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No soy tu rosa

ni tu tulipán

Lighling Tucker
Copyright © 2020 LIGHLING TUCKER
1ªedición Marzo 2020.
ISBN
Fotos portada: Shutterstock.
Diseño de portada: Tania-Lighling Tucker.
Maquetación: Tania-Lighling Tucker.

Queda totalmente prohibido la reproducción parcial o total de esta obra por


cualquier medio o procedimiento, y ya sea electrónico o mecánico, alquiler o
cualquier otra forma de cesión de la obra sin la previa autorización y por escrito del
propietario y titular del Copyright.
Todos los derechos reservados. Registrado en copyright y safecreative.
A Julen, porque siempre sabe tener paciencia cuando «Mami» tiene que trabajar y
porque, sin leerme, eres mi mayor fan y me recomienda a todos sus amigos jeje Te
quiero, peque
AGRADECIMIENTOS

Y ya estamos aquí de nuevo. Yo solo puedo decir que tengo


los nervios de punta y estoy escribiendo esto al borde de un
ataque al corazón. Es ese «microinfarto» que te golpea cuando
estás a punto de publicar una vez más.
Esta historia ha sido muy distinta a lo que imaginé en un
principio. No os imagináis los nervios que tengo ahora mismo,
a un paso de que podáis leer la historia de Marie y Adán.
Gracias por hacer posible esto porque sin vosotros no sería
posible.
Gracias a todas las personas que con vuestros enormes
detalles (leer, comentar, compartir, saludar en Facebook,
etc…). No tengo palabras suficientes para lo mucho que os lo
agradezco.
Espero que este libro os saque una sonrisa. Si consigo
haceros olvidar todo durante unas horas estaré satisfecha con
lo escrito.
Gracias a Patricia, Cristina, Mónica, Araceli, Montse y mi
loca «de arriba» por estar ahí siempre. Por aguantarme y por
toda la ayuda.
Ahora pondré unos cuantos nombres que pedí en un post de
Facebook y otro de Instagram para quien quería estar en los
agradecimientos. Espero que, de este modo, sepáis lo
importantes que sois para que los libros se sigan publicando y
que esta saga crezca.
Facebook: Patricia Coleto Tovar, Osane y Josema Hidalgo
Pérez, Vanessa Arenas, Bianca Sheffield, Diana del Barrio
Casas, Alicia Lopez, Beatriz Plc, Araceli Romero Millán,
Solamente Ana, Judith Valverde, Aradia Maria Curbelo Vega,
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@tjr_anto.
Gracias a ti lector por confiar en mí una vez más y si es la
primera vez que pasas, gracias por darme la oportunidad.
Porque sin vosotros no existirían mundos que contar.
ÍNDICE
AGRADECIMIENTOS
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
CAPÍTULO 31
CAPÍTULO 32
CAPÍTULO 33
CAPÍTULO 34
CAPÍTULO 35
CAPÍTULO 36
CAPÍTULO 37
CAPÍTULO 38
EPÍLOGO
Tu opinión marca la diferencia
Búscame
OTROS TÍTULOS
CAPÍTULO 1

«No voy a llorar». Pensó Marie luchando por no poner los


ojos en blanco.
Eso es lo que todo el mundo allí reunido estaba esperando,
que se emocionara como los vídeos de internet mostraban. El
gentío la contemplaba de esa forma que tanto le molestaba.
Los hombres se llevaron una mano al pecho mientras
vitoreaban al hombre que estaba, patéticamente, de rodillas
con un ramo de rosas rojas en una mano y un anillo en la otra.
Eso sin contar la cara de estúpido y esa sonrisa de ganador que
le dedicaba creyendo que lo había conseguido.
¿Y qué decir de las mujeres?
Ellas la envidiaban por vivir esa experiencia, como si
aquello fuera la cúspide del romanticismo y no una gran forma
de hacer el ridículo en público. Con las manos entrelazadas
sobre el pecho, suspiraron dando a entender que aquello era
hermoso.
Marie no era de las románticas. Era de las que se reía a más
no poder cuando, en los vídeos, la chica se negaba y salía
corriendo.
Y ahora comprendía que estar en una situación como esa no
tenía ni pizca de gracia.
Estaba convencida de que alguno de los presentes ya había
sacado el móvil, iba a ser carne de internet. El próximo
«meme» con el que iban a reírse los próximos diez años. Con
un poco de suerte sus nietos no conocerían ese vídeo en el que
ella le estrellaba el ramo de rosas en la cabeza y salía de allí
todo lo digna posible.
—Cielo, ¿qué me dices?
El destino quiso que el hombre que trataba de convencerla
de pasar por el altar, no fuera otro que Romeo. Llevaban
saliendo un par de meses en los que habían follado como
animales por cada rincón de la ciudad en el que habían podido.
No obstante, debían ser claros: aquello no era una relación.
Chupársela en algún sitio público o en su apartamento no la
convertía en la novia perfecta. Y mucho menos en su esposa.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Marie con una sonrisa
en la boca y tratando de vocalizar como los ventrílocuos para
que el resto de personas no supieran lo que decía.
—Estos meses han sido los más intensos de toda mi vida.
No solo eres divertida, eres independiente. No me atosigas
como otras novias que he tenido y me dejas que vaya con mis
amigos a ver el futbol. Además, eres una fiera en la cama.
Los hombres vitorearon aquello como si eso le hiciera
ganar más valor.
Marie tuvo que reprimirse para no hacerle tragar el ramo
con el que la apuntaba como si de un arma blanca se tratase.
—Sé que eres la mujer de mi vida. Así que no voy a dejarte
escapar.
Aquello sonó como una amenaza y ella no llevaba bien el
tema de las prohibiciones o podría tomárselo como un reto.
No podía creer que estuviera viviendo aquello. Romeo
estaba convencido a ganarla como si fuera el premio de una
feria a la que se le disparaban bolitas de colores con una
pistola de aire comprimido.
—Creo que no hemos hablado mucho de nosotros, no sé si
te has pensado bien lo que dices —sugirió Marie.
El pedrusco del anillo le indicó que «su amor» era muy
grande y que, quizás, su locura también. Ella había tratado de
no dar pie a pensar que eran algo más que follamigos. No
habían dormido jamás juntos, tampoco habían ido al cine, ni
tampoco a cenar. Lo suyo era más una relación de calentón.
Quedaban, follaban y se despedían. La relación perfecta.
Salvo por el inconveniente de que aquel ser parecía sacado
del manicomio más cercano.
Solo deseó poder llamar a su amiga Carmen para fingir una
urgencia médica, un entierro pegaba más en todo aquello. No
había forma de salir de allí sin parecer la bruja del cuento de
Blancanieves.
No tenía salvación.
Miró a su alrededor y vio como la muchedumbre
comenzaba a impacientarse. Aquello ya pasaba de los
segundos de rigor para pronunciar el tan ansiado «sí» que
deseaban escuchar.
Marie supo que no podía contentarlos. En su mente le
tentaba la idea de decir «sí» para después romperle las piernas
en privado, sin embargo, no pensaba contentar a todos solo
porque hubiera estado follado con un lunático.
—No puedo, lo lamento —dijo sin saber de dónde acababa
de sacar el valor suficiente como para decirlo.
La gente reaccionó mucho más rápido que él, comenzaron
con un sentido «¡oh!» para pasar a abuchearla. Después,
Romeo, fue consciente del rechazo que estaba viviendo en
aquella calle tan concurrida de gente.
Parpadeó perplejo, como si no lo hubiera visto venir e
inclinó la cabeza tratando de pensar algo.
—¿Cómo que no?
Eso fue lo primero que le dijo y la verdad que no lo
culpaba. No podía imaginar qué se sentía cuando preparabas
algo con toda tu ilusión para acabar por los suelos al final del
día.
—¡Ni siquiera somos novios! —exclamó Marie.
Él no lo veía así. Para ese hombre habían tenido una
relación idílica en la que ambos hacían sus vidas y follaban
cuando les apetecía. Eso era divertido, pero no se podía
considerar una relación.
Ni allí, ni en cualquier planeta.
—No lo entiendo.
—Puedo hacerte un mapa —dijo Marie sin darse cuenta de
que lo decía en voz alta.
Aquello la hizo subir puntos en la escala de malvada del
cuento y supo que acababa de meter la pata sin remedio.
—¡No hace falta cebarse con el chico! —gritó alguien entre
la multitud.
Ellos no los conocían. No sabían si estaban saliendo o no,
sin embargo, solo por hacer algo «romántico» lo vestían con
sus mejores galas y la capa de príncipe y ya conseguía ser el
bueno de la escena.
Por suerte ella siempre estaba del lado del villano. No le
importaba ser la bruja con la verruga en la nariz.
—¡Vamos! Solo hemos follado. No has hecho nada
conmigo. Lo que buscas no es una relación. Es un coño en el
que meterte cuando te pique el cipote y ya está —explicó sin
miramientos.
Él había tenido el valor de ponerla en ridículo y no
importaba lo que hiciese porque iban a abuchearla sí o sí. Al
menos que lo hicieran con razón, porque a bruja no la ganaba
nadie.
Aquel Romeo era un buen polvo, pero solo eso. No iba a
ponerse un anillo solo por una gran polla.
—Tú y yo somos la pareja ideal…
Romeo seguía en estado catatónico, como si él fuera
demasiado buen partido como para ser imposible que pudieran
rechazarlo. Eso no iba a encajarlo demasiado bien su
acrecentado ego.
—¿Pareja? Te repito que solo hemos follado, no somos
nada de eso.
Apretó el ramo contra sus piernas, obligándola a aceptarlo.
Lo cogió de forma instintiva, lo sostuvo entre sus manos y
supo que aquellas rosas habían sido recogidas y envueltas solo
para ella.
Para ese día.
Marie colapsó en ese momento. Tal vez fue la presión,
quizás la mirada de perro abandonado de aquel hombre o los
abucheos de la gente, que la incitaron a correr. No miró atrás,
solo giró sobre sus talones y salió de allí a toda velocidad.
Muchas mujeres dijeron cosas horribles sobre ella, otras se
apiadaron de lo que acababa de vivir y muchos hombres
comenzaron a reír.
Aquel idiota se lo merecía. ¿Cómo se atrevía a ridiculizarla
en medio de la calle?
Lo mejor fue cuando certificó que había alguien en el
universo que la odiaba, estuvo segura de esa afirmación
cuando comenzó a sentir a Romeo gritar su nombre.
Con verdadero estupor, giró para darse cuenta de que él
también corría y lo hacía para detenerla en su huida.
—¡¿Qué haces?! —gritó asombrada, aunque sin dejar de
correr.
Él, persiguiéndola como si se tratase del último tren de su
vida, le contestó.
—Eres la mujer de mi vida y por ti estoy dispuesto a pasar
todos los viernes noche y los sábados contigo. No saldré con
mis amigos de copas.
Ojo, aquello era una declaración de amor en toda regla y
PALABRAS MAYORES. Lo cual sonó como una amenaza
para sus oídos. No podía ser más horrible todo aquello y eso la
incitó a ser más rápida.
No podía alcanzarla, sintió que si lo hacía una vida horrible
caería sobre ella y se esforzó en huir.
—¡Estás loco! —gritó.
Giró una calle tratando de despistarlo. Sonrió cuando
comprobó que había tanta gente allí que podría esconderse y
pasar desapercibida.
Él la buscó con fervor, realmente podía llegar a ser muy
intenso si se lo proponía. Nunca lo hubiera dicho, aunque
follaba con tanta pasión que quizás eso hubiera sido una gran
pista.
—¡Para, por favor! —bramó cuando la avistó.
Marie entró en pánico. Fue entonces cuando estuvo
convencida de que se trataba de un psicópata. No existía
persona en el mundo que no comprendiese que ella no quería
aquello.
¿Por qué seguir peleando para conseguirlo?
Quiso encararlo, decirle lo que se merecía, pero solo salió
disparada entre la multitud como si el mismísimo Lucifer la
persiguiese.
Al final, cuando creyó que no quedaba cordura en el mundo
y mucho menos en la mente de aquel hombre, vio un bar y una
idea se formó en su cabeza.
Entró completamente pálida por la situación, tiró del
picaporte con tal energía que creyó ser capaz de arrancar la
puerta de sus bisagras. No miró nada, ni la gente que estaba
allí, ni la multitud que la contemplaba completamente
desconcertada, ni el tugurio en el que se metía. Si así
conseguía librarse de Romeo, ese iba a ser su lugar favorito en
el mundo.
—¡Socorro! ¡Me quieren casar! —gritó con auténtico terror.
El camarero la miró, en realidad todos lo hicieron. Llevaba
una jarra de cerveza en una mano y un trapo en la otra, lo que
significaba que estaba secándola, cosa que no importaba. Sus
imponentes ojos azules la miraron de arriba abajo antes de
reaccionar a toda prisa.
—¡Corre! ¡Salta! —bramó lanzándole el cabo a la marinera
que se ahogaba en un mar de calamidades.
Marie corrió y se impulsó con el taburete que tenía cerca
para ayudarse a saltar la barra del bar. Cayó casi de bruces a
los pies de ese hombre que había prometido ayudarla.
Y solo supo encomendarse a cualquier dios que desease
ayudarla.
—Quédate aquí —le susurró.
Marie asintió siendo obediente.
Él siguió secando aquella jarra que ya brillaba, pero que
decidió no soltar.
El tintineo de la puerta le indicó que alguien acababa de
entrar en el local y sospechó que se trataba de Romeo.
El silencio llenó el local, hasta la música pareció detenerse
ante la tensión de aquel momento. Quizás fue que sus oídos
solo podían sentir el galopante latido de su corazón, como si
no existiera nada más.
—Disculpen, ¿ha entrado una mujer? Pelo largo, castaño,
ojos claros, vestida con un pantalón tejano y una camiseta azul
cielo.
Marie estuvo a punto de levantarse al escucharle. Casi
parecía la definición que se le daba a un policía ante una
desaparición y no una mujer que huía para no casarse con un
lunático.
Por suerte, el camarero bajó la jarra y la apoyó sobre su
cabeza como si de esa forma le indicase que debía estarse
quieta. Lo hizo al momento y sintió que era la pobre de una
película de terror tratando de huir del villano.
—Señor, creo que se equivoca. Aquí no ha entrado nadie
con esa descripción —contestó el camarero con una sonrisa en
los labios.
Romeo tosió un poco.
—¿Está seguro?
Marie puso los ojos en blanco. Era tan insistente que se
merecía estrellarle la jarra en la cabeza, solo por pesado.
—Compruébelo usted mismo. Chicos, ¿ha entrado una
mujer en este local? —preguntó con un evidente tono de burla.
El corazón se le detuvo en seco, solo esperó que nadie la
delatase porque ya no sabía en qué agujero meterse para salir
de allí.
Las voces de los hombres no tardaron en sonar: ¡No! ¡Claro
que no! ¿Mujer? ¿Dónde? ¡No!
Suspiró aliviada antes de recibir otro golpe con la jarra en
su cabeza. Aquello hizo que lo mirase de forma fulminante.
Puede que al final del día alguien se tragase aquella jarra de
una forma u otra.
—Como ha podido comprobar, aquí solo hay puros
hombres. No creo que encuentre lo que busca —le explicó el
camarero con educación.
Romeo tardó en reaccionar, aunque, por suerte, lo hizo.
—Lo… lo siento… Me pareció que entraba aquí.
Lo primero que iba a hacer cuando se librase de ese
escondite iba a ser bloquearlo en su teléfono. Romeo no iba a
ponerse en contacto jamás con ella. En momentos así
agradecía no haberlo llevado jamás a su casa.
El tintineo de la puerta le indicó que era libre, que se había
ido; se había rendido. Al fin.
—Eres libre. Nadie que entra en mi bar con ese grito de
auxilio puede casarse.
CAPÍTULO 2

Adán miró a la pequeña polizón que tenía a sus pies,


arrodillada a pesar de que ya no estaba quien la buscaba. La
contempló como quien va a un museo y se queda mirando un
cuadro moderno que no logra comprender.
«Arte abstracto» le decía su hermana que era. Y sí, ella era
una erudita para eso del arte, no obstante, él era alguien que no
sabía disfrutar con algo así. Tenía otros gustos, unos que no
casaban con los de su refinada familia.
Estaba convencido de que si Esme pisaba aquel lugar era
para comunicarle algún tipo de desgracia. No quiso ir ni
siquiera cuando estaba pintándolo para abrirlo, así que, ahora
casi ocho años después, no iba ni a intentar proponérselo.
—Reconozco que, aunque nunca me ha importado mucho
ver a una mujer de rodillas delante de mí, en esta ocasión
empiezo a estar un poco preocupado por tu falta de
movimiento —le explicó Adán.
Ella, la que segundos antes lo había fulminado con la
mirada, levantó el mentón para mostrarle lo muy sonrojada
que estaba. Después de la marcha del hombre que la buscaba
toda ella se había quedado paralizada en el suelo.
—Da la vuelta a la barra, te pondré una copa. Veo que te
hace falta.
Reaccionó, pero como un cervatillo asustado por los
disparos de los cazadores. Se echó hacia atrás hasta chocar con
el barril de cerveza y se sobresaltó con el tintineo que produjo
cuando este chocó con otro que tenía detrás vacío.
Al final, se pasó las manos por la cara en un intento de
sacarse el miedo galopante que la consumía.
Se levantó poco a poco, lo cual era un avance. Adán
reaccionó cuando uno de sus clientes hizo ruido con el
taburete para tratar de verla más de cerca, le levantó la mano
en señal de advertencia y surtió el efecto deseado.
No quería que saliera corriendo, aunque parecía más que
era de las que te estrellaba la jarra de cerveza en la cabeza en
vez de huir.
La contempló mientras se levantaba, lo hizo observando de
cerca su alrededor como si este fuera demasiado aterrador
como para comprenderlo. No era el peor bar de la ciudad,
aunque tampoco el mejor.
Como dueño estaba orgulloso de su local.
Y ahí la muchacha palideció.
Era bonita y parecía joven. Su tono de piel blanco como la
nieve de invierno, le recordó a algún personaje de cuento.
Algo que le hizo gracia.
Se podía conocer mucho a una persona desde detrás de una
barra y él hacía muy bien su trabajo. Era capaz de descifrar
mucha información de la gente a la que le servía una copa.
Le gustó su cabello largo y castaño, sus ondas parecían
querer ser un intento fallido de rizo que se quedaba entre
medias de un liso japonés y un rizo caniche. ¿Por qué esa
fijación por el pelo?
Porque su hermana disfrutaba contándole las largas
sesiones a las que sometía su sano pelo para domar los rizos
que los genes le habían regalado. Ella quería el pelo liso y lo
torturaba con miles de tratamientos para domarlo.
Ella colocó las manos en la barra segundos antes de salir de
su escondite para mirar a su alrededor. Ahí fue cuando todos
los clientes la miraron con curiosidad. Pocas veces en su vida
iban a ver a una mujer huyendo de una boda.
Vio como sus enormes ojos se abrieron producto de la
sorpresa o quizás era temor. No la culpaba, aquel lugar estaba
lleno de hombres de todos los tamaños, etnias y formas de
vestir y cada uno de ellos la contemplaba como si fuera algo
que no hubieran visto en años.
—No viste dónde entrabas, ¿eh? —preguntó regalándole
una sonrisa amable.
Sintió que aquella mujer podía reaccionar de muchas
formas, tal vez huía o peleaba con uñas y dientes.
—Pues la verdad es que no. Me hubiera tirado al interior de
un volcán de ser necesario —confesó secándose el sudor de la
frente.
Aquella era una frase inspiradora de la que se podía sacar
muchísimo material si se quería. No quiso indagar más, por
ahora, porque necesitaba un poco de tranquilidad antes de
proseguir.
—Sois… ¿una banda ilegal o algo?
Adán se sorprendió con la pregunta. Lo hizo de forma tan
natural que solo pudo mirar a su clientela y asentir.
—Sí y estamos mirando cómo matar a un par de la banda
rival. Aunque creo que es más importante ver dónde metemos
la coca que nos van a traer la semana que viene.
Quiso creer que se lo decía en forma de mofa porque puso
los ojos en blanco y asintió aceptando el golpe. Después de
eso miró la forma de la barra y las opciones que tenía de salir
de allí sin saltar.
—Detrás de mí tienes la salida —la avisó.
Eso la horrorizó y no se molestó en ocultarlo. Lo estudió de
los pies a la cabeza casi certificando que estaba ante un animal
salvaje en vez de delante de un hombre. Adán se mordió los
labios cuando estuvo a punto de decirle que estaba
decepcionado porque no se había detenido en ninguna parte de
su anatomía.
Al final, sin que nadie la animase, se armó de valor para
tratar de alcanzar su ansiada salida.
Adán debió dejarla ir, lo supo hasta en lo más profundo de
sus entrañas, no obstante, nunca había sido el hijo obediente,
ni el que pensaba las cosas antes de hacerlas. Dio tantos
disgustos a sus padres que sabía que ese era el motivo por el
que no quisieron animarle a seguir los pasos del prestigioso
Doctor que había labrado su padre.
—Antes de irte, mis chicos y yo nos merecemos un premio
por haberte ayudado —la advirtió.
La joven miró a su clientela buscando la complicidad de
aquellos hombres hacia el que les servía las copas y lo
encontró. Todos ellos, sin excepción, asintieron haciéndole
sentir orgulloso.
Estuvo seguro de que eso era lo había sentido su madre
cuando hizo su primera caca en el orinal en vez de en la
alfombra de piel de oso de su salón.
—No pienso desnudarme ni nada por el estilo —contestó
tajantemente.
Ahí sí que no pudo resistirse, era demasiado para él y no
podía librarse de la tentación dos veces.
—Una pena, tengo la caja llena de billetes pequeños para
ponértelos en el tanga.
Le encantó cuando no se amedrentó, al contrario, tomó una
de las jarras que había sobre la barra y le apuntó con ella a
modo de defensa. Fue entonces cuando agradeció tener los
cuchillos en la cocina y no cerca de sus manos.
—Voy a irme. Te agradezco mucho la ayuda con Romeo,
pero yo me voy. Casi prefiero casarme a quedarme aquí un
minuto más.
Adán se llevó una mano al pecho para fingir dolor. Todos
rieron con su respuesta, lo que lo animó a seguir haciendo el
idiota como le gustaba hacer.
—Eso se puede arreglar —comentó sonriendo. —Sneeze,
sal a llamar al chico y dile que su huidiza mujer se ha
replanteado la petición.
La joven no tardó en reaccionar cuando vio al gigante,
apodado como «Estornudo», que iba hacia la puerta. Un
sonoro «NO» lo paralizó al instante sin importar su gran
envergadura.
—¿La señorita se lo ha pensado mejor? —preguntó Adán
sabiendo perfectamente que ganaba el pulso.
Ella no contestó al instante. Soltó la jarra y levantó las
manos en señal de rendición, fue como si aquello acabase de
convertirse en una redada policial y todos quisieran un pedazo
de su cuerpo o su alma.
—¿Qué queréis? —preguntó dejándose llevar por la
situación más extraña que habían vivido jamás alguno de los
dos.
Adán no pudo evitar pensar en las formas en las que sus
curvas encajaban con las suyas y, es que ella no estaba mal,
nada mal, a decir verdad. Tenía un cuerpo con generosas
curvas a las que agarrarse cuando la noche subiera de tono.
Las proporciones no eran las de una modelo, aunque sí
entraba en el canon de belleza de muchos hombres, incluido él
mismo. No podía negarse que podía fantasear con esas piernas
kilométricas durante días y podía rendirle un tributo alguna
noche de placer pensando en sus pechos.
Él era un cerdo y supo la de calificativos que podían usar
contra él por pensar algo semejante. Por suerte, por fuera sabía
fingir ser todo un caballero y mostrar la indiferencia necesaria
como para no tomar su labios profundamente.
Dejó que los segundos pasasen mientras se perdía en
aquellos ojos verdes que lo escrutaban con cierto recelo. No la
culpaba.
Él y su clientela no tenían la mejor pinta. A pesar de lo
grandes y rudos que parecían, sabía los secretos de todos y
que, en el fondo, solo eran osos de peluche rellenos con
gominolas.
Pero no de las ilegales, ¿eh?
—Dinos cómo te llamas y porqué huías —contestó
finalmente.
Suspiró aliviada dándose cuenta de que los había juzgado
sin conocerlos, solo por su ruda apariencia.
—Mi nombre es Marie y ese era Romeo. Ni siquiera
tenemos una relación, hemos tenido sexo esporádico y se cree
que ese es su concepto de mujer. Así que, se ha arrodillado
para pedirme matrimonio en medio de la calle, con toda la
gente mirando.
Tomo aire evidentemente enfadada.
—Yo dije que no, salí corriendo de allí y me siguió como si
yo fuera un premio que ganar.
Todo el bar enmudeció, aquella historia era tan extraña
como el contar que, tomando unas copas, una extraña había
pedido ayuda porque la perseguían para casarla. De no haber
visto a su perseguidor hubieran creído que le faltaba alguna de
las piezas que hacían que el cerebro funcionase.
—¿Cuánto sexo esporádico? —preguntó Adán tratando de
hacerse una idea.
Sneeze tosió llamándole la atención. Estaba claro que no
era la mejor pregunta que hacerle a una extraña y mucho
menos a una mujer.
—¡¿Qué?! Es para hacerme una idea de si tenía motivos
para creer que eran novios o algo así —se justificó.
Ella negó como si se la acusase de asesinato, estaba claro
que no creía haberle dado motivos para ello.
Adán se apartó dejándola pasar, lo cual hizo con un poco de
prisa. Bordeó la barra y, cuando creyeron que huiría, se detuvo
y decidió sentarse en el único taburete libre que quedaba.
Eso sí que se merecía una ronda extra de cervezas.
—Unos meses. Solo nos veíamos en su casa, en mi coche o
algún sitio así, lo hacíamos y para casa —explicó.
Se apresuró a llenarle una jarra de cerveza, una que colocó
delante suyo para que comprendiera que la invitaba.
—¿Pero solo era hacer el amor? —preguntó Sneeze.
Marie, horrorizada, con el término «amor», lo miró como si
acabase de decir el nombre prohibido del libro «Harry Potter».
—No, follábamos como animales, pero ya está. No me
quedé a dormir, no dejé mi ropa en su apartamento ni mi
cepillo de dientes y mucho menos fui a las comidas familiares
—explicó.
Adán asintió.
Sí, esa era la relación perfecta para un hombre, no cabía
duda.
—Yo también te hubiera pedido matrimonio en ese caso.
Cero problemas, solo placer y ninguna discusión. Es que no
veo fallas en el racionamiento de ese pobre diablo —dijo
levantando una jarra que se acababa de llenar para sí mismo.
Marie, a regañadientes, tomó la suya y brindó como si
tuvieran algo que celebrar, para beber un gran sorbo después.
—Gracias por la ayuda.
—No me las des, no vaya a ser que me venga la idea de que
seas mi mujer y te pida matrimonio.
Marie, inocentemente, rio.
Él la miró por encima de la jarra al mismo tiempo que sus
labios golpeaban el cristal. Fue tan intenso que ella dejó de
beber solo para quedarse reflejada en sus ojos.
—Y yo no te dejaría escapar —amenazó.
CAPÍTULO 3

Marie supo que la cerveza amarga no era lo peor de aquel


bar, lo peor era la promesa que aquellos labios acababan de
decir casi sin palabras. No quiso contestar, en su defecto,
decidió volver a tomar un largo trago.
—¡Vaya! Eres la primera que disfruta de esta cerveza sin
morir, toser o algo similar.
Ella no contestó inmediatamente porque su garganta
quemaba. Aquella bebida era la peor que había ingerido en
mucho tiempo, casi le recordaba cuando ella y su hermano
quisieron hacer su propia cerveza de malta en casa.
Casi intoxicaron a media familia.
—¿No te han denunciado por vender esta mierda? —
preguntó Marie agitando el vaso.
Adán extendió la mano y no pudo más que retirarlo para
evitar que se lo quitase. Ahora tenía que bebérselo hasta que
no quedase una gota, por malo que fuera, su cuerpo ansiaba
alcohol para superar lo que acababa de vivir.
—Puedo ponerte un zumo de piña —comentó el camarero
con cierto retintín.
Eso le provocó una sonrisa. No estaba siendo amable con el
hombre que acababa de salvarla de Romeo.
—Reconozco que te la he dado para ver como tosías al
probarla. Es de las diez cervezas más amargas del mercado. Ni
Sneeze, con lo grande que es, ha podido con ella.
Ante la confesión traviesa de aquel hombre, se limitó a
buscar al gran «estornudo», el cual asintió satisfecho de no ser
capaz de beberse semejante brebaje. Ella, desviando la mirada
hacia su vaso, supo que se trataba de una novatada. Pero tenía
la última palabra y esa siempre era la más importante.
Tomando aire para no tener que olerla, acercó la bebida a
sus labios y la tragó con velocidad hasta acabar con todo el
contenido en su estómago. Después, dejó la jarra contra la
barra dándole un sonoro golpe.
—Me quito el sombrero contigo, sí señor —alagó Adán.
—Pon algo más fuerte, que me quite este sabor de la boca.
A Marie se le ocurrieron muchas formas para que su lengua
saborease otros sabores, lástima que no estaba en posición de
atacar porque le hubiera devuelto el favor al camarero con
mucho cariño.
—¿De qué eres? —preguntó con entusiasmo.
Ella contempló la parte superior de la estantería, en ella
lucía todas las botellas que poseía aquel local. Le sorprendió
descubrir que no conocía la gran mayoría de ellas. Lo cierto
era que no salía demasiado, pero siempre podía ir a lo seguro.
—Ron con hielo.
Adán no dejó escapar aquello, casi lo vio venir antes de que
se pusiera recto con una mano tapando su ojo derecho.
—¡A la orden mi capitana! ¡Arrr!
Ese líquido sabía mucho mejor que la cerveza con la que
había tratado de envenenarla, aunque no había ni punto de
comparación entre una y la otra. Con esta era capaz de sentir
que su garganta no se cerraba con su paso hacia el estómago.
—Y ahora un especial de la casa. Para celebrar la boda que
has sorteado tan hábilmente.
Adán rellenó tres chupitos con una botella que parecía tener
alguna especie de bicho o lagarto que no quiso mirar
demasiado.
Uno se lo entregó al gigante Sneeze, otro se lo puso a ella
justo delante y el último lo sostuvo entre los dedos a la espera
de que el resto lo imitase. Marie quiso decirle algo sobre beber
en horas de trabajo, aunque decidió celebrar que Romeo no la
había atrapado.
No se veía yendo al altar.
Decidió celebrarlo con ellos, con dos completos
desconocidos que también se alegraban por su suerte. Así
pues, con el ron en una mano y el chupito en la otra, brindó
con ellos y decidió verter el líquido garganta abajo.
Esta vez, trató de soportar el horror que abrasaba cada uno
de sus órganos, hasta apretó los labios mientras miraba a Adán
a los ojos a modo de pelea de miradas. Simplemente no lo
consiguió.
Al final, pasados unos segundos, comenzó a toser en busca
del aire que le acababan de robar vilmente.
—Si esta es tu forma de hacerte el agradable, casi prefiero
que seas antipático y me des agua —confesó para desatar la
risa del camarero.
Ahí se fijo en él y en que, a pesar de llamar gigante a su
amigo, él también tenía las mismas características. Era alto,
aunque en un principio se lo había parecido por estar de
rodillas; lo seguía siendo estando de pie.
Si lo comparaba con Romeo, este hombre bien podía
sacarle unos diez centímetros. Era una torre sin contar en lo
ancho de espaldas que era, sí, casi parecía ser el portero del
local y no el camarero.
Marie pensó en el buen uso que haría con esos brazos
fornidos y sus manos. Tampoco ayudaba que él entrase en el
estereotipo de hombre que la volvía loca: moreno y con ojos
azules como el mar.
Una combinación peligrosa, la que podía provocar que un
cóctel pasara de forma dulce, provocándote a beber, y
emborrachándote sin darte cuenta hasta ser demasiado tarde.
Así podía ser un hombre como Adán.
—Venga, segunda ronda —anunció él.
Marie soltó el chupito como si este se acabara de prender
en llamas, no podía tomar más bebida que esa sin perder
facultades mentales.
—Yo me quedo con mi ron, es buena celebración esta —
declaró.
Sneeze y Adán rieron tomando una segunda ronda que no
llegó jamás a sus labios, cosa que agradeció porque su cuerpo
comenzó a revelarle que estaba algo perjudicada. Lo más
importante era salir de allí por su propio pie y llegar a su
coche.
—Dime lo que te debo, tengo que irme —pidió teniendo
claro que después de verla huir por una petición de
matrimonio, deseaba mantener lo que le quedaba de dignidad
yéndose sin emborracharse.
Adán se humedeció los labios de una forma en la que todo
su cuerpo se estremeció, notó como cada vello corporal se
erguía por algo tan simple como eso. Incluso le pareció
increíble notar la garganta seca con todo lo que estaba
bebiendo.
—Te vas muy pronto, lo encuentro una celebración un poco
pobre.
Marie chasqueó la lengua.
—¿Y qué propones? ¿Bengalas y confeti?
Su sonrisa reveló la idea que tenía en mente su salvador,
revelando que, en el fondo no era ningún príncipe azul de
brillante armadura.
—Después de una petición de matrimonio como la que el
chico te ha preparado, estaría feo que yo te invitase a un par de
copas, te embaucara con mi agradable verborrea y te ofreciera
mi casa como refugio nocturno.
Marie asintió escuchándole atentamente.
—Así que… si fuera otro día del mundo, ¿me ofrecerías
pernoctar en tu casa por la simple bondad de tu corazón?
Aleteó las pestañas como si fuera una gentil dama que
trataba de agradar a su caballero andante, solo que ambos
tenían en cuenta que ninguno de los dos era lo que tenían en
mente.
—Hombre… bondad, bondad… No te sabría decir.
Específicamente no sería bondad —bromeó.
Decidió dejar la conversación cuando un cliente le pidió un
par de copas. Quiso creer que era el destino que le pedía tomar
cautela o, quizás, los conocimientos que su madre le inculcó
de niña.
Tomó su móvil, ahí se dio cuenta de que Carmen le había
dejado un par de wasap algo preocupada.
Carmen:
«No voy a hacer de amiga histérica».
«…»
«Me debes una explicación».
«¿Dónde estás?».
«Empiezo a preocuparme».
«¡¿DÓNDE ESTÁS?!».
Marie:
«Estoy bien… Es una larga historia».
Carmen: «Una que vas a resumir a la voz de ya».
Marie: «Romeo hincó rodilla, huí a un bar y estoy
tomando una copa con el camarero».
Carmen: «¿Has fumado algo? ¿Romeo ha vuelto a probar
las magdalenas con maría?
Cuando lo pille se va a cagar».
Marie: «Te estoy diciendo la verdad. Me ha pedido
matrimonio y me he escapado».
Carmen: «Entonces, ¿no tenemos boda a la vista?
Marie: «Como no sea la tuya…».
Carmen: «¿Y qué me dices del camarero? ¿Vale la
pena?».
Marie: «Para chuparlo de arriba abajo y no dejarse ni el
delantal que lleva».
Carmen: «Pues creo que ahora mismo estás disponible, ya
que Romeo se ha descartado como candidato a follamigo».
Marie: «Se ha descartado para todo en general, no lo
quiero en mi vida».
Carmen: «El chico parecía majo».
Marie: «De “majo” a “marido” hay un largo túnel que no
pienso recorrer. Antes prefiero dejarle caer la montaña
encima».
Hablando no fue consciente de que bebía sin parar la copa
de ron hasta que no quedó nada de nada. Estaba tan fresquito y
su sabor era mucho mejor a lo anterior, que se lo tomó como si
fuera agua en el desierto.
De pronto le saltó el aviso del 1% de batería, lo que le
indicaba que estaba a punto de apagarse.
Marie: «Te dejo, se me muere el móvil».
Carmen: «Haz todo lo que yo haría».
Marie: «Eso sería peligroso y me encerrarían por
escándalo público».
Carmen: «Pero pasarías buena noche».
Marie: «Besitos».

Guardó el móvil en su bolso y, cuando fue a apurar el vaso,


se dio cuenta de que ya no quedaba nada.
—Di las palabras mágicas y te sirvo otro.
Pensó en las consecuencias que tendría sobre ella misma
una copa más y decidió negarse. No podía seguir bebiendo sin
acabar completamente borracha y cantándole a la luna.
Además, la última vez que eso pasó tuvo suerte de que el
agente que la encontró, en medio del paseo marítimo cantando
por bulerías, se apiadó de ella.
Bajó la mirada hacia sus manos para descubrir que tenía
diez dedos. Eso le hizo pensar mucho en el concepto, ¿se
habría parado a pensarlo alguna vez? ¿Todos los seres
humanos tendrían la misma cantidad? ¿Para qué servían todos
ellos?
Estaba convencida de que alguno sobraba. Sí, puede que el
meñique.
¿Qué lógica natural tenía ese dedo? Pequeño y a un
extremo, lo veía falto completamente de utilidad salvo la de
adornar.
El pulgar era un buen dedo, aguantaba las cosas al
sujetarlas y podía decirse que era pequeño, pero matón.
Incluso el índice y el corazón servían de mucho, hasta para las
noches de calentón y de soledad, ellos sabían darle un buen
consuelo.
¿Y el anular?
Sí, aquel era el traicionero que marcaba si estabas casado o
no.
Eso le provocaba una nueva duda, ¿en qué mano se llevaba
el anillo?
—¿Todo bien con tus manos? —preguntó Adán dándose
cuenta de que algo no comenzaba a ir del todo bien.
Marie, sin perder de vista a sus dedos por si alguno se
escapaba, asintió.
—Ya sé cómo se siente el lagarto de la botella, animalito.
Bueno, tal vez él tenía un hermano gemelo porque comenzó
a verle un poco doble, como si tuviera una sombra corpórea
que hiciera acto de presencia.
—¿Os he dado las gracias a los dos? ¿O solo a uno? No os
había visto hasta ahora —preguntó Marie algo confusa.
Sneeze, casi prediciendo su siguiente movimiento, se
levantó y colocó uno de sus brazos tras la espalda de la joven
justo en el momento en el que se precipitó hacía atrás. Ella,
riendo, se aferró a la camisa de él.
—Es negra como el infierno. Aunque toda la decoración es
oscura, así vais conjuntados.
Adán apareció a su lado por arte de magia, su trapo, el cual
parecía su preciado escudero, lo llevaba colocado en el
hombro cual loro de pirata. No tuvo ni la menor idea de
porqué eso era importante en aquel momento, sin embargo, le
pareció divertido creer que aquella tela poseía vida.
—¡Oh! Tú vas de blanco —dijo con cierta decepción
cuando comprobó el color de la camisa de Adán.
Él tomó el relevo de Sneeze, cogiendo una de sus manos, la
hizo pasar sobre su hombro para poder tomarla mejor. Su
primer plan fue ponerla en pie, aunque fracasó
estrepitosamente cuando ella se precipitó hacia la barra
dispuesta a aparcar la frente contra el metal.
—Uy. Esto es como los «cacharritos» de la feria —bromeó
Marie.
—Claro que sí, bonita. Ahora te subo en el «Pepito Grillo»
para que te baje porque tú ya has subido con el globo que me
has cogido.
A Marie no le gustaba esa atracción, era como si te
metieran en una batidora para después pulsar la máxima
velocidad y dejarte hecho un licuado al acabar. Así pues, con
miedo a que la subieran de verdad, trató de salir de su agarre.
—No, gracias. Demasiadas emociones fuertes por hoy.
Prefiero quedarme en suelo firme.
Adán la guio hacia uno de los sofás que había en el fondo,
quiso decirle que las tapicerías rojas quedaban bien y
resaltaban sobre los tonos oscuros del bar, pero las palabras no
llegaron a la boca.
—No te preocupes. Yo te voy a dejar aquí atada en suelo
firme, para que no me salgas volando como un globo —
prometió.
Ella sonrió sintiéndose segura a su lado.
Permitió que la sentase, incluso que acunase su rostro
cuando se preocupó por su estado. Además, colaboró porque le
dedicó su mejor sonrisa para que viera que estaba en plenas
facultades mentales.
—¿Cuántos dedos ves?
Con dificultad los miró, trató de concentrarse y solo
consiguió que su cerebro no pusiera de su parte.
—¿A cuál contesto? Porque si me preguntáis todos a la vez
pues son muchos dedos juntos.
Adán, sorprendido, se sentó a su lado y llevó sus manos al
bolso que ya olvidaba que colgaba alrededor de su cuerpo.
Marie, con dignidad, le golpeó las manos para evitar que se
acercarse.
—¿Ahora pasas a ser carterista? —preguntó ofendida.
—Sí, es que me gusta emborrachar a las chicas guapas para
poder desplumarlas después. Entiéndelo, por aquí vemos muy
pocas mujeres y tengo que aprovecharos.
Marie, dando por buena su respuesta, sacó su móvil y su
cartera y se la dio. El pobre camarero la miró sabiendo lo muy
perjudicada que estaba y trató de ser comprensivo con ella.
—Enciende el móvil, solo quiero llamar a un contacto
cercano que pueda venir a buscarte. Se me olvidó decir que, a
parte de ser amarga, es de las que más grados de alcohol tiene.
Quiso blasfemar, si hubiera recordado cómo narices se
hacía eso. Ella no toleraba en exceso el alcohol. Sus amigos
solían bromear que solo necesitaba descorchar el cava para
sentir los efectos.
Nunca les contaría aquella experiencia.
—Uy, no tiene batería —dijo ella canturreando como si
fuera una tragedia.
Le devolvió el teléfono a Adán, el cual lo inspeccionó
tratando de ver si usaban el mismo cargador.
—Lo voy a enchufar unos minutos para poder avisar a
alguien —le explicó.
Marie asintió aceptando aquello, la verdad es que tampoco
podía negarse porque el bar se movía a gran velocidad. Así
pues, se quedó mirando como él y su gemelo se llevaban su
móvil.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Sneeze.
Adán rebuscó en unos cajones para encontrar el dichoso
cargador de reserva que tenía. Agradeció al cielo que encajase
en su móvil y lo conectó a la corriente.
—Está muy borracha. La has hecho caer en un tiempo
récord —explicó su amigo.
Adán bufó.
—No está tan borracha.
Un sonoro golpe provocó que todos mirasen hacia el sofá
donde había dejado a la muchacha, la misma que acababa de
golpearse con la frente en la mesa al quedarse dormida.
—Vale, lo admito, no era lo que esperaba que pasase.
Sneeze, robándole el trapo del hombro, se encaminó hasta
la joven y se lo colocó a modo de almohada para que pudiera
estar más cómoda. Y entonces certificó:
—Está como un tronco.
Quizás no tanto, porque fue capaz de girar la cabeza
mientras murmuraba en sueños:
—Me ha dicho guapa.
Ambos hombres se miraron tomando una decisión al
momento. Solo le hizo falta la confirmación asintiendo para
que Sneeze llamase la atención de todo el mundo haciendo un
par de palmas.
—Nada de ruido que la señorita tiene que descansar. Vamos
a demostrar que podemos ser hospitalarios.
CAPÍTULO 4

Adán suspiró cuando, media hora después, el bar estuvo


completamente vacío. Bajó la persiana del local con la
preocupación galopando en su pecho como si fuera un caballo
desbocado.
—¿Y ahora qué hacemos con ella? —preguntó Sneeze
señalando a Marie.
Él, sin saber bien qué decir, se encogió de hombros viendo
como la «Bella Durmiente» seguía dormidita tan
plácidamente.
Estaba claro que no deseaba llamar a la policía, ellos
tampoco podrían hacer mucho. Quedársela tampoco era una
opción, no era un perro abandonado que acababa de
encontrarse; era un ser humano y una mujer.
Podían acusarle de muchas cosas si ella seguía allí.
—El móvil ya debe tener batería —dijo con un dedo
apuntando el techo como si quisiera señalar una idea.
Esta vez no solo corrió, saltó la barra y lo tomó de forma en
la que lo levantó victorioso.
Estaba haciendo el ridículo delante de su amigo, pero
tampoco importaba porque se conocían demasiado bien como
para andarse con formalismos.
—Mierda.
—¿Qué? —preguntó Sneeze.
Fulminando con la mirada al móvil, lo agitó como si eso
fuera más que suficiente como para que él entendiera.
Obviamente, no fue así, por lo que tuvo que darle una
explicación a su repentino mal humor.
—No es de huella dactilar, es de estos modernos que
necesitan la cara.
Sneeze palideció.
—¿Estampan la cara en el móvil? —preguntó perturbado
con la idea.
Esa imagen llenó la mente de Adán, el cual rio ajeno a la
mujer borracha que dormía ajena a todo aquello. Ella era un
problema, lo era y demasiado gordo como para no hacer nada.
—No, tonto. Pones la cara cerca de la pantalla y te
reconoce con la cámara frontal.
Y fue ahí cuando el destino le dio una idea, no era de las
mejores, aunque era eso o nada. Lo tomó como si fuera el
último clavo ardiendo del universo y corrió hacia Marie como
si esta fuera a escaparse.
Con cariño y cautela, la irguió un poco tratando de
mantenerla recta. No funcionó porque su cabeza cayó producto
de la gravedad y de lo profundamente dormida que estaba.
Adán gruñó.
—Cógele la cabeza, anda —instó a su amigo.
Snezee lo hizo, ahora ya tenían una parte hecha. Trató de
soltar su cuerpo dando como resultado que todo él comenzara
a caer, así pues, volvió a sostenerla tratando de pensar un plan
B.
—Siéntate a su lado —ordenó.
Su amigo lo hizo sin tener muy claro qué estaban a punto
de hacer. Después fue el turno de Adán para tomar asiento.
Cada uno a un lado de ella, la flanquearon totalmente tratando
de aguantarla con sus cuerpos.
—Ahora la cabeza —dijo con entusiasmo.
—¿Estás seguro de esto?
Adán asintió, nada podía salir mal. Su plan estaba hecho
para soportar las fisuras, nada podía torcerse ahora. Así pues,
con los ánimos por los aires, llevó sus manos a los ojos y usó
los dedos para abrirle los ojos.
—Vale, ahora el móvil.
Los dos amigos se dieron cuenta de que aquel plan no tenía
ni pies ni cabeza justo en ese instante. Los dos sujetaban el
cuerpo laxo de Marie y no quedaban manos para tomar aquel
aparato del demonio.
Estaba claro que no podían desbloquearlo.
Adán, en un último intento, soltó sus ojos para colocar el
cacharro sobre la mesa, bajo la barbilla de la jovencita. Ahora,
si sus cálculos eran correctos, solo tenía que volver a abrirle
los ojos y enfocar la cabeza hacia abajo.
Lo hizo, bajo la atenta mirada de Sneeze. Ambos eran como
un buen cirujano y su buen enfermero, un equipo imparable.
Y fue ahí cuando vieron que el móvil no reconocía su cara.
—Muévela un poco a la derecha —pidió Sneeze.
Lo hicieron sin éxito.
—Pues más hacia ti.
Nada, ese cacharro no pensaba colaborar por mucho que lo
intentasen. Ese plan hacía aguas por todas partes.
—¡Que no funciona, coño! —exclamó Adán, molesto.
El móvil les pidió el número de identificación porque
habían probado de desbloquearlo demasiadas veces y supo que
ya podía rendirse.
—Si es que, desde esta posición, le sale papada —explicó
Adán.
—¿Y eso qué importa? ¿Qué el cacharro no la reconoce por
estar más rellena?
Asintió, sí, estaba claro que aquel era el problema. La
tecnología no reconocía esa parte de ella que escondía.
—Porque tus dedos en medio de la cara, ahí cual verruga
infectada, no le molestan al móvil, ¿verdad?
Adán se paralizó allí mismo. Vale, tal vez y solo tal vez, sus
dedos tenían algo que ver, pero esa no podía ser la causa
principal.
—Quizás molestan un poco. Aunque estoy seguro que el
problema es la papada. Las mujeres se hacen las fotos desde
arriba para esconderla, pues el móvil no sabe que la tiene —
explicó convencido.
Sneeze cabeceó un poco.
—¿Y eso por qué lo hacen? Lo veo un engaño. Porque si la
tienes deberías amarla al ser parte de tu cuerpo.
Adán soltó a Marie producto de la indignación y volvió a
cogerla a toda prisa cuando vio que se precipitaba hacia
delante.
—Esto es como cuando te haces una foto de tu polla. Sí, la
gran parte del tiempo está dormida, encogida y arrugada, pero
se la haces cuando está en su máximo esplendor. Cuando está
como el mástil de una bandera pirata.
Los dos soltaron a Marie asintiendo. Ahora comprendían
porqué ese cacharro se negaba a colaborar con ellos. Estaba
tan claro que no podía comprender cómo habían podido dudar.
No habían tenido nada que hacer.
Ella escondía su cuerpo al reconocedor del móvil.
La pobre mujer golpeó la mesa con la frente tan fuerte que
el golpe les hizo estremecerse a los dos. Saltaron de su lado
como si acabase de caerles una bomba entremedio y, al
comprobar que se trataba de ella, se miraron con cierta culpa.
—Ups… —dijeron al unísono.
—Al final va a desear haberle dicho que sí al Romeo ese…
—comentó Adán tratando de ver si le salió chichón.
Decidió ir a buscar hielo, era mucho mejor eso que dejarla
con la cara sobre la madera y su móvil hasta que decidiera
despertar.
—Anda, levanta y túmbala.
Sneeze se separó del cuerpo de ella como si quemase.
Estaba claro que aquello ya no le gustaba, había algo que no lo
convencía demasiado.
—¿Qué te pasa? —preguntó Adán tratando de entenderlo.
Metió la mano en el congelador en busca del frío que iba a
evitar que se levantase como un unicornio al día siguiente.
—¿Qué vas a hacerle?
Estupefacto con su pregunta, decidió mostrar la bolsa que
estaba llenando. La agitó como si de un sonajero se tratase, lo
que hizo que su amigo volviera a respirar con normalidad.
—No soy un depravado y deberías saberlo —le regañó.
Sneeze se encogió de hombros.
—Eso es cierto, pero en una borrachera me levanté desnudo
de cintura para abajo.
Adán puso los ojos en blanco con aquel recuerdo. Estaba
claro que las malas decisiones se recordaban mucho más que
las buenas. Siempre había sabido que ir a esa fiesta no había
sido la mejor de sus ideas.
—Te measte y quise que no te resfriaras. Veníamos de una
fiesta, caminando media hora a -2 grados. Si te hubiera dejado
así, te levantas con la polla hecha sorbete —le explicó.
Sneeze miró hacia su soldadito y sonrió, lo que le indicó
que se estaba imaginando lo que le acababa de decir.
—Si es que eres un buen amigo, lo sé. Es que esto es muy
raro —confesó.
Tuvo que darle la razón, nadie podía catalogar aquello
como normal. Aquella mujer había caído como si hubiera
entrado en coma. Solo envidió el buen dormir que tenía, nada
la despertaba y, en eso, él era todo lo contrario; el aleteo de
una mosca lo molestaba.
—Bueno, vete, ya me encargo yo.
—¿Y qué piensas hacer con ella? ¿Dejarla de adorno?
Adán sonrió, estaba claro que podía ser un buen reclamo
para su clientela, aunque eso sonaba demasiado perturbador.
—¡No, animal! La voy a subir al piso. Ella en mi cama y yo
me iré al sofá.
Esa era una de las cosas que más le gustaron de aquel local:
venía con vivienda incluida. Después de semanas viendo y
revisando antros de toda la ciudad, aquel llevaba su sello, todo
él era como si lo hubiera parido.
—Me quedo contigo. No vaya a ser que despierte y sea una
asesina en serie de esas. No me lo perdonaría, tío.
Tuvo que reír. Sneeze estaba obsesionado con la serie
«Mentes Criminales» y todo le hacía pensar en asesinos en
serie. Habían llegado a tal punto de que pidió un cambio de
cartero porque este le daba mala espina.
—Si estás pensando en el dichoso cartero, en mi defensa
diré que me miraba mal.
—¿Cómo? ¡Si era tuerto! No entrabas en su campo de
visión.
Adán había tenido que ir a la oficina de correos a
disculparse en nombre de su amigo. No había pasado tanta
vergüenza en toda su vida. Bueno sí, pero no era el momento
de recordar aquellos instantes.
—Pues me hacía sentir incómodo.
Puso los ojos en blanco. Aquel pobre hombre solo deseaba
hacer bien su trabajo y estaba convencido de que lidiar con
idiotas del calibre de Sneeze, hacían que sintiese que estaba
mal pagado.
—Ya que te quedas, ábreme las puertas hasta llegar a mi
habitación.
Tomando aire se armó de valor, lo necesitaba porque nunca
había lidiado con algo así. Ella era algo nuevo, una
experiencia que deseaba no volver a vivir nunca jamás.
Agarró el cuerpo de Marie lo justo como para sostenerla,
pero sin sobrepasarse. Y, justo cuando se levantó, la cabeza de
la joven golpeó la mesa provocando que la dejara caer sobre el
sofá.
—¿Qué haces? ¡Que la matas!
—Mira, como me jode que me estropee la noche y me he
dicho, voy a rematarla ya que el alcohol no ha podido —
explicó preso de los nervios.
Esta segunda vez se cercioró de que no se golpease en
ningún lado. Lo hizo con tacto y tan lento que se sintió en
alguna procesión de Semana Santa. A ese ritmo iba a llegar a
casa la semana que viene. Hasta «Don Rogelio», como
llamaban al vecino de la esquina y el cual iba con andador, lo
adelantaría.
Sneeze, cuando comprobó que estaba todo bajo control, fue
a abrir la puerta que había al final del bar.
—Espera —le indicó a su amigo.
Aquello estaba oscuro, más que las profundidades del
océano y era porque preferían tener la luz del descansillo
apagada. Eran los únicos que vivían allí porque era una sola
vivienda, gastar no entraba en sus planes. Bastante lo hacía su
bar.
—Si me conozco el camino —dijo Adán confiado.
Avanzó sin miedo porque cada noche recorría aquel camino
derecho a su preciada cama. Lo que no calculó es que solía
hacerlo él solo y sin equipaje sobre los brazos.
Pocos segundos antes de que Sneeze alcanzase la luz, un
sonoro golpe provocó que los dos gritaran. Uno de ellos
blasfemó, o quizás lo hicieron los dos, pero desearon morir
cuando Marie lanzó un quejido al aire.
La luz lo iluminó todo, fue ahí cuando certificaron que
había estampado la cabeza de la pobre Marie contra la
barandilla de la escalera.
—¡Que la matas! —se quejó su amigo.
Marie, aturdida, miró a su alrededor, aunque estaba tan
perdida que no supo discernir entre realidad y ficción.
—Perdón. Agárrate a mi cuello que te llevo a la cama, ahí
descansarás, te lo juro.
No tuvo claro si lo haría, dudó mientras se tocaba la cabeza
con las manos. Por suerte, Sneeze vino al rescate. Empujando
sus hombros hacia su amigo, la instó a agarrarse para que
hiciera lo que le acababan de pedir.
Marie envolvió los brazos alrededor de su cuello y eso le
hizo sentir extraño, mucho más de lo que quiso demostrar. Lo
peor vino después porque ella, totalmente confiada, apoyó la
cabeza en su hombro y volvió a quedarse dormida.
—Qué buen dormir tienes, chica —susurró Adán.
No tardaron en acabar de subir y llevarla a la habitación.
Por suerte Sneeze no se separó ni un solo instante de la cabeza
de Marie, la protegió con sus manos como si de un huevo se
tratase.
—Recuerdas en el instituto, ¿cuándo cuidamos de un huevo
como proyecto? —rio Adán.
—No es el momento —le regañó.
Era cierto, pero no pudo controlarse, la situación le incitaba
a reír con algo. Era un desestresante natural y lo había leído en
algún lado.
Sneeze huyó de la habitación en cuanto la soltó en la cama.
Adán prefirió quedarse un poco más. Lo justo como para
desatar sus deportivas y tirarlas al suelo, además, decidió
arroparla con la sábana y, cuando estaba a punto de salir,
decidió ir a buscar una nueva bolsa de hielo.
Salió directo a la cocina y regresó pasados unos minutos.
Esta vez lo envolvió en un trapo para evitar quemar su piel,
fue a ponérselo y se paralizó al darse cuenta de que no tenía ni
idea de dónde colocarlo; después de tantos golpes lo que
necesitaba era un casco todo de hielo.
Decidió dejárselo sobre la frente un rato, después volvería
para alternar el lugar.
Cuando salió de la habitación se encontró a Sneeze con dos
cervezas en la mano. Sí, la iban a necesitar.
—¿Tenemos algún analgésico en el botiquín del bar? —
preguntó frunciendo el ceño sin tener muy clara la respuesta.
Su amigo, tras un largo trago, contestó:
—¿Y eso porqué?
—Porque mañana lo va a necesitar.
CAPÍTULO 5

