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Universidad de Concepción

Documento de trabajo
E.Téllez ©

Apunte Docente
2019

América antes de Colón I

La avanzada transiberiana al sur de Bering

Eduardo Téllez Lúgaro


Los caminos del Nuevo Mundo

Probablemente el estrecho de Bering sea para nosotros, los americanos de


ahora, lo que el Mar Rojo a los viejos pueblos proféticos. Si en el Egipto dinástico una
senda inesperada en medio de las aguas de este mar bíblico permitió a la nación hebrea
acercarse a su tierra de promisión, entre nosotros un puente de tierra brotado de las aguas
glaciares llevó a los cazadores siberianos a conquistar la suya. Aquello que después de
Colón, sería nombrado el Nuevo Mundo. La diferencia estriba en que en Oriente Próximo,
de acuerdo con el dictamen de las escrituras, la senda fue un prodigio de Yahvé y entre
nosotros, conforme al de las ciencias geológicas, un don de la naturaleza.

Las avanzadas este-asiáticas habrían alcanzado el continente atravesando un


istmo de tierra de 1600 kms. de ancho, creado por una retirada transitoria de la sábana
marina que hubo de cubrirlo durante la última glaciación (Wisconsin), verdadera causante
de un descenso ostensible en el nivel habitual de los mares árticos. Era la Beringia de los
geólogos, puente natural que en ciertos momentos de la historia transcurrida entre 40
mil y 10 mil años atrás ofreció condiciones propicias para la invasión del continente
ignoto. Egipto fue un presente del Nilo, América de la edad del Hielo: un retroceso de
unos cien metros en el nivel de las aguas marinas dejaba descubierto el viaducto secreto.
Así sucedió, v-gr- durante los avances Farmdale, entre 40 y 30 mil años a. C.; Iowa, más
breve (25 a 23 mil a. C.) y Cary, del 14 al 11 mil a. C.

Empero, el piélago mismo no ha sido nunca un factor de aislamiento absoluto para


el habitante de los desiertos blancos. Bering, contra lo que el sentido común indica, no es
un factor de apartamiento absoluto. Incluso hoy, sin el concurso del puente sumergido
bajo el Ártico, el estrecho configura una posibilidad cierta de contacto con la cercana costa
asiática. A través de ese ranura de sólo 90 km. de amplitud, caribúes y zorros migran
desde Siberia y Alaska a las islas Diomedes, sitas en medio del estrecho, a través de la
superficie helada. El congelamiento del mar en los inviernos particularmente inclementes
–como pudo contemplarlo Crawford- permite cruzar a pie enjuto de uno a otro continente
o, en subsidio, a bordo de trineos tirados por perros. Los esquimales del lado alaskano del
estrecho todavía trasponen el intermedio de hielo para buscar y conseguir mujeres entre
sus congéneres de las tundras siberianas en un movimiento que es sin duda antiquísimo.
Naturalmente, el paso se cruza también a bordo de ligeros esquifes. Empero, esto se da en
las condiciones holocénicas y no en las de la última gran glaciación pleistocena, muchísimo
menos galante.
Los expedicionarios del pleistoceno, por lo demás, no enfrentaban, una vez
cruzada la calzada intermedia, ambientes parejamente adversos en la región alaskana. En
los tiempos ulteriores del Wisconsin, el Würm americano, Alaska ofrecía un paisaje
análogo al de la región siberiana, cubierto de tundra esteparia y flora xerófita. Su bestiario
proverbial – antílopes [saiga tatarica], bueyes [bos] y proboscídeos- allá del gran manto
Laurentiano. Un primer escalón humano pudo sostenerse mucho tiempo en esas
condiciones semejantes a las imperantes en Siberia, a las cuales debieron de estar
indefectiblemente adaptados, antes de internarse al sur de los glaciares. En Alaska el hielo
glaciar se hallaba confinado a los altos collados y relieves montañosos.
El mar

