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A trAvés de lA ventAnA

r eflexiones sobre lA pAndemiA


Colección Ensayos y Miradas
1
A trAvés de lA ventAnA
r eflexiones sobre lA pAndemiA

José Luis Vera Cortés


compilador

Seminario de historia, filosofía y sociología


de la antropología mexicana
D.R. @ 2021 Historiadores de las Ciencias y las Humanidades, A.C.
Arquitectura No. 41, Int. 13, Copilco Universidad,
Coyoacán, Ciudad de México, C.P.04360
hch1.ac@gmail.com

Primera edición 2021

A través de la ventana. Reflexiones sobre la pandemia, ISBN: 978-607-9236-08-3

Colección Ensayos y Miradas, ISBN: 978-607-9236-07-06

Todos los derechos reservados. Se autoriza la cita parcial, siempre que


incluya reconocimiento de autor y la fuente.

Ilustración en portada: Xabier Lizarraga Cruchaga, “La sombra del miedo


y el confinamiento”.

Diseño editorial: Fernando Ordoñez

Las opiniones expresadas en este libro son responsabilidad exclusiva de


sus autores y no necesariamente representan las de Historiadores de las
Ciencias y las Humanidades, A.C.
Índice

Liminar 9

Presentación 11

Testimonios 21

Crónica de una pandemia. Reflexiones instantáneas.


Amalia Attolini Lecón 25

El miedo y sus excusas. Reflexiones para antes de contraer


la COVID-19.
Ignacio Rodríguez García 29

COVID-19. Cultivar, desestabilizar: imágenes del mirarse


dentro para accionar distinto.
Eugenia Macías Guzmán 43

Opinión 55

Reflexiones desde la cuarentena: la omnipresencia


de la información como ¿solución a la pandemia?
Juan Manuel Rodríguez Caso 59

La COVID-19: una epidemia construida al avasallar


a la naturaleza.
José Luis Martínez Ruiz 69
Un lugar para la clínica en los recuerdos del porvenir.
Rafael Guevara Fefer 83

Ensayos 93

Desde mi ventana o el transcurrir de la vida en tiempos


de pandemia.
Hugo Eduardo López Aceves 97

La peste. Percepción de antropólogo confinado.


Carlos García Mora 105

Soliloquios, evocaciones y autorreferencias


sobre la COVID-19.
José Luis Vera Cortés 121
Liminar

Desde su creación en 2007, Historiadores de las Ciencias y las


Humanidades, A.C., se ha guiado con el propósito de promover
la investigación, la enseñanza y la difusión de la historia de las
ciencias y las humanidades; para lograrlo, han sido diversos los es-
fuerzos colectivamente emprendidos, el programa editorial es uno
de los más trascendentes. Con el presente volumen, A través de la
ventana. Reflexiones sobre la pandemia, iniciamos la colección Ensayos
y Miradas, que busca divulgar ensayos históricos y, en general,
los conocimientos relacionados con la historia de las ciencias y las
humanidades.
Así, HCH amplía las formas en que pretende cumplir su objeto;
no obstante, más allá de la diversificación, la nueva colección y el
libro que la inaugura responden a la necesidad de reforzar los puen-
tes que comunican la producción académica y los públicos no espe-
cializados. Nos inspira la idea de que la mirada de las humanidades
sobre las ciencias y sobre sí mismas se legitima en la medida que
retribuye algo a la sociedad que las sostiene.
En esta misma vía, la de comunicar y retribuir, nuestro interés
también está puesto en provocar la discusión sobre asuntos que en
el siglo xxi destacan como desafíos sociales. La reflexión es parte
de la responsabilidad que las y los historiadores compartimos en la
búsqueda de las respuestas que nuestra sociedad demanda para en-
tender los problemas que cotidianamente enfrenta. Y no cabe duda
de que la actual pandemia de COVID-19 se ha convertido en un
desafío de múltiples dimensiones que concentra, replica y acrecien-
ta muchos de los problemas que aquejan cada vez más a nuestros
países: la pobreza, la desigualdad social, sistemas sanitarios preca-
rizados, investigación científica altamente ligada al interés de los
capitales privados, étc. Por ello, la relevancia de las reflexiones que
nutren las páginas que siguen.
No obstante, es necesario hacer notar que tales reflexiones se rea-
lizaron como una iniciativa de quienes participan en el Seminario

9
de historia, filosofía y sociología de la antropología mexicana, y que
su producción tuvo lugar hace ya varios meses, en un momento
temprano de la pandemia, por lo que tienen el signo de lo inmedia-
to y lo emergente. Lo que hoy sabemos del SARS-CoV-2 y la enfer-
medad que produce, dista mucho de lo que se sabía y discutía en
los momentos en que se escribió este libro, por ello, también debe
observarse como una instantánea de lo que varios especialistas
dedicados al análisis histórico y filosófico de la antropología experi-
mentaban y pensaban en un momento determinado de la emergencia
sanitaria.
En Historiadores de las Ciencias y las Humanidades damos la
bienvenida a esta colección y al libro que la inicia, y esperamos, de-
seamos, que con ellos se contribuya a que el pensamiento científico
y humanístico ocupe cada vez un mayor espacio en el análisis y las
posibles respuestas que nuestra sociedad proponga a sus desafíos.

Miguel García Murcia


Ciudad de México, enero de 2021.

10
Presentación1

La solución trivial para seguir vivo,


cuando la incertidumbre aprieta,
se parece mucho a no vivir: letargo,
hibernación, formas resistentes…

Jorge WAgensberg

El primer caso de un enfermo por el virus SARS-CoV-2 se identificó


en la ciudad de Wuhan, provincia de Hubei en la República Popular
China en el pasado mes de diciembre. El 13 de enero, la Organiza-
ción Mundial de la Salud (OMS) identificó el primer caso fuera de
China; para el 27 de febrero se reportó el primer caso en México.
El 11 de marzo la propia OMS calificó la situación como pandemia
mundial. Para el mes de noviembre el número de contagiados en
todo el mundo superó los 55 millones de personas y los fallecidos se
aproximaban al millón y medio.
Sin embargo, los efectos de la pandemia desbordan los fríos
números de muertos y contagiados. Hoy, resulta imposible pensar
en la pandemia como estrictamente un problema de salud pública.
Se trata en el más amplio sentido de un “fenómeno antropológico
global”, en la medida que involucra numerosos y diversos aspectos
de la condición humana: económicos, históricos, políticos, ideológi-
cos, religiosos, científicos, mitológicos, filosóficos, migratorios,
racistas, de género, y un largo etcétera, porque, aunque se afirma
comúnmente que el virus no conoce fronteras ni nacionalidades
ni clases, el cómo se dispersa, infecta y mata, o el cómo se atiende en
las instituciones de salud, sí las reconoce.
Es por ello que algunos miembros del Seminario Permanente de
Historia, Filosofía y Sociología de la Antropología Mexicana nos

1
Agradecemos el apoyo de Carmen Vázquez Cea en la revisión de estilo.

11
reunimos para conformar el presente volumen y mirar… ver a
nuestro alrededor, ejercitando eso que se afirma constantemente
cuando se reflexiona sobre el oficio de la antropología: mirar con
“ojos de antropólogo”, y dado el carácter del seminario, abordar
aspectos históricos, filosóficos y sociológicos de la pandemia.
Nuestro Seminario pretende dar seguimiento a un primer ejerci-
cio realizado por algunos de sus miembros durante 2019, cuando
Carlos García Mora nos invitó a “mirar” Roma, la película de Alfon-
so Cuarón, intentando ir más allá de ser un mero asistente a una sala
de cine que se enfrenta ante una historia contada con los recursos
que la industria del cine nos pone en las manos. Se trataba de mirar
el filme resaltando aspectos que como antropólogos estamos acos-
tumbrados a describir en la dinámica social. Así surgió Roma. Feria
de espejos, editado por Carlos García Mora.
Acercarse a la actual situación y mirarla desde las diferentes áreas
de la antropología y la historia, supone ir más allá del pasmo, de
la sorpresa y la incertidumbre. Ante el aparente caos, involucra la
posibilidad de desencriptar los complejos entramados de la realidad
para hacerla más asequible; además, supone un intento por decodi-
ficar los signos en que está inscrita la historia que nos ha tocado vivir.
Y hacerlo no a “toro pasado”, con una cómoda distancia temporal
que permita evaluar de un mejor modo la trama y el drama de la
realidad pandémica.
Paradójicamente —y contrario a la tradición antropológica que
eleva el trabajo de campo a condición sine qua non de su quehacer
profesional— las miradas aquí reunidas son el producto de una atí-
pica condición: están mediadas por la distancia que supone el confi-
namiento social. Ello, sin embargo, no descarta su valor reflexivo o
la propia identidad del quehacer antropológico, pues ante la impo-
sibilidad de llevar a cabo trabajo de campo de forma tradicional,
emergen estrategias y técnicas alternas que por sí mismas plantean
formas distintas de hacer trabajo de campo, sin perder su carácter
como reflexiones antropológicas e históricas con valor y carta de
identidad propias en la llamada “nueva normalidad”. Son miradas,
sí, pero obligadas a la distancia que supone observar la realidad
desde la ventana, en ocasiones a “bote pronto”. Son instantáneas

12
cuya mayor virtud sea acaso su valor testimonial. Se trata, pues, de
testimonios antropológicos e históricos de la pandemia; de miradas
que buscan desentrañar las lógicas y las dinámicas en un mundo
de incertidumbres y miedos; testimonios que buscan dar cuenta de
lo que nos está sucediendo ahora mismo y que, en un intento
de resultar eso —testimonios de la pandemia— lo hacen lejos de las
a veces rígidas y formales narrativas de la comunicación científica
en general, y antropológica en particular.
Así pues, los nueve textos aquí presentados proceden de profe-
sionales de diversas áreas de la antropología, la historia y la restau-
ración. Todos ellos, miembros activos del Seminario Permanente de
Historia, Filosofía y Sociología de la Antropología Mexicana. En
estos textos se abordan diversos aspectos de la pandemia, desde
reflexiones casi experienciales sobre la misma y sus consecuencias
en ámbitos como la salud, la ciencia y la religión, pasando por re-
flexiones a propósito de la importancia de la ciencia y la información
en la toma de decisiones; el papel de la clínica, la investigación y
la atención médica; así como reflexiones que ven en la pandemia la
factura a pagar por el abuso del actual sistema económico sobre
la naturaleza y su expolio.
Nuevas figuras han surgido en la actual situación y las reflexio-
nes presentadas las abordan: el confinamiento, el distanciamiento
social o la nueva normalidad, y derivadas de ellas, el teletrabajo, la
educación en línea y la búsqueda de un nuevo orden social que
posibilite llevar a cabo actividades que permitan el desarrollo indi-
vidual y colectivo, en el nuevo escenario. Todo ello con un telón
de fondo, pero simultáneamente como personaje, donde se desarro-
lla la trama: el miedo, no solo a enfermar, sino a la indefinición y la
incertidumbre sobre a dónde se dirige ese nuevo orden y si será
posible volver al mundo previo a la pandemia. Todo parece indicar
que no será así, que más allá de la pandemia es posible que un nue-
vo orden mundial se avecine; tema no ajeno a las consideraciones
desarrolladas en el presente volumen.
En un intento de ordenar la diversidad de disciplinas, de mira-
das y de temáticas abordadas, el contenido del presente volumen
se divide en tres apartados: Testimonios, Opinión y Ensayos. En el

13
primer caso, Testimonios, se centra la atención en la experiencia

en ocasiones ajena al acto de la abstracción y la teorización sobre la


realidad que nos ha tocado vivir. Ello, convierte a los trabajos que
conforman este apartado en narrativas de primer orden. De ahí
su carácter fundamentalmente testimonial. El segundo bloque,
Opinión, reúne trabajos que, reconociendo el valor de la experien-

social, lo hacen desarrollando una serie de juicios sobre los mismos,

diversos aspectos de la pandemia. Por último, la tercera sección,

menos formal, pero no por ello menos profunda, dando lugar al


uso de una narrativa que por momentos se puede aproximar a
lo literario, pero ello, con una intención decididamente didáctica
o pedagógica, en la que la forma, a veces más inusual en los ámbitos
-
les sobre la pandemia y sus diversos aspectos.
Detallemos un poco. En el primer texto, “Crónica de una pande-
-
loga Amalia Attolini Lecón, nos retrotrae al pasmo y la sorpresa
experimentada al punto inicial de la pandemia. La emergencia de
actitudes y acciones de refugio, donde los pasajeros de esa balsa
llamada “planeta tierra” han hallado tiempo y espacio para enten-
-
bién nuevo telón de fondo que parece enmarcar la inusual situación
que vivimos: el miedo. Attolini Lecón explora la situación tomando
como referente el célebre y polémico experimento Acali, llevado a
cabo por el antropólogo hispano-mexicano, Santiago Genovés, en
1973, en el que seis mujeres y cinco hombres atravesaron el océano
-
gado es tomado como un símil para describir y entender lo que
-
mensidad del océano”, como generalmente se refería Genovés a la
balsa Acali, se trasmuta en metáfora de la vulnerabilidad y pequeñez
de la condición humana experimentada en tiempos de pandemia.

14
Una serie de preguntas emergen al final del documento: ¿quiénes
seremos después del naufragio? ¿Qué desamparo quedará cuando
las aguas regresen a su cauce? ¿Tendremos la fuerza interna para
remontar el suceso? ¿Seremos mejores o peores personas? Un cierto
pesimismo se desprende de la reflexión de la autora, pues considera
que algo en la condición humana ha sido fracturado.
En el segundo texto de este apartado: “El miedo y sus excusas.
Reflexiones para antes de contraer la COVID-19” su autor, el
arqueólogo Ignacio Rodríguez, nos expone con humor —y desde su
muy particular punto de vista— un conjunto de reflexiones sobre
aspectos diversos de la pandemia, como la desinformación, eje
sobre el que se ha movido todo tipo de rumores sobre la naturaleza
de los virus, de su replicación y de las medidas para su prevención,
así como las titubeantes actitudes del sector salud a lo largo de los
ya varios meses desde que fue calificada de pandémica la infección
causada por el SARS-CoV-2, y la emergencia y proliferación de
prácticas, como las videoconferencias en el mundo académico. El
texto se aleja de las visiones melancólicas y taciturnas que el confi-
namiento ha causado en muchas personas y reivindica una postura
radicalmente opuesta a la de la gran mayoría. Pero sobre todo, una
categoría atraviesa longitudinalmente su reflexión: el miedo. Sin
embargo, su autor nos intenta demostrar que en el fondo, se trata
no del miedo a la finitud de nuestra propia existencia, por otro lado
inescapable, sino un miedo más profundo y soterrado: el miedo a no
haber vivido plenamente y considerar por ello nuestra existencia
como insatisfactoria. Un testimonio ciertamente distinto al resto
de los textos presentados, pero precisamente por ello original e inte-
resante.
En el tercer texto de la restauradora y especialista en la conserva-
ción de acervos documentales y en particular en la interpretación
sobre el valor de la imagen como documento histórico, Eugenia
Macías, “COVID-19. Cultivar, desestabilizar: imágenes del mirarse
dentro para accionar distinto”, la autora aborda cómo las distintas
experiencias del confinamiento nos han llevado a replantear nues-
tras dinámicas cotidianas en el ámbito de lo privado y doméstico.
Lo hace a partir de testimonios propios y ajenos, solicitados ex

15
profeso a amigos cercanos con la intención de desarrollar cuatro ejes
reflexivos y sus narrativas respectivas: 1) Cultivar en la propia
persona desde esta experiencia inédita de lo doméstico, 2) Las de-
sestabilizaciones socio-personales que conlleva, 3) Imaginarios y
autorepresentaciones en lo que da paz y alegría y está al alcance en
este presente y 4) Nuevas resoluciones del mundo que deseamos
vivir de ahora en adelante. El texto va acompañado de imágenes
sobre las que su autora reflexiona en el contexto de los ejes plan-
teados, hecho que confiere al texto un valor añadido por la singula-
ridad de su aproximación.
El segundo apartado, Opinión, empieza con el trabajo del biólo-
go e historiador de la ciencia, Juan Manuel Rodríguez, titulado: “Re-
flexiones desde la cuarentena: la omnipresencia de la información
como ¿solución? a la pandemia”. En él, Juan Manuel aborda el tema
de la información y específicamente su exceso en los medios electró-
nicos. La proliferación de las noticias falsas o fake news se convierte
en un problema cuando hay que tomar decisiones que afectan la
salud del colectivo. Y sin embargo, buena parte de la información
disponible se presenta como objetiva y científica. El autor muestra
cómo el conocimiento científico y el pensamiento mágico no repre-
sentan necesariamente los polos de dos racionalidades excluyentes
y, aunque su objetivo no sea distinguir la “buena” de la “mala” cien-
cia, tampoco los es la eliminación del pensamiento mágico o religio-
so para imponer a la ciencia como único conocimiento válido en el
mundo de la pandemia. Se trata, propone Juan Manuel, de lograr
un equilibrio, entender los contextos en los que surgen ambas for-
mas de entender el mundo y de lograr un diálogo constructivo que
posibilite tomar decisiones y hacer frente de una mejor manera a
la crisis que hoy enfrentamos y que no es únicamente de naturaleza
sanitaria.
El siguiente trabajo, “La COVID-19. Una epidemia construida
al avasallar la naturaleza”, del antropólogo José Luis Martínez
Ruiz, aborda la emergencia de la pandemia como consecuencia del
desarrollo de un capitalismo posmoderno, caracterizado por una
actitud depredadora ante la naturaleza y una falta completa de
sensibilidad frente a los contextos ecológicos que ha roto su equili-

16
brio. Una de sus consecuencias más evidentes es, afirma el autor, el
cambio climático, producto de acciones antropogénicas que, si bien
han generado también progreso y bienestar, han mermado o nulifi-
cado la capacidad de resiliencia incrementando los riesgos a nivel
planetario. Desde un posicionamiento enmarcado en el materialis-
mo histórico, su autor identifica el origen de la pandemia como una
de las consecuencias del desarrollo económico sustentado en la
explotación irracional del entorno natural supeditado al capital y
a sus intereses en una lógica neoliberal.
El segundo apartado finaliza con el trabajo del historiador Rafael
Guevara Fefer, titulado “Un lugar para la clínica en los recuerdos
del porvenir”. En él, su autor se ocupa de lo que denomina la “expe-
riencia clínica”, producto de una mixtura disciplinaria e histórica:
la química, la fisiología, la biología, la microbiología, la física, la
enfermería y la medicina científica, con sus decenas de especialida-
des. La clínica juega hoy un papel preponderante en la pandemia
que vivimos y Guevara Fefer nos explica cómo fue que la práctica
médica se constituyó primero en una disciplina científica durante
el siglo xix a través de una serie de fundamentos cognitivos que le
posibilitaron intervenir en el estado de salud de los pacientes y pos-
teriormente ocupar el lugar de privilegio que tiene sobre todo hoy
la medicina moderna. Reconoce la necesidad de hacer frente a la
pandemia de un modo que involucre también a las ciencias sociales,
pero a la vez reconoce cómo los practicantes de la clínica deben
curar a las personas, arriesgando en el mismo acto su propia exis-
tencia. Rafael termina su reflexión planteando la preexistencia de
la técnica a la propia condición de humanidad, cerrando así con
una paradoja: la técnica que en un sentido nos humanizó, hoy está a
punto de aniquilarnos.
Como los primeros dos apartados, el tercero, Ensayos, reúne a su
vez tres textos. El primero de ellos, “Desde mi ventana o el transcu-
rrir de la vida en tiempos de pandemia”, del etnólogo Hugo Eduardo
López, aborda el surgimiento de nuevas maneras de relaciones
sociales condicionadas por los fenómenos derivados de la pandemia:
el confinamiento, la distancia social y las nuevas racionalidades
derivadas de las mismas. Todo ello, teniendo como telón de fondo de

17
nuestra singularidad como nación la profunda desigualdad social
que parece impregnar hasta los más pequeños matices de nuestra
cotidianidad. La atención sanitaria brindada a la población afectada
por la pandemia parece aquejada de una perspectiva productivista
que “elige” quién debe ser salvado y quién no. Hugo, califica la pan-
demia como “una encrucijada civilizatoria” donde, además de la vida
y la muerte, está en juego una posibilidad de futuro para los sectores
más vulnerables y un proyecto de sociedad que deberá incorporar
estos sectores como condición prioritaria del mismo. Así, la actual
crisis, como suele afirmarse, refleja a su vez oportunidades no con-
templadas en el orden social cotidiano. La alternativa, considera el
autor, es la instauración definitiva de la inequidad.
El segundo ensayo, “La peste. Percepción de antropólogo con-
finado”, del etnólogo Carlos García Mora, entrecruza sus recuerdos
de décadas de investigación en la zona purépecha a propósito de las
epidemias y las pestes con lo que actualmente vivimos. Llama
la atención, el culto a San Roque, santo patrono ante las pestes y las
epidemias mencionado en el texto de García Mora. El autor expone
con detenimiento las consecuencias de la pandemia en los planos de
la salud pública, sus repercusiones económicas en la emergencia
de una crisis mundial no vista hace varias décadas y la experien-
cia de los antropólogos mexicanos ante la pandemia y las reper-
cusiones en su quehacer. Explícitamente afirma, y llama la atención
que lo haga en pasado, no sé si como un intento de plantear en el
papel una situación superada o si como un antropólogo inmerso en
la visión histórica de los hechos actuales, intentando narrar desde
una distancia temporal lo que aún hoy nos acontece:

Un reto que enfrentaron los antropólogos de sus diferentes disci-


plinas fue el de cómo hacer la antropología de la epidemia de
la COVID-19 en México. Ante la dificultad para realizar trabajo
de campo, a menos que se quisiera aventurarse a pesar de todo, el
comportamiento social sólo se infería de fuentes insuficientes o
secundarias, a veces inexactas o sin comprobación, por ejemplo, la
información periodística, siempre de mala calidad, sin valor estadís-
tico, amarillista con frecuencia, pero fuente de conocimiento al fin.

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El autor desarrolla, además, algunas de las consecuencias en la
práctica antropológica, derivadas, entre otras cosas, por la imposibi-
lidad de realizar trabajo de campo y de los recortes presupuestales
que ponen en riesgo a la viabilidad de la propia disciplina.
El apartado y el libro cierran con un ensayo del antropólogo físi-
co José Luis Vera, titulado “Soliloquios, evocaciones y autorreferen-
cias sobre la COVID-19”. Partiendo de una experiencia personal del
origen de la pandemia, su autor desarrolla diversos aspectos de la
-
ción y el papel del tiempo en la pandemia, el distanciamiento social
y algunas de las consecuencias de la llamada “nueva normalidad”,

nuevo orden emergido de la crisis en sus aspectos sanitarios, econó-


micos, sociales y simbólicos.
Los autores de este pequeño opúsculo esperamos que las re-

que sean tomadas no sólo como ideas para pensar y pensarnos como
sociedad, sino simultáneamente como las preocupaciones de un
grupo de antropólogos e historiadores que decidieron externar sus
miradas, preocupaciones e incertidumbres sobre una situación
inusual como la que vivimos, y necesariamente mediadas porque
aún hoy no sabemos cuándo, ni cómo terminará.

José Luis Vera Cortés


San Andrés Totoltepec, Tlalpan
Otoño, 2020.

