Aquiles Julián palabra dada

ensayos

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l e ctofilia
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palabra dada

Aquiles Julián

ensayos

l e ctofilia
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© 2011 Lectofilia digital 1ª edición, marzo 2011 Editado en Rep. Dominicana Se autoriza la reproducción parcial o total de esta obra y su difusión.

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A Cris, por supuesto

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Índice Palabra dada / presentación La palabra encendida de Luis Rosales Andrei Platonov o la tragedia del escritor como ingeniero del alma Clarice Lispector o la búsqueda del deslumbramiento Cesare Pavese o la guerra más cruel de todas El viaje a los infiernos de Malcolm Lowry Una manera de entender Historia personal con Rafael Guillén El poeta y la máquina de matar Pablo Antonio Cuadra: extravíos, desventuras y aciertos de un escritor latinoamericano Las 7 cicatrices del líder, de Dío Astacio Pequeños gestos de integridad y grandeza El poeta frente a su tiempo El inmenso amor al dominicano en Juan Bosch El intelectual independiente ¿una especie extinguida? 6 10 30 59 70 89 95 100 106 118 158 172 178 187 194

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Palabra dada
Si se nos dio la palabra es para usarla. Y si la usamos, es conveniente hacerlo con altura, con dignidad, con honestidad y con valor. No palabra que engañe, sino que aclare. No palabra que rehuya, sino que encare. No palabra envilecida, sino palabra con honor. La literatura, oficio al que he dedicado mi vida, significó siempre un trato asiduo con las palabras. Y muchos de los momentos más felices y plenos de mi vida están unidos a ellas. Por eso me gusta darlas, porque he recibido mucho y me encanta compartir la dicha alcanzada. Suelo escribir desde la admiración. Y cada uno de los ensayos recogidos en este libro es una expresión de gratitud por el gozo recibido. Y de amor compasivo frente a las debilidades y falencias humanas en que los escritores, seres frágiles, muchas veces egocéntricos, excéntricos e ilusos, incurren. Lo sé por experiencia propia. Ocuparse de las palabras en un país semianalfabeto, donde los niveles de conciencia son elementales: pura sobrevivencia, satisfacción de necesidades primarias, ostentación ridícula, aturdimiento vía el

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alcohol y escasa preocupación por cultivar la mente y el espíritu, es de por sí tarea ingrata. Los niveles de primitivismo en que nos desenvolvemos son pasmosos. El analfabetismo funcional campea por sus fueros. La incapacidad de pensar y discernir espanta. Las conductas groseras revelan la involución en las buenas maneras, la entronización del patán como modelo social. La impunidad, el irrespeto, la permisividad, el descaro son los valores pregonados desde arriba, desde aquellos que se supone nos lideran y nos deberían servir de modelos. En ese cuadro deprimente escribir se convierte en un oficio irrisorio. Se escribe para no ser leído. Se escribe para no ser justipreciado, discutido, refutado o convalidado. Se escribe para ser ignorado. Se escribe para nada. Y sin embargo, ¿podemos no escribir? En mi caso es imposible. La única opción a no hacerlo es explotar. Entonces, escribir es una especie de terapia, una cuerda que lanzamos al vacío con la secreta esperanza de que encuentre quien la tome en el otro extremo y se genere el acto de comunicación. He escrito más de una vez que el mayor elogio que se puede hacer de un escritor es leerlo. Se escribe para ser leído. Tal vez es pretencioso que en una pequeña

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comunidad pobre, en que la necesidad de comer domina a la mayoría que no es capaz de obtener un salario que le permita vivir dignamente (la Tesorería de la Seguridad Social, quizás la única institución del Estado cuyas estadísticas merezcan algún nivel de credibilidad, publicó recientemente que el 88% de los trabajadores asalariados no recibían un ingreso que le cubriera la canasta básica. Ni siquiera para comer dan los salarios), las personas ocupen tiempo en leer. Si el salario no da para cubrir la canasta básica ¿cómo podrían las personas adquirir libros? Y en un país donde en los hogares más acomodados, en que todos los lujos esplenden para deslumbrar a amigos y conocidos, usted nunca encuentra una biblioteca entre los bienes que se ostentan bibliotecas personales, tampoco la lectura es tenida como un valor relevante. No importa. Reúno estos ensayos y con ellos inicio una nueva aventura editorial digital: lectofilia digital. Al comentar un libro, un autor, reflexiono sobre mí y sobre mi realidad. Ellos sirven como puntos de referencia con los que contrastar mis propias experiencias. Ellos me permiten entender mi realidad y entenderme. Son un medio de aclarar temas importantes en mi existencia.

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De ahí que cada uno de ellos haya aportado a mi vida, la haya enriquecido. Y espero que la gratitud que les debo humedezca mis palabras, para que no sean frases secas o con pretensiones de erudición, sino, por el contrario, palabras cálidas de afecto y reconocimiento, de cariño y humildad agradecida, a autores y libros que me han ampliado, han extendido mi visión y fertilizado mi mente, me han enriquecido más allá de toda medida. Y han dado a mi vida momentos gratísimos, mismos que quiero animarte a vivir con estas páginas.

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La palabra encendida de Luis Rosales.

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“He dejado manuscritos dormitados durante muchos años. No he terminado nunca nada de lo que he empezado. Proyecto con demasiada ambición, quiero redactarlo con justeza y no me llega ni el tiempo ni la ilusión. Moriré cualquier día siendo un escritor en ciernes”. Luis Rosales

Luis Rosales, el gran Luis Rosales, sigue siendo negado y preterido por el aparato “cultural” impuesto por los áulicos del totalitarismo. Una conspiración de silencio pretende esquilmarle a la tradición poética hispanoamericana a un autor esencial. Ese aparato, al cual Guillermo Cabrera Infante, nombró como la Extraordinaria y Eficaz Maquinaria de Fabricar Calumnias, y que yo en particular llamo La Matraca Canalla, verdadero surtidor de desinformación, calumnias, ataques, manipulación y control de la opinión pública, se ensañó contra Rosales inventando una infamia que le persiguió hasta su muerte, pese a que una y otra vez los hechos, hasta donde pudieron ser esclarecidos, le exculpaban. Más aún, le honraban, porque arriesgaron, tanto él como sus familiares, sus vidas en un momento particularmente letal, siniestramente confuso, en que ambos bandos, los llamados Republicanos y los

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llamados Nacionalistas, horrendas y paranoicas.

procedían

a

matanzas

Aquel conflicto en que la pasión irracional arropó a España, en que odios de siglos emergieron y la ceguera sustituyó todo razonamiento, todo discernimiento, hoy sabemos que fue instrumentalizado por Stalin para negociar con Hitler (a la vez que se lucraba y saca provecho de las reservas de oro del país). Un libro fundamental: “El fin de la inocencia: Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales” del catedrático de la universidad de Columbia, Stephen Koch, desvela cómo la guerra civil española fue aprovechada por Stalin para forzar a Hitler a pactar, acción que logró en 1939, el Pacto Hitler-Stalin, suscrito en Moscú por los cancilleres de Alemania y la Unión Soviética, que despedazó a Polonia y animó a Hitler a iniciar su carrera de expansión territorial. Aquellas actitudes extremistas, las declaraciones amenazadoras, los egos inflados, las acciones agresivas y aquel ultraizquierdismo galopante que caracterizó los primerso años de la República, la matonería y las conductas levantistas, anticlericales, marxanas, produjeron una reacción no menos atroz y despiadada. El asesinato de Calvo Sotelo a mano de matones republicanos fue la gota que derramó el

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vaso. La sublevación o el alzamiento, como se le llama, fue casi impuesto. De inmediato, España se escindió trágicamente. Dos bandos que se odiaban a muerte esgrimieron sus armas y su furia. Y muchos que no eran partidarios ni de unos ni de otros, quedaron pulverizados en el medio, con ambos bandos acusándoles de estar con el contrario. Los estalinistas, que aplicaban la falaz política del Frente Popular para arropar a socialdemócratas y liberales a dejarse narigonear por ellos, acudieron a los partidarios de la democracia, la libertad y el pluralismo, que hicieron causa común con la República pese a una realidad cruenta e inmisericorde: los estalinistas eran iguales de asesinos. Y no tenían empacho en criminalizar a sus propios aliados. Los asesinatos no se limitaron a los que políticamente les eran adversos y actuaban en el bando contrario, también a los del propio lado que políticamente no se ajustaban a Moscú y a Stalin, como aconteció con los anarquistas, con los del POUM y los tildados de trotskistas. Aquella criminalidad inenarrable carcomió las posibilidades de triunfo del bando republicano. Y ello era parte del plan de Stalin: España no era más, sin que lo supieran los españoles que pelearon bravamente de ambos lados, que una moneda de

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negociación con Hitler, un peón a sacrificar. Tanto fue así que luego, para borrar sus huellas, Stalin se dedicó fríamente a matar a sus principales agentes en las purgas que implementó pasada la segunda guerra mundial, como bien deja claro Arthur London en sus memorias estremecedoras de “La Confesión”.

Una voz mayor de la Generación del 36, en España
Luis Rosales pertenece al grupo de escritores que inicia publicando en los turbulentos años de la década del ´30 en España. Fueron años tumultuosos, caracterizados por el enfrentamiento en Europa de dos corrientes totalitarias, ciegamente criminales, que predicaban el exterminio puro y simple de los contrarios. Fascistas y estalinistas, admiradores de Mussolini y Hitler o de Lenin y Stalin, se ladraban y, en muchas ocasiones, pasaban de los insultos a los balazos. Las vapuleadas democracias liberales eran denostadas y despreciadas por los partidarios de una u otra corriente. En España la radicalización casi no dejó espacio para sostener una posición conciliadora, democrática y sensata. El lenguaje del odio predominaba.

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Y en ese ambiente enfebrecido y mortífero, en que el exterminio se predicaba de un lado y el otro, los poetas quedaban forzados a elegir bando y, cuando no, se les asignaba uno, según parentela o simplemente por no estar de un lado se le consignaba en el otro, como le sucedió a García Lorca. Poetas de la Generación del 36 son Leopoldo Panero, Luis Rosales, Miguel Hernández, Luis Felipe Vivanco, Gabriel Celaya, Juan Panero, German Bleiberg, Dionisio Ridruejo, entre otros. Es una generación que aporta prosistas y narradores como Camilo José Cela, Miguel Delibes y Gonzalo Torrentes Ballester, María Zambrano, José Antonio Maravall, José Luis Aranguren, José Ferrater Mora, Julián Marías y dramaturgos del nivel de Antonio Buero Vallejo y Alfonso Sastre. Una generación marcada y condenada por la maquinaria cultural estalinista, que la lapidó sin misericordia acusándola de falangista y subordinada al franquismo, sin discriminar ni cernir, en bloque, simplemente porque no se plegó al estalinismo, no cantó a La Pasionaria, no se dejó encuadrar en los valores y creencias de Carrillo y su banda. Esa maquinaria, que se enseñoreó y adueñó de diversos

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aparatos culturales y medios de formación y control de opinión, enalteció a los sumisos al estalinismo y descalificó, injurió y ninguneó a los que no se subordinaron a sus dictámenes. El aparato cultural marxano se vengó en ellos una derrota que Stalin y los extravíos chequistas produjeron sobre todo. Se les negó. Se les rebajaron méritos. Se les desconoció. Eran la generación suprimida, como el mismo Rosales llegó a expresar en una entrevista tras la concesión del premio Cervantes en 1982: “no hay una puerta histórica que gire sino creando un vacío y nosotros hemos sido la generación suprimida, el vacío que necesitaba la historia para seguir siendo historia”. En España, muchos escritores que buscaban labrarse un espacio propio, fueron atraídos por el aparato cultural estalinista. El PCE enmascaró su acción proselitista en organismos y mecanismos aparentemente culturales, liberales, democráticos. Y una buena parte de los escritores y artistas, que reaccionaban contra los envaramientos del franquismo y sus engolamientos, se inclinaron hacia posiciones contestatarias y cuestionadoras. Eran la progresía, vinculada emocionalmente al PSOE y entrampada en la visión maniquea del PCE (y no olvidemos el embadurnamiento de sangre del PSOE

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en la España republicana, su compromiso con los crímenes, las Checas y las “sacas”). De ahí que el aparato cultural liberal, penetrado por el estalinismo, se contrapuso al aparato cultural oficial, y sólo promovieron a los poetas que hicieron causa común con la República y en particular con el comunismo: Miguel Hernández, Rafael Alberti, por ejemplo. Parcialmente a los exiliados e internamente a los que derivaron hacia el PCE o el PSOE. E igualmente se atacaron, etiquetaron y condenaron a los poetas, escritores e intelectuales que no se dejaron engatusar o mancuernar por la ideología estalinista, a los que se tildó de falangistas, franquistas o fascistas, o cualquier otro epíteto según el gusto. El control del aparato cultural que ha desarrollado el estalinismo, su capacidad de promoción y de forjar nombradías no centradas en obras sino en la simpatía o adscripción políticas, su poder de desinformar, calumniar, excluir y lapidar, han generado más de una autocensura, más de una sumisión interesada y oportunista, más de una aberrante prosternación. De tal manera se han conformado claques, mafias, bandas. Y se han catapultado autores tanto como se han descalificado e ignorados otros. Y en muchos sentidos, Luis

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Rosales ha sido víctima de este aparato indecente e inicuo.

Un poeta en medio de los odios recrecidos
¿Tendría que contarse nueva vez la infortunada lucha de los Rosales, en particular de Luis, por salvar a García Lorca, su amigo entrañable, aquel fatídico 16 de agosto de 1936? Lo cierto es que habrá que hacerlo una y otra vez, para impedir que la maldad de quienes hacen causa común con La Matraca Canalla del estalinismo, especie de patología mental que es inmune a todo: datos, hechos, verdades, resultados, que pervive y contamina almas y obnubila juicios, en su afán de controlar los “aparatos ideológicos del Estado”, sea la que se imponga. La reconstrucción de los hechos, motorizada por los más renombrados biógrafos del inmortal poeta andaluz, indican que Lorca murió fruto no tanto de pasiones políticas como de rencores, envidias y mezquindades familiares, que aprovecharon un momento confuso y particularmente homicida, el alzamiento falangista, en que ambos bandos, republicanos y nacionalistas, se dedican a matanzas incontroladas, a exterminar a todo el que en

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apariencia les adversa en las zonas territoriales que controlan. Así, sabemos que existían resquemores con Lorca por parte de las familias Roldán y Alba por aquella tragedia: “La casa de Bernarda Alba”; que se le envidiaba a Lorca su cosmopolitismo, su renombre; que se le criticaba su homosexualidad y su indefinición política: Lorca prefería llevarse bien con todos y manifestaba posiciones contrapuestas en una España que se cerraba a cal y canto en dos posiciones irreconciliables y antagónicas. Cuando se llevan a Lorca de la residencia de los Rosales el 16 de agosto de 1936, donde acudió a refugiarse, la madre de Luis, doña Esperanza de Rosales, logra que se espere a uno de sus hijos para impedir que se lleven a Federico sin el resguardo de un familiar. Miguel, el hermano de Luis, le acompaña junto a la tropilla falangista que encabezan Ramón Ruiz Alonso y Juan Trescastro Medina, este último casado con una prima lejana de Lorca. Cuando le trasladan al edificio del gobierno civil, un guardia de asalto golpea a Federico con la culata de su mosquetón. Miguel Rosales pide que no lleven al poeta a los “interrogatorios”, la sala de tortura. Ruiz Alonso acusa a García Lorca de “espía de Moscú”.

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Cuando Luis y José Rosales se enteran del caso y van en ayuda, estos se encaran en forma dura con Ruiz Alonso. José Rosales habla con José Valdés Guzmán, gobernador civil, quien le transmite la gravedad de las acusaciones a Lorca: “socialista y agente de Moscú”, ambas mentiras. Al día siguiente, José obtiene una orden de libertad para Lorca de parte del Gobernador militar, Gonzales Espinosa. Cuando entra a la sede del gobierno civil, Valdés Guzmán le dice que ha llegado tarde: “Ya lo habrán fusilado. ¡Y ahora vamos a ver qué hacemos con tu hermano!”, amenazando a Luis por haber acogido a Lorca en su casa. Valdés mentía, esperaba orden de Queipo del Llano para actuar. Valdés telefonea a del Llano y le pregunta: “¿Qué hago con él? Lo he tenido aquí por dos días” Y Queipo le responde: “Dale café, mucho café”. La orden está dada. En un viejo Buick se llevan a Lorca y otros tres. Trescastro Medina alardea: “Yo le he pegado dos tiros en el culo por maricón”. La situación de Luis, que a diferencia de sus hermanos no pertenece a La Falange es comprometida. Finalmente, terminaron por condenarle a una multa de 25,000 pesetas por refugiar a Lorca. Su valor, sin embargo, se vio opacado por la calumnia que los comunistas le levantaron. Como el poeta Félix Grande expresó, Luis

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“era consciente de que cuando la calumnia se echa a rodar no hay quien la pare”. El mismo Rosales llegó a expresar: “El hecho de la muerte de Federico fue la toma de conciencia más dolorosa que he tenido en mi vida”. Y su hijo Luis Rosales Fouz nos habla de la repercusión de aquel infausto hecho en la vida de Luis Rosales: “Hizo que mi padre viviera con la tristeza de no haber podido hacer nada por salvar a su maestro y amigo, pero con la cabeza muy alta por haberlo intentado y haberse jugado la vida.” Dura experiencia para un alma joven, ver la inmisericordia consumar un crimen y no poder él evitarlo. Llegó a preguntarse, una y otra vez, cómo un don nadie “se hizo responsable de la muerte de una de las personas más importante que había en España entonces. Y ese es el terrible horror de la guerra” (Luis Rosales Fouz). Afirmaba que aquel crimen le había hecho desconfiar de la política y de los políticos por el resto de su vida. Y sobre indecorosa instrumentalización de aquel crimen inmundo por el PCE el mismo Rosales llegó a expresar en 1979: “El Partido Comunista de España, desde hace cuarenta años, está sacando "tajada" de Federico García Lorca.” Luis Rosales fue víctima de ambos bandos. Los falangistas le mataron a su maestro y amigo, García

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Lorca, arrancado de su hogar por la fuerza y asesinado. Y los republicanos le asesinaron a otro gran amigo, Joaquín Amigo, tirado por el Tajo de Ronda. ¿Tendrían, los que se refocilaron en la calumnia y arrojaron cieno sobre la reputación de Luis Rosales la mitad de la hombría que él tuvo para arriesgar su vida por su amigo? ¿Qué acto de valor, de riesgo de la vida, asumieron? ¿Por quién se la jugaron? ¿Cómo hubiesen actuado de haberse visto en iguales circunstancias? La crueldad inútil de la guerra, ese “terrible horror” fue una conciencia que nunca le abandonó y le hizo escribir versos como
“…la vida entera cabe dentro de un odio.” (El naufragio interior)

La redención por el amor
Frente a tanta desolación, frente a los frutos amargos del odio entre hermanos, frente a la catástrofe que se cernió primero sobre España y después sobre toda Europa, encenegada en una hecatombe delirante, que arrasó siglos de cultura y lenta acumulación de

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logros, barridos por la metralla, los bombardeos y la sevicia humana, Luis Rosales se vuelve hacia el amor, el humano y el divino. Huye de los discursos estentóreos, las artimañas de la muerte, y se refugia en lo que el amor humano puede proveer y en la paz inmarcesible del amor de Dios. A la mujer dedica versos de delicada hechura, construidos muchos de ellos con apego a las formas más clásicas y, a la vez, con imágenes que recrean la tradición poética española y la mezclan con la tradición de la vanguardia. A Jesús y a Dios dedica sublimes poemas en que el estremecimiento místico y la bendición de la plenitud y el gozo que proporciona la fe se hacen pálpito, vínculo y nutritiva agua de vida que refresca el alma. Aquellas traumáticas experiencias tempranas le marcaron. De ahí ese tono de oscuro desengaño que late en sus poemas. Esa angustia existencial que puebla muchos de sus versos. Ese recogerse en Dios como vía de trascender tiempos amargos y terribles. Y por igual su amor por la bendición de la vida, las cosas triviales, la mansedumbre del hogar, los aromas de la tierra y de la mesa, el paisaje que es milagro cotidiano, la amistad y el cariño, el amor que

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provee consuelo y tibieza en los días en que se gasta el tiempo humano. Para Luis Rosales “Vivir es ver volver. El tiempo pasa: las cosas que quisimos son caedizas, fugitivas se van. Y esto es morir: borrarse de sí mismo”. Así vivió:
“…con humildad, Buscando la palabra precisa”. (Ascensión hacia el reposo)

Una poesía tibia, entrañablemente humana

amigable,

Rosales es parte de una generación, la de 1936, que reacciona contra los excesos de las vanguardias retornando a las límpidas fuentes de la poesía clásica española. Se les llegó a tildar de garcilasistas, por su revaloración de Garcilaso de la Vega. Retomar las formas clásicas, devolver a la poesía sus maneras tradicionales, fueron los principales aportes de esta generación. El soneto, el poema sometido al metro y la rima, los temas tradicionales. Félix Grande destaca: “Aún no se ha visto por entero la dimensión que tiene. Es un maestro del soneto, de la copla, del

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romance”, y no queda ahí, también del verso libre y el poema en prosa. Poesía que esplende en las pequeñas minucias de la vida, en las vivencias cotidianas, que canta la vida particular, las diminutas alegrías y esperanzas, el milagro sempiterno del amor, la bendición de un cuerpo que comparte su tibieza, de un alimento que destella en el paladar, de la conversación afable, los paisajes fraternos, la misericordia de Dios que nos libra de nuestros desvaríos y perdona nuestra maldad. Poesía íntima, recogida, que se aleja de la plaza, de las pasiones y controversias que dividen, separan y enfrentan a los hombres, para encontrar la palabra que hermana, que reúne, que convida. Poesía labrada con paciencia, sin desvivirse por el aplauso y el encomio, macerándose en el recogimiento de años de cuidadoso escardo, de orfebrería detallada. Nada de buscar la claque, el ruido de elogios basados no en el disfrute de la obra, sino en la adscripción política, al margen del valor propio del poema. El poeta José Carlos Rosales, sobrino del granadino, destaca que su tío solía aconsejar que los libros no

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debían publicarse antes de diez o doce años, que había que tenerlos esperando. “Creía que uno de los peligros que debía de sortear siempre el escritor era el de publicar demasiado pronto. Su idea era que cualquier publicación es prematura, porque uno siempre se arrepiente de cómo lo ha hecho y luego trata de rectificarlo”. La poesía es una búsqueda de transitividad en experiencias tan personales, tan intransitivas, que es casi milagro que pueda verificarse la comunicación. El mismo Rosales nos dice:
“A cada hombre le tendríamos que hablar en una lengua distinta, a cada amigo le tendríamos que hablar con una voz distinta para que nos pudiese comprender, pero la lengua personal es tan fiel a sí misma, tan incomunicable que las palabras son como ataúdes y sólo llevan de hombre a hombre su andamio agonizante, su remanente de silencio y su estertor…” (La cicatriz)

El oficio desvalido de poeta
“La poesía es la más desvalida y menesterosa, anda siempre con los pies descalzos”, expresó en una

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ocasión Luis Rosales. Aquí, allá, doquier, la poesía es tenida por oficio inútil. Vivimos tiempos prosaicos, signados por lo utilitario, por lo funcional, por lo que puede mercadearse. La poesía es una pasión tan personal, tan íntima, tan recogida y ajena a las modas y afanes dominantes, que muchos miran con desdén. Y sin embargo, para Rosales era un título que temprano adquirió y al que nunca renunció. Cuando alguien le preguntó qué era lo que más valoraba de su vida, larga y cargada de experiencias, respondió: “Bueno, este pequeño título al que nadie le da valor que es ser poeta. Yo nunca he dejado que me lo arrebaten”. Se reconocía orteguiano. Rosales llegó a afirmar de su maestro: “…fue quien me amuebló la cabeza, quien me enseñó a pensar, quien me ordenó las ideas hasta hacerlas constituir un todo”. A Luis Rosales, Pedro García Domínguez, filólogo español, lo retrata en adjetivos cargados de encomio: “era señor en todo y en todo un caballero: noble y generoso; sabio y prudente. Era gran conversador, infatigable y ameno”. Otro gran mentor en su vida lo fue José Bergamín, quien fue su primer editor y le guió en sus primeros momentos y de quien cuenta la siguiente anécdota:

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“Le dije un día: tengo mucha dificultad para expresar con palabras lo que pienso. Y Bergamín me respondió: Luis, no se escribe con ideas, se escribe con palabras”. Su relación con la poesía es de cultivo paciente, a solas. Llega a decir, en una de tantas entrevistas, que no escribe para los lectores, pese a agradecer que existan. “Escribo por obligación ética, para cumplir un destino al cual estoy llamado; yo soy, irremediablemente, un escritor. Me han preguntado en alguna ocasión: “tú por qué tardas tanto en publicar tus libros?”. Yo a veces he tardado diez años o quince años en publicar un libro, porque a mí lo que me interesa es escribirlos, no publicarlos. ¡Los libros están ahí! Si yo no los publico, otros lo harán por mí; si alguien tiene que leerlos, alguien los leerá; pero quiero separar por completo estas cosas. Primero, que para mí el lector es muy distinto del público; me interesan los lectores, a los cuales debo muchas de las alegrías que he tenido en la vida. Y hay que hacer otra distinción. Yo escribo únicamente como un compromiso ético que tengo conmigo mismo, con mi tiempo y, naturalmente, con Dios. En esa última relación hay un Dios – para mí, Jesucristo – que es el Tú absoluto; ese Tú, para mí de alguna manera, es siempre el horizonte, hasta en los poetas más blasfemos. De ahí nace ese

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imperativo que yo siento al decir que escribo por una conformación interior mía que, en definitiva, es un compromiso ético”. Este es Luis Rosales, poeta, ensayista, hombre de bien, de cuyo nacimiento este 2010 se cumplen 100 años y cuya poesía y prosa son grandes monumentos de la literatura española en el siglo XX.
“El recuerdo se teje Con doble hilo, Y de cuando en cuando se recuerdan cosas Que no han sucedido”. Luis Rosales

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Andrei Platonov o la tragedia del escritor como ingeniero del alma

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La verdad es un misterio, siempre es un misterio. No hay verdades evidentes. Andrei Platonov Notas

Un ensayo histórico, Ingenieros del alma, del holandés Frank Westerman, narra, a partir de una bahía del Turkmenistán soviético, la bahía de Kara Bogaz, y de la encomienda estalinista a los escritores soviéticos de cantar las proezas de los técnicos, en particular las grandes obras de ingeniería hidráulica que emprendió la dictadura de Stalin, la tragedia de los artistas y escritores de la Unión Soviética. Allí están, convocados, estimulados, reprendidos y, en muchos casos, reprimidos y aniquilados, los más señeros autores literarios de la época, iniciando por Máximo Gorki, al que Stalin termina envenenando cuando empezó a resentir el yugo del tirano, y autores a los que mataría en el gulag o les haría pasar las de Caín, como Bulgakov, Pasternak, Ajmátova, Pilniak y Andrei Platonov.

