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Prof. Ana Fontana Filosofía 5to.

Año

GNOSEOLOGÍA
Del griego "gnosis" (conocimiento) y "logos" (discurso). Término con el que se designa la teoría del conocimiento, y
parte de la filosofía que tiene por objeto la delimitación y definición de lo que es "conocimiento" y el estudio de sus
características y límites. Como tal se plantea muchas preguntas: ¿qué es conocer?, ¿cuál es el origen del
conocimiento?, ¿cómo podemos determinar si un conocimiento es correcto?, realmente ¿conocemos algo?, ¿tiene
límites el conocimiento? etc.

EL PROBLEMA DE LA POSIBILIDAD DEL CONOCIMIENTO. Este problema se traduce en la siguiente pregunta: ¿es posible
conocer?, ¿puede el sujeto aprehender realmente al objeto? Puede parecer una pregunta absurda, pero en el fondo
quiere plantear si es posible captar y aprehender la realidad tal cual es. Dicho de otro modo; ¿el posible un
conocimiento objetivo, necesario y universal? Las respuestas a esta pregunta han sido variadas, escépticos y
relativistas afirmarán que el conocimiento objetivo no es posible, en cambio para los dogmáticos este sí es
alcanzable. Veremos a continuación algunas respuestas al problema de la posibilidad del conocimiento.

Protágoras
Relativismo

Escepticismo Radical: Pirrón de Elis.


Problema de la Escepticismo
posibilidad
Escepticismo Metódico: René Descartes.
Dogmatismo

Criticismo Kant, Popper.

I. El relativismo niegan la posibilidad de alcanzar verdades universalmente válidas. Para el subjetivismo averiguar
qué es verdadero depende de cada sujeto. El relativismo entiende que reconocer algo como verdadero o falso depende
de cada cultura, época o grupo social. El conocimiento humano no es en absoluto infalible, y a menudo se enfrenta a
sus propias limitaciones. Este no es un descubrimiento reciente, ya que hace muchos siglos que los seres humanos son
conscientes de que su conocimiento no es completo ni absoluto.
Una de las doctrinas, que fueron muy discutidas, es la enunciada por un sofista llamado Protágoras (-480/ -410). Fue un
sofista que viajó por distintas ciudades enseñando. Se destaca en él el dominio de la gramática, precisión del estilo
(sintaxis), conocimiento de literatura, habilidades oratorias.
Pitágoras irrumpe en el pensamiento griego con una alta dosis de heraclitismo. Si todo fluye, el ser humano capta por
los sentidos una realidad cambiante. Una captación de esta naturaleza no ofrece garantía alguna de objetividad. Este
parece ser el punto de partida protagoriano. El fragmento que le ha dado más fama de entre las pocas líneas que se nos
han conservado de él, dice: El hombre es la medida de todas las cosas; de cómo son las que existen y de cómo no son las
que no existen.
Este fragmento, ha dado lugar a interpretaciones diversas. La diferencia fundamental en las interpretaciones se centra
en que el fragmento se refiere a: (i) el hombre individuo, (ii) al hombre en cuanto especie. La interpretación que
históricamente ha sido más apoyada es la (i) donde se interpreta como un subjetivismo extremo.
Sea una u otra la interpretación, Protágoras introduce el relativismo antropológico. “El hombre es la medida de todas
las cosas”. Con esto, aparentemente, quería decir que las cosas son según el cristal con que se miren, es decir, una
posición que hace del conocimiento algo relativo o subjetivo. Relativo se opone a absoluto y subjetivo se opone a
objetivo. Consideremos un ejemplo: cuando alguien dice que la miel es dulce, posiblemente piense que esto es algo
objetivo, es decir que el ser dulce es una cualidad de la miel, con la independencia de cualquier sujeto, y que este juicio
tiene un valor absoluto, para cualquier persona y hasta para cualquier ser, la miel es dulce. Pero también puede pensarse
que la miel es dulce para los sanos, pero tal vez no lo es para los enfermos o que es dulce para mí, pero no para otros.
En consecuencia, el conocimiento tiene un valor subjetivo o relativo, pero no objetivo o absoluto. Un juicio puede ser
verdadero para un hombre o algunos hombres y no serlo para otros.
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La verdad será siempre la relación individual que un (cada) hombre concreto establezca subjetivamente con la realidad
que percibe y así cómo la percibe, o la que una (cada) época determine específicamente como norma o regla
gnoseológica válida para todos los miembros de la clase. Lo que excluye –en una y otra interpretación- toda presunción
de valores incambiables, eternos, disociados de cualquier realidad temporalmente definibles.
Las cosas se complican todavía más cuando se pasa al terreno de los asuntos morales, a las cuestiones referidas al bien
y al mal. Si el hombre es la medida de todas las cosas, una ley, por ejemplo, puede ser justa para unos hombres y mujeres
pero no para otros; para una época, pero no para otra; para una cultura pero no para otra. Hasta la aparición de los
sofistas se había creído que el hombre descubría, con mayor o menor dificultad, lo que era la justicia, por ejemplo, pero,
las nuevas doctrinas venían a decir que el hombre inventaba la justicia.
TIPOS DE RELATIVISMO
la verdad es relativa o depende de cada el mundo es distinto para cada especie de seres
RELATIVISMO ESPECÍFICO
especie capaz de representárselo
hay tantas verdades como grupos de personas
RELATIVISMO DE GRUPO la verdad es relativa o depende de cada grupo
que las piensen
la verdad es relativa o depende de cada cultura
RELATIVISMO CULTURAL cada civilización tiene sus propias verdades
o civilización
la verdad es relativa o depende de cada clase
DE CLASE SOCIAL hay tantas verdades como clases sociales
social
la verdad es distinta para el hombre y para la
POR SEXO la verdad es relativa o depende de cada sexo
mujer
la verdad es relativa o depende de cada los jóvenes tienen sus verdades y los adultos las
POR EDAD
generación suyas
RELATIVISMO INDIVIDUAL: la verdad es relativa o depende de cada
hay tantas verdades como individuos
SUBJETIVISMO individuo

