Está en la página 1de 515

TOMO I

Primera mitad del libro


páginas 1 a 510
O bras completas de

J uan D onoso C ortés

jT\ESDE hace algunos años estaba agotada la ante-


rior edición de las Obras completas de Dono­
so Cortés, nuestro primer pensador político del si­
glo x ix . La B iblioteca de A utores C ristianos
ha querido hacer una edición nueva que mejore las
anteriores, incorporando todos los textos inéditos des­
cubiertos y la bibliografía producida posteriormente.
Para ello encomendó esta nueva edición al P. Car­
los Valverde, S. I., profesor de Historia de la Filoso­
fía Moderna en la Universidad Comillas, de M a­
drid, el cual había obtenido su doctorado en Filo­
sofía por la Universidad Gregoriana de Roma con
una tesis doctoral, calificada con la máxima nota, so­
bre el pensamiento filosófico-político del pensador ex­
tremeño.
Tras una paciente investigación ha conseguido lo­
calizar muchos nuevos documentos, fijar el texto ori­
ginal de otros, corregir errores de ediciones anterio­
res e incrementar la bibliografía.
Todo ello hace de esta nueva edición de la BAC
la más completa de todas las publicadas hasta ahora
y un elemento de trabajo insustituible para el conoci­
miento y la comprensión del siglo XIX español y
europeo.
La amplia introducción que la abre y las notas que
acompañan al texto sirven de estructura de base, his­
tórica e ideológica, para la mejor comprensión de
los hechos y de los documentos.
Por todo ello, esta obra en dos volúmenes signi­
fica un insigne servicio a la cultura española, a la
europea y a la cristiana. Para el conocimiento de los
grandes artífices de la historia moderna, Luis Napo­
león, Pío IX, M aría Cristina, Isabel II, Metternich,
Guizot, Narváez, Bravo Murillo y cien otros persona­
jes de nuestro próximo pasado, son insustituibles los
juicios certeros y profundos de Donoso. Su crítica
del liberalismo tiene hoy más validez, si cabe, que
cuando fue elaborada. Sus intuiciones sobre el socia­
lismo, el comunismo y la cultura cristiana se están
viendo hoy confirmadas, en gran parte, por los he­
chos mismos de la Historia. Su talante noble, decidi­
do y limpio, sigue siendo modelo para políticos y
diplomáticos. Y como seglar cristiano es todavía hoy
ejemplo de compromiso y autenticidad.
f

O b r a s c o m p l e t a s de

J uan D onoso C ortés


MARQUÉS DE VALDEGAMAS

I
EDICIÓN, INTRODUCCIÓN Y NOTAS DE

CARLOS VALVERDE, S. I.
PROFESOR DE HISTOR IA DE LA F IL O S O F I A MODERNA FN LA U N I V E R S ID A D
P O N T IF IC IA COM ILLAS

B A C
MADRID · MCMLXX
CON CENSURA ECl.ESlXSTJCA

Depósito legal: M. 7.494-1970


Impreso en España. Printed in Spain
INDICE GÉNERAL

í
Págs.
Prólogo ........................................................................................................... x*

INTRODUCCION GENERAL
I. Circunstancia europea ............ .................... ........................... ..... ..... 2
1. Transformación económica y social ....................................... 3
2. El liberalismo ................................ . .............. ............ ................ 6
3. El deísmo .................................................................................. . 9
4. La filosofía ...................... ................. . ......................................... 11

II. Circunstancia española ................................................... ..................... 16


1. Decadencia, violencia y miseria ............................................... 17
2. Penetración del pensamiento de ultrapuertos — , ............. 19
3. Dos Españas ................................................................. ........— 21
4. El caos político de la primera mitad del siglo X IX ............ 22

III. Juan Donoso G. rtés ............................................................................. 28


1. Extremadura y Donoso Cortés .................................. .............. 28
2. Clima familiar e infancia ........................................................ 31
3. Universitario imberbe y progresista ....................................... 33
4. El joveíi abogado liberal .............................. . ......................... 36
5. En el difícil mundo de la política ........................................... 38
6. Servidor fiel de María Cristina .........................................— 44
7. Eminencia gris de Palacio ........................................................ 47
8. Donoso encuentra su camino ................................................... 51
9. El nuevo Donoso Cortés ............................................................ 55
10. “Por profeta, diplomático” ...................... ......... ...................... 58
11. Los azares del Ensayo ................................................................ 64
12. A París sin retorno .............................................................. 67
13. Consumación ............................................................................... 74

IV. Motivos y características del pensamiento de Donoso Cortés ........ 80


1. Visión de la Europa moderna ......................................... 81
2. ¿Profetismo? ................................................................ .............. 85
3. Sentido teológico ................................ ......................................... 86
4. Tradicionalismo filosófico ......................................................... 88
5. Humanismo e historia .................................... ...................... 92
6. Pesimismo .............................................................. .................. 95

V. El pensamiento orgánico de Donoso ............................................... 98


1. El orden universal como principio de una filosofía ................ 99
a) Orden relativo y orden absoluto ..................................... 102
b) Dialéctica del orden ................................... ............ ........... 104
c) Valoración de la teoría del orden ...... ......................... 107
d) Fuentes de inspiración de Donoso ................................. 108
VI Indice general
Págs.

2. El orden antropológico. El individuo .......................................... 112


a) El hombre como libertad ................................................. ..... 112
h) La libertad en la historia ................................................. ..... 114
c) El nuevo orden en Jesucristo............................................. ..... 115
d) ¿Pesimismo u optimismo antropológico? ............................. 116
3. El orden antropológico. La familia. La sociedad ......................... 117
a) Familia y sociedad ............................................................ ..... 118
b) Origen de la sociedad ..................................................... ..... 119
o Estructuración de la sociedad ................................................ 121
d) El origen del Poder ..................................................... .........123
e¡ Teología social y política ....................................... .............. 125
f) Teoría de la solidaridad ...................................................... 132
g) El problema social ............................................................... 134
4. Perturbación del orden. La libertad. El pecado. Las revo­
luciones ...................................................................................... ..... 135
a) La libertad ..........’. .............................................................. ..... 136
bi El pecado. El mal ................................................................... 137
c) Las revoluciones ....................................................................... 141
5. El cristianismo, orden perfecto .................................................... 144
a) El cristianismo, restaurador del orden ............................ ..... 145
b) Necesidad del catolicismo ......................... ....................... ..... 149
c) Cristianismo y civilización .................................................... 150
d) Edad Media y civilización cristiana ....... ........................ ..... 154
Bibliografía ............................................................................... ..... 157

OBRAS DE DONOSO CORTES


Tomo I
Carta a su padre ........................................................................................... 169
Dos cartas a Manuel Gallardo ................................................................. ..... 171
Carta a don Jacinto Hurtado ........................................................ ....... ..... 179
Discurso de apertura en el Colegio de Cáceres .................................... ..... 182
Exposición al rey don Fernando VII en favor de Juan José Carrasco,.....206
Memoria sobre la situación actual de la Monarquía, dirigida a Fer­
nando VII ................................................................................................ 213
Querella sobre la memoria anterior ..................................................... ..... 224
Consideraciones sobre la diplomacia ............................................. . ......... ¡ 226
Respuesta a una crítica a su ensayo sobre la diplomacia ....................... ..... 282
Las proyectadas mudanzas en el Ministerio ............................... ...................290
Sobre la opinión emitida por el señor Istáriz contra la convocación de
las Cortes en las circunstancias de aquella época .................. .............. 297
La ley electoral considerada en su base y en su relación con el espíritu
de nuestras instituciones ........................................................................... 302
Guerra del Norte ........................................................ .............. .................. 323
Lecciones de Derecho político ....................................................................... 327
Principios constitucionales aplicados al proyecto de ley fundamental
presentado a las Corees por la comisión nombrada al efecto (1837). 446
Comparaciones humillantes ....................................................................... ..... 482
La religión, la libertad, la inteligencia ................................................. ......... 487
Polémica con el Dr. Rossi y juicio critico acerca de los doctrinarios ... 492
Ifidice general vil
Págs.
España desde 1834 ................................................................................... 511
De la Monarquía absoluta en España ...................................................... 526
Estado de las relaciones diplomáticas entre Francia y, España explicado
por el carácter de las alianzas europeas ............................................. 581
Filosofía de la Historia. Juan Bautista Vico ......................................... 619
Consideraciones sobre el cristianismo ...................................................... 653
Antecedentes para la inteligencia de la cuestión de Oriente ................ 663
Proyecto de ley sobre estados excepcionales presentado a las últimas
Cortes por el Ministerio de diciembre ............................................. 706
De la intervención de le« representantes del pueblo en la imposición de
las contribuciones ................................................................................. 720
Correspondencia con la reina María Cristina sobre la túcela de sus hijas. 743
Sobre la incompetencia del Gobierno y de las Cortes para examinar y
juzgar la conducta de Su Majestad la reina madre doña María Cris­
tina de Borbón en su calidad de curadora y tutora de sus augustas
hijas ................... .................................................................................. 795
Relación histórica del origen, progreso y definitivo resoltado de la cues­
tión de la tutela de Su Majestad doña Isabel II y de la serenísima
señora infanta doña María Fernanda ............................ ................. . 822
Cartas de París ......................................................................................... 870
Algunos documentos inéditos de 1842 ...................... ............................ 930
Historia de la regencia de María Cristina ............................................. 933

T omo II
Carta a! ministro de Gracia y Justicia pidiendo la nobleza para don
Fernando Muñoz ........................................................................... . 40
Diario de 1884 ....................................................................................... 41
Carta a S. M. la reina María Cristina ............................................. 55
Dictamen sobre el proyecto de reforma de la Constitución de 1837 ... 74
I. Legalidad, oportunidad y urgencia de la reforma .................... 74
II. Conveniencia de la reforma que la Comisión propone ....... f 78
Discurso pronunciado en el Congreso a propósito áe una enmienda r
al proyecto de Constitución ............................................................. ' 88
Discurso sobre dotación del culto y clero ............................................. 94
Discurso sobre la restitución de los bienes de la Iglesia ................. 106
Diario de 1845-1846 ............................................................................... 121
Conversación con Mr. Bulwer en noviembre ................................ 123
Carta a M. Lavergne ....................................... ................ ....................... 130
Sobre la candidatura de Trápani ............................................................. 134
Carta al duque de Riánsares .................................................................. 140
Discurso sobre los regios enlaces ........................................ — ........... 143
Carta a don José M.a Tejada ...................... .......................................... 160
Discurso acerca de las relaciones de España con otras potencias ........ 162
Cartas a la reina María Cristina .................. ...................................... 183
Carta al general Narváez ...................................................................... 192
Pío IX ........................................................................................................ 195
I. Italianos y españoles ......................................................... ........ 195
II. Carácter de sus reformas ......................................................... 198
III. Obstáculos interiores que se oponen a sus reformas ........... 210
IV. De los obstáculos exteriores que se oponen a sus reformas ... 217
Págs.
Estudios sobre la Historia ...................................................................... 226
Exposición a S. M. Isabel II .......................................................... 226
Discurso académico sobre la Biblia ................................................ . 278
Los sucesos de Roma ............................................................................ . 301
Discurso sobre la Dictadura ................................................................ . 305
Cartas relacionadas con el discurso sobre la Dictadura ........................ 324
Cartas al conde de Montalembert ............................ . ................... 324
Polémica con la Prensa española ...................................................... 331
Carta a Blanche-Raífin .................................................................... 342
Carta a monseñor Gaume .................................................................. 345
Despachos desde Berlín .....................................................................— 347
Origen de la Liga aduanera alemana ............................................. 421
Progresos de la asociación ....................... ........................ ................ 425
Estado actual de la asociación .......................................................... 426
Cap. I. Gobierno de Zollverein ................................................ 426
Cap. II. Legislación y estado comercial de Zollverein ............... 429
Discurso sobre la situación general de Europa ..................................... 450
Correspondencia varia de 1850 . ............ .......................................... . 467
Carta al duque de Valmy ........................................................ ......... 467
Cartas a Louis Venillot ...................................................................... 470
Carta a mocseñor Gaume .......................... ...................................... ‘ 476
Carta a personas desconocidas ......................................................... 477
Discurso sobre la situación de España ................................................. 479
Carta a S. M. Isabel II ...................................................... ............... 497
Carta al director de L’Univers ......................................................... 497
Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo ................ . 499
Libro primero ................................................................ . — .......... 499
Libro segundo ...................................... ........ ....................... ............. 548
Libro tercero ....................................................................................... 622
Correspondencia varia de 1851 ............................ ............. ................... 701
Carta al director de L’Univers ......................................................... 701
Car» a Guizot .......................................................... . ....................... 704
Certa a Metternich ............................................................................ 705
Q im a su padre sobre el entierro de Godoy ................................ 706
СаШ «i vizconde de Latour .................................................. ........... 707
Canas * Gabino Tejado ..................................................................* 708
Carta a Muría Cristina ...................................................................... 722
Correspondencia vacia de 1852 ........................................................... 730
Carta al vizconde áe Latour .............................................................. 730
Carta al duque de Montpensier ....................................................... 731
Carta al marqués de Tufgot ............................................................. 733
Cartas al director del Н тШ о ............................................·»......... 735
Carta a ííetternich ..................................................... *...... ............. · 742
Carta al cardenal Fornarí .............................................. ................. 744
Carta al director de la Revue des deux mondes ............................ 762
Despachos desde París (1851-1853) ....... . — ..................... ................ 782
Correspondencia con el conde Raczynski (1849-1853) ............... 915
Escritos de 1849-1853 .............................................................................. 916
Correspondencia con Raczynski .......................................................... 917
Índice general
/
/
i

Polémica con Gaduel ......................................


Carta al director de IJUnivers ...............
Cartas a Gaduel .........................................
Pensamientos varios ........................................
Carta a su hermano Paco .........................
Indice de nombres
Indice de materias
Pr o l o g o

E L títu lo de esta o b ra necesita u n a exp licación breve q u e le sirv a


de prólogo. Tres han sido las ediciones principales que se
han hecho de las obras de Donoso Cortés: la que hizo su amigo
Gabino Tejado entre 1854 y 1856; la de Ortí y Lara entre 1891
y 1893, repetida y mejorada luego en 1903-1904, y la de Hans
Juretschke en los albores de la Biblioteca de Autores Cristianos,
1946. La más lograda de ellas es, sin duda, la de Juretschke. Pero
las circunstancias del momento no permitieron al docto hispa­
nista alemán realizar una edición definitiva, como nos consta que
él había deseado. Agotada hace muchos años la edición de Ju­
retschke, la B. A. C. quiso hacer otra que la mejorase, en lo po­
sible. Eso pretende ser, lector amigo, la que tienes entre tus
manos.
Cuando recibí de la B. A. C. el encargo de preparar la nueva
edición de Obras completas de Donoso Cortés, pensé en seguida
en hacer una completa y crítica, una edición definitiva de la
obra del pensador extremeño—que bien se la merece—, como la
que Casahovas hizo de la obra de Balmes. Puse manos a la obra,
visité el archivo de la familia Donoso, en Don Benito (Badajoz),
que me fue abierto de par en par; el del Ministerio de Asuntos
Exteriores, la Biblioteca Nacional y la Hemeroteca Municipal de
Madrid, y encontré en todos estos sitios obras, despachos y escri­
tos inéditos de Juan Donoso Cortés. Cuando tenía recogido todo
el material, se vio que desbordaba un tanto los planes editoriales
de la B. A. C. Por ello hubo que eliminar algunos breves escritos
que me parecieron de importancia mínima o nula para conocer el
pensamiento completo del historiador, del político y del filósofo.
Sin embargo, creí que podía y que debía mantener el título de
Obras completas. En realidad está incluido todo lo que ha hecho
de Donoso un pensador digno de figurar en el catálogo de los
grandes. Lo que se ha omitido es exclusivamente la escasa obra
poética o retórica de su juventud, sin importancia ninguna en su
pensamiento posterior; algunos despachos diplomáticos de menor
importancia y algunas cartas privadas. En cambio, a lo publicado
en ediciones anteriores se añaden muchas Cartas hasta ahora inédi­
tas, el Diario de 1844. el Discurso sobre la restitución de los bienes
de la Iglesia, el Diario de 1845-1846. muchos nuevos Despachos
desde Berlín y Despachos desde París, etc. Entre las cartas que aho­
ra se publican tienen valor especial las dirigidas a la reina María
XJLI Prólogo
Cristina, al general Narváez y a otros personajes célebres del si­
glo XIX . Además se han corregido errores de las ediciones ante­
riores, se han dado los originales de ciertos documentos, etc., etc.
He preferido que la Introducción fuese amplia, porque me
parecía de todo punto necesario encuadrar y encajar el pensa­
miento de Donoso en la propia circunstancia en que nació, ya
que sólo ahí se le puede comprender. Muchas de las desfigura­
ciones que de él se han hecho—como de tantos otros autores—
provienen de haberle estudiado en forma ahistórica, como si el
pensamiento no fuese vida humana. Y he querido también que
en la Introducción hubiese una exposición sistemática de su
ideología, que sirviese de fundamento y ayuda a una mejor in­
teligencia de las ideas del autor. Donoso ha escrito según lo iba
exigiendo su azarosa vida pública, pero por el fondo, al menos
en su época de madurez, corría una interpretación muy clara y
muy filosófica de Dios, del hombre y del mundo. Es en esas
coordenadas donde hay que situar cada uno de sus escritos y
solo entre ellas alcanzan significación. Por fin, a cada documento
le he añadido, a pie de página, algunas notas breves que ayuden
a su mejor inteligibilidad.
Con esto esperamos haber rendido un pequeño servicio a la
cultura y al pensamiento occidental, que hoy mismo está inquieto
y se afana por encontrar una seria apoyatura filosófica e histórica
a las nuevas formas de sociedad, de política y de diplomacia.
C a r l o s V a l v e r d e , S.I.

Madrid, 10 de abril de 1970.


INTRODUCCION

"Hay otra cosa que llaman también hombre, y es el sujeto de no


pocas divagaciones más o menos científicas un hombre que
no es de aquí o de allí, ni de esta época o de la otra; que no tiene
ni sexo ni patria, una idea en fin. Es decir, un "no hombre”
La íntima biografía de los filósofos, de los hombres que filosofaron,
ocupa un lugar secundario. Y es ella, sin embargo, esa íntima bio­
grafía, la que más cosas nos explica Y así, lo que en un filó­
sofo nos debe más importar es el hombre”
Este consejo de Unamuno está cargado de verdad. Sólo en el
contexto histórico en el que un hombre ha vivido y ha pensado
puede comprenderse lo que significa su pensamiento. Intentar la in­
terpretación de un pensamiento en sí mismo poniendo entre parén­
tesis la situación ambiental concreta en que surgió y se desarrolló,
es exponerse a no entender nada de él.
Y si esto ha de decirse aun de serenísimos pensadores meta-
físicos—de Platón, de Descartes o de Kant por ejemplo—, mucho
más de aquellos cuyo pensamiento ha saltado, en el yunque candente
de la existencia concreta, a poder de los martillazos de la vida con­
tradictoria de cada día.
Cuando, pues, se intenta introducir al lector en el pensamiento
de Donoso Cortés, este pensador extremeño "un des plus grands dont
l’Espagne puisse s’honorer ” 2, que, además de pensador, fue perio­
dista, diplomático, confidente de reinas y reyes, orador, político, teó­
logo y asceta, y todo en el siglo XIX, el más atormentado de la his­
toria moderna, se impone una consideración histórica que haga
inteligibles sus ideas, sobre todo las que tienen hoy todavía garantía
y validez.
A Donoso sólo se le puede entender en función de Fernando VII
y María Cristina, de la Constitución de Cádiz y del Manifiesto de los
persas, del motín de La Granja y del destierro de la reina, de Es­
partero y de Narváez, de los enciclopedistas y de Proudhon, de
Guizot y de Luis Napoleón, de la matanza de frailes y de las re­
voluciones de 1848, del nacimiento del proletariado y del desarrollo
de los partidos socialistas.
Fue y quiso ser hijo de un siglo dramático, como lo son siempre
los comienzos de nuevas épocas. Cuando liberal, por liberal; cuan-
1 M iguel nr. U namuno, Del sentimiento trágico de la vida: Obras completas t.4
c.l (Madrid 1950) p.461-63.
1 Jui.rs Chaix-Ruy, Donoso Cortés, théologien de rH istoire et prophéte (París
1956) p.7.
Donoso Cortés / 1
2 Introducción general
do en sus últimos años deteste el liberalismo por anturevolucionario
y siempre por romántico, es un producto característico del siglo XIX,
como Guizot, o como Chateaubriand, o como Martínez de la Rosa
De ahí que debamos detenernos un momento a considerar el hori­
zonte histórico y las circunstancias de su vida en orden a capaci­
tarnos para comprender su pensamiento. Nunca el pensamiento fue
liberto de la vida.

I. CIRCUNSTANCIA EUROPEA

Y primero Europa.
En su tiempo, Donoso Cortés fue el más europeo de los espa­
ñoles. De Europa, de aquella Europa de entonces, de Rousseau, de
Montesquieu, de Voltaire, de Chateaubriand, de Lamennais, de Bo-
nald, etc., aprendió sus ideas; estudió con pasión la historia de todas
y de cada una de las grandes naciones europeas; expresó sobre ellas
juicios sorprendentes; se estremeció ante los acontecimientos que
sacudían las naciones occidentales; estuvo en relación inmediata con
los grandes de aquella hora: Luis Napoleón y Federico Guillermo
de Prusia, Metternich y Pío IX, Eugenia de Montijo y María Cris­
tina, Luis Veuillot y Dupanloup, Guizot y el cardenal Fornari; fue
embajador de su patria en Berlín y en París; luchó en sus escritos
contra los doctrinarios y contra Proudhon, contra los socialistas y
los comunistas, que querían dar un cauce peligroso a las nuevas con­
diciones sociales europeas.
He aquí por qué, para una profunda comprensión de Donoso
Cortés, es preciso dar brevemente una síntesis de la situación de la
Europa de la primera mitad del siglo XIX, en que Donoso nace, vive
y muere.

Se puede decir, aun a riesgo de simplificar demasiado, que esta


época se caracteriza: en lo económico, por el maquinismo; en lo
social, por el nacimiento del proletariado como nueva fuerza frente
a la burguesía; en lo político, por el liberalismo; en lo religioso,
por la difusión de cierto deísmo, y en lo literario, por el romanti­
cismo. Más arriesgado es caracterizar lo filosófico con un solo rasgo,
porque es en esta época, por primera vez en la historia de la filo­
sofía, cuando, por la difusión y libertad de la cultura, germinan la
infinidad de ideas sembradas por toda Europa desde el siglo XIV y
aparece en plenitud el fenómeno del mult«pluralismo filosófico, que
no es fácil reducir a uno o a dos nombres.
Transfof moción económica y social

1. T r a n s f o r m a c ió n e c o n ó m ic a y s o c ia l

La más profunda de todas las transformaciones operadas en el


siglo xix es, sin duda ninguna, la transformación económica. A fines
del siglo xviii, el golpe de timón que significaba un nuevo rumbo
en la humanidad estaba definitivamente dado. Y este nuevo rumbo
venía determinado, ante todo, por factores económicos. El suelo cul­
tivado agrícolamente deja de ser tipo del "bien”, la base de la
familia, el fundamento de la aristocracia y de los reinos. Terminan
los siglos agrícolas, que habían comenzado en el neolítico, y comien­
zan los siglos industriales, que no sabemos hasta dónde y hasta
cuándo llegarán.
Un hecho al parecer insignificante es el que ha determinado una
transformación tan profunda en la economía europea: el descubri­
miento de la máquina de vapor. Fue en 1767 cuando el inglés James
Watt acabó la construcción de su máquina de vapor, y en 1775 la
vende al industrial Wilkinson. Hasta ahora sólo se conocía una
energía, el fuego, y una sola fuerza, los músculos animales. Desde
este momento se conoce una energía que, aplicada paulatinamente
a la industria, la va a revolucionar desde sus cimientos. La máquina
más pequeña de vapor hace el trabajo de veinte o veinticinco hom­
bres, y sin fatiga. Nada extraño que se multiplique rápidamente.
Inglaterra va, con mucha ventaja, a la cabeza de la renovación in­
dustrial. En 1830 dispone de 15.000 máquinas de vapor. Francia,
de 3 000; Prusia, de 1.000.
La máquina de vapor se aplica poco a poco a todos los tra­
bajos, y en todos resulta infinitamente beneficiosa. En 1814 nace
una locomotora capaz de tirar de ocho vagones que pesan treinta
toneladas, a la velocidad de siete kilómetros рем· hora. Pronto se
aplicará la locomotora, con increíble expectación, al transporte de
viajeros y mercancías entre puntos muy distantes. A partir de 1820
funcionan en Inglaterra telares mecánicos para hilaturas y tejidos.
También se aplica a ellos el vapor. Se elabora con ellos el algodón
venido de ultramar y se revoluciona la industria del lino. También
para los barcos se utiliza la máquina de vapor, y se hace necesario
abrir vías fluviales de transporte. El Rhin, el Elba, el Vístula, el
Danubio, se hacen navegables. De 1800 a 1847, Francia construye
2.000 millas de canales. El mar es surcado periódicamente y con
una rapidez que nunca habían conocido los viejos veleros. Un navio
americano, el Savamiah, no tarda más que veintinueve días en sur­
car el Atlántico norte, aunque ha tenido que llegar a Liverpool ayu­
dado por las velas.
4 Introducción general
El 29 de noviembre de 1814 se tira por primera vez un perió­
dico en Londres con una prensa en la cual el vapor dirige los man­
dos mecánicos con engranajes. Se tiran 1.100 ejemplares por hora,
y con ello empieza la época del periódico y del libro de gran
difusión.
Al mismo tiempo, y ante los nuevos estímulos industriales, se
desarrolla la minería de carbón y de hierro. Cerca de Essen, en el
Ruhr alemán, se abren galerías de hasta 54 metros de profundidad.
Se construyen los primeros hornos de coque.
Otros tipos de máquinas saltan a las manos de los nuevos in­
dustriales: máquinas de coser, que revolucionan la confección del
vestido; máquinas de colocar el talón y de ensamblar el empeine
y la suela de los zapatos, con las que se inaugura la producción del
calzado en serie; máquinas de segar las mieses; máquinas de todas
clases, porque las posibilidades son infinitas.
Estas innovaciones en la industria llevan consigo un enorme au­
mento en la producción, en la oferta y en la demanda. Hacen falta
vías de comunicación: entre 1830 y 1847, Austria abre 50.000 kiló­
metros de carreteras y caminos; Bélgica duplica los que ya tenía,
y a este ritmo las demás naciones centroeuropeas. Hacia 1848, el
ferrocarril es un hecho, y disputa, con ventaja, a todos los otros me­
dios de tracción, el transporte de las mercancías y de los pasajeros,
aunque ha tenido que convencer a muchos incrédulos : a médicos
que aseguraban que los hombres se quedarían ciegos por el exceso
de velocidad (30 kilómetros por hora) o a los que aseguraban que
cualquiera que se detuviese a ver pasar los trenes se volvería loco.
Otro inglés, Rowland Hill, inventa las tarifas postales en 1839,
que poco después se perfeccionan con la invención de sellos adhe­
sivos. Esto facilita y multiplica los correos.
En 1830, el inglés Wheatsone, el alsaciano Steinheil y el ameri­
cano Morse logran aprovechar la pila de Volta para transmitir lejos
el pensamiento escrito: había nacido el telégrafo, que tanto impre­
sionó a los hombres del siglo XIX, y particularmente a Donoso 3.
La máquina, utilizada sistemáticamente y en gran escala, forma
la fábrica, esa célula del inmenso tejido industrial que envuelve el
mundo moderno. La fábrica es de los capitalistas o patronos. Estos
alquilan la mano de obra a los obreros proletarios, es decir, aquellos
que no viven más que del jornal que les pagan los dueños de la
fábrica. Como la fábrica tiende a crecer, necesita más y más obreros.
Surgen así las concentraciones obreras masivas con todos los pro­
blemas humanos: vivienda, familia, educación de los hijos, alimen­
tación, cultura, política, religión, etc.
Las fábricas exigen más capital. Se crean las compañías, que
* Véase Discurso sobre la dictadura: II 318.
/ Transformación económica y social 5
emiten ac¿iones y obligaciones; las sociedades anónimas. Compañías
de seguros salen responsables, bajo crédito, de quiebras o pérdidas
imprevistas. La moneda en metálico es poco práctica para el inter­
cambio, y se generaliza el uso del papel moneda. El intercambio
del comercio se facilita con el establecimiento de los Bancos, que,
a su vez, son grandes empresas anónimas financieras. Se hacen nece­
sarios Bancos de crédito, Bancos de depósito, Bancos hipotecarios,
Bancos internacionales, etc.
Se forman los grandes almacenes y los comercios estables, que
anulan las viejas ferias y mercados. Los gremios se baten en retirada,
porque no resisten el empuje de la nueva industria; y se derrumba
todo el orden económico, que fundamentalmente era todavía el me­
dieval.
Es también en esta primera mitad del siglo XIX cuando la po­
blación de Europa crece vertiginosamente. Inglaterra, Rusia y Prusia
duplican su población. Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda y gran
parte de Italia crecen en un 50 por 100. El estímulo que este aumen­
to suponía para la producción y el comercio es claro, como lo es
la problemática social que crea siempre el crecimiento demográfico.
Comienza al mismo tiempo el abandono del campo y la emigra­
ción a la ciudad, que proporciona mano de obra abundante y barata
a las fábricas. En 1850, la población urbana en Inglaterra llega al
50 por 100, y en veinte años más pasa al 70 por 100.
El campo padece los continuos latigazos de las plagas, las pestes
y las hambres. La gran hambre de Irlanda en 1847 costó la vida a
un millón de personas, y otro millón emigró a Norteamérica.
Hacia 1847, un tercio de la población en Prusia había dejado
de comer pan y se alimentaba sólo de patatas.
Aparecen las grandes urbes de la civilización moderna, con todas
las contorsiones de sus barriadas miserables y de los vicios que acom­
pañan a la miseria: alcoholismo, robo, prostitución, criminalidad,
suicidio. El cólera, el tifus, el paludismo, barrían periódicamente las
ciudades y los campos, y a veces, como en 1832, el continente en­
tero desde Marsella a San Petersburgo.
No les faltaba razón a los marxistas—aún admitidos los equí­
vocos de toda generalización—cuando escindían esta sociedad en dos
grandes grupos o clases: burgueses y proletarios. Por desgracia, la
burguesía europea atendía tanto a enriquecerse, que se la daba poco
de la miseria y la degradación de las llamadas "ciases inferiores”.
El trabajo en las fábricas y aun en las minas era realizado por niños
y mujeres, porque resultaba más barato. El economista inglés Ure
encontró en 1835, en cierto número de manufacturas que visitó,
4.800 niños y 5.300 niñas de menos de once años, así como 67.000
muchachos y 89.000 muchachas de once a dieciocho años. En In-
6 Introducción general
glaterra era frecuente sacar a los niños de los hospicios para llevarlos
a las fábricas. Las jornadas laborales duraban catorce y quince horas
y hasta 1848 no tenían ningún límite legal. Los salarios eran en to­
das partes insuficientes. La prostitución de las hijas se consideraba
como un recurso casi normal. En la parroquia de San Jorge, de Lon­
dres, 929 familias disponían de una sola habitación y 623 no poseían
más que una cama. El código inglés De amo y criado castigaba con
prisión a los obreros que infringiesen el contrato laboral, y con leves
multas a los patronos que hiciesen lo mismo. Abusos semejantes
ocurrían en otros centros industriales de Europa, como París, Lille,
etcétera.
Así, pues, el período que culminó a mediados del siglo xix
—cuando Donoso Cortés alcanzaba la madurez de su pensamiento—
fue de una dureza sin igual, no sólo porque la pobreza que rodeaba
a las clases proletarias y aun medias era espantosa, y los ricos
preferían no verla, sino también porque los pobres eran tratados
como si no fueran seres humanos. Los Gobiernos, por su parte, eran
también con frecuencia capitalistas y estaban comprometidos en la
posesión de muchas de las acciones y obligaciones de la nueva in­
dustria. Y, en cualquier caso, se regían por los principios políticos
liberales del latssez faire, laissez passer. El Gobierno no tenía otra
misión que la de conservar y defender los derechos naturales del
individuo y crear un amplio espacio a su libertad 4.

2. El l ib e r a l is m o

Porque Europa era liberal, y se gloriaba mucho de ello. Era una


palabra mágica. ¡Qué fascinación ejercía sobre las mentes decimo­
nónicas ! Sintetizaba para ellas todo un porvenir próspero y risueño.
Significaba la liquidación de un pasado tenebroso que había tenido
a las mentes encadenadas durante siglos y el triunfo definitivo de la
razón, esa fuente refrescante, ese faro de ilustración que disipaba
todas las tinieblas. La razón nunca se equivocaba, y ella al fin había
desarticulado el embrujo y la mentira religiosa. La naturaleza hu­
mana no aparecía ya dañada por un pecado original. Despertaba
ahora a la vida inocente y buena como el resto de la naturaleza.
La razón debía ser su único guía; los instintos moderados por ella,
su motor; la libertad, su máxima prerrogativa. El paraíso estaba en
la tierra, y los hombres todos estaban llamados a disfrutar de él con
tal de que no violentasen la naturaleza. Con tal de que destruyesen
4 Sobre Jas transformaciones europeas de esta época pueden verse E ric S. Hobsbawm,
The Age of Revolution. Europe 1789-1848 (London 1962); Robert Schnkrb, Le XIX sié·
de. ¡. apogee de Vexpansión européenne (Í8I5-19I4) (París 1958),
El liberalismo 7
i

la .sociedad ártificial en que vivían y creasen una sociedad natural


aceptada por todos mediante un contrato libre; una sociedad en que
todos entregaban sus derechos a todos, quedando todos libres ; en
que el pueblo era siempre el único sujeto de autoridad, el único
soberano, aunque nombrase representantes suyos; las determinacio­
nes supremas habrían de ser decididas por la voluntad general; se
debía eliminar todas las formas de aristocracia, como toda clase de
religiones positivas o "reveladas”, ya que todas eran supersticiones.
Había llegado la hora de crear el ámbito europeo para una autén­
tica realización de la libertad, la igualdad y la fraternidad.** Libertad
de pensamiento, libertad de reunión, libertad de prensa, libertad de
palabra; seguridad de que no habrá ninguna intervención guberna­
tiva, y para ello división del poder legislativo, del judicial y del eje­
cutivo, o, al menos, entre los dos primeros y el tercero. Igualdad de
todos los hombres ante la ley, pues todas las prerrogativas son fic­
ticias ; igualdad en el derecho a la felicidad; y fraternidad universal,
porque todos somos hijos de la misma fecunda madre, la naturaleza,
que a todos nos ha engendrado libres, buenos y hermanos para
ayudarnos unos a otros en la conquista de la dicha y de la paz
perpetua.
Todas estas ideas, aprendidas en las obras de Locke, de Montes-
quieu, de los enciclopedistas y, sobre todo, de Rousseau, formaban
esa doctrina filosófico-social-político-económica que se llama libera­
lismo, porque "utilízase este concepto con contornos tan amplios y
vagos, y tan insuficiente es su articulación interna, que en él cabe
indistintamente la mayor parte de cuanto aconteciera en el siglo X I X .
Desde el arte y la moral hasta la economía, desde los países del
norte a los del sur, y todos los decenios sucesivos reciben acogida
en el estirado e insulso cuadro liberal” 5.
Se puede considerar como la carta magna del liberalismo moderno
la Declaración de los derechos que precede a la Constitución fran­
cesa de 1791. He aquí algunos de los puntos más importantes: "La
Asamblea Nacional reconoce y declara, en la presencia y bajo los
auspicios del Ser Supremo, los siguientes derechos del hombre y del
ciudadano:
Artículo 1.° Los hombres nacen y viven libres e iguales en los
derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse sobre la
utilidad común.
Art. 2.° El fin de toda asociación política es la conservación de
los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Estos derechos
son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opre­
sión.
Art. 3 ° El principio de la soberanía reside esencialmente en la
‘ l.uts Dír.z DKi, Corkai , El liberalismo doctrinario (Madrid 1945) p.7.
8 Introducción general
nación. Ningún oficio, ningún individuo, puede ejercitar una auto­
ridad que no emane expresamente de ella.
Art. 4.° La libertad consiste en poder hacer todo aquello que
no perjudica a otros.
Art. 6.° La ley es la expresión de la voluntad general. Todos
los ciudadanos tienen el derecho de concurrir personalmente, o por
medio de sus representantes, a la formación de las leyes. La ley debe
ser igual para todos [...], y todos pueden ser admitidos a todas las
dignidades, oficios y empleos públicos según su capacidad, y sin otra
distinción que su virtud y su ingenio.
Art. 10.° Ninguno debe ser turbado en sus opiniones, incluso
religiosas, con tal de que sus manifestaciones no turben el orden pú­
blico establecido por la ley.
Art. 11.° La libre comunicación de los pensamientos y de las
opiniones es uno de los derechos más preciosos del hombre. Todo
ciudadano, pues, puede hablar, escribir y publicar libremente
Art. 12.° La garantía de los derechos del hombre y del ciuda­
dano hace necesaria una fuerza pública; por tanto, está instituida
para el bien de todos y no para utilidad de aquellos a los cuales
se confía.
Art. 14.° Todos los ciudadanos tienen el derecho de constatar,
por sí mismos o por medio de sus representantes, la necesidad del
tributo público, de consentir libremente en él, de controlar el em­
pleo, y de determinar la cuota, la distribución, la exacción y la du­
ración.
Art. 15.° La sociedad tiene el derecho de pedir cuentas de su
administración a todo oficial público.
Art. 16.° Toda sociedad en la cual no esté asegurada la garan­
tía de los derechos y determinada la separación de los poderes, no
tiene constitución.
Art. 17.° Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado,
no podrá despojarse a nadie de ella en ningún caso, salvo cuando
la necesidad pública, legalmente constatada, lo exija claramente, y
siempre con la condición de una precedente justa indemnización”.
Estas eran las normas de vida, acción y pensamiento, en aparien­
cia abstractas e innocuas, en realidad profundamente revolucionarias,
que dominaban el ambiente intelectual europeo de la primera mitad
del siglo XIX. Donoso Cortés particularmente es ininteligible sin
ellas; en ellas se educó primero, contra ellas combatió después, de
ellas dependió siempre su pensamiento °.
* Sobre eJ liberalismo europeo véase Guido dk R uggjero, Storia del liberalismo
europeo 4 ed. (Barj [Italia] 1945).
/
lll deísmo 9
/

3. El d e ís m o

El liberalismo había sido engendrado por la filosofía empirista


inglesa; pero, como sin querer, necesitaba una última justificación
metafísica, y ésa la encontró en lo que un pensador inglés de se­
gundo orden, pero de gran influjo, John Toland, llamó deísmo 7.
Palabra también vaga y ambigua que parece no hacer otra cosa que
afirmar la existencia de Dios, y que, sin embargo, vino a sintetizar
toda la concepción religiosa de la época. En fuerza del mecanicismo
de la física newtoniana y de la metafísica cartesiana, se había venido
hablando de la "máquina del mundo”, y se había llegado,^efectiva­
mente, a la consideración del mundo como una máquina., Era un
conjunto de piezas ordenadas según leyes absolutamente inmutables,
encadenadas causalmente según determinados procesos que formaban
un conjunto bellísimo, armónico, sorprendente.; ¿Cómo dudar de
que esta máquina había sido montada por un ser supremo? Pero
una máquina, después de que se pone en marcha, no necesita para
nada del artífice, mucho más si el artífice es tan sabio; ella se vale
por sí misma. Considerar a Dios como rebajándose a intervenir en
el mundo, a hacer excepciones de las leyes naturales por medio de
milagros, a revelar dogmas, a instituir sacramentos y ritos, etc., era
rebajar y falsear la idea racional del Gran Hacedor del mundo., Eso
era lo que daba la razón con distinción y claridad. Y nada más.
Así, pues, la religión debía ser natural: un agradecimiento a ese
Gran Ser, un culto a El "en espíritu y en verdad”, un respeto a las
leyes de la naturaleza, abstenerse de las acciones que deshonran y
cumplir ciertos deberes. Todo lo demás: revelación, dogmas, Sa­
gradas Escrituras, milagros, sacerdocio, sacramentos, preceptos mora­
les, etc., etc., son fábulas de épocas menos "ilustradas” o propias de
mentalidades oscurantistas y no cultivadas por la razón y las luces.
Andar queriendo conocer a Dios es un empeño estúpido. ¡Lástima
de tiempo perdido por los metafísicos medievales, esos pobres dia­
blos! Un grillo—decía Voltaire—, en presencia de un palacio im­
perial, reconoce que el edificio se debe a alguien más poderoso que
los grillos; sin embargo, no es tan loco como para pronunciarse
acerca de ese alguien.,
A esta supuesta " desmitologización ”—como diríamos hoy— del
fenómeno religioso en el siglo xvm se había añadido, como conse­
cuencia, un sentimiento mucho más radical y peligroso, causa prin­
cipal del matiz antirreligioso de las revoluciones de los siglos xvm
7 La última interpretación quiere ver en Toland un free*thtnker o librepensador,
pero no un deísta, como siempre se le ha juzgado: cf. G ü n ter G a w l ic k , Einleitung a
la reedición de la obra capital de T olano, Christianity not misterious (Stuttgart 1964\
10 Introducción general
y XIX, y también de algunas retardadas del XX. El hombre—se de'
cía—era bueno y estaba hecho para el placer y para la felicidad.
La felicidad debía existir sobre la tierra. Cuando todo fuese natural,
cuando se dejase vivir al hombre libre en una naturaleza libre y en
una sociedad libre, entonces el hombre sería feliz. ¿No eran felices
los buenos salvajes de los bosques americanos, sin prejuicios sociales,
políticos y, sobre todo, religiosos? La felicidad es el más profundo
de los deseos naturales del hombre, y, por tanto, el más cierto .de sus
derechos, el fundamento de toda vida y de toda legislación..
Es, por otra parte, la hora de la crítica universal, de la sátira
mordaz de todo, aun de lo que se había considerado más sagrado.
Ya a finales del siglo xvii, Pierre Bayle había publicado su Diccio­
nario histórico y crítico, que ha quedado como la requisitoria más
abrumadora que se haya escrito jamás, para vergüenza y confusión
de los hombres. Todos los crímenes, todas las bribonadas, todos los
errores, todas las supersticiones, se encuentran allí catalogadas. Todos
los reyes que han hecho la desgracia de sus súbditos, todos los papas
que han rebajado el catolicismo al nivel de sus ambiciones y pa­
siones, todos los filósofos que han edificado sistemas absurdos, todas
las villas que recuerdan guerras, expoliaciones o asesinatos, todas las
anomalías, indecencias y perversiones de los hombres. Este espíritu
crítico y amargo lo invadirá todo a lo largo del siglo x v m : novelas,
comedias, epigramas, narraciones de viajes, epistolarios.
Era obvia la tremenda pregunta: Si los hombres tienen un de­
recho supremo a la felicidad, porque están hechos para ella, y, sin
embargo, han sido esclavos, supersticiosos, equivocados, bribones, in­
decentes, criminales, fatuos, ¿quién tiene la culpa?
Había un hecho: el cristianismo, una religión positiva, había mo­
delado a Europa, su conciencia, su cultura, su sociedad, su sistema
político. La religión cristiana exigía todo al hombre que se ponía
en sus manos; le imponía doctrinas ascéticas, morales, sociales. El
cristianismo enseñaba exactamente lo contrario de lo que ahora pa­
recía evidente: enseñaba que la tierra es un valle de lágrimas, que
los hombres están mal inclinados, que hay que hacerse violencia
y dominar los instintos, que la razón es muy limitada y que se debe
detener ante los misterios, que debemos renunciar a nuestra libertad
para obedecer unos mandamientos revelados, que debemos someter­
nos a la autoridad, porque está constituida "por la gracia de Dios”.
El cristianismo, esa religión que decía apoyarse en milagros y en
profecías, plagada de supersticiones y de imposturas, de las que se
habían valido tantos magnates y tantos eclesiásticos para esclavizar a
los hombres y mantenerlos humildes y sumisos a sus pies con la
promesa de un paraíso futuro. Sólo había una religión verdadera,
la religión natural, el deísmo.
La filosofía 11
$e puede imaginar el rencor contra el cristianismo, que crecía
en las masas como una marea incoercible, cuando toda esta fraseo­
logía llegaba a ella en forma Je caricaturas, de epigramas, de folletos,
de libros, de diccionarios y de enciclopedias. Sobre todo si se la
daba de manera tan brillante, tan ligera, tan amena, como lo hacía
Voltaire.
Un proceso verdaderamente popular—porque las cuestiones apa­
sionaban a todos—se abrió al cristianismo, una feroz exigencia de
cuentas a aquella religión que, habiendo tenido en su mano todo el
poder, no había sabido ni querido dar la felicidad a los hombres.
Había llegado la hora de acabar para siempre con la superstición
cristiana. Sacerdocio, iglesias, ritos, doctrinas, moral, todo era per­
verso y antihumano. Sólo debía quedar la religión natural, la única
que iba bien con la razón, con las luces, con el liberalismo 8.
Es en este planteamiento de la cuestión religiosa donde hay que
buscar los orígenes del furor antirreligioso de la Revolución fran­
cesa, de las revoluciones europeas de 1848 y de todo el siglo X IX ,
y también de la revolución española de 1936. Si es cierto que ésta
fue marxista, lo es también que el marxismo ha planteado la cuestión
religiosa en la misma dirección crítica que el liberalismo, sino que
en términos más radicales y consecuentes. Por ello ha sobrepasado
el deísmo y ha llegado al ateísmo. De Bonald dirá que un deísta
es un hombre que en su corta existencia no ha tenido tiempo de
hacerse ateo.
Apenas hay otro factor histórico que más haya influido en la
maduración y en la conformación definitiva del pensamiento de
Donoso Cortés que la meditación detenida sobre las revoluciones
europeas y sus motivaciones antirreligiosas: "Mi conversión a los
buenos principios se debe, en primer lugar, a la misericordia divina,
y después, al estudio profundo de las revoluciones” 9.

4. La f il o so f ía

Con todo lo dicho está descrita también una amplia zona del
panorama filosófico de la primera mitad del siglo XIX. Se puede
afirmar que los principios filosóficos del liberalismo y los del deís­
mo eran las doctrinas más extendidas y admitidas entre ios europeos.
Las prensas francesas y los ejércitos de Napoleón Bonaparte se ha­
bían encargado de difundirlas por toda Europa, y desde Cádiz hasta
Frankfurt o Königsberg, si se redactaban Constituciones para un
Estado, era sobre fundamentos liberales, y, si se escribía una Crítica
R Sobre estos temas véase Paul H azartx La crise de la consciente européenne
(1680-1715) (París 1935); Id,, La pensée européenne au XV IU e siécle (París 1946).
• Carta a Montaiembert (Berlín, 26 de mayo de 1849>: 11 327-28.
14 Introducción general
facetas o dos almas: una individualística, liberal, entrañada en los
principios de la Revolución francesa, hasta rozar el anarquismo;
otra socialista, de un socialismo solidarístico que busca un funda­
mento nuevo para la sociedad en la naturaleza social de la persona.
Donoso Cortés tuvo que habérselas en sus polémicas y en muchas de
sus producciones, sobre todo en la principal de ellas, el Ensayo sobre
el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, con los socialistas. Por
lo general les estimó más que a los liberales, porque eran más con­
secuentes y se atrevían a sacar las últimas consecuencias de los mis­
mos principios, mientras que los liberales se hacían atrás, sin querer
renunciar a las premisas y sin querer comprometerse en las conse­
cuencias.
Todo el quebrantamiento ideológico que había supuesto el si­
glo xviii y la Revolución francesa no habían sido suficientes para
hacer desaparecer mentalidades conservadoras que seguían viendo en
el ordo ubristianus la única estructura sólida e inconmovible de la
sociedad. Para estos pensadores—casi todos ellos llamados tradicio-
nalistas por su teoría gnoseológica—, la revolución tenía un carácter
puramente negativo, había destruido el orden religioso, y con él
el social y el político, sin haber sido capaz de sustituirlo más que
por los desafueros y usurpaciones de una razón ebria de sí misma
y endiosada por los revolucionarios. Era preciso volver a apoyarse
en la revelación divina, origen primero de nuestras ideas—transmi­
tidas luego por tradición—, y, por tanto, fundamento último de las
leyes, de la sociedad y del Estado. En consecuencia, también se debe
restaurar la soberanía del rey, que gobierne por la gracia de Dios,
y con ella el orden monárquico absoluto, que es el que mejor refleja
el orden de lo divino. A la razón humana oponen la revelación di­
vina ; a la soberanía del pueblo, una soberanía por encima del pue­
blo ; a la máquina del mundo, una Providencia divina; al hombre
naturalmente bueno, un hombre mal inclinado e incapaz de descu­
brir la verdad si no se la enseñan. Es obvio que estas doctrinas,
expuestas con diversas formulaciones por José de Maistre (1735-
1821), Luis de Bonald (1754-1840) y Felicitas de Lamennais
(1782-1854), encontrasen amplio eco en los sectores antirrevolucio-
narios, sobre todo entre los católicos, hasta que en 1855 la Santa
Sede condenó algunas de las proposiciones del tradicionalista Agus­
tín Bonnetty 13. Donoso Cortés se dejó influir del tradicionalismo,
sobre todo de De Maistre, de Lamennais y de Bonald, no tan pro­
fundamente como a veces se ha creído, pero sí lo suficiente como
13 Acerca del tradicionalismo filosófico en general cf. M. Ferraz, Histoire de la
Philosophie en France au X ÍX P siécle; Tradlcionalisme et ultramontanisme (París 1880);
F. B ald en sperger, mouvement des idees dans Vémlgration fran^aise (París 1924);
A. V. Roche, Les idées traditionalistes en France (Univ. of Illinois 1937).
j La filosofía 15
p^ra que sk le haya podido llamar discípulo de Bonald y de De
Maistre. En su momento estudiaremos y valoraremos el tradiciona-
lisjmo de Donoso.
En segundo plano de la escena filosófica existían otros movi­
mientos más pobres y de menor porvenir, aunque, acaso por ser
más fáciles, acaso por ser franceses, tuvieron difusión y vigencia,
y en España y en el Donoso joven dejaron su impacto.
Me refiero al sensismo de Condillac, transformado por Destutt
de Tracy y por Cabanis en "ideología”, aunque ideología remansada
en el empirismo y en el psicologismo, alicorta y sin ímpetu nin­
guno metafísico. También en esta primera mitad del siglo X JX se
da en Francia, bajo el impulso de Main de Biran, una reacción
de tipo ecléctico y espiritualista que intenta alcanzar las realidades
espirituales, Dios y el alma, partiendo de la observación interior.
Laromiguiére y Roger-Collard son sus precursores, y Víctor Cousin
su representante principal.
Otras interpretaciones filosóficas de la realidad, como el posi­
tivismo de Comte o el existencialismo de Kierkegaard, son también
coetáneas de Donoso Cortés, pero no tienen ninguna importancia
para comprender su pensamiento, pues probablemente no las co­
noció.
Para terminar esta síntesis y completar el cuadro ideológico
europeo, conviene recordar que, aunque el liberalismo roussoniano
es ley y norma del ambiente cultural de esta época, algo ha cam­
biado, sin embargo, en la perspectiva humana después del si­
glo XVIII. Se comienza—a partir de Hegel sobre todo—a definir
al hombre cargado de historia y a intentar su comprensión en
ella y a través de ella. Un interés grande por el estudio de los
hechos humanos y, a la vez, una fe en resortes misteriosos y tras­
cendentes de la historia son los factores que nos han de dar la
explicación del hombre. El hombre no es sólo un ser natural, como
querían Rousseau, los enciclopedistas o los materialistas del si­
glo X v iii. Es, sobre todo, un producto de la historia. Y la historia
está dominada por fuerzas muy hondas, que se llamarán Volksgeist
o raza, o espíritu, o humanidad, o Providencia divina. El que cree
haber captado estas fuerzas, se lanza a profetizar. Desde Novalis
hasta Augusto Comte, todos los autores de panaceas sociales, re­
formadores morales o filósofos de la historia, Bonald y De Maistre,
Saint-Simon y Fourier, Marx y Donoso Cortés, se han atrevido a
predecir el futuro apoyados en una ley inmanente de la historia
que se burla de todas las resistencias, y que ellos creen haber des­
cubierto. En el fondo existe ahí una tendencia intuicionista muy
16 Introducción general
romántica, que es reacción al exceso de análisis y razón del siglb
anterior 14.

PRINCIPALES ACONTECIMIENTOS EUROPEOS DE LA EPOCA 15


1800-1815: Guerras napoleónicas.
1814: Luis XVIII, rey de Francia.
1815: Waterloo. Congreso de Viena. Santa Alianza.
1821: Muere Napoleón en Santa Elena.
1824: Carlos X, rey de Francia.
1830: Revolución de julio contra Carlos X por su paulatina restauración del
absolutismo y del anden régeme. Luis Felipe de Orleáns, rey de Fran­
cia por voluntad del pueblo.
1831: Mazzini funda La Joven Italia.
1832: Lamennais rompe con la Iglesia. Encíclica Miran vos.
1834: Entra en vigor la unión aduanera de los Estados alemanes (Zollverein).
1840: Federico Guillermo IV de Prusia sucede a Federico Guillermo IIJ
Fraicofobia y antiliberalismo.
1844: Mazzini funda La Joven Europa.
1846: Pío IX, papa.
1847: Crisis general de alimentos en Europa, seguida de una crisis económica
y financiera. Pío IX crea una Consulta de Estado.
1848: Revolución en París. Caída de Luis Felipe. Proclamación de la Repú­
blica. Movimientos liberales y revolucionarios en Alemania. Pío IX
publica una Constitución. Asesinato de Rossi. Luis Napoleón elegido
presidente de la República francesa. Movimientos de independencia en
Sicilia, Venecia y el Piamonte. Revolución en Austria.
1849: Luis Napoleón constituye un Ministerio extraparlamentario. Evolución
del Gobierno y la Cámara francesas hacia el conservadurismo. Guerra
entre austríacos e italianos. Pío IX en Gaeta. Movimientos separatistas
de diversos Estados alemanes. Asamblea de Frankfurt.
1851: Golpe de Estado de Luis Napoleón.
1852: Luis Napoleón promulga una nueva Constitución en la que se le otor­
gan a él todos los poderes. Restablecimiento del Imperio francés.

II. CIRCUNSTANCIA ESPAÑOLA


Situar a Donoso Cortés en el ambiente español de su época
equivale a situarle en el ambiente político, y casi nada más. No
hay en España, en esta primera mitad del siglo xix, una revolución
económica semejante a la de Europa, ni movimientos sociales de
importancia provocados por ella, ni creación ideológica que valga
la pena.
14 Sobre la motivación y aspectos generales del pensamiento de esta época pueden
consultarse: M atthew -A n d er so n , JJEurope au XVIIIo stécle (París 1968); F urio D íaz ,
Filosofía e política nei Settecento frúncese (Torino 1962); E r n st C a s s ir e r , Die Philo­
sophie der Aufklärung (Tübingen 1932); J. C o l l in s , A History of Modern European
Philosophy (Milwaukee 1954); G. d e R u g g ier o , Storia della Filosofía t.4 La Filosofía
moderna. L 'etá del Romanticismo (Bari 1943); G. F r a il e , Historia de la filosofía t.3
Del humanismo a la Ilustración (Madrid 1966).
15 Sólo se incluyen aquí algún is efemérides notables de esta época europea, las que
más relacionadas estuvieron con Donoso Cortés.
Decadencia, violencia y miseria 17

1. D e c a d e n c ia , v io l e n c ia y m is e r ia

Donoso Cortés nace cuando nace la España contemporánea, a


principios del siglo XIX, y esta España nació pobre, torturada, di­
vidida y decadente. Fue eso lo que pudo heredar de sus inmediatos
progenitores.
La segunda mitad del siglo xvill había conocido una época de
progreso económico, comercial y científico bajo el "despotismo
ilustrado” de Carlos III. La liberalización del comercio con Europa
y América, la creación de manufacturas de tejidos y artesanía, cierta
monopolización de los gremios, la prohibición de exportar materias
primas, la admisión de las mujeres al trabajo y otras medidas en­
caminadas a fomentar la industria nacional hicieron que los tejidos,
las sedas, las porcelanas y los productos del agro español compi­
tiesen con ventaja en los mercados europeos. Los ministros de Car­
los III abrieron canales y carreteras, iniciaron la elaboración del
algodón y la del papel, abrieron mercados nuevos con América,
etcétera, y todo esto consiguió que los últimos años de Carlos III
fueran de un florecimiento económico desconocido en España desde
hacía siglos. Las regiones más favorecidas fueron Valencia, Cata­
luña y Vascongadas.
Pero la evolución de esta prosperidad se frustró en el reinado
de Carlos IV. Las guerras con Francia e Inglaterra, el tenaz bloqueo
de ésta a los puertos españoles, la desacertada administración públi­
ca y, por fin, la lucha agotadora de cuatro años contra los fran­
ceses de Napoleón, ya en tiempos de Fernando VII dieron al traste
con todo intento de nuevas creaciones industriales y hundieron a la
nación en un marasmo económico, del que tardaría mucho en salir.
En la primera mitad del siglo xix, las energías vitales del pueblo
español se encauzaron todas hacia las luchas políticas intestinas,
cuando no hacia las extremas violencias bélicas. Los hispanos de
entonces están todos en la actitud unamuniana de "contra esto y
contra aquello ” : españolistas contra afrancesados, " ilustrados ” con­
tra retrógrados, Inquisición contra enciclopedistas y librepensado­
res, constitucionales contra absolutistas, progresistas contra modera­
dos, ateos, deístas y masones contra frailes e Iglesia. Y empapándolo
todo en odio y sangre, las feroces guerras dinásticas, cristinos
contra carlistas.
La agricultura sigue siendo latifundista y mísera; la desamor­
tización de los bienes eclesiásticos hecha por Mendizábal no pro­
dujo otro resultado que un nuevo tipo de latifundista laico, de
origen burgués, más opresivo que el eclesiástico. Sin embargo, como
18 Introducción general
el crecimiento demográfico es notable a pesar de las guerras y las
pestes (España pasa de 10 millones de habitantes en 1797 a 15 mi­
llones en 1857), se ponen en cultivo nuevos terrenos, y cereales
y viñedos aumentan las cosechas. La siderurgia comienza a salir
de su estado rudimentario, ya hacia 1840, con la construcción de
algunos altos hornos (Marbella, Bilbao, Mieres). Sólo la industria
textil catalana puede decirse que sigue un ritmo intenso de des­
arrollo. El comercio exterior experimenta, en los primeros cuarenta
años del siglo, pérdidas del 300 al 400 por 100. También es sólo
de 1840 en adelante cuando se inicia, pobremente, la construcción
de ferrocarriles y se fomenta la de carreteras. El contrabandismo, el
desbarajuste monetario, los empréstitos gubernamentales en el ex­
tranjero, el déficit de la balanza comercial, crearon un verdadero
hundimiento económico de la economía pública del país.
No hubo en España, en consecuencia, grandes aglomeraciones
proletarias al estilo de las de Manchester, Lille o París, con los gra­
vísimos problemas sociales y humanos de aquellas ciudades. Sin
embargo, se crean ya los primeros grandes agrupamientos urbanos.
En 1800, Madrid tenía 160.000 habitantes, y 281.000 en 1850. Y
Barcelona pasa, en esos mismos años, de 115.000 a 175.000. Una
real orden de 1853 recomendaba a los Ayuntamientos de Madrid
y Barcelona la construcción de viviendas baratas e higiénicas para
obreros. Estos no comienzan a agruparse en asociaciones de tra­
bajadores hasta 1868, en que se funda en Madrid la Asociación
Internacional de Trabajadores, que, al ser disuelta por el Gobierno
en 1874, contaba con 60.000 afiliados. En 1881 se funda la Federa­
ción de Trabajadores de la Región Española, que al año siguiente
contaba con 64.000 afiliados. Los marxistas instituyeron en 1888
la Unión General de Trabajadores x.
A una con la miseria económica de esta época iba la miseria
filosófica. He aquí el testimonio de Menéndez Pelayo, nada sos­
pechoso de querer ocultar los valores patrios: " Nunca fue mayor
la decadencia de nuestros estudios filosóficos que en la primera
mitad del siglo XIX. El escolasticismo decadente daba todavía algu­
nas muestras de vigor en los libros de Amat, del P. Puigservet y,
sobre todo, en las cartas del P. Alvarado (El Filósofo Rancio), azote
de las teorías políticas e ideológicas de los constituyentes gaditanos
y pensador de robusta fibra, aunque escritor trivial y chabacano.
' Cf. R ic h a r d H e r r , España y la revolución del siglo XVIII (Madrid 1964); Vi-
ce n t iv P a la c io A t a r d , L os españoles de la Ilustración (Madrid 1964); Je a n S arra ili-i,
L'Espagne éclairée de la seconde moitié du XVIII* siécle (París 1954); M ig u e l A rto -la ,
Los orígenes de la España contemporánea (2 vols. con amplia bibliografía) (Madrid
J 959): L a fle n 'i e -V a le r a , Historia general de España t.20-23 (Barcelona 1890); F . S o l-
DEviLA, Historia de España t.6-7 (Barcelona s.a.); J. V icén s V iv es, Historia econó­
mica de España (Barcelona 1959). Para una bibliografía exhaustiva véase la de Jaim e
de B u r g o y T o r r e s , Bibliografía de las guerras carlistas y de las luchas políticas del
sixlo X IX (4 tomos) (Pamplona 1968),
Pensamiento de ultrapuertos 19
Pero ¿íada iguala a la pobreza de los escritos en que se desarrollaban
las doctrinas sensualistas de Condillac y Destutt de Tracy, o el utilita­
rismo, única filosofía de los llamados entonces liberales y de los
afrancesados, que en esto y en otras cosas se daban la mano con
ellos ” 2. Y en la Historia de los heterodoxos escribe: " ; Y qué filo­
sofía la de entonces! Nunca ha caído más baja la ciencia espa­
ñola. No ya el sensualismo de Condillac, sino un materialismo gro­
sero, último extracto y quintaesencia de la ideología de Destutt de
Tracy y de las observaciones fisiológicas de Cabanis, era la filosofía
oficial en nuestras escuelas [...]· Del mismo grosero empirismo
rebosan todos los tratados de entonces, en especial los que salían
de la decadente Universidad de Salamanca [...]. Digno comple­
mento de esta filosofía eran la moral y la política utilitaria de
Benthan, cuyas doctrinas legislativas, conocidas por medio de su
traductor Dumont, habían puesto de moda los afrancesados, espe­
cialmente Reinoso, que las cita con loor en el Examen. Otro afran­
cesado, el famoso catedrático salmantino D. Ramón de Salas, pro­
cesado por el Santo Oficio en tiempo de Carlos IV, emprendió, jun­
tamente con otro profesor de la misma escuela llamado Núñez, la
tarea de comentar y vulgarizar los Principios de legislación civil y
penal (Madrid 1821), del padre de los utilitaristas ingleses” \
Estos testimonios bastan y son de particular importancia para
explicar muchas ambigüedades e imprecisiones en las que caía fre­
cuentemente Donoso Cortés, que había recibido su primera forma­
ción—la que más carácter imprime—en tales Universidades y bajo
tales maestros.

2. P e n e t r a c ió n del p e n s a m ie n t o d e u l t r a p u e r t o s

Pero la efervescencia vital, que siempre ha sido superabundante


entre nosotros, si no encontraba cauce en el desarrollo industrial,
económico o siquiera en el filosófico, halló en el campo político
una palestra insustituible para desahogarse. A crear este entusiasmo
por los problemas y las ideas políticas contribuyó la creación de las
cátedras universitarias de Derecho Natural, Civil y de Gentes en
los últimos años del reinado de Carlos III. La juventud española
comenzó allí a oír hablar de la Carta sobre la tolerancia y de los
Tratados sobre el gobierno civil. de Locke; del Contrato social, de
Rousseau; del Espíritu de las leyes, de Montesquieu, y, en general,
2 M. Menéndez Pela yo, Estudios y discursos de crítica histórica y literaria t.7
(Santander 1942) p.244.
M. MinsréNDEZ Pui.AYO, Historia de los heterodoxos españoles 1.7 c.3 (Santander
1948) p .128-129.131.
20 Introducción general
de las ideas de Diderot, Voltaire, Turgot, D’Alembert, etc. 1 Y,
como es obvio, se entusiasmó con los nuevos ideólogos europeos,
mesías de una nueva época de libertad para los individuos y feli­
cidad para los pueblos. Los ministros de Carlos III, servidores de
un rey absoluto, aunque fuese "ilustrado” su despotismo, y abso­
lutistas también ellos—que al fin eran los que en realidad gober­
naban—, paradójicamente eran partidarios decididos de las nuevas
ideas francesas, sin alcanzar a ver la tremenda carga explosiva que
en sus entrañas llevaban, no sólo contra el absolutismo, sino contra
toda autoridad y contra todo orden. Sólo cuando la revolución fran­
cesa de 1789 demostró, con demasiada elocuencia, a dónde se cami­
naba por la soberanía popular y la división de poderes, se dieron
cuenta del abismo que bordeaban. Se suprimieron entonces esas
cátedras, pero ya era tarde. La semilla estaba echada, y, como siem­
pre, las ideas comenzaban a germinar, sin que nada ni nadie pu­
diese ya detenerlas 5.
Mayor que la influencia de los profesores "ilustrados” de De­
recho fue la que tuvieron los libros venidos de Francia, y exten­
didos por toda la nación a despecho de los inquisidores, que se
sentían desbordados e ineficaces, a veces porque entre ellos mismos
ya no estaban de acuerdo. Es de Francia, o al menos con etiqueta
francesa, de donde llegan a España "las luces del siglo”. En los
puertos, particularmente en Cádiz y en Bilbao, el contrabando de
libros prohibidos por la Inquisición no era sino un aspecto del
tráfico ilícito de otras muchas mercancías. Y otro tanto se puede
decir de las fronteras de tierra, particularmente la de Irún; las
gabarras que llevaban a los viajeros al otro lado del Bidasoa, volvían
cargadas con los libros que para España expedían ciertos libreros
de Bayona. Cuando los girondinos llegaron al Poder en París, la
propaganda para España toma un carácter sistemático y recibe el
apoyo oficial del Gobierno. Francia comienza a tener conciencia
de su misión redentora de los españoles. Lo cierto es que, a finales
del siglo xviil, la cantidad de libros de filósofos franceses que en­
traba en España era tal, que los traficantes iban ellos mismos a
ofrecerlos hasta por las localidades de poca importancia y a precios
moderados, por no decir ínfimos. La Inquisición no pudo impedir
que las obras más significativas del siglo fuesen leídas, comentadas,
4 John Locke fue muy leído en España, y su influencia, en concreto en las doctrinas
políticas, grande. C f. L. R o d ríg u ez A randa , La recepción e influjo de la filosofía de
Locke en España: Revista de Filosofía 14 (1955) 359-382; I d ., La recepción y el
influjo de las ideas políticas de John Locke en España: Revista de Estudios Políticos
76 (1954) 115-130. Sobre Ja influencia de Rousseau puede consultarse J. R. S p e l l , Rous­
seau in the Spanish world befare 1883; a study in Franco-Spanish literary relations
(Tejas fU. S. A.] 1938). Para la influencia en general de los pensadores franceses:
L. SorrkníO, Francia e Spagna nel seteccento: battaglie e sorgenti di idee (Milano 1928);
P. M£RíMf-E, Uinfluence fran^aise en Espagne au XVIIIo siecle (París 1936).
6 Véase M k . l e l A r t o l a , La difusión de la ideología revolucionaria en los orígenes
del liberalismo español: A rbor 31 (1955) 476-490.
Dos Españas 21
a ve^es citadas textualmente o traducidas, y que constituyesen la
fuente de inspiración para los "ilustrados” españoles. Estos eran
ciertamente minoría en la nación, pero era la minoría más influ­
yente, laicos y eclesiásticos cultos, que, si se aferraban a sus viejas
creencias, se sentían tratados de imbéciles y objeto de irrisión ante
sus colegas extranjeros, y que además pensaban sinceramente que
para estar a la altura de los tiempos actuales y porvenir había que
abrirse a Europa e integrarse en la corriente de ideas venidas de
Francia 6.
3. Dos E sp añ as

Era una España. Y frente a ella la otra. Porque la reacción con­


tra el enciclopedismo y contra las ideas francesas fue como se
podía esperar de los hispanos. Teólogos, filósofos, científicos, reli­
giosos, predicadores, escritores y hasta poetas se echaron a la calle
para combatir aquellas ideas, en las que con certera intuición veían
la gran revolución, es decir, la destrucción desde sus bases del eterno
orden cristiano. Sus libros no tuvieron demasiado éxito a pesar de
ser mucho más serios y profundos que los de sus adversarios, por­
que "en el estilo—dice Menéndez Pelayo—no suelen pasar de me­
dianos, y las formas, no rara vez, rayan en inamenas, amazacotadas,
escolásticas, duras y pedestres. Cuesta trabajo leerlas harto más que
leer a Condillac y a Voltaire 7. Forner, Piquer, el jerónimo P. Ce-
ballos, algunos jesuítas desterrados, Fr. Francisco Alvarado—que
para su desgracia se apodó a sí mismo el Filósofo Rancio— , y,
entre los predicadores, más que ningún otro, el inflamado Fr. Diego
de Cádiz, lucharon por refutar la ideología francesa y por demos­
trar que en la tradición cristiana y española había elementos de
continuidad histórica sin necesidad de importarlos de Francia.
La propaganda antifrancesa arreció cuando estalló la revolución
de 1789 y se conocieron los crímenes del populacho de París, y,
sobre todo, cuando el año 1793 todo el pueblo español, que seguía
siendo cristiano y monárquico, se estremeció al saber que Luis XVI
en enero y María Antonieta en octubre habían sido guillotinados.
Esto era demasiado, y una gran parte de los españoles pensó, con
sus curas y sus frailes, que había que aferrarse a las eternas tradi­
ciones cristianas españolas y que había que combatir a aquella Fran­
cia demoníaca que ajusticiaba reyes y entronizaba asesinos.
Quedaba así iniciado el jirón que había de irse rasgando a lo
largo de todo el siglo XIX, y que había de dar ocasión a que con
Sobre la introducción y extensión de libros franceses en España véase el magní­
fico estudio de M arceu n D ffo ijrn fau x , L'Tnquisition espagnole et les livres fran jáis
au X V im sibcle (París 1963V
T M. Mkníndiíz Peí.ayo, Historia de ion heterodoxos españoles t.5 1.6 c.3 (Santan­
der 1947) p.361.
Introducción general
triste naturalidad se haya hablado de dos Españas hasta nuestros días.
Una tradicionalista 8, que aprueba la actuación española en los si­
glos XVI y xvil, y que cree que el pensamiento y la acción desarrolla­
dos en aquella época áurea son consustanciales con el genio hispano y
son los que han de orientar siempre nuestro programa si no queremos
renunciar a nuestra misma esencia. Esta corriente ve la causa de
todos nuestros males en la interrupción que los españoles hicieron
de su historia a finales del siglo xvm, aceptando la ideología anti­
cristiana de la Ilustración francesa, y desde entonces a España se
le va el alma en querer ser lo que no es. La otra España ve la causa
de nuestra decadencia en el aislacionismo orgulloso en que se en­
cerró la nación desde el siglo XVI, cuando tomó una posición opuesta
a Europa al ver que Europa se perdía irremisiblemente para la fe
católica. El remedio de España ha de estar, en consecuencia, en
abrirse a Europa e integrar en las esencias del alma popular espa­
ñola cuanto de progresivo y válido corre más allá de las fronteras,
aunque no sea "castizo” o rigurosamente cristiano 9.
A principios del siglo XIX, Napoleón invade a España. Estalla
la guerra el 2 de mayo de 1808, y el pueblo, enfervorizado contra
los franceses, que, además de invasores, eran "liberales” e irreli­
giosos, lucha titánicamente por su independencia, por su Monarquía
y por su fe. Contra los franceses y contra los españoles "afrance­
sados”, por los que siente un entrañable desprecio y rencor.
Pero los afrancesados eran más de lo que parecía, porque mu­
chos "ilustrados”, aun no admitiendo el yugo napoleónico, pen­
saban en francés. Y por eso, cuando en Cádiz, en 1812, se dio una
Constitución al pueblo victorioso, que había derramado su sangre
contra los franceses, los "ilustrados”, que eran mayoría en aquellas
Cortes, le dieron una Constitución calcada en muchos puntos sobre
la Constitución francesa revolucionaria de 1791. "Este contrasen­
tido inicial es la clave que explica muchos de los contrasentidos
subsiguientes” 10.

4. El caos p o l í t i c o d e l a p r im e r a m ita d d e l s ig l o x ix

Los contrasentidos y las desgracias subsiguientes fueron infini­


tos. La Constitución de Cádiz daba libertad de prensa y suprimía
* Uso aquí esta palabra con el único sentido de adhesión a la tradición de un pue­
blo. y, por tanto, sin matiz ninguno que diga relación al tradicionalismo filosófico ni
a ] político.
* Cf. R . M en é n d ez P id a l , L o s españoles en la historia, introd. a la Historia de
España t.1 (Madrid 1947) p .7 1 ss; P edro L a ín E n t r a i g o , España como problema (Ma­
drid 1956): R a f a e l C a lv o S e r e r , España sin problema (Madrid 1949).
u' F S o l d e v i l l a , Historia de España t.6 (Barcelona s.a) n.344. Sobre la Consti­
tución de Cádiz y el constitucionalismo español véase Luis Sán ch ez A g e s ta , Historia
de! constitucionalismo español (Madrid 1955). Cf. también M ig u e l A r t o l a , L os oríge­
nes de la España contemporánea (Madrid 1959).
/ Caos político 23
la Inquisición, con lo cual se salió de madre la riada de escritos
liberales, revolucionarios y anticri -tianos. Volvió en 1814 Fernan­
do VII el Deseado, por el que habían caído tantos patriotas. Me-
néndez Pelayo le llama "príncipe apocado y vilísimo”, "de aviesa
condición, falso, vindicativo y malamente celoso de su autoridad”.
Abolió la Constitución de Cádiz y restauró el absolutismo del
antiguo régimen. La francmasonería, propagada por franceses y
afrancesados, congregaba a los liberales en las logias y trabajaba
sin descanso y con oro contra la Monarquía y la Iglesia. Hubo pro­
nunciamientos militares en Pamplona, La Coruña, Cataluña y Va­
lencia. Triunfó Riego en 1820 en Cabezas de San Juan, apoyado
por los masones y por la debilidad de las tropas gubernamentales,
y Fernando VII juró la Constitución que antes había abolido. Se
sucedieron tres años de anarquía; hubo motines preparados por
el Gobierno contra el rey, e intrigas del rey contra el Gobierno.
Cafés había en Madrid—el Lorencini, la Fontana de Oro—donde
se decretaba si tal ministro o Gabinete había de continuar o no,
y a donde hubieron de acudir algunos jefes militares a defenderse
de determinadas acusaciones. Hubo algaradas y asesinatos en el
campo y en la ciudad, conspiraciones, fusilamientos y desórdenes.
Un contemporáneo escribía: " Estos últimos fatales tiempos, fecun­
dos en toda clase de crímenes y virtudes, y en los que hemos visto
compendiado, en cierto modo, cuanto puedan decirnos las antiguas
y modernas guerras en cuanto a desorden y confusión, violencias
y crueldades, robos y asesinatos, blasfemias, herejías, irreligión e
impiedad” 11.
Los reyes europeos de la Santa Alianza se creyeron en la obli­
gación de socorrer al rey de España, "prisionero” de los liberales,
y enviaron en 1823 un ejército de 100.000 "hijos de San Luis”.
Esta vez el pueblo no se opuso a los franceses, porque venían a
defender la Monarquía y la religión contra los liberales extranje­
rizantes. Restauró Fernando VII el absolutismo y persiguió bru­
talmente a liberales y masones. Riego fue ahorcado, se cometieron
venganzas y furores, hubo comisiones militares, delaciones y puri­
ficaciones, suplicios y palizas. El país estaba definitivamente escin­
dido en realistas y liberales, y cada uno de estos partidos tenía dos
ramas, una templada y otra extremista. La Corte era un hervidero
de intrigas. El infante D. Carlos, hermano predilecto del rey, di­
rigía el partido de los absolutistas intransigentes, llamados también
"apostólicos”, e influía poderosamente en la Corte. La boda de
Fernando VII con la bella María Cristina de Nápoles disgustó a
Carlos y a su mujer, D.R María Francisca de Braganza, ya que,
11 Cit. en F. Suárez VuhdeciUER. Génesis del liberalismo político español: Arbor
(1947) 538.
24 Introducción general
como Fernando VII no tenía hijos de sus tres primeras mujeres,
tenían esperanzas de ocupar el trono. Un nuevo matrimonio de
Fernando VII en 1829, con todavía cuarenta y cinco años, volvía
a abrir la posibilidad de sucesión directa del rey. Por lo mismo,
los liberales se agruparon junto a la joven reina por ver en ella
una esperanza de destruir las influencias absolutistas de D. Carlos.
Ya en 1827 se habían sublevado los realistas en Cataluña con el
propósito de destronar a Fernando VII, "que se había hecho sec­
tario”, y entronizar a D. Carlos. En 1831, los emigrados políticos
promovieron desde Francia la insurrección de Torrijos, de signo
contrario, contra el rey, ferozmente sofocada.
Y por si toda esta maraña de pasiones, de luchas, de intrigas,
es decir, de energías perdidas para el país y el pueblo, fueran
poco, a partir del año 1830 se pone efectivamente sobre el tapete,
y con toda crudeza, la cuestión de la sucesión del rey, que viene
a echar leña a todas las luchas políticas y todos los odios que in­
cendiaban la pobre Península.
María Cristina estaba encinta. Si nacía un niño, la sucesión es­
taba asegurada. Pero, si nacía una niña, por la ley Sálica, de Fe­
lipe V, no podía gobernar, y la corona pasaría al hermano del
rey, D. Carlos. María Cristina, aconsejada por sus consejeros libe­
rales, consiguió que el rey publicase la pragmática que su padre
Carlos IV había redactado con las Cortes de 1789 y no había pu­
blicado, y por la que se restituía el derecho primordial a la sucesión
para la línea directa, fuese o no masculina. La decisión molestó
a D. Carlos cuanto se puede suponer, y el conflicto se agravó cuan­
do la reina dio a luz una niña, que recibió el nombre de María
Isabel (Isabel II). En la barahúnda política española, María Cristina
polarizará en adelante a los liberales, y D. Carlos a los absolutistas.
Dos años después, el rey cae en grave enfermedad en La Granja,
y deroga la pragmática. Vuelve D. Carlos a tener los derechos al
trono. Pero por presiones de la infanta Luisa Carlota, hermana de
la reina, el rey se arrepiente de lo hecho, destituye al Gobierno,
responsable de lo sucedido, y crea un nuevo Gobierno. Donoso
Cortés, liberal entonces, tuvo una parte importante en los sucesos
de La Granja. Lo cierto es que el 1 de octubre de 1832 quedan
definitivamente en presencia las fuerzas liberales, representadas por
el nuevo Gobierno, presidido por Cea Bermúdez, y los "absolu­
tistas”, agrupados junto a D. Carlos. El liberalismo ha conquistado
definitivamente el Poder. El carlismo se bate contra él en tres
guerras civiles cruelísimas (1833-1840, 1846-1848, 1872-1876), que
asolarán los campos españoles, pero nunca alcanzará el gobierno de
la nación. El antiguo régimen ha fenecido para siempre. Ahora
Caos político 25
!
coi^íienzan las vicisitudes de la política liberal, que no fueron
pocas12.
Entre tanto, el Imperio español de Ultramar se caía a pedazos.
En 1816 se independiza Argentina; en 1818, Chile; en 1819, los
Estados Unidos compran La Florida, y Colombia se declara repú­
blica independiente; en 1821, primero Perú y luego Venezuela
se liberan definitivamente; en 1822, Ecuador, y en ese año los
Estados Unidos reconocen los nuevos Estados de América latina.
En 1833, al morir Fernando VII, queda su hija de tres años
Isabel II como reina de España, y como regente durante la minoría
de edad, la reina madre, María Cristina. Cea Bermúdez quiso
contentar a realistas y liberales, y, atacado por ambos, hubo de
retirarse. Le siguió Martínez de la Rosa, elegante e ilustrado, liberal
bien intencionado, político de larga historia, que no pudo evitar
la guerra carlista ni contener el progresismo revolucionario y tur­
bulento, que el 17 de julio, "día de vergonzosa recordación más
que ningún otro de nuestra historia” (Menéndez Pelayo), asesinó,
y profanó después, los cadáveres de dieciséis jesuítas, y el 18 hizo
otro tanto con otros muchos religiosos. Todo bajo el pretexto de que
los frailes ¡habían envenenado las aguas de Madrid! Las escenas
se repitieron en otras capitales con crueldad y barbarie desaforada,
en nombre de los nuevos ideales, y con tolerancia y pasividad de
parte de la autoridad, si es que la había.
En 1834, el liberalismo español, en el que ya había diversas
tendencias, se escindió definitivamente en moderados y progresistas.
Los moderados eran franceses en sus ideas, moderados en sus deseos,
adictos a la Monarquía, y entre ellos se mezclaban católicos, ilus­
trados y volterianos temerosos de la anarquía. Los progresistas eran
radicales y avanzados hasta las fronteras de la República, que en­
tonces sonaba como el colmo del extremismo—exigían un rápido
desenvolvimiento de las libertades públicas y una auténtica soberanía
popular—. Unos y otros carecían de un pensamiento profundo y
vigoroso y se contentaban con repetir ideas importadas. Se sucedie­
ron Gobiernos a Gobiernos y desórdenes a desórdenes. En 1835, un
gobernante progresista, Juan Alvarez Mendizábal, que había apren­
dido hacienda en Inglaterra, creyó solucionar los graves problemas
económicos del país, agotado por la guerra civil, suprimiendo de un
plumazo las casas religiosas y robándolas todos sus bienes. Unos sar­
gentos obligaron a la reina el año 1836 en La Granja a restaurar la
Constitución de 1812. En 1837 se elaboró otra Constitución, que
también juró la reina. Desde diciembre de 1838, el general Espar-
13 Sobre los llamados “ sucesos de La G ranja" y sus repercusiones véase la obra de
F ed erico S uárez V e r d e g u e e , L os sucesos de La Granja (Madrid 1953). Para una bi­
bliografía más universal véase la ya citada de J aime d e B urgo y T o r r e s , Bibliografía
de las guerras carlistas y de las luchas políticas del siglo X IX (Pamplona 1968).
26 Introducción getural
tero, soldado brillante, jefe de las fuerzas Cristinas que hacían la
guerra a los carlistas y liberal progresista, era el árbitro de la polí­
tica española. Ante las revueltas continuas y las exigencias de los
gobernantes progresistas, la reina renunció a la regencia el 12 de
octubre de 1841 y marchó a Francia. Espartero quedó como regente
del reino.
Don Agustín Argüelies, uno de los ilustrados de Cádiz, fue
encargado de la tutela de la niña Isabel, heredera de la corona.
Hubo sublevaciones—con los consiguientes fusilamientos—e intentos
de apoderarse de la princesa, y la misma María Cristina conspiraba
desde París contra el regente. Espartero, cansado de ver subir y bajar
Ministerios, disolvió las Cortes y se constituyó en un verdadero dic­
tador. Nuevos levantamientos militares, nuevos Gobiernos y nueva
disolución de las Cortes, hasta que, en julio de 1843, Espartero tuvo
que abandonar la regencia y la nación. El general Narváez, el hom­
bre que ahora se ponía al frente de la nación como liberal moderado,
declaró traidor a Espartero. En vez de hacerse regente, obtuvo pru­
dentemente de las Cortes que se declarase mayor de edad a Isabel II,
que acababa de cumplir trece años. Las intrigas por dominar a una
niña llamada a gobernar un reino en estado anárquico se multipli­
caron. Al fin, el 2 de mayo de 1844 tomó las riendas del Poder el
mismo general Narváez, que lo ejerció dictatorialmente hasta que
cayó en febrero de 1846.
Fueron dos años los del Gobierno de Narváez de cierto respiro.
Hubo nuevas Cortes y nueva Constitución, moderada y un tanto re­
accionaria con respecto a la de 1837. Narváez reprimió con mano
dura, que le mereció el apodo de "el espadón de Loja”, cualquier
intento de sublevación, se aseguró la propiedad, se creó la Guardia
Civil para defensa de los ciudadanos, se inició una eficaz reforma
de la Hacienda, se suavizaron las relaciones con la Iglesia, etc.
La joven reina había de casarse, y todas las Cancillerías europeas
se pusieron en movimiento para darla un esposo conforme a las
propias conveniencias. Por fin triunfó el candidato de la reina ma­
dre, Francisco de Paula, primo de Isabel, apoyado por Luis Felipe
de Francia, que exigió a su vez que la infanta Luisa Fernanda,
hermana de la reina, se casase con uno de sus hijos, el duque de
Montpensier. Esto costó la caída de Narváez y la sucesión de dos
Gobiernos en mes y medio. A los pocos días de casados se separaron
los regios esposos por incompatibilidades de carácter privado. La
Prensa discutía sobre las regias desavenencias y el pueblo murmu­
raba de la inclinación de Isabel por el "general bonito”, D. Fran­
cisco Serrano. Cuando éste fue alejado de la Corte, los esposos se
reconciliaron.
Durante los diez años siguientes gobernaron los moderados, pero
/ Caos político 27
siempre en lucha unos contra otros, pues entre ellos mismos había
bandos irreconciliables: puritanos, polacos, reaccionarios, neocató­
licos. Ministerio hubo que duró diecinueve horas y en los diez años
hubo hasta trece Gobiernos distintos.
A pesar de todo, estos años fueron menos turbulentos que los
anteriores. Se llevó con inteligencia y dignidad la política exterior,
que hizo que Austria y Prusia reconocieran a Isabel II. Por injeren­
cias en asuntos interiores del país, Narváez dio el pasaporte a
Mr. Bullwer, embajador inglés del Gobierno Palmerston (1848). Se
restablecieron las relaciones diplomáticas con la Santa Sede, y en
1851 se llegó a un Concordato con ella, en el que se estipularon
acuerdos sobre diócesis y conventos, sobre la dotación del clero, etc.
También en política interior mejoraron un tanto las cosas. Bajo el
impulso creador de Bravo Murillo se instituyeron los Ministerios de
Comercio, Instrucción y Obras Públicas; se hicieron carreteras, se
fomentó la construcción de ferrocarriles y de faros costeros, se fun­
dó el Cuerpo de Ingenieros de Minas. Cuando fue ministro de
Hacienda (1849) reorganizó la economía nacional. Bravo Murillo
volvió a subir al Poder, ocupando la Presidencia, en el año 1851,
al caer de nuevo el Gabinete Narváez, fulminado esta vez por un
discurso de Donoso Cortés (30 de diciembre de 1850). Estuvo en
él hasta 1853. Volvió a disolver las Cortes, y volvió a querer re­
formar la Constitución en un sentido derechista. Progresistas y mo­
derados se lanzaron contra él, y hubo de dimitir el 13 de diciembre
de 1853.

Aquí hemos de terminar esta ya larga enumeración de los in­


fortunios de la España de la primera mitad del siglo xix. larga a
pesar de que se han omitido innumerables conflictos y algaradas,
que llenarían demasiadas páginas. Hemos de terminar, porque el
personaje a quien vamos a introducir termina su vida en 1853; no
porque no continuasen los males de un pueblo que había perdido
su viejo camino porque era viejo y no había acertado a empalmar
con el nuevo. España era víctima de la ausencia de pensamiento
profundo, sereno y orientador. No faltaron hombres inspirados que
señalaban con tino las nuevas vías por donde los españoles podían
seguir tejiendo su gran historia. Los nombres de Feijoo y Jovellanos
son elocuentes. Pero fueron pocos y no de la talla requerida para
encauzar la nueva edad, que nacía con espantosos dolores. Y además
no fueron escuchados, porque nuestros eternos defectos temperamen­
tales—extremismo, intransigencia con el adversario, necesidad de
protagonismo, pereza revestida de tradicionalismo, afán de lucro y
medro—nos lanzaron a una vorágine de luchas civiles agotadoras.
28 Introducción general
Las dos Españas podían hacer suyo hacia 1840 el triste epitafio
de Larra: " Aquí yace media España; murió de la otra media. ”

PRINCIPALES ACONTECIMIENTOS ESPAÑOLES DE LA EPOCA


1808-1812: Guerras contra Napoleón.
1812: Constitución de Cádiz.
1814: Retorno de Fernando VII “el Deseado” y abolición de la Constitución
de Cádiz.
1820: Pronunciamiento y triunfo de Riego. Fernando VII jura la Constitu­
ción de Cádiz. Trienio constitucional.
1823: Los cien mil hijos de San Luis invaden España y restauran el absolu­
tismo. Comienza la “década ominosa” de represión contra los liberales.
29 de marzo de 1830: El rey, por la pragmática sanción, restaura la suce­
sión a la Corona por línea directa aunque sea femenina.
18 de septiembre de 1832: Fernando VII deroga la pragmática sanción.
22 de septiembre-1 de octubre: Fernando VII se retracta de nuevo y se for­
ma un Gobierno liberal.
29 de septiembre de 1833: Muere Fernando VII y comienza la primera
guerra carlista.
1835: Desamortización de los bienes eclesiásticos por Mendizábal.
1836: Sargentada de La Granja. María Cristina jura la Constitución de Cádiz.
1837: Nueva Constitución.
Agosto de 1839: Abrazo de Vergara.
12 de octubre de 1841: María Cristina sale para Francia. Regencia de Espar­
tero.
1843: Cae Espartero. Isabel II, reina de España.
1844: Narváez sube al Poder por primera vez hasta 1846.
1845: Nueva Constitución.
10 de octubre de 1846: Boda de Isabel II con Francisco de Asís y de la
infanta Luisa Fernanda con el duque de Montpensier.
1848: Revueltas duramente reprimidas por Narváez. Expulsión del embajador
inglés Bullwer.
1851: Caída del segundo Gobierno Narváez. Gobierno de Bravo Murillo.
Concordato de España con la Santa Sede.
1853: Caída de Bravo Murillo.

