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Constructivismo y enfoques reflectivas

El reflectivismo –dentro del cual se ubican la teoría crítica, el feminismo, el


posestructuralismo o posmodernismo, e, inicialmente, el constructivismo– apareció
en la escena de las relaciones internacionales a partir de los años 80, en el marco de
lo que se conoció como “el cuarto debate” o “debate entre reflectivismo y
racionalismo”. Tales enfoques, que se caracterizaron por cuestionar las bases
epistemológicas y ontológicas del mainstream, fueron desde entonces adquiriendo
importancia, hasta el punto de ser considerados los impulsores de un proceso de
renovación teórica y filosófica en la disciplina. En esta lectura nos enfocaremos en
conocer cuáles son sus características centrales y sus semejanzas y diferencias, y
esbozaremos las variables más importantes estudiadas por las distintas
perspectivas que comprenden. 

Orígenes del re ectivismo

Semejanzas y diferencias entre los enfoques re ectivistas

Relaciones de acercamiento y oposición

Los enfoques re ectivistas en particular

Feminismo
Posestructuralismo o posmodernismo

Referencias
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Orígenes del reflectivismo

El término “reflectivistas” fue acuñado por Robert Keohane a fines de la


década de los 80 para caracterizar a un conjunto de enfoques contrapuestos
a las teorías racionalistas del mainstream, que intentaban desarrollar las
relaciones internacionales como ciencia social. Para Keohane, estos
enfoques –que compartían algunos elementos en común, tales como la
desconfianza hacia los modelos científicos para el estudio de la política
mundial, una metodología interpretativa y el énfasis en los efectos de la
reflexión humana– eran marginales y lo seguirían siendo si no desarrollaban
programas de investigación empíricos sustantivos. Desde entonces, las
controversias entre reflectivistas y racionalistas se han convertido en el eje
del cuarto debate disciplinar, paralelo en el tiempo, pero de naturaleza muy
distinta al diálogo neo-neo (Salomón, 2013).

De acuerdo con Sodupe (2004), los enfoques reflectivistas han provocado


una auténtica convulsión en la disciplina, que experimentó en virtud de ellos
dos giros, uno sociológico y otro interpretativo. El giro sociológico se
manifiesta en tendencias ontológicas que hacen primar a las estructuras y
las ideas sobre los individuos y las fuerzas materiales, respectivamente. El
giro interpretativo se pone de relieve en el pospositivismo caracterizado por
la defensa de epistemologías y metodologías más próximas a las ciencias
sociales. 

La comprensión de estos enfoques requiere considerar los contextos


filosóficos e históricos de su nacimiento y evolución. En cuanto al aspecto
filosófico, la crítica a las posiciones dominantes en la disciplina está
entroncada en fuertes debates en el seno de las ciencias humanas y de la
filosofía, en torno a la crisis de la modernidad. El pensamiento posmoderno
plantea un descreimiento generalizado hacia los metarrelatos del proyecto
de la modernidad. Estos metarrelatos, como la idea de progreso, libertad,
verdad científica, ilustración, suponían que el mundo se encaminaba, de
manera lineal, hacia estadios superiores de desarrollo. Cada vez más
libertad, cada vez más progreso social, cada vez más conocimiento acerca
de la realidad. 

Los autoritarismos de izquierda y derecha, la extensiva ampliación de la


brecha que separa ricos y pobres, la degradación medioambiental producto
del desarrollo industrial y la pluralidad epistemológica han servido, entre
otros, como factores desencadenantes de una crisis del proyecto moderno:
crisis de las instituciones, del Estado, de las identidades sociales, de los
partidos, de la sociedad, de los discursos acerca del buen vivir y del progreso
social. Frente a relatos homogéneos, transparentes y lineales, el
posmodernismo viene a plantear relatos parciales, complejos y
contradictorios (Sodupe, 2004).
Con relación al aspecto histórico, los enfoques reflectivistas surgen en un
momento de grandes transformaciones del sistema internacional, a fines de
los años 80, tras el fin de la Guerra Fría, la desaparición del comunismo y el
derrumbe de la URSS. En efecto, la existencia creciente de conflictos
intraestatales motivados por enfrentamientos étnicos o el renacer de
movimientos nacionalistas que habían sido “ahogados” durante la Guerra
Fría vinieron a plantear un conjunto de interrogantes acerca del rol de otras
variables como la cultura, la identidad de los pueblos y el sentido de
pertenencia o no a un Estado, una región o una civilización. Con ello, se abrió
un espacio teórico particularmente apto para ser cooptado por las nuevas
perspectivas (Sodupe, 2004). 

En ese sentido, y como destaca el autor que comentamos, los autores


reflectivistas plantearían una dura crítica a los enfoques racionalistas
dominantes, cuestionando su capacidad explicativa y predictiva, producto de
su escasa consideración por los factores ideacionales. De ese modo, el
reflectivismo, por una parte, incorporaría a la disciplina sensibilidades
intelectuales que provenían de la teoría social y, por otra, recuperaría algunas
tradiciones teóricas europeas que habían sido dejadas de lado en virtud del
americanocentrismo. La mayor parte de estas influencias coinciden con las
que se encuentran en los orígenes del constructivismo, en cuanto que esta
teoría integraba originariamente el conjunto de enfoques reflectivistas.

Teoría social

Los enfoques reflectivistas comparten en general la ontología del
“constructivismo social”, al poner de relieve el carácter socialmente construido
de la realidad social internacional.

Pensamiento liberal en relaciones internacionales



Los autores reflectivistas se formaron en los principios filosóficos básicos del
pensamiento liberal, que confiere un papel relevante a los elementos ideacionales
(como el neofuncionalismo de los 50 y 70).

Estudios europeos de las relaciones internacionales



Los autores escandinavos, alemanes y franceses –entre otros– presentaron una
inclinación sociológica mucho mayor que la de sus pares estadounidenses y
favorecieron la emergencia de estos enfoques.  

Escuela inglesa de relaciones internacionales



Concibe el sistema internacional como una sociedad dotada de instituciones,
normas y valores. Tuvo influencia en los orígenes del reflectivismo, sobre todo en
los autores constructivistas.
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Semejanzas y diferencias entre los enfoques


reflectivistas

Como destaca Sodupe (2004), las principales semejanzas entre los


diferentes enfoques reflectivistas se relacionan con sus críticas al
racionalismo y, en especial, al neorrealismo de Waltz. Para estas
perspectivas, la superación de las falencias de las teorías dominantes solo
puede lograrse a partir de una profunda revisión de sus fundamentos.
Veamos sobre la base de esta idea los aspectos ontológicos,
epistemológicos, metodológicos y normativos en los que coinciden los
diferentes reflectivismos.

