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La Segunda Guerra Mundial y el Nuevo Orden Económico

El inicio del conflicto bélico, en septiembre de 1939, puso en evidencia la


vulnerabilidad de las economías latinoamericanas, como ya lo habían hecho la Primera
Guerra y la crisis de 1929. Dependientes del comercio exterior, la nueva guerra
desorganizó o cerró los mercados europeos y asiáticos para sus exportaciones, tanto los
tradicionales –como Gran Bretaña- como los más recientes –Alemania, Italia y Japón.

La pérdida que sufrieron en términos de ingresos nacionales no fue compensada


totalmente hasta el final de la guerra, aunque surgió una alternativa comercial y
financiera inesperada: Estados Unidos, con el propósito de asegurarse la solidaridad y
las fuentes de materias primas estratégicas de la región para su posible intervención en
el conflicto, aumentó sus cuotas de importación de productos latinoamericanos y
restableció una corriente de crédito a los países del subcontinente, a través de
instituciones estatales (Export-Import Bank y el Acta de Préstamos y Arriendos). A esta
nueva, y provisoria, etapa del intercambio continental se le denominó “sistema de
cooperación económica interamericana”.1

A este sistema se le sumó, desde 1941, una forma de intercambio comercial


inédito entre los países latinoamericanos. En esa fecha Estados Unidos comenzó sus
operaciones militares contra el Eje y, en la medida que su industria se volcaba a la
producción bélica, descuidó las exportaciones de manufacturas. El vacío que esto
produjo en el mercado regional fue aprovechado por aquellos países que habían
desarrollado una industrialización básica de materias primas, surgiendo un intercambio
que evitaría el colapso de las exportaciones.

A la hora del balance, la nueva dinámica económica tuvo resultados ambiguos:


por un lado, aumentaron rápidamente el valor de las exportaciones, impulsado por la
sobrevaluación del dólar y de los precios fijados en esta moneda, y la producción
industrial, que reaccionó a estímulos como la contracción de las importaciones, el apoyo
estatal y la demanda intralatinoamericana; pero, por otro lado, también se incrementaron
las importaciones valuadas en dólares, el costo de la vida y la inflación.

1
Bulmer-Thomas, Víctor. La historia económica de América Latina desde la Independencia. FCE,
México, 1988. Caps. VIII
Esta última era todavía un fenómeno nuevo en los años cuarenta, respecto al cual
no había prácticas individuales de resistencia o adaptación, pero que despertó inquietud
entre los asalariados. A esta sensación se sumaría la insatisfacción, por cuanto las
promesas que los gobiernos habían hecho de retribuir con mejoras en la distribución del
ingreso el sacrificio de las demandas salariales como contribución a la economía de
guerra no parecían realizables a corto plazo.

Los dilemas de la posguerra

El final de la Segunda Guerra trajo consigo un aparente retorno al orden


económico de preguerra. Estados Unidos anunció, en la Conferencia Interamericana de
Chapultepec (México, 1945) que volvería a confiar en el libre comercio, lo que se
tradujo en dos medidas claves: la cancelación de todos los acuerdos comerciales
establecidos durante la guerra y el retorno al financiamiento por vías privadas.2

Este cambio de orientación, aunque previsible, desilusionó a los países


latinoamericanos que habían creído en una prolongación de las preferencias comerciales
durante la posguerra. Pero no sólo se cerraba el mercado norteamericano, además
retornaron las manufacturas del mismo origen a competir por el mercado centro y
sudamericano y el resultado era previsible: las exportaciones intralatinoamericanas
tenían una calidad inferior y precios más altos, debido a la sobrevaluación de las
monedas de sus países de origen.

Sin embargo, la contracción de este nuevo mercado fue compensada por la lenta
pero irreversible recuperación de uno tradicional: la demanda europea fue restablecida a
medida que se implementaba la ayuda económica norteamericana, conocida como Plan
Marshall (1948)3 Esto favoreció al comercio exterior y la balanza de pagos de los países
de América Latina, en particular a los exportadores de minerales y de café, por cuanto el
valor de las exportaciones aumentaba más rápidamente que el de las importaciones,
mejorando los términos del intercambio y la disponibilidad de divisas.

2
Bulmer-Thomas, V., ob.cit.
3
El Plan Marshall fue una de las primeras acciones de la estrategia de contención del comunismo en
Europa, adoptada por la administración Truman en el conflicto entre Estados Unidos y la Unión
Soviética, que conocemos como Guerra Fría.
Los gobiernos debieron enfrentar un primer dilema: ¿cómo gastar las divisas,
que ahora abundaban? Más allá de las diferentes opciones que se discutieron, las
divisas comenzaron a destinarse al pago de importaciones, que aumentaron un 75% en
volumen y un 170% en valor entre 1945 y 1948. Entonces, ante la rápida salida de
divisas se planteó otro dilema: ¿deberían restringirse las importaciones?

