Está en la página 1de 173

Ilustración de cubierta: © 2017, Paula Lobón

© 2017, Marta Sebastián Valverde por «Audiodiario de abordo»


© 2017, Carlos Pérez Casas por «La ballena»
© 2017, Rocío Remesal por «Esencial»
© 2017, E.Z. Méndez por «En la espesura del bosque»
© 2017, Patricia Macías García por «Quedarse de piedra»
© 2017, Alberto Luna por «Hielo Candente»
© 2017, Cris Melgosa por «Atlantius»
© 2017, Cristina Martínez Carou por «Mala suerte»
© 2017, Almudena Carrasco Pazos por «Favoritos»
© 2017, Sandra Ferreiro por «El dragón solitario»
© 2017, Celia Añó por «Crimen en la ciudad de los caracoles»
© 2017, Isabel Jiménez por «Kagebutsu»
© 2017, Morgui Fairyson por «La herencia de la Gran Madre»
© 2017, Óscar Iborra por «Cráneo de gato»
© 2017, Miriam Álvarez Elvira por «La grieta del fin del mundo»

1
Mundos Fantásticos

Marta Sebastián Valverde, Carlos Pérez Casas,


Rocío Remesal, E.Z. Méndez, Patricia Macías García,
Alberto Luna, Cris Melgosa, Cristina Martínez Carou,
Almudena Carrasco Pazos, Sandra Ferreiro (Sindy B.),
Celia Añó, Isabel Jiménez, Morgui Fairyson,
Óscar Iborra y Miriam Álvarez

2
Índice
Prólogo ................................................................................................................................................... 4

Audiodiario de abordo............................................................................................................... 6

La ballena ...................................................................................................................................... 13

Esencial .......................................................................................................................................... 20

En la espesura del bosque..................................................................................................... 29

Quedarse de piedra .................................................................................................................. 44

Hielo candente ............................................................................................................................ 57

Atlantius ........................................................................................................................................ 66

Mala Suerte .................................................................................................................................. 77

Favoritos ....................................................................................................................................... 89

El dragón solitario ..................................................................................................................103

Crimen en la ciudad de los caracoles .............................................................................110

Kagebutsu ...................................................................................................................................123

La herencia de la Gran Madre ...........................................................................................135

Cráneo de gato ..........................................................................................................................148

La grieta del fin del mundo .................................................................................................162

Participantes ..................................................................................................................................171

3
Prólogo
Por Aitziber Conesa

Vivimos en la era de internet, una era maravillosa de comunicación y de


conexión pero también una era en la que sobran los habría que y faltan las
concreciones. Por eso me siento tan honrada de escribir unas pocas líneas al
respecto de la antología que tenéis en la mano. Porque surge de un habría que, un
guante tirado en la red al respecto de la falta de una convocatoria de relatos
generalista y centrada en el fantástico de forma genérica y no centrado en un tema
reduccionista o estacional, como los trillados concursos de San Valentín, Navidad y
otras fechas señaladas, y es, al fin y al cabo, el resultado de un esfuerzo personal de
la coordinadora y comunal de todos los que hemos puesto nuestro granito de arena,
ya hayamos sido seleccionados o no con nuestras historias o hayamos participado
de otros modos. Ya seamos escritores, correctores, jurados, ilustradores o esta
humilde prologuista. En estos tiempos en los que todo es inconcreto, virtual e
inestable, deberíamos sentirnos orgullosos de poder concretar de esta manera.
Orgullosos de poder ofrecer un volumen en el que se juega con la misma idea de la
construcción de mundo desde el punto de vista desde el que es mejor jugar: desde
el relato concreto, dando las pinceladas justas para recrear una maravilla que tal vez
creemos olvidada.
Para comenzar un proyecto —cualquier proyecto— hacen falta varias cosas.
Primero, una chispa, una inspiración que generalmente surge de una necesidad
personal o comunal. Después es necesario un motor de movimiento perpetuo al que
llamaremos fuerza coordinadora, sin la cual la idea se quedará en un simple habría
que. Y por último, por supuesto, la participación. ¿Cómo llegar a levantar este
pequeño universo sin los mundos que sus creadores nos han cedido?
Para crear un mundo nuevo también hacen falta estas mismas cosas. Ideas,
arduo trabajo del que no se verá ni una pequeña parte y adición de capas de
elementos que le den un sabor propio y único. Esto es lo que tendréis en este
volumen. Y, esperamos, en cada uno de los relatos seleccionados.
Aquí hay mundos de fantasía muy clásica, de fantasía futurista, de distopía…
Hay hombres, mujeres, monstruos (aunque a veces son lo mismo), y también dioses,
semidioses y otras mitologías. Hay mundos alienígenas y mundos sólo concebibles
4
en los mitos. Xenobiología. Nuevos géneros. Nuevas culturas. Nuevas y peligrosas
religiones. Mundos que se mueven a su propio ritmo. Pero también los mismos
viejos conflictos: el amor, la guerra, el deseo, el poder, el temor a lo extraño, la
hermandad con quien compartes la aventura, el precio a pagar por el conocimiento,
el autodescubrimiento…
Veréis historias que respiran en claves de humor, y también heroicas o cercanas
a la ciencia ficción o al género negro. Precisamente esa variedad es algo que la
coordinación ha hecho bien en valorar ya que la construcción de mundos no es algo
cerrado a un tipo de narrativa, si no que es una base útil para todas ellas. Porque
toda historia necesita un lugar, un contexto en el que desarrollarse y encontrar un
sentido. Sin éste contexto (físico, biológico, climático, cultural, social, espiritual...),
nuestras historias quedan como simples bosquejos de una trama, como un perpetuo
wannabe literario. Sin un mundo sólido bajo sus pies, nuestros personajes corren el
riesgo de caer en un vacío de incoherencia, haciendo que la historia se haga añicos
contra la incredulidad del lector. Sin un decorado tridimensional y cuidado, los
mensajes y temas que queramos tratar pasarán a un segundo plano como simples
discursos moralistas, sin llegar a donde toda buena historia debe llegar: ese centro
personal del lector donde se aúnan y combinan su mente, su alma y su corazón.
Creo que las historias que tenéis a continuación apelan precisamente a esa parte
íntima de cada lector, aunque eso es algo que solo podéis decidir vosotros según
vayáis descubriendo el pequeño multiverso que acogen estas páginas.
Por último, antes de despedirme agradecida de cada lector, me gustaría señalar
algo que, aunque a muchos les pueda parecer ridículo, a mí se me hace relevante.
Vivimos en la era de internet, de la cual muchos no esperan gran cosa. Sin embargo
entre nuestros relatos, tanto los seleccionados como los que no lo fueron, la gran
mayoría pertenecen a escritores jóvenes. Una hornada de talento que pertenece por
completo a esa generación digital tan poco valorada y muchas veces tan poco
percibida. Me siento contenta de poder decir que, en la medida de nuestras
posibilidades, estamos también trabajando para dar un poco de visibilización a estos
jóvenes autores y autoras.

5
Audiodiario de abordo
Marta Sebastián Valverde

20 de Quin, 4:08 de la tarde


Audiodiario de Melia di Trine. Aprendiz de ingeniera, veinticinco años. Expedición a
órdenes de Hunila d’Artones, navegante, cuarenta y siete años. Objetivo: analizar los
daños de la ciudad de Bögrem, encontrar los restos del dragón que la destruyó y
tomar muestras de lo que quede para su posterior análisis en laboratorio, así como
estimar las posibles causas del desastre. Código de la misión: 0x246c3. Todas las
tripulantes mantenemos diarios similares, solo se mencionarán cuando sea preciso.
El barco zarpó a las 2:35 de la casi tarde. Las nubes llegaban hasta el mismo
puerto, por lo que no hizo falta que se crearan otras sintéticas para alcanzar
velocidad. Vamos a buen ritmo. Hace un día ventoso y perfecto para navegar.
Esperamos llegar a la Bögrem en torno al uno de Felmo. La timonela, Ada de
Lace, afirma que hay motivos por los que ser optimistas. La época de las tormentas
ya ha pasado y, según la racha que llevamos estas últimas semanas, no parece que
se vayan a desatar más en los próximos días.
Creemos que es poco probable que el ingenio mecánico aún siga en
funcionamiento. Nadie lo ha visto volar en más de treinta años, y a estas alturas se
tiene que haber quedado ya sin energía. Todas nosotras vamos armadas y tenemos
la formación adecuada, por si acaso sucediera algún percance.

1:15 de la noche
Con las prisas y el protocolo se me ha olvidado decir por qué estoy yo aquí.
Espero que este ligero despiste no dificulte el tratamiento de esta información. Estoy
aquí como viaje de proyecto de fin de estudios. Soy ayudante de la ingeniera Maria
d’Aretzo, encargada de analizar los componentes del ingenio y supervisora de mi
trabajo. Espero que este sea el primer proyecto de muchos.

23 de Quin, 3:36 de la casi tarde


La Torre de la Alcaldía ha desaparecido ya de nuestra vista, con lo que el
horizonte está dominado por las nubes. El tiempo sigue siendo apacible y el barco
va algo más rápido, cosa que parece increíble. De Lace ni se inmuta, pero yo no puedo

6
evitar pensar que nos acercamos a una velocidad peligrosa. Esperemos que calcule
bien el rumbo y no nos topemos de repente con un claro. Caer y estamparse contra
lo que sea que haya allá abajo no me parece un final adecuado para mi carrera. Al
menos, la capa de nubes es espesa y no hay ninguno a la vista. Por ahora.
Parece que llegaremos a Bögrem varios días antes de lo previsto. ¡Me puede la
emoción!

1 de Felmo, 1:25 de la tarde


La velocidad ha disminuido desde ayer. Anoche hizo mucho viento, con lo que
hemos tenido que plegar las velas para evitar caer durante los turnos de noche y casi
día. La nube en la que estábamos asentadas no se ha movido demasiado, con lo que
no será muy difícil recalcular el rumbo. Habremos perdido un día como mucho.
Ahora el cielo está mucho más claro. Las nubes son más finas, obligan a
maniobrar con algo más de cuidado. El barco no se tambalea aún. Eso es una buena
señal.
D’Artones no ha salido a dar órdenes en todo el día. Se encuentra mal, dicen,
vomita desde la ventana de su camarote. Supongo que será por algo que ha comido.
Si es así, no creo que tarde mucho en recuperarse.

1:00 de la noche
Acaban de subir las científicas de la tripulación, Marja de Seli y Elen de Rús
después de coger muestras de nubes. Lo hacen todas las noches, pero hasta ahora
no habían encontrado nada reseñable en la composición. Dicen que estas son más
densas, han encontrado residuos sólidos y están bastante seguras de que es ceniza.
pero habrá que analizarlas a la luz del día. Y del aumentador.

2 de Felmo, 3:56 del casi día


A… acabamos de pasar una tormenta. Diosa, qué truenos. Parecía que el barco
iba a… a estallar en pedazos. El casco… venga, voy. El casco está un poco dañado por
los rayos, pero no es nada. Hemos estado a punto… ¡a puntito de caer! Ya se veía la
Piedra, allá abajo. De Lace y d’Artones merecen una condecoración como mínimo
por sacarnos de esta. Qué maldito miedo. No puedo controlar mi corazón. Ojalá
pudiera, aunque fuera… aaaah… respirar más despacio, pero no puedo. Ver la

7
muerte tan cerca… De verdad, creía que se iba a acabar ahí. Ni la mejor infusión del
Cielo va a calmar mi ansiedad ahora mismo…

4:15 de la tarde
Después de la tormenta y toda esa emoción, ha vuelto la calma. Por suerte, el
barco no ha sufrido apenas daños. El aire se ha vuelto muy denso, parece que vemos
a través de un velo gris. Incluso al barco le cuesta más avanzar. No sé si será a causa
de la tormenta o por otra razón. Además, hace mucho menos viento. Parece que
apenas nos movemos. Al menos, estas… ¿nubes? ¿Podemos llamarlas así? Parecen
más seguras. Apenas se mueven con las ráfagas de aire, y la vigía afirma incluso ver
formas de caminos en su distribución. ¿Quién habrá hecho esto? ¿Cómo? No puede
ser uno de esos milagros de la ingeniería perdidos en Bögrem, más gente lo
recordaría. Adjuntaremos reprografías, así como muestras para su análisis. Esto es
cada vez más interesante.
La capitana ya sí que no sale de su camarote. Dice que huele a humo y no para
de llorar. Tras la tormenta estuvo gritando algo sobre su hermana. No tenemos ni
idea de por qué. Nos volcamos en ayudarla, y la sanadora de mente hace todo lo que
puede. Espero que, al menos, tenga ánimo de dirigir nuestras investigaciones una
vez lleguemos a la ciudad. Las pocas veces que la he visto se la veía aterrorizada.
¿Pero por qué está aquí? Yo creía que todas las capitanas eran sometidas a pruebas
de liderazgo. No puede perder el aplomo en un momento tan delicado como este.

4 de Felmo, 4:29 de la casi tarde


Debería haber actualizado el audiodiario ayer, pero en ninguno de los cinco
periodos tuve tiempo para hacerlo. Solo en el casi día, cuando me dormí de puro
cansancio.
En torno a las 2:30 de la casi tarde llegamos a Bögrem. Costó atracar en el
puerto, pues las nubes eran tan espesas que no nos dejaban pasar. De Lace propuso
dejar el barco así, sostenido por las nubes, sin molestarse en entrar. Decía que era
poco probable que se movieran. A d’Artones no terminó de gustarle la idea. Temía,
y con razón, que por algún motivo se desplazaran y nos quedáramos atrapadas, sin
medios para volver a Segvrev ni a la civilización.
Tuvimos que arrastrar hasta que conseguimos introducirlo por las estrías del

8
puerto. Tras ello, la tarea se volvió más sencilla, ordinaria.
El estado del sitio da verdadera pena. Las estrías apenas sobresalen ya y los
pájaros han decidido que son un lugar ideal para colocar allí sus nidos. Du Coilgnes
ha puesto trampas y agujas para evitar que se posen, pero no hay suficientes
asegurar la integridad del barco. Yo solo espero que nos permita volver a casa.
Las dos científicas han tomado muestras de las nubes de aquí. Son grises y casi
se pueden coger en la mano. Huelen a humo y tienen restos de ceniza. El hedor está
en todas malditas partes. Que yo sepa, el fuego no llega a impregnar así el ambiente.
Ni siquiera el de dragón.
La capitana parece estar mucho mejor. Creo que yo soy la única que tiene dudas
sobre su capacidad de mando. Todas han estado con ella antes y están seguras de
que era la mejor elección posible para el cargo por lo bien que trabaja bajo presión.
A veces me pregunto si ellas han visto lo mismo que yo.
Después de comer empezamos a dar una vuelta por la ciudad. Apenas hemos
visto nada, unos pocos barrios de las afueras. Los edificios están ya anticuados, pero
era de esperar. Es sorprendente lo altos que son. Apenas han sufrido daños, a
excepción de quemaduras y marcas de garras aquí y allá. No hay rastro de cadáver
alguno. La gente que vivía por aquí, nuberos, mayormente, debieron de haber
escapado al ocurrir el desastre. Si no, no me explico que nuestro barco sea el único
en el puerto. D’Artones sugiere que el dragón podría haberlos despeñado nubes
abajo, vivos o muertos. Es una opción que me niego a creer. Es demasiado horrible.
Habrá que consultar las listas de refugiados para comprobarlo.
Hemos entrado en un par de bloques de pisos. El interior se conserva mucho
mejor de lo esperado. El estado de los muebles es admirable, aunque tienen una capa
de polvo considerable.
¡Oh, Diosa, las vistas! ¡Estas ventanas son espectaculares! No entiendo por qué
estos se consideraban los barrios pobres.
Esta mañana hemos continuado la tarea. Pasamos a barrios más cercanos al
centro, aunque no hemos llegado a este todavía. Los edificios están algo más
dañados, pero lo más horrible que les ha pasado ha sido perder un par de plantas.
Ya no se hacen edificios tan sólidos. Mañana esperamos investigar los lugares
públicos. A ver qué queda de ellos.
No hemos notado ningún signo de la presencia del dragón. No hemos visto nada

9
arder, ni oído ningún rugido particular, ni siquiera el clonk clonk clonk de sus
engranajes. Ya lo decía yo. Han pasado treinta años, es imposible que siga vivo.

5 de Felmo, 2:00 de la noche


Según nos vamos acercando al centro, los daños se hacen más apreciables.
Muchos edificios han perdido varias plantas y las paredes están llenas de marcas de
humo y arañazos. Hay sombras de personas en las paredes. Creo haber visto la de
una niña pequeña. Diosa bendita.
Íbamos a separarnos para ser más eficientes, pero d’Artones no lo vio con
buenos ojos. Mejor lentas que muertas, dice. Por tanto, hoy solo hemos podido
inspeccionar el Ayuntamiento y la Iglesia de la Diosa. Me… me es difícil hablar de
ellos, pero habrá que hacerlo… por el bien de la investigación.
Del Ayuntamiento, por no quedar, no queda ni el techo. Decían que tenía unos
jardines legendarios, pero es difícil de creer. Hemos visto alguna planta mustia, si
acaso. No hay ni rastro de los cuerpos de la alcaldesa ni de sus concejalas. ¡Menos
mal! Me habría desmayado del susto. En el suelo hemos visto engranajes marcados
por el Instituto de Ingeniería. Creemos que podrían ser del dragón, pero no estamos
del todo seguras. De Lace sospecha que este puede haber sido un refugio suyo o
incluso su lugar predilecto para dormir. Yo apoyo esa teoría.
La iglesia es el lugar más perturbador que he visto en mi vida. No sé si me podré
quitar esas imágenes de la cabeza. No tenía que haber aceptado esto como proyecto,
¡no tenía que haberlo hecho! Los bancos estaban quemados, aún quedaban restos
óseos por todas partes. Algunos de ellos ni siquiera se habían desprendido del
pellejo. ¡Y era asqueroso! Sentía que me estaban mirando, ¡que me vigilaban, incluso!
Del altar ya no quedaban más que restos de cuadros carbonizados. Las pinturas y
esculturas de las maestras se han perdido para siempre. Ni siquiera quedan trozos
de lienzo que conservar. Creo haber visto la sombra carbonizada de la que oficiaba
misa en ese momento, con los brazos en alto. No se lo he mencionado a las demás,
pero todavía tiemblo. Di Treven se desmayó nada más salir, y a punto estuve de
hacer yo lo mismo. Al menos tenemos un dato importante: el desastre ocurrió entre
las tres y las tres y media de la mañana. Les pilló en plena ceremonia. ¿Y si estos son
los cadáveres que faltan de la zona del puerto?
Esta noche todas vamos a tomar infusiones para dormir, las pocas que nos

10
quedan. Ya no nos vamos a entretener más. Mañana iremos al Instituto de
Ingeniería.

6 de Felmo, 1:00 de la mañana


Nos hemos levantado pronto para que dé tiempo a investigar. La capitana ha
dado órdenes de que contemos en directo lo que ocurre en todo momento. No las
tiene todas consigo y quiere que nuestros registros se guarden para su análisis
incluso si ocurre una tragedia. Lo que me pregunto es por qué no se le ha ocurrido
antes. La tragedia de la que habla podría haber ocurrido en cualquier momento.
Estoy agotada, anoche apenas dormí nada. Espero que de vuelta en el barco
tenga tiempo de hacerlo. Este debería ser nuestro último día.
Tenemos el manos libres activado para dar mayor libertad de movimientos. Es
probable que se registren ruidos de fondo. Espero que no dificulten el análisis de la
grabación.
De la zona adyacente al Instituto apenas quedan ya los cimientos. Esos edificios
que describían como hermosos e imponentes ahora están hechos pedazos. En el
suelo hay trozos de toda clase de objetos. ¡Mira, Ada, qué candelabro! Esto tiene que
haber costado una fortuna. Todo para que acabe así.
Sí, es una verdadera lástima. Al menos, que quede como pieza de museo.
Diosa, qué asco de olor. Este maldito humo casi no deja respirar.
Cof, cof
Espero que d’Artones se haya pre… ¡Cof! Preocupado de seguir las directivas de
seguridad. No me gustaría enfrentarme a un ingenio mecánico en funcionamiento
por sorpresa, y seguro que a ella tampoco. Si tal cosa fuera posible, diría que tiene
más miedo que yo.
¿En serio? ¿Eso es el Instituto de Ingenieros? ¡Está hecho un asco! Solo queda
en pie el pórtico de la fachada, y mucho es. Por el suelo están los restos del reloj
astronómico, que en paz descanse. Y ahí… ¡no! ¡¿En serio?! ¡Corre, saca la máquina
de reprografías! Ahí está… el dragón. Diosa… diosa… es enorme. Adjunto reprografía
con la capitana como escala, para que se aprecie bien el tamaño.
No parece haber peligro. No mueve ni un solo engranaje y no se escucha ningún
tipo de clonk clonk desde aquí. Tiene que estar muerto, como sospechábamos,
aunque sigue dando mucho miedo.

11
Mantened una distancia prudente, me acercaré con d’Arezto.
Ven, Melia, tú también tienes que analizar esto.
Cronch, cronch
El ojo es precioso, aún parece vivo…
¡No lo toques! No lo toques… Por si acaso.
Qué silencio…
Esto está ya muerto. No le queda ni una chispa de electricidad.
Yo diría que se ha movido.
No digas tonterías.
Ten cuidado, Hunila.
Lo tengo, Marja.
Observa bien, di Trine.
Si está muerto… ¿cómo es posible que no tenga nada de polvo?
Di Trine, céntrate.
Lo siento, solo preguntaba.
Voy a acercar la mano.
¡Espera, se ha movido! ¡El ojo! ¡El ojo! ¡Capitana, cuidado! ¡Fuera, fuera! ¡¿Dónde
está mi pistola?! ¡HUNILA, NO! ¡CORRED, MALDITA SEA! ¡SUELTA! ¡NO!

¡MAESTRA! ¡DEJADME SALIR! ¡AYUDADME! ¡AYUDADME! ¡QUE


ALGUIEN ME AYUDE! ¡NO! ¡NOOOOO!

¡AAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHH!

12
La ballena
Carlos Pérez Casas

Jonás cayó frente al Concilio de Ancianos y el duro suelo de hueso golpeó sus
despellejadas rodillas. Ni siquiera intentó apretar los dientes para evitar gritar de
dolor; en ese momento le daban igual las apariencias, el respeto a los mayores o su
propia dignidad. Sentía la ballena apresándolo.
—Yo solo quería ver el cielo estrellado —dijo antes de que nadie se dirigiera a
él.
Aquellos que gobernaban desde la cabeza de la ballena lo observaron. Ninguno
de los siete asientos del Concilio estaba vacío: tres eran ocupados por ancianas, otros
cuatro por ancianos. Solo una de las ancianas no llevaba barba de algas; como
representante de los cautivos, renegaba del credo de los elegidos y su estrambótico
aspecto. Los asientos estaban manufacturados con hueso de ballena, extraído
siguiendo los ritos de súplica a Yamya. Los miembros del consejo discutían entre
ellos de forma acalorada, los gestos de sus manos eran enérgicos, furiosos.
—Me dijeron que era hermoso —realzó—. Mucho más que Tierra Seca. Un cielo
negro, cubierto de puntos brillantes y colores nunca vistos dentro de la ballena.
Las paredes orgánicas se removieron inquietas, como si Yamya demostrara su
enfado ante aquel ultraje. Los Ancianos también lo notaron y la reprobación se
instaló en sus rostros.
—Y, en tu viaje demente, ¿lograste verlo? —preguntó uno de los elegidos.
Jonás asintió con tristeza. «Ahora ni siquiera queda esperanza».
Uno de los ancianos esgrimió un dedo, amenazador como un cuchillo de hueso,
hacia el techo donde los músculos de la ballena comenzaba a segregar la humedad
que sus ocupantes bebían. Los virtuosos aguadores, despojados de su lengua tras su
confirmación como tales, se apresuraron a recolectar el líquido.
El dedo del anciano seguía alzado.
—Yamya provee —manifestó mientras algunas gotas caían a su alrededor—.
Está herida, por tu culpa —acusó la dura voz tras la barba—. Sus quejidos son
muestra del profundo dolor que siente, uno que no puede mantener en silencio. Pese
a estar sufriendo, nos entrega el agua para que bebamos, el hueso para que lo
trabajemos, el aire para que respiremos. Sigue haciéndolo tras largos cientos de

13
años albergándonos en su interior, extenuada, del gran esfuerzo que supone
regenerar todo cuando nos entrega. Si un huésped, un parásito como tú, estuviera
en tu casa y te tratara con tal desprecio, te causara tal dolor, ¿te mostrarías tan
clemente como Yamya se comporta con nosotros?
Jonás mantenía los hombros caídos, la mirada ensombrecida.
—No niego lo que la ballena hace por nosotros, venerables ancianos —dijo
mirando a los que portaban la barba de los elegidos—. Sé que la doctrina afirma que
Yamya nos mantiene a salvo de los peligros del exterior; pero yo siempre me he
considerado un prisionero dentro de ella.
—Estamos atrapados —confirmó la única anciana que no llevaba algas sobre su
rostro—. Yamya no es un arca de salvación como creen los elegidos, es una prisión.
Y somos sus cautivos.
—Blasfemia —dijo un elegidos.
—Herejía —acrecentó otro.
Los pies descalzos golpearon el suelo y las cabezas se alzaron en actitud digna
y ofendida. Los reproches entre la cautiva y los elegidos sobre el propósito de la
ballena hicieron que Jonás permaneciera ignorado durante un buen rato, con sus
rodillas soportando el dolor y el peso. Las discusiones, cien veces iniciadas pero
nunca zanjadas, sobre si los antepasados que entraron en el vientre de Yamya
habían sido encerrados por sus crímenes o salvados por sus obras se prolongaron
hasta que las tareas de recogida de agua concluyeron. Y aun tras llamar a la calma
hubo alguna pulla adicional.
—Háblanos de cómo lograste perforar a Yamya con un cuchillo de su propio
hueso.
Jonás se quedó sorprendido tras aquello. Él se había abierto camino hasta la
capa de piel exterior de Yamya, en contacto con el mundo que había más allá. Todo
lo que deseaba no haber visto nunca. Pero los ancianos preguntaban sobre cómo
había hecho el agujero, no qué era lo que había al otro lado, como si…
«Como si todos lo supieran», reflexionó Jonás observando a los silenciosos
aguadores; los aún más silenciosos guardias, con sus lanzas de hueso y sus bocas
cerradas; y los miembros del concilio, los únicos que hablaban. «Los únicos que
tienen lengua», dedujo.
Los ancianos gesticulaban con impaciencia.

14
¿Tenía que ser honesto en lo que revelara? Claro. ¿Por qué mentir para
protegerse cuando él mismo trataba de convencerse de que no había razón para
seguir adelante? Decidió no ocultar nada porque sentía, necesitaba, que los ancianos
comprendieran por qué había decidido escapar.
—¿Y bien? —pidieron mientras el líquido brotaba de nuevo de las paredes de
carne. Los aguadores iniciaron otra recolecta.
—Mi trabajo siempre ha sido peligroso —explicó—. Desde que aprendí a nadar
mi labor había consistido en recoger el pescado recién engullido para alimentar a
nuestra gente y limpiar toxinas en el estómago de Yamya. Eso me forzaba a
adentrarme con mi barca donde el agua se mezcla con los poderosos líquidos del
estómago. Entrar, limpiar y salir antes de que llegara el jugo y disolviera lo que había
en el estómago, incluido yo. —Alzó la cabeza con un repentino sentimiento de
orgullo—. Una labor asesina, a la que muchos compañeros ha arrebatado un brazo,
tan deshecho por el ácido que solo se quedó amputar. ¿Saben los ancianos del
consejo lo difícil que es serrar un hueso humano con una herramienta hecha de
hueso de ballena? El dolor y los gritos es algo que no se olvida. Ni se puede describir.
Por eso me decidí a abandonar la ballena, antes de que un día fuera demasiado lento
y volviera con menos partes de mi cuerpo. O no volviera. Escapar; eso era cuanto yo
quería.
Los ancianos se miraban entre ellos pero no pronunciaban palabra alguna.
—Un trabajo peligroso —reiteró Jonás—. Tan peligroso que he llegado a
envidiar los que limpian los afilados dientes de la ballena.
—Yamya no tiene dientes —intervino un anciano de la facción de los elegidos.
—¿Cómo que no?
Otro anciano alzó una mano, perplejo.
—¿Has vivido toda tu vida dentro de la ballena y aún no sabes que no tiene
dentadura? —Al no recibir respuesta, adoptó una pose ofendida—. ¿Se puede saber
qué os enseñan vuestros maestros en los jardines de plancton?
Jonás parpadeó confuso.
—Entonces, ¿cómo mastica la comida?
—Continúa con tu relato —bramó el primer anciano—. Queremos saber de tus
fechorías, no de tu ignorancia.
Se produjo un breve silencio en el que se pudo escuchar los dientes chirriar y

15
los corazones bombear sangre con intensidad. Jonás contempló a los ancianos, en
sus tronos de hueso y sus barbas de algas, exhibir su furia hacia él. ¿Con qué derecho
se consideraban los agraviados en aquella situación? Era Jonás quien había perdido
toda esperanza de huir de aquel húmedo y carnoso lugar. Apretó los puños.
—Yo soy ignorante —afirmó desafiante—. Pero también curioso. Y si haces las
preguntas correctas puedes aprender lo que necesitas saber. Escaparme del trabajo
fue fácil; no es extraño que alguien respire lo que no debe en el estómago de Yamya
y sufra días terribles toses antes de volver trabajar. Fingí que me había pasado a mí.
Entre prisioneros hay solidaridad —explicó, ignorando las miradas reprobatorias
de los elegidos—, por lo que no se opusieron a que descansara unos días.
La mención de los prisioneros hizo que los elegidos se removieran inquietos en
sus tronos de hueso, pero Jonás centraba su atención en la representante de los
cautivos. Jonás irguió levemente la espalda y explicó que su plan de fuga implicaba
deshacerse del guardia que custodiaba el hueco en el esqueleto que Yamya sufrió
hace unos meses cuando chocó contra una roca submarina.
—Al menos eso fue lo que nos dijisteis. Pero lo cierto es que no era una roca
submarina, ¿verdad? —No esperó respuesta—. Lo que sí era cierto es que varios
guardias, turnándose, vigilaban aquel hueco hasta que Yamya regenerara su hueso.
Los cuidadores de la ballena habían retirado los fragmentos astillados para ayudar
a Yamya a curarse. Con ese material se fabricaron herramientas. Uno de los
cuidadores intercambió un cuchillo de hueso conmigo. Una vez fue mío, pude
perforar la carne de la ballena para escapar.
Todos los ancianos, la cautiva incluida, se horrorizaron ante aquello.
—¿Cómo puede eso irritaros —les increpó Jonás, poniéndose en pie— cuando
todos los días, cada día, el alimento que encontramos en el estómago no es suficiente,
ni con las algas, y nos vemos obligados a cortar carne de Yamya? Ella regenera sus
heridas una y otra vez. Y sufre una y otra vez. ¿Acaso alguna vez os preguntasteis
cuál era el precio de lo que os llevabais a la boca? Yo sí. Y muchas veces elegí mi
conciencia sobre el hambre. Sois vosotros quienes maltratáis al animal que tanto
veneráis, yo solo quería hacer un agujero para escapar. Yamya nunca más volvería a
sufrir por tener que alimentarme si yo no estoy.
Uno de los elegidos hizo un leve gesto con la mano y Jonás sintió un doloroso
golpe en la nuca. Cayó de bruces contra el suelo, y allí permaneció cuanto le costó

16
recuperarse.
—¡Malnacido! —le increpó al guardia sin lengua. No recibió respuesta.
Jonás notó que su cabeza ardía. El dolor era muy intenso y real. Alzándose lo
justo para despegar los labios del suelo continuó hablando.
—Para hacer ese agujero, necesitaba deshacerme del guardia. Tenía un cuchillo
de hueso, por lo que no hubiera sido difícil clavárselo y matarlo. Pero yo nunca haría
eso. Soy un prisionero —gimió desde el suelo—, no un criminal. Seguí haciendo
preguntas hasta que descubrí que uno de los vigilantes era muy aficionado a los
cigarros de alga amarilla. No fue difícil convencerle.
—¿Y cómo conseguiste los cigarros? —preguntaron los ancianos—. Las
raciones siguen restringidas.
—Se los cambié al cultivador por unos granos de cacao.
—¿Los que fueron robados del sagrado árbol de Tierra Seca?
Jonás alzó la cabeza sin muestra alguna de arrepentimiento. Se la bajaron de un
segundo golpe en la nuca y los ancianos le increparon sus actos.
—Inaudito.
—Qué audacia.
—Intolerable.
—Cometiste un crimen tras otro para cumplir tus objetivos.
Unos pies descalzos se acercaron lentamente hacia él. La líder de los cautivos,
con el envejecido rostro libre de las barbas de algas de sus compañeros, emanaba
tristeza. «No, es decepción».
—Jonás —dijo la anciana—, vivimos en una prisión de la que no podemos
escapar. Comprendo tus motivaciones para huir pero eso no es excusa para ser
egoístas. Ahora has comprometido a tus compañeros pescadores, a ese cuidador que
te entregó el cuchillo, al cultivador que te cedió el tabaco, a los custodios del árbol
de Tierra Seca y al guardia que aceptó tu soborno. Todos pagarán, en mayor o menor
grado, por los errores que tú cometiste.
Jonás bajó la cabeza.
—Me dijeron que era hermoso.
—La doctrina que defendemos los que nos consideramos cautivos es que todo
lo que podemos hacer en la vida es ser mejores que nuestros antepasados, no
cometer sus errores y vivir existencias virtuosas. No queremos escapar, ¿nunca te

17
habías dado cuenta de eso? Solo vivir con rectitud el tiempo que permanezcamos
aquí.
El acusado se puso en pie, temiendo que el guardia a su espalda fuera a
golpearle, pero no fue así. Trató de evitar los ojos de la anciana.
—Nos encerraron, decís los cautivos; nos salvaron, predican los elegidos. Lo
cierto es que no importa: vi lo que hay al otro lado de la carne de Yamya. —Bajó la
vista con profunda tristeza—. No navegamos por un océano de agua, sino de
estrellas.
Cuando Jonás abrió un agujero en la carne, ignorando los estertores de Yamya
mientras lo hacía, empujándose hacia delante, desgarrándose las rodillas al avanzar,
hasta que logró sacar la cabeza al exterior, y entonces contempló cuanto le
prometieron: un cielo negro, cubierto de puntos brillantes y colores nunca vistos
dentro de la ballena. Siempre supo que le faltaría el aire una vez saliera de la ballena,
se había entrenado para aguantar la respiración. Siempre temió que la distancia
fuera demasiado larga y se ahogara antes de llegar a la superficie; pero entonces
descubrió que no había superficie a la que llegar. No había distancia a recorrer con
el aire de sus pulmones. Nada. Solo espacio vacío.
—Yamya flota en la oscuridad —dijo. Nadie se sorprendió de oírlo—. Los que
vivimos en el interior de la ballena estamos eternamente condenados.
—Salvados —corrigió uno de los elegidos—. Llegará el día en que nuestro
peregrinaje concluya y pisemos Tierra Seca. Yamya caerá exhausta y, miles de
recolectas después, seguiremos venerando sus huesos.
Jonás no creía en peregrinajes, ni en Tierra Seca. No. No. NO. Él no profesaba el
credo de los elegidos porque no se sentía alguien bendito. Ahora estaba condenado.
—A la vista de tus crímenes y lo que sabes. Se te ofrecen dos opciones —
anunciaron los elegidos—: unirte a los virtuosos aguadores y permanecer en
silencio acerca de la naturaleza de nuestro refugio…
—…prisión… —matizó la líder de los cautivos.
—…o abandonarlo, como siempre has querido.
«Perder la lengua. O perder la vida». Aquellas eran las dos únicas opciones que
le ofrecían a Jonás por haber descubierto que navegaban por un océano de estrellas,
mucho más lejos de Tierra Seca de lo que nadie jamás hubiera imaginado. Algo que
estaba seguro de no poder soportar.

18
—Para mí la ballena sigue siendo una prisión —reafirmó Jonás—. Y yo no
quiero ser un prisionero.
Los miembros del concilio se miraron unos a otros, dialogando sobre el mejor
modo de proceder. Las palabras de los elegidos eran furiosas y cargadas de odio
mientras que la cautiva emanaba la fragilidad del hueso astillado, sus ojos
observando a Jonás, reprobando su determinación a escapar sin que importara el
coste.
—El exterior, en ese caso —sentenciaron—. Se te conducirá a la boca de Yamya
para que seas expulsado…
—…liberado… —corrigió la cautiva con tristeza.
—…de su interior. Así comprobarás que nuestra amada Yamya no tiene dientes
en su boca y que pese a tu ignorancia y desprecio por el hogar que te ofrece has
elegido abandonarlo, Jonás —A un gesto de su mano, dos guardias lo agarraron por
los brazos—. Lleva tu angustia a la oscuridad y desaparece con ella.
Las paredes segregaron líquido y los aguadores se apresuraron a recogerla.

19
Esencial
Rocío Remesal

Para tenerla, tendrían que matarlo.


La Sombra serpenteó en torno a su burbuja protectora. Intentaba encontrar un
punto flaco y atravesarla. Por desgracia para su enemiga, Astian se preocupaba
siempre por hacerse con cuerpos de brujos expertos. Necesitaría algo más que
magia básica corrupta para derrotarlo. Por ejemplo, otra sombra atacándole, similar
a la que apareció sobre la parte superior de la burbuja. Astian alzó la cabeza,
entreabriendo los labios en una mueca de sorpresa. Acto seguido, apretó los dientes
con frustración.
«Maldito seas, Theros. Tú y tus aberrantes creaciones», pensó mientras
inspiraba profundamente, abriendo las aletas de la nariz.
El cuerpo gaseoso de la criatura fluctuó hasta que se hizo más definido y sólido,
tomando la forma de una araña. Sin darle un respiro, clavó los quelíceros que
sobresalían de su boca en la protección translúcida. No la atravesó, pero Astian
agachó la cabeza, gruñendo de dolor. Odiaba aquella parte de tener un cuerpo
conectado a la magia. Extendió una mano hacia el suelo y conjuró sin palabras a la
tierra bajo sus pies. Con tres chasquidos de dedos, tres bolas compactas volaron
hacia el exterior de la burbuja.
La Sombra con forma de serpiente se volvió etérea y esquivó su proyectil. Sin
embargo, su compañera estaba demasiado solidificada. Fue impulsada levemente
hacia arriba por el impacto y, apenas un segundo después, cayó sin fuerzas sobre la
burbuja. Resbaló lentamente hacia un lado.
Astian la vio aterrizar a escasos pasos de él. No tardó en aparecer la esfera de
luz que surgía de su cabeza. La Esencia, confinada por Theros, intentaba alejarse de
aquel cuerpo muerto sin éxito. No podría hacerlo, esa era la finalidad de aquellos
cuerpos corruptos: eran cárceles para las Esencias. Era la única forma real de
impedir que volvieran al mundo Esencial y pudieran tomar otros cuerpos. Y aquello
no le convenía al dios Theros.
De repente, un fulgor comenzó a emerger de su bolsa.
—No, no, no —le regañó, aunque sabía que no entendería el motivo—. Quédate
ahí. No salgas —insistió al tener que apartar la mirada, deslumbrado.

20
Un sonido musical resonó con tristeza y la luz volvió a desaparecer dentro de la
bolsa.
«La de problemas que me estás dando, Esencia», le dijo en su mente. Otra parte
de sí mismo le replicó que estaba en aquel aprieto porque así lo había querido.
Astian resopló mientras ponía los ojos en blanco y extendía aún más la burbuja
protectora.
La Sombra que aún luchaba contra él vibró de ira. Intentó solidificarse para
oprimir su magia. Astian convocó una nueva ráfaga de proyectiles de tierra
compacta. La criatura fue alcanzada por dos y sufrió el mismo destino que su
compañera. La burbuja protectora desapareció sin necesidad de gestos. Astian se
alejó del lugar con paso presto sin dedicarle ni una mirada a sus enemigos caídos.
De nuevo, su bolsa se agitó. Esta vez no pudo detenerla y la deslumbrante esfera
de luz le obligó a apretar los párpados y girar la cabeza. Conjuró una protección
opaca que encarceló a la Esencia.
—No puedes hacer nada. —La criatura emitió algunos sonidos que parecían
inconexos—. Sé que las oyes llorar, pero no puedes ayudarlas. —Obtuvo como
réplica un sonido agudo que le hizo chirriar los dientes—. Ya estamos llegando.
Vuelve a la bolsa. Estarás en casa enseguida.
«Y yo tendré un problema menos, que tampoco va a significar mucha
diferencia», añadió para sí.
Abrió la bolsa y deshizo el hechizo. No dudó en que lo obedecería. Las Esencias
sin cuerpo no tenían voluntad y no se oponían cuando se les ordenaba algo. Se
percató demasiado tarde de que algo se había movido a su espalda y todo lo que
logró fue girarse. La saeta oscura le atravesó el pecho de lado a lado. Su corazón,
herido de muerte, no tardó en colapsar y dejó de latir en cuestión de segundos. El
cuerpo del brujo, con los ojos desorbitados, cayó bocarriba en el suelo. Tras unos
segundos, de su frente surgió una esfera de luz, tan deslumbrante como la que
llevaba en su bolsa.
La esfera emitió un sonido grave. Parecía un aspaviento con notas musicales. Su
conciencia aún estaba despierta, pero esto no duraría muchos minutos. Debía
encontrar un nuevo cuerpo. Desde la Noche del Drenaje no era muy difícil. El dios
Theros había iniciado los preparativos para su guerra en Garecia. Allá donde
volviera la vista había decenas de cuerpos sin Esencias en su interior. Muchas se

21
habían resistido, dejando cuerpos fatalmente heridos o muertos atrás (estos ya no
servían); otros, más inteligentes, los habían abandonado voluntariamente.
Astian localizó solo un cuerpo a escasos centímetros de él. Era joven, con porte
atlético, y vestía ropa mundana. Aquello era indicativo de que no tenía
adiestramiento mágico. No entendía cómo, sabiendo tanto sobre el mundo donde
vivían, aún hubiera quien se resistiera a aprender magia. Los cuerpos de aquellos
seres eran débiles, frágiles hasta límites que se le hacían imposibles. Era muy fácil
acabar con sus vidas o su funcionalidad, mirándolo desde la perspectiva de una
Esencia, y tan difícil crearlos… Los brujos habían intentando, de forma clandestina,
crear esos cuerpos por medios más rápidos, pero eran tan inútiles como las Esencias
sin cuerpos. Carecían de voluntad.
Dejó aquel hilo de pensamiento a un lado. Tendría que servirle aquel, aunque
no tuviera entrenamiento para el uso de la magia. Los demás cuerpos estaban
irremediablemente muertos y la Sombra ya atravesaba el aire como un rayo,
buscándolo. Se introdujo en él sin vacilar. No esperó el acostumbrado tiempo de
adaptación para detectar los fallos o ventajas. Ya conocía el peor de ellos. Aunque él
recordara los encantamientos, sin el adiestramiento físico adecuado poco podía
hacer; y no tenía tiempo para ello. Se levantó de un salto, mostrando una agilidad
asombrosa. Astian pensó que, al menos, no sería del todo inútil. Se lanzó sobre su
anterior cuerpo y arrancó la bolsa de su hombro. Echó a correr cuando la Sombra
lanzó su primer ataque.
Astian sabía que no dejaría de perseguirlos. La Esencia que llevaba con él era
valiosa, más que él mismo. Nunca había tomado un cuerpo, nunca había adquirido
conciencia y eso la hacía totalmente vulnerable. Pero no solo la quería por aquel
detalle.
—¡No salgas de ahí! —le ordenó con un grito. Ahora no tenía forma de
protegerse contra su potente luz.
El Templo de la Inmortalidad no podía estar ya muy lejos. Juraría que ya
deberían estar allí. Saltó por encima de un árbol caído. Aunque en ese estado, el árbol
había claramente perecido, su descomposición no se había iniciado. Era un mundo
realmente muerto, aunque pareciera en pausa. A ello lo condenaba el dios captor
con su colecta. Ni siquiera los seres que se encargaban de aquellos procesos podían
llevarlos a cabo. Las Esencias eran la base de todo tipo de vida en aquel lugar.