Marie despertó muy lentamente. En sueños supo que la


resaca que tenía encima era mucho más fuerte de lo que cabría
esperar. Se batió en duelo con el sueño para salir victoriosa
bastantes minutos después.
Su cuerpo se negó a moverse unos minutos, sintió que
llevaba demasiadas horas en cama o que volvía después de un
maratón muy intenso. Gruñó al no ser capaz de despejar la
mente.
Y ahí se dio cuenta de que hasta el propio sonido de su voz
dolía. De hecho, su cabeza se había llevado la peor parte. Se la
agarró como si temiese perderla, sintió que el dolor era mucho
peor que cualquier resaca que hubiera tenido nunca antes.
Respiró solo porque era esencial para vivir y gruñó cuando
el dolor se hizo más que insoportable. Esa situación le hizo
recordar la última borrachera que tuvo, en casa de su
padrastro.
El pobre hombre creyó que estaba enferma de verdad, no
que su inocente hijastra se hubiera bebido hasta el agua de los
floreros. Porque siempre fue la bien dulce y buena niña, la que
nunca se saltaba las normas. Por esa razón nunca sospecharon
de ella cuando su mejor vino desapareció.
A Marie le bastaba un aleteo de pestañas para que los
demás creyesen que era una princesita inocente.
Miró a su alrededor, lo hizo poco a poco y, a pesar de eso,
todo se movió a gran velocidad. Se sintió en una atracción de
feria, esas que odiaba, y sin cinturón de seguridad.
El aterrizaje estaba siendo obligatorio.
—¿Dónde estoy?
Su propia voz le molestó y temió por la noche anterior. Solo
esperaba que nadie la hubiera grabado haciendo el tonto.
Bastante tenía con la pedida de matrimonio de Romeo.
Hablando de él recordó lo que pasó después: huyó.
Lo peor había sido cuando no se dio por vencido y la
siguió. Eso la hizo ser más rápida hasta refugiarse en un bar.
Y poco después sus recuerdos se esfumaron.
Salió de la cama para inspeccionar dónde se encontraba. Sí,
no era su casa, aunque no había que ser un lince para darse
cuenta. Aquella decoración era «demasiado varonil» si es que
ese término existía.
Las paredes grises con cientos de fotografías que decoraban
aquella estancia con muchos recuerdos del dueño de la
habitación. Se acercó a una de ellas donde pudo ver dos
mujeres mirándose de forma cómplice y, por alguna razón,
sintió que parecían felices.
Marie sonrió cuando vio una silla llena de ropa por doblar o
por lavar, no quiso acercarse por si acaso. Después, una
procesión de zapatos la guio hasta la puerta, su salida a la
libertad.
Se miró de arriba abajo, estaba vestida después de todo. Lo
único que le faltaban eran los zapatos, los cuales no supo ver,
así pues, decidió investigar un poco más aquel lugar.
Al salir se topó con una cocina comedor muy grande, sintió
que todo su apartamento cabía en aquella estancia. Las paredes
altas le dieron la sensación de amplitud, de libertad y se quedó
absorta en la claraboya del techo.
«Debe ser bonito ver las estrellas desde aquí». Pensó
absorta en aquella ventana al exterior.
Su estómago rugió cuando notó el olor a comida. De haber
sido un dibujo animado hubiera levitado guiándose por una
ráfaga de humo que la hubiera guiado hasta la tortilla francesa
que encontró en un plato.
Se le hizo la boca agua a pesar de que no acababa de notar a
su barriga con ganas de demasiada fiesta.
—Sírvete si quieres.
La repentina voz provocó que gritase, lo que fue
contraproducente en su estado porque su cabeza estalló de
dolor. Se tomó las sienes con miedo a perder las pocas
neuronas que quedasen con vida en aquel lugar y trató de
tomar aire antes de enfrentar a quien fuera que acabase de
asustarla.
Ver a Adán vestido únicamente con unos calzoncillos fue
desconcertante, sin embargo, ver a Sneeze llegar corriendo
desde el otro extremo de la casa, vestido de la misma forma, le
volatilizó la poca cordura que le quedaba.
Sin saber bien lo que hacía, escaló a la isla de la cocina y se
armó con la sartén caliente que había cerca de ella. Apuntó a
uno de ellos antes de apuntar al otro, así que, dándose cuenta
de que solo podía protegerse de uno, decidió ir alternando.
—¡¿Qué ha pasado?! —preguntó asustada —¿Y qué hago
aquí?
Los dos la miraron muy sorprendidos, fue como si tenerla
allí encima y apúntandolos con una sartén fuera demasiada
información para digerir.
—¿No te acuerdas de cómo llegaste hasta mi bar? —
preguntó Adán con incredulidad.
Marie frunció el ceño, sí que lo sabía. Su cerebro no parecía
tener problemas en recordarle el bochornoso momento en el
que había huido de Romeo como si de un asesino se tratase.
Después de eso se escondió tras la barra.
—Romeo quería casarme con él.
—Y bebiste un poco —explicó Sneeze.
Marie recordó, sí, el alcohol había estado presente después
de que Romeo se hubiera dado por vencido. Entonces supo lo
mal que lo había hecho sin pensar en las consecuencias.
—Te emborrachaste y permíteme decir que a una velocidad
de infarto —puntualizó Adán señalando con un dedo al aire,
uno que guardó cuando ella le apuntó con su arma mortal.
Marie cerró los ojos comprendiendo su error.
—Soy una tonta.
Adán levantó ambas manos hacia ella como si en vez de
una sartén, tuviera un arma de fuego, y añadió.
—Hombre, tanto como eso no. Todos bebemos.
La joven negó con la cabeza, ella sabía bien los motivos por
los cuales había caído borracha casi al primer trago.
—Poco antes de quedar con Romeo me tomé los
antihistamínicos para la alergia.
La primavera podía ser una muy mala época. Lo que para
muchos era una estación de color en los campos, para Marie
era la peor de sus torturas. Odiaba el polen, las flores y todo lo
que tuviera que ver con aquella estación.
—Sí, lo soy.
Adán logró llegar hasta ella. Colocó una mano sobre el
mango de su arma y se la quitó muy poco a poco. Eso provocó
que la viera suspirar antes de sentarse en la isla de la cocina.
—Eres un poco derrotista, ¿no? —preguntó.
Marie asintió.
—He tomado alcohol con las pastillas de la alergia —
explicó.
Sneeze y Adán se miraron comprendiendo lo que decía. La
verdad que era peligroso hacer eso, los efectos podían ser
similares a los que ella había experimentado la noche anterior.
—¡Ahora lo entiendo todo! ¡No podías tener un sueño tan
profundo! —exclamó Sneeze.
Marie no comprendió nada de lo que le estaba diciendo.
Casi sintió que le estaba hablando en otro idioma. Aunque, no
del todo, porque si se paraba a recordar, la noche había
quedado completamente borrosa.
Fue entonces cuando entró en pánico. Miró hacia abajo para
cerciorarse de que seguía vestida y creyó alegrarse al darse
cuenta de que todo seguía en su sitio como debía estar.
—Nosotros no… —trató de preguntar señalándolos a
ambos antes de llevar el dedo hacia ella.
Adán no pudo contenerse, rio como si aquello fuera el
mejor chiste que le hubieran contado jamás.
—No follo con prometidas.
Sneeze rio cuando Marie, completamente muda, lo miró
como si tratase de pedir ayuda. No tenía claro si lo que le
había dicho era real o no.
—¡Que no estoy prometida! —exclamó con desesperación.
Solo de pensar estar casada con Romeo y pasar el resto de
su vida con un hombre así se le revolvía el estómago. Ese tío
no buscaba una relación, solo un coño donde meterla cuando
estaba caliente para después seguir de fiesta con sus amigotes.
—Bueno, tampoco lo hago con mujeres en estado de
embriaguez.
Aquello la relajó. Sabía que levantarse con dos
desconocidos y vestidos con poca ropa era algo de lo que
preocuparse, no obstante, les creyó.
—¿Y dónde estamos? —preguntó.
Sneeze, sin avisar, la tomó de la cintura y la bajó de allí. No
lo hizo de forma brusca, más bien la trató como si de un cristal
se tratase y no pudiera romperlo. Dejó que sus pies tocasen el
suelo poco a poco hasta que rompió el contacto.
—En mi casa y estábamos a punto de desayunar. Sneeze
puede prepararte algo —se ofreció Adán.
Marie sonrió cuando el susodicho frunció el ceño
entendiendo que estaban dándole la faena de cocinar.
—No quiero molestar más de lo que parece que he hecho.
Siento mucho que hayáis tenido que cuidar de mí.
Ambos hombres rieron un poco mientras compartían una
mirada cómplice. Fue como si hubieran explicado un chiste
que solo ellos podían escuchar, fue extraño, pero supo que, de
alguna forma, ella tenía algo que ver en todo ello.
—No fue del todo así —comentó Sneeze.
Adán le apuntó con un dedo amenazante.
—No te atrevas.
Y ahí estaba, algo había pasado que no quería que supiera.
Eso la hizo entrar en pánico. Tal vez borracha había hecho
cosas avergonzantes que la acompañarían el resto de su larga y
penosa vida.
—Decidme, por favor, que no he hecho nada raro o he
intentado tirarme sobre vosotros —suplicó con las manos en el
rostro.
—No, no se parece en nada a lo que piensas.
Adán era demasiado misterioso, cosa que la asustó todavía
más.
—Lo que quiere decir mi amigo es que, de camino a la
cama, te dio un pequeño golpe en la cabeza. Nada más.
Supo que eso no había sido del todo así con solo
contemplar sus caras. Además, su dolor de cabeza cercioraba
la teoría de que el golpe había sido más de lo que contaban, no
obstante, decidió no indagar porque la mañana ya estaba
siendo lo suficientemente rara.
—Gracias, chicos, por cuidarme. Ya os he quitado
demasiado tiempo. Siento mucho las molestias.
Adán caminó hasta colocarse justo ante ella, lo hizo de una
forma en la que sintió, instintivamente, que tenía que
retroceder. Lo intentó, aunque se topó con la nevera que le
cortó el paso.
—No puedes irte. Si te emborrachas en mi bar, duermes en
mi cama y me amenazas con una sartén, mereces desayunar
antes de volver al mundo.
¿Y podía decir que no?
Supo que era imposible.
CAPÍTULO 6

—Y te quedaste a desayunar con ellos —le recriminó


Carmen.
Marie asintió como si, a pesar de la distancia, su amiga
pudiera verla. Estaba claro que no podía ya que no era una
videollamada, no había deseado que viera la cara de zombi que
tenía aquella mañana.
—Solo me tomé un zumo de naranja porque tengo el
estómago un poco revuelto —matizó.
Carmen no lo tuvo en cuenta, sabía que ella estaba
repasando los últimos treinta minutos de aquella conversación
tan absurda que tenían. No podía culparla, casi parecía salida
de una película de ciencia ficción.
—¿Cómo la gente hace esas cosas en público? —preguntó
finalmente.
Marie se contuvo, no podía arrancar a reír y desatar al
dragón dormido que podía ser esa mujer.
Estaba claro que le estaba costando seguir la historia,
aunque podía llegar a comprenderla. Contar que primero
recibió una petición de matrimonio y después acabó borracha
con dos desconocidos, resultaba ser un relato demasiado
extraño.
—Es que hacer eso es provocar que te dejen plantado. A mí
me pasa y, aunque sea mi príncipe azul, le digo que no. Hasta
le hago tragar el anillo.
Su amiga estaba tomándose el tema demasiado a pecho, por
suerte no fue ella la que tuvo que contemplar a Romeo con
ojitos de gato abandonado a la espera de un «sí» que no llegó
jamás.
—Calla, que todavía me viene la imagen a la cabeza.
—Estoy segura de que si lo busco en YouTube sale.
Marie gritó un sonoro «NO» para evitar ver eso, no podía
verse en internet y saber que era la protagonista de uno de esos
vídeos que tanto le gustaban. Ahora jamás los vería igual.
—¿Y qué me dices del bar? Podrían haberte violado.
No pudo evitarlo, el café que tenía en la boca salió
disparado después de sentir esas palabras. Se atragantó con él
y comenzó a toser en busca del aire que las disparatadas ideas
de su amiga le atravesaban la mente.
—No seas fatalista, mujer. Como mucho hubieran llamado
a la policía.
Carmen bufó en su oído como un búfalo enfadado.
—Aunque, de haber estado en posesión de mis facultades
mentales, sí que le hubiera pegado un repaso al jefe —sonrió
pícara mientras la imagen de Adán la recorría como un
escalofrío.
Era muy atractivo, demasiado como para no sentir nada. No
es que Sneeze no lo fuera, pero el propietario del bar tenía su
encanto. Tenía esa pinta de «malote» que a muchas mujeres les
hacía perder la razón.
Y, por supuesto, como toda esa clase de tíos, también tenía
un cartel grande en el que ponía «HUIR, PELIGRO» en
grande.
—¿Y su amigo cómo estaba? —preguntó Carmen.
—Para compartir, amiga.
La pena era que presa de los nervios no pidió teléfono
alguno. Tomó el zumo de naranja por compromiso y salió de
allí a toda velocidad sin mirar atrás. No todos los días se
levantaba en la casa de un completo desconocido.
—Por cierto, te recuerdo que hoy tenemos «esa cosa».
Su cerebro se quedó un poco paralizado con esas palabras.
Si Carmen esperaba que pudiera recordar lo que era con
aquella especie de código lo llevaba claro. Sus neuronas se
habían unido entre sí formando un complot que la dejaba al
descubierto.
No sabía de lo que hablaba.
—¡No me digas que te has olvidado! —exclamó Carmen
adivinando lo que ocurría.
Marie, tratando de ganar tiempo, miró a su alrededor y
revolvió unos cuantos papeles de encima de la encimera.
—¿Eh? ¡No! ¿Cómo voy a olvidarme de esa cosa?
Fue hacia la puerta de la nevera en busca de algún papel o
recordatorio que le diera una pista de qué era lo que no podía
olvidar. No encontró nada, salvo un montón de citas médicas
pasadas que ya no pintaban nada allí.
Lo siguiente fue ir hacia el comedor, tropezó con el sofá
tratando de alcanzar la pequeña mesa que había delante y se
precipitó contra el suelo.
—¡Marie! —gritó Carmen preocupada.
—¡Estoy bien! —contestó alcanzando el móvil con una
mano y con la otra revolviendo los papeles que tenía en un bol
que estaba destinado a chucherías.
Con los dedos desarrugó un papel que marcaba algo de C y
J, algo indescifrable para ella. A su lado había una especie de
fecha o algo similar emborronado como si no hubiera tenido
claro el día y hora. Estaba claro que ni su «yo» del pasado
colaboraba. ¿En qué planeta esas dos letras podían darle una
pista?
Necesitaba una secretaria, una urgente.
—Anda, dime de lo que estoy hablando, pichín.
Marie se erizó como un gato cuando su amiga le dijo esa
palabra cariñosa. La misma que empleaba cuando se apiadaba
de ella porque sabía bien que no tenía salvación alguna.
La había pillado.
—Pues esa cosa… Ya sabes… Esa… ¿A ver si la has
olvidado tú y quieres quedar como la buena? Porque yo la
recuerdo perfectamente. Venga, dime lo que es, que yo creo
que estás fingiendo.
Rezó porque eso colase.
—C y J, Marie. Carlos y Juan van a casarse y nos pidieron
ir a elegir las flores y los detalles de la boda.
Palideció al momento. ¿Cómo podía haber olvidado algo
así? Estaba claro que no estaba en condiciones normales y no
pudo más que dejarse caer al suelo de culo para quedarse
sentada.
—Claro, claro. Así me gusta, que lo recuerdes. Ya casi
pensaba que era la única con memoria de las dos.
Supo que Carmen sonreía, no podía verla, pero solo por los
ruidos y por cómo respiraba, lo supuso.
—No te acordabas, ¿verdad?
Marie se dio una palmada en la frente mientras asentía
como una niña siendo pillada en una travesura. No tenía
pensado eso, era siempre muy organizada o casi y pocas veces
olvidaba algo.
—Para nada. Es que yo he tenido suficiente de bodas en
una temporada. Que suena la marcha nupcial y soy capaz de
tirarme por la ventana —confesó.
Romeo iba a perseguirla el resto de su existencia. Estaba
claro que iba a soñar con ese hombre durante una larga
temporada, él y su anillo iban a atormentarla en sus peores
pesadillas.
El miedo que le había tenido a la oscuridad no iba a ser
nada comparado con el de aquel hombre y sus ojos de gato
abandonado.
—Date una ducha que paso a buscarte con un café bien
cargado para ver si te despejas.
Su amiga merecía un altar por la infinita paciencia que
tenía.
—Pero nada de alcohol, por fi —suplicó.
—Tranquila, solo café.
Colgó sin despedirse porque sabía que en cinco minutos la
iba a tener en casa. Eran las ventajas de vivir en dos bloques
contiguos y tener llave de su apartamento. En nada irrumpiría
en su piso para volverla loca.
Carmen era la divertida del grupo y también la amiga a la
que confiarle tu mayor secreto. Ya apenas recordaba su vida
sin su amiga. Estaba claro que alguna vez había sido, pero
todo quedaba emborronado con su presencia.
Se conocieron en el instituto, justo cuando sus padres se
divorciaron y la llevaron a una nueva ciudad. Entró sabiendo
que iba a ser la diana de todos sus compañeros y más en una
época tan mala como la adolescencia.
Las abejas reinas del enjambre vinieron a picarla con su
aguijón, lo que Marie contrarrestó con alguna pelea y un par
de golpes que la llevaron a dirección los dos primeros días de
curso.
El tercero llegó Carmen. Ella, sin miedo a nadie, la
defendió por encima del resto como una leona sobre sus
cachorros. Eso sí fue una señal de valentía absoluta. No solo
consiguió que la abeja reina retrocediera sino, además, que
todos se pusieran de su lado.
La integró en el grupo de una forma que jamás esperó.
Crecieron juntas, si es que a eso se le podía llamar crecer.
Vivieron las primeras espinillas, las primeras depilaciones y
los primeros maquillajes. No solo eso, el alcohol sabía mucho
mejor si estaba con ella porque sabía que no iba a pasar nada
malo.
Probaron todo lo propio de la edad, hicieron amigos,
desamigos y miles de peleas y reconciliaciones que
convirtieron su amistad en única y de acero.
También sufrieron sus primeros desamores, a cual peor y
también supieron sortear que cada una fuera a una carrera
distinta en la universidad. Carmen fue a medicina y Marie
decidió que administración de empresas se le daba mejor.
Y ahí seguían, años después con una amistad que nadie
podía romper.
No solo eso, Marie saboreó las mieles de ser dama de honor
en la boda de Carmen con su marido y esperaba ser la tita
rebelde de todos sus hijos. Porque ella quería tener cientos de
sobrinos.
Un plan que no tenía claro si Carmen lo conocía.
A todo esto.
¿Quienes eran Carlos y Juan?
Pues Carlos era el hermano menor de Carmen y Juan su
flamante prometido. Cuando Carlos comenzó a salir de fiesta
descubrió que el mundo era demasiado cruel para los que se
salían de lo que polémicamente llamaban «normalidad». Por
suerte ellas salieron en su defensa para demostrarle que el
mundo era maravilloso y él era perfecto siendo como sentía
que era.
Los tres compartieron muchas borracheras, equivocaciones,
llantos y alegrías.
Entonces llegó Juan. ¡Y qué Juan! Los tres habían bebido
los vientos que aquel hombre provocaba. Recordaba como una
noche se declararon la guerra los tres para ver quién se ligaba
a aquel hombre de ensueño.
Ahora era el futuro marido de Carlos.
Algunas personas tenían suerte en la vida.
Y ella tenía que ayudarle a preparar la boda del año o, tal
vez, del siglo. Solo esperaba ser la que tirase los pétalos y no
alguna niña repelente que tuvieran de familiar. Pensaba ir de
rodillas para llegar a la altura requerida si hacía falta.
CAPÍTULO 7

—Tú tienes pinta de haber tenido mala noche —dijo


Carlos.
Marie asintió sin necesidad de quitarse las gafas de sol que
le cubrían los ojos. No pensaba enseñar las ojeras de panda
que lucía aquella terrible mañana. Solo deseaba poder
sobrevivir a todo aquello para regresar, esta vez sí, a su cama y
dormir todo lo posible.
—Romeo se le declaró —canturreó Carmen.
No supo cómo responder a eso, no había tenido intención
alguna de contarlo y más en un día tan especial como ese.
Carlos necesitaba que estuvieran por él, no que ella pasase a
ser protagonista de un cuento que no le tocaba.
—¡¿Qué me dices?! Eso tengo que saberlo con pelos y
señales —contestó su amigo.
Los miró como si acabasen de convertirse en marcianos y
quisieran abducirla, no se podía tratar un tema como ese en un
día tan importante. Al final, después de darse cuenta de que no
iba a ganar, decidió rendirse.
—En plena calle sacó un anillo y se arrodilló, delante de un
montón de personas que no dudaron en sacar sus móviles para
grabar el momento.
Carlos hizo unos cuantos de espavientos con las manos,
casi sintió que él mismo se ofendía al sentir aquello, casi tanto
como lo hizo ella en su momento.
—¡Uy! ¡Qué mamarracha! Pero si con ese hombre solo
quedabais para lo carnal. No puedo imaginarme en una
situación así.
—¿Así? ¿Cómo? —preguntó Juan irrumpiendo con la
elegancia que lo caracterizaba.
Antes de que pudieran contestar se apresuró a dar un par de
besos a las dos chicas, siendo tan educado como de costumbre.
Dejó a Carlos para el último, aunque también fue el mejor
beso. Lo hizo profundo y con más segundos de la cuenta que
hicieron que ellas tuvieran que girarse para mirar a otro lado.
—El chico con el que Marie pasaba el calentón, le ha
pedido matrimonio en plena calle.
Juan, sonriente, se acercó a ella con la intención de
felicitarla. Marie actuó sin pensarlo demasiado, negó con la
cabeza al mismo tiempo que lo detuvo colocando las palmas
de sus manos contra su pecho con fuerza.
—¡Jamás me casaría con él! —exclamó defendiéndose
como si estuviera ante un juez.
El pobre hombre reculó al darse cuenta de su error. Tenía
una imagen demasiado romántica de la vida y no podía
entender que ellos solo quedaban para darse placer y nada
más.
—Disculpa, creí que íbamos a celebrar una boda doble.
—Por encima de mi cadáver —sentenció Marie
convencida.
Ella no era de esas. No era de las que se ataba a una
persona el resto de su vida y discutía por cómo colocar la ropa
en el armario. No podía sufrir una condena así por muchas
cosas buenas que tuviera.
Era un alma libre y nadie podía quitárselo. Solo sentir la
palabra compromiso provocaba que le salieran ronchas por
todo su cuerpo. Lo más cercano a una relación sentimental era
el cariño que le tenía al gato de Carmen: Orestes.
—¿Y cómo saliste de ese momento? Siento curiosidad —
preguntó Juan.
Carlos le dio un pequeño golpe a su prometido para
indicarle que aquello podía significar una declaración de
guerra.
—Pues pensé en decirle que sí para después matarlo en la
intimidad —comenzó a decir.
Esa hubiera sido la mejor forma de hacer las cosas.
Seguramente, con eso, no hubiera acabado la noche de esa
forma tan extraña.
—Cariño, tú no eres así. Te imagino liándote a golpes con
el pobre diablo.
Carlos tenía razón, esa había sido su segunda opción:
matarlo. La pena fue que había demasiados testigos como para
que pudiera hacerlo. No deseaba pasar el resto de sus días en
una cárcel y no pensaba hacerlo en un futuro próximo.
—Casi. Salí corriendo como si el mismísimo Lucifer me
persiguiese.
Juan reprimió una risa, cosa que Carlos no. Estaba claro
que se la imaginaba despavorida tratando de huir de aquel
lugar.
—Lo peor fue que me persiguió —añadió con sigilo
sabiendo lo que eso provocaría.
Carlos gritó como si estuviera ante una estrella del rock y,
no solo eso, la tomó por los hombros y la agitó como si de una
coctelera se tratase.
—Dime qué pasó después. ¿No le habrás dicho que sí?
Porque ahora mismo voy a hacer que se trague ese anillo.
Marie negó mientras trató de hablar, cosa que no consiguió
porque él, impacientándose, la siguió agitando. Carmen entró a
su rescate y la libró de las garras del mal.
—Corrí y mucho. Al final me escondí en un bar, entré
pidiendo socorro y me escondieron.
Carlos se llevó una mano al pecho para suspirar aliviado.
—¡Cuánto me alegro, cielo!
Marie negó con la cabeza como si no tuviera claro si sentir
alegría o no. Había hecho el ridículo más grande posible y no
existía forma de arreglarlo.
—Me emborraché y acabé en la cama del camarero.
—¡¿CÓMO?! ¡YO TE MATO!
Marie corrió a esconderse porque sabía que Carlos no
bromeaba, su primer objetivo fue su amiga, pero sabía que
necesitaba la artillería pesada para librarse de aquel ser que
parecía ser el mal encarnado.
Tras la ancha espalda de Juan supo que estaba a salvo,
además, él la cubrió con fervor cuando su prometido trató de
alcanzarla.
—¡Dime al menos que la tenía grande! —suplicó Carlos.
—No lo sé… ¡Digo no! ¡No pasó nada! Pero me levanté en
su cama y al salir a la cocina me aparecieron él y su amigo en
calzoncillos.
Carlos logró tomarla de un brazo y tiró de ella hacia su
pecho, ahí impactó fuertemente antes de que la abrazase con
ternura.
—¿Se han sobrepasado?
Marie negó con la cabeza siendo incapaz de salir de aquella
postura. Él no pensaba dejarla ir y lo sabía bien, antes tenía
que asegurarse de que todo estaba bien y nadie le había tocado
un pelo.
—No recordé los antihistamínicos y bebí un poco. Acabé
dormida en una mesa y me subieron a su casa. Te juro que no
me han tocado, hasta me invitaron a desayunar. Lo único que
me he llevado es un coscorrón en la cabeza cuando me
subieron.
Carlos le acarició el pelo, lo hizo buscando algún rastro de
chichón y, al final, besó su coronilla. Casi se sintió como un
padre agradeciendo al cielo que estuviera bien después de
escaparse de casa.
—¿Y sabes lo peor?
Su amigo la miró sin saber qué decir.
—Que eran guapísimos y no les pedí ni el móvil.
Juan rio sin parar, fue como si los nervios se lo pidieran
tratando de desestresarse.
—Después de una noche así lo único que te preocupa es no
tener su móvil. No te preocupes que cuando superemos este
viaje yo mismo te llevo a ese bar y nos tomamos un par de
rondas.
Marie asintió aceptando el trato, lo hizo sin pensar porque
cuando comprendió lo que decía tuvo que fruncir el ceño sin
tener muy claro a qué se refería.
—¿Viaje? ¿Qué viaje?
Carlos la soltó para ir en busca de Juan, el cual se secaba
las lágrimas después del ataque de risa, se dieron la mano
como si fueran a anunciar algo importante y ella solo pudo
cerrar los ojos a la espera de una noticia atroz.
—¡Sorpresa! —exclamaron al unísono.
Marie decidió abrir los brazos y sonreír como si entendiera
aquello, al no hacerlo decidió mirar a Carmen en busca de
alguna pista. Lo peor fue descubrir que estaba tan en blanco
como ella.
—Chicos, ¿vamos a ser titas o algo? ¿Vais a adoptar?
Porque la mejor canguro de las dos es Carmen, yo os voy
avisando ya. Yo voy a ser la que les enseñe a beber, fumar,
decir tacos y saltarse las clases.
Quería salir de la lista de candidatas lo antes posible. No es
que no le gustasen los niños, adoraba estar con ellos, pero le
encantaba que hicieran cosas que desquiciaban a los padres.
Ella era del pensamiento de que los niños tenían que hacer
travesuras y como la bronca no iba a ser jamás para la tita
Marie, tenía que aprovecharlo.
—No es eso, todavía. Por ahora la boda.
No comprendió a Carlos. Estaban allí para ir a probar el
menú de la boda, aquello cada vez se volvía más extraño.
—Hemos llamado a nuestros mejores amigos y hemos
organizado una despedida de solteros conjunta. Ha sido
complicado porque hemos tenido que hacer mil malabares
para que todos tuvierais el fin de semana libre, pero lo
conseguimos.
Marie inclinó la cabeza igual que un perro al sentir su
nombre o la palabra «chuche» como si de ese modo pudiera
comprender mucho mejor lo que le estaban diciendo. Lástima
que no fue así porque creyó que era una técnica infalible.
—Nos vamos a Ibiza a disfrutar de este fin de semana.
Marie, reculando un par de pasos, se agarró al brazo de
Carmen para susurrarle al oído.
—¿Sabes si tu hermano toma opiáceos? Porque esa mierda
es buena de verdad.
Carmen asintió dándole la razón y no pudo evitar tomar las
riendas de la conversación.
—Las fiestas de soltero las preparan los amigos y
familiares.
Juan asintió.
—Lo sabemos, sin embargo, quisimos darnos un viaje con
los más allegados y disfrutar. Tenemos los billetes de avión
preparados y debemos ir ya al aeropuerto para facturar. Todos
deben estar esperando.
Marie tomó de la cintura a su amiga cuando esta hizo como
si se desmayara. Eran las reinas del drama y estaban tan
sincronizadas que ya sabía lo que iba a hacer antes de que
sucediera.
—¿Y mi marido? ¿Y mi maleta?
—¡Eso! ¿Y mi maleta, Carlos? —preguntó Marie
preocupándose por la suya y nada más.
Juan le dio al mando de su coche, el mismo que abrió el
maletero de forma automática y mostró que había una mochila
por persona.
—Ya las hicimos —anunció.
Fue el momento de Marie de ser la dramática. Carmen la
sujetó como si fuese a pegar a aquella pareja mientras les
preguntaba cómo habían entrado en su casa.
—Fue fácil, chicas. Tu marido nos dio las llaves de tu piso
para la tuya y sé dónde guardas la de Marie. Por cierto, ese
jarrón es horrendo, tíralo. Quise hacerlo yo, pero Juan me
detuvo, le diste pena.
Marie ató cabos rápidamente y se dio cuenta de que, a lo
que ella le había achacado como despistes, era en realidad que
le faltaban cosas.
—¡Por eso no encontraba mi camiseta favorita! ¡Ni mis
shorts con lentejuelas!
Ambos asintieron dejando claro que ellos habían cometido
esa travesura, una por la que no supo si enfadarse o no.
—Vamos, chicas. Hemos contratado las pulseras Vip, no
nos va a faltar de nada —anunció Carlos.
Ellas se miraron como si pudieran hablar de alguna forma
telepática, casi podían saber lo que la otra pensaba.
—¡Eso os ha debido costar una pasta! —exclamó Marie.
—Ya salió tu lado economista. Olvídate de los números y
vamos a disfrutarlo.
Un coche llegó hacia ellos a toda velocidad, al final, cuando
estuvieron a punto de saltar para salvar su vida, derrapó y
frenó demostrando que tenía el control absoluto de aquella
situación.
—¡EH! ¡Garrulo! ¡Qué casi nos matas! —bramó Marie por
impulso.
Era un Golf negro, un coche deportivo que le encantaba y
en el que había tenido el placer de vivir un par de experiencias
sexuales que no venían a cuento en un momento como ese.
De pronto reconoció al conductor y al copiloto, los tres se
miraron atónitos como si fueran fantasmas o desaparecidos
hacía muchos años.
—Os presento a mi hermano, no de sangre, pero sí de
corazón, Adán. Y Sneeze es un gran amigo al que no podía
dejar fuera.
Marie no llegó a escuchar nada, solo se quedó mirando a
aquellos dos que el destino le enviaba como si fuera un castigo
divino.
—Vaya, vaya. ¡Qué cosas tiene la vida! Anoche entraste en
mi bar pidiendo ayuda y hoy estás en mi viaje de disfrute.
¿Nos dejamos cosas pendientes por hacer? —preguntó Adán
en cuanto estuvo fuera del coche.
Marie no quiso mirar a nadie, sabía que todos podían saber
quién era con tan pocas palabras.
—Puede. Creo que la nuca está libre de chichones, por si
quieres.
Adán caminó hacia ella como si fuera el centro del mundo.
Con cada paso pudo sentir como el mundo temblaba bajo sus
pies y su seguridad. Fue como si le mandase un mensaje, uno
alto y claro: estaba perdida.
Ni en la peor película comedia podía pasar algo así. Que el
mejor amigo del novio fuera el hombre que le salvase el
pellejo la noche anterior.
—Tal vez, si el viaje se tercia, puedo hacerte ese chichón,
aunque de otra forma.
Nadie dijo nada a la espera de que ellos terminasen la
conversación. Fue como si supieran que el aire se consumía a
su alrededor por miedo a molestarlos.
—Mucho prometes para solo haber conseguido un dolor de
cabeza después de una noche contigo.
Adán le tocó la punta de la nariz, lo hizo rápido llamando
su atención mucho más de lo que ya lo hacía.
—Eso solo fue una tregua por tu situación. Tal vez la
segunda ronda no aguantes el asalto.
Juan decidió poner calma a aquel encuentro que prometía
ser demoledor. Eran como dos boxeadores, cada uno en su
lado del ring a la espera de que la campana sonase.
—¡Bien! ¡Al avión a Ibiza!
—Espera a que sobrevivamos —suplicó Carlos vaticinando
el viaje movidito que estaban a punto de tener.
CAPÍTULO 8

—Lo mejor que podía pasarnos es que el avión se estrellase


en el mar —sentenció Carlos.
Juan puso los ojos en blanco ante la frase de su prometido.
Era un dramático y no iba a mejorar después del giro terrible
de los acontecimientos. Él era mucho más práctico y veía lo
que el destino había decidido prepararles.
Era una coincidencia maravillosa que podía acabar en
desastre si no se tenía el cuidado suficiente.
—Si tienes planeado sabotear el avión, haz que sea el del
viaje de vuelta y que nosotros cojamos el siguiente. Por eso de
morir y eso.
Carlos estaba demasiado ocupado en sus propios
pensamientos como para prestarle la atención adecuada. Lo
vio girarse para localizar a una Marie que dormía
plácidamente casi desde el primer segundo del embarque del
avión, hasta a él le había sorprendido la velocidad en la que se
había dejado caer en los brazos de Morfeo, pero teniendo en
cuenta su noche anterior tenía excusa.
Su siguiente objetivo fue Adán. Él no iba a correr la misma
suerte básicamente porque estaban solo una fila delante de
ellos. Sabía que podía sentir la mirada de Carlos perforándole
la nuca, todo el avión podía.
Y ahí, sin que nadie se lo esperase, su prometido le lanzó
un cacahuete a Adán. Justo cuando impactó en su coronilla, el
susodicho se llevó la mano a la zona, extrañado, y giró para
enfrentarse a su «agresor».
—¿Qué crees que soy un mono? —preguntó al darse cuenta
de lo que era el objeto arrojado.
Carlos levantó un dedo acusatorio dispuesto a soltar el
discurso que llevaba ensayado en su mente desde hacía rato.
—A mi amiga no, ¿eh? Te lo estoy dejando muy clarito ya.
Adán no se ofendió, al contrario, respondió con diversión
en su mirada.
—Dime que no para que lo disfrute mucho más. Si ella
quiere, haré que Romeo sea solo un recuerdo tonto.
Carlos, completamente ofuscado, decidió escarbar en la
bolsita que tenía entre las manos y lanzarle, de nuevo, un
cacahuete que impactó en su entrecejo.
—Te he dicho que no —le recordó de forma tajante.
Adán no se amedrentó, se agarró al respaldo de su asiento
para dejar claro cualquier pensamiento que le pasase por la
cabeza. Estaba claro que no pensaba ser obediente con la
petición de Carlos.
—¡Eh! Te dejé que te tiraras a mi hermano del alma y ahora
vas a casarte con él. Me lo debes.
Un cacahuete proveniente de unas cuantas filas atrás
impactó en la frente de Adán llamando la atención de todos los
presentes. Todos se giraron en busca del nuevo atacante y se
encontraron con Carmen señalando a su amiga.
Dejó claro su mensaje: su amiga dormía y no quería peleas.
Así pues, pasaron al plan B: susurrar.
—¿Y Marie es el precio? Tírate a un caniche —le dijo
Carlos.
Adán lo fulminó con la mirada.
—Dile a la azafata que te ponga alcohol, que se te va a
atragantar —contestó su amigo desafiándole como un
adolescente a sus padres.
Su prometido frunció el ceño siendo incapaz de comprender
lo que acababa de decir. Miró hacia sus manos para tratar de
descifrar sus palabras.
—¿El cacahuete? —preguntó extrañado.
—Sí, eso y el viaje.
Juan decidió interceder antes de que el mal humor de su
prometido hiciera arder el resto del avión. Le tomó de ambas
mejillas, a modo de acunar su rostro, y lo besó tan
profundamente que se olvidó de Adán y de sus locuras.
—Tranquilo, todo irá bien y será el viaje de nuestras vidas
—prometió.
Carlos no estuvo convencido.
—Sí, aunque tal vez vengamos con un amigo menos.
Estaba claro que aquel viaje iba a tener turbulencias y no
solo en el avión. Carlos debía aprender a soltar a su amiga, no
podía ser el pitbull a sus pies a la espera de saltar sobre
cualquiera que se atreviese a tocarla.
Tal vez había sido mala idea organizar todo aquello.
—Espero que las habitaciones de todos estén separadas.
Para que no escuches nuestros gemidos —provocó Adán
haciendo que Juan saltase esa vez.
Tomando entre sus manos un catálogo de propaganda que
ofrecía el avión, le dio un sonoro golpe con él en todo su
enorme cabezón y no se arrepintió por ello. A veces tenía que
recurrir a cosas así para calmarlo.
Por suerte solo un toque era suficiente.
—Perdón… —canturreó recolocándose en su asiento.
—Así me gusta —sentenció Juan.
Iba a poner paz en aquel viaje muy a pesar de que le costase
estar todo el día a golpes con todos.
Iba a ser peor que cualquier madre con su zapatilla o
chancla. El orden ahí solo tenía un nombre: Juan Villalobos.
***

Adán: Soy mayor para tomar mis propias decisiones.


Además, no es que vaya a violarla, ni siquiera ha elegido
pasar una noche conmigo.
Juan: Si Carlos se entera nos despelleja a todos a la vez y
nos da de comer a Orestes, el gato de su hermana.
Sneeze: Yo eso quiero verlo.
Adán: ¿Y por qué se ha puesto tan a la defensiva con este
tema?
Juan: Porque tienes un historial amplio de mujeres.
Adán: Ni que ella sea casta y pura. Que entró en mi bar
cuando su follamigo le pidió matrimonio.
Juan: ¿Y?
Adán: La misma palabra lo dice: follamigo. No quedaban
para hacer encaje de bolillos.
Sneeze: Punto para Adán.
Juan: Me gustaría llegar sano y salvo a mi boda. ¿Podrías
no acercarte a esta chica? Ibiza va a estar llena de mujeres.
Diviértete y sé feliz.
Sneeze: Punto para Juan.
Adán: Yo no he dicho que vaya a tirármela. Solo me he
defendido de que Carlos me lance cacahuetes y me trate como
un perro en celo.
Sneeze: Punto para Adán.
Juan: Son mis bolas las que van a colgar de la puerta del
hotel si lo cabreas.
Sneeze: Punto para Juan.
Adán: Vale, seré bueno. Iré, beberé, disfrutaré y tomaré el
sol.
Juan: Y dejarás a Marie divertirse.
Adán: ¿Y si quiere conmigo?
Sneeze: Un punto menos para Adán.
Juan: Pues me lo dices y trazamos un plan.
Adán: Claro, si me come la boca te llamo para decirte que
voy a comerle otra parte de ella, para ver si Carlos me da
permiso.
Juan: Me voy a quedar calvo a este paso.
Sneeze: Punto para Juan.
Adán: ¿Más?
Juan: No llego con pelo a la boda y eso que faltan tres
semanas.
Adán: Resígnate a morir con peluquín.
Sneeze: Punto para Juan.
Juan: Solo quiero disfrutar de este viaje. Nada más.
Adán: Entonces, ¿puedo divertirme?
Sneeze: Muerte para Adán.
Juan: Con ella NO. Caca, pedo, pis y no se toca. Ella es
tierra prohibida. Una isla desierta o algo así.
Adán: Pues me encantaría naufragar en sus aguas.
Sneeze: Adán no sobrevive a esta. No tiene puntos.
Juan: ¿Y tú qué narices cuentas?
Sneeze: Puesto que es un grupo de tres y no estáis
hablando por privado, pensé que aportaba algo y quise ser
árbitro.
Adán: ¿Y quién gana?
Sneeze: Tú ganas un corte de huevos, Juan quedarse calvo
para la boda y Carlos una condena por un asesinato con
ensañamiento. De este viaje no nos libramos ni uno.
Juan: ¿Y tú qué piensas hacer?
Sneeze: Yo mirar como esto se hunde más rápido que el
Titanic.
Juan: Voy a casarme de negro, lo veo venir.
Adán: Mira el lado bueno, el negro estiliza la figura.
Además, siempre has sido de colores oscuros. Haz caso a tu
amigo.
Juan: Voy a morir por un amigo.
Adán: ¡Qué bonito! Estoy emocionándome y todo.
Sneeze: Este tío no carbura. Dejó de hacerlo en cuanto la
vio entrar al bar.
Juan: Con la de bares que hay en tu zona, ¿por qué eligió
el tuyo?
Adán: El destino.
Juan: Pues si no quieres que lo siguiente que nos visite sea
una parca, te aconsejo que mantengas tus manos alejadas de
la chica.
Adán: Tranquilo, hermano. Yo seré bueno.
Sneeze: ¡Y ya tenemos a Pinocho en la conversación!
Juan: Era mejor lo que decía Carlos.
Adán y Sneeze: ¿?
Juan: Que lo mejor que podía pasarnos es que el avión se
estrellase en el mar. Casi comienzo a desearlo.
Adán: Exagerado. Solo va a ser un viaje de placer.
CAPÍTULO 9

Marie no tuvo claro los motivos, pero supo que todo el


mundo estaba tenso. Todos se miraban como si fueran
sospechosos de un caso de asesinato y la policía estuviera a
punto de interrogarlos.
—¿Ha pasado algo mientras dormía? —preguntó tratando
de esclarecer el misterio.
—No, nada en absoluto. Alguna turbulencia y poco más —
contestó Carmen.
Estaba claro que eso no había sido lo único que había
sucedido en aquel vuelo, no obstante, comenzaba a tener la
ligera sensación de que algo tenía que ver con ella ya que
todos compartían la misma pose de preocupación.
En recepción Carlos fue el encargado de entregar sus
habitaciones de una forma clara y tajante.
Carmen con Marie, Sneeze con Adán y él con Juan.
Además, su habitación era la del centro y sus amigos quedaban
a derecha e izquierda.
Ahí fue cuando tuvo que sonreír al darse cuenta de lo que
trataba de evitar. Por alguna razón su amigo temía que ella
cometiera una locura peor que estar con Romeo. Quizás Adán
podía resultar diferente a lo que podía ver en ese momento.
—Oye, Sneeze. A Adán le han presentado como el
hermano del alma de Juan y tú, ¿qué me dices? ¿Cómo te
defines? —preguntó Marie sobrepasando la barrera invisible
que había creado Carlos para separarla de ellos.
Él cabeceó un poco ante esa pregunta.
—Yo soy el escudero de estos dos y el pringado al que
suelen caerle todas las culpas.
Marie asintió antes de tenderle la mano.
—Un placer conocerte, escudero y estornudo.
—¿Y tú eres la Blancanieves? Ya te faltan menos enanos.
Rio al pensar que aquel hombre no entraba en esa categoría.
Era grande, alto y ancho, lo que lo convertía en todo lo
contrario a lo que decía ser. Observó a su alrededor dándose
cuenta de algo importante.
—Tranquilo, creo que tenemos a algunos más en el grupo
—le dijo susurrando a modo de secreto.
Solo le quedaba concretar en qué categoría entraba cada
uno. Tal vez Carlos fuera el enanito gruñón y Juan el sabio…
Pero eso dejaba a Adán en una posición comprometida. No
podía ser mudito, tampoco tontín ni tímido, entonces solo
quedaba elegir entre dormilón y feliz.
—¿Y si fuera el príncipe azul? —preguntó Sneeze
adivinando sus pensamientos.
Su mirada fue extraña, tanta que sintió que lo tenía dentro
de su mente, justo donde necesitaba intimidad.
—Si eso fuera así, yo me convertiría en una bruja y os
envenenaría a todos con manzanas —concluyó Marie.
No pensaba ser la princesa de ningún cuento porque no
creía en eso, ni tampoco en ser salvada o en el amor eterno.
Todo eso eran cuentos para mantener a la gente pegada a una
pantalla o a las páginas de un libro.
Ella era el alma libre del cuento que se tiraba a algún
enanito, se divertía tomando copas en la caverna y se burlaba
de los finales felices.
Esos nunca existían.
—Yo seré el que lleve los anillos o lance los pétalos.
Escuchar decir eso a Adán provocó que dejase a Sneeze
para lanzarse sobre él. Corrió hasta colocarse delante de él y lo
detuvo con un solo dedo en el pecho, justo en el corazón
dejando claro su amenaza.
—Estás muy equivocado, guapo. Ese puesto es mío y voy a
matar desde el primero hasta el último que quiera
arrebatármelo.
Adán, incrédulo, la contempló como si fuera la primera vez
que lo hacía. Fue un segundo, aunque sintió como la
desnudaba con la mirada. Casi pudo sentirlo entre su ropa
interior y culminó sonriendo al mismo tiempo que se pasó la
lengua por todos los dientes de la mandíbula superior.
Fue un gesto leve que le dijo a todo su ser que retrocediese,
cosa que no hizo, se mantuvo allí como si estuviera ante un
volcán y el calor pudiera abrasarla.
—Dilo otra vez —pidió él.
Marie, bajo su mirada lasciva, solo pudo dedicarle un corte
de mangas.
—Y por estas cosas él no es buen candidato para ese
puesto. Yo soy lo que buscáis, chicos.
Juan trató de poner paz entre ellos como si llevarse bien
estuviera directamente relacionado con la vena de la frente de
Carlos, la cual se inflamaba por momentos.
—Tranquila, ese puesto es tuyo. A Adán le pondremos a
repartir los puros —explicó el futuro novio.
—O los condones. Eso haría la boda muy original.
Carlos fue el siguiente en amenazar a Adán, él sin dedo y
casi sin palabras. Le bastó con mirarlo como una madre se lo
hacía a un hijo al pillarle una gran travesura, de hecho, él
reaccionó como si estuvieran a punto de caerle las siete plagas
de Egipto y reculó.
—Tranquilo, los puros también están bien —se rindió
proporcionándole la paz necesaria.
Marie, satisfecha con el resultado, le sacó la lengua a Adán
a modo de victoria. Estaba claro que ella conseguía lo que
quería y que él debía conformarse con un segundo puesto. De
todos, era la niña favorita.
—¡Pobre Adán! —ironizó.
Dando saltitos como si de un cordero recién nacido se
tratase, se acercó a su amigo Carlos y se agarró a uno de sus
brazos. Siguieron caminando hacia el hotel donde estaban a
punto de hospedarse y donde iba a tener lugar el reparto de
habitaciones.
Y ahí, cuando supo que su amigo no miraba, giró la cabeza
para dedicarle una mirada de victoria a Adán.
Él no se quedó atrás. Levantando el dedo que servía para
hacer cortes de mangas, lo enseñó como ella antes y se lo llevó
a la boca fingiendo placer saboreando lo que parecía ser algo
de ella.
—Cerdo —susurró.

***

—¿Lo has visto? —preguntó Marie entrando en su


habitación.
Dejó la mochila encima de la mesa que encontró tras dar
unos pocos pasos. Sí que se fijó en lo amplio que era aquel
lugar y en las dos camitas individuales que había para ellas
dos.
Le encantó ver las toallas enrolladas sobre la cama, pero lo
que más le atrajo la atención fue el enorme ventanal con vistas
a la playa que tenían. No pudo resistirse y abrió para salir a la
pequeña terraza que le pareció una puerta al paraíso.
—Este lugar es precioso —declaró dejándose enamorar por
la brisa salina del mar y sus espectaculares vistas.
—Y con eso te debes quedar y no con Adán. Desde que lo
has visto no puedes pensar en otra cosa —le recriminó Carmen
sacando el móvil.
Sabía muy bien los motivos por los cuales lo hacía, iba a
llamar a su maridín para avisarle de que acababan de llegar;
que estaban sanas y salvas. A una parte de ella le dio pena que
no estuviera con ellas en ese viaje, aunque comprendía los
motivos: Carlos quería un fin de semana con su hermana y
amigos.
Su cuñado era muy buen hombre, serio, formal y
trabajador, todo un sueño para cualquier madre, pero con
Carlos mantenía una relación distante. Nunca se habían calado
el uno al otro y no importaba porque se apreciaban. Ambos se
tenían si ocurría cualquier cosa.
Y ambos matarían por Carmen.
—Un momento, cielo —dijo su amiga separando el móvil
de su oído para llevar su atención totalmente a ella— Llama a
tu abuela y dile que hemos llegado.
¡La abuela!
Cuando Rosa María de las Concepciones le cogiese el
teléfono iba a caerle la bronca de su vida. Ella no podía
olvidarse de la mujer que la había criado. Estaba convencida
de que su voz iban a sentirla hasta en Ibiza y sin necesidad de
teléfono.
—Espero que seas la alma perdida de mi nieta o me veré
obligada a llamar a la policía.
—Hola… abuela…
Marie supo que su voz temblorosa no ayudaba cuando se
enfadaba, eso solo provocaba que la bronca fuera mucho peor.
Su abuela era de las que pensaba que era mejor enfrentarse al
mundo con valor que temblando, pero era una reacción
instintiva que le venía cuando sabía que no podía evitar la
reprimenda.
—¡Vaya! ¡Pero si sigues viva!
—Sí…
Salió a la terraza y se sentó en una de las sillas que había.
—No te vas a creer dónde estoy.
—Tienes suerte de que Carlos me avisase con antelación o
me hubiera dado un bajón de azúcar.
Marie miró al cielo pidiendo clemencia y agradeciendo a la
vez que su amigo hablase con ella. Sabía de la que acababa de
librarse en aquel instante, casi había podido sentir la chancla
volar a su cabeza.
Porque Rosa María de las Concepciones era de chancla de
toda la vida, de la que volaba en plan Matrix y la misma que
cambiaba de trayectoria para que no te librases del golpe.
Aunque también era una mujer dulce y amorosa, siempre
con su toque de severidad, el que la había ayudado a acabar la
carrera.
—Lo siento… Cuando vuelva te lo compenso.
La abuela suspiró.
—Tú disfruta mucho ese lugar. Fui una vez con tu abuelo,
pero estaba casada y no pude hacer el turismo que quise.
Marie tuvo una idea clara de a qué se refería, aunque no
quiso preguntar.
—Sí, antes de que me lo preguntes, me hubiera gustado
follar. No te imaginas en la época de los ochenta qué
bañadores llevaban algunos. Ahora están mucho más
trabajados en el gimnasio, pero en su momento también
existían cuerpos de infarto.
Marie miró a su alrededor con miedo a que alguien pudiera
escucharla.
—¡Abuela!
—¡¿Qué?! Yo también he follado, no has inventado la
rueda, querida. Antes de que vinieras al mundo el sexo ya
existía y este cuerpo ha vivido muy buenos tiempos.
Con la mano libre se tapó los ojos, era como si la imagen de
su abuela desnuda la llenase por completo.
—Fíjate en si ves algún moreno, esos son los que mejores
músculos tienen. Yo, en el próximo crucero pienso flirtear con
el primero que me encuentre.
Tomó aire tratando de no reír, sabía que lo que decía era
completamente cierto y no podía imaginársela, a sus casi
noventa años, tratando de seducir a algún pobre jovencito que
pudiera morder el anzuelo.
—¿Ya le has echado el ojo a algún caliente y fornido
hombre?
La pregunta de su abuela le hizo recordar a Adán y no supo
el motivo. Desechó la imagen de su mente al momento porque
no pensaba dedicarle ni un segundo más de su vida.
—Todavía no, pero lo haré.
—Mientes tan mal… Dime al menos que no te has llevado
al muchacho ese con el que retozabas.
Marie se llevó la mano al corazón al comprender que se
trataba de Romeo. Ella jamás imaginó que su abuela pudiera
saber lo de su amigo con derecho a roce.
—No, hemos venido Juan, Carlos, Carmen y un par de
amigos suyos.
No mintió, aunque tampoco había necesidad.
—¿Y son guapos? —preguntó la abuela calando
perfectamente a su nieta.
Aquella mujer debía ser una espía rusa o americana porque
no se le escapaba nada. Tampoco le extrañó porque en el
barrio no sucedía nada a espaldas de su abuela, controlaba la
vida de todos como si hubiera nacido para espía. O quizás
reportera.
—Un poco.
—Mira, haz lo que debes hacer a tu edad. Olvida al
chiquito ese con el que te ves y disfruta de Ibiza.
Asintió como si acabasen de darle una orden.
—¡Y no me refiero de sus playas!
—Que sí, que sí, abuela. Te quiero, después te llamo.
Colgó sin palabras porque no tenía nada que añadir. A
veces su abuela podía resultar ser bastante intensa, quizás un
pelín demasiado. Por suerte estaba a kilómetros de distancia
porque la veía capaz de organizarle alguna cita.
Y de eso último había organizado unas cuantas, hasta una a
ciegas en la que ninguno de los dos no sabía nada.
Aquella mujer era una bomba.
CAPÍTULO 10

—¿Y con quién piensas follar?


Adán estaba en la terraza de su habitación a pesar de que
estaba la de Carlos y Juan entremedias. Su sonrisa picante y
sus aires de tipo de ensueño se entremezclaban con la imagen
picante que le regalaba.
Ya estaba sin camiseta y lucía unos músculos que ni los
mismísimos dioses podían tener. Casi sintió que le flojeaban
las piernas al verlo y tuvo que hacer acopio de todo el
autocontrol posible para no dejar caer el móvil.
—¿Tienes algún superpoder que no sepa? Porque nos
separa una terraza de distancia —le contestó.
Adán sonrió provocando que pudiera escuchar a la corte
celestial en sus oídos, eso sin contar que cierta parte de su
anatomía despertó como una leona hambrienta.
—Todos los temas se reducen a sexo y dado que estabas
muy sonrojada solo tuve que probar si era el adecuado.
Era un tipo listo, su lenguaje corporal le había dado las
pistas suficientes como para saber el tema que estaba tratando.
Eso le hizo más interesante. Estaba claro que era bueno
leyendo a la gente.
—Te propongo algo.
Marie asintió al mismo tiempo que se acercó al muro que
había de separación entre terrazas y se apoyó con los codos.
—Dime —comentó a la espera de que él dijera su plan.
Estaba claro que era una travesura, lo leía en sus ojos azules
y en esa sonrisa que lucía como el más pícaro de todos los
hombres del universo. Supo entonces que podía proponerle
bajar al infierno que estaba dispuesta a aceptar.
—Mientras los tortolitos deshacen la maleta y descansan un
poco, podemos bajar a la piscina a tomar un cóctel. Solo uno y
si has dejado los antihistamínicos, sino te puedo pedir un
zumito de piña.
Su tono juguetón lo decía todo. Sabía que podía quemarse
si se acercaba demasiado al sol, no obstante, era una propuesta
difícil de rechazar.
—Nos van a matar.
Adán levantó el dedo índice llevándose toda su atención.
—Yo muero por ti, te lo prometo.
Jamás reconocería lo mucho que le habían temblado las
piernas con aquella afirmación y lo mucho que tuvo que
controlarse para no jadear por su tono de voz.
—Nos han dado un itinerario que cumplir —le recordó
Marie.
Era cierto, Carlos se había asegurado que todos tuvieran un
papel y una copia digital en sus correos electrónicos de todas
las actividades que habían reservado para hacer. Por suerte
había algo de turismo y mucha diversión.
—Sí, pero tenemos dos horas libres.
Marie sentenció lo que ya todos sabían: que él era el
demonio en su hombro izquierdo y hacía muy bien su trabajo.
La tentaba como nadie había sabido hacer jamás.
No podía decir que no.
Corrección, no sabía decirle que no. Así que dejó sus alas
de ángel colgadas en la habitación y aceptó su papel de ángel
caído.
Asintió, lo que provocó que ambos entrasen en su
habitación a toda velocidad. Marie se reconoció a sí misma las
ganas que tenía de verlo, como si fuera alguien a quien no veía
desde hacía meses o quizás otras vidas.
—¿Qué haces?
Paró en seco a pocos centímetros de la puerta, tuvo que
apoyarse en ella porque derrapó y todo al tener que detenerse
de forma tan abrupta.
—Voy a dar una vuelta —contestó.
Carmen la fulminó con la mirada.
—¿Y quién te acompaña?
Marie giró sobre sus talones poco a poco como si tuviera un
policía a su espalda apuntándola con un arma. No lo escondió,
tampoco podía porque la conocía demasiado bien, mucho más
que a sí misma.
—Procura estar para las actividades que han preparado los
chicos.
Asintió como si fuera una promesa solemne y no se detuvo
a hablar ni un segundo más. Abrió la puerta de su habitación
para después arrancar a correr pasillo abajo en busca del
ascensor.
Cuando lo encontró se dio cuenta de que Adán estaba en su
interior. Marie levantó una mano llamando su atención cuando
las puertas empezaron a cerrarse.
Él fue rápido, colocó un pie entre las puertas y buscó el
botón que las abría. Corrió como si fuera el último ascensor de
toda su vida, como si jamás esas puertas volvieran a abrirse y
cuando quiso frenar le fue imposible.
Adán la tomó entre sus brazos a modo de muro que la
detuvo, no sin antes hacerlos retroceder hasta que su espalda
golpeó la pared del fondo. Ambos jadearon producto del
impacto y de la sorpresa.
—¡Qué energía! —exclamó él.
Marie se apoyó en su pecho tratando de separarse, la verdad
es que había sido un golpe fuerte y se avergonzó de su forma
de actuar, casi se sintió adolescente de nuevo. Eso le hizo
recordar un par de anécdotas que era mejor dejar en el pasado.
—Sí…
Se quedó sin palabras, como si hubiera perdido la
capacidad de hablar. Solo pudo mirarlo como si fuera un dulce
que necesitaba saborear, uno que tenía al alcance de la mano y
con quien estaba segura que podía pasarlo muy bien.
—¿Carmen no te ha dicho nada? —preguntó queriendo
asegurarse de que nadie iba a chivarse de su pequeña
escapada.
Las palabras flotaron el aire, lo hicieron mientras el
ascensor descendía los diez pisos que tenían hasta la primera
plata. No dijeron más, porque Marie quiso dejar llevar su
impulso más primario hasta ese momento: besarlo.
Tuvo que colocarse de puntillas para alcanzar su boca. Y
ahí, con el corazón desbocado y con el deseo de que no la
rechazase, dejó que sus labios se juntasen de una forma lenta,
incluso cautelosa.
Adán tardó un par de segundos en reaccionar, pero para
cuando lo hizo el mundo pareció arder en llamas. Fue como un
volcán en erupción que tembló bajo sus pies.
Una de sus manos la colocó en la parte posterior de la
cabeza y se usó de ella para apretarla contra su boca, una que
abrió metiéndole la lengua hasta poder saborearla a
conciencia.
Marie solo pudo aferrarse a su camiseta como si, en algún
momento, el suelo del ascensor fuera a desaparecer y él fuera
el único punto seguro. Adán también la tomó de la cintura
tratando de aferrarla a su cuerpo con auténtica desesperación.
Su lengua fue capaz de producirle tanto placer que solo
pudo gemir en su boca, ahogando el sonido en su interior
mientras no le daba cuartel. La penetró a conciencia,
provocándole un escalofrío que la recorrió por completo.
Ella respondió golpeándolo con su lengua, sacándolo de su
boca para entrar en la suya. No pensaba quedarse atrás, no
podía ser de otro modo. Él la apretó un poco más cuando notó
su lengua bailar con la suya y ambos supieron que la pasión de
aquel ascensor podía encender una central eléctrica.
Aquella caja de metal se detuvo con suavidad y les dio un
aviso sonoro, un leve «clinck» que les advirtió que se
separasen porque habían llegado abajo.
Al hacerlo, justo a tiempo, comprobaron que otros clientes
del hotel les dejaban salir para poder entrar. Había sido una
suerte que ninguna planta lo hubiera llamado en su descenso a
los infiernos.
—¿Una copa? —preguntó Adán.
—Sí, por favor.
Tenía que sentir el aire fresco en su cara, era de vital
importancia que eso sucediera para seguir viviendo. No se
creía lo que acababa de hacer, hacía unos pocos instantes
habían estado molestándose el uno al otro por quién llevaría
los pétalos en la boda y ahora sabía el sabor de su boca.
Adán abrió la puerta caballerosamente, le indicó que saliera
y, antes de hacerlo, se agachó a su altura para poder susurrarle
al oído.
—Esto tiene que repetirse.
A Marie se le formó un nudo en la garganta. No supo poner
palabra alguna en sus cuerdas vocales, así que se limitó a
asentir dejando claro que también deseaba que eso ocurriera.
Tal vez era una locura.
Él era el camarero que la había salvado cuando Romeo le
había propuesto matrimonio. Hacía menos de una semana que
había estado follando con aquel chico y ahora tenía la
sensación de que no existía hombre en el mundo como Adán.
Iba a derretirse como un helado en pleno sol de agosto.
Y lo peor era que no sentía remordimiento alguno, deseaba
que volviera a ocurrir; incluso algo más.
Siempre podían divertirse mucho más que con un beso en
un ascensor. Ibiza estaba a sus pies para pasar un fin de
semana inolvidable. Después volverían a sus vidas y, tal vez,
cada uno seguiría con su rutina.
Pensar en eso no era importante, no en aquel instante.
Ahora lo único que valía la pena era divertirse con sus amigos.
Además, Adán parecía de esas amistades que podían resultar
interesantes.
—Hace calor —dijo tratando de desviar el tema hacia algo
distinto ya que su mente solo podía seguir pensando en el
beso.
—Más calor hará si la cosa sigue así.
Era una promesa solemne que encendió ciertas partes de su
anatomía. Sabía que sus bragas se acababan de carbonizar con
aquella simple frase. Estaba perdiendo la poca cordura que
poseía.
Siempre podía echarle la culpa a Ibiza y sus playas.
Sí. Lo tenía claro: Adán iba a ser su atracción principal.
CAPÍTULO 11

—¿Y tú a qué te dedicas?


