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Seminario Optativo

‘Lo Traumático en la Génesis del


Sufrimiento Psíquico’
2019
Profesora: Susana Quagliata

TRABAJO FINAL

Estudiantes:
Adriana Vinarsci Izaguirre - 4.615884-7
Ana Laura Suna - 4.043.223-9
Santiago Pereira Duarte - 4.664.576-7
LO TRAUMÁTICO EN LA GÉNESIS DEL SUFRIMIENTO PSÍQUICO Y EL
ABUSO SEXUAL EN LA INFANCIA Y ADOLESCENCIA

INTRODUCCIÓN

“¿Por qué volvías cada verano?” es una interrogante que


acompañó durante mucho tiempo a Belén López Peiró, quien tuvo
la valentía de denunciar a su tío, un comisario de un pueblo del
interior de Buenos Aires y ejemplar hombre de familia, por los
abusos perpetrados contra ella durante su adolescencia. Esta
pregunta es el título de su libro, a través del cual la autora nos
brinda un duro testimonio que nos hace reflexionar seriamente
sobre las implicancias que conlleva atreverse a hablar - a utilizar la
palabra para sanar – a través de las reacciones de quienes la
rodean.

Belén López Peiró, en su libro nos narra su historia de abuso en primera persona. La
misma es contada a través del relato de familiares y personal del poder judicial. Se
puede apreciar fácilmente cómo es tratada una víctima de abuso, cómo se la cuestiona
y como la tendencia primaria es a desconfiar de ella, lo cual empeora frente a la figura
de poder que representa su tío, con aparente conducta intachable. Lamentablemente
en el sistema de orden machista y patriarcal en que vivimos, lo natural es que una
denuncia de abuso sexual sea más perjudicial para la víctima que para el victimario.

En este libro, la autora hace referencia en algunos pasajes a cómo la perturbó el abuso
en cuanto a su vida sexual, puesto que, sus relaciones suelen estar acompañadas por
la vergüenza y el dolor. A raíz del abuso que sufrió, ya no se siente dueña de su propio
cuerpo y, tal como sucede en estos casos, siente una inmensa culpa, por lo sucedido
así como también por no poder ser la víctima que todos esperan. En este sentido, Rita
Segato en su obra “La guerra contra las mujeres” (2016), señala: “Uso y abuso del
cuerpo del otro sin que este participe con intención o voluntad, la violación se dirige al
aniquilamiento de la voluntad de la víctima, cuya reducción es justamente significada
por la pérdida de control sobre el comportamiento de su cuerpo y el agenciamiento del
mismo por la voluntad del agresor”.

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LO TRAUMÁTICO

De acuerdo a Benyakar y Lezica (2005) el concepto “trauma” es utilizado en el campo


psíquico con demasiada asiduidad, vinculado a todo lo relacionado con el sufrimiento
humano. Su trabajo en relación a este concepto permite delimitar su uso a nivel clínico.

Podríamos decir que el trauma psíquico es provocado por algún suceso o experiencia
en la vida de un sujeto lo suficientemente intensa como para producir diversos trastornos
o secuelas en su psiquismo. Debido a que el hecho en sí mismo es de tal magnitud que
el sujeto es incapaz de responder adecuadamente, desbordado por la cantidad o por la
entidad de las emociones que este acontecimiento le genera. Hablamos de un trauma
cuando referimos a una desarticulación entre lo fáctico y lo psíquico.

Lo fáctico corresponde a toda fuente de estímulo externo al psiquismo. Desde esta


concepción, además de todo lo relacionado al entorno, el propio cuerpo es enmarcado
en la exterioridad del psiquismo y por lo tanto productor de estímulos de orden de lo
fáctico. Dichos estímulos obligan a desempeñar trabajo psíquico.

Lo fáctico se presenta entonces con una gran amplitud de formas, sin embargo no todas
ellas significarán una afectación problemática al aparato psíquico. Aquellos
categorizados como disruptivos son los potenciales a una afectación productora de
disfunciones, variable de acuerdo al potencial del suceso y a singularidades del sujeto
que lo vuelvan más proclive.

