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Takuboku

(Sin-Ichi Isikaua)

Un puñado
de arena
Versión española de Antonio Cabezas

poesía Hiperión
Sin-Ichi Isikaua, conocido por su seudónimo literario de Takuboku, “Árbol susu­
rrante”, nació en 1885 en Jinoto, una aldea del norte de Japón. Fue hijo de un bonzo
budista zen. A sus dos años, su familia se estableció en el pueblecito de Sibutami,
que Takuboku consideró como su verdadera tierra e inmortalizó con los poemas
que dedicó a sus gentes, montañas y recuerdos.
Takuboku murió en Tokio en 1912, a los veintiséis años de edad. En Japón
está considerado como uno de los mayores poetas de todos los tiempos y como crea­
dor de la poesía moderna de su país. H a sido traducido a numerosos idiomas.
Takuboku escribió unas dos mil tankas, poemas de forma clásica de cinco
versos, que a menudo reducía a tres al copiarlos, y tomaba como temática para ellos
los sucesos de la vida, y no sólo, como era tradición centenaria casi inviolable, las
bellezas naturales. Por ello sus tankas constituyen una auténtica biografía de la vida
pasional del autor. Un puñado de arena se publicó originalmente en 1910.
Antonio Cabezas, su traductor (La Palma del Condado, 1931-Huelva,
2008) empezó con este libro sus versiones del japonés publicadas por Hiperión,
entre las que destacan Jaikus inmortales, Cantares delse (Ise Monogatari), Senda hacia
tierras hondas (Senda de Oku) de Matsuo Bashö, la novela Hombre lascivo y sin linaje
de Ijara Saikaku, así como un trabajo propio sobre La literaturajaponesa.

ISBN 978-84-7517-678-9

9 788475 176789
Ediciones Hiperión
TA KUBOKU
(ISIKAUA SIN-ICHI)

UN PUÑADO
DE ARENA
Traducción española de Antonio Cabezas

Hiperión
poesía Hiperión, 409
TAKUBOKU
UN PUÑADO DE ARENA
poesía Hiperión
Colección dirigida por Jesús Munárriz
Diseño gráfico: Equipo 109
Cubierta: Olas, motivo sobre laca (siglo XIX)

Primera edición en libros Hiperión: 1976


Primera edición en poesía Hiperión: 2001 · Primera reedición: 2018
© Copyright de la traducción: Herederos de Antonio Cabezas García
Derechos de edición reservados: Ediciones Hiperión, S. L.
Calle de Salustiano Olózaga, 14 · 28001 Madrid · Tfno. 91 577 60 15
http://www.hiperion.com · e-mail: info@hiperion.com
ISBN: 978-84-7517-678-9 · Depósito legal: M-31624-2001
Gráficas 82, S. L. · Algete · Madrid

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IMPRESO EN ESPAÑA · U N IÓ N EUROPEA


INTRODUCCIÓN
Su APELLIDO ES ISIKAUA. Su nombre, Sin-ichi.
(Nota: He transcrito las palabras japonesas de fonna que
el lector de habla española pueda leerlas como si se trata­
ra. de palabras castellanas.) Su seudónimo, Takuboku,
que en japonés significa «Árbol susurrante».
Takuboku murió a los veintiséis años de edad, en
Tokio, el 13 de abril de 1912. En su patria, Japón, está
considerado como uno de los mayores poetas de todos los
tiempos y como creador de la poesía moderna. En el
extranjero sus obras han sido ya traducidas al francés,
inglés, ruso, chino, sueco, etc.
La verdadera revolución poética de Takuboku consis­
tió en tomar como temática de sus «tankas» o poemas
conos los sucesos de, la vida, y no solamente, como era
tradición centenaria casi inviolable, las bellezas natura­
les.
¿Qué es una «tanka»? La tanka es una de las dos for­
mas poéticas clásicas de Japón. La otra es el «jaiku»,
poema de tres líneas de cinco, siete y cinco sílabas res­
pectivamente, sin rima. La tanka tiene cinco versos de
cinco, siete, cinco, siete y siete sílabas, también sin rima.
En sus obras de madurez, Takuboku adoptó la costumbre
de reducir las líneas a tres, pero conservando los cinco
grupos fonéticos y por tanto la longitud total del poema:
31 sílabas.

9
Su verdadera y profunda renovación consistió en el
fondo. Las tankas de Takuboku, de las que se co n seja n
unas dos mil, muchas de ellas en sus cuadernos de borra­
dor; constituyen una auténtica biografía de la vida pasio­
nal del autor. Por ello es necesario conocer algo sobre los
principales acontecimientos de su vida exterior.

VIDA

Nació el 27 de octubre de 1885 en Jinoto, un pueble-


cito de la provincia de Iuate, en la parte norte de la mayor
de las cuatro grandes islas que forman Japón. Fue su
padre un bonzo de la secta budista Zen. La tierra natal de
Takuboku es pobre, fría, pero hermosa. Takuboku no
conoció la parte sur del país, más apasionada y extraver-
tida.
Cuando tenía dos años, su familia se estableció en el
cercano pueblecito de Sibutami, que Takuboku consideró
como su verdadera tierra e inmortalizó con los poemas
que dedicó a sus gentes, montañas y recuerdos.
En la escuela primaria fue un estudiante extraordina­
rio. En el pueblo lo llamaban «el niño prodigio». Pero al
comenzar el bachillerato se dio a la lectura de obras lite-
rañas y llegó a ser en su colegio de Morioka (la capital de
provincia) el alumno más holgazán de la época: consta
por el libro de asistencias que en el cuarto curso, de 104
clases estuvo ausente 207 (sic). Por ese tiempo, cuando
tenía catorce años encontró y se enamoró de la chica que
después sería su esposa, Sétsuko Joriai. En un examen lo

io
sorprendieron copiando. Tampoco faltó su intervención
en unas huelgas en que los colegiales pedían más profe­
sores y más democracia en la enseñanza. El resultado fue
que se retiró del colegio, alegando que «iba a hacerse
famoso con la literatura». Tenía diecisiete años recién
cumplidos. Era el año 1902.
Se dirigió a Tokio, donde ya tenía algunas amistades
influyentes en los círculos literarios. Logró ver publicadas
en la prestigiosa revista Mioyo (Lucero) algunas tankas
suyas. Había comenzado a escribirlas un año antes. A los
cuatro meses de estar en Tokio, cayó enfermo y tuvo que
volver al pueblo a restablecerse. No cesó su actividad lite­
raria. Pero en 1904 su padre fue acusado de malversar los
fondos del templo, y como consecuencia despedido.
En 1905 aparece su primer libro de poemas, Akogare
(Anhelos), en que escribe poemas largos al estilo occiden­
tal. El mismo año se casa por poderes. Este hecho, insó­
lito en Japón y enigmático en la vida de Takuboku, le aca­
rrea perder algunos amigos.
Tenía veinte años. Se establece en Morioka, donde
continúa publicando en revistas. Pero por apuros finan­
cieros se ve obligado a buscarse la v i d a y obtiene el pues­
to de maestro de escuela en su aldea de Sibutami. Al
mismo tiempo empieza a escribir novelas.
En diciembre de 1906 nace su primera hija, Kioko. Al
año siguiente organiza ciertas protestas y huelgas contra
el director del colegio, huelgas que las autoridades consi­
deran como revolucionarias, y tiene que salir del pueblo
«casi apedreado», como escribe en uno de sus poemas.
Dejando a su familia en Sibutami, se va solo a
Jokkaido, la isla más norteña del Japón, a buscarse la
vida. En Jakodate encuentra trabajo como maestro y al

II
m ismo tiempo como periodista. En su misma escuela
enseña una joven, Chieko Tachibana, de la que se ena­
mora sin ser correspondido: todo termina en amistad. A
Chieko le dedica los poemas 415 a 436 de la presente
colección.
En septiembre del m ismo año 1907 ocurre en la ciu­
dad de Jakodate un espantoso incendio que destruye el
colegio y el local del periódico. Takuboku deja otra vez
detrás a su familia y se dinge a Sapporo, la capital de
Jokkaido, donde se coloca como periodista. A las dos
semanas lo deja y se traslada a Otaru, también como
periodista. Dos meses más tarde marcha a Kúsiro, otra
ciudad de Jokkaido, donde vuelve a trabajar como perio­
dista, esta vez como redactor jefe y encargado de la
columna literaria del periódico de la ciudad.
Al mes de llegar, en febrero de 1908, comienzan sus
amoríos con una «gueisha» muy joven, de diecinueve
años, llamada Koiakko. A los dos meses vuelve a dejar su
trabajo y se va a Tokio para dedicarse plenamente a la
literatura, concretamente a la novela. Como entreteni­
miento, comienza a escribir tankas. Todas las de Un
puñado de arena, que traducimos aquí, fueron escritas
en Tokio desde mayo de 1908 a octubre de 1910. Sus
novelas fracasan editorialmente. Se encuentra en Tokio,
lejos de su familia, fracasado y en la miseria. Koiakko le
hace una breve visita, viniendo expresamente desde
Jokkaido.
Un amigo le consigue trabajo como corrector de prue­
bas del gran diario Asaji. Continúa escribiendo tankas.
El 7 de junio de 1909, por fin, su familia puede unír­
sele en Tokio. El viaje a la capital lo pagó un amigo de
Jokkaido y gran bienhechor de Takuboku, Ikú Miyasaki,

12
militar apuesto y rico, que unos meses más tarde se casó
con la cuñada del poeta. Por este tiempo comienza a
escribir un diario personal usando letras romanas, con
algunas secciones en inglés, por lo visto para que su espo­
sa no lo pudiera leer. Este diario es famosísimo y al pre­
sente también está traducido a varios idiomas.
En octubre de 1910 le nace su primer hijo varón,
Sinichi, pero muere a las tres semanas. En diciembre
aparece su primera colección de tankas, Un puñado de
arena, con 551 poemas, libro que le consagra inmediata­
mente, pero que no le saca de la miseria. Dos meses más
tarde el médico le diagnostica peritonitis crónica y tuber­
culosis pulmonar, declarándole incurable. Ingresa en un
hospital, donde sigue escribiendo poemas los dos meses
que allí permanece. Los últimos que se conservan fueron
escritos a finales de agosto de 1911.
A mediados de septiembre de 1911, su padre abando­
na la casa, y por esos mismos días encuentra casual­
mente una carta de su amigo Ikú Miyasaki, dirigida a su
esposa, en que, entre otras cosas, Ikú escribía: «Quiero
morir a tu lado.» Es una incógnita hasta dónde llegaron
las relaciones entre Ikú y la esposa de Takuboku, pero éste
cortó inmediatamente con su amigo. La salud del poeta
empeoraba. Todos en su familia padecían de tuberculo­
sis: sus ancianos padres, su esposa y el mismo Takuboku.
En marzo de 1912 moría su madre, y un mes más
tarde, Takuboku. Uno de sus últimos actos fue arreglar la
publicación de su segundo y último libro de tankas,
Muñecos tristes, de 194 poemas. Este libro apareció pos­
tumamente en junio del mismo año 1912, seis días des­
pués del nacimiento de su segunda hija, Fusae. Al año
siguiente moría su esposa en Jakodate.