Adán supo que aquella pregunta había sido como un
disparo al corazón en cuanto la vio encogerse. Estaba claro
que aquello era su talón de Aquiles y quizás era porque estaba
en el paro.
—No te preocupes, pregunta tonta —corrió a rectificar.
Estaban en una de las piscinas del hotel, en la mejor, la
verdad. Metidos en ella con el agua por las cinturas y sentados
en unos taburetes mientras el camarero les preparaba su mejor
cóctel.
Las vistas eran impresionantes y no, no lo decía por la
playa; a ella apenas le había prestado atención. Ese montón de
arena y agua no era lo que impedía que pudiera cruzar las
piernas por culpa de su erección.
Marie era una provocadora, de lo contrario no se hubiera
puesto aquel dichoso bañador minúsculo que únicamente hacía
que su imaginación volase en la cantidad de formas de
quitárselo.
Ya sabía cerca de unas cuarenta formas, aunque quizás era
exagerar, solo necesitaba una para despojarle de aquel hilo de
tela.
—No te preocupes. Pues trabajo para una empresa de
antivirus y la primera vez que lo cuentas suena súper
interesante. Así sería si no fuera porque al acabar las prácticas
de la carrera me cogieron como becaria y sigo en ese maldito
puesto seis años. Y me dirás, ¿qué haces en esa empresa?
Cobro un sueldo normal, aguanto gritos todo el maldito día y
me tienen haciendo putas fotocopias y cafés como si fuera una
criada. —Suspiró tratando de controlarse—. Pero es la mejor
empresa de su sector y confío en que mi jefa vea lo mucho que
me esfuerzo.
El camarero colocó ante ella su copa. Marie, casi sin
respirar, no dejó que la decorase con la sombrillita de color
rosa que tenía en las manos, se lo tomó casi entero de un trago.
—¡WOW! Tranquila, que si volvemos y estás borracha
Carlos me matará.
—Vale, después de este beberé agua.
Ambos vieron como le ponía la sombrilla a pesar de que el
palito ya no tocaba el líquido y Adán tuvo que reprimir la risa.
Comprendía su ofensa porque él mismo vivía algo similar en
su bar todos los días.
Un cóctel o una copa era como una obra de arte que llevaba
una gran elaboración. La sombrilla, a pesar de ser barata y ser
realmente un palillo con un trozo de papel, era como la firma
de un artista en su cuadro. Debía incluirse, aunque solo fuera
en una pequeña esquina para dejar constancia.
—Por menos he expulsado a alguien de mi bar, yo haría uso
del derecho de admisiones —bromeó.
—Lo siento, es que me pongo a hablar de la empresa y me
pongo mala. Mi jefa es tan bruja que no sé como existe ser en
el mundo que pueda soportarla. Dicen que tiene marido e
hijos, lo que me parece asombroso porque bichos así no
deberían tener derecho a reproducirse.
Adán no contuvo la risa, le pareció gracioso ver a alguien
tan pequeño de altura con una mala leche semejante. Estaba
claro que su jefa era una persona que no le caía bien y que no
la valoraba lo suficiente, cosa que le hizo sentirse algo triste.
—Perdona, es que me sorprende que puedas odiarla tanto,
debe ser una auténtica bruja.
—Lo es —contestó de forma solemne.
Chocaron sus copas sentenciando la maldad de la que
pagaba su nómina y brindaron por las horas que les quedaban
por delante. Aquel fin de semana podía ser divertido si se lo
proponían.
—¿Qué actividad te llama más la atención de todas las que
nos han dicho? —preguntó Marie tratando de alejar el tema
hacia otro lado.
Por suerte Adán decidió que la jugada le saliera bien, no
tenía muy claro el porqué, pero solo deseaba saber más de ella.
Su pasado, su presente y su futuro tenían que formar parte de
él. Y ese era un sentimiento peligroso.
—No tengo claro qué decir. Me llama mucho ver la Cala
D’Hort y su islote de Es Vedrá, también la cueva Can Marcá o
la fiesta en el barco que pone para mañana. ¿Y tú?
Marie no se lo pensó, no la vio dudar ni un solo instante
porque tenía claro su plan ideal.
—Definitivamente las motos acuáticas.
Adán silbó. Le gustó saber que Marie era de las atrevidas,
de las que no se echaba atrás con las emociones fuertes. Estaba
claro que ella parecía la horma de su zapato y eso lo hacía
mucho más peligroso.
—¿Qué me dices de Romeo? ¿Ha vuelto a hablarte? —
preguntó tratando de saber que todo estaba libre.
Marie lo vio venir como si fuera un gigante aplastando un
pueblo, mucho ruido y gran tamaño para pasar desapercibido
así como así.
—Después del beso en el ascensor, ¿percibo dudas en el
ambiente?
No contestó porque no hizo falta, necesitaba una
confirmación de que tenía el camino libre para poder cazar a
su presa como debía. Ella no podía estar pensando en Romeo
cuando él quisiera poner su boca en ciertas partes de su
anatomía.
—No, no he vuelto a saber de él. No me ha llamado ni
mandado mensajes.
—Supongo que el huir le dio bastante explicación de que
no estabais en la misma sintonía.
Marie se acabó su copa.
—¿Tú crees? —preguntó lamiéndose la comisura del labio.
Adán jadeó pensando en las miles de cosas que deseaba
hacer con esa lengua y los lugares donde pensaba guiarla para
su propio placer. Ellos tenían que tener un momento a solas en
cualquier lugar, no le importaba dónde.
Se puso de pie para casi cubrirla con su cuerpo al momento
en el que dejaba que su mano se apoyase en su taburete, justo
rozando su trasero, uno por el que moría por acariciar.
—Puede que sí, aunque no lo vi un chico muy perspicaz —
contestó acercándose a su boca con deliberante provocación.
Marie no retrocedió, lo miró a los ojos dejando claro que
pensaba perderse en aquel beso y prometiéndole placer hasta
en los confines del mundo. Solo tenía que cogerlo porque ella
se lo ponía en bandeja de plata.
—Su perspicacia no era lo que yo buscaba… —dijo
dejando que sus labios rozasen contra los de un Adán a punto
de perder el control.
Él se vio a su merced. Suspiró sabiendo el final que iba a
tener aquello y anheló que el instante se convirtiese en eterno.
—¿Qué buscabas?
La pregunta fue lenta porque ya no quedaban palabras en su
garganta, solo sentía el deseo enfermizo por tomarla allí
mismo por mucha gente que hubiera.
—Su polla —gimió Marie tomando la delantera y llevando
su mano, sin preámbulos, directo a su paquete.
Aquello fue el pistoletazo que necesitaba. La tomó con
fuerza, como si de un animal salvaje se tratase. Apretó sus
labios contra los suyos como si de alguna forma fueran a
fusionarse el uno con el otro. Su lengua lo barrió todo como la
lava al salir del volcán y la penetró con rudeza arrancándole un
gemido.
Marie movió la mano que tenía sobre su paquete para
encontrar la entrada del pantalón por el que acceder a su polla.
Y a él no le importó la de gente que había allí. Se aferró a ella,
quedando de espaldas al mundo para que pudiera tocarle.
Sabía que su toque podía ser suave y lo necesitaba casi más
que respirar. Estaba a punto de sacrificar todas sus funciones
vitales solo por sentirla.
—¡La madre que os parió!
El grito de Carlos hizo que ambos se separasen a toda
velocidad. Adán dio un salto hacia atrás y ella casi se cayó del
taburete producto del susto que acababa de darles su amigo.
Y ahí estaba él. Con un bañador blanco, una toalla al
hombro y una gorra roja que lo hacía destacar por encima de
todos. Quizás era porque llevaba calcetines con chanclas o
porque era más blanco que la cal.
—La única cosa que te pido y es lo primero que haces —le
recriminó con toda la caballería callada.
Los demás estaban detrás de él tratando de ver qué era
mejor, si estar callado o tirarlo a la piscina.
—¡No es culpa mía! ¡Ella me besó primero! ¡En el
ascensor! —gritó Adán defendiéndose de las falsas
acusaciones.
Marie lo fulminó con la mirada. Sabía que acababa de
lanzarla a los leones sin pensar en las consecuencias. Acababa
de cagarla a lo grande y no era una sorpresa porque tenía un
récord en meter la pata.
—Claro, porque tu lengua en mi garganta fue cosa mía.
Podías haberte quitado.
Adán rio nerviosamente.
—Sí, porque agarrarme de la polla ayuda a que piense en
huir.
Marie sonrió de forma maligna, casi pudo ver al mismísimo
señor del infierno reflejado en sus ojos poco antes de que
cogiera lo que quedaba de su copa y se la tirase a la cara.
—Eres un idiota —sentenció antes de tirarse a la piscina.
Adán, mojado y evidentemente excitado, solo tomó aire y
se sentó en el taburete. Carlos no añadió nada, siguió a su
amiga junto con su hermana Carmen y se metieron en la
piscina para nadar y despejarse un poco.
—Vais a dejarme calvo —se quejó Juan.
Adán asintió. Estaba convencido en estar con Marie por
mucho que la hubiera enfadado. La química entre ellos existía
y no iba a irse de un momento a otro.
Sneeze se quitó su toalla de los hombros para colocársela
en la cintura de su amigo y esconder una erección que se
negaba a bajar. Estaba claro que aquella mujer le ponía mucho
más de lo que hubiera imaginado jamás.
—Yo después del grito de Carlos me hubiera dado un
ataque al corazón —confesó su amigo.
—Pues yo casi me corro porque los dedos de Marie estaban
llegando a mi polla.
Juan pidió tres copas más.
—Necesito alcohol para superar todo esto —comentó el
futuro casado.
Los tres amigos se miraron los unos a los otros. Sí, estaba
claro que las bebidas debían estar presentes durante todo el fin
de semana. A algunos les ayudaría a relajarse y a otros a
divertirse o quizás solo para acompañar una buena anécdota.
—Si alguna vez tengo nietos le explicaré que su abuelo
Carlos era un psicópata —dijo Juan.
El susodicho hablaba algo con una Marie evidentemente
tranquila y sonriente. Estaba claro que nada que pudiera
decirle iba a afectarla. Solo deseaba divertirse y eso dejaba
fuera las preocupaciones de su amigo.
—Yo no sé si llegaré a viejo si sigo besando a Marie.
Juan bufó.
—Peor, les diré que su abuelo fue a la cárcel.
Sneeze rio.
—Y yo les diré que mis dos mejores amigos murieron en
Ibiza, porque está claro que ninguno de los dos sale vivo de
aquí —sentenció Sneeze.
Los tres asintieron al mismo tiempo que levantaron sus
copas para brindar por esa certeza. Si esos eran los últimos
días de su vida iba a tomárselos como tal, pensaba vivir
deprisa, follar y divertirse con intensidad.
Y Marie reunía todas las características.
—Joder tío, todavía la tienes dura —se quejó Juan.
Adán miró abajo y levantó un poco la toalla para
encontrársela levantada como si de un firme toallero se tratase.
Pensar en ella se la ponía como una piedra y lo peor era que no
podía controlarlo.
—Tranquilos, de aquí a que me acabe la copa estaré bien. O
eso espero…
—Y sino siempre podemos pedir otra —bromeó Sneeze.
CAPÍTULO 12

—¡No puedo más! —exclamó Carmen con poca energía


llegando a la tumbona de la piscina del hotel.
Marie asintió sin palabras estando de acuerdo con su amiga.
Quiso lanzarse sobre la tumbona como ella, pero necesitaba
agua para calmar el dolor de sus pies. Así pues, se quitó las
chanclas, se acercó al borde de la piscina y los metió gimiendo
al notar el alivio instantáneo que le proporcionaba. Después se
tumbó en el borde siendo incapaz de moverse.
—¿Te he dicho alguna vez que Carlos es un psicópata? —
preguntó entre jadeos.
Sneeze, que se arrastraba hacia ellas, le tendió una mano a
Marie para llevarla hasta una tumbona.
—Gracias, pero prefiero morir aquí. En mi epitafio poned:
“Al loco de Carlos, te odio”.
El hombre asintió antes de imitarla y meter sus pies en el
agua, gimió poniendo los ojos en blanco. Estaba claro que a
todos el ir a hacer turismo con chanclas les estaba pasando
factura.
—Me muero aquí mismo —anunció Adán quitándose la
camiseta.
La tiró al suelo y se dejó caer a la piscina para después salir
flotando bocarriba. Para que no se lo llevase la corriente de los
chorros alargó una mano para cogerse al pie de su amigo.
—Venga, no me jodáis —suplicó Juan alcanzándoles—.
Que ahora nos toca ir a ver no sé que puta cueva dice.
Trató de tirar de Carmen en un intento inútil de levantarla y
solo consiguió caerse sobre ella. Rodó hasta que ambos
quedaron tumbados uno ante el otro en la misma tumbona.
—Ay, sí. ¡Qué gusto! Por favor que no me vea que me mata
—susurró Juan disfrutando con el momento.
Marie trató de levantarse, lo intentó, pero al apoyar su pie
en el suelo sintió que le ardía y volvió a meterlo en el agua.
—No, no te jodemos. Tú vas a casarte con ese loco. Ahora
vas y disfrutas de la cueva. ¡O mejor! Súbetelo a la habitación
y fóllatelo, así tendremos todos excusa.
El plan le gustó al resto, los cuales aplaudieron que Juan se
sacrificase en nombre de todos. Jamás olvidarían ese gesto de
amistad eterna y estaba convencida de que iban a recordarlo
con honores.
—¿Yo? ¿Sexo? No podría, me quedaría boca abajo en la
cama abierto de piernas y punto. No estoy yo para grandes
posturas.
Adán asintió metiendo un poco la cabeza en el agua.
—A él le sirve. Lo único que haz algún ruido para que
piense que no se tira a un muerto –le indicó.
Todos quisieron reír, pero únicamente alcanzaron a sonreír
tímidamente mientras cerraban los ojos descansando. Pronto
aquel momento se desvanecería y solo les quedaría el dolor y
la tortura.
—Yo voto por que te sacrifiques por nosotros, cuñado.
Porque no me veo capaz de mover un dedo —suplicó Carmen.
Sneeze y Adán levantaron la mano para votar a favor.
—Yo opino lo mismo y si pudiera levantar el brazo lo haría
—dijo Marie.
Y Carlos, fresco como una rosa, apareció en escena. Había
estado buscándolos en las habitaciones para darse cuenta de
que habían huido como ratas a la piscina. Todos estaban
tirados con todos los planes que quedaban por hacer.
Aplaudió dándoles a entender que quería que se levantasen.
—Vamos, chicos, tenemos un par de excursiones antes de
poder tumbarnos a descansar. Ya tendréis tiempo —les dijo.
Su hermana, que estaba tumbada con el que parecía su
futuro marido, levantó un dedito atrayendo su atención.
—¿Un par más? Hemos estado debatiendo y creemos que
os toca un rato romántico en la habitación. Juan dice que se
muere de ganas.
Juan miró a Carmen con ojos de perrito abandonado, lo
estaban lanzando a los leones cuando todas las partes de su
cuerpo dolían sin control. No podía subirse a esa habitación y
cumplir.
—Ya habrá tiempo. Venga, no os quejéis.
Carlos no pensaba ceder, estaba decidido a ceñirse al plan
que habían elaborado Juan y él.
—No podemos. Se nos han cocido los pies en esas chanclas
—se quejó Carmen.
—A mí los huevos con el roce del bañador —anunció Adán
levantando una mano que dejó caer al agua.
Marie rio provocando que él la mirase con picardía.
—¿Te ofreces a echarme cremita?
Carlos, después se quitarse un zapato, se apoyó en los
hombros de Sneeze y logró pisarle el pecho a su amigo para
hundirlo en el agua.
—Para eso sí tienes fuerzas ¿eh? —le recriminó.
Los miró. La verdad es que parecían un ejército derrotado,
estaba convencido de que las abuelas que hacían spinning en
el agua tenían más energía que ellos en aquel preciso instante.
Suspiró.
—¿A quién se le ocurre no vestirse acorde para las
excursiones? Os lo puse en mis anotaciones.
—¿Dónde? Porque son veinte páginas de anotaciones el
email —comentó Carmen.
Carlos, levantando el mentón contestó:
—Página seis, párrafo tres.
Ahí Marie gruñó casi sin fuerzas y tuvo que contestar.
—¿Qué enfermo mental organiza un viaje a Ibiza y no
piensa en fiesta y alcohol?
Carlos levantó un dedo orgulloso. Para desgracia de sus
compañeros, los cuales seguían tomando aire como si vinieran
de escalar el K2 y de bajarlo a toda prisa para entrar en un
triatlón.
—Bueno, vale. Puede que dos excursiones más sean
muchas. Os quito una, pero a esta tenemos que ir —cedió para
alegría de todos.
Sneeze, evidentemente emocionado, lo miró como si fuera
el Mesías que estaba a punto de abrir las aguas para pasar.
—Dime que esta cueva está cerca, que se camina poco y
que después nos llevas a beber a una playa.
Carlos inclinó un poco la cabeza e hizo ademán de asentir.
Al final, después de gestos raros decidió explicarse.
—Casi, son dos horas de expedición preciosa y el guía
turístico dice que es lo mejor de todo.
Adán se hundió en el agua al sentir aquello, aunque no fue
el único. Sneeze y Marie, de la mano, también lo hicieron en
acto de protesta. Carmen también les hubiera seguido de no ser
por la distancia que tenía hasta el agua.
—Cuñado, si me quieres, mátame. No puedo sufrir más –
lloriqueó la pobre.
Juan también fingió llorar.
—No, que yo me tengo que casar con este psicópata.
Carlos, ajeno a los llantos de sus amigos, decidió tener la
iniciativa. Buscó las llaves de sus habitaciones y las agitó a la
espera de llamar la atención de todos los presentes.
—Va, os doy media hora. Mientras voy a subir a vuestras
habitaciones y cogeros la ropa adecuada para esta excursión.
—Gracias, mi amor —dijo Juan lanzándole un beso con la
mano.
Se fue, lo hizo no sin antes echarle la vista uno a uno para
dejarles claro que no estaba de acuerdo con aquello. No
obstante, pareció llegar a comprenderles y decidió ir a por
ropas y zapatos adecuados.
Marie se apoyó en el borde de la piscina mientras dejó su
cuerpo flotar como si nada en la superficie.
—Juan, dime que no tiene siempre la misma energía.
Porque es de los que te dejan agujetas después de una noche.
Juan, logrando incorporarse un poco, se pasó las manos por
la cara hasta acariciarse la cabeza.
—Es siempre así. Es como una fuente inagotable de
energía. Me sorprende que la humanidad busque energía más
renovable y que no lo hayan descubierto a él.
Sí, había sido así desde pequeño. Sus padres lo habían
metido en una guardería unas horas para tratar de «calmar» su
energía, cosa que no pasó. Aquel hombre era una constante en
movimiento.
—Estaba tan ilusionado con Ibiza… —se lamentó Juan por
no estar a la altura.
Adán le tiró agua.
—¿Y tiene que verla entera en 48 horas? Porque yo en el
yate me tiro a las hélices, así te lo digo —le dijo.
Fue un pensamiento compartido por todos. Él podía tener la
energía de un tifón, sin embargo, sus amigos llegaban a brisa
marina como mucho. No podían estar de acuerdo en seguir así
o el lunes iban a ser cebo para pesca.
Carlos apareció al momento con unas camisetas rosas y una
bolsa llena de zapatos para todos.
—Iba a ser una sorpresa, pero os lo enseño ya. Mirad qué
cucada de camiseta os hemos hecho para que vayamos todos a
juego.
Dejando las cosas sobre una tumbona libre, tomó una
prenda y la mostró como quien enseña un premio nobel. Era
una prenda rosa claro con un gran unicornio en el centro
dibujado. El animalito, llevaba sobre sus espaldas a dos
caricaturas que parecían ser Carlos y Juan. Detrás, estaba
Carmen cogiéndole la cola al unicornio, Sneeze con una copa
en la mano. Y lo mejor eran Marie y Adán, el cual llevaban los
pétalos y los puros respectivamente.
Todos estaban perfectamente dibujados en pequeñito, con
sus colores de pelo, sus ojos grandes y una sonrisa enorme que
no tenían.
Y justo abajo del todo ponía: El Team Power se va de
despedida.
—¿A que son ideales? —preguntó dando saltitos.
Todos trataron de sonreír para que se sintiera bien, estaba
claro que habían pensado mucho en el dibujo y no tenían
intención de ofenderle. No obstante, el nombre no reflejaba
para nada cómo se sentían en ese momento.
—Juan, si nos quieres, mátalo —sentenció Marie.
—De verdad, hazlo. Nosotros te servimos de coartada. No
irás a la cárcel —prometió Adán.
CAPÍTULO 13

—Ahora no te marques un Titanic, ¿eh?


La voz de Adán le provocó un respigo, uno por el que por
poco tiró la copa de champán que llevaba en su mano. Por
suerte él la detuvo de una caída segura afianzando sus dedos
alrededor de los suyos.
—Gracias.
No rompió el contacto, quizás porque no pudo o porque no
le daba la gana. Estaba a gusto sintiendo los dedos de ella
entre los suyos.
Ella había huido del bullicio de la fiesta, como si estar tan
rodeada de gente la agobiase y necesitase un minuto para sí
misma. Él no iba a negar que en eso vio la oportunidad para
estar a solas y que la había seguido por toda la cubierta solo
para disfrutar de su compañía.
Una cosa debía reconocerse, Marie lo atraía de una forma
que no hubiera esperado jamás. Nunca calculó que una
desconocida entrando en su bar pidiendo auxilio para no
casarse, pudiera calarle tanto.
—¿Titanic?
—Al principio de la película ella piensa en el suicidio y él
está dispuesto a morir para evitarlo.
Marie asintió.
Comenzaron a caminar, lo que provocó que tuviera que
soltarle la mano y eso casi le arranca un gruñido de
desesperación.
—¿Eres de clásicos?
—¡Vamos! Todo el mundo ha visto esa película. Estoy
convencido de que si me pongo en la cubierta a gritar que Jack
muere no sería un spoiler para nadie.
Marie, llevándose una mano a la boca, negó con la cabeza.
Lo miró sorprendida como si acabase de cometer el peor de los
crímenes.
—Irás a la cárcel por eso. No tenía ni idea de que él moría
—bromeó.
Adán tragó saliva cuando notó su cuerpo reaccionar con su
sonrisa, era como si supiera darle a los botones adecuados para
encenderlo; casi se sentía un ordenador y como ella lo
enchufaba a la corriente.
—¿Qué películas te gustan? —preguntó Marie.
Él, con una ceja enarcada, se acercó a su copa y esperó que
le diera de beber. Lo hizo sin rechistar dejando que su boca se
llenase de aquel líquido espumoso. De lo que ella no se
percató es que había puesto los labios en la marca roja de
carmín de la copa, casi como si pudiera sentir los suyos
segundos antes.
—¿Quieres conocerme, Marie? —tanteó loco por la idea.
Estaba radiante.
Después de la excursión de Carlos, les había dado tiempo
para arreglarse un poco para la cena y fiesta en el barco en el
que estaban. Solo podía recordar como Sneeze le había tenido
que cerrar la boca al ver llegar a Marie con aquel increíble
vestido blanco con lentejuelas que llevaba.
Era una chica práctica y, después de la paliza de caminar
todo el día, se había puesto zapato plano; algo que estaba
seguro que agradecería enormemente con el paso de las horas.
Su cabello estaba recogido en una elegante trenza ladeada
que solo le provocaba deseos oscuros. No podía pensar en otra
cosa de sus cuerpos golpeando el uno contra el otro y tener esa
endiablada trenza envuelta entre sus dedos.
—Vamos, nos hemos comido la boca. No nos hará daño
saber un poco del otro. Además, vas a ser el chico de los puros
y eso es una gran tarea. Quiero conocer un poco al hombre que
realizará tal hazaña.
Él entró en su juego, no se resistió porque no podía.
También se moría por saber de ella, de conocer sus gustos, su
pasado y ciertas claves sexuales que podían ayudarle mucho
según el momento.
«Deja de pensar con la polla. Oído cocina». Se regañó
mentalmente.
—Vale, me has pillado, soy de clásicos. Disfruto con el cine
antiguo, un buen romance y no soy de películas de acción.
Solo tiros o mucha pelea me aburre, ponme un misterio, un
romance tormentoso o algo que atraiga mi atención y la veré
sin reparos.
Marie se tomó aquello como una señal, lo vio en cómo se le
iluminaron los ojos como si acabase de darle una increíble
idea que llevar a cabo. Supo que tenía un plan y no tuvo claro
si le iba a gustar.
Le tendió su copa, cosa que aceptó encantado y después le
tendió la mano. Adán aceptó sin reservas, aunque no tuvo
claro qué era lo que se proponía aquella mujer. Marie sonrió,
lo hizo de una forma despreocupada al que le sumó dejar su
peso sobre él a modo de apoyo.
Se agachó lentamente dejando que pudiera recrearse con las
vistas, unas que podían hacer caer en picado a cualquier ser de
la tierra. Se arremangó un poco el vestido dejando entrever un
tanga negro, uno que provocó que se le secase la garganta al
instante.
Adán no pudo hacer otra cosa que mirar, se quedó
hipnotizado observando cómo se quitaba la ropa interior y se
la quedaba en la mano. Después de pasar una pierna y la otra,
volvió a erguirse para quitarle la copa y tomar un sorbo.
—Ten, un regalo. Si quieres el resto tendrás que venir a
buscarlo —le dijo Marie dejándole su caliente tanga en la
mano que hasta entonces le había servido de apoyo.
Y ahí la poca cordura que tenía se volatilizó en pedazos.
Estaba decidido a tenerla, necesitaba enterrarse en ella a pesar
de que estuvieran en un barco lleno de gente. El resto del
mundo había dejado de importar.
Se guardó el tanga en el bolsillo de su pantalón dispuesto a
apoderarse del resto de piezas que componían su «outfit». Iba
a ser como un cazador y tenerla desnuda era el premio.
Marie leyó sus pensamientos y, perversamente, decidió
subir la apuesta. Sonrió de forma sardónica para comenzar a
andar, de forma perversa y provocadora, hacia la pista de
baile.
—Se me ha acabado la copa y tengo la garganta seca —le
explicó.
La siguió sintiéndose un ratón y ella el Flautista de
Hamelín. Siguió su sensual contoneo de caderas como si solo
existiera eso en aquel instante. Aquella mujer estaba
dinamitando su cordura.
—¡Hombre! Llevo un buen rato sin verte —dijo Sneeze
interceptándole.
Que su amigo lo parase le provocó un gruñido gutural, por
culpa de eso perdió de vista a Marie que se acababa de
mezclar entre la gente.
—¿Todo bien, tío? —le preguntó preocupado.
Adán buscó con la vista a la bruja que lo había hechizado
de aquella forma, no había otra forma de explicarlo mejor.
Solo tenía como objetivo darle alcance y comerle la boca hasta
que pidiera clemencia.
—Estoy perdiendo la puta cabeza —confesó.
Sneeze lo miró a los ojos para después mirar a su alrededor.
—Es ella, ¿verdad? Tío, no sé qué os pasa, pero es como si
todo hubiera cambiado desde que está en tu vida.
Adán no quiso creer eso. Marie era solo una atracción
sexual que debían resolver y ya está. Después podían tener una
bonita amistad o no volverse a ver jamás. Iban a ser un rollo
divertido y caliente.
—No, solo quiero encontrarla.
Sneeze lo detuvo cuando trató de avanzar.
—¿Por qué?
Su pregunta era más que obvia, tenía algo pendiente con
aquella mujer y no pensaba desaprovechar la noche. Lástima
que, al parecer, su amigo no llegase a comprender su situación.
Así pues, decidió ponerlo en antecedentes bajando la vista
un poco y enseñándole un trozo de tanga. Lo sacó del bolsillo
con disimulo y lo volvió a meter siendo consciente de que
estaban rodeados de gente y no pensaba exponerla al mundo.
—¡Joder! —exclamó comprendiéndolo perfectamente.
—Sí… —susurró.
Sneeze buscó en sus bolsillos hasta sacar una cantidad
ingente de condones. Cortó unos cuantos y se los metió en el
bolsillo opuesto al del tanga.
—¿Cuánto piensas follar? —preguntó Adán muy
sorprendido.
Su amigo era serio y misterioso, lo que le daba un toque
erótico con las mujeres. No era una sorpresa que solía tener
buena suerte las noches de diversión, sin embargo, la cantidad
de «gomitas» le dejó en «shock».
—He traído para todos que nunca se sabe. Son tamaño
estándar y con estrías que les suele gustar más o al menos lo
notan más. ¡Yo que sé! Tú póntelo, ya sabes para prevenir
enfermedades, embarazos y demás.
La explicación de su amigo le hizo reír, estaba claro que
cuidaba bien de él cuando no quedaban neuronas operativas en
su cerebro. Y, de pronto, el mundo se detuvo cuando vio a
Marie hablando con Carmen.
La mujer perversa, iba sin tanga y estaba algo incómoda
porque se estiraba el vestido hacia abajo por miedo a que
alguien pudiera darse cuenta de ese detalle. Además, miraba a
su alrededor algo nerviosa a la espera de que el cazador se le
echase encima.
—Discúlpame un rato —pidió Adán.
Sneeze le dio una palmadita de ánimo en la espalda antes
de que pudiera desaparecer entre la gente.
Él también había preparado una sorpresa, una que no había
esperado usarla tan pronto, aunque era idónea para una noche
como esa. Si Marie le seguía el juego iban a poder divertirse
mucho más de lo esperado.
Solo tenía que darle esquinazo a Carlos, el cual bailaba
besando a su futuro marido. Por suerte estaba lo
suficientemente entretenido como para poder tomarla y
comérsela a conciencia.
Entonces le hizo un leve gesto a Sneeze, uno que le hizo
comprender que debía encargarse de Carmen. Lo principal
para cazar era separar a la presa del rebaño, así el bocado sabía
mucho mejor.
Solo cuando él distrajo a la amiga con alguna tontería, dio
comienzo la caza.
CAPÍTULO 14

—Te tengo.
Adán estaba a su espalda, con las manos en su cintura
sujetándola de tal forma que supo que estaba perdida. Además,
su susurro en su oído había sido la cúspide y Marie sabía que
todo su cuerpo se había encendido.
—¡Ah! Por eso vino Sneeze a por Carmen con tanta
velocidad, chico listo. Tienes secuaces.
A él no le importaron sus palabras, aquello solo era música
para sus oídos. Estaba a su espalda y ella quería mucho más de
ese hombre.
La apretó contra su cintura dejándole claro lo que pensaba,
cosa que la hizo sonreír porque le encantaban los argumentos
que alegaba en aquel preciso instante. Su erección en su
trasero era suficientemente convincente como para seguir
adelante a pesar de la multitud.
Adán sacó su teléfono móvil para colocarlo ante ella y
hacerse ambos un «selfie» cariñoso.
—Quiero inmortalizar tu cara de ahora y la de después de la
fiesta —le explicó.
Fue en ese momento en el que se dio cuenta que, quizás,
acababa de despertar a un monstruo sexual. Estaba atrapada
por un hombre demasiado caliente y ya sentía como se
quemaba.
Eso le hizo plantearse si alguna vez había estado con
alguien que pudiera excitarla tanto.
—Yo también tengo un regalito para ti.
—¡Qué atento! No te hacía tan detallista —bromeó
esperando que le diera sus calzoncillos.
Era un juego curioso el que se traían los dos, uno que podía
salirles algo caro, aunque quizás no tanto. Puso la mano a la
espera de esa prenda que quería de él, iba a lucirla como un
premio después de esa noche.
Él colocó algo en su mano, la textura le hizo fruncir el
ceño, confusa. No era nada textil, sino algo gomoso, casi
asiliconado. Al final, disimulando para que el resto de
personas no viera nada, lo bajó para poder ver lo que era.
Una pequeña píldora amarilla, de silicona y con una cuerda
era lo que tenía en la palma de la mano. Era un juguete sexual,
no uno cualquiera. Ese cacharro tenía un mando que
controlaba lo mucho o poco que pudiera vibrar y el momento.
Entonces lo vio todo claro: él tenía el control.
—Póntelo —ordenó de forma caliente en su oído antes de
morderle el lóbulo de la oreja.
Marie se contuvo por no desear meterle esa píldora en el
trasero, sin embargo, decidió ceder porque estaba lo
suficientemente caliente como para probar algo así ante tanta
gente.
—Yo pensaba que ibas a follarme… —se quejó haciendo
un mohín.
Adán, que aún seguía a su espalda, le tomó la barbilla al
mismo tiempo que frotó su erección contra su trasero.
—Voy a romper los pantalones por tu culpa. Lo haré, te
follaré. Solo que antes quiero que nos divirtamos un poco.
Marie supo que la promesa era real. Ella había abierto la
veda, ahora no podía cambiar las reglas del juego. Así pues, el
primer paso era encontrar un lavabo o un rincón donde
ponerse aquel cacharro.
—¿De dónde lo has sacado?
Adán rio en su oído provocándole cosquillas, eso hizo que
inclinase la cabeza de tal forma que su oreja cayó sobre sus
labios. No supo desaprovechar esa oportunidad y lamió su
lóbulo dejando que el placer se expandiera por su cuerpo.
Marie jadeó en busca del aire que le estaban robando, sintió
la excitación humedecerla tanto que casi maldijo no llevar
ropa interior.
—¿Te acuerdas de las máquinas de las que nos reímos? —
preguntó poniéndola en antecedentes.
Al poco de llegar a la isla habían encontrado máquinas
expendedoras de condones y diferentes juguetes de índole
sexual. Todos se habían mofado como adolescentes de las
cosas que había en su interior como si jamás hubieran visto
una.
Marie entonces recordó como Adán se había acercado con
la excusa de hacer una foto, cosa a la que no le había dado más
importancia. Ahora comprendía su interés por algo tan banal
como una máquina de condones.
—Eres malo… —rio.
Adán apoyó su mentón en su coronilla dejando que el peso
fuera lo suficientemente soportable.
—Me gusta jugar y tú pareces la jugadora indicada.
No podía negar que tener aquel artefacto en sus manos la
provocaba. Era como una declaración de guerra sexual que no
podía dejar pasar porque se moría por más. Él despertaba su
espíritu curioso.
¿Hasta dónde estaban dispuestos a llegar por el placer del
otro?
Miró a su alrededor para descubrir que la gente bailaba,
nadie estaba pendiente de nadie. Bailaban, reían y se besaban
sin tener en cuenta el resto del mundo. Eso le dio una nueva
idea.
Giró sobre sus talones, no sin antes dejar su copa en la
mesa que tenía delante, tomó a Adán de la mano.
—Ven conmigo —le dijo.
Tiró de él entre la multitud hacia una de las esquinas de la
cubierta. Justo allí, ella lo usó para que, con su musculoso
cuerpo, la tapase por completo. Adán solo supo dejarse llevar
no sin fruncir el ceño.
—Estate quieto —le regañó.
Y ahí fue cuando dobló la apuesta del juego que se traían
entre manos. Con el vibrador todavía en la mano, se lo metió
en la boca dispuesta a lubricarlo bajo la atenta y fogosa mirada
de ese hombre.
Solo dejó la cuerda fuera de sus labios, la que usó para tirar
del aparato y sacarlo completamente lamido. Uno que se
encaminó hacía abajo en busca del lugar donde tenía que
meterlo.
Adán jadeó por la sorpresa y comprendiendo lo que estaba
a punto de hacer, la cubrió mucho mejor. No quiso que nadie
contemplase las vistas que le estaban regalando
exclusivamente a él.
Marie remangó un poco su vestido y llegó hasta la apertura
donde metió el vibrador. Entró sin problemas por culpa de lo
excitada que estaba, hasta aprovechó para dejar escapar un
gemido provocativo.
Después, como si nada hubiera pasado, se irguió
colocándose bien el vestido y pasando las manos por las
dobleces que se habían formado y sonrió como si fuera una
niña buena.
—Joder, estás peor que yo —confesó Adán.
Su mirada podía quemar un auténtico mundo, la
contemplaba con tal intensidad que solo supo que aquellos
ojos azules escondían la puerta al placer, uno que se moría por
saborear.
Adán la tomó de la barbilla, aunque no desde abajo como
antes, la abarcó con dos dedos por los lados y la lanzó hacia su
boca. Marie jamás hubiera sabido explicar lo que ese beso le
provocó.
Aquel hombre estaba caliente y la tomó como si de un
asalto se tratase. Sus labios golpearon los suyos con crudeza y
cautela al mismo tiempo. Su lengua arrasó toda su boca en
busca del placer que ambos perseguían.
Marie tuvo que agarrarse a sus brazos cuando sintió que
caía, su beso estaba provocando que sus piernas dejasen de
funcionar y él uso sus manos para tomarla del trasero.
Estaba siendo besada ya que ella, a pesar de usar la lengua,
no podía seguir su ritmo. Él le estaba produciendo tanto placer
que se dejó hacer, gimió en su boca sintiendo todo lo que tenía
que entregarle.
Para cuando se separaron, una de sus manos soltó el
afianzado agarre de su cuerpo para pasarle un dedo por sus
abultados labios.
—Me encantan estas vistas. Tú y yo vamos a divertirnos —
prometió provocando que Marie, la cual jadeaba sin cesar, solo
pudiera asentir.
CAPÍTULO 15

—¿Cómo va la noche? —preguntó Carmen interceptándola


cuando bailaba sola en la pista de baile—. Dime que la tiene
larga y que folla como un dios griego. Que te ha dado tres
orgasmos, no, al menos siete. Tiene pinta de meterla hasta la
garganta y de no soltarte hasta dejarte sin habla.
Marie abrió los ojos producto de la sorpresa y trató de reír
para no llamar la atención de nadie.
—Mírala, con cara de gozo la muy guarra. Yo follaría si
pudiera, pero seguro que Jorge se tira a su secretaria porque a
mí no me toca ni con un palo desde hace meses. Y mira, he
visto un par de chicos que me hacen ojitos, hasta pensaba que
Sneeze iba a meterme ficha al llevarme con él a bailar, pero
claro, es demasiado decente para eso. ¡Ah! Que también te
digo, tiene que tenerla hasta la rodilla porque me he rozado un
poco y he notado carne buena.
No podía hablar, Carmen estaba desatada y hablaba a una
velocidad que hasta costaba entenderla. Solo esperó que en
algún momento tuviera una oportunidad de decir algo.
—¿Dónde te lo ha hecho? No me lo digas, deja que me lo
imagine yo misma. Ha sido en la cubierta de atrás, a la luz de
la luna. O no, quizás en el baño que es más íntimo. O en algún
rincón a oscuras porque aquí hay tanta gente bebiendo que ni
cuenta se darían de que estáis follando.
Una vibración lenta le provocó un respingo, duró apenas un
par de segundos, no obstante, le indicó que Adán estaba en
algún lado mirándola mientras encendía aquel cacharro del
mal.
—Carmen…
—Un momento, pichín. Que no has parado de hablar desde
que has llegado, deja que me exprese yo. Que me alegra que
folles porque ya sabes que Romeo era un idiota, en cambio,
Adán se ve majo y sexy. Lo que me muero yo porque un
hombre de esos me cogiera de la cabeza para llevarme a su
polla… Me caliento de pensarlo.
Marie gimió en respuesta o quizás fue porque ya no tenía
palabras suficientes. El maldito vibrador estaba en marcha. Lo
cierto era que estaba a una velocidad más que aceptable, pero
estaba comenzando a nublarle la cabeza.
Trató de buscarle entre la multitud para mandarle una
advertencia, no podía encenderlo mientras hablaba con
Carmen, se trataba de respeto.
Aumentó la velocidad con perversidad arrancándole un
gemido gutural. Aquello la obligó a cruzar una pierna ante la
otra y apretar con fuerza como si así consiguiera mitigar el
placer.
No funcionó, lo intensificó más.
—¿Qué te pasa? ¿Te haces pis? Yo te acompaño —dijo
Carmen.
Negó con la cabeza siendo consciente de que, si seguía así,
iba a darse cuenta de lo que ocurría. No pudo soportarlo,
estaba a punto de caer y solo encontró como solución apoyarse
con las manos en el hombro derecho de su amiga.
—¿Tanto has aguantado?
—Carmen, por favor… —suplicó gimiendo.
Tuvo que detenerse a tomar aire antes de seguir. Se sentía
sudando por culpa de la situación y por ese maldito cacharro
que vibraba sin parar en el interior de su vagina. Entre toda esa
gente había un ser maligno llamado Adán que iba a pagarle
muy caro el momento que estaba viviendo.
—Voy a correrme… —gimió.
Carmen contempló a su amiga atando cabos finalmente. Al
hacerlo dio un saltito como de alegría. Buscó a Adán, pero no
lo encontró y tomó un gran sorbo de su copa de champán, la
cual dejó en la bandeja de un camarero que pasó.
—¿Sabes si tiene otro de esos?
Marie la fulminó con la mirada poco antes de que se
abrazase a su amiga tratando de reprimir los gemidos y los
espasmos del orgasmo. Una cosa tenía clara como el agua:
aquel hombre iba a morir por la vergüenza que le estaba
haciendo pasar.
—Joder, no me mires así.
—Es que es raro lo que me dices —se defendió Marie.
Carmen le dio un par de palmaditas en la espalda a su
amiga esperando que pudiera recobrar el aliento.
—Más raro es que mi amiga esté abrazada a mí mientras
sufre un orgasmo en un barco rodeada de gente —le recordó.
Ella logró incorporarse, como pudo, y su amiga le pasó las
manos por la frente para borrar cualquier tipo de sudor que
pudiera tener. Además, le arregló la trenza que comenzaba a
deshacerse.
—Qué asco te tengo, tía. Tú viviendo tu propio romance en
uno de los paraísos del mundo y yo con mi marido a
kilómetros de distancia y haciéndose una pizza.
El vibrador se detuvo, cosa que agradeció. Ahora
necesitaba una copa para bajar aquel estrés que acababa de
vivir.
—¿Cómo lo sabes?
—Jorge me ha enviado una foto. Tiene a los niños en casa
de sus padres y él ha preferido pasar noche tranquila de
película. ¿Quién se lo cree? Como encuentre un solo pelo en
casa pienso romperle cualquier consola que encuentre en la
casa. Hasta las antiguas que llama «retro».
Marie se retorció cuando el vibrador comenzó a
atormentarla, no podían hablar de eso con el cacharro dándole
placer. Negó con la cabeza justo antes de que se detuviera y
sintió que Adán casi podía saber que necesitaba un respiro.
—¿Desde cuándo estáis tan mal? ¿Y por qué coño no me lo
has contado? —preguntó Marie molesta por no saber algo de
su amiga.
Carmen no soportó la mirada de reprobación de su amiga,
lo que provocó que tuviera que cerrar los ojos, casi derrotada.
—No es nada. Todas las parejas pasan por rachas malas,
pero desde que nació el pequeño solo ha puesto pegas. En un
año hemos follado menos que lo que trabaja Papá Noel.
Su amiga tomó, a la velocidad de un ninja, dos copas de
champán de un camarero que pasaba por su lado. Una para
cada una, claro, aunque llegó a pensar que se iba a beber las
dos a ese paso.
—Primero fue la cuarentena, después que con dos niños no
descansábamos. Más adelante que si mis estrías le
incomodaban demasiado. He probado de todo y solo sabe
decirme que está muy agobiado con el trabajo. Me he
comprado ropa sexy, he probado a oscuras para que no me vea
y no hay forma de hacerlo. No consigo ponérsela dura, tía.
El alcohol de las venas de Carmen acababa de provocar que
explotase en mil pedazos. Había guardado tanto en su interior
que no había encontrado la forma de decirlo hasta que no
había sido demasiado tarde.
Se había llenado como una presa hasta sobrepasar el borde
y acabar cayendo por su propio peso.
Marie, con pesar, abrazó a su amiga tratando de transmitirle
el consuelo que necesitaba.
—Yo quiero mucho a nuestros hijos y a él, pero siento que
esto se ha desgastado. Ya no le gusto y yo ya no puedo
hacerme más tratamientos. Sé que no tengo veinte años como
cuando nos conocimos, pero, joder, todavía estoy de buen ver.
¿Si tu fueras un hombre se te pondría dura?
La pregunta de su amiga le rompió el corazón. De haber
tenido a Jorge delante lo hubiera tirado por la borda por el
daño que le estaba haciendo a su amiga. Sabía que lo amaba
con locura y jamás se hubiera imaginado que pudieran estar
pasando por una situación así.
Le quitó la copa, ya era suficiente alcohol. Ahora ya sabía
la verdad e iban a ponerle remedio; no tenía claro cómo, pero
lo haría.
—Perdóname, te estoy amargando la noche. Tú deberías
estar disfrutando del aparato ese que llevas en el coño y yo te
estoy hablando de que siento el mío casi virgen de nuevo.
Estaba borracha, sí. No dejaba de ser una mujer que llevaba
una gran carga encima, una que no había compartido con
nadie. Había permitido que entrase agua en su barco hasta
ahogarse por completo.
Marie pensaba ser su bote salvavidas.
De soslayo vislumbró a Sneeze y creyó tener la solución
perfecta a sus problemas a esa noche. Tal vez, si jugaba bien
sus cartas podía disfrutar con Adán sin tener miedo a que
Carmen se ahogase en champán.
—Dame dos segundos —le pidió.
Antes de irse, cuando Carmen robó otra copa, tuvo que ir
para quitársela y amenazarla con un dedo.
—No bebas más.
Carmen solo contestó sacándole la lengua, sabía que
pensaba beber hasta que el mundo solo fuera dorado y
espumoso.
Marie nadó entre la multitud hasta dar con Sneeze, no
resultaba difícil encontrarle. Era un hombre tan grande y alto
que podía destacar. Él sí era una buena aguja en un gran pajar.
—Tengo que pedirte un favor —le dijo al oído.
—Ya le he dado condones a Adán.
Marie, que tardó un par de segundos en procesar esa
información, frunció el ceño antes de negar con la cabeza.
—No, no es eso… Espera, ¿cuántos le has dado?
No era momento de pensar la cantidad de veces que podía
sentir el cuerpo de Adán dentro del suyo. Estaba allí por una
amiga y era lo principal. Lástima que todo casi se evaporó
cuando el vibrador se encendió.
—¿Cómo va la noche? ¿Le has echado el ojo a alguna?
Sneeze, sorprendido, se la quedó mirando sin tener muy
claro qué era lo que buscaba. Al final, no tuvo reparos en
reconocerlo.
—No. Esta noche estoy libre, pero no tengo muy claro que
un trío sea lo que buscamos. No te ofendas, pero me encanta
jugar en solitario.
El vibrador subió de nivel provocando que se encorvase
tratando de no gemir allí mismo. Aquello preocupó al pobre
hombre que la cogió de la cintura con miedo a que cayese.
—Estoy bien. Necesito un favor y no es sexo —dijo
dejando claro.
Sneeze suspiró aliviado.
—Entonces soy tu hombre.
Eso era lo que quería escuchar. Ahora solo esperaba que el
plan fuera como lo estaba imaginando en su mente.
—Necesito que cuides de Carmen, ha bebido un poco y está
un poco triste. Eso sí, nada de sexo que está casada.
Sneeze levantó ambas manos luciendo una sonrisa.
—Soy experto en tratar con mujeres borrachas, ¿lo
recuerdas? No le tocaré ni un pelo en busca de placer sexual.
Marie asintió agradecida.
—Te debo una.
—Tú olvídate de llevar la cuenta o no vas a tener cómo
pagarme —le contestó antes de girar hacia su amiga—. ¡Ah!
El cabrón de mi amigo, el que lleva el mando de ese aparato
que llevas, está escondido detrás del DJ. Yo de ti le daba una
lección.
Y, sin más, la dejó marchar.
CAPÍTULO 16

Casi creyó que estaba a punto de pillar al desgraciado


perverso que controlaba el vibrador cuando Carlos y Juan la
interceptaron en un feliz abrazo. Ambos, con signos de haber
bebido un poco, como todo el mundo en ese barco, rieron sin
control.
—¿Estáis bien, chicos? —preguntó.
Los dos sonrieron como si estuvieran sincronizados. No
solo eso, se balancearon un poco antes de que ella pudiera
dirigirlos, de la mano, hasta uno de los asientos disponibles en
esa cubierta.
—¿Cuánto habéis bebido?
—Solo una copa cada uno. Tomaremos el aire y listo —
explicó Juan.
Carlos se tapó la boca escondiendo una sonrisa burlona y
unos mofletes sonrosados como si sintiera vergüenza.
—Hemos follado —declaró.
Marie, que no paraba de sentir el vibrador, se puso de
rodillas al no ser capaz de soportar aquella tortura.
—¡Cuánto me alegro!
Ella se moría por tener un momento a solas con Adán, no
obstante, el mundo se había empeñado en que iba a tener que
toparse con todos sus amigos antes de interceptarlo.
El muy despiadado aumentó el ritmo, lo que hizo que
tuviera que dejar escapar un gemido ahogado. Uno que Juan y
Carlos dejaron pasar porque no llegaban a comprender del
todo lo que le ocurría.
—Cielo, he sido un auténtico tirano —reconoció Carlos.
Marie asintió contenta con sus palabras, al menos reconocía
lo mucho que les había hecho pasar en todo aquel día. Lo peor
es que quedaban dos más y que sabía que, cuando la
borrachera se pasase, seguiría con la energía de siempre y con
ganas de visitar Ibiza de arriba abajo.
—Solo un poco, pero te queremos igualmente —le dijo
acariciándole la mejilla.
Carlos no estaba contento con eso, negó con la cabeza con
energía antes de lanzarse sobre ella en un abrazo que solo se
podía calificar como de oso. La apretó con fuerza dejándole
casi sin respiración.
—Tú sabes que te quiero como a una hermana, aunque no
tengamos relación sanguínea, ¿verdad? —preguntó sensible.
Ella asintió, lo sabía.
Había estado en los momentos más oscuros de su amigo, en
los que el mundo le había hecho daño de verdad y sabía que
nada de lo que hacía era con maldad. Por mucho que los
llevase a hacer el camino de Santiago en pleno paraíso.
—Lo sé, cielo —le indicó.
—Yo solo quería un fin de semana inolvidable y que
viéramos lo bonito de la isla porque para beber siempre hay
tiempo.
En eso tuvo que darle la razón, para beber iban a tener toda
la vida. En ese momento, a pesar de sus quejas y todo el día
pasado, se sintió algo culpable por no haber colaborado. La
realidad era que habían visitado sitios hermosos.
—Tranquilo, Carlos. Yo te apoyo, solo trata de no meternos
tantas excursiones a la vez. Déjanos algo para un próximo
viaje —le explicó guiñándole el ojo.
Eso le pareció buena idea a su amigo, el cual la soltó para
acunar su rostro y plantarle un beso en la frente.
—Tengo que irme un rato. ¿Seguro que estáis bien? ¿O me
quedo con vosotros?
Juan, que parecía mucho más centrado y menos
alcoholizado de los dos, tomó a su futuro marido entre sus
brazos antes de guiñarle el ojo a su amiga. Le estaba dando
libertad para salir huyendo de allí.
—Yo me encargo, tranquila —le prometió.
Respiró tranquila al saber que podía dejarlos solos, no
quería que hicieran alguna estupidez por culpa del alcohol.
Se levantó cuando el ritmo del vibrador aumentó hasta tal
punto que, para disimular, alzó la cabeza como si tratase de
ver las estrellas. Solo así jadeó señalándolas con el dedo.
—Son preciosas, desde casa no se ven tan bonitas —dijo.
Iba a llevarse un Oscar a la interpretación del año. Lo único
que le importó fue que sus amigos ni se inmutaron, ellos
estaban en otros quehaceres mucho más placenteros ya que se
estaban besando con bastante pasión.
—Vale, pues me voy. Cualquier cosa llamadme al móvil.
Juan levantó un pulgar sin soltar a Carlos.
Iban a estar bien. Lo que significaba que, con todos su
amigos bajo control, solo necesitaba interceptar a Adán y
hacerle pagar con creces el cacharro que llevaba metido en el
cuerpo.

