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Bruno Rizzi

LA BUROCRATIZACIÓN
DEL MUNDO
Prefacio de Salvador Giner
Postfacio de Juan-Ramón Capella

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Ediciones Península®
Traducido de la versión italiana editada en 1977 por Sugarco
Edizíoni bajo el título de II Colleiíivismo burocrático.
© Sugarco Edizíoni Srl., Milano, 1977.
Traducción de Juan-Ramón Capaila.

Cubierta de Loni Gees! y Tone Hoverstad.


Primera edición: mavo
te* de 1980.
Derechos exclusivos de esta edición (incluidos la traducción
y el diseño de Ja cubierta): Edicions 62 sja., Provenza 278,
Baicelona-S.
Impreso en Márquez S.A. Ind. Grál'., I. iglesias 26, Badalona.
Depósito legal: B. 16.354-1980.
ISBN: 84-297-1593-2
I. Naturaleza del estado soviético

A últimos de octubre de 1917 según el calendario ruso,


un acontecimiento político de enorme alcance se inscribía
con caracteres indelebles en el libro de la historia. El pro­
letariado de Pctcrshurgo y de Moscú se apoderaba del po­
der político guiado por el partido bolchevique. En aquel
gran acontecimiento histórico se agigantaron dos dirigen­
tes: Lcnin, el incomparable maestro del movimiento revo­
lucionario, y Trotslcy, el alma y el genio de la insurrección
proletaria.
El mundo enfurecido se detuvo un instante en su sal­
vaje obra de destrucción. Dirigió una mirada atónita e
incrédula hacia las infinitas llanuras de Rusia. Sobre las
blancas nieves lucía una bandera roja ornada con el mar­
tillo y la hoz. Tras un instante de perplejidad, los hom­
bres en lucha volvieron una vez más a mirarse frente a
frente, como diciendo «luego veremos», y reanudaron su
guerra de aniquilación.
Un soplo de esperanza se alzaba entretanto entre las
masas empobrecidas y diezmadas. En medio de tanto ho­
rror y de tanto oscurantismo, para ellas había brillado
una altísima luz. «T.a luz viene de Oriente»: tal era la
consigna que corría de boca en boca. Y por segunda vez en
la historia, la abandonada masa de los explotados levan­
tó la cabeza del trabajo rutinario para escrutar el hori­
zonte. olisqueó el viento como un animal de presa que
sale de su guarida, y le pareció que se trataba de un buen
viento, que había llegado el momento favorable. Ciento
cuarenta años antes esta masa había sido despertada por
los disparos de Valmv y hasta los montañeses habían sa­
lido de sus valles remotos provistos de picas y de hachas.
Unidos al desembocar en la llanura, vieron alzarse a lo
lejos pequeñas nubecillas blancas y una lluvia de hierro

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se abatí# sobre sus tilas: eran recibidos por los cañones
de la burguesía. Los montañeses se habían equivocado;
dieron media vuelta y volvieron a los valles de los que ha­
bían salido con una esperanza secular reverdecida. Y fue­
ron prudentes; comprendieron en seguida que aún no ha­
bía llegado su hora y se guarecieron en sus montañas para
una nueva y prolongada espera,
Pero esta vez no se detuvieron donde los valles desem­
bocan en el llano, ni tropezaron con la barrera de fuego
de la artillería burguesa; se extendieron como dueños y
señores por los campos de los amos del mundo. Había
sido proclamado el estado de los obreros y de los campe­
sinos; desde las torres del Kremlin se difundía el toque
de diana de la revolución proletaria y los guardias rojos
acampaban en los patios del palacio de Tván el Terrible.
Los estratos más bajos de la población abandonaron
su sopor secular, abandonaron sus barrios y mostraron
sus harapos en las principales calles de las grandes ciuda­
des, llevando consigo la psicosis propia de la víspera de
una revolución.
Tres o cuatro años después de esta marea alta, que pa­
reció capaz de reventar los poderosos diques del capita­
lismo, las aguas volvieran a bajar a regañadientes, con al­
guna reanimación a derecha c izquierda pero sin lógica
revolucionaria; eran oleadas que venían de lejos, como
producidas al paso de una nave inmensa, pero no de los
movimientos profundos de la mar.
La fuerza potencial de la mai*ea alta revolucionaria se
empleó mal o ni siquiera se puso en actuación. Donde los
ingenieros especialistas de la revolución supieron tradu­
cirla en energía, la encontraren luego en seco, aislada, im­
potente, pues había descendido el nivel de las aguas alre­
dedor. Gracias al oportunismo de los partidos proletarios
de Occidente la Revolución Rusa quedó reducida a un oa­
sis en el desierto; y de socialismo, o sea de economía pro­
letaria internacional, va no se pudo ni siquiera hablar.1

1. En aquella ¿peca excusábamos el fracaso socialista en Ru­


sia por el fracaso «te la revolución europea. Una explicación clara-

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Sin embargo, tampoco hay que hablar de capitalismo
al referirse a Ja naturaleza social del estado llamado so­
viético. ¿Be qué se trata? He aquí la cuestión.
Resulta extraño que más de veinte años después del
advenimiento de la Revolución Rusa nadie se haya dedi­
cado aún al estudio del resultado social de este gran he­
cho histórico. La URSS es discutida, comentada e histo-
rizada casi únicamente desde un punto de vista político
propio de adversarios o de partidarios. El hecho social
queda descuidado. Sin embargo, al cabo de veinte años,
no creemos que pueda hablarse todavía de período tran­
sitorio o de transformación: alguna concreción social de­
terminada debe de haber cristalizado ya. Hay quien ha
visto en ella «El imperio del trabajo forzado» o «La revo­
lución traicionada»; otros, «El triunfo del fascismo» o «El
país de la gran mentira»; hay quien supira por el «Desti­
no de una revolución» y quien ha hecho «El balance del
comunismo». Han sido escritas obras verdaderamente
apreciables por escritores que componen toda la gama
mente política, so económica y, por consiguiente, no marxista.
Luego advertimos que los «científicos» del socialismo se ha­
bían nada menos que olvidado áe poner a punto el sistema econó­
mico socialista. Lenin, Stalin y Trotsky no podían aplicar lo que
no existía. Se contentaron con «colectivizar» la propiedad atri­
buyéndola al estado. En suma: se potenciaba del modo más efi­
ciente precisamente el órgano que el socialismo debía eliminar
progresivamente. Los enemigos de los monopolios creaban un mo­
nopolio total de estado falto de la inteligencia y la capacidad ca­
pitalista, tarado por la insuficiencia, la haraganería y la estrechez,
de miras burocráticas. Estaba claro que debía salir de ahí un
socialismo monstruoso, pero no se comprendía todavía...
El socialismo no es «una economía proletaria internacional»,
sin© el edificio social que se alza sobre un sistema económico ca­
pitalista (en términos de coste y de salarios).
Si al internacionalizarse por mediación de un mercado cada
vez más amplio se perfecciona como un capitalismo, de la mis­
ma manera podría perfeccionarse todavía hoy y en parte sobrevi­
vir durante algún tiempo. No hay socialismo sin relaciones de
producción socialistas, de la misma manera que no hay capita­
lismo ni feudalismo sin las relaciones de producción correspon­
dientes. O se halla el orden económico de la empresa socialista
o el socialismo seguirá siendo una esperanza «internacional».