Críticas:
Uno de los críticos del relativismo fue Platón. En el “Teetetos” (obra en la que Platón analiza la esencia de la ciencia)
presenta los argumentos más precisos y rigurosos en contra del relativismo, argumentos que se pueden resumir
como sigue:
1. Si el relativismo estuviese en lo cierto no tendría sentido la enseñanza y todos estarían ya en la verdad o el
conocimiento si así les parece: Con cierta ironía, Platón nos dice que si cuando a uno algo le parece verdadero, ese
juicio ya es verdadero (tal y como afirma el relativismo), no se ve qué privilegio tiene el propio Protágoras “para
creerse con derecho para enseñar a los demás y para poner sus lecciones a tan alto precio. Y nosotros, si fuéramos a
su escuela ¿no seríamos unos necios, puesto que cada uno tiene en sí mismo la medida de su sabiduría? [...] ¿no es
una insigne extravagancia querer examinar y refutar mutuamente nuestras ideas y opiniones, mientras que todas
ellas son verdaderas para cada uno, si la verdad es como la define Protágoras?”
2. Si el relativismo fuese cierto entonces habría que aceptar que una opinión propia es verdadera para uno y
falsa para otro: Si nos formamos un juicio sobre un objeto cualquiera, esta opinión nos parecerá verdadera, pero los
demás también la pueden juzgar y en algunos casos la pueden juzgar falsa, con lo que es verdad que es falsa puesto
que según el relativismo si a una persona una opinión le parece falsa ―o verdadera― ésta es falsa ―o verdadera―;
de ese modo, tendríamos que la misma opinión puede ser verdadera y falsa. Este argumento se puede ilustrar con
claridad si tomamos el siguiente ejemplo: para los creyentes la opinión (el juicio diríamos nosotros ahora) “Dios
existe” es verdadera, luego es verdadera según el relativismo porque a algunas personas les parece verdadera; sin
embargo el ateo considera que es falsa, luego es falsa según el relativismo porque a algunas personas les parece
falsa. Esta conclusión parece atentar contra lo que ahora llamamos principio de no contradicción: no es posible que
una proposición y su contradictoria sean ambas verdaderas; o dicho de otro forma: una misma proposición no puede
ser verdadera y falsa.

