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Ayn Rand, una filósofa liberal, escribió La rebelión de Atlas (recientemente traducida por Domingo

García para Deusto) como una parábola capitalista sobre cómo realizar una revolución empresarial
contra las instituciones burocráticas y las castas extractivas que parasitan el libre mercado. Atlas era
un titán que sostenía sobre sus hombros el mundo entero. Así veía Rand a los empresarios
favorables al libre mercado, unos revolucionarios que cambian el mundo para mejor basándose en la
innovación, la creatividad, la asunción de riesgos y la satisfacción de las necesidades de los
consumidores.

El actual debate sobre la Superliga ejemplifica el conflicto que según Rand existe entre la dimensión
liberal, organizada a partir de la razón, el individualismo y el capitalismo, y el orbe socialista,
caracterizado por el misticismo, el altruismo y el colectivismo. La principal objeción que se le ha
puesto al proyecto liderado por Florentino Pérez, el titán de nuestra historia, es que está basado en el
dinero. El protagonista de la novela de Rand, John Galt, adopta como símbolo de su movimiento
empresarial de protesta capitalista el dólar. Sólo desde una mentalidad pobrista, como la califica
Antonio Escohotado, es cómo se puede contemplar la creación de riqueza como algo negativo.

Por supuesto que la Superliga generaría mucho más dinero. Y en el deporte profesional ese es el
factor fundamental. ¿Quién paga las nóminas de los burócratas de la UEFA y la FIFA? ¿Por qué se
debería continuar con un modelo ineficiente como el actual cuando existen competiciones
profesionales que le llevan años luz a la Champions como la NBA y la NFL en Estados Unidos, o la
Euroliga en el baloncesto europeo?

También se ha objetado contra la Superliga que no es “meritocrática”. Esa es una equivocación muy
común, confundir el deporte amateur, donde prima el mérito, con el deporte profesional, en el que lo
que importa es el valor añadido. Es como confundir el sistema educativo con el sistema empresarial.

La reacción europea contra la Superliga por parte del statu quo de gobiernos nacionales e
instituciones como la UEFA muestran la dificultad de Europa para modernizarse, atrapada entre
poderes establecidos, intereses espurios e inercias culturales (a todo ello lo llaman "valores"). Un
buen ejemplo de la hipocresía reaccionaria en torno a la Superliga europea es Ander Herrera, un
futbolista que pudiendo jugar perfectamente en el "futbol popular", Zaragoza o Athletic, prefirió uno
de los equipos más privilegiados y capitalistas, el PSG, a cambio de muchos millones de euros pero
que ahora carga contra la Superliga con el argumento lleno de la demagogia y el resentimiento que
criticaba Ayn Rand: “que los ricos roben lo que el pueblo creó”. ¿Quién cree Herrera que le paga, el
“pueblo” o los petrodólares? En un par de años los negacionistas de la Superliga habrán olvidado que
estuvieron en contra. También hubo quienes en su día estuvieron contra la escritura, los trenes, el
libre mercado, la torre Eiffel, los rascacielos, el motor de explosión, los iPad y la Copa de Europa.

Además de los argumentos económicos, en los que Florentino Pérez es irrebatible, planteemos una
coda cultural. La Superliga europea puede ayudar a vertebrar una Europa que está en crisis de
identidad y en un proceso de decadencia. Pese a las apariencias, la Champions, en su actual
formato, es un ejemplo de esa incapacidad de los europeos para afrontar riesgos, plantear
innovaciones y dejar de alimentar a castas extractivas.

Explicaba Domingo García, el traductor de la novela de Rand, en este periódico que

«Las ideas de Atlas son más necesarias que nunca, pues son el antídoto a esa enorme inercia
cultural que está llevando al mundo en una dirección cada vez más colectivista, más irracional»

Háganme caso, las ideas de Florentino Pérez son más necesarias que nunca.