13
Tal es la vida del gran poeta. Enfermedad, fracaso,
miseria, soledad, problemas familiares, vagabundeo, des­
engaño con la política de su país y con una sociedad que
dejaba morir de hambre a sus grandes artistas, insatis­
facción con su propia debilidad de carácter y una sensi­
bilidad típicamente japonesa para encontrar en todo
momento la tristeza de los sucesos y la tragedia del vivir.:
Fruto de esta vida tormentosa son sus poemas, sus tan-
has sobre todo, que son la parte más reconocida y acla­
mada de su genio.

IDEARIO POÉTICO

En su diario escribe que lo único que podía manipu­


lar a la perfección eran las tankas: le salían casi espontá­
neamente. Según él, para ser poeta sólo hacen falta tres
condiciones: ser hombre, ser hombre y ser hombre. A sus
poemas los llamaba «muñecos tristes», porque le servían
de distracción y consuelo de sus fracasos. En otra oca­
sión decía que los poemas eran para él algo comestible,
cosas necesarias a diario.
Encontraba poesía en todo: en un chisme del pueblo,
en una noticia del periódico, en un charco tras la lluvia
de otoño, en un grupo de peones picando en una cafete­
ra, en sus sueños y alucinaciones, en su bigote, en la
arena, en el mar, en el amor, en los sucesos políticos...
Takuboku es un poeta hondo, elemental. Su tema cen­
tral es la tristeza de vivir, y lo que busca primariamente
no es expresar bellezas, sino emociones.

H
Dos errores hay que esquivar al enfrentarse con la líri­
ca japonesa. Uno es creer que lo japonés tiene que ser
totalmente distinto, exótico. Otro, creer que no existe dis­
paridad alguna. ¿Cuál es, pues, lo distintivo japonés?
Creo que la finura en sentir la emoción de las cosas, de la
naturaleza, y la simplicidad en la expresión del propio
sentimiento. La reticencia llega en ocasiones a talas extre­
mos que será algo difícil, para un lector hispano que vaya
de ligera, captar todo el mensaje poético.

PROBLEMAS DE LA TRADUCCIÓN

La selección de la métrica de la seguidilla gitana como


vehículo poético de esta traducción tiene sus razones.
Como se sabe, la seguidilla gitana es un poema de cuatro
versos, teniendo los dos primeros y el último seis sílabas,
y el tercero, endecasílabo, contiene un hemistiquio tras la
quinta sílaba. Riman el segundo y el cuarto verso.
Ejemplo:

En medio del m ar
había una piedra,
y se sentaba / mi com pañerita
a hablarle sus penas.

Prácticamente es, pues, un poema de cinco versos,


como la tanka, y el número de sílabas es de 29, mientras
la tanka tiene 31. Ahora bien, un buen número de los
poemas de Takuboku se apartan ligeramente del rigor de

15
la regla. Y lo m ism o acontece con las seguidillas gitanas.
Estas analogías hacen a la seguidilla gitana el módulo
poético ideal para una traducción que ante todo quiere
ser fiel al original, y no meras variaciones personales del
traductor sobre los temas de Takuboku.
La tanka no tiene rima, y la seguidilla sí. ¿Será trai­
cionar al original darle rima a la traducción?
Sinceramente me parece que no. El concepto de poesía es
en Japón distinto del español. He creído mucho más
importante traducir el hecho de que la lírica de Takuboku
se atiene a los patrones clásicos, y en castellano el patrón
clásico es de rima.
No es lo mismo traducir al español partiendo del japo­
nés que del francés, idioma románico emparentado con el
castellano, o del inglés, lengua occidental con la mitad de
su vocabulario de origen latino. En el idioma japonés el
verbo va al final, las preposiciones son postposiciones, el
posesor precede a lo poseído, y el lenguaje poético admite
una serie de omisiones y términos de ilación y apoyo que
no existen en castellano. Así que resulta imposible man­
tener el orden de palabras del original, orden en el que a
veces estriba el valor poético.
La lengua japonesa no tiene géneros ni números. En
muchos poemas no se sabe si la persona mencionada es
hombre o mujer, uno o muchos. El lector japonés suele
intuir por el contexto, pero en ocasiones la imprecisión
subsiste, sin que exista unanimidad entre los críticos
japoneses. En tales casos he seguido la opinión más gene­
ral o autorizada.
Takuboku utiliza un lenguaje popular y llano, dentro
de lo poético. No tienen sus tankas en el original la bri­
llantez verbal de un Rubén Darío o de un Juan Ramón.

16
De ahí que la traducción, si quiere ser leal a la contextu­
ra del original, deba mantener la misma, tónica popular.
DIVISIÓN DE LA OBRA

Estrictamente, cada tanka es un ente independiente,


sin relación directa con las demás. Sin embargo,
Takuboku agrupó muchas de ellas según el tema, y divi­
dió, algo arbitrariamente, su libro Un puñado de arena,
en cinco secciones con los siguientes títulos:

Poemas

1. Cantos que me quieren 1a 151


2. Humo ( I ) 152 a 198
Humo (II) 199 a 252
3. Con el talante del viento de otoño 203 a 303
4. Personas inolvidables (I) 304 a 414
Personas inolvidables (II) 415 a 436
5. Al quitarm e los guantes 437 a 551

He optado por conservar el orden de publicación del


original, pero añadiéndole unos subtítulos según el tema
central que se aprecia en los poemas bajo cada grupo.
En la colección Un puñado de arena aparecen más de
150 personajes, todos reales. A algunos los menciona
nominalmente el autor. De otros se sabe por averiguacio­
nes o por el diario del autor. Como al lector de lengua
española le interesará más saborear el valor poético que
datos eruditos, me abstengo de dar notas explicatorias.

17
REC O N O C IM IEN TO

Quisiera finalmente expresar mi más profunda grati­


tud al señor Tadasi Osima, catedrático de Literatura
Española en la Universidad Dósisia de Kioto, traductor al
japonés de La Celestina y del Don Juan de Tirso, que ha
revisado la fidelidad de mi traducción y aclarado pasajes
difíciles.

Kioto, 3 de marzo de 1976


Antonio C a b e z a s G a r c í a

18
CANTOS QUE ME QUIEREN
CANTOS DE LA ARENA

1
En la playa de una islita oriental
en la arena blanca
jugaba yo
con un cangrejito,
y lloraba, lloraba.

2
La anegaba el llanto
y no lo enjugaba,
y me m ostraba
un puñado de arena.
No puedo olvidarla.

3
Yo estaba solito
siete u ocho días
frente a la mar,
que para llorar
de casa salía.

21
4
Con la mano escarbaba
la duna de arena,
y me salió,
llenita de herrum bre,
una pistola vieja.

5
La hizo una torm enta
una noche oscura.
Ay, montañita,
dunita de arena,
¿de qué será tum ba?

6
En la duna de arena
postrado yacía.
Las fatiguitas
del prim er am or
Iqué lejos las veíal

7
Al pie de un cerro de arena
m uertos en la playa,
vi unos maderos
y me puse a hablarles
lo que a mí m e pasa.

22
8
iQué pena de la arena
suave y sin vida!
Que al estrujarla
cae de mis dedos
por entre las rendijas.

9
Bolita de arena,
bolita empapada
que hizo mi llanto.
Y aquel llanto mío
la hacía pesada.

10
Grande, grande, grande...
Lo escribí en la arena
más de cien veces.
Renuncié a la m uerte
y volví con mi pena.

23
LOS DE MI CASA

11
Despierta y no se levanta.
Cosas de la niña.
Mira, mujer,
que es sólo tristeza.
No le riñas a tu hija.

12
Con un terrón de greda
llorando yo hacía
el rostro en llanto
de la madre mía.
Más pena ya no había.

13
Yo estaba solito
en un cuarto oscuro,
cuando mis padres
salieron con bastones
de dentro de un muro.

24
14
Jugando monté en hombros
a la m adre mía,
y era tan liviana
que me eché a llorar
y ni an d ar podía.

15
No sé por qué salgo,
ni sé por qué vuelvo.
Botaratismo,
cosas mías.
¡No te rías, compañero!

16
Cada vez que tose
mi padre en la aldea,
¿toserá así?
¡Qué poco es un hombre
cualquiera, si enferma!

17
Cuando lloro y las niñas
de lejos me escuchan,
dirán que soy
como un perro enfermo
ladrando a la luna.

25
EN SOLEDAD

18
Hoy también sentí
el encogimiento
de ese bichito
que canta no sé dónde,
escondido, lejos.

19
Sintiendo que me chupan
abismos muy negros
el corazón,
con fatigas de muerte,
rendido, me duermo.

20
Con alegría.
Algo en que trabajar
con alegría.
Hacerlo hasta el fin.
Después, sólo morir.

26
21
Noche tras noche iba
colmado el tranvía,
y en un rincón,
todo acurrucado,
yo, en melancolía.

22
En el barrio Asákusa
iba yo y venía,
solo, de noche
dentro del bullicio
con la soledad mía.

23
Con lo que la quiero,
corté a mi perrita
las dos orejas.
¡Qué hastío no tendré
de esta perra vida!

24
Harto de llorar,
me puse al espejo
y empecé a hacerme,
hasta que me harté,
mil muecas y aspavientos.

27
25
El llanto, ay, el llanto:
fenómeno extraño.
Que yo lavé
en llanto mis penas,
y me sentí un payaso.

26
Takuboku, hijo...
Mi madre me hablaba.
Embebecido
tamborileaba
con los palillos la taza.

27
Me eché sobre la yerba
sin pensar en nada
y un pajarillo
lo hizo en mi frente
y volando jugaba.

28
¡Maldito sea mi bigote
colgando hacia abajo!
Como ese golfo
que de un tiempo a esta parte
ni en sombra yo aguanto.

28
29
De pronto retum bó
en el bosque un tiro.
¡El desgraciado!
Yo pensé lo bien
que suena un suicidio.

30
Con el oído en un tronco
pasé medio día,
y le raspaba
a la corteza dura
astilla tras astilla.

29
VIDA O MUERTE

31
—¿Y morir por eso?
—¿Y vivir para eso?
—Ah, basta, basta
Dejémoslo, amigo.
Dejemos este argumento.

32
Hay días, pocos días,
que mi corazón
tranquilam ente
se entretiene oyendo
dar la hora el reloj.

33
Me entran, miedos mortales
que me dejan frío.
Miedos ¿de qué?
Luego lentam ente
me estriego el ombligo.

30
34
Yo subí a la cumbre
de una gran m ontaña.
Sin un por qué
ondeé la gorra
y emprendí la bajada.

35
Eran muchos hombres,
y todos bregaban
—¿en qué sería?—
como en una rifa.
Ganas de entrar me daban.

36
Siempre que me enfado
rompo un jarrón, siempre.
Quiero m orir
después de rom per
setenta veces siete.

37
Sus ojos esquinados
me hurgan estos días.
Ese hombrecillo
que siempre me encuentro
dentro del tranvía.

3i
38
Un día yo pasaba
por una espejería,
y me espanté
viendo en un espejo
la miseria que tenía.

39
Sin pensar en nada,
sólo porque sí,
me subí a un tren.
Cuando me bajé
no supe adonde ir.

40
Me metí una vez
en una casita
abandonada,
y allí fumaba.
Soledad quería.

41
Siempre que me ahogo
en soledad sin motivo
me pongo a andar.
Y ya van tres meses
que andando y andando vivo.

32
42
Quería un querer
como si enterrara
la cara ardiendo
ardiendo de fiebre
en la nieve blanca.

