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FERVOROSAS HISTORIAS

DE MUJERES Y HOMBRES

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Verolín, Irma
Fervorosas historias de mujeres y hombres / Irma Verolín. - 1a ed. - Ciudad Autóno-
ma de Buenos Aires : Fundación CICCUS, 2021.
144 p. ; 23 x 16 cm.

ISBN 978-987-693-848-8

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. 3. Narraciones. I. Título.


CDD A863

Primera edición: abril 2021

© Ediciones CICCUS - 2021


Medrano 288 (C1179AAD)
(54 11) 4981-6318 / (54 11) 2127-0135
ciccus@ciccus.org.ar
www.ciccus.org.ar

Imagen de tapa: Auguste Rodin, “El beso”, escultura en mármol, 1882.


Diseño de tapa: Andrea Hamid
Diagramación y armado: Mariela Euredjian
Corrección: Alejandra Teijido
Coordinación: Alejandra Teijido, Andrea Hamid
Diseño y producción gráfica: Andrea Hamid

Hecho el depósito que marca la ley 11.723.


Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de este libro en
cualquier tipo de soporte o formato sin la autorización previa del editor.

Impreso en Argentina
Printed in Argentina

Ediciones CICCUS re- Ediciones CICCUS ha sido


cibió el Diploma de merecedora del recono-
Honor Suramericano cimiento Embajada de
que otorga la Fundación Paz, en el marco del Pro-
Democracia desde su yecto-Campaña “Desper-
Programa “Formación en Valores en tando Conciencia de Paz”, auspiciado
el Mercosur y la Unasur”. por la Organización de las Naciones
Círculo de Legisladores, Unidas para la Ciencia y la Cultura
Honorable Congreso de la Nación. (UNESCO).

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FERVOROSAS HISTORIAS
DE MUJERES Y HOMBRES

Irma Verolín

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Fervorosas historias de mujeres y hombres | Irma Verolín

una ramita ha caído en el lago y navega


es enorme la tristeza que un hombre y una mujer
pueden hacerse entre sí
como enorme es la navegación de la ramita en el lago
Juan Gelman

Errando en el cielo de un sueño


como dos lunas perdidas
Homero Manzi

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Fervorosas historias de mujeres y hombres | Irma Verolín

ÍNDICE

El mar....................................................................................... 9
Paraguayo tomando café....................................................... 19
Un gato................................................................................... 27
Corpiños................................................................................. 33
Encuentros en la calle........................................................... 40
Entropía................................................................................. 45
El prodigioso encanto del perejil........................................... 49
Amiga mía.............................................................................. 58
Dos mujeres........................................................................... 64
La teoría del eterno desencanto............................................ 72
Hotel....................................................................................... 77
El misterio de las cucarachas................................................ 84
Vacaciones del setenta y cinco............................................... 94
Hombre solo......................................................................... 111
Niebla en la ventana............................................................. 116
Viaje al Paraguay.................................................................. 119
El congreso del árbol........................................................... 128

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EL MAR

Latemplada.
ciudad balnearia nos recibió prácticamente desierta y des-
Nadie vino a despedirnos la noche en que con dos
valijas subimos al micro. Nadie nos recibió aquella mañana vento-
sa cuando tardamos tanto en encontrar el hotel. Quién sabe si fue
atinada la idea de irnos de vacaciones juntas en una época del año
en que la mayoría de la gente no se va de vacaciones. Aunque mi
amiga tenía dos años menos que yo, daba la impresión de ser más
grande, probablemente por la extraordinaria particularidad de ha-
ber conseguido respuestas para todo. Y todo se limitaba a casi nada
en realidad. En cambio yo, con veinticinco años, sentía que el mun-
do estaba del otro lado de una profunda hendidura que se abría sin
cesar. Por otra parte el mundo ha sido siempre tan ancho. Quizá por
eso encontrarme cerca de la orilla del mar hizo que mi respiración se
prolongara un poco más dentro de mi cuerpo, como si yo me hubie-
se tragado aquel viento que empujaba las olas, que arremolinaba el
agua sin dejar de golpear y golpear contra las rocas acariciando, con
persistencia, la eternamente húmeda y amarilla arena.
Mi amiga y yo deshicimos las valijas, manipulando, nerviosas,
aturdidas. Una vez vaciadas, las valijas quedaron allí: dos desguaces
que parecía que nunca se volverían a reconstituir. Alcé la vista. So-
bre la ventana quieta, la agitación del mar. No fui capaz de sostener-
le la mirada al mar encrespado y cargado de silencio. Caminé hasta
la ventana y la abrí. El ruido cuchicheante del agua revolviéndose
me dio de lleno en la cara y por un instante se me olvidaron todas las
palabras. Desde la otra punta de la habitación mi amiga hizo un co-
mentario. Unas cuantas frases imprecisas, frases que no requerían
respuesta. Ahora la puerta del baño estaba cerrada y yo me había

