
y el Señor de los señores
debajo de un blanco velo,
de su carne precYosa
y su sangre gloriosa,
y el mismo Dios de Israel
la sustancia milagrosa
328 R. MÉNDEZ QA ITE ________

de los que esperan en Él,


y el mismo convite es Él
por orden maravillosa.
¿Quién tal vido,
que el pan del cielo venido
fué en tierra virgen sembrado,
y ha quedado
virgen después de nacido,
por la Virgen amasado
y en fuego de amor cocido?
Nunca cosa
se vió tan maravillosa,
ni fruta de tal verjel,
ni comida tan preciosa,
tan dulce como la miel,
que el mismo Dios queda en él
por obra maravillosa.
G r e g o r io S i l v e s tr e
1520-1570
Do· ediciones: Lisboa 1592, Granada, 1599. — Ambas ediciones
en 8.°, por Sebastián de Mena. - Las Obras del famoso poeta.

Cristo lavando los pies á los


apóstoles
Sabio Jesús, de la apretada hora,
para pasar del mundo al Padre Eterno,
sabiendo que en sus manos el gobierno
puso de cuanto en cielo y tierra mora.

El claro rutilar de roja aurora,


ofendido con nieblas del invierno,
LA OBRA DE LA REDENCIÓN·

como salió del seno ardiente y tierno,


vuelve al sagrado sol que lo atesora.

Y aqueste mismo ardor, antes que el paso


mortal lo cubra de ceniza y luto,
las aguas vence, y su frialdad deshace.

Abrióse el cielo al espantable caso,


viendo á Cristo coger humilde fruto,
de pies lavados, do su amor se aplace.
Luis d e R ib e ra
Sagradas poesías (Citado).

A Judas
Cuando el horror de su traición impía
del falso apóstol fascinó la mente,
y del árbol fatídico pendiente,
con rudas contorsiones se mecía,

complacido en su misera agonía,


mirábale el demonio, frente á frente,
hasta que ya, del término impaciente,
de entrambos pies con ímpetu le asía.

Mas cuando vió cesar del descompuesto


rostro la convulsión trémula y fiera,
señal segura de su fin funesto,

con infernal sonrisa placentera


sus labios puso en el horrible gesto,
y el beso le volvió que á Cristo diera.
J u a n N i c a s io G a l l e o o
1777-1853
330 R. MÉNDEZ OA ITE

A la Oración del Huerto

Una noche tenebrosa,


en el campo y apartado,
con unos grandes temores
está Cristo congojado.
Como hombre verdadero,
de su visión lastimado,
que, como Dios infinito,
ve que Judas ha tramado,
y á su Padre ruega y pide,
si es posible, sea librado.
Con las ansias de la muerte
sangre viva ha trasudado
por su cuerpo sacrosanto,
que con ella se ha bañado,
aunque su carne asi teme,
su corazón se ha esforzado
con el decreto del Padre,
que dice que hará de grado.
El que da firmeza al cielo
por mi está debilitado,
y ha menester su flaqueza
ser de un ángel esforzado.
Limpia el ángel los sudores,
y el aljófar destilado,
y aquellas preciosas gotas
más que el algalia preciado.
Ld o . Ju an Ló pe z de U beda
Siglo XVI.
Cancionero y Verjel de plantas divinas, en 4.°, Alcalá de Hena-
, 1588.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 331

Ecce-Homo

«Este hombre me trajisteis


á fama de malhechor;
preguntéle, como visteis,
y conocí y conocisteis
ser sin culpa y sin error.
>Y por él me despachar
á Herodes se le envié,
que no le quiso matar
y tomómelo á enviar,
mas esto sin causa fué.
»Asf, porque claro veis
que ninguna razón quiere,
no hay por qué lo matéis;
dígoos que lo soltéis
y dejéis ir do quisiere.»
Cuando los falsos oyeron
razón á ellos tan fuerte,
todos grandes voces dieron:
«Crucificadlo, dijeron,
que bien merece la muerte.»
Cuando Pilatos oyó
su maliciosa porfía,
de lo azotar acordó,
porque por allí pensó
que b en los amansaría.
Y creyendo que serían
de él en aquéllos vengados,
y que así lo so.tarian
y del todo cesarían
R. MÉNDEZ OA ITE

sus pensamientos malvados;


que él muy bien conocia
el engaño en que andaban,
y sus maldades sabia,
y claramente veia
que de envidia le acusaban.
Mandóles luego callar,
di joles esta razón:
«Yo le quiero castigar
á este hombre, y hacer dejar
esta su predicación.
»Porque después de azotado
él recibirá gran pena
y quedará escarmentado,
y después de castigado
irse ha en hora buena.»
Y luego, por agradar
á aquel pueblo endiablado,
sin más hablar ni enmendar,
mandó al Redentor entrar
en un palacio apartado.
Y mándale allí quedar
sin ninguna vest.dura,
y á una columna le atar,
y mandó aparejar
los azotes de amargura.
Hizo luego á sus traidores
crueles que le azotasen
con sus fuerzas no menores,
porque le diesen dolores
que el alma le traspasasen.
Y así lo comenzaron
con fuerza tal y tal gana,
y asi lo atormentaron,
que en su cuerpo no dejaron
una sola cosa sana.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 333

Cuando Pilato le vió


que bien castigado estaba,
que le viesen acordó
y lo sacasen mandó,
que vióse do esperaba.
Y cuando aquesto mandaba,
fué de algunos requerido
que, pues aquel adoraba
que rey de ellos se llamaba,
fuése como rey vestido.
Y, en dicléndolo, trajeron
un paño de cal chapado,
el más roto que tuvieron
y el má9 sucio que pudieron,
de púrpura colorado;
y con él le cobijaron
á nuestro Remediador,
y no contentos quedaron,
que los ojos le taparon
con otro paño peor.
Y en las manos le pusieron
por burla una cañavera;
allí palmadas le dieron,
allí asentar le hicieron
en un tajo de madera.
Las rodillas se hincaban
delante por más burlar;
con cañaveras le daban
y las barbas le mesaban,
sin un rato descansar.
«Dios te salve, Rey, decían,
del pueblo que te prendió.»
Decían más, cuando veían
que los palos le dolían:
334 R. MÉNDEZ Q A ITE