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3. Si el relativismo fuese cierto también sería cierta la tesis contraria, luego el relativismo es falso: Dice Platón
por boca de Sócrates: “... he aquí lo más gracioso. Protágoras, reconociendo que lo que parece a cada uno es
verdadero, concede que la opinión de los que contradicen la suya, y a causa de la que creen ellos que él se engaña, es
verdadera [...] Luego conviene en que su opinión es falsa, puesto que reconoce y tiene por verdadera la opinión de
los que creen que él está en el error [...] Los otros, a su vez, no convienen ni confiesan que se engañan [...] Está pues
obligado a tener también esta misma opinión por verdadera, conforme a su sistema [...] Así, puesto que es combatida
por todo el mundo la verdad de Protágoras, no es verdadera para nadie, ni para él mismo...”; concluye Teodoro,
seguidor de Protágoras: “Sócrates, tratamos muy mal a mi amigo”.
Fijémonos en las siguientes proposiciones:
a) “el relativismo es verdadero”
b) “el relativismo es falso”
a) y b) son proposiciones contradictorias; la primera le parece verdadera a Protágoras y a todos los relativistas; la
segunda a Platón y a todos los que defienden el punto de vista objetivista. El objetivismo considera que no pueden
ser ambas verdaderas, que la primera es falsa y la segunda verdadera. El relativismo, sin embargo, tiene que admitir
que ambas son verdaderas puesto que la primera les parece verdadera a los relativistas y la segunda a los objetivistas
(recordemos que para el relativismo una opinión es verdadera si así se lo parece a alguien). En definitiva, el
argumento que presenta aquí Platón le llevaría a Protágoras a defender que su teoría es verdadera (pues así lo
considera él mismo) y falsa (puesto que así lo consideran otras personas).

"Sócrates.- Estoy muy satisfecho de todo lo que ha dicho en otra parte, para probar que lo que parece a cada uno
es tal como le parece. Pero me sorprende, que al principio de su Verdad (título del libro de Protágoras) no haya dicho
que el cerdo, el cinocéfalo u otro animal más ridículo aún, capaz de sensación, son la medida de todas las cosas.
Esta hubiera sido una introducción magnífica y de hecho ofensiva a nuestra especie, con la que él nos hubiera hecho
conocer que, mientras nosotros le admiramos como un dios por su sabiduría, no supera en inteligencia, no digo a
otro hombre, sino ni a una rana girina. Pero, ¿qué digo? Teodoro. Si las opiniones. que se forman en nosotros por
medio de las sensaciones, son verdaderas para cada uno; si nadie está en mejor estado que otro para decidir sobre
lo que experimenta su semejante, ni es más hábil para discernir la verdad o falsedad de una opinión; si, por el
contrario, como muchas veces se ha dicho, cada uno juzga únicamente de lo que pasa en él y si todos sus juicios son
rectos y verdaderos, ¿por qué privilegio, mi querido amigo, ha de ser Protágoras sabio hasta el punto de creerse con
derecho para enseñar a los demás y para poner sus lecciones a tan alto precio? Y nosotros, si fuéramos a su escuela,
¿no seríamos unos necios, puesto que cada uno tiene en sí mismo la medida de su sabiduría? ¿Será cosa que
Protágoras haya hablado de esta manera para burlarse? No haré mención de lo que a mí toca en razón del talento
de hacer parir a los espíritus. En su sistema este talento es soberanamente ridículo, lo mismo, a mi parecer, que todo
el arte de la dialéctica. Porque, ¿no es una insigne extravagancia querer examinar y refutar mutuamente nuestras
ideas y opiniones, mientras que todas ellas son verdaderas para cada uno, si la verdad es como la define
Protágoras?, salvo que nos haya comunicado por diversión los oráculos de su santo libro.

Platón. Teetetes.

Escepticismo. Los sofistas introdujeron el relativismo en materia de conocimiento y en los asuntos morales; un paso
más en estas cuestiones, que la mayor parte de los sofistas no llegaron a dar, es el escepticismo. El término escepticismo
procedente del griego "sképsis" (investigación, duda, indagación). Corriente filosófica de la antigüedad que se considera
iniciada por Pirrón de Elis (-360,-270) y Timón de Fliunte (-325,-230) y que se caracteriza por rechazar la posibilidad de
que se pueda encontrar un significado absoluto a lo real (de que pueda haber, pues, alguna verdad firmemente
establecida) proponiendo, en consecuencia, la "epojé" o suspensión del juicio y la prosecución de la investigación, como
actitud más sabia y coherente frente al problema del conocimiento. El escéptico es pues, el que examina y reflexiona
detenidamente sobre lo que se le muestra y viene a concluir tras este atento examen que nada puede conocerse en
verdad. Frente a la confianza de la opinión vulgar en el conocimiento, la filosofía comienza siempre como escepticismo,
al menos en la tradición helénica.
Fue un planteo subversivo en la antigüedad, pero también fue un planteo moderno, autores como Kant y Hume retoman
el reto y reconsideran esta postura.
Clasificación de escepticismo:

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Podemos distinguir dos grandes clases de escépticos: quienes, como Gorgias o Pirrón, afirman la imposibilidad del
conocimiento de modo radical, es decir, sostienen que nada puede ser conocido. Ese escepticismo sostiene que es
imposible obtener conocimientos fiables, porque piensa que nunca hay una justificación suficiente para aceptar algo
como verdadero. Pirrón sostiene que la percepción sensorial no proporciona un conocimiento real de las cosas mismas.
Sólo conocemos objetos de nuestra percepción, pero sería injustificado pretender conocer algo más allá de esas
apariencias. Por lo tanto, podemos hablar de cómo las cosas nos parecen, pero no de cómo son. Y las apariencias son
tan vagas y a menudo contradictorias que nunca alcanzamos seguridad. Nuestra actitud ante el mundo debe ser la
abstención del juicio, lo que escépticos posteriores designarán con el término epoché, o “suspensión del juicio”. Tal vez
Pirrón preferiría el de aphasía, la no afirmación de nada como real. Esta ignorancia va más allá incluso de la ignorancia
socrática, ya que Pirrón ni siquiera afirma que sabe que no sabe nada, y ésta es la base de su actitud ética. Puesto que
no sabemos si esto es un bien o un mal, si será mejor esto o lo contrario, hemos de permanecer serenos ante lo que
suceda en este fantasmal mundo sin sentido claro. El escéptico vive de acuerdo al sentido común, respetando las normas
de convivencia en cuanto son útiles, no en cuanto son verdaderas, buscando la ataraxia.
Pero hay otra forma de escepticismo la de quienes toman esta posición como un paso previo a la búsqueda de algún
conocimiento seguro, o escepticismo metódico. Un ejemplo histórico de esta última posición lo ofrece el pensador
francés René Descartes.
Una de sus obras comienza diciendo:
"Hace ya mucho tiempo que me he dado cuenta de que, desde mi niñez, he admitido como verdaderas una porción de
opiniones falsas, y que todo lo que después he ido edificando sobre tan endebles principios no puede ser sino muy dudoso
e incierto; desde entonces he juzgado que era preciso acometer seriamente, una vez en mi vida, la empresa de
deshacerme de todas las opiniones a que había dado crédito, y empezar de nuevo, desde los fundamentos, si quería
establecer algo firme y constante en las ciencias... Ahora, pues, que mi espíritu está libre de toda preocupación, y que me
he procurado un reposo tranquilo en una apacible soledad, me aplicaré seriamente y con libertad a destruir de un modo
general todas mis antiguas opiniones."

Actividad:
1. Analiza el fragmento de Descartes: señala cuál es la situación en la que se encuentra el filósofo y por qué duda.
2. ¿En qué se parecen y en qué se diferencian el escepticismo radical y el escepticismo metódico?

LAS “MEDITACIONES METAFÍSICA” Primera meditación.


Pero, para cumplir tal designio, no será necesario probar que son todas falsas, lo que quizá nunca conseguiría; sino que,
del mismo modo que la razón me persuade ya de que debo impedirme dar crédito a las cosas que no son enteramente
ciertas e indudables, con el mismo empeño que pondría ante aquellas que nos parecen manifiestamente falsas, el menor
motivo para dudar que encontrara en ellas serviría para hacérmelas rechazar todas. Y por eso no es necesario que las
examine particularmente una a una, lo que sería un trabajo infinito; sino que, ya que la ruina de los cimientos entraña
necesariamente la de todo el edificio, me concentraré primero en los principios sobre los que todas mis antiguas
opiniones se habían fundado.
Todo lo que hasta el presente he tenido como lo más verdadero y seguro lo he aprendido de los sentidos o por los
sentidos: ahora bien, a veces he experimentado que esos sentidos eran engañosos, y es prudente no fiarse nunca por
completo de quienes nos han engañado una vez.
Pero, aunque los sentidos nos engañen a veces, en lo referente a cosas poco perceptibles y muy alejadas, hay quizá
muchas otras de las que no se puede razonablemente dudar, aunque las conozcamos a través de ellos: por ejemplo, de
que estoy aquí, sentado cerca del fuego, vestido con una bata, sosteniendo este papel entre mis manos, y otras cosas de
esta naturaleza. ¿Y cómo podría negar que estas manos y este cuerpo sean míos, si no es quizás igualándome a esos
insensatos cuyo cerebro está de tal modo turbado y ofuscado por los negros vapores de la bilis, que aseguran
constantemente que son reyes, cuando son muy pobres; que están vestidos de oro y de púrpura, cuando están
completamente desnudos; o que se imaginan ser un cántaro, o tener un cuerpo de vidrio?, ¿Pero qué? Ellos están locos,
y no sería yo menos extravagante si me guiase por sus ejemplos.

