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31/07/2018- Por Julián Ferreyra - Realizar Consulta
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Los llamados fenómenos psicosomáticos (FPS) son, así concebidos y
» Psicoanálisis<>Filosofía nombrados, reactivos a su lectura e intervención clínicas, por tratarse
sin quererlo de modos clásicos de lo descriptivo, casi inevitablemente
» Psicoanálisis y Ciencias ungidos desde el modelo médico hegemónico y, por ende, en colisión
con la ética del psicoanálisis en tanto nos topamos con la eficacia del
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cuerpo-médico como modo de subjetivación… Intentaré situar una
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concepto FPS, lo cual no obsta la ponderación de algunos desarrollos
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lectura clínica de ciertos desarrollos de Judith Butler…
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                                                     Judith Butler*
 
 
Agradezco ante todo a Leonardo Leibson por la invitación. Resulta interesante que su
propuesta surgiera al leer un breve punteo-posteo mío en facebook, en donde muy
sucinta y brevemente ponía en cuestión la categoría “fenómeno psicosomático”, la cual
es nada más y nada menos que la temática de esta sección. Celebro entonces lo que
espero sea una genuina discusión.

La conversión tuvo para Freud el estatuto y dignidad de síntoma, y no de mero


“fenómeno”. El síntoma es, entre otras cosas, un acontecimiento que se expresa más
allá del dualismo cartesiano. Del mismo autor
» La intuición analítica
Justamente y a mi entender, los llamados fenómenos psicosomáticos (FPS) son, así
concebidos y nombrados, reactivos a su lectura e intervención clínicas, por tratarse sin » El pequeño Herbert: los albores del
quererlo de modos clásicos de lo descriptivo, casi inevitablemente ungidos desde el análisis freudiano con niñ@s y el
modelo médico hegemónico[1] y, por ende, en colisión con la ética del psicoanálisis en dispositivo con parientes
tanto nos topamos con la eficacia del cuerpo-médico[2] como modo de subjetivación.

Búsquedas relacionadas
1. Fenomenal » fenómeno psicosomático
» síntoma
Un fenómeno remite a “toda manifestación que se hace presente a la conciencia de un
sujeto y aparece como objeto de su percepción”[3]. Sin abusar de la apelación al » Judith Butler
diccionario, diríamos que en dicha definición canónica encontramos ya un obstáculo para » cuerpo
su uso clínico: la primacía de la conciencia y de la percepción. Su raíz es griega y deriva
luego en la voz latina tardía phaenomĕnon, que remite por un lado a sucesos del mundo » psicoanálisis
físico -por ejemplo “fenómeno astronómico”- pero por otro lado -y aquí nuestro interés- » lenguaje
también remite a “síntoma”.
» metáfora

Aunque en sus orígenes la idea de fenómeno se agotaba en la astronomía, luego pasa » discurso
a la filosofía ampliando su significado a cualquier tipo de hecho constatado » representación
científicamente. Es decir, nuevamente, una primacía en lo observable o contrastable -ya
sea empírica o metapsicológicamente-.

Otra de sus acepciones emparenta a fenómeno con lo extraordinario, en todo sentido:


lo monstruoso o lo raro, ya sea negativizado -en inglés lo freak o weird- o también,
positivizado como categoría política y epistémica, lo queer[4]. Ante esto último se
plantea al menos una divisoria de aguas: o hablamos de lo excepcional, o consideramos
simplemente formas de existencia diversas [a la norma].

En este escrito intentaremos situar una discusión crítica sobre los alcances,
conveniencia y límites del concepto FPS, lo cual no obsta la ponderación de algunos
desarrollos interesantes al respecto. Para ello y principalmente se efectúa una lectura
clínica de ciertos desarrollos de Judith Butler[5].

En particular, un ordenador que relanza tanto la potencia del concepto “síntoma


conversivo”, como también jerarquiza otras formas del decir corporal tradicionalmente
outsiders: dicho ordenador es la crítica a la idea de quiasma entre el cuerpo y el
lenguaje. Diremos preliminarmente que desde dicho ordenador se nos allana el camino
para que el síntoma sea un horizonte posible, en tanto los llamados FPS pueden situarse
en una relación de contigüidad[6] con el síntoma.