-Profetiza quién te dio.·


Y estándole así hiriendo
su cuerpo tan delicado,
salió un traidor diciendo:
«Porque eres Rey, entiendo
que debe ser coronado.
Que reyes que se verían
en el trono que tú estás,
sin coronar no estarían,
pues con razón lo serían
si tú te quedas atrás.»
No grande espacio se dieron
en la corona buscar,
que luego por ella fueron
y de espinas la trajeron
por más tormento le dar.
Y apenas era venida
la corona y ya llegada,
cuando de muchos asida,
fué reciamente metida
por su cabeza sagrada.
Y aquellos que lo guardaban,
con las lanzas que tenían
encima de ella le daban,
porque si ellos no ayudaban
no creían que la metían.
Y tan bien las asentaron
aquellas falsas campañas,
que el celebro le pasaron,
y los dolores le entraron
por medio de sus entrañas.
Mira qué dolor sintió
aquel alto Rey del cielo,
que la sangre reventó
y por su rostro corrió,
no se parando hasta el suelo.
LA OBRA DE I.A REDENCIÓN 335

Pilato, habiendo acabado


de con tanto deshonor
haberle así atormentado,
azotado, deshonrado
y dando tanto dolor,
de la manera que estaba,
por más deshonra le dar,
á la gente que esperaba
lo que Pilato mandaba,
le acordaron de sacar.
El cual dijo ante de éstos:
•Véis aquí el hombre de vos;
¿no era vuestro presupuesto
que se preciaba de aquesto,
de Dios é Hijo de Dios?
»Según lo que he sentido,
á mí hombre me parece,
y porque es hombre ha sufrido
lo que tenéis conocido
que padeció y que padece.
»Pues véisle aquí azotado,
ya véis que viviendo muere;
él está bien castigado
por hablar lo que ha hablado;
váyase donde quisiere.»
Cuando los judíos vieron
que lo mandaba soltar,
todos grandes voces dieron:
«Crucificadlo, dijeron,
Quiéraslo crucificar.»
E l P a dre Juan de P a d il l a
Moaje cartujo.

Retablo de la Vida de Cristo, en folio, á dos columnas (Citado).


336 R. MÉNDEZ Q A ITE

* «V

Rabiosa envidia, odiosos pensamientos,


vendimiento perverso, precio impuro,
sudor de sangre, angustias, miedo escuro,
linternas, armas, duros atamientos;

jueces de sangre y fariseos sedientos,


caída del colegio más seguro,
testigos falsos, acusar perjuro,
bofetadas y látigo sangrientos;

temor de Pondo, temerarias voces,


salivas sucias, grana y blanco velo,
espinas, golpes, hiel, clavos atroces,

ladrones, ara infame, desconsuelo,


lanza, blasfemias de émulos feroces,
causaron pena y muerte al Rey del cielo.
Arcánqel de Ala rcó n
Capuchino.
Mu r i ó 1598.
Verjel de plantas divinas, en 8.° — Salamanca, 1593.

La negación de San Pedro

San Pedro y San Juan andaban


siempre tras el Dios eterno,
para ver en qué paraban
los tormentos que le daban
á aquel cuerpo blanco y tierno.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 337

Y al tiempo que le metieron


en casa de Anas traidor,
con los otros se volvieron,
y en casa se introdujeron
donde estaba el Redentor.
Cuando á San Pedro miró
el que la puerta guardaba,
dijo: «Conózcote yo,
que eres del que hoy se prendió»;
lo cual San Pedro negaba.
Vido estar después hablando
unos que se calentaban;
por saber el cómo y cuándo,
llegóse disimulando
á notar lo que hablaban.
Entre aquellos que alli estaban
hubo quien le conoció;
decíanle y preguntaban
si era de aquel que guardaban,
y él dijo: «Por cierto, no.»
Salió entonces de través
el que bien le conocía,
y dijo: «Por cierto, él es;
¿vosotros no conocéis
el que matarme queria?»
San Pedro le respondió,
y dijo: «Con juramento,
nunca tal hombre vi yo,
ni él á mi nunca mandó
hiciese su mandamiento.»
En esta vez postrimera
que jurando le negó,
á la hora se cumpliera
lo que el Señor le dijera,
que luego el gallo cantó.
Aunque el Salvador pasaba
22
338 R. MÉNDEZ GA1TE

penas en gran cantidad,


al tiempo que lo negaba
le miró de donde estaba
con ojos de gran piedad.
Como San Pedro miró
el yerro en que habia caído,
luego de allí se salió,
y partiéndose, lloró
su pecado con gemidos.
J u a n d e P a d il l a
Monje cartujo.
Retablo de la vida de Cristo (Cltido).

Tercetos á la Santa Cruz


Siéntome á las riberas destos ríos,
donde estoy desterrado, y lloro tanto,
que los hacen crecer los ojos míos.
Si alguna vez por consolarme canto,
es cosa para mi de tanta pena, *
que tengo por mejor volverme al llanto.
Ld o . J uan Ló pe z d e U beda
Cancionero y verjel de plantas divinas (Citado).

A la Cruz bendita
Resplandeciente, dulce, amena planta
á quien la tierra y cielo se arrodilla,
cuyo rigor del suelo á Dios levanta,
cuyo valor del cielo á Dios humilla;
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 339

Si el infernal poder de ti se espanta


y el celestial se alegra y maravilla,
¿qué puedo yo decir con voz medrosa
que iguale á tu beldad, Cruz generosa?
Después que para darnos dulce vida
en ti gustó mi Dios amarga muerte,
quedaste en tanto grado enriquecida
que se enriquece el alma en solo verte;
y siendo antes tan frágil y abatida
eres ahora tan honrada y fuerte,
que no hay fuerza en el mundo tan honrosa
que iguale á tu beldad, Cruz generosa.
Refugio de las almas sin consuelo,
farol del afligido caminante,
llave sagrada del empíreo cielo,
bandera de la Iglesia militante,
escala por do el alma sube á vuelo;
mas ¿para qué te busco semejante
si no hay similitud tan ingeniosa
que iguale á tu beldad, Cruz generosa?
Por ti merece el cielo el alma bella,
por ti queda el infierno destruido,
por ti la carne y mundo se atropella,
por ti se ponen culpas en olvido,
por ti la gloria se nos firma y sella,
por ti se gana más de lo perdido,
por ti quiero acabar con que no hay cosa
que iguale á tu beldad, Cruz generosa.
B a r to lo m é C a ira s c o d e F io u e ro a
1540-16...
Templo militante, segunda serie, ¡mención de la Cruz, en folio. —
Impreso en Lisboa por Pedro Craesbeck, aflo de 1613.
340 R. MÉNDEZ OA ITE

La voz del Salvador


Quien me quisiere seguir,
tome su cruz en el hombro,
que no le ha üe dar asombro
ni el padecer, ni el morir.