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testimonios
Xabier Lizarraga,
“La humanidad y la pesada carga de la pandemia”
Crónica de una pandemia.
Reflexiones instantáneas

Amalia Attolini Lecón


Dirección de Etnohistoria-INAH

Vuelva la noche a mí, muda y eterna,


del diálogo privada de soñarte,
indiferente a un día
que ha de hallarnos ajenos y distantes

sAlvAdor novo

Apenas empezaban a florecer las jacarandas en la ciudad cuando


inadvertidamente, de golpe y porrazo nos cayó el chahuixtle. En
un principio saltaron noticias por todos los medios, recomendacio-
nes para no salir y suspensión de actividades cotidianas. Nos pre-
guntábamos: ¿será cierto? Queríamos creer que eso acontecía muy
lejos, allá por China, y que acá no llegaría. Pero al cabo de los días,
quedamente, se fue colando por los resquicios de las paredes, por
las muescas de las cerraduras, por las rendijas del entendimiento
y se hizo verdad: el bicho ya estaba aquí y nos mataba.
En la mudanza de los días que se escurren, los sonidos de la ciu-
dad se van acallando, las calles se vacían, el silencio va creciendo. En
medio de esto, paradójicamente, la tierra se puebla de trinos, silbidos
de pájaros y avecillas que no se cansan de entonar su primavera por
todos los rincones.
De punta a cabo y de arriba abajo, cada uno va encontrando su
acomodo en esta nueva existencia impuesta. La plasticidad del ser
humano es portentosa, nos vamos amoldando a las circunstancias.
Somos afortunados los que tenemos un quehacer intelectual, artístico
o de cualquier índole que obliga a largas horas de labor cotidiana,

25
porque nos da estructura, nos apacigua y nos protege frente a la
locura que pernocta detrás de la ventana.
La suspensión de la vida diaria nos obligó a inventarnos dentro
de casa, y así, mientras, ordeno closets, escombro cosas viejas, dese-
cho papeles, encuentro fotos de seres queridos y cosas ya olvidadas.
Se va acomodando mi cabeza y de ahí también voy eliminando
dolorosas despedidas, presencias de otros tiempos, cosas antiguas
y extraviadas. Es el tiempo de la introspección, el tiempo de arar el
suelo duro de los recuerdos. Se han abierto las cavernas selladas
del alma y ha penetrado la luz. Aquí estamos frente a todas las reac-
ciones posibles ante la muerte. La negación total, la descreencia, el
azoramiento. En esta balsa en la que vamos todos, algunos se echan
al agua, otros simplemente enloquecen y otros mantienen la reali-
dad sujeta por los pelos. ¡Tenemos miedo!
Las semanas se suceden y salen a relucir las agujas de tejer, el
cuadrillé para el punto de cruz; aparece el equipo de carpintería, las
herramientas para el jardín y los pinceles guardados. Se incremen-
tan las series y películas por Netflix. Las actividades por Zoom
son ahora nuestro contacto humano, las jornadas son todas parejas.
Cocinamos, trabajamos, nos asoleamos, platicamos, en tanto perma-
necemos en ese rincón del mundo que es nuestra casa.
La metamorfosis que sufre la sociedad es inédita, vivimos un
momento histórico que tergiversa lo experimentado hasta hoy. Nos
toca transformarnos, evolucionar, esperar que la ciencia encuentre
la famosa vacuna y, mientras tanto, crece un poquito de dolor, un
puñito de tristeza por la nostalgia del abrazo, de la caricia, del
calor…
Si Santiago Genovés viviera, estaría feliz porque tendría la opor-
tunidad de reproducir la experiencia del Acali, pero esta vez no en
la mar, sino en la realidad del planeta entero. Para quien no lo
recuerde, la expedición-experimento de la balsa Acali tuvo lugar
en 1973 con el propósito de probar el comportamiento humano en
un laboratorio cerrado bajo condiciones adversas y peligrosas, en la
que participó un híbrido y variado grupo de seis mujeres y cinco
hombres de nacionalidades, religiones, idiomas, acervo cultural
e ideas políticas diferentes; y por ende, con contrastes muy claros de

26
carácter y personalidad que llevaron, según concluyó Genovés,
“A la lucha por el poder como el primer factor de violencia en la
balsa y lo es en el planeta”.
Al mismo tiempo, el experimento de la embarcación Acali era
para demostrar que las técnicas de navegación de los antiguos
egipcios les podrían haber permitido entablar una vía de comu-
nicación con América. Fue construida con papiro, siguiendo re-
presentaciones en antiguas pinturas y bajorrelieves egipcios y
mesopotámicos. Zarpó desde las Palmas con destino a México,
adentrándose durante 101 días en el Atlántico donde se vivió la
azarosa aventura.
En México, lo entendería cada familia forzada a vivir en un mis-
mo espacio durante un periodo largo y sometida al encierro: una
experiencia más del comportamiento humano en condiciones de
enclaustramiento y de amenaza de muerte.
De que no vamos a salir los mismos de este desconcierto, ni duda
cabe. Nuestro mundo cambió, la globalización cobró su precio. Tal
vez la naturaleza entró en un impasse para permitirnos reflexionar,
es un “estáte quieto” frente a la vertiginosa carrera de ir quién sabe
a dónde, sin ton ni son.
Enfermarse en este tiempo, cuando no se puede acudir a ningún
hospital es algo que aterra. Pero entonces nos acogemos a los reme-
dios caseros y el instinto de sobrevivencia está más alerta que nun-
ca. Nos pisotea la certidumbre de que esta cruel enfermedad no
permite ni velar ni enterrar a nuestros muertos.
El privilegio de ser joven quedó de manifiesto cuando en las
salas de cuidados intensivos tuvieron que escoger entre dos enfer-
mos en estado crítico y un solo ventilador; la preferencia se le dio a
los jóvenes porque los viejos ya vivimos nuestra vida. Triste, deshu-
manizada verdad, aquí la ley del más fuerte prevalece. Se apela al
poder de adaptación del ser humano: o te ajustas o te mueres. Y los
más viejos somos los últimos de la fila.
Durante esta catástrofe brotan las contradicciones, se ahondan
los contrastes. Es un parteaguas histórico. Se manifiesta lo que ya
venía fraguándose: la desigualdad total en el planeta. Aquí cada
uno enseña el cobre. Se desbocan las precariedades e inequidades

27
sociales. Se radicalizan las ideologías en múltiples escalas y dimen-
siones.
La disputa es, hoy por hoy, que unos apuestan por la salud y
otros por la economía. La ignorancia y la mala leche se combinan
provocando desde la negación de la existencia del coronavirus
que produce la COVID-19, hasta una crisis donde los intereses polí-
ticos encontraron tierra fértil.
En México, no es lo mismo vivir en grandes mansiones donde
caben familias holgadamente, a esos espacios estrechamente afligi-
dos donde viven familias extensas en cuartos pequeños, donde
cohabitan niños y adultos. Allí, donde el alcohol, la droga, la pobre-
za prohíjan los malos tratos, donde el machismo se exacerba y surge
el espanto en ese caldo de cultivo de la ignominia. Es aquí donde lo
más avieso de la condición humana brota descontroladamente, la
violencia de género se señorea, al lado de otras perversiones.
Después del naufragio, ¿quiénes seremos? ¿Qué reminiscencias
y qué recursos del inconsciente colectivo, y de añejas herencias an-
cestrales, aparecerán para enfrentar lo siniestro? ¿Qué perturbacio-
nes? ¿Qué desamparo quedará cuando las aguas regresen a su cauce?
¿Tendremos la fuerza interna para remontar el suceso?
Cuando pase todo esto, proclaman muchos, seremos mejores:
conoceremos el inicio de una nueva solidaridad. O igual, pensamos
otros, seremos peores: más encarnizados, más egoístamente en
lucha por la supervivencia, más desalmados…
Y aquí nos encontramos, igual que un habitante del paleolítico,
estupefactos ante el horror de una erupción, de un terremoto o de
una tempestad. Ineptos para controlar el cataclismo, incapaces
de meter las manos.
Esta peste dejó al descubierto la abyección y lo sublime, lo excel-
so y lo miserable de la condición humana.
Y sabemos, lo sabemos, que no volveremos atrás, que ya no se-
remos los mismos porque algo en las entrañas del mundo se ha
fracturado.

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El miedo y sus excusas.
Reflexiones para antes de contraer la COVID-19

Ignacio Rodríguez García


Dirección de Estudios Arqueológicos-INAH

Llegó la pandemia

En el ya lejano 2005 leí un apocalíptico artículo de National Geogra-


phic 1 que aludía a la alta probabilidad de que en un cercano futuro
de indeterminada fecha la humanidad se viera azotada por una
epidemia vírica de proporciones fuera de todo lo conocido hasta
entonces. El autor refirió recientes episodios de virus de aves que,
mutando, infectaron a miles de personas que vieron mermada su
condición física y, en varios casos, murieron. La lectura me recordó
temas que yo ya sabía: los virus son entes no vivos de los que no
sabemos exactamente sus mecanismos de replicación, y tienen una
alta capacidad para transformarse en cepas inmunes a los trata-
mientos efectivos contra las primeras cepas conocidas. También yo
ya sabía que, en general, los servicios de salud no están preparados
para enfrentar una gran epidemia, y menos en los países subdesa-
rrollados como México, aunque el autor puso en duda la capacidad
sanitaria de Estados Unidos para enfrentar una magna epidemia,
con todo y que sea el país más rico del mundo. El autor fue profético:
a causa de la COVID-19, al 21 de noviembre de 2020, México ha
registrado oficialmente más de 100 000 muertes, y los Estados Uni-
dos más de 250 000, encabezando así la lista mundial.
Pero en ese 2005, el artículo, cuando mucho, se sumó a mi lista de
incredulidades y desentendimientos sobre advertencias de peligros

1
Tim Appenzeller, “Tracking the Next Killer Flu”, en National Geographic,
Washington, vol. 208, núm. 4, National Geographic Society, octubre de 2005,
pp. 2-31.

29
y complots, lista que ha seguido creciendo encabezada por la proba-
bilidad de invasiones extraterrestres, seguida por un plan añejo
e internacional de los Caballeros Templarios para hacerse con el
control mundial —idea que cobró fuerza cuando el nombre de los
Caballeros fue usurpado en las acciones terroristas del bombazo en
Oslo y enseguida la masacre de más de sesenta jóvenes en la isla de
Utøya, Noruega, el 22 de julio de 2011. La lista continúa con la inten-
ción de la CIA de subyugar a la población latinoamericana con un
sucedáneo de la droga LSD (como en efecto intentaron en la década
iniciada en 1970 con su población estudiantil californiana, siempre
tan reacia a acogerse al conservadurismo) para, por fin, hacer reali-
dad el estatuto continental de la Doctrina Monroe. Entre ese tipo de
peligros y complots el artículo de National Geographic me pareció un
sambenito más colgado por EE. UU. a sus rivales preferidos: Rusia,
China, Irán y Corea del Norte, desde donde se “escaparía” el virus
del Armagedón.
Poco caso hice (y, la verdad, sigo haciendo) de esa advertencia y,
en general, del conjunto de todas esas noticias e informaciones a las
que di poco crédito y no mucha importancia, acostumbrado como
estaba, y estoy, a oír un sinfín de calamidades que sucedían en otras
partes del mundo, y en lugares lejanos a la ciudad de México: gue-
rras étnicas en la ex Yugoslavia, brotes epidémicos de ébola en
África, tensiones nucleares entre la India y Pakistán, extensión del
crimen organizado en Coahuila y Tamaulipas, aumento mundial
de la morbilidad a causa de obesidad y diabetes, el manotazo mu-
sulmán a la Torres Gemelas, una colisión entre trenes cargados de
combustible en Corea del Norte, el calentamiento global, el tráfico
de esclavas sexuales moldavas, oaxaqueñas y sudafricanas…
Luego, en diciembre de 2019 deambulaba yo en un centro comer-
cial de la ciudad de México cuando escuché en una pantalla de tele-
visión sobre la aparición en China de una enfermedad causada por
un virus, específicamente por un virus corona, que después sería
llamada COVID-19 (acrónimo de COrona VIrus Disease 2019), noti-
cia que, desde luego, rápidamente eché en mi bolsita del olvido ocu-
pado como estaba calculando si los restos de mi aguinaldo me
alcanzaban para regalarme, por Navidad, un escritorio elevable.

30
Que yo olvidara la aparición de una enfermedad ocasionada por un
virus corona (entonces el más reciente de una dinastía muy conoci-
da entre los epidemiólogos), y que tenga por norma no tirarme a la
angustia por calamidades como las mencionadas en el párrafo ante-
rior, es una confesión que hago confortado desvergonzadamente
por la altísima probabilidad de que el lector, como yo, sea parte de
ese 89.984% de la población mundial a la que poco le importan las
desgracias ajenas (si hacemos caso a la compañía transnacional de
encuestas Gallup).2 Este porcentaje rebasa el 95% cuando sumamos
a aquellos que “se preocupan” por, digamos, el calentamiento glo-
bal, pero usan alegremente su automóvil, tienen en su casa dos o
más pantallas de televisión o ¡motorizan sus persianas!, colaboran-
do con el aumento de carbono en la atmósfera. Es decir, son perso-
nas que se preocupan con estulticia por el calentamiento, pero no
hacen nada por disminuirlo ni les importa aumentarlo.
A partir de febrero de 2020 el aumento de casos de la COVID-19
trajo aparejados otros aumentos como el de las noticias ad nauseam
al respecto, las comparaciones del desarrollo de esta en diferentes
países y las titubeantes declaraciones de las autoridades sanitarias
que no saben bien a bien cómo tratar la enfermedad (ocasionando
indignación en la ciudadanía). Pero, seamos honestos, poca gente
—incluso con preparación universitaria— cae en la cuenta de que, si
un gobierno supiera bien cómo tratar una epidemia, esta ni siquiera
surgiría; así, es un pleonasmo decir “esta epidemia es culpa de las
autoridades”. Dicho de otra forma: virus (o bacteria u hongo) + apa-
rato gubernamental mal preparado = epidemia. Menos aún es la
cantidad de gente que acepta, aunque se dé cuenta, que para que
cualquier gobierno enfrente eficientemente una epidemia, debe
imponer restricciones inflexibles a la ciudadanía aun a costa de ser
acusado de autoritario.
El obligado confinamiento ha traído a su vez el resquebraja-
miento en la economía de personas, negocios pequeños, empresas

2
Jon Clifton, Gallup Global Emotions 2020, Washington, Gallup Inc., 2020, 20 pp.
https://www.gallup.com/analytics/324191/gallup-global-emotions-
report-2020.aspx, consultada el 26 de noviembre de 2020.

31
(incluido el narcotráfico, la prostitución y los deportes profesiona-
les), bancos, países y amplias regiones continentales, etc. La en-
fermedad también trajo escaseces en febrero, marzo y principios
de abril: en el mercado se agotaron cubrebocas, gel antibacterial,
líquidos antisépticos clorados, guantes quirúrgicos y de limpieza, y
¡cervezas! Por fortuna, al 26 de noviembre de 2020, no se le ha ocu-
rrido a ninguna cofradía, asociación piadosa u arzobispado realizar
una procesión religiosa a la Catedral de México (o a la Basílica de
Guadalupe, al Santuario de Chalma, al Cerro del Cubilete, a la
Basílica de San Juan de los Lagos, a la Parroquia de Nuestra Señora
de Fátima, al Santuario de Izamal, etc.) para pedir a Dios que per-
done nuestros pecados y se lleve la enfermedad, como ocurría con
frecuencia durante la Colonia, el siglo xix y buena parte del xx. Por
supuesto, en este siglo xxi no podía faltar un obispo (Ramón Castro
Castro, de Cuernavaca) que declarara que la COVID-19 era un cas-
tigo divino por culpa del aborto, la eutanasia y la diversidad
sexual3 (aunque, claro, olvidó la pederastia sacerdotal). Por otro
lado, en un raro acto de racionalidad, tampoco los concheros, la
chitontequiza ni otros grupos de danzantes “indígenas” han tenido
la peregrina idea de quemarle copal a Tlazoltéotl para que se tra-
gue nuestros malos comportamientos y desaparezca las miasmas.
La pandemia llegó y nos trajo principalmente desasosiego, pero
también un oculto, soterrado y medular miedo, un miedo muy
parecido a los magistralmente descritos por Howard Lovecraft,
Stephen King y Samanta Schweblin. Pero también nos trajo a
algunos intelectuales ganas de escribir sobre ella y sobre las conse-
cuencias del confinamiento que trajo aparejado.

3
Verónica Bacaz, “COVID-19 es ‘un grito de Dios’ por culpa del aborto, eutana-
sia y diversidad sexual: Obispo de Cuernavaca”, en El Financiero, 22 de marzo
de 2020. https://www.elfinanciero.com.mx/nacional/pandemia-del-covid-
19-es-un-grito-de-dios-por-temas-como-aborto-eutanasia-y-diversidad-
sexual-obispo-de-cuernavaca, consultada el 21 de noviembre de 2020.

32
Reflexiones y flexiones mentales

En efecto: mi muy estimado y admirado amigo José Luis Vera, miem-


bro como yo del Seminario de Historia, Filosofía y Sociología de la
Antropología Mexicana, tomó la iniciativa de convocar a los miem-
bros del mismo a escribir sobre la pandemia. En mi ignorancia, la
idea me pareció excelente por original, sólo para desilusionarme
al día siguiente al comprobar que muchísimos gremios académicos
en el mundo no sólo tuvieron la misma idea, sino que ya habían
publicado y difundido sus opiniones, conocimientos y disquisiciones
sobre la COVID-19, la pandemia, el confinamiento y sus consecuen-
cias, incluso con enfoques antropológicos.4 Como me comprometí
a participar en el volumen —llevado por el primer entusiasmo y lo
mucho que me gusta escribir— tuve que hacer a un lado la posterior
desilusión y sumarme a las nada originales huestes que escriben
sobre lo que actualmente está de moda.
Pero me niego a escribir sobre la COVID-19 en sí, o sobre las
melancolías y taciturnidades que en algunas personas provoca el
confinamiento; en casos graves, estas melancolías se transforman en
depresión, que develan en los afectados una vida llena de fracasos
y desesperanzas que conducen a pensamientos e intentos de suici-
dio.5 En realidad, el confinamiento no me ha afectado en absoluto en
mi vida familiar ni en mi productividad académica; al contrario, ha
significado una oportunidad de reflexionar con calma sobre ciertas
consecuencias de la pandemia en el estado de ánimo de la población
de la ciudad de México que, en general, ha provocado actitudes
inadecuadas.

4
Para ejemplo, véase Priscilla Song y Joseph Walline, “Virtual Technologies of
Care in a Time of Viral Crisis: an Ethnographic View from Hong Kong”, en
Somatosphere. Science, Medicine and Anthropology, Eugene Raikhel (ed.), Univer-
sidad de Chicago, 6 de marzo de 2020, http://somatosphere.net/forumpost/
virtual-technologies-of-care/, consultada el 21 de noviembre de 2020.
5
Suicidio, Organización Mundial de la Salud, ONU, 2 de septiembre de 2019.
https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/suicide, consultada
el 21 de noviembre de 2020.

33
Para empezar, ha sido triste comprobar que es mínima la defensa
que ofrecen los cubrebocas que ahora todo mundo trae (algunas
personas incluso los portan dentro de sus casas), porque los virus
corona entran al cuerpo a través de las mucosas bucales, nasales y,
nótese, oculares (además de heridas cutáneas). Como el tiempo de
estabilidad del virus es de varias horas en el aire (y de dos a tres días
en superficies con temperatura templada)6 y son partículas ingrávi-
das sujetas al capricho del más mínimo viento, llegan con facilidad
a dichas mucosas. Con suerte, una persona combate (inadvertida-
mente) al virus si su saliva es suficientemente alcalina, la mucosi-
dad de su nariz es espesa y alta en iones de sodio (pues el barrido
mucociliar es la mejor defensa natural del pulmón, el principal
órgano atacado durante la COVID-19) o si sus lágrimas, por un
algún padecimiento, son ácidas. La flotabilidad del virus hace tam-
bién poco útiles los baratos escudos faciales hechos con hojas de
policarbonato o acetato tamaño carta o esquela que cubren el rostro
desde la frente hasta el mentón, pero no los costados de la cara. Sólo
las máscaras de careta completa ajustables a todo el contorno facial
son efectivas, y únicamente cuando se complementan con filtros
HEPA clasificados ISO 50 o 75 U. Pero esta información no se hace
del dominio del público, quizá para no generar pánico, quizá por-
que algún funcionario de salud lo olvidó, quizá porque las caretas
con filtros HEPA son costosas, quizá como parte de un complot
iraní…
Por otra parte, el confinamiento ha provocado un explosivo
incremento de videoconferencias que, afortunadamente, han per-
mitido que muchas personas continúen trabajando; pero desafor-
tunadamente también ha mostrado la poca higiene de algunos
individuos. No puedo dejar de mencionar que, quizá por estar
dentro de sus hogares, algunos colegas aparecen en pantalla des-
preocupadamente en fachas, otros notoriamente sin bañarse con
los pelos de su cabeza tiesos de grasa y sudor seco, algunos más

6
Neeltje van Doremalen et al., “Aerosol and Surface Stability of SARS-CoV-2 as
Compared with SARS-CoV-1”, en New England Journal of Medicine, carta al
editor publicada el 17 de marzo de 2020. https://www.nejm.org/doi/10.1056/
NEJMc2004973, consultada el 21 de noviembre de 2020.

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olvidan que tienen su cámara encendida y escarban su nariz
(¡saturando sus uñas con los virus corona atrapados en la mucosa!),
y otros se rascan las axilas y ¡huelen sus dedos! Muy lamentable-
mente, hay personas que reaccionan negativamente a que se les
llame la atención: cuando en diferentes momentos amablemente
le sugerí a un miembro de cierto Seminario, y a una hasta entonces
estimada académica, que eliminaran esas prácticas, ambos me res-
pondieron: “—¡Ay sí, tú!, ¡como si tú no lo hicieras!”. O sea que,
en vez de agradecerme la observación, reaccionaron sintiéndose
ultrajadas por saberse sorprendidas en tan abominables modales,
y su patética defensa fue sugerir que yo era tan sucio como ellas.
A no dudar, si estas actitudes las tienen frente a las otras personas
asistentes a las videoconferencias, lo mismo han hecho cuando
estas no se acostumbraban, desde los inmemoriales tiempos en que
sus mamacitas desperdiciaron miserablemente su tiempo intentan-
do que aprendieran modales pulcros. Sí, lo reconozco, siempre me
desagradaron los hippies y su filosofía, pero las videoconferencias
son reuniones con otras personas, no con las cochambrosas computa-
doras de la gente sucia. Mi porfiriana educación y decencia también
se rebela ante la falta de respeto a los demás que implica que un
asistente a una videoconferencia no encienda su cámara (aunque,
quizá, le dé pena aparecer sin bañarse, o quiera practicar sus hábi-
tos sucios) y cometa la grosería que significa ver a otras personas y
no permitir que lo vean; el Manual de Carreño desaprobaría estas
prácticas, y en su línea editorial actualmente existen reglas de eti-
queta para evitarlas.7
Pero lo que más me ha llamado la atención entre las consecuen-
cias de la pandemia es la poca disposición de las personas a aceptar
la posibilidad de morir, cuando es justo en crisis como esta cuando
es más oportuno hacerlo, e incluso, ¿por qué no?, hasta filosofar
sobre la muerte. Pero no: la gran mayoría de la gente prefiere rehuir
el tema y concentrarse en usar en todo momento el cubrebocas, ver

7
8 reglas de etiqueta para tener una videoconferencia con éxito (con infografía), Proto-
colo y Etiqueta, Cronis, 21 de noviembre de 2020. https://www.protocolo.org/
laboral/8-reglas-de-etiqueta-para-tener-una-videoconferencia-con-exito.html,
consultado el 21 de noviembre de 2020.

35
feo a quien no lo hace, renunciar a saludar con abrazos y besos, y en
casos extremos negarse totalmente a salir de casa y asomarse a la
acera. Yo apreciaría tales actitudes si esas personas las acompaña-
ran con medidas efectivas para enfrentar la eventualidad de enfer-
mar, pero no hacen nada para disminuir los factores de riesgo que
agravarían su eventual contagio:

1. Ya se ha dicho hasta la saciedad que el primero de estos facto-


res es la diabetes, pero muy poca gente que no hacía ejercicio
antes se ha puesto a hacerlo, desdeñando el beneficio que trae
aparejado el quemar el azúcar sobrante (que destruye los
riñones) en el organismo y estimularlo en su totalidad, inclu-
yendo el páncreas que es el órgano que secreta la insulina.
2. También se ha informado profusamente que la obesidad es el
siguiente factor, pero durante el desarrollo de la pandemia se
ha empezado a detectar que el sobrepeso y la obesidad tien-
den a incrementarse agravando los casos de infección.8 El
incremento se debe a que la gente come más estando en casa
y quema menos calorías.
3. Y parece que tampoco hay tendencia a eliminar o disminuir
otro importante factor de riesgo: fumar. Como es sabido, el
ácido cianhídrico y el alquitrán (el hidrocarburo que mancha
los dientes) del humo de cigarro irritan las sutiles y delgaditas
paredes de los alvéolos y las adelgazan todavía más haciendo
que se rompan y formen espacios más grandes, pero con me-
nos superficie para el intercambio osmótico de oxígeno. De
modo que, cuando el virus de la COVID-19 provoca que los
alvéolos se llenen de líquido mucoso, estos se inflan aún
más y se rompen como cenizas de varita de incienso, negando
el aporte de oxígeno a la sangre. La negativa relación entre el
tabaquismo y la COVID-19 fue establecida por la OMS por

8
Dafina Petrova et al., “La obesidad como factor de riesgo en personas con
COVID-19: posibles mecanismos e implicaciones”, en Atención Primaria. Barce-
lona: Amando Martín Zurro (ed.), Fundación Educación Médica, vol. 52 (7),
2020, pp. 496-500. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC72474
50/, consultada el 21 de noviembre de 2020.

36
enésima vez en mayo de 2020.9 A muchos fumadores esta
pandemia no les dejará tiempo de comprobar si el sistema de
fumar mediante el calentamiento electrónico del tabaco es
menos dañino.

Al parecer, el miedo a morir es menor que el miedo (o, seamos ho-


nestos, desidia o pereza) a hacer ejercicio, a casarse con una dieta
rigurosa o a intentar superar la debilidad mental que impide en-
frentar la ansiedad que trae aparejada el abandono del tabaco.

La vida y la muerte

El tratamiento cultural del fenómeno de la muerte es uno de los


temas de estudio más fascinantes de la antropología, y constituye
otra aproximación al fenómeno psicológico del miedo a morir. En la
antropología es un axioma que los hombres creamos a los dioses
—y no al revés— entre otras razones, por el miedo de echarnos
a nosotros mismos la culpa de las calamidades. Es un imperativo
categórico estudiar y analizar el entramado de ideas y costumbres
que las diferentes sociedades han creado para explicarse el fenóme-
no de la muerte, sea esta singular e individual o general y colectiva,
como en el caso de una epidemia. El hecho en sí no cambia: todos
habremos de morir y nos da miedo, y la incapacidad del ser huma-
no de revertir esta verdad se matiza con las costumbres funerarias,
pues estas, en efecto, no se hacen para los muertos, se hacen para los
vivos: a ningún muerto le importa si le rezamos el novenario, le ha-
cemos un coloquio de homenaje, le levantamos una estatua o le
ponemos su nombre a un auditorio. Y desde luego que hay que ser
muy proclive a los cuentos de hadas si creemos que el espíritu de
ese muerto protegerá a sus seres queridos que le sobrevivan. Las
costumbres funerarias son un recurso psicosocial desarrollado para

9
Declaración de la OMS: consumo de tabaco y COVID-19, Organización Mundial
de la Salud, ONU, 11 de mayo de 2020. https://www.who.int/es/news-
room/detail/11-05-2020-who-statement-tobacco-use-and-covid-19, consultada
el 21 de noviembre de 2020.