22
La Sombra con forma de flecha a su espalda se hizo etérea. La distancia entre
cazador y presa comenzó a reducirse a un ritmo cada vez mayor.
Astian notó el desagradable cosquilleo de su proximidad en la nuca y maldijo su
torpeza. Morir era una de las peores experiencias físicas que conocía. No deseaba
repetirla en un lapso de tiempo tan breve.
La Sombra le rozó el pelo de la coronilla. Astian dio un brinco al localizar el claro
al que se abría la zona boscosa con una inspiración profunda. Aterrizó sobre el suelo,
hincando una rodilla en tierra, y volvió con brusquedad la cabeza. Una sonrisa
triunfal le curvó los labios. Su enemigo se retorcía e intentaba atravesar la invisible
barrera, pero la magia que rodeaba al templo era antigua e indestructible. Había sido
conjurada tras la Guerra Primordial contra la belicosa Henis, la diosa destructora, y
ningún Superior podía atravesarla. O eso se suponía.
Astian normalizó su respiración mientras volvía a ponerse en pie. Llevaba siglos
sin pisar aquel lugar. El Templo de la Inmortalidad se alzaba ante él: varias columnas
grisáceas que sostenían incansablemente un techo a dos aguas. Bajo él, una roca
inmensa aguardaba sin más distintivo que estar colocada allí.
No había imágenes ni inscripciones. No era un lugar de adoración. Era la puerta
al mundo de las Esencias, construida hacía miles de años por la diosa Raniké,
creadora de mundos. Al parecer, la deidad se había cansado de traer y llevar
Esencias de un mundo a otro y había delegado el secreto de la vida en los brujos.
Ahora, cualquiera con un cuerpo adiestrado podía hacer las veces de dios. Nadie se
atrevía a hacer mal uso de ese poder. Tampoco era posible. Por muchos cuerpos que
se asesinaran, los vivos seguirían reproduciéndose y convocando almas del mundo
Esencial. Y las Esencias no podían morir, eran eternas. En ello radicaba la teoría de
Astian de que olvidaran sus experiencias al no tener cuerpo durante largo tiempo.
No sabía si la vida eterna era un regalo, pero la memoria imborrable podía ser un
verdadero martirio. Él lo sabía bien.
Astian depositó con cuidado la bolsa en el suelo. No le exigió a la Esencia que se
quedara dentro. Allí estaba a salvo. No se sorprendió de encontrar el lugar cubierto
de cuerpos. Los más afortunados había podido llegar al templo y regresar al mundo
Esencial, donde Theros y los suyos no podían darles caza. Al menos, aún. Suspiró,
mirando brevemente la bolsa. La Esencia aún no había aparecido, aunque ya se
adivinaba su movimiento. No podía atravesar aquella tela, estaba creada

23
especialmente para contenerlas.
Aquella Esencia era un absoluto misterio. Había aparecido en Garecia sin un
cuerpo, mucho tiempo después de la Noche del Drenaje. Nadie la había invocado: los
brujos que formaban la resistencia habían hecho el pacto de no traer nuevas
Esencias hasta que descubrieran cómo liberar a las atrapadas por Theros en cuerpos
corruptos. Astian los conocía a todos, eran ya solo una docena y sabía que ninguno
se habría atrevido a ello. La única posibilidad que se le ocurría era que había llegado
a Garecia por sus propios medios. Y la entrada era aquella puerta.
Si existía alguna forma de que las Esencias abandonaran su mundo, más allá del
tradicional método, Theros quería saberlo, y mandaría a todos los ejércitos de
Sombras tras ellos si era necesario.
Astian revisó los cuerpos que habían abandonado. Había una mujer próxima a
la roca que vestía los ropajes morados propios de los brujos del nivel más alto.
También una joven de cabellos pelirrojos llevaba ropas similares, aunque su color
celeste revelaba que aún estaba en uno de los niveles más inferiores.
Cerró los ojos para concentrarse. Se visualizó en el interior de la cabeza del
muchacho como aquella esfera luminosa. Tenía que soltarse lentamente (la
brusquedad solo quedaba reservada para los casos de muerte inmediata) y flotar
fuera. Se tumbó en el suelo durante el proceso. Le evitaría el duro golpe de la caída
a aquel cuerpo.
No se percató de que la Esencia salía de su bolsa protectora y se dedicaba a
sobrevolar los cuerpos abandonados. En silencio, se detuvo ante la roca. Se alejó tras
unos segundos sin aparente interés en ella y se detuvo sobre la muchacha de pelo
anaranjado, dejándose flotar sobre ella. Ningún gesto o sonido avisó de lo que
pretendía. Descendió violentamente sobre su cabeza como si la fuerza que la
sostenía en el aire se hubiera evaporado e impactó sobre su frente. Se sumergió, más
lentamente esta vez, y desapareció en su interior.
Astian trató de tirar de sí mismo hacia fuera, pero solo consiguió soltar un
suspiro. Entreabrió los ojos, frunciendo el ceño. A veces, era difícil. Sobre todo, se
complicaba cuando el abandono del anterior cuerpo había sido traumático por una
muerte violenta.
—Venga ya, sal —masculló. Pero su parte más temerosa se apegaba a aquel
cuerpo sin magia.

24
Fue en ese instante cuando detectó movimiento por el rabillo del ojo. Uno de los
cuerpos próximos a él se incorporaba como si una Esencia le insuflara vida. Tardó
unos segundos en entender que aquello no era tan descabellado.
—¿Te has metido en un cuerpo? —le preguntó, incrédulo, incorporándose él
también hasta quedar sentado.
La muchacha pestañeó, paseando sus ojos azules por su alrededor. Contrajo sus
facciones y las estiró, contempló sus manos y sus pies. Inspiró y espiró varias veces.
Por último, clavó su mirada en el muchacho.
—Es raro —aseguró, aunque su tono era vacilante.
—Te acostumbras. —Astian sacudió la cabeza—. ¿Por qué lo has hecho? Ahora
hay que sacarte de ahí antes de abrir la puerta.
La muchacha respiró lentamente, ya casi sin darse cuenta. Pareció cavilar unos
segundos lo que iba a decirle y, finalmente, por primera vez en su existencia, negó
con la cabeza.
—Yo no quiero volver. Quiero traer a las otras —le confesó.
Astian abrió sus ojos desorbitadamente, atónito.
—¿Cómo que traerlas a las otras? ¿Qué locura es esa?
La muchacha, por toda respuesta, extendió una mano hacia la roca. Astian
entendió lo que hacía demasiado tarde. Extraía los recuerdos del cuerpo para usar
su magia.
—Para, para, ¡para! —le exigió.
Corrió hacia ella y la agarró por el brazo para que interrumpiera el proceso.
—Hay que luchar —dijo la muchacha. Astian volvió a dedicarle una expresión
de sorpresa—. Hay que convocar a las Esencias y formar un ejército.
—¿Pero de qué hablas? ¿Cómo sabes tú esos conceptos?
Astian sabía que aquella Esencia nunca había pisado Garecia. Ella misma se lo
había confirmado al encontrarla sola y vagando. Las Esencias no podían mentir ni
tenían voluntad para negarse. Ni siquiera si ya habían tenido cuerpo y sabían lo que
era eso, porque tras un tiempo sin habitar uno, lo olvidaban. Eran aquellas partes
físicas las que les permitían hacerlo.
Sin embargo, aquella extraordinaria Esencia, que nunca había abandonado el
mundo Esencial, conocía las palabras «guerra» o «ejército» y sabía acerca de la
situación de Garecia.

25
La muchacha bajó la mirada. Fijó la vista en el cuerpo de la bruja y fue viajando
hacia los cuerpos más lejanos.
—Porque ellas volvían tristes a nuestro hogar —comenzó a explicarle. Llegó un
punto en el que sus ojos miraron al vacío—. Otras, enfadadas. No duraba mucho. No
lo recordaban. Yo tampoco. Pero un día, atravesé la puerta al abrirse. Yo… solo
flotaba. —Frunció el ceño—. Y oí sus llamadas… Sus gritos por el encarcelamiento…
Sus llantos. No podía olvidarlos. —Los ojos de la muchacha se empañaron,
reflejando el dolor de la Esencia que albergaba—. ¿Por qué nos hacen daño? ¿Por
qué nos torturan? Nosotras somos… buenas —completó la frase algo dubitativa.
Astian carraspeó. Se notaba la garganta seca.
—No lo sabemos. Estos… dioses —pronunció la palabra de tal forma que dejaba
claro que no estaba de acuerdo con ese calificativo— llevan luchando desde antes
de su primera incursión a nuestro mundo. No todos, pero la mayoría. —Se encogió
de hombros.
La joven asintió lentamente.
—Eso es injusto —afirmó con tono de disgusto.
Astian no pudo más que darle la razón. La muchacha volvió a posicionarse para
abrir la puerta.
—Quieta, tú… —vaciló. No podía llamarla por su nombre porque no tenía uno
aún. Las Esencias no los necesitaban—. Por favor —le suplicó Astian. Odiaba no
tener magia con la que poder pararla realmente—. Tú… Tu cuerpo no está lo
suficientemente entrenado. Si fallas, si te mueves de la posición exigida mientras
realizas el hechizo, podrías destruir ese cuerpo completamente y sufrir una de las
peores muertes que conozco…
Ella lo contempló en silencio con gesto pensativo.
—Ella se llama Minerva. Se llamaba… ¿Me llamo? —preguntó, pero era una
reflexión en voz alta—. Es fuerte —prosiguió al cabo de unos segundos. Sonrió por
instinto. La decisión refulgió en sus ojos—. Yo soy fuerte.
Astian apretó los labios y la miró de lado. Su expresión demostraba que no lo
había convencido con aquel argumento. Estaba seguro de que iba a fallar, así que se
limitó a hacerse a un lado. Volvió a su anterior misión de trasladarse de cuerpo.
Cuando la Esencia perdiera su cuerpo, estaría tan asustada y aturdida que no
buscaría uno nuevo y dejaría de darle tantos problemas.

26
«Y todo porque once personas desperdigadas por este destruido mundo no me
acusen de traidor», se dijo a sí mismo. Tanto tiempo teniendo conciencia le había
afectado.
Se tumbó en el suelo sin girarse hacia la muchacha ni una sola vez. Se centró en
imaginarse la esfera dentro de su cabeza y puso todas sus fuerzas en hacer que
saliera de su escondrijo. Al menos, lo intentó hasta que escuchó el crujido de la roca
partirse. Abrió los ojos de golpe y volvió la cabeza, pegando su mejilla al suelo.
El cuerpo de la bruja de nivel inferior estaba dominando la magia necesaria para
abrir la puerta. Un círculo de luz blanquecina empezó a distinguirse sobre el gris
oscuro de la agrietada superficie rocosa. Minerva cruzó los brazos para culminar su
hechizo y, a pesar de su poca coordinación, lo logró.
Astian no podía dar crédito a lo que veía. Se puso en pie sin sacudirse la tierra
que se adhería a su pelo y ropa. Esta cayó en hilos mientras se movía al andar. Tuvo
que cubrirse los ojos cuando Minerva empezó a convocar a las Esencias. Estas
acudían sin queja desde el otro lado.
—Puedes mirar —le dijo Minerva repentinamente.
—Tanta luz me dejará ciego. —Dejó escapar un gruñido. Detestaba la facilidad
con la que podían dañarse aquellos cuerpos.
Sintió el familiar cosquilleo de la magia alrededor de sus ojos.
—Mira ahora.
Astian, aunque reticente, separó una mano de su ojo derecho. Había hecho un
hechizo de sombra, bastante más simplificado que el de Theros para crear a sus
soldados, y podía distinguir las figuras de las Esencias atravesando la puerta.
También había invocado una protección opaca sobre sus cabezas. Las Sombras no
podrían ver lo que hacían.
No pudo evitar el aguijonazo de angustia en su estómago. Se las estaba sirviendo
al dios en bandeja. Bastaba con que las Esencias, ignorantes, atravesaran los límites
de la protección de aquel lugar. Ocurriría en algún momento, las Esencias seguían
llegando. Minerva detuvo el flujo, cerrando la puerta nuevamente con magia. Astian
las contó casi sin darse cuenta y comprendió que solo había dejado pasar a las que
pudieran ocupar los cuerpos allí presentes.
—Sigo sin entender qué pretendes —afirmó Astian con tono brusco. Sacudió la
cabeza—. Estaban a salvo al otro lado. Y tú también lo estarías. ¿Por qué venir aquí?

27
¿Sabes de verdad lo que nos hacen para que nos unamos a sus filas?
Minerva, sin dejar de guiar a una Esencia hasta uno de los cuerpos, respondió:
—Lo sé. Y sé que, a la larga, los lugares seguros dejan de serlo. Entra —le ordenó
a la Esencia, la cual obedeció sin oposición—. No me gusta la guerra. No la entiendo.
Pero sé que no quiero eso. Y creo que la única forma de evitarlo es formar nuestro
propio ejército y vencerlos.
—Nos masacrarán, como en la Noche del Drenaje —replicó Astian—. Y no todos
los cuerpos servirán. Aún quedan quienes se resisten a aprender magia. Serían
totalmente inútiles…
—Aprenderán. —Negó con la cabeza mientras conducía a otra Esencia a un
cuerpo—. Se les enseñará. No tenemos que declarar la guerra hoy ni mañana. No
tenemos que declararla siquiera.
—¿Tienes un plan? —preguntó Astian, cada vez menos sorprendido cuando
Minerva le decía algo así.
—No —confesó. Luego, se corrigió—. Conducirlas a los cuerpos.
Astian puso los ojos en blanco y resopló. Tuvo la extraña sensación de que aquel
cuerpo estaba muy acostumbrado a ello.
—¿Y después?
Minerva clavó su mirada en él. Ambos tenían los ojos azules, pero los de él eran
más oscuros, como océanos insondables. Los de ella, en cambio, parecían cambiar
de tonalidad de celeste cada vez que los miraba.
—Pues… cuando todas las que residen en el mundo Esencial estén en cuerpos,
preparar una guerra. ¿No era eso lo que quería el dios Theros? —Sonrió de nuevo―.
Concedámosle su deseo.

28
En la espesura del bosque
E.Z. Méndez

La danza de las luciérnagas iluminaba los árboles circundantes con una suave luz
oscilante. Aunque aquel armazón de ramitas retorcidas en un vago remedo de jaula
herrumbrosa apenas podía llamarse farol, era más un lugar en torno al cual
revoloteaban los brillantes insectos. Desconocía la razón por la que las luciérnagas
no se dispersaban y seguían aquel armatoste que llevaba la ninfa frente a mí. Lo más
probable es que se tratara de algún truco feérico como desorientar a los viajeros en
el bosque o aparentar eternamente el aspecto de una adolescente.
Eché una mirada desconfiada a mi alrededor. La absoluta negrura
envolviéndome no ayudó a calmarme. Contacté telepáticamente con Lucius, quien
volaba sobre mi cabeza a media altura. Sus ojos de lechuza discernían cada forma
pese a ser noche cerrada y podía ver todos los árboles circundantes, hasta las altas
rejas de hierro que separaban El Bosque de la ciudad de Maravedia. Volví a
centrarme en la ninfa que nos guiaba. Era extraño ver a una de ellas vestida, sobre
todo con peto y casco. Hasta donde yo sabía, los propios árboles regalaban esas
piezas de armadura, que por lo tanto no eran más que trozos de madera con apenas
forma de torso y cabeza, lo suficiente para cubrir de alguna manera el cuerpo de las
ninfas. Por debajo llevaban una túnica de seda. La seda era también un regalo de las
orugas, lo que me preguntaba era cómo tejían esa seda para convertirla en ropa.
Según mi experiencia personal, las ninfas no cosían.
Me giré hacia un lado para preguntárselo a Gari. No estaba ahí. De repente noté
su presencia a mi derecha. Casi me da un pasmo. Maldito don élfico de ser como
gatos antropomórficos y nunca hacer ruido. Y gustarles los mimitos. Sus ojos
parecían incandescentes al mirarme. Era consciente de sus palabras formándose en
el cerebro, esa especie de conexión, como electricidad estática a nuestro alrededor,
y maldije el momento en el que nuestro excelentísimo señor alcalde interrumpió un
momento de pasión bonito, y por qué no decirlo, merecido, para encargarme ir al
Bosque en un asunto urgente y confidencial del que no me había informado ni del
más mínimo detalle porque “no tengo tiempo para trivialidades, Lis. Vete enseguida
antes de que la mierda nos engulla a todos”. Debía de ser grave para, a las tantas de
la madrugada, mandar a una hechicera de nivel 5 con un historial en deshacer

29
entuertos nivel dragón alado con un cabreo del quince.
Nuestra ninfa guía se detuvo. Ante nosotros se abría un pequeño claro. El Ojo de
la Madre estaba medio cerrado en esa época del mes, así que no daba luz suficiente.
Como si hubieran sentido mis pensamientos, las luciérnagas abandonaron el farol y
revolotearon alrededor de un punto fijo, iluminando el suelo. Allí tendido se hallaba
el cuerpo de un hombre. No quedaba duda de su naturaleza de cadáver: un objeto
con forma de daga sobresalía de su pecho. No había sido muerte natural. Me paré en
seco, estupefacta. Era el primer asesinato en El Bosque en 517 años.
Con razón el alcalde consideraba aquello como un asunto de la máxima
urgencia. La única razón para permitir a las ninfas seguir viviendo en El Bosque tras
la guerra había sido prohibirles cualquier acto de violencia contra los humanos. Era
uno de los puntos clave del armisticio. De hecho, era el único.
Una sombra se movió cerca del cadáver y se acercó a la luz.
—¡Tres!—la reconocí. Mi voz sonaba hueca en medio del vacío.
Ella me miró desde la distancia con la indiferencia propia de alguien
observando una mota de polvo. Lucius, al posarse en una rama cercana, atrajo más
su atención.
Corrí hacia la ninfa. Al llegar a ella me fijé en que se había cubierto con una
especie de poncho confeccionado de hojas. ¿Esperaba la llegada de gente ante quien
debía mostrarse “presentable”?
—Tres, ¿qué coño ha pasado?
Brote Número Tres del Viejo Roble del Sur (Tres para los mortales) señaló hacia
el suelo.
—Hombre muerto.
—Sí, ya lo veo.
—Haz algo.
—¿Yo? ¿Qué quieres que haga yo?
Tres dibujó una mueca de irritación. Parecía una niña haciendo pucheros.
—Habla con tu líder. Dile que no hemos tenido nada que ver.
Si nuestro alcalde se llegara a enterar de que la dirigente oficiosa de las ninfas
del Bosque lo llamaba líder no volvería a pisar tierra de nuevo de los aires que se iba
a dar.
—Me ha gritado —informó de repente.

30
—¿Quién? ¿El alcalde?
Tres asintió.
—¿Le llamaste por una esfera de comunicación? —Eso me pareció extraño.
La irritación de Tres aumentó y enseñó sus pequeños dientes afilados, vestigio
de una época remota en la que la energía vital no era lo único de los humanos de lo
que las ninfas se alimentaban. Miré el cadáver de nuevo. Tal vez no tan remota.
—Me llamó él —dijo Tres—. Alguien le había avisado.
—¿Quién?

Tres se encogió de hombros.


—La imagen estaba tapada. Pero el hechizo de localización de su esfera de
comunicación le dijo que la llamada venía de aquí.
—¿Es así como descubristeis el cadáver? ¿Porque el alcalde os habló de él?
El silencio que se produjo hablaba alto y claro. Era ensordecedor.
—¿Hace cuánto que lo descubristeis?
La ninfa desvió la mirada.
—Tres, quiero ayudar, pero para eso me tienes que decir la verdad. ¿Desde
cuándo tenéis constancia de que hay un maldito fiambre en El Bosque?
—La Luz de Noche acababa de aparecer en el horizonte –respondió ella de mala
gana.
Hacía unas tres horas. No había transcurrido una hora desde que el alcalde me
llamara. Supuse que me habría llamado nada más terminar su comunicación con
Tres. Eso significaba que durante unas dos horas las ninfas habían… ¿qué?
¿Intentado averiguar lo que había sucedido? ¿Discutido sobre cómo actuar al
respecto? ¿Hablado sobre cómo deshacerse del problema? Eso planteaba nuevas
incógnitas.
—¿Habéis movido el cadáver de sitio?
—No.
—Tres…
—Ni lo hemos tocado. —Hizo un imperioso gesto con la cabeza, señalando el
cuerpo—. Cachéalo.
Con aprensión, me agaché frente a él. La daga estaba clavada en el corazón.
Sangre reseca caía desde la herida hasta el suelo, formando un charco negruzco.

31
Todo parecía indicar que lo habían matado allí mismo. Me fijé en sus manos: no
había heridas defensivas. Respiré hondo y metí la mano en uno de sus bolsillos.
Nada. Luego en el otro. Me topé con algo duro. Lo saqué. Era una especie de colgante.
Una tira de cuero atada alrededor de una piedra con un agujero en el centro.
Miré a Tres. La ninfa había achicado los ojos ante la visión de un amuleto
repelente de ninfas.
—Creí que no dejabais entrar a nadie que llevara esto o hierro –dije.
—No si entra por la puerta principal.
No comenté nada. Las ninfas vivían en el centro de la ciudad de Maravedia,
vendiendo sexo a cambio de energía vital. No les había quedado otra. Era eso o la
aniquilación. El Bosque estaba rodeado de una verja de hierro, pero eso no se trataba
de una medida defensiva para las ninfas, sino contra ellas. Las ninfas habían
construido plataformas de vigilancia en la copa de los árboles en varios puntos
estratégicos. Pero viviendo en una ciudad de humanos, a merced de ellos, me
pregunté cuántos hombres se habrían saltado las reglas, y la verja, y se habrían
adentrado en El Bosque para cazar.
Carraspeé.
—Si ha sido en defensa propia…
—No hemos sido nosotras.
—Si un hombre entra sin permiso en El Bosque…
—Sigue siendo un hombre. Su muerte es nuestra destrucción, la destrucción de
nuestro hogar. —Una sombra alteró su rostro y, por un segundo, la máscara de
adolescencia perenne dejó traslucir otra cosa por debajo. Algo más animal. Casi
insectil—. Aprendimos la lección en la guerra. No somos nuestras primas.
Las lamias del norte, uno de los pocos rescoldos de la Rebelión Feérica.
—¿Y qué hacéis si un hombre entra en El Bosque con aviesas intenciones?
—Nos escondemos. Y si podemos, lo dejamos inconsciente. —Debí haber
mostrado incredulidad o algo, porque Tres frunció el ceño—. ¿No has oído las viejas
leyendas humanas con hadas confundiendo a pobres viajeros?
—Este amuleto protege contra vuestros poderes.
Lo enseñé bien en alto mientras me incorporaba. Tres retrocedió.
—Lis, por favor, cesa en tus actos.
Di un pequeño respingo al escuchar la voz de Gari. Había olvidado que estaba

32
allí. Se hallaba a una distancia prudencial de nosotras, evitando mirar el cadáver. La
mortalidad era un tema delicado para los elfos.
—Garidasaldar —lo saludó Tres con una ligera inclinación de cabeza.
Genial, un año tardó Tres en aprenderse mi nombre, pero a Gari lo habría visto
un par de veces y lo recordaba sin dificultad.
Gari le respondió al saludo usando lengua ninfal, que a mí siempre me había
sonado como el crujir de hojas caídas bajo las pisadas. Tuvo el efecto inmediato de
alegrar el semblante de Tres y hacerle caminar hasta ponerse a la altura de Gari. Era
como ver una fuerza imparable chocar contra un objeto inamovible. Dos carismas
irresistibles poniéndose a prueba mutuamente. Gari sonrió enseñando esa perfecta
hilera de dientes nacarados y a mí casi me estallan los ovarios. Y yo estaba
acostumbrada. Tres parpadeó muy rápido varias veces. No podía estar segura, pero
hubiera jurado que se sonrojó. Una ninfa sonrojándose. Vivir para ver. Gari hablaba
en voz queda y Tres le iba respondiendo en un tono cada vez más sumiso. Hasta que
de repente él debió de tocar algún tema delicado y ella dio varias respuestas
monosilábicas, hasta terminar en una especie de gruñido.
—Lo tienes bien entrenado —me espetó Tres.
En dos zancadas, Gari me había rodeado los hombros con un brazo y me
susurraba al oído.
—Los árboles. —Su aliento era fresco y me recordaba al hinojal cerca de su
hogar, donde lo vi por primera vez—. Se comportan… de una forma extraña, por usar
alguna expresión. Es como si tuvieran miedo. O tal vez vergüenza. No lo sé con
certeza.
—¿No puedes ser más específico?
—No, ya sabes que solo puedo percibir lo que las plantas sienten, pero no hablo
con ellas como las dr’dd.
Dr’dd, el impronunciable nombre de las ninfas. Apreté los dientes, guardé el
amuleto de piedra en mi bolsa y me puse frente a Tres. Estaba empezando a perder
los nervios. Más de lo habitual.
—Si este hombre fue atacado aquí, los árboles tuvieron que ver algo. —Hice una
pausa. No sabía si los árboles poseían el sentido de la vista —. Pregúntales.
Tres me lanzó una mirada hosca.
—¡Tres, por las tetas de la Gran Madre! ¿Tienes la más remota idea del huracán

33
de mierda que se nos viene encima como no aclaremos esto? La gente no tardará en
enterarse. El alcalde ha mandado guardias que están impidiendo entrar a nadie en
El Bosque, pero cuando yo he llegado ya había cola y hombres preguntando. Esto
saldrá a la luz pronto. ¿Qué tienen que decir los árboles de lo que pasó?
—Nada. —Antes de que empezara a gritarle, se explicó—: Ya les pregunté. No
saqué nada de ellos. Se niegan a hablar.
—¿Matan a alguien delante suyo y se niegan a hablar? ¿Son conscientes de lo
que le ocurrirá a este lugar si no damos con el asesino?
—Saben muy bien a qué nos atenemos todos si los humanos acusan a una de
nosotras de asesinato.
—Por lo tanto, si su declaración os exonerara hablarían, ¿no?
Tres me enseñó sus dientes afilados en otra mueca desafiante.
—¿Ves? Ya estás con ellos. Eres humana y tienes prejuicios humanos, así que
por supuesto que nos vas a culpar.
La agarré por los hombros para detener su diatriba.
—Tres, no estoy con nadie, salvo con la verdad —. Eso último me sonó huero
incluso a mí—. Quiero ayudar. Por favor, confía en mí.
—¿Como confiamos en las de vuestra clase durante la guerra?
La Traición del Acantilado. El momento durante la guerra en el que las
hechiceras traicionamos a la Rebelión Feérica en general, y a las ninfas en particular,
para unirnos al bando humano. Las ninfas eran protegidas de la Madre, debimos
haber luchado por ellas, pero decidimos darles la espalda, porque al fin y al cabo
éramos humanas. Nos unimos a los hombres, los hombres que las sometieron, los
hombres que convirtieron sus naturales apetitos sexuales en producto mercantil. Y
esa sería siempre nuestra vergüenza.
Mi madre Margarita escribió una vez una tesis revisionista que con palabras
muy grandilocuentes y muchos circunloquios venía a decir algo así como “la noche
nos confundió”. Mi madre Rosa siempre se reía de ella por ese texto que, según Rosa,
era una brillante apología de la violación.
—No he venido aquí a discutir sobre la guerra. Estoy aquí para evitar una nueva.
El cadáver de un desconocido en vuestra casa ya es bastante sospechoso.
—Por eso nos culparás cuando… —La ninfa ahogó sus palabras con un sonido
gutural y una mueca de angustia muy poco disimulada.

34
—¿Cuándo qué?
Tres agachó la cabeza. Temblaba. Apenas un movimiento perceptible, como una
hoja en una brisa suave, pero suficiente para notar su miedo. Gari se acercó y le puso
una mano en el brazo. Le susurró algo. Tres se decidió.
—Es posible que no sea un desconocido.
Por el sagradísimo coño de la Madre que nos engendró a todas.
—¿Cómo que no es un desconocido?
—No estamos seguras. Es difícil para nosotras… Todos los humanos son iguales.
—Vale, pero alguna de vosotras parece haberlo reconocido.
—Brote Siete de la Pícea Torcida dice que se parece a un humano con el que
estuvo hace una semana.
—¿Y cómo ha podido reconocerlo?
—Por la cicatriz en el cuello, debajo de la oreja izquierda.
Me agaché y comprobé que el cadáver tenía efectivamente dicha cicatriz. Volví
a levantarme.
—¿Y? —pregunté.
—¿Y qué?
—Lo reconoció por la cicatriz, ¿y qué más?
Tres desvió la mirada, visiblemente molesta.
—Y porque el humano la atacó.
Fantástico, esa noche había pasado de tener un pene de elfo en las manos a un
potencial conflicto bélico. Como desarrollo de los acontecimientos era más bien
deprimente.
—La atacó hace una semana. —Tres asintió—. Y Brote… ¿Siete?
—Brote Siete de la Pícea Torcida.
—Sí, gracias. ¿Qué hizo ella entonces?
—Lo encantó y se lo quitó de encima. Llamó a una de nuestras guardias y lo
sacaron del Bosque.
Posé mis ojos en el cadáver a mis pies.
—Y hoy ha vuelto para desquitarse. Por eso llevaba el amuleto. Se cuela aquí y
va en busca de alguna ninfa desprevenida. Encuentra a una, pero ésta se defiende y
lo mata. Y por eso los árboles no hablan, porque saben que fue una de vosotras y no
quieren implicar a nadie.

35
Tres extendió los brazos en un gesto de impotencia.
—¡No fuimos nosotras! —gritó.
—¿Has hablado con todas las ninfas?
—Claro que no, pero si hubiera sido una de nosotras me lo habría dicho nada
más ocurrir.
—¿Seguro?
—¿Qué ganan con mentirme? ¿Qué ganamos ninguna de nosotras con esto?
¿Que nos maten?
—Pero podríais haberos librado de ésta. —Hice una pausa contemplativa—. Si
no llega a ser porque alguien avisó al alcalde.
Una duda que había estado corroyéndome todo este tiempo empezó a tomar
forma concreta. De daga, para ser más exactas.
Rebusqué en la bolsa, cogí un pañuelo y lo extendí sobre mi mano.
—Daga hacia arriba dos palmos.
Sentí el tirón de energía, el Don materializándose a través de la Palabra. El arma
levitó limpiamente. La recogí con el trapo y la inspeccioné, al tiempo que Gari y Tres
se acercaban a mí. Era una pieza única y había sido cincelada, no fundida.
—No es de hierro —comentó Gari.
—¿Lo dices porque no estás estornudando?
Gari arqueó una perfecta ceja en un gesto muy digno y me sacó la lengua.
—Es sílex —dije.
Tres lanzó un suspiro trémulo.
—El arma de alguien que ha tenido que crear la suya propia, porque no puede
salir del Bosque y comprarla en Maravedia. O eso parecería, ¿verdad?
—¿Qué quieres decir? —preguntó Gari.
—La teoría es que este hombre se coló en El Bosque a la caza de alguna ninfa
desprevenida. La encontró, pero ella pudo pelear y lo apuñaló en defensa propia.
Tres abrió la boca. Yo extendí el dedo índice para acallarla.
—Hay dos problemas con esa teoría. Una: ¿la ninfa llevaba una daga con ella?
¿Cuántas ninfas armadas has visto tú por aquí? Ni siquiera las guardias portan
armas. —Gari meditó mis palabras antes de asentir—. Y dos: el cadáver no tiene
heridas defensivas. No hubo pelea. Él no pilló a una ninfa desprevenida. De ser, fue
la ninfa quien lo pilló a él. El cazador cazado. ¿Hay alguna ninfa con conocimientos

36
en rastreo o defensa propia? O en hacer armas. Si ni siquiera se hacen sus propias
armaduras. Seguro que ni saben coser.
—¡Sabemos coser! Mi propia abuela, Brote Uno del Viejo Roble del Sur, me
enseñó.
—Tres, estoy intentando ayudarte, no me contraargumentes.
Tres cerró la boca al instante.
—Desde el principio ha habido algo que me ha intrigado —proseguí—. ¿Quién
se beneficia de este crimen? O más específicamente, ¿quién se beneficia de que se
descubra? ¿Qué pasaría si la gente se enterara de que una ninfa ha asesinado a un
humano?
—Nos matarían a todas.
—Y no solo aquí. Habría disturbios en toda ciudad con una Reserva de Ninfas.
Las ninfas liberadas sufrirían persecuciones —dijo Gari, que parecía enfermo de
solo pensarlo.
—Se defenderían.
—¿Cómo? —La voz de Tres destilaba amargura—. No somos soldados. La
mayoría de mis hermanas han nacido tras la guerra. Solo conocen la sumisión.
¿Cómo íbamos a poder defendernos?
—Los elfos…
Miré a Gari. Él esbozó una sonrisa carente de todo humor.
—No se levantarán en armas. No para defenderlas a ellas.
—¿Ni siquiera los Altos Lefos? Perdón, Elfos.
—Los Altos Elfos cantan canciones gloriosas y glosan antiguas victorias de un
pasado remoto que recuerdan como si de ayer se tratara, pero dudo mucho que
conviertan su palabrería en hechos materiales. No habrá reacción. No inmediata y
no si se nos deja al margen. Mi pueblo no desea confrontación armada, los sureños
mantienen beneficiosas relaciones comerciales con los humanos y el reino de Agath
es solo medio elfo. Por no mencionar que el rey Kerasudarabar II al parecer pretende
desposar a una humana. Estos no son los tiempos de la Rebelión Sant-Feérica.
—No, no lo son. Ya nos encargamos nosotros de romper las alianzas y debilitar
los diferentes pueblos. Sirenas, jinns, súcubos, duendes… Cada uno por su lado, cada
día más débiles, cada día menos trascendentes. —Enrollé la daga con el pañuelo y la
metí en la bolsa—. Este crimen ha sido una trampa.

37
A Tres se le iluminó el rostro.
—¡Lo sabía! Los humanos, ¿verdad?
—Tres…
—Hay fanáticos en la ciudad que no nos quieren. Se ponen delante de la puerta
gritando barbaridades y nos acusan de corromper a los niños.
—Tres, por favor…
—¡Corromper a los niños! Lo que hay que oír. Nosotras no les enseñamos a
nuestros brotes a tirar piedras a otras especies.
—¡Tres, coño! No puede ser cosa de humanos. Los árboles los hubieran
delatado.
—¿Y entonces?
—Es alguien con ganas de una guerra, que piensa que aún vivimos en los
tiempos antiguos, y capaz de ganarse la simpatía de los seres del Bosque.
Tres y Gari me observaban, expectantes. Les hice un gesto para que se
acercaran.
—Es una lamia —susurré.
—¿Qué? —La expresión estupefacta de Gari era casi cómica—. ¿Qué hace aquí
una lamia?
—Huir. Llevan varios años atosigándolas. No quedan muchas libres. —Apreté
los dientes—. O vivas.
—Pero… ¿por qué una lamia haría esto? —preguntó Tres—. ¿Por qué nos
perjudicaría? Somos familia.
—Su lucha está acabada. Llevan 500 años y no han conseguido absolutamente
nada. Se hunden y quieren hundir al mundo con ellas. Iniciar un nuevo conflicto que
dé razón a su existencia.
—Pero deben de saber que sería inútil, que no comenzará una nueva guerra por
este motivo —dijo Gari.
—¿Cómo?¿De quién iban a recibir información fidedigna? ¿De las ninfas,
apartadas en sus reservas, sin comunicación siquiera entre unas y otras? ¿De las
sirenas, sobreviviendo en el Mar Gris? ¿De algún gnomo ermitaño?
—Pero, Lis, mi amor, no es posible.
—Oh, por supuesto que lo es. Una de ellas vino aquí y se coló en El Bosque.
Convenció a los árboles para que le dejaran esconderse y no dijeran nada. Por eso

38
están callados, porque ellos permitieron que se quedara.
—Tiene sentido —afirmó Tres y echó una mirada acusadora a sus espaldas—.
Éstos precisamente son los más jóvenes. Es la típica estupidez que aceptarían para
ayudar.
—Pero aunque se quedara —dijo Gari, tozudo—, creo que las demás ninfas se
darían cuenta de que una extraña estaba entre ellas. Por no mencionar el pequeño e
insignificante detalle de que las lamias tienen pies de ánade.
—Consiguió pasar desapercibida de la misma manera que vio al hombre entrar.
—Sonreí triunfante—. Está en una de las plataformas de vigilancia.
El elfo y la ninfa me contemplaron con la misma cara de pasmo.
—Daré la alarma.
Agarré a Tres del brazo antes de que se moviera.
—No. Eso la pondría sobre aviso.
—¿Aún está aquí? —preguntó Gari. Era enternecedor verlo tan perdido.
—¿A dónde va a ir? Lo que necesito saber antes que nada es si está sola.
Pregunta a los árboles.
Tres obedeció, puso una mano en uno de los troncos y durante un tiempo se
mantuvo en silencio, con los ojos cerrados. Cuando los abrió, había confirmación en
ellos.
—¿Les pregunto dónde está?
—No, no quiero que se pueda enterar. Sé que las lamias son más de ríos que de
bosques, pero no quiero tentar a la suerte. Tengo otros medios.
Lucius, lo llamé mentalmente.
Mi lechuza me miró con la cabeza ladeada.
¿Me llamabas?
Necesito que encuentres a esa lamia. Sobrevuela los puestos de vigilancia hasta
dar con ella. Se parecen a las ninfas, son siempre rubias y tienen pies de pato.
¡Ya sé cómo son!
Despegó furibundo.
—Gari, necesito que vayas a la entrada a avisar a los guardias. Toma. —Metí la
mano en la bolsa y saqué una esfera de comunicación portátil—. Desde allí llama al
alcalde, infórmale de todo y pide refuerzos.
Me hice con varias gemas de energía, unos grilletes de plata, el amuleto de

39
piedra y una daga de bronce. Luego le pasé la bolsa a Gari.
—No quiero dejarte sola.
—No me pasará nada. —Le besé en los labios—. Ahora vete.
Gari torció el gesto. Me agarró de la cintura y me plantó tal beso que me dejó la
lengua dolorida. Antes de que pudiera hablar, se marchó corriendo.
Tres sonreía divertida.
—Tú quédate aquí y vigila —le ordené.
No tardó mucho hasta que Lucius me envió una imagen. La había encontrado.
No te muevas, necesito tus coordenadas, le dije.
De acuerdo.
Agarré una de las gemas de energía y guardé el resto en la pequeña faltriquera
del cinturón. Con la otra mano así la daga. Inspiré hondo un par de veces. Era el
momento de la verdad.
—¡Teleportación!
Aparecí en el aire, a un trecho del suelo. Caí a plomo sobre la superficie de
madera, haciendo tal ruido que de seguro desperté a todas las aves diurnas de
alrededor.
A la mierda el factor sorpresa.
La lamia se giró enseguida. Era fácil confundirla con una ninfa: la misma
constitución núbil y el mismo aura de inocencia, salvo por los ojos. Unos ojos claros
y brillantes que en vez de la despreocupación e indiferencia de las ninfas, mostraban
una pasión incendiaria, casi una locura irrefrenable. Y los pies de pato. No olvidemos
los pies de pato, que en ese momento la impulsaron de un salto hacia mí. Me aparté
rodando hacia un lado. La lamia clavó un cuchillo allá donde había estado yo. El
cuchillo era de metal, hierro o acero. El hombre asesinado llevaba un arma con él,
por supuesto que la llevaba, y la lamia se la había robado una vez muerto.
Tiré la gema de energía usada, que rodó por el suelo, inerte y opaca. Cogí otra al
tiempo que la lamia volvía a lanzarse contra mí. Me escabullí una vez más.

¿Qué hacer? Podía transmutar su peto y casco de madera en hierro, pero las
lamias no eran ni de lejos tan alérgicas a él como los elfos, y solo lograría dotarla de
una armadura aún más eficaz. Quedaba el recurso de hacer que la madera prendiera,
pero no quería matarla.

40
—Oye, ¿por qué no te rindes?
Ella respondió con un grito y una estocada hacia mi estómago. Di un salto hacia
atrás. Sentí la barandilla tras de mí.
—Se acabó, ¿vale? Es inútil, no habrá guerra.
Le vi tensar los músculos. Extendí la mano frente a mí.
—¡Estallido!
La onda expansiva la mandó hacia atrás y cayó de espaldas. Por fortuna para mí,
la sorpresa le hizo soltar el arma. Me abalancé hacia ella antes de que rodara para
recogerla. Logré sentarme sobre la lamia, quien intentó revolverse. Me asestó varios
codazos en las costillas. Los soporté mientras trataba de ponerla totalmente boca
abajo. Ella se repuso lo suficiente para apoyarse sobre los dos brazos e impulsarse
hacia arriba. Y a mí con ella. La fuerza de un estibador en el cuerpo de una prepúber.
Puse el filo de mi daga en su cuello.
—¡Ríndete! No quiero matarte. Solo ríndete.
Ella hizo caso omiso y se elevó lo suficiente para poder impulsarse con una
rodilla.
—Licua el casco.
La orden gastó toda la energía restante de la gema y parte de la mía propia. El
yelmo se convirtió en líquido que empapó el cabello de la lamia hasta la tarima.
Le pegué con todas mis fuerzas en la nuca con el cabo de la daga. La lamia se
derrumbó sobre el suelo, pero no perdió la consciencia.
—¡Quédate quieta!
Ella trató de zafarse de nuevo. La golpeé en la nuca otra vez. Exhaló un quejido.
—¡Ríndete, joder! —Apoyé mi rodilla en su espalda e hice presión, al tiempo
que sacaba los grilletes de plata. La lamia estaba bastante aturdida, así que no me
costó esposarla—. Solo te queda rendirte.
La lamia trató de soltarse, aunque era inútil. Le rechinaban los dientes y
lágrimas corrían por sus mejillas. Y entonces pronunció unas palabras en una lengua
más antigua que la humanidad. No necesitaba traducirlas, eran el lema de la
Rebelión Feérica: “La muerte antes que la esclavitud”.
Mandé a Lucius a buscar a Gari. Media hora más tarde, y con la colaboración de
guardias humanos y ninfas, la lamia se hallaba cerca de la entrada principal,
arrestada, esposada y bajo la vigilancia de dos maromos de la guardia que le sacaban

41
dos cabezas. Unos trabajadores de la morgue se llevaban el cadáver tapado con una
manta en una camilla.
Tres apareció acompañada de varias de sus “hermanas”. Observó a la lamia
como una cría de gato curiosa y se acercó a ella. Uno de los hombres se adelantó para
cerrarle el paso.
—Déjala.
El guardia me miró severamente, luego pareció pensárselo mejor y permitió a
Tres ponerse frente a la lamia. La ninfa le dijo algo en su lengua. La lamia le escupió
en la cara y le gritó lo que con toda seguridad no era un piropo. Otro guardia la agarró
por los hombros y la apartó.
Tres caminó hacia mí.
—¿Qué pasará entonces con ella?
—La encerrarán en el calabozo a la espera del juicio.
—¿Y qué pasará entonces con ella?
Suspiré cansada, tanto emocional como físicamente.
—Probablemente la sentencien a la pena capital. Ha asesinado a un hombre,
Tres —añadí al ver su expresión—. Debe pagar por ello.
—Sí, conozco la justicia humana. —Hizo una pausa que pareció durar días—.
¿Podré ir a visitarla?
—Tres, no creo que sea apropiado. La asesina es una lamia, y estoy segura de
que el alcalde apoyará mi empeño en demostrar que no tuvisteis nada que ver y que
se trata de un caso aislado, pero las cosas se van a poner feas durante un tiempo y
visitar a la lamia puede dar lugar a teorías locas. Es mejor que evitemos eso y
también que ninguna de vosotras salga del Bosque. No será seguro durante unos
meses.
—¿Cuándo ha sido seguro?
—Sí. Pero será mucho peor. Para vosotras y para las ninfas liberadas. Solo
espero que no haya represalias. Al menos vosotras podéis ocultaros aquí. Ellas viven
en la ciudad.
—Podrían venir, las acogeríamos. —Hizo una mueca despectiva—. Si no nos
odiaran. —Me miró y sus ojos de repente parecieron más grande que el propio
mundo—. ¿La ayudarás? ¿Evitarás que la maltraten?
—Haré lo que pueda.

42
—Estará en un calabozo. Una piedra con agujero.
—Lo sé. Le facilitaré ayuda legal.
Pensaba en Cuatro Robles, una ninfa liberada que luchaba por el derecho de las
suyas a residir y buscarse la vida fuera de las reservas. Mantenía una relación tensa
con las ninfas del Bosque, pero estaba segura de que este caso le interesaría.
—Ayudaré en lo que pueda.
Tres asintió, agradecida.
—Ahora, si me disculpas, tenemos que atender a nuestro sustento.
Se alejó para dar la bienvenida a un grupo de hombres. Uno de ellos,
visiblemente bebido, casi se derrumba sobre ella. Tres le sonrió y el borracho se
enderezó hasta ponerse casi vertical. Su expresión ebria había dado paso a otra cosa.
Tres señaló a las luciérnagas que iluminaban un sendero. Mientras Gari me rodeaba
los hombros con el brazo, vi a los hombres seguir las luces y adentrarse en la
espesura.

