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LA CRISIS DEL SIGLO XX

Crisis: ¿Decadencia o transformación?


Al llegar al final de su relato, el autor cada vez más exigente consigo mismo,
habría deseado poderse situar, por lo menos, a un siglo de distancia para contemplar
desapasionadamente los sucesos que ahora va a referir y que constituyen la
experiencia directa de su generación. Tiene sus dudas, en primer término, sobre qué
será lo realmente importante para la Historia futura; qué hechos aparecerán decisivos
en la confusa multiplicidad de los sucesos contemporáneos; qué datos se mantendrán
firmes y no serán arrastrados por su impureza o ilegitimidad. Su experiencia le dice
que a cada nuevo decenio los libros de historia reciente aparecen más avejentados, y
que sólo unos cuantos se salvan del desprestigio general. No ha habido tiempo de
recoger, filtrar e interpretar. Y la Historia se convierte fácilmente en manos dé los
tratadistas contemporáneos en alegato político, que el autor tiene el máximo interés en
evitar.
Por esta causa, con ser de uso corriente, el autor ha dudado largamente en
mantener como título de este último capítulo la palabra "crisis", que figuraba en la
edición anterior. Es evidente que la civilización occidental conoce una profunda crisis,
quizá superior a la que experimentó la helenística en el siglo I antes de Jesucristo: la
sociedad, la política, la economía, la cultura y la ciencia, en sus respectivos campos, lo
demuestran con quiebras suficientes en su modo de ser tradicional para que nadie
pueda alegar ignorancia. Pero el público suele confundir el concepto de crisis con el de
decadencia; lo que no es cierto, biológica ni espiritualmente. Después de una crisis
profunda, puede sobrevenir la muerte o un empujón considerable de renovada
vitalidad. Y la experiencia histórica ha demostrado que son más fértiles para el
progreso moral humano los períodos de intensa convulsión que aquellos que se
desarrollan placenteramente bajo los dorados rayos en los atardeceres otoñales.
Hay quien pretende que con la crisis del siglo XX acaba un mundo del espíritu:
el de Occidente. Otros afirman que estamos en trance de alcanzar la reunificación de
la cultura inicial y que, superada la fase planetaria de la humanidad, sobrevendrá muy
pronto la etapa cósmica. La polémica que abarca polos tan opuestos no tiene más
valor que el de corroborar la excitación de las inteligencias dentro de la misma crisis.
Al historiador solvente, quien para engarzar los hechos requiere su propio mecanismo
comprensivo de la Historia, esas consideraciones le parecen burbujas del gran hervor
interno de las sociedades contemporáneas. Los años las situarán en su propio valor.
Hoy sólo puede afirmarse que los valores renacentistas -una cultura aristocrática para
las aristocracias de Occidente- están en franco declive, batidos en brecha por nuevas
experiencias vitales que en el siglo XV nadie pudo imaginar. Es posible, pues, que el
ciclo renacentista pueda darse por cerrado. Pero ello no implica la extravagante idea del
retorno de la Edad Media ni él fin de la cultura occidental, la única que se ha revelado
capaz de dar al mundo una finalidad trascendente y, a la vez, una estructuración
técnica.
En este sentido, habríamos preferido titular este capítulo "La época de la gran
transformación de la cultura de Occidente". Pero el autor lo ha considerado
excesivamente ambicioso. Hay que vivir para creer. En definitiva, nos hemos limitado a
consignar el suceso histórico evidente y a distribuir la presentación de los hechos de
conformidad con las manifestaciones externas de la crisis: primera guerra mundial,
subversión social, crisis económica, revolución intelectual, exacerbación nacionalista,
decadencia liberal, crisis internacional y segunda conflagración bélica mundial.
LA PRIMERA CONFLAGRACION BELICA GENERAL

De 1914 a 1918 los campos de Europa fueron teatro de la primera contienda de


carácter universal, puesto que en ella participaron contingentes humanos de todos los
continentes. Aunque las causas del conflicto fueron esencialmente europeas y la lucha
se decidió en Europa, la guerra absorbió a la mayor parte del mundo. Este hecho tiene
su explicación tanto en el carácter ecuménico de los Imperios que entraron en la guerra
como en la comunidad de intereses e ideología del mundo anglosajón en Europa y
América. Por otra parte, de modo inevitable, las repercusiones inmediatas y futuras de
las operaciones militares que se desarrollaban en el continente blanco, afectaron a
todos los países del Ecumene. Nunca el mundo demostró tanta solidaridad en sus
afectos y en sus antagonismos.

Los orígenes
Durante los cuatro años que duró la primera guerra general y los inmediatos, fue
tema favorito de la literatura histórica, política y periodística la determinación de las
"responsabilidades- de la contienda. Saber quién era su causante (el “agresor”) empeñó
a los beligerantes y neutrales en una batalla de letra impresa. Como es natural, los
contrincantes se culparon respectivamente de ser los provocadores del conflicto y la
literatura posterior en los países adversarios, atizada por los escrúpuIos patrióticos, ha
venido robusteciendo las líneas perfiladas en 1914 y 1918. La publicación de los
archivos secretos de la diplomacia, iniciada por los soviets en Rusia, y luego proseguida
en Alemania, Austria, Francia e Inglaterra, ha aclarado cuestiones de detalle, revelado el
sistema de bloques y justificado el ambiente hiperestésico de julio de 1914. Sin embargo
la solución no es unilateral ni simple. Desde luego, es posible apreciar en ciertos casos
afanes guerreros, deseos de lucha y de victoria, precipitaciones buscadas y vacilaciones
mal definidas. Pero rara comprender las causas profundas de la conflagración, hay que
remontarse a mediados del siglo XIX y rastrear las trayectorias históricas que la hicieron
inevitable. Es preciso, en otras palabras, referirse a la ruptura del equilibrio europeo, al
imperialismo político o económico, a la competencia colonial, al nacionalismo
exacerbado, al sistema de la paz armada y a los recelos creados por las crisis de 1905 a
1913, tal como han sido definidos en los dos capítulos anteriores. Sólo teniendo en
cuenta la multiplicidad de estos factores puede llegarse a abarcar en su totalidad fa
formación de la tempestad bélica, que había de descargar en 1914, como podía
desencadenarse un año antes o un año después. Si hubo responsable, éste fue, en
realidad, la propia Historia. Todos los hombres de las grandes potencias tuvieron su
parte en las responsabilidades iniciales de la contienda, sin que sepamos discernir si los
causantes de la guerra general fueron, en mayor o menor grado, la rivalidad de Rusia y
Austria-Hungría en los Balcanes, la sistemática intransigencia imperialista de Inglaterra,
el afán de “revancha” francés o la política proimperialista de Alemania en Europa y los
océanos. Tal conflicto bélico se debe considerar, por lo tanto, como la primera
manifestación armada y sangrienta de la crisis del siglo XX.
El hecho cierto es que cuando el 28 de junio de 1914 el archiduque Francisco
Fernando de Austria, heredero de la corona imperial, fue asesinado en Sarajevo por un
estudiante bosniano, Princip, el sistema de bloques europeo había llegado a una
situación de tal desarrollo que hacía imposible la adopción de las medidas conciliatorias
practicadas en 1909 y 1913. En aquel año, Francia había hecho ceder a Rusia; en éste,
Alemania hizo ceder a Austria. Pero en 1914 toda nueva claudicación ante el bloque
antagónico fue considerada no sólo como humillante, sino como disgregadora del propio
sistema político, lo que acarrearía el completo aislamiento en Europa. Este fue el
sentimiento predominante en las cancillerías de Alemania y Francia a medida que se iba
agravando la crisis austroserbia.
El atentado de Sarajevo era resultado de la política paneslava en los Balcanes.
Aunque sólo más tarde, en 1919, se supo que sus autores habían sido miembros de la
organización secreta la “Mano Negra”, dirigida por un oficial del Estado Mayor servio, el
gobierno austro-húngaro tenía bastantes datos en su poder para achacar a Be1grado la
responsabilidad indirecta del atentado. Por otro lado, ante la campaña de la prensa
Serbia, audazmente antiaustriaca, la corte y el gobierno de Viena se dejaron ganar por
el jefe del ejército, Conrado de Hötzendorf, el cual propuso la guerra contra Serbia con
dos objetivos: el robustecimiento de la monarquía dual y la eliminación definitiva de
aquel foco de intranquilidad en los Balcanes. Así, pues, Austria-Hungría fue la primera
potencia que formuló la decisión de ir a la guerra, a sabiendas de que toda acción contra
Serbia la enfrentaría con Rusia y provocaría, posiblemente, el conflicto general. Para
ello el gobierno austriaco necesitaba contar con el apoyo de Alemania. Los medios
diplomáticos del Reich no se lo regatearon, y aun los círculos de Berlín y el propio
Guillermo II ofrecieron al canciller austriaco, Berchtoid, la seguridad de que Alemania
cumpliría sus pactos (Postdam, 5 y 6 de julio). Para Alemania se trataba de no perder el
único aliado fiel; su intención era la de localizar el conflicto. Pero Viena hizo un uso
deplorable del “cheque en blanco” de Berlín. El 23 de julio, después de seis redacciones
consecutivas, Austria envió a Serbia un ultimátum, concebido en tal forma que habría de
ser rechazado por Belgrado. Al mismo tiempo, ante la actitud de las potencias de la
Dúplice, Rusia se decidía a ir a la guerra y Francia le aseguraba su eventual
cooperación (21 al 23 de julio).
El gobierno serbio contestó al ultimátum dando satisfacción a todos los puntos del
mismo, excepto dos: la participación de agentes oficiales austro-húngaros en la
investigación del planeamiento del atentado en Belgrado y la reducción de la
propaganda panservia. Alemania consideró esta respuesta como un gran éxito; pero el
gobierno de Viena no lo entendió así y rompió las relaciones diplomáticas con Serbia (25
de julio). Se preveía la inminencia de un conflicto. El 26, el gobierno ruso acordó la
premovilización general. El mismo día, Gran Bretaña propuso la celebración de una
conferencia de las naciones no interesadas directamente en el conflicto austro-serbio.
Esta sugerencia fue rechazada por Alemania y Austria. Los hombres de Estado de
Viena, temiendo un cambio desfavorable para su causa, quisieron poner a Europa ante
el hecho consumado. El 28 Austria-Hugría declaraba la guerra a Serbia.
¿Se localizaría el conflicto o se extendería a toda Europa? Esta es la pregunta
que intentaron resolver las cancillerías en el curso de cinco días angustiosos. El 29,
Rusia decreta la movilización parcial. Esta medida significa la ampliación de las
hostilidades a Rusia y Austria-Hungría; Alemania interviene para mediar entre los dos
futuros adversarios; pero sus propuestas no son acogidas por San Petersburgo. Al
mismo tiempo, el gobierno de Berlín recibe la noticia de que Inglaterra, contra lo que él
esperaba, declara que no podrá mantenerse neutral en caso de conflicto. La jornada del
30 es decisiva: Alemania rechaza dos propuestas de Rusia y una de Inglaterra para
localizar la guerra. A media tarde del 30, sin conocimiento de Francia, Rusia moviliza
contra Austria-Hungría y Alemania. Es la guerra inevitable. Al día siguiente, el Reich
envía un ultimátum a San Petersburgo para que desmovilice. No obteniendo respuesta
al mismo, decreta la movilización de sus fuerzas. A la vez lo hace Francia. El primero de
agosto Guillermo II declara la guerra a Rusia; el 3 a Francia; el 4 sus tropas invaden el
territorio belga, a pesar de la garantía dada en 1839 respecto a la neutralidad del
mismo. Este acto provoca la ruptura de relaciones con Inglaterra. La guerra se ha
convertido en general.
Este proceso, digno de una tragedia griega, pone fin a los trabajos de la
diplomacia. Los Estados Mayores tienen la palabra. Es de notar que el entusiasmo
patriótico arrastró en aquel momento incluso a los grupos socialistas de las naciones
beligerantes. En su apoyo a los gobiernos remató la trayectoria “revisionista” del
socialismo de la II Internacional.

Las campañas de movimiento iniciales


Durante mucho tiempo el Estado Mayor alemán había previsto la posibilidad de
una guerra en dos frentes. En agosto de 1914 sus planes eran muy sencillos: destrozar
el ejército francés por un rápido y aniquilador ataque a base de una masa envolvente de
maniobra, y mantenerse a la defensiva ante Rusia. Tal era en esquema el plan de
campaña elaborado por el conde Schlieffen. Para obtener la decisión sobre Francia era
preciso franquear el territorio belga, y a ello se debió la invasión de este país. Contra las
primeras e infundadas esperanzas, el gobierno del rey Alberto I no sólo rechazó la
conminación de Alemania de dejar libre paso a sus tropas, sino que el ejército belga
ofreció una resistencia no despreciable, lo que luego resultó perjudicial para el
desarrollo del plan alemán. Sin embargo, el ejército francés, rechazado en
Alsacia-Lorena y Luxemburgo, corrió el peligro de verse envuelto por su ala izquierda.
Hasta fines de agosto el alto mando no se dio cuenta de la amenaza que provenía de
Bélgica. Cuando quiso reparar su error, sus tropas fueron derrotadas en Charleroi;
entonces tuvo que dar la orden de repliegue general. A pesar de reacciones victoriosas,
el movimiento desbordante alemán alcanzó pleno éxito. El 2 de septiembre el ejército
del general von Kluck llegaba a Senlis, a 25 kilómetros de París. El gobierno francés
abandonó la capital y se trasladó a Burdeos.
La superioridad alcanzada en los primeros combates en el Oeste, dio extremada
confianza al Estado Mayor alemán, hasta el punto de sacar fuerzas de su dispositivo de
ataque para llevarlas al frente del Este, en el cual los ejércitos rusos del Nareva y Vilna
habían invadido la Prusia oriental, amenazando Königsberg. Este cambio de efectivos
permitió al general Hindenburg derrotar. a los rusos en Tannenberg (23 al 31 de agosto);
pero, en cambio, sacrificó toda posibilidad de victoria en Occidente. -El “milagro del
Marne” (6 al 13 de septiembre) se debió no sólo al valor con que combatieron las tropas
aliadas, sino a confusiones producidas entre los mandos alemanes. El movimiento
envolvente había desarticulado las posiciones del ala derecha del ejército alemán, lo
que fue aprovechado por el mariscal Joffre para lanzar su victoriosa contraofensiva.
Después de rudos combates parciales, algunos terminados con éxito para los alemanes,
éstos se replegaron hacia la línea del Aisne, una de las más fuertes de la Europa
occidental. Inicióse entonces una lucha entre los dos bandos para envolverse
mutuamente, ya que ninguno de ellos tenía punto firme de apoyo en el Norte. La
“carrera al mar” (septiembre de 1918) tuvo como fases más salientes la ocupación de
Gante, Lilla, Bruja, y Ostende por los alemanes y el contacto entre los ejércitos aliados y
los belgas. Después de las batallas del Yser y de Ypres, en las que los alemanes
intentaron romper el frente aliado y llegar a Calais, las posiciones de los ejércitos
respectivos se estabilizaron. Con pocas variantes, permanecieron las mismas hasta el
fin de la guerra; formaron un arco de círculo, tendido hacia Francia, de 650 kilómetros
de perímetro, cubriendo la línea Dixmude, Ypres, Lilla, Arras, Noyon, Soissons, Reims,
Verdún, Saint Michel, hasta Pont-à-Mousson y la línea fronteriza, que seguía con pocas
alteraciones hasta los Vosgos y el Jura. La guerra de posiciones significaba la pérdida
de la contienda por Alemania.
En el frente oriental el éxito alcanzado por Hindenburg se completó por los
mismos días de la batalla del Marne con el aniquilamiento del ejército ruso en Prusia
(batalla de los lagos Masurios, del 5 al 15 de septiembre). Sin embargo, las tropas
zaristas lograron importantes éxitos sobre las austro-húngaras. En el curso del mes de
septiembre, las derrotaron en Lemberg y las obligaron a evacuar Galitzia y a replegarse
hacia los Cárpatos. Tales fracasos evidenciaron la ineficacia del ejército austriaco, con
lo que el peso de la guerra recayó por completo sobre las espaldas de Alemania. Sus
ejércitos lograron defender la plaza de Przemysl, llave de Silesia y Hungría, y aunque
fracasaron en un ataque contra Varsovia, contrarrestaron una otensiva lanzada por el
gran duque Nicolás sobre Poznan, Breslau y Cracovia (noviembre y diciembre).
También en esta ocasión el general Hindenburg, elevado a comandante en jefe del
teatro oriental de operaciones, se acreditó como excelente militar.

La guerra larga: guerra de posiciones y guerra total


El fracaso del plan de ataque alemán y la imposibilidad de los ejércitos de la
Entente de romper el frente adversario, tanto en el Este como en el Oeste, dieron un
nuevo carácter a la guerra. Hasta entonces, teniendo presente las lecciones de la
campaña de 1870, los Estados Mayores habían creído en una guerra de escasa
duración. La realidad les demostraba el error de sus cálculos. La potencia de los nuevos
procedimientos bélicos, en particular la ametralladora y la artillería de todos los calibres,
hacia muy precaria cualquiera operación de movimiento. Para resguardarse del fuego,
los ejércitos se hundieron en el suelo, excavaron trincheras y multiplicaron al máximo los
recursos defensivos. Una red seguida de fortificaciones subterráneas jalonó el curso del
frente, en forma que hizo muy difícil su ruptura. Estas condiciones determinaron la
llamada guerra de posiciones, cuya consecuencia inevitable fue alargar la guerra hasta
un final no previsto en ningún plan militar de 1914.
La guerra larga transformaba por completo el cuadro general en la dirección de
las operaciones militares. Hasta 1914 sólo habían combatido los ejércitos, de modo que
la población no beligerante no había sufrido más que cuando se hallaba en el teatro de
operaciones. Desde 1914, al objeto de obtener la victoria, los gobiernos recurrieron a
todos los medios de que disponían para vencer al adversario. Poco a poco fue
apareciendo la llamada “guerra total”, en la que estaban empeñadas las fuerzas enteras
de las naciones beligerantes. Este nuevo género de lucha se resolvía en los dos frentes:
interior y exterior. En el primero, era necesario acrecentar la producción de material de
guerra en proporciones fabulosas, ya que la experiencia de los primeros combates había
demostrado la importancia del amunicionamiento. A fines de 1914 todos los beligerantes
sulieron una importante crisis de material bélico, y hubieron de recurrir a medidas
excepcionales para poner de nuevo en marcha las industrias afectadas por la
movilización general. Por otra parte, fue preciso atender con urgencia al abastecimiento
de la población civil. Los depósitos de materias primas alargaban apenas para un año, y
tan grave problema se hizo sentir más en Alemania que en los países de la Entente, ya
que éstos contaban con las reservas de sus imperios coloniales respectivos y la libertad
de comunicaciones marítimas. Otro aspecto de la lucha total fue la conservación de la
unidad nacional y la moral del combatiente. En los países nacionalitarios, como
Austría-Hungría y Rusia, la crisis interior fue muy grave desde fines de 1914, lo que se
demostró en el fracaso respectivo de sus ejércitos. También los grupos
socialrevolucionarios empezaron a intrigar, aunque el efecto de sus campanas
desmoralizadoras fue posterior. En todas partes hubo de imponerse la acción del
Estado, no sólo para resolver los problemas bélicos, sino para regular la vida
económica del país, (Walter Rathenau, en Alemania) y mantener la cohesión nacional.
La propaganda y la censura fueron utilizadas como medidas imprescindibles para la
consecución de la victoria.
En el campo de la lucha exterior, la guerra totalitaria se dirimió en los mismos
sentidos: guerra económica y guerra moral. Prescindiendo de las convenciones
internacionales anteriores, los países beligerantes se lanzaron al bloqueo del adversario
al objeto de obligarle a capitular por el hambre. Inglaterra tomó la iniciativa al perseguir
el comercio y la navegación de Alemania en todos los océanos. Pero resultando inútiles
o sólo parciales estas medidas, declaró el bloqueo en el Mar del Norte para la
navegación neutral. El “bloqueo del hambre” (3 de noviembre de 1914) extendió las
consecuencias de la guerra a los países neutrales, puesto que éstos sufrieron las
mismas restricciones en su abastecimiento y comercio que los beligerantes. Los
alemanes procuraron sustituir las materias primas con productos artificiales (Ersatz); en
este particular tuvieron gran éxito, como lo prueba el descubrimiento de la obtención
química del nitrógeno. Sin embargo, para determinadas materias alimenticias, como el
trigo, o textiles, como el algodón y la lana, Alemania tuvo que recurrir a un estricto
racionamiento. Sus operaciones de contrabloqueo se manifestaron en la colocación de
campos de minas en las proximidades de la costa inglesa y en la guerra marítima.
Algunos cruceros aislados, como el Emden, alcanzaron éxitos de resonancia en sus
expediciones corsarias en el Pacífico; pero muy pronto fueron perseguidos y
aniquilados. La flota alemana de alta mar, a pesar del criterio contrario de su creador,
Von Tirpitz, permaneció en sus bases del continente. La victoria naval inglesa de
Falkland (diciembre de 1914) puso fin a la flota alemana del Pacífico. Año y medio más
tarde la batalla de Jutlandia o del Eskagerrak (31 de mayo de 1916), que enfrentó al
grueso de las armadas inglesa y alemana, se resolvió regresando las naves del Reich a
sus puertos, después de un combate librado valientemente. La flota británica fue, por
tanto, capaz de mantener la seguridad general de sus rutas marítimas. Sin embargo,
tuvo que luchar contra una amenaza imprevista, la acción de los submarinos alemanes.
Para responder al “bloqueo del hambre”, Alemania declaró el contrabloqueo de las
costas inglesas (4 de febrero de 1915); fueron hundidos los barcos pertenecientes a la
Entente, y aun los neutrales sospechosos de llevar contrabando de guerra. Más tarde la
medida se amplió a cuantos buques se pusieron al alcance de los submarinos alemanes
en las zonas de bloqueo. Este decisión (1916) no empezó a dar sus frutos hasta la
primavera de 1917. Las pérdidas de la flota aliada fueron enormes (831.000 toneladas
en abril de dicho año), y por un momento corrió grave peligro el abastecimiento de la
Gran Bretaña. Pero la organización de los convoyes marítimos permitió que Inglaterra
hiciera frente con éxito a la guerra submarina. Por otra parte, no se ha de olvidar que la
acción de los submarinos contra los barcos neutrales acrecentó la propaganda
intervencionista en los Estados Unidos, firmes en su principio de “libertad de los mares”.
La guerra moral tuvo manifestaciones diversas. En parte fue “guerra de nervios”,
para quebrantar el espíritu del adversario. En todo caso, el aspecto más importante fue
el de la propaganda. En este particular los países de la Entente superaron a sus
adversarios. La conquista de la opinión de los neutrales fue atendida con sumo cuidado
por Inglaterra y Francia. Corrió el oro para la compra de políticos, publicistas, agencias
de información y periódicos. Ellos difundieron las consignas de los aliados, presentaron
crueldades de los ejércitos centrales, estigmatizaron ante el público internacional los
objetivos de guerra de los alemanes (utilizando frases y propósitos desafortunados del
emperador o de la prensa del Reich), y propagaron por el mundo que los países de la
Entente luchaban “por la civilización, la democracia, la autodeterminación y la moral
contra la barbarie, el militarismo y los junkers”. Por el contrario, la intelectualidad
alemana afirmaba que combatía en defensa de la cultura idealista a lo kantiano contra la
civilización racionalista y enciclopedista de los países de Occidente; para librar los
mares del yugo inglés; por una organización de Europa que recogiera la nueva
potencialidad del Reich. Los gobiernos y la prensa de ambos bandos no se recataban de
pregonar propósitos imperialistas: mientras Alemania preveía la extensión de su esfera
de influencia hacia Occidente (los flamencos) y Oriente (Polonia, Ucrania, los países
bálticos), Inglaterra pasaba a las realizaciones prácticas adueñándose, después de dura
lucha, de las colonias y posesiones alemanas en África y Oceanía. Todos se hallaban
de acuerdo al afirmar que un nuevo mundo había de nacer del gigantesco conflicto, y
según sus preferencias lo estimaban como democrático o como la realización de los
afanes de las masas nacionales dentro de la colectividad estatal. Los grupos extremistas
de la sociedad confiaban en la implantación de sus teorías revolucionarias y preparaban
sus maquinaciones para cuando la guerra quebrantara y desorganizara el mundo
capitalista que, según ellos, la había desencadenado.

Los dos años de desgaste


De 1914 a 1917 la guerra se transforma de europea en general. La imposibilidad
de romper los frentes, la prolongación de la guerra de posiciones, las necesidades
crecientes de los países beligerantes y la lucha en el mar motivan que poco a poco los
estados neutrales vayan siendo engullidos por el torbellino bélico europeo. Entre 1914 a
1915 las posiciones internacionales quedan bastante definidas. En septiembre de 1914,
por a declaración de Londres, los países de la Entente se comprometieron a no firmar
una paz por separado. Poco antes, el Japón, que se hallaba, como sabemos, englobado
en su esfera de acción, había declarado la guerra a Alemania, al objeto de apoderarse
de sus posesiones en China y el océano Pacífico (Kiao-Tcheu y las Marianas). En
cambio, las potencias centrales habían perdido sus aliados. La Triple Alianza, en trance
de disgregación, no superó la crisis de julio de 1914. La acción de Austria-Hungría en
los Balcanes descontentó tanto a Italia como a Rumanía, países que tenían planteadas
reivindicaciones nacionales respecto de Austria (Tirol, Istria, Dalmacia) y Hungría
(rumanos de Transilvania). Ambos declararon su neutralidad, y pronto mostraron
veleidades intervencionistas a favor de la Entente. La agitación nacionalista, uno de
cuyos caudillos fue Mussolini, culminó con la entrada de Italia en la guerra contra su
enemigo secular, Austria (23 de mayo de 1915); ya antes, por el tratado de Londres,
Entente le había prometido substanciosas rectificaciones territoriales. La Dúplice
compensó tales defecciones con la participación en la guerra de Turquía (noviembre de
1914) y Bulgaria (octubre de 1915). Los antagonismos tradicionales en los Balcanes
echaron esos países en brazos de Alemania.
La alianza de Turquía proporcionaba al Estado Mayor alemán la seguridad de que
los rusos no podrían ser abastecidos regular y copiosamente por los países de la
Entente. En ningún país beligerante se dejaba sentir de modo tan intenso como en
Rusia la crisis de armas y municiones. Este hecho explica los fracasos de las tropas del
gran duque Nicolás durante el invierno de 1914 a 1915 (batalla de los Cárpatos, de
enero a abril de 1915; batalla de invierno de Masuria, en febrero de 1915). En
consecuencia, el cuartel general alemán decidió, para 1915, pasar a la ofensiva en
Rusia y mantenerse a la defensiva en el frente occidental. Pero mientras Hindenburg
preconizaba el aniquilamiento del ejército de] zar, Falkenhayn, jefe supremo del ejército
alemán, sólo autorizó una ofensiva de alcance limitado, que librara el imperio
austrohúngaro del peligro ruso. La conquista de Przemysl por los rusos (marzo de 1915)
fue su último éxito. Habiendo fracasado varias tentativas de los aliados para forzar el
paso de los Dardanelos (febrero-marzo de 1915), o bien ocupar la península del Galípoli
(abril), y abrirse camino para proveer a Rusia de material bélico, la suerte de las armas
estaba decidida. El 2 de mayo de 1915 la ofensiva alemana, dirigida por Hindenburg y
puesta en práctica por Mackensen, lograba romper el frente ruso en Gorlice, en el curso
del Dunajec. Las tropas alemanas ocuparon la Galitzia (Przemyst, 3 de junio; Lemberg,
22 de junio), se adueñaron de Varsovia y Brest-Litovsk en agosto, de Vilna en
septiembre, y llegaron hasta Pinsk. Rusia había perdido Polonia y Lituania y grandes
contingentes de tropas y material; su ejército quedaba sumamente debilitado; pero las
vacilaciones del alto mando alemán impidieron, como pretendía Hindenburg, el total
aniquilamiento del ejército ruso. Este pudo continuar luchando tras la nueva línea
establecida en Riga, Dvinsk, Vilna, Baranovitch, Pinsk, Tarnopol, Chemovitz, que se
mantuvo casi igual hasta 1917.
Las discrepancias en el mando alemán y las divergencias de opiniones entre éste
y el autriaco, no permitieron el cabal aprovechamiento de los éxitos obtenidos en la
campaña de los Balcanes del otoño de 1915, complementaria de la que acabamos de
mencionar. Los triunfos alemanes en Rusia habían inducido a Bulgaria a entrar en la
guerra. Para las potencias centrales era preciso socorrer a Turquía, ya que la situación
en Galípoli era harto comprometida, mientras que el grueso del ejército turco había
fracasado en Armenia y la frontera egipcia (ataque a Suez), y el mundo árabe, sometido
a Constantinopla, se levantaba contra el dominio turco, instigado por los agentes
británicos. Por lo tanto, el ejército austroalemán atacó las líneas serbias, al objeto de
establecer la comunicación con Bulgaria y Turquía. En el curso del mes de octubre de
1915 Serbia fue ocupada por los austroalemanes y los búlgaros; parte de su ejército
pudo refugiarse en Corfú. Los aliados abandonaron sus posiciones en Galípoli a fines de
diciembre de 1915. Las tropas expedicionarias fueron concentradas en Salónica,
ocupada desde principios de octubre por los aliados, con el consentimiento secreto de
Grecia. Se imponía una acción contra este país, reclamada por Conrado von
Hötzendorf. Pero Falkenhayn se negó a ello. Este fue otro grave error, que cristalizó en
la formación de un nuevo frente de combate.
Las victorias alemanas en Oriente (campañas de Rusia y Serbia, fracaso de la
expedición de la Entente en los Dardanelos) fueron acompañadas de éxitos no menores
en la guerra defensiva practicada en Occidente. Los italianos, que habían de luchar en
un suelo abrupto, fueron contenidos en los Alpes y la región del Karst. En cuanto a los
ejércitos de la Entente en Francia, aumentados por la incorporación de nuevos
contingentes británicos, pasaron a la ofensiva al objeto de auxiliar a Rusia y procurar
una eventual ruptura del frente. Pero los ataques aliados fracasaron en el Artois (mayo y
junio) y en la ofensiva general de Champaña (septiembre-octubre), a pesar de su
superioridad en hombres y en material. Estas batallas fueron muy sangrientas; en ellas
se probó la efectividad de la defensa de las trincheras y los buenos resultados de los
movimientos por líneas interiores, en los que los alemanes se mostraron peritos. Las
discrepancias en los mandos militares de la Entente eran aún mayores que entre los
austro-alemanes. El fracaso de la ofensiva en Champaña impúsoles el criterio de una
larga etapa defensiva.
De tales éxitos quiso aprovecharse Falkenhayn para desarrollar en la primavera
de 1916 una formidable batalla de desgaste en el frente occidental, que podría tener por
resultado el derrumbamiento de la línea enemiga y el logro de la decisión final. Fue
escogido para lugar de la acción el saliente de Verdún. La batalla se inició el 21 de
febrero, con furia sin igual. Millares y millares de hombres cayeron en los alrededores de
Verdún; en ningún otro sector de los frentes europeos el simple soldado tuvo que
desempeñar un papel más importante, ya que la moral individual lo fue todo en aquel
infierno de embudos y dinamita. El sector, defendido por el general Petain, se mantuvo
firme, a pesar de algunos progresos de los atacantes. La batalla duró seis meses; pero a
fines de junio ya se hallaba decidida, con un resonante éxito moral de los aliados. Medio
millón de cadáveres cubrieron el suelo.
El alto mando aliado no se había dejado caer en la trampa que le preparó
Falkenhayn. Por su parte, concentraba sus fuerzas para una ofensi a en gran escala,
casi simultánea en todos los frentes. El ataque se desencadenó primero en el frente
orienta]. A principios de junio las fuerzas del general Brussilov rompieron la línea
austrohúngara en Volinia, entre Luzk y Tarnopol, y rechazaron al ejército imperial y a las
divisiones alemanas de refuerzo contra los Cárpatos, en un frente de 100 kilómetros de
profundidad. Cuando la situación era más crítica para las potencias centrales, las tropas
anglofrancesas atacaron en el frente del Somme, después de una preparación artillera
de seis días (principios de julio). Esta batalla se prolongó hasta el mes de octubre, y fue
una verdadera lucha de agotamiento. A principios de agosto, el ejército italiano
emprendía a su vez una acción ofensiva contra Goritza, que era conquistada, aunque
sin lograr romper el frente enemigo.
En líneas generales, la ofensiva de la Entente en el verano de 1916 no dio
resultados positivos; las potencias centrales conservaron la solidez de sus posesiones.
Sin embargo, Alemania y Austria habían tenido que hacer frente a una crisis terrible.
Durante los momentos culminantes de la batalla del Somme, el Estado Mayor alemán se
había preguntado si podría resistir por más tiempo. En el curso de la cruenta lucha, los
alemanes perdieron sus mejores cuadros, y esto se notó en las operaciones posteriores.
Resultados prácticos de la ofensiva fueron para los aliados la consolidación de la
defensa de Verdún y la entrada en la guerra de Rumanía (27 de agosto) al lado de la
Entente.
El fracaso de Falkenhayn motivó el nombramiento de Hindenburg para el alto
mando del ejército alemán, y con él el de su jefe de Estado Mayor, Ludendorff, el
verdadero jefe militar del Reich hasta la conclusión de la guerra (29 de agosto de 1916).
Así se realizó una completa unidad de mando. Por otra parte, Ludendorff recogió las
enseñanzas de las fases precedentes de la campaña. Para él sólo había un objetivo:
ganar la guerra para Alemania; toda la vida del país había de organizarse para este fin.
A propuesta suya, el Reichstag votó un gigantesco programa de armamento y el servicio
civil obligatorio para la población no combatiente. Estas fueron leyes revolucionarias, ya
que posponían la libertad individual a los sagrados intereses de la nación. Con ellas se
inició el totalitarismo en la Historia. Sin embargo, tales medidas no fueron aplicadas con
todo rigor por la cancillería, por lo que entre los mandos militares y los civiles surgieron
las primeras discrepancias. La enérgica mano que dirigía. el ejército alemán se reveló
en el triunfo alcanzado en la ofensiva contra Rumanía. Después de expulsar de
Transilvania al éjercito rumano (fines de septiembre), las tropas alemanas iniciaron su
avance por los Alpes de Transilvania, en combinación con los germanobúlgaros
procedentes del Sur. En el transcurso de un mes (noviembre y diciembre de 1916) los
alemanes se apoderaron de toda Rumanía, hasta la línea del Sereth. Fue un éxito moral
considerable, e incluso de gran importancia económica, puesto que el petróleo rumano
permitió la ofensiva submarina de 1917.
La debilidad del pobierno ruso había hecho posible el aniquilamiento de Rumanía.
Después de fracaso de la ofensiva de Brussilov, los elementos influyentes de la corte
imperial preconizaron una política de aproximación a Alemania: el misterioso Rasputín
fue el alma de la intriga. Pero esta actitud no dio ningún resultado, porque Alemania y
Austria rechazaron toda sugerencia. La declaración de independencia de Polonia por
Alemania, el 5 de noviembre de 1916, hacía imposible cualquier acuerdo con Rusia.
Se había llegado, pues, a una posición de equilibrio entre los dos bandos.
Después del triunfo sobre Rumanía, Alemania propuso entrar en “negociaciones de paz”
a través del Papado y los estados neutrales (diciembre de 1916). La propuesta fue
rechazada por los países de la Entente, los cuales puntualizaron sus objetivos de guerra
en los siguientes extremos: restauración de Serbia, Montenegro y Bélgica, evacuación
de los territorios ocupados por los alemanes, respeto para las nacionalidades (disolución
de Austria-Hungría) y liberación de los pueblos oprimidos (Alsacia-Lorena para Francia).