Puestos a imaginar otras rutas de paso y entrada no podemos soslayar la presencia


del eslabón de las Aleutianas, al oeste de Bering, rosario insular que pudo proveer un
derrotero naval alternativo a las migraciones asiáticas primigenias, como creyó entenderlo
Aleš Hrdlička . desde Kamchatka hasta la península de Alaska, para luego alcanzar,
siempre a bordo de barcas o almadías, el archipiélago de Alexander (sobre mil islas) y el
gran islario de Vancouver (Columbia Británica). No debe desecharse, pese a la carestía de
pruebas, la probabilidad que el extremo noroccidental del litoral americano asomado al
mar Ártico hubiera sido alcanzado mediante navegación desde la próxima orilla asiática.
Debe admitirse a título meramente teórico –pero sólo de momento- que las partidas
paleosiberianas se hayan difundido especialmente por la vertiente marítima occidental del
continente valiéndose de técnicas naúticas. Australia –lo sabemos ahora- fue penetrada
hace más de 40.000 años por descubiertas sapiens venidas de las islas colocadas en el
estrecho de Timor o desde Nueva Guinea Esto no significa subsidiar la tesis de una
migración marítima de destacamentos solutrenses de origen europeo lanzados a navegar
por el Atlántico en busca de tierras nuevas, hace 16 mil años, en pleno paleolítico
superior, y cuyas técnicas de hojas tendrían visibles sintonías con las puntas clovis, como
quiere la tesis difusionista de Bruce Bradley y Dennis Stanford.

Entre las alternativas que se abren, la de una penetración de culturas más


asociadas a la pesca que a la caza y a la navegación costera, gana lugar en la discusión
probabilística. La obsesión de pensar en una corriente pobladora únicamente conformada
por cazadores de fauna ártica ha hecho olvidar la factible intervención de forrajeros
marítimos desplazándose con mayor expedición a lo largo de los litorales de la
Norteamérica occidental.

Entrar profundamente en la América del Wisconsin, en realidad, era un


asunto mucho más ingente si el intento se emprendía a través de rutas interiores. El
hipotético movimiento de gentes y, tal vez, de flora y animales a través de las veredas de
Beringia se debió ver ostensiblemente contenido por la interposición de dos macizos
glaciares, la placa de las Rocallosas, al oeste, y la Laurentina, en el centro. Hay consenso
en que ambas masas tendían a confluir, formando un antepecho insalvable, salvo que se
produjera algún intersticio sutil en el muro glaciar. Esta hendidura componía una
garganta de unas cinco leguas de amplitud que corría a través del Yukón y luego el
Mackenzie, serpenteando los contrafuertes de las Rocosas, el célebre „pasadizo entre
hielos‟ de Antevs, incrustado entre las dos lenguas glaciares, proveyó a las partidas
invasores de una calzada posible al deseo de lanzarse a ocupar el corazón herbáceo de la
América boreal. Sin ese atajo entre hielos ninguna avanzada humana hubiera conseguido
alcanzar aquella más indulgente frontera natural. Con todo, es improbable que los
destacamentos siberianos lograran fluir persistentemente por ese laborioso pasaje,
sometido a intenso castigo climatológico y al regateo de los recursos. La amenguada
presencia de yacimientos arqueológicos a lo largo de aquella ruta entre hielos parece
confirmar tales dudas.

Haya sido utilizando el corredor que sorteando las inmensas lenguas glaciares
llevaba al centro de las praderas norteamericanas, o por vías alternas (una altamente
probable, como postulan las últimas teorías, pudo ser la costa norteamericana borderiza al
Pacífico, despejada de hielos y plena de recursos, aunque gravada por la necesidad de
valerse de medios de navegación que, queda dicho, no es totalmente desestimable), los
descendientes de las primeras oleadas sobrepasaron en un momento impreciso la línea
ecuatorial, penetraron en fronteras ignotas y hace más de 14 mil años se encontraron
incursionando en los bosques subantánrticos de la América meridional (Monte Verde, en
el sur chileno) y en la Patagonia oriental, lo que cuestiona seriamente la primacía de la
cultura plano (o clovis), como asociación fundadora del poblamiento americano.

Cuenta larga y cuenta corta

¿Cuándo llegaron? Según varios hace 40 0 50 mil años cuando menos. De acuerdo
a otros tantos no más de 12 a 13 mil años atrás.

Sobre la ruta por Bering se hace mucho menos cuestión que acerca del momento y
la identidad de quienes la indagaron primero. Los supuestos varían pero finalmente se
reducen a las dos líneas interpretativas que hoy se mantienen en lucha. Su mayor o menor
valoración dependen del cual lado de los contendientes se ponga uno Es decir, si se tolera
que las más primitivas ocupaciones ocurrieron en el tramo final del pleistoceno (Wisconsin
tardío) o si se acepta para aquellas una fecha mucho más remota (Wisconsin medio y
temprano); incluso algunas tan distantes como para situar el poblamiento homínido en
los finales del glaciar Illinois.