Tabla 1: Semejanzas entre los enfoques reflectivistas 

Aspecto Semejanzas
Ontológico  Rechazo a la ontología materialista e individualista del
mainstream.

Relevancia de las ideas y significados intersubjetivos en la


construcción de la realidad social. 
Constitución mutua de agentes y estructuras. Excepción:
autores posmodernos que sostienen la imposibilidad de
distinguirlos.
Epistemológico Reflexividad teórica: necesidad de reflexionar sobre el
propio proceso de teorización. 

Preocupación por los objetivos políticos y sociales del


conocimiento, los intereses y asunciones cognitivas del
observador y la forma en que los actores construyen sus
imágenes del mundo político.
Rechazo del intento de formular un conocimiento objetivo
con verdades empíricamente verificables, la separación
entre sujeto y objeto de observación, y la noción de
verdad como correspondencia.

Metodológico Rechazo del monismo metodológico del positivismo.

Adopción de metodologías interpretativas más adecuadas


para la comprensión de la realidad internacional en
contextos históricos contingentes. 
Énfasis en la dimensión histórica del conocimiento
humano.

Normativo Rechazo de la pretendida neutralidad axiológica del


mainstream. 

Compromiso de desenmascarar estructuras de


dominación, contribuyendo a la praxis social y política
transformadora del orden social e imperante. 
Estrecha conexión entre teoría y práctica.

Fuente: elaboración propia en base a Sodupe (2004).

Ahora bien, más allá de estas coincidencias, existen importantes diferencias


ontológicas y epistemológicas entre los diferentes enfoques, algunas de las
cuales han llevado a cuestionar la corrección y conveniencia de englobarlos
bajo una misma denominación (Sodupe, 2004). 

Desde el punto de vista ontológico, las principales divergencias refieren al eje


materialismo-idealismo. La teoría crítica entiende al orden político y social
como un producto histórico, intersubjetivamente construido. A partir de este
supuesto central, podemos distinguir dentro de ella dos vertientes: la de la
escuela de Frankfurt o habermasiana, que pone el acento en los factores
ideacionales, y la neogramsciana, que presta atención a los factores
materiales, en virtud de su materialismo histórico. Para esta última corriente,
existe una relación dialéctica entre la conciencia social y las condiciones
materiales de vida, cuyo análisis es clave para conocer las posibilidades de
transformación de las estructuras históricas prevalecientes. 

En cuanto al feminismo, si bien comprende una pluralidad de posiciones,


todas ellas coinciden en sostener que los significados intersubjetivos que
configuran las estructuras sociales están sesgados en términos de género,
debido a las relaciones de dominación patriarcal. Esto es, la vida social se
estructura a partir del género, construcción social basada en la dicotomía
masculino/femenino, que privilegia al primero a fin de perpetuar su
dominación. Si bien esto supone dar prevalencia de los factores ideacionales,
ciertas autoras feministas también tienen en cuenta las condiciones
materiales de vida que hacen factible tales construcciones sociales sexistas. 

Respecto del posmodernismo o posestructuralismo, sus autores se centran


en las prácticas discursivas que constituyen las representaciones de la
política internacional, entendidas como textos que deben ser interpretados
en relación con otros textos. Según este enfoque, no podemos conocer la
realidad de modo independiente de nuestro discurso acerca de ella; no existe
un mundo externo desligado de la mente del observador. De allí, que su
ontología sea radicalmente idealista. 

Pasemos ahora a la dimensión epistemológica. Las divergencias aquí


residen en las formas de valoración del conocimiento científico o, como
señala Sodupe (2004), en sí cabe hablar de una “fundación” sobre la que
asentar dicho conocimiento. Para entender esta cuestión, retomemos las
diferencias entre el reflectivismo y racionalismo.

Figura 1: Diferencias epistemológicas entre reflectivismo y racionalismo

Fuente: elaboración propia en base a Sodupe (2004).


Todos los enfoques reflectivistas tienen en común el rechazo al
fundacionalismo fuerte del mainstream racionalista; sin embargo, difieren en
el estatus asignado a la ciencia, lo que permite distinguir dentro de ellos
distintos tipos de antifundacionalismo.

Fundacionalismo mínimo o contingente vs. antifundacionalismo

Fundacionalismo mínimo o contingente


Comprende la teoría crítica y gran parte del feminismo. 

Toda interpretación de la realidad social es contingente y parcial, sujeta a


reformulación y contestación. 

Si bien se rechaza el empirismo del mainstream, se reivindica el valor del


conocimiento científico social. 

La mayor o menor plausibilidad de las interpretaciones depende de


procedimientos consensuados en la comunidad científica y de las
consecuencias de las opciones para la praxis política.

Antifundacionalismo

Comprende el posestructuralismo y un sector del feminismo. 

Rechazo a todo tipo de fundaciones y, por lo tanto, a la posibilidad de


adjudicar méritos entre distintos enfoques teóricos. 
Negación de un estatus privilegiado a la ciencia, negación del carácter
científico de sus propias interpretaciones. 

Defensa de interpretaciones plurales de valor equivalente, que los lleva a


celebrar la diferencia y el relativismo extremo.  

Para profundizar en las características de los enfoques reflectivistas y sus


diferencias con los enfoques racionalistas, te recomiendo la lectura del
siguiente artículo: 

El poder a la luz de la teoría de las relaciones internacionales:


consideraciones epistemológicas y ontológicas desde los reflectivismos

Teoría de las RRII.pdf


862 KB

Fuente: Elias, G. (2020). El poder a la luz de la teoría de las relaciones internacionales: consideraciones

epistemológicas y ontológicas desde los reflectivismos. Brazilian Journal of International Relations, 9(1), pp. 102-

124. Recuperado de: https://revistas.marilia.unesp.br/index.php/bjir/article/view/10151

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Relaciones de acercamiento y oposición

Relaciones de acercamiento y oposición del constructivismo


con los enfoques reflectivistas

A pesar de la participación del constructivismo en las filas del reflectivismo


durante los 80 y parte importante de los 90, poco a poco se configuraría
como un enfoque diferenciado, sobre todo a partir del predominio de la
vertiente convencional a comienzos del siglo XXI. Esta vertiente se desarrolló
definiendo una posición epistemológica y metodológica intermedia y
trabajando temáticas muy vinculadas con las del mainstream neo-neo, con lo
que cobró un protagonismo tal, que algunos han señalado el surgimiento de
un debate posterior al cuarto, entre el racionalismo y el constructivismo
(Vitelli, 2014). 