2. Más allá de Descartes o el quiasma

El mismo es definido canónicamente como “el [mero] entrecruzamiento en forma de


equis -agregaríamos, la X de cualquier incógnita- de dos estructuras anatómicas”. De
dicha definición podríamos igualmente aislar un elemento interesante: el cuerpo y el
lenguaje son dos anatomías, como así también lo es -sobre todo- lo que se produce por
efecto del segundo sobre el primero.

Butler ensaya al menos 3 líneas simultáneas de trabajo, muy útiles para pensar cuerpo
y lenguaje [y subjetividad] más allá del quiasma. O lo que es lo mismo, para evitar que
el escisionismo cartesiano retorne en el interior del propio discurso psicoanalítico
anulando al síntoma como ordenador fundamental. Aquí las tres líneas o tesis:

I. una crítica al dualismo cartesiano, en tanto cuerpo y discurso están siempre unidos
aunque sean diversos -de ahí que podríamos plantear que la escisión en psicoanálisis
implica una unión-;

II. en solidaridad con el punto anterior, plantea la inconmensurabilidad entre los dos
terrenos, cuerpo y lenguaje, la que sin embargo no implica una oposición;

III. y finalmente, la doble imposibilidad de, por un lado, todo-definir al cuerpo desde el
lenguaje y de, por el otro, aprehenderlo ontológicamente sin él (desde Lacan sería algo
parecido al “no-sin”).

Nos limitaremos aquí simplemente a delimitar la segunda línea de trabajo, no sólo


porque abordar exhaustivamente las tres resultaría un recorrido más extenso que lo
previsto para este escrito, sino sobre todo por considerarla una tesis casi no trabajada
desde una perspectiva clínica; y a la vez por contemplar la suficiente complejidad y
profundidad para cuanto menos situar lo fundamental de las otras dos.

3. Del FPS al síntoma

Al mismo tiempo y primeramente, efectuamos un breve recorrido de algunos


desarrollos clínicos que trabajan desde el concepto de FPS. Por ejemplo, el mismo
Leonardo Leibson plantea que “... la experiencia [clínica] muestra que hay un decir,
emplazado inicialmente en un conjunto de signos casi mudos (y de ahí la errónea
percepción de que no habría palabra allí). Ese decir, a construir -como en cualquier
análisis- se nutre de lo que se va tejiendo transferencialmente, en el cuerpo a cuerpo del
análisis que en estos casos toma una relevancia particular”[7].
Interesante la idea de una palabra muda, ya que se deduce desde el autor que dicho
rasgo tendría que ver con que las mismas “... no tienen estructura de metáfora -aunque
puedan muchas veces verse ahí, realizadas, maravillosas analogías”[8].

Así, y ante la ausencia de metáfora, el autor plantea el uso de la ficción, la cual


permite la emergencia de “... una otra escena en la que lo que es 'fenómeno' clínico-
nosológico pueda advenir en síntoma, esto es, pueda ser dicho y en ese decir implicar
una subjetividad”[9], en tanto se trataría de “... cuerpos que no hablan porque son
cuerpos presentes...”[10].

A su vez, en un reportaje a Vera Gorali realizado por Michel Sauval, la misma afirma
que “El fenómeno psicosomático entra en el análisis bajo la forma de síntoma. Hay una
manera de transformarlo en síntoma. Ahora, ¿qué significa eso? No es que el asma se va
a transformar en una pregunta, [necesariamente] en un síntoma asmático (…) el sujeto
se va a empezar a preguntar por cosas que son por completo ajenas al fenómeno...”[11]
(el agregado es nuestro).

Al respecto, el entrevistador complementa afirmando que “... el fenómeno no queda


ligado a la cura por la asociación o producción de algún saber al respecto. Con lo cual, el
fenómeno podría empujar a alguien a hacer análisis (...) pero el análisis sería, para
decirlo de algún modo, de otras cosas”.

Sin ser exegetas de dichos autor@s, ni de otr@s, resulta interesante que para que el
FPS pueda ser pensado como un problema clínico de pleno derecho en psicoanálisis sea
condición situarlo de un modo similar, aunque con algún matiz, al síntoma -o en función
de éste-.

O mejor dicho, a lo propio de un síntoma en estado puro o síntoma puro goce: un


síntoma previo al hecho transferencial, cuyo paradigma clásico sería la caracterización
freudiana en “Elizabeth”: el padecimiento mudo.