43
Quedarse de piedra
Patricia Macías García

―¿¡Piedras!? ―La expresión de Kala lo dice todo―. ¡Cuando dijiste que el baúl pesaba
como si tuviese piedras dentro pensaba que hablabas de tarros de arena! ¡De dinero,
Ranjit, no de simples piedras! ¡Esto no vale nada!
El chico agacha la cabeza porque siempre nos mete en líos. Esta era su última
oportunidad de demostrar su valía en la organización y la ha arruinado. Si es que
estaba claro que no se podía confiar en él cuando se trataba de hacer planes y Kala
no tendría que haberle dado en ningún momento el voto de confianza por mucho
que sea su primo. Nos habíamos puesto en peligro, ¡y todo para conseguir un puñado
de rocas!
―Te lo dije. ―De hecho, se lo había dicho más de una vez―. Después de hacernos
robar pis de demonio solo podía ir a peor.
Kala me lanza una mirada asesina, pero no me responde. Al fin y al cabo sabe
que yo no tengo la culpa, así que prefiere focalizar toda su ira en Ranjit.
―¡El pis de demonio es ácido y disuelve las piedras! ¡Nos puede servir para
escapar de alguna casa donde robemos! ―se queja Ranjit.
―Y si se nos derrama en casa puede crear un agujero maravilloso en nuestro
suelo. Seguro que al vecino de abajo también le encantaría que le destrozásemos el
techo ―le sigue regañando Kala.
En el fondo, muy muy muy en el fondo, incluso me da pena. Nunca ha tenido
claro lo que hacer con su vida, ha metido mucho la pata, se ha juntado con las
personas equivocadas y ha acabado trabajando para nosotras. Terrible. Ranjit ha
caído muy bajo.
―Prima, por favor, escucha. Esa chica custodiaba el cofre como si de verdad
estas piedras fuesen valiosas. Tiene que ser una trampa. A lo mejor tienen un
hechizo… ―Kala levanta tanto una de sus cejas que casi se le sale de la cara. Ranjit,
no obstante, prosigue―: ¡Quizá son piedras sagradas, como las del templo de Maan
de las que se dice que formaban parte de su propio cuerpo!
―Esa chica te ha visto la pinta de ladrón que tienes y te ha querido tomar el pelo
―espeta Kala―. Y como comprenderás, no puedo volver a confiar en ti.
Ranjit chasquea la lengua porque ha perdido la batalla y lo sabe. Y en este

44
momento nada hará cambiar de opinión a la obstinada Kala, por lo que Ranjit coge
sus cosas y abandona la base de la organización. Es de noche y el chico no tiene
ningún lugar donde pasarla, pero si a Kala no le ha importado echarlo, menos me
importa a mí. Ya se buscará la vida.
Cuando me meto en la cama, Kala ya está allí. Por supuesto, no hacemos nada.
Kala está demasiado enfadada como para que yo me atreva siquiera a proponérselo,
y, además, me muero de sueño.
Sin embargo, poco después de conseguir cerrar, el chillido de animal enfermo
me desvela de nuevo. Creo que no he soltado tantas palabras malsonantes juntas en
mi vida, y mira que soy una tipa chunga.
―¡Por los dioses de piedra! ¿Qué te pasa, Sona?
Kala parece asustada por mi reacción, como si me hubiese vuelto
completamente loca. Y eso mismo es lo que pienso yo cuando le pregunto si no
escucha el ruido y me responde que no, que ella solo me ha escuchado a mí gritar. Al
menos con esto parece que se ha olvidado del problema con Ranjit, pero el ruido no
remite y a mí me van a explotar los tímpanos, así que me levanto.
Nuestro cuartel general no es otra cosa que una de las muchas cuevas que se
encuentran en la capital del Imperio Mágico. La ciudad se había erigido al principio
en un valle rodeado de rocas y montañas cuya única forma de acceso era un pequeño
túnel. Con el tiempo, el espacio se había quedado pequeño y las casas empezaron a
ser excavadas en las profundas montañas que rodeaban la ciudad, habiendo creado
un entramado laberíntico de túneles y habitaciones que poca gente conocía por
completo y, la que lo hacía, no tenía muy buenas intenciones. Este era, claro, mi caso
y el de Kala, y gracias a ese conocimiento nos habíamos podido pillar como centro
operativo un lugar con la gran cualidad de no aparecer en ningún mapa oficial. Pero
ser prácticamente invisible no significa que no te puedan escuchar, y el ruido no
cesa. Quizá Kala no pueda escucharlo, pero yo sí, así que quizá otras personas
también, y ya lo que nos faltaría hoy sería que alguien advirtiese de este ruido a
horas indecentes a los polimagos y se pasasen por aquí.
A oscuras, me tropiezo un par de veces. No llevamos viviendo en este sitio más
de un par de semanas y todavía, sin ninguna luz que alumbre mi camino, no tengo ni
idea de dónde están las cosas. Y las cosas son muchas, porque hasta el día de hoy y
descontando las veces que Ranjit ha metido la pata, hemos tenido mucha suerte en

45
nuestras operaciones y el botín que vamos acumulando es grande.
Cuando llego a la altura del ruido, encuentro el baúl recién robado en el mismo
lugar donde lo dejamos. Lo único extraño es que el terrible sonido proviene de
dentro, claro. Aunque ya mi vista se ha acostumbrado un poco más a la oscuridad,
no llego a discernir cuál es la causa del ruido, así que me acerco a la mesa donde
solemos dejar las velas y cojo una de ellas. Con mi cristal mágico, que siempre llevo
al cuello, me hago un corte en el dedo índice y dejo que la sangre cubra la mecha de
la vela. Diciendo unas palabras bien aprendidas largo tiempo atrás, empieza a arder.
Es entonces cuando grito, claro. Ser una ladrona no te hace completamente
inmune a sustos y sobresaltos, simplemente te acostumbras a ser tú quien los da.
―¡Como vuelvas a gritar te vas a la calle con Ranjit! ―grita Kala desde nuestra
habitación.
―Ven… aquí… ahora mismo ―le respondo.
Kala tarda un par de segundos en reunir la fuerza necesaria para levantarse de
la cama, pero poco después escucho sus pasos llegando hasta mí y un «por los dioses
de piedra» se escapa de entre sus labios cuando descubre que las simples piedras
forman una figura y tienen cara.
―Es un dragón de piedra, ¿verdad? ―dice finalmente, poniéndose de rodillas
junto a mí, su pelo rozando el suelo. Yo asiento―. ¿Recuerdas cuando te dije que era
atea? Pues por si acaso, ¡olvídalo!
Entonces, de repente, Kala se lleva sus manos a los oídos con brusquedad y su
cara se contrae de dolor.
―¿Lo escuchas ahora? ―pregunto. Kala resopla, frustrada―. A lo mejor antes
como no creías en él, no podías escucharlo.
―Ojalá volver a ese momento ―se queja Kala―. ¡Este bicho me va a destrozar
los tímpanos!
―Y como no lo hagamos callar va a despertar a toda la ciudad… ―añado yo.
Justo entonces, el dragón decide dejar de chillar y para nuestra sorpresa,
empieza a hablar.
―¡Qué poco respeto! ―dice, enderezándose―. ¡Soy Ajagar, el dragón de piedra!
¡No soy un bicho, soy un dios! ¡El dios de la Vida y la Magia!
¡Que el bicho habla y dice que es un dios! Me llevo el pulgar a la frente y rezo a
las diosas. ¿En qué berenjenal nos has metido, Ranjit, ahora que nos iba tan bien? Al

46
final iba a tener razón con lo de que las «piedras» eran valiosas.
―¿Y qué hace un dios como Ajagar fuera del Mundo Inferior metido en un baúl?
―pregunta Kala, confusa, curiosa.
Las piedras que forman al dragón se vuelven casi rojas y la temperatura de la
habitación sube de inmediato. Creo que tanto Kala como yo comenzamos a sudar.
―¡Devee! ―exclama, furioso―. ¡Me encerró con sus artimañas en ese baúl suyo
que me debilitaba por momentos! ¡Quería matarme! ¡Y solo se puede matar a un dios
en la Superficie!
Kala me coge de la mano, un gesto que suele indicar que le gustaría hablar
conmigo en privado. Yo la miro y levanto las cejas. Ella carraspea.
―Si nos disculpa, gran Ajagar, nos gustaría hablar en privado un momento.
Estamos demasiado sorprendidas y necesitamos aclarar nuestras ideas ―dice
mientras tira de mí hacia nuestra habitación. Cuando cierra la puerta, comienza a
hablarme―. Tenemos que hacer que Ranjit encuentre de nuevo a la chica esa. Si
quería ver al dragón muerto seguro que pagará un buen rescate para acabar ella
misma con su vida.
Yo la miro y sonrío porque no esperaba algo distinto viniendo de ella. Le coloco
uno de los mechones por detrás de su oreja y deposito un beso en su mejilla. No le
digo que vender la vida de un dios no me parece una buena idea, al fin y al cabo a
ella siempre le han gustado las malas ideas.
―Voy a buscar a tu primo ―respondo―. Cuida de que el dios no se escape.
Kala asiente con la cabeza y abandona la habitación. Todavía sin haberme
movido, la escucho decirle al dios que me siento indispuesta por el susto y que los
gritos me han dado dolor de cabeza. Parece creerla, así que, sin más dilación, me
visto, cojo algunos tarritos de arena por si acaso necesito dinero y dejo la casa por
un pasadizo que tenemos en caso de emergencia bajo la cama.
Primero me dejo caer para tocar pie casi al momento. Luego me escurro hacia
abajo y me coloco de forma que pueda gatear por aquel lugar tan estrecho. Por
último, me hago un pequeño corte tras la oreja y digo las palabras adecuadas para
espantar a los bichos que puedan habitar en el oscuro pasadizo. Antes de empezar a
avanzar espero un par de segundos para que puedan escapar: no me apetece nada
pisar con las manos un insecto o que me ataque una rata. Suficiente voy a tener
manchando el último pantalón que me queda limpio.

47
No tardo mucho en alcanzar el final del túnel y retiro la piedra que tapa el
escondrijo. A estas horas de la noche no hay ni un alma fuera de su cueva, así que
con toda la naturalidad del mundo me sacudo la suciedad de la ropa. Luego pienso
en Ranjit. No hace más de una hora que Kala lo ha echado, pero en ese tiempo le
puede haber dado tiempo a llegar a prácticamente cualquier sitio. Me froto la frente
y me concentro en todo lo que sé sobre el muchacho para intentar averiguar adónde
ha podido ir a resguardarse y pasar la noche. ¿Por qué he venido yo a buscarlo y no
Kala? Yo sé más de religión y supongo que ella sabrá más sobre su primo. Estamos
tan acostumbradas a tomar decisiones rápidas que ni nos paramos a pensar lo que
estamos haciendo muchas veces…
Camino por los pasillos de las cuevas cercanas y decido que lo mejor será salir
al exterior, al centro de la ciudad. Cualquier chico joven y sin lugar donde dormir
habría decidido irse allí a pasarlo bien, así que bajo por el ascensor de cuerdas hasta
la ciudad y me adentro, con los ojos bien abiertos, en las calles de bares, posadas y
establecimientos de dudosa reputación. De día, aquellas calles, bajo el ardiente sol,
se verían de un color ocre brillante. Todo en la capital es de los tonos de la arena. No
obstante, ahora que hace ya horas que el sol se oculta, todo cobra un color azulón
casi mágico bajo las estrellas. Hacía mucho tiempo que no apreciaba la ciudad desde
la perspectiva de una persona normal y no la de una ladrona.
Bajando una de las calles reconozco la figura de Ranjit, con su pelo negro rizado
y su llamativa ropa dorada, frente al bar El Arenoso. No está solo, sino que cogida de
su mano va una chica a la que pronto identifico como a la que hace unas horas
estábamos robándole, y delante de ambos el dueño del establecimiento,
visiblemente alterado, les grita.
―¡¿Pensabas que era tan tonto como para confundir arena vulgar con tinte
morado con arena morada de verdad?! ¡Todavía huele a pintura! ¡A mí no me la da
nadie, chico! ¡Mi madre era arenera y me enseñó a distinguir los distintos tipos de
arena! ¡Y además usando tarros que no cumplen las medidas estándares! ¡No quiero
veros por aquí nunca más hasta que traigáis dinero de verdad y no esta porquería!
El dueño del establecimiento vuelve a entrar a su bar dando un portazo, y es
entonces cuando Ranjit se gira y me ve acercándome a él.
―¡Sona! ―exclama mientras cubre la distancia que nos separa sin soltar de la
mano a la chica.

48
―¡No te puedes hacer amigo de la gente a la que has robado, Ranjit! ―le
recrimino. Aunque que la haya encontrado nos ahorra mucho tiempo.
Ranjit suelta la mano de la chica, que aprovecha para limpiársela en su falda,
como si el chico le desagradase. Luego este me pone las manos sobre los hombros y
me mira a los ojos.
―Tienes que escucharme ―me dice―. ¡Las piedras son un dios! ¡Te dije que eran
valiosas! ¡Tengo que decírselo a Kala!
―Ya lo sabemos, Ranjit ―respondo―. Ahora déjame hablar con Devee.
La chica levanta las cejas y me mira, quizá preguntándose por qué me sé su
nombre. Yo aparto a Ranjit y me acerco a ella.
―Quieres matar al dragón de piedra, ¿no? ―Ella asiente. Todavía no ha hablado,
examinándome, tanteándome―. Será tuyo si nos das la arena suficiente para llenar
el baúl que te robamos antes.
Sería lo justo, al menos desde el punto de vista de unas ladronas. Sin embargo,
la chica se frota la nariz y chasquea la lengua. No parece gustarle demasiado el trato.
―A ver ―empieza―, ese dragón es mío. No estás en posición de exigir nada
porque estás en clara desventaja.
Yo la miro de arriba abajo y me río: no es más que una niña en un vestido
demasiado bonito, demasiado caro, que no la deja ni moverse con facilidad. ¡Por
favor, hasta tiene trocitos de cristal morado colgándole de los pliegues! Me recuerda
a mí misma cuando vivía en palacio, antes de que Kala apareciese y le diese un vuelco
a mi vida. ¿Qué hace llevando esa ropa y yendo sola de noche por las peores calles
de la capital? Podrían arrancarle el vestido, como deberíamos haber hecho nosotros,
de hecho.
―A ver ―la imito yo―, ese dragón está en mi posesión y tú estás frente a dos
personas que no se andan con tonterías.
Devee se ríe ante mis palabras y yo frunzo el ceño. No me gusta nada la actitud
que está teniendo porque todo podría haberse reducido a un trato rápido en el que
ella me daba la arena y yo a ella a su dios dragón. No hay razones para complicar
todo esto.
―Ranjit está de mi lado ―dice sin más. Cuando lo coge de la mano un segundo
más tarde, lo veo enrojecer.
No me lo puedo creer. ¡Maldito Ranjit con sus hormonas revolucionadas! No

49
puedo creer que se ponga de parte de ella solo porque es guapa y lleva ropa bonita.
¡Kala y yo somos su familia! ¿No? Bufo porque sé que no nos hemos comportado con
él de la mejor forma en los últimos tiempos y eso en algún momento se iba a volver
en nuestra contra.
―Sona, Devee es hija de una diosa.
¿Es también una diosa? Intento recordar todo lo aprendido durante mis años de
estudio en palacio. Recuerdo a mi madre sentada junto a mí en el suelo del salón de
baile en los descansos entre ensayo y ensayo con las demás bailarinas de las reinas.
En esos momentos solía contarme historias sobre las distintas deidades que ella
adoraba, pero, por más que rebusco en mi memoria, no recuerdo a ninguna Devee.
―¿Eres una diosa? ―pregunto.
Parece que he sacado un tema peliagudo porque la pregunta no le sienta
demasiado bien.
―¿Acaso parezco hecha de piedra? ―Carraspea―. Pero algún día me ganaré ese
honor ―dice, levantando la barbilla, orgullosa.
¿Quién es esta muchacha?
―Sona, deberías escuchar lo que Devee tiene que decir.
Ranjit coge una de mis manos y la une a las de la muchacha, que arruga la nariz.
Quiere que hagamos las paces durante un momento y nos escuchemos. O que yo la
escuche a ella, más bien, porque yo ya he dicho todo lo que había venido a decir. No
parece, sin embargo, que a la chica le apetezca demasiado contarme su historia, pero
supongo que no tiene otra alternativa.
―Soy Devee, hija biológica de la diosa Maan, madre de todas las criaturas. Mi
padre, no obstante, era un simple mortal.
―Como tú, ¿no? ―añado para molestarla. Luego río―. Así que tu degenerado
padre se la machacó con una piedra y saliste tú.
Devee pone los ojos en blanco.
―No fue exactamente así. Quiero pensar que mi madre no tenía forma de roca
en ese momento. Realmente no quiero pensarlo, en general. ―Chasquea la lengua de
nuevo―. Como iba diciendo, mi madre es la mayor diosa de todas, pero ni ella puede
convertirme a mí también en una. Necesito matar a un dios y quedarme entonces
con sus poderes.
Me cruzo de brazos. Ya sabía que tenía motivos para matar al dios, lo único que

50
quiero es que me dé el dinero y será todo suyo, como si me importasen las relaciones
entre los dioses. La chica, sin embargo, sigue con su cháchara:
―Mi madre me dio el baúl y me explicó cómo funcionaba. Un día entero dentro
y los poderes son absorbidos por completo. Luego solo tendría que meterme yo y
pasarían a ser míos. Escogí al viejo Ajagar porque, como envejece a la vez que la
humanidad, está muy mayor y no tiene apenas reflejos. Fue fácil atraparlo. ―La chica
se arrodilla frente a mí y me coge de las manos―. Si me ayudas, una vez que sea diosa
tendrás toda la arena que desees y más.
Desvío la vista hacia Ranjit, que me hace la señal que solemos usar para decir
que nuestra presa no tiene nada valioso que robarle en ese momento.
―Vamos, que no tienes ni un poco de arena ahora mismo.
―Exactamente.
―Sabes que matar está fatal, ¿verdad?
Ella levanta las cejas.
―Sabes que robar también, ¿verdad? ―me imita.
Ahora soy yo quien arruga la nariz.
―Yo no soy una buena persona, muchacha.
―Yo ni siquiera quiero ser una persona.
Llamo a Ranjit y le hablo al oído.
―Habría que hablarlo con Kala.
Él asiente.
―Te llevaremos hasta tu dios ―le digo a la chica antes de girarme y empezar a
andar hacia casa. Detrás de mí escucho sus pasos y los de Ranjit.
No abro la boca durante todo el camino, pero escucho cómo Ranjit intenta sacar
temas de conversación con Devee, fracasando estrepitosamente como solo él puede
hacerlo. Cuando llegamos a casa, doy a la puerta unos golpes de una forma concreta
que solo Kala y yo conocemos. Ella entiende mi mensaje y cuando entramos, el
dragón no está en la habitación. No parece muy contenta cuando ve entrar a la chica
con nosotros, pero no dice nada porque yo voy con ella. Antes de que pueda decir
algo, Devee vuelve a arrodillarse, esta vez frente a Kala y su vestido tintinea al
contacto con el suelo.
―Cuando mate a ese dios, tendréis toda la arena que deseéis y más ―repite.
Kala tira de mí y de Ranjit y nos pone en su lado, frente a la chica arrodillada.

51
Luego niega con la cabeza.
―No vas a matarlo. No te lo voy a permitir.
Yo abro mucho los ojos y me giro hacia ella, escrutándola con la mirada. ¿Qué
quiere decir con que no la vamos a dejar? ¿Nos ha prometido el dragón un botín
mejor? ¿Qué nos importa a nosotras ahora quién viva o quién muera? Devee se ríe
de una forma que me pone los pelos de punta y Kala se hace un pequeño corte en la
mejilla, dejando salir la magia. Mientras de entre sus labios brotan palabras de un
hechizo antidisfraz, nos aprieta las manos a Ranjit y a mí. Devee comienza a
metamorfosear y no de una forma muy agradable. Sus ojos se secan y su piel suave
y rosada se vuelve por momentos más áspera, afilada y grisácea y dura como la
piedra.
―No tendría que haber echado a Ranjit esta noche ―se lamenta Kala―.
Tendríamos que habernos quedado todos juntos y proteger al dios dragón… y a
nosotros mismos.
Devee termina de transformarse y entonces la reconozco: La Desterrada, la
diosa cuyo nombre había sido borrado y olvidado por todos y que aun así seguía
presente en la mente de los que caemos en la tentación, la diosa de la Maldad, las
Malas Acciones y el Caos. La diosa a la que tantas veces Kala y yo nos hemos
encomendado. Me llevo las manos a la cara por no haberme dado cuenta antes.
Devee no había mentido del todo: de verdad era hija de Maan y de un humano y se
había tenido que ganar sus poderes matando a un dios, o más bien a tres.
―Por las piedras de Maan… ―Kala vuelve a apretarme con fuerza la mano.
―Dadme al dios o estáis muertos ―ordena la diosa. Su voz antes chillona es
ahora áspera como las rocas que forman su cuerpo.
Yo busco en los ojos de Kala una respuesta a lo que está pasando. Sigo sin
entender por qué no le damos simplemente al dios y seguimos con nuestras vidas,
haciéndole las cosas fáciles a la diosa y ganando su protección para siempre. Es
Ranjit el primero que habla, tan confundido como yo o incluso más.
―No entiendo qué está pasando, Devee… ¿Entonces no quieres ser una diosa?
La diosa de la Maldad ríe de nuevo y se señala el cuerpo rocoso.
―¿No es obvio que ya soy una?
Ranjit baja la mirada.
―Tu amiga es la diosa de la Maldad, las Malas Acciones y el Caos, Ranjit

52
―empieza a explicar Kala―. Su intención es matar al dios de la Vida y la Magia para
ser la diosa más poderosa y hacer que nuestro mundo se hunda en el caos más
absoluto. Ha estado a punto de conseguirlo.
―Todavía no es tarde ―contesta con una sonrisa.
Entonces comienza el temblor. Las rocas del techo, el suelo y las paredes de la
cueva empiezan a desquebrajarse y a caer. Al poco, al ruido de las rocas chocando
contra el suelo se le une el de los gritos de los habitantes de las cuevas.
―Dime dónde está Ajagar ―le exige a Kala―. ¡Dime dónde está o moriréis todos
los habitantes de esta ciudad!
―¿Y no lo haremos de igual manera si matas al dios de la Vida? ―le respondo
sin perder la calma, por fin siendo consciente de lo que está pasando.
La diosa vuelve a sonreír, pero esta vez no dice nada. Más piedras se desprenden
a nuestro alrededor y yo suelto la mano de Kala. Me rasgo los pantalones y me hago
un corte en las pantorrillas. Kala, a mi lado, hace lo mismo, y ambas le lanzamos a la
diosa hechizos para intentar aplacarla y hacerla caer al suelo, pero todos son
eludidos con facilidad.
―Si me disculpáis y si eso es todo lo que tenéis que ofrecerme, tengo a un dios
al que encontrar.
La diosa pasa volando por nuestro lado y comienza a revolver las pertenencias
que tenemos en nuestras habitaciones. Ranjit, que hasta ese momento ha
permanecido cabizbajo y en shock, sale corriendo hacia la cocina y rebusca algo
entre los cajones. Yo voy detrás de él, esquivando las rocas que siguen
desprendiéndose sin descanso, preocupada por lo que esté haciendo. Además, Kala
me ha pedido que lo saque de aquí mientras ella intenta distraer a la diosa.
―¡Ranjit, tenemos que salir de aquí! ―grito intentando hacerme oír por encima
del ruido. Él no me hace caso y tan pronto como encuentra lo que ha ido a buscar se
escabulle hacia la habitación donde se encuentra la diosa, dejándome a mí todavía
en la cocina.
Un grito de extremo dolor me hace seguir los pasos de Ranjit. No puedo evitar
alegrarme al ver a la diosa en el suelo… ¿derritiéndose?
―¡Os dije que el pis de demonio nos sería útil en algún momento! ―exclama el
chico, triunfante.
Kala se hace un corte en ambas manos para hacerse una capa protectora y poder

53
agarrar a la diosa que se retuerce de dolor en el suelo.
―¡No podemos dejar que todo el poder de la diosa simplemente desaparezca!
¿Quién protegerá entonces a los ladrones como nosotros? ―Kala y Ranjit me
observan.
―¡Ve a por el baúl donde estaba el dios! ―me responde el muchacho.
―¡Está en el pasadizo! ―añade Kala.
Yo voy a buscarlo tan rápido como mis piernas me lo permiten, cruzando el
salón a grandes zancadas hasta llegar a la habitación que Kala y yo compartimos.
Cuando abro la puerta del pasadizo, encuentro el baúl metido a presión y necesito
un poco de magia para sacarlo de ahí. Bajo este, encuentro al dios, que por su tamaño
ya no parece tan débil como antes, aunque aún está muy lejos de ser el dios dragón
Ajagar de las historias que mi madre me contaba.
―¡Quédate aquí un rato más! ―Antes de que le dé tiempo a abrir la boca, ya
estoy cerrando la trampilla.
Tiro del baúl hasta la habitación como puedo porque, aunque vacío, sigue
pesando bastante. Aunque ya apenas queda nada de la diosa, quizá debido al hecho
de que Ranjit parece haber seguido echando pis de demonio sobre ella, cuando Kala
y yo intentamos meterla en el baúl para que este absorba sus poderes, pelea con
uñas y dientes, y las uñas y dientes de una criatura hecha de roca no son algo de lo
que reírse. Cuando por fin conseguimos cerrarlo nos damos cuenta de que el
terremoto ha parado y las piedras han dejado de desprenderse. Aun así, los
destrozos han sido bastante grandes y ahora tenemos varios agujeros por toda la
casa. Cuando acabemos completamente con esto Ranjit va a tener mucho trabajo, me
temo.
Lo poco que queda de la diosa sigue intentando luchar por salir del baúl, pero
como Kala se ha sentado sobre él, no lo consigue. Además, se va debilitando por
momentos y el intento de escapar se va apagando. Ajagar, por su parte, ha crecido
un poco más y, de hecho, cuando fui a sacarlo del pasadizo, tuve el mismo problema
que con el baúl: se había quedado atascado.
―¿Qué vais a hacer cuando pase el día? ―pregunta el dios desde una esquina de
la habitación cuando apenas quedan unos minutos para que podamos abrir el baúl.
Es Kala la primera en contestar:
―Pues me meteré dentro y me convertiré en diosa de la Maldad, el Caos y los

54
Malos Actos, claro. Así podremos beneficiarnos todos con mis poderes.
Ranjit arruga la nariz y carraspea, no estando de acuerdo con la situación.
―Teniendo en cuenta que he sido yo quien ha reducido a la diosa, me parece
que me merezco más que nadie quedarme con los poderes.
Yo me río.
―En realidad debería ser yo la que se los quedara. La culpa de esta situación fue
de Ranjit, pero también tuya, Kala, por confiar en él cuando siempre nos mete en
líos. Y la idea de quedarnos con los poderes fue mía.
Los tres nos aguantamos la mirada y nos damos cuenta de que tendríamos que
haber hablado esto mucho antes. Cuando llega el momento de abrir el baúl, echamos
a lo que queda de la diosa y los tres nos intentamos meter dentro a la vez, dándonos
guantazos y arañándonos. De alguna forma, quizá porque el baúl pertenece a los
dioses y es especialmente mágico, conseguimos entrar los tres. Eso explicaría cómo
Ajagar pudo entrar en un principio, antes de estar debilitado.
Poco a poco, quizá por la oscuridad del interior, por el cansancio de varios días
acumulados o por la propia magia del baúl, nuestros ojos comienzan a cerrarse. Mi
último pensamiento tiene algo que ver con el hecho de que estar los tres metidos
aquí no me parece que vaya a acabar bien…
Al despertar me siento rejuvenecida, mucho más enérgica y… especialmente
dura. Así que ha funcionado, ¿no? Extiendo mi mano para abrir el baúl y la luz de la
casa me ciega un poco al principio. Ranjit y Kala, a mi lado, también son ahora de
piedra.
―Los tres poderes de la diosa Devee han vuelto a pertenecer a tres dioses
distintos. ―El dios dragón, que ya ocupa casi toda la habitación, nos mira desde
arriba.
Y así fue como me convertí en la diosa de las Malas Acciones, Kala en la de la
Maldad y Ranjit en el del Caos. Lo cierto es que lo de Ranjit no me sorprendió en
absoluto. Pobre chico, hasta siendo un dios iba a seguir metiéndose en problemas.
Supongo que hay cosas para las que ni los dioses o la magia tienen solución. Aun así,
la vida nos va muy bien desde entonces porque con nuestros nuevos poderes, robar
es más fácil. Además, Ajagar se siente profundamente agradecido con nosotras por
haberlo salvado, incluso habiéndolo hecho para nuestro propio beneficio, y tenemos
también su protección. Aunque el hecho de tener que cenar con el resto de los dioses

55
una vez a la semana es un fastidio y comer rocas es un asco, ahora somos
increíblemente ricos, así que sin duda ha valido la pena.

56
Hielo candente
Alberto Luna

Nunca le diste importancia al hecho de que las palabras «invierno» e «infierno» se


escriben y se pronuncian prácticamente igual.
Ahora puedes entender por qué.
Saltas a los Terrenos de Caza. La escarcha cruje bajo el peso de tus botas y te
agachas junto a la base del muro. La noche está despejada y no ha nevado desde hace
varias horas. Observas en silencio mientras tus ojos se adaptan a la oscuridad. La
Reina no suministra energía eléctrica a esta zona de la ciudad, pero sabes que las
Pavesas controlan algunos generadores clandestinos. Empiezas a correr,
deslizándote como un retal de niebla entre los árboles; has memorizado la ruta más
corta, así que no deberías tardar mucho.
Algo se mueve entre las sombras. El instinto te obliga a pararte en seco, buscas
la cobertura de un pequeño terraplén y afinas el oído. Escuchas voces; un grupo
numeroso, cinco o seis tal vez.
«Pavesas».
Una parte de ti no puede evitar sentir aversión al verlos, pero ese sentimiento
pronto se convierte en indiferencia cuando recuerdas lo que son. Humanos vacíos,
incapaces de recuperar lo que una vez les arrebataron. Una precaria anomalía que
la naturaleza consiente como un irónico y pernicioso recordatorio de su propia
naturaleza. La misma naturaleza que les grita: «sobrevivid». No puedes culparlos
por ello.
De modo que has localizado a la presa, pero, ¿dónde está el cazador?
Ajá.
Tres jinetes desgarran con antorchas el oscuro velo del paisaje. Los cascos de
sus monturas retumban en la tierra y esto es suficiente para poner a las Pavesas en
alerta. Tambores de guerra.
Es tu momento. Sales de tu escondite y rodeas al más rezagado de los cazadores,
dejando atrás los disparos y los gritos.
Entras al distrito y una luz cegadora te recibe casi al mismo tiempo que la
imagen del Infierno. Las calles hierven con el éxtasis de la cacería. El olor de la
pólvora se diluye entre el miedo y la sangre, y por encima de los disparos y los

57
huesos rotos, los gritos de las Pavesas despuntan en la noche como un coro
demencial. Pero esa no es tu canción. Esta noche, tú vas a cantar otra muy diferente.
La de la venganza.
Llegas a la avenida devastada y un cazador emerge de las sombras para cortarte
el paso. Detectas a otro, acurrucado a pocos metros sobre el cuerpo de un chaval que
no llega a la decena, terminando de extinguirlo. Alza la mirada y, tras deshacerse del
cuerpo, avanza renqueando hacia ti.
Si tuvieras que sentir algo por estos tipos, sería lástima. Sus ojos ya han perdido
cualquier atisbo de lucidez, y te miran, inyectados en sangre, tras un velo de angustia
que ya has visto otras veces. El Invierno y la adicción los consume, como a todos.
Solo los peores cazan aquí. Solo los despojos cazan a las Pavesas.
Ahora es cuando reparas en que tienes delante a dos cazadores desesperados,
y que probablemente eres la primera pieza de valor que han visto en toda la noche.
—Eh, Durm —balbucea el que te acaba de interceptar—. Una oveja extraviada.
Con un rápido vistazo compruebas que no portan armas de fuego. Una pareja
bastante lamentable.
—Eso parece, Cekzt —dice el tal Durm, que sonríe y se planta a dos palmos de
ti—. Ya sabes que hay dos formas de hacer esto, preciosa. Pórtate bien y tal vez te
dejemos algo de Fuego dentr…
«Bah».
En un parpadeo le clavas los dedos en el rostro. Durm exhala y parece que
intenta decir algo, pero solo dispone de medio segundo antes de que le destroces el
cráneo contra el pavimento y tal vez no sea tiempo suficiente.
Un golpe seco; la sangre te salpica y riega los adoquines.
No. No fue suficiente.
Cekzt ni siquiera ha tenido tiempo para girarse. Cuando lo hace, hay doce
centímetros de cuchillo entrándole por el costado. Apuñalas varias veces al despojo
mientras te mira con la boca abierta y cae de espaldas sobre la nieve. El tipo
balbucea, pero su voz es un equívoco borboteo de saliva mezclada con sangre:
«¿quién eres?», te parece escuchar.
Recuperas la hoja y la limpias en la camisa del cazador. Su mirada te molesta.
Diablos, hasta alguien como él puede parecer un cachorro asustado cuando está a
punto de palmarla.

58
—No me mires —le dices mientras te incorporas y le apartas la cara de un
puntapié—. Esta noche soy la que va a matar a tu Reina. Muestra un poco de respeto.
Alcanzas la entrada de las cloacas. La verja está abierta, como te prometió
Camero. Tras ascender por una escalera cubierta de óxido, la ciudad te regala su
mejor vista. Se respira una calma tensa, artificial. La luz de un faro lejano ilumina los
distritos de forma intermitente. Los siervos de los Feudos duermen bajo un manto
de escarcha, ajenos al horror de las Pavesas. A salvo bajo el yugo de los Señores,
cuando paguen su tributo invernal les dejarán en paz durante el resto de la estación.
Y así vivirán un año más, tratando de regenerar suficiente Fuego para no acabar al
otro lado del muro cuando llegue el próximo Invierno.
Y más allá, el Palacio. Apenas puedes recordar lo que se sentía al vivir allí, siendo
parte del coto privado de la Reina. Todos aspiran a esa vida, porque es fácil
sobrevivir si no cometes algún error.
Algunos recuerdos pugnan por salir a flote, pero rápidamente te alejas de ellos.
Hoy no hay tiempo para la nostalgia.
El camino está despejado. Sabías que Camero no te fallaría. «No tendrás una
oportunidad mejor —rezaba la carta—. Todos estarán en el banquete, y la Reina
siempre se retira a medianoche». Dentro del sobre había un informe detallado sobre
los cambios de guardia y un plano del castillo. Camero… Nunca has entendido por
qué te protege. Un adicto al Fuego, como todos en Palacio. La culpa lo ha vuelto
miserable, pero también le ha permitido conservar una pizca de decencia. «Alguien
tiene que hacerlo —concluía la carta—. Este será mi último Invierno. No falles,
pequeña». Entiendes por qué lo dice. Ha pasado demasiados años consumiendo el
Fuego de los otros siervos. Y eso te acaba matando, si a eso se le puede llamar morir.
Salvo a la Reina, claro.
No sabes cómo lo consigue. No sabes qué hilo le ata aún a la humanidad y a la
cordura, después de tantas vidas consumidas. Pero no importa. Vas a averiguarlo y
a cortar ese hilo, a arrojarla desde el baluarte de muerte y decadencia sobre el que
se erige su reinado.
Te permites un instante de compasión por Camero. Le debes la vida, al fin y al
cabo. Aquella noche contemplaste durante horas a tu padre y a tus hermanos; fríos,
consumidos, destrozados contra las rocas afiladas. El miedo se había congelado en
sus ojos. ¿De verdad han pasado solo cuatro años? En este momento te parecen una

59
eternidad. Apenas recuerdas oírle llegar para recoger los cuerpos; al muy idiota casi
le da un infarto cuando descubrió que seguías viva. Nunca llegó a entender cómo
pudiste sobrevivir a esa caída.
Tú sí lo entiendes. El Fuego no es lo único de lo que se puede alimentar un
cuerpo humano; el odio puede ser un combustible tan bueno como la esperanza.
Solo hay que saber dónde encontrarlo, cómo destilarlo, cómo dominarlo.
Te infiltras sin dificultad; conoces las posiciones y los movimientos de cada
guardia. Pasas junto al salón donde tiene lugar el banquete de La Noche más Larga
del Invierno. Las largas mesas rebosan de comida y tu estómago responde al olor
con un rugido enconado. Entre los platos y las copas han dispuesto surtidores de
Fuego, con sus jeringas perfectamente alineadas emitiendo un tenue brillo
anaranjado. El mejor Fuego de la ciudad, extraído de los mejores siervos de la Reina.
Comienzas la escalada desde el patio, hendiendo la roca escarchada con tus
arpeos. Empieza a nevar cuando alcanzas los aposentos desde el alféizar y el Gran
Reloj marca la medianoche. Justo a tiempo.
Pero nadie aparece.
A través de la ventana algo llama tu atención. Una figura oscura, difuminada por
la nevada, avanza por el espigón en dirección al faro. Te pegas al cristal, escrutando
con los ojos muy abiertos. ¿Qué hora será? La renqueante silueta desaparece tras el
portón de la estructura.
Maldices y abres la ventana de un codazo, haciendo saltar los postigos. El aire
gélido de la noche te golpea en la cara y saltas con los arpeos vueltos hacia la piedra.
El corazón golpea tu pecho como una maza, infundiéndote de rabia y adrenalina.
Esperas no equivocarte.
No tardas en llegar. Destrozas la última puerta de una patada, atraviesas la nube
de astillas y allí está ella, frente a la linterna del faro.
—Reina —dices, y las palabras suenan deliciosas en tus labios.
Se gira. El vestido que lleva puesto acompaña cada movimiento como si fuese
una extensión de su propia alma, danzando a su alrededor, vibrando con cada
aliento. Sus ojos son dos pozos de oscuridad entretejida con una premeditada
inocencia; labios rojos, piel marmórea, rostro amable y perfecto, cabellos de color
de plata que parecen no responder a las leyes de la gravedad. Tal y como la
recordabas.

60
—Vaya. ¿A quién tenemos aquí? —pregunta sin perder la sonrisa, sosteniéndote
la mirada como si el cuchillo que tienes en la mano fuese poco más que un juguete―.
Creo que no nos han presentado.
Avanzas hacia ella.
—Hace cuatro años —dices—. Puede que no me recuerdes; una caída de
cincuenta metros no te deja en el mejor estado.
La Reina entorna los ojos y se ríe con delicadeza.
—La hija del doctor. —Muy lentamente, la Reina sostiene la parte delantera de
su vestido y ejecuta una pronunciada reverencia—. Es admirable que sigas
respirando. Y yo que pensaba que era especial.
—No me digas.
Y entonces te sumerges en el tifón de rabia que te abrasa las entrañas desde
hace cuatro años. Saltas hacia ella, rápida como un suspiro. Tu cuchillo ya no es un
arma; es un ente vivo. Sientes sus latidos, su anhelo por fundirse con esa piel blanca
y bañarse de sangre real. Tú solo ejecutas el mandato.
La Reina se ríe.
Te agarra del cuello en pleno vuelo. La pinza te corta el aliento y toses,
concentrando tus fuerzas para lanzar una estocada que acabe con su vida. El cuchillo
vuela hacia su cara, dibujando un destello metálico en el aire. Con su otra mano, la
Reina lo detiene. «Mierda». Los huesos de tus dedos se quiebran como ramitas secas.
El dolor te sacude; gritarías, si te quedase aire en los pulmones. Su sonrisa, sus ojos,
cada centímetro de su repugnante expresión te hace sentir enferma, como si un virus
comenzase a destruirte por dentro y no pudieras hacer nada salvo oírlo reír.
—Estúpida.
La Reina te lanza hacia un lateral de la cúpula con una fuerza inhumana. El
impacto te aturde y caes al suelo como una muñeca de trapo. Te empiezas a
incorporar entre temblores, tu mano derecha colgando a un lado como un guiñapo
inútil.
—¿¡Por qué!? —gritas entonces.
—«¿Por qué?» —Ella sonríe, divertida por la pregunta.
—¿Por qué… tuviste que matarlos? —Las palabras duelen como espinas al salir
de tu garganta—. ¿¡Qué mal te hicieron!?
Se ríe. Tu mano izquierda se introduce con lentitud entre tus ropas.

61
—Pequeña, tu padre era un hombre peligroso —responde—. Nunca aceptaba el
Fuego que le ofrecíamos. Creía que no lo necesitaba, de modo que tuve que darle una
lección. Enviar un mensaje.
—¡Y no lo necesitaba! —chillas de repente—. ¡Nadie lo necesita, maldita seas!
¡Sobrevivíamos, Invierno tras Invierno, como todos los siervos de esta maldita
ciudad!
—Lo sé —admite—. Tu padre pensaba de esa forma. Y es una peligrosa forma
de pensar. Puede que le valiera para sentirse bien consigo mismo, pero no le sirvió
para salvar la vida. Ni la de su familia. —Avanza hacia ti, el vestido ondea tras ella
como una vorágine de humo—. El odio es el motor que hace girar los engranajes de
esta ciudad. Y el miedo es el combustible. Siempre habrá presas y cazadores,
pequeña. En este juego, la única forma de sobrevivir es subir tan alto que nadie
pueda tocarte.
Finalmente te levantas. Tu mano izquierda se detiene bajo la ropa, acariciando
el cordel.
—El Invierno apaga nuestro Fuego, el vacío nos consume. Algunos te dirán que
se lleva nuestra humanidad. Yo te digo que solo durante el Invierno podemos ser
realmente humanos. —Pronuncias las palabras de tu padre, haciéndolas tuyas—. La
gente como tú solo conoce el idioma de la dominación. Qué mejor que una ciudad
adicta para tener el control absoluto, ¿verdad, Reina?
Tiras del hilo y la capa que te envuelve sale volando hacia arriba.
Te examinas, comprobando que todo está en orden. Hay nueve jeringas
repartidas por todo tu cuerpo, y una cánula transparente las conecta con tu muñeca.
Sonríes. Accionas el mecanismo y su contenido comienza a vaciarse en tu cuerpo.
Fuego negro.
La Reina se detiene y por primera vez se le borra esa maldita sonrisa de la cara.
—¿Sabes qué he estado haciendo estos cuatro años, Reina? —Las palabras
brotan de tu garganta como un hálito ardiente. Tus músculos y tus huesos se
recomponen, vibrando con cada descarga de Fuego—. He estado cosechando mi
propio odio. Alguien me preguntó una vez cómo pude sobrevivir a esa caída. No le
respondí, porque no habría sido capaz de entenderlo. Pero yo sí lo entiendo. ¿Sabes
lo que ocurre cuando te arrebatan todo tu Fuego? Que te ahogas en el vacío, y
después mueres. Pero, a veces, puede nacer algo nuevo, más poderoso, más intenso.

62
Más puro.
Ella se ríe y abre los brazos.
—Lo sé muy bien.
Los retales de su vestido se retuercen como zarcillos de bruma, tiznando el aire
de la cúpula con sus tinieblas. Su mirada es una esquirla de hielo candente directa
contra tu corazón.
—¡Adelante, pequeña! —aúlla con una voz que no parece la suya—. ¡Intenta
tocarme, si puedes!
Te abalanzas. El Fuego negro dirige tus pasos, sacude tus nervios, estimula tu
ira. Irrumpes en la oscuridad. El cuchillo corta el aire y la Reina se gira hacia tu
espalda. Percibes un brillo entre las sombras y saltas hacia atrás para esquivar una
espada que aparece de la nada. Directa a tu cuello. Pivotas sobre tus tobillos,
recuperas la posición.
«No la pierdas de vista —susurra una voz en tu cabeza—. Busca su punto débil».
¿Su punto débil?
Una espiral de cenizas comienza a envolverla, una tormenta que se retuerce
formando nudos, brazos y espadas de fuego y sombra.
—¿Qué pasa, chiquilla? —La Reina carga contra ti como una fuerza de la
naturaleza. Las hojas cortan el aire como un huracán enloquecido, buscándote,
encontrándote—. ¿Dónde está esa sed de venganza? ¿Ya te has olvidado de tu padre,
de tus hermanos?
Ignoras el dolor y te unes al baile, apuñalando con furia, deslizándote entre los
filos.
—¡Estoy aquí por ellos!
Saltas, girando sobre tu eje. Las espadas pasan a medio centímetro de tu rostro
y descargas una estocada hacia su hombro. La sangre te riega la cara, caes, te
recuperas, atacas de nuevo. La Reina reacciona; un tajo rápido te alcanza en el muslo
y apenas logras esquivar otros dos embates. Te obliga a retroceder. «Es rápida»,
piensas. Pero no lo suficiente. El Fuego abrasa tus venas y bombea tu rabia hasta que
pierdes la noción del tiempo. Gritas, corres hacia tu presa y ella se prepara para
recibirte. Fintas hacia su derecha, hallando una apertura. Intenta bloquear a mano
cambiada. Tarde. Tu hoja le entra por el costado, y una voz ruge en tu interior.
Empleando tu propia inercia giras, buscas su espalda y las espadas caen sobre ti

63
desde todas las direcciones.
Un mal golpe te arroja contra la linterna del faro. Examinas tu cuerpo
magullado, cubierto de heridas. Y miras a la Reina: ha perdido mucha sangre. Más
que tú, y eso te gusta. Entonces levantas la mirada y lo ves. Dentro de la linterna, algo
brilla tenuemente. Te giras hacia la Reina y la expresión de horror en su rostro la
delata. Te incorporas y destrozas la linterna con las manos desnudas. Tus dedos
tocan algo cálido.
—¡No! —aúlla la Reina, y toda la cúpula parece temblar.
«Busca su punto débil».
Es Fuego. Uno muy débil y antiguo. Nada más tocarlo, una imagen se dibuja en
tu mente: una niña llora sobre el cadáver consumido de su madre, rescatando los
últimos rescoldos de una llama extinta. Una niña vacía, sin Fuego. Igual que tú.
La pequeña te mira…
… pero la imagen se rompe.
«¡Concéntrate! —grita la voz, cada vez más tuya—. ¡Acaba con ella! ¡Hazle pagar
por lo que nos hizo!».
Tiene razón.
La Reina te observa, paralizada. Alzas el Fuego ante ella y lo lanzas con todas
tus fuerzas hacia la cúpula del faro. Ella deja caer sus armas y extiende los brazos
hacia arriba, los ojos muy abiertos, el rostro suplicante. Es tu oportunidad. Te
abalanzas sobre ella como una bestia hambrienta y tu cuchillo firma con sangre el
final de su reinado.
La Reina exhala, las sombras que la envuelven se diluyen en el aire. El Fuego
descansa entre sus manos, y sus dedos lo acarician con ternura.
—Vamos, pequeña —masculla con dificultad—. Hazlo ya. Siempre supe que
acabaría de esta forma.
Sostienes el cuchillo sobre tu cabeza, preparado para el golpe final.
—Vete al infierno —dices, pero tu voz ya no suena como tu voz.
La hoja refleja tu rostro, tus ojos. Ojos como esquirlas de hielo candente.
«Mátala».
Abres los dedos y el cuchillo cae al suelo. La Reina se estremece y sus dedos se
clavan en tu espalda, temblando. Vuestros cuerpos se unen.
Y entonces la abrazas. La abrazas con fuerza.

64
—¿Por qué? —pregunta con un hilo de voz—. ¿Por qué haces esto?
La presión de sus dedos se hace más liviana. Sus brazos te envuelven, como los
tuyos la envuelven a ella. Empiezas a entrar en calor, y ahora eres consciente de que
ya habías olvidado esa sensación. Ves lágrimas en su cara, miedo en sus ojos. No los
ojos de una Reina. Unos ojos humanos.
—Porque alguien tiene que hacerlo —respondes.
En el exterior, la nevada comienza a amainar y el sol despunta entre las nubes.
Amanece.