Teniendo en cuenta las coincidencias y discrepancias entre los enfoques


reflectivistas analizadas en el apartado anterior, planteemos las relaciones
de acercamiento y oposición entre estos y el constructivismo en los
diferentes planos: 
En la dimensión ontológica, el constructivismo está de acuerdo con
los reflectivistas en que lo que llamamos “realidad internacional” es
una construcción social y que los agentes y las estructuras se
constituyen mutuamente. Por lo tanto, al igual que la mayor parte
de los reflectivismos, les da preeminencia a los factores
ideacionales por encima de los materiales para explicar los
fenómenos que aborda.

En la dimensión epistemológica, el constructivismo adhiere a un


fundacionalismo mínimo o contingente como la teoría crítica y los
feminismos, aunque algunos autores afirman que, en su versión
más convencional, con Wendt a la cabeza, se aproxima más al
fundacionalismo “fuerte” positivista, en virtud de su aceptación
relativa del valor de las teorías explicativas y del trabajo empírico.

En la dimensión metodológica, el constructivismo reivindica, al igual


que los reflectivismos, el valor de las metodologías interpretativas
para el abordaje de los fenómenos sociales, así como la necesidad
de construir narrativas historicistas para realizar inferencias
causales o constitutivas. Sin embargo, se diferencia de estos
enfoques puesto que no niega la posibilidad de utilizar también
métodos cuantitativos y cualitativos tradicionales para realizar
inferencias descriptivas.

En la dimensión normativa, y a diferencia del reflectivismo, los


constructivistas más convencionales no están necesariamente
interesados en cuestionar las relaciones de poder que subyacen a
la construcción de la realidad social y permanecen “analíticamente
neutrales” respecto de ellas. Esto los lleva a dejar en segundo plano
los problemas de transformación social y el papel que en ellos
podrían desempeñar en virtud a la conexión entre conocimiento y
praxis política.

En la dimensión ontológica, constructivismo y reflectivismo comparten el


siguiente postulado:

La realidad internacional es una construcción social.

La política internacional puede ser entendida como un


texto. 

La estructura del sistema internacional es


fundamentalmente material.

El objetivo de la investigación es la transformación social y


la emancipación del hombre.

Los discursos dominantes –entre ellos, la teoría– están


sesgados por el género.

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Los enfoques reflectivistas en particular

Los enfoques reflectivistas en particular. Teoría crítica,


feminismo y posestructuralismo 

En este apartado, realizaremos una breve exposición de los tres principales


enfoques reflectivistas, teoría crítica, feminismo y posestructuralismo, y
profundizaremos un poco más en este último, no solo por su prolífico
desarrollo en nuestro ámbito disciplinar, sino también por su mayor conexión
con el constructivismo, sobre todo en su vertiente crítica o radical. 

Teoría crítica 

A pesar de las enormes diferencias que existen entre los autores que se
enrolan dentro de esta escuela, todos ellos tienen en común un fuerte
compromiso con la emancipación del ser humano a través de la mejora de
sus condiciones de vida, como así también una aproximación a las ciencias
sociales que busca combinar la reflexión filosófica con la investigación social
y que minimiza las distinciones entre teoría empírica y normativa, explicación
y comprensión, estructura y agencia (Salomón, 2013). 
Los autores distinguen, dentro de la teoría crítica, dos ramas principales:

Figura 2: Ramas de la teoría crítica 

Fuente: elaboración propia en base a Sodupe (2004) y Salomón (2013).

Veamos cuáles son los planteamientos centrales de ambas vertientes.


Comenzaremos con la neogramsciana. En el marco de las relaciones
internacionales, las primeras referencias a la teoría crítica se relacionan con
ella y figuran en algunos papers de comienzos de los 80, centrados en la
crítica al neorrealismo de K. Waltz. Este es presentado como una teoría
tradicional o “que resuelve problemas” al tomar al mundo tal como es,
aceptando las relaciones sociales y de poder y sus instituciones. De ese
modo, la teoría de Waltz habría ayudado a gestionar las relaciones entre las
superpotencias durante la Guerra Fría revelando un sesgo normativo e
ideológico antiemancipatorio al favorecer la reproducción de un sistema
internacional injusto (Salomón, 2013). 

Cox (1981), principal representante de esta perspectiva, abogaba por una


manera diferente de teorizar, proponiendo una teoría que cuestionará el
origen del orden y se preguntará por las relaciones de poder y las
instituciones en las que estas se organizan, como modo de elaborar
propuestas de cambio. La teoría crítica, con un propósito emancipador,
explora la posibilidad de generar “un conocimiento parcial que pueda ayudar
en la construcción del futuro, es decir, en canalizar la dirección de los
acontecimientos hacia una opción deseada entre aquellas que se presentan
como factibles” (Cox, 1992, p. 139, citado en Sodupe, 2004, p. 189).

De allí, que, para la teoría crítica en su vertiente neogramsciana, el cambio


sea una referencia fundamental en su aproximación a las relaciones
internacionales, cuyo punto central de interés son los procesos de
transformación estructural del orden mundial. En ese sentido, Cox y otros
autores críticos abrazan una ontología que entiende el orden social y político
en un momento dado como un producto histórico, intersubjetivamente
construido. El proceso de cambio histórico es producto tanto intencionado
como no intencionado de la actuación de los agentes. Así, los autores críticos
comparten con los constructivistas la naturaleza históricamente contingente
de las condiciones estructurales, así como el carácter históricamente situado
de los agentes (Sodupe, 2004).
En ese marco, son conceptos centrales de la propuesta de Cox los de
estructura histórica y hegemonía, ambos inspirados en la obra de Gramsci.

Estructura histórica vs. hegemonía

E S T RU C T U RA H I S T Ó RI C A HE GE MONÍA

Configuración de fuerzas (capacidades materiales, ideas e instituciones) que


constriñen el comportamiento de los Estados. 
Estas estructuras no presuponen la preeminencia de los factores materiales, por
lo que cualquiera de los tres elementos puede primar sobre el resto en un
momento histórico.

E S T RU C T U RA H I S T Ó RI C A HE GE MONÍA

Forma de dominio basada en la influencia (antes que en la coerción), que supone


una particular configuración de capacidades materiales, ideas e instituciones.
Necesidad de estudiar el rol de hegemonías específicas en el desarrollo de
diferentes estructuras históricas y el papel de las instituciones internacionales en
la construcción y mantenimiento del sustrato ideológico de la hegemonía.
De acuerdo con la ontología de esta rama de la teoría crítica, existe una
relación dialéctica entre factores materiales e ideacionales, esto es, entre la
conciencia social y las condiciones materiales de vida. De allí, que entiendan
que el cambio de las estructuras históricas ocurre cuando los seres humanos
desarrollan nuevos marcos mentales, ideas e instituciones para enfrentar
colectivamente los problemas de la vida material. 