Por otro lado, se categorizan de acuerdo a su origen, siendo aquellos provocados por
mano del ser humano (eventos intencionales o directos), como en el caso del abuso
sexual, de una complejidad propia, dado que incluye el entorno social y a un otro
semejante.

Es decir que existe una interacción de lo exterior (el suceso) y lo interno del sujeto (su
psiquismo). Por lo que no es el hecho en sí mismo el productor del trauma sino la
relación que éste establece con la conformación del psiquismo del sujeto. El evento
traumático por sí solo no es condición suficiente para producir un trauma psíquico.

Lo traumático es del orden de la vivencia, entendida ésta como el registro y correlato


psíquico de un suceso en el cual el sujeto participó. Es decir, la relación que éste
establece entre el afecto y la representación.

Cuando un suceso deviene en traumático, el sujeto no puede apoderarse de ello y


realizar una elaboración, es decir que no puede articular dichos afectos con sus

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representaciones. Dicho así, no puede de ese hecho elaborar una vivencia. Es entonces
que lo disruptivo supone un daño infligido al aparato psíquico de tal forma que impide al
sujeto la producción simbólica, negándole la elaboración de la experiencia vivida y
desvinculándola de lo afectivo.

Benyakar y Lezica (2005) señalan que “la experiencia traumática inundada por la
angustia automática, carente de representación, es la brecha psíquica que imposibilita
al sujeto pensar o significar un suceso” y cita a Lazar Satiel (1997): “el trauma debe
considerarse como el evento mismo o como la experiencia subjetiva de dicho evento o
ambas cosas”.

Cabe aclarar que una situación nunca es traumática por sí misma. Serán entonces, las
circunstancias propias de cada persona las que validen o no el trauma. Involucrando los
factores de vulnerabilidad psíquica propios del sujeto en relación con su medio
ambiente, su contexto histórico (no en todos los momentos de la vida las personas
reaccionan de la misma manera a los mismos estímulos), las estructuras relacionales
(principalmente las familiares), los mecanismos de defensa y sus posibilidades de
elaboración de los hechos, configuran la posición del sujeto frente a los hechos
potencialmente traumáticos.

Lo traumático corresponde a una falla en el proceso de elaboración psíquica, y cada


sujeto tramitará sus vivencias desde su singularidad, por lo que el impacto de un mismo
suceso será distinto en cada psiquismo. Es decir que no siempre un hecho disruptivo
será traumatogénico. Para que éste sí lo sea, la tensión a la que debe ser expuesto el
sujeto debe desbordar su capacidad de elaboración y dejarlo en un estado de
indefensión. Estos son irrupciones en el aparato psíquico, lo invaden con violencia, lo
atropellan.

Siguiendo con Benyakar y Lezica (2005), un evento traumatogénico conlleva la


formación de un elemento extraño en el psiquismo, el cual denomina “introducto”. Éste
está constituido por estos afectos y representaciones que no pudieron ser articulados e
internalizados. Constituyen un mojón en la historicidad del sujeto señalando un antes y
un después y tienen el potencial de obstruir el normal flujo de las funciones de
representación y metabolización.

Por su parte Freud introduce la noción de neurosis traumática y la define como “un
estado patológico que aparece en forma diferida luego de un traumatismo psíquico”
llama “período de incubación” al tiempo que transcurre entre el hecho traumático y la

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aparición de los síntomas. Ésta se incorpora en la estructura yoica y se convierte en
parte fundante de la estructura psíquica del sujeto.

Asimismo, crea el concepto de ‘après coup’ para señalar la reorganización que realiza
el psiquismo a posteriori de los hechos sucedidos, resignificándolos y dándoles un
nuevo sentido.