III. JUAN DONOSO CORTES

1. E xtrem adura y D o n o so C o r té s

Meléndez Valdés, en el discurso inaugural de la Real Audiencia


de Cáceres en 1791, presenta a Extremadura como una de las regio­
nes más míseras de aquella España. Poco habitada (diez habitantes
por kilómetro cuadrado), extendida en inmensas llanuras sin culti­
var, sin caminos, sin escuelas
’ Cf. Sarrailm , L ’Espagne éclairée de la seconde moitié du XVIII6 siécle (París
1954) p. 15-16.
Extremadura y Donoso Cortés 29
/
Perdidos en esas llanuras, distanciados unos de otros, apiñados
en sí mismos, custodiados poí la alta torre parroquial y acaso por
la soberbia torre del homenaje del castillo, arrastraban una existencia
lánguida aquellos pueblos de Extremadura donde en otro tiempo na­
cieron y templaron sus aceros y sus almas los conquistadores del
Nuevo Mundo. A fines del siglo xvm y principios del xix, estos
pueblos estaban formados por labradores pobres, a veces míseros,
que dependían de unos pocos propietarios aristocráticos o ricos, a
los que envidiaban y a los que a veces odiaban por sus abusos y sus
exacciones, sin que hubiera ley que les protegiera, pues los muni­
cipios eran con frecuencia cómplices de los terratenientes. Pueblos,
en consecuencia, retrasados, tristones, desapacibles, desaliñados.
No hace falta decir que en aquella civilización agraria no falta­
ban tampoco patronos justos y venerables, que con sus renteros
formaban un verdadero patriarcado.
Uno de esos pueblos extremeños, no ciertamente de los más
pobres, era Don Benito. Llamado así en recuerdo del poderoso ha­
cendado que en 1469 cedió terrenos a los habitantes de Don Llóren­
te, destruido por las inundaciones del Guadiana, y a los vecinos
de Medellín, cansados de la tutela odiosa del conde de este nombre,
está situado en la vega del Guadiana, y sus campos eran fértiles en
cereales, aceite, pastos y ganadería.
Una de las familias hacendadas de Don Benito a principios del
siglo xix era la que habían formado D. Pedro Donoso Cortés, abo­
gado de los Reales Consejos, y D.a María Elena Fernández-Canedo.
Perteneciente él, por línea materna, al mismo tronco que Hernán
Cortés, conquistador de Méjico, formaba parte de una estirpe de
"vecinos labradores y granjeros de ganado lanar, yeguar y caballar
de la villa de Don Benito” 2. Su madre había sido apelada de joven
"la niña del millón”, por ser hija única de una familia acaudalada
también de Don Benito 3.
2 Real cédula de 27 de octubre de 1818, conservada entre los papeles del archivo
familiar. El Diccionario heráldico y genealógico de apellidos españoles e hispano­
americanos, de Alberto y Arturo García Carraffa (t.27 [Madrid 19551 p.l64ss), hace
radicar esta rama de los Donoso en Valle de la Serena, y de allí hace vecino al
padre de Donoso. Pero los documentos del archivo, la tradición familiar, la casa sola­
riega, demuestran que estaban establemente radicados en Don Benito. El apellido Do­
noso Cortés en realidad es compuesto y debería escribirse unido (Donoso-Cortés). pero
el uso común ha impuesto la separación.
3 Según la tradición fam iliar, recogida p or E dm und S chram m . Donoso Cortés; Su
vida y su pensamiento (M adrid 1936) p.15. Sigue siendo la m ejor b io g ra fía de D o n o so
C o rtés, aunque espera otra m ucho m ás am plia y definitiva. En castellan o escribió una
Noticia biográfica de Donoso Cortés G ab in o T ejad o , discípulo suyo p rim ero y am igo
íntimo después, y la p u so al com ienzo de su edición de Obras de Donoso Cortés
(M adrid 1854-1856). O rtí y L a r a , que hizo dos ediciones m á s : una en 1891-1S93 y
otra en 1903-1904, conservó esta Noticia biográfica en el prim er to m o . En 1936 p u ­
blicó Edm und Schram m la biografía a la que alu d íam o s, que no es traducción de
otra obra suya, Donoso Cortés, Leben und Werk eines spatiischen Antiliberalen (H am -
burg 1935). El año 1957, la D iputación Provincial de B ad ajo z ha pub licado la o b ra de
S antiago G ai .indo H er r er o , Donoso Cortés y su teoría política , de la cu al las 157
prim eras p ágin as— casi la m itad del libro— son b io g rá fica s, y ap o rtan m u ch o s d a to s y
precisiones nuevas y valiosas.
30 Introducción general
El invierno de 1808 a 1809 azotaba los campos y las villas de
Extremadura no tanto el cierzo frío, desprendido de las sierras del
norte, cuanto las batallas, la rapiña y las violencias de "la france­
sada”, significativa expresión con que nuestros mayores denominaron
a las tropas de Napoleón. Los campos de Medellín y Don Benito
iban a ser escenario trágico de guerra en marzo de 1809, y los pa­
cíficos campesinos y hacendados que pudieron escaparon del es­
truendo de las armas y del vandalismo de los soldados 4. Entre los
fugitivos se contaban D. Pedro Donoso Cortés y D.a Elena Fernán-
dez-Canedo. Se dirigieron hacia su finca de Valdegamas, paraje so­
litario a unos veinte kilómetros de Don Benito. Doña Elena esperaba
su segundo hijo—el primero, llamado Juan, había muerto después
de nacer—, y fuese por la inminencia del alumbramiento, fuese por
temor a los franceses, lo cierto es que se trasladaron a Valle de la
Serena, y allí el día 6 de mayo, a las cinco de la mañana, nació otro
niño, al que bautizaron el día 8, y le impusieron los nombres de
Juan, Francisco, Manuel, María de la Salud. El último, por voluntad
de la cristiana madre, que quiso que su hijo llevase siempre el re­
cuerdo del ofrecimiento que hacía de él a la Santísima Virgen,
venerada en Valle de la Serena bajo el título de Virgen de la Salud.
Pronto huyó el huracán francés, y pronto debió de volver a Don
Benito la familia Donoso, y allí, en aquel pueblo hacia el que des­
pués sentiría profundo cariño y al que volvía siempre con gusto,
pasó sus años de niñez. Cuarenta años más tarde escribía una vez
a Luis Veuillot desde Don Benito: "De seguro, no puede usted
figurarse el lugar donde esta carta se escribe. Es un lugar recóndito
en el fondo de Extremadura. Aquí he venido para reparar mi salud
y para cobrar nuevas fuerzas en el seno de mi familia. No me siento
con fuerzas para escribir. El campo y mi parentela son todos mis
cuidados. Aquí dejo que desfilen ante mis ojos una y más veces,
como otras tantas sombras queridas, los días de mi infancia, hacién­
dome pequeño para ser dichoso” 5.
La austera e imponente geografía extremeña ha dejado huella en
el temperamento de Donoso. Menéndez Pelayo dirá: " Donoso es
la impetuosidad extremeña y trae en las venas todo el ardor de sus
patrias dehesas en estío [ ...]; habla su lengua propia, ardiente y
tempestuosa unas veces, y otras, seca y acerada” 6. Las llanuras le
han habituado a mirar lejos, a otear dónde pueden acabar los ca­
minos que aquí comienzan, que es tanto como buscar los efectos
en sus causas. Una naturaleza que no admite rincones ni compo­
nendas le ha troquelado en sinceridad. Un cielo alto, limpio y azul
4 C f. G óm ez V í lla e r a n c a , Extremadura en la guerra de la Independencia (B adajo z
1908).
5 C arta a L ou is Veuillot, de 3 de m arzo de 1850: lí 470-7 J.
e M . M en é n d e z P e la y o , Historia de los heterodoxos españoles t.6 1.8 c.3 (San tan ­
der 1948) p.403.
/ Clima familiar e infancia 31
le ha fe.nseñado que hay ideas eternas e inmutablas que rigen y fun­
damentan las vicisitudes humanas, y las noches majestuosas, bajo un
cielo cuajado de brillantes estrellas, ie han mostrado intuitivamente
que en todas las cosas hay un orden permanente y armónico querido
por Dios, en que la variedad se conjuga con la unidad, y contra el
cual no debemos atentar 7.

2. C l im a f a m il ia r e in f a n c ia

El ambiente familiar ha sido el de muchas familias burguesas


de la época. Ambiente cálido de una familia numerosa—hasta diez
hijos nacieron del matrimonio Donoso en catorce años— ; educación
cristiana, tradiciones conservadoras, como son siempre las de familias
hacendadas de ambiente rural. Todo hace pensar que el padre de
Donoso ha sido un sincero católico 8, pero al mismo tiempo liberal
c ilustrado ; que había oído en las cátedras de Leyes, de las que
hablamos más arriba, explicar a Locke, a Rousseau y a Montesquieu;
que envía a su hijo Juan, cuando tiene once años, a la Universidad
de Salamanca, centro docente el más progresista de España; que era
amigo del prohombre liberal Quintana; que pertenecía a una Socie­
dad Económica progresista de Cáceres; que no tiene inconveniente
en que su hijo adolescente tenga entre las manos los libros franceses
prohibidos por la Iglesia. No me parece aventurado conjeturar que
los caballeros ilustrados de Don Benito han de haber tenido, a ve­
ces, la clásica tertulia del siglo en casa del abogado D. Pedro y que
el hijo mayor, Juan, en aquellas conversaciones, ha de haber apren­
dido el aborrecimiento al absolutismo que estaba imponiendo Fer­
nando VII, la estima por la Constitución de Cádiz y sus libertades,
los derechos del hombre, el santo y seña de "libertad, igualdad, fra­
ternidad ” ; en suma, las " luces ” venidas de Francia.
Donoso ha conservado siempre entrañable cariño a sus padres.
En 1849 escribirá desde Dresde al conde Raczynski: "En llegando
el mes de noviembre, no pasaré en Madrid más que pocos días;
iré en seguida a ver a mis padres para consolar su ancianidad con mi
ternura” 9.
En aquella época la enseñanza no estaba oficialmente organizada,
7 Francisco Elias de Tejada ha intentado una explicación de Donoso por la geogra­
fía de Extremadura y las cualidades de la raza extremeña, pero su intento es más
declamatorio que científico: cf. F. E ií a s d e T eja d a , Para una interpretación extremeña
de Donoso Cortés (Cáceres 1949).
8 Véanse algunos datos en S chramm , Donoso Cortés (Madrid 1936) p.13. En 1849
escribía D. Pedro a su hijo Juan, entonces embajador en Berlín: ‘'Luego que la Virgen
de las Cruces regrese a su santa casa habiéndonos conseguido ya el remedio de las
lluvias, que tanto necesitaban los campos, realizaremos nuestra promesa con todos los
de la familia” (archivo familiar).
“ Carta al conde Raczynski, de 17 de septiembre de 1849: 11 938.
32 Introducción general
y la que había era rutinaria, pedestre y dolorosa, según el respetado
canon "la letra, con sangre entra”. Los maestros eran sacristanes o
dómines ignorantes, brutales y mal retribuidos; la escuela, frecuen­
temente, un lugar temible, y el aprendizaje de las letras, un suplicio.
"A los cinco años—escribe Torres Villarroel en su autobiografía—
me pusieron mis padres la cartilla en la mano, y con ella me cla­
varon en el corazón el miedo al maestro, el horror a la escuela, el
susto continuado a los azotes y las demás angustias que la buena
crianza tiene establecidas contra los inocentes muchachos. Pagué con
las nalgas el saber leer, y con muchos sopapos y palmetas el saber
escribir” 10. No ha sido ésta la instrucción de Donoso. Para entonces,
los burgueses ilustrados aborrecían ya esos sistemas de educación,
y buscaban mejores maestros privados, a veces para una sola familia,
a veces para los hijos de unas cuantas 11. El padre de Donoso ha
traído a Don Benito uno de estos maestros 12. Con él ha aprendido
el pequeño Juan a leer, a escribir, las primeras nociones de aritmé­
tica y la gramática latina, que se consideraba indispensable para co­
nocer la castellana y para introducirse en las humanidades. Es pro­
bable que ya en Don Benito haya empezado a aprender francés,
por ser de buen tono en la sociedad burguesa. Schramm lo supone
también 13. Que su padre le haya permitido leer, además, algunos
libros históricos, es fácil, porque de hecho la afición a la historia
ha nacido en él muy pronto, y le va a apasionar ya siempre. Se
conservan, entre los papeles del archivo familiar, resúmenes histó­
ricos de muy temprana fecha—Gabino Tejado cree que de 1824,
cuando tenía quince años—, y ya con la tendencia a buscar, tras
ios hechos, los principios generales y las leyes de la historia. De
creer a su futuro amigo Montalembert, "sus padres se veían obli­
gados a moderarle en los estudios, y muchas veces su madre, que le
observaba, tuvo que subir por la noche a su habitación para apa­
garle la lámpara y quitarle los libros, a los que sacrificaba el sueño” 14.
70 Cit. en F. S o l d e v i l l a , La vida española en el siglo X V III, en Historia de Es­
paña t.6 ("Barcelona) p.175.
31 Sobre la evolución de las ideas pedagógicas en España a lo largo del siglo xvin
ve ase M aría Anget.es Gaí jno, Tres hombres y un problema: Feijoo, Sarmiento y
Jovellanos ante la educación moderna (Madrid 1953).
“ Su padre. D. Pedro Donoso Cortes y Recalde Pavón, tuvo la feliz ocurrencia
(propia de auien había engendrado futuros hombres de talento colosal) de ir a Madrid
por un profesor de instrucción primaria para que educara a sus hijos. Dicho profesor,
llamado Sr. Beltrán y Vara, cumplió perfectamente su cometido, y, andando el
tiempo, cuando el niño Juanito escaló los primeros puestos de la nación, habiendo
llegado a Palacio al lado de D .ft Tsabel II. allí colocó a su maestro, al cual visitaba
diariamente, con grandes muestras de afecto y respeto, cuando entraba a despachar con
la reina” (P edro d e T orrr I sunza y d e H ita , Recuerdos y datos históricos de la
ciudad de Don Benito fCabra 1916] p.109). En el archivo familiar se conserva un sobre
en el que se lee escrito a máquina: “ Carta del Sr. D Antonio Beltrán y Vará, maes­
tro de primeras letras de D. Juan Donoso Cortés” . Nos referiremos después a esta
carta, en que el antiguo maestro informa a D. Pedro Donoso sobre su hijo, llegado
a Madrid recién terminada su carrera de Leyes.
,a Donoso Cortés (Madrid 1936) p.17.
’4 Fn Schramm, Donoso Cortés p 18 nt.2.
/ Universitario progresista 3;
i

3. U n iv er sit a r io im ber be y p r o g r e sist a

El año 1820, cuando Juan Donoso había cumplido once años y ya


tenía poco que aprender del maestro de Don Benito, creyó su padre
llegado el tiempo de que se entregase a estudios más serios, y le envió
a la Universidad de Salamanca. Apenas nos imaginamos hoy un niño
de once años acudiendo a aulas universitarias. Pero hay que pensar
que estos primeros estudios eran previos a las carreras propiamente
dichas y venían a ser equivalentes a nuestro bachillerato.
Los alumnos vivían aún en Colegios Menores, que ya habían sido
refundidos y que estaban en trance de desaparecer. El Gobierno cons­
titucional de 1820 había impuesto a las Universidades el plan de 1807,
que Fernando VII había mandado retirar. En él se preceptuaba que los
que habían de cursar Derecho cursaran antes tres cursos de Artes o
Filosofía, el primero de los cuales—el que hizo Donoso—comprendía
aritmética, álgebra y geometría. Es inútil hacer conjeturas—como las
hacen sus biógrafos—sobre la influencia ideológica de la decadente
Universidad de Salamanca en el pequeño Donoso. Era lo que hoy
diríamos un alumno de primero de bachillerato. El sensualismo, el uti­
litarismo y el enciclopedismo que se exponía en las aulas no es fácil
que en Salamanca hayan L'egado a él más que como ideas volanderas,
es decir, como llegan a los niños las cosas de los mayores. Más probable
es que haya oído entre los estudiantes bromas e ironías contra la reli­
gión y la Iglesia, que en su casa había aprendido a respetar 15.
Un año sólo estuvo en Salamanca. En 1821 se abrió de nuevo el
Colegio de San Pedro, de Cáceres, con categoría de Universidad pro­
vincial, y Juan fue enviado a él. Sin duda se tomó esta determinación
para que el niño estuviese más cerca de la familia. En el Colegio de
San Pedro estudió durante dos cursos lógica, metafísica y ética, y no
es fácil que haya aprendido en ellas demasiado, ni bueno, ni malo.
Mucho más significativo fue para él otro hecho: en Cáceres estuvo
en estrecha relación con la familia del hidalgo extremeño D. José
García Carrasco, vinculada por amistad y negocios con los Donoso de
Don Benito. La figura de D. José García Carrasco destaca en la vida
cacereña de principios del siglo XIX como la de uno de los primeros
hombres que saben adaptarse inteligentemente a los nuevos tiempos
y juntar nobleza con trabajo industrial y comercial. Los dos hijos de
García Carrasco—de veintiún y diecisiete años cuando vive Donoso
entre ellos—eran progresistas liberales, y pronto alcanzarían una signi­
ficación nacional en la política española. El padre financiaba los movi-
Gahino Tejado llega a decir que en Salamanca “ se hizo notable por la exaltación
de sus opiniones y de su conducta". Apenas es creíble.
Donoso Cortes l •y
34 Introducción general
miemos y la propaganda de las nuevas ideas, y "su casa era el centro
donde se reunían todos los patriotas”. Allí es fácil que, al contacto
con los García Carrasco y sus amigos, Donoso, que empezaba la adoles­
cencia, haya sentido ya un entusiasmo vibrante por el progresismo
liberal. Allí conoció también a la hija menor de la familia, Teresa, que
entonces tenía diez años, y que al cabo de otros ocho había de ser
su esposa l*\
En el verano de 1823 va Donoso a Cabeza del Buey (Badajoz) a
pasar las vacaciones estivales. Allí se ha retirado, en destierro vo­
luntario ante la inminente restauración del absolutismo forzada por
los cien mil hijos de San Luis, Manuel José Quintana, que parece
haber tenido amistad con el padre de Juan Donoso. El prohombre
progresista y el aprendiz de liberal entablan cordiales relaciones.
En los veranos siguientes volverán a encontrarse, a cambiar impre­
siones, a discutir, y su compenetración ideológica será tal, que Quin­
tana puede presentarle a un amigo, cinco años más tarde, como "un
sujeto que en los pocos años que cuenta reúne, a un talento nada
común, una instrucción y una fuerza de razón y de discurso todavía
más raras. Es dialéctico y controversista como usted [...]. Es hijo,
en fin, de mis oraciones; amigo de toda confianza, ha venido algu­
nas temporadas a hacerme compañía en la soledad en que vivo” 17.
Acabados sus estudios de filosofía, se traslada a Sevilla para cur­
sar allí la jurisprudencia. Con él entra en la Universidad sevillana
Joaquín Francisco Pacheco, ahora íntimo amigo suyo; pasados los
años, político influyente en España, jefe de la facción liberal que se
llamará "puritana”, y por ello muy distanciado del Donoso decidido
por el catolicismo. Es el mismo Pacheco el que asegura que ambos
fueron allí para pasar inadvertidos "en aquel mayor y más inextri­
cable espacio, donde nadie se ocuparía de seguro de sus anteceden­
tes”. Era la época de la reacción absolutista, y ambos, "siguiendo
el ejemplo de padres amados y venerados”, habían dado largas
muestras "de infantil liberalismo”, Pacheco en Granada y Donoso
en Salamanca. Y ahora temían aquella brutal persecución que res­
petaba poco las edades 18.
Del ambiente de Sevilla hacia 1820 dice Escosura que, en medio
de una opinión pública "realista y frailera”, "eran liberales los
hombres de letras, las clases altas de la sociedad y, generalmente
hablando, muchos militares, singularmente en los Cuerpos faculta­
tivos; y era a la sazón tan necesario, para pasar por persona de
IÍS Sobre Jos García Carrasco informa abundantísimamente M ig u el Mutfoz de S an
P eo r o , La esposa de Donoso Cortés: Revista de Estudios Extremeños 9 (1953) 375-447.
17 Carta a D . Agustín D urán , cit. por S chram m , Donoso Cortés (Madrid 1936)
p.40-41. Estando en prensa esta obra, ha aparecido la monografía de A lbert D íiROZER
Manuel Josef Quintana (París 1969).
J. F rancisco P acheco , Sobre el marqués de Valdegamas, en Literatura, historia y
política t.2 fM ad rid 1864) p.224. Sobre el mismo Pacheco informa N icom edes P astor
D ía z . Galería de españoles célebres contemporáneos t.6 (Madrid 1845) p.1-36.
Universitario progresista 35
buen ton</, ser liberal, como hoy parece serlo llamarse conservador
para no ser tenido por demagogo o petrolero. La juventud estudiosa
iba, como siempre, con la corriente de su época; iba delante de
ella, como cumple a los que, no aleccionados aún por la experiencia,
aceptan todas las teorías seductoras como si practicables fuesen” 19.
Era la misma situación de toda España, aunque ahora—entre 1823
y 1828—externamente reprimido el liberalismo por temor a la reac­
ción absolutista impuesta desde el Gobierno.
Cinco años va a ser Donoso alumno de la Universidad de Se­
villa. Esta vivía años de entusiasmo y logros, conseguidos por el que
fue mentor de ella entre 1823 y 1840, D. Nicolás Maestre, canónigo
sevillano, espíritu docto y conciliador. El estudio de la jurisprudencia
duraba seis años, pero a Donoso se le convalidó el tercer año de
filosofía por el primero de derecho por haber estudiado en él filo­
sofía moral.
Si, como asegura Pacheco, ha ido a Sevilla por miedo al abso­
lutismo, esto nos explicaría que sus manifestaciones externas hayan
sido literarias y no políticas durante su estancia allí. Iban bien, ade­
más, las aficiones literarias con su edad de adolescencia y primera
juventud. Con un grupo de amigos—entre ellos el mismo Pacheco—
"fundó por entonces una sociedad literaria, continuación de la que
años antes formaban los más insignes literatos de Sevilla: Lista, Rei-
noso, Blanco, Arjona, y que tan gloriosos recuerdos ha dejado en
aquella ciudad” 20. Escriben poesías románticas de amor—se conser­
van algunas en el archivo de los Donoso—, practican los consejos
del maestro Quintana e imitan sus robustas silvas, de amplias y ro­
zagantes cláusulas oratorias. No estaban los tiempos para hacer pro­
paganda de ideas liberales, pero nada impedía ensalzar en sus versos,
con gusto muy de la época romántica, a los campeones de las liber­
tades patrias. Con deformada perspectiva histórica, se creía entonces
que los comuneros de Castilla habían sido tales, y el joven Donoso
escribe una tragedia en verso sobre Padilla. Quintana había escrito
en 1797 y publicado en 1808 una oda a Juan de Padilla.
Pero sus estudios y sus hondas aficiones no le permitieron a
Donoso abandonar la lectura y la meditación filosófica e histórica.
En estos años lee a Locke, a Condillac, a Destutt de Tracy, a De Bo-
nald. Se advierten manifiestamente los primeros influjos lockianos
en su concepción del conocimiento humano, de las ciencias políticas
y morales, de las ciencias matemáticas, y en su postura, un tanto
escéptica, ante la posibilidad del conocimiento filosófico 21.
10 Cit. p or H ans J u r e t sc h k h , Vida% obra y pensamiento de Alberto Lista (M a d rid
1951) p . 100-101.
20 N ic o m e d fs P a s t o r D ía z , Galería de españoles célebres contemporáneos (Madrid
1845) p.234. Para comprender el sentido y alcance de esta Academia literaria en el
ambiente sevillano es indispensable consultar la obra citada de Hans Juretschke sobre
lista.
21 Dos cartas a Manuel Gallardo: 1 171-78.
36 Introducción general

4. El jo v e n abo gado l ib e r a l

Acabada su carrera y licenciado en Leyes, después de un breve


descanso en Don Benito, se fue a Madrid. Entra Donoso con dieci­
nueve años en Madrid. Va lleno de ilusiones a la capital romántica
de aquella pobre nación. Le ha debido de mover a tomar esta deci­
sión la esperanza de situarse en el centro de la política y la cultura,
y así abrirse paso en la vida. Es un joven ilustrado, progresista, de­
cidido, inteligente, de buen porte y muchas esperanzas. Va recomen­
dado por Quintana a Agustín Durán22, hombre relevante en las
letras y en la sociedad, y a otros amigos de su padre. Se pone en
contacto con círculos literarios y políticos, y, lo que es más impor­
tante, toma una primera conciencia de lo que es la vida real de los
hombres, pues hasta ahora sólo había vivido de libros, de ideas y
de ilusiones. No le debió de ir muy bien en Madrid. Anduvo alcan­
zado de dinero 23, tropezó con quienes pensaban de manera distinta 24,
vio de cerca la política y los políticos, supo las intrigas de Palacio
ante la posible nueva boda de Fernando VII; no alcanzó éxito, y,
desilusionado, se volvió a Don Benito. Sin embargo, ya se había
relacionado y ya había dado muestras de su talento y estilo. He
aquí lo que escribía sobre él su antiguo maestro: "Por otro lado,
yo no veo en Juanito (por ahora) un joven malo ni vicioso, sino
un futuro sabio con algún orgullo, que es menester moderar [...];
pero su talento es tan agigantado, que frustra nuestros intentos, pues
en cualquier cuestión, apenas abre los labios, cuando ya está nuestro
Juan en el último de la tal cuestión bajo cualquier punto de vista
que se la tome” 25.
Al comenzar el curso siguiente 1829-1830, Quintana se negó a
aceptar la cátedra de Estética y Literatura en el Colegio de Cáceres.
Estaba ya fatigado y no se sentía seguro en la que los liberales
llamaron "década ominosa” del absolutismo fernandino. Quintana
mismo señaló con el dedo quién habría de ser el titular de aquella
cátedra: Juan Donoso Cortés. Aceptó de muy mala gana 26 y exi­
giendo que el objeto de esa cátedra no fuese "iniciar a los discípulos
en los primeros rudimentos del arte de hablar y escribir con ele­
gancia”, sino "subir hasta sus principios más fecundos [de las hu-
22 Ver la carta de recomendación en S chram m , Donoso Cortés (Madrid 1936) p.40-41.
En el archivo familiar se conserva una carta apremiante y encrgica a su» padre
exigiendo sus derechos a disponer de más dinero. Véase su transcripción más abajo:
i 169-70.
-4 Se deduce de la carta de D. Antonio Beltrán, el antiguo maestro, a su padre,
conservada en el archivo familiar.
28 En Ja misma carta.
2WCf Dos <artas a Manuel Gallardo: í 177-78.
/ El joven abogado liberal 37
manidadés] y sus aplicaciones más brillantes” 27. Se le encargó,
además, el discurso de apertura de1 Colegio, en el que mostró de­
cisión, originalidad, progresismo, " ilustración ” y los principios de
la que, andando el tiempo, sería oratoria deslumbrante. La cátedra,
que no era más que de adorno, no tuvo gran éxito en Cáceres. Sólo
acudieron dos discípulos, y a mediados de curso se quedó con uno,
Gabino Tejado. Sin embargo, el pundonoroso profesor acudía diaria­
mente a clase y pronunciaba su disertación ante el imberbe y atónito
alumno 28.
La vuelta a Cáceres le había puesto de nuevo en contacto con
la familia García Carrasco, cuyos hijos habían podido ya volver del
exilio político impuesto por la reacción. Acaso bastaron esos pocos
meses para decidir su matrimonio con Teresa, la hija menor. Lo
cierto es que contrajeron matrimonio el 20 de enero de 1830. Con
ello Donoso quedó vinculado a una familia de burgueses muy po­
derosa y muy influyente en Extremadura y en Madrid. Ha debido
de ser Teresa una mujer de exquisitas dotes morales, pero sabemos
poco de ella 29.
Los dos cursos siguientes 1830-1832 parece haber estado Donoso
retirado en Don Benito, dedicado a ayudar a su padre en las tareas
del bufete y acaso buscando un cierto ocultamiento, porque corrían
tiempos malos para los amantes del progresismo liberal. Han debido
de ser años de calma personal y maduración. Según se deduce de
apuntes del archivo, ha debido de leer mucho, y ahora ha debido
de comprender mucho mejor a Rousseau, a Maquiavelo, a Voltaire,
Pauw, Helvetius, Montesquieu, Montaigne, y también a los román­
ticos Chautebriand, Byron, M. de Staél, etc. Estos son los nombres
de sus autores preferidos en estos años.
Se podría decir que ahora termina Donoso su formación inte­
lectual de juventud. En seguida va a entrar en la vida pública y
política, de la que ya no saldrá nunca. Está ya listo para actuar.
Donoso aparece en sus primeros escritos como un joven muy dotado,
muy inteligente, muy entusiasta de su siglo y de las "luces”, cons­
ciente de su valor y decidido a realizar una misión en la evolución
progresista de la cultura, de la Patria y de la humanidad. Se advierten
*7 Carta a D. Jacinto Hurtado: I 179.
88 De todo ello informa Gabino Tejado en Noticia biográfica; Obras completas de
Donoso Cortés, ed. de Ortí y Lara, t.l (Madrid 1903) p.xxvi y xxvii. He aquí un
comentario expresivo de Gabino T ejad o : ‘Todavía es, y muchas veces pienso qué
idea le movía o qué sentimiento le sustentaba cuando, haciéndome acudir diariamente
y con puntualidad al aula espaciosa donde estaba su cátedra, me tenía sentado sobre
el banquillo hora y media, pronunciándome un discurso didáctico, del cual puede fi­
gurarse el lector lo que se alcanzaba a un chico de diez años. Preciso es que obrara
en él con mucha fuerza la conciencia de su deber para llevar tan adelante la formalidad
de su empeño; si ya no es, y esto parece más probable, que se aprovechara de
aquella cuasi soledad para hacerse a sí propio prueba y ensayo de sus fuerzas/’
-MV éase M iguki M utfoz d e S an P e d r o , La esposa de Donoso Cortés; Revista de
Rstudios E xtrem eñ os 9 (1953) 375-447.
38 Introducción general
en él los rasgos de nobleza y dignidad, a veces rayana en la altivez.
No hay manifestación alguna de religiosidad. Debe de haber sido
un católico cumplidor frío de sus deberes, sin otra inquietud reli­
giosa. Pero, eso sí, católico. Muchos años más tarde escribirá: "Yo
siempre fui creyente en lo íntimo de mi alma; pero mi fe era es­
téril, porque ni gobernaba mis pensamientos, ni inspiraba mis dis­
cursos, ni guiaba mis acciones. Creo, sin embargo, que si, en el
tiempo de mi mayor abandono y de mi mayor olvido de Dios, me
hubieran dicho: 'Vas a hacer abjuración del catolicismo o a pade­
cer grandes tormentos’, me hubiera resignado a los tormentos por
no hacer abjuración del catolicismo” 30.
En el Discurso de Cáceres aparece respetuoso con el cristianismo
y admirador estético de sus valores, de su fuerza de unidad, de su
poder creador. Como buen romántico, admira la Edad Media, y,
como buen liberal, aborrece "el monstruo del feudalismo”. Se entu­
siasma con el siglo x v i i i y con los filósofos franceses, que han
hecho posible el siglo XIX, "que marcha con un paso asegurado en
la carrera de la ilustración, con todo el saber de las edades pasadas
y con toda la experiencia de las edades presentes” 31. En suma,
Donoso es un ecléctico progresista, creación típica de la época.

5- E n EL DIFÍCIL MUNDO DE LA POLÍTICA

Mediado el año 1832, Donoso y su esposa se instalan en Madrid


junto a los hermanos de ésta, los capitalistas liberales García Ca­
rrasco. Aquellos meses de 1832 le dieron al fin la mejor ocasión para
intervenir activamente en la política, que era lo que deseaba. En
septiembre, el rey, ante el peligro inminente de muerte, restableció
la sucesión del trono para su hermano D. Carlos, derogando la prag­
mática que había publicado hacía dos años para que le sucediese su
hija Isabel. Aquello era dar el triunfo a los carlistas contra los libe­
rales. Un grupo de liberales activos y decididos consiguieron en ocho
días (21 de septiembre-1 de octubre), con el apoyo de la reina y de
su hermana Luisa Carlota, que el rey se volviese de nuevo atrás,
que destituyese a todo el Gobierno y que nombrase un Gobierno
liberal, presidido por Cea Bermúdez. Suárez Verdeguer, que ha es­
tudiado detalladamente estos acontecimientos, conocidos con el nom­
bre de "sucesos de La Granja”, asegura que "hay motivos suficientes
para sostener incluso que fue [Donoso] uno de los que tomaron
” Carta a M . Alberich de Dlamhet marqués de Raffin: II 342.
Discurso de apertura en el Colegir) de Cúteres: J 102-3.
En el mundo de la política 39
/
parte más decisiva en el golpe de Estado que puso el Gobierno en
manos de los liberales” 32.
Para evitar que el vacilante y receloso rey diese otra vez un
paso atrás y se retractase de lo hecho y para presentar como mag­
nífica, patriótica y leal la actuación de los liberales, Donoso envía
a Fernando VII un amplio informe sobre la ley de Sucesión y sobre
la significación de lo ocurrido en La Granja 3\ Escrito con gran
habilidad y apelación a argumentos jurídicos e históricos, este docu­
mento señala, además, su toma de posición incondicional al lado
de María Cristina, con una fidelidad caballeresca y romántica que
nunca sufrirá mengua aun cuando haya cambiado por completo de
ideología.
La Memoria sobre la situación de la Monarquía produjo a Do­
noso disgustos con la censura y el ministro de Gracia y Justicia,
como puede verse por dos documentos inéditos hasta ahora, y que se
publican más abajo (p.224-25); pero, a pesar de todo, debió de agra­
dar al rey, porque, de hecho, en febrero de 1833 fue nombrado
oficial de la Secretaría de Gracia y Justicia, que era tanto como
empezar a escalar los puestos burocráticos que un día le llevarían a
ser una de las primeras figuras de la política nacional. Tenía vein­
titrés años y era toda su ambición.
Murió el rey en 1833. Se encendió en España la primera guerra
carlista. Donoso la seguirá desde la Villa y Corte, donde ahora des­
pliega una gran actividad política y literaria 34. Ser político elevado
en la primera mitad del siglo XIX llevaba frecuentemente consigo el
ser un poco—o un mucho—poeta. Recuérdense, por todos, los nom­
bres de Quintana y Martínez de la Rosa. Quintana tenía una ter­
tulia abierta a jóvenes, poetas y liberales que afluían a Madrid. Allí
iba, naturalmente, Donoso, y allí trató con Espronceda, Larra, Ven­
tura de la Vega, Escosura, Alberto Lista, etc. Allí conoció a un
joven gallego, Nicomedes Pastor Díaz, que será su íntimo amigo y
colaborador mientras Donoso sea liberal. Luego las ideas y los des­
tinos los distanciarán. También Donoso abría las puertas de su piso
de la calle de Atocha a las tertulias literarias, y allí fue invitado un
día Jozé Zorrilla, que desde entonces encontrará en Pastor Díaz y en
Donoso dos mecenas 35.
F ederico S uárez V e r d e g u e r , Introducción a Donoso Cortes (Madrid 1964} p.26.
Véanse también del mismo autor La primera posición política de Donoso Cortés;
Arbor 16 (1946) 73-98; y como obra general, Los sucesos de La Grania (Madrid 1953).
31 Véase más abajo p.2l3ss, No parece, pues, exacta la suposición de Sch ram m (D o ·
noso Cortés p.59), que repite S a n tia g o G am n d o (Donoso Cortés y su teoría política p.53).
de ciue hava escrito esta memoria con “ el designio de llamar la atención del rey sobre
su persona".
14 Pío Baroja habla de una reunión de cristinos en la que “ presidían la mesa el
abogado Cambronero, Donoso Cortés, los dos muy guapos y currutacos, y D. Rufino
García Carrasco" (Pío B aroja , Aviraneta o la vida de un conspirador: Colee. Austral,
F.spasa I Buenos Aires 1947] p.l39V
** Sobre las relaciones entre Donoso y Pastor Díaz informa S antiago G a m n d o
H e r r er o , Donoso Cortés en su paralelo con Balmes y Pastor Díaz: Revista de Estudios
Políticos 69 (1953) 111-139.
40 Introducción general
Se conservan algunas composiciones poéticas de Donoso. No
exageramos si decimos que nunca fue poeta. No era su vocación,
por más que le ensalce su amigo Pacheco 3tó. Predomina en sus com­
posiciones la razón sobre el sentimiento. Hay en ellas frecuentes
concesiones a la grandilocuencia, que iría mejor en sus futuros dis­
cursos parlamentarios. Tiene chispazos de inspiración e imágenes
logradas, pero se pierde más frecuentemente en un barroquismo de
alegorías y metáforas frías, que dan la impresión de afectación y
falta de espontánea manifestación del sentimiento.
La política era definitivamente su camino. Le importa cada vez
menos escribir poesía, y cada vez más escribir de política. Comienza
ahora una intensa actividad periodística en aquellos periódicos, mu­
cho menos informativos que los de nuestros días y mucho más
polemistas e ideológicos. El "periodismo” era una profesión mal
mirada por los " académicos ” de la Lengua, que la tachaban de
literatura tosca, desaliñada, relajada, procaz, revolucionaria. Todavía
en 1845 tenía que defender J. Francisco Pacheco la profesión perio­
dística ante la Academia Española37. A Donoso no le importa de­
masiado la repulsa académica, y le interesa mucho la difusión del
liberalismo en los periódicos, que llegaban a todas las manos. Es ya
un polemista, y lo seguirá siendo hasta su muerte. Escribe, pues, en
La Abeja, en El Porvenir, en El Observador, en El Correo Nacional,
en El Piloto, en la Revista de Madrid, etc. Desgraciadamente, no siem­
pre es fácil identificar cuáles son los artículos de Donoso, porque
generalmente van sin firma.
En marzo de 1834 asciende en el escalafón burocrático, y pasa
a ser secretario con ejercicio de decretos en el Ministerio de Estado.
Gobernaba entonces Martínez de la Rosa con un equipo de libera­
les moderados, y más débiles que moderados. Aquel verano, el 17 de
julio, sucedió la espantosa matanza de frailes a que nos referimos
más arriba. Donoso se ha impresionado hondamente por ella, y ha
exigido al Gobierno que cumpla su misión "defendiendo el Trono,
consolidando la libertad y sofocando la anarquía”, ideas expuestas
en el prólogo de uno de los escritos más importantes de esta época,
las Consideraciones sobre la diplomacia .
Cuando escribe este folleto—agosto 1834—, Donoso sigue siendo
liberal, pero se advierte sensiblemente una tendencia a la modera-
D espués de JJamarle “ otro L u can o ” , “ otro G ó n g o ra ’\ añade que, “ de haber per­
m anecido por algún tiem po las instituciones de 1830, de no abrirse a la juventud el
nuevo estadio que de aJlí a poco se Je franqueó, llam ándola a las cuestiones públicas,
puede tenerse por seguro que el cantor de la duquesa de Frías hubiera llegado a ser
m uy luego un jefe de escuela en nuestra república literaria” (J. F rancisco P acmfxo ,
Sobre el marqués de Valdegamas, en Literatura, historia y política t.2 [M adrid 1864]
p.228).
37 / . F r a n c is c o P ach aco , Discurso de recepción en la Academia Española , en Lite -
rotura, historia y política t.2 (M adrid 1864) p. 181-96.
3* Véase en p.226ss.
I En el mundo de la política 41
ción. El partido liberal se escinde en dos ramas ese mismo verano :
una progresista, otra moderada. Muchos de los liberales avanzados de
antaño han aprendido mucho en las conmociones sociales que han
provocado las nuevas ideas, y ahora temen llegar a las últimas con­
secuencias del individualismo y la soberanía popular. Así, en el
partido moderado se encuadran Martínez de la Rosa, Toreno, Alcalá
Galiano, Istúriz y Donoso, que, mucho más joven que ellos, ha re­
flexionado ya, y—característica de su genio—ha visto en los prin­
cipios las lejanas consecuencias.
En el verano siguiente, un tremendo revés de la fortuna le arran­
ca de su lado al ser más amado: el 3 de junio de 1835 moría su
esposa repentinamente en Cáceres. Y un año antes había muerto
la única hija nacida del matrimonio. Donoso se sintió solo; la vida
empezaba a mostrársele menos fácil y risueña de lo que le había
parecido cuando leía a Rousseau. Permanecerá ya toda la vida a solas
con el recuerdo de su mujer: "Su imagen celestial no se separará
de mí un momento” ; "jamás alma más pura habitó sobre la tierra;
todos la llamaron ángel, y ángel ha sido que, después de haber con­
solado a la tierra, que no la merecía, habita con Dios, que se admi­
rará en su obra. Por lo demás, amigo mío, la felicidad se acabó ya
para mí, y en mi corazón sólo habitará la tristeza” 39.
Los escritos de Donoso se van mostrando cada vez más pruden­
tes y hasta pesimistas. Nada extraño por lo demás, pues durante el
Ministerio del conde de Toreno—8 de junio-14 septiembre 1835—
la anarquía en la nación fue total, y, más que el Gobierno, dirigían
las provincias juntas revolucionarias. Le impresionaba a Donoso la
sinrazón de cuanto ocurría en España, la feroz y larga guerra civil
y la anarquía imperante. Leía en esta época a los doctrinarios fran­
ceses Benjamín Constant, Roger-Collard, Guizot. Le agradaba su me­
sura, le parecía que hacían bien en colocar la soberanía en la razón,
y que ésta radicaba en las clases burguesas, cultas y pudientes; en
las "aristocracias legítimas, es decir, inteligentes”, y no en el pueblo,
a no ser como excepción. Le agradaba la teoría de la Monarquía
parlamentaria bicameral, aunque empezaba a temer al parlamenta­
rismo, y también se inclinaba por el sufragio restringido, la división
de poderes, etc., todas ellas tesis de los doctrinarios franceses. Sin
embargo, todavía se entusiasmaba con la Revolución francesa, en
cuanto iniciadora de una época luminosa y "racional” 40.
Donoso seguía adherido al Gobierno progresista y sirviéndole
con entusiasmo, aunque ahora estuviese presidido por Juan Alvarez
30 Cartas reproducidas en S chram m , Donoso Cortés (Madrid 1936) p . 53-54.
40 Cf. La ley Electoral considerada en su base y en su relación con el espíritu de
nuestras instituciones: l 307. Sobre el paralelismo de las ideas de Donoso en este ar­
tículo con los doctrinarios franceses véase L u is Dfcz r m C o rra l* El liberalismo doc­
trinario (Madrid 1945) p.505ss*
42 I ntroducctón gene ral

Mendizábal. En otoño del año 1835 ha ido a Extremadura, enviado


en calidad de comisario regio para ver de conseguir con su influencia
el que aquella región obedeciese a la reina y al Gobierno central
y no a junta soberana alguna. Su gestión debió de tener éxito, por­
que se le conceden la cruz y placa de caballero de Carlos III, se le
da la categoría de funcionario más antiguo y jefe de sección en la
Secretaría de Gracia y Justicia. Más tarde se le nombró secretario del
Gabinete y de la Presidencia del Consejo, cargo en el que no duró
más que cuatro días, poique el 11 de mayo cayó el Gobierno de
Mendizábal.
Qué actitud tuvo nuestro político ante el "inmenso latrocinio”
perpetrado por Mendizábal con la apropiación de todos los bienes
de las comunidades religiosas y con la supresión definitiva de todos
los conventos, no es fácil saberlo. Ninguno de sus biógrafos hace
alusión al hecho. Es seguro que su sincera fe católica, que nunca le
faltó, y la elevación y nobleza de su carácter no le habrán permitido
aprobar tamaño atropello, como no le permitieron apoderarse de
ninguno de los bienes eclesiásticos, según consta por documentos
del archivo.
Acaso ha sido una sacudida más a su honradez y a su conciencia
de las que poco a poco le irán alejando de aquella laya de liberales
que en nombre de la libertad y de la razón ejercían el despotismo
y la estupidez. En cualquier caso, no ha debido tener parte activa
ninguna, ya que el asunto todo lo llevó el Departamento de Ha­
cienda.
Cesó en sus cargos políticos al caer Mendizábal, pero en las elec­
ciones siguientes salió elegido diputado por Badajoz. Tenía veinti­
siete años y empezaba su larga carrera parlamentaria.
En octubre de ese mismo año, 1836, era invitado por el Ateneo
de Madrid, en cuya restauración, tras el eclipse absolutista, había
tenido gran parte, para ocupar una de las cátedras y dar desde ella
lecciones nada menos que de Derecho político. La empresa era ardua
por la efervescencia y la animosidad política del momento. Del 22
de noviembre de 1836 al 21 de febrero de 1837 dio diez lecciones,
en las que, demostrando amplios conocimientos de los pensadores
del día, sobre todo de los doctrinarios franceses, se pronunció abier­
tamente en contra del absolutismo y en contra de la revolución, en
contra del derecho divino y en contra de la soberanía popular;
defiende la soberanía de la razón y opugna el principio de ilimitada
libertad; el Gobierno representativo es el ápice de la perfección
política. Todos los que han estudiado el pensamiento político de
Donoso hacen notar que al final de la lección décima, y a pesar
de haber combatido ásperamente el pensamiento de los tradiciona-
listas franceses, no puede menos de echar una mirada a los tristes
En el mundo de la política 43
suceso/ revolucionarios, y lamentar que se haya querido sustituir a
Dios por la razón humana, "que sucumbe si la fe no la sostiene, que
desfallece si otra divinidad no la guía”. Sigue un ataque bastante
claro y muy valiente al progresismo. Esto ha debido de ser la causa
de la interrupción inesperada del curso de lecciones del Ateneo. Este
progresismo había subido de nuevo al Poder tras el golpe de audacia
de unos sargentos en La Granja, que obligaron a la reina a firmar
un decreto restituyendo la Constitución de Cádiz, bajo pena de fu­
silar ante sus ojos a su nuevo esposo, Fernando Muñoz. Donoso se
dedicó entonces a combatir al Gobierno progresista de Calatrava des­
de El Porvenir. El Gabinete cayó efectivamente el 18 de agosto
de 1837. Al día siguiente apareció en El Porvenir esta nota: "Ha­
biendo sido presentada a S. M. la dimisión del Ministerio que he
combatido hasta ahora, éstas serán las últimas líneas que escriba en
El Porvenir Juan Donoso Cortés.” Un periodista comentó: "Con
ese mismo garbo limpia la espada en la muleta y saluda al público
Montes después de despachar un toro de buen trapío.”
Las Lecciones de Derecho político son la exposición más com­
pleta de la ideología política del Donoso liberal moderado y señalan
al mismo tiempo, aunque tímidamente, un punto de inflexión en
que su mentalidad comienza a derivar hacia nuevas orientaciones.
Joaquín Costa afirmó de ellas que eran comparables a los tratados
políticos de Francisco Suárez 41. En cualquier caso, significan el es­
fuerzo más notable hecho en España en la primera mitad del siglo
por justificar teóricamente una forma política, en este caso la de la
Monarquía liberal representativa. De haberlas terminado, hubieran
constituido un tratado completo de Derecho político constitucional.
Suponen también un esfuerzo—ya lo notó Menéndez Pelayo—por ver-
íer en términos castellanos las expresiones y términos de las nuevas
doctrinas europeas, a las que nuestro idioma no estaba acostumbrado.
Los tres años siguientes (1837-1840) ha seguido Donoso Cortés
un rumbo parecido a los anteriores y sin cosa de especial mención.
Son años de intensa actividad periodística: director de El Porvenir,
que él mismo había fundado con Bravo Murillo; colaborador en
muchos periódicos sobre temas políticos, históricos, filosóficos y lite­
rarios. Los escritos de esta época revelan los pasos lentos, pero
ininterrumpidos, que Donoso va dando hacia posiciones cada vez
más conservadoras y absolutistas.
La teoría de la división de poderes es una teoría absurda con­
vertida en hecho, es un hecho antisocial y monstruoso, "y, como
monstruoso y como antisocial, concitador de tormentas y nuncio de
41 Jo aq u ín C o s t a , Estudios jurídicos y políticos: Biblioteca Jurídica de Autores E s­
pañoles t.14 p.!28ss.
44 lntrodacción gem. ral

tempestades’’ ,L>; el monarca es el único representante de la socie­


dad, el único poder del Estado u\ En la polémica que sostiene el
año 1838 con el docttinario Rossi, toma ya una actitud crítica fran­
camente acusada contra los liberales doctrinarios franceses, sus com­
pañeros de ideas de sólo dos años antes 1 Empiezan a resonar en
sus escritos las frases contra la razón humana y se advierte clara­
mente un hondo recelo hacia ella por los frutos que va dando su
soberanía 45.
Así una reflexión existencial sobre los hechos es lo que le está
aleccionando sobre lo que debe pensar. Primero había querido que
unas ideas gobernasen los hechos, ahora son los hechos históricos y
vividos los que están modificando sus ideas.
Luchador político, ve subir y bajar Gobiernos, disolverse Cortes
y empezar otras nuevas, redactarse una nueva Constitución y ascen­
der del horizonte las estrellas refulgentes de dos militares, Espartero
y Narváez, que van a ser alternativamente los timoneles del Estado,
y con los cuales se las tendrá que ver también nuestro político.
Fue también en esta época cuando inauguró su carrera de orador
parlamentario como diputado de la provincia de Cádiz. Gabino Te­
jado informa 46 que su primer discurso fue acogido con carcajadas y
alborozo por el tono teatral y enfático del orador y por haber apelado
a Dios y a su providencia hablando de cuestiones económicas. Do­
noso empezaba a ser teólogo en fuerza de la política y de la meta­
física de todas las cosas. Pero no todos podían comprender aquella
nueva manera de razonar.

6. S e r v id o r f ie l de M a r ía C r i s t in a

El 27 de julio de 1840 pedía permiso Donoso Cortés en su


Departamento de Gracia y Justicia para pasar a Francia "con el fin
de poder tomar baños para el restablecimiento de su salud”. La
razón aducida era aparente, y el motivo debió de ser muy otro. El
general Espartero, triunfador en la guerra contra los carlistas y cau­
dillo del progresismo, se había convertido en el ídolo del pueblo,
y su influencia en la política era decisiva. Era él quien gobernaba
la nación. En julio de este año 1840, sus relaciones con la regente
4- Principios sobre el proyecto de ley fúndam e J a l : I 452.
43 Ibid. : I 454-5.
44 Cf. Polémica con el Dr. Rossi: í 492ss. Con todo, hay que advertir, como lo hace
Luis Diez del Corral, que este escrito es polémico y “está centrado en torno a la política
exterior, con lo que se tiende, naturalmente, a acentuar las divergencias nacionales,
el momento de crisis por que atravesaba el doctrinarismo francés en el momento de
publicarse el referido escrito y las reservas que éste contiene. Los doctrinarios son
todavía para Donoso eminentes filósofos y les reconoce la valía de su obra política”
(Luis D íe z d e l C o r r a l, El liberalismo doctrinario [Madrid 1945| p.511-12).
4:> Ver Estado de las relaciones diplomátu as entre Francia y España: I 585-86.
4' G abjno T eja d o , Noticia biográfica, en Obras de D. Juan Donoso Cortés, ed. de
Ortí v Lara ^Madrid 1903) p.49-51.
/ Servidor de María Cristina 45
María Cristina, que habían comenzado siendo cordiales, se hicieron
difíciles—no sin culpa de ella—, / a mediados de mes tan tirantes,
que Espartero presentó la dimisión de todos sus cargos el 15 de
julio. La depresión y el miedo se apoderaron de María Cristina, que
decidió inmediatamente, harta de ni poder ni saber gobernar a
España, renunciar a la regencia, y así se lo comunicó a sus minis­
tros” 47.
Prudentemente podemos conjeturar que Donoso, hombre desta­
cado ya en el partido moderado, el más adicto a la reina, ha ido a
Francia para estar al lado de María Cristina cuando saliese de Es­
paña, o acaso la misma María Cristina le ha encomendado la gestión
de su estancia en el país vecino. Lo cierto es que, cuando la reina,
después de laboriosos trámites y firme en su decisión, llegó a Mar­
sella el 18 de octubre de 1840, allí la esperaba Donoso Cortés, y
allí redactó un manifiesto que la reina madre dirigía en despedida
a la nación española 48.
De Marsella ha ido Donoso a París en el cortejo de la soberana,
y allí ha pasado todo el invierno. Esto le ha dado ocasión de tomar
un primer contacto con la sociedad francesa y sus intelectuales. Ma­
ría Cristina le nombra miembro del Consejo de tutela de las infantas
Isabel y María Fernanda. En marzo le llama a Lyón y le confía una
misión muy delicada: ir a Madrid y ver de arreglar con Espartero
el asunto de la tutela de sus hijas. La reina se había reservado el
derecho de tutela al renunciar a la corona. Las Cortes, por el con­
trario, declararon la incompetencia de la reina madre para este
cargo por estar lejos de las infantas. Entré la reina y Espartero se
cruzó una numerosa correspondencia sobre el asunto. Pero todo fue
inútil. Las Cortes y el Gobierno no reconocían la tutela de María
Cristina y ésta no quería ceder en sus derechos de madre. Vino Do­
noso a Madrid, pero sus escritos en periódicos y sus numerosas
gestiones fracasaron también. Las Cortes nombraron poco después
(10 de julio) tutor a D. Agustín Argüelles, uno de los constitucio-
nalistas del año 12, ya anciano y ponderado 49.
Fuese por la valentía de sus escritos contra el Gobierno, fuese
también por lealtad a la reina madre, lo cierto es que Donoso Cortés
se volvió a París, desterrado voluntariamente, y se incorporó al grupo
47 Sobre los hechos que provocaron la renuncia de la reina regente véase en este
mismo volumen la nt.l a la Correspondencia con María Cristina p.743ss. Para una in­
formación más amplia, L a fu fn t f -V alera , Historia general de España t.22 1.10 c.3
(Barcelona 1890); M arqués o f V iila u r r u tia , La reina gobernadora D .· M aría Cris-
tina de Borbón (Madrid 1928): C onde d e R om an o n es , Espartero* el general del pueblo
(Madrid 1932).
1H Véase en L afukntf-Vai fra , l.c., p .76-78.
4V En esta edición se publican por primera vez las numerosas cartas que Donoso
Cortes escribió a María Cristina dándola cuenta de sus gestiones (véanse en p.743ss).
También se publican dos escritos oue Donoso redactó sobre la cuestión de la tutela
(p.795ss). En el archivo de la familia Donoso se conservan copias de las cartas que
se cruzaron entre la reina y Espartero con motivo de la tutela de las infantas.
46 Introducción general
de emigrados políticos moderados, entre los que figuraban Martínez
de la Rosa, Cea Bermúdez, el conde de Toreno, Alcalá Gallano, los
generales O’Donnell y Narváez, etc. Donoso ha sido un romántico
servidor de María Cristina. Desde que empezó a militar en la po­
lítica ha mantenido una fidelidad incondicional y perpetua a aquella
mujer que, en medio de sus ligerezas y a pesar de sus equivocaciones,
representaba para Donoso una institución sacrosanta: la Monarquía
española legítima. Cuando más adelante cambie por completo de
ideas y sea enemigo de todos los liberales, seguirá, sin embargo,
siempre al lado de la reina madre y de su hija, que encontrarán en
él hasta su muerte un súbdito noble y un colaborador de plena con­
fianza. Ha sido esta lealtad inquebrantable a María Cristina, y, por
ende, a su hija, el único vínculo que en los últimos años de su vida
ha unido a Donoso con el régimen liberal.
Desde ahora—verano de 1841—hasta octubre de 1843, en que,
caído Espartero, y con él el progresismo, puede Donoso volver a
España, permanece en París. De julio a octubre de 1842 ha escrito
en El Heraldo unas Cartas de París, en las que aparece enterado e
interesado por todos los movimientos políticos e intelectuales de
Francia, excepto por el socialismo, que aún no le preocupa. Ha es­
tado en contacto íntimo con los medios doctrinarios y ha entablado
relaciones personales con sus maestros de poco tiempo antes: Guizot,
ahora jefe del Gobierno, y Roger-Collard. Hace en las Cartas de
París una crítica inteligente de Guizot y del doctrinarismo, en el
que cada vez cree menos, y penetra, con la profundidad que le ca­
racterizará años más tarde, en la raíz de su debilidad, que es su
postura sin compromiso y su negatividad. Pero, a pesar de todo,
lazos de amistad y estima le han unido indisolublemente a estos
hombres, y prueba de ello es su correspondencia ulterior con Guizot
y el que Roger-Collard le admitiera como miembro del Instituto
Histórico de Francia, del que era presidente 50. Por lo demás, Do­
noso era una antena que captaba todos los movimientos políticos
y culturales de Francia, sobre todo los políticos, ya que la política
fue siempre su más honda vocación. Desde muy joven había dialo­
gado con los pensadores y los literatos franceses; y ahora se ena­
moró del ágil mundo francés. Por Francia sintió siempre debilidad
y la consideró como nación providencial para la propagación de las
ideas nuevas 51.
En esta época ha leído abundantemente a los filósofos tradido-
nalistas, a los que ya conocía en parte. Eran el alimento intelectual
de los católicos franceses conservadores, que veían con malos ojos el
catolicismo liberal de Lamennais y de VAvemr. Las huellas de De
50 Se conserva en el archivo copia de la carta con la que agradece su admisión,
hecha, se dice allí, "sur Ja présentation de M. Martínez de la Rosa1*.
31 CÁ. Discurso sobre la dictadura: II 313 ; Carta a S. S. Pío JX : II 978,
j Eminencia gris de Palacio 47
Maistre són demasiado evidentes en las Cartas de París. Le ha gustado
más que en otros tiempos, sin dud? porque, sin sentirlo, él era tam­
bién cada vez menos liberal y menos racionalista· Hasta el extremo
de que ya aquí, como un relámpago que prenuncia su futuro pen­
samiento, se atreve a escribir: "Tan cierto es que la razón humana
es la mayor de todas las miserias del hombre. Sin la fe, no sé lo
que es la verdad y no comprendo sino el escepticismo” 52. Se acen­
túa su pesimismo intelectual, que ya se había iniciado en las Leccio­
nes del Ateneo, y, en consecuencia, su adhesión a la fe como única
tabla de salvación. ¿No estaban dando la historia y los hechos del
momento la razón a los tradicionalistas?
Si Donoso participó y hasta qué punto en la tarea conspiradora
que María Cristiana alentaba y favorecía para derrocar el Gobierno
progresista de Madrid, no es fácil decidirlo por falta de datos. Pero
es muy probable que así fuera, porque de una u otra manera cons­
piraban todos los emigrados insignes y porque Donoso era el secre­
tario de la reina conspiradora. Aunque la reina y su secretario tenían
bastante con apaciguar y mantener unidos a los emigrados, ya divi­
didos entre sí en pugnas y rencillas mutuas. Recuérdese que eran
españoles 53.

7. E m inencia g r is de P alacio

En aquella sociedad política española, nada era estable y perma­


nente, porque el país no había encontrado aún su camino en los
nuevos tiempos. Espartero fue en 1840 un ídolo popular que en
agosto de 1843 cayó por tierra hechos añicos, y tuvo que emigrar
también él y refugiarse en Inglaterra. España se quedaba sin reina
y sin regente. La caída de Espartero abrió las puertas a los exilados
políticos de París, que pudieron volver a la Patria en el otoño.
Donoso salió de París en septiembre, un mes antes de que entrase
Karl Marx. Fue elegido diputado de nuevo por su provincia natal de
Badajoz, y ya el 6 de noviembre pronunciaba en las Cortes un dis­
curso para defender la proposición de que se declarara ya reina de
España a Isabel II a pesar de contar sólo trece años y no catorce,
como exigía la Constitución. De lo contrario, había que ponerse a
buscar un regente, tarea no fácil. La proposición fue adelante, y el
8 de noviembre Isabel II fue aclamada reina de España.
r' Carta de 31 de julio de 1842: I 877.
V<1 Entre los exilados se formó una sociedad secreta llamada Orden Militar Española,
que tenía sus ritos de iniciación, sus grados, etc. Estaba constituida con el fin de
combatir el progresismo liberal, derrocar a Espartero e instaurar un Gobierno mode­
rado. En el archivo familiar se conservan los estatutos y otros documentos de esta so~
ciedad. Sobre la vida y actividades de los exilados españoles en París informa F ernando
P iirnánofz d e C órdova , Mis memorias íntimas (Madrid 1889).
48 Introducción general
En 23 de noviembre escribía María Cristina a su hija Isabel,
en caita que se conserva en el archivo de Donoso: " Isabelita de mi
corazón, hija querida: Habiendo sabido que ya te han dado una
petición para que nombres secretario particular, creo llegado el caso
de que nombres a Donoso, según te tengo indicado, y es preciso que,
si te hacen alguna observación en contra, cualquiera que sea, le re­
proches con amabilidad, y que sepas contestar que, en asuntos de tu
casa, nadie debe mezclarse ni entender más que tú.” Isabel atendió
los consejos de su madre, y poco más tarde escogió, efectivamente,
a Donoso por secretario particular suyo.
La conciencia de que Donoso era persona grata a la reina María
Cristina hizo que la joven Isabel le escogiese también como enviado
extraordinario y ministro plenipotenciario cerca de su madre con la
misión especial de invitarla a volver a España. Nadie más indicado
que él para cumplir caballerosamente esta delicada misión entre una
hija reina y una madre desterrada. Volvió Donoso a París. Dificul­
tades personales de la reina madre y otras de política internacional
impidieron que la vuelta de María Cristina fuese inmediata, y Do­
noso hubo de volverse sin ella. Pero su viaje no fue inútil. Una de
las exigencias de María Cristina para volver a España era que se
concediera la nobleza a su esposo Fernando Muñoz, aquel guardia
de coips de quien la reina se había enamorado tras la muerte de
Fernando VII y con quien se había casado en secreto. Ahora el
matrimonio era ya público y estaba legalizado, pero la dignidad regia
exigía para su consorte una situación conveniente. Donoso fue el
encargado de esta difícil gestión, y en los primeros días de febrero
de 1844 consiguió que se creara el ducado de Riánsares y se nom­
brara titular a Fernando Muñoz. Una amistad íntima ha unido des­
pués a estos dos hombres. Desde detrás de la escena, ellos han mo­
vido muchos hilos de la política nacional.
Para crear un ambiente favorable a la vuelta de María Cristina
publicó a fines de 1843, en la Revista de Madrid, una Historia de
la regencia de Maria Cristina. "Para el estudio de la crisis de la
Monarquía en 1832 es, sin duda, la pieza más preciosa de la histo­
riografía; para la comprensión de lo que fue el origen de la Mo­
narquía liberal, la más importante; para apreciar la evolución po­
lítica de Donoso, decisiva” 54. El idealismo de Donoso por aquella
mujer queda bien claro en el prólogo. Se inicia en esta obra su
postura contraria a cuanto le rodea, el absolutismo de las creencias,
el enfrentamiento cara a cara con la revolución y con la "presente
generación” nacida de ella. Todo ello surgido lentamente de una
profunda meditación sobre la historia, su infalible maestra, y sobre
64 F e d e k /c o S u a r f z Verdeguea, Introducción a Donoso Cortés (M adrid 1964) p .89-90.
j Eminencia gris de Palacio 49
los líechos de los últimos años, que le han dado a conocer con rea­
lismo la ruindad humana. Ya llenan aquí muchos de los temas que
se ampliarán años después en el Ensayo: la necesidad de un orden
universal, el pecado y las revoluciones como quebrantamiento de
este orden, el enfrentamiento entre filosofía y fe, el triunfo del mal
sobre el bien, etc. Poco a poco y como sin sentirlo, Donoso está muy
lejos de aquellos tiempos en los que se enorgullecía de ser hijo de
su siglo y en que creía con optimismo en las luces y en el poder
de la razón humana.
La reina Cristina volvió, por fin, a entrar en España, acompañada
de su esposo, el 28 de febrero de 1844, y el 12 de marzo llegó a
Valencia. En el acto oficial de recepción, la reina tuvo el placer de
escuchar el discurso de bienvenida de labios de su fiel Donoso
Cortés.
Con los moderados en el Poder y la reina Cristina en Madrid,
nuestro político tuvo una influencia decisiva en la marcha de la
cosa política española. El 2 de mayo de 1844 el general Narváez
tomaba personalmente la jefatura del Gobierno para ver de poner
orden, con su temperamento dictatorial, en la inseguridad y la anar­
quía reinantes. Disolvió las Cortes y convocó otras, para, una vez
más, empezar de nuevo. Tres asuntos de gran importancia fueron
sometidos a las Cortes, en las que Donoso tenía un sillón obtenido
por Badajoz: reforma de la Constitución de 1837, restablecimiento
de relaciones diplomáticas con la Santa Sede y el matrimonio de la
reina. En las tres intervino decisivamente Donoso Cortés.
En seguida es nombrado secretario de la Comisión que va a en­
tender en la reforma de la Constitución, y parece que ha sido el
alma de ella. Narváez quería reformarla para gobernar más a su
gusto—después de haber arrojado a los progresistas, porque violaban
la Constitución—, pero Donoso procura hacer una Constitución con­
forme a su propia ideología de entonces. De hecho, la Constitución
—todos los historiadores están de acuerdo en ello—resultó reaccio­
naria con respecto a la anterior. En la nueva se niega el principio
de la soberanía nacional ; se atribuye al rey el nombramiento de los
senadores; desaparece la supremacía del Congreso en materia finan­
ciera y se niega a las Cortes el derecho a reunirse por sí mismas
todos los años si la Corona no las convoca; se suprime el jurado
para los delitos de imprenta, etc. En el aspecto religioso, el Estado
se comprometía a proveer a las necesidades del culto y de sus mi­
nistros y se declaraba solemnemente en el artículo 11: "La religión
de la nación española es la católica, apostólica, romana” •=’5.
Donoso expuso ante el Congreso el dictamen de la Comisión,
** C f. L u is S án ch e z A g e s t a , H istoria de! constitucionalism o español (M a d rid 1955)
p.249ss.
50 Introducción general
pronunció un discurso con ocasión de una enmienda, y la nueva
Constitución fue aprobada 56.
En el año 1845 se planteó el problema del matrimonio de la
reina Isabel. ¿Con quién se había de casar? La nación toda se puso
a discutirlo, además de las Cancillerías extranjeras. Y, como suele
pasar entre españoles, hubo numerosos bandos, tantos cuantos posi­
bles pretendientes a la mano de la soberana. Todo para acabar
dándole por esposo a quien menos complicaciones políticas iba a
crear, pero quien era menos apto para hacer feliz a una mujer.
Donoso Cortés, según nos cuenta él mismo 57, fue el que sugirió
a la reina madre en 1842 mientras estaban en París, como posible
esposo de su augusta hija, el nombre del conde de Trapani, hermano
de la misma María Cristina. Le parecía que esta combinación tenía
como ventaja especial sobre las otras el carecer de grandes incon­
venientes. Pero vuelto a España, considerando las reacciones con­
trarias de los mismos moderados y vistas las circunstancias de 1846,
"comenzó a sospechar que este enlace no era tan hacedero como en
París le había parecido”, y "desde que vio las discusiones de la
Prensa afirmó que esta combinación era de todo punto imposible” 58.
Por otra parte, la reina madre había hecho caso al consejo de Do­
noso, y apoyaba ahora decididamente la candidatura del conde de
Trapani. Bastaba que María Cristina la apoyase, para que el pueblo
español la rechazase. Tanta era la impopularidad que aquella mujer
padecía entonces, más que por sus defectos, por las calumnias y la
maledicencia de muchos artículos periodísticos, algunos de ellos, como
los aparecidos en El Guirigay, escritos por personajes que ocuparían
luego altos puestos de gobierno (González Bravo en este caso) 59.
Donoso se vio en un compromiso embarazoso: "Yo no puedo
votar contra Trapani, porque tiene la simpatía de la reina Cristina;
ni puedo votar a favor de él, porque mi conciencia me dice que
votar a su favor es contra el trono de mi reina y señora D.a Isabel II.
En este estado, yo me abstengo de toda acción y me retiro a mis
tiendas” 60. Esta abstención desagradó en la Corte, y, sin duda, a
María Cristina: " En consecuencia, he roto todas mis relaciones con
Palacio” 61.
La carta que acabamos de citar es de fecha 24 de enero de 1846.
No parece acertada la afirmación de Schramm, aunque tímida: "Pa-
Cf el dictamen y el discurso en II 74-93.
,? Ver el artículo titulado Sobre la candidatura Trapani, en TI 134-39. Acaso
escribió este artículo con la intención de aceptar sobre su persona la responsabilidad
de esta candidatura, que se había hecho muy antipática al pueblo, y así exonerar a la
reina madre de tal odiosidad.
Ibid.. p. 136.
*' Sobre las acusaciones que se hacían a la reina madre en lo que se relaciona con
la candidatura de Trapani, véase la carta que Donoso dirige a M. Lavergne en II
170- 33.
Cf. la misma carta, p.I33.
e’ Ibid
Donoso encuentra su camino 51

rece que, a consecuencia de su actitud, cayó en desgracia cerca de


la reina madre, durante algún tiempo por lo menos ” ; opinión
que hace suya también Federico Suárez, quien además insinúa que
acaso cayó en desgracia también de Isabel II En octubre de 1845
había sido nombrado gentilhombre de cámara con ejercicio, y en
marzo del 46 presta el siguiente juramento, conservado entre los
papeles del archivo: "Don Juan Donoso Cortés: ¿Juráis servir
bien y fielmente a la reina nuestra señora, D * Isabel II, en el des*
tino de gentilhombre de cámara con ejercicio con que S. M. os
ha hecho merced, procurando en todo su provecho y apartando de
su daño, y que, si supieseis cosa en contrario, me daréis cuenta, o a
persona que lo pueda remediar? R. Sí juro. Si así lo hacéis, Dios
os ayude, y, si no, os lo demande. R. Amén.” En septiembre de 1846,
en su discurso parlamentario sobre los regios enlaces 64, se muestra
adicto incondicionalmente a Isabel II, de la que alaba "la alta sabi­
duría y la consumada prudencia de que está adornada". Con ocasión
de las bodas de Isabel II con el infante Francisco de Asís y de su
hermana Luisa Fernanda con el duque de Montpensier, hijo de Luis
Felipe, celebradas fastuosamente el 16 de octubre de 1846, el 25 se
le concede a Donoso la nobleza de Castilla con los títulos de viz­
conde del Valle y marqués de Valdegamas para sí y sus descendien­
tes, con grandeza de España, y en 1847 ha acompañado a María
Cristina en un viaje a Francia, según diremos en seguida. Todo
hace pensar que no hubo "caída en desgracia", sino un prudente
alejamiento de Palacio en vista de la difícil situación creada.

8. D o n o so en cuentra su c a m in o

En los dos últimos años ha disminuido notablemente su actividad


periodística. Donoso empieza a retirarse del gran público y de esa
tribuna popular que eran los periódicos del siglo XIX. Tiene ahora
menos actividad exterior y más meditación sobre las ideas y sobre
los hechos que le ha tocado vivir. Ha vivido con intensidad y con
pasión las luchas políticas; se ha estremecido con el gozo del
triunfo y ha saboreado la amargura de la desilusión subsiguiente;
ha conocido la deslealtad y ha sentido de cerca la envidia sobre sus
triunfos; ha visto matarse a sus compatriotas, asesinar frailes, que­
mar conventos y fusilar generales; ha temido a las turbas desatadas
por el frenesí y ha experimentado cuán fácilmente las masas se
dejan hipnotizar por sus conductores; ha palpado la ineficacia del
sistema liberal: del progresista, porque desemboca en las revo-
65 E d m u n d Schram m . Donoso Cortés (Madrid 1936·) p . 151.
F. S uárez V er d eg u e R, Introducción a Donoso Cortés (Madrid 1964) p.114.
M Cf. en II 145ss.
52 Introducción general
luciones; del moderado, porque es ecléctico y sin compromisos; ha
sentido el asco del politiqueo, del chanchullo y la zancadilla; ha lle­
gado a los puestos y a los honores más altos, sin buscarlos con cica­
terías ni influencias, sino limpiamente por su valer y lealtad. Y allí
ha podido medir muy de cerca la pequeñez de los grandes. En suma,
ha considerado muy atentamente las reales vicisitudes de los hom­
bres y la marcha de la historia. Todo esto, a una con sus muchas
lecturas y la seguridad de una mente siempre sincera consigo misma
y buscadora infatigable de la verdad y del absoluto, le han dado poco
a poco una madurez que está a punto de lograrse en plenitud.
El año 1847, en el que cumple treinta y ocho de edad, se puede
decir que ha entrado en su etapa definitiva, en aquella que va a
caracterizar su figura en la historia. Todo lo anterior no ha sido
sino un prólogo muy amplio, pero necesario, para estructurar un
pensamiento que, manifestado en los seis años que le quedan de
vida, 1“ va a colocar en el rango de los primeros pensadores europeos
del siglo XIX. Hasta ahora, Donoso no ha sido más que un político
inteligente y bien intencionado de aquel revuelto mundo español.
Apenas es conocido en Europa. Sus escritos son los de un pensador
ecléctico, aunque vigoroso, y, si no hubieran desembocado en los de
los últimos años, es fácil que nadie se acordara ya de ellos.
Pero todo cambia a partir del año 1847.
Dos hechos han influido definitivamente en este nuevo rumbo
del político y del hombre: el trato con un cristiano auténtico y la
muerte de su hermano Pedro.
En el mes de abril de 1847, la desavenencia entre los regios
cónyuges Isabel y Francisco de Asís, que se había suscitado a los
pocos días de la boda, se exaspera. Francisco de Asís nunca había
sido simpático a la reina madre, y ahora, ofendido por unas palabras
de ella, ha prometido no volver a reunirse con su mujer hasta que
la reina madre haya salido de España. María Cristina, por bien de
paz, tiene que salir de nuevo de Madrid y de España y vuelve a su
refugio de París. Donoso Cortés la ha acompañado de nuevo y ha
vivido en París hasta principios de junio aproximadamente, en que
ha recibido la noticia de la extrema gravedad de su hermano Pedro.
Entonces ha salido precipitadamente para España 6r\
15 F. S üarez V e r d e g u e r , Introducción a Donoso Cortés (Madrid 1964) p .130-34.
Que los hechos han sucedido asi, me parece indiscutible. La reina ha ido a París
en Ja primavera de 1847 (cf. F. S o ld fv ií .a , Historia de España t.7 [Barcelona s.a.l
p.243). Donoso Cortés Ja ha acompañado (cf. Ja carta del conde Bois-le-Comte, trans­
crita en S chram m , Donoso Cortés [Madrid 1936| p .189-192). Esta carta es transcripción
de un relato oral de Ja conversión de Donoso hecho por él mismo y revisado y auto-
rizado también por él mismo después de escrito, y, por tanto, de plena garantía. Do4·
noso afirma taxativamente: “ Je vins á París accompagnant la reine Christine” . Schramm
ha padecido una ofuscación por desconocer el viaje de María Cristina a París en 1847,
y ha creído que Donoso habla, al decir esas palabras, del viaje oue Donoso hizo a
París con Ja reina en 1840 ( ¡ ! ) . Entonces todo se hace ininteligible; por eso hn
escrito que el viaje de Donoso a París “ es una fantasía” . En Ja narración de Rois-le-
Comte se afirma taxativamente que fue en París donde supo la gravedad de su her-
/ Donoso encuentra su camino 53
En esta estancia en París es cuando ha tratado íntimamente a
Masarnau, y su vida profundamente cristiana Je ha impresionado
hasta conmoverle60. He aquí sus mismas palabras: "Cuando estuve
en París, traté íntimamente a Masarnau, y aquel hombre me sojuzgó
con sólo el espectáculo de su vida, que tenía a todas horas delante
de mis ojos. Yo había conocido hombres honrados y buenos, o, por
mejor decir, yo no había conocido nunca sino hombres buenos y
honrados; y, sin embargo, entre la honradez y la bondad de los
unos y la bondad y honradez del otro hallaba yo una distancia
inconmensurable, y la diferencia no estaba en los diversos grados
de honradez. Estaba en que eran dos clases de honradez de todo
punto diferentes. Pensando en este negocio, vine a averiguar que la
diferencia consistía en que la una honradez era natural, y la otra
sobrenatural y cristiana. Masarnau me hizo conocer a usted y a algu­
nas otras personas unidas por los vínculos de las mismas creencias;
mi convicción echó entonces raíces más hondas en mi alma, y llegó
a ser invencible por lo profunda” 67. Masarnau es, indiscutiblemente,
el que figura con el nombre ficticio de D. Manuel en otro relato
de la conversión de Donoso68. Allí dice: "Había llegado hacia la
mitad de mi vida; la lectura de las obras francesas, que había se­
guido a la de los autores latinos, me había hecho perder las convic-
mano, y que entonces “je partís précipitamment pour I’Espagne*\ Ahora bien» e! her­
mano de Donoso se agravó y murió en junio de 1847» porque, en carta al marqués
de Blanche-Raffin de 21 de julio de 1849. Donoso escribe: “ Dos años van corridos
ya desde aquella tremenda desgracia’' (cf. II 343). Luego en junio de 1847 D onoso
estaba en París con la reina María Cristina, y, al saber la gravedad de su hermano,
ha vuelto a España.
00 En las ediciones de las obras de Donoso Cortes, cuando se transcribe la carta
de Donoso a Alberich de Blanche. marcués de Raffin. de fecha 21 de julio de 1849.
y en la que narra su transformación, los editores no han querido, por razones que
ignoramos, escribir completo el nombre de Masarnau, que se encuentra en el manuscrito
original del archivo, como he podido comprobar, y han escrito sólo M. Esto ha dado
origen a cavilaciones sobre quién seria el misterioso M. Algunos han querido identi­
ficarle con Montalembert o Veuillot (cf! B. S a n v ise n ti, Giovanni Donoso C ortés,
Márchese di Valdegamas. I branni migliori, Prefazione e traduzione di... [Fírenze 1924]
p . 85-86; C o n s ta n tin o Bayi.e» Semblanza de Donoso Cortés. Introducción a la ed. de
Obras escogidas de Donoso [Madrid 1933] p.12). También Federico Suárez Verdeguer
ha creído que Donoso ha querido ocultarnos el nombre de su amigo (cf. Introducción
a Donoso Cortés [Madrid 1964] p.119). Parece cierto que este personaje ha de ser
Santiago de Masarnau, músico y comnositor español, nacido en Madrid en 1805. des­
terrado a Francia con su familia en 1823, vuelto en 1829: establecido en la Corte, fue
una de las personalidades más relevantes y activas del mundo musical. Hizo frecuentes
viajes al extranjero, y en algunas de estas estancias en París es cuando ha debido de
tener relaciones con Donoso, Santiago de Masarnau ha colaborado con su hermano
Vicente en la fundación y desarrollo en Madrid de un “ Colegio preparatorio para todas
las carreras, incorporado a la Universidad Central como de primera clase". El Colegio
tenía por objeto “ proporcionar a la juventud una educación religiosa, física, literaria
y científica". En el archivo de Donoso se conserva un folleto» escrito por Vicente
Santiago de Masarnau |sicl en 1857, explicando el fin y la estructura de este Colegio.
Es otra prueba en favor de la identificación del personaje que tan hondamente influyó
en Donoso. Santiago Galindo, desorientado por la cronología de Schramm, cree que
fue entre 1840 y 1843 cuando Donoso trató con Masarnau (cf. Donoso Cortés y su
teoría política [Badajoz 19571 p.80V
R7 Carta a Alberich de Blanche» marqués de Raffin: II 342*43.
68 En la carta del conde Bois-le-Comte, que Schramm transcribe literalmente (o.c.»
p. 189-192), y a la que hacíamos alusión. En el archivo familiar se conserva el original
de esta carta. El conde la escribió tras un« conversación con Donoso en casa de
madame Swetchine v se la envió luego para que la revisase y la aprobase. Donoso la
aprobó, y sólo pidió que, en vez de Masarnau» se escribiese D. Manuel.
Introducción gt nc ral
ciones cristianas. Sin embargo, había vigilado sobre mí con severidad.
Había conservado costumbres puras, y me parecía que era tan
honrado y honesto como se podía ser. Vine a París acompañando a
la reina Cristina. En París conocí a un español que llamaré D. Ma­
nuel. Era un hombre de espíritu sencillo, recto, poco brillante. Muy
religioso y consagrado por completo a obras buenas, D. Manuel
atrajo pronto mi atención; le observaba y me decía: ' Es singular.
Yo soy ciertamente un hombre honrado; D. Manuel también; es
también un hombre honrado, y su honradez es distinta de la mía;
hay en su honradez algo que no me explico, y que me parece la
hace superior a la mía. ¿De dónde proviene?’ Estaba atormentado
con este pensamiento, hablé de él a D. Manuel, y me respondió con
sencillez: —En efecto, usted es un hombre honrado, y yo también
soy un hombre honrado; pero hay en mi honradez algo que la hace
superior a la suya. —Es verdad; y ¿ a qué se puede deber? —A que
yo he permanecido cristiano, mientras que usted ya no lo es. —Esta
frase me impresionó, y pensaba muchas veces en ella; pero todavía
no me la podía explicar cuando supe que mi hermano había caído
enfermo en Madrid. Amaba a mi hermano tanto o más, quizá, de
cuando está permitido amar a una creatura humana. Salí precipita­
damente para España. Al llegar, encontré a mi hermano muy peli­
grosamente afectado. Mientras le cuidaba, le conté mi conversación
con D. Manuel. Sí—me dijo—, te ha dado la verdadera razón’, y
me explicó la frase de D. Manuel. Lo que me dijo al explicarla me
impresionó de tal manera, que cuando días más tarde murió, lo
que más estimé de su herencia fue el que me dejase su confesor.”
Así, pues, ha sido la frase de Masarnau: "Yo he permanecido
cristiano, mientras que usted ya no lo es”, y la exégesis que de ella
le hizo su hermano moribundo, el último impulso para que Donoso
se entregara sin reservas ni condiciones, con toda la sinceridad y el
valor de que era capaz aquella alma grande e ingenua, a las "solu­
ciones católicas”.
La muerte de su hermano Pedro unos días después rubricó para
siempre esta entrega: " Dios me tenía preparado para después otro
instrumento de conversión más eficaz y poderoso. Tuve un her­
mano, a quien vi vivir y morir, y que vivió una vida de ángel y
murió como los ángeles morirían, si murieran. Desde entonces juré
amar y adorar, y amo y adoro...—iba a decir lo que no puedo
decir, iba a decir con una ternura infinita—al Dios de mi her-
mano 99 fí Q.
A partir de este momento, junio de 1847, se inicia el período
definitivo—el que todavía hoy es válido—de Donoso Cortés. Los
seis años que Dios le concederá aún para vivir y actuar serán los
C a r ia a Alberich de Blarte he, marqués de Raffin: Tí 343.
El nuevo Donoso Cortés 55
años de plenitud y madurez de su vida, en los que escribirá el Ensayo
y pronunciará los grandes discursos de resonancia en toda Europa;
los años en que su arrogante figura de diplomático llenará las
Cancillerías de Berlín y de París; los años en que será llamado por
Metternich, Luis Napoleón y Pío IX para oír sus consejos y sus refle­
xiones. Será una vida pujante, inspirada siempre y en todo— a veces
con exceso—por la doctrina católica, profesada con una valentía y
una lógica implacable. Si se quiere hablar de "conversión” de Do­
noso, hay que entenderla sólo en el sentido de que, después de ella,
todos sus escritos, todos sus discursos, todas sus acciones, responden
decididamente a la ideología católica. Permítasenos citar de nuevo
un célebre testimonio: "Yo siempre fui creyente en lo íntimo de mi
alma; pero mi fe era estéril, porque ni gobernaba mis pensamientos,
ni inspiraba mis discursos, ni guiaba mis acciones. Creo, sin em­
bargo, que si en el tiempo de mi mayor olvido de Dios me hubieran
dicho: 'Vas a hacer abjuración del catolicismo o a padecer grandes
tormentos’, me hubiera resignado a los tormentos por no hacer abju­
ración del catolicismo. Entre esta disposición de ánimo y mi con­
ducta había, sin duda ninguna, una contradicción monstruosa” ro.
En adelante ya no la habrá. Su vida, su pensamiento y su acción
serán el testimonio vivo de un laico cristiano que, absolutamente
persuadido de sus creencias y comprometido con el!as, se esfuerza
por divinizar todas las estructuras de la sociedad y por consagrar
el mundo, en la Iglesia y por la Iglesia, para Jesucristo.

9. El nuevo D o n o so Cortés

Los primeros escritos que conocemos posteriores a su decisión nos


revelan claramente su nuevo estado de ánimo. Son unos artículos pu­
blicados en El Faro, en septiembre de 1847, sobre las reformas que
estaba realizando el nuevo papa. Poco después de subir a la sede
de San Pedro (16 de junio de 1846), Pío IX había dictado algunas
medidas administrativas e incluso políticas que tendían a liberalizar
el gobierno de los Estados pontificios. Esto había enardecido de en­
tusiasmo a muchos italianos, que veían en él el soberano que nece­
sitaban : un papa liberal. Por el contrario, los conservadores y abso­
lutistas del mundo entero le consideraron como un demente y le
acusaron de connivencia con las sectas; le llamaron "Robespierre
con tiara”, merecedor de ser declarado antipapa y arrojado del
solio. Dos pensadores españoles tomaron su pluma para defender al
papa: Balmes y Donoso Cortés71. Nuestro autor se revela, en sus
70 C arta a A lberich de B lanchc , m arqués de R affin : II 342.
Tl Valera y M cn é n d ez. Pelayo afirm an que la reacción de los intransigentes absolu­
tistas españoles contra Balmes por su actitud en favor del papa y la persecución
56 Introducción general

artículos sobre las reformas de Pío IX, ante todo como un entu­
siasta decidido del catolicismo; y no ya por un sentimiento román­
tico, como en otras épocas, sino porque ahora está firmemente per­
suadido que es en la entraña del pensamiento católico donde se
encuentran las fuentes limpias de cuanto bueno puede ofrecer el li­
beralismo turbio, el racionalismo y la filosofía. El catolicismo es la
verdadera democracia, y sólo en él tienen sentido las palabras liber­
tad, igualdad, fraternidad; él sabe circunscribirlas dentro de los de­
bidos límites y conjugarlas con la autoridad que viene de Dios, él
es el único que puede "realizar el indisoluble consorcio de la libertad
y el orden”, y, por tanto, la única solución verdadera para los pro­
blemas del día y la única doctrina que puede oponerse a la revo­
lución. Donoso no se ha puesto de parte de los absolutistas intran­
sigentes porque aún era liberal. Se ha puesto incondicionalmente al
lado del pontífice de Roma, porque ya quería ser católico con todas
sus consecuencias. Católico, que para él significaba profesión vital
de la ideología católica más allá del conservadurismo o del pro­
gresismo, del liberalismo o del carlismo.
Un nuevo acontecimiento histórico—y éste de alcance europeo—
iba a acabar de configurar la personalidad ideológica de Donoso
Cortés: la revolución de febrero de 1848 en Francia y las consi­
guientes revueltas en toda Europa.
La revolución francesa de 1789 fue la explosión estruendosa de
un siglo y medio de racionalismo, de naturalismo y de crítica de
todo el ordo christianm tal como se había entendido en la Edad
Media. Pero aquella revolución fue excesiva en todo, y por eso no
cuajó en un novus ordo. Desembocó en el Imperio de Napoleón,
y poco después en la restauración del anden régime. Sin embargo,
las estructuras religiosas, sociales, políticas y económicas, y, sobre
todo, las intelectuales, se habían quebrantado lo suficiente como
para que ya fuese imposible una reestructuración sólida del pasado.
Por ello la que se intentó fue ficticia. En 1848 se produce el colapso
final del anden régime. Las masas entran definitivamente en la his­
toria como factor determinante de la política, y, lo que es mucho
más grave, entran ahora las masas proletarias, que traerán en sus
venas un torrente vital mucho más enérgico y ardiente que el de
las masas liberales burguesas. Los socialistas han sabido sacar, con
profundidad y sin miedo, las últimas consecuencias de los principios
liberales de la bondad natural del hombre, de la soberanía popular,
del derecho a la libertad y a la igualdad. Y ahora los socialistas
m oral entablada contra él fueron tan crueles, que am argaron la vida del sacerdote
filósofo y Je anticiparon la m uerte. Cf. L a f u e n t e -V a l e r a , H istorio de España t .23 (Bar­
celona 1890) p.78; M f.n íw ü e z P ela y o , H istoria de lo s h eterodoxos españoles t.6 1.8 c .3
(Santander 1948) p.407. D onoso fue m enos im pugnado que Balmes, porque al fin
figuraba oficialm ente com o liberal, aunque ya no lo era de hecho.
// El nuevo Donoso Cortés 57
l
están plresentes y comienzan su gran revolución. En este mismo año
de 1848 queda plasmada toda la nueva ideología en el Manifiesto
del partido comunista, que han redactado en París Karl Marx y
Friedrich Engels por encargo de la Liga de los Comunistas, reunida
en Londres el año anterior. El Manifiesto se publicó tres semanas
antes de que estallase la revolución de febrero de 1848. Esta revo­
lución instaura en Francia la República como forma estable de go­
bierno. Todas las Monarquías europeas acusan el golpe. Se tiene la
impresión de que se pueden hundir los tronos y los reyes, que pa­
recían haberse vuelto a consolidar después de la derrota de Napoleón
y del Congreso de Viena, y de que, si esto sucede, se hunde efecti­
vamente todo el orden anterior, que se creía indisolublemente ligado
a ellos. Empieza la que Marx llamaría revolución social, que es de
mucho más alcance que todas las revoluciones políticas 72.
A partir de la revolución de 1789 había brotado en Europa
—como no podía ser menos—una corriente ideológica antirrevolu-
cionaria, a la que ya nos hemos referido en varias ocasiones. Los
representantes más destacados son los dos franceses Luis de Bonald
y José de Maistre. Son contrarrevolucionarios: en Alemania, Ad?m
Müller y Górres; en Suiza, Halle, y en Inglaterra, Newmacn y
lord Acton. En España, Balmes y Donoso Cortés. Las actitudes ideo­
lógicas de los franceses y de Donoso, que se inspiró en ellos, sólo
son comprensibles como correctivos a la revolución. Todo su es­
fuerzo consiste en declarar antinaturales e imposibles las formas del
orden liberal y socialista y en demostrar como únicamente válidas
las que constituyen el orden cristiano. Más abajo ampliaremos esta
idea. Donoso ha llegado a esta postura definitiva en el año 1848.
después de su decisión en favor de las ideas católicas y después de
meditar profundamente en las revoluciones europeas de ese año 73.
Tres hechos le han impresionado particularmente: el advenimiento
de la República en Francia, la huida de Pío IX a Gaeta y la caída
de Metternich. En 26 de mayo de 1849 escribe a Montalembert:
"En esta especie de confesión general que hago en presencia de
usted, debo declarar aquí ingenuamente que mis ideas políticas y
7* Sobre la significación de la revolución en 1848 puede consultarse A rbor 13 (1949)
1-227, núm ero dedicado a este tem a.
7,1 He aquí algunas efemérides del año 1848: F eb reio : Revolución en P arís y caída
de Luis Felipe de Orleáns. Instauración de la R epública. Los reyes de Ñ ápeles y de
Toscana conceden una C onstitución.—M arzo : Revolución en Hesse-Kasel (A lem ania).
M otín en Viena y caída de M etternich. Pío IX da una C onstitución a sus E stados.
Revolución en Berlín. Revolución en M ilán. Venecia se declara in d e p e n d ie n te — A bril:
Dem ocracia en H ungría. Sicilia se proclam a independiente.—M a y o : M otines en París
y en Viena. El em perador de Austria prom ete una C onstitución.—J u n io : J o rn a d a s
revolucionarias de tipo socialista en París. M otín en P raga.—S eptiem bre: A bolición del
régimen feudal en Austria. M otín en F ran k fu rt.—O c tu b re: D isolución del P arlam e n to
húngaro. H ungría en estado de sitio.—N oviem bre: D ispersión del P arlam ento p ru sian o .
Asesinato de Rossi en R om a. H uida del papa a G a e ta — D iciem bre: Federico G u iller­
mo IV da una C onstitución. Abdicación de Francisco José. Luis N apoleón B onaparte*
presidente de la República francesa.
58 Introducción general

religiosas de hoy no se parecen a mis ideas políticas y religiosas de


otros tiempos. Mi conversión a los buenos principios se debe, en
primer lugar, a la misericordia divina, y después al estudio profundo
de las revoluciones” M. La fe católica, con todas sus consecuencias,
y la reflexión admirativa, a la nueva luz de su fe, sobre los hechos
que conmovían a Europa, son los factores que han creado el filósofo
de la historia, el pensador europeo que fue Donoso Cortés a partir
de entonces, y que es el que hoy más sigue interesando, y que des­
pués enjuiciaremos.
En enero de 1848 había publicado Donoso dos volúmenes que
contenían una colección escogida de sus obras. Parece haber sido ésta
la última razón determinante para que el Ateneo de Madrid le eli­
giese como presidente de la Sección de Ciencias Morales y Políticas
y para que la Academia de la Lengua le ofreciese un sitial. El 16 de
abril fue la recepción solemne, en la que Narváez, jefe entonces del
Gobierno; varios ministros y toda la élite intelectual y aristocrática
de Madrid pudo escuchar el discurso sobre la Biblia, una de las
piezas más deslumbrantes de la oratoria española del siglo XIX. Do­
noso quiso mostrarse retórico además de orador, y adornó su ideolo­
gía con toda la fronda ampulosa de su cálida imaginación. Pero lo
significativo es que para presentarse ante el público más culto del
país haya elegido por tema de su discurso el hacer el elogio de la
Biblia. Como si hubiese querido hacer una profesión pública a alto
nivel del nuevo rumbo que tomaban sus pensamientos.
Durante este año 1848, además de sus normales ocupaciones po­
líticas y jurídicas, parece haberse dedicado intensamente al estudio
de la historia y a la reflexión sobre ella. Parece que ha sido durante
esta época cuando ha sido encargado de instruir a Isabel II en ma­
terias históricas, y para ello ha escrito sus Estudios sobre la historia,
que Gabino Tejado publicó bajo el título de Bosquejos histórico-filo-
sójicos, y que son un ensayo de filosofía de la historia en el que se
advierten ya, indudablemente, los amplios influjos de las lecturas de
San Agustín, de Bossuet y de los tradicionalistas franceses 7S.