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quedado sola frente al desguace de las dos valijas y el vertiginoso
crepitar del agua en movimiento detrás de la ventana.
Mi amiga tenía un nombre bastante común que los años me
trajeron y me borraron montones de veces y que, hoy por hoy, ha
quedado pendiendo de una cuerda que tal vez yo tuviera ganas de
sacudir, una cuerda sujeta al viento que ya no quiero tocar. Ella, con
su porfiado carácter, insistió e insistió hasta que logró arrastrarme
a aquella ciudad porque se había citado con un hombre. Un hombre
casado, de pelo en pecho, en buenas migas con los militares que de-
tentaban el poder, padre de dos hijos en edad escolar. Un empresa-
rio, le escuché decir a ella. Separó en sílabas la palabra empresario
mientras rozando el dedo índice y el gordo de una de sus manos me
clavaba sus ojitos codiciosos. Traté de no pensar que la billetera del
hombre en cuestión era más abultada que su entrepierna. Me causó
un poco de gracia que yo hubiera sido arrastrada hasta el mar por
el olor del dinero de un hombre al que no conocía. La había seguido
a mi amiga, que a su vez lo perseguía a él. Permití que esta hilera
de eslabonamientos me estimulara a ocuparme de ordenar mi ropa
en el placard, quise convencerme de que no contaba con otra cosa
mejor que hacer por el resto de mi vida. Y allí respirábamos las dos,
mi amiga y yo, envueltas por su seguridad y mi vacilación, por sus
desplantes y mis miedos, por su aspereza y mi mutismo.
Desde el principio las dos nos dimos cuenta de que un mes iba a
resultarnos un tiempo excesivamente prolongado si pretendíamos
resignarnos a nuestra mutua compañía cada día, un día después de
otro, en aquella discreta habitación. Sin embargo, así debía ser, la
habitación reclamaba su cuota de deslucimiento si esperábamos que
el mar se expresara ante nosotras en su absoluta presencia. Ense-
guida noté que apenas me acercaba a la ventana abría la boca como
una tonta, no lo hacía porque intentara hablar sino por la cercanía
del ir y venir de olas que estallaban suavemente en el segmento de
orilla que la ventana me permitía ver en primer plano. Se me antojó
que hasta podría tocar el mar con la mano. Sin embargo pensé que,
aunque lo hiciera, iba a sentirlo inaccesible.

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Fervorosas historias de mujeres y hombres | Irma Verolín