Venga: mis estampas siga,


sepa que no padeció
nadie más penas que yo,
por muchas que sienta y diga.

Si no, mire mis heridas


y verá, echando el compás,
que nadie ha sufrido más,
ni menos agradecidas.

No estime su vida en tanto,


porque perderla podría.
¡Cómo cogerá alegría
el que sembrare con llanto!

Quien pone su vista en mí


todo lo hallará; no hay cosa,
viéndome, dificultosa,
ni breve y fácil sin mi.

Venid los que estáis cansados


y en mis brazos descansad;
los que tenéis sed, llegad,
por más que estéis abrasados.
L o p e d e V e o a C a rp ió
1562-1635
Ruina* Sacrai. — En Lisboa, aflo de 1696.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 341

A la Corona de espinas

Ya, espina, no sois espina,


sino flor,
pues os ha dado el amor
el color de clavellina.
Esta espina ya no espina;
hombre, llega sin temor,
que para Dios fué dolor
y para ti medecina.
Llega con paso ligero;
no te espante ver espina,
que ya en la frente divina
perdió su fuerza y acero;
alli hirió, aqui no espina;
allí fué espina, aqui flor;
y para Dios fué dolor
y para ti medecina.
Antes fué espina esta espina,
y agora es flor muy hermosa;
alli fué muy dolorosa,
aqui muy blanda y benina;
aquí agora es clavellina
de un encamado color,
que para Dios fué dolor
y para ti medecina.
C ristóbal C abrera
Presbítero del siglo xvi.
342 R. MÉNDEZ O A ITE

Contemplativa interrogación

Di, ¿qué haces, Rey mas dino,


en poder dese tirano,
que sólo das de contino
luz al cielo cristatyno
en invierno y en verano?
E agora, Rey singular,
véote, en lugar oscuro,
sangre y lágrimas manar,
azotado en un pilar
liso y duro.
¡Qué tristeza, qué dolor,
qué ronchas é qué baldones
padeces, mi Redentor,
por hacer al pecador
heredero de tus dones!
Sin que nadie se adolezca
de tus penas desiguales;
sin que nadie te merezca
que ese tu cuerpo padezca
tantos males.

¡Oh, qué bien os ensalzástes,


muy sacros santos cordeles,
al punto que os consagrastes
en estos brazos que atastes,
tan divinos, tan donceles!
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 343

No hay cordones ni torzales,


ni tejidos de lindeza,
ni perlas en los sartaletes,
que sean vuestros iguales
en riqueza.
Quién os viera rodear
el pilar y su cintura,
pechos, brazos, y calar
la carne, que es de adorar,
con lágrimas de ternura.
Fuera mi alma segura
que en virtud del atamiento,
de fea, desnuda é dura,
recibiera compostura
y ornamento.

Contemplación de los cordeles


¡Oh cordeles de aspereza!
Los muy finos diamantes
no serán de tal firmeza
como vuestra fortaleza,
ni lo son ni fueron antes.
Porque tuvistes atado
al que los presos desata,
sin quererse haber soltado,
para ser mejor tratado
que se trata.
Aqui quedastes teñidos
mejor mucho que escarlata,
de los baños desmedidos,
morados y más subidos
que caunin sobre la plata.
344 R. M ÉNDEZ O A ITE

|Oh reliquia tan preciosa!


Rey del cielo, que tan santa,
para que traiga su esposa,
la Iglesia generosa
á su garganta.

E l muy r v d o . p a d r e
F ra y A m b r o s io M o n t e s in o
Obispo de CerdeAa, de la orden de los Menores.
(Ultimo tercio del siglo XV, primero del XVI).

La Verónica

En este tiempo el Señor


grave tormento sentía,
y doblaba su dolor
la sangre y el gran sudor
que su claror ver cubría.
Y como asi ver le vió,
para su rostro limpiar,
con angustia que sintió,
prestado un paño pidió,
para su vista cobrar.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 345

Una dueña que le oyó,


movida de la piedad,
su misma toca le dió,
y con ella le limpió
á aquel Rey de la bondad.
Y quedó alli figurada,
en aquel pobre tocado,
aquella sagrada cara,
que estaba alli figurada
hasta el día señalado.
E l P a d r e J u a n P a d il l a
Monje cartujo.
Retablo de la vida de Cristo (Citado).

Canción á Cristo crucificado

Inocente Cordero,
en tu sangre bañado,
con que del mundo los pecados quitas,
del robusto madero
por los brazos colgado,
abiertos, que abrazarme solicitas;
ya que humildes marchitas
la color y hermosura
de ese rostro divino,
á la muerte vecino,
antes que el alma soberana y pura
parta para salvarme,
vuelve los mansos ojos á mirarme.
346 R. MÉNDEZ GA ITE

Ya que el amor inmenso


con último regalo
rompe de esa grandeza las cortinas,
y con dolor intenso,
arrimado á ese palo,
la cabeza rodeada con espinas
hacia la Madre inclinas,
y que la voz despides
bien de entrañas reales,
y las culpas y males
á la grandeza de tu Padre pides
que sean perdonados,
acuérdate, Señor, de mis pecados.
Aquí donde das muestras
de manirroto y largo
con las palmas abiertas con los clavos;
aquí, donde tú muestras
y ofreces mi descargo;
aquí, donde redimes los esclavos,
donde por todos cabos
misericordia brotas,
y el generoso pecho
no queda satisfecho
hasta que el cuerpo de la sangre agotas;
aquí, Redentor, quiero
venir á tu justicia yo el primero.
Aqui quiero que mires
un pecador metido
en la ciega prisión de sus errores;
que no temo te aires,
en mirarte ofendido,
pues abogando estás por pecadores;
que las culpas mayores
son las que más declaran
tu noble pecho santo,
de que te precias tanto;
LA OBRA DE LA REDENCIÓN

pues cuando las más graves se reparan,


en más tu sangre empleas,
y más con tu clemencia te recreas.
Por más que el peso grave
de mi culpa se siente
cargar sobre mi corvo y flaco cuello,
que tu yugo suave
sacudió inobediente,
quedando en nueva sujeción por ello;
por más que el suelo huello
con pasos tan cansados,
alcanzarte confío;
que pues por el bien mío
tienes los soberanos pies clavados
en un madero firme,
seguro voy que no podrás huirme.
Seguro voy, Dios mío,
de que el bien que deseo
tengo siempre de hallar en tu clemencia;
de ese corazón fio,
á quien ya claro veo
por las ventanas de ese cuerpo abierto,
que está tan descubierto,
que un ladrón maniatado
que lo ha contigo á solas,
en dos palabras solas
te lo tiene robado;
y si esperamos, luego
de aquí á bien poco le acertará un ciego.
A buen tiempo he llegado,
pues es cuando tus bienes
repartes en el Nuevo Testamento;
si á todos has mandado
tantos presentes tienes,
también ante tus ojos me presento;
y cuando en un momento
348 R. MÉNDEZ G A ITE

