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Salud Mental Publica y Patológica

Actividad 5. Reporte de Lectura

Lic. Ma. De Lourdes Saenz Cruz

Katya Gandara

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Instrucciones:
Identificar las perspectivas dominantes en torno a la salud mental pública.
• Conceptos principales (definidos)
• Ideas principales que presenta el autor (explicadas/desarrolladas)
• Idea más importante, y por qué es la más importante

1. La Postmodernidad y sus Descontentos, Sygmunt Bauman


Los cambios sociales surgidos al final de la modernidad manifiestan un malestar
general a raíz de las actuales pautas de comportamiento cultural y, es esto, lo
que Bauman quiere rastrear en su libro, y la forma cómo estos nuevos patrones
comportamentales se entremezclan con nuestro contexto capitalista.

En el seguimiento cultural contemporáneo que hace va identificando,


construyendo y deconstruyendo los fenómenos que a lo largo de la historia de la
modernidad forjó nuestro pensamiento, ideas relacionadas con el orden y la
libertad que marcaron el camino político, económico y cultural que se debía
seguir después de siglos de oscuridad, donde primaba la negación del individuo
y el desorden generado por los malos gobiernos y la poca apropiación cultural.

Bauman recoge en su libro los valores fundamentales de una sociedad


sumergida en la competencia de mercados e identificados con la libertad y la
ordenanza como principios imprescindibles de una cultura forjada en pro de la
belleza, limpieza y orden a partir de un sacrificio de libertad individual que nos
figura una negación individual para la vida en la sociedad del orden, pues si bien
el hombre busca estos valores culturales en pro del beneficio de la sociedad no
lo hace nunca por puro instinto, pues el hombre, lo explica Bauman, no tiende
por naturaleza a estos valores, sino que lo hace por puro adiestramiento.

El autor retoma, considero, una visión contractualista en cuanto manifiesta la


negación del individuo, del instinto para recibir los beneficios sociales y participar
del orden y belleza que esta le ofrece. “La civilización se construye sobre una
renuncia al instinto”. En este sentido, la civilización impone grandes sacrificios
que se manifiestan en ansías de libertad buscando el desarrollo individual, pero,
que, atendiendo a las necesidades de un mundo al que ya se le llama “Aldea
global”, presupone un compromiso, un contrato, un acuerdo que implica
concesiones mutuas, buscando el beneficio para todos, en otras palabras,
buscando la belleza, la limpieza y el orden.

Así mismo, podemos referirnos al hecho en el que podemos afirmar que: los
hombres y las mujeres posmodernos han cedido una porción de sus
posibilidades de seguridad a cambio de una porción de felicidad. Los
descontentos de la modernidad eran el resultado de un tipo de seguridad, que
permitía demasiado poca libertad en la búsqueda de la libertad individual. Los
descontentos de la posmodernidad surgen de un tipo de liberta en la
prosecución del placer que permite demasiado poca seguridad individual.
Sin embargo, el problema de lo puro y lo impuro, de la suciedad o la limpieza se
agrava aún más cuando nos damos cuenta de que la suciedad, como muchas
de las cosas y sentimientos del hombre, en absoluta, no existe, ya que cada
observador le imprime su toque de subjetividad y las cosas van a variar de
estereotipo según se les mire. La individualidad del ser humano vuelve a
pasarnos otra mala pasada y nos reduce muchas realidades al subjetivismo con
que se les mire.

Bauman identifica al Estado de bienestar como una ilusión de la cual ya no


queda ni siquiera el recuerdo. El mercado y el consumismo son ahora los pilares
en los que se fundamenta esta era de la posmodernidad dejando del lado una
serie de desórdenes que ya nadie quiere ubicar. Son extraños elementos “fuera
de lugar” a los cuales ha de buscárseles espacio.

En el mundo contemporáneo las relaciones interpersonales también son


importantes. El mundo competitivo y capitalista saca al ruedo un sinnúmero de
fieras de toda clase y con todos los tipos de propósitos que cualquiera se pueda
imaginar. En este sentido, darle una mirada a la ética y a la moral de nuestros
tiempos se hace necesario, cuanto más en el contexto de la Aldea Global que
determina el rumbo de nuestras vidas.