Laplanche y Pontalis (1973) acerca de la neurosis traumática señalan:

“No se trata de una acción diferida, de una causa que permaneciera latente hasta
la oportunidad de manifestarse, sino de una acción retroactiva desde el presente
hacia el pasado, ruptura del tiempo cronológico (…) en el que pasado y futuro se
condicionan y significan recíprocamente en la estructuración del presente.”

De esta forma los hechos traumáticos que se presentan en la vida del sujeto repercuten
sobre los contenidos de la memoria inconsciente, en un movimiento que modifica
retroactivamente el estado y condición de las huellas mnémicas, de manera que estas
toman nuevos sentidos impactando sobre el presente y el futuro de la persona afectada.

Esto implica que la llegada de un nuevo acontecimiento traumático que lo remita a una
experiencia de ruptura que desestabilice los dispositivos que ha organizado en torno al
trauma, pueda desencadenar síntomas patológicos en el sujeto.

El concepto de neurosis traumática ha sido trabajado por psicoanalistas de todos los


tiempos, quienes lo han desarrollado y relacionado con otro concepto fundamental del
psicoanálisis como es el de mecanismos de defensa. Los estímulos son potencialmente
displacenteros, sin embargo el psiquismo cuenta con mecanismos estabilizadores (tales
como la negación, la disociación, entre otros) que permiten convertir lo fáctico en inocuo.

Estas estrategias psicológicas inconscientes se activan para poder enfrentar realidades


no queridas por quienes las vivencian a fin de poder hacerlas menos dolorosas y
constituir un refugio para quienes las enfrentan. Freud categorizó diferentes tipos de
mecanismos utilizados por los sujetos con el fin de protegerse y los llamó mecanismos
de defensa.

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Durante los hechos traumáticos es común que se active el mecanismo de la disociación
que supone para el sujeto una escisión en la conciencia, donde la persona deja de
percibirse en el mundo a sí misma, a la situación en la que se encuentra o su realidad.

Instintivamente, frente a un hecho traumático que signifique peligro al sujeto, este puede
recurrir a ciertos recursos para poder hacerle frente a la situación: la lucha o defensa, la
huida o la disociación (parálisis).

En el caso de los niños las dos primeras opciones están prácticamente fuera de su
alcance ya que se torna imposible la posibilidad de enfrentarse a un adulto que lo está
atacando o emprender una huida, más aún si se trata del mismo adulto que debería
proporcionarle seguridad, por el cual, además, existe un sentimiento de admiración o
amor, lo que sumado a la desventaja física, le implica una situación de sorpresa e
incertidumbre que no le deja actuar. Por lo que, en muchos casos, no pudiendo
defenderse ni huir, su cuerpo se paraliza permitiéndole a su mente disociarse logrando
evadir la situación que está vivenciando y pudiendo así librarla de la carga afectiva que
implica y que no puede procesar debido a lo intenso de los sentimientos que se generan
en él: miedo, dolor, sorpresa, culpa, desprecio, incertidumbre, entre otros.

Es entonces que, durante los eventos de trauma, el sujeto puede llegar a perder parcial
o totalmente la memoria, ocasionado por la falta de interpretación del hecho y la
imposibilidad de integrar a la experiencia vivida los sentimientos o sensaciones que este
evento le provocaron. Esto es producto de situaciones que generan un sobregiro en el
psiquismo debido a la intensidad del estímulo y que por lo tanto impiden una tramitación
natural del suceso provocando trastornos duraderos en el psiquismo del sujeto.

La disociación como mecanismo de defensa es lo opuesto a la integración. Por lo que


implica una fragmentación de la psiquis ocasionando que durante el evento traumático
la información que llega al sujeto no logre asociarse o integrarse con experiencias o
sensaciones, como sucedería bajo condiciones normales.

Existe amplia literatura que trabaja sobre la idea de que los trastornos disociativos
graves se producen como resultado de traumas psicológicos avenidos en la niñez. En
el caso de los infantes, éstos tienen una dependencia de un adulto que sirve de
orientador en su proceso de representación y metabolización. Cuando un hecho deviene
disruptivo, existe el riesgo de que el niño altere sus funciones elaboradoras y
articuladoras.