Como señala Salomón, Cox no propone una teoría acabada de las relaciones
internacionales, sino más bien “un proyecto de investigación, con un objetivo
normativo (la emancipación), un método (el de las estructuras históricas) y
unos campos de aplicación concretos” (2013, p.  136), en donde el más
relevante de estos campos es el de los órdenes mundiales. Estos son
entendidos como una articulación de fuerzas sociales hegemónicas a nivel
global, que asienta su poder en un consenso intersubjetivamente legitimado
en el plano ideológico. El orden mundial prevaleciente abarca no solo el
sistema interestatal, sino también la economía mundial y la sociedad civil
global, por lo que constituye una ‘totalidad social’, con contradicciones y
conflictos que deben ser explorados para vislumbrar alternativas de cambio
(Sodupe, 2004).

Los autores posteriores, que se han definido como neogramscianos, han


seguido en general la propuesta de Cox, investigando desde la economía
política internacional las estructuras e instituciones de la gobernanza global,
y abordando temáticas tales como la desigualdad, la pobreza y el
subdesarrollo (Salomón, 2013). 
La segunda rama dentro la teoría crítica está inspirada en la escuela de
Frankfurt y en la obra de Jürgen Habermas, y centra su reflexión ético-
normativa en las lógicas de inclusión y exclusión, de universalismo y
particularismo en la política mundial. El sistema interestatal, basado en
comunidades morales limitadas, constituidas por los Estados soberanos,
promueve un extrañamiento entre las sociedades que restringe la libertad al
imponer rígidas fronteras entre los de adentro y los de afuera, entre nosotros
y ellos. De allí, que los autores de esta vertiente pongan el foco de atención
en los modos en que las comunidades entienden su separación del resto,
como así también las formas históricas de configuración de sus límites, con
la convicción subyacente de reemplazar las relaciones sociales existentes
por otras más incluyentes (Sodupe, 2004). 

Ello revela el interés ontológico de esta rama por las estructuras


“ideacionales”, las cuales son construidas y reconstruidas, sobre nuevas
bases, a través de prácticas significativas. Se trata de una ontología más
idealista que la neogramsciana, que se ubica más cerca de los
constructivistas, y que está basada en una ética discursiva, producto de la
teoría de la acción comunicativa articulada por Habermas. La ética discursiva
ofrece un procedimiento para resolver disputas políticas y morales
recurriendo a la “fuerza del mejor argumento”, que permite decidir
consensuadamente las normas que regirán la convivencia social. De ese
modo, se promueve un ideal cosmopolita, con arreglo al cual la organización
política de la humanidad es acordada en un proceso de diálogo abierto a
todos los afectados, a diferencia de la imposición dogmática propia de los
Estados soberanos sobre las comunidades cerradas. 
En su compromiso con la emancipación humana, a la hora de imaginar
comunidades más incluyentes, los autores críticos habermasianos analizan
la idea de democracia cosmopolita como guía normativa en la construcción
de una gobernanza global democrática. En nuestros días, se hace necesaria
la extensión de la democracia al orden global, es decir, una democracia
cosmopolita de carácter transnacional, libre de las posiciones particularistas
de los Estados. 

Según Linklater, 

las personas podrían participar en las diversas comunidades en


las que sus intereses se ven afectados y, por consiguiente,
acceder a una variedad de formas de intervención política. La
ciudadanía debiera garantizar, en principio, la participación en
todas las comunidades entrecruzadas, desde las locales hasta
las globales. (Linklater, 1996, citado en Sodupe, 2004, p. 193)

Para cerrar este análisis, realizaremos unas breves reflexiones acerca de los
aspectos epistemológicos de la teoría. De acuerdo con Sodupe (2004), sus
autores son modernistas reflexivos que propugnan la reconstrucción crítica
del proyecto de la modernidad y que adoptan un fundacionalismo mínimo
que acepta que un universalismo contingente es posible, tanto en el campo
explicativo como ético. Ello supone la posibilidad de establecer ciertos
criterios para juzgar el valor relativo de las distintas interpretaciones de la
vida social, como así también la necesidad de principios éticos que orienten
un proyecto político emancipador con cierto consenso social. 

Sobre estos puntos en común, cada rama postula diferentes fundamentos


para el conocimiento científico. Así, la vertiente neogramsciana postula la
búsqueda de un conocimiento práctico que sirva de guía a la praxis política y
la orienta hacia un estado de cosas deseables y factibles. Para ello, sostiene
la posibilidad de una ciencia social no positivista que sea consciente de la
historicidad de los fenómenos sociales y del carácter contingente y parcial de
las interpretaciones. 

La vertiente habermasiana, por su parte, defiende fundaciones


epistemológicas del conocimiento basadas en una teoría consensual de la
verdad. El consenso debe responder a características especiales, logradas a
partir de la ética discursiva y, en particular, de “una situación ideal de
comunicación”, entendida como aquella en la que el poder y las distorsiones
son erradicados del proceso comunicativo, de tal modo que prevalece la
fuerza del mejor argumento. Esto resulta esencial para la determinación de
la verdad, que opera desde esta perspectiva como fundación del
conocimiento: solo será verdad aquello que se acuerde mediante ese
consenso racional (Sodupe, 2004).

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Feminismo

Si bien la teoría feminista tiene una rica y variada historia en el campo de la


teoría social, se incorpora en el ámbito de las relaciones internacionales de
modo tardío a fines de los 80. Al igual que los demás enfoques reflectivistas,
supone un reto para las bases ontológicas y epistemológicas dominantes en
la disciplina al denunciar el carácter insensible de los análisis convencionales
de la política internacional hacia las dimensiones de género (Sodupe, 2004). 

Para las autoras feministas, la disciplina está dominada por un mainstream o


un male-stream que adopta una perspectiva típicamente masculina y hace
invisibles los problemas de las mujeres, con el efecto de perpetuar la
dominación patriarcal. La clave es, pues, la categoría analítica de “género”,
que “a diferencia de la noción biológica de sexo, es una construcción social
sistemática que dicotomiza las identidades, comportamientos y
expectativas, como masculinos y femeninos” (Sodupe, 2004, p. 198). Ella les
permite mostrar que los significados intersubjetivos que configuran la
ontología social están sesgados en términos de género y revela el énfasis
ontológico del feminismo en factores ideacionales y, específicamente, en el
cuestionamiento a los patrones masculinos de las estructuras sociales.
De acuerdo con Salomón (2013), son dos las vertientes principales que es
posible distinguir en el feminismo disciplinar:

Figura 3: Vertientes del feminismo en relaciones internacionales 

Fuente: elaboración propia en base a Salomón (2013).