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de los partidos, desde los comunistas a los burgueses y
a los fascistas. Ha habido estudiosos que se han interesa­
do por el asunto y han ido a hacer observaciones sobre el
terreno. Obreros franceses, alemanes o americanos acu­
dieron entusiasmados al país donde debían realizarse sus
esperanzas sociales y regresaron de allí con el corazón
lleno de tristeza o con el ánimo envenenado; nos han de­
jado documentaciones objetivas, prácticas, interesantísi­
mas, sobre la vida, el trabajo y la libertad en la URSS.
Con todo, esta masa enorme de literatura no nos su­
ministra nada respecto de la cristalización social de la
URSS, y menos aún una síntesis. Sin duda, aquí y allá,
han surgido alusiones; carecen, sin embargo, de auténti­
co interés directo y son más bien el fruto natural y oca­
sional de la polémica que el resultado sistemático de una
investigación sociológica. El mismo Trotsky, a quien con­
sideramos el mejor conocedor de las condiciones actua­
les del estado soviético y de la evolución que ha vivido,
confiesa haber empleado nueve párrafos en el intento de
dar, sociológicamente hablando, una definición de la
URSS. Ni siquiera nosotros, hace dos años, con nuestro
modesto trabajo ¿A dónde va la URSS?, conseguimos ha­
llar una respuesta. En él se trataba de preguntar lo que
nosotros mismos preguntábamos; y aunque no consegui­
mos la respuesta al menos planteamos la cuestión. En
1938 había concluido nuestro trabajo intelectual. Nos ha­
bíamos plantado, y cuanto ocurría en el campo social en
los demás países del mundo confirmaba lo que ya había­
mos considerado como adquirido en el campo social del
estado soviético.
Dado que el mundo se halla ahora reducido a una sola
forma de civilización, la capitalista, la transformación so­
cial de cualquier estado es de vivo interés para todo el
resto del planeta, pues en una transformación localizada
y precoz el mundo puede ver reflejada la imagen de su
futura forma social.
Se han dicho cosas de todos los colores acerca de la
URSS; la prensa vendida y los oradores a sueldo han os­
curecido artificialmente el problema en vez de esclare­
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cerlo. Se han dicho las mayores necedades y también las
mayores vilezas.
En realidad, el fenómeno social también resultaba di­
fícil de entender especialmente para los periodistas visi­
tantes de Rusia que poco o nada saben de Marx, de Lenin
y de sus teorías. Además, el fenómeno social en formación
tuvo primero una dirección en la línea comunista, y el fra­
caso de la revolución proletaria en el mundo, produjo lue­
go una degeneración que sólo en estos últimos años ha
acabado de fijar sus formas socialmente.
Hoy el modelo social del estado soviético ha cobrado
líneas decididas, casi acabadas. Al menos, como tales las
tomamos aunque los especialistas en el problema insistan
en una tesis distinta de ésta. Estos especialistas son po­
cos, y hay que buscarlos en ese renglón de revoluciona­
rios que han abandonado la Tercera Internacional consi­
derando que ésta ha pasado desde hace tiempo y defini­
tivamente a un terreno claramente oportunista. E incluso
estos revolucionarios han llegado a plantearse la cuestión
de la naturaleza del estado soviético sólo como consecuen­
cia de sus internas diatribas de fracción sobre la táctica
y la estrategia de la revolución proletaria. Ni siquiera se
les ocurría la posibilidad de una cristalización intermedia
entre el capitalismo y el socialismo, sino que, al calor de
sus polémicas, el problema ha quedado planteado por sí
mismo inequívocamente y mantiene esas divergencias doc­
trinarias que se hallan en la base de su importancia po­
lítica.
¿Qué es la URSS hoy? Al principio seremos volunta­
riamente imprecisos en el diagnóstico de esta sociedad;
más adelante se pasará a las precisiones. Pero primero se
quiere señalar lo que ha sido unánimemente admitido.2
2. Al llegar a este punto de mi película mental creía aún que
la URSS representaba un tipo de orden social, todavía no socia­
lista, pero progresivo en relación con el capitalismo. El «mar­
xismo» y la ley del progreso continuo pregonada a bombo y pla­
tillo por los universitarios me indujeron a este error.
Hacia el final del libro comprendí que la URSS era cierta­
mente una nueva síntesis histórica de la sociedad, pero una sín­

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No se trata, ciertamente, de un estado democrático;
es, antes bien, un estado autoritario. La economía no es
burguesa ni está basada en la propiedad privada, sino que
se basa en una propiedad colectiva de los medios de pro­
ducción. También es algo comúnmente admitido, desde Ci-
trine a Trotsky y desde Roosevelt a Mussolini, que la eco­
nomía soviética no es socialista. Sólo Stalin es de distinta
opinión, por razones obvias, y por ello no nos lo tomare­
mos demasiado en serio. Decenas de autores le han hecho
tragarse su socialismo y su Constitución, «la más demo­
crática del mundo». Él ni pestañea y, como es natural,
prohíbe estas publicaciones en el país de la «vida feliz»
y «más democrático del mundo». Otra característica in­
discutible, documentada por Trotsky, Citrine, Victor Ser-
ge, Ciliga y una multitud de escritores de las más diver­
sas nacionalidades y opiniones políticas, es que en ningún
país del mundo capitalista o fascista se encuentra el pro­
letariado en condiciones tan tristes como en la Rusia de
los soviets.
No hay libertad de palabra, de reunión, ni de prensa.
La delación se halla a la orden del día y el estado es ca­
racterísticamente policíaco. También están todos de acuer­
do en que la explotación del hombre perdura en el país
de la «vida feliz», concretada en aquella plusvalía que los
señores capitalistas exprimían de los trabajadores. Sola­
mente surgen las diferencias cuando se trata de determi­
nar quiénes son los acaparadores.
Otro aspecto característico y que no puede dejarse de
lado es que las manifestaciones estatales son publicitarias
y coreográficas como en los estados totalitarios occiden­
tales; la veneración auténtica o fingida por el jefe, eleva­
do casi al rango de divinidad, es la misma o incluso ma­
yor. Las distinciones jerárquicas están en auge y el servi­
lismo llega a límites extremos. La gente vive en un am-

tesis regresiva. Dejé de escribir mi película porque hacerlo se


volvía peligroso en el ambiente de aquel estado fascista; me
trasladé a Inglaterra y a Francia, donde escribí el prefacio.

