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94 J.

Hendriks

tes; pero quizás más importante es asegurar que las propias alianzas estén
firmes, confiables y bien
En: Boelens dotadas
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Justicia hídrica:
elaboraciones temáticas
kkkkkkk
Capítulo 6

La contaminación del agua


como proceso de acumulación

Edgar Isch L.

La búsqueda de justicia, en las diversas maneras en la que pueda entenderse


a la misma, es un anhelo constante en la historia de la humanidad. Ella se
expresa, entre otros aspectos, al tratar de cubrir las necesidades de supervi-
vencia y de producción de todos y todas, por lo que el agua, como derecho
humano, se convierte además en factor fundamental sobre el que la vida
misma puede realizarse. Por ello, la alianza Justicia Hídrica busca examinar
y actuar sobre campos importantes y diversos en los cuales la existencia de
justicia-injusticia se hace presente. Uno de ellos es la temática de la contami-
nación del agua, presentada en este capítulo.

1. Introducción

De una manera que a la fecha podemos juzgar tradicional, se insiste en


considerar los problemas ambientales del agua en torno a las variables de
cantidad y calidad. En efecto, esto ya involucra temas como la contaminación
de los recursos hídricos y sus implicaciones en términos de las posibilidades
de uso que este hecho permite, por lo que existen estudios e información
más o menos regular. Sin embargo, es conocido para todos que el análisis
de la situación de los recursos hídricos requiere tener en cuenta también
los temas vinculados a la distribución y el acceso al agua, la que puede ser
obtenida y empleada en las distintas actividades humanas. Este análisis es
fundamental puesto que no siempre los causantes de la contaminación son
los que también reciben los efectos negativos de la misma sino que, por el
contrario, son otros grupos humanos, productores o consumidores, los que
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sufren los efectos de la contaminación, sin que exista un pago adecuado por
los daños que ésta causa.
La acumulación del agua no tiene que ver sólo con la manera median-
te la cual alguien se apropia del bien natural transformado en recurso en
las actividades humanas de producción, despojándola a la vez de los otros
valores y usos que este bien posee. También tiene que ver con cómo esa
apropiación es además selectiva y se dirige a las aguas de mejor calidad (no
contaminadas), lo que inevitablemente conduce a que sean muchos más los
que se quedan sin cantidad y calidad suficiente del líquido para las activida-
des cotidianas. En este sentido, podemos repetir que «la principal causa de la
pobreza es la riqueza». Lo que no debe olvidarse es que no sólo se acumula
agua de buena calidad sino que también, y para que ello sea posible, hay
acumulación en pocas manos de la capacidad de tomar decisiones y, lo más
grave, de la manera de pensar al introducir ideas extrañas a las comunidades
andinas; ideas tales como la de pago por servicios ambientales, el agua como
mercancía, el «capital» natural y otras que precisamente justifican y poten-
cian la acumulación y el despojo.
Tratando la problemática planteada en el título, podemos entonces,
desde el inicio, encontrar tres aspectos sobre los cuales debemos desarrollar
la reflexión respecto de la contaminación como la otra cara del proceso de
acumulación del recurso en pocas manos:

A. La apropiación del agua en torno a actividades productivas que, tras su


utilización, contaminan el recurso.
B. Ligado al anterior, la contaminación de agua que no necesariamente
ha sido utilizada en la actividad industrial pero que, como un efecto
evidente, involucra la imposibilidad de que otros puedan emplearla.
C. El nexo entre estas situaciones que tienen que ver con la justicia hídrica
con una visión más amplia de justicia ambiental, la misma que involu-
cra la demanda de pago de una deuda ecológica.

Este análisis, por supuesto, se lleva a cabo en el contexto socioeconómi-


co actual, por lo que es necesario recordar que, en palabras de Carlos Marx:
«Toda producción es apropiación de la naturaleza por parte del individuo
en el seno y por intermedio de una forma de sociedad determinada» (Marx
1974: 43). La apropiación de la naturaleza está íntimamente ligada con el
manejo que se hace de la misma, entendiendo por este «manejo» un uso de
los recursos naturales que queda muy lejos de una gestión social de estos
recursos que involucre la participación y que privilegie los derechos e inte-
reses colectivos por encima de los intereses particulares.
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Recordar, por tanto, el contexto socioeconómico nos debe permitir


comprender que la apropiación del agua y de la naturaleza en su conjunto
no es un hecho aislado de la forma misma en la cual se ha organizado la
sociedad. En criterio de Maurice Godelier: «No existe una crisis en el uso de
la naturaleza que no sea una crisis en la forma de vida del hombre. En todas
partes aparece un lazo estrecho entre la forma de usar la naturaleza y la for-
ma de usar a los humanos» (Godelier 1990: 148). El sistema capitalista es un
sistema que destruye tanto la naturaleza como a los trabajadores.

