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CAPILLA PAPAL

SANTA MISA
EN SUFRAGIO DE LOS CARDENALES Y LOS OBISPOS
DIFUNTOS EN EL CURSO DEL AÑO

CELEBRADA POR EL SANTO PADRE


FRANCISCO

BASÍLICA VATICANA, 4 NOVIEMBRE 2019

RITOS DE INTRODUCCIÓN.

Antífona de entrada.
La escuela y la asamblea: Cfr. 4 Esdr 2, 34-35
VI R. Dales Señor el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua.

El Santo Padre: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. R. Amen.
La paz este con ustedes. R. Y con tu Espíritu.
Acto Penitencial.
El Santo Padre: Hermanos, para celebrar dignamente los santos misterios, reconozcamos nuestros
pecados.

Pausa de silencio.

El Santo Padre y la asamblea: Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante ustedes hermanos que he
pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Por eso ruego a Santa María siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes hermanos, que
intercedan por mí ante Dios, Nuestro Señor.

El Santo Padre: Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos
conduzca a la vida eterna.

Kyrie: Señor Ten Piedad, Cristo Ten Piedad, Señor Ten Piedad.

Colecta
El Santo Padre: Oremos.
Dios misericordioso, que has llamado a tus siervos cardenales y obispos a formar parte del colegio
episcopal, permíteles a ellos de compartir en tu reino la recompensa prometida a los fieles ministros del
Evangelio. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que es Dios, y vive y reina contigo, en la unidad del
Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. R. Amén.

LITURGIA DE LA PALABRA
Primera Lectura

Del segundo libro de los Macabeos 12, 43-46


En aquellos días, se efectuó una colecta que le permitió mandar a Jerusalén unas dos mil monedas de
plata para que se ofreciese allí un sacrificio por el pecado.
Era un gesto muy bello y muy noble, motivado por el convencimiento de la resurrección.
Porque si no hubiera creído que los que habían caído resucitarían, habría sido inútil y ridículo orar por los
muertos.
Pero él presumía que una hermosa recompensa espera a los creyentes que se acuestan en la muerte, de
ahí que su inquietud fuera santa y de acuerdo con la fe. Mandó pues ofrecer ese sacrificio de expiación
por los muertos para que quedaran libres de sus pecados.
Palabra de Dios. R. Te alabamos Señor.

Salmo responsorial
El salmista: Salmo 142
R. Señor, escucha mi oración.

1. Señor, escucha mi oración; tú, que eres fiel, atiende a mi suplica; tú, que eres justo, escúchame. No
llames a juicio a tu siervo, pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti. R.

2. Recuerdo los tiempos antiguos, medito todas tus acciones, considero las obras de tus manos y extiendo
mis brazos hacia ti: tengo sed de ti como tierra reseca. R.

3. Escúchame en seguida, Señor, que me falta el aliento. En la mañana hazme escuchar tu gracia, ya
que confío en ti. R.

4. Enséñame a cumplir tu voluntad, ya que tú eres mi Dios. Tu espíritu, que es bueno, me guíe por tierra
llana. R.

Segunda Lectura

De la carta de san Pablo apóstol a los Filipenses 3, 20-21


Hermanos:
Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.
Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que
posee para sometérselo todo.
Palabra de Dios. R. Te alabamos Señor.

Canto al evangelio
El diacono lleva solemnemente el libro de los evangelios al ambón.

La escuela y la asamblea: II Aleluya, aleluya, aleluya

La escuela: Cf. Ap. 14, 13


Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor; reposaran de su cansancio, porque sus obras les
seguirán.