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biente de temor, como si las paredes tuvieran oídos: tiene
un aspecto en público y otro en privado.
Integrando estos datos generalmente admitidos con
nuestras diferenciaciones, la fisonomía política y social
del estado soviético queda, a nuestro modo de ver, bien
definida, y así nos proponemos exponerla al lector.
La Revolución de Octubre tenía la finalidad principal
de servir de palanca a la revolución en Occidente. No obs­
tante, fueron tomadas al mismo tiempo las medidas de
una política económica socialista. Fundamentalmente, fue
abolida la propiedad privada de la tierra y de las grandes
empresas industriales. La dirección económica de esta
propiedad pasó de manos de las clases burguesas a las
del proletariado victorioso.
No eran, ciertamente, de lo más alegre las premi­
sas económicas para una transformación socialista en la
URSS; el país era en lo fundamental campesino e iletra­
do, y la industria estaba infinitamente por debajo de las
necesidades de una economía de vanguardia.
Si los bolcheviques, apenas tomado el poder, se aferra­
ron a la radio para pedir a los distintos proletariados
europeos que siguieran su ejemplo, fue porque sentían y
comprendían que la revolución rusa, sin el injerto de una
nación occidental técnicamente desarrollada, con una cla­
se proletaria amplia e instruida, estaba fatalmente conde­
nada a la derrota en el terreno económico-social, incluso
si militarmente y de un modo heroico lograba resistir a
los embates del viejo mundo.
El proletariado alemán se presentaba como el aliado
natural de la revolución bolchevique. Su burguesía salía
derrotada y debilitada de una guerra, ofreciéndole casi el
poder sin resistencia. Con la excepción de los movimien­
tos espartaquistas y el sacrificio de Karl Liebknecht y
Rosa Luxemburg, el proletariado alemán fue de derrota
en derrota. Aún se le ofreció el poder una vez más en 1923,
pero abandonó el campo sin lucha, al igual que sin lucha
lo dejó más tarde a las escuadras hitlerianas. ¿Culpa de
los dirigentes? ¿De la Tercera Internacional? No: de todos
a la vez, incluido el proletariado alemán, demasiado frío,
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amigo del orden y de naturaleza escasamente revolucio­
naria. Cincuenta años antes los obreros de París habían
constituido la Comuna tras la derrota de la burguesía
francesa en 1870, y cien mil de ellos, tras combatir sólo
con una leve esperanza y en un ambiente económico inma­
duro, se dejaron matar estoicamente contra los muros de
París.
Los señores marxistas,3 los que sólo se fijan en la eco­
nomía, los que sólo hacen la política con estadísticas, pue­
den darse a los demonios tanto como quieran, pero el es­
píritu poco revolucionario del proletariado alemán tiene
mucho que ver con esta derrota de la clase obrera europea
mundial, del mismo modo que el espíritu estrictamente
revolucionario del proletariado ruso tiene mucho que ver
con la victoria de Octubre.
El pueblo alemán nunca ha hecho una revolución, y
en el desarrollo político siempre ha seguido con un retra­
so de al menos un siglo a las demás naciones. Francia, por
el contrario, siempre ha vertido su sangre por el mundo.
Las condiciones económicas son las condiciones sine qua
non de las posibilidades de una transformación social;
pero una vez que están dadas, esto es, que han madurado,
el éxito revolucionario es sólo cuestión de espíritu revo­
lucionario en los que se deben batir, y de capacidad revo­
lucionaria de los dirigentes. Expliquen los señores mar­
xistas, si son capaces, la derrota del proletariado europeo
con el materialismo. ¿Acaso la economía alemana no es­
taba ultramadura para el cambio?
Para abreviar y no repetir lo que de mil maneras se ha
3. Mentía; escribía en un régimen fascista sin saber dónde
ni cuándo imprimiría lo que estaba redactando; traté de disfra­
zarme de antimarxista. Prestaba atención fundamentalmente a la
economía, al menos en lo poco que sabía, pero es un hecho que
el marxismo puede explicar las líneas maestras de la historia y
no sus detalles. La economía sitúa el devenir social en un plano
inclinado, pero el camino para llegar hasta el final puede ser va­
rio, por no decir precoz o retardatario.
Ahora me explico muy bien la derrota del socialismo en Ru­
sia: no se aplicaron relaciones socialistas de producción y de
distribución.

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dicho, con la derrota de la revolución proletaria alemana
la dictadura del proletariado ruso se encontró aislada en
un mundo capitalista y hostil. El reflujo de aquella oleada
revolucionaria que había atemorizado al mundo burgués
inmediatamente después de la guerra era general; las pers­
pectivas revolucionarias, para cualquier observador sen­
sato, se aplazaban ad calendas graecas. Entretanto, el ca­
pitalismo recuperaba el aliento con un aumento de la pro­
ducción que se prolongó hasta 1929 principalmente por
medio de los trabajos de restauración de las zonas devas­
tadas por la guerra y la reconstitución de los stocks.
El experimento ruso quedó ante una encrucijada: o
bien acampar fundamentalmente a la espera de la revo­
lución proletaria en Occidente o bien ponerse de acuerdo
con el mundo exterior y por tanto cambiar radicalmente
de política. Se optó por la segunda solución, de la que
Stalin fue primero el inspirador y después el implacable
ejecutor. Naturalmente, este cambio radical de política
había de ser ocultado, al menos formalmente, al proleta­
riado ruso y al proletariado internacional. No fue muy
difícil conseguirlo; desde hace casi cien años los traba­
jadores han sido regular y sistemáticamente engañados
por los partidos rojos de todos los matices que han apa­
recido en la escena política. El proletariado ruso e inter­
nacional padeció también esta solemne mixtificación sin
dar excesivas muestras de legítima cólera contra sus diri­
gentes, auténticos traidores. Parece incluso que se ha acos-
tubrado a ello, que se ha encallecido.
La muerte de Lenin exigía un sucesor, y la figura más
digna, ya moralmente, ya intelectualmente, era Trotsky.
Su rectitud revolucionaria y su genio sin duda habrían
defendido bastante mejor el primer estado proletario que
se había afianzado en el mundo. Pero Trotsky fue dejado
de lado, llevado al ostracismo y boicoteado unánimemen­
te por los epígonos de la revolución. Quien conozca algo
los partidos socialistas y comunistas no se asombrará
ante semejante fenómeno.
Puesto que Trotsky se alzaba como un gigante entre
los que rodeaban a Lenin, se pensó en neutralizarlo, y de
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t
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este modo fue sorteado un primer y grave obstáculo que


habría dificultado la campaña nacional e internacional de
atontamiento.4
Los acontecimientos que siguieron a la muerte de Lenin
han sido ampliamente descritos por diversos autores; lo
que interesa en el presente trabajo es determinar los re­
sultados sociológicos alcanzados.
En la obra de colectivización de la tierra y de indus­
trialización del país, los funcionarios estatales y del parti­
do fueron minando el poder de los trabajadores hasta con­
vertirse en los monopolizadores del estado. Para ello tu­
vieron que vincularse sólidamente con los técnicos, de
los cuales no se podía prescindir, y de este modo se pro­
dujo la primera gran soldadura en la formación de la
nueva clase dominante en Rusia. La campaña staj anovista
es una simple expresión de ello, y representa también un
método nuevo para azuzar a la masa trabajadora a dar un
rendimiento mayor. A esta soldadura siguieron otras: con
los grandes incensarios del régimen, con la adhesión de
los altos cargos militares y de toda la burocracia paraes­
tatal.
4. Lo cierto es que la verdadera dictadura fue la del partido
bolchevique y no la del proletariado; se concentró en las células
y no en los soviets. Y así sucedió que ese partido, único en el
mundo, que no había traicionado a los trabajadores antes de la
situación revolucionaria, les traicionó después, cuando se creía
que ya no había peligro.
Los teóricos de la dictadura sobre el proletariado, los que sólo
pleonásticamente concebían el partido bolchevique como guía de
un régimen democrático de soviets y lo concebían en la prác­
tica como monopolizador de la dirección social proletaria, han
dado el espectáculo de una degeneración burocrática facilitada
por la coyuntura histórica.
El proletariado se encontró desposeído por sus hombres de
confianza, incluidos los que le habían conducido al ataque y a la
victoria, pero más particularmente por la masa inmensa de los
parvenus.
Un partido solo no podía pretender erigirse en dictador con
un programa social enorme que exigía la participación y el control
de todos los trabajadores. La única garantía era la clase proleta­
ria, con todo el poder de los soviets.

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Se ha llegado, pues, a un punto en el que toda la di­
rección económica y política está monopolizada por la
burocracia, y la nueva Constitución no hace más que san­
cionar oficialmente este hecho. En esta burocracia no hay
más que una división del trabajo; en conjunto, todo se en­
camina al mantenimiento del predominio político y de los
privilegios económicos logrados. Los burócratas, con sus
familias, componen una masa de unos quince millones de
habitantes. Son suficientes para constituir una clase y,
dado que Trotsky nos asegura que el 40% de la produc­
ción lo arranca la burocracia para sí, creemos poder de­
cir que esta clase es también una clase privilegiada.
Al tener en sus manos todas las palancas económicas,
salvaguardadas por un estado policíaco levantado expre­
samente, la burocracia es omnipotente. Determina a su
gusto los salarios y los precios de venta al público con
aumentos sobre los precios de coste dos o tres veces su­
periores a los acostumbrados en los denostados países ca-
pistalistas, de modo que las «sanguijuelas» burguesas de
otro tiempo aparecen como «honrados comerciantes».
Acerca de ello nos da Citrine una documentación indis­
cutible. A veces la burocracia adquiere incluso grano a
bajo precio de los campesinos para revenderlo luego a
los obreros diez veces encarecido.
El plan económico es, naturalmente, asunto que ata­
ñe exclusivamente a los burócratas, y, lógicamente, las
inversiones siguen las vías que resultan más beneficio­
sas para los intereses de la nueva clase. La propia prensa
soviética ilustra las miserables condiciones en que viven
los obreros, a quienes se les reserva un promedio de cin­
co metros cuadrados de vivienda; pero en vez de cons­
truir viviendas obreras nuevas y más decentes o solamente
éstas, se piensa en la construcción de la Casa de los So­
viets, de 360 metros de altura, porque en realidad no se
trata de una Casa de los Soviets sino de la sede de la
burocracia soviética. Si se inquieren las razones de esta
mala administración del erario público, el burócrata in­
terpelado responde invariablemente que los obreros no
han planteado objeción alguna, como si fuera normal

