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Ricardo García-Villoslada

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Loyola y Erasmo

Ensayistas de H oy
Erasmo < /Loyola son dos pi­
lares contrapuestos a ambas
orillas de un río. Lo interesante
no es resaltar la distancia que
los separa, sino examinar el
puente de unión entre ellos.
Iñigo de Loyola,hombre del Re­
nacimiento tanto como de la
Contrarreforma, necesitaba es­
ta nueva visión, que le muestra
en la encrucijada de dos mun­
dos contrapuestos, el erasmismo
dialogador con los protestantes
ij la reacción inquisitorial, pa­
ra hallar un lugar de equilibrio
y moderación.
RICARDO G A RCIA -VILLOSLADA

LOYOLA Y ERASMO
DOS ALMAS, DOS EPOCAS

TAURUS
Claudio Coello, 69 B
MADRID -1
INDICE
ADVERTENCIA PRELIMINAR 9
INTRODUCCION ....................... ................................ 11

CAPITULO I.—IÑIGO DE LOYOLA, EN EL ESTUDIO


DE BARCELONA. ¿LEYO ALLI EL ENCHIRIDION MI-
LITIS CHRISTIANI?—ANALISIS DEL LIBRO ........ 23
Estudiante de gramática (23). — ¿Lector de Erasmo?
(24).—Asistamos a la lectura (31).—Primeros capítu­
los. La vida es milicia (34).—Reglas de genuino cris­
tianismo (37).—La indiferencia en Erasmo y San
Ignacio (39).—Las dos teologías. Ultimas Reglas (44
Impresión final (48).—Enfriamiento de la de
ción (51).

CAPITULO I I —ENTRE LOS HERVORES DE LA


VERSIDAD COMPLUTENSE .................................
Alcalá, oráculo intelectual de España (53).—El erav
mismo español (56).—Otra vez el «Enchiridion» ante
Iñigo de Loyola (62).—¿Erasm izan tes, Miona y los
Eguía? (67).—Vagos indicios (70).—Supuesto erasmis·
mo de Loyola (73).

CAPITULO III —IÑIGO DE LOYOLA Y LOS ALUMBRA­


DOS DE ALCALA .......................................................... ... 81
Erasmismo, iluminismo y franciscanismo (81).—Eras-
mistas contra alumbrados (86).—Caracteres del ilu­
minismo (91).—Conducta de Iñigo (96).—¿Amigo de
los alumbrados? (98).—El primer proceso. «También
os quemarán a vos, sí...» (104).—Segundo proceso.
Ejercicios espirituales a principiantes (109).—Acusa­
ciones de apariencia iluminista (113).—El juez inte­
rroga a Iñigo en la cárcel (117).—Sentencia judicia-
ria (120).—Camino de Salamanca (122).—«¿Qué es lo
que predicáis?... Agora que hay tantos errores de
Erasmo» (123).—Hacia nuevos horizontes (126).

337
RECAPITULANDO .....................................................................
Recapitulando (271).—Lutero contra Erasmo (273).—
Habla Santo Tomás More (275).

DEL HUMANISMO A LA CONTRARREFORMA, O ERAS­


MO Y SAN IGNACIO DE LOYOLA .................................
¿Quién fue Erasmo? (283).—Ideales y programas del
humanismo erasmiano (289). — «II Sacco di Roma»
(293).—Movimiento reformatorio de Italia (2%). — A
base de erasmismo (305).—La Contrarreforma o Res­
tauración católica (310).—Loyola, fundador de la Com­
pañía (313).—Ideales y programa del humanismo ca­
tólico ignaciono (316). — Esplendor de la cultura
contrarreformista (324).
N i h i i O bstat :
Dr. José Luis Lazcano.
Madrid, 16 de julio de 1965.

I m pr ím a se :
Angel,Obispo Aux. y Vic. Gen.
Madrid, 24 de julio de 1965.

Ricardo García-Villoslada - 1965


TAURUS EDICIONES-Claudio Coello, 6 9 B - M adrid-1
Número de Registro: 4435/65 - Depósito legal: 15.441
P rinted in S pain
IN MEMORIAM

ALOISII SALA BALUST


DISCIPULORUM QUONDAM PRAEST ANTISSIMI
CUM SALMANTICAE TUM ROMAE
AMICORUM DEIN CANDIDISSIMI
SCIENTIIS ECCI .ESIASTICIS
RERUMQUE HISTORICARUM
PERVESTIGATIONI
INOPINATA MORTE PRAEREPTI
HANC OPELLAM
AB EO ITERUM AC SAEPIUS EXPETITAM
HEU SERO NIMIS
OFFERO DICO VOVEO
ADVERTENCIA PRELIMINAR

1h N 1940 salió a luz en la revista madrileña Razón y


^ Fe una conferencia que en mayo de aquel mismo
año había tenido yo en Salamanca sobre Humanismo
y Contrarreforma, o Erasmo y San Ignacio de Loyola,
en la que pretendía carear a los dos personajes, pre­
sentándolos como tipos representativos, el uno del Hu­
manismo reformista, el otro de la Reforma Catótica o
Contrarreforma.
Poco después emprendí un estudio más positivo y
documentado acerca de la actitud del fundador de la
Compañía de Jesús respecto de los escritos erasmia-
nos; me nacieron entre las manos tres artículos, que
se publicaron en «Estudios Eclesiásticos)» (1942-1943),
bajo el título de San Ignacio de Loyola y Erasmo de
Rotterdam.
A ruegos de algunos estudiosos y amigos, que desea­
ban tener más a la mano este último trabajo, me de­
cidí por fin a revisarlo y ponerlo al día, rejuvenecién­
dolo en lo posible. Veinte años bastan para envejecer
a cualquiera. Y, por otra parte, yo sentía el apremio
de ajustar lo que entonces escribí con lo que ahora
siento.
El resultado ha sido una reelaboración total de aque­
llos tres artículos, modificando muchas de sus expre­
9
siones, discutiendo más profundamente las cuestiones
allí tocadas, utilizando la bibliografía de estos últimos
años y, en fin, ampliando todo el trabajo, de manera
que puede decirse otro, si bien las mejores páginas del
antiguo quedan literalmente incorporadas en el nuevo.
Y al mismo tiempo he pensado que también la pri­
mera conferencia de 1940, más breve y de carácter más
ensayístico y literario, podría ser útil para compren­
der mejor la significación eclesiástica y cultural del
sabio neherlandés y del santo español. Por eso la he
hecho estampar —con ciertos retoques— como coro­
namiento de este libro.
Con esto doy por anulados completamente aquellos
artículos de revista.

Roma. 26 de abril de 1962.


INTRODUCCION

En la portada de este libro, como en la de muchos


monumentos platerescos, deberían figurar dos meda­
llones contrapuestos: el de Erasmo y el de Loyola. Fá­
cil cosa me sería ahora dibujar la prosopografía de
entrambos, pues el arte ha inmortalizado sus efigies
con rasgos tomados de testimonios coetáneos. No es
ese propiamente mi cometido.
Recordemos solamente que Erasmo es un erudito;
Loyola, un santo. Erasmo, un holandés, consejero del
emperador, a quien dedicará algunos de sus escritos;
Loyola, un español, servidor del mismo monarca, por
quien derramará su sangre en el castillo de Pamplona.
Erasmo, un sabio de gabinete y teólogo de profesión
—así por lo menos se complacía en llamarse—, aun­
que más bien era crítico, filólogo, literato, humanista,
pedagogo, reformador teórico; Loyola, un hombre de
acción, no de letras, amante de la teología en su aspec­
to práctico y espiritual, amigo del humanismo en cuan­
to método educativo, reformador eficiente y enemigo
de toda crítica que no fuese constructiva.
Nacen los dos en el otoño medieval; pero aquél fenece­
rá con el último crepúsculo del Renacimiento (f 1536),
mientras que éste presenciará los albores de la Con­
trarreforma (f 1556).
11
De Ignacio de Loyola se hablará largamente en las
páginas que siguen; de la persona de Erasmo, muy
poco, aunque bastante —eso sí— del erasmismo. Con­
viene, pues, desde el principio retratar sumariamente
al personaje.
¿Quién era Erasmo? El príncipe de los humanistas
de su tiempo. Hijo de Rogerio Gerard, sacerdote con-
cubinario, vio la luz primera bajo el cielo gris de Rot­
terdam, y desde muy niño quedó huérfano de padre
y madre. «No sé qué astros infaustos alumbraron mi
cuna —dirá él poéticamente (Miror quae mihi sidera -
nascenti implacido lumine fulserint)— y qué hado me
persigue desde los pechos de mi madre.» De ahí que
en adelante se sienta siempre como manchado origi­
nariamente, y adopte en toda ocasión actitudes de de­
fensa y de autojustificación. Su vida, por lo demás,
será ordenada, fría, laboriosa, relativamente cómoda,
libre de compromisos y absolutamente independiente.
Audaz en las palabras, nunca en los hechos.
Digno es de notarse que este sumo humanista se
forma por sí solo y sale de un ambiente refractario
al humanismo. En su niñez estudia tres años —los
pierde dirá él— con los Hermanos de la Vida común,
pernicies bonorum ingeniorum, tan devotos como ce­
rrados a toda cultura que no fuese estrictamente ecle­
siástica. A los dieciocho años de edad, sus tutores lo
meten en un monasterio de canónigos regulares de
San Agustín, que sin pertenecer a la famosa Congrega­
ción de Windesheim, participaba de su espiritualidad,
o sea, de la «Devotio moderna». Allí, más que al as­
cetismo, se dedica a devorar a hurtadillas los autores
clásicos y algunos humanistas italianos. Ordénase de
sacerdote en 1492 y en seguida abandona el convento,
con autorización de sus superiores, para acompañar al
obispo de Cambray. Seguirá por algún tiempo vestido
de monje, pero ya no volverá al retiro monacal, y más
adelante, con permiso del Papa, llevará vida de sacer­
dote secular.
Estudia teología en París (1495-1496), donde se hará
amigo de los primeros humanistas y también de aquel
gran compilador de Ejercicios espirituales, Juan Mau-
12
burnus, de Bruselas. ¿Llegaría a leer su Rosetum? Co­
noce en Montaigu al austerísimo reformador Juan Stan-
donch; le admira, pero no le ama, casi le aborrece por
sus métodos inhumanos. Conoce también a muchos es­
pañoles que frecuentaban aquel colegio. No a Luis
Vives, que llegará en 1509, ni menos a Ignacio de Lo-
yola, que vendrá mucho más tarde.
La escolástica parisiense le produce náuseas y se va
a Inglaterra, donde anuda la más íntima y cariñosa
amistad con el suavísimo Tomás More, el humanista
que morirá mártir, y con el íntegro Juan Colet, que le
contagia su entusiasmo por una teología antiescolásti­
ca, esencialmente paulina y patrística. Una nueva for­
ma de humanista cristiano está naciendo en su espí­
ritu. Más que un discípulo del Petrarca y más que
poeta y orador latino, será un discípulo de San Pablo
y un predicador sui generis, pero amasado de sabidu­
ría clásica.
Vuelve a París y a los Países Bajos. Escribe el En-
chiridion militis christiani, del que trataré ampliamen­
te en el capítulo primero. Retorna a Inglaterra, donde
se relaciona con todos los humanistas y hombres doctos
y con altos eclesiásticos, que serán sus protectores. El
viaje a su soñada Italia, patria del humanismo y cuna
de tantos hombres insignes en las letras, significa mu­
cho en la vida de Erasmo, como lo destacaron P. de
Nolhac y A. Renaudet; mas el contacto con aquel mun­
do brillante y encantador no le hace cambiar las líneas
de su humanismo espiritualista. Regresando en 1509
a la patria de Tomás Moro, le dedica a su amigo el
Moriae encomium, o Elogio de la locura, sátira humo­
rística de todas las condiciones sociales.
Siguen años de viajes por Francia y Países Bajos,
hasta que en 1521 planta sus tiendas en Basilea, encru­
cijada de Europa, con fáciles vías de comunicación y
con excelentes imprentas, donde poder publicar sus
libros, de los cuales unos son de sabiduría clásica y de
preceptiva literaria (los Adagios, el Ciceroniano, Del
modo de escribir cartas), otros son de pedagogía y alta
educación (los Coloquios, Educación del principe cris­
tiano), otros polémicos contra Lutero (Del libre albe­
13
drío), contra Hutten (Esponja), contra los teólogos es­
colásticos (Antibárbaros, Apologías); otros tienen ca­
rácter ascético (Institución del matrimonio cristiano,
la Viuda cristiana, Preparación para la muerte, Oracio­
nes, Jaculatorias, Modo de orar, Modo de confesarse),
otros tienen tendencia reformística (Enquiridión, Para-
clesis, Método para llegar brevemente a la verdadera
teología, Eclesiastés o del modo de predicar) y otros,
en fin, son de argumento bíblico y exegético (Nuevo
Testamento, Paráfrasis), por no hablar de su ingente
labor patrológica. editando las obras de los principa­
les santos padres, y de su copiosísimo epistolario.
Erasmo es un constante e insobornable amigo de la
paz. Lo que más odia y aborrece es el tumulto, la re­
volución, la violencia, la guerra. Por eso (y, entre otros
motivos, por su señera independencia) nunca se afilia­
rá en las mesnadas de Lutero o de cualquiera otro he­
reje que rompa con la Iglesia tradicional. Pero dentro
del Catolicismo tiene dos enemigos, a los que comba­
tirá sin tregua: el escolasticismo de los teólogos deca­
dentes y la religiosidad externa y formalista del mona­
cato (monachatus non est pietas) o, por mejor decir,
de la frailería, porque Erasmo no odia tanto a los
monjes propiamente tales como a los frailes, que dog­
matizan en la Escolástica y enseñan al pueblo una re­
ligión farisaica, ceremonial, supersticiosa.
Su humanismo no es el típicamente italiano, cicero­
niano y romano por esencia, sino otro más universal
y menos puro, que, amalgamado con la espiritualidad
norteña, aspira a purificar el cristianismo frailuno y
popular. No en vano procede el Roterodamo de la «De-
votio moderna», de la cual heredó su sentido morali-
zador, el carácter eticista de su piedad, su tendencia
antiespeculativa y antidogmática, su biblicismo, su afán
reformatorio. Con ese su humanismo se propone refor­
mar la teología, llevándola a las fuentes de la revela­
ción y a los claros raudales de los santos padres, aban­
donando las disquisiciones escolásticas y convirtiéndola
en auténtica philosophia Christi; e intenta reformar la
vida cristiana, despojándola de todas las adherencias
ceremoniales, rutinarias, formalistas, y reduciéndola a
14
los elementos esenciales del Evangelio. Su programa
lo condensó en esta frase: «Conjugar la erudición clá­
sica con la piedad cristiana.»
¿Por qué no llegó a ser Erasmo el caudillo de la re­
novación eclesiástica?, se pregunta Gustavo Schnürer.
Entre otras muchas razones, que pueden servir de res­
puesta, valgan estas tres: porque carecía del fervor
místico de un santo; porque no había nacido para con­
ductor de multitudes, no siendo hombre de acción, sino
de pluma; porque prefirió la crítica demoledora al es­
fuerzo constructivo.
Muchos de los personajes católicos que vienen detrás
de él, a distancia de veinte o treinta años, se aprove­
charán de las buenas ideas sembradas por el gran hu­
manista, dejando a un lado la paja de valor efímero
y otros materiales caducos e inservibles.
Ignacio de Loyola, uno de los primeros.
¿Y quién era Loyola? Un caballero español, que a
los treinta años tuvo su camino de Damasco, honda
experiencia religiosa y transformación mística que el
neherlandés no conoció nunca. Un forjador de institu­
ciones, no de teorías.
Más de una vez, Loyola ha sido representado como
una especie de Anti-Erasmo. Concepción equivocada y
errónea. Por temperamento y por educación, podía ser
su antítesis. Pero, llamado a colaborar entre los plas­
madores de una nueva época de la historia eclesiástica
y cultural, Loyola recoge todos los elementos útiles del
pasado, medievales o renacentistas, ordenándolos se­
gún nuevo diseño y construyendo sobre ellos. Así pudo,
en ciertos aspectos, ser continuador y aun heredero de
Erasmo, para lo cual tuvo que ser, al menos implícita­
mente, su discernidor y su juez.
¡Pero es tan difícil juzgar a Erasmo! Tanto como es
fácil, obvio y natural dejarse fecundar por él.
Siempre es interesante entender de qué manera en­
juician los hombres más culminantes de la Historia la
personalidad de sus antecesores, a quienes algo deben,
o cuya influencia quieren cancelar.
Ello sirve para penetrar más íntimamente en la ideo­
logía y en la idiosincrasia, tanto del personaje que lan­
15
za el veredicto como de aquel sobre quien recae. Sube
de punto el interés cuando el sometido a juicio es
Erasmo de Rotterdam, uno de los hombres más torna­
solados y camaleónticos —por eso mismo, uno de los
más difíciles de juzgar— y de hecho uno de los más
discutidos (1).
¿Y qué diremos si quien lo enjuicia y sentencia se
llama Ignacio de Loyola?
Es nada menos que asistir al enfrentamiento de dos
épocas, la del Renacimiento humanístico y la de la Res­
tauración Católica o Contrarreforma, y no precisamen­
te en lo que presentan de más antitético, agudo y ex­
tremoso, que eso sería demasiado simplista y fácil, sino
en lo de mayor proximidad, similitud y complejidad
de líneas. Porque es de advertir que ni Erasmo puede
decirse un humanista paganizante, naturalista o escép­
tico, según el viejo cliché creado por Burckhardt para
el Renacimiento italiano, ni Ignacio de Loyola un fa­
nático intransigente y reaccionario, al estilo de Noel
Beda, de Juan Pedro Carafa o del «Gran Inquisidor»
imaginado por Dostoiewski.
El humanista de Rotterdam pretendió ser un refor­
mador religioso, un predicador, un Ecclesiastes —se­
gún reza el título de uno de sus últimos libros—, y el
caballero de Loyola, desde que se reformó a sí mismo

(1) Lutero decía en sus Charlas de sobremesa: «Erasmus


est anguilla. Niemand kan yhn ergreifen denn Christus allein.
Est vir duplex.» Tischreden n. 131: «Luthers-Werke», ed. Wei­
mar, I, 55. Es curioso ver cuán distintamente le juzgan Noel
Beda, Petrus Sutor, Alberto Pío de Carpí, Jerónimo Aleandro,
Diego López de Zúñiga, Francisco de Vitoria, Alfonso Ruiz de
Virués, Tomás More, Luis Vives, Jacobo Sadoleto, Beatus Rhe-
nanus... y, entre los modernos, Juan Janssen, Menéndez y Pe-
layo, J. B. Pineau, J. Lortz, J. Huizinga, P. Imbart de la Tour,
A. Renaudet, Américo Castro, M. Bataillon... Desde que P. S.
Alien empezó la publicación del Opus epistolarum (Oxford,
1906-58) no se puede negar que la buena fama de Erasmo ha
ganado terreno entre los historiadores católicos, que ya no
emiten salvo raras excepciones— juicios tan reprobatorios como
en el siglo xix, o anteriormente, en tiempo de la Contrarrefor­
ma. Claro que también ha influido mucho el clima social y re­
ligioso. Cfr. A. F l it n e r : Erasmus im Urteil seiner Nachwelt
(Tubinga, 1952).

16
en la cueva de Manresa, se convirtió en uno de los más
eficaces reformadores del siglo xvi y de todos los
tiempos.
Aunque personalmente reaccionó contra el espíritu
erasmiano, no cabe duda que en el programa de uno
y otro existen puntos comunes. Lo que hizo Ignacio
fue llenar de realidades y de energía sobrenatural la
vacuidad sonora de las palabras del gran humanista
—palabras muy bellas y sugerentes, pero sin fuerza
tractora—; saltar con decisión y empuje donde aquél
vacilaba indefinidamente; quitar interrogaciones y pun­
tos suspensivos a sus frases dubitativas, para darles un
sentido dogmático, afirmativo, tradicional; cogerle su
ideal humanístico-religióso y no pocas de sus enseñan­
zas pedagógicas, para infundirles una palpitación vital
más cálida y fuerte, un espíritu más eclesiástico, más
decididamente católico, apostólico y romano.
Cuando analicemos el Enchiridion militis christiani
de Erasmo, echaremos de ver que todo su programa
reformatorio, todo su ideal cristiano, se reduce a una
religión del espíritu, a una religiosidad interior, sub­
jetiva, más pietística que dogmática, libre o al menos
no lastrada de excesivas ceremonias, basada en la imi­
tación de Cristo, tal como se desprende directamente
del Evangelio, sin mucho mirar a la interpretación prác­
tica de los grandes santos.
Ese afán de purificar el cristianismo tradicional es­
taba entonces en el ambiente. Todos los reformadores
—ortodoxos o heterodoxos, santos o herejes— aspira­
ban a una renovación religiosa, aunque por diferentes
caminos. Y San Ignacio no cede a nadie en el anhelo
de descubrir el cristianismo más puro, de encontrarse
y abrazarse con el Cristo auténtico.
Hoy está de moda hablar del «evangelismo» de Eras­
mo y de Jacobo Lefévre d'Étaples. Lo que hizo Ignacio
fue apoderarse de ese evangelismo —no por imitación
o remedo, sino por contacto directo con las fuentes
evangélicas— y tridentinizarlo, haciéndolo fluir, sin an-
quilosis ni congelamiento, por los cauces del Concilio
de Trento.
Si Erasmo es un reformador de la teología y de la
17
vida cristiana, Loyola no lo es menos. Y aun diremos
que en la práctica lo supera infinitamente. Lo cual no
es extraño, porque él no quiere ser demoledor de tra­
diciones, ni despreciador de cosas buenas en sí, aun­
que tal vez mal usadas; y en vez de dictar programas
teóricos, lo que hace es dar ejemplos y crear institu­
ciones.
De todos modos, ese afán de reforma religiosa, co­
mún a entrambos, es el que ahora nos interesa subra­
yar, porque no han faltado autores que, al contraponer
y enfrentar a los dos personajes, no han sabido ver
esa común aspiración* —más teórica en el humanista,
más práctica en el santo— que de alguna manera los
hermana en la Historia de la Iglesia.
Alguien ha parangonado a Ignacio de Loyola con otro
reformador de su época, con Lefévre d'Étaples, seña­
lando acertadamente sus diferencias. Queremos copiar
aquí sus palabras; donde dice «Lefévre y su grupo»,
entiéndase «Erasmo y sus partidarios». Escribe el padre
Gustavo Neyron:
«Otro afán de los más vivamente sentidos entonces
(además del afán de reforma) era el de una vida cris­
tiana más interior, de un trato más íntimo con el Di­
vino Mediador. Dejar a un lado las discusiones estéri­
les de las escuelas para atenerse al Evangelio y gus­
tarlo íntimamente, y luego, con traducciones en lengua
vulgar, hacerlo gustar al pueblo, a fin de apartar a éste
del formalismo rutinero, donde se atollaba su devo­
ción: tal es el programa de Lefévre d’Étaples y de su
grupo de Meaux. Desgraciadamente, esta preocupación
demasiado exclusiva les hizo olvidar un poco la nece­
sidad del magisterio eclesiástico, y muchos propaga­
dores de la Reforma salieron de aquel cenáculo, al
principio tan bien intencionado. ... Importaba, pues,
ahora más que nunca secundar esas aspiraciones en
lo que tenían de legítimo, resguardándolas de toda des­
viación. Es lo que iba a hacer por excelente manera
San Ignacio.
Su programa espiritual responde por igual a dos ne­
cesidades que parecen excluirse: la de tratar directa­
mente con Dios, poniéndose en contacto íntimo con
18
Jesucristo, y la de no caminar completamente solo y
a la aventura, sino ser dirigido firmemente en medio
de la confusión inmensa de los espíritus. Desde luego,
los Ejercicios espirituales nos facilitan el contacto más
íntimo posible con Cristo. De las cuatro semanas en
que se dividen, la primera está consagrada a la tarea
preliminar de despegar el alma de sus aficiones des­
ordenadas mediante la consideración de las grandes
verdades: fin del hombre, pecado, infierno, etc. Tras
este barrido necesario, se prosigue la obra positiva de
la formación espiritual. A partir de este momento, un
solo objeto se pone constantemente ante los ojos del
ejercitante: Jesucristo, cuyas lecciones y virtudes él
estudiará en su vida oculta, en su vida pública, en su
vida dolorosa, en su vida gloriosa. Cada día se indican
algunas nuevas escenas del Evangelio, sobre las cuales
deberá concentrar su atención. No se trata de una lec­
tura rápida y mucho menos de un estudio científico
y abstracto; se toma buenamente el relato sacro y se
procura gustarlo íntimamente. Respecto a evangelis-
mo, los discípulos de Ignacio de Loyola no tienen en
verdad nada que envidiar a los de Jacobo Lefévre», o
Erasmo (2).
Pero el evangelismo pretridentino. que abogaba por
el retorno a la antigüedad cristiana, a la Sagrada Es­
critura y a los Santos Padres, despreciando a los esco­
lásticos, y postulaba una vida espiritual más que una
teología dogmática, era un evangelismo desmedulado,
al cual quiso dotar Ignacio de una firme y bien articu­
lada columna vertebral, hermanando lo positivo con lo
escolástico y, sobre todo, atendiendo al magisterio pe­
renne de la Iglesia de Cristo.
(2) Saint Ignace de Loyola en préscnce des idées de son
temps: «Revue apologétique», 53, 1931, 129-153 (págs. 134-136).
Y algo más adelante: «Par la encore, saint Ignace répondait
aux besoins de son temps. II remettait les choses au point a
la fois contre la prétention protestante de revenir au pur Evan-
gile en supprimant l’acquis de quinze siécles de christianisme,
et contre la tendance, constante chez un Erasme, de se débar-
rasser de toute formule trop précise, pour se contenter d'un
christianisme vague, laissant flotter la pensée ä l'aise.» Ibid.,
página 143.

19
Queden estampadas estas consideraciones en el pór­
tico mismo de este libro, antes que veamos a Ignacio
de Loyola, primero en su carrera de estudiante y des­
pués en su papel de legislador de una Orden, enfren­
tarse con el erasmismo y juzgarlo —al menos prácti­
camente—, apartándolo él de su camino y aconsejan­
do hacer lo mismo a sus hijos.
Desiderio Erasmo, de Rotterdam, era un joven ca­
nónigo regular de San Agustín en el monasterio de
Steyn, cuando en 1491 nació Iñigo de Loyola. Cuando
éste se convirtió a Dios en 1521, el Roterodamo, des­
pués de vagar, ya exclaustrado, por diversas naciones,
se había retirado a la ciudad de Basilea, donde vivió
(con un paréntesis de seis años en Friburgo de Bris-
govia) hasta su muerte, acaecida en 1536.
El fundador de la Compañía murió veinte años más
tarde. Nunca tuvo ocasión de encontrarse personal­
mente con el célebre humanista; pero entre 1526 y 1535
pasó por las Universidades de Alcalá, Salamanca y Pa­
rís, donde abundaban los idólatras de Erasmo y los
antíerasmistas acérrimos. Gozó, pues, de circunstan­
cias favorabilísimas para conocer al personaje por de­
lante, por la espalda y de perfil, en sus aspectos lumi­
nosos y en los oscuros, «intus et in cute», como decía
conocer Lutero al mismo Erasmo.
Una cosa hay que advertir desde el principio, y es
que San Ignacio nunca quiso dictaminar sobre la or­
todoxia o heterodoxia de Erasmo —esto lo dejó a los
teólogos—, ni sobre sus pretendidas influencias en lu­
teranos u otros herejes —esto lo delegó a los historia­
dores—. Lo que a él le interesaba era el problema prác­
tico de si debía aconsejar o desaconsejar la lectura de
aquel autor, cuyas ideas y cuyos sentimientos religio­
sos eran tan controvertidos.
Al prohibirlo —y ya veremos en qué forma tan res­
tringida y moderada— no trató de dirimir resolutiva­
mente el problema teórico. Pretendió no dar motivo
de escándalo y ajustarse lo más fielmente posible a lo
que parecía ser consigna de la autoridad eclesiástica
en aquellos momentos.
Para que nadie se forje en su imaginación —lo cual
20
podría acontecer leyendo algunos textos de Mercurian
y Ribadeneira, convertidos en tópicos por algunos es­
critores modernos— un Loyola extremista, radical, de
ciega intransigencia, que desde el primer instante se
enfrenta con Erasmo, como con un antagonista nece­
sario, examinemos despacio y a la luz de la historia
cómo actuó y reaccionó en las diversas circunstancias
de su vida: en Barcelona, en Alcalá, en París; y reco­
jamos luego todas las decisiones, preceptos, consejos
y normas que —desde Roma— da a sus discípulos y
seguidores, respecto de los libros erasmianos.
Capítulo primero

IÑIGO DE LOYOLA, EN EL ESTUDIO DE BARCE­


LONA. ¿LEYO ALLI EL ENCHIRIDION MILITIS
CHRISTIANI? ANALISIS DEL LIBRO

E studiante de G ramática.

Desde 1524 hasta 1526, inmediatamente después de


su peregrinaje a Tierra Santa, el convertido Iñigo de
Loyola, a la mitad del camino de su vida, estudiaba
gramática latina con el bachiller Jerónimo Ardévol, re­
gente de aquella cátedra en el Estudio General de Bar­
celona (3).
En el viaje de regreso de Palestina había venido
Iñigo meditando sobre su porvenir, y se había íntima­
mente persuadido de que el aprendizaje de las letras,
de las artes y de la teología le era absolutamente im­
prescindible para el apostolado a que Dios le llamaba.
Llegado a la ciudad condal, tras una rápida visita a
sus amigos de Manresa, se puso bajo la dirección del
maestro Ardévol, quien le enseñaría en el primer curso
probablemente los rudimentos gramaticales y en el se­
gundo completaría el estudio de la sintaxis y prosodia,
según las Introductiones (o Institutiones) latirme de

(3) Era regente de la cátedra de gramática en 1525-1526; an­


teriormente parece que era tan sólo «repetidor» oficial, sin po­
seer la cátedra en propiedad. Véase C. № D a lm a sb s: L o s estu­
dios de San Ignacio en Barcelona, 1524-1526: «Arch. hist. S. I.»,
10, 1941, 283-293.

23
Antonio de Nebrija, conforme lo ordenaban los esta­
tutos del Estudio barcelonés (4).
Sería, pues, en el segundo año o principios del ter­
cero (1525-1526) cuando, pudiendo ya leer, aunque fuese
trabajosamente, los autores latinos, tomó en sus manos
uno de los libros más típicamente erasmianos, el En­
chiridion miíitis christiani. Decíanle algunos que allí
podría aprender clásica latinidad, al mismo tiempo que
normas de vida cristiana y ascética.
Antes de pasar adelante, vemos surgir una interro­
gación: ¿consta ciertamente que Loyola hojeó el En­
chiridion de Erasmo en Barcelona? Nos inclinamos
por la afirmativa, por más que no faltan críticos mo­
dernos que lo pongan, por lo menos, en duda.

¿L ector de E rasmo?

San Ignacio, en su Autobiografía, o relación que oral­


mente hizo de su vida al P. Luis Gongalves da Cáma­
ra (años 1533 y 1555) y que éste ponía inmediatamente
por escrito, no alude para nada a la lectura de Eras­
mo, ni en Barcelona ni en Alcalá. Pero el mismo Gon-
galves da Cámara, en un Memorial bilingüe que escri­
bió después sobre las cosas que en varias ocasiones oyó
al santo, o notó en él, asegura lo siguiente:

«Cuando el Padre en su principio estuvo en Al·


cálá, muchos le persuadían, y aun su confesor, que
leyese el Enchiridion de Erasmo; mas oyendo de­
cir que había diferencias y dudas sobre el autor,
nunca lo quiso leer, diciendo que hartos libros ha­
bía buenos, de que no había duda» (5).

(4) D aimases, pág. 290. Véase también M. B a t ll o r i : Sobre


VHumanisme a Barcelona durant els estudis de Sant Ignasi,
1524-1562: «Quaderni Ibero-Americani», 3, 1956, 219-231.
(5) MHSI: Fontes narrativi, I, 669. Hay otro testimonio más
extenso, en portugués, del mismo Cámara, más conocido y
frecuentemente citado, aunque de menor seguridad histórica,
por estar escrito de memoria muy posteriormente. Lo citare­
mos más adelante (p. 63). Los que dan a Cámara una importan-

24
Como de la veracidad y exactitud de este relato na­
die ha dudado hasta ahora, hay que admitir como cier­
to un encuentro de Loyola con Erasmo en Alcalá. ¿Fue
aquél el primero y el único? O, en otros términos: la
lectura del Enchiridion en Barcelona, ¿es una pura fic­
ción y un amaño retórico de Ribaneira? Ni una sola
palabra dice de Barcelona Gonsalves da Cámara. Y Pe­
dro de Ribadeneira, al recoger en su Collectanea (antes
de 1568) las anécdotas y recuerdos de su padre Ignacio,
tampoco hace mención del episodio barcelonés.

«Estando en Alcalá, como muchos le dixessen,


y entre ellos su confessor, que leyesse el Enchiridion
de Erasmo, nunca lo quiso hacer, diciendo que no
faltaban otros libros buenos en que leer, de cuyos
auctores no había ninguna duda» (6).

Pasan algunos años —quizá cinco o seis—, y el mis­


mo Ribadeneira publica en Nápoles, año de 1572, su
biografía latina de Ignacio de Loyola, con un sorpren­
dente cambio en este punto. La anécdota erasmiana la
coloca no en Alcalá, sino en Barcelona.
¿Por qué? Probablemente —es una conjetura— por­
que en el interim le llegaron nuevas informaciones so­
bre el caso; y sin retractar lo antes dicho —porque era
también verdadero—, se limitó a narrar un primer epi­
sodio acaecido en Barcelona.
Que no es el mismo de Alcalá, ni mucho menos, sal­
ta a la vista por las diferentes circunstancias, distintos
matices y nuevos datos con que se presenta: los que
recomiendan el libro a Iñigo son personas doctas; la
finalidad es que aprenda latín, además de piedad; de
hecho, lo lee algunos días; el efecto que le causa es
un enfriamiento del fervor. Nada de esto se halla en

cía de primer orden deben advertir que sus palabras portugue­


sas, allí citadas, fueron escritas en 1573, aunque la mayor parte
del Memorial sea de 1555. En cambio, la Vita Ignatii Loiolae,
de Ribadeneira, es anterior.
(6) Collectanea n. 16: MHSI: Fontes narrat., II, 417418.

25
el relato de Cámara. Por eso es difícil sostener que se
trata de un mismo hecho, con el solo cambio de la
ciudad. Y si no tuvo información nueva, ¿qué le podía
mover a Ribadeneira a colocar el suceso precisamente
en Barcelona?
Leamos sus palabras en la refundición castellana, que
coincide en este punto sustancialmente con la Vita la­
tina:

«Se determinó de estudiar, y parecióle que Bar­


celona le sería a propósito para ello... Prosiguien­
do, pues, en los exercicios de sus letras, aconse­
járonle algunos hombres letrados y píos, que para
aprender bien la lengua latina y juntamente tratar
de cosas devotas y espirituales, que leyesse el libro
de milite christiano (que quiere decir de un caba­
llero cristiano), que compuso en latín Erasmo Ro-
terodamo, el cual en aquel tiempo tenía grande
fama de hombre docto y elegante en el dezir. Y en­
tre los otros que fueron deste parecer, también lo
fue el confesor de Ignacio. Y assí, tomando su con­
sejo, comentó con toda simplicidad a leer en él
con mucho cuidado, y a notar sus frases y modos
de hablar. Pero advirtió una cosa muy nueva y muy
maravillosa, y es que, en tomando este libro, que
digo, de Erasmo en las manos, y comenzando a leer
en él, juntamente se le comenzaba a entibiar su
fervor y a enfriársele la devoción, y cuanto más
iba leyendo, iba más creciendo esta mudanza. De
suerte que cuando acababa la lición, le parecía que
se le había acabado y helado todo el fervor que an­
tes tenía y apagado su espíritu y trocado su cora­
zón, y que no era el mismo después de la lición
que antes della. Y como echasse de ver esto algu­
nas vezes, a la fin echó el libro de sí, y cobró con
él y con las demás obras deste autor tan grande
ojeriza y aborrecimiento, que después jamás no
quiso leerlas él, ni consintió que en nuestra Com­
26
pañía se leyessen, sino con mucho delecto y mucha
cautela (7).»

Cuando la narración de Ribadeneira llega a los su­


cesos de Alcalá, nada dice de la lectura de Erasmo, sin
duda porque creía haber dicho, al tratar de los estu­
dios de Barcelona, todo cuanto era necesario para el
adoctrinamiento moral de sus lectores, y porque no
quería incidir en lo monotonía, insistiendo en el mismo
argumento.
Aunque los testimonios de Gon^alves dá Cámara y de
Ribadeneira no se contradicen, sino que se complemen­
tan, dudaríamos, con todo, de la buena información del
biógrafo y sospecharíamos que éste se había dejado
seducir por alguna leyenda o tradición popular, nacida
entre los barceloneses, si no viniera en defensa y apoyo
de Ribadeneira, el mejor conocedor de las cosas igna-
cianas, Juan Alfonso de Polanco, hombre concienzudo
y exactísimo en todo, curioso rebuscador de noticias
y documentos referentes al fundador de la Compañía
de Jesús, de quien fue secretario y primer biógrafo.
Estas son sus palabras, escritas no después de 1574:

«Nec omittendum est quod, cum esset Barcino-


ne, quibusdam id suadentibus et approbante con-
fessario, quendam Erasmi libellum, cujus erat ti-
tulus Enchiridion militis christiani, legit, quod et
pius esse et ornata lingua scriptus diceretur. Ob-
servabat nihilominus Ignatius intepescere in se de-
votionis ac pietatis ex hac lectione fervorem, et ita
librum abjecit. Et postea Erasmi spiritu adhuc ma-

(7) Vida del P. Ignacio de Loyola (Madrid, 1583), lib. I, ca­


pítulo 13. De la vida latina son estas palabras: «In hac studio-
rum palaestra versanti pii quídam ac docti viri consilium de·
derunt ut Erasmi Roterodami... libellum de milite christiano
legeret; cuius consilii confessarius etiam ad reliquos auctor ao*
cessit. Quod cum Ignatius simpliciter fecisset, observavit illius
libelli lectione refrigescere in se spiritum Dei et devotionis sen·
sim ardorem restingui. Qua re animadversa, librum de mani-
bus omnino abjecit, et ita est aversatus, ut nec ipse amplius
legerit illius auctoris libros, et passim in Societate nostra legi
vetuerit.» Vita Ignatii Lojolae (Nápoles, 1572), lib. I, cap. 13.

27
gis cognito, prohibuit ne in Societate ejus auctoris
liber ullus legeretur; quamvis enim aliqua ab ipso
scripta essent quae nihil mali continerent, timebat
ne propter haec nostri auctori afficerentur et in
rebus male scriptis eidem fidem haberent (8).»

¿De dónde sacó Ribadeneira el dato de que Ignacio


levó el Enchiridion y anotó sus frases y giros latinos?
No de Gon<?alves da Cámara, que lo niega absoluta­
mente. ¿De dónde el detalle concreto del enfriamiento
del fervor? Tampoco se halla en el memorialista por­
tugués. Luego procede de otra fuente, para nosotros
desconocida; porque no hay que pensar que Ribade­
neira lo inventó de plano y que Polanco se lo tragó
benditamente. No hubieran deiado de advertírselo a
Ribadeneira los censores oficiales de su libro, y en
primer liisrar Maffei, su rival. Yo tengo por cierto que
Ignacio levó aleo del Enchiridion. Si no fue en Alcalá,
pues lo niega Cámara, tuvo que ser en Barcelona.
El P. Juan Pedro Maffei, al publicar en Roma, en
1585, sa clásico libro, revisado oficialmente por Riba­
deneira, De vita et moribus Ignatii Ixyjotae, repite en
términos casi iguales el enisodio barcelonés (9). A los
pocos años, entre 1591 y 1593, el P. Juan Antonio Val-
trino, encargado de escribir la Historia Societatis Iesu,
empieza a redactar en italiano una vida del fundador,
y cuando llega a los estudios de Barcelona traduce li­
teralmente a Ribadeneira, puntualizando una cosa: el

(8) De vita Ignatii, public. en MHSI, Chronicon Soc. Iesu, I,


33, y Fontes narrat., II, 543. Que depende de Ribadeneira es
manifiesto. Ahora bien, no se comprende que Polanco aban­
donara conscientemente el relato de Cámara, para seguir el de
Ribadeneira, sin algún motivo de mucho peso. Y que lo mismo
hicieran Maffei (que hubiera gozado en separarse de Ribadeira
y criticarlo) y Valtrino y Bartoli, etc. El Sumario de tas cosas
más notables (Summarium hispanicum), escrito por Polanco
en 1547-1548, como primera redacción española de la Vita P. Ig-
natii, nada dice de Erasmo, ni en Barcelona ni en Alcalá.
(9) J. P. M a f f e i : De vita et moribus Ignatii Lojolae (Roma,
1585), lib. I, cap. 16.

28
confesor que aconsejó a Iñigo la lectura del Enchiri­
dion se llamaba Mosén Pujalt (10).
Que este Mosén Pujalt, amigo y confesor ocasional
de Iñigo, le aconsejase leer a Erasmo, a fin de progre­
sar en el latín, al par que en la piedad, no nos parece
tan inverosímil como que le hubiese aconsejado eso su
confesor ordinario, fray Diego de Alcántara, O. F. M. (11).
Que el maestro de gramática latina, Jerónimo Ardé-
vol, se lo recomendase, nada tiene de extraño, sobre

(10) «Proseguendo dunque Ignatio negli essercitii delle let-


tere, fu consigliato... per apprender bene la lingua latina... E
fra gli altri che furono di questo parere, fu anco il suo con-
fessore, chiamato per nome Moisé (sic) Puialto, huomo di gran
virtü e santitá.» (Sin título.) Lib. II, cap. 1, en Fontes narrat.,
‘I II, 186-187. Valtrino debió tomar de Maffei (III, 4) esta noti­
cia, o directamente del testimonio de Juan Pascual en los Pro­
cesos. Cfr. Fontes narrat., III, 144 y 151.
(11) Sabido es que los franciscanos eran los frailes más abo­
rrecidos de Erasmo. En el mismo Enchiridion no aparece tan
claro este aborrecimiento, pero sí en el prefacio o Epístola a
P. Volz. Acerca de Fr. Diego de Alcántara, confesor de Iñigo
en Barcelona, véanse los testimonios de Juan Pascual, en cuya
casa se hospedaba el santo. Fontes narrat., III, 192 y 195. El
detalle común del confesor, que aconseja a Iñigo (lo mismo
en Barcelona que en Alcalá) la lectura del Enchiridion, debe
poner en guardia al crítico, pero ello por sí solo no basta a
desvirtuar uno de los relatos; primero, porque es natural que
Iñigo tratase con sus confesores todo lo que se relacionase
con su aprovechamiento espiritual, como la cuestión de las
lecturas, máxime en Barcelona, cuando era todavía un princi­
piante de pocas letras; segundo, porque aparecen en las dos
narraciones elementos que las diversifican manifiestamente. En
Barcelona se le recomienda el Enchiridion en el original lati­
no; en Alcalá, según parece más probable, la reciente traduc­
ción castellana, como libro de lectura espiritual. En Barcelona
lee Iñigo el libro, anotando locuciones y giros; en Alcalá no
lo lee, sino que desde el principio lo rechaza rotunda y cate­
góricamente. Que le entibiase el fervor se explica mejor en el
ambiente barcelonés que en el complutense. Quedan, sin em­
bargo, dudas de que el confesor barcelonés le diese tal conse­
jo. Quizá fueron otros «hombres letrados y píos»; mas como
Ribadeneira no pensaba volver a tratar de Erasmo en Alcalá,
pudo tomarse la libertad de fundir en una sola narración am­
bos episodios, añadiendo al de Barcelona el detalle alcalaíno
del confesor. Si no atendiéramos más que a Gongalves da Cá­
mara, habría que decir que Iñigo nunca leyó nada del Enchi-
ridion, lo cual nos parece muy difícil de sostener.

29
todo si se tiene en cuenta que el Estudio General de
Barcelona empezaba a entrar, desde comienzos de si­
glo, por los cauces floridos del Humanismo; ni falta­
ban entre los barceloneses algunos eclesiásticos entu­
siastas de Erasmo (12). ¿Encontraría Iñigo de Loyola
el librito de Erasmo en la biblioteca de Antonio Pujol,
que se guardaba en casa de Inés Pascual, en donde el
santo se hospedaba? No parece muy probable, ya que
los libros de Pujol, maestro de ceremonias y confesor
del arzobispo de Tarragona, serían en su mayoría de
derecho canónico, liturgia y teología (13).
Pero dondequiera que fuese, el santo discípulo del
maestro Ardévol tomó en sus manos el Enchiridion y
empezó a leerlo, buscando juntamente latinidad y de­
voción. No leyó todo el libro, pero sí buena parte de
él. Asegura Ribadeneira que «cuando acababa la lición,

(12) Consta que en 1529 un canónigo de la Seu barcelonesa,


Serafín Masdovelles, poseía los Colloquia, los Adagia, Declama-
tiones, Copia verborum, De conscribendis epistolis, Opuscula
(aliquot). Cfr. J. M. Madurell-J. R u b io : Documentos para la
historia de la imprenta y librería en Barcelona, 1474-1553 (Bar­
celona, 1955). Los autores de esta obra no han hallado el Enchi-
ridion en ningún catálogo de las librerías barcelonesas de aquel
tiempo. Este argumento ex silentio no prueba que fuese abso­
lutamente desconocido en aquella ciudad. ¡Cuántos viajeros lo
traerían oculto en su faltriquera y lo prestarían a sus amigos!
De mano en mano corrían entonces por ciudades, escuelas y
conventos españoles los libros erasmianos. El 6 de septiembre
de 1522 escribía Juan de Vergara: «Mirum quam est (Erasmus)
apud hispanos omnes in admiratione, doctos, indoctos, sacros,
profanos.» A. B o n il l a : Clarorum Hispaniensium epist, ined., en
«Rev. Hisp.», 8, 1901, 258. El 30 de enero de 1525 escribía Erasmo
Schetz que en España no se leía otra cosa. A l le n , VI, 14. En
septiembre de 1526 informa el arcediano Alonso Fernández: «No
se lee otra cosa, sino el Enchiridion.» A l l e n , VI, 498. Y lo mis­
mo asegura, días antes, Juan Maldonado. Se ha hablado de una
invasión erasmiana en la España de la tercera década del si­
glo xvi, y es de creer que Barcelona no se libraría de ella.
En 1535 se queja el Inquisidor de Barcelona de los muchos
daños que han causado los Coloquios de Erasmo. M. B a ta illo n :
Erasmo y España, II, 87.
(13) «Estudiá gramática en ma cassa, i tingué sempre a son
manar la llibreria que en ella tenían del dit Antoni Pujol, mon
oncle, que era molt copiossa, curiossa i rica.» Testimonio de
J. Pascual en los Procesos: Fontes narrat., III, 191.

30
le parecía que se le había acabado y helado todo el
fervor... Y como echasse de ver esto algunas veces, a
la fin echó el libro de sí».
Y con todo, no faltan en esas páginas erasmianas ex­
presiones jugosas y fuertes, inspiradas en San Pablo;
observaciones psicológicas acomodadas al gusto del au­
tor de los Ejercicios; consejos ascéticos, más útiles en
verdad para un penitente, recién salido del pecado, que
para un santo que vuela ya por regiones altísimas; ex­
hortaciones a un Cristianismo más interior y más puro.
Pero es indudable que el Enchiridion no es un libro
de oración y plegaria, no enternece el corazón, no in­
funde sentimientos de fe, de humildad, de amor, aun­
que los recomiende con cierta elocuencia. Hay en él
demasiado eticismo, demasiados testimonios y ejem­
plos del mundo clásico pagano, mucha crítica, poca
reverencia a las devociones tradicionales, y su misma
espiritualidad cristocéntrica diríase excesivamente abs­
tracta, sin ternuras, sin apasionamientos heroicos, de­
masiado dominada por la razón.

Asistamos a la lectura .

Si Iñigo de Loyola empezó a leer el Enchiridion, como


es lo más probable, por la Epístola ad P. Volzium, que
desde las ediciones de 1518 suele servirle de prefa­
cio (14), explícase que desde las primeras páginas sin-

(14) La primera edición del Enchiridion salió en Amberes,


entre las Lucubratiuncidae (tipogr. de Theodorus Martinus,
1503), colección de las siguientes obrillas erasmianas: «Epístola
exhortatoria ad capessendam virtutem, ad generosissimum pue>
rum Adolphum principem Veriensem.-Precatio cum eruditionis
tum pietatis plena ad Jesum Dei Virginis que Filium.—Paean in
genere demonstrative Virgini Matri dicendus.-Obsecratio ad eam-
dem semper gloriosam.—Oda de natalicia casa pueri Jesu.-E«-
chiridion militis christiani, saluberrimis praeceptis refertum con­
tra vitiorwn irritamenta efficacissimum, et ratio quaedam veri
christianismi.-Disputatiuncula de pavore, taedio, maestitia Jesu,
quam habuit instante Passionis hora.» Reeditado allí mismo en
1509 y 1514, y en Estrasburgo, 1515. Las primeras ediciones de
sólo el Enchiridion (o casi solo) son las de Lovaina, 1515, y

31
tiese repugnancia y disgusto, ya que en dicha epístola
desahogó Erasmo su bilis contra los escolásticos, sin
excluir al mismo Santo Tomás, contra los frailes y con­
tra las ceremonias farisaicas.
Dirigiéndose «a Paulo Volz, religiosísimo abad del
monasterio de Hugshofen», se desata en diatribas con­
tra aquellos teólogos que escriben pesados volúmenes
jejune frigideqtie para lectura de los «grandes rabi­
nos» y no para inflamar la piedad del pueblo cristiano.
Se está preparando la guerra contra los turcos, y cuan­
do los venzamos y los queramos convertir, ñeque enim
universos, opinor, ferro trucidabimus, ¿iremos a ellos
con las espinosas e inextricables argucias de Ockam,
Durando, Escoto, Gabriel (Biel) y Alvaro (Thomaz) o
con las escandalosas disputas de Tomistas, Escotistas
y Nominales? La mejor manera de vencer a los turcos
será mostrarles a Cristo, reflejado en nuestra vida y en
nuestras virtudes evangélicas. De lo contrario, lejos de
convertirlos, nos haremos turcos como ellos. Y mejor
que combatirlos con la espada, lo debemos hacer con
la pluma, con libros llenos de caridad, donde se les
ofrezca toda la filosofía de Cristo, extraída de las puras
fuentes evangélicas. Lamenta luego el estado del mun­
do cristiano, espesando tétricamente los colores: «Quis
vere pius non videt ac suspirat hoc saeculum longe co~
rruptissimum? Quando unquam tyrannis (la tiranía de
los príncipes eclesiásticos y seculares), quando avaritia
regnavit aut latius aut impunius? Quando umquam plus
tributum caerimoniis?» Mejor que la multitud de leyes
y preceptos, es la regla de la caridad: «Si adsit chris-
tianae caritatis regula, ad hanc omnia fajcile exaequa-
buntur.» Es casi lo mismo que establecerá San Ignacio
en el Proemio de las Constituciones de la Compañía:
«Y de nuestra parte, más que ninguna exterior consti­
tución, la interior ley de la caridad y amor que el Spí-

Leipzig, 1515, 1516. Las siguientes suelen ir precedidas de la


Episi. ad Volzium, vgr., las de Basilea (1518 y 1519), Estrasbur­
go, Colonia (1519), Leipzig, Maguncia, Lovaina (1520), Amberes,
Leipzig, Lyon, Estrasburgo (1521), París (1522 y 1523), Vienne
(1524), etc. Consúltese Bibliotheca Erasmiana. Bibliothéque des
oeuvres d’Erasme. Enchiridion militis christiani (Gante, 1912).

32
ritu Sancto escribe e imprime en los corazones ha de
ayudar para ello (15).»
Erasiao se pone una objeción de esas que escaldan:
«At quid facías, cum haec regula pugnabit cum his
quae sunt publico saeculorum usu recepta, quaeque
principum legibus sancita?» Y no se atreve a dar otra
respuesta que ésta, demasiado imprecisa: «Maneat
Christus id quod est, certtrum (16).» Sigue criticando
a los malos sacerdotes, pontífices y príncipes, en par­
ticular a los frailes: «In affectibus est Christi perfec-
tio, non in vitae genere; in animis est, non in palliis
aut cibis.» Y tras una rápida punzadita a los peregri­
nos de los Santos Lugares —que no dejaría de intere­
sar a Iñigo, como antes lo de la evangelización de los
turcos— vuelve a satirizar a los monjes y frailes y a
cuantos con espíritu judaico se estiman santos, porque
guardan la abstinencia de carnes y cumplen otras ba­
gatelas («nugis ab homuncionibus repertis»).
En absoluto, también pudo ser que Loyola, buscando
más el pasto espiritual que el literario, o disgustado de
algunas frases de la Epístola ad P. Volzium, se saltase
esas páginas y abriese el libro por su principal enca­
bezamiento, que decía así: ENCHIRIDION MILITIS
CHRISTIANI. Quizá nuestro estudiante de gramática
había oído a su maestro, o leído en el vocabulario, que
Enchiridion podía significar puñal o lanceta, tanto como
manual, y, por lo tanto, aquel título equivaldría en cas*

(15) Obras completas de S. Ignacio de Loyola. ed. I. Iparra-


guirre (Madrid, 1952), pág. 400.
(16) Allen : Opus epistolarum, III, 68. Erasmo toca aquí su
idea favorita del Corpus Christi mysticum. pero siempre con
un sentido social más que místico y llevándola a extremos poco
reverentes. Imagina a Cristo en el centro, rodeado de varios
círculos, el primero de los cuales está formado por los sacer­
dotes, obispos, pontífices y vírgenes; el segundo, por los prín­
cipes seculares, que ponen sus armas v leyes al servicio de
Cristo; «in tertio circulo promiscuum vulgus collocemus, velu-
ti crassissimam hujus orbis partem, sed ita crassissimam, ut
tamen ad Christi pertineant corpus. Ñeque enim oculi tantum
corporis membra sunt, verum etiam surae, pedes ac pudenda...
Sunt ínter moñacos, quos vix recipit extremus circulus». Allen,
III, 69. H. H olborn: Desiderius Erasmus. Ausgewählte Werke
(Munich, 1933), pág. 11.

33
tellano al de Puñal del guerrero cristiano. ¿No era esto,
para el combatiente de Pamplona, una incitación a la
lectura? ¿No le enseñarían allí cuáles debían ser las
armas del caballero de Cristo en lucha contra los vi­
cios de la vida pasada? (17).
También se sentiría gratamente sorprendido, al ver
que el destinatario de aquella obrita era un soldado o
caballero, que después de llevar una vida disipada y
rota entre las delicias y vicios de la corte, trataba aho­
ra de seguir los caminos de la virtud. ¿No era él
—Iñigo— ese caballero hastiado de la vida cortesana
(«aulicae vitae pertaesum»), que ya no deseaba sino
transformar su alma por la penitencia y asemejarse
a Cristo, «ad mentem Christo dignam pervemre»?
Las frecuentes imágenes y alegorías de la vida mili­
tar ajustábanse bien al temperamento y a las ideas de
aquel convertido, que sin duda leería gustoso los dos
primeros capítulos, en que se desarrollan con cierta
amplitud.
He aquí su argumento (18).

P rimeros capítulos . La vida es m ilicia .

Cap. I. Vigilandum esse in vita.—Acuérdate siempre


que la vida del hombre es perpetua milicia. Nuestros
enemigos son muchos, pérfidos y ejercitados, contra
los cuales hay que tomar las armas. Con los vicios no
hay que pactar jamás. «An nescis, o christiane miles,
jam turn, cum vivifici lavacri mysteriis initiabaris, no-
men dedisse te duci Christo? Caelum promittitur stre-
nue pugnanti et non incalescit generosae mentis vivida

(17) «Enchiridion, hoc est, pugiunculum modo quemdam ex-


cudimus, quem nunquam de manu depon as.» H olborn , pág. 37.
«Tantum volui... rationem et artem quamdam novae militiae
commostrare, qua te posses adversus pristinae vitae repullu-
lantium mala communire.» H olborn , pág. 134. Erasmi Opera
omnia (Leyden, 1703), V, 10. 65.
(18) La numeración de los capítulos es nuestra, ya que en
el original van los títulos con cierto relieve, mas no nume­
rados.

34
virtus tam felicis praemii spe? Habemus universum
caelt coetum nostri ccmflictus spectatorem, et non vei
pudore accendimur? Semejantes expresiones de Cristo
capitán, de Jos sueldos que da como estímulo para ser­
virle mejor, y de sentirse contemplado por toda la
corte celestial, son muy frecuentes en los escritos ig-
nacianos (19).
Cap. II. De armis militiae christianae.—Iñigo seguía
leyendo. Durante la guerra se puede algunas veces des­
cansar, verbigracia, cuando el enemigo se recoge a los
cuarteles de invierno, o cuando se firma una tregua;
pero nosotros, mientras militamos en este cuerpo, no
podemos abandonar las armas ni un momento, porque
el adversario nos hostiga continuamente. Y nuestras
armas deben ser dos: la oración, que levanta al cielo
nuestros afectos, y el estudio de la palabra divina con­
tenida en la Sagrada Escritura.
No quedaría muy satisfecho nuestro lector al ver
que se estimaba el sentido alegórico de la Biblia mu­
cho más que el literal, y, en consecuencia, recomen­
daba para su interpretación a Orígenes, Ambrosio y
Agustín, rechazando a los teólogos modernos (Ignacio
sabrá hermanar y concertar a los unos con los otros.)
En cambio, no le disgustarían las palabras que en ese
mismo capítulo se leen acerca de los clásicos paganos,
pues, habiendo encomiado la lectura de Homero y de
Virgilio por su contenido alegóricomoral, añade: «Obs-
cáenos autem poetas suaserin omnino non attingere»,
consejo más propio del santo que del humanista, y
que sorprenderá a los que no conocen a Erasmo.
Cap. III. Caput esse sapientiae, ut temetipsum no-

(19) H olborn, pág. 24. Opera omnia, V, 3. Véanse, por ejem­


plo, en los Ejercicios la Adición segunda, la meditación de «Dos
banderas», el segundo preludio de «Tres binarios», el primer
preámbulo de la «Contemplación para alcanzar amor». En la
«Carta de la perfección» hay páginas enteras que recuerdan
las de Erasmo, vgr.: «Sueldo son los mismos dones espiritua­
les de su gracia... Sueldo son los inestimables bienes de su
gloria... ¡Oh cuánto es mal soldado, a quien no bastan tantos
sueldos para hacerle trabajar por la honra de su Príncipe!»
Obras completas, pág. 724. Erasmo llama a estos «sueldos»
praemia, mercedes, stipendia. H olborn, pág. 25, 62.

35
ris, deque duplici sapientia, falsa et vera.—La guerra
con nosotros mismos y el recio pelear contra los vicios
son la única manera de obtener el sumo bien de la
paz, y nuestra paz verdadera es Dios. Así como la suma
de todos los vicios es, para los estoicos, la Estulticia,
que en nuestras letras se llama Malicia, así la bondad
plena y absoluta suele decirse Sabiduría. Cristo Jesús,
luz que disipa las sombras de la mundana estulticia,
es la Sabiduría de Dios. Esta sabiduría hay que abra­
zar, despreciando la sabiduría falsa del mundo, que es
necedad y suma de todos los males. El conocimiento de
sí mismo es el principio de la verdadera sabiduría. Por
mal soldado será tenido el que desconozca las fuerzas
con que cuenta y las de su enemigo, y en el combate
espiritual será mal soldado quien no distinga las ten­
dencias buenas y las malas de su alma.
Aquí apunta el discernimiento de espíritus, problema
de psicología sobrenatural, en el que San Ignacio re­
sultó maestro.
Cap. IV. De homine exteriore et interiore.—A fin de
que uno se conozca a sí mismo, Erasmo quiere mos­
trar cómo es el hombre («prodigiosum quoddam ani­
mal ex duabus tribusve partibus multo diversissimis
compactum»), para lo cual se detiene en describir la
parte exterior, o sea, el cuerpo mortal que se deleita
como los brutos en las cosas materiales, y la parte inte­
rior, o sea, el alma inmortal que se se remonta como
los ángeles a las cosas celestes. Erasmo identifica el
alma con la razón; en la lucha perpetua del hombre
la razón debe ser la que mande y gobierne, ella es el
rey; los afectos honestos, mas no del todo espirituales,
son los optimates del reino; las pasiones bajas y los
vicios son la hez de la plebe. Psicología poco profunda
y poco sobrenatural para que entusiasmase al autor
de los Ejercicios.
Cap. V. De varietate affectuum.—¿Qué piensan de
los afectos los filósofos estoicos y los aristotélicos y Só­
crates y Platón? ¿Hay que extirparlos y sólo reprimir­
los? Lo importante es «omnes animi cognitos habere
motus» y saber que ninguno hay tan violento, que no
pueda ser dominado por la razón. Hay hombres natu-
36
raímente propensos a la virtud; hay otros cuyo cuerpo
es rebelde como un caballo indómito. «Quod si bonam
mentem nactus es, non hoc protinus alio melior es, sed
felicior».
Lo mismo pensaba años adelante Ignacio de Loyola,
según refiere el P. Ribadeneira (20).
Cap. VI. De homine interiore et exteriore et de dua-
bus partibus hominis ex litteris sacris.
Cap. VII. De tribus hominis partibus, spiritu et ani­
ma et carne.—Variaciones sobre el capítulo IV.

R eglas de G enuino C ristianism o .

Vamos a examinarlas una a una, porque constituyen


la parte central y más sustanciosa del libro.
Cap. VIII. Regulae quaedam generales veri chris-
tianismi.—Más que capítulo octavo debería decirse
Parte II, pues, tiene una extensión algo mayor que la
mitad de todo el libro. Está distribuido en 22 cánones
o regulae, lo cual no ayuda mucho a la ordenada siste­
matización de la obra, como tampoco en los Ejercicios
ignacianos sale favorecida su disposición lógica con la
intercalación de tantas Reglas, Notas, Anotaciones. De
las 22 reglas o cánones que Erasmo coloca en este ca­
pítulo, unos tienden a ilustrar el entendimiento, otras
a fortificar la voluntad y otras finalmente a asegurar
la perseverancia; al menos, así lo afirma el autor.
Regla 1? «Quoniam vero fides única est ad Christum
janua», la primera regla será creer firmemente todo
cuanto dicen las Sagradas Escrituras («nihil tam cer-
tum et indubitatum»), no dudando jamás de las pro­
mesas divinas; así, «mirabor si diu malus esse poteris».
A Ignacio no le podía satisfacer que no hiciese la
menor alusión a la autoridad y magisterio de nuestra
Santa Madre Iglesia, depositaría de la revelación e in­
térprete de la misma.
Regla 2? Entrar en los caminos de la salvación sin
timideces ni regateos, con grande ánimo para sufrir

(20) Vida del B. P. Ignacio de Loyola, lib. V, cap. 10.

37
por Cristo, «ut viam salutis non cunctanter, non timi-
de, red certo proposito, toto pectore, animo fidenti,
atque, ut ita dixerim, gladiatorio capessas, paratus vel
rei vel vitae dispendium pro Christo subiré». Palabras
magníficas, que no estaban ciertamente muv en conso­
nancia con la vida egoísta y cautelosa del escritor y
que suenan de un modo parecido a la Anotación 5 de
los Ejercicios, donde Ignacio pide al que los va a ha­
cer «entrar en ellos con grande ánimo y liberalidad
con su Criador y Señor, ofreciéndote todo su querer
V libertad».
Regla 3? En la vía de la virtud hay desolaciones y
consolaciones. «Verum ne te illud a virtutis via dete-
rreat, quod aspera videatur ac tristis..., hanc tertiam
regidam tibi proponito: Universa terricula et phantas-
mata, quae tibi statim velut in ipsis Averni faucibus
occurrunt, pro nihilo ducenda esse, exempto Aeneae
virgiliani.»
Acordaríase Iñigo, si esto leyó, de las tentaciones
sufridas por él en Manresa, cuando «le vino un pen­
samiento recio que le molestó, representándosele la
dificultad de su vida, como que si le dixeran dentro
del ánima: ¿Y cómo podrás tú sufrir esta vida setenta
años que has de vivir?» (21). Pero el ejemplo de Eneas
no era el más a propósito para infundir alientos a su
corazón en la senda fragosa y larga que había empren­
dido al entregarse a Dios. Más persuasivas se le harían
las palabras con que Erasmo describe las calamidades
y molestias de los que viven en la corte y aauellas en
que enaltece los «sueldos» o estipendios de Cristo sobre
los del mundo. «Verum age fingito paria stipendia,
pares labores, at quanto tamen optabilius militare sub
signis Christi, quam sub vexillis diaboli.»

(21) «Autobiografía», o «Acta P. Jgrtatii», en MHSI, Fontes


narrat., I, 290. De las tristezas y desolaciones que pueden so­
brevenir a los principiantes trata San Ignacio en las «Reglas
para en alguna manera sentir y cognoscer las varias mocio­
nes que en la ánima se causan». Ejercicios, 315, 317-322.

38
Regla 4® «Haec Ubi quarta sit regula, ut totius viíae
luae Chrislum velut unicum scopum praefigas, ad
quem unum omnia studia, omnes conatus, omne otium
ac negotium confe ras.» Hermosa regla, si el Cristo pre­
sentado pof modelo y meta de nuestras aspiraciones
fuese el que aparece en los Ejercicios ignacianos, «Rey
eterno y Señor universal», «Sumo Capitán y Señor
nuestro», «Sumo Capitán general de los buenos», «Nues­
tro Summo Pontífice, dechado y regla nuestra», «Espo­
so de la Iglesia», el Cristo Jesús, «nascido en summa
pobreza, y a cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed,
de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir
en cruz y todo esto por mí (22)»; es decir, si fuese el
Cristo evangélico, real, histórico, fundador de la Iglesia,
el Verbo hecho carne y no un Cristo puramente moral
y doctrinal, frío como una abstracción personificada
de la virtud en sí y símbolo de todas ellas: «Christum
vero esse puta... nihil aliud quam caritatem, simplici-
tatem, patientiam, puritatem, breviter, quicquid tile do-
cuit... Ad Christum tendit qui ad solam virtutem fer-
tur.»

L a I ndiferencia en E rasmo y S an I gnacio.

Es en este punto donde se tropieza con un pasaje de


innegable semejanza con otro de los Ejercicios, y que
naturalmente trae al pensamiento la sospecha de si el
texto ignaciano depende del de Erasmo. Algunos así
lo han sostenido y a nosotros no nos parece imposible.
Tendríamos, con eso, que Iñigo de Loyola leyó en Bar­
celona el Enchiridion y más de lo que generalmente
se cree.
Refiérese el pasaje de esta Regla 4 al uso de aquellas
cosas que ni son intrínsecamente buenas, ni intrínseca­
mente malas, sino que pueden usarse para el bien o
para el mal, según la intención y fin del sujeto.

(22) Ejercicios espirituales, n. 97, 136, 138, 344, 365.

39
Dice Erasmo: Dice San Ignacio:
«Tum ad summi boni me- «Y las otras cosas sobre
tam recta festinanti quaecun- la haz de la tierra son cria­
que obiter occurrunt, eatenus das para el hombre y para
sunt aut rejicienda aut as- que le ayuden en la prose­
sumenda, quatemis cursum
tuum aut adjuvant aut impe- cución del fin para que es
diunt. Earum rerum ferme criado. De donde se sigue
triplex est ordo. Quaedam que el hombre tanto ha de
enim ita sunt turpia, ut ho­ usar dellas, cuanto le ayudan
nesta esse non possint, velut para su fin, y tanto debe
ulcisci injuriam, male velle quitarse dellas, cuanto para
homini. Haec semper adsper-
nanda, quantovis etiam emo­ ello te impiden. Por lo cual
lumento proposito aut crur es menester hacemos indife­
ciatu... (23). rentes a todas las cosas cria­
Quaedam e regione ita sunt das. en todo lo que es con­
honesta, ut turpia esse non cedido a la libertad de nues­
possint Quod genus sunt, tro libre albedrío y no le
bene velle omnibus, juvare está prohibido;
honestis rationibus amicos,
odisse vitia, gaudere piis ser- en tal manera que no que­
monibus. Quaedam vero me­ ramos de nuestra parte más
dia, veluti valetudo, forma, salud que enfermedad, ri­
vires, facundia, eruditio et queza que pobreza, honor
his similia. Ex hoc igitur pos­ que deshonor, vida larga que
tremo genere rerum, nihil corta, y por consiguiente en
propter se expetendum, ñe­
que magis minusve adhiben- todo lo demás; solamente
dae sunt, nisi quatenus con- deseando y eligiendo lo que
ducunt ad summam me- más nos conduce para el fin
tam.» (24). que somos criados.'» (25).

Nótese el paralelismo de las ideas y la semejanza


—a veces identidad— de expresión. Los dos autores
emplean los mismos términos: «le ayudan... le impi­
den» (adjuvant aut impediunt), «nos conduce para el
fin» (conducunt ad summam metam), o muy pare-

(23) Esta última frase recuerda otra de San Ignacio en la


«Primera manera de humildad»: «De tal suerte que aunque me
hiciesen señor de todas las cosas criadas en este mundo (quan­
tovis etiam emolumento) ni por la propia vida temporal (aut
cruciatu), no sea en deliberar de quebrantar un mandamiento.»
Ejercicios, n. 165. Casi lo mismo en la «Segunda manera de
humildad», n. 166.
(24) H olborn , págs. 63-64. Opera omnia, V, 25.
(25) «Principio y fundamento»: Ejercicios, n. 23.

40
cidos»: solamente deseando y eligiendo lo que... «(nihil
propíer se expetendum... adhibendae)».
Entre las cosas que son objeto de la indiferencia
ignaciana y que Erasmo llama intermedias (media), ni
buenas ni malas en sí, el humanista pone valetudo y el
santo «salud o enfermedad»; lo que llama vires, podría
en el otro equivaler a la «vida larga o corta». Y en el
párrafo siguiente Erasmo completa las cosas indiferen­
tes: «deinde sunt valetudo... vires, dignitas, prosperi-
tas, fama... res familiaris»; y sigue hablando de la ri­
queza: «Quod dixi de pecunia, idem de honoribus, vo
luptatibus, valetudine, immo et de ipsa vita corporis
accipe», o sea, de todas las cosas mencionadas por San
Ignacio (26).
Quien coteje serenamente los textos precedentes, lo
menos que podrá decir es que entre ellos existe una
«sorprendente analogía», como escribió el P. Watri-
gant (27). Y no parece aventurada la explicación del
Padre Grandmaison, según el cual, la frase erasmiana
se le quedó a Ignacio en el subconsciente y reapareció
más tarde en su pluma sin que él se diese cuenta (28).

(26) H olborn , pág. 64. Opera omnia, V, 26. En esta misma


página habla Erasmo de los que ambicionan beneficios ecle­
siásticos con torcida intención: «Sacerdotium quo animo am-
bis? Nempe ut tibi vivas, non Christo.» Y en el «Preámbulo
para hacer elección» escribe S. Ignacio: «Hay otros que pri­
mero quieren haber beneficios (sacerdotium) y después servir
a Dios en ellos. De manera que éstos no van derechos a Dios.»
Ejercicios, n. 169.
(27) «A propos de l’usage des créatures il (Erasme) formu­
le une régle qui a une analogie frappante a v e c c e lle d e Saint
Ignace.» H. W a t r ig a n t : La méditaticm fondamental avant Saint
Ignace. CBE n. 9. Enghien, 1907, pág. 71. La misma «analogie
assez frappante» encuentra H. P inard de la B oullaye : Les éta­
pes de redaction des Exercices de S. Ignace ( P a r í s , 1945), pá­
gina 12.
(28) «On peut teñir pour probable que la phrase d'Erasme,
demeurée dans la mémoire (ou comme on dit á présent, le
subconscient) de Saint Ignace, lui a suggéré, á son insu, la
formule qu’il a emplovée plus tard.» L. G ran dm aison : Bulletin
de littérature religieuse. Les Exercices de Saint Ignace dans
Védition des Monumenta: «Recherches de Science religieuse»,
1920, 396.

41
Reacciona contra esta opinión el P. Arturo Codina,
negando cualquier influjo de Erasmo en los Ejercicios
espirituales. Sus argumentos son dos. Primero: Lo sus­
tancial de los Ejercicios se escribió en Manresa en 1922;
ahora bien, el «Principio y fundamento», en donde se
encuentran las citadas frases ignacianas, pertenece a la
sustancia de los Ejercicios; luego no puede depender
del Enchiridion, libro que no leyó Ignacio antes de 1524.
Segundo: No es enteramente cierto que Ignacio comen­
zase a leer el libro de Erasmo, si hemos de creer a Cá­
mara, que refiere esta anécdota a los tiempos de Alcalá;
pero aún siguiendo la opinión de Ribadeneira y Polan­
co, que la ponen en Barcelona y afirman que empezó
a leerlo, «apenas es creíble que llegara hasta poco
menos de la mitad del libro donde se encuentra dicho
pasaje» (29).
El primer argumento no convence hoy día a ningún
historiador de los Ejercicios. Bien pudo ser que San
Ignacio no sólo concibiese, sino quizá redactase en
Manresa de un modo nuclear, sencillo y breve, el «Prin­
cipio y fundamento», pero nadie ha podido demostrar
hasta ahora que lo redactase en su forma actual, defi­
nitiva, de firmes trazos lapidarios, antes de 1533. Su
contextura lógica no corresponde al estado anímico del
penitente manresano; revela más bien la formación teoló­
gica de quien ha estudiado a Pedro Lombardo y otros
autores (30).

(29) A. C o d in a : L o s orígenes de los Ejercicios espirituales


de S. Ignacio de Loyola. Estudio histórico (Barcelona, 1926),
página 186. Casi lo mismo había dicho en los Prolegómenos
de su edición crítica, Exercitia spiritualia S. Ignatii de Loyola
et eorum Directoría: MHSI: Monumenta Ignatiana, ser. II (Ma­
drid, 1919), págs. 131-132.
(30) San Ignacio estudió las Sentencias de Pedro Lombardo
en Alcalá aturrulladamente, y con más método y calma en
París. Las palabras iniciales del «Principio y fundamento» quie­
ren algunos derivarlas del Maestro de las Sentencias, que es­
cribe así: «Si quaeritur ad quid creata sit rationalis creatura,
respondetur: ad laudandum ad serviendum ei, ad fruendum
eo; in quibus proficit ipsa, non Deus... Et Deum sicut factus
est homo propter Deum, id est, ut ei serviret, ita mundus est
factus propter hominem, scilicet, ut ei serviat.» Sententiarum,
libro II, dist. 1, n. 6, 8. ¿Quién sabe si las primeras frases del

42
Un historiador tan autorizado como Pedro Leturia es­
cribía en 1941: «Para nosotros es evidente que la idea
central del Fundamento, el descenso de las criaturas
de Dios y su necesaria ascensión y reintegración a tra­
vés de la indiferencia, en el fin último, que es el mismo
Dios, constituyó una de las experiencias más vivas de
la eximia ilustración (en Manresa). Más aún, contri­
buyó de manera sobresaliente a estructurar todos los
Ejercicios. Su reflejo repercutió en la oración prepa­
ratoria que se repite en todas las meditaciones. Su con­
secuencia lógica organizó las Elecciones... En este sen­
tido real y operativo, el Fundamento es para nosotros
de Manresa. Pero todo esto pudo subsistir sin que el
autor escribiera ya entonces la síntesis intelectual que,
aislada de las cuatro Semanas, hallamos en el texto
de 1534. Polanco no alude a ella en el minucioso re­
cuento de las partes de los Ejercicios en Manresa,
como alude a la contemplación de amor, su pieza si­
métrica (31).
Creemos que tampoco se sostiene el segundo argu­
mento de Codina. Podrá decirse, a lo más, que los tex­
tos de Ribadeneira y Polanco no demuestran que Iñigo
llegase en su lectura hasta la Regla 4 del capítulo VIII,
pero tampoco lo excluyen, y en caso de duda o incer­
teza habrá que decidir según otros indicios. Consta por
dichos testimonios, que tomó el libro en sus manos
diversas veces y que se adentró en su lectura, puesto
que «cuanto más iba leyendo... más claramente adver­
tía cómo se le enfriaba la devoción»; «y como echase

«Principio y fundamento» serán las notas que Ignacio tomó


en la clase de un maestro que comentaba las Sentencias de
Pedro Lombardo?
(31) Génesis de los Ejercicios y su influjo en la fundación
de la Compañía de Jesús, en P. L e t u r ia : Estudios ignacianos
(Roma, 1957), II, 21-22. Concuerda P in a r d № la B oullaye al
decir: «Le ton impersonnel du Fondement, son caractére phi-
losophique, sa presentation en contraste trés net avec les mé
ditations les plus certainement rédigées á Manrése, paraissent
autoriser á le regarder comme ajouté au texte primitif, soit á
Alcala, soit un peu plus tard, á París.» Les étapes de redaction,
página 15. En la séptima edición de 1950 no corrige en nada
el texto.

43
de ver esto algunas veces, a la fin echó el libro de sí»,
mas no sin que antes hubiese cuidado de «notar sus
frases y modos de hablar». No parece, pues, inverosí­
mil que llegara a este capítulo y leyera este pasaje, que
se halla mucho antes de la mitad del librito (32). Y bien
pudo ocurrir que el estudiante barcelonés, poco curio­
so del orden y disposición de las ideas y atento a sacar
provecho espiritual, al paso que anotaba algunos giros
de exquisita latinidad, no leyese todo seguido, sino pi­
cando en diversos capítulos, como sabemos que hacía
con el Kempis, y es probable que pusiera sus ojos con
preferencia en el capítulo VIII, que es el más impor­
tante, y, sobre todo, el más llamativo por estar dividido
en secciones cortas, de fácil lectura, que son los cáno­
nes o reglas que estamos describiendo.
Prosigamos nosotros la lectura del Enchiridion, aun­
que lo restante decaiga en interés, máxime si se sostie­
ne la opinión de que el santo no llegó a leerlo. Nos
contentaremos con apuntar brevemente el índice de los
capítulos con las principales ideas.
Termina la Regla 4 criticando ciertas devociones po­
pulares a San Cristóbal, a San Roque, a Santa Bárbara,
a San Jorge, a Santa Apolonia y recomendando pedir
en la oración solamente bienes espirituales.

L as dos T eologías. U ltimas R eglas.

Regla 5? Hay que poner la perfecta piedad en ele­


varse de las cosas visibles a las invisibles y espirituales,
rechazando cualquier superstición. «Non damnatur cul-
tus visibilis, sed non placatur Deus nisi pietate invisi-
bili.» Por ignorar esta regla hay muchos cristianos que
de tales no tienen sino el nombre, más supersticiosos
que piadosos, por dar excesiva importancia a las cere­
monias exteriores. No hay que fijarse en el cuerpo,
(32) En el tomo V de Erasmi Opera omnia el Enchiridion
(sin la Epíst. ad Volzium) ocupa 66 columnas; el pasaje refe­
rido se halla en la col. 25. En la edición de Holborn llena 133
páginas, incluyendo la Epíst. ad Volzium; el texto citado se
halla en las págs. 60-61.

44
sino considerar el alma. En la misma Sagrada Escri­
tura es preciso buscar el sentido espiritual y alegórico,
más bien que el literal.
Merecen destacarse aquellas palabras en que la teo­
logía de algunos Santos Padres es exaltada por encima
de la teología de los doctores escolásticos. Este pro­
blema de la oposición o de la armonía entre la Esco­
lástica y la Patrística se lo planteaban entonces todos
los estudiosos. Unos, como Erasmo y por supuesto los
novadores, optaban por los antiguos contra los mo­
dernos; otros, como ciertos teólogos parisienses, de
quienes más tarde hablaremos, se quedaban con los
modernos es decir, con los del siglo xm al xvi: otros
finalmente, como el fundador de la Compañía de Jesús,
abrazarán armónicamente las dos tendencias, recomen­
dando «alabar la doctrina positiva y escolástica», por­
que aquella sirve más para «el mover de los afectos»
y ésta para «diffinir o declarar... las cosas necesarias
a la salud eterna y para más impugnar y declarar todos
errores y todas falacias».
El texto erasmiano en la vieja traducción castellana
suena así:
«Mas esta teología alegórica o mística (seguida por
Dionisio el Pseudoareopagita, San Agustín, Orígenes
e iniciada por el mismo San Pablo), los teólogos deste
nuestro tiempo, o no la tienen en mucho, o la tratan
muy tibiamente; los cuales en la agudeza del disputar,
verdad es que se igualan y aún echan el pie delante a
los doctores antiguos, mas en la manera de declarar los
misterios no llegan a cuenta con ninguno de aquellos,
ni hay entre ellos comparación..., contentándose los de
agora con solo Aristótiles, echan fuera del juego a los
platónicos y pitagóricos, a quien San Agustín tiene en
más que a otros... Así que no es de maravillar si trata­
ron más convenientemente las alegorías y figuras teo­
logales aquellos antiguos. .; y su doctrina quería más
que siguieses (32 bis).
Sigue el autor en su crítica de lo externo y ceremo-

(32 b is ) El Enquiridion o Manuel..., p ág s. 245-46. T e x to la t.


e n H olborn , p á g s . 71-72.

45
nial, insistiendo en la religión del espíritu, predicada
por San Pablo y comentando a su manera las palabras
de Cristo: «Spiritus est qui vivificat, caro autem non
prodest quidquam» (Jo. 6, 64).
Regla 6? Apartarse del vulgo en las opiniones y en
las obras, no siguiendo otro ejemplo que el de Cristo.
Sigue exponiendo largamente las opiniones o dictáme­
nes propios de un cristiano, insistiendo principalmente
en la caridad, incluso con los enemigos, y desarrollan­
do con férvida elocuencia las expresiones de San Pa­
blo sobre el cuerpo místico.
Regla 7* Si por flaqueza de ánimo no se puede as­
pirar a lo más espiritual y perfecto, abstenerse por lo
menos de los actos contrarios a la razón; y si el amor
de Dios, la esperanza del cielo y el temor del infierno
no bastan para apartar a uno del pecado, muévanle los
males naturales que de él se siguen (33).
Regla 8? No desanimarse en la borrasca de las ten­
taciones, porque son pruebas y experimentos de amis­
tad, castigos paternales y lecciones que debe aprender
el heredero del cielo.
Regla 9? Vigilar siempre para prevenir el asalto del
enemigo, que merodea continuamente, buscando a quién
devorar.
Regla 10. Varios modos de resistir al tentador, es­
cupiéndole a la cara y refugiándose en la oración, en
el estudio, en algunas sentencias de la Sagrada Escri­
tura.
Regla 11. No confiar en las propias fuerzas, ni, una
vez vencida la tentación, gloriarse de la victoria, que
se debe sólo a Cristo.
Regla 12. En la lucha con el enemigo no te conten-

(33) «Profecto christianum hominem, si non Dei vel justitia


deterret vel dehortatur beneficentia, si non vel spes immorta-
litatis vel aetemae poenae metus revocat, si ne ipsa quidem
nativa peccati turpitudo retrahit..., saltem mille incommoda
deterrean t, quae etiam in hac vita peccantem consequuntur.»
H olborn , pág. 111. Ignacio escribe en el segundo preámbulo de
la meditación del infierno: «Si del amor del Señor eterno me
olvidare por mis faltas, a lo menos el temor de las penas me
ayude para no venir en pecado.» Ejercicios, n. 65.

46
tes con esquivar el golpe; quítale el arma y degüéllalo
con su propia espada. Si te incita a la avaricia, aumen­
ta las limosnas; si a la liviandad, mortifícate aun en
lo lícito; si a la vanagloria, busca la humillación. San
Ignacio aconsejará poner «mucho rostro contra las ten­
taciones del enemigo, haciendo el oppósito per diame-
írum »; si el tentador instiga al alma a acortar el tiem­
po de oración, «debe estar alguna cosa más de la hora
cumplida, porque no sólo se avece a resistir al adver­
sario, mas aun a derrocalle» (34).
Regla 13. Luchar animosa y confiadamente, como
si aquella hubiera de ser tu última batalla: «quasi ea
pugna sit tibi postrema futura»; y si vences, portarte
como si en seguida tuvieras que entablar nuevo com­
bate: «quasi mox in proelium rediturus» (35).
Regla 14. No menospreciar, por leve, ningún vicio.
Regla 15. Durante la tentación, no comparar lo ar­
duo de la pelea con el placer del pecado, sino má¿ bien
con la amargura de la derrota y con la dulzura de la
victoria (36).
Regla 16. Si alguna vez te aconteciera ser herido
gravemente, no arrojes el escudo ni abandones las ar­
mas para entregarte al enemigo, perdiendo ánimos mu­
jerilmente: frase típicamente ignaciana.
Regla 17. No hay remedio más eficaz contra las ad­
versidades y tentaciones que la cruz de Cristo. Mas no
alaba Erasmo a los que lloran humanamente, al me­
ditar la Pasión del Señor.
Regla 18. Los débiles y menos avanzados en la vir­
tud sacarán también provecho de pensar cuán feo y
abominable y contra la dignidad humana es el pecado;
y de meditar que somos criaturas de Dios, hijos de
Dios, herederos de la gloria inmortal, miembros de
Cristo y de la Iglesia, templos del Espíritu Santo.
Regla 19. Comparar estos dos extremos: Dios y el

(34) Ejercicios espirituales, n. 325 y 13.


(35) Acerca del «como si» erasmiano e ignaciano, véase la
segunda parte de este libro, notas 19-21.
(36) «El que está en desolación {que en lenguaje ignaciano
es como tentación), piense que será presto consolado, ponien­
do las diligencias contra la tal desolación.» Ejercicios, n. 321.

47
demonio; y cómo el pecado te hace enemigo del pri­
mero y esclavo del segundo.
Regla 20. Cuán desiguales son los premios que dan
uno y otro. Los frutos de la piedad y de la impiedad
son muy diversos aun en esta vida (37).
Regla 21. Pensar en la fugacidad y miserias de la
vida presente.
Regla 22. Siempre temer el mayor de los males,
que es la impenitencia.
Con esto puede darse por concluido este largo ca­
pítulo VIII con sus 22 cánones o reglas.

I mpresión final .

Sigue un último capítulo con cinco puntos, que lle­


van los siguientes epígrafes:
Cap. IX. Remedia contra specidlia quaedam vi-
tia, et primum contra tibidinem.—(Secundum) Ad-
versum irritamenta avaritiae.—(Tertium) Contra
ambitionem.—(Quartum) Contra elationem turneé
remque animi.—(Quintum) Adversum iram et vin-
dictae cupiditatem.

(37) Como fruto de la «impietas», señala Erasmo el remor­


dimiento «vermis impiorum», y añade una frase que escan­
dalizó a los teólogos de entonces y no podía menos de herir
al lector de Barcelona: «Nec alia est flamma, in qua cruciatur
dives ille comessator evangelicus, nec alia supplicia inferorum,
de quibus multa scripsere poetae ,quam perpetua mentís an-
xietas.» H olborn , pág. 120. Los frailes españoles le acusaron
de no admitir la materialidad del fuego del infierno. Erasmi
Opera omnia, IX, 1091. De ello se hizo eco Noel Beda, a quien
responde Erasmo diciendo que tal doctrina no es contraria a
la Sagrada Escritura; que, además, no importa mucho a la
piedad y que en todo caso sus palabras «nec alia est flamma»
no deben interpretarse en sentido exclusivo, pues él siempre
ha creído en la realidad física del fuego del infierno. Supputa-
tiones errorum Beddae en Opera omnia, IX, 699-700. Alonso
Fernández, el traductor del Enchiridion al castellano, interpre­
tó la mente del autor, suavizándola en este modo: «Gran parte
del tormento que de aquella flama resulta... y de aquellos tor­
mentos... es una perpetua congoja.» El Enquiridión o Manual
del Caballero cristiano, edición de Dámaso Alonso (Madrid, 1932),
página 376.

48
Si el autor de los Ejercicios echó una ojeada por este
último punto, tropezaría con estas palabras: «Nihil
enim aeque muliebre, nihil tam imbecillis projectique
animi quam vindicta laetari», y se acordaría de otras
por él escritas, mucho más enérgicamente: «Es propio
de la mujer, cuando riñe con algún varón, perder áni­
mo, dando huida cuando el hombre le muestra mucho
rostro; y, por el contrario, si el varón comienza a huir,
perdiendo ánimo, la ira, venganza y ferocidad de la
mujer es muy crescida y tan sin mesura» (38).
Pero, sin duda, el peregrino de Roma y Jerusalén, el
que confesaba haber sacado gran provecho de sus pe­
regrinaciones, experimentaría un sentimiento nada gra­
to, como de reproche, si leyó lo siguiente: «Tu, ut a
culpa solvaris, Romam cursitas, rmvigas ad divum Ja-
cobum, emis condonationes amplissimas (39). Equidem
non damno quod facis, sed...» Mejor que el peregrinar
es la caridad fraterna. Indudable. Iñigo dirá algo pa­
recido a dos peregrinas de Alcalá. Sólo que en Erasmo
hay un afán de criticar las costumbres piadosas popu­
lares, las traditiunculas hominum, las constitutiones ju­
daicas, que no se armonizaba bien con el espíritu de
Ignacio, quien poco después escribirá en la Regla 10
para sentir con la Iglesia: «Debemos ser más promp-
tos para abonar y alabar assí constituciones, comenda-
ciones, como costumbres de nuestros mayores; porque
dado que algunas no sean o no fuesen tales, hablar con­
tra ellas, quier predicando en público, quier platican­
do delante del pueblo menudo, engendrarían más mur­
muración y escándalo que provecho» (40).
Y este sentimiento de disgusto se trocaría en verda­
dera indignación, al ver cómo Erasmo, en el corona-
(38) «Reglas para en alguna manera sentir y cognoscer las
varias mociones que en la ánima se causan.» Regla 12. Ejer­
cicios, n. 3255.
(39) Más arriba (Reg. 5) había quizá leído estas palabras:
«An magnum est, quod corpore Hierosolymam adis, cum intra
temetipsum sit Sodoma, sit Aegyptus, sit Babylon? Non mag­
num est carneis calcaneis vestigia calcasse Christi, at maximum
affectu sequi vestigia Christi.» H olborn , pág. 87. Opera omnia,
V, 38.
(40) Ejercicios espirituales, n. 362.

49
miento y remate de su obra, se desataba contra los
frailes que invitan a otros a seguir la vocación religio­
sa, contra la esencia misma del monacato y contra cier­
tas manifestaciones externas de la piedad. Este libro,
que parecía contener tantas cosas buenas, al fin revela
su objetivo poco recomendable y harto sospechoso:

«Id quod eo feci mattirius, quo nonnihil metue-


rem, ne in superstitiosum istud religiosorum ge­
nus incideres, qui... sicubi nacti fuerint hominem
a vitiis ad meliorem vitam jam resipiscentem, eum
illico improbissimis hortamentis, minis, blanditiis,
in monachatum conantur detrudere, perinde quasi
extra cucullum christianismus non sit. Deinde...
ad humanas quasdam traditiunculas adstringunt,
planeque in judaismum quemdam praecipitant mi-
serum, ac trepidare docent, non amare. Monacha-
tus non est pietas, sed vitae genus pro suo cuique
corporis ingeniique habitu vel utile vel inutile. Ad
quod equidem ut te non adhortor, ita ne dehortor
quidem. Hoc modo commoneo, ut pietatem ñeque
in cibo, ñeque in cultu, ñeque in ulla re visibiti
constituas, sed in iis quae tradidimus» (41).

