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CINE/ESTRENO: Esperando a los bárbaros

Después de hacerse un nombre con sus películas previas, el colombiano Ciro Guerra
pega el salto que tantos realizadores de países en desarrollo quieren dar: la producción
internacional clase A, basada en la novela de un autor consagrado, con actores
famosos y un equipo técnico de primera línea. El resultado es el que suele ser en casos
como éste: un mamotreto impersonal al servicio de un guion obvio, con actuaciones-
macchietta y carente de toda vida.

El desierto
Por Horacio Bernades

Con sus películas previas (La sombra del caminante, Los viajes del viento, El abrazo de
la serpiente, Pájaros de verano), el realizador colombiano Ciro Guerra (Río de Oro,
1981) se ganó un lugar en la consideración internacional, contando con el beneplácito
de algunos de los festivales de punta (Cannes, San Sebastián, Locarno) y obteniendo
una nominación al Oscar por El abrazo de la serpiente (2015). Coproducción entre Italia
y los Estados Unidos filmada en Marruecos y hablada en inglés, Esperando a los
bárbaros (2019) representa el salto a lo que podría llamarse “producción global”. De
ese salto, que implica “hablar en otro idioma” --dicho esto tanto en sentido literal
como figurado--, se puede salir bien parado (los casos de los mexicanos Antonio
González-Iñárritu, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, más allá del juicio de valor que
se haga sobre sus películas) o resbalar al vacío. Esto último es lo que le sucede a Ciro
Guerra.
Waiting for the Barbarians (tal el título original) cuenta con todo lo que hace a una
producción clase A. No sólo está basada en la novela de un Premio Nobel (el
sudafricano J. M. Coetzee), sino que además fue el propio Premio Nobel quien la
convirtió en guion. Los tres intérpretes principales son de los más cotizados (Mark
Rylance, ganador de un Oscar por Puente de espías, Johnny Depp y Robert Pattinson) y
la fotografía y el montaje quedaron a cargo de dos nombres de prestigio: el británico
Chris Menges (La misión, El boxeador, La lectora) y el italiano Jacopo Quadri (Io e te y
The Dreamers de Bertolucci, Tropical Malady). Como se sabe, tanto nombre, tanto
laurel, tanto peso de producción pueden ayudar a vender la película… tanto como a
hundirla. No leí la novela de Coetzee, pero el guion de Esperando a los bárbaros no se
caracteriza por su sutileza (aunque sí, en su remate, por una inesperada inversión de
valores). En algún momento de las primeras décadas del siglo XX, a una ciudad
fortificada al borde del desierto llega un coronel (Johnny Depp) para supervisar las
actividades de los pobladores “del otro lado”, a los que llama “bárbaros”. “El
Magistrado” (no se le da nombre) a cargo de la fortificación no piensa lo mismo, y de
hecho ningún antecedente permite suponer que los nativos puedan representar algún
peligro. Lo que viene de allí en más es, como puede presumirse, la construcción de un
enemigo a cargo del hombre blanco, y la respuesta “debida” a ese fantasma.
Se trata, claro, de la vieja oposición entre civilización y barbarie, incluso en los
términos en los que Sarmiento la planteaba, cuando aconsejaba “no ahorrar sangre de
gaucho”. Habrá sangre, por supuesto, porque para eso existe el ejército, pero el eje
dramático y ético que plantea la película no es tanto el del choque entre
conquistadores y conquistados sino entre supremacistas blancos (para expresarlo en
términos contemporáneos) y blancos “políticamente correctos”. El anacronismo viene
a cuento, ya que la propia película diluye deliberadamente las referencias, de modo
que la situación básica puede “llenarse” con una variedad de momentos históricos
acordes. Cuando se habla de “Imperio” y teniendo en cuenta la época aproximada en
que transcurre (tampoco se define exactamente, sino sólo por aproximación), es
inevitable pensar en los ingleses en la India. El fuerte se asocia con los del ejército
estadounidense durante la Conquista del Oeste, desde acá podríamos pensar en la
Campaña del Desierto del General Roca, y al tratarse de hombres blancos en el
desierto, es imposible no ver esta fábula como una transposición de las aventuras
bélicas yanquis en los países árabes.