á la Madre hijo mandas,


al discípulo madre,
el espíritu al Padre,
¿cómo entre tantas mandas
gloria al ladrón,
ser mi desgracia puede
tanta, que sólo yo vacio quede?
Miradme, que soy hijo
que por mi inobediencia
justamente podéis desheredarme;
ya tu palabra dijo
que hallaría clemencia
siempre que á ti volviese á presentarme.
Aquí quiero abrazarme,
á los pies de esta cama
donde estás expirando;
que si, como demando,
oyes la voz llorosa que te llama,
grande ventura espero,
pues siendo hijo, quedaré heredero.
Por testimonio pido
á cuantos te están viendo
como á este tiempo bajas la cabeza,
seftal que has concedido
lo que te estoy pidiendo,
como siempre esperé de tu largueza.
¡Oh, admirable grandeza!
¡Caridad verdadera!
Que, como sea cierto
que hasta el testador muerto
no tiene el testamento fuerza entera,
tan generoso eres,
que porque todo se confirma mueres.
Canción, de aqui no hay paso,
las lágrimas sucedan
en vez de las palabras que te quedan;
______ LA OBRA DE LA REDENCIÓN 349

que esto nos pide el lastimoso caso,


no contentos agora
cuando la tierra, el sol y el cielo llora.
F r a y L u is d e L e ó n
1526-1591
Primera parte de las flores de poetas ilustres de España, ordena­
da por Pedro Espinosa. — Valladolid, 1605, en 4.°, tomo V del Par­
naso Español. — Madrid, 1771.

Cristo pendiente en la Cruz

Este es el santo trono y ensalzado,


gloria del Salvador, al mundo afrenta,
lecho de fuerte amor, que lo acrecienta,
altar para su gran pontificado.

Este, aquel duro y penetrante arado


que abrió la tierra estéril y sedienta,
donde el grano de trigo, muerto, aumenta
á millares el fruto deseado.

Ya cuando la corona ornó su frente,


todo lo trajo á sí, que á tanta alteza
estaba prometido el señorío.

Y en acto de jurar un rey potente,


al descubrir su antigua fortaleza,
ganó el gentil lo que perdió el judío.
L u is de R ib e r a

Sagradas poetfas. —Sevilla, 1612 (Citado.)


350 R. MÉNDEZ O A ITE

A Cristo crucificado

¡Oh vida de mí vida, Cristo santo!


¿Adónde voy de tu hermosura huyendo?
¿Cómo es posible que tu rostro ofendo,
que me mira bañado en sangre y llanto?

A mí mismo me doy confuso espanto


de ver que me conozco y no me enmiendo;
ya el ángel de mi guarda está diciendo
que me avergüence de ofenderte tanto.

Detén con esas manos los perdidos


pasos, mi dulce amor; mas ¿de qué suerte
las pide quien las clava con las suyas?

¡Ay Dios! ¿Adónde estaban mis sentidos,


que las espaldas pude yo volverte,
mirando en una cruz por mí las tuyas?
Lo pe de V e g a C a r p ió

Ruinas Sacras, soneto 73. — En Lisbo«, 1658 (Cftido.)

Testamento de Cristo Nuestro Señor

En una cama de campo


estaba Cristo á la muerte,
que en cama de campo nace
y en cama de campo muere.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN

Es la cama tan angosta,


que revolverse no puede,
pues para caber en ella
un pie sobre el otro tiene.
Hacer quiere testamento
de sus adquiridos bienes,
que lo que es lo vinculado
ya se sabe á quién le viene.
Presente estaba su Madre,
que pudo hallarse presente
por ser testamento abierto
y ser á quien más compete.
Pasó ante Juan escribano,
y porque mejor herede
cierta manda que le toca,
firman cuatro las siguientes:
Primeramente encomiendo
á mi Padre omnipotente
mi alma con tanta gloria
como la que tuvo siempre.
Mi cuerpo mando á la Iglesia,
y es mi voluntad se entierre
en las entrañas del hombre,
pues dármele tierra deben.
Y si el cuerpo que sepultan
comerle la tierra suele,
mando al hombre, pues es tierra,
que me coma, pues me tiene;
mas mire cómo me come,
que, puesto que el cuerpo muere,
tiene de comerme vivo
cuerpo y alma juntamente.
Item. Mando que mi Esposa
usufructuaría quede
de todo cuanto yo tengo,
sin que nada se le excete.
352 R. MÉNDEZ OAITE

Y los bienes gananciales,


que no serán pocos bienes,
la parte que me cabía
quiero que también le dejen,
con carga de que en su casa,
todo el tiempo que viviere
el hombre, pues es mi hermano,
á mi costa le alimente.
Y pues él vive tan pobre
que cuanto tiene me debe,
declaro que tales deudas,
en muriendo yo, fenecen.
Item. Es mi voluntad,
que cuanto al hombre le viene,
si en tiempo no lo acetare,
no lo goce aunque lo acete.
Item. Que Juan escribano
por testamentario quede,
que es quien sabe bien mi pecho,
y hará lo que más conviene;
á quien mando una encomienda
blanca y pura como nieve:
que encomienda de San Juan
blanca tiene de ser siempre.
Acabó Cristo sus mandas,
por ver que espera la muerte,
que hasta que él mismo la llame
á llegarse no se atreve.
Con la cabeza la llama,
que con la mano no puede,
y en bajando la cabeza,
ella vino y Cristo muere.
Alfo nso de L e d e s m a B u it r a q o
Natural de Segovia
1562-1663
Conceptos espirituales, en 8.°—Madrid, Imprenta Real, 16U2.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 353

