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José M.

Campos y Pulido

LEGISLACIÓN
Y
JURISPRUDENCIA
CANÓNICA
NOVÍSIMA

TOMO IV

Código de Derecho Canónico


de 1917
Primera parte
■ItllOlíCn WlDICn DE HUTORIS ISPlROKS 1 EXTIMilim

LEGISLACIÓN
Y

Y DISCIPLINA PARTICULAR DE ESPAÑA

Exposición y com entario de las más recientes disp osiciones dictadas


en el Pontificado de 5. 5. Pío Papa X
y de las últimamente dictadas en el de 5. 5. Benedicto X9

POR

JOSÉ M. CAMPOS Y PULIDO


C a te d rá tic o n u m e rad o , por o p o s^ id n ,
de In s^ t JC Ío n e s de D e re c h o c a n ó n ic o en la U n iv e rs id a d lite r e ria de 5·:·'. illa;
D octor en S a g ra d o s C á n o n e s u en D e re c h o civil y can ó n ic o ;
L ic e n c ia d o en F ilo so fía y L e tra s;
ex A rc h iv e ro g e n e ral, ex A rch iv e ro - C o n ta d o r de la D e le g a c ió n de C n p e 'lr.m n s j M e m o ria s
U e:< N otario M a y o r del T rib u n al M e trn o o iita n o
del A rzo b isp a d o de G ra n a d a y A b o g ad o de su Ilu s tre C o leg io

CO N L A S LIC E N C IA S N E C E S A R IA S

TOMO CUARTO

EDITORIAL REU5 (S. R.)— CAÑIZARES, 3 DUPLICADO.— MADRID


BIBLIOTECA JURÍDICA
DE

AUTORES ESPAÑOLES Y EXTRANJEROS

VOLUM EN XXXHI
LEGISLACIÓN
Y

Y DI SCI PL I NA P M T I C U L M I DE E S P nñn

Exposición y comentario de las mas recientes disposiciones dictadas


en el Pontificado de S. S. el Papa Pió X y de Ias últimamente publicadas
en el de S. S. Benedicto XV
POR

JOSÉ M. CAMPOS Y PULIDO


C a t e d r á t ic o n u m e ra rio, p o r o p o sició n ,
d e In stitu cion es d e D e r e c h o c a n ó n ic o en la U n iv e rs id a d L it e r a r ia
de G ra n a d a ; D o c to r en S a g r a d o s C á n o n e s y en D e re c h o civil y can ó n ic o ;
L ic e n c ia d o en F ilo s o fía y L e t ra s ; e x A r c h iv e r o g e n e r a l;
e x A r c h iv e r o -C o n t a d o r de la D e le g a c ió n d e C a p e lla n ía s y M e m o ria s ,
y e x N o t a r io M a y o r del T r ib u n a l M e t ro p o lit a n o del A r z o b is p a d o de G ra n a d a ,
y A b o g a d o de su Ilu stre C o le g io .

(Con las licencias necesarias.)

TOMO CUARTO

EL NUEVO CÓDIGO DE DE RECHO CANÓNI CO


Estudio de las disposiciones que constituyen
su articulado. Su promulgación. Reformas
más importantes que ha introducido en la
disciplina de la Iglesia Católica
Cánones 1.° al 725.— Libros 1.° y 2° del mismo

MADRID
E D IT O R IA L REUS (S. A.)

C a ñ iz a r e s , 3 d u p lic a d o

1921
Hay un sello en seco que d ice:

A R Z O B IS P A D O D E G R A N A D A

Graratae 13 de Iulio de lí>20.

NIHIL OBSTAT
C ensura de la obra.
Censor deputatus.

Raymundus Perez Rodriguez (1).


Rubricado.

Granatae 13 de Iulio de 1920.

IMPRIMATUR

IOSEPH. Archiepiscopus Granatensis.


Rubricado.

(1) C o d inmensa satisfacción consignamos, al reproducir !a censura d e este vo­


lumen IV, que nuestro queridísimo Censor ha sido propuesto y presentado por el Go­
bierno de S. M. para el Obispado de Badajoz, habiendo sido aceptado su nombre por
el Santo Padre, y recibido la S. Consagración Episcopal en Roma..—(N. del AJ
DAL VATICANO, 22 Ottobre 1917.
«6o
t£ r í\ m

DI SüA S a N T í T a

N.° 45610
DA C1TARSI NELL A RISPO STA

Il l m o . S ig n o r e :

Mi reco a gradita premura di significarle che é síato


deposto nelíe venerate mani del Santo Padre, Vesemplare
detla « L e g i s l a c i ó n y J u r i s p r u d e n c i a c a n ó n i c a n o v ís im a y d i s ­

del quale la S. V. Illma. si é


c ip lin a p a r t i c u l a r d e E s p a ñ a » ,

onorata di far devoto omaggio al Vicario di Gesü Cristo.


Sua Santitá che vede con soddisfazione tutto ció che
puó contribuiré alto incremento delle scienze giuridiche si
é degnata di accogliere benevolmente Vossequioso omagm
gio; e nelVaffidarmi Vincarico di esprimere alia S. V. tale
suo gradimento, ha volido eziandio che le partecipassi la
Benedizione Apostólica che in argomento di paterna rico-
noscenza ed in auspicio delle celesti graztef te ha di cuore
impartito.
Mentre con vero piacere eseguisco il Sovrano mandato,
approfitto volentieri delVincontro per raffermarmi con dis­
tinta stima
di V. S. Illma.
Affmo. per servirla
P. C a r d . G asparri

I l l m o . S ig n o r e

DR. JOSÉ M. CAMPOS Y PULIDO


Abogado y Catedrático.

(España) GRANADA
AL L EC T OR

No esperes querido lector, si llegas a ojear las páginas de este


Tiuevo volumen de nuestra L e g i s l a c i ó n y J u r i s p r u d e n c i a c a n ó ­
n i c a n o v ís im a , encontrar en él un completo y definitivo estudio so­
bre la moderna disciplina que ha venido a establecer el novísimo Có­
digo canónico que en el día de Pentecostés del año 1917 ha promul­
gado solemnemente Su Santidad Benedicto XV, por su constitución
Proüidentissima M ater Ecclesia , ni mucho menos un comentario
completo y extenso de sus principales preceptos.
Para realizar este trabajo es pronto, y para que él pudiera repre­
sentar un estudio definitivo, el tiempo transcurrido desde su pro­
mulgación es insuficiente. La magnitud de tal labor exige mayor
detenimiento que el que suponen estas notas tomadas en vista del
primer ejemplar de la edición publicada por el periódico oficial de
la Santa Sede, y del también dado a luz con prefacio y notas por
Mgr. Gasparri, las que ofrecemos al público· con el solo propósito
de darle a conocer cuál haya sido el criterio que en él ha presidido,
cuál su forma y su contenido, cuáles sus preceptos, y en qué sentido
mantiene o modifica la disciplina canónica hasta aquí existente, no
menos que con el de analizar cuáles sean las más importantes nove­
dades que en el anterior derecho de la Iglesia ha introducido.
El comentario definitivo ha de venir después, cuando transcurri­
do algún tiempo, examinado con el detenimiento que merece, y más
que examinado, estudiado escrupulosamente y con el interés que re­
quiere la naturaleza de la obra realizada por la Santa Sede, deba
acometerse esta empresa.
Más modestas son nuestras aspiraciones en este momento. Acá-
2 CAMPOS Y PULIDO

babamos de dar a la luz publica el tercer volumen de nuestra repe­


tida obra, cuando, como esperábamos, el Santo Padre, daba autori­
dad mediante su promulgación al resultado de los trabajos realiza­
dos por aquella comisión codificadora que designara el inmortal
Pontífice Su Santidad Pío X, para la redacción y publicación de un
nuevo Código de Derecho canónico, y al terminar todo lo referente
a las Cosas temporales que constituye su contenido, Lugares sagra­
dos y lugares píos, Beneficios y Bienes temporales, creimos nues­
tro deber suspender el trabajo en espera del ansiado Código, ya
que en los primeros volúmenes habíamos examinado la disciplina úl­
timamente establecida y en el de que hablamos lo que constituye el
régimen concordatario de España, juntamente con las demás dispo­
siciones de general aplicación a la Iglesia en las materias a que se
refieren los asuntos en él tratados.
La reanudación de dicho trabajo se impone, mas ¿en qué forma?;
¿debíamos proceder sin más a laborar en nuestro cuarto volumen, y
darle a la estampa seguidamente?; ¿es qué la publicación del Código
hacía inútil el resultado de nuestro trabajo y sin aplazamiento alguno
debíamos poner mano sobre su reforma?; entendimos que no; las más
de las cuestiones allí estudiadas quedan en completo vigor, como
ocurre con el Decreto Ne ternere, con la Constitución Sapienti
consilio, etc., etc., salvo las naturales reformas que se introducen
en estos y otros preceptos de la Santa Sede, o las profundas modi­
ficaciones que algunas instituciones encuentran en el articulado del
nuevo Código.
En este sentido, el mejor criterio a nuestro juicio, era no aban­
donar el trabajo acumulado en aquella obra, y al mismo tiempo que
dábamos inmediatamente al público la versión del Código en la for­
ma que lo autoriza la Santa Sede, con las oportunas referencias a la
doctrina expuesta que resultare modificada o derogada, para que
toda la obra constituyera un todo armónico, ofrecer un estudio de
conjunto sobre el repetido cuerpo legal y estudiar su promulgación,
su eficacia y efectividad y los principios de que parte para mantener
o derogar el antiguo derecho, así como una exposición lo más com­
pleta posible del texto de los 2.414 cánones que le integran, de
donde podrá deducirse con exactitud en qué consistan las más im­
portantes novedades y reformas que introduce en la disciplina.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 3

Cuando la promulgación del Codigo tuvo lugar, ya trabajábamos


en la confección de un último volumen que, con el carácter de apén­
dice, contuviera las modificaciones que durante la publicación de
nuestra obra se habían aportado a las diferentes materias estudia­
das en ella, cuya necesidad se hacía aún mucho más imperiosa des­
pués que, desde 19 de Mayo de 1918, un nuevo Código canónico
rige el derecho de la Iglesia. Por esto entendimos que tal apéndice
requería límites más amplios y debía darse a la luz pública de suerte
que no resultara un simple opúsculo o folleto, puesto que a este fin
respondía en parte nuestro discurso de apertura del curso de 1918
al 1919 en la Universidad literaria de Sevilla; mas publicado, como
decimos, el referido Código, quedaba incompleta nuestra labor, y
ésta requería un complemento, naturalmente referido a la disciplina
novísima en su sentido estricto, si el fin que nos propusimos al dar
al público el resultado de nuestros estudios había de obtenerse cum­
plidamente.
La publicación de este trabajo en forma de nueva obra y rom­
piendo su unidad con los volúmenes precedentes, si bien no dejaría
de prestar utilidad, dejaría imperfecto un estudio en el que con tanto
interés, como acaso escasa fortuna, hemos laborado durante tanto
tiempo, y por ello nos decidimos a dar al público dos nuevos volú­
menes, en los que nos proponemos completar la doctrina expuesta
en la obra tantas veces repetida, de la que se habrá de partir para
su estudio, ya que a ella nos habremos de referir cuando tratemos
de la disciplina vigente en la actualidad (hasta la publicación del
Código) y de la que será su complemento, en cuanto presenta siste­
máticamente expuesto el articulado del Código y ordenadas debida­
mente aquellas modificaciones y reformas que en la misma se intro­
ducen.
Otra consideración nos ha movido a emprender esta labor. El
Código ha entrado en vigor el día de Pentecostés del año de 1918,
según dispuso la Constitución de Su Santidad Benedicto XV, y ello
exige dar a conocer al público lo que sea y lo que suponga el Có­
digo, que se acaba de promulgar, para que no sean ignoradas las
disposiciones más importantes que le informan.
Si confiado en tu primer creencia esperas ver en las líneas que
siguen el completo comentario del repetido cuerpo legal, no conti­
4 CAMPOS Y PULIDO

núes leyendo; si con propósito más limitado aspiras a conocer lo más


fundamental de la reforma y que es lo que subsiste de lo antiguo, no
abandones la lectura de las páginas sucesivas, que en todo caso ellas
te darán idea de la extraordinaria importancia que supone la promul­
gación de un Código canónico y nos facilitarán a todos el estudio
posterior más detenido y más meditado de cada uno de sus intere­
santes preceptos.

J. M. C ampos y P ulido .
NOCIONES PRELIMINARES

A n teceden tes sobre la promulgación por Su Santi­


dad B enedicto X V del Código de Derecho ca­
nónico.

Iniciamos con este nuevo volumen, verdadera continuación de los


anteriores, que por entero dedicamos al estudio de la moderna dis­
ciplina de la Iglesia católica, refiriéndonos en todo él y consagrán­
dolo en absoluto a analizar, desentrañar, desenvolver, y en deter­
minadas ocasiones a comentar, siquiera esto sea con la limitación
que nos lo permiten nuestros escasos conocimientos, el de los múl­
tiples preceptos que hoy constituyen el derecho de la Iglesia fun­
dada por Jesucristo Nuestro Señor, cuya reforma, y más que ésta,
cuya compilación y reunión en un nuevo cuerpo de doctrina legal,
redactado y construido en la forma que lo están los modernos Có­
digos, clasificado bajo un sistema científico qne podemos calificar
de admirable, y distribuido en las distintas partes que lo caracteri­
zan como tal, nos obliga, al iniciar su examen, a afirmar que la pu­
blicación de éste constituía una necesidad verdaderamente inaplaza­
ble para la vida legal de la misma Iglesia, necesidad y aspiración
suprema de todos los fieles, y anhelo vehemente de todos los hom­
bres de ciencia, llenada y satisfecha con la promulgación por Su
Santidad Benedicto XV del Codex iuris canonici, que mandó re­
dactar S. S. Pío X, y que el Pontífice anteriormente mencionado
ha logrado dar a toda la Iglesia en fecha bien reciente.
Ciertamente que entre los múltiples preceptos, disposiciones y
resoluciones de la Sede Apostólica que desde que ha pocos años
inauguramos en la Revista de Legislación y Jurisprudencia la
sección dedicada a «Cuestiones canónicas», hemos venido estudian­
6 CAMPOS Y PULIDO

do y analizando con el detenimiento que merecen, lo mismo que en


cuanto tenemos publicado y expuesto en los tres volúmenes prece­
dentes, no ha habido ninguno de ellos que pueda equipararse en im­
portancia al nuevo Cuerpo legal del derecho de la Iglesia que hoy re­
clama nuestra atención, ni que con mayor motivo exija la publicación,
no de un trabajo, sino de una verdadera obra en la que se expongan
cuáles sean los principales preceptos que ha venido a establecer el
nuevo Código canónico, cuya publicación, ep medio de las amargu­
ras que la guerra entre casi todas las naciones del Globo ocasionó
en el ánimo del Romano Pontífice Su Santidad Benedicto XV, le
habrá ofrecido una dulce compensación y una justa y legítima alegría
al ver realizado y promulgado en su Pontificado el magno pensa­
miento de su antecesor el inmortal Pío X, cuya memoria aún per­
dura en el corazón de todos.
En los últimos días del mes de Diciembre de 1917 dábamos cuen­
ta en la indicada sección de dicha Revista , y bajo aquel título, de
la admirable alocución del actual Pontífice a los Cardenales de la
Santa y Universal Iglesia Católica, pronunciada en el Consistorio
secreto del día 4 del mismo mes que vertíamos al castellano del pe­
riódico oficial de la Santa Sede y que nos Enseñaba cuál era el pro­
pósito de Su Santidad y en qué forma trataba de dar cumplimiento
al indicado pensamiento del Pontífice de la Eucaristía de dotar a la
Iglesia de un nuevo Código canónico, ya confeccionado, mediante
su próxima publicación en forma adecuada; mas las esperanzas que
aquel documento Pontificio nos hacían concebir, bien pronto se han
visto confirmadas, pues en el momento actual constituye esto, no
ya un deseo, ni siquiera una aspiración de realización inmediata,
más o menos próxima, sino una completa y feliz realidad, porque el
día de Pascua de Pentecostés del año de 1917, Nuestro amantísimo
Padre, desde la Cátedra de Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y en
virtud de su Constitución Providentissima Mater Ecclesia , diri­
gida a todos los Patriarcas Primados, Arzobispos, Obispos y demás
Ordinarios, así como a las Universidades de Estudios católicos y
Doctores y Auditores de los Seminarios del mundo todo, ha promul­
gado oficialmente la nueva compilación legal de Derecho canónico,
que ofrece a los estudiosos y a todos los fieles de la Iglesia dé Jesu­
cristo la extraordinaria ventaja de presentar reunido en un solo
cuerpo de doctrina la vasta obra legislativa y la labor inapreciable
y de inestimable valor realizada, con el celo y diligencia que la
Iglesia ha empleado y utilizado para resolver y regular en el trans­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 7

curso de los siglos, todas las cuestiones que afectan a la salud es­
piritual de los fieles.
Nunca mejor que en esta ocasión podríamos reproducir, para dar
noticia de la promulgación de tan insigne monumento jurídico, la
frase tan conocida mediante la que el primero de los Diáconos co­
munica al pueblo la elección del nuevo Pontífice, una vez que ésta
ha tenido lugar en el Cónclave: nuntio vobis gaudium magnum ,
Papara habemus, porque cualquiera, por muy poco versado que
esté en el estudio de los cánones, si en alguna ocasión ha tenido
que acudir a los textos y a las fuentes que integran el Derecho ecle­
siástico, al pasar su vista por los distintos libros, títulos, capítulos y
cánones en que aparece dividida y metódicamente clasificada la ma­
teria toda de las Instituciones jurídico-canónicas, en el reciente Có­
digo ha de experimentar una alegría y satisfacción inmensa muy se­
mejante a aquella que siente la atribulada familia cristiana cuando
después de la muerte del Pontífice, y con la ansiedad que produce
la elección de un nuevo Vicario de Cristo, espera se le comunique
que nuevamente por la inspiración de Dios ha sido elegido su legí­
timo representante y su cabeza visible en la tierra.
Aún podemos decir que no hace mucho tiempo leíamos en distin­
tos periódicos y se hablaba y se decía que el día señalado para la
promulgación de aquél era el de los Santos Apóstoles San Pedro y
San Pablo, y así de esta suerte se anunció; mas tal afirmación fué de
todo punto inexacta, pues en el indicado día de Pentecostés del
año 1917 se publicaba la repetida Constitución, y en el momento en
que Su Eminencia el Cardenal Secretario de Estado, el Emmo. Pe­
dro Gasparri, alma y trabajador incansable en la nueva Compilación,
ofrecía al Santo Padre un ejemplar del nuevo Código, Su Santidad
Benedicto XV, a quien estaba reservada la satisfacción de que su
glorioso nombre apareciera unido al de Pío X, así como ambos al de
los inmortales y sabios Pontífices y Canonistas que se llamaron Gra­
ciano, San Raimundo de Peñafort, Gregorio IX, Bonifacio VIII, Cle­
mente V y Juan XXII, contestaba con un elocuentísimo y sentido
discurso que ha sido publicado en la revista La Croix y reproduce
Le Canoniste (1), en el que con ?frase cariñosa se hace patente la
alegría que inunda su afecto paternal hacia todo el orbe católico, y
la compensación que en sus tristezas presentes le produce el haber
dado cima, después de una labor tan asidua, a la idea que concibió

(!) Llvralsson, 473-474. Mai-Juiu, 1917, páginas 19S y siguientes.


8 CAMPOS Y PULIDO

su predecesor y en la que se ha trabajado con tan ardiente celo e


inquebrantable voluntad por la Comisión pontificia, a quien se con­
firió la tarea de reunir en un solo cuerpo de doctrina las leyes dis­
ciplinares de la Iglesia.
Dice así este hermoso documento: «En la vida de la Iglesia al­
ternan las alegrías y los dolores . El perfume de las flores se di­
sipa a veces rápidamente por la violencia de la tempestad. Nadie
podrá asombrarse de ello, porque al elevar los ojos hacia Jesús cru­
cificado los cristianos deben pensar y decir que no conviene que
bajo un Jefe coronado de espinas los miembros se cubran de rosas.
Pero exaltar lo que constituye la vida de la Iglesia o la preponde­
rancia que en ella tienen los dolores, no impide el gustar las alegrías
que a veces suceden a las amarguras. Parece acaso que ello es causa,
de que estas alegrías tan poco frecuentes nos sean más agradables
y acrecienten el sentimiento de nuestro reconocimiento hacia Aquél
de que proceden todos los bienes.
»Nós realizamos en este momento, Venerables Hermanos, la
dulce experiencia de esta verdad. Nós podemos decir, en efecto,
ciertamente, que desde el comienzo de Nuestro Pontificado, y en su
desenvolvimiento rápido, no son los céfiros embalsamados, sino las
tempestades más impetuosas las que han agitado la vida de la Igle­
sia. Mas he aquí que hoy nuestra alma se inunda d£ la más pura ale­
gría. La gran obra de la codificación del Derecho canónico ha lle­
gado por fin a su término. De ello tenemos la prueba sensible en el
volumen que acaba de sernos presentado. El Eminentísimo Presi­
dente de la Comisión para la Codificación ha coronado dignamente
por la presentación de este volumen la obra que nuestro venerable
predecesor le había confiado.
»Nós nos apresuramos, por consiguiente, a expresarle los senti­
mientos de nuestra gratitud, y en el agradecimiento a él, compren­
demos a todos los Consultores, Obispos, y, principalmente, a todos
los Eminentísimos Cardenales que han contribuido al perfecciona­
miento de esta obra y aportado a ella las luces de su doctrina, los
frutos de su experiencia, y la llama de su celo, por todo lo que mira
a la gloria de Dios y a la salud de las almas.
»Pero este dichoso acontecimiento nos ocasiona una alegría muy
especial, porque comprueba que Nós hemos alcanzado, desde luego*
el objetivo muy noble que perseguía Pío X al ordenar los estudios
preparatorios para la codificación del Derecho canónico.
»Cuanto este Pontífice, de queridísima y santa memoria, publi­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 9

caba el Motu proprio Arduum sane muntis, que confiaba a una


Comisión pontificia especial la tarea de reunir todas las leyes disci­
plinares actuales de la Iglesia, un aplauso unánime acogía esta me­
dida tan oportuna, porque era universal el deseo de conocer todas
las leyes que rigen en la actualidad en la misma y estas leyes sola­
m ente . Todas las leyes, porque sin el conocimiento de todas ellas
no se puede pretender una perfecta observancia de los deberes; y
estas leyes solas, porque si el recuerdo de las leyes abrogadas o
caídas en desuso puede ayudar a la historia del Derecho, no es útil
a la práctica de la vida. Él la hace aún más difícil y más incierta.
»Mas hoy se ha satisfecho el anhelo que alentaba, desde mucho
tiempo ha, en los espíritus dados al estudio del Derecho eclesiástico.
Hoy se ha realizado el voto común de todos los hijos de la Iglesia,
que se han preocupado del bien individual y del bien social, y Nós
podemos anticipar el juicio que el Eminentísimo Presidente de la Co­
misión Cardenalicia para la codificación declaraba querer abandonar
a la posterioridad. Su modestia hubiera querido sustraerse a la parte
principal de las alabanzas que deben hacer recaer sobre él, el reco­
nocimiento del valor intrínseco que tiene el nuevo Código de Dere­
cho Canónico. Mas la humildad no debe jamás oponerse al triunfo
de la verdad. Ningún motivo, por consiguiente, de modestia perso­
nal, por muy loable que sea, puede impedir a Nós de hacer desde
ahora elevar hasta el Altísimo el himno de nuestra acción de gracias
por habernos concedido poner el sello de nuestra autoridad sobre
una obra que Nós juzgamos que ha de ser sumamente provechosa a
los intereses de la Iglesia.
»Un solo pensamiento nos entristece, y es que nuestro venera­
ble predecesor no haya podido coronar con sus manos la obra co­
menzada por Él. En verdad que la palabra evangélica Alii labora-
verunt et vos ¿n labores eorum ¿ntroistis, no fué nunca repetida
como nosotros podemos hacerlo en estos momentos, dirigiéndola a
Nós mismo. Sin embargo, Nós encontramos consuelo con la espe­
ranza de que, desde lo alto del cielo, pueda también Pío X regoci­
jarse de su obra, y de que por su intercesión pueda siempre asegu­
rar, cada vez más, sus buenos frutos.
»Herederos de su espíritu, Nós tomamos el nuevo Código como
venido de sus manos; herederos de su autoridad, Nós nos propone­
mos asegurar celosamente su firme observancia, cerrando el oído a
toda petición de derogación, sea la que fuere.
»¡Plegue a Dios que los bienes inefables de la santificación de
10 CAMPOS Y PULIDO

los individuos de la paz y de la concordia de la sociedad religiosa


manifiesten a todos que en el día de la publicación del nuevo Código
de Derecho Canónico, una alegría desacostumbrada alivie los dia­
rios sufrimientos del Jefe de la Iglesia!
»¡Que la bendición de Dios confirme el voto que Nós hacemos,
y que él sea al mismo tiempo el presagio de la recompensa que los
Eminentísimos Cardenales, los miembros del Episcopado católico y
los consultores de la Codificación han merecido concurriendo al per­
feccionamiento de la obra, hoy dichosamente terminada!»
Así se expresaba el Vicario de Cristo en la tierra cuando tuvo
la dicha de ver entre sus manos el primer ejemplar del nuevo Có­
digo que le ofrecía la sabiduría de un Canonista eminente, el compe­
tentísimo Cardenal Qasparri, que con tanto interés ha trabajado para
dar cima al pensamiento de un venerable Pontífice, que sólo el con­
cebir y planear tan vasta y compleja empresa, constituye su mayor
y más cumplido elogio, nunca encomiado lo bastante; y esta debe
ser la expresión de la satisfacción que a todos produce el contem­
plar redactado y promulgado, y ante nuestra vista, el volumen que
acaba de editar la Tipografía políglota Vaticana, dándolo a los sus-
criptores de Acta Apostolicae Sedis como un nuevo volumen del
pasado año de 1917. ¡Feliz Gasparri, que ha podido hacer delicada
ofrenda del resultado de su copiosa y admirable labor a la sabiduría
y prudencia de un Pontífice tan amante de sus hijos como el que
actualmente rige los destinos de la Iglesia Católica, tan abrumada
por tanto pesar! Y al ensalzar su nombre, en cuanto ha revelado una
inteligencia en nada inferior a la del sabio y santo español Raimun­
do de Peñafort, que bajo el Pontificado de un Gregorio IX realizó
una compilación, como la de las Decretales, tributando el aplauso
que merece y rindiendo el tributo de admiración y respeto que de­
bemos todos los católicos como fieles y amadísimos hijos al Sobe­
rano y Supremo Jerarca de la Iglesia, que en medio de las profundas
tristezas y amarguras que acibaran su. contristado ánimo, ha tenido
la satisfacción de ver realizada tan importante obra, dando a la so­
ciedad cristiana un Código tan deseado y tan necesario, de suerte
que el nombre del Cardenal Secretario de Estado vaya unido al de
Benedicto XV, dediquemos un sentido y cariñoso recuerdo a Su
Santidad Pío X, Pontífice inolvidable, que si bien tuvo en sus últi­
mos días la gran aflicción de ver estallar la conflagración entre todas
las naciones europeas, que como reguero de pólvora se fué exten­
diendo sin cesar a todo el mundo, 110 le fué permitido alcanzar la sa­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 11

tisfacción de ver por sus propios ojos el primer fascículo de aquel


proyecto grandioso que su portentosa inteligencia y acendrado amor
a la Iglesia, sintetizado en el glorioso lema de su fecundo Pontifi­
cado de restaurar todas las cosas en Cristo, concibiera en un mo­
mento de santa inspiración por el bien de los fieles.
El 19 de Marzo de 1904, Su Santidad Pío X publicaba el Motu
proprio Arduum sane munus , por el que ordenaba la codificación
del Derecho canónico, nombrando la Comisión de Cardenales y Ca­
nonistas a la que se encomendaba la redacción de un Código en el
que, adoptándose la misma forma que se emplea en la de los Cuer­
pos legales de los Estados modernos, según nos daba a entender la
comunicación dirigida a la Universidad de Lila, y constando de las
partes que en ella se determinan, se había de concretar toda la dis­
ciplina de particular aplicación a la Iglesia católica; y el domingo 27
de Mayo del pasado año de 1917, fiesta de Pentecostés, otro Pontí­
fice insigne, Su Santidad Benedicto XV, ha publicado la Constitu­
ción Providentissima M ater Ecclesia, por la que se promulga el
Código ya redactado. Han transcurrido poco más de trece años, y
aunque en ese lapso de tiempo, demasiado exiguo para la magnitud
de la obra realizada, no ha permanecido inactiva la Santa Sede en
su constante laborar por el perfeccionamiento de las leyes eclesiás­
ticas, hoy puede considerarse como alcanzado el fin que se propuso
el Motu proprio de Pío X, y a partir del día de Pascua de Pente­
costés del año de 1918, queda completamente en toda su efectividad,
y ha de ser de un todo obligatorio, como cuerpo único de doctrina
uniforme.
Mas si el Código se mandó redactar por Su Santidad Pío X
y la Santidad de Benedicto XV lo ha promulgado por su Consti­
tución Providentissima Mater Ecclesia , como se acaba de decir,
no ha descuidado este último Pontífice de proveer en forma conve­
niente a dos importantísimas cuestiones, que una vez que aquél tuvo
sanción oficial habían de presentarse en la práctica seguidamente,
cuales son la de determinar la forma de su interpretación auténtica
y la referente a la manera de realizarse su estudio y exposición por
los Canonistas y Profesores de Derecho canónico.
Sin referirnos en estos momentos a la segunda cuestión, que ha
sido resuelta por la decisión de la Sagrada Congregación de Semi­
narios y Universidades de estudios, en la que ha transformado Su
Santidad Benedicto XV la antigua de estudios que conservó su pre­
decesor el sabio Pontífice Su Santidad Pío X, en la Constitución
12 CAMPOS Y PULIDO

Sapienti consilio , y de la que daremos noticia al estudiar la forma


del Código, su división en libros, títulos y capítulos, y las demás
materias relacionadas con su historia externa, debemos completar
estas notas que incluimos en las llamadas nociones preliminares, es­
tudiando lo que respecto a este particular ha decretado Su Santidad
Benedicto XV en el M otu proprio, Cum iuris canonici Codicem
de 15 de Septiembre de 1917 (Acta Apostoíicae, vol. IX, pági­
nas 483 y 484), pues las disposiciones de éste ofrecen extraordina­
rio interés en lo que atañe a la manera de interpretar los preceptos
contenidos en el mismo, para que esta interpretación tenga el ca­
rácter de autenticidad que requiere su misma importancia.
Teniendo en cuenta que la referida interpretación no podía que­
dar al arbitrio exclusivo de los canonistas, ni mucho menos que era
oportuno dejar a los tratadistas y comentaristas, que se habían de
ocupar en procurar fijar el verdadero sentido de sus múltiples dis­
posiciones, la determinación del alcance y sentido de éstas, previene
en él, que como quiera que al ser promulgado por el Santo Padre el
referido Código de Derecho canónico, mandado redactar por su an­
tecesor Su Santidad Pío X, de feliz memoria, reclaman el bien de
la Iglesia, y la misma naturaleza de las cosas, que para precaver en
cuanto sea posible el verdadero y propio sentido de los cánones no
quede sometido a la diversidad de opiniones y juicios de autores
particulares o aun la frecuente variedad de las nuevas leyes dé mo­
tivo alguna vez en asunto de tanta importancia a diversidad de cri­
terios, el Santo Padre, para proveer a todas estas dificultades,
motu proprio de ciencia propia y después de madura y detenida
deliberación, estableció y decretó las reglas que siguen:
1.a Siguiendo el ejemplo de nuestros antecesores en el Pontifi­
cado que encomendaron la interpretación de los Decretos del Con­
cilio Tridentino a una Comisión o Congregación de Padres Carde­
nales, se constituirá también una Comisión a la que corresponderá
exclusivamente el derecho de interpretar auténticamente los cánones
del Código, oída sin embargo, en los asuntos de mayor importan­
cia, la Sagrada Congregación que tenga facultad propia para cono­
cer del asunto que haya sido propuesto a la deliberación de la indi­
cada Comisión, cuyo Consejo o Comisión dispone Su Santidad que
ha de constar de algunos Cardenales de la Santa Iglesia Romana, y
será presidido por uno de ellos, elegido por autoridad del mismo
Pontífice que le crea o por la de sus sucesores; a éstos se unirán
tanto un varón aprobado y apto para la redacción de las actas de la
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 13

indicada Comisión o Consejo, que hará, por tanto, de Secretario, y


algunos Consultores de uno y otro clero, peritos en Derecho canó­
nico, los que habrán de ser designados por la misma Autoridad Pon­
tificia; pero tendrá del propio modo facultad y derecho la repetida
Comisión o Consejo para solicitar de los Consultores de las Sagra­
das Congregaciones respectivas, a las que por la naturaleza del
asunto correspondiere conocer de él, la emisión del correspondiente
dictamen e informe.
2.a No harán en lo sucesivo las Sagradas Congregaciones ro­
manas nuevos Decretos generales , a no ser que lo aconsejase al­
guna grave necesidad de la Iglesia universal. Será, por consiguien­
te, misión ordinaria de las mismas, en lo que respecta a esta mate­
ria, tanto el cuidar de que las prescripciones del Código se observen
religiosa y estrictamente, como el publicar Instrucciones , si ello
fuere necesario, mediante las que pueda tener lugar el mejor escla­
recimiento de los preceptos del mismo Código, y la mayor eficaz
ejecución desús prescripciones, verificándolo de modo que, caso de
que se redactasen tales documentos, no sólo sean, sino que también
aparezcan como explanaciones y complemento de los cánones, los
que por consiguiente serán citados como tales oportunamente en el
contexto de los documentos.
3.a Si en alguna ocasión en el transcurso del tiempo exigiese el
bien de la Iglesia universal que se publicase algún nuevo Decreto ge­
neral por alguna Sagrada Congregación, se redactará dicho Decre­
to por la misma, y si éste disintiese de lo que se prescribe en el Có­
digo, deberá darse cuenta al Sumo Pontífice de dicha discrepancia.
Una vez que el referido Decreto sea aprobado por Su Santidad, de­
berá ser remitido por la misma Sagrada Congregación a la Comisión
instituida para la interpretación del Código, a la que corresponderá,
según lo que se haya de prescribir en aquél, redactar el canon o cá­
nones que fuesen necesarios. En el caso de que el Decreto discre­
pare de lo que se dispone en el Código, determinará la Comisión o
Consejo qué ley del Código ha de ser sustituida por la nueva; mas
si el Decreto tratase de cosas respecto a las que el Código guarda
silencio, indicará la referida Comisión el lugar en el que el nuevo o
los nuevos cánones han de insertarse en el Código, repitiendo el nú­
mero del canon que le anteceda próximamente, con la palabra bis ,
ter, etc., sin que ningún canon se varíe de lugar, o se modifique o
altere en modo alguno la serie de los números todos los del Código;
todo lo que inmediatamente después del Decreto de la Sagrada Con­
14 CAMPOS Y PULIDO

gregación se referirá, haciéndolo constar así en Acta Apostoticae


Sedis.
Extraordinaria importancia debemos atribuir al Mota proprio>
cuya parte dispositiva acabamos de transcribir, en cuanto por eí
mismo se han evitado innumerables dificultades que en la prác­
tica habían de presentarse, si, como se ha dicho, la fijación del sen­
tido de los diferentes cánones del Código se hubiese dejado a la di­
versa interpretación de autores y canonistas. Por otra parte, no se
ha limitado Su Santidad a preveer y dejar resuelto con un criterio
de uniformidad y fijeza absolutos cuanto se relaciona con la intere­
sante materia de la interpretación auténtica de los preceptos del
nuevo Código, concediendo a la que se dé de los diferentes cánones
que le integran el carácter de legal, tan necesario cuando se trata de
una obra de la importancia que sin duda alguna corresponde al no­
vísimo derecho de la Iglesia, contenido en el Codex iuris canonici,
sino que ha tenido en cuenta también cuanto se relaciona con la po­
sibilidad, tanto de establecer algún nuevo precepto que supla la
omisión de aquél, si ella existiere, como aun de modificar alguno de
los que en él se establecieren, manteniendo por este medio la unidad
y la armonía entre los distintos cánones del repetido Código, cuya
numeración y orden no ha de ser nunca alterado, sino que se con­
servará íntegro, en cuanto los nuevos cánones tendrán número du­
plicado o triplicado, expresado como se indica por las palabras bis,
ter , etc. La misma precisión que se observa en lo dispuesto por Su
Santidad Benedicto VX, reclamaba su especial consideración, sobre
todo en este lugar, en el que limitándonos a exponer las nociones
preliminares para el estudio del mismo Código, cuyo sentido ha de
fijarse auténticamente por la Comisión que se establece, debía co­
nocerse el medio de llegar a obtener dicha autenticidad en la inter­
pretación de los referidos preceptos, que no es otro que el que se
prescribe en las reglas consignadas.
Una cuestión quedaba, sin embargo, por resolver, y era la de de­
terminar quiénes tendrán facultad para acudir a la Comisión institui­
da por Su Santidad Benedicto XV solicitando la referida interpreta­
ción de los preceptos establecidos por los cánones del Código, y ella
ha sido decidida por la misma Comisión en la reunión celebrada en 9
de Diciembre de 1917 (Acta Apostolicae Sedis , vol. X, pág. 77),
en la que se estableció que la indicada Comisión ha de responder
sólo a las dudas propuestas por los Ordinarios, y por los Superiores
mayores de la Ordenes y Congregaciones de religiosos, etc., pero
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 15

no de aquéllas planteadas por personas particulares, a no ser que lo


fueren por conducto de su propio Ordinario.
Indicado ya el momento de la promulgación del Código y el cri­
terio adoptado para su interpretación, si nos referimos ahora a las
causas que han exigido la redacción y publicación de éste, hemos
de consignar por anticipado que desde tiempo muy antiguo y uná­
nimemente por todos los canonistas ha sido reconocida la necesidad
de la codificación del Derecho canónico. Una vez que en la Iglesia
terminó la publicación de las colecciones canónicas oficiales con las
Extravagantes comunes y las de Juan XXII, y celebrado después el
santo y ecuménico Concilio de Trento, que vino a reformar la an­
terior disciplina, quedó constituido el Corpus iurls canonlci como
es sabido, por el Decreto de Graciano, las Decretales, el Sexto las
Clementinas, y las Extravagantes comunes y las de Juan XXII, pues
aunque más adelante se pensó en la formación de una nueva colec­
ción y se trabajó con interés en la confección del Séptimo de las
Decretales, Su Santidad Clemente VIII no se decidió a darle auto­
ridad pública, por cuanto su predecesor Su Santidad Pío IV no sólo
prohibió que se hicieran comentarios del referido Concilio, sino que
creó la Sagrada Congregación de intérpretes del mismo, que desde
la· fecha de su institución se ha ocupado constantemente en fijar el
sentido auténtico de sus cánones.
La multiplicidad de fuentes en vigor corroborada a este respecto
con el hecho de 110 ser la única legal el referido Corpus iurisf puesto
que si contenía las Decretales Pontificias lo era sólo hasta Sixto IV,
y no sólo se dictaron en toda la vida de la Iglesia infinitas más, sino
que tuvo lugar la celebración del referido Concilio, así como el del
Vaticano, cuyas sesiones no han terminado, exigían la publicación
de un nuevo Código, necesidad de todo punto inaplazable, puesto
que desde Paulo V no se volvió a emprender, con autoridad apostó­
lica trabajo alguno'de codificación, salvo el pensamiento no crista­
lizado de Benedicto XIV respecto al mismo objeto, respondiendo a
esto la idea concebida por Su Santidad Pío X de dotar a la Iglesia
de un nuevo cuerpo legal, Código perfecto sin duda, que apartán­
dose del antiguo sistema y método que presidió a la redacción de
las anteriores colecciones, hubiere de contener, sistemáticamente
desenvuelto y ordenado, todo el derecho de aplicación a la Iglesia,
y por el que durante tanto tiempo ha suspirado ésta.
Encuéntrase eí antecedente próximo e inmediato del. repetido
nuevo Código en el motu proprio de Su Santidad Pío X Arduum
16 CAMPOS Y PULIDO

sane munus (1), por el que se ordena la codificación canónica, y


nombrada la Comisión codificadora que había de entender en su re­
dacción, ha tenido lugar su solemne promulgación por la Constitu­
ción Prooidentissima Mater Ecclesiae de Su Santidad Benedic­
to XV, ya citada.
Ha venido el repetido nuevo Código a llenar una necesidad que
por muchísimos años se ha hecho sentir, y a realizar una aspiración
justísima, constantemente manifestada y expuesta por toda la Igle­
sia católica, llegándose a su indicada publicación después de haberse
empleado todos los medios conducentes a que la reforma alcanzara
el grado de perfección que en ella se observa, a la vez que exami­
nadas y conocidas previamente para resolverlas en forma adecuada
todas las necesidades y dificultades que de la aplicación de la an­
tigua disciplina se presentaban, se ha dado a los Obispos de la cris­
tiandad la oportuna intervención, para que la reforma respondiese
siempre y en todo momento a las necesidades y exigencias de la
vida de la Iglesia.
Para dar el debido desenvolvimiento al propósito que concibiera
Su Santidad Pío X, y para que la obra por el mismo realizada fuese
lo más perfecta posible, en el referido Motu proprio, no sólo se or­
denaba la codificación y se constituía la Comisión a que nos hemos
referido, fijándose las normas para la realización de su trabajo, sino
que al mismo tiempo se determinaba por el número IV de sus pre­
ceptos que los referidos Obispos de la Iglesia universal habían de
concurrir y coadyuvar a este trabajo importantísimo, según las nor­
mas que oportunamente se establecieran, a cuyo efecto, en la carta
circular suscrita por el Eminentísimo Cardenal Secretario de Estado
en 25 de Marzo de 1904, se dispuso por Su Santidad que para que
se cumpliese dicho fin, cada Arzobispo, en el más breve plazo posi­
ble y dentro de los cuatro meses siguientes a la recepción de la mis­
ma, oídos los sufragáneos y los Ordinarios que ‘deben asistir al Sí­
nodo provincial, remitieran a la Santa Sede un resumen acerca de
cuáles fueran las mutaciones y correcciones que, según su opinión,
debían de hacerse en el Derecho canónico vigente, concediéndoles

(1) Puede consultarse el motu proprio A rduttm sane m unus, así como I09 nom­
bres de los Individuos de la Comisión codificadora y los demás particuiare> relativos
a su publicación, en nuestra obra L e g i s l a c i ó n y J u r i s p r u d e n c i a c a n ó n i c a n o v í s i m a
y D i s c i p l i n a p a r t i c u l a r d e E s p a ñ a , vol. I, páginas 63 y siguientes, y los artículos
publicados en la R evista de Legislación y J u risp ru d en cia , vol. ISO, páginas 371 y
siguientes.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 17

facultad a los Obispos de cada nación para que escogieran ‘una o


varias personas competentes en Sagrados Cánones y en Sagrada
Teología, y que éstos pudieran ser agregados a la Comisión con­
sultora.
Con gran secreto se ha realizado toda la labor codificadora de­
cretada por Su Santidad Pío X, remitiéndose oportunamente los co­
rrespondientes ejemplares de los diversos libros del Código a los
Reverendos Arzobispos y Obispos de todo el mundo, pero de tal
suerte, que a los profanos nos ha sido completamente imposible an­
ticipar ni conocer cuál fuere el contenido de éstos, y cumpliendo lo
ordenado, concluido el primer esbozo del Código—como nos dice el
Padre Ferreres, cuyas indicaciones aceptamos y tomamos de su
nueva obra, por creerlas de fuente autorizada (1)—, se les remitió
pór partes en 20 de Marzo de 1912, 1.° de Abril de 1913, 1.° de
Julio del mismo año y 15 de Noviembre de 1914, para que hicieran
respecto a él las observaciones que juzgasen oportunas y necesarias,
y, en su consecuencia, pudiendo hacer uso de las facultades que se
les conferían para oir las opiniones de uno o dos canonistas del clero
secular o regular, bajo secreto Pontificio, evacuaron los informes
que se les pedían, realizándose'en esta forma la redacción y confec­
ción del novísimo Código que hoy admiramos, cuya promulgación
había de hacer unos años después Su Santidad Benedicto XV, por
medio de su Constitución Providentissima Mater, que, como la
Rex pacificuSf de Gregorio IX, había de señalar un período o más
bien una nueva época perfectamente definida, la de la codifica -
eión, en la historia de las fuentes del Derecho de la Iglesia.
Mas ¿cuál es la forma externa del nuevo Código, cuál su conte­
nido y cuáles los más importantes preceptos que en el mismo se han
sancionado? Al publicarse éste y promulgarse oficialmente por la au­
toridad Pontificia, ¿han sido derogadas todas las colecciones canóni­
cas hasta aquí existentes? ¿Subsiste la vigencia del Tridentino tanto
en su parte dogmática como en la disciplinar? ¿Los preceptos última­
mente dictados como el Decreto Ne temere sobre el matrimonio, el
Ut debita sobre las misas manuales, la Encíclica Pascendi , la
Constitución Sacrorum Antistitum, el Decretó Maxima cura} y
tantos y tantos otros .monumentos legislativos de reciente publica­
ción y vigencia, se considerarán derogados, o se incorporarán sus

11j In stitu ciones canónicas, con arreglo al novísimo Código de Pío X, vol. I, pá­
gina 3 i, núm. 108, texto y nota.
C ampos y P ulido . T omo iv . 2
18 CAMPOS y PULIDO

prescripciones al nexo de aquél, estableciéndose sólo las modifica­


ciones que la experiencia haya aconsejado introducir sin que en lo
sustancial se altere la disciplina por ellos establecida? ¿Cuáles son,
por último, las novedades que mediante su promulgación se han in­
troducido y en qué sentido se reforma la anterior disciplina?
Múltiples y muy complejas son todas la preguntas formuladas;
pero en realidad las primeras pueden considerarse resueltas con el
estudio de las normas generales, antecedente natural p$ra sucesivas
investigaciones. Partiendo, pues, de la doctrina en ellas consignada
podremos conocer cual sea, tanto la extensión de la aplicación de los
preceptos del repetido Código novísimo, como su carácter deroga­
torio para lo que ha constituido la disciplina hasta aquí vigente, y
de este detenido examen deduciremos más tarde si las antiguas co­
lecciones han sido derogadas, lo mismo que si subsiste la disciplina
Tridentina, y si a los referidos decretos y constituciones última­
mente promulgadas alcanza la misma derogación que a las coleccio­
nes canónicas.
Este estudio lo verificaremos dividiendo el trabajo en dos partes
de las que en la primera, la general o dedicada a las normas de
general aplicación, en un capítulo único, además de analizar su
contenido y la forma en que resuelve las cuestiones disciplinares que
comprende su articulado, aun prescindiendo de toda otra investiga­
ción sobre su historia externa y la necesidad de su publicación ya
expuesta, nos detengamos en el examen de lo que podemos llamar
disposiciones preliminares, referentes a la determinación del límite
temporal del imperio de las reglas jurídicas del Derecho canónico,
y que nos fijarán al mismo tiempo, el criterio para conocer el trán­
sito del antiguo al nuevo derecho, así como las reglas de interpre­
tación de los preceptos del antiguo en el caso en que sea mantenida
por el articulado del Código, y terminado este continuaremos anali­
zando en la sección segunda comprensiva del necesario número de
capítulos, con respecto a sus distintos libros, cuáles sean las más
importantes novedades que el referido Código ha venido a introdu­
cir en la disciplina vigente.
PARTE GENERAL
Normas generales del nuevo Código .

CAPÍTULO ÚNICO
FORMA EXTERNA DEL CÓDIGO

Estudio de sus normas generales.


I. La edición del Código que tenemos a la vista, que es la publi­
cada por la Tipografía políglota Vaticana, como se ha dicho, podemos
considerarla como 1a típica (1), y forma la segunda parte del volu­
men IX, correspondiente al año IX, de Acta Apostolicae Sedtsr
Comentariurn Officiale, constituyendo un volumen en cuarto (del
mismo formato que el -periódico oficial de la Santa Sede) compuesto
de 521 páginas, entre las que se incluyen, a más de la Bula de pro­
mulgación, a que luego nos referiremos, y la. profesión de Fe Ca­
tólica, juntamente con todo el articulado del mismo, dividido en la
forma que a continuación se indica diferentes Constituciones de
la Sede Apostólica, bajo el título de Documenta, y que son la
Constitución de Pío X, Vacante Sed^ Apostólica de 25 de Di­
ciembre de 1904; la del mismo Pontífice Commissum Nobis, de 20
de Enero de 1904; la de Su Santidad León XIII Praedecesoris Nos -
tri, de 24 de Mayo de 1882, con la instrucción adjunta; la de Bene­
dicto XIV, Cum illud de 14 de Diciembre de 1742; la del mismo
Romano Pontífice Sacrarnentum Poenitentiae , de 1.° de Junio
de 1741; la de Paulo III, Altitudo, de 1.° de Junio de 1537; la de San

(1) Después se ha publicado una edición con prólogo y notas de Mgr. Gasparri y
otras 0os m ás, una en octavo y otra en forma análoga a las ediciones llamadas «de
bolsillo» de nuestros Códigos y leyes patrias.
20 CAMPOS Y PULIDO

Pío V, Romani P ontificis, de 2 de Agosto de 1571, y la de Gre­


gorio XIII, Populis, de 25 de Enero de 1585.
Todo el contenido del Código está dividido en cinco libros, sub-
divididos cada uno de ellos en diferentes partes, y estas en seccio­
nes; dentro de cada libro se distribuye a su vez la materia en distin­
tos títulos, y éstos en capítulos, artículos, cánones y párrafos, según
la naturaleza y la mayor o menor conexión que existe entre las cues­
tiones que en ellos se estudian, y cuya exposición requiere una di­
visión más o menos completa. Veamos cual es el orden en que bajo
este sistema de exposición aparecen clasificadas las diversas insti­
tuciones que constituyen el objeto y materia del Derecho canónico.
A la antigua división del derecho en personas, cosas y juicios,
o a la ya tan conocida de los cinco libros de las Decretales, cada uno
de los cuales tenía por objeto las diversas materias comprendidas
en el dístico ludex, Iuditium, Clerus, Connubia, Crimen, ha su­
cedido en el nuevo Código un orden más sistemático y científico, y
más en armonía/con el grado actual de desenvolvimiento de la cien­
cia jurídico-canónica, agrupándose la materia relativa a las personas
de la Iglesia, a las cosas eclesiásticas, y a los juicios y penas canó­
nicas, que es la que constituye su contenido, bajo una clasificación
verdaderamente didáctica y perfecta, que facilita sin duda alguna su
estudio, así como la consulta de los preceptos de aplicación, en los
cinco libros ya indicados, cuyos títulos son: I. Normas generales y
las demás materias que constituyen el contenido de cada uno dé sus
títulos. II. De las personas. III. D e las cosas. IV. Del procedi­
miento; y V. De los delitos y de las penas; clasificación de la que no
se apartan mucho, salvo el criterio particular de cada autor, algunas
obras recientes (1).
Todo el contenido de los cinco libros indicados, se diversifica en
las partes secciones y títulos de que da idea la siguiente enume­
ración:

(l) Véase la obra del P. W erxz , I hs decretaliu m , que comprende una parte ge­
neral o Introducción al Derecho de las Decretales, y una parte especial compresiva
del Derecho de Constitución de la Iglesia católica, en dos partes; del Derecho de Ad­
ministración de la Iglesia católica; del Derecho matrimonial; de los juicios, y del D e­
recho criminal de la Iglesia católica.
Análoga clasificación hemos aceptado en nuestra repetida obra, en la que dividida
la materia en parte general y parte especial, se esiudia en la primera el Derecho ca­
nónico y sus fuentes, y en la especial, las personas, las cosas espirituales o derecho
sacramental, y las cosas corporales (sagradas y temporales). La indicada obra está
en publicación y por ello falta por estudiar los juicios y los delitos y penas de los que
nos ocuparemos en este cuarto volumen en su lugar oportuno con referencia al Código.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 21

El primer libro después de estudiar en siete cánones que se com­


prenden bajo el epígrafe de «Normas generales», los preceptos re­
lativos a la extensión de la aplicación de sus preceptos, subsistencia
y efectividad de los Concordatos celebrados con las diferentes na­
ciones, de las condiciones para la de los privilegios, costumbres,
etcétera, etc., y otras disposiciones de esta índole; se ocupa des­
pués en seis títulos de las materias que podrían constituir con es­
tricta propiedad una parte general del Derecho canónico, aunque se
prescindiera en su exposición de lo relativo a la constitución de la
Iglesia, que en un Código de esta índole es preciso darlo por cono­
cido y por existente, siendo la materia de cada uno de los indica­
dos títulos, las leyes eclesiásticas, la costumbre, la computación del
tiempo, los rescriptos, los privilegios y las dispensas; desenvolvién­
dose toda la doctrina en 86 cánones, que son los que constituyen lo
que pudiéramos llamar el articulado, en forma análoga a la que se em­
plea en los modernos Códigos de los Estados europeos y americanos.
El segundo libro trata de las personas; y todo lo relativo a éstas,
que es estudiado de la misma manera que el libro anterior en 638 cá­
nones, o sea desde el 87 al 725, ambos inclusive, se subdivide en
tres partes, que se encuentran precedidas dq un tratado preliminar,
dedicado al estudio de las condiciones de nacimiento de las personas
físicas y morales, a las causas modificativas de la capacidad, como
son la edad, el domicilio, el parentesco y el rito, así como a la cla­
sificación que en atención a cada una de estas circunstancias puede
hacerse de las personas, y después de fijar las reglas por las que ·
se determina la precedencia entre las físicas y morales, se ter­
mina en el canon 107 haciendo referencia a la histórica clasificación
de las personas en la Iglesia, las que por institución divina, como se
• dice en él, son distintos los clérigos de los legos , pudiendo unos
y otros ser religiosos , cuya triple clasificación da sin duda motivo
a la distribución en las tres partes de que fconsta toda la materia del
tratado de las personas.
La primera de ellas, consagrada a los clérigos, se subdivide en
dos secciones: una, la primera, referida a los clérigos en general, y
la segunda a los clérigos en particular, subdividiéndose a su vez en
ocho títulos una y otra, en los que se consignan las regías pertinen­
tes a la incardinación o adscripción de los clérigos a alguna Dióce­
sis; a sus derechos, privilegios y obligaciones; a los oficios eclesiás­
ticos, tanto a la determinación de su naturaleza com oasü provisión
y a los modos de verificarse ésta y a su pérdida; ala potestad ordi­
22 CAMPOS Y PULIDO

naria y a la delegada, con la clasificación de la jurisdicción, y la


fijación de quiénes se entienden por Ordinarios de los lugares ,
y a la reducción de los clérigos al estado laical, por lo que res­
pecta a la primera. Y en la segunda, en los restantes, se trata de la
suprema potestad y de los que por derecho eclesiástico son partíci­
pes de ella (Romano Pontífice, Concilios Ecuménicos, Cardenales,
Curia Romana, Legados, Patriarcas, Primados y Metropolitanos,
Concilios plenarios y provinciales, Vicarios y Prefectos apostólicos,
Administradores apostólicos y Prelados inferiores), y déla potestad
episcopal y de los que participan de ella (Obispos, sus Coadjutores
y Auxiliares, Sínodo diocesano, Curia diocesana, Cabildos, Vica­
rios capitulares y foráneos, Párrocos, Vicarios parroquiales y Rec­
tores de iglesias).
En la segunda parte, dedicada a los religiosos, se ocupa el Có­
digo, después de cinco cánones que tienen el carácter de principios
generales, de los preceptos referentes a éstos, en los títulos del no­
veno al diez y siete, tratando de la erección y supresión de religio­
nes, provincias y casas religiosas, de su régimen, de la admisión en
religión, de los estudios, obligaciones y privilegios de los religio­
sos, del tránsito a otra religión, de la salida de ésta y de la dimisión
de religiosos y de las sociedades de varones o mujeres que viven
en común sin votos.
Finalmente, la tercera parte se ocupa de los legos, con dos cáno­
nes preliminares y dos títulos, que son referentes a las asociaciones
*de los fieles en general y a las mismas asociaciones en particular.
Son objeto del libro tercero, como se ha dicho, las cosas ecle­
siásticas, clasificándose los preceptos que las regulan atendiendo a
su distinta naturaleza en seis partes, que cada una se ocupa de los
Sacramentos, de los lugares y del tiempo sagrado, del culto divino,
del Magisterio eclesiástico, de los beneficios y de otros Institutos
eclesiásticos no colegiados, y de los bienes eclesiásticos tempora­
les. En la primera parte de este libro se trata de todos los Sacra­
mentos de la Santa Madre Iglesia y de los sacramentales, hecho muy
de notar, pues el Código confirma el criterio de que la materia sa­
cramental es objeto y forma parte del Derecho canónico que algu­
nos autores han considerado más apropiadamente objeto de la Teo­
logía moral, prescindiendo de ellos en el Canónico (1), o bien estu-
(1) P r ü m b j e r es el ejemplo de ellos en s u obra Afán nal e iu ris ecclesiastici. Frlbor-
got Í909. El P. F e r r e r e s , en su reciente obra, a que hemos aludido antes, prescinde
también del estudio de los Sacramentos, omitiendo, por tanto, tratar del matrimonio.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 23

diando sólo orden y matrimonio. En dos secciones se divide la se­


gunda parte de este libro: una, dedicada a los lugares sagrados,
Iglesias, oratorios, altares y sepultura eclesiástica, y otra, al tiempo
sagrado, en la que se ocupa de los días de fiesta y de la abstinencia
y del ayuno.
La tercera parte se refiere al Culto divino , ocupándose de éste,
de la custodia y del culto de la Santísima Eucaristía, del délos
Santos, de las Sagradas imágenes y de las Reliquias, de las Sagra­
das procesiones, de las cosas sagradas y del voto y del juramento.
La cuarta se ocupa del magisterio eclesiástico en cinco títulos rela­
tivos. a la predicación de la divina palabra, a los Seminarios, a las
escuelas, a la previa censura de libros y a su prohibición, y a la
profesión de fe. La quinta tiene por objeto los beneficios y otras
instituciones eclesiásticas no colegiadas, ocupándose de los benefi­
cios eclesiásticos, de su clasificación, constitución o erección, de su
unión, división, desmembración, conversión y supresión, de su cola­
ción, del derecho de patronato, de los derechos y obligaciones de los
beneficiados, y de la dimisión y permuta de beneficios, así como de
los demás institutos eclesiásticos no colegiados. Y la sexta de los
bienes eclesiásticos temporales, en la que de la misma manera que en
las anteriores se trata de la adquisición de éstos, de su admistra-
ción, de los contratos, y de las fundaciones pías.
Este libro, en la misma forma que ya hemos visto en el libro pri­
mero, consta todo él de 30 títulos, y éstos, de 725 cánones, o sea
desde el 726 hasta el 1.551, ambos inclusive.
Ocúpase el libro cuarto, bajo el título De processibus, del pro­
cedimiento canónico, o sea de los juicios eclesiásticos, dividiéndose
todo él, para su mejor y más científica exposición, en tres partes,
precedidas de unas normas o principios generales, en las que se
concreta el concepto de los juicios eclesiásticos, su objeto y el dere­
cho propio y exclusivo de la Iglesia para conocer de ciertas causas,
y consta toda ella de dos secciones: la primera, relativa a los jui­
cios en general, que comprende varios títulos, siendo el objeto y
contenido de cada uno, el siguiente: del fuero competente; de los
diversos Tribunales, sus grados y clases; de la disciplina que se
ha de observar en. los Tribunales; de las partes litigantes; de las
acciones y excepciones; de la introducción de la causa; de la litis
contestatio; de la litis instantia; de las interrogaciones que se han
de hacer en juicio a las partes; de las pruebas; de los incidentes; de
la publicación del proceso; de la conclusión y discusión de la causa;
24 CAMPOS Y PULIDO

de la sentencia; de las apelaciones; de la cosa juzgada y de la res­


titución in integrum; de las expensas judiciales, y de la defensa
gratuita y de la ejecución de sentencia, comprensivas todas ellas de
los títulos del I al XVII, ambos inclusive, y la otra, dedicada a las
normas peculiares que se han de observar en ciertos juicios que,
constando de cuatro títulos, tiene! cada uno de ellos por objeto los
modos de evitar el juicio contencioso, el juicio criminal, las causas
matrimoniales y las causas contra la sagrada ordenación. La parte
segunda tiene por objeto el consignar la disciplina de aplicación
a las causas de beatificación de los siervos de Dios y a la cano­
nización de los bienaventurados; y en la tercera, se ocupa del
modo de proceder en la expedición de algunos negocios o de las
sanciones penales que se han de aplicar, regulándose, en los distin­
tos títulos de que esta parte consta, lo referente a la remoción de
los Párrocos con un orden perfecto y siguiendo un método muy ra­
cional, pues se estudia primero la remoción de los inamovibles, des­
pués la de los amovibles, a continuación la traslación de los Párro­
cos, y finalmente, trata del procedimiento que se ha de seguir con­
tra los clérigos no residentes, concubinarios y contra los Párrocos
que no cumplan sus obligaciones parroquiales, así como del proce­
dimiento que se denomina ex informata conscientia. El número de
títulos de este libro es el de 33, y sus cánones 642, desde el 1.552
hasta el 2.194.
Finalmente, el libro quinto, que es el último que el Código con­
tiene, se ocupa de los delitos y de las penas y se halla dividido en
tres partes: La primera de ellas está referida a los delitos, estu­
diándose en la primera la naturaleza de éstos y su división, la impu-
tabilidad del delito, las causas que agravan o disminuyen sus efectos
jurídicos y el conato de delito. La segunda lo está a las penas que
aparece dividida en dos secciones, relativas a las penas en general:
la primera, en la que se estudia y desenvuelve en cuatro títulos su
noción, especies, interpretación y aplicación, del superior que tiene
potestad coactiva, de! sujeto a ella sometido y de la remisión de las
penas; y la segunda, a las penas en particular que tiene por objeto
el estudio de las penas medicinales, o sea las censuras, las penas
vindicativas, los remedios penales y las penitencias; y por último,
la tercera parte que se refiere a las peitas correspondientes a cada
delito, en la que en los nueve títulos de que consta, hasta el XIX>
último de este libro, se trata de los delitos contra la fe y la unidad
de la Iglesia, de los delitos contra la religión, de los que se cometen
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA ^25

contra las autoridades, personas.y cosas eclesiásticas, de los delitos


contra la vida, la libertad, la propiedad, la buena fama y las buenas
costumbres, del crimen falsi, de los delitos cometidos en la admi­
nistración o en la recepción del orden y de los demás sacramentos,
de los cometidos contra las obligaciones propias del estado clerical o
del, religioso, de los que tienen lugar en la colación, en la recepción
y en la dimisión de las dignidades, oficios y beneficios eclesiásticos;
y por último, del abuso de la potestad o del oficio eclesiástico.
Consta este libro de 19 títulos, y el número de sus cánones £s de
219, comenzando en el 2.195 y terminando en el 2.414, que es el úl­
timo del Código.
Esta sucinta referencia del Código canónico, comprensiva de su
división en libros, partes, títulos, etc., es por sí suficiente para
conocer la importancia que ha revestido su publicación, y, sobre
todo, la extraordinaria utilidad que ha de reportar a la Iglesia en
cuanto cómo puede deducirse de la sumaria enunciación de su con­
tenido, hoy aparecen ya reunidos, como hemos visto, todos los pre­
ceptos que han de constituir la disciplina vigente. Con él a la vista,
y a tenor de sus disposiciones, tendremos resueltos todos los casos
que a aquella afecten, sin que haya que acudir a las rnúltipíes fuen­
tes que antes se hacía preciso consultar. Mas no es nuestro propó­
sito limitarnos solo a la exposición de lo precedente cuando tratamos
de dar noticia de la compilación legal recientemente publicada y
analizar los principales preceptos que en ella se contienen, sino que
creemos oportuno, antes de proseguir, y siquiera sea con la mayor
.brevedad posible, estudiar la forma de su promulgación y deter­
minar lo relativo a su efectividad y vigencia, así como el momento
en que hubo de entrar en vigor, y la extensión de su aplicación.
II. Lo primero lo encontramos resuelto en la Constitución Pro -
uidentissima Mater Ecclesia de 27 de Mayo de 1917 que le pre­
cede, por la qué Su Santidad Benedicto XV se ha dignado promul­
gar el repetido Código concediéndole toda la eficacia necesaria, si
bien, como se habrá de observar, éste no hubo de comenzar a tener
efectividad y entrar en vigor sino hasta el día de Pentecostés del
año de 1918, según dispuso la misma, salvo los preceptos de los
cánones a que luego nos referiremos, que por expresa orden de Su
Santidad, y en virtud de Decreto publicado por la Secretaría de
Estado de la Santa Sede, han de tener eficacia desde la fecha de
este.
»Eri dicha Constitución que Su Santidad dirige á sus venerables
26 CAMPOS Y PULIDO

hermanos los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás


Ordinarios, así como a los Doctores y Auditores de los Seminarios
y Universidades de estudios católicos, comienza recordando que
constituida la Iglesia Madre Providentísima por su fundador, Jesu­
cristo, de tal siierte que, obediente al mandato del Señor, estuviese
dispuesta a ser conocida de todos los que integran cualquier socie­
dad y, por lo tanto, de sus súbditos más importantes, comenzó a re­
gir y gobernar a todas las gentes, proponiéndose, desde entonces,
dirigir y conservar, por medio de las leyes que dictó, la disciplina
del sagrado orden y del pueblo cristiano.
»Mas —continúa diciendo —en el tiempo precedente, principal­
mente cuando obtuvo su libertad y se propagó cada día más y con
mayor incremento por todas partes, nunca abandonó el derecho
propio y nativo que\lé corresponde para hacer leyes y para desen­
volver una gran multitud de Decretos promulgados por los Romanos
Pontífices y por los Concilios Ecuménicos, según las circunstancias
de los tiempos. Mas estas leyes y preceptos tanto tuvieron por ob­
jeto el régimen sapientísimo del clero y pueblo cristiano, como, se­
gún atestigua la historia, proveyeron de modo maravilloso al cui­
dado y utilidad civil. Y no sólo cuidó la Iglesia de que fuesen abro­
gadas las leyes de los pueblos bárbaros, reformándose sus costum­
bres crueles en sentido humanitario, sino que, asistida del auxilio de
la Luz divina, dulcificó y perfeccionó cristianamente aun el mismo
Derecho romano, monumento insigne de la antigua sabiduría, llama­
do con gran justicia la razón escrita , hasta tanto que mejor esta­
blecidas y reformadas las costumbres y modos de vivir pública y
privadamente, preparó muy ampliamente la materia de las leyes que
habían de ser establecidas, tanto en la Edad Media como en los mo­
dernos tiempos.
»Mas, como advierte muy sabiámente el antecesor del actual
Pontífice, Su Santidad Pío X, de feliz memoria en el M otuproprio,
Ardmim sane , promulgado el día 16 de las Kalendas de Abril
de 1904, se ha observado por todas partes que, según exige la pro­
pia naturaleza de las cosas, no puede el Derecho canónico alcanzar
su fin fácilmente a medidaque se modifican las circunstancias de los
tiempos y las necesidades de los hombres. Pues en el transcurso de
los siglos aparecieron una multitud de las leyes, de las que algunas
han sido abrogadas por la Autoridad suprema de la Iglesia o caye­
ron en desuso, al paso que otras, por la dificultad de su cumpli­
miento, dadas las circunstancias de los tiempos o por ser menos úti­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 27

les y convenientes en la actualidad para el bien común de todos,


llegaron a ser menos oportunas. Sucediendo también que estas leyes
canónicas crecieron de tal manera y se encontraban tan dispersas y
separadas, que ofrecía no pequeña dificultad a los peritos, y mucho
más al vulgo, el conocerlas.
Por todas estas causas, nuestro repetido antecesor, de feliz
memoria, juzgando por sí mismo en cuanto recibió el Pontificado,
cuan útil había de ser para confirmar y restablecer la disciplina ecle­
siástica el poner remedio solícitamente a todas aquellas tan graves
dificultades que dejamos enumeradas, decidió reunir en un solo
cuerpo de doctrina todas las leyes de la Iglesia publicadas hasta el
presente, distribuyéndolas ordenadamente, suprimidas aquéllas que
ya estuvieren abrogadas o hubieren caído en desuso, acomodándolas
en cuanto fuese más oportuno con las costumbres de nuestros
días (1), o aun estableciendo y dictando otras nuevas cuando se cre­
yese necesario y conveniente. Mas ante la extraordinaria dificultad
del proyecto, y decidido a realizarlo después de madura delibera­
ción, como quiera que juzgase ser de todo punto conveniente con­
sultar sobre él el pensamiento de todos los sagrados Obispos, quos
Spiritus Sanctus posuit regere Ecclesiam Dei, y conocer ente­
ramente su opinión, quiso y cuidó lo primero de todo que el Carde­
nal Secretario de Estado, por letras dirigidas a cada uno de los Ve­
nerables Hermanos Arzobispos del orbe católico, cometiere a los
mismos «que oídos sus Sufragáneos y los demás que de él dependie­
sen, y a los Ordinarios que deben asistir al Sínodo provincial ,
refieran cuanto antes a esta Sede Apostólica sí y qué materias de
las vigentes en el Derecho canónico creyeren, según su opinión,
que reclaman alguna mutación o reforma para lo sucesivo» (2).
»Posteriormente, llamados y designados muchos hombres perití­
simos en la disciplina canónica, tanto de la ciudad de Roma como de
varias naciones, para trabajar reunidos, mandó a nuestro querido hijo
Pedro Gasparri, Cardenal de la Santa Iglesia Romana, entonces Ar­
zobispo cesariense, que dirigiera la obra de los consultores, perfec­
cionándola o aun supliéndola, si fuese necesario. Constituyendo se­
guidamente una Congregación, formada por Cardenales de la Santa
Iglesia Romana, a la que denominó Comisión, y eligió para ésta a
los Cardenales Domingo Ferrata, Casimiro Gennari, Benjamín Ca-

(1) Cfr. Motu p roprio A rduum satte.


(2) Cfr. Eplslola P erzra tu m m ihi del dia 25 de Marzo de 1904.
28 CAMPOS Y PULIDO

vicchioni, José de Calasanz Vives y Tutó ylFélix Cavagnis, que con


el repetido hijo nuestro, el Cardenal Pedro Gasparri, examinasen
muy diligentemente los sagrados cánones y según su juicio los cam­
biaren, enmendaren y reformasen (1). Mas como quiera que estos
cinco varones hubiesen fallecido uno tras otro, fueron designados
en $u lugar nuestros queridos hijos los Cardenales de la Santa
Iglesia Romana Vicente Vannutelli, Cayetano De Lai, Sebastián
Martinelli, Basilio Pompili, Cayetano Bisleti, Guillermo van Ros-
sum, Felipe Giustini y Miguel Lega, que ejecutaron la comisión que
les fué conferida excelentemente.
»Por último, recogidas las opiniones de la prudencia y autoridad
de todos los Venerables Hermanos en el Episcopado, así como tam­
bién de todos los Prelados de las Órdenes regulares, que suelen ser
llamados legítimamente al Concilio Ecuménico, ya redactado y pre­
parado el nuevo Código, mandó que antes de ser promulgado se en­
viasen ejemplares a todos y cada uno de ellos para que libremente
expusieren sus opiniones respecto a los cánones así redactados (2).
»Mas como entretanto muriese nuestro antecesor, de inmortal
memoria, al que llora todo el orbe católico, sucedió que habiendo
sido Nós elevado al Pontificado por secreto designio de Dios, así de
esta suerte han sido recogidas por Nós de todas partes, con el de­
bido honor, las opiniones de la Iglesia docente. Y sólo entonces el
nuevo Código de Derecho canónico, tan deseado ardientemente por
tnuchos Obispos del Concilio Vaticano, que ha doce años completos
comenzó a formarse, lo hemos reconocido en todas -sus partes y lo
aprobamos teniéndolo por confirmado.
»Así, de esta suerte, invocado el auxilio de la divina gracia y
confiado en la autoridad de los bienaventurados apóstoles Pedro y
Pablo, rnotu proprio de ciencia cierta, y en virtud de la plenitud dé
la potestad apostólica de que estamos investidos por esta nuestra
presente constitución, que queremos valga perpetuamente, promul­
gam os el presente Código tal como se encuentra redactado ,
y mandamos y ordenamos que en lo sucesivo ha de tener fuer­
za de ley para la Iglesia universal, y lo entregamos para que sea
observado a vuestra custodia y diligencia.
»Y a fin de que todos aquellos a quienes respecta puedan tener
perfecto y completo conocimiento de lo prescripto en este Código

(1) Cfr. Motu proprio A rduuín san e.


(2) Cfr. Epístola De m andato del día 20 de Marzo de 1912.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 29

antes de que comience a tener efectividad, decretamos y mandamos


que éste no empiece a tener fuerza de obligar sino hasta el día de
Pentecostés del año próximo venidero, esto es, hasta el día 19 del
mes de Mayo de 1918.
»NON OBSTANTIBUS QUIBUSLIBET ORDINATIONIBUS,
CONSTITUTIONIBUS, PRIVILEGIIS ETIAM SPECIALI AT-
QUE INDIVIDUA MENTIONE DIGNIS, NEC NON CONSUE-
TUDINIBUS ETIAM INMEMORIALIBUS CETERISQUE CON-
TRARIIS QUIBUSVIS.
»No sea permitido absolutamente a ninguna persona infringir de
cualquier manera nuestra voluntad expresa en esta página, con cons­
tituciones, ordenaciones, limitaciones, supresiones y derogaciones,
u oponerse temerariamente a lo en él establecido. Si alguno 'presu-
miere realizar este atentado, ha de considerarse incurso en la indig­
nación de Dios omnipoténte y de los apóstoles Pedro y Pablo.»
Así se ha realizado la promulgación del repetido Código por la
indicada constitución, publicada con fecha de la Pascua de Pente­
costés del año 1917 y suscrita por el Cardenal Gasparri, Secretario
de Estado y el Cardenal Cagiano de Azevedo, Cancelario de la
Santa Iglesia Romana.
En su virtud, queda definitivamente resuelto lo referente a la
vigencia del nuevo Código canónico promulgado en la Iglesia cató­
lica. La precisión de su parte dispositiva por la que se determina,
tanto el momento en que haya de empezar a estar en vigencia, como
la derogación de los documentos legales y preceptos que le sean
opuestos, es bien terminante.
Como se ha visto, no se ha considerado suficiente en el presen­
te caso en cuanto a la forma de promulgación su inserción en el pe­
riódico oficial de la Santa Sede, como dispuso la Constitución Pro -
mulgandi, para que desde el mismo momento comience a tener efec­
tividad, pues siguiendo un procedimiento análogo al que se empleó
para la del decreto Ne temere, el repetido Código hubo de tener
eficacia cuando llegó el tiempo designado, y, por consiguiente, sólo
a partir del 19 de Mayo de 1918, día en que la Iglesia celebra la
fiesta de la Pascua de Pentecostés, más no antes, ya que para su
conocimiento ha juzgado el romano Pontífice oportuno fijar previa­
mente un período de tiempo, transcurrido el cual había de ser, desde
luego, obligatorio.
Mas si está es la regla general establecida por la Constitución
promulgatoria del Código, y éste no había de regir en su totalidad
30 CAMPOS Y PULIDO

sino a partir de la indicada fecha, hubo, sin embargo, algunos pre­


ceptos que desde luego entraron en vigor y fueron de completa apli­
cación a partir del decreto de la Secretaría de Estado a que se ha
aludido anteriormente.
En efecto; en las actas de los Sagrados Oficios de la Santa Sede
que se publican en el periódico oficial de la misma, Acta Aposto -
licae Sedis C. O. (Vol. IX, año 1917, pág. 475), aparece una dis­
posición de la Secretaría de Estado por la que Su Santidad Benedic­
to XV, en vista de que muchos Obispos y Ordinarios de los lugares
rogaron con insistencia y humildemente a Nuestro Santísimo señor
Su Santidad Benedicto XV, que sin‘aplazamiento alguno comenza­
ren a entrar en vigor las prescripciones de los cánones 859, párra­
fo 2.°; 1.108, párrafo 3.°; 1.247, párrafo 1.° y las de los cánones
1.250, 1.251, 1.252, 1.253 y 1.254, en la audiencia concedida el día
19 del mes de Agosto del pasado año de 1917 al Cardenal Secretario
de Estado, recibiendo con benignidad las referidas preces, decretó
que las prescripciones de tales cánones tuvieran eficacia desde este
mismo día, y además Moiu proprio concede que desde su fecha go­
cen los Cardenales de la Santa Iglesia Romana de todos y cada uno
de los privilegios que se describen en los cánones 239, párrafo 1.°,
240, 600, núm. 3.°, 1.189 y 1.401 del mismo Código, todo lo que or­
denó sea promulgado contraríis quibuslíbet minime obstantibus ,
llevando fecha dicha disposición de 20 de Agosto de 1917.
Indispensable es antes de proseguir 4iacer alguna indicación res­
pecto a los preceptos que se contienen en los cánones que se acaban
de citar para poder conocer, de esta suerte, cuáles son las disposi­
ciones que desde el momento han de tener completa eficacia sin es­
perar a que llegue la fecha designada del día de Pascua de Pente­
costés del presente año de 1918.
- La primera es la del párrafo 2.° del canon 859, que dispone que
la comunión pascual se haga de la dominica de Palmas hasta la do­
minica in albis, pero será permitido a los Ordinarios de los lugares
si así lo exigiesen las circunstancias de persona y lugar, anticipar
este tiempo hasta la cuarta dominica de Cuaresma y no más, o pro­
rrogarlo hasta la fiesta de la Santísima Trinidad.
Refiérese la disposición del párrafo 3.° del canon 1.108 a mate­
ria matrimonial en lp relativo al tiempo y lugar de la celebración del
matrimonio: según lo prevenido en él, permitida la celebración del
matrimonio en cualquier tiempo del año, pero prohibida la solemne
bendición de las nupcias desde la primera dominica de Adviento has­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA , 31

ta el día de la Natividad de Jesucristo Nuestro Señor inclusive, y


desde la feria IV de Ceniza hasta la dominica de Pascua inclusive,
se autoriza por el párrafo 3.° de este canon a los Ordinarios de los
lugares para que puedan permitir por justa causa, y salvas las le­
yes litúrgicas, la celebración de éste en el indicado tiempo, amones­
tando a los esposos que se abstengan de excesivas solemnidades.
Por el párrafo 1.° del canon 1.247, se declara que sólo serán días
de fiesta de precepto en la Iglesia universal todos y cada uno de
los domingos del año, la fiesta de la Natividad, la Circuncisión, la
Epifanía, la Ascensión y el Santísimo Corpus Christi, la Inmaculada
Concepción y la Asunción del alma de la Santísima Madre de Dios,
San José, esposo de la Virgen María, la de los Santos apóstoles San
Pedro y San Pablo y la de Todos los Santos, precepto que, por vir­
tud de lo dispuesto por Su Santidad, según se acaba de*ver, entra
en vigor seguidamente.
Las disposiciones de los cánones 1.250 al 1.254, se refieren a la
abstinencia y ayuno y estas son obligatorias para toda la Iglesia a
partir del 20 de Agosto, fecha de la publicación del decreto de la
Secretaría de Estado, especificándose qué clase de manjares están
prohibidos, qué cdmidas deberán practicarse en los dias de ayuno
según la ley de éste, promiscuación, días de ayuno y abstinencia,
subsistencia de los indultos particulares, etc., y la obligación de la
abstinencia desde los siete años completos y del ayuno desde los
veinte y uno completos hasta los sesenta incoados (1), las que omiti-

(1) Canon 1.250. Abstinentiae lcx vetat carne iureque ex carne vesci, non autem
ovis, lacticinlis et quibuslibet condimentas etiam ex adipe animalium.
Canon 1.251, párrafo 1.° Lex leiunii praescribit ut nonnisi única per diem comes-
tio fiat; sed non vetat aliquid cibi mane et vespere suraere, servata tarnen circa cibo-
rum quantitatem et qualitatem probata locorum consuetudlne.
P árrafo 2 ° Nec vetitum est carnes ac pisces in eadem refection! permiscere; nec
serotlnam refectionem cum prandlo permutare.
Canon 1.252, p á rra fo 1.° Lex solius abstinentiae servanda est singulis sex Lis
ferlis.
P árrafo 2.° Lex abstinantiae si muí et leiunii servanda est feria quarta Cinerum,
feriis sextis et sabbatis Quadragesimae et feriis Quatuor Temporum, pervigiliis Pen·
tecostes, Deiparae In caelum assumptae. Omnium Sanctorum et Nativitaiis Domini.
P árrafo 3 .° L ex solius leiunii servanda est reliquis omnibus Quadragesimae
dlebus.
P árrafo 4.· Diebus dominicls vel festls de praecepto lex abstinentiae, vel absti-
nentiae et ieiunii, vel ieiunii tantum cessaat, excepto jesto tempore Quadragesimae.
nee pervigllia anticlpantur; item cessat Sabbato Sancto post meridiem.
Canon 1.253. His canonibus nihil immutatur de indultis particularibus de votis
cuiusllbet personae phisycae vel moralis, de constitutionibus ac regulis cuiusvls rell·
32 CAMPOS Y PULIDO

mos estudiar con detenimiento, ya que sabemos que en España rige


una disciplina particular constituida por nuestro privilegio de Cru­
zada concedido por Su Santidad Benedicto XV en el Breve Ut
Prciessens periculum de 12 de Agosto de 1915, que ya estudiamos
en otro lugar (1) y por lo que respecta a la disciplina general queda
consignada en la nota precedente.
Por último, los privilegios de que hablan los cánones antes cita­
dos, cuyo uso se concede a los Cardenales de la Santa Iglesia Roma­
na, a partir de la indicada fecha, son: Los que se enumeran en el
párrafo 1.° del canon 239, que son confirmación y ampliación de los
que fueron otorgados a los mismos por Su Santidad Pío X, en 29
de Diciembre de 1911 de que nos ocupábamos al tratar de estos J e ­
rarcas de la Iglesia, en nuestro tratado de personas de la repetida
obra (2), y que. hoy se contienen debidamente numerados en el
párrafo 1.° del referido canon 239, sobre los que nó insistimos ya
que más adelante y en su lugar oportuno nos habremos de referir a
ellos: Los del canon 240 por los que los Cardenales promovidos a
Sede Suburbicaria e investidos de la posesión canónica de la misma
son verdaderos Obispos de su Diócesis, pudiendo ejercer en ella la
misma potestad que los Obispos residenciales óbtienen en la dióce­
sis propia; los demás en sus títulos o diaconías, después de que hu­
bieren tomado canónica posesión, están facultados para ejecutar todo
aquello que es permitido a los Ordinarios de los lugares en sus Igle­
sias, excepto el orden judicial y cualquier jurisdicción en los fieles,
pero salva la potestad que les corresponde en ellos respecto a la dis­
ciplina, costumbres, corrección y servicio de la Iglesia; los Cardena­
les del orden presbiteral pueden realizar pontificales con trono y ·
baldaquino, en su título; y los del diaconal pueden asistir pontifical­
mente en su diaconía sin que puedan hacerlo otros sin el asentimiento
del Cardenal, mas en las demás Iglesias de la Ciudad no pueden ha­
cerlo sin licencia del Romano Pontífice; El del párrafo 3.° del ca­
non 600 que les autoriza para ingresar en la clausura; El del ca-

gionls vel instltuti approbati sive virorum sive mulierum in communi viventium
cciam slnc votis.
Canon 1.254, p á rra fo 1,° Abstlnentlae lege tenentur omnes qul septimum actatis
annum expleverint.
P árrafo 2.° Lege iciunii adstrlnguntur omncs ab expleto vicésimo primo aetatis
anno ad inceptum scxagesimum.
(1) Véase nuestra repetida obra, volumen II, sección II, capitulo III, pág. 797 y si­
guientes.'
(2) Véase las páginas 91 y siguientes del primer volumen.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 33

non 1.189 en conformidad al que, sus oratorios, aunque sean privados,


gozan también de todos los derechos y privilegios de que los semi-
públicos; y finalmente, el del canon 1.401 que les declara no some­
tidos, necesariis adhibitis cautelis, a la prohibición eclesiástica de
los libros.
Salvo estos casos que se enuncian y los privilegios de que se
acaba de hacer mención, todas las demás disposiciones del nuevo
Código sólo entraron en vigor á partir de la indicada fecha de Pente­
costés del presente año.
Por lo demás, sólo haremos referencia antes de terminar lo rela­
tivo a la promulgación del referido Código, a la prohibición que el
mismo establece, tanto de hacer nuevas ediciones de su texto, sin
la venia de la Santa Sede, como de traducirle a otra lengua. Ambas
se consignan en el reverso de la portada, en la que también se
hace constar que se reservan- los derechos de propiedad, por lo
que los que contravengan esta prohibición, podrán ser perseguidos
con arreglo a la ley y a lo concertado en los tratados hoy vigentes
sobre propiedad intelectual. Mas por lo que respecta a la de hacer
versiones a otra lengua, podemos indicar que es esta disposición
terminante de la Santa Sede. Así resulta, no sólo de lo que se acaba
de indicar, sino que nos lo confirma el Eminentísimo Señor Carde­
nal Secretario de Estado Mgr. Gasparri, que al contestar a nues­
tra petición de autorización para traducirle al castellano, con la
amabilidad que le es característica, nos hace presénte que la Santa
Sede, por razones que son fáciles de comprender, ha venido en la
resolución de prohibir absolutamente las versiones a otra lengua que
la latina que es la oficial de la Iglesia, siendo preciso para la publi­
cación de comentarios la autorización de la competente Autoridad
eclesiástica.
De lamentar es, aunque no dejen de comprenderse los poderosos
fundamentos por los que la Sede Apostólica ha adoptado semejante
determinación, la indicada prohibición, pues ello ha de impedir la di­
vulgación en lengua usual de los preceptos de tan importante fuente
de derecho; sin duda, que el temor muy fundado de posibles errores
en las traducciones o de la alteración del sentido concreto y literal de
los textos, ya que su precisión es extraordinaria, con el consiguiente
inconveniente que las diferentes interpretaciones pudiera originar
ante los Tribunales y escuelas, ha sido el motivo determinante de la
prohibición; pero las dificultades que de ello pudieren surgir, que­
darían solucionadas, si la misma Santa Sede hiciere la versión con
C a m p o s y P u l id o . T o m o i v . · 3
34 CAMPOS Y PULIDO

carácter oficial, sino en todas las lenguas, a lo menos en las más ge­
neralmente empleadas, como el español, alemán, francés e inglés, y
de esta suerte quedaban salvadas aquéllas, a la vez que se facilitaba
su mejor conocimiento y divulgación.
En cuanto a la forma de estudiar e investigar las disposiciones
que contiene el repetido Código, se expresan éstas en una reciente
resolución de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universi­
dades de Estudios, publicada por la misma con fecha 7 de Agosto
de 1917, e inserta en el periódico oficial de la Santa Sede (1), en el
fascículo correspondiente a 1.° de Septiembre del mismo año.
Dispone dicha Sagrada Congregación que habiendo ordenado
Nuestro Santísimo Señor Benedicto, Papa XV, que el nuevo Có­
digo haya de entrar en vigor en el día ya señalado de Pentecos­
tés de 1918 en toda la Iglesia Latina, es evidente que desde dicho
día ha de ser el mismo, fuente únic^ y auténtica del Derecho canóni­
co, y además ha de ser utilizado exclusivamente tanto para determi­
nar la disciplina de la Iglesia, como para regular lo relativo a los jui­
cios, y para su estudio en las escuelas, razón que enseña y demues­
tra fácilmente cuan necesario ha de ser, a los clérigos sobre todo, el
conocerle bien y desentrañarle e investigarle en su integridad.
Así, pues, para que en asunto de tanta importancia se verifique
por los alumnos el examen adecuado de las instituciones, ordena y
manda la Sagrada Congregación, ya referida de Seminarios y Uni­
versidades de estudios, que todas y cada una de las Universidades
de Estudios y Liceos de Derecho canónico que están sometidos y
dependen de esta Sagrada Congregación, a tenor de las normas del
canon 25(5, párrafo 1.°, del fepetido Código, en la cátedra hasta
aquí llamada textns, en la que profunda y copiosamente se explicaba
el Derecho canónico, en lo sucesivo se exponga éste de suerte, que
no sólo le sea propuesto a los alumnos, sintéticamente como doc­
trina del Código, sino también procurando con diligencia que se ve­
rifique el análisis del canon, para que pueda ser conocido y enten­
dido el Código de la manera más perfecta y completa. De la propia
manera deberán los Doctores o Profesores exponer el Derecho ca­
nónico, según el mismo orden que se sigue en el Código, observan­
do seria y religiosamente el orden de sus títulos y capítulos, e in­
terpretarlo con la explanación diligente de cada uno de sus cánones.
Dispone también la citada Sagrada Congregación, que los Profeso-