El autor toma como punto de partida la teoría ética y moral de Levinas. Para este
el universo moral se extiende entre yo y el Otro. Se hace alusión en este sentido
a la sociabilidad innata del ser humano que se desarrolla siempre en la reunión
moral de dos: el Yo y el Otro, o el Rostro, nombres que identifican un mismo
ente que se relaciona con mi entorno y que racionaliza conmigo las situaciones
que nos circundan. La clave de la reunión moral entre el yo y el otro es que a
esta llegamos siempre despojados de nuestras etiquetas sociales, económicas o
políticas y hasta culturales y nos identificamos como esencias despojadas de
nuestra humanidad. Se plantea, se plantea entonces la discusión de la irrupción
de un Tercero y se analiza, entonces, las formas como estas relaciones o
reuniones morales se alteran haciendo sentir incómodos a los dos primeros,
pero tratando siempre de superar la intromisión buscando que el encuentro sea
normal y corriente.

2. Malestar en la Cultura, Sigmund Freud


Sigmund Freud plantea que la insatisfacción del hombre por la cultura se debe a
que esta controla sus impulsos eróticos y agresivos, especialmente estos
últimos, ya que el hombre tiene una agresividad innata que puede desintegrar la
sociedad.

La cultura controlará esta agresividad internalizándola bajo la forma de Super yo


y dirigiéndola contra el yo, el que entonces puede tornarse masoquista o
autodestructivo.
Freud había escuchado decir de cierta persona que en todo ser humano existe
un sentimiento oceánico de eternidad, infinitud y unión con el universo, y por ese
solo hecho es el hombre un ser religioso, más allá de si cree o no en tal o cual
credo. Tal sentimiento está en la base de toda religión. Freud no admite ese
sentimiento en sí mismo, pero intenta una explicación psicoanalítica -genética-
del mismo.

Captamos nuestro yo como algo definido y demarcado, especialmente del


exterior, porque su límite interno se continúa con el ello. El lactante no tiene tal
demarcación. Empieza a demarcarse del exterior como yo-placiente,
diferenciándose del objeto displacentero que quedará 'fuera' de él. Originalmente
el yo lo incluía todo, pero cuando se separa o distingue del mundo exterior, el yo
termina siendo un residuo atrofiado del sentimiento de ser uno con el universo
antes indicado. Es lícito pensar que en la esfera de lo psíquico aquel sentimiento
pretérito pueda conservarse en la adultez.

Sin embargo, dicho sentimiento oceánico está más vinculado con el narcisismo
ilimitado que con el sentimiento religioso. Este último deriva en realidad del
desamparo infantil y la nostalgia por el padre que dicho desamparo suscitaba.

El peso de la vida nos obliga a tres posibles soluciones: distraernos en alguna


actividad, buscar satisfacciones sustitutivas (como el arte), o bien narcotizarnos.
La religión busca responder al sentido de la vida, y por otro lado el hombre
busca el placer y la evitación del displacer, cosas irrealizables en su plenitud. Es
así como el hombre rebaja sus pretensiones de felicidad, aunque busca otras
posibilidades como el hedonismo, el estoicismo, etc. Otra técnica para evitar los
sufrimientos es reorientar los fines instintivos de forma tal de poder eludir las
frustraciones del mundo exterior. Esto se llama sublimación, es decir, poder
canalizar lo instintivo hacia satisfacciones artísticas o científicas que alejan al
sujeto cada vez más del mundo exterior. En una palabra, son muchos los
procedimientos para conquistar la felicidad o alejar el sufrimiento, pero ninguno
100% efectivo.

La religión impone un camino único para ser feliz y evitar el sufrimiento. Para ello
reduce el valor de la vida y delira deformando el mundo real intimidando a la
inteligencia, infantilizando al sujeto y produciendo delirios colectivos. No
obstante, tampoco puede eliminar totalmente el sufrimiento.