A la voluntaria dispersión de datos se suma que algunos de los nativos tengan aspecto
mongol, otros parezcan de origen árabe y hasta dé toda la sensación de que Guerra
incluyó a algún que otro extra latinoamericano, de modo de incluir estos rumbos como
posible clave de interpretación. El idioma que hablan los nativos es, por otra parte,
imaginario. El problema de Esperando a los bárbaros es la obviedad: sea cual fuera la
traslación histórica que se elija hacer (o tomar directamente la oposición central como
universal y propia del hombre blanco, que eso es lo que es), esto está pintado de
blanco, negro y gris. Blancos (como metáfora de la inocencia, se entiende) son los
nativos, negros los miembros del ejército, que desean verlos como salvajes (y por lo
tanto torturarlos y exterminarlos, por las dudas) y gris el Magistrado, que siente más
aprecio por los otros que por los propios. Salvo la resolución, que, reitero, da vuelta el
tablero (puede suponerse que, hartos del genocidio, los nativos finalmente han
resuelto rebelarse con máxima violencia), hasta ahí todo es previsible. Incluso el hecho
de que el Magistrado se vea castigado por los suyos y rechazado, en tanto hombre
blanco, por los pobladores del desierto (que son nómades, como Frances
McDormand).
Johnny Depp lleva esta obviedad a la caricatura. Habituado tal vez a hacerlo por su
larga relación con Tim Burton (cuyas películas, por excesivas y notoriamente “irreales”,
admiten toda clase de exageración), desde el momento en que en la secuencia inicial
baja de la carreta que lo trae al puesto de avanzada, parece estar atravesado por una
espada (para no caer en un símil más grosero). Tieso, rígido, notoriamente sádico,
asesino y racista, y apretando las palabras en una mandíbula que luce más prominente
que la habitual, la composición de Depp no deja lugar al más mínimo asomo de
sutileza: lo suyo es machacar una y otra vez sobre el mismo grueso clavo. Sin convertir
a su oficial en un dechado de virtudes, Robert Pattinson al menos lo aborda con la
sobriedad que lo caracteriza, lo cual no obsta un aire general de arrogancia, el estricto
cumplimiento de las peores órdenes y miradas amenazantes. Rylance, por su parte,
construye a su Magistrado como un pan de Dios, víctima ideal para el escarmiento que
los militares están anhelando (y que llega a un extremo de humillación también
caricaturesco). Claro que su personaje no ayuda: cuando le lava los pies a una nativa
harapienta evoca en línea directa a Cristo, o al Papa Francisco en Lampedusa. Mientras
tanto y de acuerdo a sus antecedentes, Menges decora toda esta abyección (hay
torturas, un martillo que se usa para castigos extremos, un hombre vestido de mujer
como forma de humillación) con una fotografía exquisita.
Todo esto no es ninguna novedad. Se trata, por el contrario, del resultado propio de
esta clase de producciones, que buscan al mismo tiempo una amplia distribución
internacional, la condición de cine-espectáculo (el vasto escenario natural, los actores
famosos, la inscripción de época, la pulida fotografía) y el “prestigio” (la novela de un
Premio Nobel, el propio Premio Nobel como guionista, los “temas importantes”). El
resultado suele ser el que es en este caso: un mamotreto grandote, vacuo y
desprovisto de vida, con unos actores que se limitan a poner en diálogo lo que indica el
guion y un director tan preocupado por manejar toda esa parafernalia sin que se le
vaya de las manos, que no tiene tiempo para hacer lo que debería: convertir en propia
la historia que está contando, darle un punto de vista, sacarla del papel para darle
vida, guiar a sus actores y pedirle al director de fotografía que no embellezca lo que no
es bello, sino que ponga tonos, luces y contrastes al servicio de la historia. En una
palabra: un director que dirija.
Queda por ver si en un futuro Ciro Guerra se reconecta con un territorio más familiar
(aunque las películas previas no carecían de la clase de exotismo “salvaje” que los
europeos esperan de una producción latinoamericana), si insiste en ponerse al frente
de producciones grandotas y bobas (aunque es difícil que los inversores
internacionales vuelvan a apostar a algo parecido a esto) o si logra filmar fuera de su
país sin despersonalizarse.

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