El empresario apareció la primera noche. El traje con rayas fini-


tas le ajustaba ligeramente en las caderas. El pañuelo que asomaba
por el bolsillo superior del saco hacía juego con la corbata. De es-
tatura mediana, regordete, me saludó con estudiada ceremonia y
después abrazó a mi amiga con tanta lentitud que no supe dónde
iría a terminar. Daba la impresión de que recorrió con su mejilla el
flanco derecho del cuerpo de mi amiga de arriba abajo; tuvo conti-
nuamente un gesto duro, medio amenazante. Entendí que tenía que
irme y dejarlos solos. Bajé por las escaleras corriendo, sin aliento.
Pronto llegué hasta la playa. El mar estaba encrespado y no había ni
un alma por ninguna parte.
La ciudad, vacía de turistas veraniegos, fue para mí un escalona-
miento de espejismos. La acababan de pintar, arreglar, ornamentar,
acicalar. Cada cosa brillaba, brillaba demasiado, brillaba pero no ha-
bía ojos que miraran. Cuando mi amiga y yo salíamos a recorrer las
calles por la rambla, dejando que nuestras piernas nos llevaran a la
bartola, mirábamos sin ver. Resultaba asombroso que no surgiera
cuando menos se lo esperaba un uniformado con cara de descon-
fianza exigiendo documentos o poniéndonos de espaldas contra la
pared para interrogarnos. El ruido del mar volvía a la ciudad más
extraña aun. Intenté preguntarme cómo sería esta ciudad sin el mar
y la pregunta me taladró, morbosa, dentro de la cabeza. Imposible
imaginarlo, sería lo mismo que yo sin mi melancólico nombre o sin
mi amiga a cuestas. Yo, a secas: eso no podía ser de ninguna manera.
La ciudad estaba allí porque antes había existido el mar y lo más pro-
bable era que la ciudad dejara de anclarse en aquel sitio algún día re-
moto, como la Historia lo demuestra, para que el mar siguiera siendo
puro arrebatamiento que agota los sentidos y calma la mirada.
El segundo día me compré un cuaderno de tapas duras y empecé
a escribir un diario que ocultaba meticulosamente de la mirada de mi
amiga. De haberlo sabido ella seguro habría querido leerlo, se hubie-
ra desvivido por conocer lo que yo sentía. No, no se lo iba a permitir.
Con frecuencia la nombraba a ella entre los renglones en los que a mi
apretada caligrafía le costaba hacer equilibro y, desde ya, me quejaba
de que dejara los azulejos del baño chorreando agua después de du-

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charse o de que no tendiera su cama. Además ella se parecía mucho
a la ciudad, engalanada al divino botón, atrayente para nada y para
nadie. Las dos nos sentíamos presas dentro de un espacio nuevo y fa-
tigoso al que pretendíamos llamar vacaciones. Yo, por mi parte, vivía
agobiada por el ruido del mar, tan similar al sonsonete de la voz de mi
amiga que nunca se apagaba. Hubiera preferido no oír, hubiera sido
mejor que me tapara las orejas con las manos, pero ni las palabras
de mi amiga o el sonido rítmico del mar me hubieran dejado hacerlo.
Aunque el verano no había llegado todavía, se insinuaba de algu-
na manera en la orilla espumosa del mar, casi nos rozaba los talones
y se anunciaba sin tapujos en los carteles coloridos, en las manos de
pintura que un montón de obreros seguía dándoles a balcones, cer-
cas y fachadas, a puertas y terraplenes como si aquella búsqueda de
perfección pudiera perfeccionarse aún más. Lo que había que ver lu-
cía tanto que por momentos mirar se nos volvía insoportable. Falta-
ba el comienzo del verano para que aquel acicalamiento desmesura-
do tuviera su imprescindible acompañamiento y la ciudad alcanzara
una apariencia lógica ante nosotras. Le faltaba una pata a la realidad,
todo parecía inminente y al mismo tiempo se encontraba fuera de
curso. Por lo tanto el mar, desnudo, completo, único, se volvió una
visión abarcadora que apagaba la ciudad con el simple gesto de girar
la cabeza y darle la espalda al conjunto de edificios sin gente a la
vista y calles de aspecto rutilante. De modo que se trataba de esperar
que algo comenzara. Algo, cualquier acontecimiento que no viniera
precedido de bombos y platillos. Mi amiga y yo nos asomábamos a
la visión del mar, anhelantes, zozobrando en la tarima de nuestra
juventud, con los pies apoyados en un límite endeble que probable-
mente se nos volvería más confiable a medida que pasara el tiempo.
Mientras tanto, el galán de mi amiga venía al anochecer, puntual,
embutido en su prolijo traje, y a mí no me quedaba otro recurso que
salir a dar la vuelta al perro. Dar la vuelta al perro consistía lisa y lla-
namente en recorrer calles sin un alma asomando la cabeza por allí,
calles completamente iluminadas: una película de ciencia ficción en
la que el mundo se había terminado y yo, la última sobreviviente, me
dedicaba a deambular con resignación.