2. La apropiación del agua y contaminación

Existe una visión hegemónica de desarrollo que se centra en el crecimiento


del Producto Interno Bruto y que reduce las demás facetas del desarrollo a
niveles secundarios. Para esta visión, llamada clásica o neoclásica, la natura-
leza en su conjunto es observada simple y llanamente como proveedora de
recursos y sobre la cual la acción humana debe permitir la máxima y más
rápida extracción con el propósito de convertir a esos recursos en capital
que incremente las escalas productivas. Esa visión conduce a que la relación
entre sociedad y naturaleza sea fundamentalmente una relación de apro-
piación, no sólo en términos del conquistador que domina la tierra, sino
en términos de sector o clase social que es capaz de acumular una riqueza
mayor como sinónimo de poder.
Desde esta óptica, la manera de desarrollar la gestión de los recursos
naturales se torna agresiva y anticipadora de conflictos de múltiples expre-
siones. El auge del modelo extractivista, referido a los recursos no reno-
vables, y productivista, referido a los recursos renovables, no es sino una
consecuencia lógica de esa perspectiva económica y social. Está por demás
decir que el crecimiento económico por sí mismo no ha garantizado mejo-
res condiciones de vida y que ello lleva a cuestionar la perspectiva hegemó-
nica del desarrollo.
El modelo productivista de desarrollo ha sido, al mismo tiempo, un
modelo de inequidad social en el cual el acceso y uso de los recursos se en-
cuentra limitado para grandes sectores sociales, se ha ampliado la distancia
de desarrollo entre distintas zonas de un mismo país, y se ha incrementado
la cantidad y magnitud de los daños ambientales. Es precisamente en este
último aspecto, el de los daños ambientales, que se observa una contradic-
ción entre la apropiación privada o individual y las necesidades sociales de
una gestión colectiva. En términos generales, puede sostenerse que la acu-
mulación de los recursos naturales en pocas manos, y particularmente del
agua, ha estado ligada a mayores daños ambientales porque:
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• El actor privado (empresa o individuo) que se acerca al agua la consi-


dera exclusivamente como un recurso productivo y desdeña su impor-
tancia ecológica, social, ritual, y de otros usos. Esto provoca daños a los
ecosistemas cuando el exceso en la apropiación del agua significa afec-
tación directa a ecosistemas existentes, como es el caso del secamiento
de lagunas por minería a cielo abierto, el desvío de aguas de ríos para
hidroeléctricas sin considerar el caudal ecológico mínimo que debería
mantenerse en sus cauces originales, el agotamiento de zonas agrícolas
productivas que dejan de poseer el recurso, entre otros.
• El actor privado, como consecuencia de lo anterior, no guarda preocu-
pación por el resultado del uso del agua o, en su defecto, por el re-
sultado de la disposición de desechos y afluentes en cauces hídricos
existentes, sean superficiales o subterráneos. Tal es el caso de las cerca
de mil piscinas de desechos tóxicos dejados por Texaco en la Amazonía
ecuatoriana, la contaminación generada por la mayoría de emprendi-
mientos mineros grandes o pequeños, la actividad industrial urbana,
entre otros.
• El actor privado, generalmente por la presencia de conflictos, asume
entonces que es la autorregulación la que debería operar y que el Es-
tado, empleando mecanismos de mercado, debe entregar las motiva-
ciones e incentivos económicos que permitan que la autorregulación
sea exitosa. Esta visión, por supuesto, ha sido aplicada en las leyes y
procedimientos de nuestros países en los que, al mismo tiempo, se ha
mantenido débiles a las autoridades ambientales nacionales, con lo cual
la mayor parte de conflictos en torno a apropiación y contaminación de
agua ha quedado sin solución. La idea de poner en manos del mercado
la solución de los problemas ambientales es esperar que en una de las
causas principales de estos problemas esté la solución, ¡peor que poner
al ratón a cuidar el queso!