***

—¿Te lo has pasado bien? —preguntó Marie apareciendo


ante él con una mirada cargada de peligro.
Estaba claro que no era casualidad que, después de hablar
con Sneeze, supiera de su escondite. La habían ayudado
demasiado para su gusto. La suerte había querido que se
topase antes con los dos tortolitos para poder torturarla un
poco más.
—No demasiado. La próxima vez necesito que llevemos
unos auriculares para poder escucharnos. Me hubiera
encantado escuchar el orgasmo que has tenido.
Marie enarcó una ceja.
—Solo te hubiera dicho lo cabrón que puedes llegar a ser
con ese artilugio. Dame el mando.
Le tendió la mano para acabar esa tortura. Adán sacó el
aparato del mal con mucha tranquilidad, después lo llevó hacia
la mano de Marie y, cuando ya tocaba depositarlo, se apartó
para ponerlo al máximo.
Aquel cambio de velocidad, sumado a que llevaba rato
soportándolo, provocó que un orgasmo llegase sin avisar. Se
encorvó como si fuera a caerse al suelo y solo logró que Adán
la interceptase.
Él tapó su grito con su boca, sucumbiendo a su orgasmo
mientras el sonido se perdía entre sus labios. Tomó su cara con
las manos mientras, perdido por la pasión, la besó
profundamente sintiendo el placer de Marie como suyo.
Estaba perdido en ella, necesitaba conocer cualquier
resquicio que poseyera. Se sentía hipnotizado por culpa de esa
mujer. Ya no era algo puramente sexual, comenzaba a sentir la
necesidad de poseerla, pero de verdad, en todos los sentidos de
la palabra.
—No voy a follar en el baño. ¿Lo has visto? Están
asquerosos —jadeó Marie tratando de romper el beso.
El yate en el que estaban no había zarpado, seguía en el
puerto y así sería toda la noche.
¿Y lo mejor?
Es que tenían el hotel a diez minutos andando. Tenían la
oportunidad al alcance de la mano y sería una estupidez
dejarla pasar. Sus amigos lo estaban pasando bien, no iban a
notar su ausencia… ¿Tenían algo en contra?
—Vámonos —le ordenó al oído.
Marie asintió de una forma que estuvo seguro que podían
descender a los infiernos de la mano. Confiaba plenamente en
él y lo más curioso era que él también en ella. Ya no solo era
pasión, era instinto y algo más que flotaba en el aire.
Una conexión que le ayudaba a caminar.
Salieron del yate tratando de no ser vistos por los demás, lo
cual les arrancó unas buenas carcajadas. Casi parecían dos
adolescentes huyendo de la profesora que tenía como tarea
cuidarlos.
Aprovechando la noche se creyeron invencibles y, como si
la luna estuviera de su lado y, de la mano, arrancaron a correr.
No supieron cuál de los dos tenía más prisa en llegar a
aquel hotel, solo sabían que lo necesitaban. Casi se sentía
como algo visceral por lo que seguir viviendo, como si
pudieran prescindir de aire, pero no de la compañía del otro.
Llegaron al hotel agotados por el sprint, no solo eso, habían
sorteado farolas y transeúntes de las calles, como si ellos
fueran los causantes de no poder llegar a tiempo a donde
tenían que ir.
El móvil de Adán sonó, lo que hizo que se quedase tenso, al
ver iluminada la pantalla con el nombre de Sneeze suplicó al
cielo que no hubiera pasado nada. Descolgó con el corazón en
un puño mientras Marie seguía tratando de tomar aire
jadeando.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Adán le señaló un sillón para que esperase, no tuvo claro si
ella le contestaría algo sardónico, no obstante, fue hacia allí y
se dejó caer.
—¿Dónde estáis? —preguntó Sneeze.
Esa era una buena pregunta a la que no tuvo muy claro si
contestar o no. Tal vez decir la verdad no era conveniente en
un momento como ese. Al final, no llegó a pensar demasiado
el resultado, solo debía ser él mismo.
—En el hotel con Marie.
Cinco palabras que lo significaban TODO. Nada podía
resumir mejor lo que estaba pasando en aquel lugar y la fiesta
aún no había empezado. Se moría por despojarla del dichoso
vestido que llevaba.
Mientras hablaban se acercó a recepción y sacó su cartera
dispuesto a tener una noche lejos del resto. No pensaba montar
su propia fiesta privada con sus amigos escuchando cada
berrido que dieran.
—¿Ya habéis?
—No, Sneeze. Voy a pagar una noche en otra planta, a ser
posible en el lado contrario del hotel.
La explicación sobraba, pero tampoco quería que lo
buscase como un loco creyendo que les había pasado algo
malo. Estaban bien e iban a estar muchísimo mejor o, al
menos, iba a ponerle ganas.
—Yo voy a llevar a estos a sus habitaciones. Están como
cubas y yo el sereno del grupo, doy asco tío.
Adán rio.
—Sí, antes molabas.
—Yo era el que más ligaba de los dos.
En eso debía darle la razón. Sneeze siempre había sido muy
popular en sus fiestas nocturnas, lo cual no significaba que
hubiera dejado de serlo; simplemente aquella noche lo
necesitaba de canguro.
—¿Te ves capaz de cuidarlos a todos? —preguntó.
Sneeze bufó ofendido.
—¿Y tú de darle tres orgasmos?
Giró la cabeza para echarle un ojo a la dama que lo
esperaba muy pacientemente en el sofá. Lo fulminó con la
mirada como si tratase de meterle prisa y solo pudo contestar
sacándole la lengua.
El recepcionista le dio la llave de su habitación por esa
noche. La tomó entre los dedos y la acarició mirándola con
alegría.
—Que tengas dulces sueños, amigo —dijo Adán.
—Mejor van a ser los tuyos, cabrón —rio.
Eso esperaba.
CAPÍTULO 17

Marie y Adán casi derribaron la puerta tratando de abrirla al


mismo tiempo que sus bocas estaban entretenidas la una con la
otra.
Justo al salir del ascensor algo había cambiado. Marie saltó
sobre Adán esperando que la agarrase por el trasero al mismo
tiempo que envolvía sus piernas en su cintura. Él no falló en su
cometido, lo que provocó que pudiera comerle la boca como
jamás se lo habían hecho.
Mordisqueó la punta de su lengua antes de succionar el
labio inferior con ferocidad. No pensaba dejarlo escapar y
estaba demasiado cachonda como para dejar aquello sin hacer
nada.
Adán, como pudo, la apartó un poco para tratar de
encontrar la habitación que acababa de pagar. Así pues, como
necesitaba los ojos, decidió pasar al plan: B.
Marie dejó que su lengua recorriera su cuello desde la
clavícula hasta detrás de la oreja. Fue en ese preciso instante
en el que, con el corazón desbocado, tomó su lóbulo y lo
succionó con pasión provocando que este gimiera.
—No voy a llegar, Marie —jadeó tratando de encontrar la
tarjeta que acababan de darle para abrir la dichosa puerta.
Tratando de mantener el control, Adán dejó que la espalda
de la joven golpease la puerta con cariño. Ella descendió para
facilitarle poder meter las manos en los bolsillos y solo lo hizo
para no tener que follar en medio del pasillo.
Demasiados segundos después, no pudo controlarse y, a la
velocidad de un rayo, metió la mano en su pantalón hasta
alcanzar su polla por encima de su ropa interior. Eso provocó
que Adán quedase paralizado.
La miró con sorpresa a lo que ella contestó con picardía y,
al final, ambos inclinaron la cabeza a la vez y hacia el mismo
lado como si de un espejo se tratase.
—Yo creo que sí vas a llegar, la tienes muy dura —contestó
sosteniéndole las bolas con firmeza.
—Joder —susurró dándose prisa en abrir.
El detector falló un par de intentos, lo que desesperó a la
pareja. Él no pudo soportarlo más, tomó a Marie con los dos
brazos de nuevo al mismo tiempo que le daba la tarjeta a ella.
Por suerte, casi mil intentos después, un leve «click» les
indicó que estaban dentro. La puerta se abrió con tanta fuerza
que golpeó el armario que tenía detrás con contundencia.
Ambos se quedaron en silencio un momento antes de darse
cuenta de que eran libres, ya podían entrar y consumirse el uno
al otro hasta no poder soportarlo más.
Adán, con gran agilidad y con ella todavía en brazos, cerró
la puerta con el talón y caminó los pocos metros que los
separaban hasta la cama. Solo entonces la dejó caer contra el
colchón con las pupilas totalmente dilatadas por la pasión.
Marie se incorporó para tomar su camisa blanca y tratar de
arrancársela. Trató, de forma frustrada, abrir todos los
dichosos botones y solo consiguió enfadarse por lo
complicados que eran.
Y él, yendo en su ayuda, tomó la prenda y tiró de ella hasta
rasgarla haciendo saltar todos los botones.
Ambos compartieron un momento de silencio, cada uno
pensando en sus propios deseos carnales. Jadearon como si no
quedase aire en aquella habitación y aquellos fueran sus
últimos instantes.
Adán puso su dedo índice en su frente, empujó suavemente
hasta conseguir moverla. Dejó que su espalda descansara sobre
el colchón a la espera de su siguiente movimiento.
Las manos de aquel hombre la tomaron por los hombros
para seguir descendiendo por su cuerpo con tranquilidad. Se
recreó a la altura de sus codos solo para dirigirse hacia su torso
y tomar sus pechos, los cuales seguían prisioneros de su ropa
interior.
Marie gimió mordiéndose un dedo, lo hizo para reprimir las
ganas de saltarle encima.
—Me encanta cómo tu pecho se eleva con las respiraciones
—confesó Adán antes de bajar a la base del cuello y lamerla.
No pudo detenerse, los gemidos de ella fueron como un
cántico que le obligaron a seguir ascendiendo hasta llegar a su
boca. La tomó sin compasión alguna dejando que su lengua la
penetrase con ferocidad.
Marie volvió a la carga, sus manos se agarraron a su
espalda y descendieron hasta la cintura. Solo allí supo qué era
lo que buscaba, necesitaba ese contacto, aunque quiso
torturarla un poco más.
Usando sus manos, tomó las suyas y las colocó bajo su
trasero. Marie bufó de desagrado, no comprendía porqué no le
permitía tocar ese cuerpo que la llamaba a gritos.
—No llevas bien el «más tarde»… —se mofó Adán.
—Cuando estés llegando al orgasmo también te diré más
tarde.
La pareja supo lo mucho que iban a consumirse en aquella
habitación. Esas paredes iban a contemplar el descenso a los
infiernos que se tenían preparado el uno al otro.
Adán la hizo rodar hasta tenerla de espaldas, a su merced y
deseosa de continuar con aquella aventura. No tardó en dejar
claro qué quería. Un dedo en su nuca provocó que se
estremeciera siendo consciente de que estaba cogiendo la
cremallera de su vestido, la misma que se deslizó hacia abajo
sin oponer resistencia alguna.
Mordió las sábanas tratando de no moverse, estaba loca por
darse la vuelta y quitarle las prendas que le quedaban, no
obstante, como buena leona cazadora esperó los siguientes
movimientos de su presa.
El mundo se paró cuando Adán depositó sus labios sobre el
cierre de su sujetador. Aquello la sorprendió y más cuando se
abrió sin apenas esfuerzos.
—Has practicado mucho ese truco, ¿eh?
Adán rio en su oído produciéndole placer.
—Puede.
La mano de aquel hombre era demasiado habilidosa, lo
supo cuando notó como descendía hacia su trasero.
—Quítate el vestido, Marie…
Su nombre era muy erótico susurrado de sus labios.
Obedeció al instante, logrando ponerse en pie y, aunque quiso
ser buena chica, no pudo serlo.
Tomando su vestido comenzó a contonear sus caderas
demostrando que también sabía jugar con su cordura. Adán se
sentó a ver el espectáculo privado que le estaba regalando y la
hizo sentir poderosa verle tragar saliva.
La tela cayó suavemente, casi como si acariciase su piel,
descendiendo con perversidad hacia los talones. Una vez allí,
lo apartó con un pie sabiendo que la atención la tenía el
sujetador que seguía pegado a sus pechos.
Marie se dio la vuelta antes de levantar la mano derecha
con la prenda entre sus dedos. No pensaba dejar que los viera
en unos segundos, unos que dinamitarían la poca cordura que
pudiera quedarles.
Se echó hacia atrás hasta tocar las piernas de un Adán que
no dudó en abrirlas para dejarle espacio. Solo cuando el
colchón acarició su piel, se agachó hasta sentarse en la
entrepierna de un Adán que se estremeció por el contacto.
Marie, siguiendo su espectáculo, levantó los brazos al cielo
y siguió contoneándose en un baile erótico solo para Adán.
Él, preso de la excitación, la tomó por la cintura. Ella,
sintiéndose una diosa, tomó una de ellas y la guio hasta su
pecho. No dudó en tomarlo como suyo, cerró la mano
colmándose con su piel antes de masajearlo.
Pellizcó suavemente el pezón y cuando Marie fue a buscar
su otra mano, no la encontró. En su defecto se topó con que el
vibrador, que seguía llevando en su interior, comenzó a vibrar.
Echó la cabeza hacia atrás dejando que su nuca descansase
en el pecho de aquel hombre y él no dudó en tomarla.
—No pensarías que dejaría mi arma secreta olvidada —le
dijo con sorna.
Sujetando el mando entre el dedo índice y el pulgar, dejó
que el resto de dedos cayeran en el pecho que le quedaba libre.
No quiso acariciarlo o atormentar ese pezón erecto que lo
esperaba, usó ese contacto únicamente para apretarla contra su
pecho.
—Vas a correrte para mí —anunció con voz segura.
Esa promesa provocó que el corazón se le desbocase al
mismo tiempo que el ritmo del vibrador subió. El placer se
expandió por su cuerpo, arrancándole primero pequeños
suspiros y, después, gemidos.
Subió las manos tratando de alcanzar algo donde estuviera
segura de no caer. Al final dejó una mano en la nuca de Adán
mientras se retorcía de un lado al otro.
—¿Notas lo duro que estoy? —le preguntó levantándole el
rostro y dejando que sus labios cayeran sobre su oído.
Lo notaba, aunque solo pudo asentir.
—Me pones tan cachondo que vas a provocar que rompa
mis pantalones.
El gemido que siguió a aquella frase solo acompañó lo que
decía, casi como si fuera un cántico, dejó que sus garganta
emitiera todos aquellos sonidos mientras el placer se
encargaba del resto.
—Todo esto es por tu culpa, lo que llegas a provocarme.
Lamió su cuello haciéndola explotar al fin. Marie echó la
cabeza atrás y, con un gemido gutural, dejó que todo el aire de
sus pulmones saliera. Aquello fue música para sus oídos y
disfrutó con el instante en el que la tuvo entre sus brazos
corriéndose.
Ella, cuando se desvaneció el placer, necesitó un par de
segundos para recomponerse y seguir. Se los permitió con el
deseo de más y solo cuando comprobó que seguía con vida y
recibió un corte de mangas, supo que estaba todo bien.
Con lentitud, la tomó de la cintura y la pasó por encima de
una pierna justo para dejarla sobre el colchón.
No había acabado con ella y Marie lo supo con la mirada
salvaje que le dedicó.
Fue ahí cuando lo vio erigirse, tan imponente y fuerte que
la vista se le hizo grandiosa. Él, ansiando mucho más, se
acercó a ella dejando que sus manos descansaran sobre sus
rodillas. Lo peor fue que estas, ajenas a Marie, se abrieron
dándole la bienvenida.
Marie contuvo el aliento cuando la mano de Adán tocó su
sexo. Lo hizo con cariño, mientras se mordía los labios. Su
lengua traviesa no resistió la tentación y provocó que el resto
del cuerpo se agachase directo a ella.
Tomó su coño entre sus labios arrancándole un grito mezcla
de placer y sorpresa. Su lengua no tardo en lamer su clítoris, lo
rodeó y casi bailó con él dejando que su cabeza diera vueltas.
Descendió, aunque no supo muy bien qué pretendía. Pronto
notó la liberación del vibrador, salió de ella haciendo un leve
«plaf» que le hizo gracia.
No pudo reprimirse, tuvo que mirar hacia abajo para saber
lo que ocurría. La imagen la congeló al instante.
Adán, con las manos apoyadas en el colchón, tenía el
vibrador sujeto en la lengua por la cuerda. Lo mostró glorioso,
casi como si fuera un trofeo, y se lo metió en la boca gimiendo
de placer.
Marie hubiera jurado que después lo escupió dejándolo caer
en algún lado de la habitación, pero nunca lo supo porque solo
le importó que después de eso, volvió a lamerla.
La penetró con la lengua antes de volver a su clítoris y dejar
que un dedo entrase en ella.
—Estás tan mojada… —gorgoteó casi sin habla.
Adán estaba perdido en el placer de sus sentidos. Toda ella
era una obra de arte. Se sentía un simple mortal a los pies de
una diosa, la cual lo había elegido sobre el resto de mortales
del universo.
Su sabor lo embriagó y odió a la lengua por no ser su polla.
Se moría por estar dentro de su cuerpo.
Solo cuando alcanzó un nuevo orgasmo la dejó ir. La
contempló mientras se retorcía gimiendo su nombre sin parar,
uno que quedaba demasiado bien entre sus labios gruesos y
jugosos.
—Vas a matarme —rio Marie.
—No todavía.
Dejó que ella, ansiosa por más, se irguiera en busca de
liberarle de la ropa que le quedaba. No luchó cuando el
pantalón lo abandonó o cuando los calzoncillos siguieron su
mismo camino.
Solo jadeó cuando sus dedos rodearon su envergadura y
gimió de forma salvaje cuando sus labios se abrieron
metiéndoselo en la boca. Estaba dentro de ella, lo que podía
traducirse como el paraíso, uno del que no quería salir.
El sabor salado de Adán la embaucó, tomó su polla en su
boca dejando que la lengua la lamiese a conciencia. Le
gustaron los ruidos que produjo por su culpa, era por ella que
sentía placer y eso la excitaba.
Se la metió todo lo que pudo, dejando que su punta diera en
el final de su boca y él solo pudo reaccionar tomándola de la
cabeza mientras jadeaba. Tener sus manos en su nuca la
hicieron enloquecer y dejó que él marcase el ritmo.
Se detuvo provocando que Adán moviera sus caderas
follándole la boca entre gemidos. Le gustó notar cómo
envolvía un mechón de pelo entre sus dedos y tiraba
suavemente sacándole la polla.
Aquel hombre se la agarró con su mano libre sonriendo de
forma que casi le provocó un nuevo orgasmo.
Con el pelo cogido y sus ojos fijos en él, Adán movió su
polla cerca de su boca. La acarició con ella por encima de los
labios antes de que Marie la abriese y volviera a tomarla
dentro.
—Joder —jadeó abruptamente.
Adán salió de ella con una necesidad flamante. Sus pupilas
dilatadas prometían entrar en ella con urgencia.
Buscó en sus pantalones caídos un condón, pero consiguió
la risa de su amante cuando vio la cantidad que llevaba encima
por culpa de su amigo.
—Ahora entiendo muchas cosas —dijo de forma
misteriosa.
No quiso saberlo, solo quería estar lo suficientemente
lúcido como para saber ponérselo. Lo hizo a toda velocidad y
ambos vitorearon con alegría el haberlo conseguido.
Marie se movió al centro de la cama y, abriendo las piernas,
comenzó a tocarse. Adán solo supo ponerse de rodillas ante el
colchón casi aclamando al cielo poder resistir esa noche.
Después, con la habilidad de un feroz cazador felino, subió
al colchón y comenzó a moverse a cuatro patas hacia ella. Se
alimentó del espectáculo unos segundos antes de colarse
entremedio de sus piernas.
Solo cuando su cadera descansó sobre la de ella, tomó sus
brazos y los levantó por encima de su cabeza.
—Fóllame —ordenó Marie.
Adán se enterró en ella poco a poco, estaba tan caliente que
ambos gimieron con el contacto. Se abrió paso en su interior
hasta quedar totalmente enterrado en aquel cuerpo del pecado.
Fue ahí cuando se miraron a los ojos y se vieron por
primera vez. No eran dos extraños follando, eran Marie y
Adán. Ambos consumidos por aquel placer que les movía y
por la necesidad de tenerse.
Fue como una conexión instantánea en la que no quisieron
pensar en aquellos instantes.
Adán apoyó su frente en la de ella cuando comenzó a
bombear en su interior. Lo hizo con cariño, con lentitud
dejando que se acostumbrase hasta que ella se lanzó sobre sus
labios y lo mordió.
—Fóllame —inquirió.
Solo cuando él cumplió sus deseos gimió desde lo más
profundo de su garganta. Se perdió en el placer de su cuerpo
mientras Adán bombeaba sin piedad alguna. El ritmo fue tan
alto que no pudo resistirlo y se corrió.
—¡Adán! —gritó cuando alcanzó el clímax.
Él no se detuvo, la contempló mientras seguía bombeando
en su interior con fuerza. Aquel era el mayor de los
espectáculos y ambos quisieron que la noche fuera eterna.
Aquel hombre salió de ella, lo que provocó que lo mirase
como si acabase de condenarlo a muerte. No lo hizo porque lo
vio caer a su lado y girarla hasta que ella quedó de espaldas.
Levantó la pierna de arriba dándole espacio para entrar.
Cuando lo hizo volvieron a gemir como si hiciera demasiado
tiempo que no se sentían.
Tenerlo detrás fue como un regalo, poder sentir su
respiración en su oído, cómo jadeaba y como su mano tomaba
uno de sus pechos. Marie, arqueándose como pudo, dejó que él
tomase su pezón entre sus labios unos segundos antes de
soltarla.
Él siguió torturando su pecho, pero se centró más en
penetrarla con fuerza. Bombeó subiendo el ritmo más y más
con desesperación. Sus gemidos se entremezclaron hasta el
punto de que no supieron quién era Marie y quién Adán.
Adán alcanzó el clímax dejando escapar un bramido
seguido de muchos gemidos. Su placer se expandió por su
cuerpo mientras ella tomaba la mano, que segundos antes
había estado en su pecho.
Y ahí, los dos en completo silencio, se dieron cuenta de lo
que acababa de pasar entre ellos. Solo quedaba un rastro de
ropa caída, gemidos inalcanzables y placer capaz de
estremecerlos.
Habían creado una obra de arte.
CAPÍTULO 18

Marie despertó con la sensación incómoda de que alguien


la miraba. Y sí, era Adán, el cual sonreía viéndola despertar
mientras se limpiaba la baba que le colgaba de la comisura de
la boca.
—¡Qué vergüenza! —exclamó perturbada.
Él no pensaba lo mismo, curiosamente parecía feliz con
tenerla allí.
—Me ha encantado, pero si esto no te deja conforme te diré
que creo que me he tirado algún pedete durmiendo.
Aquello la hizo reír, la verdad que eso aliviaba un poco el
nivel de humillación que se podía sentir después de un
encuentro sexual. Nunca se sabía qué decir después, aunque,
en realidad, era la primera vez que se quedaba a dormir.
Adán miró el reloj antes de levantar las cejas tratando de
decir algo que ella no comprendió. Estaba tan adormecida que
no entendía los mensajes subliminales que aquellas cejas le
lanzaban.
—Carlos no tardará en despertar. Yo propongo despertarlo
para agradecerle la noche de tregua que nos ha dado.
Marie saltó de la cama con alegría. Sí, era el momento de
ver a su amigo y comprobar en qué estado se encontraba
después de la noche. La última vez que lo vio estaba algo
perjudicado por el alcohol. Era su momento de divertirse.
—Vamos a por él —sonrió mostrando picardía en sus ojos.
Lo hicieron a toda prisa como dos niños planeando una
travesura en lo que mamá se duchaba. Solo cuando todas las
prendas los cubrieron, Marie se dio cuenta que había una de
ellas que no había sobrevivido a la noche: la camisa de Adán.
—Mira, así vas fresquito —rio al recordar como él mismo
había roto los botones.
—Claro, el último grito en el verano.
Marie asintió.
—Al menos no es invierno y así puedo ver tus
abdominales.
Salieron de aquella habitación, quizás algo más lentos de lo
que hubieran querido. No pudieron evitarlo, sucedía cuando
estaban cerca y se tocaban. Fue como si algo se despertara
entre ellos cuando Adán pasó por su lado.
Salió de la habitación y la esperó apoyando sus manos en el
marco, cubriendo por completo la salida. Marie, mordiéndose
el dedo índice tratando de provocarlo, caminó moviendo sus
caderas hacia él.
Cuando estuvo en la salida, tomó el picaporte de la puerta y
comenzó a cerrarlo lentamente, con pausa. Solo cuando la
madera golpeó su espalda él liberó espacio para que cupiera.
Al final, la puerta se cerró completamente y ella quedó
entre los brazos de Adán como una presa que había ido
voluntariamente al matadero. Entreabrió los labios lanzándole
una invitación velada.
Adán los tomó con sigilo hasta dejar que su lengua entrase
en ella para tocar la suya. Ambos se besaron con ferocidad,
como midiendo la fuerza del otro hasta consumirse por
completo.
Y justo cuando se separaron para tomar aire, Marie pasó
por debajo de un brazo a la espera de que la siguiera.
—Deberíamos volver.
Adán gruñó.
—En tu próximo orgasmo pienso decir lo mismo cuando te
vea llegar —amenazó.
Marie, la cual se giró para encararlo, llevó su mano a su
entrepierna cogiéndole el paquete sin contemplaciones.
—¿Cuál orgasmo? ¿El que te dejarías a medias si me paras?
Es una pena…
No, no lo era porque no iban a detenerse. Los dos ansiaban
más momentos como el de anoche a pesar de que ninguno lo
decía en voz alta. Solo se miraron a los ojos, desafiándose casi
como dos boxeadores cada uno a un lado del ring.
Como si nada, lo soltó y comenzaron a caminar hacia el
ascensor. Necesitaban abandonar ese pasillo antes de que
dieran media vuelta y se encerrasen en aquella habitación todo
el día.
Entraron en aquella caja de metal sabiendo que era lo
mejor. Solo debían seguir con el plan establecido por Carlos y
acabar de disfrutar la isla.
Justo cuando se abrieron las puertas en el piso que debían
alcanzar, se toparon de frente con Sneeze, el cual los miró con
sorpresa antes de pasarse a una sonrisa cómplice que hizo que
se separasen el uno del otro.
—¿Noche complicada? —preguntó Adán.
—Creo que eso debería preguntarlo yo, ¿no crees?
Marie pasó como un rayo al lado de su amigo y siguió su
camino sin mirar atrás para evitar dar explicaciones. No podía
hablar de eso ahora, primero tenía que contarle a Carmen lo
bien que lo había pasado y después el resto.
—¡Aquí se ha cometido un crimen!
La voz de Carlos estremeció a todo el hotel o, al menos, eso
les pareció a los dos pobres amantes que habían pasado la
noche juntos. Habían sido cazados por el enemigo número uno
de la diversión.
Lo vieron, vestido con una bata azul cielo y un antifaz
blanco en la cabeza que lo hacía de lo más cómico. Lo malo
fue tener que soportar la carcajada porque no podían hacer
nada para enfadarlo más.
—¡Aquí huele a sexo!
—Me sorprende que hayas follado cuando anoche tuve que
llevarte en brazos a la cama —bromeó Sneeze.
Carmen salió de la habitación, al igual que Juan, alertados
por el grito dramático que lanzó Carlos al aire.
Marie se pellizcó el puente de la nariz antes de cruzarse de
brazos, estaba claro que ya habían sido descubiertos. Ahora
solo debían soportar la escena que su amigo les montase como
si fueran delincuentes.
—Estos dos han fornicado, lo veo en sus ojos iluminados
—dijo señalándolos de forma acusatoria.
La joven levantó ambas manos a modo de rendición, estaba
claro que no importaba lo que dijese en ese momento porque
ya sabía lo que había ocurrido.
—Sí, he follado y volvería a hacerlo. Supéralo —escupió
enseñándole la lengua.
Carlos, de forma muy teatral, se llevó la mano a la frente
antes de fingir un desmayo. Nadie corrió a por él, ni tampoco
lo cogieron, lo que provocó que se golpease contra el suelo
sonoramente.
Juan, por puro impulso, salió en busca de Sneeze y se
escondió tras su espalda.
Adán caminó con aires de grandeza hasta colocarse al lado
de su amigo, lo miró de forma reprobatoria y le tendió la
mano.
—¿Ya te has cansado de hacer el tonto? Tienes que aceptar
que somos mayores y que esto iba a pasar.
Carlos se levantó por su propio pie siguiendo en su papel de
bruja del cuento.
—Eres muy mal niño de los puros. Irás al Infierno cuando
te llegue la hora.
—Y según las leyes cristianas, tú también —comentó
Adán.
Marie, la cual estaba muy cerca a su amiga, miró a Carmen
y ambas se comunicaron sin necesidad de palabras.
Ignorándolos por completo, abrió la puerta de la habitación y
la dejó entrar.
—Dúchate y llama a tu abuela que me ha llamado hace un
rato. Se cree que te has tirado a un negro de polla inmensa.
—Pobre. ¡Se va a llevar una decepción! —exclamó desde el
interior.
Eso provocó que Adán bufara indignado y olvidase a
Carlos para ir tras ella. No contó con que Carmen cerró la
puerta en sus narices con una sonrisa provocativa. No solo eso,
cuando él trató de alcanzar la llave, se la metió entre sus
pechos.
—Ahí no pienso meter la mano. Eres una mujer casada —
explicó.
—Eso me temía —rio.
Adán decidió irse a su habitación, también necesitaba una
ducha antes de encarar el último día de Ibiza. Esa noche
dejarían atrás un precioso lugar que les había dado la
bienvenida sin reservas.
—Pero, ¿es que no vamos a tratar el tema de que habéis
follado? —preguntó Carlos.
Él asintió de forma solemne.
—Sí, hemos follado como animales, nos hemos corrido
como bestias y hemos dormido como bebés. Y volvería a
follarla hasta que no pudiese volver a andar en meses. Espero
que Juan algún día te pegue un polvazo semejante —declaró.
Justo después, cerró la puerta de su habitación.
Carlos, perplejo, se quedó mirando la puerta a la espera de
que se abriera. Al no hacerlo, solo supo mirar al resto a la
espera de complicidad. Juan, harto de la situación, decidió ir a
por su pareja y plantarle un gran beso.
—Vamos a por un cafelito que nos lo hemos ganado.
—Vale, cielo.
Y ambos, cogidos de la mano, se fueron tranquilamente al
bar como si nada hubiera pasado.
Sneeze y Carmen se miraron sin comprender exactamente
lo que estaba pasando allí. Se abstuvieron de comentar en lo
que, los futuros casados, entraban al ascensor y descendían
hacia el restaurante.
—¿Dónde está la cámara oculta? —preguntó Carmen.
Sneeze, perplejo, se encogió de hombros.
—Creo que los nervios de la boda lo están volviendo loco,
porque yo tampoco comprendo nada de nada.
El silencio que vino a continuación fue bastante incómodo.
La tensión crepitó a su alrededor como si de una especie de
electricidad estática se tratase. Y ambos sabían que debían
volver a sus habitaciones.
—Eh… Voy a ver a Adán y nos vemos en el restaurante
para desayunar. Hasta luego —se despidió él.
Carmen supo que lo mejor hubiera sido dejarlo ir, no
existían palabras entre ellos suficientes como para mantener
una conversación. La pena fue que necesitaba soltarlo o la
consumiría por dentro.
—Espera, yo… Yo tengo que disculparme por lo de anoche.
Sneeze, quedándose totalmente inmóvil y de espaldas a
ella, suspiró con pesar.
—No, no creo que debas lamentarte de nada. Por mi parte
solo puedo decir que te comprendo y que lo siento.
Carmen no lo creía así, es más, negó con la cabeza con
fuerza tratando de echar fuera esos recuerdos.
—No debí comportarme así.
—Creo que alguien te ha hecho el suficiente daño como
para necesitar que otra persona te haga recordar lo hermosa
que eres —comentó y, acto seguido, entró en la habitación.
Ella quedó allí, en medio del pasillo con el único consuelo
de su remordimiento y sus recuerdos.

«—Ya he metido a Carlos y Juan en la cama. Les he


quitado los zapatos y los he arropado. Casi me he sentido un
padre al hacerlo —sentenció Sneeze saliendo de la habitación.
Entonces contempló a la amiga de Marie, Carmen, sentada
en el suelo, con los tacones en una mano y lo que le quedaba
del cubata en la otra. Sí, no existía ser en el mundo que
hubiera podido quitarle aquel vaso, ni siquiera los seguratas
del yate donde había tenido lugar la fiesta.
Estaba seguro que hubiera sido más fácil cortarle el brazo
a que ella lo hubiera soltado.
—Ahora te toca a ti. Vamos a tu habitación.
Carmen sonrió y eso solo significaba problemas. Él solo
pudo mirar al techo como si tratase de pedir ayuda celestial,
estaba dispuesto a encomendarse a cualquier santo si con eso
conseguía la ayuda necesaria.
Se acercó a ella, se la veía frágil y visiblemente borracha.
Traerlos a los tres del yate había resultado tarea difícil, por
suerte Juan y Carlos caminaron de la mano mientras él
trataba de coger a Carmen.
—Y mientras estos follando… —comentó lamentándose de
su suerte y de ser un buen amigo.
Se agachó hasta quedar a la altura de la mujer la cual le
sonreía. Ella estaba en un mundo paralelo a ese con la
cantidad de alcohol que había ingerido.
—Dame la llave de tu habitación.
—¿Sabes que Marie llevaba un vibrador en el coño? —
preguntó casi ofendida.
Sneeze lo sabía, solo había hecho falta ver como la pobre
muchacha se retorcía por todo el barco para darse cuenta.
—Sí —contestó.
—Chica con suerte. Yo tengo que comprarme uno.
Él solo pudo tragar saliva, no quiso imaginársela con uno
de esos ahí abajo o que él pudiera tener el control del mando.
Aquel pensamiento lo desechó casi antes de nacer; ahora solo
tenía que llevarla a su cama.
—Carmen, céntrate, la llave.
Su sonrisa pícara le dijo dónde se la había metido.
—Como este vestido no permitía llevar sujetador, me lo he
metido en las bragas.
Se le escapó una risa traviesa cuando Sneeze se quedó
paralizado al escuchar eso.
—Llevaría tanga, pero he tenido dos hijos. El cuerpo ya no
es lo mismo, las carnes se aflojan y mi marido dice que me veo
peor. Así que me tapo como si fuera una momia para no
desagradarle.
El corazón se le rompió un poco al sentir aquello. No
conocía a su marido, pero ya no iba a estar en la lista de
mejores personas del mundo.
—Dame la llave —ordenó.
—Cógela tú.
Sneeze puso los ojos en blanco. Después de traer a
aquellos dos no podía estar sufriendo algo así con Carmen.
—Solo tienes que meter la manita y cogerla.
No era tan sencillo como eso. No deseaba meterle mano a
una mujer ebria y casada, las dos palabras mágicas para
alejarse lo más lejos posible.
—Saca la llave, por favor —suplicó.
¿Se podría llamar a los bomberos para eso? No quería
montar un espectáculo, aunque tampoco deseaba meter la
mano entre sus piernas y alcanzar aquella llave que iba a
liberarle.
—Cógela tú —contestó levantándose el vestido.
Él, desesperado, la tomó de las muñecas tratando que no se
desnudase. No quería que hiciera algo por lo que iba a
avergonzarse al día siguiente.
—Te voy a llevar a mi habitación si no me das lo que
quiero.
Eso iluminó la mirada de Carmen.
—¿Vas a follarme? Estoy desentrenada, pero estoy segura
que puedo montarte como una amazona.
¿Qué clase de enfermo no tocaba a su mujer? No
comprendía los motivos por los cuales alguien no sentiría
nada por ella. Solo su figura te invitaba a perderte entre sus
curvas, pasear a toda velocidad como si de un Ferrari se
tratase.
—Escúchame bien. No, no voy a follarte. Necesito la llave
para meterte en la cama y que puedas dormir.
—¿Por qué nadie quiere tener sexo conmigo? —lloriqueó.
Entonces vislumbró a una mujer rota, una que trataba de
fingir normalidad a pesar de que todo su mundo estaba hecho
cenizas. Se mantenía feliz para que Marie lo fuera y para que
su hermano tuviera una boda de ensueño.
Mientras ella agonizaba en su propio dolor.
—Yo estaría encantado de pasar una noche contigo,
siempre y cuando no hayas bebido nada —puntualizó.
No era una obra de caridad, lo sentía de verdad. Le
gustaba esa figura que tenía y el carácter que había conocido
en tan poco tiempo. Supo que ambos podían pasarlo muy bien
si quisieran.
—Te doy la llave si me das un beso —pidió.
Sneeze aceptó los términos, asintió sin dar más detalles. No
iba a aprovecharse de ella en ese estado.
Carmen se metió la mano entre las piernas lo que hizo que
mirase a otro lado, quería respetar su intimidad y sabía que
cuando estuviera lúcida, le costaría asimilar lo que había
pasado.
—Aquí la tienes. ¿Dónde está mi beso?
Se la quitó a toda velocidad sin darle opción a replicar, no
quería que volviera a escondérsela. Entonces la tomó de la
cintura y tiró de ella lo suficiente como para ponerla en pie.
Ella seguía sin tenerse así que decidió volverla a coger en
brazos. A duras penas alcanzó pasar la tarjeta por el lector y,
para cuando abrió, buscó la luz para no golpearse con nada.
No se entretuvo, la llevó a su cama y la depositó con
cariño.
Carmen gimió al tocar la cama y cerró los ojos disfrutando
con aquello. Solo entonces fue capaz de quitarle el vaso con
los restos de cubata y los zapatos.
—Mi beso —le exigió.
Sneeze suspiró.
Se sentó en el borde de la cama y la arropó con la sábana.
Sabía que no hacía falta, pero sintió que sino cogería frío. No
le gustaba la idea de dejarla sola y que pudiera pasarle algo.
Carlos tenía a Juan, no obstante, ¿quién cuidaba de ella?
—Tienes razón, aquí lo tienes.
Ella cerró los ojos al mismo tiempo que puso morros
preparada para recibir su tan ansiado beso. Él se lo dio,
quizás no donde hubiera querido, pero cumplió su parte.
Acarició su frente con sus labios y selló su beso.
Carmen refunfuñó.
—Eso no vale.
—Tú no dijiste dónde.
Sabía que había hecho trampas, lo aceptaba, sin embargo,
prefería haberlo hecho así que robarle un beso a una mujer
con signos evidentes de haber bebido demasiado. Al día
siguiente, cuando la resaca llamase a su puerta, podría
reprocharle lo que quisiera.
Fue a irse, de hecho, alcanzó la puerta, y todo su cuerpo le
pidió que se quedase. No pudo evitar volver a echarle una
mirada para certificar que ya se estaba quedando dormida.
Se sintió mal de dejarla sola.
Suspiró sabiendo que no estaba bien lo que iba a hacer.
Decidió cerrar la puerta y poner el pestillo para que nadie
abriera. Quería la seguridad de esa mujer.
—¿No te vas? —preguntó Carmen al verlo regresar.
—No, creo que… —Señaló la cama de Marie—. Ya que esa
está libre puedo quedarme.
La mujer estuvo de acuerdo, sus ojos se encendieron de
ilusión a pesar de que supo que no iba a pasar nada entre
ellos.
—Solo a dormir —le remarcó.
Carmen asintió a pesar de que no estuvo conforme.
—¿Si me da miedo me puedo meter en tu cama?
Sneeze rio.
—Es que parece que va a caer una buena tormenta.
Él no pudo más que tumbarse en la cama de Marie en
silencio unos segundos, miró al techo a la espera de una
respuesta solo y pudo decir:
—No tengas miedo de la tormenta porque yo soy mucho
peor que ella.
CAPÍTULO 19

—¡Vamos a morir! —exclamó Carmen.


—¡SÍII! —gritó Marie, emocionada.
Adán contempló las dos formas de tomarse la aventura que
estaban a punto de vivir. La verdad es que jamás imaginó
poder vivir algo así y le gustó la idea de poder hacer esquí
acuático.
Estaba claro que no todos pensaban igual. En el grupo
había variedad de opiniones.
—¿Sabéis de una buena clínica que haga precio para el
pelo? Porque este hombre me va a matar —pidió Juan
santiguándose mientras trataba de ponerse el chaleco
salvavidas.
Adán levantó un dedo.
—Dicen que en Turquía —anunció.
Juan iba a probarlo. Era el siguiente después de un Carlos
que gritaba eufórico en el mar. Estaba descargando energía
para un mes o, al menos, ese fue un pensamiento general en el
resto.
—¿Como las series? —preguntó Marie.
—Sí, como eso.
El monitor habló con Juan unos minutos sobre las medidas
de seguridad y todos los peligros que conllevaba esa actividad.
Estaba claro que tanta contraindicación iba a provocarle una
úlcera, a pesar de eso, asintió aceptando los términos.
—Oye, siempre puedes ponerte mucho y marcarte un
anuncio de champús —comentó Sneeze pasándose la mano
por su cabeza rapada.
Gimió fingiendo cierto anuncio herbal que prometía una
experiencia muy satisfactoria al usarlo.
—Por eso te quedaste calvo, ¿eh, bribón? De tanto lavarte
el pelo —le dijo Adán.
Sneeze, ofendido, levantó el mentón y se alejó de su amigo
como si este le hubiera sestado una estocada mortal.
—Yo tengo mucho pelo —se defendió.
Marie no pudo reprimirse y tuvo que hablar.
—Sí, en los huevos.
Todos rieron con su ocurrencia. Estaba claro que se
llevaban todos bien a pesar de que se conocían desde hacía
poco. Iba a salir algo bueno de aquella seudodespedida tan
especial.
—No es eso. Es que me gusta mi «look» casual sin pelo.
¿Nunca os han dicho que los calvos son más sexis?
Marie puso los ojos en blanco.
—Pues a mí me gusta que lo de allí abajo tenga el flequillo
cortado, está bien poder ver toda la cara —comentó Carmen.
Todos la miraron con sorpresa en los ojos. No se habían
esperado que ella pudiera comentar algo sexual y les gustó.
Todos asintieron siendo conscientes de las tendencias actuales
de los cortes de pelo de la entrepierna.
—Pues a mí no me gusta todo el matojo cortado. Necesito
un poco de pelo, poco, vaya a ser que después tenga que estar
todo el día escupiendo pelo —comentó Adán.
Esa fue la chispa que lo encendió todo. Se dieron cuenta
que aquello no tenía marcha atrás, su conexión existía y había
nacido de forma muy temprana.
—No te has quejado de mi pelado y no te he visto escupir
nada —rio Marie.
Adán carraspeó llevándose una mano a la garganta.
—No te creas, algo noto por aquí.
Carlos llegó al barco y el monitor se dispuso a soltarle las
medidas de seguridad para pasarlas a Juan, un Juan que
parecía que iba a vomitar en cualquier instante. Tal vez no
llegase vivo a la vuelta.
—¿Ya hablando de guarrerías? —preguntó el recién llegado
mientras se quitaba el neopreno.
—¿Te gusta con pelo o sin pelo allí abajo? —le lanzó
Carmen la pregunta.
Se lo pensó unos segundos, fue como si no tuviera claro
qué contestar en aquel instante o si era el lugar adecuado para
hacerlo. Al final, transcurridos unos segundos, rio y soltó:
—Pelado, amores, que así se ve más grande.
Juan gritó cuando el barco arrancó y tuvo que esquiar sobre
el agua. Bramó como si la vida se le fuera allí mismo, aunque
consiguió mantenerse.
—¡Bravo mi amor! —gritó Carlos.
—¡A la que vuelvas te hace una chupadita! —exclamó
Adán.
Él lo miró de forma fulminante, a lo que solo pudo
contestar sonriendo y alejándose poco a poco, paso a paso
hasta estar a una distancia prudencial. Casi era como una ojiva
nuclear a punto de explotar.
—¿Quién es el siguiente?
Ante la pregunta del monitor, Adán y Marie alzaron la
mano. Al darse cuenta se miraron con cierto sonrojo en las
mejillas.
—La señorita primero —cedió.
—Ay, quieres que te deba una, ¿eh? —preguntó ella
contoneando sus caderas antes de sobrepasarle e ir hacia el
monitor.
Él iba a colocarle el chaleco y todo lo indispensable antes
de que Juan regresase, con el alma encogida, del viaje que
estaba haciendo. El pobre ya parecía que iba a desmayarse y
decidieron acortar su experiencia.
—Me encantaría que me debas una —contestó
humedeciéndose los labios.
Carlos, a regañadientes, los contempló unos instantes antes
de suspirar y sonreír ampliamente. Estaba claro que no podía
pelear contra eso, ellos iban a estar juntos por mucho que no le
gustase.
—¡Oh! Mirad que monos. El par de torto…
Antes de poder acabar la frase, Carmen, que estaba a su
espalda, le tapó la boca y tiró de su hermano hacia atrás. No
importó porque por suerte ellos dos seguían mirándose
prometiéndose sexo salvaje.
—¿Qué me he perdido? —preguntó Sneeze en voz baja
acercándose a los hermanos.
Carmen, como si estuviera en posesión de un secreto de
estado, fue hacia aquel hombre y se lo contó al oído.
—Como Marie escuche la palabra amor o algo que haga
referencia a una relación es capaz de tirarse del barco. Que
nadie diga nada.
Frunció el ceño sin comprender qué quería decir. Al
parecer, esa muchacha parecía tener alergia a las relaciones
muy a pesar de que era evidente que algo estaba naciendo
entre ellos.
—Tienen química —dijo Sneeze encogiéndose de hombros.
Carmen, en un acto completamente ilógico, lo tomó de la
camiseta y tiró con fuerza hacia ella para dejar claro su
mensaje.
—No lo digas delante de ella. Nada que la asuste, ni un
paso en falso o podría irse todo a la mierda.
Carlos quiso hablar, lástima que Juan subió al barco y fue
corriendo a ver si su «amorcito» seguía con vida. El pobre
parecía necesitar un cubo para vaciar su estómago o algo que
se le pareciera.
—De acuerdo, no hace falta que te vuelvas peligrosa —
aceptó Sneeze.
—Gracias. Marie es como un pequeño cervatillo que está
saliendo al claro a comer, si ve el rifle antes de tiempo saldrá
corriendo sin mirar atrás.
La simbología de un animal y su cazador le hizo pensar.
Estaba claro que aquella mujer huía de las relaciones, solo
había que recordar cómo había entrado en el bar pidiendo
ayuda.
Ahora solo necesitaba saber el porqué. Sabía que Carmen
conocía la respuesta, pero no iba a poder sonsacársela en aquel
instante. Encontraría el momento en el que conseguiría
resolver el misterio.
Marie, emocionada, esquió con buena agilidad. Gritó con
todo el aire de sus pulmones y se divirtió como una niña
pequeña.
—Ey, tío —dijo Sneeze colocándose al lado de un Adán
absorto en la mujer que comenzaba a gustarle.
Dio un respingo al tenerlo tan cerca y le dedicó una mirada
confusa.
—Pregúntale a Marie por exnovios —le pidió.
Su amigo no pudo mirarlo más sorprendido porque no se
podía. Dio un paso atrás para tomar algo de distancia y pensar
en lo que le decía.
—¿Qué? —preguntó finalmente.
Sneeze asintió serio.
—Carmen casi mata a su hermano cuando ha ido a decir
que erais tortolitos. Está más que claro que estáis tonteando y
no comprendo porqué se debe ocultar eso. Además, me ha
cogido del cuello de la camiseta y me ha dado mal rollo.
Adán lo escuchó atentamente. Saludó un par de veces a
Marie mientras esta solo pedía que fueran más rápido. Estaba
claro que se lo estaba pasando tan bien que iba a costar sacarla
del agua.
—¿Crees que les hace algo raro a sus parejas? ¿Que los
criogeniza?
Sneeze no pudo evitar darle una colleja a su amigo en
cuanto dijo aquella soberana estupidez.
—Está claro que algo le pasa a esta chica con las
relaciones. Te gusta y debes saber a qué te enfrentas.
Adán asintió.
—Por supuesto, mi capitán. Revisaré el perímetro antes de
meterme de cabeza en el agua.
Solo pudo poner los ojos en blanco.
—Merluzo —le contestó Sneeze.
CAPÍTULO 20

—¿Y qué tal te llevas con tus ex? ¿O los tienes todos
escondidos en tu armario? —preguntó Adán mientras
paseaban por la playa.
Después del esquí acuático habían ido de paseo a una cala
preciosa donde, por fin, estaban pudiendo tomar el sol y
disfrutar de la buena vida. Eso sí eran vacaciones, sin
excursiones o torturas.
Marie se tensó en cuanto escuchó las preguntas, lo miró de
soslayo tratando de vigilarlo y carraspeó.
—No acabé bien con ellos. Supongo que, como todos,
malas relaciones y eso. Dicen que todos tenemos nuestros
propios cadáveres en el armario.
Esa no era la respuesta que esperaba y Marie lo supo. Él
quería detalles jugosos que no pensaba contar, su pasado era
suyo y no iba a permitir que nadie ahondase en él por muy
guapo que fuera.
—¿Y las tuyas? ¿Ha habido muchas?
Adán rio encajando el golpe.
—Pocas, la verdad. No soy de esos que se enamoran una
vez en semana. Con una acabé muy mal, me trajo a su
hermano para que me quemase el bar y todo. Y otra quedó
como una conocida, al final de nuestro trayecto nos dimos
cuenta de que no nos gustaban las mismas cosas y queríamos
cosas distintas de la vida. Lo dejamos y quiero creer que ahora
es feliz.
El corazón se le encogió al escucharle hablar tan bien de
una mujer que había formado parte de su vida. No eran celos,
no, era envidia sana. Le parecía muy maduro acabar sin
dramas, solo exponer que ya no buscaban lo mismo. Que no
estaban en el mismo andén del viaje.
Marie tuvo que sentarse, lo hizo en la orilla dejando que el
agua mojase sus pies con el vaivén de las olas. No tardó en
imitarla y colocarse a su lado.
—Tal vez sea estúpido, pero me gustaría conocerte.
Quisiera saber más de ti, de tu familia o, quizás, tu color
favorito. No sé, algo que nadie sepa, que solo sea tuyo.
Conocerte de verdad.
Marie sintió el miedo atascándose en la garganta. Aquello
no era la mejor de las noticias, era un drama y solo sintió
ganas de llorar. Se pasó las manos por el rostro tratando de
evitar las lágrimas y adoptó la máscara que solía ponerse
cuando eso ocurría.
—No hay mucho que conocer. Carlos y Carmen son como
mis hermanos, tengo una abuela loca que solo piensa en tirarse
a algún chico joven. Trabajo como becaria y solo espero que la
vida me dé fiesta, alcohol y sexo.
Era una imagen pobre de la vida. Una que le mostraba al
resto del mundo porque así, ella, la real, quedaba en una
realidad paralela.
—Pues yo te diré que tengo una hermana mayor, Esme. Es
toda una cosmopolita y toda una «influencer» de esas que
están tan de moda. Ha trabajado mucho para llegar hasta
donde está y tiene millones de seguidores. Mi familia es
importante para mí, aunque paso poco tiempo con ellos.
Marie se abrazó a sí misma alejando el frío que le entró de
repente.
—¿Por qué?
Sabía que no tenía derecho a preguntar nada. No estaba
explicando nada de sí misma y mostraba curiosidad por la vida
de él. Era egoísta y se regañó mentalmente por no poder estar
a la altura.
—Mi madre es una mujer muy ocupada. Lo estuvo toda mi
infancia y siempre nos metió en los mejores colegios creyendo
que todos los profesores, monitores y actividades
extraescolares llenaban los espacios que dejaba. Crecimos
solos, cuidándonos entre nosotros. De mayores nos impuso ser
lo que ella quiso, Esme cedió deseando estar a la altura de las
expectativas de mi madre y yo decidí tirar mi carrera a la
basura y montar un bar.
Adán se pasó una mano por el pelo, una con la que pudo
ver que temblaba.
—Quería tener una gran empresa porque solo ella lo
deseaba. Era muy importante para mi madre que yo siguiera la
tradición familiar y, de pronto, me vi solo un número. Un hijo
más en una familia que debía cumplir las expectativas. No
habría nada destacado en mí. Generaciones después solo se
diría que Adán fue empresario como su padre, su abuelo y su
bisabuelo, te toca serlo. Quise marcar la diferencia.
Aquello fue muy profundo, demasiado. Sintió que tenía al
verdadero Adán ante ella, al que sufría por las decisiones
tomadas y el que deseaba ser alguien diferente a lo que le
habían marcado.
Marie, producto de la ternura, solo supo abrazarlo. Él la
recibió encantado y la estrechó con fuerza. Ninguno dijo nada
más, solo dejaron que las olas hicieran el resto mientras
pasaban los segundos.
—Me estás tocando una teta.
—Sí y si pudiera me la comía aquí mismo —confesó Adán.
Rieron separándose. Aquel momento había sido demasiado
tenso como para no hacer una tontería así. Ellos no eran
personas serias que se lamentaban de sí mismas, eran pura
pasión.
—Tenemos que echar uno antes de abandonar Ibiza —
comentó Marie.
Adán pareció iluminarse en aquel momento. Sonrió dejando
entrever que una idea acababa de cruzar su mente, una que
pensaba llevar a cabo muy pronto. No tardó en ponerse en pie
en un salto y tomarla de la cintura.
—¿Qué tal se te da nadar? —preguntó.
Marie cabeceó un poco antes de contestarle que lo hacía
bastante bien, aunque no supo ver qué tenía que ver todo
aquello.
—Sígueme —pidió metiéndose en el agua.
Lo siguió, deseaba ver qué se traía entre manos y, además,
estar con él era casi como respirar, le salía solo. Supo que
hubiera podido nadar hasta la península de habérselo
propuesto.
Se alejaron de la poca gente que había allí, se fueron a una
zona apartada, casi cerca de las rocas y donde la calma era
absoluta. Solo entonces fue capaz de vislumbrar lo hermoso
que era aquel lugar.
Miró la cala al completo, también a sus amigos jugando con
las palas y una pelota y Juan llegar con bebidas del
chiringuito. Solo pudo certificar que estaban en el paraíso, no
existía lugar en el mundo mejor que ese.
Adán, que sí hacía pie, la tomó de la mano para acercarla a
él. No tuvo tiempo a reaccionar cuando ya lo tuvo sobre sus
labios. Los devoró con urgencia como si hiciera muchísimo
tiempo que no los tocase.
Marie respondió entrando con su lengua, deseaba saborear
su boca, en la que podría perderse durante meses. Él sabía
besar, conocía exactamente en qué punto apretar para que
perdiera el control.
Nunca antes nadie había resultado tan peligroso.
Envolvió sus piernas alrededor de su cintura cuando se
cansó de nadar. Cayó justo en su entrepierna, su polla dura le
dio la bienvenida. En aquel instante comprendió lo que Adán
deseaba que pasase.
Mordiéndole el labio inferior, bajó una de sus manos hasta
la unión que tenían en el punto más caliente. Entró en su
bañador justo para tocarle la polla, una que se estremeció en
cuanto la tocó.
—Estás caliente —jadeó Marie en su boca.
—Tú querías follar antes de irnos de Ibiza —se justificó
cerrando los ojos de puro placer.
Dejó que su mano subiera y bajara como si de una
coreografía se tratase, una que hizo que él gimiese antes de
dejar que su frente chocase con la de ella. Se miraron, lo
hicieron intensamente sabiendo que el resto del mundo
acababa de desaparecer.
—Me pones muy cachondo —reconoció Adán.
—Vas a metérmela hasta el fondo —le indicó Marie
aumentando la velocidad de su paja.
Él, sin palabras, solo pudo asentir dándole la razón.
—Quiero que sepas que estoy limpio, no tengo
enfermedades ni nada.
—Y yo tomo la píldora.
Era una conversación poco agradable, sin embargo,
necesaria. Tenían que dejar claro que el sexo era seguro y que
no iban a transmitirse nada. Eran los dos jóvenes y sanos, eso
le hizo pensar en, ¿cuánto de jóvenes eran?
Tenía que preguntarle la edad después, cuando soltase su
polla y la hubiera exprimido lo suficiente.
La mano de Adán tomó uno de sus pechos, uno que pellizcó
un poco lanzándola a la locura. La delgada línea entre placer y
dolor le arrancó un gemido que Adán silenció besándola.
No podían llamar la atención por muy alejados que
estuvieran.
Descendió con perversidad y alevosía, recorriendo sus
curvas loco por lamerla, algo que el agua no le dejaba. Su
cuerpo estaba hecho para saborearlo, para disfrutarlo a
conciencia.
Jadeó cuando llegó a su intimidad y apartó la tela que le
molestaba. No tuvo piedad, la penetró con un dedo haciendo
que sus pupilas se dilataran por puro placer. Lo miró de tal
forma que juró poder derretirse allí mismo.
—Adán… —susurró.
Marie, maliciosa, soltó su polla cuando comenzó a bombear
fuerte con su dedo. No solo eso, se cogió a su cuello con
ambas manos dándole pie a meter un segundo dedo que la hizo
sentir completa.
Él sabía tocarla, sabía estimularla de forma en la que la
cordura se perdiera lejos de ellos. No podían hacer eso en
público y, en cambio, solo sabía que estaba cachonda y que lo
necesitaba.
Cuando usó su dedo pulgar para estimularle el clítoris supo
que era un maestro, uno que tenía como misión llevarla al
orgasmo cientos de veces. No tardó en sucumbir, se estremeció
sabiendo que llegaba el momento y solo supo buscar sus labios
para besarlo.
Gritó, pero nadie la escuchó, solo él que la devoró sin
miramientos y de forma salvaje.
Cuando el placer se disipó, apoyó la cabeza en su cuello
mientras trataba de tomar el aire que acababan de robarle.
—Joder… —dijo entre jadeos.
Adán, moviendo la cabeza, la obligó a mirarlo fijamente.
—Vas a mirarme cuando te folle —le ordenó.
Marie asintió sin darse cuenta. Él no necesitó más palabras
o actos que le impulsasen a seguir.
Ayudándose con una mano, apartó un poco más la tela de
ella y se bajó lo suficiente el bañador. Después movió su polla
sobre sus labios vaginales sintiéndose en el cielo, aquel lugar
era suyo.
La penetró gimiendo cuando comprobó que el cuerpo
dilatado de Marie le daba la bienvenida. Arrasó su piel
dejando que entrase en ella hasta lo más profundo. Solo se
detuvo cuando lo estuvo por completo.
—Me importa una mierda lo que pase después, pero ahora
eres mía —sentenció Adán.
Marie suspiró de placer cuando comenzó a bombear. Sentía
la cabeza dar vueltas a su alrededor por culpa del placer. Lo
único que supo hacer fue apretar más fuerte las piernas a su
alrededor al mismo tiempo que él la tomaba de las caderas
para acompañar el movimiento.
La subió y la bajó a placer dejando que su polla entrase
hasta el fondo. La penetró de forma salvaje al mismo tiempo
que se besaban con ferocidad.
Se habían propuesto fundirse el uno al otro y sabían que esa
era la forma. Allí, en una playa puramente paradisíaca y con el
falo de Adán dentro de su intimidad. Ese iba a ser su recuerdo
favorito.
—Voy a…
No pudo terminar, llegó al clímax al mismo tiempo que la
lengua de Adán entraba en su boca. Tomó su placer como suyo
propio y la penetró con fuerza mientras subía el ritmo.
Quizás fue la presión por ser visto o que se tenían tantas
ganas que supo que estaba a punto de alcanzar el clímax. Notó
como el orgasmo de Adán llegaba por la forma en que
comenzó a respirar y gruñó cuándo la abandonó sacándola
fuera de su cuerpo.
Veloz como un rayo, volvió a cabalgar sobre él y solo pudo
disfrutar con sus ojos abiertos por la sorpresa.
—Marie, voy a correrme —la advirtió.
—Y vas a llenarme.
No hizo falta palabra alguna más, Adán explotó entre
gemidos mezclados con jadeos y suspiros en un intento de
respirar. Fue tan explosivo que, inconscientemente, le clavó las
uñas en las caderas.
Marie disfrutó con él, con cada espasmo que le recorrió,
con cada temblor que sintió y con cada jadeo que profesó. Fue
su espectáculo particular, lo observó como una obra de arte.
Adán, derrotado, dejó que su frente cayera sobre el hombro
de ella y ahí se quedó. Por su parte, Marie, siguió abrazándolo
y sin desenvolver las piernas alrededor de su cuerpo.
Se permitieron sentir el corazón del otro, completamente
desbocados con lo que acababan de hacer.
—Es la primera vez que dejo a alguien que se corra dentro
—susurró Marie al mismo tiempo que le acariciaba el pelo.
Adán se tensó unos instantes antes de contemplarla.
Sí, no podía negar que aquel hombre era especial. No iba a
decírselo, aunque ella ya sospechaba que lo sabía.
El silencio fue su mejor amigo, dejaron que las olas los
mecieran como si de una nana se tratase. Casi fue como el
arrullo de una madre al tratar de dormirlos, juntos, sin pensar
en nada.
—Eres increíble —sentenció Adán.
CAPÍTULO 21