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Fervorosas historias de mujeres y hombres | Irma Verolín

Mi amiga empezó a fastidiarse por la puntualidad de las visitas


del galán. El hombre le estaba resultando cargoso, repetido, hombre
al fin. De buenas a primeras, ella me confesó que los hombres no le
interesaban mucho que digamos, que si de amor se trataba, elegiría
a una mujer. Por primera vez en mi vida escuché la palabra bisexual
y, en el mismo instante en que sopesé contenidos y revisé el ros-
tro elocuente de mi amiga, se me dio por preguntarme qué estaba
haciendo en esa ciudad fuera de foco con alguien que, cuando yo
estuviese dormida, espiaría mis tetas que tienden a escaparse por
los costados de mi camisón. Supongo que hice un ademán mecánico
con las manos y achiqué la abertura de mi blusa. Mi amiga siguió
hablando. Hablaba mirando hacia los alrededores, sin fijarme la vis-
ta. Sospecho que por su confesión de un rato antes, por cierto tardía,
se percató de mi incomodidad y de que me informaba lo que debió
ser dicho antes de emprender nuestro viaje. Y no ahora, cuando ya
nos encontrábamos las dos ahí, en ese hueco pretencioso e insufri-
ble llamado presente. Ella se hacía preguntas, divagaba: ¿Había más
hombres en esa ciudad además de su cargoso galán? ¿Por qué no
íbamos las dos a jugar al ping-pong en la sala de abajo? ¿Cuán lar-
go puede ser un mes entero en condiciones poco propicias lejos de
casa? ¿Haría calor alguna vez? Un calendario antojadizo gobernaba
aquellos días nuestros, las horas daban la impresión de no terminar
de transcurrir, se estancaban sofocantemente.
En el diario que escribía no bien mi amiga se iba de la habitación,
continué quejándome de lo primero hasta lo último que observaba
en ella. Y lo escondía rápido después, con el mismo aire conspirativo
con que acomodaba mis tetas dentro de mi camisón al ir a dormir.
Por otra parte, era difícil no olvidarse de los pequeños asuntos al
contemplar el continuo ir y venir del agua, el desplazarse y embro-
llarse de las olas en la orilla una y otra vez, una y otra vez, hasta el
infinito. Más difícil todavía se me hizo dejar de pensar que lográba-
mos ver únicamente en superficie: el brillo de la luz sobre la diafa-
nidad del agua tranquila, espejeante hacia el centro y muy revuelta
y ensortijada al desahogarse sobre el borde de la playa. Sí, contem-
plábamos solamente el residuo de la luz. Yo sabía que el mar tenía

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una profundidad tan profunda que ninguna persona en este mundo
había llegado a explorarla en su completa vastedad. Aun así, si me
asomaba a la ventana solo alcanzaba a percibir luz y movimiento,
o acaso algunos pequeños detalles más sobrevolando el escenario.
Nunca la profundidad. Y quizá esa reticencia convertía al mar en
una imagen inquietante que me hacía abrir la boca y me oprimía el
corazón. También quería olvidarme del rezongo de mi amiga que no
soportaba la llegada del señor de traje, estricto en su visita diaria a
la hora en que la luz se iba retirando de la ventana y el mar se había
transformado en un rumor distante, realzado por el brillo blancuzco
de la espuma en la orilla. Después, cuando la noche se había insta-
lado, y el galán había liberado a mi amiga de sus requerimientos,
imprevistas lucecitas pálidas y lejanas, en el centro del mar, nos in-
dicaban la travesía de los veleros hacia aquí o hacia allá. La vida
parecía repetirse incansablemente: las visitas del señor, las frases
recurrentes de mi amiga, mi cuidado excesivo al esconder las tetas
bajo el camisón o mi diario escrito en lugares insospechados y el
agobiante mar con su incandescente monotonía. No existía ningún
calendario que nos ayudara a calcular la grandura de un mes, la an-
churosidad del tiempo ni su espesura. Qué importaba, de cualquier
modo la ciudad seguía acicalándose como una muchacha lista para
ir al baile.
Aquella noche quise darle la espalda al mar cuando salí de la ha-
bitación y dejé, del otro lado de la puerta, la cara hosca de mi amiga
junto al rostro ansioso del galán enfundado en su traje. Despreocu-
pada, me perdí en las avenidas y recorrí calles nuevas. Una llovizna
había dejado su huella sobre el asfalto, aunque el piso brillaba en su
resbalosa humedad, el aire se percibía seco. Entonces los edificios
con sus ventanas barnizadas y los carteles fosforescentes no tuvie-
ron contraste y la ciudad se encendió, fue una incipiente hogue-
ra que pedía que yo la transitara. Caminé, caminé hasta sentirme
extenuada. Mi caminata se volvió un vagabundear que me llevó a
retomar mis pasos, es factible que pasara frente a puertas ya vistas
o cruzara dos veces la ancha avenida principal sin tener noción de
ello. Inesperadamente tuve la sensación de que la ciudad simulaba