10. P o r p r o f e t a , d ip l o m á t ic o

Las sacudidas de la revolución de febrero en París habían alcan­


zado también a España. En marzo hubo motines en Madrid, Barce­
lona y Valencia, y en mayo en Madrid y Sevilla. El general Narváez,
que entonces gobernaba un tanto autoritariamente, no encontró de­
masiada dificultad en sofocar las insurrecciones, porque España no
estaba aún en sazón para realizar su revolución social. Pero la repre-
,4 Cf. u 327-28.
Vcanse en 11 226ss.
Por profeta, diplomático 59
sión, los fusilamientos y las deportaciones inevitables, aunque no fue­
ron muy graves, crearon un estado de oposición de los progresistas
a Narváez. Tanto más que Inglaterra la azuzaba, porque su embaja­
dor Bullwer, convicto de haber tenido parte en la organización de
las revueltas, había sido expulsado de España. Las Cortes, por su
parte, habían concedido poderes extraordinarios al general para que
se opusiese a la oleada revolucionaria. El 4 de enero de 1849, en
uno de los momentos en que Narváez era atacado con mayor vio­
lencia, Donoso pronunció en las Cortes su célebre discurso sobre la
dictadura 7C. En él está todo el Donoso de la última época. Con un
análisis penetrante y limpio de la realidad europea y de la española,
ve en peligro la sociedad misma. Y cómo ésta hay que salvarla en
cualquier caso, "cuando la legalidad basta para salvar a la sociedad,
la legalidad; cuando no basta, la dictadura”. Y, puesto que hay que
escoger entre dos dictaduras, la que viene de abajo y la que viene
de arriba, "yo escojo la que viene de arriba” 77. Está ya aquí el
Donoso que busca las últimas razones de la historia más allá de la
fenomenología empírica. Está aquí ya el Donoso profeta, que, apo­
yado en sus reflexiones históricas y empujado por la lógica, intuye
los efectos remotos en las causas próximas y se atreve a predecirlos.
Está aquí el apologista católico, que no sabe encontrar las soluciones
más que a la luz de la religión revelada. Está aquí el filósofo polí­
tico, que sabe ya que "en toda gran cuestión política va envuelta
siempre una gran cuestión teológica”, como escribirá en seguida en
su Ensayo. Está aquí el conocedor de la realidad europea, capaz de
diagnosticar, con aciertos asombrosos, los males de que Europa está
aquejada y los remedios que serían eficaces, pero que no se pondrán.
Y también está aquí el pesimista, que no supo ver que la conciencia
humana, aunque sea a través de tanteamientos y fracasos tremendos,
acaba por encontrar el camino de lo mejor.
El discurso causó enorme sensación en España y en Europa. Por
primera vez, Europa volvió su mirada hacia el diputado español que
se había atrevido a advertir cosas tan profundas y tan serias, y en
las que no había más remedio que darle la razón. Los periódicos
alemanes lo reprodujeron. Alberich de Blanche-Raffin, que después
sería su amigo en París, tradujo al francés el discurso. Montalembert,
paladín del catolicismo francés, le escribió gozoso. Ambos se cruza-
7C Véase en II 306-23. No es que D onoso sintiese especial sim patía p o r N arváez.
sino que veía en su espada la única salvación. “Vos sabéis que entre N arváez y yo no
puede existir ni am istad ni sim patía; por nuestros caracteres, por nuestros gustos, p o r
nuestra m anera de ver y apreciar todas las cosas, som os dos polos opuestos. P ero soy
justo c im parcial; Narváez es la colum na que sostiene el edificio; el día que la c o ­
lumna caiga, el edificio entero se desplom ará. P or esta causa he prestado a N arváez
en todas las circunstancias un concurso sincero y desinteresado” (C arta al co n d e R a e-
:vnxki% 17 de septiem bre de 1849 : 11 939).
77 Sobre la interpretación que ha hecho C ari Schm itt del “decisionism o'’ de D o n o so
hablarem os m ás abajo.
60 Introducción general

ron una porción de cartas, que luego dieron a la prensa de Madrid 78.
En las de Donoso se advierten ya muy claras las " decisiones ” ta­
jantes del hombre que ahora es todo, menos aquel ecléctico de tiem­
pos definitivamente idos: el antagonismo radical e irreconciliable
entre civilización católica y civilización filosófica, la incapacidad de
la razón, enferma por el pecado original, de conocer la verdad si
no "se la ponen delante” (tradicionalismo filosófico), "el triunfo
natural del mal sobre el bien y el triunfo sobrenatural de Dios sobre
el mal por medio de una acción directa, personal y soberana”, el
papel purificador de las revoluciones, etc.
Esta correspondencia y la polémica con la Prensa española la
sostuvo ya Donoso desde muy lejos de España. El 6 de noviembre
de 1848 había sido nombrado ministro plenipotenciario de España
en Berlín. El 16 de febrero de 1849 estaba en París, en viaje hacia
su destino, y en París mismo comienza su actividad diplomática,
como lo revelan los primeros despachos que envía a su Gobierno. Y
por cierto que ésta ha sido para conseguir la participación de España
en la restitución de los Estados pontificios a Pío IX.
Donoso ha ido de embajador a Berlín, nombrado por su amigo
el marqués de Pidal. Acaso él mismo ha provocado esta salida hon­
rosa, ya que estaba persuadido de que la revolución se cernía sobrt
España. Dice en una de sus cartas desde Berlín al conde Raczynski,
embajador de Prusia en España: "Ya os he dicho la verdadera causa
que me ha decidido a aceptar el puesto que ocupo en Berlín; el
venir aquí me ha parecido una manera honrosa de alejarme de
España, donde creo inevitable un cataclismo. Si hubiera de presenciar
ahí alguna catástrofe—y hoy la creo cierta—, desearía no asistir a
ella como testigo impotente. ¡Dios sabe cómo y cuándo ocurrirá
esto! El cansancio, la irritabilidad o la muerte de Narváez podrían
igualmente causarla; la explosión puede venir mañana o dentro
de unos años, pero vendrá” 79.
Donoso fue a Berlín sin conocer el idioma alemán y sin una sim­
patía especial por aquel pueblo. El clima brumoso y frío de la ca­
pital de Prusia le sentó muy mal. Estuvo enfermo. Tuvo que pasar
una larga temporada en Dresde huyendo del cólera, y a fines de
octubre regresó a Madrid.
Sin embargo, hay que leer la correspondencia con el conde Rac-
zynski y los despachos que enviaba a su Gobierno para darse cuenta
de hasta qué punto aquel observatorio de Berlín le sirvió para co­
nocer y comprender la complicada política europea del momento.
No tuvo mucha vida pública, como la que tendría después en París,
pero sí la suficiente como para hacerse estimar y ganarse la amistad
7n Véanse en II 324-30.
T'‘ C arta ai con de R ac?yn ski , 22 de abril de 1849: II 925.
Por profeta, diplomático 61
de los embajadores de Suecia y Bélgica y para intimar con Meyen-
dorff, embajador de Rusia, que había admirado su discurso sobre
la dictadura y le había enviado a Moscú.
Fuese por la observación del curso de los acontecimientos o
fuese acaso también por sus enfermedades, lo cierto es que en esta
época de Berlín se ha acentuado su pesimismo con respecto a los
acontecimientos políticos, hasta un extremo que a él mismo le ha
llegado a preocupar y a hacer temer que fuese una enfermedad
m oral80.
A su paso de vuelta por París a principios de noviembre de 1849
visitó a Montalembert, quien le presentó al que después sería su
más grande amigo: Luis Veuiüot, el ardoroso propagandista católico
francés. Desde el primer momento ha debido de brotar una corriente
de mutua admiración, simpatía y compenetración entre ambos, como
lo refleja su correspondencia. En adelante no habrá pensamiento o
proyecto que no confieran y en que no se ayuden mutuamente.
A fines de noviembre llegó a Madrid. Inevitablemente tuvo que
tomar parte activa de nuevo en la política de la nación. El general
Narváez, después de una caída "relámpago”—sólo duró veintiséis
horas—por intrigas palaciegas, había vuelto a consolidarse en el
Poder. En enero de 1850 se discutía en el Parlamento si el Gobierno
podría confeccionar por sí mismo el presupuesto de la nación o
debería estudiarse y aprobarse cada partida en discusión pública. La
Comisión encargó a Donoso que resumiese el debate. Con esta oca­
sión, el 30 de enero, aquel antiparlamentario convencido pronunció
ante el Parlamento español otro de sus grandes discursos, el conocido
como Discurso sobre Europa 81.
Después de su misión diplomática en Berlín estaba capacitado
para hacer ante la Cámara una brillante exposición del estado de ia
Europa de entonces y las reflexiones propias de su genio. Con in­
tuición admirable, ve en Rusia y en la confederación de las razas
eslavas el verdadero peligro para Europa si un día el socialismo, des­
pojando a los hombres de la propiedad privada, les priva también
del amor a la patria. Piensa que Inglaterra podría salvar a Europa
por su espíritu conservador, si fuera católica. Juzga que Francia se
ha convertido en el club central de Europa. Europa camina hacia
el republicanismo, porque la revolución dista mucho de estar ven­
cida, y, si no se detiene, desembocará en el ateísmo comunista.
Asombra oírle decir ya entonces que la única manera de combatir
el socialismo, que él había conocido en París y en Berlín, es oponerle
el catolicismo: " El remedio radical contra la revolución y el socia-
C arta a! con de R aczyn ski. 17 de septiem bre de 1849: 11 937-38. Sobre la signifi­
cación de la estancia de Donoso en Berlín puede verse C a ri SrHM Ui, D o n o so C o rté s
en B erlín , en in terpretación europea de D on oso C o rté s (M adrid 1952) p .97-126.
M Véase en 11 450-66
62 Introducción general

lismo no es más que el catolicismo, porque el catolicismo es la


única doctrina que es su contradicción absoluta. ” Desarrolla con
más precisión las relaciones entre principios teológicos y principios
políticos y la idea de que toda civilización verdadera viene del
cristianismo, etc., etc. Uno piensa en la impresión y extrañeza que
tenían que causar a unos y a otros, pero, sobre todo, a ateos y libre­
pensadores, aquellas afirmaciones limpias y rotundas y aquellos jui­
cios tan altos, tan sinceros y religiosos en cuestiones políticas, sociales
y económicas, a los que ciertamente no estaban acostumbrados aque­
llos oídos.
Pero que Donoso había puesto el dedo en las llagas europeas
quedó bien claro por la resonancia que su discurso tuvo en toda
Europa. Le publicaron todos los diarios católicos de Francia y Bél­
gica, se hicieron traducciones italianas y alemanas. Veuillot le editó
en un folleto, del que se vendieron rápidamente 14.000 ejemplares.
Luis Napoleón, Metternich, Federico Guillermo de Prusia, el zar
Nicolás, Ranke y Schelling le leyeron, y se quedaron pensativos ante
las predicciones que hacía el vidente español apoyado en el conoci­
miento de Europa y en sus convicciones católicas. Nadie había sido
tan sincero y tan valiente.
En Madrid ha debido de estar poco tiempo Donoso, porque en
3 de marzo escribe ya a Veuillot desde Don Benito, adonde se ha
retirado, por indicación médica, para descansar y reponer su salud 82.
Da la impresión de estar muy fatigado de la vida pública y se per­
ciben en sus cartas deseos de soledad, retiro y vida consagrada sola­
mente a Dios. "Tengo conmigo a Fr. Luis de Granada, el primer
autor ascético del mundo [·..]; leo también la vida de San Vicente
de Paúl. ¡Qué riqueza y qué plenitud en esta vida! ¡Y qué grande
y admirable se muestra Dios en sus santos! ” 83 Ya al comenzar su
discurso sobre Europa había anunciado: "El desaliento profundo,
que ha motivado en mí la resolución de retirarme de la vida pública;
este desaliento profundo es hoy mucho mayor que ayer, ayer mucho
mayor que el día anterior.”
Pero luchaban en él dos hombres: uno, este Donoso fatigado,
desilusionado de la política y de los hombres, deseoso de vivir sólo
para Dios lejos del mundanal ruido, y otro, el Donoso impulsivo,
polemista, político, europeo, hombre público en una palabra, que no
se resignaba al retiro y al escondimiento. Pronto ha retornado a
Madrid, donde tenía su mundo de actividad, de relaciones sociales
y de influencias.
Allí, además de sus actividades ordinarias, ha trabajado muy in­
tensamente en la redacción de su obra mayor, el Ensayo sobre el
*2 Véase esta carta en II 471.
Cf fí 450.
Por profeta, diplomático 63
catolicismo,· el liberalismo y el socialismo, del que hablaremos en
seguida.
En el otoño de aquel año se creó una situación de tirantez entre
el ministro de Hacienda, Juan Bravo Murillo, y el presidente Nar-
váez. El primero quería hacer ahorros, para salvar el déficit de la
nación, restringiendo el presupuesto de Guerra y Marina. Narváez
no lo consintió. Dimitió Bravo Murillo y otros ministros. La reina
aceptó la dimisión por conservar a Narváez. Pero el prestigio estaba
del lado de Bravo Murillo. El partido moderado se escindió, y el
Gobierno quedó en una difícil situación. Donoso se decidió a romper
definitivamente con aquel su partido moderado, por el que tanto
había luchado y que ahora le daba repugnancia. El 30 de diciembre,
tomando ocasión de la proposición del Gobierno de que se le auto­
rizase para disponer de los impuestos antes de la aprobación del pre­
supuesto, Donoso pronunció en el Parlamento su cuarto gran dis­
curso, el llamado Discmso sobre la situación de España 8‘. Lo que
le molesta a aquel gran idealista es que el Gobierno se preocupe
más de los intereses materiales que de los religiosos, políticos y so­
ciales. Le molesta la feroz preocupación de todos por medrar y
gozar y la universal corrupción que corroe a la sociedad española.
El Gobierno es gravemente responsable de la situación. Es un Go­
bierno que levanta magníficos teatros y deja que se hundan los
seminarios. Es un Gobierno que reprime las rebeliones, pero no
ataca al socialismo en su raíz, que está en el desequilibrio social que
está creando la revolución industrial. Una vez más intuye Donoso
la esencia del socialismo naciente y su peligrosidad si el desequilibrio
creado no se soluciona por la doctrina católica. Aunque no ve más
solución católica que la caridad, no se le podía pedir mucho más,
pues aún estaba lejos de desarrollarse la doctrina social cristiana.
El socialismo es gravemente peligroso también para España, aunque
no lo parezca. "¿Qué diríais, señores, si os asegurara yo (y ¡ojalá
sea desmentido por la experiencia!) que el país del socialismo no
es la Francia, sino España? ”
La misma noche del discurso de Donoso, Narváez, malhumorado
por el ataque del que creía su correligionario en ideas políticas y
avergonzado por la disección de la situación española hecha por el
orador, presentó la dimisión, que le fue aceptada por Isabel II— se
mezcló también la intriga de su madre—a primeros de año. Donoso
estaba ya muy lejos de ser un liberal moderado y ya casi no era
un político. Ahora era un filósofo de la sociedad y de la historia
que batía en el campo libre de las ideas a todo el que no aceptase
hasta sus últimas consecuencias los principios del catolicismo, aun­
que se llamase Narváez, a quien él en otro momento había alzado
14 Véase en II 479-497.
64 Introducción general

sobre el pavés. En una carta a Veuillot escrita al día siguiente de]


discurso, dice que se vio obligado a oponerse al Gobierno "después
de haber agotado confidencialmente avisos y consejos” 85.

11. Los AZARES DEL "ENSAYO”

En ese año 1850 había dedicado muchas horas a redactar un


libro que había de contener sistemáticamente expuesta toda su nue­
va ideología. Hacía tiempo que acariciaba el proyecto, pero por sus
viajes y ocupaciones, "porque las visitas, el paseo, la tertulia, son
cosas en que no se puede faltar aquí impunemente” 86, y también
por cierta dejadez suya, de la que a veces se acusa, la composición
del libro se había ido retrasando.
Cuando pasó por París de vuelta de Berlín (noviembre 1849),
habló a Veuillot de su proyecto. Al francés le entusiasmó, e inme­
diatamente le pidió la obra para la colección Bibliothéque Nouvelle,
que él acababa de comenzar. Esto, sin embargo, hizo cambiar los
planes a Donoso, ya que él había pensado en escribir una obra en
dos o tres volúmenes, y en la Bibliothéque Nouvelle no querían
obras tan amplias. De ahí el título que le daría después: Ensayo
sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo. Accedió Donoso
a esta abreviación 87. Las ideas católicas, filosófico-teológicas, que
iban a construir el armazón del libro las tenía bastante claras. Lo
mismo todo cuanto se refería al liberalismo, que desde niño tenía
tan estudiado. Conocía menos el socialismo, y, pluma en mano, lo
estudió este año 1850 88. Redactó su obra de prisa, en los meses
que van de la Semana Santa a agosto, en que ya tenía listo el ori­
ginal. Inmediatamente se lo envió a Veuillot para que lo sometiese
a la consideración de algún teólogo. Donoso era consciente de su
falta de preparación teológica profunda y del riesgo que corría al
hablar de temas tan delicados como las relaciones entre la libertad
y la gracia, el pecado original y sus efectos, etc.
Veuillot lo hizo traducir al francés y se lo entregó a Melchior
du Lac, teólogo formado en Solesmes, para que lo examinara en lo
referente a conceptos teológicos 8!). Du Lac encontró bastantes extre-
* Véase en II 498. Sobre Narváez pueden verse M a n u k l P r a d o s L ó p k z , N arvá ez ,
el espadón d e Lo¡a (M adrid J952); A n d r é s R í v e s z , Un dictador liberal: N arváez (M a­
drid 1953).
*rj C arta a V eu illo t , de 22 de m arzo de 1850: II 472.
1,7 Cf. C arta a M on s. G aum e, de 31 de agosto de 1850: II 476-77.
Cf. Schramm , D o n o so Cortés (M adrid 1936) p.239.
89 En carta privada escribía Veuillot a Donoso que había entregado la obra a Du
Lac. “hom m e fort, distingue par son zéle et ses connaissances et trés considerée des
théoJogíens Ies plus capables que j'aie connus. U a étudié a la forte école de So-
Jesmes” (archivo familiar). Du Lac publicó aquel m ismo año, en la Bibliothéque N o u ­
velle, una obra en dos volúmenes titulada l . ’Église et Vfi'Jat.
Los azares del "Ensayo’ 65

mos que exigían precisión, y escribió a Donoso una larga car/a, que
se conserva en el archivo de la familia, indicándole punto por
punto las cosas que debía corregir. Donoso aceptó todas la¿ obser­
vaciones y modificó todo lo requerido. Después remitió el texto
corregido a Veuillot!,°. Por fin, en junio de 1851, el libro salió a la
luz pública simultáneamente en París y en Madrid.
El libro, como todo lo que ya publicaba Donoso, causé sensación
y creó polémica. Cuando se publicó ya estaba Donoso en París, como
diremos en seguida. Allí pudo captar el éxito. "Mi libro, publicado
aquí hace cuatro días, ha hecho explosión. L’Univers, Le Messager
de VAsamblé e,. LAsamblée Natiomde y la Gazette de Vranee han
copiado ya capítulos y trozos, acompañados o precedidos de elogios,
grandes todos y algunos entusiastas. Todos anuncian artículos formales
para en lo sucesivo. Libro ninguno ha hecho en Francia tanta sensa­
ción en estos últimos tiempos” 91.
En Madrid, por el contrario, las cosas no marcharon tan bien.
En la correspondencia con Gabino Tejado se queja insistentemente
de que los periódicos no anuncien su obra, ni la comenten, ni re­
produzcan siquiera lo que dicen los periódicos franceses. " Ver, amigo
mío, lo que pasa aquí y ver que en mi Patria ni aun anunciarme
quieren, me pone triste” 92.
No es nada fácil dar un juicio sobre el Ensayo de Donoso. El
libro es polémico—Donoso pudo liberarse pocas veces de su afán
luchador—, nacido de la pluma, o, mejor, del corazón ardiente de un
extremista del catolicismo que desea con pasión decir muy alto la
verdad a un mundo que ve caminar hacia la catástrofe.
Es un libro complejo y extraño por lo original. Su originalidad
básica consiste en haber planteado los problemas sociales y políticos
que tanto habían conmovido a Europa durante ya todo el siglo XVIII,
y más durante el x ix ; en su base y raíz teológica, convencido de
que nada se hace ni se piensa que no venga de muy lejos, de la
representación que tengamos de lo divino. Todas las ideas madres
del liberalismo y del socialismo, la capacidad infalible de la razón,
la santa libertad, la bondad de la naturaleza humana, la igualdad y la
fraternidad, el deísmo, lo social como agregado de individuos o como
totalidad suprema, etc., todo se enfoca y se juzga a luz de los últimos
principios, que se vinculan a Dios; al Dios católico y a los dogmas
que sobre El y sobre nosotros nos ha revelado ese Dios. Esta con­
frontación deja al desnudo las bases inconsistentes de los sistemas
combatidos, les convence de su empirismo y de su pobreza y les pone
de ojos ante sus muchas contradicciones internas. Al mismo tiempo,
00 Cf. C arta a Luis V euillot, 3 de m arzo de 1851: II 703-04. Se conserva en el
archivo una copia de las correcciones que hizo atendiendo a las observaciones de
Du Lac.
C arta a G abin o T e ja d o , de 22 de junio de 1851: 11 716.
ní Ibid.

D onoso C ortés l 3
66 Introducción general

y por centraste, pone a plena luz la validez permanente de las doc­


trinas católicas para dar a todo lo humano una explicación coherente
y definitiva, y fundamentar así el auténtico y único humanismo.
La pobreza de la razón humana, la limitación de nuestra libertad, las
inclinaciones desordenadas de nuestra naturaleza, el pecado como
verdadero Erigen de los males humanos, la providencia de Dios, la
teoría de la solidaridad orgánica y cristiana, que vincula y fraterniza
a los individuos respetando su personalidad singular, etc., son otras
tantas proposiciones que enfrenta con las contrarias de liberales y
socialistas. Por todo ello constituye tal vez el ataque más eficaz y ra­
dical que se lanzó contra las ideas del siglo desde el campo católico.
Toda esta contextura y el estilo singularísimo hacen de él un
libro de política y de teología, de filosofía y de devoción, de socio­
logía y de ascética, de polémica y de poesía. En determinados mo­
mentos parece la confesión de un alma mística y en otros se trenza
de violentos latigazos a la pobre humanidad; habla de Jesucristo,
clave de la historia y condición suprema de inteligibilidad de lo
humano, como hablaría San Agustín, y se burla y fustiga a sus
adversarios como lo hace con los suyos el peor de ellos, Proudhon.
La obra es de madurez en cuanto a las ideas; adolece de desequi­
librio en cuanto a la expresión de ellas. Su afán polémico y su
vehemencia temperamental le hacen caer continuamente en generali­
zaciones y frases rotundas, inadmisibles tal como suenan; nunca s<:
detiene a precisar conceptos; sólo le interesa acosar al adversario
y derrotarle, aunque sea a costa de exageraciones y de inexactitudes
que a él mismo le costarían después caro. Tirios y troyanos, católicos
y liberales, se dedicaron luego a recorrer y numerar la serie de im­
precisiones en que caía, y que, según unos, le ponían al borde de la
herejía, y, según otros, al lado de los inquisidores medievales. Su
culpa tuvieron en ello los tradicionalistas franceses, a quienes había
pedido armas para la lucha y de quienes había aprendido a vituperar
la razón y la libertad humana y a exagerar la necesidad de la ayuda
y de la luz divina. Continuamente se advierten sus reflejos, que,
como ya notó Menéndez Pelayo, hieren más en Donoso por su vehe­
mencia y extremosidad. Evidentemente es excesivo enunciar un ca­
pítulo diciendo: "Que Nuestro Señor Jesucristo no ha triunfado del
mundo por la santidad de su doctrina ni por las profecías y milagros,
sino a pesar de todas estas cosas.” De Maistre o Bautain hubieran
podido decir lo mismo, pero lo hubieran dicho de otra manera. Si
a esto se añade que el estilo es oratorio y redundante, porque Do­
noso era siempre orador, se explicará por qué el Ensayo, siendo
obra de primera categoría ideológica, no ha encontrado a la larga
el éxito que merecía. Sólo los que se deciden a tolerar sus defectos
j A París sin retorno - 67
para encontrar su denso contenido saben apreciarlo como se me­
rece 9\
De los ataques e impugnaciones que sufrió el Ensayo hablare­
mos un poco más tarde.

12. A P arís sin retorno

Cuando se publicó el Ensayo, ya estaba Donoso de nuevo en Pa­


rís, y esta vez para no volver a España. El Gobierno de Bravo Mu-
rillo le había enviado allí como ministro plenipotenciario. No deja
de ser paradójico que vaya de embajador de la reina liberal ante la
República francesa un extremista antiliberal y antirrepublicano que
había combatido en discursos y escritos, con fuerza no acostumbrada,
al liberalismo y al republicanismo. Y también es paradójico que vaya
a ocupar el primer puesto en la Cancillería más decisiva de Europa
en aquellos momentos un hombre que estaba harto de la vida pú­
blica y que pensaba seriamente en retirarse del mundo y en entre­
garse a una vida toda para sólo Dios. "Yo estoy cansadísimo y fati-
gadísimo de todo [ ...] ; lo probable es que lo deje todo de un
golpe” 94. "Creo que acabaré por irme a esconder en lo interior
de una provincia, donde nadie se ocupe de mí, ni yo de nadie. En
este mundo todo es vanidad” 95. Pero es el hecho. Desde hacía
tiempo, en Donoso luchaban dos hombres: el pesimista, que ha
desesperado de todo y de todos, y que por ello quiere huir, escon­
derse y vivir sólo para lo eterno, y el que desde su adolescencia
se había formado en el optimismo liberal y en la lucha por los
ideales humanitarios, que ahora se habían cristianizado. Una carta
privada conservada en el archivo nos habla de esta lucha íntima que
experimenta, y de la que no sabe cómo salir 96.
En marzo de 1851 entraba Donoso en París para representar a
España ante la segunda República francesa. Como ya se ha dicho,
esta República había nacido de las revueltas, de matiz proletario, de
febrero de 1848, y había empezado, por tanto, por ser una verdadera
República popular. Sin embargo, el pueblo francés no era en reali­
dad más que liberal, y por ello en las elecciones de 23 de abril, el
triunfo fue para los liberales moderados y no para los socialistas,
que lo esperaban. Los intentos socialistas de sublevación y protesta
en el mes de junio fueron ahogados por la energía del general Ca-
Sobre el Ensayo véanse los Juicios de S c h r a m m , D o n o so C o rté s (M ad rid L936)
p .242-57; M f n Én d e z P e l a y o , H istoria de los h eterodoxos españ oles t.6 1.8 c.3 (San­
tander 1948) p .403-12; J u a n V a l e r a , Ensayo sobre el lib era tism o f etc., de D . Juan
D on oso C o r té s , en E studios críticos sobre filosofía y religión : O bras com pletas
(e d . A.tzuilar) t.2 (M adrid 1942) p.l375ss; D ie g o S e v il l a A n d r é s . P olém ica españ ola
sobre el “ E nsayo” d e D o n o so C ortés: Anales de la U niversidad de V alencia 25 (1951-1952)
89-122,
“4 C arta a G abino Tejado (París, 20 de julio de 1851): 11 717.
C arta al conde R aczvn ski (París, 22 de junio de 1851): 11 943.
*'■ V é a s e en 11 476-78.
68 Introducción general

vaignac. ^1 10 de diciembre, las elecciones para presidente de la


República\ dieron una mayoría abrumadora al candidato Luis Na­
poleón Bohaparte, sobrino del emperador Napoleón I. Así la revo­
lución vinq a quedar en manos de un hombre que tenía una con­
ciencia muji, clara, por su apellido, de su deber de continuar la línea
de gobierno autócrata de su glorioso antepasado !>7.
La resonancia de sus discursos y de su Ensayo habían hecho pú­
blico y célebre en Francia el apellido Donoso Cortés. Nada extraño,
pues, que, en, cuanto puso los pies en París, se le abriesen todas las
puertas y se le escuchase con sensación. Con frases que parecerían
inmodestas si no hubieran sido escritas solamente para la intimidad
de su mejor amigo, relata sus primeros días: " Sólo diré a usted
que jamás ningún diplomático extranjero ha sido recibido en París,
por todas las clases de la sociedad, y señaladamente por las altas,
como lo he sido yo; todos los salones, incluso el de la princesa de
Lieven, que es el primer salón político del mundo, abierto a poquí­
simos extranjeros, se abrieron para mí aun antes de haber presentado
mis credenciales y cuando sólo podía anunciarme como Donoso
Cortés. Mi conversación está de moda, hasta el punto de decir los
franceses que no han oído jamás hablar de una manera semejante.
Ahora bien, como los franceses son perdidos por el talento de la
conversación, resulta que los tengo, al pie de la letra, magnetizados;
ésta es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad” 98. Algo
de noble y superior debía de brillar en su mirada y en sus palabras
para que aquella Francia, republicana de hecho y liberal de convic­
ciones, escuchase con tanto respeto y admiración al hombre que más
violentas diatribas había lanzado contra el espíritu de la época y que
con valentía sin compromisos se profesaba católico teórico y prác­
tico.
El 27 de marzo presentó sus credenciales a Luis Napoleón, y por
primera vez se encontraron frente a frente, en los dorados salones
del Elíseo, el presidente autócrata de una República democrática y
el pensador convencido de que para salvar a Europa del caos revo­
lucionario era necesaria una actitud decidida y enérgica contra la
revolución.
Aunque los discursos de presentación y de respuesta fueron pro­
tocolarios, en la conversación posterior ya ambos se felicitaron mutua­
mente por sus esfuerzos "en favor del orden público en Francia, y
mediatamente de toda la sociedad europea” 119.
Luis Napoleón ha estimado desde entonces a Donoso Cortés. En
conversaciones posteriores ha encontrado en él lo que necesitaba, un
*■' Para el conocim iento de la Francia de esta época es clásica la obra de P. d f.
la G o r c e , H isto ire du secon d E m pire (J vols.) (París 1895-1898).
** C arta a G abin a T e ja d a , París, 27 de m arzo de 1851 : II 708.
D espach os de París, despacho de 28 de m arzo de 1851 : II 781.
I
I
A París sin retorno 69

teórico de sus propósitos antirrevol’tcionaríos. Por eso, cuando en


una audiencia le ha oído exponer sus puntos de vista sobre la revo­
lución, sobre Francia y Europa, "la alegría, y la complacencia le
rebosaban por todas partes. Gracias a Dios, dijo, que encuentro un
hombre, y ése extranjero, que está más enterado que los franceses
del estado de la Francia. Yo opino como usted en todo y por
todo me felicito de estar en todo de acuerdo con un hombre
como usted. Y concluyó con apretarme afectuosamente la mano'’ 10°.
Esta inteligencia y mutua estima contribuyó a que las relaciones
entre Francia y España fueran cordiales y de ayuda durante este pe­
ríodo. La Policía francesa ha trabajado con el Gobierno español para
desarticular las conspiraciones carlistas y las republicanas contra el
trono de Isabel II. De ello hay frecuentes noticias en los despachos
oficiales de la Embajada. También con mucha frecuencia se encuen­
tran gestiones del ministro plenipotenciario español para conseguir
permiso de retorno a la Patria a muchos exilados carlistas, no raras
veces sacerdotes.
Sólo en una ocasión las relaciones de Donoso con Luis Napoleón
se tornaron difíciles. Fue cuando el presidente, tras el golpe de Es­
tado de 2 de diciembre de 1851, que le convirtió prácticamente en
emperador, dio un absurdo decreto desposeyendo de todos sus bienes
a los miembros de la Casa de Orleáns, a la que había pertenecido
el último rey Luis Felipe. La medida afectaba también a la Casa
real española, en cuanto que la infanta Luisa Fernanda, hermana de
la reina, estaba casada con el duque de Montpensier, hijo de Luis
Felipe. Donoso tuvo que entregarse a laboriosas y delicadas gestiones
para conseguir que el decreto no perjudicase al duque y a su es­
posa m .
Los largos despachos que fielmente enviaba Donoso al Minis­
terio de Estado de Madrid, escritos casi todos de su puño y letra 102,
son documentos inapreciables para conocer hasta qué punto el di­
plomático español seguía toda la política europea y con qué acierto
la juzgaba. Aun con sus eternos defectos: la tendencia a generalizar,
el exceso de lógica, el pesimismo, etc., es sorprendente ver con qué
agudeza y profundidad, por una parte, y con qué sentido de la rea­
lidad, por otra, informaba y juzgaba, observaba y predecía. Es im­
posible entrar aquí en un estudio, siquiera sea somero, de estos
despachos, pero ellos constituyen una fuente inapreciable para juz­
gar de la Francia del segundo Imperio y de la Europa posterior
a 1848.
100 D espacho de 11 de octubre de t851 : 11 823.
101 Los despachos de principios de año de 1852 contienen m uchos datos sobre este
asunto. En el archivo fam iliar se conservan m inutas de docum entos y notas pasad as
entre los G obiernos de España y Francia a este respecto.
102 Se conservan en el archivo del M inisterio de A suntos Exteriores de M ad rid
(leg.1504). T odos los m as interesantes, en su form a original, van incluidos en esta edición.
Los restantes se han publicado en Miscelánea C om illas 47-48 (l% 7> 435-474 v 51 (1969)
193-240.
70 Introducción general
El príncipe Metternich, que durante cincuenta años casi había
sido el eje de toda la diplomacia europea, el mantenedor del equi­
librio de las naciones y el dique de la revolución, vivía ahora exilado
en Bruselas. Al saber que Donoso Cortés era ministro de España
en París, ha tenido interés en conocerle, y por medio del barón de
Meyendorff, embajador de Rusia, le ha invitado a una entrevista.
Donoso ha ido a Bruselas, pidiendo permiso a su Gobierno, y ha
tenido con el viejo canciller una larga y fructuosa conversación.
"Después de haberme invitado con el mayor cariño a comer, invi­
tación que creí deber recusar, pretextando un compromiso anterior,
tuvo la bondad de ofrecérseme enteramente y de manifestarme el
gusto que tendría en conservar conmigo relaciones amistosas. ’Yo
soy, me dijo, un libro voluminoso en donde están consignados todos
los grandes hechos de este siglo; cuando usted quiera, me pongo
a la disposición de usted para que hojee desde la primera hasta la
última hoja ” 103.
Desde París seguía también con interés todas las oscilaciones po­
líticas y las intrigas de España. Gabino Tejado y el conde Rac-
zynski, embajador de Prusia en Madrid, le tenían bien informado.
Y el politiqueo le repugnaba cada vez m ás: " Lo que ahí pasa es
asqueroso; es pura y simplemente una caza de moderados; hay diez
o doce hombres que se disputan sobre cuál caza más, et voila tout.
Yo no iré al Congreso, porque, de ir, iría para decir todo a todos” 104
Pensó todavía si volver a Madrid para intervenir en las Cortes,
pero se decidió a no hacerlo, porque sabía que no iba a encontrar
quien le acompañase en la lucha por los principios católicos, y él ya
no podía actuar más que desde esos principios y sólo desde ellos.
Raczynski parece haber deseado e incluso activado que se le
encargase a Donoso de formar un Gobierno en España. Pero éste
10 ha rechazado siempre: " Por lo que a mí toca, es muy difícil
que lleguen a ofrecerme el Ministerio en las circunstancias presentes,
y absolutamente imposible que yo acepte. Soy harto rígido, harto
absoluto y dogmático para convenir yo a nadie y para que nadie
me convenga a m í” 105.
Ni poco embarazosas fueron las gestiones que le tocó realizar en
el asunto Narváez. Por lo pronto había procurado reconciliarse con
el general, a quien él había derribado del Poder, y lo había conse­
guido. Le interesaba mucho, porque nunca dejó de ver en él el
único dictador posible en caso de necesidad. Pero quería que per­
maneciese en Francia, como en reserva, para que no se mezclase
en la política española, pues conocía bien su vehemencia.
En septiembre de 1851, Narváez le pidió pasaporte para volver
103 Sobre esta entrevista véanse los despachos de 27 de abril y 1.° de mayo de 1851 :
11 794-99.
1*4 C a rta a G abin o T e ja d o , París, l.° de junio de 1851 : II 713.
106 C a rta a R a c zy n sk i, París, 10 de diciem bre de 1851 : 11 953-54.
A París sin retorno 71
a España. Donoso se lo hubiera dado por amistad, pero tenía que
negárselo, según las instrucciones que tenía del Gobierno. Informó
luego al Gobierno favorablemente, y el Gobierno accedió a que se
le diera el pasaporte. La actitud de Donoso disgustó a algunos sec­
tores de la política española. Y los hechos vinieron a dejar mal a
Donoso, porque Narváez empezó pronto a buscar su ascensión al
Poder apoyándose en influencias inglesas 106.
La vida pública, que no podía evitar un diplomático de su rango,
ocupaba a Donoso una gran parte de su tiempo: "Mi querido conde
—escribe a Raczynski en 2 de febrero de 1853— : por dos razones
he dejado últimamente de escribiros; la primera, porque el infierno
ha desencadenado este año sobre París todas las fiestas imaginables,
hasta el punto de hacer de mí un verdadero mártir.” Y luego las
visitas, constitutivo esencial en la etiqueta de aquel siglo. Una larguí­
sima lista, encabezada por el título "Lista de mis visitas”, que se
conserva entre los papeles del archivo, indica bien a las claras el
cuidado del embajador en ser cumplido. Entre muchísimos nombres
conocidos destacan los de José Zorrilla, Ozanam, Guizot, Changar-
nier, el P. Ravignan, Bonnetty, etc. El conde de Hübner, embajador
de Austria en París, cuenta en sus memorias: " Un día le encontré
[a Donoso] en la escalera de un Ministerio, uno de esos terribles
martes o miércoles de la ribera izquierda y de la ribera derecha;
me dijo con su acento español y lanzando un suspiro: ’Cuando me
muera, San Pedro me preguntará: Donoso Cortés, marqués de Val-
degamas, ¿qué has hecho? Y yo responderé: He hecho visitas’ ” 107.
Poco antes de su última enfermedad sucedió aquel inesperado
acontecimiento que fue la elección que hizo Luis Napoleón para
esposa suya de la aristócrata española Eugenia de Montijo, condesa de
Teba. El hecho era de la máxima importancia para el Gobierno es­
pañol, pues el emperador de los franceses quedaba estrechamente
vinculado a España con este matrimonio. Donoso k) notificó inmedia­
tamente a su Gobierno, y éste le encargó de representarle en las
solemnes y fastuosas ceremonias. Así lo hizo, y, como testigo de la
boda, fue el primero que firmó en las actas después de los miem­
bros de la familia del emperador 10s.
Además de todas estas actividades propias de su cargo oficial,
y por si fueran pocas, se vio obligado, mal de su grado, a defender
públicamente su Ensayo. Como dijimos, había tenido un gran éxito
publicitario en toda Europa. Naturalmente, a muchos les disgustó,
Sobre todo el asunto de NarVáez inform a D onoso en su cartas a R aczynski
y en sus despachos oficiales. Véanse los despachos de 6 y 15 de septiem bre y 11 de
noviem bre de 1851.
10' C o m i ií d e H ü b n e r, Neuf ans de souvenirs d ’un Ambassadeur d ’Autríche á París.
1851-1859 t.2 (París 1904) p.129.
10* Sobre los hechos inform a am pliam ente en los despachos de 18. 25 y 31 de en ero
de 1853: 11 899-906.
72 Introducción general

y fue atacado. Donoso lo había previsto: "Mi libro será aquí y allí
universalmente impugnado; así debe ser y así quiero yo que sea” 109.
" El caso se reduce a lo siguiente: Usted encuentra a uno en la calle
y le dice: 'Usted es muy feo’. Pregunto: Ese uno, ¿le dará a
usted las gracias y le dirá a usted que es bonito? Locura sería pen­
sarlo. Pues bien, aplique usted aquí el cuento. Yo digo a los libe­
rales : ' Son ustedes muy feos’. ¿Cómo diablos quiere usted que
me lo sufran y que me den las gracias encima? Esto, sin embargo,
como usted ve, no prueba nada, sino que yo he puesto el dedo en
donde debía ponerle” 110.
Pero no fueron estos ataques los que le hicieron sufrir, iacula
quae praevidentm núnus feriunt. El ataque más desagradable le vino
de un sacerdote francés apellidado Gaduel, vicario general de la
diócesis de Orleáns, quien a partir de febrero de 1852 publicó, en
L'Ami de la Religión, una serie de artículos, impugnando conceptos
del Ensayo, como poco consonantes con la fe católica. El transfondo
del drama era otro. Atacar al catolicismo de Donoso era atacar a
Luis Veuillot, a L’Univers, que Veuillot dirigía, a la Bibliothéque
Noiívelle, que Veuillot había fundado; en suma, el ataque de Gaduel
a Donoso, en el fondo, era también un ataque del catolicismo gali­
cano y liberal al catolicismo romano y monárquico, era un ataque
de Dupanloup contra Veuillotllx.
Nada le podía doler más a Donoso que verse atacado en su orto­
doxia católica. Envió en enero de 1853 una carta abierta al director
de L’Uniiers protestando su absoluta sumisión a la Iglesia. Y luego
creyó oportuno poner el remedio en la misma raíz, y dirigió al papa
Pío IX una carta llena de sensatez y de buen sentido, en la que
exponía filialmente sus quejas contra Gaduel y contra Dupanloup 112.
Pío IX contestó breve y afectuosamente a Donoso el 23 de marzo
de 1853. En el número de la Civiltd Cattolica del 16 de abril apa­
recía un extenso artículo en defensa de Donoso Cortés y de su
Ensayo. El artículo va sin firma, pero probablemente fue escrito por
el P. Taparelli d’Azeglio. Donoso se debió de dar por satisfecho
al ver que la revista de los jesuítas romanos, que figuraba como
órgano oficioso de la Santa Sede, zanjaba la disputa plenamente en
ru favor.
También de los españoles fue impugnado Donoso. En el mismo
año de 1851 apareció en Valladolid un folleto titulado Veintiséis
cartas al Sr. Marqués de Valdegamas en contestación a los veintiséis
Carta a G abino Tejado, de 1° de mayo de 1851 : lí 712.
1 C arta a G abino T ejado, de 15 de junio de 1851 : II 715.
n Sobre los desagradables incidentes de este proceso véanse las cartas que van bajo
el títuJo de Polém ica con G a d u el , al final del t.2 de esta edición. Para com prenderla
en su m arco histórico puede consultarse R. A u b e r t , Le Pontifical de Pió IX (t.21 de
ja H isto ire de rfczlise, de F u c h í - M a r t in ) (1952) p .224-44 y 262-79.
Vcase en II 973-79.
A París sin retorno 73
/
capítulos de su "Ensayo sobre el 'atolicismo, el liberalismo y el so­
cialismo”, escritas por Nicomedes Martín Mateos, y en los años 1852
y 1853 publicó D. José Frexas, en Barcelona, los tres tomos de su
obra El socialismo y la teocracia, o sea observaciones sobre las prin­
cipales controversias políticas y filosófico - sociales, dirigidas al
Excmo. Sr. D. Juan Donoso Cortés, marqués de Valdegamas, en re­
futación de las más notables ideas de sus escritos y de las bases de
aquellos sistemas. No podemos entrar en el análisis de estas obras;
pero que sus ataques e impugnaciones hicieron sufrir a Donoso,
baste a probarlo el hecho de que después de su muerte corriera por
España el rumor, reflejado en los periódicos, de que los ataques a su
persona y a sus obras "habían sido para él causa de un hondo pesar
que le había llevado al sepulcro” 113. Ciertamente, la afirmación es
excesiva. En una carta privada conservada en el archivo familiar
escribe: "Lo de L’Unwers nunca me dio malos ratos, porque siem­
pre supe cuál era la opinión de Roma.” Y si los ataques de Gaduel,
que le tocaban en la carne viva de su fe, no llegaron a apesadum­
brarle—no podemos menos de pensar que al menos le desagrada­
ron—, mucho menos los de los españoles que atacaban su nueva
ideología. Por esta fecha escribía tarrtbién a su hermano Paco: "Di
ces que mi posición es falsa; lo es, pero no tiene remedio ni me
importa; yo no puedo ser ni liberal ni carlista; y como hoy no hay
más que esas dos especies de animales, estoy condenado a estar
entre sus bocas feroces; pero repito que nada me importa eso” 11‘.
Del prestigio de que gozaba Donoso Cortés en los altos medios
eclesiásticos dará idea el siguiente hecho: en el mes de mayo
de 1852, el cardenal Fornari, que entonces era prefecto de la Sa­
grada Congregación de Estudios y que, siendo nuncio en París años
antes, había conocido y tratado a Donoso, le escribió una carta en
nombre del Padre Santo, a la que acompañaba una hojita, que se
conserva en el archivo y que se encabeza así: Syllabus eorum quoe
in colligendis notanalisque erroribus ob oculos haberi possuní. Sigue
un índice de 28 capítulos sobre los principales errores fiiosófico-
teológicos de la época. El cardenal pedía al embajador que en breve
plazo respondiese a los puntos que pudiese al menos "con breves
indicaciones”. Cartas idénticas fueron enviadas a una porción de per­
sonajes europeos destacados en el campo católico de la cultura y de
la teología115. Donoso respondió el 19 de junio de 1852 con una
carta magistral, que se considera como lo mejor salido de su pluma.
ns Sobre los ataques de los españoles véase D ieg o S e v illa A n d r é s , P o lém ica e sp a ­
ñola sobre el “E nsavo " . de D o n o so C ortés: Anales de la U niversidad de V alencia 25
(1951-52) cuad.2 p.89-122.
114 C arta conservada en el archivo familiar de D on Benito.
,u Cf. L u is O r t i z E s t r a d a , D o n o so , V euillot y el " Syllabus ", de Pió ¡ X : R e·
conquista 1 (1950) 15-36.
~A Introducción general

Donoso ha ganado mucho en madurez, y, por lo mismo, en sobrie­


dad. Lo que en el Ensayo era un torrente impetuoso de ideas y un
tumulto de sombras y fogonazos deslumbradores, es aquí una clara
y serena estructuración de pensamientos. Con vigor y densidad ló­
gica se analizan los principales errores sociales y políticos de la
época, haciendo ver cómo parten y se deducen de pocos principios
equivocados en lo religioso. El tradicionalismo es mucho más miti­
gado. No hay otro documento de la época que haga una disección
más ordenada y profunda de la ideología dominante en Europa y
una crítica más profunda del liberalismo en sus causas y en sus
efectos.

13. C o n s u m a c ió n

S: todos los aspectos hasta aquí brevísimamente bosquejados son


importantes para conocer la personalidad de Donoso Cortés, hay
uno en la última etapa de su vida que es decisivo para comprenderle:
el de su vida ascética. Desde el día en que se decidió no sólo a
pensar en católico, sino a vivir como tal, con todas las consecuencias,
su existencia tomó un rumbo marcadamente ascético. Como antes
había leído a Montesquieu, a Rousseau o a Destutt de Tracy, ahora
leía con avidez a San Agustín, a San Buenaventura o al P. Alonso Ro­
dríguez. Entre sus papeles se conservan muchísimas facturas de los
libros que compraba en esta época en librerías francesas, y casi todos
ellos son libros ascéticos: vidas de Jesucristo, vidas de santos, tra­
tados de Santos Padres, historias de la Iglesia, obras teológicas, trata­
dos de Alvarez de Paz, Nieremberg, Suárez, etc.
La vida sobrenatural le satisfacía y le arrastraba tanto como le
hastiaba más cada día la vida pública. "La vida pública se me hace
ya insoportable”, escribía a Veuillot en marzo de 1851. Esta situa­
ción de ánimo le impulsaba a la vida de retiro e incluso a la vida
religiosa. Ya en 1849 escribía desde Berlín: "Yo pienso volver
pronto a España y retirarme por algún tiempo de los negocios pú­
blicos para meditar y escribir. El torbellino político en que me he
visto envuelto mal de mi grado, no me ha dejado hasta ahora ni un
día de paz ni un momento de reposo; justo es que antes de morir
me retire algunos años a hablar a solas con Dios y con mi con­
ciencia. Para mí, el ideal sería la vida monástica. Creo que hacen
más por el mundo los que oran que los que pelean” 116. Dos años
después se encuentra en la misma actitud: " No puedo menos de
felicitar a usted por su propósito de separarse de la política activa.
Ese es también mi propósito, y a él arreglo ya mi conducta. Las
cosas de la religión me ocupan ya exclusivamente. No puedo ni
u * C a rta a B lanche-R affin, Berlín, 21 de iulio de 1849: TI 344-43.
/ Consumación 75
/
debo dejár este puesto [de embajador] por graves consideraciones
de interés público, pero deseo que me le quiten, y el día que esto
suceda no volverán ustedes a verme por el mundo " 117.
De hecho pensó seriamente en entrar en la vida religiosa, y, si
hemos de creer a su amigo Veuillot—y podemos creerle, ya que era
su íntimo confidente—, había elegido para consagrarse a Dios la
Compañía de Jesús 118.
Mientras llegaba el momento en que pudiera realizar su sueño,
vivía ya una vida de perfección. "Yo no he recibido tantos dones
como tú, porque naturalmente no soy tan bueno ; y, sin embargo,
me creo obligado a andar en su presencia de continuo, a confesarme
cada ocho días, a comulgar dos veces por semana y a orar media
hora diaria por lo menos, a pesar del torbellino de mis ocupacio­
nes. El domingo lo paso con los pobres del Señor en sus domicilios
y en los hospitales, y mi mejor confianza la pongo en sus oraciones
por ti y por mí, porque Dios no desoye nunca las plegarias del
pobre” 119.
A su vida de lecturas espirituales, de oración y presencia de Dios
unía el esfuerzo por dominarse a sí mismo. " ¿Conque, según esto,
os oigo decirme: ‘No tenéis amor propio’? Vaya si lo tengo; sí,
señor; pero como si no le tuviera, porque me esfuerzo a dominarle
con la ayuda de la fe [...]. Esto no quiere decir que llegue siempre
a vencerlo, de lo cual estoy distante; pero lucho por dominarlo, y
llegaré a vencerlo si soy verdadero cristiano” 120. Y para conseguir
este dominio de sí mismo, siguiendo el ejemplo y los consejos de
los ascetas cristianos, hacía penitencia corporal. En el colegio de
los PP. del Corazón de María de Don Benito he podido ver dos
grandes cilicios que usaba habitualmente aquel gran hombre público
en sus últimos años. Uno de ellos es una camiseta tejida de ásperas
cerdas y saco, y el otro una coraza compuesta de tiras de cuero en­
trecruzadas con puntas de hojadelata punzantes. Entre sus papeles
se conserva una nota en que detalla los días que son de ayuno y de
abstinencia y la manera de observarlos. Luis Veuillot informa tam­
bién que él mismo hizo con Donoso, cuando era embajador en
París, una peregrinación a Argenteuil a pie y bajo la lluvia. En 1850
fue también en peregrinación a Alba de Tormes a visitar el cuerpo
de Santa Teresa. Le acompañaron desde Salamanca, donde debían
117 C arta a G abino T e ja d o , París» 29 de septiem bre de 1851: II 718. Véase tam bién
la carta de consulta en 11 477.
I1R L o u is V e u illo t, ln tro d u ctio n a la ed. de O euvres d e D o n o so C o rté s (P arís
1858-1859) p.i/xiv. En el archivo de la C uria Generalicia de la C om pañía de Jesús n o
se encuentra ningún docum ento que acredite una petición de ingreso de D o n o so en la
O rden, lo cual hace pensar que todavía no estaba próxim o su ingreso.
119 De una carta a su herm ano Paco conservada en el archivo. Sobre la edificante
vida de D onoso en sus últim os años inform a S a n t ia g o G a l in d o , D o n o so C o rté s en la
ú ltim a eta p a de su vida: A rbor 25 (1953) 1-17,
' fiQ C arta al con de R a czvn sk i , París, 11 de octubre de 1851: 11 945-46.
Introducción general

residir, sus sobrinos, probablemente los hijos de su hermano di­


funto, cuya mujer era de Salamanca, y conservó luego amistad con
las carmelitas de Alba l il .
Pero porque había entendido bien el problema social de su época
y la misión de los cristianos en aquella hora de hambre y de abuso
liberal sobre los proletarios, su virtud principal fue la caridad. Ya
le hemos oído decir que "el domingo lo paso con los pobres del
Señor en sus domicilios y en los hospitales”. Veuillot informa, en su
Introducción a las Obras de Donoso Cortés en francés, que un día
le pidió una limosna para ayudar a una familia necesitadísima, y
éste le dio lo último que le quedaba de su sueldo mensual de emba­
jador. "Mientras me hablaba se estaba vistiendo, y yo tuve la oca­
sión de ver que tenía rota su camisa, y se lo dije, pero me contestó
que no tenía otra mejor. A otro pobre que yo conocía le había
señalado una pensión anual, y los primeros días de mes enviaba reli­
giosamente lo que había prometido darle. El día antes de su muerte
se acordó de enviarle esta limosna.” Hizo amistad con las Herma-
nitas de los Pobres; asistía con ellos a las comuniones generales
que las hermanas organizaban, fue padrino de muchos niños nacidos
en la miseria, perteneció a la Sociedad de San Vicente de Paúl para
el socorro de los pobres, les visitó en sus habitaciones. En el
año 1851, que parece señalar el cénit de la actividad vital de Donoso,
escribió una carta a la reina en la que propone como único remedio
al mal radical de Europa, que no es sino "una sublevación universal
de todos los que padecen hambre contra todos los que padecen
hartura”, que los ricos reconozcan la obligación que tienen de ayu­
dar a los pobres 122. El era de los que hacían antes de hablar, y,
convencido de su deber, se entregó a socorrer a los pobres con todo
lo que pudo.
Esta caridad la ejerció también con sus propios parientes. Baste
un ejemplo: "Dios no quiere que seamos ricos, y es menester
resignarnos. Yo gasto aquí más de mi sueldo y lo que doy además
no tiene fin. Benita, en los dos meses de viaje de baños, me gasta
ocho mil reales; eso por ese lado sólo: pero al fin yo tengo dinero,
poco o mucho; y, mientras lo tenga, no puedo consentir que sufras
apuros; toma dos mil quinientos reales de lo mío y viste a Ama­
lia” )2:i. Y a su hermano Paco le dice: "Por lo que hace a la cues­
tión de dinero, mientras yo tenga, no tienes que apurarte nunca;
yo no pongo tasa ninguna; toma tú todo lo que necesites para tus
121 C onsta por una carta del franciscano Serra, conservada en el archivo fam iliar,
y p o r o tra carta de la superiora de Alba de Tom es. De la peregrinación a Argenteuil
habJa el mí^mo D onoso en una carta a su herm ano Paco, que se conserva en el ar­
chivo, y que ha publicado S a n t ia g o G a u n o o , D on oso C ortés y su teoría política (Ba­
dajoz 1957) p. 154.
122 Véase en II 722-29.
123 De una carta del archivo, publicada tam bién por S a n t ia g o G a l in d o , o .c., p.150.
Consumación 77
gastos de todas especies y para el cridado de tu salud, que es lo
primero de todo” J24.
Cuando en una reunión de sociedad narraba su transformado!
hacia la vida de plenitud del catolicismo, alguien le interrumpió
"Ciertamente, Sr. Embajador, Dios le ha concedido una gracia grandt
al iluminarle tan súbitamente al medio de su vida y cuando no
pensaba en buscarle. Debe de haber habido en su vida algún hecho
que haya merecido de su parte un tal favor. 'Yo no me acuerdo
de ninguno, respondió Donoso Cortés; toda mi vida había sido
muy ordinaria...; quizá, sin embargo, un sentimiento ha podido
ser agradable a Dios: nunca he mirado a un pobre que haya lla­
mado a mi puerta sin pensar que veía en él un hermano’ ” 125.
Dios le encontraba ya suficientemente probado y limpio como
para trasladarle a su reino. En abril de 1853, una violenta afección
cardíaca puso en peligro su vida. Superó la crisis y escribió a los
suyos tranquilizándoles. Pero hacia fines del mes volvió a agravarse.
Luchó unos días entre la vida y la muerte. "Estoy tranquilo, se le
oyó decir, porque sé en qué brazos estoy”, y mostraba su crucifijo.
Había comulgado tres veces durante su enfermedad. Caía perfecta­
mente en la cuenta de la gravedad de su estado. Estaba muy solo
en medio de aquella casona desértica de la calle de Courcelles que
era la Legación española. En momentos de sosiego habrá pasado por
su memoria el film de su vida: Don Benito, Salamanca, los años
románticos de Sevilla, Cáceres, los Carrasco y su matrimonio con
Teresa, la Corte y sus actividades de progresista, el Ateneo, sus pri­
meros cargos oficiales, Mendizábal, María Cristina, su exilio volun­
tario y leal en París, Espartero, las redacciones de los periódicos, el
duque de Riánsares, Narváez, el Parlamento y las ovaciones, el Pa­
lacio Real, Bravo Murillo, Berlín con sus nieblas frías, Masarnau,
su hermano moribundo, sus ancianos padres, Metternich, la gran
sociedad parisina, sus pobres, Veuillot y Montalembert, Gaduel y
Dupanloup... Tenía la impresión de que todo se hundía en un
pasado de olvido y de que con humildad—dijo alguna vez: " Soy
el más débil de los hombres”—podía mirar tranquilo hacia el fu­
turo eterno. Su vida en medio del mundo había sido muy limpia 126,
muy honrada y muy noble 12T, y en los últimos años hondamente
espiritual y unida a Dios.
Durante los últimos días permaneció tranquilo. Recitaba oracio-
,54 Ibid., p.151.
125 Cit. en E. S crram m , D o n o so C o rtés (M adrid 1936) p.191.
128 “ Me habla usted de ataques a mi m oralidad y que m e prepare a defenderm e.
¡Yo defenderm e! Jam ás. Mi vida es dem asiado pura para que yo la defienda” (C a ria
a G . T eja d o , París, 27 de m arzo de 1851 : II 709).
,2T “P or mi parte* jam ás he pronunciado, jam ás pronunciaré, un nom bre p ro p io
con ánim o de ponerle a discusión, convencido com o estoy que esto no puede h ac erse
sin faltar al respete de que el hom bre es deudor al hombre'* fC arta a G . T e ja d o „ P a rís,
10 de junio de 1851: II 722).
78 Introducción general

nes y jaculatorias. He aquí el relato sobre sus últimos momentos,


hecno por un testigo presencial, el conde de Hiibner, embajador
de Austria y amigo personal de Donoso. Escribe en su diario: "Mayo
155 3. Martes 3. Como continuaba la enfermedad del ministro de
Bpaña, marqués de Valdegamas, Hatzfeld y yo fuimos a preguntar
jor él. El boletín era malo, e imposible encontrar alma viva en
iquella casa desierta. Ni un criado en la antecámara, ni un secretario
en la Cancillería. Ibamos ya a abandonar la Legación, cuando nos
estremeció un violento toque de campanilla que salía de la habi­
tación del enfermo. La célebre sor Rosalía, que le cuidaba, se pre­
cipitó a nuestro encuentro para decirnos que el ministro se moría
y solicitaba un sacerdote. Hatzfeld corrió a Saint-Philippe de Roule
y volvió en seguida con un coadjutor de la parroquia. Después se
retiró al salón, demasiado emocionado para asistir a la agonía de
nuestro colega y amigo común. Entré solo en la habitación de nues­
tro querido Donoso, donde tantas veces había discutido con él las
cuestiones más arduas, donde él dormía, trabajaba, meditaba, oraba
y fumaba innumerables cigarros. Ahora le encontré tendido sobre
un camastro que era su lecho de muerte, rodeado del coadjutor, de
sor Rosalía, de otra hermana del Bon Secours y de su ama de llaves,
una vasca que era la única que parecía afligida. El sacerdote y las dos
religiosas cumplían sus deberes simplemente, exactamente, profesio­
nalmente, pero la vasca lloraba. El enfermo recibió la extremaunción
con pleno conocimiento. Cuantas veces se pronunció el nombre de
Jesús elevó sus manos al cielo. La fe se dibujaba sobre su figura
macilenta, pero transfigurada por la expresión de una dulzura inefa­
ble. En los últimos momentos abrazó el crucifijo con fervor. Dos
veces me cogió la mano, dando la impresión de que me reconocía.
Deberes del mundo me obligaron a abandonarle, y expiró algunos
minutos después de mi salida, hacia las seis de la tarde, a la edad
de cuarenta y cuatro años. Anacoreta perdido en las estepas áridas
de la diplomacia, apóstol predicador de los salvajes de salón, asceta
bajo el hábito bordado de embajador, Donoso Cortés, después de
haber dado durante su vida el raro ejemplo de una conversión polí­
tica sincera, ofrecía, muriendo, el espectáculo edificante de un fin
verdaderamente cristiano. Físicamente era un pequeño meridional,
del tipo peninsular, de rasgos ni bellos ni feos, y que yo diría ordi­
narios si no hubieran estado ennoblecidos por el fuego de su mirada
y la expresión del espíritu selecto que era. Ciertamente era el hom­
bre menos hecho para gozar del sm dl td k de los salones; pero por
sentimiento del deber los frecuentaba conscientemente Era un
espíritu profundo y original, tal como la edad de oro de Carlos V
los ha producido con profusión en su país, y de los que la edad
presente produce muy pocos, sobre todo en España. Donoso per-
/ Consumación 79
/
tenecía al' siglo XVI, al Renacimiento y a la contrarreforma católi<a
provocada por la reforma protestante. Me recuerda los grandes ht-
roes eclesiásticos de aquellos días, y a nadie más que a Fr. Luis dt
Granada. Una hora después me encontraba de nuevo en la calle de
Courcelles, en el palacio ocupado por la princesa Matilde, frente a
la Legación de España. Asistíamos a una gran cena, pero la anima­
ción y la alegría habitual, verdaderas o falsas, que distinguen estos
festines, desaparecían bajo el crespón negro que la muerte de un
santo arrojaba sobre esta brillante reunión de mundanos” 128.

CRONOLOGIA DE LA VIDA DE DONOSO CORTES

6 de mayo de 1809: Nacimiento en Valle de la Serena (Badajoz).


Otoño de 1820: Va a la Universidad de Salamanca.
1821-1823: Continúa sus estudios en el Colegio de San Pedro, de Cáceres.
Verano 1823: Estancia en Cabeza del Buey con Quintana.
1823-1828: Estudios de jurisprudencia en Sevilla. Círculo literario.
1828-1829: Primera estancia en Madrid.
1829-1830: Profesor del Colegio de Cáceres.
1830: Matrimonio con Teresa García Carrasco.
1830-1832: Probable estancia en Don Benito, trabajando en el bufete de su
padre.
1832: Va a Madrid. Primeras intervenciones en política. Memoria sobre la
situación actual de la Monarquía.
Febrero de 1833: Nombramiento de oficial quinto de la Secretaría de Estado
y del Despacho de Gracia y Justicia de Indias.
8 de marzo de 1834: Nombramiento de secretario con ejercicio de decretos
en el mismo Ministerio.
Septiembre de 1834: Publicación de Consideraciones sobre la diplomacia.
3 de junio de 1835: Muere su esposa.
Verano de 1835: Misión gubernamental de mantener la lealtad en Extre­
madura.
8 de mayo de 1836: Nombramiento de secretario del Gabinete y de la Pre­
sidencia del Consejo.
20 de octubre de 1836: Nombramiento para desempeñar la cátedra de De­
recho constitucional en el Ateneo. Lecciones de Derecho político.
1836-1840: Gran actividad periodística y política como “moderado”. Prime­
ros rasgos de su evolución ideológica.
Verano de 1840: Primer viaje a Francia.
1840-1843: Permanencia en Francia junto a la reina María Cristina, deste­
rrada. Cartas de París.
Primavera de 1841: Viaje temporal a España para defender los derechos
de María Cristina a la tutela de sus hijas.
Otoño de 1843: Cae Espartero y vuelve Donoso a España.
Noviembre de 1843: Viaje a París como enviado especial de Isabel II para
invitar a María Cristina a volver a España.
30 de marzo de 1844: Nombramiento de secretario particular de Isabel II.
Octubre de 1844: Diputado por cuarta vez.
C om te DE H ü b n rr , N eu f ans d e souvenirs d ’un A m bassadeu r d 'A u tr u h e a Paris,
1851-1859 (París 1904> t.2 p.128-31.
«0 Introducción general
21 de septiembre de 1845: Nombramiento de miembro del Consejo Real.
25 de octubre de 1846: Con ocasión de las bodas reales, se le concede el
título de marqués de Valdegamas. ¡
Primavera de 1847: Vuelve a París acompañando a María Cristina. Conver­
saciones con Masarnau, que deciden su transformación. Vuelta precipitadja
a Madrid para asistir a la muerte de su hermano.
Septiembre de 1847: Artículos sobre las reformas de Pío IX. El pensamiento
de Donoso empieza la época de madurez. '
16 de abril de 1848: Recepción en la Academia de la Lengua. Discurso so­
bre la Biblia.
4 de enero de 1849: Discurso sobre la dictadura. Plena madurez de su
pensamiento.
22 de febrero de 1849: Llega Donoso a Berlín como ministro plenipoten­
ciario de España.
Noviembre de 1849: Vuelve a Madrid. Permanencia en Madrid con breves
estancias en Don Benito.
30 de enero de 1850: Discurso sobre la situación de Europa.
30 de diciembre de 1850: Discurso sobre la situación de España.
28 de febrero de 1851: Nombramiento de ministro plenipotenciario de Es­
paña en París.
Abril de 1851: Visita a Metternich, desterrado en Bruselas.
Junio de 1851: Aparición del Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y
el socialismo.
3 de mayo de 1853: Muerte en París.

IV. MOTIVOS Y CARACTERISTICAS DEL PENSAMIENTO


DE DONOSO CORTES

Los autores que a partir de Carl Schmitt han escrito sobre Do­
noso Cortés han sentido—casi todos—el deber de dedicar al menos
unos párrafos para encarecer el valor de actualidad del pensamiento
donosiano. El mismo Carl Schmitt, Edmund Schramm, Pedro Le-
turia, Johannes M.a Höcht, Albert Maier, Bela Menczer, Federico
Suárez, Santiago Galindo, Gabriel de Armas, por no citar más que
algunos, han insistido en este valor \ El hecho de que, sobre todo
en España y en Alemania, se sigan publicando artículos y obras
1 C f. C a r l S c h m i t t , D o n o so C o rtés in gesam teuropäischer Interpretation ( K ö ln 1950);
tra d .e s p a ñ o l a ( M a d r id 1952): E d m u n d S c h r a m m , D o n oso C o rté s , ejem plo del pensa­
m ien to de la tradición ( M a d r id 1952); P e d r o L e t u r i a , Previsión y refutación del atéis-
m o com u n ista en los últim os escritos de Juan D on oso C o rté s , 1848-1853: G r e g o r i a n u m
18 (1937) 483-486; J o h a n n e s M . a H o c h t , D o n o so C o rté s , U ntergang oder W iedergeburt
d e s A bendlandes? D ie europäischer G eschichtsprophetien des grossen spanischen S taat­
m annes. E in le itu n g v o n . ( W ie s b a d e n 1953): A l b e r t M a ih k , D on oso C o rté s , B riefe ,
parlam entarisch e R eden und diplo m a tisch e Berichte aus den letzten Jahren seines Lebens
(1849-J953), herausgegeben und eingeleitet vo n ... (Köln 1950); B e l a M e n c z e r , M e tte r­
nich y D o n o so C o rtés: A r b o r 13 (1949) 63-92; F e d e r i c o S u á r f z V e r d e o u e r , D on oso
C o rté s en el pensam ien to europeo del siglo X IX ( M a d r id 1954); I d . , Introducción a
D o n o so C o rté s ( M a d r id 1964); S a n t i a g o G a l i n d o , D on oso C ortés y su teoría política
( B a d a j o z 1957) p . 159-72: G a b r i e l d f A r m a s , Por qué volvem os a D onoso C ortés
(L a s P a lm a s d e G r a n C a n a r ia 1956).
Visión de la Europa moderna 81

sobre el pensador extremeño confirma esta actualidad. También en


Italia, en Argentina, en Frrncia, se ha escrito en los años de la
posguerra sobre Donoso. Luis de Araquistáin se asustaba en 1953
de este interés europeo por Donoso, porque temía que significase
una amenaza para las democracias: "Como quiera que sea— es­
cribe—, lo evidente es que cada resurrección del pensamiento de
Donoso Cortés en Europa ha coincidido con la aparición de una
dictadura. Por esto nos inquieta que, también después de la segunda
guerra mundial, los alemanes sigan hablando y escribiendo tanto
del profeta español de desastres. Siempre que este fenómeno acon­
tezca en el mundo, como ahora otra vez, hay que lanzar este grito
de alarma: ¡ En guardia, demócratas! ” 2

1. V is ió n d e la Euro pa m o d er n a

Pero se equivocaba el socialista español. No es la razón del in­


terés por Donoso la inminencia de una nueva dictadura. Si los
europeos vuelven continuamente al pensador español, es porque
pensó y escribió, hacia la mitad del siglo pasado, con realismo y
agudeza singular, sobre casi todos los problemas que hoy todavía
obsesionan al mundo occidental: el comunismo y sus causas, el
ateísmo, el catolicismo y su significación cultural, el liberalismo,
los males y el porvenir de Europa, la interpretación de las revolu­
ciones, Rusia, la política internacional, etc., etc. Cien años de his­
toria han confirmado clamorosamente muchas de sus predicciones
y han demostrado que sus juicios eran algo más que "delirios de
un febricitante”, como sarcásticamente dijo del Ensayo nada menos
que Juan Valera3. Han demostrado que Europa, esta Europa de
hoy hija del liberalismo decimonónico, puede encontrar en Donoso
Cortés, diagnosticados de mano maestra, muchos de los males de
que está aquejada tomados en su mismo origen, y puede encontrar,
además, en sus interpretaciones históricas y especulativas, una ideo­
logía vigorosa de la que carece y que necesita, y que va más allá
de filias y fobias, de intereses económicos o estratégicos.
Apenas había nacido el comunismo—el Manifiesto comunista
es de 1848—, y Donoso diagnosticaba con firmeza que tenía su
origen en el panteísmo; que para la realización de sus principios
exigía " un despotismo de proporciones inauditas y gigantescas ” ;
que a lo que se dirigían los comunistas era "a la completa supre-
2 L u is A r a q u is t á in , Juan D o n o so C o rtés v su resonancia en Europa: C uadernos 1
(París 1953) 12.
* J u a n V a l e r a , E nsayo sobre el liberalism o , etc., d e D. Juan D o n o so C o r té s en
E studios críticos sobre filosofía y religión: O bras com pletas t.2 (M adrid 1942) p. 1374.
82 Introducción general

sión de la libertad humana y a la expansión gigantesca de la auto­


ridad del Estado” \
Trece años antes, reflexionando sobre la historia europea, habíía
sentido ya la ambiciosa presión de Rusia para dilatar sus fronteras :
"Lo que más admira en Rusia es la fuerza irresistible de expan­
sión La Rusia, aun mal gobernada y revuelta, ha ensan­
chado sus fronteras y ha dilatado sus límites [...]. La Rusia guerrea
para vencer, vence para proteger al vencido. Y, en el momento en
que el vencido toma el nombre de su aliado, se convierte en su
víctima y en su presa. Las victorias de Rusia conducen a la pro­
tección; su protección, a la muerte” 5. Algún tiempo más tarde,
pero desde luego muchos años antes de que Rusia pensase en ser
comunista, insistía: "Un Imperio, el más colosal de cuantos existen
en la tierra, se dirige en todas direcciones a la conquista del globo;
medio asiático, medio europeo, aspira a la conquista de Asia, as­
pira a la conquista de Europa; el Imperio ruso, señores, ofrece
este fenómeno singular” 6.
Vio con nitidez penetrante que el socialismo y el comunismo
nacían de los mismos errores que el liberalismo, sino que eran más
decididos y se atrevían a llegar a las últimas consecuencias, a ias
que con grave falta de lógica no se atrevían a llegar los liberales.
El socialismo prescinde de Dios, porque no entiende—y con ra­
zón—qué es ese Dios liberal retirado en un cielo y que no se
preocupa de lo que El ha creado. Y, supuesta esta negación de
Dios, lo que procede lógicamente es la negación absoluta de toda
autoridad, y, ésta suprimida, sólo queda la expansión indetermi­
nada de la libertad individual, la confusión absoluta, la anarquía
total. El término es espantoso, pero lógico7. La diferencia radical
entre liberalismo y socialismo—juzga Donoso con extraordinario
tino—consiste en que los liberales quieren transformar sólo las
formas políticas y conservar las sociales, mientras que los socialistas,
empujados por los mismos principios, llegan a la transformación
completa de la sociedad8. Esta transformación es primero una
anarquía individualista, pero desemboca en un panteísmo político,
social y religioso, y éste en un despotismo total. Este último paso
lo darán los comunistas 9. "La esencia del comunismo consiste en
4 Véase la C arta al cardenal Fornari: II 753. Para una extensa com prensión de
la s ideas de D onoso sobre el com unism o cf. P e d r o L e t u r ia , Previsión y refutación
del ateísm o com un ista en lo s ú ltim os escritos de Juan D o n oso C ortés. 1848-1853: Gre-
gorianum 18 (1937) 481-517.
* A n teced en tes para la inteligencia de la cuestión de O riente: I 694.
e D iscurso so bre las relaciones de España con otras potencias: II 179. ¿Se ha re­
flexionado suficientem ente en lo que el com unism o ha tenido de ruso?
1 C a rta al cardenal Fornari: II 754.
é C a rta al directo r d e la “R evue d es D eux M ondes": II 771.
• Cf. E nsayo 1.2 c.10: II 609-21.
Visión de U Europa moderna 83
la confiscación de todas las libertades y de todas las cosas en provecho
del Estado” 10. Contemporáneos tuvo Donoso que no dudaban en
afirmar alegremente que, purgado de ciertos errores, el socialismo
"cabe perfectamente dentro de la Iglesia, y de ello dan testimonio
en la práctica las misiones del Paraguay, y en la teoría, la Sálenlo,
de Fenelón, y la Utopía, de Tomás Moro” 11.
Al liberalismo le convenció de su ignorancia fundamental del
problema del mal y del pecado en el mundo, del gobierno de Dios
y de sus leyes y de la naturaleza deficiente y viciada de los hom­
bres. Si no se acude en última instancia a Dios, /qué significa la
palabra "legitimidad”, que tanto repiten los liberales? /Q ué signi­
fica que Dios es soberanía "constituyente”, pero no "actual”? /Q uié­
nes son esos sapientísimos filósofos que por su inteligencia tienen
derecho al dominio y son depositarios del Poder? /Acaso no son
hombres tarados por el pecado original y con una razón miserabi­
lísima por grande que sea? Ve en el espíritu de discusión, transac­
ción y parlamentarismo—que no hay que confundir con el Parla­
mento—la entraña misma del liberalismo. Para Cari Schmitt, éste
es "el más sorprendente juicio sobre el liberalismo continental” 12.
Donoso ha visto en esa ambigüedad la causa del fracaso inevitable
del liberalismo. Franz Baader ha dicho también de esta política:
"El régimen que ño se confiesa seguidor de una doctrina, pierde
la fe del pueblo en él” 13. Al Donoso comprometido hasta las úl­
timas consecuencias con el catolicismo le exasperaba y le hacía per­
der la serenidad una doctrina tan irresponsable y que no se atreve
a ser consecuente. Por eso la augura una vida efímera y sin gloria 14.
También aquí impresionan más los juicios de Donoso si se con­
traponen a los de sus impugnadores contemporáneos, que están con­
vencidos de que "el racionalismo, el parlamentarismo y el libera­
lismo son hijos legítimos de los siglos de oro de la Iglesia, en los
que la libertad de discusión florece en los grandes genios del cato­
licismo: los Agustines, Crisóstomos, Aquinos y Bossuets, que son
grandes discutidores ” lñ.
Son estas valoraciones de las ideologías de la época—de la suya
10 C arta al cardenal Fornari: II 754. D onoso hace en esta carta una clara divi­
sión entre socialismo y com unism o que no hace en otros sitios, y por eso en su o b ra
se confunden a veces los conceptos. Nada extraño, si se considera que el vigor del
com unism o em pezaban a apuntar entonces.
11 J u a n V a l e r a , E nsayo so b re el liberalism o , etc., de D. Juan D o n o so C o r té s , en
Estudios críticos d e filosofía y religión; O bras com pletas t.2 (M adrid 1942) p.1383.
D e la misma m anera pensaban otros im pugnadores de D onoso, com o José F rexas y
Nicomedes M artín M ateos; cf. D ie g o S e v il l a , Polém ica española so b re el " E n so y o '\
de D o n o so C ortés: Anales de la Universidad de Valencia 25 (1951-52) 98-122.
11 C a r l S c h m i t t , Interpretación europea d e D o n o so C o rté s (M adrid 1952) p .8 8 .
** Cf. R a in e r D e m p f , Die Ideologie-Kritik des Donoso Cortés: Philosophisches
Jahrbuch der G orresgesellschaft, 64 Jahrgang (M ünchen 1956) p.305.
14 Véase, p .ej., E nsayo 1.2 c.8 y c.10.
14 Cf. D ie g o S e v il l a , Polémica española sobre el ^ £t{saya\ de Donoso Cortés;
Anales de la U niversidad de Valencia 25 (1951-52) 116.
84 Introducción general

y de la nuestra—, que aquí apenas van apuntadas, las que dan valor
todavía hoy al pensamiento de Donoso. Así como también el co­
nocimiento de Europa y de las razones de su política. Alois Dempf
ha comparado el mensaje de pesimismo sobre el futuro de Europa
que Donoso Cortés lanzó al mundo a raíz de la revolución de 1848
con el que Oswald Spengler lanzó al fin de la primera guerra
m undial16. Porque, ya a mediados del siglo XIX, Donoso Cortés
había filosofado profundamente y con pesimismo sobre Europa.
En 1847 ya advertía a la joven reina Isabel II que todas las catás­
trofes europeas tenían su origen en la defección y abandono de los
principios cristianos 17. "El cetro de la dictadura europea—escribía
desde Berlín en 1849— me parece que se ha caído de las manos
de las razas latinas y ha pasado a las razas alemanas y eslavonas” 18.
Y en su Discurso sobre Europa hizo una disección estremecedora
de los males del continente: desde la revolución de febrero, nada
es seguro en Europa; en Europa todo prenuncia una gran catástrofe,
proveniente, en gran parte, de la influencia del socialismo; el mal
que aqueja a Europa es haber despreciado la autoridad divina y la
autoridad humana; Europa camina hacia el ateísmo, y, por tanto,
hacia la carencia de gobiernos, etc. 19 Los estudios de Cari Schmict
principalmente, dan idea aproximada de la significación de Donoso
Cortés para la Europa de su tiempo y del nuestro.
El conocimiento de la entraña europea se concretaba más cuando
hablaba de naciones determinadas; como cuando afirmaba en 1849,
en carta al conde Raczynski, que "el carácter histórico de los espa­
ñoles es la exageración en todo [ ...] ; sólo nos falta exagerar el
socialismo, y lo exageraremos ciertamente. Entonces veréis lo que son
los españoles enamorados de una idea buena o mala” 20. Es impo­
sible no acordarse aquí de los años españoles de 1931 a 1939-
Sobre Francia, a quien admiró y amó con predilección, escribió
muchas páginas, y ya hemos oído decir a Luis Napoleón: " Gracias
a Dios que encuentro un hombre, y éste extranjero, que está más
enterado que los franceses del estado de la Francia.”
El pueblo inglés es "eminentemente constitucional [...], esen­
cialmente discutidor [ ...] ; pueblo en quien es nativo, como en la
antigua Roma, el respeto supersticioso a la ley [...], acostumbrado a
dar el molde de su constitución política al continente. El interés
supremo de la Inglaterra consiste hoy, ha consistido antes y consistirá
siempre en impedir la unidad de miras y acción de los pueblos
continentales [ ...] ; las discordias continentales constituyen a la
,n C f. A l o is D e m p f , C hristliche S taatsph ilosoph ie in Spanien (Salzburg 1937) p . 128-29.
n E xposición a Isabel II: II 226-232.
,K D e sp a c h o s desde B erlín , 22 de abril de 1849: íí 386.
” D iscu rso so b re E u ropa passim.
C o rresp o n d en cia con el (o n d e R a c zy n sk i , carta de 23 de agosto de 1849: II 935.
¿Profetismo? 85
/
Grari Bretaña en pacífica dominadora y en árbitra suprema del con-
tinente »21 .
.

Como embajador que fue de España en Berlín, estudió también


al pueblo alemán, sobre todo a Prusia, y escribió interesantes des­
pachos sobre él al Gobierno de Madrid.
Toda esta temática filosófica, política, histórica, social, sigue
teniendo tanta actualidad en nuestros días, que es obvio que se
vuelva continuamente, sobre todo tras las grandes conflagraciones
de este siglo, a leer los juicios profundos y certeros de aquel gran
europeo, de aquel "político, porque fue teólogo, y por profeta, di­
plomático”, como le ha calificado Eugenio d’Ors.

2. ¿ P r o fe tis m o ?

Algunos de los textos donosianos suenan evidentemente a pro­


fecías. Se podrían citar aún otros muchos de subido tono profético.
El, deliberadamente, buscaba con frecuencia este estilo, que iba muy
bien coh su naturaleza, hecha para otear desde las altas cumbres
y que además se adaptaba plenamente al gusto romántico de la
época22. Esa su admirable intuición del futuro es lo que más ha
sorprendido a los que después de la primera guerra mundial han
estudiado a Donoso Cortés.
Si se entiende rectamente esa facultad de escudriñar el porvenir,
es, a mi parecer, una de las claves del conocimiento de la mentalidad
donosiana. No es que fuera un vidente apocalíptico, ni un pesimista
desesperado que amenaza ciegamente al mundo del que reniega.
"Donoso—dice el P. Ceñal—era un razonador infatigable. Sus mis­
mas intuiciones no tienen para él un valor definitivo y perentorio
sino en cuanto son capaces de ser ensambladas en una explicación
racional y lógica” 23. Si a veces se constituye en profeta, es por
dos razones; una, porque su poderoso entendimiento, dotado de una
capacidad magnífica de abstracción, le arrastraba en seguida a la
región de lo absoluto; allí hacía entrar en juego su férrea lógica
y su potencia para ver los efectos en las causas, y así, a grandes
saltos, llegaba a conclusiones definitivas que aún hoy nos sorprenden.
Suplía, con el poder y la rapidez de su inteligencia, los pasos que
los demás tenemos que dar uno a uno 24. A ésta hay que añadir
una segunda explicación. Donoso estudia al hombre y a los hombres
21 D espach os desde París , despacho de 10 de enero de 1852: II 842.
22 El tono profético y apocalíptico es muy frecuente en los autores que escribieron
sobre sociología o filosofía de la historia en el siglo xix.
3' R a m ó n C e ñ a l . S .I., L a filosofía de la historia de D o n o so C o rtés: R evista de F i­
losofía 11 (1952) 112-13.
24 Así se lo explicaba tam bién su prim er m aestro al padre de D onoso en la cartai
c;uc se conserva en el archivo.
86 Introducción general

en la historia. Ahora bien, a partir de Hegel, como ya hemos indi­


cado más arriba, se comienza a creer en unos profundos resortes del
acontecer humano, en unas fuerzas misteriosas que gobiernan el
hacerse de la humanidad. Los que creen haber llegado a captar esas
leyes de la historia, se lanzan a profetizar, siempre en la idea de que
el futuro irá en la misma dirección del pasado. La actitud es, por lo
demás, muy del gusto romántico. Donoso había meditado mucho so­
bre la historia desde su niñez, y en la madurez de su vida se siente
lo suficientemente dueño de ella como para aventurarse en las som­
bras del porvenir.
En este riesgo tuvo innegables aciertos. Aunque hay que reco­
nocer también que abusó un tanto de este su "genio”. Valera le
echaba en cara que "dice las cosas tan absoluta y rotundamente, que
es menester distinguir a cada paso, si no quiere uno caer en el error
a que su manía de generalizarlo todo le lleva a menudo” 25. Y el
P. Leturia ha observado que "la misma clarividencia con que sor­
prendía en el análisis de la trama social los efectos contenidos en
sus causas y abarcaba en ellas muchas más relaciones que el resto
de sus amigos y enemigos, le arrastraron a prodigar demasiado los
pronósticos apodícticos, con peligro de comprometer sus muchos y
grandes aciertos” 26.