La crisis de 1917
La guerra de desgaste había perturbado profundamente la resistencia moral del
pueblo en los países combatientes. La escasez de víveres, el aumento del precio de las
subsistencias y, en particular, el sacrificio ininterrumpido de vidas humanas provocaban
una intranquilidad creciente en todos los países. Bajo este signo se abrió el tercer año
de la conflagración general. Los partidos extremistas, comunistas y sindicalistas,
aprovecharon el momento para agitar los espíritus y conducirlos a la revolución social.
Ya en Lugano, en septiembre de 1914, algunos socialistas belgas, rusos e italianos
habían lanzado la consigna de que el proletariado sólo había de empuñar las armas
para la guerra civil. Esta decisión alcanzó forma definitiva en la conferencia de
Zimmerwald (septiembre de 1915), convocada por los socialistas italianos, hostiles a
toda intervención de su país en la contienda. Un manifiesto recomendó a los
trabajadores de los países beligerantes que exigieran un armisticio sin anexiones ni
indemnizaciones de guerra. La difusión de estas consignas fue confiada a una comisión
socialista internacional, dirigida por el comunista Ulianov (Lenin). Aunque al principio sus
trabajos secretos no tuvieron éxito, la prolongación de la campaña y la crisis espiritual
de fines de 1916 favoreció la propaganda de las ideas de Zimmerwald. Tanto en Francia
como en Italia, en Alemania como en Austria-Hungría, la “unión sagrada” nacional se vio
amenazada por el socialismo y el sindicalismo. En Rusia, la efervescencia social dio sus
primeras y claras manifestaciones: en febrero de 1917 estalló una revolución, de
carácter liberal, que provocó la abdicación de Nicolás II. Aunque el poder fue ejercido
por una coalición de burgueses y socialistas, los bolcheviques se apoderaron de los
“soviets” consejos de obreros, campesinos y soldados, que pronto se convirtieron en
células de la futura revolución marxista. En Austria pereció asesinado el presidente del
consejo Stürgkh (octubre de 1916), y en Alemania Liebknecht fund6 el grupo
Espartakus, partidario de la resistencia activa a la guerra. Los sindicalistas agitaban,
coetáneamente, la opinión pública en Francia. El derrotismo se infiltraba poco a poco en
los países beligerantes, y aun llegaba a penetrar en el seno de los gobiernos y los
parlamentos.
El rotundo fracaso de la ofensiva francesa en la primavera de 1917 motivó una
violenta crisis en el ejército aliado. Había tomado el mando supremo el general Nivelle,
militar que se había distinguido en las últimas operaciones de la defensa de Verdún y
propugnaba la ruptura táctica del frente enemigo para luego aprovecharla
estratégicamente. El mando alemán, en previsión de una nueva ofensiva de la Entente,
había decidido replegar sus posiciones a una línea más corta y muy fortificada llamada
de Hindenburg. La retirada se efectuó con éxito en marzo de 1917. A pesar de este
acontecimiento inesperado, Nivelle lanzó su ofensiva. La nueva batalla de Champaña
(abril), de Soissons a la Argona, finalizó al cabo de pocos días con un resultado poco
halagüeño. Los sueños de ruptura del frente alemán se habían desvanecido ante la
táctica de “defensa móvil” estructurada por Ludendorff. Nuevas carnicerías humanas, la
apatía moral, el terror de las trincheras y el desencanto espiritual provocaron motines en
las tropas francesas. Se puede hablar de un movimiento subversivo organizado, ya que
la inquietud estalló tanto en el frente como en la retaguardia a fines de mayo de 1917.
Los soldados se negaron a combatir y algunas divisiones pretendieron marchar sobre
París. El general Petain logró restablecer el orden después de algunas semanas de
crisis, mediante el mejor cuidado del soldado, el trato más afectuoso entre los oficiales y
la tropa, una nueva distribución de la vida en las trincheras y la obtención de algunas
victorias poco costosas, de alcance limitado.
En cambio, el ejército ruso no pudo superar la crisis subversiva. Una ofensiva
dirigida por Brussilov fracasó desde el primer día porque los soldados se negaron a
combatir (24 de junio). La acción disolvente de los soviets inutilizó la “apisonadora” rusa.
Los soldados regresaban a sus hogares o bien acudían a las capitales para aumentar la
agitación revolucionaria. Esta estalló finalmente en octubre del mismo año, y tuvo por
consecuencia el establecimiento en Rusia de un gobierno comunista, presidido por
Lenin. En diciembre de 1917 Rusia firmaba un armisticio general con las potencias
centrales, que luego ratificó en la paz de Brest-Litovsk (3 de marzo de 1918). El
gobierno de los soviets cedió en todos los puntos reclamados por los alemanes
(independencia de Finlandia, Estonia, Curlandia, Lituania, Polonia y Ucrania) a cambio
de tener libertad para implantar su programa revolucionario y hacer frente a la inminente
guerra civil.
Las potencias centrales, antes de este imprevisto éxito, que en verdad habían
contribuido a obtener fomentando la agitación revolucionaria en Rusia, tuvieron también
sus decepciones militares. La campaña submarina de la primavera de 1917, en que
tantas esperanzas había depositado el Estado Mayor, no consiguió el éxito esperado;
por el contrario, el hundimiento, sin distinción de pabellón, de los buques neutrales
provocó la declaración de guerra de los Estados Unidos a Alemania (5 de abril de 1917).
La propaganda de la Entente, la solidaridad ideológica entre Inglaterra y los Estados
Unidos, los vínculos económicos y los préstamos financieros concedidos por la banca
yanqui a los aliados, favorecieron la decisión del presidente Wilson, del partido
demócrata, ideologista convencido. Este hecho fue de suma importancia para el
resultado futuro del conflicto, aunque de momento el gobierno alemán pareciera
despreciar la potencialidad bélica del nuevo adversario. Sin embargo, la pugna entre la
cancillería y el Estado Mayor del Reich, reflejando la primera las manifestaciones de la
opinión pública y el segundo los intereses del ejército, llevó a la crisis política de julio de
1917. El canciller Bethmann-Hollweg había prometido reformas democráticas en Prusia
y previsto una paz sin anexiones. El Estado Mayor obtuvo su dimisión. Pero la mayoría
parlamentaria, convencida del fracaso de la guerra submarina contra Inglaterra, votÓ el
19 de julio una moción condenando la política de anexiones. Era el primer reflejo público
del distanciamiento existente entre la opinión pública alemana y el mando del ejército.
Tampoco marchaban mejor las cosas en Austria. En 1916 había muerto el
emperador Francisco José, el fiel aliado de Alemania. El nuevo soberano, Carlos I
(1916-1918), era partidario de soluciones modernas para reanimar el cuerpo de la
monarquía dual, cuyo agotamiento revelaba la crisis del ejército austrohúngaro. Se
mostró, pues, dispuesto a practicar una política nacionalitaria, que chocaba
naturalmente directrices emanadas de Alemania. En mayo de 1917, Carlos I inició
gestiones secretas con Francia para llegar a una paz “blanca” sin que dieran resultado
alguno. Mientras tanto, la agitación nacionalista hacía progresos entre los eslavos y aun
entre los magiares. En Hungría el conde Karoly se apartaba de la colaboración con
Alemania, y en Bohemia la agitación fomentada por el partido nacionalista checo,
dirigido por Masaryck y Benes, ganaba cada día nuevos adeptos.
En esta situación política general, cuando las fuerzas parecían, en apariencia,
estar más equilibradas, el papa Benedicto XV propuso una paz basada en la “fuerza
moral del derecho”, el arbitraje y la reducción de armamentos. Pero sus nobles palabras
no fueron escuchadas. Los caudillos belicistas tomaron la dirección gubernamental en
los países más interesados en la lucha; Clemenceau, en Francia; LIoyd George, en
Inglaterra; e, indirectamente, Ludendorff, en Alemania.

La ruptura del equilibrio militar


A fines de 1917 el equilibrio militar imperante desde 1915 se deshizo en beneficio
de las potencias centrales. El desquiciamiento de la resistencia rusa permitió al ejército
austroalemán la obtención de una importante victoria sobre los aliados. El 24 de octubre
de 1917, varias divisiones alemanas lograron romper el frente italiano en Caporetto, en
el sector montañoso de los Alpes júlicos, frente a la cabeza de puente de Tolmino. Por
vez primera las potencias centrales consiguieron una ruptura en la línea occidental de
los ejércitos adversarios. La derrota de Caporetto reveló cierta desorganización en los
altos mandos italianos, que estaban apercibidos de la inminencia de la ofensiva; pero
asimismo la falta de voluntad guerrera en el ejército. Los soldados desertaron por
millares, convencidos de que la guerra había terminado. Sin embargo, el mando italiano,
auxiliado por divisiones aliadas procedentes de Francia, logró reconstituir el frente en la
línea del Piave, ante la que se estrellaron los ataques ulteriores del enemigo. Las
pérdidas sufridas por Italia fueron muy sensibles en hombres, material de guerra y
abastecimientos de todo orden; pero la derrota fue, en definitiva, un bien porque desde
entonces el país entero adquirió conciencia de la guerra y de la unidad nacional.
La victoria de Caporetto dio nuevos alientos al ejército alemán. Ludendorff ya no
tuvo preocupaciones por Austria-Hungría, mucho menos después de la firma de la paz
de Brest-Litovsk con los rusos y la de Bucarest (mayo de 1918) con los rumanos, los
cuales se vieron obligados a ceder en todos los puntos por la defección rusa. Podía,
pues, lanzar la mayor parte de sus fuerzas contra el Frente francobritánico, antes de que
empezara a producir sus efectos la ayuda norteamericana. Desde mediados de 1917 dio
instrucciones para preparar la ofensiva. Su concepción era clara: ataque por sorpresa,
evitando las excesivas preparaciones de artillería; avance en masa de la infantería
apoyada por aviones de combate; logro de objetivos limitados; agotamiento de las
reservas del adversario por una serie de ofensivas lanzadas en sectores diferentes, en
breves intervalos de tiempo. La gran ofensiva alemana se inició el 21 de marzo de 1918.
Los soldados del Reich, avezados a la dura lucha de trincheras en Flandes, el Artois y la
Champaña, eran excelentes guerreros todo nervio y voluntad, acostumbrados a la lucha
individual y sabiendo que de su acción dependía la suerte de sus compañeros. Estas
tropas lograron éxitos sorprendentes: rompieron el frente aliado y abrieron una brecha
entre el ejército francés y el inglés; pero la falta de reservas les impidió aprovechar
cumplidamente el éxito inicial; no pudieron tomar Amiens ni separar el ejército
adversario en dos bloques desarticulados.
Ante el inesperado éxito de los alemanes, los aliados decidieron establecer un
mando único, que fue confiado el 26 de marzo de 1918 al general Foch (conferencia de
Doullens). Se esperaban, en efecto, nuevas ofensivas alemanas. Estas se
desencadenaron en abril, en el frente de Flandes, y en mayo, en el Camino de las
Damas. La victoria sonrió de nuevo, inicialmente, al ejército alemán; pero sus progresos
fueron detenidos por la superioridad numérica y material de los aliados. En su tercera
ofensiva, los alemanes avanzaron de nuevo hasta el Marne. Un cuarto ataque sobre
Lassigny no tuvo tanto éxito, ya que el contraataque aliado fue enérgico y decidido. El
ejército del Reich había dado de sí todo lo que podía rendir. Cuando Ludendorff lo
aventuró en una quinta ofensiva sobre el Marne, la batalla (15 de julio al 2 de agosto) se
resolvió esta vez favorablemente para los aliados. Sólo cabía ya el recurso de operar a
la defensiva.
Pero la creciente aportación de los Estados Unidos en hombres y material de
guerra alteraba ahora equilibrio en beneficio de las potencias de la Entente.
Aprovechando su superioridad de efectivos, Foch ordenó la realización de una serie de
ofensivas simultáneas, y no sucesivas. El 8 dé agosto se desencadenó la ofensiva
aliada, apoyada por numerosos carros de combate. Se trataba de simples operaciones
de alcance local; sin embargo, ante la sorpresa de Foch y del mismo Ludendorff, el
frente alemán empezó a debilitarse de modo alarmante. En el curso de un mes, los
aliados lograron por tres veces consecutivas perforar las líneas alemanas (batalla de
Picardía). Los ejércitos de Ludendorff tuvieron que replegarse sobre la línea Sigfrido,
abandonando todas las conquistas hechas desde la primavera. Pero tampoco pudieron
mantener esta nueva posición durante largo tiempo. A principios de octubre, Foch
lanzaba una serie de ataques concéntricos que provocaron la caída de San Quintín,
Cambrai y Laon. El último reducto alemán en Francia había cedido.
Más grave era aún lo que sucedía en los demás frentes de lucha. El 15 de
septiembre el ejército aliado de Salónica, al mando del general Franchet d´Esperey,
rompe el frente búlgaro y obliga a Bulgaria a solicitar un armisticio (28 siguiente); sus
tropas avanzan luego hacia Serbia y Austria-Hungría. En Siria, los británicos hunden el
frente turco cerca de Damasco (después de haber conquistado en 1917 toda la
Palestina) y se apoderan de Alepo (principios de octubre). Ante tales reveses, el Estado
Mayor alemán vacila. La situación de la monarquía dual, su antigua aliada, es crítica; no
puede resistir otra nueva acometida. El ejército del Oeste, el de mayor importancia, está
expuesto a cada momento a ser desbordado. El 27 de septiembre, Ludendorff pide al
gobierno que solicite un armisticio a base de los 14 puntos formulados por el presidente
Wilson.
El 29, en Spa, Guillermo II se entera de la trágica decisión del Estado Mayor.
Cuatro días más tarde, se constituye un gobierno parlamentario, bajo la presidencia del
príncipe Max de Baden. Este solicita las condiciones de un armisticio a Wilson el 5 de
octubre. ¡Qué cruel desengaño para el pueblo alemán, al cual, en septiembre, todavía
se le anunciaba la victoria como inminente! Wilson aparece primero como mediador;
pero muy pronto (14 de octubre) como jefe de una coalición victoriosa que impone a
Alemania pesadas condiciones de armisticio, entre las cuales la abdicación de Guillermo
II. El gobierno y el Estado Mayor dudan, Ludendorff habla de una posible resistencia, de
una campaña de invierno en las fronteras. Cuando he aquí que sobreviene la ruptura del
frente austrohúngaro en el Piave. El 24 de octubre, por la victoria de Vittorio Veneto, el
ejército italiano, recuperado, se abre paso hacia Udine y Trieste. La disolución de la
monarquía dual es un hecho. El 29 de octubre, Carlos I pide un armisticio por separado;
pero ya el día 23 los croatas y el 28 los checos se han declarado independientes de
Austria-Hungría. El 30 de octubre también Turquía capitula.
Sólo queda en pie Alemania. Pero el 26 de octubre el gobierno exige la dimisión
de Ludendorff y el mismo día acepta algunas de las condiciones del armisticio propuesto
por Wilson. La revolución, contenida durante tanto tiempo por los triunfos militares,
estalla inopinadamente. El 4 de noviembre la marinería se amotina en sus bases del Mar
del Norte; el 8 se subleva el pueblo de Munich; el 9 estalla en Berlín la huelga general;
el príncipe Max anuncia la abdicación del emperador; pero Scheidemann, secretario de
Estado, proclama la República. Ante la desorganización total del Estado, los delegados
alemanes han de aceptar las condiciones de armisticio impuestas por los aliados en el
bosque de Compiègne (11 de noviembre de 1918): evacuación de los territorios
ocupados y de la Alsacia-Lorena; retirada de las fuerzas alemanas a la orilla derecha del
Rin y a 30 kilómetros alrededor de las cabezas de puente de Colonia, Coblenza y
Maguncia; entrega de armas, aviones, locomotoras y vagones; internamiento de la flota
de guerra alemana en Scapa Flow; devolución de los prisioneros de guerra, sin
reciprocidad; mantenimiento del bloqueo económico. Durísimas condiciones, como han
reconocido los especialistas imparciales. El objetivo era evitar que Alemania pudiera
renovar la contienda; era someterla, sin posibilidad de protesta, a los futuros tratados de
paz. Del mismo armisticio nacieron los odios de una futura guerra. Nadie se acordaba de
la paz basada en el derecho y el arbitraje, proclamada como única justa por Benedicto
XV.

EL ESPIRITU Y LA OBRA DE VERSALLES


Las bases de la paz
La guerra había despertado en todas las naciones un sentimiento pacifista.
Durante los últimos años de la contienda se había repetido hasta la saciedad que
aquél sería el último conflicto armado. La hecatombe en loscampos de batalla -ocho
millones de muertos y desaparecidos, veinte millones de heridos, sin hablar de las
defunciones registradas entre la población civil a causa del "bloqueo del hambre" y las
restricciones de todo género (especialmente sensibles en Alemania y Austria)- exigían,
en efecto, la redacción de una paz justa y duradera. Tales eran los anhelos comunes.
Pero los políticos de los países "aliados y asociados" entendieron dar a esa paz un
sentido exclusivista. Obrando como vencedores y sin admitir la colaboración ni las
protestas de los vencidos, impusieron "su" paz. Este nuevo aspecto de la diplomacia,
que venía a renovar costumbres desusadas en el derecho internacional, sólo podía
fomentar futuros recelos. Los países vencidos no se sintieron ligados por unos tratados
que habían firmado bajo la presión inmediata de las bayonetas. El pueblo alemán, en
particular, cuyo ejército se había batido de modo tan heroico, no consideró nunca la
obra de Versalles como una paz que clausurara la guerra, sino como un "diktat", una
imposición no consentida.
Admitida esa unilateralidad en la redacción de los tratados de 1919, ¿cuál fue la
ideología que entendieron aplicar los vencedores? La guerra había ido aumentando el
número de los países aliados de la Entente, y a los ya enumerados hay que añadir,
todavía, Grecia y Portugal, en Europa; China y Siam, en Asia; y varias repúblicas
centro y sudamericanas, entre las cuales el Brasil, Uruguay, Bolivia, Perú y Ecuador. Un
mundo de plenipotenciarios, delegados, técnicos y peritos se congregó en Versalles a
partir de enero de 1919, al iniciarse la Conferencia de la Paz. Se constituyeron más de
cincuenta comisiones de trabajo; la de mayor importancia fue el Consejo de los Diez,
compuesto de dos representantes de cada una de las cinco grandes potencias aliadas:
Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Italia y el Japón. Pero aun esa comisión pareció
demasiado numerosa. Las grandes directrices de la paz fueron trazadas por el Consejo
de los Cuatro: Wilson, Clemenceau, Lloyd George y Orlando. Sobre esos hombres
recayeron todas las responsabilidades del futuro.
El 8 de enero de 1918 el presidente Wilson había proclamado ante el Congreso
de los Estados Unidos el programa de la paz del mundo, resumido en catorce puntos.
Era una concepción idealista, que respondía a su formación intelectual y al carácter
específico de la intervención de los Estados Unidos en la guerra. Los grandes principios
de su programa eran, además del reconocimiento de la independencia de los países
ocupados por Alemania, la organización de las relaciones internacionales a base de la
autodeterminación nacional (admisión del principio de las nacionalidades), la
constitución de un organismo internacional que garantizase la independencia y la
igualdad entre todas las naciones y el establecimiento de la libertad e igualdad
absolutas en el comercio mundial. En definitiva, se trataba de la sublimación de la
doctrina liberal y democrática de la constitución norteamericana y de su aplicación a los
asuntos internacionales. Por esto los principales puntos de su programa se referían a la
evacuación de Bélgica (7.0), Rusia (6.0), Rumania, Servia y Montenegro (11.0) por las
tropas alemanas; al reconocimiento de la independencia de Polonia (13.0); a la
posibilidad de un desarrollo autonómico de las naciones comprendidas en Austria-
Hungría (10.0) y el Imperio turco (12.0); a la devolución de Alsacia-Lorena a Francia
(8.0) y a una rectificación de fronteras en beneficio de Italia según el principio de las
nacionalidades (9.0). El punto 14.0 preveía la constitución de una Sociedad de
Naciones. Los primeros hacían referencia a la regulación "imparcial" del problema
colonial (5.0), a la supresión de barreras económicas (3.0) y a la libertad de los mares
(2.0). La reducción de armamentos (4.0) y la supresión de los tratados diplomáticos
secretos (1.0) tendían a evitar las causas de una nueva conflagración general.
Frente a este criterio idealista, a pesar de haber sido admitido por todos los
gobiernos de la Entente, Clemenceau, Lloyd George y Orlando defendieron los
principios que les imponía la realidad práctica de la política europea y las conveniencias
nacionales de sus respectivos estados. Clemenceau quería aniquilar para siempre la
potencialidad militar de Alemania; Lloyd George eliminarla de las colonias, los mares y
el comercio mundial; Orlando, precipitar la disolución de Austria-Hungría. Las
discusiones entre los Cuatro, entre la ideología wilsoniana y el realismo de Clemenceau,
fueron muy vivas sobre las reparaciones, la cuenca del Sarre y los territorios situados en
la orilla izquierda del Rin. Inglaterra, fiel a su política de equilibrio, temía la supremacía
continental de Francia; en cuanto a Italia, sus pretensiones sobre la península de Trieste y
la costa dálmata, formuladas de conformidad con el tratado de Londres de 1915,
chocaron con la doctrina de Wi1son y las exigencias del nuevo estado yugoslavo. Por un
momento la Conferencia estuvo a punto de fracasar. Pero, por fin, se hallaron fórmulas de
solución: los Estados Unidos e Inglaterra ofrecieron a Francia la garantía militar y la
autorizaron a ocupar temporalmente la orilla izquierda del Rin. Italia fue la única gran
potencia que no obtuvo los territorios que reclamaba. De esta forma, el 7 de mayo de
1919 las condiciones de paz fueron dadas a conocer a los delegados alemanes. El
gobierno de la República quiso negociar. Pero forzada por el bloqueo económico y la
amenaza de una ocupación del territorio, la Asamblea Nacional de Weimar tuvo que
aceptar el texto de paz el 23 de junio, no sin formular una clara y enérgica protesta.

El tratado de Versalles: la Sociedad de Naciones y la sujeción de


Alemania
El tratado de Versalles (28 de junio de 1919), estableciendo la paz entre Alemania
y sus antiguos adversarios, comprendía en sus 453 artículos cláusulas de orden muy
vario. Una parte se refería a la constitución de la Sociedad de Naciones, considerada
como organismo internacional residente en Ginebra, destinado a mantener la paz y
garantizar la independencia de las pequeñas naciones. De esta Sociedad quedaban
excluidas, de momento, las potencias centrales y sus aliados, y Rusia; pero podrían ser
admitidas en el futuro mediante votación favorable de los dos tercios de la Asamblea. Un
Consejo permanente, integrado por las cinco grandes potencias vencedoras y cuatro
miembros designados por la Asamblea, y un Secretariado, completaban el cuadro de los
principales órganos de la Sociedad. Los miembros de ésta renunciaban a la diplomacia
secreta y se garantizaban mutuamente su independencia e integridad territorial. Se
comprometían asimismo a resolver sus discrepancias acudiendo al arbitraje de la
Sociedad. Sin embargo, para el caso de una agresión armada, la Asamblea sólo se
reservaba el deber de recomendar a los gobiernos interesados la adopción de medidas
económicas, políticas y militares con las cuales contribuir a hacer respetar los pactos
internacionales. También se preveía el estudio de la reducción de los armamentos y de
cuantas cuestiones, en el aspecto social, económico y político, afectaran ui interés común.
En estas condiciones, la Sociedad nació como una gran tribuna de debate internacional,
como un experimento de colaboración general; pero no como un instrumento político que
garantizase, como la Santa Alianza, la inviolabilidad de los tratados. La defección de los
Estados Unidos arruinó desde sus primeras sesiones el papel político de la Sociedad. La
complicación del procedimiento, la vaguedad de las prescripciones coercitivas y la
intervención en la gran política de potencias de cuarto orden, hicieron aún más sensible
la real inoperancia de un organismo en cuyo funcionamiento se habían depositado
tantas esperanzas.
Por el tratado, Alemania perdía su categoría de gran potencia. Todas las medidas
que se adoptaron por los vencedores respondieron a la finalidad de evitar su
recuperación; pero con el grave error de hacer pagar las culpas del imperialismo
prusiano a la naciente República democrática. Faltó a los Cuatro visión de conjunto,
concepción del futuro y magnanimidad. Las pérdidas territoriales fueron considerables,
ya que Alemania se vio mermada en el 13 por 100 de su territorio, la mayor parte sin
plebiscito (Alsacia y Lorena, a Francia; Eupen y Malmedy, a Bélgica; la Posnania y la
Prusia occidental, a Polonia). Territorios plebiscitados fueron la región meridional de .la
Prusia oriental, que quedó para Alemania, y la Silesia superior, parte de la cual pasó a
Polonia. En cuanto a la región del Sarre, se fijó el plebiscito para el año 1934. Para dar
salida al mar al nuevo estado polaco, además de la cesión de Posnania y Prusia
occidental, Danzig, en la desembocadura del Vístula, fue erigida en ciudad libre, puesta
bajo una comisaría de la Sociedad de Naciones. Por esta decisión Alemania perdió su
unidad territorial, ya que la Prusia oriental quedó separada del cuerpo de la nación por el
denominado Corredor polaco.
Asimismo, la economía nacional alemana fue despedazada en Versalles. Además
de la pérdida del hierro lorenés, de la potasa alsaciana y de la hulla del Sarre y la Silesia
Superior, la entrega de gran parte de la flota mercante, el suministro de hulla y otras
mercancías, la concesión a los países de la Entente del trato de nación más favorecida y
la pérdida de todas sus posesiones coloniales, quebrantaron por completo la estructura
económica del Reich. A esto hay que añadir el pago de las reparaciones materiales, o
compensaciones por los destrozos causados en los países ocupados y por las
atenciones a los mutilados y huérfanos de guerra. Esta deuda, evaluada en 300 000
millones de francos, gravaba por muchos años la hacienda alemana e imposibilitaba la
reconstrucción económica del país. Todo el peso financiero de la lucha cargaba, pues,
sobre Alemania. Pero, además, la Comisión de Reparaciones obtuvo el derecho de
controlar los ingresos públicos alemanes, el sistema de impuestos y el presupuesto. Era
una merma clara en la soberanía financiera del Reich.
En el aspecto moral, la responsabilidad de la guerra, atribuida exclusivamente a
Alemania (ya que éste era el principio sobre el que se basaban las reparaciones
materiales), constituía una dura mella para la consabida arrogancia de la nación. En fin,
las llamadas "garantías" (desarme casi completo; establecimiento de un ejército
reducido de 100 000 hombres, de carácter profesional; extinción de los Estados
Mayores; restricciones en la construcción de barcos de guerra y aeroplanos; ocupación,
durante quince años, de la orilla izquierda del Rin y las cabezas de puente de Colonia,
Coblenza, Maguncia y Khel), significaban otras tantas restricciones de la soberanía
estatal. Culminaba el tratado con la previsión de "sanciones" de carácter económico si el
país no cumplía las prescripciones del tratado de Versalles. Estas cláusulas explican
sobradamente la oposición de Alemania a la obra de 1919, como asimismo la hostilidad
no disimulada de casi todos sus tratadistas políticos respecto a la rectitud de la obra de
los Cuatro. La no viabilidad del tratado de Versalles y su propia ruptura antes de 1935
demostraron la certeza de las previsiones de los que afirmaban que la paz no se podía
lograr por el odio, la cobardía, el recelo o el miedo.

La disolución de Austria-Hungría: las paces con Bulgaria y


Turquía
Error no menos grave fue desarticular por completo el Sudeste europeo, a base
del principio de nacionalidades, aunque justo es reconocer que la monarquía dual había
hecho lo imposible para alcanzar aquel resultado mediante la práctica de un régimen de
violenta desnacionalización. El pivote tradicional de la ordenación política de la cuenca
danubiana había sido la monarquía austrohúngara. Esta formaba un todo orgánico, tanto
geográfico como económico. Ciertamente, las nacionalidades enclavadas dentro de su
territorio eran acreedoras a un régimen político más ágil. La evolución interna de la
monarquía dual imponía esa solución; el mismo presidente Wilson sólo había hablado
de la posible concesión de autonomías a los pueblos eslavos y rumanos de Austria-
Hungría. Sin embargo, los tratados de San Germán y Trianón, satélites del de Versalles,
impuestos respectivamente a Austria (10 de septiembre de 1919) y a Hungría (4 de junio
de 1920), determinaron la disolución política del mundo danubiano. Ya en 1918 habían
aparecido entidades políticas nuevas: Checoslovaquia y Croacia. Esta última, con
Montenegro y Eslovenia, pasaron a formar parte del reino de los servios, croatas y
eslovenos (Yugoslavia), cristalización de los sueños panservios de 1914. También
Rumania había aprovechado la crisis húngara de 1918 para proclamar la anexión al
territorio nacional de los rumanos en Transilvania, al objeto de formar la Gran Rumania.
Las potencias occidentales sacrificaron la existencia de Austria y Hungría para
aumentar, sin plebiscito, los territorios de aquellos tres estados, que según sus
proyectos habían de mantener la influencia de Francia, en particular, en los Balcanes y
la Europa central. La antigua Corona de San Esteban se vio tan mermada por las
cesiones de territorio que quedó como estado residuo: su antigua periferia montañosa
fue cedida a Checoslovaquia (los Cárpatos), Rumania (Transilvania y parte del Banato)
y Yugoslavia (lo restante del Banato y Croacia). En cuanto a Austria, el tratado de San
Germán la privó del Trentino, la península de Istria con Trieste y Fiume, la costa dálmata
y la Bosnia-Herzegovina, además de reconocer la independencia de Checoslovaquia y
Hungría. Tales territorios fueron repartidos entre Italia y Servia. Pero surgieron
discrepancias entre estos países respecto de la costa dálmata y el puerto de Fiume.
Aquélla, a excepción de Zara, fue atribuida a Yugoslavia, y Fiume fue erigida en ciudad
libre, a pesar de las grandes protestas de Italia por el incumplimiento del pacto de
Londres. En definitiva, la antigua monarquía dual fue dividida nada menos que en siete
estados distintos, todos ellos de vida bastante precaria. Como Alemania, Austria y
Hungría fueron obligadas al pago de reparaciones de guerra y a la reducción de los
armamentos y de los efectivos militares. La solución nacionalitaria del problema
danubiano no fue correcta, ya que considerables minorías de magiares pasaron a
integrar las poblaciones de los estados vecinos. No se aplicó, por tanto, el principio de
autodeterminación nacional. El caso más sobresaliente fue la formal negativa de los
países de la Entente a admitir la unión de Austria y Alemania. Los republicanos y
socialistas austriacos, que habían derribado el trono de los Habsburgo el 11 de no-
viembre de 1918, proclamaron la unión de Austria a la gran república alemana. Tal voto
fue condenado en el tratado de San Germán. Rodeada de países enemigos, sin ejército
ni medios económicos para subvenir a las necesidades de su población, Austria fue,
desde el primer día, un cuerpo enfermo, débil y mísero, un cáncer que devoró la
tranquilidad internacional de Europa, en grado todavía mayor que Danzig.
Bulgaria y Turquía no fueron mejor tratadas. Por la paz de Neuilly (27 de
noviembre de 1919), la primera perdió los restos de los territorios conquistados durante
las guerras balcánicas: la Tracia occidental, con Dedeagach; la Dobrudja meridional (de
nuevo lograda por la paz de Bucarest de 1918). En cuanto a Turquía, el tratado de
Sévres (11 de agosto de 1920) le impuso tan duras condiciones que el parlamento turco
se negó a ratificarlo: en Africa había de renunciar a todo derecho sobre Libia y Egipto,
en Asia abandonaba los países musulmanes (Palestina, Siria, Mesopotamia y Armenia);
en Europa, toda la Tracia, a excepción de una zona muy limitada alrededor de
Constantinopla. Era el fin del antiguo Imperio otomano: sólo conservaba el núcleo
originario, Asia Menor, y aun cediendo a Grecia la ciudad de Esmirna y el territorio
circundante.
El nuevo orden nacionalitario en el Este europeo, caracterizado por la
independencia de Polonia y Checoslovaquia, quedó luego ampliado con la aparición de
Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania, como consecuencia de la disgregación del imperio
ruso zarista. El estado de Ucrania tuvo breve existencia. Todas esas naciones tuvieron,
en un principio, límites mal definidos y se defendieron a duras penas de las agresiones
soviéticas.

Los vencedores
Las grandes potencias vencedoras, Francia e Inglaterra, redondearon sus
territorios coloniales. El régimen de mandatos, establecido por la Sociedad de Naciones,
les permitió usufructuar las antiguas colonias alemanas en África y Oceanía y las
regiones de Turquía en Asia. Las colonias de Togo y Camerún fueron distribuidas entre
Francia e Inglaterra. La Gran Bretaña pudo realizar el sueño imperial de Rhodes con la
constitución de una faja oriental africana ininterrumpida, mediante el mandato sobre el
Africa Occidental alemana ( a cargo de la Unión Sudafricana) y la colonia de Tangañika.
En Oceanía, la porción alemana de Nueva Guinea y el archipiélago de las Bismarck
fueron puestos bajo el mandato de Australia y Nueva Zelanda, al mismo tiempo que el
Japón recibía el correspondiente a las Marianas y Carolinas. En el Próximo Oriente,
Inglaterra obtuvo los mandatos de Palestina, Transjordania e Irak, cobertura de las,
rutas terrestres hacia la India, y Francia el de Siria.
Los Estados Unidos, cuya economía habíase beneficiado en alto grado de la
lucha europea, no ratificaron el tratado de Versalles. En 1921 concluyeron una paz por
separado con Alemania y los restantes países del antiguo bloque de las potencias
centrales. Los republicanos habían subido al poder, y quisieron aprovechar la victoria sin
mezclarse en las rivalidades políticas de Europa. La doctrina de Monroe fue aplicada al
imperialismo del dólar en el Caribe y América Central. Una era de prosperidad jamás
vista desarrolló el culto extremado del oro y el negocio, mientras se abandonaba el
continente europeo a la ruina y la miseria. Esta defección yanqui a la causa de Europa
gravitó pesadamente en los sucesos internacionales posteriores.
Tal fue la obra y el espíritu de Versalles. Sus principios básicos parecieron ser
autodeterminación individual y nacional, régimen de cooperación internacional. El
resultado práctico fue muy otro. No queda duda alguna de que Versalles fomentó la
inseguridad internacional, la competencia económica, el desasosiego público y la
incapacidad de Europa para rehacerse de sus quebrantos. Versalles, con todos sus
idealismos retóricos, sus buenos propósitos y sus grandes esperanzas, hizo inevitable
una nueva contienda.

LA SUBVERSION SOCIAL
El espíritu de violencia aparece en Occidente
Desde sus remotos orígenes en los siglos IX y X, cuando las posibilidades de su
extraordinario desarrollo espiritual y técnico estaban aún larvadas, la cultura de
Occidente, estimulada concretamente por el Cristianismo, tendió a reducir las
manifestaciones de la violencia social, substituyendo la idea de fuerza por la de
legalidad, la del odio y la venganza por la del amor. Esta tarea, en la que se quemaron
los mejores espíritus, se reveló difícil y casi a la postre irrealizable, sobre todo en las
relaciones entre el Poder y sus súbditos y entre los estados entre sí. Sin embargo, hubo
períodos en que el objetivo de tantos afanes pareció muy próximo: el siglo XIII es uno de
ellos, y ya en los Tiempos Modernos, después del convulso período de la escisión
religiosa, el de los siglos XVIII y XIX, salvando la feroz etapa de las conmociones
revolucionarias de 1789 a 1815.
La mentalidad liberal burguesa y la democrática de las clases medias parecieron
triunfar en el empeño a fines del siglo pasado. Sin embargo, en los mismos decenios en
que el demoliberalismo alcanzaba sus más lejanas metas, cuando la cultura positivista y
materialista dominaba en Occidente, empezó a notarse un profundo cambio en la
conciencia europea. Entonces, por vez primera en la Historia, se hizo la apología de la
violencia, no ya como instrumento del mal, sino como medio del progreso. Es evidente
que el nuevo culto a la fuerza tuvo sus raíces en la desvalorización del espíritu cristiano,
en el ascenso de la marea revolucionaria entre las masas obreras y en las crecientes
ambiciones del nacionalismo unificador o revisionista. En todo caso, entre 1885 y 1910,
varios intelectuales europeos, desencantados por la magnificencia epidérmica del siglo y
el vacío satisfaccionismo burgués, predicaron el retorno a las tradiciones de la
combativa virilidad primitiva. Siembra que el siglo XX había de recoger en forma de
espantosos crímenes de.lesa humanidad individual y colectiva, que parecían para
siempre proscritos del código moral de Occidente.
Contra la moral de los esclavos, o sea contra el espíritu cristiano, levantó bandera
Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900) en una serie de obras que constituyen la más
violenta crítica del mundo en que vivía y el más desesperado intento de superar una
supuesta crisis de valores mediante el culto al Superhombre, al héroe que establecería
su dominio por la ley del más fuerte. Sus escritos, entre los que pueden elegirse como
más sintomáticos Más allá del bien y del mal (1886) y El crepúsculo de los ídolos (1888),
aparte de Así hablaba Zarathustra (1883), alcanzaron una irradiación extraordinaria. Sus
doctrinas sobre la "filosofía de la voluntad" y el "desprecio de la piedad" incubaron un
mundo de odio y justificaron las atrocidades de sus secuaces de una generación
posterior en el campo del nacionalismo. Abonaron la misma tendencia en idéntico
terreno el alemán Adolf Stócker, el capellán castrense que blasfemó equiparando la
majestad de la guerra a la majestad de Dios (Discursos socialcristianos, 1885), y el
chovinista francés Maurice Barrés, un furibundo apologeta del "egotismo nacional" (Le
Roman de l'energie Nationale, 1897-1903).
Desde otro punto de vista, consideró también caducada la moral cristiana
Georges Sorel (1847-1922), un ingeniero que se proclamó adversario del liberalismo
burgués y del socialismo estatal. Europa, según él, se hallaba embrutecida por el
humanitarismo, el pacifismo y la democracia. Era preciso darle nueva fuerza creadora
poniendo de relieve nuevos valores, que Sorel señaló en los mitos políticos, en las
energías desencadenadas por la revolución y la acción directa, y, sobre todo, en el
papel redentor del proletariado. Voluntarioso y enérgico irracional e intuitivo, clamó por
la nueva moral del trabajo en Reflexions sur la violence y Les illusions du progrés (1908).