(1 i Acta Apostolícete Sedis C. O. Vol. IX, aflo 1917, pág. 439.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 35

res, antes de proponer el examen de alguna institución jurídica, ex­


pondrán a los alumnos cuál fué su origen, qué reformas y mejoras se
lian introducido en la misma en el transcurso de los tiempos y cuáles
han sido sus mutaciones y vicisitudes, para que los discípulos consi­
gan de esta manera el más perfecto conocimiento del Derecho.
Al mismo tiempo es criterio de la ya indicada Sagrada Congre­
gación, que no siendo necesario a los alumnos ningún otro libro fuera
del Código, si esto, no obstante, pareciere conveniente a los Docto­
res valerse y hacer'uso de alguna obra, se habrá de observar escru­
pulosamente respecto a este particular que no se haga acomodando
el orden del Código, al del libro de que se trate, sino al contrario,
que éste se habrá de ajustar al de aquél.
Véase, pues, con cuanta diligencia se atiende por la Santa Sede
a lo conveniente para que la publicación del Código venga a llenar,
de un modo absoluto y completo, la imperiosa necesidad a que ha
respondido su redacción y promulgación. No sólo se ha determinado
el plazo en el que ha de comenzar a tener vigencia lo preceptuado
en el mismo, y por disposición reciente que se acaba de citar, se
han puesto, no obstante, en vigor, algunas de sus disposiciones, sino
que se tiene muy en cuenta lo que es indispensable para que su es­
tudio se realice del modo más conveniente, exigiendo un examen
analítico continuado de los mismos textos y la observancia estricta
del orden adoptado por él para la división de materias, evitando que
el deseo de acomodarse a una obra por muy importante que ella sea,
dé como resultado el alterar el plan que en la exposición, de la doc­
trina se ha creído necesario fijar por el legislador.
Por esta razón, el precepto de la Sagrada Congregación de Se­
minarios que se acaba de reproducir es, en extremo, interesante,
pues marca con gran minuciosidad cuál svea el sistema que se debe
seguir para su exposición y estudio. En los modernos tiempos, el
Santo Padre no ha dirigido el Código con una Bula a las Universi­
dades más famosas del mundo, aquéllas que fueron gloria de la cien­
cia universal en la Edad Media como hicieron los inmortales Pontí­
fices que se llamaron Gregorio IX, Bonifacio VIII, Juan XXII, etcé­
tera, y de que son ejemplo las Bulas Rex pacificus, Sacrosanctae
Romanae Ecclesiae y Quoniam nulla, pero celoso de los intere­
ses de la Iglesia, y procurando que de la publicación del Código se
obtenga el más preciado fruto que su necesidad reclamaba, ha deter­
minado, por conducto de la Sagrada Congregación de Seminarios y
Universidades de Estudios, el modo y manera de que el estudio de
36 CAMPOS Y PULIDO

sus preceptos se haga convenientemente, fijando, tanto lo que res­


pecta al orden de exposición de su contenido, como al método de
investigación, todo en la forma que se acaba de exponer.
III. Otra cuestión que hemos de estudiar en esta primera parte,
hace referencia a fijar cuál sea la extensión de aplicación de sus pre­
ceptos y a tratar de si éstos derogan la disciplina antigua o la dejan
subsistente, así como a otras· materias de particular interés que se
nos dan resueltas en el Código en las disposiciones que se incluyen
en las normas generales de su primer libro, que preceden, como se
ha dicho, a los seis títulos de que consta.
A este efecto, el Código, recientemente promulgado, regula en
las indicadas normas generales, que ton extraordinaria propiedad
podríamos denominar título preliminar o disposiciones preliminares,
todas aquellas cuestiones que previamente deben quedar definitiva­
mente resueltas, tanto por Jo que respecta a su aplicación a la Igle­
sia Oriental, como a los ritos y ceremonias de la Iglesia, Concorda­
tos, indultos y privilegios, costumbres, subsistencia de la antigua
disciplina y reglas de aplicación a esta materia, y, por último, con­
signa la determinación del sentido en que debe entenderse en la prác­
tica cuando en él se hable de la Santa Sede o de la Sede Apostólica
y que comprenda esta frase, todo ello con la precisión que exige la
importancia de la materia.
En primer lugar, existiendo como es sabido la disciplina de apli­
cación a la Iglesia Oriental y a la Occidental, y siendo preciso de­
terminar cuándo los preceptos de la segunda son de aplicación a la
primera, se previene en el primero de los repetidos cánones que,
aunque el Código de Derecho canónico se refiera también frecuen­
temente a la disciplina de la Iglesia Oriental, sin embargo atiende
solamente a la Iglesia Latina y no obliga a la Oriental, a no ser que
se trate de aquellas cuestiones que por la naturaleza misma de las
cosas también les afecte; precepto muy de tener en cuenta ya que,
tratándose de un Código general de la Iglesia no debe ello llevar a
la confusión de considerarse totalmente derogados todos los pre­
ceptos de la disciplina oriental que no lo hayan sido especialmente
por el mismo.
No menor importancia que el precepto anterior ofrece el que se
contiene en el segundo de los indicados cánones relativo ala vigen­
cia o derogación de las reglas referentes a los ritos y ceremonias
litúrgicas, respecto a las que se dispone: que no determinando ordina­
riamente el Código nada sobre los indicados ritos y ceremonias de los
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 37

libros litúrgicos aprobados por la Iglesia Latina, cuya observancia


está prescrita en la celebración del Santo sacrificio de la Misa, en
la administración de los Sacramentos y Sacramentales y en la con­
fección de las cosas sagradas, conservarán por esta razón en la
actualidad su eficacia a no ser que sean reformados expresamente
en el indicado nuevo Código algunos de ellos.
Del mismo modo que se acaba de observar cuál sea el criterio
que preside en orden a las reglas que constituyen la disciplina de la
Iglesia Oriental y a los preceptos ceremoniales de los libros litúrgi­
cos, el repetido Código, atendiendo a*la naturaleza de las obligacio­
nes que se han contraído en los Concordatos .vigentes y al carácter
de las estipulaciones concertadas en los mismos entre la Santa Sede
y los Estados civiles ya que constituyen un verdadero pacto, una
convención internacional de naturaleza especial y propia, los decla­
ra en todo su vigor, disponiendo, al efecto, que las convenciones de
esta clase, concertadas por la Sede Apostólica con varias naciones,
no son, de ningún modo, abrogadas por los cánones del Código o
por aquellos otros que en algo las modifiquen, sino que desde luego
continuarán en la misma vigencia que en la actualidad, no obstante
los preceptos en contrario contenidos en el mismo.
Podemos pues decir, como síntesis de los tres preceptos apunta­
dos, que no obstante la vigencia del Código, y una vez transcurrido
el plazo que en la Bula de su promulgación se estableció para consi­
derarlo como completamente obligatorio, han de subsistir los Concor­
datos en todo su vigor y sin limitación alguna, no obstante las pres­
cripciones que les sean contrarias, tanto en lo que respecta a las por
él establecidas como a aquellas otras que en lo sucesivo los modifi­
quen, que no se consideran de aplicación a los puntos resueltos en
dichas convenciones y continuarán en toda su efectividad mientras
no sean revocados por otro concertado en su lugar o por la denuncia
y cesación de sus efectos, una vez que dejaren de regir, por las cau­
sas que el derecho establece. Por lo que respecta a la disciplina
Oriental y a las reglas concernientes a los ritos y a las ceremonias
de los libros litúrgicos, se mantiene también el criterio de su com­
pleta vigencia, pero con una diferencia respecto a estos últimos muy
de apreciar, pues al paso que a las cuestiones reguladas por los Con­
cordatos, y en su consecuencia, a lo que se denomina el régimen con­
cordatorio, en nada afectan las prescripciones de la nueva legislación
establecida por el Código, la disciplina Oriental y la relativa a los
repetidos ritos y ceremonias, quedan del propio modo vigentes, pero
38 CAMPOS Y PULIDO

de suerte, como se ha indicado, que sus preceptos no obligan a los


Orientales, salvo cuando se trate de cuestiones que por su
misma naturaleza también les afecten en el que serán de com­
pleta observancia; y los ritos y ceremonias de los libros litúrgicos
conservarán de igual manera su eficacia en la actualidad a no ser
que sean reformados expresamente en el indicado Código ,
pues, de lo contrario, tanto unos como otros se han de considerar
vigentes.
Análogo criterio al que preside a las disposiciones que se acaban
de indicar, se establece en lo que respecta a los indultos, privilegios
y derechos adquiridos. Según el canon cuarto, los demás derechos
adquiridos, así como los privilegios y los indultos concedidos por la
Sede Apostólica hasta el presente a personas físicas o morales, que
estén en uso y que no hayan sido hasta ahora revocados, subsistirán
íntegramente, a no ser que lo fuesen de modo expreso por los cáno­
nes de este Código. Podemos, pues, decir de la propia manera que
se ha dicho con respecto a los preceptos de la disciplina oriental, y
a los litúrgicos, que si aquellos privilegios, indultos y derechos ad­
quiridos, no hubiesen caído en desuso, o no se hubiesen revocado,
habrán de subsistir en toda su integridad, salvo que por los cáno­
nes del nuevo Código fuesen expresamente abrogados.
Una cuestión fundamental se resuelve por el canpn quinto, y es
la relativa a si se han de considerar o no derogadas las costumbres
existentes hasta la fecha, ya sean generales o particulares, y a de­
terminar los casos en los que podrán subsistir dichos preceptos con­
suetudinarios.
Ya se trate de costumbres generales o particulares, dice este
canon, en cuanto a las que esté*n vigentes en la actualidad y que
contengan preceptos contrarios a lo establecido en el Código, o em­
pleando los mismos términos que se utilizan por el repetido canon,
las costumbres generales o particulares, vigentes en la actualidad,
establecidas contra estos cánones, si son reprobadas expresamente
en los mismos, como corruptelas del derecho, no podrán prevalecer
en lo sucesivo, aunque sean inmemoriales. Constituye éste, por con­
siguiente, el principio general, al que hay que atender para conocer
la vigencia o no de una costumbre ya sea general o particular. Pero
añade: Las demás, o sea todas las costumbres que no sean las indi­
cadas, que reúnan la circunstancia de ser centenarias o inmemoria­
les, podrán ser toleradas, si los Ordinarios estimasen, según las cir­
cunstancias de persona y lugar, que prudentemente no pueden ser
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 39

suprimidas, a no ser que el Código dispusiere otra cosa, y en este


Sentido, dichas costumbres, sólo podrán ser toleradas—obsér­
vese que se dice toleradas, y, por lo tanto, no quiere decir que ha
de subsistir íntegramente su vigencia- si los respectivos Ordina­
rios juzgasen conveniente, atendidas dichas circunstancias de perso­
na y lugar, que prudentemente no deben ser suprimidas; pero de
todos modos el punto capital para resolver en definitiva se encuen­
tra en las mismas disposiciones del Código, pues, como se ha visto,
se dispone en repetido canon, que ello será si el Código no dispu­
siese otra cosa. De aquí podemos deducir, que lofc repetidos Or­
dinarios antes de proponer que dichas costumbres no se supriman, y
que en su consecuencia procede su tolerancia, deberán examinar los
preceptos del Código, pues si éstos dispusiesen la completa deroga­
ción de tales costumbres, en nada afectarán las circunstancias de
lugar y persona, porque contra ellas está el precepto taxativo del Có­
digo, contrario a su subsistencia. Es más, atendiendo a un criterio de
recta interpretación, cuando el Código ha establecido un precepto
que le sea de todo punto opuesto, es sin duda, porque el legislador
al que no ha de ocultársele la existencia de tal costumbre, ya que,
como es sabido, ésta exige para su establecimiento, como requisito
indispensable el consentimiento, al menos presunto del legislador,
ha querido al disponer algo en contrario, que quede suprimida, y
deje detener eficacia, de un modo absoluto.
IV. Continuamos este rápido estudio, ocupándonos ahora de de­
terminar si por la publicación del Código ha de considerarse que se
mantiene o no la disciplina anterior, o si por el contrario, ha de en­
tenderse ésta totalmente derogada. Respecto a este particular, el
canon sexto establece un principio general, y en los distintos párra­
fos que el mismo comprende, dicta las reglas necesarias, tanto/para
la inteligencia del sentido derogatorio de los indicados preceptos,
como para la interpretación y apreciación de los que se consideran
vigentes.
La regla general es bien terminante. El Código—comienza di­
ciendo el repetido canon —mantiene ordinariamente la disciplina
hasta aquí vigente, aunque introdúzcalas oportunas modificaciones.
Vemos, pues, en este precepto de carácter general, que a la re­
ferida materia se dedica la confirmación de lo que en diferentes oca­
siones hemos expuesto (1). No ha venido-el Código, ni era el carác-
11 ) Véase nuestra repetida obra L eg isla ció n y J u risp ru d en cia ca n ó n ica n o v ísi­
ma y D is c ip lin a p a r tic u la r dk E s p a ñ a , y nuestros artículos de la indicada P cyis-
40 CAMPOS Y PULIDO

ter que en él debía de predominar, a establecer una total derogación


de todos los preceptos anteriores, de suerte que a partir de su publi­
cación todo lo anterior pasara a ser derecho puramente histórico, y
el Código supusiere la línea divisoria entre el antiguo y el nuevo de­
recho. La reciente publicación de preceptos, como el tan repetido
Decreto'Afe temere, sobre cuya interpretación y fijación del sentido
de todos sus preceptos, tanto han trabajado las Sagradas Congrega­
ciones romanas, con las múltiples disposiciones dictadas desde su
publicación, en resolución de las innumerables consultas y casos que
les fueren propuestas,, dado que la importancia de la reforma hacía
esperar muy fundadamente, que ella había de integrar en su totali­
dad el articulado del nuevo Código, con las modificaciones que la
práctica hubiere aconsejado introducir, así como el Decreto Ut
debita, los privilegios concedidos a los Cardenales, que acabamos
de ver reproducidos, ampliados y puestos en vigor, la Constitu­
ción Tradita ab antiquis, sobre rito promiscuo, el Decreto
Maxima cura , la Constitución Conunissum Nobis, sobre el veto
en la elección Pontificia, la Constitución De Sede Apostólica
vacante et de Romanis Pontificis electione, no menos que la Sa-
pienti consilio por la que se organizó la Curia Romana, el Motu
proprio Quantavis diligentia sobre el privilegio del fuero, el de­
creto Docente Apostolo, y tantos y tantos más que 110 hemos de
enumerar, era de todo punto imposible que tuvieran una existencia-
y una vigencia tan efímera como lo hubiera sido el período de tiempo
transcurrido desde su publicación hasta la del nuevo Código. Siem- *
pre supusimos que aquellos preceptos formarían parte integrante de
éste, reformándose lo que exigiera alguna modificación, y preci­
sando los términos de aquellos que la experiencia hubiere aconsejado
hacerlo; pero siempre partiendo de la base de considerar estos De­
cretos, Constituciones y Motus proprios, como un avance de la
reforma a la que no se había de sustraer el Código, sino que, por
el contrario, sus disposiciones integrarían desde luego su contenida;
y este criterio nuestro muy en armonía con lo que suponía la índole
de la labor realizada por la Sede Apostólica, se confirma por el
canon que estudiamos. Su prescripción es bien terminante. La dis­
ciplina hasta aquí vigente, se mantiene por el Código, aunque éste
introduzca las oportunas modificaciones.

ta de L egislación y J u r isp ru d en cia , publicados bajo el m ulo de «Cuestiones ca­


nónicas».
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CACÓNICA. 41

Y como era y es preciso, partiendo del indicado criterio, resol­


ver todas las dudas que sobre el particular se·pudieren originar, así
como dar algunas reglas de perfecta precisión sobre la derogación
de las leyes que se considerasen contrarias a lo en él prevenido, a
los cánones referentes al derecho antiguo y a la manera de apreciar­
los, tanto si se refieren íntegramente a este derecho o sólo en parte,
a los casos dudosos, a la subsistencia o no de las penas de que el re­
ferido Código se ocupa o prescinde y a las demás leyes disciplina­
res hasta aquí vigentes, sobre las que nada se contuviere en él ni
expresa ni tácitamente, el indicado canon 6.° formula seis reglas in­
teresantísimas, que vamos a reproducir, y que en su carácter pudié­
ramos decir de reglas de transicción del antiguo al nuevo derecho,
requieren particular examen al objeto de fijar su alcance y significa­
ción. Son estas las siguientes:
En su consecuencia..., dice el canon 6.°:
í.° Cualesquiera leyes, universales o particulares, opuestas a lo
prescripto en este Código, son abrogadas, a no ser que expresa­
mente se prevenga otra cosa respecto a ciertas leyes particulares,
, Es decir, todas las leyes universales o particulares opuestas a lo
preceptuado en.el Código, se han de entender derogadas. Sin em­
bargo, este principio general tiene su excepción, y se refiere única­
mente a las leyes particulares cuando se prevenga otra cosa respec­
to a ellas expresamente. El precepto, es terminante, y su claridad,
absoluta; nisi de particular/bus legibas aliiul expresse ca-
oeatúr.
2.° Los cánones que reproducen íntegramente al derecho anti­
guo, han de tfer apreciados por la autoridad del derecho antiguo, y
por esta razón por las interpretaciones recibidas por los autores re­
conocidos.
Trátase en este segundo caso, de los cánones que mantienen la
antigua disciplina, pues así lo indica la palabra referünt que aquél
emplea y por lo que a ellos respecta, su apreciación e interpretación
ha de hacerse según la autoridad del derecho antiguo, es decir, aten­
diendo a las interpretaciones recibidas o admitidas por los autores
reconocidos.
3.° Los cánones que sólo en parte convienen con el derecho an­
tiguo, han de ser apreciados por el derecho antiguo en lo que con él
concuerden; los que discrepan, han de ser juzgados según su pro­
pio sentido.
Es este precepto el natural complemento del anterior. En el pre-
42 CAMPOS Y PULIDO

cedente hemos visto que cuando el derecho antiguo es reproducido


en los cánones deí nuevo Código, su interpretación ha de hacerse
por la autoridad de aquél y por las interpretaciones más admitidas
de los autores; mas como quiera que puede darse el caso de que
los indicados cánones del nuevo Código, sólo en parte concuerden
o convengan con lo que constituía el antiguo derecho, ¿cómo se
hará en este caso la apreciación de sus preceptos? La solución nos
la da muy claramente el que estudiamos. Si se tratare de lo que
el referido canon tenga de común con el derecho antiguo, es decir/
en lo que uno y otro concuerden, su apreciación se hará por el
mismo derecho antiguo según las reglas dej precepto anterior; mas
en lo que discrepen, esta interpretación no se hará atendiendo al
criterio de la disciplina antigua, pues para proceder de esta suerte,
era innecesaria la modificación introducida en el Código, sino que
dicha interpretación o apreciación se hará según Su propio y pecu­
liar sentido.
Quedan por resolver los casos dudosos, y a esto prevé la regla
cuarta, que dispone:
4.° En la duda acerca de si lo prescripto en algún canon discre­
pa del antiguo derecho, la. interpretación no ha de apartarse del de­
recho antiguo. Con lo que desaparece todo motivo de dificultad res-,
pecto al criterio para poder apreciar la regla jurídica de que se trate.
En su consecuencia, las anteriores reglas pueden sintetizarse, no
obstante su extraordinaria claridad, en las siguientes:
a) Cánones que al reproducir íntegramente el derecho antiguo
lo mantienen: Se interpretan por las antiguas fuentes y por la inter­
pretación más admitida por los autores.
b) Cánones que sólo en parte convienen con el antiguo derecho
y én parte discrepan de él; por lo que respecta a lo primero, se apli­
ca la regla precedente en toda su integridad; por lo que tiene rela­
ción con lo segundo, la interpretación ha de hacerse según su pro­
pio sentido.
c) Casos dudosos; la regla es no apartarse de la anterior inter­
pretación.
Ocúpase después el canon a que nos venimos refiriendo de lo
referente a las penas canónicas, y respecto a éstas establece lo si­
guiente:
5.° En cuanto a las penas de las que no se hace mención alguna
en el Código, ya sean dichas penas, espirituales, temporales, medi­
cinales, de las llamadas vindicativas, latae sententiae o ferendae
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 43

sententiae , si no se contuvieren en él se haiy de tener por abro­


gadas.
Claro es que para conocer la subsistencia o no de las indicadas
penas habrá de atenderse a que se mencionen o no en el repetido
nuevo Código.
El último precepto de este canon, contiene la completa deroga­
ción de las demás leyes y preceptos de que no se haga especial men­
ción en el Código, que aparece redactado de esta suerte:
6.° Todas las demás leyes disciplinares vigentes en la actualidad
sobre las que nada se contuviere ni expresa ni tácitamente en el Có­
digo, se han de tener por abrogadas y por perdida su eficacia, salvo
que se encuentren contenidas en los libros litúrgicos o se trate de
leyes del derecho divino natural o positivo.
El criterio de esta regla constituye la última de carácter general
que hay que tener en cuenta para resolver acerca de la vigencia de
la disciplina antigua, y es el complemento de los preceptos de la
primera, estudiada con anterioridad, así como de las de interpreta­
ción que llevan los números 2, 3 y 4, ya sintetizadas. En conformi­
dad a esta regla, relacionada con la precedente, diremos que:
a) Las leyes universales o particulares opuestas a las prescrip­
ciones del Código, se entienden completamente derogadas salvo
las particulares acerca de las que otra cosa se disponga ex­
presam ente .
b) Todas las demás leyes disciplinares en la actualidad vigentes
sobre las que no se hace en e'1 Código expresa ni tácita mención, se
entienden del mismo modo derogadas, salvo las que se contengan
en los libros litúrgicos (cuya subsistencia conocemos en la forma
prevenida en el canon 2.°) y las leyes de Derecho divino natural
o positivo .
c) Las leyes antiguas que se mantienen íntegramente o en parte
en el Código, se interpretan y aprecian según las reglas consigna­
das con anterioridad.
d) En la duda acerca de si un canon se aparta o no de la antigua
disciplina se mantendrá la antigua interpretación.
é) Las penas canónicas sea la que fuere su clase, de las que no
se hace mención en el Código, se consideran totalmente derogadas.
A estas cinco reglas podemos reducir los preceptos que se aca­
ban de estudiar, con los que el Código novísimo fija los límites
temporales del imperio de las reglas jurídicas del Derecho canónico,
y que constituyen lo que sin gran impropiedad podríamos denomi­
44 CAMPOS Y PULIDO ,

nar, como se ha dicho, reglas de transicción del antiguo al novísimo·


Derecho.
V. Un último precepto contienen las normas generales que pre­
ceden a los diferentes títulos del libro primero, y es el del canon
séptimo, que como puede comprenderse, dado su contexto, no exige
aclaración alguna. Su tenor es bien terminante.
Bajo el nombre de la Sede Apostólica o de .la Santa Sede, se
comprende en el Código no sólo al Romano Pontífice, sino tam­
bién a las Congregaciones, Tribunales y Oficios, por conducto de
los que el mismo Romano Pontífice acostumbra a expedir y despa­
char los asuntos de la Iglesia Universal, a no ser que de la misma
naturaleza de las cosas o del contexto de la frase apareciere otra
cosa.
Las indicadas son las reglas de general aplicación que se contie­
nen en nuestro reciente Código, y de cuyo criterio debemos partir
en lo sucesivo para resolver las múltiples cuestiones que puedan
presentársenos así como para conocer qué preceptos de los de la
antigua disciplina subsisten y cuáles se han de considerar deroga­
dos. Es, por lo tanto, el estudio de ellas el punto inicial de nuestras
investigaciones, ya que los demás particulares a que en los capítulos
posteriores vamos a referirnos, tienen más bien por objeto ofrecer
al lector en forma sintética, algo de lo que constituyen las más im­
portantes novedades que se introducen en la disciplina canónica,
para que pueda apreciarse la importancia de la obra que en el Dere­
cho cánónico se ha realizado con la publicación de tan deseado y ne­
cesario monumento legal.
VI. Debemos finalizar el presente capítulo, ya que dejamos ex­
puesto cual sea el criterio que preside, eivcuanto a la vigencia y de­
rogación de los anteriores preceptos, y las reglas para conocer cua­
les subsistan o estén abrogados, ocupándonos de una cuestión bien
interesante, que es la de saber si deberán, consecuentemente a la
doctrina consignada, entenderse derogadas las antiguas colecciones
canónicas, que hasta el presente han constituido las fuentes legales
del Derécho canónico, y si no obstante la promulgación del Códi­
go, han de considerarse vigentes las disposiciones del Concilio Tri-
dentino.
En realidad, estas cuestiones pueden decirse resueltas en virtud
de lo que queda consignado como regla obligatoria, y, sobre todo,
en armonía con el párrafo 6.° del canon 6.°, ya estudiado, en rela­
ción con los'que le preceden del mismo canon. Las leyes disciplina­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 45

res vigentes, sobre las que nada se contenga ni expresa ni tácita­


mente en el Código, ya sabemos que ha de entenderse que han per­
dido su eficacia sciloo que se encuentren contenidas en los libros
litúrgicos, o se trate de leyes del Derecho divino natural o po­
sitivo. Las que se opongan a lo en él establecido son abrogadas, a
no ser que §e prevenga otra cosa respecto a ciertas leyes par­
ticulares.
En su consecuencia, si los preceptos o leyes disciplinares de que
se trata, contenidos en las indicadas colecciones canónicas, o en el
Tridentino, no se mencionan en el Código, ni expresa, ni tácitamen­
te, o se oponen a lo que él prescriba han perdido su eficacia, y se en­
tienden derogadas, salvo la consignada excepción, y si se reprodu­
jeran íntegramente, o en parte, se entenderán en vigor, interpretán­
dose por las reglas de los párrafos 2.°, 3.° y 4.° del repetido ca­
non 6.° Para nosotros no ofrece dificultad que ésta es la solución
que permite considerar como aceptable el nuevo Código, y que ella
es la interpretación lógica de sus preceptos. Sólo han de conside­
rarse como subsistentes las leyes particulares, sobre las que se dis­
ponga algo expresamente, las disciplinares que se encuentren apro­
badas en los libros litúrgicos y las del Derecho divino natural o posi­
tivo, las demás se tendrán como derogadas, derogación que alcanza,
tanto a las incluidas en las colecciones canónicas, como en el Tri­
dentino, puesto que hoy el Código es la única fuente de Derecho en
la forma ya expresada.
Claro es que esto no obstante los preceptos dogmáticos del Tri­
dentino, no pierden en nada su eficacia por la publicación del Códi­
go, de igual modo que subsisten, como no pueden por menos de sub­
sistir, todas las demás definiciones dogmáticas hechas hasta el día
por la Iglesia.
En cuanto a las repetidas leyes disciplinares Tridentinas, indica
el Canonista español P. Ferreres, que a pesar del amor y reverencia
que a todos merece dicho Santo Concilio, era de opinión que no
todos verían con disguto que sólo el nuevo Código quedara como
fuente legal, y siendo, sin duda, este punto uno de los más discuti­
dos, parece que por fin ha prevalecido la idea de que únicamente
quedara como fuente legal el nuevo Código (1). Este mismo es
nuestro criterio, como acabamos de decir, y no creemos que sea ne-

t
vi) B oletín canónUo-dv R azón y Fe, vol. XLVIII, pá£. 504.
46 CAMPOS Y PULIDO

cesario insistir más sobre este punto después de lo que previene el


indicado canon 6.°
Por lo demás, no hemos de repetir nuestra opinión favorable a la
vigencia de los preceptos últimamente dictados, como los decretos
Ne temere, Ut debita, Recent i, etc., etc.; éstos subsisten con las
modificaciones que se ha juzgado prudente establecer, y todos ellos
informan el nuevo Código con los demás que han constituido la ad­
mirable labor realizada con sus reformas por el inmortal Pontífice
Su Santidad Pío X, durante su gloriosísimo Pontificado.
Quedaba, sin embargo, una duda por resolver, relativamente a
alguna de estas disposiciones, y ella era la relativa al caso de que
110 haciéndose mención en el repetido Código del consejo de vigi­
lancia y del juramento antimodernista que prescribieron la Cons­
titución Pascendi dominici gregis y el Motu proprio Sacrorum
Antistitum, de este mismo Pontífice si habían o no de considerarse
subsistentes todas las disposiciones establecidas en uno u otro,
después de la fecha de 1-9 de Mayo de 1918, en la quevcomoes sa­
bido, comenzó la vigencia del nuevo Código, ateniéndose a la in­
terpretación que, con arreglo a los preceptos y disposiciones an~
teriores establece el párrafo 6.° del Canon VI de sus normas gene­
rales.
Ha venido a resolver esta dificultad, decidiendo lo pertinente al
caso, un Decreto de la Sagrada Congregación del Santo Oficio,
publicado en 22 de Mayo del año·corriente de 1918 (A. A. S. C. O.,
página 136, yol. X), confirmado y aprobado por Su Santidad Be­
nedicto XV, el que en virtud de su suprema autoridad Apostólica
dispone: que las indicadas prescripciones establecidas a causa de la
extensión que-han alcanzado en los actuales tiempos los errores mo­
dernistas, tienen por naturaleza el carácter de transitorias y tempo­
rales, y por esta indicada razón no figuran en el moderno Código;
mas como quiera que todavía no ha cesado de difundirse el virus mo­
dernista, deberán de’quedar en completa observancia y vigor, mien­
tras que otra cosa no disponga en contrario la Santa Sede.
De igual modo, mantenida en el Código la prohibición impuesta
a los clérigos de intervenir en asuntos temporales, según lo que dis­
puso el Decreto de la Sagrada Congregación Consistorial de 18 de
Noviembre de 1910, Docente Apostolo, por el que Su Santidad
Pío X ordenó que en el plazo de cuatro meses, a partir de su publi­
cación, los que desempeñasen los cargos de Directores, Cajeros o
Secretarios en todas las instituciones establecidas para el auxilio
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNfCA 47

temporal de los fieles, cesaren en el desempeño de los mismos y que


en k> sucesivo no pudieran ejercerías sin la correspondiente licen­
cia de la Sede Apostólica, la Comisión instituida* para la interpreta­
ción auténtica de los cánones del nuevo Código ha resuelto en 2 y 3
de Junio del corriente año de 1918, entre otros particulares, por el
número 1·.° de las que fueron decididas en tal fecha,, que para obte­
ner las licencias de que habla el referido Decreto Docente Apos-
tolo se ha de recurrir al propio ordinario, según lo que dispone el
canon 139, párrafo 3.° del mencionado Código (1).
VII. Para terminar lo referente a las materias tratadas en esta
parte general, debemos exponer cual sea la división>y clasificación
que debe admitirse en el estudio de las fuentes del Derecho canónico
después da la publicación del novísimo Código.
Es sabida y de antiguo se ha admitido por los tratadistas la clasi­
ficación del referido estudio por lo que hace referencia al de la his­
toria externa del Derecho canónico, o al de sus fuentes pasivas, en
tres períodos perfectamente delimitados, y separados por la publi­
cación del Decreto de Graciano y la celebración del Santo y ecumé­
nico Concilio Tridentino, que les distinguía, en lo que se llamaba
derecho antiguo, medio y nuevo, o nuevo y novísimo y que com­
prendía, por lo tanto, todas las colecciones anteriores al Decreto,
las posteriores a éste hasta el Tridentino, y los preceptos dictados
con posterioridad a la celebración de este Santo Sínodo.
Mas publicado hoy el nuevo Código y dada no sólo la importan­
cia de este cuerpo legal, sino la forma de su redacción, a nuestro
juicio la referida historia externa de las fuentes debe aparecer divi­
dida en dos grandes épocas separadas cada una de ellas por el refe­
rido nuevo Código, que constituirá por lo tanto su línea divisoria y
de separación. Es la primera la de las grandes compilaciones , la
segunda la de la Codificación Canónica .
En la primera distinguiremos igualmente entre compilaciones o
colecciones canónicas privadas, ya sean estas generales o particu­
lares, y las oficiales, separando como antes esta primera época en
los tres conocidos períodos, constitutivos del derecho antiguo, hasta
Graciano, medio desde Graciano hasta el Tridentino, y nuevo el
establecido desde su celebración hasta nuestros días. Mas si todavía

(1) Puede verse el texto del citado Decreto en el primer volumen de esta obra, pá­
gina 8?, y el de la resolución de que se habla en el vol. X de Acta Apostolicae Sedis,
páginas 344 y siguientes.
48 CAMPOS Y PULIDO

se quisiera precisar más concretamente el carácter que distingue a la


primera época del Derecho canónico, podríamos desde luego, notando
la diferencia que se presenta entre el primer período y el segundo,
así como observando en el tercero la tendencia-iniciada en el Pontifi­
cado de Su Santidad Pío X, a la reforma de la disciplina, distin
guir en el primero, con respecto al segundo, la importantísima di­
ferencia que se presenta entre las colecciones privadas y las oficia­
les, y en el último período o sea el que se refiere al derecho llamado
nuevo o novísimo el comienzo de la labor codificadora, pues aun­
que haya sido el promulgador del Código vigente Su Santidad Be­
nedicto XV, no puede désconocerse ni olvidarse que la idea de la
codificación se debe exclusivamente a Su Santidad Pío X, y en este
sentido, la primera época la subdividiríamos en cuatro períodos: el
de las colecciones privadas, el de las oficiales, el de la multiplicidad
de fuentes y el de preparación de la codificación.
Por ello, nosotros no tenemos inconveniente en indicar que el
estudio de las fuentes del Derecho canónico y, por consiguiente, el
de la historia externa del mismo se divide en dos grandes épocas.
La primera que podemos llamar de las colecciones, desde el comien­
zo de la Iglesia hasta Su Santidad Pío X, y la segunda que comienza
en nuestros días con este inmortal Pontífice a la que debemos llamar
de la Codificación.
En la primera época distinguiremos ,iin primer período corres­
pondiente al llamado derecho antiguo, que se caracteriza por las
colecciones de carácter privado, tanto colecciones generales como
particulares y nacionales, que termina con la publicación del Decreto
de Graciano. El segundo período comienza con esta importante co­
lección, para dar vida a las colecciones públicas u oficiales, inaugu­
radas con las tres anteriores a la Gregoriana y comprensiva de estas
y de las Decretales; el Sexto, las Clementinas y las Extravagantes.
El tercero, iniciado en el Concilio de Trento, comprende desde su
celebración hasta el Pontificado de Pío X, en el que sin desconocer
la necesidad de la codificación o de la publicación de una nueva co­
lección, no se realiza ésta. Y el cuarto período es el de preparación
de la época segunda perfectamente definido y caracterizado, que
abarca toda la labor de Su Santidad Pío X, en el que propiamente
debería comenzar la época de la Codificación, ya que este Pontífice
la concibió y comenzó su inmediata realización.
La importancia del nuevo Código reclama un lugar separado y
especial en la historia de las fuentes del Derecho canónico, por ello,
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 49

como antes decíamos, nada mejor para asignarle el que le corres­


ponde, que estudiarle formando una sola época, la codificadora ,
que inaugurándose en nuestros días, reclama por entero la atenciórl
del canonista, a la que da perfecta realidad la promulguación y vi­
gencia del novísimo Código que hoy rige en la Iglesia católica.
PARTE ESPECIAL
Principales reform as y novedades que el Código
introduce en la disciplina canónica vigente.

LIBRO PRIMERO
P rece p to s re feren tes a tas le ye s, costu m b res, rescriptos, p r iv ile g io s
y d is p e n s a s , y a la computación d e l tiempo,

T í t u l ’o s I, II, III, JV, V y VI d e l n u e v o C ó d ig o .

Materia tan importante como la que dejamos estudiada en la parte


general que precede, es la que constituye el objeto de la presente:,
puesto que el análisis y examen de los preceptos del Código relativos
a las diferentes cuestiones qj.ie se comprenden en sus distintos libros,
es la que ha de enseñarnos cuáles sean las novedades que ha venido
a establecer, y en qué sentido se encuentran confirmadas las disposi­
ciones que se han dictado por la Sede Apostólica en los últimos
tiempos.
Es objeto del presente libro, en conformidad al plan que para la
mejor exposición de la doctrina acepta el Código, todo lo que hace
relación a las leyes, costumbres, rescriptos, privilegios y dispensas,
' así como a la computación del tiempo, de todo lo que se ocupa éste
en su repetido primer libro, después de lo que constituyen las lla­
madas Normas generales, cuyos preceptos acabamos de referir, y
dichas cuestiones son estudiadas, según sé ha indicado antes en los
seis títulos de que consta, además de las indicadas Normas.

\. — De la ley eclesiástica .
El título 1.° del tan repetido libro, se ocupa de las leyes ecle­
siásticas, comenzando sus preceptos por la determinación de que las
52 CAMPOS Y PULIDO

leyes son establecidas, o se entienden tales leyes en cuanto son pro­


mulgadas, no presumiéndose personales sino territoriales, a no ser
que conste lo contrario.
Importante es lo relativo a la forma de promulgación de la ley
eclesiástica, y a la fijación del momento en que ha de comenzar a
entrar en vigor. Resuelto este punto por la Constitución Promul­
gando de Su Santidad Pío X, publicada el día 29 del mes de Sep­
tiembre de 1908, en la que se ordenó la publicación a partir del día
1.° de Enero del año siguiente, de un periódico oficial de la Santa
Sede, Acta Apostolicae Sedis C. O., que ha visto la luz pública
en las épocas correspondientes desde la indicada fecha, no se ha in­
troducido modificación importante respecto a este particular; pero sí
en cuanto al momento én que hayan de tener eficacia upa vez que
fueren insertas en aquél, pues en conformidad al canon 9.°, las leyes
dictadas por la Sede Apostólica se entienden promulgadas por la
edición en el indicado periódico oficial de la Santa Sede, salvo que
en casos particulares se hubiere prescrito otra forma de promulga­
ción, y sólo adquirirán su eficacia cumplidos los tres meses desde el
día en que hubieran sido insertas en el número correspondiente de
repetido periódico, a no ser que obliguen por su naturaleza desde
el momento, o se hubiere establecido en la misma ley una vacación
más breve o más larga, especial y expresamente. En armonía, pues,
con lo que previene este canon, hoy no basta como antes la simple
inserción en el periódico oficial, salvo que la ley dispusiese otra cosa
respecto a la fecha en que ha de comenzar su eficacia, sino que es
preciso, además, que hayan transcurrido tres meses, tiempo que se
juzga bastante para que la ley pueda llegar a conocimiento de todos.
Esta es la que constituye la regla general.
No son estas las únicas disposiciones relativas a las leyes que se
contienen en el repetido título; entre los preceptos que establece, en­
contramos mantenido el principió de que las leyes miran siempre al
porvenir y no al tiempo pasado, no concediéndoseles efecto retroac­
tivo a no ser que expresamente se dispusiese lo contrario (canon 10);
no njenos que la determinación del concepto de las leyes que se deno­
minan irritantes o inhabilitantes que son sólo aquellas por las que se
establece expresamente que el acto realizado es nulo, o que la per­
sona que lo ha ejecutado es inhábil (canon 11); lá doctrina de que
las leyes irritantes e inhabilitantes no obligan en la duda de derecho,
mas en la duda de hecho puede el Ordinario dispensar de ellas, con
tal que se trate de leyes en las que el Romano Pontífice suele dispen­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 53

sar (canon 15); la declaración de que la ignorancia de las indicadas


leyes no excusa de su cumplimiento, a no ser que expresamente se
dispusiere lo contrario, y que la ignorancia o el error acerca de Ia
ley, de la pena, del hecho propio, o aun del ajeno notorio, no se pre­
sume generalmente, y la del ajeno Tiotorio, no se presume hasta que
se pruebe lo contrario (canon 16); así como las reglas referentes a
la interpretación de la ley, ya se trate de la auténtica hecha por el
legislador, por su sucesor o por aquél a quien se hubiere concedido
tal facultad, la legal, y la judicial (canon 17), las que establecen que
las leyes se han de entender según la propia significación de sus pa­
labras considerada en el texto y en el contexto de la misma, debién­
dose recurrir en caso de duda a los lugares semejantes del Código
si existiesen, al fin de la ley, a sus circunstancias y a la mente del
legislador (canon 18), de la propia manera que el precepto del ca­
non 19, por el que se dispone que las leyes que establecen penas, o
coartan el libre ejercicio del derecho, o contienen alguna excepción
a la ley han de interpretarse estrictamente.
Además de los preceptos ya referidos, merecen particular aten­
ción y deben considerarse como de aplicación a la doctrina de la ley
eclesiástica, en primer lugar los del canon 12, que declara que a las
leyes meramente eclesiásticas no están obligados los que no han re­
cibido el bautismo, ni los bautizados que no gozan del suficiente uso
de razón, ni los qué gozando de éste, aún no han llegado a cumplir
los siete años de edad, a no ser que el derecho prevea otra cosa ex­
presamente; precepto de extraordinaria importancia, porque deter­
mina tanto la cuestión de si las leyes meramente eclesiásticas obli­
gan o no a los no bautizados, así como la edad a partir de la cual es
obligatorio el precepto de la ley, con lo que queda resuelta median­
te disposición de la ley completamente obligatoria, una cuestión que
ya estudiábamos en otro lugar, cual era la de si los impedimientos
de derecho eclesiástico eran o no obligatorios para los infieles (1), y
que nos la da resuelta el Código, en el sentido de no considerar de
aplicación a los mismos, o sea a los no bautizados, los preceptos de
la ley eclesiástica mientras ésta no dispusiere lo contrario.
Son disposiciones que encajan perfectamente dentro de los lími­
tes de la materia que se estudia en este primer título del Código, la
del precepto del canon 13 en cuya conformidad las leyes generales
obligan en todas partes de la tierra, para aquéllos para los que han

{1} Véase vol. II de nuestra indicada obra, pág. 221 y siguientes.


54 CAMPOS Y PULIDO

sido dadas, y en cuanto a las establecidas para algún territorio par­


ticular, están sometidos cada uno de aquéllos para los que ha sido
dada que tienen domicilio o cuasi domicilió, y a la vez residen actual­
mente en él, firme lo prescrito en el canon inmediato que preceptúa:
1 En cuanto a los peregrinos:
1." No están sometidos a las leyes particulares de su territorio
mientras están ausentes de él, salvo que hayan realizado alguna
trasgresión de las mismas en el propio territorio, o las leyes' sean
personales.
2.° No lo están a las leyes del territorio en que sé hallen, ex­
cepto aquellas que respectan al orden público, o determinan la so­
lemnidad de los actos.
3.° Se encuentran obligados a las leyes generales, aunque no
rijan en su territorio, mas no lo están de ningún modo si en el lugar
donde residen no obligan.
2.° En cuanto a los vagos:
' A éstos obligan las leyes tanto generales como particulares que
rigen en el lugar donde resideri.
Éstas reglas determinarán, pues, cuál es la fuerza obligatoria de
la ley, ya se trate de la general o de la particular, con la especifica­
ción de cuáles son aplicables a los peregrinos y a los vagos, y a su
tenor habrá de acomodarse la resolución de los casos que respecto a
la misma se puedan presentar en la práctica.
Es de considerar también que según el canon 21, las leyes dadas
pqra precaver el peligro general obligan aunque en caso particular
no se presente el peligro; y
Finalmente, en conformidad a lo prevenido en el canon 22, la ley
posterior dictada por competente autoridad eclesiástica abroga la
anterior, si se decretase esto expresamente, si le fuere directamente
contraria u ordenase íntegramente toda la materia de la primera;
pero firme sin embargo lo prescrito en el canon 6.°, núrn, l.{\ la
ley general de ningún modo.deroga la establecida para lugares espe­
ciales y personas singulares, a no ser que en la misma expresamente
se prevea otra cosa. En la duda, la revocación de la ley preexistente
no se presume, sino que las leyes posteriores se han de acomodar a
las primeras y conciliarias con aquellas en cuanto ftiere posible.
Los preceptos dados particularmente obligan en todas partes a aque­
llos a quienes se dan, pero no judicialmente, y cesan resuelto iure
praecipientis, a no ser que fueren impuestos por legítimo docu­
mento o ante dos testigos (cánones 23 y 24).
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 55

No creemos necesario encarecer la importancia de los preceptos


a que nos acabamos de referir, en cuanto ellos constituyen una doc­
trina completa y terminante de aplicación a la ley eclesiástica, a
cuyo tenor hay que acudir para conocer todo lo que hace referencia
a la misma y las reglas cuya observancia es indispensable, en los dis­
tintos supuestos estudiados. Vienen, por consiguiente, a constituir
una disciplina interesante, y sobre todo uniforme, ya que ordenada­
mente se exponen cuales sean las reglas que deben regir en la mate­
ria de la ley, que es la primera de las fuentes del derecho, y estos
preceptos relacionados con los que constituyen el objeto propio de
las normas generales, nos darán en todo caso el criterio preciso y
aceptable.
No se olvide la reforma que se introduce respecto al plazo
necesario para que promulgada la ley sea esta obligatoria por el
canon 9.°; en este sentido queda modificado lo que dispuso Su
Santidad Pío X, en' la Constitución Promulgcindi de que se ha
hecho mérito, y este precepto, en su consecuencia, es el que cons­
tituye la disciplina novísima.

i l . - D e la costumbre.
Una vez que ya conocemos los preceptos que son de aplicación
a la ley, es preciso que nos ocupemos de la costumbre, fuente como
la primera del derecho, y que como aquella requiere que determi­
nemos cuáles reglas ha venido a establecer el Código respectoa la
misma.
Partiendo del concepto de la costumbre al que no tenemos por
que referirnos en este lugar para la existencia de ésta en la Iglesia,
es indispensable como se preceptúa en el primer canon (el 25) de
este título, el consentimiento del Superior eclesiástico competente,
pudiendo introducir costumbres con fuerza de ley la comunidad que
sea capaz de recibir la ley eclesiástica.
El principio tan conocido de que ninguna costumbre puede esta­
blecerse contra los preceptos del derecho divino, natural o positivo,
tiene su completa declaración en el canon 27, en el que además se
establece que ninguna costumbre podrá introducirse en perjuicio del
derecho eclesiástico, a no ser que fuese racional y legítimamente
prescrita por cuarenta años continuos y completos; mas, contra la ley
eclesiástica que contenga cláusulas prohibitivas de futuras costum­
bres, sólo podrán prescribir las que sean racionales, centenarias e
56 CAMPOS Y PULIDO

inmemoriales, Siendo de advertir que la costumbre que se reprueba


expresamente en el derecho no es racional.
Muy de tener en cuenta es lo que prescribe el canon a que nos
acabamos de referir, porque deja sentada la doctrina de aplicación
al caso con la necesaria claridad para evitar torcidas interpretacio­
nes. Ha de considerarse como punto de partida para resolver el ca­
rácter de racionalidad que ha de concurrir en la costumbre para que
pueda ser introducida con fuerza de obligar como fuente de derecho,
no sólo dicho carácter de racional estudiado en un sentido propio,
sino que es preciso además observar, como se acaba de indicar, que
no es racional, la que expresamente se reprueba en el derecho, cri­
terio del que no se puede prescindir, pues atendido a este carácter,
podrá después determinarse si existe o no el consentimiento del Su­
perior competente, y si ha transcurrido el lapso de tiempo necesa­
rio para que se entienda legítimamente prescrita. Nótese que según
lo preceptuado en el Código, para que la costumbre pueda introdu­
cirse en perjuicio del derecho han de haber transcurrido cuarenta
años continuos y completos , y si se tratase de leyes eclesiásticas
que prohíben el establecimiento de costumbres contrarias, \ú costum­
bre ha de ser centenaria e inmemorial, y en todo caso racional,
requisito de todo punto indispensable en la costumbre.
En cuanto a la costumbre praeter legem , podrá venir a consti­
tuir ley, si ha sido observada conscientemente por la comunidad con
ánimo de obligar, y, si siendo racional, ha sido legítimamente pres­
crita por cuarenta años también continuos y completos.
Manteniendo la completa firmeza de lo prevenido en el canon 5.°
de las normas generales, prescribe como precepto general el 30, que
la costumbre contra ley o fuera de ley se revoca por costumbre o
por ley contraria, pero la ley no revoca las costumbres centenarias
o inmemoriales, ni la ley general las costumbres particulares, salvo
que de las mismas hiciere mención especial.
Finalmente, dispone el canon 29, la costumbre es el mejor intér­
prete de la ley.
Si interesante es la doctrina del nuevo Código respecto a la ley
como hemos tenido ocasión de ver en el número anterior, no menor
es la importancia que reviste la relativa a la costumbre; a tenor de
lo prevenido en este título 2.° que de ella se ocupa, desaparecen las
diferentes opiniones que se sustentaban antes sobre el lapso de tiem­
po necesario para que la costumbre se considerase prescrita, ya se
tratase de la praeter legem, o fuera de ley, de la contra ley y de
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 57

la según ley, y en la segunda, según fuese de las leyes que se dicen


recibidas o no recibidas, distinciones que se exponían por los auto-*
res para considerar suficiente el tiempo de diez años o el de cua­
renta (1), si bien la opinión tnás generalmente seguida según Prum-
mer, era la de ser suficiente diez años, como entiende siguiendo a
Santi, para el que la prescripción es suficiente para hacer cesar cual­
quier ley eclesiática. Hoy, pues, puede considerarse esta cuestión
completamente resuelta en conformidad a los preceptos que como
disciplina novísima establece el Código; en los distintos cánones del
título que estudiamos, se enumeran todos los requisitos que han de
concurrir en la costumbre para que sea fuente de derecho, son
estos: 1.° Consentimiento del superior eclesiástico competente;
2.° Que la comunidad que la establezca sea capaz de recibir la ley
eclesiástica. 3.° Que sea racional, no siendo tal la que se reprueba
expresamente en el derecho. 4.° Que no sea establecida contra el
derecho divino natural o positivo; y 5.° En cuanto al lapso de tiem­
po para que sea prescrita, ha de ser éste de cuarenta años, como re-1
gla general, salvo que se introduzca contra la ley eclesiástica que
contenga cláusula prohibitiva de la costumbre, en cuyo caso serán
precisos cien años o tiempo inmemorial.
La costumbre contra ley, requiere que sea observada consciente­
mente por la comunidad con ánimo de obligar y por espacio de cua­
renta años, siempre que sea racional. Finalmente, los cuarenta años
de que se habla han de ser continuos y completos.

III. — De la computación del tiempo .


Acomodándonos al orden que se emplea en el mismo Código,
vamos a ocuparnos ahora, en este número, de la computación del
tiempo. .
Las reglas relativas a este particular se contienen en el título 3.a
del repetido libro I, por las que se regula todo lo que a él respecta,
salvo en lo tocante a las leyes litúrgicas a no ser que se prevea otra
cosa expresamente. En conformidad a dichas reglas, el día consta de
veinticuatro horas, continuas, computándose desde la media noche:
la semana, de siete días; el mes, de treinta días; y el año, de tres­

( í ’ Véase la opinión de Gómez de Salazak que las compendia; Instituciones de


Derecho canónico, tomo I, pág. bl’7, y las Praelectiones Ixtr. Can. in Sem inario
S. S u lp itii, tomo I. Bouix, etc., así como Prummer, M annale In ris E cclesiastici, Fri-
burgo, Brlsgobia, MM1X, tomo I. pág. 193.
58 CAM PO S Y PULIDO

cientos sesenta y cinco, a no ser que éste y aquél se designen como


están en el calendario. En cuanto a las horas del día, se ha de estar
al uso común del lugar; pero en la celebración de la Misa privada,
en la recitación privada de las horas canónicas, en la recepción de la
sagrada comunión, y en la observancia de lg ley del ayuno y de la
abstinencia, aunque sea otra la computación usual del lugar, puede
cada uno seguir el tiempo verdadero o medio del lugar o el local, o
el legal, o el regional u otro extraordinario. Por lo qué respecta al
tiempo de realizar la obligación contractual, se observará lo pres-
cripto en el derecho civil vigente en el territorio, a no ser que se
hubiere realizado expresamente, otra estipulación.
Determinadas de esta suerte las reglas que podemos llamar g e ­
nerales, constituyen reglas de especial aplicación av la computación
del tiempo las que exponemos seguidamente según se previene en
el canon 34, que son:
1.° Si los meses o los años se designan con su propio nombre,
verbigracia, el mes de Febrero del próximo año, se contarán se­
gún el calendario.
2.° Si el término a quo, no se señala ni explícita ni implícita­
mente, v. g r., suspensio a Missae celebratione per mensem aut'
dúos annos, tres in anno uacationum menses, etc. (1), se com­
putará el tiempo de momento a momento; si el tiempo fuese conti­
nuo como en el primer ejemplo, los meses y los años lo serán según
el calendario; y si interrumpido, las semanas se cuentan de siete días,"
los meses, de treinta y los años de trescientos sesenta y cinco.
3.° *Si el tiempo consta de uno o varios meses o años, una o mu­
chas semanas, o finalmente, de muchos días, y se-asigna el término
a quo explícita o implícitamente, el criterio de aplicación es el que
sigue:
a) Los meses y el año se computan según se encuentran en el
calendario.
b) Si el término a quo coincide con el comienzo del día, v. g r.,
dúo vacationum menses a die 15 Augusti (2), se computará el pri­
mer día para completar el número, y terminará eí plazo al comenzar
el último día del mismo número.

(1) Suspensión de la celebración de la Misa por un mes o por dos años; tres meses
de vacaciones al afío. etc.
(2) Dos meses de vacaciones desde el día 15 de Agosto.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 59

c) Si dicho término no coincide con el comienzo del día, v. gr.,


decimus qaartus aetatis cinnus, cinnus nouitiatus , octiduum a
oacatione sedis episcopalis, decendium cid appellandum, etcé­
tera (1), el primer día no se computa» y acaba el tiempo cumplido el
último día del mismo número.
d) Si el mes no tiene el día del mismo número, v. gr., unus
rñensis a die 30 ianuarii (2), entonces, según los diversos casos,
el tiempo acaba comenzado o cumplido el último día del mes.
e) Finalmente, si se trata de actos del mismo género que se han
de renovar por tiempo determinado, v. g r., trienium ad profesio-
neru perpetuam po st temporariam, .trienium aliudoe temporis
spatium ad electionem renooandum, etc. (3), el tiempo termina
transcurrido el mismo día que empezó; pero el acto nuevo puede ser
realizado durante aquel día íntegro.
En la forma indicada, se consignan en los cánones 31 al 34, las
diferente^ reglas y principios que se han de observar y tener en
cuenta para la computación del tiempo, tanto para determinar los
días, semanas y años, como los distintos supuestos que pueden pre­
sentarse, dada la forma en que el tiempo sea designado. Sólo resta
por conocer la diferencia que existe entre el tiempo que se denomina
útil y el llamado continuo, a lo que prevé el canon 35, precisando
los distintos efectos que uno u otro puede producir, respecto a los
que dispone que se entiende por tiempo útil, aquel que de tal suerte
compete a alguno para la ejecución o prosecución de su derecho que
no transcurre para el ignorante o el imposibilitado de obrar dentro
de él; siendo tiempo continuo, el que no consiente o permite inte­
rrupción alguna.
En su virtud, será preciso que en todo caso tengamos siempre
presentes las normas que se nos señalan con tan gran precisión, y a
las que nos será indispensable acudir para resolver las dificultades
que en la práctica se presentaren.

(1) Decim ocuarto año de edad, año de noviciado, los ocho dias desdp la vacación
de la Sede episcopal, los diez dias p a ra apelar. ' ‘
(2) Un mes desde el ¿0 de Enero.
(3) Un trienio p ara la profesión perpetua después de la tem poral, un trienio u otro
espacio de tiempo para renovar la elección.
60 CAM PO S Y PULIDO

IV .— De los rescriptos .

Ocúpase el Código a continuación de los rescriptos, cuya doc­


trina vamos también nosotros a analizar com el mismo detenimiento
que lo hemos hecho de las demás fuentes del derecho. La primera
cuestión que a ellos respecta es la de determinar por quién pueden
ser solicitados o impetrados.
Es de recordar en este punto, y por lo que tiene relación con la
concesión de gracias y privilegios, la disciplina últimamente esta­
blecida por la Constitución Sapienti consilio de Su Santidad Pío X,
publicada en 29 de Junio de 1908, así como por el Ordo seroandus
in sacris Congregationibus, Tríbnnalibus et Oficiis Románete
Curiae'y con sus Normas generales de la misma fecha, y las particu­
lares que lo son de 29 de Septiembre del propio año. Por las indica­
das Normas peculiares se dispuso que en lo sucesivo, para la validez
y eficacia de los rescriptos, dispensas y gracias que se obtengan
de la Sede Apostólica, no será obstáculo que el que los pida se
hallare oculta o públicamente incttrso en excomunión u otra censura,
salvo que lo esté en excomunión norninatim o en la suspensión a
divinis también norninatim impuesta por \u Santa Sede (1).
Ya expresábamos en el lugar mencionado en la nota cuáles eran
las novedades que tales preceptos habían introducido respecto a la
antigua disciplina, mas ahora y por lo que se refiere a este particu­
lar, el nuevo Código dispone en su canon 36, primero del título IV,
del primer libro que los rescriptos podrán ser libremente impetrados,
tanto de la Sede Apostólica como de los demás Ordinarios por todos
aquellos a los que no esté expresam ente prohibido, y que las gracias
y dispensas de toda clase Concedidas por la misma Sede Apostólica,
son válidas aun para los incursos en censuras, salvo las prescripcio­
nes de los cánones 2.265-, párrafo 2.u, 2.275, núm. 3.° y 2.283.
Veamos qué se disponga en estos cánones y en qué sentido se
entiende confirmada o reformada la anterior disciplina a que se ha
hecho referencia.
En primer lugar, en armonía con lo que dispone el primero de los
preceptos indicados, está prohibido por el párrafo primero del ca -

(1) Consúltese esta doctrina en nuestra repetida obra volumen I, páginas SI y si­
guientes.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 61

non 2.265 , a cualquier excomulgado: 1.°, el derecho de elegir, de


presentar y de nombrar; 2.°, el poder conseguir dignidades, oficios,
beneficios, pensiones eclesiásticas y otros cargos en la Iglesia, y
3.°, el ser promovido a las sagradas órdenes: Preceptúa el segundo
que los actos realizados contra las dos primeras prohibiciones no son
nulos, salvo que fueren ejecutados después de la sentencia declara­
toria o condenatoria, porque si esta sentencia hubiese sido dictada, ·
no puede el excomulgado además conseguir válidamente ninguna
gracia pontificia, a no ser que en el rescripto pontificio £e haga men­
ción de la excomunión. Por el núm. 3.° del canon 2.275 , las ante­
riores prohibiciones impuestas a los excomulgados obligan también
a los personalmente entredichos; y, por último, según el canon 2.283
lo que prescribe el primeramente citado respecto a la excomunión,
ha de ser aplicado también a la suspensión.
Dedúcese de tales preceptos, que teniendo el del canon 2.205
el carácter de general, en cuanto los otros dos aplican al entredicho
y a la suspensión las mismas prohibiciones que se imponen a la ex­
comunión, en cuyo concepto a los excomulgados, entredichos y sus­
pensos, está prohibido también el derecho de elegir, de presentar y
de nombrar, sin poder tampoco.conseguir dignidades, oficios, bene­
ficios, pensiones eclesiásticas y otros cargos en la Iglesia; y pres­
cribiendo él párrafo 2.° del repetido canon 2.265 que no obstante esta
prohibición el acto realizado en contra de la misma no es nulo, a no
ser que fuere realizado por el excomulgado vitando ó por otro ex­
comulgado, después de la .sentencia declaratoria o condenatoria,—
de donde podemos deducir con perfecta claridad, que al declararse'
nulo si fuere posterior, y no si se ejecutare antes de tal sentencia,
es porque el que precede a la sentencia no lo es, ya que parece que
el criterio que preside para la-declaración de la nulidad del ejecu­
tado por los excomulgados, entredichos y suspensos en cuanto a los
actos que se les prohíben, es que lo sean con posterioridad a la re­
petida sentencia declaratoria o condenatoria— la regla general con­
siste a tenor de la moderna disciplina, pn que*no obstante la exco­
munión, la suspensión y el entredicho son válidas los actos que ten­
gan por objeto elegir, presentar, etc., cuando son realizados antes
de dictarse la sentencia, o lo que es lo mismo, que no basta que la
censura sea latae sententiae, sino que ha de dictarse sentencia
contra el incurso en ella, para que el acto de los que se consideran
prohibidos por él realizado, sea nulo, y sólo después de ésta lo será
pero no antes; mas, por lo que respecta a la concesión de gracias,
(52 CAM POS Y PULIDO

podrá el excomulgado obtenerlas de la Sede Apostólica antes de ha­


berse dictado contra él la sentencia de excomunión, entredicho o sus­
pensión, y no después de ésta, porque si lo fuere, dicha gracia será
nula saluo que en el rescripto pontificio se haga mención de la
excomunión, de la suspensión o del entredicho.
En este sentido la moderna disciplina por lo que respecta a la
concesión de rescriptos en los que se otorguen gracias y dispensas
de toda clase o alguna gracia pontificia, éstá constituida por las re­
glas siguientes:
1.ü Pueden impetrar libremente rescriptos tanto de la Sede Apos­
tólica, como de los demás Ordinarios, todos aquellos a quienes ex­
presamente 110 les esté prohibido.
2.a Las gracias y las dispensas de todo género concedidas por la
Sede Apostólica son válidas £*un para los que estén incursos en cen­
suras, y en cuanto a los excomulgados (en general), los personal­
mente entredichos y los suspensos, siempre que contra ellos no se
haya dictado sentencia declaratoria o condenatoria de la excomunión,
entredicho o suspensión.
3.a Dictada sentencia declaratoria o condenatoria de estas tres
censuras contra determinada persona, el declarado o condenado a
cada una de las mismas—mas no cualquier otro censurado, puesto
que los cánones 2.265, párrafo 2.", el 2.275, núm. 3.° y el 2.283,
' sólo se refieren a éstos—no podrá obtener gracia alguna de la Sede
Apostólica, y si la obtuviere, ésta no será válida , salvo que en el
rescripto Pontificio se haga mención de la excomunión, entredicho o
suspensión.
4.° Limitada la prohibición de obtener gracias a sólo las pontifi­
cias, por las disposiciones de los cánones indicados en el número an­
terior, podrán todos los incursos en censuras, aun los que lo estu­
vieren en la de excomunión, entredicho o suspensión, y aunque con­
tra ellos se haya dictado sentencia declaratoria o condenatoria ob­
tener gracias de los demás ordinarios, a no ser que les estuviese
expresamente prohibido por el derecho.
En este sentido qpeda modificada la disciplina hasta aquí vigen­
te, y hoy, a partir de la vigencia del Código, no deberá atenderse
a la disposición del Ordo servandus, de la Constitución Sapienti
consilio, sino a los preceptos del mismo Código que los modifican,
en cuya conformidad no se limita la imposibilidad de obtener rescrip­
tos y gracias, a sólo los excomulgados y suspensos a divinis nomi-
natim, sino todos los incursos en censuras, podrán conseguirlos an­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 63

tes de que contra ellos se dicte sentencia declaratoria o condenato­


ria, y después de ésta, todos los indicados censurados, sea cual fuere
la que se le impusiere, salvo los excomulgados, los personal-
mente entredichos y los suspensos; siendo válidos los que se le
concedieren a éstos, cuando el mismo rescripto pontificio haga men­
ción dé la repetida censura, pero ño si ijp se mencionare.
Una vez que se ha estudiado por quién puede ser impetrado un
rescripto, es preciso que examinemos seguidamente su ejecución,
las condiciones que requieren y los efectos que producen a lo que
proveen los cánones inmediatos.
Primeramente es de considerar, en conformidad al canon 38,
que los rescriptos por los que se concede una gracia sin interven­
ción de ejecutor, producen su efecto desde el momento en que son
concedidos, y los demás desde el tiempo de su ejecución.
Muy minuciosamente se ocupa el Código de la exposición de las
condiciones exigidas para la ejecución de los rescriptos, considerán­
dose esenciales sólo las que se expresan por las partículas si dum-
modo , u otras de la misma significación; y para que quede perfec­
tamente determinado qué efectos ha de producir la falsedad de las
preces, o los vicios de obrepción o subrepción, el canon 40 dis­
pone que en todos los rescriptos se entiende, aunque no se exprese,
la condición: Si preces ve rítate nitantur, salvo lo establecido en
el canon 45 y en el 1.054, en conformidad a los que cuando a las
preces de algunos rescriptos impetrados se añade la cláusula motu
proprio, valen éstos si en las preces se calla la verdad, que por lo
demás es necesario expresar; mas no, sin embargo, si es falsa la
causa final y ésta se propone como única, salvo lo que asimismo dis­
pone el 1.054, a que se ha aludido, que precepfúa que la dispensa
concedida de impedimento de grado menor no se invalida por vicio
alguno de obrepción o de subrepción aunque la causa única final ex­
puesta en las preces fuese falsa.
Queda, pues, en vigor, pero más ampliada sin embargo, la anti­
gua disciplina que vino a establecer la constitución Sapienti a que
antes nos .hemos referido, en cuyas Normas peculiares se dispuso
que eran válidas las indicadas dispensas de impedimentos matrimo­
niales de grados menores aunque concurrieren los indicados vicios
de obrepción o de subrepción, por entenderse concedidas ex ratio -
nabilibus causis a Sancta Sede probatis (1). En su virtud, los

'1) V éase en el indicado lugar de nuestra obra, vol. II, pág. 520 y slg.
(34 CAM POS Y PULIDO

vicios de obrepción o de subrepción no invalidan las dispensas de


impedimentos de grados menores, aunque la causa alegada sea
falsa.
Insistiendo más en este particular, el nuevo Código, para que
no quede duda sobre los efectos que producen los indicados vicios
de obrepción o de subrepción, así como el momento en que ha de
constar la veracidad de las preces, dispone en el canon 41, que en
los rescriptos en los que no hay ejecutor alguno, es necesario que
la veracidad de las preces aparezca en el momento en que han sido
concedidos, mas en todos los demás en el tiempo de la ejecución; y
que la reticencia u ocultación de la verdad o subrepción en las pre­
ces, como previene el canon 42 en los tres párrafos de que consta,
no obsta para que el rescripto no tenga fuerza y sea confirmado,
con tal que contuviere todos aquellos requisitos o cláusulas que se­
gún el estilo de la Curia se han de expresar para su validez, ni tam­
poco la exposición falsa u obrepción, con tal que la única causa p ro ­
puesta, o de las varias que lo hubieren sido, una motiva al menos
sea verdadera, siendo de advertir que el vicio de obrepción o de su­
brepción sólo en una parte del rescripto, no invalida las demás si
conjuntamente se conceden en él muchas gracias.
Hemos de consignar en este lugar un precepto a todas luces
justo, que tiene por objeto evitar el que rechazada una petición o
rehusada una gracia se oculte la negativa obtenida y se consiga el
mismo fin, desfigurando la verdad y acudiendo a otro organismo o
entidad que pudiere otorgarla, principio que responde a evitar posi­
bles corruptelas y abusos, ya que no hay duda, que si la última auto­
ridad que pudiere conceder la gracia hubiere conocido la anterior
repulsa, denegaría evidentemente la nueva pretensión.
Por ello el canon 43 dispone que la gracia denegada por una
Sagrada Congregación u Oficio de la Curia Romana, se entiende
inválidamente concedida por otra o por el Ordinario del lugar, aun­
que tenga potestad para ello, sin el asentimiento de la Sagrada Con­
gregación u Oficio que hubiere comenzado a conocer de él, salvo el
derecho de la Sagrada Penitenciaría para el fuero interno; y en este
mismo sentido, para dejar completamente definido lo que respecto
a este particular debe constituir regla de derecho, prohíbe el ca­
non 44 que nadie pida a otro Ordinario la gracia denegada por el
propio, sin hacer mención de la anterior denegación; y aun en el
caso de que se haga mención de ella, no deberá conceder dicha g ra­
cia el Ordinario sino después de conocer las causas por las que haya
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 65

rehusado su concesión el primero: Por último, si la gracia hubiese


sido denegada por el Vicario general, y posteriormente se solicitase
del Obispo su concesión, sin hacer dicha mención, será inválida;
mas si la gracia fuese negada por el Obispo, no podrá ser válida­
mente solicitada del Vicario general, aun hecha mención de tal ne­
gativa sin el consentimiento del Obispo.
Gran precisión revisten los preceptos que se acaban de reseñar,
constituyendo una doctrina terminante, y sobre todo uniforme y
clara para resolver todas las dificultades que se originen en la
práctica, ya que la importancia de la materia exigíaque estas cues­
tiones quedasen resueltas en el Código adecuadamente; mas no ter­
minan aquí las reglas que el repetido C ódigo prescribe respecto a ios
rescriptos, sino que éste, para no dejar ningún punto sin resolver,
continúa estableciendo las oportunas disposiciones, tanto de aplica­
ción a los rescriptos que han de considerarse no subsistentes, aun­
que sean concedidos mota proprio , si concurren las demás dispo­
siciones que se enumeran, como a los errores que puedan existir en
los nombres de las personas a quienes se concedan, a los rescriptos
contradictorios, no menos que a la manera en que han de entenderse
e interpretarse, tiempo de presentarse al ejecutor si requieren ésta,
forma de verificarse la ejecución, revocación de los mismos y apli­
cación a loá rescriptos que contengan no sólo una simple gracia,
sino un privilegio, los preceptos reguladores de éstos, objeto del
título inmediato.
Respecto a lo primero, los rescriptos aun concedidos mota pro­
prio a personas inhábiles por derecho común para conseguir la gra­
cia de que se trata, los dados contra alguna costumbre legítima del
lugar, contra algún estatuto peculiar, o contra el derecho ya conce­
dido a otro, no subsistirán, según previene el canon 46, a no ser
que se adicione al rescripto alguna cláusula derogatoria; precepto
de toda justicia, puesto que con anterioridad a su concesión h a‘exis­
tido una disposición dé la ley que ha declarado a una persona inhá­
bil para .obtenerle, o bien, con la expedición del mismo” se ha veni­
do a modificar una costumbre local legítimamente establecida, o un
estatuto particular, o por último, se trata de lastimar o contrariar un
derecho ya otorgado a otra tercera persona, circunstancias que en
buenos principios de derecho exigen una cláusula especial derogato­
ria de tales prescripciones, sin la que el rescripto no podrá tener
valor y constituiría un medio de contrariar y vulnerar la ley ante­
riormente existente.
C a m p o s y P u lid o . T o m o iv. 5
66 CAM POS Y PULIDO

No menor precisión contiene el precepto inmediato relativo a la


influencia que ejerce el error en los rescriptos. En conformidad al
canon 47 , no son írritos los rescriptos en los que exista error, respec­
to al nombre de la persona o respecto al lugar donde tienen su domi­
cilio, o a la cosa de que se trata, con tal que a juicio del Ordinario no
exista duda relativamente a la misma persona o cosa; con cuyo pre­
cepto se han venido a solucionar no pocas dificultades, a las que
antes se proveía mediante la concesión de lo que en la práctica de
las Curias se denominaba corrige , y para lo que en alguna ocasión
concedió también la Sede Apostólica determinadas facultades a los
Nuncios, como ha ocurrido en España, en donde vemos que el repre­
sentante de la Santa Sede tiene entre las llamadas de Penitenciaria,
la de conceder mutaiios, o sea permiso para subsanar un Breve o
rescripto dirigido por equivocación a otra persona (1), y la de poder
sanar las dispensas concedidas por la Santa Sede sobre el error del
nombre y apellido de los contrayentes y si se tratare de impedimen­
tos mayores sobre la equivocación o error de la causa alegada,
siempre que exista otra suficiente, así como para sanar si se puso
afinidad por consanguinidad, ya proceda la equivocación de la Curia
Romana o del amanuense de la episcopal, siempre que el impedi­
mento no se refiera al primero, o al primero con segundo grado (2).
La novedad introducida con la indicada disposición en la moderna
disciplina es de todo punto beneficiosa, puesto que si como vere­
mos más adelante se limitan los impedimentos de consanguinidad y
afinidad a los grados que estudiaremos, se facilita a la vez la conce­
sión de las mismas dispensas evitando los motivos de nulidad que
los errores que en ellas se notaren pudieren producir, sin hacer ne­
cesario, el acudir al corrige , u obtener un nuevo rescripto de la
Nunciatura en los casos que fuese preciso subsanar tales errores, en
los que los rescriptos conservarán todo su valor y eficacia si a juicio
del Ordinario no'hubiere duda sobre la persona o la cosa.
El canon 48 se ocupa de los rescriptos contradictorios estudian­
do los distintos supuestos que pueden presentarse. En el primero
cuando sucediere que se hubiesen impetrado sobre una misma cosa
dos rescriptos contrarios entre sí, prevalece el particular en el que
aquellas cuestiones se resuelven particularmente, sobre el general.
Puedei ocurrir que ambos rescriptos sean igualmente particulares o

(1) Véase el núm. X V III de las de Penitenciaría, pág. «35 de nuestra repetida obra,
volumen I.
(2) Idem id., núm eros XIII y XIV, pág. 238.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA

generales, en cuyo caso el primero debe prevalecer sobre el segun­


do, a no ser que en este se haga especial mención del primero, o que
el primer impetrador, por dolo, o notable negligencia no hubiere he­
cho uso de su rescripto. Finalmente si los dos hubiesen sido conce­
didos en el mismo día y 110 pudiera precisarse cual de los dos hubo
sido impetrado primero, los dos han de ser nulos, y si el asunto lo
permite se ha de recurrir de nuevo al que dió el rescripto.
Indispensable es determinar la forma de interpretar los rescrip­
tos y la manera en que han de entenderse sus disposiciones, cues­
tión que resuelve el canon 49 , disponiendo que se entenderán se­
gún la propia'significación de las palabras, y el uso común de hablar
sin que deban extenderse a otros casos fuera de los expresados con­
cretamente; mas en la duda, los rescriptos que se refieren a cues­
tiones litigiosas, que lesionan otros derechos ya establecidos, que? se
oponen a la ley en provecho de los particulares, o que por último
fueron impetrados para la consecución de beneficios eclesiásticos,
han de interpretarse estrictam ente, los demás lo serán latamente (ca­
non 50).
Volviendo a tratar de la ejecución de los rescriptos, cuando ésta
es exigida, ya que sabemos que al expedirse, unos la requieren y
otros no, produciendo sus efectos inmediatamente, dispone el ca­
non 51, que en los que hayan sido expedidos por la Sede Apos­
tólica, sin que se de ejecutor, deberán, sin embargo, ser presenta­
dos solamente al Ordinario del impetrante cuando esto se prescriba
en las mismas letras, o cuando se trate de cosas públicas, o bien sea
conveniente comprobar ciertas condiciones; y en cuanto al tiempo
dentro del que debe hacerse su presentación, cuando este no se fija
en el rescripto, podrá hacerlo el ejecutor en cualquier tiempo con
tal que no exista fraude o dolo {canon 52).
Además, el ejecutor del rescripto desempeñará inválidamente,
su cometido en conformidad al canon 53 , antes de recibir las letras
respectivas y de reconocer su integridad y autenticidad, a no ser
que le hubiese sido transmitida alguna noticia del mismo por autori­
dad del rescribente. Si en el rescripto dispone el canon 54 , se
cometiere mero ministerio de ejecución, no podrá ser denegada ésta,*
salvo que conste manifiestamente que el rescripto es nulo por vicio
de subrepción, o se hayan añadido condiciones que el ejecutor co­
nozca que no han sido cumplidas, o bien que aquél comprenda que el
que le impetró es de tal suerte indigno de la concesión, que de ésta
puedan surgir en lo futuro daños para otros, y si este último caso
№ CAM POS Y PULIDO

ocurriere, deberá el ejecutor, suspendida su ejecución, hgcer inme­


diatamente certísima relación de esto al refccribente;
y
mas si la con-
cesión de la gracia fuese cometida al ejecutor, corresponde a este
según su prudente arbitrio y conciencia, conceder o negar la gracia
otorgada.
Muy acertadamente ha proveído el Código en los preceptos que
se acaban de reseñar a la forma de ejecución del rescripto, distin­
guiendo los casos que se pueden presentar. Puede ocurrir en efecto;
que en el rescripto se haya designado solamente un mero ejecutor,
es decir, que a este no toque la concesión de la gracia sino que ella
sea concedida directamente por el'rescribente, en cuyo caso como
se ha visto el ejecutor no puede denegar la gracia otorgada, salvo
que conste de modo manifiesto la nulidad del rescripto por subrep­
ción; que no se cumplan las condiciones que se impusieron puesto
que estas han de ser de todo punto indispensables ya que sin duda
las ha tenido en cuenta el concedente para otorgar la gracia solici­
tada, y en éste, el incumplimiento de las mismas le hace ineficaz;
o bien que el beneficiado con el rescripto fuere manifiestamente in­
digno de él, o se teman graves daños, pero aún en este último caso
no podrá denegar la gracia concedida, sino solamente suspender
su ejecución , y dar cuenta seguidamente al rescribente de las cir­
cunstancias que concurrieren, para que él provea lo que procediere,
ya que a el ejecutor sólo toca cumplir con las prescripciones del su­
perior que ha concedido el rescripto.
Puede también suceder, no que se trate de un mero ejecutor,
sino que a éste se cometa la concesión de la gracia, como ocurre en
las dispensas de parentesco, en las que es preciso comprobar la cer­
tidumbre de la causa alegada (salvo cuando se trate de grados me­
nores), y en otras concesiones otorgadas en forma de rescripto por
la Sede Apostólica, y en este supuesto, 3 él corresponde conceder
o denegar la gracia, ya que la autoridad superior, lo que ha hecho
en el caso de que se trata es conceder facultad para otorgar la gra­
cia, y ello origina por consiguiente otra facultad distinta a la que se
ha indicado antes, por lo que el canon que estudiamos utiliza en el
primer caso la frase mero ejecutor, mientras que en el segundo dice
textualmente si la concesión de la gracia se cometiere al ejecu­
tor, términos que habrá consecuentemente que tener muy en cuenta
para poder resolver las dificultades que ocurran, y decidir adecua­
damente lo que proceda según los casos. Y todo ello como se acaba
de observar, está íntimamente relacionado con la doctrina que ya
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 69

dejamos consignada, pues como previene el canon 51, el rescripto


que no requiere ejecutor, o en que no se da éste, sólo deberá pre­
sentarse al Ordinario del impetrante, y esto cuando así se prescriba
en las mismas letras, o se trate de asuntos públicos o sea conveniente
comprobar ciertas condiciones.
Deberemos por último ocuparnos de las demás condiciones exi­
gidas en la ejecución de los rescriptos, tratando de las que pudiéra­
mos denominar reglas formales y reglas relativas a la substitución
del ejecutor así como de lo referente a la tasa en su ejecución.
A este efecto prescribe el canon 55 , respecto a las primeras que
el ejecutor debe proceder según las normas del mandato, siendo
nula e írrita la ejecución si no se observase la forma sustancial de
proceder, y no se cumpliesen las condiciones establecidas en las le­
tras, así como que la ejecución de los rescriptos que se refieren al
fuero externo se ha de hacer por escrito (canon 56).
Veamos ahora qué se dispone respecto a las segundas en los cá­
nones 57y 58 y 59. El ejecutor de los rescriptos establece el prime­
ro, puede sustituirse a sí propio, o lo que es lo mismo, podrá dele­
gar la ejecución en otra persona salvo que se le prohibiere la susti­
tución o el sustituto estuviese determinado; sin embargo, no será
permitido cometer a otro dicha ejecución, salvo los actos preparato­
rios, si se hubiere tenido en cuenta para hacer la elección, la aptitud
de la persona designada. También podrá encomendarse la ejecución
de los rescriptos, aun al sucesor del ejecutor en la dignidad o en el
oficio, salvo que del propio modo se hubiesen tenido en cuenta para
hacer la designación las condiciones que concurrieren en el designa­
do. Finalmente es permitido al ejecutor si de alguna manera pade­
ciese error en la ejecución del rescripto ordenar de nuevo su eje­
cución;
v No se ha dejado de proveer a la fijación de la tasa que se puede
exigir en la ejecución de los rescriptos. El último párrafo del ca­
non 59 previene que en lo referente a las tasas se observará lo
prescrito en el párrafo 1.ü del 1.507. Dispone éste que salvo lo es­
tablecido en el 1.056 y en el 1.234, o sea que salvo alguna presta­
ción módica a título de expensas de Cancelaría en las dispensas
para los no pobres, los Ordinarios de los lugares y sus oficiales,
reprobada cualquier otra costumbre contraria, no podrán con oca­
sión de las dispensas concedidas, exigir otros emolumentos, a no ser
que esta facultad les haya sido concedida expresamente, y si las
exigieren estarán obligados a la restitución: y que los Ordinarios
70 CAM PO S Y PULIDO

de los lugares deberán confeccionar un arancel o lista de las tasas


de los funerales o de las limosnas, para su territorio si no existiese,
con el consejo del Cabildo Catedral y si lo juzgase oportuno con el
de los vicarios Foráneos, y los párrocos de la Ciudad episcopal,
atendidas las costumbres particulares legítimas y todas las circuns­
tancias de personas y de lugares, y en él consignarán según los di­
versos casos particulares moderadamente los derechos, de suerte
que se evite todo motivo u ocasión de contienda y de escándalo.
El determinar las tasas para las diversas actuaciones de la juris­
dicción voluntaria para la ejecución de los rescriptos, de la Sede
Apostólica , o para la administración de los Sacramentos o Sacra­
mentales que se han de satisfacer en toda la provincia eclesiástica
es propio del Concilio provincial o del acuerdo de los Obispos de
la provincia, pero no tendrá ninguna eficacia semejante determ ina­
ción, mientras no sea previamente aprobada por la Santa Sede.
Es muy de tener en cuenta esta disposición, pues como quiera
que el Código cuyas novedades y reformas con respecto a la anterior
disciplina venimos examinando hubo de entrar en vigor en la pascua
de Pentecostés del año de 1918, deberá acomodarse la exacción de
tasas y derechos por los rescriptos que se expidan por la Sede Apos­
tólica a estas disposiciones, a partir de dicha fecha.
Para terminar el estudio de la nueva disciplina establecida con
relación a los rescriptos en el nuevo Código, debemos referirnos a
la doctrina que éste sanciona en orden a su extinción y a su revoca­
ción.
Dispone el canon 60 , que el rescripto revocado por acto*espe-
cial del Superior, perdura hasta tanto que su revocación haya sido
significada al que lo obtuvo; no revocándose ningún rescripto por
ley contraria, salvo que en la misma ley otra cosa se prevea o la ley
haya sido dictada por el mismo rescribente.
Por la vacación de la Sede Apostólica o de la diócesis, no se
extingue ningún rescripto concedido por aquélla o por ésta, salvo
que otra cosa resultare de las cláusulas de que conste, o contuviera
alguna facultad de conceder gracia a personas particulares expresas
en el mismo rescripto y el asunto quede íntegro, si res adhuc inte­
gra sit.
Los preceptos que anteceden son los que el nuevo Código ha
sancionado relativamente a los rescriptos, por los que pueden ob­
servarle las novedades y reformas que en la nueva disciplina han
venido a introducirse. Firmes en nuestro propósito de hacer cons­
LEGISLACION Y JURISPRUDENCIA CANONICA TI

tar esas novedades, nos limitamos por ahora a lo expuesto, .prescin­


diendo de un comentario especial, sin perjuicio de que la simple lec­
tura de ellos es muy suficiente para poder conocer en qué forma
queda aquélla modificada, y ¿uáles preceptos de la anterior puede
decirse que quedan en vigor.
El presente título, que por su importancia nos ha movido a de­
dicarte alguna mayor extensión, concluye disponiendo en su ca­
non 62 que si los rescriptos contuviesen, no una simple gracia, sino
un privilegio o dispensa, se observarán además las reglas conteni­
das en los cánones relativos a éstos, que son los que constituyen
los títulos V y VI del tan repetido libro I.