En suma: espiritualidad demasiado crítica, demasia­


do racional, demasiado antimonástica, fundada sola­
mente en el bautismo cristiano (dogma del Cuerpo mís­
tico), sin suficiente comprensión del sermón de la
montaña y de los consejos evangélicos. Esto no podía
satisfacer al Iñigo del «crecido afecto», del «señalarse
en todo servicio de su Rey eterno», del «tomad, Señor,
y recibid».
(41) H olborn , págs. 134-135. Opera omnia, V, 65-66. Compá­
rense las Reglas «para el sentido verdadero que en la Iglesia
militante debemos tener», especialmente la cuarta, «alabar mu­
cho religiones, virginidad y continencia»; la quinta, «alabar
votos de religión... como el voto sea cerca las cosas que se
allegan a la perfección evangélica»; la sexta, «alabar reliquias
de sanctos..., peregrinaciones, indulgencias, perdonanzas, cru­
zadas y candelas encendidas en las iglesias»; la séptima, «alabar
constituciones cerca ayunos y abstinencias.» Ejercicios, núme­
ros 356-359.

50
E n f r ia m ie n t o de la d e v o c ió n .

Cerraba Iñigo el libro y se ponía a reflexionar, se­


gún su costumbre, sobre las variaciones de su estado
psíquico. Este examen de conciencia, tan habitual en
él desde los días de su convalecencia en Loyola, ya an­
tes de su conversión, este sutil y penetrante análisis
de cualquier movimiento anímico, natural o sobrena­
tural, hicieron del autor de los Ejercicios un asombro­
so psicólogo y un maestro consumado en el arte de
discernir espíritus.
Notó ahora que su fervor se entibiaba en la lectura.
Indagó la causa en repetidas experiencias, y se persua­
dió que aquel libro no era para él, no era manjar aco­
modado a su espíritu. Su misma latinidad pudo ha­
cérsele difícil y oscura a un principiante. Por más que
en muchas de sus páginas hablaba el autor magnífica­
mente de Cristo, de la caridad para con el prójimo y
de la lucha contra los vicios, deslizaba en ocasiones
no pocas frases ambiguas, de una espiritualidad dema­
siado eticista, racional y erudita, o de un criticismo
demoledor, A Iñigo no le daba devoción, no le enterne­
cía el alma, ni se la compungía, ni se la inflamaba; no
le producía más que tibieza v enfriamiento espiritual,
efecto diametralmente opuesto al que le causaba la
lectura gustosa y sabrosa, como plato de perdiz —la
expresión es del mismo San Ignacio— de la Imitación
de Cristo. No quiso averiguar más, v abandonó el En­
chiridion militis christiani con propósito de no tomar­
lo jamás a leer. Hasta veintisiete años más tarde no
se sabe que hablara nunca de Erasmo ni siquiera pro­
nunciara su nombre.
Se me antoja que Ignacio, en Barcelona, no dio al
hecho del enfriamiento de su fervor tanta importancia
como parece atribuirle Ribadeneira. Quizá no se acor­
dó de esta experiencia psicológica hasta años adelante,
cuando el nombre de Erasmo andaba de boca en boca
y sus libros eran mirados como peligrosos y vitandos
por las autoridades eclesiásticas. Los primeros biógra-
51
fos del santo, cuidadosos de que resaltase en su héroe
lo típicamente contrarreformista, recogieron sin falta
esta anécdota y la popularizaron, dándole un significa­
do casi simbólico. Pero Iñigo, en Alcalá, al negarse
—como veremos— a leer la obra erasmiana, no dio por
motivo su experiencia, sino el haber oído a predicado­
res y personas de autoridad reprender a ese autor. Esta
será también la única razón que dará en Roma para
prohibir su lectura; porque Loyola no era un Lutero,
para hacer de una impresión subjetiva una ley o un
dogma universal.
C a p ítu lo II

ENTRE LOS HERVORES ERASMISTAS


DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

Era probablemente un día de marzo, próximo a la


Pascua (que aquel año de 1526 caía el 1 de abril), cuan­
do Iñigo de Loyola, de treinta y cinco años de edad,
aunque representaba mucho menos, entraba en Alca­
lá de Henares dispuesto a proseguir sus estudios. Un
doctor en teología le había examinado en Barcelona y
le había dicho, lo mismo que su maestro de latín, «que
ya podía oir artes y que se fuese a Alcalá». Esto quiere
decir que ya dominaba la lengua latina lo suficiente
para poder disputar en los actos académicos.

Alcalá, oráculo intelectual de E spaña.

Sólo contaba quince años de vida y ya se adornaba


la Universidad de Alcalá con uno de los más espléndi­
dos florones del Renacimiento español, con la Poliglota
Complutense, para colaborar en la cual había deseado
el cardenal Jiménez de Cisneros (i 1517) traer al mismo
Erasmo en persona (1).

(1) El abad de Husillos, don García de Bobadilla, escribía


a Cisneros desde Palencia el 26 de noviembre de 1516: «Para
lo del Testamento Viejo (de la Poliglota) pareceríame que
vuestra Señoría Reverendísima non devría estar sin tal per-

53
Aunque Nebrija había muerto en 1522, sin que vi­
niese a sucederle Luis Vives, como quería Vergara, y
aunque otros doctores se le hubieran ido, como Hernan­
do Alonso de Herrera y su amigo el comendador Her­
nán Núñez, todavía aquella joven Universidad, en la
que bullían aspiraciones y tendencias poco uniformes,
era la única que podía hacer competencia a Salaman­
ca. Preciso es confesar, con todo, que en aquellos días
empezaba ésta a remontar su inigualable vuelo teo­
lógico.
Nadie ha cantado las glorias primerizas de Alcalá
como el andaluz Alfonso García Matamoros, profesor
de humanidades, que escribía en 1555:
«La Universidad Complutense es, a mi parecer, el
oráculo público de toda España. Allí los laureados teó­
logos discurren sobre el destino de la vida humana;
vo, por evitar envidias, no diré que superan, mas tam­
poco que son inferiores a los demás doctores españo­
les, ni en número, ni en divina sabiduría. Los filósofos
y los que en varias disciplinas trabajan, divididos en
escuelas y familias, son en multitud tan innumerable
e infinita, que con los que salen cada año se puede
toda España llenar de varones doctos, como en reali­
dad sucede.
Y para comparar elegantísimamente la traza de la
Academia Complutense con la forma e imagen de los
antiguos estudios, diré con Marciano: aquí cantan los
vates coronados, pulsan sus liras los músicos, diser-
sona como la de Erasmo y con su parecer y corrección hazer
la publicación de toda la obra.» C onde de C ed il lo : El cardenal
Cisneros, gobernador del reino (Madrid, 1928), volumen II,
doc. CCLXIX, pág. 448. M. B ataillon (I, 84) cita esta carta
como inédita; estaba publicada desde 1875 por Vicente de la
Fuente en Cartas de los Secretarios del Cardenal..., pág. 283.
El erasmismo alcalaíno se comprueba también por el hecho
de que entre 1523 y 1526 adquiriera la Universidad varios libros
de Erasmo, como las Epistolae ad diversos, el Novum Testa-
mentum con las Annotationes, Paraphrasis Erasmi super epis-
talis Patdi et Evangelia. Cfr. M. B ataillon : Erasmo y España:
estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI. Trad. de
A. Alatorre (Méjico, 1950), pág. 396. No seguiremos el original
francés (París, 1937), sino la traducción, por haber sido ésta
corregida y acrecentada por el autor.

54
tan los oradores midiendo el tiempo por la clepsidra,
hacen girar las áureas esferas Platón y Arquímedes,
vive en el fuego Heráclito y Tales en el agua, vuela De-
mócrito rodeado de átomos, compulsa Pitágoras de Sa­
inos los números celestes, escudriña Aristóteles la en-
telequia, guía Zenón a la vieja prudente. Añadiré que
Hipócrates y Galeno ilustran la medicina, sacándola
de la noche densísima en que casi hasta hoy estaba
sumida, parte con diarias y públicas disputas de los
médicos complutenses, parte con los doctísimos co­
mentarios que publican y que podrían dedicar a Escu­
lapio e inscribirlos en su templo, como hizo Hipócrates
otrora. Por lo demás, esta Universidad, como cultiva
felicísimamente todas las artes y nobles disciplinas, así
arde tanto en el amor de la elocuencia, que en breve
tiempo dio a luz a numerosos oradores.»
Y tras el elogio de algunos humanistas de aquella
Universidad, termina con este breve panegírico de Luis
de la Cadena, sobrino y sucesor del erasmista Pedro
de Lerma:
«Puede gloriarse, a mi juicio, la Academia Complu­
tense de tener por canciller a este esclarecido orador,
armonioso y agradable poeta, insigne filósofo y óptimo
teólogo... Sin afán de encarecer tu elocuencia, diré
con toda verdad que hoy día no encuentro, entre cuan­
tos admira la erudita Italia por el arte y viveza de la
dicción, ninguno que maneje con mayor variedad, sua­
vidad y abundancia que tú los tópicos oratorios... Pero
la mayor y principal alabanza de tus virtudes, en la
que finalmente triunfa y exulta mi discurso, te la pro­
porciona la valentía con que, venciendo la larga y dura
resistencia de los bárbaros, expulsaste la sofística de
la Universidad Complutense, donde reinaba impune­
mente por muchos años, con grave detrimento de las
buenas letras y deshonra de nuestra nación» (Ibis).

(1 bis) Pro asserenda fíispanorum eruditione, ed. J. López


de Toro (Madrid, 1943). págs. 206-210. No sigo la traducción de
López de Toro, sino que traduzco por mi cuenta.

55
El e r a s m is m o e s p a ñ o l.

No había en España foco más ardiente de erasmismo


que la Universidad cisneriana. No faltaba, es verdad,
entre los profesores algún adversario del Roterodamo,
como aquel matemático, filósofo, teólogo y hebraísta,
Pedro Ciruelo (i 1548), que regentó algunos años la cá­
tedra de Santo Tomás (1510-1511; 1516-1524); pero, en
general, como surgida en pleno Renacimiento, en una
atmósfera caldeada de biblicismo y sin arraigo en la
tradición escolástica —aunque había trasplantado de
París los últimos retoños del nominalismo—, la juvenil
y briosa Universidad alcalaína se presenta en el estadio
científico con aires de modernidad, con afanes de re­
forma y hasta con inquietudes religiosas, muy pareci­
das a las que Erasmo pregona en su Enchiridion (2).
Poco significa contra el erasmismo de Alcalá el que
dos complutenses como Diego López de Zúñiga (de
Stunica), colaborador de la Poliglota, y Sancho Carran­
za de Miranda, catedrático de filosofía y de teología,
hubiesen sido los primeros en romper lanzas contra
Erasmo; porque el primero, ausente en Roma (donde
morirá en 1531), era un temperamento impulsivo y jac­
tancioso, que ya no influía en la Universidad, y el se­
gundo se había reconciliado con el humanista, y será
uno de sus defensores en las conferencias teológicas
de Valladolid en 1527, al lado del ferviente erasmista
(2) El ambiente humanista y espiritual de Alcalá nadie lo
ha estudiado mejor que M. Bataillon en su obra ya clásica (que
debe, sin embargo, completarse y corregirse con el estudio de
E. A s e n s io : El erasmismo y las corrientes afines: «Rev. de
Fiiol. esp.», 36, 1952, 31-99). Todavía es útil la lectura de M. Me-
néndez y P elayo : Historia de los heterodoxos en los capítulos
dedicados a los «erasmistas españoles». Sobre la Universidad
y sus maestros: Alvar Gómez: De rebus gestis a F. Ximenio
Cisnerio (Alcalá, 1569). A. de la Torre: La Universidad de Al­
calá: Datos para su historia: «Rev. de Archivos», 20 y 21, 1909,
413-23; 48-71; 261-85; 405-33. J. U r r iz a : La preclara Facultad de
Artes y Filosofía de la Univ. de A. (Madrid, 1942). V. Beltrán
de H eredia : Jm enseñanza de Santo Tomás en la Univ. de Al­
calá: «La Ciencia Tomista», 13, 1916, 245-70.

56
Pedro de Lerma, canciller de la Universidad, y de Mi­
guel Carrasco, Fernando de Matatigui, etc.
En Alcalá se hallaba por entonces el joven Juan de
Valdés, que sin ser, como su hermano Alfonso, erasmi-
cior Erasmo, se carteará amistosamente con el gran
humanista (cuyas huellas son palmarias en el Diálogo
de doctrina cristiana, 1529) y años adelante cultivará
en Nápoles una espiritualidad fascinadora, paulinista,
afectiva y poco jerárquica, orientada incautamente ha­
cia el protestantismo (3).
En Alcalá residía a tiempos el canónigo toledano
Juan de Vergara, antiguo secretario de Cisneros, en
la actualidad de Fonseca, sabio y buen humanista, que
no rindió todo lo que podía esperarse de su alto inge­
nio; era de carácter franco y desenfadado y muy ami­
go de Erasmo desde que el año 1520 lo pudo conocer
de cerca en Brujas. Su hermano Francisco Vergara en­
señaba la lengua griega en la Universidad, y en griego
escribió a Erasmo una larga carta, que llenó a éste
de admiración.
Erasmistas eran también los teólogos Miguel Carras­
co, Juan de la Fuente, el maestro Zuría, el gran orador
agustino, Dionisio Vázquez, etc.
En estos círculos, que podemos llamar intelectuales,
el humanismo cristiano de Erasmo, aunque demasiado
espiritualizado y crítico, era acogido con ciego entu­
siasmo juvenil, dando por supuestas la perfecta orto­
doxia y la sinceridad de sentimientos católicos del ce­
lebrado escritor y no viendo en él más que un restau­
rador del Cristianismo verdaderamente evangélico, un
heraldo de la auténtica reforma que reclamaban desde

(3) No consta ciertamente cuándo y qué estudió en Alcalá


Juan de Valdés. Residió en Escalona, como criado del marqués
de Villena, en 1524 y 1525. Sospecha Bataillon que en 1526 si­
guió a la corte real por Andalucía, pero de 1527 a 1529 le vemos
en la Universidad de Alcalá, en contacto con erasmistas y alum­
brados. M. B ataillon : Juan de Valdés. Diálogo de doctrina
cristiana (Coimbra, 1925), págs. 46-52. Véase también D omingo
de S anta T e r e s a : Juan de Valdés. Su pensamiento religioso y
las corrientes espirituales de su tiem po (Roma, 1957), pági­
nas 46-47. E. C io n e , Juan de Valdés e il suo pensiero religioso
(Nápoles, 1963), con una reseña crítica de toda la bibliografía.

57
hacía tiempo todos los buenos, dotado, para colmo de
atractivos, de un caudal nunca visto de erudición clá­
sica y de un estilo elegante, dúctil y moderno dentro
de su clasicismo irreprochable.
Tanto o más que los primores y galanuras del estilo
latino, lo que los españoles buscaban y saboreaban en
los escritos de Erasmo era la piedad cristiana y evan­
gélica que predicaban, libre de deformaciones rutina­
rias y de corruptelas casi supersticiosas.
No vamos a inquirir aquí las causas más hondas de
la religiosa vibración que se produjo en el alma de
España al roce del humanismo espiritualista erasmia-
no. Baste consignar el hecho.
Ya desde 1516, y aun antes, el editor y traductor del
Nuevo Testamento era conocido y estimado en nues­
tra patria (4). Piensa M. Bataillon que fue el abad de
Husillos el primer español —en cuanto sabemos— que
dejó escrito el nombre de Erasmo. Pero es muy pro­
bable que varios meses antes el bachiller Diego de Al­
cocer escribiese el breve elogio de Erasmo que leemos
en el Proemio de su traducción castellana de la Concio
Pueri Iesu. Dicha traducción, que lleva por título Tra­
tado o sermo del niño Jesu y en loor del estado de
niñez, se imprimió, según reza el colofón, «en la
muy noble y leal ciudad de Seuilla por Jacobo Crom-
berger alemán, año de mili e quinientos y diez e seys
años» (5). Ignoramos el mes, pero aunque fuese en

(4) En la carta del abad de Husillos a Cisneros, fecha 26 de


noviembre, se dice: «Ya vuestra Señoría Reverendísima, según
me scrive, ha visto a Erasmo y su traducción sobre el Nuevo
Testamento, cotejada con el griego.» C onde de C ed il lo : El car­
denal Cisneros, pág. 447.
(5) Por ser hasta ahora desconocida de los eruditos (sólo
E. Asensio la conoce y prepara su reedición) transcribimos
aquí el título completo y algunas palabras del Proemio y de
la Introducción. El lenguaje de Alcocer no alcanza aún la pu­
lidez clásica. Tratado o sermón del niño Jesu y en loor del
estado de niñez■ Oración del niño Jhesu en género demostra­
tivo nuevamente trasladada de latín en romance por el bachi­
ller Diego de Alcocer. Dirigida a la muy noble y magnífica
señora la señora doña Juana de Sosa su señora, mujer del
muy noble y honrado cavallero Rodrigo de Monrroy y que
sabcta gloría aya. -Prohemio del intérprete. Suelen, muy noble

58
diciembre, sin duda la traducción y el Proemio estaban
escritos antes del 26 de noviembre, fecha de la carta
del abad de Husillos.
Una y otra vez el cardenal Cisneros había rogado a
Erasmo con halagüeñas promesas se dignase venir a
España. El humanista se negó siempre (6). Sólo una
vez, según parece, le pesó de no haber puesto entre
los españoles su mansión estable (7). Pero había algo
en el fondo de su alma que no rimaba con el genio

señora, los que tratan en algún género de mercaderías..., etc.


Considerando la intensa y gran devoción que a oyr la palabra
de Dios vuestra mucha nobleza tiene..., me pareció ser cosa
muy justa... en este officio que vuestra mucha nobleza me
cometió en su casa para que oviesse de enseñar y doctrinar
a los señores vuestros hijos... que por ningún temor de tra­
bajo que me recreciessen devía de rehusar esta nueva manera
de servicio. E como para exercitar a estos señores en arte de
rhetórica desbolviesse una obra de un eruditíssimo varón de
nuestro siglo, a caso hallé enxerto un sermón no menos ele­
gante que gracioso, ni menos dulce que provechoso, el qual
se intitula del niño Jesu... -Introdución para el letor. Dos cosas
me parescen, muy generosa señora, que en el alguna manera
pueden tener suspenso el ánimo del letor que esta obra leyere.
La una es... quién sea el autor de cosas tan buenas... Se llama
el señor Erasmo. Al qual no sin causa le llamamos eruditísimo,
pues lo es en todo género de saber, assí en letras griegas
como latinas.» (Ejemplar rarísimo de propiedad particular.)
Creíase que la primera traducción española de Erasmo había
sido la Querela Pacis, hecha por Diego López de Cortegana
en 1520. Así Bataillon, en el erudito Prólogo que puso a la
edición del Enquiridión preparada por Dámaso Alonso, pág. 18.
(6) En junio de 1517 escribe a T. More: «Nondum statui
quam sedem deligam. Non placet Hispania; nam huc rursus
vocat Cardinalis Toletanus.» A l l e n , III, 6. Y el 23 de agosto
a Beatus Rhenanus: «Cardinalis Toletanus nos invitat; verum
nos est animus kispanídsein», III, 92. ¿Por qué no le gustaba
España? Véanse las explicaciones de Bataillon, I, 91. Bien dice
Bataillon que ni su amigo y adorador. L. Vives, le era simpá­
tico. Véase mi estudio Luis Vives y Erasmo, cotejo de dos
almas: «Humanidades», 5, 1953, 159-177; 7, 1955, 35-57.
(7) El 25 de marzo de 1524 escribe a Guy Morillon, que se
hallaba en la Península: «Salutabis mihi amicos Hispanienses,
R. D. Archiepiscopum Compostellanum ( Alonso de Fonseca),
Doctorem Coronell (Luis)... Miror te non meminisse Guilhelmi
Vergaire (Juan de Vergara). Gaudeo istam nationem mihi fa-
vere. Ad quam utinam me contulissem, quum me conferrem
in Germaniam.» A l l e n , V, 419.

59
hispánico; por eso veía una especie de extraña fata­
lidad en el entusiasmo de los españoles por sus es­
critos (8).
Esta era la verdad. Las traducciones de libros eras-
mianos se multiplicaban. Por enero de 1525 óyense vo­
ces de que el erasmismo ha irrumpido en la Península
de una manera avasalladora y de que los españoles, le­
yendo a Erasmo, se sienten alumbrados por el espíritu
de Dios (9).
No se atribuya eso en modo alguno, con cierto his­
toriador moderno, a supuestas infiltraciones luteranas
en el roquero alcázar de la fe española, porque ya
antes que sonase por aquí el nombre de Lutero, un
vasto movimiento reformatorio, que arranca de las en*
trañas del siglo xv, un ardiente anhelo de espirituali­
dad y perfección, sacudía las almas. El erasmismo, en
lo que tenía de reforma eclesiástica y de religión in-

(8) «Et apud Hispanos fato quodam incipio esse gratiosus.»


Carta del 4 de septiembre de 1524. A l l e n , V, 535. Incluso los
maestros españoles de París, empedernidos escolásticos hasta
hace poco, empiezan a despreciar sus propias cavilaciones dia­
lécticas, para leer con gusto las obras de Erasmo. Así lo tes­
tifica L. Vives el 4 de junio de 1520. A llen , IV, 272.
(9) Es el banquero y mercader de Amberes, Erasmo Schets,
quien escribe estas palabras al Roterodamo: «Non valeo prae-
terire, quod ex Hispania plerique designavere amici... Scribunt
singuli quis rumor, quae gloria famae illic de te spargatur,
certo non exigue nec quidem immerito. Nam sic fere omnes
illius nationis homines, magnates, docti ac illustres te glorifi-
cantur, ut si contingeret te adire oras suas, ad médium iter
recepturi te forent occursari. Nihil... habetur in pretio prae-
ter libros tuos. Aiunt eorum lectionibus in Dei spiritum vere
'lluminari (¿Habrá aquí alguna alusión a los alumbrados, sim-
oatizantes de Erasmo?) conscientiasque suas consolari, te uni-
jum in orbe hominem appellant, qui solus plusquam antea
luisquam discretissimis scriptis doctrinam divinam in conso-
’ationem et requiem piarum mentium novisti refundere.» A l le n ,
VI, 14. Interesantísimo es este testimonio, no sólo para cono-
'er la boga de Erasmo en España, sino también para enten-
ler la causa y explicación de aquel singular fenómeno. A mu·
;hos españoles del Renacimiento el erasmismo les traía luz
i consolación; en cambio, a Ignacio de Loyola, iniciador de
una nueva época, le entibiaba y resfriaba el alma, aun cuando
lo leía sin prejuicio alguno.

60
terior, halló el terreno bien preparado. Por eso fue
acogido con tanta ilusión (10).
Y los que le leían con avidez, descubriendo en aque­
lla voz extranjera de resonancia universal el eco de
la conciencia religiosa española, no eran sólo huma­
nistas de honda religiosidad, ni sólo «alumbrados» de
aquellos que buscaban la perfección en un cristianismo
anticeremonial y extra jerárquico; eran también mu­
chos fieles cristianos, sacerdotes y religiosos, de los
que anhelaban se consolidase en España la reforma
eclesiástica e intelectual, iniciada en el siglo xv por al­
gunos varones fervorosos, impulsada fuertemente por
Cisneros y puesta en marcha por los obispos promo-

(10) El sacerdote humanista Juan Maldonado escribía desde


Burgos el 1 de septiembre de 1526: «Magna est nominis tui
apud nos fama, ingens eruditionis admiratio, nonulla etiam di-
vinitatis cujusdam opinio... ( Todos los amigos de las Musas
im án a Erasm o). Nusquam profecto reperietur... qui ducem
theologum et antesignanum Erasmum non praedicet ac profi-
teatur. Regnas utique, Roderodame, in scholis nostris, et ita
regnas volentibus cunctis... ( Los escolásticos ergotistas te abo­
rrecen, y los frailes están divididos, unos te odian , otros al
menos internam ente te admiran y sim patizan contigo.) Tertium
est genus hominum, confusi scilicet populi multitudo, viri fae-
minaeque, qui sunt omnino litterarum expertes. Hi te prorsus
incognitum in ore frequenter habent, magna de te praedicant,
multoque majora suspicantur. . Jam Enchiridion hispane lo-
quens prodiit... Dialogi etiam nonnulli ex Colloquiis hispani
facti volitant per manus virorum faeminarumque.» A l l e n , VI,
394-397. Fácilmente se echa de ver, por su mismo estilo retó­
rico, que Maldonado hiperboliza más que un poco. Si descar­
tamos los «amigos de las Musas», que nunca suelen ser mu­
chedumbre; si prescindimos de esa supuesta «muchedumbre
popular», que no suele ser amiga de la lectura, y si reducimos
a su justo número esos pocos frailes disidentes, se verá que
el resultado no es como para afirmar que España en masa
seguía entusiasmada a Erasmo. Más probable nos parece que
la masa del pueblo español seguía a los teólogos y a los frailes,
los cuales han tenido siempre en nuestra patria un influjo es­
piritual enorme, que se traduce en infinito número de prosé­
litos. Los que entonces seguían a Erasmo, o lo alababan en
público eran un grupo de humanistas y otro grupo de espiri­
tuales acusados de alumbrados. Siendo la pequeña ciudad de
Alcalá el foco más potente de unos y de otros, quien juzgue
por Alcalá del fenómeno erasmista español, se expone a gene­
ralizaciones inexactas.

61
vidos en tiempo de los Reyes Católicos. Muchos de
aquellos lectores no tardarán en desilusionarse, empe­
zando por el propio Juan Maldonado (11), cuando vie­
ron que aquel Erasmo de tan atractivas apariencias
evangélicas y paulinas enseñaba una teología y una
espiritualidad poco conformes con las tradicionales de
España (12).
Es de advertir que si el erasmismo estaba de moda
en Alcalá cuando Iñigo de Lovola llegó a aquella Uni­
versidad para continuar sus estudios, también el ilu-
minismo se hallaba entonces difundido en el ambiente
religioso de la ciudad complutense. Del iluminismo o
«secta de los alumbrados» trataremos luego.

Otra vez el «E n c h ir id io n » ante I ñigo de L oyola.

Lo que nos importa dilucidar ahora es si Iñigo se


dejó influir en Alcalá por el erasmismo, como parece
sostener M. Bataillon.
Este erudito historiador no estima muy fidedigna la
anécdota narrada por Ribadeneira y por Polanco del en­
cuentro de Ignacio con el Enchiridion en Barcelona,
porque la juzga demasiado tardía y posterior al relato
de L. Gonsalves da Cámara (lo cual no es exacto), que
pone dicho encuentro en la Universidad de Alcalá. Ase­
gura, en cambio, que «la anécdota recogida por Gon­
salves de boca del propio San Ignacio tiene todos los

(11) La desilusión del humanista Maldonado véase en Ba-


taillon : Erasmo y España, II, 73-74, explicada conforme al cri­
terio e ideología de este historiador. ¿No le había sucedido
otro tanto a Francisco de Vitoria, erasmista en su juventud,
si hemos de creer a Vives? El mismo Luis Vives, tan incon­
dicional un tiempo de Erasmo, ¿lo era igualmente en sus úl­
timos años? Y sobre el erasmista benedictino Alfonso Ruiz de
Virués, véase E. A s e n s jo : El Erasmismo, pág. 42. S. G i n e r :
Alfonso Ruiz de Virués (Madrid, 1964), pp. 21-38.
(12) «Suo quandoque fretus ingenio, nova quaedam indu-
cit, vetera damnat. Sed supra modum immodicus est in taxan-
dis et improbandis majorum quibusdam decretis et vitae ra-
tione... coenobitarum.» Maldonati Opuscula (Burgos 1541) fo­
lio 2 v. Cit. por B ataillon, II, 73.

62
visos de autenticidad» (13). Con él viene a coincidir
—aunque en forma dubitativa— el P. Dudon, biógrafo
del santo (14).
Nuestra opinión es, según queda expuesta en pági­
nas anteriores, que Ribadeneira y Polanco no obraron
sin algún grave motivo, es decir, sin alguna nueva infor­
mación digna de crédito. Ese era el proceder del con­
cienzudo Polanco: no añadir nada a su primitiva re­
dacción de la vida de Ignacio, sino cuando le llegaran
testimonios fidedignos, que antes le eran desconocidos.
Veremos un ejemplo en el curso de la entrevista de
Ignacio con Vives.
Sin rechazar, pues, el episodio barcelonés, reconoz­
camos que también pudo darse un episodio parecido
en la Universidad Complutense. Las circunstancias am­
bientales hacen muy verosímil el hecho narrado por
el portugués en los términos siguientes:

«Elle mesmo me contou que, quando estudaba


en Alcalá, lhe aconselhaváo muitas pessoas, e ainda
seu proprio confessor (que entam era o P. Meyo-
na, portugués, natural do Algarve, que depois en-
trou e morreo na Companhia, e ya naquelle tempo
era tido por homem de grande virtude), que lesse
pollo Enchiridion militis christiani de Erasmo; mas
que o náo quisera fazer, porque ouvia a alguns
pregadores e pessoas de autoridade reprender ya
entáo este autor; e respondía aos que lho enco-
mendaváo, que alguns livros averia, de cuyos au­
tores nimguem dixesse mal, e que esses quería
ler» (15).

(13) Erasmo y España. I, 248, nota 14. Lo mismo había es­


crito en el Prólogo a la edición castellana del Enchiridion, he­
cha por Dámaso Alonso en 1932: «Gracias a la mayor precisión
del P. Goncalves, que cita el nombre de Miona, vemos que el
encuentro de Iñigo con el libro famoso se verificó en Alcalá»
(página 74). Que Cámara recogiese la anécdota de labios del
santo no es enteramente cierto.
(14) «Peut-etre Polanco commet-il une erreur et date-t-il de
Barcelone un fait passé á Alcala.» P aul D udon : Saint Ignace
de Loyola (París, 1934), pág. 144.
(15) Memoriale, n. 98, en MHSI: Fontes n a r r a t I, 585.

63
Gonsalves da Camara escribía estas líneas en su pa­
tria, lejos de Roma, allá por los años de 1573-1574,
cuando ya la memoria le flaqueaba un poco (16).
Con extremada sutileza arguye el docto historiador,
observando que «leer por el Enchiridion » quiere decir
hacer del Manual de Erasmo «su lectura predilecta,
su devocionario»; y, por tanto, Ignacio no se negó a
leer el Enchiridion, solamente rehusó hacer de aquel
libro su lectura espiritual ordinaria (17). Ahora bien,
contra tan ingeniosa interpretación está el testimonio
del propio Cámara en otra parte y el de Ribadenei-
ra y Polanco, que dicen: leer el Enchiridion .
Es curioso que, rechazando el relato de Ribadeneira
V Polanco, y no admitiendo más texto verídico que el
de Gongalves da Cámara, persista Bataillon en afirmar
que Iñigo de Loyola leyó el manual erasmiano. Gon­
salves da Cámara dice paladinamente que «nunca lo
quiso leer». Si lo leyó efectivamente, si se le enfriaba
la devoción con la lectura —cosas que Bataillon pare­
ce aceptar—, eso tuvo que suceder en Barcelona, y
para aceptarlo hay que dar crédito a Ribadeneira.
Es notable que el santo, en su Autobiografía, o re­
lato de su vida al P. Gonsalves da Cámara, no hizo la
menor alusión a Erasmo. Recogemos algunas de sus
palabras: «El año de 26 llegó (a) Alcalá y estudio tér­
minos de Soto, y phísica de Alberto y el Maestro de
las Sentencias (18)... Luego como allegó a Alcalá, tomó

(16) El dato preciso de llamarse Miona el confesor no pro­


cede de la boca del santo; es una simple aclaración de Cá­
mara. Que éste padecía entonces no pocos fallos de la me­
moria lo hacen constar, con ejemplos, los editores de Fontes
narrat., I. 523.
(17) B ataillon : Erasmo y España, I, 248. Más d e p r o p ó s i t o
en u n a r e c e n s ió n p u b lic a d a e n « B u ll. H is p .» , 49, 1947, 99-100.
(18) Ese Alberto no es, como generalmente afirman los co­
mentadores de este paso, Alberto Magno (f 1280), sino Alberto
de Sajonia ( | 1390). Difícil es que Ignacio estudiase los Tér­
minos o Súmulas logicales de Domingo Soto, ya que este autor
no publicó su libro de Summulae hasta 1529. Verdad es que
podían correr entre los estudiantes algunos apuntes del mismo
Soto (que había leído Artes en Alcalá de 1520 a 1524), pero la
explicación más probable es otra. Creemos que Gongalves da
Cámara cometió una ligera equivocación al transcribir las pa-

64
conoscimiento con D. Diego de Guía, el qual estaba en
casa de su hermano que tenía emprempta en Alcalá, y
tenía bien el necesario; y así le ayudaba con limosnas
para mantener pobres» (19).
Ese don Diego de Guía (o de Eguía), natural de Es-
tella, en Navarra, después de hacer en 1536 una pere­
grinación a Tierra Santa, entrará en 1540, ya sacerdo­
te, en la recién fundada Compañía de Jesús y será en
Roma algún tiempo confesor de Ignacio de Loyola (20).
Su hermano, Miguel de Eguía, el que tenía imprenta
en Alcalá, era de los más famosos tipógrafos españo-

labras ignacianas. Ignacio no diría «estudió Términos de Soto»,


sino simplemente «estudió Términos»; pero como en tiempo
de Cámara el libro de Términos por antonomasia era el de
Domingo Soto, quiso puntualizar más de lo debido y erro. Que
el santo no mencionó a Soto se deduce del relato de J. Nadal,
que dice así: «Con esto fuese a Alcalá a ello, y comenzó a es­
tudiar Términos y Alberto de Sajorna y el Maestro de las
Sentencias.» M. N i c o l a u : Pláticas espirituales del P. Jerónimo
Nadal S. /. en Coimbra, 1561 (Granada, 1945), pág. 68. Fontes
narrat., II, 154. En otro lugar el mismo Nadal dice: «términos
de Enzinas». Ibíd., 196. Es de saber que en Alcalá, al llegar
Iñigo, enseñaban Térm inos o Súmulas los maestros Ruyz de
Ubago y Alonso de Prado; Lógica, los maestros Diego Naveros
y Nicolás de Moratel; Física (de Alberto de Sajonia), los maes­
tros Francisco de Vargas y Juan Clemente. En el curso siguien­
te (1526-27) enseñaban Súmulas Juan Galindo y Jorge Naveros;
Lógica, Ruyz de Ubago y Alonso de Prado; Física, Diego Na­
veros y Nicolás de Moratel. Los maestros de Teología en aquel
tiempo eran el doctor Juan de Medina, el doctor Fernando de
Matatigui y el doctor Miguel Carrasco, que leían las Senten­
cias de Pedro Lombardo, siguiendo el primero la vía de los
Nominales, o de Gabriel Biel, el segundo la vía de Santo To­
más y el tercero la vía de Escoto. El de más prestigio y fama
era Juan de Medina. Cfr. J. U r r i z a : La preclara Facultad de
Artes , págs. 450-51. V. B e l t r á n № H e r f d i a : 1m teología en la
Universidad de Alcalá: «Rev. esp. de Teol.», 5, 1945, 406-409.
Pero téngase presente que Iñigo, al menos algún tiempo, reci­
bió lecciones de lógica en privado, no en la Universidad.
(19) Acta P. Ignatii, n. 57, en MHSI: Fontes n a r r a t I, 440442.
(20) Murió el 16 de junio de 1556, mes y medio antes que
San Ignacio, del que solía hacer elogios desmesurados, sólo
explicables por su «notavel simplicidade e candura..., sua pu­
reza e santo zello», según dice Cámara. Tenía don especialísi-
mo para consolar a los tristes y alentar a los tentados. «Era
o P. Dom Diogo de Guia navarro de nagáo de grande virtude
e exemplo. Chamava-lhe o P. Pedro Fabro el santo don Diego.»

65
5
les, comparable —al decir de Cristóbal de Villalón—
con Aldo Manuzio, con Juan Froben o Sebastián Gry-
phius. «Sus producciones —asegura un crítico moder­
no— son de lo más selecto que puede presentar el
arte en España, embellecidas por la gallarda letra de
tortis, por iniciales de adorno de carácter artístico, por
la hermosura de las dos tintas, roja y negra, por la
pureza de los tipos v la buena condición del papel» (21).
Precisamente al llegar nuestro Iñigo se estampaba
en los tórculos de Eguía el Manual del caballero cris­
tiano.
¿Cuál era el ánimo de Loyola respecto de Erasmo
en el momento de empezar sus estudios universitarios
en Alcalá? No el de un amigo, ciertamente; pero tam­
poco el de un enemigo. Había leído el Enchiridion, si
hemos de creer a Ribadeneira, y habiendo recibido de
su lectura una impresión poco grata, lo había abando­
nado con propósito de no volverlo a tomar en las ma­
nos. Pero sin juzgar de las ideas y sentimientos del
autor.
Sucedió que en Alcalá graves personas, incluso su
propio confesor, Manuel Miona, y probablemente Mi­
guel de Eguía, le aconsejaron para su provecho espi­
ritual —no ya para perfeccionarse en el latín— leyese
el Enchiridion o Manual del caballero cristiano (Alca­
lá, 1526, 2? ed., enero 1527), traducido en castellano por
el arcediano del Alcor, Alonso Fernández de Madrid,
dedicado al inquisidor general, don Alonso Manrique,
e «impresso por su mandado en la insigne Universidad
de Alcalá de Henares, en casa de Miguel de Eguía», con
privilegio imperial.

Fontes narrat., I, 628, 657. Emparentado, por parte de su ma­


dre, Catalina Pérez de Jaso, con la familia de San Francisco
Javier, luchó, sin embargo, en su juventud, lo mismo que todos
sus hermanos, contra el destronado rey de Navarra don Juan
de Albret.
(21) Tomo las citas del estudio de J. G o ñ i G a ztam bide : El
impresor Miguel de Eguía, procesado por la Inquisición: «His-
pania Sacra», 1, 1948, 1-54 (págs. 67-68).

66
¿ E r a s m iz a n t e s , M io n a y los Eguía?

Garantías no le faltaban a dicho libro. Así que no


es extraño que su confesor, el sacerdote portugués Ma­
nuel Miona, se lo recomendase, y es de creer que quien
con más calor le aconsejase aquella lectura sería el
propio editor, Miguel de Eguía. ¿Habrá motivos para
sospechar que tanto el uno como el otro pertenecían
al grupo de erasmizantes de Alcalá, y que, por consi­
guiente, Ignacio, amigo y familiar de ambos, partici­
paría de sus predilecciones literarias y espirituales?
Se podría responder negativamente, pero proceda­
mos por partes. ¿Qué fundamento hay para pensar que
Miona fuese un erasmizante? Que aconsejó a s’j diri­
gido la lectura del Enquiridión y que algunos años más
tarde fue acusado de alumbrado. De la inanidad de esta
acusación hablaremos luego. De lo primero decimos:
Dado el ambiente erasmiano de Alcalá, se explica a
las mil maravillas que Miona, sacerdote de gran pie­
dad, mas no de tan penetrante psicología y tan alto
don de discernimiento de espíritus como su penitente,
leyese con devoción la jugosa traducción castellana del
Manual erasmiano, suavizada y mitigada —téngase esto
bien presente— en varios pasajes, por ejemplo en don­
de habla contra el monacato, la oración vocal, el ayuno,
las ceremonias externas y en todos aquellos que más
podían escandalizar a los buenos cristianos; y no ha­
llando tropiezo mayor en libro tan espiritual, tan ala­
bado por muchas personas, incluso por profesores de
teología, y autorizado por el mismo nombre del Inqui­
sidor, creyó que podía recomendárselo a lector tan
maduro y prudente como Iñigo de Loyola. ¿Quién sabe
si Miona alabó el libro solamente de oídas, fiándose
de testimonio ajeno, verbigracia, de Bernardino Tovar,
aficionado a los libros nuevos y protector de Miona,
según parece; o si juzgó de la obra por una somera
lectura de las páginas del Prólogo, en que el traductor
describe a Erasmo como muy estimado de los papas
y muy adverso a los errores luteranos?
67
De todos modos, ya se ve que no basta esto para cla­
sificar a Miona entre los partidarios del Roterodamo.
Ni sabemos que después en toda su vida mostrase la
más mínima simpatía hacia él (22).
En cuanto a la amistad de Iñigo de Loyola con los
Eguías sabemos que ciertamente se hizo muy amigo
de Diego, cristiano honrado y persona buena a carta
cabal, nada erasmista ni entonces ni nunca. ¿Trataba
Iñigo con igual intimidad a Miguel, el impresor? No
consta, pues aunque acudiese a pedirle limosnas, po­
día ser esto por razón de la amistad con Diego. Mas
tampoco es inverosímil que conversase igualmente con
él de cosas espirituales, ya que Miguel de Eguía, den­
tro de su moderado y relativo erasmismo, era hombre
de recia piedad tradicional, como todos los de su fa­
milia. Por otra parte, nada tiene de particular que un
Loyola, que había militado en el partido castellano-
beamontés, contra el partido franco-agramontés, sim­
patizase con los Eguías, que en 1512 habían tomado las
armas en Estella —como en Guipúzcoa Martín García
de Loyola— al grito de ¡Viva el rey don Fernando de
Aragón! (23).
Era Miguel de Eguía, como ha notado un crítico sa­
gaz que lo conoce bien, «un devoto entusiasta, abierto
a todas las formas de la piedad» (24), y siendo además
buen latinista y hombre de cultura, no podía cerrarse
a la piedad erasmiana en lo que tenía de aceptable y

(22) Suele decirse que M. Miona regentaba una cátedra en


Alcalá. No hemos visto las pruebas. No era de filosofía, pues
no figura entre los maestros de aquella Universidad; y menos
de teología. ¿Sería de latín? ¿Daría acaso algunas lecciones de
filosofía privadamente al propio Ignacio? Sabemos que se gra­
duó de maestro en artes en París el año 1534. (V illoslada : La
Universidad de París, pág. 416.) En París fue de nuevo confesor
de Ignacio. Entró en la Compañía de Jesús en Roma en 1545
y murió en 1567. F. R o d r íg u es : Historia da Companhia de Jesús
na Assisténcia de Portugal (Porto, 1931), I, 197-200.
(23) J. Goñi: El impresor Miguel de Eguía, pág. 4. Sobre la
entrada de Martín García de Loyola, hermano de Iñigo, con
sus tropas, en Navarra el año 1512, véase G. de H en a o : Averi­
guaciones de las antigüedades de Cantabria, ed. Villalta (Tolo-
sa, 1895), VII, 7.
(24) E. A s e n s io : El erasmismo y las corriente afines, pág. 73.

68
de renovador. Por eso, lo mismo publica en su impren­
ta obras de Erasmo —no las más audaces, como los
Colloquia, ni siquiera Stultitiae laus— que obras de
Savonarola, de Battista Spagnolo (Mantuanus), de Juan
de Valdés (Diálogo de doctrina cristiana), para demos­
trar sus ansias de renovación espiritual y de reforma
de la vida cristiana, pero dentro de la más tradicional
ortodoxia (25).
Esto último lo demuestra con la publicación de es­
critos que no serían del gusto de Erasmo, verbigracia,
los de Pedro Ciruelo, con elogios para este adversario
del erasmismo (26), las Bulas de Cruzada y, sobre todo,
el furibundo ataque de Alberto Pío, traducido al cas­
tellano (27).

(25) Eguía, que desplegó gran actividad tipográfica en Al­


calá (1523-37), Toledo y Valladolid (1524-27), Logroño (1528-33) y
Estella (1546), estampó de Erasmo las siguientes obras: Enchi­
ridion m ilitis christiani (Alcalá, 1525).—De copia. De ratione
studii. De com ponendis epistolis (Alcalá, 1525).—Precatio Domi­
nica. Paraphrasis in tertiu m psálm um. De libero arbitrio (Al­
calá, 1525).—Paraphrasis in Evangelium M atthaei (Alcalá, 1525).—
In Evangelium Marci Paraphrasis (Alcalá, 1525).—In Evangelium
Lucae Paraphrasis (Alcalá, 1525).—D. Erasmi Roterodam i Para­
phrasis in Evangelium secundum Joannem (Alcalá, 1525).—Pa­
raphrasis in sacras E pístolas (Alcalá, 1525).—Enquiridion o Ma­
nual del Caballero cristiano (Alcalá, 1526 y 1527).—Sermón del
Niño Jesu (Toledo, 1526).—Declaración del Pater noster. Item
el Sermón de la grandeza y muchedumbre de las misericordias
de Dios (Logroño, 1528).—Tractado de las querettas de la paz .
com puesto por Erasm o Roterodam o varón doctísim o, trad, de
Diego López de Cortegana (Alcalá, 1529).
(26) De P. Ciruelo hizo estampar el Arte de bien confesar,
o sea , el Confesionario (Alcalá, 1526).—Expositio Missalis pere-
gregia, nuper edita ex officina sapientissimi viri, tam humana-
rum quam sacrarum litterarum professoris divinique verbi prae-
dicatoris zelantissimi Petri Cirueli... Addita sunt tria ejusdem
auctoris opuscula: De arte praedicandi . De arte memorandi.
Et de correctione kalendarii. In aedibus Michaelis de Eguia Bi-
bliographi (Alcalá, 1528).
(27) Libro del muy illustre y doctissim o señor Alberto Pió,
Conde de Carpi, que trata de muchas costum bres y estatutos
de la Iglesia y de nuestra religión Christiana, mostrando su
autoridad y antigüedad, contra las blasphemias de Lutero y al-
gunos dichos de Erasmo Rotherodamo (Alcalá, 1 de enero
de 1536). Para conocer las m uchas y variadas publicaciones de
Eguía, consúltese el Indice (aunque algo d eficien te) de J. García

69
No era, pues, un incondicional de Erasmo, aunque
lo admirase sinceramente por su logrado empeño de
juntar la erudición con la piedad. Quizá pueda verse la
síntesis del espíritu de Eguía en el hecho de haber
recogido, en un solo tomito, la Imitación de Cristo,
de T. de Kempis, atribuida entonces a Gersón, y un
opúsculo de Erasmo (28).
Y siendo el Kempis la lectura espiritual preferida de
San Ignacio, cabe preguntarse con un moderno inves­
tigador: «El hecho de que Eguía en 1526... hiciera dos
ediciones del maravilloso librito, ¿no obedecería tal vez
a instigaciones de Iñigo de Loyola?» (29).
De la amistad con los Eguías no se deduce en modo
alguno que Iñigo simpatizase entonces con las ideas
erasmianas, ni que su espiritualidad se acercase a la
del humanista de Rotterdam.

V agos indicios .

Hallamos, sin embargo, otros dos síntomas de sim­


patía de Loyola hacia el erasmismo, que al P. Watri-
gant le sugirieron alguna duda y a Marcel Bataillon le
parecieron bastante significativos (30). Son los siguien­
tes. Uno de los más célebres maestros de la Universi­
dad Complutense, Pedro Ciruelo, adversario acérrimo
de Erasmo, se mostró también enemigo de Loyola. ¿No
da esto algo que pensar? Poco después, cuando Iñigo
trataba de partir para Salamanca, en el verano de 1527,

C atalina : Ensayo de una tipografía complutense (Madrid, 1889).


A. B onilla y S an M a r t ín : Erasmo en España: «Revue Hispa-
nique», 17, 1907, 379-548 (págs. 510-511). M . B ata illo n : Erasm o
y España, espec. la bibliografía inicial.
(28) Contemptus mundi, fecho por Juan Gerson Chanciller
de Paris. Sermón del Niño Jesu, com puesto por Erasm o Rote-
rodamo , Doctor theologo en la sancta theologia (Toledo, 1526).
(29) J. G o ñ i G aztambtde: El im presor Miguel de Eguía, pá­
gina 55. Lo mismo sospechaba en 1898 el P. Fidel Fita, editor
de los procesos de Alcalá.
(30) H. W atrigant : La méditation fondamentale avant Saint
Ignace (Enghien, 1907), pág. 72, nota 1. M B ataillon , Prólogo a
la ed. del Enquiridión o Manual (Madrid, 1932), pág. 75.

70
por razón de que las autoridades complutenses ponían
obstáculos a sus actividades apostólicas, «determinó de
ir al arzobispo de Toledo, Fonseca, y poner la cosa en
sus manos» (31); ahora bien, el arzobispo Alonso de
Fonseca era un generoso mecenas de Erasmo, y pro­
tector de los erasmistas españoles, tenía por secretario
a Juan de Vergara, estaba en correspondencia con el
sabio holandés y había aceptado de él la dedicatoria
de la edición de San Agustín. ¿No tendremos aquí un
nuevo indicio de erasmismo loyolés?
Bien considerada, la supuesta enemistad del maestro
Ciruelo se desvanece como el humo, sin dejar el menor
rastro. Dos mujeres nobles, madre e hija, devotísimas
de aquel extraño estudiante que se decía Iñigo de Lo*
yola, «entrambas viudas, y la hija muy inoza y muy
vistosa, las cuales habían entrado mucho en espíritu»,
se van a pie, sin decir nada a nadie, en peregrinación
a la Verónica de Jaén y a Nuestra Señora de Guada­
lupe. Las echa de menos el maestro Ciruelo, su tutor
y patrocinador, y pensando que Iñigo las habría indu­
cido a tan imprudente devoción, lo denuncia ante el
vicario eclesiástico, Juan Rodríguez de Figueroa, quien
sin más averiguaciones encarcela al presunto reo. Eso
es todo. Cuando regresan las piadosas peregrinas se
pone en claro la inocencia de Iñigo, que, lejos de acon­
sejarles tales romerías, las había desviado siempre de
su propósito de ir por el mundo sirviendo a los pobres
en hospitales «por ser la hija tan moza y tan visto­
sa» (32).
¿Dónde está la malevolencia o enemistad de Ci­
ruelo? Y de haber algo, ¿cómo se prueba que en el
famoso maestro procedía de aversión a Iñigo por eras-
mizante? ¿Erasmizante, y se le suponía fomentador de
tales peregrinaciones, tan vituperadas por Erasmo?
No es de más tomo y consistencia lo que se dice del
arzobispo Fonseca. Como el vicario Figueroa dictase
sentencia contra Iñigo y sus cuatro compañeros o dis­
cípulos, mandándoles «que se vistiesen como los otros

(31) Acta P. Ignatit, n. 63, en MHSI: Fontes narrat., I, 450.


(32) Ibíd. n. 61, pág. 448.

71
estudiantes, y que no hablasen de cosas de la fe den­
tro de cuatro años que hubiesen más estudiado, pues
que no sabían letras», nos cuenta el peregrino en su
autobiografía que vaciló un momento en lo que debía
hacer. «Con esta sentencia estuvo un poco dudoso lo
que haría, porque parece que le tapaban la puerta para
aprovechar a las ánimas, no le dando causa ninguna,
sino que no había estudiado. Y en fin, él se determinó
de ir al arzobispo de Toledo, Fonseca, y poner la cosa
en sus manos. Partióse de Alcalá, y halló el arzobispo
en Valladolid; y contándole la cosa que pasaba fiel­
mente, le dixo que, aunque no estaba ya en su jurisdic­
ción, ni era obligado a guardar la sentencia, todavía
haría en ello lo que ordenase (hablándole de vos, como
solía a todos). El arzobispo le recibió muy bien, y en­
tendiendo que deseaba pasar a Salamanca, dixo que
también en Salamanca tenía amigos y un colegio, todo
le ofreciendo; y le mandó luego, en se saliendo, cuatro
escudos (33).»
Aquel munífico prelado se portó con Iñigo benigna
y bondadosamente, aunque la limosna que le dio no
fue ningún exceso de liberalidad, lo suficiente para el
camino hasta Salamanca. Dos meses antes había pro­
metido a Erasmo cuatrocientos escudos si se dignaba
venir a España, ofreciéndole al mismo tiempo una pen*
sión del emperador (34).
Decir que el arzobispo «tomó a Iñigo bajo su pro­
tección» es forzar evidentemente el texto. Mas ¿por
qué razón favoreció a aquel estudiante ya machucho,
pobre y de pocas letras? ¿Acaso porque miraba en él
un partidario de los erasmizantes más que de los frai-

(33) Ibíd. n. 63, págs. 450452. Había venido a Valladolid el


arzobispo toledano para bautizar al príncipe recién nacido (Fe­
lipe II), al tiempo que se congregaban allí los teólogos espa­
ñoles, bajo la presidencia del arzobispo de Sevilla, Inquisidor
general, para discutir la ortodoxia de Erasmo. Sobre estas con­
ferencias de Valladolid, véase B ataillon : Erasmo y España, I,
275-324. Sobre Alonso de Fonseca, G il G onzález D á v il a : Teatro
eclesiástico de las ciudades e iglesias catedrales de España (Sa­
lamanca, 1618), pág. 79. E steban M adruga : Crónica del Colegio
Mayor del Arzobispo (Salamanca, 1953).
(34) Al l e n : Opus epistolarum D. Erasmi, VII, 51.

72
les y escolásticos? ¿Tal vez porque veía resplandecer
en su vida una espiritualidad y un cristianismo de es­
tilo erasmiano? ¿No sería más bien por natural gene­
rosidad, por bondad de corazón o por caridad y mi­
sericordia, como se hace limosna a un menesteroso, y
en este caso a un menesteroso que deja entrever bajo
sus apariencias humildes la distinción y cortesanía del
gentilhombre?
¿Y por qué acudió Ignacio al arzobispo de Toledo?
¿Fue porque conocía sus ideas y sentimientos favora­
bles a los erasmistas? Nada de eso, sino sencillamente
porque era su suprema autoridad eclesiástica, ya que
la ciudad complutense dependía directamente de la mi­
tra toledana, siendo Figueroa, que había dado la sen­
tencia, el vicario general de Fonseca, en Alcalá. Y es
de creer que de igual modo acudiría al mismísimo Pe­
dro Ciruelo, si este gingolfísimo teólogo (burlesco epí­
teto que Alonso de Valdés tomó prestado para él de
las Epistolae obscurorum virorum) hubiera llegado a
ocupar aquella sede (35).

S upuesto erasmismo de L oyola.

De ningún modo pretendemos clasificar a Iñigo de


Loyola entre los antierasmistas, en lo cual estamos
de acuerdo con M. Bataillon, pero tampoco entre los
erasmizantes. Afirmar, con el referido historiador, que
por influencias erasmianas «Iñigo utilizará, a su modo,
el Monachatus non est pietas [del Enchiridion], fun­
dando una orden muy diferente de las demás, que cau­
sará escándalo, ante todo, por su organización comple-

(35) Contra los que se imaginan un Loyola tocado de eras-


mismo en Alcalá, podríamos aducir el comportamiento poste­
rior del doctor Mateo Pascual. Este canónigo zaragozano, rec­
tor del Colegio Mayor de San Ildefonso (1528-29), perteneció en
Alcalá al grupo erasmizante de Juan de Vergara, Juan de Val­
dés, etc. Pues bien, de él sabemos que en 1538 fue uno de los
primeros que trataron de desprestigiar a San Ignacio y a sus
compañeros, con cuyo espíritu no congeniaba. Cfr. Fontes na­
rrativas, I, 9 y 308.

73
tamente seglar, no obligada al coro ni a la clausura» (36),
nos parece, por lo inexacto, más propio de un ensayo
sugestivo que de un estudio serio.
Verdaderamente no sabemos qué novedad aportó San
Ignacio respecto de la clausura, ya que en la parte III,
capítulo 1 de las Constituciones, ordena «que mujeres
no entren en las casas ni colegios, sino solamente en
las iglesias»; y en cuanto a la «organización completa­
mente seglar», dejamos el juicio a los canonistas.
Estas y otras leves inexactitudes, explicables en un
laico, que no está preparado para entender a Loyola
V su Compañía, nos sorprenden mucho más en otro
historiador que debe conocer perfectamente la evolu­
ción histórica del monacato y su carácter. Inspirándose
en Bataillon, el P. Beltrán de Heredia, después de ha­
blar del «erasmista Vives» y de unos supuestos «admi­
radores con que contaba en el Colegio Romano» (exa­
mínese el texto y se verá que no había tales admiradores
de Vives, pues los «incautos» de que habla Lancicio no
eran del Colegio Romano), escribe estas palabras: «To­
davía, si quisiéramos maliciar, repasando las caracte­
rísticas de la Compañía, podría alegarse como condes­
cendencia con el espíritu de Erasmo la supresión del
coro, la abreviación del oficio divino, la simplificación
de la liturgia, la reducción de ayunos y abstinen­
cias, etc., síntomas todos de tendencia antimonás­
tica (37).»
Tendencia antimonástica. ¿Pero qué es propiamente
lo monástico? ¿Acaso lo cartujano, lo cluniacense, lo
primitivamente benedictino, lo basiliano? Entonces ha­
bría que decir que los premonstratenses y las Ordenes
mendicantes, para no hablar de las Congregaciones re­
ligiosas modernas, obedecen a una tendencia antimo­
nástica; y uno de los primeros sería Santo Domingo
de Guzmán, que rompió la estabilidad monasterial, pro­
pia de los antiguos monjes; fomentó vivamente el apos-
(36) Erasmo y España, I, 249.
(37) V. B eltr An m H e r e d ia : Las corrientes de espiritualidad
entre los dominicos de Castilla durante la prim era m itad del
siglo XVI (Salamanca, 1941), pág. 81. Esa página tiene otras
inexactitudes, cuya refutación no es de este lugar.

74
tolado y dispensó del coro, estatutariamente, a los que
enseñan, a los que predican, a los que están ocupados
en otras obras apostólicas (38).
No hay que dejarse impresionar por ciertas aparien­
cias superficiales. Investiguemos las raíces de esto que
se ha llamado condescendencia de San Ignacio con el
espíritu de Erasmo. ¿Por qué el fundador de la Com­
pañía suprimió el coro en su Instituto? (39). ¿Por in­
flujos erasmianos de tendencia antimonástica? San Ig­
nacio fue, si no el primero, a lo menos el que con más
genialidad comprendió lo que gravísimos teólogos de
su época no acertaban a entender: que el canto del
oficio en el coro, cosa piadosísima y laudabilísima, ins­
titución muy santa y acaso necesaria para ciertas Or­
denes monásticas, no es esencial al monacato. Y no
siendo esencial, y juzgando con luz superior, que tam­
poco era conveniente al Instituto apostólico («escuadrón
de caballería ligera») que él trataba de fundar, lo su-

(38) En el Líber consuetudinum , Prólogo, se lee: «Praelatus


dispensandi cum fratribus habeat potestatem... In his prae*
cipue quae studium, vel praedicationem, vel animamm fruc-
tum videbuntur impedire.» Santo Domingo de Guzmán (Ma­
drid, 1947), pág. 864: BAC, vol. 22. No era otro el espíritu de
San Ignacio.
(39) En la supresión del coro o del canto del oficio están
incluidas las otras dos acusaciones (que si no, carecían de
sentido) de «abreviación del oficio divino» y «simplificación de
la liturgia». En cuanto a la «reducción de ayunos y abstinen­
cias», jamás fue la mente de San Ignacio reducir esas mortifi­
caciones, sino acomodarlas a cada sujeto. Léase lo que escribe
al duque de Gandía ( Ignat . epistolae, II, 234-235). En las Cons­
tituciones de la Compañía, como sabio legislador, no quiso
imponer una tasa fija a todos por igual, enfermos o sanos, jó­
venes o viejos, en tiempo de tranquilidad o de tentación. Dejó
las penitencias corporales, salvo algunas pocas, a la devoción
particular, bajo la dirección del P. Espiritual o del Superior,
a quien cada uno dará cuenta de lo que hace, amonestando
tan sólo que «se tenga advertencia que ni el uso demasiado
destas cosas rayunos, vigilias y otras asperezas o penitencias]
tanto debilite las fuerzas corporales y occupe el tiempo, que
para la spiritual ayuda de los próximos según nuestro Insti­
tuto no basten; ni tampoco, por el contrario, haya tanta re-
missión en ellas, que se resfríe el spíritu, y las pasiones hu­
manas y baxas se calienten». Constituciones, part. VI, cap. 3,
número 1.

75
primió, aunque con dolor, pues él personalmente sentía
grandísima afición y devoción tiernísima al canto litúr­
gico; por eso recomienda a todos los fieles «alabar el
oír misa a menudo, assímismo cantos, psalmos y largas
oraciones en la iglesia y fuera della, assímismo horas
ordenadas a tiempo destinado para todo officio divino
y para toda oración y todas horas canónicas» (40).
Dios le reveló en Manresa, en una sublime ilustración
junto al río Cardoner, la primera idea generadora de
la Compañía, el espíritu y la forma de vida que había
de seguir el propio santo y los que se le agregasen. Esa
gran revelación, la más decisiva y trascendental en la
vida de San Ignacio, y a la cual apelará cuando le pi­
dan razón de sus innovaciones monásticas, tuvo lugar
—nótese bien— el año 1522, mucho antes de que el
fundador de la Compañía tuviese el más mínimo con­
tacto con libros o personajes erasmianos. Desde aquel
momento podemos decir que estaba predeterminada en
el ánimo de Iñigo, aunque todavía inconscientemente,
la supresión del coro en la futura Compañía. Allí han
de buscarse sus raíces místicas, inmediatas; sus raíces
ambientales y psicológicas se hallarán en otros terrenos
poco explorados hasta ahora, mas no en supuestas con­
descendencias con el espíritu de Erasmo (41).
(40) Reglas «para el sentido verdadero que en la Iglesia mi­
litante debemos tener». Regla 3, Ejercicios espir ., n. 355.
(41) Acta P. Ignatii, n. 30. Memoriale, n. 137: Fontes narrat .,
I, 404 y 610. Es extraño que los aludidos historiadores no atri­
buyan igualmente a tendencia antimonástica la falta de hábito
propio de la Compañía. Pero es curioso observar que Iñigo,
mientras estudiaba en Alcalá —es decir, en su época más eras-
mista, según ellos—, no quería vestirse, sino con hábito frai­
lesco. Nada, pues, de erasmismo, ni de antimonaquismo. In­
fluido por Bataillón y Beltrán de Heredia, un reciente historia­
dor portugués, que de ordinario sabe mantener sus propias
posiciones con admirable dignidad e independencia crítica, cree
ver en la Compañía de Jesús «mais erasmismo do que os je­
suítas depois quiseram reconhecer». Lo que nosotros pensa­
mos es que en lo pedagógico la Compañía debe no poco a
Erasmo; en lo espiritual, absolutamente nada. Y repetimos:
hay en San Ignacio ciertas semejanzas y puntos de contacto
con Erasmo, pero no proceden directa ni indirectamente de
las fuentes erasmianas; sólo en este sentido decimos que no
hay tal «erasmismo». Por otra parte, aun las semejanzas están

76
Se ha querido ver un acentuado contraste y aun opo­
sición entre la espiritualidad de Iñigo en Alcalá, reno­
vadora del sentimiento religioso, y la de Ignacio en
Roma, contrarreformista a ultranza; en la primera hay
mucho de verdad; en la segunda, mucho de carica­
tura (42).
Ignacio de Loyola era ya entonces lo que siempre fue,
desde las grandes contemplaciones y comunicaciones
místicas de Manresa: el fiel y obediente servidor de la
Iglesia de Cristo. Invariable su concepto de Jesucristo,
Redentor nuestro, «Rey eterno y Señor universal», y de
la Iglesia su Esposa, «nuestra sancta madre Iglesia
inspiradas por un espíritu radicalmente distinto. El ilustre his­
toriador portugués a quien aludimos, perfila felizmente su jui­
cio con estas acertadas palabras: «O loiolismo é urna síntese
maravillosa das correntes tradicionais e das correntes moder­
nas de piedade. Valorizando extradinariamente as práticas in­
teriores, nomeadamente as práticas de sobrerrogagáo, rompe
ao mesmo tempo com a directriz quietista e visionaria dos
círculos espirituais iluminados e nao subscrebe o liberalismo
cultural da Renascenga... Tal como a orgánica da Companhia,
que amalgamou os factores clássicos do monaquismo com as
tendéncias dos institutos modernos, de modo a tornar viável
a assungáo cristá da sociedade civil, também a piedade inacia-
na supera as contradigóes do formalismo religioso e do idea­
lismo erasmiano e greco-germánico, dirigiendo-se imediatamen-
te ä formacáo de homens chamados a viverem no coragáo da
vida. O seu conteúdo pode dizer-se ético e interior por oposi-
gäo ao formalismo, prático e litúrgico por oposigáo ao idealis­
mo. E acima de tudo, é apostólico, evangélico, edificante.» J. S.
D a S ilva D í a s : Correntes de sentim ento religioso em Portugal
(Universidade de Coimbra, 1960), I, 169-170.
(42) El mismo Bataillon, reaccionando tal vez contra el sim­
plismo de algunas terminologías, ha extremado tanto las co­
sas, que no le podemos seguir. Dice, por ejemplo: «Tan Re­
forma era lo de antes de Lutero como lo de después. El ma­
yor equívoco de esta terminología consistía en hacer de Re­
forma un sinónimo anacrónico de Protestantismo, en adscribir
a Contrarreforma todo lo vigoroso y nuevo del catolicismo
después de 1517. Cuando lo que, entre 1517 y 1560, merece en
rigor el nombre de Contrarreforma es una actitud negativa,
hostil a toda reforma, tanto católica como protestante, y que
abomina poco menos a Erasmo, al Maestro Juan de Avila, a
los primeros jesuítas, que a Lutero y Calvino.» Prólogo a la
traducción española de Erasmo y España, I, pág. XIV. No sólo
anacrónica, sino falsa e injusta, esa sinonimia de Reforma y
Protestantismo. Por lo demás, no estamos de acuerdo ni en

77
hierárquica», quae romana esí (43). Su amor y vene­
ración a los frailes —a aquellos frailes tan aborrecidos
de Erasmo— se patentiza en mil circunstancias de su
vida, en que busca la dirección espiritual y la conver­
sación de los dominicos, de los cistercienses, de los
franciscanos, de los cartujos. Su devoción a los santos,
a las reliquias, a las peregrinaciones, a los actos exter­
nos de penitencia, a las constituciones y costumbres de
nuestros mayores, a los ejercicios piadosos, tradiciona­
les y populares, satirizados por la pluma erasmiana,
data de los primeros años de su conversión y se pro­
longan toda su vida. Los ritos, las ceremonias litúrgi­
cas y el canto del oficio, que al humanista le aburrían
o encocoraban, le producían al santo la más alta con­
solación (44).
El Iñigo de Alcalá es, en los rasgos esenciales de su
espiritualidad, el Ignacio de Roma. En él se encuentra
en germen la Contrarreforma, la pura y primitiva
Contrarreforma. Por eso no es de maravillar que ya

el concepto de Reforma ni en el de Contrarreforma. Diríase


que Bataillon incluye en la Contrarreforma a hombres como
Silvestre Prierias, Noel Beda, Pedro Ciruelo y otros semejan­
tes. Pero, a nuestro juicio, la Contrarreforma no empieza hasta
el Concilio de Trento, y su espíritu no es el de esos reaccio­
narios. Nuestro concepto de la Contrarreforma lo hemos ex­
puesto en el volumen de colaboración, Saggi síorici in tom o al
pavato: «Miscellanea Historiae Pontificiae», vol. XXI, Roma,
1959, págs. 189-242.
(43) Reglas «para el sentido verdadero...», Regla 1. Las últi­
mas palabras latinas son de la versio prim a de los Ejercicios,
hecha, al menos en parte, por el mismo San Ignacio. Véase en
MHSI la edición crítica de Exercitia spiritualia (Madrid, 1919),
página 551.
(44) Erasmo confiesa que desde su juventud «cantionibus
ac caeremoniis non perinde capiebatur». A l l e n : Opus epist., II,
302. Para sus años maduros, basta leer el Enchiridion. En cam­
bio, de San Ignacio testifica un su confidencial: «Con lo que
mucho se levantaba en oración era con la música y canto de
las cosas divinas, como son vísperas, misas y otras semejan­
tes; tanto, que, como él mismo me confesó, si acertaba a en­
trar en alguna iglesia cuando se celebraban estos oficios can­
tados, luego parecía que totalmente se transportaba de sí mismo.»
Memoriale L. Gongalves da Cámara, n. 177: Fontes narrat., I,
página 636.

78
en 1526 este caudillo de la Restauración católica, a
quien no le faltaban puntos de contacto con Erasmo,
se muestre poco, o por mejor decir, nada aficionado
al Roterodamo, más que por su experiencia de Barce­
lona, porque había oído a los predicadores reprender
y poner en litigio la ortodoxia de ese autor: quizá supo
que un fraile (probablemente el dominico fray Diego
de Vitoria) había denunciado a la Inquisición algunas
proposiciones del Enchiridicm: por eso se negó a leerlo.
Concluyamos este capítulo afirmando que Iñigo de
Loyola, aunque amigo de la reforma eclesiástica y par­
tidario de un cristianismo interior y verdaderamente
evangélico, por nadie fue tachado de erasmizante en Al­
calá; tan sólo a ciertos autores modernos se les ha
ocurrido semejante idea. Acusáronle, es verdad, de
alumbrado; pero el iluminismo complutense, como va­
mos a ver en seguida, no debe confundirse con el eras-
mismo.
C a p ít u l o III

IÑIGO DE LOYOLA Y LOS ALUMBRADOS


DE ALCALA

E rasmismo , iluminismo y franciscanismo .

No es de nuestros días el juntar y confundir en una


misma corriente a los erasmistas y a los alumbrados
españoles. Ya el doctor Vélez, encargado por la Inqui­
sición de censurar el Diálogo de Mercurio y Carón, del
genuino erasmista Alfonso de Valdés, escribía a 6 de
marzo de 1531: «Dize (el autor del diálogo) unas escan­
dalosas palabras et forte erróneas, diziendo que entre
tanta multitud de cristianos no halló quien de veras
siguiesse la doctrina cristiana, y que los que halló eran
tan pocos, que no hazía mención dellos, y que era la
más excelente cosa del mundo ver con cuánto señorío
spiritual y con cuánta alegría y contentamiento vivían,
y que conversando con ellos parescía conversar con los
ángeles..., y que era cosa imposible y más que impo­
sible que algund (hombre) podiesse alcanzar aquella
perfección, etc., y paresce que aquesto se endereza a los
llamados alumbrados... Y a los que llama lobos que
persiguen y acusan, parece que entiende por los frailes
religiosos... ubi dicit que por la mayor parte frailes
siembran y mantienen supersticiones (1).»
No se enderezaba a los llamados alumbrados la pin-
(1) A lfonso de V aldés : Diálogo de Mercurio y Carón. Edi­
ción y notas de José F. Montesinos en «Clásicos castellanos», 96
(Madrid, 1929), Apénd., pág. 271.

81
6
tura del cristianismo perfecto hecha por Valdés en ese
lugar, sino más bien a aquellos que realizaban el ideal
erasmiano, tal como se describe abstractamente en el
Enchiridion y con más vida y colorido en algunos de
los Colloquia. En los tribunales del Santo Oficio de la
Inquisición, como en el medio ambiente monacal y
popular de la España de entonces, era frecuente con­
fundir los errores de los unos con los de los otros
y atribuir a los amigos de Erasmo lo que era propio
de los alumbrados, cuando no de los luteranos, o vi­
ceversa.
Tenemos una prueba en lo que aconteció al mismo
Iñigo de Loyola en el convento de San Esteban, de Sa­
lamanca, en la conversación y diálogo que nos trans­
mite el propio santo en su Autobiografía, o relación
oral a Gongalves dá Cámara.
Habiéndole preguntado el soprior: «¿Qué es lo que
predicáis? Nosotros, dice el peregrino, no predicamos,
sino con algunos familiarmente hablamos cosas de
Dios..., cuándo de una virtud, cuándo de otra, y esto
alabando; cuándo de un vicio, cuándo de otro, y repre­
hendiendo. —Vosotros no sois letrados, dice el fraile,
y habláis de virtudes y de vicios; y desto ninguno pue­
de hablar sino en una de dos maneras: o por letras,
o por el Espíritu Santo. —Aquí estuvo el peregrino un
poco sobre sí, no le pareciendo bien aquella manera de
argumentar; y después de haber callado un poco, dixo
que no era menester hablar más destas materias. Ins­
tando el fraile: Pues agora que hay tantos errores de
Erasmo y de tantos otros, que han engañado al mundo,
¿no queréis declarar lo que decís? El peregrino dixo:
Padre, yo no diré más de lo que he dicho, si no fuese
delante de mis superiores, que me pueden obligar a
ello (2).»
Aquí, como se ve, la sospecha podía ser de iluminis-
mo, pero el fraile dominico apunta a los «errores de
Erasmo y de tantos otros».
No hay duda que en sus zonas fronterizas los alum­
brados y los erasmistas tenían algo de común; pero

(2) Acta P. Ignatii, n. 65-66, en Fontes narrat., I, 454.

82
estimo que modernamente el admirable libro de Ba­
taillon, al descubrir esa interesante perspectiva, ha con­
tribuido a difuminar las radicales diferencias que sepa­
ran a unos de otros. Estudiando con amor el influjo
de Erasmo en España, no es extraño que haya exage­
rado tal influjo, coloreando de erasmismo lo que en
rigor científico debería presentarse con otras etiquetas.
Eugenio Asensio, que con absoluta ecuanimidad y
perfecto conocimiento de las corrientes afines al eras-
mismo ha rectificado y completado la tesis de Bataillon,
opina —y es preciso darle la razón— que en la corrien­
te de los alumbrados, como en toda la piedad española
de aquel tiempo, «la vena franciscana es mucho más
potente y caudalosa que la erasmista» (3). Bataillon ha
rastreado con mucha perspicacia «la estela del eras-
mismo en la literatura espiritual y en la literatura pro­
fana» de nuestro siglo de oro; pero, a mi juicio, no
estuvo tan acertado al valorar el sentido cristiano y
religioso de los alumbrados, aproximándolos excesiva­
mente a los puros erasmistas atribuyendo a unos y a
otros el mismo concepto del cristianismo interior. Ver­
dad es que en algunas páginas restringe bastante el al­
cance de sus afirmaciones, verbigracia, cuando escribe:
«Desde 1523 se distingue en el iluminismo español una
influencia apreciable de los libros de Erasmo. Esta in­
fluencia no pasa todavía más allá de los medios letra­
dos, puesto que estos libros, con excepción de uno solo,
no están traducidos en lengua vulgar: así la influen­
cia no se observa en un autodidacta como Alcaraz; pero
en cambio es ya muy clara en el obispo Cazalla, fran­
ciscano teñido humanismo» (4).
Ahora bien, el verdadero alumbrado es Alcaraz, no
Cazalla.
Con anterioridad a Bataillon, otro erudito escribía
en 1928: «¿Es que... uno y otro momento (el erasmista

(3) E. A s e n s io : El erasm ism o y las corrientes espirituales


afines: «Rev. de filolog. española». 36, 1952, 31-99 (pág. 70). El
subtítulo de este valioso trabajo (Conversos, franciscanos, ita­
lianizantes) descubre las tres influencias que deben tenerse en
cuenta, además de la erasmista.
(4) Erasmo y España, I, 217-218.

83
y el Üuministá), tan diferentes en apariencia, fueron
el anverso y el reverso de una misma medalla?» E in­
mediatamente anotaba: «Claro es que hubo alumbra­
dos de muchas clases y que la coincidencia no es ab­
soluta. Hubo muchos energúmenos muy ignorantes,
que no pueden confundirse con gentes como Valdés y
sus amigos; hubo frailes descarriados que se inclina­
ron al iluminismo, pero siguieron predicando con­
tra Erasmo... Pero estas excepciones confirman la re­
gla» (5).
¿Excepciones? ¿No serán excepcionales más bien los
casos en que se den armónicamente ambas tendencias?
Trácese una lista de los principales alumbrados —de
los auténticos, pues no todos los que figuran en los
procesos eran tales— y se verá que es muy poco, y
quizá nada, lo que tienen de erasmizantes.
Los franciscanos «recogidos» de Pastrana, de Cifuen-
tes y La Salceda, por ejemplo Fr. Juan de Olmillos,
que se arrebataba en éxtasis públicamente durante la
misa; Fr. Francisco Ortiz, cándidamente iluso y herma­
no del antierasmista doctor Pedro Ortiz; Fr. Francis­
co de Ocaña, predicador y profeta de tonos savonaro-
lianos, y otros semejantes, ¿qué tenían de erasmistas?
Y los más propiamente alumbrados, como Pedro Ruiz
de Alcaraz, el laico espiritual y sin letras, criado del
marqués de Villena en el palacio de Escalona (6); Isa­
bel de la Cruz, la «beata» de Guadalajara, maestra es-
(5) J. F. Montesinos, en la Introducción al libro de A. de
V aldés : Diálogo de las cosas ocurridas en Roma: «Clásicos cas­
tellanos», 89 (Madrid, 1928), pág. 24.
(6) A Bataillon le impresiona la fórmula de Alcaraz: «El
amor de Dios en el hombre es Dios» (I, 200). Pero esa fórmula
de resonancias místicas, ¿no procede directa o indirectamente
del maestro Eckhart? Y Eckhart, ¿no está entre los antípodas
de Erasmo? De ese misticismo germánico, así como de los Be-
gardos, Fraticelos y Espirituales, se derivaba el iluminismo de
Alcaraz, quien estaba al tanto de los místicos medievales por
medio de los frailes de Escalona. La opinión de Bataillon, que
«el iluminismo como la revolución religiosa tienen sus raíces
en la Devotio moderna» (I, 216), me parece una visión equi­
vocada. En la Devotio moderna, cristocéntrica, eticista, prác­
tica, que reacciona contra el misticismo especulativo y abstruso
de Eckhart, tiene su raíz la espiritualidad erasmiana, no la
otra.

84
piritual de Alcaraz y de otros muchos «dexados»; la
«beata» salmantina Francisca Hernández, que se de­
jaba tocar lascivamente de ciertos admiradores, por­
que era «impecable»; Antonio Medrano, el pobre clé­
rigo que trataba a la Francisca con «una intimidad muy
vecina del concubinato» (en frase de Bataillon); todos
éstos y otros como ellos, ¿puede decirse que erasmi-
zaban? Pase que predicasen el desprecio de todo lo
ceremoniático; pero en eso mismo demostraban un ra­
dicalismo mucho mayor que el de Erasmo y sin cone­
xión con el humanista, como que sus errores se deri­
vaban de los begardos y beguinos, condenados por Cle­
mente V en el concilio de Vienne (7).
Ideas de reforma de la Iglesia y de espiritualización
de la misma hallamos entre los alumbrados; pero en
ellas nos parece escuchar no tanto el acento censorio
del Enchiridion o el burlón del Elogio de la locura
cuanto la voz condenatoria y revolucionaria de los fra-
ticelos medievales. Y lo mismo digamos de su «cris­
tianismo interior», que tiene otras fuentes y presenta
coloración diversa de la philosophia Christi de Eras­
mo (8).

(7) He aquí algunos de los errores de los Begardos, conde­


nados en el concilio de Vienne (1311-1312): «Quod homo in vita
praesenti tantum et talem perfectionis gradum potest acqui-
rere, quod reddetur penitus impeccabilis.» «Quod jejunare non
oportet hominem nec orare, postquam gradum perfectionis hu-
jusmodi fuerit assecutus.» «Quod illi, qui sunt in praedicto
gradu perfectionis et spiritu libertatis, non sunt humanae sub-
jecti obedientiae, nec ad aliqua praecepta Ecclesiae obligantur»,
etcétera. H. D e n z in g e r : Enchiridion svnbolorum, nn. 471, 472,
473. Todos estas proposiciones se atribuye en los procesos in­
quisitoriales a los alumbrados toledanos. No nos toca ahora
señalar otras fuentes, ni determinar los cauces.
(8) No todos los alumbrados, ni mucho menos, abogaban
por un «cristianismo interior». El rechazar ciertos ritos eclesiás­
ticos y costumbres de piedad tradicional es propio de casi todas
las sectas, antiguas y modernas, rebeldes a la autoridad de la
Iglesia. Estudiando el movimiento iluminista de la provincia
de Jaén y de la ciudad de Llerena, de fecha posterior al de
Toledo, tenemos que convenir con E. Asensio: «En vano bus­
camos el cuño erasmista. Ni el desdén por las formas exte­
riores de la piedad, ni el abuso de la oración mental, com­
partido por tantos tipos de espiritualidad, bastan a vincularlo

85
Abundan entre los alumbrados las beatas y gente
del vulgo ignorante; eran «puros idiotas», según Ver*
gara; de algunos de ellos» como de Alcaraz, se refiere
taxativamente que «reprobaban las sciencias y repre­
hendían a los que las estudiaban»; Medrano «despre­
ciaba el estudio e exercicio de las letras». Cuesta mu­
cho trabajo al historiador el emparentar a estos «po­
bres diablos provincianos sin credo alguno» (según los
caracterizaba Beltrán de Heredia) con la corriente eras-
miana, aristocrática, científica y literaria.
Y no deja de ser notable que germinase la secta o
epidemia iluminista —si bien no con sus caracteres ex­
tremos— en tomo de unos conventos franciscanos,
campo siempre el más reacio al erasmismo, pero en­
tonces fácil a la exaltación mística, después de la re­
forma cisneriana.

E r a s m is t a s contra alum brados.

Por el lado opuesto, si reparamos en los personajes


de cultura humanística, aficionados a Erasmo, echare­
mos de ver que ninguno —salvo acaso Juan de Val-
dés— puede contarse entre los alumbrados (9). Alfonso

a Erasmo. Y de él lo alejan el hambre de experiencias sobre­


naturales, el exhibicionismo, el menosprecio de las normas ci­
viles de convivencia y la extraña manía de dar la obediencia
a otro. Entre los libros impresos en Baeza, la cuna intelectual
del movimiento, no figura ninguno de Erasmo o de sus discí­
pulos, mientras en Sevilla y Toledo seguía estampándose el En-
chiridion.» El erasmismo y las corrientes afines, pág. 72.
(9) Juan de Valdés es un caso muy complejo, que sólo halla
explicación encuadrándolo en el movimiento europeo del «evan-
gelismo» (católico antes de las definiciones tridentinas). La in­
quietud religiosa de Valdés se despierta entre los alumbrados
de Escalona. ¿Llegó a ser uno de ellos? Aparece en seguida
como erasmísta en el Diálogo de doctrina cristiana, estampado
por Eguía en Alcalá en 1529, y «dirigido al muy ilustre señor
don Diego López Pacheco, marqués de Villena» (patrocinador
de los alumbrados). El itinerario religioso de Valdés está bien
descrito en la obra de Domingo de S anta T eresa, O. C. D .: Juan
de Valdés. Su pensamiento religioso y las corrientes espiri­
tuales cte su tiempo (Roma, 1957). En el caso de Valdés, mejor

86
de Valdés, por ejemplo, alma gemela del de Rotterdam,
fraternal amigo suyo, erasmicior Erasmo, espíritu se­
lecto de refinada cultura, ¿qué tenía de alumbrado?
Y Luis Vives, y Pedro Juan Olivar, y el benedictino
Alonso Ruiz de Virués, y Juan Maldonado, y Diego Gra-
cián de Alderete, y Juan de Vergara, y todos los que,
en frase de Bataillon, formaban «el estado mayor del
erasmismo español», ¿qué tenían de iluminismo? Bien
se puede pensar que todos ellos harían suyas aquellas
desdeñosas palabras con que Juan de Vergara —fide­
lísimo a Erasmo, aun en la adversidad y frente a los
inquisidores— estigmatizaba a toda la caterva de alum­
brados.
Este antiguo secretario de Cisneros, traductor de
Aristóteles al latín, egregia figura de humanista y teó­
logo consciente de su superioridad intelectual, fue acu­
sado de iluminismo y de luteranismo ante los tribuna­
les de la Inquisición; pero tales denuncias, como ocu­
rría tantas veces, se demostraron falsas o mal funda­
das, y él hizo ostentación en su defensa de tan sólida
y aquilatada teología, que el Santo Oficio tuvo que po­
nerle en libertad, persuadido de que el doctor Vergara
era hijo fiel de la Iglesia (10).
Oiganse sus palabras: «Saben (los señores del Con­
sejo) que mi trato e conversación no ha sido confor­
me al de los que dizen alumbrados, ni he andado ja­
más en beaterías ni extremidades de devoción, ni en
compañía de hombres apartados de la común conver-

que en el de ningún otro, resultan certeras las palabras de


E. Asensio: «El iluminismo, al encontrar en las páginas del
Enquiridión, el libro de moda, algunos de sus dogmas más
queridos, se sintió remozado y menos extraño al mundo de
la cultura y la vida civil.» El erasm ism o y las corrientes afines,
página 78. Hay que reconocer que Valdés, en sus años napo­
litanos, más que «un erasmista», fue «un espiritual».
(10) M. S erra n o y S a n z : Juan de Vergara y la Inquisición
de Toledo: «Rev. de arch. bibl. y museos», 5, 1901, 896-912; 6,
1902, 29-42; 4661486; M. de la P i n t a Lij0R e n te , O. S. A.: El hu­
manista Juan de Vergara: « L a Ciudad de Dios», 154, 1942, 365-
373. ID.: Aspectos históricos del sentim iento religioso en Es­
paña (Madrid, 1961), 145-175. B ataillon: Erasmo y España ,
II, 13-52.

87
sación, ni en mi hábito, trato y palabras, tal cosa se
ha notado» (11). «Mis hombros siempre los he traído
en su lugar, sin subirlos a las orejas; en mi boca, antes
¡pordiós! y aun más adelante, que ¡bendito sea Dios!,
de lo que me pesa; mi vestir antes curioso que begui-
no... En las pláticas..., al parecer de algunos, un po-
quillo de murmuración. Verdaderamente creo que no
habrá en el reino hombre que me conozca, que no juz­
guen que decir al doctor Vergara alumbrado es llamar
al negro Juan blanco; demás desto, no se hallará que
en toda mi vida haya tratado, ni aun saludado por la
calle, a hombre ni mujer de los que fueron deste nom­
bre notados» (12). Erasmo en persona no hubiera ha­
blado de otra manera.
Las últimas palabras de Vergara dan a entender que
a su hermano uterino, Bernardino Tovar —otro eras-
mista—, no se le tenía por inficionado de iluminismo.
Y, sin embargo, como alumbrado y luterano fue acu­
sado ante la Inquisición. Claro que las denuncias ve­
nían principalmente de la impostora Francisca Hernán­
dez y de aquel clérigo, bufón, anormal y cínico, llama­
do Diego Hernández, estrafalario hasta en su lenguaje,
quien depuso lo siguiente en su larga letanía de denun­
cias: «El doctor Vergara, fino luterano endiosado. El
bachiller Tovar, fino luterano endiosado... Isabel de
Vergara, luteranica endiosadilla... Francisco de Verga­
ra, herido de Tovar, luterano... Miguel de Guía, muy
buen hombre... El comendador griego, gentilis vel lu-
theranus» (13). Pero Tovar parece que era sencillamen-
(11) S errano y S a n z : Juan de Vergara, t. 6, 102, pág. 40. Poco
después se extraña de ser acusado de iluminismo, «una perso­
na como yo, en quien no es verisímil que cupiessen errores y
proposiciones de puros idiotas, como son los de los dichos
alumbrados». Ibíd., pág. 41.
(12) Ibídem, pág. 467.
(13) Ibíd., t. 5, 1901, 910-911. Sobre Francisca Hernández, véa­
se S errano y S a n z : Francisca Hernández y el bachiller Antonio
de Medrano: «Boletín Acad. Hist.», 41, 1902, 105-138. E duard
B oehmer : Francisca Hernández und Fray Francisco O rtiz (Leip­
zig, 1865). Boehmer hace una pintura demasiado favorable y
benévola de aquella embaucadora mujer, sin duda por su pre­
juicio de que los alumbrados toledanos traían un movimiento
de reforma semejante al de Lutero.

88
te un devoto enamoricado de la alumbrada Francisca
Hernández, y sólo por eso frecuentaba su trato y con­
versación, no porque hiciese concesiones al iluminis-
mo (14).
Hay una curiosa figura de mujer, María Cazalla, her­
mana del obispo Fr. Juan de Cazalla y tía de aquel
doctor Agustín, que expiará sus errores luteranos en
la horca de Valladolid, en 1559, que parece demostrar
la tesis de Bataillon. Era una mujer casada, ansiosa de
perfección y muy estimada en el círculo de los alum­
brados, de quienes había aprendido a menospreciar al­
gunas ceremonias eclesiásticas y a satirizar la supers­
tición de sus amigas «papamisas», sintetizando toda su
doctrina espiritual en estas palabras: «Amad a Dios y
guardad sus mandamientos.» ¿Estaba contagiada de
iluminismo? Esa es la cuestión. De erasmismo cierta­
mente, aunque tardío. Ella no vacilará en proclamar
ante los jueces su admiración por Erasmo: «He leído
un Pater noster suyo en romance, el Enquiridión y los
Coloquios, obras que he tenido, tengo y tendré por
buenas, hasta que lo contrario no esté determinado
por la Iglesia» (15); pero rechaza de sí el epíteto de
alumbrada, y con razón. Es un caso muy singular. Po­
demos decir de esta mujer sin letras que era espiri­
tualmente erasmista antes de conocer a Erasmo (16).
El caso de la iliterata María Cazalla no basta —aun­
que se le agregue el del humanista Juan de Valdés—
para que se mezclen y confundan las dos corrientes de
erasmizantes y alumbrados.

(14) Tovar, que era el más viejo de sus hermanos, pasaba


por hombre muy docto y piadoso. Al enterarse el doctor Ver-
gara de ciertas palabras dudosas proferidas por su hermano,
le escribe a éste, preguntándole en qué sentido las ha dicho:
«si va la cosa a fuer de Erasmo, o a fuer del perro de Lutero,
quod Deus avertat». B a ta illo n : Erasm o y España, II, 32, nota 7.
(15) J. M elgares M a r í : Procedim ientos de la Inquisición (Ma­
drid, 1886), II, 39.
(16) Como no era «latina», acostumbraba a leer, con otras
damas, las epístolas de San Pablo en romance. M elgares M a r ín :
Procedimientos, II, 6-8. Para leer a Erasmo, de quien se en­
tusiasmó pronto, tuvo que esperar a que se tradujeran sus
obras.

89
Jamás Erasmo se permitió ciertas frases, francamen­
te heréticas, contra la Iglesia, el culto y los sacramen­
tos, que encontramos en algunos de los perseguidos
por la Inquisición de Toledo (17); ni cabían en el alma
fría, ilustrada y antimística de aquél las tendencias
misticistas y el quietismo contemplativo que a éstos
caracteriza. Coinciden principalmente en el menospre­
cio de las obras exteriores, de la oración vocal, de los
ritos y ceremonias, en el empeño de interiorizar la pie­
dad; pero en los alumbrados, por lo común «personas
idiotas y sin letras», late un radicalismo propio de quien
se siente divinamente inspirado, mientras que el inte­
lectual Erasmo, con su sentido de la mesura y con sus
perpetuas timideces, nada aborrece tanto como el que
le tengan por autor de sectas, discordias y cismas.
La espiritualidad erasmiana está saturada de razón
y de cultura clásica; es, ante todo, una pietas Iliterata.
No se cifra todo su programa reformador en la pura
piedad, como podría decirse de los alumbrados, sino
que ésta debe ir informada por el estudio de las Hu­
manidades. Ni siquiera el biblicismo de unos y otros
es el mismo; el de Erasmo es un biblicismo científico,
aunque ordenado hacia la piedad; el de los alumbra­
dos despreciaba todos los métodos exegéticos, y «se
burlaba de las interpretaciones dadas por los letrados
a la Sagrada Escritura, diciendo ser la suya verdadera»,
«que no habían de ser curiosos en saber las figuras de
la Sagrada Escriptura», no aspirando a entender más
que aquello que Dios les inspiraba (18).
¿Y no es bastante significativo que el tema del Cuer-

(17) Para comprender hasta dónde llegaba el radicalismo


heterodoxo de ciertos alumbrados, véase B eltrAn de H eredia :
El edicto contra los alumbrados del reino de Toledo: «Rev.
españ. de teol.», 10, 1950, 105-130; y el proceso de Alcaraz en
S errano y S a n z : Pedro Ruiz de Alcaraz , iluminado alcarreño
del siglo XVI: «Rev. de arch. bibl. y museos», 7, 1903, 1-16; 126-
139. Todas aquellas acusaciones, ¿respondían a la realidad? Re­
flejan por lo menos el ambiente que se formó en torno de
los alumbrados. Con frase vulgar podríamos decir que a la
Santa Inquisición los dedos se le antojaron huéspedes.
(18) B eltrAn de H eredia : El edicto contra los alumbrados,
páginas 125 y 117-118.