65
Atlantius
Cris Melgosa

Las burbujas de luz amarillenta flotaban por encima de las calles serpenteantes de
la ciudad. Allí abajo aquella era la única fuente de luz; fuera de la cúpula que rodeaba
Occot y la mantenía separada del océano, todo estaba oscuro como la boca de un
tiburón. Las pequeñas lámparas flotantes proyectaban sombras alargadas, que
danzaban, se cruzaban y se fundían unas con otras sobre el fondo irregular del mar.
Essie se separó de su madre y sonrió de forma amarga.
—Cuida de tu hermano, Essie —dijo su padre, mirándola fijamente con sus ojos
alargados y azules. Su piel verdosa brillaba, húmeda, con la luz de las burbujas que
flotaban a su alrededor en la estación de La Válvula—. Es todavía muy joven.
Sonrió y observó a su hermano, de pie junto a ella, y mirando al suelo con el
ceño fruncido. Intentaba contener las lágrimas. Se retorcía las manos, cuyos dedos
estaban separados por unas membranas de un color azul más brillante de lo normal.
Casi irradiaban luz propia. Alzó una mano y la posó en su cabeza, justo al lado de la
aleta que le cruzaba el cráneo desde los ojos hasta la base de la nuca. Kap la miró con
ojillos tristes.
—No os preocupéis, cuidaré de él hasta que llegue a la Orden de las Mareas.
Su padre se arrodilló delante del muchacho y le sujetó los brazos. Abrió la
alargada boca, como si fuera a decir algo, pero lo único que salió de ella fue una
especie de silbido y, después, silencio. En lugar de hablar, prefirió acercar el cuerpo
de Kap a sí mismo y fundirse en un abrazo con él. Posiblemente aquella sería la
última vez que le vería en mucho tiempo.
—Cuidaos mucho. —Su madre sonrió y acarició la cabeza de Kap.
En ese instante, un silbido estridente llenó el hangar de La Válvula. En unos
segundos, la cápsula que los llevaría hasta Atlantius empezaría a moverse y
atravesaría una de las cinco compuertas que separaban a Occot del vasto océano.
Essie dedicó una última mirada a sus padres, sonrió y cogió a su hermano por los
hombros. El muchacho arrastraba sus palmeados pies descalzos por el empedrado
de la estación mientras ella lo empujaba para llegar a La Válvula a tiempo. Subieron
a la cápsula justo en el momento en el que uno de los oficiales, con aquel estúpido
sombrero blanco puesto sobre la cabeza y atravesado por la aleta dorsal, se acercaba

66
a la puerta para cerrarla.
—Vamos, Kap —dijo Essie, conminándole a ponerse delante de ella y a moverse
por el alargado pasillo que atravesaba la cápsula cuan larga era—. Sentémonos en
algún sitio.
La Válvula empezó a deslizarse suavemente. Essie siempre se había preguntado
la manera en la que los Marinos movían La Válvula cuando todavía estaba dentro de
la burbuja de la ciudad. Era sencillo imaginarse cómo utilizaban la fuerza del agua
para moverse cuando estaban navegando por el fondo. Pero allí todo era aire. No
había mar que manejar con la magia del océano.
Sin embargo, se decía a sí misma que no tardaría mucho tiempo en averiguarlo.
Al fin y al cabo, estaba llevando a su hermano a Atlantius para que empezara su
formación como Marino.
Encontraron un compartimento vacío al final de la cápsula. Sus ventanas
circulares dejaban ver el exterior. Essie comprobó que ya habían llegado a la esclusa
que les permitiría salir a mar abierto sin inundar Occot. Se dejó caer en uno de los
asientos junto a la ventana y echó una ojeada fuera.
El nivel del agua empezaba a subir, lenta pero inexorablemente.
Kap se sentó frente a ella y, con ojos llorosos, fijó la vista en ella.
—No te preocupes, Kap. Puede que tardemos varias mareas llenas en volver,
pero lo haremos —compuso una sonrisa como buenamente pudo y el muchacho le
respondió con una extraña mueca. Después, desvió la mirada hacia el exterior.
Cuando el agua los hubo cubierto por completo, la cápsula comenzó a moverse
con una leve sacudida. Segundos después, abandonaron la luz amarillenta de la
ciudad y lo único que alcanzaron a ver fue la inmensidad oscura del océano.
—Duérmete, Kap. Es un viaje largo y negro hasta Atlantius.
Su hermano la miró. Recogió las largas piernas sobre el asiento y, haciéndose
un ovillo de piel escamada y membranas casi fluorescentes, se quedó dormido.
Essie le observó en la oscuridad del compartimento. Qué pequeño era. Y, al
mismo tiempo, qué especial. Según le habían contado sus padres, hacía mucho que
no nacía un destinado a ser Marino en Occot, así que Kap había sido todo un
acontecimiento en la ciudad.
Ella todavía se acordaba de cuando sus padres habían decidido poner más
huevos. Acababa de cumplir siete mareas altas y apenas alcanzaba a comprender

67
cómo funcionaban las cosas. Se recordaba a sí misma asomada por encima del borde
de la cesta donde descansaban los huevos hasta su eclosión, observándolos
atentamente y preguntándose cuántos hermanos tendría después de aquello.
Resultó que solo Kap sobrevivió a aquella puesta. No fue hasta una marea alta
más tarde, cuando comenzaron a crecerle las membranas entre los dedos, que
supieron que había nacido con la magia del mar dentro de su cuerpo. Aquel pequeño
estaba destinado a ser un Marino.
Sin embargo, todavía era muy joven como para comprender el significado de
aquello. La importancia que tenían los Marinos. La fuerza que albergaba dentro de
su frío y diminuto cuerpo. Essie lo miraba mientras dormitaba y se preguntaba si
Kap había empezado a entender el hecho de que solo por haber nacido con las
membranas más azules que el resto estaba destinado a hacer grandes cosas. Se
preguntaba si era consciente de todas las esperanzas que Occot en general y sus
padres en particular habían puesto en él, en su gloria, en su vuelta a la ciudad
convertido en un Marino de gran fama y buen hacer.
En el fondo sentía lástima por él. Había oído demasiadas historias de Marinos
en los que todo el mundo había creído y que luego habían resultado ser un fracaso
como para ser optimista. El camino del Marino era duro y su hermano pequeño era
demasiado frágil.
Tragó saliva. Ojalá se estuviera equivocando, pero todo apuntaba a que Kap lo
tenía difícil para sobrevivir en Atlantius.
Por suerte, la tenía a ella.

Cuando Kap despertó, la imagen del fondo marino no había cambiado ni lo más
mínimo.
—¿Cuánto falta? —preguntó, estirando las piernas.
Essie se encogió de hombros.
—No lo sé. Resulta difícil calcular el tiempo cuando ahí fuera está tan oscuro.
Kap suspiró y se hundió levemente en su asiento. Comenzó a observarse las
manos con atención, como si en las membranas de entre sus dedos se ocultara un
mundo entero. Essie lo miró y se mordió levemente el labio.
Él no quería estar allí, no quería convertirse en un Marino. Su cuerpo entero lo
gritaba de forma silenciosa. Sus ojos, que evitaban mirarla, se lo decían sin necesidad

68
de palabras. Lo único que Kap deseaba en ese momento era ser un niño sirena, como
el resto de sus amigos en Occot.
Pero, por desgracia, el océano había decidido por él.
Essie se levantó de su asiento y se sentó al lado de su hermano. Él la miró de
reojo, pero no levantó la cabeza.
—¿Has oído alguna vez todas las historias que cuentan sobre Atlantius? —dijo
Essie, en un intento de distraerlo.
Kap negó en silencio mientras continuaba con la vista clavada en sus dedos
palmeados, de aquel maldito azul intenso.
—Te va a encantar la ciudad, ya verás —dijo mientras subía los pies al asiento
y miraba a su hermano con una sonrisa que esperaba que no fuera demasiado
forzada—. Dicen que es una ciudad preciosa, con todos sus edificios con formas
semicirculares, blancos y azules, y todas las estatuas de los Marinos más insignes de
todas las sirenas.
Essie recordaba aquellas historias de cuando su madre se las contaba antes de
irse a dormir. Pero a Kap siempre le habían contado otros cuentos.
El muchacho alzó la cabeza y la miró, tímido.
—¿Si? —Essie asintió.
—¿Y sabes qué? Dicen que en el centro de la ciudad está la Orden de las Mareas,
la academia de los Marinos y que es tan alta que llega hasta la superficie. —Los ojos
de Kap se abrieron como platos—. Dicen que hay un edificio que flota en el mar y
que por allí entran los humanos a Atlantius.
—¿Humanos...? —susurró Kap, con una mezcla de sorpresa y temor pintada en
el rostro. Essie asintió efusivamente—. ¿Viven humanos en Atlantius?
—Eso cuentan las leyendas, sí. —Kap se mordió el labio. Parecía nervioso—.
Pronto lo descubriremos, ¿no?
El chico levantó la cabeza hacia ella. Sus ojos negros brillaban en medio de la
penumbra de la cápsula. Seguía retorciéndose los dedos palmeados, inquieto. Alzó
un brazo y rodeó a los estrechos hombros de su hermano. Lo atrajo hacia sí y le
apretó contra su costado.
—No te preocupes, Kap —susurró y sintió cómo el chico se relajaba, apoyado
en su cuerpo—. Todo irá bien, ¿vale? Yo estaré contigo.

69
No sabía cuánto tiempo había pasado. El tiempo se estiraba y transcurría,
perezoso, en medio de la noche marina. Todo se hacía difuso. Kap se había vuelto a
quedar dormido, recostado contra ella.
En ese momento, la cápsula tembló. Kap se incorporó, asustado, inquieto, y
empezó a mirar en todas direcciones.
—¿Qué ha...? —empezó a decir. Essie se incorporó y miró al exterior.
Allí, al fondo, parecía que había luz. Un resplandor blanco inundaba parte del
fondo marino.
—Creo que hemos llegado —dijo, sin separarse del cristal e intentando ver más
allá del brillo blanquecino que parecía haberse apoderado del fondo del océano.
Sintió cómo Kap se colaba por entre su cuerpo y la pared para mirar también a través
de la ventana.
—¿Es eso Atlantius? —preguntó. Habló con un hilo tímido de voz mientras
observaba aquel resplandor que parecía cubrirlo todo. No se veía ningún edificio ni
ningún tipo de estructura que indicara que ahí, más allá del centelleo blanco y sutil,
había una ciudad, pero Essie era capaz de sentirlo. Era como una intuición, la de que
habían llegado a su destino.
—Supongo —dijo ella, encogiéndose de hombros.
Se dejó caer sobre uno de los asientos y observó a su hermano. Parecía
emocionado. Podía ver brillar sus ojillos negros a la tenue luz del compartimento.
Entonces, con un golpe mudo, La Válvula se detuvo. Desde su posición, Essie fue
capaz de distinguir una pared de cristal más allá y un movimiento leve del agua que
los rodeaba. Tardó en darse cuenta de que el nivel del mar estaba descendiendo poco
a poco a su alrededor.
—Hemos llegado, Kap —dijo, mirando a su hermano.
El chico enarboló una sonrisa nerviosa, todavía encaramado a la ventana
circular. De un salto, se plantó delante de la puerta del compartimento y miró a su
hermana.
—¿Vamos?

El andén bullía de actividad. Había gritos de reconciliación y llantos de

70
despedida en un crisol de pieles de distintos colores y cuerpos de diversas formas.
Essie se había esperado encontrarse con los humanos que poblaban las leyendas que
desde pequeña le había contado su madre, pero allí había personas de razas que no
conocía. Una mujer con un turbante verde la ayudó a descender de La Válvula y le
sonrió con unos labios carnosos y húmedos, casi fluidos, del mismo color que su
tocado. Parecía una humana, pero tenía la piel escamosa y de color esmeralda. Essie
alzó una ceja mientras la observaba atentamente, pero ella no se inmutó.
Por primera vez en su vida, se encontraba perdida entre una multitud.
Asió con fuerza la mano de Kap y este se colgó de ella. Anduvieron con sus
descalzos pies palmeados por entre la multitud cubierta de ropa gruesa y botas.
Essie se tambaleó cuando un muchacho alto, con piel pegajosa y ojos terriblemente
separados en una cara alargada le golpeó sin querer por detrás y la adelantó con
pasos cortos y rápidos. Más allá, lo que parecía un humano con el pelo corto y en
punta declamaba los productos de su pequeño puesto lleno de cajas de frutas de la
superficie.
Essie tragó saliva. Sentía la náusea recorrerle la boca del estómago y un sudor
frío comenzaba a perlarle la piel escamada. Apretó la mano de Kap solo para sentir
que no le había perdido entre la multitud que se arremolinaba a su alrededor, que
los sobrepasaba en el andén y que gritaba demasiado cerca de sus oídos.
«Tengo que encontrar un Marino», se dijo a sí misma y se puso de puntillas para
ver por encima de las cabezas de toda la gente que se apelotonaba delante de ella.
Y allí, al fondo, advirtió la chaqueta blanca y el gorro atravesado por una aleta
puntiaguda que casi fosforescía a pesar de la intensa luz amarillenta. Se sonrió y
echó a andar, tirando de Kap. Zigzaguearon entre la gente y se movieron a
empujones hasta llegar al estrecho mostrador donde un sirena apoyaba, aburrido,
la cabeza sobre la mano.
—Hola —dijo Essie, sin aliento.
El sirena alzó la vista y la miró de arriba abajo, fijándose en las membranas entre
sus dedos. Torció el gesto y abrió la boca, pero cuando Kap apareció detrás de su
hermana, se puso inmediatamente de pie. Hizo un torpe amago de saludo militar y,
con gesto incierto, les indicó que le siguieran. Desapareció por la parte trasera del
mostrador y Essie, sin estar muy segura de lo que hacía, pasó al otro lado y fue tras
él.

71
Atlantius era mucho más espléndido de lo que había imaginado. Altos edificios
terminados en cúpulas se alzaban hacia la superficie y destellaban a la luz de las
miles de burbujas que flotaban y arrojaban una claridad amarillenta dentro de la
gran semiesfera que recogía en su interior toda la ciudad. Las paredes estaban
cubiertas por cuadrados esmaltados de distintos tonos de azul y blanco y las calles
serpenteaban creando brechas entre las construcciones que cientos de personas de
razas sobre las que Essie no había oído hablar surcaban con paso rápido.
Y en el centro de la masa de torres y semiesferas se alzaba la larga aguja que
atravesaba la cúpula de Atlantius justo en el medio, en el punto más alto y que
llegaba hasta la superficie del océano. La Orden de las Mareas. Desde allí, decían,
descendían los humanos a la tierra del fondo del mar.
Essie tragó saliva y, tras un momento en el que se sintió abrumada, comenzó a
andar en pos del Marino. Tiraba de Kap, que la seguía a duras penas. Les faltaba el
aliento y no sabía si era por la prisa que se daba el sirena que los guiaba por la
multitud o por todas aquellas personas que los rodeaban y que no hacían más que
mirarlos con curiosidad. Essie sentía sus ojos de distintos colores y formas clavados
en ellos como si fueran algo extraño.
Poco después de que se echaran a la calle, el Marino abrió una pequeña puerta
de un edificio y los tres entraron en un estrecho pasadizo que se adentraba en una
penumbra amarilla. Aquello no era la Orden de las Mareas, no podía serlo. La gran
academia de los Marinos debía ser inmensa, majestuosa, con grandes columnas
serpenteantes y estatuas gigantescas de antiguos sirenas que habían destacado en
el uso de la magia del océano; aquella pequeña puerta desastrada no era una entrada
digna a un edificio tan importante.
Hasta entonces no se había planteado hacia dónde estaban yendo, pero incluso
para Essie aquel recorrido era extraño. Sujetó a Kap muy cerca de ella y miró al
Marino mientras este cerraba la puerta, asegurándose de que nadie se había
desviado para seguirlos.
—¿A dónde vamos? —inquirió y su voz retumbó entre las paredes de piedra
húmeda.
El sirena se giró sobre sus talones y los miró atentamente. Después suspiró y
negó levemente con la cabeza.

72
—No lo sabéis, ¿verdad?
Sintió a su hermano pegándose a su pierna, como si se estuviera escondiendo
del marino.
—¿Qué se supone que tenemos que saber?
—Las cosas han cambiado desde los grandes días de los Marinos. Ahora somos
pocos, los suficientes para mantener los flujos de magia de la ciudad, y a los que no
son necesarios los expulsan.
—¿Qué? ¿Por qué?
El Marino se encogió de hombros.
—El miedo es un arma peligrosa.
Y, sin más comentarios, echó a andar por el pasadizo, que descendía levemente.
Tomaron curvas y desviaciones, adentrándose en un enorme laberinto de estrechos
pasillos de sillares oscuros, y Essie se preguntó en qué punto de la ciudad estarían o
cuánto tardarían en llegar a su destino. Detrás de ella, Kap apretaba el paso para no
quedarse rezagado y sollozaba levemente. Tenía miedo. Ella también lo sentía
atenazarle las entrañas.
Cuando pensaba que ya no saldrían de aquel entramado de pasadizos, se
toparon con una puerta esmaltada de celeste. Una aldaba con forma de mano
palmeada colgaba en el medio, pero el Marino no llamó. Simplemente, cogió el
picaporte y empujó.
La luz blanca se vertió sobre el pasillo en penumbra. Los tres pasaron a la
habitación que se abría más allá de la puerta azul. Una única figura estaba de pie en
el centro, con la cabeza agachada sobre algo que Essie no alcanzaba a ver.
—Maestra —susurró el Marino cuando cerró la puerta a sus espaldas y la figura
se giró con un movimiento fluido. Sus ropas vaporosas estaban ajadas en los bajos y
una fea cicatriz alargada surcaba su aleta dorsal. Sus ojos negros se clavaron en ellos
y los recibió con lo que parecía una sonrisa.
—Sirenas, sed bienvenidos —dijo, abriendo levemente los brazos. Sin embargo,
no se movió de donde estaba. Fueron ellos los que, con pasos lentos y cautelosos, se
acercaron a ella—. Es un alivio ver caras nuevas en los tiempos que corren.
Los grandes iris de la mujer pasaron de Essie hacia Kap. Cuando vio el color
intenso de sus membranas, la mueca que quería ser una sonrisa se ensanchó
notablemente.

73
—Un nuevo Marino. —Juntó las manos y las dejó descansar sobre las sedas de
color turquesa que cubrían su cuerpo casi por completo—. Todo un prodigio, desde
luego.
—¿Prodigio? —Essie no había pretendido hablar, pero ese pensamiento se le
escapó de los labios.
El rostro de la sirena se tornó serio de repente. Observó a Essie con tanta
intensidad que ella se encogió un poco sobre sí misma.
—Deberíamos hablar. —Y con una mano palmeada de un azul más intenso que
el que lucía Kap, les señaló una pequeña puerta al otro lado de la habitación—. Por
aquí.

Entraron en una pequeña sala con una mesa redonda colocada en el centro. Un
techo semiesférico lleno de pequeñas estrellas por las que entraba la luz amarillenta
del exterior cubría la habitación y proyectaba formas en el suelo de baldosas
blancas. La mujer se adelantó y se acomodó de forma delicada en una de las sillas
que rodeaba la mesa. Los observó, invitándoles con la mirada a sentarse; Essie y Kap
así lo hicieron.
—Me temo que no estáis muy enterados de lo que ocurre en Atlantius.
Kap observó en su hermana. Ella tragó saliva.
—En realidad, nos acabamos de enterar de que ocurre algo, Maestra. Nosotros
veníamos a la ciudad porque…
—…porque este muchacho nació para ser Marino, sí. —Los ojos negros de la
Maestra recorrieron el rostro redondo de Kap, que se encogía cada vez más en su
asiento—. Sin embargo, es un mal momento para ser Marino en Atlantius.
—Eso nos han dicho —Essie se giró un poco para mirar al sirena que les había
llevado hasta allí. Permanecía de pie, cuadrado, junto a la puerta de la habitación,
con la vista fija en algún interesante punto de la pared a las espaldas de la Maestra―.
¿Qué ha pasado exactamente?
—Atlantius ya no es la misma ciudad de paz de las leyendas, muchacha. —La
Maestra se recostó en el respaldo de la silla y entrecruzó los dedos de las manos
sobre el regazo. Parecía tranquila—. Las razas ya no conviven en las calles de
adoquines, no nadan en sintonía alrededor de la burbuja de la ciudad. Todo el mundo
mira con recelo a todo el mundo, porque tienen miedo.

74
—¿Miedo? ¿Por qué?
Essie la miró sin comprender.
—Durante mucho tiempo, los Marinos hemos sido queridos y respetados en
toda Atlantius. El mundo era consciente de que nuestra magia mantenía la ciudad y
nadie quería tenernos en contra —empezó la Maestra, con la mirada perdida—. Pero
últimamente hay quien proclama que nuestra magia es demasiado poderosa como
para ser buena. Dicen que es el mar quien nos susurra y que no tardaremos en
arrasar Atlantius y el resto de las ciudades que dependen de ella.
—Eso es absurdo —exclamó Essie para sí misma.
—Lo es. Pero el gobierno de la ciudad se ha visto presionado y ha ido
expulsando a los Marinos prescindibles. Ahora solo quedamos unos pocos y nos
movemos en la clandestinidad. Tememos represalias. Las cosas están tensas en las
calles de Atlantius y nadie, ni los Marinos ni ninguna otra raza, está a salvo.
La mano de Kap se coló debajo de la suya, buscando refugio. Notaba sus dedos
temblar. El pobre muchacho…
—¿Y qué vais a hacer?
La Maestra volvió la vista hacia ella con la fuerza del océano.
—Luchar, de alguna manera. Es la única solución que nos queda. Luchar o morir,
luchar o que nos acaben matando, de una u otra forma. Educar a nuevos Marinos. —
Desvió la mirada hacia Kap, que se encogió levemente y evitó los ojos negros de la
mujer—. Buscar a quien quiera luchar a nuestro lado. —Esta vez, observó a Essie
atentamente. Ella tragó saliva.
Pensó en sus padres, en Occot, emocionados por tener entre sus hijos a un
futuro Marino, que volvería a casa con honores y hazañas a sus espaldas, hecho todo
un sirena. Pensó en Kap, a su lado, temblando, demasiado pequeño para comprender
lo que un miedo tan profundo e irracional como el que sentía toda la ciudad podía
llegar a provocar, pero lo suficientemente mayor como para ser consciente de que
aquello era algo serio en lo que se había metido sin quererlo. Pensó en sí misma y en
la promesa que se había hecho cuando supo que Kap tendría que viajar a Atlantius
para aprender a ser quien debía ser.
Se había prometido que lo cuidaría, pasara lo que pasara, hasta que fuese capaz
de defenderse él solo. Lo protegería en una ciudad llena de depredadores y rincones
oscuros.

75
En ese preciso instante, Essie se dio cuenta de que aquel juramento que se había
hecho a sí misma implicaba mucho más de lo que ella pensaba en un primer
momento. Pero no podía marcharse. No así, no en ese momento. No cuando los
Marinos se diluían en medio de una sociedad que les tenía miedo y que temía su
magia.
Se volvió hacia la Maestra, que la observaba con el semblante relajado. Como si
supiera cuál iba a ser su respuesta.
Essie asintió con la cabeza. La Maestra sonrió.

76
Mala Suerte
Cristina Martínez Carou

Pech le asestó una patada en la cara al chamán. Dos dientes y un sinfín de gotas de
sangre salieron disparados de su boca mientras se desplomaba sobre la fría arena
del desierto. Sin resignarse ante la más que evidente derrota, se arrastró hacia el
bastón ceremonial que había perdido en la lucha. Ella pasó con toda tranquilidad al
lado del vapuleado villano, recogió el cayado y lo partió sobre su rodilla.
—¡No! —gritó su enemigo cuando Pech lanzó los pedazos a la hoguera. El fuego
se tiñó de verde, y en su crepitar se escucharon los gritos de libertad de los espíritus
que el chamán había esclavizado para sus rituales.
Se volvió hacia el hombre, que contemplaba las llamas con una mano alzada y
la boca abierta.
—Y ahora, ¿prefieres que te torturen los jueces del Bien o te sentencio aquí
mismo? Posesión ilegal de objetos mágicos, doce asesinatos con el robo de sus
respectivas almas y fechorías espirituales varias. ―Pech negó con la cabeza,
chascando la lengua repetidas veces―. Has cabreado a los paladines, así que elijas lo
que elijas, terminarás muerto.
—¿Qué has hecho, zorra del Bien? ¡Mis criaturas! —reaccionó por fin el
hechicero. Escupió sangre y rabia a partes iguales contra la mercenaria.
Pech esbozó una sonrisa que mostró una paleta partida y se acercó a él. Se sentó
sobre su espalda de golpe, le retorció el brazo de forma inverosímil y calló sus gritos
enterrándole la cara en la arena.
—¿Zorra del Bien? ¿Tienes idea de con quién hablas? —masculló muy cerca de
la oreja del chamán, cuya única respuesta fue una serie de sonidos ahogados
combinados con pataleos—. ¿Que quieres saberlo? —Más murmullos
incomprensibles—. Si insistes… Para empezar, no soy una heroína, sino una
mercenaria acreditada con muy mala suerte.
Por fin lo soltó. El hombre levantó la cabeza y cogió una ruidosa bocanada de
aire.
—¿Qué coño significa esto? —dijo, entre jadeos roncos.
—Ya sé que lo de contarle tu vida al enemigo justo antes de matarlo es cosa de
villanos, pero yo siempre quise ser una, así que me concederé el capricho. —Y volvió

77
a hundirle la cabeza en la arena.

***

Hace diez años…


En el vestíbulo de la Academia de Villanos se respiraba un aire festivo. Los
exámenes habían terminado y los alumnos se dedicaban a sus pequeñas fechorías:
alguien había colgado a un estudiante de primero de la lámpara de araña; las chicas
sentadas en la escalera presumían tanto de modelitos como de maldades y un grupo
de último curso hechizaba patos, convirtiéndolos en monstruos a cada cual más
horripilante.
El silencio se apoderó del vestíbulo cuando la puerta principal se abrió de golpe
e irrumpió la enfurecida directora Ratsy, resoplando como un hipopótamo en
emersión. Estaba empapada, despeinada y con el maquillaje corrido.
Atravesó el recibidor como una exhalación.
—¡Directora, lo siento mucho! —Una muchacha de cabello verde y más pecas
que rostro corrió tras la mujer. Ratsy se volvió hacia ella. La hubiese calcinado con
la mirada de poseer algún tipo de magia. Los villanos de tipo político como ella
enarbolaban su inteligencia como arma, además de un carisma que ahora no se
molestaba en utilizar.
—¡No habrá más oportunidades, Mina Mortem! —vociferó. Su alumna se
encogió sobre sí misma—. Eres una vergüenza para la Academia; el castigo de tus
ancestros; ¡no tienes mal fondo! Jamás volverás a pisar esta cuna de la vileza. ¡Estás
expulsada! —
Tras decir esto, se encerró en su despacho con un portazo, sin atender a los
ruegos de la joven.

—¿Que tiraste a Ratsy al río al emboscar a un héroe holográfico? —Syn golpeó


el escritorio varias veces mientras se partía de la risa, en parte por la historia de
Mina, en parte por su cara de indignación—. ¿Cómo te las arreglas para que te salga
siempre todo al revés?
—Ja, ja, ja —gruñó ella. Se cubrió el rostro con las manos, avergonzada—. Mi
magia es una bazofia. Puedo absorberla, pero una vez dentro de mi cuerpo no fluye

78
como tiene que fluir. Soy un desastre.
Los dos estaban sentados al escritorio en la habitación de la joven. Synister era
el único alumno de la Academia que todavía se interesaba por sus desgracias. Mina
no sabía si se debía a que los Gates eran esbirros de los Mortem, o a que Syn
encontraba divertidos sus patéticos intentos de convertirse en la gran villana que su
madre esperaba que fuese. Claro que nada había resultado como la malísima Vila
Mortem quería. Y ahora, habían expulsado a su única hija de la Academia. Si no lo
solucionaba, Mina sería chica muerta.
—No lo entiendo. Tu familia es una leyenda en el Plano del Mal, capaz de
atemorizar incluso a los villanos. No hay mejor hechicera que Vila. —Su compañero
continuó su regodeo con una sonrisa imperturbable.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Así no me ayudas, Syn —espetó—. Necesito que me readmitan, o mi madre
me cortará en rodajitas y me echará de comer a los cocodrilos.
La paciencia no era uno de los dones de su progenitora. El verano anterior había
hecho explotar a uno de sus mayordomos por servirle la sopa demasiado caliente.
—¿De verdad tiene foso de cocodrilos?
—¡Syn!
—¡Vale, vale! —Él alzó las manos en son de paz, y luego apoyó la barbilla en la
izquierda—. Si quieres demostrar tu valía, tienes que hacer algo grande. Muy grande.
Que haga alucinar a Ratsy —dijo, más que convencido. Los ojos le brillaban por las
maldades que debía de estar trajinando.
—Algo grande…
—Y real. Nada de enemigos holográficos o de cartón piedra. ¡Y que tenga un
impacto en el mundo!
Mina enarcó una ceja, escéptica. Escuchaba a su compañero de brazos cruzados.
—¿Sugieres que haga explotar un país del Plano Dicótomo? —bromeó. Syn se
encogió de hombros.
—¿Podrías hacerlo? —El resoplido de ella fue negativa suficiente—. ¿Ni
siquiera uno pequeñito?
—He sido incapaz de mandar al lago a un holograma —le recordó, justo antes
de arrepentirse, pues Syn volvió a estallar en carcajadas.
—Con lo gafe que eres, podrías colarte entre las filas del Bien y destruirlas

79
desde dentro a base de hechizos fallidos. —La sugerencia rebasó la paciencia de
Mina, que arrastró la silla al levantarse y señaló la puerta con un dedo.
—¡Fuera! —gritó—. Vete a ahogar gatitos o cualquier otra idiotez que hagas en
tus ratos libres. Yo tengo un pellejo que salvar.
—Asegúrate de elegir algo que puedas hacer a derechas —se burló el chico.
Mina le asestó un puñetazo en el brazo antes de empujarlo al pasillo. Cerró de
un portazo. Apoyó la espalda en la puerta, y su mirada vagó sobre los manuales de
la estantería: “Magia Negra”, “Conquistar el Dicótomo”, “Elaboración de Planes
Malvados y cómo Revelarlos Correctamente”… Esbozó una sonrisa irónica; no iba a
necesitarlos más. Si ni siquiera había llegado a ejecutar a un solo héroe en sus clases
prácticas, ¿cómo hacer una maldad tan grande como para que la readmitieran en tan
poco tiempo?
Negó con la cabeza. Imposible. ¿A quién quería engañar? Jamás lograría ser una
villana, nunca honraría el apellido Mortem. Y su madre no se lo perdonaría.
Sintió que le faltaba el aire solo de imaginárselo. Debía huir. Ningún plan
precipitado de destrucción masiva iba a salvarla ya. Cogió una mochila de su armario
y empezó a meter ropa en ella.
Por la ventana abierta escuchaba los gritos y risas de los alumnos graduados,
que ya estaban listos para adentrarse en la eterna guerra contra el Bien por el
dominio del Plano Dicótomo. Pero en aquel momento nada de eso importaba, y se
dedicaban a quemar sus libros en el campus o a hacer bullying a los de primero. Mina
se asomó para ver los puntos de luz que formaban las hogueras en la noche. Quería
estar allí, formar parte del mundo al que se suponía que estaba destinada.
En ese instante, con el reflejo de las llamas prendido en las pupilas, se le ocurrió
la mejor maldad de toda su existencia. De una forma u otra, ella también tendría su
fiesta de fin de curso.

Mina abrió la compuerta de su alma que conectaba con el flujo mágico del
mundo, al cual robó poder. Sus ojos brillaban mientras daba forma a la magia.
Inspiró hondo, murmuró el hechizo y abrió los brazos para liberar la energía. Tras
cinco años de encantamientos fallidos, debió suponer que el último no saldría bien.
Una bola de fuego apareció en el centro de la biblioteca vacía y se extendió a
gran velocidad, devorándolo todo como si tuviese vida propia. El papel, las mesas y

80
las estanterías se consumían a su alrededor. La estancia pronto se convirtió en un
amasijo de humo, ceniza y risas crepitantes.
Ante ella, las llamas dibujaron dos ojillos malignos y una boca torcida.
Mina suspiró. Había invocado, sin quererlo, a un espíritu ígneo. Aunque podía
servir de igual forma a su propósito.
—La biblioteca es mi ofrenda para ti. Devórala y regresa —ordenó, con toda la
autoridad que fue capaz de imprimir a su voz. Pero le temblaban los labios. La
rendija que la criatura tenía por boca se ensanchó, y los chasquidos del fuego
sonaron como una carcajada.

Mina se precipitó fuera de la biblioteca justo a tiempo de girar la esquina del


pasillo y evitar la llamarada que la perseguía. El fuego prendió en el escaso
mobiliario ―las alfombras, las antorchas, los cuadros―, resistiéndose incluso a
abandonar la piedra. Se propagaba como una plaga de gnomos hambrientos,
impulsado por las risas del espíritu ígneo.
No se quedó a contemplar el resultado de su error. Atravesó los corredores
desiertos y bajó las escaleras centrales, donde empezó a encontrarse con alumnos
medio desnudos que dejaban a toda prisa sus habitaciones. Corrían tanto o más que
ella, sorprendidos por las llamas que ya arrasaban la segunda y tercera planta sin
intención alguna de detenerse.
Una vez en el patio, Mina comprendió la magnitud del desastre. El espíritu ígneo
se cernía sobre el gigantesco tejado de la Academia. Había alcanzado un tamaño
descomunal y exhibía su regocijo sin importarle, al parecer, que intentaba devorar
un antiguo castillo de piedra.
Los jardines se abarrotaron de estudiantes que observaban, estupefactos, el
infierno en el que se había convertido su fiesta de fin de curso. Las risas nerviosas y
bravuconadas que se escuchaban no conseguían romper el ambiente de
preocupación.
La chica esbozó una sonrisa tan maligna como la del espíritu ígneo. Había
quemado la Academia, la única institución que ni siquiera las cinco grandes familias
de hechiceros que se disputaban el control del Plano del Mal se atrevían a desafiar.
Cuántos futuros trastocados, cuánto tiempo y conocimiento se perderían. Era la
maldad más retorcida que se le había ocurrido a nadie, obra de Mina Mortem. Y de

81
un hechizo fallido destinado a calcinar la biblioteca, el cual omitiría de su versión.
Tras provocar semejante caos, Ratsy tendría que reconsiderar su expulsión; su
madre estaría orgullosa de ella.
Buscó a Syn entre los estudiantes. Quería contárselo a alguien. Registró los
jardines, con el ceño fruncido, sin hacer caso a los profesores que intentaban poner
calma y orden. No lo encontró por ninguna parte.
Junto a la estatua de una gárgola localizó a su novia, una estirada dos años
mayor que él, quien contemplaba al espíritu ígneo con asombro y reverencia. Se
acercó al trote.
—Eh, ¿dónde está Syn?
—¿Y a ti que te importa? —respondió ella, sin dignarse siquiera a mirarla. Mina
entrecerró los ojos. Le echó las manos a las solapas de la chaqueta y tiró de ella hacia
sí, hasta que sus narices casi se tocaron.
—Es un esbirro de los Mortem, descerebrada. Y si quieres que te lo preste para
que te azote ese culo de masoquista que tienes, más te vale que me digas dónde está.
―La estudiante palideció. Tal vez porque había conseguido intimidarla… o
simplemente porque su apellido lograba en muchas ocasiones lo que su magia no.
—No vino. Quería hacer no sé qué en el laboratorio. Seguro que anda por aquí…
—Mina la soltó y echó a correr hacia el edificio principal, abriéndose paso a
empujones. Cuando Synister se entretenía con sus depravados experimentos no se
percataba de lo que sucedía a su alrededor. Los laboratorios estaban en el sótano, y
el fuego descendía. Si llegaba allí, Syn no tendría por donde salir, y un villano del tipo
científico como él sería incapaz de dominar al espíritu. A juzgar por su tamaño
actual, ni siquiera los grandes hechiceros de la Academia podrían hacer nada más
que mantener a los estudiantes a salvo y permitir que se alimentase. Claro que Mina
no iba a quedarse de brazos cruzados y dejar morir a un alumno. Quizá a cualquier
otro sí, pero no a Syn. El asesinato no era la mejor manera de agradecer la lealtad.
Un profesor intentó detenerla antes de que saltase a través de la puerta
calcinada del vestíbulo. Ni lo logró, ni hizo ningún intento de seguirla.
Mina se encontró de pronto en un sofocante laberinto de rojo y gris, donde todo
se desplomaba a su alrededor. Sin ver apenas por donde iba, caminó agazapada en
la dirección en la que —creía— se hallaba el sótano. El humo le mordía la garganta
y los ojos. Avanzó entre toses, maldiciendo su ocurrencia, hasta que su pie pisó el

82
vacío. Gritó. El golpe contra las escaleras le robó el aire, y su descenso rodante se
llenó de gemidos ahogados.
Se incorporó con los ojos llenos de lágrimas, sin saber si aún tenía todos los
huesos en su sitio. El dolor hacía palpitar cada centímetro de su cuerpo.
Las llamas la habían adelantado, y se extendían por los muebles y taquillas de
los pasillos. Mina cojeó hacia el laboratorio.
—¡Syn! —gritó al llegar a la puerta metálica. Estaba cerrada, y desprendía un
calor infernal. Por las rendijas salía un humo oscuro y denso. ¿El fuego había
entrado? Se cubrió la boca y la nariz con el brazo para respirar a través de la manga
de su sudadera. Solo el profesor Frankenstein sabía qué productos tóxicos había allí
dentro. Tenía que encontrar a Synister—. ¡Syn! ¡¿Me oyes?!
Solo escuchaba los chasquidos de las llamas. Se quemó las manos incluso antes
de tocar la puerta. Mascullando una maldición digna de un malo de película, buscó
algo con lo que abrir el laboratorio. Recorrió con la mirada las paredes, el suelo, las
hileras de taquillas y las estanterías de almacenaje. Nada. Un nuevo acceso de tos la
hizo agacharse todavía más, en un intento inútil de evitar el humo. Sus ojos
repararon en las botas militares que calzaba.
Aunque utilizar su magia era sinónimo de desastre, se le acababan las opciones.
Comenzó a absorber energía. En lugar de liberarla, la dejó acumularse en su cuerpo,
redirigiéndola a sus pulmones y a los músculos de sus piernas, hasta que la envolvió
una desagradable sensación de cosquilleo. Le asestó una patada a la puerta, con la
magia concentrada en ese único movimiento. La enorme chapa de metal se
desencajó de sus goznes y cayó con un sonido ahogado.
Mina retrocedió ante la humareda apestosa que salió del laboratorio. El calor
era insoportable; las llamas lo cubrían todo.
—¡Syn! —volvió a gritar. Se mordió el labio inferior ante el acongojador silencio
y se precipitó en la estancia. No había llegado hasta allí para huir ahora.
Tropezó con algo en la misma entrada, y cayó cuan larga y torpe era sobre la
puerta.
—¡Ahhh! —Rodó hacia un lado. Solo entonces se dio cuenta de que, tendido bajo
la pesada plancha de metal estaba Syn. Se había desmayado—. ¡Mierda!
La chica se cubrió las manos con las mangas para empujar la puerta. Dirigió la
magia a sus brazos y, sin reparar en el dolor que la calcinaba, logró liberar a su

83
compañero. No se detuvo siquiera a coger aire —como si lo hubiera—. Agarró a Syn
por debajo de los brazos y lo arrastró fuera del laboratorio, lejos de ese humo que
bien podía mutarlos o algo peor.
No se le ocurrió tomarle el pulso. Centrada en salir de allí se cargó a Synister
sobre los hombros y avanzó hacia las escaleras. Tenía una fuerza superior a la media,
tal vez de algún ancestro de tipo físico, que siempre trataba de ocultar: estaba mal
visto que las hechiceras se sirviesen de tales bajezas. Su prestigio y poder venían de
la magia. ¿Dar patadas a las puertas y cargar adolescentes? Eso era para villanos de
poca monta.
Al llegar a las escaleras, Mina descubrió el error que había cometido. Sobre ellos
todo era rojo. El paso estaba bloqueado por un montón de escombros ardientes, y el
humo del sótano inundaba el hueco. No había salida.
Una bofetada de resignación le arrebató las pocas energías que le restaban.
Cayó de rodillas. Las lágrimas surcaban su rostro, no sabía si por la humareda o por
la impotencia.
—A…can…tillas… —murmuró Syn. No se atrevió a decirle lo que ocurría—. Las
alcan…tarillas… —Un acceso de tos castigó su intento de hablar.
—¡Las alcantarillas del laboratorio! —exclamó Mina. ¿Cómo no se le había
ocurrido antes? Apretando la mandíbula hasta que le dolió más que el resto de su
cuerpo, volvió a ponerse en pie, a deshacer el camino andado.
—¿Qué… locura has… hecho? —refunfuñó Syn—. Sácame… de aquí…
—¡Cállate! —Ella estuvo tentada de dejarlo caer. A los chicos del Mal no los
mataría adoptar un mínimo de la cortesía propia del Bien en según qué ocasiones.
Las alcantarillas del ala este del sótano pertenecían solo al laboratorio, pues los
vertidos podían resultar tóxicos o mágicos, y era necesario almacenarlos para
arrojarlos después a los océanos del Dicótomo. Mina encontró un acceso a escasos
metros de la estancia. Los segundos que tardó en soltar los seguros de la reja se le
antojaron años. Al percibir la tenue luminiscencia del río de residuos que discurría
debajo de ellos, paladeó un estado muy parecido a lo que los del Bien conocían como
felicidad.
Descendió con lentitud por la escalinata con Syn cargado a la espalda. El chico
se le “resbaló” del hombro cuando solo le quedaban un par de peldaños. Cayó como
un guiñapo sobre el paso alzado al lado del cual fluían los desperdicios del

84
laboratorio. Su gemido ronco la hizo sentir satisfecha.
—¿Es seguro respirar aquí? —Volvió a cubrirse la nariz en cuanto tocó el suelo.
Syn gruñó unos cuantos insultos en varias lenguas.
—Descuida… como mucho te saldrán… cuernos y cola —se burló entre toses.
Cómo lo había espabilado el fresco. Allí abajo el ambiente era cargado, húmedo y
fétido, pero la deliciosa temperatura compensaba las demás molestias.
—Nada que no pueda solucionarse con una sierra y unas cuantas vendas —
respondió Mina—. Vamos. —Se pasó el brazo del chico alrededor de los hombros
para ayudarlo a levantarse.
Recorrieron los doscientos metros que los separaban de la noche alumbrados
por la fluorescencia de las pócimas desechadas y en absoluto silencio, excepto por
el momento en el que Syn vomitó hasta los hígados mientras Mina lo contemplaba
con asco. Para cuando lograron salir, el espíritu ígneo ya ocupaba toda la Academia,
y adquiría el color azul que indicaba que estaba saciado y listo para dormirse.

Mina estalló en carcajadas al contemplar su magna obra. Lo había hecho. Su


maldad truncaría el destino de muchos jóvenes para siempre. Ratsy tendría que
aprobarla. Además, había conseguido poner a salvo a uno de los esbirros de su
familia. Hasta su madre le reconocería el mérito.
A pesar del dolor de sus heridas y del cansancio propio del uso de magia, se
sentía pletórica. Le habría estampado un beso al espíritu ígneo de tenerlo cerca —y
de haber estado hecho de algo menos peligroso que las llamas—.
Se giró para compartir su éxito con Syn. Él, sentado sobre la hierba, la miraba
con una seriedad impropia de su carácter. La sonrisa se le evaporó de los labios, y
hasta la broma que pensaba soltarle le pareció fuera de lugar.
—¿A qué viene esa cara? —protestó, a la defensiva—. ¡Lo he hecho! ¡Algo
grande! ¡Que tiene impacto en el mundo! —Se dio la vuelta y abrió los brazos para
abarcar la Academia con un gesto grandilocuente—. ¡Míralo! ¡Esta es mi obra!
—Mina, has quemado la Academia —dijo su compañero. En su expresión se
mezclaban la incredulidad y la decepción.
—Exacto. ¿A cuántos estudiantes he dejado sin futuro? ¿A cuántos profesores
sin trabajo? ¡Ni siquiera me atrevo a calcular el valor de ese edificio! —No consiguió
disimular la sombra de la vacilación en su voz. «No es posible que hasta esto me haya

85
salido mal».
—A nosotros, Mina. —Ella comprendió de sopetón, y su boca formó una
sorprendida “o”. Syn continuó, frío como el hielo—. Le has asestado al Mal un golpe
del que tardará décadas en recuperarse.
—Yo no… fue un… —la chica calló. Nadie la creería. Incluso si lo hacían, en su
bando no eran proclives a sentir piedad. Clavó una mirada implorante en Synister,
que él no correspondió. Mina sabía que no la cubriría, no mentiría por ella. Ni
siquiera después de haberlo…
«Oh, mierda». Retrocedió un par de pasos, entendiendo al fin la reacción de Syn.
—Fue por interés propio —murmuró.
—Me has salvado. —Solo tres palabras bastaron para hacer caer el mazo que la
sentenciaba. Lo había rescatado, de forma consciente, premeditada y peligrosa—.
Arriesgando tu vida.
—No lo digas —suplicó.
—En un acto de bondad.
—¡No! —gritó ella, inundada de rabia. El destino no podía asestarle semejante
cuchillada.
A lo lejos, colina arriba en el jardín de la calcinada Academia, alumnos y
profesores empezaban a moverse. Ellos estaban en un lateral del edificio. No
tardarían en encontrarlos, y entonces…
—Maldición —el chico trastabilló al tratar de incorporarse—. Estoy demasiado
débil como para atraparte—. Le dirigió una mirada que Mina no supo interpretar—
. Aprovecharás para huir de aquí para siempre, ¿eh, traidora?
—Syn…
Se contemplaron por última vez. La chica no tenía otra salida, y lo sabía. Cerró
los ojos para contener la pena que no debería sentir, se dio la vuelta y se adentró en
el bosque que rodeaba la Academia, en dirección a la ciudad libre de Anarkia, donde
se hallaba el único portal interdimensional que no estaba controlado por las cinco
grandes familias. Tal vez allí pudiese conseguir un pasaje hacia el Plano Dicótomo.
Ya no había lugar para ella en los dominios del Mal.
—¡Te juro que algún día te encontraré! ¡Y pagarás por esto! —Syn le gritó
maldiciones hasta que no pudo oírlo.
Aquella noche comenzó la gran locura en la que se convertiría su vida.