La asamblea: Aleluya, aleluya, aleluya

Evangelio
El diacono: El Señor este con ustedes. R. Y con tu Espíritu.
Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6, 37-40 R. Gloria a ti Señor, Jesús
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
—«Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado
del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en
el último día.
Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré
en el último día».
Palabra del Señor. R. Gloria a ti Señor, Jesús
Homilía
Las lecturas que hemos escuchado nos recuerdan que hemos venido al mundo para resucitar: no hemos
nacido para la muerte, sino para la resurrección. Como escribe en la segunda lectura san Pablo, ya
desde ahora «somos ciudadanos del cielo» (Flp 3,20) y, como dice Jesús en el Evangelio, resucitaremos
en el último día (cf. Jn 6,40). Y es también la idea de la resurrección la que sugiere a Judas Macabeo en
la primera lectura una obra de gran rectitud y nobleza (2M 12,43). También hoy nosotros podemos
preguntarnos: ¿Qué me sugiere la idea de la resurrección? ¿Cómo respondo a mi llamada a resucitar?
Una primera indicación nos la ofrece Jesús, que en el Evangelio de hoy dice: «Al que venga a mí no lo
echaré afuera» (Jn 6,37). Esta es su invitación: «Venid a mí» (Mt 11,28). Ir a Jesús, el que vive, para
vacunarse contra la muerte, contra el miedo a que todo termine. Ir a Jesús: puede parecer una
exhortación espiritual obvia y genérica. Pero probemos a hacerla concreta, haciéndonos preguntas como
estas: Hoy, en el trabajo que he tenido entre manos en la oficina, ¿me he acercado al Señor? ¿Lo he
convertido en ocasión de diálogo con Él? ¿Y con las personas que he encontrado, he acudido a Jesús,
las he llevado a Él en la oración? ¿O he hecho todo más bien encerrándome en mis pensamientos,
alegrándome solo de lo que me salía bien y lamentándome de lo que me salía mal? ¿En definitiva,
vivo yendo al Señor o doy vueltas sobre mí mismo? ¿Cuál es la dirección de mi camino? ¿Busco solo
causar buena impresión, conservar mi puesto, mi tiempo, mi espacio, o voy al Señor?
La frase de Jesús es desconcertante: El que viene a mí no lo echaré afuera. Está afirmando la expulsión
del cristiano que no va a Él. Para el que cree no hay término medio: no se puede ser de Jesús y girar
sobre sí mismos. Quien es de Jesús vive en salida hacia Él.
La vida es toda una salida: del seno materno para venir a la luz, de la infancia para entrar en la
adolescencia, de la adolescencia hacia la vida adulta y así sucesivamente, hasta la salida de este mundo.
Hoy, mientras rezamos por nuestros hermanos Cardenales y Obispos, que han salido de esta vida para
ir al encuentro del Resucitado, no podemos olvidar la salida más importante y más difícil, que da sentido
a todas las demás: la de nosotros mismos. Sólo saliendo de nosotros mismos abrimos la puerta que lleva
al Señor. Pidamos esa gracia: “Señor, deseo ir a Ti, a través de los caminos y de los compañeros de
viaje de cada día. Ayúdame a salir de mi mismo, para ir a tu encuentro, tú que eres la vida”.
Quiera expresar una segunda idea, referida a la resurrección, tomada de la primera Lectura, del noble
gesto realizado por Judas Macabeo por los difuntos. Allí está escrito que él lo hizo porque consideraba
«que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio» (2M 12,45). Es
decir, son los sentimientos de piedad los que generan un magnífico premio. La piedad hacia los demás
abre de par en par las puertas de la eternidad. Inclinarse sobre los necesitados para servirlos es entrar
en la antesala del paraíso. Si, como recuerda san Pablo, «la caridad no pasa nunca» (1 Co 13,8),
entonces ella es precisamente el puente que une la tierra al cielo. Podemos así preguntarnos si estamos
avanzando sobre este puente: ¿me dejo conmover por la situación de alguno que está en necesidad?
¿Sé llorar por el que sufre? ¿Rezo por aquellos a los que nadie recuerda? ¿Ayudo a alguno que no tiene
con qué devolverme el favor? No es buenismo, no es caridad trivial, son preguntas de vida, cuestiones
de resurrección.
Finalmente, un tercer estímulo en vista de la resurrección. Lo tomo de los Ejercicios Espirituales, en los
que san Ignacio sugiere que, antes de tomar una decisión importante, hay que imaginarse en la presencia
de Dios al final de los tiempos. Esa es la cita que no se puede posponer, el punto de llegada de todos,
de todos nosotros. Entonces, cada elección de vida afrontada en esa perspectiva está bien orientada,
porque más cerca de la resurrección, que es el sentido y la finalidad de la vida. Igual que el momento de
salir se calcula por el lugar de llegada, igual que la semilla se juzga por la cosecha, así la vida se juzga
bien a partir de su final, de su fin. San Ignacio escribe: «Considerando cómo me hallaré el día del juicio,
pensar cómo entonces querría haber deliberado acerca la cosa presente; y la regla que entonces querría
haber tenido, tomarla agora» (Ejercicios Espirituales, 187). Puede ser un ejercicio útil para ver la realidad
con los ojos del Señor y no solo con los nuestros; para tener una mirada proyectada hacia el futuro, hacia
la resurrección, y no sólo sobre el hoy que pasa; para tomar decisiones que tengan el sabor de la
eternidad, el gusto del amor.
¿Salgo de mí para ir cada día hacia el Señor? ¿Tengo sentimientos y gestos de piedad con los
necesitados? ¿Tomo las decisiones importantes en la presencia de Dios? Dejémonos provocar al menos
por uno de estos tres estímulos. Estaremos más en sintonía con el deseo de Jesús en el Evangelio de
hoy: no perder nada de cuanto el Padre le ha dado (cf. Jn 6,39). En medio de tantas voces del mundo
que nos hacen perder el sentido de la existencia, sintonicémonos con la voluntad de Jesús, resucitado y
vivo: haremos del momento presente un alba de resurrección.