Después de una noche de ensueño, en una fiesta en un


barco en el que se lo pasaron muy bien en grupo, se
encontraban esperando su vuelo en el aeropuerto a las seis de
la mañana.
Carmen apenas se tenía en pie, todo porque sobre ella había
una Marie apoyada en su hombro, medio dormida.
—Pichín, me voy a caer —la avisó.
—Sí, mami.
Y no se movió.
Sneeze corrió a por Marie cuando esta se movió un poco
sin darse cuenta de que Carmen se iba hacia el otro lado. La
alcanzó en el aire y notó como se agarraba a sus brazos
producto del susto.
—¿Bailas? —le preguntó la joven, confusa.
Él le regaló una sonrisa, comprendió que estaba tan cansada
que creía que seguían en el barco. Borracha seguro que no lo
estaba porque solo habían bebido un par de copas, para llegar
despejados al avión.
—Deja que te lleve a un asiento —le dijo.
Marie asintió permitiendo que la llevase hasta una de las
sillas más cercanas. Le quitó la mochila para que pudiera caber
y se percató que se caía hacia un lado. Así pues, usando la
mochila como almohada, dejó que durmiera un poco más.
—Adán, cuida de Marie —ordenó.
El susodicho no contestó inmediatamente. Estaba apoyado
en un poste de publicidad que había encontrado. Su frente
tocaba el frío metal mientras cerraba los ojos en busca de una
cabezadita.
Estaba claro que ninguno estaba en condiciones de coger
ese vuelo.
Lo tomó del codo y tiró de su cuerpo hasta sentarlo al lado
de Marie. Él, instintivamente, al reconocerla se aproximó a
ella para apoyar su cabeza en su costado.
Bien, ya tenía a dos.
Carlos y Juan, curiosamente, estaban frescos como
lechugas. Hablaban de algo mientras compartían la misma
magdalena llena de accesorios a la que llamaban «cupcake».
Primero uno mordía para después el otro saborear en el mismo
sitio que el primero.
El amor a veces era repulsivo.
Fue a por Carmen, la cual se aguantaba como si de un
flamenco se tratase, con una pierna y la otra encorvada
tratando de hacer fuerza. Llegó a ella y le tendió el codo para
que se agarrase.
La mujer hizo lo que le pedía y apoyó su cansada cabeza en
su hombro al mismo tiempo que suspiraba.
—¿Por qué nos hacen esto? ¿A quién se le ocurre un vuelo
después de tanta fiesta? —preguntó agotada.
Todo el viaje había sido planificado a conciencia y se
habían dejado ese dichoso cabo suelto. No podían soportar
llegar a casa sin dormir, después de una noche de fiesta con
demasiado descontrol.
—Mátalos Sneeze… —murmuró Marie señalando a los
culpables.
Estaba convencido de que lo vitorearían si lo hacía. Lástima
que eran los futuros novios y deseaba ir a su boda. Quería ver
qué habían preparado y qué manjares podían degustar.
—¿Y tú por qué estás tan entero? —preguntó Carmen
completamente ofendida.
—Mientras bebías un poco, yo me he dedicado a tomar café
porque soy previsor y sabía que esto iba a pasar.
Carmen sonrió dejándose caer sobre Adán.
—Eres tan mono.
Sneeze, después de atarle los cordones a Marie, se levantó y
los contempló como el que mira una obra de arte en un museo.
Tal vez se trataba de arte abstracto, pero no dejaba de ser
admirable.
—Sois un cuadro, de verdad os lo digo —suspiró.
Quiso resistir la tentación, pero no fue capaz, sus ojos
bailaron hasta Carmen. Ella se llevaba su atención después de
las intimidades que le había compartido. Sabía mucho más de
lo que pensaba gracias a unas pocas palabras y no quería que
sufriera.
—Dame tú móvil —le pidió sabiendo que era una
estupidez.
La mujer obedeció sin tener muy claro porqué se lo pedía.
Se lo desbloqueó y confió en él. Por suerte no era un
monstruo, no iba a decirle a su marido que era un mierda por
tratarla así.
Cuando acabó se agachó hasta quedar a la altura de sus
ojos, solo cuando vio que enfocaba bien le agitó el móvil
llamándole la atención.
—Te he guardado mi número. Quiero que sepas que si
necesitas cualquier cosa puedes llamarme. Tienes un buen
amigo aquí.
Carmen se irguió al mismo tiempo que la seriedad se
apoderaba de ella. Al parecer esas palabras la despropiaron de
sueño y de cansancio. Se vio completamente despejada.
—Gracias —dijo con voz temblorosa tomando el móvil
entre sus manos.
—Lo digo de verdad. Puedes confiar en mí y en Adán. Si
necesitas tomar un café, despejarte o reír, siempre puedes
contar conmigo.
Carmen se echó hacia delante. Otra persona hubiera dado
marcha atrás, no obstante, no él. Dejó que sus frentes chocasen
entre miradas de ayuda y de desesperación. Ella estaba
perdida, en unas aguas tan profundas que temía ahogarse.
Solo tenía que dejarse ayudar.
—Gracias —repitió.
Asintió aceptando su palabra, aunque no le gustaba
escucharla. No quería agradecimiento, él mismo conocía la
amargura de perderse con sus demonios y sabía la importancia
de tener a alguien al lado.
Adán había sido su salvavidas y le estaría agradecido toda
la vida. Sabía que su amigo contaba la historia al revés, pero,
quizás, se habían salvado el uno al otro cuando el mundo se
volvió oscuro.
—No tienes porqué darlas.
Se levantó para ver lo que iban a tardar en embarcar y se
dio cuenta de que Marie los miraba fijamente, en absoluto
silencio. La encaró un poco para certificar que no le
reprochaba nada, al contrario, asintió como agradeciendo el
gesto.
Sneeze devolvió el movimiento con las mandíbulas
apretadas. No deseaba «gracias» en ningún momento, solo la
certeza de que todos iban a estar bien. Para él la familia era lo
más importante.
Por consiguiente, ellos eran su familia.
—¿Por qué no nos tomamos un café tú y yo? —preguntó
Adán.
No pudo negarse, lo necesitaban después del largo día que
tenían por delante. Así pues, lo ayudó a levantarse y guio a
Carmen hacia su amiga para que estuvieran juntitas en lo que
ellos se acercaban a la máquina más cercana.
—No pienso perderlas de vista —anunció Adán.
Estaba claro que no iban a hacerlo, aquellas dos podían
provocar el apocalipsis en dos minutos a solas. Ninguno de los
dos alcanzaba a comprender cómo habían podido sobrevivir
hasta ahora.
No se las imaginaba de fiestas sin control alguno o en sus
años mozos con la adolescencia galopante llamando a la
puerta. Tuvo que ser una época muy divertida en sus vidas.
—Necesito despejarme —suplicó Adán.
Sí, tenían un largo día, en el que no tenían que trabajar,
cosa que agradecían enormemente.
—¿Piensas ir a ver a tu madre? —preguntó Sneeze.
Adán se erizó en cuanto escuchó la pregunta, una reacción
que siempre le hacía gracia. Estaba claro que ese no era su
plan preferido en el mundo entero y no pensaba hacerlo.
—Ya hace un mes. Cuando vayas se pondrá mucho peor
que la última vez.
Odiaba ser el «Pepito Grillo» de la relación, pero sabía el
dolor de cabeza que podía llegar a ser esa mujer. Adoraba a su
hijo y confiaba en que algún día abriría los ojos, cerraría el bar
y sería el empresario que estaba destinado a ser.
Él, que sí tenía madre, aunque muy dulce, envidiaba un
poco a su amigo. Había tenido la facilidad de decidir su propio
destino, no obstante, salvo Adán, nadie lloraría su muerte si
algo le ocurriese.
Aquel hombre estaba rodeado de gente que lo apreciaba y,
aunque lo valoraba, quizás no se daba cuenta de lo importante
que era.
—Iré, pero no hoy porque voy a desear montarme a un
avión y volver a Ibiza.
—No te olvides de llevarte a Marie que parece que se ha
divertido mucho contigo.
Adán sonrió como un niño pequeño. Miró a la muchacha, la
cual apenas se sujetaba la cabeza y asintió como si le costase
tragar saliva. Entonces lo vio claro: aquella alma perdida había
encontrado a su media naranja.
Estaba enamorado.
No dijo nada al respecto, no era de los que hacían
«spoilers» de una película y mucho menos en esa. Él debía
darse cuenta por sí mismo. Quizás la cosa estaba complicada
porque Marie parecía tener alergia a ese tipo de relaciones
serias.
Estaba claro, o al menos así lo creía, que estaban hechos el
uno para el otro. Puede que no lo vieran ahora, demasiado
sueño corría por sus venas. En unos días se darían cuenta de
que entrar en su bar no fue una casualidad.
Rio en su interior al recordar a Romeo, gracias a él ellos se
habían conocido. Si volvía a ver a ese tipo le invitaría a un par
de copas.
Solo esperaba que no viera aquello como una relación
bonita y se le declarase a él también. No soportaría romper ese
corazoncito enamorado de hombre que no sabía valorar a las
mujeres.
Justo después miró a Carmen y certificó que estaba
preocupado por ella. Nadie se merecía ser infeliz. Nadie
merecía hacerle daño y, de estar en su mano, destrozaría al
monstruo que la hacía creer que era inferior.
CAPÍTULO 22

—¿Y es guapo? —preguntó su abuela.


—Rosa, es guapísimo —contestó Carmen.
Marie, la cual estaba tratando de ignorarlas a las dos, bufó
sonoramente. No podía estar callada mucho más tiempo.
Estaba claro que una de las dos tenía que morir, pero, ¿cuál?
La respuesta más obvia era su abuela porque ya había
vivido muchos años, no obstante, la quería demasiado y
Carmen era su mejor amiga. Era difícil elegir algo entre ellas.
—¿Por qué no dejáis el temita? —les preguntó.
—Hija, le has dado fiesta al cuerpo y vuelves como si
hubieras ido a un entierro.
Estaba claro que no iban a dejar el tema. Cuando las dos se
unían no había fuerza de la naturaleza que pudiera con ellas.
No iban a soltarla hasta que no llegasen a la conclusión que
querían.
—A ver, cuéntale a tu abuela favorita qué pasó en el
aeropuerto.
Marie, desquiciada, se acercó a la nevera de la cocina y
comenzó a golpearse en la frente. No quería hablar, no deseaba
recordar nada y solo iba a seguir con su monótona vida.
—Yo te cuento —se ofreció Carmen.
Ella solo pudo desesperarse, casi sintió que no estaba en la
conversación. Decidió mirar al gato de Carmen, ya que
estaban en su casa, y el animal le dedicó un cariñoso «miau»
antes de ir a frotarse contra su pierna.
Se agachó un poco para poder cogerlo en brazos. El animal
se dejó hacer como si de una muñeca de trapo se tratase, hasta
se apoyó en su pecho ronroneando a la espera de más caricias.
—Eres el gato más bonito del universo.
Orestes maulló en consecuencia. Era un precioso gato
negro como la noche con unos enormes ojos amarillos. Se lo
habían encontrado en el motor del coche de Carmen cuando
era solo un bebé y buscaba refugiarse del frío del invierno.
Marie recordó como un leve «miau» la alertó de que algo
no iba bien. Se agachó hasta tumbarse en el suelo para ver si
había alguien debajo y no vio nada. Eso solo significaba que
estaba en el motor. Sacarlo de allí fue complicado, por suerte
un vecino supo cómo actuar en momentos como ese y Orestes
salió sano y salvo.
Lo llevó en el bolsillo un buen rato para que entrase en
calor y después lo envolvió en su bufanda de camino a casa de
Carmen. ¿Por qué ella? Pues porque llevaba loca por un gato
años y nunca se atrevía a tenerlo.
Y también porque el coche era suyo. Fue el destino.
A pesar de tener el gato en brazos y su ronroneo como
canción, no pudo evitar escuchar el relato de su amiga. Ella no
quería recordar el aeropuerto, iba a quedarse solo con los
recuerdos de Ibiza.

«—¿Planes para hoy? ¿Nos tomamos la última en mi bar?


—preguntó un muy animado Adán.
Los tortolitos tenían otros planes, deseaban un momento a
solas en su nidito de amor, además de un largo paseo al Ikea.
No estaba mal el plan, pero teniendo en cuenta que venían sin
dormir lo vio un poco excesivo. Ella ya iría en otro momento.
—No me importaría tomarme algo antes de meterme en la
cama unas horas —contestó Marie.
Adán no tardó en caminar hasta ponerse a su lado con una
sonrisa pícara en los labios.
—¿En la cama de quién? Porque tengo un muy buen
colchón que podríamos usar.
Marie negó con la cabeza. Ahora que tenía los pies de
nuevo en casa, debía tomarse la vida más en calma. Ellos
podían quedar, pero de forma esporádica. Nada de irse
persiguiendo como ese fin de semana.
—Conozco lo cómoda que puede ser tu cama, pero paso.
Solo una copa, lo tomas o lo dejas.
Adán asintió aceptándolo porque supo que no podía insistir
más.
—Eres una contrincante dura. —Miró a los dos que
quedaban del grupo—. ¿Y vosotros qué me decís?
Carmen, la cual caminaba mientras miraba el móvil, negó
con la cabeza e hizo un par de gestos con las manos que nadie
comprendió. Pocos segundos después añadió una respuesta
acústica para que pudieran entenderla.
—Jorge dice que los niños le están volviendo loco. Encima
no los ha llevado al cole ni a la guardería y eso que sabía que
quería descansar.
Marie se detuvo en seco, ya no estaba el ambiente
distendido de hasta entonces. Ahora su amiga necesitaba un
poco de ayuda y ella era la primera en acudir al rescate fuera
donde fuera.
—Voy contigo, esos niños necesitan a su tita postiza
divertida —declaró.
Carmen se entristeció.
—Ni se te ocurra. Ve a tomarte una copa y después a
dormir, mis hijos son míos. Yo los parí y yo los cuido.
No iba a ganar esa batalla, iba a ir a casa de su amiga por
mucho que se lo negase. Sabía que nadie la ganaba en
cabezonería, en eso tenía matrícula de honor. Además,
necesitaría que alguien vigilase a los niños cuando tratase con
Jorge.
—Yo te acompaño a la copa, amigo. Por eso de no beber
solo y eso —dijo Sneeze.
Marie dio una palmada al aire.
—Pues todo solucionado, los tortolitos a su casa, vosotros
dos a beber y nosotras a tratar con el bendito, delicioso y
terrorífico fruto de la maternidad. Bebeos una copa a nuestra
salud, o mejor cuatro —pidió ella.
Adán no escondió su descontento. Estaba convencido de
que iba a tener un momento a solas con aquella mujer y se lo
acababan de quitar de un plumazo. Trató de no ser un niño
pequeño, no obstante, no lo consiguió e hizo un enorme
puchero.
—Dame tu número anda, que te invito a comer mañana. Así
podemos ponernos al día —dijo con naturalidad.
Marie se paralizó entonces. Estaba de espaldas a Adán
porque seguía a Carmen, cosa que agradeció porque así no
pudo ver lo pálida que se puso en aquel instante. Solo supo
jadear antes de mirar a su amiga con auténtico terror.
—Eh…
Carmen movió un poco el mentón animándola a sacar el
teléfono. Lo que no comprendió es que ella no podía moverse,
se acababa de quedar congelada en el sitio.
—¿Marie? —preguntó Adán frunciendo el ceño.
Ella, fingiendo la mejor de sus sonrisas, giró sobre sus
talones dispuesta a encararlo.
—Después que Juan me pase tu número, lo tengo sin
batería. Así te escribo y nos ponemos en contacto.
Eso no le gustó a Adán, el cual la miró como si acabase de
enloquecer. Él no tenía ni idea de que su corazón estaba a
punto de salírsele del pecho y que le sudaban las manos.
Tampoco que su móvil estaba cargado y que lo único que
deseaba era salir de aquella situación.
Ellos podían seguir viéndose, sí, pero como amigos con
derecho a roce. En ningún momento habían hablado de cenas
o comidas o algo por el estilo.
—Ay, cielo, ya se lo doy yo. A ver, Adán, apunta —dijo
Carlos con una sonrisa provocativa.
Iba a matar a alguien. Su «amigo» sabía perfectamente que
todo aquello era una medida de evasión y el muy traidor le
daba su número. Ahora tendría que soportar mensajitos y
cosas que no tenía claro si podía aguantar.
—No hace falta, yo después le escribo —dijo Marie con los
dientes apretados tratando de dibujar una sonrisa en la cara.
—Cielo, me lo sé de memoria.
Solo pudo mirar a Carmen de forma en la que comprendió
que no iba a tener un hermano mucho tiempo. Aquel ser del
infierno iba a morir en cuanto pudiera ponerle las manos
encima. Solo tenía que decidir cuánto tiempo lo dejaría
sufriendo por lo que estaba haciendo.
—¡Pues listo! ¡Te tengo fichada! —exclamó Adán.
Marie sintió que se le revolvía el estómago solo con esas
pocas palabras. Trató de contenerse y tranquilizarse. Solo
cuando la mano de Carmen tomó la suya pudo sentirse algo
mejor y sonreír.
—Perfecto, pues después me dices algo y te agrego —dijo
Marie por cumplir.
Era el momento de que cada uno tomase su camino. No
tenía ganas de niños, no obstante, iba a ser la mejor tita-
canguro que existía en el mundo entero. Eso o la mejor
asesina que acabase matando a Jorge.
—Adán.
Alguien habló por encima de todas las voces, lo hizo de
forma tan autoritaria que provocó que todos se estuvieran
quietos buscando el foco.
—¡Esme! ¿Qué haces aquí? —preguntó un Adán más que
sorprendido.
La susodicha era una mujer alta, casi más que él, que
vestía de una forma tan elegante que supo que aquella ropa
era mucho más cara que todo lo que contenía su casa.
Además, su porte y su mirada casi por encima del hombro la
hicieron una mujer distante y fría.
—Madre me ha pedido que venga a recogerte. Le gustaría
que vinieras a comer —explicó.
Así que esa era su hermana. No pudo evitar fijarse en ella y
en el coche de buena marca que llevaba. Después, ante el
silencio que reinaba, miró a un Adán que no parecía contento
con la visita.
—Tengo que abrir el bar. Otro día será.
—Adán —su tono autoritario podía doblegar a un ejército
si se lo proponía—. Sube y no seas dramático.
Bufó quejándose por no tener alternativa, comprobó que
odiaba la idea de ver a su madre y sintió pena por él. Después
de un buen viaje se topaba con una realidad que deseaba
alejar a toda costa.
—Vale, pero tenemos que dejar a Sneeze en su casa.
Esme miró su reloj con reprobación.
—No tenemos tiempo para eso, tenemos reserva.
Adán quiso pelear, lo supo en la forma en la que apretó los
puños con rabia. Estaba claro que nadie quería un
espectáculo y que estaban tan tensos que casi podían explotar
allí mismo.
—Tranquilo, compartimos taxi. No te preocupes —dijo
Marie tratando de suavizar la situación.
Ambos la miraron, uno con piedad y la otra como si se
tratase de un insecto al que destruir de un pisotón si se lo
proponía.
—Además, Olga está también esperando.
—¿Qué pinta mi ex en todo esto? —preguntó casi ofendido.
El corazón de Marie le dio un vuelco casi saliéndosele del
pecho. Trató de parecer tranquila ante algo así porque sabía
que no tenía nada que opinar en un tema como ese. Lo que no
significaba que no desease saber más.
¿Por qué le afectaba tanto?
—No deberíamos hablar en público de los lugares donde
metes la polla.
Vale, ahora sí que no quería saber nada de nada, solo
regresar a su casa. Aquella maldita frase indicaba que la
relación de Adán y de esa tal Olga no estaba tan acabada
como parecía.
Y a ella no debía importarle.
Adán era solo un polvo como tantos otros, como Romeo o
alguno de los hombres con los que había tenido algo. No era
más que eso.
—Bueno, gente, vámonos que tenemos faena. Nos vemos
pronto —se despidió Marie sin muchas ganas.
Giró sobre sus talones y arrancó a caminar hacia la
estación de taxis a pesar de que solo deseaba correr y salir de
allí. No comprendía porqué algo tan insignificante podía
doler. La presencia de otra mujer en su vida no debía ser
dolorosa, no se debían nada ni tampoco lo eran.
—¡Venga Carmen! ¡Sneeze! —exclamó cuando vio que
ninguno de los dos la seguía.»

Marie, de vuelta a la realidad, miró a Orestes. Ese era su


mejor novio, solo tenía el inconveniente del pelo y de que
había que cambiarle la arena. Por lo demás era el mejor del
mundo mundial.
Siempre estaba dispuesto a caricias, no solía decir que no y
venía a mimarte cuando sabía que lo necesitabas.
—Creo que eres la nieta más tonta de todos y eso que
alguno de tus primos son especialmente imbéciles —declaró
Rosa.
Marie, poniendo los ojos en blanco, soltó al gato antes de
colocar los brazos en jarras y encarar a su cariñosa abuela.
—¿Y eso por qué?
Rosa María de las Concepciones y Carmen la miraron con
intensidad, tanto que pudo sentir como se consumía ante ellas.
Estaban haciéndola pequeña o todo estaba creciendo a su
alrededor.
—Pueden ser miles de cosas. No puedes creer que se la está
tirando solo por esa frase. Además, no entiendo como tienes
ese «cuajo». Si te gusta el muchacho pelea por él.
De haber tenido algo en la boca lo hubiera escupido como
si de un aspersor se tratase. Su abuela sacaba conclusiones
precipitadas con sus intenciones. Solo habían tenido un par de
buenos polvos, nada más.
—A mí no me gusta nadie. Los hombres solo son para un
rato y sabes que es mi mayor regla.
Su abuela, la cual a pesar de la edad estaba ágil, se quitó la
zapatilla y se la tiró mucho antes de que pudiera reaccionar.
Dio en el blanco sin fallar la trayectoria golpeándole en toda la
frente.
—¡Abuela!
—¡Nieta!
Quería reprocharle el golpe que acababa de darle, no
obstante, no pudo.
—Eres tan tonta que me parece increíble que mi sangre
corra por tus venas.
Estaba claro que iba a despacharse a gusto con ella y no iba
a importar lo mucho que tratase de defenderse.
—¿Por qué?
—Te lo veo en los ojos. Ese chico no solo despierta bajas
pasiones, también empieza a descongelar tu helado corazón.
No, nadie podía llegar hasta él. Ella misma se lo había
arrancado para no tener que perderlo nunca más. Nadie y
mucho menos Adán, sería capaz de alcanzarlo. Había doble
alambre de espino a su alrededor.
—Empiezas a chochear.
La segunda zapatilla voló, solo que esta vez consiguió
apartarse a tiempo. La escuchó golpear la puerta de la nevera y
se giró para mirarla como caía al suelo. Pocas veces se libraba
de un golpe como ese.
Y, sin verlo venir, un cojín pequeño le impactó en la nuca.
—Creías que te ibas a librar —declaró su abuela de forma
gloriosa.
Estaba claro que no existía protección contra aquella mujer.
Si declaraba que te merecías un golpe, te lo llevabas y punto.
—Deberías escucharla, pichín. Creo que es el momento de
que te abras.
Aquello era un complot, uno orquestado por esas dos brujas
que tenía por familia. Ellas no dejaban el pasado atrás y
seguían empeñadas en que olvidase algo que no podía. Que
seguía tatuado a su piel.
—¿Tú no deberías cuidar de tus hijos o algo por el estilo?
—le reprochó por meterse.
Carmen, después de un corte de mangas, le contestó:
—Están durmiendo y tengo tiempo para mi amiga.
¡Qué calamidad! Las dos juntas eran imparables y le
acababan de declarar la guerra por mucho que hondease la
bandera blanca de rendición.
—Necesito aire —declaró antes de tomar sus llaves y salir
del piso.
—¡Marie! —exclamó Carmen.
Cerró dejando claro que no quería que la siguieran. Solo
necesitaba unos minutos o iba a ahogarse en sí misma, en
recuerdos de días pasados que creía congelados o enterrados
junto a su corazón.
—Déjala, lo necesita —escuchó decir a su abuela.
CAPÍTULO 23

Adán miró a su madre con reproche, no le gustaba que


fuera a buscarlo como si de un delincuente se tratase. No era
ninguno de los hombres a los que pagaba para que le hicieran
recados.
—Hola, Olga. —Hizo una pausa—. Madre —dijo con
desdén antes de sentarse.
Su ex le tendió la mano a modo de saludo a lo que él
respondió devolviéndole el gesto y estrechándosela
cariñosamente. No pensaba hacer lo mismo con aquella señora
que decía ser su madre, parirlo no le daba título suficiente
como para serlo.
—¿Te has divertido en Ibiza?
A su respetada madre no le gustaban los rodeos, solía entrar
a matar siempre que tenía ocasión y, con él, parecía disfrutarlo
muchísimo más.
—Lo suficiente como para olvidarme un rato de ti y esa
mano que siento tener en la nuca.
La vio quitarse las gafas de sol, lo cual solo hacía para dar
más miedo. La suerte es que ya no era un niño, tenía casi
treinta y ocho años y poco o nada le importaba que aquel ser
sintiera algo por él.
—Me han llegado fotos de ti con una jovencita. Al parecer
te gusta tirarte a cualquiera a plena luz del día sin importar
quién pueda mirar.
Esme, divirtiéndose con la bronca que le estaba cayendo,
descorchó el champán que acababa de pedir y les sirvió una
copa a cada uno.
—Así que era esa con la que tonteabas antes de que te
llamase. Es mona, la verdad —comentó sin aportar demasiado
a la conversación.
Una vez habían sido hermanos, una en la que se habían
cuidado hasta las peores consecuencias. Lástima que al crecer
hubiera deseado la vida aburrida de su madre y seguir sus
pasos hasta convertirse en una auténtica harpía.
—Lástima que tus paparazi no nos hicieran fotos en la
habitación mientras le comía el coño porque hubieras visto lo
mucho que disfruté del viaje.
Su madre se sonrojó antes de dar un leve golpe en la mesa
con el abanico que siempre la acompañaba. No le gustaban las
obscenidades y a él, la oveja negra de la familia, le
encantaban.
—Eres un ingrato. Qué dirán nuestros inversores cuando
vean que mi hijo, el heredero de mi imperio, folla con una
cualquiera en el mar.
Adán sonrió. Solo le preocupaba su dichosa imagen,
aquella que ya no estaba tan blanca e impoluta por su culpa.
—Dirán que me lo paso bien porque si lo hace un hombre a
este se le corona como rey. En cambio, si lo hiciera una mujer
—señaló a su hermana—, la marcarían como una zorra. Yo no
estoy de acuerdo con ese pensamiento, pero solo quiero calmar
tu cansado espíritu, madre. Tus inversores creerán que soy un
hombre de mundo.
Esme casi se atragantó con la copa, quiso reír, pero se
contuvo cuando su madre la fulminó con la mirada. Así pues,
se distrajo con el móvil antes de que pudiera lanzársele a la
yugular.
El camarero se acercó con los entrantes. Una vez más ella
pedía los platos sin dejarle mirar la carta, porque como su hijo
no tenía opinión propia, solo debía acatar lo que la matriarca
deseaba.
Y lo que más ansiaba por encima de todas las cosas era un
hijo ejemplar.
—Confío en que no te verán con esa muchachita mucho
más.
Adán rio.
—Mi amigo Juan va a casarse y Marie, que así se llama, es
una de las invitadas. Yo pienso ser el lobo feroz que se la coma
mientras lleva la cestita de los pétalos. Pienso follarla sin
piedad en tu honor. Los primeros tres orgasmos serán en tu
nombre y los siguientes en el de mi querida hermana.
Su madre golpeó tan fuerte la mesa que provocó que
algunos clientes de su alrededor se girasen para mirarla. Ella
odiaba montar un espectáculo y, al hacerlo, notó como se le
inflaba la vena del cuello. Era una pena que él sí disfrutase con
ello.
—Por eso te he llamado. Juan no es un chico cualquiera, su
padre es un gran accionista al que todos parecen adorar. Las
últimas noticias que he recibido es que van a unirse con unos
inversores americanos, eso triplicará sus acciones y nos
sobrepasarán claramente.
Todo se resumía en números. Ella y sus cientos de
empresas a las que mimaba mucho más que a sus hijos. Esas a
las que les dedicaba una última mirada antes de dormir y a las
que vigilaba al despertar.
Y ellos eran solo unos peones para su juego.
—¿Te jode que a mi amigo le vaya bien? No vas a perder
los millones que atesoras en bancos e inversiones.
Adán se preguntaba cuánto podía enfadarla antes de que esa
vena estallase en mil pedazos. Quizás si la seguía empujando
al límite lo conseguiría.
Su madre tenía un imperio tecnológico, uno que chocaba
directamente contra el de la familia de Juan. Estaba claro que
no le gustaba que ellos los sobrepasasen en un mercado que
apenas habían empezado a explorar.
—Solo quiero que seas consecuente con la empresa.
Sí, porque él era un maldito peón. Un currito más en su
empresa que generaba millones, unos a los que había
renunciado en pos de su bar. Era mucho más libre sirviendo
copas que soportándola como jefa.
—¿Qué propones? ¿Qué envenene al novio en la boda? ¿O
Carlos también entra en tu ecuación?
Negó con la cabeza al mismo tiempo que comenzaba a
picotear la ensalada o reconstrucción que tenía sobre la mesa.
No le gustaba ir a aquel lugar y jamás le había agradado. Ella
lo sabía y le regalaba una visita como regalo a su restaurante
favorito.
—Olga y su familia podrían ser unos grandes inversores.
Meterían el capital necesario para el I+D que necesitamos.
Esto podría equipararnos a la familia Villalobos y su dichoso
imperio.
A cámara lenta giró la cabeza para pasar a observar a su ex.
La misma mujer que en vez de soportarle la mirada, la bajó
hacia su plato. Después, tratando de comprender que aquello
no era una broma, observó a su alrededor para cerciorarse de
que no existían cámaras.
—¿De qué estamos hablando? —preguntó soltando el
tenedor que empuñaba.
Su madre, disfrutando del momento, miró a Olga para darle
pie a la conversación. Ella iba a decirle ese plan maestro que
habían orquestado y que él, de buena voluntad, debía seguir.
—Adán, que dos imperios de esa categoría se alíen es
difícil. En este negocio, y en todos, las cosas siempre se han
cerrado con otro tipo de acuerdos. Pero no te preocupes,
haríamos separación de bienes, no quiero nada de ti porque sé
que somos capaces de hacer algo mejor.
Perplejo contempló a las tres mujeres que tenía ante sí. Una
lo había traído al mundo solo con la intención de atestiguar su
patrimonio el día de mañana, la otra compartía su sangre,
incluso alcanzaría a creer que estuvieron en el mismo útero. Y
para terminar estaba su ex, a la que le había entregado su
corazón solo para darse cuenta de que no se amaban.
Siempre habían sido amigos, desde el colegio. Se habían
protegido el uno al otro y su relación creció hasta confundirla
con amor, al final decidieron ser amigos y nada más. Esa era la
mejor decisión de sus vidas.
Adán tomó el cuchillo provocando que Esme levantase una
mano tratando de quitárselo. Al no conseguirlo, se inquietó en
su silla y él, para su disfrute, usó la punta de aquel artilugio
para sacarse la poca lechuga que tenía entre los dientes.
—¿Me estás pidiendo matrimonio? ¿Sin anillo ni nada?
Después de lo antiguas que son nuestras familias creí que
debía ser yo quien hincase rodilla.
Olga se sonrojó.
—No es un matrimonio al uso, será como una transacción.
Adán sonrió.
—Sí, esto es como contratar a un trabajador. Solo que este
deberá tener un horario de 24 horas, sin vacaciones y sin
escapatoria. —Pensó un poco antes de proseguir—. Si es una
«mera transacción», ¿a qué nos reduce a ti y a mí? ¿Seremos
pareja de cara a la galería y amigos en la intimidad?
¿Tendremos segundas residencias para tener nuestros
amantes? ¿Hijos hay en el contrato?
Su madre se pellizcó el puente de la nariz con auténtico
enfado.
—Ya estás sacando las cosas de quicio.
—Sí, y quizás padre no se quitó la vida por tu culpa. No
huyó de este mundo solo porque lo empujaste. Fue un peón,
una marioneta que hacía de consorte a tu lado mientras lo
tenías entretenido con putas que pagabas solo para él porque te
daba asco tocarlo.
Estaba claro que su pasado les perseguía con fuerza. Jamás
habían hablado de ello, pero el hastío que sentía en aquellos
instantes le hizo recordar que su padre solo fue un florero en la
casa.
—¿Sabes por qué monté el bar?
Ella lo miró como si de un despojo se tratase.
—Para contrariarme.
Él, divertido, negó con la cabeza. Decidió soltar el cuchillo
para no cometer un crimen y Esme se lo retiró más lejos
creyéndolo capaz de ello.
—Tu marido dejó preñada a unas cuantas. Una vez que iba
puesto de «harina» hasta no saber ni cómo se llamaba, me lo
dijo. Sabía que tenía bastardos a los que le debía su apellido,
hijos que trataste de ocultar con mentiras y dinero para que la
prensa no supiera nada. Al final se quitó la vida con la
amargura que le provocaste, se ahogó entre tanto veneno que
rezumas.
Su madre apretó los dientes antes de dar un golpe de aviso
en la mesa con el abanico. No deseaba tratar ese tema, no
obstante, él estaba deseando tratarlo. Callar tantos años era
contraproducente.
—Monté ese bar para escapar de ti. Me cansé de ser tu
marioneta y lo monté en un barrio difícil y obrero para
acercarme a una única persona. Él se parece a padre, no te
imaginas cuánto. La genética quiso que no fuera en físico,
aunque sí en pequeñas cosas que pueden pasar desapercibidas.
Respiró con miedo a ahogarse en sí mismo.
—Tiene su risa, su humor y su corazón. Él vale mucho más
que tu puto imperio y se merecía mi apellido tanto como yo,
incluso más. Ha tenido una vida difícil y me acogió cuándo
más oscuro se volvieron mis días. Renegué de ti, de tu control
y me cerraste todas las puertas.
Olga trató de tomarle las manos para tratar de calmarlo,
pero nadie podía hacerlo en aquel momento.
—Me vi en la calle, solo y sintiéndome el peor hijo del
mundo por no seguir tus directrices. Y cuando fui a caer en las
mismas drogas que acabaron con mi padre, apareció él.
«Sneeze» se metió en mi mundo y él que no tenía nada me dio
tantas cosas que tú no tienes siendo rica. Su madre, a la que no
tocarás o te destruiré, cuidó de tu hijo sabiendo quién era mi
padre. Estuvo conmigo cuando el infierno se abrió y trataron
de que no me hundiera.
Se levantó con el corazón tan encogido por el dolor que
solo pudo jadear de dolor por los años perdidos.
—Volví a hablarme contigo porque él me dijo que a una
madre siempre se la debe de querer, que en ese corazón late
algo parecido al amor y solo encontré que tienes un hueco
grande rellenado con dinero.
Volvió a sentarse cuando descubrió que todo el restaurante
les miraba. No supo los motivos, aunque a pesar de que no le
importaba montar un espectáculo, no quiso que ellos los
mirasen cuando se rompía.
—Yo voy a seguir con mi vida, voy a seguir siendo tu hijo,
no obstante, deberás comprender que no soy tu peón. —Miró a
Olga—. No me casaré con quien hasta ahora consideraba mi
amiga. —Siguió con Esme—. Ni comprenderé cómo dejaste
de quererme para divertirte con mis desgracias.
Al final, su madre, Pilar, respiró como si aquel fuera un
puñetazo que ya sabía que iba a recibir. Lo encajó con la
elegancia que desprendía, como si su coraza de hielo no se
hubiera ni arañado.
—¿Ya has acabado?
Adán parpadeó.
—Bien, pues si está todo dicho, te quiero en una semana en
mi casa para las medidas del traje. Anunciaremos el
matrimonio a la prensa a principios de la semana que viene y
os casaréis en seis meses.
No supo más que apretar los puños con rabia. No era un
peón en ese juego y mucho menos iba a acatar lo que le estaba
diciendo. Así pues, cuando se dio cuenta de que nadie en esa
mesa le tenía en cuenta, se levantó.
—No voy a casarme con Olga y espero que tu mundo se
desmonte empresa a empresa. Quiero ver cómo caes sin red
hasta lo más profundo del mundo y allí, cuando todos tus
perros desaparezcan porque ya no tienes con qué pagarles,
sabrás una mínima parte del daño que has causado.
Giró sobre sus talones entonces, cuando ya lo tenía todo
dicho y no quedaban más lamentos que decir en voz alta. Se
había vaciado plenamente y le pareció curioso lo bien que se
sentía después de todo.
Ahora solo tenía que volver a su vida y olvidar que aquello
quedaba atrás. Tenía un bar, amigos y una amiga a la que
seguir conociendo. No era el hijo perfecto, aunque tampoco
pretendía serlo.
Y era feliz.
CAPÍTULO 24

«Adán: Tú y yo tenemos que vernos. Ya te dije que te


invitaba a comer.
Marie: Estoy ocupada, lo siento.
Adán: No me lo creo.
Marie: Ese no es mi problema.
Adán: Algo menos formal, pásate por mi bar.

Marie:
Adán: Preparo unas hamburguesas con queso y patatas
fritas de escándalo.
Marie: ¿Y kétchup?
Adán: Sí, eso también.
Marie: Empiezas a convencerme.
Adán: Además, después podemos subir arriba a comernos

el uno al otro .
Marie: Me encanta ese postre.
Adán: ¿Te he convencido?
Marie: Casi. Prométeme más cosas.
Adán: ¿Cómo qué?
Marie: Sé original.
Adán: Tengo hielo en mi local que podría usar para que
juguemos un poco.
Marie: Sí…
Adán: Y podrías ser una clienta que no desea pagar con
dinero.
Marie: ¿Y con qué pues? ¿Crees que el dueño del local
aceptaría una mamada?
Adán: Tal vez, pero debe ser una muy buena.
Marie: Sé hacerlas bien, puedes darle referencias mías a
ese hombre.
Adán: ¿Y si se te queda durante días secuestrada?
Marie: Siempre que me dé de comer y me tenga atendida
podría pasar por ese castigo.
Adán: ¿Qué tipo de atenciones requieres?
Marie: Necesito su lengua en mis pechos mientras mis
manos recorren mi cuerpo.
Adán: Es una buena petición.
Marie: No he acabado.
Adán: Prosigue.
Marie: Después necesito su polla.
Adán: Ese detalle es importante, deja que lo apunte para
que no se le olvide.
Marie: La necesito en mi coño.
Adán: Joder, que estoy trabajando y no voy a poder salir
de la barra.
Marie: Deja que Sneeze sirva las mesas, tú puedes irte al
baño y hacerte una paja en mi honor.
Adán: ¿Y si vienes a hacérmela tú?
Marie: Yo quiero follar.
Adán: Como animales, te lo prometo.
Marie: Trato hecho.
Adán: De haberlo sabido hubiera empezado la
conversación con el postre.
Marie: Ya lo sabes para la próxima».

—Por esa sonrisa de idiota, diría que cierta mujer viene a


verte —tanteó Juan con la cerveza en la mano.
Pasando una bayeta por la barra, decidió ignorar a su
amigo. Estaba claro que ella venía, casi podía poner un cartel
con luces luminosas en la puerta que lo indicase. Todos lo
sabían solo por cómo sonreía, lo que ella provocaba.
—¡Oye! ¿Habéis pensado que de mi boda pueda salir otra?
Adán y Sneeze se miraron, uno totalmente aterrorizado y el
otro divertido con la idea. Al final, con la garganta seca, tuvo
que dejar de limpiar para beber un trago de agua y poder
seguir esa conversación que ya no le gustaba tanto.
—No saques ese tema, Juan, que está la cosa peliaguda —
advirtió Sneeze sentándose a su lado.
Estaba claro que su camarero se reía de él, sabía bien la
conversación con las tres ángeles del apocalipsis y que el tema
de boda era algo tabú. No pensaba casarse con su ex, aunque
de eso dependiera la empresa entera.
—¿Por qué? Yo os vi en Ibiza, ahí hay química y no solo
sexual. Tengo buen ojo, amigo y no me equivoco.
Adán, ante la risa que esas palabras le provocaron a Sneeze,
solo pudo apoyar los codos en la barra para poder taparse los
ojos con las manos.
—No es eso, no tiene nada que ver con Marie.
Juan frunció el ceño siendo incapaz de comprender lo que
decían aquellos dos.
—Mi madre ha hablado conmigo de negocios. Sabe lo de la
fusión de tu familia.
Su amigo puso los ojos en blanco. Le gustaban los negocios
de familia tanto como a él. A pesar de todo había seguido la
tradición familiar, aunque no formaba parte de la cúpula
directiva.
No deseaba estar allí y su familia, muy distinta a la suya, lo
aceptaba.
—¿Y qué propone tu madre?
—Que me case con Olga para que su familia inyecte capital
a nuestra empresa para I+D.
Juan escupió todo lo que tenía en la boca, lo hizo como si
de una fuente se tratase y lo direccionó, sin querer, a la cara de
Adán.
—Joder, perdona —se disculpó.
—De perdona nada, yo me lo estoy pasando bomba. Creo
que voy a ponerme un bol de palomitas.
Adán, secándose con un trapo, decidió fulminar a su
camarero con la mirada. Después limpió las gotas que habían
caído por todas partes antes de poder seguir con la
conversación.
—¿No tienes mesas que servir? —le preguntó a un Sneeze
que se lo estaba pasando bomba.
Y él, apoyado en la barra y contemplándolos como si de un
niño enamorado se tratase, respondió.
—No, está todo hecho. Estamos en horas bajas.
Adán carraspeó.
Sneeze se incorporó para bajarse del taburete, entendiendo
que estaban tratando de decirle que querían hablar a solas.
Acató la «orden» a regañadientes porque se moría por
quedarse allí y fisgonear un poco la tortura familiar que tenía
su amigo.
—Siempre hemos sabido que tu madre es de las antiguas,
pero enviarte a casarte sin opinión alguna… Me sorprende que
Olga haya accedido, aunque siempre se ha dejado guiar por su
madre.
—Una tan bruja como la mía —añadió Adán.
Le sirvió una nueva cerveza a Juan con ganas de tomarse
una él, lástima de estar en horario laboral o se hubiera bebido
el barril entero. Estaba claro que lo de su madre había sido
algo que le iba a perseguir. No se rendía tan fácilmente.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Juan.
Por el momento tenía una cita con Marie y eso se iba a
llevar toda su atención durante unas horas. Cuando ella se
marchase ya pensaría en un plan para librarse de sus genes.
—Por ahora estar con Marie.
Juan le dio un pequeño pellizco en el brazo, uno que hizo
que Adán retirase el brazo como si le acabase de picar una
serpiente.
—Claro, porque no tuviste suficiente con Ibiza. Quieres
darte un segundo atracón.
Adán atendió a dos clientes que pidieron en la barra, lo hizo
de forma servicial mientras intentaba no caer en las
provocaciones de aquel que decía ser su amigo. El mismo que
tentaba más de lo permitido.
—¿Y qué pasaría si quisiera eso? —preguntó Adán harto de
las risitas de Juan y Sneeze.
Sí, quería volver a besarla y perderse en sus curvas hasta
más no poder.
—Creo que cierto Adán empieza a sentir algo por Marie y
que no es solo un calentón.
—Yo también lo creo —añadió un Sneeze más que
divertido con todo aquello.
Estaba a punto de sacarlos de su bar a escobazos, no lo
hacía porque uno era un buen cliente y el otro su trabajador.
Lástima de esos pequeños detalles porque lo hubiera
disfrutado como un niño pequeño.
—No es vuestro problema lo que yo sienta.
Ellos chocaron una mano celebrando algo que él no parecía
entender. Estaba claro que hablaban un idioma paralelo.
—Yo, Juan Villalobos, certifico que de mi boda va a salir
otra.
—Y yo seré testigo y como no me hagas padrino te quemo
el bar —añadió Sneeze.
Adán necesitaba alcohol y no uno suave. Cuando pudiera
iba a tomar el más fuerte de su estantería.
—Me tenéis un poco harto —se quejó.
Ellos, abrazándose, lo miraron con complicidad y
declararon que amaba a Marie. Lo hicieron como auténticos
poetas de la época, con sus mejores frases.
—Yo, Marie, no solo deseo follarte por todos los rincones
de mi casa, también de mi bar —dijo Juan.
—Yo, Marie, fantaseo con hacerte llegar al clímax aquí al
lado del grifo de la cerveza —añadió Sneeze.
—Yo, Marie, solo espero que te escuche gemir hasta la loca
de mi madre para ver si le da un infarto.
—Yo, Marie, me empalmo de pensar en que mientras te
comas una hamburguesa fantasees con otra cosa.
Adán puso los ojos en blanco con aquellos dos «galanes»
que acababan de enloquecer.
—Y yo, Sneeze y Juan, declaro que uno va a llegar calvo a
la boda y el otro sin huevos si sigue diciendo esas cosas. —La
voz de Marie irrumpió por encima de todas provocando que a
los tres les diera un ataque al corazón.
Juan y Sneeze palidecieron al instante, giraron como
pudieron hacia ella y solo supieron mirarla con las mejillas
encendidas como si de un semáforo se tratase. Sneeze fue el
único que logró levantar un dedo en señal de saludo.
Adán por su parte únicamente pudo mirarla de arriba abajo
y certificar que estaba preciosa. Llevaba un bonito y fresco
vestido azul que le quedaba de escándalo, su única neurona
activa logró mandar una orden a su boca para que hablase.
No articuló un «hola» o un «ey» solo un graznido que hizo
creer que era una mezcla entre hurraca y gaviota.
—Os divertís mucho los hombres a solas, ¿no?
CAPÍTULO 25

Marie se sentó al lado de un Juan que no podía levantar la


mirada del suelo. No se habían esperado que apareciera allí
como si nada y los escuchara en pleno apogeo
seudoromántico.
—¿Os divertíais? —preguntó mirándolos.
Ninguno contestó, se dedicaron a tragar saliva en lo que le
dedicaban ojitos tiernos como los de unos animales
indefensos.
—¿Sabes algo, Sneeze? Sí me pondría mucho follar aquí
sobre la barra, lo que no me ha quedado claro es sí tú tendrías
algo que ver o solo sería Adán —le dijo con una sonrisa
inocente dibujada en el rostro.
El susodicho, el cual enrojeció la cabeza entera, miró a su
jefe tratando de que este le echase una mano.
—No, amigo, estás solo ante el peligro. Yo no hice nada,
contéstale tú.
Juan, como siempre solía hacer, trató de interceder a favor
de su amigo. Levantó una mano tratando de pedir permiso
como si de un niño en una clase se tratase, a lo que Marie se la
tomó y la bajó.
—Después voy contigo, querido.
Sneeze asintió dándose cuenta de que estaba solo ante ella.
Solo tenía que enfrentarse a una mujer que parecía querer
devorarlo.
—Yo solo quería animar a Adán a que lo pasarais bien. No
me gusta compartir el plato que voy a comer así que solo sería
él el que te haría cualquier cosa, la que queráis hacer, en la
barra.
Marie le sostuvo la mirada unos segundos, unos en los que
él aguantó hasta retirarla de pura vergüenza proclamándola
ganadora. Fue ahí cuando Marie hizo un grito estridente y bajó
de su asiento para abrazarlo.
—Eres tan mono. —Rio—. Si Carmen estuviera soltera te
diría que te la follaras sobre la barra porque eres su tipo.
Sneeze asintió dándole la razón, cosa que le gustó. Estaba
claro que Ibiza había despertado los sentimientos más ocultos
e instintivos de todos ellos.
—Y ahora el futuro marido de mi queridísimo Carlos. ¿Qué
diría él si te escuchase hablar de follarme como si fuese una
cualquiera?
Juan saltó del taburete como un resorte, lo hizo con las
manos en alto como si Marie fuera un policía a punto de
arrestarle. Dio un par de pasos hacia atrás antes de tener claro
qué contestar.
—Tengo un trato —lanzó al aire.
—Soy toda oídos.
Marie puso los brazos en jarras ante la maravillosa idea que
tenía Juan para tratar de «perdonar» lo que había escuchado al
poco de entrar.
—Yo te prometo no más viajes con excursiones, solo placer
y diversión. Yo contendré a la bestia. A cambio no le dices
eso…
Ella sonrió, aquello sonaba genial. No tenía que sufrir más
viajes de locura, solo diversión con sus amigos. Ambos se
estrecharon las manos en señal de trato y pensaban cumplirlo.
Cuando se separaron, Marie corrió hacia él y le tocó un
poco el pelo. Con suavidad tiró de un mechón y certificó.
—Es fuerte, aguantará la boda.
La mujer rio antes de sentarse en un taburete, cruzar las
piernas con toda la sensualidad del mundo y decir:
—Me encantan tus amigos.
Sneeze y Juan la flanquearon sentándose a sus lados.
—La última vez que estuviste ahí huías de Romeo.
Marie asintió.
—Sí, y me emborrachasteis con el licor ese de lagarto.
Para que Juan supiera de qué hablaban, Adán alargó la
mano hacia la estantería y bajó la botella que era. Solo cuando
vio al pobre bicho ahí dentro momificado en alcohol, hizo una
mueca antes de que volvieran a guardarlo.
—Y recuerdo que te dormiste —dijo Adán.
—Sí y que de subida me estampaste la cabeza en todos
lados. Creo que tengo chichones todavía.
Sneeze asintió.
—Lo mejor fue el despertar. Subida a la isla de la cocina
armada con una sartén.
Juan rio a carcajadas con el relato, fue como si estuviera
viendo una película y ellos fueran esos actores. Sabía que le
hubiera gustado contemplar aquello en primera fila.
—Perdona, majo. Desperté en cama ajena, con una mezcla
de resaca y dolor y cuando salgo a investigar me salen dos
hombres en calzoncillos.
Juan suspiró.
—Mi mayor fantasía hasta conocer a Carlos.
Marie solo pudo mirarlo algo incrédula.
—¿Qué? Que me vaya a casar no significa que esté muerto
de cintura para abajo. Yo despierto con dos hombres guapos
como estos y no pregunto, me pongo a sus pies.
Adán le dio un leve golpe a su amigo con el trapo. Debía
intentar hacerle quedar bien, no montar una fantasía sexual.
—Pues yo solo quise morirme y después resulta que son los
amigos del novio de mi amigo.
Juan levantó un dedo.
—Futuro marido.
—Mejores amigos —apuntilló Adán.
Marie solo supo negar con la cabeza antes de darles la
razón. La verdad es que la historia no se sostenía por ninguna
parte, pero ahí estaba. Él era algo que no estaba en sus planes
y deseaba seguir pasándolo bien a su lado.
No era un crimen eso, ¿no?
—Me voy que Carlos me espera para las flores —anunció
Juan.
—Y yo voy a dejar a Sneeze a cargo para que entres
conmigo a la cocina.
Ella frunció el ceño sin comprender a Adán. No pintaba
nada en aquel lugar, lo más cerca que lo había estado era para
rellenar el bebedero de Orestes. La encargada de cocinar era
Carmen, ella fregaba.
—¿A mí solo? —preguntó Sneeze lloriqueando.
—Si hace nada has dicho que estábamos en una hora baja.
Puedes encargarte tú solo.
Marie decidió mirarlo con una amplia sonrisa.
—O siempre puedes ir a la cocina a cumplir lo que
decíamos del trío y esas cosas.
Sneeze se paralizó, tragó saliva y miró a su alrededor para
certificar que no había mucha gente. Al final decidió rendirse,
bajó los hombros y bufó de forma lastimera como si acabasen
de abandonarlo.
—Chicos, espero que cocinéis bien y gimáis poco.
Marie bajó del taburete.
—Cada día me caes mejor.
***

—Así que, ¿Sneeze cada vez te cae mejor? —preguntó


Adán sacando un par de delantales.
Marie se humedeció los labios con calma, recreándose en
aquel segundo de gloria que estaba sintiendo.
—¿Noto celos en tus palabras?
Adán la miro ofendido, como si el hecho de sentir celos
fuera una aberración en sí misma. No tenía ni pies ni cabeza
que ella hiciera esa pregunta porque no sabía lo que era eso.
—Te equivocas, guapa —le contestó acercándose a sus
labios.
Marie fingió querer morderle los labios a lo que él no se
apartó y lo acabó haciendo, aunque por suerte sin producirle
daño alguno. Una vez tuvo su boca contra la suya solo pudo
dejarse llevar y besarlo.
—Sabes que tú me caes mejor —añadió Marie haciéndolo
feliz.
Lo supo por cómo sonrió y por cómo se fue hacia la nevera
cuando ya no pudo mirarla más. Regresó cargado de cosas y
dispuesto a tomar posesión de aquella enorme cocina.
—A la carga —anunció.
—Yo pensé que te pondrías el delantal y me harías un pase
de modelos.
Adán jadeando con la imagen, asintió.
—Después, te lo prometo.
Pensaba cobrarse su palabra, iba a tener que cumplir le
gustase o no. Aquel delantal se había hecho para lucirlo sin
ropa alguna. Con ese cuerpo que tenía sabía que aquello podía
quedarle de miedo y sintió cómo se mojaba con aquella idea
rondándole la cabeza.
—Voy a necesitar un pinche de cocina —anunció.
Ella, acabándose de poner la ropa, levantó la mano
ofreciéndose como si estuviera ante una gran multitud. No
sabía mucho de cocina, pero sí sabía que podía ayudar en todo
lo que él le pidiera.
¿Y si era divertido?
—¿Qué hago? —preguntó colocándose al lado de Adán.
Él la contempló, lo hizo de verdad, de arriba abajo
ahogando un gemido en su garganta. Se perdió en sus curvas
ansiando lo que ambos deseaban, no obstante, logró mantener
la compostura lo suficiente como para seguir.
—Primero comes y después follas —dijo con voz ronca.
—Te follo —corrigió Marie.
Solo pudo asentir ante las palabras de la joven. Los dos
iban a consumirse con la atracción que sentían el uno por el
otro. No había química más fuerte que la suya y comenzaban a
sospecharlo, a pesar de que eso fuera muy peligroso.
Marie echó lejos aquel pensamiento, no podía pensar en
aquellas cosas, nada podría descongelar su corazón.
Ya no le pertenecía y no tenía derecho a ello. Solo podía
divertirse y eso se le daba de fábula.
CAPÍTULO 26

Adán decidió cambiar de escenario cuando Sneeze tuvo que


entrar un par de veces a buscar algo para los clientes. Ahí no
podía concentrarse lo suficiente y prestarle una atención
adecuada a su invitada de honor.
Sacó a Marie por una puerta que comunicaba también con
la escalera de la casa. Ambos, cargados con algunos
ingredientes que necesitaban, subieron las escaleras a toda
prisa para meterse en su cocina.
Allí no habría nadie.
—Creo que esto me gusta más —confesó Marie.
Adán asintió. A él también le parecía el lugar adecuado
para cocinar con intimidad.
—Lo primero que tenemos que hacer es lavarnos las
manos, no podemos tocar los ingredientes sin más —ordenó
con suavidad.
Marie enarcó una ceja, aunque no pronunció palabra
alguna. Se remangó antes de irse al fregadero y lavarse las
manos, después, mientras buscaba un trapo decidió mover las
manos para salpicarle la cara.
Adán sacó el trapo de un cajón y lo enrolló un poco para
después darle un leve golpe en el culo que la hizo proferir un
grito. No fue dolor lo que sintió en ese momento, solo
sorpresa.
—Vamos a cocinar —la regañó.
—Claro —aceptó sonriendo.
Ella vio como dejaba todos los ingredientes sobre la isla de
la cocina. La verdad era que había muchos más de los que
hubiera imaginado para una simple hamburguesa con patatas.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó con curiosidad.
Aquel hombre la ignoró unos segundos. Supo que lo hizo a
conciencia porque lo vio sonreír cuando lo acabó fulminando
con la mirada. No le gustaba eso y si jugaban duro ella podía
golpear más fuerte.
—Pues vamos a hacer una ensalada con vinagreta de
frambuesa y una hamburguesa con mermelada de bacon.
Aquello le sonó raro y apetitoso a la vez. No supo explicar
el motivo, pero sonaba bien a pesar de lo extraño que podía
resultar ser. Nunca hubiera imaginado que algo como una
mermelada se podría hacer con algo salado.
—Uhmmm, qué hambre —dijo humedeciéndose los labios.
Adán le pidió que cortara las verduras para la ensalada,
algo sencillo que agradeció porque no era precisamente una
gran cocinera. Prefería algo simple que pudiera hacer a
prenderle fuego a todo el apartamento por error.
Él le mostró, con cariño, como mezclar los ingredientes
para hacer una vinagreta de frambuesa. Así descubrió lo
sencilla y fácil que podía resultar. Eso le gustó, porque podía
aliñar muchos de sus platos con un par o tres de ingredientes y
poca elaboración.
Marie fue a buscar una cuchara para probarla, buscó a su
alrededor y se acabó encontrando con el dedo índice de Adán
impregnado en vinagreta. No lo dudó, mirándolo a los ojos se
lo metió en la boca hasta lo más profundo.
Adán jadeó con la imagen, aquello era una provocación en
toda regla y lo sabía. Ella, sabiendo a qué juego estaban
entrando, gimió firmando su perdición en aquella cocina.
—Está buenísima. Me gusta.
Quizás él quiso ser suave, pero no le salió. Cuando
pronunció su última palabra se lanzó sobre ella. La tomó de la
barbilla al mismo tiempo que le cogía una mano que llevó a su
entrepierna.
—Creo que cocinando no debería tocar esas cosas —
bromeó la joven.
Adán la miró apretando la mandíbula.
—¿Ves lo mucho que me pones?
Y ella, perdiéndose en aquella voz ronca y fuerte como un
rayo, asintió. No iba a mentir, le gustaba provocarle de esa
forma, ser la culpable de que su polla se pusiera dura pidiendo
liberación.
—Cuando acabemos de cocinar voy a…
No fue capaz de terminar su promesa a pesar de que ambos
supieron a qué se refería. Tomó su boca de forma salvaje,
poseyéndola de un forma tan visceral que ambos se perdieron
en aquel beso. Sus lenguas se golpearon como si de una batalla
de espadas se tratase, se saborearon hambrientos por recorrer
sus cuerpos.
Y cuando el hilo de la cordura estaba a punto de cortarse,
Marie se separó de forma brusca.
—Deberíamos cocinar, chef. ¿No me has subido aquí para
eso?
A Adán se le ennegrecieron los ojos solo por culpa del
placer y la provocación. Además, como si hubiera perdido la
capacidad de hablar, asintió antes de tragar saliva para tratar
de calmarse.
—Eres mi perdición —confesó.
No quiso pensar en eso ni por qué esas palabras dolieron en
su corazón. Trató de disimular yéndose a lavar las manos de
nuevo. Pensar era peligroso, eso hacía que la memoria se
activase y no podía permitirlo.
Solo había venido a ese lugar a jugar, nada más. No existían
sentimientos de por medio, ni tampoco se habían prometido
amor eterno o ser algo formal. Eran dos buenos amigos que
disfrutaban juntos.
Y ya está.
—Vigila la carne que voy a empezar la mermelada de
bacon —le indicó.
Fue ahí cuando se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo
dejando el agua caliente correr, no se había abrasado las
manos, aunque poco había faltado. Sus pensamientos la
estaban llevando muy lejos de ese lugar y no le gustaba.
—Voy.
Cuando se dirigió a la sartén se dio cuenta de que eran
pedazos de carne muy grandes, estaba claro que pensaba
alimentarla bien y después no permitir que bajara las escaleras
andando. Iba a tener que rodar para poder moverse después de
eso.
—Oye, llevo un rato queriendo decirte algo. En el
aeropuerto vino a buscarme Esme, mi hermana, para una
reunión de negocios con mi madre.
Él no quería tener esa conversación. Lo notó en lo mucho
que le tembló la voz al pronunciar esas palabras. Ella tampoco
deseaba esa información, solo quería su compañía, el resto del
mundo sobraba.
—No te preocupes.
—No es eso, Marie. Ella quiere que entre en el negocio
familiar de nuevo.
Y eso lo atormentaba. Se le veía en la cara.
Marie suspiró.
—¿Y tú qué quieres?
Adán la miró perplejo. Eso la convenció de que muy poca
gente de su alrededor le había preguntado algo similar alguna
vez. Por alguna razón eso la hizo sentir triste, que no lo
tuvieran en cuenta era cruel.
—Yo soy feliz con mi bar. Solo quiero seguir siéndolo, salir
con mis amigos y tener tiempo para mis hobbies.
Asintió, era un buen plan de vida.
—¿Qué hobbies tienes? A mí me gusta pintar y las
experiencias de adrenalina, como el esquí acuático.
Adán, echándole azúcar a la mezcla que estaba haciendo,
no la perdió de vista. Le sorprendió lo mucho que controlaba
la cocina sin mirarla siquiera.
—Me gusta leer un buen libro, salir con los amigos y
disfrutar de una buena película. También viajar y las motos,
aunque vendiera la mía hace unos años. Al final me acabaré
comprando otra.
Ella se sorprendió con ese final.
—Carmen tiene una vespa rosa la mar de mona, no me he
subido nunca por vergüenza. Todo el mundo se te queda
mirando —declaró.
Su amiga estaba súper contenta de su moto, la lucía con
orgullo y eso estaba bien, pero Marie tenía miedo de caer y
romperse algo. A pesar de que le gustaba el subidón de la
adrenalina no sabía si estaba preparada para una moto tan rosa
chicle.
—¿En serio? Yo eso tengo que verlo y montarme. Y tú
montarás conmigo si Carmen nos deja.
Puso los ojos en blanco antes de negarse en rotundo, no
montaría aquel cacharro por muy gracioso que pudiera
parecerle.
—Y tanto que sí. La vida está para divertirse y me encanta
la idea de una vespa rosa, puede que me compre una.
—No, mejor dos —rectificó Marie tomándoselo
completamente en broma.
No iba a subirse en esa moto a menos que su vida
dependiera de ello. Lo tenía claro ahora y siempre. Y ningún
tío bueno como Adán la convencería de subirse por mucho
sexo que le prometiera a cambio.
Bueno, ahí podía proponérselo.
—Volviendo a mi madre. Ella quiere que yo entre en el
negocio como su heredero legítimo.
Marie lo escuchó atentamente mientras buscaba un plato
para sacar las hamburguesas.
—Y tú no quieres saber nada de eso. ¿Dónde está el
problema? Tu madre que siga jugando con sus negocios y tú
sigue aquí si eso te hace feliz.
Solo cuando paró la vitrocerámica, él se acercó para
tomarle una mano. No fue un contacto sexual, solo una caricia
que removió todo su interior. Ese gesto la enloqueció a pesar
de que sabía bien que no podía permitirlo.
—Sé que debo pelear por ser yo mismo, pero a veces tengo
a mi niño interior regañándome, que debo hacer caso a mi
familia y estar a la altura. Soy adulto, Marie —la miró a los
ojos—. Sé lo que quiero y cómo lo quiero.
Comprendía el agobio que podía suponer ir en contra de tu
familia y sus valores. Aquel hombre era muy valiente por
negarse a seguir los pasos que tenían preparados para él y
tomar su camino. Lo admiró en ese momento porque no todo
el mundo podía conseguirlo.
—Si quieres algo y lo tienes claro, tómalo sin
contemplaciones —le animó Marie.
No reaccionó al instante. Él sonrió ampliamente como si
ella fuera la persona más sabia del universo. Se limpio una
mano en el trapo que llevaba colgado del delantal y después
tomó una cuchara para coger una pizca de mermelada de
bacon.
—Prueba —le dijo.
Lo hizo, el sabor dulce y salado estalló en su boca
arrancándole un gemido de disfrute. Aquello estaba mucho
más bueno de lo que hubiera imaginado jamás.
—Esto está buenísimo.
Ella lo vio asegurarse de que la cocina estaba realmente
bien apagada antes de girarse para enfrentarla. Fue entonces
cuando se dio cuenta de que algo había cambiado, algo que
antes no estaba.
—Tienes toda la razón del mundo. Si quiero algo debo
tomarlo —comenzó a decir.
Caminó hacia ella, lo que en Marie provocó que se echara
hacia atrás un par de pasos, solo eso; no iba a darle más
espacio que ese. Fue en ese instante en el que se miraron que
los dos tuvieron claro lo que tenían.
—Te quiero a ti —declaró.
—Tómame —lo alentó Marie.
Ella supo que era irremediable su descenso a los infiernos y
ya tendría tiempo para pensar en ello. Por ahora solo deseaba
estar con él, poder disfrutar lo que tenían y saborearlo como
deseaba.
Después ya se preocuparía por sus propios demonios y él de
los suyos.
Estaban en terreno neutral y ahí hondeaba la bandera de la
paz. Pues ahora solo tenían que disfrutarla.
Su cuerpo se erizó cuando la mano de Adán la tomó de la
nuca, la otra, rápida y viajera, la agarró de la cintura para
apretarla contra su cuerpo duro y caliente. Esa iba a ser una
caída rápida.
Cerró los ojos dándole la bienvenida y gimió cuando sus
labios se acariciaron en un delicado beso, uno que fue
aumentando de escala hasta acabar en uno voraz. Ambos
tenían hambre e iban a devorarse.
CAPÍTULO 27

No llegaron a la cama que es lo que Adán hubiera deseado.