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EL ABUSO SEXUAL EN LA INFANCIA Y LA ADOLESCENCIA

Los abusos sexuales en la infancia y adolescencia constituyen una problemática que se


ha mantenido a lo largo de la historia de la humanidad. En la mayor parte de los casos,
estos abusos permanecen ocultos por vergüenza, temor o culpa.

Las definiciones sobre abuso sexual infantil son diversas, mientras algunas ponen el
foco en las edades tanto de las víctimas como de los victimarios, otras enfatizan la
transgresión y, además, están las que ponen el acento en una perspectiva de abuso de
poder. Estos tres criterios son considerados en la definición de abuso sexual infantil de
la SCOSAC (Standing Committee on Sexually Abused Children):

“Cualquier niño por debajo de la edad de consentimiento puede considerarse


sexualmente abusado cuando una persona sexualmente madura, por designio o
por descuido de sus responsabilidades sociales o específicas en relación con el
niño, ha participado o permitido su participación en cualquier acto de una
naturaleza sexual que tenga el propósito de conducir a la gratificación sexual de
la persona sexualmente madura. Esta definición es procedente aunque este acto
contenga o no contacto físico o genital, sea o no iniciado por el niño, y aunque
sea o no discernible en el efecto pernicioso en el corto plazo.”

Dentro del psicoanálisis, el abordaje de esta problemática nos remite a los trabajos de
Freud de 1885, cuando se encuentra con los textos de Auguste Ambroise Tardieu,
médico francés que estudió el maltrato infantil y denunció más de diez casos de violación
de víctimas menores de 16 años.

En su tesis sobre la etiología de la histeria, Freud planteaba que todas las experiencias
sexuales traumáticas que tienen lugar en la primera infancia se constituyen como un
factor clave para el desencadenamiento de esa psicopatología. Dicha tesis tenía apoyo
en los testimonios y tratamientos llevados a cabo en sus pacientes mujeres.

Esta teoría atrajo gran rechazo de sus colegas de Viena, porque implicaba poner en
duda y cuestionar nada más y nada menos que a la figura paterna, que ocupaba el lugar
de poder central en aquella estructura social. A raíz de ese rechazo, Freud sustituye la
teoría de seducción por la de fantasía, la cual se configura como un eje esencial en toda
la teoría psicoanalítica de la época.

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Los movimientos feministas de 1970 también hicieron suya la causa contra los abusos
sexuales en la infancia y adolescencia, haciendo pública la problemática y ubicándola
dentro de un problema más amplio como es el de la violencia masculina contra mujeres
y niños en una sociedad que habilita su explotación. Desde su perspectiva, este tipo de
violencia tiene su basamento en cuestiones relativas a las relaciones de poder en las
sociedades patriarcales, dentro del cual los abusos en la infancia no quedan por fuera.
Este aporte fue de gran importancia, porque se pasó de ver la problemática como algo
propio de las familias, a una cuestión de las masculinidades predominantes. Así fue
como en los años ochenta se dio un intenso aumento en las denuncias por abusos
sexuales infantiles, lo cual tuvo consecuencias también al interior de las prácticas
psicoanalíticas, ya que se abandona la idea de fantasía que había propuesto Freud y se
pone énfasis en lo específico de lo traumático de los abusos sexuales.

Desde el psicoanálisis, la consecuencia traumática que un abuso ocasiona en el


psiquismo de un niño genera lo que se designa como destitución subjetiva (Cohen
Imach, 2015). Esto hace referencia al miedo o terror que vivencia el niño ante el hecho
de saber que algo terrible le va a suceder, pero no tiene los medios para defenderse o
evitarlo. Es desplazado de su rol de sujeto al de objeto y percibe de forma pasiva una
inscripción violenta y avasallante en su psiquismo, quedando preso a una permanente
repetición de la percepción que no puede internalizar, lo externo se le impone (Benyakar
y Lezica, 2005).