V. — De los privilegios.

Como se acaba de decir, el título V está dedicado a los privile­


gios, formando los diez y siete cánones de que consta un cuerpo de
doctrina interesantísimo, que exige que le dediquemos especialmen­
te nuestra atención. Podemos, pues, para exponerlo con algún orden
y método, analizar separadamente los preceptos que se establecen,
relativos a la adquisición de los privilegios, a su interpretación, a
su duración, a su revocación y a su cesación.
Pueden adquirirse los privilegios a tenor del canon 63 , no sólo
por la directa concesión de la autoridad competente y por comuni­
cación, sino también por la costumbre legitima, o por prescripción.
T res son, por consiguiente, los modos por los cuales puede tener
lugar su adquisición en conformidad a la disciplina novísima: por
concesión directa de autoridad competente, por comunicación, por
costumbre legítima y por prescripción, aunque podríamos decir que
existe otro modo más, que es la posesión centenaria e inmemorial,
en cuanto el segundo párrafo del mismo canon prescribe que la po­
sesión de esta clase induce prescripción del privilegio concedido;
pero en realidad este último modo es jnás bien el medio de demos­
tra r la existencia de un privilegio ya adquirido, comenzado a ejer­
cer mediante la misma prescripción, siendo preciso para que ésta ten­
ga lugar que la posesión de que se trate sea centenaria o inmemorial.
Dos son las formas mediante las que puede adquirirse el privile­
gio por comunicación en conformidad a la novísima disciplina que
establece el nuevo Código, a saber: en forma aeque principali y
en forma accesoria.
72 CAM PO S Y PULIDO

Por lo que respecta a la primera, sólo podrán ser comunicados


los privilegios que hubieren sido concedidos directamente, a perpe­
tuidad y sin especial relación a cierto lugar, a la cosa o a la perso­
na del primer privilegiario, habida también consideración de la ca­
pacidad del sujeto al que se hace la comunicación. La segunda, o
sea la comunicación que se denomina en forma accesoria, produce
como efecto que cuando los privilegios se comunican de esta suerte,
aumentan disminuyen o se pierden en el caso de que aumente dis­
minuya o se extinga el principal privilegiario, al contrario de lo que
ocurre cuando se adquieren por comunicación aeque principali , en
la que no se realiza este aumento o disminución.
Después de determinar la forma de adquirir los privilegios, se
ocupa el Código en el canon 66 de resolver que se comprenda en
las facultades concedidas y la extensión de éstas, disponiendo que
las habituales que se conceden perpetuamente, o por tiempo deter­
minado, o bien para cierto número de casos se han de considerar
como privilegios fuera del derecho, y a no ser que se haya tenido
en cuenta al hacer la concesión la aptitud de la persona designada o
se haya previsto otra cosa expresam ente, las facultades habituales
concedidas por la Sede Apostólica al Obispo y a los demás de que
se ocupa el párrafo primero del canon 198 — que establece que bajo
el nombre de Ordinario se entiende, salvo que fuesen exceptuados
expresamente, además del Romano Pontífice, los Obispos residen­
ciales cada uno para su territorio, los Abades o Prelados nallius ,
los Vicarios generales, los Administradores, los Vicarios y los P re­
fectos Apostólicos, así como aquellos que a falta de los indicados y
según lo prescrito en el derecho o por costumbres aprobadas les su­
ceden en el régimen, y para sus súbditos los Superiores mayores de
las religiones clericales excentas — no se extinguen resuelto el de­
recho del Ordinario al que fueren otorgadas, aunque el mismo hu­
biese comenzado su ejecución, sino que pasan a los Ordinarios que
les suceden en el régimen; de la propia manera que concedidas
al Obispo competen también al Vicario general. Por último, otorga­
da una facultad, lleva consigo las demás atribuciones que son nece­
sarias para el uso de la misma, por lo que en la facultad de dispen­
sar se incluye también la potestad de absolver de las penas eclesiás­
ticas que a la dispensa se opusiesen, pero al solo efecto de conseguir
la dispensa.
La interpretación de los privilegios y la manera de entenderlos
aparece resuelta por el canon 67, en cuya conformidad el privile­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 73

gio ha de estimarse según su propio tenor, sin que sea lícito exten­
derlo o restringirlo, principio de toda justicia que tiene su corrobo­
ración en el canon inmediato en cuanto prevé que en la duda se in­
terpretarán según las normas del 50 ya estudiado cuando tratába­
mos de los rescriptos, el que como veíamos prescribía que han de
ser de interpretación estricta los que se refieran a la litis, los que
lesionen cualquier otro derecho o se opongan a la ley en utilidad
privada, o, por último, los que fuesen impetrados para la consecu­
ción de un beneficio eclesiástico, pudiando serlo latamente todos los
demás; pero siempre han de ser interpretados de suerte que aparez­
ca que los engrandecidos con algún privilegio han conseguido la
gracia merced a la indulgencia del concedente.
En cuanto a su uso y a la duración de los privilegios, diremos
siguiendo lo que prescribe el canon 69 , que nadie está obligado a
usar del privilegio concedido sólo a su favor, a no ser que la obliga­
ción de cumplirle surgiese por otro motivo, debiéndose entender en
conformidad al 70 todo privilegio como perpetuo, salvo que consta­
se lo contrario.
Las últimas cuestiones que en lo que respecta a la doctrina de
los privilegios exigen que les dediquemos nuestra atención en este
lugar, son las relativas a su revocación y a su cesación y extinción.
Se ocupa de la primera el canon 71, y en cuanto a ella, tenemos
que distinguir los privilegios contenidos en el Código de todos los
demás. Los primeros se revocan por la ley general, más los segun­
dos, en todo lo relativo a este particular, se regirán por lo dispues­
to en el canon 60, y en su virtud, como ya se ha indicado al tratar
de la revocación de los rescriptos, cuando los privilegios sean revo­
cados por peculiar acto de la Superioridad, continuará no obstante
su vigencia hasta que la revocación haya sido notificada a la persona
a quien se concedieron, siendo también de aplicación a esta m ate­
ria lo consignado respecto de las tasas, que no hemos de reproducir
de nuevo.
Cesan los privilegios, a tenor del canon 72, por la renuncia, y
el fundamento de que ésta pueda hacer cesar el privilegio se en­
cuentra en que todo derecho concedido a determinada persona pue­
de ser renunciado.
Mas para la renuncia se requieren determinadas condiciones, y
éstas se refieren tanto a la forma de hacerla como a las personas
que la realizan. Exígese respecto a la primera por el primer párrafo
del mencionado canon, que ha de ser aceptada por el Superior com-
74 C A M PO S Y PULIDO

petente, sin cuyo requisito parece deducirse que no ha de conside­


rarse extinguido el privilegio. Las reglas de derecho referentes a la
persona que renuncia el privilegia, son: que el constituido sólo en
favor de cualquier persona puede ser por ésta renunciado; mas el
concedido a alguna Comunidad/ dignidad o lugar, no es permitido
renunciarlo a personas privadas, ni es permitido tampoco renunciar
a la misma Comunidad o Corporación todo privilegio que le haya
sido concedido a modo de ley, o cuando la renuncia ceda en perjui­
cio de otras Iglesias.
Prescríbese en orden a la extinción de los privilegios en el ca­
non 73, que, salvo el derecho del concedente, no se extinguirán
aquellos a no ser que fueren dados con la cláusula ad beneplacitum
nostrum , u otra equivalente, precepto en un todo confirmatorio del
que ya se ha estudiado al citar el canon 79, pues siendo éstos per­
petuos mientras no se dispusiere lo contrario, claro es que el conce­
dente podrá limitar el tiempo por el que aquél haya de durar, y con­
secuentemente la inclusión en el mismo de la citada cláusula u otra
de la misma naturaleza, indicará que podrá cesar cuando a bien
lo tenga el que lo concedió^ ya que fpé otorgado con esta con­
dición
Distintos han de ser los efectos que ha de producir la diferente
naturaleza del privilegio por lo que respecta a su extinción, ya que
pudiendo ser éstos reales, locales y personales, el carácter de unos
u otros tendrá que influir sin duda en aquella. Por ello el canon 74
dispone que los privilegios personales siguen a la persona y con ella
se extinguen, al paso que, según el 75, los reales cesarán por la ab­
soluta destrucción de la cosa o del lugar; mas los locales renacerán
si el local ha sido de nuevo restituido dentro de los cincuenta años.
En cuanto al no uso, dispone el canon 76 que los privilegios no
cesan por el no uso, o por el uso contrario, o por cualquier otra
causa no onerosa; pero como quiera que el no uso puede suponer
una voluntad contraria implícitamente expresada, sobre todo si el
privilegio se ha establecido en perjuicio de otros, de aquí que el
mismo canon disponga que si cedieren en gravamen o molestia de
otros se pierden si concurriese la prescripción legítima o la tácita
renuncia.
Cesarán además los privilegios, a tenor de lo previsto en el ca­
non 77, si por el transcurso del tiempo de tal suerte se cambian
las circunstancias de las cosas, a juicio del Superior, que resulta­
ren perjudiciales, o su uso se hiciere ilícito; y también, tanscurrido·'
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 75

el tiempo o cumplido el número de casos para los que fué concedido,


firme, lo que se prescribe en el canon 207, párrafo segundo , que
previene que en la potestad concedida para el fuero interno el acto
realizado por inadvertencia es válido transcurrido el tiempo o ago­
tado el número de casos.
Puede también cesar el privilegio por el uso abusivo de la potes­
tad que supone, pues, como dispone el canon 78, el que abusare de
dicha potestad merece ser privado de ella, por lo que el mismo ca­
non ordena que el Ordinario advertirá a la Santa Sede si alguno
abusase del privilegio por la misma concedido.
Finalmente, el título dedicado a los privilegios termina dispo­
niendo en el canon 79 , que aunque los privilegios hasta aquí obte­
nidos de la Santa Sede favorecen en el fuero de la conciencia al
mismo peticionario, nadie, sin embargo, puede arrogarse el uso con­
contrario de algún privilegio en el fuero externo, a no ser que el
mismo privilegio conste que ha sido legítimamente concedido.
Tal es la síntesis de la disciplina que respecto a los privilegios
ha establecido el novísimo Código recientemente publicado, en la
que no creemos necesario detenernos más, bastando con lo expuesto
para poder conocer cuál sea el criterio y la doctrina que en él se
contiene con referencia a los distintos cánones que la regulan, puesto
que por ella puede tenerse perfecta noticia del sentido en que queda
hoy determinado todo’ lo que respecto a los mismos se ha venido a
establecer.

VI. — De las dispensas.

Ha de ser objeto de este número, último del presente capitulo,


la materia de las dispensas, que es también regulada por el nuevo
Código, aunque no con tanta extensión como lo han sido las demás
de los títulos precedentes.
Comienza éste especificando por quién pueden ser concedidas
las dispensas, a la vez que se expone en cierto sentido un concepto
de las mismas, en cuanto se dice que la dispensa o la relajación de
la ley en un caso especial puede ser otorgada por el legislador, por
su sucesor o por el Superior, así como por el que tiene concedida
facultad de dispensar.
Salvo lo determinado en la regla que precede, por la que se es­
pecifica a quién corresponde facultad para otorgar dispensas, muy
fundada sin duda, pues que suponiendo la dispensa, como se acaba
76 CAM POS Y PULIDO

de indicar y reconoce el mismo legislador, un caso especial de rela­


jación de la ley, sólo a éste debe corresponder el ejercicio de tal
poder, y en su consecuencia, las autoridades de orden inferior care­
cen de él, ya que es tan conocido el axioma illius est tollere cuius
esi conde re .
En este sentido, es doctrina cierta que el que no puede dictar la
ley mal podrá dispensar de su ejercicio, constituyendo regla gene­
ral por lo que respecta a la dispensa, según se deduce del canon 80r
primero del título que estudiamos, la ya consignada de que sólo ef
legislador, su sucesor o su Superior jerárquico puede dispensar; el
primero, porque puede dictar la ley; el segundo, porque sucedién-
dole en el ejercicio de la función legislativa conserva ésta en toda
su extensión, y, por lo tanto, en lo que es consecuencia de tal po­
testad legislativa, que es la dispensa; y el Superior, por la mayor
potestad de que está investido; de suerte, que sólo a ellos ha de es­
tar atribuida la facultad de dispensar.
Hay, esto 110 obstante, una excepción, que es la de que el que
dispensa liaya sido favorecido con la concesión de la facultad espe­
cial de dispensar, en cuyo caso dispensará, no por virtud de su
propia autoridad, sino en uso de la facultad que le ha sido conferi­
da, por lo que si se extralim itare o hiciere un usó contrario de la fa­
cultad que se le ha otorgado es indudable que la dispensa es nula.
Constituido por lo tanto de esta suerte el principio de general
aplicación a la materia de las dispensas, es evidente que las autori­
dades inferiores carecen de repetida facultad, y por lo tanto, ha
de ser del propio modo regla también general la de que los O rdi­
narios que son autoridades de orden inferior al Romano Pontífice,
único que tiene la potestad legislativa en la Iglesia, no pueden dis-
' pensar en las leyes generales de la Iglesia; podrán hacerlo en las
que ellos hayan dictado, pero no en las que obligan por igual a todos
los fieles, y esta prohibición se extiende aun a los casos particula­
res, con la excepción de que les hubiere sido otorgado especial fa­
cultad implícita o explícitamente , o bien que fuese difícil el re ­
curso a la Sede Apostólica y existiese peligro de daño grave de la
demora en obtenerla; pero en todo caso ha de ser con la precisa con­
dición de que se trate de dispensas que ordinariamente suelen ser
concedidas por la Santa Sede.
Ha venido el nuevo Código, con este precepto, que se encuentra
contenido en el canon 81, a dejar dilucidada la cuestión de la potes­
tad que corresponde a los Obispos y demás Ordinarios para dispen­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 77

sar, de manera que quedarán resueltas, a nuestro juicio, muchas de


las dificultades que se estudiaban por los autores y a las que nosotros
nos hemos referido con relación a Durieux y al Padre W ernz, pro­
curando dejarla solucionada cuando estudiábamos la facultad de con­
ceder dispensas de parentesco (1). Consecuentemente con lo dis­
puesto, y aunque más adelante y en su lugar oportuno tendremos
que volver a tratar de este particular, con referencia a las dispensas
de impedimentos matrimoniales, diremos por ahora que los Obispos,
para poder dispensar, necesitan estar investidos de facultad explíci­
ta o implícita, o conceder la dispensa en los casos que se han enu­
merado y no en otros distintos, en los que si llegaren a concederla
es de toda evidencia que ésta sería nitla, salvo, claro está, que se
Jes hubieren otorgado facultades especiales.
Y como quiera que se ha visto que los Obispos carecen de facul­
tad para dispensar cuando se trata de leyes generales de la Iglesia,
la consecuencia lógica es que podrán dispensar tanto éstos como los
demás Ordinarios de las lugares en conformidad al canon 82 en las
leyes diocesanas y en las leyes del Concilio provincial y plenario,
pero ello acomodándose a las normas del párrafo segundo del
canon 291, que dispone que los decretos de estos Concilios obligan
en todo el territorio de cada uno, no pudiendo dispensar de ellos los
repetidos Ordinarios sino en casos particulares y por justa causa,
mas no en las leyes que especialmente hubiere dado el Romano Pon­
tífice para su territorio particular, porque en tal caso ya no son los
mismos Ordinarios los que las establecen, sino la autoridad suprema
de la Iglesia,, representada por su legítimo Pontífice, y para que
puedan dispensar de ellas, habrán de atenerse a los preceptos del
canon 80 , que se ha estudiado anteriormente. En cuanto a los Pá­
rrocos, no pueden dispensar, a tenor del canon 83 , ni en las leyes
generales ni en las particulares,, salvo que les haya sido concedida
esta potestad.
La segunda cuestión que en la materia de dispensas es preciso
concretar es la de las causas por las que pueden ser concedidas.
A ello prevé el· canon 84, disponiendo que no se dispense de la
ley eclesiástica, sin causa justa y razonable, teniendo en cuenta
la gravedad de la ley de que se dispensa, siendo ilícitas e inváli­
das las demás dispensas que fueren concedidas por el inferior. En la
duda sobre la suficiencia de la causa por la que se pide lícitamente

(1) Véase nuestra repetida obra, vol. II, páginas 507 y 527 y siguientes.
78 CAM PO S Y PULIDO

la dispensa se entiende ésta concedida válida y lícitamente. Nada


dice el Código en este lugar respecto a las causas que pueden ale­
garse para la impetración de las dispensas, y en este sentido enten­
demos que ha de considerarse que subsisten todas las admitidas por
el Derecho. También es indudable que en cuanto a las condiciones o
requisitos que han de concurrir en el rescripto en el que se conceda
una dispensa, lo mismo que en lo que respecta a los efectos que
pueden producir en ellos los llamados vicios de obrepción y de
subrepción, no menos que en lo relativo a la veracidad de la causa
que se alegue para obtenerlos, son aplicables las reglas antes con­
signadas que se estudiaban en las páginas precedentes, por lo que
deberán tenerse muy en cuenta, sin olvidar el precepto últimamen­
te estudiado, que resuelve en favor de la validez y la licitud la duda
sobre la suficiencia de la causa.
Finalmente, por lo que se refiere a la doctrina de la interpreta­
ción de las dispensas, son igualmente de aplicación las disposicio­
nes del canon 50 de este primer libro, exigiéndose en conformidad
a lo que éste prescribe una interpretación estricta en las dispensas
relativas a materia litigiosa, las que lesionen intereses o derechos de
tercera persona, y las que contradigan la ley en utilidad particular,
no menos que las que tengan por objeto la consecución de benefi­
cios eclesiásticos; las demás podrán ser interpretadas latamente.
Son, pues, de aplicación en este punto a las dispensas los mis­
mos principios que ya se vió lo eran a los rescriptos, no menos que
a los privilegios, con lo que se mantiene en el Código una unidad
de criterio de todo punto beneficiosa y de gran utilidad en la prác­
tica, ya que unos mismos principios han de regir en estas materias;
mas obsérvese que las indicadas reglas de interpretación son aplica­
bles, no sólo para la dispensa en sí, sino también para la misma fa­
cultad de dispensar concedida para ciertos casos.
En cuanto a la cesación de la dispensa, la que tiene un tracto su­
cesivo cesa, en armonía con lo que dispone el canon 86 , por las
mismas causas y los mismos modos que los privilegios, así como
también por la cierta y total cesación de la causa motiva, por lo que
las reglas ya consignadas respecto a los privilegios son también de
aplicación a las dispensas.
L I B R O II
D e las pejsonas.

N o v e d a d e s q u e e l C ó d ig o in t r o d u c e e n l a m a t e r i a
DE LAS PERSONAS ECLESIÁSTICAS.

Nociones generales.

Clasificación de las personas , según la novísima


legislación canónica .

I. Acabamos de ver en el capítulo precedente, la doctrina que


el nuevo Código ha venido a establecer en orden a la ley, la costum­
bre, los rescriptos, etc., etc., y al estudiarlas modernas disposicio­
nes que aquél contiene y exponer los preceptos que constituyen
la disciplina novísima, nos ha sido preciso dar alguna mayor ampli­
tud a nuestras notas, ya que tanto los principios generales qué pre­
ceden a los diversos títulos de que consta el libro 1.° como estos
mismos, exigían más detenimiento y mayor minuciosidad en el estu­
dio, en cuanto era, de todo punto indispensable exponer completo el
pensamiento del legislador y no ofrecer de él ideas fragmentarias
referentes sólo a las novedades introducidas que más bien dificultan
y entorpecen todo examen científico, criterio que nos pareció más
aceptable, sobre todo, cuando después de su lectura comprendimos
que constituía un todo uniforme y completo perfectamente sistema­
tizado y metodizado.
Así lo hicimos, sin temor a la mayor extensión que habían de al­
canzar breves indicaciones, procurando a la vez, no sólo dar no­
ticia por extenso de aquellos preceptos cuya importancia lo recla­
maba, sino ofrecer de los mismos algún pequeño comentario o más
80 CAM PO S Y PULIDO

bien una síntesis doctrinal para su mejor comprensión, ateniéndonos


siempre al criterio de la Santa Sede que ha prohibido term inante­
mente las versiones a otra lengua que 110 sea la latina de los precep­
tos del repetido Código; y este mismo criterio hemos de seguir,
al tratar ahora de las personas eclesiásticas siguiendo su articulado
a lo menos en lo que respecta a lo que hemos denominado a nuestro
juicio, interpretando el sistema que en su exposición preside, reglas
generales de aplicación a las personas eclesiásticas ya que en este
segundó libro, antes de desenvolverse la materia, que integra su
contenido en las distintas secciones, títulos y capítulos de que cons­
ta, se establecen ciertas normas generales que reclaman una consi­
deración especial.
En efecto; el Código, con muy buen acuerdo y siguiendo con esto
un sistema completamente aceptable y a todas luces científico y ra­
cional, antes de proceder al desenvolvimiento de las materias pro­
pias del tratado de las personas eclesiásticas, dedica unas reglas o
preceptos generales a definir y concretar todo lo que respecta a la
personalidad física, y a la moral o jurídica, y a determinar lo que
constituye la capacidad jurídica y de obrar de la persona individual
y colectiva como sujeto del derecho en materia canónica, pero con
una precisión tal, que el criterio adoptado no es sólo digno del más
sincero aplauso, sino que su comentario y juicio crítico ha de ser de
todo punto favorable ya que a la novedad que supone en su forma
de exposición, ofrece la extraordinaria ventaja y utilidad de dejar
previamente resueltas todas las cuestiones que afectan a la doctrina
del sujeto del derecho, determinando así, tanto lo que respecta a la
capacidad de la persona considerada en su doble naturaleza de indi­
vidual y colectiva, como a las causas que modifican esta misma ca­
pacidad y los medios de suplir su falta en el sujeto del derecho, se­
gún se trate de las .diversas causas que la modifican, como 1з edad,
la locura y la falta de razón, etc., etc.
Realízase todo ello en los veintiún cánones que integran esta
parte preliminar con un orden que no podemos por menos de califi­
car de absolutamente perfecto y racional, puesto que partiendo de
la fijación de lo que podríamos llamar modo de adquisición del ca­
rácter de súbdito de la Iglesia o ciudadanía eclesiástica mediante la
sanción del principio de que el bautismo es la única puerta por la
que se puede ingresar en la Iglesia de Jesucristo, precepto obliga­
torio del canon 87 , en los sucesivos, del propio modo de absoluta
eficacia legal, se regula a forma de nacimiento y constitución de la
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 81

persona, física y moral, se estudia el domicilio y el cuasi domicilio,


así como se determina cual sea el de lam ujercavsada.no separada
legalmente de su marido, el de los hijos, los menores, etc., la forma
de computación del parentesco y sus clases, la sumisión al rito pro­
pio y la prohibición de pasar de uno a otro distinto de que ya se
ocupó la constitución Trcidita ab antiquis de Su Santidad Pío X,,
condiciones requeridas para la existencia de la persona moral, etc., y
para evitar dudas en lo relativo a las cuestiones de precedencia en­
tre varias personas, sean éstas físicas o morales, se éstablecen las
oportunas normas en el canon 106\ viniendo a constituir todos los
indicados preceptos un verdadero tratado sobre la capacidad, prece­
dente natural del consagrado a las personas objeto del repetido se­
gundo libro.
La sola enumeración que precede es por sí balitante para demos­
trar la importancia que reviste la doctrina referida, ya que trayén­
dose al Código e incluyéndose entre sus preceptos todos los que en
un sentido general han sido de aplicación y han informado la disci­
plina canónica en materia de personas, su capacidad y las causas
modificativas de la misma, e introduciéndose en estos particulares
algunas innovaciones muy dignas de notar, no sería suficiente la ex­
clusiva referencia a estas últimas si la doctrina ha de tener cierta
unidad de exposición, por lo que siquiera sea con la brevedad que
permite la índole de este trabajo, deberá quedar consignado a lo
menos sintéticamente lo más esencial de los indicados preceptos.
II. En dos grupos o clases divide el nuevo Código el sujeto deP
derecho o sea las personas dentro de la Iglesia; la persona física e
individual y la persona moral o colectiva. La primera como su pro­
pio nombre indica es la persona natural, que para que sea conside­
rada como miembro de la Iglesia y pueda tener y ejercitar dentro de
la misma determinados derechos, así como desempeñar ciertos oficios
ha de estar bautizada; y la segunda, es la moral o jurídica, exigiendo
ambas una perfecta regulación y determinación de lo que constitu­
yen sus elementos esenciales, para que puedan, tanto la finca como
la jurídica, conseguir y realizar su propio fin.
En este sentido y partiendo de tal distinción, el Código regula
lo referente al nacimiento de una y otra, determinando cuándo se
reputará miembro de la Iglesia la persona individual, y qué requisi­
tos se exigirán para el nacimiento de la segunda, así como las dis­
tintas clases de éstas.
A lo primero provee el canon 87, y de la misma manera que el
C am pos y P u lid o . T om o iv . 6
82 CAM PO S Y PULIDO

nacimiento determina la personalidad y sólo el nacido con los requi­


sitos que enseñan las modernas ciencias fisiológicas, es persona hu­
mana, en conformidad a lo que dicho canon establece, en la Iglesia,
sólo se atribuye a una persona natural el carácter de católico, me­
diante la recepción de las aguas bautismales, y por lo tanto, el bau­
tismo constituye a el hombre persona en la Iglesia de Jesucristo, que
como tal puede gozar de todo$ los derechos y oficios de los cristia­
nos, doctrina de todo punto conforme con lo que ha sido práctica de
la Iglesia que tiene su fundamento en aquellas admirables palabras
de Cristro Nuestro Señor Nisi quis rencitus fuerit ex aqua et Spi-
ritu Sancto non potest introire in regnuni Dei (1), y de cuya dis­
posición constitutiva de la regla general sintetizada en el principio
de que el bautismo faculta al hombre que lo ha recibido para el ejerci­
cio de todos los derechos y oficios que se conceden a los que osten­
tan el título de cristianos, se exceptúa el caso de que alguna prohi­
bición se lo vedase o existiese un vínculo impidiente de la comunión
eclesiástica, o, por último, concurra alguna censura o prohibición
impuesta por la misma Iglesia.
Por lo que respecta a la segunda clase de personas o sea la deno­
minada persona moral, colectiva o jurídica, pueden existir en la Igle­
sia, a tenor del canon 99, además de las físicas, las personas mora­
les, constituidas por la autoridad pública, y éstas podrán ser cole­
giales y no colegiales como las Iglesias, los Seminarios, Jos benefi­
cios, etc.
Mas si.cuando tratamos de la persona física, basta con la indica­
ción de que el bautismo es lo que determina la personalidad y que la
recepción de éste habilita al hombre para ejercitar derechos y des­
empeñar oficios en la Iglesia, no ocurre lo propio con la persona mo­
ral, o colectiva o jurídica, pues si bien no ofrece duda que la Iglesia
Católica y la Sede Apostólica tienen consideración de personas mo­
rales por la misma ordenación divina, como prescribe el canon 100
y en todo caso hay que reconocer que una y otra son verdaderas
personas morales, en lo referente a las demás de orden inferior a és­
tas, hay necesidad de prefijar cuándo surgirá para la colectiva o mo­
ral el concepto de tal persona que pueda intervenir en relaciones
jurídico-canónicas.
Por esta razón, de todo punto fundamental, el mismo canon 1001
dispone, que en la Iglesia las demás personas morales inferiores ob-

,1) ban Juan, capítulo III, versícu lo s.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 83

tienen éste, o lo que es lo mismo, adquieren la consideración de per­


sonas, bien por prescripción, o disposición del derecho, o bien por
especial concesión del Superior eclesiástico competente, otorgada
por decreto formal para un fin religioso y caritativo.
Es, pues, preciso para la existencia de una persona moral de or­
den inferior a la Iglesia Católica, o a la Sede Apostólica, según la
nueva disciplina, una de estas dos condiciones: O que su concepto
de tal persona le sea otorgado por especial disposición del derecho,
como se ha dicho, o que si es debida a particular concesión, se haga
observando ciertas condiciones o requisitos esencialísimos, a saber:
1.° Que lo sea por superior eclesiástico competente. 2.° Para un fin
religioso o caritativo; y 3.° Otorgado por formal decreto; o lo que
es lo mismo, la indicada concesión exige dos requisitos que afectan
a su fondo o a su esencia, y que se refieren al sujeto o autoridad que
la concede y al fin para que se constituye, y uno que mira y atiende
sólo a la forma de otorgarle, en cuanto es preciso que conste exter­
namente su constitución como tal persona moral, por un decreto pú­
blico o formal. No basta, sin embargo, la concurrencia de estos tres
requisitos de todo punto indispensables, sino que además, pudiendo
ser las personas morales colegiales o no colegiales, cuando se trate
dé las primeras, no podrán de ningún modo constituirse como tales,
si no constasen a lo menos de tres personas físicas, cuya condición
afecta como las dos primeras a los requisitos de fondo.
Hemos visto la forma de nacimiento y constitución de una y otra
clase de personas, y desde luego se comprende, que si el nacimiento
determina la personalidad, la muerte la extingue; mas si esto tiene
lugar cuando se trata de la persona física o individual, no ocurre lo
> propio cuando nos referimos a la moral o colectiva, pues la no cole­
gial no puede morir, y aunque en la colegial la m uerte de una de las
personas físicas que la integran, podrá ejercer alguna influencia en
las relaciones de los que componen aquélla, no por esto se extingue
dicha persona moral, sino que continúa subsistiendo en su fin y en
el objeto para que ha sido instituida, así como interviniendo en las
relaciones jurídicas que determinan su constitución; por esto el Có­
digo, después de haber establecido como se constituye la persona
moral, dispone en su canon 102, que dicha persona por su natura­
leza es perpetua, pero, no obstante, este carácter de perpetuidad, se
extingue, sin embargo, en dos casos perfectamente determinados, a
saber: si ha sido suprimida por autoridad legítima, o si dejare de
existir por espacio de diez anos, y como quiera que según hemos
84 CAM PO S Y PULIDO

indicado, la muerte de una de las personas físicas que constituyen la


moral puede ejercer determinada influencia en ésta, pero sin extin­
guirla, el segundo párrafo del mismo canon, dispone que si uno de
los miembros de la persona moral colegial sobreviviese, recae sobre
él todo el derecho.
Si la persona moral, al contrario de la física, está constituida
cuando se trata de las que se llaman colegiales por la reunión de
varios individuos, se hace preciso determinar cuál es la forma de su
funcionamiento e intervención en relaciones jurídicas y qué condi­
ciones son requeridas en los actos que pueden realizar para que
tengan eficacia jurídica.
Resuélvese lo referente a este particular en el canon 101, dis­
poniendo acerca de los actos de las personas morales colegiales, y a
la forma de adoptarse sus acuerdos, así como de verificar las elec­
ciones en los casos que deban realizarse, que a no ser que otra cosa
se hubiese establecido expresamente por derecho común o particu­
lar, el acto por ellas realizado tiene eficacia de derecho: a) cuando,
sin tener en cuenta los sufragios nulos, fuese acordado por la mayor
parte absoluta de aquellos que emiten su sufragio; b) cuando des­
pués de dos escrutinios ineficaces lo fuese por la mayor parte rela­
tiva en el tercero, y c) en el caso en que fuesen iguales los sufra­
gios emitidos, el Presidente dirimirá con su voto el empate después
del tercer escrutinio, o^i se trata de elecciones y el Presidente no
quiere dirimirlo con su voto, se tendrá por elegido el más antiguo
en orden, en la primera profesión, o en la edad; además prescribe
el mismo canon que lo correspondiente a todos como personas par­
ticulares, debe ser aprobado por todos.
Por último, en coformidad al párrafo 3.° del mencionado canon,
si se tratase de actos referentes a las personas morales no colegia­
das, se observarán los Estatutos particulares y las normas del dere­
cho común relativos a las mismas.
III. Ocúpase también el nuevo Código en los cánones que pre­
ceden a los diversos títulos del tratado de las personas en resolver
lo referente a la distinción de las físicas según los efectos que en
las mismas produce la mayor o la menor edad, la infancia y la pu­
b e rta d a la determinación del domicilio y del cuasi domicilio a los
modos de adquirirlo, etc ., etc.; cuestiones que afectan en realidad
a la determinación de las llamadas causas modificativas de la capa­
cidad, y que al dar motivo a la distinción y clasificación de las indi­
cadas personas en diferentes grupos o clases, son fuente de impor­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 85

tantísimos efectos en orden a los actos jurídico-canónicos, en los


que pueden tener intervención.
Por lo que respecta a la edad objeto de este numero, las perso­
nas, en conformidad a lo que establece el canon 88, se clasifican
en mayores ,y menores, impúberes, púberes e infantes. Son mayo­
res los que han cumplido veintiún años de edad, y menores todos
los que no han llegado a alcanzar ésta.
Aún se distinguen en la menor edad otras gradaciones, pues al
que aún no ha cumplido los veintiún años, se le considera púber a
los catorce años, si es varón, y si mujer, a los doce, ambos comple­
tos, y aun antes de alcanzar la pubertad, recibe el nombre de in­
fante, niño o párvulo el que no haya cumplido el setenio, juzgán­
dose que en ese período no tiene su sano juicio, pero cumplidos los
siete años, se presume que tiene uso de razón, asimilándose a los
infantes cuantos habitualmente están privados del uso de la razón.
En armonía, pues, con estos preceptos, relacionándolos con lo
establecido en el canon 89, podremos decir que tanto la edad como
la falta de razón son causas modificativas de la personalidad física e
individual, pues no se limita el Código a clasificar a las personas en
la forma que acabamos de indicar, sino que puesto que tales modifi­
caciones responden a estados anímicos que influyen de modo evi­
dente en la manera de obrar de los individuos y tienen su funda­
mento en el desarrollo intelectual y físico del ser racional, el indi­
cado canon preceptúa que la persona que ostenta la consideraciófi de
mayor de edad, tiene el pleno goce y ejercicio de sus derechos,
mientras que el menor permanece Sometido en el de los que le co­
rrespondan, a la potestad de süs padres o tutores, excepto aquellos
casos en los que el derecho los tiene por exentos; y atendiendo a la
índole y naturaleza de las personas morales, ya sean éstas colegia­
les o no colegiales, en conformidad a lo que preceptúa el párrafo
tercero del canon 100 antes estudiado, éstas son completamente
equiparadas a los menores.
IV. Es también causa modificativa de la capacidad el domicilio
y a la regulación de éste, domicilio de origen, modos de adquirirlo
y clasificación de las personas por razón del domicilio, se refieren
los cánones sucesivos.
Por razón del domicilio pueden ser clasificadas las personas en
conformidad, al canon 91, en residentes o habitantes, íncola; tran­
seúntes, forasteros o extranjeros, adueña; peregrinos, peregrinus;
y vagos, vagas.
86 CAM PO S Y PULIDO

Son los primeros, y se da, por tanto, este nombre a las personas
que residen o habitan en el lugar donde tienen domicilio, equiva­
liendo, por tanto, su concepto al de los que nuestro derecho deno­
mina vecinos; los segundos, a los que el Código llama advena , se
dice de los que tienen en el lugar cuasi domicilio, equiparándose a
nuestros transeúntes, pero teniendo, sin embargo, un concepto más
definido y perfecto que éstos, como luego veremos. Se le da el
nombre de peregrinos , a los que residen o se hallan fuera del lugar
donde tienen su domicilio o cuasi domicilio, conservando, sin em­
bargo, todavía éste. Y, por último, se atribuye en Derecho canóni­
co el concepto de vago al que no tiene en ninguna parte domicilio
o cuasi domicilio.
No es necesario que encarezcamos la importancia extraordinaria
de la anterior clasificación, 110 sólo por la absoluta precisión de los
términos que comprende, sino también y muy especialmente porque
aunque estos distintos conceptos han sido reconocidos y admitidos en
la disciplina canónica hasta aquí vigente, y por ellos se han regulado
interesantísimos puntos de derecho, como son, entre otros, las cues­
tiones matrimoniales y las referentes a la sagrada ordenación, ha­
biéndose dictado también importantísimas resoluciones por las Sa­
gradas Congregaciones Romanas (1); sin embargo, el incorporarlos
al Código como precepto^ de general aplicación y constitutivos de
una disciplina de observancia uniforme e igual para toda la Iglesia
en ía forma que el repetido Código es obligatorio.para toda ella,
según queda ya consignado, es m erecedor de verdadero aplauso,
en cuanto nos ofrece una norma segura y definitiva en tan delicada e
importantísima materia.
Puede ser el domicilio también de diferentes clases, ya sea éste
el que se denomina de origen y el adquirido; al primero de ellos se
refiere el canon 90, que se ocupa del domicilio de origen, dispo­
niendo que el lugar de origen del hijo, aun de los neófitos o recién
convertidos al catolicismo, es aquel en el cual cuando el hijo ha na­
cido tiene el padre de éste, o si se trata de hijos ilegítimos o póstu-

(I) Véase entre otros particu lares, por lo que respecta a la S agrada Ordenación,
el volumen II de nuestra repetida obra, páginas 140 y siguientes, y por lo tocante al
m atrimonio el mismo volumen, páginas 299 y siguientes, y muy en p a rticu la r la doc­
trin a consignada al tr a ta r de los requisitos necesarios para la celebración del m atri­
monio, donde se estudió la cuestión referente al domicilio y cuasi domicilio con gran
detenimiento y citándose Im portantes resoluciones y decretos; paginas 624 y siguien­
tes de dicho volumen.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 87

mos, la madre, su domicilio, y, en defecto de éste, su cuasi domici­


lio. Determínase, por lo tanto, el domicilio de origen de los hijos aten­
diendo al de los padres. Síguese, por consiguiente, en este punto el
importanté principio del ius sanguinis , atendiendo como es natural
primero al del padre, y no siendo éste conocido por tratarse de los
ilegítimos o de los postumos, al de la madre.
Mas si se tratare del domicilio de los hijos de los vagos, lo será
el mismo del lugar de su nacimiento, y si de los expósitos, aquel en
el que fuesen encontrados. En éstos, como puede comprenderse, hay
que seguir un criterio distinto del anteriormente indicado, ya por
imposibilidad absoluta de conocer el de los padres, como ocurre con
los expósitos, puesto que se ignora quiénes lo fueron, o porque el
carácter de vagos que el derecho asigna a éstos no se transmite
desde luego a sus hijos, por lo que se refiere a su domicilio de ori­
gen, y el derecho les señala en este caso el del lugar de su propio
nacimiento que es perfectamente conocido.
En cuanto al segundo, la voluntad e intención del individuo, o
bien el hecho de residir en un lugar determinado, es el criterio que
sirve de base para la fijación del domicilio que se llama adquirido,
debiendo concurrir, por lo tanto, en este caso uno de los dos elemen­
tos absolutamente esenciales e indispensables que los autores deno­
minan ánimo y facto .
En este sentido, el nuevo Código dispone en el párrafo 1.° del
canon 92, que el domicilio se adquiere por la contnoración en alguna
parroquia o cuasi parroquia, o a lo menos en alguna Diócesis, Vica­
riato apostólico o Prefectura apostólica, mas en todo caso es abso­
lutamente indispensable que vaya unida a la conmoración el ánimo
e intención de permanecer en dicho lugar perpetuamente, si nada le
obliga a separarse de este lugar, o ha de prolongarse por un decenio
completo.
Se parte, pues, para la adquisición del domicilio, de la resi­
dencia en una parroquia o cuasi parroquia, que es el término más
concreto y el local más determinado y circunscrito, aunque puede
también adquirirse en una Diócesis, Vicariato o Prefectura apostó­
lica más amplios que aquélla por su extensión territorial y que podrán
comprender más de una parroquia. Es decir, para adquirir el domi­
cilio se requiere la conmoración o permanencia; pero ésta, ha de
llevar consigo, o la intención (ánimo) de no abandonar el lugar,
o el hecho de residir (facto) por un período de tiempo de diez años
completos.
88 CAM PO S Y PULIDO

El cuasi domicilio, en conformidad al segundo párrafo del men­


cionado canon , se adquiere por la misma conmoración en los lugares
de que se ha hablado antes, siempre que los requisitos ya fijados de
intención o hecho de residir, respecto al domicilio, se realicen en el
cuasi domicilio, estando unida la conmoración al ánimo o intención de
residir en el lugar de que se trata, a lo menos la mayor parte del
año , si lo mismo que en aquél nada se opone a dicha permanencia,
o bien si esta misma conmoración se ha prolongado por la mayor
parte del año.
Y como quiera que el domicilio y el cuasi domicilio puede adqui­
rirse en diversos lugares, tendremos en armonía con el tercer párra­
fo del mencionado canon, que si uno u otro han sido adquiridos en
una parroquia o cuasi parroquia, se denominará parroquial , y si
lo hubieren sido en una Diócesis, Vicariato o Prefectura, y no en
aquéllas, recibirá el nombre de Diocesano.
Veámos ahora cuál es el domicilio y cuasi domicilio de determi­
nadas personas a las que la ley se lo asigna especialmente en aten­
ción a las relaciones en que se encuentran respecto de otras o a su
estado de capacidad mental.
La mujer casada primera de que se ocupa el canon 93 , en el
caso de que no esté legítimamente separada del marido, conserva
el domicilio de éste, y en cuanto al demente y al menor, el primero
tendrá como domicilio el de su curador, y el segundo, el de aquél,
a cuya potestad esté sometido, y, por consiguiente, será el de sus
padres o el de su tutor. Sin .embargo, el menor, una vez que ha sa­
lido de la infancia, puede adquirir cuasi domicilio propio, lo mismo
que la mujer casada no separada legítimamente de su marido; pero
si lo estuviese con tal carácter, podrá adquirir aún domicilio.
Muy acertado se muestra el Código en la especificación del do­
micilio que corresponde a estas determinadas personas; el vínculo
matrimonial, en el primer caso, y la carencia o insuficiencia de ra­
zón en los dos últimos, es causa de que se asigne a los mismos el
domicilio que hemos indicado. Hay también, además de los referi­
dos, ptros casos, en los que determinadas personas tendrán señalado
por la ley un domicilio que, por lo tanto, tendrá la consideración de
legal, y que les será asignado sin que intervenga para nada su vo­
luntad para la fijación de éste; así ocurre con los individuos que es­
tán sometidos al cumplimiento de penas consistentes en la privación
de libertad que tendrán su cuasi domicilio en el lugar donde cum­
plen su condena si esta fuese por un período de tiempo mayor de
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 89

seis meses, o aun el mismo domicilio si esta fuese de las llamadas


perpetuas. Pero en estos casos, no obstante la existencia del domi­
cilio o cuasi domicilio legal o necesario.que la ley les asigna y que
conservarán tales individuos mientras no desaparezcan las causas
que lo motivan, que serán la separación legal de su marido con res­
pecto a la mujer casada, la emancipación o la mayor edad por lo que se
refiere al menor, o el cumplimiento o extinción de la condena por lo
tocante al penado, puede adquirirse voluntariamente otro domicilio
o cuasi domicilio independiente del legal, salvo, sin émbargo, por
el demente o el penado; pues la misma mujer casada o el menor sa-
do de la infancia, podrán independientemente del marido, de los pa­
dres o del tutor, crearse un cuasi domicilio llenando los requisitos
que marca el canon 92 , y la mujer legítimamente separada de su
marido aún un domicilio propio y distinto del de éste, puesto que si
el vínculo matrimonial no se disuelve porque es indisoluble cesa
sin embargo la vida común; así lo determina el Código en su canon
93 ,* y esta doctrina deberemos tenerla en cuenta en los distintos
casos que en la práctica puedan presentársenos. .
La adquisición o designación del domicilio que corresponde a
cada persona produce asimismo determinados efectos respecto al
Párroco o al Ordinario a que ésta puede considerarse sometida; por
ello el canon 94 prescribe que por el domicilio o por el cuasi domi­
cilio adquiere cada uno y se elige su Párroco u Ordinario. Mas
como quiera que los vagos por su continuo variar de residencia no
pueden adquirir uno u otro, considera el Derecho, a tenor del repe­
tido canon como Párroco u Ordinario propio de éstos, el del lugar
en el cual permanecen in actiu y en cuanto a los que no tienen sino
domicilio diocesano o cuasi domicilio, es su Párroco propio, el del
lugar en el que residen también in actu.
Finalmente, del propio modo que el domicilio puede adquirirse
lo mismo que el cuasi domicilio, según las· reglas ya consignadas,
puede también perderse en cuanto cesan el ánimo e intención y el
hecho de residir que se requieren para su adquisición y conse­
cuentemente en conformidad a lo que preceptúa el canon 95 , uno y
otro se pierden por la separación o abandono del lugar con ánimo
de no regresar a él salvo lo establecido en el canon 93 respecto a
la mujer casada y el menor, cuya doctrina de aplicación ya quedó
consignada.
V. Es también causa modificativa de la capacidad del individuo
para intervenir en relaciones jurídico-cañónicas al parentesco, cuyo
90 CAM PO S Y PULIDO

concepto no hemos de exponerlo en este lugar (1), ni debemos refe­


rirnos tampoco a su clasificación sistemática, objeto más bien del
tratado del matrimonio (2), pues no es este el carácter en que se
estudia en la presente ocasión, sin perjuicio de que tendremos que"
estudiarlo con más detenimiento al tratar de los impedimentos ma­
trimoniales y de las importantísimas reformas que en este punto in­
troduce el Código; mas ocupándose éste del de consanguinidad y
afinidad en los cánones 96 y 97 , así como de la forma de compu­
tación de uno y otro, nos es preciso dejar aquí consignadas cuáles
sean las reglas que en este particular deben tenerse presentes.
P arte el Código en el primero de los dos indicados cánones del
concepto que da por conocido de la consanguinidad y dispone que
ésta puede computarse por líneas y grados, cuya noción, lo mismo
que la de generación, estirpe y tronco, la omite, dándola de igual
modo por sabida (3).
Las reglas que respecto a la consanguinidad establece el repeti­
do canon, son las mismas de la antigua disciplina; pues en la línea
recta sanciona con carácter legal el antiguo principio tot sunt gra -
dus quot generationes, seu quot personae stipite dempto. Hay
tantos grados como generaciones o tantos como personas menos
una, que es la que constituye el tronco (4).
En lo que respecta a la computación en la línea oblicua si las se ­
ries de una y otra son iguales, son tanto los grados cuantas son las
generaciones que hay en una de ellas, tot sunt gradus quot gene -
rationes in uno tracto lineae; puesto que siendo ambas de igual
extensión y constando por lo tanto del mismo número de grados una
u otra serie o línea, es indiferente contar cualquiera de ellas, ya que
han de dar el mismo resultado, y según la computación canónica no
se suma el de las dos; mas si las dos series son desiguales, serán
tantos los grados como generaciones hay en la serie más larga, tot
gradus quot generationes in tractu longiore doctrina que es
igual a la que hasta aquí se ha observado en la Iglesia, pues antes
del Código se decía por los autores, quot generationes (species
generationum) in uno latere tantum , tot sunt gradus (línea

(1) Puede consultarse en nuesira L e g i s l a c i ó n y j u r i s p r u d e n c i a c a x ó n i c a n o v í s i ­


ma pág. 392 y siguientes del volumen II.
,
12] Idem id. id., pág. 493 y siguientes del mismo volumen.
(3) Consúltense tales conceptos en los lugares mencionados a las notas precedidas
y en la que sigue.
^4) Obra y lugar citado, pág. 402.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 9.1

igual), y en la desigual eo gradu distant ínter se quo remotior a


stipite (1).
Veamos ahora que ha establecido el nuevo Código en orden a la
afinidad: Sus preceptos son los siguientes:
En conformidad al canon 97 , la afinidad nace solamente del matri­
monio válido rato, o del rato y consumado, y rige únicamente entre
el varón y los consanguíneos de la mujer, así como entre ésta y los
consanguíneos de aquél, quedando en virtud de este último princi­
pio confirmada la antigua doctrina que suprimió la afinidad denomi­
nada de primero y segundo género, etc., y se computa según el pá­
rrafo 3.° de este mismo canon, de suerte, que los que son consanguí­
neos del marido son afines de la mujer en la misma línea y grado y a
la inversa. Mas como veremos se modifica de modo muy esencial la
noción canónica de la afinidad respecto a lo que hasta la fecha de la
publicación del Código se consideraba de aplicación al parentesco
de esta clase, puesto que los términos en que aparece redactado el
canon referido así lo'indicairy ellos son muy dignos de consideración
especial por referirse a tan importante materia.
Por el derecho vigente, hasta el momento de la publicación del
Código los 'autores exponían que no sólo nacía la afinidad del matri­
monio rato y del consumado, sino que existía la afinidad que se decía
procedente de cópula lícita y la denominada ex fornicatione o sea
la que tenía su origen en la cópula ilícita (2).
No es este el lugar adecuado para estudiar la afinidad como im­
pedimento matrimonial, ya que aquí sólo tratamos del parentesco
como causa modificativa de la capacidad, y si bien cuando nos ocu­
pemos de aquéllos tendremos ocasión de analizar qué novedades se
han introducido en cuanto a los dirimentes e impedientes, y que se
disponga en lo referente a la*afinidad y a la pública honestidad, de­
beremos fijar nuestra atención muy señaladamente en que en el men­
cionado canon sólo se indica que la afinidad nace del matrimonio
válido rato, y del rato y consumado, y nada se dice de la afinidad
ex fornicatione , que por consiguiente, desaparece en la nueva dis­
ciplina como impedimento matrimonial.
Limitándonos, pues, a-lo dicho, sin hacer ninguna otra considera­
ción sobre este extremo, suspenderemos por ahora todo comentario
e indicación, hasta que estudiemos en su debido lugar la doctrina de

(1) O bra y lugar citado, p á g . 4ijl\


(2) Véase la doctrina consignada en la pág. 409 del mencionado volumen.
92 CAM PO S Y PULIDO

los impedimentos en donde tendrá su completo desenvolvimiento y


ésta será la ocasioVi oportuna para poder analizar que sea lo que
subsista y en qué sentido se encuentre modificada la anterior disci­
plina sobre el impedimento dirimente de afinidad. Mas no podemos
sin embargo prescindir de consignar en este lugar sin perjuicio de
que ampliemos estos conceptos cuando en las páginas sucesivas estu­
diemos dichos particulares, que con estricta conformidad a las dispo­
siciones del nuevo Código—que como afirma el P. F erreres (1) res­
tablece en este punto la noción del Derecho romano—la afinidad se­
gún lo que prescribe la nueva disciplina surge y nace solamente de
todo matrimonio válido, ya sea éste rato ya rato y consumado y
en tal sentido no surge ni debe surgir en adelante, una vez que co­
menzó la vigencia del nuevo Código del matrimonio inválido y con­
sumado aunque concurra buena fe, ni de cualquier otra unión ilegíti­
ma, sea cual fuere, ya que los términos en que aparece redactado el
canon son bien terminantes: y4//?/z/7<zs orltur ex matrimonio valido
sive rato tantum, siue rato et consúmalo (2).
En cuanto a la forma de su computación según lo que previene el
párrafo 3.u del mencipnado canon, lo será de suerte que los que son
consanguíneos del marido, sean afines de la mujer en la misma línea
y grado y a la inversa.
VI. Trata el Código a continuación de la diferencia de rito con­
siderada también como causa modificativa de la capacidad, m ateria
de la que se ocupó estableciendo la disciplina que había de regir en
lo respectivo a la promiscuidad en el rito la Constitución Tradita
ab antiquis a que antes hemos aludido y que fué publicada por Su
Santidad Pío X eh 18 de las Kalendas de O ctubre 1912 (3).
Es el rito en su significación más amplia, según el concepto que
de él da el P. Ferrreres (4), y vale tanto como liturgia, que etimo­
lógicamente equivale a ministerio público, cuya palabra se emplea
para significar exclusivamente el conjunto de las funciones sagradas
pertenecientes a la potestad de orden, con todas las rúbricas, ritos
y ceremonias usadas por los ministros de la Iglesia católica para dar

M) Ot?ra citada, prim era edición, vol. I, pág. 79.


(2) Cuando estudiemos el impedimento de afinidad en su respectivo lu g a r, nos
ocuparemos de la doctrina que .establece la comisión instituida para la in te rp re ta ­
ción auténtica de los cánones del Código en su resolución de 2-3 de Junio de 191&,
respecto a los impedimentos abrogados por este Cuerpo legal.
(3) E s t u d i a m o s e s t a c o n s t i t u c i ó n y e x p u s i m o s s u c o m e n t a r i o e n el v o l u m e n II d e
n u e s t r a L e g i s l a c i ó n v J u r i s p r u d e n c i a c a x ó m c X n o v í s i m a , p á g . 98 y s i g u i e n t e s .
(4) Obra y lugar citados, pág. 80.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 93

a Dios el culto externo, social o público que le es debido, según


expone el mismo autor; y hoy subsistiendo los antiguos ritos esta­
blecidos en la Iglesia católica, a saber, el oriental y el occidental o
griego y latino, y entre éste los más importantes el Romano, e\
Ambrosiano y el M ozarabe, queda terminante prohibido el tránsito o
paso de uno a otro rito distinto del que es propio de cada uno.
Con estricta conformidad a 1o que prescribe el canon 98 que re­
gula en el nuevo cuerpo legal del derecho de la Iglesia la sumisión
al rito propio de cada individuo y laprohibición del tránsito a otro dis­
tinto, entre los diferentes ritos de la Iglesia, cada persona corres­
ponde o pertenece a aquel rito, con cuyas ceremonias fué bautizado,
a no ser que dicho bautismo le hubiese «ido conferido, por ministro
de otro rito o fraudulentamente, o bien por necesidad grave cuando
el sacerdote del rito propio no pudo estar presente, o le fue admi­
nistrado por virtud de dispensa Apostólica, cuando ésta fué conce­
dida para que a alguno se bautizase con cierto rito, y ha de perma­
necer absolutamente adscrito al mismo rito a que pertenece.
Establécese en este primer párrafo de dicho* canon, el criterio
general de constante aplicación, según el que a nadie es permitido
variar de rito, confirmándose de esta suerte el principio que ya se es­
tableció en el párrafo 6.° de la mencionada Constitución (1), aunque
en el precepto ahora citado se concreta más la forma de ingreso en
el rito de que se trate, puesto que éste se determina por las cere­
monias con que haya sido conferido el bautismo; y 1a. razón es obvia,
pues si, el carácter de católico y de subdito de la Iglesia con facul­
tad para ejercitar los derechos y desempeñar los oficios de los
cristianos, se adquiere por la recepción del bautismo, la forma de
administrar éste y las ceremonias con que se haya conferido han de
ser las que asignen a cada persona la sumisión a su respectivo rito,
salvo jos casos indicados, y en cuanto por dicl\a recepción se forma
parte de tal rito, es completamente obligatorio permanecer en él.
Por ello continúa disponiendo el mencionado canon que de ningún
modo puedan intentar los clérigos inducir a los latinos a adquirir el
rito oriental ni a los orientales el latino; tampoco será permitido a
nadie sin la venia de la Sede Apostólica pasar a otro rito, o después
del tránsito legítimo a éste volver de nuevo al primero. Con tales
preceptos se amplía, por consiguiente, lo establecido en el art. 6.°
de la mencionada Constitución, puesto que ésta»ordenó que cada uno

(1) Véase en la pág 105 del repetido lugar.


í)4 CAM PO S Y PULIDO

permaneciera en su rito solamente y que no se concediera a ninguno^


facultad de cambiar de él sino a quien la Sagrada Congregación de
Propaganda, para los asuntos orientales, juzgare que debía otorgár­
sele, siempre que concurriesen justas causas, y sin que entre ellas
pudiera contarse la de la no interrumpida costumbre de comulgar
bajo otro rito, mientras que por el precepto antes citado se prohíbe
aún la vuelta al anterior una vez que haya sido autorizado el cambio
por la Sede Apostólica.
Dispónese también que es permitido a la mujer de diverso rito
pasar al del marido al contraer matrimonio o durante éste. Mas una
vez disuelto, le corresponde la facultad de readquirir su rito propio,
a no ser que se haya previsto otra cosa por derecho particular. C ons­
tituye ésta, segúm puede comprobarse, una excepción a la regla g e ­
neral ya consignada, y que resulta muy justificada por tratarse de
la serie de relaciones que el vínculo matrimonial origina entre los
esposos.
Finalmente, complementando y concretando aún más lo que resol­
vió la repetida Constitución Tradita ab antiquis, cualquier costum­
bre, aunque sea de larga duración de recibir la Sagrada Eucaristía,
según el rito distinto del propio, no lleva consigo el cambio de rito.
VII. Hasta aquí se ocupa el Código de resolver y regular todo
lo relativo a la capacidad de las personas dentro de la Iglesia, con­
diciones mediante tas que se adquiere la condición de tal dentro de
la misma y requisitos exigidos para la existencia de las personas
morales, causas modificativas de la capacidad, etc. Mas toda esta
doctrina exigía a la vez reglas determinantes por las que se pudiera
conocer qué condiciones son precisas en los actos jurídicos para que,
realizados por persona capaz en derecho para intervenir en relacio­
nes jurídico-canónicas—una vez que ya sabemos que sea esta capa­
cidad y las causas que la modifican—tengan el carácter de válidos
y produzcan eficacia jurídica, y a esto precisamente responden los
cánones sucesivos, pues si el hombre para obrar jurídicamente o para
ser sujeto de relaciones de derecho ha de ser capaz de/expresar su
consentimiento, causa eficiente de la realización de dichos actos, en
este consentimiento han de concurrir ciertas condiciones para que no
aparezca viciado por los defectos que afectan a la inteligencia y a
la voluntad, o lo que es lo mismo, el hombre para obrar en derecho
ha de ser capaz, pero ha de demostrarse cuando interviene en una
relación jurídica, que siendo capaz consiente, resultando su acción
del ejercicio combinado de su inteligencia y voluntad.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 95

Hay, por consiguiente, vicios u obstáculos que afectan al consen­


timiento,' como hay causas que modifican la capacidad del individuo,
y a aquéllos es a los que ahora pos referimos, determinando y concré-
tando, a tenor de las prescripciones del nuevo Código, qué condi­
ciones habrán de concurrir en los actos realizados por la persona
física o moral para que sean válidos.
En efecto, de nada serviría que afirmásemos que sólo el hombre
es capaz de derechos y obligaciones, y que le considerásemos como
el único sér sujeto de derecho. Si para que pueda intervenir en re­
laciones de esta clase es preciso en primer lugar considerarle capaz,
respondiendo a esta noción, tanto el concepto de su capacidad, en
cuanto le atribuimos las condiciones necesarias para que como tal
persona física o moral pueda realizar actos con eficacia jurídica,
como el de las causas que la modifican, los medios de suplir esta
falta o limitación, y los requisitos para la existencia de la persona
moral o colectiva, colegial o no colegial, cuando ya le consideramos
adornado de esta capacidad y en potencia pudiéramos decir para in­
tervenir en relaciones de derecho, es preciso al mismo tiempo anali­
zar la forma y manera de ejercitar la actividad de que está dotado,
y observar mediante qué serie de condiciones y requisitos, internos
los unos, y de carácter externos los otros, ha de llegar a prestar un
consentimiento que, siendo caHsa eficiente como hemos dicho de todo
acto jurídico, ha de tener a su vez las de ser verdadero y cierto, y
no viciado por el error, el miedo o la violencia.
Y es que si el hombre es capaz en cuanto es hombre, es decir, si
sólo el hombre por serlo, y por estar dotado de facultades, intelec­
tuales, es el único sér racional que puede intervenir en relaciones
jurídicas,, lo es precisamente, por que mediante su inteligencia pien­
sa, y por su voluntad quiere, y cuando una u otra aparece viciada
por los obstáculos que se oponen a un conocimiento exacto y verda­
dero, o a una voluntad libre, no hay acto posible., por que se le ha
privado de aquellos elementos de todo punto indispensables para
que pueda ser responsable de los actos que realiza, en cuanto su in
teligencia raciocinó influida por el error, o su voluntad se movió a
obrar impulsada por la violencia física o moral, y en tal caso, aun
siendo capaz, no puede decirse que consienta, ni que el acto realiza­
do sea consciente y libre.
Por esta razón, que es de todo punto fundamental, el Código se
ocupa de los efectos que estos vicios pueden producir en la inteligen­
cia y en la voluntad, y de las condiciones requeridas para que el acto
96 CAM POS V PULIDO

pueda tener las condiciones de consciente y libre ya indicadas, y


como ellos pueden afectar a una o a otra, en cuanto a la voluntad
afecta la violencia, tanto física, que es la violencia propiamente di­
cha, como moral, llamada también miedo, y a la inteligencia el error,
se ócupa de ambos consagrando los preceptos que ha juzgado per­
tinentes a cada uno de ellos.
En cuanto a la violencia física o fuerza externa empleada para
compeler a uno a realizar un acto contra su voluntad, dispone el
canon 103 que el ejecutado por una persona física o moral bajo la
influencia de fuerza extrínseca , a la que no se puede resistir, ha de
tenerse por no realizado; los que se verifican bajo la infuencia de
miedo grave e injusto, o concurriendo dolo, son válidos, salvo que
otra cosa se prevea por el derecho; pero pueden, sin embargo, ser
rescindidos acomodándose a lo previsto en los cánones 1.684
a Í.689 por sentencia judicial, bien lo sea a petición de la parte le­
sionada, o bien de oficio.
Ha venido a sancionarse con esta disposición aplicándola al dere­
cho de la Iglesia, lo que es doctrina racional y fundamental en esta
materia. La violencia física inhabilita de tal suerte el acto que no
puede decirse que sea tal; pues no es el sujeto que obra, aunque
materialmente el acto sea por él ejecutado, el que le realiza; el ver­
dadero autor es el que ejerce la violencia física, siempre que ésta
sea de tal naturaleza que no pueda resistirse. Mas no ocurre lo mis­
mo con el miedo; cuando él concurre en la ejecución de aquél, el suje­
to de derecho raciocina y discurre sin duda alguna, puesto que colo­
cado en la disyuntiva de obrar o no obrar y de resistir o no la influen­
cia que el miedo ejerce sobre él, sobreponiéndose al peligro que le
espera, deja de hacer lo que se le conmina bajo su influencia o hace
aquello que se le intenta vedar, o bien, por el contrario, para evitar
la realización de la amenaza que sobre él pesa, siempre que en uno y
otro caso sea grave e injusto, ejecuta u omite lo que sin su interven­
ción nunca hubiera hecho o dejado de hacer; hay, pues, una voluntad,
aunque ésta no tenga los caracteres necesarios, y puede decirse que
el que así obró lo hizo libremente; ya que de él dependía dominar o
no la peligrosa situación que su acción pudo acarrearle, despreciando
aquél. Por ello el precepto del Código sienta la regla general de
que el acto es válido, salvo la disposición contraria del derecho; pero
esto, no obstante, es rescindible y puede solicitarse y declararse su
rescisión ante la Autoridad judicial competente.
Por lo que se refiere al error, vicio propio de la inteligencia, el
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 97

acto realizado bajo su influencia es irrito, puesto que la inteligencia


no ha podido discernir, por la influencia que éste ejerce, dado que
se funda en un conocimiento falso, y lo será, si como dispone el ca­
non 104 recae sobre lo que constituye la substancia del acto o sobre
una condición sine qua non; en el caso contrario será válido a no
ser que otra cosa se disponga por el derecho; pero en los contratos
puede dar lugar el error a la acción rescisoria.
En este caso, lo mismo que cuando se trata de la violencia o el
miedo, el Código acepta la doctrina admisible relativamente a la
concurrencia de un conocimiento falso o equivocado sobre un ele­
mento esencial del acto, o cuando la condición impuesta sobre la que
el error versa es como se indica sine qua non; pero no cuando el
error fuere sobre cosa no substancial, y en todo caso tratándose de
los contratos, corresponde a las partes la acción rescisoria, y ésta
podrán ejercitarla en la forma que el derecho establece.
Aún es necesario que estudiemos otras condiciones que pueden
concurrir en los actos cuya omisión puede producir en determinados
casos su nulidad; tal ocurre cuando el derecho establece y preceptúa
que el Superior tiene necesidad para obrar, del consentimiento o del
consejo de algunas personas, aun cuando claro es la naturaleza
de estos requisitos es bien diferente de la de los. que acabamos de
estudiar.
En tales casos, si se requiere el consentimiento, obrará el Supe­
rior inválidamente contra el voto de éstos; mas si el derecho pres­
cribiese el consejo solamente, es suficiente para la validez de lo
ejecutado que el Superior oiga a las personas a quienes correspon­
da emitirlo, como, por ejemplo, a los Consultores, al Cabildo) al
Párroco , etc. Sin embargo, si bien no tiene ninguna obligación de
som eterse al voto de éstos, aunque sea concorde, debe aceptarlo
mucho más, si habiendo sido oídas muchas personas concurriese el
sufragio unánime de los mismos, y no lo rechazará sin que concurra
una causa muy poderosa que ha de ser estimada a juicio del repeti­
do Superior.
Son también de observar las reglas siguientes:
Cuando sea exigido el consentimiento o el consejo, no sólo de
uno solo, sino de otros, o el de muchos conjuntamente, estas per­
sonas se convocarán legítimamente sin que, como previene el párra­
fo cuarto del canon 162, obste el defecto de convocatoria si omiti-
tida ésta tuviese, no obstante, lugar su celebración y expondrán su
criterio. Podrá, sin embargo, el Superior, según lo estimase opor-
C am pos y P u lid o . T o m o iv . 7
98 C AM PO S Y PULIDO

tuno en su prudencia, y si la gravedad de los negocios lo reclamare*


exigir a los Consultores o Consejeros que presten juramento de
guardar secreto.
Finalmente, todos aquellos a los que se pide consejo o consen­
timiento, deben darlo con la reverencia que es debida, manifestando
su opinión con fe y sinceridad.
VIII. La última cuestión que en este tratado general del sujeto
del derecho debemos estudiar, antes de ocuparnos de la clasifica­
ción histórica y tradicional de las personas en clérigos , legos y
religiosos , es la relativa a la precedencia entre varias personas, ya
sean éstas físicas o morales, y en orden a la misma, son de observar
las reglas que siguen, salvo las normas especiales que se contienen
en los lugares correspondientes. Dichas reglas son, exponiéndolas,
sin hacer respecto a ellas comentario alguno.
A. En cuanto a las personas físicas:
1.° El que representa a otra persona obtiene la precedencia de
ésta; pero el que interviene en nombre procuratorio en los Conci­
lios y en otras semejantes reuniones, tiene su asiento después de
aquéllos del mismo grado que concurren en nombre propio.
2.° Al que tiene o ejerce Autoridad sobre personas físicas o
morales, le corresponde el derecho de precedencia sobre las mismas.
3.° Entre diversas personas eclesiásticas de las que ninguna
tenga Autoridad sobre las demás, las que pertenezcan al grado más
elevado, preceden a los que son inferiores en grado; entre las per­
sonas del mismo grado, pero no del mismo orden, el que tiene un
orden más elevado precede a los que se encuentran en otro inferior;
si, por último, pertenecen al mismo grado y tienen el mismo orden,
•precede el que primero ha sido promovido a dicho grado; si lo hu­
biesen sido al mismo tiempo el más antiguo en la ordenación, a no
ser que el más joven hubiere sido ordenado por el Romano Pontífi­
ce, y si hubieren recibido la sagrada ordenación al mismo tiempo,
el de más edad.
4.° No se atiende en la precedencia a la diversidad de rito.
B. Entre varias personas morales.
Cuando la cuestión de precedencia se ha de resolver entre va­
rias personas de esta clase si son de la misma especie y grado, pre­
cede aquella que está en la pacífica cuasi posesión de la preceden­
cia, y si esto no constase, la que primeramente ha sido instituida
en el lugar donde surge la cuestión. Entre los religiosos de algún
Colegio se determina el derecho de precedencia por sus propias
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 99

Constitucionas legítimas; en otro caso, por la costumbre legítima, y


a falta de ésta, por lo establecido por el derecho común.
C. Corresponde al Ordinario del lugar establecer en su Dióce­
sis la precedencia entre sus súbditos, teniendo en cuenta los princi­
pios del derecho común, las costumbres legítimas de la misma y los
cargos cometidos a los mismos, y todas las controversias que surgie­
ren sobre precedencia, aun entre los exentos, en cuanto éstos proce­
dan colegialmente con otros, serán por él resueltas; teniendo tam­
bién facultad para disponer en los casos más urgentes, sin que se
conceda ninguna apelación, con efecto suspensivo, pero sin prejuz­
gar el derecho de cada uno.
D) Finalmente, en orden a la precedencia que debe observarse
entre las personas que pertenecen a la Casa pontificia, se regulará
lo relativo a ésta, según los privilegios peculiares, y las reglas y
las tradiciones del mismo Palacio Pontificio. Téngase en cuenta que
el Código no modifica, como ya hemos repetido, el régimen concor­
datario y que por lo tanto, en España, subsistirá en cuanto a prece­
dencia lo que éste y demás preceptos concordados disponen.
IX. En la forma que queda consignado en los números preceden­
tes, regula el Código promulgado por Su Santidad Benedicto XV
todo lo que respecta a las personas consideradas dentro de la Igle­
sia, sus clases, su capacidad, las causas que la modifican, la influen­
cia que en los actos que realizan los que no se encuentran en el pleno
ejerció de ella produce su carencia total o su limitación, domicilio,
cuasi domicilio, etc., etc. En realidad, el tratado de la personalidad
eclesiástica, en general, podía decirse terminado después de haberse
sintelizado aun las reglas relativas a la determinación de la preceden­
cia entre diferentes personas físicas o morales.
Mas como es sabido, es antiquísima en la Iglesia la clasificación
de las personas en clérigos, legos y religiosos, distinción diametral­
mente opuesta a la admitida por el Derecho Romano, que separó a
los hombres en dos grandes grupos, libres y esclavos, pues para la
Iglesia todos son igualmente libres y gozan de los mismos derechos
en cuanto son seres racionales. Por ello el Código no prescinde de
esta distinta consideración, y en su canon 107, último de esta parte
que denominamos preliminar, dispone que por institución divina son
en la Iglesia los clérigos distintos de los legos, aunque no todos
los primeros sean de institución divina, y unos y otros pueden ser
religiosos.
Mantíenese, pues, como no podía menos, la antigua clasificación,
100 CAM PO S Y PULIDO

pero con una claridad tal, que en las pocas palabras que comprende
aparece sintetizada toda la jerarquía de la Iglesia. En ésta, por ins­
titución divina, es decir, por expresa y directa ordenación de C ris­
to, Nuestro Señor, unos son elegidos para dirigir, los clérigos,
aunque no todos los grados de que consta sean de institución divina,
y otros para obedecer, los legos, entre los que nos contamos todos
como hijos sumisos de la Iglesia, constituyendo el pueblo fiel, y tanto
los clérigos como los legos podrán abrazar un estado de mayor per­
fección mediante la práctica de los consejos evangélicos, ingresando
en una religión aprobada por la Iglesia, lo que les dará el título de
religiosos (1); todo lo que da motivo a la distinción de las tres
partes en que aparece dividido el libro II del Código que seguida­
mente vamos a estudiar.

(1) L as cuestiones que hemos examinado en estos principios generales las hemos
expuesto con la misma extensión en nuestro discurso de a p ertu ra del presente curso
académico, leido en la Universidad L ite ra ria de Sevilla, al que creimos debíamos
a p o rta r las prim icias de este trabajo.
PRIMERA PARTE
De los Clérigos .

S E C C IÓ N P R IM E R A
DE LOS CLÉRIGOS EN GENERAL

1. Conocido ya cuál sea el concepto de la persona en la Iglesia


católica, tanto de la física como de la moral o colectiva, y estudia­
das las causas modificativas de su capacidad en conformidad a las
doctrinas del nuevo Código canónico, así como enunciada la clasifi
cación clásica de las personas en clérigos y legos y religiosos, aco­
modándonos al orden y plan adoptado por el repetido Código, debe­
mos en esta primera sección de la primera parte del tratado de las
personas analizar y examinar cuáles sean los preceptos que aquél
contiene respecto a los clérigos considerados en general.
La primera disposición relativa a este punto la encontramos en
el canon 108, que nos dice que son clérigos los que se aplican a los
divinos ministerios, a lo menos por la prima tonsura; precepto im­
portante que nos determina la forma de ingreso en la sagrada je­
rarquía de orden y que tiene su complemento en los dós restantes
párrafos del mencionado canon, en cuya conformidad no pueden
considerarse todos iguales en grado, sino que existe entre ellos la
sagrada jerarquía en la que unos están subordinados a otros; y di
vididíf como sabemos la jerarquía en dos clases la de orden y la de
jurisdicción, por institución divina—expresa el párrafo tercero del
mencionado canon—, la primera consta de Obispos, Presbíteros y
M inistros, y la de jurisdicción del supremo Pontificado y del Episco­
pado a éste subordinado, a los que se añaden también por institución
eclesiástica otros grados.
\i)2 CAM PO S Y PULIDO

Hemos de considerar este precepto como el punto de partida del


estudio de la jerarquía eclesiástica que comenzamos en este lugar,
pues si la Iglesia católica fué instituida por Jesucristo Nuestro S e­
ñor para que en ella considerada como sociedad perfecta pudiese el
hombre alcanzar el fin supremo para que fué creado, siendo la re­
petida sociedad, jerárquica, o constando de una jerarquía integrada
por diversos miembros, en cuanto han de existir en ella personas
investidas de la necesaria potestad, tanto para regir y gobernar,
como para santificar al pueblo por medio de sacramentos y sacra­
mentales—con lo que se nos presenta la idea de las dos clases de ésta
o sea la de orden y la de jurisdicción—, era de todo punto natural que
el nuevo Código comenzase al ocuparse de esta materia dando el
concepto de los clérigos, y exponiendo que éstos no son todos igua­
les en grado, sino que constituyen todos la sagrada jerarquía cons­
tituida por la repetida serie de personas, pero entre las cuales unas
tienen una mayor o menor potestad, según los diversos grados en
que se encuentran, dentro de la misma jerarquía.
Ya es de antiguo conocido el concepto de los clérigos, palabra
procedente de la griega Kleros, que significa suerte o elección,
y que con el Padre Manjón diremos que son los fieles que por la or­
denación sagrada han recibido la aptitud para el desempeño.de los
ministerios eclesiásticos, cuyo concepto nos lo acaba de exponer el
novísimo Código diciendo que son los que por lo menos, por la re­
cepción de la primera tonsura, han sido aplicados a los divinos mi­
nisterios, y éstos son los que constituyen la sagrada jerarquía, que
si la consideramos objetivamente, será la potestad sagrada o santo
imperio de la Iglesia, y sí subjetivamente, la serie de personas ecle­
siásticas en quien reside dicha potestad como nos indica el referido
canonista con la claridad y precisión que le caracterizan (1).
Ahora bien, siendo esta jerarquía de dos clases, la de orden y la
de jurisdicción, como se ha dicho, es distinta también la forma de
ingreso en una u otra, pues en la de jurisdicción que tiene por ob­
jeto la dirección y gobierno de la Iglesia se ingresa por la misión o
mandato, y en la de orden, cuyo fin es la santificación de las almas
por medio de los sacramentos y sacramentales, sólo puede ingresar­
se por la sagrada ordenación, de la que la primera tonsura es la ini­
ciación, sobre cuyos conceptos no creemos necesario insistir por
ahora en este lugar, notando sólo que con el precepto del Código se

(l> Derecho eclesiástico general y español, tomo I, pág. 67.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 1 03

sanciona y confirma la doctrina de la Iglesia respecto a este parti­


cular (1).
Esta doble forma de ingreso en una u otra jerarquía se encuen­
tra corroborada por lo que respecta a la disciplina novísima por el
precepto del canon 109, en el que se dispone que el ingreso en la
jerarquía eclesiástica no tiene lugar por consentimiento o por elec­
ción del pueblo o de otra potestad secular, sino que en los grados
de la jerarquía de orden son constituidos los jerárcas por la sagrada
ordenación; en el supremo Pontificado por el mismo derecho divino
una vez cumplida la condición de la elección legítima y su acepta­
ción; y en los restantes grados de la de jurisdicción por la canónica
misión. Es, pues, distinta, como se ha dicho antes y como lo ha sido
siempre la repetida forma de ingreso en una y otra, diferencia y dis­
tinción perfectamente fundada en la misma naturaleza del objeto
para que han sido instituidas, puesto que por la de orden se consti-
ye un verdadero sacerdocio, que requiere ordenación sagrada, y por
la de jurisdicción, puesto que su objeto es regir.y gobernar la Igle­
sia y los fieles, tiene lugar el ingreso en ella de los individuos que 1a
integran por la misión o mandato, la que por lo que respecta al roma­
no Pontífice ha de hacerse mediante la elección verificada con las
condiciones y requisitos a que después nos referiremos y la acepta­
ción del canónicamente elegido.
Finalmente, aunque el título de Prelados se dé por la Sede Apos­
tólica honoríficamente a algunos clérigos sin ninguna jurisdicción,
sin embargo, bajo el nombre de Prelados se comprenden en derecho
los clérigos, ya sean seculares o religiosos que obtienen la jurisdic­
ción ordinaria en el fuero externo. Así lo dispone el canon 110, y en
este sentido han de considerarse comprendidos en tal concepto de
Prelados al Romano Pontífice, los Cardenales, los Obispos, Vica­
rios generales y Capitulares, Vicarios y Prefectos apostólicos, et­
cétera, etc.
Notemos, por último, que hoy como antes la sagrada jerarquía
aparece distinguida en los dos grados conocidos: la de orden y la de
jurisdicción. En ésta hay grados de derecho divino, que son el Ro­
mano Pontífice y los Obispos, y grados de Derecho eclesiástico,
ififra espiscopales unos, y supra episcopales otros, siendo los segun­
dos los Cardenales, Legados, Patriarcas, Primados y Metropolita-

ll) V éase respecto a este punto, y m uy particularm ente en lo relativo a la de o r­


den, el volumen II de esta obra, páginas 122 y siguientes.
104 CAM POS Y PULIDO

nos, y los grados de la jerarquía infra episcopal los Obispos Coad­


jutores y Auxiliares, Cabildos, Vicarios, A rciprestes y Párrocos.
La de orden comprende también grados de Derecho divino y de De­
recho eclesiástico, constituyendo los primeros los Obispos, Presbíte­
ros y Ministros, según definió el Tridentino y confirma el Código, y
los segundos los restantes por lo que la sagrada jerarquía de orden
está integrada por el Episcopado, que es grado y orden superior al
Presbiterado, ó rd enes.mayores, que lo son éste el Diaconado y el
Subdiaconado en Occidente, y menores, los Acólitos, Exhorcistas,
Lectores y Ostiarios, a los que se añade en primer lugar en O riente
el Subdiaconado, orden menor en esta Iglesia con los Lectores, y
como preparación para los sagrados Órdenes, la primera tonsura.
T Í T U L O PRIMERO

DE LA ADSCRIPCIÓN DE LOS CLÉRIGOS A ALGUNA DIÓCESIS

Constituye la materia que se desenvuelve en el título de este


mismo número del moderno Código y forma su contenido, cuanto
respecta a la adscripción e incardinación de los clérigos a alguna
diócesis, o a alguna religión, a la que hay que atribuir el carácter
de necesaria e indispensable de todo punto, dé suerte que no es
posible admitir en manera alguna la existencia de clérigos vagos , y
esta adscripción denominada incardinación , se verifica por la re­
cepción de la prima tonsura por la que el clérigo queda adscrito a la
Diócesis para cuyo servicio fuere promovido (canon 111).
Analicemos, pues, qué preceptos se establecen respecto a tan
importante materia.
La incardinación y la excardinación sólo puede hacerse por el
Ordinario, según previene el nuevo Código, sin que pueda ser con­
cedida por el Vicario general sin mandato especial ni por el Vicario
capitular, sino después de un año de la vacación de la Sede Episco­
pal, y con el consentimiento del Cabildo, y fuera de los casos pre­
vistos en el canon 114, y en el 641 párrafo 2.° Para que el clérigo
de ajena diócesis sea incardinado o excardinado válidamente será
preciso que obtenga respectivam ente de su Ordinario, letras por él
suscritas de excardinación o incardinación perpetua y absoluta
(canon 112).
Ha querido el moderno Código con muy buen acuerdo mantener
la sumisión o dependencia de cada clérigo a su respectiva diócesis
o religión para evitar la existencia de los vagos que sin estar some­
tidos a ninguna pueden fácilmente eludir el cumplimiento de sacra­
tísimas obligaciones y deberes. Esta sumisión se realiza por medio
106 CAM PO S Y PULIDO

d e la incardinación y comienza por la recepción de la primera ton­


sura, en virtud de la cual el clérigo podrá ser adscrito bien a una
diócesis o a una religión. Al contrario de ésta, cuando el clérigo pasa
a otra Diócesis, al mismo tiempo que se realiza su incardinación o
adscripción a la misma, tiene lugar su excardinación con respecto a
la que antes estaba incardinado y para que laprimera tenga lugar, es
preciso, como acabamos de ver, que el repetido clérigo, fuera de los
casos que se determinan en los cánones citados, obtenga de su res­
pectivo Ordinario letras de excardinación absoluta y perpetua, así
como las de incardinación, también perpetua y absoluta del de la
Diócesis, en la cual hubiere de ser incardinado, cuya excardinación o
incardinación no podrá ser concedida, como hemos dicho, según loque
previene el canon 113 por el Vicario general sin mandato especial,
ni por el Vicario capitular sin observar los requisitos consignados.
Para la concesión de la incardinación y consecuentemente de la
excardinación que se realiza por este medio se tiene en cuenta la
voluntad del clérigo que la obtiene siempre que exista justa causa,
pero procurando mediante ella la inexistencia de clérigos vagos,
puesto que la adquisición u otorgamiento de la primera lleva consi­
go la excardinación del clérigo de la Diócesis a la que estuviera
adscrito; más puede también tener lugar la incardinación mediante
la obtención de un beneficio residencial en otra Diócesis, siempre
que como prescribe el canon inmediato, en el que se contiene la pri­
mera excepción antes mencionada, para obtener tal beneficio se haya
otorgado al clérigo el consentimiento por escrito de su Ordinario
propio, o haya obtenido del mismo licencia también por escrito para
abandonar perpetuamente la Diócesis. También podrá tener lugar la
excardinación, por la profesión religiosa según las normas del ca­
non 585.
Podremos por consiguiente decir como síntesis de lo expuesto,
que todo clérigo habrá de estar adscrito a determinada Diócesis o re­
ligión, recibiendo esta adscripción el nombre de incardinación .
La incardinación podrá tener lugar:
a) Por la recepción de la primera tonsura, por la que el cléri­
go queda incardinado a la diócesis a cuyo servicio ha sido promo­
vido.
b) Por acto voluntario del clérigo, siempre que concurra justa
causa como hemos de indicar seguidamente, pero para ello se exi­
gen letras de incardinación y de excardinación de los respectivos
Ordinarios.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 107

c) Por la obtención de algún beneficio residencial en alguna


Diócesis, para lo que se requiere, o el consentimiento por escrito
del Ordinario propio, o la licencia también in scriptis de éste para
retirarse perpetuamente de la Diócesis.
d) Por la profesión religiosa. En este caso para que por la pro­
fesión religiosa del clérigo tenga lugar la incardinación y excardina-
ción se requiere, la profesión de votos perpetuos sean éstos solem­
nes o simples, puesto que ésta según dispone el canon 585 produce
ipso iure la pérdida o excardinación de la propia Diócesis que se
tenía en el siglo.
En cuanto al religioso que hubiese perdido su incardinación en
una Diócesis por la profesión religiosa de votos perpetuos según la
regla últimamente consignada, si constituido en orden sacro no per­
diese su propia Diócesis según las normas del canon 585 ya citado,
debe en el caso de no renovar los votos o de obtener el indulto de se­
cularización, volver a la propia Diócesis y ser recibido por el propio
Ordinario; mas si la hubiese perdido, no podrá ejercer fuera de la re ­
ligión los órdenes sagrados, mientras que no encuentre un Obispo
benévolo que le recibiere, u otra cosa preveyese la Sede Apostólica.
e) Én este último caso en que el religioso se hubiese excardi-
nado, deberá ser recibido por el Obispo benévolo de que se ocupa
el párrafo 1.° del canon 641 que acabamos de citar y tal recepción
que es la incardinación, que como excepción admite el canon 112,
a más de la que tiene lugar por la detención de un beneficio, podrá
hacerse por el Ordinario, ya pura y simplemente, o ya mediante
prueba por un trienio.
En el primer caso como dispone el párrafo 2.° del canon 641 que­
da por ello mismo incardjnado a la Diócesis,m ás en el segundo,o sea,
cuando se verificase mediante prueba, puede prorrogar el Obispo el
tiempo de la probación por un tiempo que no exceda de otro trienio
y una vez transcurrido éste permanecerá el religioso incardinado
ipso facto en la Diócesis, a no ser que el Obispo le hubiese dimi­
tido antes de este tiempo.
Hemos hablado antes de la incardinación voluntaria indicando que
se requiere justa causa para ella, y a este particular deberemos re­
ferirnos ahora para terminar el estudio de los preceptos que se con­
tienen en el título 1.° de la primera parte del libro que estamos exa­
minando.
En efecto, el nuevo Código después de determinar los modos
mediante los cuales puede tener lugar la incardinación y la excar-
108 C AM PO S Y PULIDO

dinación, ya sean éstos ordinarios o extraordinarios, de los que en­


tre los segundos únicamente debemos incluir a nuestro juicio el úl­
timo reseñado, dispone en su canon 116 que la excardinación no po­
drá hacerse sino por justa causa. Es este un principio a todas luces
racional y equitativo, pues si el Código exige la adscripción a una
Diócesis para evitar la existencia de los clérigos que se denominan
nagos , no podía quedar exclusivamente a la voluntad de los mismos
el romper el lazo o vínculo que les une a aquélla a la que estuvie­
ren adscritos. De ser debido a un acto exclusivo de su omnímoda
voluntad no se realizaría el fin a que responde el precepto sancio­
nado, por ello se exigen justas causas de las que no se puede pres­
cindir, y que deberán ser tenidas en cuenta por el Ordinario para
conceder la excardinación.
En su consecuencia, como previene este mismo canon, admitida la
necesidad de la justa causa para su concesión, no surtirá su efecto
mientras que la excardinación no vaya seguida de la incardinación
en otra Diócesis, cuyo Ordinario habrá de cerciorarse cuanto antes
de que ésta se ha realizado.
Las causas justas para la incardinación de un clérigo y las condi­
ciones para que pueda tener lugar son a tenor del canon 117:
1.° Que lo exija así la necesidad o utilidad de la Diócesis, que­
dando a salvo las prescripciones del derecho respecto al título ca­
nónico de ordenación. 4
2.° Que conste por documento legítimo que se ha obtenido la
legítima excardinación y se obtengan además d éla curia dimitente,
bajo secreto, si fuese necesario, los oportunos testimonios, acerca
del nacimiento, vida, costumbres y estudios del clérigo solicitante,
con mucho mayor motivo si se tratare de la incardinación de clérigo
de diversa lengua y nación. El Ordinario dimitente deberá velar
gravem ente cargando sobre ello su conciencia para que las referi­
das testimoniales sean completamente conformes con la verdad.
Y 3.° El clérigo deberá jurar ante el mismo Ordinario o su de­
legado declarándose a perpetuidad obligado al servicio de la nueva
Diócesis según las normas de los sagrados cánones.
Tales son los nuevos preceptos que la novísima legislación ha
sancionado respecto a la incardinación o excardinación de los cléri­
gos, las que por su precisión, y sobre todo, por su extraordinaria
sencillez, son dignas de todo encomio.
T I T U L O II

DE LOS DERECHOS Y PRIVILEGIOS DE LOS CLÉRIGOS

I. En el primer volumen de esta obra tuvimos ocasión de con­


signar sintéticamente la disciplina novísima que regía respecto a los
derechos y privilegios de los clérigos (1), clasificando éstos en con­
formidad a la doctrina sustentada por los autores en deberes y de­
rechos comunes, de los que los primeros se distinguen en positivos
y negativos, y los segundos, con Deshayes, los separábamos en dos
grandes grupos prerrogativas e inmunidades, cuyo fundamento
responde, según expusimos, a la necesidad de que los clérigos edi­
fiquen siempre con el ejemplo, resplandeciendo en ellos toda clase
de virtudes. Tócanos, por consiguiente, al estudiar los preceptos
del título II del moderno Código, examinar y ver que se confirma y
en que se modifica la anterior disciplina en ló referente a esta ma­
teria.
Comienza el Código disponiendo, con muy buen sentido, que
sólo los clérigos son capaces de obtener potestad, ya-sea de orden
o de jurisdicción eclesiástica, de la misma manera que beneficios y
pensiones eclesiásticas, y consecuentemente todos los fieles, según
previene el canon 119 segundo de este título, deben a aquéllos re­
verencia según sus diversos grados y oficios.
Mas no sólo tiene derecho el clérigo a la debida reverencia y
consideración que todos los fieles cristianos deben de prestarle, sino
que ésta debe llevarse hasta a no inferirles injuria, precisamente por
la alta dignidad de que están investidos. Por esta razón es necesa­
rio precisar la naturaleza de esta injuria, si ella ha de dar motivo a
verdadero sacrilegio, puesto que subsiste el privilegio que de,anti-

(1) Páginas 71 y siguientes.