No hubo tiempo, en algún momento el beso se había
transformado en una carrera mortal por desnudarse.
Los delantales volaron por la cocina para después hacerlo
sus ropas. Nada quedó sobre su cuerpo, todo sobraba porque
solo deseaban sus pieles desnudas. Era la mejor forma de estar.
Adán, algo más lúcido que ella, logró cogerla en brazos lo
justo como para dejarla sobre la alfombra que tenía en el
comedor, una bien mullida y peluda que le encantaba. Ahora
tendría un motivo más para que fuera especial.
—Espera un momento —le dijo.
Dejó a una Marie confusa en el suelo casi temblando por la
excitación del momento. Se incorporó para ver qué era lo que
se proponía y no pudo ver mucho salvo su bonito culo que
bailoteaba por la cocina.
—Te has tomado muy seriamente lo del baile erótico.
Adán, cargado con un bol y enseñando una cuchara, sonrió
pletórico.
—Yo siempre soy serio cuando se trata de comer.
Él prometía algo con aquella visión que no supo
comprender. Le había visto apartar un poco de mermelada en
un plato para venir cargado con el resto, la cual dejó a un lado
para acabar de enfriarse.
—¿Pretendes comer en un momento como este? —
preguntó casi ofendida.
Se sorprendió mucho más cuando lo vio asentir convencido
y Marie supo que era un juego nuevo, uno con el que podían
divertirse mucho si se lo proponían. Aceptó al instante sin
pensárselo dos veces.
Adán tomó la cuchara y la instó a tumbarse. Lo hizo
dándose cuenta de que temblaba, aunque no tuvo claro si era
por los nervios.
—Eres preciosa… —susurró Adán antes de depositar un
poco de mermelada en su rodilla.
No acabó allí, subió toda su pierna hasta llegar a su ingle,
solo ahí se detuvo y subió la cuchara a su boca para que
probase los restos que quedaban.
Gimió dejando que el sabor la embriagase y cerró los ojos
unos instantes dejándose llevar por la situación.
—No los abras —pidió Adán.
Obedeció al instante, como si fuera una regla del juego más
que acatar. Ella quería ganar aquella partida.
La lengua de aquel hombre la sorprendió en su rodilla
produciéndole un escalofrío, no pudo evitar arquear la espalda
producto de una mezcla entre excitación y sorpresa. Él no se
detuvo, ascendió por su piel tomando todo el dulce que había
vertido sobre ella.
Lo hizo a conciencia, dejó que su lengua dibujara círculos
mientras hacía desaparecer cada gota de mermelada que
encontró a su paso.
La cabeza de Marie le dio vueltas, no podía pensar con
claridad solo sentir cómo la poseía.
Vertió un poco más sobre su monte de venus, fue la
cantidad justa para poder bajar los labios y tomarlo con gula.
Marie gimió hasta vaciar sus pulmones cuando no le dio
tregua, bajó a su clítoris y lo tomó como su más preciada
posesión.
Fue impulso, no pudo controlarse porque sus manos
bajaron a su cabeza para apretarlo, con suavidad, contra ella.
Necesitaba ese contacto, que su lengua recorriera cada
centímetro de su piel.
Él, sediento de más, la penetró con un dedo provocándole
un grito que no se molestó en silenciar.
—Sabes de muerte —le dijo.
Marie tragó saliva incapaz de pronunciar palabra alguna.
Eso hizo que él riese con ganas, dejando que notase su aliento
en su intimidad. Esa sensación sumada a su dedo bombeándola
con velocidad, la hizo correrse con el nombre de Adán entre
los labios.
Para su sorpresa, él gruñó glorioso al sentirla decir su
nombre. Fue como música para sus oídos.
Como ya la tenía acostumbrada, no hubo tregua ni cuartel.
Dejó un poco de mermelada en su abdomen antes de dejar un
poco en sus pechos.
—Eres un goloso —dijo Marie rompiendo las reglas,
abriendo los ojos y mirándolo.
Aquel hombre la derritió con una mirada. Estaba sobre ella
como un animal salvaje sobre su presa, sus pupilas estaban tan
dilatadas que parecía que apenas tuviera cordura en su mente.
Solo deseaba sentir.
Mirándola sin pestañear, sacó su lengua para tomar lo que
tenía en su abdomen. La imagen la derritió y la obligó a jadear
en busca del aire que le estaban quitando.
El dedo de Adán siguió en su interior, penetrándola sin
piedad mientras seguía ascendiendo.
Sus pechos fueron los siguientes, solo entonces dejó de
bombear para usar sus manos y tomar sus senos. Los amasó
con fuerza antes de saborear cada rastro de mermelada que
pudieran tener.
Aquella sensación la enloqueció, era realmente provocativo
aquel hombre.
Ya estaban boca con boca y no se acercó a ella, se mantuvo
allí impasible contemplándola como una obra de arte. No solo
eso, dejó que su mano cayera por detrás de su cuello, solo ahí
la tomó de la nuca para levantarla unos centímetros.
—Logras hacerme perder el control —confesó.
Marie sonrió como si de una diosa se tratase.
—Y me encanta —dijo ella.
Colocó ambas manos en su pecho y empujó para quitárselo
de encima. Ahora era su turno, no iba a salir de aquel comedor
sin probarlo como deseaba. No iba a tener piedad alguna ya
que él tampoco había mostrado ninguna.
Adán se tumbó a la espera, no esperó que la cuchara cayera
sobre su miembro. Dio un respingo al notar la mermelada en
aquel lugar sin preámbulos.
—¿Qué? ¿Esperabas un recorrido por tu cuerpo? Estoy tan
cachonda que solo pienso en tu sabor en mi boca.
La confesión de Marie lo dejó perplejo. Él no cerró los
ojos, aunque tampoco se lo pidió. Se quedó allí a la espera de
que hiciera algo, se humedeció los labios cuando la vio abrir la
boca y se quedó a un suspiro de metérsela.
Su lengua salió para saborear la mermelada. Dibujó un par
de círculos sobre su piel y, sin aviso, se la metió hasta lo más
profundo.
Los dos gimieron por motivos distintos, Adán lo hizo de
forma gutural antes de que su nuca golpease la alfombra y ella
por el sabor.
La tomó con hambre, subiendo y bajando por su extensión
dejando que los gorgoteos entre gemidos y jadeos la
embriagasen. Le gustaba provocarle, que estuviera tan duro
por su culpa, ser quién lo llevase al clímax.
Adán se incorporó unos centímetros para mirarla, lo hizo
como si fuera incapaz de cerrar los ojos. Estaba hipnotizado
con su mamada, casi como si fuera algo digno de contemplar y
recordar durante años.
La mano de él llegó a su pelo dejando que mechones se
enroscasen entre sus dedos. La tomó con cariño moviéndola
un poco como si quisiese llevar el control. Marie, negándose a
eso, dejó que notase sus dientes en la punta de su miembro, lo
que lo paralizó al instante.
No hicieron falta palabras, se entendieron a la perfección.
La soltó y se dejó caer al suelo a lo que Marie contestó
metiéndosela hasta la garganta. Gimió de una forma tan brutal
que creyó sentir temblar las paredes por su culpa.
Dejó de torturarle porque lo necesitaba dentro. Subió a
horcajadas sobre su cintura y él la ayudó tomándosela y
guiándola hacia su interior. Solo tuvo que bajar para meterla
dentro.
Marie jadeó de puro placer cuando lo tuvo dentro, lo hizo
de forma lenta dejando que su cuerpo se acostumbrase. Estaba
tan mojada que fue fácil, le dio la bienvenida con ganas.
Después se miraron a los ojos, allí, uno dentro del otro y
con las pupilas dilatadas de la excitación. Estaban perdidos y
lo sabían, comenzaban a notar los efectos que se tenían el uno
contra el otro.
Fue entonces cuando certificaron que ya no tenían solución,
nadie podría salvarlos de conocerse.
Marie subió y bajo bombeando con tranquilidad, el placer
se extendió por su cuerpo sin control alguno. Gimió casi al
compás de él. Adán la acompañó moviendo sus caderas para
ayudarla.
Y perdieron el control.
La tomó de la cintura, como si quisiera evitar que se cayera
cuando ambos aumentaron el ritmo. Cada uno buscaba una
única cosa: que el otro disfrutara tanto como lo hacían ellos.
Gimieron, jadearon y sudaron casi al compás. Se dieron
placer a raudales dejando que el orgasmo de Marie llegase.
Gritó al cielo casi como si de una loba se tratase y aullara a
la luna. Adán no se detuvo, siguió a toda velocidad teniendo
claro que era el siguiente. Ella lo animó porque supo que
llegaba, ya detectaba esas pequeñas señales que le indicaban lo
que venía a continuación.
Casi eran como una pareja, algo que chirrió en la mente de
Marie, pero que deshechó al instante.
No era momento para eso. Ahora solo debía estar con él,
por el placer que compartían juntos.
Y fue hermoso verlo llegar. Adán cerró los ojos cuando el
orgasmo lo golpeó con dureza, rompió a gemir como si este
fuera el que más placer le hubiera dado en toda su vida.
Entonces, cuando todo terminó. Marie se dejó caer sobre el
pecho de Adán, uno que le dio la bienvenida sin rechistar.
Ambos, en busca de aire, se contemplaron sin más, como si
fueran la única persona del universo.
Sus frentes chocaron dejando que el tiempo pasase sin
importarles nada. Solo estaban ellos, ya no existía nadie en el
mundo entero.
Solo Marie y Adán.
CAPÍTULO 28

—¡Esto está buenísimo! —exclamó Marie realmente


sorprendida.
Estaban sentados en la misma alfombra que acababan de
mancillar, solo que ahora vestidos y usando la mesa de centro
para poner toda la comida que tenían hecha en la cocina.
—¿Qué esperabas? Además, ya habías probado un poco en
mi cuerpo.
Marie rio antes de morder la hamburguesa, la verdad que la
mezcla de sabores la hacía única y le encantaba.
—Eres bueno en la cocina —declaró convencida de ello.
Sabía que eso era una pequeña muestra de lo que sabía
hacer. Estaba convencida de que había nacido para ello y que
realmente le hacía feliz en vez de seguir el sueño de su madre.
—¿Tú madre ha probado tus platos? —preguntó.
Adán se congeló. No contestó al instante porque tenía la
boca llena, cosa que agradeció porque no se había visto venir
una pregunta como esa.
—Una vez, pero dijo que era mejor que los perros se lo
comieran, que tenía demasiada grasa.
Esa frase la enfadó, no supo bien qué decir. A decir verdad,
le costaban ese tipo de conversaciones, aunque no era una
ilusa, sabía el daño que podía hacerte un familiar si se lo
proponía.
—Lo siento mucho, Adán. Yo creo que está buenísimo.
Él asintió.
—No creo que debas aceptar lo de tu madre. Si tu bar y tu
cocina te hacen feliz, deberías quedarte con eso.
Adán mordió en silencio, cavilando sobre sus palabras y
tratando de encontrar una solución clara.
—¿Y tu madre? ¿Qué quiso para ti?
Su madre era una mujer de mundo, después de un par de
matrimonios fallidos deseó viajar, conocer mundo y
encontrarse a sí misma.
—Mi madre quiere que yo sea feliz con lo que quiera. A
ella no puede pararla un escritorio y un ordenador como a mí.
Es un alma libre, una que va y viene por el mundo con mil
aventuras. Además de matrimonios, creo que su sexto marido
fue el más simpático de todos, era un buen hombre. —Tomó
un poco de aire al notar que los recuerdos se le atascaban en la
garganta—. Yo me quedé con mi abuela, una mujer de armas
tomar, pero que daría la vida por mí.
Adán se quitó con el pulgar el rastro de salsa de la comisura
de sus labios.
—Me gusta tu abuela, tengo que conocerla.
Marie se quedó helada en ese instante. Tragó como pudo el
pan que tenía en la boca y buscó agua para acabar de ayudarle
a bajar.
—¿He dicho algo malo? —preguntó Adán.
No, solo que no le gustaba hacia dónde estaba dirigiéndose
la conversación. Sabía que la profundidad de los temas solo
llevaba al sufrimiento y ella tenía un buen método para vivir:
de puntillas.
No deseaba una relación, quería a los hombres para un rato
y Adán, le gustase o no, entraba en esa definición. No habría
presentaciones oficiales salvo por caso extremo y ya está.
Nadie conocería a Rosa María de las Concepciones o esa
mujer estaría casándola en menos de un mes.
—No quiero que la conozcas —se sinceró.
Para Adán eso fue como un jarro de agua fría. Soltó la
hamburguesa en su plato como clara evidencia de que acababa
de cerrársele el estómago al momento. No vio venir una
contestación así.
—Marie, ¿te has dado cuenta de que tú y yo podemos ser
algo más que amigos con derecho a roce?
Adán no podía dejar de mirarla, de contemplar a una mujer
que acababa de dejar claro muchas cosas con las que no estaba
a favor.
—Me he dado cuenta y no quiero eso. Siento si te he dado
una idea equivocada. Creí que fui clara al inicio de todo esto.
Yo no busco una relación.
Rio amargamente.
—Yo tampoco la buscaba, pero no puedes negarme que
tenemos algo especial.
No, no podía. Notaba esa conexión, la misma que no había
tenido con nadie antes; esa que la aterrorizaba. Él no
comprendía los motivos, había cosas que no debía saber y solo
debía quedarle un mensaje claro: ellos no eran nada.
—Miénteme y atrévete a decirme que has tenido esta
relación con otros, porque yo es la primera vez que noto algo
así —explicó Adán.
La respiración se les entrecortó, no era el camino que
deseaba para aquella conversación, no después de tanto. Estar
juntos había sido divertido, se había sentido segura y cuidada.
Pero ella no podía dar más.
—Adán, comprendo lo que dices y sí, sé que tenemos una
relación especial, pero eso no cambia nada. Yo no voy a tener
una relación con nadie. Lo tomas o lo dejas.
Ella golpeó duro, no cedía ni un solo centímetro porque no
podía. Él quiso hablar, reunió las palabras adecuadas para
hacerlo, sin embargo, el teléfono sonó interrumpiéndolos.
Se levantó para alcanzarlo y, cuando vio el nombre de Olga
brillando en la pantalla, colgó.
—Yo tampoco esperaba esto, Marie. De veras. No estaba en
mis planes una relación con nadie. Y a pesar de eso, estoy
dispuesto a intentarlo. Quiero conocerte, saber mucho más de
ti y que mis días sean a tu lado.
Marie cerró los ojos como si acabase de recibir un bofetón.
El corazón se le encogió por el dolor, uno que la hizo jadear.
Adán tenía muchas razones buenas para intentarlo, lástima que
escogiera la chica equivocada.
Se levantó sabiendo que aquello era el final. Ambos
deseaban cosas distintas de la relación que compartían.
El teléfono volvió a sonar a lo que él volvió a responder
con un bufido, colgó y lo lanzó contra el sofá como si el
artilugio fuera el causante de su rabia.
—Cógelo si es importante —comentó Marie.
—No, lo importante eres tú.
Ella se alejó entonces, retrocedió unos pasos ante sus
palabras siendo incapaz de aceptarlas. Lo que le estaba
haciendo a Adán era cruel y lo sabía, dolía y lo veía reflejado
en su rostro.
Iba a lamentarse el resto de su vida, no obstante, con el
tiempo lo agradecería.
—No lo soy.
Adán, alcanzándola, le cortó el paso cuando fue a salir de
aquella cocina que parecía mucho más pequeña entonces.
—¿Qué te pasa? Cuéntamelo, Marie. Yo no tengo miedo a
abrirme a ti. Quiero que sepas mis manías, mis metas, mis
miedos y hasta lo que me hace reír. Quiero conocerte en
profundidad, no solo divertirme con tus gemidos, también con
tu risa.
Marie negó con la cabeza, solo que él no se apartó.
—Deseo saber todo de ti. Tus gustos, tu color favorito, lo
que te pone de mal humor y lo que te roba una sonrisa. Quiero
saber si te gustan los animales o si eres gruñona por las
mañanas al despertar. No quería que esto pasara, lo sé, pero no
voy a pelear en contra.
Los ojos de Marie se anegaron de lágrimas al escucharlo. Él
era lo que toda mujer podía desear, incluso para ella misma,
por ese motivo debía huir. Su corazón estaba blindado y no
existía forma de entrar.
Lo habían borrado todo. No quedaba rastro.
—Para, Adán —pidió a modo de súplica.
—No comprendo nada. Estamos aquí, hemos disfrutado el
uno del otro, al igual que en Ibiza y no me creo que resumas
esto a un rollete sin más.
El teléfono volvió a sonar provocando en enfado de Adán.
Fue hacia él, descolgó y gruñó un «ahora no» a su interlocutor
que esperaba que entendiera el mensaje.
Después suspiró dejando sus brazos caer, derrotado. Marie
lo contempló, llevándose una mano sobre los ojos para
frotárselos con incredulidad.
—Lo siento, Marie. No tengo derecho a reprocharte nada.
Yo sabía dónde me metía y te tenté para ello. Solo he obtenido
lo que me dabas, no puedo pedirte nada más.
Aquellas palabras eran las más duras que había tenido que
pronunciar en toda su vida. Lo hizo sin fuerzas, convencido de
que él la amaba, que había sido algo lento producto de una
pasión que parecía pasajera. Al final se había enamorado de
esa mujer, Marie llenaba esos espacios que creía vacíos hasta
la fecha.
—Lo siento, Adán. Sé que hay algo entre tú y yo, no soy
una estúpida, lo veo y por eso mismo no puedo.
Él asintió aceptándolo sin ganas. ¿Qué podía hacer?
¿Suplicar? Ella estaba convencida de sus palabras.
—Ojalá no te hubiera hecho daño y solo hubiera sido una
diversión.
—¿Hay algún motivo más o solo es que no buscas
compromiso?
Él necesitaba saber, comprenderla y aceptar lo que le decía.
Poco a poco ellos se habían conocido, hasta habían tenido
conversaciones de ellos tratando de saber el uno del otro. Eso
debía significar algo.
Entonces, ¿por qué tenía la sensación de que la mujer que
estaba ante sí desaparecería?
Marie suspiró.
—Yo no puedo amar. Estoy rota y esa es la mejor manera
que puedo explicarlo. —Jadeó en busca de aire—. Yo no
merezco a nadie que me quiera, no soy buena persona, Adán, y
si lo supieras me darías la razón. Por eso no escarbo, por eso
no miro de llegar al corazón de nadie, para no ser una bruja
después.
Adán supo que alguien le había roto el corazón a esa mujer
y lo había hecho de una forma realmente dura para que creyera
algo semejante. Una parte de él quería preguntar algo que
Marie no estaba dispuesta a contar.
Sus ojos decían adiós y eso le dio rabia. No quería dejar de
verla, no deseaba que saliera de su vida y, al mismo tiempo, ya
estaba tan lejos que a pesar de estar en la misma habitación
parecía que un continente les separaba.
—Lo entiendo, Marie. Siento la tesitura en la que te he
puesto y que haya alzado la voz contándote lo que quería. Eso
tampoco ha sido justo para ti. Teníamos claro dónde nos
metíamos. No hay reproches.
Marie asintió al mismo tiempo que Adán. No era un niño
pequeño, podía llevar aquello con algo de dignidad, aunque no
la comprendiese.
Estaban bien, habían estado bien juntos y eso no había sido
suficiente.
Se acercó a ella y esta no huyó, ya era un paso, uno que
pensaba aprovechar.
—Mírame, solo una vez más —pidió.
Lo hizo y fue más desgarrador porque supo que ambos
sentían lo mismo. Ellos se estaban enamorando, por eso salía
corriendo. La evidencia estaba ante sus ojos, no se escondía y
aceptaba todo lo que pudiera caerle encima.
Y Adán, por su parte, hubiera dado la vida por escuchar un
«te quiero» de sus labios.
La puerta de su piso se abrió de par en par dejando entrar a
Olga como una exhalación. Ellos dos la contemplaron sin
comprender nada, aquello era lo más raro que la había visto
hacer en toda su vida.
—¿Qué haces aquí?
—Tú y yo tenemos que hablar de la boda. No puedes
arrebatarme todo mi trabajo de un plumazo.
Marie retrocedió montándose una idea equivocada de lo
que estaba sucediendo allí y lo supo.
—Marie, es mi ex, Olga y no tenemos ninguna boda de la
que hablar —contestó apretando los dientes.
Ella miró a la recién llegada y se odió por sentir dolor en el
pecho, se castigó mentalmente por sentir celos de esa mujer.
Además, se enfadó, ¿cómo podía hablar de amor con ella y de
boda con la otra? Eso no se hacía con una ex.
—He trabajado mucho para entrar en los negocios de tu
madre y si ella dice que nos casemos, tú lo haces.
Ante las palabras de Olga solo pudo mirar con horror a
Adán. A eso se refería con que su madre lo quería en la
empresa. No era un despacho con un ordenador y vistas a la
pista de golf.
Hablaban de matrimonio.
Adán apretó los puños evidentemente enfadado.
—¿Por qué tu ex tiene llaves de tu casa? —preguntó a pesar
de que sabía que no tenía derecho alguno de preguntarlo.
Él, yendo hacia Olga, puso la mano para que se las diera y
lo hizo a regañadientes por miedo a que la matase allí mismo.
—Eso quisiera yo saber —comentó Adán.
—Hice una copia cuando follábamos juntos.
Ese desdén que demostró hacia ella con sus palabras no le
afectó. Una petarda como esa no podía molestarla, lo único
que le dolió es saber que Adán hubiera podido fijarse en una
mujer así.
—No voy a casarme, lo he dejado claro y solo te mereces
que te eche de mi casa a patadas. De verdad espero que tu
imperio muera junto al de mi madre y que me dejéis en paz.
Adán estaba muy enfadado, se le notaba que aquella visita
le ponía de los nervios. Olga, en cambio, se mostró algo más
serena.
¿Y ella? Solo deseaba encontrar el hueco para irse.
—¡No puedes ser tan egoísta conmigo, Adán! ¡Después de
tanto! —bramó Olga ofendida con su actitud.
Marie aprovechó la oportunidad para pasar por detrás de
esa mujer y salir de allí. No quería estar en una pelea de ex,
novios o lo que fuera esa relación tan rara. Bajó los escalones
a toda velocidad y abrió para toparse con un bar vacío y a un
Sneeze sorprendido con una fregona en la mano.
—¡Marie! —bramó Adán.
Ella, como si le persiguiera el diablo, miró hacia atrás y
cerró la puerta antes de dirigirse a su amigo.
—Olga está ahí y dice de casarse. Dime que no la has
dejado pasar tú —explicó tratando de poner cordura.
Sneeze negó con la cabeza.
—La vivienda tiene salida exterior, tiene que haber entrado
por ahí. No obstante, ¿qué ocurre?
No quería meterlo en eso, solo irse. Largarse de aquel bar
que se acababa de convertir en una locura.
—Tengo que irme —anunció.
Adán y Olga irrumpieron allí, uno la perseguía a ella y la
otra a él como si de un perrito se tratase.
—Deja que se vaya si quiere la muchacha. Tenemos algo
más importante que tratar tú y yo —exigió Olga.
Sneeze tomó a Marie de una mano hasta colocarla a su
espalda, no sabía de qué iba esa pelea, pero la puso a salvo de
cualquier locura o cosa extraña que pudiera pasar en aquel
instante.
—¡Que no voy a casarme! ¿Te has vuelto loca? Siempre he
querido tu amistad y somos buenos amigos, sin embargo, esto
es el colmo.
Aquello debía ser una cámara oculta, de lo contrario, no
tenía explicación alguna. ¿Cómo habían pasado de follar a
estar gritando como locos con su ex y su amigo?
—Solo quiero hablar un momento contigo, Marie.
—Y yo contigo, Adán —inquirió Olga.
Sneeze intercedió, la miró un instante antes de ir hacia su
amigo.
—Creo que esto se te está yendo de las manos. Deja que se
vaya, aclara las cosas con Olga y ya hablaréis de eso.
Adán supo que si Marie salía del bar no iba a volver a verla
en la vida. Ya se estaban despidiendo antes de que llegase
Olga, ahora con su ex en acción todo había saltado por los
aires como si de un explosivo pegado al cuerpo se tratase.
—Marie, por favor. Si quieres irte, vale, pero deja que te lo
explique todo con más calma.
Ella, incapaz de decir que no y a pesar de no tener idea de
los motivos, asintió aceptando eso. Era adulta y formal, podían
hablar tranquilamente de lo que ocurría.
Bueno, en realidad no había mucho donde explicar. Olga
quería casarse con Adán para algo de un negocio. Eso la hizo
sentir como si estuvieran en la edad media y los matrimonios
se concertasen en beneficio de la familia.
Y por eso comprendió que debía dejarle un poco de espacio
para aclarar sus ideas y, tal vez, las suyas propias también.
CAPÍTULO 29

—No voy a casarme contigo —repitió Adán bastante


enfadado.
Olga bajó un taburete de la barra para tomar asiento. Le
pidió una copa a Sneeze, uno que la ignoró por completo y
siguió limpiando.
—Deberías despedirlo.
Adán le hizo un gesto a su amigo para que no tuviera en
cuenta a la loca de su ex cuando este la fulminó con la mirada.
Nunca había sido fácil de soportar, pero creía haber
encontrado una amiga en ella.
—Olga, vamos a poner cordura a todo esto. Tú no me
quieres y está claro que yo a ti tampoco. Vamos a dejar la
locura de mi madre a un lado. Unid imperios con contratos,
una cosa muy moderna y de este siglo que tal vez no conozcas.
La gente ya no vende a sus hijas por dos cabras y un botijo.
Su ex carecía de humor y eso le hizo preguntarse qué
pudieron verse en su momento.
—No voy a cambiar de opinión, Adán. Podemos tener un
buen matrimonio, hasta puedo hacerte feliz si me dejas. Una
vez lo fuimos —le reprochó.
Esta vez sí que necesitó bajar un taburete, como también
coger un par de chupitos y beber algo fuerte para hacer pasar
eso. No podía ser real, se negaba a aceptarlo porque de lo
contrario la vida sería muy cruel.
Le dio un chupito a Olga para tratar de calmar a la loca que
estaba ante él y no a la amiga que creía conocer.
—Siempre hemos sido buenos amigos y sabes que no
quiero saber nada de las empresas de mi madre. No puedes
pedirme eso, Olga. No tú que sabes lo que me ha hecho pasar.
Se sirvió un segundo chupito.
Eso debían solucionarlo como adultos. Nadie en su sano
juicio podía aceptar algo así sin más, seguro que encontraban
un buen plan B para salir del embrollo.
—Tu madre pocas veces cierra un negocio tan grande. Es
nuestra oportunidad para tener un buen trozo de pastel. Con
esto podríamos ser asquerosamente ricos y poderosos.
En algún momento del camino Adán supo que su ex se
había perdido hasta convertirse en la harpía que tenía ante sí.
Ya no era esa chica dulce de la que una vez creyó estar
enamorado, ni tampoco la misma que comprendió que eran
solo amigos; era una imagen distorsionada de lo que había
sido entonces y el ser que era ahora.
—Yo no quiero ser rico o poderoso, solo feliz. Quiero vivir
la vida con mis reglas y solo eso.
Olga dejó el chupito sobre la barra con desdén. Miró a su
alrededor como si estuviera en el peor antro de la ciudad y
después sacó unas toallitas desinfectantes con las que se
limpió las manos.
—¿Esta es tu forma de ser feliz?
—Sí, lo es y es mucho mejor que casarme sin amor por
juntar dos imperios. Siento que te han transformado hasta no
dejar nada de ti.
Su ex echó la cabeza hacia atrás para reírse a carcajadas, en
ella pudo sentir el desdén y el desprecio que sentía hacia su
opinión, una que no parecía importarle lo más mínimo y que
deseaba hacer desaparecer.
Cuando la mujer se levantó creyó que al fin había
comprendido que no tenía nada que hacer allí. Solo perdía el
tiempo si esperaba que cediera a un plan tan loco como perder
su libertad en un matrimonio sin salida.
—Vas a casarte conmigo —certificó Olga.
Adán negó con la cabeza.
—No. No haré como mi padre y me veré envuelto en un
matrimonio vacío sin amor. No voy a ser tu florero.
Ella, sonriendo de forma malévola, se acercó tanto a él que
casi respiraron el aliento del otro. De pronto, cuando pensó
que solo era una lucha de miradas, le colocó mejor el cuello de
la camiseta.
—Mira cielo, vamos a dejar una cosa clara. Yo quiero tu
bienestar y ese ahora mismo es a mi lado. Vas a ceder con lo
de casarte, es una cosa sin importancia que deberemos discutir
bien y pondrás tus condiciones. Unas que yo aceptaré en la
medida de lo posible.
Adán levantó el mentón.
—Desaparece de mi vista.
Ella se echó atrás como si acabase de recibir un disparo.
Caminó pisando expresamente el trozo mojado que todavía
quedaba y después se abrió de brazos señalando a todo su
alrededor.
—Este lugar te importa, ¿verdad?
Adán se removió en su asiento.
—No vayas por ahí.
Olga supo que era el lugar donde apretar sin piedad para
tenerlo comiendo de su mano.
—Tú vas a casarte conmigo o sino voy a enviarte
inspección tras inspección, voy a hacer que miren bien tus
licencias, tus trabajadores y todos tus papeles hasta encontrar,
o inventar, algo con lo que cerrarte el negocio.
Adán quiso matarla.
—Pienso conseguir que esta ruina cierre y que no puedas
volver a tener ningún tipo de licencia para abrir otro en toda la
ciudad.
Lo vio todo rojo. ¿Cómo se atrevía a amenazarlo de esa
forma? Él, el mismo que había estado con ella cada vez que lo
había necesitado. Ahora era solo una pieza de su juego que no
encajaba y miraba de limar los bordes.
Se levantó con toda la calma del mundo, una que no se
tradujo a la realidad porque Sneeze dejó de secar vasos para
ponerse en alerta.
—Adán, tío… —le dijo.
Él solo levantó una mano instándolo a la calma, si mataba a
esa harpía lo encerrarían demasiado tiempo.
Se acercó a ella, lo hizo de forma lenta pensando en la de
miles de veces que le había cogido el teléfono y calmaba sus
berrinches. Había sido un amigo leal, siempre había estado en
los momentos difíciles y ahora le pagaban con esa moneda.
—¿Te crees que no tengo influencias? Podemos jugar a un
juego peligroso y yo solo tengo que perder este local, pero a ti
puedo hundirte. Sé muchas cosas de tus empresas que no le
gustarían a la prensa. Recuerda algo, si juegas espero que
lleves buenas cartas porque yo pienso llevar un puto full de
ases.
Su ex pasó por mil estados, primero la sorpresa golpeó su
rostro, después el desconcierto hasta llegar al miedo. Todos
ellos fueron divertidos porque realmente comprendía todo lo
que sabía de ella.
—Pienso hacerte llorar lágrimas de sangre, Adán.
—Si vuelvo a saber de ti, algo, la mínima cosa, te destruiré
y no dejaré nada. Perderás todos esos zapatitos que tanto
coleccionas y esos coches que mandas encerar que tienes en el
garaje. Lo bonito de nuestra amistad es que nos lo contábamos
todo. Yo nunca te revelé secretos de mi madre porque no
formé parte, lástima que no podemos decir lo mismo de ti.
Era bueno jugando a las cartas y todavía conservaba los
números de algunos hombres que podían ayudarle. Además, su
apellido le abría las puertas a expensas. Ventajas de un imperio
que había creado su madre.
Al fin y al cabo, seguía siendo su hijo. Conocía sus técnicas
y por esas mismas podía hacerlas caer. No era un cualquiera
que no sabía lo profunda que estaba el agua de la playa, él ya
había surfeado esas olas.
—Piénsatelo porque conozco un par de sitios que se ponen
preciosos en primavera. Tal vez una boda íntima y con algo de
prensa nos ayudaría mucho.
Adán sonrió.
—Al parecer la sordera de tu padre es hereditaria.
—Mi padre no está sordo.
Asintió afianzando su teoría. Después cruzó los brazos a la
espalda mientras sembraba la duda en ella.
—Recuerdo cuando decías que no te escuchaba cuando
deseabas acudir a esas fiestas de gente importante que te
negaba. Ahora eres tú la que padece de esa sordera.
Olga apretó la mandíbula con rabia.
—Eres un cabrón.
Ahora la tenía donde quería. Ella debía saber que no era
alguien influenciable, no se dejaba manipular porque había
superado el control de su madre. Su ex era un chihuahua en
comparación a su progenitora.
—Sí, pero uno con mucha memoria y podemos jugar a ver
cuántos trapos sucios recuerdo que no te gustarían.
Olga, producto de su enfado y desilusión por no conseguir
lo que deseaba, llegó a la barra, tomó el vaso de chupito y lo
dejó caer al suelo con fuerza hasta conseguir reventarlo en mil
pedazos.
—Tú, chacha, se te ha quedado un trozo de mierda en el
suelo. Recógelo.
Miró a Adán con desdén.
—O que lo haga tu jefe ahora que ya sabe lo que es
ensuciarse las manos.
Sneeze no dijo nada, miró a su amigo a la espera de que
este dijera algo. Adán lo agradeció porque sabía que deseaba
romperle el palo de la fregona en la cabeza, algo que le
resultaría realmente cómodo.
—Sneeze, mi ex no sabe que la única mierda que hay que
sacar del local es ella. Anda, dame la escoba que voy a
barrerla hasta la salida.
Él lo hizo al momento, corrió hacia la cocina y la trajo a
toda velocidad. Adán la tomó con una sonrisa en los labios
mientras veía la vena del cuello de Olga inflamarse por el mal
carácter. Ya tenía algo en común con la suegra que ansiaba
tener.
—¡No te atreverás! —exclamó.
—Depende, sales tú o te saco.
Fueron unos segundos de tensión, unos en los que suplicó
poderla echar como quería. Lástima que recapacitó, levantó el
mentón y desapareció de su local como una exhalación.
Solo cuando Sneeze cerró con llave pudo suspirar con
tranquilidad. Jamás se había imaginado que viviría lo que
acababa de pasar allí.
—Bueno, tal vez deberíamos hablar de que llevabais un
buen rato pisándome lo fregado —se quejó su amigo.
Adán se quitó el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—Ponte una copa, nos la hemos ganado. Ya limpio yo esto
—le explicó él.
Su amigo se colocó a su lado justo antes de colocarle una
mano sobre uno de sus hombros. Fue un contacto que le alivió
toda la tensión de los últimos minutos.
—Lo haremos juntos, como siempre —sentenció Sneeze y
no pudo estar más de acuerdo.
CAPÍTULO 30

—¿Que le has dicho qué? —preguntó Carmen incrédula.


Marie se pellizcó una mejilla buscando despertar. No podía
estar explicando aquello por tercera vez en una noche. Solo
necesitaba descansar y dormir, tal vez por la mañana lo viera
todo mejor.
—Que hablaríamos con calma.
Carlos se sentó a su lado mientras que Carmen comenzó a
dar vueltas por la habitación como si de un buitre se tratase.
—¿Qué hay que hablar? ¿Que mientras se mete entre sus
piernas tiene a otra dispuesta a casarse? ¡Menudo caradura! —
exclamó.
Estaba enfadada como si la ofensa se la hubieran hecho a
ella. Una parte de Marie creía la teoría loca de su amiga y otra
al Adán que había visto desesperado por explicárselo todo.
—Quizás exageras un pelín, hermana. Tal vez el chico
tenga razón y solo sea una ex loca por dar un braguetazo —
dijo Carlos.
Carmen negó con la cabeza. Estaba convencida que con
cada paso que daba más se enfadaba, eso sin contar en que iba
a desgastar el suelo hasta llegar al piso de abajo en menos de
un par de horas.
—No, no, no… No tiene lógica. Es ex, pero tiene llaves de
su piso. ¿Y yo me chupo el dedo?
Marie no podía hablar, tenía el cerebro hecho puré de
espinacas. No sabía qué pensar, qué decir o cómo sentirse.
Todo había sido muy rápido, eso sin contar con que él quería
algo más de ella.
Algo que no podía dar.
—Cariño, no sé lo que te chutas, pero me estás mareando
dando vueltas. A este paso el reloj te explota de tantos pasos.
Carmen miró su reloj para darse cuenta de que tenía razón.
Había superado con creces su objetivo diario y parecía tener
energía suficiente como para doblar su marca personal.
—¿Y qué hago? Iría al bar a decirle cuatro cosas, pero
tampoco es que podamos hacer eso.
Marie se tapó el rostro con la almohada, solo quería que
hubiera silencio, nada más y ellos hablaban tan alto que no
podía escuchar su propia voz.
—¿Qué puedo decirle? Él quiere de mí una relación.
Sus palabras detuvieron a Carmen y su reloj, hasta el
mismo Carlos dejó de respirar en ese preciso instante. No los
vio porque seguía tapada, pero pudo sentir como sus
respiraciones se entrecortaban.
—Que nadie sufra, le dije que no quería nada con él, solo
follar —explicó Marie.
Carlos le arrancó la almohada para comenzar a darle golpes
con ella. No pudo más que protegerse mientras su amigo sufría
un brote psicótico.
—¿Y por qué narices has hecho eso? —preguntó poniendo
énfasis en cada sílaba.
Al final, para escuchar la contestación, Carmen le arrebató
la almohada del demonio y esperaron a que se explicase. Ella
los miró perpleja por no comprenderla, se abrió de brazos
como si eso lo resolviera todo.
—¿Cómo que por qué? No puedo querer a nadie.
Carlos se pellizcó el puente de la nariz, lo que significaba
que deseaba estrangularla con la primera cuerda o cordón que
encontrase. Carmen, en su defecto, solo pudo suspirar y
sentarse en una esquina del colchón.
—Cielo, tú sí puedes querer a alguien. Además, te hemos
visto, sabemos que hay algo con Adán.
No quería sentir eso, no podía sentir nada parecido a la
esperanza. Aquello era imposible en su caso y ya había
renunciado a que pudiera vivir algo similar alguna vez el resto
de su vida.
—Yo no quería que te tocase, eso es un hecho, pero es de
los mejores hombres que conozco —admitió Carlos.
No tenía amigos, tenía dos personas que querían
reconducirla a algo que no quería. Ellos sabían todo su pasado,
no podían pretender que todo eso quedase enterrado como si
nada hubiera ocurrido.
—No voy a tener nada con Adán. Solo hablaré con él para
aclarar las cosas y listo. Quiero que le vaya bien y sea feliz.
Carlos dio una palmada en el aire.
—Solo eso, ¿eh? Pues bien que en Ibiza os perseguisteis
como guarretes, que os vimos darlo todo en el agua.
Marie se incorporó de golpe como si de un resorte se
tratase. Abrazó su almohada con cierta perplejidad y los miró
de forma intermitente tratando de rezar a cualquier dios para
que aquello fuese mentira.
—No… —dijo.
Carmen asintió con ganas.
—Sí niña sí, en el agüita bien metidita. Yo miré poco
porque soy tu amiga y eso, sin embargo, sí que nos dimos
cuenta.
La vergüenza se reflejó en sus mejillas, no podía creer que
los hubieran pillado de esa forma. Solo pudo girarse sobre sí
misma y esconderse debajo de la almohada que llevaba en las
manos.
—¡Jamás volveré a salir de casa! —certificó.
—No seas dramática. A Juan y a mí también nos gustan los
sitios públicos, nos dan morbo.
Marie sacó un poco la cabeza de la almohada para
escucharle.
—¡¿Qué me dices?! —preguntó Carmen.
Carlos asintió con una sonrisa picarona en la cara. Estaba
claro que iba a contárselo porque, de lo contrario, iba a
explotar y a esparcir sus restos por toda la habitación de su
casa.
—Sí, una vez en un probador de ropa y otra en unos cines,
en la hora golfa… No os imagináis lo que me ponen esas
cosas.
Marie, sorprendida por su comprensión, acabó de
destaparse. Estaba completamente en «shock» por lo que
acababa de escuchar.
—¿Y no os vio nadie? Porque no sabría cómo hacerlo para
q no me vieran —confesó Marie.
Carlos y Carmen se miraron de forma cómplice al darse
cuenta de que no podían dar a su amiga por perdida todavía.
Podían recuperarla y llevarla hacia la senda correcta. Ella no lo
sabía, sin embargo, ellos dos eran sus ángeles de la guarda; los
que iban a conseguir que todo volviera a su cauce.
Ya tocaba.
—No había nadie y estábamos en la parte de la derecha del
cine, ahí es más difícil que te vean. Solo tienes que asegurarte
de gemir muy flojito para que no te pillen y listo —les
recomendó.
Marie estaba sorprendida, aquel hombre era mucho más
lanzado que ella. No se imaginaba estar en una sala de cine
teniendo sexo con alguien, aunque al imaginárselo, la imagen
de Adán llenó su mente.
No podía parar de pensar en él por mucho que le había
dicho que no podían tener nada serio.
Su corazón no existía y no podía amar. Entonces, ¿por qué
llenaba cada uno de sus pensamientos?
—Yo una vez, con Jorge, lo hice en el baño del colegio de
los niños. Mientras esperábamos que nos dieran las notas del
mayor.
Carlos le dio un golpecito a su hermana como si fuera
cómplice de una travesura similar.
—Yo también lo hice en esos baños, pero era mucho más
joven.
Los tres rieron dándose cuenta de que habían compartido
mucho a lo largo de los años. Seguían juntos a pesar de todas
las tempestades y eso era lo que era aquello, una más a la que
sortear.
—Entre tú y yo, Adán es una picha que no dejaría escapar.
Yo porque soy feliz con Juan, pero hazme caso. Yo sé de esto
—le recomendó Carlos para después señalar a su hermana con
un dedo—. Y tú, si Jorge no se pone las pilas, lo mandas a
tomar por culo y te tiras a Sneeze. Que se le ve buen
instrumento.
No pudieron decir nada más, alguien llamó al timbre
provocando que dieran un respingo con el cual casi se cuelgan
de la lámpara de la habitación.
—¿Esperamos a alguien? —preguntó Carmen.
Todos negaron hasta que Carlos levantó un dedo.
—Yo le dije a Juan que estaba aquí, al igual es él.
Marie se levantó cuando llamaron por segunda vez. No
ganaban nada estando allí mirándose los unos a los otros como
estúpidos sin abrir la puerta. Iba a descubrir de quién se trataba
y listo.
Atravesó su piso a toda velocidad seguida de cerca por sus
amigos, así si se trataba de un desconocido veían que no
estaba sola. Estaba bien acompañada y preparada para
cualquier cosa.
O al menos eso creyó hasta que abrió la puerta y se topó de
frente, sin anestesia ni preparación, con un Adán que llevaba
entre sus manos un enorme y colorido ramo de tulipanes.
—Hola —dijo de forma entrecortada.
Marie no respondió, se lo quedó mirando sin tener muy
claro qué es lo que hacía allí y cómo había conseguido su
dirección.
Acto seguido, de sus lados surgieron Juan y Sneeze y esa
fue toda la respuesta que necesitó para tener claro lo que había
pasado. El futuro marido de Carlos los había traído hasta allí.
Eso sin tener en cuenta lo que ella sintiese.
Marie, ni corta ni perezosa, trató de cerrar la puerta antes de
que Carmen y Carlos se lanzasen a detenerla.
—¡Espera loca! —gritó el amigo.
—Escucha lo que tenga que decir —le pidió Carmen.
Marie solo supo poner los ojos en blanco teniendo claro que
aquella noche iba a ser negra. Nadie iba a salir vivo de aquel
piso porque se habían propuesto tocarle las narices más de lo
esperado.
Tal vez conseguiría huir si alguno de ellos se despistaba.
CAPÍTULO 31