El sindicalismo revolucionario
En el último tercio del siglo XIX el movimiento sindicalista alcanzó en Europa una
difusión rápida. Contribuyeron a ello tanto el paralelo auge de las actividades
industriales del Gran Capitalismo como la introducción de un nuevo espíritu en la
mentalidad de los sindicatos. Hasta entonces se habían desarrollado éstos por el
camino de la aglutinación de los obreros calificados con vistas al apoyo mutualista y a la
satisfacción de las necesidades de consumo. Pero entre 1880 y 1890 sobrevino un
cambio notable. No sólo se pensó en acoger en el seno de los sindicatos a todos los
obreros, sin excepción, sino en esgrimir la fuerza numérica de los mismos para imponer
radicalmente mejoras de sueldo y horario y, llegado el caso, conquistar el poder
mediante la huelga general revolucionaria. A tal fin, se juzgó indispensable unir a todos
los afiliados en confederaciones nacionales, que absorbieran la potencialidad de la
masa de obreros e hiciera prevalecer en ellos la noción de la solidaridad inquebrantable
en una causa común.
De esta tendencia fueron guías, en el tradeunionismo británico, los líderes del
"nuevo sindicalismo", John Burns, Tom Mann y Ben Tillett, los cuales lograron imponer
sus ideas apoyando gran número de huelgas de trabajadores no calificados, la más
importante de las cuales fue la de los estivadores del puerto de Londres en 1889. Sin
embargo, hasta después de la guerra de 1.914 a 1918 el sindicalismo británico, como
el alemán, no conoció verdaderos fermentos revolucionarios. Muy otro es el caso del
sindicalismo en los países latinos.
En éstos, Francia llevó la voz cantante. La idea de la huelga general como
medio de acción sindicalista fue preconizada por vez primera por el obrero Joseph
Tortelier en el congreso de Lyon de 1886, y desarrollada en el de Tours de 1892 por el
jefe sindicalista Ferdinand Pelloutier. Recogiendo sus ideas, fundóse en 1895 la
Confederación General del Trabajo, que desde sus comienzos mostróse adversaria del
"colaboracionismo socialista". Durante algún tiempo, sin embargo, persistió cierta
división en el mundo obrero francés; de un lado existía la C.G.T. y de otro las Bourses
du travail. La fusión completa acaeció en el Congreso de Montpellier de 1902.
Pelloutier había muerto el año anterior y la nueva unión fue impulsada por Victor
Griffuelhes, un antiguo blanquista. El espíritu de éste se reveló en la Carta de Amiens
(18 de octubre de 1906), famosa en los anales del movimiento sindicalista. En ella se
estableció el carácter apolítico de los sindicatos, se autorizó a sus miembros, como
simples individuos, a participar en la lucha política según sus opiniones filosóficas y
doctrinales, y se concentró la fuerza sindical en el combate a fondo contra la clase
patronal. Principios más o menos similares aceptaron la Confederazione Generale del
Lavoro italiana y la Unión General de Trabajadores de España.
Las ideas de Sorel, a las que acabamos de aludir, diferenciaron, sin embargo,
esos sindicatos en dos grandes grupos: el de aquellos afectos a la política de la 11
Internacional socialista y el de los que preconizaron el sindicalismo revolucionario
puro. Este último creía que los sindicatos eran los instrumentos esenciales en el
período de lucha del proletariado para lograr el Poder, y que la táctica a seguir
consistía en fomentar las huelgas parciales de toda clase, incluso la de brazos caídos,
para desorganizar la sociedad capitalista, que caería definitivamente ante el empuje de
una huelga general revolucionaria. En estos sindicatos, sobre todo en España e Italia,
se abrió profundo camino el anarquismo, que recibió su organización europea en la
llamada Federación Anarquista Internacional (F.A.I.).

El marxismo revolucionario leninista


El socialismo occidental, acaudillado por el "revisionismo" alemán, había
evolucionado a comienzos de siglo hacia un evidente colaboracionismo con la
democracia burguesa. Los jefes de la II Internacional estimaban que se llegaría a las
metas propuestas por la misma presencia de los sindicatos y la llegada al poder de sus
partidos mediante elecciones parlamentarias. Los abusos del Gran imperialismo y las
deserciones de significados socialistas, que pasaron a engrosar las filas de los partidos
democráticos de izquierda -tal Millerand, en Francia-, motivaron fundado desencanto en
los obreros, que los sucesos de 1914, cuando el socialismo organizado votó por la
guerra en Alemania y Francia, acabaron de concretar.
En este período de tiempo un ruso, Vladimir Iliich Ulianov (1870-1924), recogió
las esencias de las doctrinas de Karl Marx y les dio una incisiva fuerza politicosocial
revolucionaria. Es preciso tener en cuenta que Ulianov, denominado Lenin, por su doble
ascendencia judía y rusa, llevaba en su sangre el ímpetu místico que convirtió el
marxismo en un credo social coherente y ecuménico. Educado en las disciplinas
universitarias, estimulado por el ambiente revolucionario antizarista, halló la solución a
los problemas que aquejaban a su patria abrazando fanáticamente la ortodoxia marxista.
En 1903 se erigió en jefe del grupo mayoritario (bolchevique), que en el II Congreso
del Partido socialdemócrata ruso, dirigido por el viejo caudillo Plejanov, señaló en
Bruselas sus discrepancias con el minoritario (menchevique) de Martov y Axelrod.
Más que en los principios, unos y otros habían divergido en la cuestión de la táctica
revolucionaria.
La experiencia de la Revolución rusa de 1905 afirmó a Lenin en sus doctrinas, a
la vez que le indujo a formular claramente su teoría de la "insurrección" revolucionaria
que llevaría al proletariado -expresión consciente de la nueva fuerza social obrera- al
poder con el auxilio de los campesinos. Desde 1907, en un nuevo período de destierro
en Occidente, definió la doctrina marxista (Materialismo y criticismo empírico,
1908) como el solo criterio seguro para definir la verdad y separarla del error, como el
instrumento teórico efectivo para dar al proletariado una conciencia política, sin la cual
no podría elevarse más que al sindicalismo mutualista. Más adelante, en 1915, el año
del Congreso de Zimmerwald, impugnó decididamente el socialismo revisionista, y en su
estudio El imperialismo como último estadio del Capitalismo; sentó las bases
de que éste se desplomaría en sucesivas guerras, seguidas por otras tantas crisis que lo
inutilizarían para siempre. Pero para darle el golpe de muerte -así lo señaló en 1918 en
Estado y Revolución- era preciso establecer la dictadura del proletariado, un Estado
burgués sin la burguesía, o, mejor dicho, contra la burguesía, qué recurriría al terror
para hacer desaparecer la explotación del hombre por el hombre. Un Estado, en
definitiva, ni justo ni libre, por lo menos durante el período de transición que impondría
"unas vacaciones a la democracia". En esta construcción del edificio de la sociedad
futura el hombre importaría poco o nada. Sólo la meta tendría valor, y a ella deberían
sacrificarse los antiguos ideales libertarios e igualitarios de la clase obrera.

La Revolución de Febrero en Rusia


La atmósfera de derrotismo, general en los países beligerantes a fines de 1916 y
comienzos de 1917, se tradujo en el Imperio de los zares por un amplio movimiento
revolucionario. A través de sus consabidas fases, este proceso llevó al Poder a la
minoría revolucionaria bolchevique, que desde entonces sería fuente permanente de
inquietud para la humanidad entera.
Ya desde 1915, a raíz de los grandes desastres en el frente polaco, se había
podido comprobar que las cosas en Rusia no marchaban bien. El país estaba, como en
1855 y 1905, profundamente desorganizado, y mientras el espectro de la miseria
rondaba alrededor de millones de seres, algunos despreocupados acumulaban ingentes
riquezas al amparo del favor oficial o del mercado negro. Para colmo de males, la corte
imperial, donde aleteaba la funesta influencia de Rasputín, no se daba cuenta de nada,
o, mejor dicho, entendía que para cubrirse del riesgo de una insurrección popular era
preciso pactar con Alemania. Tal es el sentido de las gestiones realizadas en Estocolmo
por los enviados del ministro Protopópov en 1916.
En esta atmósfera de recelos y prevenciones, los grandes duques dieron la
campanada exigiendo la reunión de la Duma, ante la cual, estimulada por las arengas
de Miliukov, jefe del partido Kadete, acudieron a prestar juramento de fidelidad los jefes
de la marina y del ejército (2 de noviembre de 1916). La revuelta aristocrática se tradujo
poco después en la condena de la actuación de Rasputín por el Consejo Imperial y en el
asesinato del siniestro pope por miembros de la nobleza el 17 de diciembre siguiente.
La corte quiso reaccionar y llevó al gobierno a los más caracterizados
reaccionarios: Golicin, Protopópov y Cheglovitov. La Duma se sintió amenazada y,
asimismo, los embajadores de la Entente temieron un cambio decisivo de Rusia en su
política exterior. Pero fueron los obreros de San Petersburgo los que se lanzaron a la
calle (14 de febrero de 1917), unos en apoyo de la Duma y otros reclamando más pan.
Sin embargo, la situación no debía considerarse peligrosa para el gobierno, pues
Nicolás II partió para el frente el 21 del mismo mes. Error considerable. El 25 los obreros
de la industria textil se declararon en huelga y el 26 chocaron con la policía, que no
reparó en el empleo de determinados métodos. El mismo día, la Duma rompió con aquel
régimen "manchado de sangre" y se constituyó por obreros y soldados el Soviet de
Petrogrado, recuerdo de los consejos de la misma índole que habían fructificado en la
Revolución de 1905. Al día siguiente, se produjo lo inevitable, ante la estupefacción de
los que creían inquebrantable la autocracia imperial. La guarnición de la ciudad,
encabezada por los mismos regimientos de la Guardia, se sumó en masa al movimiento
revolucionario. El régimen zarista sucumbió sin que nadie se atreviera a defenderlo. El
1.0 de marzo el gran duque Cirilo reconoció los hechos consumados y compareció ante
la Duma para acatar la nueva autoridad "democrática". A la mañana siguiente, Nicolás
II, que había en vano intentado resistir, abdicaba en su nombre y el del zarevich Alejo
en favor del gran duque Miguel. Pero éste renunció a tal designación hasta la decisión
de la futura Asamblea Constituyente, que debía poner remedio a los males de Rusia.

El gobierno provisional y la Revolución de Octubre


La Revolución de febrero, hecha al grito de " ¡Viva la libertad y el pueblo! ",
estableció un grave dualismo de poderes, análogo al que un siglo antes había dificultado
el desarrollo normal de la Revolución francesa. Lo. que en Francia fue pugna entre las
Asambleas burguesas y la Commune jacobina, en Rusia se convirtió en rivalidad entre
la Duma, donde predominaban los políticos liberales y democráticos de la burguesía, y
el Consejo Ejecutivo de los Soviets, representante de los consejos de obreros y
soldados que, como setas, habían proliferado en pocos días en todo el país. La Duma
se halló representada en el gobierno provisional, presidido por el príncipe Lvov, un
personaje del viejo liberalismo ruso; formaban parte de él un historiador, Miliukov; un
representante de la burguesía de negocios, Terechtchenko, muy vinculado a los
embajadores de la Entente, y el menchevique Kerensky. Este, que delegaba en el
gobierno a los Soviets, quedó como el principal prohombre de la situación después de
los choques entre la tropa y los obreros el 21 de abril, que disiparon la euforia de los
primeros días y plantearon crudamente la realidad de la lucha revolucionaria, como un
gigantesco duelo de clases sociales.
En realidad, el gobierno provisional había precipitado la disolución del régimen
zarista decretando (3 de marzo) la libertad de prensa y asociación, el derecho de la
huelga, la amnistía para los presos políticos y los exilados, la anulación de las
discriminaciones religiosas, el arresto de la familia imperial y la destitución de los
gobernadores. A la vez, convocó elecciones para una futura Asamblea Constituyente.
Ello dejó al pueblo ruso, sujeto durante siglos a la férrea autocracia zarista, en la más
completa libertad para decidir sus destinos. Como en casos parecidos, esa libertad
desembocó en una situación anárquica, en la que poco a poco iba consumándose la
revolución en el campo, instigada por el Partido Socialrevolucionario. Mientras tanto, en
las ciudades se hacía dueño de la agitación obrera el grupo bolchevique, cuyos caudillos
acababan de regresar del exilio (Lenin, Trotsky, Kamenev, Zinoviev) o de Siberia
(Stalin). La fuerza revolucionaria de los dos primeros había de pesar decisivamente en
el futuro de los acontecimientos.
A pesar de que los bolcheviques eran una minoría (el 1 Congreso Panruso de los
Soviets agrupó 300 socialrevolucionarios, 250 mencheviques y un centenar de
bolcheviques), el 3 de julio intentaron adueñarse del poder, apoyados por millares de
obreros armados, varios regimientos de la guarnición de Petrogrado y la marinería de
Cronstadt. El golpe fracasó a consecuencia de la entereza de los socialrevolucionarios.
Los jefes bolcheviques fueron perseguidos, acusados de complicidad con los alemanes.
En estas circunstancias, el gobierno se orientó hacia el izquierdismo. Lvov dimitió la
presidencia en Kerensky (13 de julio). Pero los Soviets continuaron zapándole el
terreno, sin voluntad de gobernar, pero sin dejar ejercer el poder.
El fracaso de la ofensiva que el Estado Mayor ruso había lanzado en Tarnopol
contra los alemanes (junio), había revelado la desorganización completa del ejército a
consecuencia de la activa propaganda revolucionaria en sus filas. Los generales
decidieron dar un golpe que restaurara en Petrogrado el principio de autoridad. Pero la
acción contrarrevolucionaria de Kornilov (27 de agosto) se frustró ante la decidida
actuación de los sindicatos afectos al grupo bolchevique. Este triunfo consumó la
revolución en las fábricas, el campo y el ejército. El 12 de septiembre se proclamó la
República, y el 25 León Trosky el brazo derecho de Lenin en aquellos años, fue elegido
presidente del Comité Ejecutivo de los Soviets.
Trotsky no perdió el tiempo. De acuerdo con Lenin, aún oculto en Finlandia,
preparó sistemáticamente el golpe de Estado que llevaría a los comunistas al poder. La
Revolución .de Octubre no fue una acción de masas, sino un prodigio de técnica
insurreccional preparado por el Comité militar revolucionario. Se fijó para desencadenar
el golpe la fecha del 25 de octubre, en que debía reunirse el II Congreso de los Soviets.
El 24 se fortificó el Instituto Smolny -cuartel general de los bolcheviques, donde ya se
encontraba Lenin- y en el curso de las dos jornadas siguientes los comunistas
derribaron el gobierno provisional, sin hallar apenas resistencia. El 26 erigían el Consejo
de los Comisarios del Pueblo. ¡Rusia había caído en manos del Partido Comunista!
La guerra civil rusa y los conflictos fronterizos
Varios actos demagógicos señalaron el advenimiento al poder de Lenin,
acompañado en sus funciones por Trotsky, Rikov, Kamenev, Zinoviev, Lunacharsky y
Stalin, entre otros. En medio de las jornadas de octubre se aprobó la transferencia de la
propiedad de las tierras a los campesinos, el dérecho de los obreros a regentar las
fábricas y la urgencia de una paz inmediata. Trotsky firmó con los alemanes el armisticio
de Brest Litovsk (29 de noviembre), por el que Rusia renunciaba a Finlandia, Estonia,
Letonia, Lituania, Polonia, Ucrania, Batum y el Kars. Era un duro golpe, que aquellos
ideólogos furibundos aceptaron para consumar la Revolución en el interior del país. De
que en este sentido no intentaban guardar ninguna apariencia de legalidad, lo
demuestra claramente la disolución de la Asamblea Constituyente (en la que los
bolcheviques estaban en franca minoría: 9 000 000 de votos contra 20 000 000 los
socialrevolucionarios) por el marinero Jelezniákov, el 5 de enero de 1918.
Pero a pesar de esas bravatas, lo cierto es que el flamante Consejo de
Comisarios del Pueblo sólo continuaba siendo el representante de una exigua minoría.
Recluido en el Kremlin moscovita, lejos de la amenaza alemana, el gobierno soviético
dirigió con tenacidad jacobina, acudiendo a todos los medios a su alcance, la conquista
del suelo ruso. Para superar el peligro extranjero, los ataques de la contrarrevolución
blanca y la insurrección democrática, muchas veces confabulados, Lenin no vaciló en
apelar a los procedimientos del terror en masa. Este fue proclamado oficialmente el 5 de
septiembre de 1918, un día después del fracaso de una intentona del Partido
Socialrevolucionario para derrocar el régimen soviético. De hecho el Terror Rojo venía
funcionando desde el 7 de diciembre del año anterior, fecha de la fundación de la Cheka
(Cherezvychkainaia Komissia) o Comisión Extraordinaria, que pronto superó en
ferocidad a la odiada Okhrana zarista. El 16 de julio, en Yekaterinenburg, cayó Nicolás II
con su familia, asesinados a mansalva por sus guardianes. Pero a partir de septiembre
siguiente las ejecuciones se hicieron en masa, eliminando de esta suerte del escenario
ruso a tres clases sociales: la aristocracia, la burguesía y el clero. Es imposible señalar
exactamente el número de víctimas.
El terrorismo no habría sido suficiente para imponer en Rusia la causa del
comunismo, si éste no hubiera contado con el decidido apoyo de los obreros y si sus
adversarios hubiesen sabido atraerse a los campesinos. Pero los caudillos militares y
políticos de los "blancos" no estuvieron a la altura de las circunstancias. Divididos entre
ellos mismos, jamás pusieron en grave aprieto al gobierno soviético, a pesar de que
contaban con el declarado apoyo de las potencias de la Entente, recién vencedoras de
los alemanes. En el transcurso de tres años (1918-1920), el Ejército Rojo, fundado por
León Trotsky el 23 de febrero de 1918, fue capaz de desbaratar las maniobras del
general Denikín, quien, con sus tropas del Ejército del Don, llegó en 1919 hasta Orel,
cerca de Moscú, y de su sucesor Wrangel, que resistió hasta noviembre de 1920 en
Crimea; de los socialrevolucionarios, que hallaron excelente apoyo en las bayonetas de
la Legión Checa, hasta que fueron expulsados del mando por el vanidoso almirante
Kolchak, jefe por breve tiempo de un gobierno pantuso en Omsk; y, en fin, de las tropas
del general Iudenich, quien, en 1919, partiendo de Estonia, llegó hasta las mismas
puertas de la recién rebautizada ciudad de Leningrado. La facilidad de movimiento por
líneas interiores y el fanatismo de Trotsky explican el ruidoso fracaso de los blancos en
la guerra civil.
Pero ya en el alma de los Soviets anidaba el deseo de restablecer la integridad
del Imperio zarista. Mediante la fuerza y el ardid, el Kremlin restituyó a Rusia las tres
repúblicas transcaucásicas de Azerbaidján, Georgia y Armenia, que se habían
declarado independientes en 1919. Ucrania volvió a caer dentro de la órbita de
Moscú en 1920. En el transcurso de este mismo año los polacos fueron expulsados
de esta región y tan seriamente derrotados por el ejército de Budienny y
Tukhachevski, que sólo pudieron salvar la situación ante Varsovia con el eficacísimo
auxilio del Estado Mayor francés (15 de agosto de 1920). Convencido Lenin de que, por
el momento, no podía romper la barrera que las potencias aliadas habían levantado en
Oriente contra la expansión comunista, aceptó los hechos consumados. En el transcurso
de 1920 reconoció la independencia de Estonia (2 de febrero), Lituania (12 de julio) y
Letonia (11 de agosto). En 18 de marzo de 1921 aceptaba la línea fronteriza con
Polonia. La revolución comunista se recluía en su madriguera, para desarrollarse y
esperar la gran oportunidad de provocar la Revolución mundial.

El termidorianismo soviético
Rusia, de momento, no podía dar más de sí. La sangrienta revolución comunista,
la guerra civil, el Terror Rojo y las requisiciones habían desorganizado de modo tan
profundo la industria y la agricultura del país, que una oleada de hambre se abatió sobre
el mismo. Se calcula que entre 1920 y 1921 perdieron la vida por esta causa unos 5
000 000 de seres. Este enemigo, mucho más temible que los soldados blancos, obligó a
Lenin a rectificar. Con motivo del X Congreso de los Soviets anunció el "repliegue
estratégico del comunismo ruso", declaración que fue seguida por el decreto de 24 de
marzo de 1921 instituyendo la libertad del comercio interior. Así se inició el
termidorianismo ruso, cuya primera etapa fue la N.E.P. o nueva política económica. La
N.E.P. moderó las drásticas medidas revolucionarias decretadas por el Consejo de
Economía Nacional en 1918, cuando, virando hacia la izquierda, Lenin había dispuesto
la nacionalización de la tierra, la banca, los instrumentos de producción, la marina y el
comercio exterior e interior. De este modo, obreros y campesinos rusos perdieron lo
prometido por los Soviets en los momentos álgidos de la Revolución de Octubre, y se
convirtieron en simples instrumentos de la actividad económica del Estado. Sólo
estableciendo la rígida dictadura del proletariado sobre el proletariado, pudo subsistir el
régimen soviético.
Tal fenómeno fue paralelo a la concentración más fabulosa de poder que registra
la historia rusa. El medio ideal consistió en la erección de un partido único, el
Comunista, cuyos cuadros, sólidos y cerrados, mantenidos en vigilia permanente por la
disciplina, la delación y la purga, dominaron la opinión pública del país y fiscalizaron
severamente la gestión del Estado y de sus delegaciones administrativas. Por decisión
de Lenin el Partido se constituyó bajo la jefatura implacable de dos comités: el
Orgbureau (oficina de organización) y el Politbureau (oficina política). En la
imponente máquina, dirigida por el caudillo comunista, se abrió poco a poco camino el
nuevo secretario general del Partido: José Stalin, hasta entonces figura de segunda
categoría en la Revolución.
Bajo el impulso comunista, el estado soviético, reducido primero a Rusia y Siberia
(constitución de 10 de julio de 1918 de la República Socialista Federativa Soviética
Rusa), se transformó en el término de cuatro años en la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.), a la que fue dada una Carta constitucional el 6 de
julio de 1923. Este texto estableció dos Cámaras, un Comité central (Tsik) con una
oficina permanente (Presidium) y un gobierno unificado, dotado de extensos poderes
sobre los de los países federados. La Cheka fue abolida; pero en su lugar se
constituyó una policía estatal secreta, de procedimientos drásticos, terribles y
expeditivos: la O.G.P.U., más conocida en la versión corriente de Guepeú.
La política liberalizante de la N.E.P. hizo posible que el comunismo ruso
superara los escollos subsiguientes a la liquidación de la guerra civil. El país respiró
por algún tiempo, e incluso se desató una verdadera fiebre de especulación: se
enriquecieron los nepmen de las ciudades y los kulaks del campo. En esta atmósfera
de reacción, el 21 de enero de 1924 murió Lenin, quien, en 1922, había sido víctima
de un grave ataque de apoplegía. Su muerte provocó no sólo la oposición entre las
ambiciones personales de sus "epígonos", sino la lucha entre dos conceptos de la
misión del comunismo ruso. León Trotsky, que representaba la vieja guardia
subversiva, era partidario de la revolución permanente; occidentalista, consideraba que
si la Revolución no se extendía a Europa, acabaría por frustrarse en Rusia. José
Stalin, el hombre de la nueva generación comunista, el ídolo de la máquina del Partido,
preconizaba la industrialización del país antes de lanzarse a cualquier aventura
exterior y la política de "Rusia, ciudadela del comunismo". En el curso de cuatro años,
de 1924 a 1928, Stalin atacó y redujo a Trotsky, con auxilio, primero, de Kamenev y
Zinoviev, con quienes integró la llamada troika, y luego de sucesivas hornadas de
afiliados al Partido. Cuando en 1927 Stalin se sintió lo bastante fuerte para prescindir
de sus eventuales "compañeros de viaje", Kamenev y Zinoviev se unieron a su antiguo
rival en la llamada Nueva Oposición (N.O.P.). Sus intentos resultaron estériles.
Expulsado Trotsky de Rusia en 1929, al año siguiente el XVI Congreso del Partido
reconoció que sólo tenía un amo: el antiguo seminarista de Tiflis, el georgiano José
Stalin (n. en 1879).

Stalin y la U.R.S.S.
El régimen impuesto en la U.R.S.S. en la década 1930-1939 es claramente
termidoriano, con la única excepción de que, al revés del gobierno del Directorio
francés, rehuyó sistemáticamente la aventura exterior. Conservándose fiel a las
conquistas revolucionarias, fue disipando progresivamente su espíritu. Tal se
demostró, claramente, en la revalorización del papel de la familia al estilo "burgués",
que desde 1917 había sido objeto de un perseverante esfuerzo disgregador. El
decreto de 27 de julio de 1936 prohibió los abortos, restringió los casos de divorcio y
otorgó subsidios a las familias numerosas. Al mismo tiempo, se reintrodujo el principio
de la rentabilidad del ahorro, se emitieron títulos estatales con intereses y primas al
portador y se procedió a una discriminación de los salarios de acuerdo con la ca-
pacidad intelectual o técnica del obrero y del funcionario. Estas medidas tendieron a
crear una nueva aristocracia administrativa, que se vinculó, desde luego, a las altas
jerarquías del Partido Comunista, el cual dispuso del excedente de riqueza en la
manipulación de los asuntos públicos. Además, se combatió a los grupos ateos -los
llamados SinDios-, que aun en 1932 habían elaborado su "plan quinquenal de
descristianización". Por último, Stalin fomentó el nacionalismo y el militarismo. La
nueva "patria soviética" halló su reflejo en la Constitución de 5 de diciembre de 1936.
Aunque puede ser considerada como un simple texto de propaganda, lo cierto es que
implica una reacción "derechista" respecto de los textos constitucionales de 1918 y
1923.
El peso de la actividad soviética cargó sobre la industrialización del país. Era
preciso industrializarlo, convertirlo en una real gran potencia, imitando los métodos
occidentales. El modelo ambicionado fue, precisamente, los Estados Unidos, el mayor
exponente de las virtudes y defectos del capitalismo. Ello obligó a Stalin a renunciar a
la política liberal de la N.E.P., al objeto de acaparar para el Estado los recursos
necesarios para la industrialización país. En 1928 se decretó la "deskulakización" del
campo, que fue llevada a cabo con aparatosa brutalidad, y el mismo año se inició el
primer plan quinquenal (1928-1932), seguido por un segundo en 1933-1937. Al
costoso precio de renovar la miseria del pueblo, los técnicos del Kremlin empezaron a
forzar la producción industrial, a crear nuevas y gigantescas fábricas, a edificar nuevas
ciudades y a utillar la vida nacional, en un esfuerzo colosal que fue coreado por el
papanatismo de las masas obreras de los cinco continentes. La megalomanía de los
dirigentes, servida por una propaganda machacante y una acción policiaca sin tregua,
logró galvanizar las adormiladas masas del país y darles una moral constructiva de
que hasta entonces habían carecido. Rusia alcanzó de este modo una potencialidad
efectiva de primer orden.
Pero detrás de todo ello había mucha sangre, sudor y lágrimas. El drástico
esfuerzo exigido por Stalin a los rusos promovió la renovación de agudas crisis
políticas, de las que se libró el jefe soviético lanzando sus rayos vengadores a derecha
y siniestra, de conformidad con la más acabada táctica termidoriana. De 1925 a 1933
el gobierno de la U.R.S.S. se inclinó hacia el izquierdismo soviético, cuyo exponente
más agudo se halla en la colectivización del campo y la aparición de los koljozes en
1929-1931. Desde 1933 Stalin se inclinó hacia la derecha. Esta fue la época de las
grandes purgas, de los paradójicos juicios de Moscú, de las "amalgamas" trostkistas-
zinovievístas. En agosto de 1936, después de una parodia jurídica, Zinoviev y
Kamenev fueron fusilados. Al siguiente año se depuró el Ejército y fue eliminado
violentamente el mariscal Tukhachevski. Entre 1937 y 1938 desaparecieron de la
escena política otros viejos revolucionarios de 1917: Piatakov, Karaján, Bujarín, Rikov,
etc. El mundo contempló atónito aquella depuración gigantesca, realizada sin el ardor
heroico y romántico de la Revolución francesa. Un tiro en la nuca, un apagado grito en
la noche.. y un nuevo paso en la tiránica concentración del poder en manos del nuevo
napoleónida.

La Internacional Comunista (Komintern) y el obrerismo mundial


La guerra de 1914 a 1918 había desorganizado y arruinado la II Internacional
obrera. La socialdemocracia no estuvo en los primeros tiempos de la conflagración
bélica a la altura de lo que las masas obreras de Europa creían tener derecho a
esperar de ella. En consecuencia, cuando, al calor de la agitación izquierdista
promovida al final de la contienda, se intentó dar un nuevo contenido al movimiento
socialista, éste se halló dividido en dos grupos (Congreso de Berna, 1919): los que. se
mantenían aferrados a la táctica democrática del "revisionismo" marxista y los que no
hallaban más espejo en que mirarse que el ejemplo soviético. Preconizaban éstos la
táctica de la "insurrección armada", la socialización de la propiedad, la dictadura del
proletariado. No habiéndose alcanzado el acuerdo entre ambos bandos, el último se
orientó hacia el Kremlin.
Fue una desagradable coincidencia histórica la que entregó inerme el socialismo
avanzado occidental a los manejos del triunfante Partido Comunista ruso en la
Asamblea que en marzo de 1919 decidió, en Moscú, la creación de la Internacional
Comunista (Komintern). La tradición organizadora, el peso teórico y aun la misma
entidad global del socialismo alemán contó muy poco frente a aquellos que detentaban
el poder en Rusia. Así el Komintern apareció desde el primer momento vinculado a la
ideología soviética, a los métodos semiasiáticos del comunismo ruso, a la
consideración de Rusia como "ciudadela" del obrerismo internacional. Un judío ruso,
Zinoviev, fue elevado a la presidencia de la III Internacional, y durante algunos años
trabajó para alcanzar los fines trotskistas de la "revolución permanente". La política de
la N.E.P. puso momentánea sordina a tales actividades, que volvieron a renacer en
1930 en forma más solapada.
El Komintern practicó desde el primer momento el confusionismo entre los
intereses de la masa obrera internacional y el imperialismo soviético. Entre los partidos
comunistas de la Europa central y occidental se difundió el credo de que atacar a la
U.R.S.S. era socavar la causa de los trabajadores, echar por la borda el nuevo orden
internacional que crearía la Unión mundial de un cortejo de repúblicas socialistas.
Estimar las posibilidades que el Kremlin sacó de este juego político sería narrar todas
las incidencias de la política internacional desde 1922 a la actualidad. Pero es preciso
tener en cuenta tal hecho para interpretar correctamente las peripecias de los últimos
tiempos.
Frente a la internacional Comunista se constituyó en 1924 la IV Internacional, de
tipo socialdemócrata. Pero esta asociación careció, desde el principio, de la unidad de
miras, la férrea disciplina y la abundancia de recursos del Komintern. Fue una unión
casi platónica, en la que las elevadas especulaciones intelectuales jamás estuvieron
subrayadas por la decisión de oponerse con todas las fuerzas al comunismo o al
fascismo, sus rivales tanto a la izquierda como a la derecha, en todas las naciones de
Europa.

La oleada roja en Alemania: el espartaquismo


La humillación de la derrota, los largos años de dolores y sufrimientos, la
desorganización del país, convirtieron a Alemania, en el período subsiguiente al
armisticio de Compiégne, en campo abonado para el desencadenamiento de una
sublevación del proletariado al estilo ruso. Había quien la quería y proyectaba, sobre
todo el ala radical del Partido Socialista Independiente, acaudillada un viejo luchador,
Karl Liebknecht, y una conspicua teórica del marxismo, Rosa Luxemburgo. El grupo
espartaquista -fundado en 1917 para la "liberación de los esclavos"- era fuerte en
Berlín, el Ruhr y Munich, y, además, contaba con la simpatía de los soldados
desmovilizados, los cuales se habían impuesto contra sus antiguos oficiales en la lucha
ante el Palacio Imperial berlinés, los días 23 y 24 de diciembre de 1918. Para hacer
frente a la subversión, sólo había un gobierno socialista, presidido por Friedrich Ebert, el
cual carecía de todo apoyo policiaco y militar. Pero Ebert no era del temple de un
Kerenski y Liebknecht distaba de ser un Lenin. Además, la burguesía y la
socialdemocracia eran en Alemania una realidad; no una ficción como en Rusia.
La batalla contra el espartaquismo la dio el ministro de la Guerra Gustav Noske,
un socialdemócrata, de origen popular, que ya en Kiel había dado pruebas de su
energía. Noske reclutó entre la oficialidad del antiguo Ejército Imperial los elementos
más dispuestos a colaborar en el restablecimiento del orden público. Así surgieron los
Cuerpos Francos, los cuales, dirigidos por el general Márcher, habían de dar al gobierno
el apetecido instrumento de acción contrarrevolucionaria. Los espartaquistas fueron
reducidos en Berlín en los días 11 al 15 de enero de 1919, y sus jefes, Liebknecht y
Luxemburgo, asesinados por los gubernamentales. Esta cruel medida, coincidente con
el resultado de las elecciones del día 19, que llevó a la Asamblea Constituyente de
Weimar 165 socialistas, 91 diputados del Zentrum católico y 60 demócratas, consolidó
la República alemana.
No obstante, ésta debió hacer frente todavía a dos poderosos ataques
comunistas. El primero se desencadenó el 3 de marzo cuando los sindicatos de Berlín
declararon la huelga general revolucionaria, como protesta por la represión del
movimiento espartaquista en Halle, Brema y Westfalia. La batalla que se libró con tal
motivo entre los Cuerpos Francos y los espartaquistas fue de una ferocidad inaudita
(Semana Sangrienta, del 3 al 12 de marzo). Triunfaron aquéllos, en el preciso
momento que en Munich se desarrollaba al segundo episodio de la ofensiva roja. El 27
de febrero, y a consecuencia del asesinato del jefe comunista bávaro, Kurt Eisner, la
masa se adueñó del poder, y al cabo de pocos días (7 de abril) el Comité Central
Revolucionario proclamó la República Soviética (Ráterepublik). Actuaron de
consejeros del flamante régimen los rusos Levin, Axelrod y Lervien. Pero a mediados de
abril la ofensiva de las tropas de Noske puso fin a la odisea comunista bávara. El 2 de
mayo Munich cayó en su poder, después de porfiada lucha. Al cabo de pocos días
sucumbían también los focos espartaquistas de Leipzig y Dresde, en Sajonia.
En aquella coyuntura Alemania no sólo se apartó por sus propios medios del
comunismo, sino que elevó contra el Komintern un valladar infranqueable en la Europa
central. Esta experiencia fue decisiva en el cuadro de la revolución permanente
preconizada por Trotsky y Zinoviev. La revolución de las masas, realizada en Rusia
por el golpe de audacia de una minoría, sería imposible en Occidente sin una gran
catástrofe general que la precediera.

La revolución comunista en Hungría


El desplome de la monarquía danubiana de los Habsburgo había sido absoluto.
Después de la derrota de Vittorio Veneto el Imperio se había desintegrado, y mientras
en Austria los socialistas se adueñaban del poder, en Hungría asumió el gobierno (3
de noviembre de 1918) un Consejo Nacional presidido por el conde Karoly, un
demócrata partidario de los aliados. Karoly apenas pudo resistir algunos meses. Ante
la ofensiva de los checos y los rumanos, que sin esperar las condiciones del futuro
tratado de paz habíanse hecho dueños de Eslovaquia y Transilvania (diciembre de
1918), y ante el desbarajuste económico del país, amenazado por el hambre, entregó
el mando a los cabecillas del Partido Revolucionario, entre los que descollaba- el
agitador comunista Bela Kun (marzo de 1919). El nuevo gobierno fue saludado desde
el Kremlin como el anticipo de la Revolución que, desde Hungría, el "poderoso ejército
proletario" desencadenaría contra la capitalista Europa.
El gobierno comunista procedió a decretar las consabidas medidas
revolucionarias: socialización de la vivienda y las fábricas, de los bancos y
ferrocarriles, creación del Ejército Rojo y reparto de las tierras entre los aldeanos. Al
mismo tiempo, lanzó una ofensiva contra los checos, que fueron derrotados en
Miskolez y Kaschau (5 de junio). Pero no logró atraerse los favores de la Entente ni las
simpatías de los campesinos. Los aliados pusieron término, mediante un ultimátum, a
las proezas del ejército húngaro, y los antirrevolucionarios constituyeron en Arpad,
bajo la benévola protección de las tropas rumanas, un gobierno nacional (5 de mayo),
que unió a los conservadores del grupo del conde Bethen, con las fuerzas de la
antigua aristocracia militarista, cuyo jefe era el almirante Horthy. El 4 de agosto las
avanzadillas del ejército rumano entraron en Budapest, de donde acababan de huir
Bela Kun y sus secuaces terroristas; pero el almirante Horthy, nombrado regente del
país por el archiduque José en representación del emperador Carlos que se hallaba en
el exilio, demoró su entrada en la capital hasta el 14 de noviembre siguiente. El 1.0 de
marzo de 1920 fue reconocido "representante del poder real" por la Asamblea
Constituyente húngara, cargo que desempeñó hasta 1944 al fracasar el intento de
restauración monárquica del pretendiente Carlos de Habsburgo el 22 de octubre de
1921.
Hungría se escapó de esta suerte del lazo soviético. El triunfo de Bela Kun
habría representado el del comunismo en los Balcanes, y, desde luego, habría
estimulado los rescoldos espartaquistas en Alemania. Su fracaso retrasó en cerca de
treinta años la realización de los planes del Komintern.