37
enfrentar el “enigma” de la muerte, que no es otra cosa más que
nuestra negativa a aceptar que, cuando acontece, no hay después
nada más: cesa nuestra conciencia, decae nuestro cuerpo a través
de fermentaciones butírica y caseínica, y desaparecemos (a pesar de
lo que digan las religiones). Pero que creamos que la muerte sea un
enigma de ninguna manera significa que la vida no lo sea: quizá
un piadoso filósofo de la biología me actualice, pero, hasta donde sé,
no hay una definición científica unánime e incontestable de “vida”.
¿Qué es nuestra vida? En cuanto a la mía pienso lo siguiente: si
el universo actual se creó hace casi 14 000 millones de años, según la
más actual teoría del Big Bang, y dura al menos otro tanto, tendrá
una existencia total de 28 000 millones de años. Si yo vivo hasta
cumplir 80 años mi lapso de vida coincidirá con el 0.0000002857 %
de la duración del universo, un porcentaje estadísticamente tan
insignificante como el crecimiento de un vello en mi brazo durante
medio segundo. También pienso esto: recuerdo a mi madre con
mucha intensidad, a mi abuela materna ligeramente, no conocí a mi
bisabuela y no me importa en absoluto quién o cómo fue mi tatara-
buela: y sólo hasta el momento de escribir estas líneas estoy pen-
sando, muy abstractamente, en mis demás ancestros. Pienso todos
los días en mi hijo, me gustaría un nieto, me preocupa un poco que
este y mi eventual bisnieto crezcan bajo un gobierno de izquierda
trasnochada o uno de derecha persignada (totalitarios ambos), pero,
la verdad, ya no me importa la suerte de mi tataranieto ni mucho
menos la de las generaciones siguientes. Al lector le pregunto:
¿De verdad le importan esas lejanas generaciones de sus ascendien-
tes y descendientes? ¿Cree que su chozno alguna vez pensará en él?
Y si ese hipotético chozno lo hace, ¿le importará al lector cuando
suceda?
Si mi vida es infinitesimalmente intrascendente en el universo, si
nadie pensó en mi futura existencia cuando corrían el siglo xix y los
anteriores, si a nadie le voy a importar en el siglo xxii y menos aún
en los siguientes, si voy a estar muerto durante muchísimos millo-
nes de años, si no puedo escapar a morir, ¿por qué dar cabida al
miedo de morir (de COVID-19 u otra causa) lastrando esa brevísima
vida que nos fue dada? La solución, en mi humilde pero sólido caso,

38
se gestó en la educación que recibí de mis padres, mi hermano ma-
yor, otros parientes, ciertos maestros y algunas de mis amistades
pensantes. La primera cosa trascendente que aprendí cuando niño
fue que algún día iba a morir, y la segunda fue que la vida es precio-
sa, pero justamente porque dura poco en el esquema universal de
las cosas. Mis dos abuelas fallecieron cuando yo era niño, entonces
creí que las personas sólo morían de viejas; pero en la adolescencia
entré a una etapa, digamos, trepidante, en la que me di cuenta que
las personas también podían morir jóvenes, súbitamente y, en mu-
chos casos, violentamente. Con esas experiencias fui conformando,
a partir de mi tercera década de edad, una actitud ante la vida que
hoy, ante la probabilidad de morir de la COVID-19 (pues ya no soy
adulto mayor, sino anciano menor; y aunque hago ejercicio, mi
principal desventaja es que en mis mocedades frecuentemente
boxeé con mi hígado asestándole numerosos ganchos de tequila, así
que el pobre ya no suele sintetizar todas las proteínas plasmáticas:
mi plasma ya no es calidad premium, denso y fluido, requisito indis-
pensable para sostener una respetable población de anticuerpos), se
parece enormemente a lo expresado por un antropólogo mexicano
al que admiro mucho y cito con su permiso (respetando su deseo de
anonimato):

Total, si me toca la de malas siempre podré decir en mi beatífico le-


cho de muerte que asumí intensamente mi vida: llena de emociones,
ternura, violencia, adrenalina, muchas ilusiones y metas cumplidas,
y sin nostalgias lastrantes. Con pasiones amorosas y amores apasio-
nadísimos que me han dejado seco. Con leales y sinceras amistades
férreamente forjadas en batallas (bueno, más bien fueron peleas
campales entre porras estudiantiles, pleitos sanguinolentos y san-
guinorrápidos de cantina, y balaceras entre escoltas). Con hijos exi-
tosos que no me salieron mujeriegos, drogadictos, políticos, ni mala
gente, ni votaron por […]. Con una señora que, como otras anterio-
res, me adora. Con el gusto de haber arrasado bailando música disco
y salsa (el tango me choca). Y no te cuento otro tipo de proezas por-
que te sonrojarías.
Aplaudido como maestro en la ENAH, en la Ibero, en el Posgrado
de Arquitectura de la UNAM y por cientos de guías de turistas (he

39
dado clase en más instituciones, pero ahí no me han aplaudido).
¡Ah, me olvidaba!: satisfecho con lo que he logrado como antropólo-
go. Feliz y orgulloso de haber recibido sentidos y sinceros consejos
profesionales, personales y hasta paternales de Rubén Cabrera,
Román Piña Chan, Ignacio Marquina, René Millon, Eric Hobsbawm,
Paul Gendrop, Florencia Müller, Julio César Olivé, Alfredo López
Austin, Antonio Pompa padre, Leonardo Manrique, Javier Romero
y Jorge Angulo. Con una tasa alrededor del 40% de éxito ayudando
académicamente en mayor o menor medida a alumnos y colegas
antropólogos (y una psicóloga) a ganar plazas y/o subir de catego-
ría salarial en el INAH, la UNAM, la UABJO, el Colegio de Michoa-
cán, la Ibero y la Anáhuac.
O sea que ¡YA VIVÍ!10

La suma de todos los miedos

Así pues, es tesis de este ensayo que ese soterrado miedo a morir que
atenaza a la gente en esta época de pandemia, no es sino una elabo-
ración mental que enmascara no tanto la desaparición física (que a
todos nos llegará), sino el morir y darnos cuenta que nuestra vida
fue aburrida, intrascendente, triste y miserable: miedo a reconocer
que desaprovechamos ese brevisísimo lapso que compartimos con
el universo para gozar de la vida. Por supuesto, hay miedos de cate-
goría general que nadie quiere padecer: el secuestro de un hijo,
sobrevivirlo, sufrir una dolorosa enfermedad terminal, ser comido
vivo por una escuadrón de hienas, que el Síndrome de Alzheimer
sea tan, pero tan cruel que nos permita únicamente darnos cuenta
de que lo padecemos, que nuestros hijos pequeños se topen con
pederastas al estilo de Marcial Maciel, Vaticano y Asociados, tener
una apoplejía que nos incapacite hasta para hablar y limpiar nuestros
excrementos, estar inconscientes en terapia intensiva acostados
boca abajo para que nos drenen el exceso del infecto fluido espeso
de nuestros pulmones y nos ventilen mecánicamente, etcétera.

10
Comunicación personal, 9 de mayo de 2020. Por respeto al lector, edité las
palabras altisonantes y unas prescindibles opiniones políticas.

40
Fuera de estos miedos medulares, hay otros que, más bien, exis-
ten en buena medida por la actitud mental de quien los sufre: consi-
derar un divorcio como un fracaso, que nos arrebaten la patria
potestad y no veamos crecer a nuestros hijos, perder el empleo y su
confort anexo, quedarnos para vestir santos, ser estériles, ir a la
guerra, que nuestros hijos mayores no nos dirijan la palabra, que
alguno de nuestros padres fallezca sin darnos oportunidad de sal-
dar cuentas, que la gente critique que nuestro/a cónyuge tenga
20 años menos, que nuestro/a hijo/a se case con alguien 30 años
mayor y lleno de tatuajes, etc. Por supuesto, los intelectuales (como
los de cierto ámbito en México de profesores-investigadores) no
están exentos de miedos, muchos de ellos específicos y clasificables,
como los derivados de la frecuente confusión que equipara grado
académico con calidad académica; o como el de no culminar nunca el
gran y revolucionario libro parteaguas de alguna disciplina científi-
ca. Pero sobre ello estoy escribiendo otro ensayo.
Quiero concluir con el lector que es muy triste que, para muchas
personas, su vida sea la suma de todos sus miedos, y que las excusas
para no enfrentarlos los transformen en un contrahecho y putrefac-
to pánico atorado en la tráquea, el píloro o el ano: visceral y perpe-
tuo; que la única salida sea la muerte.
Finalmente, creo que a lo único que debemos tenerle miedo es a
vivir con miedo.

San Lorenzo Huipulco, Ciudad de México


26 de noviembre de 2020
Siglo I de la Pandemia Corona

41
COVID-19. Cultivar, desestabilizar:
imágenes del mirarse dentro
para accionar distinto

Eugenia Macías Guzmán


Escuela Nacional de Conservación,
Restauración y Museografía-INAH

Una de las primeras y más permanentes experiencias del confina-


miento ha sido el replantear dinámicas en el ámbito privado y
doméstico. “¿Qué otros procesos he vivido en confinamiento?”, se
preguntaba a sí misma una amiga hace algunos días. Su inquirir
me hace sumar estas otras cuestiones: ¿Cómo nos hemos reencon-
trado con actividades y tareas que en épocas “normales” anteriores
a la pandemia posponemos o que hemos ido abandonando en el
trajín público? ¿Qué nos suscita detenernos a pensar un poco en
esto? ¿Qué movimientos internos suceden en ello?
Solicité a personas muy cercanas en alguno de los ámbitos don-
de me desenvuelvo que escribieran algo. Agradezco a Karina
Andino, Germán Fraustro, Mariana Grediaga, Sharon Lima, Ángel
Mota, Georgina Vázquez y Mauro Fernández Macías su apoyo
para la realización de este texto. Iré por estas páginas como si pla-
ticara indagando en el caminar en un sendero, junto a dos de ellos
cuyas palabras iniciarán cada apartado. Su escritura sensible fue
un faro para ir entre las frases y narrativas de los otros para aludir
a cuatro procesos: 1) Cultivar en la propia persona desde esta
experiencia inédita de lo doméstico, 2) Las desestabilizaciones
socio-personales que conlleva, 3) Imaginarios y autorepresentacio-
nes en lo que da paz y alegría y está al alcance en este presente y
4) Nuevas resoluciones del mundo que deseamos vivir de ahora en
adelante.

43
1. Cultivar

A veces, cuando la tarde nos llega como un alivio en la


piel, me siento en el patio a observar las flores y los
arbustos de un jardín, ese que hemos venido haciendo,
poco a poco.

Ángel motA

Hay quienes inevitablemente han comparado este confinamiento


con otros en procesos de distintos periodos de su vida y cómo esta
reflexión ha conferido nuevas lecturas a esas revisiones autobiográ-
ficas: “Alguien me narra una similitud entre el inicio de su maternar
y el estar en casa actual por el confinamiento, sólo que la modalidad
de ejercer su profesión y dar clases en línea ha sustituido el trabajo
presencial que en esa etapa de su vida ella acotó para poder atender
a su hijo” (Testimonio 1). Está también la siguiente relectura recon-
ciliadora hacia el confinamiento:

Hablando de evocación, me recuerda el encierro impuesto por mis


padres durante mi vida a su lado, y lo encuentro como un buen en-
trenamiento, un importante legado que me permite enfrentar esta
crisis. En esos tiempos, no contaba con medios de comunicación,
lo cual lo hizo más rudo. Los recursos literarios eran limitados y la
información del mundo exterior, escasa a niveles precarios. La situa-
ción actual es generosa: libros por toda la casa, un teléfono y
computadora con internet, redes sociales. Información que fluye
constantemente. Y libertad. Puedo decidir estar aquí y controlar
también el impulso por salir (Testimonio 5).

Por otro lado, hay diversos dones activados por el confinamiento.


Quienes tenemos hijos pequeños o muy jóvenes, señalamos como
ventajas la disminución de desplazamientos por la ciudad y contar
con más horas de sueño por no tener que llevarlos temprano por la
mañana a la escuela o al camión del transporte escolar (Testimonios
0, 1, 3).

44
El compartir momentos como sentarse a la mesa y comer junto
con los hijos adultos un par de veces al día evoca la convivencia de
su infancia. Uno agradece la luminosidad del conservar los puestos
de trabajo y continuar siendo fructífero en lo laboral (Testimonio 5).
El reencuentro con actividades abandonadas y cómo han articu-
lado nuevas significaciones en la vida cotidiana es otra vertiente
de dones recibidos en el dedicarle tiempo a las plantas del jardín,
a uno, a libros dejados para después, al juego con las mascotas o a
cocinar (Testimonio 2): “La normalidad no tuvo espacio para que
uno comiera lo mismo que preparaba. La cuarentena restableció
esta relación, le dio a mi cocina otros movimientos: el aceite ahora
se acaba, igual que la cebolla o la sal; algunos platos se rompen y se
reemplazan” (Testimonio 4).
Hay quienes advierten continuidad de experiencias directas, físi-
cas y situadas, simultáneas al confinamiento, entrelazando procesos
de trabajo y de abastecimiento familiar. Mariana Grediaga, quien
como restauradora continúa trabajando y dando seguimiento a un
proyecto de intervención de patrimonio cultural en la comunidad
rural de Tetecala en el estado de Morelos, compartió: “Nos da gusto
comprar en las localidades, en donde hay un golpe fuerte de crisis,
y bueno, todo es fresco y muy muy muy barato, comparado con los
precios de locura de los supermercados de la ciudad” (Testimonio 3).
Los testimonios citados textualmente en este apartado, nos dejan
ver evocaciones de una etapa anterior de vida y cómo aportó herra-
mientas para sobrellevar la restricción de no salir de casa, o la narra-
ción de hábitos recuperados que se traducen a la reincorporación de
usos y prácticas de espacios domésticos, objetos, accesorios e ingre-
dientes o el continuar vinculado a localidades rurales y lo que esto
aporta a la experiencia.

45
2. Desestabilizar y desmontar

Aquí, el calor se espera con la mirada en la ventana,


con el contar de los días. Conseguir flores en el
mercado Jean Talon, rojas, blancas o violetas, es
imaginar la soledad diferente, es estar con la
naturaleza como para vencer la angustia, estar con una
fragilidad que nos abrace en la tristeza de lo perdido.

Ángel motA

La materialización de la amenaza a la especie humana en una época


de su historia en que se vivía con control casi total de enfermedades
por virus y bacterias, se concretó en la suspensión de activida-
des presenciales fuera de casa. De espectadores pasamos a protago-
nistas del confinamiento y de los brotes de pánico expresados en
la adquisición excesiva de bienes de consumo:

Ha sido inevitable experimentar miedo ante la inminente realidad


que genera incertidumbre, sin embargo, por una parte, que mis hijos
adultos tengan la posibilidad de permanecer en casa y conservar sus
empleos ha sido un elemento de tranquilidad. Trabajan largas jorna-
das, no virtualmente sino realmente. Yo no podría verlos partir al
desempeño de sus actividades fuera de casa sabiendo que eso impli-
caría jugarse la vida día tras día. Pienso un poco en aquellos tiempos
en los que las madres veían partir inevitablemente a sus hijos a la
guerra. Aunque después de que había comenzado el proceso del
“nido vacío” se revirtió al grado de que por momentos parece ser
el “nido invadido”, soy afortunada (Testimonio 5).

Otra de las implicaciones más ineludibles de la experiencia del con-


finamiento en casa es la desestabilización de usos y costumbres que
dábamos por hecho, casi automáticamente en las prácticas mismas,
con alteraciones o tristezas de tiempos libres vividos lejos de fami-
liares a los que todavía no ha sido posible ver (Testimonio 2) y que,
cuando lo hagamos, sea con desconfianza: “Lo que realmente me
estresa es la idea de un virus letal que no me deja compartir afuera

46
con familia, amigos y público presente. Lo que ha cambiado sustan-
cialmente es la confianza con la que yo solía permitir que la gente se
me acercara” (Testimonio 1).
En las apreciaciones de las personas que escribieron para este
texto, las tensiones sociales pre-existentes a la pandemia desmontan
ficciones inventadas para afianzar nuevos procesos de poder y des-
igualdad en esta circunstancia mundial. Mariana reflexionó:

Me preocupa el estado general del mundo y la crisis internacional, el


alejamiento de la igualdad de oportunidades entre las personas y las
decisiones de los gobiernos tomadas por un solo individuo envuelto
en poder. Cada vez me convenzo más de que tanto el neoliberalismo
como la figura de los presidentes son inútiles para la humanidad
— claro, entre un sin fin de cosas — […] la casi inexistente esperanza
para las nuevas generaciones se ve oscura y débil […] Creo que la
mirada desde casa sobre la pandemia en este 2020 se queda tan cor-
ta, como desde mis ojos a la ventana. Lo que sucede afuera es más
grande que el mundo (grandototote) que una vez conocimos, en
cuanto a tragedias y problemas por venir […] Dos cosas que me
han parecido divertidísimas es que los gobiernos se pusieron de
acuerdo para suspender las misas y los partidos de fútbol […]
por unos meses pudimos probar su poca utilidad para la vida en
el planeta (Testimonio 3).

Los testimonios aquí citados expresan la aparición de otros miedos


aparejados a la vivencia de riesgo y alteraciones en la confianza y
cercanía en las relaciones familiares y sociales detonadas por el con-
finamiento y los contagios de COVID-19, pero por otro lado, se per-
ciben desmontajes de ficciones con las que operan dinámicas
políticas y recreativas en las sociedades a nivel mundial.

47
3. Visualidades de paz y alegría en este presente

Es como asomarse a la ventana a ver los volcanes


o las nubes o la lluvia y respirar el aire limpio.

mAriAnA grediAgA

Mientras esperaba la retroalimentación de estos amigos-hermanos


de vida sobre este collage de espejos del mirarnos dentro que es esta
pandemia, pensé en cómo no se me había ocurrido pedirles una
foto de sus lugares de paz y alegría en casa. Si uno de mis gozos es
encontrar respiros en el pensar mi mirar imágenes, ¿por qué no
había incluido un espacio para ello aquí? Volví sobre mis pasos y
les pedí la fotografía.
A una de estas personas le fue imposible darme una imagen. Me
explicó que en la casa familiar donde vive no tiene un espacio que
sienta que le pertenece. Sin embargo, con toda una vida como can-
tante profesional, me compartió algo muy pleno desde otro rastro
de memoria: las voces de su hijo, de sus amigos, el canto, la música,
mirar la lluvia, esos lugares luminosos y generadores de regocijo y
tranquilidad en su vida (Testimonio 1).
Este mismo sentido abrió Mariana
Grediaga con la imagen de ella con
su hijo y su perro (Figura 1), para
enfatizar en la visualidad, los seres
que queremos y la vida que nos sem-
bramos mutuamente, día a día:
Las siguientes tres imágenes, de
Ángel Mota, escritor méxico-cana-
diense residente en Montreal y otras
dos amigas, activan vinculaciones
con la certeza insondable que impul-
sa en nuestras vidas la naturaleza.
Sus jardines internos y los que mate- Figura 1. Sin título, autora y
rializan para procurarse lugares de cortesía: Mariana Grediaga.
Junio, 2020.
paz: adecuar la casa con una hamaca

48
para sentirse como en un “pueblo mágico” (Figura 2, Testimonio 2),
las plantas, árboles y flores como espacios de calma que se construyen
paulatinamente y que nos abrazan la fragilidad para sentir estos
elementos de ahora en adelante desde lo más humano (Figuras 3
y 4, Testimonios 5 y 6):

Figura 2. Sin título, autora Figura 3. Sin título, autora y


y cortesía: Sharon Lima. Junio, cortesía: Georgina Vázquez.
2020. Junio, 2020.

Figura 4. Sin título, autor y cortesía: Ángel Mota.


Junio, 2020.

49
También estamos quienes nos reencontramos con otros nosotros
mismos al retomar actividades que los desplazamientos urbanos im-
pedían: cocinar, hacer yoga. Nuestras imágenes son los espacios y
los utensilios de ese vivirnos distintos (Figuras 5 y 6. Testimonios
0 y 5)

Figura 5. Sin título, autora y cortesía: Eugenia Macías.


Junio, 2020.

Figura 6. Sin título, autor y cortesía: Germán Fraustro.


Junio, 2020.

50
4. Resoluciones

Jamás volveré a ver un jardín como antes, jamás sentiré


las flores como antes, sentiré el sol como un augurio,
como ese momento que nos hace humanos y parte de un todo.

Ángel motA

Las prácticas nuevas o restablecidas desde el hogar también permi-


ten acometer la vida cotidiana enriquecida por costumbres nuevas o
readoptadas: “Más allá del interior también han surgido nuevas re-
laciones: con la calle, con el mercado (el del espacio físico), con el
otro mercado (el de las pláticas sobre el precio o las temporadas),
con los marchantes, con los catálogos en línea o con los fantasmas
del recetario” (Testimonio 4).
Y hay certezas que se han ido consolidando en los afectos a raíz
del confinamiento: “Siempre se debe de dar el tiempo para visitar
más continuamente a la gente que se ama porque la vida es muy
cambiante […] encontrar nuevas formas de divertirme y sobre todo
de cultivarme, así como estar más cerca de mi familia y amigos”
(Testimonio 2).
Para Mariana Grediaga el presente de los vínculos se ha vuelto
un puente para transitar la pandemia: “Vivir y sentir el día de hoy,
el momento que tengo aquí, me ayuda a no deprimirme, a ocuparme
del instante y a concentrarme en estar bien, a decir ‘los te quieros’,
que mis afectos me inspiran, a gozar mi vida que es muy afortunada,
y a no olvidar la maravilla de estar viva” (Testimonio 3).
Como lo que relatan estas personas en los testimonios anteriores,
a mi también me gusta la calma del estar en casa y tener sueño sufi-
ciente. Pero los pesimismos respecto a la justicia en el mundo se
confirman con la conciencia dura del contraste entre mi situación y
la de muchísimos mexicanos y otros ciudadanos en diversos países
que no han podido mantener el confinamiento como medida de pre-
vención de salud.
Cansa y preocupa la cantidad brutal de horas frente a la compu-
tadora, el teléfono celular y las redes y plataformas como contacto

51
con el mundo. ¿Qué pasaría si siguiéramos en cuarentena indefini-
damente y se nos acabaran nuestras reservas de recuerdos de expe-
riencia?
Es triste percatarnos de lo destructivo que somos los humanos
desde nuestra “hegemonía” en el planeta, es bueno confiar en que
la vida, el universo y la naturaleza tienen sus propios ciclos de
regeneraciones. Los vínculos son bocanadas de aire fresco. Los en-
cuentros con uno mismo en el espacio doméstico son agentes de
autofortalecimiento interno. A veces, da risa; otras, preocupa y unas
más enoja el constatar cómo la pandemia ha desmantelado ficcio-
nes de instituciones, prácticas, sistemas socioeconómicos y la ac-
ción de los políticos.
Mi hijo de catorce años cultiva este confinamiento desde su auto-
gestión con la guitarra autodidacta, el dibujo, la lectura, acondicio-
namiento físico, capoeira, posibilidades de vida plena dentro de
casa. Sin embargo, desde ahí escribió para este texto: “C-U-A-R-E-
N-T-E-N-A. 10 letras y 4 sílabas. Parecería una palabra normal, pero
no […] conlleva bastantes sentimientos, malentendidos, distancia-
mientos y hasta descansos […] Hay gente que lo aprovecha para ser
creativa o hacer cosas nuevas y hay gente que no […] ¿quién soy yo
para juzgarlos si de hecho soy igual a ellos?” (Testimonio 7).
Angustia cómo crecerán nuestros hijos si las pandemias y diver-
sas violencias comienzan a volverse algo cíclico. ¿Cómo transitarán
sus vínculos y su experiencia vital? Sólo queda un puro presente y
sus gestos posibles.

Fuentes

Testimonios 0 al 7. Manuscritos, correos electrónicos, notas en


Whatsapp, junio, 2020.

Testimonio 3. Mariana Grediaga. Testimonio 6. Ángel Mota, dieron


consentimiento de que su identidad se explicitara en el texto.

52
Los testimonios fueron aportados por personas residentes en la
Ciudad de México, excepto el Testimonio 6, aportado por Ángel
Mota residente en Montreal, Canadá.

Figuras 1 a 6 proporcionadas voluntariamente por sus autores, quie-


nes autorizaron su reproducción en este texto.

53
opinión
Xabier Lizarraga,
“La investigación científica para sobrevivir”
Reflexiones desde la cuarentena:
la omnipresencia de la información como
¿solución a la pandemia?

Juan Manuel Rodríguez Caso


Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

Pocos podíamos imaginar que nos tocaría vivir una situación como
la que sobrevino con la COVID-19. La “reclusión” obligada cambió
en muy poco tiempo todo a lo que estamos acostumbrados y, de
paso, ha generado nuevas “costumbres”, como quedarse en casa y
realizar en ese espacio todas nuestras actividades, incluso el trabajo.
En este breve escrito me baso en lo que me ha tocado vivir a lo largo
del confinamiento, lo que en ningún momento resta importancia a
la complicada situación que mucha gente está viviendo tanto en
México como otras partes del mundo.
Un aspecto fundamental dentro de todo lo que implica la cuaren-
tena es la información. Todo lo que leemos, escuchamos, vemos, y
que de una u otra forma llega a nosotros, es vital para nuestro diario
vivir. En la actualidad, la información se obtiene en buena medida
a través de medios electrónicos, y en los últimos años el internet
ha ganado un protagonismo enorme en la vida de mucha gente.
Mucho se habla del papel que juegan las redes sociales (Facebook,
Twitter, Instagram, Snapchat, WhatsApp, LinkedIn, entre otras mu-
chas, más las que se acumulen) en la difusión de información en
tiempo real. Nunca dejará de sorprenderme la facilidad con la que
ahora se puede saber lo que está pasando en casi cualquier parte del
mundo en el mismo momento en que suceden las cosas. Esta globa-
lización de la información, aunque enormemente ventajosa en mu-
chos sentidos, ha impulsado de manera definitiva un curioso
fenómeno en los últimos años: las “noticias falsas”, comúnmente
denominadas fake news.

59
El “mundo” que nos presenta internet es sumamente particular:
no tiene filtros. Con esto último me refiero a la posibilidad de que,
sin grandes problemas, cualquier persona puede acceder por igual
a una revista científica, a un periódico, a un blog, a su red social fa-
vorita, a un foro en favor del nazismo, a una conferencia defendien-
do el “terraplanismo”, o a artículos manifestándose en contra del
uso de vacunas. Pero todo lo anterior no significa ni remotamente
que cualquier persona pueda tener claridad sobre todo lo que se
puede encontrar en la red. Por ejemplo, todo lo relacionado con
COVID-19, coronavirus, pandemia, y cualquier otro término rela-
cionado, no es un tipo de información que la gente entienda a caba-
lidad, a pesar de la familiaridad que podemos tener ahora con todo
ello. Esto va de la mano de la creciente tendencia a que todos nos
creamos que somos el especialista en turno: “epidemiólogo de
redes”, es la profesión de moda.
Cada día que pasa de la pandemia vemos las noticias, y así mu-
chas otras personas. Tarde o temprano, toda esa información puede
terminar por abrumar. Tenemos periódicos, noticiarios, radio, inter-
net, redes sociales para “enterarnos” de todo lo que pasa día a día,
hora a hora, minuto a minuto. Además, en México tenemos por
ahora los discursos patrocinados por el gobierno que, día a día,
buscan proporcionar “información oficial” sobre la situación de la
pandemia. Pero, dado el ambiente de polarización existente en los
últimos años, confiar en la “información oficial” se ha vuelto parte
de un problema muy serio para mucha gente. A pesar de que en la
coloquialmente llamada “telenovela de las siete”, un médico espe-
cializado en epidemiología presenta un sinnúmero de gráficas y
discursos “confiables” sobre la situación, hay toda una variedad de
opiniones e interpretaciones sobre si sus dichos son verdaderos
o falsos. ¿Tenemos que hacerle caso a la autoridad por el hecho
mismo de ser autoridad? O, dado que nos presenta “datos sustenta-
dos en la ciencia”, ¿están libres de ser presentados o interpretados
a partir de algún interés político, económico o ideológico? Según la
lógica, seguir lo dicho por la autoridad por el hecho de serla es falaz,
pero también es una manera simple de hacer las cosas. Alguien más
nos dice qué hacer y nosotros simplemente lo hacemos. Por otro

60
lado, la etiqueta de “científicamente comprobado” es posiblemente
una de las más grandes mentiras que escuchamos día a día, porque
al final básicamente remite al mismo criterio de autoridad, en el
que por el “sólo” hecho de ser científico quien lo dice, hay que
hacerle caso sin ningún tipo de crítica.
¿Qué necesitamos para valorar la información de manera crítica?
¿Cómo podemos diferenciar la información “buena” de la “mala”,
para poder tomar decisiones sobre nuestra salud y la de los que nos
rodean? ¿Por qué es importante saber qué hacer con la información?
Las respuestas a estas preguntas son relevantes no solamente en
tiempos de pandemia, sin embargo, dada la conciencia que se ha
generado alrededor del impacto que puede tener la COVID-19 en la
salud, se vuelven más relevantes.