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El ensayo de Westerman se articula alrededor de un autor en concreto: la vida del escritor romántico Konstantín Paustovski y su obra La Bahía de Kara Bogaz, una de las tantas obras por encargo en que los lirikis, los escritores y artistas, cantaban las alabanzas de los fisikis, los ingenieros y técnicos, que por órdenes de Stalin realizaban obras gigantescas… y con frecuencia inútiles, cuando no dañinas, como aquel Canal de Belomor que fue un completo fracaso y en cuya construcción murieron miles de hombres y mujeres esclavizados en los campos de concentración. La obra de Westerman es descarnada, amarga; carga el alma de pena y de horror. La inmisericordia de aquel ensayo social que en su conjunto produjo sólo en el siglo XX más de 100 millones de víctimas, muestra en sus páginas la crudeza de sus desvaríos, delirios y sicopatías. Por mi parte, sólo quiero destacar una de aquellas infaustas vidas, la del escritor proletario Andrei Platonov.

El nacimiento de un escritor proletario
Andrei Platonovich Klimentov, quien públicamente se daría a conocer como Andrei Platonov, nació el 16 de agosto de 1899 en Yamskaia Sloboda, localizada

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en las afueras de Voronezh, ciudad en que concurren tres líneas férreas de gran importancia. Aquella ciudad fue a donde fuera, años después, exilado internamente por Stalin, el poeta Osip Mandelstam y donde escribiera sus conocidos Cuadernos de Voronezh. Platonov, hijo de un empleado del ferrocarril, quien era ajustador de metal y ocasional inventor (el mismo Platonov llegó a creer a los trece años de edad que había descubierto el movimiento perpetuo y desarrollaría innovaciones tecnológicas, entre ellas una balanza de su invención), era el mayor de siete hijos de una familia obrera. Creció en aquel ambiente de trabajo y agitación, en los talleres ferroviarios. La madre era hija de un relojero. De niño le inscribieron en la escuela de la iglesia parroquial de su comunidad, en donde aprendió las primeras letras, y luego en un colegio urbano. A los trece años y medio, en 1914, empezó a trabajar, primero como oficinista en una compañía de seguros local, luego como fundidor en una fábrica de tuberías; en una finca privada como mecánico asistente; obrero en una fábrica de piedras de molino artificial; almacenista y en otras tareas, incluyendo el mismo ferrocarril en que laboraba el padre. Y simultáneamente, desde esa temprana edad, empezó a escribir poemas que enviaba a distintas publicaciones, sin mayor éxito.

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Cuando se da la Revolución de Febrero de 1917, Platonov amplía sus actividades. Intenta solidificar su formación técnica y se inscribe en el Instituto Politécnico de Voronezh, en donde estudia tecnología eléctrica. A raíz del golpe de Estado bolchevique de noviembre de 1917, la llamada Revolución de Octubre, y la posterior guerra civil que tal putsch militar desató, Platonov y su padre toman parte a favor del grupo de Lenin y con el tren llevan tropas y suministros a distintas regiones, además de limpiar de nieve las vías. Entre los años 1918 y 1921, Platonov se da a conocer como escritor de origen obrero. A los 20 años, en 1919, se incorpora al Ejército Rojo. Publica decenas de poemas, relatos y cientos de artículos y ensayos, en una derroche creativo que ve la luz en distintos medios locales, como la prensa del sindicato del ferrocarril Zheleznyi poner (Ferrocarril), del Comité del Partido de Voronehz Derevnia Krasnaia (Campo Rojo) y kommuna Voronezhskaia (Comuna de Voronehz), la revista del grupo de escritores proletarios Kuznitsa, entre otros.

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La identificación con la revolución
Para 1920 aparecían varios trabajos firmados por él simultáneamente en distintos medios. Abordó temas relativos a la literatura, el arte, la tecnología, la guerra civil, la filosofía, la ciencia, la educación, la filosofía, la educación, la economía, las relaciones exteriores, la recuperación de tierras, el hambre y muchos otros más. Se involucra en la fundación local del Proletkult; en marzo de 1920 se afilia a la Unión de Periodistas Comunistas, trabaja como editor de Derevnia Krasnaia, es electo en agosto de 1920 en la junta provisional de la Unión de Escritores Proletarios de Voronehz; en octubre de 1920 asiste al Primer Congreso de Escritores Proletarios en Moscú, organizado por el grupo Kuznitsa. En la primavera de 1920, Platonov se afilia formalmente al Partido Comunista y empieza a asistir a la escuela de cuadros del partido, pero lo abandona a final de 1921, por una “razón menor”, que podría haber sido la experiencia de la terrible hambruna de 1921 y las críticas que realizó a los privilegios de los comunistas locales para ese tiempo. Se hizo figurar que fue expulsado del partido cuando se negó a limpiar de basura el pueblo durante un

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sábado voluntario comunista o subbotnik . readmito como candidato a miembro en 1924.

Fue

En 1921 publica su primer libro: Electrificación. El concepto de Lenin de que electrificación + poder soviético = socialismo, llevó a impulsar la electrificación de Rusia. Las bombillas en las chozas campesinas fueron llamadas las “lamparillas de Illich” e impresionó a gente que hasta entonces se iluminaban en la noche quemando astillas de madera. En 1922 publica Azul Profundo (glubina Golybaya), que la crítica recibió favorablemente y que llevó al poeta Valery Briusov y otros autores a considerarlo una de las promesas de la joven literatura proletaria que emergía en la Rusia soviética. Ese mismo año de 1922, ante la realidad de la hambruna, Platonov abandona la literatura y el periodismo y se involucra en cuerpo y alma en tareas relativas a la electrificación rural y a la recuperación de tierras, laborando para organismos del Estado. “Yo no podía estar ocupado en una actividad contemplativa como la literatura”, declararía un año después. Entre 1921 y 1922 fue presidente de la comisión especial de lucha contra la sequía local. Se involucró en trabajos como ingeniero, organizó la

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excavación de estanques y pozos, drenó tierras pantanosas y participó en la construcción de una planta hidroeléctrica. Además funge de administrador en otros proyectos y hace importantes innovaciones tecnológicas. En 1925, coincidiendo con la película de Sergei Eisenstein “El acorazado Potemkin”, película distribuida por Prometheus, una de las compañías que creó y dirigía Willi Münzenberg, el cerebro de La Matraca Canalla, Platonov publicó su libro sobre la revuelta del Mar Negro de 1905 y el mismo fue una publicación oficial del partido bolchevique. En 1926, en tanto especialista en mejora territorial, Platonov es electo al comité central de la Unión de Agricultura y Trabajo Forestal. En junio de 1926 se traslada a Moscú junto a su esposa, María Aleksandrovna, y su hijo, Platón. Sin embargo, un mes más tarde le despiden. El sindicato le acosa para quitarle la vivienda especial que le habían asignado. Platonov, para no morirse de hambre, vende sus libros. En el otoño de 1926 vuelve a encontrar trabajo. Le nombran jefe del departamento de recuperación de tierras de Tambov. A comienzos de diciembre parte a Tambov como jefe de la Sección de Bonificación de

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la Dirección Provincial de Agricultura, y deja a la esposa y a hijo en Moscú. Allí vive un repentino flujo creativo. Escribe El camino del éter, su premonitorio relato Las esclusas de Epifano y también La ciudad Gradov. Por igual dos libros de ensayos: El país de los pobres, y Crónica de una tierra pobre.

Un inesperado tropiezo con… ¡Stalin!
Desde 1926 vuelve a dedicarse a escribir de manera continua. En 1927 se transforma en un escritor profesional. Al regresar a Moscú en marzo de 1927 escribe, entre otros relatos, Constructores de una nación, Hombre secreto y Pueblo Yamsakay. Una colección de sus relatos la publican en 1927. Al año siguiente, 1928, le publican El origen de un maestro, primer capítulo de su novela Chevengur. Entre 1926 y 1930, coincidiendo con el lanzamiento del Primer Plan Quinquenal en la Rusia soviética, Platonov escribió sus dos principales novelas: Chevengur y La excavación. En 1929 termina Chevengur, crítica implícita al modelo burocrático estalinista. La novela nunca obtuvo la aprobación de la censura bolchevique y, por lo mismo, fue secuestrada por la NKVD y nunca fue publicada en vida del autor.

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Ese 1929, Platonov se convierte en el blanco principal de los críticos, que desbarran sobre sus textos. Le acusan de que sus obras tienen serios errores ideológicos. El crítico Leopold Averbaj, uno de los principales teóricos de la RAPP (Asociación de Escritores Proletarios de Rusia), se ensaña contra Platonov. Su crítica es reproducida en tres importantes publicaciones soviéticas y marcan a Platonov como no afín al tipo de literatura que Stalin aprueba. Al recibir el rechazo a Chevengur, su novela, escribe a Máximo Gorki (alias literario de Alekséi Maksímovich Peshkov), diciéndole: “Lo visité hace dos meses. Ahora le ruego que lea mi manuscrito. No lo publican (lo han rechazado en Federatsia), dicen que en la novela se representa la revolución de forma incorrecta y aun que toda la obra se interpretará como contrarrevolucionaria. Yo, en cambio, he trabajado movido por otros sentimientos y ahora no sé qué hacer.” Máximo Gorki, quien era uno de sus protectores, al igual que Mijail Sholojov, le responde: “Es usted un hombre de talento, esto es indiscutible, como lo es el hecho de que posee usted una lengua muy peculiar. Su novela es extraordinariamente interesante...

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Pero aun siendo indiscutibles las cualidades de su trabajo, no creo que se lo publiquen, que lo editen. Para ello será un impedimento su percepción anárquica del mundo, al parecer propia de su «espíritu»... Y le diré más: entre los redactores actuales no veo a nadie capaz de valorar los méritos de su novela... Eso es todo lo que le puedo decir y lamento no poderle añadir otra cosa.” Y al final, le recomienda: “No se enojes; no deje que eso le amargue. Todo pasará. Al final la verdad sola se mantendrá”. Trabaja en los departamentos de redacción de varias revistas además de escribir ficción. Para el otoño de 1929 visita varias granjas colectivas y sovjoses. En los comienzos de 1930 escribe la novela-crónica En provecho – Crónica de un hombre pobre, que era una sátira de la colectivización estalinista. Los editores a los que somete la obra se la rechazan, por “errónea”. En 1931, Krasnaya Nev (Tierra Nueva Roja), editada por el escritor soviético Aleksandr Fadeiev, le aprueba publicar la obra. Fadeiev, en persona, subraya los pasajes de la misma que debían eliminarse debido a conveniencias políticas. Los tipógrafos no interpretan correctamente las indicaciones de Fadeiev y los pasajes subrayados para ser eliminados los publican en negrita. Tanto En provecho, como Las dudas de Makar llegan al escritorio de Stalin Al leer el cuento y la novela,

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Stalin se irritó en grado sumo. Fue escribiendo al margen calificativos como “vulgar”, “hombre bobo”, “villano”, “sinvergüenza”, “tonto”. En mayo de 1931, calificó la obra de ser una “crónica de los kulaks” (kulak era el mote de los campesinos con algún tipo de propiedad, por entonces blanco de la ira de Stalin y perseguidos a muerte por los comunistas) De hecho, resumió su impresión de la misma con las siguientes palabras, una sentencia lapidaria al autor y a la obra: “Esta es una historia de un agente de nuestros enemigos, escrita con el propósito de desacreditar la campaña de las granjas colectivas”, escribió detrás del ejemplar de la revista la palabra svoloch (canalla), y llamó a Fadeiev y le ordena “darle una lección a Platonov para que entienda lo que significa “En provecho”. En una sesión especial del Buró Político del Partido Comunista, Stalin impuso que se condenara la publicación del relato de Platonov en la revista de Fadeiev como una “historia partidaria de los kulaks y profundamente anti-soviética”. Fadeiev de inmediato cambió de dirección y publicó un artículo condenando el cuento que él mismo había aprobado y llamando a Platonov un “enemigo de clase” y un “agente encubierto de los kulaks”. En especifico, Fadeiev expresó: “Y uno de estos agentes kulak es el escritor Andréi Platónov, personaje que ya hace

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varios años que se pasea por las páginas de las revistas soviéticas con la máscara del «buen pobretón», de un Makar bonachón, inofensivo y loco bufón”. En 1931, la obra de Platonov fue atacada reiteradamente como “anticomunista”. Iván Makáriev, uno de los principales críticos de la RAPP, titula “Injuria” la reseña que hace de la obra de Platonov. Mientras, el narrador amplía su amistad con Boris Pilniak, otro escritor “apestado” pero con mejores relaciones con la Nomenklatura. Esta amistad con Pilniak terminaría trágicamente y sería negativa para ambos autores. El tono crítico de los relatos de Platonov sobre todo la evidenciación del creciente burocratismo de la sociedad soviética, le fue granjeando animadversión entre los funcionarios estalinistas y la mala voluntad del Vodz, de Stalin, cuyo disgusto con el autor llegó hasta calificarlo abiertamente como “tonto, canalla e idiota”. Su novela La excavación es una fábula cuasi surrealista sobre la sociedad soviética de su tiempo que, inmediatamente propuso su publicación, despertó encendidas críticas y ataques en su contra. A Platonov lo acusaron de atacar a la línea del partido, difamar al hombre nuevo y echar lodo al

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proceso de transformación socialista, acusaciones gravísimas en tiempos de Stalin.

todas

La autocrítica inútil
El escritor da un paso atrás, asustado, y escribe una carta a Pravda y otra a Gazeta Literaturnaya admitiendo que se había equivocado. No le publican la carta en ninguno de los dos medios, acusándolo, los editores, de que su carta estaba cargada de ironía. La carta, archivada por la KGB y desclasificada a raíz de la caída de la URSS, empezaba como sigue: “Les ruego que publiquen la presente carta. El abajo firmante reniega de toda su actividad literaria y artística pasada, tanto de la expresada en las obras impresas como en las no publicadas. El autor de estas obras, debido a la acción que sobre él ha ejercido la realidad social, y como resultado de sus propios esfuerzos en favor de esta realidad y de la crítica proletaria, ha llegado a la conclusión de que su labor prosaica, a pesar de sus positivas intenciones subjetivas, es por completo y contrarrevolucionariamente perniciosa para la consciencia de la sociedad proletaria”. Preocupado, Platonov escribió también sendas cartas a Gorki y a Stalin, pero ninguno de ellos le respondió.

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En una reunión celebrada el 2 de febrero de 1932, durante el Congreso de Escritores Soviéticos de Toda Rusia, Platonov hace su “autocrítica”, declarando que sus obras “carecen de interés o utilidad para la revolución”. La mayoría de los presentes en la reunión dudan que Platonov pueda enmendarse, dado que ninguna de sus obras son políticamente correctas y se amoldan a las directrices trazadas por el partido comunista ruso. En el período de las purgas, Platonov escribió contra Trotski, Rikov y Bujarin, una manera de encontrar alivio al frío que se le había ido formando en derredor. El 26 de octubre de 1932, Máximo Gorki invita a los más reconocidos escritores soviéticos a visitar su residencia, la casa del “escritor del pueblo”. Hay ausencias notables: Pasternak, Bulgakov, Mandelstam, Ajmátova, entre otros. Pero están los sumisos al apparat. Y está, con ellos, Stalin. Allí, el Vodz, que escuchó pacientemente la cháchara de sus cuartilleros, en un momento dado toma la palabra y declara: “Nuestros tanques son inútiles cuando quienes los conducen son almas de barro. Por eso afirmo que la producción de almas es más importante que la producción de tanques… (…) Alguien acaba de observar que los escritores no

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deben permanecer inactivos, que deben conocer la vida de su país. La vida transforma al ser humano y ustedes tiene que colaborar en la transformación de su alma. La producción de almas humanas es de suma importancia. ¡Y por eso alzo mi copa y brindo por ustedes, escritores, ingenieros del alma!” De esa reunión nacería la Unión de Escritores Soviéticos, que encabezaría Máximo Gorki (Años después, en la Biblioteca Nacional de La Habana, Fidel Castro tendría una reunión igual, emulando a Stalin: su famosa reunión con los escritores, en que, buen alumno de Hitler y Mussolini más que de Marx, Engels y Lenin, plagiaría la fórmula de El Duce, diciéndole a los escritores: “Dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada”. Y de esa reunión, por igual, saldría la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC. Simple gusto por repetir como comedia bufa lo que no funciona). Allí también se enunciarían las bases de ese mamotrero que cercenó a tantos talentos y corrompió la literatura y el arte en la Unión Soviética: el “realismo socialista”. Uno de los experimentos de la época era el libro colectivo. Según Gorki: “Si los trabajadores son capaces de verter cemento en brigadas, ¿por qué unas brigadas de escritores no iban a ser capaces de producir un libro común?” De alguna manera lo lograron: Soltzenitsin

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llegó a declarar que la mejor parte de la obra de Sholojov fue elaborada en los cuarteles de la Lubianka, local de la Inteligencia rusa, por anónimos autores que ensamblaron páginas brillantes incautadas a los narradores más señeros de Rusia condenados al gulag y a la muerte. En 1932, Platonov redacta “Catorce pequeñas chozas rojas”, pieza en que aborda el trauma que significan el hambre y la muerte debidas a la colectivización forzada de la agricultura y cosecha el mismo rechazo. Como no le publicaban sus obras, se desespera. Escribe a Gorki: “¿Puedo ser un escritor soviético o eso es objetivamente imposible?”. Gorki no le respondió.

El aparato de controlar las mentes: Glavlit
Con todo, Máximo Gorki, que aprecia el talento de Platonov, lo incorpora en las giras de escritores que promueve para que estos conozcan y canten las grandes obras de ingeniería hidráulica y los proyectos desmesurados que transforman la fisonomía de Rusia y sus países satélites. En 1934 lo

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incluye en un viaje a Turkmenistán, que por entonces celebraba sus diez años como república socialista. Platonov, a partir de sus impresiones, escribe el relato Dzhan, también Takyr y redacta el artículo Sobre la primera tragedia soviética. De toda su labor, sólo Takyr es publicada. Platonov, que tenía que someter a la Dirección General de Literatura, GlavLit, sus textos, para aprobación, no obtuvo el nihil obstat, pese a que se comprometió a reescribir el final de Dzhan. Ese GlavLit tenía un control estricto de lo que podían leer los ciudadanos soviéticos. Sólo la viuda de Lenin, Nadezhda Krúpskaia, elaboró en 1926 un índice complementario de obras prohibidas, incluyendo “un centenar de libros susceptibles de despertar “sentimientos primitivos y antisociales”, entre ellos el Corán, la Biblia y las obras de Dostoievski. Le correspondía a GlavLit proceder a una retirada efectiva de esos libros de todas las bibliotecas, reciclándolos como papel viejo” (Ingenieros del alma, F. Westerman, Pág. 173). Platonov durante ese período trabaja como ingeniero en el Departamento Republicano de Pesos y Medidas (adjunto al Comisariado Popular de la Industria Pesada), sobresaliendo como inventor de numerosos artilugios tecnológicos.

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A principios de 1936, incluyen a Platonov en un colectivo de escritores que tenían que producir un libro sobre los héroes del transporte ferroviario, según el proyecto de Lazar Kaganóvich, quien es presentado como “el mejor compañero de armas del camarada Stalin”. Su primer aporte: Inmortalidad, obtiene un inesperado éxito de crítica y la aprobación de los lectores. El repentino éxito se apaga de nuevo con su segunda contribución: Entre los animales y las plantas, criticado en la Unión de Escritores de la URSS por su “alejamiento del tema épico”. A Platonov lo acusan de abandonar la visión heroica para caer en una ironía que no conoce límites. Para 1937, Platonov propone a la Unión de Escritores de la URSS su intención de trabajar en una novela intitulada Viaje de Leningrado a Moscú en 1937, replica de la escrita por Radíschev hacía un siglo.

De cómo Stalin solía herir donde más dolía
En mayo de 1938, Platonov recibe una muestra de la manera a veces oblicua en que Stalin castiga y degrada a las personas. Su hijo, Platón, de apenas quince años de edad, es apresado y acusado de

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“agitación contra la Unión Soviética”, lo tildan de “terrorista” y de “espía”. Platón Platónov fue condenado a diez años de trabajos forzados en Norilsk, en el extremo Norte; es enviado al Gulag, el sistema de campos de concentración que proveía de mano de obra esclava al régimen. Platonov escribió al NKVD asumiendo la responsabilidad de una escopeta infantil de aire comprimido y las obras literarias manuscritas encontradas en la casa, pero de nada sirvió. Un informe interno de la OGPU por esos años, firmado por el agente Shivárov evalúa la obra y la conducta del novelista: “Platónov lee sus obras sólo a sus amigos más allegados: a A. Nóvikov e I. Sats, y no difunde sus obras para que no corran de mano en mano.” La amistad de Platonov con el novelista Boris Pilniak agrava las sospechas contra Platonov. Ya en 1929 en Rusia se acuñó el término “pilniakismo” como un insulto, equivalente a “traición al socialismo”. A Pilniak, al final, no le fue tan bien como a Platonov. El juicio al caso 14488 contra Pilniak se celebra el 20 de abril de 1938. En apenas 15 minutos el juez Ulrich, sumariamente, condena a Boris Pilniak a muerte. Martilla dos veces y declara la sentencia irrevocable.

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Ordena su inmediata ejecución. La mañana siguiente, el teniente Shevelev, del NKVD, ejecuta al escritor. Platonov, desde 1936, había ido publicando reseñas críticas de literatura en distintas revistas y periódicos. Un volumen que reunía buena parte de las mismas se iba a publicar en 1939, pero fue repentinamente abortado cuando el proyecto de publicación recibió ataques desde la revista teórica del partido comunista. Prácticamente, el único medio que tenía Platonov de obtener recursos como escritor eran sus textos para niños, pero aún estos no siempre eran bien aceptados. Varias obras que escribió para el Teatro Central nunca fueron montadas en vida del autor. En 1939 zarandean al escritor. Los críticos se refocilan en descalificar su obra. El crítico Vladímir Yermílov denuncia a Platonov ante el primer “ideólogo” de la URSS, A. Zdhánov. A principios de 1941, gracias a la intercesión del novelista y diputado del Soviet supremo Mijail Sholojov, que admiraba a Platonov, excarcelan a Platón, el hijo. En el Gulag, el adolescente había contraído tuberculosis y dos años después, en 1943, muere a causa de la misma, no sin antes infectar a su padre.

