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LA TENENCIA DE LA TIERRA Y LA REFORMA AGRARIA EN COLOMBIA

Vladimir F. Barraza Polo

Si molesto con mi canto 


a alguien que no quiera oír 
le aseguro que es un gringo 
o un dueño de este país.

Víctor Jara

A continuación se presenta un ensayo sobre la lectura del mismo título, cuyo autor es
Bersarión Gómez Hernández, realizada en la clase Sistemas socioculturales urbanos de
octavo semestre del programa de Ecología de la Fundación Universitaria de Popayán. El texto
en mención es resultado de un proyecto de investigación de tesis doctoral llevado a cabo en la
Universidad Externado de Colombia de tipo socio jurídico, de carácter descriptivo y
explicativo; el autor desarrolló dicha investigación desde un enfoque crítico social, utilizando
el análisis, el método histórico y comparativo. La pregunta problema fue la siguiente: ¿Qué
elementos y tendencias han caracterizado los procesos de reforma agraria en Colombia y de la
política de tierras, particularmente en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez?

El autor comienza haciendo un recuento de los inicios de las pugnas agrarias en Colombia,
señalando a la década de 1930 como el punto de partida de las luchas del campesinado
colombiano y que las aspiraciones para acceder a la política se han dado mayoritariamente
para mantener el status socioeconómico de las familias potentadas del país y en algunos casos
para hacer oposición. El desprestigio nacional que tuvo el partido conservador, “en razón de
varias matanzas dirigidas por el gobierno contra organizaciones obreras y estudiantiles en
particular la matanza de las bananeras” (Gómez, 2011: 64-65), dio pie para que los liberales
gobernaran al país durante 16 años y para que “el descontento de la población se orientara
hacia la consecución de una reforma agraria a la que los terratenientes se opusieron”, por
naturaleza era de esperarse eso ya que aquellos no iban a abandonar todos los privilegios que
habían adquirido en antaño por la fuerza.

La Constitución Colombiana es reconocida en el extranjero como una de las completas, pero


vemos que desde hace muchos años ésta ha resultado infructuosa, pues en el gobierno de
Alfonso López Pumarejo se presentó ante el Congreso de la República la Ley 200 sobre el
régimen de tierras, la cual “pretendió modificar y modernizar la estructura de la tenencia de la
tierra…dar un plazo a los propietarios de la tierra para que la explotaran adecuadamente y
neutralizar las protestas rurales iniciadas desde los años 20” (Gómez, 2011: 65). Además de
esta ley, en los años sesenta también se aprobaron otras para ‘hacerle frente’ al problema
agrario como la ley 135 de 1961 o la ley 160 de 1994, pero nuevamente fracasaron en el
intento.

Algo importante que destacar en este asunto es que paralelamente al desarrollo y ratificación
de estas leyes agrarias se ha dado un proceso de contrarreforma agraria, llevado a cabo por los
mismos terratenientes que por tradición se han opuesto a la práctica de todas estas leyes en
mención, comprando masivamente, y a precio de huevo, las mejores tierras, muchas de éstas
asignadas a comunidades afro o indígenas, en algunos casos y en otros despojando a sus
dueños cuando éstos se opusieran a dicha compra.

Todos estos hechos han marcado categóricamente el panorama social colombiano,


destacándonos como el 6º país más desigual del mundo, por tener al 42,8 % de la población
en la pobreza y al 22,9 % en la indigencia. Según el informe del Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD):

El 52% de la tierra está en manos del 1,15% del total de la población…-además- el coeficiente de
Gini (el más aceptado por investigadores para medir la desigualdad) llega al 0,85 en una escala de
0 a 1, convirtiendo de esta forma a Colombia en uno de los países más desiguales del hemisferio.

