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Entrevista a Teun A. Van Dijk

“La libertad de prensa es una libertad de élites”

El profesor catedrático de la Universidad de Ámsterdam Teun A. Van Dijk, considerado


uno de los precursores y de los máximos exponentes del Análisis Crítico del Discurso,
nos invita a reflexionar y a desvelar el compromiso de los medios de comunicación con la
sociedad, desde una visión desmitificadora y de denuncia.

Cuando se le pide una definición del Análisis Crítico del Discurso (ACD) acostumbra a
subrayar que no es una metodología, sino una posición ante el discurso para
desenmascarar los abusos de poder. Pero, ¿en el abuso de poder no hay connivencia con
la mentalidad, con los prejuicios del lector? ¿Cómo actúa sobre las mentalidades la
empresa periodística o el periodista concreto cuando canalizan el discurso?

Hace cien años, o incluso cincuenta, era posible escribir ciertas opiniones que ahora ya no tienen
cabida. Hoy, la prensa en general sabe que no puede manifestar ciertos prejuicios abiertamente.
Lo que se escribía sobre las mujeres en la prensa española de los años sesenta ahora sería
impensable. En España, la transición hizo cambiar el discurso referido a las mujeres. En
Holanda, puede que el cambio se diera un poco antes.
El periodista reproduce los prejuicios, y lo hace aplicando a lo que escribe en la prensa lo que se
entiende en sociología como sentido común. Por ejemplo, poniendo de manifiesto que la gente
que ha nacido y vivido aquí tiene prioridad respecto a los que acaban de llegar. Porque este
sentido común no acepta que quien acaba de llegar tenga derecho inmediatamente a una casa y
a un trabajo, aunque la mayoría de las personas no se atreve a manifestarlo. Para la mayoría,
esto no tiene que ver con el racismo ni con el sexismo, ni con ninguna discriminación.
Sería muy complicado escribir sobre lo que pasa a partir de una visión diferente del mundo de la
que tiene la mayoría. El periodista no puede hablar desde un mundo donde hay una presunta
igualdad total, donde todo el mundo disfruta de los mismos derechos. Por este motivo,
encontramos muchas noticias y comentarios en los que persiste un sistema más o menos
implícito de prejuicios “aceptables” que están de acuerdo con el sentido común de la mayoría.

¿Cuál es la clave para descubrirlos?

Se manifiestan en las noticias y en sus estructuras. De entrada, sabemos que hay cosas que
puedes decir y cosas que no. Y cosas que se dicen y cosas que se silencian. Por ejemplo, si
analizamos las noticias que hablan sobre inmigración encontraremos que habitualmente
muestran contextos de violencia, de actuaciones de la policía, de criminalidad. En cambio, la
prensa no explica cómo los africanos contribuyen a la cultura del país, a la prosperidad. Lo he
podido comprobar sistemáticamente en la prensa de Holanda y de Inglaterra y lo corroboro con
las impresiones que he extraído de la lectura de la prensa española, aunque no dispongo de
datos estadísticos de este último caso.
Del seguimiento de la prensa se desprende, haciendo un cálculo aproximado, que
semanalmente aparecen unos veinte o treinta artículos sobre inmigración en La Vanguardia, El
País y El Mundo. No recuerdo haberme encontrado nunca que ninguno de ellos hablara
favorablemente de la contribución a la que ahora me refería.
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Así pues, los prejuicios, y el sentido común que los sostiene, ¿cómo se actualizan o se
renuevan, a través del discurso de la gente normal y corriente o bien gracias al discurso
del poder?