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que los trabajadores de la URSS pudieran expresarse li­
bremente y oponerse a las decisiones de sus amos.
Entre los burócratas (funcionarios, técnicos, policías,
oficiales, periodistas, escritores, mandarines sindicales y
todo el partido comunista en bloque) ha nacido una soli­
daridad de clase cuyos estropicios, naturalmente, se hacen
recaer sobre los trabajadores, ligados como siervos a la
máquina económica estatal, a la que los burócratas, para
colmo de escarnio, declaran órgano de la clase proletaria.
Si los funcionarios realizan la administración, los téc­
nicos representan a los llamados hombres de confianza.
La policía tiene la misión de salvaguardar la nueva propie­
dad y de mantener la conducta de los ciudadanos dentro
de la «línea» establecida por las altas jerarquías. Perio­
distas y escritores están encargados de engañar «cientí­
ficamente» al gran público. Los mandarines sindicales se
han convertido en funcionarios situados entre los traba­
jadores para sondear sus estados de ánimo y engañarles,
lo mismo que siempre se hizo en las organizaciones ama­
rillas o rojas en todos los países capitalistas del mundo.
Entre la burocracia sindical soviética y la americana, la
inglesa o la francesa no hay mucha diferencia en los fines
a alcanzar, pero en cambio hay una diferencia sustancial
en el hecho de que mientras las burocracias sindicales de
los países capitalistas están al servicio de la burguesía,
en el estado soviético esta burocracia está al servicio de
un estado burocrático, o sea, de sí misma.5
El partido comunista ruso, en el que ahora los traba­
jadores casi ya no están presentes y que se ha convertido
en pasto de burócratas, representa el perro guardián que
vigila las ovejas, y Stalin es el gran pastor que, bastón
a la espalda y alforja en bandolera, azuza a sus bestias.
Si alguna oveja se descarría, el perro ladra y Stalin suel­
5. Por fuerza he de convenir que los funcionarios sindicales
no siempre han estado al servicio de la burguesía. Frecuente­
mente lucharon contra ella y ayudaron a los trabajadores a mejo­
rar su nivel de vida. Sin embargo, a menudo obedecieron a los
partidos y sirvieron a los intereses de éstos y no a los de los tra­
bajadores.

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ta un bastonazo. El resto de la grey toma nota de ello,
aprende a temer cada vez más al perro guardián y dirige
al «gran pastor» sus balidos lastimeros.
El proletariado no tiene más derecho que el de ir a
trabajar a esas fábricas que irrisoriamente se declara que
son propiedad suya pero en las que no tiene la menor fun­
ción directiva y donde sólo puede sudar en abundancia,
azuzado por sistemas que además de no tener nada de so­
cialistas, son todavía peores que los habituales en los de­
nostados países capitalistas. Como se ve en este breve
cuadro, no inventado por el autor, sino confeccionado a
partir de los informes de los «especialistas» en la cues­
tión, con los que se discutirá más adelante, el socialismo
no tiene existencia alguna en esta sociedad. Todo el mun­
do está de acuerdo en este punto, salvo, naturalmente,
Stalin y la burocracia soviética.
El gran argumento de Trotsky y sus compañeros, y
también el de todas las sectas revolucionarias anticomu­
nistas, es que la propiedad de los medios de producción
es colectiva y que la economía está planificada. Para Trots­
ky, a pesar de todo, el estado soviético sigue siendo un
estado obrero y la dictadura del proletariado se halla en
vigor todavía. Esta cuestión se discutirá más adelante;
de momento sólo se intenta inferir, con buen sentido, la
naturaleza del estado soviético; a las disquisiciones «cien­
tíficas» o pretendidamente tales se pasará después.
Para nosotros, de la Revolución de Octubre y de su
reflujo ha salido una nueva clase dirigente: la burocra­
cia. La burguesía ha sido liquidada y ya no tiene posibi­
lidad de retorno. Poseer el estado le da a la burocracia
la propiedad de los medios de producción, que es colec­
tiva y no ya privada, que pertenece in toto a la clase di­
rigente.
Es obvio que la nueva clase se guarda muy bien de
declarar oficialmente su propiedad, pero en la práctica
tiene en sus manos todas las palancas económicas y polí­
ticas y las hace custodiar por la GPU y por las bayonetas
del ejército «purificado». De un modo que no es sólo me­
tafórico, cada fábrica tiene su escuadra GPU que monta

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guardia, y en las grandes empresas entra en acción inclu­
so el soldado regular del ejército con la bayoneta calada.
Vigila quién entra, examina los documentos y sigue paso
a paso al visitante, incluso cuando se trata de un perso­
naje al que deberían tratar con todo miramiento como el
tradeunionista Walter Citrine.
En vez de socializarse, el estado soviético se burocra-
tiza; esto es: en vez de desaparecer lentamente en la so­
ciedad sin clases, se hincha espantosamente. Los indivi­
duos que se han aferrado al tronco estatal y absorben su
savia son ya quince millones. La explotación se produce
en bloque, de acuerdo con la transformación de la pro­
piedad: la clase burocrática explota a la clase obrera,
cuyo nivel de vida determina con las pagas y con los pre­
cios de venta de los productos en los almacenes estatales.
La nueva clase dominante ha sometido en bloque al pro­
letariado. A los trabajadores ni siquiera les queda la libre
oferta de su «fuerza de trabajo» a los diversos empresa­
rios: la burocracia es monopolista, ha perfeccionado el
sistema de explotación. Los proletarios rusos han caído
de la sartén a las brasas.
Desde el punto de vista social, esta forma nueva re­
suelve el insostenible antagonismo que hacía a la socie­
dad capitalista incapaz de todo progreso. En esta última,
la forma de producción es colectiva desde hace tiempo,
puesto que para la producción de una mercancía cualquie­
ra, concurre todo el mundo directa o indirectamente,
mientras que la apropiación de las mercancías resulta ser
individual como consecuencia, precisamente, del mante­
nimiento de la propiedad privada. Con la transformación
de la propiedad privada en propiedad colectiva, puesta
efectivamente bajo la dirección de una sociedad que actúa
como un todo armónico en una dirección única, el anta­
gonismo productivo de la sociedad capitalista se resuelve
y es sustituida por un nuevo sistema. En sus comienzos
es ferozmente explotador, como por lo demás lo fue el
propio capitalismo, pero es posible que con el afianza­
miento y el perfeccionamiento del sistema, y el aumento
productivo consiguiente, la clase dirigente tenga la posi-