Dicho de otro modo, resulta posible impugnar no el valor teórico o clínico de dichos
desarrollos arriba citados, sino antes que nada la conveniencia, desde el punto de vista
epistemológico, de los conceptos de “fenómeno” y de “psico-somático” en sí mismos,
para evitar que los mismos constituyan un obstáculo epistemológico -y
consecuentemente teórico y clínico-.

4. Inconmensurabilidad cuerpo-lenguaje

Butler plantea una tensión en la relación entre cuerpo/corporeización y lenguaje, desde


el concepto de interpelación [somática, podríamos decir]. Así, “... la escena de
interpelación no es necesariamente verbal, ni exclusivamente lingüística, y designa una
operación más primaria del campo discursivo a nivel del cuerpo” (p. 27).

A su vez ubica lo propio de la tercera línea de trabajo arriba explicitada: que el cuerpo
no se conoce o se identifica al margen de las coordenadas lingüísticas que establecen
sus límites, pero sin por ello afirmar que el cuerpo sea [solamente] el lenguaje a partir
del cual lo conocemos.

Dicho de otro modo, como se trata de inconmensurabilidad y no de una relación de


oposición, el cuerpo se da a través del lenguaje pero nunca por completo; más bien, “...
es como si se diera y se ocultara al mismo tiempo…”[12] siendo el lenguaje lo que
ejecuta ambas acciones. Esta última idea resulta muy cara a lo propio de la apertura y
cierre de lo inconciente, así como también a la trabazón cuerpo-lenguaje del concepto
freudiano de pulsión.

La autora a su vez concluye que toda circunscripción de un cuerpo extralingüístico no


hace sino de alegoría al problema del quiasma en la relación cuerpo-lenguaje; y para la
autora aquí habría un límite, un imposible de resolver, en tanto “... al describir qué hay
fuera del lenguaje, el quiasmo vuelve a aparecer”[13].

Lo extra-lenguaje[14] como modo de situar al cuerpo encontraría en algunas formas del


aplicacionismo de las neurociencias en el campo de la salud mental su mayor
caricatura[15], cuando por ejemplo se sitúa al cerebro como condición explicativa
necesaria y suficiente de cualquier malestar, produciendo al mismo tiempo la paradójica
desaparición del cuerpo del cerebro.

Así, y desde estas tesis, es lícito preguntar: ¿el lenguaje actúa sobre el cuerpo
literalmente? ¿Ese cuerpo es una superficie exterior para tal acción? Justamente la
ventaja de admitir la inconmensurabilidad cuerpo-lenguaje radica en ubicar allí una
imposibilidad estructural; mientras que pensar cuerpo-lenguaje desde la idea de
oposición contempla tanto una lectura propia de las neurosis -porque, necesariedad
mediante, habría o cuerpo o lenguaje-, como también una afinidad al binarismo -y su
relación con las filosofías de la escisión-.
5. El espectro y la histeria

La autora plantea que “… la emergencia del discurso no supone una sustitución y un


desplazamiento del cuerpo. Las significaciones corpóreas no se convierten o se subliman
con éxito en discurso…”[16]. Así, esas significaciones “sin éxito” podrían situar al
mecanismo propio de los llamados FPS, habiendo por el contrario en el síntoma
conversivo un devenir [más] exitoso -en términos de la represión-.

De hecho para la autora, aún cuando se supone la inconmensurabilidad cuerpo-


lenguaje y, por ende, que el primero puede significar de un modo pero hablar -incluso
enmudecer- de otro modo, ambas dimensiones “... permanecen unidas, aunque sea en
términos sintomáticos”[17].

Si tomamos una concepción amplia -o ampliada- del síntoma conversivo podemos


suponer su causa cuando “... el lenguaje intenta negar su propia implicación en el
cuerpo, emprendiendo una descorporeización radical del alma con el lenguaje”[18],
teniendo como consecuencia la emergencia o la re-aparición espectral y parcial del
cuerpo dentro del lenguaje que pretende negarlo.

Así, cuando el lenguaje intenta evadirse “... el cuerpo regresa (...) por persistencia
figurativa”[19]. Aquí entonces una forma diferente, complementaria y quizás también
ampliada para pensar a la histeria no solamente como efecto del retorno de lo
reprimido, ya que “... el lenguaje no es lo único que lo conforma [al cuerpo]”[20].