El “conflicto” que conlleva “saber” de ciencia

Es claro que para valorar la información que se genera particular-


mente desde la práctica científica y médica, se requiere que cual-
quier persona tenga ciertos antecedentes o cierta formación que
le permita entender y valorar lo que se está afirmando. Es irónico,
pero pareciera que la mayoría de las veces, como lo señala el histo-
riador británico Thomas Dixon en su Breve introducción a los estudios
sobre ciencia y religión, la ciencia implica un alto grado de “creencia”,
dado que al ser “conocimiento científico” en automático se da por
bueno, en la medida en que además estamos hablando de un cono-
cimiento (aparentemente) superior e infalible a otras formas de co-
nocimiento. Y tal superioridad e infalibilidad se hacen extensivas
a quienes las proclaman.
Vivimos en una época muy particular para el desarrollo y la
difusión de la ciencia. La enorme proliferación de movimientos
negacionistas (antivacunas, contra el cambio climático, contra la
evolución, a favor de la Tierra plana, contra el Holocausto, y un
creciente etcétera) es para preocuparse —un fenómeno creciente
debido al internet—, sobre todo cuando son abanderados por
diferentes gobiernos alrededor del mundo que, mediante el apoyo

61
popular, pretenden establecer esas visiones como dominantes.
Recientemente, la historiadora estadounidense Naomi Oreskes dis-
cute la crisis de credibilidad que tiene la ciencia, sobre todo frente a
la avalancha de información que nos rodea. Uno de los puntos más
interesantes de su planteamiento tiene que ver con la certeza que
genera el conocimiento científico, sobre todo porque parece asumir-
se que la práctica científica está íntimamente ligada a “intereses
extracientíficos”, es decir, existe la percepción pública de que si
la práctica científica se realiza desde una posición política está “con-
taminada”. Sin embargo, cuando uno profundiza en el estudio de
la ciencia desde la historia, la filosofía y la sociología, se puede apre-
ciar la diversidad de intereses que la rodean. Lo que hay que enten-
der es que la práctica científica es llevada a cabo por individuos
que la desarrollan dentro de un contexto geográfico y temporal,
lo que implica una gran cantidad de influencias e intereses. Al final
del día, la práctica científica tiene un papel central en el desarrollo de
las sociedades actuales y, a pesar de todo, vemos cómo hoy en día
mucha gente mantiene firmes creencias en el pensamiento mágico,
o incluso que, ante situaciones como esta pandemia, la religiosidad
aumenta notablemente. Desde la antropología, trabajos como los
del antropólogo polaco-británico Bronislaw Malinowski no pierden
vigencia, sobre todo en relación con el pensamiento mágico. ¿Por
qué mucha gente encuentra “respuestas” en la magia y no en la
práctica científica?
¿Pretendo aquí hacer una crítica destructiva hacia el conocimien-
to científico y promover una agenda anticientífica? La cuestión no
es decidirse entre dos posiciones extremas, como se suele presentar
tradicionalmente a la ciencia y la religión (o el pensamiento mági-
co), sino más bien el saber qué hacer con la información que recibi-
mos todos los días. El problema suele ser que la manera en la que
se nos presenta el conocimiento científico en un salón de clase, en
un artículo, en una conferencia o en un congreso —a pesar que
desde los estudios sociales de la ciencia es claro que la práctica
científica no conlleva nada parecido a una especie de “pureza” u
“objetividad”— es común que los científicos (y en esto tiene mucho
que ver una formación alejada casi siempre de las humanidades y

62
las ciencias sociales) no salgan muy seguido de su burbuja, y es
que, al final del día, practicar ciencia es una cuestión de privilegio,
limitada por diversos factores a una élite. Algo similar pasa con
el pensamiento mágico en la medida en que existe una narrativa
popular en la que se equipara a cualquier religión con ignorancia,
con formas “erradas” o “atrasadas” de ver y entender el mundo. En
la práctica, se reafirma una visión en la que existe una gran lejanía
con otras formas de conocimiento, o incluso, se fomenta un conflic-
to. En la enorme mayoría de los casos, la ciencia comprendida como
una forma de entender el mundo (para diferenciar de una metodo-
logía científica), se suele presentar como la única alternativa, y
al final del día es posible que, si hay que elegir, la gente que usual-
mente no tiene mayor contacto o comprensión de la ciencia se
decida por otras opciones.
Creo que una parte importante de que la gente no sienta confian-
za en el conocimiento científico y apele a otras formas de conoci-
miento tiene un trasfondo social y educativo. Por un lado, los
científicos son un grupo pequeño y privilegiado que tiene costum-
bres y lenguaje propio, y todo eso resulta arcano para la enorme
mayoría de la población (a veces, y a pesar de lo ocioso, hablar de la
comunidad científica me recuerda a las prácticas esotéricas de una
sociedad secreta como los masones). La enseñanza de la ciencia
en la escuela, sobre todo a nivel básico en un país como México, no
suele estar a cargo de gente involucrada de manera constante con
la práctica científica misma, sino que, en el mejor de los casos,
son profesores que han tomado algún curso relevante y poco más.
Y dado el cada vez más escaso apoyo a la ciencia en México, el
resultado inevitable es que el acceso a la misma sea mucho más
complicado para la mayor parte de la población. (situación aparte
es el escaso interés que tiene en general la comunidad científica en
la divulgación y difusión de la ciencia, más que nada porque no “da
puntos” para el curriculum vitae). Entonces, si estamos hablando
de un conocimiento arcano para la mayoría, como señala Malinows-
ki: es una cuestión cultural y de grupo el que ante circunstancias
difíciles —y en el que uno se puede llegar a sentir indefenso—,
se busca la respuesta en la magia. Se proporciona con ello un

63
sentimiento de seguridad o de esperanza a partir de una serie de
creencias que difícilmente se pueden probar en los términos que
exige la práctica científica.
¿El conocimiento científico es realmente “la” solución a los pro-
blemas del mundo? Es posible que así sea, pero no hay que olvidar
que no existe tal cosa como la “ciencia pura”, sino que la práctica
científica está sujeta a los más diversos intereses. Hoy en día, se
nos presentan números y gráficas para explicarnos la situación
de la pandemia: muertos, positivos, contagios. La intención es tran-
quilizar a la población con la finalidad de que pueda tomar las
mejores decisiones posibles para su salud y la de sus seres que-
ridos. Pero, ¿podemos encontrar tranquilidad en lo que no entende-
mos? Vemos las discusiones entre matemáticos sobre los modelos
a partir de los que se toman decisiones de salud y no parecen poner-
se de acuerdo. ¿Cómo vamos a estar más tranquilos si vemos que
no se ponen de acuerdo los “especialistas”? El problema de fondo
en la situación actual de pandemia es lo que se suele denominar
“cultura científica”. Una idea muy popular es que la ciencia está
basada en consensos absolutos entre sus practicantes, y cualquier
crítica debe ser mal vista. En la realidad, lo más normal para un
científico es estar discutiendo con sus pares todo el tiempo a través
de publicaciones, de seminarios, de conferencias, de clases. La cien-
cia no proporciona en ninguna circunstancia verdades absolutas
sobre ningún tema. En el mejor de los casos, tenemos aproximacio-
nes a un fenómeno en particular a partir de evidencias y propuestas
teóricas concretas. Pero las teorías cambian con el paso del tiempo;
pueden surgir nuevas evidencias para un fenómeno, y siempre
habrá nuevas motivaciones para buscar nuevas respuestas.
Lo anterior lleva inevitablemente a preguntarse qué tanto debe-
mos saber de cualquier tema, como para poder asegurarnos de
que podemos tomar decisiones “informadas”. ¿Qué tanto le debemos
hacer caso a los “expertos”, a los “especialistas”? Y aun a pesar
de todo, ¿qué tanto importa lo que sabemos, lo que creemos, al mo-
mento de tomar decisiones? No son preguntas de fácil respuesta.
Los expertos y especialistas no dejan de ser personas falibles y
con multitud de sesgos e intereses, pero lo que debe de aprender

64
a valorarse es su conocimiento específico. Eso es lo que resulta más
complicado, porque requiere de bases que la mayoría no tenemos.
Un punto relacionado es que al momento de valorar el conocimiento
especializado lo sepamos adecuar a partir de nuestra propia situa-
ción, pero mucho dependerá de los intereses individuales para que
al final tomemos lo que a priori resulte de utilidad para nuestras
decisiones.
Hay un concepto que me parece cada vez más necesario dentro
las discusiones académicas, el de honestidad epistémica. En pocas
y formales palabras, se refiere a la posibilidad de escoger entre la
posibilidad de realizar o no conductas inapropiadas dentro del que-
hacer científico. En lo personal, creo que debe de ampliarse esa
idea hacia algo mucho más básico: reconocer los límites del discurso
propio. De antemano, la práctica científica tiene límites tanto de
método como de objeto de estudio, y es por ello por lo que, por
el simple hecho de que un científico haga una declaración, no tiene
que darse por válida así nada más. Un científico no es un “todólo-
go”, a pesar de poder tener una cultura general muy amplia. En la
medida en que no se practica la honestidad epistémica, con mayor
facilidad se cae en diferentes falacias al momento de opinar. El
conocimiento en general, y el científico en particular, es tan especia-
lizado hoy en día que hay que ser muy crítico con lo que uno escu-
cha, lee y ve. Pero una cosa es ser crítico y otra, muy diferente, es
asumir que todo es falso. Esa honestidad epistémica es aplicable a
cualquier persona. Si vamos con un médico cuando no estamos bien
de salud es porque, de alguna manera, esperamos (o confiamos) que
esa persona con conocimientos más especializados sobre cuestiones
de salud nos indique un tratamiento a partir del cual mejorar. Bus-
car asistencia o diálogo con otras personas no debería implicar una
lucha continua por tener la razón, sino una actitud de apertura a la
crítica y a la autocrítica.
Es posible que conforme pase más tiempo, la confianza de la
gente en el conocimiento científico disminuya en la medida en que
la situación de la pandemia sea más complicada: mayor número de
infectados y fallecidos, mayor desempleo y consiguientes proble-
mas económicos, problemas crecientes para el acceso a la salud,

65
mayores tensiones sociales, y un largo etcétera. Ahora bien, acercar-
se al “pensamiento mágico” no es necesariamente un sinónimo for-
zoso de rechazar de facto lo que la ciencia puede aportar a nuestra
vida diaria. De hecho, es posible que la mayor parte del tiempo se
“acepta” el conocimiento científico y los desarrollos tecnológicos sin
mayor discusión.

Las soluciones vienen de personajes “extraños”

Acercarse a la ciencia debería de ser una actividad lúdica y no un


problema existencial o de decisión forzada. La ciencia no debe ser
patrimonio exclusivo de unos cuantos, sobre todo si pensamos que
no existe tal cosa como un estereotipo del científico. Más bien, es
una imagen contra la que hay que luchar día con día. Hay que
alejarse de la típica visión de un personaje que es hombre, viejo y
con bata, para dar paso a la normalidad de los seres humanos, es
decir, a la diversidad. Un científico puede darse en las más variadas
y “extrañas” formas; o bien, el uso del conocimiento científico lo
puede ejercer cualquier persona en la medida en que se apropie del
lenguaje y las metodologías.
Dado que es válido y necesario hacer críticas a la práctica cientí-
fica, a los científicos y a sus “resultados”, podemos voltear a ver
algunas de esas opiniones. Aunque sumamente controversiales,
propuestas tan extremas como la del tristemente célebre matemá-
tico y “terrorista” Theodore J. Kaczynski, mejor conocido como
Unabomber, establecen una dura crítica al modelo social en el que
hemos vivido desde el surgimiento del capitalismo.1 Un consenso
que se ha consolidado alrededor de la pandemia es que lo que esta-
mos viviendo es el resultado de la profunda crisis ecológica que
pocos ven y muchos preferimos ignorar, todo por, al final, mantener
un “estilo de vida” promovido desde la idea del “progreso”.

1
Véase Theodore J., Kaczynski, “Industrial Society and its Future”, https://
www.washingtonpost.com/wp-srv/national/longterm/unabomber/mani
festo.text.htm. Consultado el 21 de junio de 2020.

66
Irónicamente, las críticas hacia los problemas de fondo que nos
tienen hoy encerrados y cada vez con mayor miedo han sido desta-
cadas y criticadas por diversos autores desde muy diferentes trin-
cheras. Personajes como el Papa Francisco, a través de la encíclica
Laudato si’ (18 de junio de 2015), y teólogos y filósofos como los
siempre controvertidos Pierre Teilhard de Chardin y Leonardo Boff
han puesto el dedo en la llaga al recordar que TODOS vivimos en
un mismo espacio, que tenemos una casa común y que, a pesar de
nuestras diferencias, tenemos un origen común. En especial, la obra
de Teilhard de Chardin (que ha servido de base a las reflexiones
tanto del Papa Francisco como a la numerosa obra ecológica de Boff)
nos recuerda que “todo está conectado con todo”.
Retomo estas opiniones no por mera casualidad, sino para mos-
trar que hay pensamientos que conjuntan diferentes formas de
entender el mundo, y que son un toque de atención que no habría
que obviar por diferencias ideológicas. Por un lado, la ciencia y las
creencias religiosas y espirituales pueden ir de la mano al momento
de valorar problemáticas como las que han surgido con la pande-
mia; por el otro, hay que tener claro que el quehacer científico surgió
y se ha desarrollado dentro de un modelo económico/social. Algo
que queda claro cada día que pasamos en el encierro es que es
necesario un replanteamiento de fondo sobre la manera en la que
funciona la sociedad contemporánea en su conjunto. Tal resignifica-
ción debe partir de una posición de humildad, de autocrítica, y de
diálogo constructivo.
A pesar del alud de información, nadie tiene claro cuándo se va
a terminar la pandemia o cómo se resolverá. El conocimiento sobre
el virus se da a paso “lento”, pero realmente no es algo que pueda
acelerarse. Son otros los conocimientos que pueden darnos mayor
tranquilidad o esperanza en estos días. El equilibrio que cada uno
podamos hacer con toda esa información es lo que nos permitirá
tomar decisiones que satisfagan nuestros intereses.

67
La COVID-19: una epidemia construida
al avasallar la naturaleza

José Luis Martínez Ruiz


Instituto Mexicano de Tecnología del Agua

COVID-19, Naturaleza y globalización

En el texto conocido en español como Formaciones económicas preca-


pitalistas (Formen), publicado en 1971 por la editorial Siglo XXI y
precedido por una aguda presentación de Eric J. Hobsbawn, Karl
Marx planteaba la génesis del modo de producción capitalista a
través del análisis de los modos de apropiación-transformación de
la Naturaleza mediante el trabajo realizado por ciertas sociedades
que precedieron al sistema capitalista. El tema central de las Formen
se relaciona con el proceso de “separación del trabajo libre con res-
pecto a las condiciones objetivas de su realización con respecto
al medio de trabajo y al material de trabajo”,1 y que al evolucionar
posibilitó la aparición de los vínculos capital-trabajo, dinero-
mercancía y circulación-mercado. Este proceso implicó también un
cambio sustancial en la relación primigenia entre el trabajo y la
naturaleza de las primeras formas sociales de organización, para
apropiarse de los recursos naturales, bajo cuyo estatus dichas forma-
ciones podían, de acuerdo con sus condiciones objetivas de exis-
tencia, lograr su autorreproducción y mantener así sus modos de
vida en vínculo con el medio natural. Es precisamente sobre esta
relación del trabajo con el medio natural en el contexto actual de la
pandemia que quiero llamar la atención, respecto a la irrupción “re-
pentina” e “inesperada” de la COVID-19, digna de un episodio de
la serie televisiva The Twilight Zone, y que ahora recorre el mundo

1
Karl Marx y Eric J. Hobsbawm, Formaciones económicas precapitalistas, México,
Pasado y Presente, 1971, p. 51.

69
como un fantasma, esparciendo su aliento de muerte en la inmensa
mayoría de las naciones asentadas en los cinco continentes.

Vínculo y concepción de la Naturaleza


en las formaciones precapitalistas

Marx consideraba que, en las primeras colectividades humanas, la


tierra —léase “la Naturaleza”— cumplía tres funciones esenciales
para su desenvolvimiento. Primero, era vista como “el gran labora-
torio, el arsenal que proporciona tanto el medio de trabajo como el
material de trabajo”;2 segundo, suministraba la base para el asenta-
miento de los humanos, y tercero, proporcionaba un espacio creativo
de representaciones de la subjetividad (cultura, cosmovisión, reli-
gión) que encarnan a la Naturaleza o se expresan en la forma de
divinidades, con la misma base espiritual, religiosa o mística en que
la figura de un déspota, sátrapa o supraautoridad podría surgir. En
estas formas precapitalistas, su régimen económico tiene como fun-
damento la agricultura y la propiedad de la tierra —entiéndase una
región geocósmica del planeta—, y su “objetivo económico es la
producción de valores de uso”.3 Aquí, los integrantes de este tipo de
sistema de producción consideran las condiciones materiales en que
se realiza o se objetiva el trabajo como su pertenencia; las conciben
y trabajan “como naturaleza inorgánica de su subjetividad”.4 En
cierto modo, el ser humano y la Naturaleza, aunque diferenciados,
pertenecen a un mismo orden: el orden de la vida y de los ciclos
naturales. El propósito es mantener el modo de vida comunitario y
su forma de apropiarse del hábitat. La Naturaleza le pertenece al ser
humano de la misma forma que aquella es “propietaria” de este,
en quien predomina el valor de uso sobre el valor de cambio.
Este modo de apropiarse de la Naturaleza, mediante el trabajo y
los medios (instrumentos-tecnología) que crea para este fin, se

2
Ibid., p. 52.
3
Ibid., p. 62.
4
Idem.

70
modificó radicalmente con la presencia, evolución y consolidación
del sistema capitalista, en el que lo que domina y define el modo de
producción es el valor de cambio, por encima del valor de uso; en
otras palabras, la búsqueda de la riqueza y su acumulación. Este
conjunto de factores y condiciones —como la expansión e intensi-
dad con base en la división-especialización del trabajo; el crecimien-
to del intercambio de mercancías; el uso del dinero y su evolución
en otras formas abstractas de operaciones financieras como sustento
para operar el mercado; la acumulación del capital y la globaliza-
ción del mercado en la era postindustrial del modo de producción
capitalista— ha conducido a una etapa de hiperprogreso que se ca-
racteriza, como diría Hobsbawm, “por una creciente emancipación
y control” de la sociedad postindustrial con respecto a la Naturale-
za. Uno puede pensar, como Marx, que este desarrollo extraordina-
rio de las fuerzas productivas desata las posibilidades de hacer
real una era utópica de la humanidad: así, a la manera de Charles
Fourier, alza la voz Marx:

Pero in fact, si se despoja a la riqueza de su limitada forma burguesa,


¿qué es la riqueza sino la universalidad de las necesidades, capaci-
dades, goces, fuerzas productivas, etc., de los individuos, creada en
el intercambio universal? ¿[Qué, sino] el desarrollo pleno del domi-
nio humano sobre las fuerzas naturales, tanto [sobre] las de la así
llamada naturaleza como [sobre] su propia naturaleza? ¿[Qué, sino]
la elaboración absoluta de sus disposiciones creadoras sin otro pre-
supuesto que el desarrollo histórico previo, que convierte en objeti-
vo propio a esta totalidad del desarrollo, es decir del desarrollo de
todas las fuerzas humanas en cuanto tales, no medidas con un
patrón preestablecido?5

Sin descartar esta posibilidad utópica que pasa por transformar


y superar el capitalismo —aquí incluyo como variantes de este sis-
tema a los socialismos de Estado vigentes en naciones como Rusia,
China, Cuba y otras más—, me pregunto in fact: ¿qué sucede en
este momento con la interacción entre el sistema económico mun-

5
Ibid., pp. 65-66.

71
dial y la Naturaleza? ¿Qué efectos o impactos ha provocado este
distanciamiento-emancipación de la Naturaleza por parte del ser
humano? Un efecto de esta nueva forma de apropiarse del reservo-
rio natural es percibir los recursos naturales como materia de insu-
mos de producción; así, esta óptica economicista y tecnocrática ha
provocado que las acciones antropogénicas afecten el equilibrio
natural de los ecosistemas. Esta forma de dominio sobre la Natura-
leza ha generado (y genera, ciertamente) progreso y bienestar, pero
también ha mermado y en ciertos casos nulificado la capacidad
de resiliencia de los ecosistemas, y no solamente a nivel regional,
sino que ha incrementado los riesgos a nivel planetario, y si a ello le
agregamos el cambio climático, los impactos se agravan aún más.

La COVID-19: capitalismo postmoderno y ecología

La base operativa del sistema capitalista es la producción con base


en el trabajo, objetivado en los recursos naturales —fabricación
y circulación de mercancías—: al tener esta filosofía productivista
como objetivo prioritario obtener riqueza (ganancia), trata a la
Naturaleza como materia inerte o simple insumo. Este proceder,
al ampliarse e intensificarse planetariamente durante el siglo xx,
ha originado un impacto devastador en los ecosistemas que se ha
recrudecido en los últimos 20 años y ha causado serias alteraciones
entre los seres vivos y su entorno natural, lo que, a su vez, ha tenido
consecuencias sistémicas, una de las cuales es que la salud se con-
virtió en una mercancía más. Vemos entonces que la Naturaleza
es concebida en el marco de un antropocentrismo despótico, que
la percibe como materia prima para el proceso de producción; es
decir, se desnaturaliza, deja de percibirse como sujeto divinizado,
como acontecía en las sociedades antiguas. Es de notarse que, no
obstante, el desarrollo capitalista globalizado, los pueblos que
actualmente denominamos originarios perciben a la Naturaleza
como una entidad autopoyética o viva.
La visión capitalista entra en conflicto con la cosmovisión de
estos pueblos originarios, ya que al considerar a la Naturaleza como

72
objeto o insumo en el proceso productivo del modo de producción
capitalista, esta ya no es el espacio o materia de representaciones
de la subjetividad humana. En la Naturaleza, como cuerpo inorgá-
nico, ya no prevalece el vínculo con la comunidad de los sujetos
vivientes; ahora la relación dominante es entre el sistema económi-
co mundial y la Naturaleza como reservorio para la producción, y
no para la existencia, convertida en un recurso puramente material,
objeto de explotación sujeto al desenfrenado intercambio universal
del mercado global. Al reducir la Naturaleza a un mero insumo de
producción se olvida que se trata de una estructura compleja que
alberga sistemas vivos que establecen relaciones interactivas con su
medio ambiente, sede de elementos inorgánicos donde ocurren,
entre otros fenómenos, el ciclo hidrológico y el ciclo del carbono,
fundamentales para la presencia de la vida y el sostenimiento
planetario en sus condiciones físicas y químicas actuales. Dicha
falta ha puesto en riesgo las condiciones que permiten la existencia
humana y otras formas de vida. Agrego también, con base en los
planteamientos de Marx, que los imperios económicos han tratado
como parte del material de los recursos naturales a otras sociedades
y grupos humanos, lo que dio origen al esclavismo y al colonialismo
tradicional y actual, tal y como sucede en el presente con los pue-
blos originarios, considerados por el gran capital como un “recur-
so” para liberar fuerza de trabajo. De ese modo, se corta de tajo la
relación de los pueblos con su entorno natural y, en consecuencia,
se implantan procesos productivos de alta rentabilidad, inclusive en
ciertos proyectos considerados ecológicos, como los megaproyectos
eólicos en el territorio de los huaves o ikoots en el istmo de Tehuan-
tepec, Oaxaca.
Así, la emancipación del ser humano de la Naturaleza trajo
consigo, entre otras situaciones, la subsunción formal y real de las
economías precapitalistas a la economía mundial regida por el capi-
talismo ultramoderno; la dependencia de los centros que rigen
y dominan la globalización del mercado y el colonialismo interno
en las formaciones sociales no imperiales y subsumidas a este; el
fetichismo de la mercancía, al grado que a veces adquiere las funcio-
nes de las antiguas divinidades paganas. Esta ruptura entre los seres

73
humanos y su hábitat natural y social ha sido una consecuencia del
desarrollo tecnológico y comercial, que en su evolución histórica
hizo surgir una oposición dialéctica entre la Naturaleza —sistema
hipercomplejo de relaciones interactivas bióticas y abióticas— y el
sistema capitalista postmoderno, tensado por la dinámica progresiva
del desarrollo de sus fuerzas productivas y las relaciones sociales de
producción.
En dicha contradicción ya no es sostenible la relación de nuestro
actual modo productivo con la Naturaleza, a riesgo de un colapso
de la humanidad. Vislumbro, por decirlo así, que el medio para
cambiar esta relación no son los sujetos sociales enajenados por el
progreso, incluidos los que se consideraban agentes revolucionarios
en los siglos xix y xx, como los obreros y los campesinos. Es por eso
que en la actualidad la izquierda y la derecha tienden a parecerse
entre sí en sus medidas económicas y ambientales, pero tampoco es
una opción el libre mercado, tal como lo sigue pregonando la co-
rriente neoliberal. Ahora el medio de transformación revolucionario
sólo es posible a través de la liberación de la Naturaleza mediante
sujetos sociales desalienados, en una renovación de su relación con
ella. Al convertirse este cuerpo inorgánico en una entidad en contra-
dicción con el sistema económico mundial postindustrial, se genera
una lucha “ecosistémica planetarizada” —algo semejante a una lu-
cha de clases— entre la Naturaleza y el ser humano moderno, en su
condición de producto de la sociedad postindustrial en ruptura con
su medio natural. No queda otra que cambiar nuestro modo de
vida, y eso incluye nuestra forma actual de concebir y relacionarnos
con la Naturaleza.