110 CAM PO S Y PULIDO

guo ha sido concedido a los clérigos con el nombre de privilegio del


canon, que el Código confirma en toda su integridad.
En efecto, según prescribe este referido canon 119, todos los
fieles incurren en delito de sacrilegio cuando causan injuria real a
un clérigo. Es este precepto confirmatorio del referido privilegio
llamado del canon, que encontramos establecido en el Concilio La-
teranense II celebrado bajo Inocencio II, y para dar lugar a incurrir
en las penas que se imponen a 1os violadores del mismo, es preciso
que tenga lugar mediante la violenta percusión del clérigo, pues así
parece confirmarlo la frase injuria real que utiliza este precepto.
II. Confírmase también en el nuevo Código el antiguo privilegio
del filero. Establecido y reconocido constantemente por la Iglesia
este privilegio, que Belarmino considera inmediatamente de dere­
cho humano y originaliter et initiative de derecho divino, cuya
doctrina está completamente confirmada por lo decidido en el Tri-
dentino, sesión XXV, capítulo XX, De reformationef fué reprodu­
cido y sancionado recientemente por el motu proprio Quantavis
. diligentia de 9 de Octubre de 1911, en el que Su Santidad Pió X
precisó los términos contenidos en el capítulo VII de la Constitución
Apostolicae Sedis, relativamente a las personas que se habían de
considerar comprendidas en la palabra cogentes que aquél emplea.
En conformidad a este motu proprio, quedó sentado que los cléri­
gos estaban exentos de comparecer ante los Tribunales laicos, de­
biendo ser juzgados por los jueces eclesiásticos, así como también
que cualquier persona particular, lego u ordenado in sacris, varón
o mujer, que sin permiso de la autoridad eclesiástica llame o deman­
de al Tribunal de los legos, o compela públicamente a comparecer
ante él a cualquier persona eclesiástica, ya sea en causa criminal o
civil, incurrirá en la pena de excomunión, latae setentia , especial­
mente reservada al Romano Pontífice (1).
En armonía, pues, con los nuevos preceptos de la novísima dis­
ciplina, los clérigos deberán comparecer en todas las causas, ya sean
contenciosas o criminales, ante los jueces eclesiásticos, salvo que
otra cosa se hubiese dispuesto legítimamente para determinados lu­
gares particulares (canon 120, párrafo 1.°).
Para que, no obstante esta prohibición, puedan comparecer los
clérigos ante los jueces laicos, es preciso obtener, salvo en aquellos

1; Consúltese el texto de este motu prnprio y las disposiciones que c o n tic'i , sisi
romo I t nnuirnleza de este privilegio en el prim er volumen de esta obra, pá^lnus 72
y MpukTtes.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 111

países en los que se haya establecido otra cosa especialmente, la


correspondiente licencia, y ésta, según previene el segundo párrafo
del mencionado capítulo, deberá ser concedida por la Sede Apostó­
lica cuando se trate de los Cardenales de la Santa Iglesia Católica,
Legados de la Sede Apostólica, Obispos, aunque sean titulares,
Abades o Prelados nullius, Superiores mayores de las religiones de
Derecho Pontificio y Oficiales mayores de la Curia Romana, por
causa de los negocios pertenecientes a sus respectivos cargos; en
cuanto a todos los demás clérigos que gozan del privilegio del fuero,
les será otorgada por el Ordinario del lugar en el que se tram ite la
causa, cuya licencia no deberá denegar el Ordinario sin causa justa
y grave, principalmente cuando el actor sea lego, y muy especial­
mente cuando se hubiese procurado sin resultado obtener entre las
partes una resolución amistosa respecto al asunto controvertido. Sin
embargo, añade el tercer párrafo de este referido canon, si aquellos
que gozan de este privilegio fuesen demandados y no se hubiese
obtenido previamente la dispensa o la licencia necesaria, podrán com­
parecer ante los Tribunales laicos por razón de necesidad para evitar
mayores males, dando de ello cuenta al Superior del que no se ob­
tuvo la correspondiente venia.
No creemos necesario detenernos mucho en este punto, ya que
en otro lugar dejamos consignado cuanto con el privilegio del fuero
se relaciona; si notaremos, sin embargo, que los términos en que
hoy aparece redactado el precepto, autorizan a admitir lo mismo que
antes sosteníamos, y la Santa Sede confirmó con sus resoluciones,
que en la prohibición de hacer comparecer a los clérigos ante los
Tribunales laicos, se comprendía también la de compelerles a concu­
rrir en concepto de testigos. Lo mismo que antes entendíamos, con­
tra la opinión de Boudinhon (1), que la misma vaguedad de las pa­
labras empleadas inducía a creer que estaba comprendida en la pro­
hibición dicha citación, aunque sólo fuese para testificar, por lo que
indicábamos la conveniencia de solicitar la necesaria autorización o
licencia de la autoridad competente, para tranquilidad de conciencia,
cuyo criterio confirmó lo resuelto por la Sagrada Congregación del
Santo Oficio, según consta del texto de esta resolución inserto en el
Monitore ecclesiasíico de 31 de Marzo de 1912, hoy también dis­
crepando del parecer y opinión que sustenta el eminente canonista

M) Volumen citado, páerinas 79 y 80, R evista general de Legislación y Jurisprtt


dencia, artículo Cuestiones canónicas; tomo 123, páp. 493.
112 CAM POS Y PULIDO

español P. F erreres (1), creemos que la frase que el Código emplea


clerici in ómnibus causis si ve contentiosis, sioe criminalibus...
conveniri debent..., no permite establecer diferencias, ya se trate
del concepto de reos o del de testigos.
Esta opinión la confirma, a nuestro juicio, el segundo párrafo del
canon que estudiamos, en el que al determinar quién deberá conce­
der la licencia para comparecer, se dice conveniri nequeunt sine
venia..., y este precepto, al no admitir tampoco distinción, sino uti­
lizar en general la palabra conveniri, indica en nuestro sentir que
1a disposición tiene un carácter de generalidad y amplitud que no
puede desconocerse, puesto que tanto se puede comparecer ante los
jueces laicos para responder como reo en causa civil o criminal,
como para deponer como testigo en las mismas causas, y el Código,
prohibiendo como prohíbe comparecer ante los referidos jueces laicos
en causas civiles o criminales y exigiendo asimismo la venia de la
autoridad correspodiente, que precisa para que pueda tener lugar
la comparecencia ante los mismos jueces y tribunales, no utiliza
para nada la palabra reos o demandados, sino que sin hacer referen­
cia a este concepto o al de testigos, se ocupa de la comparecencia
en todas las causas, y prescribe la necesidad de la licencia para com­
parecer, conveniri nequeunt.
Para tranquilidad de conciencia, recomendamos la obtención pre­
via de la repetida licencia, ya que siendo esta la doctrina anterior­
mente en vigor no se encuentran en el Código preceptos que induz­
can a admitir una modificación de la disciplina precedente, ni la
redacción de la disposición del Código puede hacer suponer que sea
otro el criterio en que se haya inspirado la Santa Sede al mantener
este privilegio.
Salvo, pues; en los países en los que en virtud de lo convenido
en los concordatos se haya autorizado legítimamente otra cosa, no
podrán los legos hacer comparecer a los clérigos ante los Tribunales
laicos, y si lo hicieren siti haber obtenido la venia de la autoridad
legítima que deba concederla, incurrirán en las penas que marca el
derecho. Esta doctrina es de perfecta aplicación a España, toda vez
que no existe precepto alguno concordado que exima de su completa
observancia, y muy por el contrario observamos que entre las facul­
tades que han sido concedidas al Emmo. Nuncio de Su Santidad en
nuestro país, está la de autorizar a los Jueces laicos para que los

(!) Obra citada, volumen I, pág. 9?.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA* CANÓ NICA 1 13

clérigos puedan comparecer como testigos en causa criminal, excep­


tuándose los reverendos Obispos y guardándose las condiciones
prescritas en los sagrados cánones (1).
III. El canon 121, confirmando también la anterior doctrina, de­
termina que todos los clérigos están inmunes y exentos del servicio
militar, y de los cargos y oficios civiles públicos, ajenos al estado
clerical, principio completamente conforme con la naturaleza del mi­
nisterio que tienen asignado en la Iglesia de Jesucristo.
IV. Se ha mencionado también entre los privilegios de que han
gozado y gozan los clérigos el llamado beneficio de competencia, que
es el contenido en el capítulo Odoarc/us, De solutionibus, privile­
gio que del mismo modo se mantiene en el novísimo Código. Según
lo que prescribe el canon 122, los clérigos que estén obligados a sa­
tisfacer a sus acreedores las deudas que hubiesen contraído, gozarán
del derecho de que les quede a salvo cuanto les sea necesario para
su honesta y decorosa sustentación según el prudente arbitrio del
Juez eclesiástico, pero quedando, no obstante, firme la obligación de
los mismos de satisfacer cuanto antes sus respectivos créditos.
V. Finalmente, para que todos estos privilegios respondan a sju
verdadera naturaleza, ya que no están concedidos para que median­
te ellos el clérigo encuentre un medio de hacer inefectivas las impor­
tantes obligaciones que les impone su estado clerical, sino que res­
ponden a la necesidad de dotarle de todo el respeto, veneración y
consideración que la naturaleza de su sagrado ministerio exige y re­
clama, termina disponiendo el canon 123 que los mencionados privi­
legios no podrán renunciarse por el clérigo.
Si éstos son irrenunciables en cuanto están concedidos en bene­
ficio y por razón de su estado clerical, pueden, sin embargo, perder­
se. La pérdida de los mismos tendrá lugar a tenor de lo preceptuado
en este canon: 1.° cuando el clérigo fuese reducido al estado laical,
y 2.° cuando se le castigue con la privación perpetua del derecho a
llevar el hábito eclesiástico, según las normas del canon 213 y el pá­
rrafo 1.° del 2.304.
Y si tales privilegios pueden perderse por las causas indicadas,
podrán también recobrarse en armonía con lo preceptuado en el re­
ferido canon 123, en el caso de que se les remitiese tal pena, o bien
si nuevamente fuesen admitidos entre los clérigos.

(I) Véase el volumen I de esta obra, páginas 80 y 81, y la facultad que se cita en
el texto en la pág. 235 del mismo volumen núm. XX.
C ampos y P ulido . T omo iv. 8
T Í T U L O III

DE LAS OBLIGACIONES DE LOS CLÉRIGOS

I. Si por consecuencia de su dignidad clerical gozan los clérigos


de privilegios de extraordinaria importancia, como son los que he­
mos estudiado en el título precedente, impóneles a la vez el derecho
determinadas obligaciones y prohibiciones, procurando, mediante su
estricto cumplimiento, que el clérigo sea siempre’y en todo momento
digno de imitar, y que en él resplandezca de modo eminente la san­
tidad de que está investido por la recepción de los sagrados órde­
nes. Ha querido la Iglesia en este punto que al mismo tiempp que
los fieles les presten todo el respeto y veneración que su elevada
dignidad exige, en cuanto han sido elegidos por Dios para regir y
gobernar al pueblo fiel y para santificarle por Id práctica y adminis­
tración de los sacramentos y sacramentales, se hagan ellos mismos
acreedores por la ejemplaridad y austeridad de sus costumbres, por
la pureza de su vida, y por su recta manera de obrar y conducirse
ante los legos, al indicado respeto, sirviéndoles en todo caso de
ejemplo la santidad y pureza de sus costumbres y buenas obras, así
como la práctica de la virtud, con la que deben edificar a todos los
fieles.
E ste criterio ha sido constantemente observado y a ello respon­
den las múltiples prohibiciones que se encuentran en los sagrados
cánones, que han constituido la disciplina uniforme de la Iglesia des­
de sus primeros tiempos, y a la que el Código moderno no se ha po­
dido sustraer aportando a sus preceptos el espíritu que en todo tiem­
po le ha informado, con objeto de que hoy, lo mismo que antes de su
promulgación, se mantenga el estricto cumplimiento de las obligacio­
nes que se les imponen, y tengan completa realidad las prohibido-
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 115

nes de aquellos actos que no se armonizan bien con la santidad y


excelsitud de su sagrado ministerio, y que constituyen las prohibi­
ciones que el derecho establece que ya estudiamos antes con el tí­
tulo de deberes negativos (1).
Deberán, por consiguiente, los clérigos, como previene el ca­
non 124, conducirse siempre y distinguirse de los legos por la ma­
yor santidad de su vida interior y exterior sobresaliendo entre ellos
y sirviéndoles de ejemplo por sus virtudes y sus buenas obras.
A este efecto impone el canon inmediato a los Ordinarios de los
lugares la obligación de velar: 1.° Para que todos los clérigos laven
y borren frecuentemente todas las manchas e impurezas de su con­
ciencia mediante el Sacramento de la Penitencia. 2.° Para que dia->
riamente se dediquen por algún tiempo a la oración mental; visiten
el Santísimo Sacramento; recen el Rosario Mariano a la Santísima
Virgen y examinen su conciencia.
Asimismo todos los sacerdotes seculares deberán practicar, a lo
menos, cada tres años, ejercicios espirituales por el tiempo que se ha
de determinar por el propio Ordinario, en alguna casa piadosa o re­
ligiosa que el mismo Ordinario habrá de designar, sin que ninguno
de ellos pueda ser eximido por nadie de esta obligación, sino en caso
particular, por justa causa y con expresa licencia del mismo Ordina­
rio (canon 126).
II. El segundo deber que se impone a los clérigos es el de la re­
verencia y la obediencia que han de prestar a su Ordinario. Según
lo que dispone el canon 127, todos los clérigos, principalmente los
presbíteros, tienen especial obligación de prestar reverencia y obe­
diencia a su respectivo Ordinario. Este deber de cumplimiento es­
trictam ente necesario por parte del clérigo, lleva consigo la obliga­
ción de aceptar y desempeñar fielmente todos los cargos que se les
encomienden, siempre que así lo exija la necesidad de la Iglesia, y
por todo el tiempo que ello fuese preciso a juicio de su Ordinario
propio, a no ser que les excuse un legítimo impedimento (canon
128).
III. En cuanto a los estudios, tercera cuestión que debemos exa­
minar en este tratado de las obligaciones de los clérigos, se mantie­
ne el criterio en que se hallaba informada la anterior disciplina de
la que los preceptos del Código, al paso que son su confirmación, la
perfeccionan, ampliando anteriores disposiciones e introduciendo no-

(1) L u g ar citado, pág. 9?.


1 16 C AM PO S Y PULIDO

vedades muy dignas de especial mención que presentan la novísima


adecuadamente sintetizada y desenvuelta.
Dedícanse a esta materia los cánones del 129 al 131, en los que
se ha concretado toda la doctrina aplicable.
En efecto; es obligación inexcusable de los clérigos, una vez re­
cibido el sacerdocio, no interrumpir sus estudios principalmente los
sagrados, debiendo seguir en las sagradas disciplinas aquellas sóli­
das doctrinas transmitidas y enseñadas por los mayores y común­
mente recibidas por la Iglesia, evitando todas las novedades de las
palabras y del falso nombre de la ciencia.
También deberán todos los sacerdotes, una vez terminados los
estudios, que como tales clérigos deben de practicar, y aunque hu­
biesen conseguido un beneficio parroquial o canonical, sufrir un exa­
men cada año, a lo menos, por un trienio íntegro, sobre las diversas
disciplinas que constituyen las ciencias sagradas, designadas previa
y oportunamente, según la forma y requisitos que haya determinado
su Ordinario, salvo que de esta obligación hayan sido exceptuados
por el repetido Ordinario del lugar, mediante la concurrencia de jus­
ta causa. Asimismo, en la colación de los oficios y beneficios ecle­
siásticos, habrán de ser preferidos aquellos que, en igualdad de cir­
cunstancias entre varios aspirantes, se hayan distinguido más en es­
tos referidos exámenes.
Con la novedad que este precepto establece ha venido a procu­
rarse el mantener en todo momento y ocasión la elevación intelec­
tual de los llamados a desempeñar todos los oficios eclesiásticos, so­
metiendo a ellos, aun a los que han obtenido un beneficio eclesiástico
parroquial: La conveniencia de tal disposición, a la vez que la impor­
tancia máxima de la utilidad que ha de producir, no es necesario en­
carecerla. Nótese asimismo que se establece como precepto obliga­
torio la de escoger el más apto y competente en igualdad de circuns­
tancias para el desempeño de todos los oficios y beneficios eclesiás­
ticos, con lo que la antigua doctrina, que ha sido desenvuelta por
todos los canonistas, tiene en el Código su más completa confirma­
ción.
No se mantendría, sin embargo, la elevación cultural y científica
de los sacerdotes, llamados al desempeño de los oficios y cargos
eclesiásticos, que se requiere en la forma que queda ya apuntada, si
no se procurase al mismo tiempo conservar su afición a los estudios,
y la necesidad de profundizar más y más en los conocimientos ya ad­
quiridos. y comprobados en los exámenes periódicos que se exigen,
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 117

mediante la práctica de reuniones y conferencias morales y teológi­


cas celebradas periódicamente en la Diócesis y en los más importan­
tes Arciprestazgos, en las que todos los clérigos habrán de demostrar
su competencia y suficiencia. Por esta razón, de todo punto funda­
mental, el canon 131 prescribe, que en la ciudad episcopal y en cada
uno de los Arciprestazgos foráneos, se celebrarán varias veces al
año, en los días que previamente haya designado el Ordinario del
lugar, según su arbitrio, reuniones o conferencias sobre cuestiones
morales y litúrgicas, a las que podrán adicionarse los demás ejercicios
que aquél juzgase oportunos y convenientes, para promover la cien­
cia y la piedad de los clérigos. En el caso de que tales reuniones fue­
sen de difícil celebración, se les enviarán por escrito cuestiones o
preguntas, según las normas establecidas por el misma Ordinario.
Deberán asistir a estas reuniones, o en el caso de que ellas no pue­
dan celebrarse, deberán enviarse para que sean resueltos por escrito
los casos que les hubiesen sido propuestos, tanto todos los sacerdotes
seculares como los religiosos, aunque sean exentos, que tengan cura
de almas, salvo que unos u otros obtuviesen expresamente, y con
anterioridad, 1a oportuna excepción del Ordinario del lugar, y tam­
bién los demás religiosos que tuviesen facultad concedida por éste
de oir confesiones, siempre que en sus respectivas casas o conven­
tos no se verificasen tales reuniones o conferencias.
Con la disposición que queda consignada, se procura elevar el
nivel cultural de todo el clero, siendo de observar que los preceptos
que estudiarnos debemos considerarlos de perfecta aplicación a Es­
paña, puesto que no encontramos en el vigente Concordato de 1851,
prescripción que se oponga ni regule de otra suerte este importante
punto de la disciplina, sino que, antes por el contrario, el art. 3.° del
mismo, prescribe que no se pondrá impedimento alguno a los Prela­
dos ni a los demás sagrados ministros en el ejercicio de sus funcio­
nes, ni se les molestará bajo ningún concepto en cuanto se refiera al
cumplimiento de los deberes de su cargo.
IV. Pero entre todas las obligaciones que se imponen a los clé­
rigos merece particular atención cuanto respecta al celibato ecle­
siástico.
Ha respondido y responde la obligación de los clérigos a obser­
var el celibato a la misma naturaleza del estado clerical, y aunque
ahora nosotros no hemos de entrar a estudiar fundamentalmente esta
cuestión deberemos indicar, sin embargo, que difícilmente podría el
clérigo dedicarse integramente a las funciones propias de su sagra­
118 C AM PO S Y PULIDO

do ministerio, de no estarle prohibido la celebración del matrimonio,


ni abstenerse así mismo de todo trato y comercio carnal con perso­
nas de otro sexo, tan poco compatible con la santidad de su estado.
Toda la antigua disciplina de la Iglesia, respecto a este punto, se
mantiene y confirma íntegramente en los cánones 132 y 133; por lo
tanto, en conformidad a los. mismos, los que estuvieren ordenados
ín sacris (Obispos y ordenados de órdenes mayores) les está prohi­
bida la celebración del matrimonio, debiendo guardar la virtud de la
castidad, e incurriendo en sacrilegio, si pecaren contra ella, salvo
el caso previsto en el canon 214, párrafo 1.°, a que luego nos refe­
riremos de que hubiesen recibido las órdenes sagradas obligados
por el miedo grave y después de removido éste no las hubiesen ra­
tificado a lo menos tácitamente por el ejercicio del sagrado orden:
sólo podrán contraerle los minoristas pero dejando por la celebra­
ción de éste de pertenecer al estado clerical. También tendrá prohi­
bición para el ejercicio de las órdenes mayores recibidas, el casado
al que sin dispensa Pontificia se Ies hubiesen conferido, aunque ello
lo hiciera de buena fe.
Queda también prohibido a los clérigos el cohabitar con perso­
nas de otro sexo que pudieren parecer sospechosas, así como fre ­
cuentar las visitas de esta clase, exceptuándose sólo la de aquellas
mujeres cuya proximidad de parentesco alejase todo motivo de
temor, como lo será su madre, hermanas, tías y otras semejantes,
o aquellas cuya honestidad de costumbres y edad avanzada evitase
también sospecha de ningún género.
Toca al Obispo, según lo prevenido en el párrafo 3.ü del canon
133, resolver sobre el caso que pudiese dar lugar a la referida sos­
pecha de la cohabitación o de la frecuencia del trato de los clérigos
con mujeres, aunque éstas fuesen de las que no den motivo a la
misma, el que podrá prohibir la retención o frecuente comunicación
con tales mujeres, presumiéndose en conformidad al parrafo 4.° que
el contumaz, es concubinario.
Los preceptos relativos al celibato que hemos expuesto en sínte­
sis con referencia a los cánones del nuevo Código, son de aplicación
a la Iglesia latina, pues en cuanto a la griega, en armonía con lo que
previene el canon 1.°, no tratándose especialmente en estos cánones
de los Orientales, ni refiriéndose a cuestiones o materias que por la
misma naturaleza de las cosas les afecten, no han de considerarse
aplicables a los mismos las disposiciones del Código, quedando, por
lo tanto, en vigor, la disciplina por la que se rigen.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 119

V. Se ocupa también el Código de las demás obligaciones que


pesan y se imponen a los clérigos, procurando con el establecimien­
to de los oportunos preceptos que aparezca la doctrina de aplicación
a los mismos desenvuelta en toda su integridad.
En este sentido recomienda la observancia de la vida común de
los clérigos, aprobando esta costumbre y recomendando que en don­
de esté vigente se ha de conservar en cuanto sea posible (canon
134). Impone a los constituidos en órdenes mayores la obligación de
la recitación de las horas canónicas según los libros litúrgicos, con
excepción de los reducidos al estado laical, y los ordenados por mie­
do grave (canon 135). También deberán llevar el hábito eclesiásti-
#co según las legítimas costumbres de los lugares, y lo dispuesto por
los Ordinarios respectivos, así como la tonsura y la corona clerical,
llevando el cabello sencillamente arreglado, sin poder usar anillos
salvo privilegio apostólico; y en cuanto a los minoristas que por su
propia autoridad y sin causa que lo justifique abandonasen el hábito
y la tonsura clerical, sin enmendarse dentro del mes una vez amo­
nestados por el Ordinario, dejarán de pertenecer ipso iure al esta­
do clerical (canon 136 párrafos 1.°, 2.° y 3.°).
VI. Finalmente, las cosas que están prohibidas a los clérigos
según los preceptos de la nueva disciplina confirmatoria de la pre­
cedente, a tenor de los cánones 138 al 144, son las que siguen:
r.° Ser fiadores aun de bienes propios sin consulta del Ordina­
rio del lugar.
2.° Deben abstenerse de todo cuanto desdice de su estado cle­
rical, como es el ejercer artes indecorosas; los juegos de azar ex­
poniendo dinero; el uso de armas, salvo en el caso de justificado
peligro o temor; el ejercicio de la caza, y en ninguna ocasión de la
clamorosa; el frecuentar tabernas y otros lugares de esta clase sin
necesidad y justa causa aprobada por el Ordinario del lugar.
3.° Deben también evitar las demás ocupaciones que, aunque no
sean indecorosas, sean ajenas al estado clerical.
4.° Les está prohibido el ejercicio de la medicina y cirujia sin
indulto apostólico, y el del cargo de tabeliones o Notarios públi­
cos, a no ser en la Curia eclesiástica, y los Oficios públicos que lle­
van consigo el ejercicio de jurisdicción o administración laical.
5.° No podrán sin licencia dei Ordinario, intervenir en gestio­
nes de bienes pertenecientes a los legos, o en los oficios seculares
que lleven consigo la obligación de rendición de cuentas. A este res­
pecto es de recordar, que el Decreto Docente Apostolo de 18 de
120 CAM POS Y PULIDO

Noviembre de 1910, les prohibió desempeñar el cargo de Directo­


res Cajeros y Secretarios de las instituciones para el auxilio espiri­
tual de los fieles, ordenando que en el plazo de cuatro meses renun­
ciaren sus cargos, y que en lo sucesivo, no pudieran ejercerlos sin
licencia de la Santa Sede, si bien otro Decreto de la misma Sagra­
da Congregación Consistorial concedió por un bienio dispensa del
anterior en 13 de Marzo de 1911. Hoy, en conformidad a el precep­
to del canon 139 en su párrafo 3.°, se mantiene la prohibición de in­
tervenir en administraciones temporales, pero la licencia para inter­
venir en estas administraciones, deberá ser concedida por el Ordi­
nario del lugar, como ha resuelto la Comisión establecida para la in­
terpretación auténtica de los cánones del Código en 2 y 3 de Junio
de este año ( 1).
También les está prohibido el ser procuradores o abogados, salvo
en el Tribunal eclesiástico o en el civil cuando se trate de causa
propia o de su Iglesia, y el tomar parte en juicio criminal laical que
dé motivo o lugar a grave pena personal, así como prestar testimo­
nio en estas causas si no les obligase a ello la necesidad.
6 .° No solicitarán ni aceptarán los cargos de Senadores 6 Dipu­
tados, sin licencia de la Santa Sede, en aquellos lugares en los que
existiese a este respecto prohibición pontificia y en los demás sin la
de su Ordinario o la del Ordinario del lugar en la que se ha de hacer
la elección.
7.° No les será permitido asistir a los espectáculos, bailes y di­
versiones que desdigan de su estado o a aquellos otros a los cuales
no pueden concurrir sin escándalo, principalmente a los teatros pú-
hlicos; entre esta prohibición debe incluirse la asistencia a cinema­
tógrafos públicos (2).

(1) Consúltese el texto del Decreto Docente Apostolo y el indulto de dispensa en


el volumen II de rs ta obra, pag. 82, y la resolución de la Comisión de Intérpretes del
Codigo en A. A. S. volumen X, pág. £44. dubiuni. 1.
(2) En cuanto a la prohibición de concurrir a espectáculos públicos, bailes y re ­
presentaciones escénicas, merece especial consideración y debe de tenerse en cuenta
el Decreto del V icariato de la ciudad de Roma, publicado con fecha 25 de Mayo
de 1918, después de haber ya comenzado la vigencia del Código, y que suscrito por el
Cardenal Pompili, Vicario general de Su Santidad, y por el S ecretario F. Can. Pas*
cuccl, se inserta en la pág. S00 del volumen X de Acta Apostolicde Sedis%correspon­
diente al aflo de 1918.
En dicho Decreto, por orden y autoridad del Santo Padre, se recuerda y renueva
!a absoluta prohibición im puesta al clero, así secular como reg u lar, por otro D ecreto
anterior del mismo V icariato de 15 de Julio de 1909, de asistir a las producciones que
se desenvuelven en los cinem atógrafos públicos de Roma, aunque sean de asuntos
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA · 121

8 .° Tampoco podrán ingresar voluntariamente en la milicia, a no


ser con licencia de su Ordinario, ni tomar parte en guerras civiles ni
perturbaciones de orden público. Si contra esta prohibición algún
minorista abrazase espontáneamente el servicio militar, perderá
ipso iure el estado clerical.
9.° Prohíbeseles igualmente, bien por sí o por otros, el ejercicio
del comercio o de negociaciones, ya sean en su propia utilidad o en
la de otras personas.
10. No podrán los clérigos, aunque no tengan beneficio u oficio
residencial, ausentarse de su diócesis por tiempo notable sin licen­
cia, a lo menos presunta, de su Ordinario propio.
Consecuentemente a esta última prohibición, dispone el canon 144
que los que con licencia de su Ordinario se trasladaren a otra dió­
cesis, permaneciendo incardinado en la suya propia, podrán ser lla­
mados a ella con justa causa y observando la equidad natural, y
también el Ordinario de la otra diócesis puede denegar a é ste , por
justa causa, la licencia para la ulterior conmoración en el propio te­
rritorio, a no ser que le hubiere otorgado algún beneficio.
Entre las justas causas por las que puede ser llamado a la propia
diócesis o negársele el permiso para conmorar en la ajena al clérigo
que con licencia de su Ordinario hubiese pasado a otra diócesis,
menciona el P. Ferreres la necesidad de operarios en la propia dió­
cesis en el primer caso, o bien el mal ejemplo o la negligencia en el
desempeño del oficio que en ella se le hubiere confiado ( 1).

sagrados, sin excepción alguna, debiendo procederse contra los tran sg reso res con
penas canónicas, entre las que se comprenden la suspensión a divim s.
Muy oportuno y conveniente sería que nuestros R everendísim os Arzobispos y
Reverendos Obispos establecieran en Espafla Igual prohibición, ya que la presencia
de los sacerdotes en los salones de proyecciones cinem atográficas se arm oniza muy
mal con la santidad y dignidad del estado clerical de que están adornados, y, por o tra
pai te, tal prohibición está Inspirada en el espíritu y aun en la letra del referido p re ­
cepto del Código, de la que es m uestra evidente y precepto in te rp reta tiv o de indiscu­
tible autoridad el D .cre to del V icariato de la ciudad de Roma que se acaba de tra n s­
cribir.
(lj O bra citada, volumen citado, páginas 106 y 107.
T Í T U L O IV

DE LOS OFICIOS ECLESIÁSTICOS

Nociones generales.
I. Ha dedicado el moderno Código el título IV de su primer
libro al tratado de los oficios eclesiásticos, en el que desenvuelve
la doctrina de aplicación a los mismos, tanto por lo que respecta a su
noción y provisión y a las formas de ésta, como a su pérdida, con­
signando en su articulado los principios que deben informar esta in­
teresante materia. ¿Querrá ello decir que debamos comenzar en
este lugar el estudio de los beneficios eclesiásticos, doctrina que,
aunque más propia del tratado de las cosas eclesiásticas, tiene evi­
dente conexión y analogía con la que ahora nos ocupa? ¿Es que es
indistinto el concepto del oficio y del beneficio eclesiástico? Cierta­
mente que no.
El Código canónico con muy buen acuerdo, se conforma en este
particular con lo que es doctrina de los más eminentes canonistas,
al establecer las oportunas distinciones y diferencias entre los ofi­
cios y los beneficios eclesiásticos , y aceptando para la exposición
de la moderna disciplina los principios fundamentales que deben pre­
sidir en este punto, separa unos de otros, y dedica el presente título
del libro II, que venimos estudiando, a los oficios eclesiásticos ,
dejando para el tratado las cosas eclesiásticas objeto del tercer libro
de los cinco en que se divide, el ocuparse de los beneficios, a cuyo
estudio y regulación consagra la parte quinta del mismo, después de
ocuparse del magisterio eclesiástico y antes de tratar de los bienes
temporales de la Iglesia.
No puede negarse que este criterio descansa en lo que es prin­
cipio fundamental en esta materia, y si bien no pocos autores han
estudiado unos y otros conjuntamente, como nosotros hicimos en el
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 123

tercer volumen de esta misma obra ( 1), en la que al propio tiempo


que nos ocupábamos del concepto y naturaleza de los beneficios,
examinábamos cuanto respecta a la forma de su provisión, no cabe
duda que son conceptos diferentes y que un buen orden de desen­
volvimiento de materias exige que su exposición se haga con la de­
bida separación para evitar que, estudiado cuanto respecta a las
personas de la Iglesia, y, por lo tanto, toda la jerarquía eclesiástica,
tanto la de orden como la de jurisdicción, y en particular los dis­
tintos jerarcas que la integran, así como la forma de ingreso en una
y otra sea preciso después acudir al segundo tratado dedicado a'
estudio de las cosas eclesiásticas, donde pueda encontrarse la doc­
trina consiguiente a determinar la forma de provisión de cada uno
de los distintos beneficios de la Iglesia católica, ya que los benefi­
cios existen como sabemos por el oficio, y si hay beneficios que se
denominan mayores o consistoriales porque son provistos en Consis­
torio, como lo son el Cardenalato, el Episcopado, etc., de igual ma­
nera que beneficio es, y el primero entre todos los instituidos en la
Iglesia católica, el Pontificado, cada uno de ellos constituye un ofi­
cio eclesiástico, a la vez que los individuos que los desempeñan
ocupan un determinado lugar en la jerarquía, ya sea de la de orden
o de la de jurisdicción, y el conocimiento de la naturaleza de éstos
y la forma de su provisión, o lo que es lo mismo, el procedimiento
mediante el cual ha de tener lugar el ingreso en la repetida jerarquía,
exigiría, para poder estudiar íntegramente la materia, la necesidad
de tener que acudir a otro tratado distinto del de las personas, en el
que se hubiere de indicar cuál fuese la forma mediante la que esta
repetida provisión pudiere tener lugar.
En este defecto hemos incurrido nosotros en los tres volúmenes
precedentes, ya que en el primero estudiamos los distintos miembros
que integraban la jerarquía, dejando decididamente para el tercero
las distintas formas de provisión y el estudio especial del de la elec­
ción del Romano Pontífice y designación de Obispos, así como la
provisión de beneficios mayores y menores, en el que se encontraban
los principios de particular aplicación a estas referidas materias.
Mas hoy, acomodándonos al orden y plan aceptado por nuestro vi­
gente Código, y rectificando el sistema antes seguido, vamos a es­
tudiar en este lugar cuanto se relaciona con los oficios eclesiásticos
como tales, y en el tercer libro nos ocuparemos de los beneficios; de

11) Véase la pág. 139 y siguientes.


124 CAM POS Y PULIDO

esta suerte la exposición de la doctrina ganará en sencillez, a la vez


que nos conformaremos con el criterio de la Santa Sede de estudiar
las doctrinas del Código en completa conformidad con el plan y mé­
todo que éste adopta.
No es este criterio, sin embargo, representativo de una profunda
innovación-, pues ya antes del Código, autores tan eminentes como
el P. Wemz, se han inspirado en el mismo al desenvolver la doctrina
relativa a este interesante punto de la disciplina. En efecto; en su
obra fus Decretalium , nos indica ( 1) que a veces se confunden por
los escritores el beneficio y el oficio eclesiástico, y a veces son dis­
tinguidos cuidadosamente en las fuentes, principalmente en las cues­
tiones criminales. Ciertamente—dice—aquellos dos vocablos deno­
tan partes distintas en una misma cosa y al propio tiempo separa­
bles, v. gr., en el canonicato (oficio), al que no es aneja la prebenda
(beneficio sin dotación propia); porque si en el beneficio eclesiástico
se atiende sobre todo a la parte espiritual y a la causa o fundamento
del derecho, se define rectamente: oficio sagrado o espiritual al que
está anejo por autoridad eclesiástica el derecho perpetuo de recibir
los réditos de los bienes de la Iglesia; el beneficio eclesiástic© se
dice, pues, que se da propter officium sacrum; y si en el referido
beneficio se considera más bien su parte material, directa, histórica
y formal, se expresa mejor su noción diciendo que es: el derecho
perpetuo a percibir los réditos de los bienes de la Iglesia anejo al
oficio sagrado o espiritual por la autoridad eclesiástica, cuyo derecho,
aunque por razón de su fundamento, raíz o conexión con el oficio
sagrado y con las personas que le conceden o le reciben, en las que
se supone el clericato, puede igualmente decirse que es espiritual,
sin embargo, por su naturaleza, es secundario y como en sí temporal,
pero anejo a lo espiritual, más bien pertenece al tratado de los bie­
nes temporales de la Iglesia; esto no obstante, elemento espiritual y
principal del beneficio eclesiástico es el mismo oficio eclesiástico.
Por esta razón este referido autor nos indica que muchos trata­
distas recientes han estudiado separadamente el oficio y el beneficio
eclesiástico para evitar todo motivo de confusión entre los oficios y
los beneficios, citando entre ellos a Sanguineti y Scherer; y él mis­
mo adopta tal criterio tratando de los oficios eclesiásticos en el
mencionado lugar de su obra, en el que nos expone su concepto e
institución y todo cuanto respecta'a su innovación y supresión, for-

(1) Tomo II, p arte segunda, pág. 3.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 125

ma de su adquisición, etc., materias que constituyen el objeto de la


sección primera de su repetido volumen, referida a la jerarquía de
jurisdicción en general para hacer objeto de la segunda la misma
jerarquía en particular, en la que estudia los distintos jerarcas que
la integran, comenzando por el Romano Pontífice y descendiendo
hasta el último grado de la misma, sin olvidar tampoco el estudio de
la provisión de todos y cada uno de estos distintos oficios de la Igle­
sia ( 1).
El Código, pues, al dedicar a esta materia las principales reglas
de aplicación, se ha inspirado, como no podía menos, en los últimos
principios de la ciencia canónica. Su doctrina es, por lo tanto, de
todo punto aceptable, y al haber establecido entre oficios y benefi­
cios eclesiásticos la conveniente separación y distinción, merece
todo nuestro aplauso, ya que armonizándose perfectamente con los
más elevados dictados de la ciencia, aporta a su articulado un crite­
rio completamente racional, perfecto y sistemático.
II. T rata’el Código de la interesante materia relativa a los ofi­
cios eclesiásticos, anteponiendo a los dos capítulos en que divide el
presente título, unas nociones generales respecto a su concepto y
naturaleza.
En conformidad a la doctrina que encontramos consignada en el
canon 145, podemos considerar los oficios eclesiásticos en sentido
lato y en sentido estricto. En sentido lato, son cualquier cargo que
se ejerce para un fin espiritual. En sentido estricto, el oficio ecle­
siástico es el cargo constituido establemente, por ordenación divina
o eclesiástica, que se ha de conferir, según las normas de los sagra­
dos cánones, y lleva consigo alguna participación de la potestad
eclesiástica de orden o de jurisdicción.
• Bien terminante se muestra el Código al darnos el concepto de
los referidos oficios eclesiásticos, incluyendo entre sus preceptos la
definición anterior, ya que no es posible desconocerle este carácter,
pues aunque por regla general no sea un Código el lugar adecuado
para exponer nociones y conceptos, al creer oportuno ofrecernos de
ellos una definición, lo ha hecho concretando todos los términos pre­
cisos para evitar todo motivo de interpretación, ya que como dispo­
ne en el segundo párrafo del referido canon, cuando en derecho se
trata de los oficios eclesiásticos, éstos habrán de entenderse en sen­

1 1 Consúltese el referido volumen del mencionado autor.


126 CAM POS Y PULIDO

tido estricto, a no ser que del contexto de las palabras apareciere


otra cosa,
Y como quiera que se parte, según se ha dicho, de la distinción
entre oficios y beneficios eclesiásticos, el segundo canon de estos
principios generales establece, que en cuanto a los oficios benefi­
cíales en particular, deberán observarse, además de los principios y
reglas contenidos en los cánones inmediatos, lo dispuesto en el 1.409
y siguientes que, como hemos dicho, son los que se ocupan de los
beneficios eclesiásticos y están incluidos en la quinta parte del ter­
cer libro dedicado a las cosas eclesiásticas.
No creemos necesario, antes de entrar en el estudio de los dife­
rentes preceptos que el Código contiene relativamente a los oficios
eclesiásticos ocuparnos en hacer la clasificación de éstos. Al tratar
de los beneficios hicimos referencia a la que consideramos más acep 1
table y estos mismos principios podemos darlos ahora por reprodu­
cidos, aunque claro es que en el mismo sentido que venimos expo­
niendo la materia, en completa conformidad al articulado del Códi­
go, aceptaremos esta clasificación atendiendo sólo al oficio espiri­
tual que en el beneficio existe y para el que ha sido instituido ( 1).

(1) Puede consultarse la pág. 144 del referido volumen.


CAPÍTULO PRIMERO

DE LA PROVISIÓN DE LOS OFICIOS ECLESIÁ STICOS


Y DE LAS FORM AS DE VERIFICARLA

I. Ya hemos visto, según lo que dejamos consignado en los prin­


cipios generales que preceden, cuál es el criterio que el Código
adopta para estudiar cuanto respecta a los oficios eclesiásticos, por
lo que, una vez que conocemos ya cuál sea éste, así como el concepto
de los repetidos oficios eclesiásticos, tanto en su sentido lato como
en sentido estricto, deberemos ahora en este primer capítulo de este
título ocuparnos de la forma de su provisión procurando sintetizar
la doctrina que aquél establece relativamente a estos particulares,
lo que nos fijará al mismo tiempo cuál sea el límite de las cuestiones
a las que nos hemos de referir.
No hemos de comenzar en estas páginas, de igual manera que ya
lo hicimos al tratar de la provisión de los beneficios eclesiásticos en
otro lugar, por exponer el concepto de ésta, sino que dando por re­
producido cuanto allá indicamos ( 1), vamos a concretarnos a la expo­
sición de los más importantes preceptos que el nuevo Código con­
tiene.
Parte éste de un principio que es fundamental y que se consigna
en el canon 147; los oficios eclesiásticos no pueden obtenerse váli­
damente sin la provisión canónica, estableciendo con ello el único .cri­
terio que puede considerarse aceptable. No hay, por consiguiente,
forma posible de conferir un oficio eclesiástico sin que tenga lugar
su provisión canónica adecuada, realizada en las condiciones reque­
ridas que existen, por lo tanto, con respecto a tres elementos per­
fectamente definidos, a saber: el oficio, la persona que lo confiere y
aquella a la que se confiere. En este sentido la provisión canónica

i!) Véase la pág. 177 y siguientes de nuestro repetido III volam tn.
128 CAM POS Y PULIDO

es y ha de ser como nos la define este mismo canon en su segundo


párrafo, la concesión del oficio eclesiástico, realizada por la compe­
tente autoridad eclesiástica, según las normas de los sagrados cáno­
nes, porque para que pueda proveerse tal oficio es indispensable que
éste exista, que se confiera a determinada persona, por competente
autoridad eclesiástica (ya que los que no ejerzan autoridad dentro
de la Iglesia no podrán conferirlos), y que ello se realice en completa
conformidad con los sagrados cánones, porque si así no fuera, la
provisión no sería tal; requisitos que a poco que se considere son
los mismos que hemos indicado. El nuevo Código no establece, pues,
innovación alguna en este punto, sino que se limita a consignar como
precepto lo que siempre ha sido doctrina de la Iglesia.
II. La misma confirmación de la anterior doctrina observamos
por lo que respecta a las distintas formas de provisión.
Para el canon 148, la provisión de los oficios eclesiásticos puede
hacerse por los siguientes medios:
a) Por la libre colación realizada por el legítimo Superior.
b) Por la institución del mismo oficio realizada por éste si pre­
cediere la presentación o nombramiento del patrono.
c) Por la confirmación del repetido superior si procediere la
elección o la postulación.
Y d) Por la simple elección y aceptación del electo si la refe­
rida elección no exige confirmación.
Estos son los únicos cuatro modos por los que tiene lugar la pro­
visión de los oficios, en los que el nuevo Código ha concretado
todo cuanto respecta a las formas de verificarla, cuya doctrina no
discrepa tampoco en lo fundamental de la que ya dejamos expuesta,
ofreciendo, sin embargo, una mayor claridad y precisión en cuanto a
la naturaleza de los distintos medios por los que puede tener lugar.
Los oficios eclesiásticos pueden pues proveerse por colación libre,
por elección, por postulación y por institución canónica, requiriendo
la elección y la postulación, confirmación o admisión por parte del
superior, o bien la aceptación del elegido si esta fuere la forma de
provisión, cuando la elección no exija ser confirmada, y la institu­
ción canónica, que requiere la existencia del derecho de patronato y
comprende la presentación y la institución. De cuanto respecta a la
provisión por institución nos ocuparemos al tratar de la provisión de
los beneficios eclesiásticos, pues el Código dispone que respecto a
ésta se observen las prescripciones de los cánones 1.448 a 1.471,
que la regulan en el tan repetido lugar de su tercer libro.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 129

III. Exige como hemos dicho la provisión canónica de los ofi­


cios eclesiásticos, requisitos por parte del oficio, por la de la perso­
na a quien se confiere y por la del que le confiere, y éstos son per­
fectamente regulados en el nuevo Código en los cánones inmediatos.
En cuanto al oficio que alterando el orden del Código estudia­
mos nosotros con preferencia, la provisión del oficio no vacante en
conformidad a los principios del Derecho, según las normas del ca­
non 183 párrafo 2.°, o sea por renuncia, privación, amocióñ, trasla­
ción y por haber pasado el tiempo señalado, es ipso facto irrita y
no se convalida por la subsiguiente vacación. El oficio ha de es­
tar por lo tanto vacante, y si no lo estuviese la provisión será nula.
La promesa del oficio eclesiástico aún no vacante, fuere quien
fuete el que la hiciere no produce efecto alguno, a tenor del segun­
do párrafo del canon 150, con lo que se confirma la anterior prohi­
bición reiteradamente consignada en el derecho'de conceder gracias
espectativas.
Unicamente se admite un caso de excepción a la provisión del
oficio eclesiástico aún no vacante, y es ésta la que sanciona el canon
151; en conformidad a lo que éste previene el oficio vacante de de­
recho qué hasta el presente es poseído ilegítimamente por otro, pue­
de ser conferido con tal que se haya declarado debidamente según
lo prescrito en los sagrados cánones que tal posesión no es legítima,
y se haga especial mención de esta declaración en las letras de co­
lación. Fuera de este caso toda provisión de oficio eclesiástico no
vacante es totalmente írrita.
Veamos ahora los requisitos que han de concurrir en la persona
a quien se confiere el oficio.
Los electos, postulados, presentados o nombrados por cuales­
quiera personas según previene el canon 149, no serán confirmados,
admitidos e instituidos para los oficios eclesiásticos por el Superior
eclesiástico inferior al Romano Pontífice, mientras que precedente­
mente no hubiese sido reconocida su idoneidad por su Ordinario
propio aún mediante examen, si el derecho, o la naturaleza del ofi­
cio, o el mismo Ordinario así lo juzgase oportuno.
Por último, el tercer requisito que ha de concurrir en la provi­
sión, se refiere a la persona que confiere el beneficio y éste, par­
tiendo del principio general de que los oficios eclesiásticos sólo pue­
den serlo por las autoridades eclesiásticas, siendo de ello incapaces
los legos, lo podremos conocer mejor y determinar por quién deba
ser conferido cada uno de ellos, una vez que en los números inme-
Cam pos y P u lid o . Tom o iv . 9
130 CAM POS Y PULIDO

diatos analicemos las distintas formas de provisión en particular.


La regla general es, sin embargo, que iure plenario corresponde
esta facultad al Romano Pontífice, y iure ordinario a los Obispos,
existiendo también el que se llama derecho de devolución , y la
concesión o privilegio para poder conferir por delegación oficios
eclesiásticos.
Estudiemos ahora con arreglo a las disposiciones del Código los
requisitos de aplicación a las formas de provisión que antes enun­
ciamos.

Estudio particular de las form as de p ro visió n .

1.°—De la libre colación .


Las diversas cuestiones a que nos debemos de referir en lo to­
cante a la provisión por colación libre, son la de determinar a quién
corresponde verificaría, cualidades o requisitos de que ha de estar
adornado aquél a quien se colaciona libremente el oficio eclesiástico,
y tiempo en que se ha de verificar la colación, terminando con la
exposición de las reglas que se han de observar en la colación ca­
nónica de los repetidos oficios eclesiásticos, tanto tengan éstas el
carácter de generales, o sean de aplicación a ciertos casos particu­
lares.
1. La facultad de proveer todos los oficios eclesiásticos median­
te la colación libre corresponde iure ordinario al Ordinario del lu­
gar, salvo que otra cosa se le prohíba, de cuya facultad o potestad
no goza el Vicario general a no ser que tenga mandato especial para
ello.
Es este principio general de aplicación a toda la Iglesia; sin em­
bargo, como quiera que el canon 3.° declara subsistentes íntegra­
mente las disposiciones contenidas en los concordatos celebrados
por la Santa Sede con los modernos estados temporales, cuya vigen­
cia ha de subsistir no obstante los preceptos del Código y los de­
más que en lo sucesivo les modifiquen, la provisión de oficios ecle­
siásticos en España queda subordinada a lo que previene nuestro
vigente Concordato de 1851 y a los demás preceptos dictados res­
pecto a esta materia por acuerdo de ambas potestades, y en su vir­
tud es doctrina de estricta aplicación y completa vigencia la que de­
jamos consignada en nuestro tercer volumen respecto a la disciplina
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 131

particular de España, que damos por íntegramente reproducida en


este lugar ( 1).
II. En cuanto a las condiciones que han de concurrir en el electo
o designado, el que ha de ser promovido a un oficio eclesiástico
vacante, deberá ser clérigo y estar adornado de aquellas cualidades
o requisitos que se requieren por derecho común o particular, o por
la ley fundacional para el mismo oficio, debiéndose escoger diligen­
temente, entre todos los aspirantes, aquel que fuese más idóneo para
el desempeño del oficio, sin tener para nada en cuenta ninguna con­
sideración personal.
Consecuentemente a este precepto, cuya justicia no es necesario
encarecer, en el tercer párrafo del canon 153, que es el que contiene
la anterior disposición, se preceptúa que, cuando la persona en la
que se hubiese provisto un oficio careciere de los requisitos y con­
diciones exigidas, será nula la provisión, si así se hubiere previsto,
por derecho común o particular o por la ley de la fundación; en el
caso contrario será válida, pero podrá ser declarada írrita por sen­
tencia dictada por legítimo Superior.
Esta es la que constituye la doctrina general, respecto a las con­
diciones y requisitos que la provisión exige en el promovido; mas
hay, sin embargo, determinados preceptos que constituyen princi­
pios de especial aplicación y que se refieren a algunos oficios en
particular, que por la índole y naturaleza de los mismos, exigen re­
glas especiales, y que al mismo tiempo ofrecen una importante no­
vedad por lo que respecta a la anterior disciplina.
Son estos los oficios que llevan aneja la cura de almas, que en
atención a la importante misión que el derecho les asigna, requieren
mayor suma de condiciones en los que hayan de desempeñarlos, y,
sobre todo, que teniendo por objeto.el cuidado y dirección espiritual
de los fieles, reclaman en los que# ellos han de ser promovidos el
haber ascendido al sacerdocio, sin cuyo requisito no podría decirse
que se cumplía estrictamente el fin para que fueron instituidos. Por
ta razón, el canon 154 dispone que los oficios que llevan consigo la
cura de almas, ya sea en el foro externo o en el interno, no podrán
ser de ningún modo conferidos válidamente a los clérigos que aun no
se hayan iniciado en el sacerdocio. Antes bastaba, respecto a los
mismos, que se ordenasen dentro del ano, pero hoy se exige la ini-

(1) P áginas 259 y siguientes. Respecto a los Obispados ya nos ocuparemos más
adelante de estos Oficios eclesiásticos.
132 CAM POS V PULIDO

dación en el sacerdocio o, lo que es lo mismo, que hayan ascendido


al sagrado orden.
III. La provisión del oficio deberá realizarse dentro del tiempo
prefijado; pero cuando el derecho no señale tiempo determinado, y,
por lo tanto, por ley especial no se haya prescrito un tiempo con­
creto y cierto, dentro del que deba tener lugar, no deberá diferirse
hacerla por más de seis meses útiles, a partir del día en que se tu­
viere noticia de la vacante, firme, sin embargo, lo que prescribe el
canon 458, respecto a las parroquias vacantes, que deberán cuidar
los Ordinarios que sean provistas en la forma prescrita, salvo que
las circunstancias especiales de los lugares, o de las personas, acon­
sejaren, según su prudente juicio, que se difiera la colación del títu­
lo parroquial.
IV. Ocúpase después el Código de la incompatibilidad de los
oficios eclesiásticos, y aunque esta cuestión más bien debería tratar­
se al estudiar la naturaleza de los repetidos oficios, la resuelve
aquél en este lugar, ya que refiriéndose íntegramente la incompati­
bilidad a un obstáculo o impedimento, que existe en el promovendo
al referido oficio, que le imposibilita para obtenerlo, ya que no es
posible la posesión simultánea de dos oficios, es indiferente resol­
verla en uno o en otro lugar, ya que perfectamente encaja en am­
bos. Tiene, por lo tanto, el carácter de regla especial de la provi­
sión, y es un requisito más que se exige al promovido, puesto que
para que pueda ser provisto en él un oficio, es indispensable que no
posea otro con anterioridad que sea con él incompatible.
El precepto del canon 156 es bien terminante. A nadie podrán
serle conferidos dos oficios .incompatibles. Mas esta prohibición lle­
va consigo la de determinar cuáles son los oficios eclesiásticos que
se consideran incompatibles, a lo que prevé el segundo párrafo del
mencionado canon, disponiendo que lo serán los que no puedan des­
empeñarse simultáneamente por una misma persona.
Recordemos a este efecto la antigua distinción de los beneficios
por razón de su incompatibilidad en incompatibles in primo vel iti
secundo genere, sub eodem oel diverso tecto, uniformes y dis­
formes, y en título y en encomienda, la que podemos aceptar para
la de los oficios, puesto que son los mismos los elementos que se tie­
nen en cuenta, si se atiende sólo al oficio espiritual que es lo que
caracteriza al oficio ( 1). Prohibida la simultaneidad en la posesión

ti) Volumen citad o , pd&. 146.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 133

de más de un beneficio, y mantenida por la moderna disciplina, son


de aplicación a la disciplina española lo que prescribe nuestro vigen­
te Concordato, por lo que podemos dar por reproducido cuanto in­
dicamos eñ el referido lugar, manteniéndose, por lo tanto, la excep­
ción relativa a la Capilla Real, en la que podrá haber hasta seis pre­
bendados de la Península, sin que en ningún caso sean nombrados
los que ocupan las primeras sillas, los Canónigos de oficio, los que
tienen cura de almas, ni dos de una misma Iglesia (l)r Queda hoy
determinado cuáles sean los oficios que no se pueden simultanear,
subsistiendo la disciplina particular de aplicación a España, por el
precepto antes consignado de la vigencia de los Concordatos.
Y como quiera que la regla general y terminante es la de la pro­
hibición de obtener dos oficios cuando éstos sean incompatibles,
el tercer párrafo del tan repetido canon, confirmando lo que, como
veremos, establece el párrafo tercero del 188,—en cuya conformidad
se entiende que el oficio, por la tácita renuncia admitida ¡pso iare¡
vaca ipso facto y sin declaración, si el clérigo aceptare otro oficio
eclesiástico incompatible con el primero y obtuviese la pacífica po­
sesión del mismo—dispone, que aun la concesión de otro oficio reali­
zada por la Santa Sede Apostólica, no vale y es, por consiguiente,
nula, mientras que en las preces no se haga especial mención del
primer oficio incompatible, o se le adicione una cláusula también es­
pecial, derogatoria.
V. Son de considerar también como reglas de particular aplica­
ción a la provisión de los oficios eclesiásticos, las relativas a los que
estén vacantes por renuncia o por sentencia en la que se imponga la
pena de privación del oficio al que lo poseía, o bien cuando se con­
fiere el oficio supliendo la negligencia o la impotencia de aquél a
quien correspondiere su provisión.
En el primer caso, si el oficio está vacante por renuncia del que
lo poseía, o bien porque haya sido privado de él por sentencia, el
Ordinario que hubiere admitido la indicada renuncia, o dictare la
sentencia de privación, no podrá conferir válidamente el indicado
oficio, según previene el canon 157, a sus familiares o a los consan­
guíneos o afines del resignante hasta el segundo grado inclusive;
procurase con tal precepto evitar la sospecha de que el Ordinario,
al aceptar la renuncia o al dictar la respectiva sentencia de priva­
ción del oficio, lo haga con la mira interesada de proveerlo más tar­

en Idem id., pág. 148 y siguientes.


134 CAM POS Y PULIDO

de en un individuo de su familia, o de la misma del renunciante, pues


debe no sólo procurarse en la provisión que el elegido sea el más
digno, sino que aunque lo fuere uno de los indicados, por el hecho
de ser pariente en el grado indicado del Obispo o del que lo resig­
na, parece que nó ha de resplandecer la imparcialidad necesaria que
debe presidir en tan importante asunto.
Por lo que respecta al que suple la negligencia o la impotencia
de aquel a quien compete conferir el oficio, y en virtud del derecho
de devolución le confiere, no adquiere por ello ninguna potestad so­
bre el nombrado, sino que, como prescribe el canon inmediato, el
estado jurídico, respecto a este particular, queda constituido en la
misma forma que si la provisión se hubiera realizado ordinariamente
según las normas prescritas en el derecho.
VI, Finalmente, la provisión del oficio requiere formalidades ex­
ternas, y éstas a tenor del canon 159, consisten en que las de cual­
quier oficio han de ser consignadas por escrito.

II.—De la elección .

El segundo modo de proveer los oficios eclesiásticos es la elec­


ción, a cuya materia dedica el Código el artículo II de este capítulo
y ésta, de la misma manera que lo hemos hecho con la libre colación,
la estudiaremos con relación a su naturaleza, tiempo para verificar­
la, requisitos y condiciones de la elección, formas de realizarse, y
a la aceptación y renuncia del electo y confirmación de la elección
en los casos en que sea necesaria.
I. Es la elección, como sabemos, el acto de designar persona
idónea para desempeñar un oficio eclesiástico vacante; mas tal con­
cepto podemos admitirlo en sentido lato, porque si quisiéramos co­
nocer que sea ésta en su sentido estricto será la designación que
hace canónicamente un cuerpo, comunidad o capítulo, de persona
capaz para desempeñar alguna dignidad, oficio o beneficio eclesiás­
tico ( 1), ya que la primera, tal como expresa el indicado concepto,
puede convenir a toda provisión, puesto que en ella, como hemos
visto, el que provee debe elegir entre todos los aspirantes al más
digno.

fl) A n d re y C o n d i s ; Dictionaire de Droit Canonique . tomo II, pág. 68. Voz E lec­
tion. V éase tam bién nuestro repetido volumen, páginas 183 y siguientes.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 135

Dispone el Código, por lo que respecta a la elección, que la del


Romano Pontífice se rige por lo establecido en la Constitución de
Su Santidad Pío X. De Sede Apostólica Vacante et de Romani
Pontificis electione de 25 de Diciembre de 1904, que nosotros
tenemos ya estudiada y que, por lo tanto, no tenemos por qué repro­
ducir ya que en ella no se introduce modificación alguna, insertán­
dose al final del Código bajo el epígrafe Documenta a que ya he­
mos aludido ( 1); y en cuanto a las demás elecciones eclesiásticas se
habrán de observar las prescripciones de los siguientes cánones y
los preceptos particulares, si ellos existiesen, que hubiesen sido es­
tablecidos legítimamente para algunos'oficios.
II. Alterando un poco el orden que en lo referente a la libre co­
lación seguimos en el numero precedente, nos vamos a ocupar aho­
ra del tiempo en que se debe de verificar la elección, que es el pre­
cepto que encontramos primeramente en el Código después del que
queda consignado.
Si el colegio al que corresponde el derecho de elegir para el ofi­
cio vacante debe practicar ésta, no diferirá nunca el verificarla por
más de un trimestre útil a no ser que otra cosa se haya previsto por
el derecho, cuyo plazo de tiempo se habrá de computar a partir del
momento en que se tuviere noticia de la vacante del oficio.
Es este un precepto de todo punto obligatorio, y que lleva como
consecuencia la privación del derecho de elegir en el caso de que se
deje transcurrir el lapso de tiempo prefijado, pues como se dispone
en el canon que estudiamos, cuando haya transcurrido inútilmente el
mencionado plazo, sin haberse realizado la elección, corresponderá
al Superior eclesiástico al que toca el derecho de confirmarla o el de
proveer sucesivamente el oficio, el proveerle libremente.
Rige por lo tanto, en este punto, la misma disciplina anterior que
el Código confirma y sanciona, exigiendo que no se deje transcurrir
mucho tiempo sin hacer la elección, pero precisándose como doctri­
na general, salvo en los casos especialmente previstos en el dere­
cho, que el plazo para realizarla sea el de tres meses.
Mas este precepto tiene su natural confirmación en el último ca­

li) Debe consultarse, puesto que como Indicamos en el texto está en todo su vigor.
L a insertam os y estudiam os analizando sus preceptos en el volumen III de esta obra,
páginas 188 y siguientes p ara cuanto respecta a la elección; en lo referente a las fa ­
cultades de la Sede Apostólica ‘d u ra n te la vacante del Pontífice, y laa que corres­
ponden a las distintas dependencias de la Santa Sede, en el vol. I., 1.a parte, tít. II,
Sec. I., capítulo II, núm ero VI, páginas 97 y siguientes.
136 CAM POS Y PULIDO

non de este artículo, ya que de nada serviría señalar el tiempo de


verificarla, si la dilación, en realizarla, no llevase aneja la pérdida en
tal caso del derecho de elegir, que pasará, como hemos visto, al su­
perior eclesiástico, al que toque hacer la confirmación de la elección
y éste podrá proveer libremente. Por ello el cánon 178 establece,
que si la referida elección no fuese realizada dentro del plazo antes
señalado, o el colegio fuese privado del derecho de elegir por vir­
tud de pena que le fuese impuesta, se devolverá la libre provisión
del oficio, al Superior al que compete la confirmación de la elección*
o al que deba proveer sucesivamente.
Dos extremos comprende este canon, o más bien para concretar
más acertadamente la novísima doctrina, tres, perfectamente defi­
nidos. '
En primer lugar, se reconoce en el mismx) el antiguo derecho lla­
mado de devolución que de una manera terminante confirma, dis­
poniendo que la omisión de la elección en el plazo marcado lleva
consigo tanto la pérdida del derecho a elegir por aquella vez, como
la adquisición de este derecho a proveer en la forma que se llama
iure devoluto , por el Superior legítimo. Mas si se reconoce tal de­
recho, precísanse a la vez cuáles sean las causas que den lugar a su
ejercicio, y estas son dos, el no elegir en el plazo prefijado, o bien
el que se imponga la privación del derecho a elegir por vía de pena.
De la primera nada tendremos que añadir, pues la disposición del
derecho es bien terminante, y su misma claridad excusa de toda otra
indicación complementaria; pero por lo que se refiere a la Segunda,
o sea a la privación del derecho de elegir, por vía de pena, ésta sólo
podrá fundarse en la realización de algún acto o hecho que dé lugar
a su imposición, por lo que estudiando la estructura del Código po­
dremos indicar, que considerándose como uno de los delitos que me­
recen determinada penalidad, los incluidos en el título XVIII de la
tercera parte, libro V del mismo, o sea los cometidos en la colación,
recepción y dimisión de las dignidades, oficios y beneficios ecle­
siásticos, y señalándose en el primer párrafo del canon 2.391, como
uno de estos el realizado por el colegio que conscientemente eligie­
se persona indigna, que por tal razón quedará ipso fa d o por aque­
lla vez privado del derecho de proceder a nueva elección, éste será
el segundo modo o la segunda causa que dará lugar a la privación
del derecho de elección y a su adquisición por derecho de devolu­
ción por el superior competente a quien corresponda verificar la
confirmación de la elección, y en tal sentido, tanto si el colegio no
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 137

elige dentro de los tres meses prefijados, como si elige un indigno,


perderá el derecho por aquella vez de elegir. En cuanto a la priva­
ción por elección de un indigno es preciso como decimos que la re­
petida elección lo sea conscientemente, y, por lo tanto, la comisión
de tal delito que ipso facto produce como consecuencia por aque­
lla vez la privación del derecho a elegir, así como que ésta se
imponga como pena, en cuyos dos casos se devuelve al superior ecle­
siástico la libre provisión del oficio como -indica textualmente el
canon 178, o se da nacimiento al derecho de devolución , que facul­
ta a aquel a quien toque confirmar o proveer sucesivamente, para
proveer, pero en tal caso la provisión habrá de ser hecha libremente
por éste, sin que tenga, por tanto, que procederse a verificar nueva
elección.
* III. Es otra de las cuestiones que debemos analizar en este lu­
gar, cuanto respecta a los requisitos y condiciones que han de con­
currir en la elección para que ésta pueda decirse realizada con arre­
glo a derecho, a lo que dedica no pequeña atención nuestro vigente
Código. Veamos cuáles sean los preceptos que en el mismo se con­
tienen, los que deberemos estudiar con la· debida separación.
A) Lo primero que ha de realizarse para que tenga lugar la
elección, es la convocatoria de los electores, claro es, que supuesto
que esté vacante el oficio, cuya provisión ha de verificarse por este
medio, confio luego tendremos ocasión de indicar, y a tal efecto, el
presidente del Colegio deberá convocar, salvo lo establecido por
constituciones o costumbres particulares, a todos los que componen
el indicado Colegio o capítulo.
Esta convocatoria deberá hacerla en el modo, tiempo y lugar es­
tablecidos; mas en cuanto a la forma, cuando haya de ser personal,
será válida y se considerará por consiguiente bien hecha, ya se rea­
lice en el lugar del domicilio, en el del cuasi domicilio o en el lugar
de la conmoración. Con cuyo precepto se evita todo motivo de nu-
lidad,yá que es bastante, según hemos visto, que se haga en cual­
quiera de los tres lugares, siendo por tal razón válida aunque se
haga sólo en el de la residencia, salvo como dejamos dicho que a
ello se opongan constituciones o costumbres particulares.
Puede darse el caso, como prevé el mismo Código, que se
haya omitido hacer la citación o convocatoria a alguno de los refe­
ridos electores, o que estos dejen de concurrir por tal causa a la
elección, cuyas omisiones podrían dar lugar a la nulidad de esta
elección; mas para que no pueda surgir duda en tan importante.
138 CAM POS Y PULIDO

punto, procura este asignar a tal omisión su verdadero valor, dis­


poniendo que si alguno de los que deben serlo no hubieren sido
convocados, y por tal razón hubieren dejado de concurrir y estar
presentes en la elección, será ésta sin embargo válida, pero podrá
anularse a su instancia tal elección por el competente Superior,
aunque se haya seguido la confirmación de la misma, una vez .pro­
bada la preterición y la ausencia, y con tal que conste de un modo
auténtico, que se ha interpuesto el correspondiente recurso, dentro
de los tres días siguientes a aquel en que hubiere tenido noticia de
la elección. Si el númefo de electores que no hubiesen sido convo­
cados fuese mayor de la tercera parte será la elección ipso iure
nula. Mas de ningún modo obstará para la validez de la elección el
defecto de convocatoria, si aquellos a los que no se hubiese hecho
citación en forma, hubiesen asistido, no obstante, a aquella..
En estos tres preceptos que son los de Jos párrafos 2.°, 3..° y 4.(>
del canon 162, se consignan con gran claridad los efectos que puede
producir la omisión de lás citaciones a los capitulares o miembros del
Colegio que tengan derecho a asistir. Puede producir ésta la nulidad
absoluta de la elección, o·bien dar motivo a la declaración de nuli­
dad que será decretada por Superior legítimo. En el primer supuesto
será la elección nula ipso iure si se omitiere hacer la convocatoria
a más de la tercera parte de los electores, y éstos no hubieren con­
currido, no obstante no haber sido citados. Fuera de este caso com­
pletamente taxativo, la falta de citación no producirá de ningún
modo por sí misma la nulidad de la elección si los no citados no su­
maren más de la tercera parte de los capitulares. En el segundo si
los no citados lo fueron en número inferior a la tercera parte , la
elección es válida, pero queda a los no citados el derecho de pedir
la declaración de nulidad, y el Superior deberá decretarla, siempre
que concurran dos circunstancias completamente esenciales, y que
se refieren una al fondo y otra al procedimiento, y afecta solamente
al tiempo de interposición del recurso, a saber: 1,°, que se pruebe
la preterición del elector en la convocatoria y su ausencia de la elec­
ción; 2.°, que el recurso se interponga dentro del preciso término
de tres días. Si no se probare aquélla, o aunque se ofreciere prueba
si el recurso no se deduce dentro de tercero día de tenerse noticia
de la elección verificada sin el concurso del que tiene derecho a
asistir a ella, la elección se considerará convalidada. Es, pues, por
lo tanto, indispensable probar dos extremos, la falta de citación y la
de asistencia, ambas conjúntamete, porque como dice el párrafo 4.°
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 139

de repetido canon, el defecto de la primera (y notemos que no pre­


cisa si ha de ser de uno o varios capitulares, o de más de la tercera
parte), no obsta si los no citados asistieron, sin embargo, a la elec­
ción. Por lo tanto, la asistencia de los no citados convalida la falta
de citación.
Además de la previa convocatoria es también indispensable, para
que se pueda verificar la elección, que el oficio esté vacante; pues
como determina el párrafo 5.° de este canon, y con él terminamos
el estudio del primer requisito que eji ella debe de concurrir, si se
trata de la elección de oficio que el electo ha de retener de por vida,
la convocatoria de los electores realizada antes de la vacación del
oficio, no produce ningún efectp jurídico; precepto muy racional y
equitativo, pues ya hemos visto que no puede proveerse ningún ofi­
cio que no esté vacante.
B) Afectan las anteriores solemnidades al primer requisito que
debe de concurrir en la elección, y se refiere a la convocatoria, ele­
mento primordial después de la existencia de la vacante del oficio
que se trata de proveer por elección, mas realizada aquélla, es pre­
ciso determinar quiénes tienen derecho para tomar parte en ella, y
cómo deberá verificarse la elección.
En cuanto a lo primero se limita el derecho de elección, con
arreglo a la nueva disciplina, a sólo los que forman parte del cabil­
do, con exclusión de los extraños y con la absoluta prohibición de
que puedan intervenir en ella los legos, pero aun reducido tal dere­
cho exclusivamente a los capitulares, sólo podrán sufragar losque
estuviesen presentes el día señalado para la elección, una vez que
se hayan observado las reglas prescritas para la convocatoria, a los
que del mismo modo les está prohibido la emisión del voto por carta
o por Procurador.
A este efecto previene el canon 163 que corresponderá tal dere­
cho, una vez realizada legítimamente la convocatoria, a aquellos que
estuviesen presentes el día señalado en la misma, con exclusión de
emitir su sufragio, no sólo por carta, sino por Procurador, salvo que
por ley particular se hayaprevisto otracosa en contrario, y todo elec­
tor no podrá emitir más que un solo sufragio, aunque sean muchos
los títulos por los que tenga derecho para sufragar en nombrepropio.
Claro es que, en virtud del principio antes consignado, referente
a la subsistencia de los Concordatos, no obstante la vigencia del
nuevo Código, no sufrirá modificación lo que dispone el hoy vigente
en España relativamente al número de votos que podrán emitir en
140 CAM POS Y PULIDO

las elecciones nuestros Obispos, atendiendo al número de capitulares


de que se componga cada Cabildo, y en su consecuencia, conserva­
rán el derecho que éste les concedé en el párrafo 4.° del art. 14 (1).
Tampoco podrá ser admitido a la emisión de sufragio ningún ex­
traño al Colegio, salvo los privilegios legítimamente adquiridos, y
en el caso de que intervinieran, la elección será ipsofacto nula, de
igual modo que si los laicos se inmiscuyeren de cualquier manera en
la elección, y contra la canónica libertad de ésta intervinieren en la
misma lo será ipso iure invalida (cánones 164 y 165) (2).
No basta, sin embargo, para que los capitulares puedan emitir
su sufragio el hecho de formar parte del Cabildo, sino que hay ca­
sos, y en el derecho se encuentran taxativamente mencionados, en
los que se les priva del de emitir su voto y realizar la elección.
Estos se fijan en el canon 167, y en conformidad a lo que pre­
viene, no podrán sufragar:
1.° Los incapaces de realizar actos humanos.
2.° Los impúberes.
3.° Los incursos en censura o en infamia de derecho, después
que se haya dictado contra ellos sentencia declaratoria o condena­
toria, mas no antes, puesto que se prescribe que previamente se
haya dictado ésta.
4.° Los que hayan dado su nombre en alguna secta herética o
o cismática, o se hubiesen adherido a ella públicamente.
Y 5.° Los que carecen de voz activa, ya lo sea por legítima sen­
tencia del Juez, o por derecho común o particular.
La claridad y precisión de los términos empleados en el canon
cuyos preceptos acabamos de citar, nos excusan de comentario es­
pecial respecto a los cinco casos que comprende. Mas en cuanto a
los efectos que puede producir la emisión por los mismos del sufra­
gio que se les prohíbe, el segundo párrafo del mencionado canon
prescribe que si alguno de lós indicados incapaces fuese admitido a
la elección, su sufragio será nulo, pero ello, no obstante la elección,
será válida, salvo que conste que, excluido dicho sufragio, no hu­
biese obtenido el electo el númeró de votos requerido, o que cons­
cientemente hubiere sido admitido a ella, el excomulgado por sen­
tencia declaratoria o condenatoria.
Pueden, pues, reducirse los casos de incapacidad en conformi-

(1) Véase volumen I de esta obra, páginas 321 y 322.


(2) Véase adem ás el canon 2.390, párrafo 2.°.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 141

dad al precepto consignado a la falta de razón o de inteligencia, ya


provenga ésta de incapacidad absoluta para realizar todo acto hu­
mano, como ocurrirá con el imbécil o el loco, o a la falta de des­
arrollo de la misma, como sucede con el impúber, o sea debido a que
el elector haya sido declarado incapaz por haber cometido algún de­
lito que dé lugar a la imposición dé censura, o a incurrir en infamia
de derecho (no de hecho), o bien, por último, que se trate de indi­
viduo que haya dado lugar a su separación de la comunión cristiana
por la herejía o el cisma, o que haya sido privado del derecho de
elegir por sentencia judicial o por disposición del derecho, sin que
se incluya entre los incapaces, a los que padecen enfermedad que
pudiéramos llamar normal u ordinaria. Sin embargo, por lo que res­
pecta a estos últimos, cuando alguno de los electores que no tienen
causa alguna de incapacidad, se encontrare en el edificio o lugar
donde se realiza la elección, y no pudiese estar presente a la misma
por causa de la repetida enfermedad, podrá ser recogido su sufragio
,que deberá ser emitido por escrito, y con las demás condiciones que
luego indicaremos, por los escrutadores a que seguidamente nos va­
mos a referir, a 110 ser que otra cosa estuviere dispuesta por leyes
particulares o por legítimas costumbres.
En su virtud, los enfermos no son por sí incapaces para ejerci­
tar el derecho de sufragio; mas para que puedan emitir éste, es pre­
ciso que sin que haya ninguna prohibición en contrario, se encuen­
tren en el mismo edificio en el que tiene lugar la elección, que es­
tén realmente enfermos, que emitan su sufragio por escrito (el Pa­
dre Ferreres añade que sea cerrado), y que el voto sea recogido
por los escrutadores designados al efecto (canon 168). ^
C) Otra de las cuestiones que tenemos que estudiar, al tratar
de las condiciones y requisitos de la elección, es la de determinar
cuáles sean las formalidades y solemnidades que deben rodear al su­
fragio para que sea válido.
Precísanse éstas en el canon 169 en el que se determina que sólo
tendrá tal carácter:
1.° Si fuere emitido libremente.
Será, por lo tanto, nulo e inválido, si el elector fuese obligado a
sufragar a favor de cierta y determinada persona o de varias sepa­
radamente impeliéndosele a ello mediante el miedo grave o el dolo,
directa o indirectamente. Así lo indica el núm. 1 del primer párrafo
del canon que estudiamos y aunque en él no se menciona la violen­
cia física, es evidente que ha de producir de igual modo la nulidad
142 CAM POS Y PULIDO

del sufragio, puesto que ya sabemos, que en armonía con el párra­


fo 1.° del canon 103, los actos que realizan las personas, tanto físicas
como mbrales, mediante la fuerza extrínseca a la que no se puede
resistir, se tienen como no realizados.
2.° El sufragio ha de ser además secreto, cierto, absoluto y de­
terminado. Consecuentemente y aunque no se expresa de la misma
manera que antes lo hemos visto con respecto al realizado mediante
la influencia del miedo grave, dado el tenor del tan repetido canon,
será nulo el sufragio público, incierto, relativo e indeterminado.
3.° Es también necesario que antes de emitirlo no se imponga
condición alguna, por que las que se impusieren al sufragio antes de
la elección han de considerarse como no puestas. En tal caso, el su­
fragio no se considera nulo por el hecho de haberse fijado tales
condiciones, pero éstas han de entenderse sin efecto alguno y como
inexistentes.
4.° Está por último prohibido por el canon 170 que nadie pueda
darse a sí propio el voto, siendo, por lo tanto, inválido el emitido
en favor del sufragante.
Ha procurado el Código sintetizar en estas cuatro reglas las con­
diciones que lian de concurrir en el sufragio para que la elección
sea hecha y realizada debidamente, evitando de esta suerte cual­
quier motivo de duda en tan interesante materia, ya que no basta
con precisar los requisitos de la convocatoria, las personas que tie-v
nen derecho a emitir su voto, y las que se consideran capaces o in­
capaces para votar, sino que era indispensable además concretar los
requisitos que han de concurrir en el sufragio para que éste se con­
siderase como válido.
D) Pasamos ahora a ocuparnos de otro punto interesantísimo de
ía doctrina de la elección considerada como forma de previsión de
los oficios eclesiásticos, y es el relativo a los modos por los que
puede tener lugar.
Varias son ciertamente las formas mediante las que puede veri­
ficarse la elección canónica, y son éstas, según nos han indicado con
perfecta unanimidad los autores, por escrutinio, por compromiso y
por cuasi inspiración . No se ocupa el Código, sin embargo, espe­
cialmente de esta última forma de elección, que estaba perfectamente
regulada por el derecho anterior en el que se encontraban disposicio­
nes referentes a la misma en el tít. VI, lib. I de las Decretales, y en
particular en la Decretal Quia propter XLII de este referido título,
que exigía que, para que una persona se considerase elegida por este
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 143

medio, era preciso que coincidieran todos los electores en la misma


persona como inspirados por Dios y sin acuerdo alguno preceden­
te ( 1); mas ct>mo quiera que en las disposiciones del canon 171 a que
ahora vamos a referirnos, no se encuentre precepto alguno que a ella
haga relación, entendemos que tratándose de leyes disciplinares de
las que el Código no hace expresa ni tácita mención, vigentes a la fe­
cha de su promulgación, y que no se encuentran tampoco contenidas
en los libros litúrgicos, ni se refieren a las leyes del derecho divino
natural o positivo, ha de considerarse como forma hoy no admitida,
salvo que se encuentre reconocida por alguna ley o estatuto particu­
lar o legítima costumbre, pues el párrafo 6.° del canon 6.° dispone
como sabemos que todas las demás leyes disciplinares, só b rela s
que nada se contuviere (en el Código) ni expresa ni tácitamen­
te , se han de tener por abrogadas y por perdida su eficacia.
Veamos que se establezca respecto al escrutinio y al compromi­
so, que son las dos formas que éste reconoce y sanciona.

1.°) Elección por escrutinio.


Muy minuciosamente ha determinado el Código los requisitos y
formalidades que han de observarse en la elección cuando deba
practicarse en esta forma, evitando de esta suerte todo motivo de
dificultad y atendiendo mediante las reglas pertinentes, a los diver­
sos aspectos y momentos que en la elección deben ser regulados.
Como vamos a ver, tienen las reglas que establece el carácter de
generales, y constituyen los principios de aplicación, dejando, sin
embargo, subsistentes los preceptos particulares que referentes a la
misma elección se hallen establecidos por los estatutos propios del
respectivo colegio o capítulo, o deban de practicarse en virtud de
costumbres legítimas, según ya se indicó al comienzo, pero claro es,
que siempre que no contradigan los preceptos que con el indicado
carácter de generalidad éste sanciona.
Los requisitos que se deben de observar son los siguientes: .
Cuando sea esta la forma mediante la que se ha de llevar a efecto
la elección, será preciso que precedentemente a la misma se elijan
por sufragios secretos—salvo que estuviesen ya previamente desig­
nados por los estatutos propios del cabildo—dos escrutadores, a lo
menos, del seno del capítulo, los que del mismo modo que el presi-

(l) Véase nuestra repetida obra, vol. III, páginas 184 y 185.
14 4 CAM POS Y PULIDO

dente, si también lo fuere de éste, habrán de prestar juramento de


cumplir fielmente su cargo, y de guardar secreto respecto a todos
los actos de la elección aun después de terminada ésta.
Cuidarán del mismo modo los escrutadores con toda diligencia
de que los votos se emitan secretamente, sufragando los electores
uno a uno y observado el orden de procedencia establecido.
Una vez que se hayan emitido los correspondientes sufragios
por todos los individuos que integran el capítulo y que se tengan,
por lo tanto, en poder de los escrutadores los votos respectivos a
los mismos, y realizado todo ello en la forma prescrita en las cons­
tituciones, o según lo establecido por costumbres legítimas, inspec­
cionarán y comprobarán los escrutadores ante el presidente de la
elección si el número de sufragios emitidos corresponde al de elec­
tores que tomaron parte en la votación haciéndose públicamente el
escrutinio de los votos que cada uno hubiese obtenido.
En el caso de que el número de los sufragios que se hubieren
emitido fuese mayor que el de los electores, nada se habrá realiza­
do, y deberá, por consiguiente, reproducirse la votación, hasta que
siendo el mismo el número de unos y otros, resulte elegido quien
obtenga el número de sufragios necesario para ser elegido.
Inmediatamente después que se haya realizado el escrutinio, o
después dé la sesión, si en la misma se hubieren hecho más de un 1
escrutinio, deberán ser quemados todos los sufragios.
Verificada la elección en la forma que queda expuesta, se exten­
derán las correspondientes actas y todas ellas' habrán de ser redac­
tadas, describiéndose cuidadosamente cuanto a las mismas respecta,
por el que haya desempeñado el cargo de actuario o secretario, de­
biendo ser suscritas a lo menos pór el mismo, por el presidente y
por los escrutadores, y serán conservadas y custodiadas diligente­
mente en el archivo del colegio o capítulo (canon 171, párrafos 1.°.
2.°, 3 .°,4 .(,y5.°).
Queda por determinar quién deberá considerarse elegido en el
escrutinio realizado con las condiciones estudiadas, y consecuente­
mente qué número de votos o sufragios habrá de obtener aquél para
tener la consideración de electo.
Provee a este particular el canon 174, en el que se encuentra la
doctrina de aplicación, haci-endo las referencias oportunas a otros
preceptos del Código, que ya hemos tenido ocasión de estudiar. En
efecto, según dispone este referido canon, se tendrá por elegido, y
será proclamado por el presidente del Cabildo o capítulo, el que
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 145

hubiese obtenido el número de votos prescrito Jen^el canonjlOl, pá­


rrafo 1.°, núm. 1, y, en su virtud, disponiendo éste en cuanto a los
actos de las personas colegiadas, y a la forma de adoptar acuerdos y
verificar las elecciones que, salvo que otra cosa se hubiere esta­
blecido expresamente por el derecho, tendrá eficacia el acto por
ellas realizado, cuando: a), sin tener en cuenta los sufragios ,nulos
fuese acordado por la mayor parte absoluta de aquellos que emiten
su sufragio; 6), después de dos escrutinios ineficaces, el acuerdo o
la elección se realizará por la mayor parte relativa de los sufragios
emitidos en el tercer escrutinio; c), en el caso de existir empate, el
presidente lo dirimirá con su voto; d)y cuando se trate d efeccio n es
y el presidente no dirimiere con su voto aquél, se tendrá’por elegi­
do a') el más antiguo en orden; V) el que lo sea en la primera pro­
fesión y cJ) el de más edad; para que pueda considerarse elegido un
individuo mediantevel sufragio de los capitulares que constituyen el
cabildo al que corresponde el derecho de elegir, será preciso que,
observadas todas las condiciones y requisitos enumerados'respecto
a convocatoria, forma de emisión del voto, condiciones del escruti­
nio, etc., haya obtenido el electo en el primero o segundo escrutinio
la mayor parte absoluta de votos emitidos por los electores sin que
puedan computarse en éstos los sufragios nulos, o en el tercero la
mayor parte relativa de votos emitidos, y si en este último hubiese
empate, será elegido el que dirimiéndolo decidiese el presidente, y
a falta de esta decisión, el más antiguo en orden, en la primera pro­
fesión, o en edad.
Nótese, por último, que siendo ésta la disciplina novísima que
el Código ha venido a establecer, deja, sin embargo, en vigor el re­
ferido canon 101, lo que antes de su publicación estuviese dispuesto
por derecho común o particular, por lo que en primer lugar habrá de
atenerse en este punto, a lo establecido expresamente por derecho
común, a falta de éste serán de aplicación las prescripciones también
expresas del derecho particular, y cuando no haya preceptos de apli­
cación al caso, la elección, en cuanto al número de votos requeridos
para que el elegido lo sea con arreglo a derecho, se acomodará a las
prescripciones del referido canon 101.

2.°) Elección por compromiso.


La segunda forma mediante la cual puede tener lugar la elección
es la que hemos indicado que se denomina por compromiso, y a ella
Cam pos y P u lid o . Tom o iv. 10
146 CAM POS Y PULIDO

del mismo modo que antes hemos visto por lo que respecta al escru­
tinio, dedica el Código las oportunas reglas, consignando los pre­
ceptos de aplicación en el canon 172 de este mismo artículo.
En el primer párrafo de este.mencionado canon puede decirse
que encontramos, no sólo la determinación de los requisitos que se
han de observar para la designación de los compromisarios y la de­
signación de los casos en los que podrá emplearse este medio de
elección, sino también un verdadero concepto de la elección por
compromiso.
A este efecto establece, que la repetida elección podrá realizarse
también, a no ser que otra cosa se prescriba por el derecho, por com­
promiso, si'los electores convienen unánimemente y por escrito en
transferir por aquella vez el derecho de elegir a una o varias perso-
sonas idóneas, ya formen éstas parte del Cabildo o sean extrañas al
mismo, cuyos compromisarios realizarán la elección en nombre de
todos los capitulares, en virtud de la facultad recibida.
Es de notar en primer lugar, sin perjuicio de que ahora,estudie-
mos las demás condiciones y requisitos que ha de tener la elección,,
cuando se verifica de esta forma, que el acuerdo de realizarla así
ha de ser unánime entre todos los capitulares, de suerte que no podrá
tomarse por mayoría de votos en la forma ya designada, y aun no
sólo ha de existir unanimidad en lo relativo a la previa determina­
ción de la forma de elección, sjno que, además, es preciso que esta
conformidad exista en el número de compromisarios, y que éstos
sean de los capitulares o de personas extrañas al Cabildo, haciéndo­
se constar el consentimiento unánime por escrito.
Realizado este primer requisito de todo punto esencial, han de
observarse otros también indispensables si ha de ser válida la elec­
ción; así, prescríbese en cuanto a la posibilidad de que los compro­
misarios sean extraños al capítulo, y se impone a ésta, una limita­
ción importantísima en el segundo párrafo del canon que estudia­
mos, pues a tenor de sus preceptos, será nula aquella que verificán­
dose por un colegio clerical, no fuesen sacerdotes los compromisa­
rios que se eligiesen, pues en tal caso es indispensable que lo sean
bajo pena de nulidad; y, además, unos u otros, ya sean del gremio del
colegio,o sean extraños a él, y sean o no sacerdotes, en los casos
en los que han de serlo, bajo la indicada pena de nulidad, deberán
observar para la validez de la elección, todas las condiciones aña­
didas al compromiso, siempre que éstas no sean contrarias al dere­
cho común, pero si no se hubiesen fijado condiciones de ninguna
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 147

clase, deberán, sin embargo, cumplir estrictamente las prescripcio­


nes del derecho común relativamente a las formalidades de la elec­
ción, y en todo caso ha de entenderse, según especial disposición
del repetido precepto, que las referidas condiciones contrarias al
derecho han de tenerse como no puestas.
Finalmente, manteniendo lo establecido en preceptos anteriores,
se establece en el último párrafo del canon 172, procurando con tal
precepto evitar todo motivo de duda en la rectitud de la intención
con que ha sido emitido el voto, así como también que los compro­
misarios puedan aprovecharse del compromiso para elegirse a sí
propios, que cuando los electores hayan designado a una sola per­
sona como compromisario, ésta no podrá de ninguna manera ele­
girse a sí misma, ni tampoco en el caso de que fueran varias, podrá
sumar su voto con los demás que le eligieren, para completar así su
elección. v
Es, por último, de considerar la doctrina relativa a la terminación
del compromiso. Si el colegio tiene facultades para realizar la elec­
ción mediante esta indicada forma, cesará el compromiso en confor­
midad a lo prevenido en el canon 173, pasando, en su consecuencia,
el derecho de elegir a los compromitentes o electores: 1.° Por re­
vocación del compromiso realizada por el colegio antes de que se
hubiese verificado la elección. 2.° Si no se hubiesen observado algu­
nas de las condiciciones impuestas en el compromiso, y 3.° Si veri­
ficada la elección fuese ésta nula.
Devuelto a los electores el derecho de elegir por virtud de la
terminación de tan repetido compromiso, procederán a verificar la
elección en la forma ya estudiada. De la elección por compromiso,
lo mismo que ya hemos visto de la realizada por escrutinio, se le­
vantará acta, y el electo será proclamado por el presidente del co­
legio.
IV. Para completar la doctrina de la elección debemos estudiar
en este último número, antes de pasar a realizar el examen de lo re­
ferente a la postulación, y una vez que ya conocemos cuanto res­
pecta a la naturaleza de la elección, tiempo de realizarla, sus requi­
sitos y formas que el nuevo derecho admite para que tenga lugar, la
doctrina de la aceptación o renuncia del electo, y la de la confirma­
ción de la elección, que deberá verificarse por el superior competente
en los casos en que ésta sea necesaria.
Sabemos que ejecutada la elección, y considerándose como
electo en conformidad al canon 101, en el núm. 1 de su primer pá­
148 CAM POS Y PULIDO

rrafo, al que haya obtenido la mayoría de votos en la forma que éste


dispone, deberá ser proclamado por el presidente del colegio el ca­
nónicamente electo; pues bien, es preciso además, que conste la
aceptación de éste, a cuyo efecto se le comunicará oportunamente
que ha sido elegido, y dentro de los ocho días siguientes a aquél en
que se le haga, o haya recibido tal intimación, deberá manifestar si
consiente y acepta la elección realizada a su favor, o, por el contra­
rio, renuncia a ella, bajo pena, según previene el canon 175—que es
el que exige la práctica de esta formalidad—de perder todo derecho
que le resultare de la elección, si no manifestase dentro del indicado
plazo su referida aceptación o renuncia.
Dos son, por lo tanto, los casos que se pueden presentar. Puede
ocurrir que renuncie el electo. Cuando esto ocurra, en conformidad
al párrafo 1.° del canon 176, perderá todos los derechos adquiridos
en virtud de la elección, aunque posteriormente se arrepintiese de
su renuncia, o lo que es lo mismo, la renuncia, según lo que previene
este precepto, ha de considerarse como total y definitiva, lo cual
no impide que puede ser nuevamente elegido el que renunció,
pues el derecho novísimo no solamente no lo prohíbe sino que Je
autoriza.
Si el elector enunciase en virtud del derecho que le asiste para
ello, la consecuencia que su acto produce es la de continuar vacante
el oficio, pero como éste debe ser provisto y a ello responde la elec­
ción verificada sin resultado por negarse a aceptarlo el elegido, es
preciso practicar nueva elección y a verificarla deberá proceder se­
guidamente el colegio o capítulo dentro del mes siguiente al mo­
mento en que tuviese conocimiento de aquélla.
El segundo caso que se puede presentar es que el electo acepte
la elección realizada en su favor. Cuando ello se verificare, puede
también ocurrir, o que la elección requiera ser confirmada, o por el
contrario, que no se exija confirmación alguna una vez que haya
tenido lugar con las condiciones requeridas.
Si la elección no requiriese confirmación por parte del superior/
ja aceptación del electo produce toda su eficacia y éste obtiene in­
mediatamente, en conformidad al segundo párrafo del canon 176,
pleno derecho en el oficio para el que ha sido elegido, mas si el de­
recho prescribiese la confirmación, entonces sólo adquirirá un dere­
cho a la cosa, ius ad rem , no siéndole permitido antes de que sea
aceptada y confirmada su elección, y bajo el pretexto de ésta, inmis­
cuirse en la administración del oficio,'ya sea en asuntos temporales
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 1 49

o espirituales, pero de suerte, que si no obstante la prohibición del


derecho los realizare, éstos habrán de ser totalmente nulos.
En los casos en los que sea preciso obtener la confirmación del su­
perior, deberá solicitar ésta el electo, a lo menos dentro de los ocho
días seguientes al en que tuvo lugar su aceptación, del superior com­
petente, bien lo haga por sí o por otra persona en su nombre, y como
quiera que este precepto es de observancia estricta, si no solicitare
tal confirmación, será privado de todo derecho, salvo que se proba­
se que la causa de no haber solicitado la repetida confirmación era
debida a algún justo impedimento (canon 177, párrafo 1.°).
Las últimas cuestiones que debemos tratar con respecto a la con­
firmación como requisito de la elección canónica, se refieren a la for­
ma de verificarse ésta, a la posibilidad e imposibilidad, por parte del
Superior, de negar la confirmación solicitada, y a los efectos que ha
de producir en derecho la confirmación superior.
Se estudian estos particulares en I9S restantes párrafos del ca­
non 177, estableciendo una doctrina que ofrece y presenta la misma
claridad que la que dejamos consignada, por lo que tampoco exige
que nos detengamos a ampliarla, limitándonos a su sucinta exposi­
ción, ya que los términos del precepto son su mejor comentario.
'Veamos, pues, cuáles sean las disposiciones de aplicación.
Es preciso, en cuanto a la forma de verificar la confirmación,
que ésta sea hecha por escrito, pues es indispensable que conste au­
ténticamente que ha tenido lugar y la omisión de la solemnidad de la
forma escrita habría de prestarse a no pequeñas dificultades.
En cuanto a la denegación déla confirmación no puede denegar
el Superior eclesiástico competente la confirmación solicitada por el
electo, si como se prescribe en el párrafo 2.° del mencionado canon,
reconociese que es digno y que la elección ha sido realizada según
las normas del derecho. De aquí podremos deducir, dado que el pre­
cepto que estudiamos establece que no podrá ser denegada si concu­
rrieren estas dos circunstancias, e interpretándole asensu contrario,
que si el elegido fuese indigno o se hubiesen omitido las formalida­
des legales de la elección, podrá denegarse aquélla, pero sólo en
estos taxativos casos y no en ninguno otro, ya que tal doctrina no
puede admitirse en un criterio estricto de interpretación.
Finalmente, los efectos que produce la confirmación, cuando ésta
es exigida por el derecho, son a tenor del último párrafo del men­
cionado canon los de obtener el electo un derecho pleno en el oficio*
salvo qué otra cosa se prevea por el derecho.
150 CAM POS Y PULIDO

Esta es la doctrina que el nuevo Código ha venido a establecer


respecto a la elección y los principios que en conformidad á la mo­
derna disciplina deberán ser observados en cuanto se relaciona con
las diferentes cuestiones que comprende considerada como forma de
provisión de los oficios eclesiásticos.