La antigüedad de los sitios, industrias y residuos biológicos dejados por los pueblos
cobrizos durante el avance que los trasformó definitivamente en americanos ha dado
pábulo a una tenaz controversia entre quienes sostienen la tesis de una ocupación tardía –
no mayor a 13 mil años- y los que defienden fechados mucho mayores.

La cuenta corta. Para una influyente corriente arqueológica la historia humana del
continente parte de una efeméride precisa: las primeras incursiones de cazadores
paleoindios provistos de eficaces puntas líticas con aflautado en las llanadas de Clovis
(Nuevo México), muy al sur de la gran barrera de hielos, entre 13 250 a 12 650 AP; y
por paleoindios deberemos entender, como dice Schobinger, a porpiamente “cazadores de
megafauna”, quien está pensando en partidas que usan proyectiles, como los encontrados
en los sitios de Clovis y Folsom.

La posición que asocia la ocupación primigenia con los cazadores de la cultura


Clovis, portadores de las puntas acanaladas homónimas, en el interludio que va de 10 a 8
mil años a. C., propende a la impugnación escéptica y sistemática de la datación de sitios
y evidencias presentadas por quienes postulan invasiones prehistóricas muy anteriores al
XI milenio. Alguna razón le otorga la praxis científica: no pocos de los sitios de antigua
data –Lewisville, Old Crow o Tull Spring, entre otros- han visto caer, bajo la crítica, sus
fechados (I). El escepticismo, en parte, también descansa en la ausencia de tempranos
vestigios homínidos y en la inexistencia de un claro horizonte de puntas pre-Clovis en
poblaciones abocadas a la caza mayor en el marco estrecho de una economía depredadora
(II).

Así y todo, los indicios de un poblamiento más antiquísimo se acumulan y crecen


decenio a decenio (III). A ratos, año con año.

La cuenta larga. Están, desde luego, aquellos que piensan en un horizonte sin puntas de
proyectil; sustentado en poblaciones que portaban un utillaje rudimentario, afín con las
industrial del paleolítico inferior euroasiático, compuesta principalmente por

Hay en Siberia industrias de núcleos y lascas cuya semejanza formal con exponentes
recobrados en el Canadá noroccidental, en California y en México hacen presumir
contactos estrechos entre poblaciones del Nuevo Mundo y del N.E. de Asia, lo que ha
llevado a algunos a postular migraciones hacia la América boreal hace más de 80 mil años.
Otros, han postulado entradas más tempranas. Ha llegado a hablarse de ingresos
homínidos ocurridos hace 200 mil años, incluso en el 300 mil, muy anteriores al
interglaciar Sangamón, vinculadas, tal vez, con avances hacia el oeste de erectus
asiáticos, estimaciones que levantan suspicacia por lo precoces. Así y todo, William
Irving, descansando sobre dataciones en serie de uranio sobre huesos quebrados de
caballos y proboscídeos, ubicados en depósitos correspondientes al Illinois tardío, en el
sitio de Old Crow, ve en ellos intervención antrópica y una „fuerte sugerencia‟ para
estimar la presencia humana en Norteamérica en 350 mil años. Schobinger, siguiendo la
minuciosa revisión de Irving de distritos „clásicos‟ acoge “la viabilidad teórica de la
presencia del hombre a partir de los 300.000 años”, específicamente de erectus adaptados a
los inviernos fríos de la China septentrional y de Manchuria, los cuales, tras desplazarse a
lo largo de la costa pacífica norte, pasaron, al igual que lo hizo después el primer oleaje
sapiens, al suelo americano durante el último interglaciar, extinguiéndose o siendo
absorbidos después por otras migraciones. La navegación no habría sido un obstáculo
insalvable. Si lo hizo en su momento la fauna pleistocena ¿por qué no los pre-sapiens?
Considerando, además, que durante el penúltimo glacial, Illinois, también quedó develado
el bienhechor puente de Beringia.

La piedra de toque de esta teoría, como siempre, es la prueba positiva. A los


amantes del dinero les place que éste sea constante y sonante. Los científicos menos dados
a la historia contrafactual, gustan que los datos del pasado gocen de la misma cualidad.