86
***

Pech apoyó un codo en la rodilla y la barbilla en la mano, mientras con la otra


ahogaba de forma intermitente a su improvisado asiento. Suspiró, con una sonrisa
melancólica.
―Tardé más de un año en conseguir huir del Plano del Mal, y sobreviví a duras
penas al resto de mi adolescencia como ilegal en el Dicótomo ―explicó―.
Irónicamente, así fue como descubrí que tenía un talento innato para las artes
marciales y las armas. Y aunque mi hechicería aún es una bazofia, aprendí a
potenciar mis cualidades físicas con la magia.
La chica permitió respirar al chamán, que escupió arena empapada en sangre.
En vez de aprovechar para intentar coger la mayor cantidad de aire posible, soltó
una risotada floja.
―¿La hija de Vila Mortem? ¿Quemar la Academia? Pobre intento de heroína, tú…
Su cabeza se estrelló de nuevo contra el suelo. Pech se aseguró de que esta vez
doliera.
―¡No soy una heroína! ―espetó―. De hecho, me hice mercenaria solo porque un
paladín me insistió tras verme darle una paliza a un par de ladrones. Terminó
liándome y… bueno. Este bando ofrece mayores ventajas: pagan bien y no intentan
matarte si cometes un error.
Pech volvió a preguntarse qué había visto Galias en ella para sacarla de las calles
y acreditarla como cazarrecompensas. Tal vez andaban escasos de personal.
Después de todo, los paladines se valían de héroes y mercenarios para no mancharse
las manos de sangre.
Se levantó, liberando al chamán de su dolorosa llave. Le dio la vuelta con el pie,
y contempló sus esfuerzos por no ahogarse con la tierra que tenía en la boca, hasta
que un destello de luz dorada la obligó a cubrirse los ojos. Se había abierto un portal
desde el Plano del Bien. Pech detestaba la capacidad de los paladines para conectar
los planos donde y cuando quisieran. Dos de ellos cruzaron a través del agujero
interdimensional, uniformados de blanco y con sendas expresiones severas. Los
autoproclamados gobernantes del Bien, seres de luz cuya superioridad moral y física
ensombrecía (y tenía bastante harto) al resto de los mortales. La mercenaria

87
resopló.
―Tu juego se terminó, Pech ―le dijo uno de los albinos. El otro se cargó al
maltrecho chamán al hombro, ajeno a sus quejidos.
―¡Venga ya! ¿Me robáis la presa? ―refunfuñó ella con la sola intención de
irritarlos; solían molestarse si sus rígidas normas no eran cumplidas a rajatabla, y
los cazarrecompensas no tenían permitido matar a sus capturas. Después de todo,
los paladines hacían poco más que imponer justicia a los villanos que se
desmadraban en el Plano Dicótomo. Si héroes, mercenarios o las propias
autoridades locales les arrebataban la única tarea para la que se creían competentes,
la pereza terminaría por empañar sus límpidas almas.
El que parecía ser el líder la fulminó con la mirada desde los tres palmos de
altura que le sacaba. Pech sonrió.
―Tu deber es capturar a los corrompidos, no sentenciarlos ―le aclaró, con la
altanería propia de los de su raza. Justos y puros, su bondad estaba a la altura de su
ego―. No perdonaremos un segundo error.
Tras el recordatorio, le dio la espalda y desapareció por el portal.
Pech agitó la mano para despedirse del chamán.
―¡Saluda al chivato de Synister cuando os encontréis en el infierno! ―gritó, a
sabiendas de que sus palabras enervarían a los paladines aún más.
Después de que el agujero al Plano del Bien se cerrase Pech se estiró, satisfecha
por la cacería. Seguro que ya tendría asignada su siguiente misión, y también su
correspondiente recompensa en el banco. Dinero que pensaba derrochar en ropa y
armas nuevas en cuanto llegase a un lugar habitado.
Se encaminó hacia el quad que había dejado un kilómetro atrás antes de tender
su emboscada. Los jueces del Bien podían vomitar cuantas amenazas quisiesen; aún
le restaban dos errores por cometer, con nombre y apellidos.
Mas su venganza no corría ninguna prisa. Siempre había querido convertirse en
una gran villana, y al fin era la oveja más negra del cerco, aunque para ello hubiese
tenido que cambiar de bando.
Pensándolo bien, tampoco tenía tan mala suerte.

88
Favoritos
Almudena Carrasco Pazos

Era la tercera vez que visitaba Illum en calidad de embajador y mi misión consistía
en conseguir una alianza para la guerra. Debía convencer al En para que dirigiera
sus ejércitos al sur y se repartiera con nosotros el reino de Dellarä, que nos había
declarado la guerra. Una misión harto delicada, pues Illum tenía sus propios
problemas al norte. En realidad, no tenía muchas esperanzas de conseguir nada a
corto plazo.
Todo eso cambió cuando soñé con Ariad. Fue antes de que bailara frente a mí
así que, aunque ya le había visto con anterioridad, no podía colarse indiscretamente
en mi cabeza. Pero me desperté con la convicción de que iba a volver a encontrarlo
y, ¡por Alu-ashar!, entonces bailó para la corte y que los allärd sean testigos de que
disfruté. Era extraño, casi milagroso, ver a un illum con ropa tan ligera incluso si,
para mi frustración, no dejaba piel a la vista. Supongo que sería una retorcida forma
para inflamar el deseo, y habría dado uno de mis dedos jurando que me persiguió
un buen rato con la mirada, como si buscara… No, los illum nunca son tan atrevidos,
ni tan poco sutiles. Me convencí de que estaba imaginando cosas.
Pero no podía sacudirme de encima la sensación de que todavía quedaba algo
por suceder. Algo más importante. Algo que mereciera la pena. Eso me robó bastante
sueño, para ser sincero. No me hacía nada de gracia pensar que cierto allärd había
decidido extender la mano hacia mí una vez más.
De modo que, cuando el En me dijo que tenía un favor que pedirme, me sentí
honrado y aterrorizado a partes iguales.
—Dicen que el allärd de los Milagros siempre responde a tu llamada.
Juro que escuché su risa inmaterial y hasta me di la vuelta para ver si descubría
una sombra o sus largos cabellos en algún lugar del jardín. Estábamos todo lo solos
que pueden estar un En y un extranjero en el palacio. La tropa de sirvientes esperaba
a unos metros de distancia, dándonos «intimidad».
Reprimí un suspiro. Qué otra cosa iba a pedirme el En excepto un milagro.
—Solo a cambio de un precio muy alto, Luminosa Gracia —respondí.
—Se pagará.
—¿Lo haréis vos, Luminosa Gracia?

89
—No, Mir Arsham.
Se detuvo frente a una fuente y dejó que las salpicaduras le refrescaran el rostro.
Se acababa el verano, pero aún hacía bastante calor y el verdor del laberíntico jardín
era de los pocos elementos que me hacía sentir en casa. Supongo que por eso me
llevó allí, quizás con la idea de que estuviera con la guardia algo más baja.
—Me llenáis de curiosidad, Gracia —dije cuando me cansé de escuchar el
canturreo de los exóticos pajarillos de la jaula más cercana.
—¿Recuerdas a Ariad Dusya? —Pensé en los intensos ojos negros del muchacho
y se me erizó la piel—. Claro que sí, casi parecía que quisieras comértelo en el baile
de hace una semana.
Sentí alarma al entender qué favor iba a pedir. Solo había que saber sumar uno
más uno.
—Ariad está enlazado y aquí no permitís varios enlaces, ¿no es cierto? —
Después de aquel baile indagué y averigüé que pertenecía a uno de los seis grandes
clanes. El resto de ellos había rivalizado para tomar por primera vez su mano. En ese
momento no recordé el nombre del afortunado que lo consiguió, pero sí que
pertenecía a una familia de la baja nobleza. Elegirlo fue una bofetada en la cara a la
corte, así como un buen movimiento político. Si Ariad se hubiera comprometido para
su primer hijo con un clan poderoso, se habría puesto a los demás en su contra—.
Claro que al menos no castigáis el adulterio como en Jasdir —reconocí.
Para ellos tener varios enlaces al mismo tiempo era el peor insulto a los ojos de
Alu-ashar. Me apedrearían sin dudarlo.
—Los enlaces pueden romperse, Mir Arsham —respondió el En con suavidad.
No lo vi venir y me quedé en silencio. El En rio por lo bajo, con exquisita
educación illum, que consideraban que lo único que debía resonar alto era la música,
los tambores y trompetas de guerra y los animales.
—No… creo que ganarme la enemistad de cinco de los seis clanes me ayude en
mi misión, Luminosa Gracia —dije con la voz seca.
—¿Ni siquiera si Ariad es el único dueño de la frontera sur? —Arqueé las cejas.
Aquellas que coincidían con Dellarä. Fui a responder, pero los pájaros decidieron
ponerse a cantar armoniosamente. Otra vez. Para mi sorpresa, el En se acercó un
poco a mí y así su voz quedó cubierta cuando susurró—: Comprendo tus reticencias,
pero solo así accederé a un tratado.

90
Me estremecí de felicidad al imaginarme regresando con una criatura de sangre
illum. Todos se morirían por enlazarlo, si tenía la suerte de heredar mi color de piel.
No ganaría ninguna herencia en Illum, por supuesto, a menos que Ariad, su posible
hijo y su hermano de sangre fallecieran, pero la alianza política seguiría ahí. Sin
embargo…
Los Ashur insistían en atacar el norte que se desintegraba desde la muerte de
su último En. Los clanes de Tünira y Xerkas, por su parte, se negaban a arriesgar a
sus ejércitos excepto en el mar interno. Si conseguía enlazarme con Ariad e inclinar
la política de los Dusya —e Illum entero— al sur, tendríamos asegurado como
mínimo el rencor de tres grandes clanes… Además, había otra cosa.
—¿Mir Ariad está de acuerdo?
El En me miró de reojo.
—Mir Ariad estará esperándote mañana, dispuesto a recibirte con los brazos
abiertos y un tratado para que su ejército ayude a tu En cuando más le convenga,
Mir Arsham. Solo tienes que hacer tu trabajo.
Eso estaba muy bien. El problema era si Ariad podría realizar el suyo.

Al día siguiente, la escolta real me llevó hasta el magnífico, aunque


exageradamente austero, palacio del clan de Dusya. Se levantaba sobre una de las
cuatro grandes colinas de la capital, con magníficas vistas al mar interior y un
acantilado que debía haber inspirado más de un trágico romance entre los poetas de
Illum, en especial con el inmejorable modelo que era Ariad Dusya.
Con la cabeza más despejada, comprendí que el En y Ariad planearon aquel baile
para impresionarme. Encontré encantador imaginarlos frente a frente discutiendo
cómo engatusar al exótico extranjero y decidiendo que sólo podían confiar en los
encantos de Ariad. Bien, todavía hoy tengo grabada la imagen y recuerdo de las
flautas y los tambores, el horrendo calor que hacía y los intensos ojos negros de
Ariad. A veces los tópicos dan asco porque se cumplen. Y ¿quién puede culparme?
La corte Illum es tan seca y lacónica que cualquier fiesta animada es digna de
registrar en una crónica.
En realidad, bailó para algo más que llamarme la atención. Fue un toque para el
propio Ariad, pues el En lo preparó todo para que danzara junto a su hermano de
sangre del clan Ashur. Una suerte de recordatorio de lo que se estaba jugando,

91
supongo.
Fue un espectáculo extraño por la tensión a duras penas contenida que se
respiraba. El Ashur casi no pudo soportar la ferocidad de los tajos de Ariad, que
hacían saltar chispas cuando sus espadas se encontraban, y durante los grandes
saltos, algunos de los cuales terminaban con ambos de rodillas y dándose un impulso
para ponerse de puntillas sin aparente esfuerzo, dio la impresión de que de buena
gana le habría hundido la hoja en el cuello de Ariad.
Al terminar la danza, los dos realizaron la obligada reverencia ante el En y se
inclinaron entre sí. Luego el hermano de Ariad se retiró sin apenas dedicarle
atención. Un gesto burdo cuanto menos, pero comprensible. Ambos pertenecían a
uno de los grandes clanes de Illum, pujaban por un puesto en el Consejo del En a un
edad ridículamente temprana y eran grandes políticos. Pero…
—Quiero a Mir Ariad en mi Consejo —me despidió el día anterior el En—. Y tú
también, Mir Arsham. Si el clan Ashur sienta a su niño en el Consejo, las relaciones
con el sur dejarán de tener prioridad. ¿Comprendes?
Lo comprendía. Era el favorito pero su hermano ya había engendrado un hijo,
que solía llevar siempre en brazos, y su enlace exhibía su vientre con toda clase de
adornos y vaporosas telas chillonas.
Ariad, por su parte, ya rozaba los veinte años y todavía no había engendrado.
Esos nobles que lo habían cortejado comenzaban a sonreír tras los velos y los
abanicos, preparándose para la gran caída que le aguardaba.

La litera me dejó en la muralla exterior, decorada con altorrelieves de la


serpiente-dragón Dusya. En el jardín había una estatua de Alu-ashar sobre cuyas
rodillas descansaban los dos primeros mortales, antepasados de los Kin. En mi tierra
solíamos representar también al mezquino tercer hermano, que pretendió dejar la
tarea de poblar la tierra en manos de los primeros. Como castigo, Alu-ashar lo separó
en Enner y Unner y lo condenó a suplir esa tarea mientras sufría por su deformidad
e incapacidad de volver a ser una criatura completa. Desde entonces, los Unner solo
parían hijos y los Enner, los daban.
No consigo decidir qué destino es peor, pero si me jugara un brazo, diría que los
Enner me resultan más grotescos, tan altos y burdos. Para colmo, en Illum los
obligaban a que fueran afeitados como si se tratara Kin o Unner. En Esrad dejábamos

92
que llevaran la barba trenzada. Es definitivamente de mejor gusto. ¿Para qué hacer
que finjan que son algo más? Claro que no soy quién para hablar. De joven, quizá por
morbo, tuve sexo con un Unner. Para no notar la ausencia de pene lo obligué a
ponerse bocabajo y fingir que era uno de nosotros. Realmente patético.
Entré al palacio y, por supuesto, había Unner con el traje ceremonial rojo de la
fertilidad, llenándolo todo con sus curvas y caderas. No importa el reino, siempre
acompañan a los Kin que pretenden quedarse preñados. Ya que dan a luz como si
fuera sencillo, qué menos que su influencia lo haga todo un poco más llevadero. Yo
creía imposible que su presencia afectara a nuestro cuerpo pero aprendí la lección
tras mi primer parto y para el segundo me rodeé de Unner. La diferencia fue notable
y también alimenté mejor a mi niño.
En las escaleras de la entrada, cumpliendo con su papel de administrar el hogar
de los Dusya mientras viviera con ellos, aguardaba Cynar. El Kin a quien venía a
desbancar. Llevaba un cinto con el amuleto del allärd de los niños y se acariciaba la
tripa. Me pregunté cuánto odiaría Ariad esos gestos inconscientes y si por eso Cynar
no llevaba vestidos que enfatizaran todavía más su vientre.
Me puse de rodillas. Todos, incluso si habíamos tenido niños, debíamos mostrar
nuestro respeto ante los bendecidos. Los únicos con derecho a recibir de pie a un
embarazado eran otros embarazados.
—Bienvenido a nuestro hogar, Mir Arsham—dijo con voz demasiado suave y
aguda, probablemente por influencia del embarazo y de la presencia de los Unner.
Se notaba que era delgado y equilibrado, pero sus rasgos se habían ablandado y se
le marcaban exageradamente los pechos y las caderas—. Nos honras con tu visita.
Se llevó la mano derecha, tatuada con un complejo entramado de ramas negras,
a la frente.
—El honor es mío —respondí, imitando el saludo con mis dos manos, que luego
le ofrecí mientras hundía la cabeza.
Un Unner me espolvoreó aceite perfumado sobre las palmas. Las froté y solo
entonces, purificado de posibles males que pudieran dañar al bebé, Cynar me tocó
las puntas de los dedos.
—Mi enlace te recibirá ahora pero antes… Mir Arsham, quiero pedirte un favor.
—Cynar se detuvo sobre el escalón más alto de la escalera, decorada con grabados
de fertilidad entre motivos vegetales—. Quiero… que sepas que no te ganarás mi

93
inquina. Quiero… quiero que salves a Ariad.
No le creí. Todos los enlaces se van cuando se da a luz y, en ocasiones, volvían a
rehacerse. Pero con lo que se me estaba pidiendo, Cynar caería en desgracia para el
resto de sus días. ¿Quién querría enlazarse con un Kin incapaz de dar hijos? Porque,
si todo salía como pretendíamos, sería Cynar quien cargaría con la culpa de la
esterilidad.
—¿A Ariad o su posición?
Cynar sonrió con tristeza.
—Para Ariad es lo mismo.
—Haré lo que esté en mi mano.
Todavía hoy no sé qué pensó de mí. Se limitó a cumplir con su papel de anfitrión,
llevarme hasta los aposentos de su enlace y dejarnos a solas.
Ariad me recibió vestido con una rígida túnica que enfatizaba su esbeltez.
Aproveché para examinarlo de cerca y me gustó lo que vi. De piel fina, tenía los
rasgos armoniosos y esos cautivadores ojos oscuros. El cabello, negro y lustroso, se
le derramaba sobre los hombros con libertad, como para compensar el resto del
atuendo. Al contrario que con Cynar, más moreno, la blancura hacía que se
enfatizara la desnudez de la mano derecha. Casi me sentó mal ofrecerle las mías a
modo de saludo. Nosotros no nos tatuamos pero las muñequeras con las runas y
hechizos de protección y salud hablan por sí mismas.
Ariad me sirvió vino y viandas, hizo preguntas cuando debía hacerlo y dejó
escapar una dulce risa tras algún que otro chiste. Tenía la voz perfecta, ni muy clara
ni muy grave, e imaginé que oírle cantar debía ser una delicia. Lástima que los illum
tuvieran esa ley no escrita de no elevar la voz.
—He oído que atravesaste los Dientes de las Furias y conseguiste sacar adelante
la mayor parte de la flota.
—Flota —repetí, divertido—. Perdimos la mayor parte de nuestros remos y
creímos que era el fin.
—¿Fue entonces cuando rezaste al allärd de los Milagros, Mir Arsham?
E íbamos llegando a lo interesante.
—Así es. No al allärd del Mar, ni tampoco al de los Vientos o al de la Fortuna.
¿Sabes por qué?
—¿Porque solo pueden hacer lo que les permite la naturaleza?

94
—Así es. En cambio, un Milagro… Es exactamente eso. Un Milagro. Algo casi
imposible. Pero un Milagro sólo puede darse cuando hay una mínima, aunque sea
remota, posibilidad de éxito. El allärd danza entre las fronteras de la certeza y lo
imposible, Mir Ariad.
—¿Es cierto que se apareció ante ti? —preguntó, con un leve temblor, si bien su
rostro se mantuvo sonriente y tranquilo.
—Eso creo. Estaba muerto de sed, cansado, herido y convencido de que nunca
más vería a mis hijos, así que bien podría haberlo alucinado —respondí. Lo había
contado tantas veces que ya no estaba seguro de si había enriquecido demasiado la
narración o no—. Perdimos la mayoría de los remos en los Dientes y solo pudimos
dejarnos arrastrar por el viento, que dejó de soplar para nosotros a media mañana.
Apenas si nos quedaba agua y el sol, Alu-ashar lo guarde, no nos había dado tregua.
Rezamos por la llegada del dulce Crepúsculo y su cara oscura, pero se hizo de rogar.
Ya se sabe que los hijos de Alu-ashar no escuchan casi nunca a los mortales. —Decidí
ahorrarle los detalles de los huesos astillados, los guerreros desangrándose y
suplicando por agua. No era lo que le interesaba—. Cuando la Noche se apoderó del
cielo y tampoco nos bendijo, nos agotamos de rezar. Entonces le vi a mi lado.
Ariad se acarició la mano derecha.
—¿Cómo era?
—No muy alto, delgado, de pelo largo y negro. —Como tú—.
Sorprendentemente… ligero de ropas. —Puede que la imaginación me jugara una
mala pasada. La mayoría de los remeros Enner se habían quitado las túnicas y me
estremecían sus pectorales y cuerpos forzudos. El allärd en cambio era equilibrio y
perfección, de pechos pequeños, el pene desdibujado tras las sedas y piernas
largas—. Supongo que recordaba a las representaciones de Alu-ashar. Lo que mejor
recuerdo es su sonrisa. Era una sonrisa cruel.
—¿No temes que se ponga en tu contra por decir tales palabras?
—Cometemos tantas herejías que si los allärd las tomaran en serio, todos
estaríamos muertos.
Ariad rió y, risueño, dijo:
—Sin duda estarás cansado de estos rodeos, Mir Arsham.
—No tengo problema con ellos, estoy aquí para servirte por orden del En.
Lentamente se le hundieron un poco los hombros.

95
—Tengo el tratado preparado. Si además necesitas algo, puedo concedértelo.
—En ese caso, debo hacer una pregunta incómoda.
—Quieres saber si el niño de Cynar es donación mía. —Estaba tenso, pero no a
la defensiva—. Hasta donde sé, sí. Mi progenitor dio hijos, como bien puede
atestiguar mi hermano de sangre. El problema de los Dusya radica en… la
concepción.
—¿Por qué no con un Enner?
Había que caer bajo en Illum para arriesgarse a parir sangre inferior, pero los
Enner y los Unner llevaban tropas de niños detrás cuando nosotros, con suerte,
podríamos llegar a tener y dar unos tres o cuatro y solo tras largos intervalos. Yo
mismo tenía dos hijos preciosos y me había costado diez años. Quién pudiera tener
siete u ocho.
El largo silencio de Ariad habló por sí solo.
—¿No prosperó? —pregunté.
Nunca había perdido un hijo y no podía imaginar lo que debía ser. Incluso si
tenía parte de Enner.
—Aborté el mes pasado y lo considero una señal de los allärd. No tengo
hermanos, no tengo tíos, no tengo herederos, mi abuelo falleció hace un año y si no
puedo tener descendencia, pasaré al clan de mi donador. —Apenas si logró contener
una mueca de disgusto. Asentí, comprensivo. Lo sorprendente era que Ariad no
hubiera pasado inmediatamente al cuidado de su donador una vez murió su
progenitor. Quizás fue gracias a su abuelo—. Pero tú eres un favorito del allärd de
los Milagros y has tenido… mucha descendencia. También la has dado. —No pude
evitar sonreír—. A cambio de eso, seré tu aliado. Pero solo si los Dusya siguen
existiendo.
Uní las manos y apoyé los labios contra ellas. Me pregunté si habría habido otros
abortos. Alguien como Ariad seguramente habría querido afirmar cuanto antes su
línea de descendencia y si Cynar estaba dispuesto a dejarme sustituirle…
—Mir, ¿sabes qué me dijo el allärd aquella noche? Me dijo que haría volver el
viento y que nos daría remos suficientes. Pero que habría que pagar un precio…
porque ningún Milagro es gratuito.
Su cara no se alteró. Una parte de mí quería creer que se debía a que no sabía lo
que era la muerte. La otra recordó las intrigas que se daban en la corte y que no era

96
fácil sobrevivir a un aborto o contemplar a tu retoño muerto en medio de un charco
de sangre. No al menos con la suficiente entereza para sonreír y bailar al cabo de
unas pocas semanas.
—¿Qué sucedió?
—Oh, sólo una tormenta y la mayor parte de las galeras hundidas. La madera
flota bien y obtuvimos más material para remos del que necesitábamos —Se me
había secado la boca, pero me resistí a beber—. Nunca lo olvidaré, Mir. Tantas
muertes…
—Rezaré por sus almas —murmuró Ariad, que había palidecido un poco.
—¿Sigues pidiendo ayuda a mi querido allärd?
Ariad desvió la mirada hacia unos bustos que adornaban las paredes. Ancestros,
claro. El último debía ser de su progenitor por el ridículo parecido. Me dio un vuelco
el corazón al darme cuenta de que casi aparentaban tener la misma edad. Solo unos
pocos años más. ¿Qué sentiría al verlo todos los días?
—Haré lo que sea.
—¿Cualquier cosa?
—Cualquiera.
—¿Ahora mismo? —Asintió. No creía que comprendiera que el allärd pedía
siempre un salto de fe. Quizás lo hubiera hecho ya al acostarse con un Enner, quién
sabía, pero debía asegurarme de que de verdad estaba dispuesto a todo—. ¿Te
desnudarías ante mí?
Ariad se puso rígido y estuvo a punto de perder el control. La estricta
vestimenta de los illum era infame en otros reinos, tanto que en una ocasión le
pregunté al En si era cierto que una turba furiosa despedazó al amante de un antiguo
En por atreverse a mostrar los tobillos. El En respondió, divertido, que más me valía
no comprobar cuándo se podía ofender un illum en cuanto a etiqueta. Tomé nota del
consejo.
Ariad se incorporó con lentitud y se abrió el cuello del traje. Dejó al descubierto
una piel algo enrojecida por la presión, pero fina y suave. Luego tiró de los lazos de
la túnica inferior y pude ver unas clavículas delgadas, unos hombros ni muy anchos
ni muy estrechos. Noté la forma de los pequeños senos, mucho más adecuados para
la moda illum que los míos.
—Basta. —Le detuve antes de que los dejara al descubierto—. Te creo. Siento

97
haberte pedido esto.
Sonrojado, se cerró con firmeza la ropa y bajó las manos para dejarlas en los
reposabrazos. Le temblaban los dedos por la humillación.
Intenté convencerme de que no esperaba quitarle yo la ropa la noche de la
concepción, o las posibles noches, pero me habría estado mintiendo.
Ahora tenía que compensar mi acción. Me arrodillé para tomarle la mano
derecha con delicadeza.
—De ahora en adelante y hasta que nuestro intercambio se cumpla, te
pertenezco.
El rostro de Ariad cambió. Sus labios se curvaron en una sonrisa que me dejó, lo
reconozco, quieto en el sitio. No habría imaginado que pudiera mostrar tal regocijo
y posesividad.
Entonces no terminaba de comprender el abismo que se abría ante Ariad hasta
que llegué yo. De no haberlo hecho su hermano de sangre, habrían sido otros nobles
los que habrían alzado el dedo contra Ariad. La misma familia de Cynar no estaba
muy contenta con su incapacidad para engendrar y hasta el En habría tenido que
darle la espalda de no haber tenido un descendiente, porque significaría que Alu-
ashar lo había abandonado.
Todo eso lo sabía, pero no lo sentiría en mis carnes hasta la noche del rito,
cuando Ariad me hundiera las uñas en la espalda de pura desesperación, como si
esperara que acercándome a su interior fuera a asegurarse de que funcionara, que
pudiera tener un bebé.

La ceremonia fue sencilla, en la capilla de los Dusya. Cynar estuvo presente


durante la primera parte para demostrar su renuncia a Ariad. Cuanto más lo pienso,
más me gustaría tener un enlace tan fiel y comprensivo. Todavía hoy en día me
siento culpable por lo que le hicimos.
El allärd de los Milagros no tiene ninguna clase de estatua votiva, ni tampoco de
símbolo con la excepción de un par de runas. Así es de extraño, que rezamos por su
aparición solo cuando de verdad no nos quedan más salidas. El resto del tiempo
podemos ignorarlo y, sospecho que por eso es tan cruel cuando se digna a prestar
atención.
Rezamos y dejamos claras nuestras condiciones. No es que nos fuera a hacer

98
caso, no se puede negociar con un allärd pero sí asegurarnos de que quede claro lo
que deseamos.
—Que pueda continuar el clan Dusya durante generaciones mediante mi
vientre antes de la llegada del nuevo año —suplicó Ariad.
Era ambiguo pero sólido hasta cierto punto. Si le pedíamos un bebé, bien podía
morir antes o después de nacer. Si pedíamos que Ariad pudiera tener descendencia
viva, podía tardar años en cumplir el requisito. Pero la continuación del clan Dusya
en menos de un año solo podía cumplirse de una forma y exigía que el bebé creciera
y fuera fértil.
Nos inclinamos ante el altar, mostramos nuestras nucas y ofrecimos nuestras
manos. Repetimos cuatro veces la oración: por el Amanecer, el Día, el Crepúsculo y
la Noche, los cuatro hijos de Alu-ashar.
Después, Cynar le devolvió a Ariad la cadena que llevaba bajo el cuello, a juego
con la de su enlace. Sintiéndome intruso, retrocedí. No es que Cynar tuviera que
abandonar el palacio inmediatamente; esperaría hasta que naciera su bebé,
momento en que terminaría su enlace. Pero a la hora de la verdad, querían hacerlo
bien para que nadie pudiera acusar a Ariad de infidelidad durante el contrato.
Se susurraron unas palabras, Ariad acarició la mejilla de Cynar y luego su
vientre. Cynar sonrió, digno y tranquilo, y le besó la mano tatuada. Después,
abandonó la capilla y Ariad se me acercó con solemnidad y me pasó la cadena por el
cuello. En otra ocasión habría hecho algún chiste jocoso sobre la esclavitud y la
forma de enlazamiento de los illum, pero había dolor frío y contenido en los ojos de
Ariad. Así que me callé y guardé la delicada cadena a buen recaudo bajo la ropa.
Todavía mantenía el calor de Cynar.
—Vamos.
El En ya había firmado el documento que debía expedirse si un noble pretendía
establecer un enlace con un extranjero, así que solo restaba el acto. En sus
aposentos, Ariad se despojó de la ropa con brusquedad antes de que yo pudiera ni
levantar las manos.
Como había imaginado, era precioso. Y como si fuera precioso lo traté,
intentando que al menos disfrutara un poco. No sé si llegó a llorar. Delante de mí, al
menos, se esforzó por no hacerlo y por mostrarse dispuesto a recibirme una y dos y
tres veces. Al final le convencí de que teníamos más noches para intentarlo.

99
—Duerme —le recomendé—. El estrés no te ayudará con nada.
Retiré las sábanas.

—¿A dónde vas?


—A otro dormitorio —respondí con suavidad. No era agradable dormir con
alguien que daba un respingo cada vez que lo acariciaba.
Ariad se incorporó y me cogió por el brazo.
—No. No te vayas. Lo siento. Solo necesito… un tiempo.
Reconozco que me alivió que me dejara quedarme en su lecho, pero el vacío que
había dejado Cynar era demasiado grande para que yo lo llenara. Tampoco me
importó demasiado. Había llegado todo tan de sopetón que todavía no estaba seguro
de si era cosa del mismísimo allärd que estuviera allí, contemplando en medio de la
penumbra los rasgos de Ariad. La posibilidad me dejó muy mal cuerpo.
Puede que por eso tuviera la pesadilla.
Había participado en un par de entierros illum, claro. Es inevitable cuando se
visitan las cortes ajenas. Siempre hay alguna muerte a la que acudir. Con todo,
recuerdo los pequeños elementos del sueño casi de una forma macabra. La ropa de
Cynar, completamente gris y repujada con madreperlas, y el velo que le cubría la
cara y se inflamaba con el viento como las velas de un barco fantasma. Yo también
estaba de luto y a veces todavía creo que puedo rememorar el peso del niño en mi
interior y me duele el vacío que me asalta después. En la fila de enfrente esperaban
los Ashur, con el hermano de sangre de Ariad detrás de su progenitor velado.
Y luego estaban las flores. Todas más blancas y pequeñas que las estrellas.
Salieron volando cuando arrasó una corriente de aire y abandonaron la camilla en
la que trasladaban el cuerpo. Incluso en la muerte, con anormal piel de alabastro,
estaba hermoso, todavía con el vientre hinchado del parto. Pensé que, al menos, no
iba al otro lado con su criatura.
No consigo rememorar la letra del poema, pero sé que alguien cantaba una
pequeña y triste oda a Ariad. Pero sí recuerdo la figura sobre el templo, sonriente y
que canturreaba un himno burlón al alma de los fallecidos. Y acunaba entre sus
brazos a un bebé.
Me desperté cubierto en sudor, dando un espasmo tan fuerte que Ariad abrió
los ojos. Se levantó sin decir nada y me sirvió un poco de agua. Cuando nos

100
acostamos de nuevo, me cogió la mano y no supe bien si era Ariad quien me sostenía
a mí, o yo a Ariad.

—Mentiste, ¿verdad?
Habíamos decidido que la ciudad entera tenía que saber de nuestro milagro, así
que el En nos prestó una de sus embarcaciones. Había mandado tender un toldo y
Ariad estaba acomodado debajo en una silla, vestido con colores verdes y rosados
que anunciaban la buena nueva. Sonreía a los lados y si la gente lo llamaba desde las
orillas, saludaba. Sus criados acompañaban a pie la embarcación y repartían pan y
vino entre las gentes.
—¿Sobre qué? —respondí, sentado a su lado con desparpajo. Ya que había
recibido todas las miradas fulminantes de la corte, ¿qué menos que demostrar que
estaba muy cómodo en mi nueva posición?
—Sobre la tormenta. Dudo que enfurecierais lo suficiente al allärd de los
Vientos para que os abatiera con una tormenta tras una calma chicha y que
sobreviviera precisamente tu galera.
Suspiré, arrojé el hueso de la manzana que había degustado al agua y me limpié
las manos con un pañuelo. Hacía un calor insufrible y nunca entenderé cómo Ariad
no era un charco de sudor bajo todas esas capas de ropa, por finas que fueran. Le
acaricié el pelo y luego posé la mano sobre su tripa. Se notaba un pequeño
abultamiento que me hizo sonreír.
—Fue un milagro —respondí con la voz más temblorosa de lo que me hubiera
gustado—. Las galeras hicieron aguas. Sin más. Habíamos superado a duras penas
los Dientes así que debieron debilitarse entonces. O puede que no. Puede que el
allärd agujereara los cascos y esperara, riéndose de mi cara de horror y que yo oyera
su risa cada noche durante semanas después de llegar a tierra. Cada noche.
Inventar una tormenta hacía que doliera menos. Así no tenía que pensar que
por mi súplica murieron… maté a tantas personas.
Ariad me miró con lástima.
—Ser favorito nunca trae felicidad.
Le devolví la mirada. Pensé en las palabras del En, en cómo deseaba a Ariad en
su Consejo, y asentí con lentitud.
No quise comentar qué sucedería si se cumplía mi sueño. Lo sabía bien.

101
Cerré los ojos. Oía una risa de regocijo.

102
El dragón solitario
Sandra Ferreiro (Sindy B.)

Alguien los observaba.


El fin estaba cerca en la batalla que marcaba el fin de una época y el principio
de otra. El valeroso guerrero portaba su espada de madera, decorada con las
primeras flores Iléi del año. El dragón, por su parte, mantenía su posición frente a él
con creciente indecisión ante los vítores del público, dirigidos claramente a su
oponente.
Todos los años había demasiadas peticiones para representar al guerrero y
ninguna para representar al dragón. Maw, el niño que interpretaba el tan ansiado
papel, lo había conseguido con esfuerzo y dedicación, mientras que Row estaba allí
por obligación y azar. Le había tocado a él y debía hacerlo.
—¡Acaba con el dragón! —se emocionó una mujer de la tribu.
Sus cabellos rojos resplandecían a la luz de los frutos luminosos que colgaban
de las ramas que cubrían el claro del bosque. Ella y todos los miembros del clan se
sentaban en círculo alrededor de los dos actores. Cuando alguien empezó a dar
golpes en el suelo, emocionado, todos lo imitaron.
Row deseaba estar castigado en su humilde choza o en lo alto de las ramas del
bosque, donde nadie se atrevía a subir, antes que bajo las miradas enloquecidas de
quienes los observaban.
Y la sensación de ser observado por alguien persistía.
—Por nuestro hogar, nuestro Bosque sagrado que tantas veces habéis
amenazado con vuestro fuego —interpretó Maw su papel—, ¡yo te destruiré, último
de los dragones!
—Una espada de madera no podrá atravesarme —respondió Row con una
firmeza que no sentía.
—No es una simple espada de madera, dragón. ¡El Bosque nos protege y nos da
su poder!
Y rozó con los dedos las flores Iléi de su espada, como si fuesen a resplandecer
como en la leyenda.
—Unas flores no evitarán… —a Row le parecía que la actuación se volvía más
irreal por momentos—… que destruya vuestro Bosque.

103
Los continuos e irregulares golpes contra el suelo se hicieron más fuertes. La
tierra temblaba y todas las criaturas de Dasoria, el Bosque sagrado, despertaron.
Ahora eran cientos o miles los pares de ojos que los observaban y, sin embargo,
seguía habiendo una mirada que destacaba entre las demás.
El clan, además de hacer vibrar la tierra, comenzó a entonar un suave canto.
Todo eran vocales dulces y melodiosas que pretendían ser lo opuesto a un rugido de
dragón. Hacía cientos de años que Kaw había derrotado a la última de estas criaturas
y nadie podía recordar cómo rugía un dragón, pero debía de ser un sonido oscuro,
áspero y tenebroso.
Los seres del Bosque imitaron a los humanos con sonidos; todos eran criaturas
de Dasoria y un vínculo las unía. El propio Bosque parecía despertar con esta
llamada, las hojas de los árboles temblaron y algunas cayeron, dejando nacer otras
de colores más brillantes.
Era de noche, pero la luz de Dasoria daba vida incluso al aire.
—¡Nuestro Bosque nos protege! ¡Tu cielo no puede ayudarte bajo nuestros
árboles!
Siempre el mismo espectáculo desde hacía siglos, Kaw enfrentándose al último
dragón con la ayuda de Dasoria y el dragón saliendo derrotado de la batalla.
Row, como tenía que ser, llevaba toda su vida odiando a los dragones y
aclamando a Kaw, quien había conseguido despertar a Dasoria él solo para derrotar
a su enemigo. Pero de repente dudaba, de repente Row se sentía como si después de
aquella noche también él saldría derrotado como el dragón.
Iba a decir las palabras que le correspondían a continuación, pero ya nada tenía
el mismo sentido.
—¿Cómo puede hablar un dragón si se supone que de su boca solo salen los
oscuros rugidos de más allá del cielo? —dijo sin pensar.
Eso se lo había preguntado a su abuela una noche de tormenta, hacía algunos
años, en la que los truenos se parecían demasiado a lo que debían de ser los rugidos
de un dragón. Su abuela le había dicho que si fuese un dragón, anunciaría el caos con
su oscura voz. Pero para Row no tenía sentido que un dragón pudiese hablar si solo
causaba el caos, porque para él las palabras eran un don de Dasoria. Como respuesta,
su abuela le prohibió que preguntara cosas que pudiesen ofender al Bosque sagrado.
—Eso mismo me pregunto —improvisó Maw— y prefiero no conocer su oscura

104
respuesta.
Después le lanzó una mirada de advertencia a Row. Él asintió y trató de
concentrarse, pero la inquietud lo invadió al sentir de nuevo una penetrante mirada,
esta vez sin duda clavada en él.
Maw alzó la espada con maestría y la dirigió hacia Row. No había peligro, pero
Row la esquivó quizá porque había nacido con la desgracia de ser alérgico a las flores
de Iléi o quizá por lo nervioso que estaba.
El público gritó indignado y Row aprovechó esos segundos de desconcierto para
mirar a su alrededor. Vio a Wae, la hija de los jefes de la tribu y para él la más
radiante dama de cabello rojizo. Ella lo miró decepcionada por haber esquivado el
golpe que pondría fin al ritual y daría comienzo a los demás festejos.
A veces, Row sentía que lo miraban como si él fuese un dragón. No por su alergia
a las legendarias flores que habían derrotado a la última de estas criaturas aladas,
tampoco porque estuviese interpretando a una. No, él sentía que lo miraban como a
un dragón porque, sin pretenderlo, Row veía más allá de unos horripilantes
monstruos de los cielos.
Ante la mirada de Wae, bajó un poco la cabeza, aunque esos no eran los ojos que
necesitaba encontrar en ese momento.
Maw volvió a la carga y Row estaba dispuesto a aceptar el roce de las flores que
le dejarían la piel dolorida durante varios días. Pero entonces, los vio. No distinguió
su color o a quién pertenecían, tampoco hizo falta. Aquella mirada poderosa y
profunda lo hizo olvidarse hasta de su propio nombre. En ese instante sintió que ya
no era Row el raro, el diferente, el dragón. En ese instante sintió que alguien veía a
través de él y no lo juzgaba, más bien lo invitaba a dejar salir sus impulsos más
escondidos, los que ni él mismo sospechaba que tenía en su interior…
Dejó de ver aquellos poderosos ojos.
Maw deslizó la espada hacia Row y los golpes en el suelo se aceleraron.
Entonces, una llama de fuego surgió entre Maw y Row. ¡Fuego! Los cánticos cesaron,
todo se detuvo; hacía tanto tiempo que no se encendía un fuego en Dasoria que nadie
supo cómo reaccionar. Los animales fueron los primeros en desaparecer, después
llegaron los gritos humanos. Eran gritos de horror, de malos presagios y preguntas
sobre cómo apagar esa llama infernal.
—¡Agua! —exclamó sabiamente un anciano.

105
Maw se había caído hacia atrás de la impresión, pero Row seguía firme,
hipnotizado por la belleza de la llama que en los demás causaba desesperación.
—¡Apártate del fuego, chico! —gritó alguien.
Row fue consciente entonces del caos y empezó a asustarse. No tardó en ver a
algunos que lo contemplaban con horror creyendo que Row tenía algo que ver con
la aparición del fuego. Él dio varios pasos hacia atrás y cuando la oscuridad del
Bosque más allá del luminoso claro lo cubrió, echó a correr.
—¡Row! —Escuchó.
Pero nadie pudo detenerlo antes de que se perdiese entre los árboles.
Sus pies avanzaban solos y la cabeza le daba demasiadas vueltas. Temía haber
enfadado a Dasoria con su comportamiento o incluso algo peor; que los dragones
resurgieran de aquel fuego.
Algunos frutos luminosos iluminaban de vez en cuando su camino, pero él no se
fijaba en nada, solo sabía que corriendo se sentía más ligero.
Después de un tiempo corriendo, ante él surgió una torre de piedra tan alta que
sobrepasaba la copa de los árboles. Row se detuvo. Aquella construcción era un
vestigio de un tiempo antiguo de damas, caballeros y dragones; era lo único que
quedaba para demostrar que había habido un tiempo en el que mirar al cielo era
habitual y no aterrador. Se decía que una solitaria mujer habitaba la torre, pero, que
se supiera, nadie había entrado para comprobarlo. Era una historia antigua de esas
que a Row le gustaban cuando debían asustarlo.
La puerta de la torre estaba abierta.
El fuego, la huida y ahora la puerta abierta… Row se acercó a la torre y entró; ya
se había asustado lo suficiente por un día. Empezó a subir una interminable escalera
de caracol con escalones de piedra. Llegó al último y empujó una puertecita de
madera. Al otro lado, había una habitación con libros y muebles de los que había
oído hablar en los cuentos. Dos antorchas con fuego iluminaban el lugar; más fuego.
Intentó no acercarse a las llamas y cruzó la habitación para asomarse a la ventana y
ver lo que nadie en su clan había visto nunca; el cielo.
Se maravilló. Faltaba poco para que la oscuridad de la noche se retirara, pero
las estrellas todavía brillaban en el horizonte infinito. Row imaginó que las estrellas
eran los ojos del cielo…
—Hermoso, ¿verdad? —dijo una voz.

106
Row se giró de inmediato y vio en la puerta a una mujer. No parecía
especialmente mayor, pero aunque no tuviese arrugas, su pelo era blanco y su
mirada… su mirada era antigua y profunda, como si hubiese visto más de lo que
debería. Era la misma mirada que lo había observado durante el espectáculo.
—¿Es usted la señora de esta torre? —preguntó Row con precaución.
Sabía que no pertenecía a su tribu, por lo menos desde que él había nacido,
porque nunca la había visto.
—Llámame Elis —respondió con una sonrisa.
Se alejó de la puerta y se sentó en una silla mientras cogía un libro y lo hojeaba.
—No te puedes llamar así —se extrañó Row, que no se había movido de su sitio.
Elis alzó la mirada y Row no supo decir de qué color eran sus ojos.
—¿Por qué? —cerró el libro.
—Las… las personas usan nombres de tres letras.
Elis se levantó y se acercó lentamente a él con una sonrisa.
—Las plantas reciben nombres de cuatro letras, no las personas —continuó
Row sin inmutarse.
—¿Y para quiénes son los nombres de cinco letras?
Estaba casi a su lado.
—Para —tragó saliva— los animales.
Elis, ya junto a él, se asomó por la ventana sin temor a caerse.
—Y las siete letras se reservan para Dasoria… —suspiró la mujer viendo las
copas de los árboles.
Row dio un paso hacia atrás y buscó la puerta con la mirada.
—Y nos quedan las seis letras que tanto os gusta evitar… ¿Recuerdas para qué
nombres se utilizaban?
—Para los dragones… —contestó él en voz baja.
Elis se apartó de la ventana y cogió el libro que había estado hojeando antes.
—¿Has visto alguna vez un dragón?
No hizo falta que Row respondiera, ambos sabían la respuesta. Elis abrió el libro
y le mostró una ilustración.
—Esto es un dragón.
Row tembló al ver los afilados colmillos y las poderosas garras de la criatura.
—Seres de fuego y de escamas de oro —recitó ella—, no pobres muchachos

107
parloteando en el claro de un bosque.
—Dasoria no es un bosque —se molestó Row—, es el Bosque.
Elis cerró el libro y miró a Row muy seriamente.
—¿Sabes por qué vine a vivir a esta torre? ¿Estuviste acaso presente cuando
Kaw mató al último dragón? No. No puedes ver que todos en tu clan os limitáis a ver
a Dasoria, sin saber que el mundo no se acaba en este bosque. Como también insistís
en creer que el único dragón que fue derrotado una vez era el último de su especie.
»Desde el momento en el que te vi representando al dragón, supe que eras
diferente a todos los hombres y mujeres que lo representaron antes que tú. Por eso
creo que deberías tener algo…
Se acercó a una estantería y cogió un libro de tapas doradas.
—No sé leer —fue lo único que se le ocurrió decir después de escuchar a Elis.
Nadie en Dasoria sabía.
—No necesitas leer si sabes interpretar las imágenes.
Se lo tendió y Row esperó para cogerlo.
—¿Por qué me lo das?
Elis sonrió, enigmática.
—Porque sé que los dragones volverán y si lo único que creéis de ellos es que
son criaturas sanguinarias, lo serán. Y sería una lástima que la magia de Dasoria
desapareciera bajo el fuego de los cielos por unos humanos que no sabían la verdad.
Row cogió el libro.
—¿Qué verdad?
Pero Elis no pudo responder.
—¡Row! —exclamó alguien subiendo la escalera de caracol.
Maw llegó acompañado de varios jóvenes de la tribu. Solo él tuvo tiempo de
entrar porque al ver a Elis se asustó, saltó hacia atrás y tiró una de las antorchas de
la habitación.
—¡Maldito fuego! —gritó y miró a Row—. ¡Vámonos!
Maw y los otros chicos se fueron mientras todo empezaba a arder. Row corrió
hasta la puerta con el libro en brazos y se dio cuenta de que Elis no estaba con él.
—¡Elis!
Las llamas la envolvieron y ella, en vez de ir tras Row, se acercó a la ventana.
—¿Ves qué hermoso es el cielo al amanecer?

