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) t 147
Introducción
Los autores del presente artículo formamos parte desde 2011 del
equipo del Trayecto Curricular Integrador Trabajo Social Comuni-
tario y de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Universidad
Nacional de Avellaneda, que ha impulsado y viene desarrollando
desde la fundación de la universidad, una propuesta de integración
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Mamani, 2006.
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PIU Proyecto Institucional Universitario, Universidad Nacional de Avellaneda.
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En el libro Universidad, territorio y transformación social. Reflexiones en torno a
procesos de aprendizaje en movimiento, que escribimos junto a Liliana Elsegood
y Rodrigo Ávila Huidobro, conceptualizamos al aprendizaje en movimiento como
una “propuesta pedagógica que parte de concebir los procesos de aprendizaje no
como un punto de llegada, como una mera transmisión de contenidos, sino como
una construcción dinámica y colectiva de conocimiento. Ello se da en vinculación
con los procesos sociales, políticos y culturales de los que forman parte y del rol que
desempeñan frente a los distintos intereses en pugna en un momento determinado.
(...) Aprender en movimiento implica vincular los procesos de aprendizaje a las
experiencias de transformación social en el territorio e involucrarse con dichos
procesos y con las organizaciones populares e instituciones que los protagonizan
como una manera de viabilizar espacios de construcción colectiva de conocimiento.
(2014:57 y ss.)
Fanon,4 una piel que no es solo individual sino también social; una
piel sobre la que se inscribe una relación corporal que determina la
posición y disposición de unos cuerpos respecto de otros.
El aprendizaje en movimiento es, pues, una pedagogía de la piel;
un aprendizaje que se asume desde el cuerpo y desde lo vivido; una
praxis que se despliega en un contexto de acción concreto, es de-
cir, en el territorio, donde cobran vida las dinámicas de poder, los
procesos de dominación, oposición, resistencia y contrahegemonía.
En el proceso que nos ocupa, el aprendizaje y la investigación en
movimiento se despliegan en un territorio denominado conurbano,
en lo que podría considerarse una periferia de la periferia respecto a
los centros históricos de construcción de conocimiento. Pensamos,
escribimos, discutimos desde el conurbano. El ser y hacer univer-
sidad desde el conurbano nos atraviesa desde los comienzos y en
nuestra más profunda cotidianeidad. Durante muchos años, estos
márgenes no eran contextos tomados en consideración para erigir
universidades. Quienes los habitaban, en caso de que quisieran se-
guir estudios universitarios, debían acercarse a los “centros del saber
científico”, a los territorios legitimados. Los espacios que habitamos,
en tanto entramados de relaciones sociales, no eran adecuados para
elaborar y cultivar saberes propios de las ciencias. Todavía, al día de
hoy, existe un halo de sospecha sobre la verdadera capacidad que las
universidades nacidas en la periferia pueden llegar a tener en rela-
ción con la construcción de conocimiento científico.
La referencia a lo que llamamos conurbano sugiere, entre otras
cuestiones, una diferenciación respecto “al centro”: lo que habita
los márgenes de la ciudad de Buenos Aires, generalmente asociada
a lo europeo, lo blanco, la racionalidad, el lugar de lo culto. Es en
tal sentido que las universidades localizadas más allá del Riachuelo
o la Avenida General Paz eran y son imaginadas —en el mejor de
los casos— como enclaves, centros desde donde se debería irradiar
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Recomendamos leer de Frantz Fanón los textos Los condenados de la tierra,
Dialéctica de la liberación y Piel negra, máscaras blancas.
El territorio
Territorializar la universidad
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Preferimos la noción de poblaciones a la de comunidad. Para un análisis al respecto
recomendamos la lectura de Lischetti, 2015.
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Jauretche (1967) dirá que, cuando la dominación imperial prefiere mantener
la ficción de la autonomía jurídica, la dominación adquiere características de
dominación pedagógica. Es decir, la negación epistémica de los sectores populares, la
proyección de los valores y formas de vida de las metrópolis hacia nuestros territorios
es parte de la estrategia imperial que encuentra entre sus blancos principales a las
clases medias e “ilustradas”.
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A modo de ejemplo mencionamos Brusilovsky 2000, Lischetti y Petz (2009),
Trinchero y Petz (2013 y 2014) quienes dan cuenta de algunas experiencias inscriptas
en extensión universitaria que se articularon en relación a la premisa enunciada.
En el primer caso, se destaca la iniciativa desarrollada en la Isla Maciel desde el
departamento de Extensión Universitaria de la UBA en momentos de fuertes
retrocesos políticos para las mayorías populares. En el segundo caso, se referencia
la misma experiencia además de puntualizar la iniciativa durante el Camporismo en
la Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires (UNPBA) que llevó por nombre
Centro Piloto de Investigación Aplicada “Enrique Grinberg”. En el tercer caso, se
referencia el Centro de Innovación y Desarrollo para la Acción Comunitaria creado
en 2008 en tanto movimiento institucional motivado por los desafíos que la política
de Educación Superior de los años 2003-2015 demandó a las universidades más
antiguas.