33
ESTE HOMBRE EGOÍSTA

43
Este hombre egoísta
que nunca se harta
de su egoísmo,
y que la tristeza
le carcome el alma.

44
Estiré pies y manos
por la habitación,
pero en seguida
me volví a alzar
callado, despacioso.

45
Bostezar quisiera
como el que se levanta
de dorm ir cien años.
Y en mi corazón
no hay nada, nada.

34
46
Me cruzo de brazos
y a veces me digo:
¡Y que no salga
a darme la cara
un buen enemigo!

47
Tiene manos blancas
y descomunales.
He saludado
a un hombre que dicen
que es algo notable.

48
Con tristeza y harto
de tanto egoísmo
me entraron ganas
de alabar a alguien
con todo mi ahínco.

49
Cada vez que llueve
todos en mi casa
hunden la cara.
Nube, nubecita,
a ver si ya escampas.

35
50
¿Y no habrá manera
de acabar la vida
con la impresión
de bajar volando
al fondo de una sima?

36
D EN TRO D EL PECHO

51
Un rem ordim iento
tengo yo estos días
dentro del pecho,
y en los recovecos
me hiela la risa.

52
Este corazón mío
no aguanta la coba,
y se rebela,
y sufre sabiendo
que no soy gran cosa.

53
Llamar a los timbres
y salir corriendo.
¡Cómo gozaba!
¡Yo, aquel chiquillo!
¡Qué tiem pos aquellos!

37
54
No sé a qué se parece
esa soledad
que a mí me em barga
después de darm e aires
de personalidad.

55
Me entró aborrecimiento
de su cuerpo grande,
desmesurado,
cuando me acerqué
y me puse a hablarle.

56
Me llama poeta,
poeta negado
para negocios.
Y hube de pedirle
dinero prestado *.

57
Se escuchó a lo lejos
el son de una flauta.
Me eché a llorar
¿ Será que tenía
la frente ya baja?

* Habla de Ikú Miyasaki, sobre el cual tratam os en la Introduc­


ción.

38
58
Yo quisiera ser
simple y generoso,
como ese hombre
que lo aprueba todo
esto, aquello y lo otro.

59
Eran tan grandes mis males
que hasta me creía
que el m orir era
igual que beber
una medicina.

60
Un perro bosteza
lento, lento, lento,
Junto a un camino.
Y yo hago lo mismo
de envidia que le tengo.

39
GUSTO Y ASCO

61
¡Cómo me gustó el niño
que le arreó a un perro
con una caña
concienzudamente,
haciendo algo en serio!

62
Zum baba una dínamo,
zum baba pesada,
hasta con gusto.
Así me habla a voces
la soledad.

63
Me creo que lo estoy viendo:
aquella palidez,
aquel cansancio
de mi amigo muerto.
¡Con lo alegre que fue!

40
64
Asco me dio la vida:
tener que servir
a un jefe raro
con todas mis fuerzas.
Asco llegué a sentir.

65
Humo que se esfuma
volando en el cielo,
en el vacío,
igual que un dragón.
No me canso de verlo.

66
Cansado y no cansado
Hoy he trabajado
sin descansar,
y ahora por la noche
por fin estoy cansado.

67
Bostezo descarado,
dorm ir descarado.
¿Y que por qué?
Por no darle cuenta
lo que estaba pensando.

4i
68
Paré el tenedor
con un pensamiento:
Hombre, por fin
me acostumbro al mundo
y logro ir comiendo.

69
Era de mañana.
Leí yo unas letras
que parecían
una carta de am or
de mi herm ana casadera.

70
Era un peso muy grande
que sentí en el alma,
como una esponja
después de chupar
agua, agua, agua.

71
El fondo de mi alma,
una nada negra.
Y en agonía
me dije mil veces:
¡Que yo me muera!

42
72
Me hablaba. Sin oírlo
m iraba su cara
como de bestia
que abría la boca
y que la cerraba*.

* Habla de Ikú Miyasaki, sobre el cual tratamos en la Introduc­


ción

43
¿POR QUÉ?

73
Eran padre e hijo
sin sentir igual
y se miraban
tranquilos, violentos.
Ay, ¿por qué será?

74
Me embarqué una vez
a una travesía
Me embarqué solo
uno más de tantos.
La muerte sentía.

75
Me entraba tal rabia
que ganas sentía
de masticar
hasta la bandeja
que enfrente tenía.

44
76
¿Cuándo m orirá el joven
que tanto se ríe?
Que le va bien
al mundo quedarse
un poco más triste.

77
Sin saber por qué
me vino el deseo
de ir a correr
por campos de hierba
hasta perder el aliento.

78
De siempre he querido
poder viajar
de punta en blanco.
Y se me ha pasado
otro año más.

79
Apagué el candil,
y en la oscuridad,
ensimismado,
pensaba y pensaba,
sin nada que pensar

45
80
Día que pasé
cruzado de brazos
en la azotea
de Rió-un-kaku *:
mi diario fue largo.

81
Cosa que yo vi
que en broma no pasa:
con un cuchillo
se amagó la m uerte
¡Y aquella cara, aquella cara!

82
Dos voces cuchichean.
Luego se agudizan.
Resuena un tiro
como de pistola.
Y se acaba una vida.

83
Retozo como un niño,
de cuando en vez.
Que no lo haría
si yo conociera
lo que es el querer.

*Rió-un-kaku fue uno de los primeros rascacielos construidos en


Tokio.

4.6
COMO UNA BESTIA ENFERMA

84
Salía de casa
y hacía sol fuera,
que sólo al sol
puedo respirar
con todas mis fuerzas.

85
La vaca cansada
sigue babeando
eternam ente,
sin cansarse entonces,
un millón de años.

86
Estaba aquel hombre
junto a un sendero
sobre un pilón,
cruzado de brazos
y mirando al cielo.

47
87
Eran muchos hombres
que no sé en qué andaban,
pica que pica
con mirada torva.
Y yo los miraba.

88
Ya huyó este día
de mi corazón.
Y ese lamento
como de bestia enferma,
ya se fue, huyó.

89
Me vino al corazón
una calma inmensa,
como al andar
se concentra en el vientre
toda nuestra fuerza.

90
Para llorar solo
fui a una posada.
Aquellas mantas
que me dieron allí
¡cómo me aliviaban!

48
91
Si el mendigo es ruin
mira y no te enfades
que, ay, com pañero
lo mismo soy yo
cuando paso hambre.

49
HAMBRE Y SED

92
El olor de tinta nueva,
cuando abrí el tintero,
se me caló
con tristeza honda
a mi estómago hambriento.

93
Yo aguantaba la sed
una noche fría,
acurrucado
en aquella manta.
Tristeza tenía.

50
ENTRE LOS HOMBRES

94
He llegado a rogar
que venga la m uerte
a todo aquel
que alguna vez me ha hecho
hum illar la frente.

95
Fuimos tres amigos
de igual pensamiento:
uno murió,
y otro estuvo preso,
y ahora está enfermo.

96
jQué pena de amigo,
tan superdotado,
y lo que sufre
con esa m ujer
que al pobre le ha tocado!

5i
97
Le descubrí el pecho
como hace un amigo.
Y me di cuenta
que no me entendía.
Seguí mi camino.

98
Nublado, ay, nublado.
El cielo m iraba
y estaba negro.
De m atar a alguien
me venían ganas.

99
No pasa de ser
una medianía,
y el pobre vive
en perpetua queja,
jCosas de la vida!

100
Vino, se dio cuento
y decidió irse.
Y eso que al pobre
no habrá quien lo aguante.
También la cosa es triste.

52-
101
Por más que trabajo,
por más que trabajo,
sigo tan pobre.
Lenta, fijamente
me miro las manos.

102
No puedo quitarme
esta pena mía,
que yo estoy viendo
en qué va a parar
el rumbo de mi vida.

53
ALGO ME FALTA

103
Lo mismo que un día,
hace mucho tiempo,
quería vino
con toda mi alma,
hoy quiero dinero.

104
Este corazón mío
¿de qué estará hecho?
Juega que juega
con bolas de cristal
y tan satisfecho.

105

Sin novedad alguna


y en todo feliz
voy engordando,
y con todo siento
que algo me falta a mí.

54
106
Una bola grande
de cristal de roca
quiero tener,
y m ientras la miro,
ponerme a pensar cosas.

107
Como el que da una limosna
así yo escuchaba
a aquel cuentista
que era amigo mío.
La coba le daba.

108
Me desperté una m añana
de una pesadilla,
y lo primero
que llegó hasta mí
fue un olor a sopilla.

55
RUIDOS

109
Chon, chon. El m ido
del picapedrero
en un solar
se empotró en mis oídos
hasta que entré en mi techo.

110
Dentro de mi cabeza
no sé lo que pasa:
un precipicio,
luego, cada día,
como una avalancha.

111
Hoy también me zumbaron
a mí los oídos,
como el rin-rin
lejano de un teléfono
¡Qué dolor el mío!

56
MIEDO Y TRISTEZA

112
El cuello sucio del traje
me olía a tristeza.
Olía a nueces,
a las nueces tostadas
de allá de mi aldea.

113
Era un día que yo
quería la muerte,
y huí de la gente,
pánico en la cara,
y huí de la gente.

114
Despedí a un batallón
que iba a la guerra.
Yo estaba triste
viendo que ellos iban
sin ninguna tristeza.

57
115
No pude aguantar
la ruindad de cara
de mis paisanos,
los japoneses todos.
Me encerré en mi casa.

116
Dormiré todo el día
cuando haya un descanso.
Siempre lo mismo.
Y de esta manera
se han ido tres años.

117
Como pan recién hecho
se me pareció.
Fue sólo un día,
que nunca está así
mi corazón.

118
Tan tara tara, tan tara tara.
La lluvia goteaba
en las canales.
Ay, que la cabeza
a mí me estallaba.

58
119
Un día renové
el empapelado
de los biombos.
Ese día mis penas
se me aliviaron.

59
T R A N SIC IÓ N

120
No podía seguir
más tiempo sentado.
Me puse de pie,
y al punto en la calle
relinchó un caballo.

121
Pasmado en el pasillo,
yo no me movía;
que al empujar­
la puerta de un golpe
sin resistir se abría.

122
Sin moverme m iraba
una esponja seca,
cómo absorbía
primero tinta roja,
luego tinta negra.

6o
123
Una carta larga
quería escribir.
Era de noche.
Que al leerla alguien
se acuerde de mí.

124
¿No habrá una medicina
verdiclara
que si la bebo
me vuelva transparente
lo mismo que el agua?

125
El candil de siempre
me traía harto.
Con que tres días
estuve usando vela
y me gustó el cambio.

61
SOLO EN EL MUNDO

126
Pensé que las palabras
que no usa nadie,
acaso sea
yo solo en el mundo
el que las sabe.

127
Busqué todo el día
un corazón joven
yendo sin rumbo
por calles y sitios
que no sé ni el nombre.

128
Menos yo, mis amigos
suben en la vida.
Le compré flores
y hablé a mi mujer
como de amigo a amiga.

62
129
¿Y cómo, y por qué
estoy aquí yo?
Estupefacto
me pongo a m irar
a mi habitación.

130
Estaba aquel hombre
y echó un salivazo
en el tranvía.
El alma me dolió
a mí de rechazo.

131
Quiero yo un lugar
donde divertirme
las madrugadas,
que el alm a se me enfría
si pienso en mi casa.

132
A nadie en el mundo
le falta su casa.
Ay, yo en la mía
como el que se entierra
me meto en la cama.

63
133
Algo sensacional,
no recuerdo qué,
hice yo en público.
Cuando se adm iraban
fui, y me escapé.