La lucha por el planeta entre la Naturaleza


y el sistema económico mundial

Los nuevos virus desatados son consecuencia de las graves afecta-


ciones a los ecosistemas, provocadas por la superexplotación de la
sacrosanta actividad del trabajo, objetivado bajo el actual sistema
económico mundial. En el presente, estos agentes infecciosos, al

74
igual que las mercancías, circulan y se globalizan en el intercambio
universal, y han puesto de manifiesto natural e históricamente esta
contradicción en el seno de la oposición de las relaciones sociales de
producción y el desarrollo de las fuerzas productivas. Es interesante
que a los virus —‘veneno’ en latín— se les clasifique en la frontera
entre los entes vivos y los no vivos, y que las actividades antropogé-
nicas que han alterado los hábitats, la biocenosis y los factores
abióticos hayan creado un espacio para que, por causas antrópicas y
no naturales, prosperen estos microorganismos, instalándose a ni-
vel celular dentro de otros organismos. De esta manera, a diferencia
de otras plagas y epidemias que han sucedido en la historia de las
sociedades, la propagación de la COVID-19 —por su génesis, su
forma de propagarse, su difusión masiva, intensa, letal y que abarca
los cinco continentes— lo ha convertido en un “agente revolucio-
nario sin control”, en un fenómeno natural extremo engendrado a
partir de la lucha ecosistémica planetarizada entre la Naturaleza
—como entidad que soporta la vida y sus componentes inorgánicos,
y que permite en el planeta las condiciones para que la especie hu-
mana pueda existir como tal— y el modo de producción globaliza-
do. La aparición de este virus (y otros semejantes), sin importar si se
generó “naturalmente” o en laboratorio, es producto de las condi-
ciones objetivas en que se desarrollan las fuerzas productivas y
sus relaciones sociales de producción, y se enmarca en la contra-
dicción mayor que se establece entre la Naturaleza y este modo de
producción globalizado. Aparte de las desigualdades y asimetrías
socieconómicas que provoca el hipercapitalismo, otro de sus efectos
a considerar es el aumento y la propagación masiva de las enferme-
dades infecciosas, directamente vinculados a la deforestación y
pérdida de la flora y la fauna. Entre más se altere el equilibrio y la
resiliencia de los ecosistemas, más se propiciará que ocurran brotes
masivos pandémicos como el de la COVID-19.

75
La COVID-19, una epidemia construida
al avasallar a la Naturaleza

No es fortuito que la gestación de la COVID-19 haya sucedido en


China, país que en estos últimos años ha tenido el mayor índice
mundial de producto interno bruto (pib). Para obtener este creci-
miento de su productividad, China recurrió a un proceso de indus-
trialización que ha avasallado los recursos naturales y ha recurrido
a una intensa explotación de su fuerza de trabajo. Wuhan, capital
de la provincia de Hubai, es buen ejemplo de la pujanza industrial
del gigante asiático, pues cuenta con una población mayor a los 11
millones de habitantes y es uno de los principales centros financie-
ros, económicos, políticos e industriales de la China postmoderna,
con un gran desarrollo en infraestructura de vías de comunicación
terrestres, aéreas y fluviales. Aquí se localiza la presa más grande
del mundo, Tres Gargantas, que por sus dimensiones y capacidad
es la mayor infraestructura para generar electricidad en el mundo,
además de numerosas empresas e inversiones en centros industria-
les, e instancias de investigación y desarrollo tecnológico. Wuhan es
el prototipo de un centro postindustrial económico que, a diferencia
de otros países, es regido por un Estado con gobierno socialista, pero
con un sistema productivo capitalista, al fin y al cabo.
Por lo dicho anteriormente, no es fortuito que en diciembre de
2019 el virus COVID-19 haya brotado en un mercado mayorista
de mariscos de esta región, lo que obligó al gobierno de Beijing
a tomar medidas de confinamiento, de prevención higiénica para
evitar contagios y de atención hospitalaria emergente, al grado que
encapsuló a toda la provincia de Hubai, restringiendo las entradas
y salidas de su población por vía del tráfico aéreo, fluvial y terrestre.
En este gran mercado de Wuhan se comercializan mariscos, pesca-
do y animales vivos. Una de las posibles cadenas de transmisión
—como ha sucedido con la gripe aviar A-H5N1, o la gripe porcina
H1N1— es que el virus SARS-CoV-2 se haya hospedado primera-
mente en un animal; en este caso, se han identificado —mas no
confirmado— como transmisores el murciélago de herradura (Rhi-
nolophus sp.) y el pangolín chino (Manis pentadactyla), especie de
armadillo que se vendía en el mercado mencionado.

76
Un aspecto a señalarse en cuanto a disponer de sitios de venta a
gran escala, es la interacción entre el desarrollo industrial, los com-
plejos urbanos y los hábitats y biotopos de los ecosistemas. Además,
el crecimiento de la población ha propiciado la creación de criade-
ros masivos para la alimentación y la agroindustria, así como el
aumento de centros urbanos que crecen a expensas de los entornos
naturales y que demandan servicios de toda índole (energético, de
provisión, tecnológico), por lo que la opción desarrollada por las
sociedades actuales es la producción, distribución y consumo masi-
vo de todo tipo de mercancías. En consecuencia, al desaparecer los
entornos naturales por acciones antropogénicas, se ha causado la
pérdida de la cubierta vegetal de extensas superficies —miles de
hectáreas de bosques y selvas—, lo que ha provocado una grave
alteración al equilibrio y a la capacidad de resiliencia de los ecosis-
temas y ha contribuido a la intensificación del cambio climático.
Ello ha generado condiciones propicias para la gestación de virus
naturales que, al hospedarse en los animales y saltar a los humanos,
se convierten en agentes infecciosos devastadores que desencade-
nan enfermedades zoonóticas mortíferas.
En ese sentido, ya sea un murciélago, un armadillo u otro animal
el huésped del coronavirus, importa saberlo porque, al conocer su
cadena de transmisión, se puede encontrar la forma de combatirlo;
pero aquí lo que quiero resaltar es que la actual pandemia se gesta
desde las entrañas del modelo económico mundial que priva en las
sociedades postindustriales y que tiene subsumidos a los sistemas
económicos no altamente desarrollados como los de la mayoría de
países de África, América Latina, Asia y otras regiones del mundo.
En ese contexto, puede afirmarse que la COVID-19 es una epidemia
construida, que revela que, en el fondo, el problema estriba en la
relación enajenada del ser humano (establecida a través del merca-
do mundial) con la Naturaleza. Este modo de producción capitalista
es soportado por la ciencia y la tecnología al servicio de intereses
lucrativos, las cuales, por más intentos que los trabajadores del
conocimiento hagan por liberar el capital cognitivo y sus aplicacio-
nes en beneficio del bien común y del medio ambiente, terminan
como una fuerza subsumida a la economía mundial globalizada
en contra de la Naturaleza, que finalmente queda reducida a un

77
insumo, materia prima de los procesos de producción y circulación
desenfrenada de las mercancías lanzadas urbi et orbe.

La huelga general de la COVID-19

Al estallar la “huelga general de la COVID-19” que paralizó de gol-


pe las actividades antropogénicas estructurales vinculadas al modo
de vida soportado por el sistema económico mundial, se captaron
en los medios masivos de comunicación convencional y en las redes
sociales —a través de lo que yo llamo selfmass-media— imágenes y
audios en los que la Naturaleza (y la vida que alberga) recupera su
libertad de manifestarse y reconquistar su posición como entidad
viva frente a su opositor, el modo de producción capitalista globali-
zado. Al quedar prácticamente sin tráfico vehicular y detenida la
mayor parte de sus actividades comerciales y productivas, pumas,
zorros, osos, patos, jabalíes, zarigüeyas y otros animales empezaron
a deambular por las ciudades en las que sus pobladores se vie-
ron obligados a confinarse en sus casas.
Escenas parecidas se observaron en zonas de veraneo y sitios
recreativos concurridos por su belleza, como las playas turísticas,
antes atiborradas, adonde ahora, al retirarse los humanos, se vieron
acercarse delfines, tiburones, lobos marinos y parvadas de gaviotas,
pelícanos y otros tipos de aves; el trinado de los pájaros sustituyó en
varios lugares de las urbes al ruido de los motores, y hubo una
intrusión masiva de monos macacos en la ciudad de Lopuri, en
Tailandia. En la atmósfera y los mares disminuyó la contaminación
de sus aguas y la polución de sus aires al reducirse sustancialmente
las emisiones de CO2, y no es exagerado pensar también que la flora
pueda aprovechar la parálisis de la actividad y la presencia huma-
nas para ocupar espacios conquistados por las urbes.
Esta pandemia ha puesto de manifiesto, en el caso de México y
otros países, la precariedad y falta de seguridad económica de una
inmensa mayoría de sus ciudadanos; la necesidad de establecer
una cobertura universal de salud es urgente. En México, más de
44 millones de mexicanos no cuentan con suministro diario de agua

78
en sus hogares y 8 millones carecen del servicio de agua entuba-
da en sus casas (INEGI 2018). Esta inequidad en el acceso al agua
incrementa la vulnerabilidad a la COVID-19 y en general a las enfer-
medades infecciosas. La asociación de una comorbilidad con este
virus —puesto que abundan entre nuestra población padecimientos
como hipertensión, diabetes, obesidad y otros—, solo se ve agravada
por una mala nutrición, debida al alto consumo de alimentos que
contienen aditivos, grasas saturadas, un elevado índice glucémico,
altas cantidades de sodio y exceso de calorías. Este tipo de alimentos
es producido por industrias alimentarias que comercializan lo que
se conoce como “comida chatarra”, que en México tiene gran arraigo
en las familias, especialmente entre la población considerada en con-
dición de pobreza.
El impacto de la COVID-19 será mayor en estos sectores; por
ejemplo, en la Ciudad de México, la alcaldía de Iztapalapa es la que
tiene más carencias y limitaciones en el servicio y abastecimiento de
agua para consumo humano y es donde se reporta mayor número
de fallecimientos a causa de la COVID-19.6 En los sitios donde pre-
valezcan situaciones similares, veremos que el impacto de esta epi-
demia tendrá un mayor índice de mortalidad.

6
“Coronavirus en la CDMX: Las colonias con más casos de COVID-19”, Medio-
tiempo, 5 de noviembre de 2020, consultado el 10 de noviembre de 2020 en
https://www.mediotiempo.com/otros-mundos/coronavirus-en-la-cdmx-las-
colonias-con-mas-casos-de-covid-19.

79
Fuente: Editorial Medio Tiempo, 10 de noviembre de 2020.

Conclusiones

Si algo ha logrado la pandemia de COVID-19, es poner en primer


plano el enfrentamiento de la Naturaleza y el régimen de produc-
ción capitalista globalizado. En ese sentido, considero que, hoy por
hoy, esta es la principal contradicción a superar, de la cual se deri-
van otras, como la pobreza, la salud, el derecho humano al agua y
al saneamiento, la migración, la resiliencia de los ecosistemas, etcé-
tera. Se trata, pues, de que la vida planetaria, tal y como la hemos
conocido como especie humana, se encuentra en riesgo. El planeta

80
ya existía antes de la aparición del Homo sapiens sapiens y todo pare-
ce indicar que continuará en el caso de que desaparezca el ser hu-
mano. Ello nos mueve a la necesidad de pensar y configurar un
nuevo orden económico mundial que implique cambiar nuestra
relación con el planeta, representado como Naturaleza.

81
Un lugar para la clínica en
los recuerdos del porvenir

(A los queridos José Luis Ramírez y Mariana Tavera,


personajes principales de las batallas contra la COVID-19)

Rafael Guevara Fefer


Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

Sigue sorprendiéndome que las historias clínicas que escribo se lean


como si fuesen cuentos, carentes, podríamos decir, del riguroso sello
de la ciencia. Me consuelo pensando que ello obedece sin duda
a la naturaleza del tema y no a mis inclinaciones personales.

signund freud

El capitalismo salvaje sigue siendo capitalismo salvaje,


solo que ahora tiene fiebre.

JuliÁn Herbert

Para empezar

La poderosa fuerza para curar enfermedades que utilizamos en el


siglo xxi es producto de una mixtura disciplinaria e histórica, en la
que la química, la fisiología, la biología, la microbiología, la física,
la enfermería y la medicina científica —con sus decenas de especia-
lidades— se han mezclado en eso que se conoce como la “experien-
cia clínica” para sumar esfuerzos y saberes por conocer cómo
enfermamos. Al mismo tiempo, tal experiencia permite a las cien-
cias desarrollar dispositivos para curarnos, tales como vacunas o
antivirales. La “experiencia clínica” también permite dar soporte

83
y asistencia; por ejemplo, a través de oxígeno, analgésicos y desin-
flamantes, suministrados con precisión, para que nuestros cuerpos
enfrenten las batallas inmunológicas que se han presentado, y así
poder sobrevivir. Una vez que pasa lo peor de alguna severa infec-
ción en vías respiratorias, quienes nos curan también nos dan apoyo
para recuperar el funcionamiento total de tejidos dañados y superar
el malestar remanente para recuperar la salud plena.
Asombrosos han sido los resultados de la tecnología y la ciencia
que curan; estos son parte de la llamada Tecnociencia, concepto de
actualidad que se usa para referirnos a aquellas prácticas de pro-
ducción de conocimiento que sirven para crear mercancías con alto
valor de cambio en medio de un proceso de producción globaliza-
do, porque logran conectar saberes científicos y tecnológicos. La
Tecnociencia ha sido una reciente promesa más de la modernidad y
sus productos, así como el fundamento de nuevos modos de violen-
cia en las sociedades capitalistas que habitamos y nos habitan. Esta
hunde sus raíces tan lejos como se quiera; aquí, arbitrariamente, su
antecedente es la llamada Big Science, que permitió la bomba atómi-
ca, y es más que lo que contienen las palabras técnica y tecnología.1
Asombra que tanto saber técnico sea siempre insuficiente ante las
enfermedades que se vuelven insoportables e inmanejables por la
desigualdad, la pobreza, y otras lacras propias de un mundo que
va por su siguiente revolución industrial; un mundo que nos ha
llevado a vivir cada día más en grandes ciudades de dimensiones
no humanas, que generan riesgos no conocidos, que siempre son no
naturales, pues no existen otros. Lo que sí existe en la naturaleza son
eventos como erupciones, virus que evolucionan y nos hacen evolu-
cionar, terremotos, o glaciaciones que son catastróficas para nuestra
especie, y que no podemos evitar ni predecir; esto, aunque la ciencia
ha dado cuenta de estas, ampliando nuestra comprensión de las
dinámicas de la naturaleza orgánica e inorgánica que nos rodea y de
la que somos parte.

1
Tal como lo expone, entre muchos otros, Javier Echevarría en La revolución
tecnocientífica, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2003.

84
Desde hace muchísimas lunas, sabemos que las aguas, los aires,
los fuegos y las tierras no nos permiten un estilo de vida tan frívolo
y devastador como el que promete el mercado mundial a todas las
personas en este siglo xxi; tiempo presente en el que habitan socie-
dades diversas que tienen un común denominador: la desigualdad
y un capital que impone su agenda evidente o subrepticiamente,
haciéndonos creer que los estados nacionales modernos toman de-
cisiones científicas por razones humanitarias, de salud pública,
de sobrevivencia, o porque no tenemos opción frente a escenarios
naturales como el de una pandemia, mismos que atravesamos cual
tempestad hecha de azar y necesidad.
Estos orgullosos estados modernos llevan poco más de doscien-
tos años celebrándose a ellos mismos por tratar de gobernar cientí-
ficamente usando teorías científicas sociales y naturales que les
permiten ser los garantes de la salud pública. Para cumplir con su
cometido, han usado datos estadísticos sobre cuántas personas
mueren, cuántas nacen, cuántas se casan, cuántas son asesinadas,
cuántas son criminales, o cuántas son mujeres, hombres, niños,
jóvenes o viejos, cuántas se enferman del corazón, del síndrome
metabólico, de tabaquismo, de alcoholismo u otra adicción y, por
supuesto, cuántas sufren de Síndrome Respiratorio Agudo Grave
(sArs) por el coronavirus de la COVID-19. En las últimas décadas
nuestros gobernantes han sido omisos e irresponsables, al punto de
que el ciudadano es el responsable por el bienestar de la comunidad
imaginada que integra su nación.
Documentar nuestro pesimismo ante nuestros líderes económi-
cos y políticos es fácil: resulta una necedad insultante que, sabedo-
res de que hay virus en otros mamíferos que pueden enfermarnos,
esto no impida que a esos animales los transformemos en alimento
sin atender los posibles riesgos de tal hábito, sin prevención alguna.
Esta práctica común y corriente va más allá del riesgo, es una expre-
sión prístina de qué tan necios somos en estos tiempos que corren.
Nuestros ancestros del siglo xix sabían que los animales que con-
sumimos eran un contenedor de agentes patógenos que podrían
atacarnos; su sabiduría les alcanzó para diseñar técnicas, leyes y

85
reglamentos para el manejo de la fauna que se volvería nuestro
alimento, con la intención de cuidar la salud pública.2
Entonces, re-necio resulta consumir más carne de la que necesita
el mamífero que somos para nutrirnos, según la ciencia; igual de
necio es producir tanta basura que no se degrada; y más necedad
hay cuando curar no es un antiguo arte altruista o una acción huma-
nitaria, sino una industria muy redituable que especula con la salud,
un derecho humano que, como tantos otros, es letra muerta en algún
oscuro capítulo de leyes locales o internacionales.
Afirmar que vivimos en la globalización quizá deba ser matiza-
do, pues cierto es que hay comercio mundial profusa e inextricable-
mente conectado, y que eso trae consumos culturales similares por
todas partes; también cierto es que no habitamos una cultura global
y estamos a años luz del ciudadano universal kantiano. El mundo
actual está compuesto de prácticas y discursos diversos: unos mile-
narios, otros antiguos y algunos muy recientes, que cohabitan en
tensión y al borde del conflicto.
No pudimos o no quisimos atender el riesgo; ahora tenemos que
poner toda nuestra atención en una epidemia viral (COVID-19)
que probablemente no acabe con la especie. En cambio, ha vulnera-
do la robusta autoimagen de los orgullosos Estados nacionales que
supuestamente tienen gobiernos e instituciones que, junto con el
saber científico, nos cuidan hasta de nosotros mismos. Va para unos
doscientos años que las ciencias y los Estados que las han cobijado
nos prometieron que sus logros permitirían un progreso sostenido
que nos llevaría a mundos mejores. Ahora las ciencias sociales son
más modestas: saben que sólo pueden ayudarnos a conocer más
sobre los riesgos que implica nuestra vida en común.3
En la atmósfera de atmósferas que ha sido la información sobre
la pandemia, se echan de menos las voces y la experiencia de la

2
Véase Blanca Irais Uribe Mendoza, Juan Manuel Cervantes Sánchez y Ana
María Román de Carlos. Una mirada a la historia de la medicina veterinaria: a través
de la vida y obra de José de la Luz Gómez, México, UNAM-Facultad de Medicina
Veterinaria y Zootecnia, 2011.
3
Véase Zygmunt Bauman, Para qué sirve realmente un sociólogo, Barcelona,
Paidós, 2014.

86
clínica. No hemos escuchado suficientemente a quienes están curan-
do enfermos que atraviesan por burocracias, discriminaciones,
estigmas, constipaciones, toses, fiebres, gripes, anosmias, diarreas,
faringitis, laringitis, cefaleas, fallas respiratorias y hasta pulmonías
que fueron causadas por un coronavirus nuevo en el cuerpo de los
humanos —de una familia ya conocida—, que padecieron síntomas
y malestares que son semejantes y distintos a los ya conocidos desde
hace siglos.
En cambio, en este país todas las tardes escuchamos la voz auto-
rizada de un epidemiólogo exponer y explicar qué es una pande-
mia, particularmente la de COVID-19, y cómo diablos vamos a salir
de ella desde las acciones de gobierno, junto con nuestro esfuerzo
por mantenernos en casa los que podemos, cuidando a los otros al
cuidarnos. Al hacer su chamba, el epidemiólogo de marras desplie-
ga un saber interdisciplinario que incluye ciencias duras, blandas,
formales, empíricas, naturales y sociales, así como dotes para atajar
y construir opinión pública. A ratos, me parece un médico decimo-
nónico, de esos que se encargaban de labores varias: diseñar progra-
mas de vacunación, controlar las aduanas, inventar saberes como la
antropología física, dar cátedra, fundar instituciones, hacer políticas
de salud pública; personajes un poco lejanos a quienes nos miran los
ojos, la nariz, la garganta y nos escuchan la respiración, para luego
extendernos una receta; personajes cuyo saber —epidemiológico—
es comprendernos como especie y población, no como personas sin-
gulares en las que la enfermedad se encarna de modo distinto por
nuestra genética, nuestros hábitos, nuestra salud mental y la otra,
nuestra edad, nuestras condiciones socioambientales, nuestra reli-
gión, nuestra cultura, nuestro género y nuestro presupuesto.
Antes, en el siglo xix, cada enfermo era un universo en sí mismo
a quien había que curar. Ahora los enfermos son parte de algún caos
llamado enfermedad, síndrome o condición, descrito y tipificado
por los especialistas en algún manual. Tales expertos han diseñado
protocolos de tratamiento que muchas veces obvian al sujeto enfer-
mo, y lo atienden como a un autómata que arregla algún mecánico
con su experiencia, ayudándose de otro manual, el de manteni-
miento.

87
Para continuar

Había una vez un siglo xix en que la medicina se hizo científica. Lo


logró al haber dado cuenta acuciosamente de síntomas y particula-
ridades de miles de enfermos, para dar con un número finito, pero
indeterminado, de enfermedades. Las viejas historias clínicas deci-
monónicas eran descripciones profusas y “de densidad casi nove-
lesca”.4 Tras un proceso de descripción minuciosa del ojo clínico que
miraba a través de teorías médicas y que domesticaba el azar con la
incipiente estadística, la nueva medicina científica dio con un núme-
ro de enfermedades y etiologías, así como curas o paliativos para el
malestar de las personas.5 Esta avanzó tanto durante los siglos xx y
xxi que —en mi opinión— el consultorio dejó de ser un lugar que
observaba personas, para convertirse en un cubículo en el que un
sabueso vestido de bata blanca —descendiente de Holmes y Watson
o si se prefiere de Víctor Frankenstein— rastrea alguna enfermedad
que aqueja a nuestra especie, en un proceso en el que el enfermo
importa menos que resolver el elusivo acertijo que se advierte a tra-
vés de los signos y síntomas que manifiesta. El acertijo se adivina
científicamente con los cinco sentidos del médico, que en ocasiones
se ayuda de fantásticos artilugios como el estetoscopio o de sofisti-
cadas tecnologías de última generación como la resonancia magné-
tica. Otras veces, para resolver el misterio que entraña al paciente,
se recurre a los siempre dolorosos análisis de sangre o a muchos
otros estudios que solo sirven para aumentar el número de indi-
cios, que de ninguna manera suplen la “experiencia clínica” del
sujeto que diagnostica, y luego procede a proponer un tratamiento
de deber ser individualizado.
Llegar hasta aquí no fue fácil, fue necesario conocer los malesta-
res a través de indicios, pues el mejor modo —y más científico— de
saber qué aqueja al enfermo es esperar a que muera y luego realizar

4
Véase Oliver Sacks. “Escotoma. Una historia de olvido y desprecio científico”.
En Historias de la ciencia y del olvido, Madrid, Siruela, 1996, pp. 13-62.
5
Véase Ian Hacking, La domesticación del azar. La erosión del determinismo y el
nacimiento de las ciencias del caos, Barcelona, Gedisa, 1991.

88
una autopsia. El paradigma indiciario que es fundamento de la me-
dicina científica tiene un linaje de larga data; puede rastrearse hasta
los primeros cazadores, quienes a través de rastros y huellas indi-
ciales podían reconstruir qué había sucedido con alguna posible
presa y, más aún, prever adónde se dirigía. Los indicios permitían
saber qué pasó con algún valioso animal y ver su futuro próximo,
para poder llevarlo a un banquete como menú. Resulta una tensa pa-
radoja que el milenario conocimiento sobre la caza de animales,
como el pangolín que nos tiene en riesgo, sea también lejano antece-
dente del paradigma médico que nos ha permitido curarnos desde
el siglo xix.6
Así que haber obtenido una lista de enfermedades y un conjunto
de síntomas para cada una de ellas fue una bendición del método
científico decimonónico. Aunque la medicina es una ciencia dura y
blanda al mismo tiempo, no basta con diagnosticar, es necesario
curar. Esto último es una acción cuyo éxito implica altas dosis de
experiencia previa, es decir ensayo y error, así como el adaptarse a
la respuesta singular de cada paciente. Tan cierto como que hay
aves que atraviesan el pantano y no se manchan es que hay per-
sonas que hospedan virus y no se enferman. Esta verdad de Pero-
grullo también ha sido posible por las observaciones clínicas, y
nos recuerda la polémica decimonónica entre la fisiología y los
cazadores de microbios, quienes consideraban que la enfermedad
es producto de un agente patógeno (virus, bacteria u hongo), pero
no reparaban, u obviaban, que tales microagentes no enferman del
mismo modo a todas las personas e incluso algunas ni sufren enfer-
medad alguna.
La polémica fue útil para consolidar la gnoseología de la medici-
na. A toro pasado, hoy la podemos trascender porque sabemos que
la enfermedad no es sólo un asunto de nuestra biología, sino que es
parte de nuestra cultura y del modo en que construimos sociedad.
La medicina es tan ancha que es ciencia social y natural, ciencia

6
Véase Carlo Ginzburg. “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indi-
ciales”, en Mitos, emblemas e indicios. Morfología e historia, Barcelona, Gedisa,
1999, pp. 138-176.

89
dura y blanda, al mismo tiempo. Cuando decimos blanda no es
peyorativo, es una caracterización de una taxonomía que también
emergió en el siglo xix y que a las tribus académicas actuales les
permite generar identidad. Por nuestra parte consideramos:

...qué de duro tiene un quehacer científico que juega con bolas de


billar o con partículas de Dios. Duro —como dice mi socióloga favo-
rita— resulta que la gente no se mate, que vote, que conozca y exija
sus derechos. Duro es evitar la corrupción, la violencia simbólica
y la otra. Duro es lograr que la gente pague impuestos, que la desi-
gualdad no sea la norma en la práctica, que la discriminación no sea
moneda corriente. En fin, duro es conocernos para vivir mejor.7

Duro, como difícil, arduo, arrojado, aventurero e imprescindible,


es detener una pandemia, fenómeno social que para ser enfrentado
requiere de las ciencias sociales. Pero, sobre todo, duro es curar a
las personas arriesgando la vida misma, la salud de familiares y la
reputación, tal como han hecho en los últimos meses miles de
personas expertas en medicina y en enfermería, quienes, ante un
agente patógeno inédito en humanos, han tenido que arriesgarse
e improvisar para salvar vidas y para acumular la información
necesaria para conocer la historia natural de un virus poco conocido
que últimamente habita en carne humana y puede producir pulmo-
nías mortales; microbio que, al replicarse, ha dado al traste con las
economías de países chicos y grandes, que simultáneamente ha
dejado en ridículo a arrogantes estados nacionales que no han sabi-
do cómo cuidar a sus ciudadanos y cuyos gobernantes, por décadas,
han descuidado las políticas de salud pública, dejando en la inde-
fensión tanto a enfermos como a quienes intentan curarlos.
Valga una reflexión final. Tal vez es posible pensar que antes de
que existiera nuestra especie ya existía la técnica, pues los expertos
han observado rastros de su existencia en otros homínidos. Pero
cierto es que en los tiempos que corren, “Nuestra técnica hasta

7
Véase Rafael Guevara Fefer, “Lo duro de las ciencias blandas”, en Lo duro de
las ciencias blandas. Microensayos sobre la sociedad contemporánea, la ciencia y su
historia, México, UNAM, 2014, p. 57.