Las feministas posmodernas se concentran en el análisis del discurso. Su


objetivo es mostrar cómo los discursos y estructuras hegemónicas (entre
ellas, la teoría del mainstream) están profundamente imbuidos de la
ideología patriarcal y el dominio masculino. Para ello, entre otros recursos,
exhiben los mecanismos de construcción social de género, que se concretan
en estereotipos sobre lo masculino y femenino en diferentes textos. Un
ejemplo de este tipo de feminismo es el que desarrollan Sjoberg y Gentry
(2011) en Women, Gender, and Terrorism. A partir de la constatación del
aumento de la participación femenina en prácticas terroristas en los últimos
años, las autoras analizan la contradicción entre el acto de cometer violencia
y el estereotipo femenino, definido como todo aquello que la mujer debe ser,
representar y su modo de actuar. En ese sentido, culturalmente, a lo largo de
la historia, se les atribuyeron a las mujeres cualidades y roles opuestos a la
violencia, y se asociaba feminidad con pacifismo, pureza e inocencia,
características que son desafiadas cuando llevan a cabo actividades
terroristas. Por ese motivo en las discusiones académicas y políticas y en las
narraciones utilizadas en los medios de comunicación, no se caracteriza a las
mujeres como terroristas regulares, sino que se las trata como individuos con
desviaciones sexuales, inestables psicológicamente, antinaturales y factibles
de ser manipulables. Tales narraciones niegan la agencia femenina y
refuerzan el estereotipo femenino y su respectiva subordinación. 

La otra vertiente del feminismo, que Salomón (2013) denomina “de punto de
vista”, se orienta a reinterpretar la teoría y la práctica de la disciplina a partir
de una lente feminista. Considera que el marco conceptual de las relaciones
internacionales está marcado por el género, y refleja unos valores y unas
preocupaciones esencialmente masculinas. De allí que intente mostrar
“cómo las mujeres están situadas con relación a las estructuras de poder
dominantes, y cómo esto forma un sentido de identidad y una política de
resistencia”, además de sugerir maneras para reorientar la teoría y la práctica
en un sentido liberador (Salomón, 2013, p. 146). Un ejemplo de este tipo de
feminismo es el famoso texto de Cinthia Enloe Bananas, Beaches and Bases
(1989), en el que se plantea la necesidad de demostrar el papel verdadero de
la mujer en la política internacional, siendo este más importante de los que le
asignan usualmente. La gama de mujeres que presenta Enloe es una mezcla
colorida que abarca desde Carmen Miranda como símbolo de la amistad con
América Latina e imagen de la United Fruit, pasando por la turista occidental
en Jamaica, que lleva divisas y transforma la profesión de las camareras
nativas en un importante sector ocupacional, hasta las esposas de los
diplomáticos, preocupadas de que en la privacidad de sus hogares reine el
necesario ambiente informal, que es tan conveniente para la diplomacia
internacional. Con ello, demuestra cómo la mujer tiene un impacto
fundamental sobre asuntos que van desde políticas coloniales hasta
reformas bancarias, y arriba a la conclusión de que, leyendo la relación a la
inversa, las estructuras institucionales globales se asientan y dependen de la
manutención del estereotipo femenino alrededor del mundo para
perpetuarse en el poder.

Teniendo implícitamente en cuenta esta distinción, Sodupe (2004) analiza los


aportes del feminismo a las relaciones internacionales y distingue dos ejes
analíticos. El primero se relaciona con la problematización de una serie de
conceptos teóricos claves de la disciplina, que las autoras proponen
reformular a fin de hacer visibles las cuestiones de género en la vida
internacional. El segundo eje apunta a hacer visibles dinámicas que
evidencian las desigualdades globales entre hombres y mujeres, y la
identidad de estas últimas como grupo afectado por grandes desventajas.
Veamos brevemente en qué consiste cada uno de los ejes. 

Dentro del primer eje, se cuestiona el carácter masculino del concepto de


poder que se utiliza tradicionalmente en política internacional, por
entenderse como “poder sobre” al implicar el predominio sobre otros. Este
concepto se basa en una visión androcéntrica de agentes autónomos –el
“hombre” y, por analogía, el Estado– en un contexto presocial. Por el
contrario, las feministas reivindican el carácter social de unos agentes que se
hallan insertos en un tejido de relaciones sociales, entendiendo al poder
como un fenómeno social complejo, que supone una capacidad para actuar
de manera concertada (Sodupe, 2004). 

De la misma manera, el feminismo cuestiona la noción convencional de


seguridad basada en concepciones androcéntricas y entendida en términos
esencialmente militares, que impide ver a los Estados como la fuente de
profundas y omnipresentes inseguridades. De allí, que postulen la necesidad
de una nueva noción en clave multidimensional y global, cuyo objetivo sea la
supervivencia y sostenibilidad de las comunidades humanas, desprovista de
relaciones sociales injustas. 

La teoría feminista rechaza también la división radical entre lo público y lo


privado que se da en la teoría política, en virtud de sus profundas
implicancias de género:

Ámbito propiamente político,


Esfera pública
dominado por lo masculino.
Ámbito despolitizado, en la que
se localiza lo femenino,
Esfera privada
justificando la subordinación de
las mujeres.

La teoría internacional, al distinguir entre política internacional y política


doméstica, oculta la esfera privada; como consecuencia, invisibiliza así a los
agentes femeninos e ignora el carácter estructurante del género en la vida
internacional. De allí, que el feminismo se proponga poner de relieve el papel
activo de las mujeres en cuanto agentes sociales, en la transformación de las
estructuras sociales patriarcales. En el mismo sentido, varias autoras
feministas han abordado el análisis de la guerra como actividad cargada de
implicaciones de género, que solo puede ser entendida como una actividad
masculina de un modo superficial. Una observación cuidadosa de ella pone,
por el contrario, de manifiesto la presencia de mujeres, sobre todo, en
actividades subordinadas, como el ejercicio de la prostitución en las bases
militares (Sodupe, 2004). 
Otra de las contribuciones que Sodupe (2004) destaca dentro de este eje es
la relativa al discurso internacional de los derechos humanos. De acuerdo
con las autoras feministas, el discurso convencional encierra una definición
androcéntrica de “lo humano” que oculta los abusos sistemáticos que sufren
las mujeres en sus derechos, por lo que propugnan una sensibilización en
función del género. En ese sentido, hay ciertas infracciones a las cuales
están sobre todo expuestas las mujeres, como las derivadas de la violencia
sexual, que deben ser sacadas del ámbito de lo privado, y cuyos carácter
público y enormes consecuencias deben ser realzadas para la convivencia
social. 