56
bilidad de distribuir a sus explotados una porción mayor
del producto. En un ambiente internacional normal, el
desarrollo de la producción sobre bases colectivistas, in­
cluso con dirección burocrática, debería ser cosa cierta,
pues se eliminarían o al menos se reducirían los enormes
gastos que para la preparación bélica se realizan hoy por
doquier. El armarse se ha hecho continuo; no se hace sino
transformar los estados en organismos fundamentalmente
militares; y esta enorme dilapidación del trabajo puede
neutralizar y volver negativo el impulso que recibe indis­
cutiblemente la producción a consecuencia de la trans-
, formación de la propiedad privada en propiedad colectiva
v de la organización económica según un plan preesta­
I
blecido.6
Este nuevo sistema social se presenta como un fenó
meno histórico parasitario en el desarrollo social. Lógica­
mente, el poder debía pasar de la burguesía al proletaria­
do, pero este hecho no se ha producido. La causa es, evi­
dentemente, la inmadurez política de la clase obrera.7 En
6. Hoy no razonaría así. En aquel momento de mi película
mental, todavía no habíamos derribado el famoso antagonismo
insanable del capitalismo formulado por Marx. Yo seguía a Marx
y me parecía documentarlo. Me equivocaba, como explico en II
socialismo dalla religione alia scienza, que empecé a escribir
tras La Bureaucratisation du Monde cuando me di cuenta de
que el colectivismo burocrático era un fenómeno social regresivo
y no progresivo.
7. Pido perdón a los trabajadores por este pasaje. Los tra­
bajadores han demostrado, particularmente en Italia, estar más
que maduros políticamente. Fueron los dirigentes quienes impidie­
ron la toma del poder, y donde la revolución obtuvo la victoria
fueron los dirigentes una vez más quienes dieron muestra de
cómo se trabaja en contra del socialismo. Ni siquiera Lenin pudo
impedirlo, y está ampliamente excusado. Se trataba de resolver
un problema sociológico y económico de primera magnitud: ha­
llar primero y aplicar después la relación de producción socia­
lista. Al masacrar a los marinos de Kronstadt y a la oposición
obrera, Lenin resolvió políticamente la cuestión, cuando la solu­
ción marxista podía brotar precisamente de estos balbuceantes
indicios.
Se retrocedió en seguida a la NEP y el desastre le pareció a

57
la práctica se pasa a una dirección social que no es bur­
guesa ni proletaria. En el fenómeno de la gran produc­
ción la figura del capitalista se ha vuelto inútil, y queda
automáticamente descartada. El ex funcionario, chupatin­
tas de la burguesía, se pone un traje nuevo al aliarse a
la burocracia sindical y a la del estado totalitario: en el
horizonte asciende una nueva clase. Sólo el próximo fu­
turo podrá decirnos si esta nueva clase que atisba en el
mundo será capaz de allanar todas las divergencias polí­
ticas legadas por el imperialismo para lograr después,
con la nueva organización económica, aumentar el volu­
men de la producción misma y elevar el nivel de vida de
las masas. Aquí mostraría su valer.
Los síntomas políticos también concuerdan con la in­
cipiente burocratización del mundo. Munich representa
una primera cristalización de la consciencia burocrática.
Capitalistas y representantes de los nuevos regímenes,
tras haberse empujado recíprocamente hasta el borde del
abismo, se han puesto de acuerdo de modo imprevisto,
acaso empujados por la subconsciencia del próximo de­
venir social. Los viejos imperialismos francés, inglés y
americano se dan cuenta de la inutilidad y de la imposi­
bilidad de mantener una hegemonía en un mundo que si
quiere sobrevivir ya no puede ser imperialista y que se
transforma burocráticamente a ojos vista.
Las viejas democracias recitan una política antifas­
cista para no desvelar a los canes que duermen.8 Hay
Lenin tan grande que llegó a ofrecer las famosas concesiones
en Rusia a los capitalistas del mundo. Éstos las rechazaron y se
limitaron a hacer caridad. El repliegue a la economía de merca-
cado fue justo, pero ocultar a los trabajadores el desastre eco­
nómico del comunismo de guerra y los estragos de Kronstradt,
evitaron la discusión sobre el sistema económico socialista que
anunciaba la oposición obrera, y precisamente a falta de esta opo­
sición, un Stalin cualquiera pudo posteriormente proceder a abo­
lir el mercado de nuevo y a imponer la autarquía mediante un
diluvio sin precedentes en la historia. Demasiado político y
demasiado poco marxista, Lenin no nos hizo aquí ningún
favor.
8. El antifascismo de los capitalistas, en cambio, se había

58
que mantener tranquilos a los proletarios mientras en
sus países la transformación social se produce a la chita
callando, y entretanto dan de comer antifascismo a las
masas obreras para el desayuno, para el almuerzo y para
la cena. Y les va bien que España se convierta mientras
tanto en una carnicería proletaria internacional, tanto
para calmar los ánimos revolucionarios de los trabaja­
dores como para dar salida a los productos de su indus­
tria pesada. En China los proletarios se ven empujados
a una política antijaponesa justamente bajo la dirección
de ese Chiang Kai-chek que aún tiene las manos tintas
de la sangre en flor de los proletarios chinos. No es
necesario decir que las masas trabajadoras se lo tragan
todo y siguen ignorantes, casi resignadas.
Poco a poco los trabajadores de Francia, de Inglate­
rra y de América se encontrarán con que ya no son ciu­
dadanos normales, sino «súbditos» de un régimen buro­
crático que «nacionalizará» la propiedad y tomará mu­
chas otras medidas de cuño «socialista». No se llamará
a eso, ciertamente, fascismo, nazismo o stalinismo; cier­
tamente, su nombre será distinto, aunque su fondo siem­
pre será lo mismo: propiedad colectiva en manos del es­
tado, burocracia como clase dirigente, organización co­
lectiva y planificada de la producción, y una explotación
que pasará del dominio del hombre al de la clase.
Al llegar aquí el marxista Trotsky nos gritará que no
sólo las condiciones de distribución, sino que tampoco
las de producción, son socialistas, contrariamente a lo
que destaca respecto de la URSS, y de ahí pasará a la
propaganda revolucionaria contra la burocracia mundial.
La afirmación de esta burocracia representa, en sus con­
ceptos, «una posibilidad histórica y no un hecho consu­
mado». Hemos de esperar, pues, a que el hecho se con­

vuelto real al menos en el plano internacional, pero los marxistas


revolucionarios todavía situábamos en primer plano el antago­
nismo entre capitalistas y proletarios, cuando el proletariado ya
había sido quitado de en medio, tanto en Oriente como en Occi­
dente.

59
suma para permitir que Trotsky haga su análisis de él.
Luego habrá que dirigirse al proletariado, que ya estará
bajo la tutela de los gobiernos burocráticos, con el éxito
que cabe imaginar.
El examen de Trotsky será, ciertamente, científico y
marxista al cien por ciento, pero llegará tarde y no cuan­
do se perfilaban las posibilidades; incluso podrá conven­
cer a los dirigentes burocráticos mismos, que por toda
respuesta le darán un fascista: «¡A mí qué me importa!»
El hecho consumado existe en Rusia y es preciso de­
sentrañarlo. Se está realizando, y es visible, en Italia y
en Alemania. Los primeros síntomas del hecho aflorarán
por todas partes, incluso en los países de las grandes de­
mocracias.
A Trotsky, precisamente, le quedaba todavía una carta
que jugar, pero todo demuestra que no tiene las meno­
res ganas de hacerlo. Su gran figura desciende lentamen­
te en un trasfondo gris, y oscurece el recuerdo de un día
que estuvo lleno de sol.
Joffe, antes de suicidarse, le había escrito una carta
recomendándole que no temiera el aislamiento siempre
que mantuviera intacta la línea leninista. Nos parece que
Trotsky ha seguido este consejo de un modo excesiva­
mente mecánico, y no, ciertamente, a la manera de Le-
nin. En el momento de la escisión del partido socialde-
mócrata ruso, cuando se había defenestrado a Plejánov,
Lenin le pidió reiteradamente a Trotsky que permanecie­
ra con él. No lo consiguió. Pero cuando León Trotsky
regresó a Petrogrado en 1917 y admitió que se había
equivocado, Lenin le aceptó entre las filas de los bolche­
viques porque comprendía que un error político no sig­
nifica una traición. Trotsky, en cambio, rechaza a todos
aquellos que no piensan exactamente como él, y ha amaes­
trado una escuela de jóvenes que siguen la «línea» de
la misma manera. Ni por un segundo piensa el Danton
de la Revolución de Octubre que se puede equivocar.
Está demasiado seguro de sí mismo; y eso, hasta cierto
punto, está bien, pero conduce al fracaso cuando el ra­
zonamiento necesita recurrir a la demagogia, al sofisma
60
y a la boutade. Esto significa que uno ya no está dema­
siado seguro en el terreno que pisa, y debería tomar en
cuenta las razones ajenas y no temer admitir el propio
error. Cualquier otra solución llevará a resultados mu­
cho peores.
En conclusión: la URSS representa para nosotros un
nuevo tipo de sociedad dirigida por una nueva clase. La
propiedad está colectivizada y pertenece a esta clase que
ha organizado un nuevo sistema de producción. La ex­
plotación pasa del dominio del individuo al de la clase.
Todas las luchas políticas que se han desarrollado en
la URSS desde 1923 han sido luchas de la nueva clase en
formación contra el proletariado, a pesar de que al prin­
cipio se tratara de combates inconscientes. Los estra­
gos que desde la muerte de Kirov hacen las delicias de
la Unión Soviética, con la eliminación de la vieja guar­
dia leninista y de cuantos podían ensombrecer el domi­
nio de la burocracia, no son sino la necesaria guerra ci­
vil de la nueva clase que quiere afianzar su dominio. No
se trata de un signo de debilidad, sino de una demostra­
ción de su fuerza.
La URSS ha abandonado desde hace tiempo toda ve­
leidad revolucionaria y se ha puesto a los pies de la bur­
guesía francesa e inglesa.9 Los capitalistas se han conven­
cido hasta tal punto de que hoy en Rusia la revolución y
el socialismo no son más que una mascarada para inge­
nuos que han invitado y aceptado a la Unión Soviética
incluso en su santuario de Ginebra. De puertas adentro
siguen protestando contra los manejos revolucionarios
de la Komintern, pero sólo para embaucar mejor a los
obreros. Lo que cuenta son los hechos, y éstos nos dicen
que la URSS se ha enganchado desde hace años al tren
burgués de los capitalismos. París, Londres y Nueva
York han reconocido en la llamada república soviética
un estado explotador y opresor de los trabajadores.
9. El revolucionario exagera, pero la URSS hacía realmente
la corte a las democracias capitalistas y no vaciló en traicionar
al proletariado español.