108
Row quería atravesar el fuego para despertarla de su locura, pero no podía.
—Oh, no te preocupes por mí, preocúpate por salvar ese libro y estar preparado
para el verdadero espectáculo, la llegada de los dragones…
El fuego deshacía la ropa de la mujer y Row contuvo un grito de impotencia. Elis
levantó un pie y lo posó sobre la repisa de la ventana, después miró hacia atrás.
—¿Sabes cómo se llamaba ese último dragón que tanto celebráis haber matado?
Su nombre era Elisia.
Y saltó por la ventana. Pero no cayó, sino que fue tomando la forma de una
criatura que hacía siglos que no sobrevolaba Dasoria.
Row bajó corriendo de la torre, impactado. Al llegar al suelo empezó a llover y
Maw, aliviado, le pasó un brazo sobre los hombros.
—Tenemos un espectáculo que terminar, dragón.
Entonces escucharon un trueno, aunque Row sabía lo que era en realidad. Miró
el libro y a pesar de no sentirse seguro de poder interpretar al dragón, sí sintió que
podría evitar que estos acabaran con su pueblo.
Porque los dragones también hablaban.

109
Crimen en la ciudad de los caracoles
Celia Añó

Primera parte: el mestizo


En la estación había una mestiza que olía a aguas estancadas y larvas muertas.
Se decían muchas cosas de los mestizos, rumores sin fundamento que hablaban
de magia y poderes, de peligro, amenaza, pero a pesar de todo lo que se decía,
Bulinus sentía una extraña empatía por ellos. A fin de cuentas, estaban solos,
incapaces de encajar ni en Molus ni en el mundo de los histriónicos, varados a mitad
entre dos frentes abiertos de asco y desprecio. Aun así, el mestizo con el que tenía
más relación era, también, uno de los seres más felices, soñadores y entusiastas que
había conocido nunca: Biomphalaria, su primo.
Él siempre hablaba de oportunidades, de haber heredado lo mejor de ambas
razas, de ser el equilibrio, un puente entre ambas dimensiones. En una ocasión
Bulinus le preguntó si se sentía solo, si lamentaba ser lo que era y no conocer a nadie
más como él.
―Pero los hay ―le respondió. Incluso de pequeño había sido el más maduro del
resto de chiquillos de la caracologar. El primero en mirar a su alrededor y dejar atrás
los juegos para adelantarse a pasitos muy pequeños en el mundo de los adultos.
Antes incluso que Oncomegalia, otro de sus primos que les sacaba varios años―.
Algún día los conoceré. También a la familia de mamá y al resto de los histriónicos.
―¿Y qué harás cuando les conozcas?
―Cambiaré el mundo y todos estaremos juntos.
Biomphalaria era especial. Pero no de la manera que decían los rumores:
Bulinus nunca le había visto hacer ni magia ni milagros, y eso que se habían criado
juntos, casi como hermanos. Y por ello sabía que era diferente al resto, siempre
mirando hacia el futuro y sin parar de hacer predicciones de todo lo que pensaba
hacer y conseguir. De los cambios, de dos mundos unidos por fin en uno con las
diferencias ya olvidadas. Era, también, una criatura veloz que necesitaba disfrutar
del instante, mientras que ellos se dejaban arrastrar por el tiempo. Así era como
Bulinus había aprendido a distinguir a los mestizos: los hijos de los histriónicos eran
impacientes, inquietos y necesitaban gesticular mucho al hablar. Como la mestiza de
la estación, que caminaba de manera muy acelerada, girando en exceso la cabeza

110
para mirar a su alrededor. En un momento dado en el que sus miradas se cruzaron,
Bulinus vio que sus pupilas eran igual de inquietas: giraban descontroladas en sus
cuencas oculares, enfocando mil detalles como si su dueña necesitara devorar las
imágenes que la rodeaban. Eso era algo que él nunca había entendido: ¿por qué
tantas prisas? ¿Por qué no deslizarse poco a poco saboreando el paisaje?
Aunque por ello tendía a abstraerse bastante. Tanto, que no se dio cuenta que
la nave de su primo había llegado hasta que este apareció corriendo al lado de unos
andenes. Iba tan precipitado como siempre, resbalando cada dos por tres con el
suelo encerado. De pequeño le solía pasar a menudo, pero desde que había
empezado a trabajar en el planeta de los histriónicos, siempre que regresaba parecía
haber olvidado que el suelo resbaladizo por las babas no estaba hecho para correr,
sino para arrastrarse por él. Bulinus le observó con una sonrisa tranquila. Muchos,
pasajeros y visitantes, se habían girado para mirar con enfado al mestizo, molestos
por el escándalo y su falta de decoro en un lugar público, pero era tan lento el giro
de sus cuellos, que cuando por fin terminaron de girar la cabeza ellos dos ya se
habían ido. Ajeno e indiferente a las críticas, Biomphalaria se reunió con su primo.
Estaba más alto que la última vez que se habían visto, quizás un metro sesenta, y le
sacaba ya una cabeza. Y aunque desprendía la energía de siempre, estaba también
más mayor. Bulinus le miró con extrañeza. Nunca había entendido por qué, si ambos
habían nacido el mismo año, su primo siempre había crecido antes, madurado antes,
emancipado antes. El tiempo no se adaptaba a él: lo rompía, lo aceleraba, como si de
tanto centrarse en el futuro le hubiera permitido avanzar un poco más deprisa.
―Bienvenido a casa ―le dijo, tendiéndole un bracito corto y con tres dedos para
ayudarle a cargar con sus maletas. Le dejó seguir llevando su cartera, pero insistió
guardar en su concha el resto de bolsas.
―¡Pero es mucho! ―replicó en un chillido acelerado y no exento de
gesticulación.
―Poca cosa ―él prefería hablar con frases cortas, moduladas, sin excederse en
palabras o gritos―. En el trabajo llevo más.
Y sin aceptar ni una réplica, se deslizó hacia la salida. Por culpa del peso extra,
estaba algo más encorvado que de costumbre, tanto que ya no era capaz de mirarle
a la cara a su primo, pero no le importó. Se había acostumbrado a esas diferencias.
Al alcanzar la puerta que conducía al exterior, alguien estuvo a punto de chocar con

111
él. No pudo ver quién era, pero notó su presencia convertida en un olor intrigante,
nauseabundo, de larvas muertas y aguas estancadas.
―¿Pasa algo? ―le preguntó Balamuthia. Se había adelantado tanto que ya estaba
en medio de la calle. Él, en cambio, se había quedado quieto sin darse cuenta. Con un
suspiro pesado, Bulinus empezó a arrastrarse tras su primo―. Esto está
cambiadísimo ―le dijo en cuanto, tras unos largos minutos, volvieron a desplazarse
juntos―. ¿Te he contado alguna vez que en los planetas intergalácticos las ciudades
no se mueven?
Bulinus, algo sorprendido, parpadeó. Fue a decir que no, que nunca le habían
dicho nada, aunque la posibilidad no le era tan extraña, como si la hubiera leído en
una revista. Pero antes siquiera de abrir la boca, el mestizo había retomado su
propio hilo:
―Pues sí ―dijo, adelantándose a sus palabras―. Las casas están clavadas en los
suelos y las calles son invariables. Nada cambia. Hay obras y alteraciones, pero son
ocasionales. No como aquí ―suspiró y levantó la cabeza para contemplar las
gigantescas caracologares. Los ojos le brillaron al hablar―. Pero esto también es
impresionante. Me encantan ambos lugares y poder formar parte de ellos.
Y siguió hablando, contándole sobre el milagro de los cimientos, de ponerle
nombre a las calles y las páginas amarillas. También le habló de sus compañeras de
trabajo, de los amigos que había hecho y lo mucho que disfrutaba de su nuevo hogar.
Bulinus le escuchó en un silencio educado, pero incrédulo. Le costaba imaginarse en
su mente aquel disparate sobre ciudades inmóviles. Lo más parecido que se le
ocurría era la inmensa caracola partida que servía como estación para las naves. Y
ahora que lo recordaba, había sido una petición de los demás mundos que se vieron
abrumados al descubrir aquel planeta donde nada era fijo ni siquiera los árboles.
Todo, desde la vegetación hasta las viviendas, estaba en movimiento. Se desplazaban
a una velocidad lentísima, inapreciable, que casi parecía que estuvieran detenidos,
pero en realidad estaban avanzando. En diez años la disposición de las ciudades
cambiaba. No había orden lógico: las caracologares se distribuían por azar y las
plantas se agrupaban según se acumulaba el agua en la tierra o en el aire. Algunos
científicos aseguraban que había líneas de energía bajo la superficie del planeta que
guiaban el movimiento de la superficie. Uno de ellos, una eminencia histriónica, las
había denominado Carreteras, pero ni Bulinus ni los suyos habían entendido aquel

112
término o su importancia.
Sin una ubicación permanente, la única manera de encontrar tu caracologar era
por instinto. Era de esas cosas que Bulinus nunca había sabido explicar. Estaba ahí,
en la sangre, una llamada que le guiaba entre edificios hasta encontrar el suyo. El
instinto de Balamuthia, en cambio, siempre había sido más bien malo. De pequeño
se perdía siempre y ahora, tras tanto tiempo lejos de casa, parecía haber olvidado el
camino. Consciente de ello, se dejó guiar mientras seguía hablando, comentando las
mil diferencias que había entre Molus y el resto de planetas que había visitado en su
trabajo.
Llegaron al anochecer a la caracologar familiar: una concha espiral gigantesca,
rosada, tan alta como los edificios de los que estaban tan orgullosos los histriónicos.
La puerta estaba tallada en su superficie de marfil y daba a un vestíbulo amplio,
gigantesco, repleto de cuadros y fotografías de la familia. Había también un felpudo
para limpiarse las babas de la calle y varios armarios pequeños. Y aunque los
muebles eran pocos, estaban decorados con tallas y colores que recubrían por
completo su superficie. La mayoría de caracologares eran angostas y oprimentes, sin
ventanas, pero decoradas con mimo. En cada una se encerraba más de un centenar
de pinturas, murales, suelos de azulejo y lámparas de cristal. Había también grandes
salones donde las familias se reunían en grandes comidas que tardaban días en
orquestarse. Solo necesitaban comer un par de veces a la semana, momento en el
que se reunían para devorar todo tipo de platos que habían estado preparando
durante los últimos días.
El recibidor no terminaba, sino que seguía hacia delante en forma de un pasillo
que ascendía con una pendiente asequible, poco brusca. Según avanzaba, se iba
haciendo más estrecho y de sus paredes nacían las habitaciones. El pasillo de la
caracologar se decía que era infinito y lo cierto es que nadie había intentado llegar
hasta el final: se volvía demasiado estrecho y angustioso como para sentirse cómodo
en él. Además, se perdía demasiado tiempo yendo y viniendo. Así pues, la familia
vivía en los primeros tramos, en habitaciones conjuntas y grandes salones. Había
cierta jerarquía: eran tantos, seguramente casi un centenar, que con el tiempo se
había ido estableciendo niveles que agrupaba a los diferentes linajes en estratos,
baños comunes y su propia despensa. Ellos dos pertenecían a la rama principal,
nietos de los últimos señores de la caracologar. Y aunque Balamuthia era el primer

113
y único hijo del primogénito de los señores, estos nunca le habían tratado como a
uno más de la familia. Era algo así como un pariente lejano al que aceptaban bajo su
techo a regañadientes, pero sin llegar a considerarlo un miembro como tal.
Bulinus siempre se fijaba en esos detalles. Su relación tan próxima con el
mestizo le había llevado a preguntarse muchas cosas, a cuestionar lo que sabía y
analizar aquellas situaciones.
A pesar que su linaje era cuestionable, aquella noche se celebró una fiesta de
bienvenida. Fiel a su naturaleza, la habían estado preparando desde hacía meses,
cuando les llegó la noticia que vendría de visita. Por ello hubo alguna que otra
comida algo caducada, pero nadie le dio excesiva importancia. Era lo habitual.
A la mañana siguiente, Balamuthia cayó enfermo con su velocidad
característica: de golpe, sin descanso, sin siquiera esperar del todo al amanecer. Se
despertó entre gritos y sudores fríos, atormentado por un mal que se había instalado
en su cuerpo.
Había un médico en el hogar, pero llevaba desde la época de las lluvias por el
final del pasillo, así que mientras llegaba sus primos se reunieron con él. Le dieron
caldos y compañía, palabras de ánimo y antiinflamatorios. Bulinus se ofreció a
cuidarlo, así que se quedó al lado de la cabecera de la cama. Cuando el médico llegó,
todos intuían ya la enfermedad: un brote de schistosomiasis moluscar. Había sido
frecuente hace décadas, cuando la caracologar se encontraba por la zona de los ríos.
Nadie recordaba con exactitud aquellos tiempos, pues habían sido hacía mucho,
pero se trataba del tema de la tesis de Oncomegalia, por lo que tampoco les era del
todo desconocida.
Sabían que era común.
Sabían que era dolorosa.
Sabían que había tratamiento.
La enfermedad se desarrolló entre espasmos y dilataciones de venas. La piel
parda de Balamuthia se llenó de surcos, en especial en el abdomen, y manchas
amarillentas. Fue una evolución relámpago, instantánea, que pasó de la nada a
fiebre, luego inflamación y, por último, se le hinchó el entramado venoso.
La muerte llegó de manera inesperada. Bulinus se quedó sentado en su silla,
paralizado en su lenta asimilación de lo sucedido, mientras su primo terminaba de
consumirse. Y silencio, nada, quietud para siempre.

114
Bulinus estaba quieto, atónito, sorprendido por un hecho que creía lejano.
Entonces la vio.
Y sintió su olor: putrefacción y larvas muertas.

Segunda parte: la mestiza


En la estación les esperaba una mestiza.
Mansoni y Haematobium llegaron a Molus con el primer vuelo que salía de la
Tierra. Muy a su pesar, la precipitación de aquel viaje improvisado les había obligado
a viajar en clase turista entre los pequeños, pegajosos y lentos caracoles, en vez de
disfrutar de la pulcra y selecta primera clase. Las 48 horas de vuelo estelar fueron
un suplicio que paliaron hablando del caso que les traía hasta ese planeta que
conocían por su trabajo, pero solo desde fotos y documentales. Eran muchos los
nuevos planetas extrasistémicos con los que la Tierra tenía trato, pero Molus era el
peor de todos. Era, también, el menos beligerante y agresivo, el que nunca había
amenazado con una guerra, el que jamás se había mostrado hostil. Pero a ningún
terrestre, salvo en contadas excepciones, le gustaba Molus. Y eso que era uno de los
más cercanos a la Tierra y de clima similar, aunque más húmedo; pero aquel lugar
despertaba un sentimiento unánime: asco.
Asco por aquellos engendros humanoides de cuerpo blando, siempre cubiertos
de babas y encorvados, con los ojos saltones y una chepa dura y con forma de espiral.
Asco por sus ciudades inconexas que dejaban un reguero de baba por su paso.
Asco por esa lentitud exasperante en todo lo que hacían, decían o pensaban.
Pero lo más asqueroso de todo eran los mestizos.
La mera posibilidad que un caracol y un humano se uniesen era una imagen
aberrante, vomitiva. Y aunque los niños estaban ahí, bajo un foco de miradas
asqueadas y escrupulosas, sus progenitores siempre se mantenían a la sombra.
Nunca juntos, incapaces de criar a sus hijos como una familia normal precisamente
porque no lo eran. Había quienes lo habían intentado, pero siempre aparecían
muertos en un descampado, en un callejón sucio, en los cubos de basura, en las
alcantarillas; desmembrados, mutilados, con signos de tortura o insultos
graffiteados en torno a sus cuerpos.
Sin embargo, las dos ejecutivas que habían venido a Molus lo habían hecho para
reunirse en expreso con una mestiza. Muy en el fondo, aunque su origen les parecía

115
repugnante, todos preferían antes a los mestizos que a los caracoles. A fin de
cuentas, no podían ignorar que tenían parte humana.
Ese día, en la estación con forma de concha partida por la mitad, una mestiza
que olía a larvas y agua de río esperaba su llegada. La vieron de seguida,
sobresaliendo entre enanos, vestida entera de negro y con abalorios decorando su
cuerpo amorfo. Era semi-humana, o así la consideraban, pero por mucho que se
empeñaran en aquella idea, eran sus rasgos monstruosos los que más les llamaba la
atención: sus cuatro dedos, su piel grasienta y verde claro; cuatro mechones de pelo,
ojos saltones, cuerpo flexible que no parecía tener huesos. La saludaron con un
apretón de manos, cortés, pero sin quitarse el guante.
Ninguna de las dos
―Buenos días ―dijo Mansoni, adelantándose. Era la que tenía más experiencia
en relaciones diplomáticas con extraterrestres―. Somos de la agencia, las
compañeras de Balamuthia.
Balamuthia había sido un compañero algo especial, llamativo tanto por su
aspecto como sus ideas revolucionarias. Era el único que realmente creía en todos
los proyectos comunes de ambos planetas. Había recibido palizas en la Tierra,
insultos, mensajes desagradables sobre los gustos de sus padres y varios arrestos
injustificados, pero seguía creyendo en lo que soñaba. Porque era eso, un sueño
respaldado por una minoría insignificante. A Mansoni le asqueaban los caracoles.
Era algo que siempre se había molestado en ocultar tras frases políticamente
correctas y mucha educación, pero aun así reconocía que Molus no era el peor de los
planetas con los que la Tierra tenía trato. Pero era insignificante, un lugar que no
representaba ningún beneficio para nadie. Ni ellos lo eran para los caracoles. Si las
relaciones continuaban era para no reconocer en voz alta que preferían ignorarse
mutuamente.
Quizás, dentro de cien años, así sería. Se olvidarían los unos de los otros y no
tendrían que seguir fingiendo. Los mestizos desaparecerían y con ellos una etapa
desagradable y pringosa de la diplomacia intergaláctica. Pero antes de ello, tenían
que centrarse en el presente y eso significaba aclarar si la muerte de uno de sus
compañeros de trabajo había sido enfermedad o asesinato.
Era ahí donde entraba en juego la mestiza. Se decía mucho sobre ellos, que si
sus cuerpos tenían propiedades mágicas o eran capaces de crear milagros. Mentiras,

116
supersticiones y bulos que habían dejado un rastro de sangre en consultas
clandestinas y poblados inhóspitos. Aun así, había algo único en ellos, algo que las
dos estaban ahí para verificar.
Y Schi, la mestiza con la que se habían puesto en contacto, afirmaba tener una
de aquellas propiedades únicas. En concreto, decía ser una médium.
―Hola ―les saludó entre apretones de manos―. Os estaba esperando. Habéis
venido justo a tiempo.
Sonrió dejando entrever una hilera de dientes amarillentos, débiles y
demasiado pequeños como para cerrarse del todo.
―¿Sí? ―suspiró Haematobium restregándose el sudor de la frente―. Habríamos
llegado antes si hubiera humanos en esta estación. ¡Qué lentitud de aterrizaje!
―No habría tenido sentido ―comentó Schi―. Pues Balamuthia está llegando con
vosotras. Está ahí ―señaló y las dos se giraron por inercia, buscando la figura
anormal de su compañero entre la marea de gente―. Todos se giran para verle. Les
molesta que haga ruido, o eso dicen, pero lo cierto es que lo que les molesta es que
esté ahí. Y… Ya está, acaba de pasar delante de nosotras ―la mirada de la mestiza se
giró siguiendo una presencia invisible que nadie más podía ver― y se ha reunido con
su primo. Parece un buen molusco. Me ha sonreído al verme ―suspiró―. No todos lo
hacen. Y ya se están yendo. Sigámosles.
Y echó a andar hacia la salida. Haematobium se la quedó mirando y se llevó un
dedo a las sienes para girarlo, dando a entender con un discreto silencio lo que
opinaba realmente de la mestiza. Su compañera se encogió de hombros y las dos
fueron tras ella. Schi no era tan lenta como los caracoles, pero tampoco tan veloz
como ellas. Era un punto intermedio, un punto tolerable, pero inaguantable tras
tantas horas de viaje y en un momento en el que solo deseaban acabar ya para beber
agua fresca y descansar en un hotel.
―¿No podemos ir más rápido? ―le preguntó Haematobium a pesar que evitaba
dialogar con seres que no consideraba a su altura, como repartidores de pizza,
basureros o alienígenas babosos.
―Estamos tras ellos ―le explicó la mestiza girándose para mirarla a la cara, lo
cual le provocó un escalofrío―. Balamuthia no para de adelantarse. Ya ha salido de
la estación. Está cinco metros por delante. Su primo no. Su velocidad es la de un
caracol. Y…

117
Dio un brinco, reculó a un lado y se detuvo. Las dos ejecutivas la miraron con
curiosidad. Parecía como si hubiera tropezado con una pared invisible. Pero no
había nada, solo la puerta abierta, vacía, sin nadie a su alrededor.
―Lo siento. He estado a punto de chocar con él ―se disculpó mientras
reanudaba el ritmo―. Y ahora está alcanzando a Balamuthia. Siguen andando.
Acompañaron a Schi durante varias horas, siempre al ritmo de dos personas
que no estaban ahí, entre las callejuelas de la ciudad. Japonicum mantuvo una mueca
de asco durante todo el trayecto. Las conchas gigantes que servían como casas y los
propios habitantes habían barnizado las calles con sus babas, dejándolas brillantes,
resbaladizas, apestosas. A ratos se podía tropezar con fragmentos todavía húmedos,
que se les pegaban en la suela de las botas. Tras un rato, las dos se fueron
acostumbrando a llevar un pañuelo en la mano para deshacerse de los trozos más
molestos que se pegaban a su calzado.
La voz monocorde de la mestiza les estuvo acompañando durante todo el
camino hasta la casa de los dos primos. Confiaron que se trataba de ella y no de un
error, pues no había nada que la diferenciara del resto. Dado que habían pasado
pocos días desde la muerte de Balamuthia, la concha todavía no se había desplazado
mucho. Solo Schi notó la diferencia al tropezar con el umbral de la puerta. Según les
dijo, días atrás estaba algo más desviada a la derecha.
Entraron sin avisar. La familia ya sabía que vendrían, pero también les habían
advertido que no les iban a molestar. La presencia de las extranjeras iba a ser fugaz,
mientras que su capacidad de reacción para dejar lo que estaban haciendo y
atenderlas, iba a ser más un estorbo que otra cosa. Les habían dado su beneplácito
y arrancado la promesa de no estorbar en las habitaciones privadas. Solo tenían
permiso para cruzar el gran pasillo y visitar una habitación. La del difunto.
―¿Soy la única que se está mareando?―le preguntó Haematobium a su
compañera mientras ascendían por el pasillo.
Mansoni asintió.
―Qué locura de casa ―continuó la mujer―. Suerte que nuestro hotel no es una
caracola, porque si no, menuda nochecita. Encima, ¿te imaginas que despertamos y
estamos en la otra punta de este basurero?
Les pareció escuchar una risilla hueca, discreta por parte de Schi. Pero esta no
dijo nada más. Se limitó a acompañarlas hasta la habitación de Balamuthia.

118
El cadáver todavía estaba en la cama, inundando con su peste putrefacta aquella
reducida habitación, desnuda, sin color. Las dos se llevaron sus pañuelos a la nariz,
obviando la suciedad y las babas pegadas en ellos, para protegerse de aquel olor
penetrante. Fiel a su parsimonia, la familia de Balamuthia todavía no había
empezado los preparativos del funeral y el cuerpo se resentía de ello. Solo había un
pariente en la habitación: un caracol jovencito sentado en una silla en la cabecera.
Triste, sumido en una leve depresión que le había congelado en una postura
encogida sobre sí mismo.
Pero cuando Schi se asomó, el alienígena dio un brinco impropio de su especie.
Levantó la cabeza.
Y la miró.
La mestiza le sonrió y salió afuera, cerrando la puerta en un silencio respetuoso,
doliente y acompañado de sentimiento.
―Esperad aquí ―les dijo―. Seguiré visitando las últimas horas de Balamuthia y
luego os contaré lo que he visto.
Mansoni asintió. Tenía tantas ganas como Haematobium, quien había esbozado
una mueca de asco, de alejarse de aquella casa infecta, pero el trabajo era el trabajo,
y ante todo era una persona responsable. Cuando Schi desapareció por una esquina,
le hizo un gesto a su compañera para que se apartara de la puerta, de la cual
sobresalía parte del tufo, y se fueron a esperar un par de metros lejos, lo suficientes
como para olvidar la cercana presencia de la muerte.
Aguardaron en silencio durante unas horas que se les hicieron eternas. Durante
ese tiempo empezaron a redactar su informe, adelantando parte de la faena que
tendrían que hacer luego. La presencia de los caracoles reavivaba su necesidad de
ser más veloces, más eficientes y trabajadoras. Estaban en plena tarea, agolpadas
alrededor de la Tablet de Mansoni, cuando la mestiza regresó.
―Schistosomiasis ―anunció tras detenerse delante de ellas.
Haematobium bufó.
―¿En serio? Eso ya nos lo habían dicho en el mail. Dime que no hemos hecho
este maldito viaje solo por una enfermedad asquerosa.
Schi la miró a los ojos, seria, solemne, centrando por fin su visión en un único
momento en el tiempo: el presente.
―La schistosiomiasis moluscar no es como la humana ―dijo―. En el orfanato

119
que crecía, cuando estuvo cerca de la zona de los ríos, siempre había uno o dos casos.
Nunca graves. Nunca mortales. Es una enfermedad lenta, progresiva, cuyos síntomas
aparecen cuando ya está establecida del todo. Se cura con el tiempo, poco a poco.
Los medicamentos adelantan su desaparición, pero no son imprescindibles. Los
niños enfermos que conocí preferían esperar dos años y curarse solos a tomar unas
pastillas insufribles.
Según la escuchaba, Mansoni iba asintiendo con la cabeza, meditabunda, con el
pulgar acariciándose el mentón.
―La enfermedad de Balamuthia ha sido muy rápida ―observó―. Enfermó en
horas y a los días estaba muerto.
―La schistosomiasis moluscar es benigna para los caracoles, letal para los
mestizos ―suspiró Schi―. Su ritmo se acelera y nuestros cuerpos no pueden
soportarlo. Estos han sido los hechos.
―Entiendo. Lo anotaremos en el informe ―la mujer se incorporó un poco
mientras empezaba a guardar la Tablet―. Esto era lo que necesitábamos, gracias por
tu colaboración.
La mestiza se balanceó suavemente sobre sí misma.
―¿Queréis mi opinión? ―les preguntó―. Habéis pagado por ella.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada. Ninguna de las dos quería
escuchar nada más, solo desaparecer de aquel planeta y, de ser posible, cambiar de
departamento al llegar a la Tierra.
―Podemos hablar mientras salimos ―sugirió Mansoni, haciendo gala de esa
cortesía que cada vez se le hacía más pesada.
Schi asintió. Tras dedicarle una última mirada a la puerta cerrada, se arrastró
tras ellas. Los pasos de las mujeres, ahora que no dependían de ella para guiarse,
eran rápidos e impacientes, lo que la obligó a adaptarse a ritmo.
―Quizás le han matado ―comentó cuando salían ya de la caracologar.
A ninguna de las dos le pasó desapercibido que había bajado el tono de voz y
solo se había atrevido a decirlo fuera de la casa y los oídos de sus habitantes.
―¿En serio? ―se burló Haematobium, aunque había algo de inseguridad en su
tono―. ¿Quién? ¿Su primo? ¿El único de toda su familia que iba a recogerle siempre
a la estación y que está ahora velándole? ¡Pero si siempre nos estaba enseñando
fotos y contando lo buen caracol que es!

120
―No. Quizás otro, quizás un tío. Quizás el caracol que lleva años investigando la
schistosomiaisis. He visto la tesis en el salón que he visitado. Y si yo sabía que la
schistosomiasis era letal para los mestizos, también ellos, ¿verdad? No todos, quizás
algunos.
―Son muchos “quizás” ―observó Mansoni.
―¿Y la cena a la que asistió Balamuthia? La llevaban preparándola desde hace
mucho.
―Pero eso es común en vosotros, ¿no? ―intercedió Haematobium.
―Una familia que no quiere ni ver a los humanos, que le da una habitación
pequeña y desnuda, que no se molesta en cuidar su cadáver, ¿no os extraña que le
preparasen un banquete? ―Schi negó con la cabeza―. Como os he dicho, esto es lo
que yo pienso. Pero he estado allí, con él, lo he visto, y conozco este ambiente. Lo he
vivido toda mi vida. Me lo encuentro vaya a donde vaya. No puedo escapar de él.
¿Qué es lo que creo? Que llevan conjurando su muerte desde que era una larva. Los
humanos matáis a los mestizos por impulso, de una paliza, por antojo, los caracoles
no. Matan, pero poco a poco, en crímenes largos que tardan años en realizarse. Pero
también matan.
Se le quebró la voz con aquella última frase. Cansada, Schi se cruzó de brazos de
tal manera que parecía que estaba abrazándose a sí misma. Mansoni la compadeció.
No podía ni imaginarse cómo sería vivir así de sola, entre dos razas que solo se
ponían de acuerdo para matar a los seres intermedios como ella. La televisión decía
que no, la publicidad hablaba de aceptación, pero la realidad era muy diferente y
apestaba a sangre, odio y muerte.
Retomaron su camino, alejándose así de una casa cuya imagen se les iba
haciendo cada vez más aprensiva. Mientras se dirigían hacia el hotel, Mansoni
meditaba la teoría de la mestiza. Zanjar aquel asunto como un accidente le ahorraría
muchísimos problemas mientras que convertirlo en asesinato, mirase por donde lo
mirase, solo era un engorro. Tendrían que alargar su estancia en Molus y enfrentase
a una lentísima investigación policial que culminaría cuando todas las pruebas ya
hubieran desaparecido. Podría pedir apoyo de los servicios humanos, pero eso solo
atraería la atención mediática y comprometería la relación entre ambos planetas.
¿Cómo si no se tomarían los caracoles aquella investigación? Pero la idea de los
caracoles, a los que todos veían como pacíficos, insulsos e inofensivos, convertidos

121
como asesinos, podía ser el cuchillo que cortaría de una vez por todas al fino vínculo
que unía ambos planetas. Se terminarían las relaciones, los viajes de negocios, el
verse en reuniones y, también, se acabarían los mestizos para siempre.
Se despidieron de Schi al llegar a la puerta del hotel. La médium se alojaba en
otro lado, entre caracologares donde a pesar de todo se sentía más a gusto, pero aun
así había insistido en acompañarlas. Tras un brevísimo apretón de manos, se
desearon lo mejor a pesar que ninguna de las tres tenía ganas de volver a repetir
aquel encuentro.
―Hay algo que no entiendo ―bostezó Haematobium, tan cansada que apenas se
sostenía en pie―, ¿tus poderes de médium te permiten ver a los muertos? ¿Entonces
para qué hemos quedado en la estación si solo tenías que ver el escenario? ―añadió
con un tonillo escéptico que remarcaba lo poco satisfecha que estaba de aquellas
horas perdidas.
Pero Schi, lejos de ofenderse o molestarse, sonrió con malicia.
―Los mestizos somos una mezcla de dos mundos, dos tiempos ―dijo con voz
mística, la misma que había usado cuando habían hablado por teléfono―. Somos
vuestra velocidad, pero también su lentitud. Intentamos alcanzar el equilibrio, pero
a veces nos decantamos por uno u otro. Puedo visitar el pasado, andar en él, ver lo
sucedido, pero sin alterarlo. He caminado con Balamuthia y su primo durante su
último día, seguido su mismo recorrido y contemplado los estragos de la
enfermedad. Eso es lo que he hecho y a lo que me dedico: a visitar los escenarios de
crímenes para desentrañar lo sucedido. Hay otros con habilidades similares. Los que
somos más tranquilos nos enfocamos en el pasado, pero luego están los otros, los
soñadores, los entusiastas ―y su sonrisa se hizo más amplia, dejando entrever sus
dos hileras de dientes imperfectos―.
»Ellos, en cambio, pueden ver el futuro.

122
Kagebutsu
Isabel Jiménez

Nejiko se escondió tras los tablones astillados de la gran estantería caída de su amo
y arañó la madera del suelo con las garras. El ruido del forcejeo asustaba más que la
tormenta que tronaba fuera y no fue capaz de moverse. Gimoteó, aterrorizada, y se
erizó cuando un rayo surcó la noche como si fuera un enorme dragón. Cuando el
trueno desgarró el aire, Nejiko maulló fuerte. Más allá podía oler el suave y familiar
aroma de su dueño, mezclado con el de la hierba mojada. Se encogió contra los
maderos rotos cuando un nuevo trueno martilleó el cielo. Acurrucada hasta casi
haberse retorcido sobre sí misma, de repente olió la sangre y se desenredó para
asomar el hocico tras las tablas de anaquel roto.
Husmeó y reconoció el olor.
«Yori.»
Nejiko se acercó despacio al cuerpo del hombre, olisqueó su brazo y lo empujó
la con la cabeza. Los dedos que siempre le habían rascado las orejas con cariño no
se movieron. Cuando vio que él no iba a hacerle caso, la gata se subió al pecho de su
amo y se tumbó sobre él, tal y como había hecho muchas veces. Aterida de frío y
triste, el animal lamió lentamente la nariz, luego las mejillas, y por último la frente.
Se relamió.
Notó entonces que se había ensuciado las patas de sangre, así que se limpió el
pelaje. Pensó que cuando terminase de hacerlo, se sentiría mucho mejor.
De repente un grupo de hombres entró a la habitación. Nejiko alzó la cabeza y
se levantó casi con un brinco, asustada y preparada para correr. Sin embargo sintió
un miedo mayor en aquellos humanos, que retrocedieron al verla y la señalaron
chillando una palabra. Uno de ellos desenvainó una de sus armas de hoja larga y
atacó a Nejiko. La gata saltó hacia atrás, esquivó el corte con otro salto y bufó. Ellos
volvieron a chillar y el que la había atacado reculó junto a sus compañeros. Nejiko
enseñó los colmillos y las garras y los hombres empezaron a huir. Tras ellos, dos
colas de gato ondularon a la luz mortecina y roja de los faroles de seda y su sombra
se proyectó más allá de las puertas corredizas abiertas que daban al patio interior,
solitario y tormentoso.
Un grito agónico resonó en la noche.

123
Después se hizo el silencio.

***

Aiko vertió dos gotas de tamoni sobre la solución de gijo que había preparado en la
placa de vidrio y esperó el resultado. Pocos segundos después, las sustancias se
mezclaron y la composición se transformó en un líquido rojo y espeso. La muchacha
contuvo el aliento y al ver que el compuesto rojo mantenía el color y la consistencia
que deseaba, se levantó del suelo con satisfacción, cogió sus notas y la placa y se
dirigió al otro lado de la larga habitación. Allí, frente a una mesa alargada y cubierta
de frascos y papeles se encontraba Satohara Seisuke, su maestro, un hombre en la
edad dorada de un samurái. Estaba sentado muy recto, sobre las rodillas, tenía los
hombros tensos y el recogido del pelo algo deshecho. Aiko se colocó junto a él con
una postura de casi cuarenta y cinco grados, para que el hombre pudiera verla sin
tener que girar el cuerpo. Extendió las muestras y las notas sobre el espacio no
ocupado de la mesa.
―Maestro, creo que he encontrado la fórmula correcta ―dijo la joven, con tono
de voz serio y la mirada baja―. Si resiste el recorrido completo de las arterias
podremos empezar con las pruebas de compatibilidad.
Seisuke levantó la vista de los papeles que estaba repasando, examinó la sangre
artificial y los cálculos de la muchacha y miró a Aiko con un gesto de agrado.
―Muy bien, Kenji, has realizado un excelente trabajo.
―Gracias, maestro. ―Aiko se inclinó.
El hombre cabeceó y continuó leyendo las notas entre murmullos.
―Ah, sólo dos gotas, por supuesto… Y has eliminado el kimoroto, anulaba la
consistencia y el espesor que podía proporcionar la parte de tana del gijo. Sí, un
excelente trabajo, podemos enseñárselo a nuestro señor Hamashita dentro de tres
días y terminar con el resto de pruebas.
Aiko irguió la cabeza, sorprendida.
―¿Me llevará con usted, maestro?
―Sí, sí, tú has hecho esos cálculos, creo que es buena idea que seas tú quien se
los explique a nuestro señor.
Aiko cerró las manos en puños sobre las piernas cruzadas y se mordió la mejilla

124
por dentro. Se inclinó de forma muy pronunciada.
―Muchas gracias, maestro, prometo no decepcionarlo.
―No lo harás ―asintió Seisuke, ordenando las notas―. Puedes retirarte.
Aiko agachó la cabeza y se enderezó despacio antes de levantarse con
gracilidad. Volvió junto a su mesa, limpió y ordenó el instrumental que había
utilizado y guardó los libros en un pequeño armario que había junto a la puerta. Por
último recogió la katana del expositor y se la colocó en el apretado obi. Con calma,
la muchacha se arrodilló junto a la puerta y murmuró:
―Maestro, no vaya muy tarde a dormir, por favor…
El hombre alzó un poco la vista y se sonrió.
―Iré a ti más tarde, mi querido Kenji, no te preocupes.
Aiko asintió, abrió la puerta en silencio, salió y la cerró. Afuera, en el patio
interior, soplaba la débil brisa de finales de verano y la joven inspiró hondo antes de
echar a andar hacia el pozo que se encontraba junto a los frondosos jardines de la
casa. Por el rabillo del ojo vio que, no muy lejos, uno de los samurái que hacía guardia
en ese momento miraba en su dirección. Con una pequeña inclinación de cabeza,
saludó al centinela. Él se inclinó un poco más de lo que lo había hecho ella, para
corresponder el saludo, y regresó a su posición firme.
Aiko se mojó la cara y parte de los brazos. También se deshizo el apretado moño,
se humedeció un poco el pelo y volvió a recogérselo en lo alto de la coronilla.
Después caminó de forma distraída por el jardín y el patio mientras anochecía y los
sirvientes encendían las lámparas y faroles de papel. Terminó sentada en el porche,
en el extremo opuesto al laboratorio de su maestro y con las sandalias en el suelo de
tierra. Contempló el cielo. Pudo vislumbrar la brillante gran franja blanca y azul que
constituía el lomo de Ryoshu, en cuyo espinazo centelleaban ya las primeras
estrellas, las más antiguas escamas del viejo dragón. Buscó las constelaciones de la
Emperatriz y la Tigresa, pero recordó que en esa época del año se encontraban más
allá de las islas, batallando en el cielo del continente.
Poco a poco cesó el canto de los últimos pájaros del atardecer y el coro de los
grillos chirrió en el jardín. El rumor del cambio de guardia distrajo a Aiko del cielo y
vio a una mujer entrar en el patio y colocarse en su puesto de centinela. Despacio se
levantó, se acercó a ella y la saludó con una pequeña reverencia. La samurái
correspondió con otra más prominente.

125
—Buenas noches, Toyomiya —dijo Aiko.
—Buenas noches, señor. Hoy mi esposo ha echado de menos su presencia en el
dojo.
Aiko sonrió y se cruzó de brazos.
—Estoy seguro de que hay hombres mucho más fuertes que yo que pueden
enfrentarse a él en mi ausencia, no debería depender de mi compañía.
—No depende de su compañía, depende de su amistad.
Toyomiya esbozó una débil sonrisa y Aiko se fijó en que el tinte azul de los
dientes se le estaba agrietando. Pensó en cuanto tiempo llevaba sin poder colorearse
los suyos de blanco y coger uno de los sables de madera del dojo.
—Dile a Katsu que volveremos a vernos en cuanto pueda —farfulló un poco
inquieta—. Mi maestro y yo aun no hemos terminado con el asunto que nos ocupa.
«Y no parece que vaya a terminar pronto.»
La centinela asintió y se inclinó al ver que Aiko, con su silencio, daba por
terminada la conversación. Entonces un criado cruzó el porche casi a la carrera hasta
llegar a la puerta del laboratorio de Seisuke. Aiko, preocupada, se acercó a zancadas
hasta allí al tiempo que el sirviente pedía permiso para entrar a la habitación. Ella se
quedó fuera y esperó. El criado salió poco después y se marchó por donde había
venido con la misma presteza con la que había llegado. Aiko entró al cuarto sin pedir
permiso y corrió la puerta a su espalda.
―Maestro ―dijo―, ¿qué ha sucedido?
Seisuke estaba frente a su mesa, tal y como lo había dejado, pero ya no estudiaba
las notas. Aiko se acercó despacio, se arrodilló a su lado y, con cuidado, le puso una
mano en el brazo.
―¿Maestro?
Seisuke suspiró y miró a la joven con cierta resignación y un poco de hastío.
―Estoy bien, no te preocupes.
Aiko inspiró hondo y sin querer compuso un gesto triste y dolido.
―Sabe que puede confiar en mí, ¿no es así? ―susurró Aiko, con voz trémula.
―Claro que lo sé, mi querido, querido Kenji. Nunca querría que pensases lo
contrario.
Aiko curvó una sonrisa pequeña cuando el hombre alzó el brazo que ella tocaba
y le acarició la mejilla. Los ojos de su maestro eran de un raro y oscuro azul, como el

126
de las aguas que rodeaban y separaban Ryoshu del resto del continente. Seisuke
apartó la mano y la puso en las rodillas. Aiko se dio cuenta de que el hombre estaba
haciendo grandes esfuerzos para no sentarse sobre los talones.
―El clan Setsuna ha declarado la guerra contra el clan Hamashita. Nuestro señor
nos ha llamado a filas junto a los Yoshimatsu y los Kitonome.
Aiko alzó un poco las cejas.
—La shogun… —aventuró.
—No, no hará nada, va a sentarse para ver cómo nos destrozamos.
—No lo comprendo.
Seisuke se masajeó la frente con los dedos y respondió en un tono de voz mucho
más bajo:
—Hace dos noches intentaron asesinar a Setsuna Hitoyori. Por alguna razón ha
prescindido de la diplomacia y acusado al clan Hamashita de romper la paz de los
Odomura. Otros clanes parecen apoyar sus acciones, pero de momento ninguno ha
movido un dedo.
—Entonces vuestra hermana…
―Está llamando a filas a nuestros vasallos mientras hablamos. Partiremos hacia
Toyusa dentro de dos días para reunirnos con nuestro señor.
―Entiendo.
Seisuke chasqueó la lengua. Aiko se mordió los labios.
―¿Maestro? ―preguntó.
—Hay una cosa más. —Seisuke inspiró hondo antes de hablar―. Mi hermana ha
ordenado que terminemos con el Guerrero de Oriko.
Aiko se sintió helada de frío. Él miraba los papeles con esos ojos tormentosos
como el océano del gran dragón. Los había ordenado de una forma concreta, como
si fueran piezas hechas para que se superpusieran. La muchacha observó la apretada
escritura de Oriko y cerró las manos en puños. Bajo la luz de las lámparas de aceite
se dibujaba el plano de un cuerpo humano con los músculos abiertos, los huesos
borrosos y los órganos diseccionados. Seisuke había colocado todas las notas unas
encima de la otras, en el orden que marcaba el kanji escrito en la esquina superior
derecha. El encabezado garrapateado y emborronado de la primera hoja, sellada con
el símbolo del samurái, decía:

127
***

La llanura estaba salpicada de muertos hasta casi donde alcanzaba la vista, pero Aiko
contó una docena de samuráis y otros tantos ashigaru Satohara que renqueaban a
lo lejos. Caminó también hacia allí, en silencio y con la prudencia de no pisar ningún
cuerpo caído. Al este el sol se ocultaba tras las montañas y proyectaba sombras
fantasmales sobre los muertos. La muchacha aceleró el paso al casi sentir las manos
de los espíritus tocar ya sus sandalias, y miró por encima del hombro para observar
el sol casi oculto. Reconoció el pico de Kiriko, la montaña más alta de las Tenyomi, y
sin casi pensarlo apretó con fuerza la empuñadura de su katana, aunque sabía que
un arma corriente como esa no la protegería de los oni si estos decidían bajar antes
de tiempo de las montañas.
Desvió la vista hacia el cielo oscuro y manchado de las escamas brillantes de
Ryoshu y distinguió a Jaiko, la garra del Gran Dragón, la constelación cuyo extremo
inferior indicaba siempre el Sur porque jamás abandonaba el cielo. La muchacha
suspiró débilmente.
El campamento no estaba lejos, situado junto a las lomas peladas que se
esparcían al sur de la gran llanura. Con cada paso que daba encontraba cuerpos de
guerreros de Setsuna, caballos de Hamashita y pendones de los vasallos que se
habían matado por el honor de sus señores. Demasiado azul y blanco de los Satohara,
muertos a los que no había mirado por temor a encontrarse a un amigo.
Aiko se sentía cada vez más cansada y aterida, como si algo le drenase el aliento
y la vitalidad. Se llevó una mano al vientre y se la empapó de rojo, sin sentir dolor,
sin sentir que se desvanecía. La enorme herida escupía la sangre como una serpiente
escupía veneno. Deseó caer y acompañar a las armaduras de su clan, bajo la noche
silenciosa de la pradera.
Entonces lo vio y Aiko se detuvo, aterrorizada. A pocos metros de ella, un gato
blanco estaba sentado sobre la panza de un caballo muerto, con la vista fija en la
muchacha. Aiko inspiró hondo por la nariz. El animal tenía los ojos dorados y

128
brillantes y de vez en cuando movía la oreja derecha como si estuviera nervioso. La
joven llevó la mano derecha a la empuñadura de la katana lentamente, sin apartar la
vista del gato. Cuando vio que se ponía de pie, desenvainó un cuarto del arma y
retrocedió. El gato avanzó y levantó la cola.
Las colas.
Aiko gritó.
Y despertó.
Al abrir los ojos veía borroso, pero distinguió el rostro de su maestro entre la
bruma de las lágrimas.
―Kenji ―musitó Seisuke, tocando la frente de la joven.
Aiko sonrió con una mueca torcida y trató de incorporarse. Seisuke la detuvo y
mantuvo echada en el futón, con el largo pelo castaño arremolinado tras la cabeza.
Notó que tenía el abdomen y el torso vendado y que pequeñas manchas pardas y
secas moteaban el vendaje. Miró el techo de la carpa, de repente consciente de dónde
estaba. Gimoteó avergonzada. Seisuke siseó de forma suave y le apartó el pelo
pegado a la piel sudorosa. Después cogió un paño que tenía en las rodillas, lo mojó
en un cuenco que había junto a la almohada y lo escurrió bien. Con él refrescó el
rostro de la muchacha.
―He hablado con mi hermana ―comentó―. Setsuna ha retrocedido más allá de
las Tenyomi, pero nuestra victoria fue...
—Serikatiga.
Seisuke sonrió.
—Si puedes pronunciar esa palabra es que estás bien.
Aiko resopló por la nariz y observó a su maestro. Se fijó en la venda que tenía
en la muñeca y que se perdía más allá del final de la manga del kimono. También
tenía vendado el cuello y un pequeño rasguño le cruzaba la mejilla derecha de arriba
a abajo. Seisuke se levantó con elegancia y se asomó por la cortina de entrada de la
tienda. Aiko oyó su voz velada por la lona y se concentró en la tranquilidad del
campamento. El rumor lejano de los hombres y mujeres era difuso y discontinuo y
le hacía olvidar la batalla. Con cuidado, se palpó el vendaje y tocó con las yemas de
los dedos las manchas de sangre seca. Retazos de dolor le pincharon la carne. Un
sirviente entró entonces a la tienda, seguido de Seisuke. Colocó una mesa baja y
circular junto al futón y sirvió té, sake y un tazón de sopa. Al terminar dejó la botella

129
de sake junto al ochoko, la tetera cerca del vaso de té y se retiró con una reverencia.
Aiko arrugó la nariz al ver la bebida y se le revolvió el estómago al oler la comida.
Gimió sin darse cuenta.
Seisuke sonrió, cogió el vaso de té y dio un sorbito.
—Oh, no te preocupes, esto es para mí. —Dio otro sorbo—. Tienes una herida
de lanza en el vientre, si te diera de comer y beber lo evacuarías enseguida por el
agujero.
Aiko entornó los ojos y se mordió el labio inferior hasta hacerse un poco de
daño. Recordó los gritos, el rugido y la lanza. Recordó los colores del uniforme de su
enemigo, el naranja brillante de los Setsuna. Recordó la sangre que le manchaba las
manos y el frío del campo de batalla.
—¿Funciona? —preguntó, cansada.
—Estás vivo, ¿no es así?
Cerró los ojos, se dejó las manos sobre el abdomen e inspiró hondo. Al hacerlo
se le tensó la carne y un pequeño latigazo de dolor le aguijoneó el estómago. De
nuevo le arrulló el tenue murmullo del campamento y los mudos movimientos de su
maestro. Incluso cuando bisbiseó agradecimiento por la comida, apenas escuchó su
voz. Así, rodeada de ese silencio roto, por fin recordó al monstruo. De nuevo, pasó
los dedos sobre las manchas de sangre artificial, sobre los pectorales, donde sabía
que los profundos arañazos del bakeneko acompañaban a las heridas del lancero
Setsuna.
«¿Por qué estoy viva?».
—¿Lo vio alguien más? —preguntó.
Seisuke negó apenas con la cabeza.
—Te encontraron a medio camino del campamento —contestó él—. Estabas
inconsciente y lleno de zarpazos. Muchos de los soldados se asustaron al verlos:
supuraban sangre negra.
Aiko sintió un escalofrío. La sangre negra, la sangre de los muertos.
—Pero estoy vivo —objetó, incrédula.
—Pero estás vivo.
—No lo entiendo, nadie sobrevive al ataque de un demonio.
—Quizá no era a ti a quien buscaba.
La muchacha emitió un débil quejido de descontento.