Es indudable que mientras Colombia permanezca en esta brecha desigual no conseguirá jamás
una verdadera y definitiva Paz, pues necesidades básicas insatisfechas, un muy bajo nivel
educativo, desplazamiento forzado, desarraigo de costumbres e indiferencia ciudadana, son un
caldo de cultivo para la búsqueda de dinero fácil, inseguridad y problemáticas sociales en las
principales cabeceras municipales.

Una etapa fundamental para comprender más a fondo la problemática de tierras en Colombia
es la del narcotráfico de los 80’s, en la cual mafiosos en potencia y terratenientes en general
vieron una nueva oportunidad para expandir sus emporios a través del cultivo, procesamiento
y venta de estupefacientes, incentivando a los campesinos para que les sirvieran a ellos con la
excusa de que mejorarían sus ingresos y saldrían de la pobreza innata en la que estaban. En
vista de que el gobierno nacional les había dado la espalda éstos no tuvieron más alternativa
que sumarse a las filas de los raspachines, sin saber que el proceso sería un círculo vicioso
donde conseguirían lo que nunca consiguieron, valga la redundancia, en toda su vida en un
ratico, pero así como llegaba el dinero así se iba, pues los campesinos lo despilfarraban
creyendo que siempre tendrían el suficiente para nuevos gastos. Por otro lado, como a los
mafiosos no les convenía que aquel cultivador, raspador o “químico” de la coca que hiciera el
suficiente dinero como para regresar a su lugar de origen partiera, sino que necesitaban gente
fija para poder tener un control por si alguien abría la boca procedían a eliminar
“silenciosamente” al susodicho, y como los campesinos, por obvias razones, no firmaban un
contrato laboral, cuando se encontraban en poder del “patrón” ya no podían oponerse a nada
que éste les ordenara y si antes le pagaban tanto por kilo de pasta base y ahora le pagaban
menos era mejor que no dijeran nada porque les iba peor, terminando así en un laberinto sin
salida tanto para ellos como para sus familias, las cuales pagaban caro por éstos si se llegaban
a fugar.

Los barones de la droga, como dice el autor, al acumular jugosas ganancias producto del
redondo negocio de la misma compraban ostentosas mansiones con piscina, camionetas 4 x 4,
yates, animales exóticos y ubérrimas propiedades en los valles y altiplanos del territorio
nacional, donde a través de la conformación y financiamiento de grupos armados al margen
de la ley, y al servicio de su propia ley, en cooperación con el “glorioso” ejército nacional,
protegían a toda costa sus bienes raíces y controlaban el mercado nacional de la droga.
Configurando de esta manera el latifundio y generando una contrarreforma agraria ya que la
última palabra la tenían ellos y si algún campesino se negaba a malvender su parcela lo
dejaban en su tierrita pero con un féretro.

Con la ley 35 de 1982 “el INCORA compró 95.498 hectáreas, tierras de mala calidad pero
pagadas como de primera, fueron adjudicadas a los campesinos mediante créditos a largo
plazo y altos intereses de financiamiento” (Gómez, 2011: 68), aparte de esto el estado no
financió la producción agrícola y para colmo de males éste procedió a importar alimentos
extranjeros, lo que condujo a una pauperización del campesinado pues le era imposible
competir con el agricultor de afuera al que sí lo apoyaba su país de origen.

Más adelante, en los noventa, “el gobierno de Ernesto Samper Pizano creó el Plan de
Desarrollo Alternativo, con el fin que el campesinado reemplazara los cultivos ilícitos por
productos agrícolas lícitos, a cambio de recibir cada uno la suma de seis millones de pesos”
(Gómez, 2011: 69), pero aparte de que los trámites para acceder a dicho cambio eran tediosos,
los narcotraficantes intensificaron su ofensiva aumentando las sumas de dinero que le daban a
los campesinos para que continuaran cosechando coca.