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Alemania invade a Rusia, ante el desconcierto de Stalin. Platonov es momentáneamente autorizado a volver a colaborar como periodista y escritor y se convierte en corresponsal de guerra para el periódico del ejército rojo Krasnaya Zvezda. Se le permite publicar por un permiso especial de Stalin. Mientras transcurren los años de guerra, a Platonov le publican los libros: Inspiración Popular (1942), Historias de la Patria (1943), Armadura (1943) y Hacia la puesta del sol (1945). Los censores eliminan implacablemente de sus obras aquellas que no tratan de la guerra y que no tienen un tono o enfoque heroico. Platonov sufre heridas de guerra en Checoslovaquia durante la ofensiva del Ejército Rojo contra Hitler y se le agrava la tuberculosis, lo que provocó que se le licenciara. Terminada la guerra, escribe La familia Ivanov, que provoca que le lapiden de nuevo: difama a la hombre nuevo, claman sus críticos. Fue expulsado de la Unión de Escritores Soviéticos y todas sus obras fueron prohibidas. Le quitan los trabajos y sólo le permiten que ocupara la plaza de bedel del edificio del Instituto de Escritores. Escoba en mano, mientras

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barre el patio del local de la Unión de Escritores, ve a los autores aprobados conversar y disfrutar. Era la vida que le habían proscrito, pero que le dejaron atisbar, un tanto como para que viviera el suplicio de Tántalo. En 1947 el crítico V. Yermílov, el mismo que lo había denunciado ante Zdhánov, acusa a Platonov de que su obra La familia Ivanov era una sarta de calumnias contra el poder soviético. De nuevo, apenas puede obtener ingresos por sus obras escritas para niños, y ello gracias al apoyo de Mijail Sholojov, que las apadrina. El 5 de enero del 1951, en total pobreza, marcado por la situación de ser tildado de enemigo de Stalin y del poder soviético, rechazado por la progenie de los escritores oficiales, gordos por los privilegios que el régimen otorgaba, Andrei Platonov falleció, alcohólico y desconocido, en Moscú, a consecuencias de la tuberculosis que contrajo de su hijo. Con él moría una de las plumas más talentosas de la literatura rusa del siglo XX. Le entierran en el cementerio armenio de Moscú. El novelista Vasili Grossman encabeza una Comisión para la Herencia Literaria de Platonov e intenta publicar un par de libros, pero le niegan la autorización. En 1958 se publica una selección escogida de sus obras. Sólo 30 años después, durante La Perestroika, los lectores

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rusos pudieron acceder a lo más importante y significativo de su obra.

El valor de su obra narrativa
Para Joseph Brodsky, el poeta y premio Nobel ruso, Platonov posee un nivel de calidad literaria semejante a Franz Kafka , James Joyce o Robert Musil. Y observa que la obra del ruso tiene la tremenda fuerza de un Thomas Mann o un Marcel Proust. Y otros autores le comparan e igualan, sobre todo por su revelación del absurdo del burocratismo socialista presente en su obra, con la del inglés George Orwell y no falta quien lo tilde de El Hemingway de Rusia o le asemejen a Samuel Beckett. Por igual, se le considera que alcanza en sus obras los niveles satíricos de un Jonathan Swift. Precisamente, Hemingway en los años previos a la segunda guerra mundial, que había leído un cuento de Platonov, habló en respeto y admiración del estilo narrativo de este a unos periodistas rusos que le entrevistaban, y estos tuvieron que reconocer, avergonzados, que era la primera vez que oían su nombre y desconocían quién era. Platonov narra el encontronazo entre las fantasías de igualdad, solidaridad y bien social de las utopías

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socialistas y las políticas burocráticas y dictatoriales de los funcionarios soviéticos, obtusos y orientados a no crearse problemas con los dirigentes y a preservar su posición, así como el impacto deletéreo de las políticas de Stalin y el sufrimiento que ellas producían en el pueblo llano. Para Platonov : “El arte consiste en expresar lo que es más complicado por el medio más simple. Es la forma más elevada de la economía.” Robert Chandler, uno de sus traductores al inglés, lo considera el mayor estilista de la prosa rusa en el siglo XX, superior a autores tan significativos como Boris Pasternak, Alexander Solzhenitsin, Vasili Grossman y Shalámov. Sólo en la década de los ochenta, a partir de la Perestroika de Mijail Gorbachov empezaron los ciudadanos rusos a recuperar la obra de Platonov, secuestrada por la KGB, y comenzaron a editarse por primera vez en su propia patria los textos censurados de este maestro de la narrativa. La tragedia de Platonov fue el creer en verdad la utopía que vendían Lenin y su gente. Él creyó que la redención había llegado a los pueblos que conforman ese mosaico de nacionalidades que era entonces

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Rusia. Y se comprometió a fondo con ese proyecto. Al observar la cruenta realidad de los padecimientos de la gente, la hambruna, los crímenes arbitrarios, las medidas impopulares o desatinadas, el ensorbecimiento de los apparatchiks y la perruna subordinación a los jerarcas, su ser interno se rebeló. Quiso enmendar, denunciar, reflejar esa realidad de degeneración y burocratización. Pero eran los burócratas los que decidían sobre el valor de su obra. Luchó contra el poder. Una lucha perdida de antemano. Ese es el sino trágico de su vida. No pudo adaptarse, rebajar su pluma, mentir y festejar al endiosado padrecito de los pueblos. El realismo socialista de Stalin y Zhadnov no era más que nuestra publicidad: seres felices, hermosos, siempre contentos, siempre disfrutando, en una burbuja de satisfacción y logro, que encubría una realidad oscura, sórdida, tenebrosa y amarga. Nunca pudo entender que la función de la literatura, para Stalin, era encubrir y maquillar la realidad, pintar un mundo ilusorio, en nada reflejar la vida gris y absurda que consumía las existencias de millones de ciudadanos en aquel imperio inmisericorde que regía el tirano de Georgia.

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Cómo se obliga a un escritor autoinculparse y a rebajarse

a

La siguiente carta, enviada y nunca publicada, por el escritor Andrei Platonov a Pravda y a Gazeta Literaturnaya, es un ejemplo de ese evento siniestro que es la autocrítica, un acto de contrición inducido en que alguien confiesa crímenes deleznables nunca cometidos. A Stalin le encantaba ese show. Y a Castro, pues obligó a Heberto Padilla a algo igual. Esta carta, que estuvo en los archivos de la KGB hasta hace unos años, hiere la sensibilidad de cualquier ser humano que se respete. A Platonov, Stalin le obligó a trabajar barriendo el local de la Unión de Escritores de la URSS, institución de la que le habían expulsado. También prácticamente le mató al hijo. Y ni siquiera este acto infame de autohumillación le sirvió a Platonov para mucho. A.J.

LA CARTA
Les ruego que publiquen la presente carta.

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El abajo firmante reniega de toda su actividad literaria y artística pasada, tanto de la expresada en las obras impresas como en las no publicadas. El autor de estas obras, debido a la acción que sobre él ha ejercido la realidad social, y como resultado de sus propios esfuerzos en favor de esta realidad y de la crítica proletaria, ha llegado a la conclusión de que su labor prosaica, a pesar de sus positivas intenciones subjetivas, es por completo y contrarrevolucionariamente perniciosa para la consciencia de la sociedad proletaria. La contradicción entre las intenciones y la actividad del autor se ha debido al hecho de que el sujeto del autor se consideraba erróneamente portador de una visión del mundo proletaria, cuando en realidad se trata de una visión del mundo que aún ha de conquistar. La lucha de clases, los denodados desvelos del proletariado en favor del socialismo, la fuerza iluminadora y dirigente del partido, todo ello no ha hallado en el autor de esta carta las impresiones artísticas que estos fenómenos merecían. Además, el abajo firmante no ha entendido que el socialismo que se ha iniciado exige de él no sólo representar, sino también en cierto modo adelantarse ideológicamente a la realidad, peculiaridad específica de la literatura

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proletaria que la convierte en una compañera que ayuda al partido. El autor no hubiera escrito esta carta si no se sintiera con fuerzas para empezar todo de nuevo y si no poseyera la energía para alterar en el sentido proletario su propia sustancia. Pues la principal tarea del autor no es proseguir su trabajo literario para su propio «placer», sino crear unas obras que enmienden con creces el daño ocasionado por el autor en el pasado. Con esta carta, el abajo firmante no pretende, evidentemente, autoindultarse por sus perniciosos extravíos, sino tan sólo garantizar que pagará por ellos, así como es su deseo mostrar al lector la actitud que ha de adoptar para con las obras del autor. Además, me dirijo a todos los críticos que se dediquen a las obras de Platónov para recomendarles que tengan en cuenta la presente carta. Andréi Platónov Moscú, 9 de junio de 1931

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Clarice Lispector o la búsqueda del deslumbramiento

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“Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano. Y es solitario” Clarice Lispector

Clarice Lispector es la escritora que no capitula ante los convencionalismos de género, ante un acomodamiento a exigencias editoriales, al valor comercial de la literatura porque escribir era su forma personal de interrogar a su propia existencia, de ahondar en la experiencia humana, de sumergirse hacia lo hondo de sí ¿En busca de qué? No sabía, nunca se sabe. Tal vez del deslumbramiento. Nace en medio de una huida. Los padres, judíos ucranianos, huyen de la guerra civil y las masacres bolcheviques y blancas, de un mundo que colapsa sangrientamente. Tierra de pogroms, aquellos linchamientos masivos contra judíos en la Rusia zarista y naciones aledañas, entre 70,000 y 250,000 judíos fueron asesinados en esos años tumultuosos, tanto por nacionalistas y por los llamados ejércitos blancos (antibolcheviques), como por los ejércitos rojos. En medio de aquel caos inenarrable: hambrunas bestiales, masacres de un bando y de otro y de todos los bandos contra los judíos, víctimas siempre

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propicias, de odios que se regocijaban en crímenes bestiales y absurdos, los padres huyen. En la aldea de Tchetchelnik, Ucrania, la madre da a luz. Nace Clarice. Dos meses después, según datos aportados por la propia Clarice, la familia arribó al Brasil: pusieron tierra por medio a aquella amarga historia, se fueron al otro extremo del mundo. Con apenas dos años de edad los padres se instalan en Recife, Pernambuco. El padre desempeña diferentes oficios. La madre padece una parálisis progresiva. La niña crece sintiéndose dejada al azar. Lee, inventa historias, busca comunicarse con los animales domésticos. Alimenta su mundo personal. Hace llegar al diario de Recife sus primeros textos que son rechazados porque no responden al patrón tradicional. Les sorprenden aquellos centelleos, divagaciones que intentan capturar una percepción inaprehensible. De ella misma dirá lo siguiente: “"Nací en Ucrania, pero ya en fuga. Mis padres pararon en una aldea que ni aparece en el mapa, llamada Tchetchelnik, para que yo naciera, y se vinieron al Brasil, adonde llegué con dos meses. De manera que llamarme extranjera es una tontería. Soy más brasileña que rusa, evidentemente... Cuando tenía catorce o

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quince años, escribí un cuento y lo llevé a una revista que se llamaba Vamos a leer, me quedé allí, de pie. Yo era lo que sigo siendo, una tímida atrevida. Soy tímida, pero me lanzo. Le di el cuento para que lo leyera y dije: 'Es para que usted vea si lo publica.' Lo leyó, me miró y dijo: '¿Has copiado esto de alguien? ¿Lo has traducido de alguien?' Respondí que no y lo publicó... En 1930 la madre fallece. La familia se muda a Río de Janeiro. Completa su educación, se hace abogada y inicia su larga relación con el periodismo. Sigue leyendo: Hesse, Katherine Mansfield. Y en 1943, antes de casarse, escribe su primera novela: Cerca del corazón salvaje (1944). Aquella novela generó discusión porque rompía con las nociones al uso de drama, trama, desarrollo dramático. E instalaría aquella manera suya de escribir. La novela obtiene el premio Graca Aranha a la mejor novela brasileña en 1943. Clarice Lispector pertenece a la tercera hornada del modernismo brasileño, el renovador impulso a las artes y a la literatura que arranca formalmente en el 1922.

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El modernismo brasileño fue la apropiación antropófaga de las vanguardias europeas, distinto al fenómeno que en el resto de Latinoamérica, en la América Hispana llamamos modernismo, más vinculado al decadentismo simbolista, la musicalidad y a las marmóreas formas parnasianas de la poesía francesa prevanguardista anterior a la Primera Guerra Mundial. Entre el 11 y el 18 de febrero del 1922 se celebra en Sao Paulo la Semana de Arte Moderno, pero el fermento ya venía con una década de preparación. En 1912 Oswald de Andrade volvió a Sao Paulo desde Europa difundiendo los postulados del Futurismo y dando a conocer el verso libre. Las primeras exposiciones de pintura expresionista en los años 1913 y 1914 y la incorporación de elementos modernos en poemas que todavía eran mayoritariamente parnasianos-simbolistas, fueron anticipando la acogida que en las letras, las artes y la cultura brasileña tuvo ese evento. Los escritores y artistas brasileños vivieron un aggiornamiento, una puesta al día, asumieron las técnicas, procedimientos y enfoques más renovadores, sorprendentes, críticos, irreverentes y avanzados de su época y se los apropiaron para

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expresar por su intermedio tanto su realidad interior como la circundante; se adueñaron de un instrumental de primer orden para descubrir y hacerse dueños de su realidad e independizar cultural y artísticamente al Brasil de Portugal. Y en ese proceso se colocaron a la par de la más moderna cultura europea de su tiempo. Clarice Lispector es, al igual que Virginia Woolf y James Joyce, una maestra en la técnica del flujo de conciencia y el monólogo interior. Al casarse con el diplomático brasileño Maury Gurgel Valente, viaja a Nápoles en 1944, en plena Segunda Guerra Mundial. Acompaña al esposo de un país a otro, y aquella vida le fastidia. Llega a escribir, exasperada: “En todo este mes de viaje, no he realizado nada, ni leído, ni nada. Soy completamente Clarice Gurgel Valente”. En 1959 rompe la relación con el marido. Regresa a Río de Janeiro. Intensifica su labor periodística para obtener recursos con los que sobrevivir. Y mantiene su producción literaria. Incursiona en el cuento.

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Clarice Lispector escribe y lo hace como un viaje por las palabras hacia un sentido elusivo que persigue una y otra vez: el sentido de vivir. Al escribir intentamos un acto de magia, hechizar la realidad, aprehender con palabras que en sí mismas tienen fuertes limitaciones, son herramientas torpes, cargan serias deformaciones que se amplían y profundizan cuando las forzamos a incorporar y servir para tareas que las desbordan, capturar con esas piezas lo inaprehensible. Si tenemos suerte, si los hados nos son propicios, una metáfora feliz, un giro expresivo, una imagen inesperada envuelve ingrávido un insight, una percepción que socializamos y que permite a otros desvelar un conocimiento mayor de la realidad interna y externa. Esas aproximaciones, ese continuo acercarse a la elusiva realidad, a esa nóumeno que se esconde en el fenómeno, esa esencia de la que apenas atisbamos un espejismo, es el duelo que el escritor libra, un duelo del que, indefectiblemente, saldrá derrotado y al que, sin embargo, se somete una y otra vez en un enfrentamiento delirante.

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Entender la vida, indagar sobre los velos y capas de la realidad, explorar e ir un poco más allá, rasgar los velos y acceder a algún atisbo de esa metarealidad que nos excede y desborda, que nos acoge y contiene, pero de la que vivimos ignorantes. Alertarnos, educarnos, facilitarnos alcanzar un estadio superior de entendimiento de la vida, es en algún modo el reto que a sí misma se planteó Clarice Lispector. Realizarlo a través de los recursos limitados del lenguaje ya es, en sí, una proeza. Su manera era el empleo del artificio literario para penetrar una mayor intelección de la vida, alcanzada por medios no tanto intelectuales como emocionales, no tanto científicos como artísticos; alcanzar una comprensión más integral, intuitiva, holística, que donara sentido a lo que, de otro modo, se siente como absurdo. Para muchos, para la mayoría, el tránsito vital es una experiencia que ni se razona ni se reflexiona. Obsedidos por la sobrevivencia, agotados en mil y una tareas para resolver premuras financieras o alcanzar los elusivos símbolos del éxito social, la mayoría vive ajena a la tragedia de sus existencias desperdiciadas en boberías.

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Existen, más no viven. Son consciencias enajenadas, atrapadas en modelos preimpuestos de comportamientos, metas y estilos de vida, que reproducen unas formas de ser estandarizadas y funcionan como fuerte medio de constreñimiento para quienes disientan y quieran explorar otros modos de vivir, etiquetándolos de inmediato de excéntricos, extraños, raros, cuando no locos. Esa desquiciada maquinaria social se traga a las personas sin permitirles acceder a ellas mismas, hacerles conciencia de sus talentos, capacidades, dones, habilidades… La presión del medio social determina qué perseguir, a qué aspirar, cómo comportarse, qué hacer. El tiempo, ese etéreo y sin embargo tangible material del que se compone la vida, está estructurado en ritos sociales, rutinas productivas, repeticiones que brindan una cierta sensación de seguridad a cambio de renunciar a ser. Clarice Lispector se fue desentendiendo, en la medida en que no le eran útiles, de las convenciones del género. No era una cuentista ni una novelista, su propósito no eran contarnos historias sino compartirnos, tras el artificio retórico, una indagación centrada en la sensibilidad de sus cuestionamientos, de su aventura de vivir, lo que destaca en cierta forma la poeta uruguaya Ida Vitale

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en su artículo para Letras Libres, Clarice Lispector –en las tinieblas de la materia-. Allí, Clarice Lispector se revela en una cita esplendorosa: “ Para divertirme podría inventar muchos hechos y crear historias, inventar es fácil y no me falta la capacidad. Pero no quiero usar ese don que desprecio, ya que sentir es más inalcanzable y al mismo tiempo más arriesgado. Sintiéndose se puede caer en un abismo mortal. ¿Qué busco? Busco el deslumbramiento”. En 1966 se duerme con un cigarrillo encendido y se le incendia el dormitorio. Sobrevive con fuertes quemaduras y la mano derecha, aunque se le salva, queda muy afectada. Eso le afectó severamente el estado de ánimo. A los 56 años, el 9 de diciembre de 1977, un cáncer de ovario la arrancó de la vida. Ya había alcanzado un altísimo reconocimiento internacional. Y su fama ha ido creciendo año tras año. Su búsqueda del deslumbramiento, de la iluminación, de esa epifanía que desvelaría el sentido esencial de todo y nos permitiría alcanzar el entendimiento mayor, la comprensión profunda, la budeidad, queda expresa en esta lucidez vacía a la que hace referencia en la siguiente frase: “Siento una claridad tan grande que me anula como persona común y corriente. Es una

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lucidez vacía, ¿cómo explicarlo?, algo así como un cálculo matemático perfecto que, sin embargo, no se necesita. Y no entiendo aquello que entiendo”

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Cesare Pavese o la guerra más cruel de todas

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"Todo el problema de la vida es éste: cómo romper la propia soledad, cómo comunicarse con otros" Cesare Pavese

Hace 40 años éramos (y hablo de Santo Domingo, Rep. Dominicana), una ciudad muy provinciana. No parecíamos la capital de un país, sino un bovino pueblo de cualquier provincia perdida de una nación más grande. No había torres, ni jeepetas, ni celulares, ni laptops, ni la Internet, ni telecable ni otras maravillas de la tecnología. El edificio más alto era apenas de cinco pisos. Éramos una pequeña ciudad pobre y pequeña y, quizás por eso, pienso, teníamos un suplemento literario dominical. El poeta Freddy Gatón Arce, altísimo poeta, voz relevante de La Poesía Sorprendida, dirigía el vespertino El Nacional y los domingos compartía ya no sólo cruentas noticias de aquella guerra feroz entre el extremismo totalitario de la izquierda, lanzado a sangre y fuego a desafiar a aquellos gobiernos arcaicos y tradicionales, y el no menos cruento extremismo de derechas, que entonces se

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hizo feroz y abusivo. Crímenes, apaleados, arbitrariedad, desaparecidos, atracos, bombas… eran el día a día en aquellos tiempos. Pero el domingo, aparecían otros nombres, otros temas, otros frescores: llegaban los poetas, los narradores, los ensayistas. Y un día, a un poeta bisoño, pichón de poeta, aspirante desgarbado a escritor, Freddy Gatón Arce le introdujo a Cesare Pavese y su poesía. Eran otros tiempos. Hace muchísimos años. Éramos una ciudad más pequeña, más pobre, más provinciana, menos sofisticada… Y teníamos eso que hace años decidieron erradicar de nuestros periódicos: un suplemento literario.

Infancia de Cesare Pavese
Pavese nació en Santo Stefano Belbo, aldea en las colinas de Langhe, provincia de Cuneo, en el Piamonte, el 9 de septiembre del 1908. Allí la familia, de origen campesino, tenía una finca donde solían ir a vacacionar. El padre, Eugenio Pavese, era, por entonces, procurador del tribunal en Turín. Cesare es el último de cinco hijos, tres de los cuales murieron antes que él. Sólo su hermana, María, seis años mayor, y él, sobreviven de los vástagos de la familia.

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En 1914, a los cinco años de edad, su padre muere a causa de un tumor cerebral. Uno de los hechos de aquella temprana infancia que marcó a Pavese fue que, en su agonía, el padre suplica a la esposa, Consolina, que le permita ser visitado por una vecina a la que él había amado. La esposa, severa, le niega el pedimento, el postrer deseo. Y el niño es testigo de aquel vano pedido y de su negación. Simultáneamente, 1914 es el año en que inicia la Primera Guerra Mundial. Un siglo tormentoso, sangriento, de pasiones enardecidas, clamorosos discursos, dictadores despiadados, conflagraciones mortíferas, arranca. Es como si la muerte del padre significara la clausura del viejo mundo estable y previsible, doméstico, conocido. A Pavese esa ausencia del padre, la temprana orfandad, ese verse prematuramente arrojado a la pérdida de su referente paternal, lo traumatiza. De allí le deviene una sensación de inseguridad que no lo abandonó nunca. La madre, Consolina, de carácter dominante y reservada, poco expresiva, cría al niño en un rigor gélido, casi como si previniera encariñarse y perderlo. Vende la finca para tratar de salvar, sin éxito, las finanzas de la familia. Se mudan a Turín. La carencia de afecto maternal lo marcará para siempre.

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El 23 de mayo de 1915, Italia, antigua aliada de Alemania y el Imperio Austro-Húngaro, se alía a sus enemigos de la Triple Entente: Inglaterra, Francia y Rusia, contra los imperios centrales: Alemania y el Austro-Húngaro, en el curso de lo que se llamó La Gran Guerra, y ataca a Austria con el propósito de obtener conquistas territoriales. El desempeño italiano es pobre y padecen la ofensiva del imperio austro-húngaro que en 1917 vence a los italianos en Caporetto, derrota que casi saca a Italia de la guerra. Al final de la guerra, la insatisfacción arropa a Italia por las escasas ventajas territoriales que derivó en el Tratado de Versalles de su participación en aquella matazón, pese a las promesas iniciales recibidas de los gobiernos de Inglaterra y Francia para que se involucrara en la guerra pactando con los de la Triple Entente. Europa se radicaliza. En 1917 los bolcheviques de Lenin dan un golpe de Estado y estrangulan la revolución democrática de febrero en Rusia, instaurando un régimen de terror que llama a los obreros y a los partidos socialistas a la insurrección revolucionaria. Miles de soldados desmovilizados vagan por las calles italianas, sin empleo. El hambre y el malestar imperan. Huelgas e intentos de insurrección estallan

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en distintos países y son implacablemente aplastados. La amenaza bolchevique y la suerte corrida por la nobleza rusa espantan a los gobiernos y Estados europeos. Y una reacción antibolchevique, teñida de nacionalismo y adoración por la fuerza y la arbitrariedad, emerge: en Italia esa reacción, que provino de un antiguo director del semanario socialista Avanti!, adoptó por nombre el fascismo. El promotor: Benito Mussolini. Mussolini había discrepado con el Partido Socialista Italiano, al que pertenecía, en torno a la participación de Italia en la Primera Guerra Mundial. El PSI se había declarado neutral. Mussolini en 1915 empezó a editar un periódico Il Poppolo d´Italia, ultranacionalista, en que apoyó la incursión de Italia en la guerra. De hecho, él se alistó como voluntario. Al retornar de la guerra, en 1919 Mussolini crea en Milan, el 9 de octubre de 1919, los Fasci Italiani di Combattimento, pandillas armadas que agitaban contra los socialistas, germen del futuro Partido Nacional Fascista, fundado en 1920. En 1922 Mussolini asumió el poder en Italia.

La adolescencia del poeta y el inicio de su vocación 75

Pavese, durante aquellos agitados años de entreguerras, estudia. Es un niño solitario, asmático, introvertido, criado por una madre rigurosa y alejada. Pavese fantasea con el ambiente campesino de su región natal. Cuando asiste a la escuela media superior, recibe la influencia de Augusto Monti, su profesor, socialista amigo de Piero Gobetti y Antonio Gramsci. Mientras estudia en el Liceo de Turín, bajo la mentoría de Monti, Pavese define su vocación literaria. De esos años arrancan sus primeros poemas, escritos en verso libre y temáticamente vinculados al decadentismo: la rebeldía, la soledad del poeta, el hastío de vivir, la ciudad que arropa y aplasta. El estilo es ampuloso y grandilocuente, con expresiones en ocasiones de tono irritado y en otras con un tono familiar. Este último sería el que predominaría en su poesía. Aquellos años de su adolescencia, bajo la orientación de Monti, son su primer acercamiento al mundo de los intelectuales, su contacto con personalidades como Leonte Ginzburg, Tullio Pinelli, Vittorio Foa y Norberto Bobbio. Miope, asmático, introvertido, a Pavese se le hace difícil hacer amigos. Dos hechos de su adolescencia le

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causan profunda impresión: uno de los escasos amigos que logra hacer se suicida. Ese hecho le conmociona. Y la masacre de 11 jóvenes por los Camisas Negras de Mussolini lo afecta terriblemente. Se relaciona con alumnos antifascistas, entre ellos Giulio Einaudi. A los diecinueve años declara: “Se me escapan las ganas cada día más”, y se autodefinie como “Maestro en el arte de no gozar”.