Lo dicho anteriormente no significa que el manejo comunitario del


agua sea garantía de que no habrá contaminación. Sin embargo, es eviden-
te que una visión distinta de cómo enfrentar la relación entre sociedad y
naturaleza puede generar mejores condiciones para que ese efecto no se
produzca. De hecho, los procesos de acumulación interna de las comuni-
dades son menos pronunciados y de efectos menos graves en la generación
de iniquidades frente al acceso a los recursos naturales. Puede decirse que
los procesos de reforma agraria, orientados a la propiedad individual de
la tierra (como es el caso del Ecuador), por la propia afectación a las for-
mas tradicionales de organización comunitaria han ampliado el rango de
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los desequilibrios internos en la comunidad. En esos casos se ha impulsado


una lógica de actores privados que se superpone sobre la lógica de suje-
tos históricos colectivos propia de la organización comunitaria tradicional
(Martínez 1987; Brassel et al. 2008).
Como hipótesis, podríamos plantear que a mayor nivel de acumu-
lación corresponde un mayor daño ambiental y, esto ya es sabido, una
mayor inequidad social. Seguramente y de manera complementaria, los
múltiples ejemplos que se puedan poner apuntarán a que existe un nexo
evidente entre acaparamiento del recurso hídrico y contaminación (Isch
2010). En la lógica del acaparamiento, el usuario del recurso hídrico se
convierte en su propietario y, por tanto, es quien puede decidir libremente
cuál es el destino de esos recursos, cómo los va a emplear y cuál será su
destino final. En múltiples casos (hidroeléctricas, agricultura de exporta-
ción, entre otros) la acumulación del recurso tiene así una doble forma de
expresarse:

• La primera, que es la manera en la cual un determinado actor del


mundo productivo utiliza cantidades inmensamente superiores a las
de otros actores, logrando acaparar para sí el recurso que se niega a la
mayoría de la sociedad;
• la segunda, que hace que ese gran actor y gran usuario del recurso
hídrico devuelva agua inutilizable hacia el resto de la comunidad que
lo requiere.

Esta segunda forma de acumulación significa que las comunidades ten-


drán menos posibilidades de acceder al recurso y que el contraste entre uno
y otro sector social crece duramente. De esta manera, el número de usuarios
potenciales de agua de calidad, y en cantidad suficiente, se reduce a aquellos
que pueden tener control sobre el recurso y su destino.
Los débiles mecanismos de control público, el poco desarrollo de in-
ventarios de los recursos hídricos y las autoridades, que muchas veces ac-
túan en función de los intereses de los grupos más poderosos, amplifican
este problema. La contaminación, de esta manera, será un factor de acu-
mulación siempre y cuando los mecanismos de poder y de gobernanza del
recurso hídrico contribuyan a ello. Es preciso señalar que muchas veces este
proceso es más agudo cuando se trata de acuíferos y de aguas subterráneas,
aspecto en el cual las leyes de nuestros países suelen ser débiles y sobre los
que los controles son todavía más débiles.
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3. La contaminación y la justicia hídrica