Silencio para la reflexión personal.

Oración universal o de los fieles.


El Santo Padre: Hermanos y hermanas, a Dios fuente de la gracia y de la misericordia, suba
incesantemente la súplica de todos los creyentes, que imploran paz y salvación por los vivos y por los
difuntos.

El cantor: Invoquemos al Señor.


La asamblea: Te rogamos, óyenos.

El Diacono:
1. Padre Santo, custodia en tu amor a nuestro Papa Francisco y a todos los pastores de la Iglesia,
enviados al mundo a anunciar que en Cristo se cumple la liberación del pecado y de la muerte. R.
2. Padre bueno, concede a los Cardenales y a los Obispos, difuntos en este año, de participar
plenamente en la vida nueva en Cristo y de contemplar en eterno tu gloria en el Reino de los Cielos. R.
3. Padre todopoderoso, manda tu Santo Espíritu sobre cuantos tienen responsabilidad civil y social, e
inspírales proyectos de justicia y de paz para el bien de la entera familia humana. R.
4. Padre misericordioso, acoge en tu paterno abrazo a todos los difuntos que han dejado esta vida
invocando con confianza tu santo nombre. R.
5. Padre justo, dónanos a tus hijos el poder vivir con fidelidad el Bautismo recibido y de testimoniar con
las obras nuestra fe en Cristo resucitado, primicia de una nueva humanidad. R.

El Santo Padre: Te bendecimos, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra; tu escuchas siempre la oración
de tu Iglesia. Concede a nuestros hermanos difuntos de gozar en eterno la plenitud de la luz y de la paz.
Por Cristo nuestro Señor. R. Amén.

LITURGIA EUCARÍSTICA.
Algunos fieles llevan al Santo Padre las ofrendas para el sacrificio.

Canto de ofertorio
DOMINE, IESU CHRISTE

El Santo Padre: Oren, hermanos, para que este sacrificio mío, y de ustedes, sea agradable a Dios,
Padre todopoderoso.
R. El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro
bien y el de toda su santa Iglesia.

Sobre las ofrendas.


El Santo Padre: Acepta, Señor, los dones que te ofrecemos por las almas de tus siervos, cardenales y
obispos; tu que les has dado el carisma episcopal a servicio de tu pueblo, recíbeles en la asamblea
festiva del cielo.
Por Cristo nuestro Señor. R. Amen
PLEGARIA EUCARÍSTICA
Prefacio
El Santo Padre: El Señor esté con ustedes R. Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón. R. Lo tenemos levantado hacia el Señor. Demos
gracias al Señor, nuestro Dios. R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor.
Él es la salvación del mundo, la vida sin fin y la resurrección de los muertos.
Por medio de Él se alegran los ángeles, y en la eternidad adoran la gloria de tu rostro. A su canto
concédenos, oh Señor, que se unan nuestras humildes voces en un himno de alabanza:

Santo
Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en el cielo.

Plegaria Eucarística II
El Santo Padre: Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad; por eso te pedimos que
santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que se conviertan para nosotros en el
Cuerpo y + la Sangre de Jesucristo, nuestro Señor.