Sus comienzos profesionales
En 1930, con veintidós años de edad, se gradúa de sus estudios de filología inglesa en la Universidad de Turín con una tesis sobre la interpretación de la poesía de Walt Whitman. Comienza a trabajar en la revista “Cultura”, imparte docencia e inicia un trabajo de traducción de la literatura norteamericana e inglesa al italiano. A escasos meses de su graduación muere, en 1931, Consolina, la madre. En 1932 se inscribe en el Partido Nacional Fascista de Mussolini, un requisito obligatorio si se quería obtener empleo en cualquier institución oficial, incluyendo las escuelas. Tres meses después, lo arrestan por error junto a miembros del grupo Giustizia e Libertá. Ese arresto hace que lo expulsen del Partido Fascista.

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Desde comienzos de los años 30 su amistad de adolescencia con Giulio Einaudi lo vincula a la renacida Editorial Einaudi. En 1931 es uno de los editores de Enaudi, junto a Carlo Levi, Massimo Mila, Leone Ginzburg y otros. Traduce a Melville, Dos Passos, Faulkner, Steinbeck, Gertrude Stein, James Joyce, Dickens, Daniel Defoe, entre otros autores ingleses y norteamericanos. En 1934 lo nombran director de la revista “Cultura”, de la que era colaborador.

La prisión y la decepción
En 1935, Pavese se enamora profundamente de una activista del Partido Comunista Italiano, PCI, Battistina Pizzardo, Tina, estudiante de matemáticas. Esta lo instrumentaliza: le pide que le sirva de intermediario de las cartas que le remitía Altiero Spinelli, un dirigente del PCI encarcelado. El incauto poeta se ofrece gustoso a ayudar a “la mujer de la voz ronca”, como le llamaría. La policía fascista, que daba seguimiento a Spinelli, allana la residencia de la hermana de Pavese y encuentra las cartas. El poeta es encarcelado y acusado de actividades políticas clandestinas contra el gobierno fascista.

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Pavese se niega a mencionar el nombre de Battistina Pizzardo a las autoridades fascistas y es juzgado y condenado a tres años de prisión. Primero lo envían a Roma, a Regina Coeli. Luego, en una suerte de exilio, a Brancaleone Calabro, pequeña población en el sur de Italia, donde inicia la escritura de su diario, publicado póstumamente con el título: El oficio de vivir, y padece severas depresiones. Tras un año de cárcel, pide la gracia debido a sus problemas asmáticos, y es liberado. Al volver a Turín de su exilio, en 1936, encuentra que Battistina se casó con su novio luego de este salir de prisión. Ese hecho le agudizó la depresión. Mientras Italia asiste a una proliferación de la poesía grandilocuente, patriotera, retumbante, promovida por el fascismo y, por el otro lado, a la elaboración de una poesía hermética, que busca deliberadamente la oscuridad, que emplea profusamente analogías y símbolos, destinada a escasísimos lectores, y que entre sus máximos exponentes tuvo a Salvatore Quasimodo, Giuseppe Ungaretti y Eugenio Montale, Cesare Pavese es parte de un reacción opuesta: el neorrealismo.

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Madurez creativa
Su poemario Lavorare Stanca (Trabajar cansa, 1936) es tenido como su obra mayor en poesía. Se publica con cuatro poemas suprimidos por la censura fascista. El éxito es relevante. Pavese se autoimpone un régimen de trabajo severo. Escribe narrativa, continúa su diario, realiza traducciones sobre todo de escritores norteamericanos, y trabaja en Einaudi. Rehuye de la tendencia hermética que caracteriza a buena parte de la poesía italiana de su época. Él busca acercar el poema al lector, al nombrar su entorno cotidiano, reflejar sus experiencias a través de imágenes que recrean sus vivencias. La poesía de Cesare Pavese es una reacción en toda la regla a la grandilocuencia y la estrepitosidad del fascismo. Frente a los cantos heroicos, las hiperbolizaciones, el sueño de un renacido imperio romano bajo la égida del nuevo César: Benito Mussolini, embebido de su imagen promovida de nuevo emperador que recrea las viejas glorias romanas, Pavese centra su poesía en las experiencias pequeñas, individuales, cotidianas de gente común y corriente, con un aire de melancolía y de derrota. Exactamente lo opuesto de la estética fascista, con sus marchas, consignas, vociferaciones,

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endiosamientos y delirios. E igualmente lejos de la cantata a los tractores y los estereotipadas sonrisas felices de los estalinistas. El pesimismo existencial de Pavese, su recurrencia a imágenes melancólicas, a seres derrotados, era una revocación de la estentórea grandilocuencia fascista del imperio redivido de los césares, al igual que de la estética estalinista, fascismo rojo y similar.

Tiempos de guerra…
A partir de 1941, durante la guerra, intensifica su labor como editor de Einaudi. Dedica tiempo a estudios de etnología, elaborando una teoría del mito. Pavese define el mito como una norma, un esquema que, extraído de un hecho ocurrido en alguna ocasión, se propone universal, válido para siempre. De hecho, tras la guerra, dirigirá con Ernesto De Martino una colección de etnología para la editorial Einaudi. Entre 1941 y 1942 publica Paesi tuoi (1941) y La spiaggia (La playa / 1942).

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Es llamado a servicio, pero su condición de asmático le libra del servicio militar. Desde el 8 de septiembre del 1943, al arreciar la guerra, huyendo de los bombardeos, se refugia en casa de su hermana María, en Serralunga di Crea, municipio italiano de la provincia de Alessandria. Luego, él marcha a un colegio de Somascos, en Casale Monferrato, desvinculado de los acontecimientos que sacuden a Italia. Muchos de sus amigos entran a la Resistencia y mueren combatiendo a los fascistas. Años después, en La casa en la colina, escrita entre 1947 y 1948, contará el conflicto que vivió entre su elección y la de sus amigos. Durante el bombardeo de Turín, la editorial Einaudi y el lugar en que los Pavese residían son destruidos.

…y de post guerra
En 1945, terminada la guerra, retorna a Turín. Se entera de la suerte de muchos de sus amigos: muertos o fusilados. Un dolor atroz le carcome el alma. Remordimiento. Angustia feroz, sentimiento que introduce en la literatura italiana. Entre 1945 y 1948 publica Diálogos con Leucó (1945), El compañero (1947) y Antes de que el gallo cante (1948).

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Se dedica, junto a otros, a reorganizar la editorial y se afilia, por sugerencia de una amiga, al Partido Comunista Italiano, PCI; publica varios artículos en L´Unitá, periódico de la organización. Pero aquel era el partido estalinista de Togliatti, comprometido con crímenes inmundos. Y en un partido tal, la sensibilidad de Pavese no era exactamente bienvenida. Y su pasión por la literatura norteamericana en nada bien vista. Natalia Ginzburg, que fue su amiga, en su libro Las pequeñas virtudes lo describe como alguien triste, inmaduro, empecinado en rehuir la adultez: “Algunas veces estaba muy triste, pero durante mucho tiempo nosotros pensamos que se curaría de esa tristeza cuando se decidiera a hacerse adulto, porque la suya nos parecía una tristeza como de muchacho, la melancolía voluptuosa y despistada del muchacho que todavía no tiene los pies sobre la tierra y se mueve en el mundo árido y solitario de los sueños”. Su vida sentimental es un desastre. Un amorío con Bianca Garuffi, empleada de Einaudi, termina mal. Busca desesperadamente encontrar pareja. Le ofrece matrimonio a Fernanda Pivano y luego a “una amiga

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X” y ambas lo rechazan. Una conocida le espeta que es un aburrido, un pesado y un pedante. Mala cosa. Hacia 1947 va a trabajar a Roma y allí conoce a Constance Dowling, joven actriz norteamericana que llega a Italia a filmar películas. Connie, como la conocen, rubia, de ojos color avellana, había sostenido una relación complicada con Elia Kazan, el director de cine norteamericano de origen griego. Pavese se enamora apasionadamente de la actriz. Ella se siente halagada por el amor de este hombre, famoso y popular, intelectual y sensible. Pavese le ofrece matrimonio. Ella se niega. Él insiste. Ella le dice que se casará con otro. Luego se cansa. Tras la muerte de Cesare se irá de nuevo a los Estados Unidos. Pavese, desconsolado, le escribe uno de sus poemas más conocidos: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. La profunda crisis moral, emocional, le embarga. La incapacidad de desarrollar una relación significativa, la insatisfacción política, el malestar general, restan placer a los reiterados logros literarios. En 1950, el mismo año de su muerte, obtuvo el Premio Strega por El bello verano.

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El gesto final
El sábado 26 de agosto de 1950 Cesare Pavese salió de la casa de su hermana María. Llevaba un maletín, con algo de ropa, su libro más querido: Diálogos con Leucó, su diario personal, un folder con sus últimos poemas y 16 frascos de somníferos. Se despide de la hermana y le cuenta que hará un viaje de fin de semana. Solía ir con frecuencia a la región natal: Santo Stefano Belbo, en el Piamonte. Sale de la casa en la Via Lamarmora. Se monta en un tranvía. A los diez minutos baja en la Stazione di Porta Nuova, frente a la Piazza Carlo Felice. Se dirige al hotel Albergo Roma. Entra, pide un cuarto, insiste en que tenga teléfono y le asignan la habitación 346. Sube con su pequeña maleta, por la escalera. Abre la puerta. Entra. La habitación es sencilla: cama angosta. Mesa de madera. Silla. Perchero. Lavabo. El teléfono, negro, adosado a la pared. Una lámpara en la cabecera de la cama. Hace algunas llamadas. Invita a algunas mujeres a cenar o a que lo visiten. Ninguna aceptó.

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En su Diario, la última entrada, del 18 de agosto reza: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. Pavese tomó su libro de Diálogos con Leucó y escribió sus últimas palabras.Luego se quitó los zapatos, se aflojó el nudo de la corbata, tomó los frascos de pastillas para dormir y, una por una, hizo su último gesto: fue consumiendo las pastillas de somníferos de los 16 envases. Luego se echó a dormir, pero esta vez era el sueño eterno. El 27 de agosto de 1950 descubrieron su cuerpo sin vida. En la mesita de noche reposaba su libro y la nota: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No chismorreen demasiado”. Le faltaban apenas una semana y días para cumplir 42 años de edad. Escribirá, con premonitoria anticipación: “Uno no se mata por el amor de una mujer. Se mata porque un amor, cualquier amor, le revela su desnudez, su miseria, su inermidad, su nada”.

He dado poesía a los hombres
Cuando el camarero del Albergo Roma, la mañana del domingo 27 de agosto de 1950, tocó la puerta de la habitación 346 y no obtuvo respuesta, avisó al

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dueño del hotel. Ambos, al entrar con la llave maestra, encontraron a Pavese acostado. Estaba vestido, sin los zapatos. Parecía que dormía. Pero era el sueño eterno. Pavese escribiría: “Mi papel público lo representé — como pude. He trabajado, he dado poesía a los hombres, he compartido las penas de muchos”. Había cerrado voluntariamente su ciclo. Vivió la guerra más cruel de todas, aquella que se libra contra sí mismo. Y él mismo se derrotó. Capituló. Anheló el amor femenino, que nunca alcanzó. Era la falta de cariño que en su infancia le creó, como un agujero interminable, inacabable, Consolina, la madre. Y que ninguna mujer, ningún afecto, pudo llenarle. Años después, a 20 años de su muerte, un poeta maravilloso, dirigiendo un periódico, que tenía ese regalo excepcional: un suplemento literario, colocó sus poemas. Y un poeta bisoño quedó deslumbrado por el sabor acre y doliente de aquellos poemas.

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El 28 de junio de 1940, Pavese escribió en su Diario: “No se recuerdan los días, se recuerdan los momentos”. Fue aquel momento, mi encuentro con la poesía de Pavese gracias a la labor de divulgación de Freddy Gatón Arce, uno de esos momentos que perduran. Razón tenía el poeta en lo que escribió.

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El viaje a los infiernos de Malcolm Lowry

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Malcolm Lowry es el ejemplo de un autor incapaz de lidiar consigo mismo que se embarca en una espiral de autodestrucción, en su caso, vía el alcohol. Su muerte prematura, debida a una combinación de alcohol en exceso y a una sobredosis de antidepresivos, puso fin a una existencia atormentada. Casado en 1934 con Jean Gabrial, actriz de Hollywood en decadencia que años después escribiría un testimonio de la turbulenta relación con Lowry: Inside the Volcano: My Life with Malcolm Lowry (2000), a quien conoce en Francia, Lowry la sigue a Nueva York, en donde empiezan los internamientos por su alcoholismo, y luego a Hollywood donde escribe guiones para el cine. A finales del 1936 se mudan a Cuernavaca, México, en un intento frustrado de salvar el matrimonio. La relación se derrumba y en 1937 Gabriel abandona a Lowry y este se queda solo en Oaxaca. La depresión lo abruma y se hunde en un período de crisis alcohólicas que terminan por hacer que las autoridades mexicanas lo expulsen del país.

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En 1939 se instala en Canadá y en 1940 contrae matrimonio con la actriz y escritora Margerie Bonner, se mudan a una cabaña en la playa cercana a Dollarton, en la Columbia Británica, y Lowry se concentra en escribir. Allí nació Bajo el volcán (1947), su obra maestra. Reescrita en innumerables ocasiones, y salvada milagrosamente del fuego, accidentalmente provocado en una de esas borracheras aniquilantes en que Lowry se consumía, la novela tiene como intertextos principales La Divina Comedia, El Quijote, Fausto y el Ulises de Joyce. Geoffrie Firmin, ex–cónsul británico en Quauhnahuac, México, experimenta un descenso a los infiernos en Día de Difuntos de 1938, viaje efusivamente aliñado con alcohol. La novela es una muestra exquisita de esa polifonía textual, tal como la teorizó Mijail Batjin. El mismo Lowry dijo de ella: “Puede considerarse [Bajo el volcán] como una especie de sinfonía, o, en otro sentido, como una especie de ópera, y hasta como una película de vaqueros. Es música hot, un poema, una canción, una tragedia, una comedia, una farsa, etcétera. Es superficial, profunda, entretenida y aburrida, según el gusto del lector. Es una profecía, una advertencia

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política, un criptograma, una película cómica, unas palabras escritas en un muro. Puede considerarse también como una especie de máquina... En el caso de que usted piense que he hecho cualquier cosa menos una novela, es mejor que le diga que en el fondo mi intención era la de escribir, aunque sea yo quien tenga que decirlo, una novela profundamente seria. Pero también es, y lo sostengo, una obra de arte, en cierto modo distinta a lo que usted creía, y también mejor lograda, siempre de acuerdo con sus propias leyes". La novela que narra las últimas horas del excónsul Firmin, en lucha con los fantasmas que pueblan su cerebro, reúne en sus páginas hallazgos relevantes de la novelística del siglo XX así como recursos típicamente cinematográficos (no olvidemos que Lowry fue guionista en Hollywood). Al narrar la muerte del exfuncionario británico, perdidamente borracho, a manos de unos matones fascistas en un burdel, Lowry crea una metáfora de su época: un mundo que se desmorona, valores que sucumben, la violencia criminal de las ideologías totalitarias y la incapacidad de responder desde la sobriedad y la racionalidad, la crisis social de una sociedad sometida a fuerzas turbulentas y criminales, que echaban por la borda toda norma de convivencia, todo respeto, toda tolerancia.

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Javier Memba, al escribir sobre Lowry, resaltó las líneas maestras de su novela, los grandes asuntos que Lowry exploraba en ella: “la búsqueda del más alto ideal humano en la degradación, los extraños lazos que unen a la gracia con la culpa y la representación mediante símbolos de la realidad más acuciante.” Esa búsqueda se narra en un tiempo específico: doce horas, y en doce capítulos, aunque el primer capítulo transcurre un año antes del tiempo de los once capítulos restantes. El siglo XX, ese tiempo a la vez horrendo y portentoso, época en que emergieron las ideologías exterminadoras y totalitarias del fascismo, el nazismo y el comunismo, con su afán de someter los pueblos al dominio de un jefe todopoderoso: duce, en italiano; führer, en alemán; vozh, en ruso, y, a la vez, fue el tiempo de la victoria de la democracia y la economía de libre empresa en el mundo; de los derechos ciudadanos y las elecciones como medio de selección y remoción de los gobernantes, de la descolonización y de la educación, de la Internet y tantos prodigios: la aviación, la computadora, los viajes espaciales, la producción masiva, etc., ese siglo tan impresionante, martirizó y aniquiló física y

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espiritualmente a muchas personas, entre ellas, a talentosos artistas y escritores que fueron atrapados en los engranajes siniestros e inmisericordes de la época. Lowry fue uno de ellos. Su dipsomanía enfermiza lo llevó prematuramente a la muerte. Y nos legó esta metáfora de su época: el viaje al infierno de su tiempo de un alcohólico.

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Una manera de entender

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De alguna manera, y lo digo a partir de mi propio caso, se escribe para poner un poco de orden, sentido y lógica a esta siempre imprevista y desconcertante existencia. En vez de una sesuda reflexión teórica, el escritor propone escenarios posibles y, por medio de sus personajes, ensaya cursos de acción, maneras de ser y pensar, y consecuencias. Es una forma de escapar a los constreñimientos de las circunstancias, de la época, de la posición social y económica. Los escritores centroeuropeos, vivieron circunstancias particularmente trágicas, aplastados por fuerzas inclementes: la violencia totalitaria del fascismo, por un lado, y del estalinismo, por el otro, que reclamaban incondicional sumisión y renuncia al pensamiento crítico y a la independencia moral e intelectual. ¿Habría alguna manera de asomarse a las obras y vidas de autores como Hermann Broch, Robert Musil y Joseph Roth sin el cataclismo que significó el hundimiento del imperio austro-húngaro, la Primera Guerra Mundial y, sobre todo, ese fanático

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intermezzo que abarcó los años veinte y treinta del siglo XX, en que se hizo de todo para desacreditar la tolerancia, la democracia, la convivencia, el respeto de las minorías y otros valores liberales, para postular la intronización de la dictadura, la persecusión de minorías, el aplastamiento del que discrepe, el exterminio por razones de etnia o de clase y otros groseros criterios de igual impiedad? Tras cualquier trama, bajo los más nimios personajes, resoplan extraordinarias circunstancias: el ensañamiento, las vociferantes catilinarias de los engolados líderes y sus secuaces incondicionales, todos preparando en medio del bullicio de los redoblantes y las fanfarrias, de las marchas y los mítines, de los emblemas y las consignas, el holocausto mundial de la segunda guerra en que mostramos la peor de las bestias en que como humanos podemos convertirnos. Musil buscó entender el mundo en que vivía. Un mundo que se le desmoronaba y en que, de repente, personas a las que creía conocer se revelaban bajo una luz feroz e implacable, fanáticamente seducidas y dispuestas para cualquier bajeza y cualquier crimen. Cuando en 1938 los nazis se anexaron Austria, en aquella aparentemente indetenible expansión que proclamaba el Reich de los 1,000 Años, Musil se

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marchó de la ciudad en la que prácticamente había vivido toda su vida y se fue a Suiza, país en que cuatro años más tarde murió. Europa gritaba enardecida los lemas hitlerianos mientras levantaba la mano saludando a Der Füher. Y por el otro lado, los estalinistas clamaban que ellos y sólo ellos (que secretamente negociaban con Hitler) eran los únicos que podían contener y enfrentar a los nazis y fascistas.

En medio de tales momentos, en que el mundo conocido colapsaba y un mundo de persecusión a muerte, de odio implacable, de sevicia y total indiferencia por la suerte ajena emergía, muchos escritores corrieron a sumarse a uno y otro bando, justificaron los crímenes y no sólo eso, clamaron por crímenes mayores. Cantaron entusiasmados a los nuevos césares. Celebraron las tropelías y desmanes. Usaron su talento para empuercar y envilecerlo todo. Había que ser valiente, de una valentía inútil e irremediable, para sustraerse a aquel delirio. Pocos lo hicieron. Musil fue uno de ellos, al igual que Roth y Broch. En aquella precaria isla de paz que fue Suiza en medio de los estruendos de la artillería, de los

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bombardeos que asolaban ciudades milenarias y reducían a polvo lo que los hombres trabajosamente levantaron durante siglos, de los campos de concentración en que la muerte se enseñoreaba, Musil presenció la matanza bestial en que toda Europa se implicó. Se dedicó a escribir tratando de entender, de trascender mediante una metáfora su tiempo, de dejarnos su personal imagen de la época. Su obra principal, El hombre sin atributos, quedó inconclusa. Recientemente, se publicó una “versión definitiva” en español, frase que, como sabemos, no pasa de ser un reclamo de marketing. ¿Habrá algo definitivo mientras exista el hombre? En 1938 los nazis habían incluido sus obras entre aquellas “indeseables y nocivas”, dignas de la hoguera. Y las prohibieron en Alemania. Desde Suiza vio la ignominia cernirse sobre pueblos antaños tenidos por civilizados y las bajas pasiones estallar. Tal vez aquello fue demasiado, tanto como para reventarle el corazón y ahorrarle escándalos mayores por venir. Y su obra inconclusa, monumental, irónica, trágica, es el mensaje que nos recuerda que la bestia vive en nosotros, y si no la controlamos, saldrá de nuevo.

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Historia personal con Rafael Guillén

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En 1971 tuve mi encuentro personal con la poesía de Rafael Guillén, en específico con Tercer Gesto, premio de poesía Leopoldo Panero 1966. Yo era un pichón de poeta adolescente: 17 años de edad. Me sumergí en las melancólicas aguas de su poesía, me impregné de sus aromas, me nutrí de su savia. Aquella poesía íntima, recatada, con un dejo filosófico, estaba bien lejos de la estridente poesía de metralla y furia que la izquierda dominicana proponía como la única posible y aplaudía a rabiar. Y me incliné hacia ella. En 1973 participé en el Primer Concurso Literario “René del Risco Bermúdez”, organizado por el Instituto ASM de Villa Duarte y respaldado por Retho Publicidad. Mateo Morrison fue uno de los jurados. Gané el primer lugar con un poemario: “Hora de Lluvia”. Y allí estaba en mucho el tono, esa melancolía que humedecía los versos de Guillén y que se coló en aquellos poemas bisoños míos.

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El poemario se publicó casi íntegro en una edición del suplemento Aquí del vespertino La Noticia, dirigido entonces por Mateo Morrison, Leon David y Rafael Deprat. Y en la publicación León David bocetó una valoración crítica que fue un espaldarazo a un aprendiz de poeta que aprecié y agradecí. Con el tiempo, se me ocurrió en 1977 la ilusa idea de poner mis libros al servicio de la comunidad. Dirigía por entonces el Núcleo de Escritores Jóvenes “Jacques Viau Renaud” que fundé junto a Julio Cuevas, Federico Sánchez, Rafael Peralta Romero y otros jóvenes escritores en 1976. Trasladé mi biblioteca a la casa de los padres de Federico Sánchez en Villa María, e hicimos un modesto acto de inauguración al que asistieron como invitados Mateo Morrison y Abel Fernández Mejía. El intento fue bien intencionado pero inútil. Perdí mis libros (todavía recuerdo la cuerda que me daba Abil Peralta Agüero por ese caso), y entre ellos Tercer Gesto. Y el contacto con la poesía de Rafael Guillén. Su poema El origen fue casi mi declaración personal del escribir. Hay en ese poema una humildad congénita, un intento de transmitir el misterio de la creación, ese ponerse en “situación de lluvia, en

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personal estado experiencia.

de

palabra”

describía

mi

Es una poesía cotidiana, que se mueve en los claroscuros de los días, en esas inmediaciones de la noche, en que la luz se amansa y las sombras se envalentonan. Una poesía cordial, que no alza la voz, que no agrede. Una poesía que enriquece al hombre. Era lo más lejos que había de aquella fanfarrias tronitonantes en que la sangre, las balas y la visión apocalíptica de la guerra revolucionaria suplantaban la poesía real. Las izquierdas de la época instrumentalizaban los poemas con el fin de “crear conciencia”; es decir, influir en el ánimo de los lectores para predisponerlos a las prédicas y planes de aquellos conjurados apocalípticos de la utopía totalitaria decimonónica de Marx. En Guillén el ritmo se construye alrededor del endecasílabo y el dodecasílabo como formatos claves de la musicalidad de sus versos. Dúctil para transmitir las pequeñas alegrías y las derrotas privadas, que dan un aire gris, oscuramente triste, a poemas como ese Poema del No de Tercer Gesto que deja un sabor a ceniza en el corazón.

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Por aquel tiempo interpretaba en clave de poema cada circunstancia, empleando los versos de Rafael Guillén. Así también, en ocasiones, me veía “un día, con el alba” volver “solitario, de mis cosas de hombre”. Su poesía, cálida, amable, hecha para degustar sin premura, para repetir y musitar quedamente, sin la estridencia de la plaza ni la urgencia feroz del momento, poesía que no perece porque se asienta en el terreno del corazón humano y no en el de las modas o la instrumentalización ajena a sus altos fines, fue en su momento, en mi momento clave, una puerta por la que escapé del rígido canon estalinista que ahogaba la poesía joven dominicana de la época (*). Yo, imberbe, navegué por los mares del extremismo y la sinrazón, marioneta de marionetas que nos exponían a los más graves riesgos, sirviendo a intereses nefastos que la inteligencia natural del pueblo dominicano no permitió que prosperaran. Y es que la gente humilde aquí ha tenido siempre más sensatez y cordura que quienes se autoconsideran ilustrados o, peor, iluminados y predestinados. Yo sobreviví en buena parte a lo peor de esa época, gracias a Rafael Guillén y su poesía. ¿Imaginan mi alegría al poder honrar su poesía y su persona en este número 57 de Muestrario de Poesía?