Respecto del segundo eje analítico, Sodupe (2004) destaca una serie de
contribuciones que configuran un enfoque feminista de la economía política
internacional, que persigue exponer de qué modo los hombres y mujeres
resultan afectados de manera diferente por los procesos de reestructuración
económica global. Dentro de este campo, las feministas señalan, por
ejemplo, que debe valorarse la división de trabajo entre los sexos, con las
mujeres efectuando la mayor parte del trabajo invisible y no remunerado. El
papel subordinado de las mujeres y su explotación en la economía global
quedan reflejados en el hecho de que la precarización de la fuerza laboral las
afecta de modo especial, aún en los países desarrollados. Con respecto a los
países en vías de desarrollo, las feministas destacan los efectos sociales
sesgados de las políticas de ajuste estructural, que agravan la feminización
de la pobreza. En todos los países se da, además, una escasa participación
de las mujeres en puestos de toma de decisiones, que es aún más limitada
en el ámbito de la alta política. 
En relación con este eje, se ha configurado un campo de estudio específico
conocido como “women in development”, cuyo propósito es visibilizar el
papel central de la mujer en el desarrollo económico y social de las
comunidades. Este estudio, entre otras cuestiones, llama la atención al
hecho de que las concepciones convencionales de desarrollo y las políticas
resultantes impulsadas por las agencias internacionales han estado basadas
en estereotipos occidentales androcéntricos sobre las relaciones entre los
sexos. Ello ha conducido a resultados paradójicos, cuando no directamente
desfavorables para las mujeres en muchos países en vías de desarrollo. 

Para cerrar este análisis, referiremos brevemente a la dimensión


epistemológica de la teoría feminista. Esta comparte con otros enfoques
reflectivistas la comprensión de la ciencia como una actividad humana
históricamente situada y participa, en este sentido, del fundacionalismo
mínimo de la teoría crítica. Esto es, no niega las fundaciones socialmente
construidas, pero sí “la ilusión de que posean carácter trascendente”
(Sodupe, 2004, p. 204). 

Para sus autoras, el conocimiento que ofrece la ciencia social positivista


tiene un claro sesgo de género, producto de su anclaje en la experiencia
particular de la élite masculina, que tiende a perpetuar las jerarquías
patriarcales. Estas jerarquías constituyen la metafísica objetiva de la filosofía
occidental, basada en oposiciones binarias en las que lo masculino se asocia
a la objetividad y la ciencia, mientras que lo femenino aparece ligado a la
subjetividad y la no ciencia. 
Para conocer más acerca del feminismo y sus aportaciones al ámbito de las
relaciones internacionales, te invito a la lectura del siguiente paper:

Feminismos y género en los estudios internacionales

Feminismos y género.pdf
367.9 KB

Fuente: Grecco, G. (2020). Feminismos y género en los estudios internacionales. En Relaciones Internacionales,

44, pp. 127-145. Recuperado de

https://revistas.uam.es/relacionesinternacionales/article/view/relacionesinternacionales2020_44_007/12325

C O NT I NU E
Lección 6 de 7

Posestructuralismo o posmodernismo

Los enfoques posestructuralistas en relaciones internacionales provienen de


la influencia de la llamada “corriente posestructuralista francesa”, que
incluye, entre sus principales exponentes, a autores tales como Michel
Foucault, Jacques Derrida, Roland Barthes y Julia Kristeva. Su denominación
proviene del hecho de que todos estos autores comparten una crítica más o
menos frontal a los estructuralismos teóricos, que dominaron el campo del
saber durante buena parte del siglo pasado, y proponen una renovación
radical, no solo intelectual, sino también generacional, del panorama del
pensamiento europeo, o más aún, occidental (Cornago, 2015). 

En el ámbito disciplinar, a los autores posestructuralistas también se los


denomina “posmodernos”, ya que, en contraposición al resto de los enfoques
reflectivistas que plantean la reconstrucción crítica del proyecto de la
Ilustración, postulan la necesidad de abandonar la herencia moderna
(Salomón, 2013). 

Como ocurrió con el resto de los enfoques reflectivistas, los aportes pioneros
del posestructuralismo surgen a mediados de los 80, con un tono de
contestación frontal, incluso de desafiante disidencia, frente al mainstream
neo-neo. Con el tiempo, estos primeros aportes se fueron enriqueciendo con
una nueva generación de autores, particularmente reconocibles en la revista
Alternatives, que han hecho del posestructuralismo una de las corrientes
más activas en nuestro campo de estudio.

Desde el punto de vista epistemológico, el posestructuralismo se caracteriza


por su antifundacionalismo, que implica la renuncia a la pretensión total de
fundamentación segura del conocimiento. Se rechaza todo sistema de
pensamiento con pretensiones de validez universal sobre su objeto de
estudio y se huye de toda tentación universalista y generalista y de todo
intento de una teoría integrada. De allí, que sus seguidores se muestren
escépticos respecto de las nociones de racionalidad y verdad, y entiendan
que en un mundo posmoderno solo pueden ofrecerse interpretaciones
contingentes y pluralistas (Sodupe, 2004).

Su propuesta teórica se centra, por ello, en el análisis crítico de los discursos


de la ciencia, la política, el derecho, el periodismo, el arte, el deporte, la
literatura o la cultura popular, con el propósito de cuestionar nuestras
certezas y desvelar las múltiples mediaciones que afectan nuestra
comprensión de la política mundial. Con ello, el posestructuralismo aspira
igualmente a entender las transformaciones del sujeto político y a encontrar
nuevos caminos para la transformación social, por fuera de las narrativas
clásicas del progreso y la emancipación social de la modernidad (Cornago,
2015).

En el plano ontológico, el posestructuralismo es profundamente idealista, en


tanto que entiende al lenguaje como un rasgo constitutivo y primordial de la
realidad social; está necesariamente solo puede ser aprehendida en su
complejidad a través de las mediaciones del lenguaje y, por consiguiente, del
modo en que el propio lenguaje opera sobre la realidad. A diferencia de la
concepción convencional, que asume la existencia de una asociación estable
entre el significante y el significado, el posestructuralismo afirmará el
carácter contingente, inestable y contencioso de esa relación, “tal y como
muestran las innumerables variaciones del significado no solo a lo largo de la
historia, sino también según los diversos contextos interpretativos, o la
respectiva posición —así la posición de género, raza o clase— de cada sujeto”
(Cornago, 2015, p. 7). 