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No obstante, tengo aquí que considerar que soy hombre y, en consecuencia, que tengo costumbre de dormir y de
representarme en mis sueños las mismas cosas, o algunas menos verosímiles, que esos insensatos cuando están
despiertos. ¿Cuántas veces he soñado, durante la noche, que estaba en este lugar, que estaba vestido, que estaba cerca
del fuego, aunque estuviese completamente desnudo en mi cama? Me parece ahora que no miro este papel con ojos
somnolientos; que esta cabeza que muevo no está adormilada; que extiendo esta mano intencionadamente y con un
propósito deliberado, y que la siento: lo que ocurre en un sueño, sin embargo, no parece ser tan claro ni tan distinto
como todo esto. Pero, pensándolo cuidadosamente, recuerdo haber sido a menudo engañado, mientras dormía, por
semejantes ilusiones. Y deteniéndome en este pensamiento, veo tan manifiestamente que no hay indicios concluyentes,
ni señales suficientemente seguras por las que se pueda distinguir claramente la vigilia del sueño, que me quedo
totalmente asombrado; y mi asombro es tal, que es casi capaz de persuadirme de que duermo.
Supongamos ahora, pues, que estamos dormidos, y que todas esas particularidades, a saber: que abrimos los ojos, que
movemos la cabeza, que extendemos las manos, y cosas semejantes, no son más que falsas ilusiones; y pensemos que
quizás nuestras manos, y todo nuestro cuerpo, no sean tales como los vemos. De ese tipo de cosas es la naturaleza
corporal en general, y su extensión; como lo es la figura de las cosas extensas, su cantidad o magnitud, y su número; y
el lugar en el que están, el tiempo que mide su duración, y otras semejantes…
Por ello, no será, quizás, errónea nuestra conclusión si decimos que la física, la astronomía, la medicina y todas las demás

Actividad:
3. ¿Qué argumentos propone para poner en duda los sentidos? (explica los dos argumentos que plantea).
4. Propone un argumento novedoso para poner en duda los sentidos.
5. ¿Consideras que se puede confiar en los datos de los sentidos? Justifica tu respuesta.

ciencias que dependen de la consideración de cosas compuestas son altamente dudosas e inciertas; mientras que la
aritmética, la geometría, y las demás ciencias de esta naturaleza, que sólo tratan de cosas muy simples y generales, sin
preocuparse mucho de si se dan o no en la naturaleza, contienen algo de cierto e indudable. Pues, tanto si estoy despierto
como si duermo, 2 y 3 sumarán siempre cinco, y el cuadrado nunca tendrá más de cuatro lados; y no parece posible que
verdades tan manifiestas puedan ser sospechosas de ninguna falsedad o incertidumbre.
No obstante, hace mucho tiempo que tengo en mi mente cierta opinión según la cual hay un Dios que todo lo puede, y
por quien he sido creado y producido tal como soy. Pero ¿quién podría asegurarme que ese Dios no ha hecho que no
exista ninguna tierra, ningún cielo, ningún cuerpo extenso, ninguna figura, ninguna magnitud, ningún lugar, y que sin
embargo yo tenga la percepción de todas esas cosas, y que todo eso no me parezca que exista de otro modo que yo lo
veo? E incluso, como juzgo que a veces los demás se equivocan, aun en las cosas que creen saber con mayor certeza,
podría ocurrir que hubiera querido que yo me equivoque cada vez que sumo 2 y 3, o cuento los lados de un cuadrado, o
considero cualquier cosa aún más fácil, si es que podemos imaginar algo más fácil que eso. Pero quizás Dios no ha
querido que fuese engañado de tal modo, ya que es llamado soberano bien. Sin embargo, si eso repugnara a su bondad,
el haberme hecho tal que me equivocase siempre, parecería también serle contrario el permitir que me equivocara a
veces, de lo que sin embargo no puedo dudar que lo permite.
Habrá, en esto, personas que preferirían negar la existencia de un Dios tan poderoso a creer que todas las demás cosas
son inciertas. No les ofrezcamos resistencia por el momento y supongamos, en su favor, que todo lo que se ha dicho aquí
de tal Dios sea una fábula. No obstante, sea cual sea la manera por la que supongan que he llegado al estado y al ser
que poseo, sea que lo atribuyan al destino o a la fatalidad, que lo refieran al azar, o bien que prefieran atribuirlo a una
continua sucesión y unión de las cosas, es cierto que, puesto que errar y equivocarse es una especie de imperfección,
tanto menos poderoso será el autor al que atribuyan mi origen, cuanto más probable será que yo sea tan imperfecto
que me equivoque siempre. Ciertamente, nada tengo que objetar a estas razones, pero me veo obligado a confesar que,
de todas las opiniones que antiguamente había recibido en mi creencia como verdaderas, no hay una siquiera de la que
no pueda ahora dudar, no por ninguna falta de consideración o ligereza, sino por razones muy poderosas y largamente
consideradas. De modo que es necesario que detenga y suspenda en adelante mi juicio sobre estos pensamientos, y que
no les dé ya más crédito que el que le daría a las cosas que me parecen evidentemente falsas si deseo encontrar algo de
constante y seguro en las ciencias…
Supondré que hay, pues, no un verdadero Dios, que es la soberana fuente de verdad, sino un cierto genio malvado, no
menos astuto y engañador que poderoso, que ha empleado toda su industria en engañarme. Pensaré que el cielo, el aire,