Precisamente, una de las características de los niños abusados es su estado de temor


y susto constante. En este sentido, las defensas del niño se ven desbordadas, no tiene
recursos - imposibilidad para simbolizar - para explicar lo que le sucede o ha sucedido,
por su carácter sorpresivo, brutal, familiar y extraño a la vez. El abuso es un suceso
disruptivo que lo toma por sorpresa, esto implica que no cuenta con una preparación
previa y no puede anticipar el acontecimiento y su devenir, y genera una devastación
psíquica, impidiendo al niño constituir su alteridad - otredad, la cual es una de las
principales funciones del complejo de Edipo. En este sentido, la represión primaria no
logra estabilizarse puesto que los encargados de transmitir lo reprimido no lo tienen
instaurado.

Es muy común que los niños desplieguen sus mecanismos de defensa como la negación
y el silenciamiento ante lo acontecido. Una de las particularidades de la infancia en
relación a la sexualidad tiene vínculo con el conocimiento sobre la diferencia entre los

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sexos, no con la relación sexual en sí misma. Los niños abusados poseen un
conocimiento sexual por encima del adecuado para su etapa evolutiva, por lo tanto, les
han robado su infancia.

Abraham, (en Etchegoyen, 2005) señala que al mismo tiempo que el niño padece de
forma pasiva, se da también un proceso inconsciente que lo lleva a sentirse generador
de la situación. Tal sentimiento de culpa se hace evidente cuando el niño no le cuenta
a sus padres acerca de los abusos ocurridos.

El abuso sexual trae consigo el aniquilamiento de la autoestima y la seguridad personal.


Los niños abusados muestran signos de depresión, sentimientos de culpa, llanto sin
motivos, alteraciones en su comportamiento, bajo rendimiento escolar, conductas
agresivas y/o autodestructivas, retraimiento, temor al contacto físico, conductas
sexualizadas, entre otros síntomas.

Los efectos que los niños y niñas abusados sexualmente de forma crónica durante su
infancia presentan durante los años de abuso y que se instalan en sus psiquismo
convirtiéndose en parte de su personalidad en la adultez y las somatizaciones
vinculadas al trastorno postraumático; como las pesadillas recurrentes, pensamientos
intrusivos y recuerdo traumático de la vivencia o en contraposición la imposibilidad de
recordarlo; y patologías más graves que lo pueden llevar a la depresión y a la ansiedad,
o a desarrollar fobias o trastornos borderline de la personalidad, que pueden
desencadenar la constitución de ideas suicidas.

EL DIAGNÓSTICO PSICOLÓGICO

Ante casos de abuso sexual en la infancia y adolescencia, las evaluaciones psicológicas


en sí mismas tienen efectos terapéuticos y se configuran como un proceso en el que
tiene lugar la confirmación del abuso y la elaboración de la situación traumatogénica.

Generalmente la etapa de diagnóstico comienza con un pedido o demanda de terceros:


puede ser un adulto a cargo del menor (no abusador), un docente o un juez. Esta
demanda puede estar fundada en una sospecha o por una declaración parcial o total
que el niño realizó a alguien cercano a su entorno.

Cuando hay una denuncia, la labor se inicia con una entrevista de investigación
mediante la cual se indaga sobre el contexto en el cual se produce la misma. En el caso

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contrario, el instrumento a utilizar será la entrevista de evaluación, a través de la cual se
busca evaluar la subjetividad del niño de una forma más general, no tan centrada en el
abuso.

El rol del profesional de la psicología en esta etapa está en generar las condiciones para
el acceso a la información que derive en una interpretación, sobre la cual se realizará el
plan terapéutico más adecuado a las necesidades del paciente.