3. Sentido teológico

Nos hemos referido al afán de Donoso por buscar los efectos en


las causas. Arrastrado por este ímpetu ascensional, no descansa su
pensamiento hasta llegar a las causas más remotas o absolutas. Con
razón se le ha llamado "peregrino de lo absoluto”. No iba bien con
su carácter conformarse con explicaciones provisorias, y, si se desilu­
sionó del doctrinarismo liberal, fue por esta falta de compromiso
que podríamos llamar metafísico.
Es claro que, puestos a caminar hacia la última causa, el pensa­
miento siente la tentación de introducirse en los campos de la teo­
logía, y no sólo de la teología natural, sino también de la revelada.
Donoso entra hasta el fondo en ellos. No era temperamento como
para discriminar fríamente zonas del pensar. Le importa ante todo
la verdad, y la verdad total, que ha de hacer libres a los hombres,
y donde cree haberla encontrado, sea en lo filosófico, sea en lo teo­
lógico, allí se detiene para escudriñarla: "La verdad, hija de Dios,
25 sobre el liberalism o , etc., de D . Juan D on oso C o rté s , en
J u a n V a l f r a , E nsayo
E stu d io s crítico s so b re filosofía y religión: O bras com pletas t.2 (M adrid 1942) p. 1376-77.
2ñ P e d r o L e t u r i a , P revisión
y refutación del ateísm o com unista en los ú ltim os es­
c rito s d e Juan D o n o so C o r té s .1848-1853: G regorianum 18 (1937) 511. Sobre los errores
principales que D onoso com ete e n su filosofía de la historia cf. A l o j s D im p f , Christliche
S ta a tsp h ilo so p h ie in Spanien (Salzburg 1937) p. 136-38.
/ Sentido teológico 87
i
es reina del inundo y señora de la tierra. Mirémosla de hito en hito
con los ojos de la esperanza” 27. Ahora bien, "Dios es la verdad
absoluta no hay verdad fuera de Dios; de donde forzosa­
mente se infiere que el que busca la verdad fuera de Dios, la busca
allí donde no reside, y que el que de Dios huye, huye de la ciencia" 28.
Por tanto, la ciencia que trate de Dios, sea por razón natural, sea
por estudio de lo revelado, es la ciencia de las ciencias: "Si todo
se explica en Dios y por Dios, y la teología es la ciencia de Dios,
en quien y por quien todo se explica, la teología es la ciencia de
todo” 29.
A esta convicción se añade el que, influido por los tradiciona-
listas franceses, considera—sin estar realmente persuadido de ello,
como después diremos—que toda verdad adquirida por los hombres,
de una o de otra manera, es una revelación de Dios o se deduce de
ella. En ese caso es evidente que la ciencia de la revelación adquiere
una máxima importancia.
Así, pues, al dogma católico va a buscar soluciones para los gran­
des problemas que le planteaban la historia, el liberalismo, el socia­
lismo... y su inteligencia, a la que tanto estimaba, por más que con
las palabras la vituperase. Dios, el hombre, el mal, la sociedad, la
libertad, el Estado, el Poder, las revoluciones, las civilizaciones, son
problemas que resuelve con la verdad revelada en una mano y con
la razón en otra.
Portalié ha dicho de San Agustín: "Hay, pues, una filosofía de
San Agustín. Pero en él está tan íntimamente ligada a la teología,
que no se la puede separar [...]. Agustín no es un hombre a quien
se le puede dividir en dos. No ha habido nunca para él más que
una verdad, y esta verdad la capta y la abraza con toda su alma;
es para él como una emanación de Dios y llega a ser la ley de su
ser” 30. Estas palabras pueden aplicarse al pie de la letra a Donoso,
que tantas afinidades tiene con el santo Doctor y de quien es ver­
dadero discípulo en muchas cosas. Donoso tiene una filosofía; pero
tan mezclada también con la teología, que no se la puede separar.
No se puede dividir en dos su pensamiento, porque la verdad, única
meta que busca con pasión, es una e indivisible 31.
Ha sido precisamente esta actitud tan característica suya de
verlo todo a la luz de las últimas razones, naturales y, sobre todo,
reveladas, lo que a Donoso le ha dado grandeza y originalidad. El
27 H istoria de la regencia d e M aría Cristina: I 937.
28 E stu dios sobre la historia: II 249.
20 E nsayo 1.1 c . l : II 501.
30 E. P o r t a l ié , Sain t A ugustin: D ict. de Théologie C atholique co l.2322.
81 E ntre los apuntes de lecturas de D onoso que se conservan en el archivo fa­
m iliar están estas frases, copiadas de una traducción francesa del tra ta d a D e vera
religion e , de San A gustín: “Nous croyons et nous enseignons com m e fo n d am en t du
salut des hom m es, dit S. A ugustin, que la philosophie* c ’est á dire, l'a m o u r de la
sagesse, et la religión sont une mém e ch o se '\
88 Introducción general

Ensayo, su obra capital, no es otra cosa, como ya hemos dicho, que


un intento de contrastar las teologías del liberalismo y del socia­
lismo con la del catolicismo, y los resultados son sorprendentes y dan
a la obra un valor siempre actual si se sabe buscar más allá de sus
defectos de forma y de sus exageraciones. Y éste es también, a mi
juicio, el mérito más alto de los discursos y de los artículos célebres
de Donoso32. Sigue siendo verdad que nada es tan nuevo y tan
atrayente para el espíritu humano como las verdades definitivas,
aunque sean muy viejas.
Al mismo tiempo, este afán de relacionar las ideas todas, sobre
todo las sociales y las políticas, con la teología cuando quiere orien­
tar el pensamiento europeo, expresa hasta qué punto tenía Donoso
una conciencia clara y acusada del proceso de secularización de la
civilización occidental y de las consecuencias que se podían seguir
de esta evolución.

4. T radicionalismo filo só fic o

Ya que se ha hecho alusión al tradicionalismo filosófico de Do­


noso, es conveniente decir unas palabras que lo expliquen, lo valoren
y ayuden a una recta interpretación.
Que la obra de madurez de Donoso está influida por los tradi-
cionalistas franceses, particularmente por Lamennais, De Bonald y
De Maistre, no hace falta probarlo, porque basta leer los Estudios
sobre la historia o el Ensayo para advertirlo con evidencia. A primera
vista, las influencias son muy notables, hasta el punto de que han
dado ocasión a que se clasifique a Donoso simplemente entre los
tradicionalistas y a que no se hayan visto en él otras influencias
que las De Bonald o De Maistre, siendo así que hay otras y mucho
más importantes 33.
” El estudio más com pleto que existe sobre la relación teología-política, tal com o
la ve D onoso C ortés, es el de D ie t m a r W e s t e m e y e r . D on oso C ortés, Staatsm an und
T heologe (M ünster 1940) (trad. española, M adrid 1957).
” U na cierta culpabilidad en este enjuiciam iento la tiene M enéndez Pelayo, que no
ha sabido ver en D onoso sino un continuador “a Ja española” de la ideología de los
tradicionalistas: véase M enéndez P e la y o , E studios de crítica histórica y literaria t.5
Q uadrado y su s obras (Santander 1942) p .214-15; Id ., H istoria de los heterodoxos
españoles t.6 1.8 c.3 (Santander 1948) p .403-12; Id., Ensayos de crítica filosófica :
B alm es (M adrid 1948) p.358. A propósito de este enjuiciam iento de M enéndez Pelayo
conviene tener en cuenta el com entario acertado de E. Schramm : “ D esgraciadam ente
— dice— , predom ina en ellas m ás el p a th o s apasionado que el agudo y sobrio enten­
dim iento crítico f...]. En M enéndez Pelayo no se advierte Ja m enor señal de una
verdadera com prensión de esta posición ideológica de D onoso. Es sim plemente deri­
vada de Bonald” (E dm und Schramm , D o n oso C ortés. Su vida y su pensam iento [M a­
d rid 1936] p .272-73). En otro sitio ha advertido con razón el mismo S chram m : “Su
posición verdadera fia de Donoso] en relación con las ideas de E uropa, o a lo m enos
con las ideas históricas de España, no la logró captar M enéndez Pelayo” (Edm und
Schram m , L a influencia de D o n o so C o rtés y la crítica : Religión y Cultura 34 [1936] 44).
E. T ierno GaJván ha juzgado del tradicionalism o de D onoso con im perdonable lige­
reza, ya que, sin más que unas notas cogidas de diversos sitios, se atreve a form ular
juicios com o é s te : "N o es mi intención com entar el pensam iento de D onoso C ortés
/ Tradicionalismo filosófico 89
Donoso había leído abundantemente a los tradicionalistas. Les
cita nominalmente a veces, y entre sus apuntes en el archivo familiar
se encuentran muchas páginas de notas tomadas de sus obras 34. Tal
vez el primer Lamennais ha sido quien más ha influido; al menos
de él es de quien más notas toma, y a veces se cansa de escribir
y dice: "Véase todo."
Nada más natural por otra parte. Tras el hundimiento general
del "orden” cristiano medieval acaecido en el siglo xvill, los tradi­
cionalistas franceses, De Bonald, De Maistre y Lamennais en su pri­
mera época, representan la reacción y el esfuerzo por salvar y restau­
rar las estructuras cristianas de la sociedad. Nada de extraño, pues,
que estos autores fuesen la lectura ordinaria de muchos católicos
—también españoles—que no creían en la posibilidad de un nuevo
orden cristiano adaptado a las nuevas ideologías, sino que pensaban
que, de una o de otra manera, había que reestructurar la sociedad
sobre las bases del cristianismo tal como siempre se había concebido.
Menéndez Pelayo escribe: "Chateaubriand, De Maistre, De Bo­
nald, Lamennais (en su primera época), tal fue la más asidua lec­
tura del clero español y de los legos piadosos en los últimos años
del reinado de Fernando V II; y por este camino la devoción espa­
ñola vino a saturarse muy pronto de sentimentalismo poético, de
tradicionalismo filosófico, de simbolismo teosófico, de absolutismo
teocrático, de legitimismo feudal y andantesco y de otra porción de
ingredientes de la cocina francesa que mal podían avenirse con
nuestro modo de ser llano y castizo” 35.
Cuando Donoso Cortés se decidió a aceptar el pensamiento ca­
tólico con todas sus consecuencias, acudió también a estos pensa­
dores—que ya conocía de antiguo—para buscar en ellos armas con
que combatir al racionalismo, al liberalismo y al socialismo. Y acep­
tó, sin pararse a examinarlas detenidamente, algunas de las teorías
tradicionalistas.
Creo que éste es exactamente el sentido que hay que dar al de­
cantado tradicionalismo donosiano. Apremiado por la urgencia de
evitar los males y por la actividad de su vida política y diplomá-
Además, no creo que merezca la pena en cuanto tal pensam iento. D esde la actual
perspectiva histórica, es claro que D onoso es un divulgador del tradicionalism o fran ­
cés y, en general, del catolicism o superficial de los literatos de su tiem p o " (E. T ie r n o
G aia 'Án , Tradición y m odernism o [M adrid 19621 p.165).
94 Los apuntes que D onoso tom aba en sus lecturas los coleccionó G abino T ejado a
la m uerte de D onoso por encargo de su familia. F orm ó así siete tom os, de los
cuales se conservan cinco, pues los otros dos se perdieron durante la guerra española
(los tom os A y F). Al frente de cada uno de ellos escribió G abino T ejado el siguiente
títu lo : “Extractos y apuntes escritos de puño y letra de D . Ju an D onoso C ortés,
m arqués de Valdegam as, recogidos, ordenados y encuadernados bajo la dirección de
su m ejor am igo” . U no de los tom os perdidos, el A, constaba, según inform a un índice
del archivo, “de apuntes y extractos de varios, entre ellos del conde José de M aistre,
de Bossuet, de Santo Tom ás, San G regorio el G rande, San A gustín, el P. V entura y
otros. T odo en francés".
aa M f n f n d f z P eí a y o , E studios de critica histórica y literaria t.5 Quadrado y sus
obras (Santander 1942) p .214-15.
90 Introducción general

tica, nunca se detuvo a reflexionar profundamente sobre el tradicio­


nalismo, y lo aceptó tal como lo encontró en los franceses. La teoría
básica del tradicionalismo le venía además como anillo al dedo para
lo que él pretendía. Los tradicionalistas decían que nuestra razón es
incapaz de alcanzar las verdades por sus propias fuerzas y que toda
verdad que poseemos ha tenido su origen en una revelación, que
luego se ha transmitido por tradición en la humanidad. Exacta­
mente lo que necesitaba Donoso. Ningún medio mejor para com­
batir al odiado liberalismo, que divinizaba la razón y la daba un
culto idolátrico, que irse al otro extremo y afirmar que la razón
no podía absolutamente nada, ni siquiera alcanzar una verdad por
propia cuenta, sino que para que la conociese se la tenía que revelar
Dios 36. Hay que decir aquí lo que Cari Schmitt dice de Donoso a
otro propósito: que habla áYcovLxóüc; y no 8oYfi(mx(í><;. Ea teoría tra-
dicionalista sobre el origen revelado de nuestras ideas se le vino
a las manos como la maza de Hércules para combatir al optimismo
liberal. La manejó a diestra y siniestra, sin pararse nunca a reflexio­
nar sobre su valor real.
Pero con todo derecho podemos preguntarnos: ¿Hasta qué pun­
to estaba convencido de la teoría del origen revelado de las ideas?
; Creía realmente que nuestra razón era absurda e incapaz de al­
canzar la verdad? Mi opinión es que, a pesar de todas sus expresio­
nes tradicionalistas, no estaba persuadido, ni mucho menos, de tan
peregrina teoría.
Ante todo hay que decir que Donoso no da importancia ninguna
a la teoría del origen revelado del lenguaje y a su vinculación con
la teoría del conocimiento, que para los tradicionalistas, y en con­
creto para De Bonald, es el punto de partida necesario de todo su
sistema37. Incluso la teoría del origen de las ideas, que De Bonald,
siguiendo la filosofía del siglo xvm , considera como "la question
fondamental de tous les systémes philosophiques ”, para Donoso, en
el conjunto de su pensamiento, tiene un valor muy secundario,
accidental y ocasional, como expondremos más abajo. Pero además
se puede asegurar que, a pesar de todos los insultos que lanzó contra
™ En esta dirección ha llegado realm ente a extrem os de todo punto inadmisibles.
Véase m ás abajo, p .95-98.
37 D onoso ha tratad o de la so cied a d y del lenguaje en el c.8 de los E studios sobre
la historia. Se adhiere casi por com pleto, en lo que hace al origen del lenguaje, a
D e Bonald. Miguel Lozano Esbert, en una m agnífica tesis doctoral que presentó en
eJ añ o 1961 en Ja Universidad Pontificia de Com illas sobre las relaciones entre am bos
pensadores, ha estudiado en conjunto las influencias de Bonald en D onoso. Parece
que h an influido m ás De M aistre, y, sobre todo, Lam ennais, pero faltan estudios
detallados y com parativos con estos autores. Sólo está publicada una pequeña parte de
esta tesis. Véase M ig u e l L ozano E s b k r t , T eoría de la sociedad según B onald y D on oso
C o rtés: Revista de Estudios Extrem eños 19 (1963) 335-402. Sin pretender el nivel de
un estudio técnico, es interesante la com paración entre De M aistre y D onoso que
hace E d u a r d o A línós, R o m a n ticism o y política (M adrid 1951) p .218-41.
/ Tradicionalismo filosófico 91
la razón humana, en realidad la estimó siempre en mucho. No sólo
fue él un razonador infatigable, sino que apreció extraordinariamente
a los hombres inteligentes: " No hay que desesperar de ningún hom­
bre de talento—escribía al conde Raczynski— ; nunca se engaña
sino a medias” 38. Pensaba que el socialismo se llevaría las palmas
de la victoria antes que el liberalismo, porque era mucho más ló­
gico39; y del catolicismo decía: "Humanamente hablando, el cato­
licismo debe sus triunfos a la lógica; si Dios no le llevara de la
mano, su lógica le bastaría para caminar triunfante hasta los últimos
remates de la tierra” 40. De hecho, Donoso busca las verdades con
su razón, estén reveladas o no. A veces se le escapan frases como
ésta: "La razón natural nos dice y la experiencia diaria nos en­
seña [ . . . ] ” 41. Sabe que el hombre entiende de verdades que "abru­
man a su razón” 42. Hablando de la transmisión de la culpa en la
humanidad, dice: "Por lo dicho, se ve que la razón natural va a
parar, aunque por distintos caminos, al mismo término que el
dogma” 43. Combate a sus adversarios reduciéndolos al absurdo, es
decir, haciéndoles ver que sus teorías contradicen a la razón y a la
verdad 44. Siente la dificultad de que los teólogos y los santos doc­
tores "trataron y entendieron largamente”, con la sola razón, de las
cosas de Dios, y sale del embarazo diciendo que lo que él condena
es sólo "la competencia de la razón, no alumbrada por la fe, para
entender en las cosas que son materia de la revelación y de la fe
por ser sobrenaturales” 45. (El subrayado es mío.) Y por si todo
esto fuese poco, a veces afloran sus hondas y verdaderas convicciones,
y dice por ejemplo: "La razón, aun sin estar alumbrada por la fe,
es poderosa para demostrar que o no existe Dios, o, si existe, es
uno” 46. (El subrayado es también mío.) Palabras que contradicen
abiertamente todas ellas una sincera convicción tradicionalista.
Una cosa es cierta en cualquier caso, como ya hemos indicado:
que el conjunto de ideas sociales y políticas de Donoso no se apoyan
sobre su teoría del conocimiento y que quedarían intactas si se
sustituyera su aparente concepción tradicionalista de la razón por la
concepción aristotélica.
Más hondos son los influjos tradicionalistas en otras ideas que
por ser menos conocidas y menos llamativas han pasado más inad-
88 C arta al conde R a czyn sk i , D resde, 17 de septiem bre de 1849: II 938.
80 Ensayo 1.3 c.4: 11 647ss.
40 Ensayo 1.3 c.3: 11 646.
41 Ensayo 1.3 c.9 : 11 689.
43 E nsayo 1 2 c.3 : 11 565.
48 E nsayo 1.3 c . l : II 625.
44 Véase, p.ej., E nsayo 1.2 c.3: 11 560ss.
4%E nsayo 1.2 c.2 : II 553.
4,1 Ensayo 1.2 c.3: 11 564.
92 Introducción general

vertidas. Así, por ejemplo, hay amplios reflejos de los franceses en


su teoría general del orden, base de su sociología y de su filosofía
política; en la condicionabilidad de lo teológico sobre lo político,
en su pensamiento sobre la guerra, el dolor y la muerte, etc., etc. Pero
a todas ellas las ha impreso Donoso el sello de su personalidad
intelectual.

5. H um anism o e h is to r ia

Donoso Cortés no ha sido un filósofo especulativo. No es que


le fuera ajena la filosofía pura, como se ha escrito 47. Ya en 1829,
siendo un joven de veinte años, escribía a sus amigos sobre la
necesidad de estudiar la metafísica "desde que empieza a nacer, di­
gámoslo así, en los tiempos brillantes de la Grecia, hasta el tiempo
que se presenta en Alemania coronada por tantos siglos de ilustra-
tración y de investigaciones ”, y esto " a fondo; si no es así, no he
dicho nada” iS. Cinco años más tarde respondía irónicamente a un
articulista y le increpaba: "Porque ha de saber usted que entiendo
un poco de metafísica” 49. De hecho leyó mucha filosofía pura, y
en el catálogo de su biblioteca se encuentran obras de Schelling,
de Fichte, de Platón, de Aristóteles, de Descartes, de Malebranche,
de Santo Tomás, de San Agustín, etc.
Conocía, pues, la especulación, y todo su pensamiento religioso,
social y político va montado sobre bases metafísicas, como expon­
dremos después. Pero sí es cierto que su pensamiento, en general,
no le podemos calificar de metafísica, sino de humanismo. Es decir,
como es fácil captar al leer su biografía, Donoso en la primera época
fue un polemista liberal decimonónico enamorado del hombre al que
unas estructuras sociales y políticas caducas y retrasadas impedían
realizarse y alcanzar la felicidad a la que estaba llamado en la tierra.
Su primera actitud fue, pues, la de todos los hijos del siglo: el
esfuerzo por transformar las estructuras sociales y políticas antiguas
y conformarlas de tal forma, que diesen al hombre la libertad y la
dicha. Esta primera actitud determinó la de toda su vida. Ya siempre
fue un estudioso del hombre, principalmente en su dimensión polí-
tico-social, y un luchador por conseguir que el hombre se realizara
más y mejor. Primero, conforme al optimismo liberal; después, ajus­
tándose a lo que él creía ser la doctrina católica; pero en todas las
47 Cf. J o a q u ín J r i a r j e , S .I., Un D o n o so rom ánticam ente filósofo: Razón y Fe 148
Í1953) 140. Tam bién eJ P. R o ía G ir o n e t x a , S .I., ha hablado de “la endeblez de su
raigam bre m etafísica” y de “ un fondo filosófico raquítico” . Cf. La filosofía española
en el siglo X I X , apéndice a la H istoria de la filosofía de F. Klimke (Barcelona 1947)
p.844.
4* D o s cartas a M anuel G allardo: I 173.
R esp u esta a una crítica a su ensayo sobre la diplom acia: I 288.
I Humanismo e historia 93
épocas de su vida ha escrito y ha polemizado en favor de una hu­
manidad mejor. En determinacios momentos, impaciente, ha propug­
nado, como su coetáneo Marx, una superación de la teoría por la
praxis, política eficaz con tal de conseguir una mejor realización
humana. No se encuentran en las obras de Donoso estudios cosmo­
lógicos, ni de teoría del conocimiento, ni de metafísica pura, y, si
a veces toca problemas semejantes, es sólo en tanto en cuanto le son
necesarios para hacer filosofía del hombre.
Hay que decir también que el hombre donosiano no es el animal
ratiomde aristotélico, ni el am m d et raliónale cartesiano, ni el su­
jeto de sensaciones del empirismo inglés, ni siquiera el homo natu-
ralis de Rousseau. El hombre está siempre concebido, en la obra
del pensador extremeño, en sus tres dimensiones, social, política e
histórica, dóminadas las tres, en su época de madurez, por el envol­
vente de lo religioso.
Hemos de hablar más abajo de la filosofía social y política de
Donoso. Digamos ahora unas palabras sobre su "historicismo”. Es
obvio que esta expresión no hay que entenderla aquí en el sentido
diltheyano de reducción de las ciencias y las acciones humanas a
sólo la historia. Unicamente quiere significar la actitud de un
pensamiento que busca siempre las razones de los hechos huma­
nos en la historia, y, en último término, en una alta historia que
se vincula ya con lo divino. Aquel grito suyo en el Discurso sobre
la dictadura "A la historia apelo”, define concretamente su posición
ante los grandes problemas de la filosofía humana. Con un sentido
muy moderno, recurre en todo a los hechos históricos para com­
prender la significación de los presentes, a la vez que éstos le ilu­
minan sobre el significado de los pasados. Discurre, sí, en las zonas
ideales, y a veces con verdadero absolutismo, pero aun entonces lo
hace interpretando, o creyendo interpretar, los complejos históricos
humanos. Y, cuando del idealismo desciende al realismo, es para
encontrarse con un hombre histórico al que frecuentemente niega
todo carácter ideal, y que por ello recuerda al de Maquiavelo y al
de Hobbes.
Como buen romántico, encontraba además gusto especial en las
grandes síntesis históricas; la marcha de los pueblos a través de los
siglos, la desaparición de los grandes imperios, las religiones de na­
ciones lejanas, la historia de los primeros hombres y aun de los
primeros ángeles, la expansión de las ideas en determinados sectores
de la humanidad, etc., son temas que saltan continuamente de su
pluma.
De aquí a la filosofía o a la teología de la historia sólo hay un
paso. La historia para Donoso comprende también el estudio de las
causas de ella, que es lo que llamamos filosofía o teología de la
94 Introducción general

historia, o historiología, como se quiera. "La historia, considerada


en general, es la biografía del género humano. Esta biografía com­
prende la relación de todos los sucesos que interesan a la humanidad
y la exposición de sus causas” ™. En otro pasaje escribe: "Todos
los acontecimientos tienen su explicación y su origen en la voluntad
divina y en la humana; por esta razón, el asunto perpetuo de la
historia son Dios y el hombre considerados como seres activos y
libres” ol. Esta consideración del juego de la Providencia divina
con la voluntad libre del hombre forma el eje de todo su discurso
sobre las razones de la historia. Dios es el bien; la voluntad libre
del hombre origina el pecado, y con él el mal. Ambos luchan en
una interminable dialéctica compuesta de períodos, en los que pri­
mero siempre triunfa el mal sobre el bien, y luego siempre triunfa
Dios sobre el mal mediante una acción directa, personal y soberana;
"ésta es para mí la filosofía, toda la filosofía de la historia” 52. No
duda un momento de que la historia sólo adquiere sentido y sólo
puede ser comprendida a la luz de la revelación católica, ya que
"sólo la [escuela] católica explica satisfactoriamente la naturaleza
y el origen del uno y del otro [del bien y del mal] y sus varios
y complicados efectos” 53. De ahí que la de Donoso sea una filo­
sofía "católica” de la historia54.
Donoso está evidentemente influido en su historiología por Juan
Bautista Vico. Pero toda la contextura básica de su pensamiento
historiológico es agustiniana, aprendida no sólo a través de Vico
y de otros autores, sino directamente en el mismo San Agustín.
Leyó y meditó La ciudad· de Dios, de San Agustín; se conservan en
el archivo hasta 52 páginas, de letra pequeña manuscrita, de notas
y resúmenes tomados en su lectura; de ella escribe: " La primera
historia universal de que hay noticia en el mundo es La ciudad de
Dios, de San Agustín; libro prodigioso, que viene a ser un comen­
tario sublime de la Biblia, el libro de los prodigios” 55. Y en el
Ensayo: "La ciudad de Dios, de San Agustín, es aún hoy día el libro
más profundo de la historia que el genio, iluminado por los res­
plandores católicos, ha presentado a los ojos atónitos de los hom­
bres” 56. Hasta hace poco no se ha tenido suficientemente en cuenta

'J,) E stu dios sobre la historia I : II 234.


^ I b id .: II 232.
J· C arta a M o n ta lem b ert, Berlín, 26 de m ayo de 1849: II 327.
3 Ensayo 1.2 c .1 0 : II 617.
54 Sobre Ja filosofía de la historia de D onoso escriben casi todos los autores que
se han ocupado con am plitud de su pensam iento. Pero pueden verse principalm ente
B e r n a r d o G . M o n s e g ú , C .P ., C lave teológica de la historia según D on oso C ortés (Ba­
dajoz 1958), y R a m ó n C e ñ a l , S .I., La filosofía de la historia ele D on oso C o rtés: R e ­
vista de Filosofía 11 (1952) 91-113.
E stu d io s sobre la historia i : ÍI 233.
E nsayo 1.1 c.3: II 520. Véase tam bién C arta a M o n ta le m b ert , 26 de mayo de 1849:
II 324-28, y C artas de P arís , carta de 4 de octubre: I 915.
/ Pesimismo 95
/
el influjo de San Agustín en Donoso; pero es mucho mayor de lo
que parece a primera vista y él <?a el verdadero sentido a muchos
aspectos de la ideología donosiana 57.

6. P e s im is m o

Hemos hablado del realismo histórico de Donoso. En su última


época, que es a la que principalmente nos estamos refiriendo, por­
que es la que le caracteriza y la que realmente tiene valores indis­
cutibles, su realismo humano era extremadamente pesimista al me­
nos en las expresiones verbales. Aquel "predicador de los salvajes
de salón”, como le llamó el conde de Hübner, ha escrito expresiones
sobre los hombres y la humanidad que traspasan los límites de lo
razonable y de lo que nos enseña la experiencia y la doctrina de
la Iglesia católica. Los protestantes piensan que el hombre, después
del pecado original, está esencialmente viciado en su naturaleza, y
que por ello obra siempre pecaminosamente. Donoso en algunos
momentos da la impresión de que se acerca—bien contra su de­
seo—a la doctrina protestante; tales son sus exageraciones de la
maldad y perversidad de los hombres. Sólo unos ejemplos: "Yo
no sé si hay algo debajo del sol más vil y despreciable que el
género humano fuera de las vías católicas” 58. "Si Dios no ha to­
mado la naturaleza humana, si tomándola en sí no ha dejado en ella
un rastro luminoso de su nobleza divina, es fuerza confesar que para
expresar la vileza humana faltan vocablos en los idiomas de las
gentes. Yo de mí sé decir que, si mi Dios no hubiera tomado
carne en las entrañas de una mujer y si no hubiera muerto en una
cruz por todo el linaje humano, el reptil que piso con mis pies
sería a mis ojos menos despreciable que el hombre. Aún así y todo,
el punto de fe que más abruma con su peso a mi razón es ese de
la nobleza y dignidad de la especie humana, dignidad y nobleza
que quiero entender y no entiendo y que quiero alcanzar y no al­
canzo” 59. Podrían citarse otras expresiones semejantes, pero lo trans­
crito da suficiente idea de cómo escribía Donoso sobre los hombres
cuando se ponía a escribir mal de ellos. Nada extraño que los que
por otros motivos buscaban la acusación contra Donoso viesen en
estas y parecidas expresiones hasta errores teológicos, de los que,
por lo demás, quiso siempre él estar bien lejos.
6T Sobre el influjo de San Agustín en D onoso han escrito D i e g o S e v i l i a A ístdrés .
El im pacto de San A gustín en D on oso: La Ciudad de D ios, núm ero ex tra o rd in ario
de hom enaje a San Agustín en el XVI centenario de su nacim iento, t.2 (El Escorial
1956) p .621-45: C ari os V ai v e r d e , S .T ., P resupuestos m etafísicas en ¡a filo so fía so cia l
V p olítica de Juan D on oso C ortés: M iscelánea Com illas (1958) 47-52 y 55-58: J u l e s
C i ia ix - R it y , D on oso C o rté s , théologien de l'H istoire e t p ro p h é te (París 1956) p.14.
53.108.171, etc.: A l b e r t o C a t u r e u /i , D on oso C o rté s . Ensayo sobre su filo so fía de
la historia (C órdoba [Argentina] 1958) p a ssim .
Ensayo 1.1 c.5: II 532.
E nsayo 1.3 c.8. : II 683.
96 Introducción general

Las expresiones deprimentes se multiplican y se acentúan cuando


Donoso se refiere al entendimiento humano: " La razón humana es
la mayor de todas las miserias del hombre” '10. "Entre la verdad
y la razón humana, después de la prevaricación del hombre, ha pues­
to Dios una repugnancia inmortal, una repulsión invencible [...].
Por el contrario, entre la razón humana y el absurdo hay una afi­
nidad secreta, un parentesco estrechísimo” (U. "La razón sigue al
error adondequiera que va, como una madre tiernísima sigue adon­
dequiera que va, aunque sea al abismo más profundo, al hijo de sus
entrañas” 62.
Otro tanto se diga de la voluntad: " Estando enferma la voluntad,
no puede querer el bien ni obrarle sino ayudada” 63. Y, puesto a ca­
balgar sobre la lógica fantástica del daño causado por el pecado
original, se va hasta los límites del campo protestante: "El término
de su voluntad fue el mal, que es la negación del bien, y el término
de sus acciones, el pecado, que es la negación simultánea de la ver­
dad y del bien” 64. Si, por otra parte, no supiéramos qué lejos an­
daba Donoso de querer ni aproximarse siquiera a cualquier doctrina
que no fuera la estrictamente católica, pensaríamos que aquí pro­
pugna la teoría de que la voluntad humana peca en todo cuanto hace.
Nada extraño que, pensando así de los hombres, todos sus pro­
nósticos del porvenir sean tenebrosos y amenazadores de grandes
males y catástrofes y de que piense siempre que "las cosa*> van
muy mal y empeoran cada día; de aquí a seis meses, todo se habrá
hundido” 6o.
Hay, sin embargo, que comprender esta crisis de pesimismo por
la que pasó Donoso en sus últimos años, precisamente aquellos en
los que, por otra parte, su pensamiento era más profundo y más
clarividente. En primer lugar hay que notar que desde el año 1849
estuvo delicado de salud, a veces seriamente enfermo, y, en conse­
cuencia, atacado frecuentemente por la melancolía: " Me aflige el
haberos entristecido con mis enojosos pronósticos. Esta idea me
decide a preveniros contra mí mismo y advertiros que comienzo
a creer que estoy atacado de una verdadera enfermedad moral,
cuyo efecto es ver los asuntos públicos con los colores más som­
bríos. Pero vos lo sabéis: todo parece triste al que está dominado
por la tristeza. No debéis, pues, atribuir gran importancia a mis
negras profecías” °'1.
Además, no se puede juzgar el concepto que Donoso tenía del
60 C artas de P arís , carta de 31 de julio: I 877.
,J Ensayo 1.1 c.5: íí 530-31.
62 E nsaya 1.2 c.3 : Ií 566.
f>3C a rta a M o n ta le m b e rt, Berlín, 26 de mayo de 1849: II 325.
:u E nsayo 1.2 c.4: II 568.
65 C a rta a! ro n d e R acz.ynski. caria de 3 de septiem bre de 1849: II 936.
C artas al ro n d e Racz.ynski, carta de 17 de septiem bre de 1849: II 937-38.
Pesimismo 91
I
hombre y de los hombres por solas las expresiones transcritas. Una
consideración adecuada del conjunto de su pensamiento filosófico-
teológico nos hará ver más abajo que en realidad tenía una pro­
funda fe en el hombre y en sus grandes valores, radicada en una
concepción fundamentalmente optimista del cosmos. Sobre todo,
creía, esperaba y amaba al hombre, redimido y renovado por Jesu­
cristo, ya que este hombre volvía a ser el lazo de unión y síntesis
entre la creación y el Creador. Pero de esto hablaremos amplia­
mente más adelante.
Luego hay que añadir otra explicación, que Cari Schmitt resume
en estas palabras: "Al hablar de la maldad natural del hombre, se
dirige polémicamente contra el anarquismo ateo y su axioma del
hombre bueno; el sentido de sus palabras es áyajVLxÓK y no
doy¡iaTixá)Q ” 67. Es fundamental, a mi modo de ver, este pensa­
miento para comprender a nuestro filósofo. Donoso se siente en­
frentado con el liberalismo, con el socialismo y con Proudhon y
los anarquistas. Todos ellos enarbolan como dogma capital de sus
doctrinas la bondad natural del hombre, dogma del que ve que
dimanan sus infinitos errores. Quiere pulverizar, antes que nada, ese
dogma, y en su empeño se deja arrastrar de la vehemencia de la
polémica y de su ímpetu temperamental. Y así se va al extremo
contrario, y cae en peligrosas exageraciones y generalizaciones y en
excesivos denuestos contra la pobre naturaleza humana. Aquí tiene
perfecta cabida lo que Menéndez Pelayo decía en general de la
obra de Donoso: " Todo en él es absoluto, decisivo, magistral; no
entiende de atenuaciones ni de distingos; su frase va todavía más
allá que su pensamiento; jamás concede nada al adversario, y, en
su afán de cerrarle todas las salidas, suele cerrárselas a sí mismo” 68.
Puesto a escribir fríamente—si de ello era capaz—, no hubiera
dicho las cosas que dijo contra los hombres en el Ensayo o en las
cartas al conde Raczynski.
Alois Dempf ha buscado la raíz del pesimismo de Donoso en
el ambiente histórico cultural que circunda al año 1848, elemento
que, a mi juicio, se integra con los anteriores. A partir de 1848, el
alzamiento de las masas en la vida pública comienza a ser una
amenaza para los aristócratas del espíritu y no ya sólo para los
aristócratas de la sangre o del dinero. El pesimismo del siglo X IX,
que hasta entonces había sido romántico y pseudorreligioso, se hace
social, político y cultural. Así comienza esa filosofía pesimista de la
historia sobre la inevitable decadencia de la cultura occidental, que
va desde Erns von Lasaulx, Jacob Burkhardt y Friedrich Nietzsche
hasta Oswald Spengler y Ortega y Gasset. La superficialidad de la
*7 C ari Schm itt , In terpretación europea de D o n o so C o rtés (M adrid 1952), p.80.
M kn£nt>ez P h ayo. H istoria d e los h eterodoxos españ oles t .6 1.8 c.3 (S antan­
der 1948) p.401.

D o n o so C orles l 4
98 Introducción general

ideología liberal era evidentemente inepta—y así lo demostraron


los hechos—para contener o encauzar la irrupción de las masas y la
ruina de la cultura cristiana. Donoso es uno de esos aristócratas del
espíritu, y la raíz de su profundo pesimismo hay que buscarla en la
irrupción de las masas en el quehacer social y político y en el pre­
sentimiento de que este hecho acarrearía inevitablemente la ruina
de la cultura europea 69.
Ha sido principalmente este pesimismo lo que le ha impedido
a Donoso, en su época de madurez, la comprensión de los valores
positivos que de hecho encerraba en sí la "civilización racionalista”,
como él decía, o, lo que es lo mismo, el liberalismo y aun el socia­
lismo. No le ha concedido nada ni ha visto cosa buena en sus doc­
trinas. Una postura más equilibrada le hubiera hecho ver la posi­
bilidad de una evolución de aquel liberalismo hacia una democracia
social e incluso cristiana, la posibilidad de una participación orgá­
nica del pueblo en la vida política sin caer en el parlamentarismo
ni en el sufragio universal inorgánico, el respeto de la libertad, que
efectivamente exige y necesita la persona para realizarse como tal,
y otros mil valores que, aunque nacidos a veces de planteamientos
equívocos y aun equivocados, tenían, sin embargo, su razón de ver­
dad, que a la larga había de imponerse. Pero por muy clarividente
que sea un hombre, no se le puede pedir que acierte en todo. Ha
sido necesario un siglo y dos concilios Vaticanos para que muchos
cristianos acepten valores humanos nacidos en fuentes turbias y
defendidos en su origen por pensadores menos ortodoxos e incluso
heterodoxos.

V. EL PENSAMIENTO ORGANICO DE DONOSO

Se ha hecho alusión repetidas veces en las páginas anteriores a


que, cuando se habla del pensamiento de Donoso en esta Introduc­
ción, nos referimos principalmente al de sus últimos años, y más
en concreto al que formuló entre los años 1847 y 1853. No voy a
entrar en la discusión de si en la vida y en la obra de Donoso
hay dos o tres épocas sustancialmente diversas o si en lo hondo de
su existencia y de su pensamiento permaneció siempre el mismo.
Sobre el tema se ha escrito bastante. Personalmente me adhiero a
la opinión—ya expuesta en la nota biográfica anterior—de que
69 A lo ís Df mp f , C hristliche S taa tsp h ilosoph ie in Spanien (Salzburg 1937) p .130-31.
La actitud espiritual de D onoso, efectivam ente aristocrática, se manifiesta bien clara
en expresiones com o éstas: “ La vida pública se me hace ya insoportable Des­
pués de D ios, mi vida pertenece a mis deudos y amigos, m as el público nada tiene
que ver conm igo, ni yo con é!. Mis relaciones con el público no pueden ser bené­
volas, pues yo le acuso de que vicia todo lo que toca, em pezando por él m ism o”
(C a rta al d ire c to r de V(Jrtivers, M adrid, 3 de m arzo de 1851 : lí 703-4).
/ El orden universal 99
/
Donoso fue un espíritu en evolución continua y lenta hasta que
encontró unas soluciones, que él creyó definitivas, en el catolicismo
llevado hasta sus últimas consecuencias 70. Un ansia sincerísima de
verdad le llevó, ya desde el principio, a ciertos planteamientos e
inclinaciones que persistirán siempre en él y que después condi­
cionarán sus últimas posiciones. Pero es también bastante claro
que, si Donoso Cortés fue siempre pensador vigoroso y que si en
las Lecciones de Derecho político de su época doctrinaria alcanzó
una altura que Costa pudo comparar con la de Francisco Suárez,
sólo en los escritos de 1847 en adelante alcanzó la madurez y la
totalidad de un pensamiento orgánico y convencido. La profun­
didad, la clarividencia, la originalidad y la firmeza fueron dotes
exclusivas de sus últimos años.
Así, pues, intentaré exponer en las páginas siguientes una sín­
tesis de lo que creo que es la contextura del pensamiento de Donoso
desde sus bases metafísicas hasta sus consecuencias sociales y polí­
ticas, que a él eran las que más le interesaban.
No es tarea nada fácil, porque, como ya hemos dicho, nunca
escribió sistemáticamente. Por tanto, intentar crear una estructura
consecuente y amplia de sus ideas, expuestas en folletos, en discur­
sos, en cartas, en ensayos, que redactaba según la necesidad del mo­
mento y entre los avatares de la política y la diplomacia, es un
intento expuesto a omisiones, a desviaciones y a forzar su menta­
lidad. Sin embargo, lo creo necesario y hacedero, porque estoy
convencido que más allá de su política y su historiología había
una estructura básica, una apoyatura metafísica que da razón y ser
a todo lo demás.

1. El o r d e n u n iv e r s a l c o m o p r in c ip io d e u n a f i l o s o f í a

Toda la ideología de Donoso Cortés se apoya sobre una realidad


que para él es radical y absoluta: el cosmos está sometido a un
orden impuesto por Dios. De ahí es necesario partir para todo
cuanto se construya después. El epílogo del Ensayo, mucho más
70 R ainer D em pf ha hecho una breve y acertada síntesis de las ideas fundam en­
ta le s de los escritos de D onoso, desde los prim eros, que sirven p ara hacerse cargo
de la evolución de su pensam iento. Niega tam bién que el año 1848 sea un m o m en to
de cam bio radical en su ideología, opinión que es hoy com ún entre los estudiosos
d el donosianism o. Cf. R a in f r D e m p f , D ie Ideologiekritik des D o n o so C o rté s: P h tlo -
sophisches Jahrbuch der Gorres-G esellschaft 64 (1956) 298-358. Cf. tam bién L u is
Díi;z d e l C o r r a l , El liberalism o doctrinario c.24 (M adrid 1945); D i e g o S e v il l a
A n d r é s , D o n o so C o rtés y la dictadura: A rbor 24 (1953) 39ss; D ie t m a r W e s t e m e y e r ,
D o n o so C o rté s , hom bre d e E stado y teólogo (M adrid 1957) p.50ss; F r a n c is c o E s ­
cobar G a r c ía , Sem blanza de D o n o so C ortés: Revista de E studios E xtrem eños 9
(1953) 186-196; F r a n c is c o E l ía s n i: T e ja d a , Para una in terpretación e x trem eñ a de
D on oso C o rtés (Cáceres 1949) p.2-45.
100 Introducción general

templado y sereno que los vehementes capítulos que forman la


obra, resume las ideas maestras expuestas en ellos. Allí se dice:
"Cada uno de los dogmas contenidos así en este libro como en el
anterior es una ley del mundo moral; cada una de esas leyes es de
suyo incontrastable y perpetua; todas juntas componen el código
de las leyes constitutivas del orden moral en la humanidad y en el
universo, las cuales, unidas a las físicas a que están sujetas las ma­
teriales, forman la ley suprema del orden por la que se rigen y se
gobiernan todas las cosas criadas. De tal manera y hasta tal punto
es necesario que todas las cosas estén en un orden perfectísimo, que
el hombre, desordenándolo todo, no puede concebir el desorden” \
Ese orden cósmico tiene una razón de ser absoluta en su base,
que es Dios mismo como Creador: " De la necesidad perpetua del
orden se sigue la necesidad perpetua de las leyes así físicas como
morales que le constituyen; por esa razón, todas ellas fueron crea­
das y proclamadas solemnemente por Dios desde el principio de
los tiempos. Al sacar el mundo de la nada, al formar al hombre
del barro de la tierra, al sacar a la mujer de su costado, al constituir
la primera familia, quiso Dios declarar de una vez para siempre
las leyes físicas y morales que constituyen el orden en la humanidad
y en el universo” 2. Ni podía ser de otra manera, porque "la na­
turaleza divina, o ha de ser negada de todo punto, o concedida en
calidad de armónica y sintética; siendo sintética y armónica, la
obra que salga de sus manos ha de ser forzosamente una síntesis,
y, siéndolo, ha de ser una armonía” 3. Y de manera más concreta
en el Ensayo ha expuesto que el orden del conjunto creado es una
manifestación de "la manera de ser” de Dios, "como su esencia
misma, perfecta y excelente” 4.
Bajo otro aspecto se completa esta misma idea. Dios es inte­
ligente, y, por tanto, si ha creado, lo ha hecho necesariamente por
un fin. Dios, además, es providente, y, en consecuencia, ha debido
establecer unos medios para conseguir el fin : " El dogma de la
sabiduría y de la providencia de Dios explica el orden y el mara­
villoso concierto de las cosas creadas” 5. "El orden universal está
en que todo se ordene armoniosamente para aquel fin supremo que
impuso Dios a la universalidad de las cosas” Y ese fin, en úl­
timo término, no es otro que el mismo Dios: " Según aquel orden
perfecto y aquella trabazón admirable, todas las cosas se movían
derechamente hacia Dios con un movimiento irresistible y ordena-
1 E nsayo con el. : II 700.
2 E n sayo concJ. : II 700-1.
J E stu d io s sobre la historia VIII : II 273.
* E n sayo 1.2 c.4 : II 569.
6 E nsayo 13 c.3. : II 636.
* Fnsavo 1.3 c.7: II 680. Véase tam bién 1.2 c.7.
j El orden universal 101
do” 7. "ío d o había nacido de Dios, y subiendo debía volver a
Dios, que era su principio y origen ; y porque todo había nacido
de El y había de volver a El, no había nada que no contuviese
en sí una centella más o menos resplandeciente de su hermosura” 8.
Con estos postulados: existe un orden universal y necesario, el
fundamento y razón de ese orden es Dios mismo, ese orden se
consuma en una relación final de todo hacia Dios, ha establecido
Donoso una amplia e inconmovible base para todas sus teorías pos­
teriores antropológicas, sociales, políticas e incluso religiosas. La
apelación al orden establecido por Dios será siempre la justificación
de sus juicios y la de sus requisitorias.
Esta actitud decidida de Donoso por el respeto absoluto debido
al orden divino se explica precisamente en su enfrentamiento con
la revolución. A partir del siglo XIV, la concepción medieval cris­
tiana, que era, antes que nada, un ordo cosmicus, heredado de San
Agustín, comienza a resquebrajarse. Guillermo de Ockam, Juan de
Janduno, Marsilio de Padua, los averroístas latinos en lo teológico,
lo filosófico y lo político; la Universidad de Padua, Nicolás de
Cusa, Copérnico en la física, rompen las esferas rotundas y per­
fectas en que se había estructurado el humanismo medieval. El Re­
nacimiento después, efervescente, bullicioso y libre; la Reforma,
Galileo, Giordano Bruno, Descartes, el racionalismo, el empirismo
inglés, son otros tantos tajos descargados sobre las unidades y los
órdenes medievales. El enciclopedismo y Rousseau concluirían la
tarea destructora. Ni el pensamiento rector de las sociedades, ni las
estructuras de los Gobiernos, ni los conceptos de hombre, familia,
comunidad social o internacional, etc., serán ya los viejos conceptos
y los viejos pensamientos. La Revolución francesa y la consiguiente
avenida de sus ideas por toda Europa son el epílogo y la liquida­
ción del orden cristiano tal como lo concibió el Medioevo. Donoso
Cortés pertenece a un pequeño grupo de intelectuales batalladores
del siglo X IX —"Padres seglares de la Iglesia” les llamó Barbey
d’Aurevilly—que, habiendo reflexionado mucho sobre la historia de
Europa y sobre las revoluciones, se persuadieron de que era nece­
sario, para reconstruir la civilización occidental y sacarla del caos
revolucionario, tornar al orden establecido por Dios para todas las
cosas. Esta postura antirrevolucionaria en cuanto Revolución—con
mayúscula—significa destrucción del orden cristiano, es la que da
todo el sentido a su metafísica del orden.
Sin duda que un crítico exigente pediría a Donoso unas pruebas
de todas las aserciones que ha hecho sobre el orden, sobre su origen
7 E nsayo 1.2 c.4 : 11 568.
H E nsayo 1.2 c.6: 11 580.
102 Introducción general

divino, sobre la existencia misma de Dios, etc. Es inútil buscarlas


en sus escritos, porque—como ya hemos dicho—no son sistemáticos
y porque le parecen verdades demasiado evidentes filosófica y teo­
lógicamente. Donoso se parece en muchas cosas, como ya se ha
dicho, a San Agustín, de quien estaba muy influido, y, entre otras,
en esa clarividencia sobre ciertos puntos, que le hacen sentirse ex­
cusado de aducir pruebas críticas de aserciones que tienen por evi­
dentes y axiomáticas.

a) Orden relativo y orden absoluto

Ya en el epílogo del Ensayo nos ha hablado Donoso de que


existe un orden moral y un orden físico. El primero, para los seres
inteligentes, y el segundo, para los no inteligentes. Pero introduce,
además, otra división del orden universal, de más alcance filosó­
fico: hay un orden relativo y un orden absoluto. La libertad de los
seres inteligentes es capaz de quebrantar las leyes que Dios ha im­
puesto, y con ello destruir este orden relativo; pero aun entonces
queda dentro del orden absoluto, que a nadie le es dado quebrantar.
Dos ejemplos prueban manifiestamente este aserto: la preva­
ricación angélica y la del primer hombre. Unos y otro rompieron
las leyes impuestas por Dios. Pero, "si Dios permitió la prevari­
cación del ángel, consistió esto en que Dios sabía la manera se­
cretísima de conciliar con el orden divino el desorden angélico
si Dios permitió la prevaricación del hombre [...], consistió esto
en que Dios sabía de toda la eternidad la manera altísima de con­
ciliar con el orden divino el desorden humano” 9.
Antes del pecado, los ángeles y los hombres manifestaban ex­
ternamente "los tesoros de su bondad, las maravillas de su gracia y
el resplandor de su hermosura” ; después, "el universo en general
fue el reflejo perfectísimo de su omnipotencia; el paraíso terrenal
fue especialmente el reflejo de su misericordia; el infierno, única­
mente el reflejo de su justicia, y la tierra [...} fue, a un tiempo
mismo, el reflejo de su justicia y el de su misericordia ” 10. Así, a
pesar del desorden introducido por el pecado, quedó a salvo el orden
absoluto, pues todas las cosas siguieron unidas a Dios, tendiendo
hacia El y representando sus perfecciones.
Más aún, ésa es la única manera de hacer inteligible la facultad
que tiene el hombre de quebrantar el orden relativo: "La razón
suprema de existir, la facultad concedida a la criatura de convertir
“ E n sayo J.2 c . 7 : 11 588.
>* J b id .: / / 592.
El orden universal 103
/
el orden en desorden, la armonía en perturbación, el bien en mal,
está en la potestad que tiene Dios de convertir el desorden en
orden, la perturbación en armonía, y el mal en bien” n . Y así, en
virtud de esta potestad de Dios, lo que era "una perturbación por
accidente, es una armonía por su esencia” 12.
La razón más profunda de esta subordinación del orden rela­
tivo a un orden absoluto es que "el orden puesto en las cosas no
consiste en que estén unidas a Dios de cierta manera, sino en que
estén a Dios unidas; así como el verdadero desorden no consiste
en apartarse de Dios por un lado para unirse a El por otro, sino en
apartarse de Dios absolutamente. De donde se sigue que el verda­
dero orden no deja nunca de existir y que el verdadero desorden
no existe” 13. Porque a nadie le es posible apartarse totalmente de
Dios. El pecador, que es quien más se aparta de Dios, Padre y mi­
sericordioso, queda unido a Dios justiciero. He aquí una compara­
ción que lo explica perfectamente: "La creación es a manera de
un círculo: Dios es, desde un punto de vista, su circunferencia;
desde otro punto de vista, su centro; como centro, la atrae [a la
criatura]; como circunferencia, la contiene. Nada está fuera de este
continente universal; todo obedece a esta atracción irresistible. La
libertad de los seres inteligentes y libres está en huir de la circun­
ferencia, que es Dios, para ir a dar a Dios, que es el centro, y en
huir del centro, que es Dios, para ir a dar en Dios, que es la cir­
cunferencia” 14.
Reducido, pues, a esquema todo el pensamiento de Donoso,
diríamos que es: Dios creó los seres para que manifestaran sus
perfecciones, y, en último término, para sí mismo, para su gloria.
Ese fin u ordenación absoluta, de una o de otra manera, se obtiene
siempre. Dios determinó, además, unos medios particulares para
conseguir ese fin ; éstos constituyen el orden relativo. Los seres
inteligentes pueden—por ser libres—no aceptar estos medios, y así
quebrantar este orden. Pero, aun entonces, Dios hace que por otros
medios $e logre siempre el fin último y permanezca el orden abso­
luto. ■'*
La importancia de esta división es evidente, pues de ella se
valdrá Donoso para dar una última y profunda significación al mal
en el mundo, a las revoluciones, que quebrantan el orden relativo,
y a toda la historia humana, que no es otra cosa que una lucha del
mal por quebrantar el orden impuesto por Dios; del bien, que se
esfuerza por restituirlo, y de Dios, que interviene sobrenaturalmente
” l b i d .: II 586.
lb id .: U 591.
” lb id .: 11 589.
1 lb id .: II 587.
104 Introducción general

para salvar sus planes. Y siempre, queriendo o sin quererlo la«


criaturas, dominadas todas por un orden absoluto e inmutable como
el mismo Dios 15.

b) Dialéctica del orden

La metafísica de Donoso está caracterizada por un signo inten­


samente dinámico. Temperamento ardiente, por más que supiere ser
al mismo tiempo "frío diplomático”, como le ha llamado Eugenio
d’Ors, ha intuido que el orden establecido por Dios no puede ser
estático, sino evolutivo y dinámico, porque al fin es reflejo de la
esencia misma de Dios, que es, antes que nada, vida. Donoso ha
creído sorprender este dinamismo, y lo ha formulado en una ley,
que es la que vamos a estudiar.

Transcribo, antes de nada, una enunciación adecuada de la ley


que Donoso considera como constitutiva del orden: "La unidad,
sacando perpetuamente la diversidad de su fecundísimo seno, y la
diversidad, resolviéndose perpetuamente en la poderosa unidad en
donde tuvo su origen, nos muestran claramente cuál es la ley eterna
e inflexible del orden así en las cosas divinas como en las humanas,
así en el cielo como en la tierra, siendo a un mismo tiempo la
ley a que quiso sujetarse el Criador y la ley a que vive sujeta la
criatura” 16.
Tres fases tiene, pues, todo orden: unidad, fluir de la variedad,
retorno de la variedad a la unidad. Pero no es que el orden esté
formado estáticamente por lo vario, sometido a cierta unidad que le
constituye en razón de orden. Es además que el orden es esencial­
mente un movimiento dinámico que sigue el ritmo trifásico de que
acabamos de hablar. La ley de la unidad y la variedad es mucho
más profunda bajo el aspecto dinámico que bajo sólo el estático.
Todavía nos presenta Donoso Cortés esta ley constitutiva del
orden bajo otro aspecto, interesante por el acusado eco hegeliano
que resuena en sus frases. Es una nueva enunciación de la misma
ley, aunque sólo está expresada en su último momento, el de la
reducción de lo vario en lo u no: " El orden supremo de las cosas
no puede concebirse si las cosas todas no se resuelven en la unidad
absoluta [...]. La ley de la reducción de la variedad en la unidad,
o, lo que es lo mismo, de todas las tesis con sus antítesis en una
síntesis suprema, es una ley visible e indeclinable” 17. La variedad,
,5 Nos es im posible entrar en otros m atices del concepto donosiano de orden,
com o son su identificación con la belleza, la justicia, la bondad; su estructura je-
ryrauica, etc Sobre esto puede verse E nsayo 1.2 c.l c.4; 1.3 c.l c.7.
M' E stu d io s so b re la historia II: fí 241.
17 í'n sa vo 13 c,8 : íí 684.
El orden universal 105
/
por tanto, es un conjunto de tesis y de antítesis, y la unidad es la
síntesis de ellas. La huella de Hegel se adivina indudablemente. La
tríada tesis, antítesis y síntesis se repite con frecuencia en la obra
de Donoso. Después haremos algunas observaciones sobre la posible
influencia de Hegel en nuestro autor.

La ley que analizamos del fluir eterno de la variedad a partir


de la unidad y del eterno retorno de la variedad hacia la unidad
es necesaria y universalísima: "Siendo el género humano uno, debe
ser al mismo tiempo vario, según aquella ley, la más universal de
todas las leyes, a un mismo tiempo física y moral, humana y divina,
en virtud de la cual todo lo que es uno, se descompone en lo que
es vario, y todo lo que es vario, se resuelve en lo que es uno” ls.
La consecuencia era, por lo demás, lógica. Si el orden lo abraza todo,
lo físico y lo moral, lo humano y lo divino, la ley de la unidad y la
variedad, que no es sino una explicación de la esencia metafísica
del orden, debía también extenderse a todo para explicarlo todo.
Los apelativos con que califica esta ley no pueden ser más contun­
dentes : ley eterna e inflexible, divina y humana, la más universal
de todas las leyes, visible e indeclinable, "a la que están sujetas
todas las cosas, todas las creaciones, todos los mundos, así el moral
como el material y el divino” 19. Considera esta ley como la más
profunda y decisiva de todas las leyes del cosmos, y "ley por exce­
lencia [...], sin la cual nada se explica y con la cual se explica
todo” 20.

Ha buscado Donoso Cortés una última razón y explicación de


la ley que estudiamos y ha desentrañado más su significación. Ha
buscado la causa de por qué lo uno se hace vario y por qué lo otro
vuelve a la unidad. Y la ha encontrado en la fuerza suprema y en el
valor supremo, que es el amor. "Dios es amor”, titula el capítulo 4
del libro 1 del Ensayo, en el que expone este pensamiento. "Porque
el amor es fecundísimo de suyo, engendra todas las cosas varias sin
romper su propia unidad, y porque es amor, resuelve en su unidad,
sin confundirlas, todas las cosas varias. El amor es, pues, infinita
variedad y unidad infinita; él es la única ley, el precepto sumo, el
solo camino, el último fin” 21. Así, pues, el orden dinámico univer­
sal y la dialéctica de la variedad y de la unidad que lo forman no
son otra cosa que la manifestación de una realidad más profunda,
que es el amor, que Dios ha difundido abundantemente por el mun­
do para absorber finalmente en él a todo y consumarlo a todo en
'· Ensayo 1.3 c.3 : II 637-38.
Ensayo 1.2 c .7 : II 590,
ao E nsavo 1.1 c .4 : II 526.
21 Ibid. : II 528.
106 Introducción general

su unidad, sin por ello destruir su singularidad. El amor—y Dios


es amor esencial—tiende a comunicarse y a manifestarse en la va­
riedad, y el amor tiende también a reunir de nuevo en la unidad
todo cuanto está disperso. Y ese flujo y reflujo de lo uno, que por
amor quiere ser vario, y de lo vario, que por amor quiere ser uno,
constituye la esencia metafísica de todo orden.

En toda la teoría del orden y su dialéctica, Donoso está, eviden­


temente, muy influido por el pensamiento de San Agustín, como
después expondremos, y mejor diría que está influido por el plato­
nismo de San Agustín. Siguiendo, pues, el platonismo cristiano,
necesariamente ha de ver las cosas constituidas así en la tierra como
en el cielo, es decir, hay un ejemplar supremo en el cielo, y de él
participa, a su manera y en diversos grados, todo lo creado. El orden
en las criaturas es reflejo del orden divino, y la ley de la unidad
y la variedad se da en las criaturas, porque antes se da en D ios:
"En su esencia están de una manera inenarrable e incomprensible
las leyes de la creación y los ejemplares de todas las cosas. Todo ha
sido hecho a su imagen; por eso la creación es una y varia” 22.
El amor provoca la variedad en el mismo seno de Dios, y el amor
vuelve a reducirlo allí todo a la unidad: " Considerado Dios como
Padre, saca de sí eternamente al Hijo por vía de generación; al
Espíritu Santo, por vía de procedencia, y constituyen de esta manera
eternamente la diversidad divina. El Hijo y el Espíritu Santo se
identifican eternamente con el Padre, y constituyen eternamente en
El su unidad indestructible” 23.
Del seno de Dios se deriva esta ley a las criaturas: "Hay una
ley soberana que Dios ha impuesto a los mundos; en virtud de
esa ley es necesario que la unidad y la variedad que se hallan en el
mismo Dios se hallen, de una manera o de otra, en todas las cosas;
por eso el conjunto de todas las cosas lleva el nombre de universo,
palabra que descompuesta quiere decir la unidad y la variedad jun­
tas en uno” 24. Y este movimiento dialéctico es el que diversifica
las cosas a partir de Dios y el que vuelve a unirlas a é l: " Dios
sacó al mundo de la nada por un acto de su voluntad omnipotente;
siendo innumerables las cosas creadas por esa voluntad única, el
fenómeno divino de la diversidad, saliendo de la unidad, se repro­
duce en el acto sublime de la creación del mundo; gobernándose
como se gobiernan todas las cosas creadas por la voluntad altísima
y omnipotente que las creó, la diversidad se resuelve en la unidad
28 E n sayo 1.1 c .2 : lí 512.
2’ E n sayo !.2‘ c. 7: II 590. Véase tam bién E studios sobre la historia II.
24 C a rta al d ire c to r de la “R evu e d es D eux M o n d e s”: II 769.
El orden universal 107
en la tierra ¿orno se resuelve en el cielo; y la ley del orden es la
misma siempre y se ejecuta del mismo modo en el cielo y en la
tierra’' 25.

c) Valoración de la teoría del orden

Como se habrá podido observar, la ley de la variedad y la


unidad es la que explica, en el pensamiento de Donoso, la estruc­
tura fundamental de los seres, la esencia misma del orden, la reli­
gación de las criaturas con Dios, el dinamismo evolutivo de los
seres. Esto en el campo metafísico; pero, si de ahí descendemos al
proceso de la historia, la encontramos en la base de toda su filo­
sofía histórica, cuya misión no es otra, según él piensa, que des­
cubrir, bajo la varia trama de las vicisitudes de esa lucha, aquella
ley necesaria de la unidad de todas las antítesis en una síntesis
superior, unidad de desarrollo, unidad de designios providencia­
les, etc. Y ya se advierte el largo alcance antirrevolucionario de esta
ley cuando la aplique a la antropología, a la estructuración de la
familia y, sobre todo, de la sociedad, plural y una al mismo tiempo,
por el amor; a la justificación de la autoridad civil, a las rela­
ciones entre Poder y súbditos y entre éstos y aquél, a la comunica­
ción interpersonal, a la filosofía de lo religioso, etc., etc. Lo iremos
haciendo notar oportunamente 26.
Con la teoría del orden y su ley fundamental, Donoso ha in­
tentado fundamentar, de manera inconmovible y última, todas sus
ideas históricas, sociales y políticas y dar una base firme a sus po­
lémicas e incluso a sus profecías. Sólo así, afirmada inexpugnable­
mente una estructura ordenada del mundo físico, y, sobre todo, del
mundo humano y moral, puede enfrentarse eficazmente con el libe­
ralismo y con el socialismo. Con aquél, porque, en fuerza del deís­
mo, no se comprometía con principios religiosos, morales, sociales
ni casi políticos, fuera de los que emanaban de un pacto humano in-
diferenciado; con el socialismo más revolucionario y radical, por­
que pretendía acabar con el orden que se decía establecido por un
Dios. Es un acierto de Donoso haber planteado la lucha aquí, en el
arranque y la base misma en la que comenzaban caminos diver-
25 E studios sobre la historia II: II 241. Véase tam bién Ensayo 1.2 c.8 c.6.
26 D ietm ar W estem eyer ha visto tam bién que “esta ley es n o sólo la estam pa m ás
correcta de la estructura fundam ental de todo ente, sino la expresión m ás exacta
del principio estructural de la concepción del m undo de nuestro pensador» que da el
cuño a la unidad del m undo en D io s " ( D ie t m a r W e s t e m e y e r . D o n o so C o r té s , h o m ­
bre de E stado y teólogo [M adrid 1957] p.109). Sin em bargo, el docto franciscano
alemán no ha valorado suficientemente esta ley, ya que a lo largo de su o b ra n o
vuelve a recurrir a ella para explicar el pensam iento de D onoso. T am bién otros a u to re s
han visto la im portancia de la ley de la unidad y la variedad: así, v .g r., D i e g o S e ­
v il l a , D o n o so C o rté s y ¡a m isión de España en A frica, en A frica en el p en sa m ie n to
de D o n o so C o rté s (M adrid 1955) p. 10-11: R a m ó n C e ^ a l , L a filosofía d e la h istoria
de D on oso C ortés: Revista de Filosofía 11 (1952) 101*103,
108 Introducción general

gentes "racionalismo” y "civilización católica”, por usar sus ex­


presiones. Al mismo tiempo ha enfrentado una concepción del
cosmos realista y metafísica con una filosofía empirista—el empi­
rismo inglés está en la base del liberalismo—que no aporta otras
razones que el sentimiento, la inclinación natural, la experiencia de
la libertad o la convivencia social, etc.
Este radicalismo en el planteamiento es lo que, por otra parte,
le ha impedido tener una visión más amplia de lo histórico y com­
prender que en Europa se había operado ya una revolución no sólo
religiosa e ideológica, sino, sobre todo, económico-social, que no
podía encajarse en los viejos moldes cristianos tal como histórica­
mente se habían realizado, sino que era necesario estructurar un
nuevo ordo christianus, aunque siempre, es verdad, sobre el eterno
ordo universalis, impuesto por Dios a todos los seres.

d) Puentes de inspiración de Donoso

Valdría la pena hacer un estudio detenido de las fuentes en las


que Donoso ha podido aprender la teoría del orden y su dialéctica
y cómo ha llegado a hacer de ella la base de todo su pensamiento
ulterior. En la imposibilidad absoluta de hacerlo aquí y ahora, baste
hacer brevemente algunas indicaciones.
El profesor Chaix-Ruy ha hecho notar la influencia que ha
debido de tener en el pequeño Donoso la percepción infantil y
fresca de la paz de los campos y los encinares extremeños, regidos
y ordenados por Dios, por contraste con el ruido y los tumultos
de las Universidades de Salamanca y Sevilla, provocados por la
libertad hum ana27. Más adelante buscaba el reposo sedante para
sus fatigas políticas y diplomáticas también en el campo. En aquella
majestuosa naturaleza de Extremadura había un orden y una paz
superior, se sentía cerca la mano de Dios, que había ordenado
aquella tierra y aquel cielo. En cambio, en Madrid, en París, en los
salones y las Cancillerías, había demasiada turbulencia y se sentían
también muy cerca las pasiones humanas, que desordenaban lo que
Dios había ordenado.
Por temperamento era hombre de principios fijos y determina­
dos, y por educación burguesa rural era "persona de orden” : "Yo
soy un hombre de gobierno; un hombre de gobierno ante todo
y sobre todo” 28.
Sin embargo, el motivo hondo de su ideología sobre el orden
es el catolicismo, en el que ve siempre el frente que se opone a
27 /u le s C h a ix -R u y , D o n o so C o rtés, théologien de VH istoire et proph bte (París
1956) p.26.
D iscurso sobre la situación de España: II 479.
/ El orden universal 109
las revolikiones. No hace falta demostrar que la idea del orden
cósmico establecido por Dios está ;« la entraña misma del pensa­
miento católico: Qiute m tem stmt, a Deo ordinata sunt, dice San
Pablo 2#. La existencia de un Dios inteligente, creador supremo del
mundo, que no le abandona después de creado, sino que le rige con
leyes determinadas, a las que deben someterse todas las criaturas,
es un dogma elemental del catolicismo.
Ha sido San Agustín el pensador que ha creado una metafísica
del orden para el cristianismo, que después ha recogido Santo To­
más 30. Y ha sido directamente en San Agustín donde Donoso la
ha aprendido en todo su alcance. No sólo la definición del orden 31
y la consideración de Dios como origen de todo orden, 32, sino su
extensión universal33, su identificación con el bien y la belleza 34,
la división en orden relativo y orden absoluto 35, la conjugación del
pecado y del mal con el orden 36, etc., son otras tantas ideas agusti-
nianas que han pasado a ser categorías del pensamiento anturevo­
lucionario de Donoso.
La consideración de la variedad, que sale de la unidad para vol­
ver después a ella, es una idea específica del neoplatonismo. Es mo­
ralmente cierto que Donoso no conoció directamente a Plotino ni
a los otros neoplatónicos. Hay que pensar de nuevo que ha sido
a través de San Agustín cómo llegó a impresionarle profundamente
el flujo y reflujo de los seres. San Agustín efectivamente ha recibido
de los filósofos neoplatónicos la síntesis del triple papel de Dios,
principio y fin de las cosas: 1) como Creador, y, por tanto, fuente
de todo ser; 2) como Luz intelectual, y así, fuente de toda verdad;
3) como bondad, y, en consecuencia, fuente de todo bien y fin
supremo de lo creado37. No puedo entrar en una exposición de­
tallada de los pasajes en que Donoso pudo inspirarse, pero sí creo
poder asegurar que, si la ley de la unidad y la variedad no se en­
cuentra explícitamente formulada en San Agustín al menos en cuan­
to dinámica, y como tal constitutiva del orden, en el santo Doctor
29 R om 13,1.
30 Es sabido que San Agustín escribió, pocos meses antes de bautizarse, u n deli­
cioso diálogo D e o rd in e . Sobre la teoría del orden en San A gustín y sus relaciones
con el neoplatonism o cf. J. P e p i n , U n ivers dion ysien et universe m tgu stin ien , en A sp e c ts
de la dialectique (París 1956) p. 179-224, Sobre la teoría del orden universal en S anto
Tomás puede verse J o h n H. W r i g t h , T he ord er o f the universe in th e T k e o lo g y o f
St. T hom as A quinas (R om a 1956).
51 Cf. S an A g u s t í n , D e ciV. D ei 1.19 c.13: PL 41*640: D o n o s o , C artas de P arts ,
carta del 20 de o c tu b re : I 924.
32 Cf. S an A g u s t í n . D e natura boni con tra M anichaeos c .3 : PL 42,533: D o n o s o ,
E nsayo, concl. : II 700ss.
39 Cf, S an A g u s t í n , D e natura boni con tra M an ich aeos , l.c ,; D e ord in e 1.1 c . 5 :
PL 32,948; D o n o s o . E n sayo , concl.: II 700ss.
84 Cf. S an A g u s t í n , ibid., y D e vera reHgione c .4 1 : P L 34,156; D o n o s o , E n savo
1.2 c.4 y c.6; C artas d e P arís , carta del 20 de octubre : I 924.
86 Cf. S an A g u s t í n . D e cív. D e i 1.32 c.1-2: PL 41,751-52: 1.11 c.18: PL 41,332:
D o n o s o , Ensayo 1.2 c.7; 1,3 c.2 y 7.
** Ibid. et passim .
87 Cf. E. P o r t a u f , Saint A ugustin: Dict. de Théologie C atholique, co l.2328, Cf. tam ­
bién D e civ. D ei 1.8 c.10: P L 41,234.
110 Introducción general

ha encontrado muchos materiales para ella as. Ello es particularmente


claro por lo que respecta al amor como vínculo unitivo de las
criaturas entre sí y con Dios 39.
Ya se ha indicado más arriba que el ansia de restaurar el orden
cristiano, destruido por la revolución, es de todos los tradiciona-
listas franceses. Con ellos hace Donoso causa común. Pero el in­
flujo concreto en las modalidades de la teoría es pequeño. Por
lo que hace a De Bonald, "el pensamiento del estadista español es,
en este punto concreto, tan superior en amplitud, profundidad y
poder sintético al del francés, que hay que descartar toda influen­
cia” 40. De Maistre apenas ha entrado en el estudio del orden uni­
versal, aunque lo supone continuamente, y no faltan en él suge­
rencias positivas 41.
Tampoco parece que Giambattista Vico, a quien Donoso ha co­
nocido a través de Michelet, ha determinado esta manera de pensar.
En la obra de Vico que más conoció Donoso: Prmcipi di una
scienza nuova dtintorno día commune natura delle naziom, el filó­
sofo napolitano no toma en consideración de propósito el problema
del orden universal, aunque sí habla de la providencia de Dios. Y,
aunque en otras obras toca el tema, pero siempre de pasada e inci­
dentalmente. Chaix-Ruy ha pensado, pero sin fundamento alguno,
que ha sido "a través de Vico como Donoso Cortés se encuentra
con el tema central del neoplatonismo: la unidad, que al desplegar­
se engendra la multiplicidad; la multiplicidad, que se funde y se
hace unidad” 42.
39 Véanse, p .ej., D e m o rib u s M anichaeorum 1.2 c.6: P L 32,1348; D e civ. D e i 1.11
c .2 4 : PL 41.337-38 y 339-40; D e T rinitate 1.6 c.10: PL 42,932; D e G enesi contra
M an ich aeos 1.1 c .3 1 : PL 34.188-89, etc. En el archivo fam iliar se encuentran m uchos
apuntes que D onoso tom aba en sus lecturas de San Agustín. Principalm ente resum e
dos o b r a s : la C iu d a d de D io s , en la traducción francesa de M. M oreau, y la am plia
biografía escrita p o r P oujoulat titulada H istoire de Saint A ugustin: sa vie, ses oeuvres,
son siécle , influence d e son genie. La prim era edición se hizo en 1845-1846, y la se­
gunda en 1852. En esta obra encontró D onoso largas exposiciones de los libros prin­
cipales de San A gustín y tom ó extensos apuntes. Allí aparecen citados los tratados
D e vera religion e, D e libero a rb itrio , C on tra F austum , D e natura et gratia , D e G enesi
a d littera m , D e T rin ita te , E narrationes in P salm os, etc. D esgraciadam ente se ha per­
dido uno de los volúm enes de apuntes, en el que existían aún m ás extractos de San
Agustín, com o consta p o r un índice que se conserva.
*f Sobre el tem a en San Agustín véase J o s é I g n a c io A lc o r t a E c h e v a r r ía , El “o rd o
am oris?' y la “aversio a D e o ” en la dialéctica de las d o s ciudades: La C iudad de Dios,
núm ero ex traordinario de hom enaje a San Agustín en el XVI centenario de su naci­
m iento, t.2 (El Escorial 1956) p. 125-150.
40 M i g u e l L o z a n o E s b e r t , D e B onald y D o n o so C ortés. Tesis doctoral m anuscrita
(U niversidad Pontificia de Com illas 1961) p.107.
41 Cf. E xam en d e la p h ilo so p h ie d e B acon c.18: Oeuvres com plétes t.6 (Lyón 1893)
p.388ss; C o n sid era tio n s sur la Franee: Oeuvres com plétes t .l p.1-2.
42 C f. J u l e s C h a ix - R u y , D o n o so C o rté s , théologien de V histoire e t p ro p h éte (P a­
rís 1956) p. 124-25. Vico toca explícita o im plícitam ente el tem a del orden universal
en la C on clu sió n de la obra que titula Sopra una eterna R epú blica naturale in ciasche -
duna sua specie o ttim a , dalla D ivin a P roviden za ordinata: Oper© di G. Vico (Napoli
1859) t.5 p.335. T am bién en esta misma obra (1.2 c .l) y en D e uno universi iuris
p rin cip io et fine: O pere t.2 p. 18. Véase la nota introductoria a los artículos de D onoso
sobre V ico: I 619.
I El orden universal 111
pernos insinuado antes que Donoso expresa a veces Ja ley de
la uñjdad y la variedad en los términos hegelianos de tesis, antítesis
y síntesis. ¿Qué pensar del influjo de Hegel en la teoría donosiana?
Donoso, conoció desde muy joven las ideas de Hegel, aunque tal vez
nunca lé leyó directamente 43. En la época de su plenitud consideraba
el hegelianismo como "doctrina de perdición” 4\ "causa principalísi­
ma del giro radical y desorganizador que del lado de acá del Rhin
van tomando las revoluciones ” 45. Y, sin embargo, es en esta época
de madurez cuando con más insistencia aparece en sus escritos la tri­
logía tesis, antítesis y síntesis. Que haya, pues, alguna influencia de
Hegel en Donoso, y en concreto en la ley de la unidad y la va­
riedad, me padece muy probable; pero, a mi juicio, no es profunda,
y queda reducida a la aceptación de unas fórmulas que eran acomo­
dadas para expresar, en términos del día, el proceso del orden, que
él había entendido con una reflexión y bajo influjos cristianos. Los
términos tesis, antítesis y síntesis, en la pluma de Donoso, carecen
de todo sentido de oposición rebelde, así como de todo matiz de
negación. Son términos que son sencillamente diversos y que por
amor se sintetizan.
43 Ya en las L ecciones de D erecho p o lític o , es decir, en 1837, citaba a H egel,
junto con Leibniz, Lessing, K ant, Fichte y Schelling, com o los nom bres “m ás b ellos”
de la historia de la filosofía (cf. lee.9: I 425), y en esa m isma lección habla a ve­
ces en térm inos hegelianos. En el catálogo de la biblioteca de D onoso figuran o b ra s
de Fichte y Schelling junto a las de Descartes, M alebranche. Bacon, etc., pero de H egel
no se encuentra ninguna. En contra de la influencia de Hegel en D onoso parecen
estar C a r l S c h m itt, In terpretación europea de D o n o so C o rtés (M adrid 1952) p.62.86.
105, y Jo aq u ín I r i a r t e , U n D o n o so rom án ticam en te filó so fo : R azón y Fe 148 (1953)
137 y 140-41. P or la influencia, en cam bio, están D iego S e v illa , D o n o so C o rté s y ia
dictadura: A rbor 2 (1953) 66; Id ., Polém ica española so b re el “E nsayo” , d e D o n o s o
C ortés: Anales de la Universidad de Valencia, año 25, cuad.2 p .95-96: P e d ro LEnjRiA,
Previsión y refutación del ateísm o com unista en lo s últim os escritos de Juan D a ñ o s o
C ortés. 1848-1853: G regorianum 18 (1937) 487-490. No es nada fácil determ in ar co n
exactitud las fuentes donde D onoso pudo aprender el hegelianismo. D e ah í que los
que han hablado del tem a no estén de acuerdo. H ans Juretschke opina que los té r­
minos hegelianos de D onoso proceden de Ja lectura de C ousin y de G uizot (cf. O b ra s
com pletas de D o n o so C ortés: BAC t .l IM adrid 1946} p,103>. El aserto es m uy fu n d a d o ,
pues Cousin vulgarizó la doctrina de los idealistas alem anes (véase M . M enéni>ez
P e l a y o , E studios de crítica literaria t.5 : Q uadrado y su s o b ra s [Santander 1942] p.213)
y G uizot estuvo muy en contacto, desde su juventud, con el pensam iento hegelia-
no (véase L. D iez d e l C o r r a l, El liberalism o doctrin ario c . l l [M adrid 19451 p.205-
207). P o r o tra parte, D onoso ciertam ente m anejó a los doctrinarios franceses desde
muy tem prano, especialm ente a G uizot, y esto explicaría el conocim iento y estim a
que m ostró del filósofo alem án ya en las L ecciones de D erecho p o lític o . D iego Sevilla
juzga que pudo ser en las obras de P roudhon—su m ayor adversario— en quien en co n ­
trase ideas hegelianas (cf. D. S e v illa , El im pacto de San A gustín en D o n o so : La C iu­
dad de Dios, núm ero extraordinario de hom enaje a San Agustín en el X V I centenario
de su nacim iento, t.2 [El Escorial 1956] p.625). Es tam bién una hipótesis m uy acep ­
table, y m ás aún lo es la aserción del m ismo autor (D o n o so C o rté s y la dictadu ra:
A rbor 24 [1953] 66) de que en la H istoria d e la civilización , de F erm ín G onzalo M o­
rón, tuvo que leer la explicación de las doctrinas hegelianas— que este au to r expone— „
pues D onoso conoció ciertam ente esta obra, ya que la com enta en su reseña so b re la
H istoria de la civilización de E spaña (cf. 11 I5ss). P or lo dem ás. D onoso pudo en co n ­
trarse con ideas hegelianas en m uchas de las obras contem poráneas, incluso e n las
tradicionalistas, pues la influencia de Hegel en el m undo cultural de la prim era m ita d
del siglo xix fue enorm e. Tam bién entre los españoles hubo secuaces de H egel, aun­
que de tercera línea, y hasta una especie de escuela hegeliana en Sevilla, dirigida p o r
un catedrático llam ado C ontero Ram írez.
44 P olém ica con la Prensa española: II 340.
4A D espach os desde Berlín , 7 de m arzo de 1849: II 352.
112 Introducción gene-ral

2. El orden a n t r o p o l ó g ic o . El in d iv i d u o
/
Valdría la pena, para completar el estudio sobre el concepto de
orden en Donoso, hacer otro sobre el de Providencia. Si no se quiere
caer en el deísmo—error que aborreció mortalmente 4,5—\ hay que
admitir que Dios tiene un cuidado atento y constante de que se
conserve en todos los seres el orden que para ellos decretó. Esta
es la razón del intenso providencialismo de Donoso.
El escenario donde la Providencia juega, por así decirlo, un papel
más interesante y difícil es aquel en que es protagonista la libertad
humana. En el mundo irracional, su acción es mucho más sencilla.
Y es precisamente en el mundo de la libertad en el que Donoso
considera, con particular estudio, la acción de la Providencia divina,
poique siempre su supremo interés es el hombre. Por esta razón no
voy a dedicar un estudio especial al concepto de Providencia, sino
que al hacer el estudio del hombre y de las realizaciones de su
libertad irá apareciendo la mano de la Providencia, que suaviter et
fortiter sostiene el orden humano en el continuo peregrinar de la
variedad y en su continuo retorno a la unidad.

a i E l h o m b r e c o m o lib e r t a d

El hombre ocupa en el orden universal el puesto de rey de toda


la creación irracional. Es necesario, antes de nada, colocarle, con
Donoso, en esta perspectiva y delinear exactamente su posición.
Este pensamiento clave lo deduce fundamentalmente de los pri­
meros capítulos del Génesis, que tan profundamente meditó guiado
por San Agustín 47. Pero queda completado con una consideración
original: el hombre es el rey de la creación, porque a él se orde­
nan todas las demás criaturas, y las criaturas se ordenan al hombre,
en cuanto es libre. He aquí las mismas palabras de Donoso, tomadas
del Ensayo: "El libre albedrío del hombre es la obra maestra de
la creación y el más portentoso, si fuera lícito hablar así, de los
portentos divinos. A él se ordenan todas las cosas invariablemente,
de tal manera que la creación sería inexplicable sin el hombre, y el
hombre sería inexplicable no siendo libre. Su libertad es, a un
tiempo mismo, su explicación y la explicación de todas las cosas” 48.
Si desentrañamos el pensamiento encerrado en estas líneas—densi­
dad no frecuente en Donoso Cortés—, encontramos que Dios ha
46 Véase C arta al cardenal F ornarl, donde hace del deísmo una de Jas dos fuentes
de todos ios “infinitos” errores c o n tem p o rán eo s: If 746ss.
47 E stu d io s so bre la historia I I I : II 238ss.
" E n s a y o 1.2 c . l : ÍI 548.
El orden antropológico 113
hecho innumerables seres para un ser libre, es decir, para que el
hombre, utilizando rectamente su excelsa prerrogativa de la liber­
tad, respete las criaturas y las use de forma que realice siempre el
orden universal divino. Más aún, sólo la libertad humana explica
y da r^zón del ser del hombre y del ser de la creación. Sin un ser
que tuviese la potestad de reducir libremente todas las cosas a su
primer principio, ¿qué sentido podía tener una creación tan rica
y. tan varia? ¿Qué sentido podría tener el hombre aun en la hipó­
tesis—imposible—de que fuese inteligente y no fuese libre? "Si
el hombre no es libre, no tiene el principado de la tierra; si no
tiene el principado de la tierra, la tierra no se une a Dios por
el hombre, y, si no se une a Dios por el hombre, no se une a Dios
de ninguna manera” 49.
Así, pues, la infinita variedad de las criaturas se reduce a uni­
dad cuando el hombre, utilizándolas rectamente con su libertad, las
ordena hacia el último fin y la última unidad, que es Dios mismo
y su gloria. El hombre es el gran realizador del orden divino de la
creación, que sin él carece de sentido. Donoso da, como se ve, una
absoluta preponderancia a la libertad humana sobre el entendimien­
to ; su imagen del hombre no es la de un homo tbeoreticus o con­
templativo, sino la de un homo poeticus, en el sentido griego de
la palabra; es decir, la de un hombre que se realiza en su acción,
en una acción libre y en una acción finalística. La actitud alcanza
todo su valor de nuevo como una actitud anturevolucionaria; para
los revolucionarios del siglo xvm y del siglo xix, la libertad era
la prerrogativa suprema a la cual había que inmolar todos los sacri­
ficios; pero era la libertad en sí, una libertad por sí misma, empí­
rica, sin una consideración respectiva al Absoluto fundamentante
de toda libertad. Es en presencia de esta libertad liberal donde Do­
noso presenta al hombre como libertad, sí, pero como una libertad
que sólo se justifica en la consideración metafísica de su ordenación
al Absoluto, lo cual la da un carácter sagrado, trascendente e invio­
lable mucho más alto que el que pretendían todos los liberales.
Entra así la libertad como una categoría metafísica en la constitu­
ción del cosmos y como un dinamismo de síntesis de la variedad
en la unidad. El hombre es libre, pero esa libertad sólo se realiza
en plenitud cuando usa todas las cosas dentro del orden establecido
por Dios. De nuevo la eterna visión cristiana del hombre ante Dios
y las criaturas, que formula magistralmente San Ignacio en el Prin­
cipio y Fundamento de sus Ejercicios: "El hombre es creado para
alabar, hacer reverencia y servir a Dios, y, mediante esto, salvar
su alma; y todas las demás cosas sobre la haz de la tierra son
" Ensayo 1.3 c .2 : II 630.
114 Introducción general

creadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución7del


fin para que es creado.” Pero ahora esta ideología está vista jén su
perspectiva anturevolucionaria.

b) La libertad en la historia

Para que la idea quede más completa y para que sb entienda


mejor en qué consisten las revoluciones y cuál es su único antídoto,
Donoso ha estudiado más en concreto las dos formas históricas
en que el hombre ha realizado el orden establecidp: una ideal,
anterior al pecado, y otra posterior, en la situación actual del hombre.
El orden ideal es el primitivo, el impuesto por Dios cuando el
hombre salió de sus manos: " Consistía éste en que el hombre en­
tendiese en Dios y por Dios, autor de su entendimiento; en que
se moviera a impulsos de la voluntad divina, en donde tuvo origen
la voluntad humana ; en que viviera exclusivamente en Dios y para
Dios, autor de la vida” 50. Limpio de las adherencias tradicionalistas
que laten en este párrafo, queda clara la perfección de aquel estado
en que, "según el orden divino, lo que era diverso debía tener su
fin en donde estaba su principio, es decir, en lo que era uno. El
orden consistía en esta unión perfecta e inalterable de lo uno con
lo vario, del Creador con la creatura, de Dios con el hombre” 51.
También entonces la síntesis se hacía por la libertad humana, por­
que, "conocedor el hombre del bien y del mal moral, aunque no del
bien y del mal físico, pudiendo escoger el mal, escogía el bien
ayudado de la gracia, y en este escogimiento consistía, a un tiempo
mismo, su libertad y su combate; pero, una vez escogido el bien,
su voluntad lo ejecutaba sin resistencia y sin obstáculos” 52. De
esta manera, Dios, que era la tesis, y las criaturas, que eran las
antítesis, se reunían en el hombre, deificado por la justicia original,
que era la síntesis r>3.
Pero he aquí que un día la libertad humana escogió el mal,
cometió el pecado, y con ello hizo saltar de un golpe las armonías
del universo. Entonces sucedió que "la creación era doble, y el
universo un dualismo, símbolo de un antagonismo perpetuo, con­
tradictorio del orden. De un lado estaba Dios, tesis universal, y de
otro las criaturas, su universal antítesis” 54. Por el pecado, pues,
quedó el universo en una situación absurda, violentísima, contradic-
10 E stu d io s so b re la historia I V : l í 249.
61 Ibid.
“ E stu d io s so b re la historia V : II 258.
C f. E nsayo 1.3 c .8 : II 683-84.
M E nsayo 1.3 c.8 : II 684.
/ El orden antropológico 115
toria :' la de una tesis y una antítesis separadas por un abismo, con
una tendencia incoercible hacia una síntesis y sin poder llegar a
ella.

\
c) E l nuevo orden en Jesucristo

Jesucristp, hombre y Dios al mismo tiempo, es el hombre que


vuelve a anudar lo roto y que vuelve a sintetizar en sí los extremos
separados: "Por aquí se ve que Dios se dio traza para vencer, con
una misma industria, así el obstáculo que se oponía a la realización
del orden universal como el que impedía el orden humano. Hacién­
dose hombre sin dejar de ser Dios, unió sintéticamente a Dios y al
hombre, y como en el hombre estaban ya sintéticamente unidas la
esencia espiritual y la sustancia corpórea, resultó de aquí que Dios,
hecho hombre, reunió en sí, por una altísima manera, por un lado,
las sustancias corpóreas y las esencias espirituales, y, por otro, al
Creador de todo con todas sus criaturas” 55.
Y, detrás de Jesucristo, todos los hombres que quieren aceptar
su redención e integrarse en El pueden de nuevo, ayudados por su
gracia, realizar el orden universal, porque en realidad El es la re­
capitulación de todas las cosas, alfa y omega, principio y fin de
todas ellas.
Es desde estos presupuestos desde donde argüirá después Do­
noso, como veremos, en favor del catolicismo como orden perfecto,
como única vía de realización humana, como extremo opuesto ai
"racionalismo” revolucionario. Después del pecado original, sólo en
el catolicismo se puede realizar el orden universal; por eso, "fuera
de las vías católicas”, sólo hay desorden y violencia, porque las tesis
luchan contra las antítesis, sin encontrar una síntesis.
Por fin, hay que añadir que esta vuelta de la variedad a la uni­
dad realizada mediante la redención es, más que ninguna otra, efecto
del amor: "El amor fue quien mandó a su misericordia dar al
hombre prevaricador y caído la esperanza, con aquella divina pro­
mesa de un futuro redentor que vendría al mundo para tomar en sí
y para vencer el pecado. El amor fue el que le prometió en el
paraíso, el que le envió a la tierra y el que vino; el amor fue el
que tomó carne humana y vivió vida de hombre mortal, y murió
muerte en cruz, y resucitó después en su carne y en su gloria. En el
amor y por el amor somos salvados todos los que somos pecado­
res” 56.
** E nsayo 1.3 c . 8 : II 686.
Ib id .: II 682-83.
116 Introducción general

d) ¿Pesimismo ti optimismo antropológico?