Las Siete Palabras de Cristo


en la Cruz

Y después que fué forzoso


hacer la cruz misteriosa
para que Cristo muriese
en muerte tan afrentosa,
trajeron este madero
de ciprés, como se nota,
y con los brazos de cedro
la cruz á Cristo le forman.
Cargáronsela en sus hombros;
fué decir que en ellos toma
el peso de nuestras culpas,
que ya con su sangre borra,
y con Cristo en el Calvario
bandera ilustre enarbola,
en seflal que fué de Cristo
la más singular victoria;
donde un rótulo le ponen
en tres lenguas ó idiomas,
latina, griega y hebrea,
que dicen de aquesta forma:
«Jesús Nazareno, rey
de judíos*; y esta propia
tablilla de palma fué,
adonde las letras forjan.
Otra en que fijó los pies,
para que los clavos rompan,
fué de oliva; que la paz,
como á gran rey, se le postra.
Habló aquí siete palabras,
23
354 ___________ R. MÉNDEZ G A ITE _________

y la primera es: «Perdona,


Padre, aquestos ignorantes,
que aquesto que han hecho ignoran.»
La segunda fué: «Hoy serás
en mi paraíso ó gloria»;
domine, memento meit
pidiendo misericordia.
La tercera fué: «Mujer,
(á su Madre dolorosa),
ve ahí tu hijo»; y á Juan
la cuarta: «Es tu madre sola».
La quinta dijo: «Sed tengo»,
y le aplicaron la esponja,
cuando fué sed de que el mundo
se salvase á tanta costa.
Sexta: Consummatum est,
que aquí dieron fin las cosas
de todas las profecías,
y muriendo, pagó á todas.
Séptima es: «//? manus tuas
(todo lleno de congojas)
mi espíritu os encomiendo;
recibidlo, Padre, ahora.»
Alo n so de L e d e s m a B u it r a q o
Tercera parte de Conceptos espirituales, en 8.°—Juan de la Cues­
ta. Madrid, 1612 (Citado.)

Á la muerte del Redentor


Cuando la voz de Cristo postrimera
peñas y tumbas con fragor violento
hendió, medroso Adán y soñoliento
el cuerpo del sepulcro sacó fuera.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 355

Tendió los turbios ojos por doquiera


sin concebir absorto tal portento,
y balbuciente, preguntó quién era
quien moria en suplicio tan sangriento.

Al saberlo, con mano arrepentida


mesó iracundo su mejilla inerte,
frente arrugada y calva encanecida.

Y volviéndose á Eva, con voz fuerte


que dejó la montaña ensordecida,
dijo: <(A mi Dios por ti traje á la muerte!»
J o s é Z o r r il l a .
1817-1893

El Santo Sepulcro

Rompe tu corazón de piedra dura,


pues Cristo-Dios por ti su vida ha dado;
tus entrañas serán sábana pura
para que en ti Jesús sea sepultado.
De mirra y áloes tú harás mixtura,
que es un olor con oración mezclado;
cierra el sepulcro, si á Jesús tuvieres,
hombre, con el cuidado que pudieres.
Ld o . J uan Ló pez de U beda

Cancionero y Verje! de plantas divinas. — Alcalá de Henares,


1588, en 4.° (Citado.)
356 R. MÉNDEZ GAITE

Epitafio al sepulcro de Cristo

De duro mármol nicho bien labrado,


cierra el cuerpo que luego, allí glorioso,
se ha de ver y admirar resucitado.
Por tener prenda tal, ¡oh cuán dichoso
eres, mármol! Mas por dejar tal prenda
mucho más te proclamo venturoso.
Abrigad esos miembros, nada ofenda
su honor; aunque cadáver es de hombre,
son de Dios esos miembros, sin contienda.
No temáis corrupción ni hedor que asombre;
que está muy lejos esa carne pura
de achaques semejantes, ni aun del nombre.
Lo que fué culpa nuestra y desventura
la muerte lo borró; nada en seguida
debe más padecer quien nos procura.
Agora (porque puede) él mismo á vida
Fe recobra, y de aquf perpetuamente
á vivir á nosotros nos convida.
Por ende aquesta losa eternamente
firmará, que las iras se han pasado,
y que una paz amiga y permanente
para el mundo dende hoy se ha renovado.
E l P . B e n it o F e l iü d e S an P e d r o
De las Escuelas Pías
Siglo XVIII
Monumentos sagrados de la salad del hombre desde la caída de
Áddn hasta el Jaldo final, que en verso latino cantó en 72 odas don
Benito Arias Montano; en 8.° mayor. — Valencia, oficina de Benito
Monfort, 1774.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN

Letra
Pues á cuanto el mundo alaba
pone fin la sepultura,
ni quiero bien que no dura
ni temo mal que se acaba.
¡Oh, qué amor tan sin medida,
que toda su sangre vierte,
por darnos vida en su muerte
el mismo autor de la vida!
Si de venenosos dientes
de satánicas serpientes
te sintieres lastimado,
ve á Jesús crucificado,
que en sus misteriosas fuentes
de sangre serás curado.
F r a y A r c An o e l de Ala rcó n
Verjel de plantas divinas (Citado.)

Resurrección
Tembló el mármol divino; temerosa
gimió la sacra tumba y monumento;
vió burladas sus cárceles la losa;
de duplicado sol se vistió el viento;
desatóse la guarda rigurosa
del lazo de la noche sofloliento. . .
quiso dar voces, mas la lumbre santa
le afludó con el susto la garganta.
358 R. MÉNDEZ GA ITE

Levantáronse en pie para seguirle,


mas los pies de su oficio se olvidaron;
las armas empuñaron para herirle,
y en su propio temor se embarazaron;
las manos extendieron para asirle,
más viendo vivo al muerto, se quedaron
de vivos tan mortales y difuntos,
que no osaban mirarle todos juntos.
Apareció la Humanidad sagrada
amaneciendo llagas en rubíes,
en joya centelleante la lanzada,
los golpes en piropos carmesíes;
la corona, de éspigas esmaltada,
sobre el coral mostró cielos turquíes;
explayábase Dios por todo cuanto
se vió del Cuerpo glorioso y santo.
En torno, las seráficas legiones
nube ardiente tejieron con las alas,
y para recibirle, las regiones
liquidas estudiaron nuevas galas;
el hosanna glosado en las canciones
se oye suave en las eternas salas,
y el cárdeno palacio del Oriente
con esfuerzo de luz se mostró ardiente.
La Cruz lleva en la mano descubierta
con los clavos, más rica que rompida;
la gloria la saluda por su puerta
á las dichosas almas prevenida;
viendo á la muerte desmayada y muerta,
con nuevo aliento respiró la vida;
pobláronse los cóncavos del cielo
y guareció de su contagio el suelo.
D o n F r a n c is c o de Q uevedo y V il l e o a s
1580-1645
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 359

