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El Confidencial

Por qué ser católico pese a una "Iglesia gobernada por canallas"
El último libro del novelista chileno Rafael Gumucio se titula 'Por qué soy
católico' (Random House) y es cualquier cosa menos una broma

El papa Francisco recibe una escultura con la forma de la hoz y el martillo del expresidente de Bolivia
Evo Morales en su visita a La Paz. (Reuters)

Autor
Ramón González Férriz
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gonzalezferriz
Tiempo de lectura5 min
28/01/2020 05:00 - Actualizado: 28/01/2020 10:21

Rafael Gumucio es un novelista chileno de cincuenta años. Fue uno de los fundadores de The Clinic, una
revista brutalmente satírica, llamada así en homenaje a la clínica de Londres en la que estaba Augusto
Pinochet cuando Baltasar Garzón ordenó su detención. Es director del Instituto de Estudios Humorísticos de la
Universidad Diego Portales. Escribió sus memorias cuando tenía veintinueve años. Tiene una novela en la que
el protagonista absoluto es su prepucio. Es imposible mantener una conversación con él y no acabar riéndote.
Pero su último libro se titula 'Por qué soy católico' (Random House) y es cualquier cosa menos una broma.

Gumucio considera que Juan Pablo II fue un papa “execrable”. Afirma que “la mayoría de la Conferencia
Episcopal chilena (y argentina, y española, y francesa, y ruandesa) está compuesta de untuosos seres de
sexualidad indefinida” y que la Iglesia está “gobernada siempre por canallas, cuando no por pusilánimes”. Ni
siquiera está claro que comparta buena parte de la doctrina católica sobre cuestiones sexuales, o sobre el
aborto, por no hablar, claro, de la jerarquía eclesial o hasta de la resurrección. Pero es católico.

'Por qué soy católico' (Literatura Random House)


'Por qué soy católico' (Literatura Random House)

Lo fue su abuelo, Rafael Agustín, que fundó el partido Izquierda Cristiana y creía que no se podía hacer la
revolución sin contar con “los curas y sobre todo [con las] monjas que han renunciado a todo poder y toda
gloria por los siglos de los siglos”. Su tía abuela María Alemparte Prieto, la Cuca, fue monja, pero siguió
trabajando en Hacienda. Otra tía abuela, Amalia, también se hizo monja; fumadora emperdernida, arruinó a su
convento cuando se puso a domesticar conejos “sin pensar en la facilidad de estos para reproducirse”. Su tío
Esteban consideraba que era una muestra de soberbia “llamar suerte o azar a todo lo que favorecía y
desgracia o error a lo que no favorecía”, porque a fin de cuentas todo era fruto de la voluntad de Dios. Su
madre, dice, es una católica progresista.
Este es el catolicismo en el que se mueve Gumucio. Está muy vinculado con un mundo de izquierdas, cercano
a las guerrillas revolucionarias de los años sesenta y a la resistencia posterior contra Pinochet, aunque
Gumucio tenga numerosos rasgos conservadores. Es un mundo en el que, aunque se crea en Dios, existe el
miedo a la muerte, se sabe que el sexo es muy complicado y que nunca se acaba de estar cómodo con la
religión.

Pero, entonces, ¿por qué seguir en ella? En el libro, Gumucio da muchas respuestas parciales a esta
pregunta, ninguna de las cuales parece definitiva. Tienen, al menos para el ateo, algo de misterioso: “Creer en
Dios hecho Cristo es otra manera de creer en los hombres, que es la manera que tenemos, los que tendemos
a dudar de la humanidad, de seguir creyendo a pesar de los campos de concentración y las bombas y las
torturas, a pesar de la angustia y la injusticia”. “La fe en Cristo no respondió a mi angustia por la muerte, pero
me enseñó a asumir sin miedo que no hay respuestas.” “¿Por qué soy católico entonces? Porque haga lo que
haga para no serlo, seguiré con mis negaciones y mis blasfemias alimentando esa fogata íntima en medio del
descampado nocturno en que Pedro negó tres veces a Jesús y se hizo santo y mártir.” A veces, durante la
lectura del libro, uno se imagina diciéndole a Gumucio que esas razones no son convincentes. Y se lo imagina
a él encogiéndose de hombros con una sonrisa pícara y diciendo: “¿Pero qué vas a ser si no eres católico?”.

Alternativas

Se me ocurren algunas alternativas. Pero, como sucede muchas veces cuando los creyentes se enfrentan a
las preguntas de los ateos, Gumucio responde que quienes pensamos que no creemos en Dios en realidad
creemos en algo parecido a él, aunque tenga otra forma. Gumucio cita a Robespierre, que, dice, no creía en
Dios, pero se tuvo que inventar uno para que la Revolución Francesa pudiera triunfar. Muchos
latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX pensaban que no creían en Dios, pero creían ciegamente
en la “revolución”. Los laicos, dice, creen que “la muerte es un problema que se puede resolver”, mientras que
“el cristianismo siempre ha sido más realista y nunca ha negado que estamos destinados a morir con dolor y
horror”. Sin duda, la caricatura que muchos creyentes hacen de quienes no lo somos no es tan distinta que la
que hacen muchos ateos de los creyentes.

Gumucio advierte que todo el mundo sufre y teme y que buscar consuelo en una religión no es más excéntrico
que hacerlo en la razón

Pero la comunicación entre las dos posturas existe y este libro es una prueba. Está lleno de historias
personales, chismes familiares, digresiones morales, citas bíblicas, ataques a la Iglesia, disquisiciones políticas
y algunas bromas, aunque muchas menos de lo que es habitual en Rafael Gumucio. Hay paredes
infranqueables para un no creyente; a fin de cuentas, como recuerda el autor, era “cristiano Martin Luther King
y [eran] cristianos el Ku Klux Klan”, algo que a los ateos nos cuesta mucho entender. Era católico su abuelo,
que se tuvo que exiliar de Chile, y lo era Pinochet, que de no haber sido así lo habría perseguido. Y es posible
un cierto entendimiento. Advertir que para todo el mundo el sufrimiento, los miedos y las incomprensiones son
los mismos, y que buscar consuelo en una religión quizá no sea mucho más excéntrico que hacerlo en la razón
o la experiencia (mi opción) o, simplemente, que no buscarlo. A ratos quisieras decirle: “Eh, Gumucio, no
tienes razón, pero creo que te entiendo. Un poco”.

Hubo unos años, hace no tanto, en que a menudo se intentaba establecer diálogos entre creyentes y ateos.
Umberto Eco y el cardenal Martini intercambiaban cartas sobre religión y luego las publicaban en forma de
libro. El papa Benedicto XVI se sentó a dialogar con cuatro no creyentes en un acto público, entre ellos la
escritora francesa Julia Kristeva. Quizá nos hayamos cansado de escuchar al otro. Pero es interesante oír lo
que Gumucio tiene que decir. Si el libro se lee con la mirada de un ateo, resulta una mitad del diálogo
interesante. Pero soy incapaz de imaginar qué pasa si esa mirada es la de otro católico.

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