Las entrevistas se realizan tanto con el niño como con la familia, docentes y demás
referentes de cuidado. En función de los emergentes, se deberán tomar decisiones tales
como el pedido de quita o separación del niño con el abusador, realización de estudios
médicos, forenses y la utilización de otras herramientas diagnósticas (por ejemplo,
técnicas proyectivas gráficas).

Dado las dimensiones ya mencionadas del abuso sexual infantil, las víctimas pueden
permanecer en silencio durante muchos años y esta situación de su vida pueda ser
abordada recién en su adultez. Aquello que no tenía representación y que fue
constitutivo de la personalidad del sujeto necesitará un abordaje específico para poder
reconstruir el eslabón perdido que significa lo traumático.

El trauma también puede gestionarse y de esa forma los sujetos pueden lograr a partir
del acontecimiento de una experiencia traumática generar insumos para fortalecer su
psiquismo. El futuro impacto podrá ser menos dañino si estos eventos pudiesen
transitarse desde la significación y la palabra.

Lamas (2009) dice, cuando desarrolla los conceptos de hardiness, crecimiento


postraumático y resiliencia, que “los psicólogos han subestimado la capacidad natural
de los supervivientes de experiencias traumáticas de resistir y rehacerse” haciendo
referencia al “cambio positivo que un individuo experimenta como resultado del proceso
de lucha que emprende a partir de la vivencia de un suceso traumático”. Por lo que
concibe al crecimiento postraumático como una estrategia que el sujeto utiliza para
beneficiarse de la experiencia traumática vivida de manera de poder procesarla de la
mejor forma posible.

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CONCLUSIÓN

La violencia sexual tiene, en suma, un efecto arrasador que deja marcas físicas y
también en la subjetividad pero, principalmente, un dolor muy profundo y una intensa y
fuerte conmoción psíquica.

La infancia es una población vulnerable y un suceso disruptivo como el abuso sexual


tiene efectos devastadores para el psiquismo en constitución. Por lo cual toma gran
relevancia social pensar políticas públicas que articulen aquellos actores sociales que
inscriben el mundo de la infancia (como la escuela, instituciones de educación no
formal, servicios médicos, etc) para que se realice una detección temprana de las
víctimas, rompiendo con el silencio y secretismo que envuelven esta situación, y así
pensar y disponer de dispositivos que permitan su abordaje y acompañen a los infantes
para que el suceso disruptivo no anide su psiquismo como un trauma y no se vea
afectado el desarrollo esperado de sus funciones.

Por otro lado, en un sociedad con una creciente violencia, inestabilidades político-
económicas y un cambio climático inminente, los sujetos cada vez se ven expuestos a
situaciones que sorprenden su psiquismo y se categorizan en lo disruptivo. Por lo cual,
como futuros psicólogos, necesitamos contar con herramientas que nos permitan
abordar lo traumático.

REFLEXIONES INDIVIDUALES

Adriana Vinarsci

En el desarrollo del presente trabajo pude establecer contacto profundo con una de las
formas de violencia más graves de nuestra sociedad, que se arrastra desde tiempos
inmemoriales y que en los últimos años ha tomado mayor visibilidad, gracias a los
avances en materia de Derechos Humanos en el mundo, así también como los
movimientos feministas, que suponen una toma de conciencia sobre las formas de
dominación, opresión y explotación de que han sido y son objeto, tanto mujeres como
niñas, niños y adolescentes, por parte de los varones en el seno del sistema patriarcal,
en el cual la violencia y el abuso de poder se configuran como las armas por excelencia.
Desde esta perspectiva, considero que es un gran avance esa toma de conciencia, ya
que es muy difícil solucionar un problema si no se lo reconoce primero.

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Tal visibilización posee asimismo entre sus consecuencias destacables, los numerosos
esfuerzos orientados a dar mayor protección a los niños, niñas y adolescentes, así
también como el intento de evitar la re-victimización o victimización secundaria.