La respuesta fue afirmativa aunque no homogénea: los grandes países del Cono
Sur, como Argentina, Brasil y Chile, adoptaron cabalmente la restricción y la
industrialización por sustitución de importaciones (ISI), pero México y Colombia
prefirieron combinarla con la tradicional exportación de bienes primarios, mientras que
los países más pequeños (muchos entrarían en la calificación de “no reactivos”) no
abandonaron el esquema de crecimiento “hacia afuera”.

A diferencia de la década de 1930, en la segunda posguerra la industrialización


por sustitución de importaciones (ISI) fue resultado de un debate político, un
diagnóstico más realista del contexto internacional y cierto desarrollo teórico, al cual
contribuyeron los economistas de la CEPAL. Ahora se trataba de un modelo económico.
Asimismo, la base industrial previa era una condición necesaria y los grandes países
habían alcanzado, a principios de la década de 1950, un grado de desarrollo que
comenzaba a superar la etapa “fácil” de la industrialización (en la que se sustituían solo
bienes de consumo).

En los años treinta, el crecimiento de la industria había sido el más


impresionante de todos los sectores: las tasas variaron del 3% anual al 8%, entre 1929 y
1939, superando a Estados Unidos que no creció. 4 Visto en detalle, las ramas que se
expandieron más rápidamente eran las sustitutivas de importaciones: textiles, refinación
de petróleo, partes de automóvil, productos farmacéuticos, aceites vegetales, productos
químicos y cemento. Esta fase de la industrialización fue más intensiva en mano de obra
que en capital, por ejemplo en la ciudad de San Pablo el empleo industrial aumentó a
una tasa anual del 11% entre 1930 y 1937.
Durante la Segunda Guerra, como ya dijimos, la producción industrial pudo
incrementarse rápidamente debido a factores como: la contracción de las importaciones,

4
Díaz Alejandro, C., “América Latina en los años treinta”, en Thorp, Rosemary. (comp.) América Latina
en los años treinta. El papel de la periferia en la crisis mundial. FCE, México, 1988 p. 57
la ayuda técnica suministrado por Estados Unidos y el intercambio entre países de la
región e, incluso, con Sudáfrica y el mercado norteamericano. 5 En este período se
avanzó a una nueva etapa de industrialización, que saltaba de la producción de bienes de
consumo a la de bienes intermedios y, en algunos casos puntuales, de capital. Los
nuevos productos, como acero, cemento, químicos básicos, gasolina, plásticos, rayón y
maquinaria, estaban destinados a los sectores productivos y al Estado, en lugar de los
consumidores individuales que eran propios de la etapa “fácil”.

Sin embargo, a comienzos de la década de 1950 no existía un esquema racional


de protección al sector. En este tuvieron prioridad, luego de presiones del Fondo
Monetario Internacional, los instrumentos ortodoxos como los gravámenes aduanales,
que apuntaron a incrementar los precios internacionales respecto de los nacionales. Para
los productores locales, éstos no sólo fueron útiles para volcar a su favor la competencia
con los bienes extranjeros, sino también porque incrementaron el valor agregado por
unidad de producción –resultado del encarecimiento de los insumos importados- y les
permitieron justificar los altos precios de sus productos. La primera es definida como
una tasa nominal de protección y la segunda como una tasa efectiva. 6

Como consecuencia de una protección más racional y de la combinación de


inversiones públicas y privadas, nacionales y extranjeras, el sector manufacturero se
amplió durante la década de 1950 alcanzando sus primeros éxitos: cayó el volumen de
las importaciones, el producto interior bruto (PBI) creció a una tasa anual promedio del
5,3%, mientras que las manufacturas lo hicieron a una tasa superior a la del PBI y su
participación en el mismo llegó a niveles similares a los de los países desarrollados. 7 No
obstante, el crecimiento basado en la sustitución de importaciones presentó una serie de
problemas ya en los años cincuenta, sobretodo su repercusión negativa en la balanza de
pagos y en la inflación. En cierto modo, su incapacidad para proveer divisas y su
carácter intensivo en importaciones estrecharon la dependencia de los préstamos
externos, que ya había creado la necesidad crónica de financiamiento para la
acumulación de capital.

5
Bulmer-Thomas, V., ob.cit.
6
Bulmer-Thomas, V., ibídem.
7
Bulmer-Thomas, V., ídem; French-Davis, Ricardo, Muñoz, Oscar y Palma, Gabriel, “Las economías
latinoamericanas, 1950-1990”, en Bethell, L. (ed.), ob.cit., tomo 11, capítulo 3, pág. 83
Te proponemos que profundices el análisis el impacto de la guerra en América Latina y
lo completes con la construcción del Nuevo Orden Económico leyendo el capítulo VIII
de Bulmer - Thomas, siguiendo la Guía de Lectura.

Bibliografía obligatoria:

Bulmer-Thomas, Victor. La historia económica de América Latina desde la


Independencia. FCE, México, 1988. Caps. VIII y IX