90
po místico —central en la espiritualidad erasmiana, se­
gún Bataillon— no se refleje para nada en la doctrina
iluminista? (19).
Lo que contribuyó a unir en la historia y a confun­
dir en cierto modo estas dos corrientes espirituales
fue, además de su contemporaneidad y de sus positi­
vas analogías (que no negamos, pero sí queremos se­
parar y discriminar), el hecho de haber sido ambas
conjuntamente perseguidas por la Inquisición española.
De todo lo dicho se desprende este corolario: no
porque Iñigo de Loyola fuese algún tiempo sospecho­
so de iluminismo se ha de pensar que hiciese conce­
siones al erasmismo.
Tacháronle de alumbrado en Alcalá no los jueces
eclesiásticos —nótese bien—, es decir, no ios que le
examinaron y procesaron, sino algunas personas par­
ticulares. Ciertamente había más apariencias para ello
que no para motejarle de erasmizante.

Caracteres del ilum inism o .

Aquí sería conveniente declarar en qué consistía pro­


piamente aquel iluminismo y cuáles eran las notas dis­
tintivas de los alumbrados. Tarea dificilísima, porque
no era una secta organizada, ni tenía principios fijos,
ni había un jefe o cabecilla que los formulase. Sus
prácticas y doctrinas las conocemos a través de los
procesos de la Inquisición, los cuales tal vez no refle­
jen la realidad exactamente, porque se fundan en acu­
saciones de gente poco fidedigna y en confesiones for­
zadas.
Inicióse este movimiento espiritual hacia 1512, en
el ambiente de fervor y recogimiento que se produjo

(19) Sobre dicho tema véase la nota 68 en la Segunda parte


de este libro. Se dirá que no conocemos la doctrina iluminista
si no a través de los procesos inquisitoriales. Es verdad, pero
conocemos el espíritu tremendamente individualista de los
alumbrados, que no se preocupaban del problema de la Igle­
sia, porque carecían de sentido social y colectivo. Lo contra­
rio de Erasmo.

91
en ciertos conventos franciscanos por efecto de la re­
forma cisneriana (20). «En sus comienzos y en su in­
tención no formaban un movimiento heterodoxo. Eran
grupos de personas espirituales que ansiaban la per­
fección y trataban de las cosas divinas» (21). Pero no
se puede negar que a poco izquierdearon por una es­
cala de muy diferentes grados y matices, desde los
simples ilusos de buena voluntad, o ingenuos arroba­
dizos, como Fr. Francisco Ortiz o Fr. Juan de Olmillos,
hasta los histéricos, visionarios y embaucadores que
inventaban supercherías y fraudes con objeto de que
los tuviesen por santos y predilectos de Dios; y desde
los que esparcían doctrinas peligrosas y claramente
heréticas, como Isabel de la Cruz y Pedro Ruiz de Al-
caraz, hasta los que vivían entregados a inmoralidades
repugnantes bajo capa de perfección. Estos últimos pre­
dominan en las manifestaciones iluministas de Extre­
madura y Andalucía en la segunda mitad del siglo xvi
y primeros decenios del xvn; pero ahora me refiero
principalmente a los del reino de Toledo (1512-1538),
incluyendo algunas de sus ramificaciones en Salamanca
y Valladolid (22).

(20) Ponen algunos como primer caso de iluminismo el de


la «beata* de Piedrahita (Salamanca), terciaria dominica que
padecía arrobamientos públicos y otros fenómenos extraños.
El cardenal Cisneros la favorecía. El papa Julio II, en 1509,
declaró que su espíritu era bueno y ortodoxo. Parte de su pro­
ceso ha sido publicado por B. L lorca : Die spanische Inquisi-
tion und die Alumbrados (Berlín, 1934), 6-14 y 123-127. B eltrán
r e H e r ed ia : Las corrientes de espiritualidad entre los dom ini­
cos de Castilla, págs. 10-17. La primera vez que aparece la pa­
labra «aluminados» (o alumbrados) es en 1498, con el sentido
de homosexuales, en un texto del médico F. López de Villa­
lobos, al que ya aludió Menéndez y Pelayo. Puede leerse en
A sensio : El erasmismo y las corrientes afines, pág. 71. En los
dos sentidos de «alumbrado» por lumbre sobrenatural, o por
las tinieblas de Satanás, lo hallamos en 1512.
(21) E. C olunga : Intelectuales y m ísticos en la teología es­
pañola del siglo XVI: «La Ciencia Tomista», 12, 1915, pág. 12.
(22) Son fundamentales los trabajos ya citados en las no­
tas 10, 13 y 17. Añádase A ngela Selke № S á n c h e z : Algunos da­
tos nuevos sobre los primeros alumbrados. El Edicto de 1525
y su relación con el proceso de Alcaraz: «Bulletin Hispanique»,
54, 1952, 125-152 (interpretación benévola); y R omán de la I n -

92
Es frecuente desde los primeros tiempos distinguir
entre «recogidos» y «dexados», aunque en mi opinión
tan sólo estos últimos merecen el apelativo de «alum­
brados» (23). Decíanse simplemente recogidos los que,
llevando una vida recoleta y piadosa, practicaban la
«oración de recogimiento», o de silencio y quietud de
«no pensar nada, atento sólo a Dios», tal como la en­
señaba Fr. Francisco de Osuna en su Tercer abeceda­
rio espiritual (24), si bien algunos de ellos, careciendo

maculada, O. C. D .: El fenómeno de los alum brados y su inter­


pretación: «E p h em . C arm el.», 9, 1958, 49-80, estu d io sin tético,
m esurado y c rítico . S o b re lo s alu m b rad os de Córdoba (sor Mag­
dalena de la Cruz, en 1546) y de Llerena (1570-82), véase Me-
néndez P elayo: H istoria de los heterodoxos, lib. V, cap. 1; y
B. L lorca: Los alum brados españoles de los siglos X V I у XVII.
«Razón y Fe». 105, 1934, 323-342; 467-485. Sobre lo s de Sevilla,
M iguel de la P in ta L ló r e n te : A spectos del sentim iento religioso
en España (M adrid, 1961), pp. 85-117. Sob re lo s de Jaén (se­
gunda m ita d del sig lo x v i), B e ltr á n de H eredia: Los alumbrados
de la diócesis de Jaén. «R evista E spañola de Teología», 9, 1949,
161-222; 445488. S o b re lo s de S evilla (1563 y principalm ente 1620-
1627); M enéndez P elayo y L lorca, loe. cit. G ráficam ente define
M enéndez P elayo a lo s de S evilla co m o «enjam bres de beatos
m ilagreros y de m o n ja s ilum inadas», que pululaban al lado
de « co n fesores sátiros». Ju icio sem eja n te le m erecen a Beltrán
de H eredia lo s de Jaén. Y n o d igam os nada de los de Llerena.
El c ristia n ism o in terio r de lo s p rim itivos había degenerado
co m p leta m en te, y de e ra sm ism o n o tenían ni pizca. Quizá tam ­
poco de ilu m in ism o doctrinal.
(23) Me parece expuesta a peligro de confusionismo la ter­
minología de modernos historiadores, q u e aplican la palabra
«iluminismo» a la tendencia espiritual afectiva d e un P. Grana­
da, un Francisco de Borja, etc., o al paulioismo inicialmente
incauto del Maestro Avila y de Bartolomé Carranza. Ya en 1524
fray Francisco de Quiñones (futuro Cardenal de Santa Cruz),
que prohibió al guardián fray Juan de Olmillos los éxtasis pú­
blicos y mandó encarcelar a la terciaria Isabel de la Cruz, re­
servaba el apelativo de «alumbrados» a los «dejados», según
leemos en L. Wadding: «Perniciosa pestis haereseos nuncupa-
tae Illuminatorum... au Dimittentium se divinae dispositioni»,
Annales Minorum, a. 1524, n. 18. Cfr. Fr. M ichel A nge : La vie
franciscaine en Espagne entre les deux couronnements de Char­
les V: «Rev. Arch. Bibl. y M us.», 1913, II, 215.
(24) Bello y fundamental el libro del capuchino español Fe-
dri.k Ros, Un m aitre de Sainte Thérése. Le Pére Frangois
de
d ’Osuna (París, 1937).

93
de la sensatez de Osuna, padecieran ilusiones de tipo
místico.
Otros iban más adelante y se llamaban «dexados»,
porque sostenían «que era mejor e más cierto camino
el del dexamiento que no el del recogimiento; e lo que
ellos dezían del dexamiento, a lo que me acuerdo, es
que se procurase de tener dada la voluntad a Dios e
subjeta nuestra voluntad a la suya, sin pedir cosa al­
guna a nuestro Señor de aquello que sabe que más
conviene al ánima» (25). «Que se dexasen a Dios y que
no hubiesen cuidado de cosa ninguna deste mundo, ni
pidiesen a Dios cosa ninguna, sino que pensasen en él
y lo dexasen a él obrar todo, porque él proveería y
ordenaría lo que cumpliese a cada uno y que no tu­
viesen pensamiento en nada, y que tampoco era me­
nester sinarse ni santiguarse, y que habían de tener
suspensos sus pensamientos en Dios y no curar de de­
sear ni pedir más de lo que Dios les pusiere en el co­
razón» (26).
Aquí aparece, junto con el rasgo esencial del deja­
miento —especie de quietismo, que los hacía impeca­
bles—, otra nota característica de los alumbrados: el
desprecio de las ceremonias y de los actos externos
de culto; nota común con el cristianismo interior de
Erasmo, pero ¡con qué diverso matiz! (27). Algunos de

(25) S errano y Sanz: Pedro Ruiz de Alearaz, en RABM, 7,


1903, pág. 7. Añadía Alcaraz, si hemos de creer a los acusado­
res, que «para salvar el ánima, no hay necesidad sino de un
dejamiento en sí mismo a Dios; e que si pecare aquel que se
hobiese ansí dejado, que Dios lo permite, e que por eso no
perderá su ánima... Que se dejen a este amor de Dios, que
ordena la persona de tal manera, que no puede pecar mortal
ni venialmente». B eltrán de H eredia : El edicto contra los alum­
brados, pág. 124.
(26) Proceso del sacerdote toledano Luis de Beteta, acusado
en 1538 de conversar con los alumbrados, cuyas doctrinas se
denuncian. Llorca: Die Inquisition und die Alumbrados, pági­
na 19.
(27) Ruiz de Alcaraz fue acusado de no hacer acatamiento
a la hostia consagrada, ni al nombre de Jesús, ni a la cruz,
ni a las imágenes, y de despreciar el agua bendita, los ayunos
y toda oración vocal, incluso los salmos. S errano y S anz , pá­
ginas 7 y 13. B eltrán de H eredia : El edicto contra los alum-

94
los contagiados de iluminismo no solamente despre-
ciaban el estado monástico, sino el mismo estado ma­
trimonial, aconsejando que «dejasen sus mujeres, ma­
ridos e hijos y no curasen de sus casas ni haciendas»,
cosa que jamás le pasó a Erasmo por las mientes. La
espiritualidad individualista, extrajerárquica, de los
alumbrados, y su repulsa de los preceptos de la auto­
ridad eclesiástica iban mucho más allá de la libertad
y de la crítica erasmiana. Del mismo Alcaraz y de los
que frecuentaban sus conventículos se dice también
que «no mentaban el nombre de Jesucristo, ni de San­
ta María, ni hablaban de la Pasión de nuestro Reden­
tor; antes la menospreciaban, teniendo por imperfec­
ción y defecto pensar en la Pasión» (28). Lo cual nadie
dirá que es erasmismo, porque no hay en las páginas
erasmianas un nombre que más a la continua resuene
que el de Cristo («Bortas litteras, ante propemodum
paganas, docui sonare Christum», decía él con legítimo
orgullo). Y en cuanto a la Pasión del Redentor, hay
que distinguir: no es la meditación de los tormentos
de Jesucristo lo que disgusta a Erasmo, sino el modo
imaginativo y truculento de representarlos. Lo que con­
denó la Sorbona en las Paraphrases in Novum Testar
mentum fue solamente una frase relativa al modo po­
pular de contemplar la Pasión, con aspavientos y ge­
midos (29). Ciertamente en el Enchiridion afirma que
brados, págs. 126-129. Y en el proceso de Beteta, acúsanle los
testigos —quizá falsamente— de haber dicho «que los que es­
taban en aquella perfección que él estaba, no tenían necesidad
de confesar, ni comulgar, ni hazer las cerimonias de la Iglesia...
y que los actos exteriores de adoración no hazen al caso, ni
son menester, y hazerlos es imperfección, y que la excomunión
que no ligaba, que libre había de ser el alma». L lorca : Die
Inquisition und die Alumbrados, págs. 23-24. Llamar erasmis­
mo a esto seria injuriar a Erasmo.
(28) B eltrán de H e r e d ia : El edicto contra los alumbrados,
p á g in a 126. S e rra n o y S a n z : Pedro Ruiz de Alcaraz, págs. 12-13.
(29) La Sorbona censuró esta frase: «Jesús suam mortem
non lugubrem, sed gloriosam esse voluit, nec eam deploran
voluit, sed adorari.» C . D u p l e s s is D ’A r g e n t r é : Collectio judicio-
rum de novis erroribus (París, 1728-36), II, 54. Lo cual es muy
distinto de lo que se achacaba a los alumbrados. Nadie podrá
decir de Erasmo que menospreciaba la Pasión de Cristo. Su
respuesta a los doctores sorbónicos, en Opera omnia, IX, 825-26.
95
el culto de la cruz es objeto de abusos, y que la me­
ditación llorosa de la Pasión es ejercicio de princi­
piantes, tac infantium animarum; pero la recomienda
como el más eficaz remedio y defensa contra todas
las tentaciones (Regla 17). No faltan en sus escritos
devotas consideraciones sobre el sudor de sangre en
el huerto, sobre la cruz, etc.; pero es cierto que la es­
piritualidad erasmiana, áridamente eticista y carente
de imaginación, no sabía contemplar a Cristo en su
realismo evangélico y en su verdad histórica, sino so­
lamente en su ejempiarismo práctico, como cifra de
todas las virtudes.

Conducta de I ñigo.

Acerquémonos ya a San Ignacio en Alcalá y veamos


cómo se comporta en aquel ambiente saturado de afa­
nes religiosos, científicos y literarios. Son los años de
1526 y 1527.
«Y estando en Alcalá —es el propio santo quien ha­
bla— se exercitaba en dar exercicios espirituales, y en
declarar la doctrina cristiana; y con esto se hacía fruto
a gloria de Dios. Y muchas personas hubo que vinie­
ron en harta noticia y gusto de cosas espirituales; y
otras tenían varias tentaciones, como era una que
queriéndose disciplinar no lo podía hacer, como que
le tuviesen la mano, y otras cosas símiles, que hacían
rumores en el pueblo, máxime por el mucho concurso
que se hacía adonde quiera que él declaraba la doc­
trina» (30).
En aquellos días en que la Inquisición olfateaba pe­
ligros dondequiera que surgiese un grupo de personas
de vida extraña o de proselitismo religioso, no es de
maravillar que ciertos personajes se preguntasen si
aquel maduro estudiante, que sin ser sacerdote dirigía
almas y las adoctrinaba con métodos propios en con­
versaciones privadas, no pertenecería a la secta conde­
nada por el arzobispo de Toledo.
(30) Acta P. Ignatü, n. 57, en Fotttes narrat., I, 440-42.

96
Leyendo el edicto inquisitorial de 1525 nos informa*
mos de cómo «entre muchas personas se decían, con­
ferían y publicaban algunas palabras que parescían des­
viarse de nuestra sancta fee católica e de la común
observancia de los fieles cristianos e de nuestra sancta
madre Iglesia, o se juntaban e facían conventículos
particulares secreta e públicamente, e algunos se de­
cían alumbrados, dejados e perfectos» (31).
Por los procesos contra Francisca Hernández y An­
tonio de Medrano y otros, vemos que los alumbrados
tenían a veces sospechosa familiaridad con mujeres, a
las que veneraban como a santas; que aconsejaban
a éstas el mayor sigilo con otras personas. Indicios
semejantes puede una mirada maliciosa descubrir en
los procesos que contra Iñigo de Loyola se incoaron
en Alcalá, y, arguyendo de ciertas apariencias circuns­
tanciales y puramente externas, deducir que el santo
se contagió de iluminismo.
No ha faltado algún historiador moderno que se haya
aventurado por esa senda, hollada antiguamente por
teólogos apasionados, como Melchor Cano y Pedro-
che, O. P. Nosotros, sin escamotear ningún dato, ex­
pondremos la interpretación que nos parece más obvia
y conforme a la crítica histórica. Anotemos, por lo
pronto, que resplandecía ante los ojos de todos con
luz tan clara la incontaminada santidad de aquel po­
bre estudiante, reclutador de prosélitos, que las almas
más selectas y de sentido verdaderamente cristiano le
miraban como a un San Pablo, y los jueces eclesiás­
ticos, aunque extremadamente suspicaces y desconfia­
dos, nunca pudieron encontrar la más leve mácula en
su conducta ni en su doctrina. No falta alguna insinua­
ción de mal género, que luego aduciremos, entre las
declaraciones de los testigos; pero el tribunal, lejos de

(31) B h i.trA n di» H i r k d i a : El Edicto contra los alumbrados,


página 109. Lo mismo viene a decirse en uno de los primeros
p roceso»: «Q ue el dicho Aleara?, e otras personas idiotas y sin
letras se daban m u ch o a la letura de la Blivia, y muchas veces
se apartaban en lugares secretos, donde no pudiescr ser visto*,
a leer en ella y le daban entendimientos nuevos.» S errano y
San/: Pedro Ruiz de Alcaraz, págs. 12-13.

97
concederle importancia, Ja despreció, como mal fun­
dada y procedente de una mujerzuela visionaria, histé­
rica y de dudosa fama.
Respondamos antes a unas observaciones del erudito
historiador del erasmismo en España, M. Bataillon,
el cual, habiendo colocado a San Ignacio entre los eras-
mizantes, procede lógicamente al suponerlo en íntimas
relaciones con los alumbrados complutenses.

/ A m ig o de lo s a l u m b r a d o s?

Encontramos, a la verdad, curiosas apariencias que


es preciso examinar.
«Otro dato —dice Bataillon— no advertido, que yo
sepa, por ningún historiador de San Ignacio es el de
las íntimas relaciones que con los alumbrados erasmi-
zantes de Alcalá mantenían entonces el maestro Miona
y Diego de Eguía, que ambos fueron confesores de
Iñigo en sucesivas épocas y ambos ingresaron más
tarde en la Compañía de Jesús. Del segundo, protector
del Peregrino en Alcalá, no se puede afirmar que haya
sido erasmista; sólo sabemos que vivía en casa de su
hermano Miguel, el impresor, el cual, fervoroso admi­
rador de Erasmo y editor de sus obras en España, fue
procesado por alumbrado» (32).
Hablemos primero de los Eguía. Diego, el verdadero
amigo de Iñigo, ni era alumbrado ni menos erasmista.
¿Pero Miguel...? Recuérdese lo que dijimos al tratar
del erasmismo. Sin duda también el tipógrafo tenía

(32) Prólogo al Enquiridiórt o Manual del caballero cristiano,


ed. D. Alonso, págs. 75-76. Con más imprecisión y a la vez con
mayor universalidad, formula un juicio semejante Beltrán de
Heredia, cuando escribe: «Ni el santo fundador, ni sus com­
pañeros formados en Alcalá (¿acaso ¡MÍnez, Salmerón y Bohar­
dilla, únicos compañeros alcalaínos del fundador ?) pudieron
sustraerse del todo a la influencia del ambiente que allí reina­
ba entre personas dadas a la piedad. Y es sabido que aquel
ambiente estaba saturado de iluminismo y de erasmismo.» Las
corrientes de espiritualidad entre los dominicos, pág. 81. A una
afirmación sin pruebas basta una simple negación. Véase la
nota 39 del capítulo precedente.

98
alguna amistad con Iñigo, cuando vemos que los tres
primeros compañeros de éste —Calixto de Sa, Lope de
Cáceres y Juan de Arteaga— se hospedaron por algún
tiempo gratuitamente en su casa (33).
Verdad es que Miguel de Eguía fue procesado por
la Inquisición, a base de las acusaciones de Francisca
Hernández y de María Ramírez, según las cuales «loaba
mucho» a los alumbrados, como a grandes servidores
de Dios, y había dicho «que no había purgatorio», «que
Lutero era gran siervo de Dios», «que las Bulas del
Papa no aprovechaban» (34). Gravísimas acusaciones
que luego se demostraron calumniosas, porque Fran­
cisca Hernández era, al decir de Juan de Vergara, «mu­
jer criminosa, perjura, hipócrita, falsa e simuladora»,
y lo mismo se puede afirmar de su criada María Ra­
mírez, descalificadas ambas por Eguía en el proceso.
¿Cómo podía alabar a Lutero el que en 1525, publican­
do la diatriba de Erasmo De libero arbitrio, hacía en
la dedicatoria profesión de antiluteranismo?
De 1531 a 1533 o principios de 1534, el buen Miguel
de Eguía padeció en las cárceles del Santo Oficio, hasta
que, demostrada su inocencia, se dio por fin sentencia
absolutoria. Su culpa —si alguna tuvo— fue de mante­
ner relaciones de amistad con algunos alumbrados y
sospechosos de heterodoxia.
«Miguel de Eguía —ha escrito uno de sus últimos
historiadores— practica la limosna y la hospitalidad.
Compone y publica el año 1521 un librito en Alcalá so­
bre la Pasión de Cristo. Posee una capilla en Logroño
en el monasterio de Valcuerna y se construye otra en
Estella en el convento de San Francisco. A costa de
graves dispendios asegura a su hijo un puesto entre
(33) «Y así le ayudaban (Diego de Eguía y Miguel) corT"li-
rnosnas para mantener pobres, y tenía los tres compañeros del
Pelegrino en su casa.» Acta P. Ignatii, n. 57, en Fontes narrat.,
1, 442. Después pasaron a otros alojamientos. Iñigo el primer
año se alojaba en el hospital de Antezana. Sobre la suerte fu­
tura de estos comnañeros de Iñigo, ver Polanco: Sumario en
l'ont narrat., 1, 170-71 con las notas.
(34) No se conserva el proceso de Eguía. Las alusiones a
él en otros procesos pueden verse en Goñi G aztam bide : El im­
presor Miguel de Eguía: HS 1, 1948, 13-24.

99
los canónigos regulares de San Agustín de la Catedral
de Pamplona. Estampa varias obras encaminadas a pro­
mover una sólida piedad cristiana. Edita durante va­
rios años las Bulas de Cruzada. Finalmente, su testa­
mento es el polo opuesto del iluminismo» (35).
Y pasemos al segundo caso aducido por Bataillon;
suyas son estas palabras:
«En cuanto a Miona, que tal vez escapó de las per­
secuciones inquisitoriales por estar ya en París cuan­
do prendieron a Eguía, Tovar, María Cazalla y muchos
más, un testigo del proceso de Vergara afirma con in­
sistencia que ese clérigo portugués era discípulo y pa­
niaguado de Bernardino Tovar, el más atrevido eras-
mista del grupo de Alcalá. No es de creer que Iñigo,
cuando escogía a Miona por confesor, aborreciese ya
a Erasmo» (36).
Yo invertiría la frase en esta forma: No es de creer
que Miona tuviese gran cosa de erasmizante, cuando

(35) Goñi Gaztambide: El im presor, pág. 22. Lástima que no


se conserve el libro de Eguía titulado Im. mem oria d e la Pa­
sión de Cristo Nuestro Señor (Alcalá, 1529), que indudablemen­
te no respondería al sentir de los alumbrados, los cuales re­
huían y condenaban tales memorias y meditaciones. El clérigo
Diego Hernández, que tenía —según Serrano y Sanz— «la mo­
nomanía de denunciar herejes», atestiguó que Miguel era «muy
buen hombre», aunque «dañado» o «enfermo». En el testamen­
to (publicado por Goñi Gaztambide, págs. 43-52), Miguel de
Eguía, después de confesar «lo que tiene y confiesa la sancta
Madre Iglesia de Roma», ordena que su cuerpo sea sepultado
«con el hábito de señor San Francisco» (págs. 43-44).
(36) Siguen estas palabras: «Pudo pasar bastante tiempo
antes que se notara incompatibilidad entre la reforma ignacia-
na y la erasmiana, manifestándose menos entonces sus dife­
rencias por su común afán de cristianismo interior.» Prólogo
al Enquiridión o Manual, pág. 76. Pero el cristianismo interior
que en Alcalá enseñaba San Ignacio no era otro que el de los
Ejercicios espirituales, el que enseñó siempre. La reforma que
entonces predicaba era puramente individual y consistía en
«vencer a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por
affección alguna que desordenada sea». Tal vez —contra lo que
piensa Bataillon— la reforma ignaciana y la erasmiana tuvie­
ron más puntos de contacto en años posteriores, cuando el
fundador de la Compañía aspiraba a una reforma institucional
y social, fruto de la individual. De sus Reglas para sentir con
la Iglesia hablaremos en otro capítulo.

100
Iñigo, que ya había repudiado el Enchiridion, lo esco­
gía por confesor. Pero del erasmismo de Miona hemos
tratado ya. Ahora preguntamos: ¿puede tenérsele por
alumbrado?
No negaremos que un testigo del proceso de Verga·
ra en 1532 afirma de nuestro piadoso portugués, Ma­
nuel Miona, que «se fue a París con otro bonito estu­
diante que allí estaba en Alcalá, yo creo que por lo de
Tovar e la quema de Garcón o por su prisión se fue,
y imagino que ha sido movido y del doctor Vergara y
que le ayudó para se ir, y le dio en qué, porque él no
tenía. La ida deste me ^dixo Beatriz Rámícez en Alca­
lá... No debía ser sino de ser paniaguados ^ discípu­
los, el maestro Miona y el bachiller Francisco Gutié­
rrez, de Tovar» (VI).
De aquí podría sacarse la impresión de «n fugitivo
que se escapa del peligro porque se siente culpable.
Sin embargo, sometiendo a un poco de crítica ese tes­
timonio, veremos que se evapora sin dejar rastro. En
primer lugar, el personaje acusador es nada menos
que Diego Hernández, «clérigo bufón, obsceno y sin
asomos de vergüenza» (según Serrano y Sanz), tipo
anormal y estrambótico, hasta en su modo de hablar,
que bien merecería ser estudiado por un psiquiatra.
Nótese en segundo lugar que este irresponsable dela­
tor, que acusó de luteranismo a Vergara, a Tovar y al
mismo Hernán Núñez de Guzmán, sólo dice de Miona
que transmitió a Garzón las ideas de Tovar («Tovar,
abuelo de Garzón»), pero que era «buen hombre», y
en cuanto a los motivos de su salida de Alcalá, mani­
fiesta una mera sospecha («Yo creo que..., imagino
que...») fundada en los decires de una mujer.
Sabemos por el P. Gon^alves da Cámara, confidente

(37) Citado por Bataillon en el Prólogo al Enquiridión o Ma­


nual, pág. 76. Serrano y Sanz, que no publica literalmente estos
textos, sino en compendio, añade otras palabras textuales, que
no queremos omitir, aunque las suponemos tan mal fundadas
como las demás. Diego Hernández dijo de Miona que profe­
saba los mismos errores que Tovar, pero «que era buen hom­
bre, si bien desordenado y destemplado por vino»./ Vergara y
la Inquisición, págs. 909-9Í0.

101
de San Ignacio, que Manuel Miona «ya naquelle tempo
era tido por homem de grande virtude» (38), y ésta
fue la causa (además de la edad, pues pasaba ya de los
cincuenta años) de que el santo Peregrino lo escogiese
por confesor suvo. Cosa muvWi natural,w máxime si se
K sJ

tiene en cuenta que Miona se interesó desde un prin­


cipio por aquel pobre estudiante que se decía Iñigo,
que llevaba vida apostólica y traspiraba santidad. Cuan­
do Iñigo estaba en la cárcel, muchas personas piado­
sas le visitaban para disfrutar de su espiritual conver­
sación; una de ellas era Manuel Miona (39).
¿Y qué es, en fin de cuentas, lo que da fundamentos
a las sospechas de iluminismo? Que Miona era «pani­
aguado y discípulo» de Tovar y que se marchó de Al­
calá cuando su favorecedor fue procesado. Siendo Mio­
na un clérigo portugués muy pobre, nada extraño que
se pusiese bajo la protección y recibiese subsidios de
un personaje bien acomodado, como el humanista To­
var, de quien recibiría tal vez lecciones de griego, y que
al perder a su patrocinador y maestro tomase el cami­
no de París, con el intento de continuar sus estudios,
como lo hacían entonces tantísimos estudiantes espa­
ñoles y no menos portugueses (40).
Como se ve, las apariencias iluministas del portu­
gués tienen muy poca consistencia. Sabemos, por otra
parte, que en adelante Miona fue fuy estimado por su
cordura y buen juicio y que su espiritualidad encajó
perfectamente en la de los Ejercicios espirituales de
San Ignacio, el valladar más seguro y fuerte contra la
vaga piedad erasmiana y contra el pseudomisticismo
de los alumbrados. Ignacio, volviéndolo a hallar en la
Universidad de París, lo escogió otra vez de confesor.
(38) Memoriále, n. 98, en Font. narrat., I, 585.
(39) Acta P. Ignatii, n. 60, adición marginal, en Font. narrat.,
I, 446.
(40) En mi libro La Universidad de París durante los estu­
dios de F. de Vitoria (Roma, 1938), págs. 371414, puede verse
la lista de los estudiantes castellanos, aragoneses, navarros, et­
cétera, que estudiaban o enseñaban en París; de los portu­
gueses, págs. 414-16. Allí aparece el nombre del maestro Miona,
de la diócesis de Silves, que empezó sus lecciones de artes
en 1534.

102
En 1536 le escribió desde Venecia una carta, suplicán­
dole que entrase en Ejercicios (41), con la esperanza
tal vez de que se agregase a los «iñiguistas». Sólo en el
año de 1544 el tímido, humilde y algo suspicaz Miona
se decidió a ir a Roma, donde entró en la Compañía
de Jesús (42).
Al mismo tiempo, o poco después que el portugués,
se dirigió a París Miguel de Torres, vicerrector del Co­
legio Trilingüe de Alcalá, discípulo igualmente de To-
var y todavía más amigo de él que Miona, porque era
ya helenista y latinista consumado (43).
Diego Hernández lo calificaba así: «Torres, retórico,
dañado» (44). Toda la carrera posterior de este futuro
jesuíta e insigne hombre de gobierno está demostran­
do que en su espíritu, muy amigo de la oración pero
equilibrado y prudente, no cabía la menor infiltración
iluminista. Incluso se resistió algún tiempo en Roma
a tratar con el fundador de la Compañía por los fal­
sos rumores que de él había oído en Alcalá (45).

(41) «Porque es razón responder a tanto amor y voluntad


como siempre me habéis tenido y en obras mostrado, y como
yo hoy en esta vida no sepa en qué alguna centella os pueda
satisfacer, que poneros por un mes en Ejercicios espiritua­
les..., os pido os pongáis en ellos...; y si os arrepintiéredes
dello..., tenedme por burlador de las personas espirituales, a
quien debo todo.» MHSI: Ignat. E pist., I, 113.
(42) Sobre Miona, que murió en santa vejez el año 1567,
véase F. R o d r íg u e s : H istoria dan Companhia de Jesús na As-
sistencia de Portugal (Porto, 1931), I, 197-200. Piensa Rodríques
que Miona se fue de Alcalá, siguiendo a su peniente. lo cual
no parece exacto, pues el viaje de Miona no debió de tener
lugar hasta 1530.
(43) Leemos en el proceso de Vergara: «Y Torres, el que
fue a París, al tanto andaba con el maestro Miona y con el
Tovar a la pareja iguala, con Tovar más que con el maestro
Miona, de que ya era griego y gran latino.» Cit. por B ataillon :
Erasmo y España, I, 248, n. 15. Sería probablemente en 1531
cuando partió también para París y luego para Italia el sacer­
dote burgalés Juan del Castillo, gravemente sospechoso de he­
terodoxia y hermano de Gaspar de Lucena y de Petronila de
Lucena, todos procesados por la Inquisición. Véase J. E. L ong-
iu jr s t : The Alum brados of Toledo: Juan del Castillo and the
Lucenas: «Archiv f. Reformationsgeschichte», 45, 1954, 233-253.
(44) S erra n o y S a n z : Juan de Vergara, pág. 910.
(45) «El que tocare al Dr. Torres, me toca a mí en las niñas

103
El p r im e r pr o c eso . « T a m b ié n os quem aran a v o s, s i ...»

En los procesos que hemos examinado de erasmis-


tas, alumbrados y luteranizantes alcalaínos, por más que
en ellos salgan a relucir los nombres de amigos, cono­
cidos, familiares, partidarios y cómplices de los supues­
tos reos, nunca hemos hallado la menor alusión a Iñigo
de Loyola. Y, sin embargo, también a él se le formó
proceso, aun cuando no por la Inquisición.
No era su amistad con Miona o con Eguía lo que le
hizo sospechoso de iluminismo. Era su modo de pro­
ceder, su costumbre de reunirse con personas devotas
y mujeres catalépticas, su proselitismo religioso, su ma­
gisterio espiritual.
«Había grande rumor por toda aquella tierra —nos
dice la Autobiografía, refiriendo los ejemplos del Pe­
regrino y de sus compañeros— de las cosas que se ha­
cían en Alcalá, y quién decía de una manera y quién
de otra. Y llegó la cosa hasta Toledo a los inquisidores,
los cuales venidos a Alcalá, fue avisado el Peregrino
por el huésped dellos (¿Eguía?), diciéndole que los lla­
maban los ensayalados, y creo que alumbrados; y que
habían de hacer carnicería en ellos. Y así empezaron
luego a hacer pesquisa y proceso de su vida, y al fin
se volvieron a Toledo sin llamarles, habiendo venido

de los ojos», solía decir San Ignacio. A. A s t r a in : H istoria de


la Compañía de Jesús en la Asistencia de España (Madrid, 1902),
I, 209-210. Bataillon trae los ejemplos de Torres y de Miona, para
confirmar una tesis que le es querida: «Tal vez no sea (el de
Miona) el único caso en que se ve a un hombre, mezclado en su
juventud en el movimiento de libertad religiosa, someterse
veinte años después a la ortodoxa disciplina de la Compañía
de Jesús» (I, 248, n. 15). Confieso que me halagaría esta tesis, si
fuera demostrable. Tal vez el error de Bataillon está en imagi­
nar una ortodoxa disciplina del Loyola romano y de sus inme­
diatos discípulos, contraria a la viva y espontánea religiosidad
del Iñigo de Alcalá. Pero el espíritu era el mismo, aunque las
formas, naturalmente, tenían que ser diferentes. Cierta evolu­
ción homogénea es esencial a todo ser humano e histórico.
¿No evolucionó así el mismo Erasmo?

104
por aquel solo efecto, y dexaron el proceso al vicario
Figueroa» (46).
Realmente había motivo para sospechar, dado el as­
pecto y la vida extraña que llevaban aquellos estudian­
tes, seguidores de Iñigo. Por eso no tardó el vicario
general en dar principio a una encuesta, que encomen­
dó a Miguel Carrasco, profesor de teología, y al ca­
nónigo de Toledo, Alonso Mejía (47).
Ante ellos, el día 19 de noviembre de 1526, compa­
recieron los testigos. El primero era Fr. Hernando Ru­
bio, de la Orden de San Francisco: «Preguntado qués
lo que sabe de unos mancebos que andan en esta villa,
vestidos con unos hábitos pardillos claros y fasta en
pies, y algunos dellos descalzos, los cuales dizen que
hazen vida a manera de apóstoles, dixo... que andando
este testigo con un muchacho, buscando un celemín
de salvados que había menester, llegó a casa d'Isabel
la rezadera... e se llegó y asomó a la puerta, e vio cómo
estaba dentro, en un palacio (o patio) que tenía una
sérica, asentado en una silla uno destos que dicho
tiene, que anda descaigo, hombre de poca edad, que
podrá haber hasta veinte años (48); y questaban alre­
dedor dél hincadas de rodillas dos o tres mujeres,
puestas las manos a manera destar rezando, mirando
(46) Acta P. Ignatii, n. 58, en Font. narrat., I, 442-444. Se ve
que los Inquisidores se persuadieron en seguida que allí no
había nada concerniente a su oficio, y dejaron en paz a Iñigo
para siempre. Los procesos que luego se le formaron no fue­
ron inquisitoriales.
(47) Sobre la severidad de Mejía, ver F. F it a : El inquisidor
Alonso Mejía y San Ignacio de Lovola: «Bol. R. Acad. Hist.»,
34, 1899, 67-70.
(48) Parece cierto que ese mancebo no es otro que Iñigo
de Loyola, pues entre sus compañeros él era el único que or­
dinariamente andaba descalzo, y el contexto lo persuade. Poco
después dice «que todos son mancebos y muchachos, y quel
mayor dellos cree ques el que halló con las dichas mujeres».
Es curioso que, teniendo entonces San Ignacio treinta y cuatro
años cumplidos, el testigo le eche tan sólo veinte. Esto se ex­
plica por lo que ya sabemos del santo, que era de corta esta­
tura, de cara redonda y sonrosada, lo cual, antes que le apun­
tase la calva, le daría un aspecto muy juvenil y casi aniñado,
corregido en parte por la nariz aguileña y por la penitencia
que en ciertas épocas demacraba su cuerpo.

105
hazia el dicho mancebo, y él estaba platicando; no oyó
este testigo qué les platicaba; y que la una de las di­
chas mujeres era la dicha rezadera; la cual, como vio
a este testigo, dixo: déxanos agora, Padre, questamos
ocupados. Y aquel mesmo día, a la tarde, la dicha re­
zadera fue a este testigo, y le dixo: Padre, no os es-
candalizéis de lo que vistes hoy, porque aquel hom­
bre es un santo» (49).
También a los cabecillas de los alumbrados llamaban
«santos» sus admiradores.
«Preguntado si son letrados o personas ignorantes
los susodichos, dixo que no lo sabe, más de que algu­
nos dellos oyen principios de gramática y lógica, y que
no van al Estudio, salvo que particularmente los en­
señan» (50).
«Preguntado qué le parece a este testigo del traje e
manera de vivir, dixo que le parezía cosa de gran no­
vedad, mayormente juntarse, como se juntan, a pla­
ticar» (51).
Aquí aparece el temor de aquellos «conventículos» se­
cretos que daban tanto que sospechar de los alum­
brados.
El mismo día compareció la «beata» Beatriz Ramí­
rez, la cual testificó que conoce a Iñigo, «que ha oído
dezir ques caballero, el cual anda descaigo y con una

(49) Scripta de S. Ignatio, I, 599-600. Los procesos ignacia-


nos de Alcalá fueron publicados primeramente por S e r r a n o
y S anz: San Ignacio de Loyola, en Alcalá de Henares (Madrid,
1885); después por el P. F ita : L os procesos de S. Ignacio de
Loyola: «Bol. R. Acad. Hist.», 33, 1898, 422-61; 512-36, y final­
mente por los ed. de M H S I: Scripta de S. Ignatio, I, 598-623.
(50) Este estimonio echa por tierra las cavilaciones de al­
gunos historiadores sobre los maestros de Ignacio en Alcalá.
No asistiendo, como parece, a las aulas universitarias, sino re­
cibiendo lecciones particulares, fallan por su base esos cálcu­
los. Por lo mismo no parece del todo imposible que el que
daba las lecciones de lógica en privado se valiese de unos
apuntes no impresos, tomados en las clases de Domingo Soto.
Véase arriba nota 18. ¿Sería Jorge Naveros, filósofo y teólogo,
admirador de la santidad de aquel estudiante, uno de los que
le daban lecciones particulares? ¿Sería, más modestamente,
M. Miona?
(51) Scripta de S. Ignatio, I, 600-601.

106
ropa de pardillo hasta en pies; y que ansimismo ha
visto otros cuatro, que traen el mismo hábito, aunque
no andan descalzos» (52).
Interrogada sobre la doctrina que enseñan, no supo
decir sino que en casa del panadero Andrés Dávila ha­
bía visto a dicho panadero con su mujer, y a otro hom­
bre que «diz que era viñadero», y a una moza con
otras tres mujeres, «a los cuales todos el dicho Iñigo
estaba doctrinando los dos mandamientos primeros,
conviene a saber, amar a Dios, etc., y sobresto habló
muy largamente... Preguntada si ha dado a los suso­
dichos alguna cosa por razón de su doctrina, dixo que
algunas cosillas les dio, ansí como algún colgajo de
uvas y un poco de tocino, y questo se lo hazla tomar
por fuerza, porquellos no lo querían» (53).
Como se ve, esta enseñanza del catecismo no era
para alarmar a las autoridades eclesiásticas. Tampoco
las declaraciones del hospitalero de la Misericordia, o
de Antezana, en donde Iñigo tenía alojamiento, eran
para inquietar a nadie: que los cuatro compañeros «a
las vezes se juntan en la cámara donde está el dicho
Iñigo, y otras vezes abaxo en el patio del hospital, y
quellos hablan tan callando desque están juntos, queste
testigo no los entiende...; que ha visto ir a muchas
mujeres casadas y mogas, y estudiantes, y hombres ca­
sados, a hablar con el dicho Iniiigo... Preguntado si ha
visto ir algunas mujeres sospechosas y de mala fama,
dixo que no lo sabe, más de que la dicha Beatriz Dá­
vila, antes que se casase, fue mujer del mundo» (54).
Las horas de las reuniones solían ser por la maña­
nita y después de comer y a otras horas hasta la tarde.
Algunos estudiantes iban de noche al hospital a pre­
guntar por Iñigo y por Calixto; y al amanecer, entre
dos luces, acudían dos mujeres «atapadas e con som-

(52) A los tres compañeros arriba nombrados (n. 33) se les


había agregado Juanico de Reinalde, francés.
(53) Scripta de S . Ignatio, I, 602-603.
(54) Ibíd., 606-607. Poco antes testifica la mujer del hospita­
lero, «que ha visto ir algunas mujeres e mo$as y estudiantes
y frailes a preguntar por el dicho Iñigo..., que principalmente
iban los días de fiesta» (págs. 604-605).

107
breros». ¿Por qué ocultaban su rostro estas mujeres
madrugadoras? Sin duda porque eran nobles y hubie­
ran dado que hablar si alguien las hubiese visto y co­
nocido, sin acompañamiento, en tales lugares.
L$ publicidad de las reuniones, con acceso libre a
todo el mundo, diferenciábalas de los conventículos de
los alumbrados; y más que nada la austera santidad
de aquellos apóstoles y la doctrina enteramente tradi­
cional, sin temerarias exégesis bíblicas, que allí se en­
señaba.
En vista de todo ello, el licenciado Juan Rodríguez
de Figueroa, vicario general en Alcalá por el arzobispo
de Toledo, dictó la sentencia el 21 de noviembre, or­
denando que aunque «podían hacer lo que hacían, sin
ningún impedimento; mas no siendo ellos religiosos,
no parescía bien andar todos de un hábito; que sería
bien, y se lo mandaba, que los dos, mostrando el Pele-
grino y Artiaga, tiñesen sus ropas de negro; y los otros
dos, Calisto y Cáceres, las tiñesen de leonado; y Jua-
nico, que era mancebo francés, podría quedar así.
El Pelegrino dice que harán lo que les es mandado.
Mas no sé, dice, qué provecho hacen estas inquisicio­
nes... Nosotros querríamos saber si nos han hallado
alguna heresía». «No», dice Figueroa, «que si la ha­
llaran, os quemaran». «También os quemaran a vos»,
dice el Pelegrino, «si os hallaran heresía» (55).
«A vos y al mismo arzobispo de Toledo», podía haber
añadido. Y así era la verdad. Por eso vemos que algu­
nos años más tarde Bartolomé Carranza, Primado de
España, entrará en las cárceles de la Inquisición.
Este primer proceso sirve para darnos a entendér la
vida que Iñigo llevaba en la Universidad de Alcalá. Los
dos siguientes nos abren un resquicio para adivinar el
método que empleaba en dar sus Ejercicios espiritua­
les a principiantes. Porque es el caso que, creciendo la
fama de santidad de aquel maduro estudiante, se mul-
(55) Acta P. Ignatii, n. 58-59, en Font. narrat., I, 444. El texto
de la sentencia manda sencillamente que usen «el hábito co­
mún que los clérigos o legos traen en estos reinos de Castilla».
Tal vez se mitigó a ruegos de Iñigo. Scripta de S. Ignatio, I,
página 608.

108
tiplicaba el número de las personas que lo visitaban y
también las habladurías del vulgo iban en aumento.

S egundo proceso. E jercicios espirituales


A PRINCIPIANTES.

«De ahí a cuatro meses el mismo Figueroa tomó a


hacer pesquisa sobre ellos; y ultra de ias sólitas cau­
sas, creo que fuese también alguna ocasión, que una
mujer casada y de cualidad tenía especial devoción al
Peregrino; y por no ser vista, venía cubierta, como sue­
len en Alcalá de Henares, entre dos luces, a la maña­
na, al hospital; y entrando se descubría, y iba a la cá­
mara del Peregrino» (56).
El día 6 de marzo de 1527 el vicario «mandó pares-
cer ante sí a Mencía de Benavente», viuda, la cual de­
claró los nombres de otras once mujeres adoctrinadas
por Iñigo (una se llama «María Días, la d’Ocaña, que
es viuda, e ésta se quería ahorcar»). ¿En qué doctrina
las inicia?
«Con estas ha hablado, enseñándolas los mandamien­
tos e los pecados mortales, e los cinco sentidos, e las
potencias del ánima; e lo declara muy bien; e lo de­
clara por los evangelios, e con sant Pablo e otros san­
tos; e dice que cada día fagan esamen de su concien­
cia, dos veces cada día, trayendo a la memoria en lo
que han pecado, ante una imagen, e les conseja que
se confesen de ocho a ocho días, e reciban el sacra­
mento en el mesmo tiempo» (57).
Doctrina más tradicional y segura y provechosa será
difícil de hallar. ¿Qué hay aquí de erasmismo o de ilu-

(56) Acta P. Ignatii, n. 59, en Font. narrat., I, 444-46.


(57) Scripta de S. Ignatio, I, 609-610. Los modos de orar «so­
bre mandamientos», «sobre los peccados mortales», «sobre las
potencias del ánima« y «sobre los cinco sentidos corporales»,
los explica en Ejercicios espirituales, n. 238-247. Tanto esta
Mencía de Benavente como Beatriz Ramírez vivirán luego de­
dicadas a obras de misericordia, y conservarán grato recuerdo
de Iñigo, el cual, desde Roma, en 1546, encargará que las visiten
de su parte. Ignat. E pist. I, 423.

109
minismo? Quien lea la anotación 18 de los Ejercicios
espirituales y lo que en el mismo librito se dice del
primer modo de orar, verá que no se diferencia en
nada de los documentos y consejos espirituales que
daba a estas personas (58).
No hallando el juez nada que reprender ni en la doc­
trina ni en la vida, dejó en paz al acusado, sin hacerle
reconvención ninguna, ni dictar sentencia.
Pero no habían transcurrido muchos días cuando
tuvo lugar la salida de Alcalá de aquellas dos mujeres,
protegidas del maestro Ciruelo, que iban en peregrina­
ción a Jaén y Guadalupe. ¿No se lo habría aconsejado
aquel extraño director de almas?
De pronto «viene un día un alguacil a su puerta, y
le llama y dice: Venios un poco conmigo. Y dexándole
en la cárcel, le dice: No salgáis de aquí, hasta que os
sea ordenada otra cosa. Esto era en tiempo de verano
{el 18 o el 19 de abril), y él no estaba estrecho, y así
venían muchos a visitalle; y hacía lo mismo que libre,
de hacer doctrina y dar Exercicios. No quiso nunca
tomar advogado ni procurador, aunque muchos se
ofrescían. Acuérdase especialmente de doña Teresa de
Cárdenas, la cual le envió a visitar, y le hizo muchas
veces ofertas de sacarle de allí; mas no aceptó nada,
diciendo siempre: Aquel, por cuyo amor aquí entré,
me sacará, si fuere servido dello» (59).

(58) Leemos en la Anotación 18: «Al que se quiere ayudar


para se instruir y para llegar hasta cierto grado de contentar
a su ánima, se puede dar el examen particular, n. 24, y des­
pués el examen general, n. 32..., el modo de orar sobre los
mandamientos, peccados mortales, etc., n. 238, comendándole
también la confessión de sus peccados de ocho en ocho días,
y si puede, tomar el sacramento de quince en quince, y si se
afecta mejor de ocho en ocho. Esta manera es más propria
para personas más rudas o sin letras, declarándoles cada man­
damiento, y assí de los peccados mortales (o capitales), pre­
ceptos de la Iglesia, cinco sentidos y obras de misericordia.»
Ejercicios espirituales, n. 18.
(59) Acta P. Ignatii, n. 60, en Font. narrat., I, 446. La nobi­
lísima doña Teresa Enríquez, esposa del Comendador mayor
Gutierre de Cárdenas, ha pasado a la historia con el apelativo
de la «Loca de Sacramento» por su devoción a la Eucaris­
tía; era famosa por las grandes limosnas que hacía incluso

110
Como la prisión no era muy rigurosa, seguía en ella
ejerciendo su apostolado como antes en la posada o
en el hospital, de tal suerte que un profesor de la Uni­
versidad, Jorge Naveros, que también solía visitarlo,
lo comparaba con San Pablo en su prisión de Roma (60),
y alguna vez que por detenerse demasiado con el pre­
so llegó tarde a clase, empezó su lección diciendo: Vidi
Paulum in vinculis.
Entre tanto el vicario completaba sus pesquisas ju­
diciales entre un grupo de personas plebeyas —muje­
res de turbios antecedentes y que padecían «mal de
madre» o histerismo—, las cuales dieron su testimonio
en esta forma.
El día 2 de mayo de 1527 testificó María de la Flor,
hija de Fernando de la Flor, haber suplicado a Iñigo
que le mostrase el servicio de Dios. «E el Innigo le
dixo que le había de hablar un mes arreo (el mes de
Ejercicios ); e que en este mes había de confesar de
ocho a ocho días e comulgar; e que la primera ves
había destar muy alegre, e non sabría de dónde le
venía, e la otra semana estaría muy triste (61)... E la
dixo que le había de declarar las tres potencias... e el
mérito que se ganaba en la tentación; e del pecado
venial cómo se facía mortal (62); e los dies manda­
mientos e circustancias; e pecados mortales; e los cin­
co sentidos; e circustancias de todo esto. E le decía que
------------ íS
fu e ra d e España: C. B . P ia z z a : Le opere pie di Roma (Roma,
1679), págs. 440-444. C. B a y l e : La loca del Sacramento, doña
Teresa Enríguez (Madrid, 1922). Según Ribadeneira, también lo
v is itó de paso doña Leonor Mascareñas, dama de la empera­
triz . Vida de S. Ignacio, lib. I, cap. 14.
(60) «Et suscipiebat omnes qui ingrediebantur ad eum, prae-
d ic a n s regnum Dei, et docens quae sunt de Domino Jesu Chris-
to, cum omni fiducia, sine prohibitione.» Act. 28, 30-31. La
a n é c d o ta de Naveros la trae D. B a r t o l í : Vita di S. Ignazio,
lib r o I, c a p . 33, «Opera del P. Daniele Bartolí», t. 15 (Floren­
c ia , 1831).
(61) Probablemente San Ignacio le expuso las «Reglas para
e n a lg u n a manera sentir y cognoscer las varias mociones que
e n la á n im a s e causan» ( E jerc. espir., n. 313-315) y María de
la Flor n o la s entendió bien.
(62) Compárese con lo que dice en los Ejerc. espir., n. 32-37
y 238-247.

111
cuando alguna mujer venía a hablar a alguna doncella
de mala parte (63), e que si la tal doncella no daba
oído a ello, non pecaba mortal ni venial, e que si otra
ves venía e le daba oído e lo oía, que pecaba venial­
mente, e que si otra ves la hablaba e hacía lo que le
decían, pecaba mortalmente; e le decía cómo había
de amar a Dios» (64).
Esto, como se ve, no es más que una versión, o me­
jor, una aplicación concreta de lo que el santo tenía
escrito en su cuaderno o libro de los Ejercicios espi­
rituales. Las expresiones son muchas veces las mismas.
Interesante es lo que sigue, porque nos transmite una
oración o plegaria, tal como la recitaría el propio San
Ignacio: «E le dixo que, en entrando en el servicio
de Dios, le habían de venir tentaciones del enemigo;
e le mostraba el esamen de conciencia; e que le ficiese
dos veces al día, una después de comer, e otra des­
pués de cenar; e que se asentase de rodillas e dixesse:
«¡DIOS MIO, PADRE MIO, CRIADOR MIO! GRACIAS
Y ALABANLAS TE HAGO POR TANTAS MERCEDES
COMO ME HAS FECHO E ESPERO QUE ME HAS DE
FACER. SUPLICOTE POR LOS MERITOS DE TU PA­
SION ME DES GRACIA QUE SEPA ESAMINAR BIEN
MI CONCIENCIA» (65).
«E que cuatro veces le vino a esta, que declara, muy
grande tristeza, que cosa ninguna le parescía bien, e
non podía algar los ojos a mirar al Iñigo; e estando con
esta tristega, hablando con el Iñigo o con el Calisto
(63) La frase es muy ignaciana, pero el santo la emplea a
otro propósito °n las «Reglas para... cognoscer varias mocio­
nes» de la primera semana: «Así como el hombre vano, que
hablando a mala parte requiere a una hija de un buen pa­
dre...» (Ejerc. espir., n. 326). ¿Habría leído Iñigo en su juven­
tud la Celestina?
(64) No muy exactamente refleja la testigo el parecer de
San Ignacio sobre la negligencia en rechazar los malos pen­
samientos. Cfr. Ejercicios espirit., n. 35.
(65) Scripta de S. Jgnatio, I, 612. Nótense las palabras: «su­
plicóte por los méritos de tu Pasión». En el primer punto del
Examen de conciencia, que es dar gracias a Dios por los be­
neficios recibidos, los Ejercicios (n. 43) no ponen fórmula es­
pecial. Sobre las tentaciones de los que van entrando en el
servicio de Dios, ver Ejerc. espir., n. 315.

112
se le quitaba. E esto mesmo decía la de Benavente, e
su hija, que las tomaba, e más recias tristezas. E esta
decía al Iñigo, que qué eran e de qué les venían aque-
lias tristezas? E decía [Iñigo] que, entrando en el ser­
vicio de Dios, lo ponía el diablo; que estuviese fuerte
en el servicio de Dios, e que aquello que lo pasasen
por amor de Dios. E que cuando dixese el Ave María,
que diese un sospiro e contemplase en aquella pala­
bra Ave María; e luego gracia plena, e contemplar en
ella» (66).
¡Cuán lejos estamos del erasmismo y del iluminis-
mo, despreciadores de las oraciones vocales!

Acusaciones de apariencia ilu m in ista .

A fuer de imparciales y exactos, recojamos ciertos


indicios que podrían parecer iluministas, y que otros
historiadores del santo han pasado en silencio, tal vez
porque pensaban que el Iñigo de Alcalá no se ajustaba
bien a la idea que ellos tenían del Ignacio de Roma.
Entre las acusaciones que frecuentemente se leen
en los procesos de los alumbrados, y lo que una mu-
jerzuela testifica de Iñigo y Calisto, hay semejanzas
que saltan a la vista, por ejemplo: una supuesta impe­
cabilidad, prohibición de revelar ciertas cosas a los
confesores y ciertos fenómenos extraños que experi­
mentaban algunos de sus oyentes.
Vayamos por partes. Y dejemos hablar primeramen­
te a María de la Flor, muchacha al parecer histérica,
que deseaba servir a Dios, aunque ella misma confe­
saba que «era antes mala mujer, que andaba con mu­
chos estudiantes en el estudio, que era perdida» (67).
Esta mujerzuela de perturbada sensibilidad atesti-

(66) Este es el modo de «orar por compás», que San Igna­


cio enseña en los Ejercicios, n. 258-260: «En cada un anhélito
o resollo se ha de orar mentalmente, diciendo una palabra del
Pater noster o de otra oración..., y mientras durare el tiempo
de un anhélito a otro, se mire principalmente en la significa­
ción de la tal palabra, o en la persona a quien reza», etc.
(67) Scripta de S. Ignatio, I, 613.

113
guó «que ha oído decir ii Iñigo e a Cállelo, que «lio«
han fecho voto de cattidad; que «eguro» estaban que,
aunque durmiese cualquiera dello» con un· doncella
en una cama, que estaban »eguro· que non pecarían;
i que de cualquier pensamiento inalo estaban »eguro·
que non te» vencería» (él),
(Mano· licito hacer un poco de crítica. ¿Qutón de lo·
do», Migo o CalUto, pronunció esa» imprudente» y
jaitanciofte» palabra«? No creo que «aliaran de labio»
de Migo, por lo» »¡guíente» motivo». Primero, porque,
»i bien el santo Peregrino tenia conciencia (según lo
dice en »u Autobiografía) de haber recibido del cielo,
desde la aparición de la Virgen en Loyola, el don ex*
traordinario de una ca»tidad perfectUlma, de suerte
que en lo retíante de »u vida «nunca má» tuvo ni un
mínimo con»en»o en co»a» de carne·» pero repugna a
mi bien probada humildad, a »u característica pruden*
ii« y a la extremada cautela con que procedí »lempre,
el ¿ i ir o pensar que, poniéndose voluntariamente en
tan grave riesgo, habla de con»ervar la gracia de Dio»
y «alir incólume. Segundo, de decirlo uno de lo» do»,
má» bien se ha de atribuir a Calixto, que no tenia la
prudencia y madure* de Iñigo y que a larga no per*
«everó en »u vida de au»teridad y de celo, »ino que
«cabó por dar»« a lo» negocio» mundano».
Nada de particular t#ndrla que este Joven (¿portu«
i¿u¿»?), ponderando »u firme voto de ca»tidad, o bien
Atiabando la virtud eximia de Iñigo, »c expresase en
término» hiperbólico», que una mujer dema»lado fo­
gueada podía traducir en imágene» harto gráfica». Pero,
rn fin, sospecho que ni «iquiera Calixto pronunció e»a»
palabra», »ino que fue la propia María de la Flor la
que, rn una forma o en otra, la* dijo de «i misma y
la» p e n s ó respecto de Calixto, hacia quien »entía vene*
melón y amor. No» induce a Juagar a»l el te»tlmonio
impar* la! de Ana de Benavente, prima y amiga de Mil·
ría, quien, contando la» ni Urna» co»a» o aludiendo a
rilas, sólo dice lo que »Igue:
«La María de la Flor le» dlxo que tenía gana di »«
<«) Ibld, él I

114
Ir ül campo fa facer In vida de santa Mari« Egipciaca;
e ésta te dixo que también estaba eil» en lo mismo,,,
V. la Murk de I« Flor dixo que se Irl» con el Callsto;
t* d Calico 4ixo i «¿Cómo osartedes ir conmigo, putt
non nw connosces? E no ec 1c acuerda ίο que te re#*
ponúió, más (te que te Marte da 1a Flor, después de ido
d (al 1*to fdijoj, que podría e*tar con el Caíisto, сото
i on una doncella, an íu cámara» (69),
Aquí, como se ve, adamé· (te estar te expresión muy
mítíguda, no se refiere para nada a Iñigo; ni a· Calixto
quien se Jacta da su virtud, sino Marte de te Flor, te
cual, aunque arrepentida de sus desórdenes anteriores,
no с» extraño que fomentase tales imaginaciones, ya
que buficaba un consolador de sus triste»*· ifimotiva*
<la* y parece que se había enamorado un poquito del
piadoso Calixto# m
listo nos ha de poner en guardia para, cuando lea­
mos procesos de alumbrados o de otros semejantes,
no crccr inmediatamente y a pte Juntilla· todas tes
enormidades que ciertas mujeres de morbosa fantasía
nur leu testificar contra determinados reos (70).
Otra acusación de tipo iluminista: no informar ni
consultar a los confesores.
/М ., 6IÄ,
(70) \Uhm de»pu4· «»t« mujer hlpcrc»té»k:· I m u ütr« ecu-
4t4< ión tout i o lo* cotripttAeto* de IAlgo, »In cxcluif s éfcte; *ii
т и ш ь hnMiihun con ésts e con otrs», мг juntsa mocho « Isa
r 1h i mre ИедоЬип mu? Junto», («ule como dropes»
don H ruin m tu verdad Item, declero que, сшихк> «Igun«
»imí**# Unir itgwtl» de le* hsbtsr, dios llenen grsnde placer,
<11<;1пм1о que quieten Киnur equet sltns,· Scripta d t S, f gnat io,
I, 6h. Oue alguno de ello· cometiese slgun* ve* slguns impru
<hin Im r* po*IMe, nunqur ningún otro l«*tifo «lude s «O
lo* p/o< <·*<>*, y nudle Ir* ecusá jsmá» de un silo reprensible
-ΊΙ ^diu niMteiiM. Lm linsgliirnlún de equals, que «ere ente*
iiiuIh mujer», *e eluclnebe fAcllmrnte. SU to· jueces *tl**ÍA*Ü
«o* ЬиЫггмп descubierto sunque mi fuer» má* que une w s
l»re »It* iriHiu he en Is conducts de Iñigo, te hubieren impuesto
i.lyiinii |h*iiu, o por lo menus hubtórunte interrogado «obre ello;
pem ni *U|ulers tr«tiiron de hscer invest lg«ict**ne· «ubre ten
vhiim h< ii*uc ión. Mitin t ime resplundects le lux de *u conduct·
nuil* ion hombre·.

US
De nuevo tenemos que oir a María de la Flor, aun­
que no se exprese con toda claridad y precisión.
«£ ésta le dixo a Innigo un pensamiento que le había
venido, e que le había confesado a su confesor, e que
le había dicho que era pecado mortal, e había confe­
sado e recibido el santo sacramento aquel día. £ le
dixo el Iñigo que pluguiera a Dios que non se hobiera
levantado aquel día; porque aquello, que decía que
había confesado, no era pecado mortal ni venial, e que
antes era buen pensamiento... E otra vez Iñigo la dixo,
que lo que con ellos platicaba no había necesidad de
decillo a los confesores... E una vez le vino a ésta, que
declara, agonía de se ir a un yermo; e que lo dixo a
Calisto para que le dixese lo que le parescía. E le dixo
que era buen pensamiento, e que, como ella quisiese,
se faría. E ésta le dixo que se quería ir con él; e él le
dixo que como ella quisiese, que de la manera que ella
quisiese, se faría (71). E después esta testigo habló con
Innigo e le dio parte de ello. E que después Iñigo ha­
bló con esta que declara, e le dixo que, cuando él se
había salido (de su casa paterna), non se había acon­
sejado con ninguno; dándole a entender que para aque­
llo non había menester consejo. E una ves estaba ésta,
que declara, determinada de se ir con el Calisto, e pensó
en su pensamiento de decir que él la hubiese levanta­
do {¿impulsado?). E ésta, que declara, confesó esto a
su confesor; e el Iñigo la rinió mucho aquello» (72).
Esta prohibición de manifestar a sus confesores lo
que Iñigo les aconsejaba, si se junta con la costumbre
de reunirse en sitios poco públicos, fácilmente podía
engendrar sospecha de peligrosas doctrinas. Por eso el
juez quiso informarse bien.

(71) La frase condicional «como ella quixese», etc., sólo se


refiere al hecho de ir ella al yermo, no al ir acompañada de
Calixto. Sabemos que a la proposición de ir juntos, Calixto
respondió: «¿Cómo osaríades ir conmigo, pues non me con-
nosces?» Testimonio de Ana de Benavente. Scripta de S. Ignatio,
I, 616.
(72) Scripta de S. Ignatio, I, 614.

116
El ju e z in t e r r o g a a I ñ ig o en la cárcel.

«Después de lo dicho: en la dicha villa de Alcalá,


dies e ocho días del mes de mayo, año susodicho (1527),
el dicho señor vicario fue a visitar la cárcel eclesiásti­
ca; e mandó parescer ante sí al dicho Iñigo; e dixo
que bien sabe cómo antes de la Navidad próxima pa­
sada le hobo mandado e mandó por ante mí, el nota­
rio infrascripto (Juan de Madrid), que non ficiese ayun­
tamiento de gente, que se dice conventículo, para en­
señar ni dotrinar a nadie, segund que en el dicho man­
dato se contiene (73); e que el dicho Iñigo non lo
cumple, antes ha venido contra ello; que le face cargo
desto, como contra inobediente a los mandamientos de
la santa Madre Iglesia; y que si alguna ra$ón e discul­
pa tiene, que la diga e alegue; e está presto de la re-
cebir.
A esto respondió habérsele mandado, no por vía de
precepto; que si algunas palabras pasaron, fue a ma­
nera de consejo, de las cuales non se acuerda...
Item, declare si ha aconsejado a mujeres desta villa
o fuera della, casadas o por casar, que le descubran
lo que pasan con sus confesores en la confesión, e ve-
dádoles que dexen de confesar unas cosas e confiesen
otras...
Iñigo [respondiendo] dixo que algunas personas, des­
cubriéndoles ellas algunos escrópulos e tentaciones que
tenían, conociendo él que algunas cosas no eran pe­
cado, les dicía que non curasen de confesallo; e algu­
nas cosas, que les parescía que eran pecados, Ies acon­
sejaba que lo confesasen: e non pasa otra cosa. E que
niega haber él inquirido ni procurado de saber lo que
los confesados pasaban con sus confesores en la con­
fesión» (74).

(73) No es verdad que el mandato judicial contenga tal pro­


hibición. Acaso el vicario se lo prohibió de palabra, mas no
consta en la sentencia.
(74) Scripta de S. Ignatio, I, 618-619.

117
La tercera acusación que presentaba semejanzas con
los alumbrados se refería a los desmayos y amorteci­
mientos que padecían ciertas mujeres que conversa­
ban con los iñiguistas.
En efecto: por los procesos se puede comprobar que
a cinco mujeres de Alcalá, y a otras cinco que ya no
vivían allí, les habían sobrevenido extraños síncopes
con pérdida del conocimiento y de la sensibilidad.-En­
tre ellas, naturalmente, no podían faltar María de la
Flor y su prima Ana de Benavente. Ambas habían aban­
donado sus profanidades y modo de vivir desde que
conversaban con Iñigo y con Calixto.
Interrogada el 14 de mayo, Ana de Benavente, hija
de Mencía de Benavente, testificó, baio juramento, que
«desDués que habla con los susodichos le ha tomado
un desmayo tres o cuatro veces; e que le tomaba desta
manera: que estando consigo pensando cómo se había
apartado del mundo, ansí en el vestir como en otras
cosas de murmurar e jugar, la tomaba una tristeza que
se desmayaba; e algunas veces la tomaban desmayos
e perdía el sentido; e dos veces le tomaron unas bas­
cas del coragón, que se revolcaba por el suelo, e la te­
nían otras personas, e non podía sosegar, e la duraban
una hora, e otras veces más o menos. E cuando le de­
cían a Iñigo o a Calisto lo que había pasado, le decían
que no era nada; que se esforzasen con Dios. E a otras
mujeres les tomaban estos desmayos; a unas de una
manera, e a otras de otra...».
«Leonor, hija de Ana de Mena, vecina desta villa,
testigo jurado, etc. Preguntada cómo le contecen los
desmayos que le toman, cuando habla con Calixto e
con Iñigo, dixo que es verdad, que muchas veces, es­
tando pensando cómo había dexado la manera que ha­
bía tenido de reir e jugar, e pensando cómo se estaba
mejor antes, le venía una tristeza al corazón, e se le
quitaban los sentidos, e ni oía ni sintía, e facía bascas
con la apretura del corazón, e se revolcaba en el suelo;
e Iñigo decía que el enemigo le traía aquello, e que
pensase en Dios e su Pasión, e se le quitaría. E tam­
bién se desmayaban María de la Flor, e Ana Días, e la
de Benavente, e otras mogas que no están en la villa.»
118
«La dicha Mencía de Benavente, jurada, etc..., dixo
que a ésta, que declara, le tomaba mal de madre, e le
tomaban unos desmayos; e ella lo tiene por mal de
madre... E a su hija desta, que declara, le tomaban unos
trasudores; e a Ana Días... e a María de Santorcás...
e otra moga de los Yélamos... E esta es la verdad» (75).
¿Sería aquello una epidemia de histerismo? ¿Tendría
tal vez origen sobrenatural? La autoridad eclesiástica
quiso saber qué pensaba de ello el mismo Iñigo. La
respuesta del santo fue clara y precisa. Sin meterse en
psicologías o psicopatologías, que son del gusto mo­
derno y fundándose en su propia experiencia de con­
vertido, explicó la causa de las tentaciones y tristezas
de aquellas mujeres. De los desmayos no podía hablar
por experiencia, porque él no los había tenido; pero
los juzgaba efecto natural de turbaciones internas.
«A esto dixo que en cinco o seis mujeres ha sentido
los dichos desmayos...; e que la causa que él alcanga
destos desmayos es que, como se mejoraban en la vida
e se apartaban de pecados, tentaciones grandes que
les venían, ora del demonio, ora de parientes, les facía
venir a quellos desmayos por la repunnancia que sen­
tían dentro en sí; e que él las consolaba cuando así las
veía, diciendo que tuviesen firmega en las tentaciones
e tormentos; que si ansí lo ficiesen, dentro de dos me­
ses non sintirían tentación alguna de aquellas; e se lo
decía, porque en lo de las tentaciones parece lo sabe
por esperiencia en su propia persona, aunque non en
lo de los desmayos» (76).
Sabemos por las biografías de San Ignacio de Loyo-

(75) Ibíd., I, 615-617.


(76) Ibíd., I, 619. De las Acta P . Jgnatii, n. 61, parece dedu­
cirse que, antes de este interrogatorio del 18 de mayo, tuvo
otro en la misma cárcel, en que Figueroa «le examinó de mu­
chas cosas, hasta preguntarle si hacía guardar el sábado» (Font.
narrat., I, 448), es decir, si judaizaba. Asimismo le preguntó so­
bre las dos peregrinas, protegidas de Ciruelo, de las cuales
también se trató en este segundo interrogatorio. A lo de ju­
daizar respondió el santo, según refiere Polanco: «Sabbatis,
inquit ille, devotionem erga B. Virginem suadeo; alias obser-
vationes sabbati ignoro, nec in patria mea judaei esse solent.»
MHSI: Chronicon, I, 37.

119
la cómo padeció él semejantes tentaciones de desalien­
to y aun de desesperación en sus primeras austerida­
des de Manresa. Como hombre experimentado, podía,
pues, dirigir con destreza a estas almas principiantes
en la virtud, y lo que les aconsejaba era que, sin dar
importancia al caso, meditasen en la Pasión de Cristo
Nuestro Señor. Con tales remedios, bien ajenos a la
doctrina de los alumbrados, y con la práctica diaria
del examen de conciencia y la frecuente recepción de
los sacramentos, aun las mujeres de más baja ralea
—no digamos las más distinguidas y piadosas, que na­
turalmente no aparecen en los procesos—, iban adelan­
tando en los caminos de la virtud y perfección cris­
tiana. «Y con esto —dirá más tarde San Ignacio— se
hacía fructo a gloria de Dios. Y muchas personas hubo
que vinieron en harta noticia y gusto de cosas espiri­
tuales, y otras tenían varias tentaciones» (77).

S entencia judiciaria .

A nadie que conozca el ambiente en que se movían


los alumbrados de aquella tierra y de aquellos años
le sorprenderá que Iñigo y los suyos fueran tildados
de sospechosos de iluminismo. Aquí lo notable es que
no interviniera la Inquisición, y que fuese solamente
la autoridad diocesana la encargada de sustanciar el
juicio. El licenciado Juan Rodríguez de Figueroa debió
de persuadirse inmediatamente de la sólida ortodoxia
de aquel reformador, del sentido profundamente cris­
tiano y evangélico que brillaba en sus modos de pro­
ceder y de aconsejar, y finalmente de su ascetismo
ejemplar, de su obediencia rendida y de su apostolado
eficaz.
Con todo, no como pena correccional, sino como me­
dida de cautela, ya que Iñigo no había estudiado su-

(77) Acta P. Ignatii, n. 57, en Font. narrat., I, 440. Después


de fundar la Compañía, San Ignacio será mucho más cauto en
la conversación con mujeres. Véanse sus normas en Ignat.
Epist., XII, 46 y 677.

120
ficiente teología y sus compañeros todavía menos, creyó
prudente prohibir sus formas de predicación popular.
En aquel ambiente español de suspicacia y de alarma
continua ante cualquier peligro de herejía, la sentencia
resulta mitigada.

«En la dicha villa de Alcalá, primero de junio del


dicho año [1527], el dicho señor vicario mandó pa-
rescer ante sí al dicho Iñigo; e dixo que por causas
justas que a ello le movían..., que mandaba e man­
dó al dicho Innigo, que dentro de diez días pró­
ximos siguientes dexe el hábito que trae, ques una
ropa larga a manera de hopa, e se conforme con
el hábito que traen los naturales destos reinos, to­
mando hábito de clérigo o de lego... Otrosí, le man­
dó que de aquí adelante, por espacio de tres años
cumplidos, que corran desde hoy dicho día, no en­
señe ni dotrine a persona alguna, hombre ni mu­
jer, de cualquier estado o condición que sea, en
público ni en secreto, haziendo ayuntamiento de
gentes, privada o particularmente...; ni cure de de­
clarar los mandamientos, ni otra cosa tocante a
nuestra santa fe católica, por el espacio de los di­
chos tres años cumplidos... Lo cual dixo que le
mandaba e mandó so pena de excomunión ma­
yor» (78).

Tal sentencia hería al autor de los Ejercicios espiri­


tuales en lo más esencial de su vocación, que era el
apostolado. Ya no podría hablar de cosas de Dios ni
dirigir espiritualmente a las muchas personas que se

(78) Scripta de S. Ignatio, I, 621-22. Al fin del acta notarial


se leía: «Este dicho día fue notificada esta sentencia e man­
damiento a Ju° Lopes e a Recalde (Reinalde) e a Calisto e a
CaQ[e]res.» Pero otro notario, al compendiar el documento, no
leyó bien y escribió así: «Este dicho día fue notificada la sen­
tencia e mandamiento a Iñigo López de Recalde e a Calisto
e a Cáceres.» Tal es el origen de que historiadores mal infor­
mados repitan que el nombre y apellido de San Ignacio era
Iñigo López de Recalde. Nótese que en Alcalá nunca aparece
el apellido de Loyola. Siempre se habla de Iñigo a secas, o de
Iñigo López .

121
le acercaban, atraídas por la fuerza magnética que ema­
naba su palabra ardorosa, su mirada profunda, su evan­
gélico modo de proceder. ¿Y de qué iba a hablar él si
no hablaba de Cristo y del servicio de Dios? Por eso
es natural que aquella sentencia que cortaba las alas
a su celo le doliese agudamente, dejándole un momen­
to desconcertado y perplejo. ¿Obedecería sencillamente
o saldría de Alcalá, poniéndose fuera de la jurisdicción
toledana?
Él mismo nos asegura que «estuvo un poco dubdoso
lo que haría, porque parece que le tapaban la puerta
para aprovechar a las ánimas, no le dando causa nin­
guna, sino porque no había estudiado. Y en fin él se
determinó de ir al arzobispo de Toledo, Fonseca, y po­
ner la cosa en sus manos» (79).

Camino de S alamanca.

La entrevista de Iñigo de Loyola con el prelado tole­


dano, Alfonso de Fonseca y Acebedo, tuvo lugar en Va­
lladolid a principios de julio, según queda referido en
otro capítulo, al tratar del erasmismo. Acogimiento cor­
tés, amable y obsequioso; no podía esperar más aquel
pobre estudiante, pues Fonseca no iba a anular la sen­
tencia dictada por su representante en Alcalá. Lo que
le ofreció fue su favor y amparo, si se decidía a pasar
a la Universidad salmantina, donde Fonseca acababa
de fundar un Colegio mayor (80).
Y a Salamanca se dirigió el Peregrino con sus cuatro
compañeros en el caluroso mes de julio.
Quiero recordar aquí que aquel Juan Rodríguez de
Figueroa, su juez complutense, se halló presente en
Roma, el año 1538, en ocasión de una brava tempestad

(79) Acta P. Ignatii, n. 63, en Font. narrat., I, 450.


(80) No consta expresamente que le ofreciese una beca en
el «Colegio del Arzobispo». Los primeros becarios conocidos
de a q u e l naciente Colegio son de 1528. L. F e r r e r - H . M i s o l : Ca-
tálogo de colegiales del Colegio Mayor de Santiago el Cebedeo,
del Arzobispo (Salamanca, 1956). E. M adruga : Crónica del Co­
legio Mayor del Arzobispo de Salamanca (Salamanca, 1953).

122
de falsas informaciones y de calumnias que se levantó
contra Ignacio de Loyola; y el antiguo vicario general
testificó ante el gobernador pontificio que en Alcalá,
después de diligente investigación, no se había encon­
trado nada contra su vida y doctrina.
La estancia de Loyola en Salamanca no duró más
de dos meses, incluido el paréntesis oscuro de veinti­
dós días de cárcel. Porque allí le ocurrió compendiosa­
mente lo mismo que en Alcalá. Más que estudiar, lo
que hace aquel ferviente reformador es adoctrinar a las
gentes sencillas y dar sus Ejercicios espirituales.

«¿Q ué es lo que pr ed ic á is ?...


Agora que hay
tantos errores de E rasmo.»

El subprior de los dominicos invita a Iñigo y Calixto


a que vayan a comer un día con los frailes. «En nom­
bre de Dios», acepta Iñigo. De sobremesa, el subprior
les alaba su modo de predicar «a la apostólica», pero
insinúa sospechas de iluminismo y aun de erasmismo.
Recuérdese que en aquellos días las doctrinas de Eras­
mo se estaban discutiendo en Valladolid (81). Pero de­
jemos la palabra al interesado:

«Luego los frailes hicieron cerrar todas las puer­


tas, y negociaron, según paresce, con los jueces.
Todavía los dos estuvieron en el monasterio tres

(81) Por eso Fr. Francisco de Vitoria, el sumo teólogo sal­


mantino, se hallaba ausente aquellos días. En el convento de
San Esteban el superior que interrogó a Iñigo era Fr. Nicolás
de Santo Tomás, religioso gallego de mucha oración y gran
austeridad de vida. Conocía bien los peligros de los alumbra­
dos por haber intervenido (26 febrero 1524) en el proceso con­
tra Antonio Medrano, clérigo de mala fama. Y, sin duda, co­
nocía también el proceso contra Luis de Beteta, en el que
salía a relucir un proyecto de Juan López, confesor del almi­
rante don Fadrique Enríquez, que pretendía reunir un grupo
de prosélitos, «hacer doce apóstoles para convertir a los cris­
tianos a su opinión, para andar por el mundo», y, mientras
tanto, congregarse en una casa de campo que el almirante les
había cedido en Medina de Ríoseco, y «vivir en aquella casa...

123
días sin que nada se les hablase de parte de la jus­
ticia, comiendo en el refitorio con los frailes. Y
cuasi siempre estaba llena su cámara de frailes,
que venían a velles; y el Peregrino siempre habla­
ba de lo que solía; de modo que entre ellos había
ya como división, habiendo muchos que se mos­
traban afectados. Al cabo de los tres días vino un
notario y llevóles a la cárcel... Al otro día, como
se supo en la cibdad de su prisión, les mandaron
a la cárcel en qué durmiesen, y todo el necesario
abundantemente; y siempre venían muchos a visi-
talles, y el Peregrino continuaba sus exercicios de
hablar de Dios, etc. El bachiller Frías (Martín, vi­
cario del obispo) les vino a examinar a cada uno
por sí, y el Peregrino le dio todos sus papeles, que
eran los Exercicios, para que los examinasen...
Y algunos días después fue llamado delante de cua­
tro jueces... Y aquí le preguntaron muchas cosas,
no sólo de los Exercicios, mas de teología, verbi
gratia, de la Trinidad y del Sacramento, cómo en­
tendía estos artículos. Y él hizo su prefación pri­
mero. Y todavía, mandado por los jueces, dixo de
tal manera, que no tuvieron qué reprendelle... Des­
pués le mandaron que declarase el primero man­
damiento de la manera que solía declarar. Él se
puso a hacello, y detúvose tanto y dixo tantas co­
sas sobre el primero mandamiento, que no tuvie­
ron gana de demandalle más. Antes desto, cuando
a la apostólica». Interesáronse en el proyecto Bernardino Tovar
y Miguel de Eguía, a quienes ya conocemos; Luis de Beteta,
sacerdote de Toledo; Juan del Castillo, maestro de griego; algún
dominico y otras personas. No hay que decir que dicho plan
fracasó por las tendencias iluministas que se descubrieron en
varios de los «apóstoles». Baste notar aquí que Juan López
pereció en la hoguera hacia 1530, y el maestro Castillo tuvo
igual fin en 1535. Si el superior de San Esteban conoció tales
proyectos, se explica muy razonablemente que interrogase a
Iñigo y a Calixto sobre su forma apostólica de vivir y predicar,
sobre la doctrina que enseñan, si la saben «por letras, o por
Espíritu Santo». El clima iluminista, más que el erasmiano,
de aquella hora lo ha ilustrado bien V. B eltr An de H e r e d ia : Es­
tancia de San Ignacio de L. en San Esteban de Salamanca:
«La Ciencia Tomista», 70, 1956, 507-528.

124
hablaban de los Exercicios, insistieron mucho en
un solo punto, que estaba en ellos al principio:
de cuándo un pensamiento es pecado venial y de
cuándo es mortal. Y la cosa era, porque, sin ser
él letrado, determinaba aquello. Él respondía: si
esto es verdad o no, allá lo determinad; y si no es
verdad, condenaldo; y al fin ellos, sin condenar
nada, se partieron... Y a los 22 días que estaban
presos, les llamaron a oir la sentencia, la cual era
que no se hallaba ningún error ni en vida ni en
doctrina; y que así podrían hacer como antes ha­
cían, enseñando la doctrina y hablando de cosas
de D ios/con tanto que nunca difiniesen: esto es
pecado mortal, o esto es pecado venial, si no fuese
pasados cuatro años, que hubiesen más estudiado.
Leída esta sentencia, los jueces mostraron mucho
amor, como que querían que fuese aceptada. El
Peregrino dixo que haría todo lo que la sentencia
mandaba («en cuanto estuviese en la jurisdicción
de Salamanca»), mas que no la aceptaría, pues, sin
condenalle en ninguna cosa, le cerraban la boca
para que no ayudase los próximos en lo que pu­
diese» (82).

En el poco tiempo que permaneció en la ciudad del


Tormes sabemos que tuvo ocasión de tratar de cosas
espirituales con una beata que vivía emparedada junto
a la iglesia de San Juan. Tales reclusas, generalmente
fuera de la población, eran frecuentes en la Edad
Media. De la de Salamanca no conocemos ni el nom­
bre, pero se conserva una carta autógrafa de San Ig­
nacio, escrita el 24 de julio de 1541 y dirigida «A mi en
(82) Acta P. Ignatii, n. 66-70, en Font. narrat., I, 454-460. La
sentencia del tribunal salmantino era muy prudente y más mo­
derada, sin duda, que la del complutense. Aun estando fuera
de España, San Ignacio se abstuvo de predicar —no de dar
los Ejercicios— hasta haber estudiado varios cursos de teolo­
gía en París. Y años adelante, cuando escriba las Constitucio
nes de la Compañía, mandará que ninguno salga a predicar
o a otros ministerios semejantes antes de acabar los estudios,
«habiendo oído el curso de artes y studiado cuatro años en
teología». Constit., pág. IV, cap. 9.

125
Cristo N. S. carísima hermana» la emparedada de San
Juan, en Salamanca», enviándole desde Roma unas
cuentas benditas, indulgenciadas por Paulo III, «para
vuestra consolación y provecho espiritual» y «para la
vuestra buena compañera y mi carísima hermana en
Cristo nuestro Señor» (83).
Esta devoción a las indulgencias y a las cuentas del
rosario no se podrá decir que tenga nada de erasmis-
mo ni de iluminismo. De ello estaban bien persuadidos
los jueces que examinaron y juzgaron al santo.
Escribiendo éste al rey de Portugal en 15 de marzo
de 1545 niega su comunicación con los alumbrados en
estos términos: «Y en todos estos procesos, por sola
gracia y misericordia divina, nunca fui reprobado de
una sola proposición, ni de sílaba alguna, ni dende
arriba, ni fui penitenciado, ni desterrado. Y si V. A.
quisiese ser informado por qué era tanta la indigna­
ción y inquisición sobre mí, sepa que no por cosa al­
guna de cismáticos, de luteranos, ni de alumbrados,
que a éstos nunca los conversé ni los conocí; mas por­
que yo, no teniendo letras, mayormente en España, se
maravillaban que yo hablase y conversase tan largo en
cosas espirituales* (84).

H acia nuevos horizontes .

Iñigo de Loyola no podía dudar de que Dios lo Ha·


maba a la vida apostólica. Sin ser aún sacerdote, pre­
dicaba dondequiera que estuviese, y no podía menos

(83) MHSI: Ignatii Epist., I, 172-173.


(84) Ignatii Epist., I, 297. Que la Inquisición nunca le pro­
cesó, testifica A. Araoz haberlo oído a los inquisidores de Va-
lladolid. Epist. mixtae I, 227. A pesar de todo, en 1553 el
dominico fray Tomás de Pedroche afirmará falsamente que
«este Ignacio o Iñigo de Loyola, según es fama, fue notado
en la Inquisición por hereje, uno de los dejados o alumbra­
dos». Y examinando por su cuenta los Ejercicios espirituales,
cree descubrir señales de iluminismo, pues anota: «Este Igna­
cio o Iñigo de Loyola fue español, y fue de tan pocas letras,
que no supo ni fue bastante para escribir estos Exercicíos y
documentos en latín, sino en romance y lengua española. Item

126
de predicar. Con el ejemplo de su pobreza, de su bu*
mildad, de su celo y de su espíritu genuinamente evan­
gélico. Predicaba sencillamente, popularmente, con pa­
labra de fuego, enseñando a amar a Dios y a llevar una
vida cristiana, lo mismo a las mujercitas del pueblo
que a los estudiantes; a los enfermos, a los encarce­
lados, a las damas linajudas, como a los clérigos de
buena voluntad; a todos los que en las plazas o en
las habitaciones le hacían corro para escucharle y pe­
dirle consejo. Era un predicador ambulante y conver­
sacional, a lo Francisco de Asís, con menos ingenuidad
y poesía, pero con no menos ardor y misticismo. Ya
entonces se podía decir de él lo que más tarde consig­
nara uno de sus discípulos: «Admirandus erat in ser­
mone, porque su conversación era grave, no rápida, ni
precipitada, ni insustancial, sino sólida, eficaz y pro­
pia de un hombre santo..., porque aquel varón biena­
venturado poseía una maravillosa gracia de hablar» (85).
Y a esto añadía su insuperable magisterio espiritual,
un nuevo método de reforma y de transformación del
alma, sintetizando en sus Ejercicios, y una atracción
personal, en cuyo círculo caían todos los que anhelaban

más, se ha de notar y ponderar, que de la experiencia interna


de su pecho y de la interior unción del E spíritu Santo, que
no de los libros, sacó y compuso el dicho Ignacio o Iñigo estos
Ejercicios y documentos espirituales. Lo cual sabe, y no poco,
a la fuente de los dexados y alumbrados, los cuales, dexado
y pospuesto lo revelado en los libros, se remiten y entregan
a lo que el Espíritu Santo les dice dentro de su pecho.» ¡Qué
frase tan exacta esa de la experiencia y de la unción, y qué mal
interpretada! Refiriéndose luego a la Anotación 15, añade Pe-
droche: «A mi ver, clara y abiertamente, esta doctrina es de de­
xados y alumbrados.» MHSI Chronicon Polanci III, Apend., pá­
ginas 504-505. El insigne teólogo Melchor Cano tiznará igualmente
a Ignacio de alumbrado, confundiendo la «indiferencia» igna-
eiana con la pasividad quietística y acusando al santo de ha­
berse escapado de España, huyendo de la Inquisición. A. As-
tr a in , Historia de la Compañía, I, 324-325. Epist. mixtae, III,
666. En 1557 escribía: «Dico igitur et vere dico que éstos son
los alumbrados, que el demonio tantas veces ha sembrado en
la Iglesia.» F . C abaujbro , Conquenses ilustres. Melchor Cano
(Madrid, 1781), p. 526.
(85) Palabras del belga Oliverio Manare, en Scripta de S. Ig-
natio, I, 513.

127
una renovación religiosa. Por eso, naturalmente, le era
imposible renunciar al apostolado y al proselitismo.
Viendo que en Salamanca le ponían trabas, como en
Alcalá, pensó en la Universidad de París, entonces to­
davía la más célebre del mundo. La riada de jóvenes
españoles que año tras año desembocaba en el Sena
comenzaba a menguar un poco, pero todavía eran mu­
chos los que se dirigían a la capital de Francia.
Iñigo de Loyola fue uno de ellos. La Divina Providen­
cia le conducía al que era en aquel trance histórico
el mejor observatorio intelectual y religioso de Euro­
pa. Allí tendrá ocasión más propicia de conocer la co­
rriente erasmiana y el peligro protestante; allí com­
prenderá mejor la necesidad de reforzar la obediencia
y sumisión a la suprema autoridad del Pontífice ro­
mano.
C a p ít u l o I V

ANTE EL ERASMISMO PARISIENSE

Mediaba septiembre cuando Iñigo abandonó la ciu­


dad del Tormes, «llevando algunos libros en un asnillo;
y llegado a Barcelona, todos los que le conoscían le de-
suadieron la pasada a Francia por las grandes guerras
que había, contándole exemplos muy particulares, has­
ta decirle que en asadores metían [a] los españoles;
mas nunca tuvo ningún modo de temor. Y así se par­
tió para París solo y a pie» (1).
Peregrinando atravesó casi toda Francia, en lo más
crudo del invierno, mendigando de pueblo en pueblo
y sin conocer la lengua de aquellas gentes enemigas,
hasta que el día de la Purificación de Nuestra Señora
pudo divisar las torres de Notre-Dame. «Con próspero
tiempo —escribió a sus amigos barceloneses— y con
entera salud de mi persona, por gracia y bondad de
Dios N. S., llegué en esta ciudad de París a dos días
de Hebrero, donde estoy estudiando hasta que el Se­
ñor otra cosa de mí ordene» (2).

«B ajo el hermoso y claro sol de F rancia .»

Ya no era la Universidad Parisiense aquel «pulcher


et claras sol Franciae, imo totius Christianitatis », que

(1) Acta P. Ignatii, n. 72-73: Fontes narrat. I, 463-64.


(2) Carta a Inés Pascual, 3 de marzo 1528: Ignat. Epist. I, 74.

129
9
decía Gerson un siglo antes; pero aún se tenía por la
más prestigiosa del mundo —especialmente su Facultad
de teología—. La integraban más de cincuenta colegios,
en los que numerosos maestros impartían la enseñan­
za a unos 4.000 estudiantes venidos de todas las nacio­
nes (3). Entre ellos vivirá Iñigo de Loyola —que en­
tonces empezó a usar el nombre de Ignatius— durante
largos años. Años fecundos, decisivos y soberanamente
aleccionadores.
Era una época de crisis y de lucha entre lo antiguo
y lo nuevo, entre los aferrados a las viejas usanzas y
los reformistas que se daban la mano con los revolu­
cionarios, entre el escolasticismo decadente, encastilla­
do en la Sorbona y en el Colegio de Montaigu, y el
humanismo innovador, alojado en otros colegios, como
los de Lemoine, Lisieux, Sainte-Barbe (Santa Bárbara)
y, sobre todo —desde 1530—, en el Collége Royal, in­
dependiente de la Universidad.
Cuando llegó San Ignacio, hacía ya muchos años que
Erasmo había abandonado la ciudad del Sena para
nunca más volver. Pero su espíritu no se había aleja­
do; continuaba allí presente, y animaba no pocos círcu­
los de humanistas y eruditos en la corte del rey Fran­
cisco I y de su hermana Margarita, en algunos Colegios
de la Facultad de Artes, en las tipografías de Badius
Ascensius y de Robert Estienne. ¿Qué gramático, lite­
rato y filólogo no erasmizaba entonces?
También, claro está, se dejaba sentir animosamente
la reacción de los que Erasmo llamaba «teologastros».