En cuanto a la labor psicoanalítica y al componente traumático que se erige en las


situaciones de abuso de menores, es menester habilitar un espacio para que emerjan
los significantes que permitan a las víctimas dar nuevos sentidos, para que puedan
construir una narrativa de vida diferente, mediante la historización de esas vivencias
fijadas tanto en sus cuerpos como en su subjetividad.

Ana Laura Suna

La realización de este trabajo implicó adentrarme en la temática del abuso sexual infantil
y conectarme con el sufrimiento de las víctimas de manera de poder dejar expuesta la
arista traumática que estos eventos desencadenan en el psiquismo de los afectados.

Desarrollar el concepto psicoanalítico de trauma y relacionarlo a la experiencia puntual


de abuso sexual en la infancia, me obligó a recurrir a literatura específica y
familiarizarme con conceptos como la disociación traumática, la resiliencia y el
crecimiento postraumático.

Además, me permitió empatizar con el relato de las víctimas a través del disparador
elegido y ahondar en la problemática del abuso en la niñez, fenómeno histórico y vigente
que muchas veces se invisibiliza o naturaliza por la sociedad.

Por lo que considero que lo aprendido en el transcurso del desarrollo de este trabajo
será un insumo fundamental para mi formación profesional pero también para mi
crecimiento personal.

Santiago Pereira

La elaboración del presente trabajo me permitió profundizar y organizar los conceptos


trabajados a lo largo del seminario.

El concepto “trauma” es utilizado en muchos ámbitos atribuyéndole diversos sentidos.


En el ámbito de la psicología se lo suele relacionar a la ligera con muchas patologías o

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situaciones, por lo cual este trabajo me permitió delimitar de forma objetiva a modo de
insumo para el ámbito clínico.

Previo a este seminario entendía como traumático a toda situación con cierto grado de
afectación y/o conmoción, pudiendo ahora vislumbrar que existen varias variables (del
suceso en sí mismo como del sujeto) que pueden hacer que un hecho angustiante
cargado de sufrimiento pueda o no devenir en lo que delimitamos teóricamente como
trauma.

Por otro lado, la temática del abuso sexul seleccionada grupalmente me permitió
acercarme a insumos teóricos de esta problemática social que se presenta
imperecedera en la historia de la humanidad y a la cual se profundiza en la actualidad
en reivindicación del lugar de sujeto de derecho de niños y adolescentes.

Considerando que los efectos del abuso sexual tienen afectación a mediano y largo
plazo, es importante el abordaje de esta temática a lo largo de nuestra formación a modo
de contar con insumos teóricos y herramientas específicas que permitan pensar posibles
abordajes terapéuticos desde la complejidad implicada.

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Benyakar, M., Lezica, A. (2005). Lo traumático. Clínica y paradoja (Vol. 1). Buenos Aires:
Biblos.

Etchegoyen, H., Kargieman, A., Del Pie de Rodríguez Sáenz, N. et al (2005). El concepto
de trauma segun diferentes autores psicoanaliticos. Psicoanálisis APdeBA.

Freud, S. (1991). Conferencias 17a. El sentido de los síntomas, 18a. La fijación al


trauma, lo inconsciente, 19a. Resistencia y Represión. En Obras Completas Vol. 16.
Buenos Aires: Amorrortu. Texto original (1916)

Lamas, H. (2009). Experiencia traumática y resiliencia: identificación y desarrollo de


fortalezas humanas. Cuaderno de crisis 8(2), pp. 20-29. Recuperado de
http://www.cuadernosdecrisis.com/docs/2009/Num8Vol2-2009.pdf

Laplanche, J y Pontalis, J.B. (1973). Diccionario de Psicoanálisis. Edición 1992. Paidos.


Recuperado de: https://agapepsicoanalitico.files.wordpress.com/2013/07/diccionario-
de-psicoanalisis-laplanche-y-pontalis.pdf

López Peiró, B. (2018). Por qué volvías cada verano. Madreselva.

Orjuela, L., Naranjo, O. (2012). Violencia sexual contra los niños y las niñas. Abuso y
explotación sexual infantil. Save the children.

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