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Géneros Críticos

Umberto Eco

Debemos preguntarnos, pues, qué se entiende por crítica (de arte o de literatura) y, por
comodidad, me limitaré a hablar de la crítica literaria. Ahora bien, creo que es preciso
distinguir, ante todo, entre discurso sobre las obras literarias y crítica literaria. Sobre las obras
literarias se puede hacer toda una serie de discursos, y una obra puede tomarse como campo
de investigación sociológica, como documento para una historia de las ideas, como informe
psicológico o psiquiátrico, como pretexto para una serie de consideraciones morales. Hay
civilizaciones, en primer lugar la anglosajona, donde -por lo menos hasta la llegada del "New
Criticism"- el discurso sobre las obras literarias era ante todo un discurso moral. Ahora bien,
todos estos modos discursivos son legítimos en sí, a no ser porque, en el momento mismo en
que se plantean, suponen, implican, sugieren, remiten a un juicio crítico-estético que alguien
distinto, o el mismo autor en otro ámbito, debería haber pronunciado ya. Este discurso es el
de la crítica en sentido propio, y puede subdividirse en tres modos. Debe quedar claro que
estos tres modos son "géneros críticos", tipos ideales, y suele suceder que, amparándose en
un género o modo, alguien ofrezca, de hecho, ejemplos ilustres de otro modo, o que mezcle,
para bien o para mal, los tres modos al mismo tiempo.

Denominaremos al primer modo "reseña", donde se les habla a los lectores de una obra que
todavía no conocen. Una buena reseña puede recurrir también a modalidades más complejas,
como las otras dos de las que hablaré, pero está fatalmente vinculada a la inmediatez, al breve
espacio que media entre la aparición de la obra, la lectura y la escritura del juicio. La reseña,
en el mejor de los casos, puede limitarse a dar a los lectores una idea somera de la obra que
todavía no han leído, y luego imponerles el juicio (de gusto) del crítico. Su función es
eminentemente informativa (dice que se ha publicado una obra que más o menos es así y asá)
y diagnóstico-fiduciaria: los lectores creen en el autor de la reseña como creen en el médico,
el cual, después de haberles hecho decir treinta y tres, determina someramente un principio
de bronquitis y prescribe un jarabe. Este diagnóstico reseñador no tiene nada que ver con los
análisis químicos o con esas exploraciones con sonda, que el mismo paciente puede seguir
ahora en una pantalla televisiva, y durante los cuales ve y entiende qué tiene y por qué su
cuerpo estaba reaccionando como lo hacía. En la reseña (como en la visita del médico del
seguro), el lector no ve la obra, oye sólo alguien habla de ella.

El segundo modo de la crítica, la "historia literaria", habla de textos que el lector conoce o,
por lo menos, debería conocer, porque ya ha oído hablar de ellos. A menudo, estos textos tan
sólo se le mencionan, a veces se le resumen, también con la ayuda de alguna cita ejemplar, o
se agrupan, se asignan a corrientes, dispuestas en secuencia cronológica. Una historia de la
literatura puede ser llanamente manualista; a veces llega a ser al mismo tiempo
reconocimiento de las obras e historia de las ideas –pienso en una "Storia della letteratura
italiana" (Historia de la literatura italiana) de Francesco De Sanctis–. En mejores casos,
encamina hacia el reconocimiento final y total de una obra, orienta las expectativas y el gusto
del lector, abre panoramas ilimitados.

Ambos modos se pueden practicar según dos líneas que como ya decía Croce, pueden
definirse como la del "artifex additus artifici" (artista añadido al artista) o la del "philosophus
additus artifici" (filósofo añadido al artista). En el primer caso, el crítico, más que explicarnos
la obra, nos ofrece el diario de las propias emociones en el transcurso de la lectura,
inconscientemente intenta superar en excelencia al objeto de su humilde dedicación, a veces
lo consigue y conocemos perfectamente páginas sobre literatura que son más hermosas,
literariamente, que la literatura de la que hablan, al igual que son altamente musicales las
páginas de Proust sobre la música mala. En el segundo caso, el crítico intenta mostrarnos, a
la luz de algunas categorías y criterios de juicio, por qué es bella la obra. Pero en el caso de
la reseña no tiene espacio suficiente para decirnos a fondo cómo está hecha la obra (y, por
consiguiente, para revelarnos las maquinaciones de su estilo) y en el caso de la historia
literaria debe mantener necesariamente su análisis en un nivel obligado de generalidad. Por
desgracia, para esclarecer el estilo de una página se necesitan cien, y en una historia de la
literatura la relación es fatalmente inversa.