La agitación revolucionaria en Occidente


La inquietud subversiva desencadenada en el mundo por el éxito de la
Revolución rusa de octubre, se manifestó en los países de Occidente en el fabuloso
desarrollo de las organizaciones sindicales y en la adopción por éstas de la ideología
de la violencia, ya en la forma comunista preconizada por Lenin, ya en los
procedimientos revolucionarios del sindicalismo de izquierda, alentados por la doctrina
de Sorel y estimulados por la Federación Anarquista Internacional. A pesar del fracaso
del espartaquismo alemán y del golpe de Estado comunista en Hungría, la coyuntura
económica de 1920 -alza inmoderada de precios en relación con los salarios- y los
nuevos triunfos del ejército soviético en Rusia y Polonia, hicieron creer a muchos que
la hora de la revolución mundial había sonado. Entre 1920 y 1926 los estados
occidentales tuvieron que enfrentarse con la clara decisión de los grupos directivos
obreros de llegar al poder por la fuerza, en particular mediante la declaración de la
huelga general revolucionaria.
Una experiencia de este tipo es la que se desencadenó en España a mediados
del mes de agosto de 1917, cuando la Unión General de Trabajadores, impulsada por
el Partido Socialista y los grupos republicanos, declaró la huelga general
revolucionaria. Fracasada ésta ante la energía que desplegó el gobierno conservador
de Eduardo Dato -quien muy pronto había de pagarla con su vida (1921)-, el obrerismo
extremista se refugió en los cuadros de la Confederación Nacional del Trabajo. De
1918 a 1923, las regiones industriales, en particular Cataluña, fueron teatro de
acontecimientos deplorables, tanto por la apasionada lucha entre patronos y obreros,
como por las rivalidades entre los Sindicatos Unicos y los Libres (estos últimos,
sindicatos blancos). Una oleada de terrorismo se abatió sobre el país, preparando los
ánimos de la burguesía para aceptar el golpe de Estado antiparlamentario del general
Miguel Primo de Rivera (13 de septiembre de 1923).
En Francia, la gran oleada huelguista corresponde al año 1920, cuando por tres
veces consecutivas la Confederación General del Trabajo fomentó la actitud rebelde
de los ferroviarios. En este caso, la habilidad y decisión del ministro Millerand salvaron
al país del caos en que pretendía hundírsele. Se hicieron las oportunas concesiones a
la mayoría obrera; pero se estableció firmemente el principio del orden público frente á
la minoría sindical revolucionaria. Esta política apaciguó los espíritus por mucho
tiempo.
La misma pacífica Inglaterra se dejó ganar por el gran contagio. El sesudo
tradeunionismo inglés se lanzó por la aventura de la huelga ferroviaria en septiembre
de 1919. Fue, todavía, una huelga de tipo corporativo. Más adelante, la cuestión
minera -problema no sólo de trabajo, sino de la economía nacional británica en su
conjunto- volvió a envenenar los espíritus. Los mineros ingleses intentaron en 1920 y
1921 arrastrar a los demás sindicatos a la huelga general para defender su punto de
vista. Entonces fracasaron sus esfuerzos. Pero, en 1926, ante un nuevo conflicto
promovido por las compañías hulleras, que intentaban rebajar el salario a sus obreros,
las Trade Unions decidieron apoyarles con todos sus medios. La huelga general fue
declarada el 5 de mayo. Secundada con significativa unanimidad por todos los afiliados
laborales, se frustró ante la decidida y no menos unánime voluntad del resto de la
nación de no dejarse imponer por unos métodos disconformes con la tradición política
británica. Siete días más tarde el gobierno Baldwin era dueño de la situación. Aunque la
huelga minera persistió otros seis meses, la experiencia había sido superada. Se
impuso en Inglaterra el buen sentido común, reflejo de la idiosincrasia nacional.
Por último, la situación en Italia se presentó en extremo amenazadora. El
desarrollo del sindicalismo fue seguido allí, como en España, por la práctica del
terrorismo y la huelga general. En 1921, aliados los ferroviarios con los sindicatos de
funcionarios públicos, provocaron un grave movimiento huelguístico, que no desembocó
en acción revolucionaria por la misma debilidad del gobierno. Este rescató el orden al
precio de humillantes condiciones. Igual que en España, esa intranquilidad preparó el
camino al establecimiento de la dictadura; en este caso, la de Mussolini.

EL REAJUSTE ECONOMICO
La técnica al servicio de la economía
A lo largo del siglo XIX la ciencia había aportado ingentes medios al desarrollo de
la producción y del transporte de mercancías. Sin embargo, todo ello era poco ante la
oleada de innovaciones técnicas con que se iba a enriquecer la Civilización Occidental
desde comienzos de nuestra centuria. Fruto de las especulaciones teóricas anteriores,
el hombre del siglo XX había de recogerlo en forma realmente portentosa.
Desde los albores de la centuria, el motor de combustión interna y la dinamo
revolucionaron los sistemas de transporte. El ferrocarril, cuyo monopolio parecía
imbatible, tuvo que inclinarse ante el automóvil y el avión. En 1894, el alemán Daimler
construyó el primer motor de cuatro tiempos, alimentado por aceites ligeros como la
bencina. Su idea cruzó muy pronto la frontera y halló imitadores en Inglaterra, Francia y,
sobre todo, en los Estados Unidos, donde el genio industrial de Henry Ford logró
convertirlo en instrumento de propulsión de un vehículo de tipo popular y el afán
aventurero de los hermanos Wright, de Dalton, en el motor de un aparato de vuelo más
pesado que el aire. En los años anteriores a la primera Guerra Mundial, la aviación
alcanzó gran desarrollo gracias al grupo francés que reunía a Bleriot, Farman y Santos
Dumont. El primero logró cruzar el canal de la Mancha en 1911. Dos años después, el
alemán Diesel inventaba el motor a tres tiempos, de aceites pesados.
Por aquella misma época, el ingeniero italiano Guglielmo Marconi (1874-1937) se
dedicaba a experimentar la eficacia transmisora de las ondas hertzianas. En 1895
anunció al mundo que había dominado el éter y que podía enviar mensajes telegráficos
sin necesidad de líneas conductoras. Las primeras pruebas se celebraron, con éxito, en
1897 y 1899. En 1901 se lograba comunicar por radio entre Cornualles (Inglaterra) y la
isla de Terranova, al otro lado del Atlántico. La telecomunicación era una realidad.
La Gran Guerra estimuló el desarrollo del automóvil, la aviación y la radio, que
llegaron a 1918 con sensibles perfeccionamientos. Aquél se enseñoreó de la carretera,
desde la que planteó una dura competencia al ferrocarril. El avión imperó en los aires
sobre los antiguos dirigibles, y cuando el joven norteamericano Lindbergh aterrizó en
Francia en mayo de 1927, después de haber salvado en una sola etapa el Atlántico en el
aparato Spirit of San Louis, quedó demostrado que podía convertirse en el rápido
enlace de los distintos continentes. En cuanto a la radio, a partir de 1923 se convirtió en
un instrumento de la cultura de las masas, por el establecimiento de innumerables
emisoras y la baratura de los aparatos receptores.
Es cierto que la Gran Guerra había dilapidado enormes recursos y que el progreso
técnico del siglo XIX derrochó tesoros naturales sin cuento. Pero las generaciones del
siglo XX superaron tales defectos acudiendo al aprovechamiento de nuevos recursos de
energía -como el de las plantas hidroeléctricas- o a la aplicación de la química a la
fabricación de productos artificiales. Estos tuvieron su desarrollo en la Alemania de 1914
a 1918, atenazada por el bloqueo aliado. La obtención del nitrógeno sintético (1914)
preludió el descubrimiento de la huna o caucho artificial y de la bencina sintética.
Hoffmann y Harries fueron los que, en 1910, revalorizaron el sistema descubierto en
1879 por Bouchardat respecto a las gomas sintéticas; en cuanto a la bencina artificial, el
inventor del método fue el alemán Fischer en 1925. Un mundo de productos de creación
humana: sedas artificiales, del tipo rayon; lanas, del tipo lanosa; fibras consistentes, del
tipo nylon (1929); resinas sintéticas, del tipo plexiglás etc., invadieron el mercado y
dieron al hombre oportunidades de comodidad y satisfacción hasta entonces
desconocidas.

Supercapitalismo y prosperidad ficticia


La guerra había arruinado la prosperidad de Europa; los tratados de paz
desarticularon su economía en zonas tan neurálgicas como el Ruhr, el Sarre, Silesia y
Austria-Hungría. Las reparaciones y la devolución de los préstamos de guerra echaban
los capitales a un "pozo sin fondo", según frase de Adolf Weber. Pero el mundo no se dio
cuenta de ello. En lugar de meditar sobre las causas económicas del conflicto bélico y los
remedios para orillarlas, se lanzó alegremente por la pendiente de la inflación y de los
grandes negocios. Así, la mayor amenaza que pesó sobre la organización capitalista
de Occidente se convirtió, paradójicamente, en el período de su mayor esplendor. Un
esplendor tan sólo de fachada. Porque tremendas fuerzas consumían interiormente al
Supercapitalismo.
Creemos. que todavía es prematuro definir los rasgos de este tipo de
organización económica. Sin embargo, algunos hechos son tan evidentes que nadie
puede ya negarlos. Uno de ellos es que del portentoso aumento de riquezas que
experimentó el mundo entre 1918 y 1929 sólo una ínfima parte recayó en la masa del
pueblo; el gran bocado se lo zamparon unos cuantos. Las cifras lo evidencian: en
10000 millones de dólares se calculan los beneficios de la producción norteamericana
en ese período; de ellos, sólo 600 revirtieron a las clases humildes. Así se constituyó
una minoría de poderosos, los multimillonarios, árbitros, por el peso de su influencia
financiera e industrial, del destino de la economía del mundo: las "déux-cents familles"
francesas y los seiscientos "newyorkers", por ejemplo. Ellos dominaron los grandes
trusts: Rockefeller, la Standard Oil; Deterding, la Royal Dutch-Shell, en el campo del
petróleo; Thyssen, la Compañía de Fundiciones Unidas del Acero, fundada en
Alemania en 1926 sobre la antigua Unión de Fundidores de Acero; Creusot, el Comité
des Forge francés; Leber, la industria química inglesa, representada en la Imperial
Chemical Limited; Du Pont y la Farbengesellschaft, la industria química en los Estados
Unidos y Alemania, respectivamente.
Sentado este hecho, otras particularidades del Supercapitalismo fueron el
desarrollo de la organización científica del trabajo y la normalización de los productos,
esto es, la reducción a algunos tipos de las piezas elaboradas. Ambos métodos
permitieron elevar las cifras industriales a una velocidad vertiginosa, sin sopesar si el
mundo podría absorberlas. Para estimular a los compradores se recurrió a
procedimientos viciosos, como el desarrollo exagerado de la propaganda, la
competencia desleal y la conexión de créditos (venta a plazos). Así toda la vida
económica empezó a girar alrededor de dos postulados que se perseguían sin cesar
en busca de un equilibrio inestable: producción y venta en masa.
En el aspecto internacional el Supercapitalismo recurrió a métodos deplorables,
los cuales demostraron que no era capaz de organizar la distribución de las riquezas
de la Tierra y alimentaron las campañas comunistas. En unos países estableció
monocultivos, sujetando las economías nacionales respectivas a un peligroso
desarrollo unilateral (azúcar en Cuba; café en el Brasil; bananas en América Central,
etc.); en otros, ya después de la crisis de 1929, acudió a la limitación de cosechas o a
su destrucción. La quema del café y el maíz en el Brasil y Argentina; la reducción de la
superficie del cultivo algodonero en los Estados Unidos, y tantos otros ejemplos de
autolimitación de los bienes económicos, demostraron que el mundo marchaba mal
sobre aquellas bases.

La crisis de 1929 y el paro forzoso


Hasta 1929 nadie pareció darse cuenta de ello. Se respiraba el clima de la oleada
de prosperidad subsiguiente a la guerra. De pronto, empezaron a manifestarse los
síntomas de un profundo desasosiego. Las mercancías almacenadas a causa de la
superproducción creciente, empezaron a no hallar comprador. El mundo industrial se
tambaleó a fines de 1928, y detrás de él siguió el de los agricultores. Cuando los bancos
intentaron hacer frente a sus responsabilidades, sólo hallaron entre sus relaciones
clientes insolventes. En esta atmósfera sobrevino el tremendo bajón de los valores
bursátiles en la bolsa de Nueva York el 19 de octubre de 1929. En pocos días se
hundieron los precios; a fines de mes, el valor conjunto de las acciones había
disminuido 25 000 millones de dólares. Quebraron 6 000 bancos y se arruinaron
millones de norteamericanos. La época de la "prosperidad dorada" terminaba en una
enorme catástrofe.
¿Duraría meses como las crisis anteriores? Ante la estupefacción de los
economistas las cosas marcharon por otro camino. Los Estados Unidos, para cubrirse,
reembolsaron los créditos a corto plazo concedidos a Austria y Alemania. Allí se
arruinaron el Boden Kredit Anstalt y el Osterreichische Kredit Anstalt (11 de mayo
de 1931). En Alemania, a pesar de las medidas que se dictaron para evitar la evasión
del oro ("divisas congeladas"), no pudo ponerse un valladar a la oleada derrotista: el
Darmstüdter und Nationalbank, una de las entidades de mayor peso en las finanzas
teutonas, se hundió el 3 de julio siguiente. Esta quiebra fue decisiva, pues conmovió los
cimientos de la banca inglesa. A pesar del auxilio que recibió de Francia y los Estados
Unidos, el Banco de Londres se vio impotente para hacer frente a la riada de peticiones
de reembolso de créditos que se le dirigían de todas partes, y, en consecuencia, el
gobierno inglés decidió, el 20 de septiembre, no garantizar la libra esterlina por el oro.
Esta trascendental medida, que sacrificaba una tradición de cuatro siglos, implicó el
abandono del patrón oro por parte de los países del área de la esterlina: los Dominios
británicos, Suecia, Portugal, Dinamarca, Noruega, el Japón, etc. De este modo, un
nuevo elemento de desorden se añadió al desbarajuste económico internacional.
La extensión de la crisis demostró muy pronto que no se trataba de una de tantas
enfermedades crónicas del sistema capitalista, sino que esta vez el mal estaba tan
arraigado que incluso podía acabar con este mismo sistema. Uno de los resultados más
tristes fue la aparición de las innúmeras legiones de obreros en paro forzoso, gente que
no podía dar de comer a su familia porque se le negaba el derecho al trabajo. Así se
constituyeron los ejércitos de menesterosos en los Estados Unidos (10 000 000),
Alemania (2 500 000), Inglaterra (2 300 000) y Francia (2 000 000). Estas cifras
tendieron a aumentar desde 1929 a 1933. El espectro de la guerra y la revolución
aleteaba sobre este anonimato de la miseria del mundo capitalista. Los obreros sin
trabajo, en efecto, permitieron el desarrollo del nacismo y el comunismo en Alemania y
orientaron el país hacia la política suicida de Hitler y su grupo.

La resurrección del mercantilismo: la autarquía


En los años anteriores a la primera Guerra Mundial, el francés G. de Molinari
había proclamado aún su triple fe en la libertad, la ciencia y el progreso, erigiéndose en
el patriarca del ultraliberalismo y del antiestatismo. Pero por aquel entonces el
librecambismo se veía batido en brecha por el egoísmo nacional, fomentado en las
principales potencias por el imperialismo económico. El deseo de proteger las industrias
nacientes o de evitar la competencia ruinosa de otros países, decidió a los gobiernos,
entre 1870 y 1880, a elevar determinadas tarifas aduaneras. Iniciaron este sistema, en
1876, los Estados Unidos y Rusia, aquéllos para proteger el desarrollo de su industria
metalúrgica, y siguieron por el mismo camino España en 1877 e Italia al siguiente año.
Pero la campanada la dio Alemania en 1879, cuando Bismarck hizo aprobar por el
Reichstag nuevos aranceles sobre los cereales, los tejidos, la carne y el hierro. Francia
y Austria imitaron tal ejemplo en 1881.
Sin embargo, el librecambismo continuaba siendo un dogma, respecto del cual el
proteccionismo moderado de preguerra sólo representaba una ligera heterodoxia en la
práctica de los negocios públicos. La conflagración bélica de 1914 a 1918 y la
economía nacionalizada de los Soviets constituyeron revulsivos tremendos. Rathenau,
en Alemania, se convirtió en el precursor de las modernas autarquías: un estado
bastándose a sí mismo, como meta feliz de los nacionalismos intransigentes.
La crisis económica de 1929 decidió la suerte del librecambismo, por lo menos
como fórmula ideológica vinculada al capitalismo nacionalista. No sólo el ejemplo de los
planes quinquenales rusos era altamente sugestivo, sino que en la conciencia de los
economistas se revalorizaron las teorías de los adversarios del liberalismo
decimonónico: la de List, en Alemania; la de Frédéric Le Play, en Francia, este último
apóstol de la escuela familiar (Organisation du travail, 1870). Por otra parte, los
gobiernos debieron hacer frente a la crisis general acudiendo a determinadas medidas
de emergencia, todas las cuales ahondaron la tumba del librecambismo: erección de
barreras aduaneras casi infranqueables; congelación de divisas; introducción de
organismos de control de pagos internacionales; establecimiento del sistema de
clearing o de acuerdos por compensación; fijación de los cupos o contingentes de
materias a exportar e importar. El poder del Estado se hinchó a compás de la aplicación
de tales medidas, y obsequiosos teóricos acudieron solícitos a justificarlas elaborando la
teoría de la economía orgánica popular y de la autarquía económica. Cuando el 29 de
febrero de 1932 Gran Bretaña renunció al librecambismo, pareció clausurarse un
período histórico. Sin embargo, cabe hacer una distinción: el neomercantilismo fue un
recurso heroico para evitar el desplome de la sociedad capitalista; la autarquía,, una
medida de combate con una sola finalidad: la guerra. No deben confundirse ambos
términos.

Planificación y masificación
Como último término de la evolución de la economía moderna por el camino del
neomercantilismo y la socialización, nos hallamos ante la voluntad planificadora del
Estado. Sea o no ésta una consecuencia del impacto soviético en el mundo
occidental*, lo cierto es que representa el polo opuesto del principio liberal e
individualista del laissez faire. Substituyendo el individuo en su plena libertad de
acción, el Estado se irguió como director y dictador de la vida económica, por lo menos
en los países más atrasados industrialmente o en aquellos sujetos a una
desorganización tradicional en su ordenación capitalista.
La polémica suscitada alrededor de este hecho coincide con los apasionados
debates que caracterizan la crisis del siglo XX. Pero no cabe la menor duda de que las
cándidas masas de todo el mundo quedaron profundamente emocionadas ante las
gigantescas realizaciones soviéticas o bien ante las no menos colosales obras
públicas alemanas. Despojando ambos fenómenos del factor de propaganda y de la
fachada que ocultaba la triste realidad de ciertos episodios, es cierto que los logros de
las economías planificadoras sorprendieron y maravillaron aun a los más encendidos
adversarios de ambos regímenes. Magnitogorsk, en Rusia, y las autopistas de Hitler,
en Alemania, tradujeron los éxitos de unas innegables realizaciones humanas.
El ejemplo de la U.R.S.S. fue se ido en Polonia, donde la C.O.P. se propuso
restaurar la destrozada economía del oeste del país, tradicionalmente pobre por
enfrentarse allí, durante un siglo, tres fronteras y tres concepciones de la vida; en
Alemania, donde los nacis elaboraron el Plan Cuatrienal de Góring (1934-1938), que
debía desembocar en la preparación efectiva de la fuerza combativa del país; en Italia,
sujeta a rigurosas medidas de fiscalización estatal por el fascismo; e incluso había de
alcanzar las diplomacias. El New Deal, política que los demócratas norteamericanos
proclamaron desde su reconquista del poder en 1933, contenía muchos elementos de
planificación, entre los cuales el del aprovechamiento integral de la energía hidráulica -
la denominada Project Work Administration- y el de la extensión de los beneficios
de la industrialización moderna al pueblo -la Work Public Administration. Con el
advenimiento del laborismo al poder en Gran Bretaña después de las elecciones
generales de 1945, quedó completada la adscripción de los estados a la nueva política
planificadora, ordenancista y socializante.
Este hecho ha arruinado la potencialidad de las antiguas clases sociales frente
al Estado. Al pensar en cifras y no en individuos, en valores estadísticos y no en
almas, el Minotauro ha fomentado en todas partes la masificación del país. Y a través
de ella ha surgido la nueva fórmula del Estado de los managers, de los técnicos
competentes en la resolución de los grandes problemas de la sociedad en sus facetas
puramente materiales.

LA REVOLUCION INTELECTUAL
Un decenio decisivo
Durante una treintena de siglos, prescindiendo de los períodos de escaso
desarrollo cultural, la humanidad de las Culturas Helenística y Occidental había
comulgado en el mismo ideal lógico y científico: existía una materia regulada por leyes
que podían determinarse de conformidad con las normas del pensamiento humano;
existía un mundo que respondía a esas leyes de la materia. El hombre se sentía
seguro en su pequeño rincón del Universo, tanto más cuanto desde el Renacimiento la
"razón raciocinante" le había demostrado, una y otra vez, que todo marchaba de
acuerdo con sus planes. El materialismo finisecular del siglo XIX se basaba en esta
seguridad olímpica.
En el corto intervalo de diez años, de 1895 a 1905, una serie de sensacionales
descubrimientos vinieron a perturbar hasta lo más hondo el edificio de la ciencia
occidental. Recapitulémoslos. En 1895, el alemán Róntgen descubrió que ciertas
radiaciones eléctricas -los llamados rayos X-, impresionaban la placa fotográfica a
través de los cuerpos opacos. Un año después, el francés Becquerel definió el poder
radiactivo del uranio, el más pesado de lbs átomos. En 1898 los esposos Curie
lograban aislar el radio de la pechblenda bohemia: un mineral extraño que se
comportaba raramente. En 1899 Hilbert daba una resonante campanada negando un
valor decisivo a la Geometría euclidiana, basada en la pura intuición del espacio, y
demostrando que podía partirse del principio dé establecer postulados arbitrarios,
entre los cuales el matemático podía escoger los más convenientes para sus fines. En
1900 el físico alemán Planck emitió su famosa hipótesis de los quanta: la energía no
era continua, como había venido sosteniéndose, sino que, por el contrario, se perdía
por saltos bruscos, imprevisibles, por múltiples enteros de una "cantidad mínima
(quantum) proporcional a la frecuencia de la radiación". Apenas los físicos del mundo
entero habían salido de su sorpresa, cuando el inglés Fitzgerald dio a la publicidad su
sensacional teoría de que "todo cuerpo material que se mueve a través del éter en
reposo se acorta 'tanto más cuanto mayor es su velocidad". Adiós a las medidas fijas e
inalterables, a la conmensurabilidad determinada de la materia.
Pero la bomba de mayor alcance lanzóla en 1905 un joven científico alemán, de
ascendencia judía, Albert Einstein. En aquella fecha anunció la primera ley de la
relatividad (la restringida): "en el mundo no hay punto fijo de referencia para medir las
distancias". Basándose en la comprobación empírica de que lo único constante es la
velocidad de la luz, rebatió la validez de la física newtoniana, sobre todo el principio
fundamental del tiempo absoluto, único e idéntico a sí mismo. Según Einstein el tiempo
se reducía a una medida que disminuía con la velocidad y se anulaba si alcanzaba la
velocidad de la luz. Con ello desapareció toda noción de pasado y futuro en la decisiva
unión del tiempo y del espacio.

Persiguiendo la constitución del átomo


Lo más curioso de las teorías expresadas en el decisivo decenio a que acabamos
de aludir, es que se basaban en hechos sujetos a la evidencia de la experimentación y
resolvían problemas ante los cuales se había estrellado antes la física clásica. Las
experiencias cruciales de 1919 y 1922, que comprobaron la curvatura de los rayos
luminosos de las estrellas, y la explicación del corrimiento del perihelio del planeta
Mercurio, demostraron que Einstein, y no Newton, tenía razón.
Estas bases permitieron trazar un nuevo panorama de la constitución del
Universo. En 1915 el mismo Einstein anunció el principio de la relatividad general, y con
él la "ecuación cosmológica", o sea la adecuación entre el contenido del espacio y la
geometría del mismo. El físico alemán definió la existencia de un mundo
tetradimensional, producido por un nuevo ente, el espacio-tiempo, que se curvaba ante
la presencia de la materia. En consecuencia, el Universo no era infinito, como sostenía
la física newtoniana, sino finito, y, además, lleno de materia y desprovisto de
movimiento.
Basándose en los mismos resultados conseguidos por Einstein, el astrónomo
holandés De Sitter llegó, en 1917, a conclusiones totalmente distintas. Según él el
Universo estaba desprovisto de materia y afectado por una agitación constante; un
mundo finito en movimiento. El puente entre las dos teorías lo echaron los astrónomos
Lemaitre y Friedmann, al sostener, basándose en la experiencia de las desviaciones
espectroscópicas de la luz de las estrellas hacia el rojo, que el Universo se hallaba en
expansión y que pasaba del Cosmos einsteniano al Cosmos de De Sitter. El inglés
Eddington defendió y desarrolló esta teoría, gracias a sus profundos estudios sobre las
más lejanas galaxias del firmamento.
Tales conclusiones hicieron tambalear el pensamiento científico. Todo lo que
antes parecía sólido se derrumbaba ante un mundo que, según frase del astrónomo
James Jeans, había estallado cual pompa de jabón y se disgregaba a velocidades
vertiginosas. Para comprender tales hechos fue preciso admitir que las fórmulas lógicas
utilizadas hasta entonces eran en extremo rudimentarias. A tal conclusión llegó el polaco
Lukasiewig en 1920, cuando hendió el último reducto de la física aristotélica al negar
validez a los principios de contradicción y de tercero excluido, y proclamar la realidad de
una lógica de valores infinitos. Reichenbach, en 1925, acentuó la división entre el
pensamiento cuantitativo o métrico, para el que eran válidos aquellos principios, y el
cualitativo o topológico, en el que predominaba la lógica polivalente.
Se acababa de dar un gigantesco salto en el vacío. El macrocosmos aparecía
como la nada en un espacio enorme; los astros eran motas de polvo en un mundo que
se curvaba. La conciencia humana habría de acostumbrarse a pensar en cuatro
dimensiones. Pero, al mismo tiempo, la materia se deshacía bajo sus propios pies en las
espectaculares investigaciones atómicas. En 1897, durante el "decenio decisivo", el
inglés J. Thompson descubrió que el átomo desprendía corpúsculos cargados de
electricidad negativa, a los que denominó electrones. Este hallazgo alteró
profundamente las ideas de los físicos y de los químicos sobre la constitución de la
materia, que hasta entonces se juzgaba indivisible en la rudimentaria simplicidad de los
elementos de la escala periódica. Las consecuencias del principio establecido por
Thompson se dedujeron en su plenitud cuando, pocos años después, el inglés lord
Rutherford, bombardeando átomos de oro con partículas radiactivas alfa, descubrió el
sistema planetario atómico. Los electrones giraban vertiginosamente alrededor de un
elemento, el protón (lo que es primero), cargado de electricidad positiva. Esto destruyó
la idea de la solidez del átomo. Lo que durante tanto tiempo se había considerado como
sillar fundamental de la materia, se desvanecía en la nada. Mejor dicho, se reducía a
una carga eléctrica que mantenía solidarios los electrones de sus protones.
Estos resultados indujeron a Rutherfort a admitir que la radiación no significaba
pérdida de materia, sino de energía, lo que estaba en aparente contradicción con la
teoría de los quanta, de Planck, que ya hemos indicado. Fue el danés Niels Bohr quien,
en 1913, concilió el pensamiento de uno con las experiencias del otro describiendo la
formación planetaria del átomo: los electrones tenían sus propias órbitas y sólo se
desprendían bruscamente de ellas por pérdida de su frecuencia de radiación.
Establecidos tales hechos, las investigaciones atómicas progresaron
vertiginosamente. Mientras las experiencias de Chadwick y Anderson llevaban al
descubrimiento de nuevos elementos del átomo (el neutrón y el positrón,
respectivamente, 1932), otros investigadores se preocupaban de situar las nuevas
comprobaciones en el campo de la física general. Así el alemán Heisenberg llegó, en
1927, a la conclusión de que, por lo menos en el campo nuclear, no era aplicable el
principio de causalidad y que en la mecánica cuántica predominaba el de incertidumbre.
Por otro lado, el francés De Broglie daba carpetazo a la polémica secular entre los
partidarios de la teoría ondulatoria o corpuscular de la luz (sostenidas, respectivamente,
por los adeptos de Huyghens o de Newton), y afirmaba que materia y onda eran dos
fenómenos complementarios, las dos caras de la misma moneda. Pero, ¿cómo podía
comprenderse la noción de materia inmaterial?
Quedaba establecida una nueva y genial hipótesis de trabajo. Aventurándose por
el camino de lo desconocido, un grupo de investigadores atómicos trabajaba mientras
tanto en el arduo problema de liberar la energía que mantenía unido el edificio
interatómico. Fermi, en Italia; Oppenheimer y Chadwick, en Inglaterra; Joliot-Curie, en
Francia; Hahn, Frisch y Lisa Meisner, en Alemania; y Lawrence y Urey, en los Estados
Unidos, alcanzaron progresivos resultados positivos entre 1918 y 1939. Los
acontecimientos políticos en Europa y la guerra subsiguiente aglutinaron a tales
investigadores en dos grupos: el inglés y el norteamericano. La concentración de
esfuerzos y la importancia de los recursos económicos puestos a su disposición, les
permitieron llevar a la práctica lo que desde 1942 era ya un resultado de laboratorio: la
desintegración del átomo de uranio por la reacción en cadena. El 26 de julio de 1945, en
los desiertos de Nueva Méjico, se verificó la primera experiencia decisiva. La era
atómica, con todas sus enormes y tremendas posibilidades, se había inaugurado.

Las nuevas dimensiones del hombre


Contra lo que podía suponerse, el hombre no quedó relegado a segundo término
por la Revolución Intelectual del siglo XX. Al contrario, la ciencia ahondó en su estudio
mucho más que en otros tiempos. Así se hallaron nuevas dimensiones a su existencia y
a su ser, que plantearon problemas de magnitud desconocida.
En primer lugar, las investigaciones geológicas, paleontológicas y prehistóricas,
desarrolladas por una pléyade de científicos entusiastas, no sólo consiguieron
restablecer a grandes rasgos el pasado primitivo de la humanidad, sino que fijaron
definitivamente el límite mínimo de los años que cabía atribuir a ese período. Y ante la
estupefacción de muchos, las cifras del origen de la especie humana fueron
retrocediendo en el tiempo, hasta quedar situadas, por los más precavidos, en el
medio millón de años antes de la actualidad. Tal comprobación significaba, de
rechazo, que la vida civilizada era sólo una ligera epidermis en el proceso
multimilenario de la Historia. Tesis de graves consecuencias en el futuro desarrollo de
la mentalidad contemporánea.
Al prodigioso ensanchamiento de la temporalidad humana, respondió una no
menos rica profundización en sus últimos reductos mentales. Contra la teoría de los
fisiologistas de la escuela de Pavlov, que en los países anglosajones formó el grupo de
los behavioristas u obetivistas, los cuales negaban todo comportamiento independiente
de los reflejos ísicos, se elaboró en Austria, alrededor del judío Sigmund Freud (1856-
1939), el grupo de los partidarios del psicoanálisis. Estos se compluguieron en bucear
en los estratos de lo que llamaron "subconciencia", es decir, en los repliegues de los
impulsos reprimidos. Una nueva técnica médica, la psicopatología, nació al conjuro de
tales escarceos; pero, al mismo tiempo, se desplegaron ante la humanidad los
procelosos abismos de las mentes retorcidas, inseguras y egoístas: la cuarta y turbia
dimensión del ser humano.
Al cual, por otra parte, se le intentó ofrecer una nueva explicación de la vida, de
su propia vida como individúo y como colectividad. El materialismo finisecular no podía
procurarle más que un amargo pesimismo. La reacción fue múltiple. Aparte la
afirmación de la corriente católica, que en el siglo XIX halla su mejor exponente en el
libro La connaissance de Dieu del padre Auguste Gratry (1805-1872), y en el actual en
la revalorización del aristotelismo por el austriaco Franz Brentano (1838-1917), los
filósofos procuraron rescatar el pensamiento occidental del marasmo a que lo habían
llevado el idealismo y el historicismo. El francés Bergson con el desarrollo de la
intuición; los alemanes Edmund Husserl (1859-1937) y Max Scheller (1874-1928), con
sus aportaciones respectivas sobre la fenomenología y la filosofía de los valores,
señalaron el retorno a las grandes exposiciones metafísicas del pasado, hechas
inevitables desde el momento en que la física no podía explicar la razón del nuevo
mundo astronómico y atómico que acababa de descubrir. En la actualidad, el intento
metafísico más pujante lo realiza Martín Heidegger (n. en 1889) a través de la filosofía
existencialista expuesta en su obra Sein und Zeit.
La busca de una nueva expresión estética. La nueva centuria inicióse en
Occidente con un formidable hastío respecto de lo que se denominó arte burgués. Se
consideraba que cuanto logró el hombre hasta aquel entonces, a partir de las primeras
realizaciones helénicas, había apurado todos los caminos y que era preciso buscar
una nueva senda, que excluyera el hedonismo y el academismo del arte. Ser original,
expresar la angustia del momento, iniciar nuevas modalidades estéticas, fueron ideas
básicas de una generación que, en lo estético, se creyó destinada a redimir la vida de
lo chabacano, lo erótico y la comodidad placentera.
Aún coleaba el impresionismo finisecular -el "papa de Giverny", Monet, vivió hasta
1926-, cuando se lanzaron los primeros hachazos contra los estilos imperantes.
Cézanne, Van Gogh y Gauguin, cada uno por su lado, buscaron la fórmula de
redención. El primero (1839-1906) renovó la pintura retornando a los principios del
clasicismo vivo, construyendo sus telas con honradez matemática, casi con el empleo
de los principios de la geometría del espacio. El holandés Vincent Van Gogh (1853-
1890) hirió al público con la vibrante energía y la tumultuaria emotividad de su lacerada
existencia. Paul Gauguin (1848-1903) restauró el valor de lo primitivo, por cuya senda
debió acompañarle el aparentemente ingenuo Henri Rousseau (1894-1910).
Las obras de estos artistas triunfaron entre 1900 y 1910, mientras en Europa
dominaban las abigarradas formas decorativas del modern style. Del grupo modernista
nació la ulterior afirmación de las corrientes estéticas actuales, cuyos prolegómenos se
expresaron en el cubismo y el futurismo. Cubismo fue un arte abstracto, geometrizante,
desmembrado, que intentó exponer el caos del mundo moderno: Pablo Picasso (n. en
1881), su pontífice máximo, arrolló el gusto burgués y lo encadenó a representaciones
indescifrables. El futurismo se incubó en Italia y halló en el poeta F.T. Marinetti (1876-
1944) el numen de sus doctrinas (1909): condena del arte renacentista, enaltecimiento
de la técnica y la civilización moderna, dinamismo, movimiento, centelleo.
Pero aún quedaba una tercera posibilidad, implícita en las dos precedentes: el
subjetivismo. Esta corriente, relacionada con el primitivismo, el infantilismo y el
psicoanálisis, desembocó en el superrealismo, que hizo furor en Europa durante el
Período intermedio. Hoy no existe suficiente perspectiva para darle un valor adecuado al
peso que puede ejercer en el futuro. Prescindiendo de las polémicas que ha levantado,
parece erigirse cómo plasmación del irracionalismo intuitivista de la época de
preponderancia del fascismo en el continente.
Sin embargo, prescindiendo de las especulaciones de esa minoría, el arte
moderno es, sin duda, arte de masas al servicio del estado totalitario. Un estilo común
inspirado en el neoclasicismo de Le Corbusier, seudónimo del arquitecto suizo, Carlos
Eduardo Jeanneret (1887-1965), trascendido por las aspiraciones técnicas del siglo, se
ha difundido por el Ecumene, imponiendo el colosalismo funcionalista en la arquitectura
y el seudoprimitivismo de masas en los grandes frescos decorativos de los palacios de
Moscú, Berlín, Roma, Madrid, Washington, Méjico, Buenos Aires y Nueva Delhi.

El catolicismo frente a la Revolución Intelectual


La Iglesia católica, cuya disconformidad con el espíritu inicial del siglo XX
habían puesto de relieve las encíclicas Lamentabili y Pascendi de Pío X, chocó de
modo violento con las sucesivas manifestaciones del mismo en el campo religioso,
social, político y cultural. Mientras por un perfeccionamiento creciente de la educación
del clero en seminarios y universidades católicas, la jerarquía eclesiástica alcanzaba
un nivel intelectual y un prestigio moral raras veces igualado, los acerados dardos de
las doctrinas materialistas y nacionalistas la sometían a un nuevo martirio. Ecuménica
y liberal por su misma esencia, fue combatida en nombre de un trasnochado
anticlericalismo como defensora de insostenibles errores científicos; como aparente
sostén del régimen capitalista imperante y por su calidad de paladín de la
autodeterminación individual. Los mitos del siglo XX: racismo, materialismo,
cesaropapismo y totalitarismo, el culto a la violencia, desataron contra la religión las
más tremendas oleadas persecutorias que recuerda la Historia desde la época anterior
a Constantino el Grande. Son hechos probados las persecuciones religiosas en
Portugal, Méjico, Rusia, Alemania y España durante el Período Intermedio; en Polonia,
Checoslovaquia, Hungría y Yugoslavia después de 1945. Millares de sacerdotes
sucumbieron ante las fuerzas desencadenadas por Nietzsche, Sorel, Lenin y sus
exégetas.
Pero la misma entidad de la dura prueba ha robustecido, como es evidente, la
posición moral e internacional de la iglesia. Las tempestades de los últimos treinta
años y la crisis moral que ha dimanado de ellas, la miseria, el hambre y la muerte, han
llevado a sus reductos nuevos fieles. El activismo religioso fue fomentado por el papa
Pío XI (1922-1939), fundador de Acción Católica y gran impulsor de la irradiación
misionera. Su fuerte personalidad se manifestó combatiendo el marxismo (encíclica
Divini Redemptoris, de 1937) y el totalitarismo (encíclica Mit brennender Sorge,
de 1937), e instituyendo la doctrina social del reino de Cristo, como única posibilidad
de hallar el puerto de salvación ante los embates de las presentes discordias
humanas.
Algunos autores de la escuela objetivista americana intitulan la presente etapa
de la vida de la Iglesia con la aparatosa frase: "ocaso de la religión tradicional". Aluden
a la existencia de un nutrido grupo de cristianos "nominales", que, habiendo
reconocido la imposibilidad de hacer compatible el dogma con la ciencia, son simples
adherentes al culto católico o protestante. Se refieren también al grupo de los
cristianos "esteticistas", atraídos por la grandeza del simbolismo litúrgico y el
misticismo de las piadosas tradiciones medievales. Pero, como muchos precursores
suyos, han pronunciado anticipadamente el delenda! El pontificado de Pío XII (desde
1939) ha demostrado, por el contrario, la irreductible firmeza y seguridad espiritual del
Pontificado y la posibilidad de hallar una solución a la crisis del siglo XX mediante la
práctica de sus más específicas tradiciones: la libertad consubstancial al cristiano, el
amor al prójimo y la práctica de un código de estricta y verdadera justicia social en las
relaciones del mundo del trabajo.