90
ahora se sitúa en la naturaleza [esta que también es nuestro propio
cuerpo], como un ejército de ocupación en territorio enemigo, sin
saber nada del interior del país, siéndole trascendente la materia de
la cosa: un regreso de la conciencia de la materia, a la búsqueda
de la materia misma”.8 Así las cosas, podríamos aventurar que la
técnica al parecer existe desde antes de que hubiera este ser que
somos, y la hemos perfeccionado al punto de aniquilarnos.

8
Véase Ernest Bloch, El principio Esperanza, vol. 2. Madrid, Aguilar, p. 270.

91
ensAyos
Xabier Lizarraga,
“La esperanza puesta en una vacuna”.
Desde mi ventana o el transcurrir de la vida
en tiempos de pandemia

Hugo Eduardo López Aceves


Dirección de Etnología y Antropología Social-INAH

“Fue muy raro no escuchar gritos del público”, dijo el boxeador


estadounidense Shakur Stevenson, al bajar del cuadrilátero en la
primera pelea a puerta cerrada en Las Vegas. “Le pegaba a mi rival
y nada, todo en silencio”, afirmó con estupor, cercano al declarado
por Alejandro Pájaro Dávila, cuando peleó en Michoacán sin “el
respetable” y con transmisión por redes sociales: “Cuando uno
entra a la arena lo primero que se siente es el griterío de la gente”,
contó. 1
Con estas declaraciones, recogidas apenas en los primeros días
del mes de junio pasado, trato de otear, desde mi ventana, qué cau-
ce habrán de entretejer las “nuevas” maneras de relaciones indivi-
duales con esa masa denominada sociedad, todo ello provocado
por un virus que viaja sin pasaporte. Cuán extrañas, sorprendentes
y quizá hasta necesariamente ingeniosas serán, no lo sabemos, de
modo que ¡a soltarle cuerda al papalote!
Comienzo tomando nota de los sujetos mencionados, es decir,
dos personas con nombre, apellido y profesión, datos apenas míni-
mos para construirnos cierta idea de su identidad, es decir, de la
conciencia que alguien tiene de sí mismo. Con este conocimiento
a cuestas, siempre contenido en nuestra individualidad, podemos
asumir que en ella se funden las condiciones física y social del cuer-
po que poseemos. En él, en tanto es nuestro parámetro, tenemos la

1
Juan Manuel Vázquez, “‘Le pegaba y nada, puro silencio’; Stevenson revela la
cara del boxeo en tiempos de coronavirus”, La Jornada, 11 de junio de 2020,
consultado el 28 de septiembre de 2020, https://www.jornada.com.mx/
2020/06/11/deportes/a11n2dep

97
posibilidad permanente de establecer parecidos o diferencias con
el resto de nuestros “semejantes” o, para decirlo de otra forma, de
construir relacionalidades.
En tan complejos días muchas personas tratan de vivirlos con lo
habido, es decir, poniendo en juego los recursos disponibles para
la preservación de sus vidas y familias. Sin embargo, dice el dicho,
“no solo de pan vive el hombre”. Por ejemplo, aun si un adolescente
clasemediero cuenta con internet, agua corriente y ropa limpia,
comida segura, cuarto propio y padres pacientes, no deja de sentirse
frustrado porque el “justificado” encierro de su corporalidad no
compensa el agobiante vacío social que lo aísla de sus semejantes,
de sus compas.
Sin duda, tan pesada carga cada quien la vive de acuerdo a su
contexto cotidiano y el entramado de su existencia configurado por
la edad, el género y la clase, factores cuyas características y combi-
nación hacen fácil pensar que habrá tantos casos como individuos.
No obstante, la suerte de muchísimos, además, arrastra el siniestro
anclaje del racismo y la discriminación, un binomio persistente y
siempre al parejo de la historia humana.
En países como México y los conformantes de la idea llamada
Latinoamérica, el maridaje de estos fenómenos ha tenido por expó-
sita la desigualdad social, la condena que muchos padecen “por
no saber enfrentar los desafíos de la vida”. Tan cómoda sentencia,
enarbolada habitualmente por los sectores sociales más favorecidos,
cifra su visión del mundo en la “frankensteinización” de los privile-
gios mantenidos a ultranza, el color de la piel como parámetro de
“éxito”, la inercia material o simbólica, inherente a los bienes, las
“alcurnias” heredadas o supuestas, la visión de que las ventajas tie-
nen un origen casi genético y quizá hasta la creencia de asumir
que su status quo debe de ser una condición permanente y sobre
todo merecida.
No puedo resistir la tentación de acudir a “Plástico” y “Ligia
Elena” de Rubén Blades como ilustraciones de lo anterior, respecti-
vamente, por su caracterización del consumismo como constructor
de identidades y el tono jocoso con que traza el juego recíproco
entre clase y racismo. Sin embargo, más allá de la “puntada”, creo

98
que en estos retratos subyace la idea de que la existencia de algunos
busca su regularidad convirtiéndola en una meta o un coto, es decir,
consolidando la continuidad de un orden social específico.
Desde luego, tal caracterización esboza sus prerrogativas y no
la circunstancia de la mayoría empobrecida, hoy calibrada por la
cantidad de contagiados y lamentables fallecimientos. La huella de
tan terrible impacto se ha ubicado en alcaldías como las de Iztapa-
lapa y Xochimilco, sobre todo para la segunda, en el poblado de
San Gregorio Atlapulco, azotado antes por el sismo de septiembre
de 2017 y ahora señalado por concentrar el mayor número de infec-
ciones.
El daño generado por la pandemia en estas demarcaciones polí-
ticas, provocado en parte históricamente por la inequidad estructural
derivada de los gobiernos neoliberales, ilustra cómo la naturalización
de la desigualdad social es, a fin de cuentas, la “normalidad” a pre-
servar por algunos sectores. Sin embargo, es justo en la continuidad
de nuestro “orden de las cosas” —incluso asumido en ocasiones
hasta por los más desprotegidos—, donde se agazapa el cambio o,
al menos, la transición hacia otros derroteros, esto observando las
conductas ocasionadas por la contingencia.
Una ocurrió por la oleada de temor que al principio desató el
triaje, criterio cotidiano empleado por el servicio de urgencias en los
hospitales. Al saberse que la edad figuraría como un factor para ser
atendido, no faltó quien se sintiera descartado de antemano por
rebasar, digamos, los sesenta o setenta años. En un rango así se llegó
a considerar como criterio de importancia la productividad futura
del infectado, de modo que era “razonable” suponer que la “vida
útil” de un treintañero sería preferida. Sin embargo, otra situación
se planteaba cuando nuestro sesentero sospechaba espantado que,
dada su edad, se le podría eliminar de todos modos a pesar de ser
un jubilado con derecho a ser atendido, irónicamente, tras haber
consagrado a la sociedad su “vida útil”.
Más allá del mal diseño que en su momento le fuera criticado, el
protocolo mostró que sigue prevaleciendo la idea de que los ancia-
nos son seres prescindibles. Su descarte, principalmente desde una
perspectiva productivista, nos interroga sobre cuál es la noción de

99
anthropos sobre la que reposa hoy nuestra sociedad. El grado de
complejidad existencial inscrito en la cuestión nos lleva a entender
que la pandemia, como ya se ha dicho, ha contribuido a calibrar los
múltiples fenómenos que integran la trama social contemporánea,
donde sus sectores más debilitados no sólo han tenido que sobrelle-
varla, sino también a los efectos agravados de la desigualdad social.
¿Qué puede cambiar, o al menos anunciar la transición hacia un
cambio? Nada fácil es responder a esto. Quizá pudieran plantearse
algunas ideas volviendo a las conductas de la población en un mun-
do puesto de cabeza. Por ejemplo, lo impensable: ver en las institu-
ciones bancarias a la gente realizar sus operaciones con el rostro
cubierto como exigencia, cuando antes ocultarlo despertaba la sos-
pecha de un ilícito potencial.
El sentido de estos comportamientos se basa en una simple ac-
ción: el uso del cubrebocas. No deja de sorprender que la aplicación
de este aditamento, cuya denotación oficial es ser una medida pre-
ventiva prioritaria, se volviera motivo de polémica en tanto connota
ideas como las de responsabilidad, solidaridad o conciencia ciuda-
dana. En buena medida, esta percepción colectiva ha ocurrido por
el impacto de las redes sociales y los medios convencionales de
comunicación. Sin embargo, los mismos señalan constantemente
que muchas personas rechazan usarlo o lo hacen de manera inco-
rrecta, lo cual además de estigmatizarlos, nos induce a percibir a
“nuestro prójimo” como una amenaza latente.
Antes de la pandemia, en una sociedad donde el anonimato ha-
bía reducido a sus integrantes a los elementos mínimos identitarios,
es decir, al género y la edad —además de la amplia gama de estereo-
tipos conocidos o en formación—, ahora el cubrebocas lo ha resig-
nificado, acaso positivamente, al simbolizar su empleo por los indi-
viduos como un acto de compromiso global. En ello quizá no esta-
mos precisamente ante un nuevo modelo de humanidad, sino una
vez más acompañados por nuestra vieja respuesta de actuar con un
sentir colectivo, siempre impulsado, en teoría, por el bien común.
Gracias al ejercicio de nuestro derecho de réplica frente a cualquier
circunstancia, es posible considerar que la contingencia será supera-
da, aunque sin perder de vista la eterna contradicción humana,

100
ejemplificada por la lucha heroica de los médicos y el personal sani-
tario en la llamada primera línea y, como deplorable contraparte, la
inacción del gobierno de los Estados Unidos.
Si bien la pandemia es un fenómeno global de orden sanitario,
en primera instancia, no cabe duda del impacto que también ha
tenido en las esferas política y económica, cuyos efectos son reitera-
damente publicitados. No obstante, quisiera acercarme ahora al
saldo emocional inducido en las personas por tan compleja circuns-
tancia, pensando en quienes viven envueltos por una zozobra per-
manente. Me refiero a los ocupados en empleos informales, el
trabajo sexual, el doméstico, los encargados de suministrar agua a
la población, electricidad, transportación, servicio de limpia y,
quizás en el punto más crítico, los desempleados. Algunos de ellos,
además de sobrevivir con ingresos bajos, reducidos en el mejor de
los casos, y en el peor, nulos, por añadidura enfrentan el riesgo
de contagiarse en cualquier momento, de modo que sus actividades
podrían ser consideradas de alto riesgo.
Es de Perogrullo recordar que la presencia de la discriminación
y la desigualdad yace fundida en este “orden de las cosas”. No obs-
tante, sumado a tales fenómenos, creo que la contingencia agregó
también al acontecer individual y colectivo un matiz superlativo: la
conciencia cotidiana de la muerte. En Pensar la muerte, Vladimir
Jankélévitch dice que, como fenómeno médico y demográfico, la
muerte resulta de lo más banal. Incluso cuando sucede como trage-
dia personal en tercera persona, todavía es un hecho distante para
el individuo, pero ocurrida en segunda persona, la muerte de al-
guien cercano es la experiencia filosófica privilegiada porque es
tangencial a los allegados: “Es la más parecida a la mía sin ser la
mía, y sin ser para nada la muerte impersonal y anónima del fenó-
meno social”.2
En esos términos, la muerte del anónimo acaso impacta social-
mente al volverse un registro contable, no así cuando acaece en un
familiar, un amigo o un colega. Quizás antes de la pandemia la

2
Vladimir Yankélévitch, Pensar la muerte, México, Fondo de Cultura Económi-
ca, 2017.

101
carga existencial de la muerte apenas aparecía de soslayo en la men-
te de muchos; en cambio, su cumplimiento como una posibilidad
masiva es hoy una realidad contundente. Ensombrecidas por tan
funesto panorama, cuántas personas han visto su cotidianeidad e
incluso hasta su visión de futuro trastocada, al saber que su existen-
cia quedó condicionada por nuevos factores. Por ejemplo, si antes
una enfermedad controlable como la diabetes permitía una vida
razonablemente buena para el enfermo, ahora, en tanto comorbili-
dad, puede resultar fatal.
Desde la perspectiva individual, los inconvenientes de la contin-
gencia se pueden relativizar partiendo del género, la edad y la clase.
En su combinación como variables, sin duda, cabe la construcción
de proyectos, pero en tanto expectativas para la vida no son segu-
ras, ni mucho menos libres de cualquier contingencia. Vista así, la
actual pandemia se insertó en el devenir humano como un elemento
más de incertidumbre que, a fin de cuentas, carece del poder sufi-
ciente para destruir a nuestra especie, como ocurrió con la llamada
“gripe española” de 1918 a 1920. Sin embargo, en comparación con su
antecesora histórica, “nuestra pandemia” está inserta en un contexto
de premonición casi catastrofista.
Quizás a este contexto podríamos nombrarlo —tomando presta-
da la expresión de Alicia Bárcena, la secretaria ejecutiva de la CE-
PAL— como “encrucijada civilizatoria”, es decir, el de una “situación
difícil en que no se sabe qué conducta seguir”.3 Sin duda, tal situa-
ción no es otra que la circunstancia en que el mundo hoy se debate,
la del prácticamente absoluto trastocamiento de las condiciones
necesarias para la vida. Si como se ha dicho, el surgimiento del virus
que nos aqueja es el resultado de una zoonosis, esta no ocurrió ais-
ladamente, sino como un concomitante de la deforestación, el ago-
tamiento de los recursos naturales, el cambio climático y demás
consecuencias producidas por un modelo civilizatorio demencial.

3
Webinario Internacional Pos Covid/Pos Neoliberalismo, la pandemia y el
futuro de América Latina: Estado social y desafíos económicos, con la partici-
pación de Alicia Bárcena y Rafael Correa, transmitido en vivo el 18 de junio de
2020, https://youtu.be/cA9FhT6qRxc

102
Ahora bien, estando la humanidad en un “punto muerto”, ¿cuál
o cuáles podrían ser las conductas a ejecutar? Considero que las
acciones a escala del individuo no ayudan mucho, sino más bien
cuando hay una incorporación con sus semejantes identitarios, don-
de no es obligatoria la articulación del género, la edad y la clase
en los mismos términos, sino acaso por una causa o un propósito, tal
y como sucedió en Estados Unidos por las protestas del movimiento
Black Lives Matter ocasionadas por el asesinato de George Floyd, las
cuales fueron apoyadas por otras minorías como la latina y la asiá-
tica. Desde luego, una reprobación así podría ser sólo reactiva, lo
cual marcaría su condición pasajera. Sin embargo, a fin de cambiar
el “orden de las cosas” —tan caro a sus vigilantes y promotores— es
crucial mantener la vigencia de las inconformidades, por ejemplo,
las sostenidas por los familiares de los 43 estudiantes de Ayotzinapa
y la de los bebés de la guardería “ABC”.
Con motivaciones tan fuertes y particulares como las dichas,
pareciera algo no “tan” difícil vencer globalmente a la pandemia,
reduciendo el número de los contagios y por tanto el de fallecimien-
tos con el “simple” uso del cubrebocas. No obstante, como hemos
visto directamente en nuestro país o sabido de otros, muchos indivi-
duos no lo utilizan; de ahí que la lucha sea casi inviable si hay
sectores de la población carentes de una adecuada conciencia de la
realidad enfrentada. En esa condición, y si hay quienes sólo esperan
el regreso del orden preexistente, estamos frente a un desafío global
que demanda una conciencia también planetaria, no sólo para en-
frentar la contingencia, sino fundamentalmente para la resolución
de los fenómenos en concomitancia.
Sería injusto e impreciso adjudicar a estas personas la responsa-
bilidad absoluta de las complicaciones de la pandemia, máxime
cuando las culpables directas son las grandes corporaciones indus-
triales y financieras, además de los gobiernos cómplices que las
solapan y protegen. Sin embargo, es necesario también aclarar que
a muchas actividades colectivas como las fiestas patronales de un
pueblo originario, la celebración de la Semana Santa por un pueblo
indígena y hasta a un concierto juvenil se les ha colgado con excesi-
va prontitud el sambenito. Tal descrédito se anticipa sin reflexionar

103
antes en su importancia como eventos que refrendan la identidad
colectiva, el papel de la alternancia de los ciclos para la regulari-
dad de la vida o la necesaria ritualidad etaria para la estabilidad
psicológica y emocional.
Con lo anterior intento remarcar cuán fundamental es tanto el
trasfondo sociocultural de las conductas colectivas, como la necesa-
ria responsabilidad y compromiso de cada individuo. En dado caso,
estas expresiones grupales son la mejor evidencia de que, en la
diversidad cultural, la humanidad tiene la clave para comprender
la lógica de las distintas conciencias identitarias. Asimismo, en ellas
también radica la fuerza creadora de una sana rebeldía, acaso el
ingrediente primario para afrontar y posibilitar un cambio de rum-
bo global, si nos planteamos como meta la forja de una intercultura-
lidad simétrica.
En lo inmediato, el emprendimiento de las acciones preventivas
sigue siendo la mejor vía para enfrentar la pandemia, y en el media-
no plazo, obtener la pronta disposición de vacunas efectivas. Por lo
demás, sólo en la unidad política de las conciencias podremos re-
montar los múltiples efectos negativos de la contingencia y, quizá
en un no muy largo término, conjurar también la cancelación de un
futuro incierto que sólo engendra temor y desconfianza. Quizá
entonces nos sea dado vislumbrar nuevas relacionalidades, ya sin
las secuelas del consumismo exacerbado o la ampliación del distan-
ciamiento clasista. En tanto, acaso la muerte en tercera persona nos
dolerá ahora más, sobre todo por quienes la sufrieron en soledad,
sin la cercanía de sus seres amados, con la cancelación de los ritos
mortuorios más elementales.
Así, lejos todavía de su culminación, espero que las secuelas de
la pandemia sean las primeras señales de una humanidad en mar-
cha hacia su transición. Ojalá sea tal y no el asentamiento definitivo
del Pandemónium sobre la tierra.

104
La peste.
Percepción de antropólogo confinado

Carlos García Mora


Dirección de Etnohistoria-INAH

El pobre hombre no sabía cuándo se iba a acabar


aquello, hacía dos o hasta tres viajes al día, a veces
con dos, con tres, cuatro o hasta con cinco cuerpos…1

rAquel eugeniA roldÁn de lA fuente

En medio de la penumbra de la noche y el pesado silencio que


envuelve a los atemorizados pobladores, se escucha —cada vez más
cerca— el toque pausado y mortuorio de un tambor avanzando
por las calles de tierra. Este sonido precede al de la carreta jalada por
mulas, con la que los sepultureros van recogiendo los cadáveres de
las casas donde la peste ha cobrado vidas. Los cuerpos son tan
numerosos y el contagio tan generalizado que ninguna honra fúne-
bre es posible, sólo se cargan y se llevan a las fosas cavadas sin des-
canso. Ya no hay espacio en el cementerio del atrio del templo, ni
el cura acepta que allí se entierre ningún apestado, por lo que se
dispone abrir un panteón a la orilla del barrio San Miguel.
Un presagio de la peste, como se llamaba a la enfermedad conta-
giosa y grave que causaba gran mortandad, lo conocieron unos
huacaleros cuando habían llevado a vender su mercancía a San
Juan Parangaricutiro. En el camino, se cruzaron con una mujer toda

1
Raquel Eugenia Roldán de la Fuente. “La carreta del sepulturero”. En Cuentos.
Literatura infantil y juvenil, Red Estrategia, en https://www.encuentos.com/
cuentos-para-adolescentes/la-carreta-del-sepulturero/

105
“granizada”, quien les preguntó en purépecha a dónde iban y de
dónde venían, a lo que le respondieron:
—San Juanuksï nirásïnka, Charápani wératini (‘Vamos a San Juan,
salimos de Charapan’).
—Jiní Charápanksïni erókasïnka (‘Allá en Charapan los espero
entonces’).2
Así les dijo y así los esperó, pues al regresar se encontraron con
que una enfermedad mortífera e incurable había cundido en el pue-
blo. Entonces, ellos cayeron en la cuenta de que se habían topado
con la peste misma en forma de mujer.
Pasado al menos un siglo, en 1973, mi esposa y yo escuchamos
este relato de boca de los ancianos del pueblo. En la Sierra Purépe-
cha, las temibles pestes fueron cíclicas, desde la era novohispana,
pues ocurrían de tanto en tanto. Hubo generaciones que vivieron
sin sufrir ninguna, pero otras las padecieron y dejaron huella de esa
herida en la memoria comunitaria.
Asimismo, nos relataron que, durante ese suceso u otro anterior
o posterior de similar gravedad, un general charapanense de apelli-
do Solórzano —estando en la cosecha del maíz— comió un alimento
contaminado que lo enfermó gravemente. Para su fortuna, logró
salvarse y, en agradecimiento, mandó levantar una capilla consa-
grada al culto a la imagen de San Roque, santo patrono ante las
pestes y las epidemias, en un predio que dio en llamarse El Rokiu,
es decir, ‘la casa de san Roque’ en purépecha.
Con el tiempo, aquel terrible año se fue olvidando y la construc-
ción quedó en desuso y se derruyó. Muchos años después, allí se
levantó la Casa de Cultura, a espaldas del templo parroquial de
Charapan. La imagen pasó a manos particulares y todavía se conser-
vaba hasta recientemente, cuando aún fue posible fotografiarla, pero
luego fue sustraída del poblado al fallecer su propietaria. Así, se
perdió el último rastro físico de la peste. Incluso, la tradición acerca
de aquel tiempo aciago se fue diluyendo y los jóvenes ya poco o nada
saben de aquella calamidad que estuvo a punto de acabar con el
pueblo (Figura 1).

2
Traducción al purépecha del colega Benjamín Lucas Juárez.

106
Figura 1. Imagen de San Roque bajo el portal
de una troje en San Antonio Charapan, un
pueblo purépecha de la Sierra de Michoacán.
Carlos García Mora, ca. 2018.

La epidemia recordada en Charapan es difícil de identificar, pues


durante el siglo xix llegaron a México seis enfermedades “de cuaren-
tena”: el cólera, la peste bubónica, la fiebre amarilla, la viruela,
el tifo y la fiebre recurrente. Específicamente, en Uruapan —en
cuya jurisdicción se hallaba Charapan— se padecieron pestes de tifo
(1833) y cólera (1833 y 1850), amén de una moderada de viruela
(1841). Por esos años, Charapan carecía de médicos, medicinas y
métodos para combatir tales morbos. Tiempo después, sobrevino en

107
Michoacán la influenza “española” de 1918 que acabó con muchas
vidas, entre ellas la del temible bandolero villista Inés Chávez García.
Hoy en día, gracias a sus lecturas e indagaciones, historiadores
y antropólogos mexicanos han sabido acerca de las pestes que aso-
laron al país desde antes de su independencia, como cuando sor
Juana Inés de la Cruz cayó presa de una devastadora epidemia de
tifus exantemático. Asimismo, ellos sabían del mortífero brote de
influenza —mal llamada “española”— provocada por el influenza-
virus A-H1n1 que, en 1918, segó millones de vidas en los Estados
Unidos, China, España, Francia, Italia, México y otros países, algo
de lo que siguen bien informados los virólogos.
Los historiadores y los antropólogos nunca imaginaron que ellos
mismos se verían envueltos en una peste moderna, tal vez porque
pensaron que eso era algo del pasado lejano. Sin embargo, un mi-
croscópico agente infeccioso, el virus SARS-CoV-2 —comúnmente
llamado coronavirus— provocó la COVID-19 en buena parte del país.
Los propios estudiosos debieron confinarse en sus casas —como sus
lejanos antecesores— e, incluso, como lo hicieron en el medievo
europeo en el siglo xiv —aunque sin el extremo rigor de entonces—
cuando se propagó la devastadora peste negra, una variedad de la
peste bubónica o del carbunco. Solo aquellos que habían tenido el
tino de consultar a la virología se percataron de que las epidemias
son cíclicas e ineluctables.
Con todo, ellos vivieron una peste de modo muy diferente a
como la sufrieron los habitantes en la Sierra de Michoacán en el
siglo xix. Los pobladores purépechas —aislados y sin conocer si-
quiera la luz eléctrica y rodeados de un denso bosque— se encerra-
ron en sus casas, tanto de día como envueltos por la oscuridad
nocturna y en el silencio sólo roto por rezos y llantos de quienes se
sintieron dejados de la mano de Dios, castigados sin misericordia
por la peste incontenible.
Enterados de los años terribles de las pestes históricas, buena
parte de los colegas se tomaron en serio lo de la COVID-19. Por ello,
se guardaron en sus estudios alumbrados con luz eléctrica y con sus
computadoras prendidas. Asimismo, participaron en videoconfe-
rencias que cobraron gran auge y que les permitieron mantenerse

108
comunicados con sus homólogos e, incluso, por ese medio intervi-
nieron en seminarios y en mesas redondas. Se las ingeniaron para
proveerse de alimentos y artículos básicos gracias a las ventas “en
línea” que, igualmente, tuvieron un crecimiento inusitado. Notoria-
mente, aun guarecidos, se abastecieron también aprovechando el
servicio a domicilio de misceláneas, restaurantes, farmacias y otros
comercios locales, en sorpresiva revancha respecto de los ahora ries-
gosos supermercados que antes habían avasallado a las “tienditas”.
Todo ello pudo darles a los enclaustrados la impresión de estar
a salvo y retirados de la epidemia, pero los periódicos y las revistas
—que también se allegaron—, así como la información y las imáge-
nes obtenidas en la Internet, develaron qué tan cerca estaban de ella
y la cruda realidad: hospitales saturados, funerarias y panteones
trabajando sin parar, relatos calamitosos describiendo las experien-
cias con los efectos de la enfermedad, con la toma de muestras para
detectar el virus y con la muerte en total soledad y sin honras fúne-
bres. Se enteraron de vez en vez de conocidos que cayeron contagia-
dos y, a veces, de alguno que no logró reponerse y murió. No, la
peste no estaba lejos: proliferaba cada vez más, si bien sólo un por-
centaje bajo de infectados moría; el resto supervivía, aunque algu-
nos con secuelas a largo plazo.
Pronto se asumieron varias circunstancias ineludibles, a saber:

• La pandemia de la COVID-19 y el agravamiento de la crisis


económica preexistente ya habían sido augurados.
• La COVID-19 no tenía cura hasta no contarse con una vacuna
o, al menos, con un medicamento que impidiera la prolifera-
ción del virus una vez que ha ingresado en el cuerpo. Una
vana esperanza era que el agente infeccioso de marras se inac-
tivara por sí mismo, como lo hizo —en el verano de 1920— su
antecesor de 1918.
• Los factores económicos y políticos hacían imposible pro-
longar indefinidamente el recogimiento y la paralización del
trabajo. Tras largo acatamiento del confinamiento, las clases
dominantes y, hay que decirlo, también las trabajadoras,
tomaron la decisión: “Que mueran los que tengan que morir”,

109
el encierro debía cesar. Las primeras, debido a su obsesión por
mantener y acrecentar su riqueza; las segundas, por su impe-
riosa necesidad de trabajar para supervivir.
• El coronavirus llegó para quedarse indefinidamente, pues
estaría presente por un tiempo impreciso de larga duración
que obligaría a cambiar la manera habitual de vivir. En conse-
cuencia, había que imaginar la vida futura en tales nuevas
circunstancias.