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Algunas experiencias que venimos desarrollando como el Plan FinEs, la Diplomatura
en Operador Socioeducativo en Economía Social y Solidaria (DOSESS) o la integración
del colectivo trans a través del Programa Transversal de Políticas de Géneros y
Diversidad, han contribuido a tensionar dichas divisiones, generando otros usos del
espacio universitario, derrumbando fronteras simbólicas arraigadas fuertemente
en las poblaciones. Se cuestionan así imaginarios construidos durante décadas: el
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Arturo Jauretche, en Los Profetas del Odio y la Yapa, también criticó el modelo
de universidad dependiente: “Una Universidad Argentina de esta naturaleza, sólo
será argentina por su radicación geográfica, y el lógico producto de esa Universidad
serán los contadores que manejan las cifras y los asientos falsos de las empresas,
los doctores en ciencias económicas que distribuyen las doctrinas de encargo que
se importan, los filósofos e historiadores que adecuan el pensamiento y la versión
de la historia conveniente a esos mismos intereses, los ingenieros que planifican y
construyen sin vincular su obra con el destino nacional, los médicos que curan a los
enfermos sin buscar las raíces económicas y sociales de los males, y los abogados
y jueces que consolidan la estructura jurídica de la dependencia. El país necesita
una Universidad profundamente politizada; que el estudiante sea parte activa
de la sociedad y que incorpore a la técnica universalista la preocupación de las
necesidades de la comunidad, el afán de resolverlas, y que, por consecuencia, no
vea en la técnica el fin, sino el medio para la realización nacional”.
La legitimación de los procesos de producción de conocimiento socialmente
relevantes debe ligarse a la resolución de las necesidades y prioridades emergentes
de los intereses nacionales demandados por las mayorías populares. En palabras
de Renato Dagnino –citado en Petz y Trinchero 2013–, hay que abandonar ciertas
miradas ingenuas sobre la tecnología y un supuesto derrame tecnológico que nunca
llega. A su vez, es preciso problematizar las agendas que se imponen desde el
hemisferio norte, puesto que obedecen a cuestiones que son relevantes para esas
latitudes, negando o dejando de lado temas centrales para nuestras poblaciones.
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Esto se expresa en diferentes concepciones en torno a la extensión. A pesar
de los debates realizados en los últimos años, aún quedan ámbitos -algunos
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En efecto, como señala Freire (1998) la lógica de construcción de proyectos de
extensión e intervención aislados, descontextualizados, da cuenta de una concepción
de universidad meramente centrada en “lo local”. El involucramiento genuino con
las necesidades, las problemáticas, las luchas que se vienen dando en la comunidad
queda afuera de dichos proyectos, que se atan a objetivos de horizontes muy cortos,
sin perspectivas y sin articulación con los saberes territoriales. En esta misma obra,
recomendamos la lectura del capítulo titulado: “Del proyectismo a la integración
estratégica de la extensión: reflexiones sobre la curricularización de la extensión en
la UNDAV”.
Praxis
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Respuesta a un artículo del ERP. Fue publicado en las revistas Militancia Peronista
para la Liberación (Nº 4, 5 de julio de 1973, bajo el título “Fuerzas armadas
revolucionarias. Aporte al proceso de confrontación de posiciones y polémica
pública que abordamos con el ERP”) y en Cristianismo y Revolución (Nº 28, abril
1971, bajo el título “Reportaje a la guerrilla argentina”).
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El CIDAC (Centro de Innovación para el Desarrollo y la Acción Comunitaria) depende
de la Secretaría de Extensión y Bienestar Universitario de la Facultad de Filosofía y
Letras de la UBA y se plantea “el principio de integralidad de las prácticas de extensión,
investigación y docencia y la necesidad de enfatizar la agencia no solamente social,
sino política y epistémica de los movimientos sociales, de los sectores populares y
organizaciones con las que se plantea el trabajo. (http://www.cidac.filo.uba.ar).
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Ver también la categoría de “mapeo cultural participativo” en Díaz (2009).
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Nos referimos a conceptualizaciones tales como Investigación desde el margen
(Torres), Epistemología fronteriza (Mignolo), pensamiento de umbral (Zemelman)
y nomadismo intelectual (Maffesoli), por dar algunos ejemplos significativos (ver
Petz, Trinchero, 2014).
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Como sostienen Lischetti y Petz (2016), la universidad no puede constituirse en
refugio de producciones críticas sino que debería participar activamente aportando
en la reconstrucción de lo público con líneas de trabajo que contemplen el
conocimiento construido con distintos sectores sociales en marcos de transformación,
como posibilitadora de sujetos colectivos más que como sujetadora de individuos.
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En estas “cajas de herramientas” fuimos incluyendo materiales tales como
selecciones de fuentes documentales (audiovisuales y escritas), actividades de
portafolio, guías de lectura, dinámicas grupales, etc.