Casos de malos manejos en la asignación de tierras a desplazados y de entrega de estos bienes


a grupos alzados en armas y a familias de dudosa reputación, en Colombia hay muchos, que
van desde las directivas del Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural hasta los peones de
las oficinas de alcaldías y gobernaciones, y dichos casos son presentados en la televisión
nacional como mero sensacionalismo y sin un análisis profundo, los cuales son reemplazados
paulatinamente a medida que se van destapando las ollas podridas y no reciben la atención
que se merecen por parte de los ciudadanos ya que no se sabe cuál caso es más agobiante que
el otro, además de que la involución mental colectiva no deja observar que son los dineros
públicos provenientes de sus bolsillos los que están en juego y con lo que estas ponzoñas
humanas hacen y deshacen cuando quieren. Se pueden citar ciertos casos como el de los
“créditos de redescuento de Finagro a paramilitares y a narcotraficantes”
(caracol.com.co/nota.aspx?id=612770 en Gómez, 2011: 70), o el del “despojo de tierras de
comunidades desplazadas de Jiguamindó y Curbaradó” (Gómez, 2011: 70) y entre otros casos
más en los que la podredumbre dirigente ha hecho nexos con las “A.U.V.” para retirar a los
campesinos de sus terrenos y entregárselos a éstos primeros y también en los que se han
enriquecido con el dinero de los más necesitados.

Gómez Bersarión (2011) señala que:

Desde el gobierno de Álvaro Uribe Vélez se han presentado ante el Congreso de la República dos
proyectos de ley, y se ha apoyado uno más, que permiten legalizar la usurpación de tierras por
grupos paramilitares y destinar presupuesto estatal para financiar proyectos productivos en tales
tierras.

Todo esto atenta contra la ley 975 de 2005 que establece como requisito previo la restitución
de tierras para que los paramilitares desmovilizados obtengan beneficios y con esto hay otra
prueba más de que el ex presidente mencionado tiene que ver con la conformación y el
financiamiento de estos grupos armados y la forma para tapar estos hechos es poniendo a
producir dichas tierras para justificarse. Uno de los proyectos presentados durante el gobierno
de Uribe fue el Estatuto de Desarrollo Rural (ley 1152 de 2007) que “pretende otorgar
subsidios para la compra y adecuación de tierras, y para formulación y ejecución de proyectos
agroindustriales a quienes presenten proyectos de alta productividad” (Gómez, 2011: 72), en
otras palabras, dicho estatuto otorgaba, ya que fue tumbado por la Corte Constitucional por
omitir el proceso de consulta previa, mayores beneficios a los grandes empresarios poseedores
de monocultivos, como los de la palma africana en el Chocó, que a los campesinos más
pobres de la nación. Otro proyecto de ley muy famoso por los escándalos por manejos
indebidos de dinero fue el de Agro Ingreso Seguro encabezado por el “egregio” ex ministro de
agricultura alias Uribito, aprobado como ley 1133 de 2007, en el cual se seguían otorgando
beneficios a los proyectos agroindustriales que respondían a la demanda extranjera, a
sabiendas todos los que participaron en el estudio, ejecución y control de dicho proyecto que
“el desarrollo del modelo agroindustrial se ha realizado a través de la comisión de crímenes de
lesa humanidad, como el desplazamiento forzado, el asesinato y la desaparición forzada”
(Gómez, 2011: 75), perpetuando así la hegemonía capitalista de las grandes familias en
Colombia, que no tiene que ver con niños, mujeres embarazadas, ancianos o enfermos para
despojarlos de su único sostén económico y arrojarlos a la miseria de las urbes con un gran
traumatismo psicológico. Uno de los interrogantes que se plantea el autor sobre el caso de
AIS es “por qué se subsidian actividades que de todas formas deberían ser asumidas por los
propietarios de las grandes extensiones de tierras” (Gómez, 2011: 76) y tiene la razón ya que
es ilógico y el colmo que con los fondos de la nación que se deberían utilizar para apoyar a los
pequeños y medianos campesinos en apoyo técnico y tecnológico se hayan ido para engrosar
y mejorar las vastas extensiones rurales de la “gente de bien” de Colombia. Otro aspecto
curioso de los beneficiados con estos presupuestos es que la mayoría de ellos apoyaron la
campaña de elección del eminente y consagrado al divino corazón de Jesús Álvaro Uribe en el
año 2002, así como también las aspiraciones presidenciales de su perro faldero Andrés Felipe.