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(*) De hecho, hay una imaginería estalinista nada sutil, una utilería verbal y un maniqueísmo conceptual, con tono profético y apocalíptico, que arropó mortalmente a la poesía dominicana de la época y que valdría la pena estudiar en obras y autores. Cantores del amanecer totalitario y las bienaventuranzas de la dictadura sangrienta y del partido único, a cambio de un reconocimiento fementido y una claque que aplaudía sin entender, simplemente porque era la orden que bajaba.

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El poeta y la máquina de matar

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"De qué te quejas, éste es el único país que respeta la poesía: mata por ella". Osip Mandelstam, a su esposa.

En memoria de Osip Mandelstam. Vivimos un tiempo prerracional, prehumano. Un tiempo en que el crimen y el abuso o se ocultan, o se justifican y se ensalzan. Millones engañados, cómplices inconscientes de criminales despiadados: Hitler, Lenin, Stalin, Trotsky, Pol Pot, Mao, Harry Truman, George Bush… Vivimos tiempos terribles. Inadvertidas masacres se ejecutan bajo nuestras narices, embobadas por el último desfile de moda, el último escándalo sexual del comediante de turno, el último fenómeno mediático, el último estupefaciente, en una sucesión apabullante de nimiedades dimensionadas para distraernos, para engatusar la percepción y narcotizar la conciencia. El concepto moral de Lenin era muy directo, patológicamente simple: el exterminio de las “clases superfluas”, el asesinato puro y simple de los que a su juicio eran miembros de “las clases condenadas por la Historia”. Por más que la historiografía soviética se dedicara luego orwellianamente a embellecer, expurgar, disfrazar y transformar una conducta sangrienta en un cuento de hadas (sorprendentemente, unas “biografía” maquillada del feroz asesino Félix Dzerzhinsky, alias “el martillo bolchevique”, a quien Lenin encomendó crear La Checa, se titula “Félix significa feliz”, una muestra de

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beatificación de la historia y falsificación de la verdad), las órdenes de Lenin de agarrar a 30 personas al azar y fusilarlas da la exacta medida de sus escrúpulos que, por cierto, brillaban por su ausencia. Esa mentalidad de asesino en masas, escudada en su disparatosa ideología y sus falaces “leyes históricas” que les sirven de tapadera y justificación, llegó a su culminación con el líder de una banda de atracadores de Tiflis: Iosif Stalin. Los otros no eran mejores. Los crímenes de Trotsky , compinche de Lenin, no quedan exculpados por haber perdido el tour de force por el naciente imperio bolchevique y luego haber sido mandado a asesinar por su viejo contrincante. El concepto de que había clases superfluas, destinadas a perecer y desaparecer y que convenía darle una manita a la “Historia” (sí, un ente metafísico, una diosa secular inventada por estos ateos “científicos”) fusilando en masa a las personas que tenían la desdicha de calificar dentro de estos grupos sociales al criterio de los nuevos zares, produjo matanzas incalificables. Y cuando no, se provocaban hambrunas espantosas para someter a la gente y desprenderse de un buen número de ellas (el campesinado también fue, después de manipulado y engatusado, sindicado de clase superflua). Las hambrunas provocadas en Ucrania y sus secuelas, que llevaron a humildes campesinos al acto horrendo del canibalismo por el simple afán de supervivencia, es demostración de la

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sevicia patológica de estos “heraldos de los nuevos tiempos”. ¿Qué los diferencia de Hitler y sus crematorios? ¡La tecnología! Los nazis fueron más sofisticados, no menos criminales. La misma mentalidad de asesinato en masa: judíos y opositores, en el caso de los nazis; grupos sociales superfluos a su criterio, en el caso de los bolcheviques. Dos magníficos libros: En la corte del zar rojo y Llamadme Stalin, del historiador Simon Sebag Montefiore pintan el atroz retrato de Koba, que evolucionó desde ladronzuelo en Tiflis hasta adueñarse del poder total y crear un vasto imperio mediante un hábil rejuego entre politicastros ambiciosos (todos se detestaban entre sí y aspiraban a la principalía y todos subestimaron al astuto oseta), haciendo alianzas con unos para aplastar a otros, sólo para luego volverse y también aplastar al antiguo aliado. Al arte, los bolcheviques le asignaron una función: engatusar, adulterar, falsificar, disfrazar, distorsionar, justificar, mentir descaradamente, crear una realidad ficticia para consumo interno y externo, magnificar, endiosar, dimensionar, exagerar, borrar, reescribir… en fin, una función política y militar dentro de la guerra psicológica (ideológica, según la verborrea totalitaria): reestructurar las percepciones, adaptarse a las políticas momentáneas de los altos jerarcas, explicar que las percepciones reales eran erróneas y decir cómo debían ser interpretadas,

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justificar lo injustificable, dignificar la infamia y embadurnar de honor al crimen y al criminal, cantar las hazañas del psicópata y dar estatura de héroe al mediocre y al bandido. Los escrúpulos morales eran cosa de la “burguesía derrotada”. Trotsky, el soberbio y altanero geniecillo bolchevique lo explicó en el panfleto “Su moral y la nuestra”. No hay que temer comprometerse en la peor infamia, siempre tendremos un aparato de escritores, periodistas y propagandistas que dará la versión oficial que exculpa y disfraza, que pinta idílicamente una realidad rosa al gusto de las damas de corazón sensible, con su héroe homérico que afronta los peligros y dificultades con actitud decidida para restaurar el honor y salvar a los desvalidos. Félix significa feliz, no se olvide. La dictadura zarista, aquel gobierno medieval, obsoleto, con sus terratenientes, sus nobles, sus estratos sociales, sus campesinos-siervos… Aquel anacronismo, aquella supervivencia de un período superado que se resistía a ceder, generó un sano ambiente de rechazo, y sus disparates, como su alianza “santa” en la Primera Guerra Mundial y su atraso militar la llevaron a su bancarrota y a la Revolución de Febrero, única verdadera ocurrida en aquella infortunada nación. Pero aquel endeble ensayo de democracia iniciado en febrero del 1917, en un país sin tradición democrática, confuso y metido en el atolladero de la

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guerra, fue asaltado por Lenin y su banda financiada con fondos alemanes, una estrategia interesada del militarismo alemán para debilitar la alianza que acogotaba el expansionismo germano. Lenin hizo compromisos indignos con los alemanes, que lo escoltaron a Rusia y le proveyeron de fondos para su aventura. Y mediante una hábil estratagema, dio un golpe de Estado (no hizo una revolución), para impedir que la democracia rusa se consolidara. Luego inventarían una historia rosa para pintar de héroes a la partida de canallas que se apropiaron de un proceso del cual no eran agentes y llevaran al país por el derricadero del “socialismo real”. Frente a la perplejidad de las mayorías, los bolcheviques hicieron gala de su “moral” y se adueñaron del país, imponiendo a balazo limpio sus pretensiones (ya saben, “el poder nace del fusil”, lección moral 01, básica). Luego empezarían todos a luchar por la principalía. Stalin, colocado en la aparentemente inocua posición de secretario de organización de la fracción bolchevique, maniobró para colocar a sus incondicionales y aliados en las posiciones de decisión y aguardó su momento. Todos los ensorbecidos jefecillos bolcheviques lo menospreciaban, y él, a su vez, les devolvía el cumplido. Cuando Lenin representó un obstáculo para su hegemonía, se aseguró de que no lo siguiera siendo y oportunamente Lenin murió.

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Posteriormente, empezó una ardua labor de desbroce de competidores empleando todos los medios posibles. Los fue excluyendo e incriminando en absurdas conspiraciones, arrancándole confesiones y produciendo sus propios eventos justificatorios a la medida, como el conveniente asesinato de Kirov. E implantó el Gran Terror. La admiración por el terror jacobino de los bolcheviques es proverbial. Para Lenin y Marx el error de los jacobinos fue no profundizar el terror lo suficiente para asesinar o postrar a la sociedad, a los discrepantes, a cualquiera que no fueran ellos mismos, sin importar el costo en sangre, en vidas. Y con las manos sueltas para poner en práctica sus teorías, ¿qué podían hacer sino extasiarse en aplicar en profundidad el terror? Para lanzar un velo sobre su pasado, el atracador de Tiflis decidió expurgar no sólo a sus compinches del autodenominado Partido Comunista de la Unión Soviética, PCUS, sino a la sociedad misma. Los escritores, científicos, personalidades, incluyendo muchas de las que se prosternaron, incluyendo a quienes fueron sus cómplices en crímenes, fueron arrojados a las ergástulas, deportados a lejanos campos en condiciones infrahumanas, cuando no se les proporcionaba el eficiente pistoletazo en la nuca en los cárceles de la Lubianka. Brillantes escritores encontraron uno u otro final. Algunos, como Solzenitsin, tuvieron la fortuna de

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sobrevivir y compartirnos aquella horrenda historia, en medio de la sorna y la calumnia de la matraca canalla de los izquierdistas y sus “compañeros de ruta”, sarta de infames escritorzuelos y parásitos de viajes, ediciones y aplausos comprados. La matraca canalla, el aparato de desinformación, propaganda, calumnia y espionaje, ese formidable, siniestro, eficiente y disimulado aparato que coordina y traza líneas de manera directa e indirecta (a través de sus sicarios intelectuales) a decenas de miles de amplificadores que se comprometen a repetir y repetir, a gritar y a vociferar, a susurrar y a reafirmar las calumnias, distorsiones, mentiras y medias verdades que la claque totalitaria considere oportuno difundir, fue establecida por orden de Lenin a comienzos de la década del ´20 del siglo pasado. La tarea se le encomendó a un bon vivant alemán: Willi Münzenberg, quien se las ingenió para comprometer con “el futuro” a importantes intelectuales, neutralizar a otros y desacreditar a quienes se sustrajeron a sus chantajes y melosidades tóxicas. Un par de libros muestran los entretelones de ese montaje, que comprometió en crímenes a Pablo Neruda y a Nicolás Guillén, a Jorge Amado y a Paul Eluard, a Louis Aragon y a miles más. Fueron expertos en pathablar, en la jerga orwelliana, cómplices voluntarios la mayoría, de los más sórdidos y horrendos episodios, sólo comparables a los protagonizados por sus semejantes: los nazis.

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El aparato de calumniar, mitificar y desinformar, pese a la desarticulación del “socialismo real” en 1990, sigue en lo esencial indemne y cumpliendo su oscuro trabajo. Una apreciable cantidad de escritores dominicanos y latinoamericanos siguen compartiendo su pasión por el estalinismo y la represión sangrienta; evocan los buenos viejos tiempos de los viajes gratuitos y otras sinecuras; cantan nostálgicos a sus héroes, buscan nuevos césares a los que dedicar sus odas, como el deschavetado Chávez o el comediante en jefe Castro, cuando no a criminales como Tirofijo o el Mono Jojoy; se embelesan idealizando al siniestro Che Guevara, autor de estas líneas melodiosas: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal.” y siguen a la espera de que un cambio de vientos les devuelva el espacio para sus cánticos de alabanza al dictador dadivoso. Una víctima, una de tantas, del Gran Terror estalinista fue el poeta Osip Emilievich Mandelstam. En aquel período siniestro, Mandelstam fue capaz de un acto de audacia tremendo: escribir un poema contra el torvo asesino instalado en el Kremlin. Aquel

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poema fue su condena, más al mismo tiempo le honra y distingue por el valor temerario demostrado. Stalin, poeta mediocre, era alérgico al talento. De hecho, la idea que prevalecía en él era la de serviles escribanos sometidos a los designios de la NKVD (la KGB posterior y hoy la FSB, como en aquel cuento dominicano sobre nuestras querellas de principios del siglo XX, sólo nos queda comprobar que “son los mesmos”). Alexander Soltzenitsin se propuso desenmascarar a aquella estafa histórica y mostrar cómo un premio Nobel, el concedido al supuesto escritor soviético Mijail Sholojov por su novela El Don apacible, no fue más que el premio a la carátula creada por la NKVD de un proyecto en que se emplearon los textos incautados a los mejores escritores rusos para enhebrar una novela y crear algo que Gorski buscaba: el libro colectivo, amorfo, de todos y de ninguno, que reflejara la directriz del Partido y cambiara según los intereses del momento (véase el formidable libro “Ingenieros del alma”, de Frank Westerman si se quieren más detalles). A Mandelstam lo fueron acorralando hasta que lo hicieron morir. Le forzaron a escribir una humillante oda al Gran Líder y Padrecito de los Pueblos para salvar su vida. No sirvió de nada. Mandelstam estaba condenado. Una sobreviviente, la brillante Ana Ajmátova, amiga de Mandelstam y su esposa, nos comparte su imagen de él en aquellos tiempos de desamparo y crueldad.

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Esa sociedad malvada y cruel, con patente cinismo, aquellos jueces miserables de un poder corrupto y falso, condenaron en 1934 a Mandelstam por el poema a Stalin al destierro en los montes Urales. El poeta llegó al extremo de intentar suicidarse. Vivió varios años exiliado en la ciudad de Voronezh, cerca de la frontera de Ucrania. A su regreso, fue de nuevo hecho preso y de nuevo condenado a cinco años de trabajos forzados en uno de los campos del GULAG. Murió en "Vtoraya Rechka", un campo de concentración próximo a Vladivostok. Su esposa, Nadiezhda, aprendió de memoria los poemas de Mandelstam para preservarlos en medio de aquellos años inciertos. Risiblemente, en 1956 Mandelstam fue “rehabilitado” por la condena falaz de 1938, y 31 años más tarde, en 1987, por su condena del 1934. ¿Y quién juzgó y condenó a su vez a aquellos “jueces” verdugos? Los grandes asesinos en masa gozan de la admiración de los incautos y de los serviles. Hay quienes justifican el crimen y lo glorifican. Por ahí andan los versos de Louis Aragon que canta a los energúmenos de la GPU. Y tenemos a Neruda, al cubano Guillén, a tantos que uncieron su poesía y su decoro al mamotreto sangriento del estalinismo, callaron los crímenes cuando no los justificaron con estridencia, sintiéndose “voceros” del porvenir. Y hoy seguimos adorando a los pichones de tiranos y a los tiranos consumados. Justificando y glorificando

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la patada y el garrote. Tras la migaja. Siempre tras la migaja. Leyendo la historia de los imperios: el asirio, el lidio, el medo, el caldeo, el romano… vemos que aquellos reyes que arrasaban ciudades y pasaban a cuchillo a sus habitantes, aquellas ínfulas engoladas, aquellas pretensiones de perpetuidad terminaron barridas, se hundieron en la noche de los tiempos. Igual pasó al Reich de los 1,000 años de Hitler, con sus sueños de hegemonía, sus mitos arios y su inmenso desprecio por la vida humana. Igual sucederá a los intentos dinásticos de los Castro, al de Kim Jong-il en Corea del Norte y sus émulos. Y la vergüenza eterna enlodará a quienes cantaron serviles a los nuevos césares. Por igual, la admiración eterna acompañará a los que padecieron, a los que resistieron, a los que sucumbieron ante la furia de la barbarie prepotente, a los que hilvanaron aún sea un precario ejemplo de dignidad en tiempos difíciles, como diría el gran poeta cubano Heberto Padilla.

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Pablo Antonio Cuadra: extravíos, desventuras y aciertos de un escritor latinoamericano.

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“Si Darío es el poeta que universalizó a Nicaragua, y le dio a América Latina una proyección mundial que para 1900 no tenía, Pablo Antonio Cuadra es el poeta que le dio a Nicaragua una voz propia y auténtica, expresando en palabras simples y símbolos plurívocos, la complejidad del ser nicaragüense, la contradicción y el sentido del mestizaje, la conjunción de fe y poesía, la búsqueda de la belleza en la justicia, la independencia de pensamiento y la responsabilidad de la acción. No hay, a mi juicio, en la Literatura Nicaragüense, obra más sólida y más sostenida que la de PAC” Nicasio Urbina Profesor de Tulane University

El nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, exquisito y extraordinario poeta, voz mayor de la poesía centroamericana, es a la vez un exponente de las trampas y altibajos políticos que han asediado y atrapado a tantos escritores e intelectuales. Muchos: Neruda, Vallejo, Guillén, Benedetti… , seducidos por el fascismo de izquierda: el estalinismo y el castrismo. Otros, entre los que se inscribe Cuadra, por el fascismo de derechas y las tendencias más conservadoras y reaccionarias. Todos, en su momento, negadores y críticos jurados de la sociedad abierta, de la tolerancia y las normas de convivencia democrática. En su caso, felizmente hubo la evolución, a finales de los años ´40, hacia los valores, principios, creencias y

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comportamientos que rigen la sociedad abierta, plural y democrática. Y esa evolución se acrecentó en su constatación diaria de los tristes resultados de los regímenes de fuerza, tanto los de derechas como los de izquierdas. Su historia es, en muchos aspectos, extraordinaria. Mucho más su evolución, desde las fantasías totalitarias hasta las modestas y sensatas lindes de la sociedad abierta y plural. La mayoría de sus contemporáneos nunca pudieron desatar los nudos ideológicos que los ataban a modelos inhumanos y terribles. Él pudo. Y eso le hace una excepción.

Primeros años
Pablo Antonio Cuadra Cardenal nació el 4 de noviembre de 1912 en Managua, capital de Nicaragua. Su padre, Carlos Cuadra Pasos fue destacado intelectual y hombre público: jurista, canciller y diplomático; fundador, siendo canciller de la Academia Nicaragüense de la Lengua en 1928. Su madre lo fue la señora Merceditas Cardenal. En 1916, su familia regresa a Granada, ciudad de fuerte raigambre hispana, al pie del volcán Mombacho y situada en la ribera noroccidental del lago Cocibolca, voz náhuatl, o Lago de Nicaragua, “mar dulce” como

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le llamaron los conquistadores, el segundo más grande de América Latina. Emparentado y contemporáneo de poetas nicaragüenses de categoría continental como José Coronel Urtecho, Ernesto Cardenal y Joaquín Pasos, sus primos, Pablo Antonio estudia en el Colegio Centroamérica, de Granada, regenteado por jesuitas españoles, mexicanos y franceses. Allí uno de sus profesores, el jesuita mexicano Miguel A. Pro, beatificado en 1988, estimula su vocación de escritor. En los meses de vacaciones, Cuadra viaja a la hacienda familiar, un contacto intenso con la naturaleza y con los campesinos nicaragüenses que nutrirá su poesía y fundamentará su vida, tanto como definirá su vocación de agricultor. En 1923, con apenas once años de edad, empieza a florecer su vocación literaria, alimentada por la biblioteca y el ejemplo paternos. En 1924 retorna desde París, Francia, a Granada el poeta Luis Alberto Cabrales. Allí entró en contacto con las corrientes renovadoras de las letras: el dadaísmo, el surrealismo, el cubismo, el futurismo, etc., y al retornar a Nicaragua llevó muestras y noticias de aquella convulsión, en medio de un

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ambiente que practicaba esclerosado, ritualizado.

un

modernismo

ya

Antecedentes Vanguardista

del

Movimiento

Y en 1927, Cuadra tiene entonces 15 años de edad, retorna de los Estados Unidos su primo hermano José Coronel Urtecho, quien no sólo trae información sobre los movimientos literarios europeos, sino también sobre la new american poetry, así como sus autores. Urtecho retorna con una alforja llena de libros, antologías, revistas, y una pasión en torno a la cual se congregan los jóvenes escritores de Granada. El 29 de mayo de 1927, “El Diario Nicaragüense”, de Granada, publicó la hoy famosa “Oda a Rubén Darío” de José Coronel Urtecho, poema escrito por éste un año antes, en 1926, en San Francisco, California, al calor del encuentro de Coronel Urtecho con la new american poetry. Fue una auténtica revolución expresiva que ponía en cuestión al paralizante modernismo en que bostezaba la literatura por entonces. Al final de la oda, con humor y sarcasmo (“Soy el asesino de tus retratos”), Coronel Urtecho escribe: En fin, Rubén,

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paisano inevitable, te saludo con mi bombín, que se comieron los ratones en mil novecientos veinte y cinco. Amén. Y antes, en su poema “Contrarrima”, de 1925, escribió: Al fin murieron las princesas de Rubén. Después cambiaron las cosas en las revistas francesas… La reacción antimodernista se apegaba, en el fondo, al espíritu mismo de Darío que escribió: “El clisé verbal es dañoso porque encierra en sí el clisé mental, y, juntos, perpetúan la anquilosis, la inmovilidad”. Coronel Urtecho y Dionisio Cuadra dirigen una revista: Criterio. Allí, siendo todavía un colegial, empieza a publicar Pablo Antonio Cuadra sus poemas, varios de los cuales luego conformarían su libro, por décadas inédito, “Canciones de pájaro y señora” (1929-1931), adscritos a la nueva sensibilidad. José Emilio Balladares juzga que estos poemas fueron “un contrapunto pertinente a la

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pomposidad y las sonoridades excesivas de lo menos eximio de Rubén y de sus epígonos, llamando la atención de los distraídos hacia la verdadera esencia de la poesía”.

El inicio de Vanguardia
Los poetas se reúnen en el campanario de una iglesia en su natal Granada. Allí leen y comentan poemas, y reaccionan contra el modernismo, devenido caricatura exótica, fórmulas verbales y parafernalia de ninfas, cisnes, heliotropos y canéforas. Frente a la academia formal, proponen la anti-academia, frente a una fosilización del modernismo en temas, registros verbales y recursos, que eran burdas copias de Darío, un coloquialismo que recupera el lenguaje cotidiano, una recuperación del color, la imaginería; frente al europeísmo y el exotismo modernistas, referentes locales, la tierra, el indio, el mestizo, el entorno y la cultura nacional. Una gacetilla publicada en el periódico “El Diario Nicaragüense”, el 17 de abril de 1931 da cuenta de que nació una “reacción literaria de los jóvenes”, los que se agrupaban en una Anti-Academia de la Lengua, que integraban José Coronel Urtecho, Luis Alberto Cabrales, Cristino Paguaga Núñez, Manolo

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Cuadra, Octavio Rocha, Pablo Antonio Cuadra, José Román, Joaquín Pasos y otros. Nueve días después, publican su “Ligera exposición y Proclama de la Anti-Academia Nicaragüense”, manifiesto que firman Bruno Mongalo, José Coronel Urtecho, Luis Castrillo, Joaquín Pasos, Pablo Antonio Cuadra, Octavio Rocha, Luis Alberto Cabrales, Mano Cuadra, Joaquín Zavala Urtecho. En aquel escrito exponían un programa que incluía un Café de las Artes, que dirigiría luego Coronel Urtecho, un teatrito, cuadernos vernáculos, antologías e informes. Y su pretensión excedía la puramente literaria: se proponían incidir políticamente en el presente y el futuro de Nicaragua, como, de hecho, sucedió. Pablo Antonio empieza a publicar a partir del 14 de junio de 1931 en El Correo, diario de Granada, junto a Octavio Rocha, un suplemento bisemanal, jueves y domingos, dedicado a la nueva literatura, que llamó “Rincón de Vanguardia” y que, tras suspenderlo, reaparece el 10 de abril de 1932 como “Vanguardia”. En esas páginas, el 28 de junio de 1931, Cuadra establece:

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“Nuestro movimiento (Movimiento de Vanguardia que llamamos) es dinamizado por dos fuerzas. Una: Nacionalizar. Dos: Hacer un empuje de reacción contra las roídas rutas del siglo XIX. Mostrar una literatura nueva (ya mundial). Regar su semilla.” Jorge Luis Arellano puntualiza que estos jóvenes escritores se expresan con pasión y entusiasmo: • En contra de la intervención norteamericana, con la que habían crecido. • A favor del ejército y la proeza del general Augusto César Sandino • Contra el “espíritu burgués y comercialista” que identifican con los interventores • Contra el “amado enemigo”, Rubén Darío y la retórica modernista • Por “la conquista del indio que llevamos dentro”

Entorno político Movimiento

y

social

del 126

Nicaragua vivía para esos años la segunda intervención militar norteamericana. La primera intervención norteamericana transcurrió de 1912, autorizada por el presidente William Taft, a 1925, 13 años. Y de nuevo invadieron en enero de 1927 para intervenir en la guerra civil entre conservadores y liberales, a favor del poder usurpado por el conservador Adolfo Díaz, provocando la resistencia militar de los caudillos liberales. En la intervención de 1912-25, para el año 1924 el U.S. Marine Corps había creado, por indicación del Departamento de Estado, una fuerza subordinada local: la Constabularia, “para que establezca el orden una vez que se retiren los infantes de marina estadounidenses” (Carlos Solórzano). En 1928, la Constabularia daría origen a otra institución, la Guardia Nacional, bajo el control del Cnel. Robert Y. Rhea (USMC), fuerza punitiva local para funciones tanto de policía como de contrainsurgencia. Cuando en 1927 se producen los Acuerdos de Tipitapa o “Pacto del Espino Negro”, árbol bajo el que se negoció el acuerdo, para poner fin a la guerra civil en Nicaragua, y que firma el general José María Moncada, líder de los liberales, uno de sus generales, Augusto Nicolás Calderón Sandino, se niega a

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suscribir y aceptar el acuerdo, y decide mantener la lucha hasta la salida de los norteamericanos y constituye el llamado Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, el “pequeño ejército loco”. Desde Las Segovias, Sandino enfrenta a los norteamericanos y al gobierno de su ex –líder, el general Moncada (1928-1932). Derrota a los norteamericanos y los lleva, en 1933, a salir de Nicaragua. En las elecciones de noviembre de 1932 fue elegido Juan B. Sacasa. Los poetas del Movimiento Vanguardista, que habían crecido durante los años de la primera intervención (1912-1925), muestran expresas simpatías por Sandino y su proeza y denuncian la intervención norteamericana. Simultáneamente, la reacción nacionalista rechaza los valores, el sistema de gobierno, el sistema económico y la cultura norteamericanos. La democracia liberal, el sistema de partidos, el capitalismo, todo es rechazado por provenir de los odiados invasores. Así, Pablo Antonio Cuadra en su poema “Intervención” se burla: Ya viene el yanqui patón y la gringa pelo e´miel. Al yanqui decile:

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go jon Y a la gringuita: very güel Y posteriormente, Cuadra escribirá al respecto: “Todo lo que se puede decir de la obra de nuestro grupo de vanguardia: de José Coronel, de Luis Alberto Cabrales, de Joaquín Pasos, debe iluminarse con el fuego de ese momento histórico en que nos arrasaba el volcán, no geológico, sino político, del Imperialismo. Es el momento en que el pueblo de Nicaragua suscita una respuesta: la del inmortal guerrillero Augusto César Sandino”.