61
Pese a osla situación política y social real en el país
de Slalin, Trotsky y sus discípulos pretenden que la
URSS representa todavía un estado obrero en régimen
de dictadura proletaria. Éstos, junto con otras corrien­
tes que disienten de la política de la Tercera Internacio­
nal, son los únicos que en sus discusiones se interesan,
aunque sea indirectamente, por la naturaleza del estado
soviético. Polemizaremos con ellos precisamente porque
así hemos consolidado nuestro juicio sobre la naturale­
za social de la república soviética.

62
VIL La restauración burguesa

La restauración burguesa es la bestia negra de los


marxistas ortodoxos y científicos; ronda como un fantas­
ma por el campo de Agramante; turba el sueño de sus
m oradores y les llena de angustia. Todos, todos, están
obsesionados por el tem or de ver reaparecer a la burgue­
sía por una metamorfosis de la burocracia. Como espan­
tajo para quienes no pretenden defender a la URSS el
argumento es bueno, pero para poder sostener que el des­
arrollo económico puede determ inar un retorno al orde­
namiento capitalista no parece demasiado adecuado. Marx
jamás hizo una alusión de este tipo, y la historia registra
un crecimiento constante en el volumen de la producción
que corre paralelo a organizaciones económicas progresi­
vas que desplazan a las que quedan superadas. Nuestros
caballeros declaran que el actual sistema productivo de
la URSS es superior al burgués, pero insisten en agitar
su fantasm a.
Es del todo inútil hacer una serie de citas: toda su
literatura está llena de ellas, con Trotsky en prim era lí­
nea. No obstante, Naville va más lejos, y es necesario ci­
tarle aunque nos duela perder el tiempo con un razona­
miento tan trivial.
«La oleada de terror contrarrevolucionario que la bu­
rocracia desencadena en los ferrocarriles, las fábricas y
los campos, fusilando a los obreros y funcionarios recal­
citrantes a centenares, es la consecuencia de la nueva
Constitución y de la esperanza que ésta abre a una serie
de estratos sociales tras de los cuales se halla al acecho
el capitalismo mundial. La burocracia, escudo de esta res­
tauración, corre, sin embargo, el riesgo de perder su pues­
to, y esto revela la función contradictoria y ambigua de la
burocracia soviética, que m ina los fundamentos de su pro-

