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Unidad III
América Latina y la Guerra Fría.
El frente anticomunista: la OEA y el TIAR. La primavera democrática.

La Segunda Guerra Mundial fue un acontecimiento importante para


Latinoamérica, no solo porque trastornó de tal forma el modelo económico basado en
las exportaciones tradicionales que éste fue reemplazado por el modelo del crecimiento
hacia adentro, sino también porque decidió a los países de la región a abandonar su
actitud neutral, o al menos reticente frente a los conflictos mundiales, adoptando en
cambio una posición comprometida en el siguiente, la Guerra Fría.
Dichos países fueron empujados al compromiso por la influencia decisiva de los
Estados Unidos, cuya política exterior también había sido transformada dramáticamente
por la Segunda Guerra Mundial, pasando de la prescindencia o aislacionismo respecto a
las cuestiones internacionales –adoptada luego de la Primera Guerra- a la intervención
directa y permanente en las mismas.
Como efecto de la Segunda Guerra Mundial, las antiguas potencias europeas
habían perdido su poder e influencia en la política internacional, creándose así un
peligroso vacío que Estados Unidos tendería a ocupar –asumiendo la posición de
liderazgo económico y militar que el resultado de la guerra le había conferido.
Washington se propuso impulsar la reconstrucción económica y política de Europa, así
como la creación de un nuevo organismo que regulara las relaciones internacionales.
Resultado de ello la Unión Soviética, el otro triunfador en la contienda, comenzaría a
percibir la intervención norteamericana como una potencial amenaza a su seguridad
nacional y, como si fuera una trágica comedia de enredos, su ex aliado interpretó sus
reacciones defensivas (crear una “tierra de nadie” en el este de Alemania y un espacio
político y militar amistoso en los países que había ocupado el Ejército Rojo) como una
expansión estratégica del comunismo ni la destrucción del capitalismo. (Gaddis, 1989)
Se inició así una nueva competencia de naturaleza económica, política, militar e
ideológica en la que, a diferencia de la recientemente finalizada, no habría un
enfrentamiento armado directo entre los contrincantes principales. No obstante, el
mundo se dividió en dos bloques igualmente opuestos (aunque hubo algunos países que
mantuvieron una “tercera posición” o una posición de “no alineados”) y permanecería
inmerso en la denominada “guerra fría” hasta la disolución de la Unión Soviética y su
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alianza política y militar con países del este de Europa, a comienzos de la década de
1990.
América Latina no pudo mantenerse al margen del nuevo conflicto, no sólo
porque Estados Unidos puso las relaciones interamericanas al servicio de su estrategia
de contención del comunismo internacional, sino también porque las elites
latinoamericanas creyeron percibir en la política exterior soviética una amenaza a su
poder e influencia.
Así el propósito norteamericano de crear un frente regional anticomunista se
puso de manifiesto con la constitución, en 1948, de la Organización de Estados
Americanos. En los fundamentos jurídicos de este pacto interamericano, el principio de
no intervención en los asuntos internos de los países miembros, sobre el cual se había
basado la resistencia de los países del Cono Sur al alineamiento exigido por Washington
en el pasado, quedó neutralizado por la inclusión del principio de defensa colectiva
contra agresiones externas, que aludía explícitamente a una supuesta amenaza soviética
sobre la región, que podría ser militar, política, económica o cultural.
Esta transformación de las relaciones interamericanas, en las que sería cada vez
más evidente la intervención norteamericana en los asuntos internos de otros países en
función de defender a éstos y a su propio territorio de una agresión , tuvo su prueba de
fuego en los incidentes de Guatemala y Cuba, en 1954 y 1961- 62, respectivamente.
Pero antes de tratar este tema, al que le dedicaremos otra clase, haremos referencia al
cambio en la política exterior norteamericana y a la creación del frente anticomunista
latinoamericano.