EL ESTADO TOTALITARIO
La formación de los mitos totalitarios
El fenómeno político, social y económico que define mejor la primera mitad del
siglo XX es el llamado Estado totalitario, en otros términos, la erección del poder del
Minotauro a la categoría de único sujeto de la Historia. Tal formación política no ha sido
producto de un azaroso destino. Ha venido implicada por multiplicidad de factores, a los
cuales ya hemos aludido en los apartados anteriores. Recordémoslos: la consideración
marxista del Estado como instrumento para llevar a cabo por la violencia la revolución
social; las necesidades de la economía de masas, reclamando, de un lado, mayor
seguridad, aun a costa del sacrificio del ideal liberal, y, de otro, la ordenación de los
recursos económicos del país; y, en fin, las exigencias del progreso científico, cuyo
elevado coste sólo puede ser financiado por la colectividad pública. Es fácil, pues,
encontrar sus precedentes en el llamado "socialismo de Estado", que preconizaron
muchos revisionistas del marxismo a finales del siglo XIX.
Pero la agresividad e intolerancia del Estado totalitario del siglo actual surgió de
unos mitos ideológicos mucho más poderosos. En primer lugar, el nacionalismo. A
medida que transcurren los años aparecen con más claridad los calamitosos efectos de
la inyección romántica en el complicado mecanismo de los estados decimonónicos. El
dulce amor a la patria y a la dinastía, propios de esa sabia fórmula que fue el siglo XVIII,
se encalabrinaron con el apasionante culto a la nación. Reverdecieron entonces odios
seculares, se escribió la Historia en sentido vindicativo y se abrieron de nuevo las llagas
del pasado. Los idiomas fueron exaltados o perseguidos, en una pugna que
estigmatizará para siempre la cultura de las naciones opresoras, e incluso se cambiaron
apellidos para legitimar fronteras y razas. Este nacionalismo desembocó,
necesariamente, en la megalomanía colectiva, en el sacrificio de los intereses
individuales ante el altar del Estado, que desde Hegel se consideraba como la
realización perfecta de lo social en el plano histórico. En vez de apaciguar los ánimos, la
guerra de 1914 a 1918 los exaltó a extremos hiperestésicos.
En estas circunstancias, afluyeron al nacionalismo varias corrientes ideológicas
que, conjugándose en una mezcla explosiva lo convirtieron en el destructor del orden
internacional y cultural europeo. De un lado, el futurismo dinamizante, que convenció a
los prefascistas italianos de la necesidad de la acción; de otro, las doctrinas
anticristianas de Sorel y Nietzsche, que preconizaban el recurso de la fuerza y la
dirección de la Historia por los superhombres. De ellas ya nos hemos ocupado antes.
Señalemos ahora la incorporación de dos nuevos mitos: el de la clase dirigente,
elaborada por los italianos Gaetano Mosca y Rodolfo de Mattei, y el del racismo
antropológico. Los primeros sostenían que todo sistema de gobierno se realiza a
través de una clase política, y que ella, distinta en cada circunstancia histórica, es la
que tiene la intuición del futuro del país; por esto el pueblo debe someterse
incondicionalmente a su dirección y gobierno. El segundo tuvo como precursor al
francés Josef Arthur de Gobineau (1816-1882), un aristócrata que en su Ensayo sobre
la desigualdad de las razas humanas (1854), quiso justificar la Revolución francesa
por la extinción de la pretendida vieja nobleza de ascendencia germana. El culto al
hombre rubio recibió un importante desarrollo a fines de la centuria gracias a la obra
del alemán, de origen inglés, Houston Stewart Chamberlain (1855-1927), quien, en su
estudio Las bases del siglo XX puso de relieve la importancia histórica del "tipo moral
nórdico". Recogida esta idea por los chovinistas y militaristas alemanes, comentada y
apoyada por el grupo de historiadores y prehistoriadores encabezado por Schmidt y
Kossina, derivó fatalmente hacia la apología de la raza, como fuerza telúrica que
hallaba su expresión en un caudillo y su coraza de defensa en el Estado.

La revolución nacionalista en Turquía


Cuando en 1918 el ejército otomano tuvo que deponer las armas y el Imperio se
vio acorralado y en trance de disolución, una inesperada reacción patriótica llevó el
poder a los partidarios de la Joven Turquía, quienes, desde 1876, habían luchado para
imponer al país las fórmulas culturales de Occidente. El jefe del grupo era el general
Mustafá Kemal (1880-1937), quien, desde sus primeros pasos en la vida militar, se
había distinguido como elemento liberal. En Salónica, su patria, había fundado en
1904 la "Asociación Unión y Progreso", que debía participar en el golpe revolucionario
de 1908. Combatiente como coronel en Gallípoli y como general en Siria, el armisticio
de Mudros diole la razón de su actividad política: el Imperio deshecho, un sultán
incapaz, Mahomet VI, vigilado en Constantinopla por las bayonetas aliadas, y en
Anatolia, la costa del Egeo entregada a Grecia, el tradicional adversario. En efecto, el
ejército de Constantino I, un nombre simbólico, acababa de desembarcar en Esmirna
el 15 de mayo de 1919.
Desde este mismo mes de mayo, Mustafá Kemal organizó la resistencia contra
los aliados y los griegos en el corazón de Anatolia. Después de los congresos de
Erzerum (julio) y Siva (septiembre), estableció un gobierno provisional en Ankara (27
de diciembre), donde al cabo de poco tiempo reunió una Gran Asamblea Nacional, la
cual denegó todo valor al tratado de Sévres (23 de abril de 1920). Cerca de Ankara,
destrozó Mustafá Kemal a los griegos que pugnaban por sofocar el alzamiento turco. La
batalla del Sakaria se inició el 10 de julio de 1921 y se prolongó durante veinte días; su
resultado fue desastroso para los helenos. En la campaña del año siguiente, Mustafá,
elevado al rango de mariscal, desencadenó una decidida ofensiva contra los griegos en
el frente, que se extendían desde Afiun Karahissar a Eskihr (26 de agosto). Rotas las
línas adversarias, los turcos llegaron a Esmirna el 9 de septiembre. La ciudad ardía y el
país estaba en ruinas.
La victoria sobre los helenos enfrentó al Ghazi, como se le denominaba desde
Sakaria, con los Aliados. Pero entre unos y otros se llegó muy pronto a un acuerdo: el
armisticio de Mudania (15 de octubre de 1922), precursor de la paz de Lausana (13 de
octubre de 1923). Por ella Turquía recobró su plena independencia nacional, la posesión
indiscutida de Constantinopla y Tracia, más la de los Estrechos, aunque éstos fueron
desmilitarizados. Era, sin duda, la primera revisión lograda respecto a los tratados
satélites de Versalles.
Victorioso sobre Occidente, Mustafá Kemal emprendió la obra de modernizar el
país a base de la cultura occidental. Ninguna experiencia fue más decisiva que ésta
durante el Período Intermedio, aunque hoy no puedan señalarse aún sus
consecuencias. Sólo sabemos que la vieja Turquía desapareció por la voluntad
revolucionaria del Partido del Pueblo (Halk Strkasi), durante muchos años partido único.
El 1.0 de noviembre de 1922 la Gran Asamblea Turca abolió el Sultanato; el 29 de
octubre de 1923 proclamó la República, y el 3 de marzo de 1924 decretó extinto el
Califato. Pero estas medidas respondían a una evolución más honda. Las reformas
abarcaron el derecho, la judicatura, la enseñanza y las costumbres, aparte la
preocupación económica, social e higiénica. La prescripción del uso de los caracteres
latinos en la escritura (3 de noviembre de 1928) fue el Rubicón que separará siempre la
vieja de la nueva Turquía. Se dispusieron como medidas complementarias la prohibición
de usar el fez (1925), la adopción del calendario europeo (1925) y del apellido familiar
(1934).
Gracias a su clarividente política, Kemal Ataturk (desde 1934) suministró la mejor
prueba de cómo el patriotismo podría operar en un sentido progresivo. Los casos de
Italia y Alemania fueron muy distintos.

La revolución fascista en Italia


Es un hecho evidente que Italia, en 1919, se sentía desilusionada. Había
combatido al lado de los aliados, había ganado con ellos la guerra, y, en cambio, los
resultados habían sido escasos: una ampliación del territorio alpino (el Trentino) y
veneciano, con Trieste y la península de Istria. En cambio los sufrimientos fueron
considerables, en hombres y en dinero. Para un país pobre, cuya economía aún no
había superado los siglos de división nacional, todo ello era más de lo que podía
soportar, teniendo en cuenta que el crecimiento demográfico marchaba a un ritmo
vertiginoso.
Italia, pues, estaba inquieta. La primera reacción fue lanzarse en brazos del
revolucionarismo rojo. Los obreros afiliados a los sindicatos y al Partido Socialista
pretendieron alcanzar el poder a través de ellos. Pero las intentonas fracasaron: la
ocupación de las fábricas de Milán en septiembre de 1920 y la gran huelga de 1921 no
dieron resultados apreciables.. Antes al contrario, levantaron contra ellos a la opinión de
las clases medias, justamente alarmadas. Parte de ellas fue a engresar el partido de los
popolari, cristianos demócratas; otra se afilió al movimiento fascista de Benito Mussolini.
Mientras tanto, el gobierno, confiado al veterano Giolitti (1920-1921), capeaba el
temporal con los recursos democráticos a su alcance. Hacía concesiones a los obreros,
procuraba la escisión del socialismo y restablecía la normalidad internacional de Italia
obligando al poeta Rapagneta (Gabriel d'Annunzio) a evacuar Fiume, de cuya ciudad se
había apoderado el 12 de septiembre de 1919. El Natale de Sangue (Navidad de 1920)
fue considerado como una humillación para la dignidad nacional.
En este clima de paroxismo creció la agitación de los fascios de combate. Los
fascios habían aparecido ya en 1915, cuando los intervencionistas fomentaron la
entrada de Italia en la guerra. Su caudillo era Benito Mussolini (1883-1945), un antiguo
maestro de escuela, formado en el ateísmo y el antimilitarismo, que después de una
temporada de exilio en Suiza había alcanzado la dirección del periódico socialista más
importante de Italia: el Avanti! de Milán. En 1914 se separó del Partido para dedicarse a
su campaña intervencionista. Llevó a cabo algunas acciones de guerra en los Alpes. Al
finalizar las hostilidades emprendió una campaña de agitación nacionalista desde las
columnas de Il Popolo d'Italia, en las que hizo imperar la truculencia y la altisonancia.
El 23 de marzo de 1919 Mussolini organizó los citados fascios de combate.
Acudieron a su llamada los futuristas del grupo de Marinetti, que aportáronles el ideal
dinámico y combativo; los arditi, asociaciones de ex combatientes que se sentían
denigrados por la atmósfera de derrotismo postbélica y estimaban que el país no podía
ser entregado al comunismo; sindicalistas decepcionados y estudiantes resentidos.
Estos elementos elaboraron el programa extremista de 1919 (democrático,
anticapitalista, nacionalista), el cual fue enterrado al año siguiente, cuando Mussolini
empezó a recibir subvenciones del gobierno y, de los grupos industriales. Desde fines
de 1920 los fascios se lanzaron a la calle. Al terrorismo comunista opusieron el
terrorismo fascista; a la violencia, la fuerza. En algunos meses se agruparon alrededor
de Mussolini unos cien mil hombres.
En las elecciones de mayo de 1921, que determinaron.el triunfo de los
extremistas e hicieron imposible el normal juego parlamentario, resultaron elegidos 31
diputados fascistas. El 21 de junio su jefe se declaró antiparlamentario, antidemócrata y
antisocialista. El 7 de noviembre constituía oficialmente el Partido, que por aquel
entonces contaba ya con más de 300 000 adheridos. El cansancio de la debilidad
gubernamental, acentuado por los gobiernos de Ivanoe Bonomi y del incapaz De Facta,
llevó las pasiones al paroxismo. Dividida Italia en dos partidos, había de sucumbir al
golpe de fuerza del más decidido. La huelga general decretada por la C.G.L. el 31 de
julio de 1922 fracasó ruidosamente. El siguiente golpe lo dio Mussolini. Concentró a los
fascistas, -organizados militarmente, en los alrededores de Roma, y el 28 de octubre les
dio la orden de avanzar sobre la ciudad. La "marcha sobre Roma" terminó con un acon-
tecimiento sorprendente. Víctor Manuel III aceptó las premisas del golpe de fuerza, y el
31 encargó la formación de un gobierno al caudillo de las "camisas negras".

La dictadura y la ideología fascista


Actualmente es difícil decidir qué se proponía Mussolini en octubre de 1922. El
mismo se complacía en aseverar que el fascismo no tenía dogma y que era una doctrina
en movimiento. Ello permite sospechar que era hombre que sabía plegarse a las
circunstancias y que en la acción hallaba fáciles soluciones a los problemas planteados.
Durante algún tiempo coexistieron en él dos personajes: el antiguo socialista
anarquizante y el dictador nacionalista. Esta última faceta acabó imponiéndose a partir
de 1925.
Llegado a la jefatura del gobierno, Mussolini instauró a rajatabla el orden en el
interior del país y el prestigio de la nación en el exterior. Esto era básico para seguir
adelante en su empeño. Al mismo tiempo, instaló a su Partido en el poder municipal y
provincial. En brevísimo período de tiempo dominó la estructura política de Italia.
Entonces acudió a las elecciones -abril de 1924- con una ley electoral sabiamente
pergeñada: lista única y acumulación de actas sobre el partido minoritario. La burguesía
se inclinó en masa ante el que consideraba el salvador del país, y Mussolini salió
triunfante de las urnas, aunque el 25 por 100 del electorado le fuera aún hostil. Entonces
decidió forzar la mano. Pero los partidos adversarios hicieron violenta oposición a sus
medidas. El rapto y el asesinato del jefe socialista Giacomo Matteotti (10 de junio de
1924) pusieron en peligro su poder. No obstante, un error táctico de la oposición, que se
retiró del Parlamento (retirada al Aventino) le dejó libre el camino para sus planes. El 6
de noviembre decretaba la deportación política; el 25 creaba un Tribunal especial para
la defensa del Estado, y en mayo de 1925 obtenía plenos poderes de una Cámara
domesticada. Su dictadura era un hecho, que legalizaron las leyes de 24 de diciembre
de 1925, instituyendo los poderes del Capo del governo, y de 31 de enero de 1926,
ampliando el poder ejecutivo del gobierno en materia jurídica.
En esta fase de la política mussoliniana y en pleno desarrollo de la prosperidad
mundial, la mayor parte de Italia se puso al lado del hombre que la regía y que le había
devuelto el prestigio entre las grandes potencias. Este es un hecho inconcuso. El pacto
de Letrán (11 de febrero de 1929), que puso fin a la antigua querella entre la monarquía
sabauda y el Pontificado, inaugurada en 1871, permitió al católico italiano congraciarse
con un régimen de originaria tendencia anticlerical. El país se complugo ante las obras
públicas que se realizaban, pues Mussolini, como buen dictador mediterráneo, tuvo la
pasión del constructor: carreteras, ferrocarriles, bonificaciones, etc., constituyeron la
exacta contrapartida de lo que venía haciéndose en la U.R.S.S. Y por la misma razón
ambos regímenes, a pesar de su antagonismo doctrinal, iban confundiendo sus rasgos
en el común denominador del totalitarismo.
El fascismo era, sobre todo, un "estilo"; por lo menos así lo proclamaba sin cesar
una propaganda bien servida por un cuerpo de censores y unos periódicos totalmente
fiscalizados. Este estilo pretendía ser heroico, arrebatado, militar, altruista. En la
realidad de los hechos, constituía un grupo de "sátrapas" provinciales al servicio de una
oligarquía gubernamental y administrativa bien parapetada en sus despachos. Por la
misma fuerza de las circunstancias que lo apartaban cada vez más de la opinión al
elevarse la superestructura del régimen, Mussolini, el hombre que había abominado de
la "uniformidad del pensamiento", agarrotaba a la intelectualidad italiana y se dejaba
emponzoñar por enervantes inciensos de los corifeos subvencionados.
La miseria íntima del fascismo -revelada en las memorias de los prohombres que
pasaron el Rubicón en 1944 y 1945- estuvo oculta tras el mayor despliegue operístico
de la Historia: emblemas, banderas, uniformes, consignas, desfiles, saludos y gestos
rituales demostraron que no habían perdido su poder hipnótico sobre las masas. Pero la
obra del Régimen no fue más que una estructura indecisa entre el capitalismo y el
obrerismo. Se suscitó el viejo ideal corporativo y se fundaron los Consejos de las
Corporaciones (20 de marzo de 1930); se dictó una Carta del Lavoro (21 de abril de
1927) para regular las relaciones entre los obreros y los patronos; se instituyó la obra
nacional del Dopolavoro (1.o de mayo de 1925). Ninguna de tales disposiciones llegó al
alma de Italia. El Régimen se mantenía gracias a sus éxitos, al caparazón del Partido, a
la eficacia de la policía del Estado (la O.V.R.A.) y a las genialidades de la exuberante
vitalidad del duce. Y, sobre todo, gracias a la tenacidad y sobriedad del pueblo italiano,
virtudes que permitieron superar las extravagancias del fascismo, pero que, en último
término, no pudieron evitar que lo sacrificara en una desastrosa guerra.

Orígenes del nacionalismo en Alemania


En 1919 la República y el ejército deshicieron la oleada comunista en Alemania.
Entre 1920 y 1923 aquélla y los obreros tuvieron que hacer frente a la violenta reacción
de los partidos nacionalistas, militaristas y conservadores; entre ellos un pequeño grupo
muniqués, conocido con el nombre de Partido Obrero Nacional-Socialista Alemán.
La Asamblea Nacional, reunida en Weimar, había dado a la República alemana
una constitución en extremo democrática, con una cámara única, el Reichstag, sufragio
universal, representación proporcional y referéndum. Sin embargo, a ejemplo de los
Estados Unidos, se dieron grandes atribuciones al poder presidencial. En cuanto a los
antiguos Estados federales, su autonomía quedó bastante mermada. Para la
presidencia de la República se eligió al socialista Ebert.
Los demócratas, católicos y socialistas que habían elaborado la Constitución de
Weimar se vieron muy pronto desprestigiados por la oleada nacionalista subsiguiente a
la aceptación del tratado de Versalles. La generación que había luchado en las
trincheras aceptó fácilmente la propaganda de los reaccionarios y conservadores, los
cuales estimaban que el Ejército imperial no había sido vencido por el adversario, sino
apuñalado por la espalda por los republicanos y socialistas. Al calor de estas ideas, de
la depresión económica y del desbarajuste social, los antiguos oficiales, que no habían
hallado en la Reichswehr ocupación para sus actividades, junto con los restos del
Ejército que habían luchado contra el comunismo en los Países Bálticos en 1918 y
1919, apoyaron la realización de un golpe de Estado, que bajo la dirección del general
Von Lütwitz, había de llevar al poder a Von Kapp, ex director general de agricultura. El
putsch Lütwitz-Kapp (12-13 de marzo de 1920) fracasó ante la pasividad de la
Reichswehr y la huelga general decretada por los sindicatos de Berlín.
Pero la agitación nacionalista no quedó ahogada, sino que resurgió pujante muy
pronto. Sociedades públicas y secretas de todo orden prepararon sus huestes. Una
oleada de terror azotó el país: los políticos más considerables de la República fueron
asesinados. El católico Erzberger, quien había estampado su firma en el armisticio de
Compiégne, cayó en la Selva Negra el 26 de agosto de 1921; Walther Rathenau, el
dictador de la economía alemana, sucumbió en Berlín el 24 de junio de 1922. Tal era el
estado de los ánimos, que el canciller demócrata Wirth tuvo que renunciar a su cargo;
en su lugar fue designado un hombre de negocios, Cuno, quien presidió un gobierno de
técnicos.
En estas circunstancias se produjeron dos hechos perturbadores: la ocupación
del Ruhr por las tropas francesas a fin de hacer garantizar por Alemania el pago de las
reparaciones de guerra (11 de enero de 1923) y la ascensión brusca de la curva de los
precios, fomentada por el mismo gobierno. La inflación arruinó a millares de alemanes y
llevó la miseria a muchos hogares. Desesperados, muchos de ellos se afiliaron a los
grupos derechistas que tenían su sede en Munich al amparo del gobierno conservador
de Von Kahr. El más radical y demagógico era el acaudillado por Adolf Hitler (1889-
1945), un austriaco, nacido en Braunau del Inn, que se había ganado duramente la vida
en Viena y había luchado en las filas del ejército alemán durante los cuatro años de
guerra. Encargado de una misión de enlace por la Reichswehr, Hitler descubrió en
Munich su vocación política. El intelectualoide Alfred Rosenberg le convirtió allí a sus
ideas antisemitas y raciales, y junto con él y los contertulios de la cervecería
Hofbráuhaus fundó el mencionado partido (N.S.D.A.P.), conocido muy pronto con el
nombre de nazi, o naci, de sus primeras sílabas.
En Munich, Hitler se empapó de la doctrina que había llevado a Mussolini al
poder. A su ejemplo adoptó el aparato gesticulante del fascismo italiano: camisa -la
parda-, saludo -el romano-, distintivo -la cruz gamada, surgida de la mitología racista
nórdica, que habían ostentado como emblema los participantes en el putsch de Von
Kapp. También ciñó a sus huestes a una férrea diciplina militar, organizó, como las
milicias fascistas, un cuerpo de protección del Partido: las Secciones de Asalto (Sturm
Abteilungen, S. A.).
De acuerdo con el mariscal Ludendorff, Hitler preparó para el mes de noviembre
de 1923 un golpe de Estado en Munich al estilo fascista. Pero el putsch fracasó (9 de
noviembre) ante la actitud del general Von Lossov, que hasta entonces había
coqueteado con los nazis. La manifestación fascista fue disuelta a tiros en la
Feldherrnhalle y Hitler, encarcelado, se vio condenado poco más tarde a cinco años de
prisión.

La crisis de la democracia alemana


El putsch de Munich fue la última tentativa de los nacionalistas alemanes para
adueñarse del Poder por la violencia. La pacificación internacional subsiguiente al Pacto
de Locarno (1925) y la recuperación interna dimanante de la reforma de las finanzas
por el banquero Schacht y de la ayuda financiera de los Estados Unidos e Inglaterra,
dieron a la República un quinquenio de reposo y esperanza. Aunque en las elecciones
presidenciales de 1925 triunfó la candidatura del mariscal Hindenburg sobre la de Marx,
a quien apoyaban los demócratas, los socialistas y el Zentrum católico, las del
Reichstag de 1928 dieron gran mayoría a los partidos de la coalición de Weimar. El
socialismo obtuvo la cancillería con Hermann Müller y la presidencia de Prusia con Otto
Braun. La democracia alemana pareció consolidarse, hasta el punto de que en
septiembre del mismo año levantó la suspensión que pesaba sobre el Partido nazi.
La crisis económica de 1929 destruyó tales optimismos. En pocos meses la cifra
de parados adquirió niveles astronómicos. De nuevo se levantó sobre Alemania el
espectro de la miseria y del hambre. Al calor de tal circunstancia, recobraron fuerza y
agresividad los partidos extremistas: de un lado, los comunistas, cuya tropa de choque
eran los milicianos del Roter Front, y de otro los conservadores reaccionarios y los
nazis. A los primeros acaudillaba un gran magnate industrial, Alfred Hugenberg; su ídolo
era Hindenburg; su milicia el Stahlhelm. En cuanto a los hitlerianos, su número era
insignificante en 1927 (72 000 afiliados). Pero en pocos años, estimulados por la
propaganda de Hitler, Göring y Göbbels y la acción organizadora de Róhm, alcanzaron
densidad creciente entre la población. La confusa ideología del Partido -resentimiento
internacional; odio al catolicismo, al judaísmo y a la masonería; patriotismo de espuma-
encajaron con aquel momento de depresión colectiva.
Dimitido el gobierno de Müller, muerto el jefe espiritual del partido católico,
Stressemann, dislocada la coalición de Weimar, el mariscal Hindenburg se vio obligado
a acentuar la política presidencialista y a legislar por decreto, según le autorizaba el
artículo 48 de la Constitución. El primer gobierno "presidencialista" fue el del canciller
Heinrich Brünning, un político, honesto y trabajador, que durante tres años intentó hacer
frente a la crisis económica alemana empleando métodos inflacionistas. Pese a la
impopularidad general de sus medidas, logró salvar al país de la ruina en los negros
días de la quiebra del Darmstddterund National Bank. Sin embargo, nadie se lo
agradeció. En aquella coyuntura era preciso el sacrificio general de los egoísmos de
derecha e izquierda. Alemania, descompuesta, fanatizada, se afilió o a los nazis o a los
comunistas. En las elecciones generales de 14 de septiembre de 1930, aquéllos
obtuvieron 6 500 000 votos; éstos, cerca de los seis millones.
En Harzburg, el 11 de octubre de 1931, el conservadurismo alemán claudicó
ante Hitler ofreciendo fabulosas subvenciones a su Partido. Por aquel entonces los
industriales estaban asustados ante el ímpetu creciente de la oleada roja. Muy pronto el
desaliento de este grupo alcanzó la misma jefatura del Estado. Cuando Hindenburg fue
reelegido en 1932 por 19 360 000 votos contra 13 400 000 obtenidos por Hitler, en
una paradójica contraposición a los apoyos electorales de 1925, el viejo mariscal
creyó llegada la hora de gobernar por su cuenta. Se desprendió de Brünning, cuyo
ministro de la guerra, Gróner, acababa de decretar la disolución de las S.A. nazis, y
llamó a la cancillería a un notorio conservador, Franz von Papen (mayo de 1932), el
cual formó un "gobierno de barones" con el fin de "asimilar" el nazismo a la obra
gubernamental. Von Papen disolvió por dos veces el Reichstag, destruyó la fortaleza
socialista de Berlín adueñándose por la fuerza del gobierno de Prusia (20 de junio) y
restauró la legalidad de las S.A. hitlerianas. Sus medidas provocaron, a la postre,
cierta desmoralización entre los nazis, que en las elecciones de noviembre de 1933
perdieron más de 2 000 000 de votos.

El advenimiento de la dictadura nazi


La experiencia de noviembre de 1932 estimuló al grupo de los generales
afectos a Hindenburg, entre los que se contaba el maquiavélico Kurt von Schleicher,
para escindir el nazismo y acentuar la política izquierdista del gobierno. Von Papen
dimitió al no comulgar con tal orientación. Entonces la cancillería fue confiada a
Schleicher. Pero la radical actuación de éste sólo sirvió para acercar a los
conservadores con los nazis. En el mismo odio común contra aquella situación, Von
Papen y Hitler se pusieron de acuerdo en Colonia el 4 de enero de 1933 para una
acción gubernamental combinada. El primero pensaba manejar al segundo para sus
Cines. Pero no contaba con el violento radicalismo del jefe nazi. Cuando Schleicher
fue obligado a dimitir y Hindenburg confió la cancillería a Hitler (30 de enero de 1933),
quien triunfaba era este último. Lo demostró la imponente manifestación nazi de aquel
día en Berlín.
Sin reparar en escrúpulos de conciencia, Hitler dio la batida a los socialistas y
comunistas en el curso de algunas semanas. El ejecutor de tales medidas fue
Hermann Góring, antiguo aviador y obeso personaje, de una megalomanía que sólo
cedía ante la del mismo Hitler. En pocos días se adueñó de la administración y la
policía, detuvo en masa a los jefes socialdemócratas y comunistas, estableció los
primeros campos de concentración y organizó el incendio del Reichstag (27 de
febrero). Las llamas del aparatoso siniestro, atribuido a los comunistas, justificaron la
suspensión de las garantías constitucionales y la ocupación por los nazis de los
gobiernos desafectos en Sajonia, Baviera, Baden y Württemberg. En tales
circunstancias se explica el aparatoso éxito electoral de Hitler el 5 de marzo de 1933:
17 300 000 votos, con 288 actas parlamentarias. En este triunfo la actitud de los
católicos jugó un papel preponderante. Los conservadores sólo retuvieron 52 escaños,
mientras los socialdemócratas matenían, aproximadamente, sus posiciones anteriores
y los comunistas aún sumaban 4 500 000 votos.
Tal era la situación política. Pero Hitler se desentendió de legalismos de la
vieja escuela occidental. Anuló las actas comunistas y se atribuyó de este modo la
mayoría en el Reichstag, el cual el 24 de mayo le concedió poderes excepcionales.
Su dictadura fue un hecho irrebatible. En el plazo de un mes fueron disueltos los
partidos socialista, nacionalista y católico y estableció el Partido único (14 de julio).
A fines de año, la masa de la nación votó a favor de su política internacional, en un
plebiscito cuyo resultado no pudo ocultar sorpresa desde el primer momento (39
000 000 de electores sobre un total de 43 000 000). El terrorismo de la Gestapo, la
policía de seguridad del Estado, anduvo en ello.
Así se estableció en Europa la Gran Dictadura. Su éxito económico y social,
la absorción del paro obrero, se explica por la decisión inmediata de Hitler de
rearmar el país, y el corolario de obtener con el peso de las armas fabricadas
nuevos mercados a la actividad germana: Tal fue el principio aplicado ya por la
Alemania de Guillermo II en el decenio anterior a 1914. Pero en el caso del régimen
nazi lo acaecido fue peor. Echando por la borda las tradiciones seculares de la
civilización occidental, Hitler introdujo en el país una ideología corrosiva, en que el
culto a la raza, a la fuerza y a la violencia se aliaban con el más feroz anticristianismo.
En la borrrachera del poder, las brumas nórdicas cegaron la visión al hombre que
empuñaba los destinos de Alemania de modo absoluto desde la muerte de Hindenburg
(1.o de agosto de 1934). En lugar de convertir al III Reich en centro de pacificación
del continente -tal como esperaban y confiaban las clases burguesas de Occidente- lo
hizo nervio del desorden moral más espantoso. La guerra total y la destrucción del
país tenían que ser, necesariamente, los resultados de la devastadora orgía
gubernamental.

El nacionalismo chino y el militarismo nipón


Para completar el cuadro de los progresos del totalitarismo entre las grandes
potencias, es preciso aludir a la situación creada en el Extremo Oriente entre 1918 y
1931. Aunque la ideología íntima de la evolución política en China y el Japón sea
distinta de la occidental, es evidente que ofrece en esta época abundantes rasgos
comunes.
La revolución de 1911 rompió con la apatía secular de China. El impacto
occidental hizo estallar en mil trozos la estructura secular del pueblo de 400 000 000
de almas, y a la vez que derribaba un trono, lanzaba al país, como en otros tantos
períodos de su historia, en busca de una nueva fórmula social a través de una etapa
de anarquía. Porque el pacifismo confuciano dejó de ser un culto, y en su lugar imperó
la nueva ideología de que era preciso imponer la "verdad' por la fuerza. Este hecho
explica la aparición de numerosos ejércitos nacionales y locales: el del Kuomingtan,
el de los comunistas, el de los mandarines del Norte y el de los sátrapas manchúes,
sin hablar de los generales de fortuna cuyos éxitos les dieron, eventualmente, un
injustificado poder militar. Las luchas entre los distintos bandos dislocaron el antiguo
Imperio: Manchuria se perdió en un régimen de autonomía favorable a los intereses
nipones; Mogolia Exterior y la dilatada provincia de Sikiang cayeron bajo la influencia
moscovita; en el Tibet se instaló una especie de protectorado británico. Mientras tanto,
en el corazón del país combatíanse frenéticamente las banderías chinas.
En aquellos años fue muy difícil para los europeos enterarse de lo que
realmente sucedía en China. La perspectiva actual de los hechos nos permite
establecer un esquema hasta cierto punto satisfactorio. Después de la caída del
Imperio, se disputaron la hegemonía dos grandes grupos: el de los terratenientes del
Norte, que hallaron su caudillo en Yuang Che Kai, primero, y luego en los generales
Tsao Kuen, señor de Pekín, y Chang Tso-lin, dueño de la Manchuria, y el de los
demócratas del sur, integrados en el movimiento nacionalista del Kuomingtan, que
acaudillaba Sun Yat Sen. Este último bando, apoyado por el Partido Comunista chino,
que desde 1924 fue admitido en su seno, acabó por imponerse, en particular después
del triunfo en el Norte del "general cristiano" Fong Yu-siang. En 1925 Sun Yat Sen podía
alcanzar Peiping (Pekín) para celebrar su triunfo. Pero la muerte lo arrebató el mismo
año.
Entonces apareció en escena una nueva generación: la de los generales surgidos
de la Escuela Militar de Cantón, fundada por el Kuomingtan en 1924, cuyo jefe fue el
joven cuñado de Sun Yat Sen, Chang Kai Chek. Desde 1926 los nacionalistas
emprendieron una activa campaña en el sur del país que les dio Hankeu y con ello la
posibilidad de establecer el primer gobierno real de China desde la muerte de Yuang
Che Kai. Luego conquistaron Nankín (marzo de 1927), donde establecieron la
capitalidad de la nueva China. Entonces se opusieron a Chang Kai Chek los comunistas,
de un lado, cuya principal fuerza estaba en el litoral, y los conservadores del Norte,
agrupados en torno al viejo Chang Tso-lin. Casi simultáneamente fue dable al primero
derrotar a los comunistas, cuyas tropas se retiraron hacia el noroeste del país, y a los
reaccionarios. Peiping fue conquistada en junio de 1928.
Al imprevisto éxito del nacionalismo chino, que se transformó en una dictadura
personal de Chang Kai Chek, apoyada en el Kuomingtan y en los capitalistas y
pequeños burgueses, respondió el recrudecimiento del militarismo nipón. La fabulosa
expansión industrial del período 1914-1918 había llevado al Japón por los caminos del
imperialismo económico. La crisis subsiguiente al cese de las hostilidades acentuó las
divergencias entre los dos principales partidos: el seiyukai y el minseito, conservadores
imperialistas y liberales pacifistas, respectivamente. El primero detentó el poder de 1927
a 1929 con el barón Tanaka; el segundo de 1924 a 1927 y de 1929 a 1932. Bajo este
gobierno, presidido por el moderado Hamaguchi, los militares mostraron varias veces su
descontento. Reunidos en sociedades secretas, como el "Dragón Negro", preconizaban
la expansión, el imperialismo y el retorno al despotismo patriarcal del tenno. Un grupo
de ellos engendró el hojinismo, versión nipona del fascismo europeo. A su actividad
cabe achacar el atentado que estuvo a punto de costarle la vida al ministro Hamaguchi
en 1930; el que eliminó de la escena política al presidente del Consejo, Mukai, en 1932,
y el atentado contra el almirante Okada el 26 de febrero de 1936. Pero, además, a ellos
cabe imputar el peligroso sesgo que tomó la política exterior nipona desde la ocupación
de Manchuria en 1931.