Nos hemos referido antes al pesimismo antropológico de Do­


noso Cortés. Pero, como ya indicábamos allí, para juzgar adecuada­
mente de él es necesario ponerle en contraste con la doctrina antro­
pológica que acabamos de exponer. Porque ésta es de signo opti­
mista, ya que está enfocada toda ella a la luz del pensamiento cris­
tiano. La imagen del hombre antes del pecado no puede ser más
luminosa, y, después de él, el hombre, por la gracia y la iedención
de Jesucristo, ha vuelto a ser lo que era: el ser en que se abrazan
Dios y la criatura. ¿Cómo se compagina esta doctrina esperanzada
y alegre con el negro pesimismo del que hablamos más arriba?
Casi siempre que se escribe sobre el tema, se insiste en el aspecto
oscuro, y se juzga a Donoso como a un terrible pesimista. Es certí­
simo que dio abundantes ocasiones para que los hombres formula­
sen de él este juicio, como ya hemos expuesto. Pero acaso, por no
haber centrado la antropología en el sistema filosófico-teológico de
conjunto, no se ha considerado suficientemente que su pesimismo,
todo lo sombrío que se quiera, es superficial y relativo, y que lo
absoluto y lo hondo es el optimismo antropológico. Porque su autén­
tica y profunda concepción del hombre es la que acabamos de ex­
poner : el hombre es el rey de la creación, está dotado de la altí­
sima prerrogativa de la libertad, y por ello es la síntesis sublime
de Dios y de las criaturas todas. Y si es verdad que en un momento
de loco orgullo destruyó esa soberana armonía, no es menos cierto
que la redención de Jesucristo ha vuelto a colocar al hombre en el
puesto que tenía, y, si cabe, de manera más excelente, aunque, por
otra parte, más frágil. El hombre es ahora, como antes, la síntesis
en que se abrazan Dios y las criaturas. La ayuda de Dios para que
esta síntesis sea estable está siempre pronta. No se debe olvidar que
hasta diecinueve densísimas páginas del Ensayo—que son las que
cierran la obra—están dedicadas a ensalzar, con lirismo y entusiasmo
auténticos, los bienes que de la redención se han seguido para los
hombres, los heroísmos de santidad y virtudes insospechadas y be­
llísimas que han sido la consecuencia de la redención entre los hom­
bres, y, sobre todo, la persona suprema del Redentor, síntesis perfec-
tísima de Dios, del hombre y de las cosas 57.
No es, pues, radicalmente pesimista Donoso Cortés. Yo diría
que es radicalmente optimista. El hombre, en el orden ideal meta-
físico, es de nuevo, como en la aurora de los tiempos, el ser donde
se sintetizan Dios y las criaturas. Y en cuanto al orden histórico hay
57 Véase Ensayo 1.3 c.8-9: II 682sst
j La familia, la sociedad 117
que distinguir: el hombre que quiere aceptar la ayuda de Dios, y
realiza así la síntesis de la variedad creada con la unidad divina, o,
en términos más plásticos, el hombre que camina "dentro de las
vías católicas”, es un ser transido de luminosidad y de gracia. Todo
el enorme bloque del pesimismo de Donoso gravita sobre el hombre
de la "civilización racionalista”. Es verdad que aun aquí cae en
abultadas exageraciones, que generaliza demasiado sus expresiones
pesimistas, etc.; pero esto ya ha quedado explicado en páginas an­
teriores.
Hay que decir también que, aun siendo verdad su interpretación
optimista del hombre, detrás de ese concepto luminoso que la razón
y la fe le enseñaban veía Donoso un algo oscuro, misterioso y enig­
mático en el ser humano: "Y, aun dentro del hombre mismo, todo
lo que su conciencia ve, ¿qué es sino un enigma inexplicable o un
problema insoluble? ¿Quién se explicará a sí propio su sabiduría
y su ignorancia, sus instintos y sus pensamientos levantados, su pe-
queñez y su alteza, sus inclinaciones terrenales y sus aspiraciones
sublimes? ¿Quién, al considerarse por un lado, no ha estado tentado
alguna vez por adorarse a sí propio como a un dios, y, al conside­
rarse por otro, no se ha despreciado nunca como la cosa más vil
de todas las cosas creadas? ¿Quién no se ha dicho nunca en lo más
recóndito de su alma: 'Todo es misterioso para mí, yo mismo soy
un misterio’? ” 58 Sintió siempre muy hondamente— ¡como lo sin­
tió también San Agustín!—la angustia del dualismo humano. El
hombre, es verdad, es una síntesis del alma—tesis—y cuerpo— antí­
tesis— 59. Pero una síntesis lo suficientemente imperfecta para de­
jar que el hombre sea "esclavo y rey” 60, "una mezcla de bien y
de mal” 61. El hombre es el brazo del mundo que alcanza a Dios
para devolverle las criaturas, y esa misión no puede menos de ser
santa y sublime. Pero no todo lo que hay en el hombre es santo
y divino, como querían liberales y socialistas. Hay en él errores
crasísimos, pasiones inconfesables, que contrastan duramente con su
vocación altísima, y que, en último término, constituyen un enigma
y un misterio.

3. E l ORDEN ANTROPOLÓGICO: LA FAMILIA, LA SOCIEDAD

Entramos aquí en los temas que más han preocupado a Donoso


Cortés: los sociales y los políticos. Se puede decir que las bases
metafísicas establecidas en los capítulos anteriores están puestas pata
88 Cartas de París , carta de 3 de septiem bre: I 895-96,
M Cf. Ensayo 1.3 c.8: II 684.
no Estudios sobre ¡a historia I I I : II 246.
Discurso sobre culto y clero: II 95-96,
118 Introducción general

sostener su filosofía social y su filosofía política. Era de lo que se


trataba en fin de cuentas: de poner en presencia del liberalismo so­
cial y político, difundido durante un siglo por toda Europa, y en
presencia del socialismo, que irrumpía con violencia amenazadora,
una concepción cristiana de los problemas cardinales en lo social
y lo político. Proponer estas soluciones como el único camino de
salvación para aquel caos europeo de la primera mitad del siglo.
Las sociedades en su forma antigua habían hecho crisis en el si­
glo xvill, y hacia 1848 se resquebrajaban y se hundían todas. Frente
a las nuevas teorías, que crecían de raíces no católicas y ni siquiera
metafísicas, sino puramente empíricas o sentimentales, y por ello
invertebradas e insostenibles, Donoso quiere levantar de nuevo al
menos los principios fundamentales católicos del derecho social y del
derecho político.

a) Familia y sociedad

El hombre, además de ser anillo de unión entre el Creador y las


criaturas, es él mismo un orden parcial. De ahí que sea también
unidad y variedad. Y es variedad en la familia y en la sociedad.
Para Donoso, la familia se fundamenta en la misma esencia divina:
Dios es uno y vario, y el hombre, hecho a imagen y semejanza de
Dios, tiene que serlo también. Así como el Hijo procede del Padre,
y de ambos el Espíritu Santo, así en la primera familia creada por
Dios, arquetipo de todas las demás, de Adán procede Eva, y de
ambos Abel 62. Y todo efecto del amor: "La variedad de la Trinidad
divina es una por el amor; la variedad humana, compuesta del pa­
dre, de la madre y del hijo, se hace una por el amor” 63.
Por asegurar más su posición acude Donoso al tradicionalismo,
y busca el origen de la idea de paternidad y de amor familiar en
la revelación y en la transmisión de esa revelación a través de los
tiempos. La diferencia entre la idea de familia que hay en las so­
ciedades paganas y en las cristianas, tiránica en las primeras, libre
y transida de amor en las segundas, es precisamente que unas han
olvidado la revelación primitiva y otras la han conservado 64.
La familia así constituida es también la célula social o "funda­
mento perpetuo de todas las asociaciones humanas” 65. Esta toma de
posición con respecto a la familia es, en su pensamiento social, un
primer enfrentamiento con sus eternos adversarios, liberales y so-
62 E x pone am pliam ente Ja idea en Ensayo 1.1 c.2 y en Estudios sobre la historia III.
e3 E studios sobre la historia III.
C f . Ensayo 1.1 c.2: II 513. Discurso sobre la Biblia: II 290.
6* Estudios sobre la historia l í í : II 246-47. La misma frase se repite en Discurso
sobre la Biblia : II 288
/ La familia, la sociedad 119
cialistas. Unos y otros—los socialistas, como siempre, con más con­
secuencia—, partiendo del principio de que todos los hombres so­
mos iguales y completamente libres e independientes unos de otros,
no construyen la sociedad sobre la base familiar, sino sobre la agru­
pación de individuos; más aún, "de tal manera procede esta diso­
lución [de la familia] del conjunto de los principios y las teorías
liberales, que sin ella aquellos principios no pueden realizarse en
las asociaciones políticas” 66. Las consecuencias que se seguirían de
la negación de la familia son corrosivas para la sociedad misma,
porque "la supresión de la familia lleva consigo la supresión de la
propiedad como consecuencia forzosa”, ya que los hombres indi­
viduales son transitorios. Y, si no hay propiedad privada, sólo el
Estado es dueño de todo, y entonces "el comunismo proclama al
Estado propietario universal y absoluto de todas las tierras ”, y la
sociedad libre y orgánica puede considerarse muerta 67.

b) Origen de la sociedad

Escribiendo sociología en el siglo XIX, es decir, d esp u és d e


Locke y Rousseau, era inevitable abordar el problema del origen
de la sociedad. Los filósofos del siglo xvm , así como para sa b er
el valor que tenían las ideas habían investigado sobre su origen,
así para poder interpretar este hecho que estaba en cuestión, la
sociedad, se habían preguntado por su origen. Y de las diversas
soluciones derivaban las diversas concepciones sociales, y consecuen­
temente políticas, y los intentos de instauración de "un nuevo orden
social” o revoluciones.
Donoso Cortés se planteó también la pregunta, y se la planteó
desde muy pronto. Ya en las Lecciones de Derecho político del
Ateneo de Madrid examinó las teorías del Contrato social. de Hobbes
y de Rousseau. En consecuencia, con los principios doctrinarios
que entonces profesaba, rechaza las respuestas de ambos pensa­
dores; la de Hobbes, porque conduce a una sociedad de esclavos;
la de Rousseau, porque lleva a la soberanía popular. Y lo que él
creía entonces era que la sociedad era consecuencia natural de la
Ensayo 1.3 c .3 : II 644.
*T Ibid. La consideración de la familia como célula de la sociedad, además de ser
de toda la filosofía cristiana, ha podido encontrarla Donoso en t>e Bonald (cf. Z>e-
m onstration philosophique du príncipe eonstitutif de la société c.1-7: Oeuvres t.12
IParís 1830] p .91-121). También hace pensar en De Bonald la consideración dialéctica
de la familia, como padre» madre e hijo, que para él son tres m omentos de sus
categorías generales: causa, medio, efecto (cf. Legislation prim itfre c.9: Oeuvres t.2
IParís 1817] p.436ss). Es muy curioso observar que San Agustín* en cambio* rechaza
la teoría de que la fam ilia-padre, madre e hijo—sean imagen de la Santísima Trinidad
(véase D e Trinitate 1.12 c.5-6: PL 42,1000-1003)* y Donoso conocía este pensam iento
de San Agustín, porque lo anota en sus apuntes al leer la Histoire de Saint A ugustin,
de Poujoulat.
120 Introducción general

inteligencia humana: "Donde hay muchos seres inteligentes, hay


relaciones recíprocas y ordenadas, porque no puede concebirse la
existencia de muchas inteligencias sin que se pongan en contacto
y relación. Donde hay contacto y relación entre seres inteligentes,
hay lógica e históricamente sociedad” 68.
Cuando años después conoce a Vico, opina, siguiendo al filó­
sofo napolitano, que la sociedad nació, en las épocas prehistóricas,
del derecho de asilo que el padre de familia primero y el jefe de
la tribu después concedían a los desgraciados f>9.
Su pensamiento definitivo ha quedado fijado en el capítulo 7 de
los Estudios sobre la historia. Es consecuencia de su sistema general
de ideas: Dios es uno y vario. Esta afirmación es "la afirmación
de la sociedad divina, la cual resulta necesariamente de la variedad
personal y de la unidad de esencia”. Ahora bien, como "era nece­
sario que [el hombre] fuera desde el principio su imagen y seme­
janza”, Dios hizo al hombre tal, que fuera desde el principio uno
y vario, individuo y sociedad. Donoso pone en boca de Dios estas
palabras: " Hagamos al hombre a un tiempo mismo individuo y
sociedad, plural y singular, muchos y uno: que la unidad esté en
su naturaleza, y la variedad en las personas” 70. Así, pues, por su
misma naturaleza, hecha a imagen de Dios, el hombre es social:
"la sociedad es un atributo esencial de la naturaleza del hombre”.
El argumento fundamental para probar esta teoría está tomado
de una interpretación sutil—hoy inadmisible—de las palabras del
Génesis: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, en
la cual está conducido también por San Agustín 71.
Rechaza después Donoso la teoría de la formación de la so­
ciedad por la invención del lenguaje, tanto bajo la forma que la
da Rousseau como bajo la que la da De Bonald. Rousseau preten­
día que los primeros hombres eran salvajes y que encontraron el
lenguaje, con grande y propio esfuerzo, cuando llegaron a una
cierta perfección natural; luego que pudieron comunicarse, inven­
taron la sociedad, mediante un contrato, para poder vivir en paz.
De Bonald, por el contrario, piensa que el lenguaje le vino al hom­
bre por revelación, y, una vez que tuvo el lenguaje, y con él el pen­
samiento, buscó, naturalmente, la sociedad. He aquí el juicio que
le merecen a Donoso ambas teorías: " De lo dicho se infiere no
solamente que la sociedad y el lenguaje son anteriores a toda
invención humana, sino también a toda revelación divina. El len­
guaje y la sociedad no son asunto de invención ni de revelación,
Lecciones de Derecho político lec.l : I 331.
r9 Filosofía de la historia. Juan Bautista Vico V I I I : I 640ss.
ro Cf. Estudios sobre la historia V il: Ií 267.
71 Cf. S a n A g u s t í n , D e Genesi ad litteram liber imperfectus c. 16 : PL 34.244. Otras
interpretaciones idénticas se encuentran en De genesi ad litteram 1.3 c.19: PL 34,291,
y en D e Trinitate 1.12 c.6: PL 42.1000-1003.
/ La familia, la sociedad 121
sino de creación; siendo atributos esenciales de la naturaleza del
hombre, fueron creados cuando su naturaleza fue creada. Ni cabe
siquiera imaginar que el hombre saliera de las manos de Dios sin
estar adornado de todos sus atributos esenciales” 72. De nuevo Do­
noso combate a Rousseau, y con independencia se aparta también
de Bonald en una tesis tan cardinal para el pensador francés como
es la de la revelación del lenguaje al primer hombre, con la con­
siguiente revelación de las ideas y la consiguiente y necesaria vida
social como medio de transmisión de esas ideas. Una prueba más
de cuán superficial era su tradicionalismo 73.
Donoso se aparta también de los tradicionalistas en el plan­
teamiento de las relaciones entre individuo y sociedad. De Bonald
y De Maistre defienden que el hombre sólo puede vivir en socie­
dad. Donoso defiende también cierta primacía de la sociedad, pero
sin insistencia especial. Su intento no era precisamente defender la
sociedad, sino defender algo mucho más amplio: el orden estable­
cido por Dios, del cual es una parte el orden social, y otra el
hombre en sí considerado. Con su aguda y admirable intuición, vio
Donoso que no era sólo la sociedad lo que estaba en peligro, sino
que era el hombre con todas sus relaciones religiosas, familiares,
morales, y también, por supuesto, sociales, lo que la filosofía liberal
y socialista amenazaba con trastornar.

c) Estructuración de la sociedad
Cuando Donoso habla de orden, está entendiendo siempre un
orden que brota de una estructuración jerárquica: "La jerarquía
es la organización armónica, y la organización armónica es el or­
den; la coexistencia de las cosas sin la jerarquía es el caos” 74.
El orden social, por tanto, no puede tener una estructuración
igualitaria como la que pretendía Rousseau. En la sociedad, la
unidad ha de dominar siempre a la variedad, aunque ésta conserve
su propia autonomía. "En la sociedad, la unidad se manifiesta por
medio del Poder, y la variedad por medio de las jerarquías; y el
Poder y las jerarquías, así como la unidad y la variedad que repre­
sentan, son cosas inviolables y sagradas, como que su coexistencia
es a un mismo tiempo el cumplimiento de la ley de Dios y la
fianza de la libertad del hombre” 7'\ Esta contextura del Poder y
Estudios sobre ¡a historia V il: II 267-68.
T* De Bonald expone su teoría del lenguaje y sus relaciones con la sociedad en
Rccherches philosophiques sur les premiers objets des connaissances morales c.2 : Oeuvres
t 8 (París 1818) p. 119-241. U n detallado estudio comparado de la teoría social en
a m b o s pensadores e s el ya citado de M k í u e i . L o z a n o , Teoría de la sociedad según
De Bonald y Donoso Cortés: Revista de Estudios Extremeños 19 (1963) 335-402. Véase
t a m b i é n L e o p o l d o E. P a l a c i o s . Bonald o la constitución natural de las socied€tdes:
Revista de Estudios Políticos 45 (1949) 55-100,
74 Cartas de París, carta de 20 de octubre: 1 924.
7N Carta al director de la “Revue des Deux Mondes": II 769. De esta carta se tom an
también las ideas siguientes respecto a la estructuración de la sociedad.
122 Introducción general

jerarquías es, pues, algo inviolable y sagrado, como lo es la ley de


la unidad y la variedad.
Si, por otra parte, consideramos que son tres las propiedades
que, según Donoso, debe tener el Poder: unidad, perpetuidad, limi­
tación, tendremos así, trazada a grandes rasgos, la estructura general
de la sociedad. El Poder debe ser uno, porque él representa y da
unidad a la sociedad; debe ser perpetuo, porque sólo así se consi­
gue la permanencia y la estabilidad en la unidad; debe ser limi­
tado, para que no se haga despótico. Esta limitación viene de lo
que E)onoso ha llamado "jerarquías”, que no son sino los diversos
gremios, organizaciones subestatales y planos sociales, que están
destinados, por derecho y por deber, a limitar la acción del Poder.
Donoso tiene ante la vista la teoría liberal de la división de pode­
res entre el Gobierno y las Cámaras, teoría que destruye la unidad,
porque distribuye los poderes; la continuidad, porque las Cámaras
son inestables; la limitación, porque suprime las jerarquías sociales
al igualar a todos los hombres, y lo que existe entonces es la masa
de los ciudadanos en anarquía, óptima materia para un despotismo.
Por otra parte, Donoso es también enemigo de todo lo que sig­
nifique centralización en manos del Poder. En el Discurso sobre la
situación de España recuerda con nostalgia las antiguas corporacio­
nes, que, unidas entre sí por el vínculo de la religión y del amor,
"oponían un dique a todo despotismo que quisiera levantarse en
la nación”. Allí mismo execra el que ahora "todos los expedientes
han de venir al Ministerio, todo el oro ha de venir al Tesoro pú­
blico”, siendo esto como es "con gravísimo perjuicio de la vida
local, la vida municipal y la vida provincial” 76.
La Monarquía hereditaria, tal como existió en la época que va
del feudalismo a las Monarquías absolutas, es, a juicio de Donoso,
la realización más perfecta de una estructuración social; en ella el
Poder era uno en la persona del rey, perpetuo en su familia, limi­
tado, porque las corporaciones, las asambleas y las jerarquías socia­
les no tenían poder, pero tenían el derecho de resistir y oponerse
al rey en determinadas circunstancias.
Cuando falta alguna de estas propiedades o se exagera una de
ellas con perjuicio de las otras, se cae en los graves errores políticos
de que da testimonio la historia: el absolutismo, "esencialmente
anticristiano y ultraje a un mismo tiempo contra la majestad de
Dios y contra la dignidad del hombre”, o el parlamentarismo, error
aún más grave, porque niega la unidad de Poder, ya que lo divide
entre el Gobierno y las Cámaras; niega su perpetuidad, porque
se funda en un contrato que de por sí es variable, y niega su limi­
tación, porque fuera del Poder no existe una fuerza que le limite.
Cf. Discurso sobre la situación de España: If 486.
I La familia, la sociedad 123
i
En una palabra: niega la Monarquía cristiana en su unidad y en
su variedad.

d) Origen del Poder

Se puede decir que de la respuesta que se dé a la pregunta


sobre el origen del Poder en la sociedad depende en gran parte toda
la contextura social y política posterior. Los liberales de la época
de Donoso pensaban con sus maestros, Rousseau sobre todo, que
la sociedad civil se formaba por un contrato mutuo e implícito de
todos los miembros de ella, en la cual cada uno de tal manera
cedía a todos sus derechos, que todos en común constituían la auto­
ridad. Esta se ejercía mediante unos comisarios que el pueblo nom­
braba, y que no tenían más autoridad que la delegada por el
pueblo y que eran responsables ante él. La teoría es consecuencia
lógica del deísmo, del concepto liberal de igualdad, de la persua­
sión de la bondad natural del hombre y de la supremacía en él
de la recta razón. Y las derivaciones de esa teoría socio-política son
el sufragio universal, la libertad total de expresión, el parlamen­
tarismo, etc.
Siempre como correctivo al liberalismo, Donoso Cortés presenta
la teoría cristiana de la autoridad. Repite la frase de San Pablo,
que la sintetiza: Non est enim potestas nisi a D e o 77. Encuentra
que la única base jurídica posible para que un hombre se someta
a otro es que ejerza una autoridad en nombre de Dios y en repre­
sentación de El. Porque, efectivamente, en cuanto hombres, todos
somos iguales, y sólo Dios tiene el derecho de mandar, porque sólo
entre Dios y el hombre es donde hay una diferencia capaz de fundar
las nociones de mando y obediencia. "Si el derecho de mandar y la
obligación de obedecer no pueden existir en la especie humana,
porque todos los hombres son iguales y hermanos, aquel derecho
puede concebirse en el Creador sin caer en el absurdo, y aquel de­
ber puede concebirse en la criatura sin caer en el delirio, como
quiera que entre la criatura y su Creador no hay igualdad ni frater­
nidad posible. Y véase por qué, en las sociedades católicas, el
hombre obedece siempre a Dios y nunca obedece al hombre. Si
en las sociedades católicas el hijo obedece al padre, consiste sólo en
que Dios ha querido que el padre le represente en la familia
y en que ha hecho de la paternidad una cosa venerable y santa.
Si en las sociedades católicas el pueblo obedece a la autoridad su­
prema, obedeciéndola, sólo obedece a Dios, que ha querido que esa
” Rom 13. t. Donoso repite esta frase en Las reformas de Pío IX : II 203 v
hnsayo 1.1 C .2: II 510.
124 Introducción general

autoridad le represente en el Estado y que sea una cosa santa y


augusta. Omnis potestas a Deo ” 78.
No busca otros argumentos para demostrar el origen divino de
la autoridad. La autoridad es un elemento necesario en la sociedad,
y sólo se explica si viene de Dios. El testimonio de la Sagrada
Escritura corrobora este hecho.
Por una curiosa paradoja, el origen divino de la autoridad funda
también lo que Donoso llama "estado de libertad”. Las relaciones
entre Poder e individuos en la sociedad—dice—son una especie de
contrato matrimonial que se realiza en la presencia de Dios, puesto
que, como Poder y como súbditos, ambos contrayentes dependen de
Dios y están sujetos a sus leyes supremas. En virtud de este con­
trato, que por su santidad parece más un sacramento, ambos con­
trayentes quedan comprometidos; el súbdito, a obedecer con amo­
rosa obediencia; el soberano, a gobernar con amorosa mansedum­
bre, y ambos sin traspasar nunca la ley de Dios. Nótese de paso
cómo también la variedad de los individuos en la sociedad debe
reducirse a la unidad del Poder por amor. Con este contrato queda
salvaguardada la libertad santa de súbditos y de Poder. El súbdito
es libre para desobedecer al Poder cuando éste impone un mandato
que hiere su conciencia. El Poder es libre para forzar al súbdito
a la sumisión cuando éste quebrante indebidamente sus deberes
sociales. En esto consiste la libertad de los hijos de Dios en la
sociedad, bien distinta de la que se llamaba libertad política. Esta
libertad cristiana no consiste en una organización ni en una insti­
tución destinada a limitar el Poder; es más que eso: es como la
buena salud del organismo social, le empapa por completo, y lleva
la vida próspera, personal y divina a todos los miembros y al con­
junto 79.
Según lo dicho, se puede preguntar Donoso con ironía qué
significado pueden tener el concepto liberal de soberanía de la
razón, la palabra " legitimidad ”, que tanto repiten los liberales; el
concepto de Dios como soberanía constituyente, pero no actual, et­
cétera 80. Se entiende por qué se ensaña contra el "parlamentarismo”
—no contra el Parlamento concebido como una ayuda o una resis­
tencia al Poder—, es decir, contra el espíritu discutidor, "disolvente
universal” que necesariamente hace breve la vida del Poder, porque
él mismo es también Poder. Para Cari Schmitt, el haber intuido
cómo la discusión va en la entraña del liberalismo deísta es "el más
sorprendente juicio sobre el liberalismo continental” 81. Este eterno
7* luts reform as de Pío IX : II 202-203.
19 C arta al director de “El H eraldo ” , París, 15 de abril de 1852: II 737-38. Para el
paralelismo de esta concepción con la de San Agustín véase San A gustín, De civ. Del
1.4 c.18: PL 41,436.
80 Véase Ensayo 1.2 c.8: íl 595ss.
81 CA. C a r l S c h m it t , Interpretación europea de Donoso Cortés (Madrid 1952) p.88.
/ La familia, la sociedad 125
discutir, con la consiguiente indecisión y falta de compromiso de los
liberales, exasperaba a Donoso, y ve en ello el germen de su auto-
destrucción, porque ello significa que no sabe dar respuestas válidas
y definitivas a las preguntas políticas y sociales.
¡Cuánto más grande le parece el socialismo, precisamente por­
que es más consecuente! Niega también el origen divino de la
autoridad, y, en consecuencia, niega toda autoridad. Y, yendo más
lejos, quiere transformar no sólo las formas políticas, sino incluso las
sociales; quiere unificar la sociedad, unificarla en la libertad, uni­
ficación que Donoso ve desembocar en un panteísmo político, social
y religioso, es decir, en un despotismo total, que es el comunismo 82.
El socialismo es un enemigo digno de Donoso, y Donoso vio muy
claro que, a la larga, la lucha y el enfrentamiento se entablaría entre
los dos grandes órdenes: el cristiano y el comunista.

e) Teología social y política

"Aquel, decís bien, haría una obra muy buena que probase que
la verdad religiosa es también la verdad política y la verdad social,
por ser, como es, la verdad completa” 83. Esta intuición caracteriza
el profundo pensamiento social y político de Donoso. Para él, la
última razón de un sistema social o político es siempre la ideología
religiosa, y no es pensable un sistema político-social que no esté
comprometido con una ideología religiosa. El Ensayo se abre con
este título del primer capítulo: " De cómo en toda gran cuestión
política va envuelta siempre una gran cuestión teológica Este
gran lógico y metafísico que no se aquietaba hasta encontrar las
últimas razones, discurre así: " Posee la verdad política el que
posee las leyes a que están sujetos los Gobiernos; posee la verdad
social el que conoce las leyes a que están sujetas las sociedades
humanas; conoce estas leyes el que conoce a Dios; conoce a Dios
el que oye lo que El afirma de sí y cree lo mismo que oye. La
teología es la ciencia que tiene por objeto estas afirmaciones. De
donde se sigue que toda afirmación relativa a la sociedad o al
Gobierno supone una afirmación relativa a Dios; o, lo que es lo
mismo, que toda verdad política o social se convierte forzosamente
en una verdad teológica" 84. En último término— expone a conti­
nuación—, Dios es toda la verdad, sintetizada en una simplicísima
y absoluta verdad. Los hombres descomponemos, por nuestra im-
Htt Cuando Donoso habla de socialismo se refiere, sobre todo, a Proudhon, aunque
conoce también el de Saint-Simon, Fourier, Owen, etc. Véase Ensayo 1.3 c.4: II 647ss;
Carta ai cardenal Fornarí: II 753ss; Carta ai director de la “Revue des Deux M ondes":
11 770ss; Ensayo 1.2 c.10: 11 609ss.
"3 Carta al vizconde de Latour , de 25 de noviembre de 1851 : II 707.
M Ensayo l.l c .l : II 501.
126 Introducción general

perfección, lo que en El está unido. Por tanto, cuando nosotros


llegamos a una idea social o política, aunque a nosotros nos parezca
que esa idea queda independiente, en realidad está ligada y condi­
cionada a las primeras verdades, que son las que versan sobre el
Ser Absoluto, es decir, a la teología, que aquí se toma en un sen­
tido tan amplio como "ciencia de Dios”. La historia social y polí­
tica de los pueblos lo confirma.
He aquí el elemento base de lo que Cari Schmitt ha llamado
teología política, y que para Donoso no es sino una nueva presenta­
ción de su teoría general del orden puesto por Dios a todas las
cosas. De nuevo cabe captar la actitud metafísico-religiosa de Do­
noso frente a la actitud antiteológica, empirista y naturalista de los
liberales.
Gran parte de la carta que Donoso dirigió al cardenal Fornari
está dedicada a demostrar cómo los errores sociales y políticos de
la epoca provenían de errores religiosos. Fundamentalmente, de dos
" negaciones supremas ” teológicas: la negación del pecado original
en el hombre y la negación de la providencia inmediata de Dios.
Como en catarata se desprenden de estas dos fuentes innumerables
errores, cuya enumeración puede leerse allí.
Pero la aportación más genial de Donoso en este aspecto es la
dependencia que establece entre ideas religiosas y concretos sistemas,
políticos. En tres ocasiones ha abordado con profundidad el tema:
en el Discurso sobre Europa, en el Ensayo y en la Carta al cardizal
Fornari. El pensamiento no es exactamente el mismo en las tres
obras, porque son de épocas distintas. He aquí un breve esquema:
I. "Discurso sobre Europa” (1830)
O rd en r e l ig io so O rden p o l ít ic o

1 1
a) Existe un Dios, que está en. to­ a)Hay un rey, que está en todas
das partes. partes por sus agentes.
b) Es personal y reina en el cie­ b) Reina y
lo y en la tierra;
c) gobierna las cosas divinas y c) gobierna de hecho.
humanas.
Teísmo Monarquías absolutas y Mo­
narquías constitucionales
moderadas
2 2
Dios existe, pero no gobierna. El rey reina, pero no gobierna
Deísmo Monarquía constitucional
progresista
Im familia, la sociedad 127
¡ 3
Dios existe, pero no es personal. El Poder existe, pero no es perso­
Dios es todo. nal. El Poder son todos. Sufra­
gio universal.
Panteísmo República
4 4
Dios no existe. El Poder no existe.
Ateísmo Socialismo proudhoniano

II. "Ensaya” 1.2 c.8-10 (1831)


O rden r e l ig io so O rden p o l ít ic o

1
Dios creó el cosmos. Le dio leyes La razón es la suprema ley y el
generales. Después se despreocupa supremo Poder. El Gobierno le­
de él. El hombre no tiene pecado gítimo es el de la razón, el de
original, es bueno. La razón, om­ los filósofos. Por tanto, discu­
nipotente. sión, parlamentarismo, Prensa y
tribuna libre.
Deísmo Liberalismo

¿Qué es un Dios que no gobierna? Si Dios no existe, no hay legiti­


Luego Dios no existe. El hombre midad posible. Ni Gobierno ver­
es totalmente bueno en su ra­ dadero. El fin del Gobierno es
zón, en su voluntad y en sus satisfacer los apetitos de los in­
pasiones. dividuos. El mal ao existe más
que por las instituciones socia­
les, que deben desaparecer.
Ateísmo Socialismo

III. "Carta al cardenal Fom ari" (1852)


O rden relig io so O rden p o l ít ic o

A. Negado el pecado
original
1 1
La razón es recta, luminosa, capaz Soberanía de la razón. Parlamenta­
de toda verdad. rismo; división de poderes; Pren­
sa y tribuna libre, etc.
Monarquía parlamentaria

La voluntad está naturalmente in­ Luego todas las voluntades son ca­
clinada al bien, es excelente y paces de dirigir. Sufragio uni­
no necesita ayuda. versal.
Sistema republicano
128 Introducción general

3 3
Los apetitos son buenos. El Gobierno sólo debe preocuparse
de satisfacer los apetitos de los
individuos. Por lo demás, plena
libertad.
Sistema socialista

B. Errores sobre Dios


1 1
Se admite a Dios, pero se niega “El rey reina, pero no gobierna”.
su gobierno.
Deísmo Liberalismo

2 2
Se niega la existencia de Dios. Se niega todo Gobierno verdadero.
Ateísmo Socialismo

3 3
Dios lo es todo. La sociedad lo es todo, es divina;
el individuo no es nada.
Panteísmo Comunismo

Estos esquemas se prestan a un estudio detallado de la evolu­


ción del último pensamiento de Donoso. Sin entrar en este estudio
ahora y sintetizando brevemente las ideas de los tres, entendemos
que el liberalismo se funda en dos capitales negaciones religiosas:
la del pecado original y la de la providencia actual de Dios sobre
las cosas humanas. De la primera se deduce que el hombre es un
ser natural y esencialmente bueno y ordenado, y, por tanto, que su
razón es recta y poderosa. Del segundo error se sigue que no hay
que preocuparse de ninguna ley divina, puesto que Dios existe,
pero no gobierna. Estas dos negaciones teológicas llevan concreta­
mente a las siguientes teorías políticas: la razón debe ser la norma
suprema y única de gobierno; el parlamentarismo, la tribuna libre,
la Prensa libre, etc., los medios con que se haga luz total en lo que
toca a las conveniencias políticas; el rey reina, pero no gobierna;
no tiene otra autoridad que la que le da la sociedad; son los hom­
bres "ilustrados” los que deben gobernar. Es decir, tenemos las
Monarquías parlamentarias y constitucionales de tipo liberal.
Los socialistas parten de los mismos errores teológicos, pero van
más lejos. Si el hombre es bueno y recto en su entendimiento, lo
es también en su voluntad y en sus pasiones; ¿por qué no? ; y que
La familia, la sociedad 129
Dios exista, haya creado a los hombres y luego se despreocupe en
absoluto de ellos, es tan ilógico, que es mejor decir que Dios no
existe. La legitimidad del gobierno de la razón no tiene sentido,
porque razón tienen todos los hombres, y ningún fundamento existe
para que unos hombres tengan superioridad sobre los otros. Además,
si todos los hombres son integralmente buenos, no tienen necesidad
de dirección ni de gobierno. El Gobierno no debe ser otra cosa
que una institución encargada de procurar el bienestar, la felicidad
y la satisfacción de todos los individuos, libres y buenos. Así llega­
mos al socialismo tal como se presentaba en los días de Donoso.
El comunismo procede de estos mismos errores, pero mirados
desde otro punto de vista: no existe un Dios personal. La sociedad,
esa masa de hombres todos iguales y todos santos, ése es el Ser
Supremo, ése es Dios. A ese Dios común hay que someterle todos
los individuos; el individuo es un átomo insignificante, la sociedad
lo es todo. Tienen que desaparecer los individuos, las familias, las
clases, los pueblos, y debe existir sólo una masa total, que es la
sociedad. Más adelante la inevitable dialéctica de los hechos perso­
nificará esa sociedad en un gobierno o en un individuo, que nece­
sariamente será el más despótico. Donoso tiene el mérito de haber
previsto también esta última consecuencia.
Frente a estos sistemas teológico-políticos se alza el catolicismo.
El afirma que el hombre es un ser sustancialmente bueno, pero
tarado por el pecado original, limitado, inclinado al desorden y dé­
bil. Afirma además que existe Dios, que Dios creó el cosmos, que
le gobierna y le dirige inmediatamente, y que las criaturas tienen
que someterse al orden que El ha establecido para cada una. La
sociedad—orden humano—tiene que ser también gobernada para
que consiga su fin último, y, por tanto, el que gobierna, lo hace
en nombre y con autoridad de Dios, y debe gobernar con eficacia,
aunque también con mansedumbre y respeto. Donoso pensaba que
a la teología católica respondían en lo político las Monarquías cons­
titucionales moderadas, y también las Monarquías absolutas, aunque
contra éstas tenía graves reservas 85. Si hoy esta visión nos parece
corta, hemos de admitir que Donoso en este punto no tuvo la visión
del futuro que tuvo en otros, que no supo desprenderse de las
viejas concepciones políticas y que no supo intuir la posibilidad de
una democracia y de una república cristiana. Sin embargo, hay
que decir también que Donoso no rechazaba ninguna forma de go­
bierno en cuanto forma: "Por lo mismo que ni la Iglesia ni Dios
son una forma no hay manera ninguna de gobernación que
sea esencialmente peligrosa cuando Dios y su Iglesia se mueven
libremente, si, por otro lado, la son amigas las costumbres y favo-
Ks Vcanse en Carta al director de la "Revue des Deu.x Mondes"; H 769-70.
Donoso Cortés 1 5
130 Introducción general

rabies los tiempos” 86. Y en otro sitio escribe: "De las varias
instituciones conocidas en la historia, no condeno ninguna, con tal,
empero, que reciban la animación y la vida de la verdad católi­
ca” S7, y eso porque lo que él combate no son formas, sino doc­
trinas 88.
Es inexcusable decir unas palabras sobre una forma política
que Donoso hace corresponder también con el teísmo; me refiero
a la dictadura. La teoría donosiana de la dictadura ha dado origen
a una larga controversia sobre el llamado " decisión ismo” de Donoso
Cortés s9. Sin tomar parte en ella, porque creo que está ya zanjada,
baste decir que para él la dictadura es un estado de excepción,
paralelo en lo político a lo que es el milagro en el orden físico.
"Cuando la legalidad basta para salvar la sociedad, la legalidad;
cuando no basta, la dictadura”. Pero esta dictadura es legítima,
y recibe su legitimidad del hecho mismo de que, ante todo, hay
que salvar el orden impuesto por Dios a las cosas humanas. Si
Donoso ha simpatizado, y a veces plus equo, con la dictadura, ha
sido porque ha visto en ella el único modo de salvar el orden
social, tan gravemente amenazado por las revoluciones. Para él es
un "mal menor”. Si se pudiera escoger entre libertad y dictadura,
; quién, pudiendo abrazarse con la libertad, se hinca de rodillas ante
la dictadura? Pero como hay que escoger entre revolución o dicta­
dura, él escoge la dictadura, que al menos salva el orden 90.
Ver los efectos en las últimas causas era, como ya se ha dicho,
temperamental en Donoso; de ahí que haya acudido a la teología
para explicar la política. Sin embargo, una indudable inspiración
de Lamennais y de Bonald ha recibido en este aspecto. El primero
** C ana al cardenal Fornuri: II 750-51.
Carta al director de “El H eraldo” , 30 de abril de 1852: II 741.
88 Ibid., p.740.
La controversia la suscitó Carl Schmitt con tres o cuatro ensayos, que publicó
en 1922, 1927 y 1929, y que eJ año 1950 editó reunidos en el volumen ya citado:
Donoso C ortés in gesamteuropäischen Interpretation (Köln 1950) (trad. española, M a ­
drid 1952). En ellos presenta a D onoso como el teorizante de una dictadura que es
“reducción del Estado al factor decisión, consecuentemente a una decisión pura que
no razona, ni discute, ni se justifica; es decir, creada de la nada y absoluta” (p.93,
ed. española). D onoso ve que ha pasado la hora de las legitimidades dinásticas y que
se impone una dictadura alegítima y absoluta. A refutar a Schmitt salió ya R a m i r o
de M a e z tu , El espíritu y ¡a decisión: Acción Española (1936), y después han escrito
en ese sentido L u is Díez d e l C o r r a l , El liberalismo doctrinario (Madrid 1945) p.523-
25; R a f a e l C a lv o S e r e r , España , sin problem a (Madrid 1949); Teoría de la restau­
ración (M adrid 1952): A n g e l L ó p e z Amo, Prólogo a la traducción española de la obra
de C. Schm itt: E u g e n i o V e g a s L a t a p i í , Autoridad y libertad: Arbor 24 (1953) 53-57;
G a b r i e l d e A rm as, La esencia de la libertad y los caminos de la represión según
D onoso C ortés (Las Palmas 1952); R a i n e r Dempf, D ie Ideologiekritik des D onoso
C ortés: Philosophisches Jahrbuch der Görres-Gesellschaft, 64 Jahrgang (München 1956)
p . 298-338. Un resumen de la controversia puede verse en D i e g o S e v il l a A n d r é s , D o ­
noso C ortés y la dictadura: A rbor 24 (1953) 58-72. El pensador socialista español Luis
Araquístáin secunda la interpretación decisionista de Carl Schmitt, e insiste en que
D ono so es eJ evangelista y acaso el suscitador de la dictadura de Luis Napoleón en
Francia y de Hitler en Alemania.
90 El pensamiento de D onoso sobre la dictadura está nítidamente expuesto en el
Discurso sobre la dictadura: II 305-323, y en la Carta al director de la “Revue des
Deux M ondes": II 769ss.
/ La familia, la sociedad 131
escribió una obra titulada De la rel'gion clans ses rapports avec
l’ordre fiolitique et cwile, que Donoso leyó y de la que tomó mu­
chos apuntes91. Por su parte, Bonald había establecido ya relacio­
nes entre religión y política, aunque de manera mucho más simple
que Donoso. Para él, las proporciones son fundamentalmente teís-
mo-Monarquía, ateísmo-democracia, a las que se añade una tercera,
que es un disfraz de las anteriores, deísmo-constitucionalismo32.
Donoso, que no creía ya en la restauración de una Monarquía de ri­
guroso estilo anden régime, como creía aún De Bonald, ha hecho
que al teísmo correspondiera también la Monarquía constitucional
moderada; la dictadura, para casos de excepción, e incluso cualquier
forma, con tal de que "reciba la animación y la vida de la verdad
católica”. También fue mucho más lejos Donoso cuando intuyó que
el comunismo no arrancaba del ateísmo, sino del panteísmo, y esta­
bleció la proporción panteísmo-(republicanismo)-comunismo.
Para juzgar las proposiciones de Donoso es claro que hay que
situarse en la circunstancia histórica en que él vivió. Cuando Do­
noso habla de liberalismo, de República, de socialismo, hay que
entender estas formas tal como se presentaban en la Francia y en
la España de mediados del siglo X I X , no con las modificaciones
o mitigaciones que después hayan podido tomar. Nótese además que
las relaciones estatuidas por nuestro filósofo están presentadas de
una manera teórica y absoluta. En sus realizaciones prácticas, las
diversas naciones han podido aceptar formas de gobierno o siste­
mas políticos a los que no se deben aplicar estrictamente los es­
quemas donosianos, porque en estas formas o sistemas pueden exis­
tir conjugadas formas socialistas con formas monárquicas ó con
formas liberales, etc. Por fin hay que observar también que el radi­
calismo típico de Donoso le ha llevado a hacer depender los
sistemas políticos únicamente de la ideología religiosa, menospre­
ciando el influjo que en ellos pueden tener los intereses económicos
y otras mil circunstancias espacio-temporales. Esta vez, el sentido
de lo religioso ha dominado al sentido de lo histórico, y Donoso ha
interpretado la política sólo a la luz de la religión. Con ello ha caído
—lo ha advertido ya Alois Dempf—en el error exactamente con­
trario al que han cometido los liberales, y, sobre todo, los socialistas,
que ha consistido en interpretar la política sólo a la luz de princi-
Conservados en el archivo. Al concluir el resumen de algunos capítulos a ñ a d e :
“Véase todo” , señal inequívoca de cuánto le interesaba.
Cf. L. d k B o n a i o , Mélanges ¡ittéraires politiques et philosophiques t.l (París 1819)
p. 104-33; Oeuvres de M. de Bonald t.10: Essai analitique sur les lois naturelles (Pa­
rís 1817) p.55-62: Oeuvres de M. de Bonald t .l. Puede verse también L e o p o l d o
E. P a i a c i o s , Bonald o la constitución natural de las sociedades; Pevista de Estudios
Políticos 45 (1949) 85-94.
132 Introducción general

pios empíricos o "naturales”, y principalmente de los económicos,


sin atender para nada a los metafísicas y religiosos 9;l.

H Teoría de la solidaridad

Para completar la teoría social de Donoso es necesario decir


unas palabras sobre la teoría de la solidaridad humana, que ex­
pone en los capítulos 3, 4 y 5 del libro 3 del Ensayo, y en la que
alcanza una particular profundidad en su lucha contra el liberalismo
y el socialismo.
La variedad en la humanidad se hace unidad social no por
mera agregación, sino por una corriente interna que une íntima­
mente las vidas de unos hombres con las de los otros en el cauce
común hacia Dios. Sólo por ella el hombre se trasciende a sí mismo
y se hace humanidad. Esta conexión íntima de unos hombres con
otros sólo se explica en el cristianismo, porque proviene "del dogma
de la concentración de la naturaleza humana en Adán, unido al
dogma de la transmisión de esa misma naturaleza a todos los
hombres”. La responsabilidad común, que se manifestó en el pecado
de Adán, en el que todos pecamos, es lo que se llama solidaridad,
"una de las más bellas y augustas revelaciones del dogma católico”.
Sólo es posible una sociedad unida si hay una comunión intrínseca
de responsabilidad como la que nos enseña el dogma católico. Las
sociedades antiguas olvidaron la revelación, y por eso no fueron
capaces de construir verdaderas comunidades políticas, y, sobre todo,
no construyeron la sociedad humana.
"La escuela liberal y racionalista niega y concede la solidaridad
a un mismo tiempo, siendo siempre absurda, así cuando la concede
como cuando la niega”. Niega la solidaridad en el orden religioso,
pues niega la transmisión de la pena y de la culpa; la niega
en el orden político con el principio de no intervención y con el
de que cada uno "debe mirar por sí y ninguno debe salir de su
casa para cuidar de la ajena” ; la niega en el orden familiar, ya que
no cree en la transmisión de valores morales y representativos en
las familias. Pero al mismo tiempo—y contradiciéndose—admite la
solidaridad, pues admite la perpetua identidad de las naciones y el
principio hereditario en la Monarquía. El individualismo liberal
deja así entrever, a la luz del principio de solidaridad, su carencia
de sentido cristiano, su invalidez para constituir una sociedad y sus
contradicciones.
Ai.ois Dempf, Christliche Staatsphilosaphie in Spanien (Sal/burg 1937) p. 137.
Véase también D i e t m a r W r s t p m b v p r , Donoso Cortés, hombre de listado v teólogo
(M adrid 1957) p 138-139.
j La familia, la sociedad 133
I
La Escuela socialista—prosigue Donoso—niega también la trans­
misión de la pena y de la culpa, y además la pena y la culpa, y, en
consecuencia, niega, como los liberales, la solidaridad humana en el
orden religioso, en el político y en el familiar; pero los socialistas
van más adelante, y niegan, lógicamente, la Monarquía hereditaria
y aun toda Monarquía; niegan, lógicamente, toda aristocracia, in­
cluso la del dinero, que admiten abundantemente ios liberales, y
niegan también, con excelente lógica, la solidaridad nacional, "y así
como proclaman la perfecta igualdad de todos los hombres, procla­
man también la igualdad perfecta de todos los pueblos”. Esta caren­
cia de solidaridad nacional—concluye Donoso a grandes saltos ló­
gicos—lleva consigo la negación del derecho a reivindicar glorías
nacionales y la negación radical del amor a la patria.
Sin embargo, los socialistas no son lógicos hasta el fin, y Donoso
les acorrala en el último reducto. Tienen ellos también sus contra­
dicciones, y abultadas. De ellas Donoso se detiene en una: los so­
cialistas niegan la solidaridad doméstica, política, religiosa, nacional,
y, sin embargo, admiten la solidaridad de todos los hombres, de la
humanidad, que eso significa su divisa "libertad, igualdad, frater­
nidad”. Si los hermanos en una familia* no lo son porque no hay-
solidaridad familiar, ¿por qué lo son en la humanidad entera?
Sólo, si se concede que formamos una comunidad fundada en dog­
mas religiosos, se puede admitir que seamos libres para ciertas
acciones, que seamos iguales dentro de determinados limites, que
seamos verdaderamente hermanos. Si se niegan las primeras formas
de solidaridad, es necesario negarlas todas.
En resumen, concluye Donoso Cortés con unas deducciones
típicamente suyas: que, si se niega el dogma central del catolicismo,
la existencia del pecado en el mundo, se va a parar al nihilismo en
la política, en la sociedad, en la familia, en el individuo.
La teoría de la solidaridad humana a partir de los dogmas cris­
tianos, evidentemente no es nueva ni original de Donoso Cortés.
Está en todo el concepto cristiano de la vida y obtiene su expresión
más perfecta en la fórmula del Cuerpo místico desarrollada por San
Pablo. Donoso, por su perpetuo afán polémico, insiste casi exclusi­
vamente en la comunidad de los hombres en el pecado original
para remachar una y mil veces el dogma más opuesto al liberalismo
y al socialismo. El mérito de Donoso es haber sabido deducir las
consecuencias sociológicas de la solidaridad humana y el haber
argüido al liberalismo e incluso al comunismo, desde este punto
de vista, como ineptos para construir una verdadera sociedad de
hombres libres, iguales y hermanos. Un pensador alemán posterior,
el P. Heinrich Pesch, S.I., construiría después una teoría social, po-
134 IntrodHcció» general

lítica y económica basada en la solidaridad humana. En Pesch tuvo


alguna influencia nuestro Donoso 9\
Para completar la teoría de la solidaridad, Donoso estudia el
valor de los sacrificios como expiación común de una culpa y una
pena común. Los pueblos primitivos acertaban en hacer sacrificios
cruentos para purificar el pueblo; se equivocaban en pensar que
cualquier sacrificio podía tener esta virtud plenamente. El sacrificio
verdaderamente purificativo del pecado original humano, "que es
el pecado de la especie, el pecado humano por excelencia”, se con­
densó en la sangre derramada del Hijo de Dios hecho hombre. Sin
embargo, el sacrificio humano tiene ciertamente valor para pagar
por los pecados individuales. De ahí el valor de la pena de muerte,
"ley que ningún pueblo desechó jamás impunemente”. Suprimir la
pena de muerte en la sociedad es hacer brotar la sangre hasta de
las meas y transformar la tierra en un infierno” 95.

g) El problema social

Donoso Cortés registró todos los movimientos sísmicos del mun­


do ideológico de su época,·· y, por tanto, no se escapó a su sensibi­
lidad el movimiento de más fondo que empezaba entonces a surgir:
el llamado problema social; es decir, el hecho de que la sociedad
estaba mal estructurada, porque sus bases económicas eran desequi­
libradas. "De lo que hoy se trata sólo—escribía Donoso a la reina
de España—es de distribuir convenientemente la riqueza, que está
mal distribuida. Esta, Señora, es la única cuestión que hoy se agita
en el mundo. Si los gobernadores de las naciones no la resuelven,
el socialismo vendrá a resolver el problema, y lo resolverá poniendo
a saco a las naciones” 96. Y, diagnosticando más en concreto la
situación de la época, decía que la única enfermedad que padecía
Europa era "una sublevación universal de todos los que padecen
hambre contra todos los que padecen hartura” 97. Había, pues, cap-
’4 La obra fundamental de H. Pesch es Lehrbuch der N ationalökonom ie (Freiburg
1925) (la 1.a ed. es de 1905). En el t.2 dice, p.ej., con clara alusión a expresiones del
E nsayo, de D onoso, que además va citado al pie de la p á g in a : “ Nicht als Atom im
R aum , nicht als M inute in der Zeit tritt der Mensch in diese Welt, sondern als ein
Gleid der allgemeinen mensJichen Gesellschaft, der Menschheit, in ihr lebend v o t
seinem Leben, mit ihr lebend und strebend den grossen Endzielen zu, die G ott den
Menschen für Zeit und Ewigkeit gegeben, fortlebend in ihr nach seinen Tode durch
das Erbe seiner W erke” (t.2 p.238).
** Cf. Ensayo 1.3 c.6. El P. Erich Przywara ha hecho una interesante comparación
entre Ja teoría del sacrificio de Donoso Cortés y la de Nietzsche (véase E r i c h P r z y w a ­
r a , D ionysisches und christliches O pfer: Stimmen der Zeit i 29 [1935] 11-24). En el
pensamiento de D onoso ha influido, evidentemente, la teoría de los sacrificios, que
De Maistre había expuesto en sus Soirées de Saint Pétershourg y en el folleto Eclair-
cissement sur les sacrifices, así como también la obro De la dolcur% escrita por
B. Saint-Bonnet. Entre los apuntes conservados en el archivo familiar se encuentran
notas de esta obra, y en concreto algunas que resumen un capítulo titulado D e la
réversibílité.
C arta a M aría Cristina: II 726.
tf7 ibid. : II 724.
/ Perturbaciones del orden 135
tado perfectamente Jos efectos sociales que empezaban a producir
la revolución industrial y el liberalismo económico. Sin duda, cono-
cía la situación miserable de los barrios de París, y veía, en aquellas
multitudes proletarias y hambrientas, la masa sobre la que actuaba
el socialismo, constituido en el movimiento reivindicador de sus
derechos.
La solución, evidentemente, estaba en conseguir una equitativa
distribución de las riquezas. Esta no se consigue ni por la economía
política antigua, que iba a parar al monopolio por las restricciones
y los impuestos; ni por la economía liberal, que desembocaba tam­
bién en el monopolio por la libre concurrencia: ni por el sistema
comunista, que terminaba en el peor de todos los monopolios, el
del Estado. Estos sistemas cometen, además, el gravísimo error de
querer apoyar toda su política sobre la primacía absoluta de las
cuestiones económicas. La justa distribución de las riquezas sólo se
conseguirá por la doctrina católica de la caridad y la limosna, que
los ricos han olvidado, provocando así la situación de peligro para
las sociedades europeas 98.
Hoy vemos que era acertada la crítica de Donoso a los sistemas
económicos liberales y comunistas, auaque está hecha en plena
euforia liberal y cuando aún no se había comenzado la experiencia
socialista. En cambio, hay que reconocer la insuficiencia de la solu­
ción ofrecida como católica. Donoso atinaba al buscar la solu­
ción en la mejor distribución de las riquezas; se equivocaba al pen­
sar que ésta se debería hacer sólo por la caridad y la limosna y al no
penetrar en la función social del capital y en el derecho estricto de
los proletarios a una mejor retribución. En disculpa de la falta de
visión de Donoso en este punto, puede recordarse que la doctrina
social de la Iglesia aún no estaba formulada y sistematizada y que
aún estaban lejos León XIII y la encíclica Rerum novaram.

4. P e r t u r b a c ió n d el o r d e n . La l ib e r t a d . El pecado .
La s r e v o l u c io n e s

Si es verdad que el cosmos es un orden perfecto sometido


a leyes, y que la estructura de ese orden impuesto por Dios alcanza
también al individuo y a la sociedad, no es menos cierto que en
la realidad humana individual y social tropezamos continuamente
con innumerables desórdenes, y algunos gravísimos. Donoso Cortés
era demasiado consciente de esta dramática realidad, y, si ha esta­
blecido una teoría sobre el orden, ha sido para poder comprender,
valorar y corregir mejor los desórdenes existentes.
08 Cf. Carta a María Cristina: II 724ss.; Discurso sobre la situación de España:
M 492-94, y Discurso sobre Europa: II 454.
136 Introducción general

:i) La libertad

El orden establecido por Dios es tal, que sólo una fuerza "hasta
cierto punto, y en la manera que esto es posible, independiente de
la voluntad de Dios” puede quebrantarlo. Esta fuerza sólo la poseen
los ángeles y los hombres: es la libertad Por considerarla a esta
luz, auténticamente agustiniana, se le presentaba a Donoso la li­
bertad como una potencia al mismo tiempo grandiosa y temible 10°.
Ella es la única capaz de "sacar el mal del bien, el desorden del
orden, y de turbar, siquiera sea accidentalmente, las grandes armo­
nías puestas por Dios en todas las cosas creadas” 101.
Aun en la época de ferviente entusiasmo por la razón, se ha
sentido receloso y desconfiado para con la voluntad, porque "abriga
en su seno un principio de individualismo y concentración” que es
la libertad: "Las inteligencias se atraen, las libertades se excluyen.
La ley de las primeras es la fusión y la armonía; la ley de las
segundas, la divergencia y el combate” 102. Cánovas advertía que la
desconfianza respecto a la voluntad, "cuando era pensador racio­
nalista, le llevó a sujetarla totalmente a la inteligencia o a la razón,
y, cuando ferviente místico, a los libros santos”, y encuentra que
esa desconfianza, "como un vínculo estrechísimo, une los dos pun­
tos extremos del pensamiento de Donoso” 103. Evidentemente que
en esta desconfianza para con la libertad han influido los hechos
revolucionarios y perturbadores que Donoso ha conocido desde su
juventud.
Libertad para Donoso no es la facultad de elegir entre el bien
y el mal, sino la facultad de querer, que supone siempre la facultad
de conocer. Si el hombre puede elegir entre el bien y el mal, esto
se debe a una imperfección del conocer y del querer humano, es
decir, de la libertad tal como se da en el hombre 104.
Esta facultad de querer el bien está dada por Dios para que
el hombre acepte el orden impuesto por El a todas las cosas, las
unifique y las devuelva a su último fin. Si no lo hace y quebranta
el orden, la variedad queda sin reducir a la unidad, se frustra el
Ensavo J.2 c . 6 : II 581
' " Ensayo 1.2 c . l : II 548ss. ^
’ ' Ensavo 12 c.3: II 560. En esta visión de la libertad esta también influido por San
Aí/ustín Ccf S a n A m ; s i í n . D e civ. Dei 1.22 c . l : PL 41,752; De Genc.si ad Utteram 1.8
c .M : P L 23,381; Serm. 240: PL 38,1131. Mientras lee Donoso la Histoire de Saint
AHgustin, de Poujoulat. anota en su cu ad erno : “ Examinemos ahora la obra en tres
l i b r o s sobre el Ubre albedrío. Veamos en dónde encuentra San Agustín el origen del
n a l ” ( p a p e l e s del archivo). Se refiere al tratado De libero arbitrio, de San Agustín.
fa ccio n es de Derecho político lec.l : I 332.
C ít e n L u is D. d f x C o r r a l , El liberalismo doctrinarlo (Madrid 1945) p.498.
·»« Véase Ensayo 1.2 c . l : II 549ss. También aquí sigue a San Agustín; víase p.ej..
Opns iinnerfertum contra luliatunn 1 fi '\ 1 0 : PF -15 1518.
Verlurhaci'ints d t¡ orden 137
/
fin de la libertad humana, aunque, aun entonces, las cosas todas
con el hombre retornarán después a la unidad divina, no ya por la
libertad humana, sino por la justicia divina, o también por su
misericordia redentora, porque "la libertad de los seres inteligentes
y libres está en huir de la circunferencia, que es Dios, para ir a dar
en Dios, que es el centro, y en huir del centro, que es Dios, para
ir a dar en Dios, que es la circunferencia” ,0,\
Puesto a hablar de la libertad creada bajo la inspiración y guía
de San Agustín, era inevitable que se plantease el arduo problema
de la conjunción de libertad y ayuda de Dios, y, más en concreto,
el de libertad y gracia. Con cierto temor—y no sin motivo—
aborda el problema en los Estudios sobre la historia (c.5). Por el
afán de reprimir la voluntad humana y ensalzar la necesidad de
la ayuda de Dios y por su falta de preparación teológica, cae en im­
precisiones y ambigüedades que ningún buen teólogo puede tole­
rar. En disculpa del autor se debe decir que los Estudios sobre la
historia no les dio él a la luz pública, sino su amigo Gabino Tejado.
En el Ensayo ha vuelto sobre el tema, para de nuevo dar una pri­
macía tan alta a los medios y ayudas sobrenaturales y a la gracia,
que la libertad humana y su capacidad para el bien quedan fran­
camente eclipsadas. Se ha atrevido a escribir que "Nuestro Señor
Jesucristo no ha triunfado del mundo por la santidad de su doc­
trina ni por las profecías y milagros, sino a pesar de todas estas
cosas ” ; es decir, que " Nuestro Señor Jesucristo ha triunfado del
mundo por medios exclusivamente sobrenaturales” 106; o de otra
manera más clara, los hombres, a pesar de la santidad, los milagros
y las profecías del Señor, ellos por sí solos le hubieran rechazado, y.
si algunos le siguen, es merced exclusivamente a la gracia que les
ayuda. Así no extrañará que vea en la libertad humana, cuando no
está arrastrada por la gracia, la causa de todos los desórdenes y de
todos los males del mundo.

ib) El pecado. El mal

Donoso Cortés ha dedicado muchas páginas de su obra, sobre


todo en los Estudios sobre la historia y en el Ensayo, a hablar sobre
el pecado. No, ciertamente, con una intención dogmática, ni menos
ascética. Si ha escrito sobre el pecado, ha sido como filósofo de la
historia, para buscar en él la explicación de los males humanos,
y una explicación tal, que al mismo tiempo deje al descubierto la
insuficiencia de las soluciones liberales y socialistas.
Cf. Ensayo 1.2 c.7: 11 587.
Cf. Ensavo 1.1 c.5-6: 11 528 533.
138 Introducción tu-ral

Su consideración fundamental sobic el pecado es qu¿ es un


desorden, una ruptura que la libertad produce en el orden esta­
blecido por Dios. Se fija en el pecado original como prototipo del
pecado, como el pecado por excelencia, como el primero que rompió
todos los órdenes divinos, pues "no consistió en otra cosa sino en
la relajación de esas subordinaciones jerárquicas que tenían las
cosas entre sí, y de la absoluta en que estaban respecto al Ser
Supremo, o, lo que es lo mismo, en el quebrantamiento de aquel
perfecto equilibrio y de aquella maravillosa trabazón en que fueron
puestas todas las cosas” 10\ El entendimiento humano quedó igno­
rante, la voluntad flaca, se introdujeron en la humanidad la enfer­
medad y la muerte. Y como en el cosmos todo está trabado y con­
catenado, y, cuando una esfera sufre una alteración, ésta se propaga
a todas las demás, al quebrarse el orden humano, también el mundo
material se transformó: "La tierra se cuajó de espinas y abrojos,
se secaron sus plantas [ . . . ] ” 108. El hombre histórico, el que se
debate en la existencia, el sujeto real de la historia, acosado por los
deseos, turbado por las angustias, oprimido por los infortunios, es
la víctima de esa libertad que escogió el pecado y el mal pudiendo
escoger el bien.
Dios, sin embargo, no podía tolerar un desorden perpetuo. "La
razón suprema de existir la facultad concedida a la criatura de
convertir el orden en desorden, la armonía en perturbación, el bien
en mal, está en la potestad que tiene Dios de convertir el desor­
den en orden; la perturbación, en armonía, y el mal, en bien” 109.
;Cómo se realiza después del pecado esta reversión al orden abso­
luto? De la manera siguiente: todas las desgracias que el hombre
padece como efecto del pecado tienen, además, el valor de pena:
'La pena y la desgracia, que son cosas diferentes desde el punto
de vista humano, son cosas idénticas desde el punto de vista divino ” ;
"desde el punto de vista divino, toda desgracia es siempre una
pena, y toda pena, una desgracia” 11°. "La pena fue el nuevo víncu­
lo de unión entre el Criador y su criatura, y en ella se juntaron
misteriosamente la misericordia y la justicia; la misericordia, porque
es vínculo; la justicia, porque es pena”. Sólo así pudo el hombre
volver a Dios, y así restauró su poder y sabiduría, el orden que la
libertad humana había destruido: es la redención.
Donoso está de nuevo hablando, como siempre, con relación al
liberalismo y al socialismo. El naturalismo liberal no quería ver en
las desgracias y calamidades de la vida otra cosa que efectos nece­
sarios de las causas naturales. Frente a él sitúa una concepción pro-
,u7 Ensayo 1.2 c.5: II 573.
Ibid. : ÍI 575.
Ensayo 1.2 c.7: 11 586.
Jl” Ensayo 1.3 c.l lí 627.
// Perturbaciones del orden 139
videncialista y sobrenatural de las tragedias humanas, única capaz
de dar razón suficiente de las deficiencias continuas que el hombre
experimenta y que la historia ha vivido. Todo lo que los hombres
llamamos "males” son efectos del mal por excelencia, el pecado.
Y Dios ha hecho que, a su vez, tengan el valor de pena expiatoria
y redentora, para que el orden humano y aun el material queden
restablecidos i n .
Bajo otra consideración, el liberalismo—sobre todo el doctrina­
rio—atribuía también los males humanos a una equivocada confor­
mación del gobierno. Cuando el gobierno esté en manos de hom­
bres ilustrados, se habrán acabado los males en el mundo. Donoso
ataca también esta actitud por simplista y carente de sentido pro­
fundo y teológico: "Como se ve, nada sabe de la naturaleza del mal
ni del bien; apenas tiene noticia de Dios, y no tiene noticia nin­
guna del hombre” 112. Saint-Simon y Fourier, "personificaciones glo­
riosas de la escuela socialista”, creen que el mal del mundo proviene
no de las formas políticas, sino de las sociales; es la sociedad la
que está mal construida, y necesita reforma. Cuando en la sociedad
no haya antagonismos y se hayan destruido "las instituciones polí­
ticas, religiosas y sociales” que la oprimen, habrá llegado la edad
de oro y la felicidad. Proudhon piensa, por el contrario, que el mal
viene de que, efectivamente, el hombre está mal hecho; pero es él
quien tiene que redimirse a sí mismo 113.
En presencia de todas estas teorías es donde adquiere la pleni­
tud de su significación la teoría católica del origen del mal. Donoso
escinde los campos de un tajo, sin dejar lugar a componendas.
Frente a las explicaciones de liberales y socialistas, falsas, pobres
o incompletas, no hay más que la doctrina católica limpiamente
aceptada en su plenitud, aunque también en la oscuridad de su
misterio.
Admitida la existencia necesaria del mal, consecuencia del peca­
do, y explicada su naturaleza, es más fácil comprender la historia
como la comprende Donoso, de nuevo tras las huellas de San Agus-
111 De nuevo sigue a San Agustín en esta concepción del mal en la historia. Y esta
vez explícitamente, pues cita esta frase : “Catholica fides est omne quod dicitur m alu m .
aut peccatum esse aut poenam peccati” (Estudios sobre la historia IV), y se la atri­
buye a San Agustín. No he encontrado en San Agustín un texto literalmente igual al
que cita Donoso. En un pasaje dice el santo D octor: “Et hoc est to tu m quod dicitur
malum, id est, peccatum, et poena peccati'’ (De vera religine c.12: PL 34,132). En
otro: “Ecce autem omnia quae fecit Deus bona v a ld e : mala vero n o n esse natu ra lia ;
sed om ne quod dicitur malum aut peccatum esse aut poenam peccati” (D e Genesi ad
litteram liber imperjectus c . l : PL 34.221). Pienso que es de este últim o tratado de
donde D onoso ha tom ado su cita, porque en este mismo capítulo dice San Agustín
que, antes de entrar en la materia concreta del tratado, catholica fides breviter ex-
plicanda est, y esto lo dice unas líneas antes de su frase sobre el mal. Donoso^ h a
podido muy bien componer su cita con dos de San Agustín sin cambiar el sentido.
En las Confesiones ha expuesto esta misma idea en el 1.7 c.3: PL 32,735, y tam b ién
en el tratado De libero arbitrio 1.1 c . l : PL 32,1221,122?.
n Cf. Ensavo 1.2 e.8: 11 596.
IM Ct\ l'nsavo 12 e.10: 11 614ss,
140 I níroducció n gen eral

tín, como una gigantesca y eterna lucha dialéctica entre el mal y el


bien. Ya en 1839, en los artículos sobre la llamada Cuestión de
Oriente, inicia esta concepción de la historia. En 1841 vuelve lige­
ramente sobre el tema en la Exposición sobre la tutela de Isabel II.
En las Cartas de París, mientras lee a los tradicionalistas, madura
su concepción. En el Discurso sobre la dictadura— 1849—se siente
profundamente pesimista con respecto a la lucha entre el bien y el
mal, y en ese mismo año, al escribir a Montalembert, ya desde Ber­
lín, formula su pensamiento definitivo: toda la filosofía de la
historia se reduce a "la lucha gigantesca entre el mal y el bien,
o, como San Agustín diría, entre la ciudad de Dios y la ciudad del
mundo”, y como resultado—y aquí actúa de nuevo el pesimismo—,
"el triunfo natural del mal sobre el bien y el triunfo sobrenatural
de Dios sobre el mal por medio de una acción directa, personal
y soberana. Esta es para mí la filosofía, toda la filosofía de la
historia l14. De nuevo apela a la historia para confirmar su teoría.
Esta constante histórica le parece a Donoso que tiene la categoría
de una ley definitiva de la historia, porque "se cumple en todos,
siempre y en todas partes”.
Si se llama a juicio este principio de Donoso con la rígida arma­
zón con que él le presenta, es evidente que no se puede admitir.
N i la fe católica, ni la razón, ni la experiencia histórica permiten
formular con esa rigidez el principio universal de que el mal triun­
fa siempre sobre el bien y que sólo por la acción sobrenatural de
Dios se supera el mal. La razón, la verdad, el bien, aun prescindien­
do de todo influjo sobrenatural, son una fuerza que en no pocos
momentos acaban por imponerse y superan el frente contrario. Si
el liberalismo pecaba de un "optimismo ilustrado” y de una fe
ciega en la perfectibilidad indefinida del hombre y de la historia,
Donoso peca de pesimismo y desconfianza excesiva. Que a este
pesimismo le llevaba su afán polémico y que no era en realidad tan
desesperanzado, lo indican frases de sus cartas íntimas, y, por tanto,
más espontáneas y sinceras: "Tenéis mucha razón; el protestantis­
mo y el parlamentarismo se van y están condenados, como todo
error, a inevitable decadencia” nr\ "El mundo continuará, como
hasta aquí, luchando contra los obstáculos, sin que veamos nunca
su caída ni su salvación” 116.
Como se podía temer, el escindir la historia en dos frentes
radicalmente separados y el dar al mal una prepotencia en la lucha,
provocó contra Donoso, entre otras, la acusación de maniqueísmo.
Esta la formularon dos periódicos de Madrid, El País (30 de junio
de 1849) y El Heraldo (\ de julio de 1849), con ocasión de las
,M C a r t a a MOnt ah'nihf' rt , Berlí n, 26 de m a y o de 1849: l í 326-27.
( a r f a af v i ? ( a n d e f, atoar: II 707
n<; ( a r ta a! <o n d e R(u :\ n s k i , París, 2 de f e br e ro de 1853: II 970.
Perturbaciones del orden 141
/
cartas que Donoso había dirigido a Mont dembert, en Jas que ex­
pone su filosofía de la historia.
Donoso, entonces ministro plenipotenciario en Berlín, recogió
la acusación y se defendió de ella en carta pública a los redactores
de El Pds y de El Herdáo 1J7. Conocía bien el maniqueísmo por
sus lecturas de San Agustín. No hay maniqueísmo ninguno en su
teoría sobre la historia, porque nunca hace al mal una potencia
independiente de Dios. Más aún, siempre ha dicho que el bien
y Dios acaban por triunfar sobre el mal, aunque esto sea sobreña-
turalmente. El mal es para Donoso algo accidental, sin esencia po­
sitiva; sólo es ruptura del orden n ®. Por su concepción maniquea
y blasfema, atacó Donoso duramente a Proudhon, ya que hacía de
Dios el principio del mal, y del hombre, el principio del bien.

c ) Las revoluciones

"Los que han tenido la fortuna o la desgracia de vivir y morir


en tiempos sosegados o apacibles, puede decirse que han atravesado
la vida y que han llegado a la muerte sin salir de la infancia. Sólo
los que, como nosotros, viven en medio de las tormentas, pueden
vestirse la toga de la virilidad y decir de sí propios que son hom­
bres” 119. No sin cierto orgullo escribía así Donoso de su época.
Como si hubiera caído en la cuenta de que su grandeza se exaltaba
precisamente en el escenario de una época de revoluciones que
daban un marco digno a sus pensamientos. Las revoluciones fueron
para él motivo continuo de meditación, estímulo a su pensamiento
y causa del vigor y la decisión de su última ideología.
La razón más profunda de por qué Donoso fue un auténtico
antirrevolucionario es la de que la revolución es, como el pecado,
un quebranto del orden establecido por Dios en el mundo. "A mis
ojos, como a los del género humano, una revolución no es solamente
un crimen, sino el mayor de todos los crímenes, porque es el
crimen. Las revoluciones son la misma cosa en lo político que en
lo moral el pecado. Aquéllas como éste son la mayor infracción
de la ley universal soberana, a que las cosas quedaron sujetas cuan­
do, obedientes a la voz de su Creador, se trabaron ordenadamente
las unas con las otras, de tal modo y con tan maravillosa depen­
dencia y tan concertada armonía, que formaron aquel admirable
compuesto que es como el destello de la divina hermosura” 120.
Pero las revoluciones tienen una particularidad, y es que al
" 7 V é a se en 11 3 3 ls s .
1,8 Sobre estos temas vuelve en Ensayo 1.2 c \ 4 : 11 566ss.
uo Corta a M ontaíem bert. Berlín, 26 de mayo de 1849: II 328.
Cf. Historia de la regencia de María Cristina p r ó l . : I 935.
142 Introducción general

pecado cometido por la libertad se encarga Dios de integrarlo en


un orden superior; рею los pecados contra la sociedad, las revo­
luciones, aunque, como efectos de la libertad, forman también
parte del orden absoluto, en lo que hace a los efectos sociales que­
dan sin integrar en un orden superior, y, por tanto, las revoluciones
y la libertad política que las causa son absurdas.
Por esta visión profunda y metafísica se puede decir que su
pensamiento anturevolucionario no se dirige tanto contra las revo­
luciones cuanto contra la revolución. Es decir, lo verdaderamente
peligroso no son los movimientos superficiales y pasajeros de la
sociedad. Para Donoso, la revolución es el espíritu del mal que late
en rodas ellas aun después de que la superficie ha quedado en
calma. En sus días, esa revolución la encuentra Donoso encarnada
principalmente en el espíritu del liberalismo. "Sí, el liberalismo y el
constitucionalismo son la forma del mal en este siglo” 121 precisa­
mente porque su espíritu es otro completamente distinto e irrecon­
ciliable con el catolicismo; al menos así lo veía Donoso. Este
espíritu, común a las revoluciones modernas, pensaba Donoso—y no
iba descaminado—que arrancaba del protestantismo. En la anti­
güedad, si hubo también en la sociedad "grandes vaivenes y mu­
danzas ni estos vaivenes bastaban para derribar a la sociedad
por el suelo ni aquellas dolencias para quitarla la vida” 122. Pero,
a partir de la herejía protestante, lo que buscan las revoluciones
modernas es la destrucción del mismo orden social. "El verdadero
peligro para las sociedades humanas comenzó el día en que la gran
herejía del siglo X V I obtuvo el derecho de ciudadanía en Europa.
Desde entonces no hay revolución ninguna que no lleve consigo
para la sociedad un peligro de muerte. Consiste esto en que, funda­
das todas ellas en la herejía protestante, son fundamentalmente
heréticas” 123. De la Carta al cardenal Fornari se deduce que Do­
noso se refería sobre todo, cuando veía en el protestantismo la
causa de la revolución, al postulado del libre examen y de la
ruptura con todo magisterio religioso 124. El siglo x ix es el siglo
en el que 'la razón y la voluntad del hombre han llegado al apogeo
de su independencia y de su soberanía” 12\ Una vez divinizada la
razón libre—léase, si se quiere, el libre examen—, se ha llegado
l' ’ Carta al ronde R aczynski, Dresde, 30 de septiembre de 1849: II 939.
Ensayo 1.3 c.4: II 653.
;2? Ensayo 1.3 c.4: II 652-53.
■4 Carta al cardenal Fornari: II 745. En su época liberal había escrito con visible
simpatía hacia la razón, liberada y secularizada por el protestantism o; “ Ese Hércules [se
refiere a Lutero) fue revelado por fin al mundo. En el fondo de Alemania se vio tremo­
lar. por fin, su estandarte, nuevo entonces en la Europa. El secularizó a la inteligencia,
que. una vez emancipada, debía dom inar como señora” (La ley Electoral: I 307). Y en
sus Lecciones de Derecho político: “ Lutero no com enzó; concluyó, sí, la grande obra
de la secularización de la inteligencia hu m ana” (lee.2: I 341).
m Carta a M ontalem bert, de 4 de junio de 1849: II 329-30,
/ Perturbaciones del orden 143
en este si¿lo a las últimas y más audaces conclusiones, o sea, al
trastorno de los cimientos mismos del o:den social: "Lo que le
hace tristemente famoso no es precisamente la arrogancia en pro­
clamar teóricamente sus herejías, sino más bien la audacia satánica
que pone en la aplicación a la sociedad presente de las herejías y de
los errores en que cayeron los siglos pasados” 126.
Es un indiscutible acierto de Donoso Cortés el haber diagnos­
ticado con tanta profundidad la revolución y el haber dado con la
verdadera y última raíz de ella. Antes del siglo XVI habían exis­
tido, efectivamente, revoluciones en el mundo cristiano. Pero ellas
no buscaban sino mutaciones accidentales en las formas de existir
de los pueblos. La verdadera Revolución—con mayúscula— , la tras­
mutación de todo el orden cristiano, comenzó el día en que Lutero
quemó, en la plaza de Wittenberg, la bula con que León X le
excomulgaba. La consiguiente proclamación—en el clima propicio
del Renacimiento—del libre examen y de la teoría de la necesaria
y absoluta corrupción de la naturaleza humana y de la justificación
extrínseca, acabaron de fundamentar la revolución. Decir que el
hombre es necesaria y esencialmente malo, es lo mismo que decir
que es necesaria y esencialmente bueno, porque es lo mismo que
decir que no es libre. Si además se desliga a la razón de toda clase
de trabas autoritarias, estamos ya a un paso—de por medio el racio­
nalismo cartesiano—de Rousseau, del liberalismo y del socialismo,
con todos los enormes trastornos religiosos, sociales y políticos que
han traído consigo. En suma, se coloca al hombre en una postura
falsa frente a Dios, frente a sí mismo, frente a sus semejantes, frente
al universo; se construye un orden falso: ésa es la revolución.
Así queda trazada la nervatura elemental del pensamiento dono-
siano sobre las revoluciones. Los otros conceptos son de menor
importancia. Ve que estos hechos trágicos pueden alcanzar también
un valor bajo la providencia de Dios, a la que nada se escapa ,27.
Acusa como causas más próximas de la revolución a los demago­
gos 128, a la debilidad y falta de compromiso de los Gobiernos
liberales: " Sin los moderados, la revolución no vivirá en ninguna
parte. Los moderados han sido causa de la universal ruina y perdi­
ción. ¡Dios les perdone el mal que han hecho! ” 129
Ha captado perfectamente ya en 1845, y con agudeza que hoy
nos asombra, la importancia para los trastornos sociales y políticos
de la revolución industrial: " La revolución social consistió en que
Carta al cardenal· Fornari; II 745.
m Cf. Carta a M ontalenibert, Berlín, 26 de mayo de 1849: II 324-28; Discurso
sobre la dictadura: II 310; Carta al director de "El H eraldo'\ París, 15 de abril de 1852:
II 737.
C.t. Historia de la regencia de María Cristina: l 935; Discurso s<>bre la dicta­
dura: 11 311.
Carta al conde R aczvnski, Dresde, 13 de agosto de 1849: II 932.
144 Introducció» general
esa virtud específica que comunicaba la importancia a sus posee­
dores pasó de la tierra a la industria y al comercio. La revolución
política consistió en que la importancia social pasó de los barones
feudales a los comerciantes y a los hombres industriosos” lao. En
su brevedad, condensa esta fórmula toda la trasmutación de los
valores agrícolas por los industriales realizada a partir de fines del
siglo xvili, y que en nuestros mismos días está llegando a sus últi­
mas consecuencias: la creación de la sociedad técnica e industrial.
De los trastornos sociales y políticos a que esta inversión ha dado
ocasión hemos sido todos testigos. En el Discurso sobre Europa
había previsto Donoso que la preponderancia de la nueva economía
era "anuncio seguro de grandes catástrofes y de grandes ruinas” lal.
Valdría la pena entrar ahora en el estudio concreto de las revo­
luciones europeas y españolas tal como las veía Donoso; en el
papel de las diversas naciones en ellas: el de Francia— " el navio
de la revolución no tiene más piloto que Francia”—, el de Ingla­
terra— "esa eterna instigadora de revoluciones”—, el de Suiza— "cen­
tro y laboratorio de todas las conspiraciones demagógicas”—, etc.
Pero el breve espacio de una Introducción no permite sino trazar
las directrices ideológicas fundamentales, y hemos de dejar este otro
tipo de estudios—por más que sería interesantísimo—para otra
ocasión.
En el año 1842, en sus Cartas de París, expuso Donoso una
teoría sobre la guerra. No la considero como obra de su pensa­
miento maduro, y por eso tampoco creo necesario detenerme en
ella. Baste decir aquí que considera la guerra como un fenómeno
necesario, eterno y divino, por estar necesariamente entrañado en la
naturaleza humana. Es un fenómeno providencial para extender las
civilizaciones. Además tiene un valor expiatorio 132. El influjo de
De Maistre es demasiado evidente 133. A veces le sigue al pie de
la letra. Pienso que Donoso en su época final hubiera pensado
de la guerra como piensa de las revoluciones: son obras de la
libertad humana que destruyen la armonía humana y causan los
más graves trastornos a las sociedades, aunque después la provi­
dencia de Dios sabe integrarlas en un orden superior.
5. El c r is t ia n is m o , orden perfecto

En los capítulos precedentes se ha estudiado la cosmovisión de


Donoso Cortés principalmente en sus líneas abstractas y funda­
mentales.
Discurso sobre culto y clero: II 99.
' ” Discurso sobre Europa: II 450.
C f Cartas de París, cartas de 31 de agosto y 3 y 10 de septiembre de 1842:
I 889ss.
1,8 Cf J o s e p h d e M a i s t r e , Les soirfies de Saint-Petershourf* entr.7: Oeuvres com­
pletes t 5 ( í . yon 1892) p 1-64. Sobre el misino asunto trata también en Considérations
sur la F ranee c.3: Oeuvres completes t i (Lyon 1891) p.28-40.
/ El cristianismo, orden perfecto 145
Hay un fenómeno histórico en el que se concreta ese orden
ideal, aspiración suprema de su pensamiento; un fenómeno que por
su naturaleza está llamado a ser la apoyatura y la salvaguardia de
todos los órdenes queridos por Dios; es el fenómeno cristiano,
que puede considerarse también, bajo otro aspecto, como continua­
ción, culmen y plenitud del orden cósmico.
Antes de nada, hay que decir que, para Donoso, decir cristia­
nismo, es decir catolicismo, porque para él no había más que una
verdad, y todo lo que no era ella se llamaba error. Esa verdad esta­
ba en el catolicismo. A esta expresión equivale la de "civilización
católica”, es decir, conjunto de principios basados en el dogma
católico que dan una significación recta y verdadera al mundo y al
hombre.
No es lo mismo catolicismo o "civilización católica” que Igle­
sia: "Como comunidad divina con sus instituciones, dogmas, etc.,
no coincide, sin más, con la civilización católica, sino que sólo
constituye su centro, el foco que irradia fuerza y su remate. Es
probable que concretamente Donoso imaginó la "civilización ca­
tólica” como una cultura en la que la Iglesia dominaba, del modo
más amplio posible, todo el pensar y el obrar del hombre” I34.
Por fin hay que observar también que, cuando Donoso habla
de la "civilización católica”, lo hace con una decisión y con una
seguridad incontrovertibles. El catolicismo tiene soluciones defini­
tivas para todo, y sólo el que no quiere aceptarlas puede quedar
suspendido sobre el abismo de lo incógnito o de lo incognoscible 135.
Seguridad y optimismo teórico que contrastan paradójicamente con
su negro pesimismo sobre los hombres y las realizaciones prácticas.

a) El cristianismo, restaurador del orden

La impresión más fuerte que tiene Donoso sobre el cristianismo


es que es él quien restaura el orden universal que destruyó el
pecado. Por eso le llama "revolución dichosa”. Después de aquel
desorden primero del pecado, el catolicismo es el que ilumina el
entendimiento humano para que sepa con certeza las verdades que
deben regir su vida, es el que le dicta cuáles deben ser sus acciones,
es el que le enseña a suplicar a Dios la luz y la fortaleza para no
dejarse llevar de sus pasiones y para no separarse del recto camino.
Ordenado así el hombre en su entendimiento y en su voluntad,
el mundo moral se hace transparente; en la familia, la mujer y los
hijos dejan de ser esclavos y adquieren sus derechos personales in-
134 E. S c h r a m m . D onoso C ortés , ejem plo del pensam iento de ¡a tradición (M adrid
1952) p.33.
195 Véase, p.ej., Ensayo 1.1 c.2: 11 508ss.
146 Introducción f>tfura¡

viciables; la sociedad adquiere unas bases y unas leyes que la


aseguran en su orden y en su prosperidad; la autoridad de los
gobernantes, que hasta entonces carecía de otro apoyo que la fuerza,
queda inviolablemente garantizada, y frente a ella queda también
garantizada la libertad de los súbditos. Se ha acabado la esclavitud
ciega en que les tenía el paganismo. Así, el catolicismo, tras ordenar
al individuo, consigue un maravilloso equilibrio político al conde­
nar, por un lado, el despotismo y, por otro, las revoluciones 136.
Pero, supuesta la debilidad en que quedaron el entendimiento
y la voluntad del hombre por el pecado original, se hubieran per­
dido pronto las tradiciones por el olvido del mensaje de Jesucristo,
y el orden se hubiera convertido de nuevo en desorden. Dios ha
provisto a esta contingencia, y ha creado un ser moral poseedor de
toda la verdad e infalible en enseñarla, poseedor de los tesoros de
la gracia y capaz de comunicársela a los hombres: la Iglesia137.
Donoso es infatigable en mostrar todas las bellezas, las grandezas,
la sabiduría, las virtudes, el poder civilizador de la Iglesia. Todo
escrito con la intención de atestiguar una y mil veces que la luz
para los problemas humanos no hay que ir a buscarla "a la Prensa
y a la tribuna, a los periodistas y a las asambleas”, sino a la Iglesia,
'órgano infalible de todos los dogmas, depositaría augusta de todos
los criterios [...], que enseña al mundo lo que aprende de boca
del Espíritu Santo; ella que "con su intolerancia doctrinal ha sal­
vado al mundo del caos. Su intolerancia doctrinal ha puesto fuera
de cuestión la verdad política, la verdad doméstica, la verdad social
y la verdad religiosa”. La eclosión gigantesca de ciencia y arte que
ha producido la civilización católica, tiene su origen en ese saber
doctrinal e infalible de la Iglesia.
Más en concreto: /cómo se organiza, en la civilización católica,
la sociedad? En el catolicismo, el hombre no está solo nunca; el
hijo nace y vive en la asociación doméstica, "ese fundamento divino
de las asociaciones humanas ” ; las familias se agrupan entre sí
según su origen y forman las clases; estas clases se dedican a las
diversas profesiones, artes o industrias; de las clases se forman
otros grupos naturales, v.gr., los que se consagran a una misma
industria, los que profesan un mismo oficio, etc.—las llamaríamos
unidades gremiales— ; y estos grupos ordenados jerárquicamente
“constituyen el Estado, asociación ancha en que todas las otras se
mueven con anchura”. Adviértase la oposición tácita entre esta
estructura jerárquica de la sociedad y la estructura igualitaria del
liberalismo y del socialismo.
Desde el punto de vista político, las familias se asocian en gru-
' f Fstas ideas y las siguientes son un brevísimo resumen de! Ensayo 1.1 c.2-3 : II
508-25.
,a‘ Esta ¡dea la expone también en la Carta al cardenal Fornari: II 759-61.
El cristianismo, orden perfecto 147

pos, y leada grupo constituye un municipio; cada municipio tiene


derechó a rendir culto a Dios, a administrarse a sí propio, a dar
pan a los que viven, y sepultura a los muertos. Los varios muni­
cipios constituyen una unidad superior, con "el derecho de levantar
sus armas y de desplegar su bandera". La reunión de todas estas
unidades constituyen la nación, que se simboliza en un trono y se
personifica en un rey. Y todos los reyes cristianos se agrupan fra­
ternalmente en el seno de la Iglesia, madre de todos.
Se observará que la concepción donosiana del Estado civil es
prácticamente la vieja concepción medieval de la cristiandad. Do­
noso, así como tuvo una extraordinaria penetración para diagnos­
ticar los puntos débiles del liberalismo y del socialismo y para
comprender la razón y el sentido de muchos de los fenómenos
históricos europeos contemporáneos, no logró captar suficientemente
la evolución de las concepciones sociales y políticas cristianas que
inevitablemente venía exigida por las nuevas circunstancias europeas.
No vio con la suficiente claridad que una cuenta atrás era, bajo todos
los aspectos, imposible, y que en realidad lo que ya urgía era crear
una tweva cristiandad sobre el eterno orden divino-humano. No bas­
taba oponer al liberalismo el orden político-social cristiano, sino un
nuevo orden político-social cristiano. Pero sería pedirle demasiado
sí le pedimos que hubiera visto lo que todavía hoy no todos ven.
No hace falta notar que, en su pensamiento, Iglesia y Estado
deben caminar en armonía y coordinación mutua. Pero no sólo en
cuanto que el Estado tiene que reconocer a la Iglesia como cor­
poración de derecho público y admitir su jurisdicción peculiar, sus
exenciones y privilegios, sino que además tiene que estar inspirado
en todas sus estructuras y en todos sus actos por la doctrina católica
emanada de la Iglesia, que en la providencia de Dios es el orga­
nismo llamado a dictar y regular las normas del orden universaL
"Ese orden consiste en la superioridad jerárquica de todo lo que es
sobrenatural sobre todo lo que es natural, y, por consiguie nte, en
la superioridad jerárquica de la fe sobre la razón, de la gracia
sobre el libre albedrío, de la providencia divina sobre la libertad
humana, de la Iglesia sobre el Estado; y, para decirlo todo de
una vez y en una sola frase, en la superioridad de Dios sobre el
hombre” 138. Y no sólo la política, sino las ciencias, el arte, la
cultura, deben tener una dependencia directa o indirecta de los
principios cristianos, si han de estar insertados en el orden que
Dios ha decretado para el mundo.
Esta ideología es una nueva posición antiliberal de Donoso
C'ortés. El liberalismo quería el estado de perfecta separación entre
Iglesia y Estado, entre convicciones religiosas, que deben ser asun-
('arta til cardenal Fortuwi; II 759,
148 Introducción general

tos privados, y prácticas sociales o políticas. El liberalismo, como


relegaba a Dios a su cielo, relegaba también a la Iglesia a sus tem­
plos. Donoso, por su distinta concepción del hombre—sobre todo
por esto, como ya hemos visto—, ve que, si no hay un haz de luz
que ilumine continuamente el orden que Dios ha establecido, y que
se extiende a todas las actividades humanas, los hombres perderán
continuamente su camino y equivocarán su ruta hacia el fin. De
ahí la necesidad de que la Iglesia oriente e ilumine todas esas
actividades, sobre todo las más altas y decisivas. Esta ayuda no es
un atentado contra la libertad humana; es darla una dirección para
que en su pobreza y en su gran debilidad no salga de los destinos
de Dios.
Siendo todo esto verdad y doctrina de la Iglesia católica, el
concilio Vaticano II ha querido poner de relieve los derechos
inviolables de las personas a seguir los dictados de su conciencia
después de procurar seriamente su recta formación religiosa. Y en
cuanto al consorcio Iglesia-Estado, aun permaneciendo firme la doc­
trina teórica de que es mejor que ambos caminen juntos y con­
cordados, la práctica parece aconsejar hoy que las dos potestades
se mantengan separadas e independientes, aunque, desde luego, sin
hostilidad 139.
Una vez más hay que pensar en el influjo de San Agustín y de
los tradicionalistas franceses en Donoso. La concepción de la Iglesia
dirigiendo desde su puesto de Mater et magistra todos los aconte­
cimientos de la historia de los hombres, es clave en lo que se
ha llamado el agustinismo político 140. Como Donoso, no concebía
San Agustín—como ya queda indicado más arriba—una división
entre natural y sobrenatural como no fuese metódica. La realidad
es una, y la realidad es que Dios ha instaurado un orden sobrena­
tural para todos los hombres y que ha hecho a la Iglesia depositaría
de toda la verdad de ese orden, con autoridad para imponerlo.
Querer sustraerse a ecta realidad es sustraerse a Dios y a su orden.
San Agustín contrapone la ciudad terrestre, en la cual sus gober­
nantes viven y piensan sólo como hombres, y la ciudad de Dios,
en la que nulla est hominis sapiencia 141. También De Bonald ha
hablado sobre la necesidad de que Estado y religión—en sentido
genérico— caminen juntos, puesto que ”la religion est la raison de
toute société”, y ha dicho que "la société plus parfaite est celle
oü la constitution est la plus religieuse, et l’administration la plus
Ei conciJio Vaticano IJ no parece haber modificado la doctrina tradicional de la
subordinación indirecta del Estado a la Iglesia, pero ha preferido no hablar de ella
(cf. C onstitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual n.76).
10 Cf. H. X. A r q u i í x j e r e , IJ august inisme politique (París 1927). El P. Chari.ES
Boyek, en su obra Saint·Augustin (París 1932), recoge los textos fundamentales de Sail
Agustín en lo que toca a la sociedad civil v aj Estado (véanse p . 261-303).
r-i í ) p dv. Dei 1 14 '.\2S : P1 41,436
El cristianismo, orden perfecto 149
morale” 142. Y en cuanto a la exaltación retórica de las formas
sociales y estéticas creadas por la Iglesia, hay en Donoso una evi­
dente influencia de los románticos cristianos, y en concreto de
Federico Schlegel y de Chateaubriand, muy leídos en España en
aquella época.