III.—De la postulación.
I. El tercer modo de proveerse los oficios eclesiásticos es la pos­
tulación; pero en realidad, de verdad ésta puede considerarse más
bien como un complemento de la elección, pues es sabido que ordi­
nariamente tiene lugar cuando el electo carece de alguna de las con­
diciones requeridas para desempeñar el oficio para el que ha sido
designado, o tiene algún impedimento que obste para su desempeño,
siempre que éste sea, como veremos, de los que pueden y se acos­
tumbra a dispensar.
En este sentido fué considerada por la disciplina antigua ( 1) del
que no difiere en la moderna que ha establecido el nuevo Código,
ya que según lo que dispone el canon 179, si a la elección de aquél
que los electores juzgasen más apto y preferible se opusiese algún
impedimento que fuese dispensable y sobre el que se acostumbre a
dispensar, podrán postular cerca del competente Superior eclesiás­
tico los que hubiesen emitido sus sufragios a favor del mismo, siem­
pre que el derecho no prevea otra cosa y aunque se trate de oficio
para el que el electo no requiere confirmación.
Reglas especiales determinan las condiciones, mediante las cua­
les puede tener lugar la postulación aplicables a las distintas formas
de elección, ya lo sea por escrutinio o por compromiso, pues en
cuanto a esta última, únicamente será admisible, y podrán, por lo
tanto, postular los compromisarios si en el mandato o compromiso
se les autorizare expresamente para ello.
Por lo que respecta a la elección por escrutinio, que es en la que
propiamente se puede ejercitar la postulación—ya que en el compro­
miso sólo podrá postularse cuando se haya facultado a los compro­
misarios para ello, con lo que se sobrentiende que faltando esta au­
torización la elección por estos realizada ha de ser nula si el electo
careciese de las condiciones requeridas,—son de estudiar diferentes

(1) Véase cuanto con referencia a l a misma estudiábam os en el volumen III de


esta obra, pág. 245 y siguientes.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 151

cuestiones que se refieren a las condiciones requeridas para la pos­


tulación, forma de emitir el sufragio, cuando el electo haya de ser
postulado, tiempo de verificar la postulación y sus efectos.
II. Si se puede postular como se acaba de indicar en todas las
elecciones de oficios, aun en las que no requieren que el elegido ob­
tenga la confirmación del superior, si la elección ha tenido lugar me­
diante la forma de escrutinio, o si tratándose del compromiso se hu­
biere dado facultad a los compromisarios expresamente para verifi­
carlo, requiérense asimismo determinadas condiciones para que
tenga lugar la postulación, que se precisan en el canon 180 del mo­
derno Código.
Son éstas, o lo que es lo mismo, utilizando los propios términos
(Jel indicado canon «para que la postulación tenga efectividad» han
de estar por ella y convenir en esta forma de elección la mayor
parte de los sufragios que se emitieren, mas si, por el contrario, con­
curriese con la elección, se requerirán a lo menos la dos terceras
partes de los votos emitidos. Es decir, si todos los electores postu­
lasen, basta y es suficiente que concurran la mayoría de los votos
emitida, computada según la forma que ya conocemos, mas si unos
^lectores postulan y otros eligen, en tal caso no bastará que el pos­
tulado con respecto al simplemente electo haya obtenidp la mayoría
de sufragios de los electores sino que es indispensable que la mayo­
ría sea de las dos terceras partes de los que emitieren su voto.
III. En cuanto a la forma que se debe emplear en la postulación
es preciso que cuando ésta se realice, se utilice la palabra postulo ,
u otra equivalente. Si los electores utilizaren la fórmula elijo o
postulo u otra de la misma índole, tal fórmula valdrá para la elec­
ción si no existiese impedimento, pero si existiese, entonces valdrá
para la postulación.
IV. Siguiendo el orden en el que venimos desenvolviendo la doc­
trina de aplicación a la postulación debemos referirnos ahora al
tiempo dentro del que debe verificarse y a la determinación de la
autoridad ante quien se deba postular.
Ocúpase de estos particulares el canon 181 prescribiendo que se
deberá postular ante el superior competente dentro de ocho días,
a lo menos, siendo este plazo completamente perentorio, pues si se
dejare transcurrir sin realizar la postulación, salvo que se pruebe
que ha existido un impedimento justo que motivare la detención,
será nula ipso facto, y además, los electores serán privados por
aquella vez del derecho de elegir y de postular.
152 CAM POS Y PULIDO

Debe verificarse la postulación, según lo que prescribe este mis­


mo canon, ante el superior a quien está atribuida la facultad'de con­
firmar la elección, siempre que éste tenga facultad de dispensar,
puesto que como ya hemos indicado, la postulación se funda en la
existencia en la persona que se ha elegido de un impedimento que
sea dispensable y que al mismo tiempo se acostumbre a dispensar de
él, y en tal sentido, no bastaría que el superior tuviera facultad de
confirmar pero careciere, sin embargo, de la de dispensar, o aun
teniéndola para otros impedimentos no se extendiere al de que se
tratare, sino que ha de gozar de una y otra. Si el superior al que el
derecho atribuye la confirmación del electo no pudiere dispensar,
deberá postularse al Romano Pontífice o a otra autoridad superior
que tenga tal facultad (párrafos 1.° y 2.°).
Podrá también el superior rechazar al postulado (párrafo 3.°).
V. La última cuestión que nos queda por resolver respecto a 1a
postulación se refiere a la fijación de sus efectos, y estos entende­
mos que deben ser estudiados con relación al postulado, al colegio
que postula o a los electores postulantes y a la misma postulación.
a) Por lo que se refiere al postulado diremos:
1.° Que por el mero hecho de la postulación del elegido con im­
pedimento no adquiere éste ningún derecho (canon 181, párrafo 3.°),
puesto que como antes hemos visto el superior puede rechazarlo.
2.° Admitida la postulación por el superior a quien corresponda
deberá notificársele al postulado para que éste, dentro de los ocho
días, que prescribe el canon 175, manifieste si acepta o no la elec­
ción hecha a su favor, entendiéndose, como se dijo al estudiar este
canon, que si no lo hiciese perderá todo derecho respecto a la elec­
ción (canon 182, párrafo 2 .°).
3.° Aceptada la postulación por el· postulado, adquirirá éste in­
mediatamente pleno derecho en el oficio (canon 182, párrafo 3.°).
b) Los efectos que produce la postulación respecto al colegio
que postula, son los siguientes:
1.° Presentada la postulación al superior, no podrá ser revocada
por los electores, salvo que concurra el consentimiento del mismo
superior (canon 181, párrafo 4.°).
2.° Si la postulación fuese rechazada por el superior, puesto que
tiene facultades para ello, toda vez que fundándose en la existencia
de un impedimento, puede el superior conceder la dispensa de éste
o bien denegarla, volverá el derecho de verificar la elección al co­
legio postulante, salvo que los electores postulasen conscientemente
LEG ISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 153

a un individuo que estuviese ligado con un impedimento del que no


se pueda o no se acostumbre a dispensar (canon 182, párrafo 1.°).
c) Este último es el efecto que produce la postulación respecta
a la postulación misma.
Puede ocurrir que el superior rechace simplemente la postula­
ción, b que la rechace por la existencia en el postulado de un impe­
dimento indispensable, o que sea de dispensa no acostumbrada.
En el primer caso, la postulación inútil por la no aceptación del
postulado en cuanto no se le dispensa, devuelve al colegio la facultad
de elegir nuevamente. En el segundo, la conciencia por parte de los
postulantes de la existencia del impedimento de que se ha hablado
produce como efecto, el privar al colegio del derecho de elegir que
pasa al Superior, al que corresponderá el derecho de verificar la
provisión del oficio vacante.
También como ya hemos visto, la no postulación dentro del plazo
marcado de ocho días, salvo la prueba de haber existido impedí-
dentó justo que hubiere motivado la detención, la anulará ipso facto
y los electores serán privados por aquella vez del derecho de elegir
y del de postular (canon 181, párrafo 2.°).
Tales son debidamente sintetiza Jas las reglas que el nuevo de­
recho establecido por el Código ha venido a sancionar. De las indi­
caciones que quedan consignadas se deduce con perfecta claridad
cuáles sean las novedades que el mismo establece, ya que en gene-
ral lo que hace es confirmar la anterior disciplina hasta aquí vigente.
Debemos hacer notar en cuanto a los plazos señalados para ve­
rificar la provisión, según las distintas formas mediante las que
puede verificarse la de los oficios eclesiásticos, que para la com­
putación de los mismos son de estricta aplicación las reglas que res­
pecto a la del tiempo se consignan en el título III del primer libro
del Código que tenemos ya estudiadas (1), las que deberán ser te­
nidas en cuenta, acomodándose a las distintas prescripciones que en
repetido título se contienen.
Por lo demás creemos, que con los principios apuntados con an­
terioridad, el conocimiento de la doctrina novísima se facilita en
gran manera puesto que en los distintos números de este capítulo
se han estudiado fundamentalmente todos los preceptos del novísi­
mo Código.

(1) V éase la página 57 y siguientes de este volumen.


CAPÍTULO II

DE LA PÉRDIDA DE LOS OFICIOS ECLESIÁ STICOS

I. Es la doctrina relativa a la pérdida y vacación de los oficios


eclesiásticos la que sigue necesariamente a la de su provisión, pues
si, como ya dijimos en otro lugar, el oficio se obtiene mediante ésta,
realizada en la forma y con las condiciones adecuadas, y el nombra­
miento y designación de persona iclónea para su desempeño, está
fundado en la necesidad de llenar y cumplir las obligaciones que su­
pone la existencia del referido oficio espiritual, respondiendo así al
fin para el que ha sido instituido en la Iglesia católica, ha de ocurrir,
dada la limitación humana, que llegue el momento en que cese la
relación que el oficio supone entre el mismo oficio y la persona que
le desempeña, y que dando.el indicado hecho lugar a la vacación del
tan repetido oficio, se realice ésta mediante formas especiales admi­
tidas y reconocidas por el derecho, que son a las que ahora nos refe­
rimos bajo el epígrafe o título ya consignado de la pérdida y cesa­
ción en los oficios eclesiásticos ( 1).
Por esto el Código moderno, después de haber estudiado las
formas de provisión, se ocupa en este segundo capítulo de los mo­
dos de perderse el oficio antes adquirido, las que aun produciendo
como consecuencia la vacación de aquél, atienden y miran más bien
a la persona del que lo poseía, en cuanto se fundan en actos por
el mismo realizados que han de producir la referida vacación.

(b Consúltese esta doctrina que aplicada a la vacación de los beneficios eclesiás­


ticos y a los modos por los que puede tener lugar estudiam os en el volumen III de
e sta obra, páginas 324 y siguientes, de la que podremos deducir, confirmando lo que
indicamos en el texto, cuáles sean las novedades y reform as que presenta la moderna
disciplina con respecto a la antigua.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 155

No puede decirse que hoy con arreglo a lo prescrito por el no­


vísimo Código se haya introducido modificación en este punto, pues
lo mismo que antes y en conformidad a lo que prescribe el canon
183, en su primer párrafo, el oficio eclesiástico puede perderse por
renuncia, por privación, por amoción, por traslación y por haber pa­
sado el tiempo señalado.
Estos son los únicos medios por los que puede tener lugar la
pérdida del oficio eclesiástico, y partiendo siempre de la distinción
que ya dejamos consignada entre los oficios y los beneficios, hemos
de referirnos en este capítulo sólo a los primeros, aun a pesar de la
analogía y semejanza que existe entre unos y otros, dejando, sin
embargo, para tratar en el capítulo VI de la quinta parte del tercer
libro, en donde dijimos consigna el Código la doctrina de aplicación
a los segundos, de lo que respecta a la dimisión y a la permuta de
los beneficios, cuya doctrina estudiamos conjuntamente, en nuestro
referido tercer volumen de esta obra, sin tratar tampoco de la re­
moción administrativa del oficio y beneficio curado, objeto del De­
creto Maxirna cura, publicado con la aprobación de S. S. Pío X
por la Sagrada Congregación Consistorial en 20 de Agosto de 1910,
que atendiendo a la necesidad de acomodarnos estrictamente al or­
den y método aceptado por el Código estudiarémos en la tercera
parte del libro cuarto, dedicado al procedimiento canónico, en el que,
bajo el título del modo de proceder en algunos expedientes y
negocios y en la aplicación de sanciones penales, se ocupa éste
de la remoción de los párrocos inamovibles de la de los amovibles,
de la traslación de los párrocos, etc., etc., que sin duda es su lugar
más oportuno, ya que el Código, como podemos deducir de todos
los preceptos y doctrinas que ya conocemos y confirmarémos con el
estudio que aún nos resta por practicar, ofrece entre sus extraordi­
narias ventajas la de presentarnos toda la disciplina desenvuelta
bajo un orden y un plan perfectamente sistemático y científico muy
superior a cualquiera otro que pudiera concebirse o aceptarse.
Y hechas las indicaciones que preceden podremos, pues, decir
que constituye doctrina general por lo que se refiere a la materia
de la cesación y pérdida de los oficios eclesiásticos, que ahora es­
tudiamos la ya expuesta, en cuya conformidad sólo podrán perderse
por los cinco casos enumerados en el referido canon, cuya doctrina
aparece jntegrada además por otro precepto de la misma generalidad
y amplitud, que es el contenido en el segundo párrafo del mismo
canon, inspirado en el principio de estrictajjusticia de antiguo reco-
1 50 CAM POS Y PULIDO

nocido de que resuelto de cualquier modo el derecho del Superior


por el que fuera concedido el oficio eclesiástico, o lo que es lo mis­
mo, fallecido éste o trasladado, o removido de su oficio, o privado
de él, no se piérde por ello el oficio por éste otorgado, sino que el
que lo obtuvo continuará en la posesión de él. De este principio se '
exceptúa el caso en que el derecho disponga otra cosa, o bien que
en la concesión del repetido oficio se contenga la cláusula ad bene-
placitum nostrum, u otra equivalente.
Consignado de esta suerte el principio general, y partiendo, por
consiguiente, de dicho criterio, paáa el Código a ocuparse en los
cánones inmediatos del estudio particular de cada una de las formas
o modos por los que puede tener lugar la pérdida de los oficios ecle­
siásticos, a cuyo orden vamos nosotros a acomodarnos, exponiendo
y analizando la doctrina vigente con la necesaria separación.

I .—De la renuncia.

I. No puede negarse que es potestativo en el individuo renun­


ciar el oficio eclesiástico que posee, puesto que nadie puede ser
obligado a continuar desempeñándolo en contra de su voluntad
cuando justas causas le obliguen a renunciarlo y no exista una pro
hibición especial del derecho que se le impida.
La evidencia de este principio surge con perfecta claridad del
concepto mismo de la renuncia, que, como sabemos, es la volunta­
ria y espontánea dimisión y resignación del oficio hecho en forma,
siempre que concurra justa causa que la autorice y que sea deduci­
da ante superior legítimo y por él aceptada libremente ( 1).
Y esta misma doctrina es la que vemos confirma el canon 184
de nuestro moderno Código, disponiendo que el que esté en su sano
juicio o tenga el indispensable uso de razón puede renunciar el oficio
eclesiásticQ por justa causa, a no ser que por especial prohibición
no le fuese permitido al mismo la renuncia. Es, por consiguiente, la
regla general que mediante justa causa pueden ser renunciados
todos los oficios eclesiásticos, y sólo no será ésta posible en el caso
en que existiere una especial y terminante prohibición del derecho.
Mas si la renuncia puede verificarse en las condiciones indica­
das, requiérense así mismo determinados requisitos para que ésta

(1) Véase el tercer volumen de nuestra repetida obra, pág. 825.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 157

pueda tener lugar. A ello prevé el canon 185, que dispone que la
renuncia realizada mediante miedo grave, en el que se haya incu­
rrido injustamente, la que se verifique por dolo, o error substancial,
o se haga mediante simonía será ipso iure irrita.
Ha de ser, por consiguiente, la renuncia para que tenga las con­
diciones necesarias de validez totalmente libre y espontánea, y
serán causas que la invaliden las ya enumeradas, cuyos requisitos
tienen el carácter de completamente esenciales. Toda renuncia en
la que concurran cualquiera de las indicadas causas, habrá de ser
forzosamente írrita e inválida, y no producirá, por tal razón, ningu­
na clase de efectos jurídicos, lo mismo que aquella otra realizada
contra las prescripciones del derecho. Son, por lo tanto, indispen­
sables para la renuncia como uno de los medios de cesación en el
oficio eclesiástico: 1.°, la capacidad del renunciante, puesto que sólo
podrá renunciar el que estuviere en el pleno goce de sus facultades
intelectuales, claro es que supuesto que previamente posea el oficio
que se trata de renunciar, ya que nadie puede renunciar aquello
que no tiene en su poder; 2.°, que el derecho autorice la renuncia;
y 3.°, el consentimiento del renunciante expresado sin que concurra
vicio alguno que le anule, como lo será: a) el miedo grave e injusto;
b) el dolo; c) el error substancial (cualquier error que no tuviese
este carácter no invalidará la renuncia); y d ) la simonía, pues cual­
quier acto simoníaco, sin distinción (ya que el Código no distingue
a este respecto), realizado con motivo de la renuncia, hará a ésta
totalmente írrita e inválida.
Además de estos requisitos, que se refieren a la esencia de la
renuncia misma, exige el derecho otros que miran a la forma y cuya
observancia tiene y reviste los mismos caracteres de generalidad.
Veamos en qué consisten éstos.
II. Puede ser la renuncia expresa y tácita, yen esta distinción
se funda la necesidad de la observancia de los requisitos de forma
que han de concurrir en la renuncia para que pueda tener lugar.
Si la renuncia es, como se ha dicho, la voluntaria y espontánea
dimisión del oficio que se posee hecha en la forma requerida , la
simple exposición de este concepto nos demuestra la necesidad de
los repetidos requisitos formales que habrán de concurrir en la mis­
ma, juntamente con los esenciales antes reseñados; pero esta misma
dimisión y resignación del oficio podrá tener lugar en forma expre­
sa, clara, manifiesta y terminante, de suerte que no deje lugar a
duda, realizada de palabra o por escrito ante el superior legítimo,
158 CAM POS Y PULIDO

que deberá aceptarla o rechazarla, o bien se realizará por actos es­


peciales y mediante la ejecución de aquellos específicamente deter­
minados en el derecho, de los que se deduzca el hecho de la resigna­
ción, por una presunción de tal naturaleza que no admite prueba en
contrario, tanto por la índole de los.mismos actos que se realizaren
como por la prescripción terminante del derecho, que determina de
un modo concreto y absoluto que su realización ha de llevar consigo
la pérdida del oficio, y consecuentemente, que si los realizare aquel
a quien se les prohíbe, ipso facto ha de entenderse el oficio renun­
ciado.
Pues, bien, esta doble manera de verificarse la renuncia, exige
preceptos relativos a una u otra, y por ello el nuevo Código consa­
gra los pertinentes a la renuncia expresa y a la tácita.
Respecto a la primera, el renunciante,, además de estar en el
pleno goce de sus facultades intelectuales y de realizarla con com­
pleta y absoluta libertad, sin que concurra ninguno de los vicios in­
dicados, ha de hacerla, para que sea válida, por escrito o ante dos
testigos, o por procurador provisto de mandato especial. Uhicamente
por cualquiera de las tres formas indicadas será posible hacer la re­
nuncia, a tenor del canon 186, y según prescribe este mismo canon,
el acta en que se haga constar haberse verificado la renuncia, que
habrá de ser forzosamente redactada por escrito, habrá de ser archi­
vado en la Curia.
Este es el primer requisito de la renuncia expresa que afecta a
la forma, porque además son necesarios otros requisitos o formalida­
des, cuya observancia es asimismo preceptiva y de todo punto obli­
gatoria.
III. Refiérense éstos a la aceptación de la renuncia, que debe de
igual modo concurrir, puesto que como consecuencia del oficio ecle­
siástico que se ha recibido y en el que el renunciante fué provisto,
se establece una relación jurídica que no puede cesar por sólo el
acto voluntario del renunciante. De ella se ocupa el canon 187 en
los dos párrafos de que consta.
En general—dispone el primer párrafo del mencionado canon—,
para que la renuncia sea válida debe de hacerse ante el Superior a
quien corresponda aceptarla, o si no fuese precisa la aceptación ante
aquel de quien el clérigo recibió el oficio o ante el que haga sus
veces. Consecuentemente—prescribe el segundo párrafo del men­
cionado canon—, si el oficio fuere conferido o colacionado por con­
firmación, por admisión o por institución, deberá de hacerse la re­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 159

nuncia ante el Superior al que correspondiere la repetida confirma-


ción, admisión o institución por· derecho ordinario.
Vemos, por consiguiente, en estos preceptos una nueva formali­
dad de la renuncia, que deberá ser observada de igual modo que las
precedentes, porque si se omitiere, y aunque constase que la renun­
cia fué libre y se levantara la correspondiente acta en la que se hi­
cieren constar la concurrencia de tales requisitos, será inválida si
no se hiciese ante el Superior a quien por derecho correspondie­
re aceptarla, y en .el caso de que no fuese necesaria la acepta­
ción ante aquel de quien se recibió el oficio o le haya sucedido en el
cargo.
IV. Hasta aquí hemos consignado las reglas pertinentes a la re­
nuncia que se denomina expresa, mas como hemos dicho, hay casos
en los que el derecho considera que su realización o concurrencia
dan como consecuencia la vacación del oficio ipso facto y sin nece­
sidad de posterior declaración, y éstos son los que constituyen pre­
cisamente y dan lugar a la renuncia que hemos denominado tácita,
en los que el acto mismo ejecutado por el que posee el oficio repre­
senta su voluntad de renunciar, y la aceptación tiene lugar tácita­
mente también por el derecho mismo, que sin necesidad de declara­
ción especial alguna posterior, considera el oficio vacante.
Estos casos son taxativamente enumerados en el Qanon 188>
y su misma claridad sólo requiere que los reproduzcamos en la
forma que en él se hallan contenidos, lo que constituye su comen­
tario mas completo.
Vaca cualquier oficio eclesiástico ipso fa d o por la tácita renun­
cia admitida ipso ju re, y sin ninguna posterior declaración, según
el tenor del mencionado canon, si el clérigo:
1.° Emitiese profesión religiosa, salvo respecto a la renuncia
de los beneficios, lo prevenido en el canon 584, o sea después del
año de cualquier profesión, los parroquiales, y de un trienio los
demás.
2.° Si dentro del tiempo útil establecido por el derecho o a falta
de éste dentro del determinado por el Ordinario, descuidare el pose­
sionarse del oficio.
3 .° Si aceptare otro oficio eclesiástico incompatible con el pri­
mero y obtuviese a pacífica posesión del mismo.
4.° Si abandonase públicamente la fe católica.
5.° Si contrajese matrimonio o aun solamente el llamado civil.
6.° Si contra la prohibición del canon 141, en su primer párrafo»
160 CAM POS Y PULIDO

relativa a tomar parte en la milicia secular ( 1), diera su nombre en


ésta.
7.° Si abandonase el hábito eclesiástico por propia autoridad y
sin justa causa y no volviese a tomarlo amonestado por el Odinario
dentro del mes de haberse verificado ésta.
8 .° Si ilegítimamente abandonase la residencia a que está obli­
gado, y recibida la oportuna amonestación del Ordinario, no estando
impedido por legítimo impedimento, no compareciere ni respondiese
dentro del tiempo congruo establecido por aquél.
Siempre que el clérigo que estuviese en posesión del oficio
realizare cualquiera de 1os actos enumerados, ha de entenderse que
éste quedará vacante, y, por lo tanto, como quiera que aquél ha de
conocer y conoce desde luego la eficacia de estas prescripciones,
cuyo carácter prohibitivo es incuestionable, no puede dudarse que
al ejecutarlas conscientemente realiza una renuncia tácita de su re­
petido oficio, la que por la naturaleza de los actos en que se fun­
da, no requiere declaración posterior.
V. Decíamos antes que la renuncia debía practicarse ante aquel
a quien correspondía su aceptación, o ante el que confirió el oficio
que se renunciaba cuando aquélla no fuera necesaria, determinando
quiénes fuesen, por lo tanto, los llamados a realizarla, y ahora debe­
remos indicar si el Superior podrá negarse a aceptar la renuncia
que ante él se hace y el tiempo para verificarlo.
Para que el Superior pueda aceptar la renuncia que ante él se
verifica del oficio eclesiástico, ha de concurrir causa justa y pro­
porcionada; pues si ésta no existiere, no deberá áceptarla, según
dispone el párrafo 1.° del canon 189.
Tiene, por lo tanto, el Superior facultad para aceptar o rechazar
la renuncia, pero el hacerlo o no, no depende de su exclusivo arbi­
trio; pues los términos del precepto referido indican claramente, que
concurriendo causa justa deberá aceptarla; pero si no existiere o no
fuere proporcionada, deberá rechazarla toda vez que en estas cues­
tiones hay qwe tener siempre en cuenta el bien de la Iglesia y el
de las almas, más que el interés particular del beneficiado.
VI. La última cuestión que debemos estudiar con respecto a la
renuncia, es la relativa a los efectos jurídicos que produce, los que
deberemos examinar con respecto al oficio, al renunciante y al Supe-

<l) Véase antes pág. 121 de este volumen.


LEG ISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 161

rior, y a aquéllos a los que :toca o corresponde la provisión del


oficio.
Con respecto al oficio, una vez hecha legítimamente la renun­
cia y aceptada, quedará vacante aquél desde el momento mismo en
que se haya significado al renunciante la aceptación de su renuncia
(canon 190, párrafo 1.°).
Los efectos de la renuncia respecto al renunciante, según lo que
previene el novísimo Código, son: 1.° Que deberá permanecer en
su respectivo oficio continuando su desempeño hasta que recibiere
noticia cierta de la aceptación de su renuncia por el Superior (ídem,
párrafo 2.°). 2.° Una vez hecha legítimamente la renuncia,, no podrá
retractarse de ésta el renunciante, aunque le será permitido conse­
guir u obtener el mismó oficio por ;otro título (canon 191, párra­
fo 1.°).
Finalmente, los efectos que produce la renuncia respecto al Su­
perior y a los demás a quienes corresponde la provisión del oficio,
según previene el segundo párrafo del último de los cánones cita­
dos, consisten en imponer el derecho al que aceptare la renuncia,
la obligación de comunicar dicha aceptación, dentro del tiempo opor­
tuno, a aquellos tuvieren algún derecho en la provisión del oficio,
(ídem párrafo 2.°)

II. — De la privación del oficio.

I. El segundo medio por el que puede verificarse ía pérdida del


oficio eclesiástico, es la privación, al que ahora vamos a referirnos.
De dos maneras puede tener·lugar la pérdida del oficio por pri­
vación, a saber: ipso iure, cuando el derecho, mismo declara que
lia de privarse de él al que le poseía por la realización de cualquie­
ra de las causas que la originen y por acto del legítimo Superior,
según dispone el canon 192.
Nó se ocupa el 'Código en este canon de enumerar las distintas
causas que dan motivo a la privación del oficio, ipso iure, sino
que ellas se incluyen y se determinan en diferentes pasajes del
mismo, a los que es necesario acudir para su conocimiento, y aun­
que con más detenimiento, han de ser estudiadas en los lugare-
respectivos, podremos decir·, refiriéndonos a la síntesis de los men­
cionados casos, que de ellos ofrece el P. Postius en su obra re­
cientemente publicada, que cesarán todos los oficios del excomul-
C a m pos y P u l id o . T omo i v . 11
162 CAM POS Y PULIDO

gado vitando , los incompatibles det obstinado poseedor de ellos,


el Episcopado del que dentro del semestre no se consagra, el Car­
denalato del ausente de la Curia que al recibir el birrete no jure
visitar al Papa dentro de un ano, y todos los oficios del que incurre
en la pena de deposición, privación perpetua del ti'aje eclesiástico, o
degradación ( 1).
II. Puede también ser privado del oficio el que lo desempeña,
por acto del legítimo Superior, a cuya doctrina dedica el Código en
el canon que estudiamos.los preceptos de aplicación.
Hay que distinguir respecto a este modo de perderse los oficios
eclesiásticos, según se trate de oficios'inamovibles o amovibles.
Respecto a los primeros a tenor del segundo párrafo del men­
cionado canon, no podrá el Ordinario privar al clérigo del oficio
sino mediante la sustanciación de proceso según las normas del
derecho.
Cuando se trate de los amovibles, la privación podrá ser decre­
tada por el Ordinario por cualquier causa justa según su prudente
arbitrio, aun hecha abstracción del delito, observando la equidad na­
tural, pero sin que de ningún modo esté obligado a seguir cierto
modo de proceder, salvo lo prescrito en los cánones respecto a las
parroquias amovibles.
La privación en este último caso no tendrá efecto, sin embargo,
sino después que fuere intimada por el Superior, dándose recurso
contra el decreto del Ordinario para ante la Sede Apostólica, pero
sólo en el efecto devolutivo.

III.-^De la traslación.

I. Como hemos visto al comienzo, puede también ser privado


del oficio el que le posea, por su traslación de un oficio a otro.
Son de estudiar, con respecto a la misma, la autoridad a quien
compete verificarrla, las condiciones para practicarla según concu­
rra o no la voluntad del clérigo trasladado, y los efectos que pro-

(l) El Código canónico o descripción y resum en del Codex Juris Canotttci, aplica*
cado a E spaña en form ado Instituciones, por eI*P. Juan Postíus. C uarta edición, 1918.
Madrid, E ditorial del Corazón de M aría.
Consúltense, respcctivam enie, los cánones 2.263, 156, 1.439, 2.398, 234, 2.397y 2.302
al 2.305.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 1 63

duce la traslación en cuanto a la vacación del primer oficio, y a las


rentas del mismo.
II. La traslación de uno a otro oficio eclesiástico, sólo puede
realizarse por el que tiene derecho, tanto para aceptar la renuncia
como para remover del primer oficio y promover al segundo, (ca­
non 193, párrafo 1.°).
Si la traslación se verificase con el consentimiento del clérigo,
será suficiente cualquier causa justa, si lo fuere contra la voluntad
de éste, se requerirá con corta diferencia la misma causa y el mis­
mo modo de proceder que para la privación, quedando firme lo pre­
venido en los cánones 2.162 al 2.167 del mismo Código respecto a
la traslación de los párrocos, cuyos artículos constituyen las dispo­
siciones del título XXIX, párs. III del libro IV. (ídem párrafo 2.°)
Vacará el primer oficio en el caso de la traslación del clérigo
que lo desempeñaba, cuando éste haya tomado posesión canónica
del otro oficio, salvo que el derecho dispusiere otra cosa en contra­
rio, o se prescribiere otra cosa por el Superior legítimo.
Los réditos del primer oficio tendrá derecho a percibirlos el
trasladado hasta que ocupare el segundo, (canon 194, párrafos 1.°
y 2.°).
III. Termina el capítulo que hemos venjdo estudiando hasta aquí,
disponiendo en su canon 195, que los que eligieren, postularen o
presentaren a un clérigo para un oficio eclesiástico, no podrán pri­
varle del mismo, revocarlo, o trasladarle a otro; principio de ex­
traordinaria justicia, puesto que su misión y derecho se limita a la
elección, postulación o presentación, y no les es posible ni tienen de
ningún modo facultad para revocar el acto realizado, para removerle
de su oficio o trasladarlo a otro, cuyas facultades son propias del
Superior o de la autoridad eclesiástica a los que el derecho asigna
tales atribuciones ( 1).

(1) Como antecedente de la doctrina que se consigna en el texto, y p ara conocer lo


que regía por la disciplina antigua, así como los principios expuestos por los tra ta
distas; consúltese el III volumen de nuestra obra, pág. 324 y siguientes.
TÍTULO V

DE LA POTESTAD ORDINARIA Y DE LA DELEGADA

I. Después que en los títulos precedentes se ha ocupado el Có­


digo dentro del estudio de las materias relativas.a los clérigos con­
siderados en general, de su adscripción a alguna diócesis, de sus
derechos y obligaciones y de los oficios eclesiásticos, pasa a tratar
en el título V, al que ahora vamos a referirnos, de la potestad Ordi­
naria y de la Delegada, a cuya doctrina consagra una serie de pre­
ceptos por demás interesantes, reguladores de la disciplina de apli­
cación a las distintas formas de su ejercicio, ya lo sea ésta la que
se denomina‘ordinaria o la que se ejerce por delegación.
Dijimos antes, que clasificadas las personas en la Iglesia católi­
ca en clérigos, legos y religiosos, y constituyendo los primeros la
sagrada jerarquía, cuyos miembros integran tanto la de orden como
la de jurisdicción, respondía su institución por Jesucristo Nuestro
Señor a la santificación de las almas por medio de los sacramentos
y sacramentales la primera, siendo la segunda como indica el Padre
Wernz, la potestad pública de regir y gobernar a los hombres bau­
tizados directamente en orden a la santidad y a la bienaventuranza
sobrenatural ( 1), la que se realiza atribuyendo la necesaria potes­
tad a los distintos miembros que la constituyen, ya ejerzan ésta en
virtud de las facultades ordinarias que por razón de su cargo les
competen, o provenga y se ejercite .en virtud de las que han recibido

11) Jit s J h o el a ht t nt , lom o IJ, p ñ rs. l.° n ú m .3 - I .


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 165

o les fueren concedidas por jerarcas y autoridades de orden supe­


rior. l
Es igualmente distinta como sabemos, la forma como se adquie­
re la potestad de orden y la de jurisdicción, pues $i en la primera
se ingresa por la sagrada ordenación que constituye a los ordena­
dos in sacris verdaderos sacerdotes y ministros de nuestra sacro­
santa religión, instituidos por Jesucristo para la santificación de las
almas mediante la recta administración de los sacramentos de la
Iglesia que Él mismo instituyó en virtud de su propio poder y por
el extraordinario amor que siempre profeso a los hombres, como
signos sensibles que habían de producir la gracia santificante y la
propia de cada sacramento, en la segunda se ingresa por la misión
o mandato como ya dijimos; y si en la primera cada jerarca ejerce
la potestad propia de cada sagrado ministerio, y de cada grado del
orden sacerdotal que ha recibido, sin que los de orden inferior pue­
den administrar válida y lícitamente sacramentos o realizar funcio­
nes sagradas relacionadas con los mismos, propias de los de orden
superior, ya que los sagrados órdenes han de recibirse con la nece­
saria y debida gradación, y han de administrarse por los jerarcas
a los que están reservados, es preciso de igual modo cuando se
trata de la jerarquía de jurisdicción y consecuentemente de los
distintos miembros que la forman, determinar cuál es la potes­
tad que por derecho tienen atribuida, a que se extienda el ejercicio
de ésta, y en qué forma en suma puedan realizar y cooperar al cum­
plimiento de la misión que Jesucristo les confirió de regir y gober­
nar su Iglesia, puesto que siendo ésta una sociedad perfecta con un
señalado y supremo fin que cumplir, ha de ser dirigida conveniente­
mente por jerarcas o superiores legítimos, debidamente designados
0 instituidos por los poderes y suprema potestad, que en nombre
de Cristo ejercen ésta en la Iglesia, para que, constituyendo todos
una completa y perfecta gradación de personas, participen cada una
en mayor o menor grado del régimen, gobierno y dirección que la
Iglesia, como toda sociedad perfecta, reclama y exige si ha de cum­
plir el fin propio a que responde su existencia.
Ahora bien. Si esta doctrina es evidentemente cierta y si la je­
rarquía de jurisdicción, a la inversa que la de orden, tiene como ob­
jeto inmediato la ley y su cumplimiento, §u modo de obrar es social
y público, dando reglas y conteniendo a todos en el límite de su
deber, y por su manera de ser en el sujeto se recibe por el acto hu­
mano de la misión o señalamiento de súbditos y negocios, cuyo
166 CAM POS Y PULIDO

mandato puede o no otorgarse, ampliarse, restringirse, delegarse,


renunciarse, prescribirse, revocarse o perderse ( 1), tendremos que
como tal potestad jurisdiccional, no sólo tiene el fin directriz y de
verdadero régimen a que responde su institución por Jesucristo en
los grados de derecho divino y por la Iglesia en los^que lo son de
derecho eclesiástico, sino que considerada en concreto, o sea en las
personas que como tales jerarcas ejercen la indicada potestad, éstos
han de estar investidos de poderes y facultades determinados, y han
de ejercitar las funciones propias que el régimen y gobierno de la
Iglesia considerada como sociedad perfecta requiere.
Consideramos, por lo tanto, a la Iglesia, como puede deducirse
de la doctrina que venimos exponiendo cuando ahora nos referimos
a la potestad o jerarquía de jurisdicción, en su aspecto social y pú­
blico, y en este sentido el concepto más científico y exacto de esta
clase de jerarquía, lo encontraremos en el que de ella nos ofrece el
P. Wernz. Es la jerarquía de jurisdicción, como nos dice este eximio
canonista en su repetida obra Ius Decretalium, la serie de perso­
nas distribuidas en diversos grados que tienen jurisdicción ecle­
siástica (2); de donde deduciremos nosotros al ver que el término
o locución jurisdicción eclesiástica entra dentro del concepto
mismo de la jerarquía que estudiamos, que ella o su ejercicio es lo
que constituye su verdadero objeto, y que la jurisdicción como po­
testad que se ejerce por los jerarcas de la Iglesia que forman e in­
tegran la indicada jerarquía, podemos considerarla, o subjetivamen­
te atendiendo a las personas que de ella están investidas por haber
sido instituidas tales dentro de la Iglesia, u objetivamente, es decir,
en su ejercicio, en su efectividad, en la estricta realización del fin
para que fué establecida por Cristo, si bien su naturaleza resulte de
la reunión plena y perfecta de los dos aspectos que en ella distin­
guimos, pues ni cabe considerar aisladamente jerarcas que carezcan
de súbditos sobre los que se ejerza la jurisdicción, ni jurisdicción en
su sentido de poder o potestad rectora sin sujeto que la ejerza y la
realice, por eso indicarémos, siguiendo al autor últimamente citado,
que en sentido estricto sólo se enumeran e incluyen en ella aquellas
personas que tienen en el fuero externo y en cierto grado perfecta
jurisdicción eclesiástica, esto es, que gozan de potestad legisla-

(1) Manjón : Idem id , pág. 69.


(2) Idem íd. fd. id.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 167

tiva, judicial y coercitiva, como el Romano Pontífice o los Obis­


pos ( 1).
Concretada de esta suerte la naturaleza de la jerarquía y de la
jurisdicción, fácil nos ha de ser ya determinar a qué hemos de refe­
rirnos cuando analizamos la disciplina contenida en el título V de la
primera parte del libro II del novísimo Código. Tratamos, pues, del
ejercicio de la potestad o jurisdicción eclesiástica o de esta misma
considerada en su ejercicio y función propia, lo que no quiere decir
que hemos de estudiar en este lugar cada uno de los jerarcas a los
que está atribuido el ejercicio de la jurisdicción, y consecuentemen­
te cuál es el límite de la potestad o jurisdicción que también cada
uno en particular obstenta, pues no podemos olvidar ni prescindir al
fijar la índole de nuestras investigaciones de la estructura del nuevo
Código. Este libro segundo que a las personas se consagra, si bien
dividido en tres partes, clérigos, legos y religiosos, al estudiar en
la primera los clérigos lo hace distribuyendo la doctrina en dos sec­
ciones: la primera dedicada a los clérigos en general; la segunda, a
estos mismos en particular; y este orden sistemático que a todo el
Código preside y que en más de una ocasión hemos aplaudido y en­
salzado, es el que nos da resuelta la cuestión de un modo definitivo.
Hoy el legislador eclesiástico estudia esta materia en su lugar
más adecuado, pues una vez que ha prescrito la necesidad de la ads­
cripción de los clérigos a alguna diócesis o religión y después de
estudiar sus derechos y obligaciones, se. ocupa de los oficios ecle­
siásticos y trata de la potestad ordinaria y de la delegada, estudian­
do la jurisdicción en el sentido general en que debe ser considerada
ya que más adelante ha de tener completo desenvolvimiento cuanto
respecta a los mismos clérigos en particular, en cuyo tratado podre­
mos estudiar la suprema potestad y los que son partícipes de ella
por derecho eclesiástico, así como la potestad episcopal y los que
del propio modo participan de la misma, lo que constituye el conte­
nido de la segunda sección de la primera parte de este libro.
Este mismo estudio de la potestad Ordinaria y la delegada,
cuya doctrina encontramos expuesta por los canonistas anteriores
al Código, se incluía en el· antiguo derecho de las Decretales, en
el libro I, de las de Gregorio IX, en los títulos XXIX y XXXI, que
tratan, respectivamente, De Officio et potestate iudicis delega -

(1) ídem id. id,


168 CAM POS Y PULIDO

ti y De Officio iudicis Ordinarii, ocupándose, por lo tanto, de


las cuestiones con la misma relacionadas en el tratado de los Jueces;
si bien autores más recientes, como el P. Wernz, aceptando un
criterio más científico, lo hacen al tratar del que, con muy buen
sentido, denomina Ius constitutionis eccles. catoticae, en su
segundo volumen de su repetida obra.
En este sentido, los comentaristas estudiában la naturaleza de
la potestad delegada, distinguiéndola de la ordinaria y exponiendo
en los respectivos lugares la doctrina a una y otra referente; ejem­
plo de ello es entre los españoles O ’Callaghan ( 1), al que en alguna
ocasión hemos aludido en el curso de esta obra; mas Prümmer (2)v
autor reciente, aunque anterior al Código entre los modernos, y,
sobre todo, Wernz, tratan de ella al ocuparse dé la jerarquía de
orden y de la de jurisdicción, que es, a nuestro juicio, su lugar más
adecuado.
II. No creemos necesario seguir este examen, refiriéndonos a
los diferentes aütores que de esta materia se ocupan; mas dada la
impórtamela de este último tratadista, no está demás hacer alguna
referencia a la doctrina que sustenta, consignándola en este lugar
como antecedente de los preceptos establecidos en el Código que
vamos a analizar seguidamente.
Cuando este publicista trata en el proemio de este volumen de
la división de la jerarquía de orden y de la de jurisdicción, se ocu­
pa en el núm, II, 4, III, de su tercer párrafo, y una vez qtie deja
expuesto el concepto de la repetida jerarquía, sus clases, su origen,
propiedades, etc., de la división de la jurisdicción eclesiástica en
los varios miembros que comprende la que, atendiendo a los dis­
tintos elementos que le sirven de base, la diversifica en esta for­
ma: a) jurisdicción que denomina propia y vicaria , de las que la
primera es lá que connaturalmente sigue a la misma existencia de
la Iglesia como .verdadera y perfecta sociedad, y se ejerce por ésta
en nombre propio como en su fuero, y la segunda, la que es con­
cedida en virtud de especial comisión; b) por razón del fuero,
distingue la jurisdicción, en jurisdicción del fuero interno, y del ex­
terno, de las que la primera respecta primaria y directamente al
bien privado, y, a su vez, la subdivide en jurisdicción en el fuero

(1) Derecho canónico, según c\ orden d é la s D ecretales de G regorio IX, T orto;


sa, 1899.
(2) Manuale turis ecclesiastici, 1909, F rlb u rg o Brlsgovia.*
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 169

interno penitencial, que se ejerce sólo en el sacramento de la pe­


nitencia y jurisdicción en el fuero interno extrapenitencial} que lo
ha de ser fuera de este sacramento (en el fuero de la conciencia),
y la segunda, que se refiere primaria y directamente al bien pú­
blico o común de los fieles o de la Iglesia, ordenando las relaciones
sociales y se ejerce públicamente in facie ecclesiae y con efectos
jurídicos y sociales; c) por razón del título expreso o presunto, o
por la causa próxima de que se deriva, se clasifica por el mencio­
nado autor en ordinaria y delegada; la que se deríomina ordina­
ria compete a alguno en virtud del propio oficio por disposición del
derecho, mientras que la delegada se ejerce por derecho de otro
en virtud de comisión especial conferida por derecho o por el hom­
bre; d) distingue también la jurisdicción por razón del objeto y
de la forma en contenciosa y voluntaria, sobre cuyo concepto res­
pectivo no creemos necesario insistir; y sí más, particularmente, se
atiende a la forma en que se ejerce, puede distinguirse la legislati­
va, la judicial y la coercitiva; e) por razón de la extensión, la cla­
sifica en universal si no tiene limitación en su ejercicio respecto a
las personas, la materia o el lugar, y particular, que se restringe a
unas u otras; f ) y, por último, atendiendo a la sumisión en inme­
diata y mediata(l).
‘ Análogo criterio sigue nuestro querido maestro el P. Man-
jón desenvolviendo todos estos diversos motivos de diferenciación
estudiados bajo su particular punto de vista en un completo cuadro
sinóptico representativo de todos los términos que comprende (2),
y lo mismo podemos decir de Prümmer, el que a la potestad de or­
den y a la de jurisdicción (que llama también potestad de régimen)»
añade en tercer lugar la de magisterio, que es, según este autor, la
facultad conferida a los Apóstoles por Jesucrito, y a sus sucesores,
de enseñar las verdades reveladas y la doctrina cristiana (3).
Queda, pues, sentado con referencia a los canonistas indicados,
cuál fuera la doctrina general relativa a la potestad de jurisdicción
y a sus diversas clases, sin que creamos necesario ocuparnos después
del· desarrollo de ésta, de la naturaleza y límites de cada una de ellas
y de la forma de su ejercicio, según la disciplina hasta aquí vigente.
Baste, pues, con las referencias consignadas, y sin extendernos a

1) O bra citada, pág. 13 y siguientes.


(2) O bra cilada, pág. 79.
(8) O bra citada, q. 57, pág. 106, 3.
170 CAM POS Y PULIDO

más consideraciones, ya que con los principios expuestos hemos tras­


pasado los límites naturales que nos impusimos al inaugurar el estu­
dio de este título, pasemos al examen del articulado del Código y
analicemos los preceptos que sus distintos cánones contienen, por
los que queda constituida la disciplina novísima que establece.
III. Comienza el canon 196, primero del presente'título, diciendo
que la potestad de jurisdicción o de régimen (concepto este último
conforme con el sustentado por Prümmer, según hemos visto) que
existe en la Iglesia por in5titución divina, una es del fuero externo
y otra del interno o de la conciencia, sacramental o extrasacra-
mental.
Mas no es esta la única clasificación de la potestad y jurisdicción
eclesiástica que el mismo Código admite, pues en el canon inmediato
da el concepto de la jurisdicción que se denomina ordinaria y de la
delegada, distinguiendo la primera en propia y vicaria, y la delega­
da, según se deduce del canon 199 y el 200, en delegada en todo o
para toda clase de negocios, y en parte delegada cuando la delega­
ción es única, y en delegación múltiple, bien existan varias delega­
ciones para un mismo negocio (canon 205) o varios delegados suce­
sivamente (canon 206); a las que podemos añadir, atendiendo a otros
preceptos del mismo Código, por los jerarcas que la ejercen, la po­
testad Pontificia, canon 218; la de los Legados Apostólicos, cáno­
nes 267 y 268; la Episcopal, cánones 329 y 316, párrafo 1.°; la de los
Administradores Apostólicos, canon 318, párrafo 1.°; la de los Cabil­
dos y del Vicario capitular, canon 435; la de los Vicarios y Prefec­
tos Apostólicos, cánones 294 y 296; la de los Vicarios generales, cá­
nones 368, 371 y 316, párrafo 1.°; y la de los Superiores de las reli­
giones clericales exentas, canon 501, párrafo 1.°; la voluntaria y la
judicial según la forma como se ejerce; potestad de orden delegable
o imposible de delegar (canon 210); potestad de hacer leyes, de im­
poner preceptos y de adicionar penas a la ley o al precepto, y sólo
potestad judicial que faculta para aplicar, según las normas del de­
recho, las penas legítimamente establecidas (canon 2 .22Q); y potes­
tad para oir confesiones, tanto la de orden como la de jurisdicción
ordinaria o delegada para la válida absolución de los pecados (ca­
non 872), pues de todas ellas se ocupa en diferentes lugares de sus
respectivos libros.
Sintetizando estas distintas clases de potestad y de jurisdicción
que puede ejercerse en la Iglesia Católica, y teniendo en cuenta,
tanto la doctrina de los autores como la que el mismo Código esta-
Divina...
a) Por su origen.
Humana.
Romano 1
Cardenal
Legados
Patriarca
y derec
b) Por los jerarcas que la ejer- } Obispos,
cen.......................................... ^ Administi
Cabildos
Ordinario
Vicarios;
Vicarios ¡
\ Superior«
i Universal
c) Por su extensión................... ) General.
(P. Wernz). ( Partícula
/ a ( Contenci(
[ ’ ( Voluntan
I d) Por razón del objeto y de 1
1.° Jurisdicción la forma..................... i ^ Legislati
eclesiástica en
general........
i Jud[cial.
\ Coerciti\
Jurisdicci
no, ca¡
e) Por razón del fuero............
(P. Wernz,) J u ris d iC C i
no, caí
í Ordinari.
Clasificación gene­ a) Simple.
ral de la jurisdic-;
ción eclesiástica.. \ Delegad*
f) Por razón
del título..
b) Múltiple o muí- / Varios d
tiplicidaddede-\ para i
legados para un > negocii
negocio.......... \ nes 20f
g) Atendiendo a la sumisión.. . ( Inmediata
(P. Wernz.) { Mediata.
a. En la
l perior 1
2.° Jurisdicción particular o para cierta clase de \ tico, Cü
materias o asuntos en particular.......................
Ib. En Is
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 171

blece, podremos hacernos idea de las distintas formas que’reviste


mediante el siguiente cuadro sinóptico, en el que una simple ojeada
bastará para comprender la diversidad de aspectos que en la misma
podemos distinguir, ya se trate de la jurisdicción en general o de la
particular (o para cierta clase de asuntos o materias en particular), y
de la que se denomina ordinaria y delegada, que es a la que princi­
palmente nos vámos a referir en este lugar.
Los términos que pueden servir de base, por consiguiente, para
formular la clasificación de la potestad y de la jurisdicción eclesiás­
tica, son los del adjunto esquema, estudiándola en toda su integridad:
172 CAM POS Y PULIDO

IV. Mas si necesario nos ha sido para la más perfecta compren­


sión de la naturaleza de la jurisdicción en las formas de su ejercicio
hacer referencia a todos los diversos aspectos y modalidades que re­
viste, no obstante, que su completo desenvolvimiento encajaría más
bien en un estudio por extenso de la potestad jurisdiccional, hemos
de prescindir en este momento del examen de la mayor parte de los
términos que comprende la clasificación expuesta — puesto que a
ellos nos Habremos de referir en el curso de nuestras investigacio­
nes para limitarnos al de la potestad ordinaria y la delegada, al
que más particularmente se circunscribe el Código en este título,
respondiendo así al criterio que preside a su redacción y al orden de
distribución dé Sus preceptos, dados los fundamentos doctrinales
que hemos consignado precedentemente.
Por esto observamos, siguiendo el referido orden de las pres­
cripciones del repetido Código 3 que después que ha fijado en su
canon 196 la distinción que hemos visto que establece entre po­
testad del fuero externo y del interno, ya sea ésta sacramental
o extrasacramental, pasa en el 197 a distinguir asimismo entre la
potestad ordinaria y la delegada, concretando su naturaleza res­
pectiva.
En conformidad a repetido canon, pediendo ser la jurisdicción
ordinaria y delegada y subdividiéndose la primera en propia y vica­
ría, es ordinaria a tenor de sus preceptos la que ipso iure es anexa
al oficio, mientras que, por el contrario, tendrá la consideración de
delegada la que es cometida a la persona. Ha mantenido el Códi­
go con tal precepto el principio fundamental mediante el que puede
hacerse la distinción científica y racional entre una y otra clase de
potestad; pero cotíio. quiera que la misma jurisdicción ordinaria,
aun siendo completamente aneja al oficio, puede ser ejercida en
nombre propio o en nombre de otro; en el segundo párrafo del men­
cionado canon la distingue en propia y vicaría, confirmando* el an­
tiguo concepto de la palabra Vicario, que, en términos generales,
es el que hace las veces de otro.
Decimos que la potestad Ordinaria es la que ipso ture se consi­
dera aneja al oficio; mas es preciso determinar a quién se designa
en derecho con el nombre de Ordinario. Ocúpase de ello el ca­
non 198, especificando quiénes merezcan la consideración de Ordi­
nario y Ordinario del lugar o de los lugares.
Compréndensé y han de entenderse incluidos en el nombre de
Ordinario, según el repetido canon, salvo que alguno sea excep­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 173

tuado expresamente, como se dijo antes, además del Romano Pon­


tífice, el Obispo residencial, el Abad o Prelado nullius y sus Vi­
carios generales, el Administrador, Vicario, y Prefecto Apostólico,
así como también los que, a falta de lo mismos, les suceden en el
régimen por prescripción del derecho y por constituciones aproba­
das, cada uno de ellos para su respectivo territorio, y también con
respecto a sus propios súbditos, los Superiores mayores de las reli­
giones clericales exentas. Con el nombre de Ordinario del lugar
o de los lugares , se comprende, según el segundo párrafo del
mencionado canon a los anteriormente referidos, excepto los Supe­
riores religiosos.
V. Ocupémonos ahora de la naturaleza de la jurisdicción ordi­
naria y de la delegada.
Siendo la potestad de jurisdicción ordinaria la aneja al oficio y
ejerciéndose, por lo tanto, en virtud de este mismo oficio eclesiás­
tico que la lleva consigo, al contrario de la delegada que se ejerce
por concesión conferida, especialmente, por el que la tiene por sí,
tendremos que la regla general es que la ordinaria puede delegarse,
mas no la delegada, que no podrá subdelegarse, salvo que el dele­
gante faculte al delegado para ello, o la delegación sea de tal natu­
raleza, que bien por la autoridad que la concede o por la propia ín­
dole de la misma jurisdicción, pueda serlo. Esta doctrina general
necesita, sin embargo, su r\atural desenvolvimiento que se encuen­
tra perfectamente sintetizado en los cinco casos o preceptos que
contiene el canon 199, Son éstos:
A. En cuanto a la jurisdicción ordinaria:
El que tiene potestad de jurisdicción ordinaria la puede delegar
a otro en todo o en parte, salvo que otra cosa prescribiese el dere­
cho expresamente.
Se parte, por consiguiente, de la facultad de delegar la juris­
dicción ordinaria que se posee bien en todo o en parte, pero con la
excepción natural de que otra cos& se prevea por el derecho, en
cuyo caso la imposibilidad de la delegación existe por la prohibición
del derecho mismo y no por la naturaleza de la jurisdicción, puesto
que la ordinaria es delegable.
B. En cuanto a la delegada:
Por lo que respecta a esta clase de jurisdicción, debemos distin­
guir los casos siguientes: a) Potestad de jurisdicción delegada por
la Sede Apostólica, b) Potestad de jurisdicción delegada por quien
la tiene ordinaria siendo inferior al Romano Pontífice, c) Potestad
174 CAM POS Y PULIDO

de jurisdicción delegada, pero que no lo sea por la Sede Apostóli­


ca, ni por quien siendo inferior al Pontífce la tiene ordinaria.
En el primer caso, la potestad de jurisdicción delegada por la
Sede Apostólica puede subdelegarse bien actual o habitualmente,
a no ser que se hubiere delegado a determinada persona atendiendo
a su diligencia o aptitud personal o se prohibiere por el derecho la
subdelegación.
En el segundo, la potestad de jurisdicción delegada para toda
clase de asuntos a d universitatem tiegociorum por aquél o
aquéllos que siendo inferior al Romano Pontífice tiene potestad or­
dinaria, podrá ser subdelegada en ciertos casos particulares.
En todos los demás, o sea cuando no se trate de la jurisdicción
delegada por la Sede Apostólica o por el inferior al Pontífice, que
la tiene delegada ad universitatem negotiorum , sólo podrá subde­
legarse por concesión hecha expresamente, o no existiendo ésta,
podrán'los Jueces delegados subdelegar algún artículo, no juris­
diccional sin expresa comisión.
C. Potestad subdelegada:
Ninguna potestad de jurisdicción que se tenga en virtud de
subdelegación podrá subdelegarse de nuevo, a no ser que expresa­
mente se le conceda facultad para ello al Subdelegado.
Podremos, pues, en virtud de la doctrina que precede y de igual
modo que antes hemos hecho, cuando tratábamos de la jurisdicción,
en'general, reducir la clasificación de la ordinaria y la delegada al
siguiente cuadro sinóptico, conformándonos con los principios que
quedan consignados.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 175

Jurisdicción subdelegada.......................................................................... j Subdelegadle por expresa concesión.


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176 CAM POS Y PULIDO

VI. Determinada la naturaleza de la jurisdicción ordinaria y la


delegada, y la posibilidad o imposibilidad de delegar la primera o
subdelegar la segunda, se ocupa el Código de lá interpretación de
una y otra, y de su prueba, consignando las reglas pertinentes.
En armonía con lo que prescribe el canon 200, la potestad de ju­
risdicción ordinaria y la delegada ad uniuersitafem negotiorum,
ha de interpretarse latamente, cualquiera otra lo será estrictamen-
té; y al que se le ha delegado la potestad se ha de entender.que se
le han concebido también todas aquellas facultades que sean necesa­
rias para su ejercicio y sin las que la misma no podría ser ejercida.
Esta regla de interpretación se refiere a los casos en que la ju­
risdicción se concede pudiéramos decir simplemente, a un solo de­
legado, mas puede darse el caso de que concurran varios delegados
para un mismo negocio.
Cuando tal ocurra, si muchos hubieran obtenido jurisdicción de­
legada para un mismo negocio, y se dudase si la delegación se hu­
biere hecho in solidum o colegial mente, colegialiter y se presu­
mirá hecha in solidum en asunto voluntario, ytolegialm ente si lo es
en materia judicial.
Si hubieren sido delegados in solidum varias personas, el que
hubiese comenzado antes el conocimiento del asunto excluye a los
denlas del mismo, a no ser que después tuviere impedimento para
continuar su resolución o no quisiere proceder más adelante en el
mismo asunto.
Si fuesen'varios los delegados y lo fuesen colegialmente, debe­
rán proceder todos simultánea y conjuntamente en la expedición y
resolución del negocio para la validez de éste, salvo qne en el man­
dato se previniere otra cosa.
Contiénense estos preceptos en el canon 205 en sus párrafos 1.°,
2.° y 3.°, y aunque los dos últimos se refieren más bien a la forma
de su ejercicio, tienen, sin embargo, las reglas que sancionan, cierto
carácter de reglas interpretativas, que exigían fuesen referidas en
este lugar, mucho más cuando que están condicionadas por el pri­
mer párrafo relativo como sabemos a la multiplicidad de delegados
para un mismo negocio, ya sea conferida la delegación in solidum
o colegialiter.
Estos mismos casos de multiplicidad de delegados tienen tam­
bién su regla complementaria en el canon 206, que prescribe que si
la delegación ha sido concedida sucesivamente a varios, respecto
al mismo negocio, deberá expedir y resolver el indicado negocio
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 1.77
»

aquél cuyo mandato fuere anterior y no hubiere sido abrogado e x ­


presamente por el rescripto posterior.
Por lo que respecta a la prueba de la existencia de la jurisdicción,
nada se indica en cuanto a la ordinaria, puesto que ésta es aneja al
oficio, mas la delegada requiere prueba y así lo establece el párra­
fo 2.° del canon 200 antes referido, que prescribe que el que se arro­
ga el carácter de delegado le incumbe la prueba de la delegacióm.
VII. Otra de las cuestiones a resolver relativamente a la potes­
tad ordinaria y a la delegada es la referente a concretar sobre qué
personas ha de ejercerse la jurisdicción y la forma y límites de su
ejercicio, lo que debe determinarse atendiendo a la distinta natura­
leza de una y otra. .
Estudiemos estas cuestiones separadamente.
a) La de jurisdicción en general, comprendiendo por tanto la
ordinaria y la delegada, y precisamente por su propia y peculiar na­
turaleza, puede ser ejercida directamente en los súbditos.
La judicial, tanto ordinaria como delegada, no puede ser ejerci­
da en propio interés ni fuera del territorio, salvo lo prevenido en los
cánones 401, párrafo 1.°, 881, párrafo 2.° y 1.637.
. Refiérense estas excepciones: la primera o sea la del § 1.° del
canon 401, al canónigo Penitenciario, tanto de la Iglesia Catedral
como de la Colegial, que obteniendo por derecho potestad ordina­
ria (la que, sin embargo, no puede delegar a otros), para absolver
aún de los pecados y censuras reservadas al Obispo, puede hacerlo
también aun con los extradiocesanos y con los diocesanos fuera del
territorio; la del párrafo 2.° del 881 al que tiene potestad ordinaria
de absolver que puede hacerlo a los súbditos en todo lugar de la
tierra; y por último, la tercera o sea la del canon 1.637 según el que
«1 Juez que ha sido expulsado de su territorio por la fuerza, o que
ha sido impedido de ejercer en dicho lugar su jurisdicción podrá
ejercerla fuera de su territorio y dictar sentencia, dando de ello
cuenta al Ordinario del lugar.
Fuera'de e’stos tres casos taxativamente mencionados como ex­
cepción, tanto la jurisdicción ordinaria como la delegada, sólo podrá
ejercerse dentro del territorio.
Por último, la jurisdicción voluntaria o no judicial, salvo que por
la naturaleza de las cosas o que por derecho conste lo contrario,
podrá ser ejercida por el que la tuviere aun en su propia utilidad o
a favor del que está fuera del territorio o en súbdito ausente del
mismo (canon 201, párrafo 3.°).
C a m p o s y P u lid o . T o m o iv. 12
178 CAM POS Y PULIDO

b) En cuanto al ejercido de la potestad, el acto de la de jurisdic­


ción, ya sea ordinaria o delegada conferida para el fuero externo,
vale también para el interno, pero no a la inversa; la conferida para
el fuero interno puede también ser ejercida en el fuero interno extra-
sacramental, a no ser que se exija el sacramental. Mas si no se ex­
presare el fuero para el que ha sido conferida la potestad, ha de en­
tenderse concedida para uno y otro fuero, salvo que constare lo
contrario de la misma naturaleza de las cosas. Así lo determina el
canon 202 en sus párrafos 1.°, 2.° y 3.°
c) Por lo que respecta a sus límites, dispone el canon 203 que el
delegado que traspasa los límites del mandato, ya lo sea con rela­
ción a las cosas o a las personas, nada realiza,, siendo, por lo tanto,
su acto nulo, puesto que carece de la potestad necesaria para su
ejercicio (párrafo 1.°). Mas no lo será, sin embargo, si realizase lo
previsto en el mandato de otra suerte que como se hubiese señalado
por el delegante para el asunto para que fué delegado, a no ser que
el referido modo de obrar le fuere prescrito por aquél como condi­
ción o requisito necesario para su validez (párrafo 2.°)
Finalmente, si alguno acudiese al superior prescindiendo del in­
ferior, no se suspende por ello la potestad voluntaria del repetido
inferior', ya sea ésta ordinaria o delegada. Mas, sin embargo, defe­
rido, el asunto al superior, no podrá inmiscuirse en él el inferior,
salvo que concurra causa grave y urgente, y en tal caso deberá dar
cuenta inmediatamente al superior.
VIII. Estudiada hasta aquí la naturaleza y clasificación de la ju­
risdicción, las reglas relativas a su interpretación y las formas de su
ejercicio, es natural que ahora nos ocupemos de la cesación de la
jurisdicción y los preceptos por que ésta se rige..
Es preciso al examinar esta materia que distingamos, lo mismo
que ya lo hemos hecho antes, entre la jurisdicción ordinaria y la
delegada.
La dejegada, como prescribe el canon 207 en su párrafo 1.°, se
extingue en los casos siguientes:
1.° Por el cumplimiento o realización del mandato.
2.° Por el transcurso del tiempo o por haberse agotado el núme­
ro de casos para que fué concedida. No obstante este precepto ge­
neral, en la potestad concedida para el fuero interno, el acto reali­
zado por inadvertencia,, transcurrido el tiempo señalado o terminado
el número de casos, es válido (párrafo 2.°)..
3.° Por cesación de la causa final de la delegación. ·
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 179

4.° Por la revocación del delegante intimada directamente al de­


legado o por la renuncia del delegado, directamente intimada al
delegante y aceptada por éste. No cesará, sin embargo, resuelto el
derecho del delegante, salvo lo prescrito en los dos casos del ca­
non 61, referentes a que no se extinguen por la vacación de la Sede
Apostólica o por la de la Diócesis, los rescriptos por éstas con­
cedidos, salvo que apareciese otra cosa de sus cláusulas o contu­
vieren facultad para conceder gracias a personas particulares ex­
presas en los mismos, et res adhuc integra sit ( 1).(párrafo 1 .° del
referido canon).
5.° Cuando varias personas han sido delegadas colegialmente,
si faltase una de ellas, expirará y cesará la delegación de los de­
más, salvo que constare otra cosa del tenor de la delegación (id. 3.°).
La jurisdicción ordinaria, en conformidad al canon 208 y según
las normas del párrafo 2.° del 183, ya estudiado en el título ante­
rior, no se extingue resuelto el derecho del concedente del oficio al
que es anexa, pero cesará y se extinguirá por la pérdida del oficio
quedando suspendida por la legítima interposición de la apelación,
salvo que ésta lo sea sólo en el aspecto devolutivo, firme, sin em­
bargo, lo dispuesto en los cánones 2.264 y 2.284.
Refiérense las prescripciones de estos cánones al caso del acto
de jurisdicción, tanto del fuero externo como del interno realizado
por el excomulgado, que en conformidad a lo que previene el pri­
mero de los dos indicados preceptos es ilícito, y si se hubiese dic­
tado sentencia condenatoria o declaratoria, aún inválido, salvo que
los fieles, por cualquier causa justa hubiesen pedido a aquél como
prescribe el 2.° párrafo del canon 2.261 la administración de sacra­
mentos y sacramentales, máxime si faltare otro sacerdote para ad­
ministrarlos y aun tratándose de excomulgados vitandos y también
de los demás excomulgados después de haber recaído sobre ellos
sentencia declaratoria o condenatoria, cuando los fieles sólo en el
caso de peligro de muerte les pidiesen tanto la absolución sacra­
mental según las normas del canon 882 y del 1.252 como los demás
sacramentos y sacramentales si no hubiese otros ministros; de lo
contrario, es válido y aun lícito si fuese pedido por los fieles en el
caso últimamente referido del canon 2.261, párrafo 1 .°
En cuanto a lo prevenido en el canon 2.284, si se hubiere incu­
rrido en la censura de suspensión que prohíbe la administración de

^1) V éase antes la pág. 70 de este volum en.


180 CAMPOS Y PULIDO

sacramentos y sacramentales, se observará lo dispuesto en el canon


2.261 que se acaba de referir, y si la censura de suspensión lo que
prohíbe es el acto de jurisdicción en el fuero interno o en el ex ter­
no, el acto realizado será inválido si se hubiere dictado la sentencia
condenatoria o declaratoria, o el Superior declarase expresam ente
que revoca la misma potestad de jurisdicción; de lo contrario, será
ilícito solamente salvo que fuere pedido por los fieles según lo pres­
crito en el mencionado canon 2.261, párrafo 2.°, a cuyo canon he­
mos hecho referencia, al estudiar el anterior.
IX. La última cuestión que debemos estudiar en este título, es
la relativa al modo de suplir la jurisdicción, a lo que prevé el ca­
non 209. En el caso de error común o en la duda positiva y proba­
ble dice este canon, ya sea de derecho o de hecho suple la Iglesia
la jurisdicción, tanto para el fuero externo como para el interno.
Finalmente, el título que estudiamos, termina estableciendo e
el canon 210 que la potestad de orden aneja por el Superior ecle­
siástico al oficio, o cometida a la persona, no puede ser encomen­
dada a otros, a no ser que esto fuese expresam ente concedido por
el derecho o la fuese en virtud de indulto.
T Í T U L O VI

DE LA REDUCCIÓN DE LOS CLÉRIGOS AL ESTADO LAICAL

I. El título VI de la sección 1 .a de la primera parte del primer


libro del moderno Código, y el último, por lo tanto, de esta referida
sección, está dedicado a la reducción de los clérigos al estado lai­
cal, en el que se consigna en los cuatro cánones de que consta, la
doctrina de aplicación a este interesante punto de la disciplina ca­
nónica, que es sin duda alguna el complemento natural d élas diver­
sas cuestiones estudiadas en los títulos precedentes.
Partiendo de la distinta naturaleza de la jerarquía de orden y de
la de jurisdicción, y de las condiciones y formas mediante las
cuales puede ingresarse en una y otra, a cuya doctrina acabamos
de hacer alusión en el título anterior, y sabiendo que en la de orden
únicamente puede tener lugar el referido ingreso por la sagrada or­
denación, es como podremos estudiar y analizar los varios precep­
tos que integran el articulado del presente título.
Si queremos conocer los antecedentes relativos a esta cuestión,
observarem os que los autores anteriores al Código, y entre ellos
Príimmer, y el P. W ernz, se han ocupado en sus respectivas obras
de esta m ateria, consagrándole las reglas pertinentes, con las que
podemos decir se m uestra completamente conforme el moderno
Código, ya que lo que hace es incorporarlas a sus prescripciones
con la solemne autoridad que su eficacia le había de aportar, desde
el momento de su vigencia.
El primero de estos canonistas, bajo el epígrafe De cimissione
status clericalis, y después de indicarnos que éste se adquiere por la
recepción de la primera tonsura—que según la opinión más probable
no es orden, así como también que según el criterio y la doctrina más
182 CAMPOS Y PULIDO

generalm ente admitida, ni aun las cuatro órdenes menores y el sub-


diaconado, son en sentido estricto órdenes que imprimen carácter sa­
cramental, aunque, sin embargo, en conformidad a la disciplina de la
Iglesia, ni una ni otras pueden repetirse, si el clérigo después de su
reducción a la comunión laical volviese legítimamente al estado cle­
ric a l-d ic e , que la reiteración de las órdenes propiamente dichas
nunca se ha realizado, principalmente cuando se trata de las mayo­
res, de donde se deduce y es manifiesto que el que ha entrado a
formar parte del estado clerical por la legítima recepción de las sa­
gradas órdenes, nunca podrá volver a ser lego* y continuar in­
cluido y considerado como los demás legos, dándose, sin embargo,
la amisión parcial del referido estado clerical, que aunque no quita
la potestad de orden, quita las prerrogativas del estado clerical, a
cuya amisión, que así la llama, la denomina reducción a la comu­
nión laical <1).
T res son los modos en conformidad a lo que indica este referido
autor, por los que puede tener lugar la reducción de los clérigos al
estado laical, que son la degradación, la dispensa y la libre elección;
los que estudia con la suficiente separación, afirmando que el último
sólo puede tener realidad, respecto a los clérigos de órdenes meno­
res, los que en conformidad a la moderna disciplina de la Iglesia
pueden dimitir el hábito y la clerical tonsura, volviendo al estado
laical, y contraer matrimonio.
Pero más especialmente el insigne canonista P. W em z, estu­
diando estos particulares con la extensión y detenimiento que su
importancia reclaman, en cuya doctrina hemos de encontrar, como
siempre, fuente importante de provechosas enseñanzas, y la autori­
dad que sus investigaciones encierran, confirma lo que indicamos
respecto a la primera tonsura y a las órdenes menores con referen­
cia a Prümmer (2), y dejando al examen de los teólogos lo refe­
rente a si el carácter impreso en el sacramento del orden per­
manece aún en los bienaventurados de la Iglesia triunfante, antes
del día del último juicio conjuntamente con la potestad de orden
constituida por derecho divino, trata bajo el mismo título que lo
hace Prümmer, o sea con el de amissione ordinum ecclesiastl·
cum de esta misma cuestión, distinguiendo entre la que denomina
interna y propia que es la ablación de la misma potestad de orden,

(.1) Obra cltada.^vol. I, p ág. 155.


(2) Obra citada, tomo II, parte prim era, pág. 352, núm. 235.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 183

y la impropia y externa , en la que permaneciendo la misma potes­


ta d de orden, solamente quita el uso lícito o el ejercicio de su potes­
tad y ciertos derechos y oficios nacidos en los clérigos ordenados
por las sanciones canónicas; cuya amisión del estado clerical puede
ser total o solamente parcial, hecha por arbitrio privado, o públi­
camente interviniendo la autoridad de la Iglesia, ya lo sea por g ra­
ciosa dispensación, por sentencia condenatoria o por disposición
del derecho. E ste repetido autor, de la misma manera que lo hace
Prümmer, sostiene que la reordenación únicamente se podrá decir
que es absoluta, y supondrá necesariamente la completa certeza de
que la primera que se practicó fué inválida cuando ésta lo fuera,
mientras la condicional exige que exista verdadera y probable duda
d el valor de la primeramente recibida. En este sentido y como doc­
trina de particular aplicación, expone que la potestad de orden
constituida por derecho divino y de carácter indeleble, nunca puede
perderse, ni aun quitarse o limitarse ni aun por el Romano Pontífi­
ce en lo que r^ p e c ta a su uso válido , con tal que en el acto de
ejercerla se observen las demás condiciones requeridas por el dere­
cho divino, y de aquí deduce que cualquier clérigo a lo menos,
cuando ha recibido válidamente con carácter indeleble el orden jerár­
quico, no puede de ningún modo ser expulsado del estado clerical
ni reducido al estado laical, verdadera e internamente , ni. por su
libre voluntad y privado arbitrio, ni por dispensa de la Iglesia, ni
por la pena justa correspondiente al delito que se ha cometido, ni
por disposición del derecho, sin que tampoco pueda el mismo Ro­
mano Pontífice directam ente y por el ejercicio de su potestad de ju­
risdicción, convalidar el acto de la potestad de orden que por dere­
cho divino es anexo exclusivamente al carácter sacramental. En
cuanto a la de orden que tiene su asiento y origen en la institución
eclesiástica, puede la misma Iglesia que la instituyó quitarla o limi­
tarla de suerte que no sólo sea su uso ilícito, sino que sublata po-
tentia sea también inválido ( 1).
Es por demás interesante la doctrina que acabamos de exponer
con referencia a tan eminentes canonistas, y en ella es en la que
debemos de encontrar el antecedente de la que ha venido a sancio­
nar el nuevo Código, en la que hemos de fijar muy detenidamente
nuestra atención, para evitar que pueda dársele una significación y

(I) Obra y autor citado en el ref«rido lugar, cap. 1V, tít. XI, números 228, 229g 230
y 231.
184 CAMPOS Y PULIDO

un alcance que de ningún modo puede atribuírsele, sobre todo en lo


que respecta a la disposición del canon 214 que seguidamente vamos
a estudiar, ya que en lo fundamental como no podía ser de otra ma­
n era, los principios que establece concuerdan con los que siempre han
sido admitidos y constantemente sancionados por la Iglesia católica,
de los que son su completa confirmación, pero de suerte que la nue­
va disciplina'aparece en el Código regulada y establecida con la abso­
luta precisión que siempre es necesaria, y que cuestión de tanto mo­
mento y de tan señalada importancia exige del legislador canónico.
II. Completamente conforme con los principios apuntados, el ca­
non 211 preceptú.a que aunque la sagrada ordenación válidamente
recibida nunca se hace irrita, sin embargo el clérigo mayorista, o·
que ha recibido órdenes mayores, podrá ser restituido al estado
laical, port Rescripto de la Santa Sede, por decreto o sentencia se­
gún las normas .del canon 214, cuyo estudio vamos a realizar a con­
tinuación, o bien por la pena de degradación.
Como puede deducirse de su lectura dos extremos comprende el
referido canon que se acaba de transcribir. Es uno la ratificación y
confirmación de la perpetuidad y carácter indeleble de la sagrada
ordenación que hemos visto sostenían todos los canonistas; el segun­
do se refiere a las causas por las que puede tener lugar la reducción
de los clérigos al referido estado laical, y éstas son bien taxativas
dado su tenor.
Mas el repetido Código, después de sancionar el indicado prin­
cipio general, determina la forma y casos en los que puede hacerse
la indicada reducción al estado laical, pero en este punto establece
una importante distinción, ya se trate de los clérigos mayoristas o
minoristas. Respecto a los primeros las causas son las indicadas, y
por lo que hace relación a los segundos, el segundo párrafo del men­
cionado canon, dispone, que el clérigo menor o minorista podrá pasar
al estado laical no sólo ipso tacto por las causas señaladas y descri­
tas^ en el derecho, sino también, por su misma voluntad, dando de
ello cuenta por anticipado al Ordinario del lugar, o por decreto del
mismo Ordinario, dictado con justa causa; a saber: si el Ordinario
examinadas y estudiadas detenidamente todas las circunstancias del
caso, juzgase prudentem ente que el clérigo no puede ser promovido
con decoro del estado clerical a los sagrados órdenes.
En los preceptos estudiados sólo se encuentran indicados los
casos por los que puede tener lugar la referida reducción al estado
laical, sin que se incluyan otras reglas de particular aplicación a los
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 185

mismos, salvo lo que se refiere a sus efectos, objeto del canon 213*
En cuanto a aquéllas, notaremos solamente que por lo que respecta
a los clérigos de órdenes mayores —si bien no es preciso que nos
detengamos, por ahora, a considerar la naturaleza del precepto del
canon 214, puesto que hemos de concretarla en las líneas sucesivas,
así como tampoco lo que con la degradación está relacionado, ya
que en su día se estudiará esta pena canónica— , de la dispensa o
Rescripto de la Santa Sede, el insigne canonista P. W ernz, al que
acabamos de referirnos, indica, que a los Presbíteros no acostum­
bra a concedérseles por dispensa,apostólica autorización para con­
traer matrimonio, no existiendo tampoco ejemplo alguno de que a
un Obispo consagrado le fuere permitido por la Sede Apostólica el
tránsito al matrimonio, y cita a este respecto el caso del Príncipe
Tayllerand, que antes de la Revolución francesa fué Obispo Au-
gustodunense, al que Su Santidad Pío Vil autorizó por su Breve
« Gravissimas » de 29. de Junio de 1802 para ser reducido a la sim­
ple comunión laical, pero de suerte que, prohibido el ejercicio de
cualesquiera funciones episcopales o eclesiásticas pudiese llevar
traje laical y desempeñar oficios seculares, en cuyo indulto no le
fué concedida licencia para celebrar matrimonio ( 1).
III. Si en los casos antes indicados puede el clérigo, tanto mayo­
rista como minorista ser reducido al estado laical, autoriza* también
el derecho su regreso al estado clerical, pero exigiendo determina­
das condiciones que habrán de cumplirse por unos u otros.
De ello se ocupa el canon 212 estableciendo las oportunas reglas
y preceptos por los que se ha de regir.
Para que los clérigos constituidos en órdenes menores que por
cualquier causa han sido reducidos al estado laical, puedan de nuevo
ser admitidos entre los clérigos, se requiere por la novísima disci­
plina la oportuna licencia del Ordinario de la Diócesis a la que aquél
fuese incardinado por la ordenación, mas esta licencia no podrá ser
concedida sino después de haberse practicado un diligente examen
sobre su vida y costumbres, y realizado el oportuno experimento a
juicio del mismo Ordinario.
Los de órdenes mayores que hayan sido reducidos al indicado
estado laical necesitan para ser admitidos nuevamente entre los clé­
rigos, licencia de la Santa Sede.
IV. Ocúpase el canon 213 de los efectos que produce la reduc-

(1) Obra citada, lugar citado, núm. 273, pág. 351.


186 CAMPOS Y PULIDO

•ción de los clérigos al estado laical, o su legítimo regreso a éste, a


cuyo respecto establece una regla general, fijando a la vez condi­
ciones y requisitos propios relativamente a los clérigos mayoristas.
La regla general de aplicación, por lo tanto, a una y otra clase
de clérigos, es que todos ellos, o sea tanto los mayoristas como los
minoristas, pierden por este mismo hecho, los oficios, beneficios,
derechos y privilegios clericales, prohibiéndoseles vestir el hábito
eclesiástico y llevar la tosura clerical.
La particular que *se aplica sólo a los de Ordenes mayores es,
según el segundo párrafo del mencionado canon, que éstos queda­
rán también obligados a observar el celibato eclesiástico, salvo lo
prescrito en el canon 214; pues siendo ésta una de las obligaciones
que pesan sobre los clérigos que han ascendido a los O rdenes ma­
yores, que salvo el subdiaconado, constituyen parte integrante del
sacramento del Orden, cuyo carácter indeleble no puede borrarse,
como hemos dicho, la indicada reducción al estado laical, sería un
medio para evadir su cumplimiento con manifiesta infracción de los
preceptos que rigen en este particular. O bsérvese que se dice con la
sola excepción de lo prevenido .en el canon 214, y, por consiguiente,
cuando concurran las circunstancias que éste prevé, será únicamente,
cuando quedarán exentos del cumplimiento de tal deber, propio y
especial de los clérigos; pero claro es que esta obligación no pesa
sobre los minoristas, pues a ellos no se refiere el precepto de dicho
canon.
V. La última cuestión que debemos tratar en este título es la
que se plantea por el canon 214, ya repetido, al que hemos hecho
alusión antes, y que ahora debe ser estudiado detenidamente.
Una rápida y superficial lectura de lo que en él se establece,
podría hacer suponer que el nuevo Código había sancionado con
este precepto una novedad, que introduciendo una radical y extra­
ordinaria reforma en la disciplina, permitía a su amparo que los
clérigos de tal manera pudiesen quedar reducidos al estado laical,
que fuera posible romper la santidad de la ordenación sagrada y el
cumplimiento de las estrictas e importantes obligaciones que sé im­
ponen a los que la reciben. Mas nada más lejos de la realidad que
sostener tal doctrina, completamente contraria al espíritu, y al cri­
terio que a su redacción ha presidido. El estudio de su tenor es, sin
duda alguna, el que puede ofrecernos los elementos de juicio nece­
sarios para conocer el sentido y la naturaleza de precepto tan im­
portante. Dice así el indicado canon:
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 1 87

El clérigo que, coaccionado por el miedo grave hubiese recibi­


do el Orden sagrado, y posteriormente removido el miedo, no tu­
viese por rata la misma sagrada ordenación, a lo menos tácitam ente
mediante el ejercicio de las O rdenes recibidas, queriendo por tal
acto som eterse a las obligaciones clericales, podrá ser restituido al
estado laical, en virtud de sentencia judicial, siempre que pruebe
legítimamente la coacción y la falta de ratihabición o de tácita ra­
tificación de que se ha hablado, sin que quede sometido al cumpli­
miento de las obligaciones del celibato, y de las horas canónicas. La
coacción y la falta de ratihabición habrá de probarse, observándose
el procedimiento y las formalidades prescritas en los cánones 1.993
al 1.998, que se ocupan de las causas contra la sagrada ordenación,
y a las que en su lugar oportuno habremos de referirnos.
Tal es el tenor del mencionado precepto; mas si queremos cono­
cer su carácter y naturaleza, lo primero que debemos recordar es
la doctrina que el mismo Código establece respecto a la validez de
los actos realizados mediante la influencia de la violencia o del
miedo grave. Como tuvimos ocasión de estudiar al analizar los pre­
ceptos del canon 103, los actos realizados por miedo grave e injus­
tam ente causado,, o por dolo, serán validos, a no ser que el D ere­
cho previniese otra cosa, pudiendo ser rescindidos según las nor­
mas de los cánones 1.684 al 1.689 por sentencia judicial, bien lo sea
a petición de la parte lesionada o de oficio ( 1), y esta disposición
que tiene evidentemente carácter general, aparece confirmada en lo
que se refiere a la sagrada ordenación, por lo que sanciona el ca­
non que ahora estudiamos, si bien, por lo que a ésta respecta, el
criterio que se sustenta es de excepción del canon 103, ya que su­
poniendo el acto válido si el derecho no estableciese otra cosa en
contrario, .declara en el presente que la sagrada ordenación realiza­
da por miedo grave, será nula, salvo que se haya ratificado ésta
posteriormente. La ordenación verificada por miedo grave es, por
consiguiente, nula, salvo que se ratifique.
Ahora bien; la nulidad de la ordenación no surge ni se declara
ipso ju re , sino que ha de serlo por sentencia judicial, y para que
esta declaración judicial pueda ser dictada mediante sentencia,
como decimos, es necesario que se prueben dos extremos perfecta­
mente definidos y concretos, a saber: la coacción y la falta de rati­
ficación de la ordenación recibida por miedo grave, porque si esta

(1) V éa se antes páginas 95 y 96 de este volum en.