Acerca del primer punto, vale la pena detenerse. Ya en febrero de


2014, el número 2 de ese año de la revista Muy Interesante, una
publicación comercial de difusión científica que se vendía en super-
mercados y expendios de periódicos y revistas, se tituló La pandemia
que viene.3 Esta dedicó sus páginas a las enfermedades que se pre-
veía que podrían sobrevenir. El contenido mencionaba la influenza
pandémica de 2009 provocada por el virus A-H1n1/09, así como al
coronavirus causante del síndrome respiratorio de Oriente Medio,
el cual causó la primera muerte en 2012. Entonces, las variedades de
dicho virus ya eran comunes, aunque en lo general sólo causaban
males leves en las vías respiratorias. El peligro era que experimen-
taban reconfiguraciones que producían mutaciones nuevas, de
manera que una epidemia causada por una nueva variación era pre-
visible. Por supuesto, la revista procuraba una síntesis muy simpli-
ficada de estudios que obraban en artículos e informes científicos,
pero tenía la ventaja de dar a conocer su existencia.
En fin, la información, aunque con toda suerte de calidades o
ausencia de ellas, fue creciendo conforme se iban reuniendo los
datos y se emprendían investigaciones aceleradas de la COVID-19
y de sus implicaciones de diversa índole.
Un paréntesis. Entre autores sin experiencia clínica ni de labora-
torio que se asumieron con voz de autoridad, alguno divulgó en las
redes sociales que toda enfermedad infecciosa requería de un virus,
un medio para reproducirse, un modo de transmisión y un huésped

3
Gerardo Sifuentes, “La pandemia que viene”, Muy Interesante, núm. 02 (febre-
ro de 2014).

110
vulnerable. Dado que solo lo último podía evitarse, él sostenía que
había que procurarse condiciones de salud y de estabilidad nervio-
sa y mental que acrecentara las defensas del cuerpo, mediante la
meditación, el ejercicio físico moderado y las actividades culturales
y artísticas. Este tipo de sugerencias superficiales poco guiaban a
sectores que vivían al día y que presentaban factores de riesgo como
la edad, la insuficiencia pulmonar o la diabetes. Ciertamente, había
que evitar el miedo y la ansiedad, pero, ante todo, debía precaverse
la infección, pues la mera “meditación” no la evitaba.
Ese tipo de orientaciones tuvieron la ventaja de evidenciar que,
en ocasiones, se ignoraban factores sociales. Si bien las pestes histó-
ricas fueron supervividas por individuos con suficientes defensas
orgánicas, quienes las tenían disminuidas integraban clases bajas
que vivían en condiciones infrahumanas. La medicina y la virología
sin enfoque social emiten indicaciones necesarias pero incompletas,
pese a su base científica. Tal ocurre en México, donde mucha gente
vive del trabajo informal y el comercio ambulante o es población
rural sin servicios urbanos. Ante esos sectores, las campañas útiles
para las clases medias urbanas suelen ser irreales.
Agréguense a ello las diferencias entre las culturas regionales e
incluso étnicas que se adaptan de modos particulares ante la enfer-
medad y la muerte, por ejemplo. Ese era el caso de los poblados
rurales donde el imperativo por realizar sus fiestas patronales lleva
a los habitantes a correr el riesgo del contagio. Esta y otras circuns-
tancias culturales también hay que considerarlas para emprender
campañas sanitarias más eficaces.
Paréntesis aparte. Un reto que enfrentaron los antropólogos en
sus diferentes disciplinas fue el de cómo emprender la antropología
de la epidemia de la COVID-19 en México. Ante la dificultad para
realizar trabajo de campo, a menos que se quisiera correr el riesgo
de enfermar, el comportamiento social solo se infería de fuentes
insuficientes o secundarias, a veces inexactas o sin comprobación;
por ejemplo, la información periodística, siempre de mala calidad,
sin valor estadístico, amarillista con frecuencia, pero fuente de
conocimiento al fin. Asimismo, podían obtenerse fotografías, videos,
estadísticas, artículos científicos, ensayos académicos y testimonios

111
personales de infectados y sus parientes, así como de médicos y
enfermeras, disponibles en la Internet y en la propia prensa, amén
de comunicaciones obtenidas por correo electrónico, entre otros
recursos a la mano que permiten atisbar alguna tendencia.
Con habilidad e imaginación creativa era factible inferir más
de lo que en un primer impulso parecería. Tal vez fuera posible
presumir la composición y las características de la población infec-
tada, enferma y fallecida. ¿Qué sectores sociales habían sido mayo-
ritariamente afectados y cómo fueron contagiadas las personas
afectadas? ¿Qué factores provocaban el comportamiento impru-
dente o francamente insensato de un porcentaje impreciso de cada
capa social? Parecía difícil responder a esto solo con estadísticas
sanitarias, pues se requería también de información de campo,
aunque algo podía deducirse de lo que se reflejaba en las fuentes
citadas.
En efecto, los recursos mencionados permitían formular hipóte-
sis acerca de cómo estaban reaccionando los pobladores de cada
región del país; qué diferencias se percibían en su comportamiento;
cómo se manifestaba la religiosidad en una epidemia causada por
un enemigo invisible, desconocido e imprevisible; cómo se explica-
ba la despreocupación generalizada de grandes sectores de la socie-
dad mexicana. Otras preguntas de mayor fondo en los campos
económicos, geoestrágicos, científicos y farmacéuticos fueron for-
muladas por los analistas.
Por lo demás, apenas podía hacerse antropología aplicada, pero
algunas acciones debieron llevase a cabo para apoyar, al menos, a
sectores populares afectados gravemente en su economía, como los
artesanos rurales, por ejemplo. Emprender tareas de ayuda de cam-
po directamente con los enfermos implicaba exponerse al contagio
—como lo hacían médicos y enfermeras—, aunque podía intentarse
de manera indirecta.
Desde el punto de vista de la ciencia básica, la antropología tiene
aportes particulares. Dos ejemplos son los estudios acerca de las
redes parentales y de la organización religiosa comunitaria, temas
tradicionalmente privilegiados por esta disciplina. Tales campos de
estudio aportan consideraciones útiles. ¿Qué papel están jugando

112
las relaciones de parentesco en la estrategia de los grupos domésti-
cos ante la epidemia? ¿Qué tanto debe entenderse el imperativo de
llevar a cabo las ya mencionadas fiestas religiosas de las comunida-
des que impide suspenderlas, pese al alto riesgo de contagio impli-
cado en esos actos comunitarios? ¿Cómo estaban reaccionando las
culturas regionales y las de cada clase social?
Asimismo, la antropología física ha identificado las enfermeda-
des y las epidemias, y ha investigado sus efectos en el pasado lejano;
además, desde un enfoque interdisciplinario, ha desarrollado la
especialidad denominada antropología médica. En esto último,
también se han involucrado la antropología social y la etnología,
que han estudiado las prácticas curativas y la mentalidad acerca de
la salud, la enfermedad y la muerte.
Otro fenómeno, interesante para la economía y la antropología
económica, fue el auge —así fuera temporal— de los ingresos del
pequeño comercio abastecedor. Si bien algunos medios digitales
de grandes empresas que ofrecían “ventas en línea” prosperaron
notoriamente, también es cierto que, al menos temporalmente, la
demanda de productos a “la tiendita de la esquina” aumentó espec-
tacularmente. Este pequeño comercio ya antes había adoptado la
entrega de mercancía a domicilio, con lo cual enfrentó el despiadado
desplazamiento de que fue víctima por parte de las cadenas de
supermercados (Walmart, Soriana y otros) y de la extensa red de las
pequeñas y mal llamadas “tiendas de conveniencia” (Oxxo y simila-
res). Tal estrategia les permitió mantenerse a flote y aprovechar la
crisis provocada por la epidemia, y entrar en auxilio de la población
encerrada en sus domicilios.
Por supuesto, un análisis con enfoque clasista es necesario para
explicar el desarrollo general de la crisis. En efecto, esto se hizo evi-
dente en el hecho de que tanto el hacinamiento en las viviendas
así como el contacto con muchas personas y la aglomeración en
tianguis, mercados, transportes públicos y otros espacios similares
son circunstancias que pusieron a los trabajadores en mayor riesgo.
Además, la diabetes, la obesidad y otros padecimientos fueron agra-
vantes que afectaron a las familias de clases bajas debido a su alto
consumo de azúcares y de grasas animales. En cambio, los grandes

113
empresarios adoptaron posturas ideologizadas y obligaron a sus em-
pleados a trabajar en lugares cerrados y con escasa o ninguna separa-
ción entre ellos, pese a que se detectaban infectados en esos sitios.
En consecuencia, la conducta, las condiciones y las circunstan-
cias de cada clase social son elementos necesarios en cualquier aná-
lisis integral. Por lo mismo, ninguna generalización es realmente
válida si omite considerar la heterogeneidad clasista.
Al mismo tiempo, el examen de la epidemia también se enrique-
cía si iba del presente al pasado y viceversa, en vez de hacer tabula
rasa del tema. Esto es, incorporar una visión integral. Así, por ejem-
plo, ha resultado interesante traer a cuento la historia de la influen-
za de 1918, con tantas semejanzas a la actual crisis sanitaria, sobre
todo si se contemplan todos los factores involucrados, tanto biológi-
cos como sociales, económicos, culturales y políticos, entre otros.
Sin duda, un fenómeno que —desde un principio— llamó la aten-
ción de los observadores fue la ya mencionada conducta social y
cultural del común de la gente. ¿Cómo explicar el confinamiento de
algunos grupos domésticos y la libertad de movimiento que se per-
mitieron otros? La evidente despreocupación fue algo iterativo
históricamente, pues lo mismo pasó en México durante la citada
influenza en 1918. Además de las vertientes clasistas, históricas y
económicas, las políticas también había que considerarlas. Vale la
pena dedicarle unos párrafos.
Un tema tanto de psicología social como de politología fue la
crítica aguda de algunos sectores que se resguardaban hacia quie-
nes no lo hicieron, o incluso, el rencor ante la conducta despreocu-
pada, retadora, de sectores que se “rebelaban” a las recomendaciones
de las autoridades sanitarias. Acaso esta censura fuera una reacción
clasista de estratos de la pequeña burguesía o de las clases medias
de diferente extracción y de diversos orígenes étnicos y regionales.
Respecto de la rebeldía social, esta desembocaba en una tenden-
cia de oposición política antigubernamental con tres derivaciones
diferentes y hasta opuestas:

• El recelo de sectores de clases trabajadoras y de clases medias,


y el de pueblos originales ante lo que consideraban imposicio-

114
nes gubernamentales. En ocasiones, esa consideración llegaba
al extremo de dar por hecho que estaban ocurriendo acciones
premeditadas de asesinato de la población (inyecciones leta-
les en hospitales para acelerar la muerte de infectados, disper-
sión del virus simulando fumigaciones, disparos de rayos
láser al cerebro con los detectores de temperatura corporal,
etcétera).
• Las acciones antigubernamentales promovidas por el empre-
sariado, los partidos de la derecha política, los financieros y
las agencias nacionales y extranjeras interesadas en aprove-
char la crisis para su beneficio.
• La interesante reacción, promovida o espontánea, de persone-
ros de ideologías nativistas de pueblos originales, quienes
alabaron que las comunidades se rebelaran realizando sus
fiestas religiosas, con la consiguiente aglomeración, reafir-
mando así —sostuvieron— su identidad y su autonomía al
oponerse ante medidas para prevenir la epidemia de un virus
que no creían que existiera. Como parte de esa corriente, se
difundió un cartel en Facebook con la pregunta: “¿Tú conoces
a un enfermo?”, respondida debajo con la afirmación: “Yo
tampoco”.

Ahora bien, por más que la psicología social podía abordar esta
cuestión, había que tomar en consideración la promoción política de
campañas incentivadoras planificadas para circular rumores a gran
velocidad de boca en boca y, hoy en día, en mensajes difundidos por
las redes digitales y la telefonía celular. Todo ello con el objetivo de
crear ambientes sociales que pudieran ser utilizados con algún pro-
pósito político.
Otro fenómeno igualmente interesante fue la convergencia del
empresariado y el poder ejecutivo cuando ambos llamaron a recu-
perar la “libertad” personal y a salir sin miedo para renovar la vida
cotidiana, actitud en algo similar a la del régimen brasileño. Si bien
este apuro era entendible por la necesidad de reiniciar las activida-
des laborales, suponía deshacerse de las obligaciones guberna-
mentales y empresariales y responsabilizar a cada uno de lo que le

115
sucediera. De nuevo, que murieran los que tuvieran que morir, la
economía de las grandes empresas tenía que continuar su desarro-
llo. Ahora, la responsabilidad ya no sería del gobierno federal ni
de los empresarios sino de los gobiernos estatales y municipales
y, sobre todo, de los propios ciudadanos. Si había víctimas de la
COVID-19, sería culpa de la propia gente que dejaba de cuidarse
a sí misma.
Por otra parte, el hecho de vivir en un entorno contaminado por
un virus tan agresivo suponía asumir cierta actitud. En consecuen-
cia, un tema más para el estudio de la psicología fue la aprensión
personal y colectiva por la aparición repentina de una enfermedad
incurable e incontenible; aprensión experimentada por el riesgo a
enfermarse, ya sea uno mismo o alguno de los seres queridos. Nada
nuevo del todo. Con las debidas proporciones guardadas, los temi-
bles cánceres y el sida carecían de cura, por lo que ya se vivía con
moderado temor, mayor por los primeros tan impredecibles y silen-
ciosos. Un miedo relativo, pues —además de que dichos males no
presentaban la explosiva virulencia de la COVID-19— por lo gene-
ral ello ha estado lejos de convertirse en una hipocondría, pero sí en
lo que se piensa de cuando en cuando.
Como fuera, parecía que se tendría que vivir eludiendo constan-
temente el contagio, lo cual supondría cambios en la rutina diaria,
en el trabajo y hasta en las relaciones sociales y personales, un tema,
entre otros, que sería motivo de estudio. Baste pensar en el efecto
que causa la suspensión de contactos físicos que son expresiones
protocolarias, pero que también son un recurso para expresar senti-
mientos, cercanías, afectos. Todo ello llevaba a tomar conciencia de
que la “normalidad” se había esfumado sin remedio.
Cabría preguntarse cómo se vivieron las pestes sin cura en la
Nueva España, azotada de vez en vez por estas y que solo cesaron
tras causar innumerables fallecimientos. Podríamos presumir que
debió de tenerse una concepción fatídica de la existencia. Entonces,
la esperanza de vida era de por sí baja y la mortandad infantil alta,
así que debía de vivirse con un pensamiento fatalista, acompañada
por una religiosidad fuertemente abrazada, a veces, como único
asidero. Tal visión novohispana, ¿ha perdurado en la mentalidad

116
popular que hasta la fecha se manifiesta en expresiones como “…si
Dios presta vida…”?
Ahora bien, ante la crisis provocada por la COVID-19, autorida-
des de instituciones como el Instituto Nacional de Antropología e
Historia (INAH) sugerían a sus investigadores que se abocaran
a estudiar temas relativos a la epidemia en particular y a las epide-
mias en general. Varios colegas lo podrían hacer, pues era un tema
que ya había sido abordado por ellos. Sin duda, el conocimiento de
la historia y la antropología de las epidemias podía aportar algunos
de los elementos considerados al tomar decisiones prácticas. Al me-
nos, eso solían pensar los estudiosos de las ciencias sociales, aunque,
por lo regular, lo que se sabía es que los políticos ni leían, ni les
interesaban dichos estudios.
Como sea, una breve polémica tuvo lugar: ¿había que abandonar
las líneas de estudio que se estaban desarrollado y abocarse a esta
temática? Prevalecía la convicción de que, incluso en situaciones en
las que el país enfrentara graves problemas, al menos un sector
de la comunidad científica tenía que luchar por continuar el trabajo de
años, impedir que se desmoronara lo que con gran esfuerzo logró
levantarse. Tenía que atender lo apremiante del presente, pero debía
pensar también en garantizar el futuro de la disciplina y en evitar
que trabajos en desarrollo se truncaran. Como diría Johannes Kepler,
refiriéndose a la investigación científica: cuando la tormenta amena-
za con hacer naufragar al Estado, nada más noble que lanzar el
ancla de los pacíficos estudios de la ciencia que, para él, fructifica-
ban en el territorio de la eternidad.4
Una consideración suplementaria era que, si se dejaban vacíos en
algunos campos de la antropología nacional, estos serían llenados
por antropologías extranjeras, especialmente estadounidenses. Si con
tanto denuedo se había logrado recuperar el predominio antropoló-
gico, este debía mantenerse.

4
Paráfrasis, citada en Clara Inés Ríos Acevedo, De las vidas, las guerras y las
ciencias. Y de las reflexiones y vivencias sobre la educación. De Pericles a Einstein,
Colección Aula Abierta. Bogotá, Magisterio, 2007, p. 151.

117
Por lo demás, era innecesario asignarles otro tipo de labores a los
antropólogos dando por supuesto equivocadamente que ellos, al
recluirse, se habían quedado sin tareas por realizar. Ellos acumula-
ban tal cantidad de material durante sus investigaciones que, aun
recluidos, tenían compromisos, trabajo sobrado y actividades larga-
mente pospuestas: clasificar documentos, catalogar fotografías, re-
dactar artículos, terminar libros, preparar conferencias, escribir
ponencias, leer obras científicas y otras numerosas tareas de diversa
índole. ¿Se supuso que los investigadores estaban ociosos, pero
cobrando su salario y, por ello, era preciso ponerlos a trabajar dedi-
cándolos a la antropología y a la historia de las epidemias?
Ciertamente, debían considerarse las circunstancias por las cua-
les pasaba el INAH. Con motivo de los apremios sanitarios y econó-
micos del país, según argumentaba el gobierno federal, era preciso
que redujera su gasto a un desmesurado 75%, algo que nunca se
había visto desde su fundación en 1939. Por ello, una gran propor-
ción de las labores mismas del Instituto se suspenderían o se reduci-
rían a su mínima expresión. ¿Un paso previo para su buscada
desaparición o una crisis nacional realmente grave que requería
medidas de esa envergadura?
En esta situación, se hizo imperiosa la defensa de la institución y
la necesidad de mostrar el papel que jugaba en la vida nacional, in-
cluso demostrando que también tenía una función que desempeñar
en la crisis. En verdad, se requería la participación de la comunidad
científica para detener su destrucción.
Por cierto, en ningún momento se presentaron las cifras del gasto
que se estaba ejerciendo en la lucha contra la COVID-19 y la protec-
ción a la población ni, mucho menos, se informó en qué rubros se
usarían los recursos que ya tenía asignada la institución y que se le
retiraban para, supuestamente, enfrentar la crisis. ¿Cuáles eran real-
mente las prioridades gubernamentales que llevaron a sacrificar al
INAH y a otras instituciones similares?
Para los antropólogos era prematuro llevar a cabo el análisis de
los fenómenos de diversa índole que se iban sucediendo, pues era
tiempo primero de colectar datos. En cambio, autores de otros
gremios se habían aventurado a formular predicciones. Una fue la

118
de que “nada volvería a ser lo mismo”. Incluso, se llegaba a predecir
cambios sustanciales de la sociedad. Miraban el pasado y relaciona-
ban la Primera Guerra Mundial y el desarrollo de los movimientos
revolucionarios armados en México con la influenza de 1918 y los
drásticos sucesos posteriores. Algunos predecían que al presidente
de los Estados Unidos le sería imposible reelegirse en 2020 por
su desastrosa actitud ante la epidemia que en su país cobró una de
las mayores proporciones en el mundo, predicción que olvidaba
que en la historia sucedían procesos que contradecían tales lógicas.
La reelección podría ocurrir porque la crisis agitaba con furia a las
bases sociales que apoyaban al candidato republicano y que salían
a votar en masa. Mayores agravantes eran el anacrónico y antide-
mocrático sistema electoral estadounidense que impedía que el voto
popular designara a su presidente, y que en esa nación también
se practicaba el fraude. La complejidad de la realidad rechazaba
conclusiones precipitadas, aunque esta vez atinaron en su predic-
ción… si bien el candidato republicano, pese a perder la elección,
recabó una cantidad enorme de sufragios.
En México, cambios a fondo se veían poco factibles. Ciertamente,
ocurrieron en aspectos tan urgentes como reconstruir y ampliar per-
manentemente el sistema de atención médica en todo el país. La
administración gubernamental venía procurando mejoras impor-
tantes, aunque limitadas a su visión asistencial y proclive a un utó-
pico capitalismo humanizado. Nada auguraba la implantación de
una verdadera red hospitalaria y clínica popular, ni un plan para
implantar un servicio médico generalizado como en Cuba.
En verdad, la administración se empeñaba en erradicar la corrup-
ción imperante, por ejemplo, en la adquisición de medicamentos en
los servicios públicos. Sin embargo, fue evidente la incapacidad del
sistema sanitario para dotar de equipo mínimo de seguridad a todos
los médicos, las enfermeras y los auxiliares de los hospitales que
atendieron los casos graves de enfermos de la COVID-19, con la
consiguiente e inaceptable gran cantidad de muertes de dichos pro-
fesionales que la enfrentaron en primera línea. ¿Adónde habían ido
a parar los recursos que les retiraron a diversas dependencias con el
propósito de atender la crisis sanitaria?

119
¿Hubo un cambio de fondo en la manera de hacer antropología o
en los paradigmas que la guiaban? Más allá de la infiltración de
“teorías” oportunistas, nada anunciaba cambios significativos,
como no fueran los de tipo generacional que ya estaban ocurriendo
desde antes de la crisis. Sí se agravaría el desempleo, ya de por sí
grave, de los egresados de las escuelas antropológicas. Esto provo-
cado, entre otros factores, por los ya mencionados recortes brutales
de los presupuestos institucionales que se sumaban a los que ya
venían aplicando las administraciones anteriores.
Con todo, tal vez, las disciplinas antropológicas, en especial la
antropología social, pero también la física y, a la larga, la etnología,
se verían impelidas a tratar el conjunto de problemas causados por
la peste moderna. Acaso el análisis de esa problemática impulsaría
enfoques más adecuados a la nueva realidad.
Si la epidemia se prolongaba por mucho tiempo, ciertamente las
consideraciones clasistas y políticas estarían siempre presentes en
cualquier análisis si se procuraba que este fuera integral. Una re-
flexión del brusco cambio en el ambiente social sería necesaria. La
aguda repercusión de la caída del empleo y los ingresos, así como la
quiebra de pequeñas empresas y negocios familiares afectaría al en-
torno de lleno.
Ahora bien, toda crisis, pese a su alto costo social, económico,
cultural y psicológico, supone también un reto que alienta a la adap-
tación creativa y a la generación de iniciativas y proyectos. Alzarse
sobre un hábitat dañado es difícil, pero ello había sido posible en el
pasado y, por ende, lo sería en el presente.5

5
Aunque este ensayo está destinado para difusión abierta, al menos cabe a citar
dos autores: Oziel Ulises Talavera Ibarra (“Las crisis de mortalidad en Vallado-
lid-Morelia, Pátzcuaro y Uruapan, Michoacán, México [1631-1860]”, Revista de
Demografía Histórica 36, núm. 2 (2018): 125-166) y Darío Ledesma (“La peste en
México durante la revolución: La influenza española de 1918”, De política 2.0 y
otros demonios, consultado el 5 de agosto de 2013, https://depolitica20yotrosde
monios.wordpress.com/2013/08/05/la-peste-en-mexico-durante-la-revolu
cion-la-influenza-espanola-de-1918/?fbclid=iwAR3qngh1ue97). El autor agra-
dece la revisión del escrito original a la colega Catalina Rodríguez Lazcano y a
la historiadora Magdalena García Mora.

120
Soliloquios, evocaciones y
autorreferencias sobre la COVID-19

José Luis Vera Cortés


Escuela Nacional de Antropología e Historia-INAH

Algunas de mis horas más gratas fueron las que transcurrieron durante
los prolongados chaparrones de primavera y otoño, que me recluían en
casa mañana y tarde arrullado con su incesante fragor, cuando un
crepúsculo temprano anunciaba un largo anochecer en el que muchos
pensamientos tenían tiempo de arraigar y desarrollarse.