Las noticias no sólo confirman los prejuicios, sino que ayudan a construir nuevos. Los nuevos
valores se introducen a través de un debate social, con diversas corrientes, todas ellas
relacionadas con los grupos de poder. Hay alguna excepción: por ejemplo, si apareciera un gran
grupo de inmigrantes que se organizara bien, podría tener acceso a los medios de comunicación
locales y cambiar o corregir algunos de los prejuicios.
En la prensa de ámbito general, las estructuras o la selección de temas son sólo una parte de la
cuestión, porque cuenta también todo el proceso de fabricación de la noticia. Al periodista que
cubre una información referida a un conflicto se le envía en primer lugar a la policía, y no siempre
se le pide que pregunte al grupo que lo ha protagonizado. Hoy hay una carta al director de El
País de un argentino: Es un caso excepcional, porque las fuentes dominantes son las que las
élites controlan.
(http://www.elpais.es/diario/opinion/cartas/index.html?d_date=20020130)
Además, los periódicos piden opiniones a unas cuantas personas, que son las que siempre
tienen prioridad.

¿Qué criterio considera coherente aplicar para decidir qué es noticia y qué no lo es?

Se debería aplicar un criterio ético, según el cual se considerase noticia aquello que produce
más dolor a la gente. Aquí, en España, lo que produce más dolor en estos momentos es,
seguramente, la violencia doméstica. No se trata sólo de que se asesine a unas 50 mujeres al
año, sino que hay miles de mujeres y niños que sufren diariamente formas de violencia de todo
tipo. Hablamos de miles de mujeres que sufren terrorismo psicológico.
El terrorismo de ETA es importante para todo el mundo, es terrible, pero no es
comparativamente tan importante como el terror con el que viven muchas mujeres, porque éste
está mucho más escondido, mucho más negado, mucho más silenciado. Sorprende, por este
motivo, que únicamente se utilice la palabra ‘terror’ para hablar de ETA, cuando es mucho más
punible el terror contra las mujeres. Y los diarios no hablan en estos términos.

¿En qué medida, pues, la información que escoge y publica la prensa actúa como
vanguardia hacia una sociedad más solidaria? ¿Colabora la prensa en el progreso social?
Hay matices. El País, por ejemplo, mantiene ahora una campaña contra la violencia doméstica.
Sobre esto realizamos un trabajo de análisis comparativo entre la prensa española y la de Brasil,
Colombia y Chile, que ponía de manifiesto que la española es la que más se preocupa de ello.
También he podido comprobar que la prensa holandesa no trata la violencia doméstica
habitualmente.
Aparentemente, en el caso de El País es un tema de preferencia, a pesar de tratarse de un
periódico muy masculino, ya que la mayoría de los periodistas que trabajan en sus cargos más
destacados son hombres. Las especialistas afirman que no es ésta una manera perfecta de
tratar y enfocar el problema, pero se entrevé muy buena intención. En cambio, sobre otros temas
de género, como los relacionados con la situación social de la mujer, se habla mucho menos. Y
sería todavía más difícil que se pudiera tratar la situación laboral de la mujer dentro de la
empresa de El País o de cualquier otro periódico.

Ciertamente, los periódicos hablan de los problemas sociales sin hacer introspección, ni
hacer pública una autocrítica...
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En la prensa holandesa no recuerdo ahora haber encontrado ni un solo artículo que hablara del
racismo en la propia prensa, y aquí tampoco recuerdo ningún caso. Ni tampoco se habla mucho
de nada que tenga que ver con el propio diario. Es decir, la prensa no suele reconocer que es
parte de la reproducción del sexismo o del racismo.
En cuanto al caso de la inmigración, el problema no radica en el hecho de que no haya
inmigrantes en la dirección de los periódicos -los que trabajan en ellos lo están para limpiar las
oficinas-, sino que tampoco hay periodistas especializados para contrarrestar la falta de
conocimiento respecto a la cultura, la historia o la sociedad de los grupos de inmigrantes. Sí que
hay especialización en economía, en deportes, en política, pero las élites de la prensa no
entienden que sería necesario contratar periodistas procedentes de la inmigración. Las élites de
la prensa tienen una larga lista de prejuicios elitistas respecto a la inmigración, como que no
hablan bien la lengua, que no tienen cultura, etc., y así se reproduce la idea de que nosotros
somos mejores.
Por otra parte, las élites viven y trabajan con mujeres y saben mucho de ellas. No se entiende,
por lo tanto, por qué no hablan de la situación de la mujer en la prensa con más conocimiento de
causa.