188 CAMPOS Y PULIDO

prueba no existiese, es evidente que no podrá dictarse la sentencia


o ésta no podría producir como efecto la reducción al estado laical,
y la consecuente inobligatoriedad de cumplir el celibato eclesiástico
y la recitación de las horas canónicas.
Vemos, pues, que es bien diferente el presente caso de los de­
más que dejamos estudiados en los párrafos .anteriores. En los dis­
tintos cánones"del título VI de esta sección, hemos visto que se dis­
tingue entre los clérigos que han recibido las O rdenes mayores y
las Ordenes menores; en los primeros, la indicada reducción puede
tener lugar prescindiendo de lo que se establece en el canon a que
nos venimos refiriendo —puesto que la sentencia dictada en confor­
midad al mismo, es una de las en que los m ayoristas podrán ser re­
ducidos al repetido e stad o --, por virtud de la concesión otorgada
por autoridad legítima, como lo es el rescripto de la Sede Apostó­
lica, o bien como pena, como consecuencia de la degradación que
se le hubiere impuesto en este concepto; y por lo que se refiere a
los segundos, de una parte, el Derecho prevé las causas que puedan
originarla, a la vez que la misma voluntad de los ordenandos puede
también ocasionarla.
Mas cuando nos referimos a la existencia de la ordenación reali­
zada mediante el miedo grave, no puede decirse que sea esta reduc­
ción un beneficio o privilegio que se otorgue al ordenado, ni es tam­
poco una pena que el derecho impone, sino que, muy por el contra­
rio, es la consecuencia lógica y natural de la forma de realización
del acto de la misma-ordenación, pues es.d e toda evidencia, que si
se hubiese verificado con las condiciones ordinarias de licitud, y
concurriendo una voluntad espontánea y libre, no coaccionada por
la violencia y el error, la ordenación sagrada así conferida sería de
todo punto válida, produciría el carácter indeleble, que necesaria­
mente había de producir, y como dice el canon 211 , que ya hemos
estudiado, la sagrada ordenación válidamente recibida, nunca y
por ninguna causa podría irritarse.
No podemos decir ciertam ente lo mismo cuando se trata de la
ordenación inválida, por la concurrencia de la violencia física o de
la moral, que es la producida por el miedo grave y externo causado
injustamente. En el primer caso la ordenación será nula, porque el
canon 103 declara la nulidad de todo acto* realizado por la persona
física o moral ejecutado en virtud de una fuerza externa, a la que
no puede resistirse y consecuentemente la de la ordenación, y en el
segundo, lo será igualmente, porque el 214 considera de la misma
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 189

manera que habrá motivo para la reducción al estado laical, cuando


la referida ordenación se hubiere hecho por la influencia del miedo
grave, pero con la precisa condición, de que esta nulidad sólo po­
drá ser decretada, y, en su consecuencia, la reducción al tan repe­
tido estado laical sólo podrá verificarse, en virtud de sentencia ju­
dicial, cuando no haya sido ratificada la ordenación, o lo que es lo
mismo, podremos decir que la primera forma de ordenación no es
nada, porque en este caso el acto no tiene el carácter y naturaleza
de tal, que tanto quiere decir que no es acto jurídicamente hablando;
m ientras que la segunda, si bien podrá dar motivo a la reducción al
lestado laical, esto podrá tener lugar en el único caso de que no se
haya ratificado, porque si lo hubiere sido, la ordenación producirá
todos sus efectos no obstante haberse realizado mediante la influen­
cia del miedo grave.
Bien considerado, a la doctrina que el Código sanciona no
podemos darle el carácter de una novedad, pues no es ni supo­
ne, a nuestro juicio, otra cosa que la aplicación de los verdaderos
principios que deben regir en este punto, y el establecimiento y
adaptación a la importante materia de la sagrada ordenación de los
fundamentos por los que se rige el acto jurídico, pues si es induda­
ble que el acto realizado, por el que ha sido constreñido a su realiza­
ción, por la violencia física o fuerza externa a la que no se puede
sustraer, no puede tener el carácter de jurídico, de la misma mane­
ra lo es, que el de igual modo realizado por la influencia del miedo
grave e injusto, podrá ser convalidado posteriorm ente, por aquel
que lo sufrió, y si no lo convalidare, a los Tribunales de justicia y
al Juez, es a quien toca declarar y resolver después de haber estu­
diado y considerado todas las circunstancias del caso, si tal acto así
realizado ha de considerarse o no válido, en cuj'o sentido el Juez
eclesiástico será únicamente el que podrá disponer en virtud de sen­
tencia, dictada con las solemnidades de derecho, si aquél fué o no
válido, o si habiendo concurrido en la sagrada ordenación, que es
de lo que tratamos y no habiendo sido confirmado posteriorm ente
—y claro es, que tal confirmación ha de tener realidad después que
haya cesado el motivo que lo originó, que no es otro que el miedo
grave e injusto—, puede decretarse la reducción al estado laical,
de suerte que ésta lleve como consecuencia la inexistencia de la
obligación de guardar el celibato y la de la recitación de las horas
canónicas.
Así considerado, y a nuestro juicio, no puede dársele otra signi­
190 CAMPOS Y PULIDO

ficación a el precepto del canon 214, el legislador del nuevo Códi­


go confirmando y sancionando la única y verdadera doctrina que en
este particular puede admitirse, en conformidad con los buenos
principios del derecho y con los que la más sana filosofía ha de
admitir en este punto, ha incorporado a su articulado una disposición
cuya justicia no es necesario encarecer, y cuyo sentido no cabe fal­
sear, suponiendo que se permite la salida del sagrado orden legíti­
mamente recibido: Ni ha sido éste el espíritu del legislador, ni podría
admitirse tal criterio dado el precepto ya repetido del canon 211 ,
puesto que como el nuevo Código define y sanciona, confirmando
y ratificando toda lá doctrina constantemente admitida por la Iglesia,
la sagrada ordenación válidamente recibida nunca podrá ser
irritada, pues ésta produce, como ya sabemos, un carácter de tal
modo indeleble, que no hay autoridad humana que lo pueda borrar.
Por esto es por lo que se han exigido dos condiciones absoluta­
mente precisas, sin las cuales no se podrá decretar la reducción al
estado laical, que son, que se pruebe la coacción legítimamente, y
la falta de ratificación de la ordenación recibida mediante el miedo,
porque si la ratificación existiere no habrá de ningún modo lugar a
la reducción de que hablamos.
Diremos, pues, para terminar, que la ordenación sagrada reali­
zada mediante el miedo grave causado injustamente sólo podrá ser
ratificada de un modo expreso, o bien tácitam ente, cuya tácita rati­
habición podrá asimismo realizarse, según el tenor del precepto del
canon 214, si desaparecido aquél' se tuviese aquella por rata, me­
diante la práctica y ejercicio de los sagrados órdenes, pero de ma­
nera que el simple ejercicio de éstos no es por si bastante para su­
poner tal ratihabición si el ejercicio de los mismos no se realiza aun­
que lo sea tácitam ente, queriendo con tal acto som eterse a las obli­
gaciones clericales. El miedo grave da, por lo tanto, motivo cuando
reúne los caracteres indicados para que fundado en él pueda solici­
tarse y obtenerse pör sentencia judicial la reducción al estado lai­
cal, pero tal reducción no podrá de ningún modo decretarse, si re­
movido el miedo se ratifica la falta de voluntad que por la concu­
rrencia de aquél existía, cuya ratificación puede ser expresa y táci­
ta, siendo la segunda la.que se verifica con las condiciones estudia­
das y no con otras distintas.
En todo caso, para que pueda ser decretada, habrán de obser­
v a r s e las prescripciones de los cánones 1 . 9 9 3 al 1 , 9 9 8 , ambos in­

clusive.
SEC C IO N II

D E LO S CLÉRIGOS EN PARTICULAR

Nociones y principios generales .

I. En el orden general de materias que preside al moderno Có­


digo canónico, y en estricta conformidad al plan y método trazado
para el desenvolvimiento de las distintas instituciones y preceptos
que le integran, hemos visto que el segundo de sus libros, dedica­
do a las personas de la Iglesia, aparece dividido en tres partes, re­
ferentes a los clérigos, a los religiosos y a los legos, de los que la
prim era, como se ha dicho, se subdivide en dos secciones, com­
prensivas, respectivam ente, de la disciplina de aplicación a los refe­
ridos clérigos en general y a éstos en particular.
Tuvimos ocasión de estudiar en las páginas precedentes cuanto
se relaciona con el primer aspecto en el que aquéllos pueden ser
considerados, concretando toda la doctrina referente a los mismos,
desde su adscripción a alguna'D iócesis hasta su reducción al esta­
do laical, comprendiendo en este estudio tanto sus derechos, obliga­
ciones, prohibiciones y privilegios, como lo relativo a los oficios
canónicos, su provisión y extinción; y puesto que la exposición de
los nuevos preceptos y disposiciones canónicas nos propusimos rea­
lizarla, conformándonos con el repetido plan y método aceptado por
el legislador eclesiástico, precisa que en esta segunda sección que
ahora comenzamos', nos ocupemos, continuando el estudio ya inicia­
do, del dé los mismos considerados en particular, cuya doctrina es
el natural complemento de la antecedente.
Sigue el Código en la presente sección una numeración correla­
tiva, por lo que respecta a los distintos títulos de este libro, ya que
inaugurándose éstos con el primero, n o se interrumpe, sin embargo*
192 CAMPOS Y PULIDO

su sucesión por el comienzo de la sección segunda, así como tam po­


co, y según veremos más adelante, por la separación de m aterias
que suponen las tres partes perfectam ente definidas de que el mis­
mo consta, siendo, en su consecuencia, el del número VII el que en­
cabeza la repetida sección; pero esto no obstante, como anteceden­
te a los distintos cánones que integran su contenido, encuéntranse
algunos preceptos, objeto de los cánones, del 215 al 217, que tienen
el carácter de nociones o principios de carácter general, y que re ­
claman una previa consideración, a cuyo estudio es al que ahora
vamos a concretarnos, analizando cuanto se refiere a la división te ­
rritorial eclesiástica. He aquí por qué el examen de cuanto respecta
a este particular ha de tener su desenvolvimiento propio en este lu­
gar, y sin perjuicio de que en alguna ocasión tengamos que volver
sobre este punto, él, en estricta conformidad a la rigurosa ordena­
ción de los preceptos del Código, ha de preceder necesariamente al
estudio particular de los distintos jerarcas de la Iglesia.
II. El cumplimiento del fin para el que la Iglesia fué instituida
por Jesucristo Nuestro Señor, y la necesidad de que ésta sea re ­
gida directa e inmediatamente por los legítimos jerarcas que por el
mismo Jesucristo fueron investidos de la potestad o imperio que la
jerarquía de orden y de jurisdicción lleva consigo para el cumpli­
miento de su sacrosanta misión, requiere diversidad de personas o
jerarcas que, atendiendo a su mayor o menor gradación dentro de la
indicada jerarquía, tengan a su vez más o menos amplia potestad
para el ejercicio de los poderes, y facultades que por sus respecti­
vos cargos y ministerios les están conferidos.
Mas así como el divino fundador de la Iglesia instituyó en ésta
un régimen Pontificio-episcopal, de suerte que concretando en el
Romano Pontífice, como sucesor del Príncipe de los Apóstoles toda
la plenitud de potestad necesaria, para que constituyera el centro de
unidad de la Iglesia católica y ejerciera en ella una autoridad divi­
na en su origen, perpetua en su duración, universal en su exten­
sión, plena en su contenido, ordinaria por el titulo de que procede,
así como suprema e infalible ( 1), no menos que inmediata respecto
de todos los fieles y pastores, puesto que como se define en la
Constitución Pastor JEternus del Concilio Vaticano, al Romano
Pontífice corresponde en tal concepto y como Cabeza visible de la
Iglesia de C risto la primacía de honor y de jurisdicción sobre toda

(1) M a n jo n , obra c ita d a , tomo I, p á g . 84.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 193

la Iglesia Universal ( 1 ), y tiene potestad plena y universal sobre la


misma, no sólo en asuntos referentes a fe y costumbres, sino en las
pertenecientes a la disciplina y régimen de la Iglesia, difundida por
todo el Orbe, y ordinaria e,inmediata sobre todas y cada una de las
Iglesias y sobre todos y cada uno de los pastores y fieles (2), exis­
tieran al mismo tiempo los Obispos, como Sumos sacerdotes, insti­
tuidos también por Jesucristo, para que en unión y dependencia
con su Vicario, que es el Romano Pontífice, como se acaba de indi­
car, santifiquen las almas y rijan la Iglesia, especialmente en la
i parte que éste les encomiende (3): y puesto que estos últimos han
de ejercer su jurisdicción en un determinado territorio, era y es in­
dispensable precisar a cuál ha de extenderse su potestad, en cuanto
la del Sumo Pontífice, como universal que es, se ejerce y puede
referirse a todas y a cada una de las Iglesias; de donde se deduce la
necesidad de fijar y concretar cuanto atañe a la división territorial
de la Iglesia católica.
En efecto, si la autoridad pontificia, por su propia naturaleza,
se extiende a toda la Iglesia, y a cada una de las iglesias en particu­
lar, en virtud de su primacía de jurisdicción, la de los Obispos está
limitada a su respectivo territorio, dentro del cual únicamente puede
ejercerse respecto a sus propios súbditos. Por esto es de todo punto
indispensable conocer, como se ha dicho, cuál sea el territorio o
circunscripción al que puede extenderse la de los Obispos y la de
los demás jerarcas inferiores al Pontífice.
D istínguese el territorio de la Iglesia universal, por lo que hace
relación al establecimiento y ejercicio de la potestad, en lugares o
territorios en los que está establecida la jerarquía eclesiástica, y
lugares en los que aún no ha tenido lugar su establecimiento o res­
tauración si anteriormente hubiese estado organizada de esta for­
ma, los que sometidos al Pontífice, y gobernados en nombre de éste
por sus Vicarios y Prefectos apostólicos, se dice de ellos que están
organizados more missionum. No es este el momento adecuado
para detallar cuáles sean unos u otros lugares, ya que más deteni­
damente nos ocuparemos de ello al tratar de la Sagrada C ongre­
gación de la Propaganda y de cuáles sean los que le están someti­
dos, por lo que prescindiremos por ahora de tal enumeración, limi-

(I) Cap. II de la indicada Constitución.


(2j Cap. III de la m ism a.
(3j Ma.vjon, obra y tomo citados, p ág . 86, núm. 238.
C a m p o s y P u lid o . T o m o iv . 13
194 CAMPOS Y PULIDO

tándonos a indicar que en los primeros, o sea en los lugares en los


que se encuentra organizada la jurisdicción, el territorio está dividido*
en Diócesis y Abadías o prelacias nullius , existiendo también pro­
vincias o circunscripciones más amplias, al trente de las cuales está
el Metropolitano o Arzobispo de la silla metropolitana, en la que
tiene su respectiva Sede, mientras que en los segundos, o sea en los
países que todavía están organizados more missionum el territorio
se divide en Prefecturas y Vicariatos apostólicos. Al frente de las
diócesis está el Obispo, en la que ejerce su jurisdicción; al de las
Prelacias o Abadías nullus, Prelados llamados inferiores, con juris­
dicción cuasi episcopal vere o cuasi nullius (1), y en los Vicaria­
tos y Prefecturas la jurisdicción se ejerce por Vicarios apostólicos,
que son Obispos titulares, y por Prefectos que ordinariamente care­
cen de carácter episcopal (2).
Pues bien, constituida de esta suerte la jerarquía de jurisdicción
en la Iglesia católica, todo lo que respecta a su organización se haya
reservado al Romano Pontífice, y según previene el canon 215,
primero de esta Sección, sólo a la suprema potestad eclesiástica
(que únicamente corresponde al Sumo Pontífice) está atribuido eri­
gir provincias eclesiásticas, diócesis, abadías o prelaturas nullius,
Vicariatos y Prefecturas apostólicas, así como también circunscri­
bir, dividir, unir y suprimir unas y otras. Este precepto, que es eh
un todo confirmatorio de la disciplina de la Iglesia, hasta aquí vi­
gente, y que se funda en la naturaleza de la potestad pontificia,
plena, ordinaria y universal en toda la Iglesia, se complementa en
el segundo párrafo del mencionado canon , disponiendo que se en­
tienden comprendidas en el derecho, bajo el nombre de diócesis,
las abadías y prelaturas nullius , y bajo el de Obispos a los Abades
y Prelados nullius, a no ser que constase lo contrario de la natura­
leza de las cosas o del contexto de las palabras.
III. Pero si el territorio de la Iglesia en general aparece divi­
dido en las circunscripciones ya enumeradas, preciso es también,
para facilitar el régimen y gobierno que como misión especial y

(I) Según dispone el parí afo primero del canoa 3 /9 , «los prelados que están al
frente o presiden un icrrliorlo propio, separado de toda otra diócesis, con clero y
p u e b l o , se denominan A bades o Prelados n u lliu s , los que, según la dignidad de su.
Iglesia, gozan de la consideración ab acial o sim plem ente prelaticia*.
(U) El primer párrato del canon 2 9 3 preceptúa: «Los territorios que no están e r i­
gidos en d iócesis se rigen por V icarios o P refectos apostólicos, todos los que som
nombrados por la Sede A postólica.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 195

propia corresponde a la jerarquía de jurisdicción, subdividir, a su


vez, el territorio diocesano en otras fracciones más reducidas que
constituirán, por lo tanto, territorios más limitados y determinados
dentro de las primitivas divisiones territoriales que acabamos de
enumerar. Son estas las parroquias y cuasi parroquias en las que
deberá ser dividido el territorio de las diócesis y Vicariatos y P re­
fecturas, según su mayor o menor extensión.
Se ocupa de esta subdivisión el canon £/ó‘, que prescribe en su
párrafo primero que el territorio de cada diócesis deberá ser divi­
dido en distintas partes territoriales, a cada una de las cuales se
le habrá de asignar su peculiar iglesia, con pueblo determinado, así
como también su Rector especial como pastor propio de la misma
para realizar cuanto sea necesario para la cura de almas. De igual
modo, y según el párrafo segundo del mencionado canon , deberán
ser divididos los Vicariatos y las Prefecturas apostólicas en aquellos
lugares donde tal división pueda hacerse cómodamente.
A estas nuevas divisiones territoriales, que en el más extenso de
las Diócesis y Prefecturas deben hacerse attenor de las prescripcio­
nes consignadas, da el derecho, en el caso de que sean verificadas
en las Diócesis, según lo que prescribe el párrafo tercero de este
canon el nombre de parroquias , y cuando tales pequeñas circuns­
cripciones se hagan en las Prefecturas y Vicariatos apostólicos, si a
las mismas les fuese asignado un Rector especial, se denominarán
cuasi parroquias .
Complétase lo establecido en los tres números precedentes con
una disposición justa y equitativa que evita todo motivo de contro­
versia respecto a la posibilidad de instituir parroquias de diversidad
de rito, o de lenguas o naciones diferentes dentro de una misma re­
gión, manteniendo de esta suerte la unidad de rito, cuyo principio
ya vimos cómo se desenvolvía en el moderno Código.
En este sentido y en armonía con lo .que previene el párrafo 4.°
de tan repetido canon, no es posible sin especial indulto apostólico
constituir parroquias para la diversidad de lenguas o de naciones de
los fieles que habitan en una misma ciudad o territorio, así como
tampoco parroquias meramente fam iliares’o personales. En lo que
respecta a las en la actualidad existentes y constituidas, nada podrá
innovarse sin consultar a la Sede Apostólica. ·
IV. Prescríbese, por último, en estas disposiciones o preceptos
generales que los Obispos distribuirán el territorio de sus diócesis
en regiones o distritos que estén constituidos por varias parroquias,
196 CAMPOS Y PULIDO

cuyos respectivos territorios o circunscripciones así constituidas se


denominarán vicariatos foráneos, deanatosy arciprestazgos , e t­
cétera (canon 217, p. 1.°). (Este último"nombre es el más general­
mente empleado en España.)
En el caso de que en alguna diócesis se observase que, en aten­
ción a las circunstancias que en ella concurren, fuese inoportuna o
imposible la realización de tal distribución o división, deberá el
Obispo consultar a la Santa Sede, salvo que ésta ya hubiere pro­
visto oportunamente respecto al particular.
V. Vamos a terminar estas nociones generales y preliminares
respecto al estudio de los jerarcas y de los clérigos en particular,
ocupándonos de una cuestión importante, que aunque ya dejamos
examinada ( 1), está, sin embargo, íntimamente relacionada con la
que ahora nos ocupa. Es ésta la de si para la erección o creación,
demarcación, división o desmembración y supresión de diócesis,
es necesaria la intervención y consentimiento de la autoridad tem­
poral.
Cuando de este particular nos ocupábamos en el mencionado lu­
gar, ya indicábamos que, tanto por disciplina general como por la
particular de España, era ésta una de las facultades y derechos pe­
culiares y propios de la Sede Apostólica, que corresponden, por lo
tanto, al Romano Pontífice, en virtud de la plenitud apostólica de su
potestad y del primado de honor y jurisdicción que ejerce en toda
la Iglesia, puesto que los Obispados son beneficios mayores y con­
sistoriales. Así se resolvía y determinaba expresamente por la
Constitución Sapienti consilio de Su Santidad Pío X, que al tratar
de la Sagrada Congregación Consistorial le asignaba entre sus
facultades por el número 2 de sus preceptos en los lugares no some­
tidos a la de la Propaganda, la de constituir nuevas diócesis y C a­
bildos, dividir diócesis y elegir Obispos Administradores Apostóli­
cos, etc., cuya doctrina aparece terminantemente confirmada por el
precepto del canon 215, que en líneas anteriores se ha transcrito y
estudiado.
Por lo que a España ^respecta en lo referente a estos particula­
res se procede en virtud de mutuo acuerdo concertado entre la San­
ta Sede y el Gobierno de Su M ajestad, puesto que los Monarcas es­
pañoles gozan del Real Patronato y del derecho de nómina y pre­
sentación que les fué otorgado como privilegio especial por la Sede

(1) Volumen 1.°, pág. 4J5?.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 197

Apostólica en el Concordato de 1753 y en el más reciente de 1851,


en el ejercicio de cuyos preceptos tiene concedida tal intervención,
sin que ésta constituya un derecho privativo y peculiar de la Coro­
na, sino sólo un verdadero privilegio conferido por quien únicamen­
te tiene en la Iglesia católica tal potestad, que es el Romano Pontí­
fice, Jefe de la Iglesia y Vicario de C risto en la tierra.
Todo lo referente a la circunscripción territorial de las distintas
diócesis y metropolitanas en España, así como también a las juris­
dicciones exentas, está hoy regulado por un régimen concordatario
determinado por el Concordato ya referido de 1851 y demás dispo­
siciones concordadas posteriores. Su antecedente se encuentra en la
base 1.a de la ley de 8 de Mayo de 1843, y en el art. 5.” del mismo
acuerdo celebrado entre las dos potestades en 1851 se mandó prac­
ticar una nueva demarcación y división de diócesis, conservando las
metropolitanas de Toledo, Burgos, Granada, Santiago, Sevilla, T a­
rragona, Valencia y Zaragoza, elevando a esta categoría la sufra­
gánea de Valladolid, y manteniendo las antiguas sufragáneas, man­
dó unir la de Albarracín a Teruel, la de Barbastro a Huesca, la de
Ceuta a Cádiz, la de Ciudad Rodrigo a Salamanca, la de Ibiza a
Mallorca, la de Solsona a Vich, la de Tenerife a Canarias (organi­
zada después como tal diócesis por Real decreto de 26 de Febrero
de 1877), y la de Tudela a Pamplona, disponiendo tamtíién la erec­
ción de las nuevas de Ciudad Real (hoy* Priorato de las Ó rdenes
Militares) y las de Madrid y Vitoria, y trasladando las sillas episco­
pales, la de la Calahorra y la Calzada a Logroño, la de Orihuela a
Alicante, y la de Segorbe a Castellón, cuando todo estuviese dis­
puesto y se oyera a los Prelados y Cabildos, ordenando, por último,
establecer Obispos Auxiliares en C euta y Tenerife, cuyos precep­
tos, con los de los artículos 5.° al 10 y otros más que a esta materia
se refieren determinan la organización de las respectivas iglesias,
número de capitulares, distribución de las diócesis respecto a las
metropolitanas, etc., etc., y la respectiva dependencia de aquéllas
en cuanto a éstas ( 1).
Son disposiciones también aplicables a estas materias, además
de los preceptos concordatorios que rigen en España y a que antes
nos hemos referido, el Real decreto concordado de 17 de O ctubre de
1851, que ordenó, entre otros particulares, que con arreglo a lo dis-

ll) V éase esta m ateria con m ás extensión en el repetido volum en, págs. 246 y si­
guientes.
198 CAMPOS Y PULIDO

puesto en la Bula de Su Santidad de 5 de Septiem bre anterior, con­


tinuaran los actuales Arzobispados, Obispados y territorios, exen­
tos hasta que se determinaran los nuevos límites de cada diócesis,
cesando desde luego las exenciones de los Obispados de León y
Oviedo; el de 21 de Noviembre de \ 851, por el que se organizan
las Iglesias, Catedrales y Colegiales;, el de 30 de Abril de 1852,
concordado entre ambas potestades, que consideró constituido y te r­
minado definitivamente el primer arreglo del personal de todas las
iglesias metropolitanas, incluso la de Valladolid; el de 16 de Julio de
1852, que organizó las Capillas reales; la Real orden de 18 de O c­
tubre del propio año relativa a las colegiatas que continuarán como
parroquias; el Real decreto de 22 de ^ g o sto de 1867, que acordó la
distribución de las iglesias sufragáneas entre las metropolitanas; los
de 25 de Julio de 1868 y 16 de Octubre de 1876, que constituyeron,
de acuerdo con el Nuncio de Su Santidad, una Comisión para que
procediera a formar un proyecto de circunscripción de diócesis; de
la misma manera que el Real decreto de 26 de Febrero de 1877, or­
ganizó como se ha dicho la diócesis de Tenerife; el de 30 de Sep­
tiembre de 1884, dispuso se ejecutase desde luego la Bula Inter
pluirima relativa a la regularidad de las colegiatas de San Isidoro
de León y Roncesvalles; el de 9 de Marzo de 1885, designó al se­
ñor M artínez Izquierdo para la diócesis de Madrid, y la Bula Ad
Appostoliccirn, organizó el Priorato de las Ordenes militares en
Ciudad Real (18 de Noviembre de 1875, publicada en 4 de Junio
de 1876) (1).
Entre las disposiciones concordadas referentes a división y cir­
cunscripción de diócesis en España, es muy de tener en cuenta el
convenio de 12 de Julio de 1904, ratificado en 13 del propio mes de
1908, por el que creándose por su art. 1.° una Comisión mixta, se
atribuya a ésta por el núm. 3.° y letras A y B, la misión de estudiar
y hacer una nueva división de diócesis en la península e islas adya­
centes y proponer, si lo creyere útil y oportuno, la supresión de al­
guna de las indicadas diócesis o circunscripciones (2).
Diremos, por último, que las diócesis mandadas suprimir por el

(l) E stos preceptos y los dem ás de aplicación al caso los hem os estudiado en los
volúm enes i.° y 3.° de esta obra, páginas 249 y 156 respectivam ente, t*n los que par­
ticularm ente en el se encuentra también lo referente a Cabildos Catedrales y
C olegiales (pág. 159) y desm em bración de beneficios m ayores (pág. K0), que debe
consultarse.
(2¿ Consúltese en el volumen 1.°, pág, ñB.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 199

Concordato no lo han sido en la actualidad, y sus Obispados se ad­


ministran por los- Obispos comarcanos, estableciéndose en las de
Barbastro, Solsona y Ciudad Rodrigo, Administradores Apostólicos.
En cuanto a la organización y distribución de las diócesis en pa­
rroquias y Arciprestazgos, rige en España la misma disciplina que
hemos visto se establece en el moderno Código, siendo, por lo tan­
to, necesaria la división parroquial, si bien en virtud del Real Pa­
tronato que le fué concedido a los monarcas españoles correspón-
deles intervención análoga a la que le fué otorgada respecto a los
beneficios mayores; pero siendo aquélla de la misma naturaleza que
ésta, nacida de un verdadero privilegio establecido y conferido en
los Concordatos celebrados entre la Santa Sede y el Gobierno es­
pañol, rigen en este particular y aparece todo ello regulado por un
régimen concordatario. No es, pues, debida la intervención del mo­
narca en estos asuntos, a un derecho o facultad peculiar y exclusiva,
sino resultado de concesiones Pontificias y acuerdos concertados en­
tre ambas potestades.
Por esta razón, la disciplina concordada vigente en la actualidad,
la constituye el Concordato de 1851, que en su art. 24 dispone, a
fin de que en todos los pueblos del reino se atienda con esmero al
culto religioso, y a las necesidades del pasto espiritual de los fieles,
que los muy Rvmos. Arzobispos y Rvmos. Obispos, procederán a
formar el arreglo y demarcación parroquial de sus diócesis, habida
cuenta la extensión de su territorio y de la población, y las demás
circunstancias locales, oyendo a los cabildos, a los Arciprestes y a
los Fiscales de los Tribunales eclesiásticos, adoptando por su parte
las disposiciones necesarias, para que pueda darse por concluido y
ponerse en ejecución dicho arreglo, previo el acuerdo del Gobierno
de S. M ., en el menor tiempo posible.
E ste precepto del referido art. 24, es el que constituye el princi­
pio fundamental del que son complemento los artículos 25, 26, 27,
33, 34 y 35 del mismo, así como múltiples disposiciones dictadas con
posterioridad a dicho Convenio ( 1).
Entre ellas citaremos los Reales decretos de 21 de Noviembre
de 1851, de los que el primero establece la clasificación de las parro­
quias en urbanas y rurales; el de 29 de dicho mes y año, que entre

(li E stu d íese esta doctrina y consúltese cuanto respecta a E’árrocos y parroquias
■en los volúm enes 1.® y 3.° de esta obra, p áginas 317 y sigu ien tes y \1'¿ y sigu ien tes
resp ectivam en te.
200 CAMPOS Y PULIDO

otros particulares, ordena no establecer innovación en las dotacio­


nes del clero parroquial, hasta que en cada diócesis tenga efecto el
plan que debe formarse, con arreglo a lo previsto en el Concordato;,
lo mismo que el de 30 de Enero de 1852, sobre provisión de cura­
tos; y el de 16 de Julio del mismo año, y las Reales órdenes de 21 de
Agosto y 18 de Octubre de 1852, que completan la clasificación de
las parroquias en urbanas, de entrada, primer ascenso, segundo as­
censo y término; el Real decreto de 23 de Abril de 1853, relativo a
sueldos y la Real Cédula de 3 de Enero de 1854, referente a demar­
cación y arreglo de parroquias, iglesias, matrices, ayudas de parro­
quia, etc.; así como las Reales órdenes de 3 de Mayo de 1856, 10
de Agosto y 17 de Diciembre de 1866, las dos últimas sobre provi­
sión de curatos, Vicarías, Tenencias y Coadjutorías; el Real de­
creto de 15 de Febrero de 1867, sobre arreglos parroquiales, y las
Reales órdenes de 22 de Febrero de 1865 y 13 de Julio de 1872, de
las que la última se refiere a derechos de estoia ( 1). Todo ello sin
olvidar lo preceptuado en el último convenio de 1904, ratificado en
13 de Julio de 1908, a que antes hemos aludido, que por la letra D,
de sus preceptos, confiere a la comisión áe que antes se habló, la mi­
sión de examinar y proponer las medidas que juzgare más oportunas
para mejorar la situación económica de los Párrocos rurales, y las
recientes tendencias, estudios y disposiciones dictadas con este ob­
jeto para elevar la dotación de éstos, aunque no pueda decirse que
hayan respondido a la realidad actual, ni al espíritu que informa la
ley de bases del año 1918, respecto a empleados públicos, precep­
tos estos dos últimos, que no es éste el lugar adecuado para su es­
tudio (2).
Finalmente, por lo que hace relación a los A rciprestes de P arti­
do, éstos, según el art. 24 del Concordato antes citado, habrán de
ser oídos en lo referente a los arreglos parroquiales, prescribiendo
el Real decreto de 21 de Noviembre de 1851, publicado de acuerdo
con el Emmo. Sr. Nuncio de Su Santidad que se dirigieran a los dio­
cesanos cédulas de ruego y encargo para que desde luego nombrasen
Arciprestes amovibles ad nutum, poniendo uno al menos en cada
partido judicial, excepto en la capital de la diócesis, para que ejer-

(1) Lo m ás fundam ental de estos preceptos se Inserta en nuestro referido tercer


volum en, páginas 172 y 173.
(L? En cuanto a los preceptos aplicables a los A u xiliares y parroquiales, consúl­
tese la doctrina consignada en el primer volum en, páginas 93 y siguientes.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 201

zan las funciones de Vicarios foráneos con las limitaciones que los
mismos diocesanos les impusieren ( 1).
Tales son, muy a grandes rasgos consignadas, las disposiciones
concordatarias que constituyen la disciplina española respecto a las
materias estudiadas en estas nociones preliminares, en cuyo estu­
dio no nos detenemos por no incurrir en repeticiones de doctrinas
ya desenvueltas, bastando, a nuestro juicio, con las referencias que
preceden, sin perjuicio de que recomendemos evacuar las citas de
las notas anteriores para conocer más por extenso lo más funda­
mental de tan múltiples preceptos legislativos.

I
(1) E l texto de este D ecreto y lo dem ás relacionado con la doctrina de aplicación a
los A rciprestes, debe consultarse en el volumen 1.°, págs. 270, 271 y 272.
T I T U L O VII

DE LA POTESTAD SUPREMA Y DE LOS QUE POR DERECHO ECLESIÁSTICO


PARTICIPAN DE ELLA

I. Comenzamos en este título el estudio de los jerarcas en par­


ticular, doctrina interesantísima y de extraordinaria importancia
dentro del tratado particular de los clérigos a que, como hemos vis­
to, dedica el moderno Código la sección II de su primera parte.
Mas ¿en qué forma se desenvuelve la disciplina a aquéllos referen­
te en esta repetida sección? ¿En qué orden se estudian estas m ate­
rias en el novísimo Código?
En dos grandes títulos aparece distribuida toda la materia rela­
cionada con los jerarcas; el primero el del número VII, cuyo epígrafe
precede a estas líneas, tiene por objeto la potestad suprema y el es­
tudio de los distintos jerarcas y autoridades que de ella son partíci­
pes por derecho eclesiástico; el segundo el VIII, trata de la potestad
episcopal y de los que también participan de la misma. En el prime­
ro, a más del Romano Pontífice, Jefe Supremo de la Iglesia, en el
que reside la plenitud de la potestad eclesiástica por derecho divino,
ocúpase el Código del Concilio ecuménico, de los Cardenales, Con­
gregaciones, Tribunales y Oficios de la Santa Iglesia Romana, de
los Legados, Patriarcas, Primados y Metropolitanos, de los Conci­
lios plenarios y provinciales, de los Vicarios, Prefectos y Adminis­
tradores Apostólicos, y de los Prelados inferiores; y en el segundo,
después de estudiar la naturaleza y facultades de los Obispos, y de
los Coadjutores y Auxiliares de éstofc, trata en capítulos separados
del Sínodo y de la Curia diocesana, del Vicario general y del Can­
celario, de los examinadores sinodales, de los Cabildos, del Vicario
capitular, de los foráneos, y de los Párrocos y Vicarios parroquia­
les, y de los Rectores de iglesias, con cuyo sistema de exposición
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 203

nos demuestra cuál sea la naturaleza respectiva de cada uno de es­
tos distintos jerarcas de la Iglesia y la índole d éla potestad que en
la misma tienen atribuida.
En efecto, hemos dicho antes que la potestad y jerarquía en la
Iglesia católica y la forma de gobierno que en ésta rige es Pontifi-
cio-Episcopal, y esto por derecho divino, y por voluntad de su divi­
no fundador. Pues bien; partiendo de este criterio, y recordando,
como no podemos menos de recordar, que los grados de la jerarquía
de jurisdicción se clasifican y distinguen en grados de derecho di­
vino y eclesiástico, siendo los primeros solamente el Romano Pon­
tífice y los Obispos, hemos de tener asimismo presente que esta di­
versa clasificación, de todo punto fundamental, da motivo a la dis­
tinción de los grados de esta indicada jerarquía, por lo que se refie­
re a los de derecho eclesiástico, en grados de orden supra-episco-
pal, y grados de orden infra-episcopal. Es decir, Jesucristo Nuestro
Señor instituyó la Iglesia, y en ella una potestad de jurisdicción in­
tegrada por el Pontificado y el Episcopado, dando asimismo poder
y facultad a ésta, representada por Pedro, Príncipe de los Apósto­
les, y por los Romanos Pontífices sus inmediatos sucesores, para
que a medida que las necesidades de la naciente Iglesia lo exigieran
instituyeran nuevos jerarcas, a los que el Jefe Supremo de la Igle­
sia concedió ciertas facultades, pero de suerte que estos jerarcas
habían de constituir si sus facultades eran superiores a las de los
Obispos en su concepto de miembros de la jerarquía de jurisdicción,
grados inferiores al Sumo Pontífice, y superiores a los Obispos, o
lo que es lo mismo, grados de la jerarquía supra-episcopal, en cuan­
to la jurisdicción la reciben del Pontífice, e inferiores a los Obispos,
que por serlo, o por estar instituidos por los mismos Obispos, se
denominan grados de la jerarquía infra-episcopal.
La naturaleza de la jurisdicción superior o inferior a la del O bis­
po, es la base de esta clasificación que los canonistas nos enseñan,
y ella es, por lo tanto, la que acepta el nuevo Código, como puede
comprobarse de la anterior indicación, al dividir en dos solos títulos
toda la materia referente a la jerarquía jurisdiccional, uno el que se
refiere a la potestad suprema, y otro a la potestad episcopal, con
la enunciación de los distintos jerarcas que de una y otra participan.
Prescíndase pues de los Concilios, en sus distintas clases de gene­
rales, plenarios, provinciales, y diocesanos, hagamos igualmente
caso omiso de los cuerpos colegiados que auxilian al Romano Pontí­
fice y a los Obispos, como son la Curia Romana y lá Curia diocesa­
204 CAMPOS Y PULIDO

na y los Cabildos, y la sola enumeración que precede, y que en las


lineas sucesivas ha de tener su completo desenvolvimiento, nos hará
ver en principio cual sea la gradación y el orden respectivo de estos
distintos grados de derecho eclesiástico, que por serlo pueden ser
en mayor o en menor número, ya que los grados de derecho divino
o sea el Pontificado y el Episcopado no pueden suprimirse, debien­
do permanecer y subsistir como forma tan característica de la Cons­
titución de la Iglesia, que por ello es por lo que podemos decir que
esta es Pontificio Episcopal.
El Código novísimo aceptando en toda su integridad esta funda­
mental doctrina, le da en su articulado el necesario desarrollo, sim­
plificando la exposición en la forma más conveniente para evitar todo
motivo de duda y dificultad, puesto que primero se ocupa de la po­
testad que se denomina suprema, la del Pontífice, y la de los jerar­
cas que por derecho eclesiástico —son sus propias palabras— son
partícipes de ella, y después de la episcopal, concretada con este
mismo nombre, — distinta, por lo tanto, e inferior a la Pontificia que
es suprema—, y de los que participan de la misma.
Este criterio es por consiguiente la base fundamental de la que
partimos, y él nos fija el orden racional según el cual debe ser ex­
puesta la disciplina novísima.
CAPÍTULO I

DEL ROM ANO PONTÍFICE

I. Es el Roiiiano Pontífice el Jefe y supremo jerarca de la Igle­


sia católica al que Jesucristo transmitió la plenitud de la potestad
apostólica para que, considerado como centro de unidad de la^misma,
y ejerciendo en toda ella el primado de honor y de jurisdicción fue­
ra su Vicario y la cabeza visible de Cristo en la tierra.
No hay autoridad alguna en lo humano que pueda considerarse
superior, ni aun igual o semejante a la del Santo Padre, y todos los
hombres, sin distinción en su concepto de católicos y miembros de
la Iglesia se encuentran a él sometidos, debiéndole el respeto, la
veneración, la obediencia y sumisión que exige la alta investidura
que le fué conferida directa e' inmediatamente por la segunda per­
sona de la Trinidad divina, que, si bien escogió para que predica­
ren y difundieran por todo el universo las verdades del sacrosanto
Evangelio a doce apóstoles, a los que encomendó la misión de ense­
ñar, predicar y bautizar con aquellas admirables palabras: euntes
ergo docete omnesgentes... etpredícate Evangelium... et bap­
tizantes eos ... ( 1), de entre ellos designó a Simón Pedro como el
Príncipe de todos los Apóstoles, como la piedra angular, el funda­
mento, base y cimiento de la misma Iglesia, cuando, según nos re ­
fiere el Evangelio de San Mateo, después» de haberle respondido P e­
dro: Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo, le dijo el Señor: Bienaventu­
rado eres Simón, hijo de Juan, porque ni la carne ni la sangre te lo
han revelado, sino mi Padre, que está en los cielos. Añadiendo: Y yo
te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,
y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella; yo te daré las

(I) M ateo y M arcos, v . X X V III y X V II.


206 CAMPOS Y PULIDO

llaves del reino de los cielos, y todo lo que atares sobre la tierra
será atado en los cielos, y lo que desatares sobre la tiera será des­
atado en los cielos ( 1); en cuyas palabras vemos perfectamente ins­
tituido el Primado de Pedro y la transmisión a éste de la plenitud
de la potestad de jurisdicción suprema universal y ordinaria en toda
la Iglesia, pues como define la Constitución Pastor Aeternus de!
Concilio Vaticano, en su capítulo I: «Si alguno dijere que el bien­
aventurado Pedro Apóstol no fué constituido por Cristo, Príncipe
de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante,
o que el mismo recibió tan sólo del mismo Jesucristo Señor Nuestro
directamente el primado de honor, mas no el de verdadera y propia
jurisdicción, sea anatema. '
Mas esta potestad que, como hemos dicho en otra ocasión, es
divina, perpetua, plena, ordinaria, inmediata, suprema e infalible,
no fué exclusiva y peculiar de Pedro, ni dejó de transm itirse a sus
sucesores, sino que es evidente la perpetuidad de su primado en los
Romanos Pontífices, porque la misma Constitución nos dice, en su
capítulo II, que todo el que sucede a Pedro en la Sede Romana ob­
tiene el primado de éste sobre la Iglesia universal, según institu­
ción del mismo Jesucristo, y define en el mencionado capítulo que si
alguno dijere que el Romano Pontífice no es sucesor de San Pedro
en dicho primado, sea anatema. Autoridad y plenitud de potestad,
que no es sólo un cargo de inspección o dirección, sino potestad plena
y suprema de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no solamente
en cosas de fe y costumbres, sino también én las pertenecientes a.
disciplina y régimen de la Iglesia difundida por todo el orbe, siendo
ésta ordinaria e inmediata sobre todas y cada una de las iglesias, y
sobre todos y cada uno de los pastores y fieles. (Ibidem, cap. III.)
De la misma manera que el Romano Pontífice, como directo e inme­
diato sucesor de Pedro Príncipe de los Apóstoles, es infalible defi­
niendo ex cathedra, esto es, en estricta conformidad a las palabras
de la repetida Sagrada Constitución, cuando ejerciendo el cargo de
Pastor y Doctor de todos los cristianos define por su autoridad su­
prema y apostólica la doctrina sobre fe o costumbres que ha de pro­
fesarse por la Iglesia universal en virtud de la asistencia divina pro­
metida al mismo Bienaventurado Apóstol San Pedro. (Idem id, ca­
pítulo IV.)

(I) M a teo, X V I, lt> 19.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 207

E sta ha sido y es la doctrina de la Iglesia católica respecto a la


naturaleza del primado Pontificio y a la potestad que le corresponda
en la Iglesia universal, que terminantemente definió el Concilio Va­
ticano en los cuatro capítulos de que consta la Constitución Pastor
Aeternus , de que acabamos de hacer mención, la que, como es na­
tural, confirma y sanciona el moderno Código en toda su absoluta y
completa integridad, consagrándole los preceptos necesarios para
determinar cuál sea la naturaleza y extensión de esta potestad su­
prema, y que constituya con carácter preceptivo la disciplina novísi­
ma y moderna.
Según el canon 218, primero de este capítuío, el Romano Pon­
tífice es sucesor en el primado del Bienaventurado Apóstol San
Pedro, y tiene, no sólo el primado de honor, sino la plena y supre­
ma potestad de jurisdicción en la Iglesia universal, tanto en las co­
sas de fe y costumbres como en aquellas referentes a la disciplina
y régimen de la Iglesia extendida por todo'el orbe (párrafo 1 .°),
cuyo precepto es la confirmación y la ratificación más completa de
la doctrina vaticana, que el Código ha sancionado, estableciéndola
como precepto obligatorio, ya que en este punto no era posible in­
troducir modificación alguna, puesto que la precedente era la sínte­
sis de la que la Iglesia ha admitido y definido sofemnemente en todo
tiempo.
La naturaleza de esta potestad, Cuyo concepto y origen se aca­
ba de indicar, es verdaderamente episcopal , ordinaria e inme­
diata , tanto sobre todas y cada una de las iglesias, como sobre to­
dos y cada uno de los pastores y fieles, e independiente de cual­
quier autoridad humana (ídem, párrafo 2.°). Así lo expresa el men­
cionado canon, que es de tal suerte confirmatorio de la doctrina
que se ha expuesto con referencia a la Constitución Pastor Aeter­
nus del Concilio Vaticano, que, como se observa, viene aún a em­
plear hasta las mismas palabras que se han transcrito de la citada
Constitución.
II. Veamos ahora cuándo y cómo se adquiere y cuándo termina
la jurisdicción Pontificia, que es la segunda cuestión a cuyo estudio
debemos referirnos en este lugar.
En conformidad a lo que previene el canon 219, el Romano Pon­
tífice, legítimamente elegido, adquiere inmediatamente después
de aceptada la elección por derecho divino , plena y suprema po­
testad de jurisdicción.
He aquí perfectam ente sintetizada y expuesta la única doctrina
208 CAMPOS Y PULIDO

aceptable respecto a la manera de transm itirse la potestad universal y


suprema que al Romano Pontífice corresponde. Con tal precepto, no
sólo ha expresado el moderno Código de una manera categórica la
forma de esta transmisión, sino que asimismo considera completamen­
te inaceptables, reprobándolos de un modo expreso por erróneos, los
sistemas llamados democráticos de Marsilio de Padua, de Ritcher y
Febronio, así como el episcopal, el presbiteral y colegial, que pre­
tenden sostener, que la potestad no se ha trasmitido*al Primado di­
recta e inmediatamente, sino por intervención del pueblo, de los
Presbíteros o de los Obispos. La potestad Pontificia, se adquiere
por derecho divino, directa e inmediatamente, statim después que
se ha verificado legítimamente la elección del Pontífice, y éste ha
aceptado la elección realizada en su favor. El precepto que estudia­
mos es, pues, la confirmación más terminante de la constante y v er­
dadera doctrina que puede considerarse admisible en la Iglesia C a­
tólica, a la vez que es ella la más completa corroboración de otro
precepto del mismo Código que antes se ha tenido ocasión de es­
tudiar.
Como observamos cuando precedentem ente nos ocupábamos de
los clérigos, considerados en su aspecto general, veíamos que el
canon 109, prescribió que los que ingresan en la sagrada jerarquía
eclesiástica, no lo verifican por el consentimiento del pueblo o de la
potestad secular, sino que en los grados de la potestad de orden
son constituidos los jerarcas por la sagrada ordenación, y en el su­
premo Pontificado por el mismo derecho divino , una vez reali­
zada la legítima elección y la aceptación de ésta; así como en los
demás de la de jurisdicción por la canónica misión. El precepto del
canon 219, confirma, pues, este criterio, que es por otra parte el
único aceptable, ya que en este punto no cabe admitir intervención
ni intromisión alguna por parte de la autoridad temporal, ni por
cualquier otra autoridad humana sea cual fuere.
Determinado de esta suerte el momento en que el Romano Pon-
lífice adquiere su potestad suprema de jurisdicción, éste sería el lu­
gar y la ocasión oportuna para estudiar seguidam ente todo cuanto
respecta a la elección Pontificia, ya que es preciso conocer cuál sea
la forma mediante la cual puede tener lugar; mas prescindimos de
este estudio que tenemos por otra parte realizado con la suficiente
extensión, en el tercer volumen de esta obra, en el que se exami­
naba con el necesario detenimiento la Constitución De Sede Apos-
lica vacante et de Romani Pontlficis electione , publicada por
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 209

Su Santidad Pío X, de feliz memoria en 25 de Diciembre de 1904,


toda vez que, subsistiendo en toda su vigencia dicha Constitución,
lo mismo que la Commissam Nobis de repetido Pontífice que lo
~fué en 20 de Enero de 1904, por la que se condena el Veto en la
elección Pontificia, según demuestra lo prevenido en el canon 160,
respecto de la primera y el que una y otra se incluyan especial­
mente en el mismo Código después de su articulado bajo el epí­
grafe de Documenta con otras que son igualmente subsistentes,
basta con el estudio anterior que hemos realizado en el tercer vo­
lumen de esta obra (la elección Pontificia, según la referida Consti­
tución), y en el primero (disciplina de aplicación a la vacante de la
Sede Apostólica) ambos en las páginas 186 y siguientes y 96 y si­
guientes, respectivam ente de uno y otro. A los indicados lugares
remitimos, por lo tanto, al lector, ya que no debemos detenernos en
repeticiones, que si bien ofrecerían la ventaja de presentarnos toda
la disciplina novísima agrupada, según el orden del novísimo Códi­
go, darían al presente volumen una extensión considerable e innece­
saria.
Si la jurisdicción la adquiere el Romano Pontíficey desde el mo­
mento mismo de la elección, la renuncia que realice del Pontifica­
do será también por sí misma bastante para la cesación en el ejer­
cicio de su suprema potestad y jurisdicción. No sólo la muerte pon­
drá fin a la jurisdicción Pontificia, sino que podrá cesar mediante
renuncia, mas ésta no requiere confirmación ni aprobación de nin­
guna autoridad o Colegio, ni aun del Cardinalicio, pues a tenor del
canon 221, si aconteciere que el Romano Pontífice renunciase su
cargo, para la validez de esta renuncia no es necesaria la acepta­
ción de los Cardenales ni ninguna otra.
III. O tro precepto de particular importancia contiene, además, el
capítulo que venimos estudiando, y es el relativo a determinar cuá­
les sean las causas que se llaman mayores , que por serlo están re­
servadas al Romano Pontífice. En conformidad a lo que prescribe el
canon 220 , los negocios de gran importancia, cuya resolución úni­
cam ente está reservada a Su Santidad, bien lo sean por su natura­
leza o por disposición de la ley positiva, se denominan causas ma­
yores.
A estas disposiciones de los cuatro cánones que integran el pri­
mer capitulo del título VII, reducimos el estudio de la doctrina de
aplicación a la potestad del Romano Pontífice, por cuanto juzgamos
suficiente exponer lo que respecto a ésta ha establecido el moderno
C am po s y P ulido . T omo iv . 14
210 CAMPOS Y PULIDO

Código canónico, sin que creamos preciso detenernos en las demás


cuestiones que se estudian por los autores relativamente a la mis­
ma, puesto que de ellas dá perfecta idea la sucinta referencia que
hemos dedicado a la Constitución P astor Aeternus del Concilio-
Vaticano.
CAPITULO II

DEL CONCILIO ECUMÉNICO

I. Pasamos a tratar en este segundo capítulo del Concilio ecu­


ménico, estudio que debe verificarse inmediatamente después del
ya realizado del Romano Pontífice, puesto que si bien aquél extiende
su autoridad a toda la Iglesia cuando se trata de los denominados
generales y ecuménicos, toda vez que a ellos asiste y está represen­
tada toda la Iglesia universal por los Cardenales, Patriarcas, Arzo­
bispos y Obispos de la Cristiandad, la plenitud de la potestad sólo
reside en el Sumo Pontífice, y éste, en su concepto de Jefe y C a­
beza visible de Jesucristo en la tierra, así como su Vicario y vice­
gerente en la Iglesia que se llama militante, no sólo es superior al
mismo Concilio, sino que a él está atribuido de modo exclusivo todo
cuanto respecta a su convocación, presidencia y confirmación; de
tal suerte, que sin ella el Concilio nunca tendría tal carácter, y sí
el de un verdadero conciliábulo o una reunión acéfala, puesto que
está constituida por el cuerpo de la Iglesia, sin su cabeza, que es el
Pontífice.
Vamos, pues, a estudiar los Concilios ecuménicos, inferiores>
sin duda alguna, al Primado Pontiticio, como constitutivos de una
gradación en el estudio de la jerarquía eclesiástica, de orden inferior
al Romano Pontífice, y subordinados a éste, de quien reciben la
jurisdicción, pues muy fundadamente podríamos partir al realizarla
del principio de considerar la plenitud de la potestad apostólica que
al referido Jefe de la Iglesia corresponde y le está atribuida, y de­
ducir de ella su superioridad sobre el Concilio general, que valdría
tanto como decir, al Romano Pontífice, en su carácter de Cabeza
visible de la Iglesia y representante de Cristo en la tierra le corres­
ponde en ésta el primado de honor y de jurisdicción suprema que
212 CAMPOS Y PULIDO

«I mismo Jesucristo le asignó, y como consecuencia de ella le está


atribuido el derecho de convocar, presidir y confirmar el Concilio
general y ecuménico, respecto al que es completa y absolutamente
superior, o lo que es lo mismo; entre los derechos inherentes y pe-
culiarísimos del Primado que ejerce el inmediato sucesor de Pedro,
está la convocación del Concilio, de suerte que, éste nunca sería
tal, si por él no fuese legítimamente convocado, presidido y con­
firmado.
Claro es que dada la naturaleza de los Concilios^en cuanto en
ellos pueden establecerse, como veremos, preceptos y reglas de
derecho completamente obligatorias para toda la Iglesia, una vez que
han recibido la autoridad confirmatoria del Pontífice, su estudio po­
dría hacerse, al tratar de las fuentes del derecho eclesiástico, sin in­
conveniente alguno y sin que la doctrina dejase de ofrecer la nece­
saria unidad y conexión que debe presidir a todo desenvolvimiento
científico y sistemático de las distintas instituciones jurídico-canó-
nicas; mas preferimos realizarlo de la forma que se verifica en el
moderno Código, puesto que si bien no puede desconocérsele su
carácter de fuente creadora del derecho mismo o fuente activa, en
cuanto de él surge la ley o norma jurídica de aplicación para la
Iglesia universal, y a su celebración se deben importantes y trans-
cendentalísimas reformas de la disciplina, de lo que nos da cabal
idea el sacrosanto y ecuménico Concilio celebrado en Trento, no
menos que los primeros sínodos de la naciente Iglesia, entre los
que figuran y se distinguen los Nicenos, y el aún no terminado, ce­
lebrado en la Basílica Vaticana en el pasado siglo, a una de cuyas
constituciones hemos hecho referencia al ocuparnos del Primado
Pontificio, parece más adecuado tratar de ellos con la debida sepa­
ración de generales y ecuménicos, plenarios y nacionales, provin­
ciales y simplemente diocesanos o sínodos diocesanos, pero de for­
ma que el estudio de cada uno de estos Concilios se realice inme­
diatamente después de los jerarcas, a los que está encomendada o
concedida facultad para su convocación y celebración, en cuanto
participan de su potestad, comenzando, como es natural, por los de
gradación más elevada, y los más superiores en importancia, los g e­
nerales y ecuménicos, inferiores como se ha dicho a la autoridad del
Pontífice, que suponen por lo que a su suprema, universal y ordina­
ria autoridad respecta, el ejercicio de uno de sus derechos, ya que
nadie podría en la Iglesia convocarlos sin su consentimiento, y sus
acuerdos nunca podrían ser efectivos y obligatorios para toda la
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 213

Igiesia universal, sin que el mismo Pontífice le prestase su suprema


y apostólica sanción y confirmación.
II. Si no nos limitásemos solamente a la exposición de la mo­
derna disciplina, desde luego que comenzaríamos este estudio ana­
lizando cuanto respecta al concepto etimológico de la palabra con­
cilio, para investigar si procede de concieo o de consedeo , no
menos que procurando determinar su fundamento y antigüedad.
Prescindiendo, sin embargo, de este estudio, indicaremos única­
mente que el uso ha reservado este nombre sólo para las asam­
bleas eclesiásticas, que en su sentido estricto definiremos con el
P. W ernz la legítima congregación de Obispos para deliberar, dis­
cernir y resolver sobre asuntos eclesiásticos ( 1), y que remontán­
dose su antigüedad hasta los mismos tiempos apostólicos, pues
consta que tuvieron este carácter las reuniones celebradas en la
edad apostólica para elegir al apóstol San M atías en la defección de
Judas, para la elección de los siete diáconos, y para la resolución de
otros importantísimos asuntos de la Iglesia naciente, (2) su funda­
mento lo encontramos en las palabras de Jesucristo Nuestro Señor,
ubi suní congregad dúo vel tria in nomine meo ibi sunt in me­
dio eorum.
Su diferente naturaleza, atendiendo a las autoridades o jerarcas,
que pueden convocarlos, nos sirve de base para clasificarlos en
ecuménicos, y generales o universales cuando la reunión de Prela­
dos lo es de los de toda la Iglesia, y particulares a los que el
P. W ernz llama también tópicos si dicha reunión es sólo de Obis­
pos y otros Prelados privilegiados de determinada región de la
Iglesia, siempre que la convocatoria sea hecha legítimamente por
competente superior eclesiástico para deliberar y discernir respecto
a cosas eclesiásticas que afecten a la indicada región (3), pudiendo
ser estos últimos nacionales, patriarcales, primaciales, metropolita­
nos y diocesanos; más claro es, que de todos ellos por ahora y en
este lugar sólo vamos a referirnos a los generales y ecuménicos,
puesto que de los demás habremos de ocuparnos al tratar los jerar­
cas que pueden co nvocarlos..
III. Dando por conocidos todos estos antecedentes, que pueden,,
por otra parte, consultarse en cualquiera de las múltiples obras de

(1) Obra citada, vol. II, pars. 11, pág. 697, núm 843 II.
(2) C onsúltese la Historia eclesiástica de F un k , traducción del P. R u íz A m a d o ,
pág. 25, y A n d r k y C o n d j s , D iclionairc de Droit Cauoniqucs tomo I, pág. 45%
l3) Obra y lu gar citados.
214 CAMPOS Y PULIDO

los tratadistas de derecho canónico, la primera cuestión que debe­


mos estudiar aun antes de analizar los preceptos del moderno Códi­
go es la referente a la ecumenicidad del Concilio para poder cono­
cer cuándo el general legítimo tendrá el carácter y consideración de
ecuménico.
Indistintamente se utiliza el nombre de generales y ecuménicos
cuando se trata de los Concilios universales de la Iglesia católica;
mas si bien podría emplearse uno u otro para dar idea de su univer­
salidad, el término ecuménico es más propio, y debe emplearse con
preferencia para referirnos a los Concilios a los que asisten y son
convocados representantes de las dos Iglesias, la latina y la griega
ortodoxa.
En efecto, aunque algunos autores, entre ellos los Sres. Andre
y Condis, nos indican que para que los Concilios ecuménicos sean
tales, y obligatorios para toda la cristiandad, son precisas tres con­
diciones: la convocación, la presidencia y la confirmación del Pontí­
fice, sin que la Iglesia haya reconocido y admitido como ecuménicos
más que los presididos por el Papa o sus legados, ni haya aceptado
en ciertos Concilios más decretos que los adoptados en aquellas de
sus sesiones que fueron presididas por los legados del Soberano
Pontífice (1), de donde se deduce que para él, como para otros mu­
chos, la ecumenicidad es sinónima de la confirmación Pontificia, y
sólo serán ecuménicos los convocados, presididos y confirmados por
el Pontífice, creemos nosotros, inclinándonos a la opinión que sus­
tenta el canonista español D. Juan P. Morales, que la ecumenicidad
es representativa de la concurrencia de Obispos de las dos Iglesias,
la griega y la latina, o lo que es lo mismo de representantes de la Igle­
sia católica universal, mientras que al general sólo lo verifican los
de una de las dos Iglesias, ordinariamente los de la latina (2).
Nos inclinamos a sostener este criterio, por considerar que la
ecumenicidad como significativa de la intervención que correspon­
de al Romano Pontífice, como Jefe y Supremo jerarca de la Iglesia
católica, de tal suerte, que sólo han de ser ecuménicos aquellos en
los que exista esta intervención, y, por lo tanto, se haga por el mis­
mo la convocatoria, la presidencia y la confirmación, es una nota tan
característica y tan distintiva, del Concilio, que sólo por ella puede
conocerse si es o no tal Concilio, ya que si se omitiere este requisi-

(l) D iccionario de D erecho canónico ya citado, tomo I, pág. 459.


(2; Instituciones de D erecho canónico, segunda edición, 1915, tomo I, pág. 58.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 215

to y la reunión de los padres de la Iglesia no fuere convocada por el


Pontífice, o aun siéndolo, no presidiese sus sesiones por sí o por sus
legados, o aun observados estos dos requisitos, no le prestase su
superior confirmación, dicho Concilio no sería tal, sino sólo un ver­
dadero conciliábulo, y nunca la representación legítima de la Iglesia
•católica, ya que ésta corresponde a todo el cuerpo de la misma,
pero bajo la dirección y superioridad de su cabeza, que es Pedro,
dándonos idea tales reuniones de asambleas o sínodos celebrados
por un cuerpo acéfalo, ya que, como sabemos, el centro de unidad
de la Iglesia sólo se estableció en Pedro, y con él en los Romanos
Pontífices sus sucesores, a los que Cristo Nuestro Señor trasmitió
la plenitud de su potestad, para que rigiesen a toda la Iglesia con
aquellas palabras: pasee agrios , pasee oves meas, representati­
vas de que esa potestad se extiende, como hemos visto, según las
palabras del Concilio Vaticano, a todos los Pastores y a todos los
fieles. Sin la aprobación, y previamente la convocación y la presi­
dencia del Concilio por el Pontífice, no hay Concilio; es éste una
asamblea sin autoridad alguna, y, por ello, en el general y en el
•ecuménico es de tal modo esencial al mismo esta intervención del
Sumo Pontífice, que podremos decir, sin temor a equivocarnos, que
el Concilio general y el ecuménico, o es convocado, presidido y
confirmado por el Pontífice, o no es nada. El carácter de tal Conci­
lio se lo da o no la autoridad del Primado Pontificio que le convoca,
preside y confirma, y nada más, pues sin ella no puede decirse que
lo sea. La aprobación Pontificia es, por tanto, común al general y
al ecuménico, y esencialísima de todo punto.
Ahora bien; los Concilios hemos dicho que pueden ser generales
y particulares o tópicos, como les llama el P. W ernz, y los primeros
.los distinguiremos, según este criterio que exponemos, en genera­
les, propiamente dichos, si sólo asistieren representantes de una de
las dos Iglesias, ordinariamente de la latina, y ecuménicos, si lo
“fueren de las dos, de la latina y de la griega, no en el sentido de
una asistencia material de todos los Obispos de una y otra Iglesia,
sino en el de que estén representadas las dos en el mismo; pero am­
bos, caracterizados como tales Concilios por la aprobación y confir­
mación de los acuerdos conciliares realizada por el Pontífice, pues
sin ella el Concilio nunca podría decirse legítimamente celebrado.
Este mismo criterio parece confirmado de la doctrina que expo­
ne el canonista americano D. Justo Donoso, y del concepto que de
Jos Concilios dan los Síes. Perujo y Angulo en su diccionario de
216 CAMPOS Y PULIDO

ciencias eclesiásticas, cuando dicen que para que el Concilio sea


ecuménico se requiere además que haya número suficiente de
Obispos y celebración legítima, considerando, por el contrario,
como conciliábulo a la reunión de algunos Obispos católicos, a la
que faltan las condiciones para constituir un verdadero Concilio,
principalmente la convocación legítima con la confirmación
del Papa ( 1).
Esto sentado de tal suerte diremos que es necesaria la aproba­
ción y confirmación Pontificia para el Concilio, que es ella su ele­
mento característico y esencialísimo, puesto que el Romano Pontífi­
ce es el Jefe Supremo de la Iglesia, y el que en ella ejerce la supre­
ma potestad que le transfirió Cristo. El Concilio es consecuente­
mente inferior al Romano Pontífice, como hemos dicho; pero parti­
cipa de la potestad suprema que a él corresponde, pues como indica
el P. W ernz, sólo al supremo pastor de la Iglesia confirió Cristo in­
mediatamente la jurisdicción universal y toda la que ejercen los
Obispos convocados al Concilio ecuménico, in universam , dimana
en ellos del Romano Pontífice, permaneciendo*siempre subordinada
al mismo (2).
Atendiendo, pues, a esta naturaleza tan perfectamente definida,,
para la existencia del Concilio es de todo punto esencialísimo que
el Concilio sea convocado por el Pontífice, sin que contra esta doc­
trina pueda invocarse ni indicarse que los ocho primeros ecuméni­
cos lo fueron por orden de los Em peradores, puesto que ellos
sólo secundaron los deseos de los Soberanos Pontífices, y reali­
zada ésta por la única autoridad que puede verificarlo, requiere-
además que sea presidido por él o por sus delegados, y sobre todo
que le/confirme. Sólo así será el Concilio general verdadero Conci­
lio, y el ecuménico represetación legítima de toda la Iglesia uni­
versal.
IV. Conocidos todos estos antecedentes, examinemos ahora la
doctrina que establece el moderno Código, comenzando por deter­
minar a quién compete su convocación, quiénes deben ser convoca­
dos y cual es la forma de hacerlo.
La convocación del Concilio es un derecho exclusivo, como se ha
dicho del Sumo Pontífice; en este punto no se introduce modifica­
ción alguna respecto a lo que la disciplina anterior tenía term inante-

(1) Tomo III. V oces Conciliábulo y Concillo, pág. 113, D o n o so , id., pág. 20.
(2) L ugar citado, pág. 701.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 217

mente establecido. A tenor del párrafo 1 .° del canon 222 , no puede


darse Concilio ecuménico que no fuere convocado por el Romano
Pontífice, y es de toda evidencia, partiendo de lo establecido en este
precepto, que si el Concilio no puede darse sin la convocatoria Pon­
tificia, todo aquel que hubiere sido convocado por cualesquiera auto­
ridad, sea cual fuere, y la potestad de que estuviere investida en lo
eclesiástico o en lo civil, no podrá dársele el nombre de Concilio
ecuménico, ni la convocatoria hecha por otra autoridad que el Pontí­
fice tendría efecto alguno para su celebración.
Mas si la convocación del Concilio corresponde al Pontífice*
¿quién podrá una vez convocado, transferirle, suspenderle, o disol­
verle? Es esta facultad exclusiva y peculiarísima del Romano Pontí­
fice, tanto porque así se deduce de la doctrina que dejamos consig­
nada, como porque de un modo muy especial y terminante lo es­
tablece el nuevo Código en el párrafo 2.° del mencionado canon
cuando dispone, que corresponde asimismo al Soberano Pontífice
el trasladar, suspender o disolver el Concilio, facultad que de todas
suertes sería propia del Papa, puesto que si puede hacer la convoca­
toria en virtud de la plenitud de su potestad, es evidente que podrá
ordenar la traslación del Concilio a otro lugar, como ocurrió con el
de Florencia trasladado desde F errara a este punto por Eugenio IV,
el Tridentino, convocado para su celebración en Vicenza y trasladada
a Trento, donde se verificó su apertura en 13 de Diciembre de 1545,
y con el de Basilea que trasladado a F errara, las sesiones posterio­
res a la 25 que tuvieron lugar en dicha primera ciudad contra lo re­
suelto por el Pontífice sólo tienen el carácter de verdadero conciliá­
bulo; e igualmente que la traslación, la suspensión y la disolución, ya
que en este punto sólo es admisible la doctrina precedente.
La segunda cuestión relacionada con la convocatoria del Conci­
lio es la de determ inar quiénes deben ser convocados al mismo, con
qué derecho, y en qué forma deberá ser hecha la convocatoria dei
Concilio.
Provee a lo primero el canon 223 , estableciendo tres grupos de
personas o jerarcas a los que concede el derecho de ser convoca­
dos, en esta forma: Son llamados al Concilio, y tienen en él derecho
de sufragio deliberativo: 1.ü Los Cardenales de la Santa Iglesia Ro­
mana, aunque no sean Obispos. 2.° Los Patriarcas, Primados, Arzo­
bispos y Obispos residenciales aunque todavía no estén consagrados;
3 .ü Los Abades o Prelados nullius, y 4.° Los Abades Primados, los
Abades Superiores de las Congregaciones monásticas y los mode­
218 CAMPOS Y PULIDO

radores supremos de las religiones clericales excentas, pero no los


«de las demás religiones, a no ser que el decreto de convocación pres­
cribiese otra cosa.
Representando todos estos jerarcas la Iglesia universal, su dere­
cho a asistir al Concilio les corresponde en cuanto constituyen el
cuerpo de la misma. Los Obispos (sean simplemente Obispos, M e­
tropolitanos, Primados o Patriarcas), como indica el P. F erreres por
derecho ordinario de origen divino, puesto que representan con el
Pontífice el Colegio Apostólico, los Cardenales por derecho ordi-
n ario fundado en derecho Pontificio según el mismo autor, y los
Prelados nullius de las diferentes clases enumeradas, también por
derecho ordinario, en cuanto se lo concede el Código a su oficio (1).
En cuanto a estos últimos por la disciplina anterior asistían en vir­
tud de privilegio o costumbre (2); y todos ellos como se ha visto
que previene el novísimo Código con derecho de ejercer el sufragio
•deliberativo.
El segundo grupo de jerarcas que pueden ser convocados al Con­
cilio es según el párrafo 2.° de este canon, los Obispos titulares.
Mas respecto a estos es distinto, la forma que se determina la posi­
bilidad de su asistencia.
El primer párrafo del canon que estudiamos, decía: «Son llama­
dos al Concilio» vocantur; con lo que se nos indica que estos dis­
tintos jerarcas que con arreglo a su tenor hemos enumerado, han de
serlo, teniendo por lo tanto derecho a concurrir y a emitir en él su
sufragio deliberativo, pero cuando ahora en el segundo se ocupa de
los Obispos titulares, dice: «También los Obispos titulares , llama­
dos al Concilio», con cuyas palabras se indica bien claramente que
éstos han de ser especialmente convocados, cuando hayan de concu­
rrir, o lo que es lo mismo, que para que puedan verificarlo es preci­
so su especial llamamiento, pudiendo en su consecuencia ser o no
convocados al Concilio, no incluyéndose, por lo tanto, en el concepto
de los demás Obispos de que trata el número 2.° del primer párrafo,
ya que en éste se emplea la palabra residenciales dentro de cuyo
concepto no pueden considerarse incluidos los titulares que lo son
por no tener territorio ni ejercer jurisdicción.
En este caso, o sea cuando deban de concurrir los titulares, por-

(1) F errek es: Instituciones canónicas con arreglo al novísim o Código de Pío X ,
prom ulgado por Benedicto X V , Tomo T, pag 139.
(2) BouU De Papa, part, 8.° cap. I. párrafo V.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 219

•que hayan sido especialmente convocados al Concilio, tendrán tam­


bién voto deliberativo, salvo que en la convocatoria se hubiese pre­
venido otra cosa expresam ente. La regla general es, pues, que en el
caso de su concurrencia, por haber sido convocados, gozarán de su­
fragio deliberativo, salvo que por disposición expresa que se hará
constar en la convocatoria, se hubiese dispuesto otra cosa en con­
trario.
Hay otro grupo de personas que pueden también ser convocados
al Concilio, y éstos se determinan en el párrafo 3.° del referido ca­
non 223 , pero con otro carácter bien distinto de los anteriores. Son
éstos los teólogos y los canonistas, y ellos, cuando acaso sean con­
vocados, puesto que pueden no serlo, según se indica en el texto,
forte invitati , sólo tienen sufragio consultivo, a la inversa de los
anteriores, que los del primer grupo siempre lo tendrán deliberativo,
y los titulares deliberativo, en el caso de que fueren convocados,
y no se dispusiere expresam ente lo contrario. (En el Concilio Vati­
cano lo fueron y se les concedió voto deliberativo o decisivo.)
La forma en que generalm ente se convoca el Concilio es expi­
diendo el Santo Padre dos encíclicas, que se dirigen, una a los so­
beranos católicos para exhortarles a concurrir a él, y la otra, se
acostumbra a dirigir a los Metropolitanos, para que éstos notifiquen
la bula pontificia a los sufragáneos y a las demás personas que de­
ban asistir al mismo, expresándose en ambas encíclicas el tiempo y
lugar de la convocatoria (1). Sin embargo, en el último Concilio ce­
lebrado, pero que, como hemos dicho, se encuentra en suspenso en
atención a las circunstancias por que atravesó la Iglesia, y en par­
ticular la Sede Apostólica, en el último tercio del siglo anterior, se
omitió el publicar la bula de invitación a los Príncipes tem pora­
les (2), dirigiéndose primero la bula de convocación Aeterni Patris
Unigenitus en 29 de Junio de 1868, que señalaba como fecha para
su celebración el inmediato año de 1869, en la Basílica Vaticana,
debiéndose verificar su apertura el 8 de Diciembre; después, por
*)tras letras apostólicas de 8 de Septiembre, Arcana divina Provl·
dentia, se invitaba al Concilio a todos los Obispos griegos no uni­
dos, y por último, por las letras de 13 de Septiem bre de 1868, lam
vos omnes , invitaba a los protestantes disidentes a reunirse a la
Iglesia; finalmente, por las letras apostólicas, Multíplices inter , de

(1) D o n o s o , Instituciones de Derecho canónico , pág. 19, núm. 20.


(2) Idem , id., id.
220 CAMPOS Y PULIDO

29 de Noviembre de 1869, se estableció el orden general que se


había de observar en el Concilio, y el 14 de Diciembre de 1869, por la
Constitución Cum Romanis Poníificibus, resolvía S. S. Pío IX lo
referente a la designación de nuevo Pontífice en el caso de que la
Santa Sede quedase vacante durante la celebración del Concilio (1).
V. Conocidos quienes deben de ser convocados para la cele­
bración del Concilio, según lo que dispone el canon 223 , que he­
mos referido precedentem ente, debemos ocuparnos ahora del deber
de asistencia que a éstos incumbe, y la forma en que se les impone
la obligación de asistir al mismo.
Es ésta de todo punto obligatoria, pues así se deduce de lo que
previene el primer párrafo del 224. Si alguno de los ya designados
en el primer párrafo del 223 no pudiese concurrir porque a ello se
oponga impedimento justo, deberá enviar un procurador en su nom­
bre, y además probar la existencia del referido impedimento. Es
decir, de la asistencia sólo excusa la concurrencia de algún impedi­
mento, pero no de cualquier clase, sino que éste ha de ser justo,,
como lo sería la enfermedad que le impidiese trasladarse al punto
donde haya de tener lugar la celebración sin grave peligro, o la im­
posibilidad material de asistir, y además ha de probarse la existen­
cia de tal impedimento, pues sin su prueba no quedaría exento de la
obligación de asistir.
Mas si ésta es la doctrina vigente a tenor de lo prevenido en
este precepto, podemos de igual modo indicar que la asistencia al
Concilio puede verificarse, bien personalmente, o por procurador.
No olvidemos, sin embargo, que nos referimos a los incluidos en el
primer párrafo del canon 223 , y que, por lo tanto, lo dispuesto en
el inmediato no es de aplicación a los Obispos titulares, en el caso
de que sean convocados, ni a los teólogos y canonistas, pues éstos,
caso de no concurrir personalmente, no podrán enviar procurador
que asista en su nombre, ni estarán tampoco obligados, según pare­
ce deducirse del contexto del párrafo, a probar el impedimento que
obste para su personal asistencia, aunque deberán alegarlo. Res­
ponde esta diferencia a la naturaleza del derecho con que pueden
asistir unos u otros que ya tenemos analizado con referencia al mis­
mo, según el precepto referido.
Ahora bien, el procurador que asistiese al Concilio en representa-

(1) V erin g: Bibliothequc Theologique du X IX o siécle. Droit Canon. Traducción-


francesa del P. A , B iíle t. P arís, 1879, vol. I, páginas 61M y siguientes.
LEGISLVCIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNIGA 221

ción de uno de los indicados jerarcas, no por el hecho de serlo ad­


quirirá o tendrá derecho para emitir sufragio, si no lo tuviere por sí;
pero aun en este caso, si lo tuviera por derecho propio, no por ello
podrá emitir dos sufragios, sino sólo el que le correspondiere por el
concepto en que concurra en nombre propio al Concilio. Si el P ro­
curador no fuere uno de los Padres del Concilio, únicamente tendrá
derecho para asistir a las sesiones públicas del Concilio, claro es
que sin voto, como se ha dicho, $ también para suscribir sus actas,
una vez terminado (canon 224 , párrafo 2.°).
También se prescribe, en cuanto a la asistencia, que ninguno de
los que deben asistir al Concilio podrá ausentarse y separarse de él
antes de su legítima terminación, a no ser que, dada cuenta al P re ­
sidente del Concilio de la causa que le obligue a ausentarse, y apro­
bada por él, le otorgase, una vez que le sea solicitada, la oportuna
licencia para ello (canon 225).
VI. Una vez que ya conocemos cuanto respecta a la convoca­
toria y asistencia al Concilio, veamos cómo y por quién deberán ser
propuestos los diferentes asuntos sometidos a su resolución, cual sea
la forma de verificar sus deliberaciones y a quién corresponda su
presidencia.
La proposición de los asuntos que han de ser resueltos en Conci­
lio corresponde al Romano Pontífice, pues siendo éste el que ha de
determ inar el momento en que debe ser convocado y su necesidad
para proveer a las graves cuestiones que reclaman su celebración,
cuando juzgase que debe reunirse la representación legítima de la
Iglesia para resolverlas, ha de ser asimismo de su competencia y fa­
cultad el proponer y fijar los distintos asuntos que han de ser estu­
diados y examinados por los Padres del Concilio, pudiendo también
éstos añadir a los propuestos por el Pontífice algunos otros también
referentes a materias y cuestiones importantes, siempre que previa­
mente se haya obtenido la aprobación oportuna del que le presidie­
re. Así lo establece el canon 226 , previniendo que, propuestas por
el Romano Pontífice las referidas cuestiones o puntos de discusión,
podrán los Padres asistentes adicionar a su estudio algunas otras,
obtenida previamente la referida autorización, y este mismo precep­
to sanciona el segundo párrafo del canon 222.
Inaugurado el Concilio se acuerda y se determina el modo de
proceder en las deliberaciones, lo que ordinariamente tiene lugar
examinando y discutiendo previamente el asunto en las congrega­
ciones particulares, a las que asisten teólogos y consultores, y lie-
222 CAMPOS Y PULIDO

vándose después a la Congregación plena, y estudiada por ésta,


después de la conveniente y necesaria discusión se adopta el acuer­
do, que es definitivamente decidido y votado en la sesión pública
inmediata; pero de todas suertes, la determinación del modo de pro­
ceder y el orden que se ha de observar en las deliberaciones, es atri­
bución exclusiva del Pontífice, al que corresponde establecerlo li­
bremente, según lo prevenido en el párrafo segundo del canon 222y
que dispone que al mismo Romano Pontífice respecta designar los
asuntos que han de ser tratados en el Concilio, y constituir y seña­
lar el orden que se ha de observar en su discusión.
VII. En cuanto a la presidencia del Concilio, después de lo que
ya dejamos expuesto en las líneas precedentes, no debía ser preciso
insistir más, puesto que es un requisito de todo punto esencialísimo
para que el Concilio tenga el carácter de tal; sin embargo, añadi­
remos, como doctrina que confirma el novísimo Código en el pre­
cepto últimamente referido, que también corresponde al Pontífice
presidir el Concilio ecuménico, bien por sí o por otros. Abierto el
Concilio, podrá, desde luego, presidirlo por sí mismo, y en caso con­
trario, cuando i:0 asistiere a él personalmente, será presidido por
sus legados, que por serlo ocuparán en él un lugar preferente.
Pero lo que es absolutamente esencial para que el Concilio, o
mejor, para que las decisiones conciliares tengan fuerza obligatoria
y constituyan fuente de derecho completamente efectivo y de apli­
cación para toda la Iglesia, es la aprobación Pontificia, hasta el pun­
to de que sin ella nunca podrá decirse que es Concilio el sínodo ce­
lebrado sin haberla obtenido especialmente.
En dos distintos lugares del capítulo que estudiamos se precisa
la indiscutible necesidad de la aprobación Pontificia. Primeramente
se dispone así en el segundo párrafo del canon 222 , que atribuye al
Primado Pontificio la facultad de confirmar sus decretos. Pero más
especial y concretamente se prescribe esta facultad, que es a la vez
requisito indispensable para la autenticidad del Concilio, de un modo
tan terminante que no puede surgir duda alguna respecto al particu­
lar, en el canon 227 , que prescribe que los decretos del Concilio
no tienen fuerza definitiva de obtigar mientras no han sido confir­
mados por el Romano Pontífice y promulgados por su mandato.
Nada nuevo se establece en este precepto, puesto que lo que él
dispone ha constituido constantemente la disciplina uniforme de la
Iglesia, observada en todo tiempo y practicada sin interrupción. To­
dos los Concilios generales y ecuménicos que se cuentan como tales
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNIGA 223

en la Iglesia católica, recibieron la confirmación Pontificia, hasta el


punto de que como hemos dicho, las sesiones de los de Costanza y
Basilea, que no la obtuvieron, no tienen este carácter ni se conside­
ran como verdaderas decisiones conciliares. Los Padres del Triden-
tino solicitaron especialmente de Su Santidad Pío IV que se digna­
se confirmar sus decretos, y por lo que respecta a las decisiones
adoptadas y aprobadas por el Concilio Vaticano, fueron publicadas,
sínodo aprobante , como constituciones Pontificias, que son la Dei
Filius y la Pastor Aeternus .
Por lo que hace referencia a la autoridad y fuerza obligatoria
que corresponde al Concilio general y ecuménico, éste goza de su­
prema y completa potestad en toda la Iglesia universal (canon 228 ,
párrafo primero), siendo sus preceptos completamente obligatorios
para todos los fieles y para todas las iglesias particulares; mas esto,
no obstante, no puede considerarse de modo alguno superior al Pon­
tífice, ni constituir ninguna gradación de orden más elevado que
éste, pues el segundo párrafo de este mismo canon dispone que
contra la sentencia y resolución dictada por el Sumo Pontífice, no se
da apelación al Concilio ecuménico.
VIII. Cuando antes nos referíamos a la celebración del Concilio
Vaticano hacíamos alusión a la Constitución Cum Romanís Pontí-
ficibus , por la que Su Santidad Pío IX resolvía lo procedente a la
designación y elección de nuevo Pontífice en el caso de que la S ede
Apostólica quedase vacante durante la celebración del Concilio;
pues bien; cuando hoy se han regulado en el moderno Código todas
las cuestiones relativas a los Concilios generales y ecuménicos en
la forma que queda consignada, no se ha olvidado, como no podía de
ningún modo olvidarse, el caso de que el Romano Pontífice fallecie­
re durante la reunión conciliar.
Por ello el canon 229 dispone que si aconteciere que durante la
celebración del Concilio falleciere el Romano Pontífice, quedará
éste interrumpido y suspenso ipso iaref hasta que el nuevo Pontí­
fice juzgue y decrete que aquél deba ser reanudado y continuar su
celebración.
IX. Con lo expuesto hasta ahora, verdadera síntesis de cuanta
dispone el novísimo Código respecto a los Concilios generales y
ecuménicos, podríamos dar por terminado este capítulo, dedicado a
los mismos. Mas aunque el estudio histórico de los diferentes Con­
cilios que tienen este carácter puede realizarse en cualquiera de las
obras de los canonistas que se ocupan de estas m aterias, creemos.
224 CAMPOS Y PULIDO

qne no estará demás adicionar algunas líneas al examen practicado,


las que teniendo más bien el carácter de notas o indicaciones suma-
rísimas, nos prestarán la utilidad de ofrecernos un recuerdo o refe­
rencia de los de esta clase cuya celebración ha tenido lugar en la
Iglesia católica.
Para facilitar mejor su recuerdo, los Sres. Andre y Condis, en
s u y a citado diccionario (1) formulan el siguiente dístico, que ha
sido generalm ente reproducido por todos los canonistas modernos.
Está éste constituido por la primera sílaba de los generales y ecu­
ménicos anteriores al Vaticano y posteriores a la conversión de
Constantino, a saber:

NI, C O , E, CHAL, C O , C O , NI, C O , LA, LA, LA, LA, LU, LU,


VI, FLO , LA, TRI, VA.

que son, por lo tanto, el de Nicea, el primero de Constantinopla, el


de Efeso, el de Calcedonia, el segundo y tercero de Constantino­
pla, el segundo de Nicea, el cuarto de Constantinopla, el primero,
segundo, tercero y cuarto de Letran, el primero y segundo de Lyón,
el de Viena, el de Florencia, el quinto de Letran, el Tridentino y el
Vaticano, sin contar entre ellos los de Pisa Constanza y Basilea,
puesto que no todas las sesiones de éstos son consideradas como
conciliares en cuanto no fueron aprobadas por el Pontífice, y en ellas
se llegó hasta a declarar la superioridad del Concilio sobre el Pon­
tífice.
En el primero de todos los generales el primero de Nicea, se
condenaron las herejías de Arrio, y de los Quatordecimanos, se con­
firmó la deposición de Melesio, y se establecieron muchos cánones
sobre disciplina.
El primero de Constantinopla, que es el segundo general, con­
denó a Macedonio que negaba la divinidad del Espíritu Santo, de la
misma manera que el de Efeso que es el tercero, condenó a Nesto-
rio, y el de Calcedonia a Dioscoro, deponiéndole y reprobando las
actas del llamado II de Efeso que es denominado por los católicos
Latrocino-Efesino.
En el segundo y tercero de Constantinopla, que son el quinto y
sexto generales, se condenaron de nuevo los errores de Eutiques y
Nestorio, así como los de los monotelitas.

(1) Obra, tom o y lugar citado, pág. 460. II.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 225

El segundo de Nicea, séptimo general, lo motivó el error de los


Iconoclastas , y el cuarto de Constantinopla, depuso a Focio repo­
niendo al Patriarca San Ignacio.
Siguen a éstos el primero, segundo, tercero y cuarto de Letran,
que toman su nombre de la Basílica de Letran, en la que se celebra­
ron, y que tienen lugar en Occidente, de la misma manera que los
■ocho precedentes lo fueron en O riente, y en ellos se proclamó la
Santidad de San Gregorio, fijando para siempre el principio de la
independencia de la Iglesia, se condenaron varias herejías, se refor­
maron las costumbres y se puso fin al cisma que afligía a la Iglesia,
originado por el antipapa León, y al del Cardenal Octaviano (Víc­
tor IV), lo mismo que se condenaron las herejías de los W aldenses
y Albijenses y se trató de otros importantes asuntos.
El primero y segundo de Lyón, que son los de los números trece
y catorce, se celebraron bajo los Pontificados de Inocencio IV, y
G regorio X, y en ellos se dictó sentencia de excomunión y deposi­
ción contra el Emperador Federico, y se definió que el Espíritu
Santo, procede del Padre y del Hijo como de un solo principio.
Sigue a éste el de Viena, celebrado bajo el Pontificado de C le­
mente V, en el que fué abolida la orden de los templarios condenán­
dose los errores de los Fratricelos , Dulcinistas , Beguardos y
Beguinas, y después de los de Pisa, Constanza y Basilea, a los
que ya nos hemos referido, tuvo lugar la celebración del de Floren­
cia, en el que se realizó la reunión de los griegos con los latinos, y
más tarde el quinto de Letran.
El Concilio de Trento, que sigue en orden al de Letran quinto
de su nombre, es sin duda alguna uno de los más importantes de la
Iglesia, tanto por la condenación de la herejía de Lutero y la refor­
ma que en la disciplina de la Iglesia introdujo, como también porque
constituye la línea de separación entre el derecho canónico medio y
nuevo, consta de 25 sesiones y sus cánones dogmáticos y discipli­
nares son de necesario conocimiento para todos los católicos y ca­
nonistas.
El último de todos los Concilios, en el orden de su celebración,
ha sido el Vaticano, que inaugurado por Su Santidad, Pío IX, se en­
cuentra en la actualidad en suspenso, y resultado de sus trabajos,
han sido las constituciones Del Filias y P astor Aeternus .
Por demás sucinta es esta rapidísima enumeración y referencia
a los distintos Concilios generales y ecuménicos que se han cele­
brado en la Iglesia. Estudíese si se quiere conocer más por extenso
C a m p o s y P u lid o . T o m o iv . 15
226 CAMPOS Y PULIDO

los principales asuntos y cuestiones resueltas en los mismos las im­


portantes colecciones de Concilios publicadas hasta el día, y en
particular, la de Tejada y Ramiro, no menos que los trabajos par­
ticulares publicados sobre algunos de ellos, y las referencias que
nos ofrecen los canonistas. La historia y el análisis de todo lo que
ha sido objeto de resolución y estudio de cada uno de los celebra­
dos hasta el día, constituye la de la vida de la Iglesia, que por otra
parte podemos conocer, siquiera sea muy sumariamente con las bre­
ves referencias consignadas.
CAPITULO III

DE LOS C A R D E N A LE S DE LA S A N T A IGLESIA RO M ANA

1. Cuando en el primer volumen de esta obra comenzábamos el


estudio dé los jerarcas en particular, dentro del tratado de las per­
sonas de la Iglesia, y acomodándonos al orden que para el completo
desenvolvimiento de todas las materias con las mismas relacionadas,
tratábam os de los Auxiliares del Romano Pontífice en el Gobierno
de la Iglesia, dedicábamos el capítulo primero al de los C arde­
nales de la Santa Iglesia Romana universaf, y allá exponíamos su
concepto, considerándoles como los más altos dignatarios ecle­
siásticos que, nombrados por el Romano Pontífice, le auxilian en
Sede plena en el despacho y resolución de los asuntos de la Iglesia
universal, proveyendo a la elección del Romano Pontífice en Sede
Vacante (1).
Nos referimos después a su antigüedad, verdaderam ente ex­
traordinaria, puesto que desde los primeros tiempos tuvo siempre
el Romano Pontífice su senado o consejo que era oído en los más
graves y transcendentales asuntos, aunque el nombre de Cardenal
no fuese anterior al Papa San Silvestre, y con relación al canonista
Prümmer indicábamos, que hasta el Pontificado de Honorio II (1124-
1130) existieron también Cardenales, subdiáconos, acólitos y cléri­
gos, añadiendo que habiendo sido vario el número de estos supre­
mos jerarcas de la Iglesia, ya que antes del siglo XII fueron cin­
cuenta, en 1331, sólo veinte, instituyendo Paulo IV, cuarenta, y Six-

<I) L u gar citado, página 85.