(3) Se exageró mucho el número de los estudiantes de París.


En el siglo xiv debió de acercarse, cuando más, a 10.000 (Char-
tul. Univ. Par. III, 504, 604). Después fue decayendo. En 1495
eran muchos los estudiantes que la abandonaban por temor
del morbus gallicus traído por los ejércitos de Italia. Así ha­
bla la Universidad en un poema latino de aquel tiempo:
«O studiis inimica lúes...
Olim mater eram densa circumdata foetu,
nunc mihi de multis vix extat millibus unus» (C. DU Bou-
lay : Hist. Univ. Par., París, 1665-73, tom. V, 813). Noticias de 42
colegios trae J. M. Prat, Maldonat et l'Univ. de P. (París, 1856),
páginas 527-37. Hasta 68 colegios enumera C. J o u r d a in : Index
chronologicus chartarum (P. 1862), v. Indice.

130
Un teó lo g o c h a p a d o a la a n t ig u a .

Jefe y caudillo de todos los antierasmistas era el sín­


dico de la Facultad teológica, Noel Beda, educado des­
de su primera juventud en la férrea y monacal disci­
plina que Juan Standonch había impuesto a su Colegio
de Montaigu (o Monteagudo), dentro de cuyos muros
había conocido personalmente a Erasmo y convivido
con él cuando éste cursó allí teología, de 1495 a 1496.
Amaestrado en el escolasticismo decadente de la es­
cuela de Montaigu, cuyo más célebre filósofo y teólogo
era el escocés John Mair (4), despreciaba Beda sobera­
namente las letras clásicas, y juzgaba, como otros ami­
gos suyos, que el griego era la lengua de las herejías.
A la muerte de aquel ardiente y celoso reformador
que se llamó Standonch, Beda le sucedió en el cargo
de principal del Colegio de Montaigu (1504-1514), Cole­
gio sobre el cual pesó su sombra largos años, aún des­
pués de dejar la principalía a Pedro Tempéte (1514-28),
«grand fouetteur d’escoliers», al decir de Rabelais. Juz­
gando por las alusiones de sus contemporáneos, pode­
mos imaginarnos a Noel Beda como hombre corpulen­
to, cargado de espaldas y pescozudo, a quien el autor
de Pantagruel atribuye humorísticamente un libro De
optimitate triparum.
Integérrimo en sus costumbres y debelador infatiga­
ble de las herejías, aunque harto estrecho de criterio,
olfateaba con pertinaz insistencia cualquier rastro de
heterodoxia, y lo denunciaba públicamente, valiéndose
de su gran autoridad entre los Magistri nosíri de la
Sorbona. Por antipático que nos parezca cuando se en­
saña contra Lefévre d'Étaples, contra Josse van Clich-
tove, contra Jacques Merlin, contra Margarita de Na­
varra o contra Erasmo, y cuando se empeña en defen-
(4) Sobre el nominalismo de los maestros de Montaigu, tra­
to ampliamente en mi libro Im Universidad de París durante
los estudios de Francisco de Vitoria (Roma, 1938), pp. 106-126;
y sobre las ideas y personalidad de Mair (Joannes Major), ibid.,
127-164.

131
der proposiciones insostenibles, hay que reconocer en
él un celo ardiente de la fe católica y una noble intre­
pidez que le llevó a arrostrar las iras del rey, la pri­
sión, el exilio y la muerte (5).
Mérito suvo fue el haber dado la voz de alarma con-
tra el luteranismo que empezaba a invadir la tierra de¡
Francia y el haber luchado como pocos en la resisten­
cia a esa invasión extranjera. Hombro a hombro com­
batían con él valerosamente el doctor Guillermo Quer­
áis (Duchesne, 1 1525) y el cartujo Pedro Sutor (Cou-
tourier, f 1537) (6). Y le favorecían con su amistad y
con su aplauso hombres como Francisco Le Picart, el
más fervoroso predicador de París; el doctor portugués
Diego de Gouvea y el español Pedro Ortiz.

B eda contra E rasmo.

Los principales lances del duelo Beda-Erasmo son los


siguientes:
Conviene recordarlos, porque Ignacio de Loyola no
pudo menos de seguirlos atentamente y de cerca, al
menos en sus últimas etapas. Así le fue muy fácil —sin
leer a Erasmo— conocer las opiniones erasmianas, bien
(5) Nos parece aceptable el moderado juicio de M. Crévier:
«Caractére inquiet et ardent, qui ne mérite pas toutes les in­
vectives desquelles l’ont chargé les écrivains protestants, mais
que les catholiques ne peuvent louer sans restriction, vu qu'il
n’a pas honoré par la prudence des procédés la bonté de la
cause qu'il défendoit.» Histoire de VUniv. de París (P. 1761), V,
281-82. El odio que le profesaban los novadores se refleja bien
en una carta de Esteban Dolet: «Illud miror et stomachor Bed-
dam tam immanem atque pemiciosam bestiam pestemque ne-
fariam ab exilio revoca tum .. Beddae capiti vel gibbo et stru-
mae dirá omnia pemiciosaque precor.» Du B oula y : Hist. Univ.
Par. VI, 256.
(6) Erasmo se lamentaba en 1521 de que los impugnadores
de Lutero fueran tan ineptos: «Parisiis dúo potissimum impug-
nant Lutherum: Querquo normannus, seniculus virulentus, et
Bedda (Stan) donchensis, truncus verius quam homo.» A l l e n *
Opus epistolarum D. Erasmi, IV, 447-48. Cuando en 1529 le ar­
guya Beda de haber escrito d e m a s ia d o t a r d e contra L u t e r o ,
replicará Erasmo: ¿Y qué hacían entre tanto los doctores sor-
bónicos?

132
por las refutaciones del impetuoso teólogo sorbónico,
bien por el eco y aplauso que hallaban en muchos es­
tudiantes y maestros universitarios. ¿Qué se acordaba
ya él del Enchiridion, leído a tropezones, por la dificul­
tad del latín, en Barcelona? Muchas cosas en pro y en
contra de Erasmo había oído en Alcalá; quizá no se
había interesado mucho por aquel discutido autor. Pero
ahora, quieras que no, tenía que escuchar de labios de
sus compañeros y condiscípulos los argumentos que es­
grimía Beda y las respuestas de los erasmistas. Las pri­
meras escaramuzas entre los dos lidiadores habían te­
nido larga resonancia en la Universidad de París años
antes de que Iñigo de Loyola se asomase a aquel anfi­
teatro.
Una de las obras más leídas de Erasmo, Familiarium
Colloquiorum formulae, se fue acreciendo en sucesivas
ediciones. En la de 1522 aparece un diálogo entre Jorge
y Livino, que platican así: «¿De dónde vienes?» «Del
Colegio de Montaigu.» «Entonces, ¿vendrás cargado de
ciencia?» «De piojos, más bien...» «¿Y qué nuevas nos
traes de París...? «En París una Acelga sabe bien y
una Encina predica...» «Eso es prodigioso. Con tales
predicadores, los oyentes tienen que ser hongos o pie­
dras» (7).
La acelga, que era Noel Beda, no pudo menos de sen­
tirse herido, al verse así satirizado y hecho ludibrio de
todos los escolares, lo mismo que su amado Colegio de
Montaigu. Pronto hallaría ocasión de vapulear teológi­
camente a aquel gramático.
En efecto, en 1524 leyó las Paraphrases in No\n¿m
Testamentum, recién publicadas por Erasmo, notando
en ellas por lo menos cincuenta errores. Súpolo el autor
y le escribió una carta agradeciéndole las adverten­
cias. Lejos de calmarse, Beda tomó la pluma y dirigió
a Erasmo una dura reprimenda, tratándole como a un
hereje, ya que en sus escritos se burlaba del celibato,
(7) Colloquia cum notis selectis (Leyden, Rotterdam, 1664),
página 8. «Lutetiae Beta sapit et Quercus concionatur.» Nótese
la alusión a Beda (Beta en latín significa acelga ) y al doctor
Oucrcus o Duchesne. Sapit lo mismo puede significar «tiene
buen sabor» que «tiene sabiduría».
de los votos monásticos, de los ayunos, etc.; exhortá­
bale a mirar por la salvación de su alma y recomen­
dábale la lectura de la Imitación de Cristo en vez de
los autores paganos (8).
Es interesante el carteo de ambos personajes, que se
puede seguir bien en la edición oxoniense de Alien. Noel
Beda y todos los teólogos parienses estaban alarmados
por las herejías que brotaban en Francia y particular­
mente por los sucesos de Meaux, de que hablaremos en
el próximo capítulo. En vano se dirigió Erasmo a la
Facultad teológica defendiéndose con modestia de las
acusaciones del síndico (9). El 16 de mayo de 1526 los
Coloquios erasmianos fueron prohibidos en una forma
tan particularizada, que merece retener nuestra aten­
ción, porque pudo llegar a conocimiento de Ignacio de
Loyola.
Advirtamos primeramente que en la edición de los
Coloquios, hecha en Basilea en febrero de 1526, encon­
tramos uno nuevo (Ichthyophagia), en el que dialogan
un carnicero y un pescadero. Dice este último, zahi­
riendo a Beda: «Quid igitur sapiunt qui betis victitant?

(8) Allen : Opus epist. VI, 81-86. Carta del 21 de mayo, 1526.
Ya en mayo y jimio de 1525, a instancias de Beda, había con­
denado la Facultad de teología las versiones francesas, hechas
por el caballero Luis de Berquin, de ciertos opúsculos eras­
mianos, como Encomium matrimonii; Querela Pacts; Brevis ad-
monitio de modo orandi; Symbolum. C. D u p l e s s is d 'A r g e n t r é :
Collectio judiciorum de novis erroribus, II, 42-46. P. F e r e t , La
Faculté de théol. de P. Epoque moderne (Paris, 1900), I, 128-134.
(9) Carta del 6 de febrero, 1526: Al le n , Opus epist. VI, 258-59.
En unión con Beda, luchaba por entonces muy activamente
contra Erasmo el teólogo cartujo Pedro Sutor (Cousturier).
Erasmo se defendió: Adversus Petri Sutoris quondam theologi
Sorbonici, nunc monachi Cartusiani, debacchaticmem Apología
(Basilea, 1525), en Opera omnia, IX, 739-804, diatriba sangrienta,
tachando de ignorantísimo Zapatero al teólogo cartujo. Replicó
Sutor con Antapologia adversus quondam Erasmi Apologiam
(París, 1526) y con Apologeticum in novos Anticomaritas (Pa­
rís, 1526). Erasmo se reirá más adelante (v. nota 20) de este
barbarismo «Anticomaritas»*, con el que Sutor se refería a los
herejes «antidicomarianitas», mencionados por San Epifanio.
Sutor escribió mejor contra Lutero. Cfr. Feret, La Faculté de
théol. II, 392-96. Allen , VI, 132 nota.

134
Nimirum, quantum ipsae beíae» (10). Y poco después
traza una pintura cruel y despiadada del Colegio de
Montaigu, donde hasta las paredes tienen mente teo­
lógica, pero donde todo es suciedad, cochambre, mise­
ria, inhumanidad, abstinencia de carne, refección de
huevos podridos; fértil plantel o seminario de frailes.
No era sólo esto lo que a Beda se le hacía intolera­
ble en el escrito de Erasmo; veía repetidas allí mu­
chas de sus antiguas pullas, alusiones malévolas, exa­
geraciones y cuchufletas contra cosas santas y ordena­
das por la Iglesia. Por ello llevó al Colegio de la Sor-
bona un syllabus de proposiciones extractadas de los
Colloquia, a fin de que en toda la Universidad se pro­
hibiera la lectura del libro. Y el voto del síndico fue
aprobado por todos los Magistri nostri en la sesión
del 16 de mayo de 1526.

«Determinatio Facultatis super Colloquia Erasmi...


Anno Domini millesimo quingentésimo vicésimo
sexto, die decima sexta mensis maii, fuit congrega-
ta Facultas per iuramentum in Collegio Sorbonae,
ad deliberandum finaliter quid esset agendum de
libro qui inscribitur Familiarium Colloquiorum
opus... In omnium magistrorum praesentia repeti-
ta sunt et rememorata... Quod per autorem dicti
libri, quisquís is esset, ieiunia et abstinentiae Ec-
ctesiae parvipenduntur. Beatae Virginis et Soneto-
rum pro ludibrio habentur suffrazia. Virginitas si

(10) Colloquia, p. 451. Y más adelante: «Ante annos 30 vixi


Lutetiae in Collegio, cui nomen est ab aceto... —Illic, ut audio,
parietes ipsi mentem habent theologicam. —Sie est, ut dicis;
ego tarnen praeter corpus pessimis infectum humoribus, et pe-
diculorum largissimam copiam, nihil illinc extuli.» Describe te­
rriblemente la disciplina rigurosa que se observaba bajo Stan-
donch, «vir in quo non damnasses affectum, sed judicium om-
n in o desiderasses». Y confiesa que «a talibus initiis primum
orta sunt monasteria, quae nunc minitantur pontificibus et
m o n a rc h is » (se entiende en contra de Erasmo). Al fin anota:
«sunt fortassis haec jam correcta». Colloquia, p. 504-507. Así
e ra , en verdad. Beda había obtenido de León X, en 1513, una
b u la d e mitigación de la disciplina. P. G odet, La Congrégation
de Montaigu (Paris, 1912), pp. 59-69; 186-189. R. G. V illoslada,
l*a Universidad de Parts, p. 112.

135
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H7
escribe al dictado de algún bufón deseoso de hacer
reír. No menos de 181 mentiras, 310 calumnias y 47
blasfemias ha contado Erasmo en las Annotationes de
Beda. Este ha leído los escritos erasmianos sin enten­
derlos y los ha leído con mala voluntad. ¿Luterano
Erasmo, que desde 1524 se ha empeñado en una lucha
cuerpo a cuerpo con Lutero y que siempre se ha so­
metido al juicio de la Iglesia Católica? Sus críticas
y sus dudas se refieren a cuestiones que la Iglesia no
ha definido todavía, y las ha propuesto con modera­
ción en vísperas de un concilio que esperamos pondrá
remedio eficaz a las disensiones. Si reprende alguna
vez a los teólogos es sólo a los vanos disputadores, no
a los doctos. No emplea Beda la doctrina escolástica,
de la que tanto se ufana, sino la violencia de los ladro­
nes «v/ de los asesinos. Si a un sicofanta como Beda se
le confiase el oficio de teólogo de la Inquisición, con
ayuda de tres monjes bien escogidos no cesaría de dic­
tar sentencias y el verdugo haría lo demás. Erasmo
detesta a los herejes, pero a los verdaderos, a los que
yerran con malicia y son facciosos e incurables; él no
niega al obispo el derecho de inquirir y juzgar el error,
pero opina que tan sólo los obstinados y sediciosos
deben ser entregados a las llamas; tiene por impie­
dad el restar alabanzas a la Virgen, ha defendido el
libre albedrío, jamás ha hablado contra la Misa, ni ha
condenado los ayunos y las ceremonias; pero ha escri­
to libros para mostrar su buen uso... Sigue defendién­
dose con la habilidad de siempre de las innumerables
herejías que le achacaba el síndico en la exposición de
la Sagrada Escritura y procura dar sentido católico a
sus afirmaciones más audaces, mitigándolas o quitán­
doles su universalidad y haciendo prodigios de volati­
nero sobre la cuerda floja de su ortodoxia.
No vamos a seguir todas las peripecias de esta polé­
mica (14). A pesar del favor que a Erasmo dispensaba
(14) En noviembre del mismo año 1527, Erasmo trató de
reducir al silencio a Beda, apelando a su conciencia de un
modo patético y hablándole de sacerdote a sacerdote: «Mi fra-
ter, misere timeo saluti animae tuae... Redi ad cor, mi frater,
resipisce... Si contemnis hominum de te judicia, si me spemis

138
la corte de Francia, ante la cual su adversario Noel
Beda se hacía cada vez más odioso, el humanista no
pudo evitar que buen número de proposiciones, extrac­
tadas de sus Paraphrases in Novum Testamentum, fue­
ran condenadas por la Facultad teológica de París el
16 de diciembre de 1527 (15).
El 15 de marzo de 1528 confiesa que todavía batalla
gladiadoramente con los teólogos, o más bien con los
bedaicos, y que si los frailes por ahora se abstienen,
sólo Beda equivale a tres mil frailes (16).
de tua salute sollicitum, saltem reverere Deum, cordium ins-
pectorem et omnium perversarum molitionum ultorem... Qui
possit ab hominis pectore tantum calumniarum, tantum menda-
ciorum, tantum blasphemiarum proficisd, nisi Satanae spiritu
esset occupatum?» Y continúa diciendo cómo todos los hom­
bres buenos confiesan hallar provecho espiritual en las lectu­
ras de las Paraphrases. Beda es el único que siente lo contra­
rio. A l l e n , VI, 249. Casi al mismo tiempo escribe con igual
objeto al Colegio Sorbónico, quejándose de las acusaciones
inicuas, indoctas, ciegas y rencorosas de Beda. (Ibid., VII,
233,43); al Parlamento de París (ib., 245-48) y a Francisco de
Vitoria (ib., 255-61), cuya intercesión solicita, pensando errónea­
mente que el teólogo dominico se hallaba en París.
(15) D u p l e s s is d 'A r g e n t r é , Collectio judiciorum , II, 53-77. Las
proposiciones habían sido presentadas por Beda a fines de
julio de 1526, y sólo después de año y medio se dictó sentencia.
Nos interesa subrayar algunas de ellas, para examinar luego
si influyeron en Ignacio: «—Mihi purioris Christianismi vide-
tur... si nulli certum cibi genus praescribatur. —Quo magis
haeremus corporalibus caerimoniis, hoc magis vergimus ad ju-
daismum. —Cantiuncularum, clamorum, murmurum ac bombo-
rum ubique plus satis est, si quid ista delectant superos. —Jam
ars coepit esse theologia potius quam sapientia; theatrica ve-
rius quam ad veram pietatem accommodata.» Esta censura
vino a demostrar que Beda triunfaba en la Sorbona, a pesar
de las medidas tomadas por Francisco I contra él. Es de sa­
ber que el 7 de julio de 1527, movido el rey por su hermana
Margarita, envió a la Sorbona un escrito anónimo (compuesto
por el luteranizante Berquin) con este título: Duodecim articuíi
infidelitatis m agisíri N atalis Bedae. El rey encarga a los teó­
logos que examinen estos doce artículos, que se dicen heréti­
cos y blasfemos y están extractados de un libro de Beda; pide
informes exactos, pues él no quiere alimentar monstruos en
su reino. No sabemos qué contestarían aquellos teólogos, soli­
darios de su síndico. A l l e n , VII, 234.
(16) «Ego adhuc cum theologis, imo potius cum Beddaicis,
gladiaturam excrceo. In uno Bedda sunt tria monachorum mil-
lia.» A l l e n , VII, 357.

139
Ya para esa época Ignacio de Loyola se encontraba
en París y, sin apasionarse por ningún bando, tuvo que
escuchar con interés lo que de una y otra parte se decía.

L as polémicas de 1528 y 1529.

El 15 de mayo la Facultad teológica parece humillar­


se, prometiendo dejar en paz a Erasmo, según lo desea
el rey (17). Pero el infatigable Beda no se da por ven­
cido y en compañía de otro teólogo, Jacques Barthéle-
mv, se presenta el 23 de julio ante la Universidad en
pleno, invitando a todas las Facultades juntas a rati­
ficar la condenación de los Colloquia y otros libros de
Erasmo, prohibidos antes por la Facultad de teología.
Tal censura pareció bien a la Facultad de Derecho Ca­
nónico y a la de Medicina. Pero en la Facultad de Artes
(que, como se sabe, estaba compuesta de cuatro nacio­
nes, en las que se incardinaban todos los estudiantes
de filosofía) había diversidad de pareceres; la Nación
Galicana y la Germánica aceptaban la prohibición; no
así la Nación Picarda y la Normanda, las cuales pro­
ponían que se escribiese a Erasmo, pidiéndole que co­
rrigiese él mismo las proposiciones inadmisibles (18).
El rector siguió el voto de la mayoría y, en consecuen­
cia, los libros erasmianos fueron condenados por toda
la Universidad (19).
Erasmo repetía una y mil veces sus profesiones de
fe ortodoxa, sus deseos de no apartarse en lo más mí­
nimo del dogma católico; mas, no contento con poner-

(17) Allen , Opus epist. VII, 234, Introd.


(18) Du B oulay, Historia Univ. Paris. VI, 210.
(19) «Anno Domini 1528 circa finem julii, congregata Uni­
versitas apud Sanctum Mathurinum, prohibuit omnibus et sin­
gulis Regentibus in Academia Parisiensi, ne publice suis scho-
lasticis legerent dictum librum Familiarium Colloquiorum Eras-
mi, recognitum et auctum anno 1526.» D u p l e s s is d 'A r g e n t r é ,
Collectio judiciorum, II, 52. Entre las muchas respuestas con
que Erasmo trató de justificar sus proposiciones exageradas,
mitigándolas y dándoles un sentido ortodoxo, merece tenerse
en cuenta su carta a Juan Longlond, obispo de Lincoln. A l l e n ,
VII, 460-67.

140
se a la defensiva, aprovechaba cualquier ocasión para
disparar saetas enherboladlas contra sus más encarni­
zados enemigos. Así lo hizo contra el cartujo P. Sutor
y contra Noel Beda, en la nueva edición de los Collo-
quia, que se publicó en Colonia a fines de 1528, burlán­
dose de la ignorancia filológica de aquél y rebuscando
irónicos y chocarreros juegos de palabras a propósito
del nombre latino de éste (20).
Se dice que miles de ejemplares de los Coloquios eras-
mianos corrían entre los estudiantes y maestros de Pa­
rís. ¿Cayó por ventura algún ejemplar en manos de Ig­
nacio de Loyola, mientras repasaba las Humanidades
en el Colegio de Montaigu? No es creíble, porque ya
conocemos su criterio de no leer libros reprobados por
personas de autoridad. Y la autoridad de la Sorbona
en materias de teología era máxima, tanto que sus dic­
támenes eran considerados casi como un locus theolo
gicus. Pero que Ignacio se enteró de la controversia,
no cabe la menor duda. Y, dada su vocación de conse­
jero y director de conciencias, podemos pensar que
buscaría una información cabal y no partidista.
Apenas llevaba un año en París cuando tendría noti­
cia de que Noel Beda había lanzado a la luz pública
su último libro contra Erasmo, en quien veía un cripto-
luterano o un Lutero disfrazado. La Apología Natalis
Bedae theologi adversus clandestinos Lutheranos, pu­
blicada el 1 de febrero de 1529, vulneró gravemente la
fama de Erasmo, no tanto por las repetidas acusacio­
nes que lanzaba contra él cuanto porque lo envolvía en
la misma causa de Lefébre y, sobre todo, de Luis Ber-
quin, exaltado partidario del Roterodamo y traductor
de sus obras, que sostenía verdaderamente doctrinas
luteranas.
A las impugnaciones de Beda habían precedido las

(20) En el nuevo diálogo, Synodus Grammaticorum: «Albi­


nias: Estne quisquam vestrum qui nobis explanare possit, quid
significet haec vox Anticomarista? (alusión al libro de Su­
tor, v. nota 9). —Bcrthulfus: Nihil facilius. Sonat enim betae
genus, quam prisei natatilem appellabant, caule contorto nodo-
soque, mire fatua... —Canthelus: N atatilem narras betam, imo
cacabilem bestiam» (alusión a Natalis Beda). Colloquia, p. 560-61.

141
de un noble italiano, Alberto Pío da Carpí, que habia
publicado en Roma un libro contra el luteranismo de
Erasmo y ahora lo reeditaba en París (21).
La respuesta del humanista no se hizo esperar. Las
acusaciones eran más graves v claras que nunca« Eras­
mo no podía tolerar que le tachasen de luterano ni de
rebelde a la Iglesia. Su fecunda pluma redactó inme­
diatamente una respuesta al docto Italiano y al teólogo
parisiense, que se imprimió en abril de 1529. En ella
da más importancia a Alberto Pió que a Beda (22).
Los años siguientes fueron más tranquilos para Eras­
mo. Peligros mucho más graves que el erasmíano ame­
nazaban al catolicismo francés.

De Montracido a Santa BAwmra.

¿Interesóse Ignacio de Loyola en estas controversias


que acabamos de describir? Cabe muy verosímilmente
la sospecha y aun la probabilidad, mas no existe prue­
ba documental. Digno es de tenerse en cuenta que, de
febrero de 152S hasta agosto de 1529, Ignacio repasó
sus estudios de latinidad en el Colegio de Montaigu,
cuyo principal no era ya Noel Beda, pero lo había sido
muchos años y allí perduraba su espíritu, Austera dis­
ciplina, mentalidad reaccionaria y escolasticismo agu­
damente dialéctico (23),
(21) Re%pon§io paraenttica W. Lutheri #í a$$ectarum e)us
haereiim... confuían» itLom», 1526, Putí», 7 de enero 1529), di*
rígida si propio Erasmo, a quien tachaba de luterano.
(22) Erasmi respomto aá epiüotam paraemtlcam Alberti Ptí,
Carporum principé*. Bfutdtm notatiuncuíae quaedam extern-
poraiet ad naeniai Bedaicai (Parí*, 1529;. Alberto Pío preparó
entonce# una externa obra: 23 íibri in toco» lucubrutionutn
Erasmi Rotar(fdami (Parí*, 1531), pero murió en Parí· el I de
enero de 1531, ante« de que la obra *e acabase de estampar.
La rfptka de £ra*mo fue inmediata: Apología adverbus rftap·
todia* caJumnionarum querlmontarum Atherti PH (Baailea, 1531)*
En pro del italiano «altó s la pnUaMrn el humantata español
Juan Oiné* de Depúlreda con *u Ántapoíogla pro Alberto Pío
in Eratmum (Roma, 1532).
(2$) De creer a firaemo, aún dominaba allí en 1527 (al tu#·
no· en la comunidad <U Un pobres, agregada a la de ettu·

142
Aunque es verdad que San Ignacio no habitaba
en aquel Colegio, sino solamente frecuentaba tus d a­
se» (24), es de creer que alguna influencia de Noel Beda
o de sus criterios antierasmistas sentiría en aquel am·
bícnte. Mil veces oiría el nombre de Beda con elogios
a su autoridad de teólogo, a la rectitud de sus ideas
católicas, a su celo apologético de la religión, a su per*
pctuo batallar contra las modernas herejías; y nada
tendría de particular que Loyola le cobrase veneración
y estima y, consiguientemente, se confirmase en su ac­
titud de desconfianza y cautela respecto de Erasmo.
Podemos, sin embargo, sospechar que aquella cerra­
zón del intransigente polemista no le entusiasmó al
santo reformador, que no amaba los ciegos extremis­
mos y que siempre se mostró sensible a la mutación
de los tiempos« Ni en sus escritos ni en los de sus pri­
meros discípulos aparece nunca el nombre de Noel
Beda, quizá porque ya era difunto cuando se fundó la
Compañía de Jesús.
El Colegio de Montaigu, desde los tiempos de Juan
Standonch, estaba en íntimas relaciones con la Cartuja
de París. Y el cartujo Pedro Sutor era, como hemos
visto, un conmilitón de Beda en la campaña antieras-

<liante<s pensionista») la rígida observancia de los tiempos he­


roicos de Standonch: «Gestant pallium et cucullam ataque
votorum obstrictlone; vescuntur piscibus et leguminibu» Ibi
tyrrxiniurn ac seminarium est omnium monachorum Ex ea
cohorte Cnrthusiani, Franciscaní, Dominicani, BamMcÜni, Ber-
riarclirii legunt suos milites,* Ai.lbn, Opus epitt. Vil, 17. Taro*
bién Kabelais afirma en 1532 que en Montaigu se daba (es
de creer que no a los bursarii, sino a la commtmitas paupe*
rum) un trato peor que a los forzados entre los moros y los
tártaros. «Si j'estois roy de Paris, le diable m'emporte s» je ne
mettois le feu dedans ct ferois brtisler et principal et regens
(ini enduren! cette inhumanité.» Goman lúa, cap. 37. Sobre el
raimen de Montaigu, véase la obra fundamental de M. Gonrr,
I,(i Cotiftrégation de Montaigu (P. 1912) y VjUíwhjum, Im Univer­
sidad de París. 106-112.
(24) Recién venido de España, «púsose en una casa con al
«unos españoles». Y pasada la cuaresma, «fue recogido en el
hospital de Saint-Jacques, ultra de los Inocentes* (Acta P. tgn.,
n. 7V74), es decir, más allá de la Iglesia y cementerio de los
Inocentes (rué SaintDenls), donde le daban hospedaje, tenien*
«lo él que mendigar su alimento.

143
mista. Sabemos que Ignacio, en sus primeros meses de
vida universitaria, «viendo que había algunos ( estu­
diantes) que sirvían en los Colegios a algunos regentes
(o profesores) y tenían tiempo de estudiar, se deter­
minó de buscar un amo», y no pudo hallarlo, por más
que habló a varias personas «y a un fraile de los Car-
tuxos, que conoscía muchos maestros» de la Universi­
dad (25). ¿Sería Sutor, el conocido enemigo de Eras-
mo? (26).
Otra interrogación: ¿Por qué, cuando Ignacio de Lo-
vola pudo entrar como pensionario en un Colegio de
la Universidad, no escogió el de Montaigu, que ya co­
nocía, sino que prefirió el de Sainte-Barbe? ¿Sería por­
que el espíritu medieval y retardatario de Montaigu, a
pesar del ascetismo que allí reinaba, no respondía ple­
namente a sus ideales? Lo cierto es que, dejando aquel
Colegio, donde existía desde el siglo xv una nutrida co­
lonia española, se pasó al de Sainte-Barbe, más abier­
to al humanismo y desde 1520 feudo de los Gouveas,
bajo la protección del rey de Portugal.
Merced a las limosnas que el santo recogió en Flan-
des en la primavera de 1529 le fue posible pagar su
pensión en el Colegio de Sainte-Barbe y empezar allí
su curso de artes o filosofía el 1 de octubre, bajo el
maestro seguntino Juan de la Peña. Tuvo la suerte de
compartir la misma cámara con el saboyano Pedro Fa-
vre, que será su primogénito espiritual, y con el navarro
Francisco Javier (27).
Aunque no separado de Montaigu más que por una
estrecha y sórdida callejuela, llamada de los Perros, el

(25) Acta P. Ignat., n. 75: Fontes narrat., I, 466.


(26) Sobre Sutor véase H. B ernard -M a ítr e : Un théoricien de
la contemplation á la chartreuse parisienne de Vauvert: «Rev.
Ascet. Myst.», 32, 1956, 174-195.
(27) Sobre Juan de la Peña, véase G. V illo sla d a : La Univer­
sidad, págs. 392, 394 y 412; pero corregir en la página 413 su
oriundez, que no era de Valencia, sino de la diócesis de Si-
giienza, según consta en las Acta Rectoría Univ., año 1524-25:
«Jo. Penia incepturus sub Mag. Jo. Ribero, cujus bursa valet
4 solidos parisienses... dioceseos Saguntie» (ms. 9951, fol. 117,
119). G. S c h u r h a m m e r : Franz Xaver. Sein Leben und seine zeit
(Freiburg, 1955), I, 99.

144
Colegio de Sainte-Barbe era literariamente casi su polo
opuesto (28).
Ennoblecido con la enseñanza de afamados profeso­
res, tan doctos en las ciencias como en las letras clási­
cas, y sabiamente gobernado por la dinastía portuguesa
de los Gouveas, que se heredaban la dirección, había
llegado a ser aquel Colegio uno de los centros más bri­
llantes del humanismo parisiense (29).
No se crea, sin embargo, que la atmósfera que allí
se respiraba era francamente erasmista, porque si en­
tre los maestros había partidarios y admiradores del
Roterodamo, su influencia se hallaba, en parte al me­
nos, neutralizada por el principal del Colegio, Diego de
Gouvea, teólogo que en las juntas de Valladolid de 1527
se había declarado adversario acérrimo del humanista,

(28) Esta rué des chiens o de Saint-Symphorien fue causa


en 1522 de una batalla entre barbistas y monteacucianos, que
cantó humorísticamente Nicolás Petit en su Barbaromachia, de
rotundos hexámetros latinos:
«Inter Barbáricos Standontiadum que penates
vicus erat, m ulto sordescens rudere, longis
excrem enta ferens illic congesta diebus.* (J. Quicherat:
Histoire de Sainte-Barbe- collége, communauté, institution, Pa­
rís, 1860, I, 343. Esta obra de Quicherat es fundamental para
todo lo concerniente a dicho Colegio y aun para el conocimien­
to de la antigua Universidad de París.
(29) Diego de Gouvea, el viejo, fue principal de Sainte-Barbe
de 1520 a fines de 1529. Le sucedió Andrés de Gouvea (hijo de
Inés de Gouvea, hermana de Diego), de 1529 a 1534. Otro so­
brino (hijo de un hermano), Diego de Gouvea, el joven, tuvo
el cargo de 1534 a 1540. Entonces volvió otra vez el viejo Gou­
vea hasta 1548. A él se debe que Juan III fundase 50 becas para
portugueses. En septiembre de 1527 escribía al rey: «En cuan­
to a sus colegiales, que llaman becarios ( bolseiros ), verá V. A.
que ha ganado más nombre y gloria que con la toma de Fez,
la cual espero que muy pronto tomará, porque dos de mis
deseos que en este mundo deseé son ya cumplidos, scilicet,
ser doctor de París y ver aquí una fundación de teólogos por­
tugueses; el tercero, que es rogar y decir misa en la mezquita
de Fez, espero que nuestro Señor me lo otorgue, porque esto
m e hizo estudiar la teología.» Texto portugués en F. R o d r íg u e s :
Historia da Companhia de Jesús , I. 47. Copiosas noticias sobre
los Gouveas, en M . B r a n u a o : A ¡nquisigáo e os professores do
Colegio das Artes (Coimbra, 1948).

145
10
a quien calificaba de hereje arriano y luterano (30).
Gouvea, cortado por el mismo patrón que Beda y Su-
tor —no en vano se había educado en Montaigu—, aplau­
día gozoso cada vez que la Facultad de teología repro­
baba algún escrito de Erasmo, y no es extraño, porque
en Valladolid se quejaba de que la vieja escolástica se
sacrificase a otros estudios que se dicen piadosos, cuan­
do en realidad son profanos, y poco después en París,
de acuerdo con sus colegas sorbónicos, «chamava lu­
teranos homens que sabiáo grego e philosophia e esta-
váo mal com a sofistería» (31).
Pero, ocupado Diego de Gouvea en negocios diplo­
máticos y en largos viajes que le retenían en Portugal
a veces durante años enteros, se veía precisado a dejar
la dirección del Colegio de Sainte-Barbe a alguno de
sus sobrinos. Así desde fines de 1529 hasta 1534 des­
empeña el cargo de ^principal Andrés de Gouvea, hijo
de una hermana de Diego y del noble castellano Alfon­
so López de Ayala.

H umanistas y filósofos en S anta B árbara.

Era Andrés de Gouvea el reverso de la medalla de su


tío. Excelente latinista, orador ciceroniano, insigne pe­
dagogo, amigo de todos los cultivadores de las letras

(30) Ningún teólogo se expresó tan acerbamente contra Eras­


mo como Diego de Gouvea. M. B a t a il l o n : Erasmo y España,
I, 291-96. Más noticias sobre Gouvea en B a t a il l o n : E tudes sur
le Portugal au temps de l'humanisme (Coimbra, 1952), pp. 9-48.
(31) Así lo te s tific ó D iego d e T eiv e, p o e ta la tin o e h is t o r ia ­
d o r d e e s tilo r e tó ric o , q u e c o n o c ió a G o u v e a e n S a in te -B a rb e .
M. B ran d ad : O processo na Jnquisifdo de Me. Diogo de Teive
(C o im b ra , 1943), p á g . 6. D iego d e G o u v ea, q u e a l p r in c ip io se
llen ó d e in d ig n a c ió n c o n tr a el p r o s e litis m o d e Ig n a c io d e Lo-
yola y e s tu v o a p u n to d e m a n d a r lo a z o ta r e n p ú b lic o (c a s tig o
de la sa la ), d e s p u é s se c o n v irtió e n g ra n a m ig o d e la n a c ie n te
C o m p añ ía d e J e sú s . Q u ic h e ra t t r a t a d e él e n la s p á g in a s 122-
128, 267-268. M ás n o tic ia s en M. B ra n d a d : A Inquisigáo e os
professores do Colégio das Artes (C o im b ra , 1948), a to d o lo
la rg o d el c a p . 1, p ág s. 1-253. H. B f r n a r d - M a í t r e : Un grand ser -
viteur du Portugal en France, Diogo de Gouveia Vanden: «B u ll.
d e l'I n s tit. f r a n j á i s d u P o rtu g a l» , 1952, 1-73.

146
clásicas, sin mucho escrupulizar sobre las tendencias
más o menos heterodoxas de algunos de ellos (32).
Dadas sus aficiones y su espíritu, podemos imaginar
que era un perfecto erasmista, aunque no consta que
tuviese algunas relaciones con el Roterodamo. A su
sombra, el Colegio de Sainte-Barbe alcanza un floreci­
miento humanístico admirable con profesores que han
inmortalizado su nombre, como Jacobo Luis d'Estre-
bay (Strebaeus ), que sucede a Martin Dolet (f 1529) en
la enseñanza de la retórica; Jorge Buchanan, el mayor
humanista escocés del siglo xvi, que de 1528 a 1531
amaestra a los barbistas o sanbarbaranos en la técnica
de la versificación latina; Bartolomé Latomus (Mas-
son), amigo de Erasmo, desde 1531 enseña gramática
y humanidades, y por el mismo tiempo se debe poner
la docencia del celebérrimo pedagogo Maturino Cordier,
que se hizo calvinista. Regentó la cátedra de matemá­
ticas en 1527-28 el doctísimo Juan Femel, tan impues­
to en lenguas clásicas como en medicina y astrono­
mía (33). Juan Ribeiro, discípulo y sucesor de Juan de

(32) Nacido en Beja, de padre español, en 1497, pasó a París


antes que sus hermanos Marcial y Antonio. Maestro en artes
en 1526, enseñó latín y filosofía. Invitado en 1534 por la Uni­
versidad de Burdeos, pasó a esta ciudad a dirigir el Collége
de Guyenne, y lo elevó a tanta altura, que era tenido por uno
de los mejores de Europa. En 1547 pasó a Coimbra y murió
repentinamente en 1548. M. de Montaigne escribió de Andrés
de Gouvea «qu'il fut, sans comparaison, le plus gran Principal
de France». Essais, lib. I, cap. 25. Sobre su tumba se grabó
este epitafio:
«Julia Pax genuit, rapuit Conimbrica corpus,
excoluit m entem Gallia, Olym pus habet.»

(33) En su Cosmotheoria (París, 1529), dedicada al rey de


Portugal, después de elogiar a Diego de Gouvea, ensalza a los
cosmógrafos y a los descubridores portugueses, «quod et Aus-
tri et Orientis extrema, nostris hominibus hactenus ignota, nos-
tro sacculo pervia evaserunt...; parataeque classi praeficiuntur
Valascus et Paulus de Gama, fratres, qui... Callicutium uiterio-
rcsquc Indiae regiones opulentissimas sunt assecuti». Q u ic h e -
Rat: llistoire, I, 352-55.

147
Celaya, se trasladó a Portugal en 1526 (34), y desde esa
fecha puede decirse que en aquel colegio la filosofía
aristotélica empezó a seguir nuevos métodos y nuevo
estilo.
«El año 1524 inauguraba sus cursos, como maestro
en artes en el Colegio de Santa Bárbara (Sainte-Barbe ),
un ilustre valenciano, Juan Gélida, formado por Ribey-
ro en el espíritu de Celaya. Sin embargo, su talento
crítico v enamorado de la nueva cultura del Renací-
miento tenía más afinidades con la mentalidad de Vi­
ves, quien le llama alter nostri temporis Aristóteles.
En 1527 publicó en París De quinqué Universalibus,
con dedicatoria a Diego de Gouvea, donde hace todavía
estima de escolásticos como J. Mair. Para conocer la
mente del genuino Aristóteles, sin deformaciones esco­
lásticas, se puso a estudiar griego y tuvo la suerte de
encontrar un maestro peritísimo en su fámulo Guiller­
mo Postel, en aquel pobre estudiante de Santa Bárbara,
que se levantaba a las cuatro de la mañana para tra­
ducirle a su amo los Comentarios de Temistio al Esta-
girita, y que siguiendo los impulsos de su natural
aventurero, soñador y místico, viajará por el Oriente,
enseñará matemáticas y lenguas orientales, pedirá a
San Ignacio la sotana de la Compañía de Jesús (1544),
soñará reformas como un iluminado y morirá medio
loco en la abadía de Saint Martin-des-Champs.» (35)
Al lado de Andrés de Gouvea, que siendo principal

(34) Sobre el valenciano Juan de Celaya, filósofo nomina­


lista o ecléctico, maestro de Francisco de Vitoria, he tratado
ampliamente en mi libro La Universidad de París, págs. 180-215.
Sobre el portugués Ribeiro, ibíd., 194-97. Ribeiro fue maestro
de Juan de la Peña y éste lo fue de San Ignacio.
(35) La Universidad de París, pág. 410. Juan Gélida enseñó
en Sainte-Barbe la filosofía de 1524 a 1528 y de 1528 a 1532. In­
fluido por los métodos renacentistas de Lefévre d'Étaples, dejó
Sainte-Barbe en 1532, pasando al Colegio del cardenal Lemoine.
Llamado luego por su amigo Antonio de Gouvea al Colegio de
Guyenne, en Burdeos, murió allí en 1551. Véase el elogio que
de Gélida hace F. Cerdí y R ic o : Opuscula clarorum hispanorum
selecta (Madrid, 1781), v. I. Sobre G. Postel, véase H. Bernard-
Maítre: A u x origines de la Compagnie de Jésus. Uapologie
de G. Postel: «Recherches de Science religieuse», 58, 1952, 209-
233. G. W e i l l : De Guillelmi Postelli vita et Índole (París, 1892).

148
del Colegio era también maestro de latín y de filoso­
fía, habría que poner a otros esclarecidos portugueses,
y en primer lugar a su hermano mayor Marcial, autor
de una gramática latina (París, 1534), y a su hermano
menor Antonio, el más genial de todos los Gouveas,
exquisito poeta latino, distinguido jurisconsulto y filó­
sofo, que en 1543, siendo profesor en Sainte-Barbe, sos­
tendrá un famoso duelo con Pedro Ramus sobre la
dialéctica de Aristóteles (36).
Todo esto nos dará idea del ambiente renovador en
que se metió Ignacio de Loyola cuando inició sus cur­
sos de filosofía en el Colegio de Sainte-Barbe, ambiente
literario totalmente disímil del de Montaigu, por más
que la presencia saltuaria de Diego de Gouvea ponía
siempre algo del espíritu tradicionalista monteacuciano.
La generación que pasó por Sainte-Barbe entre 1520 y
1530 —afirma Quicherat— refleja todos los matices de
la ortodoxia y de la heterodoxia. «Junto al ascetismo
comunicativo de los primeros jesuítas hallamos el mis­
ticismo desenfrenado de Guillermo Postel; junto al ri­
gorismo inquisitorial de Démocharés (A de Mouchy),
la tolerancia de Gélida y de Andrés de Gouvea, que no
impidió a estos hombres virtuosos ser irreprochables
en su fe, y también el escepticismo mal contenido de
Buchanan y la independencia filosófica de Antonio de
Gouvea.» (37)

M. J. K w acala: Wilhelm Postel, seine Geistesart und seine Re-


formgedanken: «Archiv f. Reformationsgeschichte», tres art. en
1911, 1914 y 1918.
(36) Véase D iego B a r b o sa : Bibliotheca Lusitana (Lisboa, 1930-
35), vol. I, v. Gouveia. Q u i c h e r a t , I, 131-134; 271-277. La Univer­
sidad imprimió a sus costas el libro Antonii Goveani pro Aris-
totele responsio adversas Petri Rami calumnias (París, 1543).
A Marcial no conoció San Ignacio.
(37) Q u i c h e r a t : H istoire de Sainte-Barbe, I, 204. Sobre el
teólogo antiprotestante Antonio Démocharés, véase F e r e t : La
Factüté de théol., II, 51-55. Buchanan no era todavía hereje,
aunque ya mostraba un espíritu rebelde y mordaz. Añade Qui­
cherat que el espíritu sectario estaba representado en Sainte-
Barbe por Juan Calvino; pero hoy día ningún historiador sos­
tiene que Calvino estudiase en Sainte-Barbe. Fue discípulo de
M. Cordier en el Colegio de la Marche, y en su última época
parisiense residió en el Colegio Fortet.

149
Las mismas auras de renovación intelectual corrían
por otros colegios universitarios, como el del cardenal
Lemoine, que guardaba la memoria de Lefévre d'Eta­
pies, Beatus Rhenanus y Clichtove; el de Lisieux, su­
mamente alabado en 1531 por el humanista N. Cley-
naerts, y otros.

E l Colegio R eal, triunfo del erasmismo .

Si Erasmo tenía en Beda y Sutor dos temibles ad­


versarios —y no eran los únicos de París—, tampoco
le faltaban en aquella ciudad altos favorecedores y fie­
les amigos, «multos qui tua causa —así le hablaba uno
de ellos— mortem oppetere non dubitaverint». Decía
esto Juan Lange, profesor algún tiempo de lengua grie­
ga en el Colegio del Cardenal Lemoine, quien en carta
del 1 de enero de 1524 presenta al príncipe de los hu­
manistas la falange parisiense de sus incondicionales,
y nombra primeramente al gran Guillermo Budé, el
más sabio helenista de su época, y luego al anciano
Lefévre d'Étaples, cuyas ideas reformistas se estaban
poniendo en práctica muy peligrosamente en Meaux; a
Francisco Deloines y Luis Ruzé, miembros del Parla­
mento de París y amigos íntimos de Budé; a Nicolás
Bérauld, distinguido humanista que enseñaba privada­
mente las letras clásicas; al médico de Francisco I,
Juan Ruelles; al matemático y filósofo Gerardo Rous-
sel, discípulo de Lefévre; a Jacobo Toussaint, discípulo
de Budé; a Germán Brice, elegante poeta latino; a Teo-
dorico Morel, profesor de humanidades en el Colegio
La Marche, y a otros más oscuros humanistas (38).
Y podía haber puesto en primer lugar al rey con toda
(38) Allen: Opus epist., V, 377-79. Fechada en Meaux el 1 de
enero de 1524. Podía haber añadido que en la misma Facultad
teológica se ocultaban algunos erasmianos, como el alemán
Gervasio Wain, condiscípulo y enemigo de nuestro Celaya, los
cuales, no atreviéndose, según parece, a dar la cara por su
admirado Roterodamo, lo que hacían era no asistir a las se­
siones en que se iba a discutir la doctrina erasmiana; de lo
cual se querella el síndico Noel Beda en octubre de 1527: «Quia
interdum vix assunt quindecim.» Deliberat. Facult. Theolog.,
en BNP nouv. acquis. lat., 1782, fol. 212 r.

150
su corte, en la que entraba el confesor real Guillermo
Petit, O. P.
Poco después, en 1530, Francisco I, aconsejado por
Erasmo y por Budé, funda el Colegio de Francia
(Collége Roy al) para la enseñanza de las lenguas sa­
bias, a semejanza del Colegio Trilingüe, fundado en
Lovaina por Jerónimo Busleiden en 1517, y del Com­
plutense, iniciado en 1528-29; Colegio de Francia, que
con profesores tan eximios como F. Vatable, A. Guida-
cerius y Pablo Paradis, para la lengua hebrea; Pedro
Danés y Jacobo Toussaint, para la griega, y Orondo
Finé, para las matemáticas, puede afirmarse que cons­
tituyó un fortísimo alcázar de las letras y de las cien­
cias positivas, de donde habían de salir serios ataques
contra la vieja escolástica, encastillada en la Sor-
bona (39).
Los erasmianos y todos los enemigos de Beda aplau­
dían entusiásticamente (40). Desde aquel momento, vo-
(39) Francisco I añadió nuevas cátedras y disciplinas de ma­
temáticas, filosofía, medicina, etc.; pero no les construyó edi­
ficio propio (no lo tuvieron hasta el reinado de Luis XIII);
por eso aquellos «lecteurs royaux», nombrados y estipendiados
por el rey, daban al principio sus clases, quien en un colegio,
quien en otro. Véase el documentado libro de A. L efranc :
Historie du Collége de France depuis les origines jusqu’á la
fin du prem ier E m pire (París, 1893), y la obra de colaboración
Le Collége de France (París, 1930).
(40) Al conocer las primeras oposiciones de la Sorbona, Eras­
mo escribía a Toussaint: «Ego semper laeti ominis instar ha-
b u i, quod linguis ac bonis litteris apud nos subolescentibus
tam odiose tamque conjuratis studiis reclamatum est. A tali-
b u s enim initiis semper exortae sunt res praeclarae, diuque
duraturae. Allen: Opus epist., IX, 182. Carta del 13 de marzo
de 1531. El poeta Nicolás Bourbon escribió:
«Nil tenebam us nisi syllogism os
arte contortos, variosque nodos,
frígidas nugas, mera verba, fumos,
stercora, floccos .»
Pero ahora nuestro rey Francisco I:
«Publice doctos alit allicitque,
et scholam prim us statuit trilinguem,
quo nihil certe, nihil instituto
pulchrius extat.» (Nugae, París, 1533, fols. W-89.
C fr. L e f r a n c : Hist. du College, pág. 111.

151
ces y gritos de reforma se dejan oír en la Universidad.
Son señales de inquietud. Anhelos de adaptarse a los
nuevos tiempos v a la nueva cultura.
Piensa Abel Lefranc que la primera en acusar el golpe
fue la Sorbona, la cual inmediatamente condenó estas
dos proposiciones: 1* «La Sagrada Escritura no se pue­
de entender bien sin la lengua arierra, hebraica y otras
semejantes» (temeraria v escandalosa). 2* «No es po­
sible aue un predicador explique según la verdad la
Epístola o el Fvaneelio sin las dichas lenguas» (falsa
e imrna) (41). Mas no consta aue tales proposiciones
hubieran sido pronunciadas por los lectores reales.
Lo cierto es aue aouel mismo año la Facultad de
teología sufrió una dolorosa agresión de parte de la
Facultad de artes, la cual reclamaba una reforma de
los estudios teológicos, dejándose de tanta sofística
y tanta daléctica «que no son los medios usados por
Dios para salvar a su pueblo», v cultivando más asi­
duamente los Evangelios v los doctores de la Iglesia,
los santos Cipriano, Crisóstomo, Jerónimo, Agustín, et­
cétera (42).
La reforma decretada por el Parlamento se redujo
a urgir lo aue va estaba en los estatutos universitarios:
aue ninguno fuese admitido a la licencia sin antes ha­
ber oído dos cursos de Sagrada Escritura (Antiguo y
Nuevo Testamento) y la explicación de las Sentencias
de Pedro Lombardo.
Que la Sorbona se hallaba realmente en decadencia
lo demostró ella misma al replicar dos años más tarde
a la Facultad de artes, acusándola de postergar la lec-

(41) Proposiciones condenadas por la Fac. de teol. en abril


de 1530. D u p l e s s is D 'A r g e n t r é : Collectio judiciorum , II, 78.
(42) «Deputati Facultatis Artium... nostram hanc Academiam
Parisiensem ludibrio hactenus exteris nationibus fuisse, non
aliam ob causam, quam quod, omissis Evangeliis et SS. Eccle·
siae doctoribus Cypriano, Chrysostomo, Hieronymo, Augustino
et similibus, sophisticem nescio quam ac dialecticem, in qua
non placuit Deo salvare suum populum.» Du B o u la y : Hist.
Univers., VI, 227.

152
tura de Aristóteles para enseñar a los jóvenes estudian­
tes la dialéctica de Rodolfo Agrícola (43).
Y Noel Beda, siendo el más intransigente, era tam­
bién el más desasosegado. Así que cuando una mañana
de enero de 1534 leyó en las plazas públicas unos car­
teles que anunciaban las lecciones de los maestros del
Colegio Real, Guidacerio, Vatable, Danés y Paradisi,
y vio que algunos de ellos, no siendo teólogos, se pro­
ponían explicar los Salmos o los Proverbios de Salo­
món (44), corrió escandalizado a denunciarlos al Par­
lamento, exigiendo que ningún profesor —aunque estu-

(43) Convocada la Universidad el 12 de diciembre de 1532,


«expositus quippe est morbus pene lethalis, ut dicebant theo*
logi, nempe, posthabito Aristotele, Germani cujusdam... Agrico
lae adolescentibus libros exponi». Du B o u l a y : Hist. Univers.,
VI, 235. Es claramente errónea la interpretación de Du Boulay,
al pensar que ese germano era Erasmo. Es curioso notar que
al año siguiente de esta protesta contra Rodolfo Agrícola se
publica en París el E pitom e com m entariorum dialecticae in-
ventionis Rodolphi Agricolae con una epístola de Bartolomé
Latomus a Andrés de Gouvea, haciendo el elogio de ese ger­
mano: «Scripsit enim hic vir de dialéctica inventione opus
exactum plane et copiosum... Quam quidem editionem, tuo
nomini, Andrea Gouveane, hoc tempore nuncupandam esse duxi.»
Era un reto a los teólogos sorbónicos. La reforma de la Fa­
cultad de artes que se hizo en 1534 fue más bien de orden
moral y disciplinar. Du Boulay: Historia Univers., VI, 247-48.
Más importante fue la de la Facultad teológica, impuesta el
20 de enero de 1536, pues, además de las lecciones bíblicas, ha­
bituales, ordena el Parlamento se tengan cuatro lecciones or­
dinarias del antiguo y nuevo Testamento diariamente, «deux
desquelles lectures seront faites le matin au Collége de Na­
varre..., et l'apresdisnée autres deux lectures ordinaires au
Collége de Sorbonne... Et prendra ladite Faculté une cloche au
Couvent des Jacobins de cette ville de Paris, ou aux Matu-
rins... pour sonner á chacune heure qu'il conviendra aller á la
lecture... Et seront lesdites lectures faites avec apparat, inter­
pretation ou expositions des saints docteurs anciens approuvez
par l'Eglise et des autres docteurs modemes». J. Launoy: Regii
Navarrae Gymnasn Par. hist., lib. II, cap. 3, en «Opera om­
nia», t. IV (París, 1732), pág. 413. Este decreto del Parlamento
lo hizo suyo Ignacio de Loyola en la Regla 11 para sentir con
la Iglesia.
(44) Agathius Guidacerius, regius professor, eras hora sép­
tima in Collegio Cameracensi lectionem psalmorum in psalmum
XX prosequetur..
Franciscus Vatablus, hebraicarum linguarum professor re­

153
viese nombrado por el rey— pudiese leer e interpretar
públicamente la Biblia sin tener la aprobación de la
Facultad de teología. Tal demanda o requerimiento dio
lugar a una discusión. Noel Beda, como síndico de la
Facultad teológica, razonó su punto de vista, diciendo
que no era su intención impugnar el estudio de las
lenguas griega y hebraica, «desquelles il loüe le sgavoir
et doctrine»; pero «teme que los profesores de dichas
lenguas, ignorando quizá la teología, desprecien o recu­
sen la traducción Vulgata de la Sagrada Escritura, usa­
da y aprobada por la Iglesia Romana y Occidental
desde hace cerca de mil cien años, y presuman corre­
girla, como han hecho Erasmo, Lefévre y otros, cau­
sando una grande llaga en la Cristiandad». Agregaba
Beda que la mayor parte de los libros griegos y he­
braicos de la Biblia procedían de Alemania y de judíos
luteranos, lo cual daba que sospechar no viniesen con
el texto cambiado. El procurador general apoyó ante el
Parlamento las razones de Beda, pero el abogado Ga­
briel de Marillac defendió a los «profesores reales»
diciendo que una vez nombrados por el rey no podían
quedar al arbitrio de la Facultad teológica; por otra
parte, se trata de personas muy selectas, dotadas de
gran sabiduría y de perfecta ortodoxia católica, y fi­
nalmente, o los teólogos sorbónicos saben griego y
hebraico o no: si lo saben, habrán visto que los pro­
fesores reales interpretan rectamente la Sagrada Es­
critura en su sentido literal, y si no lo saben, no puede
estar en sus manos la aprobación o repulsa de los
mismos (45).

gius, die lunae hora prima pomeridiana interpretationem psal-


morum prosequetur...
Patilus Paradisus, regius hebraicarum litterarum interpres,
die lunae hora decima... Salomonis Proverbia auspicabitur in
gymnasio Trium Episcoporum.»
M. F elibien -G. A. L obineau : Histoire de la ville de París (Pa­
rís, 1725), t. IV, 682. Estos profesores, independientes de la Uni­
versidad, tenían que anunciar sus clases, para que los estu­
diantes supiesen en qué colegios daban sus lecciones.
(45) Du B o u la y : Historia Universitatis Parisiensis, VI, 239-
244. Es bastante conocida una Epistre de Clemente Marot al
rey Francisco I, desde Ferrara, en que aquel poeta galante y

154
El Parlamento no tomó decisión alguna, que sepa·
mos. Los profesores de hebreo siguieron enseñando
dicha lengua, ¿y de qué libros se iban a valer para
ello si no de los del Antiguo Testamento? Herejes no
los hubo entre los profesores del Colegio Real de
Francia.
Francisco I favoreció cada día más a su Colegio, y
como Noel Beda cometiera nuevas imprudencias, lleva­
do de su celo irreflexivo, y ofendiese a la persona mis­
ma del monarca, no tardó en ser castigado y desterra­
do de París. Podemos, pues, asegurar que la fundación
del Colegio Real en 1530, independiente de la Universi­
dad, y su consolidación en 1534, significaron el triunfo
de la cultura clásica sobre el escolasticismo decadente,
la victoria de Erasmo, Budé y demás humanistas sobre
Beda, Sutor y otros reaccionarios. Se ha dicho alguna
vez que ello redundó en perjuicio de la ortodoxia ca­
tólica. No lo creemos así. Verdad es que ese año de
1534 tuvo lugar en París la gran explosión heretical y
sectaria que se venía incubando desde hacía más de un
decenio —de la cual hablaremos luego—; pero el he­
cho de que los teólogos, como Beda, fuesen los que
más acertadamente preanunciaron el peligro y dieron
la voz de alarma no quiere decir que sus enemigos, es
decir, los humanistas, fuesen responsables de lo ocu­
rrido por supuestas alianzas o compromisos con los
luteranos.

sospechoso de ideas heterodoxas, alabando al Colegio trilin­


güe, dispara sus flechas contra «1’ignorante Sorbonne»:
«Bien ignorante elle est d'estre ennemie
de la trilingüe et noble Académie
qu'as érigée. II est tout manifeste
que lá dedans, contre ton veuil céleste,
est défendu q u ’on ne voy se allegant
hebrieu ny gre ny latin élégant,
disant que c'est langage d ’hérétiques.
O povres gens de sgavoir tout éthiques!» (Cit. en
B. F o n ta n a : Renata di Francia, duchessa di Ferrara (Roma,
1889), p« 268. C. A. M a y e r : La religión de Marot (Ginebra, 1960).

155
I g n a c io o bserv a y a pr e n d e .

Mientras tales acontecimientos se desarrollaban en


la Universidad de París, Ignacio de Loyola estudiaba
con la mayor seriedad la filosofía (1529-1533), dedican­
do a ella los tres años y medio que ordenaban los es­
tatutos. Conocía suficientemente el ambiente antieras-
miano de Montaigu; respiraba ahora los aires de reno­
vación y de progreso del Colegio de Sainte-Barbe. ¿Qué
mejor situación que ésta para observar los movimien­
tos, pretensiones y caracteres de los dos bandos, sin
dejarse arrastrar por ninguna corriente partidista?
Érale fácil entender, de una parte, las saludables
reformas y los avances útiles del programa erasmiano,
y comprender, de otra, los peligros y positivos errores
que podían esconderse bajo la ambigüedad de bellas
palabras. Él traía de España (de Barcelona y de Al­
calá) su juicio ya formado sobre Erasmo: abstención
de su lectura, y reserva —que no era condenación— so­
bre su persona e ideología. Y no cambió de actitud con
los nuevos elementos que aprendió en París. Cierta­
mente, en estos años la inclinación antierasmista no se
acentuó en él; y en cambio podemos sospechar que al
conocer mejor el programa literario y teológico del
erasmismo supo extraer de él provechosas enseñanzas.
Dolíase, como Beda, del avance invasor de las here­
jías que doquiera pululaban, amparadas no pocas ve­
ces por literatos y protectores de la cultura antigua.
No por eso condenó el cultivo de los clásicos y de los
nuevos métodos pedagógicos y filológicos, sino que,
deslindando los campos, acertó a escoger lo bueno de
una parte, quedándose con lo verdaderamente útil de
la otra. Y alabó las letras humanas, sin descuidar la
formación espiritual, eclesiástica y el sentido cristiano
sobrenatural; años adelante aconsejó la enseñanza teo­
lógica en Alemania «sine multis terminis scholasticis...
cum verborum ornatu» y añadiendo algo «ad affectum
pascendum» erasmianamente; fomentó el estudio de la
teología positiva de los Santos Padres, conforme al

156
gusto de Erasmo, concediendo a la vez capital impor­
tancia a la teología escolástica de los grandes doctores
medievales y modernos. Es lo que no supieron hacer ni
Pedro Sutor ni Noel Beda, los cuales renunciaban pro­
gramáticamente al estudio del griego y del hebreo, por­
que lo creían peligroso en aquellas circunstancias, en
que gramáticos y retóricos ponían sus manos profanas
en los sacros códices. La mente de Ignacio nunca fue
de renunciar a una cosa buena porque la utilizaban los
adversarios, sino de arrebatársela o competir con ellos
en el cultivo de la misma para gloria de Dios. Aquel
loco genial que se llamó Guillermo Postel tuvo una
profunda intuición al afirmar que Ignacio le hurtó a
Francisco I el ideal humanístico que aquel monarca
promovió con su Collége de Franee (45 bis).
Es innegable que en el humanismo erasmiano había
muchas cosas aprovechables; pero también es verdad
que su espíritu demasiado libre y atrevido, demoledor
de ciertas costumbres piadosas y tradiciones veneran­
das, poco respetuoso de la suprema autoridad eclesiás­
tica y demasiado incierto en cosas que se rozaban con
el dogma, podía ser fatal para el Catolicismo en aquella
época de transición. Pensaba Ignacio que la crítica roe­
dora, aunque a veces estuviese justificada en sus fun­
damentos, sólo contribuía a debilitar el poder moral
de la Iglesia Católica, tan necesitada entonces del sos­
tén de sus buenos hijos Lo contrario sería hacer el
juego a los protestantes. Por eso su actitud fue exter­
namente tan cauta. Pero así como no es imaginable

(45 bis) Postel se refiere a la teología m editatoria y afectiva


de los Ejercicios y al estudio de las lenguas, con fines apostó­
licos, propio de la Compañía, con lo cual Ignacio superó las
sutilezas y sofismas de la escolástica parisiense: «Nam quídam
Navarrae regno ortus, Ignatius nomine, illic se studiorum causa
-onferens, collegit decem aut duodecim primaria quidem eru-
ditione sed longe majori pietatis affectu viros. qui. . in Italiam
ct in novum orbem transfusi, jam supra octoginta millia Christo
lueriíecere. Et sic revera spiritum illum qui Francisco (regi)
iatus erat, pió furto surripuere.» Fontes rtarrat., III, 764. No­
ticias sobre Postel y bibliografía, ibíd., 754-755. Las palabras
arriba citadas de San Ignacio están tomadas de la importante
-arta de 24 de septiembre de 1549. Ignatii Epist., XII, 244.

157
que Ignacio pronunciase una frase en elogio del discu­
tido Roterodamo, así tampoco encontramos en sus la­
bios una frase de elogio de los enemigos de Erasmo,
de Beda, por ejemplo, a quien el santo, sin duda, debió
de admirar por sus infatigables trabajos en defensa
de la fe.

Se gradúa en filosofía y cursa teología.

Recordemos aquí los principales estudios y grados


académicos que superó felizmente Ignacio en este tiem­
po, porque es digno de notarse que aquel estudiante
ya machucho, sin dejar del todo su proselitismo reli­
gioso y sus conversaciones espirituales con algunos
amigos y conocidos, se entregó tan de lleno al estudio
como el más empollón de los jóvenes universitarios.
En diciembre de 1531 se presentó en las escuelas de
la calle de Fouarre para iniciar los actos que se llama­
ban «Determinancias», que le darían el título de Bachi­
ller en artes (46). Sostuvo las correspondientes disputas
públicas en la Cuaresma siguiente. Y pasado otro año
le fue lícito obtener la Licencia en artes, grado que al­
canzó, tras rigurosos exámenes, el 13 de marzo de
1533 (47).
Desde ese momento, Ignacio de Loyola estaba auto-

(46) Du B o ü l a y : Hist. Univers. Par., V , 723-24. El estudiante


juraba que había cursado dos años enteros de lógica en la
Universidad, y los maestros examinadores juraban no aprobar
a ninguno que no fuese digno. Auctarium Univers. Paris., t. I,
páginas XXVIII-XXIX. Se iniciaban estos exámenes o actos
públicos de las «determinancias» en la calle de Fouarre y se
continuaban, por lo menos en el siglo xvi, en el propio colegio.
C. T h u r o t : De Vorganisation de Venseignement dans l'Univ.
de P. au Moyen áge (París, 1850), pág. 48. El juramento de «Ig*
natius de Loyola dioceseos Pampilonensis» consta en las Acta
Rectoría. G. V illoslada : La Universidad, pág. 379. Otros deta­
lles sobre los actos académicos, en G. S c h u r h a m m e r : Franz
Xaver, I, 134-138.
(47) «Barb. Ignatius de Loyola XIII martii anni Domini
MDXXXII» (a. P. 1533). El documento, descubierto en la aba­
día de Santa Genoveva por Dionisio Petau, fue publicado por
los Bolandistas en Acta Sanctorum, jul. VII, 441.

158
rizado para regentar una cátedra de filosofía en cual­
quier Universidad. Podía haberse contentado con la
licenciatura, que entonces equivalía sustancialmente
al magisterio o doctorado; pero incitado por su maes­
tro Juan de la Peña se decidió —no obstante los gra­
ves gastos que eso suponía— a graduarse finalmente
de maestro, durante el rectorado de Florentino Jac-
quart (diciembre, 1534-marzo, 1535), según las Acta
Rectoría. Reunidos, pues, los graduados y regentes en
las escuelas de Fouarre, festivamente ataviados con ca­
pas de buen paño negro, preguntó el maestro bajo el
cual había hecho la licenciatura (o en su lugar un be­
del): «Placetne vobis Licentiatum N. N. birretari?»
Respondieron los demás maestros allí presentes: «Pía-
cet.» Pronunciada una breve arenga, se le impuso el
birrete doctoral (48).
En marzo de 1533, o sea, desde su licenciatura en
artes, dio comienzo a sus estudios teológicos, prosi­
guiéndolos en París hasta la primavera de 1535, en que
hubo de abandonar aquella Universidad. ¿En qué Co­
legio o en qué convento, de los que integraban aquella
Alma Mater, cursó la sagrada teología, que sin duda
había de satisfacer a su espíritu mucho más que los
agudos conceptos de la filosofía aristotélica?
Aunque siguió habitando en Sainte-Barbe le fue pre­
ciso salir fuera a oír las lecciones, porque en Sainte-
Barbe no se enseñaba teología. Los principales gimna­
sios teológicos de París eran: el Colegio de la Sorbona,
centro de la Facultad; el Colegio de Navarra, todo lleno

(48) Las ceremonias propias de tales actos, en G. V illoslada :


La Universidad, pág. 43. Las materias y autores que se leían,
ibidem, 75. Del documento oficial no conocemos más que esta
frase copiada por Petau: «Ignatius de Loyola MDXXXIV post
Pascha.» Acta Sanctorum, jul. VII, 442. Conservamos el diplo­
ma extendido por el notario de la Universidad a petición de
Ignacio: «Tenore praesentium notum facimus, quod dilectus
noster discretus vir Magister Ignatius de Loyola, dioecesis Pam-
pilonensis, in Artibus Magister, gradum magisterii in praecla-
ra Artium Facúltate Parisiis, examinibus rigorosis anno Domini
millesimo quingentésimo tricésimo quarto post Pascha... adep-
tus est. In cujus rei testimonium... Le Roux.» Acta Sanctorum,
julio VII, 442. MHSI: Scripta de S. Ign., II, 1-2.

159
del recuerdo de Juan Gerson; el convento de los domi­
nicos, llamado de Saint-Jacques o de los Jacobitas, por­
que se alzaba junto a la puerta de Saint-Jacques, al
sur de la ciudad, de donde partía hacia el Sena la calle
del mismo nombre, y el convento de los franciscanos
o cordeleros.
Conocemos ya la Sorbona, alcázar y fortaleza de la
ortodoxia reaccionaria. Rivalizaba con ella en autoridad
científica el Colegio de Navarra, donde el patriarca de
los escolásticos de aquel tiempo, el escocés Juan Mair,
había enseñado hasta 1531 una teología medio eseotís-
tica, medio nominalista (49), que era la entonces do­
minante, fuera de Saint-Jacques, pero donde reinaba ya
un espíritu más abierto y moderno desde que en 1529
leyó allí las Sentencias, y poco después comentó las
Epístolas de San Pablo el celebradísimo teólogo y hu­
manista Juan de Gaigny (50).
El más notable profesor del convento de los corde­
leros era fray Pedro de Comibus, maestro de San Fran­
cisco Javier, del Beato P. Favre y de Nicolás A. Bo-
badilla. ¿Lo fue también de Ignacio de Loyola? No

(49) J. de Launoy: Regii Navarrae Gymnasii Parisiensis His­


toria, pág. II, cap. 19, en «Opera omnia», IV, 598, asegura que
Mair, aunque perteneciente al «sodalicio navárrico», daba sus
lecciones de filosofía y teología en el Colegio de Montaigu. Era
famoso este Colegio por sus clases de filosofía; de teología no
recordamos otras que las de Mair.
(50) «Quandiu novum perlegetur Testamentum, tandiu cele-
brabitur nomen Joannis Gagnaei, qui clarissimis illud commen-
tariis illustravit.» L aunoy , cap. 37, pág. 617. En el Colegio real
de Navarra enseñó algún tiempo el fervoroso predicador y con­
troversista antiluterano Francisco Le Picart (f 1556), muy ala­
bado por los compañeros de Ignacio de Loyola. Decía de él
un poeta contemporáneo:
«Ce grand Docteur, la perle de nostre Age
qui tant faisoit sainte Eglise florir...
O Paris noble et illustre cité,
de ta douleur la cause est bien aperte,
diminuée est ta felicité,
puisque tu vois d ’un tel Pasteur la per te...
de ce Docteur venerable Picart.» (L aunoy , cap. 5, pá­
ginas 435-37.) En Navarra enseñaban y estudiaban otros insig­
nes personajes que pueden verse en Launoy.

160
consta. Mucho menos probable es que el fundador de
la Compañía frecuentase las lecciones de la Sorbona
—lo cual no deja de ser significativo— o del Colegio
de Navarra (50 bis). Lo que parece casi cierto es que
cursó la teología en los dominicos de Saint-Jacques.
Las razones son éstas: San Ignacio aconsejó a Bo-
badilla seguir los cursos de fray Juan Benoit y de
fray Mateo Ory, profesores de Saint-Jacques, lo que
induce a pensar que también los seguía él con satis­
facción; entre los siete «magistri nostri» que el Beato
Favre menciona en una carta de 1538, escrita en nom­
bre de sus compañeros, encontramos a los dominicos
fray Tomás Laurency y fray Juan Benoit (52),. que
si no fueron maestros de todos los «iñiguistas», lo

(50 bis). A fines del s. x v t i , Le Vasseur escribió que el sor-


bonico Juan de Castro, que luego fue cartujo en Porta-Coeli
de Valencia, había sido maestro de S. Ignacio en Teología. No
dice de dónde toma esta noticia, que no consta en las fuentes,
y no parece estar bien informado de los primeros años del
burgalés Castro, a quien hace toledano.
(51) Sólo sabemos que Ignacio recomendó a Bobadilla oir,
entre otros, a De Comibus ( j 1555), «cujus consilium est se-
quutus, audiendo theologiam sub doctore Benedicto et magis-
tro de Ory apud sanctum Dominicum, et apud franciscanos
magistrum De Comibus non satis laudatum apud omnes theo-
logos». Bobadillae Manumenta, págs. 614-15. De Comibus, como
Le Picart, fueron posteriormente decididos defensores y amigos
de los primeros jesuítas. De estos dos, como de eximios pre­
dicadores, se acordaba San Francisco Javier cuando, estando
en la India, escribía el 15 de enero de 1544: «Estuve cuasi mo­
vido de escribir a la Universidad de París, a lo menos a nues­
tro Maestre de Cornibus y al Doctor Picardo.» Epistolae S. F.
Xaverii, ed. Schurhammer-Wicki, I, 167.
(52) Escribe desde Roma P. Favre a Gouvea: «Digneris nos
commendare observandissimis magistris nostris Bartholomaeo
(Jacobo Barthélem y, sacerdote secular), De Comibus, Picardo,
Adamo (Juan Adam, del Colegio de Navarra ), Wancob (Roberto
Vauchop, escocés), Laurentio (Laurency o Laurent), Benedicto
(Benoit) ceterisque ómnibus, qui lubenter volunt dici praecep-
tores nostri et nos discípulos suos et filios in Christo Jesu.»
Ignatii Epistolae, I, 133-34. ¿Deberá entenderse praeceptores nos­
tri en sentido estricto? ¿De todos los compañeros de Ignacio
o sólo de algunos? M agistri nostri era una expresión de honor
y reverencia con que eran designados todos los doctores teó­
logos de París, especialmente los sorbónicos, que, como decía
Rabelais, sólo saben pensar y hablar «nostromagistralement».

161
serían por lo menos de algunos y probablemente del
mismo Iñigo; finalmente, en aquellos años en que la
Suma de Santo Tomás no se había impuesto aún en
todas las escuelas católicas, y en que todos los gimna­
sios teológicos de París —a excepción de Saint-Jac­
ques— seguían usando como libro de texto las Senten­
cias de Pedro Lombardo, el autor de los Ejercicios
espirituales y fundador de la Compañía de Jesús se
decidirá terminantemente por la Suma del doctor An­
gélico, de lo cual no es fácil hallar explicación satisfac­
toria, sino en el hecho de haber cursado él la teología
en las escuelas tomísticas de Saint-Jacques (53).
En este célebre convento dominicano, muy decaído
moral y científicamente durante el siglo xv, alborean
días de renovación espiritual y de florecimiento teo­
lógico, desde que en 1502 fray Juan Clerée, apoyado
por el cardenal d'Amboise, lo reformó, incorporándolo
a la Congregación de Holanda, y desde que en 1509 fray
Pedro Crockaert, de Bruselas, antiguo discípulo de Mair
en Montaigu, introdujo entre los jacobitas la Suma
teológica de Santo Tomás (54).
Discípulo y continuador de Crockaert fue el sumo
teólogo fray Francisco de Vitoria, que supo fecundar
el tomismo de su maestro con las más puras esencias
del Renacimiento. No fue en París, sino en Salamanca,
donde tuvo lugar la gran restauración teológica, mas no
hay duda que en el convento de Saint-Jacques se había
iniciado modestamente una reforma de los estudios
bajo el signo de Santo Tomás, y que a la escuela de
Crockaert pertenecían Mateo Ory, Juan Benoit y To­
más Laurent o Laurency, posibles maestros de Ignacio
de Loyola.

(53) Cuando escribió las Constituciones de la Compañía, le­


gisló así: «En la teología leeráse el viejo y nuevo Testamento
y la doctrina scolástica de Santo Tomás.» Const. Soc. lesu,
parte IV, capítulo 14, n. 1, ed. crítica, Roma, 1936, II, 475.
(54) De todo esto he tratado ampliamente en mi libro La
Universidad de París durante los estudios de Francisco de Vi­
toria, 1507-1522 (Roma, 1938).

162
¿ I g n a c io contra los pr o feso r es del C o l e g io R e a l ?

Es hora ya de plantearnos el problema del erasmismo


o antierasmismo de Ignacio durante sus estudios pa­
risienses.
Dos argumentos suelen manejar los que se empeñan
en pintar al fundador de la Compañía como enemigo
de Erasmo en París: primero, el haber desaconsejado
a los suyos cualquier contacto con los «lectores rea­
les» del Colegio de Francia; segundo, el haber añadido
a su librito de los Ejercicios las Reglas para sentir con
la Iglesia, con el fin de combatir el erasmismo. Cree­
mos sinceramente que la doble acusación es falsa. Pero
examinemos de cerca los hechos.
Uno de los más extremistas en este punto es el eru­
ditísimo historiador Georg Schurhammer. Suyas son
estas palabras:
«La condenación de las obras de Erasmo por la Fa­
cultad de París confirma a Iñigo en su aversión al hu­
manista de Basilea, y no erró al prevenir al maestro
Francisco (Javier) contra él y contra sus secuaces. En­
tre estos últimos se contaban los profesores reales.
Como para Erasmo, tampoco para éstos la teología era
el lado fuerte. Igual que Lefévre d’Étaples y sus segui­
dores, estaban infectados de los errores luteranos, y la
experiencia demostró la verdad de aquella frase: "Los
que helenizan (o estudian griego), luteranizan”, y "Grie­
go sin teología conduce a la herejía"...» (55).
Mas no se tiene en cuenta que el rey de los helenis­
tas, G. Budé, inspirador del Colegio Real, era, como
sus mejores discípulos, enemigo declarado de Lutero,
y Lefévre no puede decirse infectado de herejía.
Continúa el citado historiador haciendo suvas las
ideas del intransigente Noel Beda respecto de las tra­
ducciones de la Sagrada Escritura y acusando a los
profesores reales de destilar imperceptiblemente sus

(55) G. S c h u r h a m m e r : Franz X aver. Sein Leben und seine


Zeit, I, 159.

163
errores en los oyentes. ¿Pero puede un teólogo mo­
derno calificar de errores las doctrinas de aquellos
helenistas y hebraístas? ¿Y es lícito tildar de «sospe­
choso en la fe» al insigne Pedro Danés, sólo porque
Beza afirmó de él que había alcanzado «quelque con-
naissance de la verité», o sea, porque había conde­
nado «les abus de la papauté»? En el Concilio Triden-
tino pronunció aquellas palabras alusivas al pontífice
de Roma: «Utinam ad cantum hujus Galli (del obispo
de Verdun) excitaretur Petras et fleret amare!» (56);
pero nadie se escandalizó de esta puntada humorística
sobre los abusos del papado. Como dice Launoy, «quoad
vixit, modis ómnibus catholicam fidem adversus nova­
tores tutatus est» (57), y siendo obispo de Lavaur, no
faltaron calvinistas que intentaron denigrarlo por su
fiel cumplimiento del oficio pastoral.
Con igual falta de fundamento se intenta hacer sos­
pechosos a Toussaint, porque estaba en corresponden­
cia epistolar con Erasmo; a Paradisi, porque le favore­
cía la también sospechosa Margarita de Angulema, her­
mana del rey; a Vatable, porque disfrutaba de la pro­
tección de la misma Margarita y porque movió al poeta
Marot a traducir en verso francés los salmos. No cabe
duda que algunos de los helenistas parisienses adopta­
ron alguna vez una posición equívoca, que entonces
pudo parecer sospechosa a los que no conocían sus
intenciones, o no distinguían bien lo esencial de lo ac­
cidental (58), posición que hoy, disponiendo de más
elementos de juicio, podemos valorar mejor, no con-

(56) Diario de Paleotti. Conc. Trid., ed. Goerresgesellschaft,


III, 630.
(57) L aunoy : Regii Navarrae Gymnasii, p á g . 635.
(58) Años adelante escribirá J. Nadal unas palabras dema­
siado imprecisas para que basten a fundamentar las de Schur-
hammer: «Viderat exempla P. Ignatius quod Lutetiae plerique
(et in Germania audierat plures) per studia litterarum graeca-
rum absque theologia evanescebant et ad novitates fidei abdu-
cebantur. Hoc igitur periculum voluit in nostris caveri. Verum
experientia comperimus illud nihil nocere nostris.» Scholia in
Constitutiones (Prato, 1883), págs. 81-82. ¿Qué ejem plos vio Ig­
nacio en París? Oyó ciertamente —porque llegó a ser prover­
bio— que el estudio del griego era camino para la herejía; pero

164
fundiendo el gesto imprudente, la amistad peligrosa o
la frase temeraria con la herejía pertinaz.
¿Y qué decir de una afirmación tan concreta como
la siguiente? «En vez de frecuentar las lecciones de los
profesores reales, aconsejó Iñigo (a Francisco Javier)
oir las lecciones de teología en los dominicos, junto
a la puerta de Saint-Jacques, o en los franciscanos» (59).
Esto es una pura hipótesis. Lo único que sabemos
es lo que Javier escribió a su hermano Juan de Azpil-
cuenta el 25 de marzo de 1535: «En mi vida podría sa­
tisfacer lo mucho que le debo (al maestro Iñigo), así
por haberme favorescido muchas veces con dineros y
amigos en mis necesidades como en haber él sido causa
que yo me apartase de malas compañías, las cuales yo,
por mi poca experiencia, no conoscía. Y agora que es­
tas herejías han pasado por París, no quisiera haber
tenido compañía con ellos, por todas las cosas del
mundo; y esto sólo no sé yo cuándo podré yo pagar
al señor maestro Iñigo, que él fue causa que yo no
tuviese conversación ni conoscimiento con personas
que de fuera mostraban ser buenas, y de dentro llenas
de herejías, como por la obra ha parescido» (60).
seguramente se rió de ello. ¿Quiénes fueron los cultivadores
del griego que en París se hicieron herejes? Ninguno de los
grandes helenistas: ni Guillermo Budé, ni Pedro Danés, ni J.
Toussaint, ni Guillermo Pos te 1, ni Francisco Vatable, ni los
demás del Colegio de Francia. Los que cayeron en herejía,
como M. Cordier y Jorge Buchanam, eran más bien latinistas.
¿Quiénes son, pues, esos plerique? ¿No será una frase retórica
de Nadal, que da demasiado crédito al proverbio que los es­
colásticos crearon contra los helenistas?
(59) S c h u r h a m m e r : Franz Xaver, I, 161.
(60) Epistolae S. F. Xaverii, ed. Schurhammer-Wicki, I, 9-10.
Las malas compañías que trataron de seducir a Javier serían
probablemente aquellos mismos a quienes alude el humanista
portugués Diego de Teive: «Praesertim qui graecam linguam
callerent, fere pro suspectis haberentur; horum ego, cum lit-
teris graecis studebam, consuetudinem secutus sum, nec qui-
dem negó me familiaritatem cum quibusdam inivisse, qui pos­
tea suspecti habiti sunt et haereseos tándem accusati.» M. Bran-
i)AO: O processo na Inquisigáo de Me. Diogo de Teive (Coim-
bra, 1943), pág. 67. ¿Se referirá a N. Cop, profesor de filosofía
en Sainte-Barbe y a Calvino, que por entonces estudiaba griego
bajo Danés y que como amigo de Cop vendría más de una
vez a Sainte-Barbe?
165
Que esas «malas compañías» que intentaron ganarse
al joven navarro fuesen los profesores reales nos pa­
rece una opinión poco verosímil. Javier habla clara­
mente de amistades, que se insinuaban en su áni­
mo bajo capa de bondad, pero que en realidad eran
herejes. Ahora bien, ¿quién puede imaginarse a los «lec­
tores del Colegio de Francia», egregios helenistas y orien­
talistas, ricamente subvencionados por Francisco I, de
cuya amistad y protección disfrutaban, andar a caza
de un joven maestro casi desconocido, como Francisco
Javier? Además, aquellos profesores reales nunca fue­
ron personas «llenas de herejías», ni disimularon nunca
sus sentimientos. Y si algún cambio religioso hubo en
ellos no fue hacia la herejía, sino al contrario. Segura­
mente que Guillermo Budé expresó el sentir de aquellos
profesores cuando, en el prólogo de su obra De transita
Helíenismi ad Christianismum (París, 1535), alabó el
celo que mostraba el monarca, castigando severamente
a los herejes sacrilegos, descubiertos aquellos días en
París.
Se dirá que por lo menos a Bobadilla le disuadió Ig­
nacio frecuentar las clases de los lectores reales. Tal
vez. Lo que Bobadilla nos cuenta es que habiendo ido
a París con afán de aprender bien los tres idiomas,
griego, latino y hebreo, tropezó con San Ignacio, el cual
le aconsejó que se fundase sólidamente en la teología
escolástica y positiva, asistiendo a los conventos de los
dominicos y de los franciscanos y leyendo en particu­
lar los Santos Padres. No dice que positivamente le
apartase de los «lectores reales», aunque bien pudo
hacerlo, porque aquel joven palentino, de temperamen­
to impetuoso, un poco excéntrico, ingenuo y puebleri­
no, podía dejarse encandilar por relumbrones cientí­
ficos, si antes no se formaba seriamente en teología (61).

(61) Son interesantes sus palabras textuales: «Eo tempore


incipiebat grassari Parisiis haeresis lutherana, et multi combu·
rebantur in platea Mumbert, et qui graecizabant , lutheraniza-
bant; ideo Magister Bobadilla remisit propositum quod habe-
bat in Hispania, trium linguarum, scilicet, graecae, latinae et
hebraicae, máxime quia invenit Parisiis virum sanctum, Ma-
gistrum Ignatium de Loyola, qui ¡llum cxhortatus est ad pro-

166
No sin probabilidad podemos pensar que el huma­
nista inglés John Helyar, excelente helenista y hebraís­
ta, gran admirador de Erasmo y de Luis Vives, abriga­
ría sentimientos de simpatía hacia los lectores del Co­
legio real; y con todo sabemos que en París trató ínti­
ma y familiarmente con los compañeros de Ignacio de
Loyola, hasta someterse, según parece, a hacer los Ejer­
cicios espirituales, quizá bajo la dirección del mismo
San Ignacio en 1535, o más probablemente bajo el beato
Pedro Favre en 1536 (62). Los dos campos no estarían,
pues, tan distanciados como quieren ciertos autores.
Amigo y compañero del hebraísta Vatable fue algún

sequendum studia theologiae scholasticae et positivae Sancto-


rum Doctorum.» Bobadillae Monumento., pág. 614. La frase
«qui graecizabant, lutheranizabant» era frecuente en París y en
otras partes. Bobadilla se la oiría a Diego de Gouvea (véase
nota 31) y equivalía a la otra de «el griego es la lengua de
las herejías» (véase nota 45). En 1533, escribiendo Rodrigo Man­
rique a su maestro Luis Vives, le cuenta lo que ha visto a su
paso por París, y entre otras cosas muy importantes, refiere
cómo, reunida la Universidad poco después de la fuga de N.
Cop, deliberó acerca de suprimir todas las lecciones de griego
en los Colegios; pero no faltó un chusco que advirtiera lo ri­
dículo de tal decisión: «Agitur a consulibus ut litterae graecae
omnino dimoverentur, et professores graeci tacerent; inter quos
surrexit quídam qui dixit: Sane, domini mei, si tam radidtus
litteras graecas divellitis, quid fiet in sacris de illo Kyrie elei-
son?» H. de V o c h t : M onumento Humanística Lovaniensio (Lo-
vaina, 1934), pág. 440.
(62) John Helyar (Heliares), feltow del Colegio Corpus Chris-
ti de Oxford, sacerdote tan docto como piadoso, llegó a París
en 1535. Que era entusiasta de Erasmo se ve por los epigra­
mas griegos y latinos que escribió al tener noticia de su muer­
te en 1536. En uno de ellos dice:
«At tu digna lini cedro monumento relinquis,
póstera quae insigni tém pora fruge juvent...
Te vero ad sum m i divina palatia Christi
evexit sancta cum pietate fides.» (Erasmi Opera om-
nia, vol. I, antes de las páginas num eradas ). Que hizo los Ejer­
cicios lo podemos sospechar por un códice de apuntes y escritos
suyos, descubierto por P. Tacchi-Venturi en la Biblioteca Vaticana
(Regina lat., 2004), donde entre traducciones de Padres griegos,
un dístico griego en elogio de Erasmo y variadísimas notas, nos
transmite la más antigua copia, aunque imperfecta, de los Ejer­
cicios ignacianos (en latín) con este título: Praecepta utilia iis
qui spiritualium m editationum stadium mgressuri surtt. La des­

167
tiempo el doctor Marcial Mazurier; juntos trabajaron
en la reforma de la diócesis de Meaux bajo el obispo
Bri^onnet y al lado del poco seguro Lefévre d’Étaples
y de los luteranizantes Gerardo Roussel y Pedro Caro-
li. Pues bien —y esto demuestra cuán difícil es trazar
una neta línea divisoria entre dos campos, cuando se
hallan aún bajo luces crepusculares—, ese Mazurier,
después que la Sorbona le obligó a retractar algunas
de sus proposiciones, cayó en la cuenta del peligro que
entrañaba el evangelismo de Lefévre, predicó contra
los luteranizantes y se puso bajo la dirección espiritual
de Ignacio de Loyola (63).

L as r e g l a s de o r t o d o x ia .

Como indicio y prueba manifiesta del antierasmis-


mo ignaciano en París, suelen traerse las Reglas del
santo «Para el sentido verdadero que en la Iglesia mi­
litante debemos tener», llamadas comúnmente Reglas
vara sentir con la Iglesia. Creíase hasta hace poco que

cripción detallada, en la ed. crít. de Exercitia spirituália por


el P. Codina (Madrid, 1919), págs. 624-648. En 1537 hallamos a
Helyar en Lovaina, de donde escribió una carta a Reginaldo
Pole, suplicándole intercediese ante el papa, a fin de obtener
oraciones de toda la Iglesia por la conversión de Inglaterra.
Murió en Roma, siendo penitenciario de San Pedro y maestro
del Hospicio inglés. Cfr. J. C r e h a m : Saint Ignatius and Cardi­
nal Pole: AHSI, 25, 1956, 72-98 (pág. 76). H. B e r n a r d -M a ít r e :
Les fondateurs de la C. de J. et Vhumanisme de la Renaissance:
NRT, 72, 1950, 811-833. J. C a l v e r a s : Estudios sobre la redacción
de los textos latinos de los Ejercicios, en A H SI, 31, 1962, 3-106
(páginas 12-27).
(63) Dice Polanco de Ignacio: «Se dispuso a conversar con
algunas personas de autoridad para ayudarse dellas con los
estudiantes... Y así tuvo amistad con el doctor Marcial ( M a­
zurier) y el doctor Valle y Moscoso, ayudándolos a todos en
los Ejercicios; y con Marcial pasó una gracia: que no siendo
Iñigo aún bachiller en artes, le quería hacer doctor en teología,
diciendo que pues enseñaba a él, que era doctor ,que era justo
tomase el mismo grado.» Summarium hispanum, n. 51: Font.
narrat., I, 181. Trátase del doctor Marcial Mazurier, y no, como
afirman los editores, de Marcial de Gouvea, el cual ni era doc­
tor teólogo, ni convivió en París con Ignacio.