Tres son las fuentes del sufrimiento humano: el poder de la naturaleza, la


caducidad de nuestro cuerpo, y nuestra insuficiencia para regular nuestras
relaciones sociales. Las dos primeras son inevitables, pero no entendemos la
tercera: no entendemos por qué la sociedad no nos procura satisfacción o
bienestar, lo cual genera una hostilidad hacia lo cultural.
Cultura es la suma de producciones que nos diferencian de los animales, y que
sirve a dos fines: proteger al hombre de la naturaleza, y regular sus mutuas
relaciones sociales. Para esto último el hombre debió pasar del poderío de una
sola voluntad tirana al poder de todos, al poder de la comunidad, es decir que
todos debieron sacrificar algo de sus instintos: la cultura los restringió.

Freud advierte una analogía entre el proceso cultural y la normal evolución


libidinal del individuo: en ambos casos los instintos pueden seguir tres caminos:
se subliman (arte, etc.), se consuman para procurar placer (por ejemplo, el orden
y la limpieza derivados del erotismo anal), o se frustran. De este último caso
deriva la hostilidad hacia la cultura.

Examina aquí Freud qué factores hacen al origen de la cultura, y cuáles


determinaron su posterior derrotero. Desde el principio, el hombre primitivo
comprendió que para sobrevivir debía organizarse con otros seres humanos. En
'Tótem y Tabú' ya se había visto cómo de la familia primitiva se pasó a la alianza
fraternal, donde las restricciones mutuas (tabú) permitieron la instauración del
nuevo orden social, más poderoso que el individuo aislado. Esa restricción llevó
a desviar el impulso sexual hacia otro fin (impulso coartado en su fin)
generándose una especie de amor hacia toda la humanidad, pero que tampoco
anuló totalmente la satisfacción sexual directa. Ambas variantes buscan unir a la
comunidad con lazos más fuertes que los derivados de la necesidad de
organizarse para sobrevivir.

Pero pronto surge un conflicto entre el amor y la cultura: el amor se opone a los
intereses de la cultura, y ésta lo amenaza con restricciones. La familia defiende
el amor, y la comunidad más amplia la cultura. La mujer entra en conflicto con el
hombre: éste, por exigencias culturales, se aleja cada vez más de sus funciones
de esposo y padre. La cultura restringe la sexualidad anulando su manifestación,
ya que la cultura necesita energía para su propio consumo.

La cultura busca sustraer la energía del amor entre dos, para derivarla a lazos
libidinales que unan a los miembros de la sociedad entre sí para fortalecerla
(amarás a tu prójimo como a ti mismo). Pero, sin embargo, también existen
tendencias agresivas hacia los otros, y además no se entiende porqué amar a
otros cuando quizá no lo merecen. Así, la cultura también restringirá la
agresividad, y no sólo el amor sexual, lo cual permite entender por qué el
hombre no encuentra su felicidad en las relaciones sociales.

En 'Más allá del principio del placer' habían quedado postulados dos instintos: de
vida (Eros), y de agresión o muerte. Ambos no se encuentran aislados y pueden
complementarse, como por ejemplo cuando la agresión dirigida hacia afuera
salva al sujeto de la autoagresión, o sea preserva su vida. La libido es la energía
del Eros, pero más que esta, es la tendencia agresiva el mayor obstáculo que se
opone a la cultura.
Las agresiones mutuas entre los seres humanos hacen peligrar la misma
sociedad, y ésta no se mantiene unida solamente por necesidades de
sobrevivencia, de aquí la necesidad de generar lazos libidinales entre los
miembros.

Pero la sociedad también canaliza la agresividad dirigiéndola contra el propio


sujeto y generando en él un super yo, una conciencia moral, que a su vez será la
fuente del sentimiento de culpabilidad y la consiguiente necesidad de castigo. La
autoridad es internalizada, y el super yo torturo al yo 'pecaminoso' generándole
angustia. La conciencia moral actúa especialmente en forma severa cuando algo
salió mal (y entonces hacemos un examen de conciencia).