Depósitos con aparente “huella sapiens” que superarían holgadamente 20 y hasta


más de 30 mil años de edad se han detectado desde las frialdades del Yukón hasta el
bosque nicaragüense. Empero, se trata de sitios y fechas siempre puestos en entredicho
por quienes hacen de los cazadores clovis el primer jalón indiscutible en la colonización
del continente. O por críticos notorios (Turner) que sobre pruebas dentarias, asegura la
existencia de una primera oleada asiática recién hace 14 mil años y otras dos en época muy
posterior.
Como sea, nada definitivo bajo el sol.

Para los sostenedores de un poblamiento antiguo, el reguero discontinuo de


paraderos que empieza en las cercanías del círculo polar norte y termina algo más allá del
trópico de Cáncer lo estarían demostrando holgadamente. A la verdad, la lista no es
desdeñable. En ella se inscriben con mayor o menor dignidad: Pinto Wash, en California,
con láminas y pedruscos tallados (chopers y chopping tool) depositados en gravas a las
cuales se asignan unos 50 mil años de antigüedad; American Falls, en Idaho, donde se
halló un isquion de búfalo penetrado por una punta en un contexto de hace 43 mil años;
Texas Street, en Río San Diego, con fragmentos de cuarcita laborados por mano humana y
tierra calcinada por fuego de fogatas (35.000 AP); el Cedral, un sitio mejicano que
presentaría una asociación entre restos paleontológicos e instrumentos salidos de mano
sapiente entre 37 y 21 mil años; El Bosque, en Nicaragua, distinguido por artefactos de
piedra (30.000 AP); Old Crow, en Yukón, con su tibia de caribú de 27 mil años AP
presuntamente trabajada por el hombre; Isla Santa Rosa, en California, un lugar definido
por resabios corporales de mamut recubiertas por mantos quemadas por acción antrópica;
Tlapacoya, realzado por fogones, piezas de osamentas y útiles cuya data va desde los 24 a
los 21 mil años, esparcidos en las inmediaciones del lago Chalco, y Valsequillo, con valvas
de moluscos consumidos hace 21.800 AP, uno y otro mexicanos.

Lo característico de todos estos depósitos dispersos es su carencia de „municiones‟


de caza, ausencia que instala el debate acerca de la existencia de un antiquísimo estadio sin
„puntas de proyectil‟ (o de pre-puntas), sobre el cual se ha teorizado mucho. Mac Neish
(1971) llegó a postular un horizonte pre-point, iniciado en Norteamérica hace 40 mil años
y en América del Sur entre el 25 y 15 mil AP, por gentes que sustentaban un industria de
instrumentos obtenidos a partir de núcleos de piedra. Una tradición a la que siguió otra,
dominada por instrumentos de lascas y huesos, desplegada entre 15 y 12 mil años,
asociada al complejo Shuitingkuo, de la China boreal, datado entre 60 y 40 mil años.
Finalmente, una última tradición, la de láminas, buriles y puntas foliáceas, que,
inseguramente, presupone ubicada en 13-12.000 o en 11-10.000 años, relacionadas, a
juicio suyo, con las culturas asentadas en la región del lago Baikal, en el este siberiano
entre 15 y 13 mil años ha (industrias Maltá y Buret). Alan Bryan, por su propia vereda,
avanzó la idea de que las primeras invasiones asiáticas ocurrieron hace 30 mil años por
portadores de choopers (trozo de guijarro tallado burda e irregularmente) y lascas,
antecesores del hacha de mano, dentro de una tradición sin puntas de proyectil. Éstas,
asevera, prosperaron en suelo americano partiendo de un diseño de punta proveniente del
paleolítico superior euro-asiático.

