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LA SILLA

Por Alonso Mejía

Mi silla, mi única silla, me tiene preocupado. La uso para sentarme, para poner la
ropa por la noche y en los últimos meses, hasta para hablarle. La semana pasada
me sentí bastane incómodo en ella. No necesito ser muy inteligente para darme
cuenta de que no está a gusto en mi poder, de que se siente tan icómoda conmigo
como yo en ella. Es posible que yo le parezca rudo y utilitario. He tratado de
explicarle todas mis sospechas y presunciones, pero no es fácil penetrar en una
mente blindada. Aunque hace como si pusiera mucho cuidado, no me escucha. A
mí no me engaña, yo me doy cuenta, pues según creo, la conozco bastante bien.
Fuera de mis conjeturas, para ella no solo aburridoras sino inútiles y fuente
de confusión, ¿qué más puedo decir además de jurarle sinceridad? Tal vez,
pensé, le agradaría saber que el calorcito que le llega cuando estoy sentado en
ella, pese a tramitirse por medio de las nalgas, viene de lo hondo del corazón,
voluntario o no, le sigo hablando, pues no pierdo la esperaza de que me entienda.
Hemos tenido días muy críticos. El peor fue cuando vino don Lucio
Ledesma, un gran amigo de mi tío abuelo. Don Lucio es un anciano bondadoso,
pero una victima más de la tiranía de las costumbres; no mueve un solo músculo
si no es por orden estricta de una rutina repetida a lo largo de lánguidos e
interminables años. Permaeció sentado el viejo sin mover un tendón que no fuera
del rostro, al hablar, o de las manos, aunque lleva a cada instante del regazo a la
naríz, como para no sentir del todo el casi permanente olor de las inaudibles
descargas de su oxidado aparao digestivo. La pobre silla debió sufrir mucho con
un cuerpo maloliente que no la deja descansar durante cinco horas, porque crujió
toda la tarde, lo que es signo inequívoco de malestar y de protesta. Y llendo un
poco más lejos, yo lo interpreté como la delimitación de sus deberes. Dos veces,
al despertarme, encontré la ropa en el suelo, y llegué a pensar en lo peor.
Otra situación merecedora de sus crujidos de protesta o de dolor fue la
visita de un hombre al quien solo conozco por el apellido, Cartagena, o como el
Andaluz. No sé cómo se me ocurrió invitarlo, pues apenas es un conocido casual
del salón de billares, un tio muy extraño, a quien todos consideramos un tonto que
sabe muchas cosas. En el billar, cuando llega a las cuarenta carambolas se queja
de cómo lo atormenta la sed, y así en los últimos tiempos ha adquirido la
costumbre de pedir cuatro gaseosas cuado va por las treinta y siete o treinta y
ocho carambolas. Acosado quién sabe por qué come como un animal herido y
reducido al terror, estado frecuente, según me confesó, sus dedos crispados se
aferraban al esapaldar de la silla meciéndola con fuerza hacia delante y hacia
atrás mientras apoyaba un pie en el barrote que une y sostiene las patas traseras,
sin la menor consideración por ella y por mí.
Para ofrecer un cuadro más completo de la situación, quiero contar por
último lo sucedido esta mañana. El marido de la casra nunca se mete en los
problemas de los inquilinos, pero ante una queja mía, y no estando la señora,
accedió a ecucharme. La visita se alargó hasta límites insostenibles para la sila, y
también para mí, porque como ya se habrán dado cueta, yo sufro a la par con ella.
Don Agustín es una persona bastante juvial. Entró con su habitual vaiven y casi en
puntillas. No pude dejar de observarle las orejas tiradas hacia atrás y los ojos
como de pescado. Además, despide como un olor azufrado, todo su ser tiene el
aspecto de haber salido del mar hace poco tiempo, sugiere un lejano parenrezco
con los delfines. Cuando se laevantó era solo para apoyarse con todo su peso en
el espaldar del taburete (la llamo silla para dignificarla un poco, pues en estos
tiemos taburete se ha convertido no solo en una palabra casi desconocida sino
hasta indecente) haciéndole alzar las patas traseras, lo que siempre la ha sacado
del quicio.
En no pocas ocasiones he tenido ganas de ir a sentarme en cualquier sitio,
así sea en un parqueadero oscuro, para dejarla descansar. Solo una vez lo hice, y
parece que se dio cuenta, porque esa noche crujio más de lo habitual cuando me
senté a leer.
Recuerdo con dolor la quebradura de la pata e imagino cuánto debe haber
sufrido la pobre cuado se la clavaron. Hay que tener en consideración sus
diecisiete años conmigo y que en todo ese tiempo nunca le habian dado un
martillazo. Es natural que me duelan sus males y me preocupen sus crujidos, pues
ha sido mi comañera por tato tiempo, compartiedo, al menos presenciando, hasta
los gestos más sutiles de mi intimidad. Un amigo, quien me atreví a cotarle la
historia, me dijo que el problema es que soy muy sentimental. Y no es verdad que
ese sea el problema, aunque no le puedo quitar del todo la razón.
A veces pienso que la conozco a fondo, pero me equivoco, como se dice,
de cabo a rabo, pues ni siquiera sé si tiene alma de pino, de cedro o de caoba.
Conocerla, cree uno, es saber tanto de sus comodidades cono de sus
incomodidades.
Claro, me queda la duda de las razones de sus quejidos, porque en los
últios días le he notado cierto desequilibrio. Cuado se ejerce presión sobre ella,
por leve que sea, uno de los barrotes de las patas se mueve y tiede a salirse de
los huecos donde va empotrada. Y entonces sí cruje de verdad.

ACTIVIDAD
Luego de leer el cuento, en el proximo taller conversaremos sobre las siguientes
preguntas, que no son para un examen no para corchar, son solo un medio para mirar la
estructura del cuento.
1. Qué o quién es el personaje central.
2. Qué o quiénes ejrecen de personajes secundarios
3. En qué persona gramatical está narrado, YO, primera persona, TÚ, segunda
persona. ÉL, tercera persona.
4. En que tiempo esta narrado, presente, pasado o futuro
5. Qué relación hay entre el personaje central y las otras personas
6. Qué tipo de final tiene el cueno: feliz, triste, abierto, abrupto…
7. Qué sensación le queda despues de leerlo
8. Qué opinión le merece el título. Que otro título le pondrías.

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