De la política del “buen vecino” a la Doctrina Truman


La Segunda Guerra Mundial revolucionó la política exterior de los Estados
Unidos, pasando en un breve período de seis años (1941-1946) del aislacionismo al
compromiso de reformar el sistema que regía los vínculos internacionales. Si bien
Franklin D. Roosevelt era consciente, al asumir la presidencia en 1933, que la expansión
del fascismo en Europa podía llevar al colapso del orden internacional de posguerra, fue
forzado a concentrarse en los asuntos internos de su país por la mayoritaria opinión
aislacionista y pacifista de la sociedad norteamericana. (Morison, 1999)
Roosevelt, obrando en consecuencia, adoptó una actitud de prescindencia en las
cuestiones internacionales, que traería ciertos beneficios para Latinoamérica. En virtud
de la llamada política del “buen vecino”, la presencia norteamericana se hizo menos
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notoria, como lo indican el retiro de los marines de Nicaragua, la tolerancia hacia las
relaciones bilaterales de Brasil con la Alemania nazi y la moderación respecto a la
nacionalización de las empresas petroleras norteamericanas radicadas en México.
Finalmente ingresaría en la Segunda Guerra Mundial obligado por el ataque japonés y la
declaración de guerra alemana en 1941.
Victorioso en la misma, Estados Unidos adoptó lineamientos de política exterior
que se diferenciaban de los anteriores: desarmaría a Alemania sin imponerle
reparaciones agobiantes (como lo había hecho el Tratado de Versalles en 1918),
garantizaría que todos los países eligieran su futuro sin condicionamientos, revitalizaría
el comercio mundial y reemplazaría a la Liga de las Naciones, creada luego de la
Primera Guerra, por una organización más efectiva: las Naciones Unidas.
No obstante, la realización de esos objetivos estaba en ruta de colisión con los
intereses de la Unión Soviética, el otro gran triunfador de la guerra, para quien la
reconstrucción alemana y la autodeterminación de los países de Europa oriental
contradecían los principios de su política de seguridad nacional, que se basaban en la
debilidad de Alemania y en la construcción de “esferas de influencia” en el este
europeo, es decir una barrera de países con regímenes leales a Moscú.
Harry Truman, el presidente norteamericano que sucedió a Roosevelt -muerto en
1945- interpretó que la política soviética no tenía un carácter limitado y defensivo
-como hoy afirman los historiadores- sino que expresaba la intención de difundir
agresivamente el comunismo por todo el mundo. En función de esa hipótesis optó por
imponerle la “pax americana”, es decir la política “de contención” o “de paciencia con
firmeza”, manifestando cierta “ilusión de omnipotencia” basada en la posesión de la
bomba atómica. La primera oportunidad de aplicar dicha política se presentó a raíz de
los incidentes de Turquía y Grecia, en 1946, en los cuales Estados Unidos reaccionó
movilizando una flota de guerra y apoyando económica y militarmente a Grecia.
Si bien la Unión Soviética desistió de presentar batalla en el Mediterráneo,
Truman advirtió que la contención solo podría ser efectiva en el futuro mientras el poder
militar norteamericano tuviera un efecto persuasivo. Truman solicitó al Congreso que
aprobara la asistencia a Turquía, el 12 de marzo de 1947, en un discurso que exageraba
la amenaza soviética sobre la seguridad interna de Estados Unidos, que debía
defenderse lejos de sus fronteras. En esa oportunidad planteó el corolario de lo que
pasaría a llamarse la “Doctrina Truman”:
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“…Estoy convencido de que la política de los Estados Unidos debe ser la de apoyar a los pueblos
libres que luchen contra el yugo que se pretende imponerles mediante la acción de minorías
armadas o por presiones exteriores”.1

Esta dramática forma de presentar la política exterior actuó como una “terapia de
choque” sobre el Congreso y la opinión pública, convenciendo a los más reticentes de
que debían asumir la carga del liderazgo internacional de su nación. Lo cual se tradujo
en la aprobación de un programa de ayuda para la reconstrucción de Europa, el
conocido Plan Marshall (1948), y el ingreso en una nueva guerra en Corea (1950-53)
Con las presidencias de Dwight Eisenhower (1953-1960), que marcaron el regreso
del Partido Republicano al poder después de veinte años, la política de “contención al
comunismo” continuó siendo el eje de la política exterior. No obstante, hubo algunos
cambios de importancia de los que surgió un renovado concepto estratégico, conocido
como New Look:
 La nueva administración abandonó la prioridad que Truman asignaba a Europa y se
propuso intervenir en cualquier lugar donde estuviera amenazado el equilibrio de
poder.
 Eisenhower creía que los medios disponibles eran limitados, por cuanto un
prolongado período de aumento presupuestario o controles económicos podría
debilitar las instituciones norteamericanas básicas –libertad de elección individual,
gobierno democrático y empresa privada; de modo que la política de seguridad
nacional conjugaba la seguridad propiamente dicha, con la vitalidad de los valores e
instituciones fundamentales. (Gaddis, 1990)
 A pesar de ello, la iniciativa frente al comunismo podía recuperarse a través de la
“disuasión del poder de represalia masivo”, que consistía en la amenaza persuasiva
de una reacción contundente y diversa a cualquier ataque del adversario. El uso
masivo de las armas nucleares era un recurso clave, también se consideraban
importantes las alianzas, la guerras psicológicas, las acciones encubiertas y las
negociaciones.
 Pensando que la ideología era determinante de la política soviética, mientras que el
gobierno anterior la había visto como un instrumento, las intenciones más que las
capacidades se volvieron el centro de atención. Por lo tanto se atribuyó a los rusos
una extraordinaria visión estratégica y gran flexibilidad táctica, tendiendo a percibir
su acción subversiva en cualquier incidente a lo largo del mundo.