Además de la crítica teórica, los posestructuralistas se centrarán en la


conexión entre teoría y práctica, y por lo tanto, entre poder y saber.
Denunciarán la complicidad existente entre los mecanismos de dominación
que operan en la práctica de la política mundial y el orden del discurso en la
teoría internacional, y que ha dado lugar –en términos foucaultianos– a la
configuración de un régimen de verdad. Para ello, ofrecerán una exploración
crítica del largo proceso que transformó un discurso sobre la política mundial
-centrado en la política de poder y la soberanía del Estado-, en ‘la realidad’ de
las Relaciones Internacionales, a costa del ocultamiento de otras realidades
y la exclusión de otras interpretaciones acerca de lo internacional. 

Ello nos lleva a considerar el plano de lo axiológico. El posestructuralismo


afirmará la necesidad de prestar atención a las múltiples manifestaciones de
oposición que brotan en los márgenes de la política mundial y que revelan la
aspiración popular de intervenir sobre el curso de la política mundial, pero
rechaza al mismo tiempo la eventual resurrección de las grandes narrativas
del cambio social de ingenua inspiración revolucionaria heredadas del
pasado. 

Dado que, como destaca Cornago (2015), el pensamiento posestructuralista


escapa, por su propia naturaleza, a una caracterización sistemática, no es
posible identificar un repertorio de premisas analíticas representativas. Por
ello, vamos a presentar a continuación solo algunos de sus enfoques y temas
de investigación característicos. Comencemos con la dimensión más
metodológica, para luego abordar algunas cuestiones más sustantivas.

Enfoques 

G E N E A LO G Í A D E C O N S T RU C C I Ó N I N T E RT E XT U A LI D A D

Procedimiento de estudio inspirado en la obra de Nietzsche y Foucault, basado en


la investigación de archivos y registros del pasado, que intenta desentrañar el
modo en que una práctica, una institución, un discurso o una simple idea llega a
ser lo que es. Su objetivo es entender el proceso a través del cual se definieron los
orígenes y fueron adquiriendo sentido las representaciones particulares del
pasado que guían nuestras vidas cotidianas y que establecen los límites de
nuestras opciones sociales y políticas.
Ejemplo: On Diplomacy: A Genealogy of Western Estrangement, de James Der
Derian (1987). En este trabajo, el autor analiza genealógicamente los orígenes de
la diplomacia, a fin de cuestionar su consideración como necesario monopolio
del Estado, y revela una constante disputa de poder sobre lo que constituye, en
cada momento de la historia, su legítimo ejercicio. Para ello, se aparta de las
caracterizaciones de sentido común que la muestran como la conducción de
relaciones entre Estados, para concebirla como una mediación entre entes
afectados por relaciones de apartamiento, que existía antes de la formación de
aquellos. La exploración genealógica deja al descubierto el modo en que a través
de prácticas sociales se fueron conformando históricamente el discurso y la
actividad diplomática, por un lado, y sus vínculos con el Estado soberano, por el
otro. 

G E N E A LO G Í A D E C O N S T RU C C I Ó N I N T E RT E XT U A LI D A D

Estrategia de análisis textual propuesta por Derrida, que supone cuestionar la


estabilidad de las oposiciones conceptuales binarias jerarquizadas sobre las
que se construyen los textos modernos. Su propósito es exponer el carácter
insostenible de estas divisiones, en tanto cada término depende y se halla
contaminado por el otro. 
Ejemplo: Untying the Sobereign State: A Double Reading of the Anarchy
Problematique, de Richard Ashley (1988). Aquí, el autor cuestiona la oposición
binaria soberanía-anarquía sobre la que se asienta la teoría internacional, en
la que el primer término constituye un ideal regulativo, y el segundo, la
ausencia o negación del primero; y se presenta, por lo tanto, de manera
mutuamente excluyente. El dominio interno es un dominio de identidad y
orden, donde los conflictos de interpretación se resuelven mediante el recurso
a la verdad decisiva de la soberanía; por otro lado, el dominio internacional,
anárquico, es concebido como un peligroso vacío de sentido, caracterizado
por la diferencia y el desorden. En este último, los conflictos de interpretación
son irresolubles y solo se actúa en función al poder material con el que se
cuenta. Esta representación dicotómica trae aparejada efectos políticos
prácticos: a fin de confirmar la imagen de identidad doméstica, los Estados
deben eliminar toda disidencia interna, ya sea reprimiéndola o negándola. 
G E N E A LO G Í A D E C O N S T RU C C I Ó N I N T E RT E XT U A LI D A D

Estrategia de análisis que implica desarrollar una atención cuidadosa al


interminable repertorio de formaciones discursivas productoras de significado de
un ámbito determinado (textos), de cuya compleja relación intertextual surgen las
representaciones más características de él. De ese modo, permite reflexionar
sobre las transferencias de sentido entre los dominios más dispares.
Ejemplo: Virtuous War: Mapping the Military-Industrial-Media-Entertainment-
Network, de James Der Derian (2009). El autor analiza en este libro la relación
intertextual entre las tecnologías cíborg, los videojuegos, los espectáculos
mediáticos, las películas de guerra y las ideologías del bien, que habrían permitido
el surgimiento de la quimera de las “guerras virtuosas” de alta tecnología y bajo
riesgo. En la guerra virtuosa, “las guerras hechas para la televisión y las películas
de guerra de Hollywood se difuminan, los juegos de guerra militares y los
videojuegos de computadora se mezclan, los desastres simulados y los
accidentes reales chocan”, lo cual producen en la pantalla una nueva configuración
de poder virtual, que Der Derian denomina “complejo de entretenimiento
mediático-industrial-militar”. De acuerdo con el autor, fue la fe equivocada en la
guerra virtuosa para corregir los errores del mundo la que allanó el camino para la
errónea respuesta al 11 de septiembre, que derivó en la desastrosa guerra de Irak. 

Con relación a los aspectos temáticos o sustantivos abordados por los


enfoques posestructuralistas, Cornago (2015) destaca dos ámbitos
característicos: en primer lugar, el estudio de la política mundial como una
política de la representación, inspirado en las nociones de simulacro e
intercambio simbólico propuestas por Baudrillard; y en segundo lugar, la
cuestión de la relación entre subjetividad y soberanía, cuya discusión ha
desembocado en el estudio crítico de las nuevas formas de control social
asociadas a la llamada biopolítica y al problema del estado de excepción. 

Respecto de la primera cuestión, los posestructuralistas señalan que, dado


que solo accedemos a los grandes problemas de la agenda internacional a
través de las múltiples representaciones que sobre ella se nos ofrecen, se
produce una suerte de desplazamiento, en el que la realidad de la política
internacional y la pugna que inevitablemente le acompaña se desvían del
campo material de su ejercicio (el terrorismo o los mercados de capitales en
su dimensión propiamente empírica) al campo ideal de su representación
(las listas de organizaciones terroristas de EE. UU. o la UE, o los informes que
emiten de la agencias de calificación) (Cornago, 2015). 