168
todas ellas —son 18 en total— habían sido compuestas
y añadidas al libro de los Ejercicios, mientras Ignacio
estudiaba en la Universidad parisiense. Hoy está de­
mostrado que en París fueron escritas, a lo más, las
trece primeras; las cinco últimas son posteriores y de-
ben situarse en el ambiente italiano de 1539-1541 (64).
Admitamos, pues, que en la primavera de 1535, cuan­
do Ignacio salió de París, tenía ya escritas las trece
primeras Reglas. Ahora se pregunta: ¿las dirigió pre­
cisamente contra el peligro erasmista, del cual no se
había percatado bien hasta entonces? Respondió afir­
mativamente el P. Pedro de Leturia en un artículo pu­
blicado en 1942 (65) e insistió en lo mismo con más

(64) En el texto de Helyar (1535-1536) no aparecen dichas Re­


glas. En el texto del beato Favre (llam ado Coloniense, porque
fue copiado en 1543-1544 por un cartujo de Colonia de un ejem­
plar que Favre llevó de Roma en 1539) sólo estaban las trece
primeras Reglas; las cinco últimas se añadieron al códice Co­
loniense posteriormente, copiándolas de la Versio Vulgata
(Roma, 1548). El texto del beato Favre parece, en su conjunto,
algo posterior al de Helyar, pues aunque algunos fragmentos
se remonten a 1534, todo lo demás representa un estadio más
perfecto en la redacción del texto. Por lo tanto, se puede pre­
guntar: esas partes que no se hallan en Helyar, por ejemplo
las 13 Reglas para sentir con la Iglesia, ¿proceden de París o
de la estancia en Italia? (1536-1539). Hasta ahora todos los es­
pecialistas responden que de París. En la Vetus latina de 1541
aparecen todas las 18 Reglas. Que las cinco últimas son de
los años 1539-1541 lo insinuó como probable H. P in a r d № la
B o u l l a y e : Les étapes de rédaction des Exercices de S. Ignace
(París, 1945), pág. 22; lo admitió P. de L e t u r i a : Estudios ig-
nacianos, II, 175-186; y lo demostró V. L a r r a ñ a g a : La revisión
total de los E jercicios por San Ignacio: A H SI, 25, 1956, 396415.
(65) Sentido verdadero de la Iglesia militante: «Manresa»,
14, 1942, 23-36; 118-131; y en «Gregorianum », 23, 1942, 137-168. Re­
producido ahora en Estudios ignacianos (Roma, 1957), II, 149-174.
Reconoce Leturia que Ignacio escribió dichas reglas con oca­
sión de la represión del luteranismo en Francia. «Pero —noté­
moslo bien— su preocupación, al redactarlas, no es tanto el
error craso de la herejía... La preocupación del santo se di­
rigía más bien — como siempre— a las raíces más profundas
y ocultas del mal, al enemigo solapado y transfigurado que
engañaba incautos.» Ese enemigo, según Leturia, era «el misti­
cismo adogmáticamente evangélico de Lefévre d'Étaples y el
semirracionalismo interior y humanista de la philosophia Chrtsti
de Erasmo». Estudios ignacianos, II, 152. N o deja de ser ex-

169
vigorosa frase el P. Jesús M. Granero (66). Por el con­
trario, Henri Fouqueray y Paul Dudon habían defendido
muchos años antes que las Reglas de ortodoxia, como
ellos suelen llamarlas, se escribieron directamente
contra Lutero y contra el peligro protestante (67).
Nosotros siempre hemos pensado que, al añadir San
Ignacio al librito de sus Ejercicios espirituales las Re-

traño que. escribiendo las reglas con motivo del grave peligro
luterano, se dirija contra Erasmo (cuya estrella ya tramonta­
ba en 1535)) más bien que contra Lutero. Que el erasmismo
era la raíz más profunda del luteranismo, hoy no lo cree
nadie; entonces lo afirmaban Beda y sus congéneres. Pero Ig­
nacio, ¿dónde lo insinúa? Leturia sigue haciendo considera­
ciones muy sensatas y profundas, aunque tal vez demasiado
subjetivas. Poco antes de morir acometió de nuevo el tema,
pero dejó el trabajo inconcluso, porque «no veía claro en este
punto». Estudios ignacianos, II, 185-186, nota.
(66) El P. Granero ensombrece y agrava más de lo justo
los peligros de «las corrientes renacentistas del Humanismo»,
y traza de Erasmo, «príncipe indiscutido de los humanistas»,
un retrato a satisfacción de N. Beda. Decir que «estaba liga­
do sólo por un hilo muy frágil a la Iglesia visible», y que «la
soportaba, mientras no encontrase otra cosa m ejor: fero igitur
harte Ecclesiam, doñee videro m eliorem », es no conocer el sen­
tido cristiano, tradicional, de aquel que cien veces repetía:
M e certe ñeque vita ñeque mors distrahet ab obedientia E c -
clesiae (A l l e n , V, 48) y es falsear una frase cuyo contexto y
circunstancias exigen una interpretación mucho más benévola.
De todos modos, Granero opina que contra los erasmistas, no
contra los protestantes, se escribieron dichas reglas: «O mucho
me engaño, o estas Reglas no van directamente contra las doc­
trinas protestantes. Son Reglas que han de explicarse a los
que vienen a Ejercicios; y los que vienen a ellos no son hom­
bres enredados en la herejía, pero pueden estar pisando incau­
tamente las zonas de peligro.» Sentir con la Iglesia: «Miscelá­
nea Comillas», 15, 1956, 203-234 (págs. 216-222). Respondamos
brevemente, sin ánimo polémico, que también las cinco últi­
mas se han de explicar en los Ejercicios, y nadie duda que van
dirigidas contra los protestantes. ¿Por qué se han de explicar
a los católicos? Véase lo que dicen los Directorios, cuyos tex­
tos citaremos en seguida.
(67) H. F o u o u e r a y : Histoire de la C. de J. en France (Pa­
rís, 1910), I, 95-97, las hace depender de la respuesta de la
Sorbona a Francisco I contra Melancthon en 1535, cosa que
discutiremos en su lugar. P. D u d o n : Saint Ignace de Loyola
(París, 1934), págs. 627-633, se esfuerza por demostrar que de­
penden de los decretos del Concilio de Sens (o París) publica­
dos en 1529. También de este punto trataremos a su tiempo.

170
glas para sentir con la Iglesia, lo hizo principalmente
para prevenir a los católicos contra la invasión protes­
tante, que se derramaba por todas partes y disemina­
ba entre el pueblo, ora calladamente, en las hojas de
un folleto, ora pública y escandalosamente, en anuncios
callejeros, en asambleas universitarias y aun desde el
púlpito de los templos, ideas audaces, positivos errores
y criterios equivocados. Todas y cada una de esas Re­
glas van enderezadas a robustecer en los fíeles cris­
tianos el espíritu católico, auténtico, tradicional, sin
dejarse engañar por ciertos espejismos luteranizan-
tes (68).
Será útil para el lector tener ante los ojos las 13 pri­
meras Reglas que se suponen escritas en París, quizá
a principios de 1535. Dicen así:

«PARA EL SENTIDO VERDADERO QUE EN LA


IGLESIA MILITANTE DEBEMOS TENER, SE
GUARDEN LAS REGLAS SIGUIENTES:
1? Regla. La primera: depuesto todo juicio, de­
bemos tener ánimo aparejado y prompto para obe-
descer en todo a la vera sposa de Cristo nuestro
Señor, que es la nuestra madre Iglesia hierárquica.
2? Regla. La segunda: alabar el confessar con
sacerdote y el rescibir del sanctísimo sacramento
una vez al año, y mucho más en cada mes, y mu­
cho mejor de ocho en ocho días, con las condicio­
nes requisitas y debidas.
(68) Estas últimas líneas las escribíamos en 1942 («Estudios
Eclesiásticos», págs. 424-425). N o debió de leerlas despacio el
padre M. Olphe Gaillard, cuando escribió: «Est-H aussi súr que
les Regles d'orthodoxie, comrne le pense le P. Villoslada, soient
dirigées directement et spécialement contre Erasme de Rotter­
dam?» Erasm e et Ignace de Loyola: «Revue d ’Ascet. et Myst.»
35, 1959, 337-352 (pág. 346). No. Para mí lo más seguro es que
miran de frente a los luteranos. Quizá Olphe Gaillard se dejó
impresionar demasiado por las palabras que a continuación
añadía: «Pero también es indudable que muchas de ellas ( hoy
diría: es probable que unas pocas ) son igualmente útiles contra
el peligro que podía originarse en los lectores de algunas obras
crasmianas, especialmente de los Coloquios familiares, el libro
más bello y a la par el más venenoso del humanista de Rot­
terdam.»

171
3f Regla. La tercera: alabar el oir misa a menu­
do, asimismo cantos, psalmos y largas oraciones
en la Iglesia y fuera della; assimismo horas orde­
nadas a tiempo destinado para todo officio divino
y para toda oración y todas horas canónicas.
4* Regla. La cuarta: alabar mucho religiones, vir­
ginidad y continencia, y no tanto el matrimonio
como ninguna destas.
5? Regla. La quinta: alabar votos de religión, de
obediencia, de pobreza, de castidad y de otras per­
fecciones de supererrogación; y es de advertir que,
como el voto sea cerca las cosas que se allegan a
la perfección evangélica, en las cosas que se alejan
della no se debe hacer voto, así como de ser mer­
cader o ser casado, etc.
6? Regla. Alabar reliquias de sanctos, haciendo
veneración a ellas y oración a ellos: alabando es­
taciones, peregrinaciones, indulgencias, perdonan-
zas, cruzadas y candelas encendidas en las iglesias.
7? Regla. Alabar constituciones cerca ajamos y
abstinencias, así como cuaresmas, cuatro témporas,
vigilias, viernes y sábados; asimismo penitencias no
solamente internas, mas aun externas.
8? Regla. Alabar ornamentos y edeficios de igle­
sias; assimismo imágenes, y venerarlas según que
representan.
9? Regla. Alabar, finalmente, todos preceptos de
la Iglesia, teniendo ánimo prompto para buscar ra­
zones en su defensa y en ninguna manera en su
ofensa.
10* Regla. Debemos ser más promptos para abo­
nar y alabar assí constituciones, comendaciones,
como costumbres de nuestros mayores; porque
dado que algunas no sean o no fuesen tales, ha­
blar contra ellas, quier predicando en público, quier
platicando delante del pueblo menudo, engendra­
rían más murmuración y escándalo que provecho;
y assí se indignarían el pueblo contra sus mayo­
res, quier temporales quier spirituales. De manera
que así como hace daño el hablar mal en absencia
de los mayores a la gente menuda, así puede ha-

172
cer provecho hablar de las malas costumbres a las
mismas personas que pueden remediarlas.
11? Regla. Alabar la doctrina positiva y escolás­
tica; porque assí como es más propio de los doc­
tores positivos, assí como de Sant Hierónimo, Sant
Augustín y de Sant Gregorio, etc., el mover los afec­
tos para en todo amar y servir a Dios nuestro Se­
ñor; assí es más proprio de los escolásticos, así
como de Sancto Tomás, San Bonaventura y del
Maestro de las sentencias, etc., el diffinir, o decla­
rar para nuestros tiempos, de las cosas necesarias
a la salud eterna, y para más impugnar y decla­
rar todos errores y todas falacias. Porque los doc­
tores escolásticos, como sean más modernos, no so­
lamente se aprovechan de la vera inteligencia de
la Sagrada Scriptura y de los positivos y sanctos
doctores; mas aun siendo ellos iluminados y escla-
rescidos de la virtud divina, se ayudan de los con­
cilios, cánones y constituciones de nuestra sancta
madre Iglesia.
12? Regla. Debemos guardar en hacer compara­
ciones de los que somos vivos a los bienaventura­
dos passados, que no poco se yerra en esto, es a
saber, en decir: éste sabe más que Sant Augustín,
es otro o más que San Francisco, es otro Sant Pa­
blo en bondad, sanctidad, etc.
13? Regla. Debemos siempre tener, para en todo
acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es ne­
gro, si la Iglesia hierárquica assí lo determina, cre­
yendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y
la Iglesia, su esposa, es el mismo espíritu que nos
gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas,
porque por el mismo Spíritu y Señor nuestro, que
dio los diez Mandamientos, es regida y gobernada
nuestra sancta madre Iglesia» (69).

Las cinco restantes (14M8*, que versan acerca del


hablar sobre la predestinación, sobre la fe, sobre la
gracia y la libertad, y en fin sobre el temor filial y ser-

(69) Ejercicios espirituaJes, núms. 352-365.

173
vil, fueron indudablemente, como dijimos arriba, escri­
tas en Italia, en un ambiente de controversia antilute­
rana, cuando la predicación protestante cundía por al­
gunas ciudades italianas, creando serio peligro para la
fe católica (70).
Juzgando, pues, por el contenido de las mismas Re­
glas y por las circunstancias históricas en que se escri­
bieron, es preciso afirmar que las cinco últimas apun­
tan directamente al luteranismo. El erasmismo en
Italia nunca fue un peligro; al contrario, por medio
de unos cuantos doctos y piadosos humanistas, como
Sadoleto, Pole, Giberti, etc., actuó como un primer
fermento de genuina renovación católica.
Ahora bien, el agregar estas últimas a las primeras,
sin distinción ni advertencia alguna, fundiéndolas todas
en un bloque homogéneo, ¿no significa que tanto unas
como otras están escritas con el mismo designio y ti­
rando al mismo blanco? No fue el fantasma del eras-
mismo el que pasó ante los ojos de Ignacio mientras
escribía las últimas reglas, sino el espectáculo de los
herejes más o menos disfrazados que pululaban en
Italia, tanto o más que en Francia, y que aspiraban a
hacer de Venecia la ciudadela del movimiento lutera­
no. Cosa análoga se puede aseverar de las primeras.

NO TODAS SON ANTIERASMIANAS.

Examinando las Reglas para sentir con la Iglesia, ad­


vertimos que todas y cada una de ellas, sin excepción,

(70) «Che i novatori mirassero a fare di Venezia la cittadella


del moto luterano in Italia, é tal fatto che non ha piü bisogno
di prova.» P. T a c c h i V e n t u r i : Storia della C, di G. in Italia,
2? ed., vol. II, 1, pág. 86. Lo demuestra en el vol. I, 1, pági­
nas 431-481. En 1532 se lamentaba J. P. Carafa de que muchos
frailes y legos leían los libros de los herejes. El nuncio de Ve-
necia escribía a Roma el 13 de agosto de 1540: «Ci corre il
rischio che in breve non si vegga tanto accresciuto il numero
de Lutherani in queste parti del dominio vinitiano, et qui prin­
cipalmente, che non se ci possa rimediare dopoi per nessun ver­
so.» T a c c h i V e n t u r i , I, 2, pág. 124. Lo mismo temía Giberti
en Verona y Morone en Módena.

174
son contrarias a otras tantas afirmaciones luteranas.
¿Por qué, pues, no hemos de pensar que en la mente
del autor iban dirigidas contra los secuaces de Lute-
ro? (71).
En cambio, si Erasmo hubiese podido leerlas, pro-
babilísimamente no hubiera censurado sino la cuar­
ta, la quinta, la sexta y séptima (estas dos en lo que
pueden tener de abuso, pues consta que él hizo pere­
grinaciones al sepulcro de Santo Tomás de Canterbury
y a la Virgen de Walsingham, y guardaba los ayunos
de cuaresma, siempre que no tenía dispensa por sus
achaques), la octava (en lo que supone de lujo de los
ornamentos: él amaba la sencillez), y la décima (en
lo que se refiere a ciertas constituciones y costumbres
de nuestros mayores) (72).
La undécima no es contraria al pensamiento de Eras­
mo, que ciertamente admiraba a Santo Tomás, reco­
nocía la utilidad de la escolástica con su abstruso len­
guaje y solamente se dolía de que muchos teólogos die­
sen más importancia a los silogismos que al Nuevo
Testamento o a los escritos de los Santos Padres. De
todos modos, la síntesis armónica de las dos teologías,
pregonada por Ignacio, no se halla en Erasmo, que
tiende mucho más a la teología positiva.
La duodécima puede en absoluto censurar las hipér-

(71) Incluso la segunda, que parece tener un carácter pura­


mente ascético y de dirección espiritual, va contra Lutero, es­
pecialmente aquello de «confesar con sacerdote ». Ditero admitía
que la confesión era cosa psicológicamente saludable, mas no
que el sacerdote tuviese la facultad de absolver. Luthers Wer-
ke, ed. Weimar V III, 152, 394.
(72) Repetidamente habla Erasmo contra las «constituciones
humanas», que no le parecen conformes al Evangelio. Alguna
vez se lamenta de que «plus quam judaicis constitutionibus
oneramus Christi sanguine liberos» ( Ratio seu compendium ve-
rae theologiae: H o lb o r n , Ausgew. Werke, pág. 253). De las «cons­
tituciones y leyes de los pontífices» habla con mayor modera­
ción, aunque no con bastante respeto ( i b i d 203). Su pensamiento
está bien claro en estas palabras: «Quid igitur — inquiet ali-
quis— damnas caerimonias? — Absit. Laudo ritus, quibus et
olim et hodie chorus ecclesiasticus peragit mysteria... Non probo
vero, quod humanis constitutionibus tota paene christianorum
vita caerimoniis oneratur» (ibid., 252).

175
boles de algunos adoradores de Erasmo (73); pero Ig­
nacio seguramente no las conoció; pudo oir, en cam­
bio, cuando estaba en Alcalá, lo que decían algunos
alumbrados: «que Lutero era un gran siervo de Dios»,
y los rumores que esparcían los españoles que habían
asistido en 1521 a la Dieta de Worms; venían escanda­
lizados de haber oído en la plaza pública que Lutero
era más santo que San Agustín (74).
Curiosa es la regla décimotercera, porque a primera
vista se diría que es una respuesta categórica, con la
que Ignacio condena expressis verbis unas aserciones
de Erasmo. Las palabras del humanista suenan así:
«Si es que Beda escribió cosas indignas de la Facultad
teológica —y ciertamente escribió muchas— de tan ma­
nifiesta falsedad, que en caso de que el sumo pontífice
las aprobase, yo apelaría del papa dormitante al mismo
papa vigilante. Pues lo negro no podría ser blanco, por
más que el pontífice romano lo afirmase, cosa que es­
toy cierto no hará jamás» (75).

(73) Luis Coronel, consejero de Carlos V y predicador de


la corte, que se doctoró en París en 1514 con fama de eximio
teólogo, tenia a Erasmo por un nuevo Jerónimo o Agustín, se­
gún testifica Vives: «Te alterum Hieronymun aut Augustinum
putat.» A l l e n , Opus epist. V, 66. Y Matías Kretz se expresaba
en forma parecida: «Erasm um catholicissimum, imo vero nos·
tri saeculi Hieronymum, catholicaeque fidei currum et aurigam.»
A l l e n , IX, 72.
(74) «Tanto é il favor che questi ribaldi fanno a Luther,
che alcuni di loro hanno havuto ardir publice sopra la piaccia
dire, desputando contra un homo da ben spagnolo, che non
é meraviglia se Luther é da piü che Santo Augustino, perché
santo Augustino fu peccatore et puote errare, et erró, ma Lu­
ther est sine ullo peccato, et peró non ha mai errato... L'hanno
depento da nuovo con la columba in capo, et la croce di Nostro
Signore, et in altre imagine con la diadema irradiata.» Carta
de Aleandro en P. B a l a n : Monum enta reformationis lutheranae
(Ratisbona, 1884), pág. 40.
(75) « S i quid scripsit Bedda, quod ea Facúltate sit indignum,
ut certe scripsit permulta, tam manifestae falsitatis, ut etiamsi
sumraus Pontifex ea probaret, sim appellaturus ab eo dormi­
tante ad eum vigilantem. Ñeque enim ideo nigrum esset album,
si ita pronuntiaret Romanus Pontifex, quod illum scio nequá­
quam facturum.» Erasmi Opera omnia, IX, 517. El texto se halla
en las Supputationes errorum in censuris Beddae (Basilea, 1527)
y fue desempolvado por S c h u r h a m m e r : Franz Xaver, I, 122.

176
La oposición entre este texto y el ignaciano no es
completa, pues Erasmo habla de aprobaciones ponti­
ficias particulares, más o menos autoritativas, no de
definiciones dogmáticas, ante las cuales siempre bajó
la cabeza; en tanto que Ignacio se refiere a los dog­
mas de fe y preceptos universales, determinados por
«la Iglesia hierárquica». Mas no tratemos de excusar
a Erasmo, que a la verdad no se muestra en este caso
excesivamente dócil y rendido a la autoridad pontifi­
cia. Lo que aquí nos interesa es solamente saber si
Loyola, al escribir esa regla, tuvo presente a Erasmo
y trató de rebatirlo o no.
La semejanza verbal nos impulsa hacia la afirmati­
va. Pero surge en seguida la interrogación: ¿es que Ig­
nacio leyó ese libro de Erasmo? Suponemos que nadie
admitirá cosa tan inverosímil. Entonces, ¿cómo tuvo
conocimiento de esa frase? ¿La escuchó tal vez de
labios de algunos erasmistas o antierasmistas que
habían leído el libro? Lo más probable es que una
expresión de ese tipo la oyera en París o en cual­
quier otra parte, no en la forma transmitida por
Erasmo, sino en otra semejante usada por el pue­
blo para expresar la firmeza de la fe ciega o la ilu­
sión de los sentidos o la posibilidad de cosas que
parecen absurdas. El juego de estas dos palabras opues­
tas «blanco» y «negro» es frecuente en la conversa­
ción, tanto que ya entre los antiguos romanos corría
un proverbio que decía, para significar cosas difíciles
o imposibles, «nigra in candida vertere» (76), proverbio

Con más energía expresó Erasmo su obediencia a la Iglesia en


De libero arbitrio: «Sive assequor quod praescribit, sive non
assequor»; es decir, aunque me parezca blanco lo que ella dice
negro. Opera, IX , 1.215.
(76) Véase en E. F o r c e l u n i : Lexicon totius latinitatis (Pa­
dua, 1540), v. candidus y niger. Lo hallamos frecuentemente en
los poetas clásicos, por ejemplo, en Juvenal: «Maneant qui ni­
grum in candida vertunt» (Satyr. I ll, 30) y en Ovidio:
«Nascitur Autolycus, furtum ingeniosus ad omne,
qui facere adsucrat, patriae non degener artis,
candida de nigris et de candentibus atra» (Metam . XI,
313-15). El testimonio de Cicerón sobre Anaxágoras, en Acá·
dem. II, 31.

177
12
que tendría Erasmo en la memoria, si es que ya no
se acordó de Anaxágoras, de quien cuenta Cicerón que,
persuadido filosóficamente de que la nieve era negra,
llegó a percibir sensorialmente su negrura.
En resumidas cuentas: si todas y cada una de las
Reglas para sentir con la Iglesia se oponen clara y di­
rectamente a otras tantas aserciones luteranas, y si
tan sólo algunas de ellas tienen carácter también anti-
erasmista, es lógico concluir que tales reglas se escri­
bieron primaria y principalmente contra Lutero y con­
tra los protestantes, sin excluir la posibilidad de que
en algunas de ellas se apunte también a Erasmo.

T odas s o n a n t i p r o t e s t a n t e s .

A la misma conclusión llegamos examinando los Di­


rectorios o instrucciones que se redactaron en el si­
glo xvi para dar bien los Ejercicios espirituales. Em­
pecemos por el de Polanco, secretario del fundador de
la Compañía:

«Quod attinet ad regulas servandas, ut cum ca-


tholica Ecclesia sentiamus, hoc notandum: quod
ea hic mérito commendatur, quae horum tempo-
rum haeretici, vel ad haereticorum doctrinam ac­
cedentes, suis libris, vel concionibus, vel colloquiis
solent oppugnare vel contemnere... Nec solum ad
id conferunt, ut quis non erret..., sed etiam ut
dicta vel scripta ab aliis... discernat» (77).

Es el único Directorio que alude «ad haereticorum


doctrinam accedentes», lo cual podría referirse a Eras­
mo; pero aun aquí se ponen en primer lugar los here­
jes de nuestros tiempos. Todos los demás Directorios
aseveran con voz unánime que dichas reglas impug­
nan simplemente a los herejes. Veamos un Directorio

(77) Exercitia spiritualia S. Ign. de L. et eorum directoría,


ed. crit. (Madrid, 1919), pág. 829; Directoría Exercitiorum spiri-
tualium, 1540-1599, ed. I. Iparraguirre (Roma, 1955), pág. 327.

178
anónimo que probablemente tiene por autor al que
había de ser general de la Compañía, Everardo Mer-
curian:

«Atque in fine Exercitiorum quaedam regulae po-


nuntur ad consentiendum cum orthodoxa Ecclesia
et mente et verbo, et praesertim nostra aetate, ad
pugnandum e diámetro adversus nostri temporis
haereses» (78).

Otro Directorio, atribuido a Gil González Dávila, se


expresa del mismo modo:

«Las ( reglas) que tratan del sentir con la Iglesia


son muy necesarias ahora para los operarios y que
tratan la palabra de Dios, porque todas son dere­
chamente contra el sentir y hablar de los herejes
de nuestro tiempo» (79).

Nótese que «son muy necesarias ahora» (esto se es­


cribía hacia 1587, cuando de Erasmo y del erasmismo
apenas quedaba un vago recuerdo entre los eruditos),
y «todas son derechamente contra... los herejes», todas.
Del mismo parecer es el Directorio granatense, que se
dice del P. Antonio Cordeses:

«Estas reglas están acommodadas para sentir con


la Iglesia católica romana contra los herejes deste
tiempo, y son más necesarias para aquellos que
viven entre herejes y conversan con ellos, que para
los que solamente conversan con católicos» (80).

Nos quedan por citar otros dos Directorios, redac­


tados bajo el general Claudio Aquaviva y publicados
por éste con carácter oficial.
El primero es de 1591, el segundo de 1599:

(78) Exerc. spir., ed. crit., pág. 886; Directoría, cd. Iparra-
guirre, pág. 248.
(79) Exerc. spir., pág. 934; Directoría, pág. 529.
t,80) Exerc. spir., pág. 971; Directoría, pág. 561.

179
«Illae ítem ( regulae) quae ad catholicam doctri-
nam pertinent, iis potissimum tradentae sunt, qui
in locis, vel cum personis suspectis versantur, quan*
quam ómnibus etiam operariis, et iis qui verbum
Dei tractant, útiles sint, quia directe pugnant con­
tra sensa et dicta haereticorum nostri temporis» (81).

«Iilae item, quae ad catholicam doctrinam perti­


nent, quanvis ad omnium pietatem confirmandam
et fovendam valent, iis tamen potissimum, qui in
locis, vel cum personis suspectis versantur, secun­
do loco etiam operariis, et iis qui verbum Dei trac-
tant, tradendae sunt, quia directe pugnant contra
sensa et dicta haereticorum nostri temporis» (82).

Nos place agregar aquí unas palabras de Jerónimo


Nadal que llevan el siguiente título: «Breves avisos
para el modo de hablar de cosas de teología en estos
tiempos.» Nada dicen de la intención de San Ignacio al
escribir las Reglas para sentir con la Iglesia; con todo,
nos parecen dignas de tenerse en cuenta, porque em­
piezan apelando a dichas reglas, lo cual parece signifi­
car que todos los avisos que a continuación va dando
Nadal se inspiran en ellas. El sentido que les da es
principalmente antiprotestante, pero añade una cosa
nueva que debe retener nuestra atención, y es que
acopla a los alumbrados con los luteranos, como si
también contra esos herejes «que poco ha fueron en
España» fueran válidas las mencionadas reglas. Ha­
blando con los jesuítas que han de predicar o enseñar
teología, dice así Nadal:

«Ténganse las reglas últimas de los Exercicios,


que enseñan quomodo sentiendum sit cum Ecctesia
hierarchica, porque son útiles para este propósito.
Y han de advirtir en todo lo que se habla en co­
sas de teología, o dentro o fuera de casa, o priva·

(81) Exerc. spir., pág. 1.075.


(82) Exerc. spir., pág. 1.174; Directoría, pág. 743.

180
tim o publice, y tener respeto al tiempo que corre
y a sus circunstancias, que son de herejes, no sólo
luteranos, mas alumbrados, que poco ha fueron en
España: tener advertencia en ellos, que tienen ilu­
sión en el modo de tratar de oración; y del modo
de hablar de grammáticos y puros humanistas (83);
y también del modo de hablar de profanos e in­
devotos.»

Para Nadal los alumbrados españoles son luteranos


o luteranizantes; por eso juzga que también contra
ellos pueden ser útiles las Reglas ignacianas:

«Cuanto a lo demás, en el hablar nos guardare­


mos de dizir cosa que sepa en manera alguna al
modo de hablar de los alumbrados, los cuales tu­
vieron la heresía que tuvo Luter, negando el libero
arbitrio con sus dexamientos y rendimientos, ne­
gando la obediencia ecclesiástica con sus alumbra­
mientos y diabólicas persuasiones. Para guardarse
de los luteranos, es menester tener gran circuns­
pección y recato, y hablar con toda veneración y
observación del papa y de la Sede apostólica y del
santo Consilio y del colegio de los cardenales» (84).

Por todo esto se ve que también Nadal está de acuer­


do con los Directorios. Las Reglas se escribieron con­
tra el protestantismo; esto no quita que, por su espí­
ritu todas y por su formulación algunas de ellas, sean
valederas contra los errores de todos los tiempos.

(83) ¿Aludirá Nadal en estas palabras a Erasmo? No consta.


Puro humanista significa aquí el gramático que sólo ha estu­
diado latín y griego; Erasmo era doctor en teología. En España,
especialmente en Salamanca, había fuertes prevenciones contra
los humanistas que se metían a interpretar la Sagrada Escri­
tura. Bien lo hubo de pagar aquel gran filólogo que se llamó
Francisco Sánchez, el Brócense (1523-1601).
(84) El texto castellano de este documento, en M H S I: A ío
nnmenta paedagogica , págs. 676-680; el texto latino del mismo,
con leves diferencias, ibid., 123-128.

181
La tesis que hemos defendido sobre la finalidad anti­
protestante —y no precisamente antierasmiana— de
las Reglas para sentir con la Iglesia se nos revelará
en toda su evidencia, si fijamos la atención en el cal­
deado y tormentoso ambiente parisiense de aquellos
años en que Ignacio de Loyola cursaba sus estudios
universitarios.
C a p ít u l o V

EL ASALTO PROTESTANTE A PARIS,


PRESENCIADO POR LOYOLA

¿ P e r c i b i ó L o y o l a e l p e l ig r o p r o t e s t a n t e ?

Más de una vez se ha exagerado la despreocupación


inicial del fundador de la Compañía de Jesús respecto
al protestantismo, como si durante sus estudios pa­
risienses —ilusionado persistentemente con su antiguo
ideal de predicar el evangelio en Palestina— no hubie­
se comprendido la enorme trascendencia del fenómeno
luterano. Esto parece inverosímil. Otra cosa es que él
no tuviera todavía conciencia clara de la misión a que
Dios le destinaba, y persistiera en su orientación mi­
sionera y palestinense, mientras el Señor no le mani­
festase en forma indubitable su voluntad. Y ya sabe­
mos que desde 1534 preveía como posible que Dios
no le llamase a Jerusalén, sino a Roma, para estar a
las órdenes del Vicario de Cristo.
Los siete años de París fueron para él de hondas me­
ditaciones.
Desde que entró en aquella civitas litterarum, que
aún conservaba algo de su universalismo medieval, y
se puso en contacto con estudiantes y profesores de
diversas naciones, Ignacio, que tenía muy despierta la
sensibilidad social y religiosa, tuvo que percatarse de
la gravedad de aquella coyuntura histórica y percibir
el ozono de los nubarrones que avanzaban sobre Fran­
cia. Quizá nunca fue su previsión tan pesimista como
la de otros, porque veía en la Sorbona un castillo ro-

183
quero de la fe tradicional y confiaba en que la autori­
dad de aquel monarca absolutista, por muchos cam­
balaches políticos que hiciese con los herejes de fue­
ra, no toleraría jamás dentro de su reino el triunfo de
la herejía.
El erasmismo no constituía por aquellas calendas,
ni en Francia ni en parte alguna, peligro notable para
el catolicismo. Había causado daños ciertamente en el
septenio de 1517-1524, porque muchas de sus críticas
fueron recogidas hábilmente por los primeros lutera­
nos, los cuales, además, dando un sentido radical y
absoluto a ciertas insinuaciones tímidas y a ciertas
frases ambiguas del gran humanista, hicieron creer a
muchos que aquél estaba con ellos. Pero la estrepi­
tosa ruptura de Erasmo con Lutero en 1524 deslindó
los campos y aclaró la situación, haciendo ver a cuan­
tos no estaban ciegos que la reforma predicada por el
Roterodamo no era la de los sedicentes «reformado­
res». «Os suplico —decía Lutero a sus amigos— que
seáis enemigos de Erasmo.» Por su parte el here-
siarca fulminó sus anatemas contra el «impío y ateo»
humanista; los luteranos cesaron de incensarle; y
mientras algunos católicos intransigentes seguían ape­
llidándole hereje, él multiplicaba sus profesiones pú­
blicas de fe ortodoxa, atenuaba sus antiguas audacias,
recortaba las uñas de su zarpa leonina y se domesti­
caba un poco —cuanto era posible a su espíritu inde­
pendiente y antigregario— dentro del gran hogar cató­
lico romano. Erasmo se sentía viejo y no tenía discí­
pulos. Los últimos años de su vida —falleció en Basilea
en 1536— tuvieron la belleza de un crepúsculo, sin
calor y sin influencia. Sus triunfos habían sido en ce­
náculos humanistas poco aptos para la acción, nunca
en la masa popular.
Ignacio no pudo menos de comprender que el peli­
gro para la Iglesia procedía de otra parte: de las he­
rejías y cismas que surgían y se hacían fuertes en al­
gunas naciones, difundiéndose luego hasta en las más
católicas. Y no le fue difícil observar que el pueblo
se dejaba seducir a veces por la parte crítica del pro­
testantismo, es decir, por su aspecto simplificador, íco-

184
noclasta, antirritualista y antimonacal, tanto o más
que por la parte dogmática. Por eso creyó oportuno
«alabar» insistentemente todo lo relativo al culto cris­
tiano, aun las cosas accidentales, que están aprobadas
o preceptuadas por «nuestra sancta madre Iglesia hie-
rárquica», a la cual debemos someter enteramente
nuestro juicio, «creyendo que entre Cristo nuestro Se­
ñor, esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo espí­
ritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras
ánimas». En esto, según él, se ha de conocer al verda­
dero católico.

P ropaganda l u t e r a n a en l ib r o s y serm ones.

En París el influjo de los luteranos se deja sentir


desde 1519, principalmente por medio de los libros he­
réticos, que saltan la frontera alemana, o suiza, y desde
Lyon y Avignon llegan hasta la capital. Los teólogos
de la Sorbona tardan en darse cuenta del peligro. Los
contendientes de la disputa de Leipzig en 1519 (Eck,
por una parte, y Carlostadio y Lutero, por otra) ape­
lan a la Universidad de París. Esta no se pronuncia
hasta el 15 de abril de 1521. Entonces, teniendo en
cuenta que «el morbo de la herejía cunde como un
cáncer», condena noventa y seis errores de Lutero acer­
ca de los sacramentos, la autoridad del papa y de los
obispos, el valor de las obras humanas, los votos reli­
giosos, la confesión, los consejos evangélicos, el pur­
gatorio, el libre albedrío, la teología escolástica, et­
cétera (1).
Como si le hubieran asestado un rejonazo, reaccio­
na furiosamente Melancton, despotricando contra los

(1) Determinatio Facultatis Parisiensis super doctrina Luthe-


rana: C. D u p l e s s is d ’A r g e n t r é : Collectio judiciorum, I, 2, pá­
ginas 365-374. Du B o u l a y : Hist. Univ. Paris. VI, 116-127. La frase
«pcrinde ac cancer, morbus serpit» se halla en la introducción.

185
monstruos parisienses (2); y en seguida los ocultos
partidarios que tenía en París difunden, traducida al
francés, la apología de Lutero en una organizada cam­
paña de prensa que divulga folletos, hojas volantes,
diálogos, farsas y otros libelos contra las «tradiciones
humanas» y contra los teólogos que no saben griego,
ni han leído a San Agustín.
Luis de Berquín, que persiste en traducir y propa­
gar obras luteranas, es encarcelado, mas luego, por re­
comendación del rey, previa abjuración, es puesto en
libertad. La reina madre se dirige a la Facultad de
teología, rogándole proponga medios de extirpar la he­
rejía (3).
En marzo de 1524 el Parlamento, a instancias de
N. Beda, prohíbe publicar libros concernientes a la
Sagrada Escritura, sin previa censura teológica, y al
mismo tiempo impone graves penas a cuantos no en­
treguen un libro anónimo, difamativo de los teólogos
y de la religión cristiana, titulado vulgarmente M ur-
man (¿marmota?), en el que se habla contra el culto
de los santos, la veneración de las imágenes, la ora­
ción por los difuntos, la misa, el sacerdocio, el purga­
torio, el celibato sacerdotal, los preceptos humanos,
el papa y el derecho canónico (4).
Un denodado campeón de la fe católica sale a la pa­
lestra aquel mismo año: es el flamenco Josse van
Clichtove (Jodocus Clichtovaeus), filósofo a la mane­
ra de Lefévre, de quien fue discípulo en el Colegio del
cardenal Lemoine, y teólogo mucho más docto y se­
guro que su maestro. Su Antilutherus (París, 1524), vo­
lumen, denso, dividido en tres libros (misa, celibato,

(2) «Vide, Christiane lector, quae theologorum monstra gig-


nit Europa... O infelicem Galliam, cui tales contigere censores
sacrarumque rerum arbitri, digniores qui cloacas agant, quam
qui sacras lítteras tractent.» Adversas furiosum Parisiensiutn
theologorum decretum Phil. Mel. pro Luther o Apologia: «Me-
lanchthons Werke in Auswahl» (Güterloh, 1951), I, 151-162.
(3) Véase el programa antiluterano que propone la Facul­
tad, inspirada por Beda, en D u p l e s s is d 'A r g e n t r é : Collectio ju·
diciorum, II-3-5. F e r e t : La Faculté de théol. I, 113-115.
(4) D u p le ssis d 'A r g e n t r é : Collectio judiciorum, II, 78. F e r e t :
I, 115-117.

186
ayunos y abstinencias), empieza demostrando que la
libertad cristiana, predicada por Lutero, es licencia
desenfrenada; que los obispos, como jefes de la Igle­
sia, deben ser obedecidos; y sostiene luego amplia­
mente que la misa es verdadero sacrificio; que es falsa
la doctrina del sacerdocio universal, sin distinción en­
tre laicos y sacerdotes, acusando finalmente a Lutero
de suprimir los ayunos, las abstinencias, la confesión,
la satisfacción, el celibato de los sacerdotes, la perpe­
tuidad de los votos monásticos y el rezo de las horas
canónicas, los ornamentos eclesiásticos, etc. « Audistis
bestiam ipsam», exclama después de aducir las tesis
luteranas (5).
«La revolución religiosa —escribe Imbart de la Tour—
fermenta en el clero. Desde 1523, en el convento de
los agustinos, una voz se eleva para predicar el nuevo
evangelio. Un monje, Amaldo de Bronoux, que en su
convento había tenido lecciones sobre la epístola ad
Romanos, predica públicamente en las iglesias contra
las obras satisfactorias y las oraciones por los difun­
tos. En Saint-Merry ataca a las observancias. El 29 de
junio, en la capilla de su Orden, habla contra la auto­
ridad del papa, contra los cánones y los abusos de la
jerarquía. Pronto será perseguido y obligado a retrac­
tarse. ¿Qué importa? La agitación continúa en el con­
vento, donde en julio de 1526 otro agustino, Fr. Juan
Bernardo, será perseguido por sus sermones contra

(5) Un resumen de la obra, en L. C r i s t i a n i : Josse Clichtove


et son Antilutherus: «Rev. quest. hist.», 89, 1911, 120-134. Nó­
tese cómo en esta y en otras refutaciones y censuras de Lu­
tero aparecen todos los puntos tocados por San Ignacio en las
Reglas para sentir con la Iglesia. Clichtove fue un fecundísimo
escritor. Citemos aquí su Propugnaculum Ecclesiae adversus
Lutheranos (París, 1526). De sacramento Eucharistiae contra
Occolampadium (París, 1527). Com pendium veritatum ad fidem
pertinentium... ex dictis et actis in Concilio Senonensi (París,
1528). Poco antes de Clichtove, otro controversista y teólogo
parisiense, Jerónimo de Hangest. de formación más cerrada­
mente escolástica, daba a la imprenta Adversus nonnullos ar­
ticulas Antilogia (París, 1523), y más tarde, De libero arbitrio
et ejus coefficientia in Lutherum (París, 1527).

187
las constituciones eclesiásticas y el culto de los san­
tos» (6).
En 1524 nada menos que un teólogo dominico, an­
tiguo condiscípulo de nuestro Francisco de Vitoria,
por nombre Amadeo Meygret, es traído preso de Lyon
por haber escandalizado al pueblo con sus predica­
ciones. Los procesos verbales de la Facultad de teolo­
gía nos informan que durante el año 1524 y 1525 se
discutieron en muchas ocasiones las doctrinas de Mey­
gret. La abstinencia cuaresmal —decía— no es de pre­
cepto; de los cánones y decretales no hay que pre­
ocuparse, pues son de tradición humana; los votos re­
ligiosos no obligan a perpetuidad; cualquier manda­
miento con pena de pecado mortal es hipócrita, y aun­
que la obra sea agradable a Dios, el mandamiento es
satánico.
Tras largas deliberaciones, la Facutad teológica lan­
zó el anatema contra estas y otras proposiciones el
16 de febrero de 1525 (7).
Otro predicador, de quien poseemos escasas noti­
cias, Jacobo Povent (o Pouvant), lanzaba al público
tesis audaces como éstas: No existe el purgatorio y,
por consiguiente, no hay que rogar por los difuntos;
Dios no tiene vicario en la tierra; no hay que hacer
caso de los mandamientos de la Iglesia; confesar los
pecados anualmente no está bien mandado; no hay
que poner candelas a los santos, ni dirigirles oracio­
nes, antes conviene destruir sus imágenes; de nada
sirven las misas para la remisión de los pecados; las
bulas e indulgencias del papa son impostura del dia-

(6) P. I m b ar t re la T o u r : Les origines de la Réform e, t. III,


LEvangélisme (París, 1914), pág. 181. Sobre la propagación del
luteranismo, véase W. G. M o o r e : La R éform e altemande et la
littérature. Recherches sur la notorieté de Luther en France
(Estrasburgo, 1930).
(7) D u p le s s is D 'A r g e n t r é , II, 12-15. En abril de 1526 seguía
Meigret en la cárcel. A . L. H e r m in j a r d : Correspondance des
Réformateurs dans les pays de langue frangaise (Ginebra, 1866·
1897), I, 228. Pero a principios de 1529 escribía Beda: « Amedeo
Meigret doctore plusquam Lutherano, qui nuper apud Germa­
nos, quo hinc profugerat, periit.» Apologia Natalis Bedae theo-
logi adversus clandestinos Lutheranos (París, 1529), fol. 7.

188
blo; el agua bendita no tiene virtud alguna (8). Esto
se va repitiendo en años sucesivos, como un bordón
o retornelo, y como frecuentemente viene de los púl-
pitos, no deja de llegar hasta el pueblo.
El 9 de diciembre de 1525 la Facultad teológica cen­
suró esas proposiciones, ordenó que un libro de Mateo
Saunier, que las defendía, fuese quemado públicamen­
te en la diócesis de Meaux, de donde procedía, y a sus
autores les obligó a abjurar tales doctrinas.

B r is o n n e t , L e f e v r e y s u c e n á c u l o m e ld e n se .

En la diócesis de Meaux, que acabamos de mencio­


nar, un cenáculo de sacerdotes reformadores, venidos
de París, trataban de implantar el evangelismo de Le-
févre d'Étaples bajo la protección del obispo Guiller­
mo Brigonnet (1472-1534), a quien L. Febvre ha osado
calificar de «el Gian Matteo Giberti francés».
Este noble, opulento y piadoso prelado galicano, de
mediocre inteligencia, pero amigo de las letras y de
los hombres doctos, había reformado la abadía pari­
siense de Saint-Germain-des-Prés, siendo su abad co­
mendatario, y desde 1516 se había empeñado en la re­
forma eclesiástica de su diócesis de Meaux, corrigiendo
todos los abusos y predicando con la mayor ingenui­
dad la vuelta al Evangelio y a la Iglesia primitiva. Pro­
bablemente quien le había infundido tales ideas no era
otro que su amigo Jacobo Lefevre d'Étaples (1450 (?)-
1536), maestro de artes en el Colegio parisiense del
cardenal Lemoine, donde había intentado purificar la
filosofía aristotélica y simplificar su enseñanza. Había
emprendido luego la restauración de la piedad y de la

(8) D u p l e s s is D ’Argbntré, II, 30-34. F e r e t , I, 123-127. Con la


ayuda de los procesos verbales de la Facultad (B. N. n. a. 1.,
1782), se puede seguir en todas sus peripecias la contienda
sostenida por los teólogos contra todos los sospechosos de he­
terodoxia. Véase L. D e l i s l e : N otice sur un registre des Procés
verbaus de la Faculté de Théologie de Parts pendant les an-
nées 1505-1533: «Notices et extraits des manuscrits de la Bibl.
Nat. et autres bibliothéques», t. 36, París, 1889, 315-408.

189
sana teología —de una teología más bien afectiva, de­
rivada de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres
y de los autores místicos— y era sospechoso a los teó­
logos de la casta de Noel Beda, por sus audacias re­
formatorias (9).
« lste bonus Faber Stapulensis», como le llama F. de
Vitoria; «vir probus », según Erasmo; «/e bon homme
Fabri», que dice Margarita de Navarra; aquel docto
viejecito « exiguae staturae», como lo describe P. Su-
tor, podía ser por su ideario vago y sentimental, por
sus críticas de la Iglesia de su tiempo y por ciertas
expresiones poco ortodoxas, que le aproximan a Lu-
tero, más peligroso que Erasmo, aunque —al igual que
el Roterodamo—- permaneciese siempre dentro del Ca­
tolicismo. El afán de su espíritu, hondamente religio­
so, era simplicar la teología, reduciéndola al Evangelio
y a los Padres antiguos; ungirla de devoción, dándole
un sentido más espiritual y místico; desnacionalizar­
la, convertirla en fe viva, humildad íntima, amor. Aun
los autores griegos y paganos, como Aristóteles, que­
ría que se leyesen descubriendo bajo la letra no sé
qué oculto sentido religioso.
Tal era el hombre que en 1520 fue llamado por Gui­
llermo Brigonnet para establecer la reforma eclesiás­
tica en la diócesis de Meaux. Siguiéronle otros maes­
tros parisienses, amigos o discípulos suyos, impulsa­
dos del mismo anhelo reformatorio: el hebraísta Fran­
cisco Vatable; los doctores de la Sorbona Marcial Ma-
zurier y Pedro Caroli; el ex augustino, predicador de
(9) De las producciones filosóficas, teológicas y espirituales
de Lefévre he tratado en La Universidad de París, págs. 220-
229, 252 s., 339-344. Véase, además, I m b a r t de l a T o u r : Les ori­
gines, II, 382-395; I I I , 109-153. A. R e n a u d e t : Préreform e et hu-
manisme a Paris (París, 1916), passim. ID .: La pensée religieuse
de J. Lefévre d ’Etaples: «Medioevo e Rinascimento», Studi in
o n ore di Bruno Nardi (Florencia, 1955), II, 623-650. J. D a g e n s :
Humanisme et évangélisme chez Lefévre d'Etaples: «Courants
religieux et humanisme á la fin du XVe. siécle et au début
du XVIe. siécle» (París, 1959), 121-134. A m a n n : Lefévre, en «Dict.
theol. cath», con bibliografía. Erasmo lo juzgaba más filósofo
que humanista: «Jacobus Faber... philosophiae, quam humana-
rum litterarum ac linguarum, callentior est.» Opera omnia, IX,
página 519.

190
la Corte, Miguel d'Aranda; el maestro en artes y tra­
ductor de Aristóteles, Gerardo Roussel; su condiscí­
pulo Jean Le Comte, y el mismo Guillermo Farel, que
se detuvo muy poco en Meaux, porque su apostasía
le forzó a refugiarse en Suiza, y de quien Erasmo de­
cía en 1524: «Nunquam vidi hominem... aut rabiosius
maledicum, aut impudentius mendacem.»
Lefévre fue nombrado vicario general de la diócesis
y se dio a comentar los cuatro evangelios, luego a
traducir al francés el Nuevo Testamento, el Psalterio,
las epístolas y evangelios dominicales, finalmente toda
La sainete Bible (Amberes, 1530), con el santo deseo
de brindar nutrimento espiritual a todos los cristia­
nos. Mazurier obtuvo la parroquia de Saint-Martin; los
demás recibieron otras iglesias y el ministerio de pre­
dicar el puro evangelio y acabar con las supersticiones
populares, especialmente en el culto de los santos.
Simplificaban la liturgia, reformaban la predicación,
ensalzaban la palabra de Dios y abominaban de las
sectas, tradiciones y opiniones humanas, magnificaban
la fe y la gracia con palabras que no sonaban como
las de los viejos predicadores; y como al mismo tiem­
po corrían por la ciudad libros de Lutero, Zwingli, Bu
cero y Ecolampadio, muchos no acertaban a distinguir
la doctrina de éstos de la de aquéllos. El mismo B ii
Qonnet tuvo que refutar desde el púlpito los errores
que algunos predicaban sobre la misa, el purgatorio
y el culto de los santos.

R e a c c ió n d e l a S o r b o n a .

Asustados los franciscanos, cuyo guardián había reci­


bido del pueblo una rechifla, al querer subir al púl·
pito, denunciaron el caso a la Facultad teológica dt
París. Esta, que ya en 1523 había estigmatizado algu­
nas aserciones de Lefévre en sus Commentarii initia*
torii in quattuor evangelia (París, 1522), resistiendo al
monarca, que defendía y veneraba a Lefévre como
«lumen Galliae», pudo ahora obrar con más libertad,
porque Francisco I había sido derrotado en la batalla

191
de Pavía (24 de febrero de 1525) y llevado prisionero
a España. En su ausencia quedaba de regente la reina
madre, Luisa de Saboya, bajo cuyo gobierno la reac­
ción ortodoxa, dirigida por Noel Beda, levantó cabeza
y se dispuso a una enérgica represión. Los teólogos
parisienses, que desde este momento actúan casi como
inquisidores, de consuno con el Parlamento nombran
cuatro jueces, para los cuales obtienen de Clemen­
te VII poderes apostólicos, a fin de desarraigar del
reino la herejía.
Preséntanse en Meaux, pero no encuentran a Lefé-
vre, Roussel y Caroli, que han huido a Estrasburgo,
temerosos de ser procesados. Ocho hombres y dos mu­
jeres de Meaux son arrestados y remitidos a París. El
mismo obispo Bri^onnet, no obstante su influencia en
la Corte y la veneración que le profesaba Margarita
de Angulema, tiene que presentarse ante un presidente
del Parlamento para justificar su inocencia y orto­
doxia.
Marcial Mazurier había abierto los ojos en un pro­
ceso que se le había formado anteriormente, y des­
pués de firmar una abjuración el 16 de enero de 1524
se convirtió en un ferviente defensor de la fe contra
los luteranos, de suerte que, cuando cuatro años más
tarde conoció a Ignacio de Loyola, entró en su amistad
y bajó su dirección hizo los Ejercicios espirituales (10).
(10) Mazurier, acaso el más moderado de los reformadores
meldenses, tuvo que comparecer en 1523 ante la Facultad teo­
lógica, que le obligó a firmar una abjuración de sus supuestos
errores. Feret, I, 122, nota 2. Todavía el 15 de mayo de 1527
Noel Beda intentó formarle nuevo proceso, mas no lo consi­
guió. Murió en 1540, o poco después, siendo canónigo peniten­
ciario de Notre-Dame. I mbart de la T o ur : Les origines, III, 163-
164, 230-232, 258. Du Boulay: Hist. Univ. Par., VI, 173-184. Jun­
tamente con él, fue procesado Pedro Caroli, canónigo de Sens,
por las ideas audaces que vertió en sus sermones de 1523 en
Meaux, y luego por sus predicaciones sobre la Epístola ad ro­
manos en Saint-Paul de París (1525). Repudiaba, según parece,
el culto de los santos y de sus imágenes, rechazaba los ayu­
nos y abstinencias y otras «constituciones eclesiásticas»; decía
que «más vale dar seis blancas a un pobre que a un sacerdote
para decir la misa»; que para nada sirven las bendiciones, el
agua bendita, las candelas encendidas en los altares, etc. Du*
p lessis D'A rgentré, II, 26-30. F e r e t, I, 277-279.

192
No pudiendo apresar a Lefévre, a quien juzgaba mu·
¿ho más peligroso y funesto que Erasmo, Noel Beda
hizo por lo menos condenar sus escritos, instigando
a la Facultad teológica a que diese sentencia el 6 de
noviembre de 1525 contra las notas que Lefévre había
puesto a su publicación de Les Epistres et Evangiles
pour les L l l dimanches de Van, a Vusage du diocese
de Meaux (Meaux, 1525) (11).

H er e je s e n l a h o g u e r a . L u í s de B e r q u ín .

Varias veces habían ordenado la Sorbona y el Par­


lamento quemar los libros de los herejes. Ahora em­
piezan a ser quemados los herejes en persona. Ya en
agosto de 1523, al agustino Juan Valliére le perfora­
ron la lengua y lo arrojaron a las llamas en la plaza
del mercado. Tales casos se multiplicaban después de
los acontecimientos de Meaux y los procesos de Caroli
y Berquín. El 17 de febrero de 1526 el maestro Hubert,
por luterano y blasfemo, es quemado en la plaza Mau-
bert. En la plaza de Gréve asiste el pueblo el 18 de
agosto a la muerte en la hoguera del maestro Jacobo
Pauvant, que había pertenecido al cenáculo de Meaux.
Con igual pena son castigados el protonotario apostó­
lico Lucas Daillon (4 de marzo de 1527) y el caballero
De la Tour, recién llegado de Escocia (26 de octubre).
Otro luterano perece entre las llamas er diciembre
de 1528 (12).
Exasperados los ocultos herejes de París, quisieron
manifestar su furor con un acto vandálico y sacrilego.
En la noche que precedía a la fiesta de Pentecostés
(31 de mayo de 1528), descabezaron la estatua de la
Virgen con el Niño en los brazos, que se veneraba en
un ángulo de la calle des rosiers. Cuando al amanecer
se dieron cuenta los parisienses del atentado, «urbs

(11) D u p l EvSs i s D 'A r g e n t r £, II, 35-40. F e r e t , I, 121-123.


(12) P. D r i a r t : Chronicon Parisienne, 1522-1535: «Mem. Soc.
Hist. Par», 22, 1895, 67-178 (pägs. 78-79, 113-114, 120, 124). V. L.
B o u r r i l l y : Le Journal d ’un bourgeois de Paris, 1515-1536 (Pa­
ris, 1910), pägs. 234, 229, 244-245, 265.

193
tota cohorruit», dice Du Boulay. Organizáronse actos
de reparación, y el martes 9 de junio la Universidad
organizó una solemne procesión, precedida de 500 es­
tudiantes con cirios encendidos, que pasaban por de-
lante de la imagen, depositando ante ella cada uno
su cirio y cantando oraciones apropiadas a las circuns­
tancias. Francisco I ofreció 500 escudos de oro a quien
entregase al criminal, y el mismo rey en persona asis­
tió dos días más tarde a otra procesión que mandó
celebrar con la más augusta pompa. Es muy probable
que uno de los participantes en los actos de repara­
ción se llamase Ignacio de Loyola.
¿Qué extraño que la represión de parte de los cató­
licos se reencendiese más vivamente? Uno de los pri­
meros en pagar las consecuencias fue el noble caba­
llero Luis de Berquín, amigo y consejero del rey, a
quien se ha llamado «el Hutten francés», aunque mo­
ral y religiosamente estaba muy por encima del ale­
mán. Berquín era un fanático defensor del nuevo Evan­
gelio. A fin de propagarlo, escribía libros y, sobre todo,
'raducía algunos escritos de Lutero, de Hutten, de Eras-
mo, etc. Ya en 1523 fue arrestado por el Parlamento,
y si fue puesto en libertad se debió a la abjuración
de sus errores y a las amistades de la Corte.
Cuando la reacción católica de 1525, fue de nuevo
declarado hereje y entregado al brazo secular, mas el
rey Francisco I, apenas regresado del cautiverio espa­
ñol en la primavera de 1526, así como abogó porque
volvieran de Estrasburgo los fugitivos Lefébre, Caroli
y Roussel (13), así también se empeñó en salvar a Ber­
quín, mandando al Parlamento suspender el proceso.
Viéndose libre, emprendió una violenta campaña con-

(13) Lefévre se estableció primeramente en Blois, residencia


ordinaria de la Corte; después buscó refugio más seguro en
Nérac, a la sombra de Margarita de Navarra (ya casada con
Enrique d'Albret), amiga y protectora de Brigonnet y de todos
los partidarios del evangelismo; allí murió Lefévre en 1536, el
mismo año que Erasmo. Caroli recomenzó sus predicaciones
en París con ideas heterodoxas; huyó en 1535 a Ginebra, donde
apostató; pero más adelante abjuró sus errores. Gerardo Rous­
sel fue nombrado en 1526 capellán de Margarita, en 1536 obispo
de Oloron (Béam), y murió asesinado por un fanático en 1555;

194
tra Noel Beda, desprestigiándolo públicamente y ha­
ciéndolo odioso a la Corte. Invitó a Erasmo a juntarse
con él en estas represalias contra los teólogos parisien­
ses; pero el gran humanista lo que hizo fue aconse­
jar a Berquín moderación y prudencia. Este no hizo
caso. Al ser procesado por tercera vez, sin la protec­
ción de Francisco I, escarmentado por los sucesos del
año anterior, Berquín fue condenado a prisión perpe­
tua, con tal que abjurase de sus errores; y como se
negase a cualquier abjuración fue condenado a muer­
te. El 17 de abril de 1529, en la plaza de Greve, el
verdugo le quitó el collar de oro, le ató a un poste y
prendió fuego a la leña. Sus cenizas fueron arrojadas
al viento (14).

E l c o n c il io de S e n s o de P a r ís .

El 20 de diciembre de 1527, en una sesión plenaria


tenida en el Parlamento, el clero francés, por boca del
cardenal de Borbón, otorgó a Francisco I las décimas
que le pedía, exigiendo en cambio que el rey se deci­
diese a «desarraigar y extirpar del todo la reprobable
e insoportable secta luterana». Accedió el monarca,
diciendo que él no solamente llevaba el nombre de
«rey cristianísimo», sino que lo era; y aprobó la pro­
puesta del cardenal de reunir concilios provinciales en
las principales ciudades del reino. Conservamos las
actas de los que se celebraron en París, Lyon y Bour-
ges. El primero es el que ahora nos interesa, porque
ha sido mirado por algunos historiadores como la

nunca rompió abiertamente con la Iglesia, pero en su interior


simpatizaba con muchas de las ideas protestantes. Cfr. Ignatii
Epist., V, 175; Lainii Monumento.. I, 225.
(14) «H ac die sabbati X V II mensis aprilis, anno quingenté­
simo XXIX? post Pascha, fuit Ludovicus de Berquin condemp-
natus ad flam mas, quod eadem die datum fuit execution! Pa-
risius in Gravia.» B . N. nouv. acq. lat. 1782, fol. 26, en D e l is l e :
Notice sur un registre des procés-verbaus, pág. 392. B o u r r i l l y :
Le journal d ’un bourgeois, pág. 384. I m ba r t de la T o u r , I I I ,
269. F e r e t , I, 40-41; 128-133. Muy interesante y benévola es la
detallada narración de Erasmo en carta del 1 de julio de 1529.

195
fuente en que se inspiró San Ignacio para escribir sus
Reglas de ortodoxia.
Convocado y presidido por el arzobispo de Sens, pri­
mado de Francia, canciller del reino y cardenal Anto­
nio Duprat, se celebró en París del 3 de febrero al 9
de octubre de 1528. Por eso suele llamarse concilio pa­
risiense o senonense. Asistieron todos los obispos sufra­
gáneos con numerosos doctores y teólogos, entre ellos
el sabio canónigo de Chartres, Josse van Clichtove, a
quien se atribuye la principal labor teológica, antilute­
rana, y quizá la redacción misma de los decretos (15).
El concilio senonense (o parisiense) tiene por ob­
jetivo refutar todos los dogmas del luteranismo y opo­
ner a sus doctrinas deletéreas la imagen auténtica del
Catolicismo romano, mostrando cómo éste concilla y
armoniza la fe y las obras, la gracia y la libertad, e
insistiendo en la doctrina tradicional de los sacramen­
tos, en el carácter visible de la Iglesia, en la autoridad
de la misma y de los concilios para decidir las contro­
versias dogmáticas, en la obediencia debida a las leyes
eclesiásticas, como las del ayuno, celibato sacerdotal,
etc. Siguen cuarenta decretos de tipo disciplinar o re­
formatorio.
En los decretos dogmáticos trató de ver el P. Dudon
la fuente principal de las Reglas de ortodoxia, y en
una nota o apéndice de su biografía ignaciana entabló
a dos columnas un cotejo entre dichas reglas y algunos
decretos del concilio senonense. Que existe alguna se­
mejanza nadie lo puede poner en duda. Y así tenía que
ser, dado que tanto el concilio como las reglas igna-
cianas se dirigen contra el protestantismo. Dependen­
cia literaria no aparece ninguna y, como por otra par­
te, esas ideas enunciadas por el concilio las pudo leer
Ignacio en otros libros de Clichtove y mejor en las
Determinationes que aquellos años daba la Facultad
teológica de París contra los errores luteranos que pu­
lulaban en Francia, las pudo escuchar más de una vez
en los sermones, y las oyó sin duda en las conversa-

(15) Son 16 decreta fidei y 40 decreta morum. Mansi: Con­


cito», 32, 1149-1202.

196
ciones de maestros y estudiantes parisienses, razón
tuvo el P. Walter Sierp para rechazar la hipótesis de
Dudon (16).
No es preciso andar buscando dependencias litera­
rias. Ignacio de Loyola leía poco, pero tenía un sen­
tido finísimo para captar la situación. En este caso,
como en otros muchos de la vida del fundador de la
Compañía, hay que hablar más bien de influencias
ambientales.

N oel B eda censura a C ayetano


y a M a r g a r it a de N a v a r r a .

La batalla entre los novadores, que intentaban con­


quistar a Francia, y los católicos, que reaccionaban
enérgicamente, apoyados por el Parlamento más que
por el monarca, y alertados por el vigilante síndico de
la Sorbona, se proseguía sin tregua ni descanso. En
1530 el obispo de Bayona, sospechoso desde hacía
tiempo, fue denunciado ante el Parlamento como lute­
rano. Ya Noel Beda no pensaba tanto en Erasmo cuan­
to en los criptoluteranos de París; y su colega Pedro

(16) W. S i e r p : Zu den Regeln über die kirchliche Gesinnung:


Zeitsch. f. Asz. und Mystik», 14, 1939, 202-214 (págs. 205-210). En
el decreto 1 hallamos una frase sobre Cristo y la Iglesia, es­
posos, que tiene sabor ignaciano: «Cum igitur eam sibi in fide
desponsaverit..., non modo sponsa, sed et domus illa Dei est»
( M a n s i , 32, 1162). En el discurso introductorio del arzobispo
Duprat hay una expresión similar a otra de S. Ignacio: «Ec­
clesia quippe universa errare non potest, utpote quae regitur
Spiritu veritatis secum manen te in aetemum» (ibid., 1158), aun­
que universa tiene un sentido galicano. Un párrafo sintético
de Clichtove en el prefacio podría tener algún valor probativo,
si no supiéramos que todo ello se repetía como un tópico,
cuando se atacaba a los luteranizantes franceses en sermones
o escritos: «Religiones et religiosorum abjicit instituta. cen­
suras Ecclesiae flocci pendit..., sacrum ille ( Lutherus) ridet
canonem Missae, dies festos sanctorum pariter et reliquias tollit,
preces fidelium ad eos dirigí vetat. Horas canónicas et vocales
concentus, eos potissimum qui in templis alta voce efferuntur,
subsannat. Sanctas etiam in Ecclesia pie ac laudabiliter consti-
tutas caeremonias ridet» {ib id .), 1155). Todo esto se dice contra
Lutero; a Erasmo, ni aludirlo.

197
Sutor, aquel buen cartujo que habiendo tocado un día
inadvertidamente un códice griego (y era el salterio)
sacudió rápidamente sus dedos como si hubiera to­
cado un áspid, ya no escribía contra los helenistas, sino
contra Lutero (17).
La Facultad teológica no cejaba en su tarea de es­
tigmatizar todos los errores que se divulgaban por la
prensa o por la predicación. En 1531 condenó una se­
rie de libros que contenían doctrinas luteranas, entre
otros uno del apóstata franciscano Francisco Lam-
bert (18). Y al año siguiente lanzó sus anatemas con­
tra Esteban Le Court, sacerdote de la diócesis de Séez,
que hablaba contra las indulgencias y el purgatorio,
vilipendiaba los votos religiosos, blasfemaba grosera­
mente contra los santos, negaba su intercesión, abomi­
naba de las reliquias, despreciaba la santá misa, re­
chazaba la autoridad del papa y defendía los dogmas
luteranos (19).
Más impetuoso y más suspicaz que nunca, Noel Beda
reina en su Corte de la Sorbona y Montaigu, entre
una guardia teológica de «magistri nostri», y dicta ór­
denes cada día más inquisitoriales. La Facultad llega
a censurar en 1530 los Quodlibeta del mayor teólogo
de su tiempo, el cardenal Cayetano, y en 1532 los co­
mentarios del mismo al Salterio y al Nuevo Testamen­
to, tal vez porque ha escrito su obra «adjutorio quo-
rundam linguis peritorum». «Nuestros teólogos acaba­
rán por condenar al papa», decía bromeando Guiller­
mo du Bellay (20).
Como en la cuaresma de 1533 predicase Gerardo
Roussel con éxito enorme en el Louvre y en varios

(17) P. S u t o r : Apología adver sus Lutheri haeresim de votis


monasticis (París, 1531).
(18) D uplessis D 'A r g e n t r é : Collectio judictorum, II, 85-89. La
Facultad rehúsa dar su juicio sobre un opúsculo de Erasmo
contra F. Titelman, sobre un libro del poeta macarrónico An­
tonio de Arena y sobre «La Celestine», que suponemos será la
famosa tragicomedia de Calixto y Melibea, traducida al francés.
(19) D uplessis D ’A r gentr é , II, 93-98.
(20) Imbart de la T o u r : Les origines de la Rifarm e, III, 509.
En 1535 fueron censurados los himnos y el breviario del car­
denal Quiñones. D uplessis D 'A r g e n t r é , II, 121-126.

198
templos de París, y su predicación, inspirada en el
evangelismo de Lefévre, fuese imitada —con acentos
quizá más agudos— por otros predicadores cuaresma·
les, ordenó Noel Beda que todos los universitarios que
debiesen predicar clamasen contra los errores y per­
versa doctrina de Lutero, y rogó a todos los magistri
nostri que tomen nota de las cosas menos ortodoxas
que oyeren en los sermones y la entreguen al síndico
de la Facultad (21).
Y como el síndico estaba cierto que la audacia de
Roussel y de otros se debía a la decidida protección
de la hermana del rey, Margarita, que sentía como
ellos, pensó que era preciso asestar un golpe certero
a la cabeza, declarando que el último libro poético de
Margarita de Navarra, Miroir de Váme pécheresse (Pa­
rís, 1531; nueva edición, 1533), era de inspiración pro­
testante.
No era fácil entonces comprender el alma pecadora
y mística, amorosa y espiritual, de aquella mujer, de
quien se ha dicho, con poca exactitud, que tenía el co­
razón de una gran coqueta y de una hermana de la ca­
ridad (22). Devotísima del rey, su hermano, de quien
era a su vez tiernamente amada, se valió de esta in­
fluencia para proteger a los perseguidos, a los refor-

(21) «Anno praedicto... die X X IX mensis marcii..., congre-


gata Facúltate in Collegio Sorbonae ut deliberaretur quid agen­
dum esset contra errores qui dicuntur hac quadragesima in
pluribus cathedris hujus civitatis Parisiensis..., fuit communi
omnium voto conclusum, in primis quod monendi essent bacca-
larii Facultatis... ut contra hujusmodi errores et perversam
lutheranorum doctrinam praedicarent... Item rogati fuerunt
honorandi magistri nostri omnes qui sermones audiunt, ut
annotent et scripto redigant quaecunque audierint... praedicari
non recte, et domino Syndico ea praesentent.» B. N. nouv. acq.
lat. 1782, fol. 259 V.-260. D e l is l e : Notice sur un registre, pá­
gina 398.
(22) Abel Lefranc, citado por P. Jo u r d a : Marguerite d'Angou-
létne, duchesse d ’AIengon, reine de Navarre, 1492-1549 (París,
1930), II, 1008. Esta obra fundamental de Jourda consta de dos
volúmenes, densos de erudición y un poco plúmbeos. Marga­
rita no coqueteó eróticamente con Marot ni con otros, como
algunos le acusaron; pero sí teológicamente con las ideas de
los novadoras, sin abrazar jamás el piotestantismo.

199
mistas, especialmente a sus favoritos del cenáculo de
Meaux y a otros personajes doctos, que más adelante
cayeron en la herejía. Como hija espiritual de Bri^on-
net y amiga de Lefévre, su ideal cristiano se cifraba
en el evangelismo, que era vida más que doctrina, fe
y humildad, y amor más que teología. Pierre Jourda
ha dedicado unas páginas a la amistad de Margarita
con Victoria Colonna, dos poetisas que personalmente
no se conocieron, pero que se estimaron mutuamente.
Aquellas dos almas tenían algo de común, pero la ita­
liana está más cerca de Roma: Margarita fue amiga
de Marot y de Lefévre; Victoria, de Miguel Angel y
de Ignacio de Loyola. Esto basta para diferenciarlas.
¿Ocultábanse errores dogmáticos, como creía Beda,
en los versos franceses del Mirair de V&me pécheresse?
El calvinista Teodoro de Beza afirma que «había mu­
chos rasgos no acostumbrados en la Iglesia romana,
pues no se hacía mención de los santos y santas, ni
de los méritos, ni de otro purgatorio que la sangre de
Jesucristo, y la misma oración ordinariamente llama­
da Salve, regina, se aplicaba en francés a la persona
de Jesucristo» (23).
Así era en verdad, lo cual quiere decir que Marga­
rita eludía los puntos atacados por los protestantes,
mas no que los impugnase como ellos. Y el mismo
Beza confiesa que desde 1536 Margarita recayó en la
«idolatría», es decir, en el papismo.
Como quiera que sea, el libro fue puesto en la lista
de los prohibidos. Margarita llevó sus quejas al rey,
vivamente indignada de que la Sorbona la declarase
públicamente hereje. Y Francisco I, en defensa del ho­
nor de su amada hermana, dirigió una carta al rector
de la Universidad, preguntando si era verdad que el
Miroir había sido censurado y por qué motivos. Con­
vocó el rector, Nicolás Cop, a todo el cuerpo acadé­
mico el 24 de octubre de 1533 en la iglesia de los Ma-
turinos y leyó la carta real. Protestó violentamente la
Facultad de Artes contra los que habían censurado el

(23) Histoire ecclésiastique des Eglises réformées (París,


1580), I, 13, cit. en F eret , I, 148.

200
libro de una princesa tan piadosa. Las otras Faculta­
des hicieron constar que con ellas no se había contado
para dar tal paso. El doctor sorbónico Nicolás Le Clerc
se declaró responsable del hecho, diciendo que no ha­
bía querido tachar en lo más mínimo la perfecta or­
todoxia de la reina; si había puesto el Miroir en la
lista de libros prohibidos, era solamente porque se
había publicado sin autorización de la Facultad de Teo­
logía. El confesor del rey, Guillermo Petit, obispo de
Senlis, allí presente, manifestó que él había leído el
dicho libro y podía asegurar que en él no había nada
censurable.
Mientras esto ocurría en París, Noel Beda, que ha­
bía incurrido en desgracia del rey y de Margarita por
su celo excesivo contra las predicaciones de Gerardo
Roussel, se hallaba entonces exiliado. Desde el 27 de
mayo de 1533 hasta enero de 1534 estuvo alejado de
París. Apenas regresó a la capital aquel intrépido cam­
peón del partido reaccionario, se lanzó al ataque con­
tra los profesores del Colegio de Francia, demostran­
do que no se habían embotado sus aceros.

E l d i s c u r s o d e C o p y l a f u g a d e l m is m o
con C a l v in o .

Beda y los suyos no se daban cuenta de que el par­


tido conciliador, el de los humanistas, el del obispo
de París y del alto clero, el del confesor del monarca,
el de los reformistas moderados, iba triunfando contra
el de los teólogos intransigentes. Esta victoria apuntó
claramente con la fundación del Collége royal en 1530;
se reforzó con la muerte de la madre del rey, en 1531,
y se aseguró con la elevación del antisorbónico Juan
du Bellay a la sede parisiense en 1532. Las impruden­
cias de Beda en 1533 la precipitaron.
Pero hay que reconocer que, a la sombra de una po­
lítica de tolerancia y generosidad, la herejía se infil­
traba cautelosamente en muchas ciudades de Francia.
El nuncio de Venecia, Jerónimo Aleandro, siempre un
poco alarmista, escribía en 1534 que «en París hay

201
treinta mil luteranos» (24). Cifra exagerada, sin duda,
pero los hechos que vamos a narrar, y que presenció
con estupefacción Ignacio de Loyola, descubrieron un .
abismo a los ojos de los más alegres y confiados.
El 10 de octubre de 1533 cesa en el cargo de rector
de la Universidad Andrés de Gouvea, principal del Co­
legio de Sainte-Barbe, sucediéndole el bachiller en me­
dicina Nicolás Cop, maestro del mismo colegio. Loyola
lo conocía bien, pues ambos convivían en la misma
casa. Quizá fue Cop uno de aquellos que rodeaban a
Javier, tratando de ganárselo, lo que impidió Ignacio
con oportunos consejos. Lo cierto es que Nicolás Cop
era amigo de Calvino, que habitaba en el cercano Co­
legio de Fortet, y bajo capa de piedad alimentaba gran
simpatía hacia las nuevas ideas. Según vieja costum­
bre, el 1 de noviembre, fiesta de todos los santos, el
rector debía tener un discurso ante la Universidad,
congregada en la iglesia de los franciscanos. Disertó
Cop sobre el mensaje evangélico; criticó las disputas
inútiles y vanas de los sofistas, que hablan de todo
menos de la fe y del amor de Dios; comentó unas
palabras de San Pablo sobre la justificación por la fe,
en tal forma que podían ser interpretadas en sentido
luterano, y como si esto no bastara, cantó las alaban­
zas de los que sufren persecución por la verdad, alu­
diendo a los que habían sido condenados a muerte por
sus herejías y reprobando los métodos inquisitoriales
como contrarios al Evangelio (25).
Denunciado por los franciscanos ante el Parlamen­
to, Cop hizo uso de sus privilegios, apelando a la Uni-

(24) I mbart de la T o u r , III, 414. Ciertamente eran varios mi­


llares { i b í d 372). En cambio, el partido reformista, católico,
p o r medio del Vicario del obispo, decía en 1533 que eran me­
nos numerosos que diez años antes.
(25) El discurso se halla entre las Calvini Opera: «Corpus
R eform », X, 2, págs. 30-36. Pero piensa H. de V o c h t : M on u -
menta humanística Lovaniensia (Lovaina, 1934), pág. 448, que
no merece crédito Beza, o mejor N. Colladon, cuando afirma
que el discurso fue inspirado «bátie par Calvin». Lo repiten,
sin embargo, casi todos los historiadores. Noticias interesantes
sobre el discurso y la reacción parisiense, en la carta de Ro­
drigo Manrique a Luis V ives. D e V o c h t , págs. 438-441.

202
versidad, a la cual convocó en la iglesia de los Matu-
rinos el 19 de noviembre. Allí defendióse hábilmente,
de suerte que la Facultad de artes y la de medicina
se pusieron decididamente de su parte; la de teología
y la de derecho se mostraron más reservadas. Cop pa­
recía triunfar; pero al día siguiente, teniendo noticia
de que el Parlamento intentaba arrestarlo, huyó de
París sigilosamente. Calvino le siguió en la fuga. En
el Colegio de Sainte-Barbe una habitación quedaba
deshabitada. ¿Quién sabe lo que Ignacio de Loyola y
Francisco Javier comentarían en privado?
El 26 de noviembre la Sorbona escribe al rey denun­
ciando los progresos de la herejía. El Parlamento re­
clama para los culpables las penas más severas. De
hecho, en París se anuncian encarcelamientos y otras
medidas represivas. Noel Beda y Francisco le Picart,
campeones de la ortodoxia, vuelven del exilio. Estamos
ya en el año 1534. Año áureo y decisivo para Ignacio
de Loyola.

AÑO DE TRAGEDIAS Y DE ESPERANZAS.

«El año que vio la elevación de Paulo III a la cáte­


dra de Pedro, la separación de Inglaterra del papado
y la fijación de los Placarás en Francia fue también
señalado por un acontecimiento que no tuvo más tes­
tigos que los participantes en el mismo: el voto hecho
el 15 de agosto de 1534 en la iglesia de Montmartre
por Ignacio de Loyola y sus seis compañeros de la
Universidad de París; eran los gastadores del más im­
portante movimiento voluntario de gente de estudio
que jamás se haya iniciado.» (26)
Aquel año alcanzó Ignacio el título de maestro en
artes; aquel año dio sus Ejercicios espirituales a Pe­
dro Favre, a Diego Laínez y Alfonso Salmerón, a Simón
Rodrigues y N. A. Bobadilla, finalmente a Francisco
Javier, ganándoselos a todos para la gran empresa

(26) F. C. C h u rc h : I riformatori itaíiani. Trad. D. Cantimo-


ri (Florencia, 1935), I, 77-78.

203
apostólica que meditaba y echando con ellos en la co­
lina de Montmartre los primeros fundamentos de la
Compañía de Jesús.
¿En qué circunstancias y, por ende, con qué espíritu
realizaba todo esto? Nos lo indica uno de ellos dicien­
do: «En el tiempo en que París y las más florecientes
ciudades de Francia eran invadidas por el contagio
oculto y pestilente de la herejía luterana.» (27)
Dos meses después de los votos de Montmartre el
catolicismo francés se sintió como apuñalado a trai­
ción por ocultas manos que se movían en la sombra.
La reacción fue terrible. Indiquemos brevemente los
hechos, que debieron impresionar a Ignacio de Loyola
en el momento en que retocaba su librito de Ejercicios
espirituales.

E l a s u n t o de l a s p a n c a r t a s y l a r e a c c ió n c a t ó l ic a .

Cuando los parisienses salieron a lá calle en la ma­


ñana del 18 de octubre de 1534 vieron en todas las
esquinas un sinnúmero de carteles o pancartas ( pla­
carás) que herían la conciencia del país en uno de los
más hondos amores del pueblo cristiano: la presencia
de Cristo en la Eucaristía y el sacrificio de la Misa.
El panfleto llevaba este título: Articles véritabtes sur
les horribles, grands et importables abus de la Messe
papále, inventée directement contre la Saincte-Céne de
Nostre Seigneur, seul Médiateur et seül Sauveur Jésus-
Christ (28).

(27) "Scimus omnes qui in Societate sumus asciti, in magna


illa et illustri Academia Parisiensi primam ejus speciem et
forman a Deo fuisse adumbratam, quo tempore et Lutetiam
et florentissimas alias Galliae urbes occulta, verum pestillens,
lutheranae haeresis contagio coepit pervadere.» M H S I: Rodé-
rícii monumenta, pág. 442.
(28) E staba im preso en Neuchátel y era obra de Antonio
M ercourt, refugiad o con otros muchos protestantes franceses
en aquella ciudad suiza. Minuciosa y documentada narración
de los hechos, en V . L. B o u r r i l l y - N . W e is s : V affaire des pla­
cards: «B u ll. Soc. Hist. Prot. Fr.», 1904, 96-143. Im b a rt db W
T our, III, 552-559. Agudas observaciones en L. F e b v r e : L'origine

204
Decíase allí que la doctrina católica sobre la Euca­
ristía es «doctrine des diables»; con lenguaje escanda­
losamente blasfemo negaba la presencia de Cristo en
la hostia consagrada y ridiculizaba al papa, a los car­
denales, a los obispos, a los monjes, a los sacerdotes,
que por la Misa impiden la predicación del Evangelio
y ocupan el tiempo «en campanilleos, aullidos, cantu­
rreos, ceremonias, luminarias, incensaciones, disfraces
y ademanes simiescos». Y terminaba así: «Matan, que­
man, destruyen, asesinan como bandidos a cuantos les
contradicen, porque no tienen otra cosa que la fuerza.
La verdad les falta, la verdad les amenaza, la verdad
los persigue y acosa, la verdad los espanta. Por la ver­
dad serán en breve destruidos. Fiat, fiat, am en!»
Aquel panfleto era un cartel de desafío. En toda la
nación —porque no fue sólo París la ciudad que se vio
inundada de tales pancartas— hubo una explosión de
cólera popular. Se rumoreaba que los herejes clandes­
tinos querían poner fuego a los templos. El Parlamento
se puso al frente de la represión, que resultó brutal
y violenta. Nunca la denigrada Inquisición española
procedió tan expeditiva y despiadadamente. Pero el
peligro pareció tan grave, que hasta los humanistas
más irénicos y conciliadores, como Guillermo Budé,
dieron su aplauso a la reacción (29).
El 22 de octubre los miembros del Parlamento se
dirigen a la Santa Capilla, «rogando a Dios que quiera
conservar la integridad de su Iglesia». El 24 se hace
saber a los parisienses que se darán cien escudos a
los que denuncien al autor o autores de los heréticos
carteles. El 26 se organiza una procesión por las pa­
rroquias con ceremonias expiatorias.

des placards de 1534: «B ibl. d ’Human. et Renaissance», 7, 1945,


62-75, reproducido en su libro Au coeur religieux du X V Ie .
siécle (París, 1957), 162-171, con el título: Une date: 1534. La
Messe et tes placards. Véase también R o b e r t H e r í : Aspects de
la propagande religieuse (Ginebra, 1957) sobre los placards
de 1534, en págs. 79-142.
(29) Budé, en el prefacio de su libro De transitu Hellenismi
ad Christianismum (París, 1535). H erminjard: Correspondance
des Réforrnateurs, III, 239.

205
El primer hereje que es arrastrado a la hoguera el
13 de noviembre «e llamaba Bartolomé Milon y era un
paralítico, ya conocido por sus Ideas subversivas. Al
día siguiente es quemado un rico vendedor de paflos;
el 16. un tipógrafo y librero del barrio latino; el 17,
un tejedor; el 20, un encuadernador de libros; el 28, un
albañil, conocido luterano; el 4 de diciembre perece
entre las llamas un joven atrevido, y el 24 del mismo
mes, el impresor Antonio Augereau, que había estam*
pado en 1533 el Miroir de Váme pécheresse.

L a c u a n p r o c e s ió n e x p ia t o r ia .

La piedad del pueblo y de las autoridades parisién*


sea tenia que manifestarse públicamente en un gran-
dioso acto de expiación. Para ello fue escogido el
día 21 de enero de 1535. Desde la maftanlta las calles
aparecieron entapizadas y a trechos adornadas de al·
tares, emblemas, letreros. Todo lo más granado de
París, la casa real, la nobleza, el clero, la magistra­
tura, el ejército, el cuerpo académico, desfiló por las
calles, resonantes de cantos litúrgicos, en homenaje a
Jesús sacramentado. Cn los registros de la Facultad
de medicina halló Du Boulay la siguiente descripción:
«El día 21 de enero, celebrada la Misa del sacrosanto
Cuerpo de Cristo en la iglesia de los Maturlnos, los doc­
tores de las Facultades superiores, con el rector y los
bedeles de la Universidad, revestidos de sus capas, se
dirigieron ordenadamente al templo de Saint-Gcrmaiiv
l'Auxerrois, adonde fueron trasladadas casi innumera­
bles reliquias y cuerpos de santos, concurriendo casi
todos los religiosos, canónigos y sacerdotes de París.
De alli salieron hacia la basílica de Notre Dame. A la
derecha iba el cabildo parisiense, a la izquierda la
Universidad. Al fin, el rey Cristianísimo, descubierta
la cabeza y rodeado de su guardia, llevaba en la mano
un cirio blanco encendido; seguíanle, en multitud in­
numerable, príncipes y nobles. Y precedíale unos pa*
sos el reverendo padre, obispo de París, Juan du Bel-
lay, acompañado de otros muchos obispos y cardenales,

206
llevando en las manos con gran veneración la sagrada
hostia, bajo un palio entretejido de oro. Portaban el
palio los tres hijos del rey — el Delfín, el duque de Or-
leáns y el duque de Angulema—, más el noble hijo de!
duque de Guisa, Precedían a la santa Víctima expiato­
ria y a los cardenales, obispos, rey y príncipes los tim­
balero*, flautistas y trompetas, a cuyo sonido pudieran
conmoverse hasta las rocas. Avanzaban por el larguí­
simo trayecto con bello orden y con majestuosa pompa
y devoción hasta la basílica consagrada a la Virgen
Madre de Dios, donde se celebró la Misa con gran so­
lemnidad,» (30)
Después del banquete pronunció el rey ante las au­
toridades un piadosísimo, elocuente y conmovedor dis­
curso contra los sacrilegos y blasfemos herejes que
habían escandalizado a la ciudad (31).
Y la cosa no quedó en palabras, porque aquella mis­
ma tarde seis luteranos fueron colgados de un patíbulo
y abrasados a fuego lento en la calle de San Honorato
y en la plaza del mercado; la misma suerte tocó dos
días más tarde a una mujer que prohibía a los niños
de su escuela rezar a la Virgen. Con el mismo suplicio
son ajusticiados el 15 de febrero un comerciante, agen­
te* de Farel, y el 18, un albafiil y un escolar. En marzo,
un cantor de la capilla real, y el 5 de mayo, otros tres
luteranos pagan la misma pena. Varios personajes im­
portantes, como el predicador y teólogo Pedro Caroli,
el maestro Maturino Cordier, el poeta Clemente Marot,
el impresor Simón du Boys y algunos frayes, citados
a comparecer, juzgan más prudente esconderse en las
provincias o pasar la frontera.
«Más de 24 personas —escribía Bartolomé Latomus
a Ei asmo— han sido consumidas por las llamas.» Y
como aprobando estas medidas penales, añadía: «{Dios

(30) Du Boui.ay : Ilist. Univ. Par., VI, 251-252. B o v r r u a y W r i* .» :


l.’affaire <le% placarás. 118-122. Ha recogido todo» lo· detalle*
dr Ifi tiran procciiión, con indicación de fuente», G. Schurham-
m h m : Frant Xaver, l, 216*222.

(31) El di »curso del rey puede leerse en Du B oulay. VI,


páginn» 252 253.

207
santo, qué tempestad vendría sobre nosotros si este
mal invadiese a Francia!» (32)
El nuncio, Rodolfo Pío de Carpi, comunicaba el 17
de mayo de 1535: «A Parigi attendono ad abbrusciar
Lutherani et circa 10 giorni sono ne abbrusciorno tre,
fra i quali era un Fiandrese che mai volse basciar la
croce..., onde fu arrostito vivo a poco a poco.» (33)
Tanta severidad pareció excesiva al mismo romano
pontífice, que escribió al rey —aunque no conocemos
su carta—, aconsejándole mitigase el rigor de la jus­
ticia (34).
Francisco I intercedió ante el Parlamento y la per­
secución no siguió adelante. Incluso se permitió a los
luteranos expatriados —no a los zuinglianos o sacra­
méntanos, que habían sido autores de los placarás—
volver a Francia, a condición de que abjurasen sus
errores (35).

(32) «Vidisses homines in altum suspensos, subjectis ignibus,


vivos eremari; audisses voces insultantis vulgi, et increpantis
damnatos inter ipsa supplicia cum magna atrocitate... Quod
si malum hoc in Galliam invaserit, dii boni, quantam videbi-
mus tempestatem!* Carta del 24 de junio de 1535, en A l l e n :
Opus epist. Erasmi, XI, 147. Nuevos placarás igualmente exe­
crables aparecieron en París el ló de enero de 1535. B o u r r i l l y :
Le joumal á’un bourgeois, pág. 118.
(33) J. L estocquoy : Correspondance des Nonces en France:
«Acta Nuntiaturae Gallicae» (Roma, París, 1961), I, 33. N o es
fácil determinar el número de los supliciados en otras ciuda­
des. Y esto sucedía no bajo un Felipe II en España, sino bajo
Francisco I de Francia.
(34) Así lo asegura J. Sturm: «Omnino improbat illam sup-
pliciorum crudelitatem.» H e r m in j a r d : Correspondance, III, 311.
Y lo refiere Erasmo: «Hujus moderationis auctorem narrant
fuisse Regem Angliae et Paulum tertium.» A l l e n , X I, 221.
(35) Edicto de Coucy (16 de julio de 1535). I m b a r t de l a T o u r ,
III, 560. Es curioso que mientras ardía la persecución anti­
protestante, el campeón más intransigente de la ortodoxia,
Noel Beda, era castigado y desterrado nuevamente de París.
¿Por qué motivo? No pudiendo Beda tolerar ciertas actitudes
irénicas del rey, escribió en 1534 a Roma, acusándolo ante el
papa de favorecer a los luteranos. Clemente V II comunicó esto
a la Corte de Francia. Y Francisco I, irritado, mandó prender
al síndico de la Facultad teológica y encerrarlo en la cárcel
episcopal (F eret , II, 14-15). El 28 de febrero de 1335, Beda hubo
de comparecer en Notre-Dame, descalzo y con un cirio en la

208
I g n a c io a y u d a a l o s q u e s e r e t r a c t a n .

Era entonces inquisidor general de Francia fray Va­


lentín Liévin, O. P., que tenía por secretario a fray
Tomás Laurent (o Laurency). No debían ser muy ex*
tensos sus poderes, pues sabemos que la campaña con­
tra «la herética pravedad» la llevaban en Francia casi
exclusivamente la Sorbona y el Parlamento (36); con
todo, el inquisidor recibía frecuentes denuncias, y de­
lante de él solían retractarse muchas personas sospe­
chosas. Que Ignacio de Loyola trataba con algunas de
ellas, lo deducimos de un testimonio de Polanco, quien
refiriéndose al año 1535, en que los herejes eran seve­
ramente perseguidos, escribe: «Ex his autem non pau-
cos, qui ad viam veritatis se reduci sinebant, Ignatius
ad Inquisitorem adduxerat, ut ab eo absolveren-
tur.» (37)

mano, ante los abogados y el procurador general del rey ( D r i a r t :


Chronicon, 178). Convicto de haber calumniado al rey, fue des­
terrado al monasterio de Mont-Saint-Michel, donde permaneció
recluido desde julio de 1535 hasta el 8 de enero de 1537, en
que murió (C. Jo u r d a i n : Index chronologicus chartarum, Pa­
rís, 1862, pág. 341).
(36) Que en 1535 era Liévin el Inquisidor lo sabemos por un
documento de su secretario y sucesor, Laurent ( Scripta de S.
Ign., II, 3). Afirm a Polanco en varios lugares que el Inquisi­
dor era Fr. Mateo Ory ( F on t. narrat., I, 180; II, 561), de quien
consta que obtuvo ese título de la Sede Apostólica en 1539
(M. ívl. G o r c e : Ory, en Dict. th. cath). Que actuó como Inqui­
sidor en 1529 lo sabemos por San Ignacio (Font. narrat., I, 474),
y no parece improbable que también en 1535 ejerciese alguna
actividad en la Inquisición, pues en mayo de 1536 Francisco I,
que quería reorganizar en Francia aquel santo oficio, confirmó
a Ory en su cargo de Inquisidor general (doc. cit. DTC). Acaso
en 1535 actuaba, como funcionario del rey, junto a Liévin, In­
quisidor por autoridad apostólica. Según Quetif-Echard (Script.
O. P., tom. II, 162), M. Ory fue nombrado Inquisidor por el
Maestro General de la Orden hacia 1534. La historia de la In­
quisición en Francia durante el siglo xvi no ha sido bastante
estudiada.
(37) De vita P . Ignat., cap. 6, en Fontes narrat., II, 561. Chro­
nicon, I, 46. El texto castellano del mismo Polanco, en el Sum~
marium hispanicnm : Font. narr., I, 180.