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ser un trompo y yo, su eje, ambas estábamos mareadas y metidas


en el delicado percance de sobrevivir. Entré en un bar: más luces,
escasos rostros y el mostrador donde se acodaban dos o tres mu-
jeres con cara de hastío. Giré la cabeza hacia el lado opuesto y ahí
estaba; era él, el mismo. Había pasado un año y medio desde que
nos habíamos visto por última vez en otra ciudad, en otra provincia,
protegidos por la penumbra de un árbol que daba la impresión de
venirse abajo. ¿Qué estaba haciendo él allí? ¿Por qué en esta ciudad
precisamente? Caminé como autómata y me paré frente a su cuer-
po que descansaba medio caído sobre la silla. Él alzó la cabeza y
pude ver la expresión cinematográfica de un mal actor que pretende
transmitir asombro. El asombro, su asombro fue real, me atrevo a
decir que más real que el mío, sin embargo su cara no lograba ab-
sorber el acontecimiento.
—¿Sos vos? —dije absurdamente sintiendo que mis palabras co-
piaban el extrañamiento de sus facciones.
Él bajó los ojos, asentía. Y fue tan ridículo que asintiera como lo
había sido el tono de mi pregunta. Un niño sorprendido en una falta.
Lo había imaginado en otro país, bien lejos. O, acaso, muerto. O con
los ojos vendados junto a otros, también con los ojos vendados en
un galpón oscuro. Pero no en un sitio donde mi persona pudiera dar
sus cortos pasos en aquel tramo trivialmente llamado vacaciones.
De repente al verlas, recordé sus manos, estaban ahora allí, cerca
de mí, las mismas manos que mi memoria había evitado, manos an-
chas, de hombre seguro.
—¿Y vos qué hacés acá? —le escuché decir sintiendo que su pre-
gunta sonaba a reproche, que la ciudad engalanada y vacía le corres-
pondía a él por derecho propio, mientras yo representaba el papel
de una intrusa. Ni hablar del mar. En cualquier caso el mar le perte-
necía a él, integraba su exclusiva propiedad, no necesitaba ser nom-
brado, al fin de cuentas él era un hombre legendario, lo fue siempre
para mí desde que lo conocí.
Supe que en ese momento hubiera sido preferible no hablar. Las
palabras caían en una precariedad que contrastaba con el espacio del
bar ambientado al estilo de los aeropuertos internacionales. En un