b) Necesidad del catolicismo

De todo lo dicho se infiere con evidencia que en el pensamiento


de Donoso—y lo considero como uno de sus mejores aciertos— no
hay más que un remedio eficaz contra la revolución: el catolicismo.
En el Discurso sobre Europa expone que sólo Inglaterra podría, si
quisiera, evitar la disolución de la sociedad europea, porque es mo­
nárquica y conservadora; pero, aunque lo hiciera, esto sería sólo
"hasta cierto punto y por cierto tiempo”. Porque para que el remedio
fuera eficaz "era necesario, señores, que la Inglaterra, además de con­
servadora y monárquica, fuera católica; y lo digo, señores, porque
el remedio radical contra la revolución y el socialismo no es más
que el catolicismo, porque el catolicismo es la única doctrina que es
su contradicción absoluta” 143. Todos los demás remedios contrarre­
volucionarios le parecían a Donoso—y lo ha confirmado la experien­
cia posterior— "paliativos”. La misma revolución ha comprendido
esta verdad mejor que los contrarrevolucionarios, y por eso, contra
la religión católica, "que es su contradicción absoluta”, es contra
quien ha dirigido su persecución más estudiada y tenaz.
En la carta a los redactores de El Heraldo y El País anuncia con
su habitual pesimismo que "no hay salvación para la sociedad, porque
el espíritu católico, único espíritu de vida, no lo vivifica to d o : la
enseñanza, los Gobiernos, las instituciones, las leyes y las costum­
bres” 144.
No está, en cambio, tan acertado el pensador extremeño cuando
encuentra una radical incompatibilidad entre el principio electivo y
el principio religioso: " El principio electivo es cosa de suyo tan
corruptora, que todas las sociedades civiles, así antiguas como moder­
nas, en que ha prevalecido, han muerto gangrenadas; el principio re­
ligioso es, por el contrario, un antipútrido tan excelente, que no hay
corrupción que resista a su contacto” 145. Donoso cae en la cuenta de
lo extraño de su proposición: " ¿Qué tiene que ver la religión con
142 Véase Législation prim itive 1.2 c. 19: Oeuvres de M. de Bonald t.3 (París 1817)
p.l27ss. Tambk'n en Dém onstration philosophique du principe constitutif de la so tiété
c.15, estudia el tema de la sociedad religiosa (véase en Oeuvres 1.12 [París 18301
p.l90ss).
143 Discurso sobre Europa: 11 463.
144 Polémica con la Prensa española: 11 341.
148 Discurso sobre la situación de España , interpolación de Gabino Tejado tomada
de originales do Donoso: II 484.
150 Intrud¡i c a á n g t n l ral

las elecciones?” Responde con una nueva afirmación: "Tiene que


ver tanto, que las elecciones nos matarán si la religión no purifica
las elecciones ¿Soy yo por ventura la causa—añade justificán­
dose— de que toda cuestión política se resuelva, en último resultado,
en este último dilem a: La religión o las revoluciones, el catolicismo
o la muerte? ” 11’*
Es evidente que hoy no podemos admitir la disyunción donosiana
en toda su generalidad. La historia ha demostrado que puede veri­
ficarse la forma electiva en los pueblos, y que esto no perturba sus­
tancialmente el orden. Y mucho menos puede decirse que haya una
oposición entre el sistema electivo y la religión cristiana. Es uno de
los desaciertos de Donoso el haber unido el catolicismo con nexo
necesario a algunas estructuras demasiado concretas de la política y
el haberle enfrentado con otras con las que en realidad no tiene por
qué estar en contradicción. Por rechazar el liberalismo, rechazó, como
ya hemos notado en otras ocasiones, algunas formas de él que no
eran detestables.

c ) Cristianismo y civilización

El vigor ideológico del cristianismo y su raigambre divina han


sido el fermento civilizador de la humanidad. No son la sociedad ni
el hombre por sus propias fuerzas los que se perfeccionan indefini­
damente, como defendía el liberalismo. Este pensamiento enlaza
con toda lógica en el sistema de Donoso Cortés. Si el hombre y la
sociedad están tan depravados por el pecado original, no podían lo­
grar una línea ascendente de civilización. "Toda civilización verda­
dera viene del cristianismo. Es esto tan cierto, que la civilización
toda se ha reconcentrado en la zona cristiana; fuera de esta zona no
hay civilización, todo es barbarie; y es esto tan cierto, que antes
del cristianismo no ha habido pueblos civilizados en el mundo; ni
uno siquiera.” Esta afirmación es, a primera vista, extraña y atre­
vida, y por eso el orador añade una explicación: "Ninguno, seño­
res; digo que no ha habido pueblos civilizados porque el pueblo
romano y el pueblo griego no fueron pueblos civilizados; fueron
pueblos cultos, que es cosa muy diferente. La cultura es el barniz,
y nada más que el barniz, de las civilizaciones” 1/í6.
Donoso va a explicar su distinción entre civilización y cultura.
Ello nos dará al mismo tiempo el contenido que concede al concepto
' civilización”. Para Donoso, la civilización es algo mucho más hondo
que la bella poesía, que la perfección de las formas escultóricas o
arquitectónicas, que la técnica científica o estratégica, e incluso que
^ Jbíd.
M‘ D i s c u r s o sohr<‘ fj n r o p a \\ 4 64
El cristianismo, orden perfecto 151
/
el derecho y la filosofía, lo d o eso es, *i se quiere, cultura, espuma de
civilización. Civilización es, según Donoso Cortés, aquel conjunto de
ideas rectas que, al apoderarse de una sociedad, la educan; que en­
señan a cada uno de sus miembros los deberes y los derechos que
tienen ante Dios, ante los demás hombres y ante sí mismos. Ese
conjunto de ideas viene del cristianismo y sólo de él.
El concepto es también agustiniano. Toda la gran obra D e civi-
taíe Dei es una inmensa apología del cristianismo como única fuer­
za capaz de crear una verdadera y próspera sociedad. El mundo
griego y el mundo romano conocieron las ciencias y las artes y las
cultivaron con eminencia; pero aquellas sociedades estaban enmara­
ñadas en una madeja de errores y se debatían en una espantosa co­
rrupción moral, que acabó por arrastrarlas al colapso con el que
finalizó el mundo antiguo. Poseían cultura, pero les faltaba civiliza­
ción. Les faltaba la verdad pletórica de dinamismo creador y civili­
zante.
Hoy se admite entre muchos pensadores católicos este concepto
de civilización y su distinción de cultura. Una sociedad se dirá tanto
más civilizada cuanto en su seno estará más actuada y más dilatada
la verdad—en todas sus formas: religiosas, científicas y prácticas— ;
el bien moral, con la observancia de las leyes naturales y positivas,
y también el bienestar material, guardada siempre una evidente je­
rarquía entre estos elementos. Los progresos artísticos y técnicos son
aspectos menos nobles de la civilización; en tanto tienen valor en
cuanto les acompaña un igual y mayor progreso en el campo de los
valores morales y espirituales. Si esto no se tiene, se dará cultura
y no civilización, la cual entra pronto en crisis y se disuelve 1,r.
¿Cuáles son, según Donoso Cortés, las ideas madres con las que
el cristianismo ha civilizado la sociedad? La primera de todas es
—por más extraño que parezca—la idea de la humildad: "Si la re­
ligión cristiana es la única civilizadora, consiste esto, considerándola
humanamente, en que santifica y ensalza la humildad’ Uf\ El pensa­
miento es más profundo de lo que a primera vista puede parecer:
el desorden y el desgarramiento humano han sobrevenido por el or­
gullo destructor que late en todo pecado. Lo único que puede corre­
gir las desviaciones del orgullo es la humildad, esa virtud que enseña
al hombre a situarse en su propio puesto con respecto a Dios, con
respecto a los demás hombres y con respecto a sí mismo; que le
acostumbra a dominar su ansia de independencia y su orgullo y que
le manda respetar las leyes y el orden establecido por Dios. Sólo
Cf. A. M e s s i n e o . Civilta: Enciclopedia Cattolica (Citta del Vaticano). Véase tam­
bién J acques M a r h a i n , Religion et culture (Paris 1 9 30): Le crépuscule de la civilisa­
tion (París 1939): J. L a io u p -S . N f i i s . Culture et civilisation (París I9 6 0 ).
1,1 Estudios sobre lo historia IV: 11 251.
/ Htrodmciou general

después de aceptar así, con humildad, es decir, con verdad y realismo,


la condición humana, puede hacerse el hombre civilizado 119.
Supuesta la auténtica humildad como fundamento de la filosofía
cristiana de la civilización, no extrañará que Donoso piense que el
cristianismo, "al revés de las revoluciones, que comienzan por es­
cribir las tablas de los derechos, ha escrito para todos el código de
los deberes” 1M\ Para todos, porque una de las grandes conquistas
civilizadoras del cristianismo, y sólo de él, es haber abolido defini­
tivamente, con la predicación de los deberes a todos los hombres, el
despotismo, por una parte, y las sublevaciones injustas, por otra, y
así ha creado los auténticos conceptos—básicos para la sociedad—de
autoridad y obediencia. La autoridad, porque ha de ser humilde ha
de reconocer sus deberes y sus limitaciones; la obediencia, por la
misma razón, tiene que someterse cuando el mandato no sea injusto.
Y como siempre, sintetizando la variedad en la unidad, el amor:
” El cristianismo civiliza al mundo haciendo estas tres cosas: ha ci­
vilizado al mundo haciendo de la autoridad una cosa inviolable,
haciendo de la obediencia una cosa santa, haciendo de la abnegación
y del sacrificio, o, por mejor decir, de la caridad, una cosa divina.
De esta manera, el cristianismo ha civilizado a las naciones” 151.
Una idea que se complace Donoso en repetir en sus escritos es
que el verdadero contenido del lema liberal "libertad, igualdad, fra­
ternidad” es un tesoro que el cristianismo ha dado a los pueblos.
Las sociedades antiguas negaban la unidad del género humano, el
libre albedrío del hombre y la distinción entre la potestad civil y
religiosa. El cristianismo hendió aquellas tinieblas con las tres afir­
maciones contrarias: el origen común de todos los hombres, y, por
tanto, su fraternidad; el dominio que el hombre tiene sobre muchas
de sus acciones, o sea la libertad, y la igualdad de todos los hombres
ante Dios, y, en consecuencia, ante las leyes, que en El se deben
apoyar. Así, la verdadera democracia ha nacido del cristianismo. Más
aún, sólo en el cristianismo tienen significación las palabras libertad,
igualdad y fraternidad: "Es necesario proclamar la libertad, la igual­
dad y la fraternidad católicas, o negar al mismo tiempo todas esas
cosas y todos esos nombres” lr>2. En un sentido meramente humano,
la fórmula libertad, igualdad, fraternidad, es contradictoria. Porque,
en cuanto se deje al hombre el libre desenvolvimiento de su actividad
individual, "muere al punto la igualdad a manos de las jerarquías,
y la fraternidad a manos de la concurrencia ”. Y, si se proclama la
M’ FJ pensamiento es paralelo al d e San Agustín; cf. E. P o r t a m é , Saint Augustin:
Dict. de Théologie Cathoiíque 1,2372-2373.
l5,J Sobre la H istoria de la civilización de España de Fermín Gonzalo M orón: II 24.
! Disf urso sobre Europa: II 465.
Lnsavo 1.2 c 10: II 620; cf. también I m s reformas de Pío IX: II 199.
El cristianismo, orden perfecto 153
i

igualdad, "veréis a la libertad huyendo en ese mismo instante, y a


la fraternidad exhalando su último aliento",53.
No es casi necesario advertir que Donoso está lleno de razón
en considerar la libertad, la igualdad y la fraternidad cristianas como
las únicas que tienen un sentido posible y fundado, y como vacías
e inconsistentes las demás. Y si aun en sociedades o regímenes de
inspiración no cristiana han tenido o tienen una vigencia y un valor,
en su origen más próximo o más remoto se inspiran en el cristia­
nismo. Porque, efectivamente, sólo él, como prueba ampliamente la
historia comparada de las filosofías, ha dado al hombre su medida
como persona y no sólo como individuo, fin en sí misma, portadora
de valores eternos, responsable de su destino, creadora de existencia
solidaria con todos los hombres. Hay que reconocer, sin embargo,
que la proclamación de este lema por liberales y socialistas ha sido
un aguijón que ha estimulado a las sociedades humanas a dar una
mayor vigencia a estos conceptos en la vida práctica.
Desde un punto de vista más concreto, Chaix-Ruy encuentra
cierta duda o ambigüedad en Donoso, y piensa que "tantót il semble
adopter l’opinion des pangermanistes catholiques, F. Schlegel y Górres,
apologistes des barbares blonds, pour qui ce sont ces barbares qui
ont régénéré le peuple romain, tantót il revient á l'idée beaucoup
plus juste que cest l’Église qui a civilisé les barbares, les arráchant
á l'individualisme anarchique qui ne leur laissait le choix qu’entre
le despotisme ou l’anarchie” 154. Sin entrar a fondo en el tema, que
no es de este momento, se puede decir que la duda del profesor
francés es infundada, sobre todo si se atiende a la segunda época
de Donoso. Lo dicho hasta aquí lo prueba suficientemente. Si se lee
atentamente la Historia de la regencia de Marta Cristina, por ejem­
plo, o el folleto sobre Pío IX —y no son obras de los últimos años—,
se puede llegar a la plena convicción de que Donoso era al cristia­
nismo, y a nadie más, a quien atribuía la civilización europea. De la
primera obra son estas afirmaciones: " La raza gótica sucumbió en
el Guadalete, pero se salvó el cristianismo, y con él la civiliza­
ción” 155. ”La abjuración del arrianismo por los godos en el tercer
concilio de Toledo [...] fue una revolución inmensa, así en el orden
político y civil como en el religioso. La raza conquistadora [la ger­
mánica] fue vencida, a su vez, por la raza conquistada [la hispano-
romana]” 1S6. "Ni se contentó con estas señaladas victorias ganadas
ua Pensamientos varios V i l : 11 983.
144 J. C ha tx - R u y % Donoso C ortés * théologien de l'H istoire et prophete (París 195*0
P.53 nt. 14.
,Mk l 947.
1 94S
154 Introducción general

por el cristianismo [...] contra las inclinaciones bárbaras y groseras


de los pueblos alemanes” 1>r. Omito otras citas por no hacerme
interminable.

d) Edad Media y civilización cristiana

"C’est la société du Moyen Age, ce sont la politique, la philo-


sophie, la littérature de Moyen Age, que M. le marquis de Valde-
gamas, le pére Ventura y M. l’abbé Gaume ont, tous trois, en vue
quand ils écrirent. La est pour eux le catholicisme complete avec tous
ses conséquences sociales” u' 8. Así escribía Alberto de Broglie en
son de ataque a Donoso. Era inevitable esta impresión que daban
los escritos del publicista español. También Valera lanzó contra él
la misma acusación KSÍ\
Ante todo, hay que repetir que Donoso era, en el fondo, un ro­
mántico y que había trasvasado a su espíritu muchas de las esencias
románticas que encontró en el ambiente cultural de la época. Es,
por tanto, normal que sienta una admiración idealista por el lejano
Medioevo.
¿Pensaba efectivamente Donoso Cortés que en la Edad Media
se había realizado "el catolicismo completo, con todas sus conse­
cuencias sociales”? Después dé algunas duras críticas en 1839 a la
alta Edad Media por su carencia de amor a la libertad y aspiración
al despotismo 160, ya en 1841 se sentía atraído hacia "los siglos que
en nuestra petulancia llamamos de oscuridad y de barbarie”. Y es
muy interesante observar las razones: " En esos siglos, la verdad era
el alimento de la inteligencia, y la fe el alimento de los corazones.
Había verdades reconocidas por todos, y principios por todos asen­
tados ; había unidad política, social y religiosa; había un orden je­
rárquico en el mundo moral, como le hay en el-universo” 16\ Do­
noso, pues, admiraba la Edad Media, porque creía ver verificados en
ella los fundamentos de su filosofía: en la Edad Media había una
variedad de principios y de verdades, pero todas ellas reducidas a
unidad en un orden jerárquico. Además, en la Edad Media "la razón
y la voluntad del hombre se conformaron, con una conformidad me­
nos imperfecta, al elemento divino, o, lo que es lo mismo, al ele­
mento católico” ,<52. Considera el siglo xiv como el siglo de oro de la
civilización católica. Nótese bien que no dice nuestro autor que
'·' Ibíd.
5’' A. d e B ro g lie , La M oyen A ge et Vfiglise catholique: Revuc des Deux Mondes,
I de noviembre de 1852, cit. en H. Jijri¿tschke, Obras com pletas de Donoso Cortés
("Madrid 1946) t.2 p 631 nota.
15V J u a n V a l e r a , Estudios críticos sobre filosofía y religión: Obras completas t.2
(M adrid 1942) p.!3*.
Cf interven« ión del pueblo en la imposición de contribuciones I: I 720ss.
" Sobre la incom petencia del Gobierno, etc. : í Hí6.
( nrtn a M on talem bert, Berlín, 4 de junio de IN49: II 329.
/ El cristianismo, orden perfecto 155
en la Edad Media esta realización fuese perfecta, sino sólo "menos
imperfecta”. Porque la civilización católica, aunque "en sí misma,
como un cierto conjunto de principios religiosos y sociales
es perfecta”, sin embargo, "en su desarrollo en el tiempo y en su
extensión en el espacio se ha sujetado a las imperfecciones y las
vicisitudes de todo lo que se extiende en el espacio y se prolonga
en el tiempo”, y ha padecido estas imperfecciones precisamente al
combinarse con la libertad humana 16;í.
Pero Donoso se ha defendido más explícitamente de la acusación
de "idólatra de la Edad Media” que le había hecho De Broglie.
Para ello distingue dos aspectos de la Edad Media; uno el que
llamaríamos, con él, caótico: "Asolamiento de ciudades, caída de
imperios, lucha de razas, confusión de gentes, violencias, gemidos;
hay corrupción, hay barbarie, hay instituciones caídas e instituciones
bosquejadas [ ...] ; hay la luz que basta para ver que todas las cosas
están fuera de su lugar y que no hay lugar para ninguna cosa; la
Europa es el caos.” Entre esta confusión y desorden surge— y es el
segundo aspecto—la Iglesia, que opera una segunda ordenación del
caos, como Dios había operado la ordenación del universo en la
primera creación; la Iglesia levanta el ánimo de los caídos, modera
a los violentos, humilla a los bárbaros y saca "un principio de un
hecho, una ley de una experiencia, y, para decirlo todo de una vez,
lo ordenado de lo exótico, lo armónico de lo confuso ” ; en una pa­
labra, reduce la variedad a la unidad, y así crea el orden medieval lfi4.
Naturalmente, lo que Donoso admira en la Edad Media es esta ar­
monización de tantos elementos en una unidad, verificada bajo la
influencia de los grandes principios católicos, sin dejar de reconocer
los muchos defectos y limitaciones que en ella hubo, provenientes
de la libertad humana.
No quiere entrar en una detallada exposición concreta de las
realizaciones medievales, por no ser prolijo, y se fija casi única­
mente en la constitución de la Monarquía hereditaria, que, "tal
como existió en los confines que separan la Monarquía feudal y la
absoluta, es el tipo más perfecto y acabado del Poder político y de
las jerarquías sociales. El Poder era uno, perpetuo y limitado; era
uno en la persona del rey, era perpetuo en su familia ; era limitado,
porque dondequiera encontraba una resistencia material en una je­
rarquía organizada. Las asambleas de aquellos tiempos no fueron
nunca un Poder. Cuando la Monarquía, sin ser todavía absoluta, fue
ya fuerte, fueron un dique, y nada más; en ios tiempos de la fla­
queza de los tronos fueron un campo de batalla” 165. Se está, pues,
,M Ibid.
uu Carta al director de la “Revue des Deux Mondes": 11 764.
IM Carta al director de la “ Revue des Deux M ondes": 11 769.
156 Introducción general

refiriendo, como a Monarquías ideales, a ciertas Monarquías de la


tardía Edad Media, y podemos pensar que en concreto a la de los
Reyes Católicos de España.
No era que Donoso propusiese un retorno, sin más, al Medioevo.
Lo que propone es una vuelta al espíritu cristiano que animaba a las
instituciones medievales, y que las conformó según las exigencias
del concepto cristiano de hombre. Y esto como enfrentamiento con
el espíritu de la revolución que alentaba en todas las instituciones
del siglo xix. La valoración de la Edad Media no le interesa en sí
misma; sólo busca en ella un ejemplo práctico que oponer a la so­
ciología y a la política liberal. Como a buen filósofo de la historia,
el pasado le interesa para comprender y orientar el presente.
Hechas las salvedades que él mismo hace—y otras que serían
necesarias— , se puede decir que en conjunto es aceptable su juicio
sobre la Edad Media. Efectivamente, en esta época es el cristianismo
quien va lentamente liberando a los súbditos y domeñando a los se­
ñores en lo político con la fuerza de su doctrina, al mismo tiempo
que apoya la humildad y santifica la obediencia. Impone, además,
un estilo de vida en el que todo debe someterse a los principios so­
brenaturales y en el que lo religioso es una parte de lo social. Da
unidad a Europa al crear el Imperio cristiano como sucesor del Im­
perio romano, y, en fin, crea un verdadero ordo christianm vario
y uno, jerárquico y optimista, en el que todo y todos, desde el papa
y el emperador hasta los seres inanimados, tienen un puesto deter­
minado para la gloria de Dios. Si en la realización histórica se re­
sintió de muchos y muy graves defectos, esto se debió a la limitación
e imperfección inherente a toda realidad humana. Pero, a pesar de
ello, señalaba una alta conquista en el camino del orden ideal cris­
tiano.
BIBLIOGRAFIA '

I. hJdicíones de obras de Donoso ('ortés


La ley Electoral considerada en su base y en su relación con el espíritu de
nuestras instituciones (Madrid 1835).
Lecciones de Derecho politico, por D. Juan Donoso Cortés (Madrid 1837).
Principios constitucionales aplicados al proyecto de ley fundamental presen­
tado a las Cortes por la Comisión nombrada al efecto, por D. Juan Donoso
Cortés (Madrid 1837).
Colección escogida de los escritos del Excmo. Sr. D. Juan Donoso Cortés, mar­
qués de Valdegamas (Madrid 1848) 2 vols.
Discurso pronunciado en 30 de enero de 1850 en las Cortes Españolas por
D. Juan Donoso Cortés (s.l. s.i. s.a.).
Lettres et discours de M. Donoso Cortés, editées par le Comité pour la defense
de la liberté religieuse (París 1850).
Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo considerados en sus
principios fundamentales, por D. Juan Donoso Cortés, marqués de Val-
degamas, 1.a ed. (Madrid 1851). (Al mismo tiempo fue editado en París
en traducción francesa.)
Donoso Cortés, Márchese di Vaidegamas. Saggio sul cattolicismo. liberalismo
e socialismo. Prima versione italiana (Foligno 1852).
Donoso Cortés, Saggio sul cattolicismo, liberalismo e socialismo. Versione pre-
ceduta da un cenno sulla vita e le opere dell’autore di G. E. de Castro
(Milano 1854).
Donoso Cortés, Marqués von Vaidegamas: Versuch über den Katholizismus,
den Uberalismus und Sozialismus, übersetzt von Carl B. Reiching (Tu­
bingen 1854).
Obras de D. Juan Donoso Cortés. Ordenadas y precedidas de una noticia bio­
gráfica por D. Gabino Tejado (Madrid 1854-1856) 5 vols.
Oeuvres de Donoso Cortés, Marquis de Valdegamas. ancien Ambassadeur
d’Espagne prés la cour de France. Publiées par sa famille; précédés d’une
introduction par Louis Veuillot (París 1858-59) 3 vols. (3.a ed. [Lyón
1876-77] f vols.).
Donoso Cortés, Giovanni: Scritti vari, volgarizzati da G. B. M. (Roma
1861).
Don Juan Donoso Cortés, Marquis of Valdegamas: Essay on Catholicism,
liberalism and socialism, considered in their fundamental principles. From
the original spanish. To which is prefixed a sketch of the life and works
of the author from the Italian of G. R de Castro. Translated by M. V.
Goddard (Philadelphia 1862).
Carta al Excmo. Sr. Cardenal Fornari (Madrid 1865).
Donoso Cortés. Essay on catholidsm, liberalism and socialism considered in
their fundamental principles. Translated from the spanish by W . M. Do­
nald of the Irish College, Salamanca (Dublin 18~4).
Don Juan Donoso Cortés. Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el
socialismo. Editado por D. Gabino Tejado, 3.a ed. (Madrid 1880).
Deux Diplómales: Le comte Raczynski et Donoso Cortés, Marquis de Valde­
gamas. Dépéches et correspondance politique 1S4S-1S53. Publiées et mises
en ordre par le Comte Adhémar d’An ti oche (París 1880).
' Damos a continuación la bibliografía más completa que hasta hoy existe sobre
Honoso Cortés. No es. sin embargo, exhaustiva ni perfecta todavía, pero sí constituye
un avance para una bibliografía definitiva.
158 Bibliografía
Obras de D. Juan Donoso Cortés. Nueva edición aumentada con importantes
escritos inéditos y varios documentos relativos al mismo autor, publicada
por su hermano D. Manuel, bajo la dirección y con un prólogo de D. Ma­
nuel Ortí y Lara (Madrid 1891-1893) 3 vols.
Obras de D. Juan Donoso Cortés. Nueva edición publicada bajo la dirección
de D. Juan Manuel Ortí y Lara (Madrid 1903-1904) 4 vols.
Obras escogidas de D. Juan Donoso Cortés. Nueva edición publicada bajo la
dirección de D. Juan Manuel Ortí y Lara (Madrid-Barcelona s.a.) 2 vols.
Donoso Cortés. Discursos parlamentarios, ordenados y con un prólogo por
D. Julio Burell; notas y observaciones de D. Juan Bautista Catalá y
Gavilá: Grandes Oradores, colección de obras maestras (Madrid 1915).
Die Kirche und die Zivilisation in Briefen von Donoso Cortés, herausgegeben
von Abel Ferner (München 1920).
Katholische Politik in Reden von Donoso Cortés, herausgegeben von Abel
Ferner (München 1920).
Donoso Cortés, Giovanni, Marchese di Vaidegamas. Scritti vari. Prefazione,
scelta e traduzione di B. Sanvisenti (Firenze 1924).
Ideario de Donoso Cortés, recopilado por Antonio Porras: Colección Hom­
bres e Ideas (Madrid 1931).
Donoso Cortés. Der Staat Gottes. Eine Katholische Geschichte-philosophie
Aus dem spanischen Original übersetzt und herausgegeben von Dr. Lud­
wig Fischer (Karlsruhe 1933).
Obras escogidas de D. Juan Donoso Cortés (Apostolado de la Prensa, Ma­
drid 1933) 1 vol.
Juan Donoso Cortés. Pensamientos. Selección y prólogo de M. Fernández
Núñez: Nueva Biblioteca de Filosofía t.73 (Madrid 1934).
V a l l e . A n t o n io . Cartas inéditas y semiinéditas de Donoso Cortés: Razón
v Fe 111 (1936) 434-51.
D , no so Cortés und Napoleon III. Sechs unveröffentliehe Berichte, herausge­
geben von Edmund Schramm: Ibero-amerikanisches Archiv, XI Jahrgang
(Berlin 1937).
Donoso Cortés. Antología. Prólogo y selección de Antonio Tovar (Barce­
lona 1940).
Obras escogidas de D. Juan Donoso Cortés (Buenos Aires 1944).
Donoso Cortés. Kulturpolitik, Kirche, Glaube, Zivilisation, Staatspolitik, Über­
setzung von Briefen Donoso Cortés, herausgegeben von H. Hess (Basel
1945).
Obras completas de D. Juan Donoso Cortés, marqués de Valdegamas, re­
copiladas y anotadas, con la aportación de nuevos escritos, por el
Dr. D. Juan Juretschke: BAC (Madrid 1946) 2 vols.
Donoso Cortés. Drei Reden. Ueber die Diktatur. Ueber Europa. Ueber die
Lage Spaniens (Zürich 1948).
Donoso Cf/rtés. Der Abfall vom Abenland. Herausgegeben und eingeleitet
von Paul Viator (Wien 1948).
Juan Donoso Cortés. Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socia­
lismo considerados en sus principios fundamentales: Colección Austral
(Espasa-Calpe, Buenos Aires 1949).
Donoso Cortés (selección de textos sobre ideas estéticas hecha por Enrique
Pardo Canalis): Revista de Ideas Estéticas 8 (1950) 325-51.
Donoso Cortés. Briefe, parlamentarische Rede und diplomatische Berichte
aus dem letzen Jahren seines Lebens (1849-1853), herausgegeben und
eingeleitet von Albert Maier (Köln 1950).
Juan Donoso Cortés. Antología. Selección y prólogo de Francisco Elias de
Tejada (Madrid 1953).
Juan Donoso Cortés. Textos políticos: Biblioteca del Pensamiento Actual
fMadrid 1954).
Bibliografía 159
Juan Donoso Cortés. Los errores de nuestro tiempo (carta al cardenal For-
nari): Feria Nacional del Libro (Madrid 1955).
El pensamiento político hispano -americano. Donoso Cortés (Buenos Aíres
1965).
2. Escritos sobre Donoso Cortés
ABC, 9 y 10 de mayo de 1953, diversos artículos de José María Peman,
Yanguas Messía, José Pemartín, Leopoldo Eulogio Palacios y Francisco
Elias de Tejada para conmemorar el centenario.
ACEDO C a s t i l l a , J o s é F., Donoso Cortés y la revolución de 1848 (Sevilla
1956) 28 págs.
D ’ANTIOCHE, A d h em a r, Le Comte Raczynski et Donoso Cortés, dépéches
et correspondance politique (1848-1853) (París 1880). Introduction p.XXX.
AraQUISTÁIN, LUIS, Donoso Cortés y su resonancia en Europa. Cuadernos (Pa­
rís), n.3, sept.-dic. 1953, p.3*12.
AragÜES, F., Donoso Cortés: Liberalismo y Estado católico (Zaragoza 1941).
ARMAS, G a b r i e l d e, Donoso Cortés (Madrid 1953) (incluye diversos en­
sayos que el autor había publicado antes sueltos).
— Por qué volvemos a Donoso Cortés (Las Palmas 1956) 36 págs.
— Donoso Cortés; su sentido trascendente de la vida (Madrid 1953).
ΑΤ, J ea n ANTOINE, Jean Donoso Cortés: Les Apologistes Espagnols en XIX
siécle (París s.a.).
BALMES, JAIME, Escritos políticos (Barcelona 1926) t.5 p.225ss; t.6 p.51ss.218.
220.224.229; t.7 p.l39ss.
BARALT, RAFAEL M a ría , Juicio critico del marqués de Valdegamas (discurso
de entrada en la Real Academia Española): Discursos leídos en las recep­
ciones públicas que ha celebrado en 1 8 4 7 la Real Academia Española,
t.2 (Madrid 1860).
B a r b e y d ’A u r e v i l l y , Les prophétes du passé (París 1857).
— Les oeuvres et les hommes. Premiere partie: “Philosophes et écrivains re-
ligieux” (París 1860).
BARTH, HANS, Der philosophische Gedanke in der Politik: Fluten und Däm­
men (Zürich 1943).
— Juan Donoso Cortés: Schweizerische Rundschau, agosto 1935.
— Juan Donoso Cortés und Giambatüsta Vico: Hortulus axnicorum, tomo
de homenaje a Fritz Emt (Zürich 1949).
(En “Fluten und Dämmen” [Zürich 1945] hace ua resumen de la biblio­
grafía alemana sobre Donoso Cortés.)
BAUNARD, La fot et ses victoir.es (París 1882).
B a y le , CONSTANTINO, Semblanza de Donoso Cortés. Introducción a la edi­
ción de Obras escogidas de Donoso (Apostolado de la Prensa, Madrid
1933) p.7-61.
Beckm ann, J., Donoso Cortés: Lexikon für Theologie und Kirche 3 (1 9 3 1 )
41 2 -1 3 .
B e r n h a r t, Josep h , Ein Untergangsprophet vor 80 Jahren: Münchener Neueste
Nachrichten n.154 y 155, 9 y 10 de junio 1932.
B la n c o G a r c ía , F r a n c is c o , La literatura española en el siglo X IX t.l (Ma­
drid 1891).
B r o g l ie , A l b e r t DE, Le Moyen Age et l’Église catholique: Revue des E>eux
Mondes, noviembre 1852.
B r o w n so n , ORBSTES, Union of Church and State, primero en Catholic
World, abril 1867; después en The Works of Orestes Brownson, collected
by Henry F. Brownson, vol.13 (Detroit 1884).
Brijck, MAX, Romantischer Konservativismus: Frankfurter Zeitung n.659-60,
25 diciembre 1936.
Buss, F. J., Zur katholischen Politik der Gegenwart (Paderborn 1850).
160 Bibliografía
— Donoso Cortés: Wetzer und Weltes Kirchenlexicon 2 Aufl., 3 Band
(Freiburg 1884).
C a l v o S e r e r , R a f a e l , Europa en 1849. Comentario a dos discursos de Do­
noso Cortés: Arbor 12 (1949) 329-54.
— El pensamiento contrarrevolucionario de Donoso Cortés y la ruina de la
Europa moderna, en España, sin problema (Madrid 1949).
— El fin de la época de las revoluciones, ibid., publicado antes en Arbor 13
(1949) 1-9.
C á n o v a s d e l C a s t i l l o , A n t o n io , Problemas contemporáneos t.2 (Madrid
1884): Colección de Escritores Castellanos.
C a t u r e l l i . A l b e r t o , Una obra francesa sobre Donoso Cortés: Sapientia 12
(1957) 279-287.
— Donoso Cortés y San Agustín: Humanitas (Tucumán) II 6 (1955) 161-82.
— Donoso Cortés en la Argentina: Sapientia 9 (1954) 88-102.
— Despotismo universal y Katechon paulino en Donoso Cortés: Sapientia
13 (1958) 36-42 y 110-27.
— Donoso Cortés. Ensayo sobre su filosofía de la historia (Córdoba (Repú­
blica Argentina] 1958), 215 págs.
C e ñ a l . S.I., R am ón. La filosofía de la historia de Donoso Cortés: Revista
de Filosofía 11 (1952) 91-113.
— J. B. Vico y Donoso Cortés: Pensamiento 24 (1968) 351-374.
C h a ix -R u y , T u les. Donoso Cortés, théologien de VHistoire et prophéte (Pa­
rís 1956)1 181 págs.
C h am p agn y, F r a n z DE, Critique a Lettres et discours de M. Donoso Cortés:
Le Correspondant, 25 avril 1850.
C i v i l t a C a t t o l i c a , La, Saggio sul Cattolicismo, Liberalismo e Socialismo
di Donoso Cortés, Márchese di Valdegamas. Prima versione italiana. Fu-
ligno (comentario) IV 2 (1853) 171-88.
C o n d e . P r u d e n c io , El ideario de Donoso Cortés y la nueva España: Revista
del Centro Extremeño 12 (1938) 279-307; 13 (1939) 66-100.
C o r t s G r a u . Tose, Perfil actual de Donoso Cortés: Revista de Estudios Po­
líticos 10 (1945) 79-118.
— Motivos de la España eterna (Madrid 1949).
COSTA. JOAQUÍN, Filosofía política de Donoso Cortés: Estudios Políticos y
Jurídicos. Biblioteca Jurídica de Autores Españoles, t.14 (Madrid 1884).
D e m p f, ALOIS, Christliche Staatsphilosophie in Spanien (Salzburg 1937).
— Sociología de la crisis: Colección O crece o muere (Madrid 1951).
D e m p f, R a in e r , Die Ideologiekritik des Donoso Cortés: Philosophisches
Jahrbuch der Górresgesellschat 64 (1956) 298-338.
DÍEZ d e l CORRAL, Luis, Donoso Cortés, doctrinario. La Constitución del 45,
en El liberalismo doctrinario (Madrid 1945) p.493-544.
D o m ín g u e z C a s t a ñ e d a , P e d r o , Una concepción teológico-filosófica de la
sociedad. El orden social según Donoso Cortés: Studium Legionense 1
/1960) 157-255.
E lÍ a s d e T e ja d a , F r a n c is c o , Para una interpretación extremeña de Donoso
Cortés (Cáceres 1949), 106 págs.
E s c o b a r G a r c ía , F r a n c is c o , Semblanza de Donoso Cortés: Revista de Es­
tudios Extremeños 9 (1953) 175-250.
F a g o a g a , M ig u e l, El pensamiento social de Donoso Cortés (Madrid 1958)
54 págs.
F e r n á n d e z , O.F.M.Cap., JOACHIM, Spanisches Erbe und Revolution (Münster
West f 1 9 5 7 ) Viertes Kapitel p.56-69.
F e r n A n d e z -C a r v a ja l, R o d r ig o , Las constantes de Donoso Cortés: Revísta
de Estudios Políticos 61 (1957) 75-107.
F is c h e r , L u d w ig, Der Staat Gottes, eine katholische Geschichtsphilosofhie
von Donoso Cortés, Einleitung von I,. Fischer (Karlsruhe 1933).
/
)
Bibliografía 161
FRAGA IRIBARNE, ^MANUEL, Donoso Cortés ante la crisis de España. Su visión
ante el problema africano, en Africa en el pensamiento de Donoso Cortés,
Conferencia en el Instituto de Estudios Africanos (Madrid 1955) p.47-65.
F r e x a s , José, El socialismo y la teocracia, o sea, observaciones sobre
las principales controversias políticas y filosófico-sociales dirigidas al
Excmo. Sr. D. Juan Donoso Cortés en refutación de las más nócables
ideas de sus escritos y de las bases de aquellos sistemas, 2 vols. (Bar­
celona 1852).
G a lin d o H e r r e r o , S a n tia g o , Donoso Cortés en la última eiapa de su
vida: Arbor 25 (1953) 1-17.
— Donoso Cortés en su paralelo con Baknes y Pastor Díaz: Revista de
Estudios Políticos 69 (1953) 111-39.
— Donoso Cortés: actualidad de su pensamiento. Conferencia en la Ins­
titución Príncipe de Viana (Navarra), publicada después en El Pensa­
miento Navarro a partir del número de 26 de febrero de 1954.
— Donoso Cortés y su teoría política (Badajoz 1957), 364 págs.
— Donoso Cortés: Temas españoles n.26 (Madrid 1953), 30 págs.
— Prologo al centenario de Juan Donoso Cortés: Ateneo n.25, Madrid,
3 de enero de 1953.
— La guerra y el dolór en la doctrina de Donoso Cortés: Ateneo n.28,
Madrid, 14 de febrero de 1953.
— España, punto clave para una comprensión entre Europa y Africa se­
gún el pensamiento de Donoso Cortés, en Africa en el pensamiento de
Donoso Cortés. Conferencias en el Instituto de Estudios Africano» (Ma­
drid 1955) p.29-46.
G a r c ía E sc u d e r o , J o s é M a ría , Política española y política de Balmes
(Madrid 1950).
GONZÁLEZ, C e f e r in o , Historia de la filosofía t.3 (Madrid 1879) p.496-99.
G u t i é r r e z A n d ré s, G u ille r m o , En tomo a la oratoria de Donoso Cortés:
Miscelánea Comillas 11 (1939) 311-31.
G u t i é r r e z L a sa n ta , F r a n c is c o , Donoso Cortés, el profeta de la Hispa­
nidad (Zaragoza 1955).
— Pensadores políticos del siglo X X (Madrid 1949).
HÖCHT, JOHANNES M a ría , Donoso Cortés. Untergang oder Wiedergeburt
des Abendlandes? Die europäischen Geschichte-prophetien des grossen
spanischen Staats-mannes (Wiesbaden 1953), 61 págs.
H o y , diario de Badajoz, 3 de mayo de 1953, número extraordinario con
motivo del centenario de la muerte de Donoso Cortés, con originales de
Herminio Pinilla, Santiago Galindo, Andrés Calderón, Pepita Donoso
Cortés, M. Medina Gata, María Luisa Mellado y José E. Vázquez de
Mondragón.
HÜBNER, COMTE DE, Neuf ans de souveni*s d’un Ambassadeur cFAutricbe
a Parts. 1851-1859 t.2 p.128-31 (París^ 1904).
INFORMACIONES, diario de Madrid, publicó, a lo largo del año 1953, diversos
artículos sobre Donoso Cortés para conmemorar el centenario de su muer­
te. Colaboraron: P r o f . MARCEL DE LA BiGNE DE VlLLENEUVE, Donoso
Cortés y Blanc de Saint Bannet; BARÓN VON DER HEYDTE, de la Uni­
versidad de Maguncia, Donoso Cortés y la revolución de 1848; ERNESTO
VON HIPPEN, de la Universidad de Colonia, Donoso Cortés en Alemania;
F e r n a n d o DE AGüIAR, Donoso Cortés y el pensamiento contrarrevolucio­
nario portugués; MARCIAL SOLANA., Donoso Cortés tisto por Menéndez
Pelayo.
IRIARTE, JOAQUÍN, Un Donoso románticamente filósofo: R azón y Fe 1 4 8
(1 9 5 3 ) 1 28-42.
JOSTOCK, P a u l, Ein
Mahner und Warner Europas. Zum 100. Todestag ’von
Donoso Cortés: Rheinischer Merkur n.18 (1953).
Donoso C ortés ! 6
162 Bibliografía
LAFUENTE, M o d e s t o , Historia general de España desde los tiempos primi­
tivos hasta la muerte de Fernando VII (continuada desde dicha época
hasta nuestros días por D. Juan Valera, con la colaboración de D. Andrés
Borrego y D. Antonio Pirala) t.23 (Barcelona 1890) passim.
L a r r a z , J o s é , Balmes y Donoso Cortés. Colección O crece o muere (Madrid
1965) 76 págs.
L a v e r d b , G u m ersin d o , Del tradicionalismo en España. Ensayos críticos sobre
filosofía, literatura e instrucción pública españolas (Lugo 1868).
L e g a z , L., La idea del Estado en Donoso Cortés y Vázquez de Mella (San­
tiago de Compostela 1945).
Lema, M a r q é s d e , Un momento político interesante y una carta de Donoso
Cortés: Boletín de la Academia de la Historia t. c. (1932) p.l39ss.
LETURIA, P e d r o , Previsión y refutación del ateísmo comunista en los últimos
escritos de Juan Donoso Cortés: 1848-1853: Gregorianum 18 (1937)
481-517.
LÓPEZ AMO, ANGEL, Prólogo a la ed. castellana de la obra de Cari Schmitt
Interpretación europea de Donoso Cortés (Madrid 1952).
LóWlT, KARL, Donoso Cortés und Proudhon, en Von Hegel bis Nietzsche
(Zurich 1941) p.337-39.
L o z a n o , M ig u e l, Teoría de la sociedad según Bonald y Donoso Cortés:
Revista de Estudios Extremeños 19 (1963) 335-402.
M a e z t u . R a m ir o d e , El espíritu y la decisión: Acción Española 16 (1936)
434-56.
— En vísperas de la tragedia (Madrid 1941).
M a ie r , J. P., Donoso Cortés: "De Civitate Dei”: The Dublin Review (1951)
76-88.
M a ie r , A l b e r t , en Hochland (noviembre 1940, p.66-77); conspectus de la
bibliografía alemana sobre Donoso Cortés.
M a r t ín , J. LUIS, Proudhon y Donoso Cortés ante la propiedad privada: Re­
vista de Filosofía 24 (1965) 317-344.
M a r t ín M a t e o s , N ic o m e d e s , Veintiséis cartas al señor marqués de Valde-
gamas, en contestación a los veintiséis capítulos de su Ensayo sobre el
catolicismo, el liberalismo y el socialismo (Valladolid 1851).
M a z a d e , C h a r l e s d e , Un penseur catholique espagnol: Donoso Cortés, en
Les revolutions de l’Espagne moderne (París 1869).
MECNZER, BELA, Metternich y Donoso Cortés. Pensamiento cristiano y con­
servador en la revolución europea: Arbor 13 (1949) 62-92. Publicado
antes en The Dublin Review (1948) 19-51.
M e d in a G a t a , M a n u e l, diversos artículos publicados en el diario El Ideal,
d e Granada, m arzo y abril 1 9 5 3 .
MENÉNDEZ PELAYO, MARCELINO, Historia de los heterodoxos españoles t.6
(Santander 1948) p.403ss.
— Ensayos de crítica filosófica: Balmes (Madrid 1948) (t.43 ed. nac.) p.358.
— Discursos de crítica histórica y literaria t.8 (Madrid 1947) p.283ss.
— Estudios de crítica literaria. Quadrado y sus obras t.5 (Santander 1942)
p.211ss.
MESONEROS R o m a n o s, M a n u e l, Coya, Moratín, Meléndez Valdés y Donoso
Cortés. Reseña histórica de los anteriores enterramientos y traslaciones de
sus restos mortales hasta su inhumación en el mausoleo de San Isidro
el día 11 de mayo de 1900 (Madrid 1900).
M in gu ijÓ n , SALVADOR, Hombres e ideas (Zaragoza 1 9 1 0 ).
— Donoso Cortés: Centenario del fallecimiento de Juan Donoso Cortés, mar­
qués de Valdegamas. Discursos leídos en la junta pública conmemorativa
de 23 de mayo de 1954, celebrada por el Instituto de España (Madrid
1955).
Bibliografía 163
MONSEGtJ, BERNARDO G., Clave teológica de la historia según Donoso Cor­
tés (Badajoz 1958) 318 págs.
MONTALEMBERT, Comte DE, Juan Donoso Cortés, Marquis de Valdegamas:
La Correspondant, 25 august. 1853. Reproducido en Oeuvres polémiques
et di verses II (París 1860).
M u ñ o z d e San P e d r o , MIGUEL, La esposa de Donoso Cortés: Revista, de
Estudios Extremeños 9 (1953) 375*449.
OCHOA, EUGENIO DE, Apuntes para una biblioteca de escritores españoles
contemporáneos en prosa y en verso (París 1840).
O p isso , A l f r e d o , Semblanzas políticas del siglo X IX (Barcelona 1908).
D ’ORS, E u g en io , Fiel contraste de Donoso Cortés, político porque fue teó­
logo, y por profeta, diplomático, en el número extraordinario del diario
El Debate, febrero 1934, Madrid.
— Glosas. Otra vez Donoso, en el diario ABC de Madrid, 1 de enero de
1931.
— Donoso Cortés y la emperatriz Eugenia, en el diario El Debate, Madrid,
20 de enero de 1934.
— Glosas a Donoso Cortés: Criterio 1 (Buenos Aires 1929) 49.
ORTÍ y L a ra , Juan M a n u e l, Prólogo a la ed. de Obras completas de Donoso
Cortés (M adrid 1909).
— Don Juan Donoso Cortés, marqués de Valdegamas, discurso leído en la
velada celebrada por los Círculos Católicos de Obreros de Madrid con
motivo de la traslación de sus restos, junto con los de D. Leandro Fer­
nández Moratín, D. Juan Meléndez Valdés y D. Francisco Goya, ai
cementerio de San Isidro (Madrid 1900).
ORTIZ ESTRADA, Luis, Donoso Cortés, Veuillot y el "Syllabus”, de Pío IX:
Reconquista (revista hispano-brasileña) 1 (1950) 15-36.
PACHECO, J o a q u ín F r a n c is c o , Literatura, historia, política. Sobre el marqués
de Valdegamas (Madrid 1864).
P a r d o BAZÁN, EMILIA, Juan Donoso Cortés, en el diario Heraldo de Madrid,
10 de mayo de 1900.
P a s t o r D ía z , N ic o m e d e s - F r a n q s c o d e C á r d e n a s, D o» Juan Donoso Cor­
tés, en Galería de españoles célebres contemporáneos, o biografías y re­
tratos de todos los personajes distinguidos de nuestros días en las ciencias,
en la política, en las armas, en las letras y en las artes, t.6 (Madrid 1845).
P é r e z B u en o , F., Donoso Cortés: Revista de Extremadura 1 (1899) 81-91.
PlDAL y MON, ALEJANDRO, Balmes y Donoso Cortés. Orígenes y causas del
ultramontanismo. Su historia y sus transformaciones. Relaciones del Esta­
do con la Iglesia española y con la Santa Sede. Ateneo Científico, Lite­
rario y Artístico de Madrid. La España del siglo XIX. Colección de con­
ferencias históricas. Curso de 1886-1887 (Madrid 1887).
— El marqués de Valdegamas, en el diario El Liberal, Madrid, 11 de mayo
de 1900.
P r z y w a r a , S.I., E r ic h , Dionysisches und christliches Opfer: Stimmen der
Zeit 129 (1935) 11-24.
— Heroisch (Paderborn 1936).
— Kreuz und Geschichte: Reinhold Schneider: Stimmen der Zeit 134 (1938).
— Donoso Cortés und Nietzscbe, en Humamtas. Der Mensch gestem und
morgen (Nüremberg 1952) p.243-57.
R e y C a r r e r a , Juan, El resurgir de España (San Sebastián 1938).
R ib er, L o r e n z o , Donoso Cortés, académico y apologista, en Centenario del
fallecimiento de Juan Donoso Cortés, marqués de Valdegamas. Discursos
leídos en la junta pública conmemorativa de 23 de mayo de 1954, cele­
brada por el Instituto de España (Madrid 1955).
R iv a s, N a t a l i o , Intervención secreta de Donoso Cortés. Caída del Minis­
terio puritano, en Anecdotario histórico (Madrid 1951) p.427-71.
164 Bibliografía
RoiG G i r o n e l l a , JUAN, La filosofía española en el siglo XIX. Apéndice a
la trad. española de la Historia de la filosofía de F. Klimke (Barcelona
1947).
ROSSI, G iu se p p e C a r lo , El Vico de Donoso Cortés, en Estudios sobre las
letras en el siglo X V Ul (Madrid 1967) p.206-221.
RUBIO SÁEZ, C , Lo social en Donoso Cortés: Revista de Trabajo 1 (1 9 5 0 )
105-11.
S a iz B a r b e r á , Juan, Pensamiento histórico cristiano 2 vols. (Madrid 1967).
(El segundo, dedicado en gran parte a Donoso.)
S a n d o v a l. A d o l f o d e . Una discusión acerca de Donoso Cortés, en Menéndez
Pelayo (Madrid 1944) p.91-98.
S g h m it t , C a r l, Die Diktatur. Von den Anfängen des modernen Sou veranitäts
gedankens bis zum proletarischen Klassenkampf (München und Leipzig
1921).
—■Politische Theologie. Vier Kapitel zur Lehre von der Souveränität (Mün­
chen und Leipzig 1922). (Existe una trad. española hecha por Javier Con­
de, Madrid 19...)
— Polnische Romantik (München und Leipzig 1925).
— Die getstesgeschichtliche Lage des heutigen Parlamentarismus (München
und Leipzig 1926).
— Donoso Cortés in Berlin: Wiederbegegnung von Kirche und Kultur in
Deutschland. Eine Gabe für K. Muth (München 1927). Reproducido en
Positionen und Begriffe (Hamburg 1940).
— Der unbekannte Donoso Cortés: Hochland, 27 Jahrgang, t.2, (1930).
— Donoso Cortés. Su posición en la historia de la filosofía del Estado
europeo. Conferencias dadas en el Centro de Intercambio Cultural Ger­
mano-Español (Madrid 1930) 16 págs.
— Donoso Cortés in gesamteuropäischer Interpretation (Colonia 1950).
Existe la trad. castellana de esta obra: Biblioteca del Pensamiento Actual
(Madrid 1952). Contiene los trabajos: Interpretación europea de Donoso
Cortés, leído como conferencia el 31 de mayo de 1944 en la Academia
de Jurisprudencia y Legislación de Madrid; Para la filosofía política de
la contrarrevolución, Donoso Cortés en Berlín y El ignorado Donoso
Cortés.
S c h n a b e l, F r., Deutsche Geschichte im 19. Jahrhundert t.4 p.170 (Freiburg
1937;.
SCHNEIDER, R., Die Warnung des Donoso Cortés: Weisse Blätter, enero 1935.
S ch ra m , Edmund, Der funge Donoso Cortés: Spanische Forschungen der
Görresgesellschaft, Gesammelte Aufsätze zur Kulturgeschichte Spaniens,
t.4 (Münster 1933).
— Donoso Cortés. Leben und Werk eines spanischen Antiliberalen (Ham­
burg 1935). Donoso Cortés. Su vida y su pensamiento (Madrid 1936)
343 págs. (No es traducción de la anterior.)
— La influencia de Donoso Cortés y la crítica: Religión y Cultura 34 (1936)
39-53.
— Donoso Cortés, ejemplo del pensamiento de la tradición. Colección O
crece o muere (Madrid 1952) 43 págs.
— Der europäische Donoso Cortés: Hochland, febrero 1952.
— Zur Frage: Donoso Cortés und Deutschland: Spanische Forschungen der
Görresgesellschaft. Gesammelte Aufsätze zur Kulturgeschichte Spaniens,
t.2 (Aschendorff 1955) p.220-30.
S c ia c c a , M i c h e l e F e d e r ic o , Donoso Cortés nell'interpretazione di Jules
Chaix-Ruy: Idea, Scmmanale de Cultura. Roma, 4 de noviembre de 1956.
S e v illa A n d r é s , D jlco, Donoso Cortés y la dictadura: Arbor 24 (1953)
58-72.
/ Bibliografía 165
Polémica española s^bre el “Ensayo”, de Donoso
SEVILLA A n d r é s, D ie g o ,
Cortés: Anales de la Universidad de Valencia, año 25, cuad.2 (1951-52)
p.89-122.
— Interpretación marxista de Donoso Cortés: Arbor 29 (1954) 186-90.
— Donoso Cortés y la misión de España en Africa, en Africa en el pensa­
miento de Donoso Cortés. Conferencias en el Instituto de Estudios Afri­
canos (Madrid 1955) p.7-27.
— El impacto de San Agustín en Donoso: La Ciudad de Dios, número ex­
traordinario de homenaje a San Agustín en el XVI centenario de su
nacimiento, t.2 (El Escorial 1955) p.621-45.
Si Lió, FRANCISCO J a v ie r , Donoso Cortés en su tiempo y en el nuestro:
Arbor 17 (1950) 56-62.
SPRENGER, L e o p o ld , Donoso Cortés und seine Schau in die Zuktmft:
Schönere Zukunft VIII n.14-15 (1933).
SUÁREZ VERDEGUER, FEDERICO, Donoso Cortés en el pensamiento europeo
del siglo XIX. Colección O crece o muere (Madrid 1954) 36 págs.
— La primera posición política de Donoso Cortés: Arbor 16 (1 9 4 6 ) 7 3 -9 8 .
— Evolución política de Donoso Cortés (Santiago de Compostela 1949) 118
páginas.
— Introducción a Donoso Cortés (Madrid 1964), 273 págs.
TEJADO, G a b in o , Noticia biográfica de Donoso Cortés; precede a las ediciones
de Obras de D. Juan Donoso Cortés (Madrid 1854-1856, 1891-1893,
1903-1904).
ToVAR, ANTONIO, Donoso Cortés en París: El Español, 12 de d iciem b re
de 1942.
TüEBBEN, H ., Donoso Cortés: Staatslexikon der Görresgesellschaft, 5.a ed ., I
(1926).
VALERA, JUAN, Ensayo sobre el liberalismo, etc., de D. Juan Donoso Cortés:
Estudios críticos sobre filosofía y religión. Obras completas l2 (Madrid
1942) p.l375ss.
— Crítica literaria. La poesía lírica y la épica en la España del siglo XIX:
ibid., sobre todo p.ll28ss.
—■Notas biográficas y críticas. Don Gabriel García Tassara: ibid., p.l322ss.
— Discurso leído ante SS. MM. y AA. RR. por el Excmo. Sr. D. Juan
Valera en junta pública celebrada por la Real Academia Española el
día 13 de mayo de 1900 con motivo de la traslación de las cenizas de
Goya, Meléndez Valdés, Fernández Moratín y marqués de Valdegamas
(Madrid 1900).
VALVERDE, C a r lo s , Donoso Cortés de nuevo en Francia: Pensamiento 13
(1957) 352-56.
— Presupuestos metafísicos en la filosofía social y política de Juan Donoso
Cortés: Miscelánea Comillas 30 (1958) 1-87.
VÁZQUEZ DE MELLA, J., Donoso Cortés y el bolchevismo, en Obras com­
pletas t.24 (Madrid 1 9 3 4 ) p .2 9 3 -3 1 8 .
VÁZQUEZ D o d e r o , J o s é Luis, Donoso Cortés, rara avis: Ecclesia n .6 2 0 ,
M adrid, 30 d e m ayo d e 1953.
VEGAS, E u g en io , Autoridad y libertad según Donoso Cortés: Arbor 24 (1953)
53-57.
V e u i l l o t , Luis, Introducción a la ed. francesa Oeuvres de Donoso Cortés
(París 1858-1859).
— Correspondance: Oeuvres completes de L. Veuillot t.17 (París 1931).
VlDART, LUIS, La filosofía española. Indicaciones bibliográficas (M adrid
1866).
VlLLANUEVA Y GÓMEZ, R a f a e l , Biografía de Donoso Cortés, en el diario
El Faro Nacional, 22 d e junio de 1853.
166 Bibliografía
VILLEFRANCHE, J. M., Donoso Cortés: Dix grand? chrétiens du siéde (Pa­
rís s,a.).
WEINAND, Donoso Cortés: Staatslexikon der Görresgessellschaft, 3*a y 4.a ed.,
I (1911).
WESTEMEYER, D ie t m a r , Donoso Cortés. Staats man und Theologe. Eine Un­
tersuchung seines Einsatzes der Theologie in die Politik (Münster 1940).
(Trad. española, Edit. Nacional, Madrid 1957.)
— Ein Diener des öffentlichen Wortes. Zum Hundertjahrgedächtnis von Juan
Donoso Cortés: Sanctificatio nostra, 18 Jahrgang, die. 1953.
OBRAS! COMPLETAS DE DONOSO CORTES
CARTA A SU PADRE1

Madrid, 18 de agosta de 1828.


Querido padre: He recibido la apreciabk de usted, la cual, si
otro que mi padre hubiera escrito y eo otras circunstancias, hubiera
creído que era una carta escrita con el objeto de chancearse con­
migo. ¡Cuarenta o cincuenta reales todos los meses! Esto se da a
un niño de siete u ocho años para que compre cbocbos, si es que
ha de estar en Madrid. ¿Es acaso la Corte cgkbo un pueblo de pro­
vincia, en el que se mete un duro en el bolsillo y al cabo de a a
mes lo tiene todavía, por no haber encontrado en qué emplearle?
Todas estas reflexiones daban suficientes motivos para creer que la
dicha carta era una burla y nada m ás; pero, considerando qoe es
usted el que la escribe y riendo las fatales circunstancias e s qoe
nos hallamos, he conocido que usted hablaba de veras 7 que, coa
efecto, usted no se halla en disposición de gastar del fondo d d ca­
pital común todo lo que yo necesito para estar aquí; por k> cual
he reflexionado detenidamente sobre el asunto, y me hafte en dis­
posición de manifestarle mi modo de pensar, con sumisión, pero
con firmeza; en primer lugar, yo estoy decidido a permanecer «
Madrid, porque me tiene cuenta y porque no quiero encerrarme
cuanto antes, sino dilatarlo todo k> posible; en segundo lugar, yo he
de subsistir en Madrid con decoro; en tercer lugar, usted no se
halla en disposición de sacar ddi fondo d d caudal lo suficiente para
permanecer con el decoro debido; en virtud de esto, vea usted mi
resolución: yo me voy a casar; usted al tiene que darme, sea
poco o sea mucho; pues ahora bien: k> qwe yo gaste aquí, no k>
saque usted del fondo común, sino póngalo usted a la cuenta de
lo que haya de darme. Por ejemplo: yo gaseo aquí 6.000 reales.
Usted piensa darme en dote 100.000; pues déme usted en doce
94.000, que, unidos a los otros 6.000, forman los 100.000 reales;
de modo que ni usted ni mis hermanos pierden nada; quien k>
pierde soy yo. No solamente quiero que se me ponga a la cuenta
los gastos de mis diversiones, sino los de mi manutención también.
Yo no quiero que en ningún tiempo se diga que yo lie servido de
carga a mis padres ni a mis hermanos. Si no hay dinero en casa,
1 El original de n ti caita se enctMtttr* en «1 archivo tamftiar. En n estila espon­
táneo está de cverpo «Mero el Donoso joven de diecinueve aftos, que Reta a Madrid
con su carrera de Leyes recién terminada y dispuesto a aterirse eaam o en la sociedad
y en la política de la Corte. So digna altivez, so compromiso con «1 honor por en­
cima de ios provechos materiales, su decisión viril, til como ae revela« en esta carta,
serán dotes de carácter que conservará siempre.
170 Escritos de juventud (1828)

se vende parte de los efectos que yo había de llevar, porque yo


quiero más bien llevar poco y quedar en buen lugar en todas las
partes donde esté, que llevar mucho en dote y haberme portado
como un miserable. Pedro Romero, que quizás no tendrá tanto como
yo y cuya casa (según el mismo me ha confesado) está sumamente
atrasada, tiene todos los meses 60 duros, porque está en la Corte
y quiere portarse bien. Yo no quiero gastar esa barbaridad, pero no
quiero ni puedo gastar 40 ó 50 reales. A mí poco me importa ser
pobre o ser rico, pero me importa mucho el honor, y, consiguiente­
mente, yo espero que, en el momento que usted reciba ésta, escriba
a D. Dámaso que me dé cuanto le pida, avisándome al mismo tiem­
po de que usted le escribe. Yo creo que usted no tendrá inconve­
niente en hacer esto, puesto que ni usted ni mis hermanos cargan
con ello, sino yo. Si para el día de mañana se necesita, que conste
formalmente no sólo mi promesa de que se me pongan a la cuenta
mis gastos extraordinarios, sino también la renuncia que yo hago
del derecho que tengo de percibir alimentos del fondo común. Aví­
seme usted, y se hará todo del modo que usted diga, en la firme in­
teligencia de que por cosas de dinero no pienso jamás disputar con
nadie, porque me interesa muy poco. Esta es la determinación que
he tomado y que comunico a usted con toda la sumisión y respeto
de un buen hijo para con un buen padre, pero también con toda
la firmeza que puede unirse con esta sumisión, de la cual no se
apartará ya jamás su más obediente hijo,
J uan D o n o so C o r t é s .

P. D.—Yo creo que la contestación será a correo tirado, porque


ya ve usted si me urge.
$ 0 S CARTAS A MANUEL GALLARDO 1

Don Benito y julio 25 de 1829.


Sr. D. Manuel Gallardo.
He escrito a Sotelo, a Pacheco, a Cívico y a Claros; a cada uno
le hablo de lo que más particularmente le pertenece, y a todos de
la revolución de ideas y de la Academia proyectada. Sobre este par­
ticular a cada uno le digo su cosa, según el grado de amistad y con­
fianza que tengo con ellos. A Cívico le doy una carda que se ha de
chupar los dedos con su picaro Bonald. A Pacheco le escribo una
carta medio seria y medio burlona. Y a Claros, que, como princi­
piante, es más flexible, trato de imbuirle en mis ideas de indepen­
dencia filosófica, diciéndole que, cuando no hay independencia de
razón, no hay razón; que estudiar a Tracy no es estudiar la meta­
física, porque estudiar un autor no es estudiar una ciencia. Para
estudiarla es preciso empezar por Platón, Aristóteles y Epicuro, y
continuar con los filósofos alemanes, no olvidándose de estudiar en
medio a Bacon, que adivinó la filosofía de las sensaciones; a Locke,
que la sistematizó; a Condillac, que la hizo popular en Europa, y a
Tracy, que la ha redactado con un método riguroso y un análisis
profundo; lo demás es ver el mundo por un agujero. Este me parece
que es el plan que deben seguir los hombres de un talento distin­
guido cuando quieren dominar una ciencia. Pero, si su objeto es
dedicarse más especialmente a otras cosas, basta Tracy para tener
una tintura; pero éste no puede dar más, a pesar de Reinoso, que
quizás no ha leído otra cosa2. Yo le aconsejo, sobre todo, que a
cualquier autor que lea, no le siga sino en cuanto el autor le siga a
él, porque no hay ninguno que no tenga errores, aunque no sea más
que en el abuso de las palabras.
En cuanto a Pacheco, no extraño su revolución de ideas. El
tiene un talento demasiado claro para no conocer los sofismas de
Bonald y la madurez de Tracy. Sin embargo, yo sentiría que se en-
1 El original de la primera carta se conserva—inédito hasta ahora—en el archivo de
la familia de Donoso, en Don Benito (Badajoz). Está dirigida, como la siguiente» a
Manuel Gallardo, uno de los íntimos amigos de su época de estudiante en Sevilla.
Esta primera carta es particularmente significativa para comprender su prim era ideo­
logía y su actitud ante la filosofía. En ella se manifiesta enteramente dominado por
el pensamiento empirista de L»>cke* Condillac y Destutt de Tracy, a pesar de sus pro-
testas de “independencia filosófica” . La segunda carta la publicaron va Ortí y Lara y
Juretschke. Aunque éste dudó, ciertamente va dirigida al mismo Gallardo y es como
continuación y aclaración de la anterior.
2 Félix José Reinoso, sacerdote católico, fue catedrático de Humanidades en Sevilla
desde 1816, Discípulo de Destutt de Tracy y de Bentham, fue utilitarista, positivista y
sensista tanto en filosofía como en estética, Donoso y sus amigos han debido de estar
en contacto cercano con él.
172 Escritos de juventud (1829)
tusiasmara ni por éste ni por ninguno, porque todos tienen sus
razones, no solamente no despreciables, sino dignas también, de que
las examine un hombre pensador. En general, me parece que el
sistema de Tracy y su escuela es más a propósito para los que están
dotados de un espíritu recto que para los que lo están de un espíritu
vasto y extendido; por él se evitarán quizás muchos errores, pero
se desconocerán muchas verdades. Ese sistema es preciso conceder
que tiene un carácter de falsedad e insuficiencia, porque, sien­
do su objeto explicar la genealogía de nuestras ideas y el sistema de
nuestras facultades intelectuales, todo en él es fijo, cuando todo en
el hombre es vago; él parece decir al hombre: "No hay más allá”,
y éste, impelido por una fatalidad, la mayor de todas las fatalidades
humanas, se halla lanzado más allá de la meta trazada por el com­
pás ideológico, y, no hallando apoyo en él, se pierde en sus abstrac­
ciones. Yo, sin desechar las grandes verdades que contiene, siento
los principios que le faltan, y, no teniendo fuerzas suficientes para
elevarme a su conocimiento, me reposo en un modesto escepticismo
y descanso con mi pequeñez. En general, yo desconfío de un sistema
en que se dice que en él solo se encuentra todo lo que puede sa­
berse acerca de nosotros, porque, si con esto quiere decir que por él
nos conocemos tales como somos, éste es el mayor de todos los de
lirios. Nosotros no conocemos los seres sino por su análisis o des­
composición, y no siendo el hombre hechura del hombre, él no pue­
de descomponerle o analizarle suficientemente, porque sólo sabe de
cuántos simples consta un compuesto el que ha creado los simples
y los ha reunido para su formación. Ahora bien, el hombre no se ha
hecho; no habiéndose formado, no puede conocer todas sus partes,
y sin conocerlas no puede analizarlas, y sin analizarlas todas no pue­
de conocer todo su ser. Si quiere decir que no conocemos todo lo
que somos, pero sí conocemos de nosotros todo lo que podemos
conocer, éste es otro absurdo, porque ¿de dónde lo sabe? ¿Lo de­
duce de lo conocido? No, porque entre lo conocido y lo desconocido,
pero existente, no existe relación de contradicción. ¿Deduce tal vez
que no puede conocer más, porque nada más conoce? Pero enton­
ces, cuando nada sabía el hombre, debía deducir de su ignorancia
en el presente su ignorancia en el porvenir, y, sin embargo, éste es
un absurdo demasiado claro para poderse ni enunciar ni sostener.
Digo m ás: que, siendo todas nuestras operaciones un sistema, por­
que todas están enlazadas entre sí, no podemos estar seguros de que
lo poco que de nosotros conocemos es tal como lo concebimos;
porque en un sistema todo está unido; en donde todas las partes
están unidas, el todo recibe las cualidades de las partes, y cada una
de las partes, las cualidades del todo, a lo menos por el punto en
que se tocan. De lo cual deduzco que, pues no conocemos nuestro
/ Dos cartas a Manuel Gallardo 173
todo, no podemos conocer ninguna de nuestras partes, a Jo menos en
cuanto recibe alguna o algunas cualidades de nuestro todo, y, por
consiguiente, que nada podemos conocer con perfección. Yo por m í
desafío a cualquiera a que me pruebe algo, y apuesto doble contra
sencillo a que no me lo probará.
A mí me gustan los sistemas que no nos ponen límite de ninguna
clase y que dejan siempre que pensar. En el momento que se me dice
que un sistema pretende haber descubierto todo lo descubríble en una
materia, digo: "Falso es” ; y, si no digo que es falso, digo que se
concluye el mundo, que es lo mismo. Porque yo no puedo concebir
para qué ha nacido el hombre sino para poner en acción todas sos
facultades con que nace. Pero, habiéndose descubierto todo lo de*-
cubrible en una ciencia, o no habrá en adelante hombres, o, si los
hay, no nacerán con la facultad de descubrir esa ciencia, y enton­
ces no son seres como nosotros, sino como ellos; o, si nacen con
la facultad de descubrir una cosa ya descubierta, nacen con una
facultad ociosa, que ni tiene causa, ni efecto, ni objeto, y que yo
no puedo concebir. Por lo cual creo que hay más presunción en
decir: "El hombre no puede saber más”, que en decir: "El hom­
bre puede saberlo todo” 3.

# * #

Don Benito, agosto de 1829-


Mi querido amigo: He recibido la apreciabiiísima de usted, y
puesto que usted tiene la bondad de asegurarme en ella que no le
soy molesto cuando le escribo más largamente de lo acostumbrado,
voy a extenderme, tal vez demasiado, en contestar a sus observaciones.
Usted dice que yo me desentiendo del objeto de nuestros amigos
y de sus conocimientos actuales cuando les aconsejo que estudien
la metafísica desde que empieza a nacer, digámoslo así, en los tiem­
pos brillantes de la Grecia, hasta el tiempo en que se presenta en
Alemania coronada por tantos siglos de ilustración y de investiga­
ciones; en cuanto al objeto de nuestros amigos, yo creí que era es­
tudiarla a fondo; si no es así, no he dicho nada; y en cuanto a sus
conocimientos actuales, por lo mismo que los conozco, quisiera que
siguieran ese método de estudios, porque, si ellos supieran esa cien­
cia, no era necesario que siguieran ni ese método ni ninguno; pero
por lo mismo que no la saben deben seguir ese método como el
único capaz de llenar los deseos de unas personas de un talento tan
distinguido y de una disposición tan feliz. Peto usted dice que no
debe siempre empezarse por los primeros que han establecido las
* El manuscrito, que parece ser coípia, tefrmina atf.
174 Escritos de juventud (1829)
bases de las ciencias, por la razón sencillísima de que el hombre ad­
quiere sus conocimientos lenta y progresivamente, y es gran fortuna
si al emprender su ivaje tomó el camino real y no la vereda del
error. Pero yo sostengo, al contrario, que los errores de los grandes
hombres son cuasi tan útiles como las verdades que descubren para
la Humanidad, porque ellos nos enseñan cuál es la marcha del espí­
ritu humano en el descubrimiento de las ciencias, objeto siempre
grande y siempre digno del hombre pensador, esto es, aun suponien­
do que los primeros hayan errado; pero ¿quién es el mortal feliz que
nos lo puede asegurar? Y ¿quién es el hombre, aún más feliz toda­
vía, a quien debamos creer por su palabra en materia de razón?
Yo no tengo la fortuna de conocer ese hombre; pero usted insistirá
diciendo: la probabilidad está por los últimos; pero yo responderé
que la probabilidad no basta para contentarnos, y si me apuran mu­
cho diré que no hay tal probabilidad. El espíritu humano marcha
siempre, pero muchas veces con un paso retrógrado y vacilante; y
¿quién nos asegura que el escritor que preferimos a los primeros no
se halla en esta época fatal del espíritu humano? Podrán darse para
ello razones más o menos ingeniosas, pero yo confieso de buena fe
que soy muy difícil de contentar.
Pasemos adelante. Como usted no ha entendido por falta mía el
sentido en que yo tomo las palabras vago y fijo, en vez de impugnar
las razones de usted, que en nada contradicen a las mías, que no
son las que usted piensa, procuraré explicarme con la mayor cla­
ridad.
Yo dije a usted en mi anterior que nosotros no podemos conocer
la esencia de los cuerpos exteriores, porque, no habiéndolos formado,
no podíamos saber todas las partes que los constituyen, ni, por con­
siguiente, sujetarlos a un análisis riguroso, único medio que conduce
a la verdad; por esta razón los objetos exteriores y todo lo que de
ellos depende no pueden sujetarse a la definición si el objeto de
éstas es explicar la esencia de las cosas; lo mismo sucede con el hom­
bre: no habiéndose formado a sí mismo, no puede conocerse absolu­
tamente, ni tampoco definirse; por esto ve usted que todas las defi­
niciones de las cosas de quienes no somos los únicos agentes, varían
siempre en cierto número de años, conforme se descubren en ellas
algunas propiedades no conocidas hasta entonces y que deben entrar
necesariamente en la definición, y de aquí el absurdo crasísimo de
empezar definiendo en las ciencias que no han sido hechura de sólo
nuestro entendimiento, como son todas las políticas y morales; las
matemáticas son la única ciencia que admiten definiciones invaria­
bles, porque sólo en las matemáticas la definición y la cosa todo es
lo mismo. El triángulo es el que consta de tres ángulos; pierda usted
el miedo de que esta definición varíe: ella es absolutamente lo mismo
Dos cartas a Manuel Gallardo 175
que la cosa definida. Estamos seguros de ello porque conocemos la
esencia de la cosa, y la conocemos porque nose iros, y sólo nosotros,
la hemos formado; vea usted por qué, no habiendo formado al hom­
bre, no podemos conocerle absolutamente, y no pudiendo conocerle
no podemos definirle; pero, sin embargo, aunque no conocemos to­
das las partes de los cuerpos exteriores ni todas las de nuestro ser,
unas y otras, como que existen, se ponen necesariamente en movi­
miento y obran sobre nosotros; entonces la sensación que de su mo­
vimiento recibimos, como todo efecto ha de participar de la natu­
raleza de su causa, es tan poco conocida y tan indefinible como
ellas; a esto es a lo que doy el nombre de vago, por oposición a las
sensaciones producidas por un agente que conocemos bien o por las
partes conocidas de un agente desconocido en su esencia; es muy
fácil conocer estas sensaciones por el efecto que producen. Cuando
usted reciba, con la presencia de un objeto o de una idea, un placer
o un dolor determinado de modo que pueda usted explicar inmedia­
tamente la causa de su sensación y definirla, entonces se halla usted
en ese estado que yo llamo fijo; pero si usted no puede darse razón
inmediatamente ni de lo que siente ni de su causa, entonces se halla
usted en el estado que yo llamo de vaguedad; ese estado es, en una
palabra, lo que los franceses llaman reverte. La ignorancia de las cau­
sas que producen en nosotros estas sensaciones puede ser una igno­
rancia de un momento o una ignorancia de una eternidad; es de un
momento cuando proviene de que la causa es compleja y no pode­
mos distinguir a primera vista todas las causas reunidas que la cons­
tituyen, aunque las comprendamos, estando separadas, con facilidad;
entonces durará el estado que yo he definido, el tiempo preciso para
analizar bien la causa que le produce. La ignorancia será de una
eternidad cuando la causa de nuestras sensaciones pertenece a aque­
llas partes de nuestro ser o de los agentes exteriores que no están
sujetas a nuestros conocimientos, porque no k) están ni a nuestro
análisis ni a nuestra reflexión; vea usted lo que yo pienso acerca del
origen de ese estado, más frecuente en el hombre de lo que se pien­
sa. Puede darse otra razón que sin duda contribuye también a hacer­
nos permanecer en esa situación cuasi siempre voluptuosa y agra­
dable : esa especie de sensaciones, a diferencia de las fijas, no mo­
difican solamente una parte determinada de nosotros, sino que modi­
fican todo nuestro ser, el cual parece que, como asombrado de una
sensación cuya causa no conoce, y que en vano procuraría expli­
car, se repliega sobre sí mismo en el fondo de su existencia, y perma­
nece mudo y en silencio en aquel éxtasis profundo, nacido tal vez
de su misma admiración. Ya que he explicado detenidamente lo
que yo entiendo por vago y por fijo, no extrañará usted que diga
176 Escritos de juventud (1829)
que una teoría en la cual todo es fijo, o, si usted quiere, determinado
y definido, presenta un carácter marcado de falsedad.
Pero dice usted que Destutt se propuso exponer cómo el idiota,
y el instruido N etiion , y el labriego de la tierra de Barros, forman
sus ideas simples y compuestas, las deducen, las expresan. Pero no
cómo se formal, deducen y expresan toda clase de ideas, Pero píe·»
gunto yo a usted, y no sin admiración: La explicación de las ideas
simples y compuestas, ¿no es la explicación de todas nuestras ideas?;
¿Conoce usted alguna idea que no sea ni simple ni compuesta? N o;
pues si no, explicar los elementos que forman nuestras ideas simples
y compuestas, ¿ no es explicar los elementos de todas nuestras ideas?
Ahora bien: si algunas de estas ideas son vagas, indefinibles e inde*
terminadas como ios agentes que las producen, ¿cómo pueden expli*
carse de un modo fijo y determinado, como los sensualistas lo hacen?
Siendo los elementos de todas nuestras ideas las impresiones recibidas
por los agentes exteriores, ¿cómo han de ser determinados y cono­
cidos si los agentes no lo son? Todo esto es un galimatías indigno
de un filósofo como Tracy e indigno de todos los grandes hombres
que le han precedido en su carrera; yo me admiraría de todo esto
si, echando una ojeada por todos los siglos y por todas las sectas
filosóficas, no viera que, por desgracia, las contradicciones más ab­
surdas son el patrimonio de los hombres. ¡Filosofía orgullosa y, siii
embargo, pueril! Ella se ha creído bastante para arrancar el velo
misterioso con que ha cubierto a la Naturaleza su Criador, velo con
que se ha envuelto en su cuna y que llevará hasta su sepulcro; y
¿cuál es el término de su orgullo y de su imbecilidad? Ella ha tra­
zado un círculo mezquino con un compás más mezquino todavía,
en donde se halla oprimido el genio y sofocada la virtud; y, sin em­
bargo, ella ha creído en su orgullo haber trazado con un compás de
oro un círculo eterno al derredor de la Naturaleza.
Perdone usted, amigo mío, si después de haber hablado el len­
guaje de la razón he hablado por un momento el lenguaje del en­
tusiasmo ; sea permitido a un joven que ama apasionadamente la
verdad destruir con las armas de la razón y el fuego del entusiasmo
los sofismas del error. Sí; a usted, a mí, a todos los jóvenes está re­
servado el hermoso privilegio de levantar nuestra cabeza indepen­
diente en medio de hombres imbéciles o pusilánimes agobiados con
el peso de sistemas monstruosos que pervierten su corazón y condu­
cen con una luz funesta por inmensos precipicios la doliente Huma­
nidad; nosotros ro nos presentaremos en la lucha con la ventaja
de un talento colosal y una erudición inmensa; pero tampoco nues­
tros oídos eotarán sordos a los ecos de la virtud, ni nuestro corazón
manchado con el crimen.
Yo siento llegar al fin de la carta de usted; hasta aquí yo he ifli-
/ Dos cartas a Manuel GaUardo 177
pugnado los/que me parecen errores; pero ellos no deben ser indig­
nos de Gallardo, porque no lo son de Locke y Condillac; pero este
último no sé cómo ha podido usted concebirle; yo dije a usted que
esa teoría era buena para preservar del error, pero no para descubrir
la verdad. Usted contesta que esto sucede a todas las teorías, porque
la verdad es sólo hija del entusiasmo; yo creía, amigo mío, que la
verdad era hija de la razón; y como una teoría, si es buena, no es
otra cosa que la reunión de unas verdades que tienen una relación
inmediata entre sí, unidas por medio de un principio, fórmula ge­
neral que las abrace todas, la teoría sólo puede tener por objeto la
verdad; no solamente la verdad no es hija del entusiasmo, sino que
éste es una de las causas más fecundas de todos los errores; la ver­
dad es hija de la observación cuando ésta es justa y detenida, y lo
es cuando con su luz hemos mirado, bajo todos sus aspectos y rela­
ciones, la proposición que queremos discutir; para ello se necesita
que estén en calma las pasiones, que siempre perturban la razón;
esto no lo digo yo solamente; lo dicen Locke, Condillac, Helvecio y
Tracy; y aun cuando ni ellos ni yo lo dijéramos, no por eso sería
menos evidente.
Para probar usted su proposición me cita a la poesía, en la cual
la lectura de Aristóteles ni la de Blair no sirven ni para hacer un
mal romance 4; pero ¿ qué tiene que ver lo uno con k> otro? La
poesía abraza dos partes muy distintas entre sí: la parte teórica
y la parte práctica; a la teórica preside la razón; a la práctica, el
entusiasmo; la primera tiene por objeto presentar la verdad a nues­
tro entendimiento; la segunda, herir con sus bellezas nuestra ima­
ginación; la primera es una ciencia; la segunda es un arte. ¿Cómo
confunde usted cosas tan distintas entre sí? Aristóteles, que ha culti­
vado la parte teórica, ¿ha encontrado la verdad en sus observaciones,
sí, o no? ¿Sí? Pues entonces la teoría conduce a la verdad; pero
¿podrá alguno ser poeta con sólo su lectura? N a ¿Y por qué? Por­
que el conocimiento de la verdad en las ciencias no es suficiente para
la perfección en las artes, pero no porque una teoría no conduzca a
la verdad; yo haría poca justicia a su talento y buena fe si insistiera
más sobre este asunto.
Usted me dice al fin de su carta que le dijera algo sobre la liber­
tad y sobre la inmortalidad; ya ve usted que no puedo hacerlo sin
enviarle a usted mi cartapacio; por otra parte, ¿qué conocimientos
tengo yo para hablar de tales cosas? Sin embargo, si tengo lugar
y usted lo desea, tal vez le escribiré sobre este asunto. Digo si tengo
4 En la época en que Donoso estudió en Sevilla, se utilizaba, como obra base del
buen decir, las Lecciones de Retórica y Bellas Artes. del inglés Hugo Mair, traducidas
en 1798 por D. José Luis Munárriz, en traducción “pésima entre las malas de aquel
*¡k 1o ” (M. Peí a y o ). Estaba señalada como texto único en las cátedras de Humanidades
por el Consejo de Castilla. Blair, a pesar de estar influido por los empiristas ingleses*
mantiene una elevación filosófica y un cierto esplritualismo.
178 Escritos de juventud (1829)
lugar, porque estos malditos oidores de Cáceres están empeñados en
que yo sea catedrático de Humanidades, y yo en no serlo, porque
no quiero ninguna especie de obligaciones; ya hace tres correos que
el fiscal de la Audiencia escribió a mí padre sobre este asunto, y no
le he contestado todavía. ¿Cómo le he de responder que sí si no
quiero? ¿Y cómo le he de responder que no, cuando hacen ellos
más en proporcionármelo que yo en admitirlo? No sé todavía lo que
haré: si lo admito, me será imposible volver a tratar de estas mate­
rias, porque entonces tendré que dedicarme exclusivamente a formar
mi plan de enseñanza. Ya ve usted si he sido largo; esto debe usted
agradecérmelo mucho, porque no lo hago con todos. Y sin más
queda de usted afectísimo.
/ CARTA A DON JACINTO HURTADO'

Don Benito, 18 de agosto de 1829.

Sr. D. Jacinto Hurtado.