Consiguientemente, los prejuicios son las verdaderas fronteras, que son mentales, no son
geográficas, ni lingüísticas, no son físicas, porque no responden a una realidad
contrastada...

Las élites menosprecian a los grupos minoritarios con los mismos prejuicios que la gente
corriente. Por eso, ni las mujeres ni las personas procedientes de la inmigración tienen muchas
posibilidades de acceder a un trabajo en la prensa como periodistas, como especialistas o como
comentaristas. El periodismo está hecho en gran parte por hombres blancos. Lógicamente, ni la
formación, ni la credibilidad, ni la variación, ni la diversidad de las noticias tienen nada que ver
con la realidad de la gente de la calle.
Otra forma de negar el acceso a las minorías es no publicar los comunicados que elaboran estas
comunidades, bien porque no los consideran importantes informativamente hablando, bien
porque consideran que su información es sesgada.

Sugería antes que la televisión -especialmente la local- es, o puede ser, más abierta y
sensible a la incorporación de voces de otras procedencias que la prensa. Puede que lo
sean también, en menor medida, las cadenas de radio y televisiones públicas generalistas,
aunque su tratamiento de las minorías es quizás frívolo y superficial. ¿Cómo lo ve?

En Barcelona y Ámsterdam las televisiones han sido las primeras en incorporar caras oscuras. El
diario es como el baluarte de la tradición, como la universidad, por cierto. Los periódicos son, de
todos los grupos elitistas, los más resistentes al cambio. Ni los negros ni las mujeres ocupan
altos cargos, ni en los periódicos ni en la universidad. En Ámsterdam, en Humanidades hay unos
50 catedráticos, de los cuales únicamente 5 son mujeres, mientras que el 70% de los estudiantes
lo son.
Decía que la televisión es diferente a la prensa. Es más popular y consiguientemente hay más
cambio y el progreso se produce más rápidamente. La televisión es un medio para toda la gente,
por tanto, lo que es importante para todo el mundo es importante para la televisión. En cambio,
para la prensa, no. Es una minoría la que la lee y el periódico se hace para ella, para las élites.
Mientras que la función de la prensa es informar e inculcar, la televisión es entretenimiento en un
90%. También las noticias tienen que divertir, porque si la audiencia no se entretiene cambia de
canal. En cambio, es complicado que alguien compre y pueda leer cada día diversos diarios. Así
pues, el tratamiento de la violencia doméstica o de la inmigración en la televisión es diferente
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porque no pretende sólo informar. Puede, por ejemplo, mostrar gente inmigrada. Pero será gente
concreta, no tablas estadísticas.

¿Es, pues, una cuestión de función social complementaria, de audiencia, de mercado?

En Ámsterdam, la mitad de la juventud proviene de la inmigración, y eso hace necesario que se


hagan programas con ellos, porque el 50% de la audiencia pertenece a este sector. La ventaja
de la televisión es que ofrece la oportunidad de explicar lo que le pasa a un inmigrante,
directamente. O que los podemos ver participar en concursos. Hay, también, una cierta
presencia de inmigrantes en noticias y programas locales, como aquí en Barcelona, que BTV
emite noticiarios con gente de minorías, con periodistas marroquíes. En cambio, el acceso a los
programas de información de la televisión generalista está más controlado.
Otro dato que convendría comentar es que la publicidad, al menos en Ámsterdam, fue la primera
que mostró una cara negra, y de eso hace 25 años. Por entonces, el mercado en Ámsterdam ya
era de un 50% de gente no blanca. Para los publicistas era lógico, pues, mostrar la diversidad
del mercado al que se dirigían.

¿Y la radio?