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Citado por Gaddis, p. 401
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 Enfatizar que la difusión mundial del comunismo era el motor de la agresión rusa
permitió mantener los gastos en defensa, las alianzas con otros países occidentales y
el apoyo de la opinión pública norteamericana, en la cual predominaba el
“macartismo”. Así, medios y fines se habían invertido, por cuanto la contención de
la amenaza soviética como fin último se había convertido en medio para prolongar
la política de contención.

La “contención del comunismo” en Latinoamérica


La nueva política exterior norteamericana, en sus versiones de la Doctrina
Truman y el New Look, afectó inmediatamente a Latinoamérica a través de dos vías: las
relaciones diplomáticas interamericanas y la intervención, más o menos encubierta, de
Estados Unidos en los asuntos internos de los países de la región. En esta clase nos
referiremos a la primera de ellas, que consistió en la firma del Tratado Interamericano
de Asistencia Recíproca (TIAR) y en la creación de la Organización de los Estados
Americanos (OEA)
El TIAR era un mecanismo acordado de defensa militar conjunta, que entraría en
funcionamiento en caso de agresión directa contra el territorio de uno de los países
firmantes, tuviera aquélla origen extra o intracontinental. (Boersner, 1996) Su creación
había sido discutida en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, cuando se
reunió la Conferencia Interamericana en Chapultepec, México (febrero de 1945).
Irónicamente, quienes participaron de la misma creían que serviría de garantía contra
eventuales ataques de sus vecinos o, incluso, del mismo Estados Unidos, como había
sido común antes de la “política del buen vecino”.
Sin embargo, en el momento de la firma del tratado, durante la Conferencia
Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad Continentales (agosto-
septiembre, 1947) la administración Truman ya había logrado suficiente consenso
interno para su “política de contención” y pretendía que el tratado sirviera para cerrar un
frente militar contra eventuales agresiones soviéticas. El TIAR era visto por Washington
como un apéndice de sus esfuerzos por fortificar Europa, como lo demuestra su
propuesta de que tuviera efecto también si una base de su país fuera del continente era
atacada, lo que fue rechazado por sus aliados sudamericanos.
La OEA, por su lado, surgió como pacto político regional en 1948, sustentado en
los principios jurídicos de no intervención, igualdad jurídica de los estados, arreglo
pacífico de las diferencias y defensa colectiva contra agresiones externas, que fueron
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establecidas en la IX Conferencia Internacional Americana de Bogotá reunida ese año.


La creación de este organismo multilateral, que tenía como propósito regular las
relaciones interamericanas, se concretó luego de un proceso lento, intrincado y ambiguo
que tuvo su origen en las últimas décadas del siglo XIX. Durante el mismo, Estados
Unidos y los países latinoamericanos se manifestaron a veces interesados y otras
remisos, según las circunstancias. Ahora uno y otros tenían propósitos bien definidos:
por un lado, imponer la imagen de que Washington intervenía al sur del río Bravo sólo
para “iluminar y emancipar al ignorante y al esclavo” –parafraseando a John Adams-
autoimagen destinada a disimular y volver aceptable la dominación, y por otro lado,
establecer un orden legal entre las Américas que oficiara como alternativa a la
intervención directa que era habitual para el país del norte, por el otro. (Halperin
Donghi, 1985)
Para la época de la conferencia de Bogotá, en 1948, el equilibrio regional
favorecía sensiblemente a Washington, que a partir de su ingreso a la Segunda Guerra
había establecido firmes relaciones bilaterales con la mayoría de los países
latinoamericanos. Por lo tanto logró introducir en el acta final de la misma una explícita
condena a la injerencia del comunismo internacional en el continente. Y, lo que es más
importante, consiguió neutralizar o al menos obstaculizar el principio de no
intervención, que había sido la llave maestra de los países del Cono Sur (Argentina,
Brasil y Chile) para oponerse en el pasado al alineamiento exigido por Estados Unidos,
mediante la inclusión en la Carta de la OEA del principio de la defensa colectiva contra
agresiones. Es significativo de ello que la definición de agresión fuera extremadamente
vaga y no se limitaba a los ataques militares, y que el mecanismo defensivo pudiera
activarse con la simple “amenaza a la paz”.