134
Hay un prisionero
en el corazón
de cada hombre.
¡Cómo me taladra
este dolor!

135
Quiero un corazón
igual que el de un niño
que rompe en llanto,
que se echa a llorar,
siempre que le riño.

64
SIN AMPARO

136
Pensé que el robar
no es nada de malo.
¡Qué no estará
mi alma sufriendo!
Ay, no tengo amparo.

137
Hoy un hom bre débil
se sintió en su alma
con la tristeza
que siente la mujer
abandonada.

138
Con qué pena me acuerdo
del tiempo feliz
cuando enfadado
tiraba un reloj
contra las rocas del jardín.

¿5
139
Ayer, rojo de rabia.
Cuando me levanto
esta mañana,
¡qué pena pensar
que no era para tanto!

140
¿Con que tú estás triste,
pobre corazón
enfurecido?
Vaya, hombre, vaya,
bosteza un poquillo.

141
Mi mujer, que le riño
y no se rebela,
pero por dentro
se está recomiendo.
Pena me da verla.

66
CINCO CANTOS DE OTOÑO

142
Noche de otoño y con lluvia.
A las japonesas
las maldecía,
que todas no son
más que marionetas.

143
Nacido macho,
criado entre machos,
y fracasado.
Ya sé por qué al otoño
lo com prendo tanto.

144
Mi ideología
no tiene o tra base
que es que soy pobre.
Ha llegado el otoño.
¡Y el viento que hace!

67
145
Compasión me da el hombre *:
no cabe en sii gozo
y el pobre escribe
novelas rol lazos.
Prim er viento de otoño.

146
Hoy está soplando
un viento de otoño.
Desde hoy mismo
no volveré a hablarle
a ese tipo chistoso.

* Habla de sí mismo.

68
HACIA LA M UERTE

147
Como en camino recto,
derecho y sin fin,
anda que anda:
ese corazón
hoy sentí en mí.

148
A mí no se me olvida
el día marcado
que lo pasé
sin pensar en nada
tan sólo ocupado.

149
Todo es dinero, dinero.
Y yo me reía.
Poco después
pensando lo mismo
la rabia me comía.

69
150
Ojalá que alguien
me mate de un tiro.
Quiero morir
lo mismo que Itó
el prim er ministro.

151
Era el Jefe de Estado,
¡tú! —dijo tan sólo,
y me arrestó.
Desperté a las dos
una noche de otoño.


2

HUMO (I)
R ECU ER D O S D E LA INFANCIA

152
Me entró una m orriña
que yo me creía
que estaba enfermo,
y aquel hum o triste
al cielo azul subía.

153
No hay quien me devuelva
a mis catorce años,
que en prim avera
musitaba mi nom bre
y rompía en llanto.

154
El humo que se esfuma
por el cielo azul
en soledad
¿a quién sino a mí
se parecerá?

73
155
Iba yo en el tren
como pasajero,
y el revisor
—cosas de la suerte-
amigo de colegio.

156
El agua de la bomba
iqué bien salpicaba!
Estuve un rato
con corazón joven
mirándola.

157
Mis maestros y amigos
riñen sin saber
que este misterio
de mi holgazanería
tiene su porqué.

158
Por aquella ventana
del aula me escapaba.
Me iba solo
a dorm ir a las ruinas
del antiguo alcázar.

74
159
Tendido en el prado
cerca del castillo
de Kozumata,
y el cielo me chupaba:
quince años, un niño.

160
Vaya si es pena pena:
haber yo gustado
tan jovencito
el sabor de la vida.
Que am ar es amargo.

161
Siempre que el cielo estaba
despejado y claro,
silbar quería,
y así me divertía
silbando, silbando.

162
H asta durmiendo de noche
estaba silbando.
Ay, silbar eran
mis cantos entonces,
a los quince años.

75
163
Tenía un maestro
que me regañaba.
Barbas de chivo.
Y «el Chivo» le llamaba
y le remedaba.

164
Le tirábam os piedras
a los pajarillos.
Su padre era
teniente en reserva.
Y éram os amigos.

165
Solo en las ruinas
del viejo castillo,
yo me sentaba
a com er fruta
de un árbol prohibido.

166
Hacíamos juntos
tareas y juegos
aquel entonces
yo y aquel amigo
que me dejó luego.

76
167
Amarillo en la yerba
había unas flores
allá en mi escuela
tras la biblioteca.
Ni ahora sé el nombre.

.168
Todas las primaveras
al desparram arse
todas las flores,
era yo el primero
de blanco en la calle.

169
¡Qué pena hacerme amigo
del hermano m enor
del que quería
a mi herm ana Sada,
la que ya murió!

170
Hubo también un joven
profesor de inglés.
Se fue en verano
a las vacaciones,
y no llegó a volver.

77
171
Recuerdo las huelgas
sin que ya en mi cuerpo
hierva la sangre.
Soledad secreta
es lo que yo siento.

172
Que el destino lleve
a esta mi persona
a la baranda
del balcón del colegio
de mi Morioka.

173
Que sí, que existe Dios
—decía mi amigo.
Le disuadí
debajo de un castaño
cerca de un camino.

174
Viento del poniente.
Y se dispersaban
en La Alameda
hojas de cerezo.
Pisándolas, jugaba.

78
175
Ay, libros, libros míos,
que entonces leía,
que casi todos
han pasado de moda
al pasar los días.

176
He llegado a esta fecha
como piedra rodando
la cuesta abajo,
que no sé el por qué,
ni el cómo, ni el cuándo.

177
Melancólico niño,
mi vista envidiaba
cómo volaban
los pajarillos
y volando cantaban.

178
jLa pobre lombriz!
¡Qué descuartizamiento!
Era yo un niño.
Cerca de la tapia
del jardín del colegio.

79
179
Mi herm ana mayor,
venga a preocuparse
de mi obsesión
por saberlo todo,
no fuera a enamorarme.

180
Quien me aconsejó
leer los escritos
del gran Sajó
dejó los estudios
porque no era rico.

181
¡Tenía unos gestos
tan estrafalarios!
Yo me reía,
yo sólo en la clase,
de aquel maestro sabio.

182
Hubo un profesor
que me habló una vez
de no sé quién
que por valer mucho
se acabó por perder.
183
El más grande holgazán
en aquel colegio
en aquel tiempo,
ahora trabaja
tan formal y tan serio.

184
Amigo que exhibió
su facha de paleto
unos tres días
en la capital,
para volver luego.

185
íbamos yo y la joven *
por una avenida
llena de pinos
en Baráyima.
De lista presumía.

186
Una tem porada
tuve mal los ojos
y me ponía
gafas de lentes negras.
jY lloraba solo!

* Habla de su esposa cucando eran novios.

8i
187
Hoy tam bién yo quiero
llorar escondido,
que mis amigos
tienen su sendero,
y yo no tengo el mío.

188
Antes que nadie supe
lo dulce y lo negro
que es el querer.
Pero antes que nadie
me he hecho un viejo.

82
HUMO

189
Cuando está en su tema,
me llega hasta el llanto
y pal motea,
y charlotea
igual que un borracho.

190
De siempre blandía
un bastón fornido
mi compañero,
y se abría paso
en cualquier gentío.

191
Por unos tres años
lo estuve creyendo
un hom bre fino,
hombre de exquisitas
tarjetas de Año Nuevo.

83
192
Un sueño he soñado,
con pena despierto.
Ay, que mis sueños
no son tan tranquilos
como en otros tiempos.

193
Era un talento entonces,
su nom bre famoso.
Y ahora el pobre
está en un penal.
Sopla un viento de otoño.

194
Era cegato y cantaba
con mucho salero.
Pero su amor
daba compasión,
iAy, mi amigo Shigeo!

195
Mi mujer, que antes
toda su esperanza
era la música,
y ahora la pobre
que ya nunca canta.

84
196
A los cuatro vientos
nos desperdigamos
yo y mis amigos.
Ninguno ha subido
después de ocho años.

197
Hoy me he acordado
de cuando conté
la noche aquella
a mis com pañeros
que tenía un querer.

198
Como una cometa
si el hilo se parte,
el corazón
de mi juventud
se ha ido con el aire.

85
HUMO (II)
EL D EJILLO DEL PUEBLO

199
Ay, el dejillo aquel
de los de mi pueblo.
Por si lo oigo,
voy yo a la estación
a oír a los viajeros.

200
Como fiera enferma,
mi corazón fiero
se vuelve manso
cuando alguien me habla
las cosas del pueblo.

201
Tres años, ay, tres años
que yo no los oigo:
los gorriones
que oía en mi pueblo
todos los días, todos.

89
202
Estuve hojeando
hasta los libritos
de geografía
que me regaló
mi maestro fallecido.

203
De aquellas pelotas,
que yo embarqué
en el tejado
de mi colegio
¿qué habrá sido, qué?

204
Piedrecitas tiradas
junto a las veredas
de mi terruño.
Las habrá cubierto
este año la yerba.

205
Mi herm ana la chica,
¡qué lejos ahora!
Cuando chiquilla
lloraba por chanclos
con cintilas rojas.

90
206
Yo vi hace dos días
cuadros de montañas.
Cuando de pronto,
de las de mi pueblo
me acordé esta mañana.

207
Oí el caramillo
del cara melero,
y fue volver
a mi alma de niño,
perdida sin remedio.

208
Mi m adre estos días,
a veces la oigo
hablar y hablar
las cosas del pueblo.
Ya está aquí el otoño.

209
Las cosas del pueblo
hablábamos todos,
y vino el tufo
del mochi * que se tuesta
las noches de otoño.

* El mochi es una tortiza de arroz pasado al baño de María.

91
210
Me gusta Sibutami,
todo lo del pueblo
de mis entrañas:
m ontes de mi recuerdo,
ríos de mi recuerdo.

211
Venden huertos y campos
y se dan al vino.
[Los de mi pueblo!
Con el corazón
hoy yo los visito.

212
Ay, aquellos niños
a los que enseñé
en otro tiempo.
Terminarán dejando
el pueblo ellos también.

213
No hay pena más grande
que el gozo que siento
ai ver y hablar
a los niños que vienen
huyendo del pueblo.

92
214
Echado a pedradas
salí de mi pueblo.
Aquella pena
nunca se me borra
de mi pensam iento

215
Riberas del Kitakami *,
chopos que retoñan
suavemente.
Parece que los veo
y que me dicen: ¡Llora!

216
Hasta el sencillo rodete,
y hasta la peineta
de la m ujer
del médico del pueblo,
recuerdo con pena.

217
Hubo en el pueblo un hombre
que llegó al Registro.
Pudo llegar,
y enfermo del pecho,
se murió allí mismo.

* El río Kitakami pasa cerca de ia aldea de Sibutami, patria del


poeta.

93
218
Posada barata,
que lleva mi amigo,
el que en la escuela
por ser el primero
se em ulaba conmigo.

219
Chiióyi y los otros crecieron.
Todos han querido
y han hecho hijos.
Yo salí a esos mundos
y he hecho lo mismo.

220
Un quince de agosto *
en los festivales,
una m ujer
me dijo: Anda, baila,
que te presto un traje.

221
Un herm ano tonto,
y el padre lisiado.
¡Ay, pobre Santa!
Y aún se pasaba
la noche estudiando.

* El 15 de agosto se celebra en Japón el día de los Difuntos, que es


una fiesta en realidad popular y bullanguera.

94
222
Niño que conmigo
se arreó un potrito
color castaña.
Ay, niño sin madre,
robar por capricho.