El Santo Padre y los concelebrantes: Él mismo, en la noche, cuando iba a ser entregado a su pasión,
voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR
USTEDES.

El Santo Padre presenta al pueblo la hostia consagrada y se arrodilla en adoración.

Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz, y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos,
diciendo:
TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA
ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR USTEDES Y POR MUCHOS PARA EL
PERDÓN DE LOS PECADOS.
HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.

El Santo Padre presenta al pueblo el cáliz y se arrodilla en adoración.

El Santo Padre: Este es el misterio de nuestra fe.

La escuela y la asamblea: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!.

El Santo Padre y los concelebrantes: Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y
resurrección de tu Hijo, te ofrecemos el Pan de Vida y el Cáliz de Salvación, y te damos gracias porque
nos haces dignos de servirte en tu presencia y a cumplir el servicio sacerdotal.
Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del
Cuerpo y Sangre de Cristo.

Un concelebrante: Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra; hazla perfecta en el amor
en unión con nuestro Papa Francisco, y todo el orden sacerdotal.
Acuérdate de nuestros hermanos cardenales y obispos, que has llamado a ti de esta vida: y como por el
Bautismo les has unido a la muerte de Cristo, tu Hijo, así hazles partícipes de su resurrección.
Otro concelebrante: Acuérdate también de nuestros hermanos que se durmieron en la esperanza de la
resurrección, y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro.
Ten misericordia de todos nosotros, y así, con la Beata María, la Virgen Madre de Dios, con San Jose, su
esposo, con los apóstoles y todos los santos, que en todo tiempo te agradaron; y en Cristo tu Hijo cantaran
tu gloria.

El Santo Padre y los concelebrantes: Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la
unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

La asamblea: Amen, amen, amen

RITO DE COMUNIÓN
El Santo Padre: Obedientes a las palabras del Salvador y formados por sus divinas enseñanzas,
podemos decir:

El Santo Padre y la asamblea: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a
nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a
los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

El Santo Padre: Líbranos, Señor de todos los males, y concédenos la paz en nuestros días, para que
ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación,
en la espera que se cumpla la beata esperanza y venga nuestro Salvador Jesucristo.

La asamblea: Tuyo es el reino, tuyo el poder, tuya la gloria por siempre Señor.

El Santo Padre: Señor Jesucristo, que dijiste a tus Apóstoles: “La paz les dejo, mi paz les doy”, no
tomes en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y concédenos la unidad y la paz según tu
voluntad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. R. Amén.

El Santo Padre: La paz del Señor este con ustedes. R. Y con tu Espíritu.

El diacono: Cambiemos un signo de paz.

Los presentes cambian un gesto de paz.

El Santo Padre parte la hostia consagrada.

Cordero de Dios
La escuela y la asamblea: Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, Ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, Ten piedad de nosotros. Cordero de Dios que quitas
el pecado del mundo, Danos la paz.

El Santo Padre: Dichosos los invitados a la cena del Señor. Este es el Cordero de Dios, que quita
el pecado del mundo.

El Santo Padre y la asamblea: Señor yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya
bastará para sanarme.
Antífona de comunión
La escuela y la asamblea: 4 Esdr 2, 35
VIII R. Brille para ellos la luz perpetua, junto a tus santos, en eterno, Señor, porque tú eres bueno.

Silencio de oración personal.

Después de la comunión.
El Santo Padre: Oremos.
Dios todopoderoso y misericordioso, te suplicamos por tus siervos cardenales y obispos: tu que les has
constituido embajadores de Cristo en medio a los hombres, por este sacrificio de salvación lavales de
toda culpa y acógeles junto a ti en la gloria.
Por Cristo, nuestro Señor. R. Amen.

RITO DE CONCLUSIÓN
El Santo Padre:
El Señor este con ustedes R. y con su Espíritu
Bendito sea el nombre del Señor R. ahora y por siempre
Nuestro auxilio es el nombre del Señor R. que hizo cielo y tierra Los
bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. R. Amen

Despedida.
El diacono:
La misa ha terminado, vallan en paz. R. Demos gracias a Dios.

Antífona Mariana.
SUB TUUM PRAESIDIUM