El maurrasianismo juvenil
Influidos, quién lo duda, por los sacerdotes jesuitas del colegio Centroamérica, en plena adolescencia y todavía cursando el colegio, Cuadra y sus amigos desarrollan un entusiasmo por España y sus antiguas glorias, que es evidencia de la frustración que experimentan frente a la intervención norteamericana y el desorden impuestos por caciques y caudillos locales, levantiscos y venales. Frente al modelo político norteamericano proponen la vuelta al imperio español. Caen bajo la seducción de Maurras a través de su epígono español, Ramiro de

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Maetzu, al que escriben llenos de entusiasmo juvenil. Se hacen pro monárquicos y pro fascistas. Eugenio Vegas Latapie escribe en sus “Memorias políticas” una muestra de ese entusiasmo juvenil: “Un día recibí en Acción Española un sobre procedente de Nicaragua, patria del inmortal Rubén, con algunos recortes de periódico enviados por un corresponsal para mí desconocido: Pablo Antonio Cuadra. Leí con atención los artículos y decidí, sobre la marcha, incluir dos de ellos en el número de la revista que estaba preparando. Uno era del propio Cuadra y otro la reproducción de un discurso de José Coronel Urtecho.” El pensamiento del joven poeta y sus amigos es influido por el falangismo español y el fascismo italiano, que deploran y desacreditan la tolerancia liberal, la sociedad abierta y plural, y proponen Estados corporativos con gobiernos autoritarios y líderes absolutos. Al igual que sus referencias peninsulares: Maetzu y demás pro monárquicos de Acción Española, contraparte hispana de la Acción Francesa de Maurras, proclaman el autoritarismo, el menosprecio a los valores e instituciones de la sociedad abierta y la declarada nostalgia del imperio perdido, sublimizado y mitificado, junto a la aspiración de un líder mesiánico que encarne el ideal

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platónico del gobierno de los mejores, conforman la ideología dominante en este grupo.

En una carta de 1935 a José María Pemán, Cuadra emocionado declara: “Nuestro nacionalismo aspira a recobrar la tradición nacional, la cual, lógicamente, nos llevará a la tradición imperial de la unión centroamericana sólo factible y posible dentro de los cauces de la Hispanidad.” La ideología que predominaba en la época es el totalitarismo, estalinista o fascista: desprecio hacia la tolerancia y la aceptación de la diversidad; nacionalismo exacerbado, discurso del aplastamiento, la opresión y la exclusión; odio cerval al oponente, exaltación del exterminio, del derecho a dominar, sea una clase: los estalinistas; o una raza, los fascistas. Algo semejante sucedió en mi país, República Dominicana, alrededor de 1930: un amplio sector de la pequeña burguesía urbana, hastiada de los caudillos semianalfabetos o abiertamente iletrados que anarquizaban el país y lo mantenían en un estado continuo de guerra civil; influida por el fascismo italiano, que tuvo como uno de sus promotores al Lic. Rafael Estrella Ureña, y su concepción del Estado

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corporativo y del hombre fuerte, providencial; y rechazando el modelo norteamericano, país que hacía poco nos había intervenido, se congregó alrededor del hombre fuerte del momento: el general Rafael Leónidas Trujillo, y lo estimularon a dar un golpe de Estado y asumir el control del país. Y parecido a Nicaragua, nos condenaron a una cruenta y despiadada tiranía que, en nuestro caso, duró 31 largos y mortíferos años.

El mito de la “superioridad espiritual”
Permitámonos aquí una breve digresión. El rechazo latinoamericano a la sociedad abierta, al modelo democrático, tenía diversos motivos, pero una base material fundamental: nuestra realidad de sociedades agrarias, en donde la propiedad de la tierra, los inmensos latifundios, la semiesclavitud de indios, mulatos, mestizos, la hacía inviable. ¿Iban los grandes hacendados y terratenientes a permitir que sus peones impusieran el poder político y asumieran una fuerza que pusiera coto a sus desmanes y abusos? Sólo la progresiva urbanización de nuestras sociedades, la creciente industrialización y el desarrollo de las industrias de servicio, y la continua pérdida de importancia política, económica y social de la agricultura y la ganadería dieron origen a la

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progresiva liberalización de nuestras sociedades y a su democratización. Debo a una mente preclara, al venezolano Carlos Rangel, el más brillante ensayista político latinoamericano que he leído, y a un libro fundamental: “Del buen salvaje al buen revolucionario”, que fue entusiastamente prologado por un pensador de la talla de Jean Francois Revel, la mejor explicación que conozco para entender los desatinos que nuestro atraso y nuestro rechazo a la sociedad liberal que los norteamericanos querían imponernos, nos llevó a cometer. Incluso una mente preclara como la de José Martí cae en inventarse una supuesta superioridad espiritual de los hispanoamericanos sobre la pragmática sociedad norteamericana, cuyo desarrollo industrial, cuyo empuje económico y político, cuya efervescencia, nos sorprendía y desafiaba (es la función de la ideología: disfrazarnos la realidad). Pretendimos establecer nuestros propios términos de comparación. Y de allí nació aquel “Ariel” del uruguayo José Enrique Rodó, que verbalizó nuestro rechazo al modelo económico, político y social norteamericano y nos brindó el falso caramelo de la “superioridad espiritual” de nuestros pueblos y sociedades en comparación con la norteamericana.

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La política expansionista de Theodore Roosevelt y su aplicación del Big Stick (Gran Garrote), continuada por los presidentes norteamericanos posteriores y que sólo la Gran Depresión del 1930 pudo romper (irónicamente, bajo el liderazgo de un pariente de Theodore, Franklin Delano Roosevelt), produjo en nuestros pueblos no sólo un rechazo al imperialismo y a la abusiva política de fuerza de los gobiernos norteamericanos de entonces, sino a toda el modelo social, económico y político, rechazado en bloque.

Poemas nicaragüenses
Para fines de 1933, Cuadra viaja a América del Sur acompañando a su padre que asistía como delegado nicaragüense a la Conferencia Panamericana en Montevideo, Uruguay. Consigo carga los manuscritos de sus poemas escritos entre 1930 y 1933. Al llegar a Chile, pone en mano de la Editorial Nascimiento aquellos poemas, agrupados bajo el nombre (que es, simultáneamente, declaración y denuncia, afirmación y desafío), de “Poemas nicaragüenses”. Jorge Eduardo Arellano expresa que fue “…el primer libro nuevo de tendencia vernácula en Centroamérica, a partir del cual comenzó una obra fiel a lo nicaragüense que, tras cuatro décadas

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de quehacer, llegó a la más serena y hermosa universalización”. El libro se publicó en Santiago de Chile en 1934. Su primo, el sacerdote y poeta de renombre continental, Ernesto Cardenal, sobre quien Pablo Antonio Cuadra ejerció una fuerte influencia tanto literaria como política, dice que “Poemas nicaragüenses” y la rebelión guerrillera dirigida por César Augusto Sandino fueron dos expresiones de un mismo fenómeno de emancipación nacional: en poesía, contra un extranjerizante Modernismo, vuelto clisé, fórmula consagrada; en política, contra la sumisión perruna al interventor norteamericano y por una soberanía inexcusable y merecida. Una opinión similar expresó Carlos Tünnermann Bernhein. De ese primer libro impreso y segundo producido, escribió Pablo Antonio: “Poetas amigos de Chile me precipitaron bondadosamente a publicar los originales que llevaba para leer en mi primer viaje por América del Sur.” El libro suscitó comentarios formales de autores como la uruguaya Juana de Ibarbourou y el salvadoreño Salarrué.

“…Our son of a bitch” 135

En 1933, agobiado por la escasez de recursos debido a la Gran Depresión, el rechazo del pueblo norteamericano a una presencia onerosa y carente de sentido en Nicaragua, las derrotas que les propinaba el ejército del general Sandino, en el cual los dominicanos estuvimos honrosamente representado con nuestro Gregorio Urbano Gilbert, y la imposibilidad probada de vencerlo, el presidente Roosevelt resolvió evacuar las tropas norteamericanas de Nicaragua. Se decidió escoger un líder militar local. Y la elección cayó en Anastasio Somoza García, Tacho. Tacho Somoza, que no terminó sus estudios primarios, había estudiado Comercio, enviado por su padre, modesto hacendado, en el Pierce Commercial College de Filadelfia, período en que por igual aprendió el idioma inglés. Retornó a Nicaragua sin concluir sus estudios. Durante la revolución chamorrista de 1926 participa y se autoabroga el título de general. Al acordar los líderes conservadores y liberales respaldar la creación de una Guardia Nacional bajo la dirección norteamericana, Somoza al igual que muchos otros miembros de los partidos Conservador

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y Liberal se incorpora a dicha institución. Un complejo proceso de consultas entre el entonces presidente de Nicaragua, general José María Moncada, el jefe de la Guardia Nacional, general Calvin B. Matthews y el embajador estadounidense de entonces Matthew Elting Hanna, en comunicación con el secretario de Estado Henry L. Stimson llevó a la escogencia de Somoza. Evacuadas las tropas norteamericanas y electo un nuevo presidente, el liberal Juan Bautista Sacasa, tío de la esposa de Tacho Somoza, se convence a Sandino de deponer las armas y cooperar en la pacificación de Nicaragua. El 21 de febrero de 1934, luego de que Sandino asistiera a una cena en el Palacio Presidencial con el presidente Juan Bautista Sacasa, es apresado por una patrulla de la Guardia Nacional, institución cuyos mandos había determinado ejecutar a Sandino, en connivencia con el embajador de los Estados Unidos en Nicaragua, Arthur Bliss Lane, con quien Somoza había consultado antes de ordenar el crimen. Simultáneamente, tropas asaltan la casa del principal negociador del gobierno, Sofonías Salvatierra, y asesinan a Sócrates Sandino. Y posteriormente, tropas de la Guardia Nacional arriban a la población de Wiwilí, donde masacran a más de 300 ex –

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combatientes del ejército de Sandino, incluyendo mujeres y niños. Roosevelt solía decir tanto de Rafael Trujillo como de Anastasio Somoza, con sorna: “He is a son of a bitch, but he is our son of a bitch”. Él sabía de lo que hablaba. Tal vez debió autoaplicarse a sí mismo y muchos de sus colaboradores igual expresión. Si aquellos eran los hijos, ¿quién era the bitch? ¿Estados Unidos?

Los “camisas azules”
El entusiasmo por el autoritarismo fascista, la identificación con el falangismo peninsular, originó que en julio de 1934, los poetas granadinos junto a otros intelectuales jóvenes crearan los “camisas azules”, versión local de los “camisas negras” fascistas italianos. Los promotores de esta iniciativa fueron, entre otros, Diego Manuel Chamorro, Diego Manuel Sequeira, Pablo Antonio Cuadra, Joaquín Cuadra Zavala, José Coronel Urtecho y Luis Alberto Cabrales. Muerto Sandino, los “camisas azules” ven en Somoza al líder fuerte, autoritario, que aspiran. Incluso

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quieren remedar una “marcha sobre Roma” mussoliniana. Alborotan y llegan a promover la consigna “Somoza Forever”. En 1935, Pablo Antonio y su primo José Coronel Urtecho, dirigen el periódico “La Reacción”, órgano de un efímero movimiento político que integró a exvanguardistas. Ese mismo año, 1935, Pablo Antonio Cuadra contrae matrimonio con la joven Adilia Bendaña Ramírez, su compañera de por vida. Con ella procrearía con el correr del tiempo cinco hijos. Asociado con su hermano Carlos inicia actividades de explotación agrícola, ganadera y maderera, mientras viaja por Nicaragua y navega en el “mar dulce”. Al año siguiente, 1936, obtiene la licenciatura en Leyes por la Universidad de Oriente y Mediodía, de Granada, Nicaragua. Aunque se graduó en Derecho, no quiso ejercer la abogacía y renunció a la carrera. En 1936 Acción Española publica en España “Hacia la cruz del sur. Manual del navegante hispano”, textos de Cuadra surgidos a raíz de su viaje a América del Sur.

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Anastasio Somoza García, alias Tacho, desde su posición de jefe de la guardia pretoriana impuesta por los invasores y que él, al igual que hizo Trujillo acá, en Rep. Dominicana, torció para que sirviera a sus fines personalistas, inició una serie de acciones populistas que le granjearon simpatías en la población, oportunamente asesorado. El historiador Aldo Díaz Lacayo cita una declaración del doctor Crisanto Sacasa: “Somoza se impone porque así lo quiere el pueblo entero de Nicaragua: vean ustedes, vengo de León y allí encontré que mi padre, mis hermanos y demás familiares son todos somocistas, hasta los sirvientes de la casa. En Granada, hasta los conservadores en su mayoría simpatizan con Somoza, lo mismo que en los otros Departamentos. Veo y palpo que así es la cosa, y creo que nos debemos tragar la píldora del somocismo y buscar la manera de que sea legal, pues de lo contrario, Tacho (Anastasio) será presidente el primero de Enero de 1937, con formalismos legales o sin ellos” (citado por Adolfo Miranda Sáenz: Polémico testimonio). En mayo de 1936, Tacho Somoza encabeza una sublevación con el tío de su esposa, el presidente Sacasa. Impotente, Sacasa dimite y Somoza impone su candidatura. Asume la presidencia formal el 1ro. de enero de 1937.

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Del somocismo al antisomocismo
Pablo Antonio, Coronel Urtecho y demás “Camisas Azules” habían incitado a Tacho Somoza a alzarse con el poder. Ahora eran parte del nuevo poder instalado. Tacho Somoza tenía en su despacho, según cuenta Knut Walter (The regime of Anastasio Somoza), fotos de los caudillos nicaragüenses Zelaya, Moncada y del líder fascista italiano Mussolini, el Duce (Tras la entrada de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial, sustituyó la foto de Mussolini por la de Roosevelt). Pero Cuadra no necesitó mucho tiempo para darse cuenta de que Tacho Somoza era un gángster, no ese hombre fuerte de sus fantasías totalitarias. Incómodo con el nuevo régimen, al que sus amigos “Camisas Azules” adulan y apoyan incondicionalmente, Cuadra se dedica, provocativamente, a pegar carteles de Sandino. Esa conducta inesperada provoca que Somoza lo encarcele. Liberado posteriormente, asume la dirección de “Trinchera”, sección del periódico El Correo, de Granada.

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En la Constituyente de 1938, los “Camisas Azules”, inspirados en el ejemplo italiano, piden para Anastasio Somoza García la “presidencia vitalicia”, una especie de monarquía bastarda. Cuadra mantiene contactos con sus amigos del bando autodenominado “nacionalista” en la guerra civil española y en una arenga por radio declara: “Somos fascistas”. En 1939 el gobierno fascista italiano le invita a visitar Italia. Aprovechará para también visitar España, tras el triunfo del bando liderado por Francisco Franco. Sus amigos le despiden “brazo en alto”, el saludo fascista y falangista. Cuadra visita Italia y España. Su idea en Italia era visitar en Roma al Duce y “a nuestro amado príncipe D. Juan”. Además, hacer en el Aventino el “contrajuramento bolivariano para la reconstrucción de nuestro Imperio”, como escribió en una carta a E. Vegas Latapié. Tras su visita a Italia, llega a Tetuán en un avión italiano, procedente de Roma, en agosto de 1939, lugar donde está destinado su amigo Vegas Latapié. Visitó Cádiz, Sevilla, Santander y estuvo varias semanas en Madrid, donde fue agasajado por sus amigos monárquicos de Acción Española. Le pide a Franco apoyo en armas para derrocar a Somoza. Franco la deniega. Al partir, en una carta a Vegas

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Latapié, declara: “Bien lo sabes que mi desilusión ante la realidad del nuevo régimen fue casi instantánea. Bastaba un poco de solidez doctrinaria y el haberle dado aunque fuera una mediana raíz a mis ideales para que, al conocer España y al palpar sus esencias vitales, comprendiera que el camino iba torcido, demasiado torcido.” Al retornar a finales de 1939 a su país, sus amigos del Movimiento de Vanguardia y el sacerdote Azarías Pallais, su capellán, le agasajan con una cena de bienvenida. Joaquín Pasos lee un poema coral de bienvenida, en cuya conclusión declama: “¿Juráis ante Dios y los hombres, sobre la Cruz y la Espada, dedicar alma y cuerpo a la Cruzada; hacer en paz o en guerras la reconquista de las almas y las tierras; recobrar lo perdido, devolver a la Patria su sentido; darle su eterna ley su aliento puro, vivir para las Españas del futuro morir por Cristo nuestro Rey? Sí juro. Si así lo hiciéreis, Dios os pague en su Gloria, y el Imperio os lo deba en su Victoria.”

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El Taller de San Lucas
Para 1940 publica en España “Breviario imperial”. Cuadra expresa su entusiasmo ideológico por el fascismo y la restauración imperial hispánica. Como Alfonso Lazo cita en su libro “La Iglesia, la Falange y el Fascismo”, Cuadra escribe: “La postura propiamente reaccionaria es la que busca la salud perdida en donde realmente se encuentra: en la tradición”. Y más adelante, con respecto a los jóvenes indica que estos “han reaccionado ante el liberalismo y la gran engañifa democrática, pero en lugar de caer en el materialismo marxista… se han acogido a la política clásica. Política que se funda en la autoridad unipersonal… y cuya sustancia es la aplicación social de la filosofía católica”. Ese año dirige la publicación semanal “Los Lunes”, del periódico La Prensa, propiedad de sus parientes, la familia Chamorro. En 1942, los principales escritores vanguardistas se reagrupan en la “Cofradía de escritores y artistas católicos del Taller San Lucas”. Editan una revista que rápidamente adquiere prestigio internacional.

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De 1942 a 1946 reside en México. Allí su primo, Ernesto Cardenal, se aloja como huésped en la residencia de Cuadra, dado el cierre por la dictadura de Somoza de la Universidad de Managua, en que estudiaba. Mientras Pablo Antonio trabaja en una editorial y ejerce otras actividades, Cardenal estudia filosofía y letras en la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM. En 1943, Cuadra temporal”. publica su poema “Canto

El 26 de junio de 1945, Pablo Antonio Cuadra ingresa a la Academia Nicaragüense de la Lengua, institución que su padre fundó en 1928, siendo canciller de Nicaragua. Su discurso de orden fue “Introducción al pensamiento vivo de Rubén Darío”, un homenaje al “amado enemigo”. En 1945 publica su ensayo “Promisión de México y otros ensayos”. En 1946 retorna a España. Es miembro de la delegación oficial de Nicaragua a XIX Congreso Mundial de Pax Romana junto, entre otros, a Julio Ycaza Tigerino y Carlos Martínez Rivas. Un resultado positivo de ese evento es la constitución del Instituto Cultural Iberoamericano. En El Escorial le nombran

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presidente de la recién creada institución. Este Instituto dio origen, posteriormente, a lo que fuera el Instituto de Cultura Hispánica, hoy transformado en la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. Publica el libro de ensayos “Entre la cruz y la espada”. En ese mismo año sale el último número de la revista Taller San Lucas. Tras la Segunda Guerra Mundial y la derrota del fascismo experimenta una crisis espiritual. Ese sacudimiento le aleja definitivamente de la ideología y cosmovisión fascistas. Se produce una poderosa conversión en términos emocionales y espirituales al catolicismo y una asunción de los valores cristianos.

Justicia poética contra el hijo de nuestras vilezas
Para 1947, PAC, como le gustaba firmar sus artículos, Julio Ycaza Tigerino y Carlos Martínez Rivas figuran como colaboradores de la revista española “Alférez”. En 1948 viaja de nuevo a España y “Alférez” le dedica una cálida bienvenida.

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En 1949 es nombrado Encargado de Negocios en la Embajada de Nicaragua en España. Publica su libro “Poemas con un crepúsculo a cuestas”. Para 1950 retorna a Nicaragua e inicia la explotación agrícola de algodón. Dirige, simultáneamente “Semana”, en Managua. En 1951 funda la Casa de la Cultura. Y en 1952 fracasa como agricultor, tras perder toda la cosecha de algodón. Publica su poemario “La tierra prometida”. En 1954 es nombrado codirector del diario “La Prensa”, propiedad de la familia Chamorro, sus parientes. El medio es visto como opositor al gobierno de Somoza, además de que comercialmente le hace competencia al periódico de los Somoza “Novedades”. Una revuelta contra la tiranía de Tacho Somoza, el 4 de abril de 1954, en la que se involucran fuertemente su primo y discípulo, el poeta Ernesto Cardenal, y también su pariente Pedro Joaquín Chamorro, ambos miembros de la Unión Nicaragüense de Acción Popular, UNAP, fracasa. Los fusilamientos, torturas y persecusiones arrecian. Somoza masacra despiadadamente a los insurrectos. En 1955, Cuadra fija residencia en Managua.

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En 1956 en León, el poeta Rigoberto López Pérez se cuela en una fiesta en La Casa del Obrero en honor de Tacho Somoza y lo tirotea. Trasladan a Tacho de emergencia a una clínica de Panamá, donde fallece. Tras la muerte del dictador, por orden del hijo de Tacho y nuevo hombre fuerte, Luis Somoza Debayle, apresan a Pablo Antonio Cuadra por trabajar en el diario de la oposición. En la cárcel presencia las torturas y maltratos a que son sometidos los detenidos. Uno de sus “Epigramas”, el VIII, Cuadra escribió: Tanta vileza preñó la ciudad Ciro: esta ciudad está preñada y temo que alumbre un nuevo tirano Será el hijo bastardo de todos El hijo bastardo de todos, al que había ayudado a alcanzar el poder y contra el que casi de inmediato reaccionó, recibió justicia poética.

El pez y la serpiente 148

Para 1957, PAC publica su obra de teatro “Por los caminos van los campesinos”. Su primo, el poeta Ernesto Cardenal, ingresa en el monasterio trapense Our Lady of Getsemaní, en Kentucky, Estados Unidos. Allí se relaciona, y por su vía relaciona a Pablo Antonio Cuadra, con una amistad que a ambos les enriquecerá poderosamente, la del poeta y sacerdote norteamericano Thomas Merton, maestro de novicios en la trapa. Con Merton mantendrá un copioso intercambio epistolar. En 1958 publica el ensayo “Torre de Dios”. En 1959, PAC obtiene el Premio Centroamericano de Poesía Rubén Darío y publica en Managua “El jaguar y la luna”, uno de sus poemarios de mayor relevancia. La influencia de Merton se acrecienta. Una carta del 13 de junio de 1959 de Thomas Merton a Pablo Antonio Cuadra expresa: “Las tiranías y las compulsiones bajo las cuales vivimos en estos días son una afrenta moral para el hombre, la imagen de Dios. Y se está volviendo cada vez más claro que nuestra obligación moral fundamental es resistir la complicidad y la sumisión a cualquier poder abusivo, ya sea físico, moral o espiritual. Y esto es complicado y peligroso a la vez.”

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En 1961 funda la revista y la editorial “El pez y la serpiente”, la que dirige por más de cuarenta años. Ese mismo año se integra a la Junta Directiva que establece la primera universidad privada de Centroamérica, la Universidad Católica de Managua, de la cual será Decano de la Facultad de Humanidades y director de su Departamento de Extensión Cultural. En 1964, y desde ese año hasta su muerte en el 2002, asume la dirección de la Academia Nicaragüense de la Lengua, institución a la que había ingresado en 1945. El escritor Julio Ycaza Tigerino fue el secretario de la institución durante dicho período. Ese año, 1964, inicia en “La Prensa” su columna “Escritos a máquina”. Ediciones Cultura Hispánica, en Madrid, publica “Poesía” (selección 1929-1962). En 1965 el Instituto de Cultura Hispánica le galardona con el premio Rubén Darío. En 1967 publica tal vez el más importante de sus libros de ensayos: “El nicaragüense”, una reflexión sobre la gente de su país, honda y perspicaz. En 1968, la Editorial Universitaria, de León, Nicaragua, le publica “Poesía escogida”. En 1970 publica sus libros de cuentos “Vuelva, Güegüense” y

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“Agosto”. Y en 1974, la Editorial Universitaria Centroamericana, de San José, Costa Rica, le publica el poemario “Tierra que habla”. Para 1976 publica, editado por El Pez y la Serpiente, en Managua, su poemario “Esos rostros que asoman en la multitud”. También ese mismo año publica su libro de ensayos “Otro rapto de Europa”. Durante todos esos años, desde 1954, va reformando poderosamente sus creencias, valores y criterios políticos, incorporando aquellos liberales, los que favorecen regímenes democráticos, abiertos, plurales, que respetan las normas legales, se ajustan a poderes que poseen contrapeso y límites establecidos, que acuerdan y aplican derechos ciudadanos y civiles, promueven la alternabilidad, las libertades públicas y el derecho a la crítica y al debate abierto de las ideas, todo lo contrario de sus ideas juveniles. Eso le convirtió en una persona con autoridad moral en su comunidad, que se granjeó el aprecio y respeto de sus conciudadanos.