El llanto de la Virgen, ó traducción


del himno „Stabat Mater Dolorosa“

La Madre piadosa estaba


junto á la Cruz, y lloraba
mientras el Hijo pendía,
cuya alma triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenia.
¡Oh, cuán triste; oh, cuán aflita
se vió la Madre bendita,
de tantos tormentos llena,
cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena!
Y ¿cuál hombre no llorara
si la madre contemplara
de Cristo en tanto dolor?
Y ¿quién no se entristeciera,
piadosa Madre, si os viera
sujeta á tanto rigor?
Por los pecados del mundo
vió á Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre,
y muriendo el Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu á su Padre.
¡Oh, Madre, fuente de amor,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo!
Y que por mi Cristo amado
mi corazón abrasado,
360 R. MÉNDEZ GAITE

más viva en él que conmigo;


y porque á amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en si;
y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mi.
Hazme contigo llorar,
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;
porque acompañar deseo
en la Cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.
Virgen de vírgenes santas,
llore yo con ansias tantas,
qué el llanto dulce me sea;
porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre siis penas vea.
Haz que su Cruz me enamore,
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;
porque me inflame y me encienda
y contigo me defienda
en el día del juicio.
Haz que me ampare la muerte
de Cristo cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
porque cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
á su eterna gloría. Amén.
Lo pe de V e q a C a r p ió

Romancero espiritual, en 8.° —Madrid, 1648 (Citado.)


LA OBRA DE LA REDENCIÓN 361

María al pie de la Cruz

Fragmento
En el supremo, vencedor momento,
cuando en sus negros templos escucharon
del sumo Dios el postrimer acento,
los ídolos inmundos vacilaron;
del astro de Moisés, ya macilento,
los fugaces fulgores se apagaron,
y el sol del Evangelio, generoso,
amaneció radiante y poderoso.
Mas Dios era deudor á los mortales,
ejemplo á endurecidos pecadores,
de enviar al bajo mundo altas sefíales
de sus justos terríficos furores;
y apenas las tinieblas sepulcrales
que envolvían al mundo en sus horrores
comienzan á aclarar, su voz severa
estremeció la creación entera.
Y del sol al fulgor sanguinolento,
digna luz á tan hórridas maldades,
sucedió un terremoto turbulento,
que en Asia derribó veinte ciudades.
Con insólita furia silba el viento,
braman con ronca voz las tempestades,
y el velo del Santuario enaltecido
miró atónito el pueblo, en dos partido.
Y rotas en pedazos las cubiertas
que las marmóreas tumbas revestían,
se lanzan de sus cárceles abiertas
los que en el sueflo del Señor dormían;
y en tus calles, Sión, casi desiertas,
362 R· MÉNDEZ G A I T E _ _______

espanto á los vivientes infundían


los cadáveres vivos aun fajados,
del reino del horror resucitados.
Entre los gritos de cobarde espanto
que resuenan allá, en la negra cumbre,
se oye la voz de arrepentido llanto
por sobre la revuelta muchedumbre;
mientras oculta en los pliegues de su manto,
imagen del dolor y mansedumbre,
insensible al tumulto y gritería,
inmóvil y de pie se alza María.
Y la mudable plebe, contemplando
en redor los insólitos portentos:
/Este era Hijo de Dios!, iba clamando,
como á su hogar volvía á pasos lentos;
y las mujeres de Sión, llorando
entre tristes sollozos y lamentos:
«¡Mísera Madre!», en su aflicción decían,
y los ecos sus voces repetían.
J. Z o r r il l a
María, poema religioso (Citado).

Imitación de los Salmos

¡Ay! ¡No vuelvas, Señor, tu rostro airado


á un pecador contrito!
Ya abandoné, de lágrimas bañadp,
la senda del delito.
Y en tí, humilde, ¡oh mi Dios!, la vista clavo,
y me aterra tu ceño;
como fija sus ojos el esclavo
en la diestra del dueño.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 363

Que en dudas engolfado, hasta tu esfera


se alzó mi orgullo ciego»
y cayó aniquilado cual la cera
junto al ardiente fuego.
Si en profano laúd lanzó mi boca
torpes himnos al viento,
yo estrellaré, Señor, contra una roca
el impuro instrumento.
¡Levántate del polvo, arpa sagrada,
henchida de armonía!
Y tú, por el perdón purificada,
¡levántate, alma mía!
Y yo también al despuntar la aurora,
y por el ancho mundo,
cantemos de la diestra vengadora
el poder sin segundo.
Te cantaré, ¡oh mi Dios!, cuando te plugo
bajo tu amparo y guía
á Israel acoger, que bajo el yugo
de Faraón gemía.
Del tirano en el pecho diamantino
pusiste fiero espanto.
Tembló: tu brazo conoció divino;
soltó tu pueblo santo.
El mar lo vió y huyó: de enjuta arena
ancha senda le ofrece:
síguelo Faraón... — La mar serena
lo traga, y desparece.
Viólo el Jordán, y huyó: monte y collado,
cual tierno corderino,
saltaron de placer: el risco alzado
cual suelto cabritillo.
¡Oh mar! ¿Por qué tus aguas dividiste
y á Faraón tragaste?
¿Por qué, humilde Jordán, retrocediste?
Monte, ¿por qué saltaste?
364 R. MÉNDEZ OAITE

Ante el Dios de Jacob tembló la tierra,


las trompetas sonaron:
¡paróse el sol, y Gabaón se aterra;
y los tuyos triunfaron!
Y brotaste, Seflor, de piedra dura
agua en mansa corriente,
y aplacó de tu pueblo su dulzura
allí la sed ardiente.
«Canta, Israel, al Justo, al Fuerte, al Santo,
»al que enjugó tu lloro:
»acompañe la citara tu canto
»y el timpano sonoro.»
Lánzase al hondo mar, con mente ciega,
osado el marinero,
y pide al polo el que la mar le niega
ya borrado sendero.
Huye á tu voz el céfiro suave;
y el hondo mar turbando
cruzan los vientos, y la triste nave
combaten rebramando.
Ya sube al firmamento, ya desciende
al abismo horroroso;
ruge el trueno; veloz el aire hiende
tu rayo fragoroso.
Gime el nauta y te implora, y aplacado
lo miras con ternura. —
¡El vendaval es céfiro: el hinchado
mar tranquila llanura!
«Canta, Israel, etc.»
Los tiranos del mundo en liga impia
para el mal se adunaron,
y á la incauta Israel «¡Dios nos envía!»
desde el solio gritaron.
Y entre sí concertados: «Fiera lucha
»al justo renovemos.
»Blasfememos, que Dios no nos escucha.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN

»Dios no ve: degollemos.» —


Dijeron, y no son. — Su raza impía
cual humo se deshizo.
¿No oirá quien dió el oído? ¿No vería
el que los ojos hizo?
«Canta, Israel, etc.»
Los impíos que tus casas allanaron
de uno al otro horizonte,
y con hachas sus puertas destrozaron
como leña del monte.
Los fuertes que se alzaban cual montaña
que á las nubes se eleva,
desaparecieron como débil caña
que el huracán se lleva.
Los robustos de Edon, y los tiranos
de Modb, ¿qué se hicieron?
El Señor los miró, y abrió sus manos,
jy al abismo se hundieron!
«Canta, Israel, al Justo, al Fuerte, al Santo,
•al que enjugó tu lloro:
»acompañe la citara tu canto
»y el tímpano sonoro.»
V e n tu ra d e l a V eoa
1807-1865
366 R. MÉNDEZ GA ITE

El Miserere
POR EL REVDMO. P. FRAY DIEQO DE CÁDIZ, SE-
OÚN EL ESPÍRITU DEL REAL PROFETA DAVID
(MADRID, 1818)

Miserere mei, Deus:


Ten, mi Dios, mi bien, mi amor,
misericordia de mí;
ya me ves postrado aquí
con penitente dolor;
ponga fin á tu rigor
una constante concordia;
acábese la discordia
que causó el yerro común,
y perdóname según
tu grande misericordia.
Secundum magnan misericordiam tuam.

Et secundum multitudinem miserationum tuarum:


Y según la multitud
de tus dulces y adorables
misericordias amables,
sácame de esclavitud;
ya me ofrezco á la virtud
y pretexto á tu bondad,
LA OBRA DE LA REDENCIÓN

que con letras de verdad,


caracteres de mi fe,
yo tu amor escribiré;
borra tú mi iniquidad.
Dele iniquitatem meam.

** *
Amplius lava me ab iniquitate mea:
Lávame más, buen Seflor,
de mi iniquidad, porque
aun lavado, yo no sé
qué me asalta de temor,
fuentes de mi salvador,
que habéis al mundo regado,
á mi corazón manchado
lavad con vuestras corrientes;
y tú, DueAo de estas fuentes,
limpíame de mi pecado.
Et a peccato meo munda me.

Quoniam iniquitatem meam ego cognosco:


Porque yo, en mi desvarío,
conozco mi iniquidad,
conozco que mi maldad
atropelló mi albedrío;
que fué doble el yerro mío:
miré, vi, quise, caí,
fui sangriento, te ofendí,
no puedo ocultarlo ya;
conozco que siempre está
mi pecado contra mi.
Et peccatum meum contra me est semper.
368 R. MÉNDEZ O A ITE

Tibí soli peccavi, et malum coram tefecit:


Contra Ti solo pequé,
á Ti solo te ofendí,
hice delante de Ti
el mal con que te agravié;
ó bien si me castigares,
ó bien si me perdonares,
te justifiques, Señor,
en tus palabras de amor
y venzas cuando juzgares.
Ut justificeris in sermonibus tuis , et vincas. cum
judicaris.
« *
Ecce enim in iniquitatibus conceptus sum:
Ya ves que en iniquidades
fui concebido, Señor;
iqué quieres de un pecador
que se concibió en maldades!
Merezca ya tus piedades
quien en culpas se formó;
si ^sta hechura se quebró,
templa tus ojos airados,
pues en males y en pecados
mi madre me concibió.
Et in peccatis concepit me mater mea.

Ecce enim veritatem dilexisti:


Ya ves, ¡oh, Dios de mis cultos,
pues amaste la verdad,
con cuánta sinceridad
te confieso mis insultos!
Tú, los secretos y ocultos
arcanos que has reservado
____________ LA OBRA DE LA REDENCIÓN

allá en el seno sagrado


de tu alta sabiduría,
ciertos, claros como el día
me lo has manifestado.
Incerta et occulta sapientes tuce manifestasti mihi.

* »
Asperges me hyssopo, et mundabor:
Me rociarás, ¡oh, bondad,
con hisopo de tu sangre,
hasta que al fin se desangre
la vena de mi maldadl
Me limpiaré, y tu piedad,
si sobre mí se conmueve
y el sacro rocío llueve,
me lavarás y seré
puro; limpio quedaré
y blanco más que la nieve.
Lavabis me, et super nivem dealbabor.

♦ **
Auditui meo dabis gaudium et leetitiam:
A mi oído le darás
un gran gozo de alegría
cuando oiga anunciar el día
en que me perdonarás
de placer; escucharán
Tu voz, y te cantarán
himnos á Ti consagrados,
y mis huesos humillados
de contento saltarán.
Et exultabunt ossa humiliata.
370 R. MÉNDEZ GA ITE

Averie faciem tuam a pecatis meis:


Aparta Tu rostro ya
de mis pecados, y mira
que Tu dulce vida expira
por mí, que por mí se da;
Tu sangre pidiendo está
el perdón de mis maldades;
y para que á tus piedades
veloz mi espíritu corra,
destruye, consume y borra
todas mis iniquidades.
Et omnes iniquitates meas dele.
***
Cor mundum crea in me, Deus:
Un corazón limpio cría,
¡oh Dios!, en mi pecho impuro;
rompe este corazón duro,
derrite esta nieve fría.
¡Ah engañosa pasión mía,
cuán blandamente me dañas!
Tú, Señor, que á nadie engañas,
dame un casto y dulce afecto,
y un noble espíritu recto
renueva Tú en mis entrañas.
Et spirtoim rectum Innova in visceribus meis.
• *
Ne projlcias me a facie tua:
No me arrojes enojado
de Tu presencia, Señor;
que esta hechura, tu dolor
y tu sangre te ha costado;
perdí á Dios, dejé á mi amado;
y pues que yo te ofendí,
LA OBRA DE LA REDENCIÓN

deja que se anegue aquí


mi culpa en un mar de llanto;
mas á tu espíritu santo
no le retires de mí.
Et spiritnm sanctum tuum ne auferas a me.

*♦*
Rodde mihi latitiam salutaris lui:
Vuélveme ya la alegría
de tu salud, que he perdido,
y volverá á su sentido
y placer el alma mía;
venga ya el alegre día
que ponga fin á mi mal,
y con la gracia final
confírmame en tu afición
con un noble corazón
y espíritu principal.
Et spiritu principan confirma me.