Actividad:
6. Describe con tus palabras, el argumento del genio engañador.
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la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todas las cosas exteriores que vemos no son más que ilusiones y engaños,
de los que se sirve para sorprender mi credulidad. Me consideraré a mí mismo como carente de manos, de ojos, de carne,
de sangre, como carente de sentidos, pero creyendo falsamente tener todas estas cosas. Permaneceré obstinadamente
ligado a este pensamiento; y si, de este modo, no está en mi poder alcanzar el conocimiento de verdad alguna, al menos
estará en mi poder suspender el juicio. Por ello, evitaré cuidadosamente admitir en mi creencia ninguna falsedad, y
prepararé tan bien a mi mente para todas las astucias de ese gran engañador que, por poderoso y astuto que sea, jamás
podrá imponerme nada. Pero este propósito es duro y trabajoso, y una cierta pereza me arrastra insensiblemente hacia
el curso de mi vida cotidiana. Y al igual que un esclavo que gozara en el sueño de una libertad imaginaria, cuando
comienza a sospechar que su libertad no es más que un sueño, teme ser despertado, y conspira con esas ilusiones
agradables para permanecer más tiempo engañado por ellas, así yo regreso insensiblemente, por mí mismo, a mis
antiguas opiniones, y temo despertar de este sopor por miedo a que las laboriosas vigilias que sucedan a la tranquilidad
de este reposo, en lugar de aportarme algo de luz en el conocimiento de la verdad, no sean suficientes para aclarar las
tinieblas de las dificultades que acaban de suscitarse.
1. LA PRIMERA VERDAD: “PIENSO, EXISTO”
En la segunda meditación, repasando la perpleja situación en la que se encuentra al final de la primera, viéndose
obligado a dudar de todo.
Parece que ningún contenido que se le dé al pensamiento puede ser seguro, porque tenemos una razón para dudar de
cualquiera de ellos; sin embargo, aunque juzguemos mal y nos equivoquemos, independientemente del contenido de
nuestro pensamiento, lo que permanece es que estamos pensando, y eso no podemos dudarlo. Incluso si lo dudamos
confirmamos que estamos pensando. Parece que hemos llegado a la certeza indubitable que buscábamos: pienso
luego existo –cogito ergo sum, según la formulación de Descartes original en latín–. Cabe mencionar que cuando
decimos que hemos llegado a esta conclusión, indicamos que cada quien ha llegado a dicha conclusión, porque ni
siquiera podemos estar seguros de que haya otra.
Después de la duda metódica, lo único que nos queda es la certeza de que existimos, y somos una cosa que piensa –
res cogitans, en latín–. No podemos estar seguros de tener un cuerpo, de que haya otros, ni de que haya un mundo
externo. Hemos llegado al solipsismo1. No debemos olvidar que para lo que buscábamos este conocimiento
indubitable era para extraer de él un criterio que nos permitiera decir cuáles de los conocimientos que creíamos tener
en verdad lo son y cuáles son afirmaciones falsas.
Descartes señaló que la idea del cogito –del yo pensante– se le presentaba como una idea clara y distinta. Con clara
quiso decir manifiesta y nítida para la mente que presta atención, y con distinta se refería a que estaba tan bien
definida o era tan precisa, que no se prestaba a confusión con otras ideas. Así pues, como esta verdad incuestionable
del pienso, luego existo tiene tales características, ellas serán nuestro criterio de verdad.
Con su guía, Descartes se dio a la tarea de reconstruir el edificio del conocimiento. Lo primero que intentó Descartes
fue recuperar la certeza de Dios probando su existencia. Recordemos que hasta este punto lo único que sabemos con
seguridad es que yo, entendido como ser pensante, existo, y que las ideas claras y distintas son verdaderas, por lo que
cualquier otro conocimiento deberá construirse apelando tan solo a estos dos elementos.
En el primer momento de su argumentación, Descartes afirmó que Dios debe existir puesto que de otra forma sería
inexplicable que este yo pensante, finito e imperfecto, tuviera la idea clara y distinta, y por tanto, verdadera, de un ser
perfecto. Solo alguien perfecto pudo haber puesto la idea de perfección en mí, puesto que no es una idea que venga
de la experiencia; además, y si yo fuera el inventor de esa perfección, me habría hecho a mí mismo perfecto, siendo yo
mismo Dios.
Sin embargo, soy falible y, por tanto, imperfecto, y no obstante tengo una idea en mi propio pensamiento, una idea
innata, que no pude producir yo mismo. Así, la existencia de una idea innata, clara y distinta de un ser sumamente
perfecto –Dios– implica la existencia de dicho ser. Notemos que hasta ahora no hemos apelado al mundo externo ni a
ningún dato de la experiencia, sino solo al cogito y al criterio de verdad.
En el segundo momento de su argumentación, Descartes afirmó que la idea de un ser sumamente perfecto contiene
en sí todas las perfecciones y siendo la existencia una perfección, a Dios le es necesaria la existencia, pues se sigue o se
deduce de su propia y sola idea. Este argumento es conocido como argumento ontológico para la existencia de Dios,