En términos generales se asume que la contaminación es el cambio de la


naturaleza de un recurso o de las condiciones en las cuales se desarrolla la
existencia de las relaciones al interior de un ecosistema. Ese cambio, por
otro lado, tiene efectos negativos y representa el punto de partida de daños
ambientales y conflictos sociales que hablan de la disparidad en el acceso a
los recursos y en la disponibilidad de los mismos. La contaminación junto
a los procesos que generan reducción de cauces de agua, son las dos formas
en las cuales se genera una verdadera destrucción del recurso hídrico utili-
zable por los seres humanos.
Existen, sin duda, acciones industriales que no se destacan por el alto
consumo de recursos hídricos en el proceso productivo, pero que sí lo ha-
cen por los daños generados mediante la contaminación de las fuentes hí-
dricas. Esto trae consigo grandes daños a la salud de las personas y de los
ambientes circundantes. Dañar gravemente recursos que potencialmente
debían ser consumidos o utilizados por otros seres humanos tiene como
trasfondo un pensamiento de apropiación que valora sólo aquello que, de
manera individual o privada, puede ser de utilidad inmediata, centrando
esta utilidad en el aspecto económico. Esta limitación al ámbito de la eco-
nomía y del crecimiento del Producto Interno Bruto cuestiona también la
utilidad del ambientalismo de mercado y de las formas de compensación
económica individualizada, mediante las cuales se ofrece que las empresas
desarrollarán una actividad responsable con el ambiente. Una responsabili-
dad condicionada al beneficio económico inmediato es una responsabilidad
sin conciencia y sin compromiso voluntario.
Probablemente es en las actividades extractivas donde el daño generado
por la actividad productiva a los recursos hídricos es más evidente y, por
ello, ha generado un mayor nivel de tensiones y de conflicto socioambienta-
les. Sin embargo, las actividades industriales de carácter urbano, en muchos
casos, se caracterizan también por afectar cauces de agua que más adelante
servirán para la agricultura u otras actividades que múltiples comunidades
requieren.
Los altos niveles de contaminación de las actividades extractivas vincu-
ladas al petróleo, las minas y el gas, originan, además, la aparición de enfer-
medades y padecimientos en la salud, de amplios agrupamientos humanos.
Este tipo de actividades, por supuesto, requiere muy amplias cantidades de
agua para el desarrollo de la extracción, pero al mismo tiempo contamina
una cantidad mucho mayor a la del recurso utilizado. Queda por discutir
también si las plantaciones de alto consumo de agua, que en ocasiones da-
ñan los páramos, como es el caso de las plantaciones de eucaliptos y pinos,
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deberían ser consideradas como actividades extractivas de agua con gran


daño socioambiental. Otra forma masiva de contaminación es la disposi-
ción de las aguas servidas a nivel urbano (incluyendo las industriales y las
domésticas) y que se arrojan, sin el debido tratamiento, a cauces hídricos de
importancia. No son pocos los casos en los cuales el riego de áreas agrícolas
es realizado con agua contaminada, hecho que al ser conocido debilita la ca-
pacidad de los campesinos para acceder al mercado y vender sus productos
(Worldwatch Institute 2007; Buenrostro y Valadez 2003; CEPIS-OPS 2002;
entre otros).
De manera indirecta pero dramática, contaminar significa quitarle agua
a poblaciones y sectores sociales importantes, reducir los cauces que reciben
determinados ecosistemas y afectar a comunidades enteras. De esta mane-
ra, un sector acumula agua útil y sana, mientras que otro debe contentarse
con menor cantidad y sobre todo con agua insana. En la lógica de la compe-
tencia capitalista, esta es también una forma de reducir o eliminar la com-
petencia de otros productores, los cuales se verán impedidos de producir o
tendrán productos de baja calidad y de dudosas consecuencias para la salud
humana. En estos casos, no se trata necesariamente de acumulación en tér-
minos de apropiación directa del recurso para beneficio personal o de pe-
queños grupos, sino que se trata de una forma distinta de acumulación, que
es quitar el recurso a los demás, de manera tal que, en última instancia, la
cantidad y calidad de agua queda en pocas manos.
Ante hechos como estos hay que enfrentar el pensamiento hegemónico
que sólo considera valorable aquello que genera utilidad inmediata y que,
en caso contrario, justifica la destrucción ambiental bajo el pretexto del de-
sarrollo. La contaminación del agua que puede ser utilizada por otros no
puede ser sencillamente considerada como un pasivo ambiental y menos
aún como una «externalidad» a las actividades económicas; por los efec-
tos que tiene en la vida de las comunidades resulta invaluable, y únicamente
la prevención y la protección de las fuentes de recursos hídricos y sus cauces
se presenta como una alternativa válida.

La contaminación: ¿un nuevo negocio?

«Hay que saber mirar las oportunidades» es una expresión muy utilizada
en los textos de formación de economistas neoclásicos. Muchas veces las
oportunidades vienen tras un tsunami u otro desastre natural, como lo re-
coge Naomi Klein (2007) en su libro Doctrina del shock, lo que hace que
los inversionistas se alegren de la ocurrencia de fenómenos que afectan a
amplios sectores poblacionales. La contaminación también es vista como
parte de esas «oportunidades para nuevos negocios» y así se presentan desde
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empresas de reparación y reciclaje hasta la brutal venta de aguas contami-


nadas como si fueran abono para la tierra, como se presentó años atrás en
la región de Plachimada en la India. Este aspecto, que no es observado en
su integridad, se presenta aquí como un campo que debe ser analizado por
ser una nueva forma de enriquecimiento y, por tanto, de acumulación de
capital en pocas manos.