Si bien este fenómeno no es nuevo, las condiciones actuales de desarrollo


tecnológico y de los medios de comunicación masiva hacen que hoy más
que nunca la política se haya convertido en una política de la representación,
en un mero simulacro, en el que lo hiperreal parece desplazar a lo real. De allí,
que numerosos trabajos posestructuralistas se enfoquen en analizar la
tensión que produce la cuestión de la representación en los diversos actores
de la política internacional, sean estos Estados, organizaciones
internacionales, grandes corporaciones o incluso ONG con proyección
internacional, y estudien sus importantes implicaciones sobre los procesos
de reproducción de la identidad y de construcción de sentido en dicho
ámbito. Un ejemplo de ello lo constituyen los estudios de Debrix (1999, citado
en   Cornago, 2015) sobre las estrategias de visualización de las Naciones
Unidas, y especialmente de su sistema de seguridad colectiva y de las
operaciones de mantenimiento de la paz. A través de su representación
mediática, las intervenciones auspiciadas por Naciones Unidas, por
ineficaces que puedan resultar, parecerían reforzar la idea de un mundo
capaz de dialogar, cuya garantía reside en el fortalecido papel de la
organización internacional, sostenida por la voluntariosa cooperación entre
Estados, unidos en el esfuerzo de la búsqueda de la paz. 

En cuanto a la relación entre subjetividad y soberanía, el posestructuralismo


explora críticamente la constitución histórica del Estado como la forma
normal de subjetividad en la política mundial, poniendo el acento en sus
orígenes turbulentos, y en el papel constitutivo de la violencia en la vida
política moderna. Se procede así a escrutar cómo las unidades políticas
estatales se han apoyado históricamente en la fuerza para distinguir un
espacio político interno y uno externo, a despecho de la existencia de otras
identidades colectivas y otras formas de subjetividad, que cuestionan la
pretensión de establecer divisiones objetivas sobre la base de los criterios
territoriales asociados a la soberanía del Estado (Sodupe, 2003; Cornago,
2015).

Dado que la separación del espacio interior soberano del exterior anárquico
permite construir una identidad política territorialmente contenida, que se
construye siempre en relación con otro amenazante, los autores
posmodernistas analizan las prácticas y discursos de la política exterior y de
seguridad en la formación de la identidad política estatal. En conexión con
esto, han explorado también el tratamiento dado por los Estados a los
extranjeros, que refleja la contradicción subyacente entre derechos humanos
y derechos de ciudadanía, y que, en sus límites más oscuros, implica formas
nuevas de estado de excepción como los campos de confinamiento para
emigrantes ilegales en tránsito, que han proliferado dramáticamente en los
últimos años. De igual modo, estudian la variedad de dispositivos de control
biopolítico, tales como los nuevos requerimientos de seguridad en los
aeropuertos, los sistemas biométricos en la extensión de visas, la extensión
de vídeo-vigilancia en el espacio urbano o el análisis cruzado de datos, redes
y diversas formas de trazabilidad de movimientos, que representan de
manera intimidadora, no solo para los extranjeros, sino fundamentalmente
para sus propios ciudadanos, la voluntad de control estatal (Cornago, 2015). 

El siguiente gráfico sintetiza algunos aspectos centrales del


posestructuralismo, analizados en este apartado.

Figura 4: Características generales de los enfoques posestructuralistas


Fuente: elaboración propia en base a Cornago (2015) y Salomón (2013).

A continuación, identifica con qué teoría reflectivista se relacionan las


siguientes sentencias:

Posestructuralismo

Dos de sus técnicas de


El mundo es un gran texto o
análisis son la deconstrucción
intertexto.
y la genealogía.

Adhiere al
antifundacionalismo en el
plano epistemológico.

Teoría crítica
Presenta dos ramas: la Fuerte compromiso con un
habermasiana y la proyecto político
neogramsciana. emancipador.

Busca combinar la re exión


losó ca con la investigación
social.

Feminismo

Dos de sus principales tipos Existe un sesgo ideológico


son el posmoderno y el de patriarcal en las estructuras
punto de vista. dominantes.

Su categoría analítica central


es el género.
C O NT I NU E
Lección 7 de 7

Referencias

Ashley, R. (1988). Untying the Sobereign State: A Double Reading of the


Anarchy Problematique. Millenium: Journal of International Studies, 17(2),
pp. 227-262.

Cornago, N. (2015). Introducción al Postestructuralismo para


internacionalistas. En Del Arenal, C. y Sanahuja, J. A. [coord.]. Teorías de las
Relaciones Internacionales. Madrid, España: Tecnos, s.d.

Der Derian, J. (1987). On Diplomacy: A Genealogy of Western Estrangement.


Oxford, Inglaterra: Basil Blackwell. 

Der Derian, J. (2009). Virtuous War: Mapping the Military-Industrial-Media-


Entertainment-Network. New York, Estados Unidos: Routledge. 

Elias, G. (2020). El poder a la luz de la teoría de las relaciones internacionales:


consideraciones epistemológicas y ontológicas desde los reflectivismos.
Brazilian Journal of International Relations, 9(1), pp. 102-124. Recuperado de
https://revistas.marilia.unesp.br/index.php/bjir/article/view/10151 
Enloe, C. (1989). Bananas, Beaches and Bases: Making Feminist Sense of
International Politics. Berkeley, Estados Unidos: University of California Press.

Grecco, G. (2020), Feminismos y género en los Estudios Internacionales,


Relaciones Internacionales, 44, pp. 127-145. Recuperado de
https://revistas.uam.es/relacionesinternacionales/article/view/relacionesint
ernacionales2020_44_007/12325 

Salomón, M. (2013). Nuevas corrientes en la teoría de las relaciones


internacionales. En: Bello, D. [ed.] Manual de Relaciones Internacionales.
Herramientas para la comprensión de la disciplina. Santiago de Chile, Chile:
RIL editores. 

Sjoberg, L. y Gentry, C. E. (2011). Women, Gender, and Terrorism. Georgia,


Estados Unidos: The University of Georgia Press.

Sodupe, K. (2004) La Teoría de las Relaciones Internacionales a comienzos


del siglo XXI. Euskadi: Universidad del País Vasco.

Vitelli, M. (2014). Veinte años de constructivismo en relaciones


internacionales. Del debate metateórico al desarrollo de investigaciones
empíricas. Una perspectiva sin un marco de política exterior. En Revista
POSTData: Revista de Reflexión y Análisis Político, 19(1), pp. 129-162.

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