228 CAMPOS Y PULIDO

to V, setenta, constaba por la disciplina actual el Colegio C ardena­


licio de tres órdenes de Cardenales: el de los Obispos, en número
de seis, correspondientes a las seis diócesis suburbicarias; el de los
Presbíteros , constituido por cincuenta, y el de los Diáconos , por
catorce.
No debemos por lo tanto volver sobre este particular y dando
por reproducida la síntesis expuesta en el mencionado lugar, indi­
caremos ahora como complemento de tal doctrina, que el Colegio
Cardenalicio tiene su origen y antecedente en el presbiterio roma­
no, tomando su nombre los Cardenales de la palabra Cardo , cardl·
nís, el quicio, eje o fundamento sobre que gira o descansa la Igle­
sia o edificio eclesiástico y que aplicado en los primeros tiempos al
clérigo que era adscrito o asignado a determinada Iglesia o título
mediante la incardinación o adscripción a la misma, fué reservado
más tarde sólo para los Cardenales de la Santa Iglesia de Roma, de­
nominándose en ese tiempo y dándosele tal nombre a los Obispos,
canónigos y párrocos, el que en virtud de lo decretado por Su San­
tidad San Pío V, en 17 de Febrero de 1568, se declaró exclusivo de
los Cardenales de la Iglesia Romana (1).
Pcirtiendo de tales antecedentes, observamos al examinar ahora
los preceptos del moderno Código, que éste ha dedicado el capítu­
lo III del referido título VII a los Cardenales, y cuando en el canon
230, comienza el desenvolvimiento de la disciplina de aplicación a
los mismos, estableciendo las reglas pertinentes, puede afirmarse
que el contexto del repetido canon, constituye una verdadera defi­
nición de los mismos al decir que «los Cardenales d a la Santa Iglesia
Romana forman el Senado del Romano Pontífice al que asisten como
sus principales consejeros y auxiliares en el régimen y gobierno de
la Iglesia», cuyo concepto podemos decir que en nada difiere del
que hemos expuesto al comienzo.
II. Ya indicábamos antes que ha sido vario el número de los
Cardenales existentes en la Iglesia Católica en los diferentes pe­
ríodos de su historia, y aunque quedó fijado en la forma que ya nos
es conocida, sin embargo, en los últimos tiempos y en algunas oca­
siones, su número ha pasado del indicado, y ew otras muchas la mis­
ma sucesión de las vacantes ha sido causa de que no resultare aquél
en todo momento completo. Sabemos, sin embargo, que eran tres

í l ) F í i k h k r e s : Instituciones canónicas, tomo I, pág. 141. Consúltese La Curia Ro -


tnatfaj del mismo autor.
LEGISLACIÓN Y'JURISPRUDENCIA CANÓNICA 229

las ordenes de Cardenales que integraban el Colegio Cardenalicio,


y esta misma gradación y número se mantienen en el canon 231 del
moderno Código. Según lo que este dispone, el Sagrado Colegio
está distribuido en tres órdenes o grados: el episcopal al que sólo
pertenecen los seis Obispos propuestos para las diócesis suburbica-
rias; el presbiteral que consta de cincuenta Cardenales presbíteros,
y el Diaconal que está constituido por los catorce diáconos, número
exactam ente igual al que hemos dicho que le integraba en conformi­
dad a la disciplina precedente.
Los seis Cardenales del orden de los Obispos, son, como se ha
dicho, los que se encuentran al frente de las seis diócesis suburbi-
carias, los que eomo indica el A. Boudinhon, gozan de una condición
especial, puesto que siendo los titulares de sus respectivas sedes,
de las que tienen su administración, tienen al mismo tiempo su resi­
dencia en Roma, participando como los demás Cardenales de los
cargos y funciones de la Curia (1).
Son estas Sedes suburbicarias las de Albano, Frascati, Palestri­
na, Porto y Santa Rufina, Sabina y Velletri, a más de la de Ostia,
que desde tiempo antiquísimo es desempeñada por el Cardenal De­
cano del Sagrado Colegio, el que la rige ejerciendo en ella sus fun­
ciones episcopales como tal Obispo, en unión de la otra Diócesis de
las enunciadas, que antes de su elevación al Decanato tuviere asig­
nada, la que conserva, puesto que así está dispuesto por la discipli­
na en vigor en el momento de la publicación del novísimo Código.
Su actual vigencia requiere que analicemos los preceptos que han
regido y rigen respecto a este particular.
Regúlase la organización y régimen de dichas Diócesis por la
Constitución de S. S. Benedicto XV Ex act/s tempore , de 1.° de
Febrero de 1915 (Acta Apostolicae Sedis, vol. VII, páginas 230 y
siguientes), de la que algunos de sus preceptos, cuales son los que
se refieren a la supresión del derecho de opción respecto a las in­
dicadas Sedes, conserva y confirma el nuevo Código, y en cuanto
a los demás de los que no se hace especial mención en el repetido
Código, debe de entenderse que subsiste su vigencia, puesto que
tratándose de privilegios concedidos a los Cardenales Obispos de
las mencionadas Sedes, han de considerarse subsistentes a tenor del
canon 4.°, además de que teniendo el concepto de leyes o preceptos

<D Le Canoniste contemporain, año X X X V II, 1 914. L i v h a i s s o n s , 138 4 3 9 . J i : i n ~


J u i l l e t , p á g . 329 y s ig u i e n te s .
230 CAMPOS Y PULIDO

particulares que no son opuestos a las disposiciones del Código, no


se derogan por las disposiciones del núm. l.° del canon sexto, ni pa­
rece tampoco, a nuestro juicio, que puedan considerarse incluidos
en la derogación del núm. 6.° del repetidp canon.
Establecióse cuanto respectaba a lasmencionadas Diócesis subur-
bicarias en la Constitución Apostolicae Romanorum Pontificurn,
publicada por Su Santidad Pío X en 15 de Abril de \§\0(A cta Apos­
tolicae Sedis, vol. II, pág. 275), a que nos referíamos en nuestro
primer volumen, y en cuyo lugar, una vez que transcribíamos sus
preceptos al castellano, la estudiábamos con el· suficiente deteni­
miento (1). Mas el mismo Pontífice, por su Mota proprio , Edita a
Nobis, publicado en 5 de Mayo de 1914, (Acta Apostolicae Se -
dis, vcl. VI, páginas 219 y 220), que es por lo tanto posterior a la
publicación de dicho primer volumen, introdujo algunas modifica­
ciones, que en realidad constituían un apéndice o complemento de
la Constitución precedente, como lo conceptúa Boudinhon, cuando
de él se ocupa en su indicada revista Le Canoniste contempo-
rain (2).
E ste Pontífice inmortal, que en la primera de las indicadas C ons­
tituciones estableció las normas necesarias para la organización de
dichas Diócesis, considerando a los Cardenales a ellas promovidos
como verdaderos Obispos, y que ordenó e! nombramiento de un
Obispo sufragáneo auxiliar para cada uno de los Cardenales subur-
bicarios, extendiendo a todos ellos la disciplina que regía para los
Sabinense y Veliterno, en la forma y con las condiciones en la misma
requeridas, así como también que estableció cuanto respecta a la or­
ganización económica de las indicadas Sedes, y lo relativo a ciertas
consagraciones y funciones pontificales solemnes (3), dispuso por el
Motu proprio, Edita a Nobis, una nueva organización económica
y financiera de las repetidas Sedes, ordenando que todos los bienes
de las seis suburbicarias formaran en lo sucesivo una masa común
que había de ser administrada por el oficio denominado de Expo­
lios, unido a la Sagrada Congregación de la Propaganda, el que
debía de dar cuenta anualmente de su administración al procurador
o mandatario designado por los Cardenales Obispos, y cuyos fon­

( 1) C onsúltese su tenor y sus principales disposiciones en las páginas 86 y sigu ien ­


tes de repetido volumen.
(2) Año X X X V II, lugar citado.
(3) V«lase esta Constitución en el mencionado lugar de nuestra obra.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 231

dos se habían de distribuir entre los referidos Cardenales, de suerte


que percibiendo 6.000 liras (1) o francos cada uno de los seis sufra­
gáneos, deducida esta suma del total, se dividiese el resto en siete
partes, de las que dos debería percibir el Cardenal Decano y una
cada uno de los demás Cardenales Obispos.
Pero al mismo tiempo que se organizaba en la forma consignada
cuanto respecta a la situación económica de las mencionadas D ióce­
sis, que Boudinhon encuentra justificada, en cuanto, por decirlo así
y como él indica, los Cardenales Obispos son más Cardenales que
Obispos por estar más inmediatamente unidos a la Santa Sede y
más ocupados en la Curia que en su Diócesis (2), suprimió y modi­
ficó el derecho de opción, del que más adelante hemos de ocupar­
nos, respecto de los Cardenales Obispos, de suerte que para evitar
los inconvenientes dificultades que se originaban de la frecuente
variación en sus Sedes, cada uno de estos Cardenales permanecie­
se en la que hubiese obtenido, aunque llegase al Decanato, en el
que unirá y acumulará la suya anterior a la de O stia, de antiguo re ­
servada para el Decano, por lo que separó esta diócesis de la Ve-
lletri, y siendo las suburbicarias, según lo que prescribe el indicado
Motu proprio, siete en vez de seis, a saber: la de Ostia, que des­
empeñará el Decano unida a la que antes tuviera, y las de Porto y
Santa Rufina, Albano, Prenestina o Palestrina, Sabina, Tusculano
y Velletri, quedó dispuesto que a cada uno de los Cardenales pres­
bíteros les fuese asignada, al ascender al orden de los Obispes,
una de las seis Sedes mencionadas; cuya Sede había de retener per­
manentemente, uniéndola a la de O stia, en el caso de ascender al
Decanato.
Finalmente dispuso el repetido Motu proprio que el Cardenal
Obispo había de tener obligación, a más de abonar a su sufragáneo
las 6.000 liras antes indicadas, de asignarle una parte del palacio
episcopal para su residencia.
Esta fué la disciplina establecida por Su Santidad Pío X en los
indicados preceptos; mas, como decimos, en ella se han introducido
algunas modificaciones por la Constitución Apostólica Ex aciis, de
Su Santidad Benedicto XV, cuya Constitución la confirma en parte
y en parte la reforma. En efecto, en lo fundamental y en lo que

(1) El texio elicc srna miiia líbellarum ttalicarum ,\\\iz es pequeña moneda de
los rom anos equivalente a la décim a parte de un denarlo.
(2) Le Catiomslc contemporainy lugar citado.
232 CAMPOS Y PULIDO

constituye su principal disposición, mantiénese por Benedicto XV lo


que aquel Pontífice prescribió, puesto que se ratifica la supresión
del derecho de opción entre las Sedes suburbicarias, conservándose
asimismo igual su número, con la separación de la de Ostia de la de
V elletri.
Modifícase, sin embargo, cuanto aquel Pontífice dispuso res­
pecto al nombramiento de sufragáneos y a la administración eco­
nómica de estas Sedes, lo que se reforma por el Pontífice reinante,
y hoy en virtud de lo dispuesto en la tan repetida Constitución, es­
tablecida la estabilidad de los Cardenales Obispos en sus Sedes res­
pectivas no es necesario asignar a cada Obispo suburbicario un
sufragáneo para que rija aquélla en nombre de éste, puesto que,
como el mismo Pontífice indica, el territorio de estas Diócesis es
muy reducido y su proximidad con la Santa Sede proporciona gran
acilidad para su régimen, y en tal sentido la discipli na novísima
queda hoy constituida a tenor de lo que previene Su Santidad B e­
nedicto XV por el hecho de no ser necesario el nombramiento de tal
Obispo sufragáneo ni subsistir, por tanto, la obligación de proveer­
le del mismo, sino que ejercerá el cargo episcopal el mismo C arde­
nal Obispo, a cuyo efecto se deroga lo establecido por Pío X, pu­
diéndose, sin embargo, proveer a la necesidad de tal nombramiento
cuando el caso lo exigiera con arreglo a derecho. De la misma m a­
nera se deroga lo prevenido respecto a la administración en común
de las rentas de las respectivas Sedes, conservando cada Cardenal
Obispo, como antes, la administración de las de su propia Diócesis,
pero con la obligación de dar cuenta anualmente de su adm inistra­
ción al mencionado oficio denominado de Expolios de la Sagrada
Congregación de la Propaganda.
Concretado de esta suerte y sintetizado lo que respecta a los
Cardenales que forman el primer grado u orden del Sagrado C ole­
gio, indicaremos como complemento de esta doctrina, que si, como
hemos visto, establece el canon 231 en su primer párrafo, hoy, como
antes, son tres los órdenes en que aparece dividido el Colegio C ar­
denalicio, el de los Obispos, el de los Presbíteros y el de los Diáco­
nos, y a los primeros, se les encomienda el régimen de las Diócesis
ya enumeradas, a los Cardenales de orden Presbiteral y a los del
Diaconal, les será asignado a cada uno por el Romano Pontífice,
según lo que previene el segundo párrafo del mencionado canon, un
título o Diaconía en la ciudad de Roma respecto a los que indica el
P at^e F erreres, que el título presbiteral de San Lorenzo in Damaso
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 233

se da siempre al Cardenal Canciller, aunque sea del orden Diaco-


nal, porque está en la Cancillería (1).
II!. Pasemos ahora, una vez conocida la naturaleza del cargo de
Cardenal, su origen y los grados de que consta el Colegio C arde­
nalicio, y antes de tratar de las múltiples cuestiones con los mismos
relacionadas, a ocuparnos de la creación e institución de Cardenales,
determinando a quién compete su nombramiento, condiciones o re­
quisitos de que han de estar adornados los que fueren elevados al
C ardenalato, forma de hacerse y efectos que produce su designa­
ción respecto a 1as Dignidades, Oficios, e iglesias, que poseyere el
promovido, que todas tienen una excepcional importancia y recla­
man una detenida consideración para conocer cuál sea la disciplina
vigente respecto a tales particulares.
Es facultad exclusiva del Romano Pontífice la de elegir con toda
libertad, y sin limitación alguna, a los Cardenales, cuya elección
puede realizarla libremente en todo el mundo entre los varones que.
constituidos a lo menos en el sagrado orden del presbiterado, so­
bresalgan y se distingan más por su doctrina, piedad y mayor pru­
dencia en el estudio, gestión y resolución de los negocios; pues
siendo los Cardenales los más altos dignatarios de la Iglesia católi­
ca, al disponerlo así el párrafo 1.° del canon 232, se muestra com­
pletam ente conforme con la doctrina que en este punto rige y ha
regido, y cuyo fundamento es fácil de conocer.
Mas precisamente por la elevación de su Dignidad es por lo que
se exige, que en ellos concurran otras circunstancias y requisitos a
las que se refiere el párrafo 2.° del mismo canon en los tres números
de que consta. Según lo que en él se dispone, se prohíbe y no po­
drán, por lo tanto, ascender a la Dignidad cardenalicia:
1.° Los hijos ilegítimos, aunque fueren legitimados por subsi­
guiente matrimonio, y los irregulares o los que tienen impedimento
según las prescripciones de los cánones para recibir las órdenes sa­
gradas, aunque de ellas hubiesen sido dispensados por la Autoridad
Apostólica para el ejercicio de las órdenes y de las Dignidades ecle­
siásticas, con inclusión de la episcopal.
2.° Los que tienen prole, aunque ésta sea y haya nacido de legí­
timo matrimonio, así como también los que tuvieren nietos; y
3.° Los que están unidos en parentesco con alguno de los Car-

(1) Obr%y lugar citado, pág. 113.


234 CAMPOS Y PULIDO

denales ya existentes en el Sagrado Colegio en primero o segundo


grado de consanguinidad.
Notemos, respecto a estas prohibiciones, que todas aparecen
condicionadas por el primer párrafo del repetido canon, y, en su v ir­
tud, que, según lo que hemos visto dispone éste, es potestativo en el
Romano Pontífice la elección de los Cardenales en todo el mundo
libremente , lo que nos dará la explicación de cómo, no obstante, la
generalidad del precepto y la subsistencia antiquísima de algunas
de estas prohibiciones fueron Cardenales en el Pontificado anterior
los hermanos Serafín y Vicente Vannutelli (1).
Dos son las formas, mediante las que se acostumbra a hacer la
designación y creación de C ardenales: es la primera, la que acaso
podríamos llamar pública para distinguirla de la que luego diremos,
la que se realiza de esta forma. En la reunión de Cardenales que,
presidida por el Romano Pontífice, recibe la denominación de C on­
sistorio, crea éste y publica los nombres de los elegidos que, reunien­
do las condiciones designadas, ha creído que deben ser elevados al
Cardenalato, dando a conocer cuáles sean, para que su designación
sea aprobada por el Consistorio, aunque claro es que no se necesita
la aceptación de éste, ni podría tampoco rechazar la designación
hecha por el Pontífice, puesto que en él reside la plenitud de la po­
testad apostólica. Verificada dicha creación y publicado su nombra­
miento, obtienen los C ardenales el derecho para tomar parte en la
eleción Pontificia, y adquieren los privilegios de que trata el canon
239, a que luego nos hemos de referir (canon 233, párrafo 1.°).
El segundo modo por el que puede hacerse la creación de los
Cardenales, es el que tiene lugar mediante la reservación del nom­
bre del elegido por el Sumo Pontífice, anunciando éste sólo su pro­
visión en el Consistorio, pero reservándose el nombre o los nombres
de los agraciados si fueren más de uno. En tal caso se dice que el
Pontífice se ha reservado el nombre in pectore , y los Cardenales
así elegidos lo son in pectore , puesto que no ha tenido lugar la pu­
blicación de sus nombres en el Consistorio.
El moderno Código admite y sanciona la existencia de esta for­
ma de elección y designación, porque tratándose de un derecho
exclusivo del Romano Pontífice, no podría imponerse limitación ni
restricción alguna a la forma de su repetida designación, forma que,
por otra parte, es bien antigua en la Iglesia católica, y de ella han

(I) Ferwerks: Lnyar citudo. e


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 235
usado no pocos Pontífices. Pero como quiera que podrían surgir al­
gunas dificultades respecto a la determinación del momento en que
podían adquirir tales derechos, de las que la historia eclesiástica
nos da algunos ejemplos, el segundo párrafo del mencionado canon
procura resolverlas prescribiendo que los Cardenales así nombrados
o, mejor, utilizando los mismos términos del referido precepto, cuan­
do el Romano Pontífice anunciase la creación de alguno en el Con­
sistorio, reservándose in pectore el nombre del así creado, el que
fuere promovido de esta suerte, no gozará de ninguno de los dere­
chos y privilegios de los Cardenales hasta que el Romano Pontífice
hiciere su publicación en la forma acostumbrada, pero éste gozará,
sin embargo, desde el momento de la publicación, de tales derechos
y privilegios, y del de precedencia, desde el momento de la reser­
vación in pectore en el respectivo Consistorio en que el Santo Pa­
dre hubiese anunciado tal reservación.
Entre los derechos que corresponden a los Cardenales, y las in­
signias con que se distingue su alta dignidad eclesiástica, se cuenta
el birrete cardenalicio. Es costumbre, como nos indican los autores,
la ceremonia que con los mismos se practica de cerrarles y abrirles
la boca una vez que han sido elevados al Cardenalato, instituida sin
duda para demostrar la obligación en que se encuentran de guardar
absoluto secreto acerca de todas las cuestiones que se tratan y re- ^
suelven en Consistorio. A este efecto, se realiza la primera cere­
monia, y más tarde en el próximo Consistorio o en uno de los inme
diatos se procede a abrirles la boca, capacitándoseles por lo tanto
para poder tomar parte en la decisión de los asuntos que se han de re ­
solver en aquél, y realizada tal ceremonia se les entrega el anillo C ar­
denalicio, asignándoseles asimismo el título o Diaconía respectiva.
Pues bien, dicho birrete le es impuesto por el Romano Pontí
fice si el designado se encontrase en Roma; mas como podría dar­
se el caso, dado que la elección de los Cardenales puede hacerse
entre clérigos distinguidos y preeminentes de todos los países,
que el designado no se encontrase en la ciudad eterna, cuando
tal ocurra, la práctica observada consiste en que aquél le sea re­
mitido al electo desde Roma por conducto de un Ablegado Pontifi­
cio, que lo entrega al Jefe del Estado si fuese católico, y de él le
recibirá el Cardenal. En el caso de que la imposición del birrete
tenga lugar en esta forma por encontrarse ausente de la Curia el
promovido, deberá éste al recibirle prestar juramento, de presen­
tarse ante el Romano Pontífice dentro del afío, salvo que de ello le
236 CAMPOS Y PULIDO

excuse legítimo impedimento. Es la indicada una obligación que se


les impone en virtud de lo prevenido en el canon 234 del moderno
Código.
La última cuestión que tenemos que estudiar en este número es
la relativa a la determinación de los efectos que produce la eleva­
ción al Cardenalato, respecto de las dignidades, iglesias y beneficios
que poseyere el promovido, la que se encuentra resuelta en el canon
235 de este capitulo.
En conformidad a lo que el mismo establece, salvo que otra cosa
se dispusiere por la Santa Sede, no sólo vacarán tpso fa d o por la
promoción a la sagrada púrpura, todas las dignidades, iglesias y be­
neficios que posea el promovido, sino que de igual modo perderá
éste las pensiones eclesiásticas.
IV. Entre los importantes derechos que corresponden a los C ar­
denales de la Santa Iglesia Católica, se encuentra el llamado de op­
ción, de que antes al referirnos a las Sedes suburbicárias, y a la
moderna y novísima disciplina establecida por los Sumos Pontífices-
Su Santidad Pió X y Benedicto XV, hemos hecho mención, y este
derecho que allá quedó enunciado, y determinada su limitación por
lo que se refiere a las indicadas Diócesis, debemos estudiarlo ahora
con referencia a los otros órdenes o grados de Cardenales, y sobre
todo desde el punto de vista de las novísimas disposiciones que e s­
tablece el moderno Código.
Es el derecho de opción, el que se concede a los Cardenales de
la Santa Iglesia Católica, para que vacante alguna Diaconía, título o
Sede suburbicaria, pueda como su propio nombre indica, el que po­
sea una de éstas optar a otra distinta de la que poseía, la que sién­
dole concedida y dejando vacante la que antes desempeñaba, es a
su vez provista en otro Cardenal, al que se concede el mismo dere­
cho de optar a ella, atendiendo a la respectiva antigüedad que obs-
tente en el ejercicio del Cardenalato.
Ejercitóse de antiguo este derecho entre los distintos C ardena­
les, concediéndosele a los más antiguos de cada orden, respecto a
los títulos y diaconías del orden superior de manera que elegido un
Cardenal del orden de los Diáconos, y otorgada a este por ejemplo
una Diaconía, pudiese optar a otra, o a un título presbiteral, lo mis­
mo que el Cardenal Presbítero a una Sede Suburbicaria, y aun los
Cardenales del orden de los Obispos en posesión de una Sede Su­
burbicaria a otra de las seis ya enumeradas, la que al obtenerla
aquél en virtud del derecho de opción de que venimos ocupándonos
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 237

producía la vacante de la que antes desempeñaba, siendo la conse­


cuencia de este repetido derecho, el tránsito o paso de los C arde­
nales de una a otra Diaconía, título o Sede, con la consiguiente mo­
vilidad en estas últimas que exigió según la disciplina establecida
por Su Santidad Pío X, el nombramiento de un Obispo sufragáneo
o auxiliar, para cada una de las Diócesis suburbicarias, en confor­
midad a la Constitución de 15 de Abril de 1910, a que antes se ha
hecho referencia y que daba como resultado en el continuado ejer­
cicio del derecho de opción, que la Diócesis de Ostia fuese des­
empeñada como sabemos por el Cardenal Decano del Sagrado C o­
legio y la de Porto por el Subdecano, ya que este derecho se con­
cedía con preferencia a los más antiguos de cada orden o grado.
El derecho de opción por lo que se refiere a las Diócesis subur­
bicarias se introdujo en la Iglesia después del gran cisma de Occi­
dente, en cuyo tiempo se estableció la costumbre de concederlas a
los Cardenales que las solicitasen en virtud de este repetido dere­
cho extendido más tarde a los otros órdenes de Cardenales Presbí­
teros y Diáconos, pues como expone Boudinhon siguiendo a Parvi-
nio, habiendo reunido el Concilio de Pisa los Colegios C ardenali­
cios de las dos obediencias, la de Roma y la de Avignon, las Sedes
suburbicarias se encontraban provistas en muchos titulares, y para
remediar y poner solución a esta situación, uno de los Cardenales
titulares de la Sede de Tusculano, se desprendió de ella y optó por
la de Sabina, generalizándose más tarde esta práctica con una ex­
tensión ilimitada hasta su regulación por la Constitución Postquam
uerus de Sixto V, de 3 de Diciembre de 1586, en armonía con la
cual y según la doctrina que el repetido Abate consigna, el C arde­
nal más antiguo del orden de los Presbíteros que estuviese o se juz­
gase presente en la Curia, y en su defecto el siguiente, podía optar
a una iglesia suburbicaria vacante, después que los Cardenales
Obispos hubieren ejercido también su derecho de opción. Igual de­
recho correspondía a los Cardenales Presbíteros para optar a otro
título presbiteral, y en cuanto a los Diáconos podían optar a un tí­
tulo presbiteral, pasando así al orden de los presbíteros, de la pro­
pia manera que el Cardenal que ha desempeñado su Cardenalato en
el orden de los Diáconos, guarda entre los presbíteros el rango que
le corresponde por razón de su antigüedad, pudiendo optar para
cada una de cuatro vacantes directam ente a una Sede suburbicaria
(Clem ente VIII, Constitución Sanctissimus y Sixto V. C onstitu­
ción Postquam uerus.) Más tarde se restringió el ejercicio del de-
238 CAMPOS Y PULIDO

recho de opción para los Cardenales Obispos a una sola vez, sirr
perjuicio de la opción a la Iglesia de Ostia si llegaban al Decanato
(Constitución Pastorale officium de Clemente XII), por lo que
cada Cardenal no podía optar sucesivamente más que a tres iglesias
suburbicarias (1).
Estos preceptos constituyeron la disciplina vigente en la Iglesia
hasta la publicación de la Constitución de 15 de Abril de 1910 de
Su Santidad Pío X y del Mota proprio Edita a Nobis del mismo
Pontífice de 5 de Mayo de 1914, en cuyos preceptos se introduje­
ron importantes modificaciones por Su Santidad Benedicto XV en
virtud de lo establecido por su Constitución Ex actis de 1.° de F e­
brero de 1915, constituyendo esta Constitución la disciplina novísi­
ma hoy vigente, sobre la que no hemos de insistir ya que quedó
consignada con la conveniente extensión.
Partiendo, pues, de tales disposiciones, es preciso que ahora
analicemos en este lugar que sea lo que el moderno Código pres­
cribe respecto al derecho de opción concedido a los Cardenales cu­
yos preceptos los encontramos contenidos en el canon 236, y una
vez que ya conocemos los antecedentes respecto a su ejercicio, y la
modificación introducida relativamente al de las Diócesis suburbi­
carias, nos limitaremos a consignar la doctrina que sancionan, omi­
tiendo todo otro comentario que los principios ya expuestos no
menos que su extraordinaria precisión, lo hacen innecesario.
C uatro son los párrafos en que aparece dividido el mencionado
canon de aplicación al derecho de opción de los Cardenales de los
distintos grados que integran el Colegio Cardenalicio.
Reconócese la subsistencia de este derecho en el primer p árra­
fo, y a este efecto se dispone que por. la opción verificada en el
Consistorio y aprobada por el Sumo Pontífice pueden los C ardena­
les del orden presbiteral, guardada la prioridad del orden y de la
promoción pasar a otro título, y los del orden diaconal a otra diaco-
nía, y si los Cardenales hubiesen permanecido en el orden diaconal
por un decenio íntegro, hasta al orden presbiteral, con lo que se
confirma sustancialmente, como puede comprobarse, la disciplina
precedente que hemos reseñado con referencia a Boudinhon, dándo­
le la necesaria precisión y regularidad. ,

(1) «Les ev éch es suburblcait es et le drolt d'nptlon des cardinaux». A rtícu lo pu­
blicado por el A. BouDixiio.v en la mencionada revista Le Canonista, año X X X V II,
191J, lugar citado.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 239

En el segundo párrafo del mencionado canon se >dispone que el


Cardenal del orden diaconal que pasa por virtud del derecho de op­
ción al orden presbiteral, obtiene ante todos los demás Cardenales
presbíteros el lugar y la precedencia que le corresponde por razón
de su prioridad en la concesión de la purpura cardenalicia, aunque
lo haya sido en el orden diaconal, precediendo, por lo tanto, a los
demás Cardenales Presbíteros creados o instituidos con posteriori­
dad a su elevación al orden diaconal; cuyo precepto, a la vez que
confirma el del párrafo precedente, precisa la naturaleza del dere­
cho de opción o el de ascenso en el grado u orden inmediato, me­
diante la concesión del derecho de precedencia que se le confiere
aun con respecto a los demás Cardenales presbíteros, elevados a la
dignidad cardenalicia como Cardenales presbíteros con posteriori­
dad a su designación y creación como Cardenales diáconos.
Corresponde también el derecho de opción al Cardenal Presbí­
tero con respecto a las Diócesis suburbicarias que hubiesen queda­
do vacantes, por lo que es posible, como vemos, el tránsito o paso
en virtud de este tan repetido derecho desde una diaconía a una
Sede suburbicaria, y aun al Obispado de O stia, de entre éstas, que
está reservada, como sabemos, al Cardenal más antiguo de los que
componen el Sagrado Colegio: el Decano.
En efecto, según el tercer párrafo del tan repetido canon, si va­
care una de las Sedes suburbicarias, el Cardenal del orden presbi­
teral, que lo mismo que antes hemos visto respecto a los demás ór­
denes, se encontrase presente en la Curia en el momento de la va­
cación, o estuviese ausente de ella ad tempus , por habérsele con­
ferido alguna comisión o negocio por el Romano Pontífice, puede op­
tar a la misma en Consistorio, observada la prioridad de la promo­
ción (1).
Por lo que se refiere al ejercicio del derecho de opción con re s­
pecto a las seis Diócesis suburbicarias, manteniéndose la prohibi­
ción establecida por Su Santidad Pío X, en su Motu proprio, Edita
a Nobis , que fué confirmada por Benedicto XV, se dispone en el
párrafo cuarto que el Cardenal al que se le ha asignado una de es­
tas Diócesis o iglesias no podrá optar a otra; pero, sin embargo,
cuando éste alcanzare el grado de Decano, y llegase al Decanato.

(I) En el C onsistorio celebrado el día 22 de Marzo de 1917» se designó para la Ig le ­


sia suburbicaria de V elletri al Emmo. y Rvdroo. Cardenal B asilio Pom pili, V icario
gen eral de S S., a la que optó, dimitiendo el título P resb iteral de Sta. María de A ra-
celi. (.Acta . Vol. IX , pág.. 163.)
240 C A M PO S Y PULIDO

acumulará su Diócesis a la de O stia, que por lo tanto quedará unida


a la que antes poseyere, conservándose ambas por el mismo.
En su virtud, queda confirmada la anterior disciplina en el sen­
tido de limitarse el derecho de opción a sólo los Cardenales de los
órdenes presbiteral y diaconal, puesto que los del de los Obispos no
pueden verificarla, una vez que se les ha asignado una Sede su-
burbicaria. La Sede de O stia se unirá a la que antes tuviere el C ar­
denal elevado al Decanato, y en cuanto al Subdecano, no se le asig­
na, como antes, la de Porto, sino que regirá aquella otra que se le
hubiese conferido, o adquiriese en virtud del derecho de opción, al
ingresar en el orden de los Obispos, y desde ella y al frente de la
misma desempeñará el Subdecanato.
V. Forman los Cardenales un Cuerpo que, organizado como tal,
constituye el Colegio Cardenalicio o Sagrado Colegio, al frente del
cual se haya el Decano, y el Subdecano, con su Secretario y un
Cardenal Camarlengo, cuyas funciones son distintas de las del C a­
marlengo de la Santa Iglesia Romana, puesto que éste se refiere a
la Iglesia Universal, mientras que el del Sagrado Colegio C ardena­
licio lo es de éste y respecto a él ejerce las que le son propias en
orden a la administración de las rentas del mismo. El Secretario es
un Prelado insigne en dignidad, auxiliado por el sustituto y otros
oficiales.
No hemos de volver a estudiar cuestiones ya tratadas en otros
lugares de esta obra, por lo que, prescindiendo de cuanto ya deja­
mos expuesto respecto a su organización, Consistorio, etc., y recor­
dando sólo que éste es la reunión de todos los Cardenales del S a­
grado Colegio presentes en Roma, ante el Romano Pontífice, que
puede ser secreto u ordinario, público o semipúblico ( 1), diremos
que, según dispone el canon 237, el Colegio Cardenalicio es presi­
dido por el Cardenal Decano, que es el más antiguo en la promoción
a alguna Sede suburbicaria, el cual no tiene, sin embargo, ninguna
jurisdicción en los demás Cardenales, sino que es el primero entre
los iguales.
Vacante el Decanato, sucederá en éste ipso iure el Subdecano,
tanto si al tiempo de la vacación estuviere presente en la Curia,
como si residiese en su Diócesis suburbicaria, o estuviese ausente
ad tempus de la Curia, o desempeñando alguna comisión o cargo
del Romano Pontífice.

(I) Consultes; antes el volumen I, paginas 94 y siguientes.


LEG ISLACIÓ N Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 241

Pero puesto que los Cardenales son los más importantes auxilia­
re s del Romano Pontífice en el régimen de la Iglesia Universal, es
preciso distinguir entre las atribuciones que corresponden al C ole­
gio Cardenalicio y a los miembros de este en Sede plena y en Sede
vacante.
En Sede plena auxilian al Romano Pontífice desempeñando to ­
das aquellas funciones y cargos que este en su suprema autoridad
apostólica les encomienda, formando, por lo tanto, parte de las S a­
gradas Congregaciones, Tribunales y oficios de la Santa Sede, e
integrando, por consiguiente, todas las dependencias de la Curia ro­
mana. Como ya dijimos en otra ocasión, siguiendo al Padre W ernz,
repetirem os ahora que en Sede plena, y en la práctica actual, su
competencia y atribuciones se reduce a lo relativo al Consistorio
y a las Congregaciones , teniendo en los asuntos que les son en­
comendados por el Pontífice voto decisivo o consultivo.
Por lo que se refiere a las atribuciones de los mismos en Sede
vacante, es la primera y principal de ellas la de proveer a la elec­
ción de nuevo Pontífice. En este punto, subsistiendo como subsiste
la vigencia de la Constitución de Su Santidad Pío X, De Sede
Apostólica vacante et de Romani Pontificis electione , que se
incluye en el mismo Código bajo el epígrafe de documenta , des­
pués de su articulado, es preciso acudir a las disposiciones de ésta
para conocer la disciplina de aplicación a estos particulares.
Prescindiendo de lo que se refiere a la elección pontificia regu­
lado por la indicada Constitución—, de la que nos ocupamos al trata r
de la elección como forma de provisión de los beneficios en general
y de la elección pontificia en particular en el tercer volumen de esta
obra (1)—, vacante la Sede Apostólica en conformidad a lo que dis­
pone el canon 241 del nuevo Código, no tiene el Sagrado Colegio
de Cardenales y la Curia romana otra potestad que la que se define
en la repetida Constitución de Pío X, publicada como sabemos en
25 de Diciembre de 1904.
En conformidad a ésta, y dando por reproducido cuanto más por
extenso expusimos al ocuparnos de ella en el primer volumen de
esta obra (2), sólo indicaremos ahora, para que toda la doctrina apa-

(1) Consúltese en las páginas 186 y siguientes.


(2) Consúltese toda la doctrina de esta referida Constitución en lo referente a este
p a rticu la r en las páginas 97 y siguientes del y a indicado prim er volumen, en el que
se estudia con todo detenimiento.
C am pos y P u l id o . T omo iv . 16
242 C A M PO S Y PULIDO

rezca con la necesaria unidad, que en dicha vacante no se transm i-


te al Colegio Cardenalicio la jurisdicción pontificia, correspondién-
dole únicamente cierta administración en los Estados Pontificios y
el ejercicio de ciertos actos de régimen eclesiástico, sin potestad
alguna para abrogar o modificar ninguna ley eclesiástica. C onser­
van, pues, las Sagradas Congregaciones su jurisdicción ordinaria,
continuando también en el ejercicio de aquellas funciones y faculta­
des que les fueron cometidas por el Romano Pontífice, y entre ellas
la de conceder gracias y dispensas ordinarias, pero en cuanto a los
asuntos más graves y de extraordinaria importancia, diferirán su re ­
solución, si fuere posible, hasta el nombramiento de nuevo Pontífi­
ce, y si no lo fuere, resolverán sólo provisoria o provisionalmente
hasta que el nuevo Pontífice decida lo pertinente.
VI. Es necesaria la residencia en Roma de los C ardenales,
atendiendo a la naturaleza del cargo y a la de las funciones que de­
ben realizar en la Sede Apostólica. Si como sabemos son éstos los
más inmediatos y directos auxiliares del Romano Pontífice en el ré­
gimen y gobierno de la Iglesia universal, difícilmente podrían cum­
plir con todas aquellas que les son encomendadas por el Pontífice,
en las distintas dependencias de la Santa Sede, si estuviesen ausen­
tes de la ciudad eterna, fijando su residencia en lugar distinto a
ésta. Por tal razón, el canon 238 impone a los Cardenales la obliga­
ción de residir en la Curia romana, de donde no podrán salir ni au­
sentarse sin licencia del Romano Pontífice, salvo lo que al efecto
disponen los párrafos 2.° y 3.“ de este mismo Canon.
Si los Cardenales son de los tres órdenes ya indicados, de suer­
te que el Colegio Cardenalicio aparece dividido en los tres grados
ya conocidos de Obispos, Presbíteros y Diáconos, autorizóse más
adelante, cuando se consideró el cargo cardinalicio más elevado y
superior que el Episcopal, que los Obispos fuesen elevados al car­
denalato, no obstante la obligación que su carácter episcopal les im­
ponía, de residir en el territorio de su Diócesis, la que debía, por lo
tanto, impedirles su constante y permanente residencia en la Curia.
E sta disciplina que distinguió a los Cardenales, a este respecto,
en Cardenales de Curia o in curia , y Cardenales Obispos residen­
ciales, estableciendo, por consiguiente, la necesaria diferencia entre
Cardenal-Obispo o del orden de los Obispos y Obispo Cardenal, se­
gún que residieran en Roma, formando parte integrante de la Curia,,
o se encontraren en sus respectivas Diócesis, las más distinguidas y
excelsas de las de cada región, exige disposiciones especiales reía-
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ N IC A 243

tivam ente a este segundo grupo de Cardenales, que por razón de la


residencia que la naturaleza de su cargo lleva consigo no pueden
considerarse incluidos en el rigor del precepto últimamente transcri­
to, por lo que el párrafo 3.° del canon que estudiamos, dispone que
los Cardenales que son Obispos de alguna Diócesis no suburbicaria
—ya que éstos son únicamente los que tienen la denominación de
Cardenales-Obispos o del orden de los Obispos—, están exentos de
la obligación de la residencia en la Curia; mas para mantener siempre
en su integridad la naturaleza de la dignidad cardenalicia, y el ca­
rácter de consejeros o auxiliares del Pontífice y su dependencia in­
mediata de éste, se preceptúa además, que cuando acudan a Roma o
cuantas veces se trasladasen a la ciudad eterna, deberán presentar­
se al Romano Pontífice, sin que les sea posible ausentarse de la ca­
pital del Orbe Católico sin obtener previamente la oportuna y nece­
saria licencia de Su Santidad.
Finalmente, como los Cardenales-Obispos o del orden de los
Obispos, están por razón de su cargo encargados y al frente de las
seis Diócesis suburbicarias (hoy siete, en virtud de la separación de
la de Velletri de la de Ostia, en conformidad a la novísima disci­
plina), respecto a éstos, previene el párrafo 2 .° de este repetido ca­
non, que la misma obligación de la residencia se impone también a
dichos Cardenales-Obispos suburbicarios, los que por otra parte no
necesitan licencia para ausentarse de Roma, y trasladarse a las Dió­
cesis que tienen encomendadas, siempre que lo juzgasen oportuno y
necesario.
VII. Vamos a tratar en este número último del presente capítu­
lo de los privilegios de que gozan los Cardenales de la Santa Igle­
sia Católica, cuya doctrina la encontramos contenida en los cánones
239 y 240, del moderno Código, juntamente con otros preceptos re ­
lativos a los mismos que tienen igualmente el carácter de privilegios
y de los que aun cuando más adelante y en sus lugares oportunos
habremos de ocuparnos, deberemos hacer en esta ocasión la necesa­
ria referencia, para que resulte completa toda la doctrina relativa a
los indicados privilegios, de los que se ocupa el novísimo Código en
los citados cánones.
Extraordinarios han sido los que se han concedido desde antiguo
a los Cardenales de la Santa Iglesia, y en número tan considerable
que si algunos autores los hacen ascender al número de 33 (Albano),
otros entre los que se encuentra Manfredo, dicen que se elevan
hasta 89, incluyéndose entre ellos la precedencia, el ser considera­
244 CAM PO S Y PULIDO

dos como Príncipes romanos, el poder usar cruces pectorales aun los
no Obispos, por concesión de Su Santidad Pío X, de 24 de. Mayo de
1905, el de voto decisivo en los Concilios generales y ecuménicos,
y como el de mayor importancia, que es a su vez derecho exclusivo y
privativo del cargo cardenalicio el de elegir en el cónclave el nuevo
Pontífice.
En el Pontificado de Su Santidad Pío X, de gloriosa memoria,
antes, por tanto, de que tuviese lugar la publicación del Código,
que la sabiduría de este Pontífice concibió redactar para dotar a la
Iglesia de un nuevo cuerpo de doctrina, aprobaba dicho Santo Padre
en la audiencia del día 20 de Diciembre de 1911, los privilegios que
antes de su promulgación, y a partir del momento en que se les otor­
gaba, habían de gozar y disfrutar los Cardenales.
Cuando en el lugar ya citado de esta obra tratábamos de tales
jerarcas, reseñábamos estos privilegios que con el P. F erreres con­
siderábamos como un avance de lo que el nuevo Código había de
establecer respecto a este punto, criterio confirmado con las mismas
palabras de Su Santidad que los aprobaba uti valeant etiam ante
Codicis promulgatione, y los reproducíamos en su tenor ( 1), en
cuanto en el momento de la publicación del repetido volumen eran y
constituían fuente de derecho vigente, puesto que, a partir de su
concesión tuvieron completa eficacia.
Estos indicados privilegios que no hemos de volver a reprodu­
cir ahora, ya que al confirmarlos han sido en gran manera amplia­
dos por el canon 239, debían de regir hasta que tuviese lugar la
promulgación del Código y su vigencia, más, sin embargo, y ello
no obstante, en virtud de Decreto de la Secretaría de Estado, pu­
blicado en 20 de Agosto de 1917, que suscribe el Cardenal G as-
parri {Acta Apostolicae Sedis , vol. IX, pág. 475), Su Santidad
Benedicto XV se dignó decretar oyendo benignamente las preces
que le fueron dirigidas por varios ordinarios de los lugares, y con­
ceder en la audiencia del día precedente, que tuvieren fuerza obli­
gatoria desde la indicada fecha los preceptos del Código que antes
se han indicado (2), y entre ellos los privilegios concedidos a los
Cardenales en los cánones 239, párrafo 1.°, 240, 600 núm. 3, l . 189 y
1.401 del mismo Código, por cuyo motivo, los que ahora vamos a
estudiar aunque en este momento vigentes, por virtud de la general

(1) Consúltese en las páginas 90 y siguientes del repelido prim er volumen.


(2) V íase la pág. 80 de este volumen.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 245

vigencia del Código, ya que ha transcurrido el plazo que el legisla­


dor eclesiástico señaló para que ésta tuviese efectividad, lo fueron,
sin embargo, antes de ésta, de suerte que aquélla comenzó, a partir
del día 20 de Agosto de 1917, y no del 19 de Mayo de 1918.
Los indicados privilegios, en conformidad a lo que dispone el
canon 239, son, según lo que éste previene, los siguientes:
Además de los privilegios que en los títulos de este Código se
enumeran—dice el repetido canon en su primer párrafo—, gozarán
todos los Cardenales desde el momento de su promoción en C onsis­
torio de la facultad de:
1 O ir en todo el orbe de la tierra confesiones, aun de religio­
sos de uno u otro sexo y de absolver de toda clase de pecados y
censuras, aun de las reservadas, con la sola excepción de las cen­
suras especialissimo modo , reservadas a la Sede Apostólica y
aquellas que son anejas a la revelación del Secreto del Santo Ofi­
cio. (Esta es la misma que ya les fué concedida por Pío X en 1911.)
2.° Elegir para sí y sus familiares, sacerdote que haya de oir sus
confesiones, el que si careciere de jurisdicción la obtendrá ipso
ture , aun en lo que respecta a los pecados y censuras también re­
servados, con la sola excepción de los del número anterior. *(Es e)
del mismo número de los que citábamos con respecto a los concedi­
dos por Pío X, y con la misma extensión, modificado sólo en la for­
ma de su redacción.)
3.° Predicar la palabra de Dios en todo lugar. (Este no se in­
cluía en la anterior concesión.
4.° C elebrar o permitir que otros celebren ante sí una misa en
la feria V de la Semana Mayor (el Jueves Santo), y tres misas en
la noche de la Natividad del Señor. (Confirma el núm. 3 de los otor­
gados por Pío X.)
5.° Bendecir en cualquier parte del mundo, con sólo el signo de
la cruz y otorgando toda clase de indulgencias que se acostumbran
a conceder por la Santa Sede, rosarios y otras coronas precatorias,
cruces, medallas, imágenes y escapularios aprobados por la Sede
Apostólica, e imponer éstas sin obligación de inscribir los nombres.
(Es el número VII de los otorgados por Pío X.)
6 .° E rigir, bajo una única bendición en iglesias y oratorios, aun
privados, y en otros lugares píos, estaciones de Via Crucis , con
todas las indulgencias que ejecutando de esta suerte este ejercicio
son concedidas; así como también bendecir, en beneficio de los fie­
les que por causa de enfermedad o por otro legítimo impedimento no
246 C AM PO S Y PULIDO

puedan visitar las estaciones de Via Crucis, crucifijos, aplicándoles


todas las indulgencias concedidas por los Romanos Pontífices a
éste devoto, ejercicio. (Es el número VIII de los de Pío X.)
7.° C elebrar el Santo Sacrificio de la Misa en altar portátil, no
sólo en su casa-habitación, sino también en cualquier parte en que
se encontraren, y permitir que se celebre otra Misa estando los mis­
mos Cardenales presentes. (Este privilegio está contenido en el del
número V de los del repetido Pontífice.)
8 .° C elebrar el Santo Sacrificio en el mar, observadas las d e ­
bidas cautelas. (También incluido en el número V antes referido.)
9.° C elebrar en todas las iglesias y oratorios el Santo Sacrifi­
cio, según su propio calendario. (Este es privilegio nuevamente
concedido.)
10. Gozar de altar privilegiado personal cotidiano. (Es el del nú­
mero V de los de Pío X, que se desenvuelven ahora en los núme­
ros VII, VIII y X de los modernos.)
11. Ganar en sus propios oratorios las indulgencias que para
lucrarlas se halle prescrita la visita de algún templo o capilla públi­
ca de alguna ciudad o lugar en la que residan actu los Cardenales,
de cuyo privilegio podrán disfrutar también sus familiares. (Es el
del número VI de los otorgados por Pío X.)
12. Bendecir al pueblo, en cualquier parte del mundo, en la
misma forma que los Obispos; pero dentro de Roma sólo en la igle­
sia, en los lugares piadosos y en las reuniones de los fieles. (Es el
del número X de los otorgados por Pío X.)
13. Llevar en la misma forma que los Obispos la cruz pectoral
y usar mitra y báculo pastoral. (Es el del número IX de los otorga­
dos por referido Pontífice.)
14. Celebrar el Santo Sacrificio de la Misa en cualquier orato­
rio privado, sin perjuicio del que gozare del indulto. (Contenido en
el del número IV de los otorgados por Pío X.)
15. Oficiar pontificalmente con trono y baldaquino (dosel) en
todas las iglesias fuera de la ciudad de Roma; pero comunicándose­
lo a los Obispos si se tratare de Iglesia Catedral. (Este privilegio
es el del número XI de los otorgados por Pío, X pero ampliado,
puesto que éste sólo les concedía utilizar trono en Roma, en las
iglesias de sus títulos.)
16. Gozar de los honores que se conceden a los Ordinarios de
los lugares, en cualquier parte en que se encontraren. (Corresponde
el del número Xll de los otorgados por Pío X.)
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 247

17. Hacer fe en el fuero externo, cuando atestigüen las conce­


siones vivae Do&s oráculo otorgadas por el Pontífice. (Este es pri­
vilegio nuevamente otorgado y no incluido, por lo tanto, en la con­
cesión anterior.)
18. Gozar de oratorio exento de la visita del Ordinario. (Tam ­
bién nuevamente concedido, puesto que no estaba incluido entre los
privilegios que les otorgó Pío X.)
19. Disponer libremente de las rentas del beneficio aun por te s ­
tamento, salvo, sin embargo, lo previsto en el canon 1.298, respec­
to a sus ornamentos y utensilios sagrados (con excepción de sus
anillos, cruces pectorales-y sus reliquias) y todas las demás cosas
destinadas al culto divino que pertenecen a la sacristía pontificia, a
no ser que el Cardenal los hubiese dejado por testam ento a alguna
iglesia u oratorio público o a algún lugar piadoso, o a persona ecle­
siástica o religiosa. (Es éste también privilegio nuevo no incluido
entre los otorgados por Pío X.)
20. Realizar en todas partes seroatis servcindis consagracio­
nes y bendiciones de Iglesias, de altares, de ornamentos sagrados,
de Abades y otros semejantes, con excepción de la Consagración
de los Sagrados Oleos, si el Cardenal careciere de carácter episco­
pal, firme, sin embargo, lo prescrito en el canon 1.157 respecto a
la licencia del Ordinario del lugar para consagrar o bendecir lugar
sagrado, salvo que se disfrute de privilegio. (Es éste el mismo del
número XV de los otorgados por Pío X, concretado en la naturale­
za de su ejercicio.)
21. Gozar de precedencia respecto de todos los Prelados, aun
de los Patriarcas, y sobre los mismos Legados Pontificios, a no ser
que éstos sean Cardenales, y se encuentren en el mismo territorio
de la legación. Sin embargo, los Legados a latiere preceden fuera
d e la ciudad a todos los demás. (Es el del número XIII de los otor­
gados por Pío X.)
22. Conferir la primera tonsura y órdenes menores con tal que
los promovendos tengan letras dimisorias de su propio O rdina­
rio, (No se incluía entre los indicados privilegios de Pío X, pero,
sin embargo, gozaban del mismo en virtud de concesiones ante­
riores.)
23. Administrar el Sacramento de la Confirmación, con la obli­
gación de inscribir el nombre del confirmado según las normas del
derecho. (Es privilegio nuevo no incluido entre los del Pontífice an­
terior.
248 CAM PO S Y PULIDO

24. Conceder indulgencias de doscientos días, y que éstas pue­


dan ser lucradas toties quoties en lugares o institutos, o para per­
sonas de su jurisdicción o protección, y también en otros lugares,
pero sólo a los presentes que las hayan de lucrar en cada vez. (Es
el del núm. XIV, de lostjue les otorgó Su Santidad Pío X.)
No creemos necesario insistir más ni comentar especialmente
estos distintos privilegios que con la misma numeración que se con­
tienen en el párrafo 1.° del canon 239 del moderno Código se aca­
ban de reseñar. La indicación que en cada uno de éstos se con­
signa respecto a los que ya estaban concedidos y los que ahora lo
son por primera vez, es muy suficiente para poder conocer cuál
sea la reforma y modificación importante que en este interesante
punto de la disciplina se introduce por el nuevo Código, por lo
que nos limitamos a lo expuesto omitiendo hacer nuevas conside­
raciones.
Los que preceden constituyen los privilegios generales que se
otorgan por igual y de que gozan todos los Cardenales; mas hay
otros que son propios y especiales de algunos Cardenales en parti­
cular, y a éstos son a los que se refieren los restantes párrafos del
canon 239, y los del 240, de que ahora hemos de ocuparnos.
En conformidad al párrafo 2.° del canon 239, cuyo precepto es
confirmatorio de la antigua disciplina reconocida y admitida en la
Iglesia católica, el Cardenal Decano del Sagrado Colegio goza del
privilegio de ordenar y consagrar al Pontífice electo, si éste nece­
sitase ordenación o consagración episcopal, y entonces usa el palio*
En el caso de que estuviese ausente el repetido Cardenal Decano,
compete este privilegio al Subdecano, y cuando éste lo esté tam­
bién, se realizará la ordenación y la consagración por el más anti­
guo de los Cardenales Obispos Suburbicarios.
El Cardenal más antiguo del orden de los Diáconos, Cardinalis
Proto-diciconus, goza a tenor del tercer párrafo de este mencio­
nado canon del privilegio de imponer los palios a los Arzobispos y
Obispos que tienen el privilegio de usarlo, o a sus Procuradores,,
imponiéndoselos en nombre del Romano Pontífice, así como tam ­
bién de anunciar al pueblo el nombre del Pontífice que ha sido ele­
gido en el Cónclave.
Terminamos ocupándonos, por lo que respecta a los Cardenales
de la Santa Iglesia Romana, de la potestad que se les concede en
el canon 240, según el orden y grado a que correspondan.
El Cardenal que ha sido promovido a una Sede Suburbicaria y
LEG ISLACIÓ N Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 249

ha tomado canónica posesión de su Diócesis, es verdadero O bispa


de ésta y adquiere en ella la misma potestad que el Obispo residen­
cial en la suya propia. Esta misma doctrina se estableció antes en
la Constitución de Su Santidad Pío X respecto a las Diócesis
suburbicarias, publicada en 15 de Abril de 1910, que ahora es te r­
minantemente confirmada en este precepto.
Los demás Cardenales en sus títulos o Diaconías, y después asi­
mismo, que como dispone el segundo párrafo de este canon hubie­
sen tomado posesión de ellos, les competen las mismas facultades
que a los Ordinarios de los lugares en sus Iglesias, excepto el or­
den judicial y cualquier jurisdicción sobre los fieles, salvo, sin em­
bargo, la potestad en todas aquellas cosas pertinentes a la disci­
plina, a la corrección de las costumbres y al servicio de la Iglesia.
Finalmente, el Cardenal del orden Presbiteral puede realizar
pontificales con trono y dosel en su título, y el Cardenal del orden
de los diáconos puede también asistir pontificalmente en su diaco-
nía, sin que nadie pueda hacerlo en la misma sin el consentimiento
del Cardenal. En las demás Iglesias de la ciudad de Roma no po­
drán usar trono y baldaquino (dosel) sin licencia del Romano Pon­
tífice.
Recordemos, por último, que si los privilegios del canon 240
que se acaban de citar, lo mismo que los del primer párrrafo del 239
antes estudiados, comenzaron su vigencia, como se ha dicho, a par­
tir del día 20 de Agosto de 1917, que es la fecha del D ecreto de la
S ecretaría de Estado de Su Santidad a que se ha aludido, y no de
la del Código, por haberlo así dispuesto aquél, no se limitó Su San­
tidad a disponer que rigieran sólo éstos antes del 19 de Mayo
de 1918, sino que también se hizo extensiva a otros preceptos lo
dispuesto en repetida disposición.
Compréndense en ella las prescripciones de los cánones 600,
número 3.°, 1.189 y 1.401 del moderno Código, con cuya referen­
cia terminamos este capítulo en que hemos venido ocupándonos de
los Cardenales.
Se consideran, por lo tanto, privilegios de estos supremos jerar­
cas de la Iglesia de los que gozaron desde la indicada fecha de 20
d e Agosto de 1917:
1.° El ingresar dentro de la clausura de las religiosas (canon 600,
número 3.°)
2.° El que sus Oratorios, así como los de los Obispos residen­
ciales o titulares, gocen, aunque sean privados, de todos los dere­
250 CAM PO S Y PULIDO

chos y privilegios de que gozan, todos los Oratorios semipúblicos;


{canon 1.189.) y
3.° Que los Cardenales, de igual modo que los Obispos, aun los
T itulares y los demás Ordinarios, empleadas las necesarias cautelas,
no están sometidos a la prohibición eclesiástica de los libros (canon
1.401.)
Como puede, pues, comprobarse del estudio que acabamos de
hacer, son extraordinarios en número y extensión los privilegios de
los Cardenales, por lo que no puede considerarse exagerada la afir­
mación de Albano y Manfredo cuando los hacen ascender a un nú­
mero tan elevado, ya que confirmados y ampliados en gran manera
en el moderno Código, y juntamente con los demás honores y pre­
rrogativas de que están investidos, constituyen un derecho privile­
giado de excepcional importancia.
C APITULO IV

DE LA C U R I A R O M A N A

Nociones generales .

I. De igual manera que cuando Su Santidad Pío X organizó la


C u ria Romana, distribuyó esta en Sagradas Congregaciones, T ri­
bunales y Oficios, por su Constitución Sapienti consilio de 29 de
Junio de 1908, el moderno Código, una vez que en el capítulo pre­
cedente se ocupa de los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, y
estudia su naturaleza, derechos y privilegios, considerándoles como
los más elevados jerarcas de la Iglesia, a los que el Romano P ontí­
fice encomienda la alta misión de auxiliarle en el régimen y gobier­
no de la misma, mediante-el desempeño de los importantes cargos y
comisiones que les confía en las distintas dependencias de la Santa
Sede, distingue los mencionados organismos que integran lo que
ahora como antes y desde tiempos bien remotos se denomina Curia
Romana o Pontificia, en Sagradas Congregaciones, Tribunales y
Oficios, con lo que no establece por consiguiente innovación algu­
na en este punto, sino que por el contrario, confirma en toda su in­
tegridad la anterior clasificación y distribución, iniciada y organi­
zada por la Constitución Inmensa de Su Santidad Sixto V, que
creó las quince Sagradas Congregaciones, que con las modificacio­
nes y reformas posteriores subsistieron en unión de los Tribunales
y Oficios hasta la definitiva organización realizada por Su Santidad
Pío X, en la mencionada Constitución, que puede considerarse como
el primero y el más fundamental de los actos de este Pontífice in­
mortal, encaminados a dar vida y efectividad a su magno propósito
de reformar la disciplina canónica, restaurándolo todo en Jesucristo
N uestro Señor.
Así, en efecto, el canon 242 que precede en unión de los subsi­
guientes a los preceptos que hemos de ver se incluyen en los dis­
252 C AM PO S Y PULIDO

tintos artículos en que aparece dividido este capítulo, y que por la


naturaleza de las prescripciones que contienen, podemos considerar­
los como principios o nociones de carácter general, dice que la C u­
ria Romana consta de las Sagradas Congregaciones, Tribunales y
Oficios que se enumeran y describen en los cánones sucesivos.
Dado el carácter que distingue el presente volumen de este tra ­
tado sobre legislación y jurisprudencia canónica novísima, cuya pu­
blicación iniciamos hace algunos años, no hemos de volver a insis­
tir sobre puntos y cuestiones ya estudiados y desenvueltos en los
lugares respectivos de esta obra, por lo que nos limitamos a hacer
las oportunas referencias, a aquéllos en los que éstas repetidas ma­
terias fueron estudiadas ( 1), bastando sólo que recordemos que el
vocablo Curió procede de la palabra Quiris, voz de origen sabino,
significativa de lanza, y por la que se representa la Curia, el Sena­
do, Palacio, C orte, etc., según el concepto y significación que de
ella nos dá el erudito Raimundo de Miguel, y que éste más tarde
pasó a representar las asambleas deliberantes y los edificios desti­
nados a la resolución de los asuntos judiciales. Por la misma razón
hemos de prescindir igualmente de reproducir por ahora el origen y
momento de institución de las distintas Sagradas C ongregaciones,
Tribunales, etc., asi como sus vicisitudes a través de los tiempos
hasta la reforma llevada a cabo por Pío X, y partiendo por consi­
guiente de la doctrina que ya quedó consignada, del mismo modo
que del antecedente inmediato que para la moderna organización su­
pone lo prevenido en la indicada Constitución Piaña, no menos que
en las normas generales y peculiares que con la misma fueron publi­
cadas por este Pontífice en la indicada fecha y en 29 de Septiem bre
del propio año 1908, nos ocuparemos de la doctrina que establece
el nuevo Código.
II. Observamos pues, que una vez hecha la clasificación de las
dependencias de la Sagrada Curia Romana en la forma que hemos
visto que se realiza por lo que respecta a la moderna disciplina en
el canon 242 del moderno Código, dispone este en el canon inme­
diato, que en cada una de estas distintas Congregaciones, Tribuna­
les y Oficios se ha de observar la disciplina, y se han de tram itar y
decidir los negocios, según las normas generales y particulares es­
tablecidas por el mismo Romano Pontífice; añadiendo después que
todos los que pertenecen a los mismos se encuentran obligados a

(1) V éase a n trs el volumen 1.° de esta obra páginas 118 y siguientes.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 253

observar secreto, dentro de los fines y según el modo determinado


por la disciplina propia y especial de cada uno de ellos.
Viene por consiguiente este precepto que se encuentra compren­
dido en los dos párrafos de que consta el mencionado canon, a con­
firmar anteriores principios constitutivos de la disciplina hasta aquí
vigente, que se desenvolvieron en las normas generales y comunes
de la citada Constitución Sapientl consilio de S u S a n tid a d
P ío X (1), que a nuestro juicio quedan completamente subsistentes
salvo algunas modificaciones que con posterioridad han sido esta­
blecidas. A tal respecto es de notar que el canon 243 dice que el
modo de proceder en las distintas dependencias de la Curia se de­
term inará por lo establecido por el Pontífice, y en su consecuencia,
no habiéndose modificado las indicadas normas más que en determi­
nados puntos concretos, a los que hemos de referirnos oportuna­
mente, sus disposiciones quedan en vigor, debiéndonos atener para
su conocimiento al estudio que de las mismas quedó hecho anterior­
mente que damos por reproducido en este lugar (2).
III. Acabamos de ver que el motivo determinante de la nueva
organización, en igual forma que fué concebida por Su Santidad
Pío X, es la separación de los organismos de la Curia en tres gran­
des grupos, Sagradas Congregaciones, Tribunales y Oficios, y ésta
nos da idea de la clase de asuntos que en cada uno de ellos puedan
y deben ser resueltos.
En efecto, los asuntos de que haya de conocer la Curia, podrán
ser planteados y consecuentemente decididos en virtud de peticio­
nes o súplicas que a la Santa Sede se eleven por los fieles, en soli­
citud de que se les conceda u otorgue alguna gracia, o se determ i­
ne el sentido y alcance de algún precepto del derecho, interpretán­
dole y fijando su verdadera y concreta significación, pero siempre
prescindiendo de todo aparato judicial, así como de todo lo que su­
ponga controversia u oposición entre partes litigantes, y en tales
casos, debiéndose resolver los indicados negocios en forma discipli­
nar, y no en forma judicial o contenciosa, la competencia para su
conocimiento, corresponde a las Sagradas Congregaciones.
O tras veces, el asunto tendrá el verdadero carácter y naturale­
za de un procedimiento judicial, habrá surgido la litis y la resolución

(1) V éase página 181 del prim er volumen.


l2) Se estudió iodo cuanlo se refiere a las Indicadas norm as en las páginas 161 y
siguientes de repetido prim er volumen.
254 C AM PO S Y PULIDO

que se solicita y reclama de la Sede Apostólica, estará originada en


una contradicción de principios o de doctrinas legales, existirá, en
una palabra, una controversia judicial, o surgirá la contienda que da
motivo y nacimiento al juicio, y en tal supuesto, como la resolución
y el procedimiento a seguir no es meramente disciplinar, sino con­
tencioso y procesal, la competencia se atribuye a los Tribunales de
la Curia, y no a las Sagradas Congregaciones.
Por último, en no pocas ocasiones se tratará de asuntos que se
refieren a la dirección y régimen de la Iglesia en su aspecto público
y social, a la expedición de los documentos en que se establezca el
derecho mismo, o se otorguen gracias y privilegios a los fieles, o
se mantengan relaciones y negociaciones con los diferentes Estados
civiles, y cuando de la resolución y decisión de tales asuntos se ocu­
pe la Sede Apostólica, cuando en el indicado carácter, haya de co­
nocerse de ellos por alguna dependencia de la Curia romana, se co­
m eterá su competencia conforme a la naturaleza de las cuestiones a
decidir a los Sagrados Oficios.
T res son, como se ha indicado los grupos que integran las de­
pendencias y entidades de la Curia, mas no se funda su división en
un principio meramente arbitrario, sino que responde a la naturale­
za de los asuntos que se les encomiendan. Atendiendo, pues, a tal
criterio, deberán ser aquéllos remitidos a unos o a otros y resueltos
en una u otra forma; mas si esto es así, no debemos olvidar cuál fué
el espíritu que presidió a la reforma de Su Santidad Pío X, cuando
trató de reorganizar la Curia. Respondió, como ¿abemos, a mante­
ner la competencia propia de estos organismos, haciendo desapare­
cer la llamada cumulativa, y atribuyéndoles la necesaria y adecuada
a la naturaleza del negocio respectivo, cuyo conocimiento les co­
rrespondía. Sólo así pudo decirse realizado el fin propuesto y con­
seguido el propósito en que se inspiró este Pontífice, pues debido a
esto, y en virtud de la reforma, es como algunos Tribunales, como
ocurrió con la Sagrada Rota Romana, readquirieron la competencia
propia y peculiar que tuvieron asignada en su principio y que con el
tiempo fueron perdiendo con motivo de haber pasado el conocimien­
to de los asuntos que privativamente se le atribuyeron a otras Sa­
gradas Congregaciones, como la del Concilio, hasta el punto de que
algún autor tan eminente como el P. W ernz haya podido decir de
él que su estudio se refería más bien a la historia y a la arqueolo­
gía canónica, ya que perdida su respectiva competencia, Su Santi­
dad León XIII le asignó la oportuna intervención en lo que respecta
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 255

a las cuestiones relacionadas con la beatificación y canonización de


los siervos de Dios.
Pues bien, este mismo criterio y esta misma doctrina es la que
hoy se mantiene en el moderno Código, sin que en ella se introduz­
can novedades ni innovaciones. El novísimo legislador canónico ha
tomado como norma de conducta la confirmación del propósito de Su
Santidad Pío X y en los distintos cánones que de la Curia se ocupan
encontramos la comprobación más palmaria de cuanto decimos.
IV. De igual modo que el canon 243 determina el modo de pro­
ceder en la resolución de los negocios por los tres grupos de orga­
nismos y dependencias ya indicados, el inmediato define el punta
fundamental y capital por decirlo así, relativam ente a la competen­
cia y atribuciones que corresponden a los mismos, a la vez que dis­
tingue los casos en los que las resoluciones que dictaren dentro de
los límites de la que tienen asignada, requieren la aprobación y la
confirmación pontificia.
En cuanto a lo primero, y según su tenor, nada grave y extraor­
dinario ha de hacerse en las Sagradas Congregaciones, Tribunales
y Oficios sino cuando por los M oderadores o Superiores de los mis­
mos se diese antes conocimiento del asunto de que se trate al Ro­
mano Pontífice. Resulta, pues, de este precepto que, en conformi­
dad al criterio que en este punto preside, las diferentes entidades y
dependencias de la Sagrada Curia, tienen y les corresponde, el ca­
rácter de meros auxiliares del Romano Pontífice, que no ostentan
por sí ninguna autoridad, sino que ejercen ésta y se les otorga su
competencia por el mismo Santo Padre. Son, pues, auxiliares cole­
giados del Sumo Pontífice, que es el que únicamente tiene autori­
dad plena y universal én toda la Iglesia, y, por lo tanto, si bien pue­
den conocer de todos los asuntos que les están encomendados, cuan­
do éstos revisten cierto carácter de gravedad o tienen algo de ex­
traordinario nada podrán hacer por sí mismos sin dar previamente
cuenta a Su Santidad.
Ahora bien; asignada desde luego la competencia respectiva que
corresponde a cada uno de ellos, es preciso distinguir en qué casos
es preciso y cuándo no será [necesaria la aprobación pontificia res­
pecto a las resoluciones que dictaren.
Como acabamos de decir, la potestad que tienen estos organis­
mos para decidir sobre los asuntos de que conocen, la reciben del
Romano Pontífice, y por consiguiente su fuerza y eficacia procede
del mismo Pontífice, no siendo peculiar de^ ellos, puesto que aquél
256 CAM PO S Y PULIDO

puede restringirla o limitarla, o aun variar su competencia, atribu­


yéndola a otra Sagrada Congregación distinta de la que anterior­
mente la ejercía, o a otro Oficio, de lo que es ejemplo y muy palma­
rio la reforma realizada por Pío X no menos que la que introduje­
ron en la Constitución Inmensa los Romanos Pontífices predeceso­
res de este último. En este sentido cualesquier clase de gracias y
resoluciones por los mismos dictadas requieren la aprobación pontifi­
cia, con excepción de aquellas cuestiones o asuntos para los que los
Prefectos, Moderadores o Superiores de los Oficios, Tribunales y
Congregaciones se les hubiere atribuido especiales facultades, así
como también se exceptúan de la necesidad de la confirmación pon­
tificia las sentencias dictadas por los Tribunales de la Sagrada Rota
y de la Signatura Apostólica (canon 242, párrafo 2).
Queda, por lo tanto, en vigor, la disciplina que estableció la
Constitución Sapienti consilio que en nada se modifica, en cuanto
el precepto apuntado reproduce lo que ya dispuso ésta, y consecuen­
tem ente sólo los Tribunales de la Sagrada Rota y de la Signatura,
en aquellos asuntos de que conozcan por virtud de la competencia
que se les señala, y las mismas Sagradas Congregaciones en los
que sus Superiores o Prefectos hubieren recibido facultad espe­
cial, como ocurre, entre otras, con la de Disciplina de los Sacram en­
tos en lo referente a la concesión de dispensas de impedimentos
de parentesco para la celebración del matrimonio, podrán resolver
en cada caso, sin que lo decidido y resuelto requiera aprobación
pontificia.
Indicaremos, por último, por lo que respecta a las decisiones que
en virtud de la competencia señalada corresponde a las distintas S a­
gradas Congregaciones, que, según la doctrina que expone el cano­
nista Prümmer (1), cuando los decretos dictados por éstas no sean
sino rescriptos referentes a casos particulares, ligarán y obligarán a
las partes para las que fueron dictados, y aunque no constituyen de
ningún modo derecho, puede deducirse éste respecto a otros casos
semejantes. Las decisiones de la Sagrada Congregación del Indice,
hoy refundida en la del Santo Oficio por las que se prohíbe algún
libro, hará éste prohibido en todo el mundo. Los decretos generales
de la Sagrada Congregación de Ritos obligan a la Iglesia U niver­
sal como si emanaran directamente del mismo Romano Pontífice, los
particulares sólo con relación a las Diócesis, lugar u orden religioso

(l) Mcimtalc lu ris E cclcsiastici, vol. I, páff. 30, Q. 21.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 257
a que han sido dirigidos; y por lo que toca a los demás decretos de
las restantes Sagradas Congregaciones, no les corresponde el ca­
rácter de leyes generales a no ser que concurra en ellos especial
aprobación Pontificia. A este respecto expone que los autores dis­
tinguen entre decretos comprensivos y decretos extensivos; pero
considera que tal distinción no tiene gran valor, puesto que no siem­
pre se puede distinguir ciertam ente cuando tengan uno u otro ca­
rácter, además de que cuando surja duda acerca de la autoridad
competente de la Sagrada Congregación, o se acostumbra a solicitar
precedentem ente la facultad necesaria del Pontífice, o se emplean
las palabras «fa d o verbo cum Sandissim o ».
V. Queda por resolver en el estudio de estas normas o princi­
pios generales que siguiendo el articulado del Código venimos prac­
ticando la forma de decidir las controversias que se susciten sobre
a la competencia propia de cada una de las Sagradas C ongregacio­
nes, Tribunales y Oficios de la Sagrada Curia.
Por la disciplina precedente, establecida por la Constitución de
Su Santidad Pío X, Sapienti consilio , se disponía en el número III
d élo s preceptos de aplicación a la Consistorial que en los conflictos
jurisdiccionales las dudas sobre la competencia de las primeras serían
resueltas por esta Sagrada Congregación; mas el moderno Código
reforma la disciplina precedente, disponiendo en el canon 245 que si
surgieren tales controversias entre Congregaciones, Tribunales y
Oficios, éstas serán resueltas por una Comisión de Cardenales de la
Santa Iglesia Romana, que el Romano Pontífice designará en cada
caso. De esta suerte debe considerarse modificada la anterior dispo­
sición, en cuanto omitida la prescripción de lo que constituía el pre­
cepto del referido párrafo tercero en el canon 248, que, como v e re ­
mos, se ocupa de esta repetida Sagrada Congregación Consistorial,
hoy esta cuestión aparece regulada por el canon 245, ya transcrito,
y su tenor atribuye la resolución de los conflictos jurisdiccionales a
una Comisión particular, que será nombrada por el Papa especial­
mente para cada caso.

C am pos y P u lid o . T omo rv. 17


258 C A M PO S Y PULIDO

ARTÍCULO I

DE LAS SAGRADAS CONGREGACIONES

A) Las Sagradas Congregaciones en general ..

I. Entramos ahora en el estudio particular de cada una de las


distintas Sagradas Congregaciones en que hoy aparece dividida la
Curia Romana, a tenor de las prescripciones del Código.
Ya hemos indicado antes cual sea el motivo de la división y dis­
tinción de sus diferentes dependencias, y en este punto hemos de
partir, por lo tanto, de tal doctrina, considerando que sólo las cues­
tiones que no revisten forma judicial, sino disciplinar, y que no son
propias, por otra parte, de los Oficios de la Curia, deberán de ser
resueltas y estudiadas por las Sagradas Congregaciones, en la in­
dicada vía o forma disciplinar. Nada añadiremos, por lo tanto, a lo
ya consignado, indicando sólo como ampliación de tal doctrina,
que en cuanto a la clase de asuntos de que conocen, está referida su
competencia a los que corresponden al fuero externo , como son
instituciones de Obispados, dignidades, etc., leyes litúrgicas, cosas-
disciplinares,'beatificación y canonización de santos, etc., reserván­
dose al Tribunal de la Sagrada Penitenciaría, todo lo que se refiere
al fuero interno penitencial o no sacramental (1).
Su concepto nos lo da el P. W ernz, diciendo de ellas que son Co­
legios menores de Cardenales instituidos por los Romanos Pontífi­
ces, para decidir y estudiar ciertos negocios eclesiásticos, y resol­
verlos por mayoría de votos, no sólo consultiva, sino decisivamen-
te (2).
Este mismo autor las clasifica en Congregaciones ordinarias*
cuando son erigidas perpetuam ente, y extraordinarias^si son instL
ttiídas para resolver y decidir las cuestiones y asuntos de esta clase
que ad lernpus se les encomiendan; en independientes , principa­
les y generales , y dependientes , subsidiarias y particulares,
según que estuvieren o no finidas y subordinadas a otras principa­
les; en cuanto a su competencia, estudia ésta con referencia a los
asuntos que por la Autoridad apostólica les han sido asignados; con

11) P r u m m e r : obra y l u g a r citado, pag. -76. Q. 124, núm 1.


(2) lu s D ccrctaliu m Tomas / / , p a rs. I. II, pág. 388, núm. 652.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA C ANÓ NICA 259

relación a las personas, considera que su jurisdicción se extiende a


toda la Iglesia, estando sometidos a ella todos los fieles; y, por úl­
timo, con relación a la forma y a la clase de jurisdicción que ejercen,
indica que no son de ninguna manera meros Tribunales Supremos
de justicia establecidos para definir en causas litigiosas y crimi­
nales ( 1).
Como organismos superiores que son respecto a toda la Iglesia,
no se dá de lo resuelto por las mismas apelación propiamente dicha,
sino solo el beneficio de nueva audiencia dentro de diez días, la que
puede ser concedida o negada por el Cardenal Prefecto de la res­
pectiva Sagrada Congregación (2); debiendo tenerse en cuenta en
orden a la facultad de comparecer en solicitud de gracias y dispen­
sas ante ellas la doctrina novísima que el moderno Código esta­
blece en el canon 36, no menos que la de los cánones 43 y 44 res­
pecto a los efectos que produce la denegación por una Sagrada Con­
gregación de la gracia que se solicite, para que pueda ser obtenida
de otra o de otro Ordinario, que expusimos en el núm. 4.ft del pri­
m er libro de la parte especial de este volumen (3), pues, cuanto dis­
pone el Código, relativam ente a estas materias, constituye regla de
aplicación estricta de la que no se puede prescindir.
Aun a pesar de que, como hemos dicho, los distintos organismos
de la Santa Sede no tienen la competencia per s e , puesto que la
potestad en virtud de la que conocen de los distintos asuntos que se
les encomiendan, la reciben del Romano Pontífice del que son sus
auxiliares y cooperadores, la naturaleza de la jurisdicción que ejer­
cen las Sagradas Congregaciones, es verdaderam ente propia y or­
dinaria, sin que pueda decirse delegada,—salvo que procedieren
por especial comisión de Sil Santidad—, ni cuasi delegada (4).
II. La organización de las Sagradas Congregaciones y el núme­
ro de individuos que las constituyen está determinada en el moder­
no Código por las prescripciones del canon 246.
Están éstas formadas por un número mayor o menor de C arde­
nales, y por los auxiliares y consultores que se estiman necesarios
para el despacho de los qsuntos de que deben de conocer, encon­
trándose al frente de las mismas su superior o moderador que r e d ­

il) Idem , id., id.


(2) P rummer : ídem id., id., p á g . 276, Q. 1 2 J,n ú m . 21.
(3) V éase p á g in a s 60 y sig u ie n te s.
(4) W er n z , ídem id., id.
260 CAM POS Y PULIDO

be la denominación de Prefecto auxiliado por el Secretario y los


Subsecretarios y ministros inferiores, que la magnitud y el número
de asuntos que tienen encomendados reclaman.
Según dispone el mencionado canon, cada una de las Sagradas
Congregaciones está presidida por el Cardenal Prefecto. Puede ser
también Prefecto de las mismas el Sumo Pontífice, como ocurre con
la del Santo Oficio, la Consistorial y la de la Iglesia Oriental, y en
tal caso, a tenor de dicho precepto será dirigida la Santa C ongre­
gación por el Cardenal Secretario. Además del Prefecto y del Se­
cretario, formarán también parte de cada una de ellas los Cardena­
les que juzgare conveniente adscribirle el Romano Pontífice, así
como los ministros u oficiales que fueren necesarios para su funcio­
namiento, los que se distinguen y clasifican en mayores y menores.
De estos nada diremos de nuevo después de lo que ya quedó
expuesto, con referencia a las normas generales y peculiares de la
Constitución Sapienli consilio de Su Santidad Pío X, cuya vigen­
cia subsiste como se ha indicado. Por tal razón en todo lo que res­
pecta a la organización interna y al modo de proceder de cada una
de ellas, nos remitimos a nuestro primer volumen, el que deberá ser
consultado con todo el detenimiento que requiere tan interesante
materia ( 1).
Unicamente anotaremos para terminar el estudio de las C ongre­
gaciones en general, que sin perjuicio de los preceptos que consti­
tuyen la novísima disciplina del moderno Código, son de considerar
como disposiciones posteriores a las normas de la Constitución Piaña
las dos qne se citan a continuación, prescindiendo de las resolucio­
nes de la Sagrada Congregación Consistorial de 14 de Marzo y 16
de Agosto de 1910 y la de 5 de Julio de 1915 (Acta Apostolicae
Sedis , volúmenes II y VII, páginas 229 y 649 y 327, respectivam en­
te), relativas a determinar a quien corresponde conceder facultad
para decir tres Misas en la noche de Navidad, para celebrar Misas
votivas, y para otorgar a los religiosos parroquias seculares, que su­
ponen más propiamente cambios de competencia, y cuyo examen ha
de hacerse al estudiar las Sagradas Congregaciones en particular.
Es la primera y está constituida por un Motu proprio de Su San­
tidad Pío X, publicado en 16 de Enero de 1914, que aparece inserto
en el indicado periódico oficial en el volumen VI, página 25 y si­
guientes, por el que se dispone que los Consultores de la Sagrada

(1) Páginas 161 y siguientes.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 261

Congregación de Ritos se distingan en dos clases o secciones, unos


para emitir sufragio en las causas de beatificación y canonización, y
otros para las cosas pertinentes a la liturgia y reliquias de los San­
tos, pudiendo un mismo Consultor formar parte y ser incluido en
una y otra sección. El Cardenal Prefecto de la referida Sagrada
Congregación deberá proponer a Su Santidad los que hayan de
desempeñar el cargo, en los que habrá de concurrir como condición
o requisito necesario, no sólo la observancia de buena vida y cos­
tumbres, sino también la ciencia competente. E ste indicado Motu
proprio , declaró también abolidas todas las comisiones anejas a la
Sagrada Congregación de Ritos.
El segundo es un D ecreto de la Secretaría de Estado, publicado
en 30 de Julio de 1915, por especial mandato de Su Santidad Bene­
dicto XV, por el que en virtud de las instancias que le han sido di­
rigidas, a las que se dignó acceder benignamente, estableció y de­
cretó que las ferias otoñales que se encuentran señaladas en la par­
te primera, capítulo V, número 3.°, de las Normas para las S agra­
das Congregaciones, Tribunales y Oficios, publicadas con la indica­
da Constitución Sapienti consilio, se anticipen en unos veinte días,
de suerte que en lo sucesivo corran desde el 20 de Agosto al día 10
de Octubre de cada año, firme siempre la ley de que durante tal es­
pacio de tiempo nada se interrumpa, quedando el numero suficiente
de oficiales mayores y menores que se juzguen necesarios para la
expedición de los negocios ordinarios más urgentes. {Acia, vol. VII,
página 378.)

B) De las Sagradas Congregaciones en particular.

En conformidad a la novísima disciplina, las Sagradas C ongre­


gaciones que hoy subsisten y forman parte de la Sagrada Curia son
las que siguen: Sagrada Congregación del Santo Oficio, Consisto­
rial, de Disciplina de los Sacramentos, del Concilio, de Religiosos
o para los asuntos de los Religiosos, de Propagación de la F e, de
Sagrados Ritos, de Ceremonial, de Negocios eclesiásticos extraor­
dinarios, de Seminarios y Universidades de Estudios, y para la Igle­
sia Oriental. Son, por lo tanto, en número de once, el -mismo que
les asignó Pío X, pero modificada su estructura, pues se suprime la
del Indice, refundiéndola en la del Santo Oficio, se transfórm ala de
Estudios en la moderna de Seminarios y Universidades de Estudios
262 CAM PO S Y PULIDO

y se crea la de la Iglesia Oriental, desmembrando de la de la Propa­


ganda la que a ella estaba unida con el nombre «De negocios de rito
Oriental» que conservó Pío X por el número VI de las disposicio­
nes a ella referentes, con las atribuciones que antes le correspon­
dían.
Estudiemos ahora separadamente su naturaleza y los asuntos
que cada una de ellas tiene asignados en virtud de las prescripcio­
nes del repetido Código, que analizarémos precisando los cambios
de competencia que éste ha introducido y las novedades que la nue­
va organización supone con respecto a la establecida por Pío X.

1.° Sagrada Congregación del Santo Oficio.

Instituida esta Sagrada Congregación por Su Santidad Paulo III


por su Constitución Licet ab initio en 1542, y considerándose des­
de mucho tiempo há como la primera en dignidad y la más elevada
por razón de su excelencia e importancia, cuya creación obedeció a
evitar la propagación de la herejía luterana, fué mantenida y con­
servada en su naturaleza y objeto por la Constitución Sapienti
consilio de Su Santidad Pío X, en la que ocupaba el número I de
orden de las que se citan en la misma.
Se refiere a ella el moderno Código en el canon 247, que en su
párrafo 1.° indica que es su Prefecto el Romano Pontífice, quien la
preside, y según la novísima disciplina le corresponde como antes
la defensa de la doctrina de la fe y de las costumbres.
Antes de determinar cuál sea la competencia que tiene asignada
recordemos su organización y la extensión de su competencia en
conformidad a lo que disponían las normas peculiares de Su S anti­
dad Pío X.
' Según las indicadas normas, son Oficiales de esta Sagrada Con­
gregación después del Secretario, el Asesor y el Comisario, cons­
tando el Consejo, de los Consultores que son nombrados por el
Sumo Pontífice, e interviniendo en ella además de estos últimos los
" que se denominan Censores, que vulgarmente son llamados Califi­
cadores. En cuanto a su competencia, la tan repetida Constitución
Piaña no le asigna límites territoriales, extendiéndose, por lo tanto,
a toda la Iglesia (1).