La efervescencia neototalitaria
La tiranía de Tachito Somoza Debayle, que había sustituido en el poder a su hermano Luis, tras su

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muerte por infarto en 1967, hacía agua. Una rebelión de la juventud y el pueblo nicaragüense, hastiado de un gobierno inepto, inmoral, corrupto y mediocre, era reprimida cruentamente por la dictadura. Pero los tiempos habían cambiado. En los Estados Unidos, la presidencia de Jimmy Carter abogaba tomaba distancia de los regímenes de fuerza y promovía la vigencia de los derechos humanos. Las simpatías hacia la lucha de los nicaragüenses se acrecentaba. En 1978, Tachito Somoza ordena la muerte del periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director del diario “La Prensa”. Pablo Antonio Cuadra asume, en ese tiempo luctuoso, la dirección del principal medio discrepante. Se involucra en el apoyo a las fuerzas contestatarias sandinistas. El régimen cubano se compromete en dar soporte al Frente Sandinista de Liberación, organización de orientación marxista fundada en 1961 por Carlos Fonseca Amador, hijo de Fausto Amador, administrador de los bienes de la familia Somoza. Oficiales cubanos participan en los combates de la ofensiva final. La tiranía se tambalea y, finalmente, el 19 de julio de 1979, Tachito Somoza escapa de

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Nicaragua y el FSLN y sus comandantes asumen el poder. Cuadra, que celebra junto al pueblo nicaragüense la liberación, presencia cómo la revolución sandinista es trágicamente orientada a buscar transformar a Nicaragua en una nueva colonia soviética en América, al igual que Cuba. Los comandantes sandinistas que apropian de las propiedades de Somoza y sus colaboradores y se mudan a las mansiones abandonadas o incautadas. Asesores cubanos pululan por doquier. Medidas de recorte a las libertades empiezan a imponerse de manera dictatorial. Los Ortega buscan acallar cualquier crítica, cualquier disensión. Y eso le enfrenta a Cuadra, quien desde las páginas de “La Prensa” denuncia los nuevos desafueros. En 1979, en edición de la Academia Nicaragüense de la Lengua, se publica su poemario “Cantos de Cifar y del Mar Dulce” y en 1980, en edición de la Presidencia de la República, de Caracas, Venezuela, su poemario “Siete árboles contra el atardecer”. En 1983 se inicia la publicación de su Obra Poética Completa, que finaliza en 1989.

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En 1985 es catedrático en la Universidad de Austin, Texas, EE.UU. En 1986 obtiene el premio “Rímini”, en Italia. Y en 1987 publica su ensayo “Aventura Literaria Del Mestizaje”. En las elecciones celebradas el 25 de febrero de 1990, Violeta Chamorro, viuda de Pedro Joaquín Chamorro y ex miembro de Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional que gobernó tras la caída del somocismo, gana las elecciones al Frente Sandinista, encabezando una coalición de partidos, con más del 54% de los votos. Un respiro democrático volvía a la atribulada nación. Y la labor editorial y de opinión de Pablo Antonio Cuadra había contribuido no poco a este resultado. En 1991, la Organización de Estados Americanos, OEA, le otorga el premio “Gabriela Mistral”. Publica su libro de teatro “El coro y la máscara”, compuesto por tres piezas; “Death”, “Johana Mostega” y “Un muerto pregunta por Julia”. Ese mismo año su nieto, Pedro Xavier Solís Cuadra, publica un Diccionario filosófico de Pablo Antonio Cuadra. Solís Cuadra es director ejecutivo de la Asociación Pablo Antonio Cuadra, subdirector de la revista El pez y la serpiente, miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua y presidente del Instituto Nicaragüense de Cultura Hispana.

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En 1992 se le propone como candidato al Premio Nobel de Literatura. Se le concede la Orden Fulgencio Vega y es declarado Hijo Dilecto de Managua.

Ultimos años de vida
En 1993, mientras ejercía como director de “La Prensa”, es nombrado Rector de la “Universidad Católica Redemptoris Mater”, función que ejerció hasta su deceso. En 1998, siendo su nieto Pedro Xavier Solís Cuadra subdirector ejecutivo de “La Prensa”, la familia Chamorro, propietaria, le sugirió a Solís presentar su renuncia. Cuando su nieto le visita y le informa el caso, Pablo Antonio, que fungía como director, se indigna pues ignoraba el caso. Se reúne con los Chamorro y se produce un fuerte altercado que da origen a que abandone el diario junto a su nieto. En 1999 recibe el Premio Nacional de Humanidades y publica su libro “Cuentos escogidos”. En el año 2000 fue declarado Ciudadano del Siglo. Y en febrero del 2001 le es otorgado el Doctorado

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Honoris Causa, por la Universidad Americana, UAM. Fue el último acto público al que asistió, pues venía con una salud muy quebrantada. Finalmente, a raíz de una enfermedad respiratoria, fallece el 2 de enero del 2002 en su residencia de Las Colinas, en Managua. Fue sepultado en 4 de enero en Granada. El novelista norteamericano Paul Berman, quien lo entrevistó, dice de él en un artículo póstumo publicado en “Letras libres”: “Sus méritos como autor de mitologías poéticas y nacionalistas eran, después de todo, enormes. La nota mestiza en el nacionalismo nicaragüense, el prestigio mítico de Sandino y de los guerrilleros en las montañas, la grandiosidad de aspiraciones nacionales de Nicaragua (una grandiosidad que, según creo, no comparte ningún otro país de tamaño equivalente), el toque de milenarismo en la concepción revolucionaria nacionalista: todo ello era, en buena medida, obra suya”. Y para el escritor e historiador Jorge Eduardo Arellano, Pablo Antonio Cuadra reúne las características del verdadero intelectual, porque “integró el concepto de intelectual por antonomasia, lo encarnó totalmente, porque opinaba con

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autoridad moral. Diría que es el intelectual del siglo XX, y eso lo manifestó en sus escritos”. Su vida, en muchos aspectos, reflejó los excesos, las fantasías y delirios, los arrebatos que obnubilaron el juicio de muchos escritores e intelectuales latinoamericanos, atrapados en la seducción totalitaria, sea fascista, como en su caso, o estalinista, como en el de muchos otros. Eso no le impidió producir una obra ejemplar y extraordinaria. Más importante aún, la evolución de su pensamiento, su alejamiento del culto al hombre fuerte del fascismo, su adscripción a valores democráticos, a la sociedad abierta y plural, a los derechos ciudadanos y a las libertades, le llevó a ser un referente de valiosísima importancia en la Nicaragua de las últimas décadas del siglo XX. Una vida y una obra de indudable valor. Y de indudable enseñanza.

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Las 7 cicatrices del líder, de Dío Astacio

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“Es un honor para el rey gobernar sobre muchos, y una ruina gobernar sobre pocos”. Proverbios 14,28 (NVI)

Dío Astacio, pastor, motivador, conferencista y autor de libros de crecimiento personal, es una persona de gran relevancia en la vida mía y en la de mi esposa. Somos amigos y hermanos en la fe cristiana de Dío y Evelyn, su maravillosa pareja. Y he compartido con él también la pasión por impactar vidas y contribuir a elevar el nivel profesional y humano de las personas, a través del entrenamiento y la capacitación. Ahora Dío Astacio nos premia y enriquece con este nuevo libro cargado de inspiración, enseñanzas y guías: Las 7 Cicatrices del Líder. Cuando Dío Astacio escribió su primer libro, Éxito Integral, Las 8 Leyes Ocultas, que logró una difusión sorprendentemente alta en un país muy poco dado a la lectura como el nuestro, tuve el privilegio de contribuir en la corrección de estilo del mismo y quedé gratamente impresionado por su exposición. Aquellas ocho leyes ocultas del éxito resumían una sapiencia y una pertinencia singulares. Y, de hecho, el libro fue aceptado, promovido y apreciado por líderes como Theo y Maribel Galán, diamantes ejecutivos de AMWAY, la corporación

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creadora del modelo de network marketing, que dirigen una extensa organización de mercadotecnia de red, al igual que por otros líderes de esa y otras organizaciones de venta directa. Dío fue orador invitado en varias convenciones de EFinity, la primera institución de capacitación acreditada por AMWAY, tanto a nivel nacional como internacional. Cito ese hecho porque EFinity entrena y capacita a emprendedores que construyen redes de distribución de bienes y servicios y estos tienen que pulir sus habilidades de liderazgo, inteligencia emocional, comunicación y trabajo en equipo, pues dichas competencias son fundamentales para tener un éxito significativo en ese modelo de negocio. La experiencia de liderazgo en el campo que desarrollan los constructores de redes de marketing les hace tener una base sólida para juzgar la validez o no de cualquier información sobre liderazgo que reciban. Entrenar líderes, que dirigen organizaciones de cientos, miles y decenas de miles de personas es un honor que normalmente se reserva a personalidades como John C. Maxwell, sin dudas la mayor autoridad mundial en liderazgo vivo, Robert Kiyosaki, Brian Tracy y autores de esa envergadura. Y a esas alturas remontó con singular éxito Dío Astacio desde su primer libro.

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Cómo se construye el liderazgo
Este segundo aporte, Las 7 Cicatrices del Liderazgo, del cual me concedió el altísimo honor de hacerle la presentación en público el día de su lanzamiento, reedita con amplio éxito el logro alcanzado con su primer libro. Se trata de un aporte a la construcción del carácter del líder, señalándole siete áreas de prueba que tendrá que superar para consolidar un nivel de liderazgo trascendente. El liderazgo se construye ganando influencia, respeto, aprecio y e identificación con las personas que se agrupan alrededor de quien ejerce el papel o rol de líder. No es impuesto. No se da por decreto. No es un título o un puesto. No figura en un organigrama corporativo. Es una relación que se gana con el tiempo, y en su corazón están la integridad percibida, los valores y la visión compartidos y el servicio que presta el líder a sus colaboradores. La integridad percibida, la congruencia entre lo que el líder predica y lo que el líder hace, es la base de la confianza. Los valores y la visión fundamentan igualmente la credibilidad en el líder y la fe en hacia dónde nos conduce, y también en su habilidad para llevarnos allí a buen término. El servicio que el líder

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proporciona genera reciprocidad, interés personal en contribuir. Esa confianza, esa credibilidad, esa fe y esa reciprocidad son claves en la construcción de un liderazgo eficiente y eficaz. Como aprendiz, lector insaciable y practicante de relaciones de liderazgo, he quedado gratamente sorprendido por estas 7 Cicatrices, aunque admito que inicialmente me chocó el título por lo crudo del mismo. Una cicatriz, por otro lado, indica un proceso que ya sanó. El tejido conjuntivo cerró la herida abierta y la selló. Simplemente recuerda un suceso traumático superado. En el caso de estas siete áreas de crecimiento en el carácter del líder, las cicatrices señalan que el líder afirmó su carácter al superar las pruebas a las que las circunstancias le sometieron.

Las 4 primeras cicatrices
¿Cuáles son estas cicatrices y por qué ellas tienen que ver con el carácter del líder? La primera es la cicatriz del perdón. En toda relación se producen situaciones que entrañan algún tipo de injusticia, incomprensión, maltrato, abuso o desconsideración hacia quien ejerce el papel de líder por parte de uno de sus colaboradores. Si quien ejerce el rol de líder carga animosidades, rencores, intenciones de

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venganza, eso nublará no sólo la relación con la persona en específico que produjo la herida, sino con otros colaboradores que se mirarán en aquel espejo y sentirán que lo mismo les podría suceder a ellos. La generosidad en perdonar es clave en la construcción de un liderazgo genuino, sano y creciente. La segunda cicatriz tiene que ver con el valor. El atreverse, el actuar con determinación, el arriesgarse, son cualidades de indudable importancia. Nadie se siente a gusto en seguir a una persona dubitativa, irresoluta, cobarde. Y si bien tampoco apreciamos la temeridad irresponsable, queremos sentir que quien nos guía toma decisiones y encara con intrepidez las tareas que se derivan de ellas. La tercera cicatriz que trata Dío Astacio en su libro es la de la paciencia. John C. Maxwell, que al igual que Dío Astacio es pastor y desarrolló su liderazgo en congregaciones cristianas, tiene un libro fundamental en liderazgo: Las 21 Leyes Irrefutables del Liderazgo. Una de esas leyes fundamentales es la Ley del Proceso: todo logro toma un tiempo y un esfuerzo. Nada significativo se construye de la noche a la mañana. La premura es mala consejera. Antes de crecer hacia arriba, las plantas primero crecen hacia

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abajo: un crecimiento que nadie ve, pero es el que sostiene al pequeño brote en su ascensión. La paciencia, lógicamente, no es inacción; por el contrario, es perseverante constancia, acción consistente. Theo Galán, mi mentor, suele enfatizar la importancia de la acción continua, de la permanencia en el trabajo que es garantía de éxito. La cuarta cicatriz es la de la oración. En los momentos de incertidumbre, ante las situaciones inesperadas, cuando nuestras expectativas son desmanteladas por sucesos que las echan por el suelo, cuando las cosas parecen no suceder en nuestro favor, la fe es el único baluarte que nos permite sobrepasar el mal momento. Orar, claro, no sólo es sano en momentos de aflicción o contratiempos, por el contrario, el Libro Sabio nos recomienda poner en manos de Dios todos nuestros planes, ya que si Dios no edifica la casa, en vano se afanan los edificadores. Todo líder íntegro es, simultáneamente, una persona de profunda fe. El liderazgo es una responsabilidad inmensa, pues las expectativas y la suerte de muchos dependen de nuestra correcta conducción. Y necesitamos iluminación de lo alto para acometer tal tarea con éxito. Como bien reza Proverbios 16,1: “La gente hace planes, pero sólo el Señor puede hacerlos realidad”.

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Las 3 siguientes cicatrices
La quinta cicatriz que trata el autor es la de la justicia. Y eso implica equidad, equilibrio, discernimiento y compasión. No son una ni dos las situaciones en que un sentido de justicia equilibrado y compasivo serán útiles. Y en que también cometeremos errores por exceso o por defecto. El manejo de organizaciones y de personas, que implica intereses, puntos de vista, percepciones y expectativas contrapuestos y en no pocas ocasiones contradictorios, pondrá a prueba nuestro sentido de justicia y equilibrio más de una vez. Sume a estos afectos, tendencias, proclividades e inclinaciones naturales, junto a nuestra igual parcialidad y limitaciones en información, etc. Mantener la ecuanimidad, el apego a los hechos, la generosidad, el desprendimiento, la búsqueda de consenso, la propensión a ceder para alcanzar la mayor unidad de criterio, etc., más que imponer y abusar del poder otorgado es un rasgo que define al líder maduro del que todavía está crudo para responsabilidades y tareas de mayor envergadura.

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Luego está la sexta cicatriz, la cicatriz del silencio. Tal vez la mayor prueba de autocontrol estribe en saber callar cuando todo impulsa a hablar. El silencio implica en el liderazgo muchos aspectos: la discreción frente a la confidencia, el tacto, el autocontrol frente al ataque injusto o desproporcionado; el manejo prudente de la información. Las palabras hieren más que las agresiones físicas, porque hieren en el corazón. Las heridas emocionales son más difíciles de restañar. El perdón y el silencio son las dos cualidades más difíciles de desarrollar. A cada instante podemos estar tentados a ripostar, a zaherir, a humillar, a maltratar, a “poner en su puesto”, a lacerar una relación. Se espera del líder ecuanimidad, capacidad de aguante, temperancia. De hecho, a no pocos líderes les hundió su explosividad, la facilidad con que respondían a las provocaciones. Perdieron la confianza de gente que temía que tomaran decisiones emocionales basadas en sus estados de ánimo y sus fluctuaciones temperamentales. Dos ejemplos de ello son Juan Bosch, brillante escritor y político de honestidad sobresaliente; y José Francisco Peña Gómez, fogoso orador y líder de masas. Ambos se enajenaron simpatías por la facilidad con las que cedían ante provocaciones y explotaban en público. Muchos

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temieron las consecuencias de esa deficiencia de carácter en el ejercicio del poder. La séptima cicatriz que el autor trata es la cicatriz de la humillación. Y como Dío Astacio nos muestra en su libro, aquella trasciende a la humildad. Implica domesticar el ego y someterlo. Ir más allá. Se trata de un acto supremo de valor sobre uno mismo. Las trampas del ego, la humildad de fachada, el compromiso con nuestra autoimagen, pueden llevarnos a conductas erróneas. Humillarse, aceptar el error, pedir perdón, ceder y buscar el consenso, excusarse aún cuando el error sea ajeno, muestra grandeza de corazón y respeto.

La construcción del carácter del líder
Como vemos, todos son rasgos de carácter que van a separar un liderazgo eficiente y eficaz, trascendente, de un liderazgo temporal y limitado. Un líder siempre se expone al juicio de los demás, y en la medida en que su liderazgo se acrecienta, vive en una casa de cristal donde todos se sienten en derecho de opinar y juzgar sobre su vida. Y aquello que se le tolera y acepta a cualquier otra persona en un líder puede aparecer como una mancha intolerable. Es el precio que el líder paga por la influencia y confianza

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de que goza. Todo el mundo quiere sentirse guiado por alguien de superior calidad a sí mismo. Usted y yo queremos sentir que el conductor del vehículo en que vamos tiene niveles de destreza, prudencia, sentido común, experiencia y autocontrol superiores a los de uno mismo, pues estamos confiando a él nuestra vida e integridad personales. Hay muchos libros que tratan las habilidades y destrezas del liderazgo. Y hay una necesidad continua de líderes en la sociedad. De hecho, la decadencia de la calidad de liderazgo es algo que nos agobia. Necesitamos líderes fuertes, confiables y capacitados para llevarnos a un futuro mejor. John C. Maxwell en el libro de Las 21 Leyes que citamos, señala una que es la Ley del Tope: usted no va a llegar más allá de su nivel mental de liderazgo. Nuestro tope mental puede ser más alto o más bajo. Ahora bien, todos tenemos un tope. Nuestra tarea es elevar nuestro tope para no torpedearnos nosotros mismos y ser nuestro propio obstáculo, como aquel verso de un poeta persa que dice: “Eres tu principal barrera; salta sobre ti mismo”. Leer, aprender y ampliar nuestra cultura de liderazgo es fundamental. De hecho, es una materia que debe impartirse en todas las escuelas y en todas las

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universidades. Como seres sociales, precisamos de líderes con formación apropiada. Cuando la sociedad carece de buenos líderes y de una cultura de liderazgo sana, entonces favorece la aparición de líderes inapropiados, dañinos, con las fatales consecuencias que se derivan de un mal liderazgo. Y lo más importante de un líder siempre será su carácter, pues de él se derivan sus valores, su visión, su ética y su integridad. Eso es lo que hace que este nuevo libro de Dío Astacio, Las 7 Cicatrices del Líder tenga tanta importancia para nuestro país, nuestra región y nuestra humanidad.

La mayor prueba de liderazgo: dirigir líderes
Dío Astacio lidera una congregación cristiana a la que mi esposa y yo pertenecemos. Y en ella pastorea a dirigentes políticos y empresariales como Elías y Lourdes Serulle, él diputado y empresario tradicional, y ambos zafiros de AMWAY, con una organización de pujante crecimiento. Liderar líderes es una prueba superior, pues como John C. Maxwell enseña en su manual Desarrolle a los Líderes Alrededor de Usted, el líder por naturaleza es

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independiente, tiende a asumir la dirección y posee criterio propio. En ese contexto, las siete áreas de crecimiento interno que Dío Astacio describe en su obra cobran importancia capital. Nada más difícil de dirigir que un líder. No hay reto mayor que ser líder de líderes. ¿Para quién es importante este libro? Para todos. Todos estamos llamados a liderar a otros: nuestra familia, nuestros amigos, nuestros colaboradores. Todos ejercemos influencia, positiva o negativa. Pulir y afirmar nuestras capacidades y destrezas de liderazgo es vital para alcanzar logros significativos en nuestras vidas. Todos somos líderes en algún aspecto de nuestras vidas. Y, en consecuencia, todos necesitamos construir en nosotros esas siete áreas de experiencia de liderazgo, esas siete cicatrices. El perdón, que comienza por el perdón a nosotros mismos, el deshacernos de cargas (rencores, victimismo, viejas ofensas), que lastran nuestro presente. El valor para encarar los desafíos del presente. La paciencia para aguardar que los procesos se verifiquen, teniendo fe en los resultados. La oración para obtener fuerza de lo alto, cuando nos sentimos desmayar. La justicia para actuar con equilibrio y compasión. El silencio para callar y

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refrenar nuestra tendencia a herir. Y la humillación para no dejar que el ego nos controle. En el hogar, en el sector de residencia, en el trabajo, en el grupo social con el que se interactúa, en las relaciones profesionales, políticas, etc., en las relaciones de uno consigo mismo, esas 7 áreas de crecimiento del carácter tienen un papel cardinal para una vida de logros positivos. Este libro es un libro, que digitalmente puede obtenerse en el enlace: http://libreriabendicion.com/tienda/product_info.p hp?products_id=86 , sin dudas destinado a cumplir un papel importante como alimento espiritual de personas que ejercen posiciones de liderazgo o que están en camino a ello. Es un libro de cabecera al cual volver una y otra vez a buscar guía y consejo. Su apoyo en la Biblia, el manual de liderazgo por excelencia, con sus cientos de historias y recomendaciones, también es otro acierto del autor. Abrevemos en sus páginas y nutrámonos para que las heridas restañen rápido y las siete cicatrices maduren nuestro rol de líderes.

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Pequeños gestos de integridad y grandeza

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Un par de incidentes retratan a José Bianco. Invitado a actuar como jurado por Casa de Las Américas, la institución cubana establecida para granjearle al régimen recién establecido las oportunas relaciones públicas de los escritores, Bianco aceptó. Era por entonces jefe de redacción de Sur, la excepcional revista literaria argentina. Victoria Ocampo, su directora, discrepó de ese viaje. Instuyó sin dudas la finalidad. Anticipó el uso político de la ingenuidad de artistas y escritores. Hoy podemos ver claro. En aquellos tiempos el sueño, la esperanza de un rendentor mesiánico; la fantasía de una revolución social que restaurara la justicia y los derechos; el encanto mediático de los comandantes y las realidades cruentas y obtusas de América Latina, con sus tiranos medievales, su caricatura de democracia, sus matanzas, sus despojos, sus pobrezas lastimantes y desvergonzadas, sus engoladas oligarquías reacias a cualquier cambio, todo eso hacia propenso a cualquier escritor o intelectual a suscribir una posibilidad esperanzadora de régimen justo. Bianco, que no era comunista, que se había enfrentado junto al grupo de intelectuales y artistas

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congregados en torno a Sur al nazismo, al fascismo, al falangismo y la peronismo, talvez en una mezcla de simpatía y curiosidad no vio gravedad en su aceptación. Victoria Ocampo le pidió que hiciera público que su viaje era a título personal y no como funcionario de la publicación. No quería dar a entender un endoso al régimen de los Castro que ya daba muestras de su real catadura. Bianco no lo hizo. Y mientras permanecía en La Habana, Victoria Ocampo hizo publicar la aclaración. Al regresar de Cuba, Bianco renunció. Una vieja relación iniciada en 1938 se laceró abruptamente en 1961. Pasó entonces a trabajar en la Editorial Universitaria de Buenos Aires, EUDEBA, que operaba desde el 24 de junio de 1958. Allí dirigió una colección que impactó en mi generación: “Genio y figura”. El 28 de junio del 1966 las fuerzas armadas argentinas dan un golpe de Estado y derrocan el gobierno constitucional de Arturo Illia, el presidente que no cobró un centavo de su salario y devolvió al gobierno golpista el importe de sus sueldos no cobrados. Aquel golpe nefando reunió en un mismo concierto a la cúpula empresarial, la militar y la burocracia sindical peronista, todos emocionados

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declarando una “revolución espiritual” en un país cuyo crecimiento entonces era cercano al 8% anual. El 29 de julio del 1966 la Policía Federal Argentina, intervenida por el ejército que había dado el cuartelazo el mes anterior e impuesto la dictadura presidida por el golpista Juan Carlos Onganía, irrumpió en la Universidad de Buenos Aires y desalojó a autoridades, estudiantes y graduados que se oponían a la asonada, de cinco facultades. Ese evento es denominado La noche de los bastones largos por las macanas empleadas por la policía argentina para golpear a catedráticos, autoridades, estudiantes y empleados, a los que hicieron pasar por una doble fila mientras los apaleaban con fiereza, luego de ser detenidos. En aquel desafuero, que se repitió una y otra vez en distintos países latinoamericanos, se produjeron daños imperdonables: se destruyeron laboratorios, se desmantelaron equipos como Clementina, la primera computadora en América Latina, que operaba en el Instituto de Cálculo de Ciencias Exactas. 301 profesores universitarios, entre ellos más de 215 científicos emigraron huyendo de la represión y el sombrío panorama que en Argentina empeoró. Warren Ambrose, profesor de Matemáticas norteamericano que vivió el abuso, contó al New

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York Times su experiencia: “… nos hicieron pasar entre una doble fila de soldados, colocados a una distancia de 10 pies entre sí, que nos pegaban con palos o culatas de rifles, y que nos pateaban rudamente, en cualquier parte del cuerpo que pudieran alcanzar. Nos mantuvieron incluso a suficiente distancia uno del otro de modo que cada soldado pudiera golpear a cada uno de nosotros. Debo agregar que los soldados pegaron tan duramente como les era posible y yo (como todos los demás) fui golpeado en la cabeza, en el cuerpo, y en donde pudieran alcanzarme. Esta humillación fue sufrida por todos nosotros -mujeres, profesores distinguidos, el decano y el vicedecano de la Facultad, auxiliares docentes y estudiantes-.” Y de nuevo, José Bianco renunció. Elegir los precarios territorios del desempleo con sus angustias, carencias y estrecheces, al cómodo comercio de valores y criterios, es todo un ejemplo de coherencia, de integridad y autorrespeto. Sobre todo, cuando se está asumiendo el sacrificio sin que simpaticemos con la posible causa del mismo. Sobre todo, cuando la edad la tenemos en contra. Sobre todo, cuando nos evidenciamos como discrepantes de una feroz dictadura militar que se empuercó en conductas vergonzosas.