105
pia existencia: la propiedad estatal colectiva del suelo, de
los medios de producción, de la gran industria, de las vi­
viendas y del comercio.»
El capitalismo está al acecho y la burocracia se hace
el harakiri. ¡Dormid tranquilo, arrogante caballero! La bu­
rocracia tiene intenciones muy distintas. Más adelante
añade Naville: «La burocracia ha hecho votar una nueva
Constitución que garantiza una serie de privilegios suyos;
ha asesinado a casi todos los viejos dirigentes bolchevi­
ques, cuya fidelidad resultaba sospechosa; ha dado a la
diplomacia de la Sociedad de Naciones garantías inaudi­
tas; y, a pesar de todo esto, sigue atada de pies y manos,
no solamente a causa de sus orígenes sino también como
consecuencia de su funcionamiento, de su reclutamiento,
de su reproducción y de su consumo actuales, a los mar­
cos de la propiedad definida en el momento de la Revo­
lución de Octubre.»
Solamente con estas dos citas cualquier modesto tra­
bajador tuerce el gesto y piensa que no hay que mover un
dedo por el país de la «vida feliz». Pero los marxistas cien­
tíficos son duros de pelar. Derechos e impertérritos ante
una brecha postiza, pinchando el aire lleno de fantasmas.
La Revolución de Octubre necesita una segunda edición.
La previsión de Naville llega hasta el punto en que es
capaz de precisarnos la forma específica que asumirá la
economía con la restauración. «Dada la diferencia funda­
mental existente entre la industria estatal de la URSS y
el capitalismo de los monopolios en el sistema del impe­
rialismo, es evidente que, para volver al capitalismo pri­
vado en las ramas fundamentales de la producción, será
preciso también que la burocracia se descomponga; vere­
mos entonces surgir en la URSS clases sociales que, a cau­
sa de su modo de existencia económica, serán hermanas
de sangre de la burguesía e incluso del fascismo europeo.»
La burocracia, a causa de sus modos de existencia,
desciende ya de la sangre de la burguesía, y el fascismo
no es sino su hermano gemelo. Ambos asumen un puesto
directivo. Quede tranquilo el señor Naville: la burocra­
cia soviética no se descompondrá, y particularmente, no
106
lo hará en los monopolios. Además de estos últimos, hace
tiempo que se ha llegado al capitalismo de estado apli­
cado más o menos ampliamente, pero crecientemente, en
todos los países, y no parece lógico que haya que volver
a los monopolios, formas capitalistas anteriores al mismo
imperialismo y mucho menos monopolistas que las empre­
sas de estado. Trotsky ha enseñado que la burocracia so­
viética es el «dependiente» del imperialismo, pero los dis­
cípulos van todavía más lejos en su marcha atrás en la
historia y llegan a los monopolios privados.
Incluso si la URSS se viera desmembrada por los paí­
ses del pacto antikomintern, no se comprende por qué
razón los conquistadores habrían de destruir un sistema
económico que precisamente se halla en vías de construc­
ción en sus propios países y al precio de sacrificios in­
mensos tanto en el campo nacional como en el campo
internacional, y cuando precisamente este sistema explica
su aparición en la historia, y sus éxitos. Admitido —y no
concedido— que los estados totalitarios pudieran des­
membrar a la URSS, consideramos que la forma económi­
ca se mantendría y esta vez la burocracia soviética se con­
vertiría, seriamente, en el «dependiente» nipo-italo-ger-
mano.
¿Acaso el feudalismo pretendió alguna vez volver a la
esclavitud? ¿Acaso el capitalismo ha tenido alguna nos­
talgia feudal? Y la famosa restauración francesa, ¿acaso
no ha fijado el dominio indiscutido de la burguesía? Ésta
fue precisamente su razón de ser, su tarea histórica. Na­
poleón se aprovechó de ello para sus locos proyectos me­
galómanos, pero a condición de seguir siendo el defensor
o el propagandista de los «principios inmortales». Toda
la analogía que formula Trotsky entre los regímenes auto­
ritarios actuales y los bonapartistas no es muy indicada
para la finalidad que se propone conseguir. Los fenóme­
nos bonapartistas del siglo xix nada tienen que ver con
lo que sucede en Rusia, en Alemania y en Italia. El bona-
partismo de Napoleón I y de Napoleón III dejó intacta
la base económico-social, mientras que los supuestos bo-
napartismos del siglo xx trastornan, precisamente, el fon­
107
do profundo del tejido-soporte de la sociedad. Y si la bu­
rocrática URSS encontró ya realizada la nacionalización
de la propiedad y la mantiene ahora, con la despreciativa
definición de bonapartismo, se corre el peligro de justi­
ficar históricamente el fenómeno stalinista.
Trotsky siempre ha tenido buena mano en la elección
de slogans; posee para ello un arte innato y el éxito le
sonríe siempre, incluso cuando genera confusión. Para ex­
plicar el calificativo de «estado obrero» que todavía da al
colectivismo burocrático de Stalin ha encontrado una hi­
larante analogía. Héla aquí:
«¿La URSS es un estado obrero? La URSS es un esta­
do que se apoya en relaciones de propiedad creadas por la
revolución proletaria y que está dirigido por una burocra­
cia obrera en interés de los nuevos estratos sociales privi­
legiados. La URSS puede llamarse estado obrero más o
menos en el mismo sentido —a pesar de la enorme dife­
rencia de magnitud— en que un sindicato dirigido y trai­
cionado por los oportunistas, o sea, por los agentes del
capital, puede ser llamado una organización obrera.»
De ello se deriva que una burocracia obrera explota
económicamente a sus patronos, caso que nunca se ha
producido bajo la bóveda celeste; y, para dotar de reali­
dad a los fantasmas, se recurre precisamente a una de
esas estratagemas que representan el arte insuperable de
Trotsky: se compara el estado con un sindicato. Nos hace
pensar en ese nazi que, para impedir que los arios se
crucen con los semitas, cuenta que el perro hace el amor
con la perra, el gato con la gata, el león con la leona, y
por tanto... Craipeau se indigna con razón, y muerde el
freno pn toda su exposición. Para nosotros, descubrir esta
mosca blanca ha sido un placer: un placer comparable al
de Robinson cuando finalmente encontró compañía. No
obstante, pensamos que su concepción de la burocracia
soviética huele demasiado a «burgués». Que la nueva cla­
se se «abandone a todos los placeres» resulta lógico, pues­
to que eso está en el programa de todas las clases domi­
nantes explotadoras; pero Craipeau no ha de temer la
acumulación de riquezas ni su carácter hereditario.
108
La burocracia no tiene la misma naturaleza que el pro­
pietario burgués individual. Éste exhibía sus posesiones,
pero hoy la propiedad está tan cerca de la socialización
(en la evolución histórica), o sea, de su desaparición como
propiedad, que, además de haber asumido una forma co­
lectiva, es ocultada y negada por sus actuales poseedores.
Lo que le importa al burócrata es sobre todo la plusva­
lía, pero también en este punto se ve obligado, en parte,
a consumirla a escondidas.
¿Por qué piensa Craipeau en un retorno a la burgue­
sía? Dado que admite la existencia de una nueva clase que
no es burguesa, o al menos todavía no la considera tal,
¿por qué pretende que ha de transformarse de repente,
otra vez, en una burguesía? Si se forma una clase es por­
que históricamente tiene un papel que desempeñar en la
ascensión histórica de la humanidad.14Nuestra conclusión
en este punto es que la burocracia ha asumido la tarea
de organizar la producción sobre la base de la propiedad
colectiva planificando la economía en el marco del esta­
do, mientras que al socialismo le corresponderá la racio­
nalización internacional y el problema de la distribución
socialista de los productos.15
Craipeau se equivoca también respecto de la esencia
del fascismo. El fascismo ha estado al servicio de la bur­
guesía y también ha intentado seguir adelante con una
economía capitalista, pero en las necesidades del desarro­
llo económico ha encontrado condiciones todavía más
autoritarias en su propio movimiento político, que le han
obligado a emprender rápidamente la vía del estado tota­
litario.
Temer estas verdades significa correr hacia el objetivo
contrario del perseguido, hacer el juego a los demás, pro­
yectar del revés la película del reformismo. Ya que Crai­
peau lo ha admitido precisamente contra Trotsky, ¿por

14. Creía todavía en el progreso continuo.


15. Hoy pienso de un modo muy distinto, pero mi película
mental nunca se habría desarrollado si no hubiera visto en la
URSS un orden social ni capitalista ni socialista.

109
qué no admitirlo contra él mismo? La hipótesis de La re­
volución traicionada, citada por Craipeau, tiene en reali­
dad un sentido histórico y no un sentido lógico. El autor
ha añadido, tras exponer la hipótesis, las siguientes fra­
ses: «Esta hipótesis es todavía prematura. El proletariado
no ha dicho todavía su última palabra» (la cursiva es
nuestra).
Admitida la existencia de una nueva clase en Rusia,
ante el modo de pensar marxista se abren profundos abis­
mos. No se pueden evitar cerrando los ojos. Hay que be­
ber el cáliz de la amargura hasta la última gota; sólo des­
pués de esto será posible retomar el hilo por el lado bueno.

110
VIII. El reino de la pequeña burguesía

El reino de la pequeña burguesía se define así porque


el fenómeno es general y no solamente ruso.
En la URSS, el fenómeno es típicamente burocrático
porque ha surgido de la burocracia obrera, pero en los
países totalitarios se nutre naturalmente de los técnicos,
de los especialistas, de los funcionarios sindicales y de
partido de toda especie y de todos los colores; encuentra
su materia prima en el amplio estrato de la burocracia es­
tatal y paraestatal, en los administradores de las socieda­
des anónimas, en el ejército, en los profesionales llama­
dos liberales y en la propia aristocracia obrera.
A esa clase media, hacia la cual los partidos subver­
sivos tanta aversión muestran y respecto de la que exhi­
ben la más estúpida de las artes políticas al arrojarla una
y otra vez en brazos del capitalismo, le ha llegado la hora
de dar rienda suelta a su rencor contra los viejos amos y
contra quien no supo hacer la vista gorda a sus inevita­
bles y orgánicas debilidades. En vez de tenerla como alia­
do, de aprovechar sus capacidades dando alguna que otra
satisfacción a su mentalidad pequeñoburguesa, el prole­
tariado se la encuentra enfrentada a él y con los ropajes
de una clase dirigente.
Todo el mundo económico, político, moral y especta­
cular, refleja la mentalidad de esta clase media.
La nacionalización se limita a las grandes empresas,
pero en Rusia llega a ello en sentido contrario. No se pro­
cede a la acumulación de capitales, sino a la conquista de
la «vida feliz», naturalmente a escala burocrática. Se ni­
vela por arriba, pero se diferencia por en medio y, para
estabilizar la situación, se invade el estado, y su posesión
se mantiene con mano firme. Aparece el culto, se hace
omnipresente, omnisciente y todopoderoso. La economía
111
se jerarquiza con un impulso que va de arriba a abajo,
como en todos los escalafones burocráticos.
Los partidos se ven reducidos políticamente a uno solo
que ni siquiera es un partido sino un órgano del estado.
La pequeña burguesía, contrariamente a la democracia
capitalista y socialista, es intransigente y absoluta al no
tener un programa claramente definido.
Los conceptos nacionalistas de heroísmo personal, en­
trega al jefe, etc., se exacerban o vuelven a cobrar auge,
incluso en Rusia.
La moral vuelve a ser la de la familia pequeñoburgue-
sa, con su ídolo, con su dios, con la autoridad paterna so­
bre los hijos y la del hombre sobre la mujer, con el abor­
to para quien puede pagarlo, etc. El burócrata ruso se
siente amo y señor; la lógica consecuencia de ello es una
especie de íntimo desprecio hacia el trabajador: «Has na­
cido para tirar del carro», dice para sí.
El fenómeno no puede sorprender demasiado. ¿Qué
eran en su gran mayoría los mandarines sindicales y de
partido, sino pequeños burgueses en sus ocupaciones?
¿Acaso no palmeaban el hombro de su cliente proletario
de cuyos intereses pronto se despreocupaban? ¿Y no son
todavía los mismos, allí donde perdura su Imperio? El
fenómeno es tan cierto que cuando sus colegas rusos lle­
garon al poder, en seguida se pusieron a su disposición,
encantados de haber encontrado una inversión segura que
no experimentaba las fluctuaciones del mercado capita­
lista, que estaba bien provista y abierta con la única con­
dición de una exacta obediencia burocrática. Para ellos,
no fue difícil entenderse, pero ¿puede saberse dónde esta­
ba y dónde está el proletariado? Algo ha merecido éste
su desgracia, puesto que una clase que quiere convertirse
en dominante en la historia, no debe mostrarse débil has­
ta el punto de dejarse subyugar por su propia burocracia
y ello ya en el período prerrevolucionario.
En vez de un estado que se disuelve en una adminis­
tración económica desde abajo, el estado se hincha buro-
cratizando la economía en una dirección que va de arriba
a abajo.