223
Florones rojos tenía
su abrigo pintados.
Aún los veo.
Ella era mi amor,
yo tenía seis años.

224
La gente hasta el nombre
olvidado había,
cuando de pronto
volvió el hombre al pueblo,
y el pobre tosía.

225
Aquel carpintero,
mal genio tenía.
Y el pobre hijo
que se fue a la guerra,
no volvió con vida.

95
226
Boda del heredero
de un gran propietario
tísico y zorro.
Que era primavera,
y caían rayos.

227
La «Dinero» al marido
llorando acosaba.
¡Ay, Soyiró! *
Noche que los nabos
echaban flores blancas.

228
Que el tímido escribano
del Ayuntamiento
se ha vuelto loco
—se rum oreaba
un otoño en mi pueblo.

229
Mi primo el cazador
dejó la afición,
se dio al vino,
vendió hasta la casa,
enfermó y murió.

* Las riñas entre un tal Soyiró y su m ujer la «Dinero» eran, en


efecto, famosas en la aldea de Takuboku.

96
230
Le apretaba la mano,
y al punto llorando
se me calmaba.
Borracho pendenciero,
amigo de antaño.

231
Siempre que el maestro
estaba borracho,
con una espada
echaba a su esposa.
Del pueblo lo echaron.

232
Se vino a un pueblo
donde aquel entonces
iba en aum ento
la tuberculosis.
Era un médico joven.

233
A cazar luciérnagas
iba yo hacia el río,
y ella me vio
y me invitó al monte
por otro camino.

97
234
Me acordé de la lluvia
cayendo en las flores
de la patata,
de color violeta.
Llovía en Tokio, la Corte.

235
Ay, esta nostalgia
por la tierra mía.
Igual que el oro
me brilla en el alma
dejándola limpia.

236
Lástima me daban
aquellos chiquillos
de un policía
de muy malas pulgas.
Siempre sin amigos.

237
Le atacaban los días
que cantan cuclillos.
De la dolencia
de aquel compañero,
¿qué habrá después sido?

98
238
M añanitas que llegan
cartas de mí pueblo,
que de las cosas
que me suponía
casi siempre acierto.

239
Hoy me han inform ado
que aquella viuda,
la desgraciada,
está m anteniendo
relaciones impuras.

99
CUATRO CANTOS A SAMEKO UENO *

240
«Señor, da tu paz
a los desgraciados»
—alguien cantaba.
Y pensando en mí
lo estaba cantando.

241
Temple varonil
de aquella mujer.
¿Dónde estará?
¿Qué estará pensando?
No la he vuelto a ver.

242
No olvides que te llevaste
las azaleas blancas
de mi jardín,
que fue aquella noche
de lunita parda.
* Sameko tJeno fue una cristiana que, como más adelante refiere
el poeta, fue la prim era en hablar ae Cristo en Sibutami.

io o
243
Ay, que quien predicó
por prim era vez
a Jesucristo
en el pueblo mío
fue joven y mujer.

IOI
MONTAÑAS D EL PUEBLO

244
M añana de niebla
junto a la estación
de Campo-Koma:
bichitos chirriando.
Muy hondo me llegó.

245
Por la ventana del tren
vi al fin las m ontañas
del pueblo mío,
al norte, a lo lejos.
Me alisé la solapa.

246
El suelo de mi pueblo
que yo pisaba.
Sin saber cómo,
volaban mis pies,
mi corazón pesaba.

102
247
Cuando volví al pueblo,
el alma por dentro
me lastimaba:
caminos más anchos;
y el puente, nuevo.

248
Ni de vista la conocía:
aquella m aestra
que se veía
de pie en la ventana
de mi antigua escuela.

103
A JTDEKO JOTTA

249
En aquella ventana
en aquella casa,
—noche de mayo—
Jideko y yo estuvimos
oyendo a las ranas.

104
UN GUIJARRO DEL PUEBLO

250
A mí me llamaban
«el niño prodigio».
Volví a mi pueblo,
y me eché a llorar
de aquel vaticinio.

251
Un guijarro del pueblo
cogí en el camino
de la estación,
al pie de un nogal,
a la vera del río.

252
M ontañas del pueblo
que yo cantem plaba
sin decir nada.
M ontañas del pueblo,
las gracias les daba.

105
253
¡Qué lejos se ha quedado
el cielo del pueblo!
Yo subí solo
a una azotea.
Bajé medio muerto.

106
3

CON EL TALANTE DEL VIENTO


DE OTOÑO
254
Hasta los chiquillos
que de puro blancos
parecen perlas,
cuando viene el otoño
se quedan pensando.

255
La tristeza es aire,
el aire de otoño,
que casi nunca
sé lo que es llorar
y ahora sí que lloro.

256
Un balón de tristeza,
azul, cristalino
por almohada.
Y la noche entera
oyendo al aire en los pinos.

109
257
Tiñendo de fuego
los vetustos cedros
del Monte Nana,
el sol se ponía.
;Qué calma ese momento!

258
jQ uem ar todos los libros,
que ncidie, leyendo,
jam ás pudiera
saber y sufrir!
Rey de antaño, bien hecho.

259
Estuve pensando
que este mundo es vano,
el día aquel
que todos los males
se me aglomeraron.

260
En la charca flotaba
un cielo arrebol.
También flotaba
un cordón carmín.
Tras la lluvia de otoño.

no
261
Al agua se me parece
entrar en otoño.
Que deja limpio,
y los pensam ientos
se renuevan del todo.

262
¿Qué pájaro era aquel
en la zarzamora?
Que me cantaba
y yo fui a los cerros
a sufrir a solas.

263
Encrucijada de otoño:
de cuatro senderos,
es al tercero
al que el viento va.
¿Con qué paradero?

264
Las voces del otoño
las siento en seguida,
y me da pena
sin poder remediarlo,
que es la laya mía.

III
265
Es ei mismo monte
que de siempre vi,
pero en otoño
lo m iro con miedo,
que Dios está allí.

266
Ilusión en el mundo
ya no hay para mí.
Ay, ¿hasta cuándo
tendré yo que estar
cavilando así?

267
El jardín anegaba
y era lluvia mansa.
Tan m ansa y honda
que al verla olvidé
que yo tam bién lloraba.

268
Yo pisé en el porche
del templo del pueblo
la m ariposa
de una peineta.
Hoy la he visto en sueños.

112
269
Como experimento
yo quise ser niño
una vez más,
y que hubiera alguien
que hablara así conmigo.

270
Las recuerdo con pena:
las afueras del pueblo
donde se oyen
susurros de maizales
cuando en otoño hay viento.

271
Con pluma lo escribí
y está en mi diario:
Que hoy vi un poquito
por el hueco del escote
que tenía a mi lado.

272
Hombres mujeriegos,
de ahora y de siempre:
de noche se enlazan
con brazos de nieve,
¿y así envejecen?

113
273
Quiero por un instante
olvidar mi pena
como la yerba
cubre el empedrado
sólo en primavera.

274
¡Si será ese hombre
que veía en sueños
cuando chiquito
dorm ía en la cuna!
Cariño le tengo.

275
Recuerdo las mañanas
de octubre en Iuate,
cuando las nieves
allá en las m ontañas
parecen tocarse.

276
Aguacero en sequía,
y cayó bien manso.
En el jardín
sólo los erizones
se desparram aron.

n4
277
Tan despejado estaba
el cielo de otoño,
sin una sombra,
que dije: «\folad, cuervos,
que me siento muy solo».

278
Tras la lluvia, luna.
Acá y allá, tejas
reverberando
de agua que tenían.
Y yo, con tristeza.

279
Hambre yo tenía
cuando un perro hambriento,
moviendo el rabo,
se puso a mirarme.
Su gesto era inmenso

280
Si acaso yo olvido
lo que es el llorar,
mira que quiero
que alguien de limosna
me lo vuelva a enseñar.

n5
281
Con las penas del vino
canales lloraba.
Ay, pena mía,
que me levanté
y llorando bailaba.

282
Chirriaba un grillo.
Me senté al asomo
en una piedra
y entre risa y llanto
me puse a hablar solo.

283
Cuando yo caí
sin fuerzas y enfermo,
siempre dormía
con la boca abierta.
Costumbre se me ha hecho.

284
Una ilusión tenía,
una me bastaba:
una mujer.
Niño que no sabía
que se equivocaba.

n6
285
Tiene un m irar tan blando
cuando se rebela,
que hasta he pensado
quitarle lo bueno
por verla m ansa y fiera.

286
No he tenido un día
que al llorar supiese
que tam bién hubo,
cuando el prim er amor,
llanto tan caliente.

287
Como el que ve a un amigo
que olvidado estaba,
con ese gozo
me puse a escuchar
el sonido del agua.

288
Ay, noche de otoño,
cielo gris acero.
¡Así reviente
de pronto un volcán
y te vomite fuego!

117
289
Bichitos que en Iuate
al pie de la m ontaña
por los Tres Campos
cantan en otoño.
jDe oír no me cansara!

290
Para mí, como un padr
el otoño es recio;
como una madre
el otoño es dulce.
Y ay, hogar no tengo.

291
Corazón de otoño,
pena sin descanso,
noches en vela,
oyendo y oyendo
graznar a los patos.

292
Ya medió septiembre,
y no sé hasta cuándo
voy yo a seguir
igual que un chiquillo
sin decidirme a algo.

n8
293
Jam ás se me declaró
y me envía un ramo
de nomeolvides.
Con ser sin mensaje,
lo que dice es claro.

294
Como el arco al llover
la lluvia de otoño
se pone tieso,
así tú estos días
esquivas mi amor.

295
El viento de los pinos
noche y día sonaba
en las orejas
del caballo de piedra
de la erm ita olvidada.

296
Un ligero olor
a árboles podridos,
y dentro de él,
un olor a hongos.
Otoño en su poderío.
297
Monos de los bosques
que al hom bre tanto
se me parecen,
con ruido de chubascos
yendo de árbol en árbol.

298
De lo hondo del bosque
resonó un ruido.
¿Sería alguien
moliendo en un tronco
como Pulgarcito?

299
Al principio era el bosque,
y en el bosque había
un semi-dios,
y el semi-dios hombre
el fuego mantenía.

300
Dios de los arenales,
el que impera solo
en el eterno
desierto de Gobi:
será el Dios del otoño.

120
30 !
En el cielo y la tierra
dos cosas enormes:
mi sufrimiento
y la luz de la luna.
Es otoño y de noche.

302
Por ver si recojo
las migajas pobres
de los sonidos
de las cosas negras,
ando errante en la noche.

303
Llegó el invierno
sosegadamente:
niño de pueblo
que yendo de viaje
al regresar duerme.

I2 Í
PERSONAS INOLVIDABLES ( I )
304
¿Florecerán los agavanzos
otro año más
allá en las dunas
de las playas del norte
que huelen a mar?

305
Conté mis años de joven
en que yo ponía
mi confianza.
Me m iré a los dedos
y viajar aborrecía.

306
Desde el tren yo vi,
por la ventanilla,
sólo tres veces,
el nom bre de un pueblo.
Cariño le tenía.

125
307
¡Cuántas veces me acuerdo
de aquel barberillo
de Jakodate!
¡Qué bien al afeitarme
cerca de los oídos!