Adán no sabía exactamente qué hacía en aquel lugar. Tenía


claro que deseaba hablar con Marie, sin embargo, no esperó a
tantísima gente allí dispuesta a escuchar todo lo que tenía por
decir.
Ella lo contempló con pasividad. Miró las flores con horror
como si acabase de cometer el peor de los crímenes.
—Son para ti —dijo aclarándose la garganta.
Eso empeoró las cosas, las miró con asco y pudo ver cómo
estaba tratando de no cogerlas y hacérselas comer.
—¿Ahora vas a sacar un anillo como Romeo?
Adán fue a contestar. No quería llegar con las manos vacías
porque, para él, esas flores eran una ofrenda de paz. Una que
no quería, lo vio en su rostro y agradeció tener mucha gente
alrededor para seguir viviendo.
—¡Oh, Marie! ¡Son preciosas! —exclamó Carmen.
Él solo las agitó para que las cogiera, comenzaban a picarle
en las manos. Tenía mucho que decir y ella no parecía tan
dispuesta a escuchar como se había imaginado todo el camino.
—Va, maja, cógelas —la animó Carlos.
Marie bufó, puso los ojos en blanco cuando extendió los
brazos y las tomó. No llegó a olerlas, las echó hacia atrás y se
las dio a sus amigos que las cogieron en el aire.
—Ala, ponedlas en agua o lo que se haga con eso —les
dijo.
Vale, Adán tuvo claro que aquella mujer no tenía ganas de
tratar el tema de las flores ni ningún otro.
Carlos, comprendiendo que todo el mundo sobraba en esa
conversación, empujó a Marie al exterior antes de tomar a
Juan y Sneeze de la mano para meterlos. Ella lo miró casi con
desesperación por dejarla ahí fuera, pero no encontró piedad
alguna.
—Lo habláis como personas adultas y civilizadas o no
entráis.
Y cerró.
—¿Sabes que es mi casa? —preguntó Marie.
Carlos la ignoró por completo dándole a entender que
estaba sola, bueno, en realidad con Adán.
—Mira, tú y yo no tenemos nada de lo que hablar. Tu ex
quiere casarse contigo y tú quieres una relación. No tenemos
nada que hablar.
Adán tomó aire. Ella estaba tan a la defensiva que la sintió
como una leona a punto de lanzársele encima. Era capaz de
devorarlo y no como lo había hecho anteriormente, así pues,
decidió ser calmado.
—¿Salimos a pasear un poco? —preguntó Adán.
Solo cuando lo fulminó con la mirada él retrocedió un par
de pasos.
—Es tarde, tus vecinos querrán descansar y yo creo que
necesitamos un poco de aire fresco.
Marie se cruzó de brazos e hizo un pequeño mohín. Adán
supo que mentiría si no dijera que le pareció adorable en ese
momento.
Aceptó sin pronunciar palabra alguna. Únicamente arrancó
a caminar y la siguió como si fuera un faro que le guiaba.
Bajaron los tres pisos del bloque para después salir a la calle.
—Ya estamos donde quieres. ¿Y ahora qué?
Adán quiso abrazarla, pero se contuvo. Ella no estaba
receptiva y sabía que le hubiera lanzado un capón o algo
similar si lo intentase. La veía como a una niña pequeña
teniendo un berrinche y nunca se hubiera imaginado que le
pareciera tan achuchable.
—Es sobre Olga.
—No me importa —contestó tajantemente.
Asintió tratando de estar tranquilo muy a pesar de lo difícil
que se lo ponía.
—¿Y por qué estás enfadada?
Marie negó con la cabeza como si estuvieran acusándola de
un crimen.
—No lo estoy.
Él sonrió de forma instintiva al escucharla, algo que la
desconcertó. Frunció el ceño al verle contento y decidió
explicárselo. Cruzó los brazos imitándola, frunció el ceño y
puso morritos para que se viera reflejada.
—Sí, porque cuando buscas felicidad en el diccionario sale
tu foto así.
Solo ahí pudo ver un resquicio de la mujer alegre que
conocía, el labio inferior perdió la batalla unos segundos
mostrando una media sonrisa que le encantó.
—Ahora dime qué te enfada —le pidió.
La joven mantuvo la postura unos segundos, lo hizo al
mismo tiempo que veía a Adán igual que ella y se rindió.
Relajó un poco la postura porque no podían seguir haciendo el
tonto de esa manera.
—Las flores.
Adán parpadeó perplejo. ¿Aquel era el eje de su problema?
No preguntó nada al respecto, sacó el móvil y tecleó el número
de Juan.
—¿Hola? Tírame el ramo a la calle, anda. —Hizo una
pausa mientras hablaba su amigo—. Sí, todo bien, gracias.
—¿Qué haces?
No la escuchó. Buscó la ventana por la que se asomó Juan
segundos después, colocó las manos e interceptó el ramo
cuando cayó. Fue ahí cuando, sin mirarla, comenzó a romper
las flores golpeándolas contra el suelo.
—¡Adán, para! ¿Te has vuelto loco?
Corrió a detenerlo, pero cuando logró recoger el ramo ya
solo quedaba una flor, el resto estaban rotas con los pétalos por
el suelo.
—Si ese era el problema, se arregla. No eres de flores, lo
pillo.
Lo miró como si acabase de enloquecer, él no era al que le
enfadaba el ramo así que no comprendía porqué era el raro.
Solo hacía algo que pudiera hacerla sentir bien y conseguir de
vuelta a Marie.
—Quieres hacer como Romeo. Me trajo un ramo de rosas
rojo inmenso para pedirme matrimonio y tú tulipanes.
Adán jadeó en busca de aire después de darse cuenta que
acababa de perder un poco los papeles.
—Tú hubieras preferido rosas, ¿verdad? —preguntó
provocando que ella pusiera los ojos en blanco.
Marie caminó sabiendo que la seguiría, estaba convencido
de lanzarse por cualquier precipicio si se lo pedía. Ya había
perdido la cabeza, solo quedaba la confirmación oficial por
parte de algún psiquiatra.
—No es por la flor que sea, es por lo que vienes a pedirme.
Él me pidió matrimonio y tú quieres una relación. ¿Me
equivoco?
Vale, la chica no era tonta. Sabía perfectamente sus
intenciones y lo que hacía allí. Quería seguir la conversación
que Olga había interrumpido, como también explicarle que su
ex era una harpía.
Llegaron a unos contenedores donde tiró el ramo totalmente
destrozado, aunque le pareció curioso que rescató el único
tulipán que se había salvado. Lo sostuvo entre sus manos en
completo silencio.
¿Eso significaba algo?
—Mi madre quiere que asuma mi papel de heredero y me
case con Olga. Eso unirá dos imperios empresariales y poco le
importa lo que yo pueda pensar. Es más, hasta hace un tiempo
creí que mi ex me comprendía, hoy me ha demostrado que
solo quiere formar parte del mundo de mi madre y lo demás no
le importa.
Marie, por la impresión, fue hasta un banco y se sentó. No
dijo nada unos instantes, se limitó a respirar agitadamente
tratando de encontrar las palabras adecuadas.
—Lo siento mucho, Adán. Ha sido tan loca esta situación
que llegué a pensar por un segundo que jugabas a dos bandas,
encima tenía llaves de tu casa.
Tragó saliva dándose cuenta de que su pensamiento no era
descabellado, aunque nada más lejos de la realidad. No podía
estar con una persona como Olga, ella que lo amenazaba con
romper su lugar seguro.
—No voy a casarme con ella y sus amenazas no me dan
miedo.
Marie lo miró de forma funesta.
—¿Amenazas?
Levantó ambas manos tratando de calmarla, tal vez así
sonaba demasiado fuerte.
—Quiere cerrarme el local para obligarme a volver, lo que
no sabe es que mi apellido me blinda. No me obligará a hacer
nada.
No supo si lo escuchó hasta el final porque simplemente se
levantó como si estuviera ante la mismísima Olga y bufó
sulfurada.
—Vamos a por esa zorra —anunció.
Adán la detuvo tomándola del codo. No iba a llevarla con
Olga, ella no importaba y nunca lo había hecho. Sus palabras
estaban vacías y ahora que la veía por completo, comprendía
el error de mantenerla cerca durante tantos años.
—Tranquila, no tienes que matar a nadie.
Fue a sentarla, lo juraría ante un tribunal si fuera necesario,
pero cayó sobre su regazo.
—Borra esa sonrisa de pavo —rio Marie.
—Soy un pavo feliz —dijo.
Lo era por su cercanía. Estaba convencido de que no había
buscado aquella conexión, solo había nacido. El destino había
querido que en su huida se refugiase en su bar, eso sin contar
que era la amiga del futuro marido de Juan.
—Te has guardado un tulipán…
Ambos miraron al pobre superviviente de la masacre floril
que había hecho en un arranque de histeria. Marie, con cariño,
acarició los pétalos como si de un pequeño animal se tratase.
Se sintió atraído como una polilla a la luz, no pudo evitarlo
o no puso la fuerza suficiente para contenerse. Subió una mano
que colocó sobre la de ella, una con la que la acarició unos
segundos.
Marie suspiró, no por pesadez sino como si se lamentase
por algo, no obstante, no se retiró.
Lo miró, lo hizo de verdad y él solo pudo observar aquellos
enormes ojos verdes que poseía. No existía nada más que ese
iris que lo hipnotizaba como si de una serpiente de dibujos se
tratase.
Adán se acercó a ella, lo hizo de forma lenta, pausada,
tanteando el terreno por miedo a pisar una mina. Quedó a
pocos centímetros de su boca, tentado por tomarla como
deseaba hacer.
Fue difícil aguantar la posición cuando vio que no se
retiraba, se mantuvo allí mirándolo casi anhelante.
Su mano viajó hasta su barbilla y la acarició con el pulgar
al mismo tiempo que la tomaba con suma delicadeza. Notó
cómo se estremecía bajo su toque, luchando contra el deseo
que la hacía temblar de los pies a la cabeza.
Adán perdió el control, tomó los labios como si fueran
suyos y fuera su dueño absoluto. No lo hizo de golpe, se
aproximó lentamente hasta provocar un delicado beso.
Y ella mantuvo la posición.
Volvió a besarla, lo hizo temiéndose lo peor, no obstante,
Marie entreabrió los labios dándole la bienvenida. ¿Quién
podía rechazar una invitación como esa? Estaba claro que él
no.
Su lengua entró chocando directamente contra la suya
arrancándoles un gemido que ahogaron en la boca del otro. Se
atraían y se deseaban a partes iguales, de lo contrario sus
cuerpos no reaccionarían de esa forma.
Eran como dos imanes.
Y, de pronto, ella se separó de forma fugaz al mismo
tiempo que se levantaba. Adán se quedó paralizado casi
besando al aire para después darse cuenta de que la perdía de
nuevo.
—¿Qué pasa, Marie? ¿Por qué niegas esto? —preguntó
desesperado.
No tuvo valor a levantarse y mucho menos seguirla. Supo
que ella echaría a correr si la forzaba un poco más.
—No puedo, Adán. No puedo.
Había auténtico dolor en su rostro, uno que no supo digerir.
Estaba sufriendo de verdad, como si le hubieran disparado en
el pecho y de la herida borbotease la sangre. No era fingido.
—Dime qué te han hecho. Necesito entenderte.
Marie jadeó con todo el dolor contenido en su pecho. El
pasado regresó a ella a toda velocidad y se estrelló contra su
corazón haciéndolo sangrar. Ya habían pasado quince años,
mucho tiempo para poder olvidar y seguía sintiéndolo como el
primer día.
Los ojos se le anegaron de lágrimas hasta el punto de no ver
a Adán, solo un borrón.
Iba a romperse, no importaba lo mucho que hubiera
blindado su corazón; ahora sentía casi multiplicado por dos.
Mantenerse al margen de la gente era su especialidad, pero
aquel hombre había conseguido calarla mucho más de lo
permitido. Ahora moría por dentro por los errores del pasado.
Él merecía la verdad.
—Maté a alguien —susurró.
El corazón de Adán dio un vuelco al escuchar ese tipo de
confesión. Estaba preparado para escuchar cualquier
barbaridad que hubiera podido sufrir a manos de un ex, pero
no algo semejante.
—¿Cómo…? ¿Qué?
Las piernas de Marie no podían sostenerla, comenzaron a
temblar en el momento en el que abrió la boca para comenzar
a hablar. Aquel recuerdo era demasiado doloroso como para
soportarlo.
Agradeció que, a pesar de quedarse perplejo, Adán la tomó
de la mano y la sentó a su lado.
—Cuéntamelo —pidió.
Ella se preparó para contar lo más duro que le había pasado
en toda su vida, el motivo por el que ya no tenía derecho a
amar a nadie.
—Se llamaba Andrés. Volvíamos de una pequeña escapada
romántica, nada grande, solo un spa un fin de semana y mucho
sexo en el hotel. Él era perfecto, el mejor hombre con el que
yo había estado hasta la fecha.
Ya apenas recordaba su cara. Los recuerdos solían
desdibujarse con el paso de los años, dejándole como resultado
algún borrón y muchas sensaciones, olores y sonidos. Eso
recordaba de él, su perfume y su voz.
—Estaba cansado y paramos para que llevase el coche.
Tragó saliva mientras se acarició a sí misma una de sus
piernas, lo hizo para calmar sus nervios, los mismos que
amenazaban con vomitar allí mismo.
—Lo llevé un buen rato y te juro que no estaba cansada.
Estábamos en una carretera llena de curvas, oscura y plagada
de coches.
Marie recordó el momento y jadeó al mismo tiempo que sus
lágrimas la rompían por dentro. No podía decirlo en voz alta,
no podía confesar su crimen como si nada, como si de un
paseo por el campo se tratase.
Adán, a modo de apoyo, no salió corriendo, colocó su mano
sobre su rodilla y esperó pacientemente a que reuniera el valor
suficiente como para seguir hablando.
—Un coche del carril contrario invadió el mío. Fue muy
rápido, apenas pude ver unas luces y comencé a sentir pitidos
del resto. Yo reaccioné y lo hice de forma fatal, pegué un
volantazo tratando de evitar el coche frontal.
Marie sintió como la garganta se le cerraba, las lágrimas
caían sin control recordando a su ex y el error que cometió.
—No giré hacia el lado que debí. Estrellé el lado del
copiloto contra el coche que invadía el carril y…
No fue capaz de decirlo, aunque lo dejaba muy claro.
—¿Murió? —preguntó Adán.
Marie asintió cerrando los ojos por la culpa. Nunca había
sido capaz de olvidar ese momento. El coche quedó hecho
pedazos, ella despertó en el hospital donde, milagrosamente,
estaba ilesa.
—No lo hizo inmediatamente. Estuvo en coma durante
muchos meses. Fui a verlo todo lo que me dejaron, pero un día
sus padres me pidieron que no regresase.
Llevaba grabado ese día a fuego, los sentimientos que la
golpearon ese día cuando supo que no iba a volver a verlo. Era
cruel, no comprendió porqué le hacían eso y trató de luchar
contra esa decisión en vano.
—Su madre me dijo que había asesinado a su hijo, que le
había quitado la posibilidad de amar o de formar una familia.
Su padre trató de contenerla, pero sé que pensaba igual, lo vi
en sus ojos.
Aquella mujer se dejó las cuerdas vocales explicándole el
daño que le había hecho y lo comprendía. Sabía que le había
arrebatado a un hijo para siempre. No había posibilidad de
volver a ser el de siempre, iban a quedar secuelas.
—Casi un año después supe por Carmen que lo habían
desconectado y había fallecido.
Marie no se imaginaba la agonía que le había producido a
esos padres. La pérdida irreparable que iban a tener que
soportar el resto de sus días. Estaba claro que era una asesina,
una que podía vivir una vida plena mientras que él ya jamás lo
haría.
No era justo.
Adán vio como Marie se ahogaba entre sus lágrimas y
jadeos. Pudo ver el auténtico dolor reflejado en su rostro, ese
recuerdo la estaba matando por dentro y sin posibilidad de
recuperación.
Por eso no quería amar, porque se lo había quitado a otro.
No quiso imaginar lo doloroso que debía ser perder a
alguien amado, encima en el mismo accidente en el que tú
sales ileso. Se culpaba y era lógico en un momento como ese.
Además, comprendía lo que esos padres sufrieron y porqué
le prohibieron ir. Ella era el recordatorio de que su hijo estaba
postrado en aquella cama. Estaba convencido de que de haber
podido la hubieran cambiado por su hijo, cualquier padre lo
haría.
Ningún padre debía enterrar a su prole. No era justo.
Como tampoco lo era que ella cargase con tan tremendo
peso. Que aquel recuerdo la estuviera matando por completo.
—Marie, sé que es duro. No voy a decir que sé lo que
sientes porque sería mentira. Solo quiero que sepas que no fue
culpa tuya, tú no buscaste matarlo de forma intencionada.
Ella negó con la cabeza fervientemente estando en contra
de sus palabras. No lo creyó.
—Yo lo maté. Si hubiera dado el volantazo en dirección
contraria… Tal vez…
—Quizás os hubierais matado los dos.
No quería ser cruel, solo que comprendiera que no se podía
jugar al destino sin cartas para la partida. No podía adivinar
qué hubiera pasado si algo cambiase en el escenario. Tal vez el
resultado hubiera sido peor.
—No… —jadeó.
Adán no pudo soportarlo, la abrazó tratando de consolarla.
Estaba tan rota que notó como si tratase de reconstruir un
espejo hecho demasiado añicos. Los trozos se esparcían por el
suelo y cortaban a quien se atreviese a tocarlos.
—Yo no hice, Adán.
Él apoyó su mentón en su cabeza, la mantuvo sobre su
pecho en un intento de dejarla desahogarse por todo el dolor
que arrastraba en su corazón.
—Soy un monstruo, una asesina… No merezco una vida
porque le quité la suya.
El dolor era tan visceral que la estaba consumiendo. No
podía creerse que tras la sonrisa de esa mujer pudiera haber
algo semejante. Ella escondía un trasfondo trágico.
Un accidente que no era culpa suya.
—Por eso no puedo ser tu novia.
—De acuerdo, solo por ahora prometo ser tu amigo. Solo te
pido que no me alejes de ti.
Marie siguió llorando durante minutos, lo hizo sin control
como si fuera una presa que había estado cerrada demasiado
tiempo. Nadie había abierto la puerta, se había reventado de
mala manera y caía sin control.
Ella creía que era la peor persona del universo, a lo que él
no estaba de acuerdo.
—No puedo darte lo que pides —lloriqueó.
Adán iba a quedarse a su lado costase lo que costase. Marie
sentía como verdad que estaba rota, que no tenía derecho
alguno a amar y él iba a conseguir que cambiase de opinión.
—Vale, entonces solo te pido amistad. Es sencillo, nada de
sexo o besos. Ser tu amigo. Uno más. ¿Podrás con eso? Porque
no pienso irme.
Marie quizás aceptó, no pudo saberlo porque continuó
llorando mucho rato después de las doce y, tal vez, de la una
de la mañana. No importaba, no iba a dejarla sola por mucho
que desease autodestruirse.
CAPÍTULO 32

Adán no se marchó, dejó que llorase hasta que las lágrimas


la agotaron. Y fue entonces, cuando él la abrazó más fuerte. La
ayudó a levantarse para guiarla hasta casa, lo hizo en silencio
como si no quedasen palabras que añadir.
Cuando Carmen abrió la puerta se quedaron en silencio.
Dejaron que entrasen, que la acompañase hasta su habitación y
la tumbase en la cama. Necesitaba descansar, dormir después
de vaciarse por completo.
Para cuando despertó sintió que mil años habían pasado.
Nunca antes se había atrevido a contárselo a nadie. Carlos y
Carmen lo sabían porque lo habían sufrido con ella, pero el
resto del mundo desconocía esa información de su pasado.
Se sentó en el borde de la cama con el cerebro hecho puré.
Estaba agotada física y psicológicamente, apenas tenía control
de su cuerpo o podía pensar con claridad.
Nunca antes el dolor fue tan intenso, jamás hubiera
imaginado pensar que alguien pudiera hacerla hablar y
confesar lo que pasó.
Andrés quedaba muy lejos si se lo paraba a pensar.
Quedaba en unos años jóvenes en los que creía que el mundo
era un lugar bonito y que todo era posible. Después de él solo
quedó dolor y culpa.
Una que convivía a su lado todo el tiempo. La acompañaba
allá donde fuera, a la ducha, a comprar o cuando estaba con
cualquier hombre. Era el recuerdo perpetuo de una vida que ya
no estaba.
Y se sentía como si su vida fuera de prestado.
Nunca supo porqué se salvó, solo que él no lo hizo y eso
bastaba para que la agonía fuera su fiel escudera.
Salió de la habitación para saber quién quedaba en su casa
y descubrió que nadie se había ido. Todos estaban reunidos
alrededor de la mesa desayunando y las voces se callaron en
cuanto la vieron entrar.
Esa sensación fue extraña y amarga. Casi se sintió como
que era la que sobraba, algo estúpido porque Carmen no tardó
en levantarse e ir a por ella.
—Mira, vas a alucinar. Adán ha hecho crepes de chocolate,
nunca has probado unas tan buenas como estas.
Tuvo suerte de que la guiase hasta la mesa porque supo que
no hubiera podido llegar sin ayuda. Le aproximó una silla para
que tomase asiento y no tardaron en traerle un plato con algo
que tenía una pinta estupenda.
Quiso cortarla para poder comer mejor, pero vio como
Sneeze le quitaba el plato para hacerlo él. Eso provocó que lo
mirase confusa y todo se explicó en cómo la miró, la piedad
que mostró.
Lo sabía, de hecho, todos los presentes estaban al corriente.
Sintió ganas de llorar, aunque había agotado todas las
fuentes de humedad de su cuerpo disponibles.
Después de devolverle el desayuno su amigo, al cual ya
podía denominar así, puso una mano sobre su pelo y lo
alborotó con cariño. Era una forma de decirle que no estaba
sola, lo sabía.
Probó un pedazo y descubrió que estaba buena, de hecho,
mucho mejor de lo esperado. Eso hizo que buscase con la
mirada al culpable y encontrárselo saliendo de su cocina con
un trapo en el hombro.
Una imagen espectacular.
—Esto está buenísimo.
—¿Qué esperabas? ¡Tienes un amigo genial!
Esa palabra sonó extraña en sus labios. Todos veían la
conexión que tenían, hasta ella misma. Pero la vida la había
castigado y cumpliría su condena por mucho que le costase o
desease otra cosa.
Nunca quiso algo así, aunque tampoco Andrés si pudieran
preguntarle.
—Hoy vas a venirte con nosotros a ver los detallitos para
los invitados —anunció Carlos emocionado como un niño
pequeño.
Marie abrió los ojos con auténtico pavor, sabía que ir con él
a un lugar de esos era el peor castigo de todos. Trató de buscar
la complicidad de Juan, solo que este estaba agradecido por
tener apoyo.
La había vendido el muy rata.
—¡Eso habrá que hablarlo! —exclamó Adán.
Y sin esperárselo, se vio envuelta en una batalla para
decidir quién se la llevaba ese día. Casi se sintió como un
bolso, un accesorio al que colgarse del cuello, pero le gustó
ver tanto sentimiento.
—Sneeze y yo necesitamos una camarera guapa para atraer
a la clientela —dijo Adán.
—No, Carlos y yo la necesitamos para los detallitos —
aclaró Juan.
—Lo siento, gente, pero es mi amiga y nos vamos a ir de
compras y vamos a pedirnos un masaje —anunció Carmen.
Ya había tres planes sobre la mesa. Estaba claro que había
alguno que le llamaba más que otro, solo que no pensaba
decirlo en voz alta para que los equipos perdedores la matasen
por no ir.
—Masaje, menuda birria de plan. ¿Quién elegiría eso por
encima de dos hombres guapos y fornidos como nosotros? —
preguntó Adán.
—Yo dejaría el bar y me iría al masaje —comentó Sneeze.
Adán, armado con una espumadera, fingió apuñalarse con
ella y se dejó caer al suelo siendo todo lo dramático posible.
—En mi epitafio poned que mi amigo del alma me
traicionó como una sucia rata.
Juan se levantó corriendo y le tomó una muñeca. Fingió
tomarle el pulso para después pasar a la maniobra de
reanimación. Lo hizo como si de una película se tratase, con
auténtica devoción.
—Carlos, corre. Tú le harás el boca a boca mientras yo
hago las compresiones.
Su futuro marido saltó de la silla al mismo tiempo que se
frotaba las manos con suma alegría. No tardó en llegar a donde
ellos y ponerse de rodillas para así alcanzar mejor el rostro del
herido.
—Ven aquí, chato, que te tengo ganas.
Adán abrió un ojo mientras reía. Estaba claro que no se
esperó que el otro se le lanzase sobre la boca dándole un buen
pico. Y no sopló no, acunó su rostro y absorbió como si de una
ventosa se tratase.
El pobre muchacho se revolvió hasta separarse de sus locos
amigos que lo contemplaban riendo sin parar.
—¡Por favor! ¡Que casi me tragas como un chicle! —
exclamó.
Juan le guiñó el ojo.
—La próxima que te desmayes me pido ser yo quien te dé
aire.
Se levantó a trompicones en busca de aire y con las mejillas
encendidas, de hecho, a Marie le pareció gracioso que hasta
las orejas estaban rojas como un tomate. La verdad es que no
había esperado una reacción así.
Los móviles de todos sonaron a la vez, fue algo extraño
porque nunca solía pasar. Ellos, extrañados comenzaron a
buscar sus dispositivos. El de Marie voló de las manos de
Carmen a las de Juan y después a las suyas.
Desbloqueó para ver que había recibido un mensaje de un
número que no conocía. Al parecer, todos tenían el mismo, el
cual contenía una foto.
La descargó y la sorpresa fue tan grande que tuvo que
tragar agua para el trozo de crepe que tenía en la boca para
ayudarla a bajar. No pudo abandonar los ojos de la pantalla ni
un segundo.
—Estimado señor y señora —comenzó a leer Carmen—.
Le hago entrega de la invitación para el evento del año. La
boda ya está preparada y los novios no pueden ser más felices.
Adán y Olga contraerán nupcias en el juzgado para después
tener el mejor convite en el Hotel Palacio Real. La dirección
viene adjuntada con este mensaje. Postdata, adjuntamos una
lista de regalos y las reglas de etiqueta, además los colores
vetados para los invitados. Gracias por hacer este día tan
especial.
Marie soltó el móvil para seguir comiendo la crepe. Estaba
claro que si iba a disgustarse pensaba hacerlo con el estómago
lleno.
Todos miraron a Adán a la espera de una reacción. Este
parecía tranquilo, de hecho, sonreía mientras seguía
observando la invitación. Sin mediar palabra alguna entró en
la cocina y rebuscó en un cajón hasta salir con un cuchillo.
—Ahora vuelvo, gente —anunció.
Sneeze fue el primero en interceptarlo, le arrancó el
cuchillo de las manos y lo obligó a sentarse en una silla para
tratar de calmarlo.
—Vamos a pensar algo mejor.
—Mi plan no tiene fisuras, amigo. La mato y no podemos
casarnos, sin novia no hay boda.
Carmen se pasó las manos por la cara tratando de controlar
los nervios porque la tensión en aquel lugar se podía cortar con
el cuchillo que le habían quitado al loco de Adán.
—No sé si un funeral es lo más conveniente. Por el tema de
la cárcel y eso —comentó tratando de transmitir cordura al
grupo.
—Yo la mataba. Me ofrezco voluntaria —dijo Marie con la
boca llena.
Eso provocó que todas las miradas cayeran sobre ella a toda
velocidad. Vieron que se estaba comiendo las crepes de los
demás mientras ellos sentían como se les acababa de cerrar el
estómago.
—¿Qué? A mí el estrés me da hambre.
Carlos se pellizcó el puente de la nariz.
—Toma la mía y come, disfruta, niña —le dijo.
Se la comió a sabiendas que podía reventar ese día.
Después de esa invitación a traición necesitaba azúcar para
sobrevivir.
—Yo solo pienso en matarla —confesó Adán.
Era lógico, la muy bruja de Olga había enviado las
invitaciones. Estaba claro que todo el mundo iba a saberlo
pronto y que la prensa también habría recibido la invitación, la
mismita que ellos.
Sabía ser mala de verdad.
—Cásate con otra. Un matrimonio de conveniencia, así no
podrán casarte. Después os separáis al año por algo y listo.
Todos se sorprendieron de la idea que acababa de lanzar al
aire Marie. Sus miradas fueron tan intensas que no pudo
aguantar la presión y soltó los cubiertos, después tomó la
servilleta y la agitó.
—¿Tengo una mancha? —preguntó.
Adán corrió a su lado y se sentó cerca de ella.
—¿Tú te casarías conmigo?
Ahora sí que iban a sentarle mal las crepes y eso sí que era
una tragedia.
CAPÍTULO 33

Adán entró en casa de su madre con la rabia burbujeando


en sus venas. No podía creer que hubieran lanzado el bulo de
que se iba a casar con Olga. Le resultaba impensable que
tratasen de moverlo como una marioneta.
No iba a casarse, a pesar de que la idea de Marie le rondaba
la cabeza. En un puro acto de desesperación le había pedido
que se casase con él, pero ambos rieron a la vez en cuanto
pronunció esas palabras.
Era una locura.
—¡Madre! —bramó enfurecido.
Juan le seguía de cerca. Era al único al que le había
permitido ir porque sabía que presentarse con todos era una
mala idea.
Esme fue la primera que bajó a ver qué ocurría. Saltó los
escalones de dos en dos como si acabase de activarse la alarma
antiincendios.
Su madre no, lo hizo tranquilamente como si tuviera todo el
tiempo del mundo. Ya sabía porqué estaba allí y cuál era el
motivo de su enfado. Fue ahí cuando supo que ella había
tenido algo que ver.
Durante todo el trayecto una parte de él deseó que solo
Olga estuviera detrás de todo eso. Ahora comprendía que la
que lo orquestaba todo era esa mujer a la que le debía la vida,
la misma que quería controlarle.
—Me pregunto si tú también has tenido algo que ver. ¿Qué
te han prometido?
Su hermana no sabía de qué estaban hablando, era eso o es
que fingía muy bien. Frunció el ceño muy confusa con su
llegada y más de esa forma, tan enfadado. Se llevó las manos a
la cabeza antes de ser capaz de decir algo.
—¿De qué me hablas? —preguntó.
Adán sacó el teléfono para mostrarle la dichosa invitación
que todo el mundo tendría.
—De esto.
Esme no salía de su asombro. Fue tal la sorpresa que tomó
el móvil entre sus manos para ver lo que le mostraba. Después,
cuando supo quién era la causante de aquello, giró para
encararla.
—¿Madre?
Ella actuó como si la conversación no fuera con ella. Acabó
de bajar las escaleras para darles un repaso visual a los dos
antes de girar para dirigirse a la cocina.
—No, no te atrevas a ignorarme —dijo Adán yendo a por
ella para colocarse delante.
Tomó el móvil de las manos de su hermana para
mostrárselo a ella, era la causante de que los medios
comenzaran a hablar de la boda. Ese evento que llenaría
páginas enteras de las revistas del corazón.
—Enhorabuena, hijo.
Adán reprimió las ganas de envolver el cuello con sus
manos y matarla. Debía ser paciente y no provocar un
asesinato por mucho que lo desease.
—No voy a casarme con ella —sentenció.
Aquello borró la sonrisa gloriosa que lucía su terrible
madre. Ahí sí que lo miró, lo hizo con condescendencia y
enfado, uno que estaba deseando desatar. No le importaba
llenarle la cara de arrugas si eso la hacía comprender que no
era una marioneta.
—Lo harás. Todos los medios están haciendo eco de la
noticia. Vais a ser el evento del año y te vestirán los mejores
diseñadores.
Le pellizcó la mejilla como solía hacer de niño, la única
muestra de cariño que recordaba y la misma que le decía que
se marchase, que se iba a la cocina a servirse una copa.
Porque sí, para ella cualquier hora era buena para un
gintonic.
Adán volvió a interceptarla, no pensaba dejarla escapar, no
hasta que eso se arreglase.
—¡Por favor! Esto es una mera transacción, después haced
la vida que queráis. Es solo un papelito, unas fotos y vivir
juntos. Pero a esa casa podrás llevar a quién quieras. Sabe dios
que tu padre lo hizo mucho, seguro que Olga se acostumbra.
Hablar así de un matrimonio le provocó nauseas. Debía
reconocer que no era el más romántico del mundo, pero
deseaba compartir su vida con una persona a la que amase.
Casarse debía ser eso, sellar el amor con tu pareja, no una
transacción monetaria.
—Me casaré con otra persona —anunció convencido.
Su madre consiguió llegar hasta la cocina donde le esperaba
su querido gintonic. Y ahí, con su bata entreabierta, se sentó
en un taburete para empezar su descenso a los infiernos
bebiendo.
—¿Con quién? Y no me digas que usarás a Álvaro para eso.
—Sneeze, madre —le rectificó.
Ella se limitó a poner los ojos en blanco al mismo tiempo
que movía una mano para restarle importancia.
—Me niego a llamar a alguien «estornudo» solo porque lo
conocieras resfriado o lo que sea. Si te casas con él descubriré
que es el bastardo de tu padre y tu reputación caerá por los
suelos.
Adán apretó los dientes tratando de mantener el control.
Sneeze no sabía quién era en realidad y prefería que siguiera
siendo un secreto. El desconocimiento de que eran hermanos
era lo que lo protegía de su madre.
Y eso era un gran regalo.
—Buscaré a otra persona.
Después de un gran trago, asintió con una sonrisa diabólica
en los labios.
—Sí, la chiquita esa que te follabas en Ibiza. Hazlo y
destruiré todo lo que tiene. En poco tiempo mis chicos han
descubierto que es una simple becaria en una de las empresas
con las que trabajamos. No me costaría enviarla a la cola del
paro o sacar alguno de sus trapos sucios como que tuvo un
aparatoso accidente. Uno en el que…
No terminó porque lo vio todo rojo, le arrancó la copa que
tenía en las manos y la lanzó contra la columna de mármol que
tenía cerca. Después de eso solo se le ocurrió saltar la barra
para comenzar a tirar aquellas botellas que tanto atesoraba.
—¡Adán! —gritaron Juan y Esme a la vez.
—Tócale un solo pelo o publica algo de ella y seré yo
mismo el que te destruya —dijo cuando no quedó ninguna de
las seis botellas de ginebra.
Salió de allí para limpiarse con la servilleta que había cerca
de su madre. No le importaba su ataque de ira, solo que no
pudiera dañar a Marie, ella no merecía que le hiciera daño.
—Te importa la chiquita esa —dijo sorprendida.
Asintió siendo incapaz de negar lo evidente.
—Has hecho muchas cosas, algunas muy reprochables,
pero exponer a una persona que tuvo un accidente en el que
murió su pareja sería hacerte caer demasiado bajo. No te
imaginas el dolor que arrastra desde entonces.
Ella lo miró fijamente mientras hablaba como si nada
hubiera pasado, lo contempló con tranquilidad y sin importarle
lo que acababa de hacer.
—Si no quieres más dolor para ella sabrás qué hacer. Olga
será una buena esposa y tú podrás seguir viéndote con la otra.
No voy a despedirla, prefiero, dado lo mucho que te importa,
exponer ese pasado oscuro que tiene. Los medios podrían
decir que iba bebida o drogada. Tardará en defenderse y
demostrar que no fue así, ya sabes cómo funcionan estas
cosas.
Y, de pronto, Esme fue a toda velocidad hacia su madre y le
profesó un sonoro bofetón que casi la lanzó del taburete.
—¿Ese es el aprecio que le tienes a tu hijo? ¿Tanto proteges
a tus empresas que piensas destruir la vida de una persona
inocente?
Ni Adán, ni mucho menos su madre salieron de su
asombro. Durante los últimos años Esme se había convertido
en la típica imagen de hermana que se ríe y disfruta de las
desgracias de su hermano.
Ahora salía en su defensa como una leona protegiendo a sus
cachorros.
—Bastante cruel es casarlo, pero romper la cordura de
alguien es mezquino hasta para ti. Esa chica no te ha hecho
nada y exponerla solo hará que pierdas a Adán para siempre.
Tomó aire.
—Crees que amenazándolo lo harás volver, pero no ves que
debiste estar a su lado cuando lo necesitaba. Te crees que tus
millones, tus trabajadores y tu influencia pueden conseguirlo
todo, no obstante, no has ganado ni un ápice de respeto por
parte de Adán. Si yo le hiciera algo semejante a mis hijos sí
que podría certificar que entonces he fracasado como madre.
Su madre aguantó estoicamente y, solo cuando Esme calló,
decidió carraspear un poco.
—¿Has acabado? Porque te recuerdo que te has estado
mofando de cada amenaza que he vertido sobre tu hermano y
que viste bien que se casase con tu amiga Olga en pos de la
familia. Quieres ser la niña buena de la familia y no te das
cuenta de que solo te acercas al sol que más calienta. ¿Te duele
que amenace a una chica inocente? —Rio—. Eso es porque te
faltan agallas suficientes como para plantar cara.
Se levantó para enfrentarles y demostrar que no tenía miedo
a ninguno de sus hijos. No había nada que pudieran decir que
la hiciera cambiar de opinión.
—Yo protejo a mi familia a cambio de algunos sacrificios.
No le estoy pidiendo que vaya a la cárcel, solo que se case. Le
dais demasiada importancia a un mero trámite.
Adán apartó a su hermana. La verdad que agradecía su
reacción, quizás hacía demasiado tiempo que no la veía de su
lado y eso era lo que más le sorprendía después de todo.
—No voy a casarme con Olga y puedes amenazarme con lo
que quieras. Es más, he traído a Juan conmigo para
comunicarte que pienso comenzar a trabajar con su empresa.
Sí, porque yo también sé presionar las teclas de ser necesario y
él está dispuesto a lanzar la noticia de que tu hijo trabaja para
la familia Villalobos. Aunque, en parte debo darte la
enhorabuena, al fin consigues que deje el delantal para volver
a ponerme el traje.
Su madre negó con la cabeza, estaba claro que eso no era lo
que buscaba conseguir. Era un ultraje trabajar con los que
consideraba «el enemigo», pero para él era la mejor de las
venganzas posibles.
—¡No te atreverás! —exclamó totalmente enfurecida.
Ese fue el momento de Juan. Se había mantenido callado en
todo momento esperando pacientemente entrar en acción. Ese
era el amigo que tenía, el que podía protegerle cuando el
mundo se volvía oscuro.
—Además, pienso poner a toda una horda de abogados
sedientos de sangre a trabajar para desmentir cualquier tipo de
difamación que lance sobre Adán, Marie o cualquiera de
nosotros. Me veré obligado a iniciar litigios judiciales largos y
tediosos que solo darán mala imagen a su empresa porque la
nuestra solo se estará protegiendo de la difamación de sus
palabras.
¡Ese era su amigo! Casi podía sentirse empalmado con lo
que acababa de decir. No había golpe más duro que ese por
mucho que tratase de hacerlo mejor. Y lo mejor fue cómo a su
madre se le desencajó la cara por la rabia.
—Bueno, pues dicho todo esto yo me voy yendo. Pídele
disculpas a tu servicio por mi ataque de rabia —sonrió Adán.
Juan y él caminaron hacia la salida sin que su madre los
detuviese o pronunciara palabra alguna. No tenía como
retenerle, solo dejarlo ir y contemplar el infierno que había
desatado.
—¡Adán! —exclamó Esme tomándolo del codo.
Miró a su hermana, pero a la de verdad y no la que
disfrutaba de sus desgracias y sonrió contento.
—Gracias.
Esme lo abrazó con fuerza. Adán no dudó en devolver el
gesto con el mismo amor que recibió.
—Lo siento mucho. Si necesitas cualquier cosa pídemelo y
lo haré.
Adán asintió.
—Tú no dejes que la bruja te lleve al lado oscuro porque
vales mucho más que eso.
Y era verdad, Esme era una buena mujer sometida a una
mala influencia. Quizás algún día abriese los ojos y
abandonase el hogar familiar. Sabía que la libertad sentaba
bien, debía sentirla para darse cuenta de que había más mundo
detrás de esas paredes que la encerraban.
Existía mucho más allá de ese imperio.
La libertad era hermosa.
—Joder, tío, qué mal rato he pasado cuando tu madre me
miraba como una asesina en serie —comentó Juan.
—Pues yo me he puesto cachondo y todo al escucharte.
Ambos rieron.
—Pues no se lo digas a Carlos que se lo toma en serio.
Entraron en el coche para irse de aquel lugar de una vez por
todas, necesitaba perder de vista aquella casa y a su dueña.
—Juan, necesito un favor más.
CAPÍTULO 34

—Y tú le has dicho que no quieres su amistad, solo que


baje al pilón el resto de su vida, ¿no? —preguntó su abuela.
Marie negó con la cabeza mientras seguía doblando la ropa
que acababa de salir de la secadora.
Y sí, Rosa María de las Concepciones, tomó su zapatilla de
estar por casa y se la lanzó certeramente en la cabeza. Marie
emitió un gemido ahogado mientras se daba cuenta de qué era
el objeto no identificado que la había golpeado.
—¿Te has vuelto loca?
Su abuela se cruzó de brazos tratando de decirle que no era
eso lo que le pasaba y ella no tenía tiempo para eso.
—¿Cómo puedes decirle eso a un bombón como ese? Le
has contado tu vida y ha prometido ser tu amigo. Ya tienes
muchos amigos, a ese quédatelo para el disfrute. Te lo digo yo.
Suspiró y, mientras hacía una bola con el pantalón que tenía
en las manos, pensó en las formas en las que su abuela había
enloquecido. Tal vez era que salía poco a la calle o que tenía
que vigilarle mejor la medicación.
—Yo no puedo amar a nadie y lo sabes —le recordó.
La segunda zapatilla voló, solo que esta vez la vio venir y
se apartó dejándola caer al suelo.
—Tonterías. Fue trágico lo que te pasó, sí, pero estoy
segura de que Andrés no quería eso para ti. Le gustaría que
fueras feliz. Solo fue un accidente y no hiciste nada malo.
En eso discrepaban, pero no pensaba discutir y explicar los
puntos que habría podido cambiar para tener un resultado
mejor. Debía aceptar que era su decisión, el castigo que se
había autoimpuesto.
—Ese chico no es para tenerlo de amigo.
—Si ni siquiera lo has visto.
Su abuela fue hacia la puerta cuando el timbre sonó, lo hizo
al mismo tiempo que la fulminaba con la mirada.
—Carmen me ha enseñado fotos. Otra a la que le hace falta
un polvazo y no quedarse con el sin sorbo que tiene como
marido.
Marie siguió doblando ropa, por lo que tardaba su abuela
seguro que se trataba de alguna vecina que venía a contarle un
cotilleo. Sí, a Rosa María de las Concepciones le encantaba
saber de los demás y meterse en sus vidas.
A pesar de que lo hacía con humor.
—Lo que yo te diga. Este cuerpo no puede dejarse escapar.
Si yo tuviera unos pocos años menos lo ataba a la pata de mi
cama.
Marie rio.
—No dejarás el tema, ¿no?
—Tu abuela es muy simpática.
La voz de Adán le provocó un respigo y no solo eso,
también abrió los brazos hasta que las bragas de cuello de
cisne de su abuela se abrieron por completo. Sí, eran muy
grandes y muy altas, no obstante, cubrían todo lo que
necesitaba.
—Anda niña, baja eso que podría considerarse un arma
mortal —le pidió su abuela.
Marie, dándose cuenta de que le enseñaba las generosas
bragas de su abuela, las hizo una bola y las lanzó por encima
del hombro. Algo que hizo que el resto frunciera el ceño sin
tener muy claro lo que hacía.
—¿Qué haces aquí?
—He venido a buscaros a ti y a tu abuela.
Hacía un par de días que no había sabido nada de Adán. Lo
último que habían hablado era una petición de matrimonio
mientras ella masticaba aquellas crepes que le habían robado
la cordura.
Esa era la única explicación que había.
—¿Para qué?
—Estos días he estado muy ocupado en algo. Venga,
vamos.
No tuvo muy claro el motivo solo que confiaba en Adán,
aunque una de las probabilidades decía que podía llevarla a un
cráter de volcán y lanzarla para algún sacrificio o algo similar.
Tardó un poco en reaccionar, pero su abuela se apresuró a
tomarla del brazo para tirar de ella.
—Y tanto que vamos. Al fin del mundo si hace falta. Mira
esos músculos y esa espalda, se podía lavar en ella a la piedra
como en mis tiempos mozos.
Su abuela estaba desatada. Al parecer le gustaba Adán, no
cabía la menor duda de que se había vuelto loca al conocerle.
—Este es mucho mejor que en las fotos. Yo me lo quedaba
antes de que cualquier «zorrupia» te lo quitase. Hazme caso,
soy una mujer de mundo.
Adán, perplejo, solo pudo echar la cabeza hacia atrás y reír.
—Me halagas, Rosa.
Eso no es lo único que quería hacer su abuela. Decían que
los años bajaban la libido, pero a ella se le había multiplicado
por mil. Estaba agarrada a él de tal forma que no parecía que
fuera a soltarlo pronto.
Justo cuando estuvieron en la calle vieron una pequeña
furgoneta de donde salieron las cabezas de Carmen y los
demás por la puerta.
—Venga, que nos vamos de excursión —anunció su amiga.
A Marie le pareció demasiado extraño todo. Trató de no ir y
quedarse quieta y recibió como castigo un pellizco por parte
de su abuela. Aquello la hizo reaccionar para caminar veloz
hasta el interior de aquel vehículo.
—¿A dónde vamos?
Su abuela, al entrar y ver al resto de chicos, sonrió gloriosa.
—Al cielo, niña. Tus amigos tienen que venir a visitarme
más a menudo.
Marie puso los ojos en blanco, estaba claro que aquel viaje
iba a ser mucho más movido de lo que esperaba. Solo deseó
que no fueran muchas horas de coche o se veía tirándose por la
ventana para huir de aquella locura.

***

Media hora llevaba su abuela tirándole los tejos a Adán,


bueno a él, a Sneeze, a Juan y a Carlos y eso que al último lo
conocía de hacía muchísimos años. Ellos se lo tomaban a
broma, pero Marie estaba roja como un tomate por cada una
de las barbaridades que decía.
—Los calvos son los más sexys. Que se lo digan al Vin
Diesel ese, madre mía qué apaño le dejaba hacerme.
Marie se tapó la cara cuando Sneeze enrojeció por
completo. No iba a poder mirar a la cara a sus amigos el resto
de su patética existencia. Aquella mujer estaba provocando
que quisiera morirse.
—Abuela, por favor… —pidió.
—Nada niña, eres tonta. Aquí tienes carne para años y
prefieres quedártelos como amigos. Parece que no te he
enseñado nada.
Todos estaban muy entretenidos con su abuela, hasta la
provocaban para que dijese más cosas. Estaba claro que ella
triunfaba a la fiesta que fuera, tenía un don para hablar con la
gente.
—¿Usted ha tenido muchos amantes? —preguntó Sneeze.
—Si vuelves a llamarme usted te tiro de la furgoneta en
marcha. Y sí, he hecho mis pinitos, aunque eran otros tiempos.
Te casaban muy jóvenes y apenas sabíamos qué era el sexo
salvo para levantarnos el camisón hasta las tetas y punto. Si
me pillase ahora no iba a quedar hombre sin catar.
Marie tuvo que reírse junto a todos los demás, ella podía
conseguir eso, que todo el mundo lo pasase bien a su
alrededor.
—¿Su marido era bueno? —preguntó Adán.
—¿En la cama dices? El pobre lo intentaba, pero no parecía
más que un perrillo ahogado de lo mucho que jadeaba.
Después se caía a tu lado y se quedaba durmiendo como un
bebé. No fallaba y creo que sigue siendo un método infalible
para haceros dormir.
Se dio aire para poder seguir viviendo, no podía soportar
más la risa que le provocaba su abuela.
—Podríamos apuntarla a algún viaje así para gente mayor.
—No gracias. Yo ya no quiero eso. A mi edad las pollas
son pasas y ya no son lo que eran. No os imagináis lo mucho
que se arruga un cuerpo y lo pequeñitas y poca cosa que se
hacen. Algunos dan penita los pobres. Yo prefiero un yogurín
con todo firme y en su sitio.
Estaba claro que nadie la iba a hacer cambiar de opinión.
Ella quería divertirse con alguien joven, aunque ya no
estuviera para esas cosas.
—Seguro que a muchos les encantaría tu sabiduría —la
animó Carlos.
Ella levantó un dedo.
—Y mi lengua, chato. Que no solo la tengo para hablar.
Consigo hacer muchas cosas con ella, no te creas. Estoy vieja
y no me muevo tan rápido como antes, pero a esta la mantengo
entrenada religiosamente.
Acabaron llorando de la risa. Ya no sabían qué más era
capaz de decir aquella mujer porque siempre les sorprendía
con algo. Estaba claro que todos desearon llegar a su edad con
aquella vitalidad y alegría.
—Ojalá de mayor sea como tú —pidió Adán.
—No, eso no. Yo soy una vieja que ha deseado vivir más.
Tú vive y disfruta que eres joven.
Ese era un buen lema de vida.
CAPÍTULO 35

A Marie se le hizo un nudo en la garganta cuando comenzó


a reconocer el sitio a donde iban. Habían pasado muchos años
desde la última vez que estuvo allí y no iba a ser el día que
pisase ese suelo.
—Da la vuelta, Juan —pidió sin rastro de humor en su voz.
Adán, que estaba sentado delante de ella, negó con la
cabeza. Fue entonces cuando comprendió la encerrona que le
acababan de hacer todos ellos. Se sintió estúpida de no haber
preguntado antes de subirse a ese vehículo.
—Cielo, es hora de que arregles muchas cosas —le dijo su
abuela dejando su mano sobre su rodilla.
Hasta ella lo sabía. Todos estaban al corriente de que la
traían a ese lugar que su corazón no podía asimilar: a la casa
de Andrés.
Juan aparcó delante de aquella fachada que seguía siendo
de color crema. Parecía que los años no hubieran pasado
porque todo se conservaba de la misma forma. El jardín seguía
perfectamente cortado y cuidado y las estatuas de ángeles
mantenían su posición a pesar de los años.
El corazón dolió al reconocer el tiempo que hacía que no
sabía de esa familia. Ella les había destrozado la vida y
después de expulsarla del hospital no pudo saber más de ellos.
Lo intentó un par de años después, no obstante, el dolor era
demasiado como para verla.
Todos salieron de la furgoneta a la espera de que lo hiciera
y fue incapaz de moverse. Se mantuvo allí, mirando aquella
casa que solo le recordaba el horror que había causado.
Toda ella temblaba como una hoja, como si fuera otoño y el
viento luchase por arrancarla del árbol.
—Vamos, Marie. Confía en mí —le dijo Adán.
Le tendía la mano desde fuera. Le pedía confianza cuando
lo único que deseaba era echar a correr. No podían obligarla a
algo así, era demasiado duro como para digerirlo de una forma
adecuada.
—¿Por qué? —preguntó al borde de las lágrimas.
Él le acarició el rostro con ternura.
—Juan me ayudó a buscarlos y contacté con ellos ayer.
Están esperando tu visita.
Aquella gente no podía recibirla bien, tal vez les quedaban
insultos por verterle encima y esperaban esa oportunidad para
desahogarse.
—No puedo —confesó.
Él tomó su mano al darse cuenta de que estaba paralizada
por el miedo. Ese contacto fue el que necesitaba para que sus
pulmones volvieran a tomar aire. No había sido consciente de
que contenía el aliento hasta que la obligaron a respirar de
nuevo.
Salió del coche sin tener muy claro qué hacía allí o qué
esperaban de ella.
—Tranquila, estamos todos aquí. Vamos a pasarlo juntos —
prometió Carmen.
Asintió sin ganas. Solo quiso gritarles que eran crueles por
hacerle pasar por ello, pero decidió guardar fuerzas para
cuando los viera.
Caminó de forma automática porque Adán la guio hacia la
casa. Las puertas estaban abiertas como si quisieran darles la
bienvenida a su hogar. Uno del que fue repudiada por lo que
hizo.
El recuerdo de Andrés fue demasiado como para soportarlo
y, cuando vio que no podía más, trató de girarse para salir de
allí. Adán la contuvo, como también Sneeze, los cuales la
tomaron de la cintura para instarla a seguir. Ella solo pudo
responder agarrándose con fuerza a sus hombros hasta el punto
de casi clavarles las uñas.
Ahí supo que agradecieron que las llevase cortas.
Volvió a tratar de huir por segunda vez a medida que se
acercaron al porche de aquella casa. No deseaba llegar, solo
salir de allí.
—Marie.
La voz de la madre de Andrés la paralizó de los pies a la
cabeza, apenas pudo girarse para toparse con una mujer a la
que los años le habían caído encima. Quince años habían
pasado y su pelo blanco atestiguaba que el tiempo era igual
para todos.
En su recuerdo era una mujer diferente, una que no vestía
arrugas al lado de los ojos y que su pelo negro y largo la
abrazaba hasta casi la cintura. Ahora era muy distinta, pero
seguía siendo ella.
—Leticia, yo…
Quiso decirle que no quería estar allí. Que saldría de su
jardín inmediatamente y que no volverían a saber de su mísera
existencia el resto de su vida.
Jaime, su padre, también salió arrancándole un jadeo.
Seguía siendo alto y fuerte como lo recordaba, pero las marcas
del paso del tiempo eran evidentes. Ya no solo por las arrugas
sino también por las canas que tenía en su poblada barba.
—Yo… Lo siento mucho —dijo con la voz rota en mil
pedazos.
Marie no podía parar de temblar. No estaba preparada para
algo semejante y jamás lo hubiera estado. De habérselo dicho
sabía que hubiera pataleado hasta conseguir que no la trajeran
allí.
—Cariño —dijo Leticia alargando una mano para tocarla.
Marie cerró los ojos esperando un bofetón que no llegó. Al
final contempló como se echaba para atrás con dolor reflejado
en sus ojos.
—Sentaos, traeré café o té —se ofreció aquella mujer que
señaló las sillas de su porche.
La joven solo pudo negar con la cabeza al mismo tiempo
que seguía cogida a sus amigos como si estos fueran lo único
que la mantuvieran en pie.
—No será necesario, ya nos vamos —anunció.
Jaime se acercó a ella, lo hizo con cautela como si de un
animal salvaje se tratase. Ellos parecían tener miedo de que
saliera corriendo de aquel jardín y se diera a la fuga, justo lo
que deseaba hacer.
—Marie, por favor, escúchanos.
No pudo, el dolor era tan grande que era consciente de que
ellos estaban en su derecho de destruirla. Nadie podía
reprocharles el odio que podían sentir hacia su persona, lo
sabía y lo aceptaba, pero tenía muchas cosas a decir.
—Yo no quería y sé que eso no cambia nada. Me he odiado
desde ese momento y juro que he pedido muchas veces
cambiarme por Andrés. Yo lo amaba, aunque no podáis
creerme. No sé lo que hice mal esa noche, estoy convencida de
que hubiera podido salvarle, pero no sé cómo.
Tomó aire para evitar ahogarse.
—Nunca quise matarlo, lo quería con todo mi corazón. Sé
que no importa lo que os diga porque eso no os lo devolverá y
lo comprendo, pero creo que nunca tuve ocasión de decirlo.
Para cuando acabó el pecho le dolía como si hubiera
recibido un disparo. No existía sangre, no obstante, eso no
significaba que el dolor fuera menos real. Estaba agonizando
como si hubieran querido asesinarla.
Pero sabía que eso no era comparable con el dolor que
sentían aquellos padres.
Solo en ese momento Sneeze y Adán la soltaron, la dejaron
ir en lo que para ella fue una cuerda suspendida en el aire entre
dos rascacielos. Iba a caerse si miraba abajo y no iba a seguir
caminando.
Leticia entonces no la abofeteó, tampoco gritó como
esperaba o se merecía. Simplemente la abrazó y eso fue más
doloroso que cualquier otra cosa. El contacto fue firme y
fuerte.
—Tranquila, Marie, lo sabemos.
Fueron cuatro palabras, cuatro demoledoras palabras que le
cortaron la respiración. Jadeando entre sollozos, Marie se dejó
caer al suelo de rodillas con la madre de Andrés abrazándola.
Estaba rota y lo único que deseaba es que le hicieran daño.
Eso era mucho más soportable que ese contacto que le daba en
ese momento. Era consciente de que nunca iba a poder
devolverles a su hijo, se lo había quitado de una forma brutal y
horrenda.
—Nunca nos imaginamos el daño que te hicimos aquel día,
Marie. Lo siento mucho.
No, no merecía esas palabras. Ella era culpable y no existía
vuelta de hoja. Negó con la cabeza tratando de decir algo, pero
las palabras se le atascaron en la garganta.
Cuando Leticia la soltó también lloraba. Eso la hizo sentir
miserable, era una madre que había perdido a su hijo por su
culpa. No había cabida en el mundo que pudiera sentir pena
por ella.
—Siempre creímos que lo superaste —dijo Leticia.
—Te echamos del hospital producto de la ira y el dolor,
pero jamás fue culpa tuya, Marie. Los accidentes ocurren y se
juzgó al culpable en un tribunal. Tú no te saliste del carril o
provocaste el choque frontal.
La pobre mujer solo pudo taparse la cara con las manos y
seguir llorando. No merecía aquello, no había perdón para ella.
Era un monstruo.
—Yo lo maté —sollozó.
Leticia, que seguía de rodillas, acunó su cara en un intento
de provocar que los mirase. Marie accedió solo porque no tuvo
opción.
—No lo hiciste. Sé que fui muy dura contigo y que te dije
cosas horribles. Años después, cuando fui a terapia, traté de
buscarte y quise pedirte perdón. Simplemente creímos que lo
habías superado y que recordarte el tema te haría más daño
que otra cosa.
Marie trató de liberarse y no lo consiguió.
—De haber sabido el dolor que cargabas sobre tus espaldas
te hubiera ido a buscar. No tienes la culpa, Marie. No la tuviste
jamás. Y cuando este chico me ha contado la penitencia y el
dolor que te autoimpones le dije que quería verte.
Adán la había traído a aquel lugar. Él contactó con los
padres de Andrés para que pudieran verse. Aquello la dejó sin
palabras.
—Lo siento mucho —dijo sin parar.
Marie entró en bucle porque no tenía palabras de consuelo
para ellos, básicamente porque no existían. Nada podía curar
la herida que dejaba la pérdida de un hijo, eso era cruel y
horrible.
Y ella merecía la ira del mundo entero.
—Marie, no tienes la culpa. Escúchame bien —pidió
Leticia.
Solo entonces trató de dejar de llorar para prestarle la
atención que le pedía, se lo merecía por tanto que había
pasado.
—Te libero de esa culpa, no cargues con lo que no te
pertenece. Odia al mundo por tener un accidente así, pero
quédate con lo mucho que querías a Andrés y con que no fue
culpa tuya. No es tu obligación cargar con esa culpa.
Sollozó dejándose caer, de nuevo, en los brazos de aquella
mujer. Ella la acunó como si de una niña pequeña fuera y la
colmó de cariño.
—Nadie puede devolverme a mi hijo, lo sé. Aunque saber
que lo has sufrido tanto me hace ver lo importante que era para
ti.
Jaime se arrodilló a su lado.
—Mi hijo siempre vivirá en nuestros corazones y estoy
seguro de que él no querría ese dolor que llevas dentro.
Siempre quiso lo mejor para ti y te toca vivir la vida que no
tuvo. Si te encierras en ese dolor y te aíslas del mundo será
como si ese día hubierais muerto los dos.
Las palabras de Jaime le atravesaron el pecho con
contundencia y solo pudo contestar llorando. Llorando por lo
que fue y no pudo ser, por la vida perdida, por la culpa que la
había acompañado y por el perdón que pensó que jamás
obtendría.
No solo ella lloró, todos los presentes lo hicieron al
unísono. Marie, Leticia y Jaime perdieron a un hijo o un novio
hace mucho tiempo y el dolor podía ser tan visceral que les
incitase a decir cosas horribles. Ahora gracias a él, podían
llegar a perdonar.
Ese era el legado de aquel hombre.
Les brindaba la posibilidad de vivir de nuevo intensamente,
en su honor.
CAPÍTULO 36

Los días siguientes fueron como si las puertas del infierno


se abrieran de par en par. La prensa seguía cada uno de los
movimientos de Adán a pesar de que él había salido el primer
día diciendo que no hicieran caso a los rumores.
Alguien filtró la dirección de su casa y, por consiguiente, la
de su local. Ahora los clientes ya no iban por miedo a
encontrarse a la horda de cámaras que los esperaba a la salida
con ansia.
Marie y Carmen llegaron cuando los flashes saltaron por
doquier. Todos se apiñaron alrededor de Sneeze para que
pudiera dedicarles unas palabras sobre su jefe. Estaba claro
que no conocían a aquel hombre.
Tiró la basura en completa calma y relajación mientras les
ignoraba de forma épica. Después, como si no pasara nada, fue
hacia ellas para tomarlas de la mano y guiarlas al interior de
bar.
—Bienvenidas a nuestra locura personal —anunció Sneeze
al cerrar la puerta dejándolos fuera.
Dentro encontraron a un Adán sentado encima de una mesa
con las piernas cruzadas como si tratase de meditar. Se
aproximaron a él y no abrió los ojos ni tampoco dijo nada de
nada.
—¿Adán? —preguntó Marie.
—¿Cuánto me puede caer por un asesinato doble si alego
enajenación mental?
Su pregunta los dejó sorprendidos. Estaba claro que el
estrés estaba llegando a su pico más alto. No podía hacerse
una idea de lo que esa persecución podía hacerle porque
llevaba así demasiados días.
—Muchos años, más de lo que esas zorras merecen. No
pueden quitarte tu alegría así.
La voz de Carlos detrás hizo que se dieran cuenta de que
también estaban los futuros novios en la mesa de atrás,
comiendo pipas como animales porque había un bol lleno de
cáscaras.
—Ya que la prensa no deja entrar a nadie por lo menos
hacemos gasto —comentó Juan.
Carmen se unió a ellos, se sentó a su lado para comenzar a
comer y pedirle un refresco a Sneeze que no tardó en servirle.
Marie, en cambio, no se separó de Adán, estaba por él y su
bienestar.
Puso una mano en su antebrazo buscando llamar su
atención, algo que no funcionó ni un poco. Él siguió en su
postura como si tratase de dejar al resto del mundo a parte. Era
eso o estaba a punto de perder la cabeza.
—Adán, dime qué puedo hacer para ayudar —suplicó.
El pobre hombre se encogió de hombros antes de abrir los
ojos para mirarla. Después saltó de la mesa como si esta se
acabase de prender en llamas. Corrió a la barra y cogió los
papeles que tenía encima y su móvil.
—Mira, ayúdame. Estoy buscando a una chica que quiera
casarse conmigo por conveniencia. Me da igual que busque
papeles o lo que sea. Me he registrado a un sinfín de webs de
citas, pero no es fácil abrir una conversación y decir «Hola, ¿te
casas conmigo».
Adán estaba loco o a pocos pasos de perder la cabeza.
Hablaba sin sentido y le mostraba las cientos de
conversaciones que había iniciado con chicas que, obviamente,
habían salido espantadas.
—Todo el mundo se cree que estoy de broma y lo necesito.
Por cada declaración que hago, Olga sube que si una liga en
Instagram o las iniciales del que podría ser el diseñador de su
vestido. ¡No se cansan!
Marie le tomó las manos nerviosa cuando vio que no paraba
de moverlas a golpes desesperados.
—Y encima asustan a la clientela y no entra nadie. Y como
Carlos no se beba todo el santo barril de cerveza no sé cómo
voy a pagar el sueldo de Sneeze.
—No jodas, amigo —bromeó su camarero.
Viendo la desesperación reflejada en sus ojos, lo abrazó. No
podía decirle que todo iría bien porque estaba claro que Olga y
la madre de Adán estaban bien sincronizadas para obligarle a
dar el paso.
Querían casarlo en contra de su voluntad. Eso había llevado
a Adán a la más absoluta de las desesperaciones. Quería
arreglar su situación, ayudarle a salir del paso como él había
hecho con ella.
Jamás esperó que alguien pudiera dar con Leticia y Jaime y
que ellos le dieran la paz que tan generosamente le habían
dado. Podían elegir el odio perpetuo hacia su persona por lo
ocurrido, no obstante, decidieron perdonarla.
Dejándola libre de cualquier dolor que pudiera reposar
sobre sus hombros.
—Tranquilo, encontraremos una solución —le dijo tratando
de calmarlo.
Adán rio amargamente.
—Sí, ya me dirás como.
Marie pensó largo y tendido mientras aquel hombre
esperaba una respuesta. Cuando tuvo una respuesta clara que
darle no pudo decirlo en voz alta. Necesitaba un empujón y
estaban en el lugar idóneo para eso.
Caminó hacia la barra, se coló detrás y buscó en las
estanterías hasta dar con la maravillosa botella con la que
brindaron el primer día, el que se conocieron. Buscó un vaso
de chupito, lo llenó bajo la atenta mirada de todos y se lo tomó
entero.
Aún así no se vio capaz de hablar y decidió llenarse otro.
Solo cuando aquel líquido asqueroso le quemó la garganta
golpeó con el culo del vaso la barra y, entonces, decidió abrir
la boca para su gran plan.
—Cásate conmigo.
Nadie contestó inmediatamente. Pareció que sus palabras
flotaban en el aire durante un tiempo, casi como si las
estuvieran escuchando con eco. Fue algo mágico porque nunca
habían estado tan callados.
Y rompieron el silencio con un ataque de risa.
—¿De qué os reís? —preguntó frunciendo el ceño.
Fue entonces cuando todos palidecieron al darse cuenta de
que hablaba totalmente convencida de hacerlo. Ahí fue cuando
Carmen se levantó para ir hacia su amiga y tomarle la
temperatura corporal poniéndole una mano en la frente.
—Pichín, es un momento difícil, no vamos a bromear.
Marie se dejó tocar mientras bufaba.
—Lo digo de verdad. Él me ha ayudado mucho con los
padres de Andrés, algo que jamás pensé que pasaría. Ahora me
toca devolverle el favor.
Adán se apoyó en la barra, lo hizo con calma mientras
trataba de no hiperventilar.
—Marie, esto no es como decir: Vecino, ¿tienes sal? Pues
cásate conmigo. No lo hice para conseguir nada de ti.
Lo sabía y eso era lo que más le sorprendía de aquel
hombre. Le había dado el mayor regalo de su vida a cambio de
nada, solo por verla mejor. Si ella podía ayudarle de alguna
manera lo haría.
—Lo sé, quiero hacerlo. Firmamos todos los papeles que
hagan falta y después nos divorciamos en un tiempo diciendo
que nos hemos dado cuenta de que somos amigos o algo.
Todos sus amigos se agolparon delante de la barra como si
de periodistas se tratasen. Querían verla de cerca para ver si
veían algún indicio de locura en sus ojos, su rostro o lo que
fuera.
—Te conocí cuando huías de una boda y, ¿quieres casarte
conmigo? —preguntó Adán sin salir de su asombro.
Sí, era la mayor y estúpida locura que se le podía ocurrir,
pero era una solución efectiva. Si Adán se casaba no podían
casarlo, era lógica básica y efectiva. Les gustase o no quitaba a
Olga de la ecuación.
—Ponme un chupito de lagarto de ese que piense con más
claridad —pidió Carlos.
No tardó en sacar cinco vasos más que, sumados al suyo,
hizo que todos tuvieran algo con lo que brindar.
—¿Lo dices completamente en serio? —preguntó Adán.
Todos levantaron el chupito y se lo bebieron de golpe,
algunos tosieron y otros rieron ante la reacción de los demás.
El caso es que ese líquido del infierno sellaba el pacto al que
acababan de llegar.
Tenían que montar una boda exprés.
Marie salió de detrás de la barra sujetando la botella entre
sus manos. Caminó hasta llegar a Adán para arrodillarse ante
él y ofrecerle aquel licor que amenazaba con quemarle hasta
los pulmones.
Solo entonces preguntó.
—¿Quieres casarte conmigo? Estoy en oferta y me dejo.
Lo vio tragar saliva un par de veces y comprender que
aquel ofrecimiento era real. Después de lo que había hecho por
ella era lo menos que podía hacer. Poco a poco se había
convertido en alguien muy especial, solo deseaba devolverle el
favor.
Adán se arrodilló también para quitarle la botella y dársela
a Sneeze. Fue ahí cuando le tomó las manos y pudo darse
cuenta de que él temblaba.
—Jamás te pediría algo así…
—Lo sé, por eso te lo propongo yo. Además, ahora las
mujeres somos modernas y también podemos hacerlo.
Adán, que no salía de su asombro, colocó su frente contra
la suya al mismo tiempo que usó sus manos para acunarle el
rostro con cariño, el que siempre le había mostrado desde que
se conocían.
—Voy a ser el mejor marido de mentira que tengas.
—Tú solo trabájate bien la noche de bodas y después
hablamos —bromeó Marie.
Supo que no tenía que haberlo dicho porque habían pactado
ser amigos, pero ese término entre ellos era muy extraño. Así
pues, Adán en un ataque de euforia extrema, se lanzó sobre su
boca y la besó.
¿Qué hizo Marie?
No se alejó, disfrutó de aquel contacto muy a pesar de que
el resto miraba como buitres.