Lleguemos ahora al tercer modo, la "crítica del texto" [crítica textual]: aquí el crítico tiene
que suponer que el lector no sabe nada de la obra, aunque se trate de la "Commedia" (Divina
Comedia). Tiene que hacérsela descubrir por primera vez. Si el texto no es breve, tal que se
pueda reproducir entero, subdividido en párrafos o versículos, es necesario suponer que el
lector puede disponer de él, porque la finalidad de este discurso es llevar a descubrir paso a
paso cómo está hecho el texto, y por qué funciona como funciona. Este discurso puede aspirar
a una confirmación ("ahora les muestro por qué todos consideran este texto espléndido"), a
una revaloración o a la destrucción de un mito. Los modos en los que se puede mostrar cómo
está hecho un texto (y por qué está bien que esté hecho así, y por qué no podía ser sino así, y
por qué hay que considerarlo excelso precisamente porque está hecho así) pueden ser
innumerables. Se articulen como se articulen, esta crítica no puede ser sino un análisis
semiótico del texto. Por lo tanto, si hacer verdadera crítica es hacer entender cómo está hecho
un texto, y si la reseña y la historia literaria, en cuanto tales, no pueden hacerlo en medida
completa, la única y verdadera forma de crítica es una lectura semiótica del texto. Un lectura
semiótica del texto posee, de la verdadera crítica (que debe llevar a entender el texto en todos
sus aspectos y posibilidades), las cualidades de las que normal y fatalmente carecen la crítica
reseñadora y la crítica histórica: no "prescribe" los modos del placer del texto, sino que nos
muestra por qué el texto puede producir placer.

La crítica reseñadora, por su función de recomendación, no puede eximirse de pronunciar,


salvo en casos de excepcional cobardía, un juicio sobre lo que dice el texto; la crítica histórica
puede indicarnos, a lo sumo, que una obra ha tenido varias y alternas fortunas y ha suscitado
respuestas mutables. La crítica textual, que es siempre semiótica incluso cuando no lo sabe
o niega serlo, desempeña, en cambio, esa función, que ya había sido descrita admirablemente
por Hume en "Of the standard of taste" (La norma del gusto), citando un pasaje del
"Quijote":

A dos de mis parientes les pidieron en una ocasión que dieran su opinión
acerca del contenido de una cuba que se suponía era excelente, por ser viejo y
de buena cosecha. Uno de ellos lo degusta, lo considera, y tras maduras
reflexiones dice que el vino sería bueno si no fuera por su ligero sabor a
cordobán que había percibido en él. El otro, tras tomar las mismas
precauciones, pronuncia también su veredicto a favor del vino, pero con la
reserva de cierto sabor a hierro que fácilmente pudo distinguir. No podéis
imaginar cuánto se les ridiculizó a causa de su juicio. Pero, ¿quién rió el
último? Al vaciar la cuba, se encontró en el fondo una vieja llave con un correa
de cordobán atada a ella.

Pues bien, la verdadera crítica es la que ríe la última, porque a cada uno le deja su propio
placer, pero de todo placer da razón. Naturalmente también una crítica del texto, realizada
por un "philosophus additus artifici", conoce los propios excesos, que vanifican su función.
Será útil tomar en consideración algunos errores de la semiótica textual, que a menudo han
determinado los síndromes de rechazo de los que acabamos de hablar.

Tomado de:
ECO, Umberto (2002 [1996]): "Sobre el estilo". En: Sobre literatura. Buenos Aires,
Sudamericana, pp. 175-179.

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