Muy señor mío y de mi mayor veneración y aprecio: Mi padre
ha recibido la aprecíabílísima de usted del 1.° del corriente, y des­
pués de haberme hablado de su contenido, me permite que tenga
el honor de comunicar a usted mí decisión y mis observaciones.
Amante de la juventud, porque soy joven, y amante de la ilustra­
ción, porque lo soy de las letras y del estudio, yo no puedo menos
de admitir con gusto la cátedra de Humanidades para tener la glo­
ria de contribuir con mi inutilidad al progreso de las luces en una
provincia digna de la atención de nuestro soberano por las virtudes
que abriga en su seno y por la ilustración en que, por desgracia,
si no es la última, no es seguramente la primera. Pero como la pa­
labra Humanidades puede admitir tantas acepciones distintas, yo creo
deber manifestar a usted, con la franqueza que forma mi carácter, en
qué sentido quiero yo ser catedrático de ellas.
Si el objeto de esta cátedra es solamente iniciar a los discípulos
en los primeros rudimentos del arte de hablar y escribir con elegan­
cia, teniendo por texto el Heineccio de stylo cidtiori2 u otro seme­
jante, yo no puedo ser el catedrático de ella, porque, ocupado en
estudios más severos, esto me impediría el continuarlos, que para
mí es el mayor de todos los males posibles; pero si el objeto
de esa cátedra es no solamente explicar los rudimentos de las Hu­
manidades, sino subir hasta sus principios más fecundos y sus apli­
caciones más brillantes, yo no tengo inconveniente en admitir esa
cátedra, porque el objeto de su enseñanza tiene la más íntima rela­
ción con el objeto de mis estudios; en este caso el autor que debe
ponerse por texto en las manos de los discípulos debe ser filosó­
fico, como el Blair o el Hermosilla, que es una copia un poco des­
figurada del primero3, entonces yo no tendría inconveniente en ex­
plicarlos, añadiendo a lo que ellos dicen, para fecundar la explica­
ción, todo lo que han dicho las célebres humanistas del siglo xvm
1 Fiscal de la Audiencia de Cáceres.
2 Se refiere a la obra Fundamenta styli cuttioris, escrita por J. G . Heinecciuí,
(Halle 1719), muy conocida y estimada por nuestros humanistas del siglo xvu i. Pero
Donoso quería algo más que un tratado de pura retórica.
* La obra Arte de hablar, de D. José Gómez Hermosilla, publicada en 1827, es
imitación de la de B lair: es más empirista, hasta rayar en el materialismo* y pura­
mente formal, sin captar nunca el alma de la literatura.
180 Escritos de juventud (1829)
y además mis propias observaciones. En cuanto a la cátedra de His­
toria, Cronología y Geografía, es imposible, según mi modo de ver,
que pueda explicarlas uno que sea catedrático de Humanidades, por­
que son estudios sin relación entre sí, y porque cada uno de ellos
ofrece una carrera demasiado vasta para poder abarcar a los dos a
un mismo tiempo; yo he estado dudando cuál de las dos debía ad­
mitir, y al fin me he decidido por la primera, porque tiene mayor
conformidad con mi gusto y porque es menos difícil desempeñarla
en un pueblo como Cáceres; con efecto, para desempeñar digna­
mente una cátedra de Historia era necesario estar rodeado de una
inmensa biblioteca en donde se encontrasen reunidos los anales, di­
gámoslo así, de todos los siglos pasados, y todos los historiadores
más célebres de Grecia y de Roma, con todos los que han ilustrado
la Europa moderna desde el renacimiento de las letras hasta nues­
tros días; ya ve usted que esto es imposible por ahora, y sin esto,
el estudio de la Historia es ilusorio, porque el estudio de la Historia
es el estudio de los progresos del espíritu humano, y este estudio
no puede hacerse sin haber recorrido la historia filosófica de las so­
ciedades, desde su infancia hasta el estado de perfección en que las
hallamos. La escasez de libros de ese pueblo hará también que ía
cátedra de Humanidades no sea cual debiera ser, porque sin estudiar
los modelos no pueden hacerse progresos rápidos en las artes; pero
quiere decir que nos contentaremos con teorías. Quisiera también sa­
ber si el discurso que debe leer el catedrático de Humanidades en
la apertura de la Universidad ha de ser en latín o en castellano;
lo primero me parece un absurdo que sólo puede entrar en la ca­
beza de hombres ignorantes de la lengua latina; porque ¿en quién
cabe el orgullo de hablar en una lengua en que ha hablado Cicerón
y en que ha cantado Virgilio? Yo puedo asegurar que no le tengo,
y aunque tengo más motivos que otros para conocer esa lengua, yo
no me avergüenzo en confesar que no puedo escribirla dignamente,
y la costumbre de hacerlo es hija de los siglos bárbaros 4.
Mi hermano podría encargarse de la cátedra de Lógica y de la de
Filosofía moral; pero esto le distraería del estudio de nuestros Có­
digos y de los Códigos romanos, que es su estudio favorito; si se
estableciesen cátedras de Leyes, él admitiría gustoso una de ellas, y
yo me lisonjeo que la desempeñaría con la mayor aplicación y los
mayores conocimientos.
Finalmente, para hablar en todo con la mayor franqueza, debo
decir a usted que si ustedes quieren un catedrático permanente, yo
no puedo prometer que lo seré, porque podrá suceder que yo expli-
4 D on o so cede aquí al prejuicio de Ja Ilustración de considerar la cultura medieval
com o “b á rb ara” . A ñ os más tarde, su pensamiento será muy otro.
i Carta a don Jacinto Hurtado 181
que muchos años, y podrá muy bien suceder que no explique más
que uno. Yo he hablado a usted con tod¿ la franqueza de un hom­
bre virtuoso que no quiere engañar, y con toda la que exigen la
amistad y buena armonía que existen entre usted y entre mi padre.
Tenga usted la bondad de creer que soy con el más profundo
respeto su más seguro servidor, q. s. m. b.,
J uan D onoso C o r t é s .
DISCURSO DE APERTURA EN EL COLEGIO
DE CACERES 1

Señores:
Establecido ya, en fin, por un decreto de nuestro augusto soberano,
este Colegio, su catedrático de Humanidades va a dirigiros la pala­
bra. Otros más dignos de ceñirse con las palmas de Cicerón o con
el laurel de Homero harían un brillante elogio de las ciencias, y, si­
guiendo su marcha progresiva en todas sus ramificaciones, presen­
tarían a vuestra vista el cuadro grandioso de las formas y propie­
dades de nuestro entendimiento, desenvueltas en su discurso con todo
el brillo de la elocuencia y el halago de la poesía y analizadas con
la exactitud matemática de un observador profundo. Yo, empero, a
quien no se ha concedido un talento colosal ni una erudición in­
mensa, me contentaré con presentaros algunas observaciones sobre el
carácter que distingue la moderna de la antigua civilización; si­
guiendo después la marcha de los siglos desde el renacimiento de las
luces, los compararé entre sí, y todos con el XIX, en que nace este
Colegio. Vosotros veréis que él debe ser el siglo de la razón y de la
filosofía; y dando, finalmente, una rápida ojeada sobre la provincia
de Extremadura, os la presentaré como la más privilegiada por la
Naturaleza y la más dispuesta a serlo por la ilustración. En vano
buscaréis en mí razones ni pensamientos profundos, ni formas elo­
cuentes; pero los acentos que van a despedirse de mi labio serán
puros como mi corazón y sencillos como la verdad y la Naturaleza.
Habiendo de recorrer, aunque rápidamente, la marcha del espíritu
humano en sus revoluciones, desde el momento en que en medio
de la oscuridad de los siglos bárbaros apareció, como un faro bri­
llante en medio de la oscuridad de los mares, la antorcha de la filo­
sofía, me es imposible dejar de considerar por un momento aquella
revolución espantosa, por la cual, conmovidos los cimientos vacilantes
del Imperio romano y derruidos al fin, se vio la Europa toda sumer­
gida en el espantoso letargo y muda degradación que por tan largo
tiempo la oprimieron.
Las naciones, cuando aún no se ha establecido en ellas el siste-
1 Este discurso es uno de los documentos más importantes para conocer la ideolo­
gía del primer Donoso. Seguidor incondicional de la cultura del siglo xvm , discípulo
deJ naturalismo roussoniano, confiado en la razón humana, aborrece el feudalismo
medieval y simpatiza con las revoluciones. Ampliamente influido por el romanticismo,
tiene una admiración estética por la cultura cristiana. Fs interesante advertir también
su interés por lo histórico, que no abandonará ya nunca. Le pronunció en octubre
de 1829. Sobre la ocasión y motivos del discurso, véase Introducción p .36-37.
Discurso de apertura en Cdceres 183
,/
ma de equilibrio que existe en la Europa desde el siglo xvi, no {Hie­
den conservar su existencia política por la soJa razón de sus legisla­
dores, porque no pudiendo conservarse sin destruir a las que ata­
can su existencia, y no pudiendo destruirlas sin una fuerza impulsiva
que no presta la razón, ésta no es bastante para servirlas de apoyo
contra el choque violento de las que son impelidas o por grandes
virtudes o por pasiones elevadas. Entonces, para repeler su fuerza,
es necesaria otra fuerza, que sólo puede dar el entusiasmo. Este nace,
en los pueblos bárbaros, del deseo de satisfacer su venganza o sus
necesidades; en las repúblicas, del amor de la patria, y en las mo­
narquías, de la emulación que excita el esplendor del trono en las
clases elevadas. El primero fue el que condujo a los bárbaros del
Norte a las puertas de la envilecida Roma; el segundo, el que infla­
maba al pueblo generoso de la Grecia en Maratón y Salamina para
coronarse con las palmas de la inmortalidad y de la gloria; y al últi­
mo escucharon los valientes campeones de Garlos XII y de Gustavo,
cuando derramaban su sangre como buenos por el honor de sus mo­
narcas 2.
Tended la vista sobre el pueblo romano en los últimos tiempos
de su criminal existencia; en vano le buscaréis magnánimo y gene­
roso, aprestándose a la lid coronado de gloria y de heroísmo; sólo
le encontraréis abrumado de delitos y adormecido en sus deleites; ya
ha perdido su entusiasmo, y con su entusiasmo sus virtudes; sus acen­
tos de gloria y de virtud se han trocado en acentos de adulación
y de mentira. Necesitado de hombres grandes, ha recibido en su lugar
todos los dioses de las naciones subyugadas, y con todos sus dioses
todos sus delitos. Demasiado orgulloso en medio de su pequenez
para ser gobernado por hombres, ha colocado a los que le gobiernan
en el número de sus divinidades; pero, emperadores de un pueblo
envilecido, no os libertaron, no, del sangriento puñal de los feroces
pretorianos, ni vuestra divinidad ni sus adoraciones. Si existe toda­
vía ese pueblo, cuya protección envidiarán los reyes abatidos, es por­
que el nombre de la ciudad de los Emilios y Escipiones vela por la
conservación de la ciudad de los Calígulas y los Tiberios; es porque
el genio de la antigua Roma, sentado como un fantasma aterrador
sobre los límites de su Imperio, le da un aire aparente de grandeza,
cubriéndole con sus alas protectoras. Los bárbaros avanzan, y retroce­
den espantados a su aspecto; vuelven a avanzar; el gigante titubea;
ellos se precipitan en su seno... ¡Coloso de las naciones, ya no exis­
tes! Y el primer rayo de la aurora que miró tu destrucción, miró
vengado al mundo de tus crímenes. Tú has pasado; pero como un
cometa espantoso que, saliendo de su órbita, precipita en su ruina
J El concepto romántico del entusiasmo como resorte de la historia está inspirado
muy probablemente en Madame de Stael.
184 Escritos de juventud (1S29)
los globos que le rodean, tú precipitaste en tu ruina la Europa que
oprimieras con tu peso. Las ciencias y las artes, dando un gemido,
huyeron de tu seno desgarrado; el genio que presidió a tus victorias
veló su frente con sus alas por no mirar tu destrucción, y en la
ciudad de Rómulo, abandonada de sus dioses tutelares, o sólo se es­
cucha el acento de algún bárbaro o sólo reina el silencio de la tumba.
Cuando considero la manera como están enlazadas todas las revolu­
ciones de la Europa moderna con la que destruyó el Imperio romano,'
yo no sé si este pueblo presenta un espectáculo más grande ago­
biado de trofeos o sepultado en sus ruinas.
En esta revolución concluyen las edades pasadas y nacen las pre­
sentes; los siglos bárbaros no han sido nulos para la civilización,
que sin ellos no hubiera existido jamás; el filósofo no los considera
sino como el gran eslabón de la cadena del espíritu humano, que
une la civilización antigua que perece, con la civilización moderna
que nace; la verdad y el error, el envilecimiento y la virtud, son
impelidos por una fuerza irresistible a un punto donde necesaria­
mente se tocan. En este momento de crisis todas las relaciones mora­
les se confunden, todos los sentimientos se pervierten y al caos de
la Naturaleza sucede el caos de la sociedad. Tal es el espectáculo qué
presenta el Imperio romano a los ojos de un hombre observador. Til
es el estado fatal, de que ni sus triunfos ni su grandeza le pudieron
defender.
Cuando las naciones han llegado a este punto de envilecimiento
es necesario que una revolución espantosa haga retroceder al hom­
bre al seno de la Naturaleza, para que, purificado de los crímenes
que le afeaban, vuelva a seguir la carrera que la Providencia le ha
marcado ceñido de la luz más brillante y de la más pura virtud;
así el sol, después de iluminar el horizonte, se sepulta en los mares,
y, bañándose en sus ondas, sale vestido de luz en el Oriente más ra­
diante que primero. La revolución que precipitó al Imperio romano
en su ruina ha sido necesaria para los progresos de la sociedad.
La barbarie suspendió por algunos momentos la marcha del saber;
pero la existencia de un pueblo envilecido la hubiera sofocado para
siempre.
Yo voy a echar una ojeada sobre estos siglos de barbarie, porque
en ellos se ha formado el Carácter de nuestra filosofía y de nuestra
literatura; y no nos avergoncemos, señores, de decirlo: los bárbaros
del Norte han sido nuestros padres.
Luego que hubieron destrozado el Imperio de Occidente, Se de­
rramaron por la Europa desgarrada, y, asentando en sus conquistas
su espantoso señorío, oprimieron con la más horrorosa esclavitud las
mismas provincias que habían anegado con su sangre. Las naciones
de Europa, no dirigidas ya por una sola cabeza, dejaron de marcha*
Discurso de apertura en Cáceres 185
de un modo constante y permanente, y dominadas por señores sin
relaciones entre sí, dejaron de tenerlas también y se vieron sumer­
gidas en un cadavérico letargo. Tan ignoradas unas de otras como del
resto de la Naturaleza, sólo se conocían a sí mismas como indivi­
duos; así la planta salvaje que crece en el desierto es sólo conocida
de la arena que la sostiene y del viento que la sacude. Este es el
cuadro que presenta la Europa oprimida por sus bárbaros conquis­
tadores.
Tended la vista por el gobierno interior de estas naciones subyu­
gadas. Lanzados los bárbaros del Norte del seno de la Naturaleza
al seno de la sociedad, no por la marcha progresiva de los siglos, sino
por el ímpetu violento de las revoluciones, unieron las maneras de la
civilización con el carácter de la barbarie, y se vieron, por la única
vez en la duración de los tiempos, reunidos en uno el hombre
de la Naturaleza y el hombre de la sociedad. Tal es el monstruo que
levanta su biforme frente en medio de las densas nieblas que sepa­
ran la antigua de la moderna civilización; y como un efecto ha de
participar necesariamente de la naturaleza de su causa, veréis cómo el
sistema de gobierno establecido entonces es tan monstruoso como el
monstruo que le concibió en su seno.
Todos los salvajes son por necesidad independientes; como el espí­
ritu de venganza forma su carácter, en el espíritu de independen­
cia consiste su virtud. Sin más necesidades que las físicas y sin más
deseos que el de satisfacerlas, no conocen la mutua dependencia que
existe entre las clases de los pueblos civilizados; porque, estando
ésta fundada en las mutuas relaciones de los socios, que nacen a
su vez de las necesidades facticias creadas por la misma sociedad,
no pueden tener un Estado cuyo fundamento ni necesitan ni conocen.
Un jefe los conduce a las batallas, pero con ellas acaba su poder;
sus pasiones son sus leyes, su satisfacción su justicia, y la fuerza y
la espada les aseguran la obediencia. Este es el código que trajeron
escrito con letras de fuego los bárbaros del Norte a la desgraciada
Europa. Luego que la hubieron sujetado a su yugo, sus jefes asenta­
ron su cetro de hierro sobre las provincias sujetas a dominación y re­
servándose las partes más abundosas de su territorio, repartieron las
otras entre los jefes inferiores, según su valor o su ferocidad. Em­
pero, su existencia era precaria. Expuestos de continuo al choque de
los jefes de las provincias limítrofes; con toda la ambición necesaria
para conquistar y destruir y sin fuerza bastante para defenderse ni
para sostener sus proyectos, formaron la idea de reunir bajo sus es­
tandartes los jefes inferiores, que, independientes como lo fueran en
las selvas, ni se sujetaban a su yugo ni respetaban su poder; y con­
cediéndoles el usufructo de algunas de las tierras que les habían ca­
bido en suerte, pero reservándose la facultad de despojarlos de ellas
186 Escritos de juventud (1829)
a su arbitrio, creyeron haber adquirido bastante fuerza para man­
tenerlos en su dominación. Pero el hacha fatal que va a destruirlos
está suspendida sobre sus cabezas: los que en un tiempo se conten­
taban con ser independientes aspiran ya a mandar, y para mandar
aspiran a oprimir; los que en un tiempo vivían desconocidos y sin
mutuas relaciones, porque estaban sin necesidades, se reúnen en
asambleas tumultuosas y arrancan de sus reyes la concesión de por
vida de lo que les habían concedido por tiempo indeterminado, y
creciendo su orgullo con su fuerza y cambiando sus obligaciones en
derechos, los trasladan también a sus dignos descendientes. Desde
este momento se levanta el árbol monstruoso del feudalismo, que,
extendiendo sus ramas funestas por la Europa aletargada, cubre con
su mortífera sombra el suelo que le sostiene y abruma con su peso
los pueblos que le fecundizan con su sudor y con su sangre.
Es..a, señores, es una de aquellas revoluciones del mundo polí­
tico que, produciendo un sacudimiento terrible en el mundo moral,
deciden por su poderosa influencia de la suerte de los hombres y
del carácter de los pueblos; una de aquellas revoluciones que son
raras en la historia del espíritu humano, porque produciendo un
desnivel absoluto en el sistema de nuestros conocimientos y haciendo
variar en su objeto y en su marcha nuestra facultad de conocer y de
sentir, aun cuando ellas duren un instante, sus efectos duran mu­
chos siglos. Nosotros nos resentimos todavía de esta revolución moral
que sufrieron nuestros padres, y observando la diferencia entre las
ideas que produjo en ellos y las ideas que tuvieron las otras nacio­
nes en lo antiguo, veremos la distancia que existe entre la antigua
y la moderna civilización.
La Grecia, ese país querido de las Gracias, lleno de grandes re­
cuerdos y de elevadas virtudes, que dio la civilización y las leyes aun
a sus mismos conquistadores, y que, cuando ya no existe en el
mundo político, conserva todavía el lugar más alto y eminente entre
los pueblos amantes de la civilización y de las letras, siguió en su
carrera literaria la marcha que le habían señalado su situación y sus
necesidades. Como las artes y las ciencias, en todas sus ramificacio­
nes, están enlazadas entre sí por una cadena invisible, de modo que,
señalado el carácter de una de ellas, puede conocerse cuál es el ca­
rácter de todas las demás, llamaré vuestra atención sobre el carácter
de la poesía en ese pueblo brillante, siempre amado de las Gracias
y mecido de ilusiones. ¡Oh pueblo generoso de la Grecia! ¡Pueblo
querido de mi corazón! Perdona si, al considerar el laurel eterno que
te ciñe, yo no le tengo por el más digno de ceñir ya nuestras fren­
tes. Perdona si, contemplando en silencio con Osián las tumbas de
sus padres y evocando sus sagradas sombras, prefiero sus misteriosos
Discurso de apertura en Cáceres 187
gemidos y sus salvajes laureles al aroma de tus *k>res y a los acentos
de tu lira.
El sentimiento precede al raciocinio; por eso todos los pueblos
han sido antes poetas que filósofos; pero el hombre sólo siente lo
que necesita sentir, como sólo conoce lo que necesita conocer. Si
echamos una ojeada por todo lo que nos rodea, observaremos que la
esencia de las cosas está cubierta con un velo impenetrable que el
hombre intenta en vano desgarrar. Las relaciones que los objetos ex­
teriores tienen entre sí, las relaciones que tienen con nosotros y las
formas de que los revestimos, son los materiales de todos los cono­
cimientos humanos; y si consideráis que su progreso está íntima­
mente unido con el de nuestras necesidades, no será difícil concebir
que, siendo el conocimiento de las relaciones de los cuerpos exterio­
res con nosotros el más necesario para nuestra existencia y nuestra
conservación, ha debido ser el primero en desenvolverse y en perfec­
cionarse. Por eso ha sido el primero, y aun el único, que se ha
desenvuelto en la Grecia. De este solo principio, al parecer estéril,
pero en realidad fecundo, vais a ver cómo se desenvuelve todo el
carácter de su poesía.
Como los objetos exteriores son fijos y determinados, las sensacio­
nes que producen en nosotros son fijas y determinadas también; y
como los sentimientos que trasladamos a los demás son siempre de
la misma naturaleza que los que experimentamos, los poetas griegos
no han podido trasladar sino aquellos sentimientos determinados y
fijos que ellos experimentaban; y vosotros sabéis, señores, que éste
es uno de los caracteres principales de todas sus producciones. No
habiendo llegado todavía el espíritu humano a aquel grado de ma­
durez en que el hombre, replegándose sobre sí mismo, se reconoce
una esencia simple e inmaterial, su religión ha debido resentirse de
la falta de sus conocimientos; sus dioses han debido ser físicos como
los objetos que los rodeaban, y que sólo conocían; y como de dos
fuerzas físicas, cuando se chocan, la mayor arrastra necesariamente a
la menor, siempre que los dioses y los hombres se pongan en con­
tacto, los segundos serán arrastrados por la fuerza irresistible de los
primeros; y ved aquí, señores, la fatalidad, que es el principal carác­
ter de su poesía. Esta debe consistir más en imágenes que en senti­
mientos entre aquellas naciones que contemplaron más bien el espec­
táculo de los objetos que les rodeaban que el espectáculo del corazón,
y tal es el pueblo de la Grecia. Resultando el conocimiento de los
caracteres de una observación constante y profunda sobre nosotros
mismos, que los griegos no hicieron porque no pudieron hacer, su
poesía carece absolutamente de ellos.
Considerad al mayor de sus poetas, a ese genio inmortal que vi­
virá tanto como la ilustración y como el tiempo, y que, nadando
188 Escritos de juventud (1829)
sobre las edades, parece un meteoro brillante colocado en la cima
de Grecia para iluminarla con su esplendor y para ceñirla con sus
laureles; ese ciego de Esmirna que siete ciudades se disputan, y que,
luchando con la Naturaleza, la arrebató todos sus matices, tiñó su
pincel con todos sus colores y se vistió con toda su gala y lozanía,
dejando a la posteridad, aún asombrada, por único patrimonio la
admiración de sus obras, y su reflejo por su única riqueza. Consi­
deradle; y no hallando en los caracteres que describe ni la vacilación
ni la irregularidad que siempre se encuentran en los caracteres de
los hombres, conoceréis que, más bien que caracteres, son pasiones
personificadas las que ha puesto en acción por medio de sus perso­
najes; y ved aquí cómo aun Homero es inferior a la marcha cons­
tante y necesaria de las cosas. No conociendo aquellos poetas sino
las acciones aisladas de los hombres, y no las acciones enlazadas
entre sí y formando un sistema de que resulta su carácter, la unidad
de acción es la única que ha podido existir en su poesía dramática;
y como es un absurdo que una acción indivisible y de una duración
determinada por su naturaleza pueda tener efecto en un tiempo in­
determinado, la unidad de tiempo es de una necesidad absoluta en
todas sus composiciones; y, finalmente, como una sola acción ejecu­
tada en el solo tiempo necesario para efectuarse es imposible que
se ejecute en lugar diferente, la unidad de lugar es una consecuencia
necesaria de las otras unidades. Tal es el resumen de la poética de
los griegos reducida a su más sencilla exposición: la habéis visto
nacer de un solo principio, como todo el sistema de la Naturaleza;
veréis nacer también de un solo principio el sistema de los poetas
modernos, cuya exposición acompañaré con mis observaciones.
La revolución que destruyó el Imperio de Occidente, sepultando
a la Europa en la barbarie, apagó con el brillo del Imperio la an­
torcha de la filosofía y detuvo por largo tiempo la marcha del saber;
pero si el hombre no raciocinaba, sentía a lo menos en medio de
su degradación, porque las grandes revoluciones políticas, que bas­
tan para detener en sus progresos la facultad de pensar, no son
suficientes para detener en su marcha la facultad de sentir. Este
fenómeno que presenta el desenvolvimiento de nuestras facultades
a los ojos del hombre observador, parecerá una quimera a los espí*
ritus comunes; pero no lo será para vosotros, que conocéis que el
sentimiento es una cualidad indispensable de nuestra existencia, y
que el raciocinio, a lo menos en cierto grado de perfección, es nulo
sin los auxilios de la sociedad. Las revoluciones que la combaten efl
sus fundamentos podrán arrebatarnos todas las máquinas y todos
sus inventores y privarnos de este modo de los métodos hallados
para conducirnos al descubrimiento de la verdad por medio de la
experiencia y de la observación; pero mientras no nos arrebate*!
Discurso de apertura en Cáceres 189
todos los objetos que obran sobre nosotros, y mientras no nos arre­
baten de nosotros mismos, sentiremos, con todo, a pesar de las revo­
luciones. Y ved cómo el sentimiento, aun en la época desgraciada
sobre la que yo fijo mi atención, no siendo destruido por la bar­
barie, fue necesariamente mejorado por la marcha de los siglos que
corrieron desde los tiempos brillantes de la Grecia hasta la época
en que ahora le considero.
Vosotros veréis cómo la situación fatal en que se hallaba la
Europa, lejos de retardar sus progresos, los aceleró considerablemen­
te, y esto os hará concebir la idea consoladora que está grabada en
lo hondo de mi corazón, de que los grandes males que de continuo
oprimen a los hombres no son del todo funestos para la doliente
Humanidad.
Cuando el feudalismo se hubo establecido en la Europa, se ex­
tendieron con él por todas partes la desolación y la miseria: los
campos dejaron de producir, negando sus frutos a manos mercena­
rias, y, solitarios y yermos, sólo presentaban el espectáculo de la
aridez y la tristeza al esclavo sin ventura. En vano buscaréis en este
gobierno monstruoso aquella sabia combinación entre las clases in­
feriores y las clases elevadas, que, siendo distinguidas por gradacio­
nes insensibles como entre nosotros, hacen olvidar a las primeras
todo el horror de su situación e impide que se desenvuelva en las
segundas todo el germen de su orgullo, ocultando a unas y a otras
la distancia que para siempre las separa; sólo encontraréis clases
oprimidas y clases opresoras: un pueblo que se adormece al son de
sus gemidos y unos varones que se solazan en el seno de la em­
briaguez y las delicias. ¡Qué revolución tan espantosa en la suerte
de los hombres! ¡Qué sacudimiento tan universal en todo el sistema
de nuestras ideas y en toda la marcha de nuestros sentimientos! El
hombre de la Grecia era el hombre de la felicidad, y el de la Europa
moderna el hombre del infortunio; aquél se vio mecido por la mano
de las Gracias, y éste por la mano del dolor; la cuna del primero
fue regada con el néctar de sus dioses; la cuna del segundo, hume­
decida con el llanto de sus padres. ¿A qué lugares tenderás la vista,
pueblo brillante de la Grecia, que no los encuentres Denos con tu
nombre y con tu gloria? Esos bronces que fatigaron tus artistas,
esos mármoles que dondequiera se levantan, ¿qué son sino la escuela
donde aprendes tus virtudes, qué son sino los mudos testigos de la
inmortalidad en que reposan tus mayores? Y tú, entre tanto, pueblo
sumergido en la barbarie, ¿qué mirarás al derredor de ti sino el
suelo que consiente tu desnudez y que alimenta a los que te desga­
rran? ¿Qué mirará aquél sino las flores que le coronan y las virtudes
que le cercan? ¿Qué mirarás tú sino los crímenes que te manchan
y las atrocidades que te agobian?
190 Escritos de juventud (1829)
¿Y qué distancia, por grande que sea, puede serlo tanto que
iguale a la que existe entre estos dos pueblos, más separados todavía
que por la marcha de los siglos por el influjo de las revoluciones?
¿Y habrá quien sostenga entre vosotros que sus obras deben estar
marcadas con un mismo carácter, cuando tanto se diferencian los
hombres que las producen? No, señores; vosotros conocéis que todo
el carácter de la poesía griega nace de que, lanzado entonces el hom­
bre fuera de sí mismo y existiendo en todo lo que le rodeaba, todas
sus producciones han debido tener el sello de lo físico y lo exterior,
que era lo que sólo conocían; pero en la época desgraciada que
acabo de recorrer, no encontrando el hombre objetos agradables en
que espaciar su imaginación, se ha reconcentrado dentro de sí mismo
y ha contemplado por vez primera el caos insondable de nuestro
yo moral. Si la Grecia consideró las relaciones de los cuerpos exte­
riores con nosotros, la Europa de los siglos bárbaros debió considerar
las formas de que les revestimos y hacer al hombre el objeto de
tedas sus producciones como es el centro de todas sus facultades.
Vosotros vais a ver cómo de esta sola circunstancia va a desenvol­
verse todo el encadenamiento de sus ideas.
Todo lo que el hombre produce cuando se contempla a sí mismo
es grave como él y está sellado con el sello de su augusta majestad.
Como la presencia de los objetos físicos influye en el carácter de
nuestros sentimientos, éstos revisten a su vez de sus colores a toda
la Naturaleza: el que la contempla poseído de una triste melancolía,
no la mirará risueña y cubierta de verdura, sino melancólica y su­
blime. Por eso el hombre que cuando se contempló a sí mismo fue
grave y melancólico, la miró grave y melancólica también. Y ved,
señores, la primera diferencia que existe entre el modo que tuvieron
los griegos de considerarla y la manera como la consideraron nues­
tros padres. Como aquéllos sólo conocían los objetos exteriores, que
son fijos y determinados, sus producciones fueron fijas y determi­
nadas también; como éstos sólo meditaron sobre el hombre, en quien
todo es duda y vacilación, sus producciones tuvieron ese carácter de
vago, de indeciso y vacilante, que tanto nos agrada porque es con­
forme al misterio de nuestro corazón y de nuestra sensibilidad. Los
dioses de los griegos obran en sus producciones de un modo nece­
sario e irresistible; porque los seres físicos, como eran ellos, puestos
en movimiento una vez, no retroceden nunca de su primera direc­
ción. El verdadero Dios, que nuestros padres conocieron, se rige y
nos gobierna por distintas leyes. El no obra en nosotros de ese modo
físico y necesario, porque nos ha dado la libertad con la existencia.
Los crueles combates de la incertidumbre y de la duda han suce­
dido en nuestra poesía a la yerta aunque pesada mano de la Fata­
lidad. ¡Qué principio tan fecundo en situaciones trágicas e intere-
/ Discurso de apertura en Cáceres 191
I
santes! Él hombre del paganismo era arrastrado por una mano de
hierro a todas sus acciones; el del Cristianismo lucha, y lucha sólo
con la adversidad y el infortunio, y presenta a la contemplación
del hombre sensible el espectáculo grande y majestuoso del combate
que sostiene, apoyado en sus virtudes, contra las tentaciones que le
cercan y las pasiones que le agitan. Entonces, replegándonos sobre
nosotros mismos, observamos en el silencio de la meditación el caos
insondable y misterioso del hombre, donde, al través de alguna luz
dudosa que brilla vacilante en medio de la noche que nos cubre,
sólo vemos toda su debilidad en medio de su grandeza, toda su
altura en medio de su pequeñez. Entonces, en fin, observando cómo
todas nuestras ideas y todos nuestros principios adquieren un ca­
rácter de sistema y de unidad, aprendemos a conocernos a nosotros
mismos, y dejando el estudio de las acciones, que constituye los
caracteres, empezamos a meditar sobre los caracteres que forman a
los hombres. La unidad de carácter debe suceder en el teatro mo­
derno a la unidad de acción, que los griegos habían establecido; y
como la multitud de acciones que pueden ser necesarias para des­
envolver un carácter no se pueden limitar ni a un tiempo ni a un
lugar determinado, estas unidades no deben observarse entre nos­
otros, para no romper la misma verosimilitud que las estableciera
entre los griegos.
Vosotros observáis, sin duda, señores, la distancia inmensa que
existe entre el estado de perfección que tenía el espíritu humano
entre los griegos y el estado de perfección que presenta entre nos­
otros; distancia inmensa, pero al mismo tiempo necesaria, porque
ha sido producida por la marcha constante de los siglos y la fuerza
irresistible de las cosas. En vano la superficialidad y el pedantismo
levantarán su voz, y con su voz sus sofismas; éstos se desvanecerán
como el humo ante el raciocinio del filósofo y ante la vista de un
profundo observador. En vano, revestidos del sobrecejo escolástico
que les acompaña siempre, gritarán que la Naturaleza es una en
todos los tiempos y que la poesía es el arte de imitarla. ¡ Insensatos!
¡Cuándo abandonaréis por la solidez de la razón la puerilidad de
vuestras declamaciones! Sabed, para confundir vuestra ignorancia,
que la Naturaleza, en cuyo nombre tanto deliráis, está cubierta con
nn velo impenetrable a vuestros ojos, como lo está a los de la razón
y la filosofía; sabed que sólo conocemos nuestras sensaciones y que
ellas son para nosotros la Naturaleza; sabed, en fin, y es por cierto
vergonzoso que no lo conozcáis, que sienten de distinto modo el
hombre de la Grecia, que se embriaga con aromas, y el hombre de
la barbarie, que se baña con su llanto. Y si sienten de distinto modo
y nuestras sensaciones son para nosotros la Naturaleza, ¿por qué
extravío de vuestra razón delirante la Naturaleza siempre es una
192 Escritos de juventud (1829)
misma? ¿Por qué extravío, más inconcebible aún, si sólo pintamos
lo que sentimos y sólo sentimos nuestras sensaciones, la poesía será
para vosotros un arte de imitación? ¿Se imita acaso lo que se sien­
te? No, señores; vosotros sabéis que lo que se siente se expresa, y
que la poesía no es otra cosa que la expresión enérgica de las sen­
saciones, que, habiendo herido fuertemente nuestra imaginación, se
revisten en nosotros de aquel carácter de grandeza y de sublimidad
que nos arrastra a la contemplación muda y silenciosa de todo lo
bello, lo ideal y lo sublime. La historia de la poesía es la historia
de nuestras sensaciones. Toda revolución en la facultad de sentir
produce necesariamente otra revolución en la facultad de pintar.
¿Y sentirían del mismo modo los filósofos del Pórtico y del Liceo
y los Césares romanos que los bárbaros de la francisca de dos cortes
y los reyes de la larga cabellera? 4
Yo me he detenido quizá demasiado en esta revolución moral
que separa para siempre la moderna de la antigua civilización, im­
primiendo un carácter tan contrario en todas sus producciones; pero
vosotros conocéis que es tan imposible hablar acertadamente de los
siglos modernos sin conocer su carácter, como conocerle sin haber
antes recorrido la revolución que les ha dado su impulso y que les
ha señalado su carrera. Del examen de esta revolución resulta el
conocimiento de muchas proposiciones que hasta ahora han estado
sujetas a interminables disputas y continuas cavilosidades.
He presentado a vuestra consideración el único principio de
donde nace todo el sistema literario de la Grecia, y vosotros habéis
visto que él era de absoluta necesidad en el estado de perfección
que entonces tenía el espíritu humano. Dando después una ojeada
por la Europa moderna, he probado que la revolución política que
la sepultó en la barbarie produjo una revolución moral que, uniendo
su influencia a la influencia de los siglos, hizo variar, en su marcha
y en su objeto, nuestra facultad de sentir, creando un principio
absolutamente contrario al de los griegos y de una necesidad tan
absoluta como la que entre ellos existiera. Haciendo después un
resumen del sistema literario de nuestros padres y del sistema que
la Grecia profesaba, habéis observado que eran tan contrarios entre
sí como los principios que los habían producido; pero los principios
que los habían producido fueron absolutamente necesarios. Sin esa
contrariedad que existe entre ellos, y que ni quieren ni pueden
concebir los espíritus superficiales, la marcha de los siglos estaba
detenida para siempre o hubieran retrogradado en todos sus movi­
mientos y revoluciones.
Ya sólo nos resta, para llegar a la época brillante en que la
4 He aquí un verdadero manifiesto de sensismo gnoseológico y estético, caracterís­
tico de Ja ilustración y deJ romanticismo, las dos coordenadas en que hay que situar
al D on oso joven.
/ Discurso de apertura en Cáceres 193
Europa sacudida despertó del profundo letargo que por tanto tiem­
po la oprimiera, echar una rápida ojeada sobre la cima de los acon­
tecimientos que la arrancaron al fin del seno de la barbarie y de la
degradación. No es mi ánimo, señores, presentar a vuestra vista el
cuadro histórico de estos tiempos, señalando todas las causas par­
ciales que contribuyeron con su poderosa influencia a acelerar una
revolución tan feliz. El objeto de este discurso es sólo considerar
las grandes revoluciones que establecen el encadenamiento necesario
de las cosas y la marcha constante y progresiva de los siglos.
Cuando los bárbaros del Norte destruyeron el Imperio de Occi­
dente, recibieron la religión cristiana de los pueblos conquistados.
Ella se había hecho igualmente necesaria para los vencidos y para
los vencedores, porque es igualmente necesaria para la degradación
y la barbarie. Los romanos, envilecidos, no habían dejado de ser
hombres, y mientras lo sean abrigarán en su seno el germen de to­
das las virtudes, como el germen de la corrupción y los delitos.
Pero estando aquéllas enlazadas entre sí por una cadena invisible,
el que es capaz de una sola puede recorrer toda la cadena que las
une; el que practique las primeras es el justo, como el que practique
las segundas es el héroe; y como no hay hombre, por degradado
que sea, que no tenga una virtud, el hombre más degradado puede
poseerlas todas y aspirar a la heroicidad y a la grandeza. Y ved,
señores, cómo en el corazón humano existe una fuerza innata que
nos conduce a todo lo que es grande y heroico; cómo hay un sen­
tido moral que nos hace percibir lo bello, lo justo y lo sublime. El
hombre ha nacido para ponerse en acción continuamente: si se goza
en los contrastes, es porque ellos le ponen en movimiento, sacu­
diéndole con toda su energía en medio de la inercia que le oprime.
El pueblo romano, embriagado con su poder y agobiado con
sus triunfos, había perdido su existencia, que pasó con sus acciones.
La religión cristiana, presentándole, en vez de la molicie en que
yacía, la austeridad del Evangelio, y en vez de la corrupción que le
abrumaba, la virtud y el heroísmo, desenvolvió en él el germen
sagrado de la heroicidad, que por la fuerza de los contrastes le
arrancó de su letargo y sus deleites, para darle nueva vida en la
soledad y en el desierto. Entonces los emperadores dejaron de ce­
ñirse con laureles para ceñirse con cilicios y abandonaron la púrpura
romana por el sayal del ermitaño. Si pasáis de la consideración del
Imperio a la de los pueblos del Norte, observaréis que eran melan­
cólicos y feroces como todos los salvajes. Ellos debieron abrazar una
religión que, siendo elevada y sublime en sus misterios, grave y
austera en sus predicaciones, y haciéndoles pensar más en el silencio
del sepulcro que en el torbellino de la vida, alimentaba su carácter
melancólico y sombrío y daba una dirección determinada a sus
Donoso Cortés 1 1
194 Escritos de juventud (1829)
costumbres, puliendo en cierto modo su selvatiquez y ablandando
su rudeza. Así, entre dos pueblos contrarios por sus costumbres, por
la marcha de sus ideas y por sus instituciones, la religión cristiana
establece un lazo que los une, y que debe arrancarlos para siempre
de la degradación y de la barbarie.
Devorada la Europa por el monstruo del feudalismo y comba­
tida por todos los azotes del envilecimiento y la miseria no encon­
traba ni fuerza para resistir a la opresión ni esperanza para sacu­
dirla de su cuello. Los pueblos que la sujetaron a su yugo perdieron
su entusiasmo cuando nada tuvieron que conquistar, y ella, cuando
doblegó su frente a la servidumbre, ya no le tenía; y como sólo el
entusiasmo puede lanzar a las naciones del seno de la degradación
y la miseria al seno de la virtud y la abundancia, si la Europa no
encuentra este fuego que la inflame, la Europa está borrada por el
dedo de la Providencia del libro de la vida. ¿Y dónde le encontrará?
No hay entusiasmo sin reunión de intereses, ni reunión de intereses
sin mutuas relaciones, y la Europa no tenía un interés político co­
mún, porque no tenía ni relaciones políticas ni necesidades comu­
nes; pero su religión era una, uno el jefe de la Iglesia, uno el
interés de la religión y uno el interés de los cristianos. Esto basta:
o el fuego que puede arrancarla de su ignorancia ya no existe o
reposa moribundo en los altares. Un monje llamado Pedro el Ermi­
taño marcha en peregrinación al Santo Sepulcro cuando el dominio
de los turcos había sucedido al dominio de los califas en los Santos
Lugares; el espectáculo de los peregrinos, vejados por aquellos bár­
baros dominadores, llena de indignación al entusiasta Pedro, y sur­
cando una lágrima ardiente su mejilla y bajando hasta el sepulcro
del Salvador de los hombres, jura lavarle con la sangre de los tiranos
que le huellan; su juramento es aceptado: vuela, truena en medio
de la Europa, y la Europa sacude el letargo que la oprime; a su
voz se enciende la antorcha del entusiasmo y de la guerra, y la
Europa cae desplomada sobre el Asia, que la devora en su seno.
Esta revolución, señores, marcó, por fortuna, el principio de
nuestra felicidad, mostrándonos, en un horizonte oscuro y lejano
todavía, al monstruo del feudalismo que muere y al estandarte de
la ilustración que se despliega. Las naciones de Europa, descono­
cidas poco antes a sí mismas, se estrechan con los lazos de un in­
terés común: sus costumbres, rudas y salvajes, pierden su selvatiquez,
su rudeza, en medio del Asia, afeminada, y en medio de su volup­
tuosidad y sus deleites. El esplendor de la corte del generoso Sala-
dino introdujo en Europa un fausto desconocido hasta entonces, y
los bárbaros que la oprimían empezaron a pensar en el lujo y las
riquezas más bien que en la opresión y en su engrandecimiento.
El espectáculo, en fin, de los pueblos comerciantes que visitaron en
Discurso de apertura en Cáceres 195
su carpera les hizo aspirar al comercio que enriquece a las naciones.
El efecto que esta revolución produjo en el gobierno interior de la
Europa no fue menos saludable para los pueblos oprimidos. Cuando
sus señores se aprestaron a la conquista de Tierra Santa, tuvieron
que asegurar muchas de sus tierras para remediar sus necesidades.
Los reyes, aprovechándose de tan favorable coyuntura, extendieron
por todas partes su poder, y los pueblos se vieron libres, con la
protección del Tremo, de su horrorosa tiranía.
Las cruzadas no introdujeron en Europa la civilización, lanzando
de su seno la barbarie; pero sí introdujeron el entusiasmo que hace
germinar todas las virtudes y da su impulso a todos los talemos.
El deseo de ilustrarse es un paso para la ilustración, y este deseo le
había adquirido con el comercio de naciones ilustradas. £1 genio
de la invención y de las luces no tardará en extenderse sobre
Europa; la brújula la trazará un camino en la noche de los mares;
el descubrimiento de las Pandectas y del Código de Justiniano la
trazará una senda luminosa en medio del caos profundo de las
leyes; la Universidad de Bolonia será establecida, y el estudio de
la jurisprudencia prestará más lustre que el ejercicio de las armas;
la invención de la imprenta abrirá nuevos caminos a las luces para
que puedan extenderse; la destrucción del Imperio de Oriente hará
refluir hacia el seno de la Italia las ciencias y las artes, que, arran­
cadas a su pesar de la Ciudad Eterna por la corriente devastadora
a que nada pudo resistir, serán otra vez conducidas a su seno por
la mano del destino, para seguir las huellas gloriosas de su carro
triunfador o sepultarse para siempre en sus ruinas.
Las constituciones políticas de las naciones de Europa marcha­
rán al nivel de tan grandes descubrimientos. Carlos VII y Luis XI
levantarán en Francia el estandarte de la Monarquía sobre los es­
combros del feudalismo. Enrique VII y Enrique VIII doblegarán
en Inglaterra la orgullosa cerviz de aquellos varones codiciosos, y
bajo las augustas banderas de Isabel y de Femando levantará su
esclarecida frente la vencedora España, y, conducida por manos tan
felices, será de un peso decisivo en la balanza de la Europa. Las
guerras de Italia y las pretensiones sobre ella de Francia, de España
y del Imperio estrecharán los lazos de estas naciones; y en el seno
de unas guerras, que durarán largo tiempo, se formará ese equili­
brio de la Europa, por el cual está asegurada la existencia política
de cada una de las naciones que la constituyen, sucediendo la voz
de la razón a la voz del entusiasmo, y el espíritu de comercio y
transacciones diplomáticas al espíritu de destrucción y de conquista.
Así aparecerá la Europa en el siglo xvi, vestida con su gala y
su esplendor en medio de su juventud y lozanía; pero aun a fines
del siglo Xiii y principio del xiv aparece un coloso, cuyas propor-
196 Escritos de juventud (1829)
dones gigantescas se descubren en medio de la oscuridad de la
barbarie, y se ostenta mayor que el siglo que le meció en su cuna
y el siglo que le condujo al sepulcro. Parece que la Naturaleza está
ocupada desde la destrucción del Imperio romano en reunir los
gérmenes que debían producir un genio inmortal que ni tuvo mo­
delos ni ha tenido imitadores. Homero fue inspirado por las grandes
acciones de sus padres; la Naturaleza, pura todavía, le abrió su
seno virginal y le enriqueció con sus tesoros; el idioma de la Grecia
le halagó con sus encantos, y su religión le abandonó sus ilusiones.
Dante está solo, apoyado de su genio en medio, de la Naturaleza;
pero su genio es bastante para elevarle a las regiones de lo ideal y
lo sublime: él se remonta como la reina de las aves, desprecia la
llama que no basta a su entusiasmo, y prefiere al brillo pasajero
de las flores la eternidad de las rocas, y al encanto melodioso de
los cisnes el bramido salvaje de los mares. Aprisionada su imagi­
nación en medio de la Naturaleza, rompe sus cadenas, se lanza en
el seno de los mundos desconocidos y sin límites, y en medio de la
eternidad de los siglos contempla silencioso la eternidad de los pla­
ceres y la eternidad de los tormentos. Siempre melancólico y su­
blime como la Naturaleza y como el hombre, desprecia desde su
altura la pequenez del aparato y la elegancia; sus acentos son rudos
y salvajes; su marcha, rápida y concisa; su estilo, grave y senten
cioso; es sublime en la pintura del dolor en medio de la monotonía
de su estilo. ¡Oh fuerza de la inspiración y del genio! Tú sola
pudiste conducir el pincel de Dante cuando grabó aquellas terribles
y monótonas palabras en la mansión de los que gimen; ellas están
grabadas en mi corazón y atruenan de continuo mis oídos.
Así, señores, la Naturaleza, que pareció adormecida tanto tiem­
po, sacudió de repente su letargo y se ostentó más sublime, saliendo
del seno de la barbarie, que lo fuera entre los griegos en el seno
de la civilización. La Divina Comedia está marcada con el carácter
que se formó la Europa en medio del feudalismo y sellada con el
sello de la grandeza y de la originalidad. El enamorado Petrarca
no entonará tan elevados cantares; él no se reposará en las desnu­
das frentes de las rocas para excitarse al canto con el horror de la
tempestad y el bramido de los vientos; pero, adormecido al blando
susurro de una fuente querida de su corazón, sus ondas refrescarán
sus laureles y su trémula mano hará gemir las cuerdas temblantes
de su lira con el amado nombre de su Laura. El fue el primero que
introdujo la dulzura de la amistad en el entusiasmo del amor, sabo­
reando todas sus delicias; él fue el primero que hizo suceder al
furor físico el éxtasis moral, que con tintas tan delicadas y suaves
trasladó a sus producciones; su imaginación ardiente le arrebató
alguna vez fuera del círculo trazado al amor por la mano de la
Discurto ie apertura en Các&res 197
Naturaleza, lanzándole en el laberinto de una metafísica ininteligi­
ble; pero perdonemos sus pequeños lunares al genio inmortal que
fue el primero que conoció aquella correspondencia misteriosa de
dos almas que se entienden y vuelan a confundirse en el seno de
la eternidad, como se confunden sus suspiros o como se confunden
los sones que despiden dos arpas sacudidas. Sí, señores; Petrarca,
a pesar de sus defectos, ha revelado a la Europa el secreto del amor,
delicia y tormento de su alma, y que ni pintaron ni conocieron los
antiguos.
Vosotros habéis visto a Dante inspirado solamente por su ele­
vación y su grandeza, y a Petrarca por su amor y su melancolía.
Ariosto no está subyugado ni por su carácter ni por sus pasiones;
él se presenta en medio de la Naturaleza que le adorna con todos
sus matices; ninguna sensación se graba en él profundamente; pero
todas, al deslizarse por su seno, graban en él la variedad de sus
colores; siente con todos sus sentidos y pinta con todos los pinceles;
nada llama exclusivamente su atención, pero lo siente todo; los
cuadros que presenta son como los fantasmas que se engrandecen
a nuestra vista en medio de la dulce ilusión de un breve sueño; nos
arrojamos a abrazarlos, y sus formas, retirándose de nosotros, se
ocultan en un horizonte dudoso y transparente; nos acercamos más,
la ilusión pasa y ya no existe. Su Orlando furioso no produce una
sensación de dolor o de placer determinada, pero sí aquella sensa­
ción de vaguedad siempre dulce y deleitosa que experimentamos
cuando, embriagados todos los sentidos en un éxtasis profundo,
contemplamos con arrobamiento un paisaje encantador y, contentos
de nosotros mismos, nos dejamos llevar de las ilusiones, que nos
cercan como las ondas dulces y suaves de la fuente que susurra a
nuestro lado; la suave armonía, la elegante facilidad, son las dotes
de su estilo; las acciones caballerosas y galantes de su tiempo son
el genio que le inspira; su pincel está empapado en las tintas del
Oriente, y su imaginación engalanada con la riqueza del ir>s. El es
el más original de todos los escritores y el más inimitable de todos
los poetas; pero no subyugado por nada, todos dirían al ver su fa­
cilidad que él es superior aún a su mismo genio.
Yo aparto mi vista con dolor de este espectáculo para fijarla
en el cuadro melancólico del poeta más grande como el más des­
graciado de la Europa. ¡Cantor divino de la Jerusalén, gloria de
Sorrento y de la Italia! ¿Qué musa te acompañó en tus gemidos
y te inspiró en tus cantares? ¿Es acaso la musa risueña de la Grecia,
la que te embriagó con sus aromas y te ciñó con sus guirnaldas?
<0 es la musa melancólica de tu religión la que te muestra con su
dedo la fuente de lo grande y la que baña tu rostro con su llanto?
¡Llanto sublime que, humedeciendo las cuerdas de su lira, arranca
198 Escritos de juventud (1829)
de su corazón los grandes acentos que le llenan! Tasso no alcanza
a la sublimidad de Dante, pero tiene una grandeza más igual y sos·
tenida; no es tan metafísico como Petrarca, pero su corazón es
más sensible; él llora en el bosque encantado con Tancredo al oír
ios gemidos de su dama; llora también con Olindo y con Sofronia;
y el que sabe pintar con el pincel de Homero la ferocidad de Ar-
gante, sabe también pintar en sus acentos pastoriles los interrum­
pidos sollozos de la sin ventura Herminia. La Jerusalén no presenta
ni la variedad de matices ni la frescura de colores que el Orlando,
pero sí un todo más sencillo en su concepción, más sólido en su
base y más regular en todas sus producciones. Sólo a ti, genio su*
blime, se ha concedido revestir con las formas elegantes de la civi­
lización antigua un asunto marcado con el carácter de la moderna
civilización. Si algún crítico se atreviere alguna vez a medir con su
compís la extensión de tu talento, ¡sombra grande y desgraciada!,
reposa en el seno de tu esplendor y de tu gloria; su posteridad le
juzgará indigno de ajar con su profana mano los laureles que te
ciñen.
Tales son los cuatro colosos que se levantan en el renacimiento
de las letras para servir de columnas al edificio de la moderna
civilización; en vez de ser imitadores, han enseñado a la Europa
que al templo de la fama sólo conduce el camino de la originalidad.
Ellos la han enseñado que sólo siguiendo el principio que se formó
en el seno de la barbarie por la revolución moral producida en
nuestra facultad de sentir, pueden ser sus escritores originales y su­
blimes; pero sus sucesores no escucharon sus acentos, y el espíritu
humano fue conducido entonces por una fuerza de retrogradación.
Los filósofos fueron los primeros que dieron este impulso a la mar­
cha de nuestro entendimiento; los poetas se resintieron de este im­
pulso, que se manifestó después en todas sus producciones. De este
modo, el espíritu humano, que cuando renacieron las letras se mos­
tró constante en su marcha y uniforme en todos sus movimientos,
presentó, cuando apenas brillaba la antorcha de la filosofía, el des­
nivel absoluto de todas sus facultades.
En Inglaterra nace con Bacon, en el siglo XVI, la filosofía de
las sensaciones: Locke la reduce a principios y forma de ella un
sistema que, tímido y modesto en sus escritos, pasa a los de Con-
dillac para popularizarse y extenderse, y de éstos a los de Helvecio
para desfigurarse y delirar. Este sistema es absurdo, porque todo en
él es fijo cuando todo en el hombre es vago; es estéril, porque,
consistiendo sólo en hechos, los hechos sólo se prueban a sí mismos;
es insuficiente para explicar la genealogía de todas nuestras ideas,
porque, siendo las sensaciones que analiza fijas y determinadas, no
pueden explicarse por ellas las ideas, que tienen un carácter de in-
Discurso de apertura en Cáceres 199
decisión y vaguedad; es contrario, en fin, al principio de reconcen­
tración dentro de nosotros, porque, naciendo en él todo el origen
de nuestros conocimientos de las impresiones recibidas por los cuer­
pos exteriores, nos lanza de nuestro yo moral a todo lo que nos
rodea.
Desde el nacimiento de esta filosofía todo es agitación, todo es
disputa en el seno de la Europa. Hobbes, en el más consiguiente y
monstruoso de todos los sistemas, será el primero que niegue la
existencia de Dios citando de continuo la Escritura, y el único tan
imprudente que se atreva a dar el nombre de impiedad a su creen­
cia, mostrándose así digno maestro de Spinosa. Montaigne asentará
con su indiferencia filosófica las bases del escepticismo que Bayle
profesará más adelante 5.
Newton, el genio más grande que ha producido la Naturaleza,
se lanzará en medio de los mundos y descubrirá las leyes que los
rigen en sus revoluciones. Mientras que los filósofos sensualistas
sólo conciben al hombre como material y físico, Leibniz espiritua­
lizará el mundo llenándole de mónadas; y mientras que la filosofía
empírica presenta al hombre rodeado de la materia, que por todas
partes le comprime y le limita, el gran Pascal le considerará como
un punto entre dos eternidades. Esta época, que es de oscilación y
de lucha en el mundo filosófico, lo es también en el mundo lite­
rario. El siglo XVI no produjo entre nosotros sino bellos imitadores
de la antigüedad y de la Italia. El dulce Garcilaso engalanó la musa
ibera con los gemidos de su lira; el divino León supo elevarse al­
guna vez a la sublimidad de Horacio con la sencillez encantadora
de sus fáciles acentos, y el inmortal Herrera, elevando su vuelo
sobre todos, imprimió en la lira castellana el carácter de su eleva­
ción y su grandeza. No seré yo el que con voz impía quiera manchar
el lustre de tan grandes escritores; pero permítase gemir a un aman­
te de su patria cuando la mira conducida sólo en alas de la imitación
al templo de la gloria. ¿Y en qué siglo, señores? En el mismo en
que Tasso había cantado los nombres de Bouillón y de Tancredo
y en el mismo en que Shakespeare hacía brillar el puñal de Melpó-
mene en la escena de Inglaterra con un brillo que durará tanto como
su nombre y como el tiempo; en vano buscaréis en ningún escritor
un conocimiento tan profundo del corazón humano ni una pintura
de una verdad tan espantosa en los grandes caracteres; Shakespeare
será la desesperación de todos los que se atrevan a imitarle. Pero
España levantará su frente al fin y se ostentará grande y sublime
en medio de la Europa, que admirará sus producciones. Si en el
* En esta diatriba contra el empirismo filosófico contradice manifestaciones anteriores
del discurso y de las cartas a Gallardo. Acaso le asusta ahora el ver que el empirismo
desemboca en el materialismo y en el ateísmo. Es además una prueba de que su
pensamiento aún no era maduro.
200 Escritos de juventud (1829)
siglo XVI ella se ciñe con las flores caducas nacidas en la Italia, en
el siglo XVI! se corona con las flores brillantes nacidas en su seno;
si en aquél ha recorrido con lustre el campo de la imitación, en
éste recorrerán con más lustre todavía el campo de la originalidad.
Góngora, cuando no delira, se viste con toda la pompa oriental de
la musa castellana; Lope traza un surco de luz en todo el dominio
de las musas conducido por la extensión espantosa de su genio, y
Calderón, en fin, se levanta como un gigante que todo lo ocupa
con su nombre, y apoderándose de la escena española, la eleva con
su robusta mano al nivel de la que expira en Inglaterra y la que
va a nacer en Alemania. Así se presenta la musa española en el
siglo XVII bañada de esplendor, de majestad y bizarría; el artificio
no envilece sus facciones; ella es inculta y salvaje porque es inculta
y salvaje la Naturaleza.
Loor eterno al filósofo modesto y metafísico profundo que, le­
vantando su frente en medio de la superficialidad que le rodea, ha
merecido bien de las musas castellanas, juzgándolas con la fuerza
irresistible de su razón y la solidez que acompaña a su talento: el
nombre del señor don Agustín Durán estará grabado en el cora­
zón de todos los buenos españoles, como lo está de un modo inde­
leble en el de todos sus amigos, que se gozan con su saber y se
honran con sus virtudes 6.
El siglo XVII, que fue en España el de la originalidad y la gran­
deza, fue en Francia el de la grandeza sin la originalidad; y es
necesario que confesemos, señores, que si el laurel debido a los que
imitan puede ser igual en algún caso al que merecen los que in­
ventan, jamás ningún escritor fue tan digno de refrescar sus sienes
con sus ramas como el que supo pintar con toda la fuerza de la
verdad y los colores de la poesía el sublime gemido de la desgra­
ciada Andrómaca y el doloroso acento de Fedra criminal. Racine,
imitando a Sófocles y a Eurípides, logró exceder a sus modelos;
Moliere excedió en la comedia clásica a todos los clásicos griegos
y latinos, y La Fontaine, revistiendo el apólogo con las suaves tintas
de su candor y su naturalidad, le presentó al mundo literario reves­
tido al mismo tiempo con una delicadeza y elegancia desconocidas
hasta entonces. Boileau, en fin, declarándose el órgano de la Natu­
raleza y el sucesor del sabio de Estagira, dio a la Francia los pre­
ceptos del buen gusto y llamó a todos los escritores y a todos sus
escritos para ser juzgados en su inexorable tribunal. ¿Y cómo la
nación que ya llenaba la Europa con su nombre no supo imprimir
* La alusión a Agustín D urán es un testim onio de agradecim iento a quien le había
acog id o afectuosam ente en su círculo de am igos de M adrid el año an terior y le había
en señ ad o m ucho sobre los valores de la literatura española y sobre el rom anticism o
de cu ño schlegelíano. Agustín D uran (179 3-18 62 ) había publicado ya sus Colecciones
de romances antiguos y acababa de dar a luz (1828) su Discurso sobre el influjo que
ha tenido la crítica moderna en la decadencia del teatro antiguo español ,
Discurso de apertura en Cáceres 201

el carácter de sus costumbres y de sus necesidades en todas sus pro­


ducciones? ¿Eran aquéllas tal vez las mismas que las de los griegos
que imitaron? No, señores; la Francia tenía las mismas necesidades
que el resto de la Europa, porque la Francia, como ella, había es­
tado sumergida en la barbarie; pero habiéndose enriquecido con el
estudio de la antigüedad los grandes escritores que en aquel siglo
la ilustraron, antes que pudieran desenvolverse y declararse en su
seno sus necesidades morales, se crearon unas necesidades facticias,
que trasladaron a sus escritos, y con ellos a su patria, que, reci­
biendo su impulso, marchó con su misma dirección.
Tal es el bosquejo del cuadro que presenta la Europa desde el
renacimiento de las letras hasta la época que acabo de recorrer.
Todas las verdades son en ella problemáticas; todos los errores se
sostienen; todas las contradicciones germinan en su seno, y el espí­
ritu humano, aunque se agita, parece que ha cesado de marchar.
Pero esta lucha, esta oscilación, este movimiento, anuncia que el
siglo de las revoluciones se acerca. Y levanta, en fin, su frente el
siglo XVIII y, extendiéndose el eco de su voz por toda la duración
de los tiempos, llama a juicio a los siglos que pasaron para que oigan
su sentencia los siglos que serán. ¿Qué circunstancias favorecieron
a este siglo para juzgar a los siglos anteriores? ¿Y qué circunstan­
cias le fueron contrarias para acertar en sus juicios? Voy a presentar
unas y otras a vuestra consideración.
Un siglo sólo puede ser juez de los demás cuando reúne en un
solo punto todas las fuerzas que el espíritu humano ha podido ad­
quirir. Francia es este punto en el siglo XVIII. Las ciencias y las
artes sólo progresan en el seno de la consideración y la abundan­
cia; nunca los filósofos fueron tan considerados como en este siglo,
y en ninguno como en él se premiaron los talentos. Es necesario el
conocimiento de todas las opiniones anteriores para poderlas juzgar;
todas ellas eran conocidas de los filósofos franceses. Se necesitan
hombres que, reuniendo a la vez el conocimiento de las artes y el
conocimiento de las ciencias, hayan adquirido aquella razón univer­
sal que, abrazando en toda su extensión el sistema de los conoci­
mientos humanos, pueda, como desde una altura, pesar en su ba­
lanza todas las opiniones que agitan a los hombres y todos los erro­
res que abrigan en su seno. Jamás ninguna nación ni ningún siglo
miró filósofos tan profundos ni tan célebres artistas. Si esto es bas­
tante para el progreso de las luces, es necesario para que puedan
extenderse que el pueblo en que se cultivan llame la atención de
las naciones que le rodean; la Francia del siglo de Luis XV había
heredado el lustre de las brillantes victorias del siglo de Luis XIV
y, vistiéndose con todo su esplendor, se coronaba con todos sus
laureles. El espíritu de sociedad y de cultura parece que se había
202 Escritos de juventud (1829)
reposado en su seno para siempre, y toda la Europa fijaba su aten­
ción sobre este pueblo que el genio de las artes coronaba y el
genio de la guerra conducía.
Tales son las circunstancias que, reunidas todas en un siglo,
debieron elevarle sobre todos los que le precedieron. Si ellas hu­
bieran existido solas, el espíritu humano hubiera marchado con un
paso de gigante en la carrera de su perfección; pero circunstancias
fatales le detuvieron en su marcha y, oponiendo su poderosa in­
fluencia al impulso de las que le favorecían, le hicieron, en vez del
primero entre los siglos de las luces, el primero entre los siglos de
las revoluciones.
El espíritu filosófico es por su naturaleza independiente; cuan­
do la razón no es la sola que preside en materias de razón, ella es
nula en sus progresos. Los filósofos de Francia, reuniéndose entre
sí, perdieron las cualidades que los distinguían unos de otros y sólo
conservaron aquellas en que sus distintos caracteres se tocaban;
desde este momento la razón de cada uno de ellos estuvo sujeta a
la razón de todos, y en vez del espíritu de individuo se formó un
espíritu de cuerpo que, ocupando el lugar de la razón, empezó en­
tonces a presidir en sus juicios. Sus reuniones se formaron en el
seno de las sociedades más brillantes de París, y adoptando su gusto
y sus maneras, el espíritu de cuerpo, que era el solo que conser­
vaban, se perdió en el espíritu de sociedad, que fue siempre funesto
para la razón y la filosofía. Entonces todos sus escritos presentaron
la asociación monstruosa de la puerilidad del gran mundo y de la
grandeza de sus autores, los cuales dejaron muy pronto de tenerla
en medio de la atmósfera de superficialidad que los cercaba. Uno
solo, lanzándose del seno de los hombres al centro de su corazón
y del torbellino de las sociedades al silencio de la Naturaleza, supo
trazarse el camino de la originalidad, atacando de frente las opinio­
nes de su siglo; el filósofo de Ginebra5, con menos erudición y
quizá menos talento que casi todos los filósofos franceses, pudo
elevarse a su nivel inspirado por el genio de la soledad y de la
melancolía. La Francia, asombrada de ver a un hombre que, sin
respeto a la opinión, pensaba por sí mismo, se prosternó como ante
un dios ante los pies del filósofo extranjero; la posteridad, más
justa porque es más sabia, sólo le ha concedido el título del más
terrible, como el más seductor y elocuente de todos los sofistas. Tal
es ese siglo brillante en el cual se hallaron reunidos todos los erro­
res y todas las verdades, todos los crímenes y todas las virtudes.
Vosotros habéis visto las circunstancias que le favorecían para ser
el siglo de la ilustración y las que con su poderoso influjo opusieron
un dique a su carrera. Considerad ahora al siglo XIX. Él se levanta
• R ou sseau .
/ Discurso de apertura en Cáceres 203
i
con toda la fuerza de la juventud y, con h gravedad que le imprimen
los siglos que le coronan, marcha con un paso asegurado en la
carrera de la ilustración, con todo el saber de las edades pasadas y
con toda la experiencia de las edades presentes.
En medio de tal siglo se levanta este establecimiento literario,
que no debe perecer. ¡Cuán firmes son las columnas que le sos­
tienen! ¡Cuán grandes los destinos que le esperan! Todas las uni­
versidades establecidas entre nosotros lo fueron en los siglos casi
bárbaros o en los de oscilación y de disputa. Este Colegio nace en
el siglo que debe serlo de las luces, y en el que se hallan bastante
discutidas todas las opiniones que dividieron a los filósofos y que
abrazaron las escuelas. Nuestras universidades sólo aprendieron en
el seno de la disputa a ergotizar; este Colegio puede aprender, en
el siglo de la observación y la experiencia, a juzgar y decidir; si
aquéllas mueren abrumadas de preocupaciones y oprimidas de re­
cuerdos, éste nace vestido de luz y coronado de esperanzas. Consi­
derad, señores, los progresos del espíritu humano en la época pre­
sente. Byron hace resonar a la musa de Inglaterra con los grandes
acentos de su sublime melancolía y la hace gemir con los profundos
gemidos del infortunio y del dolor. Todo es vago en sus produc­
ciones: el velo misterioso que las cubre hace que, replegándonos
sobre nosotros, contemplemos el misterio de nuestro yo moral: el
fatalismo de las pasiones que arrastran a sus personajes con una
mano de hierro por los escollos de la vida, nos prepara a que con­
templemos silenciosos cómo se huyen los límites del tiempo y cómo
se abre el abismo de la eternidad. Todo en él nos recuerda nuestra
nada; todo es terrible y misterioso como el hombre; todo está velado
con el velo de la Naturaleza y sellado con el sello de la contempla­
ción. Ha pintado las pasiones que nos desgarran con su lucha y ha
enseñado a los poetas modernos cuál debe sor el objeto de sus
cantos.
Walter Scott ha descrito en sus novelas el carácter de la Escocia
y las costumbres de sus padres. El es el que mejor ha probado que
la aridez de los hechos debe revestirse con el encanto de las inven­
ciones y que la amable sonrisa de la fábula puede hacer interesante
la verdad. Ninguno ha distinguido como él, por gradaciones tan
insensibles, los caracteres de sus personajes; ellos tienen el carácter
general de su patria modificado por el particular de su siglo, que
lo está también por el de su profesión; ninguno como él ha sabido
confundir en un solo punto las creaciones de su fantasía y la verdad
en la marcha de los acontecimientos, la idealidad de las situaciones
y la realidad de las costumbres y de los caracteres.
La Francia, que en los siglos anteriores se ha negado a seguir
la marcha de la Europa en la carrera de la ilustración, empieza ya
204 Escritos de juventud (1829)
a distinguir el carácter de sus costumbres y el imperio de sus nece­
sidades La baronesa de Staél, superior a su siglo y su sexo, ha
sido la primera que ha sacudido el yugo de las preocupaciones.
Inspirada por el genio de la Alemania, ha sido el órgano de sus
sublimes acentos y ha juzgado desde su elevación el canto solemne
de la musa solitaria del Rhin y el canto risueño de la musa brillante
del Cefiso. No bastando a la inmensidad de su genio el mundo
literario, se lanzó en el caos tenebroso de la metafísica y de las
abstracciones, y la misma que supo apreciar en su justo valor el
sistema poético de Schiller supo apreciar también el sistema meta-
físico de Kant. La Francia escuchó enmudecida su sentencia y
aprendió de su boca sus destinos.
Pero ¿para qué recordar los grandes escritores de las naciones
extranjeras? ¿Acaso no abriga España en su seno ninguno con cuyo
nombre pueda gloriarse? ¿Ninguno que se haya trazado un camino
en los campos de la originalidad? Sí; español, yo me gozo en de­
cirlo ante españoles: el que ha sabido llenar nuestra escena con los
grandes acentos de Pelayo y los gemidos de Hormesinda no morirá
jamás entre nosotros si no mueren la admiración por los talentos
y el amor de las virtudes. Y tú, Quintana, si llegan hasta ti las
razones que se despiden de mis labios, perdona la osadía de un
joven que, sin títulos como sin gloria, se atreve a tributar el home­
naje debido a la grandeza de tu genio inspirado por la grandeza de
tu corazón. El drama heroico es obra tuya; las vidas de los varones
que ilustraron nuestra Patria, obra tuya también; tú solo eres digno
de pintar las acciones que los inmortalizan, porque tú solo eres dig­
no de sentir su grandeza y su sublimidad 8.
Todo, señores, respira el aura de la felicidad en derredor de este
Colegio; los siglos que pasaron reclinan sobre él su frente para
enriquecerle con sus tesoros; el siglo en que nace le señala con el
dedo la carrera de la perfección; los grandes escritores que le rodean
le ofrecen sus páginas, que la mano del tiempo no borrará jamás.
Aun la Naturaleza, que esquivó siempre las miradas de los hom­
bres, cediendo a la fuerza irresistible del destino ha abierto ya su
seno entre sus manos, y las ciencias naturales, casi desconocidas en
los siglos anteriores, brillan en éste con todo su esplendor.
¿Y a quién debéis, extremeños, la felicidad que se prepara a
vuestros hijos? Vuestro dedo señala a este nobilísimo Ayuntamiento
y a este superior y dignísimo tribunal como a vuestros protectores.
La frase sólo se com prende teniendo en cuenta el discurso de D urán, donde, si­
guiendo a ScblcgeJ, se afirm a que Francia se separó de E uropa al salir de la tra­
dición m edieval llam ada rom ántica, para asim ilarse al clasicism o griego. (Nota de
H. Juretschke.)
* D on oso no quiere term inar sin rendir hom enaje a Q uintana, su m entor, que era
adem ás quien Je había propuesto para la cátedra de H um anidades d d C olegio de Cá-
ce res.
/ Discurso de apertura en Cáceres 205
Ellos, no considerando bastante agobiadas todavía sus venerables
frentes con la inmensidad de su cargo y con el ejercicio severo de
sus funciones, elevan hasta el Trono sus ardientes súplicas, que
llegan hasta el corazón paternal de nuestro augusto soberano. ¡Mo­
narca grande y generoso! Tú oíste sus plegarias, y lanzándose de
tu boca el sí que estaba grabado en lo hondo de tu pecho, se lan­
zaron con él mil torrentes de felicidad y de ventura.
¿Y sobre qué provincia se lanzaron? Considerad conmigo, se­
ñores, el espectáculo grandioso de una provincia que, hija salvaje
de la Naturaleza, sale de su seno coronada de virtudes, para entrar
coronada de pompa y de laureles en el seno de la ilustración. Ella
reúne a la firmeza y gravedad de los pueblos del Norte la imagina­
ción brillante y lujosa de los pueblos del Mediodía; ella no está
ilustrada, pero ni envilecida en sus costumbres; y si el saber está
lejos de la ignorancia, está más lejos todavía de la prostitución. Sí;
la provincia magnánima y heroica que extendió su nombre y el
imperio de sus reyes desde las feraces márgenes del Betis hasta
los lugares en que mece su cuna el Orinoco, haciendo lucir el brillo
funesto de sus armas en la frente del esclavo americano, volará tam­
bién en alas de su genio al templo de la gloria y arrancará las
palmas que le cercan. Las manos que blandieron la espada cente­
lleante de Cortés podrán también rodar sobre la lira de Meléndez.
¡Extremeños! Yo no ceso de admiraros; la grandeza está pin­
tada en vuestras frentes, y en vuestras facciones se dibuja la heroi­
cidad de vuestros padres. Ya no tenéis que mendigar de la piedad
extranjera la llama que debe encender vuestro talento; ya los hijos
afortunados del Tormes y del Betis no mirarán con una mirada des­
deñosa a los hijos incultos del Guadiana; ellos verán que el genio
brilla también en sus llanuras y se ostenta más grande en sus are­
nas. Postraos y, bañando vuestras mejillas con lágrimas de gratitud,
pedid al cielo por la vida de vuestro generoso monarca, y sed fe­
lices en el seno de la ilustración que con mano pródiga os dispensa;
él tiene grabada en lo hondo de su pecho esta máxima, digna de
Tito y de Trajano: “La felicidad de los pueblos es el florón más
digno de la corona de los reyes.”
EXPOSICION AL REY DON FERNANDO V il
EN FA V0R DE JUAN JOSE CARRASCO 1

Señor:
La revolución, que, sacudiéndose en la Francia, ha arrojado de
su suelo al nieto de San Luis, ha perdonado en sus furores al nieto
de San Fernando; Vuestra Majestad sustenta sobre su frente la co­
rona que ha heredado de sus mayores, y su mano gobierna todavía
el cetro con que rige a una nación famosa por su fidelidad y su
heroísmo, y que si se corona de oliva al abrigo de todas las tem­
pestades, sabrá también marchar a donde el dedo de Vuestra Ma­
jestad la guíe y verter su sangre por la vida de Vuestra Majestad
para reposarse después entre laureles; pero el volcán de las revolu­
ciones arde en medio de la Europa; los tronos se hunden en su
abismo, y ni aun perdona a las naciones; como para dar un ejemplo
de su inflexibilidad y su poder, el mismo principio que ha lanzado
a Carlos a una nación extranjera ha sumergido en la tumba a la
desgraciada Polonia; y como si la Europa del siglo XIX estuviese
condenada a sufrir todos los crímenes y todos los escándalos, sus
ojos miran con horror esa lucha de los dos príncipes de la casa de
Braganza, lucha que contradice nuestra civilización y que para hallar
su modelo necesita recorrer la historia de los siglos de barbarie;
sólo España no ha sufrido esos escándalos y ha rechazado esos crí­
menes. Pero cuando la revolución se extiende por todas partes, su
estudio no puede sernos indiferente; sólo el que conoce los males
puede conjurarlos, y sólo el piloto puede librar el bajel del impulso
de las olas, porque sólo el que las conoce puede librarse de su furia
cuando están embravecidas; el exponente piensa que está obligado a
comunicar a Vuestra Majestad sus observaciones como súbdito, a
1 Hacia 1331 ó 1832, uno de los cuñados de D on o so, Juan José G arcía C arrasco,
fue conm inado p or el subdelegado de P olicía de C áceres— sin duda a causa de activi­
dades antigubernam entales— a que se retirara confinado a M anzanares (Ciudad R eal). D o­
noso escribió para su cuñado en propia defensa una exposición a F ernando V II, que
se om ite en esta edición p o r ser de m ínim o interés. A pesar de todo, Juan José G arcía
C arrasco fue depo rtad o, y entonces D onoso escribió o tra exposición al rey— también
para que la firm ara su cuñado— , que es la que aquí se publica. Es un docum ento un
tanto desconcertante, porque en él m anifiesta D onoso ideas que no parecen ir muy
bien con el progresism o que entonces profesaba. La consideración de la religión cris­
tiana com o vínculo de unidad y felicidad de los hom bres y los pueblos occidentales,
la presentación de la filosofía em pirista com o causa prim era del caos social y de las
revo lu cio nes, la afirm ación de que “ la filosofía p or sí sola nada puede y que de su
d ivo rcio con Ja religión han nacido todos los males que pesan sobre ^E uropa” , la
con den ación del principio de la libertad absoluta de im prenta y de discusión, etc., se­
rán tem as característicos de su época de m adurez, y extraña encontrarlos ya ahora.
¿S o n halagos a un rey absolutista para alcanzar el indulto? ¿O son los prim eros
brotes rem o to s de ideas que un día germ inarían con fuerza y eclipsarían a todas?,
las ideas lib erales?
/ Exposición a Fernando V il 207
pedirle^ como soberano la represión de medidas ruinosas, a pedirle
justicia como a juez y protección como a padre; él se cree obligado
a hacer una profesión de su fe política, al mismo tiempo que se
cree con derecho de quejarse de la determinación tomada contra
él por esta autoridad, estando seguro de probar que esta clase de
determinaciones bastarían para poner en peligro la seguridad del
paternal gobierno de Su Majestad si no estuviera apoyado sobre
bases indestructibles y eternas.
Toda revolución es el efecto necesario de un mal que la pre­
cede, y que los Gobiernos no han sabido curar o no han podido
precaver; la tribuna francesa ha resonado largo tiempo y resuena
todavía con las incriminaciones de todos los partidos: el templo
donde debieran discutirse los grandes intereses de la Francia se ha
convertido más de una vez en una arena vergonzosa, donde sólo
han resonado los gritos de las pasiones y los ecos de las personali­
dades; el partido republicano quiere salvar a la nación lanzándola
en una carrera sembrada de escollos y combatida de revoluciones,
y el partido de la casi legitimidad, no apoyándose ni en el principio
de ia soberanía del pueblo ni en el de la soberanía de los reyes,
fluctúa en un eterno vacío y se entrega a la merced de todos los
huracanes; no existiendo un principio en la sociedad que pueda
contenerla, el espíritu de individualización se ha apoderado de las
masas, y cada individuo presenta nuevos elementos de reconstruc­
ción social, que todos se destruyen entre sí y han sumergido a la
nación en el primitivo caos; este mal profundo, irremediable, tiene
de existencia muchos siglos, y las dos revoluciones que han ator­
mentado la Francia no pueden considerarse sino como sus conse­
cuencias necesarias que germinaban en su seno; este mal ha sido
producido por la ausencia de un principio conservador y la presen­
cia de tres principios destructores.
La religión cristiana, que, dando vigor y energía a los pueblos
envilecidos y enervados del Imperio de Occidente y suavizando las
costumbres rudas y salvajes de los bárbaros del Norte, estableció un
principio de unidad entre los vencidos y los vencedores, presidió
la formación de las sociedades modernas, que bajo sus felices aus­
picios se lanzaron en la carrera de su perfectibilidad, coronadas
de esperanzas. Dos eran las necesidades de las naciones de la Europa
en los primeros siglos de su existencia social: el comercio con el
Oriente para adquirir su civilización y el comercio de estas naciones
entre sí para establecer su armonía. La religión cristiana, siempre al
nivel de las necesidades sociales, presidió este movimiento simul­
táneo, y las cruzadas civilizaron la Europa y establecieron la unidad
entre todas las naciones. Pero esta unidad no existía en los Go­
biernos. Las instituciones feudales, hijas de la barbarie y la victoria,
208 Escritos de juventud (1832)
dominaban todavía en la Europa ensangrentada; los reyes era¿ dé­
biles, los pueblos eran esclavos, y sobre los pueblos abatidos/y los
tronos vacilantes se elevaba una aristocracia monstruosa q\íe, sin
hacer la felicidad ni de los Gobiernos ni de los gobernados/ se de­
voraba en medio de su confusión y su anarquía. La religión, que
había abierto a los pueblos de la Europa las puertas de); Oriente
para que se civilizasen, que destruyó las barreras que separaban a
las naciones para que se conociesen, las revistió también de su uni­
dad para que se gobernasen. El Imperio de los reyes francos creció
cubierto con la égida de los Pontífices de Roma. Los ungidos del
Señor fueron más respetados de los pueblos, y, desapareciendo poco
a poco el poder de los orgullosos barones, el Gobierno empezó a
tomar cierto carácter de unidad de que le revistió la Iglesia y a tener
una marcha más asegurada y más constante. Así la religión cristiana,
que hace la felicidad del hombre, ha constituido también las socie­
dades y ha civilizado los pueblos. Pero la civilización ha sido in­
grata como el hombre, y, desconociendo su origen y trazándose ella
misma el cerco que debía recorrer, se ha lanzado en un mar tor­
mentoso en alas de su delirio y ha cubierto de desolación y luto las
frentes de los pueblos.
Nace la filosofía de las sensaciones anunciada por Bacon, ex­
plicada por Locke, popularizada por Condillac y desenmascarada
por Helvecio, y en aquel instante el mundo moral entró en el caos.
Los filósofos quisieron explicar al hombre y constituir la sociedad,
y la sociedad y el hombre se han aniquilado entre sus manos; ellos
disputaron a la religión los títulos de su existencia y de su gloria;
este porqué universal resonó en los oídos de una manera siniestra;
el germen de la duda se introdujo en el seno de los pueblos, y con
él el germen de las revoluciones. Una sociedad no puede existir sin
una base común de creencia, que sea como el vínculo que dé unidad
a todos los intereses particulares; si este principio de unidad des­
aparece, el espíritu de individualización se entroniza y la sociedad
perece; faltando el vínculo que los unía, todos los elementos que
la componen son heterogéneos y tienden a la disolución. Así, de la
lucha del principio religioso, que reúne para conservar, y del prin­
cipio filosófico, que individualiza para destruir, han nacido todos
los males que agitan a la desgraciada Europa: la Reforma fue el
primer resultado de esta lucha, resultado que llevaba en su seno
la revolución de la Inglaterra; la razón no puede concebir todos
los delirios que salieron de las cabezas ardientes de aquellos faná­
ticos sectarios que se precipitaron en el abismo de las revoluciones
para humillar después sus frentes ante un hipócrita feliz. Pero la
religión aún no había desaparecido del todo del corazón de los
pueblos; si no era reconocida la autoridad del Pontífice y sí se les
/ Exposición a Fernando Vil 209
disputaba la suya a los Obispos, todavía algunos dogmas religiosos
eran respetados en este naufragio universal. Pero esta lucha no podía
durar mucho tiempo; el siglo xvm miró el triunfo de la filosofía
sobre la religión abandonada; todos conocen la historia de este si­
glo : V filosofía meció su cuna, la revolución le condujo a su se­
pulcro. La Francia ha atravesado por medio de los furores de la
República, la gloria del Imperio, la serenidad de la Restauración
y las convulsiones de julio; pero ni la República, ni el Imperio, ni
la Restauración, ni Luis Felipe han encontrado el principio que debe
serenarla* la tempestad brama en su seno y la disolución acomete
a su existencia; tan cierto es que la filosofía por sí sola nada puede
y que de su divorcio con la religión han nacido todos los males
que pesan sobre la Europa; en el momento de su triunfo, el ateísmo
dijo: “Yo constituiré las sociedades”; él no ha producido sino rui­
nas y ha elevado su imperio sobre escombros.
Pero el principio filosófico necesitaba de agentes, y el principio
de la libertad absoluta de la imprenta periódica se ha presentado a
su servicio.
El grande error de la filosofía consiste en considerar un prin­
cipio como absoluto, cuando en la Naturaleza todo es respectivo;
en el plan del universo sólo el objeto final del Criador puede con­
siderarse de una manera absoluta; los agentes que conspiran a pro­
ducir este fin obran siempre de una manera respectiva, subordinada
al plan del Criador y sujeta a las relaciones establecidas entre elle«;
cuando un agente obra fuera del círculo que le está trazado por
estas relaciones, él introduce el desorden en la generalidad de los se­
res y turba la marcha constante de todas las relaciones.
Así, la ilustración general debe ser el resultado de las necesida­
des progresivas de los pueblos; por eso las instituciones políticas,
que son el resultado de esta ilustración, deben responder a las exi­
gencias de las necesidades; cuando la ilustración que se extiende
no está en armonía con el estado de la sociedad, las instituciones
que ella produce no pueden hacer la felicidad de los pueblos; de
esta manera, una ilustración que no marcha al nivel del estado de
las sociedades es siempre el germen más fecundo de todas las revo­
luciones.
La destrucción del principio religioso en Francia, habiendo des­
truido la unidad de creencia en la nación, ha destruido las costum­
bres; la corrupción ha invadido todas las clases del Estado, y un
pueblo corrompido no puede tener instituciones; si en este pueblo
se discuten las grandes teorías de los poderes, si se analizan todas
las formas de gobierno, todas las maneras de existencia política y
social, el pueblo, que nada respeta, porque nada cree, y nada cree,
porque no tiene religión, estará siempre en lucha con el Gobierno
210 Escritos de juventud (1832)
que le rige; si la imprenta periódica es la arena donde se combaten
todos los principios, el pueblo es el juez que debe decidir sin ape­
lación de la victoria; es decir, que un pueblo que sólo se gobierna
por pasiones es llamado a decidir como soberano lo que sólo debie­
ra decidir el tribunal de la conciencia y la razón; cuando el mundo
moral ha perdido en este grado su nivel, cuando se han quebranta­
do de esta manera todas las relaciones de las cosas, cuando se ha
organizado de esta manera el desorden en el seno de la sociedad, el
Gobierno es una ilusión, la obediencia es un engaño y la sociedad
es un abismo. Tal es el estado de la Francia: la discusión aniquiló
la religión; la discusión ha aniquilado los Gobiernos. La multitud
de principios y de sistemas que se combaten en la imprenta perió­
dica, no teniendo tiempo de fijarse hondamente en la imaginación
del pueblo, se volatilizan, por decirlo así, dejando sólo como resultado
de esta lucha la idea anárquica de que todo puede discutirse, de
que todos los principios pueden ser falsos si los analiza la razón y
de que nada debe respetarse sin haber sufrido el examen de las ma­
sas. Los pueblos, como el hombre, necesitan creer en una verdad o
en un principio primitivo y anterior a la razón, que en vez de suje­
tarse a su examen debe servirles de punto de apoyo para las demás
investigaciones; es decir, que la fe debe servir de base a la razón
si la razón nos ha de conducir al conocimiento de la verdad. Si este
principio primitivo, en vez de respetarse, se analiza; si este análisis
se confía a la razón individual de todos, la verdad huye del hombre
y de los pueblos, y la duda, el sepulcro de la razón y de la fe, nos
espera como el término de nuestros esfuerzos, y el mundo moral
duerme en un letargo profundo.
Tales son, Señor, las causas que han conducido a la Francia, por
una larga serie de convulsiones, al drama espantoso que se ejecuta
en su suelo. Tales son las causas que arrastran a la Europa con una
mano de bronce a la gran catástrofe, que si se verificara resonaría
siempre en los oídos de la posteridad como un sonido lúgubre anun­
ciador de la muerte de los pueblos.
Pero hay en la Europa una nación fiera, independiente, que si
ha sabido sacudir el yugo marmóreo del que fue espanto de las na­
ciones, ha sabido también sacudir el yugo, aún más pesado todavía,
de las ideas antisociales que naciones más degradadas han querido
colocar sobre su frente. En España, Señor, el principio religioso se
respeta todavía como le respetaron nuestros padres; el Trono aquí
tiene hondas raíces, y aún puede resistir el huracán de las revolu­
ciones; las costumbres se conservan puras, porque es pura la reli­
gión que profesamos, y un pueblo religioso no puede Ser un pueblo
corrompido. Vuestra Majestad dispensa a sus vasallos la ilustración
que corresponde a sus necesidades, y la libertad absoluta de la im-
Exposición a Fernando VII 211
/
prenta no derrama sobre esta nación venturosa su ponzoña pesti­
lente; la filosofía no se ha divorciado aquí de la religión que la
produjo; su antorcha nos conduce por el camino de la vida, y la es­
peranza, nacida en su seno, nos acompañará al sepulcro. Señor, tal
es el cuadro que presenta la nación que Vuestra Majestad rige con
su cetro soberano. España vive llena de esplendor y juventud cuando
las otras naciones se disuelven y perecen.
La ausencia de los principios destructores y la presencia del prin­
cipio religioso hacen imposible en España una revolución. Pero si
estas causas destructoras germinaran en ella todavía, la revolución
sería imposible, porque no puede encontrar apoyo en ninguno de
los propietarios.
Si todos los propietarios de España, Señor, no pueden elevarse
a las consideraciones que son necesarias para mirar las revoluciones
como monstruos, todos a lo menos están dotados del instinto de su
conservación; y si no pueden analizar los principios, pueden cono­
cer los resultados.
Los propietarios de España saben que la revolución que agita
actualmente la Europa es menos una revolución política que una
revolución social, en que se abisman todas las existencias, todos los
intereses y todas las propiedades; ellos saben que toda revolución
señala por sus víctimas a los que descuellan, porque su objeto es la
nivelación para triunfar sobre ruinas; ellos saben que toda revolu­
ción promovida por las masas va siempre acompañada de una irrup­
ción en sus propiedades, porque las masas no hacen las revoluciones
por principios, sino por intereses; ellos han visto que las páginas
de todas las revoluciones están escritas con sangre, y ellos pueden
todavía consultar los sepulcros de la revolución francesa, y no en­
contrarán sino los cadáveres de los que tuvieron 2.
¿Por qué extravío inconcebible de razón, por qué fatalidad ho­
rrorosa, un velo lúgubre se extiende sobre esta nación y sobre estos
propietarios? No es sólo el exponente, Señor, el que se ha separado
del seno de su familia para derramar lágrimas de dolor lejos de los
que hacían más dulce su existencia; no es él solo sobre cuya frente
pesa una sospecha de ignominia, que excita su indignación y que
excitaría su desprecio si una autoridad no la hubiera sancionado;
pero esta autoridad no es inviolable, y el exponente eleva a los pies
de Vuestra Majestad sus súplicas para la represión de estas medidas,
que seguramente son inútiles y que pudieran ser funestas.
La persecución y el espionaje son las más veces el efecto de la
debilidad, y Vuestra Majestad es fuerte. La autoridad, que ha creído
2 Es m uy interesante observar qué pronto ha captado D onoso las características de
'os m ovim ientos europeos de la ép oca: la revolución social, la irrupción de las m a­
sas, el atentado contra la propiedad privada, etc.
212 Escritos de juventud (1832)

que salvaba el trono de Vuestra Majestad desterrando a los propie­


tarios, puede con su determinación hacer creer a la Europa que el
trono de Vuestra Majestad no está seguro y que sólo se apoya en
los que nada tienen y sólo se conserva por la proscripción y el es­
panto. No, mil veces no; Vuestra Majestad es fuerte porque manda
en todos los corazones; Vuestra Majestad es fuerte porque repre­
senta todos los intereses que existen en la sociedad, y porque todos
se abismarían si Vuestra Majestad peligrara. La sangre española hier­
ve en las venas del que expone, y siente herido su orgullo cuando
medidas ruinosas pueden presentar a los ojos de las demás nacio­
nes el trono de Vuestra Majestad rodeado de escollos y cercado de
peligros; ellas mirarían la serenidad como el síntoma de la fuerza;
ellas pueden mirar al Estado que toma estas medidas como un Es­
tado que perece y que al expirar se agita en convulsiones.
Señor: el que representa ha creído que estas consideraciones eran
importantes; él ha creído que debía someterlas a la sabiduría de
Vuestra Majestad, que no despreciará, en su natural benignidad, ni
las quejas ni los gemidos de sus vasallos que padecen; al tomar la
pluma, el exponente ha pensado más en los intereses del Estado
que en los males que le oprimen; él piensa que Vuestra Majestad
puede no ser considerado como fuerte por las demás naciones, y este
pensamiento le horroriza; él piensa que si el trono de Vuestra Ma­
jestad está seguro, no es por estas medidas, sino a pesar de ellas,
y que si las autoridades encargadas de conservar el poder de Vuestra
Majestad al abrigo de las oscilaciones siguen este sistema en las
provincias que Vuestra Majestad se ha dignado confiar a su cuidado,
ellas arrojan en el seno de la nación un germen de descontento que,
aumentándose progresivamente, pudiera nublar en otros siglos el
horizonte español, ahora, por fortuna, tan sereno. El exponente sabe
que Vuestra Majestad no sólo hace con su paternal solicitud la feli­
cidad de la generación que el Todopoderoso ha confiado a sus ma­
nos soberanas, sino que con su soberana previsión se desvela por
legar la felicidad a las más remotas generaciones. El exponente, Se­
ñor, víctima de las medidas cuyos efectos ha pintado, no puede me­
nos de acudir con sus súplicas a Vuestra Majestad, que tanto se
complace en enjugar las lágrimas de sus vasallos; él se complace en
pensar que su interés como individuo está unido al interés del Go­
bierno; en esta atención,
A Vuestra Real Majestad suplica humildemente se digne man­
dar que sea permitido al que expone volver al seno de su familia y
descargar su frente de una sospecha que le agobia. Cáceres, etc.—
Señor: A L. R. P. de Vuestra Majestad.
m em o /r ía
SOBRE LA SITUACION ACTUAL
DE LA MONARQUIA, DIRIGIDA A FERNANDO V i l '