LAS GRANDES DEMOCRACIAS Y SUS IMPERIOS


Europa, entre la democracia y la dictadura
Por unos años pareció que la oleada democrática subsiguiente a la victoria de los
aliados en la Gran Guerra haría prevalecer en Europa una versión más o menos pura
de los regímenes políticos de Occidente, los cuales habían sido ya imitados, con cierta
insinceridad, desde mediados del siglo XIX. Todos los países se dieron constituciones
avanzadas, en que la libertad burguesa procuraba conjugarse con las necesidades
democráticas del pueblo. Tal experiencia no dio resultado: en primer lugar, por la
paralela crisis social y política, vinculada al marxismo soviético o al sindicalismo
revolucionario; luego, porque tales constituciones no resolvieron el problema básico de
los países afectados, en particular el agrario; y, por último, porque se demostró que no
son válidas las mismas fórmulas políticas para todos los pueblos. Por estas causas
generales y otras particulares -como el ajuste de la ordenación política con la
económica en las naciones sujetas a rectificaciones fronterizas- la democracia de
Versalles derivó rápidamente hacia regímenes semidictatoriales, aunque mantuvieron
en el transcurso de su desarrollo postulados y orientaciones distintas al totalitarismo
fascista.
Sendos golpes de Estado militares derrocaron los regímenes parlamentarios en
España y Portugal. Allí, el general Miguel Primo de Rivera puso fin a la oligarquía de
los partidos a partir del 13 de septiembre de 1923; su concepción política se limitó a
asegurar, con el orden, el desarrollo del capitalismo y la expansión de la burguesía. En
Portugal, después de varias intentonas, tuvo éxito el "pronunciamiento" del general
Gomes da Costa (28 de mayo de 1926), quien abrió el camino para la dictadura al
general Carmona y del eficiente y equilibrado gobierno del profesor de Coimbra,
Oliveira Salazar (1928). Poco más tarde, el 5 de enero de 1929, ante la discordia
nacional que dividía el país, el rey Alejandro I de Yugoslavia (1918-1934), que durante
diez años había intentado gobernar constitucionalmente, suspendió la Carta
fundamental y erigió su dictadura personal contra los radicales de Croacia y los
extremistas de Servia.
Las tres actuaciones señaladas, aunque quizá estimuladas por la "marcha sobre
Roma", no se propusieron reestructurar el Estado a base de una ideología atrabiliaria.
Tampoco fue ésta la meta de otro émulo de Mussolini, un famoso dictador de la
Europa del Período Intermedio, el general Pilsudski, quien el 12 de mayo de 1926
avanzó sobre Varsovia e impuso su omnímoda voluntad a la nación polaca. Dictadura
de guante blanco y mecanismo parlamentario, que el viejo político nacionalista ejerció
subterráneamente hasta 1935, fecha de su muerte, barloventeando entre la derecha y
la izquierda respaldado por su enorme prestigio personal.
Tales ejemplos pueden contrastarse con el normal funcionamiento de las
instituciones democráticas en otros países europeos, más preparados para
desarrollarlas: Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Suiza.
Donde en realidad se probaron los destinos del liberalismo y la democracia fue
en las grandes potencias del mundo occidental: Francia, Gran Bretaña y los Estados
Unidos.

La III República francesa en manos de los moderados


Cuando los "poilus" abandonaron victoriosamente las trincheras y se
reintegraron a su trabajo habitual, creyeron que la Tercera República estaba para
siempre consolidada en un sistema de orden democrático. Los obreros podían sentirse
satisfechos, ya que el gobierno de Clemenceau, el viejo jacobino, les otorgó
numerosas ventajas sociales, entre otras, la jornada de 8 horas (23 de abril de 1919).
Pero en la masa del pueblo francés, profundamente aburguesada, cundía el pánico
ante las noticias que llegaban de Rusia, Hungría y Alemania. Este hecho, las huelgas
de 1920 y los brotes marxistas en la marina (1920), orientaron la opinión hacia los
moderados. Esta plataforma psicológica explica el gobierno conservador de A.
Millerand, el alejamiento de Clemenceau de la presidencia de la República y el triunfo
del Bloque Nacional en las elecciones de 1919. La Cámara "bleu-horizon", formada
por ex combatientes, apoyó las medidas de los gobiernos que, sucesivamente,
constituyeron A. Briand y R. Poincaré, el ex presidente de la República.
La actividad antisubversiva del gobierno, aliada con la crisis de precios
imperante entre 1920 y 1924, llevó a los obreros a votar por las izquierdas
democráticas y el socialismo en las elecciones de 1924, las cuales llevaron al poder al
llamado Cartel de izquierdas, cuyos políticos más notorios eran Herriot, Painlevé y
Blum. El nuevo gobierno adoptó algunas medidas democráticas; pero su buena
voluntad se hundió ante la agravación de la crisis financiera por la retirada en masa de
los ahorros y fondos bancarios. El franco empezó a perder valor y en dos años la
situación se hizo tan crítica que fue preciso acudir a la formación de un ministerio
nacional, presidido por Poincaré (21 de julio). El nuevo gobierno restauró la confianza
del país, estabilizó el franco y estimuló la economía pública. Su éxito justificó la
orientación moderantista ulterior de la política francesa. En las elecciones de 1928 se
registró un ligero desvío de la opinión hacia la derecha, que permitió a Poincaré
acabar su obra de saneamiento de la finanza nacional. En este período se sucedieron
en el gobierno Briand, André Tardieu y Pierre Laval, entre otros políticos de menor
prestigio. El país iba marchando y su riqueza colectiva, bien distribuida, le permitió
salvar sin grandes convulsiones la crisis financiera de 1929 a 1932.

La crisis de la III República


Sin embargo, poco apoco se fue formando una oposición concreta al gobierno
parlamentario que, con nueva ideología, recordaba los antiguos esfuerzos para
derribar la República: el boulangerismo, el antidreyfusismo, etc. Subsistía, de un lado,
el intransigente nacionalismo monarquizante, que en esta época halló su expresión en
el movimiento acaudillado por el periódico Action Française; de otro lado, el ejemplo de
la Italia fascista había hecho surgir el grupo de las Croix de Feu, dirigido por el coronel
De la Rocque. Aunque sus simpatizantes eran escasos, agitaban la vida política del país
denunciando ora la debilidad del régimen parlamentario, ora los errores de la
democracia y el sufragio universal, ora las concupiscencias del personal de la 111
República. El escándalo del affaire Stavisky (28 de enero de 1933) inundó con oleadas
de cieno políticos prominentes del régimen, entre los cuales el ministro Chautemps. La
Cámara, orientada hacia la izquierda desde las elecciones de 1932, confió el gobierno
al radicalsocialista Daladier, en quien se veía a un personaje enérgico. Sus medidas,
coincidiendo con el aumento de los impuestos para enjugar el déficit presupuestario,
provocaron en París una tumultuosa manifestación de protesta de la Unión Nacional de
Excombatientes (6 de febrero de 1934). La jornada se desarrolló en forma violenta.
Pocos días después, el 14, los elementos obreros respondían con una huelga general
de 24 horas. La crisis de la democracia francesa estaba a la vista.
El remedio adoptado -un gobierno de Unión Nacional bajo la presidencia del ex
presidente Gastón Doumergue y la colaboración de políticos de todos los matices
(Flandin, Barthou, Herriot, Tardieu), incluso gente de prestigio personal independiente
de toda etiqueta, como el mariscal Petain- apenas duró un año. En el transcurso de
1935 las pasiones continuaron encrespándose. Francia se dividió en dos bloques
irreductibles, los cuales solicitaron los votos del pueblo en la convocatoria electoral de
mayo de 1936. De las urnas salió triunfante el Frente Popular, que abarcaba desde los
radicalsocialistas a los comunistas. El triunfo llevó al poder a León Blum, el jefe
socialista.
El desencadenamiento de una oleada de huelgas siguió al éxito del Frente
Popular: entonces se ocuparon infinidad de fábricas. Para poner término a la agitación
de sus partidarios, el gobierno aprobó una serie de decretos implantando la semana de
40 horas, un aumento de salarios, vacaciones anuales retribuidas y contratos colectivos
de trabajo (junio de 1936). Tales medidas aumentaron el desequilibrio del presupuesto,
mientras el desasosiego del país crecía con el estallido de la guerra civil en España y
los recelos de que los contrincantes de la ideología propia preparaban un golpe de
Estado. Estas incidencias provocaron la caída del primer gabínete Blum y su
substitución por el del radicalsocialista Chautemps. Una segunda oleada de huelgas,
que llevó de nuevo a la presidencia del Consejo al jefe socialista, puso fin, con el
definitivo fracaso de éste, al Frente Popular. Desde mayo de 1938 volvió a gobernar la
coalición de moderados y radicalsocialistas que había inspirado la política de la Unión
Nacional antes de 1936. Volvió a sonar el nombre de Daladier. Munich estaba ya
próximo, y con él la guerra y el hundimiento de la III República, que se desplomaba por
debilidad senil e imposibilidad de hacer frente a los graves problemas ideológicos y
sociales.

Conservadurismo y laborismo en Gran Bretaña


Los sacrificios financieros realizados por Inglaterra durante la guerra que finalizó
en Compiégne, habían subvertido el antiguo papel predominante del país en el
economía mundial. Gran Bretaña, el emporio de la hulla y la metalurgia 'a, el centro más
importante de la industria textil, había dejado de serlo por simultánea concurrencia de
dos factores: el desarrollo comercial de los Estados Unidos y del Japón y el
descubrimiento de nuevas fuentes de energía, como la hulla blanca y el petróleo.
Además, la maquinaria y las instalaciones industriales habían envejecido y la
organización técnica del trabajo distaba mucho de presentar la coordinación racionalista
de las grandes empresas americanas.
Estas causas, de lejanos efectos, inquietaron poco al país en los primeros años
de la postguerra. La preocupación esencial del gobierno de Lloyd George, el líder
británico de la contienda respaldado por una mayoría conservadora salida de las urnas
en las elecciones generales de 1918 (el Parlamento kaki), fue la cuestión irlandesa,
exacerbada a lo largo de la última contienda. Continuaba sobre la mesa de ley de Home
Rule, promulgada en 1914; pero ese texto no fue aceptado por los republicanos
irlandeses del movimiento Sinn Fein (nosotros solos), que dirigía De Valera. Con
independencia de la reacción británica, los sinnfeiners eligieron su Dieta y su gobierno
y desencadenaron una oleada de terror en Irlanda para expulsar del país a los ingleses.
Hubo dramáticos incidentes en Dublín, Belfast y Cork en 1920. Ante la inutilidad del
levantamiento armado, que sostenían con dinero los irlandeses emigrados en
Norteamerica, los elementos moderados del Sinn Fein aceptaron la fórmula de
transacción que les fue ofrecida por Lloyd George: erección del Estado Libre de Irlanda
(sin el Ulster), en calidad de Dominio de la Corona. Esta solución (diciembre de 1921)
pacificó el país, tan valerosamente defendido por los irlandeses.
El asunto de la autonomía de Irlanda y el aumento del número de obreros sin
trabajo en Inglaterra hundió al gobierno de Lloyd George, y con él el partido liberal. En
las elecciones de 1922 los conservadores obtuvieron una compacta mayoría: 347 actas
sobre 615. Pero el hecho más sensacional fue la entrada en escena del Labour Party
con 159 diputados, más de un centenar que en 1918. El gobierno fue confiado a
Stanley Baldwin, hombre poco brillante, pero equilibrado y seguro, representante del tipo
de inglés medio. Su política proteccionista, destinada a implantar el sistema de
"preferencia" aduanera imperial, llevó al país a nuevas elecciones, las cuales, sin alterar
sensiblemente la distribución de votos, redujeron notoriamente la mayoría conservadora
(6 de diciembre de 1923). Entonces se encargó el gobierno una coalición liberal-
laborista presidida por el jefe socialista J. R. Mac Donald. Esta desafortunada
combinación apenas duró un año. Las elecciones celebradas en el otoño de 1924, en
las que jugó importante papel una famosa carta de Zinoviev, el presidente de la III
Internacional, al Labour Party, consumó la derrota de éste. Los conservadores
obtuvieron sonada mayoría, y a rastras de ellos y los laboristas, el Partido Liberal
desapareció para siempre como fuerza de importancia en la política británica.
El gobierno de Baldwin, en el que figuraban como miembros importantes Austen
Chamberlain, en Asuntos Exteriores, y Winston Churchill, en Hacienda, alcanzó algunos
éxitos económicos, como la revalorización de la libra, decretada en 1925, y llevada a su
paridad con el valor de preguerra. Esta medida reportó nuevas privaciones a la Gran
Bretaña. Sumadas al movimiento huelguístico de 1926, al que ya se ha aludido, a la
crisis de la producción hullera y a la decepción causada por los resultados de la
Conferencia Imperial de 1926, motivaron el creciente desasosiego de la opinión pública
inglesa, que en 1929 (30 de mayo) volvió a dar la mayoría a los laboristas. Mac Donald
ocupó de nuevo la presidencia del Consejo, esta vez sin aliados que pudieran
entorpecer la realización de su programa electoral.

La crisis de 1929 y sus repercusiones políticas en Inglaterra


El mayor adversario del laborismo en su segunda fase gubernamental fue el
desquiciamiento de las finanzas internacionales a consecuencia del crack de Wall Street
en octubre de 1929. Era ilusorio intentar grandes reformas sociales mientras la economía
mundial caía en barrena. Muy pronto la ola de la crisis se abatió sobre Gran Bretaña, y
como consecuencia de la reducción de las exportaciones y del descenso de los fondos
bancarios, la libra fue perdiendo terreno con velocidad vertiginosa. Ello obligó a la
formación de un gabinete de Unión Nacional, que, bajo la misma presidencia de Mac
Donald, tomó la heroica medida de desvalorizar la libra en 1931.
En las elecciones subsiguientes (28 de octubre de 1931) los conservadores
recobraron la confianza del electorado, que ya no debían perder hasta 1945. Baldwin, que
empuñó de nuevo el timón del ministerio (1931-1937), fue auxiliado por Neville
Chamberlain, quien puso en práctica las ideas proteccionistas de su padre Joseph: el 29
de enero de 1932 se decretó la imposición de un. 10 por ciento sobre casi todas las
importaciones de mercancías en el Reino Unido; el 20 de agosto del mismo año, la
Conferencia Imperial de Ottawa acordaba dar un régimen de preferencia al comercio entre
la metrópoli y los Dominios. Dos fechas profundamente trascendentales, ya que
implicaban el repudio del librecambismo integral por la gran potencia que lo había
implantado y difundido desde un siglo antes.
Al tener necesidad de apoyarse en sus dominios y colonias, Inglaterra se vio
obligada a concederles un régimen autonómico mucho más amplio. La nueva orientación
del Commonwealth provenía de la Gran Guerra y de los tratados que la concluyeron, en
los cuales los dominios firmaron como naciones independientes. Pero la fórmula política
de este cambio no quedó fijada hasta la Conferencia Imperial de 1926, que sentó las
bases del estatuto internacional de los dominios, como miembros de la Comunidad de
Naciones británicas. Estas medidas fueron reelaboradas y ordenadas por el Estatuto de
Westminster de 1931, que derogó la ley colonial de 1865. Desde entonces apareció una
nueva constelación política mundial, admirable remate de la madurez de un Imperio, que,
siendo diverso, se mantenía cada vez más unido por la flota, la aviación y una economía
comunes, y sobre todo por una vigorosa ideología de libertad y democracia. Durante la
crisis política de diciembre de 1936, a consecuencia de las veleidades íntimas del nuevo
rey Eduardo VIII, el Commonwealth se reveló con la unidad más firme de todas: la
lealtad sin imposiciones.
Quedó pendiente, sin embargo, el problema de la india donde los nacionalistas del
Congreso Indio, dirigidos por el Mahatma Gandhi (1869-1948), requerían desde el
principio de siglo la concesión de la independencia. La India Act, de 1919, no satisfizo las
reivindicaciones del Congreso, que desató una serie de violentas campañas de
desobediencia civil. El problema fue envenenándose cada vez más a consecuencia de la
oposición entre musulmanes e hindúes y de los extremismos de estos últimos. Un intento
de pacificar la península, la Constitución de 1937, representó un gran paso hacia el
camino de una mas fructífera concordia. Sin embargo, la cuestión hindú continuaba
abierta como gran herida palpitante en el flanco del imperio en los aciagos años de
1939 a 1941.

La democracia americana y la experiencia Roosevelt


Una avasalladora corriente de prosperidad se difundió por los Estados Unidos a
partir de 1918. El país había salido de la guerra -el único de los países vencedores, si
exceptuamos al Japón- con una economía robustecida, que se había podido
desarrollar en todo el mundo a costa del comercio de sus mismos aliados. Los
préstamos interaliados habíanles convertido, además, en la principal potencia
acreedora del mundo: cerca de 11 000 000 000 de dólares debían los países de Europa
a los Estados Unidos. La racionalización del trabajo, el espíritu de empresa, el
moderno utillaje de la industria, permitieron a los norteamericanos ir escalando casi
todos los primeros lugares en la esfera internacional de la producción. La Unión se
convirtió en paradigma de lo que ambicionaban las demás naciones, aunque, según
hemos dicho, tal prosperidad se sentara sobre bases harto inestables.
Fue el partido republicano el que se benefició de esta oleada de riquezas. La
política idealista de W. Wilson no fue comprendida; sus planes internacionales
resultaron boicoteados. El tratado de Versalles, que implicaba el reconocimiento de la
Sociedad de Naciones, no recibió la aprobación del Senado, y habiéndose planteado
la lucha electoral para la presidencia sobre la plataforma de la aceptación o no
aceptación de la política wilsoniana, un rapto de egoísmo nacional -el aislacionismo-
dio el poder a los republicanos. Estos lo desempeñaron hasta 1932, a través de las
tres presidencias de Warren G. Harding (1921-1922), Calvin Coolidge (1922-1929) y
Herbert Hoover (1929-1933). Representantes de los grandes trusts y de las finanzas de
Wall Street, los republicanos asociaron a su carro al pueblo mientras la oleada de
prosperidad se mantuvo a ritmo creciente. En aquel período, la intervención de
Norteamérica en el Caribe suscitó justificados recelos de los pueblos
hispanoamericanos sobre las ambiciones del imperialismo yanqui.
Cuando estalló la crisis de 1929, el presidente Hoover se vio atado de pies y
manos por los rudimentarios principios del partido republicano respecto del libre juego
de los factores económicos. Se veía claramente que para rehacer la economía del país
era preciso aumentar el poder de consumo del pueblo y restablecer el comercio
internacional sobre bases menos proteccionistas que las practicadas por Hoover. Los
demócratas llevaron a las elecciones de 1932, con un presidente simpático, optimista e
inteligente, Franklin D. Roosevelt (1882-1945), un programa de profundas reformas
sociales y nuevos conceptos económicos. Esta bandera -la del New Deal- destinada
esencialmente a aumentar la capacidad adquisitiva. de los hombres olvidados, triunfó
por completo. Y así se inauguró el más largo período presidencial de la historia de los
Estados Unidos. Por cuatro veces, en 1932, 1936, 1940 y 1944, Franklin D. Roosevelt
obtuvo la confianza del pueblo de su país.
Roosevelt afrontó la crisis con el realismo que caracterizaba todos sus actos.
Comprendió que el mundo capitalista corría a su perdición sino procedía a un
considerable reparto de los beneficios que iban acumulándose en manos de pocos.
Esto lo logró elevando el jornal de los obreros, imponiendo una severa tributación
sobre los beneficios industriales emitiendo enormes cantidades de papel moneda, lo
cual representó una efectiva devaluación del dólar. Además, quiso intervenir en la
producción agrícola y la industrial, y a tal fin el Congreso votó las leyes de Ajuste
Agrícola (A.A.A.) y la de Recuperación Nacional (N.R.A.); pero ambas fueron
decretadas inconstitucionales por el Tribunal Supremo. Sin embargo, se alcanzaron
fines similares mediante grandes trabajos de obras publicas y la extensión de los
poderes federales a materias nuevas, económicas y sociales, que escapaban a la vieja
jurisdicción reservada a los estados: leyes de regulación del trabajo, seguros y
pensiones sociales, seguro federal para los depósitos bancarios, etc.
El optimismo rooseveltiano devolvió la confianza al país. Norteamérica volvio a
trabajar, aunque todavía no había absorbido en 1940 una masa de nueve millones de
desocupados. La experiencia de su presidente le atrajo la simpatía de muchas
naciones, sobre todo cuando imperó desde la Casa Blanca una acentuada política de
buena voluntad. El criterio del "bastonazo" republicano fue enterrado definitivamente, y
en su lugar Roosevelt se dirigió a la América latina como un "buen vecino". El cambio
psicológico no podía, pues, ser más evidente.

LA TENSION INTERNACIONAL
El sistema de Versalles
Puede afirmarse hoy sin prevención de ninguna clase que el sistema instaurado
por la paz de Versalles en las relaciones internacionales descansó más en el miedo
que en el odio a Alemania. La experiencia de cuatro años de lucha había arraigado en
todos los bandos la más secreta admiración ante la formidable potencialidad del
ejército teutón. Reducirla definitivamente fue la principal preocupación de los
prohombres aliados, los cuales preconizaron distintas soluciones a tan delicado
problema: unos, como los demócratas norteamericanos, el fomento de un nuevo clima
internacional al amparo de la Sociedad de Naciones; otros, como los franceses, el
establecimiento de unas "garantías" concretas que obstaculizaran cualquier nueva
agresión germana; otros, como los ingleses, la práctica del consabido mecanismo de
balancín del equilibrio europeo. Nadie procuró entenderse directamente con Alemania,
lo que, por otra parte, era empresa difícil ante las barreras de cadáveres que orillaban
las fronteras de los antiguos beligerantes.
De las tres soluciones antedichas, la ultima fue la que acabó prevaleciendo.
Como instrumento para mantener la paz internacional y las fronteras de Versalles, la
Sociedad de Naciones quedó destituida cuando el Senado norteamericano rechazó el
tratado de paz con Alemania el 19 de noviembre de 1919. El aislacionismo yanqui privó
a aquel organismo del prestigio y la potencialidad que le habían dado los Estados
Unidos. En cuanto a la política de "garantías" francesa, sucesivamente fueron
arrinconadas la garantía territorial -ocupación definitiva de Renania- y la política -el
pacto de Triple Alianza anglofrancoyanqui de 28 de junio de 1919. Entonces fue preciso
que Francia renovara las leyes de su escuela diplomática buscando a espaldas de
Alemania una coalición de fuerzas que apoyase su política. En defecto de Rusia, los
franceses concertaron alianzas con Polonia (21 de febrero de 1921) y los países de la
Pequeña Entente (Checoslovaquia, Rumania y Yugoslavia), unidas entre sí para
mantener incólumes los artículos del tratado de paz del Trianón ante eventuales
reivindicaciones húngaras (1920-1921).
Inglaterra había contribuido directamente al desarrollo de tal actividad diplomática
torpedeando una y otra vez la acción de Francia en las numerosas conferencias que
sucedieron a Versalles: nada menos que veinticuatro entre 1920 y 1922. Las más
importantes versaron sobre las reparaciones alemanas. Lloyd George, para quien el
prestigio militar francés se mantenía incólume y siempre temía verlo reverdecer en una
añoranza imperialista continental a lo napoleónico, puso trabas a las exigencias de París
en las sucesivas conferencias de Spa (julio de 1920) y Bruselas (septiembre siguiente).
Por ultimo, las reparaciones alemanas quedaron fijadas en la conferencia de Londres
(mayo de 1921) en la cifra de 132 000 millones de marcos oro, los cuales serían
abonados en anualidades de 2 000 millones, más una cifra indeterminada (el 25 por
ciento), que reportarían las exportaciones germanas. Este debía ser el ultimo eslabón
que remacharía la cadena que los vencedores en 1918 habían ceñido al cuello de
Alemania.

La "ruptura cordial", el Ruhr y Locarno


Franceses y británicos se acusaban mutuamente de imperialistas en 1921. Unos
reprochaban a París los pactos de alianza continentales, y los otros a Londres su
intervención en los asuntos del Próximo Oriente, donde Inglaterra se había instalado en
Palestina, Transjordania y el Irak, manejando a los árabes a su antojo. Tales
divergencias se pusieron de manifiesto en la Conferencia de Washington (noviembre de
1921-febrero de 1922), celebrada para fijar unos límites a la potencialidad de las flotas
de guerra de las principales potencias. Se estableció entonces el llamado sistema del
two powers standard, que equivalía, en la práctica, a establecer la siguiente
proporcionalidad para el tonelaje de las armadas nacionales: 5, Estados Unidos e
Inglaterra; 3, Japón; 2, Francia e Italia. Esto sentó a los franceses como un bofetón y fue
una de las causas inmediatas del fracaso de la Conferencia franco-británica de Cannes
(enero de 1922), en cuyo temario figuraba la concesión de una moratoria a Alemania.
Briand fue considerado hombre débil y el poder fue confiado en Francia al enérgico
Poincaré. Bajo tales sombríos presagios se reunió la conferencia de Génova, en abril de
1922, a la que se invitó a Alemania e incluso a Rusia. Su resultado fue paradójico, pues
mientras Francia e Inglaterra chocaban abiertamente en la vidriosa cuestión de las
reparaciones, Rusia y Alemania se ponían de acuerdo por el tratado de Rapallo (16 de
abril de 1922), concertado entre el católico canciller Wirth y el ateo Chicherin. La
diplomacia soviética alcanzó un éxito sorprendente al ser reconocida la U.R.S.S. por la
República de Weimar y, además, al renunciar Alemania a los bienes confiscados en
Rusia por los soviets.
El fracaso de la conferencia de Génova dejó libres las manos al gobierno francés
para actuar a su gusto en el extremo de las reparaciones alemanas. Era evidente que
Alemania atravesaba una difícil situación económica; pero no lo era menos que su
gobierno no tenía la menor voluntad de someterse a las estipulaciones de Londres.
Habiéndose agotado la paciencia de Francia, que a su vez se sentía requerida por los
acreedores norteamericanos e ingleses, el gobierno Poincaré decidió hacer uso de las
atribuciones que se fijaban en el tratado de Versalles en caso de incumplimiento del
mismo, y el 10 de enero de 1923, previo acuerdo con Italia y Bélgica, anunció a Berlín
que ocuparía el Ruhr. Esta fue una peligrosa decisión, que levantó una furibunda
polémica en la prensa mundial. Las tropas francesas se instalaron en el Ruhr, y pese al
movimiento de resistencia pasiva decretado por el canciller Cuno, pusieron poco a poco
en marcha la industria de la región. Alemania se inclinó el 26 de septiembre de 1923 por
boca del nuevo canciller Stresemann. Pero se había causado un daño irreparable a la
causa futura de las relaciones europeas.
Sin embargo, la energía francesa llevó de momento la situación internacional a un
camino más despejado. Al plantearse el problema de las relaciones francoalemanas
sobre bases de claridad diáfana, se podía esperarla guerra o la paz. A esta ultima
tendencia contribuyeron el fracaso del putsch nazi de Munich y los éxitos de los
laboristas en Inglaterra y el Cartel de Izquierdas en Francia (1923-1924). La nueva
atmósfera pacifista se tradujo en el nombramiento de una comisión de expertos, bajo la
presidencia del norteamericano Charles Dawes, que el 9 de abril de 1924 formuló un
nuevo plan para el pago de reparaciones por Alemania (plan Dawes), y en la reunión
que se celebró en Locarno en octubre de 1925, a la que acudieron los principales
estadistas europeos: Chamberlain, Briand, Stresemann y Mussolini. El acta final de la
Conferencia (16 de octubre) consistió en la aceptación por Alemania de los límites
occidentales establecidos por el Tratado de Versalles, respecto de los cuales Inglaterra
e Italia dieron su garantía militar (pacto de Locarno, propiamente dicho), y en unos
tratados de arbitraje entre Alemania, Checoslovaquia y Polonia, más otros de asistencia
mutua entre estos dos últimos países y Francia.

Los años de distensión


El Tratado de Locarno inauguró una época de apaciguamiento internacional, que
coincidió con el buen desarrollo de la economía del mundo entero en el período de gran
prosperidad anterior a la crisis de 1929. El acuerdo franco-germano, el reconocimiento
por Alemania de la posesión por Francia de Alsacia y Lorena, la obligación contraída por
los aliados de evacuar las zonas de ocupación en Renania, la admisión de los
representantes alemanes en el seno de la Sociedad de Naciones, fueron las premisas
del nuevo clima de pacifismo y colaboración entre las antiguas potencias beligerantes.
El organismo internacional ginebrino se benefició de esta coyuntura y aquélla fue su
época mejor.
Parecían superados los antiguos antagonismos. Un libro del escritor alemán
Kramer (Remarque), Sin novedad en el frente, que conoció en este momento un éxito
prodigioso de venta en su país y en el mundo entero, pareció dar la seguridad de que la
guerra era condenada formalmente por una humanidad trágicamente aleccionada. A
este ambiente respondieron dos grandes iniciativas prácticas: la constitución de la
Comisión preparatoria de la Conferencia del Desarme (mayo de 1926) y la celebración
de una Conferencia Económica Internacional (mayo de 1927). La oleada de euforia
llevó a las cancillerías a aceptar el proyecto del secretario de Asuntos Extranjeros de los
Estados Unidos, Kellogg, declarando a la guerra fuera de la ley. La iniciativa fue bien
acogida por el ministro francés Briand (diciembre de 1927) y muy pronto se amplió a un
pacto internacional de renuncia a toda acción bélica. El entusiasmo popular desbordó
las prevenciones de las cancillerías europeas, que el 27 de agosto de 1928 pusieron su
firma al futuro instrumento de la paz del mundo. Pese a todas las reservas ideológicas,
el pacto Briand-Kellogg figurará en los anales de las positivas conquistas espirituales de
la civilización occidental.
El enojoso asunto de las reparaciones fue objeto de un acercamiento más flexible
en el transcurso de estos mismos meses. Después de una serie de deliberaciones
internacionales (memorándum de Ginebra, de 16 de septiembre de 1928; Conferencia
de París, de febrero de 1929), se llegó al acuerdo conocido con el nombre de Plan
Young, de Owen Young, financiero norteamericano, presidente de la Comisión de
Expertos que lo redactó. El plan estipulaba que la deuda alemana, evaluada en 88 mil
millones de marcos oro, se abonaría en dos plazos de 59 anualidades: uno
progresivamente ascendente, de 742 a 2 428 millones (1926-1966), y otro
descendente, de 1 607 a 898 millones (1966-1988), el primero afecto a las
reparaciones y el segundo a las deudas interaliadas. Para realizar tal empeño se
constituyó un Banco Internacional de Pagos. Este mecanismo financiero quizá habría
dado buenos resultados, a no ser por el choque de la brutal crisis económica de 1929 y
los demagógicos resultados políticos que tuvo en Europa.

La crisis de la Sociedad de Naciones: el conflicto de Manchuria y


el desarme
El paroxismo económico internacional, la hiperestesia de las masas y el creciente
auge de los partidos nacionalistas en el mundo entero, y, significativamente, en
Alemania y el Japón, bloquearon la obra de la Sociedad de Naciones entre 1931 y
1933, precipitando el mundo en un caos diplomático de que ya no debería salir sino
por una nueva conflagración bélica.
El primer alerta lo dio el Japón, cuando los militares que dominaban el Estado
Mayor del ejército de Manchuria, encargado de la custodia de los intereses ferroviarios
nipones en el país, ante los progresos del nacionalismo chino, se adueñaron, en la
noche del 18 al 19 de septiembre de 1931, sin autorización de su gobierno, de Mukden
y los principales puntos estratégicos del territorio. China reclamó ante la Sociedad de
Naciones, considerando violado el artículo 11 del Pacto federal. Era evidente que la
acción japonesa, que muy pronto determinó la total ocupación de Manchuria, no sólo
vulneraba las estipulaciones del Covenant (como era llamado el articulado del Pacto),
sino también el acuerdo de Washington de 1921 y el pacto Briand-Kellogg, de 1928.
Pero la Sociedad de Naciones se limitó a mandar a Manchuria una comisión de cinco
grandes potencias, entre las cuales los Estados Unidos, bajo la presidencia del inglés
lord Lytton. El informe de esta comisión señaló claramente a los agresores: los
japoneses, los cuales, por otra parte, no cejaban en dar pruebas de su violento deseo
expansionista (guerra de Shangai, enero-mayo de 1932; erección de Manchuria como
estado independiente, 1.0 de marzo de 1932; conquista de Pekín y Tientsin en 1933).
Cuando la Sociedad de Naciones reconoció el 24 de febrero de 1933 que Manchuria
debería seguir formando parte de China, el representante japonés se retiró de la sala
de la Asamblea en medio de un silencio glacial: la Paz yacía allí exánime.
El premio al agresor quedaba así justificado. El miedo a la guerra, inherente a
los regímenes democráticos, estimulaba las más desaforadas reclamaciones
imperialistas. Pero la lección no fue echada en saco roto. Muchos gobiernos pensaron
ya en rearmarse, tanto más cuanto la oleada nazi en Alemania planteaba la caducidad
del Tratado de Versalles. En la agitadísima atmósfera de aquellos días, el anuncio del
acuerdo aduanero concertado por el canciller Brünning entre Alemania y Austria (19 de
marzo de 1931) provocó un revuelo diplomático excepcional. Alemania tuvo que
renunciar a esta medida. Pero también obtuvo su gran ventaja de la crisis: la
aceptación internacional de la moratoria Hoover (20 de junio de 1931), suspendiendo
por un año el pago de las reparaciones de guerra.
El desaliento internacional explica que la Conferencia del Desarme, reunida el 2
de febrero de 1932 en Ginebra, no justificara ni remotamente las esperanzas que se
habían puesto en ella. Las democracias occidentales tropezaron, de un lado, con la
demagogia de la propaganda soviética, que proclamaba el "desarme total"; de otro,
con las reivindicaciones alemanas, que exigían "la igualdad de derechos", en otras
palabras, el rearme de Alemania. Ante la enormidad de esta pretensión que convertiría
la Conferencia en la plataforma de un rearme general, los delegados de París, Londres y
Washington se negaron rotundamente a ello. Se les acusó de egoísmo imperialista. De
hecho su negativa sirvió de pretexto a Hitler, que mientras tanto había escalado el poder
en Alemania, para retirarse simultáneamente de la Conferencia y de la Sociedad de
Naciones (4 y 9 de octubre de 1933). La guerra llamaba a las puertas de Europa.

El revisionismo nazi y el reajuste de las alianzas europeas: la


crisis del "Anschluss"
La simultánea coincidencia de la debilitación de la Sociedad de Naciones y la
ocupación de los resortes del Estado por el nazismo en Alemania, instauraron de nuevo
en Europa la política de bloques políticos. Para evitarla, Mussolini, que juzgaba con
malos ojos la que llamaba "democratización de la política internacional" del organismo
ginebrino, propuso, en 1932, un pacto de Cuatro potencias (Alemania, Francia, Italia y
Gran Bretaña), esto es, una especie de Directorio europeo, que procedería a la revisión
pacífica de los tratados de paz de 1919 y constituiría un valladar al expansionismo
soviético. La idea pareció cuajar con motivo del viaje de Mac Donald a Roma en junio de
1933. Pero los justificados recelos de las cancillerías europeas volatilizaron tal
propósito.
Mientras tanto, caminando en otras direcciones, Francia y Rusia iban
aproximando sus puntos de vista. Atenazada por la idea de una inminente agresión
teutona, la U.R.S.S. había lanzado desde 1932 una campaña de paz. El artífice de tal
política fue Litvinov en calidad de ministro de Asuntos Extranjeros de los Soviets. En
1932 la U.R.S.S. firmó sendos tratados de no agresión con Finlandia, Estonia, Letonia,
Lituania y Polonia y logró que reconocieran el régimen España, Rumania,
Checoslovaquia y Bélgica (1933). Fruto de tal actividad fue su admisión en la Sociedad
de Naciones en 1934.
Francia, por su parte, marchaba en busca de una solidaridad con las potencias de
segundo orden del Este. El trascendental viaje de Mr. Barthou a los países de la
Pequeña Entente y Polonia (abril y junio de 1934), dio a París la seguridad de que podía
contar con aquéllos, mas no con Varsovia, que por un viraje equivalente a un suicidio
político, acababa de concertar un pacto de no agresión con Alemania, valedero por seis
años (26 de enero de 1934). Polonia, en efecto, no quería oír hablar de una política
cuyo último eje fuese Moscú, y prefería entregarse, vendados los ojos, a las sirenas del
nazismo. Esta negativa orientó decididamente a Francia hacia la U.R.S.S.
El vértice de tal actividad diplomática continuaba siendo el 111 Reich. Ni Hitler ni
los suyos se recataban de exigir la revisión del tratado de paz de Versalles, muchas de
cuyas cláusulas, como las relativas a las reparaciones, estaban de hecho caducadas.
Pero, además, la camarilla nazi intentaba llevar a cabo alteraciones más profundas en el
mapa europeo, entre las cuales las de integrar a todos los alemanes en un estado
nacional y la de darles su "espacio vital". Expresión enigmática que llenaba de espanto a
todos los vecinos de Alemania.
El más preocupado de todos era Austria. Desde 1918 la historia del pequeño
estado, residuo de la gran monarquía danubiana de los Habsburgo, había constituido
una gran tragedia. El país estaba dividido entre una cabeza monstruosa -la capital,
Viena, centro del socialismo- y un cuerpo raquítico -los valles alpinos, poblados por
pastores católicos. Al intento de unión con Alemania (Anschluss), preconizado por los
socialistas en 1919, los aliados habían contestado con un no rotundo. Desde aquella
fecha el poder había estado casi siempre en manos de los socialcatólicos, dirigidos por
monseñor Ignaz Seipel. Los socialistas intentaron desencadenar algunas huelgas, que
fueron reprimidas. Cuando en 1930 se abatió sobre el país la crisis mundial, la
socialdemocracia se organizó en una Schutzbund, milicia armada para oponerse a los
grupos monarquizantes de los Heimwehren. Estos conflictos decidieron a los
socialcatólicos a buscar una unión aduanera con Alemania (1932), a la que ya nos
hemos referido. Ante la negativa de los antiguos aliados, se encargó del poder un
hombre enérgico, Engelbert Dollfuss, cuya política estribó en imponer la paz entre los
socialistas, los monárquicos y los nazis. Los más peligrosos de todos fueron, desde la
subida al poder de Hitler, estos últimos. En efecto, Berlín los estimulaba con abundantes
recursos financieros y desataba contra el gobierno de Viena una irritante campaña de
nervios, prolegómeno de las actividades secretas que con tan buen éxito habría de
fomentar más tarde en todas partes.
El canciller Dollfuss, que en la Conferencia de Londres de 1933 proclamó su
decidido propósito de oponerse a los planes anexionistas de Hitler, tropezó en su país
con la exasperada actitud de la socialdemocracia, que en la ceguera del momento le
acusó de llevar al país al fascismo. Los socialistas se levantaron en Viena a fines de
febrero de 1934; pero su lucha fracasó después de una semana de durísima
resistencia. Centenares de cadáveres cubrieron las calles de la capital. La victoria de
Dollfuss se pudo calificar de pírrica, pues le entregó inerme en manos de los nazis.
Alentados por Hitler, prepararon éstos un putsch que había de darles el poder. El
25 de julio un grupo de desalmados invadió la cancillería y asesinó a Dollfuss. Sólo la
enérgica actuación de Mussolini, que envió varias divisiones al Brennero, salvó a Austria
del golpe con que le amenazaba el nazismo. El Anschluss se disipó, de momento, y en
lugar de Dollfuss ocupó la cancillería su lugarteniente Kurt Schuschnigg.