Llegamos así a conocer dos orígenes del sentimiento de culpabilidad: uno es el


miedo a la autoridad, y otro, más reciente, el miedo al super yo. Ambas
instancias obligan a renunciar a los instintos, con la diferencia que al segundo no
es posible eludirlo. Se crea así la conciencia moral, la cual a su vez exige
nuevas renuncias institúyales. Pero entonces, ¿de dónde viene el remordimiento
por haber matado al proto padre de la horda primitiva, ya que por entonces no
había conciencia moral como la hay hoy? Según Freud deriva de los
sentimientos ambivalentes hacia el mismo.

El precio pagado por el progreso de la cultura reside en la pérdida de felicidad


por aumento del sentimiento de culpabilidad. Sentimiento de culpabilidad
significa aquí severidad del superyó, percepción de esta severidad por parte del
yo, y vigilancia. La necesidad de castigo es una vuelta del masoquismo sobre el
yo bajo la influencia del superyó sádico.

Freud concluye que la génesis de los sentimientos de culpabilidad está en las


tendencias agresivas. Al impedir la satisfacción erótica, volvemos la agresión
hacia esa persona que prohíbe, y esta agresión es canalizada hacia el super yo,
de donde emanan los sentimientos de culpabilidad. También hay un super yo
cultural que establece rígidos ideales.

El destino de la especie humana depende de hasta qué punto la cultura podrá


hacer frente a la agresividad humana, y aquí debería jugar un papel decisivo el
Eros, la tendencia opuesta.

3. Conclusión La Postmodernidad y sus Descontentos, Sygmunt Bauman


La sociedad moderna, sus ciudadanos, en la búsqueda de un “orden universal” y
en sus respuestas a la llamada “cuestión social” se encuentran con la
“contaminación”, o presencia de personas que no encajan, sujetos que se salen
de los patrones morales y estéticos. Representan una suciedad que desafía la
armonía tranquilizante del entorno cotidiano.
La pureza se idealiza como condición social, se la diferencia de la impureza o
suciedad, y este ideal se defiende y protege. La pureza sitúa las cosas en cierto
“orden” que nos es coherente. No hay modo de pensar la pureza sin tener una
imagen de “orden”. La impureza la constituyen objetos en desorden, que están
fuera de lugar.

Sólo en un ambiente ordenado podemos actuar de manera adecuada con una


esperanza de obtener resultados previamente propuestos. Hay un aprendizaje
previo de una disposición ordenada del mundo. Una acción que desafía ese
ambiente ordenado se torna inclasificable, tensiona esas predisposiciones.

La “suciedad” es esencialmente desorden, eliminarla se considera un esfuerzo


positivo por organizar el entorno, es aquello que no se debe incluir si se quiere
preservar un modelo. El interés por la pureza y lucha contra la suciedad como
característica humana universal para preservar la estructura intacta e ilesa,
mantener el entorno comprensible.

La relevancia de la “suciedad” para la sociología es cuando esta se refiere a


otros seres humanos que obstaculizan la “organización del entorno”. Se
convierten en una determinada categoría de suciedad y se les trata como tal; un
ítem que debe ser reordenado lógicamente.

Estamos adaptados a un entorno sociocultural naturalizado, el cual


comprendemos. El Extraño hace pedazos la roca sobre la que descansa la
seguridad de la vida cotidiana. Pone en cuestión los supuestos y la coherencia
del mundo ordenado, contraviene el “esfuerzo ordenador” y se convierte en
“suciedad”.

“Se podría definir la “modernidad” como la época, o la forma de vida, en la que la


construcción del orden consiste en el desmantelamiento del orden “tradicional”,
heredado y aceptado; en la que “ser” supone empezar eternamente de nuevo”.

La construcción del nuevo orden supone un nuevo modelo de pureza y un nuevo


tipo de suciedad. Se instalan la sospecha y la incertidumbre porque los modelos
de pureza y sus técnicas de purificación cambian demasiado rápido. El mundo
moderno se torna inestable y hostil contra todo lo constante y especialmente
contra todo lo impuro. La visión de pureza alcanza su máxima expresión en las
tendencias totalizadoras (nazismo, fascismo, comunismo).