209
14
Sería interesante conocer los nombres de los sospe­
chosos de herejía, a quienes Ignacio amigablemente
condujo al inquisidor, a fin de que abjurasen o hicie­
sen profesión de fe catól'ca. Pero, aun siendo tan es­
cueta, esta noticia nos revela un Ignacio perfecto co­
nocedor del problema religioso que se debatía en
París. Habrá, pues, que matizar bastante las afirma­
ciones, corrientes hasta ahora, de que el fundador de
la Compañía no pensó en el peligro protestante hasta
su permanencia en Italia.
Y sucedió más. En aquel ambiente de persecución
religiosa, en que tantos pagaban con la vida sus auda­
cias heterodoxas, el mismo Loyola fue acusado repe­
tidas veces ante el inquisidor. La primera denuncia
tuvo lugar en 1529, poco después del suplicio de L. Ber-
quin. El delator fue un amigo de Noel Beda, el doctor
Pedro Ortiz, que vivía en el Colegio de Montaigu (38).
La segunda denuncia le llegó al inquisidor a prin­
cipios de 1535, poco antes de que Ignacio emprendiese
su viaje a España, interrumpiendo sus estudios por
motivos de salud. La causa de una y otra fueron los
Ejercicios espirituales, que, dados por su autor a al­
gunos estudiantes y maestros, transformaron el ánimo
y la vida de un protegido de Ortiz, y en aquellos tiem­
pos en que se propagaban más o menos clandestina­
mente tantas herejías, infundieron sospechas en algu­
nos individuos excesivamente celosos de la ortodoxia.

(38) Que Pedro Ortiz denunció a Ignacio lo indica Polanco


( Font. narrat., I, 191 s.) y lo afirma claramente Ribadeneira
{Vida, II, cap. 2). P. Ortiz, hermano del famoso Fr. Francisco
Ortiz, partió en el verano de 1529 a Salamanca, donde había
obtenido una cátedra. Nombrado embajador de Carlos V en
Roma en 1530, fue en adelante gran amigo de San Ignacio,
con quien hizo los Ejercicios, y de los primeros jesuítas. C.
A bad : Unas anotaciones del doctor Pedro Ortiz y de su her­
mano fray Francisco sobre los Ejercicios espirituales de San
Ignacio: «Arch. Hist. S. I.», 25, 1956, 437454.

210
¿Q u ié n e s d e n u n c ia r o n a L oyola ante la I n q u is ic ió n ?

Del Summarium hispanicum de Polanco copiamos lo


siguiente:

«Quince meses después de llegado a París se co­


menzó a levantar una (contradicción) y hacerse
proceso contra él delante del inquisidor. Y ésta
tuvo ocasión de lo que había pasado con el doctor
Peralta y Castro y otro Amador, con los cuales,
luego como vino a París, comenzó a conversar
dando los Ejercicios. En los cuales se determina­
ron de dejar el mundo y seguir el instituto de
Iñigo... Desto se conmovieron contra Iñigo, como
autor de su mutación, las personas que a éstos
conocían. Y siendo avisado del proceso, Iñigo dice:
dejaldos hacer. Pero finalmente fue llamado del
inquisidor, y él compareció luego, ofreciéndose de
entrar en la cárcel si le querían en ella, porque
deseaba, si hiciese por qué, ser corregido. El in­
quisidor, maravillándose de su prontitud de entrar
en la cárcel, díjole que no había necesidad, y así
este proceso cesó, porque no se hallaba cosa de
que asir pudiesen los que lo procuraban.
Sin éste se hizo otro proceso contra él al fin
de sus estudios, ya que él quería partirse, en el
tiempo que allí hizo quemar Francisco, rey de
Francia, muchos herejes, que entonces abundaban
en París (de los cuales muchos que se reducían
había traído Iñigo al inquisidor). Pero desistiendo
los mismos que le hacían..., no quiso consentir
que se sobreseyese, y así hizo instancia con el in­
quisidor Ori que diese sentencia. Y no viniendo
a esto, echóle diversos amigos que le trujesen a
ello, y porque se escusaba todavía, llévale un día
un notario a su estancia y dos o tres maestros por
testigos, para que por acto del notario diga lo que

211
siente dél. Y entonces el inquisidor habló mucho
bien dél y le pidió los Ejercicios (sobre los cuales
era la controversia) para aprovecharse dellos él
mismo.» (39)

Volvemos a preguntar: ¿quién fue el acusador del


santo en esta segunda ocasión? Quizá algunos teólogos
de la Sorbona, celantes y suspicaces en demasía; pro­
bablemente aquellos a quienes el doctor Ortiz, al mar­
charse para Salamanca en 1529, había encargado no
quitasen los ojos de Iñigo y examinasen cuidadosamen­
te sus doctrinas (40).

De todo lo dicho se desprende que si las 13 primeras


reglas para sentir con la Iglesia fueron escritas —se­
gún la opinión corriente— en los últimos meses de la
estancia de Loyola en París, no cabe duda que respon­
den a la preocupación del momento, y esa preocupa­
ción, o estado de alarma, no procedía del imaginario
peligro erasmiano —¿quién pensaba entonces, ni en
Francia, ni en España, ni en Italia, que Erasmo pu­
diese constituir un peligro para el catolicismo?—, sino
de la marea creciente y amenazadora del protestan­
tismo.

(39) Fontes narrat., I, 179-180. Para el primer proceso, Acta


P. Ign., ibíd., I, 474. Es posible que Ignacio escribiera las
Reglas de ortodoxia al entregar el librito de los Ejercicios al
Inquisidor.
(40) Dice Polanco en la Vita Ignatii: «Doctor Ortiz qui, Pa-
risiis recedens quo tempore secundam illam tragediam ibi ex-
citatam esse contra Ignatium diximus, amicis commendatum
reliquerat, ut Ignatii doctrinam diligenter excuterent.» Fontes
narrat., II, 577. Y en Summarium hispanicum: «A su salida de
París... no estaba bien con las cosas de Iñigo, antes dejó ro­
gado que procediesen contra él.» Fontes narrat., I, 192. Del
doctor Ortiz dirá el cardenal Contarini que era «largo nel dire
ogni mínimo errore essere eresia». Mentalidad muy semejante
a la de sus amigos Gouvea y Beda. P. T a c c h i V e n t u r i : Storia
delta Compagnia, II, 116.

212
Se frustran las c o n v e r s a c io n e s de M elancto n
con la S orbona.

No siempre era crudo y radical el protestantismo


que cundía en París. Muchos se dejaban seducir,
más que por la herejía de la fe sin obras, por un
protestantismo mitigado y difuso, que se infiltraba fá­
cilmente aun entre los católicos reformistas, impug­
nando las ceremonias del culto y de la liturgia, la vene­
ración de los santos, el celibato sacerdotal, las Ordenes
monásticas y las constituciones eclesiásticas que no se
fundasen en la Sagrada Escritura. Hubo quien se ilu­
sionó, pensando que cediendo en esto se llegaría a la
reintegración de la unidad cristiana.
Precisamente aquel año de 1535 el rey Francisco I
y el obispo de París invitaban oficialmente al más iró­
nico de los novadores, Felipe Melancton, a venir a la
capital de Francia para ver cómo se podía llegar a la
unión y concordia de católicos y protestantes (41).
El viaje de Melancton no se efectuó, porque su so­
berano, el elector de Sajonia, temiendo que hiciese de­
masiadas concesiones a los católicos, se lo prohibió
terminantemente (42), y también porque la Sorbona se
negó a entablar disputas con los herejes, aceptando

(41) El intercambio epistolar sobre este asunto véase en


Melanchthonis Opera: «Corpus Reformatorum», vol. II. Las
cartas principales se hallan también en Du B o u l a y : Hist. Univ.
Par., VI, 256-258; D u p l e s s is D ’A r g e n t r é : Collectio judiciorum, I,
2, págs. 382-383; I I , 120-121. Todo el asunto lo ha estudiado V. L.
B o u r r i l l y : Frangois I et les Protestants. Les essais de con­
corde en 1535: «Bull. Hist. Prot. Fr.», 1900, 337-365; 477-495. Bre­
vemente, I m f a r t de la T o u r : Les origines de la Réforma, I I I ,
550-568. F e r e t : La Faculté de théol., I, 152-163.
(42) «M e largiorem aut timidiorem existimant», dice el 28 de
agosto a Guillermo du Bellay, hermano del obispo de París
(A l Opera, II, 915). Y poco después a J. Sturm: «M e putant
aliquanto minus vehementem aut pertinacem esse quam sunt
alii», y se queja del fanatismo que reina entre los indoctos
de ambas partes: «N unc autem est Democratia aut tyrannis
indoctorum in utraque parte.» Du B o u l a y , V I, 258.

213
tan sólo el responder por escrito a las dificultades
dogmáticas que se le ofreciesen.
Doce artículos propuso Melancton, sobre los cuales
creía que no era difícil llegar a un acuerdo. A todos
y cada uno de ellos respondió, en nombre de la Facul­
tad de teología, una comisión de doctores, entre ellos
el decano Berthe, el franciscano P. de Cornibus, el
dominico T. Laurent y el cartujo P. Sutor. Melancton
se proponía suavizar todo lo posible la doctrina lute­
rana hasta hacerla tolerable a los católicos (43). Los
teólogos, al dirigir al rey la respuesta, reconocen esa
buena voluntad, pero no ven posible la concordia, por­
que Melancton y los suyos no admiten ciertas cosas
sustanciales y, en las que transigen, «ils disent une
partie de venté; mais ils ne disent pas assés comme
nous» (44).
Como estos doce artículos, o sus respuestas, han sido
considerados por Fouqueray como la principal fuente
de inspiración de las reglas para sentir con la Iglesia,
no estará de más el indicar aquí su argumento.
1. Sobre la potestad pontificia y utilidad de la je­
rarquía eclesiástica. (Regla 1 de San Ignacio.)
2. Sobre las traáiciones humanas, ceremonias y
otros preceptos. (Regla 7 de S. Ign.)
3. Sobre los ayunos, tas penitencias corporales y la
abstinencia. (Regla 7.)
4. Sobre el culto de los santos y veneración áe las
imágenes. (Reglas 6 y 8.)
5. Sobre la Misa. (Regla 3.)
6. Sobre el Sacramento áe la Eucaristía. (Regla 2.)
7. Sobre la comunión bajo las áos especies. (Re­
gia 9.)
8. Sobre la confesión áe toáos los pecaáos. (Re­
gla 2.)
9. Sobre la justificación, la fe y las obras. (Reglas
posteriores.)

(43) «Ex parte nostra multa condonabimus ecclesiasticae con«


cordiae...; multa etiam ipsa témpora mollierunt.» Duodecim ar-
ticuli Proaemium. D u p l e s s is D 'A r g e n t r é , I, 2, p á g . 387.
(44) D u ple ssis D 'A r gentr é , I, 2, p á g . 396.

214
10. Sobre los monasterios, los votos religiosos y el
celibato. (Regla 5.)
11. Sobre el matrimonio de los sacerdotes. (Regla 4.)
12. Sobre tas exequias, misas de difuntos, purgato­
rio y libre albedrío. (Regla 6.)

Entre estos doce artículos y las nueve primeras re­


glas ignacianas la correspondencia parece evidente; la
semejanza resalta más si se coteja el texto ignaciano
con el de los teólogos parisienses. ¿Existe verdadera
dependencia? Nuestra opinión es negativa, y la fun­
damos en las siguientes razones:
La semejanza —que no es literaria, sino meramente
conceptual— se reduce a las nueve primeras Reglas;
ahora bien, las más características de Ignacio (como
son la 10, la 11, la 13 y parte de la primera) no tienen
nada que ver con el documento sorbónico. Además,
como hemos podido observar en páginas anteriores,
los temas de esos artículos melantonianos eran objeto
frecuente de discusión en el medio ambiente parisien­
se, donde San Ignacio los pudo oir mil veces, sin ne­
cesidad de leer documento alguno. Y, por fin, la teoría
de Fouqueray supondría que esas Reglas no fueron
escritas en París, sino lo más pronto en Venecia (1537),
ya que el santo dejó la capital de Francia en la prima­
vera de 1535 y la respuesta de la Sorbona al rey es
del 30 de agosto del mismo año, cuando Ignacio via­
jaba por España. Por lo tanto, sólo pudo tener noti­
cia del documento después del 8 de enero de 1537, en
que sus compañeros de París vinieron a juntarse con
él en la ciudad de las lagunas (45).

(45) Las 13 primeras Reglas aparecen en el cod. Coloniense,


que. como dijimos en la nota 64 del cap. IV. procede sustancial­
mente de la época parisiense. Podría objetar Fouqueray que en
absoluto no repugna que, procediendo el manuscrito de Favre
fundamentalmente de la época parisiense (1534 y 1535), las Re­
glas de que aquí se trata fuesen añadidas por el mismo Favre
en Venecia (1537), tomándolas del original ignaciano.

215
C a p ít u l o VI

LA ENTREVISTA CON LUIS VIVES EN BRUJAS

Por lo que hasta ahora hemos referido se habrá


echado de ver que Ignacio de Loyola se comportó en
París, respecto de los erasmistas y de los antierasmis-
tas, poco más o menos como en Alcalá: conoció a los
representantes de uno y otro bando, pero él no se in­
clinó hacia ninguno de ellos, siguiendo la vía media
de la prudencia y de la cautela. Evitó la lectura de las
obras erasmianas, porque se trataba de un autor muy
discutido, mas no dio crédito a los que le tachaban
de hereje y por eso nunca formuló un juicio sobre la
cacareada heterodoxia del gran humanista. En aque­
llos días de polémica acalorada, en que casi todos to­
maban decididamente una posición en contra o a favor
de Erasmo, esta posición neutral de Loyola es muy
significativa.
La visita que hizo en 1529 al más insigne de los
erasmistas, al valenciano Luis Vives, y el haberse sen­
tado a la mesa familiarmente con él, se ha querido
interpretar alguna vez como indicio de cierta simpatía
o afinidad de tendencias espirituales y reformistas (1).

(1) M. Bataillon, que abre un foso demasiado ancho entre el


Iñigo erasmizante de Alcalá-París y el Ignacio antierasmista de
Roma, escribe: «N o olvidemos la simpatía y admiración con
que Vives acogió a Iñigo, y notemos que entre los apuntes de
un discípulo de Vives y admirador de Erasmo se conserva la
más antigua copia conocida de los Ejercicios espirituales.» Pró­
logo a la trad. esp. del Enquiridión, ed. D. Alonso, pág. 77.

217
Digamos desde ahora que si el hecho, en sí conside­
rado, puede apuntarse como un tanto en favor del eras-
mismo ignaciano en aquellas calendas, el coloquio del
santo con el humanista más bien significó un tanto
en favor del antierasmismo. Con lo que el equilibrio
se restablece.
Precisemos las circunstancias.

I g n a c io , com o o t r o s m uchos,

se va a Fu n d e s.

Sabido es cómo Ignacio de Loyola, que vivía de li­


mosna, mendigando el pan de cada día, trató de resol­
ver las dificultades que para los estudios le creaba se­
mejante género de vida, para lo cual, por consejo de
un fraile español, se decidió a «perder dos meses y aun
menos» en la mendicación al por mayor, con cuyo
fruto podría vivir y estudiar sin preocupaciones todo
el curso. Así escribe Ribadeneira:
«Ibase cada año de París a Flandes, donde entre los
mercaderes ricos españoles que en aquel tiempo tra­
taban en las ciudades de Brujas y Anvers recogía tanta
limosna con que podía pasar pobremente un año la
vida; y con esta provisión se volvía a París, habiendo,
con pérdida y trabajo de pocos días, redimido el tiem­
po que después le quedaba para estudiar. Por esta vía
vino a tener los dos primeros años lo que había me­
nester para su pobre sustento. Y al tercero pasó tam­
bién a Inglaterra, para buscar en Londres esta limos­
na» (2).
Parece lo más probable que su primer viaje a Flan-
des tuvo lugar en la cuaresma de 1529; los dos siguien­
tes, tal vez en agosto-septiembre de 1530 y de 1531; en
adelante no le fue preciso salir de París, porque los
mismos mercaderes de Flandes y algunos bienhecho·

(2) Vida del B. Padre Ignacio de Loyola, II, 1. Ignacio, en


su Autobiografía, habla de Flandes e Inglaterra, sin nombrar
las ciudades de Brujas, Amberes y Londres; tampoco mencio­
na a Luis Vives. Font. narrat., I, 466.

218
res de España le enviaban cada año lo necesario (3).
Es bien conocida la actividad comercial que existía
entre Flandes y España. Numerosas colonias de co­
merciantes españoles —no pocos de ellos de raza ju­
día— se habían establecido en Brujas, en Amberes y
en otras prósperas ciudades del norte (4). Aquellos
mercaderes, favorecidos por la fortuna, no se olvida­
ban de sus compatriotas, a quienes auxiliaban con ge­
nerosidad. Escrúpulos de conciencia les movían a veces
a consultar a los teólogos parisienses sobre la licitud
de ciertos contratos y préstamos a interés (5).
El mayor teólogo de París en aquellos días, el esco-

(3) El relato de los hechos en la Autobiografía parece indi­


car que el primer viaje se realizó algunos meses antes de em­
pezar Ignacio el curso de artes (1 de octubre de 1529). Supo­
nemos, pues, que regresaría del primer viaje en la semana de
Pascua de aquel año (28 de marzo). En abril ciertamente es­
taría en París, y entre abril y setiembre debieron ocurrir to­
dos los sucesos que allí se narran: «Venido de Flandes la pri­
mera vez, empegó más intensamente que soba a darse a con­
versaciones espirituales, y daba cuasi en un mismo tiempo
Exercicios a tres, es a saber, a Peralta, y al bachiller Castro
que estaba en Sorbona ,y a un viscaíno que estaba en Santa
Bárbara, por nombre Amador... Levantáronse en París grandes
murmuraciones, máxime entre españoles, contra el Peregrino
{mayo 1529: F. N., I, 179; II, 560); y nuestro maestro de Govea,
deciendo que había hecho loco a Amador que estaba en su
colegio, se determinó y lo dixo, la primera vez que viniese
(Iñigo) a Santa Bárbara, le haría dar una sala por seductor
de los escolares.» Fontes narrat., I, 468. La amenaza de la sala
o flagelación pública y deshonrosa pudo ser en julio, cuando
Gouvea regresó de Portugal y se encontró con la mutación
moral de Amador. Vino luego la denuncia ante el Inquisidor
Ory y la súplica de Iñigo de que se despachase pronto el ne­
gocio, porque quería estar libre para el 1 de octubre de 1529,
en que había de empezar el curso de artes. Fontes narrat., I,
468474. Todo esto no pudo ocurrir en 1528, ni después de 1529.
(4) Consúltese a este respecto la documentada obra de J. A.
G o r is : Les colonies marchandes méridionales ( Portugais, Es *
pagnols, Italiens) á Anvers de 1488 á 1567 (Lovaina, 1925).
(5) Véase, por ejemplo, el documento «Consultation théolo-
gique demandée á la sacratissime Faculté de théologie de Pa­
rís par des membres de la nation espagnole residant á Anvers»,
que trae G o r i s , págs. 510-545. Una de las respuestas es de Fran­
cisco de Vitoria. Véase también L. V e r e b c k e : La liceité du
«cambium bursae » chez lean M air: «Rev. droit fr. et étrang*.
1952, 124-138.

219
cés Juan Mair, alude en sus comentarios teológicos a
la costumbre que tenían algunos religiosos estudiantes
de trasladarse durante la cuaresma a Flandes o a In­
glaterra donde los mercaderes que les hacían limosna
les consultaban también sobre cuestiones morales (6).
Uno de ellos debió ser quien le sugirió a Ignacio la
feliz idea.
Sería, pues, un día de febrero de 1529 cuando el
santo, echándose un hatillo a cuestas, tomó el camino
del norte y se dirigió a Brujas.

B r u j a s , l a c iu d a d de l a i n d u s t r i a
Y EL COMERCIO.

Un viajero español del siglo xv la describía así:


«Esta gibdad de Brujas es en el condado de
Flandes e cabera dél, es grant pueblo, e muy gen­
tiles aposentamientos, e muy gentiles calles, todas
pobladas de artesanos, muy gentiles iglesias e mo-
nesterios, muy buenos mesones, muy grant regi­
miento ansí en la justicia como en lo ál. Aquí se
despachan mercadurías de Inglaterra, e de Alema-
ña, e de Bravante, e de Holanda... e aun grant
parte de Francia, e este paresge que es el puerto
de todas estas tierras... La gente es muy indus­
triosa a maravilla, que la esterilidat de la tierra
lo faze, que en la tierra nasce muy poco pan e
vino non ninguno, e non hay agua que de beber
sea, nin fruta ninguna, e de todo el mundo les
traen todas las cosas, e han grande abastamiento
dellas, por levar las obras de sus manos; e de aquí
se tiran todas las mercadurías que van por el mun­
do, e paños de lana, e paños de Ras, e toda tape-
tería... La gente desta tierra es de gran puliría
en el vestir, e muy costosa en los comeres, e muy

(6) Nolim religiosos Parisiis studentes, mercatores adeuntes


in quadragesima in Anglia vel Flandria, in hoc contractu vel
alio esse mercatoribus nimis indulgentes.» (I n Quartum Sen-
tentiarum (París, 1521), fol. 107.

220
dados a toda luxuria... E ciertamente, quien grant
dinero toviese e voluntad de lo despender, bien
fallarle allí solo en aquella (¿ibdad lo que por todo
el mundo nasce; allí vi las naranjas e las limas de
Castilla, que paresge que entonces las cogen del
árbol; allí las frutas e vinos de la Grecia, tan abon-
dosamente como allá; allí vi las confalones e es­
pecerías de Alexandria e de todo el Levante...; allí
estaba toda Italia con sus brocados o sedas e ar-
neses et todas las otras cosas» (7).
Esto era en la cuarta década del siglo xv, cuando
Brujas se hallaba en el ápice de su esplendor y rique­
za, cuando los más inspirados pintores flamencos en­
riquecían las iglesias y palacios de la ciudad con pre­
ciosísimos trípticos y otros cuadros, por encargo de
los ricos mercaderes. En los días en que llegó Ignacio
de Loyola, la ciudad de Brujas había empezado a de­
clinar, vencida comercialmente por su rival Amberes;
pero aún hervía de españoles, que mercadeaban por
sus tiendas y embarcaderos.
Si hemos de creer a una tradición, recordada por
los Bolandistas, Ignacio fue a llamar a las puertas de
un opulento y limosnero comerciante castellano, por
nombre Gonzalo de Aguilera, que estaba casado con
Ana de Castro, y vivía en el extremo de la «calle es­
pañola». Podemos suponer que la munificencia carita­
tiva de Aguilera no fallaría en el caso de Loyola.
En una casa más modesta de la misma calle habita­
ba el gran humanista, pedagogo y filósofo Luis Vives,
colaborador de Erasmo en la monumental edición de
las obras de San Agustín y cordial amigo del Rotero-
damo, por quien sentía una admiración y veneración
ilimitada. Quizá Ignacio había oído hablar de él en
París (8).
(7) Andangas e viages de Pedro Tafur por diversas partes
del mundo habidos, 1435-1439 (Madrid, 1874), Colección de libros
raros», V III, 251-256.
(8) Ambos se tenían mutuamente en grande estima, pero el
amor era mucho más ardiente en Vives que en Erasmo, como
puede verse en mi estudio Luis Vives y Erasmo, C0 i°.j0 de dos
almas: «Humanidades», Comillas, 1953, 159-177; 1955, 35-37.

221
L o yo la , a la m e s a de L u i s V i v e s .

Conjetura —y no sin fundamento— el P. Dudon que,


hospedado San Ignacio en casa de Gonzalo de Agui­
lera, sería éste quien le presentó un día al sabio hu­
manista. Luis Vives, siempre tan bondadoso, acogedor
y sencillo, le invitó a comer en su casa, movido sin
duda por sus sentimientos hospitalarios y porque de­
bió de parecerle interesante aquel caballero español,
reducido voluntariamente a la indigencia por afán de
perfección evangélica.
Sentaríanse a la mesa algunos españoles, amigos o
parientes de la familia, y en primer lugar la piadosí­
sima, ómnibus virtutibus ornatissima, Margarita Vall-
daura, con quien estaba casado Vives desde 1524.
La conversación pudo rodar sobre mil temas diver­
sos. A Vives le interesaban entonces los problemas so­
ciales. Quizá el espectáculo de los capitalistas y de los
mendigos que se veían en la ciudad le dio ocasión de
exponer la doctrina que tres años antes había desarro­
llado en su libro De subventione pauperum, en el que
defiende la obligación de todo hombre de socorrer a
sus semejantes, y la obligación de la comunidad, o de
sus magistrados, de que la tierra sea bien distribuida
y nadie se vea forzado a mendigar, aquejado del ham­
bre y la miseria. Las normas de Vives para la organi­
zación de la beneficencia pública serán aplicadas por
Loyola en su patria chica de Azpeitia el año de 1535 (9).
Si el Peregrino —que así gustaba de llamarse Igna­
cio— hizo alguna referencia a su viaje palestinense, no
dejaría Vives de interrogarle sobre la situación de los
cristianos bajo la tiranía de los turcos; él había escrito
un opúsculo De conditione vitae christianorum sub
Turca, demostrando la vida tristísima y miserable de

(9) Las Ordenanzas que dejó Iñigo en Azpeitia para evitar


la libre mendicidad y atender a los pobres vergonzantes, en
Scripta de S. Ign., I, 539-543. Un resumen, en J. M. P é r e z A r r b g u i :
San Ignacio en Azpeitia (Madrid, 1921), 152-157.

222
aquellos individuos y pueblos que, habiendo caído bajo
el despotismo turco, ven pisoteada su libertad y su
religión, no pueden aspirar a honores y dignidades, ni
siquiera al cultivo de las letras. El Peregrino confir­
maría aquellas consideraciones con datos concretos y
estaría de acuerdo con el humanista en la necesidad
de unirse todos los cristianos para repeler la amena­
za de la Media Luna.
En fin, viniendo Ignacio de la Universidad de París,
cuyos decadentes métodos escolásticos había vapulea­
do severamente Vives en su invectiva In Pseudodialec-
ticos, ¿cómo no hablar de las transformaciones que
se estaban operando dentro de aquel amurallado re­
ducto del escolasticismo, de las nuevas tendencias y
de los últimos maestros? Y en particular, ¿cómo no
había de inquirir Vives noticias recientes sobre el Co­
legio de Montaigu, en donde él había vivido y estudia­
do tres años (1509-1512) con profesores de tan sutil y
enmarañado ingenio, como el flamenco Juan Dullaert,
enemigo de las letras humanas, y el aragonés Gaspar
Lax de Sariñena, «Príncipe de los sofistas parisienses»,
bajo la disciplina de Noel Beda?
De Alcalá, que también pudo salir a plaza en aquel
coloquio familiar, no tenía Ignacio probablemente no­
ticias muy frescas. A Luis Vives le interesó siempre
aquella juvenil y renovadora Universidad Cisneriana,
donde las letras humanas florecían al calor de la de­
voción a Erasmo, y donde su amigo Juan de Vergara
le había negociado —aunque inútilmente— la cátedra
que dejara vacante Antonio de Nebrija ( f 1522).
No faltaban, pues, temas y cuestiones para una en­
tretenida plática entre aquellos dos españoles, refor­
madores ambos, cada cual a su modo.

L a e s p in a del pescado.

Y hablando, hablando —si bien el Peregrino en tales


ocasiones tenía por costumbre hablar muy poco y sólo

223
al fin alargarse en consideraciones espirituales (10)— ,
lo cierto es que se tocó el punto de la abstinencia de
carne, pues era tiempo de Cuaresma y, sin duda, se
sirvieron a la mesa pescados finos, como se acostum­
braba en una ciudad casi costera, como Brujas. (Vives
no podía tolerar el mal pescado de Lovaina.) Y enton­
ces el piadoso Vives, aunque fidelísimo hijo de la Igle­
sia, se permitió —con una punta de espíritu erasmis-
ta— dudar de la conveniencia y utilidad de la ley ecle­
siástica en este punto; a lo que Ignacio replicó con
su fervor característico y con las razones que le ins­
piraba su devoción a la Iglesia, «nuestra sancta Madre
hierárquica».
Dejemos la palabra al secretario del propio San Ig­
nacio, al burgalés Juan Alfonso de Polanco, que es la
fuente más antigua de este suceso y lo oyó —no sabe­
mos si directa o indirectamente— del también burga­
lés Pedro de Maluenda, discípulo del gran humanista
y acaso su comensal en aquella ocasión.

«No dejaré de decir que, habiendo sido invitado


a comer por Ludovico Vives en Brujas, con la asis­
tencia de otros comensales, como era tiempo de
cuaresma, se inició una disputa sobre el precepto
de comer pescado en los días de ayuno cuares­
mal. Y como Ludovico fuese de opinión que este
manjar no es muy adecuado para la templanza y
penitencia corporal, parte porque no le faltan sus
delicias y los hombres lo comen con placer, parte
por las especias aromáticas con que es condimen­
tado en aquellos lugares, y también por otras
causas; observando Ignacio que tales dichos no
eran conformes con la tradición eclesiástica, se lo
reprochó a Ludovico Vives, diciéndole: Tú y otros
que pueden banquetear más lautamente, quizá no

(10) «Tenía el Peregrino esta costumbre ya desde Manresa,


que, cuando comía con algunos, nunca hablaba en la tabla, si
no fuese responder brevemente, mas estaba escuchando lo que
se decía, y cogiendo algunas cosas, de las cuales tomase oca­
sión para hablar de Dios; y acabada la comida, lo hacía.» Acia
P. Ign., n. 42: Fontes narrat., I, 418.

¿24
sacáis mucho provecho de esta abstinencia para
el fin que la Iglesia pretende; pero la mayoría de
los hombres, a quienes la Iglesia debe atender, y
que no pueden refeccionarse tan opíparamente, tie­
nen ocasión de castigar su cuerpo y de ejercitar
la penitencia. Y otras muchas cosas dijo oportu­
namente a este propósito. Más adelante, el mismo
Ludovico Vives manifestó que Ignacio le parecía
un hombre santo y que sería el fundador de alguna
Orden religiosa, como el Doctor Maluenda, amigo
íntimo suyo, lo refirió más tarde» (11).

De este episodio nunca dijo Ignacio una palabra.


Recordó en su Autobiografía a los mercaderes de Flan-
des que le ayudaron con sus limosnas, mas no sabe­
mos que el nombre de Luis Vives sonara nunca en sus
labios, ni que formulara un juicio sobre él. ¿Tuvo pre-

(11) Vita P. Ignatii: Fontes narrat., II, 557. Chronicon, I, 43.


Aunque Maluenda estudiaba por aquellos años en París, pudo
hallarse entonces junto a Vives. N o consta si fue testigo inme­
diato de la escena o si se lo oyó contar más tarde al mismo
Vives. Seguramente que las palabras del humanista sobre la
fundación religiosa de Ignacio, si son auténticas, serían pronun­
ciadas entre 1537 y 1540, cuando fácilmente se podía adivinar
la fundación de la Compañía de Jesús. Vives murió el 6 de
mayo de 1540. Añade Polanco que Ignacio dudó del buen es­
píritu de Vives, y por eso más tarde prohibió leer sus escri­
tos en la Compañía. «Sed Ignatius ipse, quae a Ludovico audie-
rat minime probans, ut quae jejuniis Ecclesiae non faverent.
de spiritu ejus qualis esset dubitans, prohibuit postea ne in
Societate nostra illius auctoris libri legerentur, simili ratione
qua Erasmi libros, etiam nihil mali continentes, prohibuit, ut
superius diximus.» Fontes narrat., II, 557-558. Esto no es del
todo exacto. Los prohibió por lo que en seguida diremos, no
p o r el recuerdo de Brujas, ni porque dudase del buen espí­
ritu de Vives. Modernamente se han ocupado de este episodio
E. R e m b r y : Saint Ignace de Loyola á Bruges. Une page d ’his-
loire lócale: «Annales de la Soc. d'Émulation de Bruges», 50,
1898, 221-268. M. B a t a il l o n : Autour de Louis Vives et d ’Iñigo
de Loyola: «Bull. hisp.», 30, 1928, 184-196. P. D u d o n : Le rencon-
trc d'Ignace de Loyola avec Luis Vives á Bruges: «Estudios
eruditos in memoriam de Adolfo Bonilla y San Martín», Ma­
drid, 1930, II, 152-161. Más breve y críticamente, A. P o nce le t :
Hist. de la Compagnie de Jésus dans les anciens Pavs-Bas (Bru­
selas, 1927), I, 34-39.

225
15
sente, cuando escribió las Reglas 7? y 9? de ortodoxia,
el coloquio habido en Brujas? No puede darse como
cosa cierta, pues estando ese tema en el ambiente de
entonces, las hubiese escrito indudablemente, aun cuan­
do no hubiese tenido lugar la conversación con Vives.
Pero es claro que él en dicha conversación las aplicó
ante litteram. Recuérdese su texto:

« Regla 7? Alabar constituciones cerca ayunos y


abstinencias, así como cuaresmas...», etc.
« Regla 99 Alabar, finalmente, todos preceptos
de la Iglesia, teniendo ánimo prompto para bus­
car razones en su defensa y en ninguna manera
en su ofensa.»

Nadie se imagine que el bueno de Luis Vives, por


erasmista que se le suponga, estaba en desacuerdo con
estos principios de sumisión y obediencia filial a la
santa Madre Iglesia; porque si San Ignacio esculpió
aquella rotunda y casi paradójica aserción: «Lo blan­
co que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia hierár-
quica así lo determina, creyendo que entre Cristo nues­
tro Señor, esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo
espíritu...»; lo mismo con otras palabras no menos
categóricas expresó Vives al someter su juicio a la
Iglesia siempre, aun cuando la razón le presente algu­
nos argumentos evidentes en contra, es decir, aunque
a mí me parezca blanco lo que la Iglesia define como
negro (12).

(12) «Ecclesiae vero judicio et sto et stabo semper, etiam


si mihi pro parte contraria apertissima videatur facere ratio.
Ego enim fallí possum et fallor saepissime; Ecclesia in his re­
bus, quae ad summam pietatis pertinent, nunquam fallitur.»
De veritate fidei christianae, I, 3: J. L. Vivis Opera omnia (V a­
lencia, 1790), V III, 22. Y al frente de su obra más erasmiana,
Comment, in libros de Civitate Dei, se somete a la Esposa de
Cristo con palabras que recuerdan otras de San Ignacio: «La­
bores omnes meos ita demum ratos mihi esse velim, si Christo
ejusque castissimae et integerrimae sponsae Ecclesiae appro*
bentur» (Prefacio).

226
¿P o r q u é s e c e n s u r ó a L u i s V i v e s ?

Cuando años adelante prohíba el fundador de la


Compañía leer en los colegios algunos libros de Luis
Vives —libros, por otra parte, puramente gramatica­
les o estilísticos, absolutamente inofensivos—, no lo
hará porque juzgue heterodoxo o peligroso a su autor,
sino porque el nombre de Vives se identificaba con el
de Erasmo, había colaborado con él y lo elogiaba sin
mesura ni restricciones, pero sobre todo, porque una
de sus obras había sido censurada por los teólogos
lovanienses. En la edición erasmiana de las obras de
San Agustín, Luis Vives se encargó de anotar y co­
mentar los 22 libros D e la Ciudad de Dios, haciendo
excesivas concesiones al espíritu cáustico de Erasmo,
a quien tal vez trató de asemejarse.
En 1546, el duque de Alba encargó a las Universi­
dades de Lovaina y Douay señalar las correcciones y
expurgos que conviniese hacer en algunos libros, entre
otros en la edición erasmiana de algunos Santos Pa­
dres. Con esta ocasión, los teólogos designados tacha­
ron o expurgaron numerosos pasajes de las anotacio­
nes de Vives a los libros De Civitate Dei (13). Lo cual
tuvo presente el cardenal G. Quiroga para incluirlas
en el Indice inquisitorial español de 1583 en estos tér­
minos: «Ludovici Vivis Valentini Annotationes in D. Au-
gustinum, nisi repurgentur», condenación condiciona]
que recogió textualmente el Indice romano de Clemen­
te V III en 1596 (14).

(13) F. H. R e u s c h : D er Indez der verbotenen Bücher. Ein Bei­


trag zur Kirchen-und Literaturgeschichte (Bonn. 1883), I, 425-
427; 564. E n el In d ic e de Amberes de 1571 sólo se dice: «Eras­
m us in Augustinum» (donde está comprendido Vives). R e u s c h :
Die Indices librorum prohibitorum des X V I Jahrhunderts (Tu-
binga, 1886), p á g . 320.
(14) R e u s c h : Die Indices librorum, págs. 419, 562. Bien dice
el Indice de Lisboa de 1624: «E ju s scripta non parum obscu-
ravit consuetudo cum Erasmo.» R e u s c h : Der Index der verbo­
tenen Biicher, pág. 564.

227
Con tales expurgos, trazados a tinta sobre el texto,
pudo venderse y leerse la obra que había costado a
Vives tantos afanes y tantos sinsabores (15).
San Ignacio no alcanzó la censura inquisitorial del
humanista valenciano; sin embargo, dada la mala fama
que se le había creado de erasmista a ultranza y aun
de «sospechoso en la fe», creyó prudente guardar con
él las mismas cautelas que con Erasmo. Cuenta Nico­
lás Lanczycki ( Lancicius, 1574-1653), autor más piado­
so que seguro, que un muchacho valenciano (de Ruza­
fa), que con el tiempo haría ilustre su nombre, Benito
Perera ( Benedictus Pererius, (1535 (?)-1610), enseñando
un día humanidades a sus alumnos del Colegio Roma­
no, criticó ásperamente a su compatriota Luis Vives;
y que el santo fundador de la Compañía, en su afán
de animar a los jóvenes, le prodigó alabanzas por
ello (16).
(15) En la edición basileense de 1542, que yo he utilizado,
todos esos pasajes están absolutamente ilegibles por las tacha­
duras de tinta. El jesuíta Antonio Possevino explica por qué
esa obra de Vives fue puesta en el Indice: «D e Ludovico
autem Vive, si hactenus vixisset, non dubito quin seipsum cor-
rexisset, sive in laudibus, quibus eo tempore videbatur Eras-
mus extolli, sive in Commentariis in libros de Civitate Dei.
Nam et propterea Theologi Lovanienses, praeter Prologos ip-
sius Vivís quosdam, quibus et antiquos commentarios eorum
irridebat, et Erasmum extollebat, sustulerunt etiam quod lib.
primo, cap. 21, annotatione prima, scriptum reliquerat, ubi re-
darguebat omne, quod contra christianos geritur, bellum; et
libro primo, cap. 27, annotatione prima, ubi asserebat nemi-
nem olim sacro baptisterio admotum fuisse, nisi adulta jam
aetate; et libro 16, cap. 34, ubi Hieronymum damnat, quasi
nuptias abominetur; et cap. 22, ubi de Epístola B. Pauli Apos-
toli ad Hebraeos loquitur; et lib. 15, cap. 22, annotatione 9,
quae dicit de dilectione inimicorum; et ubi ajebat: Id eo frus­
tra mali sacrificant; praeter alia pleraque, quae conferentibus
eadem Commentaria occurrent.» Apparatus sacer (Colonia, 1608),
página 151.
(16) B. Perera entró en la Compañía en 1552 y no consta
que enseñase retórica, como dice Lancicius, sino, a lo más,
humanidades: «Cum audivisset Benedictum Pererium, rethori-
cae in Collegio Romano professorem, Valentiae natum, acriter
perstrinxisse in schola Ludovici Vivís, concivis sui, de fide mala
suspecti, opera, quae tune ab incautis occulte cum gustu lege-
bantur, advocavit Pererium, et valde hoc in eo laudavit.» Dic­
tamina S. Ignatii a P. L. collecta: Scripta de S. Ignatio, I, 495.

228
¿Es lícito deducir de aquí un espíritu antivivista de
San Ignacio? Creemos que no. Lo único que demues-
tra este episodio —suponiéndolo exacto— es la ignoran­
cia que reinaba en los círculos literarios de la Roma
contrarreformista, hasta juzgar de fide mala suspectus
a un hombre como Vives, cristiano de fe profunda y
de vida inmaculada, cuyas admirables virtudes tocan
a veces el heroísmo, fidelísimo hijo de la Iglesia ro­
mana, a cuya defensa consagró los últimos años de su
trabajada existencia.

R e m in is c e n c ia s e r a s m ia n a s .

Antes de cerrar este capítulo, ahora que conocemos


los contactos de Ignacio de Loyola con las corrientes
erasmistas y antierasmistas de la capital de Francia,
sería oportuno hacernos esta pregunta: ¿Leyó por ven­
tura durante sus estudios en la Universidad de París
algún escrito de Erasmo?
En los primeros capítulos de este libro expusimos
francamente nuestra opinión de que, en Barcelona,
Iñigo, estudiante de gramática, leyó algunas páginas
del Enchiridion militis christiani, mientras que en Al­
calá rehusó categóricamente la lectura del mismo En­
chiridion en su traducción española. Sabemos que Lo­
yola estaba dotado de una tenacísima memoria, que
le permitía retener las palabras y los hechos con fijeza
imborrable. Una reminiscencia del Enchiridion nos ha
parecido ver en el «Principio y fundamento» de los
Ejercicios, donde habla de la «indiferencia*. No repe­
tiremos aquí lo que sobre esto queda dicho en el pri­
mer capítulo.
Si San Ignacio hubiera leído otros libros de Erasmo
—lo que nos parece, más que improbable, inverosímil—,
se podría pensar que por lo menos dos frases ignacia-
nuas, escrita una en París v otra en Roma, eran remi­
niscencias de otras semejantes de Erasmo. Sobre la
primera —que se halla en la Regla 13 para sentir con
la Iglesia— hemos formulado nuestro parecer nega­

229
tivo, al tratar de dichas reglas. De la segunda vamos a
decir unas palabras.
Recientemente un doctísimo historiador de la espi­
ritualidad española, don Pedro Sáinz Rodríguez, ha
exhumado de los Coloquios de Erasmo un concepto y
un giro gramatical que en la pluma del fundador de
la Compañía reaparece con notabilísimo relieve. Ya en
1940 el catedrático don Francisco Maldonado estudió
muy agudamente aquella frase del santo, que Riba-
deneira nos transmitió en esta forma: «En las cosas
del servicio de Nuestro Señor que emprendía, usaba
de todos los medios humanos para salir con ellas, con
tanto cuidado y eficacia, como si dellos dependiera
el buen suceso; y de tal manera confiaba en Dios y es­
taba pendiente de su divina Providencia, com o si to­
dos los otros medios humanos que tomaba, no fueran
de alfún efecto» (17).
Pues bien, el nombrado hi¿*oriador Sainz Rodríguez,
sin pretender que se trate de una reminiscencia eras-
miana, nos llama la atención sobre la sorprendente
coincidencia de esas expresiones con un texto de Eras­
mo. En el coloquio titulado Confabulatio pia dice uno
de los estudiantes interlocutores: «Imploro la ayuda
de Cristo, como si nuestro estudio, sin su gracia, no
tuviera efecto alguno; de tal manera trabajo en mis
estudios, como si él no hubiese de prestar su auxilio,
sino al que trabaja con aplicación» (18).
La semejanza es evidente. Pero ¿existe dependencia

(17) De ratione gubernandi S. Ign., n. 14: Scripta de S. Ign.,


I, 466. Todos los autores siguientes dependen en esto de Ri-
vadeneira. G. H en e v e s i (1656-1715) divulgó una fórmula eviden­
temente equivocada, en la cual modernos pensadores han que­
rido ver hondo sentido metafísico; pero el mismo Henevesi se
corrigió posteriormente. C. K n e l i .er : Ein W ort des hl. Ignatius
von Loyola: «Zeitsch. f. Asz. und Mystik», 3, 1928, 253-257. G. Fbs-
s a r t : La dialectique des Exercices spirituels de Saint Ignace
de Loyola (Paris, 1956). F. M aldo nado : Lo fictivo y lo antifictivo
en el pensamiento de San Ignacio de Loyola (M adrid, 1940).
(18) El texto latino reza así: «Sic enim imploro Christi prae-
sidium, quasi citra illius opem nihil efficiat nostrum Studium:
sic studeo, quasi ille nihil sit laturus nisi gnaviter laboran-
tibus.» D. Erasmi Colloquia (Leiden, Rotterdam, 1964), pág. 56.

230
de parte de San Ignacio? No lo creemos; porque el
santo, que en Alcalá se negó categóricamente a tomar
en sus manos el Enchiridion, uno de los libros más
ascéticos y espirituales que salieron de la pluma de
Erasmo, ¿cómo había de leer la obra mucho más ex­
tensa de los Coloquios, obra mordaz, burlona, anti­
monacal, temeraria en varios pasajes y colindante con
la heterodoxia, reprobada por la Sorbona y puesta en
casi todos los Indices de libros prohibidos?
Podríase pensar tal vez que entre Erasmo y San Ig­
nacio existe un puente y se llama Reginaldo Pole, ami­
go y lector de Erasmo, y amigo también de Ignacio
de Loyola. Afirmó Pedro Camesecchi en su proceso
que el cardenal inglés solía aconsejar a Victoria Co-
lonna que atendiese a creer y confiar en Cristo, como
si la fe sola la hubiese de salvar, y de otra parte aten­
diese a obrar com o si su salvación consistiese en las
obras (19).
¿Será quizá este dicho de Pole una reminiscencia
erasmiana, y San Ignacio dependerá de Pole, con quien
muchas veces conversó en Roma? No parece admisi­
ble tal hipótesis. Y, además, ¿por qué Ignacio ha de
depender de Pole y no viceversa?
Muy atinadamente ha observado Sainz Rodríguez que
«la frase que nos ocupa no representa algo fundamen-

(19) Interrogado P. Carnesecchi en el proceso acerca de sus


conversaciones religiosas con la marquesa de Pescara, respon­
d ió : «Attribuiva (Victoria Colonna) molto alia gratia et alia
fed e in suoi ragionamenti. Et d ’altra parte nella vita et nelle
attioni suoe mostrava di tenere gran conto dell'opere, facendo
grand-elemosine, et usando chanta umversalmente con tutti,
nel che veniva a osservare et seguirá il consiglio che ella di-
ceva haberli dato il Cardinali, al quale ella credeva come a un
o rac o lo , cioé che ella dovesse attendere a credere, come se
p erla fe d e sola s’havesse a salvare, et d ’altra parte attendere
ad o p e ra re , come se la salute sua consestesse nelle opere, il
che e lla mi riferi un giomo, dicendo haver fatto instantia al
sudetto Cardinale, che li dicesse l ’opinione sua circa questo
artic o lo della giustificatione.» G. M a n z o n i : Estratto del pro-
cesso di Pietro Carnesecchi: «Miscellanea di storia italiana»,
tom o X, Torino, 1870, 187-573, pág. 269). Reproducido en el
Apéndice de O. O r t o l a m i , Pietro Camesecchi (Florencia, 1963),
páginas 171-260.

231
tal y sistemático dentro de la ideología erasmiana. Es
seguramente una de tantas expresiones ingeniosas, ori­
ginales y apropiadas de que está incrustada toda la
obra de Erasmo», mientras que «en San Ignacio el
pensamiento contenido en esa máxima, en que se de­
fine la primacía de la gracia y su unión con el empleo
enérgico de los medios humanos, es algo muy funda­
mental y que se engrana perfectamente dentro de su
sistema espiritual» (20).
Esa tensión dialéctica de lo humano y lo divino, que
concuerda y armoniza los dos polos opuestos del ac­
tivismo y de la pasividad ante Dios, es mucho más
ignaciana que erasmiana. Loyola supo valorizar, como
pocos, el elemento humano, los talentos y fuerzas na­
turales; pero al mismo tiempo, como gran santo y mís­
tico que era, se abandonaba totalmente a la acción de
Dios y de su gracia, persuadido como estaba de la nu­
lidad de todo lo humano en el orden sobrenatural.
«Así como mucho se yerra —escribió en el borrador
de las Constituciones— en buscar las primeras gra­
cias y dones espirituales inmediate de la mano de
Nuestro Criador y Señor, no curando de los medios
que nos pueden ayudar..., de la misma manera erra­
mos y nos perdemos del todo, cuando siguimos las
terceras ( las gracias y dotes naturales) no siendo asi­
duos ni adornados con las primeras» (21).
Retengamos, pues, que la frase de Ignacio es típica­
mente suya, y podemos creer que original, aun cuan­
do Erasmo y algunos otros hayan expresado antes el
mismo concepto en forma muy parecida.

(20) P. S a in z R o d r íg u e z : Espiritualidad española (M adrid,


1961), págs. 137-138.
(21) M HSI: Constitutiones S. /., ed. crit. II, 125. Cit. por
S a in z R odr íg uez , pág. 141. Esta doctrina la defendió el santo
contra el P. Juan Alvarez en carta del 18 de julio de 1549. Ig-
natii Epist., II, 481-483.

232
«

C a p ít u l o V II

IGNACIO, EN ROMA (1537-1556). NORMAS Y PRES­


CRIPCIONES SOBRE LA LECTURA DE ERASMO

Se in ic ia una nueva época.

A principios de abril de 1535 abandonaba Ignacio


de Loyola las orillas del Sena, y cabalgando en un rocín
de poca alzada se fue solo por los caminos de Francia
hasta cruzar el Bidasoa y entrar en su tierra. No le
seguiremos en su apostolado de Azpeitia, ni en sus
viajes por Obanos (Navarra), Almazán, Sigüenza, Ma­
drid (donde vio a Felipe II, niño entonces de ocho
años, que al cabo de medio siglo recordará todavía
las facciones del santo), Toledo, Valencia y, luego, Gé-
nova, Bolonia y Venecia, donde pasa íntegramente el
año de 1536, dedicado al estudio de la teología y donde
se entrevista con el intransigente reformador Juan Pe­
dro Carafa.
El 8 de enero de 1537 sus compañeros de París vie­
nen a reunirse con él, y le refieren tal vez que en su
viaje han pasado por Basilea y han visitado la tumba
de Erasmo, fallecido unos meses antes (12 de julio).
En noviembre de ese año entra con Favre y Laínez
en la Ciudad Eterna, después de haber medio enten­
dido, en la visión de La Storta, que su destino será
Roma, a las órdenes del papa, porque «Ego vobis Ro-
mae propitius ero».
Allí da la última mano, según hemos dicho, al librito

233
de los Ejercicios, especialmente a las Reglas para sen­
tir con la Iglesia, reglas que son como un reto a los
novadores y a la variada gama de sus simpatizantes,
y que parecen una consigna guerrera de obediencia y
sumisión absoluta a la jerarquía eclesiástica y al Vi­
cario de Cristo.
El cardenal Gaspar Contarini, que en su juventud
había sufrido una crisis psicológica y religiosa que
Jedin ha comparado con la Turmerlebnis de Lutero,
aunque resuelta por el veneciano conforme a la más
perfecta ortodoxia, ahora que es cabeza de los espiri­
tuales y reformistas italianos, se pone de acuerdo ple­
namente con Ignacio de Loyola y bajo su dirección
hace los Ejercicios (1).
Una nueva época se está abriendo en la Historia de
la Iglesia; una nueva época que reaccionará contra la
época, ya caducada, del Renacimiento, y con mayor
vigor y denuedo contra la revolución protestante, que
ha estallado en Alemania, pero que fermenta en casi
todas partes.
Al repudiar las tibiezas y ambigüedades del Huma­
nismo renacentista, no es extraño que desechen a
Erasmo, figura culminante y representativa de aquella
época en su postrer etapa. La actitud religiosa de este
humanista, irénica por una parte, crítica por otra, se
hace intolerable a la nueva generación, que navega
briosamente bajo distintas constelaciones. El cambio
de opinión se nota claramente entre Paulo I I I y Pau-

(1) Véase A. SüouIa: Las Reglas para sentir con la Iglesia


en la vida y en las obras del cardenal Gaspar Contarini: «Arch.
Hist. S. I.», 25, 1956, 380-395. Sobre la honda experiencia reli­
giosa de Contarini en 1511, véase H. J e d i n : Ein Turmerlebnis
des jungen Contarini: «Hist. Jahrbuch», 70, 1951, 115-130, y del
m ism o autor, G. Contarini e il contributo veneziano alia Rl·
forma Cattolica: «La Civiltá veneziana del Rinascimento» (Flo­
rencia, 1958), págs. 105-124. Con San Ignacio hizo igualmente
los Ejercicios el sienés Lactancio Tolomei, a quien su amigo
Contarini dirigió en 1538 la famosa carta sobre la predesti­
nación: «Riv. di Storia della Chiesa in Italia», 15, 1961, 411-441,
introducción y texto. Amigo de los tres era el cardenal Marcelo
Cervini, en quien se notan claros influjos de las Reglas ignacia-
nas p ara sentir con la Iglesia. Véase «Mélanges Watrigant»,
Coil. Bibl. Exerc., 1920, 162-163.

234
lo IV; el papa Farnese le brinda a Erasmo el capelo
cardenalicio y la participación en el próximo Concilio
tridentino; el papa Carafa lo mete en la cárcel del In­
dice con todas sus obras, «aunque no tengan nada
contra la religión, ni siquiera traten de cuestiones re­
ligiosas» (2).
Más que por efecto de un juicio, diríase que se apar­
tan de Erasmo por impulso de un instinto. No le des­
precian, porque su erudición y su pluma les encanta
todavía. Tampoco le odian, si no es en algún caso par­
ticular, como podía ser el del iracundo Carafa, que
un tiempo fue su amigo. Pero aquel crítico, roedor y
burlón, incompatible con el espíritu generoso y ardien­
te de la Contrarreforma, les repele. No quieren mirarle
frente a frente, porque se ven cercanos todavía al Re­
nacimiento y recelan que aquella voz de sirena haga
estragos en las almas débiles; temen que su cristianis­
mo, demasiado espiritualista y conciliador, venga a
poner sordina al grito de sus afirmaciones. Por eso
prohíben su lectura.

E rasm o, en el I n d ic e .
•.
Ya el 13 de septiembre de 1537 escribe la Suprema
desde Valladolid a los Inquisidores españoles: «Habe­
rnos visto una determinación o decretación de la Facul­
tad de Teología de la Universidad de París, en que di-
zen que la lección de los dichos Coloquios (erasmia-
nos) se ha de vedar a todos v mavormente a los man-
cebos... Por ende, hágase, señores, así, y tómense los
dichos Coloquios , así los de latín, como los de ro­
mance y pónganse en la cámara del secreto» (3).
Al año siguiente el Consilium delectorum Cardina-

(2) Dice así el Indice romano de 1558-1559: «D. Erasmus


Rot. cum universis commentariis, annotationibus, scholiis, dia-
logis, epistolis, censuris, versionibus, libris et scriptis suis,
etiamsi nil penitus contra religionem vel de religione conti-
neant.» F. H. Reusch: Die Indices librom m prohibitorum des
16 Jahrhunderts (Tubinga, 1886), pág. 183.
(3 ) Cit. por M. B a t a il l o n : Erasmo y España, II, 88, nota 3.

235
lium et aliorwn Praelatorum de emendando. Ecclesia,
formado por nueve miembros, casi todos humanistas,
empezando por el presidente, Gaspar Contarini, y va­
rios de ellos, como Pole, Sadoleto y otros, muy ami­
gos de Erasmo, al denunciar con ruda franqueza ante
Paulo III los abusos y males de la curia romana y de
los eclesiásticos en general, no dejan de mencionar
los escándalos del pueblo cristiano, la enseñanza de
doctrinas impías en los gimnasios italianos y la licen­
cia de imprimir y divulgar libros perversos, lamentan­
do que aun en los niños infiltrasen veneno con libros
perversos, como los Coloquios de Erasmo, que debe­
rían proscribirse de las escuelas (4).
La Sorbona, fiel a su tradición antierasmiana, con­
dena en 1540 el Enchiridion militis christiani, perdo­
nado hasta entonces por todas las censuras, y en 1543
el Mcrtae encomium (5); en «Le Catalogue des livres
censures» de 1544 procede con mayor severidad, pues
incluye, entre otros de menor importancia: M odus
orandi Deum, Modus confitendi, Enchiridion, D e inter­
dicto esu carnium, Encomium Moriae, Colloquia, Para-
phrases in Novum Testamentum, Christiani matrimo-
nii institutio; a los que añade, en la edición de 1551,
Annotationes in Novum Testamentum, Líber de sar-
cienda Ecclesiae concordia, Ecclesiastes seu de modo
concionandi (6).
Es verdad que se le había adelantado el Indice del
Inquisidor de Toulouse, Vidal de Bécanis, prohibien­
do en 1540 todos esos libros, salvo los dos últimos y
algunos otros (7).
En la misma Italia cundía el espíritu contrarrefor-
mista, como lo demuestran los siguientes hechos. En
el 1542, contra la oleada protestante que invadía desde
el norte la península italiana, se funda la Inquisición

(4) En la comisión había dos enemigos de Erasm o: Carafa


y Aleandro. El documento, en Corte. Trid., ed. Goerresgesells-
chaft, t. XII, 131-145.
(5) D u ple ssis D 'A r g e n t r é : Collectio judiciorum, II, 130 y
230-232.
(6) R e u s c h : Die Indices, pág. 100.
(1) R e u s c h : Die Indices, p ágs. 132-133.

236
romana bajo una comisión de cardenales con plení­
simos y universales poderes. Inmediatamente se or­
ganiza en mucha« ciudades la caza al libro heterodoxo
o sospechoso de herejía. El 29 de enero de 1543 arde
en Milán una gran hoguera con libros de Lutero y de
Erasmo. Poco después, hacia 1544, por orden del virrey
de Nápoles, don Pedro de Toledo, son quemados pú­
blicamente, delante de la catedral de S. Genaro —se­
gún testifica el cronista Antonio Castaldo,9 libros de
W
Melancton y de Erasmo, juntamente con el Beneficio
di Giesü Cristo, de Benedetto de Mantua, y el Som-
mario delta Santa Scrittura, atribuido hoy al venecia­
no Jacobo Aconcio (7 bis).
Juan de Valdés, fallecido tranquilamente en 1542, em­
pieza a ser tenido por hereje. Un estado de alarma se
difunde por todas partes. El movimiento de la Con­
trarreforma está en marcha. Difícilmente podría el hu­
manista de Rotterdam —siempre tan discutido y aho­
ra sin defensores— sustraerse a los tiros de la Inqui­
sición.
Así vemos que el Indice de Venecia de 1554 proscribe
las Annotationes in N o vu m Testamentum.—Colloquia.—
Moria.— Annotationes super Hieronymum. — Paraphra-
ses.— D e sarcienda Ecclesiae concordia.—Enchiridion .—
Modus orandi Deum .— M odus confitendi sive Exornólo-
gesis.— Prefatio in D. Hitarium.— Christiani matrimonii
institutio (8).
Después de lo cual, vino el severísimo Indice de Pau­
lo IV, arriba mencionado (9).

(7 bis) F. C. C h u r c h : I riformatori italianL Trad. D. Canti-


mori (Florencia, 1935), I, 98-99. El texto de Castaldo en P. T ac-
ch i V e n t u r i : Storia della C. di G. in Italia (Roma, 1930), I, 445.
L. A m ab ile: II santo officio della Inquisizione (Cittá di Cas*
tello, 1892), I, 195.
(8) Los cuatro primeros los prohíbe también el Indice de
Milán de 1554. R e u s c h : Die Indices, pág. 156.
(9) R e u s c ii : Die Indices, págs. 176-208. Más adelante vere­
mos cuánto trabajaron los jesuítas para mitigar este Indice.
El Indice del Concilio de Trento, o de Pío IV (1564), se mues­
tra mucho más benigno. R e u s c h : Die Indices, pág. 259. Los
Indices inquisitoriales españoles de 1551 y 1559 (de F. de Val­
dés), págs. 73-77, 209-242. Sobre las condenaciones de Erasmo
en España, B a t a ii .l o n : Erasm o y España, II, 87-88.

237
Todo esto fue creando un ambiente exageradamente
antierasmista. No hay que maravillarse de que en ade­
lante muchos eclesiásticos, y aun teólogos, que no han
leído una página de Erasmo, pero que se han acostum­
brado a ver su nombre estigmatizado en la lista de
libros prohibidos, juntamente con Lutero, Melancton,
Calvino, etc., piensen que el Roterodamo es un here­
je o poco menos. Los primeros jesuítas no podían sus­
traerse del todo a este ambiente, que era el de la
época.

¿P or q ué lo c o n d e n ó S a n I g n a c io ?

Ciertamente podemos desde el principio aseverar


que no fue por el conocimiento directo de sus obras
literarias y teológicas. No consta que leyese nunca,
sino unas páginas del Enchiridion, y en ellas no ad­
virtió, según parece, ningún error dogmático; la única
impresión que sacó de su lectura es que le enfriaba
el fervor. La razón principal que daba más tarde para
no leerlo era que se discutía su ortodoxia, y él prefería
leer los autores no discutidos. Tal fue el criterio de
toda su vida.
Leer a Erasmo en la segunda mitad del siglo xvi era,
por el ambiente que acabamos de describir, un verda­
dero escándalo; e Ignacio de Loyola no quería en modo
alguno que sus hijos escandalizasen a nadie. Además
—y acaso sea ésta la razón primaria y fundamental—
el fundador de la Compañía, por motivos de orden mís­
tico y por razones de prudencia, profesaba suma ve­
neración y obediencia absoluta a las autoridades de la
Iglesia, cumpliendo sus preceptos y deseos, «aunque
no se viese sino la señal de la voluntad del Superior
sin expreso mandamiento» (10).
(10) Constituciones de la Compañía, part. IV, cap. 14, n. 1-A.
Poco antes insinúa lo mismo. Const. S. /., pág. IV, cap. 5, n. 4-E.
En la famosa carta del 13 de agosto de 1554 a Pedro Canisio
unlversaliza su criterio y se lo propone al rey de romanos,
Femando I, para que lo aplique en Alemania: «Omnes libri
haeretici, quotquot diligenti praehabita investigatione inventi
fuerint apud bibliopolas et privatos, vel comburi vel extra

238
Otra norma general ignaciana, que repitieron mu­
chos de sus biógrafos, es la que él expresó en las Cons­
tituciones, al legislar sobre los Colegios y Universida­
des: «Aquellos libros se leerán que en cada Facultad
se tuvieren por de más sólida y segura doctrina, sin
entrar en algunos que sean suspectos ellos o sus auto­
res... Aunque el libro sea sin sospecha de mala doctri­
na, cuando el auctor es sospechoso, no conviene que
se lea; porque se toma afición por la obra al autor; y
del crédito que se le da en lo que dice bien, se le podría
dar algo después en lo que dice mal. Es también cosa
rara, que algún veneno no se mezcle en lo que sale del
pecho lleno dél» (11).
Esto último se refiere principalmente a los autores
heréticos o sospechosos de herejía. Y ya sabemos que
entonces, para muchos, Erasmo era quien puso el hue­
vo que empolló Lutero.
Comentando esto, incurrió el P. Ribadeneira —acaso
por simple desliz de la pluma— en un error, que es
preciso deshacer. Estas son sus palabras:

«Tenía nuestro Padre gran cuenta en que no se


leyessen en la Compañía libros de auctores sospe­
chosos o de quienes hubiesse duda, aunque no la
hubiesse en los mismos libros; porque decía que
los que leían el buen libro se aficionaban a él, y
después por él a su auctor; y aficionados una vez
al autor fácilmente se apegaban a su doctrina. Y
assí hizo quemar todos las obras de Erasmo mu­
chos años antes que se vedassen por el papa, y
vedó las de Savonarola, de suerte que aun al Doc­
tor Olave no le quiso dexar E l triunfo de la Cruz
y otras obras suyas limpias y sin sospecha» (12).

omnes regis provincias educi expediret. Tantundem de haere-


ticorum libris, licet non sint haeretici, ut de grammatica vel
rethorica, vel dialéctica Melanchthonis, etc., in odium enim ha-
resis auctorum excludi prorsus debere videretur; nec enim ex­
pedí t eos nominari et minus affici ad eos juventutem..., quia
alia magis erudita et ab hoc gravi periculo remota inveniri
possunt.» Ign. Epist., V II, 400.
(11) Constituciones, IV, 14, 1 A.
(12) Collectanae, en Fontes narrattvi, II, 416-41·.

239
Creemos que Ribadeneira ha sufrido una equivoca­
ción, trastrocando los nombres. Tal vez lo que quiso
decir —lo único verdadero— es que «hizo quemar to­
das las obras de Savonarola... y vedó las de Erasmo».
Quemar todas las obras de Erasmo es mucho más que
quemar todas tas obras de Savonarola; y podemos dar
por cierto que ni en la casa del Gesü, ni en el Colegio
Romano, existían todas las obras de aquel fecundísimo
humanista.
Por otra parte, consta que, efectivamente, las obras
de Savonarola fueron quemadas. Lo testifica Polanco:

«Hoc anno (1553) P. Ignatius libros Savonarolae,


quos domi invenit, comburi jussit, cum ejus spi-
ritus, Sedi Apostolicae rebellis et nullo modo pro-
bandus videretur, quamvis multa bona diceret» (13).

Y de las obras de Erasmo ningún otro autor, fuera


de Ribadeneira, dice que fuesen entregadas al fuego;
ni es eso creíble, si se tiene en cuenta que Nadal, pro­
cediendo según normas de San Ignacio en las visitas
oficiales de los Colegios, distinguía los libros de los

(13) Chronicon, III, 24. Paulo IV incluyó en el Indice roma­


no el Dialogo delta veritá y muchos sermones del profeta flo­
rentino. Si San Felipe Neri lo tenía por santo, otros, como el
teologo Ambrosio Catarino Politi, O. P., lo juzgaban hereje.
San Ignacio hacía gran caudal del predicador de Florencia,
mas no podía aprobar su desobediencia al Romano Pontífice,
ni sus profecías de visionario. «Fray Jerónimo de Ferrara — es­
cribía en 1549— persona de grandes y singulares partes..., de
tanta prudencia y letras, y a lo que podía verse, de tanta vir­
tud y devoción..., y con todo se engañó.» Carta sobre las fal­
sas revelaciones, en Ign. Epist., X II, 636. Y el 23 de diciembre
de 1553: «Circa il Savonarola, la causa de proibir suoi libri no
é perché non siano buoni alcuni, como II triunpho della croce
et altri, ma perché l'authore é esposto a controversa: chi lo
tiene santo, chi lo tiene meritamente brusatto; e questa é piü
commune opinione. Et cosí la Compagnia, essendosi tanti li­
bri d'autori buoni senza controversia, non vuole si tengano
nelle mani auctor controverso; no lo condemna, né lo biasima.*
ign. Epist., VI, 80. Casi lo mismo el 7 de marzo de 1556: ibí~
dem, XI, 104.

240
herejes, que mandaba quemar, de los libros de Erasmo
y Vives, que ordenaba se pusiesen aparte (14).

N in g u n a p r o h ib ic ió n antes de 1552.

No sabemos a punto fijo en qué fecha empezó el


fundador de la Compañía a dictar órdenes y normas
sobre la lectura de los libros erasmianos. Quizá en
enero de 1552, como en seguida veremos.
Eso no sucedió hasta que, empezando los Colegios
jesuíticos a tomar vuelo y deseando los profesores de
letras humanas ponerse a la altura de los mejores cen­
tros humanísticos, adquirieron los libros más útiles y
los más celebrados, entre otros los que Erasmo y Vi­
ves habían compuesto para la enseñanza del latín y de
sus elegancias. A ningún jesuíta se le había ocurrido
hasta entonces leer o consultar a esos autores; pero
ahora les era casi necesario valerse, a falta de otros
libros escolares, de las conocidas obras erasmianas De
copia verborum ac rerum, D e conscribendis epistolis,
Adagia, etc., y de otras similares de Vives. Nada tenían
de reprensible bajo el aspecto moral y religioso; pedagó­
gicamente y literariamente eran las más excelentes que
se conocían.
Que algunos libros, enteramente inofensivos, de Eras­
mo y Vives se habían introducido, como manuales
escolares, en los primeros Colegios jesuíticos, nos cons­
ta por documentos que tenemos de Messina, Ferrara,
Viena, Bolonia, Nápoles y Padua.
Así, Aníbal de Coudret, profesor en el Colegio de
Messina, donde leía y comentaba a Cicerón, escribía
el 9 de diciembre de 1548 a su hermano Luis, jesuíta
como él:
«Has autem ( Tusculanas qaaestiones) ut enarrem
una curn Arte poética Horatii, et librum Erasmi

(14) Refiriéndose a Nadal, que promulgaba las Constitucio­


nes en nombre del fundador, escribe Polanco: «Videbat etiam
omnes libros, et haereticos, si qui essent, comburebat. Quos-
dam alios, ut Erasmi et Vives, separabat.» Chronicon, V, 163.

241
16
De verborum et rerutn copia, mihi commissum
est» (14 bis).

El mismo Aníbal comunica al P. Polanco que en Mes-


sina se leen algunos libros de Erasmo y los Diálogos
de Luis Vives en las escuelas inferiores:

«La seconda scuola ha un solo maestro, ma doi


ordini, et si legge in essa la grammatica... et qual-
che tempo Ludovico Vives De exercitatione linguae
íatinae, et per li majori separatamente il libro, D e
ocio oraíionis partium constnictione, fatto per
Erasmo... Diceba il Rdo. P. Mtro. Natal che si po-
tria leggere in questa scuola (quinta) alcuni libri
di Valla. Per authori hanno... Tullio... o Sallus-
tio..., o anchora Terentio... In essa (3? scuola) si
sono letti quest' anno questi libri... Despauterio...
Tullio..., Sallustio, et De conscribendis epistólis,
Erasmi; tanto che ogni giomo havevano quattro
lettioni et la compositione di epistole secondo i
precetti d'Erasmo... Nella scuola d'humanitá fu-
rono letti raimo passato questi libri: D e copia ver­
borum d'Erasmo, Horatii Ars poética, Tusculana-
rum quaestionum liber primus..., et dopo Pasqua
il Pluto d'Aristofano, el libro d'Erasmo D e conscri­
bendis epistólis, et l'epistole familiari di Tullio, per
veder Tartificio, discorrendo per tutto il volumine,
et cercando quelle che convenevano allí precetti
d’Erasmo» (15).

Del mismo año debe ser la carta que el P. Pascasio


Broet, desde Ferrara, dirige a San Ignacio, dándole
cuenta de la marcha de aquel Colegio:

«Battista del Jesu (Juan Bautista Velati) ha la


seconda clase, nella quale sono 17 scolari o piü,
allí quali lege Terentio, Virgilio, et gli Colloquii de
Vives» (16).
(14 bis) M HSI: Litterae quadrim. I, 121.
(15) M HSI: Litterae quadrimestres, I, 351-353. La carta es
del 14 de julio de 1551.
(16) M H SI: P. Broet, pág. 66.

242
También del Colegio de Viena, recién fundado, in­
forman a Roma que se usa en las clases un libro de
Erasmo. Escribe el P. Nicolás de Lannoy el 3 de sep­
tiembre de 1552:
«Nicolao (N. Gaudanus, de Gouda) legge sempre
a le 7e. hore la mattina a tutti li grammatici de
casa et a forestieri la Copia de Erasmo» (17).
Desde Tívoli, donde se dedicaba a confesar y a otros
ministerios espirituales, el P. Desiderio Girardin con­
sultaba con San Ignacio el 3 de diciembre de 1553 si
podía tener y leer algunos libros erasmianos:
«Un dubbio ho d’alchuni libri, li quali me sonno
statti datti da confitenti in confessione, et sonno 5,
cioe, il Testamento N o vo , translato da Erasmo, et
le sue Paraphrase in Johannem et in Acta Aposto -
lorum. Questi me dubito se io le posso tenere o
legere» (18).

No conocemos la contestación. Lo que sí sabemos


es que ya para entonces el Santo había dado normas
acerca de la lectura pública de los libros erasmianos
en los Colegios, vedando que en el Colegio Romano,
dechado de todos los demás, sirviesen de texto a pro­
fesores y alumnos, y aconsejando que en otros centros
de enseñanza, donde ya se habían introducido, se fue­
sen desterrando poco a poco, aunque sin imponer a
rajatabla un precepto obligatorio.
El primer documento que conocemos en este sen­
tido data del año 1552 (19).
(17) Litterae quadrimestres, II, 19.
(18) Epist. mixtae, III, 655.
(19) Un testimonio del P. Eleuterio du Pont alude a una
prohibición hecha por San Ignacio en Roma, sin precisar la
fecha. Dice así este testigo en los procesos remisoriales para
la beatificación: «Sibi a Superioribus, dum Romae esset, ex
mandato P. Ignatii prohibitam lectionem librorum Erasmi et
Ludovici Vives, quod postmodum et in ómnibus Collegiis So*
cielatis prohibitum est ( esto último no es exacto), ne per hu-
jusmodi lectionem integritas fidei vitiaretur.» Scripta de S. Ign,.
II, 880. Jurado en Bruselas el 5 de mayo de 1606, siendo Du
Pont de setenta y ocho años.

243
P r o h i b i c io n e s y n o r m a s r e s t r ic t iv a s .

Expondremos aquí por orden cronológico todos o


casi todos los documentos que hemos espigado en
«Monumenta Histórica Societatis Iesu», referentes a la
lectura de Erasmo. Se notará que varias veces al nom­
bre de Erasmo va unido el de Vives, y también el de
Savonarola v el de Terencio.
Ya hemos explicado el caso de Vives y dicho lo su­
ficiente sobre Fr. Jerónimo Savonarola (20). La lectu­
ra de Terencio es natural que se prohíba a los jóvenes
de los Colegios, por la inmoralidad que gotean todas
sus páginas. Sobre este punto queremos advertir que
San Ignacio no era contrario a que se leyesen los clá­
sicos paganos; pero como algunos de ellos contenían
pasajes crudamente impúdicos y vocablos obscenos,
que podían pervertir a la juventud, encargó al huma­
nista P. Andrés Frusio (des Freux), en 1551, que hicie­
se de ellos una edición expurgada. Púsose el buen Fru­
sio a la ingrata tarea, empezando por los Epigramas
de Marcial. Con algunas amputaciones de los versos
más lúbricos y con la sustitución de las palabras tor­
pes por otras más honestas, que se ajustasen al mismo
metro, aunque cambiando el sentido de la composición,
logró con bastante facilidad damos un Marcial limpio
y casto, que alcanzó muchísimas ediciones y fue reci­
bido con gran aplauso en los colegios (21).
Pretendió hacer lo mismo con Terencio, pero trope­
zó con una dificultad mucho mayor, porque lo que
había que amputar y sustituir no eran algunas pala­
bras o versos sueltos; eran escenas enteras y aun ac­
tos de aquellas comedias, cuyos personajes son rufia-
(20) La prohibición de Savonarola es anterior a la de Eras­
mo, pues en una carta del 26 de abril de 1550 se dice a Nico­
lás Gaudano: «Q u e no use la biblia de Roberto Stephano, ni
libros de fray Hierónimo.» Ign. Epist., III, 26. Véase en la
nota 13 la carta de 1549.
(21) M. Valerii Martialis Epigrammata, paucis admodum vel
adjectis vel immutatis nullo Latinitatis damno, ab om ni rerurtt
obscoenitate, verborumque turpitudine vindicata (Roma, 1558).

244
nes, alcahuetas y rameras, que usan lenguaje de leno­
cinio. ¿Qué hacer? Frusio propuso a San Ignacio trans­
formar las escenas de amor pecaminoso en escenas
de amor honesto y conyugal, y lo hubiera hecho si el
santo no se lo hubiese disuadido, diciéndole que tales
escenas, demasiado íntimas y amorosas, aun siendo
honestas, podían perturbar la imaginación de los mu­
chachos y de nada servirían para su buena educación
moral (22). En consecuencia, determinó condenarlo al
ostracismo, igual que a Erasmo y Vives (23).
El primer documento no puede ser más escueto. En
una lista de «Algunas cosas que Nuestro P. Mtro. Ig­
nacio ordenó de palabra en Roma y respuesta a algu­
nas dudas para Nápoles», al número 20 se lee: «Che
non si légano nel collegio opere di Erasmo, né manco
di Luys Vives» (24). Los editores le dan la fecha de
17 de enero de 1552. Ese mismo día salió de Roma
una instrucción para los PP. Nicolás de Bobadilla y
Andrés de Oviedo, que se hallaban en Nápoles, en que
Ignacio —o su secretario Polanco, que para el caso
es lo mismo y así no haremos distinción— les reco­
mienda: «Que no se lean en el collegio las obras de
Erasmo ni Joannes, etc.» (25). Los profesores y escri­
tores siguieron leyéndolas en privado, porque eso no
se prohibía.
Ocho meses más tarde, resolviendo quizá algunas

(22) Constituciones de la Compañía, pág. IV, cap. 14 D.


Chronicon, II, 214. Véase P. T acchi -V enturi : Storia delta C. di
G. in Italia, t. II (Roma, 1951), págs. 605-607. J. M. A icardo:
Comentario a las Constituciones (Madrid, 1919-1932), t. III, 319-322
Que entonces tenían en este punto criterios morales menos rí­
gidos que en tiempos posteriores, lo prueba el hecho de que
el P. Nadal permitiese en el Colegio de Messina (1548), y el
mismo San Ignacio en el Colegio Romano (1551) la explicación
en clase de alguna comedia de Terencio.
(23) Escribe Polanco, refiriéndose al año 1553, aunque la cosa
debió ocurrir en 1552: «P. Ignatius... Terentium et Ludovicum
Vivem, sicut et opera Erasmi, legi nostris in scholis noluit, et
ubi praelegebantur, paulatim relinqui jussit.» Chronicon, III,
página 165.
(24) Ignatii Epist., IV, 102.
(25) Ese Joannes no es otro que Joannes Ludovicus Vives.
Ign. Epist., IV, 106.

245
dudas del mismo P. Oviedo, se le responde que no se
lean ni citen en público los libros de Erasmo, aunque
es lícito tenerlos en casa:

«Libri de heretici non si leggano in publico, né


siano citati, né de Erasmo. Del tenerli in casa ques-
ti ultimi, si puó; ma quanto manco, sará piü con­
forme alia voluntá del Padre» (26).

Dudas semejantes llegaban de Sicilia, donde Jeró­


nimo Nadal había organizado a la perfección el Cole­
gio de Messina. La respuesta del 6 de agosto de 1552
deja al arbitrio de Nadal el leer o no los libros de
Erasmo, con tal que estén expurgados y se borre el
nombre (27).
No estaba, pues, absolutamente prohibida la lectura
pública del Roterodamo y de Vives, a no ser en el Co­
legio Romano, como en seguida se lo oiremos a Po-
lanco; pero la voluntad de San Ignacio era que se sus­
tituyesen, a ser posible, por otros nada sospechosos
y de los cuales nadie pudiera desedificarse.
Como seguían leyéndose en varios colegios de Italia,
el santo aconsejaba el 25 de febrero de 1553 a Luis de
Coudret, profesor en Florencia: «Che pian piano las-
sino il Vives» (28).
El 6 de mayo del mismo año comunicaba al P. Juan
Bautista Viola, comisario de Italia, lo que se había
hecho en Roma, sin duda para que le sirviera de norma:

«Che nel nostro collegio sonno banditi Terentio


et il Vives et l'opere dishoneste de Ovidio; ma
quelle De Tristibus, etc., si possono legere» (29).

Y al P. Juan Pelletier, rector del Colegio de Ferrara,


le avisa el secretario Polanco el 3 de junio:

(26) Carta del 22 de octubre de 1552. Ing. Epist., IV , 484.


(27) «Rispondesi alie sue de 19 et 26 de luglio, ritmettendo
a lui se se deveno legere, o no, li libri de Erasmo purgato, et
cancellato il nome.» Ign. Epist., IV, 359.
(28) Ignatii Epist., IV, 650.
(29) Ignatii Epist., V, 56.

246
«Sopra l'opere del Savonarola et Erasmo, come
il Padre non vuole si leggano» (30).
-y

Algunos de los profesores se quedaban perplejos ante


las normas y consejos —no preceptos— que venían de
Roma. Aníbal du Coudret, profesor en el Colegio de
Messina, consultó a San Ignacio si realmente era su
voluntad excluir a tales autores de la enseñanza, pues
difícilmente se encontrarían otros más aptos para el
aprendizaje de la lengua latina. La respuesta, bien mi­
tigada por cierto, fue la que aquí se verá:

«Consuluerat P. Annibal inter alia P. Ignatium


an Ludovicum Vives et Terentium ex nostris scho-
lis expeliere oporteret, cum difficile inveniri pos­
set lectio latinae linguae addiscendae utilis in scho·
lis inferioribus... Sed responsum est Romae qui-
dem nolle P. Ignatium dictos auctores praelegi,
et successu temporis eamdem lectionem aüis in
Collegiis prohibendam, nondum tomen esse pro-
hibitam, sed dum alii útiles libri et a non suspec-
tis auctoribus conscribi invenirentur, posse nos-
tros in Sicilia consuetis libris uti» (31).

Que no se trataba en esta consulta tan sólo de Te-


rencio y Vives, sino también de Erasmo, lo sabemos
de cierto porque conocemos la respuesta textual, dada
el 27 de agosto de 1553. Merece conocerse íntegramen­
te, porque refleja muy bien la mente del fundador de
la Compañía en aquellos momentos y la práctica que
se seguía en los diversos colegios.

«Charissimo in X? Jesu Mtro. Aníbal. E vero che


N(ostro) P(adre) non volé si légano opere d'Eras-
mo, né Vives, né Terentio, né authore alcuno dis-
onesto. Ma due cose diró per levar' il scropolo:
una, che non si osserva fuora di Rom a insino ades-
so strettamente questa regola , massime essendo

(30) Innatii Epist., V, 95.


(31) Chronicon, IV, 204.

247
cominciati questi libri; l’altra é, che si procura
qui in Roma acconciare detti authori in questo
modo: de Martiale et Horatio et simili si leva quello
ch’é disonesto, et si lassa il resto col suo nome, etc.
II libello d’otto partibus s’stampa sanza nominar
Erasmo, perché non l'ha composto lui (32). Si fa
etiam una Copia piü breve in versi, dove si contie­
ne il buono di Erasmo, et sic de aliis; di modo che
si faranno stampar questi libri, et dopoi vi si fa-
ranno mandare insino a Messina per nostro libra*
ro. Insin' alhora non é mato it m odo che tenete,
et pilótete andar inanzi con quello » (33).

Casi idéntica es la respuesta del 1 de febrero de 1554


al P. Jerónimo Doménech, provincial de Sicilia:

«Habbiamo ricevuto molte lettere insieme de


Messina et Palermo delli rectori di quelli collegi,
et responderó in questa alie cose che piü importa-
no... Primieramente, se si puó leggere Vives et Te-
rentio, etc. Dico che in Roma N. P. non vole si
leggano, et per tempo si prohibirá etiam alli altri
collegii, provedendo d’altri libri utili et da auctori
sanza suspetto. Pur in questo mezzo che si fa tal
provisione, potranno leggersi al solito» (34).

T o l e r a n c ia p r o v is io n a l .

En el Colegio de Padua un joven maestro, llamado


Pedro Briton, parece que en 1554 leía en su clase de
latinidad un libro de Erasmo, o por lo menos seguía

(32) Efectivamente, en su origen era una gramática latina,


compuesta por el humanista inglés Guillermo Lily, a ruegos de
Juan Colet y a instancias del mismo Colet, corregida y nota­
blemente modificada por Erasmo, que la publicó con el título
de Libellus de octo orationis partibus. El otro libro, mucho
más extenso, de Erasmo, De copia verborum ac rerum, fue
resumido y abreviado por Andrés de Freux. Cfr. nota 41.
(33) Ignatii Epist., V, 421422. Erasmo trata De em e n d a n d o
en el cap. XI De conscribendis epistolis.
(34) Ign. Epist., VI, 266-267.

248
el método erasmiano en la corrección de los temas o
composiciones de los alumnos, método que consistía
en corregir minuciosamente el profesor todas y cada
una de las composiciones escolares. De todo esto solía
dar cuenta a San Ignacio; y como éste entendiese que
semejante tarea resultaba demasiado onerosa para las
fuerzas del joven jesuíta, el 17 de marzo (después de
consultar a tres profesores de Roma) le hizo enviar
esta instrucción:

«Quanto all'emendare, li pare bastera che ogni


giorno si emendino sei o otto compositioni, procu­
rando voi che gli altri stiano attenti et patienti;
et nella emendatione un giorno pigliate uno, altri
giorni altri... Vero é che Erasimo (sic, por Eras-
mo) da quel modo, il quale chi havessi solamente
un scolare o doi, piü fácilmente potrebbe servare,
che chi tiene tanti come si tengono nelle nostre
scole. Quel modo adunque si laudi, et pur si fac-
cia quel che si puó» (35).

En el Colegio de Tívoli, casi a las puertas de Roma,


se leía a Erasmo, y como su nuevo rector, el P. Juan
Lorenzo Cavaglieri, pidiese a Roma normas directivas,
se le contestó en estos términos:

«Del modo d'insegnar in Tivoli, simile al modo


che si tiene in Roma, non dubito sarebbe piü frut-
tuoso, ma forse d'un tratto non si potra introdur-
re... Habbia adoch' il occhio la R. V. a questo, et
pur proceda suoavemente, come meglio gli pare-
rá attesse le circonstanze; et cosi de qualche libro
de Erasmo e del Vives non é inconveniente servir-
sene, benché a lungo andaré sia meglio lasciare
questo, come si lasciano in Roma» (36).

El 27 de octubre de 1554 tranquilizaba al P. Juan


Bautista Tavono, rector del Colegio de Padua, escri­
biéndole por medio del secretario:

(35) Ign. Epist., V I, 485.


(36) Carta del 1 de octubre de 1554. Ign. Epist., V II, 611-612.

249
«Gli autori prohibid in questo nostro Colegio
(de Roma) per boni respecti, come é Terentio, Eras­
mo, Vives, non sono prohibid fuore di Roma,
bench', si in mano di nostro Padre fosse, decti
autori non si leggerebbeno; pur ad tempus si per -
mecteno » (37).

Antes de un mes se repetía la misma instrucción al


mismo Padre:

«Gli auttori, che non si leggono in Roma, come


il Vives, non sono prohibiti altrove insin'ades-
so» (38).

Como se ve, San Ignacio se muestra más riguroso y


exigente (por buenos respectos) con el Colegio de Roma,
que está a la vista del papa —y del Santo Oficio— y
debe dar ejemplo a todas las instituciones similares;
con las demás es más suave v tolerante.
«y

Por eso no es extraño que muchos colegios siguie­


sen con sus libros de Erasmo y de Terencio, como el
de Bolonia, de donde escribía Francisco Scipione el
15 de noviembre de 1554:

«Frater Baptista mane Donati de octo partibus


libellum, nominum genera, et Catonis Disticha ex-
plicat. Vesperi vero Regulas Guarini Veronensis
et Andriam Terentii enarrat» (39).

De Roma, sin embargo, se insistía siempre en lo


mismo, sin dar nunca una orden de prohibición abso­
luta. Así el 17 de octubre de 1555, al año escaso de
abrirse el Colegio de Génova, se envían al superinten­
dente, P. Juan B. Viola, las normas consabidas:

(37) Ign. Epist., V II, 706.


(38) lgn. Epist., V III, 35.
(39) Esos Catonis Disticha, falsamente atribuidos a Catón
el Censor y muy leídos en la Edad Media, llevaban escolios de
Erasmo: Catonis Disticha moralia cum scholiis Desiderii Eras-
mi Roterodami.

250
«Quello libro De construendis epistolis et De co­
pia d'Erasmo, si non si é letto insino adesso né
I'hanno comprato li scholari, non acaderá leggerlo;
altrímenti, se giá lo havessero cominciato, non sará
necesario súbito sbandir detti libri; habbiano pur
l'occhio a sbandirli col tempo, perché l’authore
non piace, né conviene se gli pigli affettione nelle
sue opere» (40).

Por fin llegamos al último año de la vida de San Ig­


nacio, y la legislación en punto a lecturas no sufre
cambio, a pesar de que en la cátedra de Pedro, desde
mayo de 1555, pontifica Paulo IV, cuyo severísimo cri­
terio era bien conocido. En enero de 1556 salen de la
casa generalicia del Gesü dos avisos: uno para Jeró­
nimo Doménech, provincial de Sicilia, y otro para aquel
Miguel de Torres, que veintiséis años antes erasmizaba
en Alcalá (si fuéramos a creer a ciertos historiadores)
y que ahora gobernaba la provincia jesuítica de Por­
tugal. Se les dice que en adelante ya no será necesario
usar el librito de Erasmo D e copia verborum et rerum,
porque el P. Andrés Frusio ha compuesto otro análogo,
más breve y con todas sus ventajas.

A Doménech, el 5 de enero:
«Anche noi di quá habbiamo fatto stampare la
Copia verborum et rerum di Mtro. Andrea, et qui
mando una. Giá si legi nel collegio nostro nella
classe de humanitá qui in Roma. V. R. veda si voli
alcun buon numero per li suoi 5 collegi, et li audi-
tori forastieri che sentiranno questo libro; et pen­
só, comprandoni in grosso, per 4 scuti 1/2 o 5 pos-
ti in Roma si darrá un 100. Si stamperá anche
adesso la Sintassis del medesimo autori, quale é
forse la meglior cosa che lui habbia fatto» (41).

(40) Ig n . Epist., IX , 721-722.


(41) Ign. Epist., X , 468. Las dos obras de Frusio llevan estos
títulos: Summ a latinae syntaxeos luculentis versibus, cum fi­
elcli bus exemplis pertractatis (Roma, 1556).-De utraque copia,
verborum et rerum, praecepta, una cum exemplis dilucido bre-
vique carmine comprehensa, ut facilius et jucundius edisci ac

251
A Torres, once días más tarde:
«Aquí ha compuesto Mtro. Andrés una Sintasis
con tanta brevidad, elegancia de verso y claridad,
y tan exacta en tener todo lo que dizen los auc-
tores, que no sé si él ha hecho cosa mejor, ni si
la hay in illo genere. También, porque la Copia
verborum et rerum es tan necessaria, y la de Eras-
mo, por ser tal el auctor que acá se excluye de
nuestras escuelas, y por ser luenga, no convenía
leerla, ha hecho en verso asimesmo una mucho
cumplida y clara, y con versos gratiosos, y toda
la obra breve. Acá se leerá la una y la otra. Si allá
la quieren ver y leer, podría parezer cosa acerta­
da. Y para auctorizar las escuelas de humanidad
hase estampado en Roma; y las dos obrecitas jun­
tas, aunque valgan más de un real una a una, po­
dríanse tomar muchas juntas y saldrían más ba­
ratas. V. R. avise si quiere para esos collegios
algún centenar que se invíen por agua.» (42)

De esta carta, que fue enviada a los jesuítas de Por­


tugal y de toda España, deducimos que también en la
península ibérica seguían leyendo a Erasmo en 1556.
El 31 de julio de aquel año murió el fundador de
la Compañía, sin haber dado un decreto de prohibición
absoluta y universal. La prohibición existía desde 1552
para sólo el Colegio Romano; para todos los restantes,
no más que una norma y un consejo.
Habráse echado de ver, por lo que antecede, que
San Ignacio ni una sola vez menciona el Enchiridion
militis christiani, el típico libro erasmiano que entibió
sus fervores de neoconverso; ni tampoco alude a las
obras más importantes de aquel humanista, como son

memoriae quoque firmius inhaerere possint (Roma, 1556). Sobre


las primeras gramáticas jesuíticas, véase E. S pr ing h et ti : Sto-
ria e fortuna delta Grammatica di Emmanuele Alvares S. /·,
en «Humanitas», X III-X IV , 1962, 283-304.
(42) Ign. Epist., X, 518-519. En Córdoba de España se im­
primió el librito de Frusio, De utraque copia, etc., con el mis­
mo título que en Roma y en el mismo año de 1556, edición no
recogida por Sommervogel.