El plebiscito del Sarre, la remilitarización alemana y el frente de


Stressa
Los acontecimientos de julio de 1934 señalaron una febril actuación de los
gobiernos en el campo del rearme. Goring inició entonces el famoso plan cuatrienal que
al precio de "más cañones y menos mantequilla" había de permitir el colosal programa
militar del III Reich, decidido ya en absoluto a una guerra ofensiva en cualquier frente
que fuera preciso. Rusia siguióle por el mismo camino, aumentando el Ejército Rojo de
600 000 a 960 000 hombres. Italia decidió poner en pie de guerra 600 000 soldados.
Sólo las democracias marchaban a remolque. Hasta mediados de 1934 el gabinete
Baldwin no aceptó las sugerencias de los miembros más activos de su partido, entre
los cuales W. Churchill, decretando el rearme de Inglaterra, cuya debilidad militar puso
de relieve un Libro blanco publicado el mismo año. En cuanto a Francia, a instancias
del mariscal Petain, decidió restablecer el servicio militar bienal, a cuyo fin se presentó
a las Cámaras el oportuno proyecto de ley.
El plebiscito del Sarre, que se celebró, como preveía el tratado de Versalles, el
13 de enero de 1935, dio un resultado netamente favorable a la reintegración del
territorio a Alemania. Tales elecciones crearon un singular clima psicológico en
Europa, pues avalaron los anteriores resultados electorales alcanzados por los nazis y
justificaron su régimen ante las democracias occidentales. En cuanto a Hitler, recuperó
el prestigio perdido después del fracaso del putsch de Viena. Convencido de que la
fortuna ya no podría abandonarle, procedió a dar el primero de sus golpes de audacia,
que tanto desconcertaron a las lentas diplomacias de Occidente. El 16 de marzo, al día
siguiente de la aprobación por el Parlamento francés de la ley estableciendo el servicio
militar bienal, Hitler proclamó la instauración del servicio obligatorio en el país y la
formación de un ejército nacional (Wehrmacht) compuesto por doce cuerpos de
ejército. De un plumazo se desmoronaba el capítulo V del Tratado de Versalles.
Europa quedó abatida. Francia vaciló, y, por ultimo, se limitó a protestar ante la
Sociedad de Naciones. Inglaterra nadaba entre dos aguas, pues en aquel mismo
momento una embajada, confiada al ministro Simon, se hallaba en Berlín intentando llegar
a un acuerdo general con Hitler. El conservadurismo inglés tuvo siempre ocultas
preferencias hacia el nazismo alemán. Lo único positivo que se llevó a cabo fue el pacto
concertado en Stressa del 11 .al 14 de abril de 1935 entre Francia, Italia y Gran Bretaña,
comprometiéndose a garantizar la independencia de Austria y a resistir, moralmente, al
expansionismo nazi. Bien poca cosa, en el fondo; y aun duró mucho menos de lo que
podía prever el más pesimista.

Triunfo del imperialismo fascista: la guerra de Abisinia


El fascismo italiano había sido siempre muy celoso del prestigio del Estado en el
exterior del país. Desde 1922 no había cedido ni una pulgada en este extremo. Pero,
además, acompañaba esta política con una propaganda teatral de grandes ambiciones a
lo romano, a través de las cuales Mussolini juzgaba estimular la moral combativa del país.
Gritos de: " ¿A quién el dominio del mar? " eran seguidos invariablemente por la
respuesta de "A noi! " en las grandes concentraciones fascistas. Pero, en verdad, nadie
se preocupaba mucho por tal género de expansiones familiares. Sin hulla y sin hierro,
Italia era y seguiría siendo una gran potencia frustrada.
Pero al calor del dinamismo nazi los sueños de Mussolini se concretaron en la
posibilidad de dotar al país de un imperio colonial efectivo en Africa, no de un "imperio de
desiertos", cuales eran los de Libia, Eritrea Somalia. Se remozó el recuerdo de los planes
de expansión en Abisinia, y a fines de 1934, juzgando favorable la situación en Europa, el
dictador italiano estimó llegado el momento de pasar a los hechos. Juzgaba bien
merecidos sus deseos después del apoyo prestado a las democracias durante la crisis del
Anschluss en julio de 1934.
Francia, que acababa de concertar un arreglo satisfactorio con Italia respecto a las
colonias africanas y Túnez (acuerdo Mussolini-Laval de 7 de enero de 1935), no veía con
malos ojos aquella diversión del fogoso vecino transalpino. En cambio, los círculos
coloniales británicos reaccionaron en forma totalmente distinta. En la asamblea de la
Sociedad de Naciones (abril de 1935) proclamaron su disconformidad con el plan italiano.
Pero la misión encargada al joven auxiliar del ministro inglés de Asuntos Exteriores,
Anthony Eden, quien se trasladó a Roma para sondear a Mussolini, demostró que éste se
hallaba dispuesto a pasar a la acción en Africa. En efecto, el 3 de octubre de 1935, sin
previa declaración de guerra, el ejército italiano invadía Abisinia, donde el emperador
Haile Selassié I se aprestaba a una ilusoria defensa del país.
Ante el hecho consumado, la Sociedad de Naciones decretó, el 5 de noviembre
siguiente, la aplicación de sanciones a Italia por infracción del pacto federal. Mussolini
respondió a tal decisión imitando al Japón y a Hitler, esto es, retirando su delegación de
Ginebra. Europa sufrió de nuevo las pesadas amenazas de la guerra. Pero, lo que fue
más grave, en el seno de cada país los bandos políticos opuestos se aglutinaron en
formidables coaliciones en pro o en contra de Italia. Fue este ambiente el que habría de
determinar, en 1936, la formación de los Frentes Populares en Francia y España.
Las sanciones fueron aplicadas con una liviandad extremada. Los gobiernos
democráticos revelaron, una vez más, falta de decisión y consecuencia en sus
propósitos. Mientras las tropas fascistas vencían las primeras resistencias etíopes en
Adua, Makallé y Dolo, Pierre Laval y Samuel Hoare intentaron llegar a una solución de
compromiso con Italia (9 de diciembre). La opinión de Francia e Inglaterra se indignó
ante tal acuerdo. Pero las vacilaciones de sus gobiernos respectivos facilitaron
decisivamente la acción de Mussolini, el cual, en esos apurados días, recibió de Hitler
pleno apoyo. En Abisinia, a partir de enero de 1936, las operaciones militares se
desarrollaron con celeridad suma. El ejército mecanizado del general Pietro Badoglio
pulverizó la resistencia enemiga en las acciones de Amba Alagi (28 de enero) y del lago
Achangui (21-31 de marzo). Haile Selassié I abandonó su capital, Addis Abeba, que fue
ocupada por los italianos el 5 de mayo.
El 9 del mismo mes Mussolini proclamó en Roma la erección del imperio italiano.
El 4 de julio las democracias se humillaban: la Sociedad de Naciones levantó las
sanciones decretadas nueve meses antes. El frente de Stressa había pasado a mejor
vida.

El conflicto civil en España


Apenas Europa empezaba a respirar de las ultimas angustias, cuando sus
cancillerías tropezaron con un problema no menos grave que el planteado por la guerra
de Abisinia. El 18 de julio de 1936 el ejército español de Canarias y Marruecos se
pronunciaba contra el gobierno del Frente Popular que acababa de alcanzar el poder en
las elecciones del 16 de febrero de 1936. La resistencia de los elementos adictos al
mismo -demócratas, socialistas, comunistas y anarquistas-, no sólo planteó la guerra
civil en España, sino que dio lugar a una explosión de ferocidad revolucionaria.
Este brutal choque entre hermanos derivaba del problema político planteado años
antes, en 1930, cuando la oleada de la crisis económica arrastró consigo al gobierno
dictatorial de Primo de Rivera. Aprovechándose de la inquietud de la clase media, los
elementos republicanos y socialistas arrastraron al país consigo en las elecciones del 12
de abril de 1931, celebradas bajo la consigna de monarquía o república. Alfonso XIII no
halló el apoyo que apetecía en los partidos conservador y liberal ni en las fuerzas
armadas. El 14 de abril abandonó el país, en el cual se instauró el régimen
republicano.
Este conoció dos virajes: hacia la izquierda, en las elecciones de mayo de 1931
y hacia la derecha en las de noviembre de 1933. Las primeras determinaron una
Constitución democrática, laica y regionalista. Los excesos de las masas en mayo de
1931 y la inquietud social mantenida por los sindicalistas, prepararon el golpe de
Estado que dejó de darse el 14 de abril. El 10 de agosto se pronunció en Sevilla el
general Sanjurjo; pero su acción no tuvo éxito. De la misma manera, despreciando el
normal juego parlamentario, los socialistas se levantaron en armas el 6 de octubre de
1934 ante el anuncio de la constitución de un gobierno en el que figuraban elementos
significativamente derechistas. Esta acción fue apoyada, de modo incomprensible, por
el gobierno autónomo de Cataluña. Sofocada con facilidad la sublevación en Barcelona
y Madrid, Asturias fue, en cambio, teatro de dramáticos acontecimientos hasta el 18
del mismo mes, a causa del levantamiento armado de los mineros y de la violenta
represión militar que siguió al mismo. Los rescoldos del apasionado fuego prendido en
el país el 6 de octubre, continuaron ardiendo a lo largo del año 1935, alentados por la
guerra de Abisinia, y a través de las elecciones de febrero de 1936, a las que ya
hemos aludido, desembocaron en el conflicto de julio siguiente.
El Alzamiento Nacional, eliminados sus principales jefes por el asesinato -Calvo
Sotelo- y un accidente de aviación -general Sanjurjo-, fue acaudillado desde los
primeros instantes por el general Franco. Las tropas de Marruecos, el único ejército
efectivo del país, avanzaron hacia Madrid en el transcurso de julio a octubre de 1936.
Pero hallándose ante la capital, chocaron con las fuerzas de las Brigadas
Internacionales reclutadas por el gobierno del Frente Popular, antifascistas y
comunistas de toda Europa (13 a 15 de noviembre de 1936). Este hecho planteó sobre
el tapete de las relaciones internacionales la cuestión de España, envenenada ya en el
seno de cada país por la propaganda política y la narración de los lamentables
sucesos revolucionarios acaecidos desde el mes de julio.
Fue Inglaterra la potencia que deseó poner coto al conflicto civil español -que
confiado a sus propios recursos no se habría alargado un par de meses- para evitar
una conflagración general europea. A tal efecto, invitó a las principales potencias
interesadas en el asunto, Francia e Italia, desde luego, y aun Alemania y la U.R.S.S., a
concertar un acuerdo de no intervención (2 de agosto), que instituyera un comité
idóneo para evitar el abastecimiento militar de los beligerantes hispanos. Establecido
el Comité el 9 de septiembre de 1936, su misión fue de una inocuidad transparente.
Ante sus mismas barbas pasaron hombres, ejércitos y pertrechos a alimentar la
contienda española. De este modo el país se convirtió en el tumor donde se
polarizaron los antagonismos europeos y el banco de pruebas de los métodos y armas
de la inminente guerra europea.
Afianzado el gobierno nacional instituido en Burgos, por el reconocimiento
diplomático de Italia y Alemania (18 de noviembre), las operaciones militares que
emprendió fueron coronadas casi siempre por el éxito. A comienzos de 1937 se
adueñaron los nacionalistas de Málaga (8 de febrero) y en el curso de una prolongada
ofensiva (31 de marzo-21 de octubre) conquistaron la franja cantábrica republicana,
desde Bilbao, que cayó en su poder el 9 de julio, a Gijón. Al año siguiente, hundieron
el frente adversario en Aragón (marzo) y llegaron al Mediterráneo por Vinaroz (14 de
abril). A fines de 1938, superada una contraofensiva en el bucle oriental del Ebro, una
rápida campaña les dio Cataluña (Barcelona fue conquistada el 26 de enero de 1939).
Desde este momento, la guerra podía considerarse terminada. En efecto, el ultimo
frente republicano se desplomó en marzo de 1939, y el 1.0 de abril el Gobierno
Nacional pudo proclamar el fin de las hostilidades.

Los golpes de mano totalitarios de 1936 a 1938: Renania, China,


Austria
La vacilante política de las potencias occidentales en el asunto abisinio estimuló
a los gobiernos de Alemania y el Japón a dar nuevos pasos en su insaciable marcha
expansionista. El desencadenamiento de esta etapa, que había de conducir fatalmente
a la guerra, coincide con el momento psicológico del 7 de marzo de 1936, cuando
Adolfo Hitler, contra el parecer de los altos jefes de la Wehrmacht, dispuso la
remilitarización de Renania.
El Parlamento francés acababa de revalidar la alianza francosoviética
concertada un año antes (5 de marzo) y tal fue el pretexto esgrimido por Hitler para
echar por la borda no sólo un nuevo capítulo del Tratado de Versalles, sino también
todo el texto del de Locarno, ue Alemania había aceptado libremente. En aquellos
días la eficacia del ejército francés era muy superior a la del III Reich y una decisión
enérgica habría aleccionado a los nazis. Pero París se limitó a consultar a Londres, y
como el gobierno de N. Chamberlain, a pesar de salir garante del Pacto de Locarno,
consideró que era su misión evitar todo conflicto armado, de aquí que la reacción
democrática se limitara a una nueva protesta platónica. La remilitarización de Renania
le valió a Hitler más que cien victorias. Adquirió en su país un prestigio inaudito,
incluso sobre el reservón elemento militar, y desquició el sistema de alianzas francés.
Bélgica, Polonia y la Pequeña Entente se orientaron hacia el nuevo y tremebundo
astro, mientras Italia, olvidando la crisis de 1934, se entregaba al nazismo triunfante.
En octubre de 1936, a raíz de una visita a Berlín del conde Ciano, yerno de Mussolini y
ministro de Asuntos Exteriores de Italia, se concertó la amistad entre los dos
regímenes totalitarios, que muy pronto habría de conocerse con el nombre de "Eje
Roma-Berlín".
También el Japón estrechó su amistad con Alemania, lo que no dejaba de ser
lógico después de la firma de la alianza francosoviética. El 25 de noviembre de 1936
se concertó en Berlín el denominado Pacto Antikomintern, el cual, bajo pretexto de
combatir el comunismo internacional, encerraba una diáfana amenaza contra la
U.R.S.S. Los militaristas japoneses acababan de imponer su voluntad al gobierno
imperial y el príncipe Konoye resultó un instrumento ideal de sus planes de expansión
en China. Un simple incidente en el "puente de Marco Polo" (7 de julio de 1937)
provocó una ofensiva de gran estilo de los japoneses contra el gobierno de Chang Kai
Chek. Shangai cayó en sus manos el 9 de noviembre y Nankín el 13. El generalísimo
chino se refugió en Chungking, desde cuya localidad dirigió la lucha contra el invasor
hasta septiembre de 1945.
Mientras tanto, en Europa el nazismo iba decididamente a la guerra. El 5 de
noviembre de 1937, en una reunión secreta celebrada en la cancillería de Berlín,
Hitler, Göring, Von Neurath y los altos jefes del ejército y la marina, decidieron aprestar
el país para una ofensiva militar, destinada a conquistar terrenos agrícolas*. Por aquel
entonces, Hitler no hallaba freno ni en el círculo de sus más íntimos colaboradores. El
4 de febrero de 1938 procedió a una reorganización completa de los altos mandos
militares y diplomáticos del país. Aquéllos fueron confiados al general Keitel, de
probada fidelidad al nazismo, y éstos a von Ribbentrop, personaje de una vanidad tan
ilimitada como su ingenuidad diplomática. Poco después, sobrevino el golpe contra
Austria. La amenazadora actitud de Hitler obligó el 12 de febrero al canciller
Schuschnigg a admitir en el seno de su gobierno al jefe nazi, Dr. Seyss Inquart. Pero
habiendo intentado reaccionar el 9 de marzo, convocando un plebiscito nacional, tres
días después las tropas alemanas invadieron y ocuparon el simpático y desgraciado
país. El Anschluss era un hecho incuestionable, que preparaba, con la Gran
Alemania, la próxima expansión del nazismo hacia los Balcanes. Mussolini aplaudió la
acción de su colega y Francia e Inglaterra inclinaron de nuevo la cerviz el 2 de abril de
1938, reconociendo el hecho consumado.

La crisis sudeta y el acuerdo de Munich


La anexión de Austria por Alemania podía justificarse por la similitud racial,
idiomática e histórica de ambos pueblos, ramas divergentes de un mismo tronco
nacional. ¿Estaría, pues, satisfecho Hitler? Tal era la esperanza del mundo entero
cuando, aun no digerida la sorpresa del 13 de febrero, tropezó con un problema de
mayor fuste: el de las reivindicaciones alemanas sobre las regiones periféricas de
Bohemia, pobladas por gentes de la misma lengua, que formuló el jefecillo local Konrad
Heinlein el 24 de abril de 1938, dos semanas después de conferenciar con Hitler. En
nombre de los sudetas, que así se bautizaba a la población germanófoba de
Checoslovaquia, Heinlein exigió del gobierno de Praga, con la evidente intención de
desquiciar el Estado, la autonomía administrativa, la igualdad de derechos con los
checos y la libertad absoluta para expresar su adhesión a Alemania.
El estado checoslovaco, bajo el caudillaje de Massaryk, su restaurador, y de
Benes, el fiel discípulo de este último, había sido la única experiencia lograda del
régimen democrático en la Europa oriental. Su vida colectiva era pujante, su industria
poderosa y los partidos políticos practicaban un correcto juego parlamentario. Es
evidente que su constitución racial lo convertía en una especie de mosaico: checos (7
500 000), eslovacos (3 500 000), sudetas o alemanes (3 000 000), y además
rutenos (ucranianos), polacos y húngaros. Pero hasta el advenimiento de Hitler al poder
no se había planteado ningún problema grave, a excepción del que lo separaba de
Polonia por la ciudad fronteriza de Teschen. Checoslovaquia era la cabeza de la Triple
Entente y estaba protegida frente a Alemania por sendas alianzas concertadas con
Francia y la U.R.S.S. en 1925 (Locarno) y 1935, respectivamente.
Cuando Henlein reivindicó los derechos minoritarios de los sudetas, todo el
mundo advirtió que Hitler actuaba bajo mano. El mismo acentuó tal impresión
concentrando imponentes fuerzas en la frontera, poniendo en pie de guerra a 1 300
000 hombres y emprendiendo aparatosas obras de defensa militar en el Oeste
(Westwall, mayo de 1938). Aunque vacilante como siempre, el gobierno francés,
ejercido en estas fechas por Daladier, estaba dispuesto a cumplir sus compromisos con
Checoslovaquia. Pero para ello requería el auxilio de Polonia y el de Inglaterra. Los
polacos, en actitud suicida, se mostraron reacios a considerar el peligro ajeno, y el
gobierno Chamberlain declaró que no arrastraría a una guerra al Imperio por simples
cuestiones de minorías étnicas. A tal fin ofreció sus servicios al gobierno checoslovaco,
enviando como mediador entre él y los sudetas al vizconde Runciman (agosto de 1938).
Pero Hitler no estaba dispuesto a dejar prosperar aquel intento pacificador.
Preparado ya para hacer frente a cualquier eventualidad militar, el 12 de septiembre de
1938 pronunció un violento discurso belicista en Nuremberg, en el que ofreció el apoyo
armado de Alemania a los sudetas. Sus palabras desplegaron sobre Europa el sombrío
espectro de la guerra. El propio premier inglés, en un gesto pacificador, se trasladó a
Berchtesgaden, residencia de Hitler (15 de septiembre), donde éste le reveló sus
pretensiones: la anexión a Alemania del territorio sudeta. Equivalía ello a la cesión por
parte de Checoslovaquia de sus defensas militares, muy poderosas, y de sus principales
instalaciones mineras y metalúrgicas. Chamberlain negoció con Daladier a base de tal
proposición, y convenció a su colega para que accediese a las reivindicaciones de Hitler:
"las últimas" que planteaba. Pero cuando regresó a Alemania, el caudillo alemán
sorprendió una vez más la buena fe de Chamberlain diciéndole que se proponía ocupar el
territorio sudeta el 1 de octubre.
La semana del 24 al 30 de septiembre fue de extrema tensión internacional.
Movilizaron parcialmente Checoslovaquia, Francia e Inglaterra. Pero en el momento
decisivo, Mussolini secundó el juego del Führer invitando a Francia, Inglaterra y Alemania
a una conferencia. Celebróse ésta en Munich con asistencia de Hitler, Mussolini,
Chamberlain y Daladier. Se acordó allí acceder a las principales cláusulas del plan
alemán, con ligeras modificaciones propuestas por los británicos, y garantizar el futuro
territorio checoslovaco por un protocolo común. Este acuerdo (30 de septiembre)
representa el nivel máximo alcanzado por la política de apaciguamiento de las
democracias. Sacrificaron concienzudamente al aliado y quedaron aisladas en su
impotencia física. La derrota de Munich pesó gravemente en los sucesos ulteriores.

La guerra hecha inevitable por Alemania


La monstruosa potencialidad militar alcanzada por Alemania en el espacio de cinco
años -un ejército de 13 000 000 de hombres, altamente motorizado, con una industria
destinada a cubrir sus demandas de material en los dos tercios de su producción- fue el
peso que hizo caer la balanza del lado de las potencias totalitarias en Munich.
Chamberlain y Daladier, singularmente el primero, regresaron a sus países convencidos
de que, en adelante, remitiría la tensión internacional. Hitler les demostró, muy pronto,
que andaban muy equivocados.
Apenas había concluido el ejército alemán de instalarse cómodamente en el
territorio sudeta, Hitler fomentó el movimiento independentista de Eslovaquia. Esta región
proclamó su independencia el 14 de marzo. En las angustiosas horas subsiguientes, el
presidente checoslovaco Hacha se trasladó a Berlín para reclamar de Hitler el
cumplimiento del Pacto de Munich. Allí, en el palacio de la Nueva Cancillería, el viejo
político fue aterrorizado por el Führer, quien le arrancó un escrito en que solicitaba la
"protección" de Bohemia por Alemania. Las tropas del 111 Reich ocuparon Praga el 15 de
marzo. Este golpe hirió, por fin, la puritana sensibilidad de Chamberlain. La guerra estaba
a la vista. A fines de mes Francia e Inglaterra garantizaban la independencia de Polonia y
el 13 de abril la de Rumania y Grecia. Mientras tanto, Alemania se había hecho devolver
Memel por Lituania (22 de marzo), y el brillante segundón de Hitler, Mussolini, emulando
el dinamismo de su colega, se adueñaba de Abisinia (7-12 de abril).
Era inevitable que el próximo golpe de Hitler sería descargado sobre Polonia,
aunque Hitler hubiese declarado en 1933 que "sería un crimen contra la humanidad
emprender una guerra por el corredor de Danzig", o sea el pasillo que el Tratado de
Versalles había abierto a través de Pomeralia hacia el Báltico. Ya nadie creía en las
palabras del Führer de Alemania. Ni él mismo, en primer lugar. El 28 de abril denunció
el tratado de no agresión polacogermano de 1934 y se dispuso a reivindicar el famoso
pasillo y la ciudad libre de Danzig, según ya había anunciado al embajador polaco
Lepski el 24 de octubre anterior, a los pocos días de la ominosa complicidad entre los
dos países en el asunto de Checoslovaquia.
Para hacer frente a la nueva amenaza, Francia e Inglaterra se dirigieron a la
U.R.S.S. Pero los aires del Kremlin habían cambiado desde Munich y la guerra civil
española. En lugar del diplomático Litvinov, Stalin encargó el ministerio de Asuntos
Exteriores a su hombre de mayor confianza, Molotov (3 de mayo), que evidenció muy
pronto cierta inclinación admirativa hacia los métodos nazis. Molotov insistió para
regularizar las fronteras entre la U.R.S.S., los Países Bálticos, Polonia y Rumania, y
aunque la misión fracobritánica en Moscú cerraba los ojos en el primer caso, se resistió
a todo convenio militar que implicara la presencia de tropas soviéticas en Varsovia o
Bucarest. Desde el 11 de julio el fracaso occidental era un hecho.
Pero la gran sorpresa histórica no se produjo hasta fines de agosto, después de
un verano cargado de siniestros augurios desde que el 17 de junio el ministro nazi
Göbbels anunciara la voluntad del Reich de incorporarse Danzig. Este era sólo un
motivo para ir a la guerra, que se sabía iba a estallar en plazo fijo (11 de agosto,
confesión de Von Ribbentrop a Ciano)*. Pero el III Reich no podía empeñarse de
momento en una aventura en un doble frente de combate, como en 1914. Era preciso
ofrecer a la U.R.S.S. los territorios que ambicionaba en el Báltico, Polonia y Rumania, y
que Inglaterra y Francia le habían denegado. Tal fue el sentido de la oferta que Von
Ribbentrop hizo a Stalin y Molotov el 23 de agosto de 1939 y que quedó incorporada en
un pacto de no agresión y en un protocolo secreto. Alemania tenía las manos libres en
Europa.
Nadie podrá olvidar jamás la defección que Alemania hizo a la causa de
Occidente el 23 de agosto de 1939. El pacto concertado en tal fecha abrió al
comunismo soviético fabulosas posibilidades de expansión en Europa y Asia. Sólo el
rabioso fanatismo racista, el culto a la violencia y el desprecio a todo valor cultural
explican la tremenda ceguera de Hitler y Ribbentrop en aquel aciago momento.

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL


La guerra relámpago en Polonia y Occidente
Después de una semana de intensa actividad diplomática, de la que se dedujo la
inquebrantable decisión de Alemania de ir a la guerra y la no menos enérgica voluntad
del gobierno inglés de no dejarse arrastrar a un nuevo Munich, como proponía
Mussolini, los ejércitos alemanes cruzaron la frontera polaca el 1.0 de septiembre de
1939. Dos días después, Inglaterra y Francia declaraban la guerra al III Reich.
La batalla de Polonia se desarrolló a un ritmo vertiginoso. La Wehrmacht aplicó a
la guerra una nueva concepción estratégica, que hacía recaer el peso de la
acciónenlas unidades motorizadas, las cuales, una vez lograda la ruptura del frente, se
adentraban, con el auxilio de la aviación, en el país adversario para proceder al
aniquilamiento de los principales reductos de su defensa. Todo ello preparado y
acompañado por una activa acción propagandística, de infiltración política y espionaje:
De esta guisa, el ejército alemán, mandado por el general Von Brauchitsch, fue capaz
de aniquilar al polaco en el breve espacio de tres semanas. El peso de la operación
recayó en el grupo sur de ejército, a cuyo frente se hallaba el general Von Runstedt.
Habiendo roto el frente en Katowitz, las Panzerdivisionen, en movimiento
desbordante, llegaron el 8 de septiembre a los suburbios de Varsovia. Luego se
procedió a la reducción sistemática del adversario en la bolsa de Kutno (9-20 de
septiembre). Varsovia cayó el 27 de septiembre, después de un bombardeo aterrador.
El gobierno polaco, que había huido a Lublín, tuvo que abandonar el país ante el
simultáneo avance del ejército soviético, que el 17 anterior había cruzado la frontera. El
28 de septiembre Alemania y la U.R.S.S. llegaron a un acuerdo para repartirse Polonia,
según una línea que, partiendo de Ostrolenka, en las cercanías de Prusia Oriental,
alcanzaba los Cárpatos en Iaroslav, por Brest Litovsk y Kristnopol. Veinte millones de
habitantes pasaron a depender de Alemania y quince de Rusia.
Este éxito arrollador causó un deprimente efecto psicológico en los países
democráticos, cuyos mandos confiaban en la vieja concepción táctica del frente inmóvil -
la famosa línea Maginot, que cubría la frontera desde las Ardenas a los Vosgos.
Mientras el ejército francés se desmoralizaba en la inactividad y la retaguardia daba
muestras de un injustificado derrotismo -la guerre dróle-, la Wehrmacht perfilaba sus
proyectos de ofensiva para la primavera siguiente. El ataque de la U.R.S.S. a Finlandia
(29 de noviembre de 1939-12 de marzo de 1940), acabó de crear la confusión entre
las potencias occidentales y sus simpatizantes. El ejército soviético, después de vencer
una enérgica resistencia de las tropas finlandesas, sagazmente acaudilladas por el
mariscal Mannerheim, obligó al gobierno de Helsinki a aceptar la paz de Moscú, por la
cual cedía a los Soviets la ciudad de Viborg y la orilla septentrional del lago Ladoga.
En estas circunstancias de intranquilidad y temor por parte de los aliados, el 9 de
abril de 1940 el mundo se despertó sobresaltado ante la noticia del asalto por Alemania
de Dinamarca y Noruega. Aquella nación se entregó sin resistencia. Noruega, pese a la
traición del jefe del partido nacional profacista, el mayor Quisling, que abrió a las tropas
germanas el acceso a los fiordos de Oslo, Stavanger, Trondjem, Bergen y Narvik, entre
otros, cumplió con más brío su papel de defender el territorio nacional. Los aliados,
cogidos por sorpresa, pretendieron apoyar a los noruegos. Pero fueron expulsados del
sur del país el 29 de mayo, y del norte, donde habían reconquistado Narvik, el 10 de
junio. De tal guisa, el Alto Mando alemán se aseguró, con un renovado prestigio militar,
una magnífica plataforma para la futura guerra submarina.
El abandono de Noruega por los aliados había sido impuesto por la detonante
ofensiva desencadenada sobre Holanda y Bélgica por la Wehrmacht el 10 de mayo.
Ciento veinticinco divisiones, 7 500 tanques, 1 500 aviones de caza y 3 500 de
bombardeo, irrumpieron hacia el mar del Norte. El ejército francés acudió a defender el
suelo belga, y se metió él mismo en un callejón sin salida, pues el 14 de mayo las
Panzerdivisionen del general Guderian, abrían una enorme brecha entre Namur y
Sedán. Por ella galoparon los tanques hasta la costa que, por Peronne, Amiens y Arrás,
alcanzaron Abbeville en la jornada del 22 de mayo. En la gigantesca bolsa quedaban
encerrados el ejército belga, las mejores divisiones francesas y el cuerpo expedicionario
inglés. El primero, por decisión del rey Leopoldo 111, capituló el 27 de mayo. El último
reembarcó, con dificultades, pero también con gloria, en Dunkerque. El 4 de junio todo
había terminado.
Al día siguiente, 5 de junio, los alemanes se precipitaban sobre la línea del
Somme, que el mariscal Weygand había intentado organizar en breves días. La defensa
saltó en mil pedazos. Por los numerosos boquetes abiertos en ella, las
Panzerdivisionen invadieron el país. En realidad no hubo batalla de Francia, sino un
desconcierto general, confabulado con el pánico más indescriptible en la población civil,
que rememoraba las destrucciones de Varsovia y Amsterdam por la Luftwaffe, la
aviación de Góring. El gobierno, que había salido para Burdeos, estaba derrotado de
antemano. Ante las noticias de la caída de la capital (14 de junio) y de la declaración de
guerra de Mussolini a Francia (10 de junio), Reynaud, presidente del gobierno, reclamó
la cooperación de los Estados Unidos y trasladarse a alguna ciudad de Africa del Norte.
Pero el grupo derechista del ministerio, Petain, Laval y Weygand, impusieron su
voluntad. Francia se rindió a Alemania en Compiégne (22 de junio de 1940) y la III
República fue decapitada en Vichy por los restos de una titulada Asamblea Nacional el
10 de julio siguiente.
Por el armisticio de Compiégne Francia quedó dividida en dos zonas: la atlántica,
ocupada por Alemania, y la mediterránea, regida por los propios franceses. Rigurosas
condiciones establecieron el desarme del ejército francés; sin embargo, por paradójico
que pueda parecer, Hitler permitió al gobierno del mariscal Petain conservar la flota y las
colonias. En ellas, desde luego, no podía hincar el diente.

La batalla de Inglaterra y las ofensivas mediterráneas


Nadie pronosticaba más de dos meses de duración a la guerra en julio de 1940.
¿Cómo podría odría resistir Inglaterra el formidable alud de la Whermacht y la
Luftwaffe sola, sin ejército eficiente, apenas sin aviación? Pero en aquellos dramáticos
momentos, Inglaterra demostró que las instituciones democráticas podían albergar
también un pueblo viril. Como en otras circunstancias adversas de su historia, la
flemática Albión reveló cuál era el temple de un pueblo libre. Había resistido y con urado
el formidable poder de Felipe II y de Napoleón. Ahora conjuraría el de Hitr, tanto más
cuanto al iluso Chamberlain había sucedido en el gobierno el dinámico y realista Wiston
Churchill. Su pesimismo fundamental -él traía, como declaró, "sangre, sudor y
lágrimas"- no era más que el enjuiciamiento verdadero de una situación en extremo
trágica. Pero no podía humillarse ante la ferocidad nazi. Cuando declaró que a pesar
de los reveses militares, Inglaterra seguiría la lucha, habló por él la voz de Occidente.
La batalla aérea de septiembre de 1940 sobre la Gran Bretaña demostró que
los nazis no podrían atravesar el Canal de la Mancha sin la adecuada protección de
una flota de guerra. Entonces Hitler desistió de sus primitivos proyectos de invasión y
aceptó el plan de Góring: el bombardeo sistemático de los puertos e industrias
británicas. Mucho sufrió Inglaterra en aquellos meses invernales de 1940 a 1941. En
una noche desapareció la City; en otra, la ciudad de Coventry. La propaganda alemana
desbordaba de euforia al emplear el verbo "coventrizar". Pero lo cierto es que los
bombardeos nazis no causaron la menor mella en el temple del pueblo inglés. Al
contrario, sólo sirvieron para despertar hacia él la más viva simpatía en los Estados
Unidos y estimular en los países ocupados el espíritu de resistencia contra el invasor.
Mientras tanto, en el Mediterráneo habían acaecido hechos trascendentales.
Italia, unida a Alemania por la alianza de 22 de mayo de 1939, el llamado Pacto de
Acero, había mantenido durante la primera fase de la guerra una equívoca actitud de
no beligerancia, en el fondo pronazista. Cuando las Panzerdivisionen invadieron
Francia, creyó llegado el momento de participar en los despojos del vencido. La
declaración de guerra de 10 de junio de 1940 fue interpretada como una "puñalada por
la espalda". En todo caso, no obtuvo en el armisticio de Compiégne ni la flota ni las
colonias francesas, ni tampoco Niza o Córcega, sus inmediatas reivindicaciones
territoriales. En esta ocasión Hitler prescindió de su brillante "segundo de a bordo",
cuyo ejército, en realidad, distaba de ser un valor positivo. Por lo que respecta a la
flota italiana, fue puesta fuera de acción en la batalla de Tarento en la noche del 11 al
12 de noviembre de 1940.
Los italianos proporcionaron a los ingleses y a sus aliados, los griegos, los
primeros éxitos. Una furibunda ofensiva contra Grecia partiendo de Albania (28 de
octubre de 1940), terminó en tan severo desastre que los fascistas incluso perdieron
terreno en su base de ataque. Poco más tarde, el 9 de diciembre, en la frontera de
Egipto, el mariscal Wawell derrotó estrepitosamente a los italianos en Sidi el Barran¡ y
en el curso de una activa persecución se apoderó de Tobruk y Benghasi (4 de
febrero), capital de Cirenaica. En breve sus ejércitos, que demostraron haber
aprendido la lección de la "guerra relámpago", llegaron a El Aghe¡la, en el fondo de la
Gran Sirte.
Las catástrofes. obligaron a Hitler a desplazar el peso de sus operaciones hacia
el Mediterráneo. En Africa, una contraofensiva dirigida por el general Rommel, un
militar de cuño romántico, hizo retroceder a los ingleses hasta la frontera egipcia
(marzo de 1941), en uno de esos típicos movimientos de vaivén propios de la guerra
en el desierto. En los Balcanes, sometidos poco a poco a su influencia política,
contando con los buenos oficios de Hungría, intervino según su habitual tendencia
terrorista. En septiembre de 1940, a consecuencia del fallo arbitral de Viena (30 de
agosto anterior), que daba a Hungría la mayor parte de Transilvania, el rey Carol 11
(1930-1940) de Rumania se vio obligado a abdicar. El poder recayó en el general
Antonescu, que implantó en seguida un régimen totalitario. "Instructores alemanes", o
sea, divisiones de la Wehrmacht, se establecieron en el país; poco después, en
febrero, cruzaban el Danubio y eran recibidas' en Bulgaria. Tal despliege de tropas se
hacía con vistas a amilanar a Yugoslavia, el reducto que parapetaba a Grecia. Pero
Yugoslavia no quiso transigir. El 26 de marzo de 1941, ante la claudicación de su
gobierno, que el día anterior había cedido a las presiones nazis, se levantó el pueblo
en Belgrado. El gobierno fue confiado al general Simovich, antinazi declarado.
Hitler ya no vaciló más. El 6 de abril la Wehrmacht desplegó su poderoso
aparato contra Yugoslavia y Grecia. Sus adversarios fueron barridos por la Blitzkrieg.
El 17 de abril cesaba toda resistencia organizada en el antiguo país de los servios -
Croacia se había declarado independiente- y el 23 el rey Jorge II abandonaba Grecia.
Tan espectacular campaña culminó en la conquista aérea de Creta, isla que defendían
los británicos y que fue ocupada entre el 20 de mayo y el 1.0 de junio de 1941.
A pesar de tales éxitos el Mediterráneo continuaba en manos de Inglaterra. En
su fachada oriental resolvió con cierta premiosidad la actitud pronazi de ciertos
elementos directivos del Irak y redujo por la fuerza la resistencia de la guarnición de
Siria, afecta al gobierno del mariscal Petain. Malta, en el centro de la vorágine, resistió
impávida el continuo machaqueo de la aviación del Eje. En fin, Gibraltar quedó
salvaguardado por la actitud de España, cuya neutralidad se iba acentuando al
compás de la guerra.