1
Solipsismo. Postura epistemológica y metafísica que considera que lo único verdadero es el propio yo, dejando en suspenso o
negando el mundo externo y los otros.
6
famoso en filosofía y formulado por primera vez en la Edad Media por San Anselmo, deduce la existencia de Dios de su
sola idea, por lo cual ha sido cuestionado.
Una vez que Descartes ha recuperado la certeza en la existencia de Dios, la bondad infinita de este ser sumamente
perfecto le permitirá decir que este no permitiría que un ser como el genio maligno nos engañe, por lo cual podemos
tener confianza en que cuando creemos demostrar algo, razonando ordenadamente –según el método cartesiano–, en
verdad lo demostramos.
De este modo, recuperamos los conocimientos matemáticos y la certeza del método científico, que habíamos creído
perder. Así también, recuperamos la certeza del mundo externo, puesto que Dios no permitiría que creyendo que
nuestras ideas se corresponden con un mundo externo, nos engañáramos siempre que establecemos tal
correspondencia.
A pesar de todo lo anterior, los sentidos pueden engañarnos respecto a lo que nos dicen del mundo externo, pero de lo
que estamos seguros es de que existe tal mundo en el que puede haber errores perceptivos. Lo que Descartes “salvó”
del mundo externo es lo que este le presentaba de manera clara y distinta: lo cuantificable del mundo, aquello que podía
ser objeto del pensamiento matemático: la extensión. Para Descartes el mundo externo era res extensa – una cosa
extensa. Con ello, recuperamos la posibilidad del conocimiento científico que se encarga del mundo externo y extenso.
Fingiendo ser escéptico, Descartes dotó de fundamento y criterio de verdad a la ciencia de su tiempo, creando al mismo
tiempo, una interpretación del mundo cuya fuerza llegó hasta nuestros días: el pensamiento y la extensión constituyen
dos mundos separados que coinciden en el ser humano sin que sepamos explicar cómo se enlazan. Resolviendo un
problema, Descartes abrió otro que recorrerá toda la modernidad: el problema del
dualismo.
Descartes ha pasado a la historia como el padre del racionalismo, que es una postura
epistemológica la cual considera que el conocimiento radica en las ideas innatas –aquellas
que están en nuestro entendimiento sin necesidad de la experiencia de los sentidos. Como
vimos, para el filósofo francés todo el conocimiento puede fundamentarse y reconstruirse
sin apelar a los datos de la experiencia.

