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SERVIR EN EMAÚS

¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 


Os he dado ejemplo para que
lo que yo he hecho con vosotros, 
vosotros también lo hagáis. 
En verdad, en verdad os digo: 
el criado no es más que su amo,
ni el enviado es más que el que lo envía. 
Puesto que sabéis esto,
dichosos vosotros si lo ponéis en práctica.” 
(Juan 13, 12-17) 

Este fin de semana se organizan varios retiros de Emaús en España. ¡Una nueva
oportunidad para muchos de nosotros de colocarnos el "polo de servidores"! Sin
embargo, ¿sabemos servir? ¿merecemos el nombre de "servidores"?

Los seres humanos, por causa del pecado, somos orgullosos y soberbios, y por ello,
reacios a servir a otros; es más, pensamos que son los demás quienes están a
nuestro servicio. Incluso, a veces, podemos pensar que Dios está para servirnos a
nosotros.

Combatir estas tendencias requiere un esfuerzo constante y firme porque


podríamos pensar que servir a Dios en un retiro de Emaús depende de nosotros y
de nuestra aptitud. "Servir" a Dios depende sólo de Él y, en último caso de nuestra
actitud. 

Para los cristianos, "servir" debe revelar el mismo y auténtico amor que Dios tiene
hacia el ser humano, la misma actitud y disposición que Cristo manifestó, cuando
dejó el cielo para "abajarse" a la tierra.

Servir con humildad 


Servir puede implicar motivaciones externas: podemos servir por obligación, por
satisfacción, por beneficios propio, incluso, por reconocimiento.  

Sin embargo, un auténtico espíritu de servicio requiere una motivación interior que
mana de un corazón humilde, dispuesto y entregado al Señor, como el de
nuestra Madre la Virgen María. 

El genuino servicio requiere una fuerza interior que brota de un corazón puro y
obediente que desea cumplir la voluntad de Dios, y que para ello, se pone a
disposición de las necesidades de los demás hasta las últimas consecuencias, como
el de nuestro Señor Jesucristo.

Jesús nos muestra la actitud correcta del servicio humilde en el pasaje del lavatorio
de los pies (Juan 13). Su ejemplo es nuestro modelo a seguir: Jesús lavó los pies a
todos sus discípulos, una labor que estaba reservada a los esclavos. Incluso lavó los
de Judas, de quien sabía que iba a traicionarle.

Y de eso se trata en Emaús: nuestro servicio es una esclavitud de amor: "No


hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos". "Dar la vida"
significa dar muerte a nuestro orgullo, a nuestra soberbia, a nuestras motivaciones
externas y a nuestros propios intereses para mirar con ojos de amor las necesidades
de los demás. Con los mismos ojos amorosos con los que Dios nos mira.

Servir implica humildad, despojarnos de nuestro "ego" y entregarnos a todos los


demás, hasta el final. Algo que normalmente, al ser humano le cuesta muchísimo,
sobre todo, inclinarnos, humillarnos ante personas que no conocemos, o que nos
traicionan o que nos tratan mal.

Implica desechar nuestros "derechos" para asegurar los de los demás y, así,


servir a Dios. 

Implica, una pureza de intención, un "ser" que nos conduce al "hacer".


Implica amor abnegado, amor que no busca recompensa. 

Implica reconocer nuestra pequeñez, someternos a la voluntad de Dios y


aceptar con paciencia y gozo las circunstancias, experiencias y desafíos más
difíciles de nuestro servicio y de nuestra vida.

Implica confiar en Dios, olvidarnos de nosotros mismos y ser conscientes de


nuestra misión. Una misión que no está "organizada por laicos para laicos", sino
por "Dios para los hombres".
Los "servidores" funcionamos al revés del mundo. No tratamos de llegar a la cima.
No tratamos de buscar fama y reconocimiento. Y mucho menos de pisotear a los
demás...un "servidor" está al servicio de una visión superior: la gloria de
Dios. Y, entregándonos completamente a los demás, conducirlos de la mano por y
hacia el amor de Cristo.

Entonces, servidores, es hora de humillarnos. Es hora de dejar de mirarnos al


espejo y mirar a los demás hijos de Dios con amor, dulzura y compasión. Es hora de
dejar de tratar de impresionar. Es hora de dejar de buscar nuestro propio interés y
morir por los demás. Es hora de escuchar, de comprender, de amar...