La radio tiene más oportunidades que cualquier otro medio de hacer cosas nuevas, es el medio
de comunicación más avanzado en todos los sentidos. Lo que nunca se puede leer publicado en
la prensa ni ver en la televisión se puede decir en la radio. Tiene muchas horas de emisión y eso
hace que quepan muchas cosas, muchas entrevistas. Mucha gente corriente pasa cada día por
la radio.
La televisión tiene un papel muy distinto al de la radio en el cambio hacia una sociedad
multicultural. La razón tiene que ver con el hecho de que se trata de un medio audiovisual, y
también con la diversión. Por eso, los grupos que necesariamente tienen que aparecer en la
televisión como protagonistas, como los jóvenes, nunca aparecen en la prensa como tales. La
televisión muestra sólo a nivel muy básico a la gente que participa en la vida social. Pero eso ya
es muy importante, porque la prensa casi no muestra cómo vive la gente. La televisión es, pues,
un canal mucho más innovador, pero al mismo tiempo mucho más superficial, sólo puede
mostrar.

¿Entonces, el mito de la televisión como gran enemiga de los valores, frente al respeto
generalizado hacia la prensa...?

Depende, porque en El País encontrarás cada día información sobre el maltrato a las mujeres. El
diario podría tener, como en este caso, un papel importantísimo. En cambio, el tratamiento en la
televisión no es tan profundo, porque simplemente no sería divertido. Puede haber una historia
concreta, la de una mujer concreta que presenta una historia. Todo como en una película, pero
seguida por tres millones de personas. Por lo tanto, entre prensa y televisión hay un juego
complementario, del cual sería necesario investigar cuál es el rol que les corresponde en el
cambio y la crítica social.
El periódico es para las élites, es el reflejo de sus opiniones, pensamientos, conocimientos, etc.
Las élites no ven la televisión, puede que media hora al día, porque deben trabajar. Si quieres
influir sobre muchos, has de hacer un programa de televisión: tu influencia cuantitativa será
enorme, pero poco profunda. Puede que consigas que alguien trate mejor a su mujer, eso
puedes hacerlo a través de la televisión. Pero para hacer que las estructuras cambien, tendrás
que utilizar el periódico. Para convencer a Aznar, tendrás que escribir artículos en la prensa
regularmente, denunciando las actitudes del gobierno español respecto a la inmigración, por
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ejemplo. Tendrás que organizar una campaña. Y si la élite le da apoyo y la hace suya, con los
medios de que disponen, puede que consigas algún cambio significativo.

¿Es mucho más relativa de lo que parece, por lo tanto, la influencia que tienen los medios
de comunicación en nuestra manera de pensar y de vivir como ciudadanos de un país
concreto?

La influencia de la televisión, por ejemplo, sólo es constatable a partir de lo que la gente hace o
dice. No es tan fácil influir en la gente. Sólo lo es en algunos casos, cuando el contraste con la
realidad no es posible. Hay demasiados contraejemplos respecto a la hipotética influencia de los
medios de comunicación, muchos temas sobre los cuales la mayoría de las personas piensan de
manera diferente a como lo explican los medios. Las personas viven experiencias diferentes a lo
que se explica oficialmente, como aquellos que han vivido o viven en regímenes totalitarios (la
antigua URSS, Cuba, Chile, etc.). La mayoría de los que conocí en Polonia, Rusia o Rumanía
pensaban de manera rotundamente diferente a la opinión emitida por los medios de
comunicación. Si fuese cierto, pues, que los medios de comunicación son tan poderosos y
controlan nuestro pensamiento y manera de comprender el mundo, toda Europa oriental
pensaría lo mismo y sería comunista.
Es necesario decir, sin embargo, que algunos tópicos sí que son muy influyentes. Cuando la
gente no tiene ninguna información alternativa y si sus experiencias cotidianas no son
inconsistentes con lo que dicen los medios, en principio se tiende a creerlos. En general, la gente
se cree todo lo que se dice sobre información internacional, pero sobre la realidad cercana no,
en este caso la influencia no es tan posible.
Depende totalmente, pues, del contexto. Porque la influencia tiene que ver con el mensaje, pero
también con el contexto del mensaje. El contexto puede negar totalmente el contenido y la
percepción del mensaje. Eso lo saben perfectamente los políticos, que aun contando a veces
con todos los medios, constatan que hay mucha gente que opta por una alternativa. La influencia
de los medios no es directa, es más sutil, más estructural.