***

Montar una boda era mucho más difícil de lo que creyeron


en un principio. Y más si a eso le sumaban el hecho de que
tenía que ser en menos de una semana. Aquello era como una
especie de suicidio.
—Recuérdame por qué os casáis antes que nosotros —pidió
Carlos.
—Porque tu boda es de verdad, esta no y antes me case,
antes Olga deja en paz a Adán —canturreó Marie como un
mantra que llevaba repitiendo casi toda la tarde.
Después de pedirle matrimonio habían decidido cerrar el
local al público para ponerse manos a la obra. Si podían
librarse de aquello lo antes posible pues no iban a esperar ni
un día más.
—¿Me recordáis por qué no podemos ir a un cura a pedirle
cita? —preguntó Sneeze con un montón de papeles delante.
Carmen se sentó a su lado para ayudar a organizarle todo
aquello antes de que se volviera loco. Lo hizo con calma y
marcándole punto por punto qué era lo que necesitaban y lo
que no.
—Fácil amigo. Cursos matrimoniales, no tenemos tiempo
—contestó Adán.
Siguieron con aquella vorágine de locura que solo podía
llevarle a tomar decisiones precipitadas.
—¿Las Vegas? Creo que después podemos pedir el
certificado que equivalga a España —se ofreció Juan.
Petición denegada, aquella había sido la primera idea y la
habían descartado por el papeleo. Para que ese matrimonio
fuera efectivo en su país hacía falta mucho dinero y tiempo.
Uno que emplearía su madre para anularlo o para lo que sea.
—Juzgados a toda prisa y creo que puedo hacer algunas
llamadas para aligerar el paso. Os podrían casar en tres días.
La voz de Esme los alertó, no cerraron con llave la puerta,
solo habían puesto el cartel de cerrado que podía ahuyentar al
resto de gente. Justo cuando vieron a la hermana de Adán
muchos se pusieron en pie.
Sneeze avanzó de forma peligrosa, tanto que Adán se
colocó delante y lo paró poniéndole un mano en el pecho.
—Tranquilo, está todo bien.
Fue hacia su hermana, una que no se movió del sitio por
miedo a no ser bien recibida. Sabía que no había sido una
persona modelo, pero podía tratar de enmendar sus errores
ahora.
—¿Por qué nos ayudarías? —preguntó Adán.
Esme dejó caer los hombros con lástima, no tuvo muy claro
qué decir porque balbuceó un poco antes de arrancar.
—La he visto, Adán. Está dispuesta a todo para cerrar este
contrato. La llaman día y noche para llevarlo a cabo. Ha
llamado a la prensa y a todo lo posible para forzarte a ello. No
entiende que debes ser libre y por eso pienso ayudarte. No
vamos a ser nunca más marionetas.
Entre ellos se coló Carmen la cual no vieron venir hasta
tenerla justo allí. La fulminó con la mirada unos segundos
antes de hacerle el gesto de «te vigilo».
—Si tu madre le hace algo a Marie por tu culpa te rompo
las piernas.
Sneeze corrió a por ella y se la llevó tomándola de la
cintura.
—Ven aquí macarra mía.
Aquellas palabras provocaron que Carmen lo mirase
sorprendida y él la soltase. No tenía ningún derecho a decirle
nada, pero se había visto en la obligación de hacerlo. Eso sin
contar el apelativo «mía» que había incluido en la frase.
—Eh…
—Tranquilo —corrió ella a decirle.
Bien, ahora solo importaba el tema por el que estaban
trabajando. Necesitaban una boda lo más rápido posible.
Al parecer podían contar con la ayuda de Esme y dada la
urgencia de los acontecimientos necesitaban todas las manos
posibles. Iban a confiar en ella por mucho que costase.
—Necesitaré vuestras partidas de nacimiento para abrir el
expediente y un par más de papeles.
Carlos fue hacia Marie y sacó una cinta métrica para
empezar a medirla. Ella, confusa y aturdida, huyó hasta
esconderse a la espalda de Adán. Fue como si su amigo la
apuntase con un arma.
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó ella.
—De mi bolsillo. Siempre lo llevo, sabes que me encanta la
costura y pienso hacerte un vestido que ni las mejores marcas.
Eso sí, Adán, tú búscate a alguien que te haga el traje digno
del príncipe azul porque yo no voy a tener tiempo.
Sorprendentemente ya tenían muchas cosas avanzadas, cosa
que le dio terror porque no tuvo claro de si estaban haciendo lo
correcto.
—Mis padres tienen una finca muy bonita que puedo pedir
para el convite —se ofreció Juan.
Asintieron aceptándolo, se hubieran casado en el portal de
Belén de haber sido necesario. No importaba el lugar, solo
hacerlo rápido y en el tiempo estipulado. Ojalá pudiera
conocer algún día a su futura suegra para ver su cara de
asqueada.
—Yo me encargo del catering —dijo Sneeze.
—Y yo de la decoración —se ofreció Carmen.
Bien, a lo tonto todos tenían algo que hacer. Iban a montar
la mejor boda del mundo en menos de siete días, toda una
carrera contrarreloj que presentaba todo un gran reto para
llevarlo a cabo.
Por suerte estaban juntos los seis y parecía que eso les hacía
invencibles, aunque ahora contasen con un polizón entre ellos.
De pronto la habitación comenzó a darle vueltas a Marie,
trató de avisar, pero todos estaban tan entretenidos que solo
alcanzó a levantar un dedo antes de desplomarse en el suelo
produciendo un ruido fuerte y sordo.
—¡Marie! —gritó Carmen.
Adán fue el primero en agacharse a su altura, le dio un par
de golpes en la cara tratando de hacerla volver en sí.
—Vamos a levantarle las piernas —dijo Esme.
—Mírala, los nervios prenupciales son tan bonitos —
comentó Carlos el cual recibió una mirada fulminante por
parte de todos.
Sí, las bodas podían ser la mayor locura del mundo.
¿Por qué seguían existiendo?
CAPÍTULO 37

—Abuela, no sé si puedo —susurró Marie un poco más de


los nervios que de costumbre.
Estaban en casa de su abuela, la cual habían elegido para
sitio idóneo donde vestirse antes de ir al juzgado a dar el «sí,
quiero» con Adán. Tarde era el momento en el que la asaltaban
las dudas.
—Papanatas, ahora no es momento de dudas. Además, en
unos meses te divorcias y listo, tan amigos —le dijo tratando
de animarla o calmarla.
No tuvo claro que lo que estuviera haciendo era en
beneficio a ella. Tenía la sensación de querer correr lejos, lo
más que sus piernas le permitiesen y huir a un país exótico y
extraño.
Cuando comenzó esta aventura huía de la propuesta de
matrimonio de Romeo y acababa metida en una locura como
esa. La vida era pura ironía porque no podía ser real todo
aquello.
Recordó la noche anterior a esa y los kilos de corrector que
iban a tener que usar para que no se le vieran las ojeras. Adán
había querido salvarla del destino que ella se había
autoimpuesto, que era muy buena para esas cosas.

«—Todavía estás a tiempo de echarte atrás. Mañana con


el sí quiero ya será algo más difícil —dijo Adán.
Eran los últimos en el bar, el resto se habían ido a dormir
después de ultimar los detalles de una boda que llegaba muy
rápido. En horas ellos pasarían a ser marido y mujer, sonaba
mucho más aterrador que un suspenso en el colegio.
—No, ahora voy a salvarte yo a ti.
Adán dejó lo que estaba haciendo para sentarse a su lado.
No pidió permiso para cogerla en brazos y sentarla sobre su
regazo, simplemente lo hizo porque le apetecía y necesitaba
su cercanía.
—Te repito que no lo hice para que me devolvieras el
favor. Eres una chica muy especial y quise que fueras libre
de esa carga. No para casarte conmigo, solo para que seas
feliz.
Sus palabras le derritieron el corazón. No fue capaz de
contestarle inmediatamente, pero juntaron una mano en el
aire mientras ella dibujaba círculos en su palma.
—Lo sé. Te debo que haya hecho algo que jamás pensé
que haría. Sé que lo hiciste por la bondad de mi corazón,
pero creo que es justo hacer lo mismo por ti. Me salvaste de
casarme con Romeo sin conocerme de nada y es justo que
vivamos esta aventura.
Adán sonrió.
—No quiero imaginar el viaje de novios que está
organizando Carlos.
No habían podido pararlo. Ese era su regalo para ellos.
Sabían que estaba un poco molesto por no poder casarse el
primero, no obstante, los quería y les apoyaba con todo su
cariño.
—Verás menudo vestidazo que me ha hecho. Te vas a caer
de espaldas.
Asintió dándole la razón y justo ahí un brillo en los ojos
lo delató.
—¿Y podré quitártelo? Porque no tengo muy claro si tú y
yo vamos a ser amigos o…
Se aproximó tanto a sus labios que pudieron compartir
aliento. Marie supo que si alguno de los dos hablaba se
besarían por el mero roce de los labios. Se quedó congelada,
como si el tiempo fuese eterno.
¿Deseaba ser su amiga?
Estaba claro que tarde o temprano iban a caer en la
tentación. Los recuerdos de Ibiza seguían muy presentes, lo
que significaba que entre ellos existía algo más que una
mera y simple amistad.
Al mismo tiempo no podía cambiar de la noche a la
mañana. Obtener el perdón de los padres de Andrés era un
regalo, pero ser la mujer de Adán era algo muy grande. Algo
para lo que no estaba preparada.
—No sé lo que podemos ser, Adán… Yo necesito un poco
de tiempo para descubrir a donde nos lleva esto… —susurró
dejando que sus labios se acariciasen.
Habló con lentitud, dejando que el roce la hiciera vibrar
de los pies a la cabeza. Era indudable que la conexión estaba
allí, no desaparecía en un abrir y cerrar de ojos. Él era
diferente a todos los hombres que hubiera conocido jamás, a
su vez, el miedo era una compañera de viaje detestable.
—Te prometo todo el tiempo del mundo.
Selló sus palabras con un beso, no uno sexual o
pidiéndole cama. Fue un beso que solo se podía catalogar de
amor, el más puro y desinteresado de los amores. Notó como
su lengua entró en su boca, sabiendo que era un hombre
increíble, uno capaz de cambiar todo su mundo.
Y allí, sin decírselo a nadie, se dio cuenta de que estaba
enamorada de Adán».

—Vuelve niña que no tenemos tiempo —pidió su abuela


chasqueando los dedos delante de sus ojos.
La ayudó a ponerse el precioso vestido palabra de honor
que le había hecho Carlos. Aquel hombre era un artista y quien
no lo viera era un necio y un ciego. Parte del vestido tenía
encaje, uno que contoneaba su figura hasta llegar a una cola
corta, pero muy elegante.
La parte trasera estaba llena de botones que estaba
convencida de que Adán iba a odiar abrirle. Ojalá hubiera
forma de grabarlo para inmortalizar ese precioso momento.
Para cuando estuvo lista se miró al espejo de nuevo. Estaba
radiante, aunque quedase mal que ella lo dijera.
—Estás impresionante, mi pequeña —dijo su abuela.
Se abrazaron producto de la intensidad del momento. Puede
que fuera una boda falsa, pero estaba sensible por ello como si
fuera real. Los nervios le estaban jugando una mala factura
hasta el punto en el que deseó llorar.
—¡Oh, no! ¡Que Carmen te mata si te estropeas el
maquillaje! No dejaremos que se escape ni una sola lágrima.
Trató de hacerlo, parpadeó muy rápido para que no saliera
ninguna traicionera.
Ahora solo tenían que subirse al coche nupcial, el mismo
que las llevaría hasta el juzgado donde estaba Adán esperando
para casarse. Lo hizo, a pesar de que el cuerpo no deseaba
colaborar consiguió doblegarlo y subir.
Y camino solo pudo recordar las decisiones que la habían
llevado allí. Jamás se hubiera imaginado casándose, algo que
creía muy imposible por culpa de su trágico pasado. Ahora era
una realidad y lo más curioso era que no sentía ese miedo que
decían las películas.
Se imaginaba a Adán esperándola, cosa que la calmaba.
Con él a su lado se veía capaz de cualquier cosa. Le había
demostrado que una vida distinta era posible, incluso su
terquedad logró derretir su frío corazón para darse cuenta de
que seguía latiendo.
Las heridas seguían allí, las sentía y siempre lamentaría la
muerte de Andrés. Solo que ahora estaban mitigadas, como
cosidas, lo cual la hacían sentir mucho mejor.
Todo eso era posible por Adán, el chico del cual estaba
enamorada. Sí, había tardado mucho en darse cuenta de que lo
que sentía por él era amor. Lo cierto era que la atracción
sexual del principio había sido la culpable.
Ahora era mucho más grande que eso. No solo lo quería en
su cama o entre sus piernas, lo veía a su lado el resto de su
vida. Él calmaba su alma de un modo que nadie fue capaz de
hacerlo.
—Tengo que hablar con Adán —sentenció.
No podía casarse sin que supiera que lo quería, no quería
seguir con ese teatro sin antes poder decirle un par de cosas.
—Después hablaréis, ahora lo importante es el «sí quiero»
Llegó al juzgado donde la esperaba Carmen, la pobre
llevaba un pinganillo con la que lo controlaba todo. Jorge se
negó a asistir a la boda, cosa que en el fondo agradeció porque
así Carmen podía pasárselo bien de verdad.
Después de todo iban a tener una larga conversación sobre
su amiga y la importancia de ser feliz de verdad.
—Carmen, necesito hablar con Adán —le dijo al bajar del
coche.
Su amiga sonrió contenta.
—Lo verás ahora, tranquila. Son los nervios, no te
preocupes —comentó ignorándola.
Tanto ella como su abuela se habían propuesto no ver lo
que le ocurría. Solo estaban quitándole las arrugas al dichoso
vestido mientras ella necesitaba salir de allí corriendo para
hablar.
—No, antes de firmar y eso —anunció convencida.
—Ya te he dicho que no puede ser, da mala suerte ver a la
novia —comentó su abuela zanjando el tema.
Iba a fugarse y no le iba a importar la opinión de nadie.
Justo cuando la vieron convencida de entrar y tomar al novio
de las solapas para hablar, Carmen la abrazó con todo su
cariño.
—Lo sé, amiga. Y creo que hasta él también, no es tonto,
no creas —le susurró.
¿Cómo podía ser tan evidente para todos lo que a ella le
había costado tanto tiempo asimilar?
Y fue ahí cuando ya solo pudo pensar en entrar en aquel
juzgado y casarse. Necesitaba ese «sí, quiero» más que
respirar. Después le diría la verdad a Adán por mucho que lo
supiera.
CAPÍTULO 38

A Adán le apretaba la corbata o quizás era el nudo que se le


había formado en la garganta. Estaba ante el alcalde de la
ciudad, el cual le debía muchos favores legales a Esme, cosa
que ya trataría a su debido tiempo.
Sneeze estaba a su lado, apoyándolo como siempre lo había
hecho. Parte de su corazón se sintió miserable por no decirle
que eran hermanos, no obstante, sabía que era lo mejor para él.
También se había encargado de hacerle saber a Juan que no
podía contar ese secreto que su madre dijo tan felizmente el
día que fueron a visitarla. Él era su hermano e iba a protegerlo,
no tenía porqué saber quién fue el bastardo de su padre, el que
nunca se preocupó por él.
Eran amigos y hermanos, curiosamente de sangre también.
No se hubiera imaginado mejor padrino que ese en un
momento como ese.
La canción comenzó a sonar, lo que marcó la entrada de
Marie a la sala acompañada por su querida y divertida abuela.
Ella pensaba llevarla al altar sin que nadie se opusiera, era la
mejor para ese cargo.
Su mirada se perdió en el precioso vestido que llevaba
Marie. Estaba tan hermosa que hubiese sido capaz de jurar
ante un tribunal que no existía mujer más bonita que ella.
Si tan solo pudiera verse con sus ojos, que supiera lo tan
agradecido que estaba en ese momento. Ella venía a su rescate
para evitar que lo casaran con Olga, no solo eso, llegaba a su
vida con lo que esperaba que fuera un matrimonio largo.
Sí, habían prometido separarse en unos meses, pero él
quería más. No quería dejarla ir. Hubiera dado todas sus
pertenencias solo por conseguir que esa boda fuera real, no un
teatro para calmar a su terrible madre.
Llegó a su lado, lo hizo y era verdad, de hecho, tuvo que
tocarla para atestiguar que no le engañaban sus ojos.
—Cuida bien de mi nieta o te pego con mis bragas mortales
—anunció Rosa María de las Concepciones.
Asintió incapaz de tener voz en aquel momento, quizás su
garganta se estaba reservando al momento importante. Tal vez
esa iba a ser la excusa que usase cuando le preguntasen por su
mudez.
Marie tomó su mano y la apretó. Le transmitió tanto en un
leve toque que Adán solo pudo fruncir el ceño antes de
mirarla.
Su futura mujer estaba emocionada, lo estaba de verdad y
eso era mucho más de lo que hubiera esperado. Sus vidas
estaban a punto de entrelazarse y, aunque pudiera parecer algo
irreal, casi había sentido su amor con ese pequeño toque.
Adán no supo si estaba bien o no, solo que lo necesitaba.
Rodeó a Marie con un brazo y la acercó a su costado para
mantenerla bien firme.
Llegado el momento colocó el anillo en su dedo, era un
precioso anillo con un diamante engarzado y su nombre
grabado en el interior. Él llevaría el nombre de Marie en su
dedo.
—Sí, quiero —dijo Adán orgulloso de pronunciar esas
palabras.
—Sí, quiero.
Esas palabras sonaron mucho mejor en los labios de Marie,
casi como el cántico de un ángel para sus oídos. Puede que
todo fuese una farsa, sin embargo, lo estaba sintiendo como
real.
Porque la amaba, lo hacía con todo su corazón.
Nadie le preparó para lo que el destino le tenía preparado.
Si le hubieran vaticinado que la mujer que pidió auxilio en su
bar iba a ser su esposa, las carcajadas se habrían sentido hasta
en la luna.
Llegó el momento del beso, uno que no rechazó. No lo hizo
por protocolo, la besó porque la amaba y porque ese era su
momento.
A pesar de que ella pensase que la boda era un teatro él la
besaba de verdad, sellando así su amor.
Marie apoyó su barbilla en su hombro entonces, un
microsegundo mientras la estrechaba entre sus brazos. Uno
que cambiaría su vida para el resto de sus días.
—Te quiero… —susurró Marie.
Adán no reaccionó inmediatamente, la tomó por los
hombros, la separó de él unos centímetros y la miró a los ojos
tratando de saber si lo que decía era verdad o no. No estaba
preparado para eso.
—¿Qué? —preguntó.
El resto de invitados se estaban yendo y trataron de
quedarse cuando vieron que no avanzaban. Suerte que Sneeze
comenzó a echarlos como si de gallinas en un corral se
tratasen.
—Todos fuera, pitas, pitas —les dijo para hacerles sentir
pollos.
Rieron ante las palabras de su amigo y agradecieron a
partes iguales el que supiera que necesitaban un momento de
tranquilidad. Tenían que parar aquello solo un segundo para
tomar aire.
—No tienes que decírmelo porque te veas obligada. Todo
esto es solo un teatro y serás libre en unos meses —dijo Adán
tratando de hacerla sentir bien.
No quería saber que esas palabras venían producto de algún
sentimiento de culpa u obligación. Él amaba de corazón, nada
más, estaban allí para librarse de su madre, pero eso no
significaba que entrase tanto en el papel.
—Lo sé, Adán. Me he dado cuenta de que te quiero. Y sí,
puede que todos lo supiesen antes que yo, que haya negado
que existe algo evidente entre nosotros y que sea una estúpida
por luchar en contra. Toda mi vida he creído que no merecía
amar, llegas tú y lo pones todo patas arriba.
Tomó aire temblando, él quiso sostenerla entre sus brazos el
resto de su vida. Que nadie pudiera quitársela porque ahora sí
era suya.
Para siempre.
—No sé a dónde llegará esto. No he tenido un novio desde
Andrés y seguro que tengo muchas manías conviviendo, pero
quiero eso. Quiero el pack completo, que nos vayamos de
viaje de novios, que nos conozcamos mucho mejor, que
vivamos juntos y tengamos nuestras broncas.
—Pocas, tampoco te pases.
Rieron a causa de sus palabras y los nervios que sentían.
—Alguna tendremos como todas las parejas. Quiero pasar
por ahí y ser capaz de arreglarlo. Como también quiero irme
de viaje con todos nuestros amigos, los cuales han demostrado
estar al pie del cañón pase lo que pase. Quiero muchas cosas,
Adán, pero todas contigo. —Suspiró—. Si imagino mi vida en
diez años solo te veo a ti, el resto es variable, aunque tú eres
esa constante que deseo.
Si aquello era una broma, Adán iba a matarla y nadie podía
culparle. Allí estaban las palabras que su corazón deseaba
escuchar. Todo lo que ansiaba y más. Le daba mucho más de
un teatro en un juzgado.
Era el paquete completo.
Y lo amaba.
Era demasiado como para digerirlo, se sentía como un niño
alcanzando un sueño inalcanzable.
—Nunca hice nada para obligarte a amarme y juro que voy
a desmayarme ahora mismo por tu culpa, Marie. Yo, Adán,
quiero ser tu novio, pero me conformaré con ser tu marido.
Ella rio con sus palabras, lo cual era un sonido la mar de
agradable.
—Te prometo que no habrá más tulipanes sobre la mesa, ni
rosas; solo orgasmos. También te aseguro que no nos
pelearemos por el cepillo de dientes o si dejo la tapa abierta,
solo por qué lugares lamernos.
Necesitaba decir tantas cosas que las palabras se agolpaban
en su cabeza sin control.
—Y sí, no soy el hombre perfecto. De entre todos los del
mundo me has elegido a mí y me estás salvando el culo de una
suegra que ya te aseguro que será terrible. Y te quiero por eso,
por tu risa, tu forma de provocarme. Adoro tu forma de ser, lo
divertida que eres y ese espíritu fuerte que te caracteriza.
Quiero besarte el resto de mis días y decirte mil veces que te
amo.
Adán tuvo que tragar saliva para ser capaz de decir algo
más.
—Yo no te imagino a mi lado de aquí a diez años, te veo
junto a mí cuando seamos dos viejos decrépitos. Me amarás
aún cuando mi piel cuelgue y las canas me llenen y yo seguiré
besando tu cuerpo pasados todos los años. Amaré cada marca
de tu cuerpo que el tiempo haya provocado y recordaré
siempre la vez que entraste en mi vida. Quise hacerme el
príncipe salvándote de Romeo y acabé mucho más enamorado
que él. Porque sí, te quiero dichosa provocadora. He estado
toda la ceremonia deseando que esto fuera real y tú me das el
mejor de los regalos.
Ella comenzó a llorar segundos antes de besarle. Tenían
tanto que decirse y años para hablarlo. Al parecer había hecho
falta una boda de mentira para darse cuenta de que se amaban
de verdad.
No existía el teatro, en aquella sala había dos corazones que
se amaban con locura.
Las palabras vendrían con el tiempo. No se prometían ser
perfectos, solo quererse. Con paciencia todo vendría después.
Tenían toda una larga vida para solucionar todo lo que les
viniera.
Cuando se separaron Adán tomó su móvil para hacerse un
selfie. Lo hizo con la mejor de sus sonrisas y luciendo a una
hermosa mujer que acababa de decirle que iba a estar toda su
vida a su lado.
Envió la foto y cuando vio que estaba en visto, marcó el
teléfono de Olga.
—Me he casado, zorra. Ahora púdrete —dijo antes de
colgar.
Estaba eufórico, tanto que llamó a su madre para
transmitirle la bonita noticia de que quedaba fuera de su
control.
—Soy libre, te presento a mi esposa Marie. No vuelvas a
llamarme, a dirigirte a mí y mucho menos a ella. Realmente
solo espero que esos millones que atesoras te cuiden y te
abracen cuando por la noche te des cuenta que estás sola.
Cuídate mucho, madre —se despidió.
Ya no la quería en su vida, ahora era feliz. Tenía una familia
que no se compraba con millones y a la que tampoco le
importaba la sangre. Todos ellos eran pilares de su vida que no
deseaba ver caer.
Eran los importantes.
Y Marie era su faro, esa persona por la que iba a luchar
hasta el fin de sus días. Él la amaba y lo mejor es que ella a él
también.
¿Se podía ser más feliz que eso?

***

Habían comido como animales, bailado como bestias y


reído como niños pequeños. Los seis celebraron esa boda
como si fuera la última del mundo. Aquel evento no era uno
más, era un canto a la vida.
Celebraban el amor, pero no solo eso, también la libertad.
La capacidad de elegir su camino sin permitir que el resto elija
hacia qué camino ir. Ese era el tributo que le hacían a la vida
ese día.
—Y ahora viene algo que sé que no te esperas, Marie —
dijo una Carmen algo más achispada de la cuenta.
Por suerte Sneeze estaba cerca, uno que parecía ser capaz
de protegerla de cualquier cosa sin importar el motivo.
Curiosamente se habían acercado el uno al otro sin tener muy
claro si iban a traspasar las líneas de la amistad.
El tiempo lo diría, él sería testigo de sus decisiones.
De pronto apareció Juan montando una vespa rosa, la de
Carmen. Le habían puesto un montón de cuerdas atrás con
latas de fabadas y un ridículo cartel que ponía «recién
casados» como si de una película se tratase.
—Adán me pidió que os la dejara porque sabía que te
gustaba mucho. Yo sé que te parece fea, pero me encanta la
idea. Solo te diré, amiga mía, que te lo folles por todo lo alto y
que seas muy feliz.
Marie corrió al lado de su amiga para quitarle el micrófono,
estaba tan bebida que temió que le vomitase encima.
Entre risas la sentó tratando de mantener el control de su
cuerpo, el ponche, los nervios y lo que fuera eran la
combinación perfecta de aquel resultado.
—Voy a dejar a mi marido, Marie. Sí, porque no me toca,
no me mira. Y yo quiero que me mire. Veo como Adán te toca,
como te mira y yo quiero eso. Necesito que alguien me mire
como si fuera el centro del universo y que me acaricie o que
me abrace. Lo necesito.
Ella la abrazó brindándole el apoyo que necesitaba. Estaba
feliz por ella y solo esperó que cuando el alcohol abandonase
su cuerpo no olvidase esas palabras. Merecía ser feliz y sus
hijos también, no estar con un hombre que ni siquiera les
miraba.
—Ya la cuido yo, vete a divertirte —comenzó Sneeze
apoyándosela en el hombro.
Sí, él era la persona indicada. El único que la había cuidado
sin importarle que estuviera casada, se había unido a ella muy
profundamente sin poder evitarlo. Tal vez, después de todo,
Carlos iba a tener razón: de su boda iba a salir otra y, con
suerte, una tercera.
Pero tiempo al tiempo.
Encaró la moto. Mejor dicho, aquella espantosa moto. No
soportaba su color y lo ridícula que se sentía sobre ella. Y
ahora, gracias su recién estrenado marido, iba a tener que ir
sobre ella hasta el hotel. Uno que, curiosamente, estaba al otro
lado de la ciudad.
—Yo conduzco —dijo Adán enseñándole las llaves.
Su mirada pícara merecía un castigo, uno en el que iba a
emplear chocolate y unas esposas para llevarlo a cabo.
Miró a la moto de nuevo. Sí, ese iba a ser su «felices para
siempre», porque sí, pensaba serlo.
Además, al lado de Adán cualquier locura era posible.
Él subió primero y la arrancó. Marie saltó sobre la moto
cogiéndose como pudo la tela para poder abrir las piernas y no
tener un accidente. Entonces supo que aquel iba a ser el mejor
día de su vida.
—Vámonos —pidió Marie.
Y se fueron montados en una vespa rosa, con casco el día
de su boda chafando su peinado y con unas risas que los
acompañarían el resto de sus vidas. Tenían los mejores amigos
del mundo, los cuales habían organizado una boda en tiempo
récord y ahora podían ser felices para siempre.
Marie levantó los brazos al cielo y gritó de alegría. Adán
sacó las piernas de la moto y casi pudieron certificar que eran
libres. Ahora nadie le amenazaría con nada o tratarían de
hacerle volver a ningún sitio.
Tenían toda una vida por construir y mucho tiempo para
hacerlo. Tal vez tendrían hijos o no, lo sabrían con el paso de
los años. Quizás el bar se quedase pequeño y pudiera montar
un restaurante o Marie consiguiera su tan ansiado ascenso.
Todo podía ser posible, la vida era variable y caprichosa.
Lo único que no iba a cambiar es que iban a estar el resto
de su vida juntos. Además, estaban subidos a una vespa rosa,
ahora sí era un buen final de cuento de hadas.
EPÍLOGO

—¿Qué es esto? —preguntó Marie quitándose la mascarilla


al entrar al bar de Adán.
Aquella noche estaba cerrado al público, solo para una
fiesta privada con el límite de personas permitidos ahora que
ya el toque de queda había desaparecido.
El último año había sido difícil, el mundo se vio paralizado
por un virus que no vieron venir y todo pasó a un segundo
plano.
Debían estar contentos de tenerse los unos a los otros.
—Esto son seis pasajes de avión para irnos de excursión a
uno de los lugares más divertidos del mundo: Las Vegas —
anunció Juan con alegría.
Marie, la cual caminó hasta Carmen, se sentó a su lado
mientras abrían el sobre que les entregaron a cada uno.
—¿Y esto qué significa? —preguntó Carmen.
Su hermano dio saltos como si de un colegial se tratase,
contento y feliz por ver como meta la normalidad, se sentó al
lado de Juan.
—He tenido que aplazar mi boda por un bicho horrible que
se empeña en separarnos y meternos en nuestras casas. Ahora
que estamos algo más libres, que podemos viajar y que todo va
a mejor, vamos a celebrarlo con un viaje.
Adán se sentó al lado de las chicas, solo lo hizo para poder
ponerse a su mujer sobre el regazo, el sitio que le
correspondía. No podía separarse de él porque no quería, solo
deseaba estar a su lado.
—¿Esto es como el viaje a Ibiza? —preguntó Sneeze.
Carlos asintió. Aquel viaje lo iban a recordar todos, ya no
solo por lo bien que lo habían pasado sus amigos sino por las
cientos de excursiones que aquel psicópata había preparado.
—Dime que esta vez solo habrá alcohol y fiesta —pidió
Adán.
Como era de esperar, Carlos negó con la cabeza con
rotundidad. Aquel viaje iba a ser una tortura de nuevo.
—¡No puedes hacernos eso! ¡No quieres y dijiste que te
pasaste con las excursiones! Yo me quedé sin dedos de los pies
—suplicó Marie.
—Y yo sin huevos. Como escocían por culpa del roce.
Ahí fue cuando bajó la guardia y Carlos lo fulminó con la
mirada. Supo que acababa de darse como carnaza a los
tiburones en cuanto pronunció aquellas dichosas y malditas
palabras.
—¿El roce? Te recuerdo que te dije que no tocases a Marie
y fíjate, te has casado con ella.
Adán adoptó la postura de un niño bueno, inocente y
precioso para tratar de remover algo de empatía por parte de
aquel hombre.
—Y somos muy felices gracias a vosotros.
Supo que Carlos no iba a perdonarle aquello. Él iba a
liderar las excursiones el primero de la fila le gustase o no.
Aquel viaje a Las Vegas podía acabar con el grupo de amigos,
pero después de todo lo vivido sabía que regresarían con más
fuerza que nunca.
—Por cierto, os anuncio que el próximo en casarse soy yo.
No quiero madres locas o algo parecido y mucho menos
bichos contagiosos. Ya nada puede parar mi boda con Juan.
—No, por dios, que me quedo calvo antes de las fotos —
suplicó Juan.
Adán abrazó a Marie vaticinando el horror que estaban a
punto de vivir. Una semana fantástica al lado de los futuros
novios, casi fue como ese sentimiento que decían que te daba
cuando te parecía haber vivido algo dos veces.
—Miradlo de esta forma. Es como una segunda despedida
de novios —anunció Carlos.
Él estaba tan feliz que no pudo fijarse en la mirada de terror
que tuvieron el resto de presentes, los cuales palidecieron
sabiendo bien lo que iba a ser ese viaje. Por suerte, eran
amigos, siempre superarían aquello juntos y encontrarían la
forma de vivir algo de diversión bajo la atenta mirada de
Carlos.
El ojo que todo lo ve.

***

Carlos besó a Juan, lo hizo con tanta energía que por poco
se lo come. Marie casi se levanta para separarlos cuando vio
que el pobre novio se quedaba morado por falta de aire.
Sí, al fin se habían casado.
Antes de eso habían vivido un segundo encierro y una
liberación total. Ahora el mundo era diferente, pero lo habían
superado. El viaje a Las Vegas, bueno, eso será otra historia.
Como se suele decir «lo que pasa en Las Vegas se queda en
Las Vegas», ¿no? Tal vez algún día podamos contar lo que
ocurrió y las miles de aventuras, posturas y desgracias que
vivieron en aquella locura de viaje.
—Venga niños, vamos al coche para ir hacia el restaurante
—dijo Carmen tratando de mantenerlos a los dos bajo control.
Uno de los pequeños asintió, aunque el otro trató de salir
corriendo. Por suerte Sneeze lo interceptó y lo levantó hasta
colgárselo en el hombro como si de un saco de patatas se
tratase.
—Vámonos —anunció.
Sí, era una chica con suerte al tener a un gran amigo como
él en su vida. Ahora que Jorge al fin había aceptado el divorcio
necesitaba una mano para organizar su vida y sus amigos la
ayudaban a no perder la cabeza.
—Ven aquí, mi fideo —gritó Marie tomando al hijo mayor
de Carmen entre sus brazos.
Lo levantó para después colmarlo de besos y caricias que
provocaron la risa del pequeño.
—Me vas a pintar —trató de decir mientras tomaba aire.
—Claro, para que todos sepan que eres mío y solo mío.
Adán corrió tras Marie cuando esta decidió correr con el
niño entre los brazos gritando como una psicópata que se lo
llevaba y que era suyo. Por suerte podía estar tranquila con los
canguros que se había buscado.
El móvil de Sneeze sonó, él lo tomó para darse cuenta de
que era un número oculto el que le había dejado una perdida.
Por desgracia llevaban así días, no le dejaban tiempo a
contestar y saber qué era lo que querían.
Entonces llegó la imagen de un email, uno que abrió y leyó
mentalmente.
«Sé quién es tu padre y estaría encantada de hacer negocios
contigo. Quiero a mi hijo de vuelta».
Lo cerró antes de que alguien pudiera ver lo que leía. No
necesitaba ese tipo de preocupaciones un día como ese. Ahora
solo quería ser feliz y una mujer como la madre de Adán solo
podría traer dolores de cabeza.
En un acto de pura empatía y piedad hacia su amigo, borró
el mensaje de esa mujer. No quería saber nada de su padre
porque no había formado parte de su vida.
No importaba quién fuera.
—¿Todo bien? —preguntó Carmen.
Sneeze asintió.
—Sí, claro. Todo perfecto.
Lo estaría cuando bebiera un poco y olvidase que aquella
mujer podía ser tan mala con su hijo. No llevaba bien las
negativas, eso sin contar que acababa de perder una unión
millonaria que golpeó duramente a su imperio.
Ese eran los efectos de ser malo en la vida. Él solo tenía
una idea para seguir en ese mundo: ser feliz. Y sabía
perfectamente como.

***

—¡SIIII! —gritó Marie provocando que Adán tirase el bol


de palomitas que llevaba en las manos.
Todo el pasillo quedó repleto de comida mientras su mujer
saltaba de un lado a otro como si de una liebre se tratase. Lo
hizo con auténtica felicidad y con un papel en las manos que
parecía ser el mejor regalo de todos.
—¡Me han ascendido! ¡Al fin! —exclamó contenta.
Adán lejos de preocuparse por las palomitas, comenzó a
saltar y bailar alrededor de ella para celebrar aquella gran
noticia.
Poco después de casarse había dejado de ser la becaria de la
empresa, no obstante, aquello era mucho mejor. Al fin veían
todo el potencial que tenía que dar al mundo y la tenían en
cuenta.
—¡Me alegro, cielo! —exclamó tomándola entre sus
brazos.
La besó y tanto que lo hizo. Aquella boca había sido solo
para él, nadie más encajaba tan bien como sus labios contra los
suyos. Era su perdición, como una droga que lo volvía loco.
Por esa droga sintió que sus manos bajaban a su culo, no
solo eso, también comenzaba a amasarlo dispuesto a quitarle
esa ropa tan sexy que llevaba.
—Por favor, Adán —rio Marie.
—¿Qué? ¿Otro mareo? —preguntó agachándose y
poniendo la oreja en su abultado vientre.
No escuchó nada, aunque tampoco hubiera escuchado de
haberlo deseado. Apenas estaban de cinco meses y el bebé no
podía moverse y darle las patadas necesarias como para
apartar a su padre de la barriga de su madre.
Adán dio un par de golpes con los nudillos.
—¿Todo bien ahí dentro? ¿Se está calentito? Pues que
sepas que tu madre es mía —anunció.
Marie arrancó a reír ante la posesividad de Adán. Sí,
después de saber que eran el uno para el otro dejaba claro que
eran marido y mujer. Lo amaba por ello y también sabía que
iba a ser el mejor padre del mundo.
—Cuando lo tengamos tenemos que hacer un turno con los
titos para que hagan de canguro.
Ella solo pudo quitarse los zapatos al mismo tiempo que lo
escuchaba perpleja.
—¿No ha nacido y ya quieres que esté con sus titos?
—No, solo quiero que todos puedan ver lo que tú y yo
hemos hecho. Porque si se parece a ti seguro que los enamora
a todos como tú hiciste conmigo.
Era un romántico, lo era de corazón porque le salía de
forma natural. Siempre tenía un detalle con ella, se preocupaba
por su bienestar y miraba de pasar todo el tiempo que pudiera
a su lado.
—Y si se parece a ti será alguien valiente que salve a los
demás. Tú me salvaste de mi oscuridad —anunció Marie.
—Y tú de la bruja malvada de mi madre.
Sí, porque ahora y siempre para ellos era real. El mundo les
había regalado una oportunidad de oro para vivir, algo que
harían plenamente. Tal vez encontraban algún bache por el
camino, pero sabrían como superarlo.
Juntos.
Los seis.
—Siete, Marie, que viene el bebé.
—Eso, los siete.

FIN
Tu opinión marca la diferencia

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reseña donde la hayas adquirido. Para mí es muy importante,
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OTROS TÍTULOS
Saga Devoradores de Pecados:

—No te enamores del Devorador.


—No te apiades del Devorador.
—No huyas del Alpha.
—No destruyes al Devorador.
—No confíes en el Devorador.
—No hables con el Devorador.
—No beses al Devorador.

Más títulos como Lighling Tucker:

—Eternos.
—Huyendo de Mister Lunes.
—Las catástrofes de Alicia.
—Los encuentros de Cristina.
—Navidad y lo que surja.
—Se busca duende a tiempo parcial.
—Todo ocurrió por culpa de Halloween.
—Cierra los ojos y pide un deseo.
—Alentadora Traición.
—La ayudante de Cupido.

Como Tania Castaño:


—Redención.
—Renacer.
—Recordar.
Otros libros de la Autora:

“No te enamores del Devorador”

Leah es solo un juguete. Como prostituta en el club “Diosas


Salvajes” no tiene derecho a sentir, únicamente obedecer. Pero
todo cambia cuando su jefe decide que esa noche es distinta.
No atenderá a sus clientes habituales sino a alguien aterrador:
Dominick Garlick Sin, un Devorador de pecados. Y, a pesar
del miedo inicial al verle en el reservado, no puede evitar
sentirse atraída. Él es diferente, es la personificación del miedo
y, a su vez, la de la provocación.
Dominick decide ir una noche más al club “Diosas
Salvajes” con uno de los novatos que entrena. Las reglas son
claras: nada de sexo. Debe mantener una conversación con una
de las chicas y alimentarse de sus pecados.
El destino le tiene preparado un cambio radical a su vida.
Mientras espera que la sesión del novato llegue a su fin, una
asustada humana de ojos azules entra en el reservado. Es una
más de las chicas y, a su vez, distinta a todas. ¿Qué tiene de
especial? Hasta sus propios poderes deciden manifestarse para
sentirla cerca.
Además, la vida se complica cuando un malentendido
provoca que la vida de Leah corra peligro. Esa misma noche,
con una sola mirada, el destino de ambos se selló para
siempre.
Son como nosotros, respiran y hablan como los humanos,
pero son Devoradores de pecados. Perversos, peligrosos y con
ansias de saciarse del lado oscuro de las personas. Miénteles y
satisface su hambre.

“No te apiades del Devorador”


Pixie Kendall Rey no esperaba que al llegar al hospital con
su amiga Grace, que acababa de romper aguas, no la
atendieran. Eso la obligó a recurrir al único lugar al que su
madre siempre le había prohibido acudir: la base militar.
La sorpresa fue aun mayor cuando allí también se negaron a
hacerlo. No podía rendirse y no tenían tiempo, así que decidió
derribar la puerta de la base con su coche para así llamar la
atención.
¡Y vaya si lo hizo! Provocando incluso que la
inmovilizasen contra el capó.
El doctor Dane Frost no estaba teniendo el mejor de sus
días y ver la puerta de la base saltar por los aires no lo mejoró.
Corrió hacia allí para bloquear el ataque y se dio cuenta de que
se trataba de una mujer que necesitaba ayuda urgente.
Al tocarla e inmovilizarla todo cambió.
¿Quién era esa mujer? ¿Qué la había llevado a cometer esa
locura?
Ninguno de los dos estaba preparado para conocerse, pero
el destino no da segundas oportunidades. Así pues, ambos
pusieron la vida del otro del revés.
Son como nosotros; respiran y hablan como los humanos,
pero son Devoradores de pecados. Perversos, peligrosos y con
ansias de saciarse del lado oscuro de las personas. Miénteles y
satisface su hambre.

“No huyas del Alpha”


Olivia siente que ha cambiado un cautiverio por otro. Ya no
está siendo golpeada, pero no puede salir de esas cuatro
paredes que dicen ser su protección. El recuerdo de la muerte
del amor de su vida la está desgastando.
Además, el cambio a loba está siendo difícil y más tratando
directamente con su protector. Él tiene un carácter muy
especial, se cree divertido cuando lo que ella siente es que es
un bufón de la corte. Pero, ¿a quién puede engañar?
Sin proponérselo, él se acaba convirtiendo en alguien
indispensable en su vida y eso cambia las reglas del juego.
Olivia siempre ha dicho que, una vez finalizase el celo, se
marcharía con su hermana y viviría una nueva vida.
¿Es eso posible con la presencia de Lachlan en su vida?
Lachlan no supo lo que hacía cuando acogió a Olivia en su
casa. La ha protegido durante meses y ha establecido un
vínculo tan fuerte que le duele pensar el día en el que la vea
marcharse.
Ha descubierto en ella miles de facetas que no creía que
existieran. Olivia tiene picardía, fuerza y siente que debe
ayudarla; que no debe dejarla caer en el pozo oscuro de la
pena.
No obstante, se ha marcado una meta: no tocarla mientras
dure el celo.
¿Podrá resistirse? ¿Luchar contra sí mismo? ¿Entre honor y
placer?
Amor, pasión y acción en un libro plagado de seres que te
robarán el aliento. Sin olvidarnos de la presencia de los
Devoradores.
¿Te atreves a entrar en su mundo?
Otros títulos:

“Navidad y lo que surja”

¿Qué ocurre cuando una bruja decide llevar a su hermana “no bruja” a un hostal
repleto de seres mágicos? Que casi acabe siendo atropellada por un Cambiante
Tigre, que la quieran devorar los Coyotes y que no deje de querer asesinar a la
embustera de su hermana, bruja sí. Así es Iby, una humana nacida en una familia de
brujos que odia la Navidad y es llevada, a traición, a pasar las Navidades a un
hostal bastante especial. Allí conocerá a Evan, un Cambiante Tigre capaz de hacer
vibrar hasta a la más dura de las mujeres. ¿Acabará bien? ¿O iremos a un entierro?
Quédate y descubre que estas Navidades pueden ser diferentes.

––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––—
“Se busca duende a tiempo parcial”:

Para Kya las últimas navidades fueron un desastre, por poco muere a manos de su
amante Tom en el Hostal Dreamers. Pues este año no parece mejor, su exmarido ha
hecho público su divorcio a los medios y las cámaras la siguen a donde quiera que
vaya. ¡Ojalá la Navidad nunca hubiera existido! Y lo que parecía un deseo simple
se convirtió en el peor de sus pesadillas, su hermana Iby nació en Navidad y ya no
existía. En el hostal Dreamers nadie la recuerda y Evan está con otras mujeres.
Suerte que el único que cree en ella es Matt, un ardiente y peligroso Cambiante
Tigre, que la hace vibrar y sentir cosas que jamás antes ha experimentado. ¿Cómo
recuperar la fe en la Navidad? ¿Cómo volver a tener a Iby a su lado? Acompaña a
esta bruja en un viaje único en unas Navidades distintas.

“Todo ocurrió por culpa de Halloween”:

Se acerca Halloween al Hostal Dreamers y los alojados allí poco saben lo que el
destino les tiene preparado. Todo comienza cuando en una patrulla algo consigue
noquear a Evan. Para mejorar la situación Iby Andrews vuelve a ser bruja y esta vez
no es en el Limbo sino en el mundo real. A todo eso se les suma un nuevo e
inquietante huésped en el Hostal: Dominick el Devorador de pecados. Kya e Iby
comienzan a investigar los extraños sucesos que ocurren y se topan con alguien que
no deben. ¿Qué puede ser más terrorífico que vivir en el Hostal Dreamers?

–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––
“Cierra los ojos y pide un deseo”:

Aurion Andrews es el mayor brujo de su familia, está cansado de su vida monótona


y aburrida hasta que recibe la llamada de su hermana mayor Kya. Ella le hace una
petición muy especial: hacer un hechizo para que su mejor amiga pase unas
Navidades muy calientes y fogosas. Pero no es capaz de hacerlo y un plan se pone
en marcha en su mente. Mía Ravel lleva demasiado tiempo sin sexo, su amiga Kya
está recién casada y odia escuchar sus aventuras nocturnas con su estrenado marido.
Y, de pronto, abre la puerta y aparece un hombre desnudo con un gran lazo… ahí.
Él le dice que viene a poseerla y a desearle felices fiestas. La locura es demasiado
para soportarlo. ¿Quién es ese hombre? Nunca tomarse las uvas habían resultado
tan calientes y divertidas.

La ayudante de Cupido:

¡Ey! ¡Hola! Mi nombre es Paige y soy una de las ayudantes


de Cupido. ¿Sabéis qué me ocurre? Pues que me han obligado
a tomarme unas vacaciones, cosa que yo no quiero y encima
tengo que bajar a la Tierra.
¿Qué hace un ángel como yo allí abajo? Pues creo que será
más divertido de lo que esperaba.
Conozco a April una humana con muchísimas ganas de
pasarlo bien y mostrarme que puedo divertirme además de
trabajar. Pero la guinda del pastel es Iam, un abogado
criminalista que no dejo de encontrármelo a cada paso que
doy.
Tal vez mi jefe tenga razón y deba divertirme un poco.
¿Me acompañas?
Alentadora Traición:

Melanie Heaton no está pasando su mejor momento en su


matrimonio, las muchas infidelidades por parte de su marido
están comenzando a desgastar el amor que, un día, sintió por
Jonathan. Sin embargo, cree que puede perdonarlo, que todo
volverá a ser lo de antes.
Gabriel Hudson es un pecado mortal que todas las mujeres
desean en su cama. Atractivo y sensual, es un hombre que
llama la atención por donde pasa. Aunque, no parece estar
preparado para lo que siente al ver por primera vez a Melanie.
Se siente atraído por ella de un modo visceral, sin embargo, al
saber que está casada decide poner distancia entre ellos, con la
esperanza de que la atracción morirá. Así que, para cuando
vuelve tres meses después no está preparado, no sólo nada ha
cambiado, sino que necesita a esa mujer. Melanie lo atrae
hasta un punto inhumano, todo su cuerpo la reclama como
suya y lo peor es que ve que el sentimiento es mutuo. Sabe que
siente lo mismo, que se deshace entre sus manos al mínimo
toque.
Ninguno de los dos puede luchar contra una atracción igual
y eso es peligroso, porque Melanie no se imagina lo que es
Gabriel en realidad. Lo que esconde bajo una máscara de
normalidad; sabe que no puede exponerla, que no debe hacerla
suya… pero sus instintos se lo niegan. Necesita que Melanie
sea completamente suya, en cuerpo y alma.
¿Puede haber una atracción tan difícil de soportar?
Títulos como TANIA CASTAÑO:

Redención:

Ainhara sabe que su secreto no puede ser comprendido por


nadie. En su sangre hay lo que podría hacer tambalear el
mundo tal cual se conoce. Su vida ahora es un completo caos,
despojada de todo lo que ama, es atrapada en una espiral de
dolor y traición a la que no puede hacer frente, sin saber que
Gideon amenaza con hacer vibrar cada una de sus células.
El hombre más poderoso de todos fija sus ojos dorados en
ella y sin poder evitarlo, Gideon se convierte en el único
aliento que necesita para seguir soportando el dolor de la vida,
sin saber que miles de peligros comienzan a rodearla hasta
cortarle la respiración.
Déjate seducir por la pasión, la intriga y el misterio del
mundo de las sombras. Ellos te guiarán hasta adentrarte en la
oscuridad donde te harán arder en pasión y palpitar de terror.
Ahora comprenderás el porqué de la atracción fatal entre
humana y vampiro.
Renacer:

Seis meses después de todo el caos, Ainhara está atrapada


por sus propios recuerdos. La muerte de Dash y todos los actos
acontecidos después le han golpeado con dureza, llenándola de
oscuridad. Siente que se está perdiendo en sí misma; pero sabe
que pronto él vendrá a por ella.

Todavía puede escuchar sus palabras firmes y seguras, Gideon


no piensa dejarla escapar. Él, el único capaz de hacer
tambalear su propio mundo.

Cuanto más fuerte es la luz más oscura es la sombra. El mundo


ya no es el que conoce, todo ha cambiado, sabe que no puede
huir pero luchará fervientemente por su libertad y lo más
importante: escapar de la sombra que la persigue.

Recordar:

Ainhara ha despertado en la habitación de un hospital. Sola,


plagada de heridas y con algo inquietante: sin recordar nada.
Toda ella se ha desvanecido ante sus ojos y ni siquiera sabe su
propio nombre.
¿Quién es? ¿Qué ha ocurrido?

Gideon a su vez, se ha adentrado en un agujero oscuro de


dolor y rabia. Se ha convertido en alguien peligroso al que
todos sus amigos prefieren no enfrentar.
Lo ha perdido todo y la eternidad es demasiado larga para
vivirla sin Ainhara.
¿Hay esperanza?
Adéntrate en la última entrega de la trilogía Negro Atardecer.
Donde los vampiros no son como conoces. Vigila con no
tropezarte con ninguno, son adictivos.
BIOGRAFIA

Lighling Tucker es el pseudónimo de la escritora Tania


Castaño Fariña, nacida en Barcelona el 13 de Noviembre de
1989.
Lectora apasionada desde pequeña y amante de los
animales, siempre ha utilizado la escritura como vía de escape.
No había noche que no le dedicara unos minutos a plasmar el
mundo de ideas que poblaban su cabeza.
En 2008 se lanzó a escribir su primera novela en la
plataforma Blogger, tanteando el terreno de la publicación y
ver las opiniones que tenían sobre su forma de expresarse.
Comenzó a conocer más mujeres como ella, que amaban la
escritura y fue aprendiendo hasta que en 2014 se lanzó a
autopublicar su primera novela Redención.
En la actualidad, tiene libros publicados para todos los
públicos, desde comedia a la acción, pero siempre con grandes
dosis de amor y magia.
Esta escritora no pierde las ganas de seguir aprendiendo y
escribir, esperando que sus historias cautiven a las personas
del mismo modo que la cautivan a ella.

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