Una de las aclaraciones que se citan en el proyecto acabado de mencionar es que los
interesados en recibir ayuda del gobierno debían tener al menos el 20% del total solicitado,
además de que se le otorgaría mayor importancia a los que tuvieran un mayor valor de
contrapartida, o sea del monto inicial presupuestal, y a los que en teoría fueran a beneficiar en
riego un mayor número de hectáreas; el texto es explícito, se beneficiarían mayoritariamente a
los duros del agro. Pero no todo es malo, no, no, no, no, ya que muchos préstamos se le
adjudicaron al campesino promedio con montos fastuosos y suntuosos que iban desde los
$26.000 hasta los $80.000, lo mínimo como para que invirtieran en la producción y el manejo
de sus cultivos, para que compraran las maquinitas necesarias para tecnificarse y para los
insumos y adecuación de la estructura de acopio y beneficiadero si era el caso.

El autor concluye mencionando que Colombia es uno de los países más desiguales del
hemisferio según el coeficiente de Gini, que las políticas agrarias implementadas en Colombia
durante las últimas décadas sólo ha servido para mantener ricos a los ricos y pobres a los
pobres, que todos los procesos de reforma agraria han tenido su contrarreforma agraria
liderada por élites violentas que han desplazado y masacrado a campesinos humildes, que el
gobierno de Uribe contribuyó de una u otra forma a las Autodefensas Unidas de Colombia
para usurpar tierras y estimular el latifundio de cultivos “primordiales” de grandes capitales y
de tardío crecimiento y que la actual ley de víctimas y de tierras es limitada, imperfecta e
incompleta.

A mi modo de pensar concluyo lo siguiente: Colombia es un país megadiverso, como bien se


ha aludido en reiteradas ocasiones, que posee todos los pisos térmicos, esto es, desde el nivel
del mar hasta la nieve eterna, lo que a su vez determina una configuración socioeconómica en
cada uno de estos. Cada comunidad habitante del territorio posee determinadas formas de
aprovechar el paisaje, para lo cual han desarrollado a lo largo del tiempo diversas formas y
medios de producción para garantizarse su sustento diario. Es menester darle cabida a cada
una de las formas de pensamiento que poseen dichas comunidades para vivir, es decir,
reconocer el valor intrínseco que hay en las mismas y respetar su autonomía en cuanto a lo
que quieren para sí mismos y no imponerles nuevas doctrinas en cuanto a la manera de
aprovechar el territorio basándose en sendos estudios científicos de empresas extranjeras que
sólo quieren ampliar su monopolio, instando a países “en vías de desarrollo” como el nuestro
a olvidar sus tradiciones agrícolas para iniciar cultivos de tardío crecimiento y de amplia
cobertura de exportación e incluso así tengan éstos que importar alimentos básicos de su
canasta familiar de dichos países industrializados que fomentan este patrón de siembra.

Al mismo tiempo, hace falta que el campesinado que emigró hacia las ciudades salvando su
vida y la de su familia retorne a donde creció y vio labrar la tierra por sus padres y abuelos
para que de verdad crezca la esperanza y more la igualdad y el bienestar común de todos los
colombianos.

Bibliografía:

Gómez, B. 2011. La tenencia de la tierra y la reforma agraria en Colombia. Bogotá:


Universidad Libre.

Discografía:

Jara, V. 1969. A desalambrar. En: Pongo en tus manos abiertas. [CD]. Santiago de Chile,
Chile. Jota Jota.