6. Escritura, escena y ficción

Butler nos conduce minuciosamente hacia el comienzo de las Meditaciones de


Descartes, allí donde el autor pretende saber si puede negar la realidad de su propio
cuerpo -en particular de sus extremidades-. Sitúa que la duda como método lo lleva,
paradójicamente, a confirmar que “... el lenguaje con el cual pone en cuestión al cuerpo
acaba reafirmándolo como condición de su propia escritura”[21].

Es que justamente la duda lo conduce cual iteración hacia las certezas, pero siempre
en función de alguna escena -por ejemplo, la conocida situación donde él escribe y mira
su mano que escribe frente a una chimenea-. En esta escena se produce una afirmación
y una negación de las certezas, y allí mismo es donde emerge el cuerpo.

Según la autora, el error de Descartes consiste en la formulación gramatical del <no


parece haber ninguna razón para negar que existen estas manos y este cuerpo mío>,
porque en la misma “... afirma la separabilidad de aquello que se pretende establecer
como si estuviera necesariamente unido”[22].

En otras palabras, si el acto de escribir eclipsa a las manos que lo posibilitan, no hay
escritura sin cuerpo, pero ningún cuerpo aparece por completo junto a la escritura que
produce. Así, y ya en terrenos cercanos a la alucinación o a lo ominoso freudiano -o del
genio Maligno- “... el texto deja atrás al cuerpo autorial, de modo que, sobre la página,
hay alguien extraño a sí mismo”[23]: un cuerpo extraño.

De la duda Descartes se desliza hacia el terreno de la suposición: la clásica fórmula Je


supposerai empleada para expresar su duda en el lenguaje. Es decir, se supone una
ficción, “... una duplicación de lo ficcional, ya que supone que el cuerpo (...) es una
ficción de su propia mente”[24]. Al suponer, Descartes imagina/conjura/inventa al
cuerpo, y es posible situarlo tanto como efecto del lenguaje, así también como conjetura
de ficciones que implican una referencia.

Finalmente, podemos retomar la discusión clínica arriba planteada, al situar las


consecuencias que el esfuerzo cartesiano por pensar a la mente -o lo psíquico- al
margen del cuerpo contemplan. Según la autora, Descartes “... no puede evitar figuras
corpóreas al describir la mente. Su afán por escindir el cuerpo fracasa porque el cuerpo
vuelve [retorna, diríamos], espectralmente, como una dimensión figural del texto”[25].
Descartes sería, en su obstinación por negar al cuerpo, un gran obsesivo.

Ese espectro-en-texto es lo que en un psicoanálisis podemos producir como


interpretación, fundando así al cuerpo neoproducido y “propio” de la transferencia. Ante
la reaparición del cuerpo perdido y repudiado en texto, constituir así una soldadura[26]
como esfuerzo de escritura.

7. El alma es cuerpo/discurso

Retomando, el cuerpo ni es reductible a su representación/conceptualización, ni


tampoco es un mero efecto del discurso; justamente y para la autora, “el cuerpo escapa
a los términos de la pregunta a partir de los cuales se aborda”[27].

Pero entonces, ¿qué es? El cuerpo sería, así, un cuerpo siempre en fuga, y por ende
cercano a la lógica del significante. Al mismo tiempo, en toda la introspección cartesiana
el cuerpo aparece, aunque se lo niegue: se requiere de la materialidad, de una superficie
-o del propio lenguaje en tanto superficie- para situar las meditaciones sobre el alma.
Para explicar el alma resulta necesario incluir figuras corpóreas.

Dicho por la autora, “el acto que presupone al cuerpo es precisamente aquel que
postula y suspende el estatuto ontológico del cuerpo…”[28]. Si existe una materialidad
del cuerpo más allá de la representación, quizás sea posible entonces situar aquí al FPS,
y efectuar un camino en fuga hacia el síntoma.

Si para Descartes su propia mano -en tanto extremidad casi fragmentada- queda como
un espectro al unísono de la escritura que está efectuando, la realidad de esa parte del
cuerpo queda anulada por las huellas del acto de escritura: “si el cuerpo es aquello que
inaugura el proceso de su propia espectralización a través de la escritura, entonces está
y a la vez no está determinado por el discurso que genera”[29]. Aquí una interesante
doble (no) determinación en torno al cuerpo, que permite asociar discurso y escritura.