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Hubo en Argentina una represión inmisericorde, pero también los excesos, extravíos y provocaciones delirantes de grupos extremistas que hicieron el juego a los partidarios del autoritarismo militar. No se puede condenar a unos, ignorando a los otros. Y lamentablemente hubo escritores que se hicieron cómplices de esos episodios al involucrarse en acciones terroristas y justificar el uso de la fuerza para imponer sus soluciones políticas. Escritores partidarios del gorilismo cubano, la dictadura militar de los Castro, tan nefasta e impúdica como la de sus iguales, los Onganía, Videla, Pinochet y demás criminales. Estos pasaron, pero la dictadura militar cubana persiste sometiendo y vulnerando los derechos de toda una nación, de todo un pueblo, con el silencio cómplice de muchos escritores e intelectuales que le hacen coro a los gorilas cubanos. Suerte que existen también los que son capaces de hacer esos pequeños gestos de dignidad, de decoro, de entereza. Los que rescatan valores vapuleados por los extremistas de uno y otro lado, que los cuestionan por no ser útiles para sus fines. Suerte que existió José Bianco, capaz de esta conducta proba, responsable y ética en tiempos difíciles, violentos y azarosos.

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El poeta frente a su tiempo

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“Hay intelectuales que apoyan el régimen y otros que están en desacuerdo con lo que se está haciendo. Entre ellos estoy yo. [...] Puedo decir lo que siempre les digo a los amigos hispanoamericanos con quienes tengo la oportunidad de conversar: [...] cuiden su democracia, aunque sea deficiente, aunque no sea cabal, para evitar que pueda ser destruida por algún caudillo”. Rafael Cadenas

Si algo signa estos tiempos es la confusión y la comedia estrafalaria. Desvencijadas ideologías se reciclan y retumban de nuevo sus consignas. Así, los delirios neototalitarios son el pan nuestro de cada día en países al borde de un ataque… ¡totalitario!: Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua… En otros, como Argentina, la pareja de los Kirschner arremeten contra los medios de comunicación adversos con el fin de acallar, someter, arrodillar… mientras se hacen pingües negocios a costillas del Estado y todo disfrazado con una vocinglería tercermundista de viejo cuño, del gusto de los grupúsculos totalitarios que tapan y vindican a quienes les corean sus ideas mostrencas. Y hay aquellos que vindican el igualmente añejo y desacreditado gorilismo: el golpe militar, el gobierno

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de fuerza. Un dictador decrépito, Fidel Castro, es enarbolado como un “ejemplo” ¿ejemplo de qué?, y una gestión ineficiente, inepta, destructiva y ultra represiva, un modelo de cómo destruir un país es propuesto como el camino a seguir: Cuba. Y el senil sátrapa enganchado a consejero llega al cinismo mayúsculo de hablar sobre “la paz en Colombia”, él, que ha sido uno de los titiriteros de la narcoguerrilla que ha enchumbado de sangre Colombia. Pero, ¿nos estaremos volviendo locos? Las ideologías impiden pensar con cierto nivel lógico y racional la historia y la realidad. Que el llamado socialismo fue y sigue siendo una estafa es cosa harto conocida. Lo fue en Rusia y los países y pueblos sometidos a los dictámenes de una pandilla de delincuentes extremistas que dieron un contragolpe militar en 1917, sometieron por el terror a todo un país y luego se asesinaron entre ellos mismos: no otra cosa fue la mal llamada “revolución rusa”, contrarrevolución real que destruyó las conquistas alcanzadas por la Revolución de Febrero, única experimentada en Rusia. Y luego, las experiencias de las llamadas (los totalitarios son maestros del arte del eufemismo) “democracias populares”, gobiernos satélites sometidos a la KGB y al dictador soviético de turno; de las improvisaciones delirantes de Mao que arrojaron decenas de millones de víctimas en China; los desparpajos criminales de

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Mengistu en Etiopía, de Pol Pot en Kampuchea, de Kim Il Sung en Corea del Norte o del patético Enver Hoxa, el tirano de Tirana; la ineptitud atroz de los violentos mandarines cubanos que traicionaron la revolución libertadora contra Batista, la corrompieron e impusieron una dictadura estalinista en contra del pueblo cubano que dura ya 50 años, todo eso ha emergido como los desperdicios, que siempre terminan por flotar. Sin embargo, pese a tanta ineptitud, tanto fracaso, tanta mediocridad, tantos crímenes y abusos y tanta barbarie cometida en nombre de “los nobles ideales revolucionarios”, ¡ese modelo es el que los demagogos populistas neototalitarios están proponiendo como el camino a seguir por nuestros pueblos! Y por el otro lado, están los que quieren retrotraernos a las igualmente ineptas y corruptas dictaduras militares y gobiernos de fuerza que pretendían ser la cura de los extravíos izquierdistas. Lo mismo, en el fondo. La libertad, la democracia, los derechos civiles, todo lo que tiene de humano y decente la sociedad, aquello que nos permite convivir sin destrozarnos a dentelladas: el respeto a la discrepancia, el derecho a expresarse, a asociarse, a elegir y ser elegido… Todo

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lo que significa un paso de avance: la propiedad privada que evita que el Estado subyugue al individuo, que permite al que discrepa ganar sus medios de vida y subsistir; la limitación de los poderes del Estado y su dispersión en órganos que se intercontrolan, los mecanismos institucionales para vigilan el exceso, el abuso, la corrupción… Todo lo que ha significado un mínimo avance está en trance de ser barrido por la vocinglería de los demagogos que cortejan y manipulan a masas enardecidas, enseñadas a no pensar ni discriminar, acicateadas con promesas de dádivas y prebendas a recibir mediante el despojo de los que han reunido algunos bienes o con la repartición de ayudas o préstamos. Ese carnaval irresponsable en que se dibuja la estremecedora imagen de la tragedia social y que está llevando a países como Venezuela a una situación explosiva e insostenible, tiene de parte de los escritores e intelectuales tres opciones: 1. Sumarse a la cohorte de beneficiarios 2. Mantenerse irresponsablemente al margen 3. Asumir la responsabilidad de decir verdades indeseadas Rafael Cadenas, el gran poeta venezolano, escogió con mucha dignidad y responsabilidad la tercera opción. Y está pagando el precio de ello. Hay una

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campaña asqueante de denuestos y calumnias en su contra. Era más fácil, claro, sumarse. Esa ha sido una conducta que, cuando la matraca de calumniar que manejan los totalitarios ve que es en su favor, mueven a loas y santificaciones en su bien aceitado mecanismo de crear ídolos: Benedetti, Galeano, son algunos de los santones que nos proponen como los máximos cultores de la poesía y la literatura. Y en realidad nos lo proponen no por sus méritos literarios, sino por su inveterada sumisión, por su inmoral colusión, por su silencio cómplice. El poeta Cadenas decidió asumir sus riesgos, escogió enfrentar al poder. Y no un poder cualquiera, se trata de un proyecto dictatorial latino que busca aherrojar y destruir la sociedad venezolana. Es cierto que la democracia venezolana se había ido desfigurando y desvirtuando debido a la corrupción que ADECOS y COPEYANOS, los dos partidos tradicionales, propiciaron, mantuvieron y fomentaron, lo que dio origen a que un país de riquezas proverbiales desarrollara una cultura gozona, facilona, despilfarradora, con una clase pobre parasitaria, una clase media oportunista y una clase empresarial coludida con los políticos para enriquecerse más y más y más, mientras el país dormía sus harturas.

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Y en ese proceso, Venezuela se quedó sin líderes válidos. Las viejas burocracias políticas, enquistadas en las maquinarias electorales de Acción Democrática y el COPEY, se repartían las sinecuras de los puestos. La población, asqueada hasta la náusea, se sentía estafada una y otra vez por los mismos bribones de siempre, los seudo líderes de las mafias políticas que no representaban a nadie. Y eso abrió el camino al delirante caudillo Chávez. Hoy Venezuela vive el trance de evolucionar o hacia la consolidación de una democracia más real y profunda o hacia la dictadura totalitaria del partido único y el caudillo omnipotente. Los cuates cubanos animan a Chávez a imponer la solución estalinista. Los sectores que representan al pueblo y los intereses sanos de Venezuela cargan con la responsabilidad de impedir que el estalinismo de imponga. Y a la vez diferenciarse de los viejos aparatos corruptos que encharcaron a Venezuela en el pantano político en que ahora zozobra. Rafael Cadenas, desde las palabras con que encabezamos esta presentación, nos llama a cuidar esa frágil libertad, cuyas limitaciones y precariedad en muchas ocasiones nos desesperan. Cierto es que las depravaciones, las impunidades, las arbitrariedades, la rapiña descarada, los abusos y

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las vagabunderías de nuestros “políticos”, pandilla de truhanes y bandidos que operan como mafias en perjuicio de los pueblos, asquean , irritan y desesperan. Pero no es reculando hacia atrás, hacia pillos peores, hacia tiranos, hacia la dictadura del caudillo, como vamos a avanzar. Es, por el contrario, aunando fuerzas, educando, esclareciendo, desenmascarando y forjando un polo moral de referencia, para que tanto dolo y tanta robo y tanta impunidad sean castigadas y emerjan partidos que corrijan, enderecen, fortalezcan y mejoren nuestras instituciones y nuestra democracia. Somos países semidemocráticos. Más de seudodemocracia formal, que de democracia real. Pero lo poco que hayamos avanzado, lo exiguo que podamos haber conquistado, lo ínfimo que hayamos mejorado no es justo, ni inteligente, ni correcto perderlo para retroceder endrogados por los cánticos melosos de los demagogos que prometen villas y castillas, cuando su único interés es destruir el poquito de democracia alcanzada y retrotraernos hacia la dictadura, y esta de un carácter más perverso y criminal. El poeta ha asumido su honroso rol, ha plantado cara al Poder omnímodo y ha asumido una función de referente moral. Grande en su poesía, Rafael Cadenas es aún más grande en su ejemplo, en una

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América Latina en que escritores, artistas e intelectuales hemos dado espectáculos lastimosos de sumisión, de indecencia, de rebajamiento moral.

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El inmenso amor al dominicano en Juan Bosch

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Juan Bosch es nuestro narrador por antonomasia; nuestro modelo de pulcritud y decencia políticas por excelencia y nuestro más reconocido escritor. Dueño de una prosa tersa, rica, y de una sensibilidad excepcional frente a los dramas y tragedias que sacuden las minúsculas vidas de la gente común y corriente (campesinos, peones, trabajadores, etc.), Bosch dejó plasmados en sus cuentos y novelas las terribles experiencias que la miseria, la ignorancia, los temperamentos primitivos y el atraso provocan a humildes participantes de esas condiciones tristísimas. Más allá de la estética hay una ética; más allá del discurso literario un discurso político: la obra de Juan Bosch es una denuncia implícita de las condiciones semisalvajes, atrasadas a niveles escandalosos, en que se desenvolvía la vida de los dominicanos a comienzos del siglo XX. Su contacto posterior con sociedades de mayor avance económico, político y cultural, como las sociedades cubana y chilena en las que vivió, le permitieron contrastar las condiciones imperantes y desarrollar un pensamiento político de transformación y cambio. Bosch pudo comprender como el atraso dominicano mantenía una sociedad de castas (gente de primera, de segunda y no-gentes), dominadas por caciques

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violentos y analfabetos, cerriles y venales, que impedían cualquier tipo de progreso, todos empecinados en medrar a costillas del erario público. Y pudo evaluar el papel progresista de la tiranía trujillista junto a su carácter criminal, ilegal y depredador: el sátrapa feroz que no admite otro gallo en el corral. Buscó entender nuestra sociedad. Vio como los grupos que medraron bajo el trujillismo y que entronizaron a Trujillo, cuando vieron los aires cambiar, se le voltearon. Cómo mostraron un descarado interés en heredar al Jefe. Y fue víctima de estos grupos, que lo sentían un advenedizo: se sentían despojados de un poder por el que habían conspirado, por el que se habían arriesgado y derramado sangre, y que se les escapó de la mano en las elecciones de 1962. El golpe de Estado de septiembre del 1963 y el golpe fallido del 1965, que devino en una guerra civil y, posteriormente, en una ignominiosa intervención extranjera, la segunda acontecida en el siglo XX, de los Estados Unidos en nuestro país, radicalizaron políticamente a Bosch. Tuvo igualmente que encarar las provocaciones y actuaciones aventureras de una “izquierda” delirante que hizo el juego a sectores cavernarios, en un intento (promovido desde Cuba) para provocar que

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los extremismos, de izquierda y derecha, controlaran el juego político en el país. La táctica, prohijada desde Cuba, de provocar a sectores retardatarios y propicios al crimen y a las medidas de fuerzas de nuestra sociedad, tanto civiles como militares, para que dieran un golpe de Estado al Dr. Joaquín Balaguer, de manera que los desmanes llevaran a una “radicalización de las masas” que permitiera a minorías extremistas ganar protagonismo y tener una posibilidad de alzarse con el santo y la limosna, llevó a un derramamiento de sangre, a atracos, asesinatos de humildes soldados y policías, terrorismo y delincuencia política, que fueron contestados con desapariciones, asesinatos a mansalva, exilios, expedientes prefabricados y otras acciones ilegales. Si no llegamos a peores, se debió al papel que tanto Joaquín Balaguer, desde el gobierno, como Juan Bosch, desde la oposición, jugaron para impedir que el país se hundiera en situaciones de mayor salvajismo y sin control alguno. Bosch procuró educar y elevar el nivel de conciencia y cultura políticas del país. En 1973, posterior al fiasco de la aventura guerrillera de Francis Caamano, rompe con José Francisco Peña Gómez y el PRD y funda un nuevo partido político que hoy gobierna República Dominicana.

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Prácticamente abandonó el cultivo de la literatura para dedicar sus energías a la actividad política y a explicarse y explicar la sociedad y la historia dominicanas. Una amplia obra de sociología, historia y teorización políticas fueron el resultado del esfuerzo que realizó para entender y explicarse a sí mismo, y a sus compatriotas, las complejidades de la sociedad dominicana. Vivió de manera austera, sobria, sin mayores comodidades. Al final de su existencia, el empresario José Luis Corripio, Pepín, encabezó una colecta nacional para construirle una casa propia, una muestra de la pulcritud y honestidad en la que desenvolvió su vida. Su temperamento, que podía encenderse en ira si se sentía desconsiderado, abusado, maltratado o injuriado, era igualmente propicio a la bondad, a la misericordia y a la compasión por el débil y el desvalido. Pudo quedarse fuera, en países que le acogían con respeto y admiración por su brillante obra literaria y su aguda inteligencia, y vivir lejos de los niveles de atraso, salvaje primitivismo e intereses mezquinos de una sociedad sin ningún tipo de cultura o experiencia democráticas, dada a las componendas, las traiciones, al medrar a costillas de la cosa pública y a todo tipo de crímenes, que salía de una dictadura feroz en que todos los que vivían en el país, salvo dos o tres excepciones, eran cómplices de los desmanes y

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crímenes de Trujillo, incluyendo a quienes lo ajusticiaron: sus amigos y subordinados. No lo hizo, vino a educar, a servir y a aportar a la educación democrática. A la tolerancia. Al tránsito de una sociedad de privilegios, ilegalidades y abusos, a una sociedad fundada en el respeto a las leyes, la tolerancia y a los derechos individuales. Y fue demasiado para nosotros. Los sectores que se nuclearon alrededor de lo que se denominó Unión Cívica Nacional, UCN, que fueron los que conspiraron y ejecutaron el ajusticiamiento de la bestia, el infame Rafael L. Trujillo, un delincuente, cuatrero, chantajista y secuestrador, al que sólo nuestra incultura democrática pudo facilitar el que se entronizara como dueño y señor del país, y al que todos terminamos cantándole loas y aceptándole cualquier desmán; esos sectores, conspiraron y propiciaron un cuartelazo que se llevó al primer gobierno surgido de las urnas tras la tiranía. Ese acto irresponsable y abusivo fue el causante de todo tipo de tropelías, crímenes y nefastas consecuencias posteriores, entre ellas el ametrallamiento a mansalva de los ingenuos jóvenes que intentaron imitar cándidamente a Fidel Castro, en un levantamiento inducido y preparado desde el poder para que fracasara y, de paso, sirviera para cumplir tres objetivos:

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a) Ejemplificar la “amenaza” castrista para asustar a los norteamericanos b) Justificar el golpe militar y lograr reconocimiento del gobierno de facto. el

c) Facilitar la eliminación física de los radicales jóvenes del Movimiento 14 de Junio y quedarse como el único referente antitrujillista. Los tres objetivos fueron logrados. Y de ahí se derivó luego un golpe militar en abril del 1965, que originó un enfrentamiento armado entre sectores de las fuerzas militares del país y, el 28 de abril del 1965, una segunda intervención abusiva de las fuerzas armadas norteamericanas en nuestra tierra. La historia, que en nuestro país se ejerce como estafa y desinformación, por los intereses que se verían afectados si la verdad esplendiera, no está dicha. Toneladas de medias verdades y mentiras absolutas sustituyen el real conocimiento de los hechos. Todos se sienten a gusto con que no se remueva el altar, de forma que no se caigan los santos, como solía decir el hombre al que Trujillo admiró, imitó y modeló, el sátrapa Ulises Heureaux, Lilis. En su Centenario, nos sentimos orgullosos de ser conciudadanos de este dominicano cuyo desprendimiento, honradez, honestidad intelectual y principios morales inquebrantables, son un ejemplo no sólo para el país, sino para el mundo entero.

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El intelectual independiente ¿Una especie extinguida?

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La vida de Ciro Alegría es tan rica en vicisitudes como su obra. Hijo de un latifundista en un país de estructura feudal en su tiempo, con haciendas inmensas, agricultores y pastores pisoteados por mayorales y amos que se sentían Dios en la tierra, e indígenas despojados de todo derecho, Ciro Alegría Bazán reaccionó contra aquello y reflejó en sus obras la injusticia prevaleciente. No sólo sacó a la luz la tragedia de los indios esclavizados y reducidos a poco menos que nada, víctimas de matanzas inenarrables, de abusos despiadados, de una opresión inmoral que está en la base no sólo de la narrativa peruana, sino también de los estremecimientos de la política peruana, también Ciro Alegría se comprometió con los esfuerzos por cambiar la amarga situación social en su país. Y eso lo puso más de una vez al borde de la muerte. Ciro Alegría se vinculó a aquel movimiento nacionalista y reformista que encabezó Víctor Raúl Haya de la Torre, uno de los prohombres latinoamericanos de mayor trascendencia y visión, y cuyo impacto produjo aquel fenómeno que llegó a

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conocerse como la izquierda democrática, un polo de decencia, reformas, nacionalismo y orientación a la educación y al progreso económico y social de nuestros pueblos, del cual eran partícipes Pepe Figueres en Costa Rica, Rómulo Betancourt en Venezuela y Juan Boch, en República Dominicana. Y su lucha por sacudirle al Perú la estructura latifundista atrasada produjo enfrentamientos que en el caso de Ciro Alegría le mantuvieron por más de 23 años expatriado y le lesionaron su salud. Con Ciro Alegría tenemos, igualmente, un ejemplo de una raza de escritores latinoamericanos de la categoría de Rómulo Gallego, Juan Bosch y otros, que fueron no sólo autores de valía excepcional, sino también compromisarios de sacar a sus países del atraso y promover desarrollo. Esa corriente nacionalista, democrática, reformista, que propugnaba por la reforma agraria, la industrialización y el desarrollo, la educación y la cultura, fue distorsionada y desviada en los años sesenta por la penetración del marxismo. Un objetivo central de los marxistas siempre es penetrar y apoderarse de los llamados “aparatos ideológicos del Estado”. Así, se introducen masivamente en las escuelas y universidades, como docentes, y en la prensa, como periodistas.

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Igualmente, participan en las actividades artísticas y culturales. Crean organizaciones aparentemente independientes, culturales, que les funcionan como frentes de amplificación y reclutamiento. Y en todo lado actúan promoviendo unas ideas y figuras a conveniencias de sus planes, y denostando y desprestigiando otras, de forma que aquellos que quieran el aplauso y el éxito fácil se arrastren tras el apoyo que prometen a los que repiten mansamente el guión provisto según en caso. Entonces introducen un enfoque maniqueo y perverso: que lo que define el ser “progresista”, “democrático”, “revolucionario”, “de avanzada”, etc., es subordinarse a lo que se le indique, repetir lo que se le mande y apoyar acríticamente a la “revolución” cubana. Quien cuestione o desentone, de inmediato es vilipendiado por un torrente de epítetos insultantes: “reaccionario”, “entreguista”, “agente de la CIA”, “vendido al imperialismo”, “fascista”, “derechista”, etc. Igualmente, se le cierran puertas, se le descalifica y recibe el rechazo de los escritores y artistas y medios “progres” que le rehuyen como apestado. Siendo así el caso, ¡imaginen quién quiere tirarse esa canana! El terrorismo intelectual se impone. Los sanbenitos se esgrimen para someter a disciplina a

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los díscolos y a los que en alguna manera despiertan del sopor ideológico. Así, hemos visto que por oportunismo o cobardía, por cretinismo o por vocación de esbirro, muchos han renunciado a pensar de manera honesta, independiente, centrado en valores y principios, orientado sólo por los intereses de su país, de su pueblo, del progreso y el bienestar humanos. Es más fácil para muchos repetir como papagayos las consignas dispuestas por el apparat que deriva de los organismos de Seguridad de Cuba, en el caso latinoamericano. Ese intelectual que se batía con honor, enfrentando a las oligarquías reaccionarias, a los jerarcas envilecidos, a los políticos venales, a los regímenes ilegales y corruptos, y representaba para su pueblo un faro, una conciencia insobornable, un modelo de decencia y pulcritud, y que permitía establecer distinciones, está bien distante de muchos que quieren arrojar a sus pueblos a tiranías más obtusas, sanguinarias, serviles, oprobiosas, abusivas y persniciosas que todas las experimentadas y conocidas por nuestros infortunados países. Viendo la vida de Ciro Alegría, el valor mostrado, cómo honró y dignificó en sus letras a esas mayorías irredentas y silentes, cómo fue más allá de la ficción y

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se comprometió con acciones que buscaban redimir al pueblo peruano y eliminar un modelo injusto y atrasado, pienso ¿desapareció para siempre ese intelectual nacionalista y progresista? ¿Se lo tragó para siempre el servilismo a una ideología inepta, estúpida y criminal, que no tiene un solo logro que mostrar y sí mucha sangre que le acusa? ¿Acabó la epidemia marxista con el intelectual independiente, democrático y comprometido con su país y su pueblo? ¿Habrá desaparecido para siempre esa digna especie que una vez floreció en América Latina?

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Colección Lectofilia digital 1. palabra dada / ensayos Aquiles Julián

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palabra dada / ensayos
El libro Selección de ensayos dedicado a escritores dominicanos y universales, la mayoría preparados inicialmente como presentaciones a ediciones digitales elaboradas por el autor de este libro. “Al comentar un libro, un autor, reflexiono sobre mí y sobre mi realidad. Ellos sirven como puntos de referencia con los que contrastar mis propias experiencias. Ellos me permiten entender mi realidad y entenderme. Son un medio de aclarar temas importantes en mi existencia”. El autor Aquiles Julián (El Seibo, Rep. Dominicana, 1953) Escritor, teatrista y cineasta dominicano. Ganador de importantes premios literarios en su país. Empresario de network marketing. Editor de varias colecciones digitales, entre ellas Muestrario de Poesía, La Biblioteca Digital, Libros de Regalo y Lectofilia digital. Sus artículos se reproducen en medios y blogs de distintos países, entre ellos España, Uruguay y Estados Unidos.

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