308
Venirse a un villorrio
sin conocer a nadie,
en busca mía.
Tenían que ser
mi esposa y mi madre.

309
Mares de Tsugaru.
Cuando los recuerdo,
veo los ojos
de mi herm ana m enor
tiernos por el mareo.

126
TRES CANTOS A JAKUGEIIWASAKÏ

310
Una cuarta guasón a
de uno que siempre
cantaba endechas
cerrando los ojos.
Amigo, no. Me entristeces.

311
Compañero mío,
que a mí me contaba
que cuando niño
ensució una baranda.
Y al contarlo lloraba.

312
Me dijo riendo
que tal vez jam ás
se casaría.
Fue hace ya tiempo
y está por casar.

127
A MI MAESTRA SUE TAKASAJI

313
Aquella m aestra
con aquellos gafas
brillando el marco
con fulgor tan triste.
{Qué pena recordarla!

A UN AMIGO

314
Yo a él le debía
hasta el pan que como.
¡Ay, la traición
que le hice a mis amigos
me lastima en lo hondo!

128
CALLE MIMBRE VERDE

315
Calle M imbre Verde
de mi Jakodate:
flor de azulejo,
y cantos de am or
de mi compadre.

RECUERDOS

316
Se me fue el corazón
con una m ujer
porque le gusta
el olor de cebada
que mi pueblo tiene.

129
317
Yo olía el papel
de un libro extranjero
recién impreso;
y me entraron ganas
de tener dinero.

318
En la playa de Omori,
con la m ar bravia,
y un oleaje
blanco y rugiente,
¡las cosas que yo sentía!

319
Era un despertador
que tam bién cantaba:
«Arriba, arriba»,
en una toná china.
Y a sufrir me llamaba.

320
Aquel borrador
que no llegué a acabarlo
sobre las penas
de un pobre trotam undos.
jValiente rollazo!

130
321
;Cuántas veces pensé
quitarm e la vida
y no moríl
iQué extrañas, qué tristes
mis idas y venidas!

322
Verso chino en una lápida
del Monte Vaca
de Jakodate,
a m itad de la cuesta.
Ya olvidé la mitad.

323
Estaba un mendigo
cuchicheando solo.
Yo lo escuchaba.
De sus labios salían
conceptos preciosos

324
Lo hizo un amigo
y estuvo divino:
huir al monte
como diciendo al mundo:
«Pensad que soy indigno».

131
325
Fum ando un pitillo
frente a un mar rugiente,
en una playa,
una noche de niebla,
de pie, una mujer.

132
TRES CANTOS A IKÚ MIYASAKI

326
Tenía maniobras.
Y al prim er permiso
expresamente
vino en tren a verme.
¡Cómo me supo el vino!

327
Compañero mío Ikú,
cada vez que veo
la superficie
de un río muy grande
pienso en tus sufrimientos.

328
Tanta inteligencia,
tan buen corazón,
que siempre estaba
sin nada que hacer,
en pura diversión.

133
TERTULIA

329
En mi casa hubo de ser,
que se reunieron
para beber
los que no encontraban
su derrotero.

134
TRES CANTOS A JAKUSON YOSINO

330
Da risotadas
en su dolor,
y con el vino
se quita las penas.
Y es mayor que yo.

331
Tiene varios hijos
desde hace ya tiempo,
y el pobre canta,
cuando se em borracha,
igual que un soltero.

332
Aquellas risotadas
que disimulaban
sus am arguras
se entraban con el vino
hasta mis entrañas.

135
DE VIAJE

333
Yo me despedí,
mordiendo un bostezo,
por la ventana
del tren de la noche.
Y hoy me arrepiento.

334
Colores de las luces de los pueblos
de la serranía
que vi en el tren
por la ventanilla.
Noche que llovía.

335
Azotaba un diluvio
al tren de la noche,
y en los cristales
venga a caer en hilos
los goterones.

136
336
Mujer que una noche
se bajó del tren
en Kuchián
con una cicatriz
en la misma sien.

137
EN SAPPORO

337
Es la m ism a pena
que tuve en Sapporo
aquel otoño,
y es la misma pena
con que ahora me ahogo.

338
«Soberbio el soplar
del viento de otoño
por estas calles
de álamos y acacias»
—en mi diario lo anoto.

339
Calles anchas, desiertas.
Todo reposado.
Noche de otoño.
Y un olor
a maíz tostado.

138
340
En la fonda, dos niñas
en riña y alboroto.
Y fuera, lluvia.
La prim era noche
que pasé en Sapporo.

EN BIKUNI

341
Paño rojo que vi
puesto a secar al sol
en la estación.
Era por Ishikari.
Bikuni la estación.

139
EN OÏARU

342
Gente que no canta,
voces violentas.
Ciudad de Otaru.
Tristeza, tristeza,
tristeza, tristeza.

140
CANCIONES MÍAS

343
Quironiántico vi
que antes de que echara
la adivinanza,
movía la cabeza
como si llorara.

344
Me pidió un amigo
que yo le prestara
unos reales.
Al irse le vi
nieve en las espaldas.

345
No ser vividor
y tenerlo a honra
secretamente.
¿Quién podía ser
sino mi persona?
346
Me lo han dicho en mi cara:
— «Todo tu tipejo
esm irriando
es una piltrafa
de genio traicionero».

347
El que escribió aquel año
en aquel periódico
aquel artículo
sobre las primeras nieves,
fui yo.

142
DESPEDIDO

348
Agarró una silla
mi amigo borracho*
en ademán
de darme con ella.
Ya se le habrá pasado.

349
Yo fui el que perdí,
y de la pelea
yo fui el culpable.
¡Y que sea ahora
cuando lo comprenda!

350
Me dice: «Te pego».
Y yo le contesto
diciendo: «Pega».
Plantado era yo
en aquellos tiempos.
del cual
El amigo del que h a b la el poeta es Torakichi Kobayasi,
tratari también los p o em as 352 y 362.

143
Λ KOTO IWAIZUMI

351
«Ay tu, por tres veces
me has puesto una espada
en este cuello».
Me dijo al despedirse,
entre otras palabras.

A TORAKICHI KO BAYASI

352
Me ha llegado el día
de pensar con pena
en el amigo
que me dejó con odio
después de una pelea.

144
EN JOKKAIDO

353
Ay, aquel muchacho
de cejas bonitas.
Yo le llamaba
herm ano menor
y él se sonreía.

354
Un kimono nuevo
tuvo que hacer mi esposa
para un amigo.
Que si invierno tan pronto,
que si en esta colonia... *

355
Con la palma de la mano
limpiaba mi amigo
la nieve fresca
que le mojaba el rostro,
y abogaba el comunismo.

* Efectivamente, por aquellos años Jokkaido era considerado una


colonia de Japón.

I45
356
En bebiendo tenía
la cara azulada
como un diablo.
Cara engrandecida,
cara acongojada.

357
Irse a Kara fu to *
para allí fundar
una religión.
Para aquel amigo,
era el ideal.

358
Paz universal
sin un contratiempo,
aunque después
nos aburram os todos.
Eso quiero, eso.

359
Me propone el amigo
abrir una botica
en comandita.
Pregunto y me dicen
que el sujeto tima.

* La mi tad meridional de la isla de Karafuto o Sajalín fue mucho


tiempo una colonia japonesa. Hoy es territorio ruso.

146
360
Brillándole el llanto,
lívido el semblante
habló conmigo
acerca de la muerte.
¡Ay, joven comerciante!

147
POEMAS EN EL TREN
(19 DE ENERO DE 1908)

361
Un día de nieve
con la niña a cuestas
en la estación
me despidió mi esposa.
¡Ay, aquellas cejas!

362
Como a un enemigo*
yo le había odiado.
Y al despedirme
le apreté la mano
por un rato largo.

363
Yo fui el primero
en quitar la cara
de la ventana
del tren que partía.
No vieran que lloraba.
* Se refiere de nuevo a Torakichi Kobayasi, del cual habla en el
poema 352.

148
364
Los campos de Ishikari
recorría el tren.
Cellisqueaba.
En ese viaje
leí a Turguenief.

365
En cuanto me fuera
¡qué de habladurías!
Con que me fui,
sintiendo el viaje
como la m uerte misma.

366
Yo parpadeé
a la despedida.
Y de repente
una cosa helada
corrió por mis mejillas.

367
Y el tren incansable
por campos nevados.
Y las m ontañas
siempre tan remotas.
Y yo, sin tabaco.

149
368
En la nieve el poniente
deslizó una estela
de carm ín claro
y alum bró las ventanas
del tren en la estepa.

369
Me dolía algo el vientre
y el viaje era largo,
iQué bien sabía
aguantando el dolor
el mismo tabaco!

370
La vaina del sable
de aquel oficial
de artillería
tintinando en el tren,
me impedía pensar.

371
Ninguna relación
a ese pueblo me ata.
Sólo sé el nombre.
Y el hotel, malucho,
ni que fuera mi casa.

150
372
Triste boca abierta
triste palidez
cuando dormía
la del diputado
en el mismo hotel.

373
Para llorar hasta hartarm e
esa noche al menos,
fui a un hotel.
Y estaba templado
el té* que me dieron.

374
Los hielos se teñían
como en floraciones.
En la ventana
del tren de vapor.
¡Qué alba y qué colores!

375
Después del ventarrón
con eco de bronce,
la nieve seca
empezó a bailar
y envolvió los bosques.

* El té japonés suele servirse muy caliente.


376
El río Sorachi, helado.
En el horizonte,
ni un solo pájaro.
Y había en la costa,
en el bosque, un hombre.

377
Hay quienes se pasan
una larga vida
en esas nieves
con la soledad
enemiga y amiga.

378
Yo entonces vi que era yo:
rendido del tren
y todavía
capaz de pensar
fragm entariam ente.

379
No olvidaré los ojos
de aquel ferroviario,
jóvenes, mansos.
La estación la anunciaban
casi cantando.

152
380
En medio de la nieve
acá y allá, techos.
Y el humo fino
de las chimeneas
humeando al cielo.

381
Dejando oír su silbo
que resonó lejos,
largo, muy largo,
el tren entra ahora
en un bosque inmenso.

382
Sin nada que pensar
todo un día entero,
abandoné
a los ecos del tren
mis sentimientos.

383
Ultima estación.
Nieve en claridad.
Andando entro
por una ciudad
toda soledad.

i >'3
EN KÚSIRO

384
Blanco, blanco, blanco
reverbera el hielo.
No hay gaviotas.
Sobre el mar de Kúsiro,
la luna, y el invierno.

154
EN UN CONFÍN DEL PAÍS

385
Acerqué al fuego el fracaso
de tinta congelada.
Quise escribir
y me eché a llorar
debajo de la lámpara.

386
El rostro y la voz
sí que eran los mismos
que antiguamente.
En un confín del país
encontré a un amigo.

155
TRES CANTOS AL VINO

387
En un confín del país
yo bebía el vino
como el que apura
las heces de la copa
de las amarguras.

388
Vino yo bebía
y a mí me gustaba
porque las penas
brotaban de un golpe
y al dorm ir no soñaba.

389
Risa de mujer,
risa repentina.
Me dejó helado
una noche que el vino
se helaba en la cocina.

156
A KOIAKKO

390
Hubo una mujer
que el canto paraba
y se apenaba
al verme borracho.
¿Cómo seguirá?

391
No es fácil que olvide
los lóbulos blandos
de una mujer;
y lo demás, todo.
Se llama Koiakko.

392
Los dos arrimados,
de noche y con nieve.
Los dos parados.
Y siento una mano
de mujer, caliente.

T57
393
«¿No prefieres la muerte?»
ella contestaba:
«Mira bien esto».
¡Una cicatriz
en plena garganta!