En la actualidad el criterio de pureza se funda en la capacidad de participar en el


juego del mercado. La suciedad la encarnan personas incapaces de ser
“individuos libres”, esos “consumidores defectuosos” fuera de lugar que se
deben contener. Son desechos del consumismo.
La preocupación actual de la pureza se manifiesta en criminalizar los problemas
que el goce posmoderno produce socialmente. Se traduce en una acción
punitiva contra el “sucio”, el “extraño”, el “desordenado”.

Cada tipo de sociedad produce su propio tipo de extraños. Traza sus fronteras y
establece sus mapas cognitivo, moral o estético del mundo. Cuando un individuo
transgrede los límites de alguno de estos mapas se torna extraño, por tanto
“sucio”, se le debe “higienizar”.

El estado se convierte en garantía de la vida ordenada, legisla y divide


nitidamente, clasifica y distribuye, dota de un “cuerpo” y de un “uniforme” a la
ley. En este orden no hay lugar para ambivalencias, se produce un desgaste en
la lucha contra los extraños y lo extraño. En esta guerra despliegan dos
alternativas intermitentes y complementarias:

a) Antropofágica: devorar a los extraños, metabolizarlos al tejido propio.


Asimilarlos, ahogar distinciones culturales y lingüísticas. Prohibir tradiciones
y lealtades salvo las dirigidas a la conformidad y coherencia del nuevo orden
global.
b) Antropométrica: Vomitar a los extraños, desterrarlos fuera de los límites,
dejarlos incomunicados. Excluirlos, encerrarlos tras prohibiciones invisibles.
Limpiar, expulsar las suciedades más allá del territorio administrable.

Cuando ninguna de estas estrategias era factible: destruir a los extraños


físicamente, borrarlos, no dejar rastro de su existencia. La aniquilación cultural
y/o física de los extraños constituía una destrucción creativa; destruir y al mismo
tiempo construir; mutilar pero también enderezar.

Los extraños viven una “existencia condicional”, son una anomalía que hay que
rectificar. No se asume una coexistencia con lo extraño, menos una convivencia
con extraños. No hay necesidad de ello mientras la vida moderna siga anclada a
un proyecto, al orden en manos de un Estado preocupado de la “tarea”.

4. Conclusión Malestar en la Cultura, Sigmund Freud


Creo que Freud abre con este ensayo una reflexión hasta el momento
impensada: por qué el hombre no es del todo feliz en la cultura que él mismo
creó. Es decir, qué es lo que hace que aquello mismo que él defiende y
reproduce constantemente, sea lo mismo que le produce cierto “incierto”
malestar imposible de desterrar. A mí me interesó más que nada, el tema del
fuerte influjo coyuntural que se desliza en el ensayo freudiano por dos motivos:

En primer lugar, porque esto indica que es necesaria una actualización y revisión
constante de los conceptos y conclusiones en él expresados, cosa que nos dio
lugar para introducir nuestras opiniones e intereses y se ve reflejado en la
conclusión grupal.
En segundo término, porque el núcleo primitivo de este ensayo publicado en los
años ´30 todavía sigue vigente hoy. El malestar en la cultura no ha logrado
revertirse. Ni siquiera, en mi opinión, ha logrado ser analizado con mayor
profundidad y lucidez que como lo ha hecho Sigmund Freud.

Todo esto nos da ánimo para seguir con la tarea y, en mi caso, para pensar de
qué manera esto influye en la vida en las aulas (así como en cualquier
comunidad) teniendo en cuenta que la famosa frase “los problemas personales
quedan afuera del trabajo” se ve definitivamente aplazada por este contundente
análisis. Importante entender que el sujeto no puede despojarse en ningún
sentido y bajo ningún precepto de su “mismidad”, de su “yo”. Y que, con ello,
vienen todas las cuestiones por las que ese “yo” pasa y ha pasado.