130
—Pero me atacó.
—Kenji —reprendió Seisuke—. Si te atacó y no te mató una buena razón habrá.
Quizá se equivocó y no te buscaba, quizá sólo estabas en su camino…
«O quizá es que no era mi turno».
Le sobrevino un acceso de dolor en el vientre y tosió. Luego ladeó la cabeza
hacia su maestro y se dio cuenta de que le temblaban las manos, y las uñas, mordidas
y arañadas, repiqueteaban contra el platito de sake sin control.

***

Las sombras se alargaban y deformaban en masas oscuras y grotescas que le


recordaban al bakeneko. Aiko deseó que aquella cosa fuera un gato endemoniado,
así al menos podía hacerse una idea de cómo deshacerse de él.
Seisuke blandió su tessen y cortó la carne. La criatura chilló con un alarido
negro y denso que caló en los huesos del hombre y su aprendiza. Aiko desenvainó la
wakizashi y atacó. La criatura esquivó la afilada y corta hoja con un salto y se adhirió
con las manos y los pies a la pared que estaba a su espalda. Un reguero de sangre
negra goteó y encharcó el suelo. Aiko y Seisuke volvieron a posición de guardia y
esperaron. Ambos inspiraron hondo, pero las manos no dejaron de temblarles. La
joven se mordió el labio y observó a la criatura. ¿Qué habían hecho?
«¿En qué nos hemos equivocado, maestro?».
El cuerpo era humano, fuerte, perfectamente construido. Tenía el pelo largo y
negro, todos los dedos, los brazos y piernas, los dos ojos, tan vivos y coloridos como
los de Seisuke, y las dos orejas, la boca… Parecía normal. Lo habían vestido con el
mismo hakama que usaba los aprendices del clan, le habían peinado de la misma
manera. Incluso le habían pintado las uñas de blanco.
Aiko vio por el rabillo del ojo que su maestro cerraba el abanico, se lo colgaba
del obi y se preparaba para desenvainar la katana. Se alejó de él, arreglándoselas
para no pisar los cristales resquebrajados de las probetas y los matraces, y sin
apartar la vista de la cosa. Despacio, sin bajar la guardia, extrajo la daga que tenía
bajo el cinturón y dejó caer la vaina al suelo. La habitación se encontraba en
completo silencio, sólo roto por el jadeo entrecortado del ser, la respiración calmada
de Seisuke y el débil aliento de Aiko.

131
Entonces la criatura flexionó las cuatro extremidades y saltó hacia ellos. Aiko se
echó al lado opuesto de dónde se encontraba su maestro y lanzó el cuchillo. Seisuke
desenvainó la katana con un paso adelante y tajó de fuera hacia adentro. El monstruo
cayó al suelo, sin cabeza, y con la daga clavada bajo la escápula. Aiko miró la cabeza,
que había rodado hacia ella, con la wakizashi en la mano y levantó la vista hacia
Seisuke. El hombre envainó la katana, apartó trozos de cristal y un libro caído con el
pie y se acercó a la joven. Sin decir nada, se agachó, cogió la cabeza con delicadeza y
se levantó. Aiko siguió sus movimientos con la vista y envainó la wakizashi para
después caminar con cautela hacia el cuerpo y recoger su cuchillo.
—¿Puedes buscar el diario, por favor, Kenji? —preguntó Seisuke con
tranquilidad.
Aiko asintió, envainó la daga, la guardó y rebuscó entre los restos destrozados
del cuarto. Encontró el diario bajo la mesa hecha pedazos junto al estuche del grafito
y la tinta en polvo. Cogió un pedazo de mina y se situó junto a su maestro. El hombre
había despejado un espacio circular lo suficiente grande como para que cupiesen él
y la muchacha. Delante del círculo había situado la cabeza, ante la que ambos se
arrodillaron. Con el cuaderno y el trozo de grafito en las manos, Aiko se inclinó hasta
que tocó el suelo polvoriento con la frente, de la misma forma que su maestro hacía.
—Perdónanos, diablo de las sombras, pues hemos despertado tu sueño. —
murmuró Seisuke, serio y grave. Repitieron dos veces más la oración—. Kenji,
escríbelo todo, hasta el más ínfimo detalle. Necesitaremos las notas para no cometer
el mismo error la próxima vez.
Aiko asintió, solemne, y empezó a escribir todo lo rápido que podía.
—¿Qué ha podido salir mal, maestro? —preguntó preocupada.
Seisuke, con la vista fija en la cabeza del monstruo, negó despacio con la cabeza.
—No lo sé… Seguimos las instrucciones de Oriko de principio a fin, construimos
un cuerpo de cero, le di mi sangre… Hicimos a su guerrero tal y como ella lo indicaba
en sus notas.
Aiko suspiró, anotando todo lo que habían hecho hasta que de repente el
guerrero abrió los ojos e intentó desgarrar a dentelladas la cabeza de su maestro.
Eran los mismos pasos que detallaba Oriko en sus papeles, así que escribir la
memoria del experimento no servía de mucho.
—¿Qué hacemos entonces? —preguntó mientras pasaba la página y continuaba

132
con el registro.
Seisuke se cruzó de brazos, aun contemplando a su creación fallida, y
repiqueteó los dedos sobre las mangas del kimono.
—Volver a intentarlo, por supuesto. Sea lo que sea el Guerrero de Oriko, lo
necesitamos.
—Pero, maestro, no podemos enviar a esa cosa al campo de batalla —protestó
la joven.
—Puede que no… o puede que sí, imagina los estragos que causaría uno sólo
entre las filas enemigas. Hace falta cortarle la cabeza para detenerlo y se mueve muy
deprisa.
Aiko dejó de escribir y miró la cabeza de la criatura. Tenía los ojos abiertos, la
boca torcida de forma grotesca con la lengua fuera y el pelo arremolinado y
enredado como una masa oscura y pegajosa. La muchacha tragó saliva y pensó que
con un monstruo en la guerra ya tenían suficiente.
—Es una locura —susurró.
—Locura o no es lo único que tenemos. Que nuestros clanes sobrevivan
depende de nosotros.
Grácil, Seisuke se levantó, salió del círculo y se dispuso a recoger las cosas que
quedasen intactas o pudieran servir para algo. Aiko, sin embargo, se quedó quieta,
con la vista fija en los atropellados pictogramas que había escrito.
Y se le ocurrió una idea.
—Maestro —llamó.
—¿Qué ocurre?
—¿Cree que los monstruos se pueden combatir con otros monstruos?
Notó cómo Seisuke se detenía y dejaba de colocar aquello que estuviera
recogiendo. En su cabeza titilaron demasiadas cosas a la vez, como si Ryoshu le
hubiera insuflado su aliento divino en la piel.
—Lo creo.
Aiko asintió. Si, como las malas lenguas decían, Setsuna había enviado al
bakeneko al campo de batalla para perseguir a sus enemigos, entonces ellos también
llevarían su propio demonio a la guerra. En silencio, garabateó una larga anotación
y la enmarcó en un cuadro de trazo grueso. Bajo el cuadro escribió dos frases:

133
134
La herencia de la Gran Madre
Morgui Fairyson

En el extenso y yermo desierto de Pokraste, separada de otras poblaciones por


dunas sin fin, se erigía Cenor, la colmena más rica de todas. Su exuberante
vegetación y sus edificios de paredes blancas destacaban en el rojo mar de arena
como si de una estrella se tratase. Sus habitantes podían vivir perfectamente sin
atravesar las murallas que protegían la ciudad de las bestias del exterior y los
extranjeros hostiles. Sólo los belator, encargados de la caza y de la defensa de su
gente, se atrevían a enfrentarse a los peligros escondidos entre las dunas rojizas de
Pokraste.
En el decimocuarto día de la estación de lluvias, las nubes dieron un descanso a
los habitantes de Cenor, permitiéndoles disfrutar de un poco de sol. Si bien esa cálida
mañana invitaba a detenerse a respirar el aire por una vez libre de arena y polvo,
Kahel se desplazaba rápidamente por las calles con una sonrisa plena en el rostro y
un delicado paquete en el brazo. Estaba exultante, pues ese día era la primera
revisión de su pequeño huevo.
Se había levantado con tanta alegría que su cuerpo parecía zumbar bajo su
escamosa piel. Debido a los nervios, había omitido el desayuno y escogió sus mejores
ropas. Se calzó unas polainas púrpuras sin suela para permitir que las garras de sus
pies se adhirieran bien al suelo, y escogió la mejor de sus prendas: una bata marrón
de fibra de arena, material que absorbía el calor del día y lo despediría lentamente
durante la fría noche. Para poder dejar al descubierto su torso, se había sujetado la
bata a la cintura con un par de vueltas de su cola. Como la mayoría de habitantes de
Cenor, Kahel apenas usaba la cola (sólo los belator le encontraron un uso para
sujetar armas), pero reconocía su utilidad para sujetarse la ropa.
También se esmeró con los pigmentos que ella misma fabricaba y vendía. Desde
joven le habían dicho que sus escamas casi blancas eran hermosas por su parecido
a las de Umael, pero a Kahel en realidad le gustaban por ser un lienzo perfecto para
sus pinturas rituales. Esa mañana había decidido decorarse el torso con una gama
de azules para reflejar su estado de ánimo alegre, trazando hermosas espirales que
hacían parecer su cuerpo aún más alto y estilizado. En su vientre, ahora plano, dibujó
el patrón en forma de hondas que indicaban su reciente puesta de huevo. Finalmente

135
metió su huevo en una cesta forrada en telas y salió de su casa camino al Recinto de
Luz.
Era demasiado pronto para que abriesen los comercios, por lo que atravesó las
calles sin cruzarse con nadie. Kahel llegó a la plaza central y se dispuso a girar hacia
el norte cuando no pudo evitar detenerse unos segundos a contemplar la estatua
que presidía el lugar. Allí, retratada en basalto blanco con incrustaciones de piedras
semipreciosas, estaba la Gran Madre, aquella de la que todos descendían. De su
cabeza calva destacaban los ojos de gemas ambarinas, separados por una ligera
protuberancia en la que se situaban sus orificios nasales. Sus finos labios estaban
apretados en una severa línea que recorría su rostro casi de lado a lado. Su lánguido
cuello parecía fundirse con el torso, apenas interrumpido por unos hombros caídos
que conectaban con sus largos brazos. Era tan estilizada como el tallo de una planta,
alta y de hombros caídos, alzándose hacia el cielo como un rayo de luna. Vestía los
tradicionales faldones sujetos a la cintura y polainas atadas en los pies. Entre los tres
dedos de su mano derecha sostenía una hoz, mientras que en la otra sujetaba una
fruta roja. No cabía duda: la belleza de Umael era inigualable.
A lo largo de su vida, Kahel no había prestado especial interés en el asunto de la
reproducción, pero sabía que era mejor tener cuidado por si algún día decidía tener
una cría. Y, en ese mismo momento, comparando sus propios rasgos con los de la
Gran Madre, daba las gracias. Todos sabían que al reproducirse la descendencia era
una copia perfecta de su progenitor y, si bien todos descendían de Umael, un
individuo podía desarrollar ciertas diferencias que heredaría su progenie. Algunas
eran debido a las dietas que habían seguido a lo largo de sus vidas, otros por haber
estado expuestos al clima externo del oasis o por otros factores. Si bien esas
pequeñas diferencias no eran importantes, cualquier error podría conducir a
desarrollar una mutación grave y causar que la cría naciese enferma. Y esa era la
mayor desgracia que podía sucederle a un progenitor.
Hacía cuatro semanas, Kahel había decidido dar el paso y acudir al Recinto de la
Luz con la esperanza de poder engendrar su primera cría. En ese edificio estudiaban
y trabajaban quienes querían dedicarse a la salud de los habitantes de Cenor. Sus
conocimientos se mantenían en secreto dentro de los muros del Recinto de la Luz, y
sus prácticas se decía que se remontaban a los tiempos de la Gran Madre. Durante el
proceso de concepción y engendramiento de las crías, todos seguían con una

136
rigurosidad casi sagrada las indicaciones que allí se les daban. Si alguien quería
tener una cría, debía acudir al Recinto de la Luz.
Era de conocimiento común que quienes acudían con su amante tenían más
probabilidades de engendrar gracias a su sola presencia, pero muchas otras lo
lograban en solitario. Así Kahel había comenzado el ritual de tres semanas aislada
en el Recinto, alimentándose exclusivamente de lo que las encargadas le daban,
pasando largas horas al sol y realizando ciertos ejercicios físicos y mentales. Y por
fortuna, el esfuerzo había dado sus frutos y había puesto su primer huevo, el cual iba
a pasar su primera revisión.
Al entrar al Recinto, saludó a Rasael, una de las amistades que había mantenido
desde la infancia y una belator de gran confianza. Antes de entrar a la sala de examen,
comprobó una vez más que su huevo estaba bien acomodado entre las telas de la
cesta y, una vez conforme, llamó a la puerta. Los minutos siguientes fueron un tanto
caóticos, cediendo con cuidado el porta-huevos a una de las doce trabajadoras que
había dentro de la sala. Revisaron el cascarón en busca de fisuras, la temperatura, el
color, la textura e infinidad de demás detalles pasando el huevo de una mano a otra
con velocidad pero cuidado. Finalmente lo observaron al trasluz y Timuel, la
encargada del caso de Kahel y una recién graduada del Recinto, le dedicó una sonrisa
a Kahel.
—Enhorabuena: está fecundado. La cáscara es perfecta, sin una sola
imperfección. Sin embargo, ahora comienza la etapa más delicada —comenzó
adquiriendo gran seriedad—. Debes mantenerlo a la temperatura de medio sol, de
forma estable, en un lugar oscuro donde no le alcance ningún rayo de luz y a salvo
de cualquier golpe. ¿Entendido?
Kahel asintió con la cabeza y recuperó con gran cuidado su huevo. Después de
algunos otros consejos y concertar la cita para la siguiente revisión, volvió a su casa.
Ya había preparado el lugar de incubación en el sótano, sin ventanas y con sólo una
pequeña rendija para ventilar el espacio. El nido consistía en un espacio enrejado
del tamaño del huevo, rodeado por un pequeño cerco. Siguiendo las instrucciones
de las trabajadoras del Recinto, depositó con gran mimo el huevo dentro del
enrejado y lo cubrió con las plantas y frutos que le habían indicado. Esos materiales
servirían para calentar el nido a medida que se descompusiesen y fermentasen. De
esa manera sólo tendría que reponer los desechos de vez en cuando y palpar el nido

137
para comprobar que se mantenía a la temperatura correcta.
Dos días después de la revisión, Kahel acudió por la mañana al mercado en
busca de algunas de las cosas que necesitaba para la elaboración de sus pinturas. Sin
embargo, a mediodía tuvo lugar una tormenta de granizo especialmente fuerte, que
obligó a los habitantes a refugiarse si no querían correr el riesgo de morir de frío.
Una vez amainó la tempestad, Kahel acudió con prisa a su casa para comprobar su
nido. El viento huracanado había logrado arrancar una pequeña parte de la cubierta
de la casa, dejando que el agua se filtrase al interior e inundase parte del sótano.
Preocupada, cogió todos los residuos y materiales que pudo encontrar cerca de la
casa y bajó corriendo al sótano.
El agua había arrastrado gran parte de la montaña de material en
descomposición que calentaba el huevo. Rozando su cáscara con el dorso de la mano,
comprobó que aún estaba templada. Aliviada, reconstruyó la montaña de desechos
fermentados añadiendo los nuevos materiales y volvió al piso superior para reparar
el tejado dañado. Desafortunadamente, con las prisas no había comprobado
correctamente lo que había usado para restaurar el nido. Sin que ella lo supiese,
algunas de las hojas que había utilizado eran especialmente resistentes y aislaron al
huevo del calor de los desechos fermentados.
Las semanas continuaron hasta alcanzar la decimoprimera desde que la puesta
del huevo. Era ya de noche cuando Kahel terminó sus tareas diarias y bajó a revisar
el nido. Al apartar algunos de los desechos en descomposición, descubrió con pavor
que había una grieta en el cascarón. Aquello estaba completamente mal, pues aún
faltaban siete semanas para la eclosión. Intentó contener el pánico que amenazaba
con paralizarla y lo colocó con mucho cuidado en el porta-huevos. Cubierta con un
manto, atravesó rápidamente la ciudad hasta llegar al Recinto. Llamó con fuerza a la
puerta varias veces hasta que una somnolienta trabajadora la dejó pasar. Por suerte,
siempre había una encargada de guardia, por lo que la atendieron rápidamente en
cuanto les explicó la situación. Llamaron a Timuel para que examinase la grieta.
—¿Acaso lo golpeaste? —preguntó enfadada una de las trabajadoras.
—¡Le juro que no es así! —respondió Kahel con preocupación—. No lo he
movido del nido, como ustedes me dijeron. La grieta ha aparecido esta misma tarde
sin que nada lo tocara.
—Es demasiado pronto para que eclosione —respondió Timuel con

138
sospecha―. ¿Seguro que no se te ha caído?
Antes de que Kahel pudiese formular una respuesta, se oyó un crujido y la grieta
aumentó de tamaño. Delante de los ojos aterrados de la madre y los sorprendidos
de las trabajadoras, el huevo comenzó eclosionar. Tras unos instantes, asomó una
pequeña mano de tres dedos con las garras propias de las crías, abriéndose paso a
través del cascarón. Aquello hizo reaccionar a las trabajadoras, que en seguida
comenzaron a sacar trapos y agua caliente. Kahel hubo de hacer un esfuerzo titánico
para no ayudar a su cría a emerger del huevo, pues sabía que eso sólo podría
ocasionar daños a la tierna piel escamosa del neonato. Finalmente quedó al
descubierto la cara de la criatura, que no tardó en romper a llorar. Timuel lo recogió
con suaves paños y sus compañeras comenzaron a revisar su pequeño cuerpo en
busca de imperfecciones.
Esos eran los peores momentos para cualquier progenitor, pues si no obtenía el
visto bueno, la encargada tenía derecho a matar a la cría para evitar que en el futuro
se reprodujese y se replicase su deficiencia. Si superaba ese primer examen pero se
descubrían posteriormente otras enfermedades, podía recurrirse solamente a la
castración. Y en el caso de Kahel, las expresiones de las trabajadoras no auguraban
nada bueno. Finalmente miraron a Timuel, quien por ser la encargada de su caso
debía tomar la decisión final.
—Me temo que tu cría tiene algo especial —dijo la encargada sosteniendo al
neonato—. Su cloaca tiene una forma un poco extraña, un tanto abultada. No
sabemos si interferirá en su función cuando tenga que excretar —Hizo una pausa
mientras parecía reflexionar—. Quizás, al igual que su tamaño un poco pequeño,
sean consecuencia de su prematura eclosión. Por otra parte, parece tener bien todas
las extremidades, la piel, los ojos y la mandíbula. También responde bien a los
estímulos, así que le daremos el visto bueno —concluyó pasándole el bulto envuelto
en paños.
Kahel recogió a su cría y pudo ver detenidamente por primera vez su rostro. Era
regordete, con unos ojos grandes de color negro y una boca sin dientes. Agitaba las
manos y pies rechonchos sin ton ni son, a la vez que su cola se meneaba de un lado
a otro. Tenía el cuerpo regordete cubierto por unas escamas grisáceas tan suaves
que casi parecían piel desnuda. Kahel juró que jamás había visto un ser tan hermoso
y tierno. Era costumbre esperar al primer cumpleaños para nombrar a las crías por

139
ser la fecha clave para saber si conseguirían llegar a la edad adulta, pero, tras mirar
el rostro de la criatura, Kahel supo al instante que sobreviviría y la llamó Sanadiel.
Los meses pasaron y Sanadiel continuó creciendo sin que su menor tamaño o
su cloaca diesen problemas. Pronto sus ojos adquirieron un común tono ámbar y
desarrolló los finos dientes propios de las crías de su edad. No obstante, Kahel
comenzó a apreciar rasgos distintos con respecto a los cachorros de otras madres:
sus escamas se volvieron de un inusual color verde con franjas rojas, y movía su cola
con mayor habilidad. Puesto que no había más diferencias, decidió no preocuparse.
Al cabo del primer año, llevó a Sanadiel a pasar las mañanas en la guardería del
Recinto de la Luz mientras ella vendía sus pinturas en la plaza. Ignoró las miradas
curiosas que le lanzaban los demás progenitores al ver las escamas de su cría, pues
a ella le parecían hermosas (además de que le ahorraban tener que pintarle el
cuerpecito con decoraciones cada mañana). En cierta ocasión, Rasael le comentó con
preocupación que quizás la extraña pigmentación se debía a algún problema en las
escamas, pero ella lo desestimó alegando que su tacto era normal y todos los días
usaba aceites para mantenerlas sanas.
A los dos años, Sanadiel ya sabía hablar y andar por sí misma. Demostró ser
hábil con las manos y Kahel algunos días permitía que le decorase la espalda para
completar las decoraciones que ella misma se pintaba. Le gustaba especialmente
cuando la cría se limitaba a estampar sus manos manchadas en los pigmentos,
dejando la impresión de sus pequeñas palmas. Rasael visitaba a menudo a la
pequeña familia, seguramente debido a que ella ya había intentado en dos ocasiones
tener su propia descendencia y había fallado. Le encantaba jugar con Sanadiel, y no
tardó en mostrarle algunos de los movimientos con armas que aprendían los belator
en la academia. Incluso le permitía repasarle el maquillaje que formaba parte de su
uniforme. A Kahel no le gustaba que le enseñase esos ejercicios tan violentos, pero
Rasael le recordó que, si algún día su cría decidía dedicarse a la caza, partiría con
ventaja con respecto a los otros aspirantes a belator.
Finalmente llegó el tercer cumpleaños de Sanadiel, cuando debía pasar su
última revisión obligatoria en el Recinto de la Luz y la última ocasión en que se
plantearían su esterilización. Kahel se vistió con sus mejores ropas y se pintó el torso
con colores amarillos que indicaban su serenidad. Para Sanadiel escogió unas
prendas ocres que hacían juego con las escamas verdes de su cuerpecito y le dibujó

140
unas pocas líneas blancas a lo largo de los brazos. Esa era una de las cosas que más
le gustaba de su cachorro: era uno de los pocos en cuya piel podía apreciarse el
pigmento blanco, símbolo de alta estima.
Llegaron a las puertas del Recinto con tiempo de sobra, por lo que Kahel se
detuvo un momento a hablar con Rasael, a quien le tocaba montar guardia en la
entrada. Finalmente una de las trabajadoras se asomó para indicarle que pasase.
Durante la revisión, Kahel notó que las trabajadoras miraban con especial atención
las escamas rojas que adornaban el lomo de Sanadiel. El examen continuó con
normalidad hasta el momento en que una de las trabajadoras se detuvo a comprobar
la cloaca del cachorro. La empleada frunció el ceño y volvió a examinar su
cuerpecito. Su expresión se volvió grave, le susurró algo al oído a Timuel y salió de
la sala a zancadas. Las otras trabajadoras la ignoraron a favor de continuar con la
rutina. Casi habían terminado de inspeccionar a la cría cuando la puerta de la sala se
abrió.
La trabajadora que momentos antes había salido volvió a entrar acompañada
por Pirtel, la más anciana de las encargadas del Recinto. Se dirigieron hacia las
demás empleadas y comenzaron a susurrar. Kahel intentó acercarse para
comprobar si sucedía algo malo, pero una mirada de advertencia de las trabajadoras
bastó para que se mantuviese en su sitio. Las encargadas cuchicheaban entre ellas,
lanzando miradas de soslayo hacia Sanadiel y su madre. Desde donde debía esperar,
Kahel vislumbró las tablillas de madera que componían el libro por lo que, aunque
no podía leer el texto, dedujo que debía de ser muy antiguo.
Finalmente las trabajadoras dejaron de murmurar y se dirigieron hacia Kahel.
Sus rostros reflejaban una seriedad mortal y tenían las garras crispadas, como si
tratasen de contenerse físicamente para no atacar a alguien. Pirtel agarró a Sanadiel
con una violencia inesperada y la arrojó a los brazos de Kahel. Estupefacta, lo
recogió rápidamente mientras la cría se agitaba y lloraba asustada. La acunó contra
su pecho, meciéndola suavemente para calmarla. Llena de ira ante la inesperada
agresión contra su bebé, abrió la boca para exigir explicaciones, pero la encargada
se le adelantó:
—¿Qué hiciste? ¿Qué has creado? —espetó con rabia.
—¿A qué te refieres? —preguntó Kahel abrazando fuertemente a su sollozante
cría—. ¡Yo no he hecho nada! ¡Eres tú la que ha perdido la cordura! ¿Cómo puedes

141
tratar así a mi cachorro?
Los gritos atrajeron la atención de la gente de fuera, por lo que abrieron la
puerta para comprobar qué estaba pasando. Las trabajadoras ignoraron a los
nuevos espectadores, demasiado concentradas en mirar con desprecio a Kahel y su
cría.
—¡¿Qué has hecho, desgraciada?! En algún momento desobedeciste nuestras
instrucciones.
—¡No es cierto! —se defendió—. Cumplí cada indicación que me disteis.
—¡Mentirosa! ¡Has creado un monstruo! ¡Has profanado la sangre de la Gran
Madre! —Pirtel se detuvo para tomar aire y boqueó varias veces, como si las
palabras no quisiesen salir de su boca—. ¡Esa aberración a la que llamas tu cría es
un varón! —gritó a pleno pulmón.
La sala quedó en completo silencio durante unos segundos. Los curiosos
asomados a la sala comenzaron a cuchichear con confusión. Kahel se limitó a mirar
a la trabajadora sin entender a qué se refería. Timuel se percató de las espectadoras
e intentó, sin éxito, llamar la atención de la anciana.
—¿Es que no lo entiendes? —preguntó Pirtel ante la falta de reacción de la
madre—. ¡Has creado y has dejado crecer a un engendro que no vivía desde antes
de la Gran Madre! ¡Un varón!
—¿Un varón? ¿Qué es eso? —se oyó murmurar.
—¿Es una enfermedad? —preguntó alguien.
—¿Será contagioso? —cuestionó otro.
—¿Es peligroso!
Pirtel pareció reaccionar al oír los murmullos de las espectadoras y le dedicó
una mirada de desprecio a Timuel, quien intentó sacar a las intrusas.
—¡Ignorantes! —gritó otra de las trabajadoras—. Los varones son los machos
de nuestra especia, una deformación de nuestra especie, unos seres más pequeños,
con horribles escamas oscuras, de naturaleza violenta y peligrosos desde que nacen.
Viven para dominar y destruir.
—Antes, como los machos de los animales salvajes, eran necesarios para tener
crías y se reproducían como una plaga —continuó Pirtel—. La Gran Madre no sólo
creó Cenor, sino que consiguió huir de ellos y reproducirse por sí misma. Y nos dejó
ese don que hemos heredado todas como reflejos suyos perfectos. Pero tú, jovencita

142
ignorante —acusó señalando a Kahel—, has traído la destrucción a esta ciudad.
Las voces se alzaron repentinamente en la sala, algunas confusas, otras
temerosas o enfadadas. Muchas de las madres que se habían asomado por la puerta
se dirigieron aterradas hacia las trabajadoras, suplicando que examinaran a sus
crías para saber si también eran monstruos. Se oían gritos exigiendo explicaciones,
suplicando soluciones. Kahel estaba en el centro de la conmoción meciendo a
Sanadiel, cuyos sollozos habían aumentado hasta un llanto desconsolado.
—¡Silencio! ¡Silencio! —gritó una trabajadora intentando poner orden—.
¡Belator!
Rasael respondió a la llamada y acudió rápidamente al centro de la sala, donde
las empleadas intentaban frenar a las madres que les azuzaban a sus crías. Al fin
Sanadiel se había calmado, acunado en los brazos de su madre.
—¿Y no se puede arreglar? —preguntó angustiada Kahel—. ¿No hay un
remedio, una cura?
—¡Ja, estúpida! —rió Pirtel con desprecio—. Es una condición de nacimiento.
La única solución es la muerte.
La anciana le dirigió una mirada a Rasael y le señaló con la barbilla hacia
Sanadiel, aún en los brazos de su madre. La belator se detuvo a contemplar a su
amiga, quien parecía absorta mirando con terror a su cría.
Las palabras de la trabajadora inundaban la mente de Kahel, plagando sus
pensamientos como un zumbido constante y apabullante. Contempló a su cachorro
con nuevo ojos. El verde de sus escamas ya no le recordaba a la maleza que rodeaba
el oasis de Cenor, sino al color del agua pantanosa. Las franjas rojas de sus lomos ya
no eran como pétalos de flores, sino ríos de sangre. Esas manos que momentos antes
habían jugado con un muñeco de trapo, ahora parecían garras letales de puntiagudas
uñas. Sus labios, aún formando un puchero lloroso, eran la puerta a una boca plagada
de peligrosas cuchillas. Sus ojos de color ámbar eran ascuas encendidas,
examinando su entorno con una mirada depredadora. Alejó de su cuerpo a la cría
sujetándola por debajo de las axilas.
Sanadiel miró confundido a su madre y extendió sus manitas hacia ella,
intentando volver a la comodidad de su abrazo. Gimoteando, enroscó su cola
alrededor de su antebrazo, intentando llamar su atención. Pero Kahel mantenía los
brazos extendidos intentando distanciar de su vientre vulnerable a esa criatura

143
peligrosa que había estado viviendo con ella, a la que había cuidado como a su cría.
Un escalofrío recorrió su espalda. ¿Cómo había estado tan ciega? ¿Cómo no había
visto el peligro en su propia casa? ¿Cómo no…?
—¿Mami?
La palabra, apenas un susurro entre gimoteos, llegó a los oídos de Kahel tan
claramente como un grito. Súbitamente su mente se quedó en silencio. Y al fin vio
las lágrimas que amenazaban con desbordarse de los ojos de su cachorro, las manos
suplicantes dirigidas hacia su rostro. Porque de repente estaba claro: era su cría, su
renacuajo, su pequeño cachorrito. Sus ojos eran los mismos que habían contemplado
con amor a Kahel desde que Sanadiel nació. Sus labios eran los mismos que habían
sonreído cuando le había hecho cosquillas tantas veces. Sus manos las que la habían
ayudado torpemente a pintarse esa misma mañana. Sus escamas las que habían
servido de lienzo para sus decoraciones más originales. Y su cuerpo el mismo que se
había acurrucado contra ella en busca de consuelo durante las noches de tormenta.
—¿Kahel? —la voz de Rasael volvió su atención a la sala donde la gente todavía
discutía gritando.
—¿Sí? —respondió relajando un poco su postura y permitiendo que Sanadiel
alcanzase con sus manitas su pecho, aunque todavía sin abrazarle.
—Debemos deshacernos de él.
Kahel permaneció en silencio, consciente de la atención que le estaban
dedicando las trabajadoras.
—Y también debemos asegurarnos de que no vuelvas a tener descendencia,
como es lógico —añadió Pirtel.
Giró el cuerpecito de Sanadiel en sus brazos, colocando la espalda de la cría
contra su pecho. Se irguió con serenidad y asintió con la cabeza.
—Bien —suspiró aliviada la empleada—. Pondremos fin a este incidente. Y tú
—añadió con una mirada de desprecio hacia Timuel—. Es culpa tuya no haberte
percatado de todo esto antes. Una negligencia digna de castigo. Además de no echar
siquiera el cerrojo de la sala… —añadió en un susurro ofuscado con la mirada fija en
las indeseadas espectadoras—. Belator, sabes qué hacer.
Rasael asintió con la cabeza ante la orden. Con una mirada de simpatía hacia
Kahel, la guió fuera de la sala apoyando suavemente una mano en su espalda. Se
dirigieron hacia una zona del Recinto de la Luz que sólo los más desafortunados

144
conocían, recorriendo retorcidos pasillos que les alejaban cada vez más del alboroto
de la sala de examen.
—Siento lo de tu cría —murmuró con pesar Rasael.
Kahel permaneció en silencio unos segundos, meditando sus siguientes
palabras.
—No tienes por qué lamentarlo si no quieres.
—¿A qué te refieres? —preguntó confundida la belator.
—Sabes a lo que me refiero —respondió mirándola de reojo.
—Es una locura —contestó deteniéndose—. No podemos hacer eso. Es
peligroso.
—Rasael, por favor —suplicó encarándose a ella, con la voz temblorosa—
Conoces a Sanadiel. Sabes perfectamente que no es peligroso.
— Puede que ahora no, pero en el futuro puede serlo —se percibía la duda en
sus palabras.
— Entonces, si alguna vez llegase ese día, yo le haré frente. Yo misma le
mataré—respondió con renovada entereza.
—No podemos. Han ordenado su muerte. No puede seguir viviendo en Cenor.
—¡Y no lo hará! Nos iremos de la ciudad, de este oasis —propuso con confianza.
—Es una locura y lo sabes —contestó Rasael negando con la cabeza—. Fabricas
pintura, no sabes cazar ni defenderte. No sobreviviréis ni una semana.
— Entonces Sanadiel estará muerto igualmente.
— Y tú con él —añadió con pesar.
— Mejor eso que vivir permitiendo que lo maten delante de mí.
El silencio se extendió durante unos segundos que a Kahel le parecieron
eternos. Rasael parecía sumida en sus reflexiones, ignorando la mirada suplicante
de su amiga y los ojos confundidos de Sanadiel. El cachorro había logrado retorcerse
en el agarre de su madre hasta volver a apoyarse cómodamente en su pecho.
Finalmente la belator suspiró con derrota y asintió con la cabeza. Agarró el brazo
con el que Kahel no sujetaba a su cría y la guió con rapidez a través de otros pasillos.
Caminaron en silencio, comprobando de vez en cuando las esquinas en busca de
gente que pudiese delatarlas. Después de atravesar una sala, llegaron a una puerta
pequeña.
—Esta es la puerta donde los trabajadores tiran la basura. Da a la parte exterior

145
de la ciudad. Ten —le explicó mientras le tendía la daga de su uniforme—. Es
pequeña, pero te servirá ahí fuera.
—Gracias.
Las dos amigas se miraron en silencio, antes de que Kahel se lanzase a abrazar
a su salvadora. Rasael envolvió los brazos alrededor de su amiga, intentando
transmitir sus sentimientos en ese solo gesto. Sólo se separaron al oír los gimoteos
incómodos de Sanadiel, cuyo cuerpecito estaba apretado entre las dos. Con una
última sonrisa acuosa, Kahel apoyó su frente contra la de Rasael.
—Gracias. Jamás olvidaré esto —agradeció con los ojos cerrados, disfrutando
del contacto.
—Más te vale. Me juego el trabajo —bromeó su amiga con la voz temblorosa.
Se separaron lentamente, con la mirada fija en los ojos de la otra. Rasael desvió
su atención hacia Sanadiel y le besó la frente con dulzura.
—Pórtate bien y haz caso a tu mamá, ¿vale?
La cría asintió lentamente sin entender. Rasael sostuvo abierta la puerta para
que Kahel y su cachorro saliesen. Los observó alejarse del Recinto, adentrándose
entre los árboles, camino del inmenso desierto que les esperaba fuera. Tal vez madre
y cría pudiesen sobrevivir. Quizás Sanadiel llegaría a crecer y no sería peligroso.
Quizás el amor de su madre fuese suficiente para evitar ese terrible futuro.

***

Rasael terminó su narración y se irguió ante los embelesados rostros de las crías que
la rodeaban. El sol ya se había ocultado, dejando que la habitación quedase en
sombras. El titilar de las pocas velas encendidas creaba juegos de luces y sombras
que se reflejaban en sus escamas blancas y verdes. Tras unos segundos de silencio,
volvió a hablar con la voz ligeramente cascada por la edad:
—Y esa es la historia de vuestro origen. La historia del nacimiento de vuestro
padre.
—Pero —interrumpió un de los cachorros—. ¿Qué pasó después? ¿Cómo
atravesó la abuela el desierto? ¿Cómo encontraron a mamá? ¿Y a ti? ¿Y cómo
llegasteis aquí?
—Esa historia mejor la dejamos para mañana, que ya es muy tarde —intervino

146
otra voz desde la puerta.
Las crías comenzaron a protestar, pero obedecieron a la orden de ir a dormir.
Rasael se levantó despacio y se colocó los faldones. Alzó la vista al notar una mano
en el hombro y se topó con la sonrisa de Kahel. Se quedó quieta mientras su amiga
le colocaba con cuidado la ropa.
—¿Estabas escuchándome otra vez? —preguntó Rasael.
—Es una historia que me encanta oír, por muchas veces que la cuentes.
Entrecruzaron las colas en un gesto cariñoso y se dirigieron a comprobar si sus
crías se habían acostado. Porque aunque no fuesen sus madres, y por muy diferentes
que fuesen (blancos, verdes, hembras y machos), eran su familia.

147
Cráneo de gato
Óscar Iborra

De la oscuridad venimos

y una llama portamos.

Vivimos, morimos.

Y entonces regresamos.

Canción tradicional dandra.


Prohibida en el culto Su-Hoi.

La ceremonia no iba bien, y Nuari se alegraba en parte. No por rebeldía adolescente


sino porque tenía dudas sobre su iniciación como portadora en el culto Su-Hoi.
Su padre, Rendo, de espaldas frente a ella, realizaba la ceremonia. Nuari doblaba
las rodillas sobre un cojín mullido y se esforzaba en mantenerse recta mientras veía
a su padre deslizar el dedo índice y corazón de arriba abajo por la superficie labrada
de las pilastras de los antepasados. Varias de esas columnas, algunas de metro y
medio de alto, formaban un semicírculo frente a ellos. Su forma era cúbica pero sólo
un lado estaba labrado con una hilera de símbolos o hai: los atributos de los
ancestros. Cada hai, un don familiar. Cada pilastra, una línea familiar.
Nuari miró de nuevo su saohe, el collar de ceremonia, dispuesto frente a ella en
un soporte de madera. Una tira vertical de un tejido urdido a mano, resistente y
liviano. Del extremo superior salían dos tiras más estrechas que formaban un
círculo. Ellas cerrarían el collar en torno a su cuello al acabar la ceremonia.
Gran parte del linaje paterno de Nuari eran portadores, incluido su padre. Los
portadores cruzaban al otro lado donde moraban los difuntos, se comunicaban con
ellos y recogían sus dones para traerlos a este mundo y ofrecerlos a los
descendientes dignos de ellos. Esos dones constituían el saber acumulado durante
la vida del antepasado, unido al conocimiento acumulado a su vez por ancestros
anteriores y que se había transmitido del mismo modo, generación tras generación.
Eran los propios ancestros los que determinaban qué don dar a qué descendiente;
los portadores sólo trazaban el camino de conexión. Pero antes de alcanzar a los

148
antepasados debían cruzar un mundo intermedio de sombras, un territorio lo
bastante inexplorado como para no atreverse a cruzarlo sin brújula, y lo bastante
conocido como para temerlo. Y los portadores eran esa brújula, abriendo caminos
seguros por los que transitar. Con el tiempo, el culto Su-Hoi había ido ganando
fuerza, pasando de ser los practicantes de unos ritos estrictos y extraños de la zona
cálida, a uno de los grupos sociales más poderosos, que guardaban con celo su magia
y tecnología dentro de sus comunidades.
Un grupo diverso de gente asistía al acto: familiares, otros oficiantes Su-Hoi y
algunos curiosos. Nuari no esperaba recibir el favor de muchos de sus antepasados.
No estaba segura de querer ser una portadora y además estaba su legado familiar
materno. Los contactos que su abuela, y de ella hacia atrás, había tenido con los
cultos dandras, considerados salvajes para los Su-Hoi, podía convertirse en un
problema potencial.
El Su-Hoi no era el único culto que conectaba con el mundo de las sombras.
También lo hacían otros, muchos de ellos ya extintos. Uno de los que permanecía
con fuerza era el dandra, a quienes los Su-Hoi consideraban salvajes y adoradores
de las sombras, lo cual los situaba en una posición opuesta a la práctica Su-Hoi. Los
dandras ya mantenían su culto antes de que los Su-Hoi crecieran y se desarrollasen,
y en aquellos tiempos no había enemistad, sólo diferencias. Muchos antepasados de
los Su-Hoi, incluidos los de Nuari, habían tenido algún contacto con tradiciones
dandra. Al principio aquello no representaba ningún problema, pero con el tiempo
se había convertido en una especie de estigma social. En la última generación, los
dos cultos habían ido creciendo en diferencias y no parecía que la cosa fuese a
mejorar.
Se oyó un leve murmullo cuando uno de los símbolos de la pilastra se iluminó
bajo los dedos de Rendo. Nuari alcanzaba a ver qué hai era. Cinco generaciones atrás.
Portadores. El primer hai era considerado en general como un visto bueno para ser
aceptada como portadora principiante, aunque eso no significaba nada. La
ceremonia del collar se repetiría en unos ciclos para determinar si las bendiciones
de los ancestros seguían con ella.
El saohe se elevó un poco como impulsado por un viento imperceptible. Allí no
corría aire alguno. El templo, repleto de círculos de ceremonias como en el que ella
estaba, estaba casi a oscuras iluminado solo por velas y fuegos que ardían en

149
bandejas planas de piedra. Una de las muchas ventajas de la magia Su-Hoi.
Un brillo apareció en el extremo superior del saohe, y como cosido con rapidez
por una mano invisible, el símbolo que se había iluminado en la pilastra apareció
sobre la tela.
Como hija de portadores y nieta de portadores era lógico que la primera
aprobación no fuese un problema. De hecho, era casi era un formalismo. Pero en el
collar aún quedaba espacio para más hai. Su padre esperó hasta que el símbolo
terminase de aparecer en el tejido, y se giró de nuevo hacia las pilastras, pasando a
otra y repitiendo la operación de deslizar los dedos.
No, la ceremonia no iba bien. La segunda pilastra no dio ningún símbolo. Ni la
tercera. Ni las dos siguientes. El silencio entre los asistentes comenzaba a ser
demasiado tenso. Nuari tenía calor a pesar de llevar tan sólo el vestido ceremonial,
sin mangas y cosido a partir de una sola pieza. Estaban en el cuarto segmento del día
y la luz de Ja-Tar caía a plomo sobre la ciudad, pero Nuari confiaba en que en la
penumbra del templo nadie viera las gotas de sudor que resbalaban por su nuca,
descubierta gracias al recogido de su pelo en un alto moño sobre su cabeza.
Notó como todos contenían el aliento al iluminarse dos hai que al momento
aparecieron en el saohe. Nuari los miró y apretó los dientes. Una línea paterna hacia
la que no sentía simpatía ni afecto. Disciplina y Obediencia: esas eran las cualidades
que esos antepasados le estaban ofreciendo.
Los nuevos hai habían aparecido en el collar debajo del primero, pero sin ocupar
los espacios en blanco que los demás antepasados no habían querido llenar. Eso era
algo muy poco frecuente, además de un signo claro de rechazo hacia la nueva
iniciada. Los antepasados mostraban que no la aprobaban evitando además que
pudiera recibir otros dones. Nuari vio cómo su saohe, un poco más corto que su
brazo, estaba ya casi completo, con sólo tres hai y muchos huecos vacíos. Percibía la
tensión de su padre, a quien no quería mirar en ese momento. Sentía ganas de
girarse para acallar los siseos a su espalda, pero no era buena idea.
Rendo dudó un momento para luego dar un paso a la derecha, saltándose dos
pilastras y situándose ante una que Nuari no podía ver. Surgió otro leve resplandor
y el último don se bordó sobre el collar. Nuari vio como el hai de su abuela cerraba
la fila. Un hai sin nombre, recordatorio del contacto de sus antepasados maternos
con el culto dandra. El peor hai que podía esperar dadas las circunstancias.