J. Kozlowski y H. Bandi, por el contrario, argumentan a favor de historias


culturales independientes en Eurasia y América durante el paleolítico superior. En el
sureste de Siberia predominó, proponen, una tecnología de láminas, de tipo levallosiense
y presencia de choppers mientras en el noreste siberiano señoreaban las hojas y choppers,
hace 35 mil años. En ninguna de ellas se habrían fabricado hojas foliáceas de proyectil. Eso
llevaría a que las primeras incursiones en América se basaron, técnicamente, en la
producción de hojas, lascas y choppers. El avance de las descubiertas paleosiberianas desde
Alaska al mediodía americano debió ejecutarse, creen, hacia el 22 mil AP, antes del cierre
del pasillo continental interpuesto entre las dos grandes masas glaciares, sellado por el
ensanche de una y otra durante el Woodford antiguo, cierre que se prolongó hasta 16 mil
AP. Entre 16 y 13 mil años atrás, sin embargo, tanto en Asia cuanto en América nórdica,
hacen su aparición las puntas foliáceas. Esos instrumentos habrían sido portados por
bandas asiáticas que cruzaron Beringia y el corredor continental que discurría en medio de
los mantos glaciares cordillerano y Laurentino en el interestadial Eri hace 16 o 15 mil
años. Después de esa fecha, las puntas foliáceas evolucionaron en suelo americano con sus
propias peculiaridades, derivando en las del tipo clovis, con acanaladura, sin parentesco
con las ejecutadas entonces en territorio asiático. Tras ello, una nueva penetración desde
Siberia tuvo lugar por los 13 a 12 mil AP., pero las gentes recién llegadas mostraban un
equipo más heterogéneo: hojas, lascas, artefactos foliáceos bifaciales y hojitas tipo Gobi.
Alrededor del 8000 a. C., habría ocurrido la última invasión a través del puente, tras cuyo
clausura se advierte un desarrollo cultural independiente entre Alaska y el extremo norte
del Asia oriental. Intertanto, en la esquina noroeste de la América boreal se despliega la
tradición denali, que absorbiendo otras tradiciones y tecnologías procedentes de tierras
meridionales, originan después la cultura esquimal.
En resumen, dentro del panorama esbozado sobresale un periodo de pre-puntas,
anterior al cierre del corredor, hace 16 mil AP. Las puntas propiamente dichas
emergerían poco después en América, consecuencia tardía de una nueva oleada siberiana.
Serían, por tanto, de importación asiática y muy anterior a los proyectiles de estilo Clovis,
forjados en suelo americano, que en todo caso derivarían de aquellas (si bien las Clovis
resultarían ser, en este enfoque, una invención local, sin modelos equivalentes en Siberia).

Müller Beck, pensaba de otro modo. Su argumento postulaba dos invasiones


siberianas pero de cazadores propiamente dichos, provistos de puntas de proyectil, una de
tipo musteroide –por su semejanza con los útiles y gruesas puntas musterienses del
paleolítico medio- y otra auriñacoide –dadas las analogías que el equipo de caza y vida
tenía con los artefactos de la cultura auriñacience, sobresaliendo en la parafernalia los
instrumentos de lámina y las puntas foliáceas y las de hueso. Mientras que la primera
tuvo lugar, afirma, hace 27 mil años (Winsconsin medio), antes del cierre temporal del
corredor interglaciar, la otra tomó estado a la reapertura de éste. La musteroide,
posteriormente, influyó en el instrumental típico del complejo el Llano (puntas Clovis) del
(11500-9000 AP); la de sesgo auriñaciense, por el contrario, lo hizo sobre los útiles del
más tardío complejo el Plano (9000-8500 AP).

Lo anterior sigue siendo una hipótesis adornada por la belleza sin virtud (la de la
comprobación) después de cincuenta años de formulada.

James Adovasio cree sin embargo haber dado, al fin, con la llave dorada que
franquea la puerta de los siete sellos. En el alero rocoso de Meadowcroft (Pennsylvania),
a no mucha distancia del antiguo hielo glaciar, excavó con su nutrido equipo de asistentes
un plausible asentamiento humano plagado de novedades: un fragmento de cestería dio
19.500 años (con error de 2.400), en tanto otra secuencia de fechados (C14) verificó una
ocupación que se sostuvo hasta el 12.800 A.P. Con todo, tales evidencias no contentaron a
la arqueología conservadora. Se ponen en cuestión los métodos y técnicas de datación
empleados. Se aduce posible contaminación de las muestras, la poca probabilidad de que se
trate de auténticos restos culturales y la falta de concordancia entre los supuestos
vestigios y el paleoambiente que los rodeo. Meadowcroft, tan abnegadamente prospectado
por Adovasio y su gente, sugieren la actuación de bandas de cazadores en un medio afecto
a transición climática, con fauna y flora templada, a lo menos entre 15 y 16 mil años AP.,
pero remontables, como dijimos, a 19.500. Pensar un poblamiento inicial para el territorio
americano entre 15 y 20 mil años AP., no parece nada insensato. (CONTINUARÁ)
NOTAS