112
La Casa de los Soviets, de 360 metros de altura, será
como un emblema de este período, como una «Bastilla»
del mundo burocrático.16

16. Veía la nueva clase, pero la hacía derivar erróneamente


de una pequeña burguesía transformada. En realidad, como ave­
rigüé posteriormente, la primera coagulación de la nueva clase es
el partido único que se asienta en el poder. Al crear un estado
nuevo, procede a ampliar y perfeccionar la nueva clase dirigente
dedicada enteramente a ocuparse del estado, de quien recibe emo­
lumentos preferentes. Pero, ¿por qué el partido único, o incluso
más solapadamente, una coalición de gobierno de varios partidos,
representa la primera coagulación de la siguiente clase dirigente?
Porque se apodera progresivamente de las palancas económicas.
Una simple constatación marxista que los «marxistas» se cuidan
mucho de poner de manifiesto.

113
8
IX. La definición de la URSS

Véase lo que dice Trotsky y a continuación nuestras


observaciones:
«Calificar de transitorio o de interm edio el régimen
soviético, significa dejar de lado las categorías sociales
acabadas, como el capitalismo (incluyendo el "'capitalis­
mo de estado”) y el socialismo. Pero esta definición es en­
teram ente insuficiente en sí misma y susceptible de suge­
rir la falsa idea de que la única transform ación posible
del régimen soviético actual conduce al socialismo. Sin
embargo, sigue siendo perfectam ente posible un retroce­
so hacia el capitalismo. Una definición más completa for­
zosamente será más larga y más pesada.»
Un régimen social no es nunca transitorio; es peculiar
para un determ inado tipo de sociedad. La fase social de
transición en la que cristaliza el nuevo régimen ha sido
superada ya desde hace tiempo. Se ha producido la cris­
talización social. No es socialista ni tampoco capitalista.
Se tra ta de un nuevo tipo de sociedad con un sistema eco­
nómico corrientem ente entendido como capitalismo de
estado, con un régimen político de colectivismo burocrá­
tico, con propiedad de clase, explotación de clase, y, natu­
ralm ente, división de la sociedad en clases. Puede excluir­
se por tanto la «única transform ación» hacia el socialismo
e igualmente la posible transform ación en capitalismo pri­
vado (aunque sólo fuera porque apenas se ha producido),
puesto que sus tendencias de desarrollo son claram ente
muy estables y no individualistas.
La URSS es una sociedad interm edia entre el capita­
lismo y el socialismo en la que:
á) «Las fuerzas productivas son todavía demasiado
pequeñas para dar a la propiedad de estado un carácter
socialista.»

115
Tras el estado está la clase dominante, y por lo tanto
nada hay que se parezca a una sociedad socialista por
mediación del estado. Una propiedad de clase o de es­
tado nunca será una propiedad socialista. Se trata de
una cuestión de cualidad y no de cantidad.
b) «La tendencia a la acumulación primitiva, nacida
de la necesidad, se manifiesta por todos los poros de la
economía planificada.»
Esto es natural, pero no significa que esta nueva acu­
mulación primitiva deba hundir al nuevo régimen y a
su economía. Los nuevos amos pensarán en defenderse.
c) «Las normas de distribución, de naturaleza bur­
guesa, se hallan en la base de la diferenciación social.»
No se trata de normas burguesas, sino de normas pe­
culiares de una nueva clase explotadora. El capitalista
se apodera de los beneficios directamente en su empre­
sa. Los burócratas los reciben del estado, el cual, previa­
mente, los ha extraído a todas las empresas. No se trata
de la misma norma de distribución, ni tampoco es la
misma la estructuración social que se deriva de ella.
d) «El desarrollo económico, mientras que mejora
lentamente las condiciones de los trabajadores, contri­
buye a formar rápidamente un estrato de privilegiados.»
No negamos la mejora; solamente observamos que
preocupa muy poco elevar las condiciones económicas a
las que se había visto reducido el proletariado. Lo in­
teresante consiste en ver si la burocracia soviética es ca­
paz de elevar las condiciones de sus explotados por enci­
ma de las capitalistas. Y que se desarrolle «un estrato de
privilegiados» es algo enteramente lógico en una socie­
dad dividida en clases.
e) «La burocracia, al explotar los antagonismos so­
ciales, se ha convertido en una casta incontrolada, extra­
ña al socialismo.»
Se trata de una clase dominante que tiene su razón
de ser en el sistema económico puesto en vigor y en la
propiedad de clase que se deriva de él.
/) «La revolución traicionada por el partido en el
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gobierno, vive todavía en las relaciones de propiedad y
en la consciencia de los trabajadores.»
La nueva propiedad rusa no resulta en absoluto ven­
tajosa para quien trabaja; beneficia a quienes dirigen el
estado. He aquí el resultado de la «revolución traiciona­
da», que pronto lo será también para las consciencias.
g) «La evolución de las contradicciones acumuladas
puede desembocar en el socialismo o proyectar a la so­
ciedad hacia el capitalismo.»
La evolución ha llegado ya a donde tenía que llegar,
y está completándose y perfeccionándose.
h) «La contrarrevolución en marcha hacia el capita­
lismo tendrá que romper la resistencia de los obreros.»
Esta resistencia ya ha sido vencida y la contrarrevolu­
ción afirma el colectivismo burocrático por medio de su
valiente estado totalitario, y, además, no se halla en abso­
luto en marcha hacia el viejo capitalismo privado con
su valiente democracia.
i) «Los obreros que avanzan hacia el socialismo de­
berán derribar a la burocracia. La cuestión se decidirá
en definitiva por la lucha de las dos fuerzas vivas en el
terreno nacional e internacional.»
De acuerdo. Se trata, sin embargo, de una cuestión
nueva. Defender a la URSS quiere decir, por consiguien­
te, defender un nuevo sistema de explotación y a la clase
que se beneficia de él.
La sociedad burocrática es en Rusia un hecho. Diri­
gida ñor una clase dominante de carácter nacional se
opondrá cada vez más a las «fantasías» intemacionalis­
tas, preferirá el vasallaje y, entretanto, se adherirá a las
diversas «sociedades de naciones», según sus peculiares
intereses de clase.
Una vez más los trabajadores han sido engañados;
las experiencias de China y de España sirven para com­
probarlo.

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