DOGMATISMO
- Ciertamente no todos están de acuerdo con el escepticismo. De hecho, la actitud "natural"
o de sentido común es la de creer que, si bien a veces nos equivocamos, habitualmente "conocemos" aquellas cosas
que percibimos con nuestros sentidos (este libro, aquella silla, esa ventana), y también nuestras propias sensaciones
internas (el interés o el aburrimiento que siento, el cansancio, la preocupación). Pero también muchos filósofos
consideran que hay ciertas entidades que es posible conocer. Esta confianza en la posibilidad de conocer, recibe a veces
el nombre de dogmatismo Esta palabra "dogmatismo" es una palabra ambigua, ya que tiene más de un significado.
• Un uso frecuente del término, asocia “dogmatismo” con la aceptación de la verdad de una proposición sin justificación
racional. Por ejemplo, es posible creer en la existencia de Dios, o en la continuidad del alma después de la muerte por
la fe que se profesa a una religión dada. En un sentido menos interesante, se pueden aceptar ciertas ideas o costumbres
simplemente por una adhesión emocional (porque lo dijo una persona que es ídolo deportivo o una actriz famosa, o
alguien cuya autoridad reconocemos, pero que no es experto en este campo).
• Pero hay un segundo sentido de la palabra "dogmatismo" que alude a la creencia de que existen algunas proposiciones
cuya verdad podemos conocer, y para las cuales podemos aducir alguna prueba o justificación racional. Este es el sentido
en que antiguamente se llamaban "filósofos dogmáticos" a los que sostenían la verdad de ciertas afirmaciones o
principios, sobre la base de argumentos o justificaciones filosóficas.
Dice Rabossi:
Un dogmático es una persona cuya estructura mental es esta:
- existe un conjunto de verdades fundamentales acerca de x, y o z; yo (dogmático) las conozco;
- esas verdades, por ser lo que son, no exigen justificación racional y sobre todo no pueden ser sujetas a críticas
racionales;
- todos tienen que aceptar esas verdades (el mundo será mejor así);
- quienes no las acepten estarán en el error y el error no merece ser tolerado.
Esta matriz muestra varias cosas interesantes. Muestra, por ejemplo, a) que el dogmatismo no es cuestión de
"contenidos" sino de estructura mental, b) que dentro del modelo dogmático no hay posibilidad de resolver
racionalmente ningún conflicto pues lo único que cabe es la anatematización (condenar, maldecir, reprobar) del
7
contrario, c) que todos los dogmáticos son iguales (pese a sus discrepancias de "vida o muerte") dado que poseen la
misma estructura mental, el mismo estilo de pensamiento (esto explica "conversiones radicales" que suelen darse
entre ellos).
Sentado esto, se puede comprender por qué el filósofo provoca la suspicacia dogmática. Si hay un rasgo que lo
caracteriza de manera esencial, cualquiera sea la posición teórica que adopte, es su no-dogmático. El filósofo puede
llegar a convencerse de que existen verdades básicas. Pero no puede considerar que está eximido de fundamentarlas
racionalmente, ni que pueden quedar al margen de la crítica racional. En el momento mismo en que admitiera tales
cosas, dejaría de ser filósofo. Ser filósofo y ser dogmático son propiedades incompatibles."
Rabossi, Eduardo. Contra todo argumento. Diario Clarín, suplemento cultura. 16/10/1980.

Y plantea Russell:
De hecho, el valor de la Filosofía debe ser buscado en una larga medida en su real incertidumbre (...) Así el disminuir
nuestro sentimiento de certeza sobre lo que las cosas son aumenta en alto grado nuestro conocimiento de lo que
puede ser; rechaza el dogmatismo algo arrogante de los que no se han introducido jamás en la región de la duda
liberadora y guarda vivaz nuestro sentido de la admiración presentando los objetos familiares en un aspecto no
familiar.
Russell, Bertrand. Los problemas de la Filosofía. Barcelona. Labor. 1970.

El criticismo representa una posición intermedia entre el dogmatismo y el escepticismo. Es posible obtener
conocimientos verdaderos, pero siempre que o bien previamente tratemos de discernir hasta donde pueden llegar
nuestras facultades de conocer al pretender que han alcanzado esos conocimientos o bien intentemos contrastar
nuestros conocimientos con la realidad.
El primer tipo de criticismo es el kantiano y sugiere una crítica de la razón para averiguar hasta dónde puede conocer.
El segundo tipo de criticismo es propio del racionalismo crítico del siglo XX, que sostiene que todo saber es falible y que
por eso, tiene que ser puesto a prueba. Sus principales representantes son Karl Popper y Hans Albert.
Popper afirma:
Llego ahora a la última de mis afirmaciones, la más importante. Es la siguiente: la tradición racionalista, la tradición de
discusión crítica, es el único camino viable para ampliar nuestro conocimiento, conocimiento conjetural o hipotético, por
supuesto. No hay otro camino. [...] Sólo hay un elemento de racionalidad en nuestros intentos por conocer el mundo: es
el examen crítico de nuestras teorías. Estas teorías son conjeturas. No sabemos, sólo suponemos. Si me preguntáis: «
¿Cómo sabe usted?», mi repuesta sería: «No sé; sólo me propongo una conjetura. Si usted está interesado en mi
problema, me sentiré muy feliz si usted critica mi conjetura, y si usted presenta contrapropuestas, yo a mi vez las
criticaré».
Tal es, según creo, la verdadera teoría del conocimiento [...] la teoría de que el conocimiento avanza mediante conjeturas
y refutaciones.

El desarrollo del conocimiento científico. Conjeturas y refutaciones, Paidós, Buenos Aires 1979, p. 178