4. La justicia hídrica y justicia ambiental

La corriente de pensamiento y acción que propone la justicia ambiental


considera que ésta «no tiene que ver sólo con las distribución justa de bienes
ambientales entre la población humana, sino también entre ésta y el resto
de los seres vivos con los que compartimos la biosfera» (Riechmann 2003).
Esto mismo ha sido planteado en términos de reconocer la unidad ecológi-
ca y la interdependencia de todas las especies, y el derecho ambiental a no
padecer destrucción ecológica. En el Ecuador, por ejemplo, son principios
que sin duda están vinculados con la declaración de la Constitución sobre
los Derechos de la Naturaleza.
La justicia ambiental no se resuelve en los litigios judiciales que pueden
presentarse como resultado de los conflictos socioambientales. Se trata, por
el contrario, de un cuestionamiento a los modelos de desarrollo y a los pa-
peles cumplidos por cada uno de los actores sociales que están involucrados,
y, por ello, el escenario fundamental de resolución está vinculado al poder,
en manos de quién se encuentra y a favor de quién se utiliza. En esta direc-
ción, un análisis importante que puede contribuir a una propuesta de justi-
cia hídrica es el que se lleva a cabo a través del cálculo de la huella ecológica.
La huella ecológica es una manera de pensar en el espacio ambiental y busca
cuantificar el impacto ambiental de las actividades humanas (Wackernagel
y Rees 2001).
La huella ecológica permite definir el territorio productivo como eco-
sistema necesario para producir los recursos y para asimilar los residuos
producidos por una población definida con cierto nivel de vida específico,
donde quiera que se encuentre esta área. Permite además establecer criterios
de distribución igualitaria, para lo cual presenta nociones como «la justa
porción de tierra» disponible y necesaria para cada ser humano.
Esos elementos teóricos merecen ser considerados, por cuanto la justicia
hídrica es apenas parte de la justicia ambiental y de la justicia social, anhela-
da por los pueblos de la región andina. Analizar los temas de distribución y
los conflictos generados por la inequidad requieren este tipo de perspectivas
integradoras que se incorporan en una perspectiva de la ecología política, de
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manera tal que permiten poseer una visión comprometida de los problemas
y tratarlos en dirección hacia una solución socialmente válida y ambiental-
mente sustentable (entre otras referencias se puede plantear: Martínez Alier
2004; Isch 2009; Escobar 1998).

5. La acumulación, contaminación y deuda ecológica

El patrón de acumulación es la forma cómo se articulan las diferentes di-


mensiones de la estructura económica y social de un país o de una región
para favorecer la apropiación de los recursos y los capitales en un determi-
nado sector de la sociedad o de la sociedad en su conjunto. Su base histórica
es la acumulación del excedente económico; sin embargo, la crisis ambiental
obliga a una acumulación de los recursos existentes a pesar de que éstos no
sean excedentes sino que, en muchos casos, se presenten como insuficientes
para las necesidades colectivas de la sociedad.
Desde su perspectiva, y considerando los daños originados por la conta-
minación, cabe plantear, como un elemento de justicia hídrica, la existencia
de una deuda ecológica, no solo a nivel de las relaciones internacionales sur-
norte, sino también en las existentes en cada uno de nuestros propios países.
Por tanto, hay que considerar, al interior de nuestros países, la deuda
ecológica que tienen los sectores poderosos que han acumulado recursos
hídricos, con aquellos que se han visto despojados del acceso a esos recur-
sos. Esta visión puede incorporarse en el planteamiento asumido de que la
deuda ecológica se refiere a:

[…] la deuda acumulada, histórica y actual, que tienen los países industriali-
zados del Norte, sus instituciones y corporaciones, con los pueblos y países del
Sur por el saqueo y usufructo de sus recursos naturales, la explotación y em-
pobrecimiento de sus pueblos, y la destrucción, devastación y contaminación
sistemática de su patrimonio natural y fuentes de sustento (Donoso 2009).