La ruptura del acuerdo germanosoviético y la campaña rusa


La decidida actitud de Inglaterra de continuar la lucha pese a los fulminantes
éxitos del enemigo, no era absurda. Se basaba en dos esperanzas: el apoyo creciente
de los Estados Unidos y la certidumbre de que Alemania chocaría de un momento a
otro con la U.R.S.S. Como en 1811, Gran Bretaña oponía en 1941 al "nuevo orden" de
Hitler en Europa (entonces el "bloqueo continental" de Napoleón) las nubes de
discordia que iban apareciendo en Oriente.
A compás de los éxitos de Hitler en Occidente, Moscú había ido dando grandes
bocados a los países limítrofes. Así, mientras las Panzerdivisionen arrollaban al
ejército francés en su camino hacia París, la U.R.S.S., mediante un golpe de fuerza, se
anexionaba los Países Bálticos: Estonia, Letonia y Lituania.
Poco después, el 28 de junio de 1940, exigió de Rumania la cesión de
Besarabia y Bukovina, lo que el gobierno de Bucarest se vio forzado a aceptar. Esta
nueva manera de concebir las relaciones internacionales estaba calcada del ejemplo
que había dado y venía dando Alemania.
En el otoño de 1940 estuvieron a punto de zozobrar por vez primera las
amistosas relaciones entre Berlín y Moscú. Después del fallo arbitral de Viena (30 de
agosto), que, según sabemos, concedió a Hungría buena parte de Rumania, Alemania
e Italia garantizaron a este estado. Stalin se preocupó por el "sentido" de tal garantía.
Aún le mantuvo más receloso la firma por Alemania, Italia y el Japón del Pacto
Tripartito (27 de septiembre), por el cual los tres estados se prometían mutuo auxilio y,
secretamente, se repartían Asia, Africa y Europa en zonas de influencia. Para despejar
la atmósfera, Molotov acudió a Berlín, donde celebró varias entrevistas con Hitler (10
de noviembre). Al parecer quedaron resueltas todas las fricciones. Molotov regresó a
Rusia cargado de buena voluntad hacia Alemania, como lo demuestra la firma del
convenio económico germano-soviético de 20 de enero de 1941. Su tranquilidad
habría sido menor si hubiera sabido que Hitler estaba ya decidido a emprender una
vigorosa ofensiva contra la U.R.S.S. En efecto, el 18 de diciembre de 1940 el caudillo
nazi ordenó que la operación Barbarossa (o sea, la invasión de Rusia) estuviera
preparada para el 15 de mayo de 1941.
El desarrollo de la política alemana en los Balcanes empezó a levantar el velo
que cubría los confiados ojos del Kremlin. Cuando Bulgaria se afilió al Pacto Tripartito
en enero de 1941, el furor de la U.R.S.S. no conoció límites. Ello explica que alentara
la resistencia de Yugoslavia en abril y que deplorara el hundimiento de aquel estado. A
través de estas suspicacias, Stalin dio crédito a los informes británicos que le
indicaban las concentraciones de la Wehrmacht a lo largo de la frontera occidental de
Rusia. Para tratar de amilanar a Hitler, el dictador rojo abandonó su guarida del
Secretariado del Partido Comunista y asumió la presidencia del Consejo de Comisarios
del Pueblo. "¿Qué quiere Alemania? ", preguntó un comunicado oficioso del Kremlin el
13 de junio. La respuesta no tardó en llegar. Al amanecer del 22 de junio de 1941 -la
misma fecha que en 1812 Napoleón cruzara el Niemen- los ejércitos de Hitler volvían a
empeñarse en la sobrehumana tarea de sojuzgar los infinitos espacios rusos.
Tres grandes cuerpos de ejército, los de Von Leeb, Von Bock y Von Runsted,
dirigidos por Von Brauchitsch, avanzaron arrolladoramente hacia el Este. En dos
semanas, la Wehrmacht había ocupado Letonia, Lituania y parte de Estonia,
expulsado de Polonia a los rusos y reconquistado Besarabia. Pero a pesar de las
pérdidas sufridas, el ejército soviético estaba en pie, desmintiendo la .fama de
ineficacia que le había dado la guerra de Finlandia. Pronto se advirtió que el soldado
ruso luchaba no sólo por el régimen comunista, sino por su patria. Con una decisión
fanática se enfrentó con la "guerra relámpago", resistiendo desde el interior de las
bolsas hasta dejarse aplastar. Mientras tanto, en la retaguardia quedaban las guerrillas
o partisanos, gente decidida a todo, que causaba una constante sangría en el flanco
del coloso. Cuando éste llegó a la altura de Esmónlensko, una contraofensiva soviética
lo detuvo de julio a septiembre. Por vez primera las Panzerdivisionen hallaban un rival
a su altura en campo abierto.
Sin embargo, la ofensiva alemana no se detuvo. Mientras una punta amenazaba
Leningrado, otra destruía en la batalla de Umán (10 al 12 de agosto) gran parte del
ejército del mariscal Budienny. Este éxito libró a la Wehrmacht la totalidad de Ucrania,
cuya conquista se completó con la mayor operación de la campaña: el cerco de las
tropas rusas en la bolsa de Kiev (1 al 12 de septiembre de 1941). Respaldado con esta
victoria, el grueso de los ejércitos de Hitler avanzó sobre Moscú. Ganaron una.nueva
batalla en Briansk y el 15 de octubre ocupaban Morshansk, a un centenar de
kilómetros de la capital. Pero el invierno, echándose encima con tres semanas de
antelación, paralizó las operaciones en un mundo de barro o hielo. Los generales
aconsejaron a Hitler detenerse en una línea fortificada. Pero el Führer ordenó la
marcha hacia adelante. El 2 de diciembre se emprendió la tentativa que se juzgaba
final. Los alemanes ocuparon Tver, Orel, Tula, y llegaron a divisar las cúpulas del
Kremlin. El 6 se desencadenaba una furiosa contraofensiva soviética, dirigida por el
mariscal Zukhov, que en pocos días despejó la situación y obligó a la Wehrmacht a
ceder terreno entre Moscú y Leningrado, ciudad que tampoco Von Leeb había podido
conquistar. El fracaso estratégico de Hitler en Rusia había sido completo.

La actitud norteamericana y la ofensiva japonesa


Bajo la experta dirección de Roosevelt, cuya simpatía por las democracias
occidentales no dejaba lugar a dudas, los Estados Unidos se iban inclinando
rápidamente hacia Inglaterra. El 3 de septiembre de 1940, al final de su segundo
mandato presidencial, Roosevelt facilitó a Gran Bretaña 50 destructores a cambio de la
cesión de bases en varias de sus colonias americanas. Reelegido presidente en
noviembre, utilizó su renovada autoridad para convertir América en "arsenal de las
democracias". El 11 de marzo de 1941 el Congreso norteamericano votó la Ley de
Préstamos y Arriendos, por la que se facilitaría material de guerra a las potencias
sometidas a la agresión nazi. Los destructores americanos empezaron a escoltar los
convoyes en la ruta del Atlántico y, desde entonces, mejoró sensiblemente la lucha
empeñada contra los submarinos y acorazados alemanes. El Bismarck, gloria de la
marina del 111 Reich, fue hundido el 27 de mayo de 1941. Poco después, el 14 de
agosto, Roosevelt y Churchill concertaban, a bordo del acorazado británico Prince of
Wales, la "Carta del Atlántico". A través de la cbnsabida afirmación de principios
liberales y democráticos, ese documento atestiguaba la voluntad de los dos países
anglosajones de luchar hombro a hombro contra Alemania.
Tales eran los deseos de Roosevelt respecto de Europa. En cuanto al Japón,
procuraba retenerlo dentro de unos prudentes límites de expansión, a pesar de que la
mantenida agresión de los nipones en China irritase la conciencia americana mucho
más que las bravatas del nazismo en el Viejo Mundo. Cuando, al amparo del
hundimiento de Francia, los japoneses se instalaron en Indochina durante el otoño de
1940, la situación empeoró progresivamente, ya que la acción de Tokio apuntaba a
Singapur y la Insulindia. Menudearon las notas entre los Estados Unidos y el Japón
sobre los distintos extremos debatidos: régimen de "puerta abierta" en China,
reconocimiento del gobierno de Chang Kai Chek, Situación de las tropas japoneses en
Indochina, etc. La ascensión a la presidencia del belicista general Tojo en Tokio (octubre
de 1941) demostró que quedaban pocas esperanzas de paz. Sin embargo, los
diplomáticos japoneses continuaron negociando con Washington a propósito de un
pacto general de no agresión en el Pacífico. Era la cortina de humo« con que la doblez
oriental ocultaba el inminente golpe de mano.
El cual cayó como un relámpago sobre la placidez norteamericana. El 8 de
diciembre de 1941 la alevosa sorpresa de Pearl Harbour inutilizó durante meses el
núcleo mejor de la flota americana del Pacífico. Casi al mismo tiempo caían en manos
japonesas las bases navales de Wake y Guam y un afortunado bombardeo eliminaba del
Pacífico a dos grandes acorazados británicos: el Repulse y el Prince of Wales. Ni qué
decir tiene cómo los nipones se aprovecharon de su superioridad naval y terrestre: el 25
de diciembre se adueñaron de Hong-Kong; el 15 de febrero desfilaban por Manila, la
capital de las Filipinas; el día anterior se había rendido Singapur, después de la más
desastrosa campaña que conociera el ejército inglés desde los días de la capitulación de
Cornwallis en Yorktown. En' fin, otros fulminantes éxitos dieron al Japón Birmania y Java
(marzo de 1942). Partiendo de esta magnífica base, los japoneses avanzaron hacia
Australia, ocupando Nueva Guinea, el archipiélago de las Bismarck y varias islas de las
Salomón. Sin embargo, la batalla en aguas del Mar del Coral (3 a 7 de mayo de 1942)
reveló que el Japón ya no gozaba, como tampoco Alemania en Rusia, de una capacidad
estratégica ilimitada.

El cambio de signo en la lucha


El ataque de Pearl Harbour desperezó al coloso de los tiempos modernos: los
Estados Unidos volcaron su potencialidad económica e industrial en la contienda. Los
demás estados del Nuevo Continente, con la excepción de Argentina, se solidarizaron
con ella en la Conferencia de La Habana de enero de 1942. Esta decisión implicaba no
sólo la guerra con el Japón, sino también con las potencias del Eje, ya que Alemania e
Italia declararon la guerra a los Estados Unidos el 11 de diciembre de 1941, a remolque
de su aliado oriental.
Mientras los norteamericanos producían cañones, tanques, barcos y aviones en
escala gigantesca, los sucesos bélicos reflejaban aún la realidad del año anterior. Esto
es, que con ligeras excepciones las campañas del Eje en 1942 le fueron
favorables. La excepción la constituía la pérdida del Africa Oriental italiana, con
Abisinia, en abril de 1941.
El plan de la Wehrmacht para 1942, abandonada ya toda idea de desembarco en
Inglaterra, consistía en adueñarse del petróleo del Cáucaso y deshacer la coraza inglesa
en el canal de Suez. Los utópicos nazis soñaban ya en la reunión de'sus ejércitos con
los nipones en Persia o la India. La derrota infligida por el general Rommel a los
ingleses en la batalla de El Gazhala-Bir Hakeim (13 de junio), la expugnación de la plaza
de Tobruk (21 del mismo mes), le llevaron con rapidez asombrosa hasta Egipto. El 1.0
de julio las avanzadas del Africa Korps estaban en El Alamein, a 100 kilómetros de
Alejandría. Pero allí fueron contenidas por los ingleses.
En Rusia, después de unos forcejeos en Jarkov y Kerch, reconquistadas y
perdidas por los rusos, la ofensiva general alemana se reanudó el 28 de junio de 1943.
Partiendo de Orel, Kursk, Bielgorod, Jarkov y el Donetz, los ejércitos de Von Bock
avanzaron, por el Norte, hasta Voronez; por el centro, cruzado el Don, hasta
Stalingrado; y por el Sur, hasta el Cáucaso. Aunque aquí las operaciones se
desarrollaron favorablemente, pues se ocuparon los campos petrolíferos de Maikop (8
de agosto) y la importante plaza de Mozdok (25 de agosto), cerca ya de Bakú, el plan de
operaciones se reveló muy pronto equivocado. Se había dejado sin cubrir un largo
flanco de Voronez a Stalingrado, la antigua Tsaritsin, en el Volga, donde los rusos
resistieron con denodada obstinación desde el 15 de septiembre. Por una cuestión de
prestigio personal, los ejércitos alemanes se desgastaron en un porfiado empeño de
conquistar un montón de ruinas. Cuando se quiso reparar el error, ya era tarde. El 19 de
noviembre las tropas soviéticas desencadenaron una vigorosa ofensiva a ambos lados
de Stalingrado, que se corrió muy pronto hacia el Norte, en la zona de Voronez. El éxito
de la operación convirtió a los sitiadores en sitiados. Allí quedó rodeado, íntegramente,
el cuerpo de ejército motorizado de Von Paulus. La contraofensiva lanzada por Von List
para desbloquearle, quedó frustrada en la sangrienta batalla de Kotelnikovo (25-29 de
diciembre). De esta suerte se decretó el final del copado ejército alemán ante
Stalingrado. Von Paulus se rindió el 31 de enero de 1943. Por aquel entonces, en un
rápido movimiento de repliegue, los alemanes habían abandonado el Cáucaso. Pero
incluso Rostov fue reconquistada por los rusos el 13 de febrero.
Exito sensacional que en el Mediterráneo era compartido por los ingleses. El 24
de octubre de 1942 el VIII Ejército británico, al mando del general Montgomery,
emprendía la ofensiva contra las líneas alemanas de El Alamein en un ataque frontal. El
4 de noviembre la victoria inglesa era una clamorosa realidad. El Afrika Korps
emprendió una rápida retirada hacia Occidente. Sucesivamente perdió Tobruk, Benghasi
y El Agheila. Sus apuros aumentaron cuando, el 8 de noviembre, las tropas
norteamericanas, mandadas por el general Eisenhower, desembarcaron en Africa del
Norte y se adueñaron de Marruecos y Argelia. Este golpe fue sensacional. En un
instante cambiaron todas las posibilidades de la guerra, y aunque los alemanes
procuraron resistir en Túnez, fueron expulsados definitivamente de Africa el 7 de mayo
siguiente.
El signo de la lucha había cambiado. Y no sólo en Europa y Africa, sino también
en el Pacífico. Después de una serie de furiosos combates terrestres, aéreos y navales
que se libraron del 7 de agosto de 1942 al 8 de febrero de 1943, los japoneses se
vieron obligados a evacuar la isla de Guadalcanal, en el archipiélago de las Salomón.
Así se inició el repliegue de los amarillos, que no terminaría, empujados por el general
Mac Arthur y el almirante Halsey, hasta Tokio.

El ocaso de las potencias totalitarias


Examinada imparcialmente la situación militar en la primavera de 1943, era
preciso reconocer que Alemania e Italia tenían perdida la guerra. Que Hitler resistiera
otros dos años, unos autores lo imputan al fanatismo nazi y otros a los términos con que
salió redactada la declaración anglosajona de Casablanca, donde se reunieron
Roosevelt y Churchill en junio de 1942, en la cual se exigió la "rendición incondicional"
de las potencias totalitarias.
La evidencia de la superioridad moral y material de los nuevos aliados, a los que
puede denominárseles así desde la Conferencia de Moscú de octubre de 1943, quedó
reflejada en los campos de batalla. En el Mediterráneo, las tropas anglosajonas
asaltaron y conquistaron Sicilia, con más facilidad de la sospechada, entre el 10 y el 23
de julio de 1943. Este éxito provocó una conjura de palacio, la rebelión de los jerarcas
fascistas, la destitución de Mussolini y el nombramiento de Badoglio como jefe del
gobierno (25 de julio). Italia quería salvarse del naufragio común, y así Badoglio preparó
el terreno para llegar a un armisticio con los aliados, al cual se dio publicidad el 8 de
septiembre, a los pocos días de desembarcar las tropas de Montgomery en la misma
península. La rápida reacción alemana, copando Roma, adueñándose de Italia y
salvando a Mussolini de su encierro en los Abruzzos, inutilizó el patriótico, aunque poco
arrogante, gesto de Víctor Manuel 111. El país quedó condenado a servir de campo de
batalla entre Hitler, el gobierno fantasma de Mussolini y los angloamericanos.
Mientras tanto, lo que sucedía en el frente ruso revelaba de modo transparente el
cambio de potencialidad de los antiguos adversarios. La Wehrmacht desencadenó en la
madrugada del 4 al 5 de julio una ofensiva de gran estilo en el saliente ruso de Kursk.
Durante tres semanas las formaciones motorizadas de ambos bandos pelearon sin
tregua ni reposo. La conclusión de la batalla fue aleccionadora: no sólo los alemanes no
tomaron Kursk, sino que perdieron Orel y Bielgorod, ambas en el mismo aciago día (4 de
agosto). La doble batalla de Kursk-Orel fue la más importante de toda la guerra. Allí se
decidió el destino del III Reich.
Desajustado el frente alemán en Rusia, empezó una retirada calamitosa. Desde el
5 'de agosto al 25 de septiembre, abandonando extensas regiones del territorio ruso, la
Wehrmacht perdió Briansk, Jarkov, Poltava y Esmolenko. Era la defensa "elástica". Pero
cuando llegó a la "línea de invierno", en el Dniéper, se encontró con la desagradable
sorpresa de que el Alto Mando soviético no entendía cejar en la lucha. El 7 de octubre el
Kremlin anunció una ofensiva general de invierno. Los principales éxitos los alcanzaron
los generales soviéticos Koniev y Malinovski en el Sur, donde derrotaron una y otra vez a
las huestes del mariscal Von Mansfeld. La batalla por Zaporoje, los combates alrededor
de Krivoi Rog y la ocupación de Kiev por los rusos (6 de noviembre) fueron los hechos
más sobresalientes de una campaña que llevó al ejército ruso a las antiguas fronteras de
Polonia.

Los grandes reveses nazis en Europa


La victoria sonreía definitivamente a los jefes aliados, quienes, en los últimos
meses de 1943, se reunieron en El Cairo (22-26 de noviembre) y Teherán (29 de
noviembre-1.o de diciembre) para ponerse de acuerdo sobre los futuros planes de
campaña y las circunstancias que presidirían la reconstrucción política del Pacífico y
Europa. Tres formidables masas de asalto -el ejército soviético, el anglosajón del
Mediterráneo y el que se estaba concentrando en Inglaterra para el asalto a la Europa
occidental- se dispusieron para conquistar lo que la propaganda alemana había bautizado
como "fortaleza continental".
El primer ejército que se lanzó a la ofensiva fue el ruso, que contaba entonces con
300 divisiones, el doble que las alemanas, y reunía un poder de fuego cinco veces
superior al adversario. Después de una serie de ofensivas limitadas, que se desarrollaron
a partir del 24 de diciembre de 1943 y tuvieron por objeto rectificar favorablemente el
frente (liberación del cerco de Leningrado, 23 de enero; conquista de Krivoi Rog, fines de
febrero), el grueso ueso de las tropas soviéticas, concentrado en el ala meridional del
frente, desencadenó la gran ofensiva de primavera en Ucrania, el 4 de marzo de 1944.
Las divisiones de los mariscales Koniev y Zukhov y del general Malinovski, concertadas
en la acción por el jefe de Estado Mayor Vasilevsky, avanzaron ininterrumpidamente, y a
fines de mes se hallaban en la línea de Pruth, amenazando Rumania. Allí aguardaron
hasta que el resto del frente se puso en movimiento. El 20 de junio Viborg cayó en manos
rusas, obligando a Finlandia, que hasta entonces había secundado con fervoroso
heroísmo nacional la causa de Alemania, a pensar en una paz por separado. Del 26 al
29 del mismo mes cayó él cuadrilátero fortificado alemán (Vitebsk, Orsha, Mohilev y
Zhlolin). que defendía los accesos al mar Báltico. El 3 de julio los soviets ocuparon
Minsk, mientras que otras columnas avanzaban hacia el Bug, el San y el Vístula,
ocupaban Sandomierz (18 de julio) y expugnaban Lublín (23) y Lvov (25). Desde el golfo
de Riga a los Cárpatos el frente alemán vacilaba, atenazado por sus infatigables
contrincantes, que por vez primera habían logrado poner en acción el "rodillo ruso". A
fines de julio las avanzadillas del mariscal Zukhov llegaban a las puertas de Varsovia.
Este éxito, junto con la pérdida de Jassy (23 de agosto), indujo a Rumania a separse
de Alemania. Un golpe de Estado del rey Miguel I puso fin al régimen pronazi del
mariscal Antonescu el mismo día de la caída de Jassy, y al cabo de breve tiempo
Rumania declaró la guerra al III Reich. La puerta de los Balcanes se abrió
ampliamente a Rusia, de tal modo qué ni Bulgaria, ni Grecia, ni Yugoslavia tardaron en
ser conquistadas o liberadas. La primera capituló el 28 de septiembre; Atenas fue
rescatada por los aliados el 14 de octubre y Belgrado el 19 del mismo mes por los
rusos.
Este magno desastre germano se explica por la simultánea acción de los
anglosajones en Occidente. El 11 de mayo las fuerzas del mariscal Alexander, que
habían sido contenidas por el mariscal Kesselring en la línea de Monte Cassino, en
Italia, rompieron el frente, y avanzando hacia el Norte reconquistaron Roma (4 de
junio) y Florencia, hasta detenerse en el arco de los Apeninos. Pero apenas había
cesado la euforia aliada por tal triunfo, cuando el 6 de junio, a las órdenes de los
generales Eisenhower y Montgomery, los anglosajones procedían al desembarco de
copiosos efectivos en Normandía. La "batalla de las playas" se prolongó durante dos
meses, en un espacio reducido de terreno, que pronto se convirtió en un infierno. La
conquista del puerto de Cherburgo (25 de junio) despejó algún tanto la situación. Pero
la verdadera ofensiva no se desencadenó hasta fines del siguiente mes. El 30 de julio,
en efecto, el 111 Ejército norteamericano del general Patton rompía el frente alemán
en Avranches y por Rennes, Nantes y Le Mans se dirigió hacia París. Este amplio
movimiento envolvente coincidió con el desembarco aliado en el sur de Francia (5 de
agosto) y con el alzamiento nacional del maquis. Rápidamente el panorama se
obscureció para los alemanes. El 25 de agosto era liberado París y el 3 de septiembre
los ingleses alcanzaban Bruselas y Amberes.

Final del gran combate


El fanatismo, instalado en la cancillería de Berlín, mantenía enhiesta la bandera
de destrucción. Ni los reveses militares en todos los frentes, ni el constante
machaqueo de la aviación adversaria -que devolvía, en un juego macabro, las
lecciones recibidas de Alemania en 1940-1942-, ni el atentado del 20 de julio en
Berchtesgaden, conmovieron la decisión de Hitler de combatir hasta el fin, aunque ello
implicara la ruina centenaria de su patria. Es probable que los técnicos alemanes
preparasen armas de gran estilo con que reducir la animosidad aliada; quizá la bomba
atómica y, en todo caso, los proyectiles volantes, las temibles V-1 y V-2, que desde
junio lanzaron una nueva oleada de espanto en Gran Bretaña. Es posible que se
confiara en la disgregación del bloque enemigo, que con motivo de la liberación de
Polonia, Grecia y Bulgaria había dado pruebas de agrietarse. Ilusiones que la
Conferencia de Yalta entre Stalin, Roosevelt y Churchill (3 al 11 de febrero de 1945)
hizo por completo quiméricas.
Las armas continuaban hablando, y ello no era sino en detrimento de los ejércitos
alemanes, que salvo esporádicas reacciones (contraofensiva de Von Runstedt en las
Ardenas, 16 de diciembre de 1944-26 de enero de 1945) sufrían en todas partes
continuadas derrotas. En Hungría los rusos expugnaron el bastión de Budapest en el
curso de una empeñada batalla que duró del 18 de enero al 13 de febrero, y luego,
remontando el Danubio, avanzaron hacia Viena. La desgraciada capital de Austria, clave
de la Europa central y balcánica, sucumbió ante las tropas del general Malinovsky el 13
de abril. Mientras tanto, en Polonia, el mariscal Zukhov tomaba por asalto Varsovia (17
de enero) y Poznan (23 de febrero), y alcanzaba la línea del Oder en la famosa fortaleza
de Küstrin (12 de marzo); acciones que completaban los éxitos de sus colegas en
Prusia Oriental (K6nigsberg, heroicamente defendida, sucumbió el 8 de abril) y en
Silesia.
El cerco de fuego alrededor de Alemania se iba estrechando. En la frontera
occidental, los ejércitos del general Eisenhower, que se habían adueñado de Colonia el
6 de marzo, cruzaron el Rin el 24 del mismo mes, y mientras las divisiones del general
Montgomery rodaban hacia Brema y Hamburgo y las del norteamericano Hodges
encerraban al adversario en la bolsa del Ruhr (1.o de abril), el 111 Ejército de Patton
emprendía vertiginosa carrera por el sur de Alemania. Ocupada la importante ciudad de
Francfort el 23 de marzo, las columnas motorizadas irradiaron hacia Kassel y Sajonia,
de un lado, y Wurttemberg y Baviera, de otro. El 18 de abril fue alcanzada la frontera
checoslavaca. Dos días antes habían caído en manos de los aliados Nuremberg y
Karlsruhe; el 20 se rindió Munich, cuna del nazismo. Indicios de una creciente
descomposición del ejército alemán, que el 25 de abril pudo contemplar el sitio de Berlín
por el ejército del mariscal Zukhov y la conjunción de las tropas americanas y soviéticas
en Torgau, en el río Elba.
El colapso se avecinaba. Berlín resistió unos cuantos días; pero el 2 de mayo
capituló la guarnición sobreviviente en un mar de escombros y ruinas. El 30 de abril
Adolf Hitler se había suicidado en un refugio de la Cancillería. En cuanto a Italia, los
sucesos se habían asimismo precipitado. La ofensiva final la desató en este teatro de
guerra el mariscal Alexander el 10 de abril. A las primeras operaciones victoriosas
sucedió un alzamiento general de los partisanos del Po. Mussolini, que se hallaba en
Milán, intentó escapar hacia Suiza; pero reconocido en Dorgo, cerca de Como, fue
fusilado, con su amante Chiara Petacci, el día 28. Al siguiente, Génova, Milán y Venecia
se entregaban a los aliados.
La primera rendición incondicional la firmó el ejército alemán en Italia el 29 de
abril, en Caserta. El general Heinrich von Vietinghoff-Scheel rindió ante Alexander un
desmoralizado contingente de un millón de soldados. La segunda la concertó el
almirante Friedeburg, ante Montgomery el 4 de mayo, cerca de Lüneburg. El armisticio
final lo firmaron los representantes del almirante Dónitz el 7 de mayo, en Reims, y el 8
en Berlín. La guerra en Europa había terminado.
En cuanto a los japoneses, la suerte que les aguardaba era inevitablemente
dramática. Desde los combates de Guadalcanal se habían ido replegando poco a poco
en el Pacífico, a causa de la creciente e irrefrenable superioridad americana. El general
Mac Arthur puso en práctica la táctica del "salto de isla en isla". En el transcurso de
1943 conquistó, tras feroces combates, el arrecife de Tarawa, en las islas Gilbert
(noviembre). En febrero de 1944 sucumbieron las islas Marshall y la base de Truck, en
las Marianas. Guam fue reconquistada el 20 de julio. El desgaste de la flota nipona se
demostró en la gran batalla naval del golfo de Leyte, que se dirimió del 24 al 25 de
octubre a lo largo de la costa oriental de las Filipinas, entre el Cabo Engaño y el
estrecho de Sarigao. La victoria americana fue decisiva. Allí se hundió la hegemonía del
Japón en el Pacífico. Mac Arthur pudo desembarcar sus tropas en las Filipinas (a partir
del 20 de octubre). El 4 de febrero éstas entraban victoriosas en la mutilada y
martirizada Manila.
Aproximándose al archipiélago japonés, la flota del almirante Halsey condujo a los
ejércitos americanos de desembarco, primero hasta Iwo Jima, en las islas Vulcano (19
de febrero), veinte kilómetros cuadrados de territorio que fueron defendidos
enérgicamente por los japoneses, y luego hasta Okinawa, del grupo de las Riu Kiu,
llaves estratégicas de las comunicaciones entre el Japón, China y Formosa (1 de abril-
21 de junio). Este revés, que seguía a la pérdida del aliado europeo, hizo meditar a los
círculos gubernamentales nipones sobre la conveniencia de aceptar la declaración
aliada de 26 de julio de 1945, invitando a Tokio a la rendición incondicional. Sus
naturales vacilaciones fueron disipadas por la violenta explosión atómica que el 5 de
agosto destrozó la ciudad de Hiroshima. Ante la magnitud de aquella calamidad bíblica,
seguida por la nueva descarga de una bomba atómica sobre Nagasaki (9 del mismo
mes) y la artera puñalada de Stalin, que el 8 declaró la guerra al Japón para participar
en el cadavérico festín, el gabinete imperial optó por aceptar los términos propuestos
por los aliados. Se reservó, empero, la subsistencia del emperador "como soberano
reinante", aunque sometido al Alto Mando de las Fuerzas Aliadas. En estas condiciones,
el armisticio se firmó el 2 de septiembre de 1945, a bordo del acorazado Missouri,
anclado en la rada de Tokio, por el ministro japonés Shuguimitsu, ante el general Mac
Arthur, el mismo que cuatro años antes, en los turbios días de la agresión nipona, había
huido en una motora de la península de Batán para preparar, en Australia, el poderoso
golpe contra el imperialismo japonés.

BIBLIOGRAFÍA
Obras generales para el capítulo
El estudio sistemático de los sucesos del último período histórico de la
Humanidad, adolece de tres defectos: carencia de fuentes fidedignas; falta de
perspectiva para encuadrar los hechos; excesivo afán polémico y partidista. Abunda,
en consecuencia, el material bibliográfico; pero ya es más difícil espigar los libros
fundamentales para una consulta provechosa. Aconsejamos que el lector se abra
camino a través de la bibliografía que aparece en el volumen XX de la colección
"Peuples et Civilisations", La faillite de la paix (tercera edición, ampliada, 1950), de
MAURICE BAUMONT, obra de medida síntesis, aunque desde luego presidida por el
espíritu galo liberal. Entre los textos de historia general, ya mencionados, que aquí
merecen tenerse en cuenta, vale la pena leer Das Zeitalter des Imperialismus (1890-
1933) de la "Propylíien Weltgeschichte" (versión castellana).

La primera conflagración bélica general


Están aclarados hasta los menores detalles gracias a un alud impresionante de
memorias o estudios técnicos. La síntesis histórica más asequible, del lado francés,
la constituyen los dos volúmenes que le ha dedicado PIERRE RENOUVIN, el primero
en "Peuples et Civilisations", La crise européenne et la Grande Guerre (1904-1918), y
el segundo en "Clio", La paix armée et la Grande Guerre (1871-1919). Renouvin es
escritor de profunda cultura histórica. En un plano más detallado, ver la considerable
aportación de los generales franceses DUFFOUR, DAILLE, HELLOT y TURNES
Histoire de la guerre mondiale (1936, en cuatro tomos); del general alemán VON
KÜHL, Der Weltkrieg (1929, en dos tomos); del general inglés G. ASTON, The great
War of 1914-1918 (1930). Recomendamos la lectura de algunas memorias de guerra,
en particular las de los mariscales LUDENDORFF, Kriegserinnerungen (1919; hay
traducción española, 1920) y FOCH, Memoires pour servir á Ihistoire dula guerre
(1930, 2 vols.).
Respecto a los tratados de paz de Versalles y sus satélites, la documentación
es todavía insuficiente. Continuamos recomendando las obras de H. TEMPERLEY, A
history of the Peace Conference of Paris (1920-1921, 6 tomos); H. NICOLSON,
Peacemaking, 1919 (1933) y K. NOVAK, Versailles (1932). Este último expresa el
punto de vista alemán. Más árida es la obra de otro alemán, W. ZIEGLER, del mismo
título: Versailles. Die Geschichte eines missglücklen Friedens (1933).

La subversión social
Como es lógico, predomina aquí la polémica en torno al comunismo. Una
introducción sensata es leer, previamente, la obra de WILHELM RóPKE, Die
Gesellschaftskrisis der Gegenwart (La crisis social de nuestro tiempo, 1947), que
plantea la atmósfera en que han tenido lugar los hechos, y también Civilization on
Mal de ARNOLD J. TOYNBEE (1948). Abundantes datos, aunque mal relacionados,
en E. DOLLEANS, Histoire du mouvement ouvrier, 1871-1936 (1946).
La aventura comunista en Rusia puede leerse en G. WELTER, Histoire de la
Russie communiste (1935), exposición liberal; J. BRUHAT, Histoire de la U.R.S.S.
(3.a edic., 1949), pequeño manual, de tendencia filosoviética; en E. H. CARR, The
bolshevik Revolution 1917-1923 (primer volumen, 1951), también prosoviético, pero
con clara visión de los detalles históricos. Contrapartida de un comunista heterodoxo
en L. TROTSKY, Histoire de la Révolution russe (2 vols., 2.a edición, 1950) y Stalin
(en español, 1950).

El desajuste económico
Además de la obra de RóPKE, ya citada, véanse la de O. VEIT, Die Tragik des
technischen Zeitalters (1935) y la previsora definición de J. M. KEYNES, Les
conséquences économiques de la paix (1920). El desarrollo de los hechos en R. LEW
ZINSOHN, Histoire de la crise, 1929-1934.

La revolución intelectual
Muchos manuales de divulgación se ocupan de este particular. Importante es
la contribución de E. N. WHITEHEAD, Science and modern Worid (1926). Las
entrañas filosóficas del problema en A. S. EDDINGTON, La filosofía de la ciencia
física (1944), M. PLANCK, ¿Adónde va la Ciencia? (1941) y J. PALACIOS, Esquema
físico del mundo (1947).

El estado totalitario
El libro más a la mano para la historia de la Alemania nazi es el de J.
BENOISTMECHIN, Historia de Alemania y su ejército (trad. de Histoire de l'Armée
allemande, 1936, 2 vols.); tendencia pronazi. Planteamiento general del problema en
RÓPKE, Die deutsche Frage (1945; ed. inglesa, 1946). Excelente visión en V. M.
KNIGHT- PATTERSON, Germany: from defeat to conquest (1945). Respecto al
fascismo italiano, existe un libro casi alucinante, el Dux, de MARGHERITA SAR-
FATTI (1926). La historia oficial en R. FARINACCI, Storia della rivoluzione fascista (3
vols., 1937-1938); la versión antifascista en A. ROSSI, La naissance du fascisme
(1938).

Las grandes democracias y su Imperio


Versión de conjunto para Francia en F. GOGUEL, La politique des partis sous
la III République (1946); luchas sociales en A. ZEVAES, Histoire du socialisme et du
communisme en France de 1871 a 1947 (1947). Respecto a Inglaterra W.
CHURCHILL en el vol. I de sus Memorias. Para Estados Unidos, DWIGHT DUMOND,
Roosevelt to Roosevelt (1935), la mejor obra para el examen de la evolución
norteamericana en el primer tercio de este siglo. También G. JOHNSON, Roosevelt,
dictator or democrat?, la mejor biografía de F. D. Roosevelt.

La tensión internacional
Manuales para el estudio de las relaciones internacionales durante el Período
Intermedio: G. M. GATHORNE-HARDY, A short history of internationals dffairs 1920-
1938 (1938); E. H. CARR, International relations between the two wars 1919-1939
(1947); J. CHASTENET, Europa entre dos guerras 1919-1939 (versión castellana,
1945). El paroxismo final en E. WISKEMANN, The Rome-Berlin Axis (1949); J. W.
WHEELERBENNETT, Munich prologue to tragedy (1948) y, sobre todo, en el
importante libro de L. B. NAMIER, Diplomatic Prelude, 1938-1939 (1948).

La Segunda Guerra Mundial


Aparte de los datos tomados directamente de memorias, cuales las de Ciano y
Churchill, nuestras orientaciones generales las hemos moldeado sobre los
excelentes resúmenes de CYRIL FALLS y J. F. C. PULLER, ambos titulados The
second World War y publicados en 1948. Más expositivo el primero, más polémico el
último.

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