Henry dAvid tHoreAu


Preludio

He cumplido cuatro meses de una reclusión no elegida, ni asignada,


pero sí asumida. El 11 de marzo pasado, día en el que la OMS hizo
la declaratoria mundial de la pandemia, abordé un avión rumbo a
Valencia, España. La intención era visitar a unos queridos amigos
y vivir las fiestas de Fallas de la ciudad. Dos días antes se habían
cancelado debido al aumento del número de contagiados por el
SARS-CoV-2. Llegué a media tarde al Aeropuerto Adolfo Suárez de
Madrid el 12 de marzo. Me pareció que había pocos viajeros en el
aeropuerto, al menos para sus estándares. Italia acababa de cerrar
sus fronteras en el norte. Cientos de rostros, los que se podían obser-
var por no ir cubiertos con tapabocas, tenían una expresión de pre-
ocupación, pero tal vez siempre es así en las terminales aéreas. Los
viajeros se dirigen a múltiples destinos y siempre existe algo de
incertidumbre y miedo. Tal vez eran solo los rostros normales
de personas que van a algún lugar. Un par de horas más tarde toma-
ba tierra nuevamente en la ciudad de Valencia. Una vez alojado en
casa de mis amigos, salimos a tomar un trago al Barrio del Carmen,
sitio de marcha tradicional de los valencianos. Las calles y los bares

121
estaban inusualmente vacíos, pensé que sería debido a que solo
eran las nueve de la noche y ya se sabe que la marcha española em-
pieza más tarde, pero la situación no cambió. Una camarera nos
contó el rumor de que pronto, como medida sanitaria, cerrarían
bares y restaurantes. Poca cosa me pareció menos probable en ese
momento. Valencia sin vida callejera y nocturna era impensable. El
día siguiente todo se precipitó… Los bares y restaurantes cerraron y
se hizo un llamado a no salir de casa. Un día después el presidente
recientemente elegido al gobierno español, Pedro Sánchez, después
de una larga espera en los medios, anunció el estado de alarma
sanitaria. Todos los negocios fueron cerrados, excepto comercios
con productos de primera necesidad. Todos los lugares donde fuera
posible la reunión de personas como cines, centros comerciales, tea-
tros, iglesias, fueron cerrados. Se estableció la prohibición de salir a
la calle si no era estrictamente necesario, so pena de ser interroga-
dos y multados por la guardia civil. “Quédate en casa” fue la reco-
mendación repetida hasta el cansancio en las redes y los medios de
comunicación. El rumor atemorizante del cierre de fronteras catali-
zó mi decisión de volver lo antes posible a México. Dos días des-
pués de la declaratoria del estado de alarma ingresé a lo que, en ese
momento, me pareció perturbador e incluso atemorizante: el aero-
puerto de Valencia. Un galerón casi completamente vacío, como un
viejo cascarón que reproducía el mismo escenario que observé de
camino a él: una ciudad sin gente.
En las pantallas del aeropuerto que anunciaban las llegadas y
salidas una palabra sobresalía sobre las demás: CANCELADO. En
el mostrador de la línea aérea existía una incertidumbre total sobre
si se mantenía en pie el vuelo a Madrid para tomar la conexión a
México. Los pocos usuarios deambulaban nerviosos, caminando
por los recovecos del aeropuerto de Manises. Para ese momento,
el cubrebocas se había vuelto una prenda común en el vestuario
de todos los viajeros. El vuelo, retrasado, finalmente aterrizó en
Madrid. Sabía que tendría que atravesar corriendo a la mayor velo-
cidad posible de la terminal 4 a la 1, si no quería perder el vuelo de
regreso. La ausencia de las características multitudes en ese aero-
puerto y las bandas eléctricas que crucé a la mayor velocidad que

122
podía, cargando una maleta de mediano tamaño, me permitieron
llegar a la puerta de abordaje cuando más de la mitad de los pasaje-
ros ya había ingresado al avión.
Once horas de vuelo en un avión lleno de mexicanos que, como
yo, regresaban apresuradamente a su país para no quedar varados
durante un tiempo indefinido en algún país extranjero. Durante mi
breve viaje, en ningún momento estuve con tanta gente reunida
como durante el vuelo de regreso. Finalmente, en la madrugada del
17 de marzo el avión llegó a la Ciudad de México. Al salir del avión
nos esperaba una trabajadora del aeropuerto con termómetro en
mano. Esa fue la única medida restrictiva a la vuelta, ni preguntas
sobre el viaje, tiempo y lugar de la estancia, nada. Tomé un taxi a
casa, dispuesto a pasar encerrado en ella las próximas dos semanas
como medida de seguridad al haber pisado territorio español, que
era junto con Italia y China uno de los tres países más afectados por
la pandemia.
En México el contagio masivo apenas empezaba. Han pasado ya
cuatro meses desde mi regreso. Mis catorce días de cuarentena
inicial se empalmaron con el “Quédate en casa” local. Reconozco
que se ha tratado de una experiencia íntima y personal; sin embar-
go, en muchos aspectos, ha sido también una experiencia colectiva
en una medida de la que aún no somos cabalmente conscientes, en-
tre otras cosas, debido a que no ha acabado aún.

El confinamiento: entre Kaspar Hauser y


Henry David Thoreau

Tal vez sea coincidencia, pero dos historias han marcado mi vida
adulta por diferentes motivos y causas, y ambas hacen referencia a
la experiencia del confinamiento. Por un lado, la película El enigma
de Kaspar Hauser. Cada uno por su parte y Dios contra todos, de Werner
Herzog, y la posterior lectura del libro Caspar Hauser o la indolencia
del corazón, escrito por Jakob Wassermann, y que sirvió de inspira-
ción al propio Herzog. Por otro lado, está la maravillosa narración
de Henry David Thoreau sobre su experiencia de aislamiento en un

123
bosque en Massachusetts durante dos años y dos meses: Walden.
O la vida en los bosques.
Dos experiencias del aislamiento radicalmente diferentes. En el
primer caso fue forzado. Kaspar Hauser es una especie de mito. No
puede enmarcarse en el contexto de la vida feral como los llamados
niños salvajes; tal vez el de Aveyron es el más célebre y famoso de
todos por haber sido descrito en diversos libros, pero también, y
coincidentemente, por haber sido filmada su vida por François Tru-
ffaut. Hasta donde se sabe, Kaspar fue criado en aislamiento en un
sótano, desde muy pequeño, de tal forma que no pudo elegir tal
circunstancia. Multitud de mitos se refieren a su existencia y a las
causas de su reclusión. Probablemente uno de los más sólidos sea
aquel que justifica el hecho en su posible origen como hijo bastardo
de algún noble. En cualquier caso, el nombre de Kaspar Hauser pa-
saría a la posteridad no solo por el drama del aislamiento obligado,
sino por dar nombre a los experimentos de aislamiento social de
animales realizados durante las décadas de los 50 y 60 del siglo xx
por psicólogos que, fundamentalmente, intentaban discernir algo
muy propio de la época: el conflicto “innato vs. aprendido”.
El segundo caso, el aislamiento elegido por Thoreau, animado
bajo el argumento de que el ser humano se había convertido en ins-
trumento de sus propios instrumentos e insuflado de un espíritu
utopista, pero también en respuesta y desacato ante la autoridad
hacendaria que lo encarceló por negarse a pagar impuestos. Ahí
escribiría otro de sus libros célebres: La desobediencia civil. En el
primer caso el confinamiento fue obligado, en el segundo, el de
Walden, elegido.
Ambas experiencias son radicalmente opuestas en sus causas,
pero están hermanadas en el hecho de la reclusión en solitario. En
nuestra sociedad, el confinamiento asignado u obligado está desti-
nado a los indeseables, a los delincuentes y a los locos. Por ello, la
elección de Thoreau parece insólita y resalta a la vez el carácter
anómalo de la decisión y del propio Thoreau como un anormal. Por-
que la reclusión en esta sociedad es normalmente un castigo reservado
a las personas que por sus actos o su peligrosidad han de ser separa-
dos de la sociedad y confinados y recluidos contra su voluntad.

124
Por todo lo anterior, el confinamiento derivado de la existencia
de la COVID-19 resulta insólito. No es precisamente un castigo, la
peligrosidad existe, pero no es el confinado el que la ostenta. Es
del riesgo del no aislamiento de donde emerge el peligro. Y así la
ecuación se invierte. Ya no es debido a la peligrosidad y los actos
contra ley del anormal que se decide la reclusión del mismo, sino
que la decisión se convierte en un “acto de libertad”, y es para
evitar el peligro, en este caso encarnado en un ser microscópico,
que se elige el confinamiento. Evidentemente los términos de elec-
ción, libertad y confinamiento han de ser revisados. Mientras que
en otros países la reclusión ha sido obligatoria, en México es una
sugerencia que se trasmuta en un marcador de clase y de potencial
económico. Solo aquellos que pueden hacerlo, ya sea por su dispo-
nibilidad de recursos o por su inserción laboral, pueden “elegir” el
confinamiento. Los desposeídos y los que viven al día no pueden
ejercer ese “acto de libertad” de elegir quedarse en casa o salir a
buscarse la vida.
Así, y a diferencia de los indeseables, el recluido encarna el pri-
vilegio de la elección y de la posibilidad de quedarse en casa. Aun
así, y dependiendo de una multiplicidad de factores, la experiencia
de la reclusión no es sencilla ni necesariamente agradable. Para
quien el confinamiento ha significado siempre un castigo, experi-
mentarlo, aunque sea debido a su condición de privilegio, resulta
una experiencia extrema. Y no me refiero en específico al distancia-
miento social, que abordaré más adelante, sino a la dilución de las
fronteras que separan lo público de lo privado y a la contradicción
del hecho de que el ejercicio de la voluntad y la decisión están limi-
tados, claramente impedidos por el miedo y el riesgo real del conta-
gio si se elige romper el confinamiento.
Por lo anterior, la voluntad utopista de Thoreau no está presente
en la posibilidad de elegir o no el confinamiento en tiempos de la
COVID-19, pero tampoco la imposición de hacerlo debido a la condi-
ción de peligroso, indeseable o anormal, como en el caso de Kaspar
Hauser.
Si el confinamiento no es entonces impuesto ni elegido, solo pue-
de ser asumido, en el mejor de los casos, como consecuencia de la

125
condición de privilegio de unos pocos, y ello nos confronta y nos
refleja como una sociedad profundamente desigual y asimétrica.

El tiempo: entre Rip Van Winkle y Marcel Proust

En el célebre cuento corto de Washington Irving, “Rip Van


Winkle”, el protagonista, homónimo para más señas, se queda
dormido en el bosque, solo para despertar al día siguiente veinte
años más viejo. Rip Van Winkle es a todas luces amable y buena
persona, pero causa tristeza debido a que ha perdido una gran
porción de su vida en estado inconsciente. Lo importante no es el
transcurso de veinte años en una vida, sino la falta de certidumbre
de qué pasó con ese tiempo. Un tiempo perdido, sin experiencia y
sin evocaciones, y sin embargo Rip Van Winkle es simplemente
veinte años más viejo.
La vida cotidiana y su rutina configuran nuestra percepción del
tiempo. Solemos singularizar los días a partir de nuestras acciones
y de los espacios donde esas acciones se desarrollan: la familia, el
trabajo, el descanso, el gimnasio, el cine, etcétera. Y estos espacios y
hechos configuran y matizan los días, las semanas, las estaciones,
los años y nuestra existencia completa.
Con el confinamiento, lo primero que potencialmente desapare-
ce es la frontera entre lo público y lo privado. Luego, si uno tiene
la suerte de desarrollar una actividad laboral que pueda llevarse a
cabo desde casa, puede que sea capaz de organizar su tiempo para
llevar a cabo las actividades básicas y cotidianas en el espacio hoga-
reño; si no es así, una drástica reducción de actividades aquejará la
cotidianidad del confinado. En cualquier caso, para unos y otros, el
confinamiento supone una ruptura con el orden cotidiano y, aun-
que pueda hallarse en el aislamiento un cierto placer y hasta confort
derivado de vivir una especie de vacaciones sin fecha de caducidad,
una cierta repetición monocromática de la actividad cotidiana cons-
truye poco a poco un nuevo orden, y debido a ello surge una nueva
percepción del tiempo, donde los días comienzan a parecerse alar-
mantemente unos a otros.

126
La nueva rutina emerge rápidamente, cíclica y repetitiva. Como
con el protagonista de la famosa película de los 80, Atrapado en
el tiempo (o El día de la marmota), en la que todos los días parecen
convertirse en el mismo que, cotidianamente, se repite con pocas
variaciones.
Ante la aparente eterna repetición, algunos intentan introducir
nuevas dinámicas que den sentido y permitan diferenciar el tiempo,
pues la incapacidad de hacerlo supone y sugiere la imposibilidad de
la memoria, sugiere despertar veinte años después sin experiencias,
más viejos y sin memoria. Como una especie de Rip Van Winkle,
que no se quedó dormido, pero cuyo resultado es el mismo: un ser
sin recuerdos, excepto aquellos originados previamente al sueño-
confinamiento. Y como somos seres memoriosos, la otra posibili-
dad para controlar y dar sentido al paso del tiempo y su aparente
repetición es precisamente domeñar el tiempo haciendo uso de los
recuerdos. La evocación se convierte en estrategia de aprehensión
de un orden ante la ausencia de este, al menos tal y como lo conoci-
mos y experimentamos antes de la situación de excepcionalidad
que supone el confinamiento.
Como consecuencia indirecta de la búsqueda de un orden a tra-
vés de los recuerdos, surge la nostalgia del tiempo vivido, pero no
de ese tiempo amorfo y sin lógica aparente, sino el de las personas y
los hechos que han marcado nuestra existencia vital. La búsqueda
de un orden pasa por la memoria; esta se trasmuta en nostalgia que
luego se dinamiza en una especie de intento de recuperación de lo
que nos constituye como individuos.
Conforme transcurre el tiempo del confinamiento aumentan las
tomas de contacto, las llamadas inesperadas a antiguos amigos o
familiares, la búsqueda de personas con significado importante en
esa otra vida... las notas en botellas tiradas al mar que intentan recu-
perar afectos, si no perdidos, sí lejanos o distantes en el espacio de
los afectos. En otros casos, como un intento de recomposición de lo
que debió o pudo ser y no fue. El nuevo orden supone en un sentido
la desaparición del anterior, y en el tránsito a él puede emerger un
maquillaje de lo evocado, un intento de recomponer-recuperar lo
que nos define como personas.

127
Otra alternativa que surge de la evocación como estrategia de
recuperación del orden perdido aparece justo en el lado opuesto, y
es la posibilidad de la reinvención, no solo de un nuevo orden, sino
de un nuevo Yo. Y aunque seductora, esta posibilidad incorpora un
pequeño ser que, como el virus, se multiplicará hasta ocupar la tota-
lidad del cuerpo de su hospedero, hasta habitarnos en pleno como
sociedad. Ese nuevo ser se llama miedo.
Antes de abordar esa posibilidad enunciada en lo que hemos
dado en llamar la “nueva normalidad”, abordo brevemente el dis-
tanciamiento social, una de las consecuencias del confinamiento,
pero que no puede reducirse a él.

El distanciamiento social: a pesar de Harry Harlow

Como primates que somos, nos caracterizamos por ser animales


expresivos con emociones complejas.
Empiezo este apartado haciendo referencia a un rasgo tan im-
portante como el mencionado en el apartado anterior. Además de
ser seres constituidos por la memoria, somos organismos que reac-
cionamos ante nuestro entorno y nuestros congéneres estableciendo
vínculos emotivos que juegan un papel fundamental en nuestras
relaciones sociales.
A finales de la década de los 50, el psicólogo Harry Harlow pu-
blicó uno de los más interesantes y polémicos estudios basados en
los llamados “experimentos Kaspar Hauser”, ya mencionados al
principio de este texto.
Utilizando pequeños monos rhesus bebés, pertenecientes a la
especie Macaca mulatta que, justo después del nacimiento, fueron
separados de sus madres y privados de cualquier contacto social,
Harlow intentó mostrar cuáles eran las principales necesidades de
estos modernos Kaspar Hauser: el alimento, el contacto social o la
socialización. Las crías fueron obligadas a interactuar selectivamen-
te con madres sustitutas de alambre, pero provistas de alimentos,
y con madres sustitutas cubiertas con toallas que proporcionaban
un contacto más agradable, pero sin alimento. Sistemáticamente las

128
crías buscaban, antes que el alimento, el contacto físico con sus
madres sustitutas de felpa; parecía que más que el alimento, los mo-
nitos bebés buscaban el contacto físico.
A reserva de que los estudios de Harlow fueron considerados los
causantes del surgimiento del movimiento pro derechos de los ani-
males y que derivaron en la publicación del célebre libro Liberación
animal de Peter Singer, y también de lo cuestionable de sus métodos
de investigación, sus resultados mostraron algo que sabíamos a
propósito de la importancia del contacto físico y de la vida social de
los primates humanos y no humanos.
Con el confinamiento por la COVID-19 no solo surgen formas
alternas de diferenciar y ordenar el tiempo, sino también for-
mas alternas de interacción social, caracterizadas en su mayoría
por un principio fundamental: es importante evitar el contacto físico,
la proximidad social, la intimidad.
Un cierto desconcierto parece caracterizar los encuentros socia-
les durante la pandemia. Extrañas danzas salutatorias se llevan a
cabo entre los involucrados, surgen dudas, incomodidades, rigidez
en los nuevos rituales sociales de saludo e interacción social. Una
mano agitada a una prudente distancia, un ligero levantamiento de
cejas, en los casos más distantes; un contacto de puños, antebrazos
o hasta un choque de pies en los casos más arriesgados.
Hace algunos años, Edward T. Hall propuso que los seres huma-
nos interactuamos socialmente de diferentes modos en función de
lo que llamó Proxémica, creando con ello una disciplina encargada
del estudio del distanciamiento interpersonal y de cómo las diferen-
tes culturas matizan esas distancias. Clasificó el espacio de interac-
ción social en una fase íntima, una personal, una social y una
pública, todas ellas con fases cercanas y lejanas. Existen grupos cul-
turales que Hall denominó “de contacto”, que suelen interactuar
socialmente en distancias consideradas íntimas, mientras que exis-
ten otras culturas que intentan maximizar las distancias de interac-
ción. Y sin embargo, la distancia condiciona el tipo y la intensidad
de la interacción social.
La pandemia obliga a maximizar las distancias de interacción
personal y social, y ello genera desconcierto. Se sugiere u obliga,

129
dependiendo el caso, evitar el contacto social y, de ser estrictamente
necesario, reducirlo aumentando la distancia, evitando el contacto
físico, y todo ello con medidas de protección como el cubrebocas, el
gel antibacteriano, el uso de guantes, caretas, desinfectantes, lavado
constante de manos y seguramente un largo etcétera que aún nos
falta por ver. Todo ello en el contexto de los espacios públicos, pero
en el caso de las personas cuyo confinamiento se lleva a cabo en
pareja o en familia se sugiere también extremar precauciones, pues
algunos, si no todos los miembros del núcleo familiar, pueden salir
de sus domicilios por diferentes motivos. El riesgo se hace presente
en todo momento, así que, si algún miembro de la familia presenta
síntomas, un subaislamiento se hace inevitable: reducir el contacto
físico a lo estrictamente necesario. En el nuevo escenario, en la nue-
va normalidad, parece que todos somos sospechosos hasta que se
demuestre lo contrario.

¿Por qué le dicen nueva normalidad


cuando quieren decir miedo?

La emergencia de la COVID-19 resaltó lo enormemente lábil de mu-


chos aspectos del mundo en que vivimos. Normalmente los siste-
mas sociales son en un sentido conservadores; intentan mantener
un orden social inmutable. Las sociedades son capaces incluso de
absorber ciertas tensiones generadas en el interior de sí mismas
con el objetivo de retrasar el cambio y así mantenerse constantes. El
papel de muchas de sus instituciones sociales es precisamente ese,
perpetuar un orden social reproduciendo entre los ciudadanos for-
mas de pensamiento y de acción. Y, sin embargo, la aparición de
una microscópica partícula pseudoviviente, causante de la actual
pandemia, en solo cuatro meses ha generado la mayor crisis econó-
mica y social desde la Segunda Guerra Mundial.
La primera reacción de muchos países ante la declaración de la
pandemia fue instrumentar un plan de resistencia para unos cuan-
tos meses, luego de los cuales volveríamos a la normalidad acos-
tumbrada. Tal posición duró poco tiempo, pues un miedo mayor al

130
contagio y la enfermedad, la crisis económica o el confinamiento y
el aislamiento social empezó a surgir casi de inmediato: el miedo a
que la excepción se convirtiera en regla y que, por un tiempo impo-
sible de calcular por ahora, la inestabilidad se hiciera cargo de lo
cotidiano, todo ello bajo el eufemismo, por sí mismo contradictorio,
de la llamada “nueva normalidad”.
La excepcionalidad de los procesos emergidos por la COVID-19
podrán convertirse en el futuro en cotidianos, en la regla y la norma
en la medida que se mantengan a lo largo de un tiempo considera-
ble, una vez que el miedo que está detrás de todas esas nuevas prác-
ticas se institucionalice; es decir, cuando el miedo al contagio y a la
enfermedad, pero también a la estigmatización social se normalice y
se reproduzca con la misma celeridad del virus en nuestros espacios
públicos y privados, en los medios de comunicación, en nuestras
universidades, en las familias o las empresas, incluso en la soledad
más personal e íntima, será en ese momento cuando la “nueva
normalidad” habrá ganado a pulso su carta de identidad. Por el
momento es miedo, sí, pero a la incertidumbre de cuándo terminará
la pandemia, a la incertidumbre de si la ciencia será capaz de encon-
trar un tratamiento o una vacuna próximamente, si el virus será
eliminado o si, por el contrario, llegó para quedarse y tendremos
que aprender a vivir con ello.
Mientras tanto, algunos ven en el contexto el origen de nuevas
formas de relación, de producción y de educación, fundamental-
mente centradas en el teletrabajo y la educación en línea. Un mun-
do donde no hará falta transportarse al lugar de trabajo ni a la
escuela, con el consecuente ahorro en instalaciones y desplaza-
mientos. Un nuevo mundo donde seamos capaces de innovar es-
trategias pedagógicas que superen los “caducos” esquemas de la
relación maestro-alumno interactuando en un aula. Un mundo
donde el tiempo y la actividad sean eficientes y productivos. Un
mundo donde los individuos sean eso y no sociedades interactuan-
tes, organizadas, rebeldes o inconformes. Un nuevo mundo para
un nuevo tipo de ciudadano. Un nuevo mundo confinado, produc-
tivo, distanciado, ordenado, controlado. Un nuevo mundo donde
el miedo sea capaz de instaurar un nuevo orden, una nueva norma-

131
lidad. ¡Utopistas del mundo, uníos!, parecen decir estos heraldos
del nuevo orden.
Sin embargo, para la creación de ese nuevo orden hacen falta
personas que trabajen para que ello sea posible. No solo médicos o
científicos; jueces y abogados que formalicen las nuevas prácticas,
que tipifiquen los nuevos delitos, que determinen las penas corres-
pondientes a los mismos; de fuerzas públicas que sean capaces de
garantizar las nuevas reglas de “convivencia”. Hoy, en Alemania o
España, se habla de la necesidad de aumentar el número de “ras-
treadores”, que son las personas encargadas de dar seguimiento a la
cadena de contagio, hasta encontrar al llamado “paciente cero”,
para así poder eliminar los nuevos brotes del virus hasta antes de la
llamada transmisión comunitaria.
Pero entre la utopía y la distopía hay pocas diferencias que no
sean simplemente de sentido. ¿Quiénes y bajo qué criterios diseña-
rán este nuevo mundo feliz? ¿La nueva normalidad será más libre,
democrática, justa e igualitaria?
En Walden, Thoreau llevó a cabo su propia utopía. Para muchos,
su error fue realizarla en solitario, pues olvidó la condición social
del ser humano. Para muchos, cualquier proyecto de naturaleza
utópica deberá considerar ese hecho, o no ser. ¿La “nueva normali-
dad” será capaz de considerarlo como condición intrínseca de la
condición humana y como piedra de toque de cualquier proyecto
que busque la instauración de un nuevo orden?

A modo de cierre
Distopía: una recreación libre de la inversión utópica

Ha llovido sin parar los últimos tres días. El agua se estanca y hay
charcos por aquí y por allá. Hilos finos del líquido escurren por las
paredes de los viejos edificios de la también vieja ciudad.
Hace solo una semana me entregaron los resultados de mi prue-
ba para COVID-19. “Positivo”; leí ante los ojos escrutadores de
la secretaria que me entregó el resultado, y que estoy seguro lo

132
había leído. También estoy seguro de que conocía mi condición de
asintomático. Una expresión de rechazo y asco al mismo tiempo
afloró en su falsa sonrisa. Seguramente para ese momento ya se ha-
bría activado el protocolo y un conjunto de rastreadores, como pe-
rros de caza, estarían tras mis huellas en poco tiempo. Al principio
de la pandemia, los “positivos” simplemente eran aislados durante
un tiempo. Poco después las medidas se recrudecieron. Ahora el
protocolo solo señala: “SUPRESIÓN”, pero nadie sabe exactamente
qué significa. Lo que sí sabemos es que quien ha sido condenado a
supresión no ha vuelto a ser visto, al menos hasta ahora.
Apenas me dio tiempo de pasar por casa, recoger ropa y dinero
y salir por piernas. Si la mejor manera de esconder un diamante es
en un vaso de agua, he decidido esconderme entre la multitud de
personas que deambulan por el centro de la ciudad. Después de la
crisis inicial, miles de personas se quedaron prácticamente en la ca-
lle, y por ella se desplazan buscándose la vida, día y noche y de las
más diversas y no siempre confesables maneras.
La multitud y las mascarillas, obligatorias desde hace ya mucho
tiempo, me podrán camuflar entre la multitud, aunque temo que
durante la toma de la muestra hayan introducido algo en mi cuerpo
que permita que los rastreadores den fácilmente conmigo, como
buitres guiados por la pestilencia de un cadáver.
No hay que presentar blanco fijo, tengo que moverme; entre
mayor sea la multitud, mejor. Pero también aumenta el riesgo de
que cualquier persona a mi lado pueda ser un rastreador y que, así
como mi estrategia es pasar inadvertido entre la multitud, la suya
sea exactamente la misma.
No he dormido en días y el cansancio invade hasta la más peque-
ña célula de mi cuerpo. Con la lluvia se ha vuelto aún más pesado
caminar de aquí para allá sin rumbo fijo, como una especie de ratón
en laberinto que busca justamente no encontrar la salida, sino per-
manecer en él, pues no sabe lo que le podría esperar afuera.
Mis pies están hinchados y llenos de ampollas. El frío y la hume-
dad constante los han convertido en pesadas cargas que cada vez
me cuesta más trabajo mover. Desfallezco, mis pies se doblan y

133
caigo de rodillas junto a un viejo edificio iluminado apenas por una
antigua farola. La lluvia no para de caer, pequeña, constante; parece
que no cesará nunca.
Tres cuerpos se detienen frente a mí, no puedo ver su cara pues
bloquean la luz de la farola. Y si pudiera, no vería más que tres ros-
tros, seguramente con mascarilla, como los miles de personas que
me rodean y que se mueven constantemente como si de abejas en un
panal se tratara. Son ellos, los rastreadores, han dado finalmente
conmigo. Ya no hay miedo, solo tristeza. Recuerdo a mis hijos, a mis
amigos, al tiempo que, sin expresión, una lágrima lenta y espesa
escurre por mi mejilla. La lluvia se une a ella y la precipita al suelo
en el que, al estrellarse, se funde con los charcos y la tierra acumula-
da durante siglos en esa vieja ciudad…

134
,
editado por Historiadores de las Ciencias y las Humanidades, A.C.
Febrero del 2021.

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