150
Rendo tomó el saohe completo para ceñirlo al cuello de su hija donde
permanecería fijado sin poder quitárselo durante al menos un ciclo. Había
comenzado a recitar una oración ritual cuando un ruido proveniente del fondo del
templo llamó la atención de todos. Un grupo de personas había entrado e iba directo
hacia ellos.
—Rendo —dijo uno de ellos—, disculpa la interrupción. Necesitamos tu ayuda.
Ha llegado una comitiva de dandras. Quieren hablar con oficiantes de la ciudad.
Dandras en la ciudad. Una visita como aquella era algo del todo inesperado.
Rendo dejó de nuevo el collar sobre su soporte.
—Retomaremos la ceremonia en el último segmento del día —dijo.
Nuari vio como todos salían del templo siguiendo a los mensajeros. Que hubiese
dandras en la ciudad era algo extraordinario, y una buena oportunidad para poder
verlos con sus propios ojos y no a través de los prejuicios y recelos de los miembros
de su culto. No sabía bien qué hacer, pero siguió a los demás a la calle. Fuera, Rendo
y otros oficiantes montaban a caballo para espolearlos a continuación en dirección
a la parte baja de la ciudad. El resto de personas cuchicheaban en corrillos. Tenían
material de sobra: podían elegir entre la desastrosa ceremonia de Nuari y la llegada
de dandras. Nuari sabía que debería cambiarse; el traje de ceremonia no era
apropiado para ir por la calle. Sin embargo, levantó la mano para llamar la atención
de uno de los transportes de la urbe, una losa de piedra arenisca fabricada por la
magia Su-Hoi que se deslizaba flotando a medio metro del suelo y donde los
ciudadanos se sentaban en círculo con las piernas colgando o recostados mientras
comían frutas de los cestos que había en el centro.

No era difícil adivinar dónde tendría lugar la reunión con los dandras. A medida
que descendía hacia la zona baja de la ciudad se veían grupos de personas
encaminándose hacia un mismo sitio, todos movidos por la curiosidad y cierto
temor. Nuari vio entre la multitud creciente a otros oficiantes Su-Hoi: médicos,
literatos, maestros, todos con sus saohe repletos de símbolos, algunos tan largos que
casi rozaban el suelo. Se llevó la mano al pecho y se alegró de no llevar el suyo puesto
todavía. Un hai dandra quizás no fuese la mejor ostentación que podría hacer en ese
momento.
La muchedumbre confluía en la casa de gobierno, la cual ya estaba rodeada por

151
un buen número de personas que continuaba creciendo. Estaba claro que la noticia
había corrido por la ciudad. En poco tiempo si la gente seguía llegando así, sería
difícil acceder a la casa, y ella quería entrar. Ya había miembros de la guardia
rodeando el edificio. Bajó del transporte y se acercó al edificio avanzando entre la
multitud.
—¡Dandras! —dijo una mujer a su lado—. ¡Salvajes!
—No deberíamos ser tan cerrados al trato con ellos— le respondió un
anciano―. Todos los cultos que tratan con el otro lado y las sombras deberían poder
conversar.
La mujer que había hablado le dirigió una mirada furiosa de arriba abajo. De
inmediato dio un respingo con gesto de incredulidad en la cara. Nuari se fijó en el
anciano y vio qué era lo que había sorprendido a la mujer. El anciano era un oficiante
Su-Hoi. Su saohe, plagado de símbolos, le llegaba hasta las rodillas. Pensó en su
abuela y en los tiempos en los que los dandras habían acogido el incipiente culto Su-
Hoi con más tolerancia que la que ellos ahora mostraban hacia los supuestos
salvajes.
Una especie de riña comenzó un poco más allá de dónde estaban, y Nuari
aprovechó la confusión para adelantarse. Llegó junto a un miembro de la guardia
quien la reconoció como hija de Rendo. El soldado se fijó en el traje de ceremonia.
Nuari aprovechó la ocasión.
—He de hablar con mi padre. Es importante… —hizo un vago gesto señalando
su vestido.
El soldado asintió y la dejó pasar. Cruzó la puerta de entrada y accedió al
vestíbulo. El ruido exterior quedó amortiguado tras los muros de piedra arenisca
habituales en sus construcciones, fruto del poder de moldear materiales como si
fuera arena y luego solidificarla y convertirla en algo duro y resistente. Sintió una
punzada de remordimiento por sus dudas sobre iniciar sus estudios como
portadora. Gracias al culto Su-Hoi tenían acceso a sus ancestros, y con ellos a un
conocimiento adquirido generación tras generación que era ya pura magia y cuyos
frutos estaban por todas partes. Hacían un trabajo importante. Quizás tuvieran
razón al ser un tanto intolerantes con cultos que contemplaban las sombras y los
otros mundos de una forma menos disciplinada.
El vestíbulo estaba vacío, a excepción de una mujer y una niña sentadas en un

152
banco en un extremo. La siguiente puerta daba a la sala interior. Fue directa hacia
ella.
—No podrás entrar —dijo la mujer.
Nuari se sobresaltó, por la voz inesperada y por su extraño acento.
—Han cerrado para reunirse —dijo la mujer—. Pero no lograrán nada.
Al principio, Nuari la había tomado por alguna oficiante de las que trabajaban
en gobierno. Pero era una dandra. Su pelo castaño suelto, adornado con cuentas de
madera; su ropa ceñida a la cintura con una capa recogida a la espalda.
—¿No soy lo que esperabas, quizás? —dijo.
La voz de la mujer era potente pero melodiosa. Parecía divertida. La niña
pequeña sostenía un pequeño saco de tela.
—Mi nombre es Brinna —dijo la mujer. Señaló a la pequeña a su lado —. Ella es
Mandji. Es mi hija.
—Encantada… Yo, mi nombre es Nuari.
—¿Y tu saohe?

Nuari se llevó la mano al pecho, sorprendida.

—Llevas traje de ceremonia —dijo Brinna, riendo—. ¿A qué aspiras?


—Portadora.
Un brillo apareció en los ojos de la mujer.
—Portadora… —dijo—. “Y una llama portamos.” Ese es el origen de los
portadores.
—Es una canción que no se permite en nuestro culto.
—Lo sé. Pero ese es el origen. ¿Por qué no llevas saohe?
—Habéis interrumpido la ceremonia —dijo—. Falta la primera apertura.
—Sí, abrir el camino —dijo Brinna—. Por eso estamos aquí. Llevamos años
intentando hablar con vuestros oficiantes. Pero no hay manera.
—¿Años? Ningún dandra viene por aquí…
—Es dandreera, en realidad —la interrumpió Brinna—. Dandra es una
deformación. Como tantas otras cosas en este mundo. ¿Sabes qué significa
dandreera?
Nuari negó con la cabeza.
—Portadora —dijo Brinna.

153
—No puede ser.
—Sí. Portadora, o portador.
—¿Qué queréis? —dijo Nuari.
La mujer se levantó y se acercó a Nuari. La niña buscaba algo en su saco.
—Nuestros cultos se parecen. Vosotros cruzáis la oscuridad, tomáis la sabiduría
de vuestros ancestros y la utilizáis —hizo un gesto amplio abarcando toda la sala—
en todo esto. Nosotros cruzamos la oscuridad, pero de un modo distinto. Y creemos
que deberíais hacernos caso.
—¿En qué?
—Vuestro culto es poderoso, pero yerra en algunos aspectos. Trazáis caminos
que consideráis seguros. Nosotros creemos que no lo son. Llevamos mucho tiempo
intentando avisaros, pero estáis ciegos con lo que habéis conseguido.
—Vuestro culto adora a las sombras en cierto modo, ¿no es cierto?
—Sí. En cierto modo. Pero no como creéis.
Nuari no sabía qué decir. Entonces era cierto, no eran leyendas. Los Su-Hoi
procuraban crear pasos seguros entre las sombras, y los dandras adoraban a esas
mismas sombras. ¿En qué esperaban ayudarles? Pensó de nuevo en su abuela y en
toda su línea materna; en el anciano desconocido de la entrada y lo que había dicho;
en el tiempo, que ella no había vivido, en que el culto dandra no era tan temido ni
rechazado, quizás porque no lo conocían. La imagen de su saohe acudió a su mente,
esperándola en el templo, con el hai de su abuela. Un hai dandra para una aspirante
a portadora Su-Hoi.
—Mamá —. La niña se acercó a su madre con algo en las manos cubierto por un
paño blanco.
Brinna se arrodilló junto a ella. Parecieron intercambiar frases en mitad del
silencio, frases que sólo ellas dos podían oír. Nuari intentaba adivinar qué había
oculto en el paño.
—¿Cuáles han sido tus heeras? —dijo Brinna.
Nuari la miró extrañada.
—Tus… hai —Brinna se levantó de nuevo—. Lo pronunciamos distinto. ¿Cuáles
han sido?
A Nuari le desconcertaba que aquella mujer pareciera saber tanto sobre aspectos
su culto. Contestó con cierta arrogancia

154
—Un hai de portadora, por supuesto —dijo.
—¿Nada más?
Brinna no parecía impresionada. Toda la arrogancia de Nuari se esfumó.
—Lo normal. Los habituales a una portadora. El linaje de mi padre se remonta
a…
Mandji las interrumpió.
—Mamá —dijo—. Creo que ella ve.
Y al decir esto, retiró el paño blanco dejando al descubierto un cráneo de animal.
Nuari tuvo la certeza de que las cuencas vacías se clavaban en sus ojos y la
traspasaban, la recorrían por dentro.
Brinna tapó el cráneo con un movimiento rápido y le dijo algo a su hija en un
dialecto que Nuari no reconoció.
—Tus hai. ¿Cuáles eran? —preguntó Brinna de nuevo.
Nuari se sentía un poco mareada. De la habitación interior habían comenzado a
oírse algunos gritos.
—Portadora —dijo Nuari—, y Disciplina y Obediencia, del linaje paterno. —
Hizo una pausa. No quería contar más, pero las palabras encontraron un modo de
salir de sus labios —. Y un hai materno que no tiene nombre, de mi abuela. Un hai…
—Dandreera — dijo Brinna con cierta emoción.
Las voces en la sala interior habían subido de tono. Había estallado una
discusión.
—Los hai son más de lo que crees, de lo que creéis —dijo Brinna—. ¡Oh!, quizás
puedas ayudar. Dudo mucho que esos brutos de ahí dentro lleguen a un acuerdo.
Mandji fue hacia una esquina, la más oscura de la habitación. Destapó el cráneo.
—Mamá —dijo—, tiene que ver.
Brinna asintió. La niña tenía el cráneo en las manos, los ojos mirando a la
esquina. Nuari no sabía qué esperar mientras las voces dentro crecían hasta formar
una algarabía tremenda. Le pareció oír el sonido de sillas arrastrase.
—Mira —le dijo Mandji.
Nuari no sabía a qué mirar ¿Al cráneo? No, desde luego que no. Hasta para una
Su-Hoi principiante, dudosa y algo rebelde como ella aquello era abominable, una
práctica salvaje.
Y entonces lo vio.

155
La oscuridad de la esquina pareció crecer, sobresalir y hacerse niebla y sombra
delante de la pequeña, quien pasó el cráneo a manos de su madre, que permanecía
tranquila y en silencio. Mandji dio un paso hacia la neblina y comenzó a hacer unos
movimientos con las manos. Nuari se llevó las manos a la boca para ahogar un grito,
mientras que los de la sala interior continuaban creciendo. Reconocía esos
movimientos, Eran los de una primera apertura.
No eran exactamente iguales, pero el parecido era enorme. La oscuridad pareció
abrirse un poco. Nuari no podía creer lo que veía. Aquella niña estaba haciendo una
primera apertura, apartando las sombras.
Mandji se detuvo, como si no supiera más, y luego unió las palmas. La oscuridad
retrocedió a donde estaba mientras Brinna envolvía el cráneo en el paño y lo
guardaba corriendo en la bolsa.
—Hay un origen común —dijo Brinna—. A eso venimos, pero ya puedes oír el
resultado que estamos teniendo —señaló hacia la puerta de la sala interior con la
cabeza.
Nuari negaba con la cabeza mientras retrocedía.
—Tu hija conoce la primera apertura. ¿Cómo? —preguntó—. A mí me la
enseñaron hace poco y aún no sé si funcionará.
—Vuestro culto y el nuestro se basan en algo anterior común. Vosotros habéis
logrado mucho, habéis diseñado modos asombrosos de caminar por el otro lado,
pero creemos que no estáis del todo protegidos frente a las sombras. Vuestros
caminos quizás no sean del todo seguros. Necesitamos aprender juntos. Toma,
llévatelo —Brinna le tendió el cráneo—. Úsalo cuando no te vean.
Las puertas se abrieron y el vestíbulo se llenó de gritos al tiempo que Brinna
ponía el cráneo entre las manos de Nuari. La puerta principal se abrió también
dando paso a los guardias que entraban al oír el jaleo. El vestíbulo se llenó de gente
en un momento y Nuari se escabulló hacia la calle, con las manos agarrotadas en
torno a la tela que envolvía el cráneo.

Tras la discusión entre los Su-Hoi y los dandras, las esperanzas para un
entendimiento parecían muy pocas. Aunque malas, las relaciones entre ambos
cultos no estaban tan degradadas como para acabar en conflicto directo, así que los
Su-Hoi aceptaron que los dandras acamparan en las afueras de la ciudad esa noche

156
antes de marchar al día siguiente.
La ceremonia se retomó en el último segmento del día. De rodillas de nuevo
sobre el cojín, Nuari notó como el saohe cerraba sobre su nuca sólo mediante magia,
sin enganche de ningún tipo, quedando como una sola tira única de tela sin cortes.
Sobre su pecho, los hai de sus ancestros calando en su ánimo y su voluntad. Su sello
de iniciada como portadora. Ahora debía hacer una primera apertura.
Con sólo cuatro hai, uno de ellos rutinario, dos que no quería y uno de dandra,
Nuari se puso de pie. Su padre apoyó las manos sobre los hombros y sonrió. Nuari
le sonrió también, recordando cómo su padre se había saltado varias pilastras de
ancestros a favor de la de su linaje materno, quizás consciente de que para bien o
para mal, la herencia dandra exigía su presencia.
Nuari comenzó su ceremonia de apertura. Era una versión simplificada, una
toma de contacto. Las manos le temblaron un poco al recordar cómo aquella niña
dandra había realizado gestos parecidos, había invocado a las sombras y había
logrado abrirlas, al menos en parte. Pero ella no logró nada. Hizo los gestos con
precisión, concentró su energía y ofreció sus hai de la forma habitual, pero no
estableció ni el más mínimo trazo de camino hacia donde moraban sus ancestros.
Sabía que no significaba nada, que lo habitual era que no se lograse gran cosa la
primera vez. Sin embargo, el efecto obtenido en la primera apertura era el resultado
directo del vínculo y bendición de sus hai, y que no hubiera tenido ni el menor éxito
parecía otra señal más de que sus hai no eran en realidad ningún don y que, con toda
seguridad, su saohe acabaría abandonándola, llevándose sus opciones de ser
portadora en el futuro. Pensó que quizás era mejor así. Quizás no había modo de
reconciliar lo dandra y lo Su-Hoi.
Poco a poco, todos abandonaron el templo menos Nuari. Una vez sola, lloró. No
quería decepcionar a su padre. No quería ser el recordatorio de un culto mal visto
en su comunidad. No quería que su madre pasara de nuevo por la experiencia de ser
mirada de reojo como la hija de una simpatizante dandra, algo que parecía haber
sido olvidado pero ahora ella traía de nuevo a la memoria de todos. Pensó en su
abuela, a quien no había conocido y quien quizás había tenido respuestas que ahora
le serían muy útiles. Y lloró por ella misma, por ser una aspirante a portadora con
reticencias hacia su culto.
Y cuando acabó de llorar, fue a la esquina donde había escondido el cráneo y lo

157
sacó de la bolsa.
Nuari sabía que los dandras usaban cráneos y huesos de animal para sus
ceremonias; no era ningún secreto. Sin embargo no sabía bien en qué consistían esas
ceremonias, aunque después de lo que había visto hoy y de la conversación con
Brinna, estaba convencida de que las similitudes de sus ritos y prácticas con las del
culto Su-Hoi eran muchas. ¿Hasta dónde se remontaba el culto Su-Hoi, entonces? Era
orden frente a las sombras, fruto de años y años de estudio y práctica. Brinna le había
dicho que ambos cultos tenían un origen común. Hasta ese día, le había parecido
difícil de creer.
Y había otra cosa que Brinna le había dado a entender: un peligro implícito en
el culto Su-Hoi.
Quedaban pocos fuegos encendidos y Nuari tenía frío. Ja-Tar se había retirado
del cielo y sólo había oscuridad. Sombras. Brinna le había dicho que usara el cráneo.
Si alguien la veía con aquello allí, le traería graves consecuencias, y también a su
familia.
Llevó el cráneo al círculo de ceremonia y lo puso en el suelo frente a las pilastras
de antepasados. Juntó las palmas y comenzó los movimientos de primera apertura.
Un primer punto de anclaje surgió ante ella. Lo vio con claridad. No podía creerlo,
estaba allí. Era un inicio de camino hacia los ancestros. A partir de ahí sólo debía
crear más puntos de anclajes, como si fueran señales en la oscuridad, y construir así
un camino de tránsito.
Y entonces las sombras le hablaron, la abrazaron y se desparramaron por entre
las pilastras de sus antepasados. Nuari sabía que debía gritar, pero no lo hizo; sabía
que debía tener miedo, pero no lo tenía. En lugar de eso dio unos pasos en el camino
que había abierto. No estaba sola. Estaban allí, las sombras y sus ancestros, solo que
los ancestros estaban más lejos y las sombras más cerca. Esa zona de sombra que
debía cruzar estaba allí, observándola. Hizo los gestos de clausura. El camino
comenzó a cerrarse, convirtiéndose en una fina grieta que se esfumaba ante ella. No
podía creerlo, había tenido éxito. ¿Sería gracias al cráneo? Era sólo hueso, ¿cómo
podía haber…?
La vio salir de entre la grieta antes de cerrarse del todo. Abalanzarse. Nuari se
echó hacia atrás gritando mientras la sombra se esforzaba por alcanzarla hasta que
la grieta se cerró por completó y se la llevó.

158
Pero aunque fue poco tiempo, vio mucho. Las vio rodeando las pilastras, las vio
sonriendo si es que eso eran bocas. Vio los destellos de sombras en la misma
arenisca de las pilastras, vio las vetas de sombra en los muros del templo. Las
sombras mezcladas allí con ellos, traídas en cada viaje hacia los ancestros. ¿Era eso?
¿Era eso lo que la mujer dandra temía?
Gritó al fin y dio una patada al cráneo.

Poco despúes, Nuari llegaba al campamento dandra, nerviosa, procurando


pasar desapercibida. Su familia no la echaría de menos mientras creyese que estaba
en el templo, practicando, pero aún así no disponía de mucho tiempo. Llevaba el
cráneo oculto entre su ropa, bajo un abrigo ligero. Aunque los dandras no parecían
estar de buen humor, se atrevió a preguntar a alguno de ellos por Brinna. Se dio
cuenta de que había varias niñas en el grupo. ¿Qué razón había para llevar niñas a
cosas como esa? ¿Quizás…?
Una figura la saludó con la mano y, a pesar de la penumbra, Nuari la reconoció.
Brinna caminaba hacia ella con Mandji a su lado.
—¡Toma! —Nuari le lanzó el cráneo a los pies en cuanto la mujer estuvo frente
a ella—. Ha sido horrible. Teníamos razón, invocáis a las sombras y me has engañado
para que las llame dentro del templo.
Brinna sonreía con amargura.
—Sabes que no es cierto —dijo.
Nuari no dijo nada. Luego negó con la cabeza.
La dandra se acercó más a ella y la abrazó. Nuari se dejó rodear por aquellos
brazos. Se sintió segura.
—Escúchame, no es como piensas —dijo Brinna, soltando el abrazo—. Durante
generaciones habéis cruzado entre los otros mundos y conectado con vuestros
ancestros. Como nosotros. Nosotros hemos aprendido a dar paso a las sombras, sí,
pero no las invocamos: negociamos con ellas. Vuestro culto es cada vez más fuerte,
vuestra magia más poderosa. Pero debéis aprender.
—No quiero ser portadora.
Nuari sacó su saohe de entre los pliegues de su abrigo y tiró de él. El collar no
se desprendió. Brinna la detuvo.
—En nuestra concepción del mundo damos espacio a las sombras —dijo—. Lo

159
venimos haciendo durante generaciones. El cráneo que te di es un cráneo de gato.
Era de mi madre. Mi hija lo usa para conducir las sombras en este mundo sin que
causen daño. Los animales nos facilitan el contacto.
Puso la mano sobre la cabeza de Mandji y le acarició el pelo.
—Los dandreera llevamos mucho tiempo estableciendo un límite seguro, una
vigilancia efectiva —prosiguió—. Vosotros habéis entrado en su mundo, y trazado
senderos. Y así es como nuestros caminos, dandreera y Su-Hoi, se encuentran. Lo
que pase a partir de aquí, está por verse.
—¿Pero qué se supone que debo hacer ahora? ¿Cómo explico esto a mi padre, a
los demás oficiantes?
—No lo harás —dijo Brinna—. No servirá de nada. Esta expedición hasta
vuestra puerta no es la única. Hay más en otras ciudades y asentamientos Su-Hoi. No
queremos convenceros, sabemos que no así no funcionará. Queremos despertar la
raíz dandreera en vuestro culto. Aquí no lo hemos conseguido —sonrió—, pero al
menos estás tú.
—¿Yo? ¿Y qué voy a hacer yo? Mira mi saohe, está medio vacío. Mis antepasados
no me quieren como portadora.
La expresión de Brinna se tornó sombría. Nuari pudo verlo incluso con tan poca
luz.
—¿Estás segura de que son tus antepasados quienes os hablan? ¿Quiénes os dan
los dones?
Nuari notó una presión en el pecho.
—¿Qué si estamos seguros? ¿Quién si no va a hablarnos? —dijo.
Brinna no dijo nada. Niaru dio un paso atrás.
—Pero —Nuari se llevó la mano a su saohe—, mi abuela me ha mandado este
hai. Y otros iniciados reciben sus hai… y llevamos mucho tiempo recibiendo sus
dones, su sabiduría y… No puede ser, lo que sugieres no puede ser.
—No lo sé. No lo sabemos. Tal vez no. Por eso necesitamos saber más —Brinna
se agachó, recogió el cráneo de gato y se lo tendió a Nuari—. Investiga. Comprende.
Nuari lo tomó mientras su mente daba vueltas a aquella idea, una idea que se
negaba a aceptar siquiera.
—Nos veremos, algún día —Brinna sonreía—. Nosotras o a través de los ojos de
nuestros descendientes.

160
Sostuvo sus manos por un momento y después se marchó. Mandji se despidió
con una sonrisa y fue tras su madre. Nuari la vio alejarse y luego emprendió la vuelta
a la ciudad.

Al día siguiente los dandras partieron, y Nuari comenzó su periodo de práctica


hasta la ceremonia de confirmación, que tendría lugar en unos ciclos. Eran muchos
días para poner a prueba sus dones y descubrir su talento como portadora. Todos
los días, una vez que las prácticas terminaban, Nuari esperaba en el círculo de
ceremonias a que el templo se quedase vacío. Su padre no dejaba de jactarse del
tiempo extra que su hija dedicaba al estudio y perfeccionamiento como portadora.
Cuando se quedaba sola en el templo, sacaba el cráneo de su bolsa de objetos
personales y lo colocaba en el suelo sobre el cojín. Miraba a sus cuencas vacías
mientras iniciaba la apertura, un poco más cada vez, observando y escrudiñando
todo cuanto veía y llegaba.
Atenta. Vigilante.

161
La grieta del fin del mundo
Miriam Álvarez Elvira

—Pues ya hemos llegado —dijo Xan poniéndose en pie y colocando sus brazos en
jarras. El paisaje que se extendía ante él le hizo olvidarse de Vana por un
momento―. ¡Oh! ¿Necesitas ayuda? —preguntó, asomándose con cuidado por el
acantilado.
Vana no respondió, solo alargó un brazo y se agarró a un saliente con tanta
fuerza que Xan pensó que la piedra se convertiría en arena entre sus dedos. La
pequeña zarum se impulsó y ascendió, atrapando en el aire otra roca con la mano
libre. Cargaba con una gran mochila a su espalda y una serie de bártulos en su
cinturón que la hacían sentir pesada y torpe. Pese a ello, Xan observó fascinado cómo
ella parecía estar corriendo a cuatro patas por una superficie horizontal y no
escalando por una pared de piedra vertical.
Al igual que Xan, ella también se quedó embobada tras alcanzar el borde e
incorporarse. Frente a ellos, la tierra se abría en una gran cicatriz, tan ancha que no
podían ver la otra orilla y tan larga que abarcaba todo el horizonte. Millones de
fragmentos de tierra, algunos tan grandes como palacios, otros meras motas de
polvo, flotaban ingrávidos sobre la gran hendidura. Entre ellos todavía podía
observarse la magia corrupta, visible en forma de rayos de energía que se
desplazaban entre las rocas y palpitaban sin ritmo alguno. Incluso el cielo parecía
distinto, tomando un tono púrpura oscuro.
La visión de la grieta de Akchriss provocó en Vana una mezcla de emoción que
fue transformándose poco a poco en temor. Durante unos segundos se arrepintió de
haber emprendido el viaje hasta allí, pero tomó una bocanada de aquel aire viciado
y desenrolló un papiro transimpromático frente a ella. El papel se volvió traslúcido,
reflejando el paisaje que se desarrollaba tras él.
—Espera a que nos acerquemos más para tomar improntas —dijo Xan. Vana
negó y sacó un pequeño bote en el que guardó un puñado de arena.
—Voy a tomar muestras de todo —dijo mientras se guardaba el bote de arena
en una faltriquera en el cinturón—. Así podré saber si hay alguna anomalía según
nos acerquemos.
—Ten en cuenta que la grieta es enoooorme —dijo Xan abriendo los brazos,

162
como si quisiera abarcar el horizonte—. Yo me esperaría al borde, que es donde está
lo interesante.
Vana aseguró todas sus muestras antes de volver a seguir a Xan, y avanzó
fijándose en el suelo. Parecía roto, quebrado en escalones desordenados que no
llevaban a ningún lado. Posiblemente el acantilado que acababan de escalar fuese
uno de ellos llevado al extremo.
—Y dime, ¿qué se te ha perdido por aquí? ¿Solo has venido a recoger muestras?
—preguntó Xan, intentando amenizar su viaje—. He guiado a muchos humanos,
pero tú eres la primera zarum.
—Lo primero, comprobar que la grieta existe, cosa que ya está demostrada.
Llevaré muchas improntas por si acaso —Xan ladeó la cabeza.
—¿Los zarum no creéis en la grieta?
—Algunos no. Por cómo se describe, es tan profunda que debería llegar al
manto del planeta, lo que provocaría desórdenes gravitacionales y desastres como
terremotos en todo el mundo. Yo tampoco creía en ella hasta hace poco, cuando
encontré unos cristales extraños de mitrilo 78, muy inestables. En la caja decía que
provenían de aquí, traídos por un tal Epaltin Karso —Xan desvió la mirada
pensativo, sorteando un escalón sin mirarlo—. Fue un humano, uno de los
testimonios más fiables que tenemos de viajeros que visitaron la grieta. Pero entre
los míos no tiene mucho reconocimiento, como todas las investigaciones llevadas a
cabo por humanos.
—¿Por qué pensáis que lo que hacen los humanos no vale? Aunque sus vidas
resulten ridículas pueden aportar mucho.
Vana se sintió incómoda. Había prejuzgado siempre a los humanos. Ni el más
estudioso de ellos podía ser la mitad de sabio que el más vago de los zarum por una
simple cuestión de tiempo. Xan presentaba el aspecto de un humano joven, vestido
con una túnica amplia y pelo largo recogido a la altura de la coronilla. Pero él no era
un humano ignorante que le estaba pidiendo explicaciones. Era un inmortal que
había adoptado, de entre todas las formas vivas existentes, el cuerpo de un humano.
Su pregunta era curiosidad pura, pero a Vana le costaba pensar que tras esa máscara
se escondía un ser que había vivido mucho más de lo que cualquier zarum llegaría a
vivir nunca. Si siguiese su misma filosofía, él también podría pensar que Vana era
una completa ignorante y ella no podría contradecirle.

163
—Es cierto que muchos humanos han hecho valiosas aportaciones a la ciencia,
pero preferimos comprobarlo nosotros después. Ahí está el por qué muchos de los
míos no creen en la grieta: todas las crónicas están redactadas por humanos. Si
buscamos más profundo sí que encontramos crónicas zarum, pero tan antiguas que
ya son mitos y leyendas para nada fiables.
Los zarum tenían un antepasado común con los humanos “muy, muy, muy
lejano” acostumbraban a matizar. Eran más pequeños que ellos, de rasgos más
afilados y globos oculares totalmente negros. Los humanos acostumbraban a
burlarse de ellos, llamándoles “duendes” o “hijos de hadas”. Ya quisieran los
humanos tener un período vital como el de los duendes.
—Creo que recuerdo a ese Karso —dijo Xan—. Aunque no puedo asegurártelo,
he guiado a muchos humanos. No me hagas decirte hace cuánto tiempo, está muy
perdido en el mar de mi memoria.
—¿Eres el único inmortal que se atreve a acercarse aquí? —preguntó Vana
parpadeando impresionada. Si Xan aseguraba que Karso había estado allí, toda su
crónica cobraba altos grados de fiabilidad.
—Diría que sí, al menos en los últimos mil ciclos. Es un lugar prohibido entre
nosotros. Historias que ponen los pelos de punta.
—¿Cómo cuáles? —preguntó Vana. Pese a llevar unas cuantas décadas
estudiando aquel lugar, sentía que no sabía nada en comparación con Xan, que se
había recorrido el lugar varias veces—. Yo conozco la ciudad que da nombre a la
grieta.
—Akchriss, sí.
—La mayor universidad de ingeniería mágica del mundo, ¿no es así?
—Yo estudié una temporada allí —dijo Xan rascándose la nuca—. Pero la
ingeniería mágica no era lo mío. Volví a Sheniawet a estudiar medicina.
—¿Estuviste en Akchriss?
—¡Claro! —El estómago de Vana se revolvió ante la perspectiva de tiempo. El
“incidente de Akchriss” había ocurrido hacía 4235 ciclos según sus cálculos. Era
demasiado tiempo hasta para una zarum—. No cuando sucedió la catástrofe, claro.
No me gustaba la ciudad, todo en ella me daba mala espina… Al principio intenté
hacerme pasar por un muchacho humano, como siempre, pero hablo demasiado. No
tardaron en descubrir que era inmortal. Desde entonces… me trataban distinto. Y yo

164
no quiero que me traten distinto, ¿sabes? Me refugio en cuerpos humanos por algo.
Mientras Xan hablaba, Vana notó cómo según se acercaban al borde del abismo,
los contornos de su cuerpo parecían difuminarse. Ella parpadeó, creyendo que se
trataba de algún fallo en su vista
—Después del incidente me enteré de rumores que decían que utilizaban
espíritus para experimentar. Y que fue uno de ellos quien desató la explosión que
formó esto.
—¿Los espíritus tenéis tanto poder cómo para desencadenar algo así? —
preguntó Vana impresionada.
—Recién nacidos tenemos mucho poder, pero no creo que esto lo haya podido
provocar uno solo. Pudo ser una reacción en cadena.
—No conocía esa teoría. Leí sobre la del terremoto que liberó a la atmósfera
gran cantidad de esencia mágica del tipo T1 y reaccionó con los cristales. También
que hubo una sobrecarga en un cristal de abastecimiento y la anomalía se había
extendido por todo el complejo cuando explotó…
—Esas cosas ocurren todos los días en escuelas de ingeniería mágica y ninguna
explota dejando semejante brecha en la tierra.
—¿Cuánto hace que no visitas escuelas de ingeniería? —preguntó Vana
mirando de reojo a su compañero—. Los sistemas de seguridad se han mejorado
mucho en los últimos años.
—Oh, bueno… Ya te dije que no me gustaba.
—También pudo ser una magia continua inestable con fragmentos de
ushechtium 143 o cualquier magia de corriente que no se maneje con cuidado, por
ejemplo. Es algo bastante turbio, porque la explosión tuvo que amplificarse
muchísimo... Es posible que en Akchriss estuviesen desarrollando armas, porque en
un accidente cotidiano es imposible, tuvo que ser una reacción en cadena
descontrolada. Puede que las leyendas de maldiciones se creasen a posteriori para
evitar que se investigase…
—¿No conoces la teoría de la luna roja?
—Algo me suena… Pero en mi investigación deseché primero las teorías
mitológicas, religiosas y las históricas que no parecían tener sentido, si es por eso no
vayas por…
—Antes en el cielo había tres lunas: la de oro, la de plata y la de rantalum —

165
Vana suspiró y puso los ojos en blanco. Esa historia no la convencía, pero dejó que
el inmortal se explicase, sin interrumpir su narración. Ellos sí solían creer en los
dioses, o al menos hacían que creían. Eran considerados sus hijos en todas las
religiones—. De pronto, un día, la luna de rantalum desapareció del cielo sin dejar
rastro y poco después los miturgos empezaron a cantar que los dioses la habían
guardado en Hasken’Far, el mundo de los muertos.
La corazonada de Vana fue correcta.
—¿Qué quieres decir con eso? —dijo por mostrar un mínimo interés y no herir
los sentimientos del inmortal.
—¿No es obvio? Los dioses pasaron la luna a través de esta grieta.
Vana había escuchado historias sobre la luna roja, era cierto. Pero le resultaban
demasiado lejanas e irreales. Tampoco le importaban, ella era una ingeniera mágica,
no una mitóloga.
—Xan, es imposible que un mundo como Hasken’Far se desarrolle bajo el
nuestro —dijo Vana—. Las temperaturas harían la vida imposible, estarían ya en el
manto del planeta. No quiero meterme en debates teológicos, pero si los dioses se
llevaron la luna roja a otro mundo no creo que lo hicieran a través de una abertura
gigante en la tierra.
—Pero la grieta no es un portal físico.
Vana negó y se detuvo en seco. El borde de la sima se hallaba a escasos metros
de ellos. Sacó de sin cinturón varios instrumentos, entre los que se encontraba una
esquirla de cuarzo y un tubo de cristal con una espiral de un líquido azul dentro.
Agitó este último hasta que el líquido se tornó púrpura.
—Radioactividad alta —murmuró observando el color—. Es peligroso estar
aquí mucho tiempo, terminemos rápido.
Guardó el tubo y tomó el cristal en su puño. Éste se encendió, emitiendo un rayo
de luz por uno de sus extremos. Lo dirigió hacia una de las islas flotantes, no muy
lejos de ellos. Parecía que el haz estaba calibrado, daba una distancia que podría ser
correcta.
Vana apuntó el rayo hacia delante, con intención de medir la anchura total de la
falla.
—¿Eso es un medidor de longitudes? ¿Puedes averiguar si por esta abertura
cabe una luna?

166
—Esto no tiene forma de cráter, Xan —dijo ella perdiendo la paciencia.
—Estás confundiendo conceptos. La grieta fue antes de la luna, no al revés.
—Espíritus —maldijo Vana, ignorando el discurso de su acompañante. Movió
unos centímetros el haz, sin quitar la vista del indicador del cristal—. Me da
mediciones incorrectas.
Siempre que Vana apuntaba con su rayo de luz hacia delante, terminaba
impactando en alguno de los fragmentos de tierra que se mantenían suspendidos
frente a ellos. Xan también identificó el problema.
—Buscaré un sitio con menos afluencia de rocas —dijo él—. ¿Puedes medir lo
profundo?
Vana tragó saliva. Volvió a comprobar que todos sus instrumentos estaban bien
sujetos a su cuerpo y agarró con fuerza el cristal, temiendo que fuese a resbalarse
de sus manos. Colocó un pie a centímetros del borde e inclinó el cuerpo hacia
delante.
Esperaba que la invadiese una corriente de calor, o de frío, algo que levantase
su pelo y la hiciese estremecerse, pero no ocurrió nada. Bajo ella solo había más
rocas flotantes que se perdían en una oscuridad absorbente. Ni siquiera había una
pared vertical naciendo del borde. Las corrientes de magia provocaban leves
chispazos que apenas iluminaban aquel abismo negro.
—Supongo que pasará lo mismo. Se encontrará con alguna roca —dijo
estirando el brazo. Aferraba el cuarzo tan fuerte que pensó que iba a clavarse sus
aristas en la palma de la mano. Un haz de luz cayó perpendicular, atravesando la
oscuridad como una flecha. Vana esperó que le devolviese unas longitudes bastante
largas.
No fue así. Solo indicó veintitrés longitudes. Reinició el instrumento pero la
cantidad no varió. No era posible. Veintitrés longitudes era aproximadamente la
distancia que separaba el cristal del suelo que pisaban sus pies.
—Está pasando algo muy raro —comentó a Xan. Pero cuando miró a su lado él
ya no estaba allí.
Vana sintió un fuerte empujón a su espalda. Gritó, pero la oscuridad pareció
abalanzarse sobre ella, asfixiándola y taponando sus oídos. Divisó cómo una de las
islas flotantes se acercaba desde abajo a una velocidad vertiginosa. Flexionó sus
extremidades y se preparó para la caída.

167
Los zarum eran mucho más flexibles que los humanos, y por suerte, Vana
aterrizó sin daños. La isla se desplazó hacia abajo con su movimiento, pero continuó
flotando en aquel vacío oscuro. Miró hacia arriba. Vio la brecha como una pequeña
cicatriz púrpura, muy lejos de ella.
—¡Xan! —rugió con furia hacia aquel cielo. Se sintió estúpida. Si poca gente
lograba regresar de Akchriss era por algo. Buscó en su mochila una cuerda, algún
instrumento, algo que la ayudase a salir de ese abismo. Una pequeña voz maligna
susurraba en su cabeza que ya era demasiado tarde, que moriría sola en ese horrible
lugar.
El pequeño fragmento de tierra en el que se encontraba rotó poco a poco. Ella
intentó aferrarse hundiendo sus garras en su superficie, pero viró tan deprisa que la
isla flotante la escupió de nuevo a esa fosa sin fondo.
A su alrededor vio ascender más pedazos de suelo, unidos por esas corrientes
mágicas con las que procuró no chocarse. Pronto no fue solo tierra lo que se
encontraba, allí había fragmentos de lo que parecían edificios, o incluso maquinaria.
También grandes burbujas de agua que temblaban cuando ella pasaba cerca.
Vana se preguntó si caería eternamente o si moriría estampada contra el fondo
de aquella grieta, si es que existía. Debía estar ya en el manto del planeta, pero no
notaba ningún cambio significativo en la temperatura. Procuró no pensar en ello, se
abrazó a sí misma y aguardó a que el fin la alcanzara.
El viento que agitaba su pelo pareció calmarse. Parecía que su caída frenaba
poco a poco y la oscuridad la acunaba con dulzura. Abrió los ojos tratando de
averiguar qué sucedía.
Lo primero que observó fue un suelo de piedra negra con brillos rojizos que se
acercaba de forma vertiginosa hacia su cuerpo. No tuvo tiempo de identificar nada
más, chilló y se hizo un ovillo.
Cayó en lo que se sentía como un colchón de aire, pero no quiso abrir los ojos
para comprobarlo. Notó cómo dos brazos la recogían en volandas y se sintió acogida,
como si alguien de confianza estuviese abrazándola.
Se preguntó si aquello era la muerte. Poco después se atrevió a abrir los ojos. La
persona que la abrazaba era ella misma, una copia exacta. Vana se preguntó si sería
su espíritu reflejo. Hasta que se fijó en su túnica y en la sonrisa burlona que tenía
dibujada en la cara.

168
Rugió furiosa y propinó un zarpazo a su doble en la cara mientras saltaba de sus
brazos. Su mano no chocó con nada, sino que desmenuzó su rostro en jirones de
niebla.
—Vaya, que mal genio —dijo su propia voz.
—¡Xan! ¡Ni se te ocurra tomar mi forma! —Su doble se desvaneció por completo
en una masa de niebla azul que se recompuso poco después, tomando la forma de
una mujer humana de mediana edad, vestida con la misma túnica que vestía Xan―.
¿¡Qué has hecho?! ¡Me has condenado para siempre arrojándome a este agujero!
—Tranquila —dijo la humana con voz afable. Pero algo no iba bien. Sus
contornos estaban borrosos y resplandecían azules, como si su cuerpo no hubiese
terminado de formarse—. Puedo sacarte de aquí si convoco los vientos, ahora
escucha.
—¡No voy a escucharte! ¡Me has arrojado aquí sin permiso! ¡Puede haber altos
índices de radioactividad! ¡Puedo morir, Xan! ¡Para ti todo es muy fácil, solo tienes
que cambiar de cuerpo en cuanto te salga un cáncer! ¡Pero los mortales no podemos
hacer eso! ¡Sácame de aquí!
Mientras chillaba, sacó su tubo con la espiral azul y la agitó con furia. El tono del
líquido no varió. Vana enmudeció de golpe, mirando muy fijamente el líquido.
—Te sacaré cuando tomes improntas y muestras aquí —dijo Xan. Sus bordes se
habían difuminado tanto que prácticamente ya era un fantasma—. Y cuando
formules una teoría para esto.
Vana solo quería abalanzarse sobre aquella mujer y partirla el cuello. Pese a que
su instrumento indicaba que no había radioactividad, no se fiaba. Comprobó que la
luz medidora tampoco funcionaba bien.
—¿Esto también lo hiciste con los humanos? —gruñó ella—. ¿También los
arrojaste a la grieta?
—Por supuesto, los muertos no caminan sobre la superficie.
Vana ignoró al inmortal y miró al cielo. La grieta apenas era un pequeño punto,
eclipsado por una fuerte luz roja. Parpadeó y buscó la fuente de aquella luminosidad.
No le costó mucho encontrarla.
Sobre ella se encontraba una gran luna en fase de cuarto menguante. Sus
cráteres se veían nítidamente, así como las sombras de sus montañas. De ella
emanaba ese resplandor que lo teñía todo de un tono sangriento.

169
—No puede ser —dijo alargando un brazo hacia el astro. Buscó su rollo
transimpromático sin perderlo de vista, temiendo que el satélite se desvaneciera en
un parpadeo. Desenrolló el papiro frente a ella, esperando a que el material se
volviese translúcido y captara la imagen. No ocurrió nada, el papiro continuó
opaco—. No funciona, no es posible… La luna… No está reflejando la luz de nada, es
ella la que la emite, pero tiene fases y sombras. La gravedad debería tirar de ella
hacia aquí, pero se mantiene flotando. Debería hacer un calor infernal aquí abajo. No
entiendo nada.
—¿Y bien? ¿Qué versión me das ahora? —preguntó la mujer.
Vana sintió su voluntad quebrarse. Las bases que sostenían toda su vida, sus
estudios, se desmoronaban ante aquella luna roja sin explicación posible.
—No puedo… No tengo pruebas para demostrar esto —dijo mirando el rollo de
papiro—. Si vuelvo a la universidad me tacharán de loca. O también puedo hacer que
no he visto nada…
—¿Ocultar esto por el bien de la ciencia? —Vana apretó los puños—. ¿Negar una
realidad porque no cuadra en tus esquemas?
—Puede que esto no sea una realidad —gruñó—. Puede que mis sentidos me
estén engañando.
—¿Tus aparatos no fallan nunca? ¿Te fías más de ellos que se tu propia
intuición?
—¿Qué explicación dais los inmortales a esto? —Se giró hacia la mujer—. ¿Eh?
¿Cómo lo explicáis?
—Te lo dije antes. Este mundo estaba oscuro. Los dioses decidieron iluminarlo
con una de las lunas, eligieron la roja.
—¡Eso es un mito, no una explicación válida!
—Los dioses no están sujetos a las leyes físicas de este mundo.
—No puedes estar hablando en serio —dijo Vana clavándose las uñas en las
sienes, negando con la cabeza—. No puedes justificarme esto con un cuento y
quedarte tan tranquila.
—Voy a sacarte de aquí ya. No sé qué le ocurrirá a tu mente cuando aparezcan
los muertos.

170
Participantes

Paula Lobón Angulo (ilustradora):


Instagram: https://www.instagram.com/paulalobonart/
Facebook: https://www.facebook.com/PaulaLobonArt/
Twitter: https://twitter.com/PaulaLobonArt

Aitziber Conesa (prologuista):


Youtube: https://www.youtube.com/channel/UCLJvlqVvyNgzOiZJ4QC0itQ
Blog: http://danzadeletras.com/
Twitter: https://twitter.com/Duxiet

Marta Sebastián Velarde:


Blog: mejorlapluma.blogspot.com
Twitter: https://twitter.com/diankra_

Carlos Pérez Casas:


Blog: http://www.carlosperezcasas.com/
Twitter: https://twitter.com/CarlosP_Casas

Rocío Luna:
Twitter: https://twitter.com/DamaRocioLuna

E.Z. Méndez:
Twitter: https://twitter.com/librosprestados
Youtube: https://www.youtube.com/user/LibrosPrestados

Patricia Macías García:


Twitter: https://twitter.com/QuillRain49

Alberto Luna:
Twitter: https://twitter.com/AIbertoLuna
Blog: https://mundostranquilos.wordpress.com/

171
Cris Melgosa:
Twitter: https://twitter.com/LuverC
Blog: https://lagalletamordida.wordpress.com/

Cristina Martínez Carou:


Twitter: https://twitter.com/CristinaCarou

Almudena Carrasco Pazos:


Blog: http://mazmorrasylibros.blogspot.com.es/

Sandra Ferreiro (Sindy B.):


Blog: https://tardesdefantasia.blogspot.com.es/

Celia Añó:
Blog: https://labrujadelteatro.wordpress.com/

Isabel Jiménez:
Twitter: https://twitter.com/Tanis_Barca

Morgui Fairyson:
Twitter: https://twitter.com/MorguiFairyson

Óscar Iborra:
Blog: https://oscariborra.wordpress.com/
Twitter: https://twitter.com/oscariborra
Facebook: www.facebook.com/oscariborraescritor

Miriam Álvarez Elvira:


Blog: http://www.malvael.com/
Twitter: https://twitter.com/Malvael
Facebook: https://www.facebook.com/LunaAntiguaBlog/

172

También podría gustarte