Para concluir, y sin pretender cerrar esta discusión sino por el contrario producir una
apertura, el FPS contempla entonces un cuerpo que no es ni superficie ni sustancia, sino
la propia ocasión lingüística de la separación del cuerpo de sí mismo, “que elude su
captura a partir de la figura que fuerza”[30]. Este cuerpo en fuga será síntoma a
condición de escribirlo... quizás en un principio sin palabras, pero sí con el cuerpo -de
quien oficie de psicoanalista-.

Nota*: la fotografía pertenece a la Universidad de California, Berkeley.

Judith Butler es una filósofa estadounidense contemporánea. Post-estructuralista. Se


destacan sus aportes en el campo del feminismo, la teoría queer, la ética y la filosofía
polític

[1] Concepto originalmente acuñado por el antropólogo Eduardo Menéndez en diversas publicaciones. El autor
lo sitúa como el conjunto de prácticas, saberes y teorías generados por el desarrollo de la medicina científica,
que desde fines del siglo XVIII ha ido logrando establecer como subalternas al conjunto de prácticas, saberes o
ideologías teóricas hasta entonces dominantes en los conjuntos sociales, hasta lograr identificarse como la
única forma de atender la enfermedad (o cualquier forma del malestar). Se estructura desde los siguientes
rasgos: biologicismo, individualismo, ahistoricidad, asociabilidad, mercantilismo, eficacia pragmática,
asimetría, autoritarismo, participación subordinada y pasiva del paciente, exclusión del conocimiento del
usuario, identificación con la racionalidad científica, tendencias inductivas al consumo médico, entre otros.
[2] Rutenberg, M. S.; Ferreyra, J. A. (2017). “El cuerpo-médico y la subjetividad de las mujeres: análisis
bibliográfico en torno a las formas clásicas y actuales del malestar. Aportes críticos desde el psicoanálisis para
pensar la medicalización”. XII Jornadas de la carrera de Sociología de la UBA.
[3] La definición y sus acepciones provienen del Diccionario de la RAE.
[4] La epistemología queer tiene como referentes a Butler o a otr@s como Paul/Beatriz Preciado.
[5] Butler, J. (2016). Los sentidos del sujeto. Herder: Barcelona.
[6] Ferreyra, J. A. & Rutenberg, M. S. (2018). “Migrañas: un problema freudiano”. Revisión bibliográfica clínica
y crítica (inédito).
[7] Leibson, L. (2018). “Enfermedades de Cuerpo Presente”. En el portal www.elSigma.com (sección
“Fenómenos Psicosomáticos”, 30/04/18). http://www.elsigma.com/fenomenos-psicosomaticos/enfermedades-
de-cuerpo-presente/13409
[8] Leibson, L (2009, junio). “El cuerpo en/del psicoanálisis”. Recuperado de http://leoleibson.blogspot.com
[9] Ibídem.
[10] Leibson, L. (2014). Para una dialéctica del goce y del cuerpo. VI Congreso Internacional de Investigación y Práctica
Profesional en Psicología XXI Jornadas de Investigación Décimo Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR.
Facultad de Psicología - Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires (Pág. 319).
[11] Acheronta Nº 23, “Cuerpo y síntoma” (2006). Recuperado desde www.acheronta.org/pdf/acheronta23.pdf
[12] Butler, J. (2016). Los sentidos del sujeto. Herder: Barcelona (p. 35).
[13] Ibídem.
[14] Siguiendo a Pierre Bourdieu, denostar al lenguaje implica omitir las hexis corporales vinculadas con
relaciones de dominación, de poder, de saber, entre otras.
[15] Ferreyra, J. A. & Castorina, J. A. (2017). “El aplicacionismo de las neurociencias en el campo de la salud
mental”. En Revista Investigaciones en Psicología, Facultad de Psicología UBA. Año 22, volumen 2.
[16] Butler, J. (2016). Los sentidos del sujeto. Herder: Barcelona (p. 27).
[17] Ibídem, p. 28.
[18] Ibídem, p. 36.
[19] Ibídem.
[20] Ibídem.
[21] Ibídem, p. 37.
[22] Ibídem, p. 41.
[23] Ibídem, p. 45.
[24] Ibídem, p. 47.
[25] Ibídem, p. 49.
[26] En analogía también con Freud: el síntoma formado por soldadura.
[27] Butler, J. (2016). Los sentidos del sujeto. Herder: Barcelona, p. 52.
[28] Ibídem, p. 51.
[29] Ibídem, p. 53.
[30] Ibídem, p. 54.
 

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