La acumulación de los recursos hídricos y la contaminación forman


parte del saqueo de los recursos naturales, de las causas del empobreci-
miento de los pueblos y el deterioro del patrimonio natural y de las fuen-
tes de sustento. No siempre esto ha ocurrido como resultado de la acción
de compañías transnacionales, pues es evidente que la acumulación y la
contaminación son resultado de una forma de apropiación de la riqueza,
independientemente de cuál sea el origen y el volumen de los capitales in-
volucrados. Hablar de deuda ecológica al interior de los países no hace más
que reconocer que una parte de la población vive en las condiciones de lujo
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que se atribuyen a los países capitalistas desarrollados y que, otra parte, la


mayoritaria, vive en condiciones de pobreza y exclusión.

6. La contaminación y la sostenibilidad

El principio de sostenibilidad remarca la importancia de la solidaridad in-


tergeneracional al señalar que es obligación de las generaciones presentes el
sostener la existencia de los recursos que hoy disponemos para que éstos se
encuentren también al alcance de las próximas generaciones. La contamina-
ción irresponsable implica una variante de acumulación en las generaciones
de hoy (específicamente en los sectores sociales que pueden disfrutar de su
acumulación), reduciendo o anulando para las próximas generaciones la
capacidad de contar con los recursos necesarios. Garantizar agua para las
futuras generaciones y para las actividades productivas que las mismas de-
berán llevar a cabo es otra área temática que conduce a pensar en términos
de justicia a más largo plazo.
La sustentabilidad de las acciones productivas (y no sólo las sostenibi-
lidad económica de las mismas) involucra la plena vigencia de políticas de
equidad que deben estar presentes en la gestión de los recursos naturales, en
la prevención de potenciales daños ambientales y en la determinación de los
modelos de desarrollo a ser impulsados en nuestros países. En este campo
es fundamental considerar la vigencia del principio precautorio que pone la
protección del ambiente por encima de intereses inmediatos o de pretendi-
das urgencias económicas de los gobiernos. Este principio demanda la real
evidencia de que una actividad no va a causar daño o que, en su defecto,
éste puede ser reducido y mitigado, poniendo las condiciones de vida de la
población y la conservación del ambiente natural por encima de las ambi-
ciones económicas y de la estrechez del análisis a partir de consideraciones
de crecimiento de la economía nacional. El principio precautorio servirá
también para reservar los caudales ecológicos que garantizan la existencia
de los ecosistemas, no como caudales mínimos, pues mientras no se conoz-
can plenamente los ciclos naturales en plazos largos o extendidos y no se
tenga plena conciencia de los efectos del cambio climático, lo mínimo actual
puede ser declarar la muerte de un ecosistema o una cadena de ellos.

7. A modo de cierre

La relación entre acumulación y contaminación es una expresión de la exis-


tente entre acumulación y daño socioambiental. En un sistema en el cual las
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normas de protección de la naturaleza y las condiciones de vida de pobla-


ciones humanas pueden ser juzgadas como una barrera al «libre» comer-
cio y en el que el lucro individual es el objetivo y «motor del progreso», la
acumulación incluye ese daño como condición de su propia existencia. Por
lo general, se dirá que son externalidades a la actividad económica que el
mismo mercado puede corregir si se incorporan en las cuentas financieras,
lo que exige poner valor monetario a todo.
Este hecho no cambia en el caso del agua, a pesar de la creciente acepta-
ción teórica y legal de que se trata de un derecho humano. En los hechos, se
continúa pensándola como un recurso apropiable y comercializable, capaz
de generar o ampliar la renta y cuya posesión determina un rango funda-
mental de la competitividad.
Si se procede de esa manera, es indudable que el pensamiento domi-
nante no puede ser otro que el que cada uno proteja «su» agua y «su» sumi-
nistro, despreocupándose de lo que sucede con los demás e incluso usando
a los recursos hídricos y su contaminación como un «arma comercial» para
debilitar a la posible competencia en el mercado.
Como hemos visto, la contaminación del agua, como una forma de
acumulación, se origina en una idea sobre la naturaleza y la sociedad y luego
concluye en manifestaciones de inequidad e injusticia social. Actuar contra
esta realidad tan lacerante es parte de una propuesta de justicia hídrica que
debe convertirse en organización y acción. En esa dirección se ha trabajado
este aporte que busca provocar el debate y la profundización de la temática,
seguros de que habrá que enfrentar la matriz ideológica dominante, al mis-
mo tiempo que sus efectos.

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