252
las censuradas por la Sorbona y por los inquisidores
de Francia, España e Italia. Suponía el santo que nin­
guno de sus hijos las leería, si no fuese con especial
autorización y por motivo de notable utilidad para los
estudios teológicos y bíblicos, o para la predicación.
Que los libros todos de Erasmo eran leídos por los
primeros escritores jesuítas lo demuestran las citas
que aparecen en las obras de San Pedro Canisio, Al­
fonso Salmerón, Juan Bonifacio, etc., y que se guar­
daban como rico tesoro en las bibliotecas, lo sabemos
por testimonios como el de Manare, rector del Colegio
de Loreto, que citaremos luego.
Cuando San Ignacio prohíbe o desaconseja los otros
escritos, puramente gramaticales o estilísticos, no es
su intento vedar la lectura privada o particular, que en
ocasiones podrá ser útil, sino la lectura pública. «No
se lean» quiere decir —en el sentido escolástico de la
palabra leer o praelegere — no se expliquen en clase,
ni sirvan de base a las lecciones escolares, como libro
del profesor o del alumno. Y era muy natural. Porque
poner a Erasmo como libro de texto en los colegios
de la Compañía, aunque se tratase de obrillas innocuas,
equivaldría a una pública recomendación del autor. Y
esto es lo que, a todo trance, se quería evitar en aque­
llos tiempos de discusión y de suspicacia.

D ie g o L a í n e z , s u c e s o r d e S a n I g n a c io .

Durante el generalato del P. Laínez, que sucedió al


fundador en el gobierno de la Compañía, parece que
hasta se mitigó un poco la práctica —no el criterio,
que siguió inmutable— , tal vez porque el nombre de
Erasmo iba cayendo en olvido y no suscitaba ya reac­
ciones tan hostiles como antes ni entusiasmos tan pe­
ligrosos.
Conservamos dos series de documentos, unos que
tratan de la lectura pública de Erasmo en los colegios,
otros que se refieren a la lectura privada, necesaria
a veces para los escritores y profesores. En todos ellos
resplandece un criterio de continuidad —Laínez tiene

253
siempre ante los ojos el modo de proceder de San Ig­
nacio—, al mismo tiempo que de moderación y suavi­
dad. Esto último es tanto más significativo cuanto que
los primeros años del gobierno de Laínez coinciden con
el pontificado del severísimo Paulo IV, autor del In­
dice inquisitorial de 1559 (43).
El 9 de enero de 1557, Diego Laínez, vicario general
de la Compañía, escribe al P. Juan Couvillon, profe­
sor de teología de Ingolstadt, que puede leer las edi­
ciones de San Jerónimo y San Agustín, preparadas y
anotadas por Erasmo, «non trovando commoditá de
altri... non faccia scropolo», pues la lista de libros
prohibidos en Roma no está aún terminada (44).
El 30 del mismo mes satisface con amplio criterio
a una duda que le propuso desde Padua el P. Luis
Napi, profesor de humanidades, el cual tenía escrúpulo
en leer ciertos libros de autores de mala nota:

«Circa li libri prohibiti per la Compagina, pri-


mieramente, non accade farne scropulo, come del
Vives, Terentio, etc.; né manco le annotationi o
cose cavate da loro si devono lasciare.
Circa li libri delli heretici, benché non siano pro-
priamente di eresia..., insino adesso non é deter­
mínalo per l’Inquisitione (benché ci é tempo assai
che si tratti di questo); et cosi non ci é censura
né peccato nella lectione delli tali; nientedimeno
la Compagnia vorria se si potessi far senza questi
authori, et trovando comentarii et annotationi o
vero scolii de chattolici, non vorria si compras-
sino né adoperassino quelli deirheretici...
Questo s’intende delli heretici, fra li quali non

(43) Para conocer la participación de Laínez en el Indice de


Paulo IV y sus esfuerzos por mitigar su excesiva severidad,
véase S. H il g e r s : Der Index der verbotenen Bücher... rechtlich-
historisch gewürdigt (Freiburg, 1904), págs. 197-205; y el ar­
tículo anónimo [P. T a c c h i V e n t u r i ( ? ) ] Di una nuova opera
sopra l'Indice dei libri prohibit: «La Civiltá Cattolica», 56, 1905,
II, 34-55. Este documentado artículo ha sido ampliamente uti­
lizado por M. S caduto : Lainez e l'Indice del 1559: «Arch. Hist.
S. I.», 24, 1955, 3-32, con especiales referencias a Savonarola.
(44) Lainii monumenta, II, 35.

254
é computato il Vives, né anco Erasmo,benché per
alcuni respetti la Compagnia non li accetta cosi,
né manco li ha exclusi totalmente insin adesso,
come né ancho a Terentio. Et questo bastí quanti
a li scropuli.» (45)

Bien significativa es esa declaración, precisa y ter­


minante: «Entre los herejes no se ha de computar
a Vives ni a Erasmo», y que la Compañía no los acep­
ta, por algunos respetos, sin corrección, «pero tampoco
los ha excluido totalmente hasta ahora».
Parece cierto que el año 1557 se imprimió, en la ti­
pografía de Antonio Blado, una primera redacción del
Index auctorum et librorum , que no fue aprobada por
Paulo IV; corrió, sin embargo, por algunas ciudades y
se publicó aquel mismo año en Génova. Asustados los
profesores de aquel colegio, porque se prohibían en
absoluto todas las obras de Erasmo, manifestaron su
deseo de conservar por lo menos la voluminosa obra
Adagiorum Chiliades, que es una verdadera enciclope­
dia clásica, pues en ella recoge Erasmo millares de
adagios, proverbios o refranes de la antigüedad, expli­
cándolos y comentándolos con increíble erudición y sa­
biduría greco-latina.
Escribe así con fecha 24 de diciembre el rector Die­
go Loarte:

«La settimana passata si pubblicarono qui li li-


bri sbanditi, tra li quali son tutte l’opere di Eras­
mo. Questi maestri nostri harebbono a caro de
poter restare colli Adaggi. Vorria sapere se per
questo se potrebbe dar licentia V. R», benché li
ho giá consegnati a llnquisitore, ma lui dice che
me gli tornará havendo detta licentia.» (46)

Laínez respondería que esperasen al Indice romano


definitivo, el cual no se promulgó en «Campo di fiori»
hasta el 30 de diciembre de 1558 (47).
(45) Lainti monumento., II, 92.
(46) A r s i : Epist. Ital. 1557, cod. 110, f. 358, cit. en «L a Civ.
Catt.», 1905, II, 40.
(47) Así respondía a los de Forll el 31 de diciembre: «II ca-

255
E l I n d ic e de P a u l o IV.

Desgraciadamente, este Index , que se suele decir de


1559, poique fue reimpreso en enero de 1559, resultó
tan cruelmente riguroso que fue la desesperación de
los libreros, de los bibliógrafos, de los doctos, que
poseían ricas bibliotecas, porque se veían obligados,
bajo pena de excomunión, a deshacerse de libros es­
timadísimos y preciosísimos, muchos de los cuales no
contenían absolutamente nada contra la fe ni contra
las buenas costumbres. ¡Cuántos eruditos, antes que
entregar o quemar sus amados volúmenes, prefirieron
renunciar a los sacramentos de la Iglesia, hasta que
viniese otro papa que hiciese un Indice más mitigado!
¡Y cuántos tesoros bibliográficos ardieron miserable­
mente en las hogueras de 1559!

«Aquí se han quemado —escribía desde Nápoles


Alfonso Salmerón— en casa muchas obras de
Erasmo, y specialmente dos o tres vezes los Ada­
gios. Agora, con la licencia habida del Alexandrino
(cardenal Ghislieri), se duda si se podrían tornar
a comprar los Adagios; y ya que fuese lícito, si le
parece cosa expediente hacerlo, porque estos let-
tores de casa dessean estos libros.» (48)

Es de suponer que Laínez contestaría afirmativa­


mente: que podían comprar de nuevo los Adagios y

talogo delli libri prohibiti dicono essere stampato, ma non é


anchora publicato.» Cit. en «La Civ. Catt.», 1905, II, 41.
(48) M HSI: Epistolae Salmeronis, I, 415, carta de octubre
o noviembre de 1560. El 28 de marzo de 1559 se dolía San Pe­
dro Canisio: «Accedit durities Catalogi, ut isti interpretantur,
intoierabilis.» B r a u n s b e r g e r : Epistolae S. P. Canisii, II, 380.
Sobre el disgusto que causó en los eruditos, véase «L a Civ.
Catt.», 1905, II, 52 y 55. ¿A qué escribir ya libros, si los han
de prohibir?, decía Latino Latini: «Nem o apud nos, ut ego
quidem sentio, multis annis reperietur, qui scribere aliquid
audeat... Hoc ego librorum naufragium dicam, an incendium?
L. L a t i n i : Lucubrationes (Viterbo, 1667), II, 61, cit. en S c a d u t o :
Lainez e l’Indice, pág. 18

256
aun quizá todas aquellas numerosas obras de Erasmo
que anteriormente poseían, porque luego vemos que
el propio Salmerón las utiliza ampliamente en sus es­
critos.
Los demás colegios se acogerían —es de creer— a
la licencia obtenida por el general de la Compañía,
de poseer y leer, con ciertas condiciones, muchos de
los libros contenidos en el Indice de Paulo IV (49).
Pero entre tanto, muchas de aquellas obras perece­
rían en las llamas, y otras serían causa de dudas y
escrúpulos.
Un joven jesuíta, que enseñaba con gran aplauso
latín y griego en la Universidad de Perusa, y que más
adelante, dejando la Compañía (1568), llegó a ser cé­
lebre humanista y obispo de Giovenazzo, por nombre
J. A. Viperano, dolíase profundamente de perder libros
que le parecían necesarios, como ciertas ediciones de
clásicos, anotadas por autores herejes, y sobre todo
le costaba desprenderse de las Adagiorum Chitiades
de Erasmo. Manifestadas sus quejas al rector del co­
legio, Juan Nicolás de Notan, éste las expuso a Laínez
el 9 de enero de 1559 en esta forma.

«Habbiamo sentito et visto qui una escomunica


contro certi librari et contro quelli que tengono
libri stampati giá da quelli et altri quasi infiniti.
Visto nelli nostri pochi libri, li vediamo quasi tut-
ti macchiati di quello che in quella si veta. Non
so che devo far; nella bulla s'ordina che tutti li
debbano portar al vescovo o vero al inquisitor. lo
so che la Compagnia puó tenere simili libri, pur
voglio saper da V. R. come deveno far questi fra-

(49) Véase el texto del indulto en «L a Civ. Catt.», 1905, II,


51-52 nota; y en S c a d u t o : Lainez y el Indice, págs. 29-31. Aunque
el Indice Tridentino, o de Pío IV (1564), es menos severo que
el de Paulo IV , todavía se prohíben en él los Colloquia, Moría,
Lingua, Christiani m atrim onii institutio, D e interdicto esu car-
nium, las Paraphrases in M atthaeum en su traducción italia­
na y las obras que tratan de religión, mientras no sean expur­
gadas por la Facultad teol. de Lo vaina; se permiten los Ada­
gios, que está para editar Paulo Manuzio. Esta prohibición ha
durado hasta principios del siglo xx.

257
telli, ai quali bisogna che si privino quasi di tutti,
essendo macchiati, come ho detto. Specialmente a
maestro Giovanni Antonio (Viperano) li displace
che li si privano le Chiliade di Erasmo, delle quali
molto se ne serve lui et gli altri.» (50)

Iguales incertidumbres aquejaban en Ferrara al pa­


dre Juan Pelletier, que por entonces se afanaba inútil­
mente en la conversión de la duquesa Renata:

«Ci avisi —escribía el 14 de enero de 1559— che


faremo, massime circa l’opere d'Erasmo, massime
d humanisti, perché poche n'habbiamo in theologia
et, si non é leeito in nessuno collegio havere alcuni
libri prohibid per consultarli, non vogliamo anche
haverli qui.» (51)

El valenciano Jerónimo Doménech, más que por


Erasmo, se preocupaba por Ramón Lull, que también
figuraba en el Indice de Paulo IV. Por eso, el 26 de
febrero le suplicaba al mallorquín Nadal intercediese
en favor de una mitigación:

«He visto el catálogo de los libros prohibidos.


He sentido mucho que hayan prohibido las obras
de Ramón Lull y la Theologia natural (de Ramón
de Sabunde), paresciéndome que, habiendo sido
católicos sus autores, se podían corregir y non
privar de sus fatigas a muchos. Todavía someto
mi juhizio, y digo lo sobredicho para ver si hu-

(50) A r s i : Ital., 114, f. 30, cit. en «L a Civ. Catt.», 1905, II,


49-50, y en S caduto , pág. 20. Sobre Viperano no existe hasta
ahora más que el estudio de E. S p r i n g h e t t i : Un grande urna-
nista messinese. Giovanni Antonio Viperano: Helikon», 1, 1961,
94-117, que se limita al tiempo que fue jesuíta. Hemos con­
sultado la epístola del secretario de la Compañía ( A r s i : Ital .
Epist. Gen. 1567-69, fols. 81 v.-82), en la que ruega al maestro
Viperano venga a Roma y no deje la Compañía por motivos
de salud; de donde se deduce que no salió antes del 13 de
marzo de 1568, fecha de la carta.
(51) A r s i : Ital., 114, fol. 16, cit. en «L a Civ. Catt.», 1905, H»
50-51, y S caduto , pág. 23.

258
biese algún remedio, como entiendo habrá de los
Adagios (de Erasmo) y por ventura de algún
otro.» (52)

Ya para entonces el P. Nadal se había dirigido a la


Inquisición romana, proponiéndole que se siguiera el
método de España, de tachar los nombres de los au­
tores y los pasajes merecedores de corrección, si eran
pocos, permitiéndole al poseedor del libro su uso y
conservación. Pero el cardenal Ghislíeri le había res­
pondido «que Roma daba la ley a España y a todo el
mundo, y no España a ellos» (53).
Esa práctica de tachar el nombre la seguía en Ale­
mania San Pedro Canisio, y de ello daba cuenta a su
superior mayor, a lo que Laínez, por medio de su
secretario Polanco, le respondió otorgándole licencia
de leer algunas obras de Erasmo y aun de herejes, ad
impugnandum:

«Quanto alia Copia de Erasmo et altri libri che


V. R. scrive haver mandato a Monachio cancellan-
do li nomi di heretici, non accade haver scrupulo,
che nostro Padre da licenza (come lui la tiene dal
cardenal Alessandrino) acció che li nostri della
Provincia d'Alemannia se ne servano delli libri che
non sono heretici, benché li autori siano tali, can-
cellandose li nomi; et per leggere li stessi libri he­
retici ad impugnandum, communica la sua autori-
tá alia R. V. qualle pero non deve comunicarla con
altri, se prima non avisa a nostro Padre.» (54)

Por las cartas de aquellos años vemos que en bas­


tantes colegios se continuaba leyendo las obrillas gra­
maticales erasmianas, y las obras de más tomo se
guardaban y consultaban en la biblioteca. ¿Se salvarían
de las llamas en 1559?

(52) A r s i : ItaL, 114, fol. 139 v., cit. en S caduto , p á g . 27; tra­
ducción italiana en «L a Civ. Catt.», 1905, II, 43-44.
(53) S. H il g e r s : D er Index der verbotenen Bücher, p ág. 489.
(54) O. B r a u n s b e r g e r : Epistolae S*! P. Canisii, II, 614. Carta
del 24 de marzo de 1560.

259
De Praga comunica el P. Hurtado Pérez en noviem­
bre de 1557, que Baltasar Sammerayr leerá el libro De
copia de Erasmo (55).
De Padua es el P. Edmundo Auger, quien informa el
2 de diciembre de 1558:

«Nella 3a (classe) legge il P. Aloisio Napi, la ma-


tina YE pistóle familiari et il Guerino, la sera l'Ovi-
dio De tristibus, et De ocio partium orationis cons-
tructione, che dicano esser falso d'Erasmo.» (56)

De Messina poseemos un catálogo interesante de los


libros que en 1559 leían los profesores y alumnos en
clase:

«In Humanitá: el libro De senecture di M. T. C.


—L' Arte poética d'Horatio. —L ’Historia di Gius-
tino. —Erasmo De conscribendis epistolis... Nel­
la 2a (classe de gramática): V E pistóle familiari
di M. T. C. —Li Dialogi di Ludovico Vives, etc.» (57)

Del Colegio de Munich escribe Teodorico Canisio el


27 de marzo de 1560:
1

«In l'altra (classe 2a) sentono la Grammatica di


Lorichio catholico, YEpistole di Cicerone et li Dia­
logi Ludovici Vivís.» (58)

En cambio, parece que ni en Colonia ni en Viena


se leían las obras de Erasmo por ese tiempo (59). Y

(55) M HSI: Litterae quadrimestres, V, 433.


(56) Lainii monumenta, IV, 23.
(57) Litterae quadrim., VI, 4, nota.
(58) Lainii monumenta, V, 11.
(59) Juan Rethius escribe desde Colonia el 22 de mayo de
1558: «Libros haereticorum non legunt (alumni), sed combu-
runt; domestici ne Erasmi quidem libris utuntur.» Litt, qua­
drim, V, 670. Y, refiriéndose a Viena, escribe desde Augsburgo
el P. Juan de Victoria con fecha 10 de mayo de 1559: «Per
conto della prohibitione fatta di Libri..., non potremo, certo,
in questi paesi trovare liUri d'humanitä per legere nelle classe,
né deile arti; perché non é cosa nesuna, dove Erasmo, Philippo

260
en Augsburgo planeaban hacer una edición de las obras
de San Cipriano, con el fin de eliminar la edición eras-
miaña. Es el español Hurtado Pérez quien escribe el
5 de abril de 1561:

«II Padre Provincial (Canisio) é spesse volte pre-


gato per far stampare l'opere di San Cipriano, le
quale ha corretto ben in 1000 luoghi nella Biblio­
teca Vaticana, adoperando per quello l’essempio
del Dr. Olave piae memoriae, il gual scrisse anche
belle annotationi, quale habíamo, in eumdem Ci-
prianum; et cossi, se volesse V. P., si potria stam-
par un nuovo Cipriano, scangielando il nome
d’Erasmo, et aggiongendo qualche cose.» (60)

La experiencia demostraba que si de las bibliotecas


se desterraban, como mandaba el Indice de Paulo IV,
todos los escritos erasmianos, incluso todos aquellos

(Melanchthon) et tali monstri non habbino posti li suoi piedi


bruti.» Lainii m onum enta, IV , 343. Sin embargo, parece que
en años posteriores se aflojó ese rigor, porque sabemos —cosa
verdaderamente chocante— que en 1564-1567, en que Estanislao
de Kostka frecuentaba el colegio de Viena, leyó el Moriae E n-
comium de Erasm o y probablem ente la larga Epístola del mis­
mo a Martín Dorp, del año 1515. Se ha descubierto reciente­
mente un libro que perteneció al santo joven polaco, y con­
tiene, además de dos juegos retóricos (uno de Séneca, otro
de Sinesio traducido al latín), dos escritos de Erasmo, que
solían publicarse juntos: M oria e encom ium (cum ) commenta-
riis Gerardi Listrii..., y Epístola apologética Erasm i Roteroda-
mi ad M artinum D orpiu m theologum (Basilea, 1521). Y lo cu­
rioso es que el M oria e E n com iu m lleva dos anotaciones autó­
grafas del santo. En el prefacio excusa Erasm o su mordacidad
con el ejemplo de San Jerónimo, y Estanislao exclama admi­
rado: «C om p a ra d o sui ipsius cum D. H ieron ym o .» Y en el ca­
pítulo 65, pág. 346, donde Erasm o dice que la Sabiduría del
Padre se hizo estulta para remediar a la estulticia de los mor­
tales, comenta Estanislao: «Stultia (sic) immensa Erasmi Ro~
tcrdami óm nibus demonstrando..» J. M a j k o w s k i : De scriptis de­
que libro quodam S. Stanislai Kostka, pias eius sententias con­
tinente: A H SI, 21, 1962, 100-106. ¿No sabría el santo joven, o el
maestro que le permitió la posesión y lectura del libro eras-
miano, que el M oriae E n com iu m estaba incluido en el Indice
del Concilio de Trento?
(60) Lainii m onumenta, V, 470.

261
autores clásicos y eclesiásticos que llevaban prólogos,
notas o escolios del gran humanista, las bibliotecas se
empobrecían, la ciencia y erudición de los católicos
venía a menos, y ni los escritores podían escribir con
competencia ni los maestros enseñar en sus clases dig­
namente.

E r a sm o , e n la s b ib l io t e c a s j e s u í t i c a s .

La contribución de Erasmo a la cultura de su tiempo


había sido inmensa no sólo con sus propios escritos,
sino con las ediciones, que preparó y anotó, de auto­
res clásicos y de santos padres, además de su edición
y traducción del Nuevo Testamento. Baste decir que
suyas son las ediciones de las obras de S. Ambrosio,
Amobio, S. Agustín, S. Atanasio, S. Basilio, S. Cipria­
no, S. Crisóstomo, S. Gregorio Nacianceno, S. Hilario,
S. Ireneo, S. Jerónimo, Lactancio, Orígenes, Prudencio
y de numerosos clásicos, como Aristóteles, Cicerón,
Curdo, Demóstenes, Eurípides, Isócrates, Josefo, Lu­
ciano, Plinio, Plutarco, Séneca, Suetonio, Terencio, et­
cétera.
Así se comprende la afirmación del rector del Co­
legio de Loreto, cuando escribe a Laínez el 31 de di­
ciembre de 1558, declarando que tiene en casa «más
de 50 piezas» (o tomos) de Erasmo: «pezzi piü 50».
Merece copiarse lo principal de dicha carta:

«Hoggi l'inquisitore di Rachanati ha fatto un


commandamento sotto pena di scomunica papale
latae seníentiae a tutti pretti, canonici, chierici, etc.,
et laici, di presentargli fra 15 di la lista di tutti li
libri che si tengono. Havrei caro di presto inten-
dere la mente di V. R. P. et si li debbo daré o no,
et in caso di si, si tutte l'opere, come S. Augustino ,
Chrysostomo, etc., et libri d’humanitá, dove Eras­
mo ha posto le mani s'habbiano da condemnare
et le sue Chiliades. Havrei caro parimente d'inten-
dere si la faculta del Rettore si stenda sin’ a te­
ner' o leggere libri prohibiti, perché occorre che

262
spesso ci diano libri per essaminar' et vedere se
siano prohibiti o no, et non si pu6 fare mancho di
tenerli alie volte alcuni giomi, et massime che non
habbiamo puotuto haverer' (s ic ) il cathalogo di det-
ti libri prohibiti...»

Terminada la carta, añadía a manera de posdata en


otra hoja:

«Li libri che piü ne fanno dubitare qua sono


due Chiliades d'Erasmo, nelle quali peró ho leva-
to via le materie et digressioni sospette; un Tes­
tamento greco-latino con la versione del medesi-
mo, che sará da 12 pezi; D e conscribendis episto-
lis; 3 D. August, et Chrysost., tutto in 4? con li
scholii et alcune versioni di esso Erasmo; YE pistole
di Cicerone, D e ufficiis etc. con alcune annotationi
del medesimo Erasmo, pezzi piü 50; Biblia 4 in
foglio di Lion del 1545 per Jacobum Giuntam. Un
altra Biblia in foglio de Roberto Stephano in Pa-
rigi del 1540 mol to bella, et cui ligatura vale a
meno duoi ducati, m'é stato data per essaminare
si fusse cativa o non, et anche in dono se la voglia-
mo; non so se sia prohibita o no... C'é puoi un
Eusebio con Socrate et li compagni, della stampa
di Basilea, tradotta da un heretico, non so da qual
anno» (61).

En un catálogo de la biblioteca de Loreto del año


1565 vemos en efecto que junto a numerosos libros
de teología, filosofía, espiritualidad y humanidades fi­
guran: D. A m brosii 1.2.3.4.5 tomus. - D. Augustini om ­
nia opera. - Origenis. - S. Chrysost. 1.2.4. et 5 tomus. -
Testamentum m ovum . - Dialogi Luciani. - Eurípides. -
Demosthenes. - Xenophon. - Opuscula Plutarchi. - Sé­
neca. - Suetonius. - D e octo partibus incerti auctoris. -
Ludovicus V ives (62).

(61) A r s i: Ital., 113, fols. 321-322. Algunos fragmentos de esta


carta, en «L a Civ. Catt.», 1905, II, 47-48.
(62) «Catalogus librorum omnium qui in Collegio Lauretano
extant.» A r s i : R om . I, fols. 55-59. N o consta el año, pero debe

263
Al lado de Erasmo y Vives hallamos en dicho catá­
logo el Comentario de Lefévre d'Étaples a la Esfera
de Sacrobosco (Holywood), los Comentarios griegos de
Guillermo Budé, algunas obras de Lorenzo Valla y el
Diálogo, el Confesional, los sermones de Adviento y el
Triunfo de la cruz, de Savonarola.
No debían ser muy diferentes de la biblioteca de Lo-
reto las de otros colegios jesuíticos de entonces. Con­
servamos los catálogos de Forli, Florencia, Macerata,
Perugia y Siena, todos de 1565, menos uno de 1562, que
contienen centenares de títulos de obras teológicas, bí­
blicas, filosóficas, espirituales, históricas, clásicas, hu­
manísticas, entre las cuales nunca falta algún escrito
de Erasmo.
En Forli, por ejemplo, encontramos: Testamentum
navum. - Opera D. Chrysostomi. - D. Augustini opera. -
De octo partium construcione commentarii. - J. Vivís,
De conscribendis epistolis. - Joannes Ludovicus Vives,
De scientiis (De disciplinis?), etc. (63).
En Florencia: Opuscula christiana Ludovici Vivis. -
Opus D. Eusebii Hieronymi cum scholiis. - Joannes Lu­
dovicus Vives, De corruptis artibus. - Ludovici Vivis
Exercitatio linguae íatinae. - N o vu m Testamentum. -
De octo partibus construct. - Enchiridion ad verborum
copiam (?), etc. (64).
En Macerata: Opera D. Cypriani. - Catone cum com-
mento. - Terencio (ed. Erasmi ?). - Testamento novo (?),
etcétera (65).

ser de 1565, cuando se hizo el inventario de otros utensilios


y bienes del mismo colegio (fol. 96).
(63) «Index librorum Collegii Societatis Iesu Forlensis an.
1565.» A r s i : Ven. 114, II, fols. 362-363 v. No podemos asegurar
que esas ediciones del Nuevo Testamento y de Santos Padres
sean las de Erasmo; pero lo juzgamos muy probable. También
Vives, y no sólo Erasmo, escribió un tratado D e conscribendis
epistolis.
(64) «Inventario delli libri del Collegio di Fiorenza, fatta a
di 15 di febbraio 1565.» A r s i : Rom., 121, fols. 148-150 v. Figuran
también libros de L. Valla, Guillermo Budé y Terencio. ¿Habrá
que leer Enchiridion ac Verborum copiam, los dos libros de
Erasmo?
(65) «Inventario delli libri del Collegio di Macerata, 1562.»

264
En Perugia: Tutte le opere di Augustino. - S. Chry-
sostomo. - Adagii. - Terentius, etc. (66).
En Siena: Opera S. Augustini. - Opera D. Chrysos-
tomi. - D. Cypriani opera. - Irenaeus. - Testamentum
novum. - Origenis opera, etc. (67).
De estos documentos se deduce que los jesuítas ita­
lianos apreciaban mucho ciertas obras o ediciones de
Erasmo y las guardaban como un tesoro en sus biblio­
tecas. No se consignan en esos inventarios los manua­
les o libros de texto, que poseerían sin duda en nota­
ble cantidad para venderlos o distribuirlos entre los
alumnos.
La impresión que se saca del generalato de Laínez,
en lo concerniente a la lectura de libros erasmianos,
es que los jesuítas se guiaban por las normas genera­
les impuestas a todos los católicos por el Indice de
Paulo IV y luego por el más mitigado de Pío IV o del
Concilio de Trento; y aun procuraron eximirse de esas
prohibiciones con legítimas dispensas.

J e r ó n im o N a d a l, f ie l in t é r p r e t e
DEL FUNDADOR.

Si por ser Laínez uno de los primeros compañeros


de San Ignacio y uno de sus más íntimos confidentes
puede tenerse por uno de los mejores intérpretes de
su pensamiento, también Nadal merece ponerse a su
lado por haberse compenetrado plenamente con la es­
piritualidad ignaciana y por haber sido escogido por
el santo para interpretar y promulgar oficialmente en
diversas provincias las Constituciones de la Compañía
de Jesús. Con este objeto recorrió, viviendo el funda-

A r s i : Rom ,, 122, I, fols. 242-245. Contiene obras de L. Valla,


G. Budé y Savonarola.
(66) «Indice de tutti libri del Collegio di Perugia, 1565.»
A r s i : Rom ., 123, I, fols. 239-240 v. Aparece allí el Compendio
de filosofía de Savonarola.
(67) «Catalogo de libri del Collegio di Siena, 1565.» A r s i :
Rom., 124, I, fols. 235-236. Figuran obras de Valla, Budé, Dante
y Boceado.

265
dor, las provincias de España y Portugal y, más ade­
lante, también las de Alemania y Países Bajos.
De él nos cuenta Polanco que al visitar las casas y
colegios hacía diligente pesquisa en las bibliotecas, y
si encontraba libros heréticos los hacía quemar, y si
topaba con algunos de Erasmo y de Luis Vives los
ponía aparte y los hacía guardar, para que solamente
se leyesen con particular licencia del Superior (68).
El mismo Nadal, desde Padua, daba cuenta a San
Ignacio de su modo de proceder, en 19 de julio de 1555:

«Veo todos los libros, y aparto los que se han


de apartar; y si no fuesen heréticos, no los crema-
ré, sino se temán aparte hasta que V. P. mande
qué se hará dellos; como los de Erasmo, Vives,
etcétera» (69).

Cuando visitaba el Colegio de Coimbra en 1561 dejó


varias instrucciones sobre los estudios, encargó al
P. Cipriano Suárez «limpiar» las obras de Horacio,
Marcial, Catulo, Tíbulo, Plauto y Terencio, antes de
imprimirlas, y prescribió lo siguiente:

«Hágase una epítome en prosa D e utraque copia,


a imitación de la de Erasmo, con exemplos de bue­
nos autores. Hágase una epítome D e conscriben-
dis epistólis, y emprímase uno y otro. En la se­
gunda (clase) se han de leer los libros más fáciles
de retórica y poetas, y se ha de tener exercicio De
copia. En la tercera se lea el epítome D e utraque
copia y se exercite. En la cuarta se lea el epítome
De conscribendis epistólis y se exercite» (70).

En Alemania permitía a los maestros de los colegios


leer algunas obras de Erasmo, como los Adagios o Qui-
líadas, con tal que no estuviesen para uso de cualquie­
ra en la biblioteca, sino que se guardasen en el apo-

(68) Texto cit. en nota 14.


(69) M HSI: Nadal, I, 317.
(70) Monumenta paedagogica Soc. le.su, pág. 668.

266
sentó del P. Rector. Así en el Colegio de Ingolstadt, el
año de 1563, dejó establecido lo que sigue:

«Nostri possunt uti Chiliadibus Erasmi, illasque,


cum usi sunt, in eum locum, quem velit Rector,
restituere» (71).

Y en el Colegio de Dinant, en 1567:

« Chiliadesetiam Erasmi habeat (Rector), et pos-


sit concedere legentibus, sed ita ut restituant. Po-
terunt habere compendium Adagiorum, commen-
taria prohibitorum authorum in libros ethnicorum,
praeceptores qui illos interpretante» (72).

Más significativo es que en una especie de Ratio stu-


diorum o plan de estudios, de fecha incierta, se señale
a los profesores como libro de texto de sus lecciones
varias obritas de Erasmo y de Vives:

«Circa studii generalis dispositionem et ordinem,


animadvertenda haec sunt...: In secunda classe
Ars grammaticae legetur tota Despauterii, praeter
ejus Syntaxim, cujus loco in et classe praelegetur
De constructione Erasmi. Auctor praeterea aliquis
enarrabitur, ut Colloquia Vivis... In quarta classe,
quam libet humanitatis appellare, illi traducentur
soli qui jam grammaticam artem teneant, ac pure et
congruenter latine scribere sciant... Iis est inter­
pretanda Erasmi Copia et D e scribendis episto-
lis» (73).

(71) M on. paedag., pág. 779.


(72) Adon. paedag., pág. 855.
(73) M o n . paedag., págs. 89-90. No disgutarían a Erasmo las
prescripciones de Nadal sobre el estudio del griego, del hebreo
y de la Sagrada Escritura, ni tampoco estas palabras sobre
la teología escolástica: «N o n alienum putarem ad quinquen­
nium extendi debere, praesertim donee sit Thomas legendus,
qiii admodum prolixus est. Spero enim futurum, Jesuchristo
dan te, ut ex omnibus scholasticis conficiatur Summa theolo-
nine, quae et quidquid in ipsis est doctrinae contineat, eorum
controversias conciliet, et factiones thomistarum, scotistarum.

267
Del mismo parecer era Diego de Ledesma ( f 1575),
eminente pedagogo, largos años profesor y prefecto de
estudios en el Colegio Romano, y acaso el que más in­
fluyó en la preparación remota de la Ratio studiorum
Societatis Iesu, perfecta cristalización de la pedagogía
jesuítica. Suyas son estas normas:

«Libri hujus classis (3ae) sunt: pro primo medio


anno Epistolae Ciceronis familiares... Pro sequenti
medio anno... liber quartus ad Herennium et ali-
quid ex Copia verborum ... Praeceptor juvari po-
terit... ChiHada; et ad elegantiam, ut D e copia ver­
borum ... Laurentius Valla, et De conscribendis
epistolis... Discipuli uti possent etiam domi D e co ­
pia verborum et conscribendis epistolis» (74).

Como se ve, los discípulos más fieles y los intérpre­


tes más genuinos de la mente de San Ignacio no re­
chazan de un modo absoluto a Erasmo, como lo ha­
cían otros. Siempre parten del supuesto que el santo
fundador no dictó nunca a la Compañía una ley o de­
creto general contra los libros erasmianos. Conocen,
es verdad, su criterio desfavorable en aquellas circuns­
tancias al gran humanista, y lo aplican con modera­
ción en cada caso, teniendo en cuenta los pros y los
contras; criterio que, ciertamente, no es más riguroso
que el de las autoridades eclesiásticas.
En mayo de 1569 el tercer general de la Compañía,
San Francisco de Borja, trató de que Pío V confirmase
y aun ampliase un poco la autorización para tener li­
bros de Erasmo y de otros autores prohibidos, mas
por entonces no logró enteramente su deseo. Es el se­
cretario Polanco quien intervino personalmente y quien
nos lo refiere:

«Supliquéle (al papa) se contentase que el car­


denal, que estaba presente, diese testimonio de la

norainalium, explodat: breviter, puram synceramque theologiam


scholasticam tradat, quantum fieri poterit, compendiosissime.»
Ibídem, pág. 99.
(74) Mon. paedag., págs. 213-214.

268
facultad que teníamos de S. S. de emendar los li­
bros de nuestras scuelas, que son prohibidos por
razón de scolios, etc., y contentóse de ello. Para
comprar los doctores y otros libros buenos que
tienen Epístolas (a modo de prólogo) de Erasmo
y otras cosas prohibidas, parecióle se hablase a
los cardenales de la Inquisición, pareciéndole que
una cosa era emendar los libros que tuviésemos,
y otra comprarles de nuevo; mostrando que para
esto segundo, si hubiese de darse la licencia en
scripto, había de ser de los inquisidores» (75).

Fue por fin el papa Gregorio X III quien ratificó am­


plia y generosamente las facultades que tenían de
Pío V vivae vocis oráculo (76).

El P. M e r c u r ia n , no San Ig n a c io .

Al comunicar a sus súbditos el cuarto general, Eve*


rardo Mercurian (1573-1580) la concesión pontificia,
añadió por su cuenta una ordenación, bien conocida
de los historiadores, en la que restringía a los jesuítas
la lectura de ciertos libros ascético-místicos (77). La
tendencia rigorista y reaccionaria de dicho documento
respecto a los libros de espiritualidad se manifiesta
igualmente respecto a los de Erasmo y Vives. He aquí
las palabras que aquí nos interesan:

«Cum autem constet quo loco habita sint a pa-


tre nostro Ignatio, sanctae memoriae, scripta Eras-
mi et Ludovici Vi vis (licet fortasse nondum eo
tempore prohibita essent), propterea nec nobis vi-

(75) Polanci com plem enta, II, 60.


(76) Las letras apostólicas de Gregorio X I I I (8 de enero
de 1575), en In stituíu m Societatis lesu , vol. I. Litterae aposto-
licae (Florencia, 1886), págs. 53-54.
(77) Véase P. de L eturia: Lecturas ascéticas y lecturas mís­
ticas entre los jesuítas del siglo X V I : «Estudios Ignacianos»,
volumen II (Roma, 1957), págs. 269-331; y Cordeses, Mercuriano
y lecturas espirituales de los jesuítas en el siglo X V I , ibídem,
páginas 333-378.

269
dentur alio loco in Societate nostra habenda, quam-
vis alioquin iis uti liceret. Atque ita ab iis nostri
abstinebunt, nisi si quibus interdum eorum usus
ad majorem gloriam Dei videretur esse necessa-
rius, idque praepositorum provincialium judicio
atque permissu, quem in finem illa separatim ali-
quo in loco servari poterunt» (78).

Esta es la primera y única prohibición general de


los libros erasmianos, intimada a los jesuítas por la
suprema autoridad de la Compañía. No fue San Igna­
cio, sino el belga Mercurian, el que dio tal ordenación
el 21 de marzo de 1575, creyendo que interpretaba rec­
tamente el pensamiento del fundador. No lo habían
interpretado tan rigurosamente Nadal, Laínez, Francisco
de Borja.
Pero desde esa fecha en toda la Compañía se ha
creído tradicionalmente que el decreto de Mercurian
refleja con exactitud la mente de Loyola.
Los documentos que hemos aducido en este libro
dirán al lector hasta qué punto puede sostenerse esa
opinión (79).

(78) A r s i : lnstit., 117, fol. 1 v., publ. por L eturia en «Estu­


dios Ignacianos», II, 365-367.
(79) No creemos que la ordenación de Mercurian se cum­
pliese muy a la letra, sobre todo después de su muerte. (1 de
agosto de 1580). F. № D a in v il l e : Livrairies d'écoliers toulou-
sains á la fin du X V I siécle: «Bibi. d ’Humanisme et Renais­
sance», 9, 1947, pág. 134, ha demostrado que de 1575 a 1587 los
alumnos del colegio jesuítico de Toulouse usaban los manuales
de Erasmo y Vives. El mismo autor hace notar que las Ordi-
nationes praepositorum generalium de 1606 suprimen o callan
la prohibición de Erasmo. «Cette omission volontaire, ne mar-
que-t-elle pas une atténuation de la réaction antierasmienne?»
F. de D a i n v il l e : Pour l’histoire de VIndex. V ordonnance du
P. Mercurian sur Yusage des livres prohibés: «Rev. Sciences re­
liga 42, 1954, 93-94.

270
C O N C L U S I O N

R e c a p it u l a n d o .

Ignacio de Loyola nunca fue un erasmista. Pero tam­


poco fue, por principio, un antierasmista declarado,
como frecuentemente lo han pintado muchos historia­
dores. Tal es la conclusión de nuestras investigaciones.
No cabe duda que entre ambos personajes, pese a
los puntos de contacto y a ciertas semejanzas y comu­
nes aspiraciones, existía una irreductible oposición,
efecto de una palmaria diversidad de espíritu, como
que el uno es hijo del Renacimiento y el otro es pa­
dre de la Contrarreforma. Pero la frente del anciano
Erasmo —y mejor la de sus amigos—, ¿no se colorea
en sus últimos días con las primeras luces del alba
contrareformística? Y el caballero Iñigo de Loyola, ¿no
sale a la vida pública en un ambiente de inquietudes
y penumbras renacentísticas, cuando Erasmo triunfaba
en toda Europa y los fermentos iluministas hervían en
España y el protestantismo alemán no había recibido
aún tal nombre? Nótese que el pensamiento teológico
de Loyola cuaja y cristaliza en el último decenio de
la vida de Erasmo: 1526-1536. Y aunque los dos per­
tenezcan a generaciones muy distintas, los dos son súb­
ditos de Carlos V.
Sabio de gabinete el uno, hombre de acción y de
oración el otro, difícilmente se hubieran amistado, caso
de encontrarse en los caminos de la vida. Cuando el
estudiante de latín en Barcelona leyó unas páginas de

27t
Erasmo, sintió que el fervor de su espíritu se le en­
friaba, y se persuadió que aquel autor no era para él.
No emitió otro juicio.
Observó en Alcalá que el celebrado escritor era muy
discutido. Él no se sintió capacitado para intervenir
en la discusión, ni siquiera parece que le prestase in­
terés. En la encrucijada de la Universidad de París le
salieron al encuentro los dos bandos opuestos: el ira­
cundo anatema de Noel Beda, Sutor, Ortiz y Gouvea,
y el aplauso entusiasta de humanistas y reformadores.
Entre ambos extremos escogió la vía media, no de­
clarándose por ninguno, pero tomando de unos y de
otros lo que podían tener de útil y fecundo.
Siendo ya fundador de la Compañía de Jesús, en
Roma, y viendo que en los primeros colegios jesuíticos
algunas obritas de Erasmo se implantan como libros
de texto y se comentan en clase públicamente, tolera
esta práctica algún tiempo, después la prohíbe en
Roma, aconsejando a los demás colegios que se vayan
acomodando paulatinamente a la costumbre romana.
Ya hemos explicado las razones o «justos motivos»
de tal prohibición, que nunca fue absoluta y universal.
Lo que aquí deseamos repetir es una observación que
ya hicimos al principio de este libro, y es que San Ig­
nacio no condena la persona de Erasmo, ni juzga teo­
lógicamente sus doctrinas. Si el Roterodamo incurrió
o no en error, si sus sentimientos fueron o no sincera­
mente católicos, son cuestiones que nunca intentó de­
cidir.
Si le hubieran presentado de oficio, como a otros
teólogos, las proposiciones temerarias o escandalosas,
entresacadas de los escritos erasmianos, es lo más pro­
bable que jamás hubiera sentenciado decretalmente
(sabido es cuánto le disgustaban los por él llamados
«decretistas») y autoritativamente, como el síndico de
la Sorbona, sino más bien a la manera ponderada y
ecuánime de Francisco de Vitoria en las juntas de Va­
lladolid (80).

(80) Noel Beda, según hemos visto, lo anatematizaba como


luterano y padre de mil herejías. Francisco de Vitoria termina-

272
Y hubiera tenido presente, sin duda alguna, aquel
«Presupuesto» con que encabeza sus Ejercicios espiri­
tuales: «Se ha de presuponer que todo buen cristiano
ha de ser más prompto a salvar la proposición del
próximo que a condenarla; y si no la puede salvar, in-
quira cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjala
con amor; y si no basta, busque todos los medios con­
venientes para que, bien entendiéndola, se salve» (81).
Pero, como decíamos, San Ignacio nunca hubo de dic­
taminar sobre la ortodoxia de Erasmo. Sin apellidarle
hereje ni luterano, lo alejó sencillamente de sí y deseó
que sus hijos no lo leyesen y comentasen en pública
clase; en la lectura privada podían aprovecharse de
todo lo bueno que contenían sus escritos. De un hom­
bre de la Contrarreforma no podía esperarse actitud
más moderada.
Basta compararla con la de otros que se hallaban en
casi idénticas circunstancias. Cuando el General de los
Carmelitas, Juan Bautista de Rossi (Rúbeo), haciendo
la visita del convento de Padua en 1568, encuentra en
la celda de un fraile las obras de San Cipriano, con
prólogo de Erasm o, la primera reacción del Superior
es echar en la cárcel al pobre estudioso. Por aquel
entonces los jesuítas italianos podían libremente leer
en sus bibliotecas esa y otras muchas obras erasmia*
ñas (81 bis).

L utero contra E rasm o.

¡Cuán diverso es el gesto judicial y el tremendo ve­


redicto que Lutero fulminó infinitas veces contra Eras-

ba su dictamen en 1527 con estas palabras: «Atque adeo hu-


jusmodi pusillorum scandalum non contemnendum et hujus-
modi sermones vitandos; quod fieri alia ratione non potest,
quam ut haec et similia Erasm i dicta aut tollantur, aut corri-
gantur; et haec puto me dixisse ipso Erasmo non invito.»
L. Alonso Getino: E l M aestro Fray Francisco de Vitoria (M a­
drid, 1930), pág. 100.
(81) E jercicios espirituales , n. 22.
(81 bis). Regesta J. B. Rubei, ed. Zimmermann (Roma, 1936),
página 190.

273
mo! No vamos a exponer aquí, ni siquiera en cifra,
las relaciones que mediaron entre ambos personajes.
Tan sólo nos interesa recoger algunas frases que nos
revelen la actitud luterana, tan distinta de la igna-
ciana.
«En nombre de Dios —decía el heresiarca a sus ami­
gos y comensales—, os mando odiar a Erasmo» (82).
«Al morir prohibiré a mis hijos que lean sus Colo­
quios» (83).
«Por eso odio a esa hidra, y prohibiré con mi auto­
ridad a todos los hombres piadosos leer sus libros» (84).
Oyendo lo que muchos decían, que Erasmo había
sido en parte el precursor de Lutero, respondía indig­
nado Fr. Martín: «Yo a Erasmo no le debo nada» (85).
Sería fácil espigar en sus escritos un centenar de se­
mejantes frases condenatorias, insultantes, despecti­
vas, injuriosas. Una larguísima carta del 11 de marzo
de 1534, dirigida a Nicolás de Amsdorf, va toda contra
Erasmo. ¿Para qué responder —dice allí— a los ata­
ques de Erasmo? «Ut psalmi testantur, N o n est in eo
salus et Omnis homo mendax...; él y sus vanidades se
desvanecerán como el humo... No es que ignore nues­
tros dogmas cristianos; es que a ciencia y conciencia
no quiere conocerlos... Recientemente publicó un Ca­
tecismo, compuesto con artificio enteramente satáni­
co, intentando astutamente inocular sus venenos en la
niñez y juventud... Desde que leí la Epístola sobre la
filosofía cristiana que antepuso a su Nuevo Testamen­
to, sentí aversión hacia él y empecé a sospechar que
era sencillamente un Demócrito o un Epicuro... No se
ha de tolerar la tiranía de Erasmo en sus anfibologías,
sino que hay que juzgarle por lo que dice; si habla
como Arrio, júzguesele amano; si habla como Luciano,
júzguesele luciánico; si habla como gentil, júzguesele

(82) «Ego vobis mando auctoritate divina odium Erasmi.»


Tischreden, n. 446: «Luthers-Werke», ed. Weimar, I, 195.
(83) «Moriens prohibebo filiis meis, ne Colloquia ejus le-
gant.» Tischreden, n. 817, I, 397. Y lo mismo, n. 2999, III, 136.
(84) «Quapropter hydram istam odi, ejusque libros mea auc­
toritate omnibus piis prohibebo.» Tischr., n. 3039 b, III, 154.
(85) «E x Erasmo nihil habeo.» Tischr., n. 173, I, 80.

274
gentil...; pero este rey anfibológico se sienta seguro
en el trono de la anfibología, y nos pisotea con los
dos pies ( duplici contritione ) a nosotros estúpidos cris­
tianos... Pero, nosotros los cristianos, que hemos de
juzgar al mundo y aun a los ángeles, y de hecho los
estamos ya juzgando, lejos de tolerar la tiranía de los
anfibolistas, proclamamos la libertad por medio de
dos condenaciones: la primera, condenando todos los
dichos ambiguos de Erasmo..., y la segunda, conde­
nando y maldiciendo sus fáciles glosas e interpreta­
ciones... Yo ciertamente desearía que todas las obras
de Erasmo fuesen barridas de nuestras escuelas» (86).
¿Por qué este odio al brillante escritor y erudito teó­
logo? Por dos razones, responde Lutero: porque nunca
habla de la fe y confianza en Cristo, que nos da la
victoria sobre el pecado, y porque nos ataca con mi­
nuciosidad y maledicencia (87).
«Ese hombre, portentosamente erudito y elocuente,
cuando se pone a hablar de la justificación y de cosas
de la fe, tartajea miserablemente y barbota neceda­
des» (88).
Algo de eso había sentido Iñigo de Loyola leyendo
el Enchiridion; pero jamás pronunciaron sus labios
un juicio tan categórico, inapelable y ofensivo.

H abla S a n t o T o m á s M o r e .

Para terminar, consideremos un momento las dife­


rentes actitudes que guardan, dentro del campo cató­
lico, estos dos santos amantísimos de la Iglesia Ro­
mana: Loyola y More.
(86) «E g o sane optarim totum Erasmum esse e nostris scho-
lis explosum.» Briefwechsel, ed Weimar, V II, 29-38.
(87) «D úo habeo argumenta, primum, quod in ómnibus suis
scriptis nusquam una sententia legitur de t'ide in Christum, de
victoria peccati, etc., secundum, quod exquisite et maledice
insectatur nostra.» Tischr., n. 466, I, 202. «Quare ego Erasmum
auctoritate Lutherana condemno tanquam Epicurum.» Tischr.,
n. 494, I, 219.
(88) «H om o ad miraculum usque eruditus et facundus, quo-
ties de justificatione et rebus ñdei loqui incipit, miserrime bal-
butit et ineptit.» Luthers-Wcrke, 42, 596.

275
Loyola, según hemos visto, no conoció personalmen­
te a Erasmo, ni se interesó gran cosa por él. No dire­
mos con Ribadeneira —porque nos parece inexacto—
que desde el primer momento le cobró «grande ojeri­
za y aborrecimiento», pero sí que sintió una aversión
casi instintiva a sus escritos y que por motivos extrín­
secos, de prudencia y cautela, más que por razones
internas, desaconsejó su lectura en público y aun la
prohibió en el Colegio Romano.
Tomás More, en cambio, permaneció toda su vida
unido a Erasmo con la más estrecha amistad, como
dos hermanos entrañables, como los míticos Castor y
Pólux, «Quanti olim fuerant Pollux et Castor amici»,
en expresión del propio More. Hablaban entre sí de
las cosas que ambos amaban o aborrecían; criticaban
los mismos defectos sociales; aspiraban a una misma
reforma. ¿No está dedicado a More y lleva casi su
mismo nombre ( Moriae encomium, seu Stultitiae laus)
el libro más pungente de Erasmo?
El humanista de Rotterdam a nadie amó tanto como
al humanista de Londres. Y éste le decía en una carta:
«Tú eres para mí, Erasmo mío, más que la mitad de
mi alma.» Y en otra: «Me parece que podría vivir fe­
lizmente contigo en cualquier soledad. Adiós, Erasmo
dulcísimo, a quien amo más que a mis ojos» (89).
¿Es que Tomás More, el mártir que derramó su san­
gre por la defensa del primado pontificio, no conoció
a Erasmo tan claramente como Ignacio de Loyola? Lo
conoció y lo comprendió y lo juzgó, en sus circunstan­
cias históricas. Si los dos santos no coinciden en la
apreciación de la misma persona, no hay que admi­
rarse mucho de ello. Prescindiendo de otros factores
humanos, psicológicos y culturales (el uno inglés, el
otro español; el uno hombre de letras, el otro hombre
de gobierno), y prescindiendo también de la mayor

(89) «Tu, mi Erasme, plus es mihi quam dimidium mei.»


A l l e n : Opus epist. D. Erasmi, IV, 255. «M ihi videor feliciter
posse tecum quavis in solitudine vivere. Vale, Erasme dulcís-
sime, mihique oculis charior.» Ibid., II, 372. Sobre la amistad de
ambos, véase nuestro estudio, Tomás M o re en las epístolas de
Erasmo: «Razón y Fe», 1935 y 1936, cuatro artículos.

276
ilustración divina con que la Providencia favorece a
unos santos sobre otros en determinadas cuestiones,
para bien de su Iglesia, observamos que Santo Tomás
More, al defender a su amigo Erasmo, atendía princi­
palmente a su conducta, a su pensar y sentir internos,
más que a la oportunidad y exactitud de la expresión;
mientras que San Ignacio no mira a la persona de
Erasmo, ni siquiera a su doctrina teológicamente con­
siderada, sino a la conveniencia o inconveniencia de
que sus libros sean leídos en determinadas coyunturas
históricas (90).
Y, en fin, siempre será cierto que More es un santo
de la época crepuscular del Renacimiento, en que cier­
tas doctrinas no estaban aún definidas y nadie veía
claro el modo de realizar la reforma eclesiástica; y
Loyola es un santo que alcanzó el mediodía soleado
y luminoso de la Restauración Católica.
DEL HUMANISMO A LA CONTRARREFORMA,
O ERASMO Y SAN IGNACIO DE LOYOLA (*)

* Conferencia tenida en Salamanca el año 1940, al celebrarse


el TV Centenario de la fundación de la Compañía de Jesús, y
publicada en «Razón y Fe» en septiembre-octubre del mismo
año. Texto revisado.
«Humanismo» y «Contrarreforma»: palabras cuyo
sentido múltiple y cambiante no es fácil desentrañar,
para encerrarlo en la píldora de una definición exacta
y breve, igual que acontece a esos otros conceptos his-
toriológicos y culturales que denominamos «Medioe­
vo», «Renacimiento», «Barroco», «Ilustración», «Roman­
ticismo» y tantos otros. Son palabras que pueden sig­
nificar épocas de la Historia, concepciones de la vida,
estilos o actitudes del espíritu, formas de cultura.
Ahora quisiera contemplar al Humanismo y a la
Contrarreforma no en lo que tienen de antitético, sino
en lo coincidente, tangencial o paralelo, examinando
si en las aspiraciones de ambos hubo algún objetivo
común y análogo y hasta qué punto lo alcanzaron.
Para simplificar la operación, escojamos un tipo re­
presentativo y simbólico del tardío Humanismo (1) y
otro de la naciente Contrarreforma.
Este segundo nos lo brindan las actuales circuns­
tancias : será Ignacio de Loyola, fundador de la Com­
pañía de Jesús, cuyo cuarto centenario conmemora­
mos. Y no parece desacertada la elección, porque si
por Contrarreforma entendemos el movimiento religio­
so, vital e inmanente, del Catolicismo, ayudado por

(1) Llamo tardío al Humanismo de la primera mitad del


siglo xvi, pues, a mi juicio, después de 1540 (fundación de la
Compañía) o, si se quiere, de 1542 (fundación o reorganización
de la Inquisición romana y primera convocación del Concilio
de Trento), no puede hablarse de Humanism o en sentido epo-
cal. Se da en esos años un brusco cambio de clima. Se anun­
cia la Contrarreforma.

281
otras fuerzas externas en el período postridentino, na­
die que conozca la historia del siglo xvi negará su va­
lor simbólico y su puesto de avanzada a San Ignacio,
Y cuando digo que la Contrarreforma significa la obra
fecunda y restauradora de la Iglesia en aquella época,
es porque la entiendo no sólo como simple reacción
y lucha contra la Protesta luterana, sino también como
reforma auténtica y espontánea, reforma o renovación
semejante a la de los árboles en abril, que se produjo
con el despertar de la antigua savia en exuberancia de
primaverales pompas. Sólo quisiera notar aquí, que no
es justo «contrarreformizar» demasiado á Ignacio de
Loyola, pues conserva no pocos elementos pretridenti-
nos, y murió dos años antes que Carlos V, y casi siete
antes de que se concluyera el Concilio de Trento.
Más difícil es elegir un tipo representativo del tar­
dío Humanismo, y entiendo por Humanismo aquella
corriente literaria, pedagógica, sapiencial, que se fun­
da en el estudio e imitación de los autores clásicos,
iluminados y completados por la fe cristiana, tal como
lo entendían Petrarca, Salutati, Valla, Eneas Silvio,
Victoriano de Feltre, Poggio, Pomponio Leto, Marsilio
Ficino y otros no italianos. Atendiendo tan sólo a una
de las corrientes que integran el fenómeno histórico-
cultural del Humanismo en su última fase, o sea, al
Humanismo reformista, más religioso que literario o
filosófico, toda la preferencia de un autor resulta ar­
dua; pero si hemos de escoger el nombre de un huma­
nista que ostente valor universal y pueda yuxtaponerse
a Ignacio de Loyola, que conincida con éste, siquiera
sea parcialmente, en sus aspiraciones, de modo que
persiga comunes o análogos objetivos, entonces la elec­
ción no es dudosa, se impone por sí misma: el elegido
se llamará Erasmo de Rotterdam.
Nadie se fije ahora en los aspectos antitéticos de­
masiado palmarios. Erasmo y Loyola son dos pilares
contrapuestos a las orillas de un río. Más bien que re­
saltar la distancia o el contraste, veamos el puente de
unión tendido sobre ambos soportes. Presenciemos por
un momento el careo de estos dos personajes, E r a s m o
y Loyola, con sus ideales y sus programas respectivos.

282
¿Qu ié n fue E rasmo?

Bajo las blandas nieblas de Rotterdam y en la no­


che del 27 al 28 de octubre del año 1466 (ó 1469), tuvo
lugar el nacimiento de un niño sobre cuya cuna se
ciernen sombras morales e históricas que no tratamos
aquí de despejar. Llamáronle simplemente Erasmus,
sin apellido; él se añadirá más tarde el prenombre de
Desiderius y el apellido toponímico Rotterodamus. Y
en esta forma clásica (de praenomen-nomen-cognomen)
lo repitió con millares de bocas la fama, agitándolo
como una bandera simbólica durante cuarenta largos
años en todos los países de Europa.
Educado en el ambiente espiritual de la «Devoción
Moderna», primero bajo los Hermanos de la Vida co­
mún, después en el monasterio de Canónigos regula­
res agustinianos de Stevn, parientes espirituales de
Windesheim, pronto descubrió nuevos derroteros que
le habían de conducir a las cortes de los magnates y
de los príncipes, a los círculos selectos de los huma­
nistas, a su gabinete bien instalado de sabio y de es­
critor infatigable.
Su figura endeble, con un toque ligero de melindrosa
afectación —él mismo lo confiesa—, no debía de ser
una belleza muy seductora, si bien su amigo Beatus
Rhenanus le concede cierta elegancia, recordando lo
azul de sus ojos, lo blanco de su tez, lo festivo de su
semblante. No puede, con todo, afirmarse que pose­
yese la virtud de la arrogancia física, como tampoco
el vicio de la arrogancia moral (2). Era sencillo, veraz,
laborioso, amigo de la limpieza en todo. Su voz grácil
y apagada no era a propósito para conmover a las mu-

(2) De sí mismo escribió: «Valetudo semper fuit teñera...


Ingenium erat simplex... Linguae inter amicos liberioris, non-
nunquam plus quam sat esset... Putidulus erat... ac ne facie
quidem propria delectabatur.» Com pendium vitae, en P. S. A l l e n :
Opus epistolarum, I, 51. Completa su retrato Beatus Rhenanus
en la dedicatoria de las obras de Erasmo a Carlos V (1540).
Ibid., 70.

283
chedumbres, ni siquiera para hablar en público; pero
en un círculo de amigos literatos se matizaba con to­
das las fosforescencias de su espíritu zumbón, inge­
nioso, mordaz, chispeante, escurridizo. Bajo su nariz
alongada y husmeante —en el retrato maravilloso de
Holbein—, se contraen sus labios como paladeando
una ocurrencia maliciosa o una bella frase latina, que
con pluma bien tajada trata de afiligranar en ancho
pliego de papel, sostenido por su mano izquierda, aque­
lla mano prodigio del arte, que enjoyan dos sortijas
con un rubí y una esmeralda. Su mirar cansado y frío
no sabe juno si se posa sobre el papel o si se repliega
hacia su mundo interior. Amplia gorra de terciopelo
negro le cubre toda la cabeza desde las orejas hasta
el cuello, dejando escapar por detrás unos mechones
de pelo gris, que en su juventud fue casi rubio ( sub -
flavus). Sobre el ropón oscuro de los clérigos y de los
sabios de entonces, abiertas hopalandas igualmente ne­
gras, con rebordes de pieles de color marrón, abrigan
su cuerpecillo gastado por el trabajo y por las enfer­
medades. Ante sus ojos no se abre perspectiva alguna
paisajística ni arquitectónica: Erasmo no ama otras
artes que las del bien decir; la contemplación de la
naturaleza no despierta en su alma la más leve emo­
ción. Desconoce los nombres de los más eximios ar­
tistas, sus coetáneos; ha podido encontrarse en las
calles de Florencia con Leonardo de Vinci, Miguel An­
gel y Rafael; en Venecia, con Bellini, Carpaccio y Ti-
ziano; en Roma pudo ver de nuevo a los dos grandes
Miguel Angel y Rafael, que decoraban, respectivamen­
te, la capilla Sixtina y las salas del palacio Vaticano.
Pero ni de los artistas ni de los monumentos nos ha
dejado un mínimo recuerdo en sus cartas y escritos (3).

(3) Es generalmente admitido que E. no se interesaba por


el paisaje. En su Colloquium religiosum habla así: « Eusebias:
Cum omnia vernent et rideant in agris, admiror esse qui fu*
mosis urbibus delectentur. — Timotheus: Non omnes capiuntur
aspectu florum aut pratorum vemantium aut fontium amnium-
que.» Colloquia (Leyden, 1664), 117-118. Él era uno de éstos,
que preferían su habitación urbana, entre libros, a la belleza
del campo y de los montes. En cuanto a los monumentos ar­
quitectónicos, escultóricos o pictóricos, ninguno parece conmo-

284
Este gran erudito nada sabe de las literaturas ver­
náculas; habla siempre en latín, aun con sus criados,
y de cuando en cuando hace ostentación del griego (4).
Encerrado en su gabinete, no se asoma más que a las
ventanas de los libros latinos y griegos, que le mues­
tran panoramas de mundos pretéritos, y a las rendijas
de las cartas que le traen de lejanos países áspero
ruido de polémicas y blando susurro de adulaciones.
Si calamos más adentro en su psicología, difícil nos
será captar los rasgos esenciales de su carácter, por­
que se tornasola con las más diversas luces, esquiva
los encuentros de frente y, con sus ingenuidades y men­
tirijillas, despista a los que le creen tanto como a los
que le tienen por taimado y falaz.
Erasmus est homo pro se, dicen las « Epistolae obs-
curorum virorum» (5); es un hombre que no quiere

verle. En Pavía le sorprendió la maravilla blanca de la Car­


tuja, toda de m árm ol: «Tem plum est, intus ac foris, ab imo
usque ad summum, candido marmore constructum, et fere
quicquid inest rerum, marmoreum est, velut altada, columnae
et tumbae.» Cualquier otro turista hubiera expresado su admi­
ración más o menos baedekeriana; Erasmo se limita a decir:
«Quorsum autem attinebat tantum pecuniarum effundere?» Me­
jor hubiera sido (agrega, como Judas) emplear ese dinero en
limosnas a los pobres. Colloquia, 153. El tiempo que pasó en
Florencia, que fue muy breve, lo empleó en traducir algunos
diálogos de Luciano. ¡Para no aburrirse en la ciudad de los
artistas!
(4) Conocía el nombre de Dante y el de Petrarca: «Habet
Britannica qui hoc praestiterunt apud suos, quod Dantes et
Petrarcha apud Italos. Carta del 13 de junio, 1521. A l l e n : Opus
epist. IV , 515. Piensa Alien, que aquí alude a John Gower y
Geoffrey Chaucer. Sin duda oyó alguna vez sus nombres. En el
Ecclesiastes recomienda al predicador «evolvere libros eorum
qui linguae vulgaris eloquentia polluerunt, quales celebrantur
apud Italos Dantes et Petrarcha. Nec est ulla tam barbara lin­
gua, quin habeat suam peculiarem elegantiam et emphasim, si
fuerit exculta. Qui callent italice, hispanice et gallice. constan-
ter asseverant in his linguis, utcumque corruptis, inesse gratiam,
quam latina lingua non assequatur. Opera omnia, ed. J. Clericus
(Leyden, 1703-1706), V, 856.
(5) Pregunta uno de los hom bres oscuros que escriben a
Ortuinus Gratius si Erasmo. en la controversia Reuchliniana,
favorece a los poetas o a los teólogos, y responde un mercader
de libros: «Erasm us est homo pro se; sed certum est quod
nunquam erit amicus illorum theologorum et fratrum.» Epts*

285
compromisos, un neutral, un independiente, que sigue
su propia senda, no con la altivez señera del genio
que marcha tras un ideal, sino con la timidez egoísta
de quien no desea vincularse a nadie ni juramentarse
a nada; no tolera enrolarse en las filas de ninguna
facción o partido; no le gusta militar en ningún cam­
po, con menoscabo de su libertad e independencia in­
dividual (6). Por eso el sí y el no salen casi juntos de
sus labios, neutralizándose y desconcertando al lector.
Jamás una afirmación decisiva, jamás una negación ro­
tunda y para siempre.
Erasmo, en el fondo, es un cobarde; es el tipo del
intelectual desprovisto de un sistema perfectamente
definido. Es más filólogo que filósofo. Juega con las
ideas, mas no tiene valor para jugarse la existencia,
ni en el orden metafísico de una filosofía trascenden­
tal. ni en las encrucijadas del amor, ni en los azares
de la guerra. Erasmo no entiende de amor apasiona­
do y total, ni de guerra a muerte. Entre los torbellinos
de un siglo surcado de personalidades violentas y tur­
bias, la vida del gran humanista fluye pura e inmacu­
lada. Ni una sombra de mujer veréis interponerse en
su camino de célibe perfecto.
Contra la guerra descarga incesantemente su rico
carcaj de maldiciones. Erasmo es el mayor de los pa­
cifistas. En todos sus escritos deplora las guerras de
su tiempo (7). Y exhorta a la paz, como único medio
de llegar a la verdadera reforma moral y religiosa.

tolae obscurorum virorum (Leipzig, 1869), epist. 59, pág. 340.


( 6 ) «Ñeque quidquam habuit prius otio ac libertate», dice
de sí mismo. Allen : Opus epist. I, 51. «M ihi semper animus
fuit otii ac libertatis amans et a strepitu rerum abhorrens.»
Allen, IV, 34. Y mejor en carta a T. M ore: «Sic est ingenium
meum, mori ievius duco quam servire... Tridui vitam non ausim
polliceri, si pertrahar ad alienum vivendi morem... Ego nullius
humanae factionis dux esse possum.» A llen , V II, 6 .
(7) Principalmente en la Querimonia Pa d s undique profli-
gatae (Basilea, 1517) y antes en los Adagia («D ulce bellum inex-
pertis»), en la Institutio prindpis christiani, etc. Véase I nés
T hürlemann * Erasmus von Rotterdam und Joannes Ludovicus
Vives als Pazifisten (Friburgo, 1932), págs. 15-51. E lise Cons-
tantinescu-B agdat: La Querela pads d ’Erasme (París, 1924), con­
signa cronológicamente y estudia todos los pasajes en que

286
Según esto, no es de extrañar que Erasmo haga pro­
fesión de cosmopolitismo y se nos presente como un
hombre sin patria. «Deseo ser ciudadano del mundo»,
decía en una carta a Zwingli (8). «Ubi bene, ibi patria»,
solía repetir egoísticamente. Su residencia preferida
fue Basilea, a igual distancia de la católica Roma, de
la luterana Wittemberg, de la teologal Lutecia, y a la
vez centro de Europa, ciudad casi internacional, muy
apta para un escritor por sus famosas imprentas die
los Amerbach y los Froben.
Erasmo aborrece la guerra y, sin embargo, es un po­
lemista perpetuo, siempre florete en mano, siempre
atacando, siempre esquivando el cuerpo, cauteloso y
suspicaz, zahiriendo a sus enemigos y querellándose
de que le combatan a él, inocente de todo cuanto le
achacan los frailes y los enemigos de las buenas letras.
Aislado del mundo por murallas de libros, vive ocu­
pado en suspirar por un mundo ideal, quizá utópico,
y cuando baja al campo de las realidades y tropieza
con hechos y con hombres que no son como él quiere,
sólo acierta a criticar, a roer, a murmurar; le falta

Erasmo trata de la paz. Acusáronle algunos de que condenaba


incluso la guerra contra los turcos, mas él se defiende: «Si
quis admoneat vere apostolicum esse, Turcas Christi praesidiis
ad religionem pertrahere potius quam armis, continuo vocatur
in suspicionem, quasi doceat Turcas, si imperitant christianos,
nullo m odo coercendos.» Epist. ad Volzium , en H. H olborn:
Des. Erasm us Rot. Ausgewählte W erke (Munich, 1933), pág. 14.
Más ampliamente se defiende en su opúsculo D e bello Turcis
inferendo ( Opera omnia, t. V, 345-361), donde expone también
sus ideas sobre la guerra.
( 8) «E g o mundi civis esse cupio, communis omnium vel pe-
regrinus magis.» A l l e n : O pus epist. V, 129. A veces se tiene
por alemán: «Germ ani magis novimus malefacta puniré quam
excludere.» A llen , V I. 240. «In nostrate Germania regnabat im­
pune crassa barbaries.» (A llen , X I, 183.) Ama a Holanda «ter-
ram mihi semper et celebrandam et venerandam, cui vitae hu-
jus initium debeam». Adagiorum chiliades (Ginebra, 1558). «Auris
batavae», col. 941; pero en ocasiones parece avergonzarse «de
nostro ingenio vere Batavo» (A llen , IV, 7), y a ratos diríase
que apetece ser francés: «Gallis sie undique finitimi sumus.
ut ipsi potius galli simus» (A llen , II, 501), aunque conservan­
do siempre simpatía especial por Italia (A llen , IV, 400401;
XI, 177).

287
vigor y fuerza para construir, no tiene capacidad crea­
dora. ¡Qué temperamento tan opuesto al de Lutero y
tan diferente del de Ignacio de Loyola!
¿Por qué no llegó a ser Erasmo —se pregunta Gus­
tavo Schnürer— el caudillo de la renovación eclesiás­
tica romana? (9).
Hemos dado ya la respuesta: no tenía temperamento
de caudillo, ni quería serlo: «No puedo ser el Dux
de ninguna facción humana», le escribía a More. No
le interesaban las masas, ni sabía hablarles en su pro­
pio lenguaje. Era el hombre de las vacilaciones, de las
ideas imprecisas, de la moderación en todo, sin auda­
cia, sin espíritu heroico de sacrificio, un sabio de ga­
binete a quien horrorizaba el estruendo y el polvo de
las batallas, amigo de componendas y enemigo de ju­
garse la vida en cualquier empresa decisiva y arries­
gada (10).
Para la obra divina de la restauración moral y espi­
ritual de la Cristiandad, más que las amonestaciones
de un crítico, requeríanse las instituciones sociales de
un fundador y los ejemplos de un santo. Genuina era
—no lo dudemos— su fe en Cristo y en la Iglesia; pero
en el corazón del humanista fallaron durante largos
años los resortes del heroísmo. La piedad erasmiana,
tan ilustrada y fría —con ser auténtica—, no podía
producir incendios; faltábale, de una parte, la llama
mística, y de otra, la comprensión de esos sentimien­
tos populares y costumbres tradicionales —ceremonias
judaicas apellidábalos él— que son a veces el limo
donde arraiga la vida religiosa de las multitudes.
Y, sin embargo, hubo un tiempo en que todos los

(9) Warum wurde Erasmus nicht der Führer der kirchlichen


Erneuerung?: «Hist. Jahrbuch», 55, 1935, 332-349, artículo incor­
porado al primer capítulo de su libro Katholische Kirche und
Kultur in der Barockzeit (Paderborn, 1937).
(10) En eso se diferenciaba, por confesión propia, de Le-
fevre d'Etaples: «Ille (Faber Stapulensis) fortiter asseverat,
ego nihil aliud quam disputo, judicium aliis ubique deferens.»
Opera omnia, III, 873. En noviembre de 1521 decía que aborre­
cía los dogmatismos: «Nihil unquam asseveravi, semperque fugi
dogmatistae personam, praesertim in iis quae jam essent inter
artículos nostrae religionis recepta.» A lle n : Opus epist. IV , 439.

288
hombres cultos de Europa, con raras excepciones, se
decían erasmianos (11).
Y en un momento de exaltación, Alberto Durero, que
suspiraba íntima y sinceramente por una reforma re­
ligiosa, escribió en su diario de viaje este apasionado
apostrofe: «¡Oh, Erasmo Roterodamo!, ¿dónde estás?
¡Oye, caballero de Cristo, cabalga adelante junto a
nuestro Señor, sal a defender la verdad y alcanza la
corona de los mártires!... ¡Emplea tus últimos años en
favor del Evangelio y de la verdadera fe cristiana!» (12).
Lo mismo le gritan, con diverso acento, los papas.
Erasmo se disculpará siempre; responderá que no es
ese su papel, que sus fuerzas no son tantas como su­
ponen sus admiradores.

I d e a le s y p r o g r a m a s d e l h u m a n is m o e r a s m ia n o .

Ya que no poseía dotes de caudillo para poner en


movimiento una fecunda restauración católica, quiso
ser el Eclesiastés, el predicador constante de esa an­
helada renovación espiritual y cultural.
Puesto entre Roma y Wittemberg, tuvo una vez alien­
to suficiente para romper con el revolucionario Lutero,
y desde ese gesto —acaso el único de su vida— empe­
zó a sentir más cada día la poderosa atracción de la
Ciudad Eterna, y tal vez en los últimos años hasta le
pasó por las mientes, solicitado por la amistosa voz del
papa y de ilustrados cardenales, trasladarse al centro
de la Cristiandad para colaborar con ellos en la res­
tauración católica (13).

(11) Lo afirm aba Juan Eck el 2 de febrero de 1518: «Non


enim te latet, mi Erasme, quam bene de te sentiat omnis Ger­
mania, obticeo Summum Pontificem, Italiam, Galliam, et An-
gliam..., ut omnes ferme docti sint Erasmiani, cucullatis paucis
demptis et theologastris.» A l le n : Opus epist. III, 209.
(12) J. V eth -M u l l e r : Dürers Reise , I, 81, cit. J. H u izin g a :
Erasmus, deutsch von W. Kaegi (Basilea, 1928), 158.
(13) El 23 de enero de 1535 escribe a Paulo I I I : «Utinam
per corporis imbecillitatem licuisset vel officiolum hoc vel Vo­
tum meum Beatitudini tuae coram offerre.» (A llen, XI, 63.)
Y en carta a Goclenius el 2 de septiembre del mismo año:

289
Su flaca salud, como de quien se sentía ya próximo
a la muerte, y el miedo a comprometerse, perdiendo su
agradable independencia, fueron causa de que no diera
este segundo paso, que hubiera sido el más decisivo.
Verdad es que Erasmo conservó siempre rencores
contra los frailes —él era un exclaustrado— y contra
los escolásticos disputadores y reaccionarios, acusando
a unos y a otros de ignorantes, malévolos, farisaicos;
pero la ambigüedad de su pensamiento se fue aclaran­
do y precisando más cada día; y su piedad religiosa,
quizá algo resfriada en los años de vida andariega y
errabunda que siguieron a su salida del convento y al
abandono de los hábitos de canónigo regular de San
Agustín, cuando la fama y la gloria empezaban a son-
reirle (14), avivóse con el estudio de los Santos Padres,
no menos que con las enfermedades, los desengaños
y la inminencia de la muerte. Es impresionante la sin­
ceridad ascética y religiosa que reflejan sus cartas de
los últimos años.
El Erasmo definitivo, sin ser un teólogo de perfecta
ortodoxia, como la desearía un contrarreformista, tam­
poco es —como algunos se imaginan— el satírico bur­
lón del Elogio de la locura, ni el lucianesco, solapado
y audaz reformador de los Coloquios, ni el inconside­
rado censor de cosas e instituciones respetables. Son
muchos los que no conocen a Erasmo sino por los men­
cionados escritos, de los que casi se arrepintió luego,
obras de su juventud, que estaba dispuesto a corre-

«Pontifex est mire propensus in me et sex Cardinales, cum


oratore Lusitaniae, sedulo moliuntur.» (A llen , X I, 226.) ¿Qué
es lo que planean el papa y los cardenales? Otorgarle la púr­
pura cardenalicia, a fin de que les ayude en la obra de re­
forma eclesiástica y del Concilio. De esto habla Erasm o en
muchas cartas. Paulo III empezó por concederle un beneficio
en Deventer, que rentaba 500 florines anuales (A llen , X I, 187).
(14) Con todo, aun entonces su vida era honesta. De sus
años parisienses (1495-1499), en que cultivó la amistad del poeta
ovidiano Fausto Andrelini, tenemos el testimonio del trinitario
R. Gaguin: «Quem (Erasmum) semper non minus vita et ora-
tione, quam vestitu religiosum esse, semper sum arbitratus.»
L. T h u a s n e : Roberti Gaginini Epistolae et Orationes (París,
1903), I, 25-26.

290
gir (15), y le tienen por hereje larvado o por escéptico,
olvidando que los años más largos y fecundos de aque­
lla vida infatigable se consagraron a la teología posi­
tiva, al estudio y edición del Nuevo Testamento y de
los Padres de la Iglesia, a la composición de obras exe-
géticas, catequísticas, parenéticas y devocionales.
Educado en su niñez por los Hermanos de la Vida
Común, en el Colegio de Deventer, donde había estu­
diado Tomás de Kempis; monje luego del monasterio
de Steyn, junto a Gouda, cuyo espíritu participaba del
de la Congregación de Windesheim, nunca perdió el
sabor añejo del primer licor que se vertió en su copa,
y logró superar las juveniles influencias clásicas y hu­
manísticas, de tipo puramente literario, con el serio
humanismo cristiano y con la espiritualidad biblicista
y práctica de la Devotio moderna.
Mil veces nos repite que el programa de su vida
es el de hermanar el clasicismo con el cristianismo, la
literatura con la sincera piedad; conciliar los estudios
humanísticos con la sagrada teología; hacer que las
letras, saturadas hasta ahora de reminiscencias paga­
nas, resuenen con la melodía de Cristo ( inciperent so­
nare Christum) (16).
A esto convergen todos sus afanes, a que el estudio
de la filología y de los autores clásicos se complete
con el de más altas y graves disciplinas; su propósito
es reformar la teología escolástica, limpiándola de bár-

(15) En mayo de 1515 escribía a Martín Dorp: «Ingenue di-


cam, editae Moriae propemodum me paenitet.» A llen : Opus
epist. II, 92. Y el 26 de agosto de 1527 al arzobispo de Sevilla,
Alfonso M anrique: «M ulta scripsimus juvenes... Scripsimus
saeculo tranquillo; itaque fateor esse multa in scriptis meis,
quae poterant circumspectius aut munitius p ropo ni.» A llen,
V II, 149. Y poco después a un m onje: «Video genus hominum
exoriri a quo meus animus vehementer abhorret..., ut vehe­
menter doleam me quondam in libris meis praedicasse liberta-
tem spiritus.» A llen , V II, 199.
(16) «E go, quod semper egi, non desino persequi, ut cum
bonis litteris floreat sincera pietas.» A llen , V, 591. «Mihi certe
semper fuit hie animus, ut excitarem bonarum studia littera-
rum, eaque conciliarem studiis vestris (escribe al teólogo Noel
Beda), partim ut inciperent et bonae litterae sonare Christum.»
Ibid., V I, 90.

291
baras herrumbres y de sofísticas argucias en la fuente
pura del Nuevo Testamento, e infundiéndole un carác­
ter menos ergotizante, más elocuente y afectivo, brote
espontáneo del estudio de los evangelios y de los auto­
res eclesiásticos primitivos, al estilo de los Jerónimos,
Agustinos, Basilios y Crisóstomos; transformar las cos­
tumbres de los hombres, inspirándoles una religiosidad
más evangélica, libre de ceremonias, y una piedad más
íntima y cordial; recordar a los obispos y sacerdotes
sus deberes y hacer que los monjes se porten como
cumple a su profesión (17); predicar a los príncipes
la paz y la concordia, proscribiendo la guerra, tan con­
traria a la naturaleza humana como a la doctrina del
Evangelio; exhorta, en fin, a todos los cristianos par­
ticipantes de los mismos sacramentos y miembros del
cuerpo místico de Cristo a la fraternidad, a la unión
de los corazones y de las voluntades (18).
Salvo la paz y la concordia entre las naciones, los
otros puntos del programa gloriase en más de una oca­
sión de haberlos visto realizados. «Diré compendiosa­
mente cuál fue siempre el objetivo de mis libros. He
vociferado enérgicamente contra las guerras que por
tantos años sacuden a casi toda la Cristiandad. Intenté
restaurar la teología decadente, sacándola de sus so-

(17) «Nec me aliud agere in meis lucubrationibus, quam ut


linguas ac bonas litteras gravioribus disciplinis adjungerem;
ut scholasticam theologiam apud multos ad sophisticas conten-
tiones prolapsam, ad divinae Scripturae fontes revocarem; ut
in moribus hominum minus esset caeremoniarum, in animis
plus pietatis; ut episcopi et sacerdotes sui meminissent officii,
ut monachi id essent quod dicuntur.» A llen , V I, 404. Afirm a­
ciones semejantes en IV, 33-34 y 439.
(18) Pocas veces se expresó E. con tanto fervor y elocuen­
cia como en la carta a Antonio de Bergen (14 mayo 1514), que
es toda una perorata contra la guerra: «N ob is qui Christi glo-
riamur cognomine, qui nihil nisi mansuetudinem et docuit et
exhibuit; qui unius corporis membra sumus, una caro, eodem
vegetamur spiritu, iisdem sacramentis alimur, eidem adhaere-
mus capiti, ad eamdem immortalitatem vocati sumus, summam
illam speramus communionem, ut sicut Christus et Pater unum
sunt, ita et nos unum cum illo simus; potestne ulla hujus
mundi res esse tanti, ut ad bellum provocet?» A llen , I, 552.
«Non est Ecclesia Christi ubi non est unanimitas.» Paraphrasis
in Acta apostolorum, I, 14.

292
físticas argucias a las fuentes y a la sencillez primiti­
va. Me esforcé por devolver su resplandor a los sagra­
dos doctores de la Iglesia... A las bellas letras, antes
casi paganas, les enseñé a hablar de Cristo ( docui so­
nare Christum). Colaboré con todas mis fuerzas al re­
florecimiento de las lenguas clásicas. Reformé muchas
opiniones equivocadas de los hombres. Desperté al
mundo, aletargado por ceremonias casi judaicas, po­
niéndole ante los ojos un cristianismo más puro, aun­
que sin vituperar las ceremonias de la Iglesia... ni
provocar sediciones» (19).
¿Forjábase ilusiones al pronunciar estas palabras,
un poco jactanciosas, o contemplaba realidades?

« I l S a c c o d i R o m a ».

Era en octubre de 1527 cuando así hablaba. Dos acon­


tecimientos de importancia para el erasmismo habían
tenido lugar aquel mismo año: uno en Roma, otro en
Valladolid.
Las tropas imperiales, como una manada de lobos
hambrientos, habían asaltado los muros de la Ciudad
Eterna, manchando las calles, las casas privadas, los
palacios, los conventos, las venerandas basílicas, em­
pezando por la de San Pedro, de sangre, de violacio­
nes, de blasfemias, de sacrilegios, de ruinas humean­
tes. Las cosas más santas fueron profanadas. Los es­
tupros y violencias se hicieron más repugnantes por
el sadismo y la crueldad. Ni los cadáveres en sus tum­
bas se libraron del despojo. Viéronse soldados rapaces
y bárbaros, ahitos de vino y de lujuria, salir de sus
profanaciones y saqueos, ennegrecido el rostro por la

(19) «Dicam itaque summam eorum quae libris meis semper


egi. Fortiter in bella vociferor... Theologiam nimium ad sophis-
ticas argutias delapsam, ad fontes ac priscam simplicitatem
revocare conatus sum... Ad puriorem christianismum orbem
caeremoniis paene judaicis indormientem expergefeci, sic ta-
men ut Ecclesiae caerimonias nusquam improbarim... aut se-
ditionem excitarim.» Allen. V II, 208. Poco antes se ufana de
sus ediciones del Nuevo Testamento y de los Santos Padres
(pág. 206). ¡ „

293
pólvora, con cadenas de oro al cuello, envueltos en
sedas ricamente bordadas y con cintillos de perlas en
sus garras de leopardo. Un capitán de lansquenetes,
con vestidos pontificales, iba repartiendo vino, como
quien concede indulgencias, y otros, engalanados con
rojos capelos cardenalicios, montaban un asno, con
una meretriz a las ancas, haciendo irrisión y escarnio
de todo lo sagrado. Algunos alemanes iban aclamando
a Lutero por papa. Porque un sacerdote se negó a dar
la comunión a un jumento vestido de obispo, fue co­
sido a puñaladas. El sudario de la Verónica, que se
veneraba en el Vaticano, paseó en manos sucias de he­
rejes y borrachos por todas las tabernas de Roma. Los
registros de la cancillería y otros documentos rotos o
chamuscados del archivo capitolino volaron al aire de
las calles (20).
¡Cuántas riquezas artísticas perecieron en aquellos
ocho días de terror y de infierno! ¡Cuántos, como Sa-
doleto, perdieron allí sus bibliotecas y tesoros litera­
rios! Fue lo que más le dolió a Erasmo cuando lo
supo (21).
Dijérase que el Cristo vengador del Juicio Final, que
por los pinceles de Miguel Angel se instalaría pocos
años después en la capilla Sixtina, se paseaba ahora
por los aires enfebrecidos de Roma, vibrando los ra­
yos de su cólera y hostigando a los cuatro jinetes apo­
calípticos, que en el corcel blanco de la Justicia, en
(20) Gregorovius en su Historia de la ciudad de Roma, y
L. Pastor en su Historia de los papas, han resumido los he­
chos más atroces, utilizando las principales fuentes contemporá­
neas. Obra fundamental es la de A. R odríguez V il l a : M e m o ­
rias para la historia del asalto y saqueo de Rom a en 1527
(Madrid, 1875). También H. Sc h u l z : D er Sacco di Roma. Karts
V. Truppen in Rom (Halle, 1894). En defensa del emperador
y con sentido erasmiano escribió A. de V aldés: Diálogo de las
cosas ocurridas en Rom a , ed. Montesinos, en «Clásicos caste­
llanos» (Madrid, 1928).
( 21) Sadoleto a su amigo Erasmo (20 nov. 1528): «Viginti
diebus antequam horribilis illa clades urbi Romae incideret,
ex Urbe sum elapsus... Meas quidem fortunas omneis illa acer­
ba direptione amisi ipsamque etiam bibliothecam, quam graecis
et latinis libris undique comparatis referseram.» A llen , V II,
535. Erasmo se lamenta de ello en carta al común amigo
Bembo. Ibid., V III, 64.

294
el rojo trotón de la Guerra, en el negro rocín del Ham­
bre y en el caballo pálido de la Muerte, hacían estra­
gos por las plazas de la ciudad, antes resonantes de
risas, de versos y de mandolinas, ahora cruzadas de re­
gueros sanguinolentos, de ayes desesperados y de ca­
dáveres mordidos por los perros.
El Sacco di Roma «es la más recia cosa que nunca
hombres vieron», se lee en el Diálogo de Alfonso de
Valdés, de aquel Valdés, más erasmista que el mismo
Erasmo, empeñado en no ver en aquella catástrofe más
que un castigo de los pecados que en Roma se come­
tían. El Saco di Roma significa el hundimiento del Hu­
manismo frívolo, alegre y confiado; marca el fin, o al
menos la crisis, del Renacimiento italiano, que desde
entonces empieza a pensar seriamente en el problema
religioso. No era sólo la urbe la que perecía, sino con
ella todo el orbe, todo un mundo ideológico, el talante
cultural de una época (22).
Erasmo lo lamentó, sin gran dolor, en las cartas ya
citadas a sus amigos providencialmente incólumes,
Bembo y Sadoleto; y no sospechaba que desde aquel
instante iba a imponerse en Roma, por algunos años,
su ideal humanístico y religioso, tan largamente acari­
ciado. ¿No aspiraba él a superar las paganías de cier­
tos literatos y eruditos con el Evangelio de Cristo? ¿No
echaba de menos entre los italianos aquel connubio de
la elegancia literaria con la auténtica piedad cristiana,
que admiraba en Juan de Valdés y en otros semejan­
tes? (23).
Pues he aquí que desde ese año de 1527 se inicia en
Italia el humanismo cristiano y reformista, por él tan
pregonado, de paz y caridad, de sincera piedad en ar­
monía con la erudición y las bellas letras.

( 22) «In una urbe totus orbis interiit», frase de S. Jeróni­


mo, al ser saqueada Roma por Alarico en 410. ML, 25, 16.
(23) A Juan de Valdés, residente aún en España, le escribía
(21 marzo 1529): «T ibi tuique similibus ex animo gratulor, qui
studia conatusque vestros omnes in hoc confertis, ut cum ele-
gantia litterarum pietatis christianae sinceritatem copuletis,
quod apud ítalos antehac a non ita muítis tentatum videmus.
Quid enim est eruditio, si absit pietas?» Al le n : Opus epist.
V III, 97-98.

295
Y fue también entonces cuando tuvo lugar el segun­
do acontecimiento a que poco ha me refería: el huma­
nismo erasmiano, aplaudido en Alcalá y combatido en
Salamanca, era sometido al examen y probado en el
crisol de treinta escogidos teólogos en Valladolid, por
mandato del Inquisidor general, logrando salir de la
dura prueba prácticamente incólume (24).
Del natural disgusto que se llevó Erasmo por el solo
hecho de ser acusado ante el Inquisidor español, le
pudo consolar la carta que inmediatamente le dirigió
Carlos V, desde Burgos, el 14 de diciembre, carta re­
dactada por el secretario Alfonso de Valdés, en que
el emperador le asegura «que ni entre los hombres
inmortal fama, ni entre los santos perpetua gloria te
puede faltar... Queremos, pues, que tengas buen cora­
zón, v te persuadas que de tu honra y fama jamás de-
xaremos de tener muy entera cuenta» (25).

M o v im ie n t o r e f o r m a t o r io en I t a l ia .

«Ahora que tantas calamidades han caído, como un


diluvio sobre nosotros, igualándonos a todos, es pre­
ciso que todos olvidemos lo pasado y abramos los ojos,
reconociendo nuestro error y nuestra ignorancia», es­
cribía Castiglione a Victoria Colonna, marquesa de
Pescara, poco después de la catástrofe del saqueo de
Roma (26).

(24) A. Paz y M elia-M. S errano y S a n z : Actas originales de


las congregaciones celebradas en 1527 para examinar las doc­
trinas de Erasmo: «Revista de archivos bibl. y museos», 6 , 1902,
60-73 (análisis y extractos). Trata ampliamente de la cuestión
M. B ataillon: Erasmo y España. Estudios sobre la historia
espiritual del siglo X V I. Trad. Alatorre (México, 1950), I,
275-324. ' ; ¡$*··;
(25) A. B onilla y S an M ar t ín : Erasm o en España: «Revue
Hispanique», 17, 1917, 379-548 (pág. 448). El texto latino lleva la
fecha de 13 de diciembre. Allen , V II, 276-277. Del 16 de julio
del mismo año es la carta de Clemente V II al inquisidor Man­
rique, arzobispo de Sevilla, en defensa de Erasmo. A llen ,
VII, 106.
(26) «Ora che le calamitá intervenute sono tanto grandi, che
come universal diluvio, hanno fatto le miserie d'ognuno eguali;

296
También pensaron en la necesidad de dar un viraje
y enrumbarse más evangélicamente otros personajes,
como el datario Juan Mateo Giberti, que abandonó la
política curial para ser un modelo de obispos en Ve­
rona, y el delicado humanista Jacobo Sadoleto ( f 1547),
que se retiró a gobernar su diócesis de Carpentras, de
donde le sacaría Paulo I I I para darle el capelo carde­
nalicio en 1536. El mismo papa Clemente V II no dejó
de impresionarse por la tragedia sufrida y por los es­
pirituales consejos que le dio Gaspar Contarini, no
en cuanto embajador de Venecia, sino en cuanto cris­
tiano (27).
Años hacía que actuaba en Roma la «Compañía del
Divino Amor», en la que se hicieron inscribir, entre
otros, San Gaetano de Tiene, Juan Pedro Carafa, M. A.
Flaminio, Juliano Dati, Francisco Vannucci, Bernardi­
no Scotti, quizá Giberti, etc. (28). Bajo el patrocinio
de San Jerónimo, el santo predilecto de Erasmo y de
los humanistas, trataban de reformarse interiormente
a sí mismos por la oración, el culto divino, la frecuen­
te recepción de los sacramentos y especialmente por
las obras de caridad y de beneficencia en los hospita­
les (29).
Aventados por la tempestad de 1527, esparciéronse

pare che a tutti sia licito, e forse debito, scordarsi ogni cosa
passata, e aprire gli occhi, o almen, uscir dell'ignoranza uma-
na, insino a quel termine che la nostra imbecillitá ci concede.»
(Desde Valladolid, 25 agosto 1527.) B. C astiglione : Opere vol-
gari del conte... (Padua, 1733), pág. 296.
(27) El 4 de enero de 1529 le exhortó a mirar por el bien
de la Cristiandad más que por sus propios intereses, animán­
dole aun a renunciar a los Estados pontificios si era preciso.
F. D it t r ic h : Regesten und Briefe des Kardinals Contarini
(Braunsberg, 1881), 41-46. L. P astor : Geschichte der Päpste
(Freiburg, 1907), IV , 2, pág. 347.
(28) Pero no Sadoleto, ni Crispoldi, ni L. Lippomano, ni La­
tino Giovenale Manetti, contra Pastor, engañado por A. Carac-
ciolo. Véase el Elenco dei confratelli hasta 1524, en A. C is t e l l i -
n i : Figure della riform a pretridentina (Brescia, 1948), 282-83.
Es inexacto hablar de «O ratorio» del Divino Amor. Cfr. R. G.
V il l o s l a d a : Historia de la Iglesia (Madrid, 1960), III, 588.
(29) Recuérdese que las obras de S. Jerónimo fueron pu­
blicadas por Erasmo en 1515, a instancias de J. P. Carafa
(v. nota 37).