Servir con alegría


¡Humildes...pero alegres! Servir no es (no debe ser) un trabajo penoso y triste.

Servir es un privilegio que Dios nos concede aunque no nos necesita. Y
por ello, debemos servir con alegría.

Dios nos da una oportunidad de formar parte de su


plan de salvación. Nos regala la oportunidad maravillosa de poder
ser instrumento de su Amor, de ser colaboradores de Cristo. Caminar a su
lado, escucharle y aprender de su ejemplo. Y así, darle a Jesús la oportunidad de
utilizarnos para ser su palabra, sus manos, sus brazos, sus ojos…

¡No queremos estar abatidos y apesadumbrados como los dos de Emaús cuando
iban de vuelta! ¡Queremos reconocer a Cristo y que nuestro corazón se inflame!
¡Fuera tristeza! ¡Fuera desánimo!

Tenemos lo mejor que podemos encontrar: a Jesús. Él es el Camino, la Verdad y la


Vida (Juan 14, 6). ¿Por qué habríamos de estar tristes?

Cuanto más cerca estemos de Dios, cuanto más presente le tengamos en nuestras
vidas y en nuestro servicio, cuanto mayor es nuestra confianza en Él, mayor será
nuestra capacidad para afrontar cualquier dificultad con serenidad; para superarlas
con resiliencia y aceptarlas con paz en nuestros corazones, pues sabemos que todo
obedece al plan perfecto diseñado por Dios.

Servir con pasión


¡Humildes, alegres.... y apasionados!

Debemos hablar...qué digo, respirar con profunda pasión cuando servimos a Dios.
Gritar apasionadamente que: ¡¡¡Jesucristo ha resucitado!!! Para que cuando nos
escuchen, se pueda decir que sentimos lo que decimos, que vivimos lo que
gritamos, que amamos a quien proclamamos.

En un mundo donde reina la tristeza y el desánimo, nuestro fervor es un


poderoso signo de sobrenaturalidad. Nuestra pasión, una muestra de la
presencia real de Dios en cada uno de nosotros.

Para ser servidores dignos, para ser evangelizadores


efectivos, tenemos que creernos lo que decimos y comunicarlo con pasión. Porque
el Evangelio no es simplemente una idea entre muchas: la fe es creer lo que no 
vemos con confianza absoluta, hasta el punto de estar dispuestos a sufrir y morir
por ello si fuera necesario. 

Sí, hasta el martirio, si fuera preciso. Porque "mártir" (del griego "μάρτυς,


-υρος", "testigo") es una persona que sufre persecución y muerte por defender una
causa, o por renunciar a abjurar de ella, con lo que da "testimonio" de su fe. Los
mártires dan testimonio de Cristo con sufrimiento y sangre porque son seguidores
suyos y como tales, son fieles hasta el final. Un mártir está alegre...¡siempre! ¡hasta
el final!

A través de la pasión que pongamos los servidores, los caminantes (y el mundo)


verán lo mucho que nos amamos y lo mucho que les amamos. A través de nuestra
disponibilidad, nuestra actitud de servicio, de entrega… verán las manos, los
brazos, los ojos, la sonrisa… de Cristo vivo y resucitado.

Desde la humildad, pero con alegría y con pasión, transmitimos nuestra


experiencia de Cristo a todos a los que servimos. Ese es el regalo que ofrece
Emaús.

Porque no debemos olvidar nunca que Emaús es un plan de Dios, no nuestro.


Emaús es sólo un método, una herramienta, un vehículo por el que las personas
acuden para tener un encuentro personal con Jesús y, producido este encuentro, la
relación de las personas con Cristo prosperará y crecerá a través de otras personas
en la comunidad parroquial y a través de otros servicios.

Por último, la importancia de nuestro servicio no radica en la


eficacia, sino en el amor con que hacemos las cosas: a Dios solo le importa
el amor que ponemos en las cosas que hacemos y no cuántas cosas hacemos, cómo
las hacemos, o quienes las hacemos.

“No cuenta la cantidad de las obras, sino la intensidad del Amor con que las
hagas.” 
(Santa Teresa de Calcuta

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