¿Cuál es el silencio más contundente de los medios de comunicación?

Hay diversos silencios. La ecología, por ejemplo, ha sido un éxito. Yo no conozco ningún
movimiento social que haya tenido tanto éxito como el movimiento ecológico. Todos están de
acuerdo en que el mundo verde está bien. Sobre las mujeres, hay un relativo éxito, porque
aunque las cosas cambian muy despacio, el cambio se constata. Sobre racismo, en este
momento el equilibrio es negativo, pero hay buenas intenciones por parte de la prensa. Ahora
mismo en Europa hay una tendencia a la derechización, Holanda, Escandinavia y el sur de
Europa están contra la inmigración, pero sigue habiendo un cierto consenso de que el racismo
no es bueno.
Pero si pienso en el 11 de septiembre, con la guerra de Afganistán y con todo el debate
generado al respecto, tanto en la prensa extranjera como en la de aquí, diría que lo que es
totalmente tabú en la prensa occidental de hoy es el pacifismo consecuente y radical. No he
leído en la prensa un solo artículo que explique por qué tenemos un ejército. Por qué hay que
pagar cada año millones y millones para mantener ejércitos que simplemente no sirven para
nada y, en cambio, son la cosa más peligrosa del mundo respecto a las personas, respecto a la
ecología, etc. Si nadie tuviese ejércitos no sería necesario que nos defendiéramos de nadie,
porque nadie nos podría atacar con sus armas. Puedes decir que hay terroristas. Pero si en
Israel no hubiese un ejército para reprimir a los palestinos, los terroristas no tendrían ningún
sentido. O bien contra ETA. Pero contra ETA se envía a la policía, no al ejército. El ejército es la
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cosa más cara del mundo y es la que produce las consecuencias más negativas sobre la gente:
opresión, marginación, etc.
Hoy he leído que George Bush planea invertir más en gastos militares, con la excusa de que se
ha de aumentar la defensa.
http://www.whitehouse.gov/news/releases/2002/02/20020204-1.html
Y lo mismo sucede aquí en Europa. Es ilegal argumentar que un país necesita hombres para
matar a otros, ¡me parece increíble! Pero la gente no lo piensa. Mire, un ejemplo muy concreto,
hace tres días leí en el diario un artículo sobre el trato que reciben los prisioneros en
Guantánamo. El ministro de defensa de EE.UU., Donald Rumsfeld, lo justifica esgrimiendo que
los prisioneros son muy peligrosos, porque están entrenados para matar. Es cierto, pero ningún
periodista le pregunta: ‘¿Y nosotros?, ¿cómo definiría a los militares que tenemos? ¿No están
entrenados para matar? ¿Cuál es la diferencia entre estos prisioneros y nuestros militares?’
Ninguno de ellos le hace estas preguntas tan obvias.
En ningún país el ejército es tema de debate, es el tema más tabú para la prensa y también para
todos los medios de comunicación, the toys of the boys. Los militares están fuera de discusión,
porque los necesitamos presuntamente para defendernos, forman parte del orgullo nacional y los
presentan como si tuviesen como única misión la de ayudar a la población, como ahora pasa en
Afganistán. Pero esta ayuda sería innecesaria si no hubiese habido ejércitos que destrozasen el
país.
Lo mismo pasa con la producción de armamento, es lo mismo. ¿Es tan normal que produzcamos
armas? Cuando hablamos de terrorismo convendría preguntarnos también quién arma al
terrorismo. En los medios, cuando se habla de conflictos concretos siempre hay una parte del
conflicto que no se trata. Hay un consenso internacional para que el pacifismo crítico y radical no
sea tratado en los medios de comunicación. Algunas de las discusiones que hubo en Holanda en
los años setenta pasaron de moda. Y aquí ha pasado lo mismo con la profesionalización del
ejército.

¿También en Internet hay estos silencios? ¿No es Internet más democrático


temáticamente?

