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ABUNDANCIA: EL SABIO, EL LADRÓN Y LA LUNA

No es pobre aquel que menos tiene, sino aquel que desea más; ni rico aquel que más posee, y sí aquel que
ambiciona menos

Sentencia atribuida a Lucius Annaeus Seneca; Corduba, 4 a. C.-Roma, 65 d. C

Desde siempre me han gustado los cuentos. Los seres humanos somos grandes contadores de
historias. Tanto los unos a los otros, como a solas, dentro de nuestras propias cabezas, nos
contamos historias, verdaderas o falsas, bonitas o feas, que le dan sentido al mundo, a la vida,
y la van construyendo. Pero una cosa es contarnos nuestros cuentos cotidianos y otra cosa
diferente es que nos cuenten “un cuento”. Cuando nos cuentan un cuento nos volvemos un
poco niños, ¿no creéis? Al menos a mí me pasa. Cuando nos cuentan un cuento no hay
expectativas ni prejuicios ni ideas preconcebidas de lo que debería de ser o lo que debería de
pasar, puesto que solo se trata de un cuento, algo ficticio, que pertenece al ámbito de la
imaginación. Por lo general, uno está abierto, se deja sorprender. Así que me gusta utilizar los
cuentos como un ovillo, un ovillo del que se puede tirar y tirar, yo quizá pueda tirar de un hilo,
pero tú puedes tirar de otro…

Y para ir tirando de esos hilos, entre todos, he ido recopilando una serie de cuentos de
diferentes tradiciones, el taoísmo, el zen, la tradición sufí…A mí me inspiran, me abren puertas.
Quizá a ti también te inspiren o te abran alguna puerta, y quizá tu puerta y mi puerta sean muy
diferentes, o parecidas, o quizá no abran ninguna puerta para ti, y eso también está bien,
porque, al fin y al cabo, solo son cuentos.

El primer cuento que quiero contaros habla, o al menos así lo veo yo, sobre la Abundancia. Me
interesa también compartir con vosotros mis reflexiones al hilo del cuento, simplemente lo
que a mí me suscita, tan válido como lo que te pueda inspirar a ti.

Cuentan que un sabio vivía sencillamente en una cabaña. La tradición de donde recogí este
cuento es la tradición zen y se cuenta que este sabio era el maestro Riokan, pero eso carece de
importancia, porque podría ser cualquier hombre sabio (incluso, por supuesto, podría ser una
mujer sabia) y podría vivir en cualquier tiempo y lugar. Aunque vivía humildemente tenía lo
bastante para cubrir sus necesidades básicas. Un plato de comida. Un lecho para dormir. Tal y
como yo lo veo, este sabio sentía que la vida era abundante y le dotaba con todo lo necesario.
Sin importar que fuera mucho o poco a él le bastaba. Se sentía rico, no ambicionaba tener
más. A veces salía a la puerta de su cabaña y contemplaba las lejanas montañas o escuchaba a
un pájaro cantar y se sentía agradecido ante la generosidad de la vida.

Un día, a la casa de este sabio llegó un ladrón. A diferencia del sabio el ladrón se sentía
carente, no sentía que la vida era generosa, sino escasa. Se sentía pobre, miserable,
insatisfecho. Sentía que la vida era mezquina con él, insuficiente, Quizá era pobre realmente,
quizá tenía una pobreza del alma. El caso es que el ladrón ambicionaba tener más, poseer más
cosas, y también se sentía incapaz de conseguir aquello que ambicionaba por sus propios
medios y por eso, ya fuera fruto de verdadera necesidad, o tal vez por pura avaricia, se
dedicaba a quitarle a otros lo que deseaba para sí.

Cuando nuestro sabio, que se encontraba dando un paseo a la luz de una inmensa y radiante
luna que iluminaba los cielos, regresó a su morada, sorprendió al ladrón in-fraganti. En ese
momento tuvo una reacción extraña. No se enfrentó al ladrón ni se enzarzó en una pelea, lo
cual hubiera sido una reacción natural, teniendo en cuenta que le estaban robando. En lugar
de eso miró al ladrón a los ojos y le dijo: vaya, parece que has recorrido un largo camino hasta
llegar aquí, no sería justo que te fueras con las manos vacías. No tengo muchas cosas, pero
puedes llevarte algo de comida y esta manta que puede servirte de abrigo.

Si respondió así en lugar de reaccionar con ira, pienso que el sabio debió ver que el ladrón
tenía un vacío, una falta, una fuerte sensación de carencia y desde su propia vivencia de
abundancia y plenitud, sintió deseos de contribuir a mitigar esa carencia. El ladrón, atónito,
cogió las humildes posesiones que el sabio le entregó, y se marchó sin decir nada, no sabemos
si sintió que aquella comida y aquella manta colmaban su necesidad o sí se sintió igual de
pobre, carente e insatisfecho que antes. Lo que si sabemos es que, al irse el ladrón el sabio se
quedó contemplando arrobado el hermoso cielo nocturno y dijo para sí: “pobre hombre, me
hubiera gustado poder ofrecerle esta hermosa luna”. Es curioso, porque la misma luna brillaba
en el cielo para el sabio y para el ladrón. Y, sin embargo, al sabio la luna le parecía un hermoso
regalo y puede que el ladrón ni se hubiera parado a mirarla.

Este cuento me lleva a pensar en la cantidad de cosas que la vida nos ofrece en abundancia y
gratuitamente: la hermosa luna que ilumina los cielos, pero también el cariño de nuestros
seres queridos, un agradable paseo, una sonrisa o una palabra amable... Son cosas pequeñas,
que no se pueden robar ni comprar, porque no son posesiones, pero qué están disponibles, al
menos lo están en muchas ocasiones y para la mayoría de nosotros. Para mí, son verdaderas
riquezas, aunque no puedan invertirse en bolsa, ni ingresarse en el banco. ¿Qué reflexión os
suscita a vosotros esta historia? ¿mueve algo en vuestro interior? ¿os inspira de alguna
manera?

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