(1) Consúltese respecto a estos particulares nuestro prim er volumen, páginas 170
y 1&2 y siguientes
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 263
Prescindiendo, pues, de insistir sobre estas mismas cuestiones,
que ya quedaron estudiadas en el lugar citado en la nota preceden­
te,* veamos cuál sea la competencia que hoy atribuye a esta S ag ra­
da Congregación el nuevo Código y los cambios que en la misma
s e han introducido, tanto por éste como por los preceptos anteriores
que son por el mismo confirmados.
Por los restantes párrafos del mencionado canon se le señala
como competencia:
1.° Juzgar de aquellos delitos que le están reservados según su
propia ley con potestad de examinar estas causas criminales, no
sólo en grado de apelación respecto de los Tribunales del Ordinario
del lugar, sino también en primera instancia, si fueren directamente
denunciados a esta Sagrada Congregación (parrafo 2 .°). Los delitos
a que se refiere este precepto, puesto que está condicionado por lo
que se determina en el párrafo 1." de dicho canon, son los de here­
jía y los demás que inducen sospecha de herejía.
2.° Conoce exclusivamente de todo lo que directa o indirecta­
mente, en derecho o en hecho respecta a lo que se denomina privi­
legio Paulino , y a lo referente a los matrimonios en que existe im­
pedimento de disparidad de cultos y mixta religión; correspondién-
dole asimismo la facultad de dispensar de estos impedimentos. Por
tal razón—continúa disponiendo este párrafo—, todas las cuestiones
relacionadas con las materias ya indicadas habrán de ser deferidas
a esta Sagrada Congregación, a la que también corresponde, si lo
juzgase conveniente y procediere, rem itirlos repetidos asuntos a
otra Sagrada Congregación o al Tribunal de la Sagrada Rota Ro­
mana (párrafo 3.°).
3.° Corresponde también a la misma, no sólo examinar diligen­
tem ente los libros que le hayan sido denunciados, prohibiéndolos si
lo juzgare conveniente, y conceder dispensa respecto a este punto,
sino también inquirir de oficio y del modo y por el procedimiento
que considerase más oportuno, los que sean publicados y editados,
y los escritos de cualquier género que se deban de condenar, asi
como recordar a los Ordinarios que están religiosamente obligados
a vigilar los escritos perniciosos, y a denunciarlos a la Santa Sede,
según las normas dercanon 1.397 párrafo 4.°).
4.° La indicada Sagrada Congregación es, por último, compe­
ten te para resolver y decidir de todo cuanto respecta al ayuno euca-
ríctico de los Sacerdotes que han de celebrar el Santo Sacrificio de
la misa (párrafo 5.°).
264 C A M P O S Y PULIDO

II. Tal es el conjunto de los preceptos determinativos de la com­


petencia de la repetida Sagrada Congregación a tenor del citado
canon 247, constitutivo de la novísima disciplina. Pero si la claridad
del precepto excusa de la necesidad de ofrecer de él un detenido
comentario, la lectura del mismo, comparada con lo que dejó esta­
blecido la Constitución Sapienti consilio de Su Santidad Pío X,
respecto a esta citada Congregación, nos obliga a hacer notar cuá­
les sean los cambios que se han introducido en la competencia de la
misma los que a la vez constituyen las transcendentalísimas refor­
mas que la nueva legislación establece.
En efecto, el número III de los preceptos relativos a esta S ag ra­
da Congregación contenidos en la indicada Constitución Piaña, de­
volvía al Santo Oficio la competencia en toda la materia de indul­
gencias, o sea en lo referente a su doctrina y a su concesión, que
antes pertenecía y era propio de la Sagrada Congregación de In­
dulgencias, y que Pío X le agregó al suprimir esta última; y en
cuanto a las demás materias de las que debía conocer, conservando
todo lo que era propio de los asuntos de fe y costumbres, se atribu­
yó a la del Concilio lo referente a I q s preceptos de la Iglesia, como
abstinencias, ayunos, etc., reivindicando la Consistorial la elección
de Obispos, y la de Religiosos lo relativo a la relajación de votos
(número IV de los preceptos de la del Santo Oficio de la C onstitu­
ción de Pío X).
Pues,hien, si como decimos, comparamos las prescripciones del
canon 247 con los de la Constitución Piaña que hasta la publicación
del Código constituían la disciplina vigente, verétnos que en el pri­
mero se omite todo lo referente a indulgencias, y que al mismo tiem­
po se habla de lo relativo a la prohibición de libros, materia que era
antes de la competencia de la Sagrada Congregación del Indice
(núm. 7.° de la indicada Constitución), conservada por este Pon­
tífice.
¿Qué ocurrirá con esta última Sagrada Congregación y a quién
corresponderá hoy cuanto respecta a la materia de indulgencias en
ambos aspectos? Para conocerlo debemos referirnos a la disciplina
anterior, y a las reformas que en ella se han introducido.
La Sagrada Congregación del Indice aparece hoy suprimida,
pues no está incluida en los distintos cánones de este artículo, y
como se observa, la materia que era propia de ella se atribuye a la
del Santo Oficio, transcribiéndose en lo relacionado con su compe­
tencia en este particular, los mismos preceptos que los que regula­
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 265

ban la de aquella, pero el antecedente de tal reforma lo encontramos


en los preceptos que vamos a citar.
O rganizada la Curia Romana en la forma que lo fue por Pío X,
Su Santidad Benedicto XV, en la alocución dirigida en el Palacio
Apostólico del Vaticano a los Cardenales de la Santa Iglesia Ro­
mana en el Sagrado Consistorio Secreto celebrado el día 22 de M ar­
zo de 1917 (Acta Apostolices Sedis vol. IX, pág. 161 y siguien­
tes), indicaba a los Eminentísimos Cardenales, que el pensamiento
de su predecesor fué el unir al Santo Oficio lo relativo a la S agra­
da Congregación del Indice, como se comprueba, tanto por lo que
consta de lo realizado, como por el testimonio de eminentes varo­
nes que en el estudio de tales asuntos intervinieron, lo que por otra
parte se juzgaba no sólo conveniente sino necesario, por cuanto al
Santo Oficio corresponde la defensa de la doctrina relativa . la fe
y costumbres; y para que no se aumentase en modo extraordinario
el trabajo y competencia de esta última Sagrada Congregación, ex­
presó su propósito de que todo lo que se refiere a la materia de in­
dulgencias pasare en lo sucesivo y fuere atribuido a la Sagrada P e­
nitenciaría Apostólica, o sea el uso y las concesiones de indul­
gencias, salvo el derecho del Santo Oficio de examinar todo
cuanto respecta a la doctrina dogmática acerca de las nuevas
oraciones y devociones.
Así, pues, el sabio Pontífice que en la actualidad rige los desti­
nos de la Iglesia para dar cumplimiento al propósito expresado en
la indicada alocución, publicó en 25 de Marzo de 1917, el Motu
proprio, Alloquentes proxime (id. id. id., pág. 167), por el que
llevando a la práctica tal disposición, estableció: 1.° Que quedase
abolida y suprimida la Sagrada Congregación del Indice; 2.° Que
lo que hasta el presente fué propio de esta Sagrada Congregación,
correspondiera en lo sucesivo a la del Santo Oficio, y que, por lo
tanto, perteneciera a ésta el realizar la censura de libros y otros
escritos; 3.° Que a los ministerios que están atribuidos al Santo
Oficio se hubiere de añadir la sección especial del Indice, pasando
al mismo los Oficiales que formaban parte de la extinguida S agra­
da Congregación, y determinándose el modo de ordenar esta sec­
ción por el Santo Oficio que lo propondrá a Su Santidad; y por úl­
timo, 4.° Que para que no resulten excesivamente sobrecargados
los negocios que están encomendados al Santo Oficio, por virtud
de los que nuevamente se le encomiendan, todo lo relativo a las In­
dulgencias pasará a la Sagrada Penitenciaría Apostólica, la cual
266 C AM PO S Y PULIDO

juzgará de todo lo referente al uso y concesión de las mismas, sal­


vo el derecho del primero, para que como se prescribía en la alocu­
ción, pueda examinar cuanto se refiere a la doctrina dogmática
sobre las nuevas oraciones y devociones. Consecuentemente a lo
dispuesto se prescribe en el núm. 5.° que sigue a los precedentes
que la sección de Indulgencias que se encontraba formando parte
del Santo Oficio pasará con sus oficiales a la Sagrada Penitenciaría
y el Cardenal Penitenciario Mayor cuidará de ordenar esta nueva
sección, debiendo consultar a Su Santidad.
Esta fue la reforma que Su Santidad Benedicto^X V introdujo en
la organización de la Sagrada Curia antes de la promulgación del
Código, y que éste confirma en la^ forma que hemos visto, ya que
el propósito de dicho Pontífice fué como se indica en la Alocución
habida en el Consistorio realizarla antes de su vigencia.
Hoy pues, a tenor de los preceptos del canon 247 confirmatorios
del Motu proprioy Alloquentes proxime se le quita al Santo Oficio
lo concerniente a Indulgencias que pasa a la Sagrada Penitenciaría,
y se le atribuye la censura y prohibición de libros, quedando supri­
mida la Sagrada Congregación del Indice, que instituida por Su San­
tidad S. Pío V, en 1571, ha venido funcionando hasta Su Santidad
Benedicto XV, en cuanto como verémos no se menciona, entre las
que conserva el nuevo Código. Por lo demás queda firme y subsis­
tente la antigua competencia del Santo Oficio en materias de fe y
costumbres.
Al verificarse la modificación que queda reseñada, ha de juzgar­
se esta como beneficiosa y oportunísima, pues como expone el P a ­
dre F erreres al hacer el comentario de dicho Motu proprio , las In­
dulgencias son como el complemento ¿el Sacramento de la P eniten­
cia por tender al perdón de las penas temporales que quedan des­
pués de perdonados los pecados ( 1).
III. Para que quede consignado en este número todo cuanto se
refiere a la moderna disciplina de aplicación a la Sagrada C ongre­
gación del Santo Oficio, indicarémos que según lo prevenido por la
Secretaría de Estado de Su Santidad en Circular publicada con fecha
1.° de Diciembre de 1918, dirigida a los Reverendos Ordinarios de la
cristiandad, inserta entre otros en los Boletines'oficiales eclesiás­
ticos de las Diócesis de Madrid y Granada y de la que se hace refe­
rencia por el Reverendo Padre Fernando Fuster, en el Boletín canóni­

co Boletín canónico de Raaón y Fe, vol. 48, año de 1917, pág. 230.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 267

co de Razón y Fe , al que en otras ocasiones hemos aludido (1), en


atención a que las cosas que se acostumbra a denunciar al Santo
Oficio son en general graves, y no deben sin gran escándalo ser
conocidas por otras personas que por los denunciantes, es necesario
que tales denuncias se hagan con suma prudencia y precaución para
que no puedan caer en manos de personas depravadas, dispuestas a
perpetrar todo lo que redunde en perjuicio de las almas y en desdo­
ro de la religión y de sus Ministros; por lo que es voluntad del San­
to Padre, que todos los Arzobispos y Obispos del orbe católico, or­
denen cada uno a su clero por mandato de Su Santidad, y bajo pena
g ra v e que se impondrá a los transgresores, que no sean enviadas
por correo a dicho Supremo y Sagrado Tribunal las denuncias de
los fieles, sino que cada uno procurará entregarla a su propio O rdi­
nario cerrada y sellada; y que cuando los Obispos recibieren cartas
que por su exterior inscripción aparezcan destinadas al mismo S a­
grado Tribunal, deberán colocarlas intactas en otro sobre, remitién­
dolas al Cardenal Secretario de Estado de Su Santidad, quien sin
•demora procurará que sean remitidas en igual fo rm a al Santo
Oficio.
En conformidad a lo que expone el canonista antes citado como
comentario de la indicada disposición, las referidas denuncias debe­
rán ser incluidas en un sobre cerrado y lacrado, con inscripción di­
rigida al Santo Oficio, colocándose a su vez el referido pliego así
cerrado en otro dirigido al Ordinario del lugar para que éste haga
la remisión en la forma consignada, debiéndose hacer constar en el
escrito de denuncia, el nombre del denunciante y la dirección de su
domicilio para que la Sagrada Congregación pueda dirigir la res­
puesta (2).

2.° Sagrada Congregación Consistorial .

I. La competencia de la Sagrada Congregación Consistorial y


las facultades que le corresponden en conformidad a la moderna
disciplina, están determinadas en el canon 248 del Código novísimo.
Instituida por Su Santidad Sixto V en su Bula Inmensa, de
22 de Enero de 1588, tuvo, como principal objeto examinar y dis-

(1) Volumen 54, páginas 107 y siguientes. Consúltese su texto en el B oletín oficial
E clesiástico del Arzobispado de G ranada, núm. 3.203, páginas 59 y 60.
(*>) Puede consultarse todo lo pertinente a esta disposición en los mencionados lu­
ga res, de dor.de tomamos estos datos.
268 CAM PO S Y PULIDO

cutir, dando de ellos previamente cuenta al Romano Pontífice los


asuntos que se habían de resolver en Consistorio (1); reformada
más tarde la organización de la Curia por Su Santidad Pío X en
la Constitución que ya nos es conocida, fué mantenida por este Pon­
tífice, colocándola en el segundo lugar de las que se contienen en
la misma, el que conserva en el nuevo Código.
Es presidida por el Romano Pontífice, que, por lo tanto, es su
Prefecto, y, además, de los distintos miembros que la integran,
pertenecen a ella de oficio, el Cardenal Secretario del Santo O fi­
cio, el Prefecto de la Sagrada Congregación de Seminarios y Uni­
versidades de Estudios y el Secretario de Estado (canon 248, pá­
rrafo 1.°), modificándose de esta suerte la disciplina de la C onstitu­
ción Piaña, puesto que antes sólo le estaban asignados de oficio el
primero y el último, ya que la -Sagrada Congregación de Universi­
dades fué creada por Benedicto XV, en la que transformó la anti­
gua de estudios.
Deben también contarse siempre entre sus consultores, el Ase­
sor del Santo Oficio, el Secretario de la Sagrada Congregación de
Negocios eclesiásticos extraordinarios y el de la ya nombrada de
Seminarios y Universidades; siendo también nueva la intervención
de este último por la misma razón indicada anteriormente. Además*
según lo prevenido en las normas peculiares de la referida Consti­
tución Sapienti , son sus Oficiales mayores, el Asesor y el Substi­
tuto, con el número de Oficiales menores que sean necesarios para
el despacho de los asuntos que le son propios, los que deberán es­
tar obligados a prestar no sólo el juramento común, sino el del San­
to Oficio (2).
En virtud de Motu proprio de Su Santidad Pío X, Cum ornnes
catholicos , de 15 de Agosto de 1912 {Acta, vol. IV, pág. 526), se
creó en esta Sagrada Congregación un nuevo oficio o sección de­
nominado De spirituali emigrantium cura , al que luego habremos
de referirnos.
II. La competencia de esta Sagrada Congregación, según los
párrafos 2.° y 3.° del canon 248, son las siguientes:
1 .a No sólo preparar los diferentes asuntos que se han de resol­
ver en Consistorio, sino, además, en los lugares no sometidos a la

(1) Gómez d e S a l a z a r : In stitu ciones de Derecho canónico, tom o I, pág 207.


(2) Norm as pecu liares de la Constitución P iañ a, p ág . 184, del p rim e r volum en
de* e s ta o b ra.
LEGISLACIÓ N Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 269

Sagrada Congregación de Propagación de la Fe, constituir nuevas


Diócesis y provincias eclesiásticas y Cabildos, tanto Catedrales
como Colegiales; dividir las Diócesis ya constituidas; proponer a
los que han de ser intituídos Obispos, Administradores Apostólicos,
Coadjutores y Auxiliares de los Obispos; decretar las inquisiciones
canónicas o procesos respecto a los individuos que han de ser promo­
vidos y examinar diligentemente las actuaciones o diligencias que se
practiquen, así como también la doctrina de los mismos, salvo lo pre­
venido en el canon 255 en cuamto a lo que es competencia de la S a­
grada Congregación de negocios eclesiásticos extraordinarios.
Las disposiciones de este primer párrafo son las mismas que es­
tableció la anterior Constitución de Pío X, la que confirma, con la
novedad de que lo referente a los individuos que hubieren de ser
propuestos para las Diócesis de fuera de Italia y la institución y di­
visión de Diócesis, que lo sean también de fuera de este país, se
encomendaba por aquélla a los Oficiales de la Secretaría de Estado,
los que en tal caso deberían recibir los documentos e informes y
som eterlos a la Sagrada Congregación Consistorial ( 1); mientras
que hoy sólo se deje firme la competencia de la de Negocios ecle­
siásticos extraordinarios para conocer de lo que respecta a estos
mismos particulares cuando se trata de países en los que estas co­
sas se han de resolver con los Gobiernos civiles.
2 .a El segundo grupo de las cuestiones que constituyen la com­
petencia de la Sagrada Congregación Consistorial, según el párra­
fo 3 .° de este mencionado canon, está integrado por todo cuanto
corresponde a la constitución, conservación y al estado de las Dió­
cesis. En su virtud, le pertenece, por consiguiente, vigilar sobre el
cumplimiento de las obligaciones a que están sujetos los Ordinarios;
conoce igualmente de todo lo que debe de ser relacionado por es­
crito por los Obispos acerca del estado de sus Diócesis; decreta vi­
sitas apostólicas, examinando las que fueren realizadas, trasm itien­
do en uno y otro caso a cada Sagrada Congregación para que deli­
bere y resuelva sobre los mismos, los negocios que peculiarmente
les correspondieren.
Los asuntos, cuyo conocimiento se le atribuye en este último
número, son los mismos que le fueron asignados por la precedente
Constitución de Pío X; mas al omitir el Código otras disposiciones

(1) V éase antes volumen 1.°, pág 129.


270 CAM PO S Y PULIDO

que aquélla contenía, establece con ello una novedad importante y


una reforma muy digna de mención.
Según dijimos antes, hoy la competencia para conocer de los
conflictos jurisdiccionales que puedan presentarse entre las distintas
Sagradas Congregaciones, Tribunales y Oficios de la Santa Sede,
se atribuye por el canon 245 a una Comisión de Cardenalés, desig­
nada al efecto en cada caso por el Romano Pontífice, por lo que
pierde consecuentemente la Sagrada Congregación Consistorial
esta parte de sus atribuciones.
Del mismo modo, la facultad que mencionaba el núm. 3.(> de las
disposiciones por las que se regfo, según la Constitución Sapiente ,
de resolver todo lo pertinente al régimen, disciplina, administración
y estudios de los Seminarios, se le suprime tom o materia de su
competencia, y creada hoy la Sagrada Congregación de este nom­
bre, pasan a ella todas estas cuestiones.
III. Al comienzo nos hemos referido a la sección que fué agre-
gada a esta Sagrada Congregación por el Sumo Pontífice Pío X
con el título de Spirituali emigrantium cura , y ahora, para termi­
nar cuanto respecta a la misma, haremos algunas indicaciones sobre
la disciplina relativa a esta sección y demás materias con ella rela­
cionadas.
En virtud del Motu proprio, Cutn omnes catholicos , publica­
do en 15 de Agosto de 1912 (Acta, vol. IV, páginas 526 y 527), fué
instituida en la repetida Sagrada Congregación una sección o nue­
vo Oficio designado con el indicado nombre, al que corresponde in­
vestigar y preparar cuanto sea conveniente para que en lo pertinen­
te a la salud de las almas, sea mejor la condición de los em igrantes
del rito latino, salvo, sin embargo, el derecho de la Sagrada Con­
gregación de la Propaganda en los del rito oriental, respecto a los
que aquél, deberá consultar a la misma oportunamente por su ins­
tituto.
Sin estudiar con más detenimiento este Motu proprio , sólo di-
rémos, que de antiguo se preocupó la Iglesia de lo referente a la
emigración de los clérigos a otros países, particularmente cuando
ésta tiene lugar a América y Filipinas; ejemplo de ello es el D e­
creto publicado por la Sagrada Congregación del Concilio en 27 de
Julio de 1890, y el de 14 de Noviembre de 1903, confirmatorio del
anterior, el que corrige y amplía, así como el de la Sagrada C ongre­
gación de Propaganda Fide, dictando para los Sacerdotes de rito
oriental de 12 de Abril de 1894; mas atribuida la competencia para
LEGISLACIÓ N Y JURISPRUDENCIA C A N Ó N IC A 271
conocer de estos asuntos en cuanto a los S acerdotes del rito latino a
la Sagrada Congregación Consistorial, por el Motu proprio ya re­
ferido, que crea la indicada sección de spiritaali ernigrantium, otro
Motu proprio del indicado Pontífice Su Santidad Pío X, Iarti prl·
dem ex Italia de 19 de Marzo de 1914 (Acta, vol. VI, pág. 173 y si­
guientes), instituyó a consulta de la referida Sagrada Congregación
un Colegio en la ciudad de Roma, para el cuidado espiritual de los
Sacerdotes em igrantes, y posteriormente la misma Sagrada C ongre­
gación ha publicado un decreto en 25 de Marzo del repetido año,
Ethnografica studia , (Acta ídem id., pág. 182 y siguientes), que se
ocupa de estas mismas materias, dividido en dos capítulos y un preám­
bulo; publicándose también el Reglamento general, por la repetida
Sagrada Congregación en 24 de Junio del mismo año (ídem id., pá­
gina 547 y siguientes) (1).
La disciplina novísima está, por lo tanto, constituida por las dis­
posiciones últimamente citadas, quedando hoy formando parte de
esta Sagrada Congregación, la tan repetida sección, como lo prue­
ba el decreto recientem ente publicado por la misma en 30 de Di­
ciembre de 1918, sobre los clérigos em igrantes a ciertas regiones
(Acta vol. XI, pág. 39 y siguientes), que dejando firme la ley de
las Sagradas Congregaciones de la Propaganda y la de la Iglesia
Oriental, establece nuevas normas respecto a este punto, reformando
en parte lo establecido por el D ecreto Ethnografica studia antes
referido (2).

3.° Sagrada Congregación de disciplina


de los Sacramentos .
I. La tercera Sagrada Congregación que se incluye, entre las
que son establecidas por el moderno Código, es la de Disciplina de
los Sacramentos que de ella se ocupa en el canon 249.
Fué instituida, como sabemos, por Su Santidad Pío X, en la tan·
repetida Constitución Sapienti consilio de 1908, asignándosele

(1) Puede consultarse la doctrina que establecen la s disposiciones indicadas en eí


texto, en los respectivos lugares de Acta Apostolicae S c d is, y por lo que se refiere
al Decreto de 25 de Marzo, en R azón y Fe» Boletín Canónico, tomo 41, p á g in a 217 y
siguientes, y 505 y siguientes en cuyos lugares se hace un estudio y com entario del
decreto E thnografica stu d ia por el P. F k r r e r b s .
(2J Consúltese en el referido periódico oficial de la Santa Sede, y en R azón y Fer
vol. 53, donde se reproduce precedido de algunas ñolas de comentario.
272 C AM PO S Y PULIDO

una competencia completamente nueva, puesto que los asuntos de


que hoy conoce, antes eran propios de otras Sagradas Congregacio­
nes, como eran las cuestiones relacionadas con la interpretación del
Concilio Tridentino que correspondían a la del Concilio, y la con­
cesión de dispensas de impedimentos matrimoniales, que salvo las
que hoy corresponden a la del Santo Oficio y a la Sagrada Peniten­
ciaría, en vez de ser como antes de la facultad de la Sagrada D ata­
ria pasaron a esta Sagrada Congregación. Por lo demás, subsiste
hoy con la misma organización que le asignó Su Santidad Pío X,
pues está presidida por el Cardenal Prefecto, no siéndolo de ella
como de las dos anteriores el Romano Pontífice, constando también
del número de Cardenales que le está adscrito por el Santo Padre,
del Secretario y tres Subsecretarios, a los que se confiere la conce­
sión de las dispensas de parentesco, las de las demás preces refe­
rentes a los matrimonios, como sanaciones in radlce , etc., y todo
cuanto respecta a la Sagrada Ordenación, y a los demás Sacram en­
tos excepto el matrimonio, y existiendo en ella el Protocolo y A r­
chivo ( 1).
II. La competencia que el referido canon le señala, es la si­
guiente:
1.° Le está atribuida toda la legislación referente a la disciplina
de los siete Sacramentos, quedando incólume el derecho de la S a ­
grada Congregación del Santo Oficio, respecto de lo que es mate­
ria de su competencia, según el canon 247 antes estudiado, y el de
la de Sagrados Ritos acerca de los ritos y ceremonias que se deben
observar en la confección, administración y recepción de los Sacra­
mentos. Nada diremos respecto a este primer grupo de facultades
que son absolutamente las mismas que las de la Constitución Piaña,
las que se confirman íntegramente.
2.° Corresponde de igual modo a la misma todo lo que suele de­
cretarse y concederse, tanto en la disciplina del matrimonio, como
en la de los demás sacramentos, así como en la celebración del San­
to Sacrificio Eucarístico, salvo los asuntos que están reservados a
las demás Sagradas Congregaciones.
Mas simplificada que la redacción del precepto del mismo núme­
ro de la Constitución Piaña, confirma éste lo que aquélla dispuso,

(1) Consúltese su organización y el modo de proceder en nuestro p rim er volumen


ya repetido, pág. 187, en donde nos ocupamos de las disposiciones de las norm as pe­
culiares relativas a la misma.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 273
por lo que hoy como antes deberá conocer de las dispensas de im­
pedimentos matrimoniales en el fuero externo, así de pobres como
de ricos, sanaciones in radice , de matrimonio rato, etc., y las de­
más de que nos ocupamos al tratar de ella, en el referido lugar.
3.° Conoce la indicada Sagrada Congregación también y exclusi­
vamente del hecho de la inconsumación del matrimonio, y de la exis­
tencia de las causas para conceder las dispensas en este caso, asi como
de todas aquéllas con las mismas relacionadas; pudiendo también re ­
mitir el conocimiento de todos estos asuntos, si lo juzgare convenien­
te, a la Sagrada Rota Romana. De la propia manera podrá también
deferir a la misma las cuestiones acerca de la validez del matrimonio,
las que también deberán ser remitidas al Tribunal competente si exi­
giesen más diligente estudio e investigación. Pertenece, por último,
a la misma Sagrada Congregación el conocer de las obligaciones ane­
jas a las órdenes mayores y examinar las cuestiones acerca de la vali­
dez de la Sagrada Ordenación o remitirlas al Tribunal competente,
así como también es extensiva esta facultad respecto a los demás Sa­
cramentos (párrafos 1,°, 2.° y 3.° del mencionado canon).
Estudiados comparativamente los preceptos de la novísima legis­
lación, relativos a la competencia de esta Sagrada Congregación
puede observarse que se mantiene la que le asignó primitivamente
Su Santidad Pío X. No olvidemos, por último, la vigencia de las
disposiciones de las normas comunes y peculiares de la Constitución
Sapienti consilio , por lo que debemos considerar como reproduci­
das, todas cuantas indicaciones y referencias a las mismas hicimos
en nuestro primer volumen, las que asimismo deberán consultarse
en cuanto respecta a los países y territorios que se consideran some­
tidos a ella, facultades, forma de proceder en la expedición de dis­
pensas, etc., etc., ( 1).
III. Dos observaciones debemos, sin embargo, consignar en este
lugar como complemento de lo que quedó consignado al estudiar las
indicadas normas.
La primera es relativa a dos resoluciones dictadas por la Sede
Apostólica a que antes hemos aludido, y que debemos referir y citar
al tratar de esta Sagrada Congregación, y en las que la Consisto­
rial decide a su favor la cuestión de competencia que se había de­
ducido.
En efecto; en 14 de Marzo de 1910, esta indicada Sagrada Con-

(1) Consúltese el referido volumen en la pág. 187 y siguientes.


C am pos y P u l id o . T om o iv . 18
274 C AM PO S Y PULIDO

gregación decidió con la aprobación y confirmación de Su Santidad,


concedida en la audiencia otorgada al Emmo. Cardenal Secretario-
de la misma el día 11 de dicho mes y año, que la competencia para
conceder facuitad de celebrar tres Misas en la Natividad de N uestro
Señor en las Capillas públicas e Iglesias en que se solicita al efecto
privilegio Apostólico, con la de poder distribuir la Sagrada Eucaristía
corresponde a la Sagrada Congregación de disciplina de los Sacra­
mentos y no a la de Sagrados Ritos (Acta Apostolicae Sedis, vo­
lumen U, pág. 229); y en 16 de Agosto del mismo año de 1910, la re­
petida Sagrada Congregación Consistorial, oído el voto de los Con­
sultores, resolvió que corresponde a la de Sacramentos el conceder
facultad para recitar Misa votiva fuera del caso del ciego o casi cie­
go de que se trata en el núm. 10, letra g , del art. 3.°, cap. 7.° de las
Normas peculiares publicadas con la Constitución Sapienti, y aun
las que tengan por causa la vejez, u otra enfermedad, correspon-
diéndole esta facultad no sólo para conceder la celebración de'M i­
sas votivas de la Virgen y de difuntos, sino aun de otras aprobadas
por la Santa Sede. (Idem id., vol. II, pág. 649).
La segunda se refiere a la distinción entre rdispensas de grados
menores y mayores por lo que respecta a la concesión de las de im­
pedimentos de parentesco. Modificada, como verem os, por el‘ca­
non 1.0421a clasificación de los que con relación a éstas se consi­
deran como impedimentos de grado mayor y menor, debe conside­
rarse modificado igualmentejtodo lo que dispusieron en orden a dicha
materia las indicadas normas. No tratarem os, sin embargo, en estos
momentos de la doctrina que establece la reforma realizada, puesto
que de ella hemos de ocuparnos con el detenimiento que merece al
estudiar este interesante punto de la disciplina canónica en el tra ta ­
do del matrimonio; pero sí deberemos advertir antes de pasar ade­
lante, que en este punto la reforma es fundamental y que lo resuelto
en las normas debe entenderse modificado por lo que dispone el
Código a este respecto (1).

4.° Sagrada Congregación del Concilio .


I. Sigue en orden a las Sagradas Congregaciones ya estudiadas
la del Concilio, instituida por Su Santidad Pío IV en su C onstitu­
ción Alias Nos del 2 de Agosto de 1564.
(1) V é a s e más adelante, en el libro III y en el título V I I de su prim era parte, de
este mismo volumen, donae se estudia el m atrim onio, la doctrina de aplicación a
particu lar.
LEG ISLACIÓ N Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 275
Prohibida por el mencionado Pontífice la realización de comen­
tarios del Sacrosanto y Ecuménico Concilio Tridentino, por su. Cons­
titución Benedictus Deas de 7 de Febrero del mencionado año,
cuya prohibición fué causa, como es sabido,, de que no pudiera*lle­
g ar a tener efectividad y aprobación la nueva colección canónica co­
nocida con el nombre de Séptimo de las Decretales, fué instituida
en el mes de Agosto siguiente la Sagrada Congregación de este
nombre para llevar a efecto los Decretos Tridentinos, a la que Su
Santidad S. Pío V concedió autorjdad para declarar y decidir en los
casos que considerase claros, remitiendo los dudosos a la resolución
del Pontífice, cuyas facultades le fueron ampliadas más tarde por el
mismo Pontífice para que pudiera decidir las causas y controversias
sobre la interpretación del Concilio, y esta Sagrada Congregación
incluida entre las que fueron establecidas por Su Santidad Pío V en
su Constitución Inmensa fué autorizada por Gregorio XIV para que
diera sus rescriptos en nombre del Pontífice (2), y Su Santidad
Pío X, al realizar la reforma de la C uria Romana por su Constitu­
ción Sapienti consilio, la mantuvo en la forma que ya se indicó al
estudiar la repetida Constitución (3).
Quedó organizada por la reforma realizada por Pío X, con su
Prefecto, que es un Cardenal designado por el Pontífice, y como
Oficiales mayores, además de éste, el Secretario y el Subsecreta­
rio, con un Colegio de Consultores que se nombran por Su Santidad,
entre los que algunos habrán de ser competentes, especialmente
para los asuntos de orden administrativo y temporal, y el número
suficiente de Oficiales menores, y de esta misma forma está consti­
tuida en la actualidad.
II. Se ocupa de ella, por lo que respecta a la moderna discipli­
na, el canon 250 del moderno Código, en el que se fija la competen­
cia que tiene atribuida.
Los asuntos de que conoce, según lo que dispone este canon, son
los siguientes:
1. Le corresponde aquella parte d e lo s negocios referentes
a toda la disciplina del clero secular y del pueblo cristiano (pá­
rrafo 1 .° ). Esta primera facultad es la misma que le asignó la

ll) Góm ez de S a l a z a r , ob. cit., lug. e lt., páginas 226 y siguientes, con referencia
a B-iuix. De P rin cip I>tr. Canon, pa ric segunda, sec. 5 a, cap. I, y De Caria Rom a
na, segunda parte, cap. IV, párrafo 3.° Consúltese tam bién F h r r e k e s , La Curia Re*
m an a, núm eros 8, 14, 119, 191, 123, 124, H0, 1^1 y 4 J0y siguientes.
(2) Volumen I de nuestra obra, lugar citado.
276 C A M PO S Y PULIDO

Constitución P ia ñ a , q u e confirma s in introducir modificación.


2.° Por lo tanto, es de su facultad: a) cuidar de que sean obser­
vados los preceptos de la vida cristiana, con las oportunas faculta­
des para dispensar a los fieles de los mismos; b) regular todo lo re­
ferente a los Párrocos y Canónigos y todo lo perteneciente a las
Cofradías piadosas, uniones pías (aunque dependan de los religiosos
o sean erigidas en sus iglesias o en sus casas), legados y obras pías,
estipendios de misas, oficios y beneficios, bienes eclesiásticos mue­
bles e inmuebles, tributos diocesanos, tasas de las Curias episcopa­
les y otros asuntos semejantes (párrafo 2 .°).
3.° Está a la misma reservada: a) la facultad de eximir de las
condiciones requeridas para la consecución de los beneficios, cuan­
do la colación de estos corresponde a los Ordinarios; b) la de admi­
tir a composición a los que retuvieren bienes eclesiásticos, aunque
tales bienes perteneciesen a los religiosos; y c) la de permitir que
los fieles adquieran bienes eclesiásticos usurpados por la potestad
civil (ídem párrafo 2.°). Las facultades de estos dos números son las
mismas que se contenían en la primera parte y en la última del pá­
rrafo 2 .° de los referentes a esta Sagrada Congregación de los pre­
ceptos de la Constitución Sapienti, y en cuanto a la de conceder
dispensas de composición, lo dispuesto por el C ódigo confirma la
resolución dictada por la Sagrada Congregación Consistorial al de­
cidir una cuestión de competencia que le fué propuesta en virtud de
las facultades que le correspondían. En conformidad a lo que se de­
claró en dicha resolución, que es de fecha de 8 de Julio de 1909
( Acia Apostolicae Sedis , vol. I, pág. 577), se asignó a la repetida
Sagrada Congregación la facultad de admitir las composiciones de
los que ocuparen o detentaren los indicados bienes, correspondién-
dole también la misma, aun cuando se trate de bienes pertenecien­
tes a órdenes o familias religiosas, en cuya doctrina está el antece­
dente de lo prevenido por el Código.
4 .ü Conoce también de todas aquellas cosas referentes a 1^ in­
munidad eclesiástica, así como de las controversias acerca de la
precedencia, salvo el derecho de la Congregación de Religiosos y
el de la de Ceremonial (párrafo 3.°). La primera de estas facultades
la tenía por la Constitución Piaña; en cuanto a la segunda, se le
transfiere de la que antes correspondía por la misma a la de C ere­
monial.
5.° Tócale igualmente cuanto respecta a todo lo cóncerniente a
la celebración y revisión de los Concilios y a las reuniones o confe-
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 277

ren d as de los Obispos fuera de los lugares que están sometidos a


la Sagrada Congregación de Propagación de la Fe (párrafo 4.°).
Con lo que se dispone en este número se confirma lo establecido por
Pío X, reproduciéndose el precepto del párrafo 3.° de aquélla, cuya
competencia adquirió por la supresión de la Sagrada Congregación
de tal nombre.
6 .° Por último, es competente en todas las controversias respec­
tivas a los negocios a la misma sometidos y que juzgare que deben
ser resueltos en forma disciplinar; en cuanto a los demás, deberá de­
ferirlos al Tribunal competente (párrafo 5.°). Es este número con-
irmatorio del del párrafo 5.° de la tan referida Constitución, modi­
ficándose sólo su redacción en el sentido de que la anterior decía
que debían de ser deferidos a la Sagrada Rota, mientras que el mo­
derno Código dispone que lo sea al Tribunal competente.
III. Aquí podríamos dar por terminado lo referente a esta Sa­
grada Congregación, puesto que no sólo nos hemos referido a los
preceptos de la disciplina novísima, sino que además hemos hecho
la conveniente comparación de las modificaciones y reformas que
ésta introduce en la anterior. Por otra parte, ya nos ocupamos tam ­
bién al estudiar las disposiciones de la Constitución Sapientl de lo
prevenido en las Normas peculiares publicadas en 29 de Septiembre
de 1908, y sólo hemos de recom endara este respecto que se consul­
te lo que aquéllas dispusieron, ya que salvo lo indicado no se intro­
duce en ellas otra modificación ( 1); pero para completar cuanto allá
dijimos deberemos añadir que además de lo declarado por la Con­
gregación Consistorial respecto a la concesión de composiciones
que se atribuyó a la del Concilio, y que el moderno Código confir­
ma, la misma Sagrada Congregación Consistorial decidió, por reso­
lución de 5 de Julio de 1915 (Acia, vol. VII, pág. 327), que corres­
pondía a esta misma que estudiamos la facultad de conceder a los
religiosos parroquias seculares, firme, sin embargo, para las O rde­
nes y Congregaciones religiosas la obligación de obtener de la de
Religiosos la facultad necesaria o la dispensa, si las constituciones
de las mismas y sus reglas les prohibieron regir y retener parro­
quias.
Es también de considerar, con respecto a las disposiciones
que constituyen la moderna disciplina, lo resuelto por la Comi­
sión de Eminentísimos Cardenales especialmente designada por el

11) Véase el volumen T, páginas 191 y siguientes de esta obra.


278 C AM PO S Y PULIDO

Romano Pontífice para dirimir las cuestiones de competencia qué en


lo referente a la que corresponde a esta Sagrada Congregación y a
la de Religiosos se han suscitado, y a cuya Comisión se le encomen­
dó estudiar las distintas cuestiones que le fueron propuestas en con­
formidad a lo que previene el canon 245 del novísimo Código, lo
que estudiaremos refiriéndonos a los preceptos que establece cuan­
do tratem os en el número inmediato de la referida Sagrada C ongre­
gación de Religiosos, ya que tenemos que prescindir por ahora de
su examen, si no queremos incurrir en repeticiones innecesarias.
Estar resolución, en unión de los principios que ya quedan consigna­
dos, nos dem uestra cumplidamente cuál es el límite de la que corres­
ponde a la del Concilio en relación con la de Religiosos, según la no­
vísima disciplina hoy vigente ( 1).
IV. Por último, instituida por Su Santidad Inocencio XII la Con­
gregación llam ad a Lauretana, a la que estaba confiado el régimen
de la Santa Casa y de la Ciudad de Loreto, cuya jurisdicción era
ejercida sobre dicha casa y las demás iglesias por los respectivos
Ordinarios como delegados de Su Santidad y bajo la dependencia
de ésta (2), quedó unida a la del Concilio según lo dispuesto por el
número V de los preceptos de la Constitución Sapienti consilio de
Su Santidad Pío X, por los que quedaba determinada la competen­
cia de la misma. Nada dice hoy el nuevo Código respecto a esta
Sagrada Congregación especial ni se ocupa de ella entre las distin­
tas prescripciones que dedica a las Sagradas Congregaciones que
hoy considera subsistentes, por lo que creemos debe considerarse
unida a ella como antes, ya que no encontramos disposición que su­
ponga modificación de la antigua disciplina a este respecto.

5.° Sagrada Congregación de Religiosos.

I. Ocupa el quinto lugar entre las distintas Sagradas C ongrega­


ciones que hoy se conservan por la novísima disciplina que estable­
ce el moderno Código la de Religiosos, que en su forma actual tie­
ne sus antecedentes en la reforma que realizó Su Santidad Pío X
cuando estableció la nueva organización de la Sagrada C uria Roma­
na por la ya tan repetida Constitución Sapienti.

(1) Resolución de 24 de Marzo de 1919. Acta Apostolicae S edis, vol. XT, i agi­
na 251. 9
(2) F er r ek e s , La Curia R om an a ■p á g in a s 79 y 215, núm eros 121 y 467.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 27 9 '

Inocencio X, primero, y Clemente IX por su Constitución Iniutic-


//, de 11 de Abril de 1668, instituyeron* la Sagrada Congregación
llamada Super statu Regularium , que fue suprimida por Inocen­
cio XII en su Constitución Debitum , de 4 de Agosto de 1698, con­
firmándose por este Pontífice la que ya había instituido con el nom­
bre de Super Disciplina Regularium creada por su Constitución
Sanctissimus, de 18 de Julio de 1695, y a la que dió las mismas fa­
cultades en cuanto a los Regulares de Italia e islas adyacentes que
estaban otorgadas a aquélla, pero que estendió en cuanto a los R e­
gulares de todo el orbe. Más tarde, Su Santidad Pío IX instituyó
otra Sagrada Congregación con el título de Super statu regula -
rium ordinum, asignándole algunas de las atribuciones de la prece­
dente, de hecho casi extinguida ( 1).
Pero el antecedente de la Sagrada Congregación que estudia­
mos lo encontramos en la antes existente con el nombre de Sagrada
Congregación de Obispos y Regulares. Antes de que Su Santidad
Sixto V organizara las Sagradas Congregaciones por su C onstitu­
ción Inmensa, existía funcíada por Su Santidad Gregorio XIII, o
con existencia anterior a este Pontífice, la de Obispos. En 17 de
Mayo de 1586 el indicado Papa Sixto V, por su Breve Romanus
Pontifex , fundó la de Regulares, de suerte que a la publicación de
aquélla, en 22 de Enero de 1588 quedaron organizadas en la Curia
Romana con los números 11 y 12, las Sagradas Congregaciones de
R egulares y la de Obispos, mas posteriormente aparecieron ambas
unidas, y a partir de 1593 tuvieron una y otra un mismo Prefecto,
debiendo estar definitivamente unidas en el año 1601 (2).
Estos mismos antecedentes nos ofrece en cuanto a el origen de
la de Obispos y Regulares el P. W ernz en su repetida obra citando
el momento de su respectiva institución en la fecha indicada, así
como el de la fusión de una y otra que señala en 1601 (3), e indican­
do, por último, que antiguamente estuvieron unidas a la misma has­
ta su abolición por Pío X, la Super disciplina regularium , creada
por Inocencio XII y la Super statu regularium, por Inocencio X,
a que antes hemos aludido (4). También existió antes de la refor-

11) F er k e r r s , ob. c lt., p á g . 79, num . 120. Góm ez d e * S a l a z a r , ídem , p á g in a s 239 j-


s ig u ie n te s .
Idem id., mira. 8, d), 11,14,127 y 468 a l 474. G ómez d e S a l a z a r , ídem , p á g in a s 237
y 238.
(3) I u s D c c r e t a l i u m , tom o II, p a r te seg u n d a , p á £ . 411, núm . 652, 1.
(4) Idem id. id. V . a).
280 CAM PO S Y PULIDO

ma la Sagrada Congregación Super promovendis ad hpiscopa -


tum, instituida por Su Santidad Pío IX.
Al verificarse recientemente la reforma de la Curia Romana por
Su Santidad Pío X, por la tan repetida Constitución de 1908 atribu­
yó todo lo que a la extinguida de Obispos y Regulares correspon­
día respecto a lós primeros a la Consistorial y a la del Concilio en
la forma que ya conocemos, reservando a la de Religiosos todo lo
que sustancáalmente fué competencia de la de Regulares, pero de­
nominándola con un nombre tan comprensivo como el de Religiosos,
y no el de Regulares, para que dentro de su competencia quepa per­
fectam ente definido y concreto todo cuanto respecta como hemos de
ver seguidamente a todos los institutos religiosos, ya sean de votos
solemnes como simples, y aun a las asociaciones pías que carecen
de votos aunque vivan en comunidad a manera de religiosos ( 1).
II. Está constituida esta nueva Congregación, hoy denominada,
como en tiempos de Su Santidad Pío X, de Religiosos, que hoy sub­
siste, con las mismas facultades que le asignó este Pontífice, por
el Cardenal Prefecto de la misma, el Secretario y el Subsecretario,
un Colegio de Consultores nombrados por el Romano Pontífice, y
el numero de Oficiales menores que sean precisos para el despacho
de los asuntos que tiene encomendados. De los auxiliares que la in­
tegran ha de haber uno que ha de tener por atribución especial los
asuntos que se refieran a las O rdenes religiosas y otro a las Con­
gregaciones y a los Institutos religiosos de varones, así como un
tercero para los referentes a las Congregaciones e institutos de mu­
jeres, como estaba dispuesto por las normas peculiares de la repe­
tida Constitución Piaña (2).
III. La competencia que corresponde a esta Sagrada C ongrega­
ción según lo que dispone la novísima disciplina, es la siguiente a
tenor del canon 251 del nuevo Código.
1.° A tribuyese a la misma, o vindica para si exclusivamente, a) lo
que respecta al régimen, disciplina, estudios, bienes y privilegios
de los religiosos de uno y otro sexo, ligados tanto con votos solem­
nes como simples, b) lo que de igual modo se relaciona con los que
aun sin haber emitido votos, practican sin embargo la vida común a
manera de religiosos more religiosorum, c), y también lo relativo
a las terceras órdenes seculares. Firme en estos tres casos el dere-

(1) V éase lo que d ecíam os en n u estro Fr im cr volum en siguiendo a l P . F e r r e r e s ,


p á g in a 134.
2) C onsúltese lo d ispuesto po r é sta s en la p ág . 193 del m ism o volum en.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CA N Ó N IC A 281

cho de la Sagrada Congregación de la Propaganda (párrafo l.°)r


Salvo la enumeración de las cuestiones que se determinan en el pri­
mer grupo de atribuciones que hemos incluido en la letra a), que el
primer párrafo de este canon contiene y que no se especificaban en
esta forma en el del mismo número de la Constitución Piaña, son
las mismas como se observa las facultades que le corresponden, de­
biendo advertir que ésta añadía: «en todo lo que a aquellos perte­
nece, ya se trate de asuntos entre los mismos religiosos, o de los
que puedan existir entre ellos y otras personas».
Notaremos respecto a este número que en lo referente a cofra­
días, uniones pías, etc., la competencia en cuanto a tales m aterias
está atribuida a la Congregación del Concilio (Acta Apostolicae
Sedis , vol. I, pág. 814) (1), siendo de recordar lo que antes hemos
dicho de la necesidad de obtener de la de Religiosos la facultad o la
dispensa para desempeñar parroquias seculares cuando las consti­
tuciones o reglas prohibiesen regirlas, no obstante la que está atri­
buida a la del Concilio, y lo respectivo a la composición de los usur­
padores de bienes eclesiásticos aun cuando se trate de los pertene­
cientes a órdenes o familias religiosas que también pertenece a esta
última y no a la que estudiamos (2).
2.° En cuanto a las cuestiones que han de ser tratadas en forma
de juicio, in ordine iudiciario , serán remitidas por esta Sagrada
Congregación al Tribunal competente, salvo siempre el derecho de
la Sagrada Congregación del Santo Oficio y de la del Concilio, res­
pecto a los negocios que a las mismas corresponden; las que son de
su competencia habrán de ser dirimidas y resueltas en forma disci­
plinar, más si la cuestión controvertida lo es entre un religioso y
una persona que no lo fuese, podrá la misma Sagrada C ongrega­
ción principalmente a instancia de parte, y si lo juzgase justo, remi­
tir la indicada cuestión a otra Sagrada Congregación o a otro Tri-
bunal (párrafo 2.°). Sustancialinente las atribuciones que le señala
este precepto son las mismas que las que le asignaba el del mismo
número de la Constitución Piaña.
3.° Por último está reservado a la misma Sagrada C ongrega­
ción la concesión de las dispensas de derecho común para las congre­
gaciones religiosas, firme lo prescrito en el canon 247, párrafo 5.°,
que antes hemos estudiado relativamente al ayuno eucarístico de los

(1) Puede consultarse en F e r r e r e s , id. id ., p á g . 221, nota 1.a


(2) Consúltese el núm. 3.° de la Congregación del Concilio.
282 C AM PO S Y PULIDO

sacerdotes (párrafo 3.°). Esta facultad es la misma que le asignaba


la tan repetida Constitución de Pío X.
No se olvide por último que en esta Sagrada Congregación
como en las demás ya estudiadas, son de tener en cuenta las pres­
cripciones de las normas peculiares de dicho Pontífice a que nos he­
mos referido en otro lugar ( 1).
IV. Determinados en el número anterior los principios que rigen
la competencia d é la Sagrada Congregación de Religiosos, en ar­
monía con los preceptos contenidos en el moderno Código, precisa
que ahora y para completar cuanto constituye la novísima disciplina
respecto a la misma, nos ocupemos de precisar la naturaleza de esta
indicada competencia con relación a lo »que ha sido establecido en
reciente resolución dictada por la Comisión nombrada al efecto por
Su Santidad, en conformidad a lo prevenido en el canon 245 del men­
cionado Código, a la que hemos aludido al ocuparnos de la Sagrada
Congregación del Concilio en el párrafo precedente.
En efecto, con fecha 24 de Marzo de 1919 y en resolución que
se inserta en el volumen XI de Acta Apostolices Sedis , pág. 251,
la indicada comisión se sirvió disponer,respecto a las dudas que le
fueron propuestas.
1.° Que todas las cuestiones o instancias que respectan a algún
derecho o se refieren a la utilidad o interés de alguna familia reli­
giosa o asociación de religiosos, corresponden privativamente a la
Sagrada Congregación de Religiosos en el sentido del canon 251
del Código de Derecho canónico.
2.° Que es privativo de esta misma Sagrada Congregación has­
ta que haya sido concedido a los religiosos la administración y el
cumplimiento de los legados, el conceder observadas las normas
acostumbradas, sanaciones y condonaciones respecto a lo pasado, y
reducciones en cuanto a lo futuro, relativamente a capellanías y
otros legados que aun no habiendo sido concedidas a las O rdenes o
familias religiosas como tales, se encuentren sin embargo erigidas
o trasladadas en Iglesias de Religiosos. (La duda formulada respec­
to a este particular se refería a si tales cuestiones eran o no de la
competencia de esta Sagrada Congregación o de la del Concilio.)
3.° Que es igualmente competencia de la Sagrada C ongrega­
ción de Religiosos cuanto respecta a la dispensa para que los reli­
giosos puedan recibir los sagrados órdenes, bien por defecto de

(1) Consúltese el lugar ya repetido de nuestro prim er volumen.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 283

edad o por irregularidad o por lo que se refiere a las demás condi­


ciones que se requieren para que les sean conferidos los Sagrados
órdenes o bien cuanto respecta a los estudios que han de preceder
a é s ta s .
4.° Finalmente, es del mismo modo competencia de la tan repe­
tida Sagrada Congregación de Religiosos, el dispensar a éstos cuan­
do por enfermedad o por otra causa se encuentren impedidos física
o moralmente para la celebración de la Misa.
Los anteriores preceptos al ampliar y completar lo establecido y
dispuesto en el moderno Código, constituyen fuente importante de
doctrina, cuyo conocimiento hemos creído indispensable consignar
en este lugar, para que pueda conocerse íntegram ente cual es la dis*
ciplina novísima que rige respecto a la competencia de la referida
Sagrada Congregación de Religiosos.

6 .° Sagrada Congregación de Propagación de la Fe.

1.° A las Sagradas Congregaciones Romanas que se han e stu ­


diado en los números precedentes, sucede en el orden de la enume­
ración que hace el moderno Código, la denominada de Propagación
de la Fe que fué instituida y se debe a Su Santidad Gregorio XV
en su Bula Inscrutabili de 22 de Junio de 1622, aunque antes de
esta fecha Gregorio XIII había encargado a los Cardenales Caraffa,
Medici y Santorio la conservación y propagación de la fe entre los
maronitas, eslavos, griegos, etiopes, egipcios, etc., adoptando di­
versas medidas respecto a este particular ( 1), en el nombramiento
de cuya comisión encuentra el Padre W ernz los primeros anteceden­
tes de la misma (2). Bouix a quien sigue el tratadista español señor
Gómez dé Salazar, dice que fué instituida con motivo del descubri­
miento de América, y por lo que a la misma respecta, con posterio­
ridad y en el Pontificado de Su Santidad Pío IX, por su Constitu­
ción Romani Pontífices de 5 de Enero de 1882, se creó la Sagra­
da Congregación de Propaganda Fide pro negotiis ritus orien­
ta l is, unida a la anterior, de la que también formaban parte la Su-
per corrigendis libris Orientalium, instituida por Urbano VIII, la

(1) F e r r e r e s , Id. id., núm. 523, pág. 136, y W iír n z , id. id ., pág. 117, núm. 665, I.
V éase tam bién en cuanto a su origen lo que indicábam os con referencia a Sjm if.r en
el prim er volumen de esta obra, páginas 133 y 1S6.
C2j Idem id. id.
284 C AM PO S Y PULIDO

Comisión para el examen de las Constituciones de las nuevas insti­


tuciones de los religiosos dependientes de la de la Propaganda, la
Agencia general de la Reverenda Cámara de Expolios, y la Comi­
sión Pontificia para la reunión de las Iglesias disidentes (1).
II. Refiérese la jurisdicción de esta Sagrada Congregación a los
lugares donde aún no está constituida la jerarquía eclesiástica, y per­
severa el régimen de misiones, respecto a los que son de recordar
las modificaciones y reformas introducidas en el Pontificado ante­
rior, de que hemos hecho especial mención cuando nos ocupábamos
de esta repetida Sagrada C ongregación al estudiar las* disposicio­
nes de la Constitución Sapienti consilio (2). En cuanto a su orga­
nización está hoy constituida como antes por el Cardenal Prefecto
que la preside, existiendo en ella un Secretario y un Subsecretario
con los Oficiales necesarios para el despacho de los importantísimos
asuntos que tiene confiados.
III. Son atribuciones de la misma, según el canon 252, del nue­
vo Código:
1.° Está encomendado a la Sagrada Congregación de la Propa­
gación de la F e, y preside todo cuanto se refiere a las misiones y a
la predicación del Evangelio y la Doctrina católica, teniendo facul­
tad para constituir y remover los Ministros necesarios, así como
para tratar, hacer y ejecutar todo lo que fuere conveniente y opor­
tuno en esta materia (párrafo 1,°)
Responde esta primera facultad al objeto principal de su institu­
ción en cuanto, como ya se ha dicho, tiene por misión especial y
propia la de resolver y dirigir todo cuanto se refiere al régimen de
los países, en los cuales se está predicando el Evangelio, y aún no
ha tenido lugar su organización en la forma ordinaria del régimen
jerárquico. Más hoy por la nueva disciplina y puesto que hay que
partir de la modificación que estableció la Constitución Piaña, que
declaró exentos de la jurisdicción de la misma las provincias ecle­
siásticas de Inglaterra, Escocia, Irlanda, Holanda y la Diócesis de
Luxemburgo en Europa, las de los dominios del Canadá, Terrano-
va, y de las ciudades federadas de los Estados Unidos en América,
de igual modo que consideró sometidos a ella los Vicariatos y P re­
fecturas Apostólicas que antes lo estuvieron a la Sagrada C ongre­
gación de Negocios eclesiásticos extraordinarios, se determina ya

<1) W k rn z , id. id., V . y Schoh’on, pág. 419.


(2) Tom o 1, p ág in as t¿6 y 137.
LEG ISLACIÓ N Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 285

en este primer número del repetido canon, cual es el punto princi­


pal de su respectiva competencia, referida, como no podía ser de
otra suerte, a la predicación del Evangelio y de la Doctrina católi­
ca, así como a constituir en dichas regiones los Ministros evangéli­
cos, los religiosos Misioneros, considerados como tales Misioneros
y no como religiosos, puesto que en lo relativo a este segundo
aspecto, han de quedar sometidos a la Sagrada Congregación de
religiosos, según hemos de ver que se dispone en el moderno D e­
recho.
2.° Cuida y se ocupa de todo aquello que pertenece a la cele­
bración y examen de los Concilios que tienen lugar en los territo­
rios que le están sometidos (párrafo 2 .°)
3.° Dada la limitación de facultades que en cuanto al territorio
es propia de esta Sagrada Congregación, reducida a sólo los países
que se rigen more tnissionum , dispone el párrafo 3.° de este ca­
non, que su jurisdicción está circunscrita: o) a las regiones en las
que no estando organizada todavía la sagrada jerarquía, persevera
el estado de misiones; b) a aquellas otras en las que, aun habiéndose
organizado la indicada jerarquía, se encuentra ésta como en sus co­
mienzos; c) también le están sometidos las Sociedades de eclesiás­
ticos y los Seminarios, que sean exclusivamente fundados con el fin
de que en ellos se eduquen y se instruyan los Misioneros que han
de ser enviados a las regiones extranjeras, principalmente en lo que
respecta a sus reglas, a su administración y a las oportunas conce­
siones requeridas para la sagrada ordenación de los alumnos. Los
preceptos del párrafo que se acaba de estudiar coinciden con lo que
estableció el núm. l.° de lo»relativos a esta Sagrada Congregación
de la Constitución Scipienti, a cuya redacción se añade lo que apa­
rece incluido en la letra c), si bien los Colegios que le estaban su­
jetos después de la reforma de Pío X continúan sometidos a ella
como antes de la publicación del Código.
4.° Está obligada esta Sagrada Congregación a deferir a las
Sagradas Congregaciones competentes los negocios que respetan
a la F e, a las causas matrimoniales o a la resolución e interpretación
de las normas generales acerca de la disciplina de los sagrados ri­
tos (ídem párrafo 4.°). Es este precepto de igual modo confirmato­
rio de la anterior disciplina que, como aquélla dispuso, responde a
procurar mantener la necesaria unidad de régimen en la resolución
de los importantes asuntos que están encomendados a las Sagradas
Congregaciones romanas.
286 CA M PO S Y PULIDO

5.° Por lo que hace relación a los religiosos, dispone el último


párrafo de este canon, en estricta conformidad a lo que constituye
su propia naturaleza, que esta Sagrada Congregación vindica para
sí todo lo tocante a cualesquiera de éstos en cuanto son Misioneros,
tanto considerados en particular como colectivamente; mas en lo
que corresponde a los mismos en su concepto y consideración de
tales religiosos, ya lo sea en una o en otro aspecto, deberá dejarlo
o remitirlo a la Sagrada Congregación, a la que está encomendada
la resolución de los asuntos de los religiosos. Con lo dispuesto en
este párrafo, 5.° del referido canon, no se introduce innovación al­
guna, sino que en la forma que ya hemos visto en los números pre­
cedentes se confirma en todas sus partes lo que fué previsto en el
del mismo número de la Constitución Piaña.
Nada se dice, sin embargo, en el tan repetido canon respecto a
quedar hoy unida a la misma Sagrada Congregación como antes la
de Negocios de Rito Oriental; pero anticiparemos en este lugar, que
ésta adquiere el carácter de Congregación completamente indepen­
diente, pues como hemos de ver, el canon 257, confirmando lo re­
suelto por Su Santidad Benedicto XV, crea una nueva C ongre­
gación con el nombre de Sagrada Congregación para la Iglesia
O riental.

7.” Sagrada Congregación de R itos .

I. En vez de la Sagrada Congregación del Indice que ocupaba


este número en la Constitución Sapienti consilib , se refiere el mo­
derno Código en séptimo lugar a la de Sagrados Ritos, puesto que
como ya hemos indicado la primera ha sido declarada suprimida y
los asuntos que constituían su respectiva competencia pasaron a la
del Santo Oficio, en virtud de lo dispuesto en el Mota proprio de
Su Santidad Benedicto XV Alloquentesproxime de 25 de M arzo
de 1917.
Instituida por Su Santidad Sixto V, en su Constitución Inmensa
de 22 de Enero de 1587, se le asignó por este Pontífice como mi­
sión y objeto el cuidar de todo lo que respecta al culto divino y a
las causas de beatificación y canonización de los siervos de Dios,
ocupando en el orden de las establecidas en dicha Constitución el
quinto lugar.
II. Poco indicaremos, respecto a su constitución, recordando
sólo que es presidida por el Cardenal Prefecto, formando parte dé
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓNICA 287

ella los Cardenales que le son asignados por el Romano Pontífice la


que consta además de un Secretario, un sustituto y varios Prelados
entre los que figuran el Sacrista de Su Santidad, tres Auditores de
la Rota, un Protonotario Apostólico, el M aestro del Sacro Palacio,
el Promotor de la F e, el Asesor y el Subpromotor. Está integrada
también por el correspondiente Colegio de consultores, entre los
que se cuentan el Asesor del Santo Oficio, un servitá, un teatino,
un jesuíta, un mínimo, un barnabita, un dominico y otros religiosos
de otras órdenes, y los oficiales menores necesarios como en las de­
más para el despacho de los asuntos, y entre ellos el liimnografo,
que tiene como misión arreglar los oficios divinos ya aprobados por
la Sagrada Congregación, estando encargado el Defensor de la Fe
en las causas de beatificación y canonización de buscar y urgir to-
das las razones y dificultades que se opongan a que ésta tenga lugar
para que no.sea elevado a los altares quien no sea digno de ello ( 1).
En cuanto a su modo de proceder se refiere su competencia y
jurisdicción a toda Iglesia latina, y son de aplicación a la misma los
preceptos establecidos por la Constitución Sapienti cons/lio, y pol­
las normas comunes y peculiares que fueron con ella publicadas,
de lo que nos ocupamos en otro lugar (2), debiéndose tener pre­
sente la modificación que la moderna disciplina ha introducido res­
pecto a sus consultores, pues como se ha dicho antes en virtud de
Motu proprio, dictado por Su Santidad Pío X en 16 de Enero
de 1914, habrán de ser estos de dos clases, unos para emitir sufra­
gio en las causas de beatificación y canonización, y otros, para las
cosas pertenecientes a la liturgia, y las reliquias de los Santos, aun­
que un mismo consultor podrá ser incluido en una y en otra sección.
De la misma manera debe recordarse que el indicado Motu proprio
declaró abolidas las comisiones anejas a esta Sagrada C ongrega­
ción.
III. Su competencia en conformidad a la nueva disciplina es la
siguiente, según dispone el canon 253:
1.° Tiene esta Sagrada Congregación el derecho de examinar y
estatuir todo lo que respecta directamente a los Sagrados ritos y
ceremonias-de la Iglesia latina, pero no lo q u e más latamente se
refiere a los mismos, como lo relativo a la precedencia, y otros de­
rechos de este género, de los que se haya de juzgar, bien lo sea
observando el orden judicial o el disciplinar.
(1) F e r r e r e s , o b ra c ita d a , núm . 649 y siguientes.
(2) V olum en 1.° de r s ta o b ra , p ág in a s 161, 169 y sig u ien tes y ! 9 \
288 C A M PO S Y PULIDO

Este precepto, que es el del primer párrafo del referido canon,


concuerda exactam ente con lo que dispuso el del mismo número de
los referentes a la repetida Sagrada Congregación de la C onstitu­
ción SapientL
2.° Le corresponde, por lo tanto, y principalmente: a) Vigilar
para que sean observados diligentemente los sagrados ritos y las ce­
remonias en la celebración del Santo Sacrificio de la Misa, en la ad­
ministración de los Sacramentos, en la realización de los divinos ofi­
cios, y en todo lo demás referente al culto divino en la Iglesia lati­
na; b) conceder del mismo modo las oportunas dispensas respecto a
estas materias; y c) otorgar y conceder insignias y privilegios hono­
ríficos, tanto personales y ad tempus , como locales y perpetuos en
lo que respecta a los sagrados ritos y ceremonias, y cuidar de que
no existan abusos en este particular (párrafo 2.°). Tampoco se in­
troduce modificación alguna por lo que se refiere a lo establecido
en este número, que confirma en un todo lo que dispuso la indicada
Constitución.
3.° Por último, es también de la competencia de la misma, todo
lo que se relaciona con la beatificación y canonización de los siervos
de Dios, y con las sagradas reliquias (párrafo 3.°).
IV. De lo consignado se deduce, por lo tanto, que conserva en la
misma forma que antes fué establecido por Su Santidad Pío X la
competencia que le fué otorgada para conocer acerca de las cues­
tiones referentes a las Sagradas reliquias, que por la disciplina an­
terior a este Pontífice era propia de la que se denominaba de Indul­
gencias y Sagradas reliquias , instituida por Su Santidad Clemen­
te IX en su Constitución In ipsis de 6 de Julio de 1639, y que fué
reunida a la de ritos en 28 de Enero de 1904, por el Motu proprio
de Pío X, Quae in Ecclesiae bonum, de suerte, que teniendo las
dos el mismo Prefecto y el mismo Secretario constituían, sin embar­
go, dos organismos o dependencias separados, hasta la posterior su­
presión por Pío X, de la indicada Sagrada Congregación de indul­
gencias.
Los asuntos de que antes conocía la de Indulgencias y Sagradas
reliquias pasaron, por virtud de la reforma de Pío X, a la de ritos
en todo lo referente a las Sagradas reliquias, cuya disciplina confir­
mó el indicado Pontífice en su constitución Sapienti consillo , y
mantiene el Código; y en cuanto a la materia de indulgencias se
transfirió primero la competencia para su conocimiento a la Sagrada
Congregación del Santo Oficio, según lo prevenido por Pío X, en
LEG ISLA C IÓ N Y JU R ISPR U D E N C IA CANÓ NICA 289

su referida Constitución, y más tarde se ha otorgado dicha compe­


tencia a la Sagrada Penitenciaria, en virtud de lo dispuesto por Su
Santidad Benedicto XV en su Motu proprio Aíloquentes proxime
a cuyo Tribunal está hoy atribuida; pues bien, esta última disciplina
es la que ha recibido la correspondiente confirmación y sanción en los
preceptos del nuevo Código.
Por lo demás, queda también subsistente lo que se determinó en
las tan repetidas normas de la Constitución Piaña de que tratamos
al ocuparnos de ellas en nuestro primer volumen en el lugar ya cita­
do, quedando asimismo suprimidas en virtud del Motu proprio de
Pío X, como se ha dicho, las comisiones anexas a la de Ritos.

8 .° Sagrada Congregación de Ceremonial.

I. Ocúpase el Código en octavo lugar de la Sagrada C ongrega­


ción de Ceremonial, a cuya regulación dedica el canon 254, y res­
pecto a ella indica Simier que la observancia y el mantenimiento de la
etiqueta en uso en la C orte Pontificia fueron confiadas por Sixto V
a una Congregación especial como anexa a la de Sagrados Ritos, la
de este nombre, que regulaba también las cuestiones de preceden­
cia en las ceremonias realizadas en las cámaras y capillas papales,
en que debían figurar los Cardenales, Embajádores u otros repre­
sentantes acreditados cerca de la Santa Sede (1). El P. W ernz la
estudia dentro de la de Ritos, considerándola instituida por Sixto V
como Congregación subsidiaria de ésta para lo relativo a las cere­
monias litúrgicas y no litúrgicas que se han de observar en la Curia
Romana, v. gr., en las capillas o audiencias pontificias y en las
solemnes funciones de los Cardenales o Prelados (2), y el Padre
F erreres nos dice de la misma que originariamente no parece distin­
ta de la de Sagrados Ritos, de la que más tarde fué separada, aun­
que no conste cuándo tuviera lugar tal separación, refiriendo del
propio modo la opinión de los que suponen que fué instituida por
G regorio XIII, antecesor de Sixto V, y la de los que sostienen que
la instituyó el mismo Sixto V poco después de la de Ritos (3).
Prescindiendo del estudio de los antecedentes históricos que nos
permitan determ inar el momento preciso de su institución, observa­
remos que la Constitución Sapienti consilio la incluyó entre las

(Ij Obra citada, pág. 79, núm. IX.


(2) Idem id. id., núm. 663. V. pág. 416.
(3) IUera id. id., pág. 325, num. 782.
C am pos y P u lid o . Tom o iv . 19
290 C AM PO S Y PULIDO

que se conservaban por la misma, estudiándola en el noveno lugar


y conservándole las facultades y competencia que antes tenía asig­
nada, sin introducir respecto a ella modificación alguna, ya que en
virtud de la organización Piaña mantuvo las atribuciones que antes
le correspondían.
II. No introdujo tampoco reforma alguna la indicada C onstitu­
ción de Pío X en lo relativo a su organización y modo de proceder
que hoy se conserva, siendo de ella ordinariamente Prefecto el Car
denal Decano, como indica el P. F erreres, por ser el más enterado
de los usos, costumbres y prácticas de la Santa Sede ( 1), y tenien­
do su Secretario, Subsecretario y Consultores.
III. Su competencia y atribuciones, con arreglo a lo prevenido
en el canon 254, es la siguiente:
Pertenece a esta Sagrada Congregación: a) la regulación y mo­
deración de las ceremonias que se han de observar en la Capilla y
C orte Pontificia y 1a de las Sagradas funciones que realicen los Emi­
nentísimos Padres Cardenales fuera de la misma Capilla Pontifi­
cia; b) conoce del propio modo de las cuestiones de precedencia que
se originan, tanto referentes a los Cardenales como a los Legados
que envían las naciones a la Santa Sede.
La lectura de los preceptos de la nueva legislación, comparados
con los que se establecieron en la Constitución Sápienti consilioY
nos indica que queda completamente confirmado cuanto dispuso
aquélla, siendo hoy, por tanto, la misma la disciplina que’rige en
este particular.

9.° Sagrada Congregación de Negocios Eclesiásticos


Extraordinarios .

I. El noveno lugar en el orden de las modernas Congregaciones


que hoy se conservan por la novísima disciplina corresponde a la
que se denomina, como antes, de Negocios Eclesiásticos Extraordi­
narios, objeto del canon 255, que vamos a estudiar.
De no muy antigua creación, como dijimos cuando nos referimos
a la misma, puesto que, según Simier, en tiempos de Pío VI se creó
una Congregación* para los asuntos eclesiásticos del reino de las
Galias, extendió después su competencia a los asuntos del mundo
católico, ofreciendo la particularidad de que no tiene Prefecto, sino

(1) Obra citada, pá&. o?7, núm. 78?.


LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 291

que ejerce las veces de tal el Cardenal Secretario de Estado, el que


la convoca y preside.
II. Su competencia, en conformidad a referido canon del moder­
no Código, está atribuida: a) a constituir y dividir Diócesis y pro­
mover varones idóneos para desempeñar las que se hallaren vacan­
tes, siempre que se haya de tratar de estas cosas con los Go­
biernos civiles; y b) le corresponde, además, ef examen de todos
aquellos negocios que son sometidos a su estudio por el Romano
Pontífice por conducto del Ernmo. Cardenal Secretario de Estado,
principalmente los que tienen alguna relación con las leyes civiles y
los que se refieren a los Convenios celebrados con las diversas na­
ciones (Concordatos).
Si comparamos, como hemos hecho anteriormente al referirnos a
la Sagrada Congregación de Ceremonial las disposiciones del Có­
digo novísimo con las que contenía la Constitución Sapienti consi-
lio de Su Santidad Pío X, podremos observar que conservándosele
la competencia que antes tenía asignada, se amplía ésta, dada la re­
dacción del canon que de ella se ocupa. En efecto, la referida Cons­
titución sólo mencionaba como objeto de su competencia la resolu­
ción de los asuntos que.nosotros hemos incluido en la letra 6), sin
que se indicaran los contenidos en la letra a ). Resulta, pues, am­
pliada la referida competencia en lo referente a la erección y divi­
sión de Diócesis, y á la designación o promoción de persona idónea
para el desempeño de éstas; pero obsérvese que queda limitada dicha
facultad al sólo caso de que, como se expresa en las líneas subra­
yadas, se trate de estos asuntos cuando hayan de ser resueltos de
acuerdo con los Gobiernos civiles, y no en los demás, que lo serán de
la competencia de la Sagrada Congregación Consistorial, como que­
dó consignado. Todavía deberemos hacer notar que aun en este úl­
timo caso se emplean términos distintos al tratar de una y otra Sa­
grada Congregación, pues en la Consistorial, con referencia a ios
Obispos, se dice: constituendos proponere , y en la de Negocios
Eclesiásticos Extraordinarios, ad vacantes dioeceses idoneos vi-
ros prornovere . Salvo esta novedad, continúa la misma la compe­
tencia que por la disciplina antigua tuvo asignada.
292 CAM PO S Y PULIDO

10. Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades


de Estudios .
I. Es la penúltima entre las Sagradas Congregaciones* que han
sido establecidas por el Código la de este nombre, que ha venido a
suceder a la antes denominada de Estudios, reorganizada y creada
con el moderno título de Seminarios en virtud de la reforma que
realizó en la organización de la Sagrada Curia Romana Su Santidad
Benedicto XV por su Motu proprio, Seminaria , de 4 de Noviem­
bre de 1915.
Entre las Sagradas Congregaciones que instituyó Su Santidad
Sixto V por su Constitución Inmensa se cuenta la de Estudios, pro
universitate studii, que ocupó el número 10 entre las establecidas
por este Pontífice, y cuya Sagrada Congregación, que en su prin­
cipio y desde Sixto V extendió sus atribuciones a todas las Univer­
sidades católicas, quedó restringida en tiempos de León XII, por su
Constitución Quod divina sapientia , de 24 de Agosto de 1824, a
sólo los Estados Pontificios, recobrando después de la usurpación
de éstos, prácticamente, sus antiguas atribuciones generales ( 1), si
bien antes de Sixto V, para velar por la Universidad fundada por
Bonifacio VIII en 1303, que fué conocida con el nombre de la Sa­
piencia, se designó una Comisión de Cardenales presidida por el
C am arlengo, que ya existía antes de 1588 (2).
Conservada la indicada Sagrada Congregación entre las que se
mantuvieron por la reforma de Pío X, de suerte que vino a ser in­
cluida en el número 11 de orden de aquéllas, conservó asimismo su
antigua competencia, pues las cuestiones relativas al régim en,‘dis­
ciplina, administración temporal y estudios de los Seminarios fueron
asignadas a la Consistorial por el último inciso del núm. 3.° de sus
disposiciones. Reformada hoy la competencia de esta última S agra­
da Congregación que se refiere a las materias de que nos hemos
ocupado al estudiar los preceptos de la nueva disciplina, de la pro­
pia manera que pierde la necesaria para resolver los conflictos juris­
diccionales, que pasan a una Comisión especial designada y nombra­
da con tal objeto, se le priva también de lo referente a la organiza­
ción y régimen de los Seminarios, que se atribuye a otra Congre-

(1) W e r n z , Obra citada, p á g . 420, nú m . 667,y F e r r e r e s , idem id, p á g . 8 ?, núm . 128


(2) Sim iek, ídem id., p ág. 83.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 293

gación, la de Estudios, que amplía por lo tanto sus facultades, pero


de manera que queda modificada aun respecto al nombre y título de
su designación, puesto que se le denomina según la moderna disci­
plina de Seminarios y Universidades de Estudios.
En efecto, correspondiendo todo cuanto respectaba a Seminarios
a la Consistorial, y siendo por otra parte extraordinario el cúmulo
de asuntos que sobre la misma pesaban, a la vez que quedaba me­
nos recargada de trabajo la de Estudios, puesto que sus atribucio­
nes estaban reducidas a las cuestiones referentes a los que debían
cursarse en las Academias mayores, como Universidades o Faculta­
des, que dependen de la autoridad de la Iglesia, Su Santidad Bene­
dicto XV, con el deseo de dar mayor unidad al plan de los mismos
y al régimen disciplinar de los Seminarios y Universidades, y mayor
eficacia a la ejecución práctica de las normas establecidas para la
formación del clero y el progreso de la ciencia católica, por su Motu
proprio , Seminaria , publicado en 4 de Noviembre de 1915, crea
una nueva Sagrada Congregación (Acta Apostolicae Sedis C. O
volumen VII, pág. 495), con el indicado título de Seminarios y
Universidades de Estudios, a la que se asigna como competencia
todo cuanto es referente a la instrucción y educación de los que as­
piran a recibir el sagrado sacerdocio en los Seminarios, y cuanto
respecta y se relaciona con los estudios católicos considerados en
toda su extensión.
II. Realizada la reforma de la manera que queda consignada,
ocupóse también el indicado Motu proprio de la organización de la
repetida Sagrada Congregación, de suerte que, determinada su
competencia por los cambios de régimen introducidos, quedase
constituida por su Prefecto, que había de ser uno de los C ardena­
les de la Santa Iglesia Romana que formase parte de la Sagrada
Congregación Consistorial, siéndolo en la actualidad el C ar­
denal Cayetano Bisletti, y Secretario uno de los Consultores de la
misma, además de disponer que formase parte de ella el Secretario
de la Sagrada Congregación Consistorial entre los C ardenales
que la constituyen, y el Asesor de ésta entre los Consultores; así
como el Cardenal Vicario durante el tiempo que desempeñe su
cargo.
Esta organización que le fué asignada por Su Santidad Bene­
dicto XV puede considerarse hoy subsistente, pues cuando hace re­
ferencia a este particular el párrafo 2.° del canon 256 del moderno
Código, dispone que entre los Cardenales que han de pertenecer a
294 CAM PO S Y PULIDO

ella, se ha de contar el Secretario de la Consistorial, y entre los


Consultores, el Asesor de la misma Sagrada Congregación.
III. Veamos ahora cuál es su competencia.
En conformidad a lo que previene el repetido canon, son sus
atribuciones:
a ) Vigilar, sobre todo, aquello que pertenece al régimen, disci­
plina, a la administración temporal y a los estudios de los Semina­
rios, quedando incólume el derecho de la Sagrada Congregación de
Propaganda Fide. Como se ha dicho, ésta era antes facultad propia
d é la Sagrada Congregación Consistorial.
b) Le está igualmente sometida la regulación del régimen y de
los estudios en los que deben versarse los Ateneos o Centros deno­
minados Universidades o Facultades que dependen de la autoridad
de la Iglesia, entre cuyos Centros han de considerarse comprendi­
dos los dirigidos por alguna familia u orden religiosa. La facultad
que se acaba de enunciar era, por el contrario, antes propia de la
Sagrada Congregación de Estudios, lo mismo que las de los dos
párrafos sucesivos que constituyen hoy competencia de la que estu­
diamos.
c) Examinar y aprobar las nuevas fundaciones de estableci­
mientos de esta clase; y
d) Le compete asimismo el poder conceder facultad para confe­
rir grados académicos y establecer las normas mediante las que de­
ban ser conferidos, pudiendo también cuando se trate de varones
adornados de singular doctrina, aun conferirlos por sí propia.
De esta forma y en virtud de las prescripciones de la disciplina
novísima, ha quedado organizada la nueva Sagrada Congregación
de Seminarios y Universidades de E studios , adquiriendo com­
petencia para conocer de aquellos asuntos que se acaban de enu­
merar.

11.—Sagrada Congregación para la Iglesia Oriental.

I. Con la Sagrada Congregación para la Iglesia Oriental nueva


como la anterior y como aquélla debida a la institución de Su Santi­
dad Benedicto XV, terminamos el estudio de las que el moderno
Código ha establecido, que constituyen, según la novísima di6cjpll·
na, las Sagradas Congregaciones Romanas, hoy existentes. Figura,
por tanto, en el novísimo Código por primera vez como C ongrega­
ción independiente; pues antes, y en conformidad a l a Constitución
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 295

de Su Santidad Pío X, estaba unida a la de Propagación de la F e


•con el nombre de Sagrada Congregación para los negocios de Rito
O riental, y formaba parte de ella, teniendo por Prefecto el mismo de
la de la Propaganda. Sus atribuciones, no obstante la reforma de la
Curia, fueron las mismas que anteriormente obstentaba, puesto que
por el núm. 6 .° de las disposiciones de aplicación a aquélla, se con­
sideraron subsistentes en toda su integridad.
En efecto, por la Constitución Romani Pontificis , de 6 de
Enero de 1862, S li Santidad Pío IX, para facilitar el trabajo de la
de Propagación de la Fe, instituyó otra especial para los asuntos re­
lativos a los negocios del Rito Oriental, de suerte que, unida a ella
y divididos todos los asuntos de su competencia en los correspon­
dientes al rito latino y al oriental, conociera la segunda de los del
oriental, y aun de los mixtos, que por razón de las personas o cosas
puedan pertenecer a la Congregación del rito latino, menos en los
casos en que los repetidos asuntos debieran pasar a conocimiento y
examen de la Congregación general ( 1).
Vino unida, por tanto, a la de la Propaganda esta que estudia­
mos hasta la reforma de Pío X, y, no obstante ella, continuó con la
misma organización que se le asignara, toda vez que este Pontífice
no introdujo innovación alguna en este punto; mas Su Santidad Be­
nedicto XV, por su Motu proprio, D eiprovidentis , de 1,° de Mayo
de 1917, ordenó que, a partir del día 30 de Noviembre del repetido
año, dejase de funcionar la que se denominaba de Propaganda fide
pro negotiis ritus Orientalis y comenzare a existir separadamente
la que se había de denominar Sagrada Congregación para las
Iglesias Orientales desde el día 1.° del mes siguiente, la cual ha­
bía de ser presidida como Prefecto por el mismo Sumo Pontífice, y
de entre los Cardenales que la hubiesen de integrar, uno había de
ser su Secretario, con su A sesor, varios Consultores-, tanto del
rito latino como deJ oriental, y los correspondientes Oficiales elegi­
dos de entre los clérigos que fuesen peritos y competentes en asun­
tos orientales. (Acta Apostólicae Sedis C. O., volumen IX, pá­
gina 529 y siguientes.)
O rganizada de esta suerte, y con vida propia la Sagrada Con­
gregación para la Iglesia Oriental antes de la publicación del Có­
digo, ha confirmado éste en toda su integridad ,1a reforma que intro-

(l) P raclectiones In ris Canonici, in Sem inario S. S u ip itii, 5.u edición, tomo I,
-página 180, núm. 10 J.
296 CAM PO S Y PULIDO

dujo Su Santidad Benedicto XV y ha incorporado a sus cánones la


disciplina que éste estableció, en atención a que no sólo la deja cons­
tituida en la misma forma que lo fué por el Pontífice reinante*
puesto que dispone que sea su Prefecto el Santo Padre en el primer
párrafo del canon 257, sino que lo relativo a la determinación de su
competencia y a las reglas que han de considerarse de aplicación
para conocerla, son las mismas que se consignaron en el indicado
Motu proprioy que se reproducen por el Código hasta en su senti­
do y tenor literal.
II. Es de la competencia de la Sagrada Congregación para la
Iglesia Oriental a tenor del canon 257.
1,° Le está reservado el conocimiento de todos los asuntos que,
sea cualquiera su naturaleza, se refieran a las personas, a la disci­
plina o al rito de las Iglesias O rientales, aunque fueren mixtos o,
lo quedes lo mismo, que respecten a los latinos por razón de las per­
sonas o de las cosas (párrafo 1.°). La doctrina de este precepto es
la misma que ya hemos visto que establecía la Constitución Roma-
ni Pontificis de Pío IX, y que sancionó igualmente el Motu pro -
priot Deiprovidentis, de Benedicto XV, al que reproduce textual­
mente.
2.° Por tal motivo, esta Sagrada Congregación está en posesión
o puede ejercer para las Iglesias del rito Oriental todas las facul­
tades que corresponden a las demás Sagradas Congregaciones res­
pecto a los asuntos relativos a las Iglesias del rito latino, salvo, sin
embargo, el derecho de la del Santo Oficio, según las normas del
canon 247 (ídem núm. 2.°, que del mismo modo confirma la anterior
disciplina).
' 3.° Por último, esta Sagrada Congregación dirimirá en vía dis­
ciplinar las controversias que se originen respecto a los asuntos
que tiene encomendados. Las que, por el contrario, juzgase que han
de ser resueltas en forma contenciosa o judicial, las remitirá al T ri­
bunal que la misma designare (párrafo 3.°) Lo prevenido en esta
disposición tampoco modifica la disciplina precedente, sino que con­
firma expresam ente lo que estableció Benedicto XV.
En cuanto a su competencia y a las facultades de que goza, debe
tenerse en cuenta en conformidad a la doctrina consignada, en nada
contradicha por las prescripciones del canon 257, que, según lo re­
suelto por la Consistorial en 12 de Noviembre de 1908, la Sagrada
Congregación para los asuntos de rito Oriental (hoy la nuevamente
instituida para la Iglesia Oriental) podrá continuar concediendo dis-
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 297

pensas matrimoniales de mixta religión y de disparidad de cultos con


la excepción de las de privilegio Paulino, que son de la exclusiva
competencia de la del Santo Oficio {Acta Apostolicae Sedis , vo­
lumen I, págs. 150 y 151).

A rtíc u lo II

DE LOS SAGRADOS TRIBUNALES DE LA CURIA ROMANA

El segundo grupo de dependencias de la Sagrada Curia Romana


está constituido por los Tribunales, que el moderno Código, inspi­
rándose en el mismo criterio sustentado por Su Santidad Pío X, en
su Constitución Sapienti consilio, estudia a continuación de las Sa­
gradas Congregaciones, en el art. II del cap. IV que dedicado a la
Curia venimos examinando.
Sin volver a insistir de nuevo sobre el motivo determinante de
la distinción entre Tribunales y Congregaciones, y el diferente
modo de proceder en unos y otros, que ya estudiamos en el artícu­
lo anterior, indicaremos que, según la disciplina novísima, los T ri­
bunales de la Santa Sede son hoy los tres ya conocidos, a saber: La
Sagrada Penitenciaría, la Sagrada Rota Romana, y la Sagrada S ig­
natura Apostólica, en la que, como antes, quedan refundidas las an­
tiguas Signaturas de Gracia y de Justicia.
Estudiémoslas separadamente. ^

1.° Sagrada Penitenciaría .

I. Con gran detenimiento se ocupan los autores y canonistas del


origen de la Sagrada Penitenciaría. Organizada desde tiempos bien
remotos como hemos de indicar, los tratadistas al referirse a e s t e ,
Tribunal de la Sagrada Curia Romana lo incluían, partiendo de la
clasificación que se hacía de la misma en Curia de Gracia y de Ju s­
ticia, en una u otra, ya que participaba de la naturaleza de ambas
en aian to Tribunal. Incluida hoy en el moderno Código entre los
Tribunales, debemos estudiarla al ocuparnos de ellos, haciendo al­
gunas referencias a la doctrina de los'autores, respecto al momento
de su institución.
Tiene su fundamento en la potestad que está a la Iglesia atri­
buida de perdonar y absolver los pecados que se han cometido des­
pués de la recepción del Santo Sacramento del Bautismo, en cuyo
298 CAM PO S Y PULIDO

sentido y como ya dijimos, existió desde muy antiguo la Sagrada


P en iten ciaría como Tribunal, puesto que desde los primeros tiem ­
pos de la Iglesia, acostumbraron los Romanos Pontífices, usando de
la plenitud de potestad que les fué trasmitida por Cristo N uestro
Señor, a nombrar e instituir determinado número de personas para
que absolvieran de los pecados y censuras reservadas ( 1), y e n la
misma facultad que al Santo Padre corresponde, de reservarse en
toda la Iglesia la absolución de los pecados y censuras más graves
encuentra Simier el motivo de su institución, a pesar de que entien­
da difícil de precisar el momento o la época a que pueda remon­
tarse (2).
Este indicado autor se refiere a la opinión de los que ven su ori­
gen en la función encomendada a los presbíteros encargados por el
Papa San Cornelio, de absolver a los cristianos apóstatas durante la
persecución de Decio, o a la de los que le atribuyen a la práctica de
no absolver de ciertas faltas más que después de una penitencia pú­
blica determinada, más o menos larga y severa; pero sea de ellojo
que quiera—añade—parece cierto que en el momento en que la pe­
nitencia pública tiende a desaparecer, es cuando se generaliza poco
a poco la práctica de reservar al Tribunal del Obispo la absolución
de los pecados más considerables, indicando al propio tiempo que el
primer ejemplo de un caso reservado al Papa, parece encontrarse
en la medida tomada por San Gregorio el Grande en 592, contra el
Arzobispo Juan de Larissa, que había depuesto injustamente en vista
de la falsa acusación de dos diáconos al Obispo Adriano de Thebes,
y que a partir del siglo VII, se introdujo la costumbre de dirigir al
Soberano Pontífice los grandes culpables a fin de inspirarles por la
obligación de someterse a esta formalidad solemne, un más vivo
horror de las faltas que habían cometido, costumbre que vino más
tarde a extenderse y a consolidarse en virtud délas peregrinaciones a
la T ierra Santa cumplidas en penitencia de ciertas faltas, al regreso
de las cuales debían los peregrinos trasladarse a Roma y presentarse
ante el Papa para solicitar de él, al menos, la mención de que el pe­
cado había sido suficientemente expiado y podía ser remitido (3).
Aun todavía expone este autor, las reservas de que se trata,
eran, sin embargo, de hecho u ocasionales, comenzando los Pontífi­
ces a ejercer el derecho de reserva a partir de Inocencio II en 1130,

U) Véase nuestro prim er volumen, pág. 142 y siguientes.


(2) S imif. r : O b ra c ita d a , cap . II, p ág . 88.
v3 ) S im if.r : ídem i d ., c a p . II, p á g . 88.
LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA CANÓ NICA 299

en cuya fecha y en el Concilio de Clermont, se reservó el Papa la


absolución del crimen realizado por el violento percusor de clérigo,
siempre que fuese cometido, reserva confirmada en el de Reims, a la
que se añadió la de los incendiarios y sus cómplices, y otras en otros
concilios como los de Pisa, Londres, Letran, Reims, etc., y acre­
centándose en el siglo XII el número de casos reservados, bien
pronto se impuso la necesidad de instituir un oficio o tribunal espe­
cial, encargado de proveer a las múltiples peticiones de absolucio­
nes y dispensas que se elevaban a Roma de todas las Diócesis del
mundo, que es precisamente en lo que este tratadista encuentra el
origen y fundamento de la Sagrada Penitenciaría (1).
El P. W ernz estudiando esta cuestión expone el origen de dicho
Sagrado Tribunal, coincidiendo en consignar en síntesis los mismos
datos históricos qu