394
Me dice que otra
me está calumniando,
otra más guapa
y más artista
en baile y en canto.

395
Le digo que baile,
y baila al momento,
y no se para
hasta que el vinazo
la echa por los suelos.

396
Hasta que estuviera
borracho de muerte,
ella esperaba
y me musitaba
sus penas de mujer.

158
397
«¿Qué te pasa?» —le digo.
Y borracha y lívida,
abrió los ojos
y a fuerza de poder,
dibujó una sonrisa.

398
Amargura fue.
Que en un brazo blanco
como una gema
vi la cicatriz
de un beso mascado.

399
Cuando embriagado
el sueño me inclinaba,
y al despertar
cuando quería agua,
su nom bre yo llamaba.

400
Igual que el bichito
con querencia al fuego,
me acostum bré
a ir a su casa
de farolillos nuevos.

159
401
Al pisar las tablas,
chirrió y chirrió.
Ya me volvía.
Y en el frío, de pronto,
sus labios en los míos.

402
Yo pensaba acostado
teniendo sus rodillas
por almohada.
Pero el pensamiento
era de cosas mías.

160
N OCH E DE KÚSIRO

403
En ia playa, chasquidos
de trozos de hielo
al oleaje.
En la noche, luna.
Y yo, yendo y viniendo.
A ÍRES DE KÚSIRO

404
Me han dicho que ha m uerto
mi rival de amor.
Era un muchacho
con una inteligencia
más que superior.

405
Viejo trotam undos
que al em borracharse
tarareaba
un cante chino suyo
de diez años antes.

406
Aire, aire frío
quiero respirar.
Que al respirarlo
la nariz se me hiele
de un modo cabal.

162
FEB R E R O EN KÚSIRO

407
Bahía sin olas,
bahía en febrero.
Flotando apenas,
pintado de blanco,
un barco extranjero.

A UNA GUEISHA LLAMADA ÍCHIKO

408
Al romperse una cuerda
de su samisén *,
formó una bulla
que ni hubiera incendio.
Una noche de nieve.

* El samisén es un laúd japonés de tres cuerdas. Todas las gneis-


has saben tocarlo.

163
AL M ONTE A KAN

409
Erguía su cuerpo
lo mismo que un dios,
en lo remoto.
Monte Akán nevado.
¡Qué salida de sol!

164
GUEISHAS

410
Noche que canté
al acom pañam iento
del samisén
de una que para m atarse
se despeñó en su pueblo.

411
Lo dejó apuntado
en una vieja libretita
color cigala:
la hora y el sitio
de nuestra cita.

165
RECU ERD O S

412
Mis recuerdos a veces
se parecen mucho
al mal hum or
de cuando me pongo
calcetines sucios.

A MISA O UMEKAWA

413
Lloró una mujer
en mi habitación.
Como novela
mucho tiempo después
a mí me pareció.

166
ESTACIÓN FINAL

414
El viaje aquel
al fin me resultó
como cantar
los versos de Rotosa
tem blándom e la voz.

167
PERSONAS INOLVIDABLES (II)
CANTOS A CHIEKO TACHIBANA

415
¿Cuándo pudo ser?
En sueños ia oí.
Ay, que esa voz
hace mucho tiempo
no la he vuelto a oír.

416
Frío en las mejillas.
Y un hom bre que parte
para otras tierras,
me pregunta sólo
por dónde es mi viaje.

417
Estaba yo hablando
sólo por hablar,
y tú escuchando
sólo por escuchar.
No hubo nada más.

171
418
Aquello mío y tuyo
será parecido
a un sol sereno
brillando en primavera
sobre un mármol frío y limpio.

419
Todavía veo
unos ojos negros
que parecían
absorber la luz
de todo el universo.

420
Aquellas palabras
que entonces no dije,
tan im portantes,
las tengo en mi pecho
sin que se me olviden.

421
M ancha en pantalla blanca
con nada se quita.
Y no se quita
el recuerdo mío
de aquella despedida.

172
422
La noche que dejó
aquellos rescoldos
de Jakodate,
me dejó un vacío
que aún lo añoro.

423
Dicen que tenías
las crenchas bonitas
al despeinarte,
la frente inclinada,
cuando tú escribías.

424
Las patatas ya
habrán florecido.
¿A que esas flores
serán de tu gusto
como son del mío?

425
El serrano en el valle
recuerda la sierra.
Y mi persona
cuando está sufriendo
a ti te recuerda.

173
426
Cualquier menudencia
me hace recordarte
cuando te olvido.
Pero no te creas
que pueda olvidarte.

427
Si oigo que está enferma,
no vale que añadan
que se ha curado,
que a quinientas leguas
la razón se me va.

428
Vi en la calle un cuerpo
parecido al tuyo,
y el corazón
¡cómo me saltaba!
Mira tú si sufro.

429
Pensaba esta m añana
que si yo volviera
sólo una vez
a escuchar tu voz,
cesarían mis penas.

174
430
Estas cavilaciones
que tengo yo a veces
en esta vida
de tanto ajetreo
¿para quién serán, para quién?

431
Tengo yo un amigo
al que le descubro
mis pensamientos.
La próxima vez
le hablaré de lo tuyo.

432
Que no te veré
nunca, hasta morir.
Y yo lo digo.
Y tú, en lo secreto
¿me dirás que sí?

433
Hay algunos días
que al pensar en ti
mi corazón,
sereno hasta entonces,
se echa de pena a bullir.

*75
434
Que yo me separe,
y ios años pasen,
y cada año
con mayor cariño,
tú, y después, nadie.

435
En tu casa en un barrio
de la capital
de Isikari,
la Flor del manzano
¿ya estará marchita?

436
Tuve caita larga
en estos tres años
sólo tres veces.
Las que yo he escrito
quizás serán cuatro.

176
AL QUITARME LOS GUANTES
437
Al quitarm e los guantes
se paró la mano.
Vagos recuerdos
cruzaron fugaces
por mi alma volando.

438
¿Cuándo fue, cuándo,
que empecé a engañar
al sentimiento?
Cuando empecé a dejarme
bigote, quizás.

435
Apoyé la nuca
al borde del baño
una m añana,
y respirando hondo
me quedé pensando.

179
440
Me alegré una m añana,
como era verano,
cuando quemó
el agua oxigenada
al diente picado.

44.1
Las manos fijamente
me estaba mirando
m ientras pensaba:
ella, al besar,
tiene buena mano.

442
Que mi soledad
es porque mis ojos
nunca disfrutan
de los coloridos.
Compré un buqué rojo.

443
Com prar un libro nuevo
y de noche leerlo:
ese placer
no sé cuánto hace
que no lo experimento.

180
444
Al volver de un viaje
de una semana,
sentí cariño
por la mancha roja,
de tinta, en mi ventana.

445
Cariño sentí
al papel secante
que me encontré,
viejo y manchado,
entre mis borradores.

446
La nieve en mi mano
con su derretir
me penetraba
hasta el corazón,
harto de dormir.

447
La luz del poniente
daba en mi persiana,
y mi corazón,
poquito a poco,
oscuro quedaba.

i 8i
448
Me da escalofrío
de noche este olor
a medicina.
Ay, casa en que antes
médico vivió.

449
Cristal de ventana,
cristal empañado
con polvo y lluvia.
Que me asaltan penas
con sólo mirarlo.

450
Cada día, cada día
por más de seis años
me lo ponía.
Como es sombrero viejo,
hoy lo he tirado.

182
CANTOS D E PRIMAVERA

451
A los ojos que durmieron
en la primavera
hasta hartarse,
¡qué blanda parece
en el jardín la yerba!

452
Una infinidad
de tapias altas,
de tejas rojas,
y un sol de primavera
que m orado se alarga.

453
Nieve de primavera,
iqué blanda caía
sobre una casa
de ladrillo, tres pisos,
calle Platería! *
* La calle principal de Tokio se llama Guinza, que significa
«Platería».

183
454
En los tejados
de tejas mugrientas
cae y se derrite,
cae y se derrite.
Nieve de primavera.

455
Junto a una ventana
una m ujer joven
de ojos enfermos.
Primavera y llueve
con silencio enorme.

456
Arrabales nuevos,
flotando el arom a
de árboles nuevos
y la primavera
serena en las cosas.

457
Ciudad en primavera.
Andaba y leía
en los portales
caligráficos rótulos *
de letra femenina.

* Es costumbre en Japón que las casas tengan junto a la puerta


una labiita en la que está escrito a pincel y tinta china el nom­
bre del dueño.

184
458
Indefiniblemente
la tarde esparcía
esa fragancia
de cuando se queman
cáscaras de m andarina.

459
Entreoyendo las voces
de una reunión
alborotada
de mujeres jóvenes
soledad sentí yo.

460
Cellisqueaba
una primavera
con un dolor
como sí una joven
hubiera muerto cerca.

185
PO EM A S DEL ATARDECER

461
Yo siento en mi pecho
esa pena blanda
indefinible
que tiene el borracho
que bebe coñac.

462
En un rincón de la tasca
seca platos blancos
y los apila
en una repisa.
¡Mujer de desengaños!

463
Invernal, reseco,
en el gran camino
flota un olor
a ácido carbólico,
subrepticio.

1 86
464
Rojo, rojo el poniente.
Y en una ventana
de la taberna
a la vera del río,
una cara blanca.

465
Triste atardecer,
el alma impregnada
con el olor
del vinagre fresco
del plato de ensalada.

466
Un simple verter
la leche de cabra
de una botella
de color celeste
jy mi mano temblaba!

467
[Tristeza de tristezas!:
ojos em pañados
por el alcohol,
espejo empañado
por la respiración.

187
468
Eternam ente
la tarde serena,
y persistente
un olor a jamón
en la despensa.

469
Delante de un estante
con filas de botellas
indiferentes
mondaba sus dientes.
IMujer de tristeza!

ι88
SAYONARA, KOIAKKO

470
Me despedí de ella
con un largo beso,
de madrugada.
Lejos, no sé dónde
había un incendio.

AL PASAR

471
De noche vi una cara
en una ventana
de un hospital,
tenuemente blanca,
vagamente recordada.

189
VAGOS RECU ERD O S

472
[Αν, aquella mujer
que estuvo bailando
en aquel yate
en aquel gran río
no recuerdo cuándo!

473
Yo escribía cosas
sin que me importasen.
Me entró de pronto
gana de ver gente,
y salí a la calle.

474
Me puse a pensar
fumando un tabaco
humedecido,
y mis pensamientos
se m alhum oraron.

190
475
Con los filos del alma
sentí la inminencia
del nuevo estío.
Tras la lluvia en el carmen,
olía a tierra fresca.

476
Coqueta y glacial,
la cristalería.
Era verano.
Al pasar de noche
a la luna yo veía.

477
Como tú venías,
me levanté pronto
y andaba inquieto
por los puños sucios
del camisón.

478
Los ojos de mi hermano,
ciegos de penar
últim am ente.
Ojos de inquietud,
que hasta a mí me llagan.

191
479
En yo no sé dónde
extraño bregar,
clavando estacas
rodando barriles.
Y empezó a nevar.

