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EL VALOR DOCUMENTAL DE LA OBRA:

Pintura de pueblo – Pura sangre

Antes de empezar a abordar este elemento o valor que puede tener una obra de Arte, es
decir, el de tener un sentido documental (a pesar de ser ficción), debo empezar haciendo
una confesión: jamás me ha importado, al juzgar una obra de Arte, si lo que contiene da
cuenta de la realidad o no. Lo que quiere decir que para mí el ingenio y la agudeza no
dependen, en lo absoluto, de hacer un preciso reporte de lo que existe en determinado
territorio. Si la obra de Camilo Ibarra da cuenta de unos saberes o percepciones que tienen
con respecto al oficio artístico en su natal Prado, francamente no me importa nada. Lo que
me interesa es si dicha «definición» del quehacer artístico es inteligente y genuina,
independientemente de que en Prado lo vean así o sea pura invención de Camilo. Pero la
consideración de que solo por estar «presentando» lo que piensa un colectivo de personas
en otra región del Tolima ya es digno de valor artístico me parece bastante equívoca. Creo
que esa consideración se nutre de ese miedo actual que hay de «soltar veneno» y criticar a
esos agentes sociales a los que hoy se protege como si fueran niños enfermos, y se crea
alrededor de ellos una conducta hipersensible y remilgada (bastante dañina para la crítica).
Por eso si en mi obra «pongo a hablar al campesino», «rescato al desplazado», doy la
definición de cultura que tiene mi pobre padre el pintor de pueblo, entonces ya hice bien la
cosas. Cómo se me ocurre a mí pensar que puede salir una imbecilidad de esas pobres
boquitas. Todo lo que digan está bien, debo ser condescendiente. Y la condescendencia es
la más rastrera de las agresiones. Se debe reconocer que la opinión de un desplazado, un
campesino y un pintor de pueblo también puede ser imbécil, falaz. Con esa sinceridad es
como debe respetársele.
La obra pictórica de Camilo Ibarra me pareció bastante insustancial. La presentación inicia
con un tríptico espantoso en el que se ilustra una edificación con algo de vegetación. No
hay ninguna justificación para que ese trabajo se haya presentado con una factura pésima e
inacabado. Después vienen los «lindos trocitos de realidad» presentando al jornalero en su
silla, la gente del pueblo jugando cartas, el retrato del abuelo, las tiernas reproducciones de
los portarretratos que tiene la madre en su mesa de noche, la botella y el timbre tan típicos
de nuestros amados pueblitos y demás: el puro esnobismo precolombinesco (o tolimenesco)
de los estudiantes que se gradúan, que creen que por poner a un indígena, una casa de
bahareque, la bolsa para hacer el mercado autóctona o la mesedora de la vecina ya están
haciendo algo con un “sentido local” hermoso. Después Ibarra nos presenta un muy fallido
intento impresionista de captar la luz a diferentes horas del día de su propia casa (cosa que
está completamente desconectada del sentido buenista del trabajo en general y que, además,
salió bastante mal, porque hay cuadros con una luz impresionante que registran horas de la
noche, y en general los cuadros no presentan una atmósfera y una luminosidad diferentes).
Como lo que estamos juzgando es el valor documental del trabajo, lo que vemos es que hay
un sentido falaz, postizo. Al Museo del Tolima le cae de maravilla porque presenta la obra
como los “hábiles retratos de un joven tolimense sobre su bello pueblo del Tolima”, y como
para el espectador mediocre eso es ilustrarse sobre lo que es específicamente un territorio,
como si estuviera turisteando, se contenta con el viejito en la silla y con un par de
edificaciones típicas o icónicas del lugar. Pero realmente no hay nada, sabemos tanto de
Prado antes como después, no hay una íntima relación con el territorio y las cosas que sea
notable, y no se da cuenta de los asuntos más curiosos, acallados o particulares del lugar.
En la película pura sangre el asunto es muy distinto. En lugar de presentarnos la sobada y
bienintencionada visión de un lugar, nos presenta una historia sórdida, sangrienta, cruel. Y
puede que lo más aterrador sea esa violencia normalizada o que se presenta como algo
cotidiano que ya no sorprende, como cuando Florina Lamaitre entra como si nada al cuarto
en el que uno de sus colegas está violando el cadáver de un menor: «Ay yo no sé porque te
gusta tanto eso… Qué maña más fea», como si la maña fuera cualquier tontería, como dejar
los zapatos donde no se debe. ¿Hay en Pura sangre un mayor sentido documental que en
«Pintura de pueblo» de Ibarra? Yo contestaría a esa pregunta así: ¿importa acaso que haya
un mayor sentido documental? «Pura sangre» no es superior porque dé más cuenta de Cali
que lo que «Pintura de pueblo» da de Prado. Poco importa si efectivamente era un
fenómeno propio de determinada época en Cali el tipo de homicidios y homicidas que se
presentan en la obra, o el tipo de tratos corruptos o festividades (como la manera en que se
celebra Halloween). A lo mejor si es un poco más veraz al narrar determinados hábitos y
costumbres; pero la superioridad de la obra es porque es una narrativa mejor construida,
con perfiles más precisos, una ingeniosa manera de presentar un hecho violento. Pinturas
como las de Camilo hay miles, pero una trama como la de «Pura sangre» difícilmente se
encontraría, es decir, hay novedad, una reflexión e imaginación nunca antes presentada.
También es cierto que el medio cinematográfico se presta muchísimo más para lograr dar
cuenta de la realidad de un territorio que lo que la pobre pintura con sus «fotogramas
hechos a mano» puede.

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