297
no pocos de sus miembros por diversas ciudades de
la Italia septentrional. Por el mismo tiempo, Erasmo
empieza a ser más conocido y leído de los humanistas
italianos, a pesar de las intrigas de unos cuantos ad­
versarios, como el noble Alberto Pío de Carpi, que des­
de 1525 trataba de desacreditar a Erasmo en Roma,
haciéndolo responsable de la revolución protestante,
y en 1526 escribía un tratado acusándole de sentir con
Lutero (30). Quizá estas murmuraciones fueron causa
de que el público literato se interesase más por aquella
discutida figura. Lo cierto es que, no obstante el res­
quemor causado por algunas frases picantes de Eras­
mo contra los adoradores de Cicerón y contra la misma
urbe romana (31), los dos más grandes ciceronianos
de Italia, Bembo y Sadoleto, le profesaron siempre
una amistad tierna y afectuosa, basada en la mutua es­
tima y admiración (32).

(30) Como E. se defendiese de las acusaciones anteriores


(A llen, VI, 201-203), Pío de Carpi publicó la antierasmiana
Responsio paraenetica, Ai. Lutheri et asseclarum ejus haere-
sim... confutans (1526). Por entonces se divulgó en Roma un
escrito intitulado Racha, que contenía graves acusaciones contra
la ciencia escriturística y la ortodoxia de Erasmo. Este, no
sabemos por qué, veía en todo aquello la mano oculta de
Jerónimo Aleandro. Allen , V II, 378. En otra parte le excusa:
(Aleandrum tum amo, tum suspicio, sed quídam illum insti-
gant in me, suggerentes falsas suspiciones.» A llen , V I, 159.
Unas ve es le apellida «linguarum ac bonarum litterarum an-
tesignanus» ( Apología adv. debacchat. P. Sutoris, en «O pera
omnia», IX, 159), y otras le acusa de hipocresía y de odio a
los alemanes.
(31) En el Ciceronianus de 1528 se leen frases como éstas:
«Est, ut audio, nunc Romae sodalitas quaedam eorum (cicero-
nianorum) qui plus habent litteraturae quam pietatis.» Opera
Omnia, I, 1.017. Y aludiendo a Cristóbal de Longueil, conde­
corado, por su ciceronianismo, con el título de civis romanas:
«Nunc autem quid est esse civem romanum? Profecto minus
aliquanto quam esse civem basiliensem.» Ibid.
(32) Una antología se podía recoger con textos de la corres­
pondencia entre los tres amigos. Escribe, por ejemplo, Sadoleto
a Erasmo: «Agnosco pietatem tuam et summopere laudo...,
cujus virtus memoria omnium saeculorum celebrabitur sempi­
terna.» ( A l l e n , V, 574.) Erasmo a Sadoleto: «In tanto rerum
fragore male metuebamus tibi et Bembo; in quibus praecipue
ac paene solis mihi videtur ille candor et erudita pietas illibata
superesse.» (V II, 509.) Sadoleto, por su parte: «N e vivam, mi

298
Otros muchos humanistas y literatos erasmizaban
en Roma, Venecia, Padua, Ferrara, Bolonia, Brescia y
en otras ciudades (33).
Aquí no nos interesan sino los que abogaban decidi­
damente por la reforma eclesiástica y que directa o in­
directamente recogían ecos erasmianos. Llegaron a for­
mar un grupo compacto y activo desde que en 1534
sube a la cátedra de San Pedro el papa Famese, de
cuya «politique érasmienne» ha podido escribir un ca­
pítulo Agustín Renaudet. No todos los que en seguida
mencionaremos pueden decirse amigos de Erasmo, pero
si amigos de los amigos de Erasmo.
«Ya en la Compañía del Divino Amor figuraban al­
gunos erasmistas. También se hallaban en el partido
de la reforma católica. Quizá el más fiel amigo de Eras­
mo siguió siendo Sadoleto. Bembo, en el retiro mag-

Erasme, si tibi concedo ut in amando sis superior. Multas


equidem tuas parteis... ingenii, eruditionis, copiae, dilexi sem­
per et admiratus sum, atque imprimis, quod tu ista tanta doc-
trinae ornamenta ad pietatis Studium et ad Christi celebrandum
nomen contulisses.» (V II, 535.) Erasm o le dedica en 1532 al­
gunas obras de S. Basilio, diciendo que Sadoleto es «la gloria
de este siglo» y «el Basilio latino» (IX , 433-440). S. a E.: «Mihi
tua salus et tranquillitas mirabiliter cordi est. Non dabit nobis
fortuna, ut in eisdem locis viveremus; quod utrique nostrum,
arbitror, mihi quidem certe, fuisset optatissimum.* (X I, 47.)
«Utinam vero tu semper mihi praesens et corrector adesses et
magister: nulla est felicitas tanta, quam huic anteponerem.»
(X I, 53.)
Erasm o escribe a Bem bo palabras semejantes: «Quam mihi
totus displicui tua legens! Quam puduit me mei!... Utinam is
essem, omatissime Bembe, qui hoc aetatis in meis moribus,
quos tu vocas optimos, et virtutis actione possim conquiesce*
re! Saltern daretur in sacris litteris tranquille consenescere»
(V III, 389). Y Bembo, en junio de 1535, se regocija de que su
amigo esté a punto de ser cardenal: «E g o autem vehementer
laetor, doctrinam singulärem tuam, et probitatem, et continen­
tes atque perpetuos tot annorum labores, quibus te plane con-
fecfisti, ut nostros homines scriptis erudires et locupletares tuis,
apud illum virum (Paulum I I I ) omnium hominum Principem
eo loci esse quo merentur » (IX , 143).
(33) A. R enaudet : Erastne et Vltalie (Ginebra, 1954), 217-223,
recoge los nombres de los principales erasmizantes, como A.
Trivulzio cardenal, Battista Egnazio, Lucas Buonfigli, Andrés
Alciati, jurista, Celio Calcagnini, Emilio de Migli, traductor del
Enchiridion.

299
nífico de su «villa» paduana, se entendía con el Rote-
rodamo tan perfectamente como con los rigoristas ca­
tólicos. Algunos de éstos habían pasado por el eras-
mismo; Juan Pedro Carafa había sido un tiempo su
correspondiente. Giberti, datario bajo Adriano V I y
Clemente VII hasta el saqueo de Roma, le había ani­
mado y protegido. El programa de estudios de Verona
respondía al ideal patrológico del gran helenista. Pero
Carafa, desde hacía tiempo, deseaba ante todo el man­
tenimiento del catolicismo tradicional; y Giberti guar­
daba ahora silencio frente a Erasmo. Egidio de Viter-
bo, que un tiempo había defendido a Reuchlin y a
Lefévre d’Étaples, parecía haber abandonado en los
últimos años de su vida el programa erasmiano (34).
Sólo Seripando debía conservar el culto de Erasmo
hasta las discusiones de Trento. Era difícil de prever
exactamente la actitud de Paulo I I I » (35).
Hoy ya lo sabemos: el advenimiento del papa Far-
nese a la cátedra de Pedro señaló el triunfo en Roma
del humanismo reformista, directa o indirectamente
erasmizante. Elevado al cardenalato en 1535 «il miglior
gentiluomo» de Venecia, Gaspar Contarini ( f 1542),
alma pura y grande, profundamente evangélica, de tan­
ta doctrina teológica como experiencia diplomática, se
convierte en jefe y director de los reformadores cató-

(34) Sin embargo, no consta que él sea el autor de la in­


vectiva antierasmisana, Racha, cuyo manuscrito ha sido des­
cubierto por Eugenio Massa entre los papeles de Egidio de
Viterbo (7 1532), copiado por un secretario del cardenal agus-
tiniano. Discípulo y heredero espiritual de Egidio fue Jeróni­
mo Seripando, amigo de los humanistas, reformadores y es­
pirituales.
(35) Renaudet : Erasme et Vltalie, pág. 239, cap. «L a politi-
que érasmienne de Paul III». Se podría añadir el nombre del
cardenal Cayetano (Tomás de Vio, f 1534), que estuvo en bue­
nas relaciones con Erasmo. Verdad es que en 1521, poco antes
de la Dieta de Worms, escribió Erasmo estas duras palabras:
«Quid Cajetano cardinale superbius et furiosius?» A l l e n : Optis
epist., IV, 447. Pero a los pocos días lo alababa por su rara
moderación en refutar a Lutero (IV , 560). Y años adelante, el
23 de julio de 1532, le escribía una carta amistosa: «S i Christo
probor, si tibi tuique similibus, qui veram eruditionem cum
vera pietate conjunxerunt, satis vici.» A lle n , X, 68.

300
licos (36). A su lado trabaja el nuevo cardenal J. P.
Carafa, futuro Paulo IV, carácter violento, tan opuesto
al de Erasmo, que es maravilla cómo algún tiempo pu­
dieron ser amigos. Sorprende ciertamente que aquel
temperamento meridional, tempestuoso, intransigente
e íntegro, que fue el primero en reaccionar contra las
tendencias conciliadoras del humanismo; aquel parti­
dario de la violencia, que proclamó con toda la fogosi­
dad de su sangre napolitana que transigir es traicionar,
que el cuerpo gangrenado no se cura con emplastos,
sino con hierro y fuego, que a un radicalismo se le ha
de oponer otro radicalismo, a una negación rotunda
una rotunda afirmación; ese mismo, en los comienzos
de su vida diplomática, anímase al irónico humanista
de Rotterdam en su labor científica y mereciese de la
pluma de Erasmo, de aquella pluma captadora sutil de
reconditeces psicológicas y magistral retratista de ca­
racteres, la más halagüeña semblanza y el más entu­
siasta panegírico (37).
Por entonces era también Carafa amigo de Pole, quien
llama al napolitano «vir sanctissimus et doctissimus»
(setiembre de 1534). Bien es verdad que el nobilísimo
inglés Reginaldo Pole ( f 1558), de regia prosapia, tan

(36) Intimo de Contarini era el erasmiano Pole, de quien


son estas palabras a Sadoleto en 1534: «G aspar Contaremos,
patricius venetus, quem virum, si tu nondum nosti, magna
certe voluptate cares.» J. S adoleti: Epistolae quotquot extani
(Roma, 1760), II, 233-234. M uy pronto se conocieron y se ama­
ron Contarini y Sadoleto. El impecable literato, florón del hu­
manismo, P. Bembo, «m ultis nominibus incomparabilis», «vir
tantus omnique disciplinarum genere perpolitus», al decir de
Erasmo, no se incorporó sino tardíamente al movimiento de
reform a católica, que promovían sus amigos Sadoleto, Conta-
rini, Pole...
(37) Aludiendo a la edición de San Jerónimo, hecha a rue­
gos de Carafa, escribe: «Q u id enim non persuadeat illa singu-
laris hominis eloquentia? Quem non permoveat tan integri, tam
gravis auctoritas praesulis? Quem non inflammet tam rara op-
timi viri pietas?» A li ^ n : Opus epist ., II, 87. Y sigue tejiendo
el panegírico de su doctrina y santidad. El 29 de agosto de
1517 le escribía: «S i non mereor epistolam, saltem fac sciam
qua sis valetudine... Utinam aliquis deus amicus nos aliquan-
do jungat in musaeis neapolitanis! Bene vale, decus litterarum
et religionis.» A llen , III, 62.

301
amigo de Contarini, de Sadoleto y de Bembo, era la
amabilidad en persona, y un halo de íntima espiritua­
lidad lo envolvía como una luz y como un perfume (38).
Aquel dechado de obispos que fue Juan Mateo Gi-
berti (f 1543) reúne en su palacio episcopal de Verona
una academia de varones espirituales y eruditos, entre
los que descuella su secretario, el fino poeta Marcan-
tonio Flaminio (39), y estudiando con ellos la Sagrada
Escritura y leyendo los Padres griegos en su lengua
original, descansa de las rudas faenas de reformar el
clero de su diócesis (40).
(38) Escribe Bembo a Sadoleto en marzo de 1533: «Polus
quidem noster, ut est blandus conciliator amicitiarum, volun-
tatumque conglutinator..., cujus ego tibí familiaritatem et quo-
tidianum usum inviderem, nisi illum et te in oculis gererem;
amo enim utrumque vestrum.» Sadoleti epístola, II, 123. Eras-
mo le decía a Pole el 4 de octubre de 1525: «Gaudeo enim his
deploratissimis temporibus exoriri qui bonarum litterarum ac
pietatis causam et tueri possint et ornare. N on hic occinam
laudes tuas... Quis autem tam ferreus est, quem iste tot do-
tium in uno concentus non ad amorem pelliceat?... Dulcissi-
mum esset diutius per litteras tecum confabulan.» Allen, V I,
192. Y Bembo al mismo Pole (22 de mayo de 1599): «Ñ equ e
jnim committam, ut a quoquam in te amando vincar... Volun­
tas erga te quidem mea erit ejusmodi, ut ab uno Sadoleto se
aequari patiar, superan ne ab illo quidem... Autumni primis
mensibus Romam, si valebo, proficiscar, eoque libentius quod
te et Sadoletum idem facturum puto, quos videre atque com-
plecti, et cogitationes meas conferre discupio. Válete, binae
meae animae, optimae omnium et suavissimae.» Epistolarum
Reginaldi Poli... pars II (Brescia, 1745), 3-5.
(39) M. A. Flaminio, que luego fue secretario de Pole y gozó
de las amistades de Contarini, Carafa, Seripando, Morone, Cór­
tese, Victoria Colonna, etc., era miembro de la Compañía del
Divino Amor; quiso entrar en la Orden de los Teatinos, pero
se lo impidió su quebradiza salud. Por lo mismo rehusó el
nombramiento de Secretario del Concilio de Trento. Su pie­
dad era sincerísima. Intervino por cartas en la disputa de
Contarini y Seripando sobre la justificación (1539). D e 1539 a
1541 fue el discípulo predilecto de Valdés en Nápoles. Murió
en casa de R. Pole, en Roma, el año 1550. Cfr. D o m in g o i®
Santa Teresa: Juan de Valdés. Su pensamiento religioso y las
corrientes espirituales de su tiempo (Roma, 1957), 137-142.
(40) De 1524 es su carta a Erasm o: «Tuam virtutem colui
semper, propterea quod uni máxime tibi politiorum literarum
in Germaniam invectio laudi datur, tuque in primis aevum
nostrum tam piis quam elegantibus scriptis illustrasti... Elo-
quentiam et sapientiam tuam suspexi... Amari abs te me valde

302
Jerónimo Aleandro ( f 1542), el adversario de Lutero
en la Dieta de Worms, ¿puede llamarse erasmiano?
Había sido en su juventud amigo del gran humanista,
después había roto con él, y entre ambos existieron
hasta el fin mutuos recelos (41). Desde que en 1524 es
elegido arzobispo de Brindis y mucho más desde su
cardenalato (1538), se aproxima a las tendencias de
J. P. Carafa y labora seriamente por la reforma. En
Salerno y en Gubbio sigue los ejemplos de Giberti el
doctísimo prelado y cardenal Federico Fregoso ( f 1541),
cuyo celo pastoral era muy alabado por Sadoleto y Bem­
bo. El mismo espíritu le guía al reformador benedicti­
no, Gregorio Córtese ( f 1548), que en sus monasterios
de Venecia y de Mantua promueve las letras clásicas,
al mismo tiempo que aviva el fervor y la disciplina re­
gular; era, como Sadoleto y Pole, de carácter dulce y
conciliador, y Paulo I I I le honró con la púrpura carde­
nalicia en 1542.
Juan Morone, Marcelo Cervini, Jerónimo Seripando y
otros igualmente espirituales y doctos serán los eslabo­
nes que enganchen esta época pretridentina con la si­
guiente. Ellos se habían renovado interiormente, pre­
parando así la edad de oro que anhelaban para la Igle­
sia, según cantaba el obispo de Alba, Marco Jerónimo
Vida, en un poema latino a la muerte de Giberti:

«Ip si nos ver sis renovemus mentibus ultro.


Mutemus mores, veterumque insignia nobis
aptemus studia, et nostros antiqua labores
respiciens pietas subeat corda, noventur
saecula, converso redeat gens aurea mundo » (42).

En esos círculos de altos personajes, que hablan de


Cristo y de su Iglesia, del amor y de la justificación,
de la caridad, de la pureza y de la miseria humana,

cupere non dissimulaverim.» A l l e n , V, 448-449. Y le ofrece sus


servicios en la Corte de Clemente V II. Erasmo le contesta en
septiembre, agradeciéndole sus palabras y ofreciéndosele tam­
bién para todo.
(41) Véase la nota 30.
(42) M. H ibr . V id a : Opera (Cremona, 1581), fol. 197 v.

303
con textos del Evangelio y de San Pablo, incrustados
en cláusulas armoniosas, o mantienen correspondencia
epistolar sobre lo mismo en atildado latín, se refleja
un no sé qué de blandura, de suavidad y de aristocrá­
tica elegancia, máxime cuando los vemos en relación
amistosa y en perfecta comunidad de sentimientos con
aquellas distinguidas mujeres italianas que se llama­
ban Catalina Cibo (duquesa de Camerino), Julia Gon­
zaga, Victoria Colonna y otras, que supieron hermanar
una extensa cultura —sorprendente aun tratándose de
mujeres del Renacimiento— con gran pureza de cos­
tumbres y con una piedad íntima, inquieta y ardiente,
que les impulsaba a favorecer todo movimiento refor­
mista.
La duquesa de Camerino, sobrina de León X y de
Clemente VII, aprendió, a más del latín, el griego y el
hebreo, a fin de poder leer la biblia en sus lenguas
originales; y no menos que con los literatos, gustábale
tratar con los primeros capuchinos, singularmente con
el austero y simple Fr. Mateo de Bascio, a quien ayudó
en su empresa reformadora. Julia Gonzaga, cuya her­
mosura excitó la fantasía de Solimán II, que encargó
al corsario Barbarroja la raptase una noche en su pa­
lacio-fortaleza de Fondi, y a cuyos encantos tributaron
homenaje los más grandes pintores y poetas, vibró
también hondamente con la emoción religiosa, hízose
en Nápoles la discípula predilecta de Juan de Valdés,
quien le dedicó el Alfabeto cristiano, y no obstante su
amistad y correspondencia epistolar con Pietro Carne-
secchi, condenado por la Inquisición, pudo pasar tran­
quilamente los últimos días de su vida en el retiro de
un convento de monjas franciscanas (43). ¿Y qué decir
de la más serena y distinguida figura de mujer que
produjo el Renacimiento, de Victoria Colonna, que a
la muerte de su marido, don Ferrante de Avalos, mar­
qués de Pescara, a quien lloró en sonetos inmortales,
consagróse a la piedad y a las letras, fue «madre es­
piritual» de Pole, admiradora de Miguel Angel y su

(43) B. Amante: Giulia Gonzaga, contessa di Fondi e ti moví-


mentó religioso femminile nel secolo X V I (Bolonia, 1896).

304
Beatriz en la tierra, hizo de su palacio de Viterbo un
hogar acogedor de almas selectas, ávidas de religiosi­
dad, de elevación y pureza, y se alegró con las prime­
ras siembras evangélicas de los compañeros de Ignacio
de Loyola? (44).

A BASE DE E R A S M IS M O .

Por lo dicho se habrá echado de ver que todos los


arriba citados se mueven bajo el signo de Erasmo.
Muchos de ellos añaden al pietismo del autor del En­
chiridion, excesivamente eticista y racionalizado, un
paulinismo más agudo y un evangelismo más vital; pero
aun esos no se salen de la órbita erasmiana. Les une
el ideal de la docta pietas y también el afán reformís-
tico, que supone un concepto del Cristianismo más es­
piritual de lo que el vulgo piadoso tenía y practica­
ba (45).

(44) P. Tacchi-Venturi : Vittoria Colonna, fautrice delta ri-


form a cattótica: «Studi e document! di storia e diritto», 27,
1901, 6-10. ID .: Storia delta Com pagnia di Gesii in Italia, II
(Roma, 1922), 130-133. En una carta de Sadoleto a Pole (enero
de 1540) se la llama santísima y prudentísima: «Legi sanctis-
simae et prudentissimae faeminae Victoriae Columnae ad te
litteras, in quibus illa mei mentionem facit.» Sadoleti epistolae,
III, 172-173. A. Reumont: Vittoria Colonna, marchesa di Pescara,
trad. ital. (Turin, 1892), habla de su amistad con Giberti, Pole,
Miguel Angel y otros amigos de Loyola.
(45) N o raras veces se subraya demasiado el racionalismo
de la piedad erasmiana, olvidando su profundo evangelismo
o su «philosophia Christi», la cual se deriva de las fuentes
evangélicas: «H anc philosophiam licebit ex his haurire fon-
tibus, ab hac christiani vocamur.» N o v u m Testamentum (4?
edición, Basilea, 1524), Praefatio, pág. 2. En otras partes acen­
túa la nulidad de nuestras obras, la confianza en Cristo Re­
dentor y la gratuidad de nuestra salvación: «Porro philoso-
phiae christianae summa in hoc sita est, ut intelligamus om-
nem spem nostram in Deo positam esse, qui gratis nobis lar-
gitur omnia per Filium suum Jesum. Hujus morte nos esse
redemptos, in hujus corpus nos Ínsitos esse per baptismum,
ut mortui cupiditatibus hujus mundi, ad illius doctrinam et
exemplum sic vivamus... ut ita semper progrediamur a virtute
in virtutem, ut nihil tamen nobis arrogemus, sed quicquid est
boni Deo transcribamus.» Carta del 1 de noviembre de 1519.

305
Fue Ranke quien, estudiando este movimiento refor­
matorio italiano, lo comparó desacertadamente con el
de Lutero en Alemania. Verdad es que algunos de ellos,
como Contarini, Pole, Flaminio, Morone, se preocupan
hondamente por el problema vivo de la justificación
por la fe; desconfían de sus obras buenas, pues las ha­
llan siempre deficientes y manchadas de imperfeccio­
nes; les repugna hablar de méritos propios, no con­
fiando sino en la infinita misericordia del que murió
por todos en la cruz; leen con íntima consolación el
sospechoso librito Del beneficio de Cristo , sin advertir
el veneno mortífero que, al decir de Catarino, se es­
conde en aquella copa «di parole melate e inzucchera-
te», y se relacionan amigablemente, mientras no hay
motivo de sospecha, con ciertos «espirituales» que sal­
drán del círculo valdesiano de Nápoles para apostatar
de la fe católica. Pero esa espiritualidad algún tanto
ambigua, aunque profunda y viva, la compartían poco
antes de Trento varones fidelísimos a la Iglesia roma­
na y de ningún modo pueden tacharse de herejes, por
más que en la formulación de sus ideas careciesen a
veces de la debida exactitud (46).
Y tampoco dice nada en contra de la ortodoxia del
cardenal Contarini el hecho de haber procedido con
los luteranos en los coloquios de Ratisbona con gran
irenismo y con delicada condescendencia, hasta defen­
der la teoría de Gropper sobre la doble justificación,
teoría que Seripando sometió al examen de los Padres
en Trento y que el cardenal Pole no dejó de mirar con
simpatía.
Conceptos específicamente luteranos descubre Ran­
ke en frases como éstas de Flaminio: «El Evangelio

A l l e n , IV, 198. ¿No es ésta la doctrina más querida de los


espirituales italianos? Y el evangelismo, tal como lo define
Imbart de la Tour, se halla compendiado en estas palabras
de la Par aciesis: «Hoc philosophiae genus in affectibus situm
verius quam in sillogismis vita magis est quam disputatio, af­
flatus potius quam eruditio, transformatio magis quam ratio.»
H o l b o r n : Des, Erasmus R ot . Ausgewahlte Werke, págs. 144-145.
(46) Por eso ni el discutido Juan de Valdés debe ser con­
siderado como hereje. Véase, acerca de todos ellos, el libro
de Fr. Domingo de Santa Teresa: Juan de Valdés, 251-316.

306
—dice el humanista en una carta— no es otra cosa
que la buena nueva de que el Hijo Unigénito de Dios,
vestido de nuestra carne, ha satisfecho por nosotros a
la justicia del Padre. Quien esto crea, entrará en el
reino de Dios, gozará del perdón universal y se trans­
formará de criatura carnal en criatura espiritual, de
hijo de ira en hijo de la gracia, vivirá en una dulce
paz de la conciencia» (47). Ideas —añade Ranke— tí­
picamente luteranas, que se esparcían entonces por
gran parte de Italia. Ideas —replicamos nosotros—
que podrían sin escrúpulo hacer suyas todos los per­
sonajes de que hemos hablado, porque son ideas de
neto sabor paulino, que formuladas por una pluma ca­
tólica con mente católica pueden y deben ser interpre­
tadas a la luz de muchos pasajes de la Sagrada Es­
critura.
¡No! El espíritu que informa a estos representantes
del Humanismo cristiano en Italia no es protestante;
es un espíritu ortodoxo, aunque impreciso, amante de
la Iglesia y de la piedad íntima, promotor de la re­
forma eclesiástica y teológica, según el programa eras-
miano. El alma de Sadoleto, sobre todo, es gemela de
la de Erasmo, aunque sin aguijón.
Echase de ver ese erasmismo en la actitud irénica
que a muchos de ellos caracteriza, en la amable tole­
rancia de que hacen gala, en la crítica de los abusos
eclesiásticos, empezando por los del papa, la curia y
los obispos; en la caridad y virtudes morales que pre­
dican; en sus lecturas favoritas del Nuevo Testamen­
to y de los Padres de la Iglesia, interpretados más bien
erudita y elocuentemente que al modo escolástico; en
las pietas litterata que ostentan en su vida irrepren­
sible y estudiosa; en fin, en la admiración que sienten
hacia el Roterodamo.
Con estos hombres el erasmismo espiritualizado en­
tra triunfante en la curia romana. De muy atrás le
venía a Erasmo la benevolencia de los Sumos Pontí-

(47) «M an kann sich hierüber haum lutherisch reschtgläubi-


ger ausdrücken.» L. R anke : Die römischen Päpste (Munich,
1923), I, 73.

307
fices. Tras el pontificado, militar y violento, de Julio II,
detestado por el supuesto autor del Julius exclusus,
vino el de León X (1513-1521), a quien escribió el huma­
nista cartas de adulación y de rendida obediencia, que
obtuvieron las respuestas más halagadoras, como se po­
día esperar del primer papa Médici, que tenía por secre­
tarios nada menos que a Bembo y Sadoleto. El austero
Adriano VI (1522-23), recibió la dedicatoria de los Com-
mentarii in psalmos de Arnobio el Joven, y contestó a
Erasmo ensalzando las egregias cualidades de su ingenio
y de su pluma, al paso que le exhortaba a emplearlas en
combatir a los herejes. Más amistosas todavía fueron las
relaciones del sabio escritor con Clemente V II (1523-24),
a cuyo lado estaba Juan Mateo Giberti. Envióle al pon­
tífice la Paraphrasis in Acta apostolorum con el tes­
timonio de la más devota adhesión a Roma, de la cual
sólo la muerte podría separarle, y poco después, a
vueltas de retóricos elogios a la persona y familia del
segundo papa Médici, y habiendo sabido «quam Tua
Sanctitas amanter sentiret de Erasmo», excusa los des­
lices que pueden notarse en sus escritos anteriores,
sometiéndolos humildemente al juicio de la Iglesia Ro­
mana. Clemente VII no se contentó con darle las gra­
cias, sino que añadió un donativo de 200 ducados de
oro, y cuando Erasmo, cediendo por fin a los deseos
de los católicos, enristró su péñola —tan ágil, bruñida
y acerada— para pelear en singular combate con el
gigante luterano, el Sumo Pontífice quiso mostrarle
su profundo agradecimiento, mandando a los antieras-
mistas españoles que nadie osase hablar en público,
como no fuese honoríficamente, del elocuente, del doc­
to, del laboriosísimo Erasmo (48).
En 1534 sube a la cátedra de San Pedro la distin­
guida figura de Alejandro Farnese (Paulo III). Dotado
de brillante cultura humanística, este discípulo de
Pomponio Leto ha experimentado en sí mismo el cam­
biar de los tiempos, el paso del Renacimiento a una

(48) Al Inquisidor Manrique, arzobispo de Sevilla: «Praedi-


cantibus ipsis jubeas, ne quicquam posthac de Erasmo elo-
quenti, docto atque laboriosissimo viro, nisi honorifice, loquan-
tur.» A jllen, VII, 106.

308
nueva época de mayor gravedad, y está dispuesto a
emprender la reforma eclesiástica, empezando por sí
mismo. El viejo humanista le escribe el 23 de enero
de 1536 felicitándole, augurándole un glorioso ponti­
ficado y ofreciéndose a trabajar por la paz de la Igle­
sia, que es lo que él más anhela (49). Y el papa del
Concilio de Trento no sólo anima al afamado sabio,
«quem tot ingenii et doctrinae laudibus Deus oraavit»,
a colaborar en la gran tarea de la restauración católica
y en la preparación del ansiado concilio, sino que le
concede pingües beneficios, le invita a venir a Roma
y piensa en coronar aquella cabeza, encanecida en el
estudio, con el rojo capelo de los cardenales (50). Y
cuando el anciano y enfermo escritor, amante de su
soledad al pie de los Alpes y presintiendo ya la muer­
te, renuncia a los honores que en Roma le brindan el
papa y sus doctos e influyentes amigos, Paulo III se
rodea de los personajes eclesiásticos que por literatos
y piadosos y reformadores compartían el ideal eras-
miano.
Estos constituyen en 1536, bajo la presidencia de
Contarini, una Comisión de Reforma, cuyas sesiones
fueron inauguradas por un magnífico y sincero discurso
de Sadoleto sobre la reforma de la curia v del clero,
en el que consideraba el Sacco de Roma de 1527 como
manifiesto juicio de Dios contra nosotros, y lamentaba
la triste decadencia de la autoridad pontificia después
de aquellos áureos siglos en que el papa era «el padre
de todas las naciones» (51).
Erasmo hubiera firmado gustosamente aquella ora­
ción de su fraternal amigo, lo mismo que el Dictamen
sobre la reforma, redactado por los miembros de aque-

(49) «N o s utinam ad hoc facinus omnium pulcherrimum...


aliquid adferre possemus.» A l l e n : Opus epist., XI, 62.
(50) El 24 de agosto de 1535 escribía a B. Latomus: «Accepi
ante dies paucos epistolam a Paulo tertio mirifici favoris atque
honorificentissimae de me testificationis plenam... Cum statuis-
set in futuram synodum aliquot eruditos in Cardinalium ordi-
nem allegere, propositum est et de Erasmo.» A llen, XI, 214-217.
(51) D e romanae cuarie et cleri moribus reformandis oratio
(Cracovia, 1561). Sin título en Concilium Tridentinum, ed. Goer-
resgesellschaft, X II, 108-119.

309
lia selecta Comisión (52), dictamen que, imprudente­
mente divulgado, escandalizó a los que no conocían
las nobles intenciones de sus firmantes, varones in­
signes todos ellos por su dignidad, sus virtudes, su sa­
biduría y su amor inquebrantable a la Sede Apostóli­
ca: Contarini, Carafa, Sadoleto, Pole, Fregoso, Alean-
dro, Giberti, Córtese y el maestro del Sacro Palacio,
Tomás Badia, O. P. Hubiera deseado el papa que entre
ellos se contase «el cardenal Erasmo»; desgraciada­
mente éste acababa de morir en Basilea el 12 de julio
de 1536.
Pero ¿no eran estos cardenales y prelados el risueño
reverdecer de la semilla esparcida a voleo, con tenaz
insistencia, por el humanista de Rotterdam? ¿Y no ha­
bía motivos para pensar en el triunfo de su programa
humanístico v reformador?

L a C o n t r a r r e f o r m a o r e s t a u r a c i ó n c a t ó l ic a .

Apresurémonos a decir que tan gozosas esperanzas


se frustraron bien pronto. No había de ser Erasmo el
caudillo de la renovación eclesiástica, sino Ignacio de
Loyola; no el erudito holandés, sino el caballero espa­
ñol; no el pacifista, sino el guerrero (53).
Puede afirmarse que desde 1541 el partido concilia­
dor está en vías de fracaso, y con él todo el programa,

(52) Su título completo es: Consilium delecíorum car dina-


lium et aliorum praelatorum de emendanda Ecclesia S. D. N .
Paulo I I I petente conscriptum et exhibitum anno 1537. Es cier­
to que Carafa y Aleandro, antiguos amigos de Erasmo, seguían
ahora una orientación contraria, pero coincidían en el deseo
de reforma (no en los métodos). El Dictamen propone que los
Colloquia familiaria de Erasmo se retiren de la enseñanza es­
colar, lo cual no significa antierasmismo, pues probablemente
su autor hubiera procedido de igual modo. El documento, en
Conc. Trid.. t. XII, 131-145.
(53) «Nicht der Verfasser des Enchiridion wurde zum Füh­
rer der kirchlichen. Erneuerung, sondern derjenige, der in sei­
nen Exercitia spiritualia sich selbst religiös erneuert hatte und
zeit seines Lebens daran arbeitete, um solche Erneuerung an­
dere zu lehren.» G. S c h n u e r e r : Kirche und Kultur in der Ba­
rockzeit (Paderborn, 1937), pág. 29.

310
bello y utópico, de los erasmianos y de los «spiritua-
li» (54). ¿Fracaso o evolución? El 22 de mayo de aquel
año los coloquios religiosos de Ratisbona se cerraban
sin posibilidad de acuerdo entre católicos y protestan­
tes, frustrándose tristemente todas las ilusiones de
Contarini, que vino a morir a Roma el 24 de agosto
de 1542.
La cizaña del luteranismo asoma su negra cabeza en
ciertos círculos pietistas y literatos de Italia, y serpea
por ciudades como Lucca, Módena, Ferrara, Nápoles,
Venecia... Paulo III, impulsado por el partido de los
intransigentes que van pasando a primera línea, y es­
pecialmente por J. P. Carafa y J. Alvarez de Toledo,
reorganiza el Santo Oficio de la Inquisición, creando
en Roma un tribunal central con autoridad sobre to­
dos los países (julio de 1542).
El fervorosísimo predicador capuchino Bernardino
Ochino, a cuya voz hasta las piedras parecían conmo­
verse, y el también elocuente Pedro Mártir Vermigli,
canónigo regular de San Agustín, ambos amigos un
tiempo de Juan de Valdés ( i 1541) apostataron de la
fe católica, huyendo a Ginebra en 1542. La inquisición
empezaba a actuar (55).

(54) ¿Alude Sadoleto a una reacción antierasmista en la arta


del 24 de abril de 1540? Así piensa E. G o t h e in : Ignatius von
Loyola (Halle, 1895), pág. 129; pero no parece. El texto de la
carta a Pole es como sigue: «Si nosses quae nunc sint rumo·
ribus hominum pervulgata... dolore animi mecum una tabes-
ceres. Erumpunt porro omnia in illius caput et nomen, quem
nos veneramur et diligimus, et cujus beneficiis máxime obs-
tricti sumus... Illud certe patet et perspicuum est, quicquid eve-
niat in República Christiana adversi atque mali, de eo statim
homines culpam in nos, et crimen conferre paratos esse.» J. Sa-
doleti epistolae, III, 183.
(55) Véase L. P astor, V, 337-347; 701-715. F rederic C. C h u r c h :
I riform atori italiani. Trad. Delio Cantimori (2 vols., Floren­
cia, 1935), I, 57-145. Al publicarse en Venecia en 1543 el librito
Del beneficio di Giesü Cristo crocifisso verso i cristiani (ed.
moderna en «Opuscoli e lettere di riformatori italiani» a cura
di G. Paladino, Barí, 1913), los teólogos se percataron de su
doctrina luteranizante, y el dominico Ambrosio Catarino pu­
blicó su Com pendio d ’errori et inganni luterani contenuti in
un libretto senza nome de Vautore (Roma, 1544). Al cardenal
de Trento, que solía decir: « l o l’ho in deliciis, ligato in oro in

311
En el consistorio del 22 de mayo anunció Paulo III
su decisión de convocar próximamente un Concilio en
la ciudad de Trento, que, sin embargo, no se inaugu­
raría hasta el 13 de diciembre de 1545. Un nuevo clima,
de más sol y claridad, de más ardor y rigor, se está
formando en la capital del orbe católico. A la blandura
del diálogo sucede la guerra de religión y la intransi­
gencia inquisitorial; a las bellas ilusiones, la cruda vi­
sión de la realidad; a la piedad dulce y humilde, el
celo devorador. Ayer la Compañía del Divino amor;
h o y la Compañía militante del Nombre de Jesús, apro­
bada canónicamente en 1540 y confirmada sin limita­
ciones en 1544.
Había un no sé qué de esteticista, de blando, tibio
v femenino en los círculos espirituales y reformistas
italianos: se deseaba algo más realista, fuerte y ’Origi­
nal. En la religión y en la vida, como en el arte.
El dulce Sadoleto se quejaba de este cambio de cli­
ma el 9 de junio de 1544, sin comprenderlo (56). Cuan­
do aquel erasmista de tipo romano entregó a Dios su
hermosa alma, el 18 de octubre de 1547, el cardenal
Juan Pedro Carafa, que había pasado a ser su antípoda,
aunque manteniendo hasta el fin las antiguas relacio­
nes de afecto y estima, hizo en el próximo consistorio
el panegírico de sus virtudes. «Fue aquella la oración
fúnebre de las aspiraciones humanísticas dentro de la
Iglesia Católica» (57).

casa mia», Morone le aconsejó que lo dejase. C. Canttj : Gli ere-


tici d’ltalia (Turin, 1865-66), II, 180-181. Domingo de Santa Te­
r e s a : Juan de Valdés, pág. 223.
(56) Escribiendo al cardenal Gregorio Córtese le decía: «V i­
des témpora, vides hominum mores; ut quisque nostrum ali-
quid edit in publicum, quod contra falsas religiones aut pro
veris scriptum sit... etiam qui nostrarum sunt partium quasi
ex insidiis repente egressi circumsistunt, accusant, invehuntur.»
Sadoleti epistolae, 111, 361. Antes que a Sadoleto habían inten­
tado hacer sospechoso de herejía al insigne Contarini, y más
tarde acusarán a Pole y a Morone. No digamos nada de M. A.
Fiaminio, Julia Gonzaga y otros menos seguros.
(57) «Der Mann, der seine eiserne Hand auf die zarten Blü­
ten dieses ganzen hoffnungsfreudigen Frühlings legen sollte,
Carafa hielt ihm die Lobrede im nächsten Konsistorium. Es
war die Leichenrede der humanistischen Bestrebungen in der

312
La Contrarreforma estaba en marcha.
Cuando Carafa se hallaba en España, por los años
de 1517-1520, conoció de cerca la gran obra reforma­
dora, llevada a cabo por el cardenal arzobispo de To­
ledo, Francisco Jiménez de Cisneros, y aunque no coin­
cidiese con el genial franciscano en alguno de sus
métodos reformatorios, admiró su labor de regenera­
ción eclesiástica y trató de imitarla en Italia por pro­
cedimientos más espirituales e independientes de la
política. Apenas regresado a Roma se apresuró a dar
su nombre a la Compañía del Divino Amor; mas no
tardó en convencerse que esta piadosa fraternidad, por
la vaguedad de su estructura, limitación de sus miem­
bros, carencia de programa activo y falta de rígida
organización, no poseía la eficacia que requerían los
arduos empeños de la suspirada renovación moral y
religiosa.
Había que crear un organismo de más ósea contex­
tura, de músculos más tensos y de más apostólica efec­
tividad. La Providencia le puso en contacto con un
alma muy distinta a la suya: la del suave, silencioso,
reservado y santo Cayetano de Tiene (1480-1547), que
meditaba en la fundación de una Orden de clérigos
regulares, sujetos inmediatamente a la Santa Sede, que
restaurasen la pureza del cristianismo primitivo, esme­
rándose particularmente en la caridad y en la pobreza.
Surgió la Orden de los Teatinos, precursora, en algu­
nos puntos, de la Compañía de Jesús.

L o y o la , f u n d a d o r de l a C o m p a ñ ía .

Mas no fue la institución del blando San Cayetano


y del férreo Carafa el instrumento principal que en las
manos de Dios había de proporcionar al pontificado
las decisivas y resonantes victorias de la Contrarrefor­
ma. Fue un caballero español, fundador de la Compa­
ñía que lleva el nombre de Jesús y que « milita bajo

katholischen Kirche.» E. G o t h e in : Ignatius von Loyola, pá­


gina 130.

313
el estandarte de la cruz, al servicio de Nuestro Señor
y de su vicario en la tierra»; fue Loyola, firme y tenaz
como Carafa, superior a él en flexibilidad, en pruden­
cia, en talento organizador, en conocimiento del cora­
zón humano, así como en dones sobrenaturales, el pre­
destinado para infundir sangre y dinamismo, discipli­
na y espíritu, ideales de conquista y nuevas formas
culturales a la época conocida en la historia con el
nombre de Restauración Católica o Contrarreforma,
época que puede abrirse en 1540 con la fundación de
la Compañía, o mejor, en 1545 con el Concilio de Tren-
to, y se cierra en 1648 con la paz de Westfalia.
Era un día de verano de 1527, cuando un pobre es­
tudiante que había empezado a leer unas páginas de
Erasmo y no las había podido concluir, porque le en­
friaban el espíritu, entraba por las calles de Vallado-
lid, a la sazón en que doctísimos teólogos, reunidos en
asamblea, discutían y ponían a prueba la ortodoxia
del renombrado humanista.
Aquel estudiante peregrino, vestido de sayal recién
teñido de negro, de menos que mediana estatura, fren­
te despejada, rostro más bien redondo y rosado, nariz
aguileña y ojos claros, iluminados por las lágrimas y
los éxtasis, era un noble guipuzcoano, que se decía
Iñigo, y venía a tratar asuntos personales con el arz­
obispo toledano, Alonso de Fonseca, el cual «le recibió
muy bien, y entendiendo que deseaba pasar a Sala­
manca, dijo que también en Salamanca tenía amigos
y un Colegio, todo le ofreciendo. Y le mandó luego, en
se saliendo, cuatro escudos» (58). Juzgo excesivo e in­
exacto decir que Fonseca tomó bajo su protección a
Iñigo como a un simpatizante del erasmismo iluminis-
ta complutense.
No sospechaba el fastuoso prelado, mecenas de las
letras y protector de Erasmo, a quien dos meses antes
había invitado a venir a España, prometiéndole 400

(58) Acta P. Ignatii o Autobiografía, n. 63, en «Mon. Hist.


S. I.». Fontes narrativi, I, 452. El azobispo Fonseca había ido
a Valladolid a administrar el santo bautismo al príncipe Feli­
pe (II), nacido el 25 de mayo. Y presidía las reuniones de los
teólogos que disputaban la ortodoxia de Erasmo.

314
ducados de oro al año y una pensión del empera­
dor (59); ni se imaginaban los demás erasmistas espa­
ñoles, tan boyantes y ufanos en aquella hora, que al
frente de la reforma eclesiástica, por ellos deseada,
no se había de poner el autor del Enchiridion militis
christiani, leído entonces con avidez en todos los rin­
cones de España, sino el autor de los Ejercicios espi­
rituales, que no era otro que aquel estudiante pobre,
más adelantado en años que en letras, que venía de
Alcalá, todavía sin títulos universitarios.
Al año siguiente lo encontramos en París, donde es­
tudia con seriedad y se da cuenta claramente de los
juicios contrarios que se formulan sobre Erasmo. En
un viaje de vacaciones llega peregrinando a la ciudad
de Brujas, donde tropieza con Luis Vives, y es invitado
a comer por el gran humanista valenciano. Nada de
extraño que la conversación recayese sobre Erasmo,
en quien Vives idolatraba, y de quien Iñigo de Loyola
habría oído en París las más apasionadas y violentas
diatribas de labios de Noel Beda, teólogo batallador y
reaccionario.
Llega el invierno de 1536, y con las nieves de noviem­
bre y diciembre nueve estudiantes parisienses, con un
atadijo de libros, apuntes y ropas a la espalda, el bas­
tón en la mano y el rosario al cuello, ganan la fron­
tera alemana. «Dejadlos en paz; son hombres que van
a reformar algún país», dice una vieja a unos soldados
que obstaculizan su paso. Bajando de Estrasburgo, pe­
netran en Basilea, la ciudad inmortalizada por Eras­
mo; oyen que el príncipe de los humanistas no está
ya entre los vivos y visitan su pobre sepultura en la
catedral, en aquella catedral sin obispo, llena poco ha
de magnificencia y ahora despojada por los iconoclas­
tas de Ecolampadio (60).
(59) Carta de su secretario, Juan Vergara (24 abril): «Nu-
meraturum se tibi quadringentos áureos ducatus annuos, da-
turumque operam ut pensio tibi caesarea ex asse persolvatur...
Beares nos, beares provinciam nostram.» A llen , V II, 51.
(60) «E o in templo, térra injecta, jacebant... insignes haere-
tici, et alii complures, nec non Erasmus Roterodamus», tes­
tifica Simón Rodrigues en su Com m entarium : «Mon. Hist. S. I.».
Epistolae PP. Paschasii... et S. Roderici, pág. 470.

315
Aquellos nueve jóvenes, maestros en artes, realizan
en sí el ideal erasmiano de la pietas Iliterata o de la
conjunción de la piedad con las letras, mas en tal for­
ma, que yo no osaré decir que sean los herederos del
discutido humanista; diré, más bien, que son sus sepultu­
reros. Porque ellos, que se llaman Fabro y Javier, Laínez
y Salmerón, Bobadilla, Jay, etc., con su padre y maes­
tro Ignacio de Loyola, que les está aguardando en Ve-
necia (adonde llegan el 8 de enero de 1537), van a ser
los heraldos de una cultura nueva, de un humanismo
—llamémoslo así— más dogmático y militante, teoló­
gico más que literario, henchido de esencias medieva­
les, aunque con perfumes clásicos.
El puente entre el humanista de Rotterdam y el ca­
ballero de Loyola lo constituyen esos espirituales y re­
formistas de que venimos hablando. Se llaman Gaspar
Contarini, Reginaldo Pole, Marcelo Cervini, Pedro Bem­
bo, Victoria Colonna, Juan Morone... Todos ellos ami­
gos y protectores de Ignacio y de su Compañía.

I d eales y p r o g r a m a d e l h u m a n i s m o
cató lico ig n a c ia n o .

No tocaré sino algunos puntos, ya insinuados, de


Erasmo. Y sea el primero el de la educación humanís­
tica y teológica. Ideal fue siempre de Erasmo la reno­
vación de la teología, a base de Humanidades, Sagrada
Escritura y Santos Padres. Todos sus libros hablan
de ello. Pues bien, léanse las palabras de San Ignacio
al duque de Baviera en 1551 y parecerá que es el hu­
manista quien habla. El mismo anhelo de la docta
pietas como fin de la educación, el mismo encaminar
las letras humanas hacia la teología, cumbre de la
formación sacerdotal; si bien es verdad que en el santo
aparece más acentuado lo filosófico-teológico y la orien­
tación de todas las ciencias hacia el apostolado (61).

(61) Merecen copiarse algunas cláusulas de dicha carta. Quie­


re que en el Colegio pedido por el duque se establezcan cáte­
dras no sólo de teología, sino de humanidades, lenguas y fi­
losofía. Él mandará profesores, que «non tantum doctos, sed

316
Erasmo escribió libros pedagógicos y se preocupó
de la formación eclesiástica y pastoral de los sacerdo­
tes (recuérdese al menos su Ecclesiastes sobre el modo
de predicar); y el fundador de la Compañía pobló el
mundo de colegios —a los cincuenta años de su muerte
eran casi 300—, en los que se enseñaban las letras
humanas y otras disciplinas, útiles para los jóvenes
clérigos, cuando no había seminarios sacerdotales. Y
fue Loyola, por sugerencias del cardenal Morone, quien
creó en 1552 el Colegio Germánico de Roma, que pue­
de llamarse el primer seminario clerical, prototipo y
modelo de los que poco después estableció el Concilio
Tridentino (62).
El fundador de la Compañía de Jesús no se conten­
ta con que las letras hablen de Cristo, incipiant sonare
Christum; quiere que Cristo se apodere de las inteli­
gencias, domine en los corazones, reine en la vida toda.
Al igual que el humanista de Rotterdam, aboga por
la unión de piedad y letras, de fe cristiana y cultura
clásica, ordenándolo todo a la mayor gloria de Dios
y salvación de las almas; pues, como dice su secreta­
rio Juan de Polanco: «Cuanto a las letras, a una mano
quiere que todos se funden bien en la gramática y
letras de humanidad... Después ningún género de doc­
trina aprobada desecha, ni poesía, ni retórica, ni lógica,
ni filosofía natural, ni moral, ni metafísica, ni mate­
máticas.» (63)

et pios ac bonos efficere ( ideal erasmiano) suos auditores sa-


tagerent... Quod ad litteras attinet, scopus sit theologica fa­
cultas... Ideo ad instauranda studia theologiae. consilium nos­
trum hoc erat, ut... primo quidem litterarum humaniorum lec­
tores tantum constitueremus, qui juventutem in latinis, grae*
cis et hebraicis litteris... excolerent, et eosdem ad pietatem...
formarent (d e nuevo el ideal erasmiano). Cum autem provec-
tiores essent in hujusmodi litteris... ad artium cursum... cons-
cendere», etc., hasta la teología. S. Ignatii Epistolae: «Mon.
Hist. S. I.», III, 659-660.
(62) V. B r a s e l : Praeformatio reformationis Tridentinae de
Seminariis clericorum (Roehampton, 1938). N. D. D í a z : San
Ignacio de Lovola y los Seminarios (Montevideo. 1939). James
A. O ’D o n o e : Tridentine Seminary Legislation. Its Sources and
its formation (Lovaina, 1957).
(63) S. Ignatii Epistolae, en M H SI, III, 502. En las Consti-

317
Pero la elegantia Utterarum, que en Erasmo es fin,
aunque no total, porque la quiere informada por la
religión y piedad, en San Ignacio es medio, que se ha
de alcanzar en tanto en cuanto conduzca a fines apos­
tólicos y altamente religiosos. «Para nosotros —dice—
nos podría bastar sin tanto Cicerón ni Demóstenes;
pero como San Pablo se hizo todo a todos para ganar­
los a todos, así la Compañía, con deseo de ayudar las
almas, toma estos despojos de Egipto para trocarlos
en honor y gloria de Dios.» (64) Loyola concibe las
Humanidades como un instrumento de apostolado, im­
prescindible en aquellos tiempos que tanto se paga­
ban de las bellas formas clásicas, y también como una
llave para penetrar en los palacios de la teología e in­
terpretar el sentido genuino de los textos bíblicos.
En la espiritualidad de estos dos personajes se pa­
tentiza también la diferencia de dos épocas histó­
ricas (65).
De Cristo habla Erasmo en casi todas las páginas
de su fecundísima producción literaria con sincera pie­
dad indudablemente, mas no con la devoción humilde,
ungida y llameante de los santos. Sus palabras, un
poco abstractas y eruditas, engarzadas en hipérbaton
difícil para un principiante, más llenas de razones que
de humildad y amor, ¿cómo no habían de amortiguar

iliciones de la Compañía legisló en estos términos: « Y porque


así la doctrina de Teología, como el uso della, requiere, espe­
cialmente en estos tiempos, cognición de Letras de Humanidad
y de las lenguas latina y griega y hebrea, destas habrá bue­
nos maestros y en número suficiente... Debaxo de Letras de
Humanidad, sin la Gramática, se entiende lo que toca a Re­
tórica, Poesía y Historia.» Parte IV , cap. 12, n. 2. Y poco antes:
Todos y specialmente los humanistas hablen latín... y ejerci­
ten mucho el stilo en composiciones, habiendo quien los co­
rrija ... y un día cada semana, después de comer, uno de los
más provectos haga una oración latina o griega.» Parte I V ,
capítulo 6, n. 13.
(64) S. Ignatii Epistolae, en M H SI, V III, 618. La compara­
ción o analogía con los despojos de Egipto la usó ya San Ba­
silio en el Discurso a los jóvenes sobre la fructuosa lectura
de los libros gentiles. MG, 31, 568.
(65) Sobre las notas características de la espiritualidad eras-
miaña, véase nuestro art. Erasme, en «Dictionnaíre de Spiri-
tualité».

318
los heroicos fervores de un recién convertido, todo
voluntad y afecto, como el penitente de Manresa? Iba
éste peregrinando en busca de Cristo «nascido en sum-
ma pobreza, que por mí se ha hecho hombre para que
más le ame y le siga»; del Cristo que congrega após­
toles y discípulos «en lugar humilde, hermoso y gra­
cioso»; del que enseña en el monte de las bienaven­
turanzas y ora en el huerto de los olivos y muere en
el Calvario, «doloroso..., quebrantado..., colgado en la
cruz»; del Cristo que dice a Pedro: «Apacienta mis
ovejas», y a sus discípulos: «Id y enseñad a todas las
gentes»; en una palabra, del Cristo viviente y sufriente
del Evangelio, «summo capitán y señor nuestro»; y le
ofrece Erasmo el Cristo de su Enchiridion, que más
que un Dios-hombre, redentor misericordioso de los
mortales, es simplemente el Doctor y Maestro de la
Christiana philosophia, y casi diríamos, la idea abs­
tracta de la virtud o el símbolo de cada una de las
virtudes, la caridad, la sencillez, la paciencia, la pu­
reza: «Christum vero esse puta non vocem inanem,
sed nihil aliud quam caritatem, simplicitatem, patien-
tiam, puritatem, breviter quicquid ille docuit... Ad
Christum tendit qui ad solam virtutem fertur.» (66)
La virtud más estimada de Erasmo, aquella cuyo
nombre no se le cae de los labios, es —ya lo hemos
visto— la concordia, la fraternidad, mientras que la
virtud predilecta de Ignacio —después de las teologa­
les, se entiende, o identificada con la caridad— nadie
ignora que es la obediencia al representante de Dios:
concordia erasmiana y obediencia ignaciana, que res­
ponden a dos concepciones distintas de la vida espiri­
tual y de la Iglesia de Cristo.
Es verdad que los dos coinciden en hablar del «Cuer­
po místico de Cristo», pero ¡qué diversa tonalidad de
expresión la del humanista y la del santo! Cien veces
desarrolla Erasmo en sus escritos la idea del Cuerpo
místico; es su concepción favorita, y de ella deduce,
más que el sentido místico, profundo, sobrenatural,

(66) Enchiridion militis christiani, canon 4: H olborn: Ausge-


wdhlte Werke, pág. 63.

319
de nuestra incorporación a Cristo y participación de
su vida divina, el sentido meramente social y humani­
tario de la unión y concordia entre los diversos miem­
bros.
San Ignacio, por una parte, es más místico; por
otra es más jerárquico. A la metáfora del Cuerpo mís­
tico añade él casi siempre algo de jerarquía eclesiásti­
ca, de sujeción a Roma (67). Lo mismo que a la metá­
fora, no menos mística, de la Esposa de Cristo (68).

(67) «Es beneficio singular ser unidos al Cuerpo místico de


la Iglesia Católica, vivificado y regido por el Spíritu Sancto»,
le escribe al Negus Claudio de Etiopía, invitándolo a aceptar
el Primado Romano. S. Ignatii Epistolae , en M H SI, V III, 464.
(68) «Obedecer a la vera Sposa de Cristo nuestro Señor, que
es la nuestra sancta madre Iglesia hierárquica.» Ejercicios es­
pirituales, n. 353. Sostiene M. Bataillon en su clásica obra,
Erasmo y España (México, 1950), prólogo a la traducción es­
pañola, I, págs. X V y II, 160, que el tema del Cuerpo místico
en la espiritualidad española del siglo xvi procede siempre de
fuentes erasmianas. Que en último término se remonta a San
Pablo, nadie lo pone en duda, pero al señalarlo como típico
del paulinismo erasmista quiere decir que no conoce otra fuen­
te próxima. Me atrevo a preguntar: ¿también San Ignacio de
Loyola depende en esto de Erasmo? Yo pienso que el Rotero-
damo influyó en la literatura española, mas no tanto. Adviér­
tase que el paulinismo triunfaba en toda Europa a principios
del siglo xvi y entró en España por cauces no exclusivamente
erasmianos. ¿Y el biblicismo autóctono español del siglo xv
no podía transformarse fácilmente en paulinismo? Una m ujer
como María de Cazalla, antes de conocer a Erasmo, leía a San
Pablo en castellano. No se le escapa a Bataillon un dato muy
significativo: que el traductor castellano del Enchiridion, al ro­
manzar los pasajes relativos al Cuerpo místico, los saborea
más que el autor, y a veces los desentraña y amplifica nota­
blemente, sobre todo en la conclusión del libro; señal de que
los españoles en este punto no necesitaban estímulos extraños.
Antes que Erasmo, la imagen del Cuerpo místico la habían
popularizado en España los escritos de Santa Catalina de Siena
(mandados imprimir por Cisneros), en cuyas páginas se repite
por activa y por pasiva, casi hasta la saciedad, que los cristia­
nos somos miembros de Jesucristo y que Él es nuestra cabe­
za. Los letrados españoles tenían en casa tres autores del si­
glo xv, que claramente les explicaban la doctrina del Cuerpo
místico. El primero era Juan de Torquemada, O. P., en cuya
Summa de Ecclesia hay dos capítulos con estos epígrafes: «De
rationibus propter quas Ecclesia nominetur Corpus scilicet mys-
ticum Christi (parte I, cap. 43); «De unitate membrorum Ec-
clesiae» (cap. 44). El segundo era Alfonso de Tostado, que trata

320
Con ser altamente contemplativo y saborear de una
manera continua y plena el dogma de nuestra incor­
poración a Cristo, viendo «a todas las personas no
como bellas o feas, sino como imágenes de la Santísi­
ma Trinidad y como miem bro de Cristo y como teñi­
das en su sangre» (69), se complacía, sin embargo, en
representarse a la Iglesia como el Reino de Dios, reino
que está en perpetua guerra, y que por lo mismo debe
ostentar la organización jerárquica de un ejército, con
obediencia ciega a los mandos y adhesión incondicio­
nal al Monarca y «Sumo Capitán general de los bue­
nos, que es Cristo nuestro Señor».
En opinión de Erasmo, la autoridad doctrinal de
la Iglesia se basa principalmente en el consentimiento
universal del pueblo cristiano, porque un papa de po­
der absoluto puede convertirse en déspota (70). Sobre
la naturaleza y extensión de la potestad pontificia, ¡con
qué vaga incertidumbre y ambigüedad se expresa! Y
del magisterio eclesiástico, ¡qué concepto tiene tan
confuso!
San Ignacio, en cambio, afirma categóricamente la
infalibilidad de la Sede Apostólica «en las cosas que
tocan a la fe y costumbres» (71); proclama la obliga-

del asunto en varias partes de sus obras, verbigracia, In Ge-


nesim, cap. X III, quaest. 799, 801; In Matthaeum, cap. X V II,
quaest. 106. Y el tercero, Alonso de Cartagena, que expone las
mismas ideas en su D efensorium unitatis Christianae, ed. y
notas de M. Alonso (M adrid, 1943), pág. 150.
(69) S. Ignatii Epistolae, en M H S I, X I, 439. Aunque así mi­
raba a los miembros del Cuerpo místico, su contemplación
amorosa iba primariamente a la Cabeza: «Totum Ecclesiae
corpus in ejus Capite Christo Jesu diligere debemus.»S. Ignatii
Epist., en M H S I, V, 221.
(70) «Ecclesiam autem voco totius populi christiani consen-
sum.» A l l e n : O pus epist., V II, 216. Cfr. V I, 210. Y en la
Ratio seu m ethodus... ad veram theologiam : «Sunt enim qui
corpus universum Ecclesiae in unum contrahunt Romanum
Pontificem, quem negant errare posse, quoties de moribus aut
fide pronuntiat... Nonne hujusmodi dogmatis ingens aperitur
fenestra tyrannidi, si tanta potestas incidat in impium ac pes-
tilentem hominem?» H oiborn : Ausgewahlte Werke. pág. 206. Clare
está que el viejo Erasmo no se expresará con tanta desenvol­
tura.
(71) Carta al Patriárca de Etiopía. S. Ignatii Epist., V III, 682.

321
ción de someterse a sus enseñanzas y preceptos, «cre­
yendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la
Iglesia, su esposa, es el mismo espíritu que nos go­
bierna y rige» (72).
El ideal erasmiano era de conciliación, de paz, de
unanimidad, de tolerancia. Pensaba que los polemis­
tas católicos, como el teólogo Silvestre Prierias, habían
envenenado con sus ataques la cuestión luterana; ha­
bía que vencer el mal con el bien, con la comprensión,
con el sufrimiento, con un discreto adogmaticismo con­
trario a las decisiones escolásticas, con las armas per­
suasivas de la doctrina y de la cultura literaria. El
mismo Turco se daría por vencido si en vez de arma­
das y ejércitos le opusiésemos la mansedumbre evan­
gélica y el maravilloso ejemplo de las virtudes cris­
tianas (73). ¡Cuántas utopías y quimeras! No es de
maravillar que el santo oficio de la Inquisición se le
hiciese antipático, aunque no se atreviese a condenar­
lo en público (74).
La cabeza realista de Ignacio no se forjaba ilusio­
nes. Sabía que los tiempos eran de guerra y, lo que
es peor, de revolución. El Catolicismo debía hacer
frente a sus dos capitales enemigos: el Protestantismo
y la Media Luna. Por eso las soluciones ignacianas
frieron directas y eficaces. No mandó contra la herejía
vanos disputadores, sino apóstoles y santos, como Fa-
bro y Canisio, sabios controversistas que, sin herir a
nadie, venciesen con las armas del espíritu y de la
doctrina, y sabios profesores que educasen literaria y
cristianamente a la juventud. No menos de 38 colegios
jesuíticos funcionaban hacia 1606 en las provincias del
Imperio. Contra las tendencias adogmáticas y vague-

(72) Ejercicios espirituales, n. 365.


(73) A l l e n : Opus epist., II, 85. Con todo, la guerra anti­
turca no la reprueba en absoluto. Véase la nota 7.
(74) «In haereticum errorem prolapsus traditur incendio,
etiamsi non accedat crimen blasphemiae... Haec eo spectant,
non ut reprehendam hodiemae consuetudinis severitatem, for-
tasse necessariam, sed ut ostendam Ecclesiam, quo magis vi-
gebat in ea germana pietas, hoc magis a bellis et capitalibus
suppliciis abhorruisse.» Consultado de bello Turcico, en Opera
omnia, ed. Clericus, V, 356.

322
dades de Erasmo, opuso los dogmas de Trento y la
solidez doctrinal de la Neoscolástica española. Contra
la suave tolerancia, madre del indiferentismo, a cuyo
amparo se propagaba la peste de todos los errores,
opuso la santa intransigencia del Tribunal de la Inqui­
sición, que él promovió, por medio de Carafa, en la
Roma de Paulo III (75). Y respecto de los turcos, bien
conocido es el plan de cruzada que el antiguo militar
de Carlos V trazó veinte años antes de la batalla de
Lepanto; estaba ya en los últimos años de su vida
cuando aquel santo, abismado en las más altas con­
templaciones místicas, planeó el modo de armar y sos­
tener una poderosa flota con que el emperador pudiese
señorear el Mediterráneo, quebrantar el poderío de
los turcos y afianzar el dominio español en Europa (76).
Cabe afirmar que Ignacio de Loyola es la mejor per­
sonificación de la Contrarreforma, tanto en su aspecto
positivo, espontáneo y vital como en el de reacción
antiprotestante, aunque en este último aspecto se ha
exagerado a veces más de lo que permite un estudio
directo y profundo. Si Everardo Gothein ve en el fun­
dador de la Compañía «ein wahrer Microcosmus der
spanischen religiösen Kultur», a mis ojos aparece tam­
bién como un verdadero microcosmo del Catolicismo
en los áureos días de su Restauración. No sin gracia
penetrante e iluminada ha escrito Papini que es «el
más absolutamente católico de los santos».

(75) Intervino con los cardenales Carafa y Alvarez de Tole­


do, para que lo pidieran al papa. S. Ignatii Epist., VII, 398-404.
Y lo hubiera deseado para reprimir el protestantismo en Ale­
mania, si el estado de aquella infortunada nación lo pudiera
sufrir. Véase sobre esto la importantísima carta que escribid
a San Pedro Canisio en agosto de 1554, y que puede conside­
rarse como el m ejor programa de la Contrarreforma en los
países del Norte. S. Ignatii Epist., V II, 398-404.
(76) Véanse las dos cartas del secretario Polanco a Jeróni­
mo Nadal (6 agosto 1552), en S. Ignatii Epist., IV, 353-54, 354-59,
sobre todo la segunda. Y Chronicon Societatis lesu, del mismo
Polanco, II, 555. A. H uonder : Ein Flottenpían des hl. Ignatius
von Loyola: «Die kathol. Missionen», 43, 1914-15, 49-53.

323
E sp le n d o r de la cultura c o n t r a r r e f o r m is t a .

Imposible trazar aquí ni siquiera un esbozo de aquel


siglo luminoso y fuerte, millonario y pródigo (77).
De sus limitaciones, de sus deficiencias en el aspec­
to reformatorio dentro de la misma Roma, de su rá­
pido fracaso en Europa, no es éste el momento de
discutir y contrastar opiniones. Miremos a lo más pro­
pio y relevante, hoy sobre todo, que nos invade una
ola de reacción y menosprecio respecto de aquella
edad. Pontífices ejemplares, como Pío V, y obispos
egregios, como Carlos Borromeo; órdenes religiosas
que se reforman y nuevas instituciones monásticas
que se consagran al apostolado, a la enseñanza o a
la caridad misericordiosa; constelaciones refulgen­
tes de santos y de héroes que abruman y decoran las
páginas del santoral y martirologio; falanges de misio­
neros intrépidos que conquistan mundos para la Igle­
sia de Roma; predicadores de reyes y predicadores
populares; enjambres de místicos, arrimados al panal
del costado de Cristo, y sublimes contemplativos, al
estilo de Teresa y de Juan de la Cruz, que exploran
mundos interiores y nos describen en páginas inmor­
tales sus experiencias y sus itinerarios espirituales;
vuelos aguileños de la teología postridentina, que a la

(77) Gustavo Schnürer nos ha dado su historia, bajo el as­


pecto cultural, en un denso volumen (cfr. nota 9) que llega
hasta el Iluminismo racionalista. La historia religiosa de 1520
a 1618 ha sido concisamente trazada por el anglicano B. J. K id d :
The Counter-Reformation (Londres, 1933). La obra fundamen­
tal de L. Pastor necesita retoques y complementos desde el
punto de vista español. Véanse los tomos 17 y 18, que dedica
a ese período la «Histoire de l'Eglise» iniciada por Fliche-Mar-
tin, a saber, L. Cr ist ia n i : L ’Eglise á Vépoque du Concile de
Trente (París, 1948) y L. W illaert : Aprés le Concile de Trente.
La Restauration catholique, J563-I648 (París, 1960); la segunda
parte de este volumen versará sobre Les problém es doctrinaux
(no publicado aún). De carácter ensayístico y divulgativo es la
obra dirigida por J. Scheuber : Kirche und Reformation. Auf-
blühendes katholisches Leben im 16. und 17. Jahrhundert (E in­
siedeln, 1917).

324
luz de la revelación y bajo el prisma de las diversas
escuelas investigan los misterios del dogma; eflores­
cencias de una cultura artística que revienta de inten­
sidad y patetismo; inspiración polimórfica que se de­
rrama en todos los géneros literarios, en la lírica, en
la novela, en el teatro. Eso es en síntesis —y supri­
miendo nombres— la época de la Restauración cató­
lica o Contrarreforma.
Y porque la joven Compañía de Jesús se entregó en
cuerpo y alma al servicio de Roma y del pontificado
puede decirse que la gloria romana y pontifical de
aquel radiante mediodía la envolvió en sus propios es­
plendores.
Desde el corazón de la Cristiandad, Ignacio desple­
ga en abanico por toda la rosa de los vientos las mi­
licias por él formadas. Uno de sus hijos, el apóstol
de Alemania, Pedro Canisio, con su palabra y su pluma
reconquista para la Iglesia ciudades y provincias en­
teras. Otro, que es humanista y diplomático, Antonio
Possevino, se afana en Estocolmo por convertir a
Juan I I I de Suecia, y en el Kremlin de Moscú expone
ante Iván el Terrible los fundamentos dogmáticos del
primado romano. Aquí es Edmundo Auger, el Crisós-
tomo de Francia, tan pronto capellán castrense como
confesor del monarca y apologista de la fe entre los
hugonotes; allí es Pedro Skarga, magna lumbrera de
Polonia; en la Inglaterra de Isabel, figuras tan sim­
páticas como Edmundo Campion y Roberto Southwell
rubrican con la propia sangre sus apologías de la su­
premacía papal; y fuera de Europa, el mayor de los
misioneros, Javier, en deslumbrante galopada, lleva el
Evangelio en triunfo por los reinos del remoto Orien­
te, a quien siguen Valignano, Nóbili, Ricci, Rhodés;
y en Etiopía es el paupérrimo patriarca Andrés de
Oviedo; en Monomotapa, Gonzalo Silveira, protomártir
del Africa austral, cantado por Camóes; en el Brasil,
Anchieta, el taumaturgo; en el Paraguay, Ruiz de Mon-
toya, y en todos los campos de batalla un jesuíta que
predica, enseña, escribe o muere, ganando trofeos para
la Iglesia y dilatando sus fronteras.
Frente al peligro de la ignorancia religiosa y de la

325
pedagogía naturalista, la Compañía multiplicará por
centenares sus colegios con métodos humanísticos im­
pregnados de religiosidad —léase su Ratio studiorum —
y en los que no faltarán esos hogares de piedad activa,
que son las Congregaciones marianas.
Si el clero católico quería estar a la altura de las cir­
cunstancias y de lo exigido por el Concilio Tridentino,
debía recibir una formación integral que lo capacitase
para ser en verdad luz del mundo y sal de la tierra.
Y el gran pontífice de la Contrarreforma, Grego­
rio XIII, funda seminarios para Inglaterra, Alemania,
Hungría, Polonia, Grecia, el Oriente, y los agrega a un
Colegio o Universidad de la Compañía, de donde sal­
gan, formados por los jesuítas, jóvenes sacerdotes, que
serán orgullo de su patria y del Catolicismo.
Al ritmo de estas actividades apostólicas, crece la
efervescencia intelectual y el florecimiento teológico.
La Neoscolástica, regenerada en Salamanca, sube a las
más altas cumbres con Suárez, Molina, Vázquez, Tole­
do, Valencia, Lessio, Tanner, Montoya, Ripalda, Lugo...
(¿quién los podrá contar?) y se impone con sus mé­
todos en Roma, en París, en Ingolstadt, en Dilinga, en
Viena, en Praga, triunfando sin rival la filosofía suare-
ciana durante todo el siglo xvii, aun en las Universida­
des protestantes. Para luchar en terreno firme contra
los herejes, apoyados en el texto de la Escritura, Juan
Maldonado, después de cosechar aplausos y laureles
en París con sus lecciones filosóficas y teológicas de
un latín ciceroniano v métodos modernos, funda con
sus Comentarios a los evangelios la crítica bíblica. Para
refutar las objeciones de todo género que levantan los
protestantes y deshacer sus errores sobre el pontifi­
cado y la Iglesia, no bastan los polemistas del comien­
zo del siglo xvi, de lenguaje casi bárbaro en su mayo­
ría, sin más habilidad que la del silogismo; es menes­
ter dar forma moderna a los tratados De Ecclesia y
De Romano Pontífice, y aparece Roberto Bellarmino,
principe de los controversistas. A fin de que la teolo­
gía no incurra en falsas interpretaciones de textos, ni
en errores históricos, ni en las cavilaciones y sutilezas
de los siglos xiv y xv, sino que se nutra de Sagrada

326
Escritura, tradición y magisterio eclesiástico, el erudi­
tísimo Petavio crea la teología positiva y, siguiendo a
Maldonado, hacen la exégesis del texto bíblico Salme­
rón, Toledo, Mariana, Ribera, Del Prado, Villalpando,
Barradas, Serarius y el universal Cornelio Alápide. Con
objeto de dar base sólida a las ciencias sagradas, fa­
cilitando el recurso a las fuentes, los jesuítas parisien­
ses del Colegio de Clermont emprenden la publicación
crítica de los Concilios, mientras los Bolandistas de
Amberes inician, con sus Acta Sanctorum, la obra más
monumental de la hagiografía católica, todavía hoy en
marcha.
Nada diré de los cultivadores de las ciencias exac­
tas, ni de escritores geniales en la propia lengua, como
Mariana y Gracián; ni de ascéticos bien conocidos, como
Rodríguez, La Puente, Nieremberg, Lallement, Surin;
ni del gran lírico del barroco alemán Federico Spee, ni
de los incontables poetas latinos, como Luis da Cruz,
Stefonio, Sarbiewski, Bidermann, Balde, etc.
Y notad que esto no es más que un destello de la
Reforma Católica (78). La aportación jesuítica no es
más que un riachuelo, un afluente, al que se suman
otras caudalosas corrientes de las nuevas y antiguas
Ordenes religiosas, del clero secular, formado según
las normas de Trento, y de todo el pueblo cristiano,
rebosante de fe, de espíritu, de savia sobrenatural.
Tan pujante vitalidad tenía que florecer en una nue­
va forma de cultura y de arte. En efecto, no son sola­
mente grandes santos, egregios prelados, heroicos mi­
sioneros, los que tejen y bordan con hilos de oro y de
luz el regio manto de la Iglesia Romana en aquellas
horas cenitales, en que Lutero retrocede, v naufraga
la Media Luna ,y América recibe de rodillas las aguas
bautismales sobre su piel cobriza, y Felipe II, en su
sillón frailuno del Escorial, sustituye con ventaja al
emperador medieval en su oficio de abogado de la
Iglesia y defensor de la Cristiandad; son también co-

(78) En poco más de 300 páginas hemos condensado las múl­


tiples actividades de los jesuítas durante la Contrarreforma,
en nuestro Manual de Historia de la Compañía de Jesús (2? edi­
ción, Madrid, 1954), págs. 77-391.

327
ros de poetas, gremios de artistas, pléyades brillantes
de escritores.
Toda la cultura, y singularmente el arte, debía refle­
jar el espíritu de la Catolicidad, el ambiente de la épo­
ca, el estado de ánimo de aquellos hombres, forjado­
res de un imperio espiritual más ecuménico que el del
Medioevo; y como ese espíritu era de conquista y de
reconquista, de austeridad religiosa en su primera fase
y de pompas triunfales en la segunda, de rotunda afir­
mación dogmática, de dinamismo exuberante y gozo­
so, de voluntarismo creador, esos rasgos o caracteres
había de ostentar el nuevo arte, el nuevo estilo.
No disputemos vanamente sobre si la Contrarrefor­
ma creó o no un nuevo arte, diverso del Renacimien­
to, sobre si el Barroco debe llamarse arte de la Con­
trarreforma y si se dio un arte verdaderamente jesuí­
tico (79). Lo indiscutible, a mi juicio, es que la cultura
católica de aquel siglo y el alma que la informaba se
manifestaron, como no podía menos de suceder, en
un estilo artístico de mayor dinamismo, de más tensa
musculatura, más voluntarioso, más teatral y pictórico
y también más abierto al infinito. Apunta en ese pri­
mer balbuceo barroco, mal llamado Manierismo, y
acaba por fundirse con el auténtico Barroco, que es
también arte contrarreformista, aunque no sea sólo
de la Contrarreforma.
Estamos para conmemorar próximamente los comien­
zos de la Contrarreforma, de aquel período histórico,
que tras la mundanidad del Renacimiento y tras la
bella esperanza frustrada del humanismo erasmiano y
espiritual significó contra la revolución luterana y fren­
te a las perspectivas infinitas que se abrían a la Cris­
tiandad en los mares de Occidente y de Oriente el

(79) C. G alassi P a lu zz i : Storia segreta dello stile dei Gesuiti


(Roma, 1951), con copiosa bibliografía. El documentado libro,
sobre la primera iglesia jesuítica, de P. P e c c h ia i : II Gesü di
Roma (Roma, 1952) deberá corregirse en algunos puntos, con­
forme a la valiosa monografía de P. P jrrt : Giovanni Tristano
e i primordi delta architettura gesuitica (Roma, 1955). Véanse,
entre otros muchos, H. W o lffu n , Renaissance und Barock (M u ­
nich, 1926). E. Male, L ’art religieux aprés le Concite de Trente
(París, 1932).

328
triunfo culminante del Catolicismo, la hora meridiana
de nuestra edad de oro.
Han pasado cuatrocientos años. Y también en la
hora de ahora vemos alborear una nueva época en
la historia. ¿Cuál será su signo? ¿Cuál será, para el
Catolicismo y para el mundo la nueva edad que em­
pieza a amanecer?
INDICE ONOMASTICO

Agrícola, R., 153. Buchanan, J„ 147, 149, 165.


Aguilera, G., 221. Budé, G., 150, 163, 166, 205.
Alberto de Sajonia, 64.
Alcalá, 24, 25, 28, 53 y ss., Cadena, L., 55.
81 y ss. Calixto de Sa., 99, 108, 114,
Alcaraz, P., 84, 94, 97. 115, 116, 123.
Alcocer, D., 58. Cámara, L. González, 24-29,
Aleandro, J., 201, 298, 303. 63, 64.
Alumbrados, 60, 81-96. Cano, M., 127.
Am ador de EIduayen, 219. Calvino, J., 149, 202, 203.
Ana de Benavente, 114, 116, Cardoner, 76.
118. Caroli, P., 190, 192, 194, 201.
Anaxágoras, 178. Carranza de Miranda, S., 56.
Antezana, 107. Carrasco, M., 57, 65, 105.
Aranda, M., 191. Castillo, J., 103, 124.
Ardevol, J., 23, 29. Castro, J., 219.
Augereau, A., 206. Cayetano de Tiene» 313.
Azpilcueta, J., 165. Cayetano (T. de Vio), 198.
Cazalla, J., 83, 89.
Cazalla, M., 89.
Baeza, 86.
Celaya, J., 148.
Barcelona, 23-30.
Celestina, 112, 198.
Bartoli, D., 28. Ciceronianos, 298.
Basilea, 20, 315. Ciruelo, P., 56, 69, 70, 73, 110.
Beata de Piedrahita, 92. Cisneros, cardenal, 53, 59.
Beata de Salamanca, 125. Clemente V II, 308.
Beda, N., 48, 131-144, 157, 199, Clichtove, J., 186, 187, 196.
201, 203, 208. Colegios, 130, 150, 159.
Begardos y Beguinos, 85. Colegio Germánico, 317.
Benavente V., Ana y Mencía. Colegio Real, 150-55.
Bembo, P., 298, 299, 301, 308. Colegio Trilingüe, 151, 155.
Beneficio de Cristo, 237, 306, Colon na, V., 200, 231, 296, 304,
311. 305.
Benoit, J., 161, 162. Com o si, 47, 230*32.
Berquin, L., 134, 139, 186, 194, Compañía del DA., 297.
195. Consilium delectorum, 236,
Beteta, L., 94, 95, 123. 310.
Biblicismo, 90, 97, 320. Contarini, G., 212, 234, 236,
Blanco-negro, 173, 177, 226. 300, 301.
Bolonia, 250. Contrarreforma, 282 y ss.
Bourbon, N., 151. Cop, N., 200, 202.
Bovadilla, N. A., 160, 161, 166. Cordier, M., 147, 149, 207.
Briffonnet, G., 189, 190, 192. Córdoba, 93.
Brujas, ciudad, 220, 221. Coronel, L., 59, 176.

331
Corpus Christi mysticum, 33, Fonseca, A., 71, 72, 122, 314.
01 , 320. Forlí, 264.
Crockaert, P., 162. Francisco de Borja, 268.
Cruz, devoción, 95. Francisco Javier, 144, 165, 166,
Cruz, Isabel, 84, 93. 203.
Francisco I, 151, 157, 191, 200.
Daillon, L., 193. Frías, M., 124.
Danés, P., 151, 164. Frusio, A., 244, 251.
Demochares, A., 149. Fuente, M., 57.
Devociones populares, 44.
Devotio moderna, 84. Gaigny, J., 160.
Dexados, 94. García Matamoros, A., 54.
Diego de Alcántara, 29. Gélida, J., 148.
Directorios espirituales, 178- Génova, 250.
81. Gerson, J., 130.
Doménch, J., 258. Giberti, J. M., 297, 300, 302.
Du Bellav, G., 198. Gouvea (Gouveia), A., 145, 146,
Du Bellay, J, 201. 148, 149.
Duprat, A., 1%. Gouvea, D., 132, 145, 146, 219.
Gouvea, M., 149.
Durero, A., 289.
Durando, G., 32.
Hangest, J., 187.
Helyar, J., 167, 168.
Eckart, Maestro, 84.
Hernández, D., 88, 101.
Eguía, D., 65, 67.
Hernández, F., 85, 88, 89.
Eguía, M., 65, 67, 69, 88, 98-
Husillos, abad, 53, 58.
100.
Emparedada, 125, 126. Ilum inismo, v. Alumbrados.
Enchiridion, ediciones, 31-32. Indice de libros prohibidos,
Enríquez, T., 110. 227, 235-37, 256, 257, 270, 277.
Erasmo, vida y figura, 11-15, Indiferencia, 39-44.
20, 283-89; escritos, 69, 236, Inquisición romana, 311.
237, 262; juzgado por diver­ Iñigo López, 121.
sos autores, 16; aplaudido Jaén, 71, 85, 93.
en España, 61; su espiri­ Judaizar, 119.
tualidad, 14, 50, 318.
Estanislao de Kostka, 261. Lainez, D., 253-59.
Evangelismo, 17. Lancicio, N., 228.
Examen de conciencia, 112. Lange, J., 150.
Latino Latini, 156.
Fabro, P., 144, 169.
Latomus (Masson), B., 147,
Farel, G., 191. 207.
Felipe II, 233, 314, 327.
Laurent (Laurency), T., 161,
Fernández de Madrid, A., 30, 162, 209.
48, 66.
Le Court, E., 198.
Femel, J., 147. Ledesma, D., 268.
Ferrara, 258. Lefévre d'Etaples, J., 18, 136,
Figueroa, J., 105, 108, 109, 120,·
122. 150, 189-94.
Le Picart, F., 132, 160, 203.
Flaminio, M. A., 302, 306. Lerma, P., 55.
Florencia, 264. Liévin, V., 209.

332
Liturgismo, 78. Nápoles, 237, 248.
López de Cortegana, 59. Navarra, colegio, 160.
López de Zúñiga, 56. Naveros, D., 65.
López, J., 123, 124. Naveros, J., 106, 111.
Loreto, 262, 263. N ebrija, E. A., 24, 54.
Loyola, I., antierasmismo, 15,
20, 282; ideales y program a, Ocaña, F., 84.
316-23. Ockham, G., 32.
Lovaina, 227. Olave, D., 239, 261.
Lucena, 103. Olmillos, J., 84, 92, 93.
Luisa de Saboya, 186, 192. Ortiz, F., 84, 92.
Lutero, M., 16, 20, 184, 273-75. Ortiz, P., 84, 210, 212.
Lyon, 188. Ory, M., 161, 162, 209, 219.

Llerena, 85, 93. Padua, 248, 249, 254, 260.


Llull, R., 258. París, Universidad, 129-30.
Paradisi, P. Canossa, 151, 154,
Macerata, 264. 164.
Maffei, J. P., 28, 29. Pascual, J., 29.
Magistri nostri, 131, 161. Pascual, M., 73.
M air (M aior), J., 131, 220. Pasión de Cristo, 96.
Maldonado, J., 30, 61, 62. Pastrana, 84.
Maluenda, P., 224, 225. Paulo III, 234, 308.
Manresa, 23, 76. Paulo IV , 235, 251, 301.
Marcial, 244, 248. Pauvant (Povent), 188, 193.
Margarita (de Angulema o de Pedro Canisio, 259, 261.
N avarra), 164, 194, 199, 200. Pedroche, T., 126.
Marot, C., 154, 155, 164, 200, Pedro Lom bardo, 42.
207. Peña, J., 144.
Mascareñas, L., 111. Peralta, P., 219 .
Masdovelles, S., 30. Peregrinaciones, 33, 49.
Matatigui, F., 57, 65. Perera, B., 228.
Mazurier, M., 168, 190, 192. Petit G., 151, 201.
Meaux, 150, 168, 189. Piedrahita, 92.
Medrano, A., 85. Pío de Carpí, A., 69, 142, 298.
Mejia, A., 103. Polanco, J. A., 27, 64.
Melancton, F., 185, 186, 213-15. Pole, R., 168, 231, 236, 301.
Mencía de Benavente, 109, Poliglota Complutense, 53.
113, 118, 119. Postel, G., 148, 149, 157.
Mercurian, E., 269-70. Praga, 260.
Messina, 260. Pujalt, Mosén, 29.
Meygret, A., 188. Pujol, A., 30.
Milán, 237.
Miona, M., 63, 66, 67, 100-3, Quercus (Duchesne), G., 132.
106. Quiñones, F., 93, 198.
Montaigu (M onteagudo), 142-
46. Rabelais, 131, 143.
Montmartre, 204. Ramírez, B., 106, 109.
Munich, 260. Ramírez, M., 99.
Ramus, P., 149.
Nadal, J., 258, 259, 265-68. Recalde, 121.

333
Reinaldo, Juanico, 108, 121. Teología escolástica, 45, 173,
Reforma, 77. 175, 267.
Reminiscencias erasm., 229- Teología positiva, 45, 173, 175.
32. Terencio, 244, 247.
Ribadeneira, P„ 25-30. Thomaz, Alvaro, 32.
Ribeiro, J., 144, 147. Tívoli, 249.
Rodríguez de Figueroa, 71. Toledo, 90, 92.
Roma, Sacco, 293-95, 309. Tolomei, L., 234.
Rubio, H., 105. Tomás More, 275-77.
Ruiz V., Alcaraz. . Torres, M., 103.
Ruiz de Virués, 62. Toulosuse, 236.
Rossi (Rúbeo), J. B., 273. Toussaint, J., 151, 164.
Roussel, G., 191, 192, 194. Tovar, B., 67, 88, 89.
Tridentinismo, 17, 323.
Sábado, 119.
Sadoleto, J., 236, 297, 301, 308, Valdés, A., 81, 295.
312. Valdés, J., 57, 86, 295, 304.
Sainte-Barbe (Santa Bárba­ Valtrino, J. A., 28, 29.
ra), 14449. Valladolid, 72, 145, 296.
Salamanca, 122-26. Valliére, J., 193.
Savonarola, J., 69, 239, 240, Vatable, F., 151, 153, 190.
247. Vázquez, D., 57.
Schets, E., 60. Vélez, 81.
Sepúlveda, J. G., 142. Venecia, 174, 215, 233.
Siena, 265. Vergara, F., 57.
Sigüenza, 144. Vergara, J., 30, 57, 59, 87, 88.
Sorbona, 130, 155, 160, 236. Vienne, 85.
Soto, D., 64, 65.
Villena, Marqués, 84, 86.
Standonch, J., 131, 143.
Viperano, J. A., 257, 258.
Suárez. C., 266.
Sumrna theologiae, 267. Vitoria, F., 123, 139, 272, 273.
Sutor (Coutourier), P., 132, Vives, J. L., 54, 59, 62, 176,
134, 141, 144, 157, 198. 221-29, 241, 242.
Volz, P., 29,32.
Teive, D., 146, 165. Wain, G., 150.
Teméte, P., 131. Worms, 176.
CAPITULO IV.—ANTE EL ER ASM ISM O P A R IS IE N S E ... 129
«Bajo el hermoso y claro sol de Francia» (129).— Un
teólogo chapado a la antigua (131).— Beda contra
Erasmo (132).—Las polémicas de 1528 y 1529 (140).—
De iMonteagudo a Santa Bárbara (142).— Humanistas
y filósofos en Santa Bárbara (146).— El Colegio Real,
triunfo del erasmismo (150). — Ignacio observa y
aprende (156).—Se gradúa en Filosofía y cursa Teo­
logía (158).—¿Ignacio contra los profesores del Co­
legio Real? (163).— Las reglas de ortodoxia (168).— N o
todas son antierasmianas (174).— Todas son antipro­
testantes (178).

CAPITULO V . - E L ASALTO PR O T E ST A N T E A PARIS,


PRESENCIADO POR LOYOLA ........................................ 183
¿Percibió Loyola el peligro protestante? (183).— Pro­
paganda luterana en libros y sermones (185).— Bri-
sonnet, Lefévre y su cenáculo Meldense (189).—
Reacción de la Sorbona (191).— Herejes en la ho­
guera. Luis de Berquín (193).— El Concilio de Sens
o de París (195).— Noel Beda censura a Cayetano y
a Margarita de Navarra (197).— El discurso de Cop
y la fuga del mismo con Calvino (201).—Año de tra­
gedias y de esperanza (203).— El asimto de las pan­
cartas y la reacción católica (204).— La gran procesión
expiatoria (206).— Ignacio ayuda a los que se retrac­
tan (209).—¿Quiénes denunciaron a Loyola ante la
Inquisición? (211).— Se frustran las conversaciones de
Melancton con la Sorbona (213).

CAPITULO V I . - L A E N T R EV IST A CON L U IS V IV E S E N


B R U J A S .............................................................................. 217
Ignacio, como otros muchos, se va a Flandes (218).
Brujas, la ciudad de la industria y el comercio (220).
Loyola, a la mesa de Luis Vives (222).—La espina del
pescado (223).—¿Por qué se censuró a Luis Vives?
(227).—Reminiscencias erasmianas (229).

CAPITULO V IL —IGNACIO, E N ROMA (1537-1556). N O R ­


MAS Y PRESCRIPCIONES SOBRE LA LECTURA DE
ERASMO ..................................................................... . ... 233
Se inicia una nueva época (233).— Erasm o en el Indi­
ce (235).—¿Por qué lo condenó San Ignacio? (238).—
Ninguna prohibición antes de 1552 ^241).— Prohibicio­
nes y normas restrictivas (244).—Tolerancia provisio­
nal (248).—Diego Laínez, sucesor de San Ignacio (253).
El Indice de Paulo IV (256).—Erasmo, en las biblio­
tecas jesuíticas (262). — Jerónimo Nadal, fiel intér­
prete del fundador (265).— El P. Mercurian, no San
Ignacio (269).

338
ESTE LIBRO SE TERMINO DE IMPRIMIR EL
DIA 30 DE SEPTIEMBRE DE 1965 EN LOS
TALLERES DE « TORDESILLAS, ORGA­
NIZACION GRAFICA)*, SIERRA
DE MONCHIQUE, 25
MADRID