192
N OCH ES

480
Oficina desierta
una madrugada;
por un buen rato
se oía un teléfono.
Luego se paraba.

481
Yo me desperté
y al cabo de un rato
sentí un ruido:
Gente que de noche
estaba charlando.

193
ESTACIONES

482
Al reloj miraba
y estaba parado.
Mi corazón
cual si lo chuparan,
todo solitario.

483
Todas las m añanas
siento frío el frasco
de los potingues
para hacer gárgaras.
El otoño ha llegado.

484
En la veredi ta,
al pie del alcor
de verdes trigos,
un peine al pasar
recogí yo.

194
485
Luz de otoño moteada,
sierpe escurridiza
entre los cedros
del monte a mi espaldar-
pasado el mediodía.

486
Un puerto de mar.
Nublado marino
apabullando
a los milanos
que ciernen su graznido.

487
En el cristal esmerilado
vi sombras fugaces
de aves volando
un día de octubre.
Pensaba infinidades.

488
Baila como nadando
sobre los aleros
altos y bajos
de hileras de casas.
«/
El sol del invierno.

195
489
En Barrio Cascadas
junto a Pontevilla,
¡cómo trabajan
bajo los faroles
los periodistas!

490
Mi padre era un hombre
de muchos enfados.
Y últim am ente
ya nunca se enfada.
¡Que se enfade de algo!

491
Viento mañanero
metió en el tranvía
una hoja de sauce.
La cogí del suelo
y la veía.

492
Sin un por qué
quise ver el mar.
Y fui al mar.
Día que mi alma
no podía con más.

196
493
El m ar en calma
me cansé de ver.
Volví los ojos
y los hirió un ceñidor-
rojo de mujer.

494
Todas las mujeres
que hoy me he encontrado
por esas calles
parecían volver
de algún desengaño.

495
¡Ay, aquel aroma!
Hierbas de verano,
en pleno campo,
en una estación.
Viaje de antaño.

197
OTOÑO

496
Logré tom ar el tren
un día de otoño
de mañanita.
El pan que tomé
estaba correoso.

497
En el tren de la noche
junto a la ventana
pensaba yo
sobre mi futuro.
Desgracias pensaba.

498
Noche de lluvia en el tren,
Y en una estación,
entre unos bosques,
miré fijamente
y estaba parado el reloj.

198
499
Me despedí de todos.
Luego en la ventana
medio alum brada
del tren de la noche
jugaba con una manzana.

500
Tristeza de la tasca
que voy a diario.
501 de la tarde
tiñendo rojo rojo
el vino blanco.

501
Como el loto que nace
en un lodazal,
brotan mis penas
en mi borrachera
con m ás claridad.

502
Otoño. Tras la pared
sentí que lloraba
una mujer.
Yo, bajo un mosquitero
en una posada.

199
503
Saqué ciel ropero
un viejo kimono.
Aún olía
a viejos recuerdos.
M añana de otoño.

504
Sopla el viento de otoño
La rodilla izquierda
me atorm entaba
y se me ha curado
de buenas a primeras.

505
Puesto a vender cosas,
sólo me ha quedado
un diccionario
sucio, de alemán.
Final del verano.

506
Es amigo mío.
Lo odié sin razón,
y de repente
lo llegué a querer.
Final del otoño.

200
507
Día que saqué
del fondo de un arm ario
un libro viejo
de pastas rojas
prohibido por el Estado.

508
Una m añana de otoño
me encontré en la calle
a u n escritor
cuyas obras la ley
mandó recoger.

509
Empezó a soplar
el viento de otoño
el mismo día
que yo decidí
beber a mi antojo.

510
Sobre unas islas
en alineamiento,
en un rincón
del inmenso mar,
sopla en otoño el viento.

201
511
Mujer de un amigo.
Me fijo tan sólo
en sus ojeras
como de llorar
y en el lunar de su rostro

512
La bola de lana
rodando en el suelo,
y ella sentada
haciendo calcetas
—siempre que la veo.

513
Un gato blancuzco
dorm ita modorro
sobre un sofá
de color cigala.
Atardecer de otoño.

514
Débil, débilmente
chirrían cigarras
acá y allá.
Campo. Mediodía.
Yo, leyendo cartas.

202
POEM AS EN LA N OCH E

515
La contraventana
cerraba una noche
Y en el jardín
corrió algo blanco.
Si sería un gozque.

516
Las dos de la noche.
Se enrojeció el cristal
de mi ventana.
Color de un incendio.
No se oía nada.

517
Me decía a solas:
—«Amor perdido».
Era de noche.
Fui ai brasero,
y aticé el cisco.

203
518
Acerqué la mano
a la pantalla blanca
de mi candil.
Una noche fría.
Y yo pensaba.

519
Lo mismo que el agua,
me anegan congojas.
Noche sin luz.
Había un olor
como de cebolla.

520
Solo, solterón,
y con treinta años.
Y algunas veces
se divierte solo
im itando a los gatos.

521
Soldado cobarde
que va de patrulla,
anduve errante
tem blando de miedo
por calles oscuras.

204
522
Toda mi piel oídos.
Todo reposado.
Ciudad que duerme.
Y el pesado ruido
de mis zapatos.

523
Una m adrugada
entró en la estación
y se sentó
uno sin sombrero.
Luego se salió.

524
Cuando me doy cuenta,
he estado vagando
solo en la noche,
empapado en niebla
desde no sé cuándo.

525
—«Hombre, si es que tienes,
¿me das un cigarro?»
Se me acercó
de noche un vagabundo.
Y estuvimos hablando.

205
526
Igual que el que vuelve
de en medio de un yermo,
volví de andar
de noche por Tokio
solo y sin rumbo cierto.

527
Al pie de la ventana
de un banco, caída
sobre la escarcha
en el empedrado,
había tinta.
POEM AS DE O CTUBRE

528
Chiun, chiun. En un soto
piaba y jugaba
un jilguerito.
Y yo lo veía.
Vereda nevada.

529
Aire mañanero,
m añana de octubre,
que respiró
por prim era vez
el hijo que yo tuve.

530
Día de octubre.
Hospital de partos.
Ir y venir
por un corredor
húmedo, y largo.

20 7
PO EM A S EN EL PARQUE

531
Un traje morado,
colgando las mangas.
Había un chino
en el parque un día,
y al cielo miraba.

532
Como tocar la mano
de un chiquillo chico
me parecía
cuando vine al parque
y paseé solito.

533
Al cabo del tiempo
yo rae fui a un parque,
y vi a un amigo.
Le estrujé la mano
y le hablé a raudales.

208
534
En los claros del parque,
entre la arboleda,
las avecillas
revoloteaban.
Descansaba con verlas.

545
Al parque salí
y mientras andaba
lomando el sol
comprendí lo débil
que entonces estaba.

536
Recordé aquel beso;
cuando la hojita
de un platanero,
al caer, rozó
suave mis mejillas.

537
Lo he visto dos veces
sentado en un banco,
en un rincón
del parque. Estos días
no me lo he encontrado.

209
538
Parque de tristezas.
Después de casarte,
van siete meses
que se me han pasado
sin venir al parque.

539
A la sombra en el parque
había una silla
desvencijada.
La vi tan solita
que me senté encima.

210
REM IN ISC EN C IA S

540
No olvidaré su cara.
Que la policía
se lo llevaba,
y el hombre en la calle
riéndose iba.

541
Encendí una cerilla,
y por los tres palmos
que dio de luz,
volando cruzó
un bichito blanco.

542
Me puse a silbar bajo
cerrando los ojos
y recostado
contra una ventana.
Una noche de insomnio.

211
543
¿Seguirá mi amigo
paseando en hombros
a su chiquillo
huérfano de madre
por aquellos escombros?

212
CANTOS A MI HIJO MUERTO
(28 DE OCTUBRE DE 1910)

544
Era tarde una noche
cuando yo volví
de mi trabajo
y abracé a mi hijo
que acababa de morir.

545
Me dijeron que el niño
al m orir lloró
dos o tres veces
con voz apagada,
y el llanto me ahogó.

546
Los nabos engordaban
sus raíces blancas,
pero mi hijo
nació y se murió
a las tres semanas.

21}
547
Tres pies cúbicos de aire,
del aire de otoño,
respiró el hijo
de mi corazón,
y se me murió.

548
Todo el corazón
volcaba el buen médico
en la inyección
que puso en el pecho
de mi hijo muerto.

549
Corno el que se enfrenta
a un grande misterio
puse la mano
en la frentecita
de mi hijo muerto.

550
Las carnes de mi hijo muerto
se iban enfriando;
como mi pena
no se acrecentaba,
era más mi trabajo.

214
551
La piel de mi hijo
de cuerpo presente
con gran tristeza
hasta la m añana
estuvo caliente.

215
ÍN D IC E

PÁGINA

INTRODUCCIÓN 7

1. CANTOS QUE ME QUIEREN 19


Cantos de la arena 21
Los de mi casa 24
En soledad 26
Vida o muerte 30
Este hombre egoísta 34
Dentro del pecho 37
Gusto y asco 40
¿Por qué? 44
Como una bestia enferma 47
Hambre y sed 50
Entre los hombres 51
Algo me falta 54
Ruidos 56
Miedo y tristeza 57
Transición 60
Solo en el mundo 62
Sin amparo 65
Cinco cantos de otoño 67
Hacia la muerte 69

2I7
2. HUM O (I) 71
R ecu erd o s de la in fan c ia 73
H um o 83
HUM O (II) 87
FJ dejillo del p u eb lo 89
C u atro ca n to s a S am ek o U eno 100
M o n tañ as del p u eb lo 102
A Jid ek o Jo tta 104
Un g u ija rro del p u eb lo 105

3. CON EL TALANTE DEL V IEN TO DE


OTOÑO 107

4. PERSO N A S INOLVIDABLES (I) 123


Tres can to s a Jak u g ei Iw asaki 127
A mi m a e stra S u e Takasaji 128
A u n am igo 128
Calle M im bre V erde 129
R ecu erd o s 129
Tres can to s a Ikú M iyasaki 133
T ertu lia 134
Tres can to s a Ja k u so n Yosino 135
De viaje 136
E n S a p p o ro 138
E n B ikuni 139
En O taru 140
C anciones m ías 141
D espedido 143
A K oto Iw aizu m i 144
A Torakichi K obayasi 144
En Jo k k aid o 145
P oem as en el tre n 148
E n K úsiro 1.54
En un confín del país 155

218
Tres c a n to s al vino 156
A K oiakko 157
N oche de K úsiro 161
Aires de K úsiro 162
F eb rero en K úsiro 163
A u n a g u eish a llam ad a Ichiko 163
Al m o n te Akán 164
G u eish as 165
R ecu erd o s 166
A M isao U m ekaw a 167
E stació n final

PERSON AS INOLVIDABLES (II) 169


C antos a C hieko T ach ibana 171

5. AL QUITARME LOS GUANTES 177


C antos de p rim av era 183
P o em as del a ta rd e c e r 186
S ay o n ara, K oiakko 189
Al p a sa r 189
Vagos re cu erd o s 190
N oches 193
E stacio n es 194
O toño 198
P o em as en la n o ch e 203
P oem as d e o c tu b re 207
P o em as en el p arq u e 208
R em in iscen cias 211
C antos a m i hijo m u erto 213

219
Un puñado de arena de Isikaua Takuboku
traducido por A ntonio Cabezas
fue el prim er libro de poesía japonesa
publicado por Hiperión en 1976.
Se volvió a com poner y se reeditó en 2001.
Esta reimpresión en 2018 coincide con
la publicación de su Diario en 'roomaji'
y de Tristes juguetes en versiones
de M asateru Ito y Elena Gallego.

IN SISTERE VESTIGIIS

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