Señor:
Los primeros días de Vuestra Majestad fueron brillantes y apa­
cibles, su juventud estuvo cubierta de gloria y de esperanza; y cuan­
do la Providencia hubiera de llamarle a su seno y cubrir de luto
la vasta extensión de esta poderosa Monarquía, todos debían pensar
que los últimos momentos de Vuestra Majestad serían acompañados
con los gemidos de la multitud inmensa; que el espanto se asentaría
sobre todos los corazones, y que el sepulcro abierto ante los pies de
Vuestra Majestad sería regado con las lágrimas de la desolación y el
infortunio; todos debieron presumir que esa frente cubierta de glo­
ria y de heroísmo debía reposarse tranquila en el silencio de la
tumba, y que el astro que lució por tanto tiempo en el horizonte
español debía concluir su luminosa carrera siempre grande y sereno,
y no empañado su brillo ni por el huracán ni por las tempestades.
Pero la Providencia, que guarda en la profundidad de su seno el se­
creto del destino de los hombres y que siembra a la vez de flores y
de escollos el áspero camino de la vida, ha reservado también la
copa del infortunio para los labios de los reyes 2.
Vuestra Majestad había apurado todos los goces de la más bri­
llante existencia. Apenas Vuestra Majestad ocupó el trono que ha­
bía heredado de una larga serie de ilustres antecesores, cuando una
lucha espantosa empezó a llenar de sangre la arena de este desgra­
ciado suelo; y en vez de los escombros que amenazaba producir,
sólo sirvió de ocasión para que Vuestra Majestad pudiese entonar
el himno de la victoria coronado de laureles. Napoleón había cu­
bierto con su sombra la luz del horizonte europeo; su mano de
1 Sobre la ocasión y finalidad con que fue escrito este docum ento véase Intro-
ducción p. 38-39. Representa la actitud política—ai menos práctica— del jo v e n D o ­
n o so . En él tom a partido decidido por el liberalism o y se enfrenta con el carlism o
naciente. No quiere las revoluciones de las masas, pues ya le ha im presionad o la re ­
volución francesa de julio de 1830 contra C arlos X. Quiere una m onarq uía que se
a p o y e sobre las clases medias ilustradas» y en ello acusa una prim era influencia de los
liberales doctrinarios. Se advierte de nuevo su apelación al argum ento histó rico . S o b re
los hechos que están en causa en este escrito pueden verse: V ic t o r ia n o d e E n c in a
y P ie d r a , De los sucesos del Real Sitio de San Ildefonso o La tiranía a fines de IS32
v de los cousas inmediatas del estado actual de España (París 18 3 7 ); M a r q u é s d e
M ir a f l o r e s , Memoria histérico-legal sobre la sucesión (M adrid 18 3 3 ): P i r a l a , Historia
de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista (M adrid 18 4 5 ): F e d e r ic o S u á r e z
V erd ecíu er , Los sucesos de La Granja (M adrid 1953); C a r l o s S e c o , Don Carlos y el
carlismo: Revista de la Universidad de Madrid 4 (1955) 2 7 -5 2 ; J u l io G o r r ic h o M o -
re n o , Los sucesos de La Granja y el Cuerpo diplomático (R om a 1967).
2 Se refiere a la enfermedad que en septiembre de 1832 puso a F ernando V II en
peligro de m uerte, y que fue la ocasión en que. por los titubeos y las decisiones co n ­
trarias del rey, se encendió definitivamente el antagonism o en tre carlistas y lib erales.
214 Escritos de juventud (1832)

bronce amenazaba esclavizar la Europa toda, que se postraba ante sus


pies como se postra el hombre ante el destino; su grandeza eclipsaba
todas las grandezas de la tierra, y su planta inflexible hollaba de la
misma manera los cetros de los reyes y las frentes de los pueblos.
Habiendo visto derramar la sangre de su rey y abismarse un trono
sustentado por cien generaciones, él creyó que la hora era llegada
de colocar la diadema de San Luis sobre la frente de un vasallo: él
la colocó sobre su frente; y sentada la usurpación sobre el Trono, y
no pudiendo coronarse con la gloria de diez siglos, se coronó con
los rayos de su gloria. El mundo fue su víctima, la esclavitud su tro­
feo; los reyes perdieron su poder, su independencia las naciones.
Llegó, en fin, la hora de Fernando y de su España. El usurpa­
dor la pidió el tributo de su independencia y de su rey; pero ella
vengó a su tey de su opresión y al mundo de su tirano. Señor, Vues­
tra Majestad gobierna todavía con su cetro a esta nación magná­
nima y generosa, que responderá siempre con un jamás a la usur­
pación y alevosía; este jamás resonará en los oídos de la posteridad
como la sentencia de un gran pueblo, lanzada contra el pérfido que
ataque su existencia nacional o los sagrados derechos de su rey.
Afirmado Vuestra Majestad en su trono, ha recibido siempre
las adoraciones de este pueblo; si sus olas, alguna vez alteradas, se
han movido al soplo de las revoluciones, la estrella de Vuestra Ma­
jestad no se ha eclipsado nunca, porque el amor ha sabido desvane­
cer las nubes que la cercaban y conservarla radiante aun en medio
de pasajeras tempestades 3.
Pero una enfermedad cruel ha atacado la preciosa existencia de
Vuestra Majestad y esa frente augusta, siempre protegida por la
Providencia y halagada de la fortuna, ha sentido el peso de una
traición inaudita en los fastos españoles. La página de la Historia
que la posteridad la destina será lúgubre y sangrienta; la España de
los siglos venideros querrá borrarla del libro de sus anales; pero sus
caracteres indelebles resistirán a los esfuerzos del tiempo y de los
hombres, como las palabras lúgubres y funestas grabadas en la sala
del festín por una mano divina.
La pluma se resiste a pintar este cuadro sombrío y esta conspi­
ración urdida en las tinieblas, porque no tiene suficientes colores
para pintar su espantosa iniquidad y cobarde alevosía. Un gran rey
postrado en el lecho del dolor y confiado en la fidelidad española;
una reina, la joya más preciosa de la España, la querida de su pue­
blo, la saludada de las musas, en el noble abandono de la virtud y
9 L a s f r a s e s son ad ulatorias, porque F ernando V JÍ, que un tiem po fue “el deseado” ,
ah o rae r a im p o p u lar, si no ab orrecido. M otivos había dado para ello. El presentar a
la nación com o escindida en dos bandos com pactos y enfrentados, obedece también a
un deseo de ver unidos entre sí a los liberales para lograr hacer frente al carlism o y
para in stau rar una p olítica liberal.
Memoria sobre la Monarquía 215
I

la inocencia, reclinada sobre el lecho de su esposo, acallando con su


acento sus dolores, acompañando con gemidos su agonía, elevando
al cielo sus ojos, puros como su corazón y bañados en lágrimas
acerbas, y pidiéndole por única recompensa de su virtud el don que
piden las almas elevadas: la suerte de acompañar a su esposo hasta
la tumba. Señor: la augusta esposa de Vuestra Majestad, que es la
mejor de todas las reinas, hubiera sido también en la vida privada
la mejor de todas las mujeres; ella hubiera honrado entonces la Hu­
manidad como ahora honra la Humanidad y la diadema.
¿Quién hubiera pensado que contra ese seno celestial se elevaba
el puñal del asesino? En tanto que la augusta esposa de Vuestra
Majestad estaba reclinada sobre ese lecho, único objeto de sus temo­
res y sus esperanzas, una facción que había crecido a la sombra del
trono de Vuestra Majestad proyectaba arrebatar de la frente de su
augusta hija la corona que Vuestra Majestad le dejaba sobre el bor­
de de su tumba; esta facción impía cantó el himno de su triunfo y
arrojó el guante del desafío en medio de la arena que iba a ser
ensangrentada, ella rasgó su máscara alevosa y se ostentó triunfan­
te; el espanto heló todos los corazones; los buenos desaparecieron
del teatro donde brillaban los puñales, y hubo un momento en que
el estandarte de la usurpación flotó como un velo funeral sobre el
horizonte de esta Monarquía 4. Hubo, sin embargo, algunos que, do­
tados de aquella fuerza de alma que sabe resistir a la opresión y
luchar con el crimen, enarbolaron la bandera de la legitimidad y ju­
raron o salvarla como bravos o perecer como buenos. Señor: el que
expone fue uno de los primeros que se ofreció con todas sus rela­
ciones en defensa de la mejor de todas las causas y el más justo de
todos los derechos. El se cree obligado a comunicar a Vuestra Ma­
jestad sus observaciones sobre estos acontecimientos dolorosos, some­
tiéndolas a la sabiduría de Vuestra Majestad con el más humilde
respeto.
Pasadas las convulsiones de los tres años, Vuestra Majestad vol­
vió a regir, como señor, las riendas del Gobierno. Vuestra Majestad
tendió la vista sobre España, y viendo con ojos de piedad los males
causados por las disensiones políticas, Vuestra Majestad determinó
en su clemencia tender un velo sobre estos acontecimientos y cica­
trizar las hondas heridas cuyo aspecto llenaba de luto su corazón
paternal. Vuestra Majestad se presentó a sus vasallos ceñido de una
corona de oliva, que hermoseaba su frente, como la que heredó de
sus mayores; la clemencia de Vuestra Majestad le ganó más corazo­
nes que la sangre, la proscripción y la ignominia. Pero una facción
que, si llega a aborrecer, nunca perdona, que ha dominado siempre
4 Estos juicios y estas expresiones contra los partid arios de D . C arlos, com o los
que form ula más abajo, son buena prueba del fe rvo r liberal del joven D onoso.
216 Escritos de juventud (1832)
por medio del terror, que, queriendo detener la corriente de los si*
glos, quisiera constituir las sociedades civilizadas con las institucio­
nes teocráticas y feudales y establecer en Europa la estúpida inmo­
vilidad de las naciones del Oriente, miró con horror desde el fondo
de su egoísmo la augusta generosidad de nuestro soberano. Desde
que Vuestra Majestad, más sabio que ella, quiso ser un gran mo­
narca que perdona y no un débil barón de la Edad Media que
castiga, los individuos que la componen, en el escrúpulo de sus con­
ciencias, retiraron de su pecho el juramento de fidelidad a su rey
y se constituyeron en conspiración permanente. Tan hipócritas como
alevosos, ellos se apoderaron de las avenidas del Trono, y llegando
algunos a los más altos destinos, sorprendiendo el carácter franco
y generoso de Vuestra Majestad con su profunda hipocresía, han
derramado sobre la nación todo género de males. En tanto que este
partido fanático y extranacional conspiraba contra Vuestra Majestad
sirviéndose de su augusto nombre para oprimir a una multitud de
desgraciados, la mayor parte de los que siguieron la bandera de la
revolución en los tres años juraron en sus corazones defender al
mejor de todos los monarcas; la revolución de julio ha venido des­
pués para convencerles más y más de que las revoluciones sólo
producen ruinas, para elevar su imperio sobre escombros. La Fran­
cia ha atravesado por medio de los horrores de la República, la glo­
ria del Imperio, la serenidad de la Restauración y las convulsiones
de julio; pero ni de la República, ni del Imperio, ni de la Restau­
ración, ni de sus convulsiones ha nacido el principio que debe sere­
narla; la tempestad brama en su seno y la disolución acomete su
existencia. Los españoles saben que la revolución que ataca actual­
mente la Europa es menos una revolución política que una revo­
lución social, en que se abisman todas las existencias, todos los
intereses y todas las propiedades; ellos saben que toda revolución
promovida por las masas va siempre acompañada de una irrupción
en las propiedades, porque las masas no hacen las revoluciones por
principios, sino por intereses; ellos han visto que las páginas de
todas las revoluciones están escritas con sangre, y que siempre fue­
ron sus primeras víctimas todos los que descollaron. Convencidos
de estas verdades, Señor, los españoles, ni son revolucionarios ni
conspiradores, y si los hay es preciso buscarlos en esa facción impía
que ha cantado su triunfo sobre el sepulcro entreabierto de Vuestra
Majestad, y que se ha rebelado alevosamente contra las legítimas
sucesoras del augusto trono que Vuestra Majestad ocupa para la
felicidad de toda la Monarquía. En España no hay más partidos que
el de la legitimidad y el de la usurpación. El primero, que propia­
mente no debiera llamarse partido, es el de todas las clases del
Estado y representa todos los intereses y todas las garantías sociales;
j Memoria sobre la Monarquía 217
el segundo, menos numeroso, pero por lo mismo más fanático, no se
apoya en ningún principio ni en ningún interés social, y, sin embar­
go, Señor, es fuerte; es fuerte porque sabe bien lo que quiere; es
fuerte porque tiene una voluntad única y enérgica y porque tiene un
sistema ocultamente seguido y ha mucho tiempo combinado. Toda
facción que no representa una idea es siempre débil, porque no
puede ser contagiosa y apoderarse de la imaginación de las masas;
pero si esta facción no puede triunfar asegurando sólidamente su
triunfo sobre la absoluta destrucción del Gobierno, puede, si tiene
unidad y sistema, hacerle vacilar sobre su base y conseguir un triun­
fo momentáneo, pero sin duda sangriento. El partido de la legitimi­
dad es más sólidamente fuerte, porque, apoyándose sobre la nación
y representando una idea, es contagioso en las masas; y tiene un
porvenir, porque tiene hondas raíces y está grabado en la memoria
del pueblo. Pero, Señor, es preciso confesarlo: sorprendida la legiti­
midad por la usurpación, no ha podido organizarse y carece de uni­
dad y de sistema. En la lucha entre el Gobierno y las facciones será
aquél víctima de éstas si se abandona a fuerzas individuales y se
reposa del cuidado de su existencia en el imperio de las leyes; jamás
las leyes destruyeron una sociedad creada para aniquilarlas ni con­
servaron un trono combatido de revoluciones; el Gobierno debe te­
ner la fuerza de una facción y organizarse como si lo fuera; debe
haber unidad en la cima del Poder, porque sin unidad no puede
concebirse un sistema ni sostenerse un principio; la más leve dife­
rencia de opinión en una cuestión importante entre los ministros
de Vuestra Majestad, dividiendo en fracciones a los que sostienen
el Trono y, debilitando su poder, amenazan su existencia.
Los enemigos de Vuestra Majestad han dicho: “Dividamos para
destruir”, y ellos han creado esos nombres de blancos y de negros.
que han hecho derramar tantas lágrimas, que han cubierto de luto
tantas familias y que han pesado como un selk) de proscripción so­
bre las frentes más puras 5.
Señor, los buenos dicen: “Unamos para conservar”; las socieda­
des no existen si se relajan los vínculos sociales; las que sólo son
palabras para el filósofo, son cosas para los pueblos; jamás un nom­
bre ha dejado de producir una revolución y jamás le ha faltado ni
una bandera ni un partido. En España no hay más que leales o per­
juros.
Creado el sistema y dada la unidad, es preciso crear la legalidad
y el entusiasmo. Señor: con el apoyo de sus antiguas y venerandas
leyes ha atravesado esta antigua Monarquía por medio de los siglos,
5 Blancos fue el nom bre dado ©n España a los absolutistas o carlistas, por o p o si­
ción al de negros* que ellos habían aplicado a los liberales durante los diez años» de
1823 a 1833.
220 Escritos de juventud (1832)
(Ltron que si el fija mayor m oriese antes que heredase, si dejase fijó
o fija que hobiese de su m uger legítima, que aquél o aquélla lo
bebiese, et non otro ninguno; pero si todos ésos fdlescieron, debe
heredar el re ga o el más pro piuco pariente que hi hobiese, seyendo
borne para ello, et non habiendo fech o cosa por que lo debiese perder,
Esta ley, Señor, que establece de una manera tan clara y termi­
nante la sucesión de las hembras, prueba también que ésta fue siem­
pre la costumbre establecida en España. Las leyes fundamentales dé
la Monarquía no pueden trasladarse nunca de una nación a otra,
porque una nación no puede existir sino con los elementos que en­
cierra dentro de sí misma. Cuando estas leyes son impuestas y no
nacidas espontáneamente en el pueblo que las debe obedecer, ellas
son el germen más fecundo de todas las revoluciones.
Señor: España ha conservado siempre su esplendor porque no
ha sido nunca gobernada con los principios de otros pueblos, y ha
resistido a los embates del tiempo porque ha marchado apoyada
en sus instituciones. La historia de las reinas. de España es tan inte­
resante como la de sus reyes; ellas han dado demasiado lustre a la
nación española para no estar presentes en la memoria de esta Mo­
narquía. Sin la ley de la sucesión de las hembras, ni Castilla y Ara­
gón se hubieran reunido ni Felipe V hubiera ceñido su corona.
Sin duda motivos particulares y circunstancias que entonces exis­
tieron, pero que ni habían existido antes ni se han renovado después,
hicieron que aquel monarca revocase una ley a la que él debía su
trono y España su felicidad y su grandeza. Felipe V tenía que ven­
gar un agravio: los desaires que había recibido de la Casa de Aus­
tria en la guerra de Sucesión estaban presentes en su memoria, y el
objeto de su ley fue despojar a sus enemigos de sus derechos á la
Corona de España. El no sabía que despojaba a esta nación de su
gloria y que la lanzaba en el abismo de las revoluciones.
Es muy difícil que los reyes, cuando han expresado su voluntad,
no encuentren medios de ser obedecidos; pero la revocación de la ley
fundamental de la Monarquía repugnaba tanto a todos los corazo­
nes españoles y de tal manera la rechazaban sus tradiciones y la
resistían sus costumbres, que no pudo pasar sin la más viva opo­
sición de todas las clases del Estado. El Consejo de Castilla, como
depositario de las tradiciones, de las costumbres y las leyes, sólo
cedió al Poder después de haber luchado con la mayor energía. Su
primera resolución fue tan contraria a las miras del rey, según to­
das las Memorias del tiempo, que dio orden de que se quemase el
auto que podía servir de ocasión de dudas y divisiones para lo ve­
nidero. No satisfecho aún, y presumiendo que jamás podría vencer
tan osada resistencia, aniquiló la unidad del Consejo, exigió que
cada uno de sus individuos le diese su voto particular por escrito
/ Memoria sobre la Monarquía 221
y cebrado. Así, Señor, no fue el Consejo de Castilla el que aprobó
su proyecto, sino sus individuos uno a uno, despojados de la fuerza
de su unión, de su dignidad y de su independencia, y teniendo que
luchar con todo el poder de un monarca respetado y poderoso; así
pasó esta ley en el Consejo; su gobernador Ronquillo fue desterrado
por su constante resistencia a las pretensiones de Felipe V, y todos
después doblaron la cerviz y se sometieron al yugo, que antes pu­
dieron esquivar, pero que ya era inevitable.
La ley que no aprobó el Consejo no la aprobó tampoco la na­
ción. Las Cortes de 1713, lejos de representarla legalmente, sólo
sirvieron de máscara para cubrir la ilegalidad de la ley que Felipe V
había jurado imponer a la nación que gobernaba. Las provincias y
villas representadas sólo fueron 27, a saber: Burgos, León, Zarago­
za, Granada, Valencia, Sevilla, Córdoba, Murcia, Jaén, Galicia, Sala­
manca, Cataluña, Madrid, Guadalajara, Tarragona, Jaca, Avila, Tru­
jillo, Badajoz, Palencia, Toro, Peñíscola, Borja, Zamora, Cuenca, Va­
lladolid y Toledo.
No solamente no fue representada toda la nación, sino que las
provincias y villas representadas no lo fueron de una manera legal
y conveniente. Conociendo Felipe V la oposición que experimentaría
de parte de los diputados libremente elegidos por las villas que
tenían voto en Cortes, se contentó con que las municipalidades en­
viasen sus poderes a los diputados que a la sazón se hallaban en Ma­
drid, en los cuales el Gobierno tenía una absoluta confianza. Así,
Señor, todo fue ilegal y nulo en esta ley desastrosa; concebida por
la venganza y sancionada por la fuerza, ella no podía producir sino
frutos amargos y espantosas convulsiones. ¡Cómo! La abolición de
una ley que era la base de nuestro Derecho público y el punto fijo
en que se apoyaban todas nuestras instituciones políticas y nuestras
garantías sociales, ¿debía ser la obra de un momento y la inspira­
ción de una venganza? La mano que es suficientemente temeraria
para destruir una ley fundamental, que no ha sido destruida antes
en el ánimo y en las costumbres de un pueblo, no sabe el abismo
que abre ni las víctimas que le prepara.
Señor: la disposición de Felipe V no puede tener fuerza de ley,
porque no fue libremente aprobada por la nación ni por los gran­
des Cuerpos del Estado. El Consejo de Castilla obedeció a la fuerza;
las Cortes no representaron la nación, y aun puede decirse que no
representaron ni las villas ni las provincias en cuyo nombre deci­
dieron, porque no fueron nuevamente elegidos y (según algunos)
ni aun solemnemente convocados.
Tal es, Señor, en compendio, la historia del famoso auto acor­
dado de Felipe V y de las Cortes de 1713. Jamás un gran mo-
QUERELLA SOBRE LA MEMORIA ANTERIOR 1

CARTA A FERNANDO VII

Don Juan Donoso Cortés presentó a V. M. una memoria, que


V. M. aprobó en su sabiduría; por el conducto del ministro de Gra­
cia y Justicia recibió Donoso una orden de V. M. por la cual se le
permitía la impresión de la memoria; esto no se hizo sino después
de haber quitado de ella todo lo que señaló el ministro, haciendo
las enmiendas delante de él. Impresa ya, Donoso presentó al ministro
un ejemplar impreso y el original tal como salió de las manos del
ministro para pasar a las del impresor; a pesar de que el cotejo
resultó exacto, el ministro se quedó con el original, que era propie­
dad y resguardo del impreso; y mandó a Donoso que le entregase
la orden de V. M. y que recogiese bajo su responsabilidad todos los
ejemplares. Así el ministro, valiéndose de la fuerza, ha atropellado
a Donoso, privándole de su derecho a la memoria, como obra suya,
y a la orden, como su resguardo. El ha ultrajado a V. M., desha­
ciendo con una orden verbal suya una orden escrita de V. M. que
sólo V. M. podía destruir, porque sólo V. M. puede destruir lo que
V. M. ha mandado. Parece que pone por pretexto lo que se dice
en la memoria sobre la Francia. En primer lugar, él lo aprobó antes
de imprimirse; en segundo lugar, en una obrita que se acaba de
imprimir aquí con licencia sobre el mismo asunto, se encuentran
dos o tres párrafos contra la Francia, cuando en la mía sólo se en­
cuentran cuatro palabras insignificantes. En tercer lugar, aunque
nada de esto fuera así, el ministro nunca ha tenido derecho para
arrebatarme la real orden de V. M. sino por otra orden de V. M.
Pero el ministro ha querido aniquilar el expediente para que no
apareciese jamás que por su conducto se había publicado una cosa
que tanto hiere a los carlistas. Este es el verdadero motivo de una
conducta que hubiera escandalizado aun en tiempo de Calomarde.
Si el ministro de Gracia y Justicia teme exponerse defendiendo a
V. M. y su augusta descendencia, Juan Donoso Cortés no teme nada,
porque es subdito español y caballero.
1 Estos dos docum entos, conservados hasta ahora inéditos en b o rrad or en el archivo
fam iliar, explican por sí m ism os los azares y dificultades que pasó este prim er escrito po­
lítico de D onoso. Fspaña pasaba por la época de !a represión absolutista fernandina.
F n tre los papeles del archivo se conserva la licencia del rey para im prim ir la memoria.
/ Querella sobre la memoria anterior 225
/

INSTANCIA AL MINISTRO DE GRACIA Y JUSTICIA

Excmo. Sr. Secretario del Despacho Universal de Gracia y Jus­


ticia.
Don Juan Donoso Cortés, vecino de Cáceres, en Extremadura,
a V. E. con el debido respeto expone lo siguiente:
En el Real Sitio de San Ildefonso tuvo el honor de presentar
a S. M. la reina nuestra señora una memoria sobre la situación ac­
tual de la monarquía. S. M. pasó a V. E. esta memoria, y, después
de haberla corregido el exponente a gusto de V. E. en su presencia,
V. E. le comunicó una orden de S. M. por la cual se le permitía
imprimir dicha memoria con condición de presentar un ejemplar im­
preso antes de su publicación. Lo hizo así con efecto el que expone,
y resultó que el ejemplar impreso estaba conforme con el original
corregido ante V. E. Pero V. E. creyó que no era ya conveniente
publicar esa memoria; y el que expone, siempre obediente a las
órdenes de V. E., suspendió su publicación. V. E. exigió de él tam­
bién que devolviera a V. E. la orden de Su Majestad que le sirve de
resguardo; el exponente está dispuesto a obedecer a V. E. en esto
como en todo lo demás; pero, no pudiendo obedecer la orden ver­
bal de V. E. sin desobedecer a la orden escrita de S. M. en la que
se manda que puede imprimir la memoria,
A V. E. respetuosamente suplica el que expone se sirva comu­
nicarle por escrito la orden real en que se le manda devolver la
anterior que tiene para su resguardo, pues él sólo desea obedecer a
las órdenes de S. M.
Madrid, 15 de noviembre de 1832.

Excelentísimo Señor.
CONSIDERACIONES SOBRE LA DIPLOMACIA 1

y
Su influencia en el estado político y social de
Eurofa desde la revolución de julio hasta el
tratado d e la Cuádruple Alianza

PROLOGO

Estas reflexiones estaban ya escritas y a punto de publicarse,


cuando la aparición del cólera en Vallecas y la existencia de algu­
nos casos sospechosos en Madrid, esparciendo la alarma en todos
sus habitantes y absorbiendo su atención, la separó forzosamente por
algún tiempo de las cosas políticas a pesar del interés que presen­
taban. Yo no creí que debía publicar entonces este ensayo, porque,
escrito para ofrecerle a la consideración de los hombres que se ocu­
pan en estudiar en las entrañas de las sociedades el germen de vida
que conservan o el cáncer que las devora, no podía ofrecer interés
ni utilidad cuando todos daban treguas a sus meditaciones, porque
no rcnían un porvenir en que reposarse ni la esperanza iluminaba
el horizonte de su vida. Por fortuna, esa esperanza vuelve a brillar
en todos los corazones, y la enfermedad terrible que ha sido el
azote de la tierra abandona ya esta capital que fatigó con sus es­
tragos.
Rara vez los grandes sacudimientos que se verifican en el mun­
do físico dejan de estar acompañados de violentas oscilaciones en
el mundo moral, ya sea que el hombre, amenazado en su existencia,
despliega toda la energía de que se halla dotado antes de perecer,
como el cisne, que no desata sino sobre su sepulcro todo el raudal
de su canto, o como la lámpara, que brilla más en el momento en
1 Este fo lle to , publicado en agosto de 1834, es m uy característico para conocer
el pensam iento del D on oso liberal m oderado. Y a aquí se advierte claram ente la in­
fluencia en él de los d octrin arios franceses C ousin, G uizot y R oger-C ollard. Efecto
de esa influencia es su apelación a la inteligencia com o últim a razón de Estado y como
elem ento de cohesión de las sociedades, idea que dom ina toda la exposición. Los doc­
trin ario s le han llevado tam bién a cap tar que bajo Jos trastorn os políticos se estaba
verificand o un p ro fu n d o cam bio social. D octrinaria es tam bién la idea de que la legiti­
m idad del pod er sólo es tal si representa el principio rector de la nueva situación
social. P o r fin es d octrin aria la actitud m oderada, que p ronto le llevará a pertenecer
al ala lib eral, que se llam ará a sí m ism a "m oderada” . El título del ensayo. Considero -
f iones sobre la diplomacia , es un poco equívoco, porque en realidad, más que unas
reflexion es sobre el fenóm eno diplom ático, es un alegato contra la gestión de las po­
tencias ab solutistas eu rop eas, A u stria, Prusia y R u sia; sobre todo p or su política de
d o m in ació n , de injerencia desacertada en asuntos privativos de otras naciones y por su
lucha p o r rep rim ir las legítim as libertades insurgentes. C ontinuam ente apela a la his­
to ria para ju stificar sus reflexiones. O casionalm ente expone tam bién ideas de filosofía
política. Las im ágenes brillantes, las contraposiciones o rato rias y el estilo rotundo
preludian sus grandes discursos posteriores.
/ Consideraciones sobre la diplomacia 227
que se extingue; o bien consista en que entre el mundo moral y el
mundo físico existe un lazo misterioso que no es dado al hombre
descubrir sino en sus más remotas consecuencias; este fenómeno
es un hecho constante de la Historia, y las preocupaciones a que
ha dado origen en todos los pueblos le atestiguan- Cuando esta
coexistencia de calamidades físicas y de perturbaciones morales se
verifica en un pueblo, el espectáculo que ofrece es siempre una
lección para los que gobiernan, porque la sociedad se presenta des­
nuda de los velos que la cubren y pueden estudiar en ella los vicios
que la manchan y las pasiones que la dominan 2.
Este espectáculo se ha ofrecido a nuestra vista, y ha sido fúnebre
y terrible. El es una lección, y esta lección es severa. Su recuerdo
será indeleble y turbará largos días nuestro reposo, como si estu­
viéramos bajo la influencia de un funesto talismán o como si tur­
bara nuestro sueño la imagen melancólica de un fantasma impor­
tuno. No; Madrid no olvidará jamás el día de dolorosa recordación
en que ha visto disolverse la sociedad, desaparecer la fuerza pú­
blica, y que ha sido testigo de la profanación de sus templos: como
si un instinto fatal enseñara a los monstruos que nos infestan que
las sociedades no pueden dejar de existir si la religión, abandonán­
dolas, no las condena a la esterilidad y a la muerte. Los manes de
las víctimas piden venganza, y la sociedad, justicia. Las leyes no
pueden exigir obediencia si no conceden protección, y la libertad y
el orden, para hermanarse y crecer, necesitan que se purifique el
suelo que ha teñido la sangre y que ha profanado el crimen. La
nación lo espera del Gobierno y de los que la representan, y ahora
más que nunca, para asegurar nuestro porvenir y labrar nuestro
destino, deben cumplir su misión defendiendo el Trono, consoli­
dando la libertad y sofocando la anarquía.
Pero no era bastante que los representantes de la nación, al
reunirse en el templo de las leyes, tuviesen delante de sí este es­
pectáculo terrible; era necesario también que la guerra civil, aumen­
tando su furor, viniera a contristar sus corazones, como si la Pro­
videncia quisiera hacerles conocer que la gloria no se alcanza sino
por medio de un combate sin treguas; que el hombre no se sublima
sino por medio del dolor; que el infortunio es la escuela de los le­
gisladores, y que sólo en su seno pueden aprender el secreto de su
ventura y de su perfectibilidad las sociedades 3.
2 En estas líneas y en las siguientes se está refiriendo a la espantosa matanza de
frailes ocurrida en Madrid los días 17 y 18 de julio de 1834, bajo la acusación de que
la epidemia de cólera que había aparecido en Vallecas y en el mismo Madrid se debía
a que los frailes habían envenenado las aguas. Los días siguientes se produjeron hechos
semejantes en Reus, Tarragona, y más violentos en Barcelona. El G obierno de M ar­
tínez de la Rosa se mostró indolente ante los trágicos hechos.
4 Desde hacía unos meses había comentado la primera guerra carlista—que era
guerra política y religiosa— , con una violencia y una ferocidad brutal por ambas partes
y con un radicalismo que hacía imposible todo intento de inteligencia y discusión pa-
228 Escritos de juventud (1834)
El príncipe desleal que, cargado de ignominia y agobiado bajo
el peso de las maldiciones de su patria, fue a consumir en el olvido,
y en medio de un país extranjero, su inútil existencia, ha vuelto a
aparecer entre nosotros. ¡Insensato! El no sabe que al salvar el Pi­
rineo ha dicho el último adiós a la esperanza; él no sabe que pisa
su sepulcro; que en mal hora, obedeciendo a la fatalidad que le
persigue, abandonó las playas de un país hospitalario, que sus ojos
no verán más; él no sabe que sus brazos no volverán a estrechar en
su seno a las prendas queridas de su corazón; él no sabe que, como
un hombre que llevara en su frente un sello horrible, está solo, que
no escuchará el eco de una voz amiga y que se ha consumado su
destino. ¡Insensato! ¿Por qué renuncia a la vida cuando en su tum­
ba no le espera la gloria? ¿Pretende el trono? ¡Infeliz! No conoce
que entre el trono y él hay un río de sangre más difícil de salvar
que el Pirineo; él no sabe que sus víctimas le acusan, que todos le
maldicen, que este suelo le rechaza, que la Divinidad le condena y
que le reclaman las leyes. ¡Un trono!... Si él pudiera ocuparle, su
trono sería un osario.
No; él no reinará jamás, ni sus hijos podrán respirar el aire
que nosotros respiramos. El cielo de España no cobijará su frente;
su brillante y pacífico azul, retrato de la inocencia, sólo cubre la cuna
de Isabel, y sus benéficos rayos descenderán amorosamente sobre
España para que se fecunde la libertad en este suelo, tan rico de
gloria como escaso de ventura.
Madrid, 14 de agosto de 1834.
• · *

La diplomacia, considerada como una ciencia, no ha existido


sino en la Europa civilizada y monárquica \ El despotismo oriental,
condenado a una inmovilidad estúpida y a una civilización estacio­
naria, se bastaba a sí mismo, porque su destino no era vivir y
progresar, sino vegetar y crecer. Encadenada allí la inteligencia y
a Así como desde que existen hombres existen transacciones, la diplo­
macia existe desde que existen los Estados. Las mismas repúblicas de Grecia
pudieran ofrecernos ejemplos de repetidas transacciones diplomáticas con los
persas; pero mi objeto no es tratar de la diplomacia tal como entonces
existía; es decir, aplicada a un interés de momento, e interrumpida pasado
este interés, sino de la diplomacia puesta en una acción continua, apli­
cándose a la sociedad entera y obedeciendo a principios fijos, determinados
y constantes; en una palabra, de la diplomacia que, disciplinada por los
principios, domina y dirige todos los acontecimientos. Esta no ha existido
sino en la Europa de nuestros días. (Nota de Donoso.)
cifica. A Jos dos bandos se podía aplicar el lema de Zum alacárregui: “Victoria o
m uerte” . En el párrafo siguiente, Donoso se refiere a D. Carlos, el pretendiente, que
acababa de entrar en Navarra para ponerse al frente de sus leales.
/ Consideraciones sobre la diplomacia 229
revestida en su decrepitud de las formas teocráticas que caracte­
rizan a las sociedades infantes, aquella sociedad no necesitaba sino
de la paz de los sepulcros y de la soledad de los desiertos.
Las pequeñas repúblicas de la Grecia, llenas de vida interior y
agitadas de un movimiento continuo, no podían concebir la diplo­
macia, porque ni la sencillez de sus formas podía hermanarse con
la complicación necesaria en los tratados, ni su movilidad era sus­
ceptible de un sistema; en el comercio y la industria no habían lle­
gado a aquel grado de esplendor que hace necesarias las relaciones
permanentes de las naciones entre sí; y siendo la ocupación casi
exclusiva de los esclavos, no merecían la atención de aquellos hom­
bres fieros, que sólo se alimentaban de libertad y de gloria. Ellos
no creían que la libertad política fuese una ilusión cuando los hacía
tan grandes, ni la Europa moderna debiera creerlo cuando las páginas
que ella ha legado a la Historia son las únicas en que sus ojos pue­
den reposarse con placer después de haber recorrido tantas oscure­
cidas con la huella del crimen o con el espectáculo de la degrada­
ción humana. En cuanto a las relaciones exteriores de la Grecia en
general, el estado de su civilización no las había hecho necesarias;
y cuando el principio que la elevó a la cumbre de la gloria, y el
que adormecía al Oriente, se encontraron en su carrera, no lucharon
para transigir, sino para devorarse y reinar. El espíritu humano es­
taba dominado entonces por principios absolutos, cuya fusión no
concebía. La Grecia, con su instinto de lo bello en el mundo moral
como en las artes, hubiera creído ver una náyade sofocada con los
abrazos de un sátiro en la libertad transigiendo con el despotismo.
Su gran tratado con la Persia fue el de Maratón, ratificado en Sa-
lamina.
Roma no podía transigir sin faltar a su destino. Una sola exis­
tencia independiente hubiera sido incompatible con la suya, porque
su misión era absorber al mundo en su unidad para lanzarle en un
nuevo espacio, revestirle con sus formas y sujetarle con su espada
y con sus leyes. La expresión de Catón Delenda est Cartbago. exten­
dida al universo, explicaría el destino como el sistema de Roma.
Ella no podía concebir la existencia sin la dominación, y con esta
idea siempre fija en los distintos períodos de su historia, conquistó
al mundo, que se postró ante sus siete colinas. La diplomacia supone
la coexistencia de muchas sociedades independientes, cuyo equilibrio
es su objeto conservar; los siglos que Roma llena con sus hechos
se distinguen por la ausencia de simultaneidad de poderes, con­
fundidos todos con la unidad romana; unidad poderosa que niveló
todas las eminencias sociales, que, con una fuerza de cohesión sin
ejemplo en los anales de las naciones, destruyó todas las soberanías,
encadenándolas a la del Capitolio.
230 Escritos de juventud (1834)
Pero el gigante, después de haber devorado la tierra, se devoró
a sí mismo; a la hora de su muerte, los bárbaros del Norte se pre­
sentaron para reclamar su herencia; la unidad romana se descom­
puso en fracciones; la luz de su civilización no brilló más en su en­
lutado horizonte, y la idea del Estado desapareció con ella. En la
Europa bárbara sólo la Iglesia era una sociedad, porque sólo en la
Iglesia se encontraba unidad de objeto y armonía de voluntades.
Roma aspiró a la dominación en nombre de la fuerza; la Iglesia,
en nombre de la verdad; su título era más legítimo; sus medios los
ha juzgado ya la Historia.
Considerada la Iglesia desde este punto de vista, ella continuó
el movimiento del mundo romano, elevó las mismas pretensiones
y marchó hacia el mismo fin; pero más inflexible aún, porque la
verdad es más absoluta que la fuerza, vencedora no perdonó jamás,
y protestó vencida. En su lucha con los emperadores, al ver postrado
a los pies del heredero de San Pedro al heredero de los Césares, la
imaginación asombrada no alcanza a concebir esta revolución in­
mensa en el destino del mundo. Fuera de la Iglesia sólo existían
individuos; la voluntad del hombre reinaba sola en aquel caos en
que naufragaron todas las instituciones humanas, y abandonada la
sociedad a sus elementos primitivos, no tenía más vínculos que los
de la familia y apenas existían otras relaciones de dependencia que
las del patrono y el cliente, el siervo y el señor. Echando una ojeada
por los siglos medios, es fácil conocer que no podían existir rela­
ciones exteriores porque los pueblos no estaban constituidos todavía.
Pero los elementos que luchaban entonces no luchaban en vano; los
gérmenes que abrigaban eran fecundos y debían dominar el por­
venir.
Los tronos se elevaron en medio de la anarquía, no por la fuerza
de la espada, sino por el trabajo lento de los siglos. Los reyes
llamaron hacia sí las fuerzas vitales de la sociedad para constituir
el Estado; los pueblos se agruparon a su derredor, les ofrecieron sus
riquezas y su sangre para que, en cambio, les diesen paz y labrasen
su ventura. Cuando los soberanos, olvidando su misión, usaron de
aquellas fuerzas para oprimir y no para proteger, los pueblos se le­
vantaron y les hicieron comprender que ellos se habían dado reyes,
pero que no admitían señores.
En el siglo XV, la Europa del Mediodía empieza a ser monár­
quica; en el xvi, los tronos se encuentran consolidados y vencidas
todas las resistencias. Este es también el tiempo en que nació la
diplomacia propiamente dicha, que antes no habría podido existir.
La prolongada Jucha de todos los principios que en los siglos
bárbaros aspiraron a la dominación sin conseguirla, hizo aparecer
en Europa naciones independientes entre sí, porque sus fuerzas, que
/ Consideraciones sobre la diplomacia 231
bastaban 'para conservarse, no eran suficientes para aspirar a la
conquista. Había, pues, simultaneidad de poderes, que es la primera
condición de la existencia de los tratados; nacidos todos los pueble»
de un origen común, habiendo visto pasar los mismos aconteci­
mientos y habiendo estado sujetos a las mismas vicisitudes, todos
obedecían a los mismos principios y marchaban bajo el imperio de
unas mismas ideas; las transacciones entre ellos eran posibles, por­
que, no habiendo incompatibilidad entre sus principios, podían adop­
tar una base reconocida por todos y ajustar después sus diferencias.
Gobernados monárquicamente, eran regidos por ideas fijas y reglas
estables, que, trasladadas a la conclusión de los tratados, podían
asegurarles un porvenir que hubiera sido imposible prometerse de
la movilidad de las repúblicas antiguas.
Los reyes, ocupados exclusivamente en las relaciones exteriores,
porque su poder no era disputado todavía por los pueblos, podían
pensar en su engrandecimiento por medio de la espada o de trans­
acciones ventajosas.
Sí la independencia de los pueblos, si su origen común, si la
homogeneidad de sus principios y la estabilidad de sus Gobiernos
hacían posible la existencia de la diplomacia, la complicación de sus
intereses políticos y materiales reclamaba altamente su presencia.
Las naciones, ya constituidas, debieron conocerse, y se conocieron en
Italia. Destinada a ser el teatro de todo gran movimiento político
y social y a ser desgarrada por sus oscilaciones, ella se abrió otra
vez a la invasión de pueblos extraños, que la inundaron de sangre.
Pero estas guerras, menos decisivas y devastadoras que las de otros
siglos, porque las fuerzas puestas en acción estaban equilibradas, no
podían concluirse por la conquista, sino por los tratados. Por otra
parte, el prodigioso movimiento dado por la civilización a los inte­
reses materiales de los pueblos y la complicación de sus relaciones
comerciales exigían que se regularizasen éstas sistemáticamente y
que no estuviesen abandonadas a la instabilidad de todos los acon­
tecimientos.
Así, el carácter de la diplomacia en su origen era arreglar las
relaciones de unos pueblos con otros, para conservar un equilibrio
político y material entre las naciones, que ni podían aspirar a ser
conquistadoras ni podían ser conquistadas. Pero como en las rela­
ciones de unos Estados con otros los pueblos desaparecen y sólo se
consideran los que los dirigen, y como los intereses de los súbditos
y los de los reyes no estaban todavía en absoluta oposición, a éstos
perteneció el nombramiento de los agentes que debían arreglar los
graves negocios encomendados a sus deliberaciones. La diplomacia,
pues, era no solamente posible, sino necesaria; sus poderes dima­
naban absolutamente de la potestad real; su creación era un medio
232 Escritos de juventud (1834)
de conseguir un equilibrio estable entre naciones independientes,
que apelaban ante el tribunal de la razón después de haber venti­
lado en vano sus querellas con la espada. Considerada bajo este
aspecto, la diplomacia representaba por sí sola el gran principio
de nuestra civilización, de que el imperio del mundo pertenece a la
inteligencia. Este principio, generalizado solamente en la Europa
de nuestros días, y presidiendo al desenvolvimiento progresivo de
sus instituciones, es el triunfo más bello de la Humanidad y el re­
sultado más grande del trabajo de los siglos.
Mientras que los príncipes estuvieron ocupados en sus relacio­
nes exteriores; mientras que sus intereses estuvieron en armonía
con los de sus pueblos, la diplomacia, obrando dentro de los límites
trazados por su naturaleza, sólo derramó beneficios sobre el mundo;
y su carácter eminentemente humano, porque ella era la expresión
de un progreso en el orden moral, fue respetado por todos.
Esta primera época de la diplomacia, que es también su edad
de oro, está representada por la paz de Westfalia, que constituyó
por largo tiempo el Derecho público de Europa, y terminó la en­
sangrentada lucha que destrozó por espacio de treinta años el im­
perio de Alemania. La diplomacia tuvo que arreglar entonces por
primera vez los intereses morales de los pueblos, que empezaban a
formar una sola familia, obedeciendo a unos mismos principios.
Las guerras de Italia en los siglos XV y XVI tuvieron por objeto
decidir a qué soberano pertenecía la preponderancia entre los reyes
de Europa. Con Lutero nació la lucha de los principios: los reyes
aparecieron en la escena como sus representantes, y las naciones se
arrojaron al campo de batalla no en nombre de un señor, sino en el
de sus creencias. En Bohemia, en donde en el siglo XV aparecieron
las primeras víctimas del fanatismo, fue en donde empezó a manifes­
tarse el incendio que, convertido en volcán, debía abrasar a la
Alemania. Aquella provincia sacudió el yugo de Fernando II, que
quiso sofocar sus opiniones religiosas, y colocó en el trono a un
príncipe protestante en la persona del elector palatino Federico, que
poco después fue despojado por el emperador de su corona y del
Palatinado. Así empezó la lucha de los dos principios opuestos.
La Casa de Austria era el más firme apoyo de la corte de Roma.
La rama a quien pertenecía el Imperio y la que reinaba en la Pen­
ínsula española se unieron para sostener este principio después de
sesenta años de ásperas contiendas. Su bandera fue la unidad polí­
tica y religiosa, que la corte de Madrid pugnaba por conservar en
los Países Bajos, y la de Viena en Alemania; su poder era colosal,
porque dominando en Italia también, y próximas a darse la mano,
am en azab an a todo el Mediodía, ciñendo entre sus brazos a la Fran»
cía y dictando leyes desde Portugal hasta las fronteras de Polonia.
Consideraciones sobre la diplomacia 233
Pero la corte de Madrid era un coloso cansado ya de trofeos y
que caminaba con rapidez hacia su decadencia. Richelieu, que arran­
có a la Francia de la nulidad a que se vio reducida después de la
muerte de Enrique IV, impidió la reunión de las fuerzas de las dos
cortes, arrancando a la de Madrid la Valtelina. El emperador, que
después de haber sofocado la revolución de Bohemia no concebía
ya límites que atajaran su voluntad y detuvieran sus triunfos, ame­
nazó de muerte con el Edicto de restitución al protestantismo de
Alemania. Los príncipes protestantes se levantaron en defensa de
sus intereses; sus pueblos, en defensa de sus principios, y el Norte
les envió a Gustavo Adolfo, que les enseñó el camino de la gloria.
La Francia, poderosa ya, porque estaba gobernada por un hombre
de genio, atacó a la Casa de Austria en todos sus dominios. Así,
las fuerzas se equilibraban y la lucha era devastadora sin ser de­
cisiva.
Jamás el suelo de Alemania había sido regado con más sangre
ni sus hijos agobiados con tan horrorosa miseria. La guerra debía
sostener a la guerra: tal fue el desastroso principio proclamado por
Wallenstein y practicado por todos los que combatían. Si algún
tratado ha sido alguna vez un don del cielo, lo fue, sin duda, el que
puso fin a una guerra que no podía terminarse por la victoria, por­
que las fuerzas de los contendientes estaban equilibradas, y ninguna
potencia de Europa se hallaba en disposición de decidir la lucha
arrojándose en la dudosa balanza. La Rusia no existía como poder;
la Dinamarca se retiró desde el principio vencida por Fernando; la
Inglaterra reconcentraba su acción dentro de sí misma para ocupar
sola la escena del mundo en la última mitad de aquel siglo, y su rey
Jacobo I estaba ocupado en disertar sobre la obediencia pasiva. En
esta situación, los tratados de Münster y de Osnabrück dieron la
paz a la Europa y constituyeron la Alemania. Siendo la paz el único
objeto de los plenipotenciarios que los arreglaron, sus combinacio­
nes no se dirigieron a hacer dominantes sus ideas, imponiendo su
yugo a los que combatían, sino a procurar una transacción ventajosa
entre los principios existentes, que, convertidos en hechos, luchaban
por dominar las sociedades.
La paz de Westfalia no constituyó ningún poder tiránico en
Europa, y obligó a todos a que se encerrasen en sus verdaderos li­
mites. El protestantismo era un hecho en la sociedad; la paz de
Westfalia le admitió como un hecho en la política y en las leyes,
y aseguró su desarrollo espontáneo y su independencia admitiéndole
en el Derecho público y dándole representación en los grandes cuer­
pos del Estado. Las indemnizaciones que en el Congreso de Viena
debían servir de pretexto para oprimir a los débiles y engrandecer
a los tiranos, en la paz de Westfalia fueron, por lo general, justas,
234 Escritos de juvettíud (1834)
proporcionadas a las pérdidas o a los sacrificios. El elector palatino
entró en posesión del Bajo Palatinado; y mientras que el Alto no
estuviese vacante por la extinción de la Casa de Baviera, a quien el
emperador se lo había concedido, este príncipe debía recibir la in­
vestidura de la octava dignidad electoral, creada al intento para
indemnizarle, y que debía dejar de existir luego que se hubiese ve­
rificado la extinción de la Casa de Baviera. El Edicto de restitución
fue revocado, y los príncipes protestantes conservaron la posesión
de los bienes de que aquél los despojaba. La Suecia fue indemnizada
con parte de la Pomerania y con la isla de Rugen en premio de sus
heroicos sacrificios, y tuvo además voto en la Dieta del Imperio,
como parte constituyente de él por sus posesiones de Alemania. La
Francia extendió su territorio por la parte del Rhin, y si es cierto
que la indemnización que consiguió era tal vez mayor que sus sa­
crificios, no lo es menos que su poder no se aumentó por entonces
de manera que fuese alarmante para el equilibrio de la Europa. Las
relaciones entre los príncipes del Imperio y el emperador se arre­
glaron de un modo permanente, teniendo por base la célebre Bula
de Oro, pero sin dejar por eso de admitir modificaciones que los
siglos habían hecho necesarias. En fin, la Confederación Helvética
fue declarada independiente y exenta de la jurisdicción del Imperio,
y las Provincias Unidas entraron en la familia europea. Estos resul­
tados fueron nobles; pero la Europa no debía esperarlo más de los
grandes congresos.
Amaneció un día en que la inteligencia, emancipada de los pue­
blos, pidió a los reyes sus títulos y examinó sus poderes. Este día
fue terrible para la sociedad; más terrible para los que la gober­
naban. La lucha que nació entonces estará siempre presente en la
memoria de les reyes y de las naciones, como una lección terrible
y un ejemplar escarmiento. Los príncipes pusieron fin a sus rivali­
dades y desavenencias y, colocados en las mismas filas, pugnaron por
detener el torrente que les amenazaba. Desde entonces las fuerzas
de la sociedad se reconcentraron, y, en vez de ejercitarse en el arreglo
de las relaciones exteriores, tuvieron por objeto formar su vida in­
terior proporcionada a su nueva existencia.
La diplomacia no pudo menos de resentirse de esta revolución,
que la revistió de un nuevo carácter, y, olvidando entonces su origen
y la esfera en que podía agitarse, ejerció un poder usurpado y se
asoció a todos los crímenes de la fuerza. En vez de arreglar las rela­
ciones de los Estados entre sí, trató de sujetar los intereses de los
pueblos a los de Jos reyes que los gobernaban. Esta segunda época
de la diplomacia, constituida ya en poder, empieza con el Congreso
de Viena, cuyas actas son un monumento de innoble opresión, de
j Consideraciones sobre la diplomacia 235
cobarde tiranía, que servirá de escándalo a la posteridad, corno ha
servido de horror a la Europa civilizada.
Ya en el tratado de 30 de mayo de 1814, verificado en París por
los soberanos aliados, se anunciaba este famoso Congreso, y ya en­
tonces las potencias vencedoras, para que el mundo no ignorase
cuáles eran los principios que presidían a su política, empezaron la
carrera de sus usurpaciones, declarándose, por un artículo secreto,
con derecho de disponer de todo el territorio abandonado por la
Francia en sus desastres y de arreglar en dicho Congreso sus rela­
ciones con la Europa. Como el principio que servía de base a este
artículo era que las naciones que no tienen un señor pertenecen al
primero que las ocupa, los aliados dispusieron de la misma manera
de las provincias de Alemania y de Italia, con el objeto de arreglar
después amistosamente sus diferencias cediéndose mutuamente las
que más importaran a sus intereses respectivos. Consecuentes con­
sigo mismas las grandes potencias, no admitieron en el gran Con­
greso, que iba a decidir del destino de la Europa, a los plenipoten­
ciarios de príncipes que no reconocían, porque su misión no era
equilibrar los intereses de los pueblos, sino sacrificarlos a los de los
soberanos.
Reunidos todos los plenipotenciarios en Viena, parecía natural
que se constituyera el Congreso, y que, puesto que se componía
de representantes de pueblos independientes entre sí y que su objeto
era arreglar los intereses de todos, procediese en sus determinacio­
nes por vía de deliberación. Pero las grandes potencias, que en­
tendían los principios de otro modo, no consintieron en esta manera
de discutir, porque, según ellas, el Congreso no debía dar al mundo
el espectáculo de una asamblea deliberante, como sí, quitada la de­
liberación de las determinaciones, quedase otra cosa que la fuerza.
Las potencias signatarias del tratado de París se invistieron del de­
recho de deliberar solas, tomando el título de Comisión (¿quién
era el comitente?) de los ocho (de los cuatro deberían decir, por­
que los representantes de la Francia en el día de su humillación, los
de España, los de Portugal y los de Suecia no podían pesar en­
tonces en la balanza de mundo); y luego que en su seno se hubiesen
agitado todas las cuestiones y arreglado todos los intereses, se pre­
sentarían las proposiciones a la sanción del Congreso, que no debía
constituirse hasta que la Comisión hubiese concluido sus trabajos.
En su consecuencia, aunque los plenipotenciarios estaban reunidos
desde el mes de septiembre, no se realizó la verificación de poderes
hasta el mes de noviembre, y aun en este tiempo la Comisión de los
ocho, a propuesta de Metternich, decretó que, no siendo por en­
tonces conveniente una reunión general, se dilatase para más ade­
lante. Como el monopolio tiende a la centralización, la Comisión
236 Escritos de juventud (1834)
de los ocho degeneró en la de los cinco, creada para arreglar los
asuntos de Polonia y de Sajonia, cuyo arreglo definitivo era la cues­
tión vital para el Congreso. Esta Comisión se compuso de los ple­
nipotenciarios de Rusia, Prusia, Austria, Inglaterra y Francia.
La política de los aliados marchaba visiblemente en el camino
de los progresos; el resultado de las nuevas conferencias fue un
nuevo desmembramiento de Polonia, en virtud del cual la Rusia
conservaba la mayor parte, con la promesa especial de formar de
ella un reino unido, que debía ser gobernado por una Constitución
conforme a sus necesidades, combinadas con las del Imperio, obli­
gándose la Prusia y la Austria a gobernar las provincias que les
habían cabido en suerte de una manera conforme al mismo tiempo
al espíritu de su nacionalidad y a las exigencias de sus respectivos
Estados. Siguióse otro desmembramiento de la Sajonia en favor
de la Prusia para indemnizarla de las pérdidas de territorio que
había sufrido durante el curso de la guerra. En el seno de la misma
Comisión se creó el reino de los Países Bajos, que nosotros hemos
visto desplomarse. Todos tenían motivos de queja, hasta los mismos
reyes. El de Sajonia, porque le arrebataban una gran parte de sus
Estados infringiendo el principio de la legitimidad, que el mismo
Congreso proclamaba. El de Dinamarca, porque, como débil, no
había recibido justa compensación por el despojo de la Corona de
Noruega, que fue unida a la de Suecia para indemnizarla de la pér­
dida de la Finlandia, conquistada por la Rusia. La Comisión de los
echo había igualmente nombrado otra, compuesta de los plenipo­
tenciarios de las cuatro potencias aliadas, y después del de Francia
también, para arreglar los asuntos de la Suiza; en vista de su in­
forme. la Comisión de los ocho, sin contar con los cantones helvé­
ticos, declaró en 20 de marzo de 1815 la manera como la Suiza
debería quedar organizada, obligando a la Dieta a conformarse con
esta declaración y negándose, de lo contrario, a garantizar su neutra­
lidad. La Dieta se vio en la precisión de ceder, puesto que no podía
resistir. Guiado el Congreso siempre por los mismos principios, la
Comisión creada para arreglar los asuntos de Alemania y formar su
unidad fue compuesta solamente de los plenipotenciarios de Austria,
Prusia, Baviera, Hannóver y Wurtemberg, excluyendo a los pleni­
potenciarios de los príncipes de segundo orden y de las ciudades
libres (es decir, a los débiles), que sólo después de repetidas pro­
testas consiguieron ser admitidos a la discusión de intereses que
eran exclusivamente suyos.
Así, un Congreso que se anunció al mundo como el reparador
de todos los agravios, como el restaurador de todos los derechos
y como el apoyo más firme de los débiles oprimidos, ejerció el po­
der más tiránico que conocieron los hombres. La fuerza, no la jus-
Consideraciones sobre la diplomacia 237
ticia, decidió de los más sagrados intereses. Napoleón, sujetando las
naciones con el poder de su espada, doró la esclavitud con la gloria,
ennobleció sus acciones con su valor y sus peligros y supo dominar
con el ascendiente de su genio; pero los que sobre el cadáver del
gigante se repartieron sus despojos sin enemigos que les comba­
tieran, sin tempestades que turbaran su sosiego; los que en el seno
de la paz se proclamaron señores del mundo por el derecho de la
fuerza, unieron a la opresión la perfidia, desmoralizaron los tronos
y disolvieron las sociedades. El que en una lucha eterna supo vencer
todos los obstáculos y coronarse de laureles, pudo encontrar disculpa
a su dominación, comprada a precio de sus fatigas; pero los que,
saliendo del polvo y condenados a la mediocridad, ajustaron una
innoble cadena a la cerviz de los pueblos, sólo pueden esperar la
execración de los siglos. El yugo de Napoleón debía ser momen­
táneo, porque, después de su muerte, ¿quién vestiría las armas del
coloso? ¿Ni quién dominaría al destino o guiaría en los combates
el carro de la victoria? Pero el yugo de la Santa Alianza debía ser
eterno, porque los Gabinetes no perecen cuando todos los hombres
pasan. Sólo un medio tuvieron entonces las sociedades para con­
quistar su libertad y recobrar su independencia; este medio fue justo
cuando se hizo necesario y desde el momento en que él sólo pudo
salvar la sociedad de su ruina; este medio fue... el de las revolu­
ciones. que serían el mayor azote de los pueblos si no las hubieran
hecho necesarias los tiranos 4.
Mientras que las grandes potencias arreglaban desde Viena la
suerte futura de la Europa, Napoleón, encerrado en los límites es­
trechos de una isla que no era bastante para contenerle, meditaba
también sobre la suerte del mundo; su frente, oprimida bajo el peso
de las más sublimes concepciones, abrigaba aún otras que debían
asombrar al universo antes de que diese el último adiós a su borras­
cosa existencia. El pensamiento que dirige y la acción que le realiza
coexistían en él sin sucederse, porque el genio ni tiene intervalos
ni conoce el reposo, condición necesaria de la debilidad y de los
espíritus comunes; al fin se entrega a la merced de las olas, se di­
rige hacia las playas de Francia animado con aquella fe íntima que
ya había sentido nacer en su pecho cuando, dando el último saludo
a las pirámides, atravesó un mar lleno para él de escollos para em­
puñar un cetro y ceñirse una corona. El prisionero de la isla de
Elba no había variado en nada del vencedor del Egipto, y su espe-
4 El Congreso de Viena, reunido en 1815 para recomponer el equilibrio europeo
después de las guerras de Napoleón, de hecho estuvo dominado por las cuatro grandes
potencias: Rusia, Prusia, Austria e Inglaterra, que impusieron su voluntad y sus in­
tereses. Donoso ve con antipatía los acuerdos de un Congreso en cu vas decisiones
prevalecían el absolutismo y los privilegios dinásticos, se ignoraban muchas conquistas
democráticas y se olvidaban los derechos autónomos de las naciones y los grupos
étnicos menores como si en Europa no hubiera pasado nada desde principios del si­
glo X V I I I .
238 Escritos de juventud (1834)
ranza en el porvenir era la misma siempre; pero no conocía que
todo había variado menos él y que en el horizonte se había eclip­
sado su estrella. Sin embargo, él no dejará de existir sin haber dado
una larga muestra de su poder a los imbéciles que, como a Encélado,
debían amarrarle a una roca. A su presencia se desplomó como por
encanto una dinastía y un trono, cuyos fundamentos había conmo­
vido la civilización, como un árbol cuyas raíces habían secado los
siglos y que no podían fecundar todas las lluvias del cielo. Su for­
midable voz volvió a turbar el sueño voluptuoso de los déspotas del
Norte, que, declarándole fuera de la Humanidad y de la ley, encar­
garon a todos los soberanos de Europa la ejecución de esta terrible
sentencia; los ejércitos de los aliados se precipitaron segunda vez
sobre Francia; en vano luchó el gigante; sus horas estaban ya con­
tadas en el libro del Destino, que le tenía preparado los campos de
Waterloo para que escribiese en ellos la última página de su his­
toria. Cuando la Europa miró a Napoleón vencido por Wellington,
ella comprendió una verdad que había ya enseñado la filosofía, a
saber: que Dios se vale muchas veces de los débiles para abatir a
los poderosos y que se complace en producir grandes resultados
por medio de imperceptibles agentes. Postrado ya el enemigo y ha­
biéndole señalado el lugar de su sepulcro, los soberanos aliados
ocuparon militarmente la Francia, exigieron de ella indemnizaciones
por sus gastos y sus sacrificios, y garantías pecuniarias y territoriales
que asegurasen en lo venidero su tranquilidad, que debía defender
por espacio de tres o cinco años un ejército de ocupación. Tales
fueron las principales bases del tratado ignominioso concluido en
París entre la Francia y las potencias aliadas en 20 de noviembre
de 1815.
Si se estudian con atención las determinaciones que le sirven
de base y las que fueron el resultado del Congreso de Viena, se verá
que, si bien es cierto que ya las grandes potencias habían adoptado
principios funestos para la libertad y la independencia de la Europa,
sus miradas se dirigían, sin embargo, más principalmente a prevenir
que la Francia se revolucionase de nuevo y pudiera comprometer la
tranquilidad de las naciones vecinas. Para evitar esta catástrofe,
determinaron ponerla diques y rodearla de barreras que bastasen a
resistir su impulso en el momento del peligro; con este objeto en­
grandecieron la Prusia, dieron unidad a la Alemania, formaron el
reino de los Países Bajos, aumentaron el poder del rey de Cerdeña,
reuniendo a Genova bajo su cetro, y fortificaron el lazo federal de
la Suiza; pero, amarrado ya el león, las potencias del Norte exten­
dieron su vista por una esfera más dilatada y un horizonte más
ancho. Dejaron de considerar a la Francia para juzgar a la Europa;
no temieron ya a la usurpación, sino a las revoluciones, porque su
Consideraciones sobre la diplomacia 239
instinto les decía que debían ser más funestas que las victorias de
Napoleón las oleadas de los pueblos.
Desde entonces empieza la diplomacia a pesar sistemáticamente
sobre la Europa; su principal objeto fue ya sofocar en su cuna los
principios y mantener las sociedades amarradas a su yugo, despo­
jándolas de su espontaneidad y su energía; y como su plan era in­
menso y su ejecución debía encontrar obstáculos poderosos, los so­
beranos aliados, para estrechar más los vínculos de sus mutuas rela­
ciones, se convinieron en renovar en épocas determinadas, ya bajo
sus inmediatos auspicios o por medio de sus ministros respectivos,
“reuniones consagradas a los grandes intereses comunes y al examen
de las medidas que en cada una de estas épocas se considerasen como
más saludables para el reposo y prosperidad de los pueblos y para
la conservación de la paz en Europa”. Este tratado manifiesta bien
su sistema y caracteriza todas sus pretensiones; los congresos que
se han tenido después no han sido más que el cumplimiento de esta
estipulación y el desenvolvimiento progresivo de todas sus conse­
cuencias.
El primero fue el de Aquisgrán. El rey de Prusia y los empera­
dores de Austria y de Rusia asistieron a él, y dignándose mirar con
ojos compasivos a la Francia, regida por los Borbones, hicieron una
señal a sus ejércitos para que despejasen sus fronteras, declarando
fenecido el tiempo de la ocupación. Luis XVIII fue invitado a aso­
ciarse a la Santa Alianza, y, como caballero y agradecido, se sentó
en el banquete de los conjurados. Desde entonces la Francia ha sido
un satélite de la Rusia, y el Gabinete de las Tullerías fue absorbido
en el de Petersburgo. Las cinco grandes potencias, hermanadas en­
tre sí, declararon ante la faz de la Europa su firme resolución de
no abandonar los principios que las dirigían y de reunirse con fre­
cuencia para arreglar sus intereses y estrechar más sus lazos. Pero
como estas protestas habían ya sido oídas por la Europa, las po­
tencias aliadas dieron un paso más en su carrera, anunciando que
sus reuniones podrían también tener por objeto arreglar los intere­
ses de otros Estados siempre que reclamasen éstos su poderosa in­
tervención.
Su política se manifestó sin velos, y la Santa Alianza borró de
entre los derechos de la Humanidad la independencia de las naciones;
su intervención no debía verificarse sin ser reclamada por los Es­
tados que necesitaban de su apoyo; pero los Estados, para la diplo­
macia, no son los pueblos, sino los reyes que los dirigen o los escla­
vizan; y desde el momento en que esta declaración salió del augusto
Congreso para recorrer la Europa, todos los tiranos se encontraron ya
seguros y todos los pueblos condenados a la orfandad y a las cadenas.
Pero la hija de los reyes les enseñó el camino que conduce a la vic-
240 Escritos de juventud (1834)
toria; vina alianza de tigres les enseñó cómo podía formar una alianza
de hermanos. La superficie de las sociedades empezó a ser borrascosa,
porque en su seno se abrigaba el germen de violentas convulsiones, y
el rayo asolador de que estaba cargada la nube no tardó en despren­
derse para iluminar la hora de la venganza y convertir en cenizas el
pavimento que sustentaba a los reyes.
España desenterró el estandarte que había tremolado en Cádiz,
que, libre e independiente, había conservado en otros días el depósito
de la existencia nacional y el esplendor inmaculado de su gloria 5. Los
Estados de Alemania exigían de sus príncipes el cumplimiento de sus
sagradas promesas, promesas por las cuales les aseguraron la libertad
cuando los pueblos a precio de su sangre les aseguraron sus vacilantes
coronas. Los príncipes habían olvidado en el seno de la prosperidad
las obligaciones contraídas en los días de su infortunio; pero los pue­
blos no olvidaron sus gloriosos sacrificios, y en el silencio de la cons­
piración se aguzaban los puñales que debían clavarse en el seno de
los opresores de la libertad alemana.
El gran ejemplo dado por la nación española no podía ser estéril,
porque no era el efecto de un movimiento caprichoso que produce
una ligera convulsión en los Estados, sino la expresión de una necesi­
dad sentida por todos y satisfecha por algunos. El filósofo no expli­
cará jamás una revolución por el poder de una sorpresa, ni reconoce
a la casualidad el derecho de dirigir los acontecimientos humanos. La
revolución, abismándose en la gloria y abandonando después ostensi­
blemente la escena del mundo a la Santa Alianza, no había renun­
ciado ni a la existencia ni a la victoria, y se refugió en las entrañas
de las sociedades para crecer en silencio; ella fue un hecho primitivo,
pero no aislado, en el seno de la Humanidad, y debía producir nuevos
hechos que desenvolviesen su principio de vida y apareciesen espontá­
neamente en el día señalado por la Providencia para su dominación.
La aurora de este día había ya brillado en el horizonte de España, y
su luz se dilató como por encanto por otros países, dispuestos también
a saludarla, porque en la escuela del infortunio habían aprendido a
conocerla y entre los hierros que los oprimían la habían erigido un
altar.
Las Dos Sicilias despertaron de su letargo profundo, y pocas ho­
ras fueron bastantes para que en Nápoles y en Palermo se diesen al
viento los tres colores mágicos que treinta años antes habían electri­
zado a París. El rey entrega las riendas del Gobierno al duque de
Calabria, que decreta “que la Constitución del reino de las Dos Si­
cilias será la misma que la adoptada en España en 1812, salvo las mo-
8 Se refiere Donoso a la revolución iniciada por Rafael Riego en Cabezas de San
Juan (Sevilla) el 1 de enero de 1820, seguida de otros pronunciamientos en diversos
puntos de Ja Península, que obligó a Fernando VIí a restaurar y jurar (9 de julio
de 1820) Ja Constitución de Cádiz.
/ Consideraciones sobre la diplomacia 241
dificaciones que la Representación Nacional, constitucionalmente con­
vocada, juzgase conveniente proponer para adaptarla a los Estados de
Su Majestad”. El día de la regeneración había llegado, y ningún so­
berano se encontró bastante poderoso para detener a la libertad en su
vuelo y decirla: "Este pueblo es mío; no te pertenece.” Un coronel
de un regimiento, leyendo la Constitución de las Cortes en Oporto,
basta para hacerla reinar en Portugal; a su voz se reúnen las autori­
dades; nombran ufja Junta directiva, y los jefes de la revolución anun­
cian que la ley fundamental se halla restablecida en nombre de don
Juan VI, e invitan a todos a darse una Constitución “que su amado
soberano no ha omitido darles hasta ahora sino porque había ignorado
sus deseos”. Antes de dos meses el ejército constitucional ha vencido
todas las resistencias, y el estandarte de la libertad naciente se desplie­
ga con orgullo sobre los muros de Lisboa.
Y la Grecia, sumergida en la abyección tanto tiempo; y la Grecia,
cuyas ruinas son más grandes por sus recuerdos y más solemnes por
su inmovilidad que todas las existencias brillantes que hoy decoran
la escena del mundo; cuyas playas son tan armoniosas como la lira de
Homero; cuyo polvo es sagrado porque contiene las cenizas de los
héroes; y la Grecia también comenzó a descifrar los caracteres en que
estaban escritos sus anales, en los que sólo se encuentran la palabra de
libertad, la de heroísmo y la de gloria. Ella protestó contra el silen­
cio de los hombres; manifestó que su existencia aún no había pasado
y que aún podía dar nuevo lustre con sus hechos a la dignidad hu­
mana; y como si la civilización que derramó en otro tiempo por la
tierra hubiera de presidir siempre a su destino, el primer impulso ha­
cia la independencia le recibió de una sociedad creada para extender
en ella los beneficios de la educación y de las luces, y el primer ins­
trumento de su gloriosa emancipación debía ser su mismo tirano.
Mientras que en el antiguo continente la libertad triunfaba de todos
los obstáculos que la opuso el obscurantismo, el nuevo mundo abra­
zaba su imagen con ardor y rompía las cadenas que le sujetaban a la
Europa, y con las que le habían ceñido sus bárbaros conquistadores.
La emancipación de los pueblos era completa, rápida y simultánea.
Así, las combinaciones de la diplomacia para asegurar la diadema en
la frente de los reyes y la argolla en la cerviz de los pueblos, lejos
de producir los resultados que esperaban sus autores, convirtieron en
humo las ventajas que de ellas se prometían 6.
Empero, si los soberanos de Europa no podían reprimir la explo­
sión del espíritu público que se manifestaba en todas partes, no por
Donoso participa aquí del prejuicio de muchos liberales de su época—entre ellos
su preceptor en liberalismo, Quintana—que seguían la Ilustración y la Enciclopedia
también en las peores interpretaciones de la consabida leyenda negra sobre la domi­
nación española en América. De ahí que vea con exultación la emancipación de las
naciones de aquella “virgen del mundo* América inocente” * como la llam ó el mismo
Quintana, Véase M e lc h o r F ernandez A l m a g r o , La emancipación de América y su
reflejo en la conciencia española (Madrid 1944V
242 Escritos de juventud (1834)
eso abandonaron los Gabinetes el campo de batalla a la merced del
vencedor, ni dejaron de seguir la línea de política, que habían co­
menzado a trazarse en el Congreso de Viena, que habían desenvuelto
en el tratado de París en 1815, en el de Aquisgrán en 1818, y que
debían completar en los demás congresos que el estado de Europa ha­
bía hecho necesarios.
Ya en 1819 la fermentación de los Estados alemanes, que exigían
el cumplimiento de promesas tan solemnemente hechas como fácil­
mente olvidadas, había llamado la atención de la Austria y de la Pru-
sia, que habían convocado un congreso en Carlsbad para discutir los
medios de atacar el mal en su origen. Conociendo que la unidad es
el elemento necesario de la fuerza, y la fuerza la condición necesaria
del poder, centralizaron la Alemania; el influjo de los Estados desapa­
reció ante la unidad poderosa de la Dieta, que sólo tuvo desde en­
tonces derecho para interpretar a su antojo el artículo 13 del pacto
federal, que les prometía las asambleas populares, y la facultad, más
terrible todavía, de hacerse obedecer por medio de la fuerza armada
en todos los Estados de la Confederación; y como su omnipotencia
no debía tener otros límites que los que la trazase la salud de los
tronos, se erigió a sí misma en tribunal supremo de censura; se re­
vistió del derecho de inspeccionar las universidades, de sorprender
en ellas el germen de opiniones peligrosas, y concedió a todos los Go­
biernos la facultad de ejercer una censura previa sobre los periódicos
que se escribiesen en sus Estados respectivos. Los tiranos tienen tam­
bién el instinto de su conservación, y para vivir persiguen a los seres
inteligentes en donde se reúnen o en donde se ejercitan. A tal punto
habían subido a la sazón las pretensiones de las grandes potencias,
que la Rusia rehusó acceder a lo resuelto en Carlsbad, a pesar de ser
tan favorable a los tronos, porque no había sido la obra exclusiva de
la Santa Alianza, única investida con el cetro del mundo y el go­
bierno de los pueblos. La hija salvaje del Norte, huésped en la civi­
lización moderna, enseñaba ya al Mediodía que un principio no debe
sacrificarse nunca a un resultado ventajoso, porque éste pasa y sólo
aquél no perece.
Las resoluciones de Carlsbad no debían ser sino los preliminares
del Congreso que se reunió en Viena para tratar de los asuntos de
Alemania; en él se resolvió que sólo la Dieta (es decir, la Prusia y la
Austria) interpretaría todas las dudas del pacto federal. Absurdo es­
pantoso que sujetaba a un poder nacido de aquel pacto el pacto mis­
mo que le había dado la existencia. La Dieta, que era la única reves­
tida con el poder de interpretar y decidir, era también la única que
tenía el derecho de encargar a un Estado de la Confederación el cum­
plimiento, por medio de la fuerza, de todas sus deliberaciones. El
legislador y el verdugo debían ser una misma persona. Así, el hacha
j Consideraciones sobre la diplomacia 243
estaba bajo la tutela de las leyes; pero los legisladores olvidaban que
las leyes estaban también cubiertas con la sangre de la víctima. En
cuanto al artículo 13 del mismo pacto federal, se decidió que las
Constituciones existentes no podrían variarse sino por medios consti­
tucionales; pero los que a su antojo podían decidir los principios,
¿no podrían juzgar también de la legalidad de los medios? Sin em­
bargo, ésta era una garantía de libertad que no podía existir sin nu­
merosas restricciones. Los plenipotenciarios reunidos declararon que
la soberanía debía permanecer íntegra en los príncipes, excepto en el
ejercicio de derechos determinados que en nada podrían perjudicar
sus deberes respecto a la Confederación; en fin, el derecho de censura
y espionaje concedido a los Gobiernos les aseguraba un porvenir exen­
to de tempestades que amenazaran su existencia.
Pero como el espíritu de libertad no había aparecido solamente
en Alemania, sino que se extendía triunfante por la Europa, era lle­
gado el tiempo para los Gabinetes de realizar sus teorías o de perecer
en tan deshecha borrasca. La necesidad de un nuevo congreso fue
evidente para todos los soberanos del Norte, que, reunidos en Trop-
pau para abrir las conferencias preliminares, decidieron en 13 de
octubre invitar al rey de las Dos Sicilias a que se reuniese con ellos
en Laybach, en donde debía verificarse el nuevo congreso, para juz­
gar su obra y examinar su conducta 7. La Historia no ofrece ejemplo
de un tribunal semejante; la filosofía buscará en vano en la región
de las ideas el tipo posible de esta creación absurda y monstruosa,
que en su repugnante desnudez ni aun se cubre con la más ligera
apariencia de la verdad o la justicia. El primer rayo de la diploma­
cia ha caído, y, lo que es más, ha caído sobre la sien ungida de
los reyes; ya no podía ser dudosa la suerte de los pueblos. Los tres
monarcas deciden “que así como la alianza que las convenciones
de 1814, 1815 y 1818 habían consolidado, había libertado al conti­
nente europeo de la tiranía militar, de la misma manera debía poner
un freno a la nueva dominación del levantamiento y del crimen y
que las potencias ejercen un derecho incontestable tomando de común
acuerdo medidas de seguridad contra los Estados en los cuales la
destrucción del Gobierno conducía al menoscabo de todas las Cons­
tituciones y de los Gobiernos legítimos”. La Francia, por un resto
de pudor, no se asoció a este crimen, que, sin embargo, dejó pasar
sin una protesta pública. La Gran Bretaña, más independiente en
sus movimientos y más ligada por los principios vitales de su
Constitución, protestó ante la faz de la Europa contra el nuevo De­
recho público sancionado por las potencias aliadas; pero mientras
que protestaba por medio de una circular dirigida a sus agentes en
’ La Europa de esta época ha sido calificada, con razón, como la Europa de los
Congresos; véase
V ic e n te P alacio A t a r d . Manual de historia universal t.4 (Madrid
1%0> p,105ss.
244 Escritos de juventud (1834)
las cortes extranjeras, animaba a la corte de Viena contra su deso­
lada víctima. Todos fueron conspiradores en aquel drama nefando;
todos recibirán la maldición de la Historia. Al fin, el rey de las
Dos Sicilias se presenta en Laybach; desde allí anuncia a su hijo
el duque de Calabria, regente del reino, que la guerra es inmi­
nente si no se destruye la Constitución, y poco después los en­
viados del Norte le aseguran que su augusto padre ha prometido
destruirla y que las potencias no le conceden la paz sino en cam­
bio de la violación de sus juramentos y permitiendo que un ejér­
cito de ocupación hollase las fronteras de un país que él gobernaba
para mantenerle libre y conservarle independiente. Las potencias
aliadas no tardaron en realizar sus proyectos, porque la amenaza
que pronunciaban sus labios era fiel intérprete del odio que se
abrigaba en su corazón, y la espada del bárbaro extranjero brilló
como una luz siniestra en la voluptuosa Capua y en la magnífica
Nápoies.
Mientras que el emperador de Austria tomaba a su cargo la des­
trucción de la libertad naciente en las Dos Sicilias, el autócrata de
todas las Rusias tomaba la iniciativa en los asuntos de España.
En este tiempo los reyes habían ya perdido el pudor que a veces
suele cubrir la fealdad del crimen y la vergüenza de la ignominia
con un velo dudoso cuando ya ha desaparecido la virtud. Hubo un
tiempo (y este tiempo no le habían visto pasar antiguas genera­
ciones) en que las dinastías que ocupaban los tronos de la Europa
hundían su frente en el polvo al levantarse la voz del hombre
nuevo que la Providencia había destinado a ser su azote y a fa­
bricar con sus manos colosales una generación viril sobre los es­
combros de una sociedad raquítica y degradada. La hora de la di­
solución del mundo antiguo sonó en todas las naciones, y sus ojos
le vieron desplomarse pieza a pieza. Como en el último período
del Imperio de Occidente, los restos de las artes que decoraban la
Italia fueron trofeos del vencedor, el jefe de la Iglesia ungía sus
sienes augustas, los pueblos se prosternaban a sus pies, y el here­
dero de los emperadores compraba el permiso de arrastrar en el
lodo una existencia imbécil cediéndole la mitad del lecho de su
hija. Entonces fue un espectáculo magnífico y maravilloso de ver
el levantamiento de la nación española, que, en nombre de la inde­
pendencia del mundo, sostenía al sol antiguo, que caminaba a su
ocaso, y oscurecía con su sombra al nuevo sol que inflamaba el
horizonte. Entonces todos los reyes aplaudieron a esta nación mag­
nánima; entonces sus hijos eran mirados con acatamiento por los
extranjeros, que, emancipados por sus manos, veían grabado en su
frente el sello del honor. Entonces el emperador de Rusia recono­
ció la legitimidad de la asamblea reunida en Cádiz y la Constitu-
j Consideraciones sobre la diplomacia 245
/
ción sancionada por ella. ¿Quién diría sino que el momento de la
reconciliación de los reyes con las instituciones era ya llegado,
puesto que reconocían su legitimidad y aceptaban su principio?
¡Vana ilusión! Cuando la victoria conseguida por los aliados cam­
bió las ásperas contiendas en una paz bonancible y dio treguas a
la zozobra de los reyes y a las fatigas de los pueblos, el mundo
vio con admiración que los primero», sin haber perdido nada, lo
habían ganado todo, y que los segundos, a precio de su sangre,
habían comprado una cadena.
El emperador de Rusia, que en 1812 había reconocido como le­
gítima la Constitución de Cádiz, en 1820 la consideraba ya como
la obra del crimen, que debía conducir a la nación española a la
desorganización y al caos, y proponía a las potencias aliadas que
declarasen de común acuerdo a la corte de Madrid que el recono­
cimiento del nuevo orden de cosas no podía verificarse sin que
las Cortes reprobasen a la faz del mundo los medios empleados
para cambiar la forma de gobierno; es decir, su legitimidad y el
principio mismo de su existencia. Así, un tirano extranjero conde­
naba a una nación independiente y libre al suicidio y a la igno­
minia o a una muerte segura en una contienda desigual y sin pe­
ligro como sin gloria para el que la provocaba. La Austria se opu­
so a esta declaración, no por amiga de nuestra libertad, sino por
temor de que la Francia aumentase en la Península su influencia,
siempre peligrosa para el Norte. La Inglaterra la desaprobó tam­
bién, porque su sistema no es vencer por medio de la victoria, sino
por medio de la desorganización, a los Estados a quienes asesta sus
tiros 8. La Francia establece en los Pirineos su cordón sanitario, y
da a los facciosos 9 todo el apoyo moral de una nación poderosa,
acostumbrada en otro tiempo a dar leyes al mundo y humillada
ahora hasta el extremo de conspirar contra una nación vecina.
Sin embargo, la Francia no podía nada contra nosotros sin el
apoyo de los reyes, porque no tenía una voluntad propia e inde­
pendiente, que es la que constituye la individualidad moral de las
naciones; ella estaba pronta a herir a su víctima señalada; pero ne­
cesitaba una señal de aprobación de Petersburgo o de Viena; esta
señal de muerte no podía hacerse esperar largo tiempo, y debía
darse en Verona, en donde un nuevo congreso se reunía para de­
clarar fuera de la ley a esta nación sin ventura.
Villéle dirigía a la sazón en Francia las riendas del Gobierno.
Un filósofo podría deducir el estado de abatimiento a que aquella
nación había llegado del carácter personal del hombre que for-
* Donoso verá siempre la política internacional inglesa como un interés en mantener
desunidos a los pueblos del continente para dominarles y constituirse en árbitro de sus
disensiones.
0 A los carlistas.
246 Escritos de juventud (1834)
maba su destino. Su alma de lodo jamás pudo elevarse a un pen­
samiento sublime ni a una síntesis fecunda. La sociedad para él
era un gran establecimiento industrial, los hombres, en su sistema,
eran las máquinas que le movían; el legislador, un empresario ocu­
pado en calcular la pérdida y la ganancia, y la oscilación de la
Bolsa, el faro polar que iluminaba su carrera. Hábil, porque la
habilidad es el patrimonio de todos los que la buscan; desprecia-
dor del genio, porque le ofuscaba en su pequeñez y le creía esté­
ril, no tenía más medios para gobernar una gran nación que la
destreza. El creía verlo todo, y con su vista miope no alcanzaba
a divisar la gran sombra de la revolución que se dibujaba ya en
el porvenir, y que debía envolver en una noche eterna un trono
minado y una dinastía perjura, que él creía sostener en sus hom­
bros de pigmeo. Su nombre, sin embargo, se salvará del olvido por­
que está asociado a una catástrofe terrible.
Con respecto a España, su sistema era pedir el permiso para
invadirla a las potencias del Norte, y parecer, sin embargo, inde­
pendiente, posición difícil que él mismo se creaba para luchar con
una dificultad y vencerla, si no con la fuerza de un gigante, por
medio de la intriga de un eunuco. El vizconde de Montmorency
fue el encargado de cumplir sus intenciones en el Congreso de Ve-
rona; pero no era éste el hombre que debía penetrar sus tortuo­
sas miras ni llevar a cabo comisión tan delicada. Metternich, que
no tardó en comprenderla y que dirigía el Congreso, le ofreció
la cooperación de los aliados cuando Villéle sólo pedía su permiso.
Montmorency dejó entonces la silla, y Chateaubriand le sucedió en
el Ministerio.
Entre tanto, las tres potencias del Norte, decididas a no aban­
donar a la Francia sola esta nación moribunda, se apresuraron a
declarar a la corte de Madrid que su amistad y la Constitución
eran incompatibles, y que sólo restableciendo al rey en la plenitud
de sus derechos podría conquistar su gracia y anudar sus relacio­
nes. Villéle, siguiendo su sistema, mientras que aplaudía en secreto
a la tempestad que se formaba en el Norte, se negó a asociarse
a esta determinación, que colocaba a la Francia en segundo tér­
mino del cuadro y que reducía a la nulidad su independencia po­
lítica, haciéndola aparecer como instrumento de la voluntad ajena.
Villéle continuó su sistema hasta el resultado final de sus combi­
naciones; así, lo ridículo y lo extravagante debían unirse a lo
horrible con un lazo monstruoso en esta obra de maldición, en
que sólo la víctima representaba a la inocencia y podía clavar sin
rubor los ojos en el cielo. Las potencias aliadas retiraron de Ma­
drid a sus embajadores, y la Francia, para que no se creyera un
instrumento colocado en la mano de los reyes, no retiró el suyo
/ Consideraciones sobre la diplomacia 247
/
sino después', para ser vista de la Europa, que no reconoció en
ella sino a un seide del fanatismo afilando el puñal y apareján­
dose para perpetrar el crimen. La hora de su perpetración había
llegado, y el augusto monarca que ceñía una corona condenada
ya por el destino anunció a los pares y a los diputados del reino
que “cien mil franceses, mandados por un príncipe de su familia,
estaban prontos a marchar, invocando al Dios de San Luis, para
conservar el trono de España a un nieto de Enrique IV”. En vano
Foy, Royer-Collard y Manuel elevaron una voz elocuentemente lú­
gubre, présaga del huracán que ya bramaba a lo lejos; en vano
rechazaron con una indignación sublime esa guerra sacrilega, es­
cándalo de la civilización y afrenta de la Francia, en que una
derrota debía cubrirla de oprobio, y una victoria, de ignominia;
sus palabras fueron dadas al viento, porque cuando Dios quiere
castigar a los reyes los embriaga y cuando quiere aniquilarlos los
ciega; todos los caminos los conducen entonces a la muerte.
Los cien mil hijos de San Luis pasan el Bidasoa; la traición
siembra de flores su camino, ya que la Providencia, negándoles la
lucha que hace glorioso el vencimiento, no quiso que la victoria,
cómplice de su crimen, los ciñese con laureles. Entre tanto, el Con­
greso nacional, que todo lo veía perdido menos el honor, caminó
tristemente hacia la ciudad famosa que había sido la cuna y que
iba a ser el sepulcro de la libertad de España. Sólo Cádiz podía
servirla de tumba, porque sólo allí no debía ser insultada su me­
moria por los vándalos que recogieron su herencia, y sólo allí po­
día reclinar su frente al abrigo de sus gloriosos recuerdos 10. Los pa­
dres de la Patria, en aquella crisis terrible, no dejaron de cumplir
ni un solo instante con sus más sagrados deberes, y sólo dejaron
sus sillas para ennoblecerse con la proscripción, vigorizarse con el
infortunio y santificar con su presencia las cárceles manchadas an­
tes con el crimen*.
a La Constitución de Cádiz es un problema que está todavía por re­
solver, si se atiende a la diversidad de pareceres de que es objeto y a las
pasiones que aún concita. Debe ocupar, ciertamente, un rango distinguido
entre las instituciones humanas la que es suficientemente poderosa para
excitar, cuando ya no existe, tantas esperanzas, aunque sean quiméricas, y
tantos temores, aunque aparezcan infundados, porque sólo las ideas gran­
des y generosas pueden dominar las masas, ora obedezcan a su dirección
o ya resistan a su impulso. Pero las reacciones políticas, que todo lo secan,
que conducen a las sociedades a un seguro naufragio y que cubren siem­
pre a la verdad con un velo que la desfigura y la empaña, han impedido
10 Los cien mil hijos de San Luis, mandados por el duque de Angulema, entraron
en España el 7 de abril de 1823. No encontraron casi ninguna resistencia del pueblo
Mué pocos años antes luchara sin tregua ni cuartel contra los franceses de Napoleón.
Fs un indicio claro de que el pueblo estaba incondicionalmente al lado de su rey,
:i pesar de ser Fernando VII. Los franceses de 1808 venían a destronarle, los de 1823
restituirle su poder absoluto. El Gobierno constitucional se refugió en Cádiz, único
punto donde los franceses tuvieron que luchar.
248 Escrit