* *
Docebo iniquos vías tuas:
Yo mismo, yo enseñaré
á los malos tus caminos;
de sus torpes desatinos,
Señor, los apartaré;
yo con tu luz guiaré
los tristes hijos de Adán,
ya que tan ciegos están
en los locos desvarios
de su error, y los impíos
á Ti se convertirán.
Et impii ad te convertentur.
372 R. MÉNDEZ 0A 1T E

Liberame de sanguinibus, Deus, Deus salutis mece:


Líbrame de sangre ajena,
¡oh, Dios!, Dios de mi salud;
yerros de mi juventud
me han labrado esta cadena;
cautivo el corazón, pena,
gime, llora y llorará,
y el mundo todo sabrá
que el mal de mis culpas mengua
con lágrimas, y mi lengua
tu justicia cantará.
Et exultabit lingua mea justitiam tuam.
** *
Domine, labia mea aperies:
Señor, abrirás mis labios,
publicaré tus grandezas,
y te volveré en finezas
cuanto te quité en agravios.
Si para tus desagravios
das aliento á mi esperanza,
te entregaré sin tardanza
este corazón de roca,
y agradecida mi boca
anunciará tu alabanza.
Et os meum annuntiabit laudem tuam.
* *

Q uoniam, si voluisses sacriflcium, dedissem utique.


Porque si hubieras querido
sacrificio ensangrentado,
cierto que le hubiera dado
para aplacarte ofendido;
pero estoy bien advertido
que al corazón miras más;
LA OBRA DE LA REDENCIÓN 373

y pues lágrimas me das,


lloro mis dias infaustos,
buen Dios, que en los holocaustos
tú no te deleitarás.
Holocaustis non delectaberis.

••·
Sacraficium Deo spiritus contribulatus:
Sacrificio es para Dios
mi espíritu rendido,
atribulado, afligido,
partido de pena en dos.
Confiado llego á Vos,
resuelto á no pecar más;
que un corazón que verás
ya contrito y humillado,
arrepentido, enmendado,
mi Dios, no despreciarás.
Cor contritum, et humiliatum, Deas, non despides.

• *
Benigne fac, Domine, in bona volúntate tua Sion:
Con benigna compasión;
Sefíor, con dulce piedad,
con tu buena voluntad
trata á la buena Sión.
Benigno tu corazón
acabe de hacer también
que no tarde más mi bien,
que se enjuguen ya mis llantos,
que se edifiquen los santos
muros de Jerusalén.
Ut cedlftcentur muri Jerusalem.
374 R. MÉNDEZ GAITE

Tune aceptabis sacrificium justiiiee oblationes et ho­


locausto:
Entonces aceptarás
de justicia el sacrificio,
las oblaciones propicio
y los holocaustos más.
Entonces recogerás
~ de montes, valles y cerros
victimas que, por sus yerros,
penitentes gemirán;
entonces, Señor, pondrán
sobre tu altar los becerros.
Tune imponent super altare tuum vítulos.
F r a y D ie g o d e C á d iz
1743-1801
LA OBRA DE LA REDENCIÓN

Sáficos latinos sobre la Pasión


del Señor
Que com puso Pedro Mártir Anglerfa,
por encargo de dofia Isabel la Católica,
para cantarlos en la Misa, i-----
Christus in coena cecinit tremendum
Terminum mortis cito jam futurae,
Dicit auctorem sceleris jacentis
Pectore diro.
Inde subtristis petit propinquum
Hortulum: stratus, genibusque flexis,
Sie rogat, fundens gelidum cruorem
Corpore toto:
Transeat, si vis, Genitor, timendus
Hic calix á me, tua sed voluntas
Fiat in terris, velut a r.e coeli
Tempore in omni.
Osculum Judas dedit inde sacro
Voltui, vende-ns Dominum potentem.
Ad quid huic Christus lachrymans vcnisti?
Inquit, amice?
Irruunt post hare celeres ministri,
Et Dei Natum capiunt volentem,
Ac velut furem rapiunt ad arcta
Vincula servi.
Proh Deus! Caeco populus furore
Concitus clamat: Crucifige, praeses,
Hunc reum, cunctos proceres proterve
Inscius urgens.
376 R. MÉNDEZ GAITE

Traditur Sanctus populo petenti:


Publicus latro Barrabas remitti
Cogitar, quamvis cuperet Pilatus
Solvere Christum.
Alapis, pugnis, gravibus flagellis,
Collaphis, spinis macerant tonantis
Corpus, inmenso pia membra justi
Sanguine spargunt.
Vulgus ignarum petulans fluebat:
Et crucem lassis humeris ferentem
Jurgiis illum stimulans premebat
Ore procaci.
Innocens inter geminos nocentes
Tenditur nudus Dominator orbis,
Dux quasi magni sceleris fuisset
Rector olimpi.
Ictibus crudis maleo recussa
Figitur clavis manus illa Clemens:
Saepe quae aegrotis facilem solebat
Ferre salutem.
Et pedes ambos properare promptos,
Si quis interdum bonus expetebat,
Perforat tortor pietate nutla
Motus in ipsum.
Lanceam post haec alius trementem
Accipit miles valido lacerto,
Ac ferit Christi latus innocentis
Corde frementi.
Sanguinis Sacri cadit unda torrens
E pio vultu refluens ad ima,
Non minus quam si plueret supremus
Rivus aquarum.
Inde cum dicit: Sitio, cibatur
Felle mortali, rigidoque aceto:
Nec feram mentem satiabat umquam
Turba maligna.
LA OBRA DE LA REDENCIÓN

Ut canes saeva rabie perusti


Labra contorquent, oculisque diris ,
Dirigunt frontes, fremitantque in ilium
Dentibus omnes.
Inter haec mutat faciem beatam:
Taliter quod jam proprio cruore
Tectus a fidis famulis putatur
Alter adesse.
Post memor matris, loquitur Joanni:
Virginem virgo suscipe in parentem:
In loco nostri, mulier, Joannem
Semper habeto.
Sic in humani generis salutem
Omnibus quae olim cecinere vates
Rite consumptis, animam paren ti
Christe, dedisti.

V 9 V

¡Inmenso Dios perdurable!


Que el mundo todo criaste
verdadero,
y con amor entrañable
por nosotros expiraste
en el madero;
pues te plugo tal pasión
por nuestras culpas sufrir,
¡oh, Agnus Dei!
Llévanos do está el ladrón
que salvaste, por decir
Memento mei!
CONCLUSIÓN
o*

Todo por Píos,


todo para Dios