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gesto maquinal miré hacia delante: el aburrimiento de las mujeres
del mostrador podía transformar cualquier palabra en una chatura
que ninguna persona toleraría, en una extensión interminable ca-
rente de dobleces. No dije nada, no bajé la vista, ahora me dediqué a
mirarlo y tuve la certeza de que al hacerlo había enviado mi mejor se-
ñal de desafío. Entonces él balbuceó. Quiso entrar en explicaciones,
decirme por qué se había ido sin despedirse, sin dejarme un dato.
Meses atrás hubiera dado mi vida por escuchar lo que él me estaba
diciendo, por el temblor y el trastabillar de su voz, muestra evidente
de su debilidad o de su pedido de perdón. Ya no. Ahora yo no espe-
raba nada de él. Solo me bastaba con mirarlo, corroborar que esas
manos le pertenecían. Sentí el impulso de irme abruptamente, de ser
yo quien lo abandonara. Pero no fui capaz de moverme ni de abrir la
boca. De repente la escena se congeló, y lo que la rodeaba también
quedó en suspenso, incluso el movimiento efervescente del mar se
detuvo en mi recuerdo. Más todavía: no lo registraba, no me queda-
ba ningún recuerdo. ¿Acaso mi furia contenida había entumecido al
mundo? Por un instante se me borró su nombre. Temí que pronun-
ciarlo iba a significar darle lugar allí donde yo permanecía parada,
estática, rígida de pies a cabeza. Por desgracia tuve que escuchar sus
palabras:
—Es que debía irme. Vos entendés, ¿no?
Mi furia fue creciendo más y más. Lo único que faltaba fue que
repitiera su famosa frase, que me dijera que lo nuestro iba a ser
viable cuando derribaran este gobierno, como si la realidad fuese
un castillo de naipes. ¿Con esos argumentos él se convertía en una
víctima de las circunstancias? ¿Repetir otra vez que él era libre y
la sociedad injusta lo había obligado a irse sin dejar rastros? ¿Por
qué cambió una ciudad por otra para que mágica y providencial-
mente estuviéramos protagonizando nuestro reencuentro? Seguí
mirándolo a los ojos. Tal vez, de haberlo abrazado, habría podido
palpar el revólver sujeto al cinto bajo su saco. Después, no sé cuánto
tiempo después, sí fui capaz de moverme. Di media vuelta y salí co-
rriendo, busqué crear un espacio indefinidamente espléndido entre
su cuerpo tendido en la silla y mi persona. Corrí mucho, muchísi-

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mo. Terminé en una calle cualquiera que no me permitió ubicar-


me con respecto al hotel. Mi respiración se había simplificado a un
jadeo que aflojaba mi pobre cuerpo contraído. Lejos, el sonido del
mar. Me pregunté si el sonido del mar no sería más poderoso que la
imagen de sus manos. El mar no se parecía a nada que pudiera ser
nombrado con eficacia, se debatía en un tumulto que bosquejaba
un orden secreto, imposible de traducir. Calculé que el revoltijo de
agua de la orilla en la playa iba a ayudarme a encontrar el camino.
Las horas y horas que había dedicado a mirar el mar quizá iban a
servirme al menos de orientación. Caminé hasta la playa. Allí pude
ver, espléndido, irreproducible, el mismo mar. Continué caminan-
do sin rumbo, bordeé la línea de espuma que se deshacía y volvía a
gestarse. Luces, nada más que luces a la distancia me demostraron
que la ciudad, igual que el mar, persistía. Mirar el mar se volvió
un ejercicio tranquilizador, poco a poco el ritmo del oleaje se fue
apegando al de mi respiración. Quise llegar con mis ojos hasta el
centro, hasta lo más apartado de la playa y de aquel borde frágil
que se deshacía rozándome los pies y abandonándome, acarician-
do mis dedos y naufragando delante de ellos una y otra vez. Traté
desesperadamente de pensar en la profundidad que sin duda existía
y que me hubiera gustado percibir. Recité los versos de un poema
que hablaba de barcos hundidos y cadáveres en un fondo fantas-
mal. Después, no recuerdo qué pasó. Creo que estuve caminando
la noche entera porque la luz del sol me sorprendió dándome de
golpe en los ojos. Me dolían los pies llagados dentro de mis sanda-
lias humedecidas. Mi amiga debía estar preocupada, fue lo primero
que se me cruzó por la cabeza. Me descalcé para correr más rápido
y ahora sí me resultó sencillo ubicar el hotel. Subí de dos en dos los
escalones hasta el primer piso. Me imaginé entrando resuelta y en
mi fantasía mi amiga me encara con un gesto de enojo y los brazos
en jarra. Las palabras que pensé decirle, que ensayé y estudié se me
habían apelotonado en la garganta y buscaban salir, a borbotones.
Tenía que contarle, decirle que él había sobrevivido, que lo había
encontrado en esta ciudad en la que nosotras no sabíamos qué ha-
cer con el tiempo ni con el paisaje.

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