En Internet también hay una contradicción, como decíamos al principio respecto a la prensa.
Tiene dos caras. Por una parte, es un medio que llega más fácilmente a las élites. Las mujeres
emigrantes marroquíes no tienen acceso, pero tampoco lo tienen a la prensa. Internet
temáticamente es positivo, porque hay más posibilidades para la gente o para los grupos que
tienen más tiempo o dinero para invertir. Internet abre posibilidades, tanto en aspectos buenos
como en malos. También los neonazis, los racistas, los fascistas, los ejércitos, los pornógrafos,
todos ellos también tienen acceso a Internet. No hay control de la distribución de la pornografía,
del mismo modo que no lo hay sobre la información generada por los neonazis. En EE.UU. hay
una libertad de prensa respecto a algunos temas, que permite el acceso a opiniones o
informaciones que ahora también se pueden seguir desde aquí, y que antes no.
La otra cara es que las grandes compañías son las que realmente tienen el control sobre
Internet, porque poseen más capacidad de reclamo: Terra, Microsoft, Telefónica, etc. El País
tiene una gran influencia en Internet, pero no la tendrá nunca, en la misma medida, un pequeño
periódico de izquierdas. Por lo tanto, continúan siendo los grandes conglomerados de la
comunicación los que controlan, en la práctica, también Internet. Por eso, requiere mucho más
esfuerzo encontrar precisamente la página de un grupo de gente de Australia que se ocupa de
aquel tema que te interesa y que está tratado con rigor, que otras cosas que no te merecen
ninguna confianza o que no compartes.

¿Nada que hacer, entonces?


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Internet podría ser mejor, pero debería haber un cierto control, como en otros medios, porque no
todo vale. Yo no estoy del todo de acuerdo con Chomsky, que cree, como la mayoría de los
norteamericanos, en la libertad total de prensa. Yo no lo creo, porque la prensa es un
instrumento del poder y de las élites, y limitar este poder si es necesario no tiene por qué ser
malo. No creo que se deba permitir la publicación en la prensa de textos racistas, ni que la
televisión haya de dar por buenos discursos de este tipo.
El gran problema es cómo evitar que si se ponen límites por un lado, las élites no aprovechen
para limitar otros discursos, como pasa con el discurso de izquierdas, que, de hecho, ya lo hace.
En Europa no existe prensa de izquierdas. En España no la hay, en Holanda tampoco; tanto en
Italia L’Unità, como en Francia L’Humanité casi no tienen fuerza. Y en América Latina, apenas
tampoco. Los empresarios no invierten, si no es en la prensa de derechas. En Chile se da el peor
de los casos: no se puede leer ni siquiera un diario como Clarín de Argentina o como Le Monde
de Francia. En Chile sólo puedes encontrar El Mercurio, que es un diario pinochetista de
derechas, pro Opus Dei, con un discurso donde prevalece la voz del empresario impuesta contra
el mapuche. Así es el periódico oficial de Chile.
Por todo eso, muchos intelectuales opinan que si ponemos límites a Internet perderemos una
cosa más importante, que es la libertad. No estoy de acuerdo. ¿La libertad para quién? Para las
élites, que quieren la libertad. Pero para todas las mujeres, los emigrantes, las minorías que son
discriminadas y marginadas por las élites, para ellos no. Ellos no tienen voz. La libertad de
prensa es una libertad de élites, y la libertad de Internet es también una libertad de élites.
Lógicamente, las élites, profesores e intelectuales, por ejemplo, no quieren ninguna limitación
para decir lo que piensan. Pero a quien no tiene acceso a Internet le da lo mismo.
Yo diría que la misma ley que existe para el resto de los medios la habría de cumplir Internet,
porque es un medio como cualquier otro. Y no se trata de limitar la libertad, sino de eliminar
formas terribles de desigualdad.

Entrevista realizada el miércoles 30 de enero de 2002

Mavi Dolç Gastaldo


Profesora del Departament de Filologia Catalana (UAB)
Miembro del Observatori sobre la Cobertura informativa de Conflictes (OCC)