I. El raspador del notorio yacimiento de Old Crow (Yukón), datado en unos


27 mil años, sometido a la técnica técnica de acelerador de espectrometría de
masas de calógeno, terminó sólo con una edad de 1.400 años. Los hallazgos de
Lewisville, en Texas, revelaron una red de fogones con residuos de bisonte,
caballo americano, camello, elefante y de otras presas, en uno de los cuales se
halló una punta Clovis y fragmentos de madera calcinada. La última dio una
fecha absoluta (C14) superior a 37.000, la que vendría a conformar a quienes
postulan una primera oleada de poblamiento en los aledaños del 40.000 AP..
No ocurre otro tanto con el segmento de prehistoriadores que discuten datas
tan altas para un depósito con rastros de bandas clovis, temporalmente tan
posteriores. Asimismo, residuos de carbón de Texas Street, en San Diego,
pago en el que se recobraron fogones y una miríada de supuestos útiles hechos
en cuarcita, arrojaron un fechado superior a 38 mil años. En la isla de Santa
Rosa (California), más cercana durante la era glaciar al continente, la huella
homo se advierte en osamentas calcinadas de mamut, de infinidad de valvas
abandonadas y alguna lasca labrada abandonada en un área donde hubo
ignición, junto a vestigios óseos de mamut. Huesos incinerados y un trozo de
ciprés depositado debajo de restos de mamut dieron (C14) 29.650 y 15.820
años, respectivamente. Al norte del Yukón, en Old Crow, un raspador y dos
huesos de mamut fueron datados en alrededor de 27 mil años. En los niveles
de cenizas de Tule Springs Site, en el sur de Nevada, depositados en el fondo
seco de un antiguo lago pleistocénico, en diferentes momentos se recuperaron
lascas de obsidianas, raspadores, punzones de hueso, rudos bifaces y otros
útiles de piedra así como muestras de carbón datadas (C14) en más de 23.800
años. En Scripps Campus (La Jolla, San Diego), las evidencias recobradas, a su
vez, se fecharon en 21.500 años.

II. De hecho, los cazadores clovis mataban la fauna norteamericana con puntas
acanaladas muy distintas a las puntas arranuradas confeccionadas a partir de
astas de caribú en las que se insertaban pequeñísimas hojas, puntas sumamente
usuales en el equipo venatorio de los cazadores de las llanadas siberianas.
Empero, las gentes de Siberia aparte de las populares puntas de asta
manufacturaban una limitada cantidad de puntas líticas de talla delicada; los
cazadores Clovis, a su vez, no desdeñaban hacer puntas de asta. Todo lo cual
permite presuponer, al menos, que los siberianos, en la medida que al marchar
hacia el mediodía dejaban en saga la región del caribú, habrían terminado por
adoptar la punta de estilo clovis.

III. Hay, v.gr., notables semejanzas entre los artefactos líticos y óseos de
alrededor de 80 mil años encontrados en depósitos del noroeste canadiense, en
California y en México, y el instrumental de lascas y núcleos (característicos,
se dice, del Paleolítico Medio y acaso del Inferior) producidas por remotas
bandas siberianas; hallazgos desacreditados, en todo caso, en su cronología y en
su presunto origen homínido (serían geofactos generados por acción de agentes
naturales) por la parte detractora. De otro lado, en Mongolia y en Alaska se ha
detectado una industria muy afín de láminas y de menudos núcleos de piedra.
Esas hojas (semejantes a las levallosienses) y nimios núcleos líticos para unos
habrían sido factuarados por la mano humana hace 35.000 años; para otros
entre 20 y 15.000. El punto es que los antiquísimos asiáticos que los labraron
habrían podido pasar en alguno de aquellos episodios temporales a la América
septentrional llevando consigo ese patrón técnico, visible en una y otra orilla
del estrecho de Bering. Mas de esto no hay certeza. Por demás, una data tan
lejana despierta reticencias. Y no puede ser menos. En un contexto de análisis
en el que sitios e incluso fechados absolutos algo superiores a 20 o 30 mil años
son mirados con recelo y hasta con incredulidad.

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