De la “primavera” democrática y reformista al otoño autoritario y conservador


(1946 – 1954)
Al final de la Segunda Guerra Mundial, Latinoamérica estaba inmersa en un
clima de optimismo y expectativas favorables, creadas por el inicio de procesos
democráticos en algunos países y la consolidación de los mismos en otros, así como por
lo que parecía la realización de fuertes esperanzas de reformas sociales. Sin embargo,
muy pronto se abrieron dos líneas de fractura en las sociedades de la región, por un lado
el conflicto entre los sectores industrialistas – estatistas y los tradicionales productores -
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exportadores de materias primas, y por otro lado el enfrentamiento entre partidos y


sindicatos comunistas con gobiernos y sectores anticomunistas. (Pettiná, 2018)
A partir de la conferencia interamericana de Chapultepec (México) de 1945,
quedó en evidencia que Estados Unidos abandonaba su política de cooperación con
Latinoamérica, que había sostenido durante la guerra, incluso alentando proyectos de
industrialización con fuerte presencia del Estado, por otra política que implicaba
restaurar su apoyo a los productores y exportadores de alimentos y minerales. Estos
sectores representaban posiciones políticas contrarias a las reformas democráticas, lo
cual significaba un obstáculo al proceso de cambio democrático que parecía abrirse al
final de la guerra y generaría un ciclo de inestabilidad política.
A partir de 1947 y en el marco de la Doctrina Truman, muchos gobiernos de la
región adoptaron medidas represivas contra los partidos y los sindicatos comunistas, que
habían sido sus aliados durante la última guerra. Por una parte ese cambio estaba
motivado por posiciones políticas de larga data, pero por otra parte se explica por el
aumento exponencial de las presiones estadounidenses para que los dirigentes políticos
comunistas fueran ilegalizados y para que los líderes sindicales comunistas, con una
influencia significativa en la región, fueran purgados de las centrales de trabajadores.
Entre 1948 y 1954, se produjo en América Latina un gradual retroceso de la
democratización política y social vivida por el continente entre 1944 y 1946. Los
regímenes autoritarios estaban en pleno auge y las políticas de reforma social fueron
interrumpidas bruscamente.
Esta situación se pondría de manifiesto en el “incidente” de Guatemala de 1954.
La aplicación por el gobierno de Jacobo Arbenz, electo en 1950, de una reforma agraria
que afectaría tierras de la United Fruit Company, propiedad de capitales
norteamericanas, y su tolerancia a las actividades del Partido Guatemalteco del Trabajo
(de orientación comunista), fueron interpretadas por Eisenhower como una penetración
del comunismo internacional en Guatemala. (Gaddis, 1990) La OEA emitió, a pedido de
Washington, una resolución autorizando una acción defensiva contra una supuesta
infiltración comunista en Guatemala, y con ello legitimó la intervención de una
coalición de países, encabezada por Estados Unidos, contra el gobierno de Arbenz. Este
fue derrocado, sus reformas abolidas rápidamente y los militantes comunistas
represaliados
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Bibliografía obligatoria:

Pettiná, Vanni. Historia Mínima de la Guerra Fría en América Latina. Colegio de


México, 2018.

Bibliografía complementaria:

Adams, W. (comp.) Los Estados Unidos de América. Siglo XXI, México, 1984.
Capítulo 7

Boersner, Demetrio. Relaciones Internacionales de América Latina. Breve Historia.


Nueva Sociedad, Caracas, 1996.

Halperin Donghi, T. Historia Contemporánea de América Latina. Alianza Ed., Madrid.


Cap. VI

Gaddis, John Lewis. Estados Unidos y los orígenes de la Guerra Fría, 1941-1947.
Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1989. Conclusiones.

Gaddis, J.L. Estrategias de la contención. Una evaluación crítica de la política de


seguridad norteamericana de posguerra. GEL, Buenos Aires, 1990. Cap. V

Morison, Samuel y otros. Breve Historia de los Estados Unidos. FCE, México, 1999